Introducción

No se puede pasar por alto la alarma de una «extinción inminente». Debería constituir un eje central firme de todo programa de concienciación, organización y activismo; figurar como trasfondo de cualquier forma de participación en todas las demás luchas. Pero, al mismo tiempo, no puede desplazar a estos otros asuntos, en parte porque tienen una gran importancia, pero también porque los dilemas existenciales no se pueden abordar de forma eficaz a menos que haya una conciencia y una comprensión generalizadas de lo apremiantes que son. Y algo así presupone una sensibilidad más amplia hacia los problemas e injusticias que hostigan al mundo, una toma de conciencia más profunda, que sirva para inspirar un activismo comprometido, con un enfoque más penetrante sobre las raíces de tales asuntos y las interrelaciones que entre ellos se dan. No tiene sentido propugnar la militancia cuando la población no está lista para ella, y para conseguir que lo esté no hay mayor secreto que el trabajo paciente. Puede resultar frustrante, si se considera que las amenazas existenciales son inminentes y muy reales, pero, en cualquier caso, se trata de etapas preliminares que no se pueden saltar.

NOAM CHOMSKY, diciembre de 2018

Una brumosa tarde de mediados de octubre de 2016, precisamente antes de las funestas elecciones que llevarían a Donald J. Trump a la Casa Blanca, una gran multitud se congregó en el exterior de la histórica iglesia de Old South, en Boston. Llegó a ocupar el largo de más de dos manzanas. Aunque todos los presentes estaban preocupados por las inminentes elecciones, el voto no era lo único que les ocupaba la mente; algunos habían acudido desde allende las fronteras para asistir al «encuentro con Chomsky», el término con el que se designa genéricamente a las características charlas y conversaciones públicas que en tantas ocasiones tienen lugar cuando el distinguido lingüista e intelectual se dirige a una audiencia. En efecto, la juvenil concurrencia que cubría las aceras estaba a punto de interactuar con Noam Chomsky, tal y como sus abuelos habían hecho cincuenta años antes, cuando aquel se involucrara en el cuestionamiento público de una intervención estadounidense en Vietnam que aún iba a más. Con base en fuentes abiertamente disponibles para el público, el académico estructuró en esta ocasión una conferencia en una prosa sobria pero elocuente, con unos argumentos y un vocabulario de fácil comprensión para la vasta mayoría de los presentes. Este encuentro con Chomsky mantuvo el mismo esquema que en ocasiones pasadas y, así, como no puede ser de otra manera, hubo un holgado turno de preguntas y respuestas en el que el orador respondió a los interrogantes y comentarios, así como, incluso, a las infrecuentes interrupciones del auditorio. Cada una de las respuestas dadas se recibió con la misma atención serena y reflexiva con la que se había escuchado la propia charla principal. Quizá constituyesen la única excepción aquellos interrogantes en que se le exigía hablar de sí mismo. Estos casos recibieron un tratamiento diferente; los ignoró, pasó por encima de ellos o incluso los desechó con elegancia. Debido a sus profundas convicciones igualitarias y democráticas, parece que Chomsky encuentra tales cuestiones irrelevantes. Los hechos y argumentos que enarbola al servicio de las «causas del pueblo» las convierten en extravagancias.

Y la causa a la que había que dedicarse aquel octubre de 2016 era algo diferente de aquellas a las que se había estado aplicando en años recientes. Sin referencia a ninguna atrocidad o transgresión en la que hubiera incurrido ningún superpoder, la charla de aquella tarde tenía el título de «Internacionalismo o extinción». El segundo sustantivo no se refería ni a algún tipo de política ni a ningún desastre particular, ya fuera en la esfera nacional o en la local, sino a la perspectiva de la destrucción de prácticamente todas las especies del planeta.

La audiencia allí reunida charlaba paciente y en voz baja mientras llegaba la hora en la que, por fin, se abrirían las puertas. No cabe duda de que el título de la disertación constituía una advertencia clara de la temática apocalíptica que se iba a abordar, pero ¿cómo se prepara a un auditorio, incluso a uno informado, para que considere que hay en marcha una serie de acontecimientos que pueden ser terminales para la mayoría de las especies, la propia incluida? Seguro que la experiencia del público congregado fue igual a la del presente lector ante este librito, anunciado con un título tan intimidante como puede tenerlo una lectura actual. Pero, como contrapartida, tenemos la promesa de Noam Chomsky de que los hechos complejos y las estructuras sociales que se nos imponen son susceptibles de razonamiento humano. La deliberación sosegada; el intercambio de perspectivas; los argumentos y los conceptos formulados con claridad; las narrativas históricas sin adornos; el cuestionamiento estratégico, y el compromiso colectivo para persuadir, presionar y sobreponerse a las causas de la destrucción forman parte en su conjunto del compromiso activista no declarado, aunque implícito, que subyace a una charla de Chomsky.

Este libro es un seguimiento de este encuentro en particular. El cuerpo principal, el capítulo 1, consiste en el discurso original, complementado con una serie de notas editoriales que conducirán al lector a los materiales a que se hace referencia, así como a otros recursos adicionales. Se sigue, en el capítulo 2, de la transcripción de una conversación en el mismo encuentro con Wallace Shawn, un activista comprometido, más conocido como dramaturgo y actor de éxito. Sobre los pilares de una amistad iniciada en la Nicaragua sandinista de los ochenta, Wally Shawn reflexionaba en torno a las palabras de Chomsky y le pedía que respondiese a una pregunta siempre difícil, a saber, la de cómo convencer a todos aquellos que no estaban allí presentes de que hay que preocuparse, de que hay que hacer algo.

La respuesta debió de parecer insatisfactoria a la audiencia, y quizá también al propio Shawn. El interpelado hizo un recuento de las distintas opor­tunidades que se habían dado para materializar tratados, con ilustrativos ejemplos históricos y los fundamentos de dichos convenios. Más que mostrar una actitud displicente ante la pregunta, lo que hizo fue presentar a Wallace Shawn y al resto de la audiencia lo que parecía tan cercano a un «dogma de Chomsky» como cualquier enunciado del distinguido pensador, a saber, que debemos convencer a la gente de que hay que preocuparse y actuar a base de poner en evidencia los hechos, así como las oportunidades disponibles, entre las que se encontrarían dichos tratados. Sin embargo, no está garantizado que quienes escuchan vayan a tomar los rumbos de acción apropiados. Va implícito que la historia está en nuestras manos, en las de nuestra creatividad... y también en las de nuestros límites.

En el turno de debate con la audiencia, cuya transcripción conforma el capítulo 3, se siguió por los mismos derroteros de la conversación con Wallace Shawn, y, como suele ocurrir con los encuentros con Chomsky, se fueron repitiendo variantes de las mismas preguntas y respuestas. Aunque el dictamen subyacente nunca cambia, cada una de las contestaciones concretas es rica en detalles y está cuidadosamente argumentada, con respeto a las especificidades históricas de cada materia y, en consecuencia, a los dilemas distintivos de quienes desean hacer algo en cuanto a esa materia en particular.

Sea como sea, no hay lucha, por muy local o particular que pueda resultar, que se deje en segundo plano. El desafío para quienes deseen inducir el cambio, pues, es cómo articular esas luchas específicas en otras más generales, en especial, en aquellas a las que se enfrenta la humanidad como un todo.

La respuesta inmediata de Chomsky, condicionada por el respeto que tiene por las luchas locales, viene dada de manera explícita en el post scriptum que él mismo ofrece a la charla, en el capítulo 4, y que consiste en una serie de notas escritas en 2019 para actualizar el análisis y adaptarlo al momento posterior a las elecciones y a los primeros dos años de la Administración Trump. Tal y como indica la cita del principio, la amenaza de la extinción no supone la negación de otras luchas que puedan revestir un carácter más inmediato, sin embargo, estas han de entenderse en relación a la lucha más amplia y universal por sobrevivir de un modo justo. No se trata de que la gente haya de rendir sus necesidades inmediatas o sus reivindicaciones históricas, sino de que estas han de articularse y entrelazarse con la lucha en contra de la extinción.

La sustanciosa sección final, el capítulo 5, contiene un nuevo discurso cuidadosamente elaborado por Chomsky, en el que se viene a añadir una tercera amenaza existencial, la del socavamiento de la democracia, que, a su vez, exacerba el cambio climático y las amenazas nucleares.

Y ¿qué hay del texto principal «Internacionalismo o extinción» en sí mismo? En el contexto de su inveterada oposición a las armas nucleares, Choms­ky pone a su audiencia aún ante otra amenaza más a los «doscientos mil años de historia del experimento humano»; a saber, el cambio climático. Reseña las coincidencias entre ambas amenazas, como que ambas afloraron tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). En los meses anteriores a la charla, un grupo de trabajo de la Unión Internacional de Ciencias Geológicas había propuesto el concepto de Antropoceno, como indicador de que la humanidad, con sus sistemas sociales, se había convertido en una fuerza real de la naturaleza, capaz de reestructurar el planeta en el orden geomorfológico.

Si bien en un origen fue un oscuro concepto utilizado por unos científicos soviéticos para sugerir el impacto a largo plazo que tenía la humanidad como fuerza de la naturaleza, el de Antropoceno se ha abierto camino en el discurso académico, así como en los medios de comunicación, a modo de época geológica sucesora del Holoceno, el cual se habría iniciado unos once mil años atrás. Los niveles de carbono en la atmósfera, en la actualidad radicalmente más elevados que en cualquier punto anterior de la historia humana, constituyen una medida diferencial y objetiva de tal impacto. La actividad humana, en particular el uso de combustibles fósiles, es lo que impulsa semejante índice de aceleración. En la charla, Chomsky demuestra que esta historia viene entrecruzada con la una vez paralela amenaza de un conflicto nuclear terminal. Dentro de la época del Antropoceno, los científicos han destacado el período de la Gran Aceleración, durante el cual los niveles de concentración de carbono han comenzado a elevarse con celeridad hasta más de cuatrocientas partes por millón, muy por encima de las trescientas cincuenta partes por millón hasta las que se considera que el nivel es seguro. Dicha aceleración habría comenzado alrededor de 1950.[1]

Hay un debate entre los científicos medioambientalistas e intelectuales públicos que se centra en la cuestión de que el término «Antropoceno», en cuanto que designación, no hace pensar en los sistemas sociales que impulsan las amenazas a la supervivencia. De hecho, un importante analista, el historiador del medioambiente Jason Moore, cree que hay que definir una época que habría comenzado en el siglo XVIII, el Capitalistoceno, para aludir mejor a las causas del carácter destructivo de ese lapso temporal.

Aunque Chomsky no entra en estos detalles en el presente trabajo, considera dos aspectos de la capacidad humana que se refieren a la materia. En primer lugar, pide a la audiencia que pondere el hecho excepcional de que «una organización política de la mayor importancia, desde el país más poderoso en la historia del mundo, está dedicada casi literalmente a la destrucción de la vida en la Tierra». Se refiere al Partido Republicano, con su negacionismo organizado y sus políticas proactivas en la destrucción del medioambiente. Algo que el público de Choms­ky puede muy bien hacer es preguntarse sobre las fuerzas que han llegado a conformar el Partido Republicano, así como el conjunto del sistema en general.

Luego, ofrece una respuesta escurridiza pero sugerente. Para ello, cita a James Madison, uno de los Padres Fundadores y cuarto presidente de Estados Unidos, en una declaración sobre la «osada depravación de los tiempos», en los que los «agentes del mercado», los especuladores capitalistas enriquecidos, fundían su poder con el de los gobiernos, erigiéndose «en su herramienta y en su tirano al mismo tiempo», sometiendo a la voluntad popular «con sus estrategias de opciones y sus exigencias». En otras palabras, ya en los primeros días de la república americana, los intereses privados se apropiaron del Estado y desplazaron al poder y a los intereses populares en favor de su propia lógica de maximización del beneficio.

Frente a tales intereses privados, que Chomsky ha clarificado en otros trabajos (véase el capítulo 6, «Para saber más»), así como frente a los intereses «nacionales» de Estados Unidos connaturales a ellos, la audiencia tuvo la oportunidad de indagar en las formas en que la cooperación internacional puede emerger tanto de la presión de ciertas élites como de la presión democrática. Con todo, Chomsky sugiere en su narrativa que ambas son insuficientes para proteger a la humanidad y al planeta contra la amenaza del holocausto nuclear. Así, cita dos ejemplos en los que las acciones provocativas de Estados Unidos podrían haber conducido a una escalada sin control hasta llegar a una guerra nuclear de alcance total. Los tratados, los mecanismos institucionales, no sirven como protección ante ejemplos como los que plantea Chomsky. Tanto durante la famosa crisis de los misiles de Cuba en los sesenta como en el contexto de la operación Arquero Capaz (Able Archer en inglés) en los ochenta, fue la decisión de los oficiales de campo de violar los protocolos y de no informar de acciones amenazantes a sus superiores lo que permitió a la humanidad vivir un día más. En el caso de Arquero Capaz, Stanislav Petrov no informó a los mandos inmediatamente por encima de él, violando el protocolo y salvándonos de una probable destrucción. En el caso de la crisis de los misiles, Vasily Arjípov se negó a autorizar el lanzamiento de proyectiles con ojivas nucleares. En aquella ocasión, los protocolos funcionaron, pero solo por poco; los otros dos oficiales al cargo estuvieron de acuerdo con ejecutar el disparo, aunque, por fortuna, era necesario el acuerdo de los tres.

Si los tres hubieran seguido los procedimientos operativos definidos sin pensarlo un momento, ni Noam Chomsky ni su audiencia habrían estado vivos para reflexionar sobre las acciones de estos, con todo, relativamente desconocidos militares. Al dar valor a esta resistencia al nivel del individuo, Choms­ky nos transmite de un modo muy efectivo el tenue carácter de nuestra existencia, así como la necesidad de rehacer el orden internacional. Aunque mantiene la esperanza en algunos de los miembros más racionales e ilustrados de la élite y en sus proyectos para la congelación y, en última instancia, la abolición de las armas nucleares —como es el ejemplo de George Schultz, secretario de Estado con Reagan—, también es muy consciente de que «no podemos esperar que los sistemas de poder organizado [...] lleven a cabo las acciones apropiadas [...] a menos que se vean empujados por una movilización popular y un activismo constantes y entregados». En tal sentido, señala con aprobación la «ingente movilización popular» de principios de los ochenta contra el de­sarrollo de las armas nucleares.

Durante el turno de preguntas y respuestas, Chomsky expuso algunas reflexiones en torno a su implicación personal. Por ejemplo, contó una anécdota sobre unas instalaciones para la investigación en armamento, el Laboratorio Draper, con la que explicaba la lógica estratégica con la que se armaba su perspectiva. Los liberales se oponían a las investigaciones financiadas por el Pentágono en el MIT, y exigían que tales actividades se prohibiesen en el campus. Los conservadores, por el contrario, estaban conformes con que tal cosa estuviera teniendo lugar allí. La posición «radical», en la que se ubicaría Noam, era que, si iba a hacers