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La vida por la borda

La cocina se había vuelto más pequeña y más oscura que antes, a pesar de la luz anaranjada del atardecer que entraba por los portillos. Me estremecí: el frío aire invernal vencía al calor que irradiaba el hornillo del barco donde vivíamos. Las alacenas parecían más juntas, las puertas chocaban unas con otras. Faltaba superficie, faltaba espacio.

Yo me mostraba más animada de lo habitual: revolvía los cacharros, hablaba en voz alta, me reía como una tonta. Intentaba captar la atención de Emily, atraerla hacia esa estancia donde ella había entrado hacía unos minutos sin llegar a estar allí del todo. Al ver el ordenador portátil y unas tazas sucias en la mesa, deseé haber puesto un poco de orden. Me recogí el pelo en una coleta más presentable. De repente me sentí ridícula al verme con los pantalones del pijama de la rana Gustavo, como si Emily no me los hubiera visto nunca, como si ella no se hubiera puesto los suyos la noche anterior. Me descubrí charlando sin parar sobre cómo había ido el día; sobre Malcolm, que contemplaba aburrido la lamentable escena desde su atalaya en el estante; sobre lo que estaba cocinando y sobre el extraño y ruidoso proyecto de construcción del señor Jeffrey, el vecino de al lado, que por momentos adquiría la forma de una caseta para perros, y... no pensaría tener uno, ¿verdad?

Emily se sentó a la mesa de la cocina y miró por el portillo lateral del barco: por él apenas se distinguían las siluetas de los árboles y el verde profundo de las aguas turbias del río. Cada vez que algún comentario suscitaba en ella una respuesta mayor que un asentimiento o un murmullo, yo me sentía victoriosa, y me aferraba a aquellos «síes», «noes» o «quizás» como si fueran las declaraciones de amor más tiernas y sentidas del universo. Emily pasaba de juguetear con un botón de su blusa a llevarse las manos a la larga melena oscura, apartándosela de la cara como si el roce del pelo le escociera. Pensé que, cuanto más hablara, más probabilidades tendría de convencerla. No podía dejar de observarla para ver si se relajaba. Pero la mirada de Emily deambulaba de un lado a otro, impregnada de aquella extraña clase de tristeza que a veces una se impone a sí misma a sabiendas de que a largo plazo el mal momento habrá merecido la pena.

Por fin me callé para poner los platos en la mesa, y cuando caí en que nunca debería haber parado de hablar ya era demasiado tarde. Fue un error fatal. Deseé haber permanecido en la cocina para siempre, preparando la pasta y diciendo tonterías hasta dar con aquella que le hiciera ver que estaba a punto de cometer un error garrafal. Debería haber dilatado el tiempo hasta que ella optara por quedarse. Tenía que existir una combinación mágica de palabras, un sortilegio eficaz. En cambio, permití que nos envolviera un silencio terrorífico, denso y pesado, y los ojos de Emily empezaron a llenarse de lágrimas.

—Lo siento tanto, Ally.

No lo sientas, me dije. No lo sientas y así olvidaremos este momento; cenaremos, nos sentaremos en el sofá con Malcolm y seguiremos juntas para siempre.

—Ya no aguanto más.

Me cubrí la cara con las manos; era incapaz de seguir mirándola.

—Las dos sabemos que las cosas no van bien desde hace tiempo, ¿no crees? Mírame, Al, por favor. No hagas que sea yo la que cargue con el peso de todo esto cuando es algo que nos concierne a ambas.

No levanté la vista. Yo no sabía nada.

—Ya no estamos bien juntas, ¿no crees? Supongo que las dos hemos crecido mucho y hemos cambiado. Bueno, al menos me consta que yo he cambiado.

Cuando le dije que por mi parte no había notado ningún cambio se enfadó de una manera increíble y súbita. A partir de ese momento se acabaron las lágrimas. Por lo visto, mis palabras acababan de reafirmar su decisión. Se irguió en la silla y dio una palmada de frustración en la mesa, lo que hizo que Malcolm abandonara su puesto de vigilancia a la velocidad del rayo.

—¡Claro que no has notado ningún cambio! ¡No me extraña!

Lo dijo gritando, con una voz aguda y vacilante que no le había oído nunca antes. Si el momento no hubiera sido tan horrible, tal vez me habría echado a reír. Podría haber sido una de esas cosas que una comenta unos días más tarde, entre abrazos. Y ella seguro que habría protestado y me habría dado un manotazo en el brazo, pero también habría acabado riéndose.

—¡Nunca te enteras de nada, Ally! Es como si todo hubiera dejado de importarte. ¿Sabes lo que cuesta ser el motor de una relación? ¿Tener que esforzarme para convencerte de que salgas? ¿De que hagas cualquier cosa? Es agotador.

Le dije que no entendía cómo mi inactividad podía agotarla, pero en realidad sabía a lo que se refería. No soy idiota, pero no tenía respuesta. Tal vez podría haberme disculpado, haber intentado explicarme o razonar mi postura, pero era obvio que ella ya había tomado una decisión. En su cabeza ella ya se había ido. Bajé la mirada y me di cuenta entonces de que ni siquiera se había quitado los zapatos.

Entonces Emily dijo varias cosas que me hicieron cerrar los ojos con fuerza y apretar los dientes hasta que el zumbido en los oídos sepultó su voz. Fue un intento de que esa conversación no entrara a formar parte de mis recuerdos. De todos modos, ya me sabía la cantinela: el cansancio, el tedio, el hartazgo.

—Esta noche me quedaré en casa de Sarah —concluyó por fin, imponiéndose sobre mi barrera de sonido. Se levantó bruscamente de la silla y se dirigió hacia la puerta.

Yo también me puse de pie, casi por instinto, y me parapeté detrás de la silla; la agarré con tanta firmeza que los nudillos se me quedaron blancos. Me preparaba para protegerme del siguiente embate.

—¿Sarah, del trabajo?

Lo pregunté con mi tono de incredulidad más logrado. Como si se tratara del hecho más inaudito que había oído en mi vida. Como si Emily me hubiera dicho que se iba a pasar la noche a casa de Santa Claus. Pero, en cuanto lo hice, la noté incómoda por primera vez en toda la tarde, y una marea de recuerdos de meses atrás empezó a inundarme la mente. Imágenes sueltas de retrasos nocturnos, de distracciones en las charlas, de fines de semana en que ella tenía que trabajar. Recuerdos que había puesto a buen recaudo en una diminuta e inaccesible parte del cerebro. La odié entonces por pensar que yo no me enteraba de nada, aunque en realidad no había sido consciente de lo que pasaba hasta ese mismo instante.

Moví la cabeza y me eché a reír: una reacción absurda cuando una se siente como si le hubieran propinado una soberana paliza justo antes de ser atropellada por un camión.

Emily se puso a hablarme como lo haría cualquiera con alguien que está de pie en el alféizar de la ventana de un décimo piso, o demasiado cerca del borde del andén de una estación de metro.

—Escucha.

Levantó las manos en señal de que no quería hacerme daño, de que no iba a realizar ningún movimiento súbito que me impeliera a saltar. No se acercó, pero quitó la mano del pomo de la puerta.

—Nunca tuve la intención de que pasara, ¿vale? Te juro que nunca estuvo dentro de mis planes, pero, en serio, Ally, tengo la sensación de que tú te rendiste hace mucho tiempo, así que acabé pensando que también podía hacerlo yo. Quería contártelo, pero... todo ha sido muy difícil. Te amaba de verdad, eso lo sabes, ¿no?

Me amaba. En pasado.

Emily prosiguió. No veía la palabra que flotaba en el aire delante de las dos.

—Y no es que lo de Sarah haya durado mucho. Un par de meses o tres a lo sumo. Ella no es la causa de nuestra ruptura, ¿lo entiendes? No estamos bien, y yo debería haber hecho esto antes. Lo único que puedo decir es que lo lamento mucho.

Era demasiado para asumirlo de golpe. Me dejé caer en la silla y asentí, no tanto en señal de que aceptaba su disculpa sino de que admitía mi derrota. Esa noche no la retendría en casa.

—Me voy —dijo Emily en el mismo tono que usaría una madre cariñosa que deja al niño en su cama y se propone apagar la luz de su cuarto por primera vez—. Volveré mañana y hablaremos de esto en serio, cuando hayamos tenido tiempo de calmarnos un poco, ¿vale?

Asentí de nuevo, mareada ante la perspectiva de tener que enfrentarme sola a la abrumadora realidad.

Emily parecía satisfecha, como si hubiéramos dado un paso adelante. Era irritante. Cogió la bolsa. Ya la tenía lista al lado de la puerta. ¿Cómo no me había percatado de ello? Salió. Cerró la puerta, llevándose consigo la brisa.

La cocina se volvió aún más pequeña. El techo más bajo, la luz más débil. Durante las horas siguientes el tiempo avanzó con atormentada lentitud. En medio de aquel silencio ensordecedor me senté a la mesa y rompí a llorar en sollozos intensos y devastadores, esos que te hacen sentir como si te fuera a estallar la cabeza y te dejan la garganta como el papel de lija. Lloré hasta quedarme exhausta, me levanté, abrí el grifo de la pila y bebí a chorro de él, tal y como hace Malcolm cuando intentas fregar los platos. Cogí el plato de pasta fría aderezado con trozos de calabacín blandengues y manchurrones tristes de salsa de tomate y me lo comí entero. Luego pasé al de Emily, el suyo con queso cheddar gratinado, y lo devoré también. Me sentí algo mejor.

Supe que no habría manera de conciliar el sueño, de modo que me tomé las cosas con calma. Me cepillé los dientes durante veinte minutos, hasta que las encías me sangraron y el cepillo adquirió el regusto metálico de mi propia saliva. Luego dediqué un buen rato a esa higiene facial que siempre me proponía hacer y que implicaba toda una serie de rigurosos frotados, apertura de poros y varias capas de crema hidratante. Me puse un pijama limpio y, por último, cuando ya no me quedaba nada por hacer, me planté en el diminuto dormitorio, ante la cama deshecha que esa mañana nos había acogido a las dos, agarré el edredón, cerré la puerta y me instalé en el sofá.

Mi intención era pasarme la noche viendo la tele, pero en cuanto me acosté me quedé dormida como un tronco. Se me olvidó comprobar si la puerta estaba cerrada con llave o colocar la «trampa para intrusos» (un galán de noche lleno de perchas delante de la puerta para que hiciera mucho ruido al caer). No revisé mentalmente todos los desastres posibles: que el barco ardiera, que Malcolm se ahogara o que hubiera un asesino en serie deambulando por la orilla del río. Me limité a cerrar los ojos y dormir. Y dormir.

A la mañana siguiente desperté con la boca seca y los ojos hinchados. Había estado llorando en sueños, lo cual es lo más patético que puedo imaginar. Fuera aún estaba oscuro, eran las seis. Plena noche, en realidad. Desconecté el modo avión del móvil a la espera de encontrar al menos un mensaje de Emily preocupándose por si me había arrojado por la borda en mitad de la noche, pero no había nada. Me enfurecí. Lo último que me apetecía era pasarme el día esperando a que viniera a hablar conmigo. No soportaba la idea de tenerla delante exponiéndome los planes de cómo y cuándo podía irme de allí. Lo más probable era que quisiera instalar en el barco a Sarah. Recordaba vagamente haber coincidido con ella en alguna fiesta navideña, pero en mi cabeza no era más que un bulto sin cara. No la había considerado lo bastante importante como para fijarme.

Saqué la maleta y empecé a llenarla con toda la ropa que pude. Me dije que no tardaría en volver. Sí, cuando las aguas se hubieran calmado. Esto se olvidaría. No había nada que no pudiéramos solucionar más adelante. Mi cabeza iba a cien por hora, como si tuviera fiebre. El único lugar al que se me ocurría ir era a la casa de mi padre, en Sheffield. Todos mis amigos londinenses lo eran también de Emily. Me estremecí al preguntarme si estarían ya al tanto de todo. ¿Lo habían discutido entre ellos? ¿La habían aconsejado sobre cuál era la mejor forma de cortar conmigo? ¿De quién había sido la idea de tener una bolsa lista? Nadie se había molestado aún en interesarse por si yo estaba bien.

Cogí el móvil y escribí un mensaje para mi padre.

Papá. Socorro. Necesito volver a casa por un tiempo. Emily me ha dejado. ¿Te parece bien? Ya sé que es temprano, lo siento.

Respondió casi al instante. Lo imaginé tumbado en la cama, entretenido con el teléfono: jugando al Scrabble probablemente.

No tienes ni que preguntarlo. Si me dices en qué tren vienes, voy a buscarte. Trae ropa de abrigo. Hace frío.

Justo cuando iba a salir, Malcolm abandonó su puesto frente al hornillo de madera. Se estiró con gesto perezoso y luego volvió a tumbarse, agotado por el esfuerzo. Me miró. Busqué en sus ojos alguna señal de simpatía o comprensión, pero lo único que pude ver en ellos fue: «¿Desayuno?». Sin apenas tiempo para pensarlo, saqué el transportín de debajo de la cama. Quizá porque todo pasó muy deprisa, el minino se dejó encerrar sin excesivos aspavientos. Un poco de sangre era lo normal. El corazón me dio un vuelco cuando me detuve en la puerta, en un gesto pretendidamente reflexivo, como si no hubiera tomado ya una decisión. Malcolm se despidió del barco con un maullido.

El tren llevaba retraso. Y me costó más de cien libras. Debería existir algún tipo de descuento para los aquejados de mal de amores que compran el billete a última hora. Me planteé la posibilidad de cargarle el precio a Emily e imaginé la cara que pondría al ver el mensaje de autorización en el móvil. Era tentador.

En el andén, el rumor de pasajeros nerviosos arrastrando maletas y de niños bramando me dio dolor de estómago. Cada chillido de bebé me infligía una descarga de adrenalina en el pecho. Intenté aislarme. Me agaché y me atreví a meter el dedo entre los barrotes del transportín de Malcolm, que estaba apoyado encima de mi maleta. Malcolm bufó.

Cuando por fin llegó el tren, conseguí meterme en el vagón con mi enorme maleta y mi enorme gato y no romper a llorar de alivio al encontrar sitio libre en las barras para el equipaje. Ese pequeño logro, subirme al tren y ocupar un asiento sin reserva previa, fue como un premio.

De repente estaba hambrienta. Mientras el resto de los pasajeros se organizaban a mi alrededor y el tren abandonaba despacio la estación de St. Pancras para internarse en el día gris de enero, saqué del bolso el sándwich de Marks & Spencer y la bolsa de ganchitos, y no pensé en nada más durante unos benditos minutos con sabor a queso.

Nunca he tenido problemas para comer, excepto en situaciones de pobreza severa, e incluso entonces me quedaba mirando con avidez la comida de los otros, sintiéndome muy desgraciada.

La atmósfera de los trenes solía gustarme. En otro momento de mi vida, incluso ese tren hacia las East Midlands que olía a retretes, queso y patatas con sabor a cebolla, me habría relajado. Pero ese día no sentía ni alegría ni paz. El trayecto se me hizo eterno, y mi única distracción fueron los ocasionales maullidos de Malcolm, recordatorios guturales de que se encontraba allí en contra de su voluntad. De repente me asaltó la culpa al recordar que no le había dado de desayunar y le tiré una patata frita a través de los barrotes, pero él se limitó a lanzarle una mirada de desprecio, ofendido por la escasez de la oferta. Apoyé la frente en la ventana y, al tiempo que escuchaba por los cascos el desgarrador solo de guitarra de St. Vincent, incluido en mi playlist «Sentimientos», me invadió una oleada de tristeza cinematográfica: un nuevo alud de lágrimas rodó por mis mejillas convirtiendo las montañas frondosas y el sol invernal en un manchurrón precioso de tonos verdes y anaranjados. Hasta el momento había sido vagamente consciente de que llamaba la atención de la gente, con el gato y los llantos, pero de repente me sentí como si solo estuviéramos yo, el tren y mi corazón acelerado, ansioso y partido en busca de otro hogar.

El tren llegó a Sheffield y bajé al andén junto con cientos de estudiantes que cargaban con su ropa limpia. Había puesto el móvil en modo avión durante toda la mañana y caí en la cuenta de que debía desactivarlo para saber dónde me esperaba mi padre. Seguro que ya me había dejado un par de mensajes llenos de preocupación. Respiré hondo antes de hacerlo. El teléfono se iluminó al instante con un aluvión de mensajes que entraban a una velocidad inusitada. Demasiado rápido para leerlos, aunque yo albergaba mis sospechas. Me detuve junto a una columna, cerca de un piano donde alguien intentaba tocar Para Elisa, y miré el teléfono con los ojos entornados para ver lo menos posible. Lo apoyé en el oído para escuchar un mensaje de voz, esperando que fuera de papá para informarme de en qué aparcamiento, siempre alejado de la estación, estaba él con el coche.

«Te has llevado al puto gato. Es increíble.»

Una descarga de adrenalina me recorrió el cuerpo. Emily.

«Sabía que te enfadarías, Ally, pero no se me pasó por la cabeza que cometieras la locura de llevarte a mi gato.»

No es tu gato, contesté mentalmente. Es nuestro gato.

«Quiero que me lo devuelvas de inmediato. No te atrevas a pasar de esto o llamaré a tu padre para decírselo.»

No me impresionó en lo más mínimo. Era una amenaza vacía, ya que Emily jamás se había molestado en venir a Sheffield en los siete años de relación conmigo. Tampoco entendía qué pensaba Emily que haría mi padre. Ni que fuera un cazador profesional de gatos.

Colgué, satisfecha de que ella estuviera experimentando al menos una parte de la desazón que sentía yo. Al bajar el teléfono, levanté la vista y me sorprendí al encontrar a mi padre asomando la cabeza por la puerta de la estación en lugar de estar metido en el coche, dando vueltas cerca del aparcamiento para ahorrarse el tíquet. Ver que me buscaba con la mirada entre el gentío me hizo romper a llorar de nuevo y me provocó un nudo en la garganta. Era como si tuviera cinco años y me hubiera extraviado en el supermercado, o como si hubiera estado en una fiesta muerta de ganas de volver a casa. Se me apareció como la expresión física del bote salvavidas. Corrí hacia él a la mayor velocidad posible, dada la gran cantidad de equipaje, gato incluido, y me lancé a sus brazos, soltando el transportín de Malcolm en su mano libre y hundiendo la cara en su hombro. Se me antojó más bajo de lo que recordaba, o más delgado. Olía al gel de ducha que yo le había regalado por Navidad.

—¿Todo bien, cariño? —dijo él al tiempo que me acariciaba la cabeza y fingía no enterarse de mis llantos, algo que le agradecí—. Vamos a meter todo esto en el coche, ¿de acuerdo?

Asentí, caminamos juntos y en silencio hacia el coche, que estaba aparcado en una calle perpendicular. Justo antes de abrir el maletero, papá se percató de que lo que sostenía en la mano contenía un gato, pero su única reacción fue enarcar las cejas y meterlo en la parte de atrás con un: «Allá vamos».

—¿Has tenido buen viaje? —preguntó mientras se ponía las gafas.

—Sí. Me comí un sándwich.

—Fantástico.

Había algo reconfortante en sentarse al lado de papá en su Peugeot. Desprendía el olor débil de un gastado ambientador de pino que colgaba del espejo retrovisor y otro, bastante más fuerte, de una monda de naranja que se había quedado olvidada junto al asiento del copiloto. Cerré los ojos y me sumí en el amable silencio del trayecto. A medida que salíamos de la ciudad y nos dirigíamos hacia las montañas sentí que se me aflojaban los hombros. Incluso con los ojos cerrados sabía con exactitud por dónde íbamos, conocía cada giro, cada recodo, cada ruido del motor del coche. Abrí los ojos cuando él iniciaba el ritual de aparcamiento en batería, que consistía básicamente en ponerse rojo y llamar «puto monstruo» al vehículo de nuestro vecino, Brian, a pesar de que su tamaño era de lo más razonable. En cuanto hubo terminado, fui hacia el maletero para sacar el equipaje y seguí a papá, que llevaba a Malcolm. Oí los ladridos de la perra, Pat, al otro lado de la puerta. Sentí otra punzada de culpa por someter a Malcolm a tantas torturas: primero el viaje y ahora la presencia de una vieja pero entusiasta Jack Russell.

Mi padre dejó el transportín de Malcolm al pie de la escalera y abrió la puerta trasera para que Pat saliera a desahogarse. Dejé mi maleta en el suelo y busqué a tientas el interruptor de la luz del recibidor, pero, cuando por fin di con él, resultó que no había bombilla. Me estremecí al quitarme el abrigo y lo dejé colgado del final de la barandilla. Me pregunté cuándo fue la última vez que papá había encendido la calefacción.

—Voy a prepararte una taza de té. —Papá asomó la cabeza desde la puerta de la cocina.

Asentí y me descalcé; empujé los zapatos de una patada en dirección al zapatero, algo que solo se me permitía hacer cuando tenía la cara arrasada en lágrimas.

—Oye, esto... ¿Qué come Malcolm?

Señaló hacia el transportín, como si admitiera por primera vez que había traído conmigo a ese gato enorme. Malcolm nos contemplaba sumido en un hosco silencio. Pat, de quien siempre habíamos pensado que se calmaría con la edad, aún nos dedicaba desde el otro lado de la puerta trasera los ladridos especiales que reservaba para los gatos.

—Le iría bien un poco de agua, y... —me callé, a sabiendas de que quizá estaba tentando a la suerte—, ¿no tendrás queso por casualidad? A él le encanta y recibir un premio ayudaría a tranquilizarlo.

Sabía muy bien que esa bobada de pedir queso para el gato se toleraría durante un breve período de tiempo, tal vez solo ese día, de manera que tenía que aprovecharme mientras pudiera.

Papá enarcó las cejas pero no protestó.

—Vale, queso.

Abrí la cesta de Malcolm, contenta de prestarle atención. Él soltó un maullido grave y salió, exhibiendo su inmensa cola para que cualquiera que estuviera presente en la sala se sintiera debidamente intimidado ante aquel apéndice espectacular.

Olisqueó el ambiente y eso lo llevó hasta mi padre, que había puesto un trozo de queso a fundir en una cazuela. Solo después de una larga inspección se dignó a mordisquear el queso sin demasiada fruición.

Lo dejamos con su merienda y nos llevamos las tazas de té al salón. Mi padre se instaló en la gran butaca de color verde, una antigua reliquia de la época del abuelo Arthur, y yo me senté frente a él. La habitación no había cambiado desde que me marché de allí, once años atrás: las mismas paredes desiguales, pintadas, y el mismo tope para la puerta con forma de perro salchicha. En esa sala no tenía que preocuparme por lo desconocido, era como estar en un túnel del tiempo. La foto de boda de mis padres con el marco de plata seguía en la mesita auxiliar, al lado de donde yo me había sentado. Pasé el dedo por encima de sus caras sonrientes y me llevé una capa de polvo. Desde la muerte de mi madre, papá y yo no habíamos añadido ninguna fotografía. El tiempo se paró allá en 2004.

—¿Cuánto piensas quedarte?

Di un sorbo al té, ardiente y fuerte. Llevaba más de un año tomándolo con leche vegetal. Emily se había vuelto vegana, y, aunque habría preferido un mayor compromiso con la causa por mi parte, se conformó con que dejara la leche de vaca. Por ridículo que parezca, el maravilloso sabor de ese té me hizo sentir mejor.

—No es que tenga ninguna importancia —añadió enseguida.

—Gracias, papá. La verdad es que no lo sé. Aún no he pensado nada, todo está un poco... —A mi pesar, me di cuenta de que me fallaba la voz y de que me temblaba el labio.

—Un poco en el aire —terminó él la frase por mí—. Ahora mismo todo está un poco en el aire.

Asentí con la cabeza porque era incapaz de hablar y cogí una galleta de avena recubierta de chocolate. Mis favoritas. Era un paquete recién abierto así que comprendí que lo había comprado para mí.

—Las cosas mejorarán. Y en poco tiempo esa... esa chica horrible se dará cuenta de lo que se está perdiendo. Te lo diré sin ambages. —Hizo una pausa, como si no llegara a decidirse a expresarlo—. Nunca encontrará a nadie como tú.

Permanecimos un minuto en silencio. No era nada propio de papá mostrarse tan alentador, así que lo había dicho todo muy deprisa y sin apartar la vista de su taza de té. Refrené el impulso de saltar sobre él y plantarle un beso en la mejilla, de secarme las lágrimas de la cara con la suya.

—Gracias, papá —dije mientras masticaba la galleta y él asintió, satisfecho de haber recitado su parte sin que yo montara un numerito melodramático. Nos deslizamos hacia un reconfortante silencio que duró toda la merienda.

Encontré a Malcolm en la cocina, tumbado junto a la puerta trasera mientras contemplaba a Pat con curiosidad. Esta tenía la cara pegada al cristal y movía el rabo con furia. Tras hacerle prometer desde el otro lado de la ventana que no perseguiría a Malcolm, le permití que entrara y que olisqueara al gato. Malcolm reaccionó propinándole un toque en el morro con la pata, y eso la alegró. Le encantaba jugar. Me dije que quizá se llevaran bien al fin y al cabo. Arrastré la maleta por la escalera, escalón a escalón, y luego bajé a sacar a Malcolm de debajo de la mesa de la cocina. Estaba tenso, pero como no me mordió ni trató de huir pensé que podía tomármelo como un éxito.

Al entrar en mi habitación me sentí de nuevo abrumada por una oleada de amor hacia mi padre. El cuarto estaba impoluto, y la cama lucía un edredón con un maravilloso estampado floral en verdes y azules que nunca había visto. Me había dejado una toalla limpia y había colocado todos mis ositos de peluche en el escritorio. Me pregunté si tenía la habitación preparada por si acaso volvía o si esa había sido una tarea improvisada fruto del amor. Cerré la puerta con cuidado y dejé a Malcolm sobre la cama, pero tuve que volver a abrir la puerta al instante para que se fuera, ya que la emprendió a arañazos con ella. No tenía el menor interés en echarse una siesta y menos conmigo, su captora. Me tumbé en la cama y miré al techo, que estaba cubierto de estrellas reflectantes.

Nunca había estado en esa cama con Emily. Su piel suave nunca había rozado esas sábanas. Nunca había sentido su aliento cálido en la nuca a medianoche entre esas cuatro paredes. Me transporté a una tierra anterior a Emily, a un lugar donde ella no existía, donde nosotras no habíamos existido. No sentí ni esperanza ni felicidad, pero por primera vez en las últimas veinticuatro horas tampoco me sentí del todo hecha polvo. Solo cansada. Saqué del bolso el teléfono móvil y busqué una playlist de ruido blanco (pensada para los bebés, pero descargada únicamente por adultos ansiosos) y la reproduje al volumen más alto que podía soportar. Me puse los auriculares, hundiéndolos en mis oídos hasta el fondo, y, convencida de que nada podía perturbarme, me dormí.

Desperté unas horas más tarde cuando papá me sacudió el hombro con suavidad. Fuera ya oscurecía y había un reguero de babas en la almohada. La playlist había terminado hacía ya rato.

—Solo venía a ver cómo estabas.

Me saqué los auriculares y asentí a su pregunta de si me apetecía fish and chips y si quería bajar a ver Pasapalabra con él.

Se dio la vuelta para salir, pero se detuvo en la puerta.

—Se me olvidó mencionarlo. ¿Te acuerdas del chico de Karen, Jeremy? Ya sabes, Jeremy el grandullón... Pelo castaño y es... bueno, ya sabes. —Me señaló con un movimiento débil de cabeza.

Eso significaba que era gay. Jeremy era gay.

—Da igual, el caso es que también ha vuelto a casa. Lleva un tiempo por aquí. Quizá podríais quedar para animaros un poco.

Asentí sin comprometerme a nada: mi mente estaba concentrada en el fish and chips, en el hecho de que apenas había comido nada que no fuera verde desde hacía un año y de lo emocionante que resultaba hacer algo que Emily detestaría tanto.

De: Alexandra Waters

Enviado: 12 de enero de 2019, 23:05

Para: Emily Anderson

Asunto: Información importante relativa a tu reciente ruptura

Hola, Em:

¿Te acuerdas de que solíamos mandarnos emails como este todo el tiempo cuando nos conocimos? Todo el mundo lo hacía en lugar de usar el WhatsApp. Ojalá la gente siguiera enviándose emails más a menudo. A veces sería bonito recibir mil palabras en vez de diez. Te escribiría una carta si supiera adónde enviarla, pero supongo que estás en casa de Sarah.

Me acuerdo perfectamente del primer correo que te escribí. Apuesto a que podría recitarlo de memoria palabra por palabra. Escribirlo fue una agonía. Fingí que quería preguntarte algo sobre el texto que debíamos entregar, pero en realidad era una carta de amor. Me siento rara contándotelo. Siempre intenté hacerme la dura cuando estaba contigo pero fingir ahora sería una tontería. Una tontería que, además, llega demasiado tarde.

Creo que ya lo sabes, pero me enamoré de ti como una loca desde el momento en que nos vimos. Estaba en aquella vieja y desvencijada sala de conferencias tomando notas mientras el conferenciante (no me acuerdo de su nombre, ¿y tú?), el nuevo que parecía que acababa de salir de la facultad, leía la primera diapositiva de su presentación en PowerPoint. Llevaba casi una hora durmiendo con los ojos abiertos cuando apareciste, hecha un bulto de pelo alborotado y con una mochila enorme. Te dejaste caer en el asiento contiguo al mío, arrebolada. Mientras forcejeabas para quitarte el abrigo no pude evitar mirarte. Estabas guapa incluso con las mejillas sonrojadas y el flequillo pegado a la frente. Llevabas aquella chaqueta gruesa de lana que has sacado del armario cada invierno de los últimos siete años, siempre quejándote de que te pica. Por cierto, quizá ya es hora de que la tires a la basura, ¿no, Em?

Albergué la esperanza de mirarte a los ojos y compartir contigo lo aburridas que estábamos, pero enseguida me di cuenta de que venías con la intención de escuchar la charla. Contemplabas aquella terrible presentación con los ojos muy abiertos, como hechizada. Era conmovedor. Encajada en aquellos asientos diminutos sentí cómo la parte alta de tu brazo y tu pierna rozaban los míos a través de varias capas de lana y ropa tejana. Intenté no moverme durante el resto de la hora. Seguí esperando que te volvieras hacia mí. Yo literalmente vibraba a tu lado. Te juro que nunca he sentido lo mismo junto a una chaqueta de punto desde entonces.

Mi amor por ti no flaqueó ni siquiera cuando descubrí que tenías novia. Siempre has dicho que no te habías percatado de mi evidente decepción al enterarme, y aunque has bromeado a menudo diciendo que yo «sobrevolaba la zona» y que estaba «lista para atacar», la verdad es que no era así. En ese momento, ser amiga tuya no parecía un premio de consolación, Em. Sentarse contigo en un gran grupo de gente, captar tu mirada y saber con exactitud lo que pensabas, pasear hacia casa en las noches de verano, riendo como locas sabiendo que nadie más entendería el chiste... Adoraba todo eso. Era imposible no querer ser tu amiga. Guardo gratos recuerdos de cómo era amarte en aquel entonces: incluso aquellos días en que me dolía el corazón y se me retorcían las tripas de deseo por ti, las cosas eran simples y perfectas. No tenía que preocuparme de lo que sentías por mí porque no importaba. Mis sentimientos por ti existían en su propia burbuja, al margen de nuestra amistad y nuestras vidas reales.

Eras Daphne y yo era Niles.

Sé que pensarás que soy una boba nostálgica por revolver el pasado, pero si consigo que recuerdes cómo fueron las cosas años atrás tal vez podamos arreglar esto de algún modo. No es demasiado tarde.

Lamento haberme llevado a Malcolm sin decírtelo. Quizá podrías venir a buscarlo y así hablamos...

Aunque está bien aquí, Pat lo adora. Mi padre hasta le dio queso (sí, ya lo sé, fue solo un trocito).

Te quiero. Besos,

Ally

De: Emily Anderson

Enviado: 12 de enero de 2019, 23:45

Para: Alexandra Waters

Asunto: re: Información importante relativa a tu reciente ruptura

Ally, llevarte a Malcolm no ha estado bien. Nunca pensé que serías capaz de algo así, la verdad. Sé que estás dolida y lo entiendo perfectamente, pero eso no justifica robar el gato de alguien y luego negarte a atender el teléfono, y acabar enviando un efusivo (¿!) correo al respecto. Estas cosas no se hacen.

Sabes que no podré acercarme a Sheffield en las próximas semanas, NI FALTA QUE ME HACE. No puedes robarle algo a alguien y luego pedirle que se pegue cinco horas de viaje para recuperarlo. Las cosas no funcionan así. Por favor, devuélvelo CUANTO ANTES. No me creo que se entienda con Pat, no digas eso para cubrirte las espaldas y que parezca que todo esto está bien. No está nada bien.

No creo que seas boba ni nostálgica: creo que eres una ladrona.

Hazme saber tus planes para devolverme a Malcolm cuanto antes, por favor.

Em

P. D.: No hace falta que me recuerdes esas cosas porque no las he olvidado. Ese no es el problema.

P. D. 2: La chaqueta abriga mucho. Me gusta y pienso conservarla.