1

Hoy

Iba desnudo y lo estaban abriendo en canal.

No era una sensación. Estaba pasando de verdad.

Allí, en aquel momento, en las baldosas de la vieja lavandería de la cárcel, al pie de la secadora industrial.

Milan solo oía sus propios gemidos brutales. Sin la mordaza, sus gritos habrían resonado por toda la cárcel. Aunque eso hubiera dado igual, porque habían pagado bien para que los dejaran solos con el nuevo toda la noche.

Eran cinco. Tenía a dos arrodillados sobre los hombros, otros dos le sujetaban las piernas y el quinto, una mole jadeante de ciento veinte kilos y aliento a salchicha, le metía por el culo algo que le daba la sensación de que era un garrote de púas recubierto de alambre de espino. Aunque seguramente solo se trataba del puño con el que lo estaba violando.

De pronto cesó la presión, tan de repente que sufrió un calambre y le tembló todo el cuerpo. El dolor continuaba; algo más abrasador que el calentador de una sauna le ardía en las entrañas, pero al menos pudo mover los brazos y ponerse boca arriba.

Una sexta cara, nueva, apareció sobre él. Aquel hombre, mayor que los demás, con una marcada raya al lado y ojos azul del Caribe tras unos gruesos cristales, no había estado presente cuando le dieron una paliza en la ducha ni tampoco luego, en el momento en que lo arrastraron hasta allí.

Lo miraba con la curiosidad de un niño que fríe un insecto con una lupa.

—¿Así que tú eres el policía?

Milan asintió con la cabeza mientras el hombre le quitaba la mordaza.

—Yo soy Zeus. Me conoces, ¿verdad?

Zeus, el dios de la cárcel. Milan volvió a asentir con un gesto. Había que estar en muerte cerebral o en coma para no saber quién era el hombre que había tomado el nombre de la deidad griega y que ejercía realmente el control de la cárcel de Tegel.

—Escúchame bien. Los tipos como tú estáis en lo más bajo de la cadena alimentaria. Aquí tienes menos derechos que las pelusas del ombligo de Plancha.

Zeus sonrió a la mole, que se estaba subiendo los pantalones. Milan quiso morirse. Si lo que había tenido dentro era el pene de aquel tío, debía de ser como una manguera antiincendios.

—Solo tienes una opción... A menos que quieras que Plancha te demuestre su especialidad. ¿Sabes por qué lo llamamos así?

«¿Porque lo aplasta todo?»

—Porque le gusta planchar ropa. Le encantan las planchas. Como esta de aquí.

Uno de sus esbirros tatuados le pasó una, viejísima.

—Plancha la va a poner a doscientos grados. Y mientras coge temperatura, tienes la oportunidad de contármelo todo. La verdad y nada más que la verdad, con la ayuda de Dios. —Se arrodilló, se tocó la raya para comprobar que seguía en su sitio y continuó—: Compartes celda con Garrapata. Un tío legal. Tienes suerte, responde por ti. Dice que lloras dormido. Y que podrías ser un yeti.

—¿Un qué?

—Inocente. Hay tan pocos aquí dentro como yetis ahí fuera.

Sus compinches le rieron el chiste, que sin duda habían oído mil veces.

—¡Cuéntame tu historia! —insistió el jefe.

—¿Qué?

—¿Es que hablo en chino? —Le sacudió una bofetada—. Quiero saber por qué estás aquí, policía. Pero oye, ándate con cuidadito. —Se quitó las gafas y se señaló los ojos—. ¿Sabes qué es esto?

Milan no contestó a la pregunta retórica, entre otras cosas porque intentaba no vomitar mientras el dolor se reavivaba como una llamarada.

—Es mi detector de mentiras. Si percibe algo, Plancha lo verá. Solo tengo que pestañear y te meterá ese trasto ardiendo hasta el duodeno. ¿Nos entendemos?

Plancha asintió con una sonrisa. Milan tenía lágrimas en los ojos.

La saliva se le acumulaba en la boca. Tuvo que tragar dos veces hasta estar preparado.

Preparado para aprovechar su oportunidad de contárselo todo a Zeus. La historia, tan increíble como aterradora, que lo había llevado hasta la cárcel pasando por el infierno.

Para ganar tiempo y seguir vivo al menos unas horas más, empezó por el principio.

Capítulo 2

2

Dos años antes

—¿Está usted sola?

—Sí.

—¿Y el personal de cocina?

—Ya se han ido. Estoy haciendo caja. Aquí no queda nadie.

—Está bien. De todos modos, no tenga miedo —dijo Milan.

La mujer al otro lado del teléfono soltó una risa histérica.

—¿Que no tenga miedo? ¿Es que la policía se ha vuelto imbécil? Me llamáis para decirme que se os ha escapado un loco y que está a punto de secuestrarme. ¿Y se supone que NO DEBO ASUSTARME?

La joven camarera que se había identificado como Andra Sturm parecía capaz de arrancar un trozo de la barra del restaurante para poner en fuga con él a cualquier agresor. Pero Milan sabía que una voz ruda y fuerte por teléfono no siempre se correspondía con la persona real tan bien como sucedía en su propio caso. A lo mejor Andra era un delicado angelito y su tono cortante se debía a la angustia mortal que le acababa de causar. En cualquier caso no era nada tímida, y eso lo impresionó. Parecía el tipo de mujer a la que le gustaría conocer mejor, aunque en aquella situación ese pensamiento era muy poco profesional.

—¿Me está escuchando?

—Qué va, me he tapado los oídos. Pues claro que estoy escuchando.

A través del parabrisas, Milan observó la entrada del local, tomó aire y dijo, con toda la calma que la situación permitía:

—Punto número uno: el sospechoso no se nos ha escapado. Lo seguimos desde hace dos horas, incluso controlamos su móvil. Por eso sabemos que la ha llamado poco antes que yo. ¿Es así?

—Sí —contestó Andra tras una pausa. Seguramente había asentido primero con la cabeza antes de darse cuenta de que eso no se oía por teléfono—. Me preguntó si todavía quedaba alguien aquí.

Era un milagro que la camarera hubiera contestado al teléfono. Una llamada cinco minutos antes del cierre solo puede traer molestias, y más teniendo en cuenta que el All-American-Diner no era la clase de sitio adonde se va con reserva. Sus clientes, ansiosos de hamburguesas, patatas fritas, nachos, filetes a la parrilla, batidos y otras bombas calóricas, se presentaban sin avisar en el pequeño local situado en una calle lateral a la plaza Roseneck.

—Y punto número dos —continuó Milan—: ese hombre no va a secuestrarla. Solo quiere efectivo.

Ella soltó una carcajada.

—¿Y usted cómo sabe eso, listillo?

Milan tuvo que sonreír. Andra hablaba con la exaltación propia de una berlinesa sin pelos en la lengua. Y seguramente no se comportaba así solo ante emergencias como aquella. Calculó que estaría al final de los veinte o al principio de los treinta. Sería más o menos de su edad.

—Ya tiene un rehén —contestó a su pregunta.

—¿Cómo dice?

—Una chica, a la que ha secuestrado. La entrega del rescate se torció este mediodía. Lo llevamos vigilando desde entonces.

Silencio.

Al parecer, Andra necesitaba asimilar lo que acababa de oír. Aquella información debía de haberle caído más pesada que las grasientas tortitas con las que el restaurante cebaba a sus clientes en el desayuno.

Milan intentó de nuevo escrutar el interior del local desde donde estaba. Pero el ventanal, que daba a la calle mal iluminada, apenas se distinguía entre la incesante aguanieve.

«Maldita posición.»

Era como mirar a través de la puerta de una lavadora en marcha. No habría logrado identificar ni un solo objeto del interior si no hubiera visto antes mil veces la parafernalia típica de decoración en otros locales parecidos: el cartel de la Ruta 66 falsamente envejecido, la máquina jukebox de imitación en la entrada, la bandera de las barras y estrellas y numerosos carteles de Elvis y del Tío Sam por las paredes.

Milan apostaba sus hijos no engendrados a que los asientos corridos estaban tapizados de falso cuero rojo y colocados sobre un suelo ajedrezado.

—¿Y por qué no detienen a ese cabrón en cuanto entre aquí?

—Porque no sabemos dónde retiene a su víctima.

—¿Cómo dice? —repitió Andra, aquella vez realmente atónita.

—Mientras esté en el restaurante colocaremos un dispositivo en su coche para que nos lleve hasta la chica aunque lo perdamos de vista.

—¿Es muy peligroso?

Milan se aclaró la garganta. Se pasó las manos por el pelo castaño, revuelto como de recién levantado, que llevaba meses sin ver a un peluquero.

—No voy a mentirle: sí, lo es. Mide un metro ochenta y cinco, es musculoso... y va armado.

—Dios mío. —La oyó tragar saliva.

—Por favor. Sé que le estoy pidiendo mucho. Pero no habrá peligro alguno si no se hace la heroína. Dele el dinero de la caja y todo lo que pida. Quizá tenga hambre y necesite provisiones. Nosotros nos ocuparemos de que a usted no le pase nada.

—¿Cómo? —Se le quebró la voz.

Milan oyó pasos a través de la línea: suelas de goma que chirriaban. Seguramente la camarera buscaba refugio tras la barra. «Ojalá.» En la puerta, en la zona de peligro, no se veía ningún movimiento.

«Por suerte.»

El aparato de radio emitió un chasquido. Cogió el transmisor, ordenó que esperasen y cortó la comunicación.

—En este momento hay tres francotiradores apuntando hacia la entrada del local. —Trató de tranquilizarla—. Al menor signo de peligro daré a mis hombres la orden de disparar.

—¿Y qué entiende usted por «signo de peligro»? ¿Un tiro en la cabeza? ¿Mis sesos desparramados por la barra?

Milan bajó la voz hasta un susurro, no porque fuera necesario sino porque había descubierto que así las personas nerviosas escuchaban con más atención.

—El hombre entrará en cualquier momento. Mantenga la calma y haga lo que le pida. Y no se asuste, pero lleva un pasamontañas negro.

—No lo dirá en serio...

—Ahora cuelgue. Que no la vea al teléfono. Es muy desconfiado.

—Vale —contestó, pero no sonó convencida. Lógicamente, no le gustaba nada perder el contacto con la policía.

—Limítese a hacer lo que él diga. Y cuando se vaya, espere a mi equipo. Todo irá bien —le prometió una última vez. Después se oyó un chasquido y se cortó la línea.

Cerró los ojos.

«¿Todo irá bien?»

Tenía un mal presentimiento.

«¿Abortar misión?»

Miró el reloj. Respiró profundamente. Y decidió no hacer caso a su instinto.

Con un suspiro cogió el pasamontañas del asiento del copiloto y se lo puso. Después se bajó del coche y se dirigió al local.

Capítulo 3

3

La estratagema que le había valido el apodo de «Policía» le había funcionado siete veces.

Seleccionaba locales con poco personal y mucho efectivo: cafeterías, casas de comidas, restaurantes, una vez una gasolinera. Siempre poco antes del cierre o del cambio de turno. Preferiblemente en calles laterales sin mucho trasiego.

Resultaba sorprendente la gran cooperación que mostraban las personas cuando una voz profunda e intimidante les ordenaba entregar sin resistencia los ingresos del día a un malhechor. Hasta la serie de policías más cutre enseña a sus espectadores que exijan la identificación a los agentes. Pero al parecer eso solo rige si se personan en el domicilio. Por teléfono, a la mayoría le bastaba con una presentación como «comisario jefe Stresow, de la dirección de operaciones especiales», o alguna tontería similar. De vez en cuando Milan hacía sonar una radio de juguete y decía algo. No necesitaba nada más para crear un fondo verosímil.

Era más difícil aguardar el momento adecuado. Como aquel, con las tiendas ya cerradas, las compras navideñas terminadas y las calles desiertas porque todo el mundo se había ido a casa a preparar la cena y los regalos. Porque era Nochebuena, poco antes de las seis de la tarde.

De los tres objetivos que Milan había escogido en internet solo aquel restaurante del barrio de Schmargendorf seguía abierto y, tal como esperaba, casi vacío.

Le dio un ataque de tos y, a los pocos pasos, el pasamontañas mojado ya se le pegaba a la cara.

Aquel día, con ese tiempo, ni siquiera veía a gente paseando perros; y, si había alguien, mantendría la cabeza gacha para evitar que la aguanieve le diera en la cara.

«Vale, allá vamos.»

Ya había cubierto los treinta metros que separaban el coche robado de la entrada, que lucía el típico luminoso de neón.

«Adentro.»

Entró en el local. Estaba en penumbra y, aparte de las lamparitas en las mesas de formica, solo permanecían encendidas las luces de emergencia. Un olor mezcla de grasa, hamburguesa y sangre le golpeó la nariz.

«¿Sangre?»

Solo con cierto retraso notó el golpe contra la cabeza. Como el estampido de un avión supersónico. Después llegó el dolor y comprobó que no se había equivocado: el restaurante tenía un suelo ajedrezado. Había caído en él de rodillas... y ahora era incapaz de volver a levantarse.

«Debí haber hecho caso a mi instinto.»

Una patada en la barriga lo hizo girar sobre sí mismo. Cayó de espaldas y lo primero que vio sobre él fue la parrilla de un Cadillac negro que algún diseñador de interiores había decidido colgar del techo y, después, a una mujer de nariz ligeramente curvada, mucho más bonita que su fea napia, que se le estaba llenando de sangre.

«Andra —pensó Milan—. De verdad parece una mujer con la que me gustaría tener una cita.»

—Feliz Navidad, capullo —dijo ella.

Y después le partió la crisma con un bate de béisbol.

Capítulo 4

4

Dos años después

—¿Cómo se conocieron? —preguntó la terapeuta.

Seguramente esperaba que aquella parejita recordara con una sonrisa ese romántico momento. Un buen punto de partida para el éxito de una terapia de pareja que acababan de comenzar. «Diez sesiones de noventa minutos. A doscientos euros la sesión.» Una ganga, siempre que la doctora Henriette Rosenfels consiguiera sacarlos de verdad de la maraña de problemas de su relación. O, al menos, ofrecerles una serie de consejos útiles para sobrevivir al día a día sin tirarse los trastos a la cabeza.

«Aunque así fue exactamente como empezamos», pensó Milan, y esa era también la razón por la que Andra sonreía cuando contestó a la pregunta:

—Le arreé con un bate de béisbol.

Y Milan añadió:

—Fue amor al primer mamporro.

Cuando se saludaron con un apretón de manos a la entrada de la consulta, en un edificio antiguo del barrio de Moabit, a Milan le había parecido que la doctora era una asidua clienta del negocio del bótox. Para contar cincuenta y ocho años, aquella señora de pelo gris y gafas tenía una piel extraordinariamente tersa («como si se hubiera pegado un globo a la cara», fue su primer pensamiento). Sin embargo, en aquel momento su frente se llenó de arrugas:

—¿Qué quieren decir con eso? —preguntó, frunciendo el ceño.

—Andra es camarera. Hace dos años, en Nochebuena, quise atracar su restaurante. Pero su inteligente cerebro descubrió mi jugada.

«¿Ahora cuelgue? —lo había imitado de manera burlona Andra en cuanto volvió en sí—. Joder, mi ex era policía. No se trataba precisamente de un lumbreras, pero hasta él habría mantenido en todo momento el contacto con la víctima.»

La mirada incrédula de la terapeuta se posó en ella, que confirmó las palabras de Milan con un suspiro que venía a decir: «triste pero cierto».

—Bueno, pues al parecer puede decirse que son una pareja fuera de lo común. —La doctora Rosenfels sonrió y Milan le dio la razón.

Ya solo por el aspecto, Andra y él no pegaban en absoluto. Él, un chico modosito y conservador, discretamente vestido con deportivas, vaqueros y polos. Ella, tres años mayor, describía su estilo como «gótico de feria». Botas negras de motorista, melena hasta los hombros teñida de azul acero, leggings de colores chillones, una minifalda plisada con estampado de calaveras y una sudadera verde con el mensaje: CRISTO TE AMA. PARA LOS DEMÁS ERES GILIPOLLAS.

La misma sudadera que llevaba el día en que se conocieron.

Aunque «conocerse» era más bien un eufemismo que sustituía a: «dejarlo medio muerto y arrastrarlo hasta un cuarto trasero».

Según el doctor Google, Andra le había ocasionado una «fractura de la bóveda craneal sin lesión cerebral», aunque a él le pareciera que con su saludo le había incrustado la frente en el cerebro. Muchos meses después los movimientos bruscos hacían que se le saltaran las lágrimas, y todavía entonces se despertaba sintiendo una bola de demolición dentro de la cabeza si la agitaba bruscamente cuando tenía una pesadilla.

Aun así, había sobrevivido a la fractura de cráneo sin atención médica. No había pasado lo mismo con las lesiones que sufrió en la cabeza durante su adolescencia. Milan había crecido en la isla de Rügen, en la costa báltica de Alemania. Tras caerse por las escaleras del sótano de su casa a los catorce años, pasó varias semanas ingresado en el hospital. Por el contrario, la segunda fractura de su vida se la había curado él solo con pastillas de flupirtina y bolsas de hielo. Un milagro, como certificaban continuamente sus búsquedas en distintos foros médicos. Pero un milagro insignificante si se comparaba con su relación con Andra.

Cuando se despertó media hora después del frustrado atraco (en el sofá del dueño del local y con un concierto de instrumentos desafinados sonando en la cabeza), estaba convencido de que la chica iba a terminar lo que había empezado. Una semana antes los medios habían informado de que el dueño de una tienda abierta veinticuatro horas había matado a un ladrón de una paliza, en representación de todos los canallas que se habían salido con la suya a lo largo de los años. Pero aquella joven sorprendentemente grácil y con cara de ángel no volvió a tocarle un pelo. Tampoco llamó a la policía. Hizo algo que Milan jamás habría imaginado: ofrecerle trabajo. «Qué lástima. Un chaval bien plantado como tú, con tanta imaginación... ¿Cómo te metes en estas mierdas en lugar de buscarte un trabajo decente?»

No pasaba ni un día sin que él recordara sus primeras palabras. Ni la respuesta que todavía entonces le seguía debiendo: «Porque soy analfabeto. No sé leer ni escribir. Nunca aprendí, como millones de personas en Alemania».

—A veces pienso que tiene doble personalidad —prosiguió Andra, aún ajena a aquella verdad. Tanto se avergonzaba Milan de esa tara que lo separaba del resto de la gente—. Quiero decir, sí que me ha hablado de su padre, me ha contado que se siente responsable de cuidarlo. Y de las deudas que tiene. Seguramente por eso intentaba conseguir dinero a toda costa.

—¿Se dio usted a la delincuencia por esa razón? —preguntó la doctora Rosenfeld, dirigiéndose a él.

Andra asintió con la cabeza en su lugar. En realidad, la verdadera causa de su carrera como timador era que el analfabetismo no se consideraba una discapacidad en Alemania, por lo que no podía optar a ningún tipo de pensión. Sin embargo, lo tenía muy difícil para ganarse la vida. Debido a su torpeza, las actividades manuales apenas entraban en consideración. Y la sociedad lo había excluido del trabajo intelectual, el más apropiado para su inteligentísimo cerebro.

Con el tiempo se cansó de no lograr rellenar siquiera el formulario para el subsidio mínimo de desempleo de larga duración, el Hartz IV, de modo que procuró canalizar sus aptitudes mentales hacia la única profesión remunerada por encima del salario mínimo que no tenía ningún tipo de requisito: la delincuencia.

—La historia de las deudas de su padre me tocó la fibra sensible, siempre voy por ahí ayudando a todo el mundo —explicó Andra—. Además, me sentía mal por haberle pegado. Estaba muy nerviosa y asustada.

—Por eso después se acostó conmigo, por compasión.

—Capullo —bufó ella—. Eso fue seis meses después, y por entonces estaba enamorada de ti.

«Estaba.»

—¿Ahora trabajan juntos? —preguntó la terapeuta.

—Sí, en el mismo local donde intentó matarme.

—Querrás decir donde tú intentaste robarme.

Milan se dirigió a la doctora:

—Si no fue por compasión, ¿por qué ocultó el atraco y le habló bien de mí a Hulk?

—¿Quién es Hulk?

—El dueño. Su verdadero nombre es Harald Lampert. Lo llamamos así porque viste muy a menudo de verde.

—Solo tú lo llamas así porque te hace gracia llamar «Hulk» a un peso mosca de cincuenta kilos —lo corrigió Andra, y luego negó con la cabeza—. No te entiendo, Milan. Eres un genio del cálculo mental. No conozco a nadie que pueda tomar la comanda de veinte personas sin anotar una palabra y no olvidarse de nada. Además, tienes un talento artístico increíble; doctora, debería ver cómo dibuja a los clientes. Este tío tiene memoria fotográfica, de verdad. ¿Y trabaja de camarero?

—Un momento, me he perdido —interrumpió la doctora—. Creía que era usted la que quería que trabajaran juntos en el restaurante.

—Claro. Pero de forma temporal, no hasta la jubilación. A ver, a mí me costó horrores sacarme el graduado escolar. Pero él tiene abiertas todas las posibilidades. No le da la gana realizarse, carece de planes y objetivos. ¡Y solo tiene veintiocho años!

«Y discapacidad lectora», añadió mentalmente Milan.

Hasta Louisa, la hija de trece años de Andra, se las apañaba mejor en el mundo real, en el que los analfabetos eran ciudadanos de cuarta categoría: sin graduado escolar, sin formación, sin carnet de conducir. Louisa leía los carteles de las calles desde primero de primaria, mientras que para Milan algo tan sencillo como la compra del fin de semana se convertía en un viaje terrorífico.

«Cariño, aquí está la lista. ¿Puedes ir tú?»

«Claro. Solo una cosa: ¿qué es esto, Ξοξα Ξολα? ¿Es la botella gorda marrón con etiqueta roja y letras blancas?»

En Alemania vivían más de seis millones de analfabetos funcionales. Personas que habían aprendido en la escuela a reconocer suficientes frases como para dar el pego por la vida.

Pero el caso de Milan era aún peor. Claro que había ido a la escuela y había aprendido el alfabeto, e incluso identificaba algunas palabras y números. Pero jamás hizo un dictado ni una redacción. Siempre montaba una escena, se hacía el enfermo o se lastimaba la mano para escaquearse. Como consecuencia, era capaz de leer relojes digitales, meter una cuenta en la caja y reconocer su propio nombre. Pero no podía descifrar una frase de un cuento infantil si no se la leían en voz alta.

—¿De modo que están aquí por esa falta de ambición? —preguntó la terapeuta mirando el reloj.

Solo habían pasado veinte minutos y a Milan ya le parecía una eternidad.

—No. —Cuando Andra estaba nerviosa jugueteaba sin darse cuenta con el minúsculo piercing de la nariz—. Me oculta algo. —Levantó la mano en un gesto defensivo—. Y no es otra mujer, eso no sería un problema. Soy capaz de separar sexo y amor.

Aquella declaración desconcertó menos a la doctora Rosenfels que al propio Milan, que nunca había oído a Andra decir nada parecido.

—No te hagas el sorprendido. Los hombres estáis tan preparados para la monogamia como el aeropuerto Willy Brandt para los aviones. Parece posible en teoría, pero a la hora de la práctica se queda en nada.

La terapeuta carraspeó.

—Sin duda este es un tema muy interesante pero ¿podemos volver a eso de que le oculta algo?

—Yo no oculto nada —mintió Milan.

Una vez estuvo a punto de confesárselo. Estaban celebrando su aniversario en el restaurante 893, en la calle Kant, y Andra le pidió que le eligiera un plato de la exótica carta. Y aquella vez no quiso recurrir a la mentira estándar de las gafas. De vez en cuando llevaba unas feísimas y pesadas, con cristales sin graduar, para poder «dejárselas» si preveía que tendría que leer algo. «Lo siento, con mi mala vista no lo distingo bien.»

Pero aquella noche no quería poner excusas. Quería decirle la verdad.

Mientras reunía el valor necesario, Andra empezó a hablarle del cliente machito al que había tenido que atender el día anterior y que había intentado ligar con ella.

«—Y encima resultó ser un idiota integral. Me preguntó si mi perfume era de Be Uve Ele Gari.

»—¿De qué?

»—Yo tampoco lo pillé al principio. ¡Pero se refería a Bulgari! El muy inútil estaba deletreando el logo: BVLGARI.

»Un idiota integral, claro —pensó Milan, riendo forzadamente—. Un inútil. Pero hasta ese inútil lee mejor que yo.»

Aquel día ni contó la verdad ni cenó nada, aparte de su «pastilla de emergencia». Penicilina, quinientos miligramos. Era muy alérgico a ella: dos minutos después de tomarla casi no podía respirar. Por eso siempre llevaba un comprimido en el bolsillo del pantalón. Una vez había oído la historia de una analfabeta en una boda, a la que de repente le pidieron que leyera un pasaje de la Biblia. Para no revelar la verdad ante la concurrencia, se escabulló al baño y se pilló la mano con la puerta. Milan no necesitaba romperse todos los dedos. Aquel día un shock anafiláctico le bastó para no descubrirse.

—Lleva una doble vida mental —contestó Andra, mirando a la psicóloga—. No sé cómo explicarlo. En público, cuando estamos con amigos o por la calle, le cambia el humor de un momento para otro. Se pone nervioso, inseguro. Y le pasa de repente, sin más. Estando en el metro o en la cola del cine.

«O en terapia de pareja.»

—Y entonces huye. Literalmente. Me deja sola y se va para solucionar él solo el problema, a saber cuál será. Yo ya no aguanto más. Lo quiero, Dios sabrá por qué. Pero la próxima vez que se levante y se vaya, yo me rindo.

La terapeuta asintió con un gesto como si la comprendiera y le preguntó a Milan:

—¿Y usted qué opina?

«Que tiene razón. Que le miento. Mañana, tarde y noche. Igual que a todo el mundo. Pero no puedo hacer otra cosa. Cuando lo he contado se han reído de mí, me han echado del trabajo o me han abandonado.»

—Que son imaginaciones suyas —repuso, con poca decisión.

—Está bien.

La psicóloga miró de nuevo el reloj y después les tendió un folio en blanco a cada uno. Milan lo cogió con un nudo en la garganta, aunque una hoja en blanco era mucho menos peligrosa que una escrita.

Con la siguiente frase de la doctora, el nudo alcanzó las proporciones de un balón medicinal.

—Me gustaría que en los próximos diez minutos escribieran cuáles consideran las bases no negociables de su relación.

«¿Escribir?»

Se le aceleró el corazón. Empezó a sudar.

—¿Qué valores consideran importantes? ¿Qué hacen por amor a su pareja? ¿Y en qué asuntos son inflexibles?

Milan se sentía fatal. Quería vomitar. O, aún mejor, perder el conocimiento. Casi como un acto reflejo, se llevó la mano al bolsillo del pantalón.

Capítulo 5

5

—Pues se acabó.

—Seguramente.

Milan salió a la densa niebla de noviembre, que de madrugada había causado accidentes en la periferia de Berlín y que ya había alcanzado el centro de la ciudad. La escarcha no llegaría hasta la noche; entretanto, los jirones ascendían desde el canal Landwehr hasta el puente Gotzkowsky. Aunque no se distinguía nada a veinte metros, Milan veía con más claridad que nunca en su vida: su relación con Andra había terminado. La mentira que los unió había acabado por separarlos.

—¿Lo he entendido bien? ¿Te levantaste y te fuiste sin más de la consulta?

—Sí, papá.

Milan pidió a Kurt que esperara un momento mientras se ponía los auriculares. Así le quedaban las manos libres para, con los dedos helados, separar la bicicleta de la barandilla del puente, donde la había dejado apoyada sin más. Al coche de Andra le estaban cambiando los neumáticos; él había propuesto ir en taxi a la terapia pero aquello era como sugerir que fueran en el transbordador espacial. Ella odiaba los taxis y se negaba a usarlos. Así las cosas, habían optado por pedalear. La bicicleta de carreras nueva de Andra estaba amarrada con varios candados, pero la suya se veía tan desvencijada que ningún ladrón se molestaría siquiera en mancharse las manos. Era más probable que algún día se la llevara por error el camión de la basura.

—Pues para eso podías haberle dicho la verdad. El efecto habría sido el mismo.

—Y me lo dices tú, que le ocultaste a mamá que no soportabas a los Rolling Stones.

Su padre suspiró profundamente. Su voz, curtida por el tabaco, se volvió teatral:

—Es verdad. Y créeme: lo pagué muy caro. En casa, en el coche, siempre las mismas canciones durante meses. Hasta tuve que tragarme un concierto. Los berridos de Mick Jagger en el escenario del Waldbühne me persiguen todavía hoy en mis pesadillas, tras la muerte de tu maravillosa madre —bromeó—. Lo único que me hacía soportar medianamente a ese payaso con morritos era cuando Jutta lo ponía, me bajaba la cremallera y...

—¡Papá!

—... y me podía quitar la chaqueta cómodamente. ¿En qué estabas pensando, hijo? ¡Qué mente más enferma!

La risa estruendosa de su padre resonó en el teléfono como antes lo hacía por los pasillos del hospital. Seguramente a los demás jefes de mantenimiento los cabreaban los bombines defectuosos, las puertas de armario medio arrancadas por pacientes irresponsables o los váteres atascados. Pero Kurt «Kurtchen» Berg era capaz de ver el lado cómico de la mayoría de los desperfectos que debía reparar. Así había sido en el hospital de la isla de Rügen, y así continuó tras su traslado al Hospital de accidentes de Berlín, situado en el distrito de Marzahn. La tendencia de Kurt a hacer chistes de todo y sobre todos a menudo le resultaba muy embarazosa a su mujer. La ocurrencia que soltó en el entierro de su suegro era ya legendaria. Como el hombre había sido enfermero de cardiología pidió que enterraran sus cenizas en una urna con forma de corazón. Eso llevó a Kurtchen a comentar que, por suerte, no había trabajado en la planta de ginecología.

Milan pedaleó desde la acera hasta la calzada y se paró en el espacio reservado a bicicletas del semáforo en la esquina de las calles Franklin y Helmholtz.

—Tardaste un año en confesarle la verdad.

—En realidad tu madre me pilló un día apagando la radio de la cocina cuando empezaron aquellos berridos. Yo creía que ella estaba haciendo la compra. ¡Cómo se enfadó cuando se lo conté! Se lo tomó como si la estuviera engañando con su mejor amiga.

—Ya, pues si se lo hubieras dicho en la primera cita...

—... jamás se habría quedado conmigo. Nunca habría salido con un fan de aquellos melenudos de los Beatles. Pero en tu caso no hablamos de una tontería como si los Beatles o los meterruidos de los Rolling, Milan. Se trata de ti, hijo. De tu vida. De algo que está en ti y que te preocupa más que nada en el mundo.

—Exacto. Y eso hace aún peor que se lo ocultara desde el principio.

Si una persona normal se sentía engañada porque le mintieran sobre los gustos musicales, ¿cómo se sentiría Andra al enterarse de que le ocultaba su analfabetismo? Más aún considerando lo comprensiva que era; sabía que no debía temer ninguna maldad por su parte. Pero había dejado pasar el momento y, con el tiempo, la vergüenza que lo acompañaba desde siempre y que llevaba tatuada en el ánimo se había ido acrecentando, también al pensar en contárselo.

A pesar del tráfico oyó por los auriculares que su padre se encendía un cigarrillo.

—Fumar en las habitaciones está prohibido.

—Los listillos también están prohibidos. Estoy en el balcón, mirándole el escote a la nueva enfermera. Me temo que tú ya no podrás disfrutar de unas vistas así de Andra. —Forzó una risa y se dio cuenta de que su chiste no había tenido éxito—. Lo siento. Solo intentaba animarte.

—Pues no ha funcionado. —Se calentó las manos con el aliento.

—Vale, a ver qué tal este. Estoy pensando en poner un anuncio por palabras. El texto es el siguiente: «Buscamos urgentemente alguien para un trío. Somos un hombre y buscamos dos mujeres».

La flecha para girar cambió a verde y el coche que se hallaba junto a Milan torció a la izquierda y se metió en la calle Franklin. Él, que seguía de frente, se quedó parado; le lloraban los ojos por el gélido viento, que, curiosamente, no se llevaba la niebla.

—Muy gracioso, papá.

—¿Verdad? Oye, por qué no te pasas a verme y lo hablamos con una rubia bien fría. Aquí en la residencia...

—... está prohibido el alcohol. Y ahora tengo que ir a trabajar, lo siento.

—Bueno, luego no digas que no te lo ofrecí... Por cierto, un hombre ha preguntado por ti esta mañana.

Milan pestañeó y sintió un hormigueo en el estómago.

—¿Quién era?

Otros coches utilizaron el carril para girar, aunque la flecha ya estaba en ámbar.

—Ni idea, no quiso darme su nombre. Tampoco lo vi, pidió que me llamaran desde la recepción. La voz me sonaba conocida, era un vejete algo raro, me...

—¿Qué quería? —El hormigueo se volvió doloroso.

—Tu número de móvil, un contacto. No se lo di pero...

Entonces el coche que tenía detrás se situó en el carril para girar y a partir de ese momento le resultó imposible continuar la conversación. También la mala sensación del estómago pasó a un segundo plano. El vehículo acaparaba ahora toda su atención.

No sabía si había mirado al lado por casualidad o si había sido un mero acto reflejo. El Volvo verde, un sedán, se le había arrimado mucho, de hecho pisaba la línea del carril bici. Sus ojos se posaron en el interior del vehículo. Y lo que vio allí dentro cambiaría su vida para siempre.

Capítulo 6

6

En un primer momento pensó que se trataba de un niño que había pegado un folleto publicitario a la ventanilla mientras jugaba en el asiento trasero.

Pero cuando apartó un momento el papel y pudo verle la cara, Milan se dio cuenta de que no era un niño sino una adolescente que lloraba amargamente.

«Joder, pero ¿qué...?»

Tenía el gesto desencajado de miedo y los ojos tan hinchados como los de Milan cuando sufría alergia o había dormido poco. «Color caqui», pensó, aunque quizá ese extraño color se debía al tintado del cristal tras el que lloraba. Llevaba el pelo rubio sujeto en una coleta. Un pasador rosa con brillantitos le apartaba el flequillo de la frente, fruncida en muchísimas arrugas para una cara tan joven.

La chica tendría como mucho trece años, aunque en el momento en que sus miradas se cruzaron Milan tuvo la impresión de que aquellos ojos ya habían visto suficiente para toda una vida. Y había algo más que también reconoció en ellos.

A sí mismo.

Una vez vio un documental donde se explicaba que la gente siente simpatía por aquellas personas que, en la infancia, han sufrido heridas emocionales similares a las suyas. Ese fue el sentimiento que se despertó en Milan: una empatía, un lazo común tejido de crueldades psicológicas. Y le resultó muy perturbador, porque no recordaba que nadie le hubiera causado daños emocionales en sus primeros años de vida. Los labios de la joven no se movían. Imploraba en silencio. El mensaje que, aterrorizada, quería gritarle al mundo lo había escrito en el papel pautado que volvía a sostener contra el cristal. Una hoja tamaño DIN-A4 doblada por la mitad, como arrancada a toda prisa de un cuaderno escolar.

«¿Una llamada de auxilio?»

A Milan se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Soy analfabeto.

Susurró a la chica aquellas palabras, que le debía a Andra desde hacía tanto tiempo. Las habría dicho en voz alta, las habría gritado si creyera que ella podía oírlas pese a las ventanillas subidas y el ruido del tráfico. Porque, debido a aquella extraña afinidad sin explicación lógica, confiaba en ella.

Se le partió el corazón. Ella necesitaba ayuda y él no podía dársela. Sabía que estaba en peligro, pero no entendía lo que quería comunicarle.

Αγύδαμε

Εςτος ηο ςοη μις παδρες

Ante sus ojos, las letras se comportaron como siempre que veía palabras: formaron acertijos gráficos irresolubles y se convirtieron en jeroglíficos sin sentido.

Miró hacia delante, al conductor y al copiloto; tenía que haberlo pensado antes porque en aquel preciso momento el Volvo se puso en marcha, cambió de carril y salió disparado por la calle Hemholtz en dirección al centro.

«Un hombre moreno al volante y una rubia en el asiento del pasajero.»

Se le ocurrió demasiado tarde la idea de memorizar la matrícula y pegarla en el álbum de su memoria fotográfica. Estaba distraído preguntándose si se habría equivocado y el copiloto sería en realidad un hombre de pelo largo. Para cuando se dio cuenta de que sería un testigo malísimo, los faros traseros ya se perdían en la niebla.

«Dados colgados del retrovisor.»

Eso era lo único que recordaba. Quizá una señal de que el conductor era un «jugador» al que le gustaba participar en carreras de coches.

«¿Y también un secuestrador?»

Se subió a la bicicleta y pedaleó con fuerza. Alcanzó a ver que el coche ponía el intermitente en la esquina siguiente. Luego giró a la izquierda y, en un instante, la neblinosa ciudad se había tragado aquel sedán verde con una chica desesperada en el asiento de atrás.