PREFACIO

Esto no va a funcionar

«No va a funcionar.» Es curioso que escuchara tantas veces estas cuatro palabras cuando explicaba que quería hablar de ciencia todos los fines de semana en el programa de radio que hago en la SER. Es verdad que es un programa de los mal llamados «generalistas»; es verdad que un domingo por la mañana, el horario en el que lo haríamos, mucha gente quiere evadirse, no pone la radio para que vengamos nosotros a obligarles a pensar; es verdad que la ciencia mal explicada puede ser compleja y —¡sacrilegio mediático!— aburrida; y sí, es verdad también que a los medios de este país les falta una tradición divulgadora que hayan podido crear personajes a la altura de Carl Sagan o Neil deGrasse Tyson. Y no me refiero a su altura científica, sino a su enorme capacidad de comunicación.

Mis hijas crecieron en Estados Unidos viendo repeticiones constantes de Bill Nye the Science Guy en la PBS Kids, un programa de divulgación presentado por un tipo que parecía salido de Doctor Who y que en realidad era un ingeniero industrial con una enorme pasión por la comedia. Fue en su día el programa educativo de más audiencia en todo el país, tanto que en muchos colegios todavía se usa como herramienta de enseñanza. Recuerdo perfectamente que, al igual que las mejores películas de Pixar, a mis hijas y a mí nos gustaba verlo por razones distintas: ellas aprendían detalles de la ciencia a través de experimentos locos y yo captaba también el subtexto que iba dirigido, en efecto, a los padres; los guionistas sabían que estábamos allí.

«No va a funcionar» es, sin embargo, una argumentación muy científica.Por un lado,es agradablemente escueta,y es de sobra conocido que a los científicos no les gustan los rodeos. Por otro, es fáctica al cien por cien; si la ciencia se basa a menudo en respuestas binarias (algo es o no es, algo sube o baja), no hay nada más acertado que vaticinar un fracaso de manera tan contundente.

En el A vivir hemos hecho cosas para pocos que han gustado a muchos y cosas para muchos que no han gustado a nadie. Hace años, por ejemplo, intentamos una sección llamada Esto no es Carrusel, que parodiaba los programas deportivos de los fines de semana retransmitiendo, con el mismo tono frenético, combates de esgrima, partidos de futbolín o competiciones de petanca. Pretendíamos demostrar, con la ayuda literaria de Enric González y la cómica de David Broncano, que a cualquier deporte se le puede dar solemnidad si se hace creer al oyente que algo interesante está pasando constantemente. Una reportera de Carrusel, Marta Casas, hacía las retransmisiones al más puro «estilo de la SER». No pretendía que fuera una crítica al fútbol en sí mismo sino a la pasión desmedida por un deporte que, como dice un amigo estadounidense, no puede ser tan interesante si el resultado final es en tantas ocasiones cero a cero.

No funcionó. Los seguidores del fútbol lo consideraban ofensivo y elitista, y los aficionados a la petanca estaban convencidos de que no nos tomábamos suficientemente en serio su deporte.

En los años que llevo haciendo el A vivir he aprendido a aceptar que hay cosas que solo me gustan a mí. A veces insisto en ellas más tiempo del necesario, con la esperanza de atraer seguidores a mis causas; en otras ocasiones reconozco la derrota o el error, o ambas cosas a la vez.

Y aunque la idea extendida era que no iba a funcionar, o quizá por eso, lo intentamos.

Yo tengo la teoría de que en un programa de radio el casting es más complicado que en televisión. En la tele, el espectador está distraído por la imagen y perdona mejor los errores. En la radio, en cambio, la voz es transparente. La voz y sus inflexiones permiten construir una personalidad tan compleja que el oyente es capaz de distinguir en ella hasta el nivel de dignidad de la persona que habla.

De Javier Sampedro no conocía su voz ni su capacidad de comunicar con ella, pero admiraba sus crónicas en El País porque eran justo lo que yo buscaba para la radio: contar historias de la ciencia no demostrando lo que sabes, sino aventurando lo que tu interlocutor no sabe. Cuando escucho hablar a Javier en el estudio, creo que soy capaz de ver cómo se le agolpan los conocimientos en el frontal del cerebro, pidiéndole a voces salir a través de sus palabras, y cómo él lucha contra ellos para usar solo los necesarios en la explicación que está aportando. En esta era pretenciosa y egocéntrica, es un mérito enorme saber ajustar tu sabiduría a la audiencia que te escucha y no hacer una demostración pomposa de inteligencia. Nunca he visto a Javier presumir de nada y creo sinceramente que es una de las personas más austeras que conozco. Siempre le agradeceré que dijera sí a la radio, porque en su día la ciencia perdió con él a un doctor en Genética y Biología molecular, pero los lectores de El País y los oyentes de la SER ganaron a una especie de traductor científico. Es un personaje curioso, Javier, fumador extrañamente empedernido capaz de convencer a otro fumador de que deje de fumar.Tímido y trabajador, solo hay una cosa de él que en el equipo damos por hecho: nunca será vegetariano.

Faltaba la otra mitad de la sección que no iba a funcionar. Recordamos entonces que por el programa pasó unos años antes un químico y bioquímico que vino a explicarnos La ciencia del sexo, un libro que acababa de publicar y que me recordó a otro apasionante que había leído casi diez años antes, Bonk:The Curious Coupling of Science and Sex, de Mary Roach.

Ese científico era Pere Estupinyà, y él no lo supo entonces, pero superó varias pruebas en esa entrevista. La primera, hablar de ciencia de manera comprensible; la segunda, hacerlo frente a un grupo de cómicos con colmillo retorcido y salir más o menos victorioso; y la tercera, haberlo logrado, además, desde la soledad de un estudio en Ràdio Barcelona, cuando todos los demás estábamos atrincherados en Madrid.

Creo firmemente que cuando Pere nació, los médicos le dijeron a su madre: «Ha tenido usted un divulgador». La pasión y el cariño con el que te habla de la genética de la oruga o de las neuronas multipolares te hace pensar que en su casa lo colecciona todo en cajitas de cristal, alguna con orugas y otras seguro que con neuronas.Tiene un formidable talento comunicador y, aunque conozco el éxito y los premios de su Cazador de cerebros en La 2, creo que la radio contará siempre con él porque pertenece a ese tipo poco habitual de personas con una cualidad científicamente no demostrable: su capacidad de caer bien a todo el mundo. A mi madre le encanta.

Por eso me alegra muchísimo que tú, lector, tengas este libro en las manos, y espero por decencia que no lo hayas comprado en Wallapop, porque los divulgadores científicos no han aprendido todavía a vivir del aire. Dales tiempo.

Siempre he defendido que quienes tenemos el privilegio de hablar para millones de personas hemos de asumir una responsabilidad personal permanente. En los grandes medios de comunicación creamos tendencias y opiniones, y es injusto que esa capacidad la empleemos solo en los ámbitos de la política y el deporte. Hablar de ciencia cada semana —cada día si pudiéramos— es recordar a la opinión pública que el futuro del país no está en hojas de cálculo, sino en mentes brillantes.

Se ha dicho siempre que cualquier inversión en ciencia tiene una rentabilidad asegurada a largo plazo. Hablar y leer sobre ciencia inocula a la sociedad el virus del conocimiento y sitúa sus distintas disciplinas en el debate político, en el que siempre deberían estar; un horizonte utópico al que solo se llega a través de la educación y de la divulgación. Y de eso trata este libro: de entender que el mundo en el que habitamos es mucho más complejo, diverso y apasionante que un partido de fútbol o cualquier otro deporte. Salvo, posiblemente, la petanca.

JAVIER DEL PINO

Prólogo. ¿Pero tú hablas por la radio?, de Isabel Bolaños

PRÓLOGO

¿Pero tú hablas por la radio?

Un ingeniero aeroespacial me contó que entre sus labores más importantes está la de adaptar su método de trabajo al de los países con los que colabora en cada misión espacial. Fue en una de las preentrevistas que hacemos a los invitados del A vivir para estar seguros de que hay material suficiente y merece la pena seguir adelante. Había participado en el diseño de la nave de la misión ExoMars —un proyecto de la Agencia Espacial Europea y Roscosmos, su homóloga rusa— que se estrelló en Marte en 2016, cuando fue enviada hasta allí en busca de vida. Un error de cálculo hizo que el módulo de aterrizaje, en lugar de frenar suavemente cuando se aproximaba al planeta rojo, impactara contra él a una velocidad de trescientos kilómetros por hora. Siniestro total.

—¿Crees que habrá más suerte en el lanzamiento que tenéis previsto para 2020? —le pregunté.

—Espero, aunque nunca sabes cómo van a ir las cosas cuando hay rusos de por medio— respondió él medio en serio, medio en broma.

—¿Cómo? —Era uno de esos momentos en los que piensas que sin duda merece la pena seguir adelante.

—Bueno, simplemente no tenemos la misma manera de trabajar en la Agencia Espacial Europea de la que tienen en la NASA o en Roscosmos. Pero no nos vayamos por las ramas, no quiero aburrirte. 

—No, por favor. Me interesan los rusos. ¿Cómo son?

—En comparación con los americanos, son mucho más caóticos. En la NASA son muy cuadriculados, cualquier pequeño avance tienes que documentarlo muy bien, y te llaman y escriben a todas horas. De los rusos puedes no saber nada en meses y, cuando por fin te llega la información que pedías, resulta que está en ruso —Se reía—. Diría que trabajar con ellos es más arriesgado, pero infinitamente más divertido. 

Lo que empezó siendo una conversación sobre sensores espaciales —muy interesante, por cierto— mutó en un análisis sobre la idiosincrasia de cada país que ilustraba a la perfección cómo funciona la carrera espacial en particular, y el mundo en general. Y ocurrió lo mejor que puede pasarle a un productor: llegó el directo y nuestro amigo no se dejó nada en el tintero.

—¿Y qué hay de los chinos? —añadió Javier del Pino en el momento de la verdad.

—Uy, de esos poco se sabe. Van por libre.

Pues eso.

El trabajo de la mayoría de los científicos es poco conocido y actuamos como si no importara gran cosa, quizá porque es complicado valorar aquello que no entendemos del todo. Puede que esa sea también la razón de que la sección radiofónica que ha inspirado este libro nunca haya tenido nombre. Y, créeme, el de A vivir no es precisamente un equipo que desaproveche las ocasiones en las que parecer ingenioso o hacer juegos de palabras. Si se nos da bien o no es un tema que no nos ocupa ahora. Pero esta tertulia siempre fue para nosotros «la ciencia»; tan amplia, tan poco explorada en este y otros programas, que supongo que nos pareció suficiente. Y en esa inmensidad que es «la ciencia», Pere y Javier tienen un don para descubrir algunas de las mentes más brillantes de nuestro alrededor y convencerlas de lo valioso que es que conozcamos su trabajo. Quiero pensar que mi labor como coach los tres o cuatro días previos a las entrevistas, a veces, también ayuda.

Si alguien echara un vistazo a la cadena de emails con la que iniciamos cada miércoles la búsqueda de un tema, bien podría pensar que no nos tomamos en serio a los dos millones de oyentes que sintonizan la Cadena SER cada domingo. «¿Luz verde a los peces cebra?», «¡El sexo de los mejillones es un temazo!». Pero ¿quién no querría saber que gracias a unos peces rayados diminutos y fluorescentes se está logrando frenar el envejecimiento? ¿O que el gran poder antiviral de los mejillones gallegos, cuyo genoma es uno de los más complejos, podría ayudarnos a luchar contra algunas enfermedades humanas? Suele bromear Sampedro con estar «al filo de la noticia», pero algunos de estos temas narran mejor nuestro contexto que aquellos a los que dedicamos horas y horas de actualidad.

Llama la atención que, pese a estar salvando el mundo con asombrosa discreción, ni siquiera los científicos se libren de la precariedad de nuestro sistema. Preparando este espacio hemos conocido a muchos de los que han tenido que emigrar por falta de oportunidades —y con los que ha costado horrores coincidir en la misma dimensión espaciotemporal—; hemos alucinado con ideas prometedoras que nunca continuaron por falta de fondos; y nos hemos desanimado muy a menudo al comprobar que existe una enorme desigualdad. Me explico. Las científicas están ahí, son muchas y muy brillantes, sobra decirlo, pero sus nombres rara vez encabezan la pestaña del «Quiénes somos» en la web de sus centros de investigación.Tampoco suelen ser la primera oferta —diría que tampoco la segunda— de los gabinetes de prensa. Y cuando lo anterior no supone un problema para una entrevista (¡por fin!), aparece el fantasma de la conciliación: «El fin de semana lo reservo para la familia». No recuerdo a ningún hombre que se nos haya resistido por este motivo. Cuando ha ocurrido, ha sido fácil sobornarlo con servicio de guardería. Sí, los redactores del A vivir producimos contenidos, escribimos guiones y cuidamos a cachorros de científico si hace falta. Y todavía hay quien nos pregunta: ¿pero tú hablas por la radio?

ISABEL BOLAÑOS

Introducción. El DRUI perfecto

INTRODUCCIÓN

El DRUI perfecto

En junio de 2016 recibí una llamada que recuerdo más o menos así: «Hola, soy Paqui Ramos, productora del programa A vivir que son dos días, que se emite los fines de semana por la mañana en la Cadena SER, y en el que participaste un par de veces hablando de tus libros. Viendo tus redes sociales nos pareció que estás viviendo en Madrid. Nosotros te hacíamos en Estados Unidos, pero si has regresado, nos gustaría hacerte una propuesta. Estamos pensando incorporar una sección de ciencia al programa la temporada que viene y tu perfil y manera de comunicar nos gusta mucho. ¿Crees que te podría interesar?». Puse el DRUI en acción.

Te doy un poco de contexto: a finales del siglo pasado me licencié en Química y en Bioquímica y empecé un doctorado en Genética que dejé a medias al darme cuenta de que me interesaban tantas cosas diferentes del amplísimo mundo de la ciencia que me resultaba inconcebible pasar cuatro o cinco años investigando si los polimorfismos del alcohol deshidrogenasa estaban relacionados o no con alguna enfermedad hepática.No lo digo con desdén, todo lo contrario, siento una profunda admiración por la investigación científica y sinceramente creo que —como desarrollaré en algunos capítulos de este libro— es la herramienta fundamental para mejorar el mundo y nuestra vida. Es solo que descubrí que el laboratorio no era para mí y decidí trabajar con la ciencia en lugar de en la ciencia. Así fue como me planteé la divulgación científica y a finales del 2001 empecé a trabajar en el programa Redes de Eduard Punset. Desde entonces he acumulado muchísimas aventuras profesionales, entre ellas ocho años en Estados Unidos, libros, conferencias, consultorías, incontables artículos, estancias en universidades de prestigio e incluso he presentado un programa propio en TVE llamado El cazador de cerebros, del que estoy orgullosísimo. Pero no quiero aburrirte con esto. La cuestión es que como freelance debo estar constantemente imaginando nuevos proyectos y valorando las propuestas que me lleguen. Y entre lo uno y lo otro, acabas teniendo más opciones de las que puedes abarcar y aparece la disyuntiva: ¿cómo elijo qué aceptar y qué no? Al principio, el entusiasmo me traicionaba y me comprometía a casi todo a cambio de robar horas al sueño y al ocio. Pero me di cuenta de que no era una buena estrategia, ya que terminaba haciendo demasiadas cosas que no tenían un claro sentido para mí ni para otros. Entonces vi que debía encontrar una manera bien estructurada de decidir si invertir o no mi tiempo en un proyecto, viaje o casi cualquier actividad. Reflexioné sobre mis prioridades, y creé el método DRUI.

DRUI es el acrónimo de «divertido, rentable, útil e interesante». Estos son los cuatro elementos que analizo para decidir si me comprometo a algo o no, y el principal criterio es que al menos uno de ellos debe tener un valor altísimo. Por ejemplo: si me invitan a dar una conferencia en el norte de Chile por la cual no pagan pero organizan salidas chulísimas al desierto de Atacama y encima coincido con otros ponentes que me apetece conocer, acepto por la D de divertido. Si, por el contrario, una empresa me pide dar una conferencia en un lugar que ya conozco y en un momento en que estoy saturado de trabajo pero pagan muy bien, voy por la R de rentable. Cuando me llaman de un instituto o universidad para participar en un acto educativo que sé desde el principio que no me resultará rentable ni especialmente interesante, pero está bien organizado y puede tener un impacto positivo en los alumnos, acudo encantado por la U de útil (siempre en relación a los otros,no conmigo).Y por último,los ejemplos más claros de la I de interesante son las participaciones en mesas redondas, congresos, visitas a centros científicos o eventos literarios que por su temática o por la gente que conoceré me resultan interesantísimos a título propio.

Obviamente, todo esto es aplicado a mi mundo, pero las personas con quienes he compartido el método DRUI me han confesado que también les ayuda en el suyo a establecer prioridades y descartar o impulsar con mayor convicción ciertas actividades, tanto a nivel profesional como personal. La verdadera clave está, para mí, en que los proyectos que tienen valores moderados de los diferentes factores del DRUI no suelen compensar aunque todos cumplan un mínimo, y en que las actividades que de verdad tienen impacto —tanto práctico como emocional— son las que cuentan al menos con un factor que destaca muchísimo, y cuyo valor es tan elevado que por sí solo justifica que quizá los otros sean ínfimos. Pero a lo que íbamos: ¿qué responder a Paqui? Bueno, a falta de más detalles, la respuesta típica de un freelance a un «¿Te podría interesar?» es «En principio sí,hablemos». Yo ya había hecho algunas colaboraciones en la radio y era un medio en el que me sentía cómodo y que me gustaba porque permite explicaciones más largas que la televisión, y el directo da un subidón de adrenalina que engancha; pero, claro, comprometerse a trabajar todos los fines de semana era un tema serio. Además, en ese momento hacía solo dos meses que había regresado definitivamente a España y reconozco que no sabía si A vivir que son dos días era un programa con mucha audiencia o poca, ni qué implicaciones de tiempo tendría preparar la sección... y la disyuntiva de siempre: me apetecía, pero con las limitaciones que tenemos en nuestra vida hacer una cosa suele implicar no hacer otra. De todas maneras, Paqui respondió mi «En principio sí» con un «Perfecto, pues entonces mañana te llamará Javier del Pino para explicarte más detalles y ver si te animas», y gané un poco de tiempo. Javier del Pino... Javier del Pino... Sí; me sonaba. Creí recordar alguna entrevista sobre El ladrón de cerebros o S=EX2 donde también había cómicos, Javier Cansado uno de ellos, y un presentador que les mandaba callar para que yo pudiera expresarme... Sí; definitivamente me sonaba. Pero reconozco que en ese momento no era en absoluto consciente de que A vivir era el programa de radio líder absoluto del fin de semana con dos millones de fieles oyentes y que Javier del Pino era un periodistazo con el que muchos desearían trabajar. Sin esa información, que averigüé bastante más tarde, mi DRUI no estaba claro, porque quizá pasados los primeros días todo el proceso de preparar la sección no sería divertido o quizá lo escuchaban cuatro gatos, y no sabía cuánto pagaban ni si los temas de que hablaría iban a resultar interesantes... pero, bueno; era la Cadena SER, Paqui parecía seria y amable, y mi instinto decía que podía merecer la pena. Y al día siguiente, la llamada de Javier. Espectacular. Su voz impresiona desde el principio, y además congeniamos de inmediato cuando me dijo que él había sido corresponsal de la SER en Washington D. C., donde yo viví cuatro años, por lo que charlamos un ratito de los barrios, gente en común, etcétera. Sentí muy buena conexión, pero es que, cuando llegó el momento de hablar de la propuesta, me explicó que a él le interesaba mucho la ciencia y que en el programa la trataban a menudo aunque siempre con tono de humor y que le apetecía hacer un espacio regular de ciencia «en serio» (recuerdo clarísimamente la expresión «ciencia en serio» porque ahí me ganó). Y que fuese largo, de veinticinco minutos, porque ya estaba bien de complejos, dijo. La ciencia bien explicada resulta interesantísima, además es de vital importancia para la sociedad, y Javier quería hacer una sección en la que se conversase sobre temas cercanos a la gente y con un tono distendido pero afrontando también grandes aspectos de la salud, el medioambiente, la actualidad científica, la sociedad digital... ¡Uau! ¡Esto tenía muy buena pinta! Porque os confieso que en realidad, a mí, ese tipo de divulgación científica que explica las transformaciones químicas que convierten la harina en galletas ni me importa ni me interesa. Las puedo explicar, pero lo que me atrae de verdad es hablar con toda la frescura que convenga, aunque también con cierta profundidad, del impacto de la terapia génica en la medicina, analizar el resultado de las cumbres climáticas o entrevistar a un investigador puntero en el desarrollo de chips cerebrales. Así que, de momento, la I de interesante estaba más que presente.

Entonces Javier me comentó una cosa que noté que dudaba si me iba a parecer bien o no: «Mira; lo que sí me gustaría es que esta sección la hicierais entre dos. Porque es más dinámico, algún día uno puede fallar... ¿Conoces a Javier Sampedro, que escribe en El País?». ¡No me fastidies! ¿Que si lo conozco? ¡Claro! En persona habíamos coincidido solo un par de veces, pero nos caímos superbién, y además para mí era un referente. Cuando yo empezaba en esto de la comunicación científica admiraba el estilo personal, muy anglosajón, y las historias tan originales y bien documentadas que escribía Javier Sampedro en El País. Si él iba a ser mi compañero, además de un honor sería seguro divertido, y con los elementos D e I cubiertos, yo ya estaba convencido de aceptar. Pero es que encima el R que Javier del Pino me ofreció era bueno: me explicó que alguien del equipo nos ayudaría a preparar los guiones (a posteriori la genial Isabel Bolaños), y que no me preocupara si tenía viajes porque, si eran dentro de la península podía entrar desde cualquier emisora de España y, si viajaba fuera, me facilitarían un equipo para conectar desde donde estuviera. «De hecho, por mi mejor si entras desde otros lados», dijo. Así que nada; acuerdo total y arrancamos en septiembre los domingos de las 10.35 a las 11 de la mañana. Y efectivamente, era divertidísimo. Cada domingo salía de mi apartamento en La Latina paseando, cruzaba la a esas horas vacía plaza Mayor, algunos días paraba unos minutos en un bar de la Gran Vía para dar más brío a mis neuronas con un café y acabar de pulir ideas, y luego llegaban esos estimulantes veinticinco minutos en los que repasábamos la actualidad científica de la semana y conversábamos con algún investigador o investigadora sobre sus apasionantes trabajos. A las once de la mañana de un domingo ya tenía la sensación de haber hecho algo rentable, interesante y divertido. ¿Y la U de útil? Pues resulta que a las pocas semanas empecé a encontrarme gente que me decía «¡Te escucho en el A vivir!», «Qué buena la sección de ciencia del A vivir», «¡Yo es que soy muy fan de Del Pino!»... Y, necio de mí, se me ocurrió preguntar las audiencias. ¿Cómo? ¿Dos millones de oyentes? Creo que tras saber que A vivir que son dos días tenía tantísimos seguidores me cohibí y las semanas posteriores lo hice un poco peor. Pero no por presión de si yo estaba más o menos acertado, sino por la responsabilidad. De repente, me di cuenta de que estaba comunicando ciencia a una población amplia y diversa de oyentes que quizá no tenían un especial interés por la temática, pero que con esa confianza extra que otorga la radio, la escuchaban como algo importante para la sociedad y para sus vidas. Entonces sentí que mi actividad como divulgador tenía verdadera influencia. Y es que hay instagramers con millones de seguidores que aunque recomienden un libro no lo compra nadie, pero cuando un verdadero líder de opinión como Javier del Pino, tras entrevistar a un investigador en oncología, dice «Gracias por tu trabajo, os deberían dar más financiación», tiene más impacto del que muchos divulgadores aspiramos.Total, que incorporé la U a mi análisis y el programa se convirtió en... ¡el DRUI perfecto!

Y claro; con este idilio y tantas intervenciones de científicos acumuladas, hubo un día en que sentí la fuerte pulsión de recopilar los temas que más nos habían gustado, revisar los audios, investigar más para profundizar en las ideas principales, sumarles referencias de El cazador de cerebros, salpicarlos con algunas apreciaciones personales, ampliar y definir conceptos clave con un tono divulgativo, y escribir un libro con la misma emoción y frescura que vivíamos cuando los comentábamos en directo. Porque si hay algo que transmiten las voces y tonos en la radio es la emoción. Cuando conversamos no estamos solo compartiendo información que ayuda a comprender el mundo; la estamos interiorizando, sintiéndola y viviéndola. Por eso en el índice de este libro verás, querido lector, que los diferentes capítulos están agrupados a partir de una emoción que los une. Empieza con la esperanza porque creo sinceramente que la ciencia es el único recurso que permitirá, por ejemplo, que algún día enfermedades como el cáncer sean curables o encontremos una fuente de energía limpia y abundante que nos libre de los combustibles fósiles. El libro sigue con la diversión, pues esta parte recopila algunos de los temas más entretenidos y jocosos sobre los que hemos conversado en el programa. En el tercer capítulo haremos introspección y reflexionaremos sobre la psique humana y nuestra carga evolutiva, para indignarnos a continuación al ver que tantas personas se resisten a aprovechar los avances del conocimiento científico. Acto seguido la curiosidad nos acompañará en un viaje por el universo mostrándonos los mundos invisibles que solo la ciencia es capaz de descubrir, en el capítulo seis nos preocuparemos por la crisis climática y el deterioro medioambiental de nuestro planeta, en el séptimo nos inspirará una ciencia más humanista mostrándonos cómo puede contribuir a crear mejores sociedades, en el octavo nos asombraremos con los límites que algunos neurocientíficos están superando, y en el capítulo nueve sentiremos responsabilidad al transitar de manera crítica por los diferentes escenarios que posibilita el futuro tecnológico. Finalmente, en el último, con la empatía y el entusiasmo pero sin ingenuidad hablaré de lo que entiendo por «ciencia en serio»,de la necesidad de comunicarnos más para entendernos mejor, y de por qué pensar científicamente nos hace tomar decisiones más inteligentes.

No dilato más esta introducción, que en mi mente ya puedo ver a Javier del Pino levantando las cejas hacia mí y señalando que se aproximan las once en el reloj del estudio central de la Cadena SER, como cada vez que Sampedro y yo nos apasionamos con un tema, perdemos la noción del tiempo y no podemos dejar de lanzar preguntas a los invitados. Es que todo es tan interesante que siempre nos quedamos a medias y tras cerrar los micros solemos continuar avasallándoles. De hecho, mi gran deseo es que este libro tenga el mismo efecto en ti y que te emocione y te ayude a reflexionar, a pensar científicamente, a entender mejor cómo funciona el mundo y a descubrir nuevos conocimientos, pero que también te quedes con hambre de más y busques ampliar por tu cuenta los temas que más te apasionan. Que algunos fragmentos se te hagan cortos puede ser estimulante, así que... ¡empecemos!