¿Crees que los datos son algo nuevo? No tan deprisa. Han sido siempre una pieza básica de la ciencia, que es nuestro método para generar nuevo conocimiento. Los científicos pioneros se dedicaron a recorrer la Tierra buscando especímenes, como Charles Darwin a bordo del Beagle, para luego ordenarlos, clasificarlos y tabularlos. La contabilidad era esencial. Había que identificar los tipos de escarabajos, recoger miles de hojas y decidir si en el planeta hay tres tipos de rocas o siete variedades de clima. Otros han recopilado nuestros vestigios, como hachas de mano o cuentas de collares, para medirlos, pesarlos y datarlos, y luego elucubrar sobre las personas que los sostuvieron: ¿qué soñaban? ¿Qué temían? ¿Por qué pintaban en parajes inaccesibles?
La novedad es que ahora los datos nos rodean a ti y a mí. La digitalización, que es la gran transformación del siglo XXI, los ha multiplicado y los ha hecho omnipresentes. Si regentas una pequeña tienda, tienes que vigilar tus existencias; si eres una ejecutiva de una empresa de camiones, tendrás que predecir el precio de la gasolina; y si eres jardinero, y quieres que tus parterres luzcan verdes, tendrás que calcular cuánto regarlos. Hay pocos oficios que no vayan a cuantificarse. Y aunque el tuyo sea uno de esos, da igual, porque los números están también en tu vida diaria, como cuando pides una hipoteca o cuando escoges un colegio para tus hijos. Los datos te rodean.
Es así con cualquier cosa que te preocupe o te seduzca. Si quieres ser bióloga para estudiar la vida de las ballenas, piensa que lo harás con datos. Vas a registrar sus conversaciones submarinas desde tu embarcación, secuenciarás el genoma para conocer su parentesco y las seguirás en sus viajes usando un GPS. No importa si quieres descifrar la creatividad humana, aprender de los pulpos o ayudar en la escuela a los niños de las familias más desfavorecidas. Vas a necesitar una mirada cuantitativa. No la querrás para todo en tu vida, pero sí algunas veces.
Este es el argumento esencial de este libro: el mundo es un lugar complejo y los datos te ayudan a descifrarlo.
Desde niño me han movido la curiosidad y el afán recolector. Me recuerdo de pequeño en un merendero, en mitad de un viaje en coche, fascinado porque había muchas chapas de refrescos por el suelo. Para horror de mi madre, me propuse llevarme a casa una de cada: Fanta, KAS, Coca-Cola, Choleck, cerveza, etcétera. Pero había cientos esparcidos por la tierra embarrada y había que seguir el viaje. Recuerdo la ansiedad de contemplar la explanada y sentirla un universo vastísimo: ¡era inabarcable! ¿Qué maravillas iba a dejar atrás? Es un sentimiento que tienen muchos niños —saberse pequeños frente al universo—, pero en mi caso la angustia era, sobre todo, por no poder ordenarlo.
Me gustaba organizar y era obsesivo. Hacía listas de todo, de cómics ya leídos o de películas por ver, y llevaba una contabilidad imposible para estirar mi paga y comprar una Mega Drive. Esos impulsos los he ido domesticando. Es uno de los golpes de suerte de mi vida, de hecho, haber logrado canalizar esa tendencia hacia actividades remuneradas. Al acabar una carrera de ingeniería me doctoré, y durante diez años me dediqué a investigar con modelos matemáticos el comportamiento de ciertas bacterias. Fue mi primera obsesión legitimada con un trabajo. Pero no fue la última. En 2006 empecé a escribir un blog por afición, cuando internet estaba en ebullición, y resultó que había muchos lectores con ganas de datos y gráficos. Acabó siendo mi segunda profesión: en 2015 dejé la universidad y desde entonces me dedico al periodismo. La gente se sorprende de ese viaje: «¿Cómo saltas de ser profesor de ingeniería a trabajar en El País?». Pero lo que hago no es tan diferente. Vivo de hacerme una trampa: me obsesiono con algo a voluntad. Elijo un asunto interesante, me esfuerzo por entender sus números y luego escribo para contar lo que he descubierto. Es un proceso que sirve igual para predecir elecciones, escribir sobre fútbol o seguir una pandemia.
Aquí recojo las ideas que me ayudan en esta tarea.
Es una lista, como era de esperar. Una recopilación de decenas de consejos útiles, una especie de patrones para pensar mejor. Algunos son atajos virtuosos («mide muchas cosas»; «haz cálculos rápidos») y otros son advertencias para esquivar trampas («no confundas correlación y causalidad»). Funcionan como una lista de comprobación. Te recuerdan el tipo de preguntas que es bueno hacerse al analizar cualquier asunto, grande o pequeño: «¿Me puede estar engañando el azar?», «¿Estoy contemplando una asociación al revés?», «¿Cómo de probable es esto?», «¿Estoy pecando de optimista?». En la lista hay conceptos conocidos, otros más exóticos y muchas ideas curiosas, porque es divertido observar qué se le da bien (y mal) a nuestro ancestral cerebro.
El libro se divide en estas ocho reglas:
1. Acepta la complejidad del mundo.
2. Piensa en números.
3. Protege tus muestras de sesgos.
4. Asume que atribuir causas es difícil.
5. No desprecies el azar.
6. Predice sin negar la incertidumbre.
7. Admite los dilemas y haz malabares.
8. Desconfía de tu intuición.
Las reglas se pueden leer sueltas, aunque están conectadas. Por eso hay asuntos que aparecen en varias de ellas. A las personas nos ayuda clasificar todo en cajas —rocas, climas o mis ocho reglas—, pero la realidad prefiere desparramarse. Hay dos ideas especialmente recurrentes en el libro, porque son las que le dan sentido: la complejidad de lo que nos rodea y los límites de la intuición. Si nuestros cerebros fuesen infalibles o el mundo simple, pensar claro sería trivial y este texto sería innecesario... Pero ninguna de las dos cosas es cierta.
Por eso he tratado de escribir un libro sencillo, pero no demasiado sencillo. He querido evitar la tentación de exagerar el alcance de la idea sobre la que trato. Es una debilidad que encuentro en muchos libros fantásticos y populares —sobre el poder de la concentración, sobre la fuerza de practicar o sobre el valor de ser un generalista—. ¿No llevan sus tesis demasiado lejos? De esa rotundidad saldrán mejores charlas TED, directas y convincentes, pero desconfío de las ideas simples que prometen cambiarte la vida. Es más, si tuviese que elegir una sola idea, sería esta: casi todo es más complicado de lo que parece.
Este libro quiere ayudarte a ejercitar tu mirada cuantitativa. Tiene una motivación práctica, porque esa mirada es útil, pero va más allá: es también una forma de encontrar la belleza.
Para algunas personas está mal contemplar lo que nos rodea queriendo explicarlo, o, como se dice a veces, «reducirlo a números». Sienten que eso mata su atractivo, como si entender de qué modo se forman los ríos fuese a hacer menos placentera la experiencia de escuchar el agua fluir. Escribo este libro convencido de que no es así en absoluto: al contrario, creo que las personas disfrutamos contemplando la realidad y sus sutilezas, tratando de descifrarlas, en parte lográndolo y en parte fracasando. Podemos ser como los niños que se miran los deditos y alucinan, porque esa cualidad para el asombro nunca se pierde del todo. Por eso nos atraen las paradojas y los enigmas; por eso seguimos leyendo tras una pregunta —¿por qué lo hacemos?—; y por eso nos iluminamos cuando algo nos sorprende y se desencadena una cascada química que nos vuelve felices un instante.
Descubrir los engranajes del mundo, y en especial del mundo humano, es interesante para mucha gente; desde luego lo es para mí. He escogido ejemplos que me llaman la atención. ¿Por qué corremos riesgos sin pensarlos? ¿Por qué apostamos mal? ¿Por qué casi nadie en la NBA vio que Marc Gasol sería excepcional? Aprenderemos de las vacunas contra la COVID-19 y de Barack Obama, que dormía tranquilo pensando en probabilidades. Te contaré cómo hago para escribir un buen titular de noticia y por qué tantos futbolistas nacen en enero.
Pero vamos a empezar hablando de anguilas, unos animales extraños que nos servirán para demostrar que el mundo es un lugar complicado, pero también bello y fascinante.
Donde hablo de la anguila, un animal asombroso que nos recuerda que cualquier cosa es más complicada de lo que parece. La naturaleza se comporta de formas que nos resultan contraintuitivas, extrañas y, en ocasiones, del todo impredecibles.
I
Las anguilas europeas son esos peces con forma de serpiente que viven en los ríos del continente. Son unos animales cualesquiera, pero lo cierto es que no son poca cosa. Pueden vivir décadas, recorren miles de kilómetros para aparearse y llevan a cabo tres metamorfosis diferentes a lo largo de su vida.
Lo primero que tienes que saber de estas anguilas es que no nacen en el río, sino en una región marina concreta: el mar de los Sargazos, el único que no tiene fronteras terrestres (es un nudo que delimitan cuatro corrientes). Sus larvas son transparentes y muy pequeñas, perfectas para verse arrastradas por la corriente del golfo, cruzar un océano de miles de kilómetros y alcanzar las costas europeas donde vivirán. Es un plan rocambolesco, pero es lo que hacen. Llegan al continente transformándose en angulas, todavía transparentes pero un poco más grandes y más fuertes, lo que les permite salirse de la corriente y lanzarse a remontar ríos. En ese momento ya tienen aspecto de anguilas en miniatura. Cada animal remonta un río a contracorriente, de Asturias o de Escania, y elige una poza enfangada donde instalarse. No irá a ningún sitio en mucho tiempo: después de recorrer miles de kilómetros, pasará diez o veinte años en esos doscientos metros. Tampoco hará gran cosa: comer, crecer, volverse amarillo y seguir viviendo.
La anguila está ahí esperando, hasta que un día, activada quién sabe por qué, decidirá reproducirse. Abandonará la charca y emprenderá su viaje de vuelta al mar de los Sargazos. Para ello se transformará de nuevo, se tornará plateada y madurará sexualmente. Su sistema digestivo se atrofiará, volviéndose inservible, y la anguila hará el viaje sin comer. Recorrerá el océano en aguas profundas y alcanzará, no se sabe con qué probabilidad, el mar de los Sargazos, o un lugar más o menos próximo, donde su especie cierra el círculo. Una vez allí, se reproducirá y morirá.
Las anguilas fueron un misterio durante siglos. Los pescadores europeos nunca encontraban sus larvas, como es lógico, porque estaban en un mar ignoto a miles de kilómetros. Tampoco diferenciaban machos de hembras, porque las anguilas amarillas que vivían en los ríos todavía no tenían las gónadas desarrolladas. Con el tiempo, esos misterios fueron resolviéndose, aunque las anguilas siguen siendo un animal difícil de entender. ¿Por qué tanto lío? ¿Por qué una especie nace en un mar concreto, tan lejos del hábitat donde vivirá durante décadas? ¿Qué ventaja evolutiva ofrece eso? Las preguntas se amontonan: ¿cómo elige la anguila el río que va a remontar? ¿Cómo sabe que es momento de volver al océano? Y sobre todo: ¿cómo se orienta? En los Sargazos nacen las anguilas europeas, pero también las americanas, que son una especie distinta. Piénsalo: están todas mezcladas allí, en el Atlántico septentrional, pero, de algún modo, unas consiguen llegar a América y otras a Europa para remontar los ríos de España, Suecia, Finlandia o Rusia.
Lo que quiero decir es que las anguilas son complicadas. Cuando las observas, descubres que no es sencillo entender cómo actúan y por qué hacen lo que hacen. Pero no son animales realmente especiales, sino el ejemplo de un patrón:
Esa es la primera idea de este libro. Hay muchas cosas que decir sobre la complejidad del mundo, pero podemos empezar afirmando que es no lineal.
Supón que estás pescando anguilas en una charca. Si la primera ha tardado una hora en picar, ¿cuánto tiempo crees que necesitarás para pescar tres más? Pensar en tres horas es razonable. ¿Pero significa eso que, si no te mueves del sitio, en tres días pescarás 72 anguilas? Por supuesto que no. La relación entre el tiempo transcurrido y las anguilas que pescas no es proporcional. La regla te puede servir al principio, pero conforme se reduzca el número de animales en la charca, cada vez serán más difíciles de capturar. Y en algún momento te quedarás sin ninguna en esa parte del río. La relación entre el tiempo de pesca y las anguilas que coges es un ejemplo no lineal de saturación.

Tampoco es lineal la resistencia del embarcadero de madera en el que te imagino pescando, que tiene una discontinuidad. La madera puede resistir el peso de una persona sin problema, y lo hará durante años. Pero si nadie sustituye las tablas, acabarán partiéndose por fatiga. La madera puede soportar cierta carga diez mil veces, pero llega un día en que se rompe bajo el peso de esa misma carga.
Nuestro cerebro espera que las cosas sean proporcionales. Es la ley que asume por defecto, y funciona muchas veces: si estamos hinchando globos, una forma de ir el doble de rápido es hacerlo entre dos personas. Decimos que el trabajo de hinchar globos es lineal, es decir, es un fenómeno cuya salida cambia en proporción al cambio de su entrada. Las clases de economía, biología o ingeniería suelen centrarse en estudiar estos sistemas, porque son sencillos y porque tenemos trucos para que sean útiles. Reservamos el estudio de los fenómenos no lineales para cursos avanzados, que imparten los departamentos de sistemas complejos, como si fuesen excepciones. Pero la división es una trampa, como dijo el matemático Stanisław Ulam: «Hablar de ciencia no lineal es como referirse a casi toda la zoología como al estudio de los animales no-elefantes».
Los fenómenos naturales y artificiales que estudiamos son no lineales, discontinuos, a veces incluso caóticos. Los ejemplos son incontables, pero hay una familia de comportamientos que merece especial atención, porque nuestro cerebro los rechaza: los fenómenos exponenciales.
II
A principios de 2021, en Reino Unido se detectó una variante del virus causante de la COVID-19 que se extendía rápidamente, pues la variante Delta era más contagiosa, pero no más letal. El porcentaje de infectados que acababan falleciendo era el mismo que con el virus convencional, y eso parecía tranquilizador. Un mutante más letal es peor que uno más contagioso, ¿no? La intuición sugiere eso, pero lo cierto es que no es así. Para demostrarlo, Adam Kucharski, matemático y epidemiólogo de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, puso un ejemplo con números sencillos. Supongamos lo siguiente:
• El virus tiene una letalidad por infectado del 0,8 %. Ese es el porcentaje de enfermos que fallecen.
• El virus se propaga de manera que cada infectado pasa la enfermedad a 1,1 personas en 6 días (es decir, con un número reproductivo de 1,1 y un tiempo de generación de 6 días).
Con esos números, explicaba Kucharski, es fácil calcular que pasados 30 días el virus habrá provocado 129 muertes.[*] Esa es la situación de referencia. Ahora supongamos que una mutación del virus eleva su letalidad en un 50 %, hasta alcanzar el 1,2 %. Entonces, las muertes en un mes se elevarían a 193, unas 64 más, esto es, un 50 % más. Nuestra intuición funciona bien en este caso, porque un virus que es más letal en cierta proporción eleva las muertes en esa misma proporción. Pero ¿qué pasa si, en lugar de un virus más letal, tenemos uno que es un 50 % más transmisible? El número reproductivo pasaría de 1,1 a 1,65, lo que multiplicaría los contagios cada semana. En cinco semanas habría casi 1.000 muertes, ¡siete veces más![*]
Estos cálculos demuestran lo que decía Kucharski: «Un incremento en algo que crece exponencialmente (la transmisión) puede tener mucho más efecto que el mismo incremento proporcional en algo que solo escala en el resultado (la letalidad)». Lo curioso es que, aunque los cálculos no son supercomplicados, el resultado nos sorprende a la mayoría.
Nuestra dificultad para pensar en crecimientos geométricos nos empuja a cometer errores en la vida diaria. Es una de las razones por las que no ahorramos lo suficiente. Cuando eres joven y tienes poco dinero, invertir para ganar un 5 % más al año te parece poco tentador. Supón que con treinta y cinco años te decides a ahorrar e inviertes 3.000 euros anuales. No es mucho beneficio el primer año (150 euros), ni el segundo (308 euros), ni el tercero (473 euros), pero tus ahorros irán acumulándose de manera exponencial. ¿Cuánto crees que tendrás con sesenta y cinco años? Por entonces habrás invertido 90.000 euros…, pero ese 5 % de rentabilidad habrá ido componiéndose en una exponencial y, sumando esos beneficios, ¡habrás acumulado 212.000 euros! Aún más, si hubieses empezado a ahorrar con veinticinco años; así, aunque solo habrías acumulado dinero durante un tercio más de tiempo, casi duplicarías tus ahorros: tendrías 383.000 euros.
El peor ejemplo de estos problemas fueron los primeros meses de la pandemia del coronavirus. En febrero y marzo de 2020, los casos comenzaron a aumentar en España, que fue golpeada muy pronto. En esas semanas empecé a cubrir el tema para El País y el mensaje más importante que teníamos que trasladar a los lectores era ese: explicar que una pandemia es un fenómeno de naturaleza exponencial, y que existía, por tanto, el peligro de una explosión lenta. Los enfermos de COVID-19 empezaron a aparecer en España con un silencioso goteo. Hubo un par de casos importados, luego unas decenas, luego algunos contagios locales. A principios de marzo se conocían 100 casos, luego 200, 500, 1.000… Esas cifras no eran preocupantes a primera vista: ¿qué importan 1.000 personas en un país de 47 millones? Sin embargo, estaba levantándose una curva exponencial; los contagios se triplicaron en una semana y esa progresión resultaría en números elevadísimos en muy poco tiempo. La constatación la tuvimos por las malas. Los hospitales vieron llegar una oleada de pacientes graves, y en pocos días el Gobierno pasó de recomendar calma a ordenar un confinamiento total. La orden se produjo el 13 de marzo, cuando constaban 132 fallecidos por el virus. Dos meses después, cuando volvimos a las calles, se contaban 46.000 muertes. Eso es lo que pasa con una dinámica de crecimiento exponencial, que cuando ves crecer la curva puede ser demasiado tarde para evitar una explosión.
III
Este capítulo quiere convencerte de que la realidad es compleja, por eso voy a acabarlo con un caso extremo: los sistemas caóticos. Así es como llamamos a los fenómenos impredecibles por naturaleza, los que no podemos anticipar no porque no los entendamos bien, sino porque las leyes que los rigen no sirven para predecir su comportamiento. El ejemplo primigenio se lo debemos a Edward Lorenz, el científico del MIT que en los setenta popularizó la teoría del caos.
En 1961, Lorenz estudiaba métodos para hacer predicciones meteorológicas, que era un campo en ebullición por las posibilidades que habían abierto los primeros ordenadores. El científico estaba comparando diferentes modelos de predicción, haciendo simulaciones con un Royal McBee LGP-30, un ordenador potente entonces pero que ahora sería millones de veces más lento que tu móvil. Eso explica que usase atajos. Un día se propuso repetir una simulación que ya había hecho, pero, en lugar de repetirla toda entera, decidió empezarla por la mitad para ganar tiempo. Usó los números de la primera ejecución como condiciones iniciales para una nueva. Copió los datos de las hojas de papel donde se imprimían los resultados (el McBee no tenía pantalla), lanzó la nueva simulación y se fue a tomar un café. Al volver, se llevó una sorpresa: ¡los resultados que estaban imprimiéndose no tenían nada que ver con los anteriores! ¿Cómo era posible eso? Había ejecutado dos simulaciones deterministas, sin azar, que partían de las mismas condiciones de temperatura y presión, de manera que debían llevar al mismo resultado. Pero el programa predecía un cielo claro en la primera y un huracán en la segunda. La simulación coincidía al principio, pero los valores iban separándose y sus predicciones a dos semanas vista eran completamente distintas. Pensó en un fallo del ordenador, pero entonces cayó en la cuenta de lo que estaba pasando: «Los números que había introducido no eran los originales exactos, sino los números redondeados que aparecían en la copia impresa». La primera simulación pasaba por un 0,506127, pero él había arrancado su réplica en 0,506. Era una diferencia de un 0,1 %. ¿Podía ser ese el problema? Lo era. Los errores de redondeo habían ido amplificándose hasta dominar la solución, de manera que esa pequeña discrepancia en las condiciones de origen desencadenaba una sucesión de eventos en su modelo que acababa por cambiar un cielo claro por un huracán.
Aquel fue el gran descubrimiento de Lorenz. Se dio cuenta de que, si la realidad resulta ser tan sensible como su modelo, predecir el tiempo a largo plazo es imposible. Unos años después capturó la esencia de sus ideas en una charla: «¿El aleteo de las alas de una mariposa en Brasil puede desencadenar un tornado en Texas?». Es el «efecto mariposa» del que quizá has oído hablar.
Lo que Lorenz había descubierto es que un fenómeno puede ser impredecible en la práctica aunque sus leyes teóricas se conozcan con exactitud. Él era Dios en el universo de juguete que estaba simulando, que se regía por unas ecuaciones conocidas y deterministas. Pero si quería anticipar el futuro de ese universo no le bastaba con conocer sus leyes, necesitaba además un conocimiento exacto —hasta el cuarto decimal— de las condiciones iniciales para el viento que soplaba en cada ciudad, de la humedad, de la temperatura, y quién sabe qué más, en cada punto del planeta.
De ahí surge una definición estupenda: el caos es lo que ocurre cuando el presente determina el futuro, pero la aproximación del presente no captura aproximadamente el futuro. Por suerte, no todo en el universo se comporta de un modo caótico, y por eso podemos predecir que mañana saldrá el sol y que detendremos el calentamiento global si dejamos de emitir gases de efecto invernadero. Pero saber que hay fenómenos impredecibles por naturaleza es un recordatorio para hacernos humildes: el mundo es un lugar complicado y nuestra capacidad de entenderlo o de cambiarlo es, de momento, bastante limitada.
Entre otras dificultades, y como veremos en los siguientes capítulos, resulta que casi todo lo que ocurre a nuestro alrededor tiene más causas —y más culpables— de lo que nos parece.
Donde viajamos a Ucrania para hacernos una pregunta: ¿qué causo el accidente en Chernóbil? Explicamos que las cosas suelen ocurrir por múltiples motivos, aunque nuestro primer impulso sea pensar solo en uno y echarle la culpa a alguien.
I
Cuando un avión sufre un accidente se discute si es culpa del piloto o de un fallo mecánico, pero la realidad es que los aviones tienen mecanismos de seguridad redundantes, por lo que es muy raro que se produzca un fallo catastrófico por un solo motivo. Es lo mismo que podemos decir de otro infame accidente, el de la central nuclear de Chernóbil, en 1986. ¿Qué causó aquel desastre? Después de años de investigaciones, hoy se acepta que hubo una secuencia de errores en cascada.
El accidente se produjo durante una prueba de seguridad que consistía en simular un corte eléctrico. Hubo problemas desde antes de empezar. Lo primero que tenían que hacer los operadores de la central era reducir la potencia del reactor a 700 megavatios, pero algo ocurrió mientras lo hacían y esta cayó de forma inesperada hasta casi a cero (primer problema). Para tratar de elevarla, desactivaron varios sistemas automáticos de control y extrajeron la mayoría de las barras del reactor, que se insertan en él para frenar la fisión. Dejaron el reactor en condiciones «potencialmente inestables», según la investigación posterior, con poco margen para enfriarlo en caso de emergencia (segundo problema). Además, aunque la potencia solo había subido hasta 200 megavatios y estaba lejos del nivel prescrito para la prueba, los operadores decidieron seguir adelante con ella (tercer problema).
Cuarenta segundos después, a la 1.23 de la mañana, se produjo la acción detonante del accidente: alguien pulsó el botón AZ-5, la parada de emergencia manual. No está claro quién lo hizo ni por qué. Esto debía sumergir todas las barras de control en el reactor y apagarlo. Por desgracia, un defecto en el diseño de la planta provocó el efecto contrario (cuarto problema). Las barras estaban hechas en su mayor parte de boro, un material que absorbe neutrones y que frena la fisión cuando estas se introducen en el reactor. Pero la cabeza inferior de las barras era de grafito —que no absorbe neutrones— y, al penetrar en el reactor, desplazaron agua —que sí lo hace—, de manera que al principio se produjo un incremento de reactividad. La parada de emergencia tenía como propósito apagar el reactor, pero antes, durante unos instantes, el mecanismo elevaba la potencia del núcleo. Ese comportamiento no estaba descrito en los manuales (quinto problema).
Lo que pasó cuando las barras penetraron en el reactor fue que se desencadenó un pico de potencia que las rompió, dejándolas bloqueadas a mitad de camino, con el grafito dentro del reactor. La potencia se elevó a 520 megavatios en tres segundos y luego se disparó hasta los 30.000 megavatios, diez veces el nivel de operación de la central. Fue la última lectura del panel de mando, que dejó de funcionar. Lo que pasó después lo sabemos por simulaciones: «Una gran cantidad de energía se liberó de golpe, vaporizando el agua refrigerante y rompiendo el núcleo del reactor en una explosión de vapor altamente destructiva», resume Wikipedia. Hubo dos explosiones que liberaron «grandes cantidades de radioactividad». Se eyectaron materiales del núcleo fuera del edificio, que siguieron ardiendo a cielo abierto y liberaron radiación durante nueve días.
Tras años de investigaciones, hoy el accidente se atribuye a una coincidencia de varios fallos. Ese fue el veredicto del informe final del Organismo Internacional de Energía Atómica: «[El accidente] fue el resultado de la concurrencia de los siguientes factores principales: ciertas características físicas del reactor; ciertas propiedades del diseño de sus elementos de control; y el hecho de que el reactor fuese llevado a un estado no especificado por los procedimientos ni investigado por un cuerpo de seguridad independiente». Los detalles del informe son interesantes, pero el resumen es este: el accidente fue el resultado de una sucesión de errores. La causa principal fue un reactor mal diseñado, pero a eso se sumó el hecho de que los operadores actuaron de manera temeraria. Y es más complicado aún, porque ¿en qué medida podemos culpar a los técnicos por falta de formación y no a los responsables de prepararlos? No es solo que las cosas ocurran por muchos motivos, además sucede que esos motivos tienen sus propios motivos. El informe acababa cuestionando toda la operación nuclear de la Unión Soviética: «[el] accidente deriva de una deficiente cultura de la seguridad, no solo en la planta de Chernóbil, sino en todas las organizaciones soviéticas».
II
Plantéate qué te hace feliz, por ejemplo. Los datos dicen que la gente con más dinero se declara más satisfecha con su vida, pero es obvio que la felicidad depende de más cosas: importan la salud, los seres queridos o sentirte realizado, pero también influirá tu temperamento o la química que gobierna tu organismo. Hay gente feliz con mala salud. ¿Significa eso que la salud no importa? Claro que no. Es imposible encontrar la clave de la felicidad, sencillamente porque no existe una única causa.
Pongamos otro debate popular que ha entretenido a los científicos desde hace décadas: ¿qué factores explican el éxito en los estudios de un niño o una niña?
Un candidato es el dinero de su familia. Tus circunstancias económicas no determinan tu destino, pero es evidente que el dinero ayuda. Hay datos aplastantes que lo corroboran: en España, abandonar la escuela es cuatro veces más común para los hijos de familias pobres que para los de familias ricas. Los primeros tienen seis veces más probabilidad de repetir curso, ¡incluso si sacan las mismas notas en pruebas objetivas! Es fácil ver las ventajas que el dinero da a los hijos de hogares con más recursos: sus padres les comprarán más libros, los enviarán a mejores escuelas, tendrán tiempo para los deberes o los apuntarán a extraescolares.
De acuerdo, los hijos de familias pobres nacen en desventaja. Pero ¿cuánto importa el dinero en total a la hora de gozar de éxito académico? La sorpresa es que no tanto. Según algunos estudios realizados en Estados Unidos, la renta familiar solo explica un 10 % o 15 % de la probabilidad que tiene un niño o una niña de conseguir un título universitario. Si todos los estadounidenses fuesen igual de ricos (o si lográsemos que el dinero no diese ninguna ventaja, con becas ideales y mejores escuelas públicas, por ejemplo), el acceso a la universidad seguiría siendo muy desigual. No es que la renta no sea un factor clave en la educación —¡lo es!, ¡quizá el más importante de todos!—, lo que pasa es hay muchos otros factores que también influyen.
Uno de ellos son tus genes. La psicóloga y genetista Kathryn Paige lo explica en su libro The Genetic Lottery: los genes que te tocaron al nacer influyen en ti de muchas maneras. Por ejemplo, hacen que te vaya mejor o peor en la escuela. No obstante, tu genética puede explicar quizá un 10 % de la varianza entre los resultados académicos de las personas de un país occidental. Es una cantidad parecida a lo que explica la renta. Pero ¿es poco o es mucho? Para discutir eso, Paige usa un gráfico hipotético para representar una correlación que explica esa cantidad de varianza. Cada persona es un punto, cuya posición en el eje vertical representa su éxito académico. El eje horizontal representa un índice poligénico, que es una especie de puntuación, según tengas pocas o muchas de las variantes genéticas que se han asociado con un resultado en particular; en este caso, con que te vaya bien en los estudios. Lo que dice el gráfico es que nacer con ciertas variantes genéticas aumenta la probabilidad de tener éxito académico. Por eso Paige habla de lotería: igual que hay personas que nacen con ventaja porque sus padres son ricos, otras poseen la ventaja que supone una combinación de genes concreta. Tener cierto temperamento, quizá ser introvertido y no un niño hiperactivo, por ejemplo, puede serte útil en los estudios, al menos en una sociedad como la nuestra, con cierta cultura, ciertas escuelas, ciertos métodos pedagógicos, etcétera.

Índice poligénico hipotético que recoge el 10% de la varianza en un resultado durante el transcurso de la vida de las personas (que podría ser su éxito académico su renta de adulto, u otra cosa).
Pero lo importante del gráfico es darse cuenta de que hay un montón de variabilidad que no se explica por tus genes. Hay muchísimo ruido, por lo que dos personas con la misma genética pueden abandonar la escuela o sacarse un doctorado. No estamos determinados por nuestra herencia, ni económica ni genética, porque una miríada de otros factores también influye en nuestra vida. Importarán nuestro barrio, el colegio al que fuimos, cómo eran nuestros hermanos, la insistencia de nuestra abuela, lo sana que fue nuestra infancia, lo buena que era la maestra de preescolar, y, como veremos en otro capítulo, hasta el hecho de haber nacido en enero y no en diciembre.
Como pasó con el accidente de Chernóbil, que nos vaya mejor en los estudios no tiene una causa, ni dos, ni tres. Y este es un patrón general. Los efectos de un factor concreto suelen ser pequeños, especialmente cuando hablamos de fenómenos sociales. Una razón es que los humanos somos muy diferentes unos de otros; ¡hay mucha variabilidad que explicar! Otra razón, como apunta Kathryn Paige, es que las personas tenemos vidas «causalmente complejas», que dependen de muchas circunstancias. No es realista pensar que un solo factor puede explicar más que una fracción de nuestras diferencias. Y la complejidad no acaba aquí. Porque no es solo que las cosas tengan múltiples causas, es que además esas causas interactúan entre sí.
III
Hay causas que se suman, como cuando comes muchos dulces y además no haces ejercicio: engordas más. Otras son sinergias y se multiplican, como una pareja de guionistas que se hacen mejores el uno al otro. Además, la importancia de un factor puede cambiar en función del contexto: tu tiempo de reacción será irrelevante cuando juegues a fútbol en el colegio, pero se volverá significativo si quieres ser el mejor del mundo.
Podemos seguir con el ejemplo de genes y entorno. Es un tema fascinante que algunos vuelven aburrido cuando buscan una respuesta absoluta. Como vimos cuando hablamos de la educación recibida, la realidad es que ni nos determina la herencia genética ni nos moldean solo las circunstancias en que nacemos y crecemos. Esto es evidente si pensamos en casos extremos. Si naces solo en el espacio, sin nadie que te enseñe, sin estímulos y mal alimentado, dará igual tu ADN, porque en ese ambiente no puedes crecer. Pero también es obvio que la naturaleza importa, porque no puedes llevar una gamba al instituto y esperar que aprenda integrales.
El debate empieza cuando pensamos en qué grado importa cada factor. Pongamos que nos interesa saber cuál influye más en que seas introvertido: ¿depende en un 30 % de tus genes y en un 70 % del entorno? ¿O es al revés? Los investigadores hacen este tipo de cálculos, que pueden ser útiles a veces, pero sin olvidar que son una simplificación: no son cantidades fijas. El peso que tienen tus genes y tu entorno sobre una característica tuya (tu carácter, tu éxito en la escuela o tu tendencia a engordar) es una cantidad que cambia según las circunstancias. En los casos extremos vuelve a ser evidente. Si naces en el espacio exterior, tu genética tendrá influencia cero en tu destino, que en este caso estará decidido por tu ambiente: no puedes vivir en el vacío. La influencia de los genes y el entorno es una interacción; son dos causas que dependen una de otra.
Por ejemplo, se ha observado que la heredabilidad de las capacidades cognitivas de un niño es menor cuando nace en un hogar pobre que cuando lo hace en uno rico. Tener ciertas variantes genéticas todavía le ayudará a obtener mejores resultados en algunos test de inteligencia, pero esa ventaja se debilita si el niño vive en un hogar con carencias, porque lo que limitará su desarrollo será la falta de oportunidades, tener padres estresados, una peor dieta, menos libros o peores maestros. La lotería genética se nota más entre dos hermanos de un hogar próspero, porque en ese ambiente florecerá con más fuerza cualquier talento arbitrario con el que haya nacido uno de los dos.

También se ha observado que la influencia de los genes sobre el éxito académico es mayor en países como Dinamarca que en Estados Unidos o Alemania. ¿El motivo? Los segundos tienen una menor movilidad social; es decir, allí tu vida de adulto depende en mayor medida de la clase social de tus padres. En esas sociedades más estáticas, donde la educación de los hijos es una reproducción de la de los padres, con menos ascensos y descensos, la lotería genética tiene una influencia menor. Que se te den bien las mates no importa tanto como que tus padres sepan a qué escuela debes ir. En Dinamarca, en cambio, las oportunidades están más repartidas, el campo de juego está más nivelado, y por eso los genes influyen más.

Aquí tenemos los dos mensajes de este capítulo: cuando piensas en las causas de lo que sea, debes aceptar que es probable que haya muchas y que seguramente interactúan unas con otras. Las interacciones tienen un poder que pasa desapercibido, pero, como veremos ahora, lo que prende un pensamiento no son tus neuronas, sino la madeja de sus conexiones.