Capítulo 1
Conoce a la
protagonista:
la mentira
«Puedes engañar a todo el mundo durante algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo».
ABRAHAM LINCOLN
¿Qué es la mentira?
El bien y el mal, el placer y el dolor, la alegría y la tristeza… ¡Nos rodean las contradicciones! Y una de ellas, fundamental por sus consecuencias en nuestras vidas y en las de los demás, es la que hay entre la verdad y la mentira.
Te doy la bienvenida al estudio de este último concepto, pues conociendo la mentira, también nos encontraremos más cerca de descubrir la verdad.
No quiero dejar pasar ni una línea más sin trasladarte unas preguntas para que reflexiones antes de que leas este libro:
• ¿Qué opinión te merece la mentira?
• ¿Crees que se te da bien detectar cuándo alguien te miente?
• ¿Y tú? ¿Qué tal lo haces?
Como digas que nunca mientes como respuesta a la última pregunta que formulo, empezamos bien, y das todo el sentido a esta obra..., porque ¡MIENTES!
Cuando acabes de leer el libro, te invito a que vuelvas a hacerte estas mismas preguntas y veremos si coinciden las respuestas. Mi propósito con el orden y el contenido de este libro es que primero conozcas a la perfección qué es la mentira, para que a continuación puedas descubrir si alguien te miente a través de las pistas que deja su lenguaje y su comportamiento. Como dijo el general, estratega y filósofo chino Sun Tzu, allá por el siglo V a. C.: «Conoce a tu enemigo y conócete a ti mismo y saldrás triunfador en mil batallas».
Así que lo primero será saber qué es la mentira. Reflexiona conmigo y piensa: ¿qué es para ti la mentira? ¿Ya?
Ahora vayamos poco a poco. Primero, localiza la definición que el Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española (RAE) ofrece de la palabra mentira:
«Mentira: Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente»[1].
Estoy bastante de acuerdo con este concepto, dado que abarca tres aspectos clave:
• Mentir sobre lo que se sabe («No sé dónde están los bombones de la caja», cuando me los he comido yo).
• Mentir sobre lo que se piensa («Me considero bien pagado, jefe», cuando creo que debería ganar más).
• Mentir sobre lo que se siente («Estoy bien», cuando me siento fatal).
¿Te identificas con alguna de estas mentiras o similares? Ahora pasemos al término engaño, que se define en la RAE como:
«Falta de verdad en lo que se dice, hace, cree, piensa o discurre»[2].
En este caso, sumaríamos la no verdad por ocultamiento, no tanto por contradicción. Pongamos un ejemplo. Una madre pregunta a sus tres hijos si saben quién ha rapado el pelo al gato. Los tres callan, pero saben cuál de ellos es el que lo ha hecho. Como vemos, no solo se falta a la verdad cuando se miente expresamente, sino cuando no se cuenta lo que se sabe. También voy a analizar estos comportamientos en el libro.

Vayamos ahora a un caso que puede sorprenderte: si una persona afirma que es Superman, creyendo firmemente en lo que dice, yo no le considero un mentiroso pese a que no sea verdad lo que afirma. Es más, si nos acogemos al concepto de mentira de la RAE («Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente»), ¿no deberíamos considerar que miente si nos dijera que no es Superman? Con este ejemplo, quiero añadir un requisito fundamental de la mentira:
LA INTENCIÓN. Lo que distingue la mentira del error es la falta de intención en este último.
Por ello, es fundamental tener en cuenta que:
Los indicadores de mentira que más adelante trataremos se refieren a las personas que actúan a sabiendas contra la verdad.
Es decir, pueden elegir entre dos caminos, la verdad o la mentira, y eligen conscientemente el segundo. Es a ellas a quienes su cerebro las puede delatar y no a quienes no dicen la verdad sin saberlo, dado que la mente de estas últimas está convencida de lo que cuenta.
Advertencias
No pases ni una hoja más de este libro sin haber leído estas doce advertencias:
1. Nunca existe un cien por cien de seguridad de que puedas detectar que una persona miente.
Hasta la fecha no se ha inventado una técnica o un mecanismo que pueda garantizar, sin posibilidad de error, que una persona miente.
Aquí vas a conocer muchos indicadores de posible engaño, pero insisto en la palabra «posible», que no es lo mismo que «seguro»; si bien sí que será importante conocerlos, porque cuantos más adviertas, con mayor precaución deberás actuar.
2. La importancia de las alertas.
Las señales que descubrirás en este libro pueden ser una alerta de posible engaño, pero también pueden consistir en un aviso de que el sujeto se siente inseguro al hablar de un tema determinado.
En cualquier caso, contarás con la ventaja de ver más allá de lo que pretenden enseñarte. Y a más información, mejor decisión.
No obstante, por sintetizar, los denominaré «indicadores de mentira» o «indicadores de engaño», aunque nunca olvides que pueden señalar incomodidad o inseguridad, todo un abanico de posibilidades por descubrir.
3. Contar con pistas de engaño no implica saber el «porqué».
Habrá que investigar caso por caso, y ya te adelanto que en ocasiones nunca se llega a averiguar. Aunque eso no le quita valor a lo que ya has descubierto, pues puedes adelantarte a una decisión ajena, incluso a un problema futuro; o, si estás entrevistando a alguien, reconocerás así sus puntos débiles para profundizar más en ellos si lo deseas, por poner solo algunos ejemplos.
4. No existen indicadores «matemáticos» o infalibles de engaño.
A veces he oído frases como: «Si se toca la nariz es que miente», «No me fío de quien me habla sin mirarme a los ojos» o «Si se remueve intranquilo en la silla es que miente». Desde ya, ¡fuera esas ideas que tanto daño han hecho a la hora de confiar en nuestros semejantes!
5. Siempre atentos a la línea base de conducta.
Lo primero que debemos conocer en otra persona es su manera habitual o normal de comportarse. ¿Para qué? Para que se nos enciendan las alertas mentales cuando esta cambie.
Examinemos un ejemplo basado en las tres pautas de comportamiento que he indicado en el punto anterior: cuando charla con nosotros, un amigo suele rascarse la nariz o no nos mira a los ojos o se muestra inquieto y lo hace habitualmente, en cualquier contexto y al charlar del tema que sea. ¿A qué conclusión debemos llegar? Pues que a nosotros nos puede parecer algo rarito, pero él es así. Y ahora llega la pregunta clave: ¿cuándo sí deben encenderse nuestras alertas? ¡Efectivamente! Cuando deje de comportarse así. Algo ha pasado que le ha hecho cambiar, así que… toca investigar. Si queremos, claro.
No obstante, en capítulos posteriores sí daremos pautas de conducta, tanto de lenguaje como de comportamiento, que son frecuentes en las personas que no dicen la verdad. Insisto, «frecuentes» no significa ni obligatorias ni infalibles. Pero primero toca estudiar los patrones básicos de conducta de la persona, como ya he indicado.
6. Una persona que no es consciente de que no dice la verdad no contará con indicadores de mentira.
Y lo mismo sucede con quien se ha creído al cien por cien su propia mentira. Podemos pillar los errores del «cerebro mentiroso», de quien sabe con certeza que no es verdad lo que cuenta o, al menos, lo duda. No se podrán detectar esas señales en quien está convencido de la realidad de lo que dice ni en aquel que está equivocado.
7. A más indicadores de engaño, mayor reacción de alerta.
Uno o dos indicadores de engaño de los que leerás en este libro los podemos observar en cualquier persona que diga la verdad sin dificultad; ahora bien, cuantos más acumule el sujeto, más alerta tendremos que estar.
8. El tiempo de respuesta es clave.
La primera reacción del sujeto es muy importante: sus primeras palabras, su primera reacción corporal, la inmediata activación muscular en su cara, la dirección de su primera mirada… Aunque también debemos prestar mucha atención a las que vengan después, ya sean de confirmación o de contradicción, dado que puede que el cerebro razonador (el calculador y constructor de engaños) quiera corregir al emocional (el más puro y auténtico) para hacer parecer lo que no es. Vayamos filtrando ya alguna pista interesante en la detección de mentiras:
A mayor tiempo de reacción desde el estímulo, más fácil es que el cerebro racional haya podido preparar una respuesta calculada.
9. La mentira no es intrínsecamente mala.
Por algo existen las llamadas mentiras piadosas, que consisten en «la afirmación falsa proferida con intención benevolente. Puede tener como objetivo el tratar de hacer más digerible una verdad tratando de causar el menor daño posible. Suele ser utilizada simplemente para evitar fricciones innecesarias, secuelas o actitudes que pueden ser desagradables para alguien» [3].
Respeto a quien opine lo contrario, y asumo que este es un tema de debate precioso. Pero pongamos algunos ejemplos para entender la mentira piadosa:
• Imagina que vas por primera vez a cenar a casa de los padres de tu pareja, y ellos han intentado lucirse. Cuando pruebas la comida, tu paladar grita «qué asco». En ese instante uno de ellos te dice: «He estado toda la tarde preparando este plato, que es el que mejor cocino. ¿Te gusta?». Venga, valiente, ¿qué le respondes?
• Acaba de nacer el primer hijo de tu mejor amiga. Vas a verla, te enseña a su bebé mientras te dice: «¿A que es precioso?». En realidad, a ti te parece el recién nacido más feo que nunca has visto. ¿Qué le contestas a tu amiga?
• Yendo a algo mucho más cotidiano: ¿alguna vez has respondido a la pregunta de si te pasa algo con un «nada, estoy bien» cuando no era verdad?
Pues en todos estos ejemplos y en muchos más, así de simples y cotidianos, también mentimos.
En referencia a este tipo de mentiras, unos investigadores científicos realizaron un experimento revelador en la revista Muy interesante. Los científicos «… desarrollaron un modelo matemático sobre cómo crecen los grupos de personas y cómo evolucionan con el tiempo añadiendo una variable clave: la mentira. Desde las grandes mentiras (como mentir sobre haber robado a alguien o haberle herido) o las pequeñas mentiras (para hacer sentir mejor a alguien o para que no se preocupe), descubriendo que las grandes mentiras conducían a la desintegración de las comunidades y las mentiras piadosas o pequeñas tuvieron el efecto contrario: las conexiones entre las personas mejoraban con el tiempo gracias a ellas...».
Según la investigación de estos expertos, las mentiras piadosas no solo ayudan a evitar enfrentamientos o herir los sentimientos; también son una parte fundamental de la formación y consolidación de las comunidades»[4].
Tengamos en cuenta que también se puede mentir para evitar un mal mayor. Pongamos un ejemplo: imagina que sabes que alguien con malas intenciones busca a un amigo que se encuentra escondido en tu casa. Llama a tu puerta y te pregunta que dónde está. ¿Qué respondes? Lo normal sería decir que no lo sabes. Habrías mentido, pero ¿sería reprochable tu engaño? Considero que no; arriesgado sí, pero no reprochable.
No me voy a quedar solo en eso, daré un paso más. ¿Y si te digo que se ha demostrado que sobre determinados aspectos de nuestra vida es mejor mentir porque nos beneficia? Pues sí, en concreto mentir sobre nuestra edad, el quitarse unos añitos: «Científicos del University College London, en Reino Unido, sugieren que las personas mayores que tienen ese sentimiento de juventud pueden tener una mayor expectativa de vida, al observar que existe una tasa de mortalidad más baja que entre quienes, por contra, creen estar más viejos de lo que en realidad son. Los resultados de este estudio, que aparecen publicados en la revista Archives of Internal Medicine, muestran cómo la autopercepción de los años puede condicionar el estado de salud en la vejez, suponiendo una limitación física o una muestra de bienestar» [5].
Bueno, ¿qué? ¿Vas cambiando ya tu idea sobre la mentira o te la confirma? Y es que hay… mentiras y mentiras.
10. Mucho cuidado con los prejuicios.
Se dice que «el problema es que con una sola mentira se ponen en duda todas las verdades». Si queremos ser fiables detectores de engaños, esto nunca nos debería suceder. El prejuicio actúa en nuestra mente y nos empuja en una única dirección, la de la idea preconcebida, y lo que es peor, levanta un muro a todo aquello que lo contradiga y que, además, puede ser la verdad.
He analizado para medios de comunicación a criminales que han realizado actos atroces, incluso con niños, pero que, al declarar en su juicio, algunas de sus acciones o afirmaciones carecían de cualquier indicio de engaño. Si hubiera actuado pensando «siempre miente», lo más probable es que estas acciones que considero veraces hubieran sido invisibles para mi mente.
Hay que tratar de conseguir conclusiones objetivas a través del comportamiento. No podemos prejuzgar o buscar un resultado ya previsto, ni para bien ni para mal, ni pensando que me va a decir la verdad, ni tampoco imaginando que me va a mentir.
Si prejuzgamos, nuestra mente no querrá llevarse la contraria a sí misma y entrará en juego el sesgo de confirmación: «Es la tendencia a favorecer, buscar, interpretar, y recordar la información que confirma las propias creencias o hipótesis, dando desproporcionadamente menos consideración a posibles alternativas»[6].
No partamos de la base de que las demás personas piensan y actúan con nuestra misma lógica y de que tienen nuestra misma moral. Eso nos llevaría a hacer una proyección de nosotros mismos en los demás, y es muy fácil que caigamos en el error que podríamos denominar «del espejo», es decir, pensar que como yo haría o diría esto así, la otra persona también.
A este respecto, fijémonos en la siguiente investigación científica: «En un trío completo de estudios de 2008, un equipo de psicólogos de la Universidad de Aberdeen, Reino Unido, encontró que las expectativas de culpabilidad tienen un profundo efecto predictivo sobre si el entrevistador concluirá o no que el sujeto es culpable»[7]. Actuar así podría llegar a tener terribles consecuencias para otras personas.
Hace solo unos días, en una conferencia que impartí para la Escuela de Guerra del Ejército (Ministerio de Defensa) de España, al comentar este punto, uno de los asistentes levantó su mano y me preguntó: «¿Qué pastillas hay que tomarse para conseguir eso?». Sonreí y fui el primero en reconocerle que no es tarea fácil. También le comenté que la primera «pastilla» para conseguirlo es ser muy conscientes de que esto puede ocurrir para que no suceda.
Nuestro cerebro, podríamos decir en términos coloquiales, lo pasa mal cuando, por un lado, piensa o cree algo determinado sobre alguien y a la vez debe estar abierto a convencerse de lo contrario. Acudo para aclarar más esta cuestión a la psicóloga y buena amiga Alicia Martos Garrido, quien en su blog en el diario digital 20 minutos nos indica lo siguiente: «Uno de los conceptos más conocidos en el ámbito de la Psicología es el de la Disonancia Cognitiva, que se define como la tensión o incomodidad que percibimos cuando mantenemos dos ideas contradictorias o incompatibles, o cuando nuestras creencias no están en armonía con lo que hacemos. Es una sensación muy desagradable causada por sostener dos ideas contradictorias al mismo tiempo»[8].
11. Alguien puede mentir sin ser culpable de lo que se le acusa.
Demos un paso más en las dificultades en la detección de la mentira. No solo podemos encontrarnos con alguien que dice la verdad y, sin embargo, lanza señales de engaño; además, se puede mentir, pero no directamente sobre el suceso que se investiga. Por ejemplo, imaginemos que en una casa ha desaparecido una cantidad de dinero y se sospecha de la persona que limpia a diario en ella. Se le pregunta si ha cogido el dinero, y responde que es honrada y que nunca ha cogido nada de ninguna casa donde hace la limpieza. Se le advierten varios indicadores de engaño en su relato. Más tarde, se descubre que el dinero lo ha cogido un miembro de la familia. Al preguntarle que por qué se puso tan nerviosa, esa persona reconoce que diez años antes había cogido dinero de una casa donde llevaban cinco meses sin pagarle el sueldo. ¿Ha mentido? Sí, pero no sobre lo que se investiga.
12. «Yo no juzgo, solo analizo».
Esta es una de las frases que más utilizo en los análisis que realizo en mi web, redes sociales y medios de comunicación. Y, por ello, te la recomiendo como principio básico a la hora de poner en práctica los conocimientos que obtengas de este libro. No juzgues, solo analiza. Estudia a las otras personas. Después, en un segundo momento, toma las decisiones que consideres más correctas.
Todos mentimos
Tengo una buena y una mala noticia que darte: la mala es que todo el mundo miente; la buena es que, en muchas ocasiones, no resulta sencillo y se dejan pistas, señales o, utilizando un lenguaje más técnico, indicadores, que serán los que estudiaremos en este libro. Así que vamos a quitarnos de la mente eso de que la gente no miente o que nosotros no lo hacemos. Aquí no se salva nadie, todo el mundo miente y, además, más de lo que piensa.
No imagino un mundo sin mentiras. ¿Y tú? Juega a imaginarlo. ¿Siempre dices la verdad sin excepción y quieres que te la digan? Insisto, ¿sin excepciones? Imagina que se nos encendiera una pequeña luz roja parpadeante en la frente siempre que no dijésemos la verdad. ¿Querrías vivir en un mundo así?
Como acabo de comentar, mentimos más de lo que suponemos. Y varias investigaciones, como verás, lo avalan: «En un estudio histórico, la doctora Bella DePaulo, psicóloga social de la Universidad de California, Santa Bárbara, rastreó la frecuencia con la que los participantes mentían durante sus actividades diarias. Si bien la mayoría de los engaños eran menores, descubrió que la persona promedio miente una o dos veces al día»[9]. Otro estudio especifica que: «Los estudiantes universitarios admiten mentir un promedio de dos veces al día y la gente en general al menos una vez al día»[10]. Y otro señala que: «En el curso de una interacción social de diez minutos, la mayoría de las personas pueden llegar a mentir hasta tres veces por término medio. Además, entre el 60 y el 75 por ciento de los estudiantes de secundaria hacen trampas en los exámenes»[11].
Una duda que puede estar pasando ahora por tu mente es: ¿y desde cuándo mentimos? Intentaré responderte:
• ¿Mentimos cuando empezamos a trabajar? ¿Comenzamos a mentir a nuestros jefes, compañeros, subordinados, clientes o proveedores? No, engañamos desde antes.
• Entonces ¿comenzamos a mentir cuando nos convertimos en estudiantes? ¿Mentíamos a nuestros profesores, compañeros o incluso a nuestros padres con los deberes? No, engañamos desde antes.
La investigadora Victoria Talwar, de la Universidad McGill de Montreal, ha dedicado gran parte de sus estudios a la mentira en los niños, llegando a conclusiones tan interesantes como las siguientes: «El desarrollo de la mentira para ocultar la propia transgresión se examinó en niños en edad escolar. Se pidió a los niños (N = 172) entre 6 y 11 años de edad que no miraran la respuesta a una pregunta de Trivial mientras estaban solos en una habitación. La mitad de los niños no pudo resistir la tentación y se asomó a la respuesta. Cuando el experimentador les preguntó si habían echado un vistazo, la mayoría de los niños mintieron. Sin embargo, las declaraciones verbales posteriores de los niños, hechas en respuesta a preguntas de seguimiento, no siempre fueron consistentes con su negación inicial y, por lo tanto, filtraron información crítica para revelar su engaño. La capacidad de los niños para mantener la coherencia entre su mentira inicial y las declaraciones verbales posteriores aumentó con la edad»[12].
Robert Fieldman, profesor de Psicología, en su libro Cuando mentimos, nos indica lo siguiente: «Las mentiras verbales empiezan en la mayoría de los niños hacia los 3 años, aunque en algunos pueden darse ya a los 2 (…). Los niños de 3 años poseen la habilidad de fingir y negar, pero no saben hacer creíble esa negación.
»Las mentiras de los niños se vuelven más matizadas hacia los 4 o 5 años. El indiscriminado “yo no lo he hecho” es sustituido por el más calculado “lo ha hecho el perro”».
He de reconocer que me fascina y divierte el cambio. Fieldman hace referencia a una investigación, que me parece muy interesante, efectuada por Kang Lee, director del Instituto de Estudios de Ontario de la Universidad de Toronto, y Genyue Fu, de la Universidad Pedagógica de Zhejiang, de China, que consistió en lo siguiente: «Preguntaron a un grupo de niños su opinión sobre unos dibujos cuando el artista se hallaba presente y cuando el artista estaba ausente. Los de 3 años no alteraron su opinión de los dibujos cuando el artista estaba allí y podía oír lo que decían; simplemente fueron sinceros en su crítica o en su admiración. Sin embargo, los de 5 y 6 años alabaron más los dibujos en presencia del artista.
»La investigación dirigida por Kang Lee muestra que la mentira comienza temprano en los niños precoces. Entre los niños de 2 años que ya verbalizan, el 30 por ciento intenta engañar a sus padres en algún momento. A los 3 años, el 50 por ciento lo prueba con regularidad. La fabricación es común entre el 80 por ciento de los niños de 4 años y se observa en casi todos los niños sanos de 5 a 7 años»[13].
En otra investigación del doctor Lee se llegaba a la siguiente conclusión: «La ubicuidad del engaño no es sorprendente, porque las mentiras son una parte natural del desarrollo cerebral de los niños. El doctor Kang Lee intentó analizar la frecuencia con la que los niños pequeños tienden a mentir. Mientras les pedía a los niños que adivinaran la identidad de un juguete escondido, el doctor Lee y sus investigadores salían regularmente de la habitación, diciéndoles a los niños que no miraran el juguete. Cuando se les preguntó si habían mirado el juguete escondido, el doctor Lee descubrió que la mayoría de los niños mintieron»[14].
Visto lo anterior, nos deberíamos hacer la misma pregunta que se hace Fieldman. Venga, te la traslado y responde con sinceridad: «Cuando está sentado frente a nosotros el creador de un dibujo que usted sabe que su hijo detesta, ¿querría realmente que el niño fuera sincero? ¿O esperaría que se comportara con educación y ocultara sus verdaderas opiniones con alguna falsa alabanza?».
Coincido plenamente con el autor al señalar que «… a veces, una mentira significa que un niño ha aprendido a ser educado».
Es el momento de trasladar una afirmación de Fieldman que puede poner del revés muchas mentalidades de madres y padres; no olvidemos que ha dedicado su vida profesional al estudio de la mentira. Ahí va: «Mentir es típico en los niños, demuestra sensibilidad hacia la conducta adulta, y demuestra agudeza mental y social. En realidad, un padre o una madre podría tener más motivos para alarmarse si su hijo o hija no mintiera que si sí lo hiciera».
Para concluir con el tema de los niños y la mentira, te comento algunas técnicas que se han demostrado eficaces para que mientan menos: «Se ha descubierto que las historias que ensalzan las bondades de decir la verdad logran potenciar de manera efectiva la honestidad de los niños.
»Otra técnica sencilla es pedir a los niños y niñas que prometan decir la verdad. Se ha descubierto que esta técnica resulta más eficaz desde los 5 años de edad hasta la adolescencia.
»Pero ¿existe alguna técnica para los niños pequeños? Un estudio llevado a cabo en el laboratorio recientemente descubrió que pedir a los niños de entre 3 y 4 años que se miraran en un espejo —para tomar conciencia de sí mismos— mientras se les preguntaba por una posible trastada aumentaba considerablemente el porcentaje de respuestas sinceras»[15].
Volvamos a los adultos. Ya te puedes imaginar que al hacernos mayores no dejamos de mentir; si acaso, nos perfeccionamos. Existen diversos estudios que asocian el acto de mentir con la evolución de nuestra especie. La doctora Sissela Bok, de la Universidad de Harvard, relaciona la mentira con la ventaja evolutiva. Ella sostiene que el engaño se basa en los esfuerzos por obtener una ventaja competitiva manipulando a otros humanos: «Es mucho más fácil mentir para obtener el dinero o la riqueza de alguien que golpearlo en la cabeza o robar un banco»[16].
Pero aquí pasa como en todo, hay personas que mienten mejor y otras peor. A continuación, comparto contigo un experimento creado por el psicólogo Richard Wiseman que puedes hacer en casa, incluso decirles a tus familiares y amigos que lo hagan con el fin de descubrir a los mejores mentirosos: «La prueba de la Q». Consiste en lo siguiente: extiende el dedo índice de tu mano dominante y dibuja una Q en tu frente. La pregunta clave es la siguiente: ¿pusiste el palito de la Q sobre tu ojo derecho o izquierdo? O, en otras palabras, ¿dibujaste la Q de manera que la lees tú o la persona de enfrente? La teoría indica que si pones el palito sobre tu ojo izquierdo para que la persona de enfrente la lea, siempre piensas en cómo otras personas te perciben y, por tanto, deberías ser un buen mentiroso. Pero si la dibujas para ti, ves el mundo desde tu punto de vista y tiendes más a la honestidad[17]. Curioso, ¿verdad?
Ahora bien, que todos digamos mentiras no significa que las admitamos de buen grado en los demás, dado que se ha constatado que juzgamos más severamente al resto que a nosotros mismos.
Y lo que resulta más interesante en el terreno de la detección de la mentira es que nos creemos que los demás lanzan más señales al mentir y que comenten más fallos que cuando somos nosotros los protagonistas activos del engaño[18]. Vamos, que nos creemos unos «listillos».
También resulta interesante lo que nos comenta Robert Fieldman en el libro al que ya hemos hecho referencia, Cuando mentimos, lo que podríamos definir como el efecto contagio de la mentira. El autor explica que en diferentes investigaciones que ha realizado, cuando una persona descubre que con quien conversa le miente, se siente liberada para mentirle también. Es como si se hubiera abierto la veda para engañar.
Y a la hora de detectar mentiras, ¿quién es mejor para descubrirlas? Pues acudamos de nuevo a las investigaciones científicas llevadas a cabo sobre la materia: los resultados de un metaanálisis (estadística efectuada sobre una suma de estudios en la materia) realizado en el año 2006 por Aamondt & Custer llegaron a la conclusión de que, a la hora de detectar mentiras, no había diferencias significativas por género, nivel educativo, experiencia en entrevistas o interrogatorios, confianza en la detección o edad...
Por todo ello, conocer los indicadores de engaño concretos y que han resultado más eficaces para la detección de la mentira es fundamental a la hora de elevar los índices de éxito en esta misión. Este libro se ha marcado este propósito.
Concluimos este apartado con una breve referencia a la mentira en los animales. La encontramos en un caso concreto, la mentira de la gorila Koko y su gatito[19]: «Koko aprendió a usar 1000 signos en el lenguaje de los sordos, así como a comprender 2000 palabras del inglés (…). Koko tuvo un día ciertos problemas de comportamiento (un mal día lo tiene cualquiera) y terminó pagando su frustración empleando su enorme fuerza en arrancar un lavabo de la pared. Podemos imaginar la escena —chorros de agua incluidos— cuando Penny, su cuidadora, llegó al “lugar del crimen”. Al preguntarle la psicóloga a Koko que quién era el responsable de semejante estropicio, Koko respondió: “El gato”». ¿Es bueno o no es bueno? Me da la risa cada vez que lo leo.
¿Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
El mundo del engaño puede trabajar a diferentes niveles:
• Ocultando la verdad. No se quiere contar todo lo que se sabe.
• Diciendo algo falso. Subimos de nivel y se cuenta algo que no es cierto y contradice la verdad.
• Mezclando verdades y mentiras.

• Seguro que has visto alguna película americana de juicios donde se pregunta a quien va a declarar: «¿Jura solemnemente decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?». Es posible que hayas pensado algo como «anda, que estos americanos, mira que se repiten». Pues la fórmula está muy bien planteada, y a mí me gusta más que la española: «¿Jura o promete decir la verdad?».
Fijémonos en las tres posibilidades de mentira que se recogen en la fórmula americana. Sin duda se busca que el mentiroso no se pueda escapar de modo alguno en ese juramento:
a) JURA DECIR LA VERDAD. Se refiere a lo más directo, a que no se mienta. Si se pregunta: «¿Cuándo se produjo el robo?», que el interrogado no diga el domingo, si sabe que fue el sábado. Muy sencillo.
b) JURA DECIR TODA LA VERDAD. En este caso, la fórmula cubre los engaños de ocultación, lo que se sabe y no se cuenta. Imaginemos que se pregunta al aludido por todo lo que conozca de los ladrones y responde informando de su altura, vestuario, lo que hicieron y dijeron, pero se calla que a uno de ellos lo conocía y que sabe incluso su nombre.
c) JURA DECIR NADA MÁS QUE LA VERDAD. Ahora se pretende que el sujeto no utilice contenidos en sus respuestas que puedan llevar a pensar algo diferente de lo que es la verdad. Un ejemplo sería si se le pregunta a alguien si le consta que un compañero suyo ha sustraído dinero de su puesto de trabajo. Y responde contando lo buena persona que es porque colabora en una ONG de ayuda a niños sin hogar y que cuando él ha necesitado algo siempre le ha ayudado. Con ello crea una imagen muy favorable a favor del acusado, pero no responde a la pregunta que se le ha efectuado.
¿Ves ahora la diferencia con el sencillo «¿Jura o promete decir la verdad?» que se emplea en los tribunales de España? Este ejemplo es muy eficaz para adentrarnos en la cantidad de caminos que puede tomar la falsedad.
Eso sí, para alguien que no quiere contar la verdad, siempre resulta más sencillo «callarse» lo que sabe que inventar una historia falsa. Incluso la sensación interior de quien lo hace es la de que resulta menos reprochable socialmente. Cuántas veces he escuchado al salir de alguno de mis juicios una frase del tipo: «Bueno, mentir, lo que se dice mentir, no he mentido». Esta es una afirmación típica de quien seguramente se calló lo que sí podía haber contado. Además, siempre es más fácil decir: «Ah, es verdad, se me olvidó contártelo», que: «Es verdad, llegué a las tres de la mañana de una fiesta y no de trabajar, como te dije».
¿Por qué mentimos?
¿Qué mueve al mentiroso? Existen varios motivos que pueden provocar que una persona decida dejar la verdad a un lado y contar una historia que sabe que es falsa. En general, podríamos agruparlos en los siguientes:
• Llamar la atención. El afán de notoriedad, querer destacar por encima de las personas con quienes convive o trabaja, suele ser un motivo que aleja la verdad. Tenemos un amplio abanico de posibilidades, desde una simple exageración hasta una historia rocambolesca que consiga colocar a su protagonista como centro de atención. Y si ve que funciona, ¿qué hará en poco tiempo? Pues continuar con lo que tan buenos resultados, a nivel personal, le ha dado. Seguirá mintiendo.
• Congraciarse con los demás. Hay personas a las que con su actuación cotidiana no les resulta fácil socializar, conseguir amistades o incluso pareja, así que recurren al engaño para lograrlo. Claro que si se descubre, y con el tiempo es fácil que esto ocurra, una relación asentada sobre una falsedad, destapada esta, destruida la otra.
• Obtener un beneficio. Aquí nos movemos en las mentiras que peor fama tienen, y bien ganada, sin duda. Estamos hablando desde quien, por ejemplo, se adjudica los méritos de otro en su empresa para obtener un ascenso, hasta el estafador que arruina a una familia.
• No sufrir un perjuicio. Un niño la emplea para evitar un castigo, el trabajador para no ser despedido, en una pareja se usa para que no se produzca una discusión…
• Ocultar un error. En estos casos, el problema muchas veces es que para tapar una equivocación, acabamos cometiendo otra mayor.
• Evitar una situación incómoda o que nos produce vergüenza. Por supuesto que se miente también por vergüenza. Imaginemos un joven que va a la piscina con sus amigos por primera vez. Todos se lanzan donde les cubre y él, para no reconocer que es el único que no sabe nadar, dice que se encuentra mareado.
Como podemos comprobar, los motivos para mentir son como el arcoíris, los hay de todos los colores y, en consecuencia, tenemos engaños con mayor y menor reproche social. En algunos justificamos a sus autores y con otros deseamos que acaben en prisión. Estudiosos sobre la materia nos indican sus clasificaciones de razones para mentir (Aldert Vrij, 2001 y 2007):
• Ofrecer una impresión positiva a los demás, evitando situaciones embarazosas que supongan la desaprobación social.
• Mantener una buena interacción social: «las mentiras sociales».
• Obtener un beneficio personal.
• Evitar un castigo potencial.
• Beneficiar a otra persona.
• Razones materiales o psicológicas.
Basándome en su intención, voy a clasificar las mentiras en tres grandes tipos:
• Cotidianas. Las que se dicen más frecuentemente y que solo persiguen seguir una conversación intrascendente.
Ejemplo:
—Creo que al actor X le deberían dar un premio por su última película.
—Pues sí, es muy bueno.
(Aunque en ese momento ni se acuerde de su cara).
• Piadosas. Se hacen por agradar en un tema de importancia para el protagonista o para su interlocutor y no llevan aparejado ningún daño/perjuicio para nadie.
Ejemplo:
—Ven que te voy a dar una sorpresa. Te presento mi nuevo coche. ¿A que es precioso?
—Vaya coche más bonito que te has comprado.
(Aunque le parezca horrible).
• Viciadas/hostiles. Aquellas que se dicen con el propósito de causar un beneficio o un perjuicio, tanto propio como ajeno. En estas no necesitamos ejemplo, ¿verdad?
Cada vez comprobamos más claramente que alrededor de la mentira hay todo un universo de relaciones humanas que la pueden provocar. Es importante que lo tengamos en cuenta de cara a dar sentido, que no justificación, a nuestra labor a la hora de descubrir quién miente. Y para que cuando lleguemos a los indicadores de engaño, nos resulte más fácil averiguar sus porqués.
Todo comunica
Los mentirosos necesitan que se les crea. Más que dar información, intentan convencernos de algo. Por ello, siempre debemos tener presente, a la hora de estudiar la mentira y tratar de saber si alguien la está poniendo en práctica, el medio que utiliza en su objetivo: la comunicación.
Como acertadamente se señala en el libro Descubre la mentira, de Philip Houston, Michael Floyd y Susan Carnicero[20]: «Quizá nunca te lo has planteado así, pero cuando estás intentando averiguar si alguien te miente o te está diciendo la verdad lo que analizas es la comunicación. El problema es que la comunicación puede ser un asunto algo confuso, por un par de razones: en primer lugar, debido a la imprecisión del lenguaje, con frecuencia oímos una palabra y le damos nuestra propia interpretación; (…) en segundo lugar, (…) si estamos intentando analizar lo que nos comunican y la mayor parte de la comunicación no es verbal, ¿qué entrenamiento no verbal hemos tenido? Posiblemente no mucho».
Las palabras, esto es, el lenguaje verbal, son las que mejor va a preparar el mentiroso: un discurso o una argumentación más o menos elaborada con la que tratará de convencernos de algo para conseguir su propósito. Pero ¿y su comunicación no verbal?, entendiendo por tal la expresión de emociones en el rostro, el movimiento de las manos, la posición corporal, el manejo de las distancias, la mirada, la voz… ¿Podrá preparar todo bien, de manera coherente con lo que esté contando y, además, durante todo el tiempo? Eso es mucho más difícil.
Pues por este motivo debemos estar bien preparados para entender el lenguaje no verbal, porque si no, volvemos a la casilla de salida. Si el mentiroso no lo cuida, pero nosotros tampoco lo conocemos adecuadamente, esto termina en empate y no habremos aprovechado lo que considero una de las grandes debilidades de quien miente: el control adecuado de su comunicación no verbal.
La falta de un control adecuado de la comunicación no verbal podrá delatar al mentiroso sin que ni siquiera sea consciente de ello.
En este libro vamos a estudiar ese lenguaje no verbal, aunque desde ya te recomiendo que tengas como «hermano» inseparable mi anterior libro, Tú habla, que yo te leo. Las claves de la Comunicación No Verbal[21].
El cerebro tiene que observar y escuchar atentamente cada respuesta verbal y no verbal del sujeto. Una vez que conozcamos los indicadores, luego será cuestión de práctica, práctica y práctica.
En principio, es muy difícil mentir sin cometer errores dado que el mentiroso nunca puede tener todo bajo control: lo propio (su lenguaje y comunicación facial + corporal + voz) y lo ajeno (las preguntas que podemos hacer y lo que nosotros ya sabemos). Como dice Paul Ekman: «Es más fácil disfrazar las palabras que disfrazar las expresiones, los movimientos del cuerpo o la voz». Qué gran verdad. En una investigación que hizo precisamente Ekman sobre personas que debían detectar mentiras, llegó a la conclusión de que los que mejor lo hicieron se fijaron en la cara + la voz + el cuerpo, mientras que los menos precisos solo prestaron atención a las palabras.
Así que debemos tener presentes, a la hora de detectar mentiras, tanto la comunicación verbal como la no verbal. No tenemos que omitir nada, porque nada es desdeñable y todo aporta información, tanto para confirmar lo que se cuenta con palabras como para advertir incoherencias o contradicciones.
Hay que tener en consideración que «los adultos tienden a utilizar el llamado principio de consistencia verbal-no verbal, un principio que supone que las conductas verbales y no verbales de uno normalmente transmiten el mismo mensaje. Cuando hay una discrepancia, los adultos tienden a tratar el mensaje no verbal en lugar del verbal como la fuente de información más confiable… Con el uso apropiado del principio de coherencia verbal-no verbal, las personas pueden inferir la verdad de la información contenida en los mensajes inconsistentes del remitente y responder en consecuencia…»[22].
A lo largo de este libro, sobre todo en los capítulos destinados a los indicadores concretos de mentira, estudiaremos indicadores de diversos investigadores científicos como Strömwall, Granhag y Hartwig, 2004; Undeutsch, 1982… Destacaremos especialmente el estudio de Bella DePaulo et al., 2003, «Cues to deception»[23], el cual se fija en señales que los seres humanos dejamos al mentir, tanto en nuestro lenguaje como en nuestro comportamiento. Tal y como ya he indicado, nada está de más, todo cuenta y todo suma.
Un estudio especialmente significativo en relación directa con los diversos canales de comunicación humanos, a la hora de dar prioridad a unos u otros canales en la detección de la mentira, es uno que se hizo sobre pacientes afásicos. «La afasia es un trastorno causado por lesiones en las partes del cerebro que controlan el lenguaje»[24]. Quienes padecen de afasia centran su atención más en la comunicación no verbal de las personas que interactúan con ellos. El resultado de la investigación fue el siguiente: «Los pacientes afásicos, es decir, los que tenían daño en el hemisferio izquierdo, fueron significativamente más precisos detectando mentiras. (…) Se encontró que todos los pacientes afásicos eran inusualmente sensibles a las expresiones faciales que delataban la mentira, con una media del 73 por ciento de acierto en detectar mentiras.
»En conclusión, es posible que el daño en los circuitos del lenguaje dé lugar a un mecanismo compensatorio en el cerebro que aumente el reconocimiento de conductas no verbales. O tal vez, simplemente, el no vernos “distraídos” por las palabras y tener como única fuente de información el lenguaje no verbal nos haga más expertos en este tipo de comunicación…»[25].
En cualquier caso, insisto en mi recomendación: que la comunicación no verbal sea potencialmente más eficaz a la hora de detectar mentiras no significa que tengamos que olvidarnos del lenguaje verbal, el cual nos resultará útil en nuestra misión de múltiples formas: para entender lo que se nos cuenta, para buscar coherencias o incoherencias con el mensaje verbal, para analizar el propio lenguaje empleado, para detectar roturas de patrones básicos de expresividad verbal…
Ahora bien, al final, en la mentira ocurre como en la mayoría de las actividades humanas, que el mentiroso se puede ir perfeccionando, dado que cuantas más veces se repite una mentira más fácil resulta expresarla.
A pesar de lo que hemos comentado hasta ahora, si nos toca descubrir a quien esté mintiendo, no seremos, ni mucho menos, marionetas en sus manos; al contrario, contamos con diversas armas a nuestra disposición que aquí irás descubriendo.
Una de las más importantes y eficaces, relacionada con la línea base de conducta a la que ya nos hemos referido, será tomar conciencia de la manera de comunicar de quien tienes delante. Trazar su perfil básico de comunicación te permitirá alertarte en los momentos de su conversación en que lo cambie. ¿Modifica su voz, sus gestos, su mirada, da un paso hacia atrás, se coge de su ropa o manipula su rostro o cabello…?
Es por este motivo por el que descubrimos con mayor facilidad si una persona cercana a nosotros miente, porque ya hemos tenido la oportunidad de conocerla mucho y bien a la hora de comunicar y, en consecuencia, tenemos con qué comparar para encontrar discordancias. Aunque todo ello lo hagamos de manera involuntaria. Ten en cuenta que «observar simples cambios en la conducta de las personas que mienten puede ser una estrategia mucho más productiva que buscar conductas específicas a la hora de detectar mentiras»