SÍGUENOS EN
@megustaleerebooks
@megustaleer
@megustaleer
@megustaleer
A la gente cuyo trabajo va más allá del campo de las ideas
y penetra en la «realidad material».
A los ecólogos de las tierras áridas, dondequiera que estén,
en cualquier época en la que trabajen, dedico esta tentativa de extrapolación con
humildad y admiración.
Cada principio es el momento ideal para cuidar atentamente que los equilibrios queden establecidos de la manera más exacta. Es algo que saben muy bien todas las hermanas Bene Gesserit. Así, para emprender el estudio sobre la vida de Muad’Dib, primero hay que situarlo exactamente en su tiempo: nacido en el 57.° año del emperador Padishah, Shaddam IV. Y, sobre todo, hay que situar a Muad’Dib en su lugar: el planeta Arrakis. No hay que dejarse engañar por el hecho de que naciese en Caladan y viviese allí los primeros quince años de su vida. Arrakis, el planeta conocido como Dune, será siempre su lugar.
De Manual de Muad’Dib,
por la princesa Irulan
La semana que precedió a la partida hacia Arrakis, cuando el frenesí de los últimos preparativos había alcanzado un nivel casi insoportable, una anciana acudió a visitar a la madre del muchacho, Paul.
La noche era agradable en Castel Caladan, y las antiguas piedras que habían sido el hogar de los Atreides durante veintiséis generaciones estaban impregnadas del húmedo frescor que presagiaba un cambio de tiempo.
La anciana entró por una puerta secreta y la condujeron a través del pasadizo abovedado hasta la habitación de Paul, donde lo observó un instante mientras yacía en su lecho.
A la débil luz de una lámpara a suspensor que flotaba cerca del suelo, Paul, medio dormido, apenas distinguió la voluminosa silueta femenina que se encontraba inmóvil en el umbral, y la de su madre, un paso más atrás. La sombra de la anciana se parecía a la de una bruja, con sus cabellos como telarañas enmarañadas alrededor de sus oscuras facciones y sus ojos brillando como piedras preciosas.
—¿No es un poco pequeño para su edad, Jessica? —preguntó la anciana. Su voz silbaba y vibraba como la de un baliset desafinado.
La madre de Paul respondió con su suave voz de contralto:
—Es bien sabido que entre los Atreides el crecimiento es algo tardío, Vuestra Reverencia.
—Eso he oído, sí. Eso he oído —siseó la anciana—. Pero ya tiene quince años.
—Sí, Vuestra Reverencia.
—Está despierto y nos está escuchando —dijo la anciana—. Astuto pillo. —Se rio—. La nobleza necesita de la astucia, y si de verdad es el Kwisatz Haderach... bien...
En las sombras de su lecho, Paul entornó los ojos hasta reducirlos a dos líneas. Los ojos de la anciana, que parecían dos óvalos brillantes como los de un pájaro, parecieron dilatarse y llamear mientras se clavaban en los suyos.
—Duerme bien, astuto pillo —murmuró la anciana—. Mañana necesitarás de todas tus facultades para afrontar mi gom jabbar.
Y desapareció, arrastrando afuera a su madre y cerrando la puerta con un ruido sordo.
Paul se quedó desvelado y se preguntó: «¿Qué será un gom jabbar?».
La anciana era lo más extraño a lo que Paul se había tenido que enfrentar entre toda la confusión de aquel período de cambio.
«Vuestra Reverencia.»
La mujer se había dirigido a su madre Jessica como a una sirvienta en lugar de como lo que era: una dama Gesserit, la concubina de un duque y la madre del heredero ducal.
«¿Es un gom jabbar algo de Arrakis que debo conocer antes de que vayamos allí?», se preguntó.
Silabeó esas extrañas palabras: «Gom jabbar... Kwisatz Haderach».
Había tenido que aprender tantas cosas. Arrakis era un lugar tan distinto a Caladan que Paul se desorientaba solo con pensar en él.
«Arrakis... Dune... el Planeta del Desierto.»
Thufir Hawat, el Maestro de Asesinos de su padre, se lo había explicado: sus mortales enemigos, los Harkonnen, residían en Arrakis desde hacía ochenta años y gobernaban el planeta en un cuasi-feudo bajo un contrato con la Compañía CHOAM para la extracción de la especia geriátrica, la melange. Ahora, los Harkonnen iban a ser reemplazados por la Casa de los Atreides en pleno-feudo... lo que daba la impresión de ser una victoria para el duque Leto. Pero Hawat había dicho que dicha fachada encerraba un peligro mortal, ya que el duque Leto era popular entre las Grandes Casas del Landsraad.
—Un hombre demasiado popular provoca los celos de los poderosos —había dicho Hawat.
«Arrakis... Dune... el Planeta del Desierto.»
Paul se durmió de nuevo y soñó con una caverna arrakena, con seres silenciosos que se erguían a su alrededor a la tenue luz de los globos. Todo era solemne, como en el interior de una catedral, y oía un débil sonido, el repiqueteo del agua. Aún en sueños, Paul sabía sin embargo que al despertar lo recordaría todo. Siempre recordaba sus sueños premonitorios.
El sueño se desvaneció.
Paul se despertó en el tibio lecho y pensó... pensó. Quizá aquel mundo de Castel Caladan, donde no tenía juegos ni compañeros de su edad, no mereciera su nostalgia ahora que se iba a marchar. El doctor Yueh, su preceptor, le había dado a entender de forma ocasional que el sistema de castas de las faufreluches no era tan rígido en Arrakis. En el planeta había gente que vivía al borde del desierto sin un caid o un bashar que la gobernase: los llamados Fremen, elusivos como el viento del desierto, que ni siquiera figuraban en los censos de los Registros Imperiales.
«Arrakis... Dune... el Planeta del Desierto.»
Paul se empezó a sentir nervioso y decidió practicar uno de los ejercicios corporales-mentales que le había enseñado su madre. Tres rápidas inspiraciones desencadenaron las respuestas: estado de percepción flotante... ajuste de su consciencia... dilatación aórtica... alejamiento de todo mecanismo no focalizado... concienciación deliberada... enriquecimiento de la sangre e irrigación de las regiones sobrecargadas... «nadie obtiene alimento-seguridad-libertad solo con el instinto...». La consciencia animal no se extiende más allá de un momento dado, como tampoco admite la posibilidad de la extinción de sus víctimas... el animal destruye y no produce... los placeres animales permanecen encerrados en el nivel de las sensaciones sin alcanzar la percepción... el ser humano necesita una escala graduada a través de la que poder ver el universo... una consciencia selectivamente centrada es lo que forma su escala... La integridad del cuerpo depende del flujo sanguíneo, sensible a las necesidades de cada una de las células... todos los seres/células/cosas son no permanentes... todo lucha para mantener el flujo de la permanencia...
La lección recorrió una y otra vez la divagante consciencia de Paul.
Cuando el alba acarició la ventana con su luz amarillenta, Paul la sintió a través de sus párpados cerrados; los abrió, oyó los ecos de la actividad del castillo y centró la vista en el dibujo del artesonado del techo.
La puerta del pasillo se abrió y apareció su madre, con sus cabellos color bronce oscuro atados con una cinta negra formando una corona, su rostro ovalado impasible y sus ojos verdes con expresión solemne.
—Estás despierto —dijo—. ¿Has dormido bien?
—Sí.
La observó de arriba abajo y notó la tensión en el movimiento de sus hombros mientras escogía su ropa de las perchas en el armario. Cualquier otro no se hubiera dado cuenta, pero él había sido educado a la Manera Bene Gesserit... conocía las complejidades de la observación. Su madre se giró y le enseñó una casaca de semiceremonia con el halcón rojo, emblema de los Atreides, bordado en el bolsillo del pecho.
—Apresúrate y vístete —dijo—. La Reverenda Madre espera.
—Una vez soñé con ella —dijo Paul—. ¿Quién es?
—Fue mi preceptora en la escuela Bene Gesserit. Hoy es la Decidora de Verdad del emperador. Y, Paul... —vaciló—. Tienes que hablarle de tus sueños.
—Lo haré. ¿Es ella la razón de que nos hayan dado Arrakis?
—No nos han dado Arrakis. —Jessica sacudió unos pantalones y los colocó junto a la casaca en el galán de noche que había al lado del lecho—. No debes hacer esperar a la Reverenda Madre.
Paul se sentó y se rodeó las rodillas con los brazos.
—¿Qué es un gom jabbar?
El adiestramiento que había recibido le hizo advertir de nuevo el imperceptible titubeo de su madre, una traición nerviosa que reconoció como miedo.
Jessica se acercó a la ventana, corrió las cortinas y contempló durante un instante el monte Syubi, que se encontraba al otro lado del río.
—Pronto sabrás lo que es el gom jabbar... Muy pronto —dijo.
Paul volvió a notar el miedo en la voz de su madre y se sintió intrigado.
Jessica habló de espaldas a él:
—La Reverenda Madre espera en mi salón matutino. Por favor, apresúrate.
La Reverenda Madre Gaius Helen Mohiam estaba sentada en una silla tapizada y contempló cómo se acercaban madre e hijo. A uno y otro lado, las ventanas se abrían sobre el meandro del río que discurría hacia el sur y las tierras de cultivo de los Atreides, pero la Reverenda Madre ignoraba el paisaje. La edad le pesaba y le lastraba los hombros esa mañana. Culpaba de ello al viaje espacial y a la relación con esa abominable Cofradía Espacial y sus oscuros designios. Pero era una misión que requería la atención personal de una Bene Gesserit con la Mirada. Y ni siquiera la propia Decidora de Verdad del emperador Padishah podía declinar tal responsabilidad cuando el deber la llamaba.
«¡Maldita Jessica! —exclamó para sí la Reverenda Madre—. ¡Si al menos hubiera engendrado una chica como se le ordenó!»
Jessica se detuvo a tres pasos de la silla y esbozó una pequeña reverencia, pellizcando apenas su falda con un ligero movimiento de la mano izquierda. Paul se dobló en una breve inclinación tal y como le había enseñado su maestro de danza, la que había que usar cuando «se dudaba acerca del rango de la otra persona».
Los matices de la actitud de Paul no pasaron inadvertidos para la Reverenda Madre.
—Es prudente, Jessica —dijo.
Jessica atenazó el hombro de Paul con la mano. El miedo latió a través de su palma por un instante, pero no tardó en recuperar el control.
—Así ha sido educado, Vuestra Reverencia.
«¿Qué es lo que teme?», se preguntó Paul.
La anciana estudió a Paul, cada detalle de él, con una sola mirada: el rostro ovalado como el de Jessica, pero con los huesos más marcados... Cabellos: muy negros como los del duque pero con la línea de la frente del abuelo materno, aquel que no puede ser nombrado, así como su nariz, fina y desdeñosa; y los ojos verdes y penetrantes del viejo duque, su abuelo paterno ya muerto.
«Aquel sí que era un hombre que apreciaba el poder de la audacia... incluso en la muerte», pensó la Reverenda Madre.
—La educación es una cosa —dijo—. Los ingredientes de base, otra. Ya veremos. —Sus viejos ojos fulminaron a Jessica con una dura mirada—. Déjanos. Te ordeno que practiques la meditación de paz.
Jessica retiró la mano del hombro de Paul.
—Vuestra Reverencia, yo...
—Jessica, sabes que hay que hacerlo.
Paul alzó sus ojos hacia su madre, perplejo.
Jessica se envaró.
—Sí... por supuesto.
Paul volvió a mirar a la Reverenda Madre.
La veneración y el sobrecogimiento que la anciana despertaba en su madre aconsejaban prudencia. Sin embargo, sintió crecer una rabiosa aprensión ante el miedo que irradiaba de ella.
—Paul... —Jessica respiró hondo—. Esta prueba a la que vas a ser sometido... es importante para mí.
—¿Prueba? —La miró.
—Recuerda que eres el hijo de un duque —dijo Jessica. Dio media vuelta y abandonó el salón a largos pasos que dejaron tras de sí el brusco rumor del roce de su vestido. La puerta se cerró con fuerza a sus espaldas.
Paul encaró a la anciana y contuvo la irritación.
—¿Desde cuándo se echa a la dama Jessica como si fuese una sirvienta?
Una sonrisa se dibujó por un instante en las comisuras de aquella boca llena de arrugas.
—La dama Jessica fue mi sirvienta durante catorce años en la escuela, muchacho. —Inclinó la cabeza—. Y una buena sirvienta, debo reconocer. ¡Ahora, acércate!
La orden le sentó como un latigazo. Paul se dio cuenta de que había obedecido incluso antes de haber pensado en ello.
«Ha usado la Voz contra mí», pensó.
Ella lo detuvo con un gesto, cerca de sus rodillas.
—¿Ves esto? —preguntó. Sacó de entre los pliegues de su ropa un cubo de metal verde que tenía unos quince centímetros de lado. Lo hizo girar, y Paul vio que una de sus caras estaba abierta, era negra y extrañamente aterradora. Ninguna luz penetraba en esa abierta oscuridad.
—Mete la mano derecha en esta caja —dijo ella.
El miedo se apoderó de Paul. Retrocedió, pero la anciana dijo:
—¿Es así como obedeces a tu madre?
Afrontó la mirada de sus brillantes ojos de pájaro.
Paul metió la mano dentro de la caja despacio y consciente del ansia ineludible que surgía de su interior. Al principio experimentó una sensación de frío a medida que la oscuridad se cerraba en torno a su mano; después, el contacto del liso metal en sus dedos y un hormigueo, como si se le durmiera la mano.
La anciana le dedicó una mirada de depredador. Apartó la mano derecha de la caja y la colocó junto a la nuca de Paul, quien vio un destello metálico y empezó a girar la cabeza.
—¡Quieto! —espetó la mujer.
«¡Ha vuelto a usar la Voz!»
Paul volvió a mirarla a la cara.
—He colocado el gom jabbar junto a tu cuello —dijo—. El gom jabbar, el peor enemigo. Es una aguja con una gota de veneno en la punta. ¡Quieto! No te muevas o el veneno te morderá.
Paul intentó tragar saliva, pero tenía la garganta seca. Era incapaz de apartar su atención de aquel viejo rostro arrugado, aquellos ojos brillantes, aquellas encías pálidas, aquellos dientes de metal plateado que brillaban a cada palabra.
—Es necesario que el hijo de un duque sepa sobre venenos —dijo—. Se podría decir que están de moda, ¿no? Musky, para envenenar la bebida. Aumas para envenenar la comida. Los venenos rápidos, los lentos y los intermedios. Este no lo conoces: el gom jabbar. Solo mata a los animales.
El orgullo dominó el miedo de Paul.
—¿Insinuáis que el hijo de un duque es un animal? —preguntó.
—Digamos que insinúo que podrías ser humano —dijo—. ¡No te muevas! Te lo advierto, no intentes apartarte. Soy vieja, pero podría clavarte esta aguja en el cuello antes de que consiguieras alejarte lo suficiente.
—¿Quién sois? —siseó Paul—. ¿Cómo habéis engañado a mi madre y conseguido que me dejara a solas con vos? ¿Os envían los Harkonnen?
—¿Los Harkonnen? ¡Cielos, no! Ahora, silencio. —Un dedo enjuto le tocó la nuca, y Paul tuvo que reprimir su involuntaria necesidad de escapar.
—Muy bien —dijo ella—. Has pasado la primera prueba. Continuemos: si retiras tu mano de la caja, morirás. Esa es la única regla. Si dejas la mano en la caja, vivirás. Si la quitas, morirás.
Paul respiró hondo para contener el estremecimiento.
—Si grito, el lugar se llenará en un momento de sirvientes que caerán sobre vos, y moriréis.
—Los sirvientes no conseguirán atravesar la puerta que está custodiando tu madre. Puedes estar seguro. Ella sobrevivió a esta prueba. Ahora ha llegado tu turno. Siéntete honrado. Es raro que sometamos a los chicos a ella.
La curiosidad redujo el miedo de Paul hasta un nivel controlable. Había detectado certeza en las palabras de la anciana, era innegable. Si su madre estaba fuera montando guardia... si realmente se trataba de una prueba... Fuera como fuese, ya no podía librarse, atrapado por esa mano que tenía cerca de la nuca: el gom jabbar. Recordó las palabras de la Letanía contra el miedo del ritual Bene Gesserit, tal como su madre se las había enseñado: «No conoceré el miedo. El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí. Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada. Solo estaré yo».
Sintió que recuperaba la calma y dijo:
—Terminemos ya con esto, anciana.
—¡Anciana! —gritó ella—. Sin duda tienes valor. Bien, vamos allá, señor mío. —Se inclinó hacia él y su voz se convirtió en un susurro—. Sentirás dolor en la mano que tienes dentro de la caja. ¡Dolor! Pero, si la sacas, mi gom jabbar tocará tu cuello... y la muerte será tan rápida como el hacha del verdugo. Retira la mano, y el gom jabbar te matará. ¿Has comprendido?
—¿Qué hay en la caja?
—Dolor.
Sintió aún más escozor en la mano. Apretó los labios.
«¿Cómo es posible que esto sea una prueba?», se preguntó. El escozor se convirtió en comezón.
—¿Has oído hablar de los animales que se devoran una pata para escapar de una trampa? —dijo la anciana—. Es la astucia a la que recurriría un animal. Un humano se quedaría atrapado, soportaría el dolor y fingiría estar muerto para coger por sorpresa al cazador, intentar matarlo y eliminar así un peligro para su especie.
La comezón se convirtió en un ligero ardor.
—¿Por qué me hacéis esto? —preguntó.
—Para determinar si eres humano. Ahora, silencio.
Paul cerró con fuerza la mano izquierda mientras el ardor aumentaba en la otra. Crecía lentamente: calor y más calor... y más calor. Sintió que las uñas de la mano izquierda se le clavaban en la palma. Intentó abrir los dedos de la mano que le ardía, pero no consiguió moverlos.
—Quema —susurró.
—¡Silencio!
El dolor le ascendió por el brazo. El sudor le perló la frente. Cada fibra de su cuerpo gritaba para que retirara la mano de aquel pozo ardiente... pero... el gom jabbar. Sin girar la cabeza, intentó mover los ojos para ver la terrible aguja envenenada que acechaba su cuello. Se dio cuenta de que jadeaba e intentó dominarse sin conseguirlo.
¡Dolor!
El mundo a su alrededor se vació a excepción de su mano derecha, inmersa en aquella agonía, y el rostro surcado de arrugas que lo miraba fijamente a pocos centímetros del suyo.
Tenía los labios tan secos que le costó separarlos.
«¡Quema! ¡Quema!»
Le dio la impresión de que la piel de esa mano agonizante se arrugaba y ennegrecía, se agrietaba, caía y dejaba tan solo huesos carbonizados.
¡Y luego todo cesó!
Dejó de sentir dolor, como si alguien hubiera pulsado un interruptor.
Paul sintió que le temblaba el brazo derecho y que el sudor le seguía chorreando por todo el cuerpo.
—Suficiente —murmuró la anciana—. ¡Kull wahad! Ninguna chica había aguantado tanto jamás. Debería de haber deseado tu fracaso. —Se retiró y le apartó el gom jabbar del cuello—. Joven, retira la mano de la caja y mírala.
Reprimió un estremecimiento de dolor y miró fijamente el oscuro hueco donde su mano, que parecía haber adquirido voluntad propia, se obstinaba en permanecer. El recuerdo del dolor lo inmovilizaba. La razón le susurraba que lo único que iba a sacar de esa caja era un muñón renegrido.
—¡Retírala! —restalló ella.
Sacó la mano y la miró, atónito. Ni una marca. Ningún indicio de la agonía sufrida por su carne. Alzó la mano, la giró y distendió los dedos.
—Dolor por inducción nerviosa —dijo la anciana—. No puedo ir por ahí mutilando potenciales seres humanos. De todos modos, más de uno daría su mano por conocer el secreto de esta caja. —La cogió y la deslizó entre los pliegues de su ropa.
—Pero el dolor... —dijo Paul.
—El dolor —resopló la mujer—. Un humano puede dominar cualquier nervio del cuerpo.
Paul notó que le dolía la mano izquierda, la abrió y descubrió cuatro sangrantes marcas allí donde las uñas se le habían clavado en la palma. La dejó caer por el costado y miró a la anciana.
—¿Hicisteis lo mismo a mi madre?
—¿Has tamizado arena alguna vez? —respondió ella.
La tangencial agresividad de la pregunta le hizo ponerse muy alerta.
«Tamizar arena.»
Asintió.
—Nosotras, las Bene Gesserit, tamizamos a la gente para descubrir a los humanos.
Paul levantó la mano derecha y rememoró el dolor.
—¿Y todo se basa en... el dolor?
—Te he observado en tu dolor, muchacho. El dolor no es más que la base de la prueba. Tu madre te ha enseñado la forma en que observamos. He visto en ti los indicios de dicha enseñanza. Nuestra prueba consiste en provocar una crisis y observar.
Su tono de voz reafirmaba las palabras. Paul dijo:
—Es cierto.
La anciana lo miró.
«¡Percibe la verdad! ¿Podría ser el elegido? ¿Podría ser el elegido de verdad? —Refrenó la emoción y recordó para sí—: La esperanza ofusca la observación.»
—Sabes cuándo la gente cree en lo que dice —indicó.
—Lo sé.
Los armónicos de su voz confirmaban su capacidad experimentada. Ella lo percibió y dijo:
—Quizá seas el Kwisatz Haderach. Siéntate, hermanito, aquí a mis pies.
—Prefiero estar de pie.
—En el pasado, tu madre se sentó a mis pies.
—Yo no soy mi madre.
—Nos detestas un poco, ¿eh? —Miró hacia la puerta y llamó—: ¡Jessica!
La puerta se abrió. Jessica apareció en el umbral e inspeccionó la estancia con una mirada adusta que se relajó al ver a Paul. Consiguió esbozar una ligera sonrisa.
—Jessica, ¿has dejado de odiarme alguna vez? —preguntó la anciana.
—Os quiero y os odio a la vez —dijo Jessica—. El odio... es a causa del dolor que nunca podré olvidar. El amor... es...
—No te vayas por las ramas —dijo la anciana, pero su voz era suave—. Ya puedes entrar, pero guarda silencio. Cierra la puerta y asegúrate de que nadie nos interrumpa.
Jessica entró en la estancia, cerró la puerta y apoyó la espalda en ella para obstruirla.
«Mi hijo vive —pensó—. Mi hijo vive y es... humano. Lo sabía... pero... vive. Ahora yo también puedo seguir viviendo.»
El contacto de la puerta contra su espalda era duro y real. Todos los elementos de la estancia eran muy cercanos y ejercían presión contra sus sentidos.
«Mi hijo vive.»
Paul miró a su madre.
«Ha dicho la verdad.»
Hubiera preferido irse, estar solo y reflexionar sobre lo que acababa de ocurrir, pero sabía que no podría hacerlo hasta que le diesen permiso. La anciana había adquirido una especie de poder sobre él.
«Han dicho la verdad.»
Su madre había superado esa misma prueba. La finalidad de todo aquello debía ser terrible... el dolor y el miedo habían sido terribles. Y sabía adónde conducían esas terribles finalidades, las que se persiguen a toda costa, las que traen consigo la propia urgencia de ser llevadas a cabo. Paul sentía que le había sido inoculada, pero aún no sabía cuál era exactamente.
—Algún día, muchacho —dijo la anciana—, tú también deberás esperar fuera de una puerta como esa. Se necesita mucha voluntad para hacerlo.
Paul miró la mano en la que había experimentado el dolor; luego, a la Reverenda Madre. La voz de la mujer era diferente al resto de voces que había oído hasta aquel día. Las palabras tenían un resplandor y una agudeza particular. Sintió que cualquier pregunta que hubiera hecho habría recibido una respuesta capaz de sacarlo de su mundo carnal y transportarlo a un lugar mejor.
—¿Por qué buscáis a los humanos? —preguntó.
—Para hacerlos libres.
—¿Libres?
—Hubo un tiempo en que los hombres solo prestaban atención a las máquinas, con la esperanza de que ellas les hicieran libres. Pero esto solo permitió que otros hombres con máquinas los esclavizaran.
—«No construirás una máquina a semejanza de la mente del hombre» —citó Paul.
—Eso dicen la Yihad Butleriana y la Biblia Católica Naranja —afirmó la anciana—. Pero en realidad la Biblia C. N. tendría que haber dicho: «No construirás una máquina que imite la mente humana». ¿Has estudiado al mentat a tu servicio?
—Sí, he estudiado con Thufir Hawat.
—La Gran Revolución nos ha librado de nuestras muletas —dijo la anciana—. Ha obligado a las mentes humanas a desarrollarse. Se fundaron escuelas para adiestrar los talentos humanos.
—¿Las escuelas Bene Gesserit?
La mujer asintió.
—Dos de esas antiguas escuelas han sobrevivido: la Bene Gesserit y la Cofradía Espacial. La Cofradía concentra todos sus esfuerzos en las matemáticas puras, o eso parece al menos. La Bene Gesserit desarrolla otra función.
—Política —dijo Paul.
—¡Kull wahad! —dijo la anciana. Fulminó con la mirada a Jessica.
—No le he dicho nada, Vuestra Reverencia —dijo Jessica.
La Reverenda Madre volvió a centrarse en Paul.
—Has necesitado pocos indicios para deducirlo —dijo—. Política, en efecto. La escuela Bene Gesserit original estaba dirigida por aquellos que intuyeron que se necesitaba una continuidad en las relaciones humanas. Vieron que dicha continuidad no podía existir sin separar el linaje humano del linaje animal... por razones de selección.
Las palabras de la anciana perdieron de improviso ese resplandor tan particular que Paul había encontrado en ellas. Percibió una ofensa hacia lo que su madre llamaba «instinto para la sinceridad». No era que la Reverenda Madre le mintiera. La mujer sin duda creía en lo que le estaba diciendo. Era algo más profundo, algo ligado a esa terrible finalidad.
—Pero mi madre me ha dicho que muchas Bene Gesserit de las escuelas desconocen su genealogía —dijo.
—Todas las ascendencias genéticas están en nuestros archivos —dijo ella—. Tu madre sabe que es de ascendencia Bene Gesserit, o que fue aceptada como tal.
—Entonces ¿por qué nunca ha sabido quiénes fueron sus padres?
—Algunas lo saben... muchas no. Puede que, por ejemplo, hubiésemos deseado que procreara con un consanguíneo a fin de convertir en dominante algún rasgo genético. Tenemos multitud de razones.
Paul percibió de nuevo la ofensa hacia el instinto para la sinceridad. Luego dijo:
—Tomáis muchas decisiones unilaterales.
La Reverenda Madro lo miró en silencio y pensó: «¿Es crítica lo que percibo en su voz?».
—Nuestra carga es pesada —dijo.
Paul se dio cuenta de que se había ido recuperando poco a poco de la conmoción de la prueba. Le dedicó una mirada calculadora y dijo:
—Decís que tal vez yo sea el... Kwisatz Haderach. ¿Qué es? ¿Un gom jabbar humano?
—¡Paul! —dijo Jessica—. No debes emplear ese tono con...
—Yo me encargo, Jessica —dijo la anciana—. Muchacho, ¿conoces la droga de la Decidora de Verdad?
—La tomáis para incrementar vuestra habilidad de detectar falsedades —respondió Paul—. Mi madre me lo explicó.
—¿Has visto alguna vez un trance de verdad?
Agitó la cabeza.
—No.
—La droga es peligrosa —dijo la mujer—, pero te confiere la intuición. Cuando una Decidora de Verdad adquiere el don de la droga, puede contemplar muchos lugares de su memoria... de la memoria de su cuerpo. Podemos mirar muchas sendas del pasado... pero solo las femeninas. —Su voz tuvo un asomo de tristeza—. Sin embargo, hay un lugar donde ninguna Decidora de Verdad puede mirar. Nos vemos repelidas por él y nos aterroriza. Se dice que un día vendrá un hombre que, con el don de la droga, encontrará su ojo interior. Podrá ver donde ninguna de nosotras podemos... en ambos pasados, el masculino y el femenino.
—¿Vuestro Kwisatz Haderach?
—Sí, aquel que puede estar en muchos lugares a la vez: el Kwisatz Haderach. Muchos hombres han probado la droga... muchos, pero ninguno ha tenido éxito.
—¿Todos lo han intentado y han fracasado?
—Oh, no. —Agitó la cabeza—. Lo han intentado y han muerto.
Intentar comprender a Muad’Dib sin comprender a sus mortales enemigos, los Harkonnen, es intentar ver la Verdad sin conocer la Mentira. Es intentar ver la Luz sin conocer las Tinieblas. Es imposible.
De Manual de Muad’Dib,
por la princesa Irulan
Era la esfera de un mundo, parcialmente en las sombras, que giraba bajo el impulso de una gruesa mano llena de brillantes anillos. La esfera estaba sujeta a un soporte articulado fijo a la pared de una estancia sin ventanas, cuyas otras paredes presentaban un mosaico multicolor de pergaminos, librofilms, cintas y bobinas. La luz, procedente de globos dorados suspendidos en sus campos móviles, iluminaba vagamente la estancia.
En el centro del lugar había un escritorio elipsoide revestido de madera de elacca petrificada de color rosa jade. A su alrededor se hallaban algunas sillas monoformes a suspensor. Dos estaban ocupadas. En una de ellas se sentaba un joven de cabello negro, de unos dieciséis años, de cara redonda y ojos tristes. El otro era un hombre pequeño y delgado de rostro afeminado.
Tanto el joven como el hombre contemplaban la esfera y al hombre que la hacía girar desde la penumbra.
Una risa ahogada surgió junto a ella y dejó paso a una voz grave y retumbante:
—Aquí está, Piter. El mayor cepo de toda la historia. Y el duque se apresura a colocarse de buen grado entre sus fauces. ¿No es un magnífico plan preparado por mí, el barón Vladimir Harkonnen?
—Por supuesto, barón —dijo el hombre. Su voz era de tenor, con una cualidad suave y musical.
La gruesa mano descendió hacia la esfera y detuvo su rotación. Todos los ojos de la estancia podían ahora contemplar la superficie inmóvil y ver que se trataba de una esfera hecha para los más ricos coleccionistas o los gobernadores planetarios del Imperio. Todas sus características eran propias de los artesanos imperiales. Las líneas de longitud y latitud estaban marcadas con alambres de platino finos como cabellos. Los casquetes polares eran maravillosos diamantes incrustados.
La gruesa mano se movió y recorrió los detalles de la superficie.
—Os invito a observar —retumbó la voz de bajo—. Observa bien, Piter, y tú también, Feyd-Rautha, querido: los exquisitos repliegues que hay desde los sesenta grados norte hasta los setenta grados sur. ¿No os recuerdan esos colores a un dulce caramelo? No veréis en ningún lugar el azul de los lagos, ríos o mares. Observad también esos encantadores casquetes polares... tan pequeños. ¿Puede alguien equivocarse al identificarlo? ¡Arrakis! Es un lugar único. Un escenario soberbio para una victoria singular.
Una sonrisa distendió los labios de Piter.
—Y pensar, barón, que el emperador Padishah cree haber ofrecido al duque vuestro planeta de especia. Qué enternecedor.
—Es una observación absurda —gruñó el barón—. Lo dices para confundir al joven Feyd-Rautha, pero no es necesario confundir a mi sobrino.
El joven de mirada triste se agitó en la silla y se alisó una arruga de sus medias negras. Luego se envaró al oír una discreta llamada en la puerta que se encontraba a su espalda.
Piter se levantó de improviso de la silla, se dirigió a la puerta y la abrió lo suficiente para coger el cilindro de mensajes que le tendían. Volvió a cerrarla, lo desenrolló y lo leyó. Rio en voz baja. Volvió a reír.
—¿Y bien? —preguntó el barón.
—¡El idiota ha respondido, barón!
—¿Desde cuándo un Atreides rechaza la oportunidad de actuar? —preguntó el barón—. Bien, ¿qué dice?
—Es una respuesta un tanto ordinaria, barón. Se dirige a vos como «Harkonnen»... sin el «Sire et cher Cousin», sin ningún título, sin nada.
—Es un buen nombre —gruñó el barón, y su impaciencia traicionó al tono de su voz—. ¿Y qué dice mi querido Leto?
—Dice: «Rechazo tu oferta de una reunión. He tenido que enfrentarme a tus engaños en incontables ocasiones, todo el mundo lo sabe».
—¿Y bien? —preguntó el barón.
—Continúa: «El arte del kanly tiene aún sus admiradores en el seno del Imperio». Y firma: «Duque Leto de Arrakis». —Piter se echó a reír—. ¡De Arrakis! ¡Oh, eso sí que es bueno!
—Silencio, Piter —dijo el barón, y la risa del otro se cortó como si alguien hubiera pulsado un interruptor—. ¿Kanly, dice? —preguntó—. Venganza, ¿eh? Y ha empleado ese antiguo término tan cargado de tradición para que entendiera bien lo que quería decir.
—Habéis hecho el gesto de paz —dijo Piter—. Habéis respetado las formalidades.
—Hablas demasiado para ser un mentat, Piter —dijo el barón. Y pensó: «Voy a tener que deshacerme de él tan pronto como pueda. Ya casi no tiene utilidad alguna». Miró a su mentat asesino, que se encontraba al otro lado de la habitación, y observó en él el detalle que la gente notaba en primer lugar: los ojos, dos hendiduras azules con un azul más intenso en su interior, sin la menor traza de blanco.
Una breve sonrisa cruzó el rostro de Piter, similar a la mueca de una máscara bajo aquellos ojos parecidos a dos profundos pozos.
—¡Pero, barón! Nunca una venganza ha sido más hermosa. El plan constituye la traición más exquisita: hacer que Leto cambie Caladan por Dune... sin la menor alternativa, puesto que se trata de una orden del emperador. ¡Menuda ocurrencia!
—Hablas demasiado, Piter —dijo el barón con voz fría.
—Es que soy feliz, mi barón. Mientras que a vos... a vos os corroe la envidia.
—¡Piter!
—¡Ajá, barón! ¿No es lamentable que hayáis sido incapaz de concebir por vos mismo tal exquisito plan?
—Algún día haré que te estrangulen, Piter.
—Por supuesto, barón. ¡En fin! Pero hay que agradecer las buenas acciones, ¿no?
—¿Has mascado verite o semuta, Piter?
—La verdad sin miedo sorprende al barón —dijo Piter. Su rostro se convirtió en la caricatura de una hilarante máscara—. ¡Ja, ja! Pero, barón, tened en cuenta que soy un mentat y sé el momento exacto en que me mandaréis ejecutar. Evitaréis hacerlo mientras aún pueda seros útil. Precipitaros sería un despilfarro, puesto que aún os soy muy aprovechable. Es justo lo que os ha enseñado ese adorable planeta, Dune: no despilfarrar nunca. ¿No es cierto, barón?
El barón continuó mirando a Piter.
Feyd-Rautha se estremeció en la silla.
«¡Esos locos pendencieros! —pensó—. Mi tío no puede hablarle a su mentat sin discutir. ¿Creen que los demás no tenemos otra cosa que hacer sino escuchar sus disputas?»
—Feyd —dijo el barón—. Cuando te invité, te dije que escucharas y aprendieras. ¿Estás aprendiendo?
—Sí, tío. —La voz sonaba prudente y respetuosa.
—A veces me cuestiono la actitud de Piter —dijo el barón—. Yo causo dolor a los demás por necesidad, pero él... Juraría que se congratula de ello. Yo soy capaz de sentir piedad por el pobre duque Leto. El doctor Yueh se volverá contra él muy pronto, y será el fin de todos los Atreides. Pero seguro que Leto sabrá cuál es la mano que guía a ese maleable doctor... y saberlo será algo terrible para él.
—Entonces ¿por qué no habéis ordenado al doctor que le clave un kindjal en las costillas, serena y eficientemente? —preguntó Piter—. Habláis de piedad, pero...
—El duque debe saber que soy yo quien lo ha condenado —dijo el barón—. Y servirá de ejemplo para el resto de las Grandes Casas. Las frenará un poco, así tendré algo más de maniobrabilidad. Es necesario, sin duda, pero eso no quiere decir que me guste.
—¡Maniobrabilidad! —se mofó Piter—. El emperador ya se ha fijado en vos, barón. Sois demasiado atrevido. Llegará el día en que envíe una o dos legiones de sus Sardaukar a desembarcar aquí, en Giedi Prime, y ese será el fin del barón Vladimir Harkonnen.
—Te gustaría ser testigo de ello, ¿verdad, Piter? —preguntó el barón—. Cuánto disfrutarías viendo las formaciones Sardaukar arrasando mis ciudades y saqueando este castillo. Estoy seguro de que sería todo un deleite para ti.
—¿Tenéis necesidad de preguntarlo siquiera, barón? —susurró Piter.
—Tendrías que haber sido bashar de uno de sus Cuerpos —dijo el barón—. Te interesan demasiado la sangre y el dolor. Quizá me haya precipitado demasiado al prometerte el botín de Arrakis.
Piter recorrió la estancia con pasos curiosamente cortos y se detuvo justo detrás de Feyd-Rautha. El ambiente de la habitación era tenso, y el joven alzó los ojos y frunció el ceño al sentir detrás a Piter.
—No juguéis con Piter, barón —dijo Piter—. Me prometisteis a la dama Jessica. Me la prometisteis.
—¿Para qué, Piter? —preguntó el barón—. ¿Para más dolor?
Piter lo miró y se sumió en el silencio.
Feyd-Rautha movió la silla a suspensor hacia un lado.
—Tío, ¿tengo que quedarme? Dijiste que...
—Mi querido Feyd-Rautha se impacienta —dijo el barón. Se agitó en las sombras junto a la esfera—. Paciencia, Feyd. —Luego se volvió a centrar en el mentat—. ¿Y el duquecito, querido Piter, el chico Paul?
—La trampa le traerá directamente a nuestras manos, barón —murmuró Piter.
—No he preguntado eso —dijo el barón—. Te recuerdo que predijiste que la bruja Bene Gesserit le daría una hija al duque. Te equivocaste, ¿eh, mentat?
—No suelo equivocarme a menudo, barón —dijo Piter, y por primera vez hubo miedo en su voz—. Estaréis de acuerdo en eso al menos: no me equivoco a menudo. Y vos sabéis bien que esas Bene Gesserit suelen engendrar hijas. Incluso la consorte del emperador solo ha parido hembras.
—Tío —dijo Feyd-Rautha—, dijiste que aquí habría algo importante para mí y...
—Oíd a mi sobrino —dijo el barón—. Aspira a controlar mi baronía y ni siquiera sabe controlarse a sí mismo. —Se movió tras la esfera, una sombra entre las sombras—. Bien, Feyd-Rautha Harkonnen, te he hecho venir aquí con la esperanza de poder enseñarte un poco de sabiduría. ¿Has observado a nuestro buen mentat? Tendrías que haber sacado algo en claro de nuestra conversación.
—Pero, tío...
—Este Piter es un mentat muy eficiente, ¿no crees, Feyd?
—Sí, pero...
—¡Ah! ¡Ahí está: «pero...»! Consume demasiada especia, como si fueran bombones. ¡Mira sus ojos! Se diría que acaba de llegar de una excavación arrakena. Es eficiente, ese Piter, pero también emocional y propenso a arrebatos apasionados. Eficiente, sí, pero también se equivoca.
—¿Me habéis hecho llamar para deteriorar mi eficiencia con vuestras críticas, barón? —dijo Piter con voz baja y grave.
—¿Deteriorar tu eficiencia? Me conoces bien, Piter. Solo quería que mi sobrino comprendiese las limitaciones de un mentat.
—¿Acaso estáis adiestrando ya a mi sustituto? —inquirió Piter.
—¿Reemplazarte a ti? Vamos, Piter, ¿dónde encontraría yo a otro mentat con tu astucia y tu veneno?
—En el mismo lugar donde me encontrasteis a mí, barón.
—Quizá deba hacerlo —meditó el barón—. Te he visto un poco inestable últimamente. ¡Y consumes mucha especia!
—¿Mis placeres son demasiado caros, barón? ¿Os oponéis a ello?
—Mi querido Piter, tus placeres son lo que te atan a mí. ¿Cómo podría oponerme? Solo deseaba que mi sobrino fuese testigo de ello.
—¿Así que estoy en exhibición? —dijo Piter—. ¿Tengo que bailar? ¿Debo mostrar mis variadas capacidades al eminente Feyd-Rau...?
—Eso es —dijo el barón—. Estás en exhibición. Ahora cállate. —Se volvió hacia Feyd-Rautha y se fijó en que los labios del joven, carnosos y expresivos, la marca genética de los Harkonnen, estaban curvados en una sutil mueca divertida—. Eso es un mentat, Feyd. Ha sido adiestrado y condicionado para realizar algunas tareas. Pero no debemos olvidar que se encuentra encerrado dentro de un cuerpo humano. Es un gran inconveniente. A veces pienso que los antiguos acertaron al crear esas máquinas pensantes.
—Eran juguetes comparadas conmigo —gruñó Piter—. Incluso vos, barón, podríais superar a esas máquinas.
—Quizá —dijo el barón—. Ah, bueno... —Inspiró profundamente y eructó—. Ahora, Piter, describe para mi sobrino las líneas generales de nuestra campaña contra la Casa de los Atreides. Cumple tus funciones como mentat, por favor.
—Barón, os advertí que no había que confiar a un hombre tan joven esa información. Mis observaciones sobre...
—Seré yo quien lo valore —dijo el barón—. Te he dado una orden, mentat. Cumple una de tus muchas funciones.
—De acuerdo —dijo Piter. Se envaró y reflejó una extraña actitud de dignidad... que no era más que otra máscara, aunque esta se reflejaba en todo su cuerpo—. Dentro de pocos días estándar, toda la familia del duque Leto embarcará rumbo a Arrakis en una nave de la Cofradía Espacial. La Cofradía los dejará en la ciudad de Arrakeen, y no en nuestra ciudad de Carthag. El mentat del duque, Thufir Hawat, habrá llegado a la acertada conclusión de que Arrakeen es más fácil de defender.
—Escucha con atención, Feyd —dijo el barón—. Observa los planes en los planes de los planes.
Feyd-Rautha asintió mientras pensaba: «Esto ya me gusta más. El viejo monstruo ha decidido al fin dejarme formar parte de sus secretos. Lo que quiere decir que de verdad pretende hacerme su heredero».
—Hay varias posibilidades tangenciales —dijo Piter—. He señalado que la Casa de los Atreides irá a Arrakis, pero aun así no debemos ignorar la posibilidad de que el duque haya firmado un contrato para que la Cofradía le lleve a un lugar seguro fuera del Sistema. En circunstancias similares, otros han renegado de sus Casas, cogido las atómicas y los escudos familiares y huido lejos del Imperio.
—El duque es demasiado orgulloso para hacer algo así —dijo el barón.
—Es una posibilidad —dijo Piter—. De todos modos, el resultado sería el mismo para nosotros.
—¡No, no sería el mismo! —gruñó el barón—. Quiero que desaparezcan, él y su linaje.
—Eso es lo más probable —dijo Piter—. Hay ciertas señales que indican que una Casa se dispone a renegar. No parece haber indicios de que el duque se esté preparando para ello.
—Sigue pues, Piter —suspiró el barón.
—En Arrakeen —continuó el mentat—, el duque y su familia ocuparán la Residencia, que antes fue la casa del conde y la dama Fenring.
—El Embajador de los Contrabandistas —rio el barón.
—¿Embajador de quién? —preguntó Feyd-Rautha.
—Tu tío ha hecho un chiste —explicó Piter—. Llama al conde Fenring Embajador de los Contrabandistas debido al interés que tiene el emperador por las operaciones de contrabando en Arrakis.
Feyd-Rautha dedicó a su tío una mirada perpleja.
—¿Por qué?
—No seas estúpido, Feyd —restalló el barón—. La Cofradía no está bajo el control imperial, ¿cómo iba a estarlo? ¿Cómo viajarían los espías y asesinos de no ser así?
La boca de Feyd-Rautha articuló un silencioso «vaaaya».
—Hemos dispuesto algunas distracciones en la Residencia —dijo Piter—. Habrá un atentado contra la vida del heredero de los Atreides... un atentado que quizá tenga éxito.
—¡Piter! —rugió el barón—. Me dijiste...
—Os dije que pueden producirse accidentes —dijo Piter—. Y esta tentativa de asesinato debe parecer auténtica.
—Bien, pero el chico tiene un cuerpo tan joven y tierno —dijo el barón—. Sin duda tiene visos de convertirse en alguien más peligroso que su padre, a sabiendas de que esa bruja de su madre lo ha adiestrado. ¡Maldita mujer! Bueno, continúa, Piter, por favor.
—Hawat habrá descubierto que tenemos un agente infiltrado entre ellos —dijo Piter—. El doctor Yueh es el sospechoso más obvio, y de hecho es nuestro agente. Pero Hawat lo ha investigado y descubierto que el doctor se ha graduado en la Escuela Suk con Condicionamiento Imperial, lo que proporciona una supuesta seguridad incluso aunque se trate del propio emperador. Se confía más de la cuenta en el Condicionamiento Imperial. Se da por hecho que es un condicionamiento definitivo y que no se puede eliminar sin matar al sujeto. Sin embargo, como alguien dijo hace mucho tiempo, con el punto de apoyo adecuado es posible hasta mover el mundo. Nosotros encontramos el punto de apoyo capaz de mover al doctor.
—¿Cómo? —preguntó Feyd-Rautha. Estaba fascinado.
«¡Todo el mundo sabe que es imposible eliminar el Condicionamiento Imperial!»
—En otra ocasión —dijo el barón—. Continúa, Piter.
—En lugar de Yueh —dijo Piter—, vamos a colocar a otro sospechoso más interesante ante la mirada de Hawat. La audacia de esta sospechosa será lo que más llame la atención del mentat.
—¿Una mujer? —preguntó Feyd-Rautha.
—La mismísima dama Jessica —dijo el barón.
—¿No es sublime? —preguntó Piter—. La mente de Hawat quedará tan afectada que mermarán sus funciones de mentat. Incluso podría intentar matarla. —Piter frunció el ceño—. Pero no creo que sea capaz.
—Y no deseas que lo haga, ¿eh? —preguntó el barón.
—No me distraigáis —dijo Piter—. Además de estar ocupado con la dama Jessica, distraeremos la atención de Hawat con rebeliones en algunas guarniciones y otros lugares similares. Conseguirán controlarlas. El duque tiene que creer que domina la situación. Después, cuando el momento sea propicio, enviaremos una señal a Yueh y avanzaremos con el grueso de nuestras fuerzas...
—Continúa, cuéntamelo todo —dijo el barón.
—Los atacaremos apoyados por dos legiones de Sardaukar disfrazados con ropas Harkonnen.
—¡Sardaukar! —exclamó Feyd-Rautha. Evocó las terribles tropas imperiales, los despiadados asesinos, los soldados fanáticos del emperador Padishah.
—Ahora sabes hasta qué punto confío en ti, Feyd —dijo el barón—. Nada de lo que has escuchado debe llegar a oídos del resto de las Grandes Casas, ya que de ser así el Landsraad podría unirse contra la Casa Imperial, y sería el caos.
—Esto es lo más importante —dijo Piter—: como se va a usar la Casa de los Harkonnen para realizar el trabajo sucio del emperador, nosotros conseguiremos cierta ventaja. Una peligrosa, sin duda, pero que si usamos con prudencia puede proporcionar a nuestra Casa muchas más riquezas de las que poseen el resto de las Casas Imperiales.
—Ni te imaginas la cantidad de riquezas de las que hablamos, Feyd —dijo el barón—. Ni en tus sueños más delirantes. Para empezar, conseguiremos un puesto irrevocable en la dirección de la Compañía CHOAM.
Feyd-Rautha asintió. La riqueza era lo único importante. La CHOAM era la clave para conseguirla, ya que todas las Casas nobles hundían sus manos en las arcas de la compañía todo lo que dichos puestos directivos les permitían. Esos directorios de la CHOAM constituían el verdadero poder político en el Imperio y cambiaban de acuerdo con los votos de las inestables fuerzas del Landsraad, que servían de equilibrio frente al emperador y sus partidarios.
—El duque Leto —dijo Piter— puede buscar refugio entre la nueva escoria Fremen que vive en la frontera con el desierto. O puede que intente enviar a su familia a esa imaginaria seguridad. Pero uno de los agentes de Su Majestad evitará que pueda llegar a ocurrir: el ecólogo planetario. Seguramente lo recordarás. Kynes.
—Feyd lo recuerda —aseguró el barón—. Continúa.
—No le gustan mucho los detalles, barón —dijo Piter.
—¡Te ordeno que continúes! —rugió el barón.
Piter se encogió de hombros.
—Si todo marcha según lo planeado —dijo—, la Casa de los Harkonnen tendrá un subfeudo en Arrakis dentro de un año estándar. Tu tío obtendrá la administración de ese feudo. Su agente personal dominará Arrakis.
—Más beneficios —dijo Feyd-Rautha.
—Exacto —dijo el barón. Y pensó: «Es lo justo. Fuimos nosotros los que conseguimos controlar Arrakis... a excepción de esos pocos mestizos Fremen que se esconden al borde del desierto... y de unos pocos e inofensivos contrabandistas que tienen relaciones más estrechas con el planeta que los propios trabajadores indígenas».
—Y las Grandes Casas sabrán entonces que el barón ha destruido a los Atreides —dijo Piter—. Todas lo sabrán.
—Vaya si lo sabrán —espetó el barón.
—Y lo mejor de todo —dijo Piter— es que el duque también lo sabrá. Ya lo sabe, de hecho. Ya presiente la trampa.
—Es cierto que el duque lo sabe —dijo el barón con la voz un tanto compungida—. Y no puede hacer nada... Qué triste.
El barón se alejó de la esfera de Arrakis. Cuando emergió de las sombras, su silueta adquirió otra dimensión... grande e inmensamente gruesa. Los sutiles movimientos de sus protuberancias bajo los pliegues de su oscura ropa revelaban que sus grasas estaban sostenidas en parte por suspensores portátiles anclados a sus carnes. Debía de pesar en realidad unos doscientos kilos estándar, pero sus pies tan solo sostenían cincuenta de ellos.
—Tengo hambre —gruñó el barón al tiempo que se frotaba los gruesos labios con su mano cubierta de anillos y miraba a Feyd-Rautha con unos ojos enterrados en grasa—. Pide que nos traigan comida, querido. Tomaremos algo antes de retirarnos.
Así habló Santa Alia del Cuchillo: «La Reverenda Madre debe combinar las artes de seducción de una cortesana con la intocable majestuosidad de una diosa virgen, y mantener dichos atributos en tensión tanto tiempo como subsistan las facultades de su juventud. Pues una vez se hayan ido belleza y juventud, descubrirá que el lugar intermedio ocupado antes por la tensión se ha convertido en una fuente de astucia y de recursos infinitos.
De Muad’Dib, comentarios familiares,
por la princesa Irulan
—Bueno, Jessica, ¿qué querías decirme? —preguntó la Reverenda Madre.
Había llegado a Castel Caladan el crepúsculo del día en que Paul había sufrido su prueba. Las dos mujeres estaban solas en el salón matutino de Jessica mientras Paul esperaba en la Sala de Meditación, una estancia adyacente e insonorizada.
Jessica se encontraba de pie ante las ventanas que se abrían al sur. Miró sin ver las coloreadas nubes vespertinas, más allá del prado y del río. Oyó sin escuchar la pregunta de la Reverenda Madre.
Ella también había sufrido la prueba... hacía muchos años. Una jovencita delgada de cabellos color bronce y con el cuerpo torturado por los vientos de la pubertad había entrado en el estudio de la Reverenda Madre Gaius Helen Mohiam, Censora Superior de la escuela Bene Gesserit en Wallach IX. Jessica se contempló la mano derecha, cerró los dedos y recordó el dolor, el terror, la rabia.
—Pobre Paul —susurró.
—¡Te he hecho una pregunta, Jessica! —La voz de la anciana era brusca, imperativa.
—¿Qué? Oh... —Jessica dejó a un lado el pasado y se centró en la Reverenda Madre, que estaba sentada con la espalda apoyada en la pared de piedra, entre las dos ventanas occidentales—. ¿Qué queréis que os diga?
—¿Que qué quiero que me digas? ¿Que qué quiero que me digas? —La vieja voz tenía un tono de burla cruel.
—¡Sí, he tenido un hijo! —estalló Jessica. Y sabía que la habían arrastrado a esa situación deliberadamente.
—Se te había ordenado que solo engendrases hijas para los Atreides.
—Significaba tanto para él —se justificó Jessica.
—¡Y, en tu orgullo, pensaste que podías engendrar al Kwisatz Haderach!
Jessica irguió la cabeza.
—Tuve en cuenta la posibilidad.
—Solo tuviste en cuenta el deseo de tu duque de tener un varón —espetó la anciana—. Y sus deseos no tienen nada que ver con esto. Una hija Atreides hubiera podido casarse con un heredero Harkonnen, y la brecha hubiera quedado cerrada. Lo has complicado todo sin remedio. Ahora corremos el riesgo de perder ambas líneas genéticas.
—No sois infalible —dijo Jessica. Sostuvo la mirada de aquellos ancianos ojos.
—Lo hecho hecho está —dijo al fin la anciana.
—Juré que nunca lamentaría mi decisión —dijo Jessica.
—Muy notable por tu parte —se mofó la Reverenda Madre—. Sin lamentos. Ya veremos cuando le pongan precio a tu cabeza y cuando todas las manos se alcen contra tu vida y la de tu hijo.
Jessica palideció.
—¿No hay alternativa?
—¿Alternativa? ¿Cómo puede una Bene Gesserit preguntar algo así?
—Solo quiero saber el futuro que habéis visto con vuestros poderes superiores.
—Veo en el futuro lo mismo que he visto en el pasado. Conoces bien nuestros asuntos, Jessica. La especie sabe que es mortal y teme el estancamiento de su legado. Lo llevamos en la sangre... Portamos la necesidad de mezclar las características genéticas sin una planificación. El Imperio, la Compañía CHOAM y todas las Grandes Casas no son más que pecios arrastrados por la marea.
—La CHOAM —murmuró Jessica—. Supongo que ya ha decidido cómo repartirá los despojos de Arrakis.
—¿Qué es la CHOAM sino una veleta que se mueve al soplo de nuestro tiempo? —dijo la anciana—. El emperador y sus amigos controlan actualmente un cincuenta y nueve coma sesenta y cinco por ciento de los votos del directorio de la Compañía. Se ha dado cuenta sin duda de los beneficios que hay en juego y, cuando el resto también lo haga, la potencia de sus votos se verá incrementada. La historia funciona así, muchacha.
—Justo lo que necesito ahora —dijo Jessica—. Una clase de historia.
—¡No seas sarcástica, niña! Conoces tan bien como yo los poderes que nos rodean. Nuestra civilización tiene tres vértices: la Casa Imperial enfrentada en igualdad de condiciones a las Grandes Casas Federadas del Landsraad y, entre ellas, la Cofradía y su maldito monopolio de transportes interestelares. A nivel político se forma un triángulo muy inestable, uno que ya sería malo de por sí sin añadirle las complicaciones de una cultura comercial feudal que da la espalda a la mayor parte de la ciencia.
—Pecios arrastrados por la marea... —repitió Jessica con amargura—. Y esos pecios son el duque Leto, también su hijo y también...
—Oh, cállate, muchacha. Cuando entraste en este juego sabías muy bien el avispero con el que te ibas a topar.
—Soy una Bene Gesserit —citó Jessica—. Existo tan solo para servir.
—Exacto —dijo la anciana—. Y esperemos que todo esto no provoque una conflagración general, a fin de preservar todo lo que podamos de las líneas genéticas más importantes.
Jessica cerró los ojos y sintió el escozor de las lágrimas a punto de brotar. Reprimió el temblor interno que la sacudía, también el externo, los jadeos, el batir irregular del pulso, el sudor de sus palmas. Luego dijo:
—Pagaré por mis errores.
—Y tu hijo pagará contigo.
—Lo protegeré tanto como pueda.
—¡Protegerlo! —espetó la anciana—. ¡Sabes bien que es un error! Si lo proteges demasiado, Jessica, nunca será lo suficientemente fuerte como para alcanzar ningún destino.
Jessica se giró y miró hacia las sombras cada vez más densas que se cernían al otro lado de la ventana.
—¿De verdad es tan terrible ese planeta, Arrakis?
—Lo es, pero no del todo. La Missionaria Protectiva pasó por el lugar y lo mejoró un poco. —La Reverenda Madre se puso en pie y se alisó un pliegue de su vestido—. Dile al muchacho que venga. Debo irme pronto.
—¿Debéis?
La voz de la anciana se suavizó:
—Jessica, muchacha, me gustaría estar en tu lugar y asumir tus sufrimientos. Pero cada una de nosotras debe seguir su propio camino.
—Lo sé.
—Para mí eres tan querida como cualquiera de mis otras hijas, pero no debo dejar que esto interfiera con el deber.
—Comprendo... la necesidad.
—Ambas comprendemos lo que has hecho y por qué lo has hecho, Jessica. Pero la bondad me obliga a decirte que hay pocas esperanzas de que tu hijo sea Totalmente Bene Gesserit. No albergues muchas esperanzas.
Jessica se enjugó las lágrimas que se le habían formado en los pliegues de los párpados. Era un gesto de rabia.
—Conseguís que me vuelva a sentir como una chiquilla que recita su primera lección. —Se obligó a recitar las palabras—: «Los humanos no deben someterse nunca a los animales». —La sacudió un brusco sollozo. Luego, dijo en un murmullo—: He estado tan sola.
—Forma parte de la prueba —dijo la anciana—. Los humanos están solos casi siempre. Ahora, llama al chico. Ha sido un día largo y terrible para él. Pero ha tenido suficiente tiempo para reflexionar y recordar, y debo hacerle otras preguntas acerca de sus sueños.
Jessica asintió, se dirigió hacia la puerta de la Sala de Meditación y la abrió.
—Paul, entra, por favor.
Paul obedeció con reluctante lentitud. Miró a su madre como si fuera una extraña. Sus ojos se posaron circunspectos en la Reverenda Madre, pero esta vez solo inclinó ligeramente la cabeza, como si se dirigiera a un igual. Oyó a su madre cerrar la puerta detrás de él.
—Joven —dijo la anciana—, volvamos al asunto de tus sueños.
—¿Qué queréis saber? —preguntó él.
—¿Sueñas cada noche?
—No sueños que merezcan la pena ser recordados. Los recuerdo todos, pero algunos merecen ser recordados y otros no.
—¿Cómo los distingues?
—Simplemente lo sé.
La anciana miró a Jessica y luego volvió a centrarse en Paul.
—¿Qué soñaste anoche? ¿Era de los que merece la pena?
—Sí. —Paul cerró los ojos—. Soñé con una caverna... y con agua... y había una chica... muy delgada y con grandes ojos. Eran totalmente azules, sin blanco. Le hablaba de vos, le decía que había visto a la Reverenda Madre en Caladan.
Paul abrió los ojos.
—¿Y lo que le contabas a esa extraña chica era lo que ha ocurrido hoy?
Paul reflexionó un instante y luego dijo:
—Sí. Le dije a la chica que vos habíais venido y que me habíais marcado con un sello de extrañeza.
—Un sello de extrañeza —murmuró la anciana, que volvió a mirar a Jessica para luego volver a centrarse en Paul—. Ahora, dime la verdad, Paul: ¿tienes a menudo esos sueños en los que ocurren cosas que luego se repiten en la realidad exactamente a como las has soñado?
—Sí. Y ya había soñado con esa chica antes.
—¿Oh? ¿La conoces?
—La conoceré.
—Háblame de ella.
Paul volvió a cerrar los ojos.
—Estamos en un pequeño lugar entre rocas, a cubierto. Es casi de noche, pero hace calor y veo arena en el exterior, a través de las rocas. Estamos... esperando algo... a que yo vaya a reunirme con alguien. Ella está aterrada, pero intenta ocultármelo, y yo estoy emocionado. Me dice: «Vuelve a hablarme de las aguas de tu mundo natal, Usul». —Paul abrió los ojos—. ¿No es extraño? Mi mundo natal es Caladan. Nunca he oído hablar de un planeta llamado Usul.
—¿Hay algo más en ese sueño? —interrumpió Jessica.
—Sí. He llegado a pensar que a quien llama Usul es a mí —dijo Paul—. Acaba de ocurrírseme ahora. —Volvió a cerrar los ojos—. Me pide que le hable de las aguas. Y yo tomo su mano. Le digo que le voy a recitar un poema. Y le recito el poema, pero tengo que explicarle algunas de las palabras, como playa y resaca y algas y gaviotas.
—¿Qué poema? —preguntó la Reverenda Madre.
Paul abrió los ojos.
—Uno de los poemas cantados de Gurney Halleck para momentos tristes.
Detrás de Paul, Jessica empezó a recitar:
Recuerdo el humo salado de un fuego en la playa
y las sombras bajo los pinos...
Sólidas, definidas... concretas...
Las gaviotas encaramadas en el promontorio,
blanco sobre verde...
Y el viento soplando entre los pinos
haciendo ondear las sombras;
Las gaviotas distendiendo las alas,
volando
y llenando el cielo con sus graznidos.
Y oigo el viento
soplando a lo largo de la playa,
y la resaca,
y veo cómo nuestra hoguera
ha abrasado las algas.
—Ese —dijo Paul.
La anciana miró al chico y dijo:
—Joven, como Censora de la Bene Gesserit, mi objetivo es encontrar al Kwisatz Haderach, el varón capaz de convertirse realmente en una de nosotras. Tu madre ve en ti dicha posibilidad, pero la ve con los ojos de una madre. Yo también la veo, pero no es más que eso, una posibilidad.
Guardó silencio, y Paul comprendió que la mujer esperaba su respuesta. También guardó silencio.
—Bien, será como quieras —dijo ella al cabo de un momento—. Eres intenso, lo admito.
—¿Puedo irme ya? —preguntó Paul.
—¿No deseas oír lo que puede decirte la Reverenda Madre sobre el Kwisatz Haderach? —preguntó Jessica.
—Ha dicho que todos los que lo habían intentado están muertos.
—Pero puedo compartir contigo algunas conjeturas sobre esos fracasos —dijo la Reverenda Madre.
«Ha dicho conjeturas —pensó Paul—. Es porque en realidad no sabe nada.»
Luego añadió:
—Pues contádmelas.
—Se te ve interesado. —Esbozó una sonrisa irónica, y las arrugas se le marcaron en el rostro—. Muy bien: «Lo que se somete, domina».
Se quedó atónito; ¿le estaba hablando de algo tan elemental como la tensión dentro de la intencionalidad? ¿Acaso creía que su madre no le había enseñado nada?
—¿Eso es una conjetura? —preguntó.
—No estamos aquí para retorcer las palabras o discutir sobre su significado —dijo la anciana—. El sauce se somete al viento y crece hasta que un día hay a su alrededor tantos sauces que llegan a formar una barrera contra el viento. Esa es la finalidad del sauce.
Paul la miró. La mujer había dicho «finalidad», y Paul sintió cómo la palabra le golpeaba y le volvía a infectar con esa terrible finalidad. Experimentó una súbita rabia contra ella: fatua vieja bruja con la boca llena de clichés.
—Creéis que puedo ser ese Kwisatz Haderach —dijo—. Habéis hablado de mí, pero no habéis dicho absolutamente nada sobre lo que podemos hacer para ayudar a mi padre. Os he oído hablar con mi madre. Habláis como si mi padre ya estuviera muerto. ¡Bien, pues no es así!
—Si fuera posible hacer algo por él, ya lo habríamos hecho —gruñó la anciana—. Quizá consigamos salvarte a ti. Es dudoso, pero posible. Lo de tu padre no tiene remedio. Cuando lo hayas conseguido aceptar, habrás aprendido una verdadera lección Bene Gesserit.
Paul se dio cuenta de que las palabras habían afectado a su madre. Miró irritado a la anciana. ¿Cómo podía decir esas cosas de su padre? ¿Cómo podía estar tan segura? El rencor bullía en su interior.
La Reverenda Madre miró a Jessica.
—Lo has entrenado bien a la Manera... He visto las señales. Yo hubiera hecho lo mismo en tu lugar, y al diablo con las Reglas.
Jessica asintió.
—Pero deja que te diga una cosa —dijo la anciana—. No olvides el orden regular de su adiestramiento. Su propia seguridad requiere la Voz. Ya tiene alguna idea, pero ambas sabemos que necesita mucho más... y desesperadamente. —Se acercó a Paul y lo miró con fijeza—. Adiós, joven humano. Espero que tengas éxito. Pero, ocurra lo que ocurra... Bueno, tendremos éxito.
Miró de nuevo a Jessica. Un imperceptible atisbo de comprensión se cruzó en sus miradas. Después la anciana salió de la estancia no sin antes volver a mirar atrás entre el siseo de sus ropas. La habitación y sus ocupantes habían desaparecido de sus pensamientos.
Pero Jessica había podido vislumbrar por un instante el rostro de la Reverenda Madre justo cuando se giraba. Había lágrimas en aquellas arrugadas mejillas. Lágrimas más inquietantes que cualquier otra palabra o gesto que se hubiera intercambiado entre ellos ese día.
Habéis leído que Muad’Dib no tenía compañeros de juego de su edad en Caladan. Era muy peligroso. Pero Muad’Dib tuvo maravillosos compañeros-preceptores. Por ejemplo, Gurney Halleck, el trovador-guerrero. Podréis cantar algunas de las canciones de Gurney a medida que vayáis leyendo este libro. También Thufir Hawat, el viejo mentat Maestro de Asesinos, al que temía el propio emperador Padishah. También Duncan Idaho, el Maestro de Armas de los Ginaz; el doctor Wellington Yueh, un nombre emponzoñado por la traición pero cargado de conocimiento; la dama Jessica, que guio a su hijo en la Manera Bene Gesserit, y —por supuesto— el duque Leto, cuyas cualidades como padre se pasaron por alto durante mucho tiempo.
De Historia de Muad’Dib para niños,
por la princesa Irulan
Thufir Hawat entró en la sala de ejercicios de Castel Caladan y cerró la puerta con cuidado. Permaneció inmóvil un momento; se sentía viejo, cansado y zarandeado por la tormenta. Le dolía la pierna izquierda, herida hacía tiempo al servicio del Viejo Duque.
«Tres generaciones de ellos ya», pensó.
Contempló la gran sala iluminada por la intensa luz del mediodía que penetraba a raudales a través de los tragaluces, y vio al muchacho sentado de espaldas a la puerta, concentrado sobre unos papeles y mapas esparcidos sobre una mesa en forma de L.
«¿Cuántas veces tendré que decirle que nunca debe dar la espalda a una puerta?»
Hawat carraspeó.
Paul permaneció sumergido en sus estudios.
La sombra de una nube pasó por delante de los tragaluces. Hawat carraspeó de nuevo.
Paul se enderezó y dijo, sin volverse:
—Lo sé. Estoy sentado dando la espalda a la puerta.
Hawat reprimió una sonrisa y avanzó por la estancia.
Paul alzó los ojos hacia ese hombre canoso que se había detenido en la esquina de la mesa. Los ojos de Hawat eran dos abismos vigilantes en un rostro oscuro y arrugado.
—Te he oído llegar por el pasillo —dijo Paul—. Y también abrir la puerta.
—Cualquiera podría imitar esos sonidos.
—Notaría la diferencia.
«Es capaz de ello —pensó Hawat—. Esa bruja de su madre lo ha adiestrado bien, sin duda. Me pregunto qué pensará al respecto su preciosa escuela. Quizá esa sea la razón por la que han enviado aquí a la vieja Censora... para meter en vereda a nuestra querida dama Jessica.»
Hawat colocó una silla frente a Paul y se sentó de cara a la puerta. Lo hizo intencionadamente, se reclinó y analizó la estancia. De improviso, aquel lugar tan familiar le pareció extraño, ajeno ahora que la mayor parte del equipo se había enviado a Arrakis. Solo quedaban una mesa de ejercicios, un espejo de esgrima, con sus cristales prismáticos inertes, y un muñeco de entrenamiento que tenía el aspecto de un viejo soldado de infantería lacerado y consumido por las guerras.
«Exactamente como yo», pensó Hawat.
—¿En qué piensas, Thufir? —preguntó Paul.
Hawat miró al muchacho.
—Pensaba en que muy pronto estaremos todos muy lejos de aquí, y que probablemente no volveremos nunca.
—¿Y eso te pone triste?
—¿Triste? ¡Tonterías! Dejar atrás a los amigos sí sería triste. Pero un lugar es solo un lugar. —Contempló los mapas sobre la mesa—. Y Arrakis no es más que otro lugar.
—¿Te ha enviado mi padre para evaluarme?
Hawat frunció el ceño: el muchacho sabía analizarlo con mucha perspicacia. Asintió.
—Sé que crees que hubiera sido mejor que viniera él mismo, pero ya sabes lo ocupado que está. Vendrá más tarde.
—Estaba estudiando las tormentas de Arrakis.
—Las tormentas. Ya veo.
—Parecen más bien malas.
—Una palabra muy cauta: «malas». Esas tormentas se desencadenan a lo largo de seis o siete mil kilómetros de llanuras y se alimentan de todo lo que pueda proporcionarles un mayor empuje: el efecto Coriolis, otras tormentas o cualquier cosa que tenga un ápice de energía. Pueden llegar a alcanzar los setecientos kilómetros por hora y arrastran cualquier cosa móvil que encuentren en su camino: arena, polvo, lo que sea. Arrancan la carne de tus huesos y los reducen a astillas.
—¿Por qué no hay control climático?
—Arrakis plantea unos problemas particulares, los costes son mayores y se necesitaría un mantenimiento y demás. La Cofradía exige un precio prohibitivo por un satélite de control, y la Casa de tu padre no está entre las más ricas, muchacho. Lo sabes bien.
—¿Has visto a los Fremen?
«Hoy le da vueltas a todo», pensó Hawat.
—Es posible que los haya visto —dijo—. No hay mucho que los distinga de la gente que habita los graben y las dolinas. Todos llevan esas túnicas holgadas. Y apestan como demonios en cualquier lugar cerrado. Se debe a esos trajes que llevan (los llaman «destiltrajes») y cuyo cometido es recuperar el agua de sus cuerpos.
Paul tragó saliva, consciente de pronto de la humedad en su boca al recordar un sueño en el que había estado sediento. El hecho de que aquel pueblo necesitase el agua hasta tal punto que tuviera que reciclar la humedad de su propio cuerpo lo dejó desolado.
—El agua es un bien muy preciado allí —dijo.
Hawat asintió y pensó: «Quizá haya conseguido hacerle comprender cuán hostil es ese planeta y lo importante que es para nosotros considerarlo un enemigo. Sería una locura ir allí sin tenerlo bien claro».
Paul miró los tragaluces y comprobó que había comenzado a llover. Vio las gotas estrellarse contra la gris superficie de metaglass.
—Agua —dijo.
—Aprenderás a darle la importancia que merece —dijo Hawat—. Como hijo del duque nunca te faltará, pero verás a tu alrededor las consecuencias de la sed.
Paul se humedeció los labios con la lengua y pensó en aquel día de la semana pasada que había tenido la prueba con la Reverenda Madre. Ella también le había dicho algo acerca de la privación del agua.
—Descubrirás las llanuras funerales —había dicho—, los desiertos absolutamente vacíos, las vastas extensiones donde no hay vida a excepción de la especia y los gusanos de arena. Pintarás de negro las cuencas de tus ojos para atenuar el brillo del sol. Cualquier agujero al abrigo del viento y de la vista será un refugio para ti. Cabalgarás únicamente sobre tus pies, sin tóptero ni vehículo ni montura.
Paul se había quedado más impresionado por su tono —cantarín pero titubeante— que por sus palabras.
—Cuando vivas en Arrakis —le había dicho—, khala, la tierra estará vacía. Las lunas serán tus amigas; el sol, tu enemigo.
Paul había oído a su madre acercarse a él desde la puerta donde estaba de guardia. La mujer había mirado a la Reverenda Madre y preguntado:
—¿No veis esperanza alguna, Vuestra Reverencia?
—No para el padre. —Y la anciana había hecho un gesto para hacer callar a Jessica mientras miraba a Paul—. Graba esto en tu memoria, muchacho: un mundo se sostiene por cuatro cosas. —Alzó cuatro nudosos dedos—: la erudición de los sabios, la justicia de los poderosos, las plegarias de los justos y el coraje de los valerosos. Pero eso no vale nada... —Cerró los dedos en un puño— sin un gobernante que conozca el arte de gobernar. ¡Haz de esto tu ciencia!
Había pasado una semana desde aquel día con la Reverenda Madre, pero era ahora cuando sus palabras adquirían pleno significado. En ese momento, sentado en la sala de ejercicios con Thufir Hawat, Paul experimentó la profunda mordedura del miedo. Miró al mentat, que tenía el ceño fruncido.
—¿En qué pensabas? —preguntó Hawat.
—¿Tú también viste a la Reverenda Madre?
—¿Esa bruja Decidora de Verdad del Imperio? —Hawat parpadeó varias veces con interés—. Sí, la vi.
—Ella... —Paul vaciló y descubrió que no podía hablar con Hawat de la prueba. Las inhibiciones eran demasiado profundas.
—¿Sí? ¿Qué hizo?
Paul respiró hondo dos veces.
—Dijo algo. —Cerró los ojos para evocar las palabras y, cuando habló, su voz adquirió inconscientemente algo del tono de la anciana—: «Tú, Paul Atreides, descendiente de reyes, hijo de un duque, debes aprender a gobernar. Algo que no consiguió ninguno de tus antecesores». —Paul abrió los ojos y dijo—: Me enfadé y le dije que mi padre gobierna un planeta entero. Y ella dijo: «Lo está perdiendo». Y yo respondí que le iban a dar un planeta aún más rico. Y ella dijo: «También lo perderá». Me dieron ganas de correr para advertir a mi padre, pero la anciana me dijo que ya le habían advertido. Que lo habíais hecho tú, madre y muchos más.
—Completamente cierto —murmuró Hawat.
—Entonces ¿por qué vamos a ese lugar? —preguntó Paul.
—Porque lo ha ordenado el emperador. Y porque, pese a lo que dice esa bruja espía, aún hay esperanzas. ¿Qué otra cosa esputó esa antigua fuente de sabiduría?
Paul se miró la mano derecha, que tenía cerrada en un puño bajo la mesa. Lentamente, ordenó a sus músculos que se relajaran.
«Puso alguna clase de poder en mí —pensó—. ¿Cómo?»
—Me pidió que le dijera qué significaba gobernar —siguió Paul—. Y yo dije que el mando de uno solo. Y ella dijo que tenía que volver a aprender ciertos conceptos.
«Eso es muy cierto», pensó Hawat. Asintió para invitar a Paul a continuar.
—Dijo que un gobernante debe aprender a persuadir y no a obligar. Que debe ofrecer el hogar más confortable y acogedor del mundo para atraer a los mejores hombres.
—¿Cómo crees que tu padre ha atraído a hombres como Duncan y Gurney? —preguntó Hawat.
Paul se encogió de hombros.
—Después dijo que un buen gobernante debe aprender el idioma de su mundo, que es distinto en todos. Creí que con esto quería decirme que en Arrakis no hablan galach, pero me dijo que no se refería a eso, sino al lenguaje de las rocas y de las cosas que crecen, el que uno no puede oír solo con los oídos. Yo le dije que eso era lo que el doctor Yueh llama el Misterio de la Vida.
Hawat sonrió.
—¿Y cómo se lo tomó?
—Creo que se puso furiosa. Dijo que ese misterio de la vida no es un problema que haya que resolver, sino una realidad que hay que experimentar. Entonces le cité la Primera Ley del Mentat: «Un proceso no puede ser comprendido si se detiene. La comprensión debe fluir al mismo tiempo que el proceso, debe unirse a él y caminar con él». Esto pareció dejarla satisfecha.
«Parece que se haya recobrado —pensó Hawat—, pero aquella vieja bruja lo asustó. ¿Por qué lo hizo?»
—Thufir —dijo Paul—, ¿es Arrakis tan malo como dicen?
—Nada podría ser tan malo —dijo Hawat forzando una sonrisa—. Mira los Fremen, por ejemplo, el pueblo renegado del desierto. He realizado un primer análisis y te puedo asegurar que son numerosos, mucho más de lo que cree el Imperio. En ese planeta vive gente, muchacho, un pueblo inmenso y numeroso que... —Hawat se acercó al ojo un nudoso dedo—. Que odia a los Harkonnen con una pasión desmesurada. Pero no le digas ni una palabra de esto a nadie, muchacho. Solo te lo digo a ti porque quiero ayudar a tu padre.
—Mi padre me ha hablado de Salusa Secundus —dijo Paul—. ¿No crees, Thufir, que es muy parecido a Arrakis? No tan malo quizá, pero sí muy parecido.
—No sabemos mucho del estado actual de Salusa Secundus —dijo Hawat—. Solo cómo era hace mucho tiempo, nada más. Pero en líneas generales tienes razón.
—¿Nos van a ayudar los Fremen?
—Es una posibilidad. —Hawat se levantó—. Hoy salgo para Arrakis. Mientras tanto, cuídate, aunque solo sea porque te lo pide un viejo que te quiere bien, ¿eh? Ven aquí y no te sientes ofreciendo la espalda a la puerta. No es que crea que haya ningún peligro en el castillo, es solo un hábito que me gustaría que adquirieses.
Paul se levantó y rodeó la mesa.
—¿Así que te vas hoy?
—Sí, hoy. Y tú me seguirás mañana. La próxima vez que nos veamos será en tu nuevo mundo. —Sujetó a Paul por el brazo derecho a la altura del bíceps—. Mantén libre el brazo del cuchillo, ¿eh? Y tu escudo siempre a plena carga. —Soltó el brazo, palmeó el hombro de Paul, se giró y avanzó con premura hacia la puerta.
—¡Thufir! —llamó Paul.
Hawat se volvió ante la puerta abierta.
—No des nunca la espalda a una puerta —dijo Paul.
Una amplia sonrisa afloró en el viejo rostro.
—No lo haré, muchacho, puedes estar seguro.
Y se marchó, cerrando suavemente la puerta detrás de él.
Paul se sentó donde antes había estado Hawat y se puso a ordenar los documentos.
«Solo un día más aquí —pensó. Miró la estancia a su alrededor—. Estamos a punto de irnos.»
De pronto, la idea de la partida se volvió más real que nunca. Recordó otra vez lo que le había dicho la anciana, que un mundo es la suma de muchas cosas: la gente, la tierra, las cosas que crecen, las lunas, las mareas, los soles; una suma desconocida que recibe el nombre de «naturaleza», un término vago para el que el «ahora» no significa nada. Luego se preguntó: «¿Qué es el ahora?».
La puerta frente a Paul se abrió de repente, y un hombre feo y macizo penetró en la estancia con una gran cantidad de armas en los brazos.
—Vaya, Gurney Halleck —dijo Paul—. ¿Eres el nuevo maestro de armas?
Halleck cerró la puerta de un taconazo.
—Ya sé que preferirías que viniera para jugar —dijo.
Echó una ojeada a la estancia y comprobó que los hombres de Hawat ya la habían repasado a fondo y dejado segura para el heredero del duque. Eran unas señales sutiles y codificadas que estaban por todas partes.
Paul observó cómo el hombre feo y macizo se acercaba a la mesa de adiestramiento con el cargamento de armas, y vio el baliset de nueve cuerdas que Gurney llevaba al hombro y la multipúa colocada entre las cuerdas en el diapasón cerca de la pala.
Halleck dejó caer las armas sobre la mesa de ejercicios y las alineó: los estoques, los puñales, los kindjal, los aturdidores de carga lenta, los cinturones escudo. La cicatriz de estigma que le recorría la mandíbula inferior se retorció cuando se dio la vuelta y le dedicó una sonrisa a la estancia.
—Veo que ni siquiera me das los buenos días, joven diablillo —dijo Halleck—. ¿Qué clase de dardo has clavado en el corazón del viejo Hawat? Se ha cruzado conmigo en el pasillo como si corriera al funeral de su peor enemigo.
Paul sonrió. Entre todos los hombres de su padre, Gurney era el que más le gustaba: conocía sus cambios de humor, sus debilidades, su carácter. Para él era más un amigo que una espada mercenaria.
Halleck se descolgó el baliset del hombro y empezó a afinarlo.
—No hace falta que hables si no quieres —dijo.
Paul se levantó, empezó a recorrer la estancia y lo desafió:
—Vaya, Gurney —dijo—, ¿vienes preparado para la música cuando es tiempo de combatir?
—Veo que hoy toca faltar al respeto a tus mayores, ¿eh? —dijo Halleck. Rasgueó un acorde con el instrumento y asintió.
—¿Dónde está Duncan Idaho? —preguntó Paul—. Se supone que es él quien debe enseñarme el uso de las armas.
—Duncan lidera la segunda oleada hacia Arrakis —dijo Halleck—. Lo único que os queda es el pobre Gurney, que está cansado de luchar y solo desea tocar un poco de música. —Rasgueó otro acorde, lo dejó sonar y sonrió—. Y el consejo ha decidido que, puesto que has resultado ser un combatiente tan poco capacitado, es mejor enseñarte un poco de música a fin de que no malgastes completamente tu vida.
—Cántame una canción en ese caso —dijo Paul—. Así al menos sabré cómo no se debe hacer.
—¡Ja, ja, ja! —rio Gurney.
Luego entonó Las chicas galacianas, mientras la multipúa se emborronaba entre las cuerdas:
Oh, oh, las chicas galacianas,
lo harán por las perlas,
¡y las de Arrakis por el agua!
Pero si buscas damas
que se consuman como llamas,
¡prueba una hija de Caladan!
—No está mal para alguien tan torpe con la púa —dijo Paul—. Si mi madre te oyera cantar tales obscenidades en el castillo, te cortaría las orejas para adornar las almenas.
Gurney se tiró de la oreja izquierda.
—Una decoración bien pobre a tenor de lo que han sufrido escuchando por el ojo de la cerradura las tonadillas que cierto jovencito intentaba sacar de su baliset.
—Veo que ya has olvidado lo que significa encontrarse la cama llena de arena —dijo Paul. Cogió un cinturón escudo de la mesa y se lo ajustó rápidamente a la cintura—. ¡Pues luchemos!
Los ojos de Halleck se abrieron en fingida sorpresa.
—¡Anda! ¡Así que fue tu sacrílega mano la que realizó tan execrable acción! En guardia, pues, joven maestro, en guardia. —Cogió un estoque y lo agitó—. ¡Soy un demonio infernal en busca de venganza!
Paul empuñó el otro estoque, cimbreó la hoja y se colocó en posición de aguile, con un pie delante. Puso gesto solemne, en una cómica imitación del doctor Yueh.
—Hay que ver el memo que envía mi padre para enseñarme el manejo de las armas —entonó—. El imbécil de Gurney Halleck ha olvidado incluso la primera lección con armas y escudo. —Paul activó el cinturón y sintió la comezón en su frente y espalda y el prurito causado por la acción del campo de fuerza defensivo; los sonidos exteriores menguaron ostensiblemente con el característico efecto de filtro del escudo—. Cuando uno lucha con escudo, la defensa es rápida y el ataque lento —dijo Paul—. La única finalidad del ataque es obligar al adversario a dar un paso en falso para poder pillarle desprevenido. ¡El escudo detiene los golpes rápidos, pero se deja traspasar por el lento kindjal!
Paul alzó la espada, fintó rápidamente y atacó con una lentitud calculada para atravesar las defensas automáticas del escudo.
Halleck siguió sus movimientos, se giró en el último segundo y dejó que la hoja roma le rozara el pecho.
—Una velocidad excelente —dijo—. Pero te has quedado muy expuesto para que te contraataque con una estocada rastrera.
Paul retrocedió, irritado.
—Debería azotarte el trasero por tu imprudencia —dijo Halleck. Tomó un kindjal desenvainado de encima de la mesa y lo blandió—. ¡En manos de un enemigo, esto podría haberte hecho verter toda la sangre! Eres un alumno bien dotado, pero nada más, y siempre te he avisado de que ni siquiera jugando dejes que un hombre penetre tus defensas con la muerte en la mano.
—Supongo que hoy no estoy de humor para esto —dijo Paul.
—¿Humor? —Halleck no pudo evitar sonar indignado, incluso a través del filtro del escudo—. ¿Qué tiene que ver tu humor? Uno combate cuando es necesario... ¡no cuando está de humor! El humor está bien para los borregos, para hacer el amor o para tocar el baliset. No para combatir.
—Lo siento, Gurney.
—¡No lo sientes lo suficiente!
Halleck activó el escudo y se puso en guardia con el kindjal bien aferrado en su mano izquierda y el estoque en la derecha.
—¡Te recomiendo que te defiendas muy en serio! —Hizo una finta hacia un lado, luego otra hacia delante y se abalanzó para atacar con rabia.
Paul se echó hacia detrás para bloquear los ataques. Sintió el crepitar de los campos de fuerza cuando los escudos se tocaban y se repelían, y también esa comezón eléctrica recorriendo de nuevo su piel.
«¿Qué le pasa a Gurney? —se preguntó—. ¡No está fingiendo!»
Paul movió la mano izquierda para hacer que el puñal que llevaba sujeto en la muñeca se deslizara hasta su palma.
—Necesitas una hoja más, ¿eh? —gruñó Halleck.
«¿Es una traición? —se preguntó Paul—. ¡No, Gurney no!»
Lucharon por toda la estancia, golpeando y parando, fintando y contrafintando. El aire en el interior de los escudos empezó a hacerse pesado, debido al excesivo consumo y a la lenta renovación que se realizaba a través de la barrera. El olor a ozono se hacía más intenso cada vez que se entrechocaban.
Paul continuó retrocediendo, pero empezó a dirigirse hacia la mesa de ejercicios.
«Si consigo llevarle hasta allá, le mostraré uno de mis trucos —pensó Paul—. Un paso más, Gurney.»
Halleck dio el paso.
Paul paró otro golpe bajo, se giró y vio el estoque de Halleck estrellarse contra el filo de la mesa. Fintó hacia un lado y lanzó a su vez un ataque con el estoque al mismo tiempo que levantaba el puñal hacia el cuello de Halleck. Detuvo la hoja a tres centímetros de la yugular.
—¿Era eso lo que querías? —susurró Paul.
—Mira hacia abajo, muchacho —jadeó Gurney.
Paul obedeció y vio el kindjal de Halleck bajo el borde de la mesa, apuntando justo hacia su ingle.
—Ambos hubiéramos encontrado la muerte —dijo Halleck—. Pero debo admitir que combates un poco mejor cuando estás bajo presión. Ahora sí que estás de humor. —Y le dedicó una sonrisa lobuna que le crispó la cicatriz de estigma de su mentón.
—Me has atacado de una manera que... —dijo Paul—. ¿De verdad hubieras derramado mi sangre?
Halleck apartó el kindjal y se irguió.
—Muchacho, si te hubieras batido un ápice por debajo de tus capacidades te hubiera hecho una buena herida y dejado una buena cicatriz. No quiero que mi alumno favorito sucumba ante el primer sinvergüenza Harkonnen con el que se tope.
Paul desactivó el escudo y se apoyó en la mesa para recuperar el aliento.
—Me lo merecía, Gurney, pero mi padre se hubiera puesto furioso si me hubieses herido. No quiero que te castiguen por mis errores.
—De haber ocurrido —dijo Halleck—, el error también hubiera sido mío. No te preocupes por una o dos cicatrices de entrenamiento. Eres afortunado por tener tan pocas. En cuanto a tu padre... el duque solo me castigaría si fracasara a la hora de convertirte en un combatiente de primera clase. Y hubiese sido un fracaso no explicarte el error que cometías al relacionar el humor con algo tan serio como esto.
Paul se irguió y devolvió el puñal a su funda de muñeca.
—Esto no es un juego —dijo Halleck.
Paul asintió. Se maravilló ante la insólita seriedad de Halleck, ante su firme resolución. Miró la violácea cicatriz de estigma que adornaba la mandíbula del hombre y recordó la historia que le habían contado acerca de que había sido la Bestia Rabban quien se la había causado en un pozo de esclavos de los Harkonnen en Giedi Prime. Paul sintió una repentina vergüenza por haber dudado de Halleck aunque fuera por un solo instante. En ese momento comprendió que esa cicatriz había sido sinónimo de mucho dolor para Halleck; puede que uno tan intenso como el que le había infligido a él la Reverenda Madre. Pero no tardó en rechazar la idea: helaba todo su mundo.
—Supongo que hoy tenía ganas de jugar un poco —dijo Paul—. Las cosas se han puesto muy serias a mi alrededor últimamente.
Halleck se dio la vuelta para ocultar su emoción. Algo ardía en sus ojos. Sintió dolor, una ampolla, la herida de un ayer olvidado que no había llegado a cicatrizar del todo con el Tiempo.
«Cuán pronto ha asumido este muchacho su condición de hombre —pensó Halleck—. Cuán pronto ha debido aprender esta brutal necesidad de la prudencia, este hecho que se graba en tu mente y te advierte: “Desconfía incluso de tus allegados”.»
Sin volver a darse la vuelta, dijo:
—He notado esas ganas de jugar, muchacho, y ojalá hubiera podido complacerte. Pero se acabaron los juegos. Mañana partiremos hacia Arrakis. Arrakis es real. Los Harkonnen son reales.
Paul colocó el estoque en vertical frente a él y se tocó la frente con la hoja.
Halleck se giró, vio el saludo y respondió con una inclinación de cabeza. Señaló el muñeco de ejercicios.
—Ahora entrenaremos tu rapidez. Muéstrame cómo le darías una estocada rastrera. Te vigilaré desde aquí, donde puedo seguir mejor la acción. Te advierto que hoy probaré nuevos contraataques, y es una advertencia que no te hará ninguno de tus enemigos reales.
Paul se puso de puntillas para distender los músculos. Adoptó una actitud solemne, ahora que de repente había comprendido los repentinos cambios que habían afectado a su vida. Avanzó hacia el muñeco, pulsó con la punta del estoque el interruptor que tenía en el centro del pecho y sintió de inmediato cómo el escudo que acababa de activar apartaba la hoja del arma.
—¡En guardia! —gritó Halleck, y el muñeco se lanzó al ataque.
Paul activó el escudo, paró un ataque y contraatacó.
Halleck lo vigilaba mientras manipulaba los controles. Parecía tener la mente dividida: una centrada en el entrenamiento y la otra a la deriva entre las nubes.
«Soy como un frutal bien cuidado —pensó—. Lleno de buenos sentimientos y de habilidades y de todas las cosas hermosas que crecen en mí, a la espera de que alguien pueda recolectarlas.»
Por alguna razón, recordó a su hermana menor y visualizó muy bien su rostro menudo. Estaba muerta. Había fallecido en un burdel para las tropas Harkonnen. Le gustaban los pensamientos... ¿o eran las margaritas? No conseguía recordarlo. Y le turbaba no poder hacerlo.
Paul contrarrestó un golpe lento del muñeco y lanzó un entretisser con la izquierda.
«¡Pequeño y astuto demonio! —pensó Halleck, que tuvo que concentrarse para contrarrestar los complejos movimientos de Paul—. Ha practicado y estudiado por su cuenta. Ese no es el estilo de Duncan y, sin duda, tampoco nada que yo le haya enseñado.»
Este pensamiento solo consiguió aumentar la tristeza de Halleck.
«Me ha contagiado su humor», dijo para sí. Luego empezó a reflexionar sobre Paul, se preguntó si el muchacho habría sido capaz de conciliar el sueño en el silencio de la noche.
—Si los deseos fueran peces, todos arrojaríamos nuestras redes —murmuró.
Era una frase de su madre que se repetía a sí mismo siempre que sentía las tinieblas del mañana cernirse sobre él. Después pensó en lo extraño que sería usar dicha expresión en un planeta que nunca había conocido los mares ni los peces.
YUEH (yue), Wallington (uel ing tun), Stdrd 10082-10191; doctor en medicina de la Escuela Suk (grd Stdrd 10112); md: Wanna Marcus, B. G. (Stdrd 10092-101186?); conocido principalmente por haber traicionado al duque Leto Atreides. (Cf.: Bibliografía, Apéndice VII: Condicionamiento Imperial y la Traición, El.)
Del Diccionario de Muad’Dib,
por la princesa Irulan
Paul oyó entrar al doctor Yueh en la sala con pasos deliberadamente sonoros, pero permaneció bocarriba en la mesa de ejercicios donde lo había dejado la masajista. Se sentía muy relajado después del ejercicio con Gurney Halleck.
—Se os ve cómodo —dijo Yueh con su voz tranquila y aguda.
Paul levantó la cabeza y vio la envarada figura del hombre de pie a algunos pasos de él. Con tan solo un vistazo observó sus arrugadas ropas negras, el bloque cuadrado que tenía por cabeza, con sus labios púrpura y el frondoso bigote, el tatuaje diamantino del Condicionamiento Imperial en la frente y la melena negra y larga que le caía sobre el hombro izquierdo, sujeta por el anillo de plata de la Escuela Suk.
—Os complacerá saber que hoy no tenemos tiempo para la lección —dijo Yueh—. Vuestro padre llegará en un momento.
Paul se incorporó.
—No obstante, he preparado un visor de librofilms y algunas lecciones grabadas para que podáis estudiarlas durante el viaje a Arrakis.
—Vaya.
Paul empezó a vestirse. Le emocionaba pensar que estaba a punto de ver a su padre. Habían pasado muy poco tiempo juntos desde que el emperador le había ordenado aceptar el feudo de Arrakis.
Yueh se acercó a la mesa en forma de L mientras pensaba: «Cómo ha madurado en estos últimos meses. ¡Qué desperdicio! ¡Oh, qué triste desperdicio! —Y recordó para sí—: No debo fallar. Lo que hago lo hago para asegurarme de que esas bestias Harkonnen no harán sufrir más a mi Wanna».
Paul se abotonó la chaqueta y se acercó a la mesa.
—¿Qué estudiaré durante el viaje?
—P-pues... las formas de vida terrestres presentes en Arrakis. Parece que algunas se han adaptado estupendamente al planeta. No está claro cómo. Tendré que consultar al ecólogo planetario, el doctor Kynes, y ofrecerle mi ayuda en sus investigaciones.
Yueh pensó: «¿Qué estoy diciendo? Me engaño hasta a mí mismo».
—¿Habrá algo sobre los Fremen? —preguntó Paul.
—¿Los Fremen? —Yueh tamborileó con los dedos sobre la mesa. Después se dio cuenta de que Paul había observado el nervioso gesto y retiró la mano.
—Podríais contarme algo sobre toda la población de Arrakis —dijo Paul.
—Sí, por supuesto —dijo Yueh—. Hay dos grupos principales de personas: uno de ellos son los Fremen, y el otro está compuesto por los pueblos de los graben, las dolinas y las hoyas. Según tengo entendido, algunas veces se casan entre ellos. Las mujeres de los poblados de las hoyas y las dolinas prefieren los maridos Fremen; y sus hombres prefieren esposas Fremen. Tienen un dicho: «La educación viene de la ciudad; la sabiduría, del desierto».
—¿Tenéis fotos de ellos?
—Buscaré alguna para vos. Sin duda, la característica más interesante son sus ojos: totalmente azules, sin el menor blanco en ellos.
—¿Una mutación?
—No, se debe a la saturación de melange en su sangre.
—Los Fremen tienen que ser muy valientes para vivir al borde de ese desierto.
—Es lo que dice todo el mundo —dijo Yueh—. Componen poemas a sus cuchillos. Sus mujeres son tan feroces como sus hombres. Incluso los jóvenes Fremen son violentos y peligrosos. No creo que se os permita mezclaros con ellos.
Paul miró a Yueh. Esas breves palabras acerca de los Fremen le habían llamado muchísimo la atención.
«¡Qué pueblo para tenerlo como aliado!»
—¿Y los gusanos? —preguntó Paul.
—¿Qué?
—Me gustaría estudiar mejor a los gusanos de arena.
—Sí... por supuesto. Tengo un librofilm que analiza un espécimen pequeño, de tan solo ciento diez metros de largo por veintidós de diámetro. Se encontró en el extremo norte del planeta. Testigos fiables han hablado de gusanos de más de cuatrocientos metros de longitud, y hay razones para pensar que es posible que existan incluso otros mayores.
Paul miró el mapa de proyección cónica de las regiones septentrionales de Arrakis que había extendido sobre la mesa.
—El cinturón desértico y la región polar meridional están calificadas como inhabitables. ¿Es por los gusanos?
—Y por las tormentas.
—Pero cualquier lugar puede ser convertido en habitable.
—Con el dinero suficiente —apuntilló Yueh—. Arrakis contiene muchos y costosos peligros. —Se atusó el frondoso bigote—. Vuestro padre llegará enseguida. Antes de irme, tengo un regalo para vos, algo que encontré mientras hacía las maletas. —Dejó un objeto sobre la mesa que los separaba: era negro, rectangular y más pequeño que la última falange del pulgar de Paul.
El chico lo observó. Yueh vio que el muchacho no hacía el menor gesto para tocarlo y pensó: «Es cauteloso».
—Es una antiquísima Biblia Católica Naranja para viajeros espaciales. No es un librofilm, sino que está impresa en papel finísimo. Tiene una lupa y un sistema de carga electrostática. —La cogió para mostrárselo—. Esa carga es la que la mantiene cerrada y atrae entre sí las tapas. Hay que apretar en el lomo, así... para que las páginas seleccionadas se repelan y se abra el libro.
—Es muy pequeña.
—Pero tiene mil ochocientas páginas. Hay que apretar en el lomo, así... para que la carga pase una página a medida que vais leyendo. Nunca toquéis las páginas con los dedos. La trama del papel es muy delicada. —Cerró el libro y se lo tendió a Paul—. Probadlo.
Yueh observó a Paul mientras probaba a pasar las páginas y pensó: «De este modo salvo mi conciencia. Le ofrezco la ayuda de la religión antes de traicionarlo. Así podré decirme que ha ido donde yo no puedo ir».
—Parece fabricada antes de los librofilms —dijo Paul.
—Es muy antigua, sí. Será nuestro secreto, ¿eh? Vuestros padres podrían pensar que es demasiado valiosa para un joven como vos.
Y Yueh pensó: «Seguro que su madre cuestionaría mis motivos».
—Bien... —Paul cerró el libro y lo sostuvo en la mano—. Si es tan valiosa...
—Sed indulgente con el capricho de un viejo —dijo Yueh—. Me la dieron cuando era muy joven. —Y pensó: «Debo conquistar su mente al mismo tiempo que su codicia»—. Abridla por el Kalima cuatro sesenta y siete, donde dice: «El agua es el inicio de toda vida». Hay una pequeña marca en la tapa que señala el lugar.
Paul recorrió la tapa y encontró dos marcas, una menos profunda que la otra. Oprimió la menos profunda y el libro se abrió en su palma al tiempo que la lupa se deslizaba hacia su lugar.
—Leed en voz alta —dijo Yueh.
Paul se humedeció los labios y leyó:
—«Pensad en el hecho de que el sordo no pueda oír. ¿Acaso hay alguien que pueda decir que él no está sordo? ¿Acaso no nos faltará algún sentido para ver y oír el otro mundo que nos rodea? Porque hay cosas a nuestro alrededor que no podemos...».
—¡Basta! —gritó Yueh.
Paul se quedó en silencio y lo miró.
Yueh cerró los ojos para intentar recuperar su aplomo.
«¿Qué perversidad ha hecho que el libro se abra por el pasaje favorito de Wanna?»
Abrió los ojos y vio que Paul lo miraba desconcertado.
—¿Ocurre algo? —preguntó Paul.
—Lo siento —respondió Yueh—. Era el pasaje favorito de mi... difunta esposa. No era el que quería haceros leer. Despierta en mí recuerdos... dolorosos.
—Hay dos marcas —dijo Paul.
«Claro —se dijo Yueh—. Wanna marcó ese pasaje. Los dedos de Paul son más sensibles que los míos y han encontrado la marca. Solo ha sido un accidente, nada más.»
—Quizá el libro os parezca interesante —dijo Yueh—. Hay mucha verdad histórica, y también mucha filosofía ética.
Paul miró el pequeño libro en su palma, era pequeñísimo. Sin embargo, contenía un misterio... había ocurrido algo mientras lo leía. Algo que había despertado en su mente aquella idea de una terrible finalidad.
—Vuestro padre llegará enseguida —dijo Yueh—. Guardad el libro; ya lo leeréis cuando sintáis deseos de hacerlo.
Paul tocó la tapa como le había enseñado Yueh. El libro se cerró solo. Lo deslizó en su túnica. Al oír el grito de Yueh, Paul había temido por un momento que le pidiera que se lo devolviese.
—Os doy las gracias por el presente, doctor Yueh —dijo Paul con tono formal—. Será nuestro secreto. Si hay algún regalo o favor que deseéis de mí, no dudéis en pedírmelo.
—Yo... no necesito nada —dijo Yueh.
Y pensó: «¿Por qué me torturo? A mí y a este pobre chico... aunque él no lo sepa. ¡Oh, malditas sean esas bestias Harkonnen! ¿Por qué me habrán escogido a mí para llevar a cabo su abominación?».
¿Cómo afrontar el estudio del padre de Muad’Dib? El duque Leto Atreides fue un hombre de un corazón a la vez cálido y frío. Sin embargo, algunos hechos nos ayudarán a allanar el camino hasta el duque: su absoluto amor por su dama Bene Gesserit; los sueños que tenía por su hijo; la devoción de quienes le servían. Observadlo: un hombre marcado por el Destino, una figura solitaria cuya luz fue oscurecida por la gloria de su hijo. Pero uno no puede evitar preguntarse: ¿qué es el hijo, sino la extensión del padre?
De Muad’Dib, comentarios familiares,
por la princesa Irulan
Paul observó a su padre entrar en la sala de ejercicios, y vio cómo los guardias se apostaban fuera. Uno de ellos cerró la puerta. Como siempre, Paul experimentó una sensación de presencia de su padre, una presencia total.
El duque era alto, de piel olivácea. Su rostro delgado estaba tallado en ángulos duros, suavizados tan solo por los profundos ojos grises. Llevaba un uniforme de trabajo negro, con el halcón heráldico rojo bordado en el pecho. Un cinturón escudo de plata, patinada por el uso, ceñía su delgada cintura.
—¿Trabajando duro, hijo? —preguntó el duque.
Se acercó a la mesa en L, echó una ojeada a los papeles que había en ella, después contempló toda la estancia y terminó centrándose en Paul. Se sentía cansado y hacía un duro esfuerzo por no mostrar su fatiga.
«Tendré que aprovechar todas las oportunidades para descansar durante el viaje hasta Arrakis —pensó—. Al llegar no tendré tiempo de hacerlo.»
—No mucho —respondió Paul—. Todo es tan... —Se encogió de hombros.
—Sí. Bueno, mañana nos vamos. Nos vendrá bien instalarnos en nuestro nuevo hogar y dejar atrás todo este jaleo.
Paul asintió y recordó en ese instante las palabras de la Reverenda Madre: «Lo de tu padre no tiene remedio».
—Padre —dijo Paul—, ¿crees que Arrakis será tan peligroso como dicen todos?
El duque se obligó a hacer un gesto casual, se sentó en el borde de la mesa y sonrió. Toda una serie de frases hechas se dibujaron en su mente, el tipo de frases que usaba para calmar los temores de sus hombres antes de una batalla. Pero no dejó que ninguna se formara en su boca, atribulado por un único pensamiento: «Es mi hijo».
—Será peligroso —admitió.
—Hawat me ha dicho que tenemos un plan para los Fremen —dijo Paul.
Y pensó: «¿Por qué no le cuento lo que me dijo la anciana? ¿Cómo ha conseguido ella sellar mi lengua?».
El duque sintió la desazón de su hijo.
—Como siempre —dijo—, Hawat conoce bien el panorama general, pero hay mucho más. La Combine Honnete Ober Advancer Mercantiles, la Compañía CHOAM. Al darme Arrakis, Su Majestad se ha visto obligado a concederme uno de los directorios de la CHOAM... una sutil ventaja.
—La CHOAM controla la especia —dijo Paul.
—Y la especia de Arrakis nos abrirá las puertas de la CHOAM —dijo el duque—. Hay mucho más en la CHOAM que la melange.
—¿Te ha advertido la Reverenda Madre? —preguntó Paul. Cerró los puños y sintió las palmas húmedas debido al sudor. El esfuerzo necesario para formular esa pregunta había sido terrible.
—Hawat me ha dicho que la anciana te había asustado con sus advertencias acerca de Arrakis —dijo el duque—. No dejes que los temores de esa mujer ofusquen tu mente. Ninguna quiere que sus seres queridos se vean expuestos al peligro. Tras esas advertencias se encontraba la mano de tu madre. Tómatelo como una muestra de amor.
—¿Ella sabe algo sobre los Fremen?
—Sí, y muchas cosas más.
—¿Cuáles?
El duque pensó: «La verdad podría ser peor de lo que imagina, pero todos los peligros son valiosos si uno está preparado para afrontarlos. Y si hay algo de lo que mi hijo nunca se ha mantenido alejado es de la necesidad de enfrentarse al peligro. A pesar de todo, hay que esperar aún. Es muy joven».
—Son pocos los productos que escapan al control de la CHOAM —dijo el duque—. Troncos, mulas, caballos, vacas, maderas, estiércol, escualos, pieles de ballena; lo más prosaico y lo más exótico, incluso nuestro pobre arroz pundi de Caladan. Cualquier cosa que la Cofradía pueda transportar: las obras de arte de Ecaz, las máquinas de Richesse y de Ix. Pero todo esto no es nada en comparación con la melange. Un puñado de especia basta para comprar una casa en Tupile. No se puede fabricar, tiene que extraerse en Arrakis. Es única y sus propiedades geriátricas son indiscutibles.
—¿Y ahora la controlaremos nosotros?
—Hasta cierto punto. Pero lo importante es tener en cuenta a todas las Casas que dependen de los beneficios de la CHOAM. Piensa que una enorme proporción de esos beneficios dependen de un solo producto: la especia. Imagina lo que ocurriría si algo redujera la producción.
—Aquel que hubiera almacenado melange podría dominar el mercado —dijo Paul—. Y los demás no podrían hacer nada.
El duque se permitió un momento de amarga satisfacción, miró a su hijo y pensó cuán penetrante, cuán instruida había sido aquella observación. Asintió.
—Los Harkonnen han estado almacenándola desde hace más de veinte años.
—¿Quieren que la producción de especia decrezca y que la culpa recaiga en ti?
—Desean que el nombre de los Atreides se haga impopular —dijo el duque—. Piensa en las Casas del Landsraad, que en cierto sentido me consideran su caudillo, su portavoz oficioso. Piensa en cómo reaccionarían si yo fuera responsable de una seria reducción de sus beneficios. A fin de cuentas, los beneficios son lo único que cuenta. ¡Al diablo la Gran Convención! ¡No puedes dejar que nadie te suma en la miseria! —Una dura sonrisa apareció en la boca del duque—. Todos mirarán a otra parte sin importarles lo que me hayan hecho a mí.
—¿Aunque nos atacaran con atómicas?
—No será tan flagrante. No se desafiará la Convención tan abiertamente. Pero aparte de esto, casi todo estará permitido... quizá incluso el polvo radiactivo o la contaminación del suelo.
—Entonces ¿por qué no hacemos nada?
—¡Paul! —El duque frunció el ceño—. El hecho de saber que hay una trampa es el primer paso para conseguir evitarla. Es como un combate singular, hijo, solo que a gran escala: fintas en las fintas de las fintas... maniobras que parecen no tener fin. Nuestro objetivo es burlar la intriga. Sabemos que los Harkonnen han almacenado melange, de modo que hagámonos otra pregunta: ¿quién más ha estado almacenándola? Esos serán nuestros enemigos.
—¿Quiénes?
—Algunas Casas que sabemos que son enemigas, y otras que creíamos amigas. Pero no es necesario tenerlo en cuenta por el momento, ya que también hay alguien mucho más importante: nuestro bienamado emperador Padishah.
Paul notó de repente que tenía la boca seca.
—Podrías convocar al Landsraad y exponerle...
—¿Para informar a nuestros enemigos que sabemos de quién es la mano que empuña el cuchillo? Mira, Paul... ahora sabemos que existe el cuchillo. ¿Cómo saber quién lo empuñará mañana? Si revelásemos esta información al Landsraad, lo único que conseguiríamos sería crear una enorme confusión. El emperador lo negaría todo. ¿Cómo refutarlo? Quizá ganásemos algo de tiempo, pero nos arriesgaríamos al caos. ¿Cómo saber entonces de dónde vendría el próximo ataque?
—Todas las Casas podrían ponerse a almacenar especia.
—Nuestros enemigos llevan ventaja, demasiada para alcanzarlos.
—El emperador —dijo Paul—. Eso significa los Sardaukar.
—Disfrazados con uniformes Harkonnen, sin duda —dijo el duque—. Pero igual de fanáticos pese a todo.
—¿Cómo pueden ayudarnos los Fremen contra los Sardaukar?
—¿Te ha hablado Hawat de Salusa Secundus?
—¿El planeta prisión del emperador? No.
—¿Y si fuera algo más que un planeta prisión, Paul? Hay una pregunta que nunca te has hecho con respecto al Cuerpo Imperial de los Sardaukar: ¿de dónde vienen?
—¿Del planeta prisión?
—Vienen de alguna parte.
—Pero los reclutas de apoyo que exige el emperador...
—Eso es lo que quieren hacer creer: que los Sardaukar son tan solo gentes reclutadas por el emperador y magníficamente entrenadas desde muy jóvenes. De vez en cuando se oyen algunos rumores sobre los cuadros de entrenamiento del emperador, pero el equilibrio de nuestra civilización ha permanecido siempre igual: las fuerzas militares de las Grandes Casas del Landsraad por un lado, los Sardaukar y los reclutas de apoyo por el otro. Hay que diferenciarlos, Paul. Los Sardaukar siguen siendo los Sardaukar.
—¡Pero todos los informes acerca de Salusa Secundus dicen que S. S. es un mundo infernal!
—Indudablemente. Pero, si tuvieras que crear una raza de hombres fuertes, duros y feroces, ¿qué condiciones ambientales les impondrías?
—¿Cómo es posible asegurar la lealtad de unos hombres así?
—Existen métodos infalibles: aprovecharse de lo seguros que están de su superioridad, la mística de un compromiso secreto, la camaradería de las penas sufridas en común. Puede hacerse. Ha funcionado en muchos mundos y en muchas épocas.
Paul asintió sin dejar de observar el rostro de su padre. Intuía que estaba a punto de revelarle algo.
—Mira Arrakis, por ejemplo —dijo el duque—. A excepción de las ciudades y las guarniciones, es un mundo tan terrible como Salusa Secundus.
Los ojos de Paul se desorbitaron.
—¡Los Fremen!
—Podrían convertirse en una fuerza tan importante y mortífera como los Sardaukar. Se necesitará mucha paciencia para adiestrarla en secreto y mucho dinero para equiparla eficazmente. Pero los Fremen están ahí... y también la especia, con toda la riqueza que supone. ¿Comprendes ahora por qué vamos a Arrakis aun sabiendo la trampa que representa?
—¿Acaso los Harkonnen no saben nada de los Fremen?
—Los Harkonnen desprecian a los Fremen, los cazan por deporte y nunca se han preocupado de censarlos. Conocemos bien la política de los Harkonnen con respecto a las poblaciones planetarias: mantenerlas con el mínimo coste posible.
La trama metálica que formaba el símbolo del halcón en su pecho destelló cuando el duque cambió de posición.
—¿Comprendes?
—Ya estamos negociando con los Fremen —dijo Paul.
—He enviado una delegación liderada por Duncan Idaho —dijo el duque—. Duncan es un hombre orgulloso y despiadado, pero respeta la verdad. Los Fremen le admirarán. Si tenemos suerte, nos juzgarán tomándole como modelo: Duncan el honesto.
—Duncan el honesto —dijo Paul—, y Gurney el valeroso.
—Exactamente —dijo el duque.
Y Paul pensó: «Gurney era uno de esos a los que se refería la Reverenda Madre cuando dijo que eran cuatro cosas las que sostenían a los mundos: “el coraje de los valerosos”».
—Gurney me ha dicho que hoy te has desenvuelto muy bien con las armas —dijo el duque.
—Eso no es lo que me ha dicho a mí.
El duque se echó a reír.
—Imagino que Gurney es más bien parco en sus cumplidos. De todos modos, y son sus propias palabras, me ha asegurado que distingues perfectamente la diferencia entre la punta y el filo de la hoja de una espada.
—Gurney dice que matar con la punta no requiere destreza alguna, que hay que hacerlo con el filo.
—Gurney es un romántico —gruñó el duque. Le turbaba que su hijo hablase sobre el mejor modo de matar—. Preferiría que nunca te vieras obligado a matar... pero si no te queda otra opción, mata como puedas, con el filo o con la punta. —Miró a las vidrieras del techo, sobre las que tamborileaba la lluvia.
Paul siguió la mirada de su padre y pensó en la humedad del cielo del exterior, un espectáculo que nunca iba a poder ver en Arrakis, y en el espacio que separaba ambos mundos.
—¿De verdad las naves de la Cofradía son tan grandes? —preguntó.
El duque lo miró.
—Será la primera vez que salgas del planeta —dijo—. Sí, son grandes. Y viajaremos en uno de los mayores cruceros porque es un largo viaje. Los grandes cruceros son gigantescos. Todas nuestras fragatas y transportes ocuparían apenas una de las esquinas de su bodega; no seremos más que una parte minúscula de su manifiesto de carga.
—¿Y no podremos salir de nuestras fragatas?
—Es parte del precio que tendremos que pagar por la Seguridad de la Cofradía. Puede que haya naves Harkonnen a nuestro flanco, pero no tendremos nada que temer. Los Harkonnen no se atreverán a comprometer sus privilegios de transporte.
—Vigilaré las pantallas e intentaré ver a uno de los hombres de la Cofradía.
—No lo harás. Ni siquiera sus representantes ven nunca a los hombres de la Cofradía. Es tan celosa de su anonimato como de su monopolio. Nunca hagas nada que pueda comprometer nuestros privilegios, Paul.
—¿Crees que tal vez se oculten porque han sufrido mutaciones y ya no tienen... aspecto humano?
—¿Quién sabe? —El duque se encogió de hombros—. Es un misterio que probablemente ninguno de nosotros llegue a resolver. Tenemos otros problemas más inmediatos: tú.
—¿Yo?
—Tu madre quería que fuese yo quien te lo dijera, hijo. Mira, es posible que poseas aptitudes de mentat.
Paul miró a su padre, incapaz de hablar por un momento; luego dijo:
—¿Un mentat? —dijo—. ¿Yo? Pero...
—Hawat también está de acuerdo, hijo. Es cierto.
—Pero creía que el adiestramiento de un mentat debía iniciarse en la infancia, sin que el sujeto lo supiera, porque podría inhibir las primeras... —Se quedó en silencio; su pasado se unió en una única ecuación—. Comprendo —dijo.
—Llega un día —dijo el duque— en que el posible mentat debe ser informado de lo que se le ha hecho. Ya no es posible hacérselo más. Es él mismo quien debe elegir entre continuar o abandonar el adiestramiento. Algunos pueden continuar; otros son incapaces. Solo el posible mentat puede decidir por sí mismo lo que quiere hacer.
Paul se frotó la barbilla. Todo el adiestramiento especial que le habían dado Hawat y su madre: la mnemotecnia, la concentración de la consciencia, el control muscular y la agudización de las sensibilidades, el estudio de las lenguas y las entonaciones de las palabras; ahora todo adquiría para él un nuevo significado.
—Algún día serás duque, hijo —dijo su padre—. Y un duque mentat sería algo formidable. ¿Puedes tomar una decisión ya... o necesitas algo de tiempo?
No hubo vacilación en su respuesta:
—Continuaré con el adiestramiento.
—Formidable, sin duda —murmuró el duque, y Paul vio que una sonrisa de orgullo se insinuaba en su rostro. La sonrisa impresionó a Paul: por un instante creyó ver los rasgos de una calavera en el rostro del duque. Paul cerró los ojos y volvió a sentir la impresión de la terrible finalidad.
«Quizá ser mentat sea un terrible destino», pensó.
Pero, al mismo tiempo que formulaba ese pensamiento, su nueva consciencia lo rechazó.