El universo está lleno de cosas mágicas que esperan con paciencia a que agucemos el entendimiento.[1]
EDEN PHILLPOTTS
Como ciudadanos del siglo XXI, a menudo sentimos que el mundo está cambiando a un ritmo vertiginoso y fuera de control o, al menos, fuera de nuestro control. Sentimos la inminencia de catástrofes y disfunciones. La ansiedad y la depresión[2] son epidemias reconocidas. En ocasiones, vemos tan lejos de nuestro alcance la capacidad de dirigir nuestra vida que nos limitamos a rendirnos. Incapaces de centrarnos en cómo queremos que sean las cosas o en resistirnos a las distracciones y exigencias del momento, cedemos y adoptamos una actitud pasiva ante el torrente de noticias terribles, de tweets o textos incendiarios, de la publicidad y los influencers y del omnipresente bombardeo de los algoritmos de medios y redes sociales, que sirven a sus propios fines. Y todo esto lo digo desde la óptica de un optimista que cree que los seres humanos son, en esencia, buenos y se preocupan por el resto de las criaturas (incluido el prójimo) y por la salud del planeta. Sin embargo, a veces parece imposible actuar con intención y crear la vida que realmente queremos llevar. Aun así, hay dos razones para que sea optimista. Una es que estamos empezando a ser conscientes de nuestro lugar en el momento presente, así como de nuestro potencial para resolver problemas a escala planetaria. La ciencia, ahora en conjunción con la experiencia y los conocimientos de las tradiciones indígenas, sigue generando nuevas certidumbres acerca de las intrincadas interconexiones de la vida en este planeta. Gracias a la incipiente conciencia de nuestro papel en el ecosistema y de las complejas consecuencias de nuestros actos, a menudo dañinas, nos es posible ver la necesidad de un pensamiento nuevo e innovador. Ya no podemos seguir actuando como si no supiéramos lo que está ocurriendo o lo que nos estamos jugando. Ya no podemos seguir aceptando normas culturales que hacen caso omiso de las consecuencias, confunden a nuestra intuición y nos inmovilizan.
También somos cada vez más conscientes de que, sean cuales sean nuestras circunstancias, queremos que nuestra vida tenga sentido y propósito. Queremos que nuestras relaciones y nuestro trabajo nos den plenitud. No queremos renunciar a la felicidad. Y sabemos que si no actuamos nosotros para conseguirlo, nadie más va a hacerlo. Es algo que corre de nuestra cuenta.
Lo mejor de todo es que la neurociencia nos dice que el cerebro está a la altura de la tarea. Es plástico y maleable, siempre dispuesto a asumir los retos adecuados, capaz de desarrollar creatividad, adquirir nuevos conocimientos y crecer, incluso mientras envejecemos. Tenemos todo esto a nuestro alcance y lo podemos controlar. Es la herencia de nuestra evolución, el compendio que pone a nuestra disposición la naturaleza. Podemos elegir activar las redes neuronales que mantienen despierto el cerebro, y accionar el interruptor que nos aviva los sentidos y estimula nuestros procesos mentales más allá de lo que habíamos creído posible.
¿Por dónde empezar? ¿Cómo filtramos el ruido y la distracción, cómo superamos la inercia y otros obstáculos para diseñar la vida que queremos vivir? ¿Cómo podemos recuperar algo de control y activar nuestras capacidades innatas para centrarnos en lo que más importa mientras seguimos viviendo en medio de la cacofonía de la sociedad moderna?
Quizá la gente que mejor nos puede enseñar a hacerlo es justo la que más se ha tenido que esforzar por superar problemas relacionados con la atención y el aprendizaje. Muchos de ellos han depurado las estrategias necesarias para progresar en un mundo lleno de estimulación, distracción y estrés constantes.
¿Que por qué lo sé? Porque soy uno de ellos.
Como profesor de la facultad de Medicina de Harvard y del MIT, tengo la suerte de colaborar con las mentes más innovadoras del mundo de la medicina, la ciencia y la tecnología, y de aprender de ellas. Sin embargo, hubo un tiempo en que nadie esperaba que yo acabase aquí. Nadie lo habría augurado.
Cuando estudiaba primaria, en una escuela rural canadiense, tenía menos capacidad de atención que una mosca de la fruta y me costaba mucho seguir las clases. Leer, escribir, debatir en el aula, atender las indicaciones de los profesores: nada tenía sentido para mí. No se trataba solo de que me distrajera con facilidad y de que mi cerebro no procesara las cosas de manera convencional, sino que mi mente estaba abierta a existir en el mundo, en constante fusión con el entorno. Para mí resultaba extraño aislar y definir las cosas, identificar ideas y limitar el aprendizaje a lo que parecían ser fragmentos de información. Si los nuevos conocimientos estaban siempre volviendo obsoletas las ideas anteriores, para mí tenía más sentido asumir que todo se encuentra en un estado constante de cambio, no solo el mundo que nos rodea, sino la comprensión que tenemos de él. Para mi mente, el colegio era más como un museo que como un taller. Me costaba muchísimo estrechar mi foco para hacer encajar la información y retenerla.
Además sufría ansiedad. No podía relajarme y ser yo mismo, asumir sin agobios que era «el chaval peculiar», porque yo me sentía mucho peor: un extraterrestre, una anomalía del ser humano. Me di cuenta muy pronto de que había muchas cosas que se «suponía» que tenía que hacer, pero ninguna me venía con naturalidad ni me parecía lógica. Y lo que era aún peor: muchas no me parecían correctas, de hecho, las veía totalmente equivocadas. Cuando un profesor me hacía una pregunta, fuese en un examen o en clase, por lo general la encontraba confusa e imposible de contestar. La respuesta «correcta» era para mí solo una de entre muchas posibilidades (esto es algo que me sigue ocurriendo a día de hoy e impide que sea de ninguna utilidad a mis críos con sus deberes). De manera que pasé todos mis años de escuela tratando de descifrar e interpretar las expectativas de los demás, y de encajar en ellas.
En preescolar, subía a diario los escalones del antiguo edificio de ladrillo, pasaba por delante del despacho del director, recorría el pasillo y me metía en mi aula, donde había la típica zona cuadrada y enmoquetada para contar cuentos, muchos libros y juguetes interactivos. Como la mayoría de los niños pequeños, tenía curiosidad y estaba lleno de energía. No podía quedarme quieto. Todo me entusiasmaba. Quería explorar, deambular, ver y tocar. Me resultaba imposible sentarme varias horas y escuchar. «Haz como si tuvieras pegado el culo a la silla», me animó un día el profesor. «Vale, ¡eso sí puedo hacerlo!», pensé. Así que pasé las manos por la parte inferior del asiento, lo apreté contra el trasero, me puse de pie y anduve como un pato por el aula mientras mis compañeros se reían. El profesor me mandó al despacho del director. Aquel año llegué a conocerlo bastante bien.
En segundo, fue como si mis compañeros poseyeran un superpoder que les permitía descifrar las extrañas letras de las páginas de los libros. Sin embargo, para mi mente no tenían ningún sentido. No comprendía cómo era posible que los otros alumnos pronunciaran las letras y las emplearan para formar palabras. Mi madre probó con el método Phonics, con fichas de aprendizaje; lo intentó todo, pero al acercarse el final del curso, mi profesor recomendó que repitiera.
Desesperada por ayudarme, mi madre me apuntó a una escuela de verano para niños con dificultades para el aprendizaje. Allí recibí una atención personalizada. Los profesores fomentaron mis puntos fuertes y mejoré mucho. Al final del verano, fuimos a un asesor educativo privado, que recomendó que volviera a la escuela ordinaria, pasara con mis compañeros a tercero y tuviera acceso a un aula de educación especial más tranquila.
Sin embargo, mi profesora de tercero no vio en mí la promesa que habían visto los docentes de la escuela de verano. Esa profesora me puso una etiqueta que me acompañaría durante gran parte de mi periodo escolar: la de díscolo. Un día, para un examen, instaló unos paneles verticales plegables en mi pupitre y dijo: «Hala… Como no puedes mirar a ningún sitio, no te distraerás». Y sacó un reloj para cronometrarme, lo que me generó mucha ansiedad. Lo hizo delante de toda la clase y todo el mundo se rio de mí, imitándola a ella. Se burlaban mucho de mí.
Un día noté que a otro alumno le estaba costando mucho un problema de matemáticas. Quise ayudarlo y me acerqué para intentar enseñarle cómo hacerlo. La profesora bromeó diciendo: «Hombre, ¿qué te parece? Un ciego guiando a otro». Yo estaba desconcertado. ¿Qué quería decir que un ciego guiara a otro? ¡Yo no era ciego! ¿Por qué había dicho aquello?
Esa noche se lo pregunté a mi madre, que me sentó al borde de su cama, respiró hondo y dijo: «Tu profesora es idiota. Pero, aun así, tienes que respetarla. Hazlo lo mejor que puedas».
Intenté seguir su consejo y, en ocasiones, destaqué. Participé en concursos de retórica… y gané. Mi madre me llevó a clases de programación informática. Después de la primera, el profesor salió a hablar con mi madre y dijo: «No hace falta que vuelva a traer a su hijo. Ya entiende más que yo».
Sin embargo, muchas competencias, sobre todo la memorización, se me resistían (hoy en día, sigo olvidándome de lo que estaba pensando hace un momento y a menudo tengo que leer las cosas veinte veces para comprenderlas). Siempre estaba distraído y, como normalmente me costaba aprender, avanzaba a un ritmo lento que reducía aún más las potenciales recompensas y minaba mi autoconfianza.
Los profesores no sabían por dónde cogerme; era un inadaptado en el sentido académico convencional y un marginado a nivel social. Año tras año, muchos profesores se daban por vencidos conmigo. Uno me llamaba «trapacero y vago». Otro me dijo: «No tienes nada que hacer en el mundo real». En cuarto, mis notas consistieron en suficientes e insuficientes. Lo mismo que en quinto y luego en sexto. Estaba muy desanimado. De no ser por la tenacidad de mi madre y por mi tutor y profesor de ciencias de séptimo, Lyle Couch, es posible que hubiera abandonado. El señor Couch se centró en mis puntos fuertes, que eran especiales, y me alentó.
Ese fue también el año en que mi madre se saltó la cadena de mando del colegio y presentó mi caso al comité escolar. Tenía un diagnóstico formal que establecía que yo tenía «problemas de comunicación»: dificultad para extraer información de un medio (por ejemplo, la pizarra o un libro) y para asimilarla y comprenderla a fin de responder una pregunta o de transferir dicha información a otro medio (como un cuaderno o libro de ejercicios). El comité aceptó el diagnóstico de dificultad para el aprendizaje y aprobó la aplicación de medidas especiales en cuanto al modo de evaluación y el tiempo acordado para realizar exámenes, algo que durante tanto tiempo se me había negado.
En la actualidad la sociedad tiene mucha mayor comprensión del trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH), de lo que acabé siendo diagnosticado más tarde, entre otras cosas. Existen hoy estrategias probadas para ayudar a los niños (y a los adultos) a desarrollar competencias de autorregulación. Pero, en aquel momento y lugar, la única opción disponible era improvisar.
Con los años adquirí motivación y me hice más persistente. En aquel momento no lo sabía,[3] pero mi evolución en el aprendizaje reflejaba los dos conceptos fundamentales que explican cómo cambian y crecen las neuronas (es decir, cómo aprenden), y que el neurocientífico Erik Kandel identificaría un día como la base que comparten en cuanto a aprendizaje y memoria las babosas marinas y los seres humanos (y las babosas tienen solo 20.000 neuronas, comparadas con los entre 86.000 y 100.000 millones que se estima que tenemos los seres humanos, ¡sin contar con los entre 100 billones y 1.000 billones de sinapsis que las conectan!). Estos dos conceptos son la habituación y la sensibilización como respuesta a la exposición repetida a estímulos. La habituación significa que empezamos a reaccionar menos ante los estímulos repetidos, como hacemos con el ruido del tráfico que oímos por la ventana. La sensibilización significa que nuestra reacción es más fuerte, como ocurre por ejemplo cuando un sonido o un olor, o incluso un pensamiento, se convierte en un desencadenante.
Viviendo mi propio experimento, aprendí a hacer uso de las dos cosas. Descubrí modos básicos de trabajar con mi cerebro para habituarme a algunos estímulos (cosas ordinarias que me distraían) y sensibilizarme (aguzar la atención) ante otros para poder tomar las riendas de mi mente dispersa y redirigir los mensajes sinápticos con intención. En un momento dado, en la habitación donde estudiaba tenía una máquina de pinball a mi lado y un televisor detrás de mí. Aprendí a ignorar las dos cosas mientras estudiaba, y jugaba a la máquina de pinball como recompensa cuando acababa.
Con el tiempo llegué a ser hiperconsciente de cómo interceptar intencionadamente procesos en mi cerebro a fin de ser menos reactivo o de centrarme con mayor intensidad, según mis necesidades. El resultado fue que lograba centrarme en lo que juzgaba más importante hasta terminar la tarea con el mejor resultado posible y aprovechando las oportunidades que iban abriéndose a medida que avanzaba el proceso. Depuré y perfeccioné estas herramientas hasta que aprendí a usarlas para acceder a un estado aguzado de conciencia e intensa conexión al que llamo «LIT» (siglas en inglés de «Life Ignition Tools», es decir, «herramientas de encendido vital»).
Lo llamo así por dos razones. En primer lugar, lit («encender» en inglés) describe muy bien la sensación de fogonazo de inspiración que se siente, como si surgiera una llamarada brillante en medio de la oscuridad. O como si una chispa hubiera encendido tu pensamiento. Sabrás a qué me refiero si alguna vez has tenido una epifanía, algo te ha deslumbrado o has sentido un entusiasmo extremo. En segundo lugar, describe muy bien el modo en que se muestra a los científicos que estudian estos momentos. Dentro del cerebro (y también en las vísceras), los estados de actividad ponen en marcha las neuronas. En el cerebro, se genera un flujo sanguíneo que los neurocientíficos pueden ver en las imágenes por resonancia magnética funcional (fMRI). En los monitores, esta sangre oxigenada ilumina en un tono amarillo anaranjado las áreas de actividad de la imagen, que destacan respecto del gris restante. La ciencia está demostrando[4] que esta activación neurológica está asociada no solo con actividades cognitivas o emociones como el miedo o la ira, sino también con el amor, la fascinación, la felicidad, la diversión y las «experiencias cumbre» o los «estados de flujo».
En mi opinión, LIT es una fuerza vital, una energía que vibra por toda la naturaleza y el cosmos… y en cada uno de nosotros. Impulsa la conexión y la curiosidad inherentes a nuestra especie (aunque no exclusivas de ella) y programadas en nuestro ADN. Enciende el sistema de circuitos que genera esa fascinación o sensación de «unidad» que vemos tantas veces en los bebés o en los niños pequeños. Cuando dejamos atrás los años más tempranos de la infancia, que están impregnados de LIT, tenemos que hacer un esfuerzo para desbloquear ese flujo de energía y acceder a él. Como sucede con todos los viajes, hay desafíos que vencer, obstáculos o circunstancias que pueden debilitar la conexión con el estado LIT. Pero se pueden superar. Es mediante las aventuras de la vida como podemos llegar a activar por completo las herramientas LIT. Y lo único que se necesita es una mínima chispa para encenderlas.
La chispa LIT es el mecanismo que utiliza el cerebro para acceder a la energía transformadora vital que activa nuestros sentidos y procesos mentales. En modo LIT, activamos el nivel más alto de nuestras capacidades. No solo desarrollamos los músculos mentales que nos permiten mantener la concentración, sino que también generamos la confianza y la destreza necesarias para aprovecharnos de nueva información sobre la marcha. Tenemos más probabilidades de usar nuestro pensamiento crítico, que nos impedirá aceptar sin planteárnoslo lo que nos dicen que hagamos o que creamos, sobre todo cuando la intuición nos indica otra cosa. Nos resulta más fácil conectar con la gente, estamos más al tanto de las posibilidades que nos rodean, y somos más capaces de sacar partido de ellas. En una corriente de energía que se renueva sin cesar, siempre aprendemos, crecemos, creamos y exploramos. Desarrollamos nuestras capacidades mientras rendimos al máximo.
Mientras perfeccionaba estrategias que me permitieran activar el cerebro de este modo a voluntad, identifiqué una docena que resultaban fáciles de usar y nunca fallaban a la hora de abrir mi mente justo de la manera que me hacía falta, fuera la que fuese. Tanto si era para dirigir la atención como para desviarla, acotar la concentración o ampliarla, hacer algo estimulante o relajar la mente, estas herramientas de encendido vital (LIT) me funcionaban y también les funcionaron a otras personas cuando las compartí con ellos.
Cuando descubrí que podía activar el estado LIT a voluntad, cambió el modo en que veía los obstáculos de todo tipo. En física, la inercia es una propiedad de la materia: la resistencia pasiva a cambiar la velocidad o la dirección. A menos que intervenga una fuerza externa, los objetos en reposo permanecerán en ese estado y los objetos en movimiento no dejarán de moverse. La gravedad y la fricción frenarán una pelota que rueda, y una patada rápida acelerará su movimiento. Metafóricamente, LIT es la patada rápida que vence la inercia y pone en marcha la pelota. En mi caso, desde hace mucho tiempo y hasta hoy, tanto si la inercia se debe a una resistencia externa como a un hábito, a la apatía o a una simple pausa que se ha prolongado demasiado, cuando mi cerebro alcanza ese estado no hay nada que pueda detenerme. Me he «encendido».
Una vez que aprendí a trabajar con mi cerebro neuroatípico y curiosísimo pero caótico, descubrí oportunidades infinitas para cuestionarme, crear e innovar como bioingeniero y emprendedor a escala global y ayudar a otras personas a hacer lo mismo. Estas herramientas LIT me permitieron dejar de ser el chaval confuso y frustrado que fue apartado a un aula de educación especial en la escuela rural de su Canadá natal para convertirme en bioingeniero e innovador en el campo de la medicina traslacional, miembro de la Academia Nacional de Inventores, la Real Sociedad de Química, el cuerpo de investigadores destacados del Instituto Americano de Ingeniería Médica y Biológica, la Sociedad de Ingeniería Biomédica y la Academia Canadiense de Ingeniería. Como profesor universitario, he enseñado a más de doscientas personas, muchas de las cuales son hoy también docentes en instituciones de todo el mundo e innovadores en la industria. He publicado ciento treinta ensayos revisados por pares que han sido objeto de más de treinta mil citas. He obtenido más de cien patentes nacionales e internacionales, algunas pendientes de confirmación. Las herramientas LIT también me han ayudado a fundar doce empresas que han llevado ya productos al mercado o están en proceso de hacerlo. Y, por último, estas herramientas han sido esenciales en la creación de un entorno productivo, solidario y de gran dinamismo en mi laboratorio, que recientemente ha pasado de llamarse Karp Lab a Center for Accelerated Medical Innovation.
Las herramientas LIT le funcionaron a aquel niño que no prometía nada y al joven que vivió frustrado y desanimado aún muchos años más. En 2011 pronuncié el discurso de inauguración del año escolar en mi instituto y fui el primer alumno honorífico del centro (junto con otros dos exalumnos que hoy forman parte del emblemático grupo de rock I Mother Earth), el mismo sistema escolar en el que muchos de mis profesores habían concebido tan pocas esperanzas para mi futuro.
Aunque hoy en día sigo teniendo que esforzarme en distintos aspectos, agradezco poder decir que estas herramientas LIT me permitieron superar con creces aquellas expectativas tan poco halagüeñas. Pero lo que más me entusiasma es cómo han ayudado a otras personas. Algunos miembros del laboratorio han fundado laboratorios propios u otras empresas con las que no dejan de demostrar el efecto inconmensurable de su trabajo en el mundo, introduciendo avances en sus campos respectivos y beneficiando la vida de millones de personas. Conocerás a algunos de ellos a lo largo del libro.
Si queremos adelantos en la ciencia y la medicina e innovaciones exitosas y revolucionarias en todos los frentes para ayudar a crear comunidades más sanas, y si queremos abrirnos paso a través del ruido y centrarnos en lo que es más importante, hay que aprender a usar todas las herramientas que nos ofrece la naturaleza: nuestro arsenal evolutivo. Debemos cambiar radicalmente nuestro marco mental, no solo de vez en cuando, sino a diario. En la práctica, las herramientas LIT nos permiten tomar cualquier cosa para la que estemos equipados (incluidos comportamientos y hábitos no deseables o poco útiles) y, con intención, canalizar la energía que llevan incorporada para dar lugar a un resultado positivo. Es más fácil de lo que crees porque, cuanto más lo hagas, mayores serán las recompensas, el impulso y los efectos positivos que logres. Nunca se es demasiado mayor para estimular el cerebro de esta manera y, desde luego, tampoco se es demasiado joven. De hecho, las herramientas LIT pueden actuar como salvavidas para los niños, como me ocurrió a mí.
Algunas personas asumen que no tienen lo que hace falta para ser altamente creativos y centrados o para mantener un nivel elevado de productividad, disciplina y actividad. Demasiado a menudo, la gente se cree esta mentira por los mensajes que reciben cuando son pequeños. Prueba a escribir en cualquier buscador de internet la frase «gente famosa que fracasó antes de triunfar» y muy pronto verás que los profesores consideraron a Albert Einstein un mal estudiante y a Thomas Edison un débil mental[5] que no sacaría provecho de estar en la escuela. A Walt Disney lo despidieron una vez porque su jefe creía que «le faltaba imaginación y no tenía buenas ideas». Uno de los empleadores de Oprah Winfrey le dijo que «no estaba dotada para la información televisiva».
Y estas son solo las historias que a alguien se le ha ocurrido contar. Permanecen en el anonimato incontables otras sobre personas que fueron en su día tachadas de incompetentes, fracasadas, lentas, diferentes, ineptas o desmotivadas, y después consiguieron grandes logros. Seguro que conoces en tu vida a alguien a quien le haya ocurrido. Ahora sabemos que muchos estudiantes tienen problemas porque aprenden de manera distinta a sus compañeros o porque en algún momento les dijeron que no se les daban bien las matemáticas o la lectura y creyeron que nunca podrían aprender. El resultado es que «estamos educando a la gente sin aprovechar su capacidad creativa», como ha dicho el ya fallecido escritor británico Ken Robinson, conferenciante y asesor internacional sobre educación y arte en «¿Matan las escuelas la creatividad?», una de las charlas TED más vistas de la historia. Las presiones políticas no han hecho sino empeorar las cosas, acotando cada vez más los contenidos y la instrucción que permitirían a los estudiantes desarrollar su pensamiento crítico; por ejemplo, hacerles ver que son capaces de aprender y que son diversos en muchos sentidos, cada uno con el potencial innato de aportar algo valioso. Aunque pueda sorprender, no hace falta más de una hora[6] para enseñar a los niños que sus capacidades intelectuales se pueden desarrollar con esfuerzo. Una vez que aprenden esta verdad esencial, sus calificaciones mejoran de manera significativa, como ha concluido en Estados Unidos el National Study of Learning Mindsets[7] en su análisis sobre los efectos en la enseñanza de la aplicación de una mentalidad de crecimiento. Muchos jóvenes necesitan alguien que los guíe, un empujoncito extra. No hay un solo camino al conocimiento.
También pueden perjudicar la creatividad y el pensamiento crítico la propia sociedad y nuestro deseo como especie social de encajar y ser aceptados. Gran parte del entorno en el que nacemos y nos criamos, nos educamos y nos iniciamos en la vida laboral es producto de fuerzas culturales que están más allá de nuestro control inmediato y cuyo cambio puede ser muy lento. Una razón por la que las escuelas son el principal blanco de críticas[8] es que son el ámbito donde la pedagogía, la política y la opinión pública (diversa y a menudo causante de divisiones) asfixian a los niños, y a muchos profesores que podrían inspirarlos. La diversidad neurológica humana no está limitada a las mentes peculiares, sino que representa la gama de todas las mentes, de todos los niños. Cada uno de nosotros, incluido tú, se sitúa en lugar diferente de ese vasto abanico. Por eso lo que llamamos «genio» se manifiesta de muchas formas distintas dentro de la gama entera de la familia humana al completo, no solo de los que han alcanzado la celebridad. Hay potenciales de valor inestimable que se desaprovechan solo porque no hemos sido capaces de identificarlos.
Temple Grandin, científica y escritora conocida mundialmente por su trabajo sobre el comportamiento animal y su experiencia vital como persona autista, ha descrito el particular enfoque y la intensidad que ha podido aplicar a retos complejos de su trabajo y su vida. «Las personas con autismo ven lo simple», afirmó cuando hablamos de cómo se había visto atraída hacia su carrera científica y la oportunidad de hacer accesibles a más gente cuestiones complejas relativas al comportamiento animal. Como activista educativa, ha instado a que se preste más atención al valor de la diversidad neurológica, en particular, al aprendizaje visual, y ha advertido que las prácticas educativas que fallan a estas personas fallan a la sociedad. «Hoy queremos que nuestros estudiantes tengan un desarrollo integral; deberíamos pensar en asegurarnos de que la educación que aplicamos sea también integral», escribió en un artículo[9] para el New York Times. Ciertas características y capacidades del pensamiento divergente son «cruciales para la innovación y la invención» y «esenciales para encontrar soluciones realistas a los muchos problemas que acucian a la sociedad».
Al igual que Grandin, otras personas han descubierto que las cualidades poco comunes de su mente, que se tratan como déficits en ciertos contextos, pueden convertirse en sus mejores atributos. La biodiversidad y la aportación de cada especie a la vida en la Tierra es una fortaleza evolutiva. El valor de la diversidad en el modo en que el cerebro interpreta el mundo es aplicable a todos nosotros. La diversidad hace la inteligencia colectiva más inteligente.
«Todos los niños comienzan en el colegio con una imaginación efervescente, una mente fértil y una inclinación a arriesgarse con sus pensamientos», ha afirmado Robinson.[10] En su libro The Element: How Finding Your Passion Changes Everything,[11] escribe que «la clave no está en estandarizar la educación, sino en personalizarla, poner la mira en el descubrimiento de los talentos individuales de cada niño, colocar a los alumnos en un ambiente que les haga querer aprender y donde puedan descubrir de forma natural sus auténticas pasiones». Cuando la escuela se convierte en una fábrica de aprendizaje impulsada por el motor de la eficiencia (centrada en el currículo, la instrucción, los exámenes y la evaluación), defrauda a todo el mundo. Esto es especialmente cierto para niños que queden atrapados en los márgenes, pero siempre que se arrincone al catalizador de la creatividad que es la diversidad, todos salimos perdiendo.
Mientras trabajamos para que se produzca un cambio sistémico, que puede ser muy lento, tenemos que centrarnos en crear para nosotros y para todos los niños una estrategia vital que desbloquee nuestras capacidades. Podemos dar pasos para cultivar la curiosidad, la creatividad y la implicación activa en el mundo. Robinson utilizó la metáfora de la minería:[12] «Los recursos humanos son como los naturales; suelen estar escondidos a un nivel profundo. Hay que ir a buscarlos; no están a la vista, en la superficie. Hay que crear las circunstancias para que se muestren». En nuestra conversación,[13] Grandin habló sobre la necesidad de crear entornos en los que los niños puedan crecer mientras aprenden, se les proporcionen opciones y consecuencias, y se les muestre confianza en su capacidad para desarrollar su potencial. «Hay que dejar que los chavales den el estirón, en lugar de arrojarlos sin más a la parte de la piscina donde no hacen pie», dijo. Todos necesitamos ese estirón para estimular nuestro aprendizaje y nuestra vida.
Mientras exploraba en busca de una explicación científica o una comprensión de las bases que sustentan el estado mental LIT, accedí a distintas ideas de científicos, psicólogos, filósofos, activistas y otros. Como en la parábola de los ciegos y el elefante, cada uno aludía a una verdad esencial sobre el fenómeno LIT, visto desde la perspectiva de su campo de especialización o su experiencia. Para mí, el principio unificador de todos ellos es la simple idea de la energía.
Como científico que soy, reconozco que tengo inclinación por el concepto de la transferencia de energía para entender cómo funcionan las cosas, tanto si se trata de una obra de ingeniería como de un ecosistema natural, un matrimonio o el contagioso poder de la inspiración. Las plantas usan la fotosíntesis para transformar la energía del sol en la energía que ellas emplean para su propio crecimiento, que termina siendo también el nuestro cuando consumimos la energía que albergan los alimentos. Pero no queda ahí la cosa: cada transferencia de energía lleva a otra. La energía que consumimos nos sustenta y luego pasa a convertirse en acción cuando trabajamos y nos movemos, interactuando con los demás y con nuestro entorno. Con cada interacción, transferimos energía, es decir, ponemos energía en movimiento. El proceso de transferencia de la energía es intrínseco a la naturaleza, lo que nos incluye a nosotros.
Somos esencialmente seres energéticos. Los campos energéticos están en constante funcionamiento en el cuerpo humano, en el corazón, el cerebro, la piel, el hígado, el intestino y todos nuestros componentes atómicos. Todas las reacciones que tenemos ante el entorno, ante otras personas y las cosas que dicen o hacen, o ante nuestros propios pensamientos, modifican el movimiento de los átomos en nuestro cuerpo y, por tanto, modifican tanto los campos de energía de nuestro interior como la energía que generamos y transferimos hacia el exterior. Cuando decimos que «sentimos energía» para hacer algo, tanto si es trabajar para conseguir un objetivo como ver a un amigo, no se trata solo de una sensación o un estado de ánimo, es también un hecho fisiológico. De modo que cuando hablo de LIT como de un estado del cerebro estimulado que enciende un potencial nuevo, la transferencia de energía es tan real como en la fotosíntesis o como cuando se pega una patada a un balón.
Estamos todo el tiempo transfiriendo energía emocional a otros mediante las cosas que decimos o el modo en que las decimos. Incluso en el ámbito espiritual, sea como sea que lo experimentemos, existe una transferencia de energía que va desde aquello que nos alienta a nosotros hasta el modo en que lo expresamos cuando, a nuestra vez, apoyamos o animamos a otros. La inspiración, el amor e incluso la aflicción son formas de transformación de la energía. La ciencia aún no es capaz de explicar cómo se producen, pero, de algún modo, se dan intersecciones y sinergias entre todas estas energías. La chispa energética que se genera en la intersección, la chispa LIT, se convierte en catalizador en el sistema dinámico que suministra energía a la Tierra y a su diversa red de vida. Por mucho que nuestras circunstancias puedan opacar la conexión, esa chispa anida en el interior de todos nosotros.
Todo en la vida es vibración.[14]
ALBERT EINSTEIN
En los últimos años, la neurociencia ha revelado que el cerebro tiene la capacidad innata de cambiar y desarrollarse mediante la intención consciente. Resulta que podemos acceder de forma voluntaria a un tipo de experiencia «cumbre» o estado mental óptimo y actuar sobre el cerebro para mantener, ampliar o modificar ese estado. Podemos hacerlo no solo cuando estamos interactuando con algo que nos procura disfrute, sino también, lo que quizá es más importante, cuando no es el caso: cuando nos sentimos estancados, sin energía o desanimados. Estos son precisamente los momentos que pueden convertirse en crisoles de crecimiento, cambio e innovación. Imagina poder usar la voluntad para controlar hasta el punto que desees el modo en que experimentas cualquier circunstancia o para transformarla (o mejorarla). Podemos hacerlo. Todos hemos nacido «encendidos». No hay nada para lo que nuestro cerebro no esté programado o no pueda aprender.
Se tiende a presentar la historia de la evolución como un largo vistazo en el espejo retrovisor del viaje que nos sacó del «caldo primordial» y de la ardua marcha a lo largo del tiempo. Es una historia de adaptación ante la amenaza de extinción de aquellas especies incapaces de amoldarse al entorno cambiante (no hay que pensar en estas últimas como en fracasos o «vagos» evolutivos en un sentido natural; cada vez se trata más de que no pueden sobreponerse al impacto desastroso de nuestra especie en sus hábitats). Entre los supervivientes, no somos mejores que los demás, sino que más bien estamos adaptados de manera diferente para cierto tipo de éxito. No nos llevamos el premio de la longevidad evolutiva: hay gran cantidad de especies de plantas, insectos y otros animales que llevan más tiempo sobre la faz de la tierra. Y muchos pueden volar, correr, nadar, ver y oír muchísimo mejor que ninguno de nosotros. En realidad, estamos reconociendo tarde la diversidad y alta sofisticación de la inteligencia de los animales y las plantas, de todas las especies; del «mundo inmenso» del que habla el periodista científico Ed Yong en su libro;[15] de lo que James Bridle ha descrito como «inteligencia planetaria»[16] en Ways of Being: Animals, Plants, Machines: The Search for a Planetary Intelligence: «Hasta hace muy poco, se entendía que la humanidad era la única que poseía inteligencia. Era la cualidad que nos hacía únicos entre muchas formas de vida. De hecho, la definición más elocuente de inteligencia era “lo que hacen los humanos”. […] Estamos solo empezando a abrir la puerta a una comprensión distinta de la inteligencia, que es, en realidad, muchas inteligencias distintas».
Lo que nos diferencia es que el cerebro humano ha evolucionado para convertirse en una extraordinaria red de procesamiento que no para de reconfigurarse para integrar nueva información: un proceso llamado plasticidad. «A diario cambian gradualmente partes microscópicas de las neuronas», apunta la neurocientífica Lisa Feldman Barrett,[17] que escribe a fondo sobre la plasticidad del cerebro y la neurobiología de las emociones. «Las ramificaciones de las dendritas se van espesando y sus conexiones neuronales asociadas se hacen más eficientes. A medida que interactuamos con los demás, el cerebro se va poco a poco refinando y puliendo».
Esta rápida y robusta remodelación del circuito cerebral en respuesta a nuevas experiencias, información y percepciones, nos aporta la capacidad de expresarnos de manera creativa, planificar estrategias y resolver problemas, todo lo cual nos ha permitido hacer viajes de ida y vuelta a la Luna, crear obras de arte sensacionales y desarrollar remedios y tratamientos curativos naturales, así como curarnos y tratarnos con medicamentos avanzados, implantes y técnicas quirúrgicas y reducir la difusión de enfermedades. Esta ventaja evolutiva nos ha permitido adaptarnos a los cambios en nuestro entorno, así como modificarlo rápida e intencionadamente para que satisfaga nuestras necesidades, algo que otras especies no pueden hacer con tanta facilidad.
A todo ello podemos añadirle nuestra capacidad para contar historias y el modo en que adaptamos y cambiamos las historias que nos contamos. Las narrativas que creamos sobre nosotros mismos y nuestro mundo, tanto de forma personal como colectiva, influyen en nuestras creencias y nuestro comportamiento, así como en el modo en que percibimos el mundo y definimos qué es lo que más nos importa. Actuamos en función de nuestros deseos y valores, creamos y revisamos realidades en torno a esas narrativas, y nuestro cerebro se adapta a esos nuevos entornos. En mi caso, al principio de mi carrera, pasé muchos años trabajando el día entero, me dejaba llevar por muchas distracciones y no estaba presente para mi familia de muchos modos. La historia que me contaba a mí mismo consistía en que yo era un multitarea formidable que equilibraba frenética pero eficazmente el trabajo y la familia. Sin embargo, los acontecimientos se encargaron de ponerme en mi sitio y acabé viendo la mentira que encerraba aquella historia, por lo que decidí cambiar mis prioridades y comprometerme a que mi vida se centrase de verdad en mi familia. Cambiar mi narrativa no solo modificó el protocolo superficial de expectativas que había desarrollado a lo largo de los años; también modificó la manera en que me sentía respecto de mi familia, de mí mismo y de mi trabajo, y me ayudó a empezar a tomar las decisiones que ponían mi comportamiento en consonancia con mis intenciones. Descubrí que cuanto más actuaba sobre esas intenciones, más natural y estimulante se convertía el proceso de mi pensamiento y las acciones consiguientes. Cambiar la historia que me contaba cambió mi cerebro. Cambiar la narrativa a escala social actúa del mismo modo. Somos miembros de distintas comunidades de tamaños diversos. En todas ellas, cuando redefinimos las historias que nos contamos a nosotros mismos y centramos la atención y la energía en resolver problemas, en lugar de en aprender a vivir con ellos, nuestro cerebro está equipado para adaptarse y sacar partido de nuestro esfuerzo de modos nuevos y originales.
Lo interesante es que la diversidad, la adaptabilidad, las sinergias y las relaciones representan de forma colectiva los procesos que permiten que la naturaleza prospere mediante la evolución. El modo en que las setas y otros hongos transmiten información ambiental y nutrientes esenciales a los árboles es solo un ejemplo entre un número infinito de ellos. La diversidad de la naturaleza presenta todo tipo de formas de adaptación mediante relaciones sinérgicas, de modo que cuando alguna cae, se puede recurrir a otras para levantarse. Eso no significa que la naturaleza pueda siempre restaurar lo que se ha perdido o dañado irreparablemente, sino que se puede confiar en que los sistemas y los procesos se activen para adaptarse y crecer.
Lo bonito de usar el manual de estrategia de la naturaleza como propio no viene solo de internarnos en ella, disfrutar del paisaje o cerrar los ojos y esperar a que ocurra algo formidable (aunque podría ser que ocurriera). En un sentido práctico, sumergirnos en el mundo natural estimula el cerebro no solo para que interactúe con lo que vemos o sentimos, sino también con los procesos intrínsecos de la naturaleza que favorecen nuestra salud y nuestra supervivencia. Las herramientas LIT entrenan nuestra atención en estos puntos de entrada de experiencias en las que abrimos los sentidos a los procesos adaptativos e interconectados que, de un modo tan bello y potente, aportan energía a todas las cosas, incluidos nosotros. Podemos crear esa experiencia para nosotros mismos. Y, como pone de manifiesto la ciencia de la epigenética, nuestras experiencias pueden influir de forma duradera en nuestra expresión genética (qué genes se activan y cuáles no), de modo que vivir experiencias buscadas y cambios intencionados sería lo más cerca que podríamos estar de participar en el proceso evolutivo de la naturaleza.
Considerar el cerebro como una red adaptable que interactúa con el entorno y nuestra experiencia nos permite también ver que el contexto con el que interactúa nuestro cerebro en esta época (el entorno que hemos «humanizado») interfiere con nuestra capacidad de adaptación.
Se me viene a la mente el Carrusel del Progreso del Reino Mágico de Walt Disney, un escenario teatral giratorio de gran tamaño con personajes mecanizados muy realistas que representan la «típica» familia norteamericana celebrando las alegrías de la vida con el advenimiento de la electricidad y los avances de la tecnología a lo largo del siglo XX. La obra, creada para la Feria Mundial de 1964, se ha ido actualizando con el paso del tiempo para reflejar las nuevas olas de innovación tecnológica que están transformando nuestra vida. Lo que me llamó la atención de este teatro giratorio cuando lo vi de pequeño en los años ochenta, y luego con mis propios hijos a principios de los 2000, fue la descripción idealizada de esta pasión por el progreso. Todo iba de la supuesta innovación, sin ningún tipo de referencia a las consecuencias adversas. Había algo inquietante en la historia que contaba (sin querer) sobre el efecto de esta deriva hacia un tipo exclusivo de progreso, desligado y vacío de cualquier clase de relación con la naturaleza, sin considerar en absoluto que formamos parte de un ecosistema natural. Celebraba la cultura humana como nuestro entorno principal, reduciendo nuestras ambiciones como especie al diseño de una vida separada de la naturaleza, a pesar de que, al hacerlo, nos separamos de lo mejor de nuestro ser natural.
Esa ha sido la narrativa dominante para gran parte del mundo (gran parte de su porción humana, al menos) y, como consecuencia, hemos creado un entorno artificial, hecho para la comodidad, el consumismo y la hipercompetitividad, que amenaza nuestra existencia al tiempo que nos desconecta cada vez más de la naturaleza y de nuestra interconexión esencial. En efecto, la deriva hacia «más, mejor y más fácil» mediante la mejora de muchos aspectos externos de la vida ha entorpecido el funcionamiento interno de la mente. Nuestro apetito por la vida online y los dispositivos digitales, los bienes de consumo y las comodidades domina nuestra vida hasta tal punto hoy en día que, a efectos prácticos, el entorno digital y la cultura del consumismo han pasado a ser nuestro hábitat. La economía se ha convertido en nuestro ecosistema. Nos hemos habituado a este entorno fabricado en el que respondemos a los estímulos del marketing, a menudo ignorando los de la naturaleza. Este ecosistema de fabricación humana, impulsado por las innovaciones tecnológicas, ha evolucionado con más rapidez que la capacidad del cerebro de reconocer los riesgos que entraña. Desconectados de la naturaleza, nos hemos desligado de la relación primordial que, desde el principio de los tiempos, había sido fuente fiable de señales y estímulos para nuestra supervivencia.
En un momento dado de nuestro recorrido desde el caldo primordial, a lo largo de eones de evolución durante los que el cerebro humano se desarrolló hacia capacidades más sofisticadas a partir de los impulsos primitivos necesarios para la mera supervivencia en un entorno hostil, hemos usado la inteligencia para alterar nuestro entorno de modos que ha resultado que afectan de forma negativa a nuestra salud, nuestro futuro y el del propio planeta. No hay nada inherentemente negativo en los emocionantes avances tecnológicos, las mayores oportunidades y las comodidades o eficiencias que nos liberan de ciertas cosas para poder dedicarnos a otras mejores. El problema está en que la parte de nuestro cerebro que sigue operando con reflejos de la Edad de Piedra (rápido para actuar, pero menos preparado para pensar bien en las consecuencias o planear con antelación) está interfiriendo en el funcionamiento del circuito que necesita el cerebro de la era digital para adaptarse y crear un futuro favorable. Ahora nuestro ingenio amenaza nuestra supervivencia.
En palabras de James Doty, neurocirujano, catedrático y fundador del Centro para la Investigación y la Educación en la Compasión y el Altruismo de la Universidad de Stanford, «Es obvio que nuestra evolución no ha seguido el mismo ritmo que la evolución tecnológica. La primera ocurre a lo largo de cientos de miles de años, si no millones, y la segunda en un abrir y cerrar de ojos, en comparación. La consecuencia es que no estamos preparados para vivir en este mundo. […] Por consiguiente, todos los mecanismos que nos resultaban útiles cuando vivíamos en el mundo no moderno solo agravan nuestra situación y aumentan el estrés, la ansiedad y la depresión».
Por todo ello, es hora de que cambiemos el espejo retrovisor con el que contemplamos la evolución por uno que nos permita mirar hacia delante para observar con claridad el entorno que nos hemos creado a nosotros mismos y al planeta, y considerar si la opción más sabia es adaptarnos a ese marco fabricado o cambiarlo.
Al contrario que nuestros ancestros más primitivos, nuestra vida es un tanto más fácil, con menos exigencias y peligros, y más segura. Sin embargo, el cerebro sigue prefiriendo la opción más simple y eficiente a nivel energético que representan los mecanismos y hábitos bien asentados y perfeccionados. Los neurocientíficos describen que el cerebro trata de reducir el consumo de energía mediante un «modo de ahorro»[18] que consiste en reducir el procesamiento de información (¡generar señales eléctricas y químicas para el procesamiento es un gasto intensivo de energía!). Si tuviésemos que «pensar» todos los procesos esenciales que gestiona el cerebro, no habríamos sobrevivido. Sin embargo, cuanto más nos apoyemos en este modo de mantenimiento y ahorro de energía al que llamo «cerebro de baja energía» o CBE, más se afianzará el cerebro en los esquemas de respuestas rutinarias.
Las comodidades, las gratificaciones y las distracciones digitales diseñadas para desviar nuestra atención y retenerla con estímulos sensoriales son como caramelos para el cerebro. Las recompensas instantáneas crean rápidamente hábitos, incluso aunque no estén en consonancia con nuestras intenciones, y hasta cuando sabemos esto y queremos cambiarlo. Es difícil romper con estos hábitos porque implican al sistema de recompensas del cerebro y lo interceptan para promover un estado de CBE.
Cuando pasamos demasiado tiempo en modo CBE[19] y el cerebro opta siempre por las respuestas habituales, corremos el riesgo de perder la capacidad de actuar implicándonos y con un propósito definido, pues el cerebro «poda» las sinapsis menos usadas, es decir, los enlaces de comunicación entre neuronas menos usados. En efecto, estas conexiones debilitadas actúan como un interruptor que disminuye la intensidad del flujo de energía en el cerebro. ¡Y el cerebro necesita energía para los procesos más complejos, creativos y estimulantes! ¡Necesita LIT!
Lo que se consigue en este modo de baja energía es una imagen de menor resolución del mundo.[20]
ZAHID PADAMSEY, neurocientífico
La investigación sobre el dominio de nuevas habilidades aporta datos sorprendentes. En los estudios científicos que exploran con imágenes por resonancia magnética lo que ocurre en el cerebro cuando alguien domina una nueva habilidad, se ve que las luces del córtex frontal desaparecen. En el momento en que los principiantes acometen una tarea por primera vez, las imágenes muestran las luces amarillo anaranjado que se encienden en los lóbulos frontales indicando actividad. Están pensando intensamente en cada paso de lo que están aprendiendo. Pero cuando se pide a los expertos que realicen la misma tarea, sus lóbulos frontales muestran más gris que amarillo. No necesitan invertir el mismo tipo de energía mental en una tarea que ya conocen y lo que hacen es apoyarse en hábitos guardados en otras áreas del cerebro. Incluso durante la infancia, el periodo más prolífico del crecimiento cerebral, si se dedica mucho tiempo a un tipo de actividad —tanto si se trata de fútbol como de videojuegos—, la tendencia del cerebro a «podar» hace que pueda asumirse muy pronto una especialización a costa de la red neuronal de conexiones más amplia diseñada para generar un crecimiento más sólido e integral.
El estado CBE produce un sesgo hacia lo más fácil o lo más rápido, incluso en materias que merecen más de nosotros. Por ejemplo, las relaciones humanas, la aportación personal a algo mayor que nosotros mismos, dar un sentido a nuestra vida o hacer lo que esté en nuestra mano para que el mundo sea un lugar mejor: todas estas áreas necesitan energía y atención para prosperar. Como el CBE premia la eficiencia por encima de todo, frena nuestra motivación para dar un paso más allá de los hábitos bien trillados; limita nuestra capacidad para conectar con los demás manteniendo relaciones que crezcan con el tiempo; nos impide mirar más allá de nosotros mismos para extraer inspiración de la naturaleza y de los demás, y debilita nuestra inclinación natural a mirar hacia dentro para disfrutar de mayor autoconciencia y una vida interior más rica. El cerebro tiene también una tendencia innata a asumir que lo primero que aprendemos o lo que oímos muchas veces es verdad, lo que nos deja en desventaja ante el aluvión de información errónea, desinformación y propaganda sofisticada común en las redes sociales, como apunta Nathan Walter, profesor de comunicación en la Universidad del Noroeste, y otros estudiosos de los efectos de la desinformación y por qué es tan difícil de corregir. Estamos navegando por este nuevo mundo, dice, «pero el barco que usamos, el cerebro, es muy antiguo».
El CEB nos ha dejado estancados en ciertos patrones de conducta que ya no nos sirven bien. Gran parte de la tensión y el conflicto que se da en nuestra vida personal y la de la comunidad global es herencia de generaciones de comportamiento humano dirigido por el CEB: la inercia de la vida diaria o, peor aún, los sesgos y los prejuicios, el interés egoísta, la avaricia y el ansia de poder son comportamientos predeterminados que ya hace tiempo que tendrían que haberse revisado.
Cuando el CEB comienza a dominar en la sociedad a gran escala, las cosas pueden ponerse peligrosas. Estamos enterrados bajo cantidades abrumadoras de información y desinformación. Empresas como Amazon, Apple e Instagram invierten miles de millones de dólares para sacar partido de nuestro comportamiento CEB porque así ganan más dinero. Las redes sociales en línea aplican el mismo sistema que las máquinas tragaperras: nos premian con «me gusta» en oleadas variables que están diseñadas para interferir en nuestros procesos cerebrales y engancharnos. El ritmo de respuesta es un señuelo que nos hace permanecer más tiempo en las redes para comprobar una y otra vez el efecto que hemos causado con nuestras publicaciones. Todos sabemos el esfuerzo que hace falta para dejar de mirar la infinita sucesión de publicaciones y atrayentes distracciones. Parece mucho más fácil seguir deslizando el dedo por la pantalla en lugar de parar y ponerse a pensar en qué otra cosa podemos hacer. Las plataformas evolucionan y las marcas cambian a medida que los usuarios abandonan Facebook, Snapchat, Instagram o TikTok por otras más reservadas que promueven teorías de la conspiración y violencia. Sin embargo, su estrategia y sus objetivos continúan siendo los mismos: cultivar los comportamientos CBE y sacar partido de ellos.
Sin pensamiento de más alta energía, hacemos lo que las grandes corporaciones y los políticos quieren que hagamos. Nos alimentamos con comida basura, en lugar de con productos de calidad, incluso aunque estemos al corriente de la diferencia entre una y otra alimentación. Pulsamos el botón «Comprar» de un vendedor online lejano, en lugar de adquirir bienes en nuestro entorno para apoyar a los comerciantes que sostienen nuestras comunidades. Formamos nuestras opiniones aceptando la versión de los acontecimientos mundiales que nos vende una sola fuente, en lugar de consultar varias, en especial las que demuestran ser responsables y se basan en hechos. Nos convertimos en una sociedad de personas que deslizan el dedo de forma mecánica por las pantallas de las redes sociales (o se dedican a trolearlas), en lugar de optar por interacciones más edificantes. El modo CBE frena el pensamiento innovador que necesitamos para resolver problemas complejos o ver nuevas posibilidades; ante los retos, recurre al instante al camino trillado y nos empuja a emplear las mismas herramientas y estrategias una y otra vez.
Cuanto más tiempo pasamos consumiendo e interactuando de este modo, más se habitúa el cerebro a estos breves «toques» o contactos superficiales y más dependiente se hace de ellos. Cuanto más buscamos los «me gusta», más condicionados quedamos para necesitarlos y más energía hace falta para romper el enganche que tienen en nuestra atención. Este bucle de CBE se convierte en una especie de fuerza de gravedad mental que tira de nosotros hacia abajo y constituye un obstáculo para entrar en el modo LIT. Y, mientras tanto, dejamos que sean otros quienes definan lo que es importante para nosotros y sobre qué queremos tomar decisiones deliberadas. Algunos hábitos nos resultan útiles, por supuesto. El dominio de una materia libera nuestra atención para aprender cosas nuevas, soñar, innovar y mejorar, pero solo si nos empujamos consciente y continuamente a hacerlo. Las herramientas LIT nos permiten dar ese salto (son como la chispa de una bujía) de CBE a LIT y activar la red maleable que se reconfigura en un instante.
El científico Rudolph Tanzi, cuyo trabajo pionero sobre el alzhéimer y otros misterios de la neurociencia continúa abriendo nuevos caminos, dice que la historia de la evolución del cerebro humano está entrando en un nuevo y crucial capítulo. Sugiere que el sistema límbico, centro de las emociones del cerebro, está evolucionando desde la respuesta instintiva de «lucha o huida» impulsada por nuestro primitivo cerebelo hacia una respuesta más matizada caracterizada por la conciencia emocional y el pensamiento superior. «En estos momentos existe un enorme vector evolutivo que se aleja del egoísmo y se dirige a la autoconciencia», me dijo durante nuestra conversación, refiriéndose al modo en que nuestros pensamientos, actos y experiencias determinan nuestra expresión genética y, por ende, nuestro desarrollo, salud y bienestar. «El cerebro antiguo es egoísmo;[21] el nuevo cerebro, autoconciencia. Vivimos en medio de los dos y hay siempre una elección que hacer: ¿voy a ser autoconsciente y saber lo que está pasando en mi cerebro ahora mismo, o voy a ser un mero siervo del cerebelo que instintivamente tira de mí para llevarme a hacer cualquier cosa sin pensar, a la vez que vivo con miedo, deseo y estas inhibiciones a diario? Esa es la elección que hacemos todos los días».
El estado mental LIT está integrado en cada uno de nosotros, siempre accesible. Una vez que aprendemos a usarlo con intención, podemos hacerlo en cualquier momento y situación. Las herramientas LIT que encontrarás en este libro encienden la energía que moviliza cualquier aspecto de nuestra vida. Puedes usarlas a corto plazo para aportar energía al momento presente, o a largo plazo como estrategia que te permita crear la vida que quieres. En la naturaleza, la energía cambia de una forma a otra, y pasa de estar almacenada o en estado potencial a movilizarse o entrar en acción. De modo similar, se puede pensar en LIT como:
• Un flujo natural de energía que está en continuo intercambio dentro del ecosistema y dentro ti, y al que puedes recurrir en cualquier momento.
• Un estado del cerebro potenciado de forma natural, fluido y en evolución, caracterizado por una curiosidad activa, una excitación creativa e intelectual y una implicación emocional centrada.
• Un proceso innato y un sistema de principios y herramientas LIT que puedes utilizar de un modo específico y práctico para iniciar procesos y mantenerlos en marcha.
Pero lo más importante es no perderse pensando sobre ello. Lo que hay que hacer es dar el paso y actuar. No importa por dónde se empiece. Para usar estas herramientas LIT, sigue tu curiosidad o elige una herramienta al azar para comenzar el día y úsala en los momentos que surjan. Cuanto más a menudo las uses, más te vendrá LIT de forma natural.
Lo mejor es que las herramientas LIT son fáciles y crean hábito. Con el tiempo, descubrirás que la chispa LIT nunca se apaga. En el cerebro, la transferencia de energía que enciende las neuronas se convierte en un catalizador automático: cuanto más la realices, más fácil será el encendido, porque las vías neuronales estarán establecidas y vibrando. A diferencia de los hábitos que interfieren en los procesos cerebrales y debilitan la energía para la creatividad y la curiosidad, LIT estimula esos caminos, nos saca del piloto automático y nos ayuda a estar alerta, presentes y listos para actuar. Podría decirse que LIT usa los principios del diseño persuasivo, ofreciendo gratificaciones que el cerebro desea para captar y mantener su atención, pero, en lugar de que sea un marketing movido por el beneficio el que dirija tus elecciones, serás tú quien esté al mando, canalizando tu energía hacia lo que más te importe: explorar una idea, potenciar tu creatividad, intensificar la experiencia del día a día, o cambiar algo en tu vida… o en el mundo.
A día de hoy, en nuestro laboratorio, el proceso y las herramientas LIT permean todo lo que hacemos. Nuestro propósito es encontrar nuevas maneras de salvar vidas y mejorar la calidad de vida de todo el mundo… y hacerlo con la mayor rapidez y rigor que podamos. Asumimos retos en los ámbitos de la administración de fármacos, los dispositivos médicos, el diagnóstico de enfermedades y la medicina regenerativa. Aspiramos a innovar a escala global. Cada vez que hacemos un avance, damos un paso atrás y nos preguntamos: «¿Cómo podría ser esto aún mayor? ¿De qué modo podríamos hacer más para ayudar a más gente? ¿Cómo podemos tomar lo que hemos aprendido y marcar la diferencia?».
Usamos herramientas LIT para estimular la creatividad y el entusiasmo durante las reuniones, presentaciones, toma de decisiones y conversaciones informales. Incluso dedicamos tiempo a gandulear como una de las estrategias LIT (véase «Pulsa el botón de pausa», p. 243). Tanto si descubrimos algo que se pueda aplicar directamente a nuestra tarea como si no, la transferencia de energía desde la naturaleza nos aporta gran cantidad de ideas nuevas, impulso y herramientas para ayudarnos a resolver problemas. Si te sientes limitado en tu pensamiento, estás destinado a fracasar. Acudir a la naturaleza de cualquier modo que puedas te abrirá puntos de vista nuevos.
Este proceso ha sido crucial para nuestro desarrollo de soluciones médicas innovadoras. Además de un pegamento quirúrgico inspirado por las babosas y los gusanos marinos, hemos utilizado el mismo proceso creativo sustentado en la naturaleza para desarrollar un diagnóstico de cáncer basándonos en los tentáculos de las medusas; grapas quirúrgicas inspiradas en las púas del puercoespín, y una cánula diminuta con topes hinchables para tomar muestras de fluidos basada en la trompa de los gusanos de cabeza espinosa. Estas soluciones bioinspiradas (obtenidas buscando en la naturaleza ideas que activen nuestro pensamiento de formas originales) no son coincidencia. Solemos recurrir a los investigadores más exitosos, a la evolución y a la naturaleza, con el propósito de buscar maneras diferentes de ver los problemas y las soluciones y pensar de forma más creativa sobre las distintas posibilidades.
Cuando fundé el laboratorio, al principio se llamaba Laboratorio de Innovación Médica Acelerada. Demasiado largo y con un acrónimo quizá poco afortunado, pero esa era la misión desde el principio: acelerar la innovación. De lo que no me di cuenta en ese momento fue de que el proceso que desarrollamos para acelerar las innovaciones médicas podía funcionarle a cualquiera, en cualquier circunstancia, para ayudarlo a poner en marcha procesos, enfocar la energía y actuar. Esta es la razón de que haya escrito este libro.
Cuando empecé a pensar en escribir sobre LIT, me preguntaba si mi experiencia sería única. ¿Podrían trasladarse universalmente a otras personas mis herramientas para impulsar la innovación y mi enfoque en el proceso? Como científico, ingeniero e inventor, quería compartir con los demás las estrategias que fui desarrollando con el tiempo para abordar mis diferencias de aprendizaje y que tan bien me habían funcionado. Pero primero, y porque siempre estoy queriendo mejorar cosas que ya funcionan, quería ver si tenían elementos en común con otras personas y si se podía construir sobre ellas. Este propósito me llevó a un abanico diverso de personas que han alcanzado logros personales y sociales de distintos tipos, y a los que iré presentando en este libro. Quería comprender qué herramientas emplean otras personas para librarse de su propia versión de CBE cuando podrían dormirse en los laureles de sus logros pasados y del dominio que han alcanzado sobre una materia en concreto. Quería averiguar:
• Cómo encuentran otras personas lo que es importante para ellas (su pasión) y cómo lo cultivan.
• Cómo optimizan su esfuerzo y maximizan su impacto.
• Cómo se mantienen comprometidas con un propósito (en lugar de dejarse llevar por la productividad).
• Cómo mantienen vivos sus sueños y aspiraciones a pesar de los contratiempos.
• Cómo siguen aprendiendo, creciendo y evolucionando tras sus logros anteriores.
• Cómo experimentan la naturaleza como un aspecto de su vida.
• Qué piensan de su vida y de los aspectos inspiradores y casi mágicos de su historia, así como de sus interesantes y a veces curiosos puntos de vista.
Hablé con distintas personas, que me contaron sus historias y me recomendaron hablar con otras. Me costó mucho poner punto final a estas entrevistas para dedicarme a escribir el libro porque eran siempre estimulantes y fascinantes: ¡LIT!
Descubrí que, como yo, algunos habían tenido dificultades con una amplia variedad de características neurológicas diferentes y otras cuestiones. Durante sus años formativos habían tenido que afrontar problemas como la dislexia, el desorden bipolar, el autismo, el déficit de atención u otros. A algunos los habían animado desde la más temprana infancia a cultivar sus pasiones y habían aprendido muy pronto en la vida a acceder a sus recursos internos para emplearlos como herramientas mentales. Resulta que las grandes mentes no piensan todas igual. Se motivan de distintas maneras, son diversas y tan vulnerables e imperfectas como las del resto de la gente. Sin embargo, tienen ciertas cualidades en común: han aprendido de muchas fuentes y experiencias distintas, han tomado decisiones, han elegido de manera consciente invertir tiempo, energía y atención, y han descifrado el modo de estimular continuamente su pensamiento y pasar a la acción. Esas estrategias son elementos centrales de la caja de herramientas LIT, y espero que en estas historias encuentres similitudes con la tuya propia, e inspiración para encender la chispa de tu viaje LIT.
La madre de Rudolph Tanzi trabajaba transcribiendo consultas médicas y él creció oyéndola contar historias sobre los pacientes y sus vicisitudes. Aquello le despertó la curiosidad y alimentó su interés por la investigación médica. Me explicó el sencillo proceso que utiliza tanto antes de presentar un asunto científico ante un subcomité de un congreso, como de intervenir en un programa de televisión para hablar de sus libros o salir al escenario para tocar el teclado en una jam session con Joe Perry, de Aerosmith: se recuerda a sí mismo su preparación y su propósito. «Tu trabajo no es impresionar —se dice—; no es ganar; no es demostrar lo bueno que eres. Tu trabajo es usar tu preparación para servir».
Estoy de acuerdo con él. Este libro es mi forma de trasladarte todo lo que he aprendido de las muchas fuentes que me han inspirado y de mi propia experiencia. Mientras lo lees y reflexionas sobre las estrategias, te pido solo un favor: úsalas para servir a tu familia, tus amigos, tus colegas, tu comunidad y tu mundo. Los grandes problemas y cuestiones que tenemos que afrontar hoy, los problemas que hemos de resolver si queremos sobrevivir, requieren del pensamiento de alta energía de nuestro cerebro (CAE) más apasionado e iluminado. También nuestra búsqueda personal de una vida con más sentido, e incluso más felicidad.
Nuestro potencial humano es mucho más que la mera eficiencia o alcanzar una vida llena de comodidades. Sin embargo, es fácil perder esto de vista cuando la conversación que nos rodea es más sobre productividad que sobre propósito, sobre cumplimiento de normas que sobre pensamiento creativo y crítico, más sobre mí que sobre nosotros. Este patrón de conducta de no cuestionar lo que hemos asumido acaba limitando la capacidad de canalizar nuestra energía para conseguir el mayor impacto y el mayor bien posible, algo que podría ser nuestra mayor fuente de satisfacción. El CBE debilita la intensidad de nuestro mayor potencial.
No podemos anticipar qué evolución seguirá la especie humana en la escala del tiempo geológico, pues estamos viendo solo una parte muy pequeña de nuestro devenir, y los humanos futuros podrían ser muy distintos a nosotros y vivir de manera muy diferente. Sin embargo, la evolución como proceso de mejora puede ser un modelo útil para nuestro propio desarrollo individual a lo largo de nuestra vida. Una cosa es cierta: no tenemos que conformarnos con ver cómo se apagan las luces. Aún tenemos el mismo cerebro increíble que nos dio la naturaleza para solucionar los problemas que nos depare el futuro. Todos tenemos un repertorio de herramientas que utilizamos para expresarnos. Está en nuestras manos perfeccionarlo y desarrollar esas herramientas a lo largo del tiempo para llegar a ser la versión más capaz de nosotros mismos.
Inspírate → aprende → actúa y evoluciona. Usa las herramientas LIT de este libro para activar y cultivar la plasticidad de tu cerebro y tu propio potencial evolutivo (y el de la sociedad).
El mundo necesita gente que pueda ver los problemas y las posibilidades desde nuevos puntos de vista.
El mundo te necesita.
¡Es hora de iluminarte!