Cuesta pensar en un acontecimiento, o en una serie de ellos, que haya tenido más repercusión en la historia de los últimos cien años que la Revolución rusa de 1917. Una generación después de la implantación del sistema soviético, un tercio de la raza humana vivía bajo regímenes inspirados, en mayor o menor medida, en él. El miedo al bolchevismo fue un factor determinante en el auge de los movimientos fascistas, lo que condujo al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Desde 1945, la exportación del modelo leninista a Europa del Este, China, el Sudeste Asiático, África y América Central sumió al mundo en una larga Guerra Fría que no llegó a un incierto fin hasta el derrumbe de la Unión Soviética, en 1991. «La Revolución de 1917 ha definido la configuración del mundo contemporáneo y hasta ahora no hemos empezado a emerger de su sombra», escribí en el prefacio a la primera edición de La Revolución rusa. La tragedia de un pueblo (1891-1924), en 1996. En la actualidad, en 2017, esa ominosa sombra todavía pende sobre Rusia y las frágiles nuevas democracias que surgieron de la antigua Unión Soviética. Su presencia se percibe en los movimientos revolucionarios y terroristas de nuestra época. Tal como advierto en la frase final de este libro, «los fantasmas de 1917 todavía no descansan».
Muchos no compartieron esa visión durante los años inmediatamente posteriores al desmoronamiento de la Unión Soviética. Entonces se extendió el convencimiento, al menos en Occidente, de que la Revolución rusa había terminado y de que sus falsos dioses habían sido eliminados por la democracia. En ese momento de triunfo y triunfalismo democrático, Francis Fukuyama escribió su influyente libro El fin de la historia y el último hombre (1992), en el que anunció la victoria definitiva del capitalismo liberal en su gran batalla ideológica contra el comunismo. «Lo que estamos presenciando —escribió Fukuyama— no es solo el final de la Guerra Fría, ni la superación de un periodo concreto de la historia posbélica, sino el fin de la historia como tal: es decir, el punto final de la evolución ideológica del ser humano y la universalización de la democracia liberal occidental como forma definitiva del gobierno humano».
Mientras trabajaba en La Revolución rusa. La tragedia de un pueblo (1891-1924), entre 1989 y 1996, sin duda tuve la liberadora sensación, en tanto que historiador, de que mi objeto de investigación ya no necesitaba definirse por las batallas ideológicas de la Guerra Fría. La Revolución rusa estaba pasando a la «historia» de una forma nueva: con el derrumbe del sistema soviético, por fin podía apreciarse en ella una trayectoria histórica completa (un principio, un desarrollo y, ahora, un final) que podría estudiarse de manera más permisiva, sin las presiones de la política contemporánea ni las limitantes agendas de la sovietología, esto es, del marco científico-político que habían adoptado la mayor parte de los estudios occidentales sobre la Revolución rusa cuando la Unión Soviética todavía existía.
Mientras tanto, la apertura de los archivos soviéticos permitió nuevos enfoques para la historia de la Revolución rusa. Mi opción fue utilizar historias personales de individuos de a pie, cuyas voces no se habían incluido en las narraciones de la época de la Guerra Fría (ni soviéticas ni occidentales), ya que se habían centrado en las «masas» abstractas, las clases sociales, los partidos políticos y las ideologías. Dado que había trabajado en los archivos soviéticos desde 1984, me mostraba escéptico ante la posibilidad de que todavía pudieran descubrirse revelaciones sorprendentes sobre Lenin, Trotski o incluso Stalin, que es lo que buscaban sobre todo las caras nuevas que llegaban a las salas de lectura. No obstante, me emocionaba tener la oportunidad de ahondar en los archivos personales de las figuras menores de la Revolución rusa (líderes secundarios, obreros, soldados, funcionarios, intelectuales e incluso campesinos) en mucha mayor medida de lo que se había permitido con anterioridad. El enfoque biográfico que acabé por adoptar en La Revolución rusa. La tragedia de un pueblo (1891-1924), pretendía algo más que añadir «interés humano» a la narración. Al entretejer las historias de esas personas anónimas a lo largo de mi relato histórico, quería presentar la Revolución rusa como una dramática serie de acontecimientos que escaparon al control de las personas que participaron en ellos. Las figuras que elegí tenían un rasgo en común: con la intención inicial de influir en el curso de la historia, todas habían sido víctimas de la ley de las consecuencias involuntarias. Al centrarme en ellas, mi voluntad era transmitir el trágico caos de la Revolución rusa, que engulló tantas vidas y destruyó tantos sueños.
Mi concepción de la revolución como la «tragedia de un pueblo» también buscaba servir de debate sobre el destino de Rusia: su incapacidad de superar el pasado autocrático y estabilizarse como democracia en 1917; su precipitación hacia la violencia y la dictadura. Me parecía que las causas de ese fracaso democrático enraizaban en la historia del país, en la debilidad de su clase media y de sus instituciones civiles, y, sobre todo, en la pobreza y el aislamiento del campesinado, la inmensa mayoría de la población rusa, cuya revolución agraria había estudiado con detalle en mi primer libro, Peasant Russia, Civil War (1989).
Cuando se publicó la primera edición de La Revolución rusa. La tragedia de un pueblo (1891-1924), hubo críticos que pensaron que el libro era demasiado desalentador en su evaluación del potencial democrático de la revolución. Parte de esa reacción tenía su origen en la visión marxista de la Revolución de Octubre de 1917 como un levantamiento popular basado en una revolución social que no perdió su carácter democrático hasta después de la muerte de Lenin, en 1924, y del ascenso de Stalin al poder. Pero parte de ella se enraizaba en las esperanzas democráticas invertidas en la Rusia postsoviética por una amplia variedad de agentes interesados, desde aquellos idealistas veteranos, la intelligentsia rusa, que quería creer que Rusia todavía podría convertirse en una democracia floreciente una vez que se la liberase de su herencia estalinista, hasta los líderes empresariales de Occidente, más pragmáticos pero ignorantes acerca de la situación del país, que necesitaban creer lo mismo con el fin de invertir allí su dinero.
Esas esperanzas demostraron tener los días contados, pues bajo el mandato de Vladímir Putin, elegido presidente en 2000, Rusia retrocedió a un tipo de gobierno más autoritario y familiar. Las causas de este fracaso democrático eran equiparables a las de 1917, tal como las describí en La Revolución rusa. La tragedia de un pueblo (1891-1924), aunque con una salvedad. A diferencia de la caída del sistema zarista en febrero de 1917, el desmoronamiento del régimen soviético en 1991 no fue la consecuencia de una revolución popular ni social que condujese a la reforma democrática del Estado. Fue en esencia una abdicación del poder por parte de las élites comunistas, quienes, por lo menos en Rusia, donde no existían leyes de depuración como las presentes en Europa del Este y en los Estados bálticos que les impidieran ocupar de nuevo cargos públicos, pronto lograron recuperar puestos dominantes en la política y en los negocios con nuevas identidades políticas. Ahorrándose el escrutinio público por sus actividades durante el periodo soviético, el KGB, en la que Putin había hecho carrera, la agencia se reconstruyó y acabó convertida en el Servicio de Seguridad Federal (FSB, por sus siglas en ruso) sin cambios importantes de personal.
Igual que en 1917, el giro hacia un gobierno autoritario durante el mandato de Putin fue posible debido a la debilidad de las clases medias y de las instituciones públicas de la Rusia postsoviética. Sujeta a las presiones del mercado, la intelligentsia demostró ser mucho más pequeña y menos influyente de lo que se creía y perdió su credibilidad en tanto que voz moral del pueblo, un papel que había desempeñado desde el siglo XIX: vivía en un mundo de libros en una época en la que el poder y la autoridad se veían definidos cada vez más por los medios de comunicación de masas, controlados por el Estado. Junto a eso, en el cuarto de siglo transcurrido desde la caída del régimen soviético el desarrollo de las instituciones públicas en Rusia ha resultado ser penosamente débil. ¿Dónde están las asociaciones profesionales, los sindicatos, las organizaciones de consumidores, los partidos políticos de verdad? El problema para la democracia en Rusia se debe tanto a la debilidad de la sociedad civil como a la fuerza opresiva del Estado.
En todo caso, el mayor problema para el proyecto democrático de 1991, igual que en 1917, fue el simple hecho histórico de que los rusos no tenían una experiencia real de democracia. Ni el Gobierno zarista ni el soviético les habían dejado probar ni habían permitido que comprendieran qué eran la soberanía parlamentaria, la responsabilidad del Gobierno ni las libertades protegidas por ley. La concepción popular de «democracia» en 1917 no era en absoluto una forma de gobierno, sino más bien una etiqueta social, equivalente a «pueblo llano» y cuyo sistema contrario no era la «dictadura», sino la «burguesía». Partiendo de esa premisa, durante las seis o quizá siete décadas posteriores, la gente podía creer que el sistema soviético era «el más democrático del mundo», en la medida en que proporcionaba, más o menos, empleo universal, vivienda, sanidad e igualdad social. Desde ese prisma, la crisis económica que acompañó al desmoronamiento del sistema soviético minó la credibilidad de las versiones capitalistas de la «libertad» y la «democracia» que se ofrecieron en su lugar.
Para la mayor parte de los rusos de a pie, sobre todo para los de cierta edad y que se identificaban como «soviéticos», la década de 1990 fue casi una catástrofe. Lo perdieron todo: una forma de vida que les era familiar; un sistema económico que garantizaba la seguridad; una ideología que les proporcionaba certezas morales, incluso quizá esperanza; un gran imperio con un estatus de superpotencia y una identidad que cubría todas las divisiones étnicas, y un orgullo nacional por los logros soviéticos en cultura, ciencia y tecnología. Mientras se esforzaban por adaptarse a las duras realidades del nuevo modo de vida capitalista, en el que no había ninguna gran idea, ningún propósito colectivo definido por el Estado, miraban con nostalgia al periodo soviético. Muchos suspiraban por el pasado mítico que recordaban o imaginaban haber vivido con Stalin, quien, según creían, había presidido en épocas de abundancia material, orden y seguridad, los «mejores momentos de la historia del país». Una encuesta realizada en 2005 indicó que el 42 por ciento de los rusos, y el 60 por ciento de quienes tenían más de sesenta años, deseaban el regreso de «un líder como Stalin».
Desde el principio de su régimen, Putin se propuso restaurar el orgullo de la historia soviética. Era uno de los pilares de su plan para volver a hacer de Rusia una gran potencia. La recuperación del pasado soviético, Stalin incluido, sancionó el propio gobierno autoritario de Putin y lo legitimó como la continuación de una larga tradición rusa de un poder estatal fuerte que se remontaría a antes de 1917, con los zares. El orden y la seguridad proporcionados por el Estado, según este mito, están mejor valorados a ojos de los rusos que los conceptos liberales occidentales de los derechos humanos y la democracia política, que carecen de raíces en la historia rusa.
La iniciativa histórica de Putin ganó popularidad en Rusia, sobre todo cuando alentó los sentimientos nacionalistas, el orgullo patriótico sobre la victoria soviética en 1945 y la nostalgia por la Unión Soviética. Cuando en 2005 declaró ante la Asamblea Federal rusa que «la ruptura de la Unión Soviética era la mayor tragedia geopolítica del siglo XX», Putin estaba verbalizando la opinión de tres cuartos de la población, que, según una encuesta de 2000, lamentaban la descomposición de la URSS y querían que Rusia se expandiera en tamaño e incorporase territorios «rusos», como Crimea y Donbás, que se habían «perdido» a manos de Ucrania. En 2014, voluntarios con banderas neosoviéticas cruzarían la frontera de Rusia para luchar por la recuperación de esos dos territorios ucranianos.
La reescritura positiva de la historia soviética también supuso un alivio para aquellos rusos que habían lamentado que se «ensuciara» la historia de su país durante el periodo de la glásnost, cuando los medios de comunicación se llenaron de revelaciones acerca de los «crímenes de Stalin», lo que ponía en entredicho la versión de los libros de texto soviéticos que habían estudiado en la escuela. Muchos se habían sentido incómodos con determinadas preguntas acerca de las acciones de sus familiares durante el mandato de Stalin. No querían escuchar discursos moralizadores sobre lo «mala» que era la historia de su país. Al restaurar el orgullo por el pasado soviético, Putin ayudó a que los rusos volvieran a sentirse bien de serlo.
Su iniciativa empezó en las escuelas, donde los libros de texto considerados demasiado negativos en su enfoque sobre el periodo soviético no recibieron la aprobación del Ministerio de Educación y, por lo tanto, se retiraron de las aulas. En 2007, Putin dijo en un encuentro de profesores de historia:
En cuanto a la existencia de páginas problemáticas en nuestra historia, sí, las hemos tenido. Pero ¿qué Estado no las tiene? En realidad, hemos tenido menos que otros [países]. Y las nuestras no han sido tan horribles como las de otros. Sí, las hemos tenido: recordemos los acontecimientos que empezaron en 1917, no los olvidemos. Pero otros países no han tenido menos problemas, sino más. En resumidas cuentas, nosotros no vertimos productos químicos en miles de kilómetros cuadrados ni lanzamos en un país pequeño siete veces más bombas que durante toda la Segunda Guerra Mundial, como hicieron los estadounidenses en Vietnam. Tampoco tenemos otras páginas negras, como el nazismo, por ejemplo. En la historia de cualquier Estado ocurren toda clase de cosas. Y no podemos permitir que la losa de la culpabilidad nos aplaste…
Putin no negaba los crímenes de Stalin. Pero insistía en la necesidad de no obsesionarse con ellos, de ponerlos en la balanza frente a sus logros como una forma de reconstruir el «glorioso pasado soviético». En un manual para profesores de historia encargado por el presidente y muy promocionado en las escuelas rusas, Stalin quedaba retratado como un «líder eficaz» que «actuó de manera racional al conducir una campaña de terror para asegurar la modernización del país».
Los sondeos sugieren que los rusos compartían esta perturbadora actitud hacia la violencia de la Revolución rusa. Según una encuesta llevada a cabo en 2007 en tres ciudades (San Petersburgo, Kazán y el lugar de nacimiento de Lenin, Uliánovsk), el 71 por ciento de la población pensaba que Félix Dzerzhinski, el fundador de la Checa (la precursora del KGB) en 1917, había «protegido el orden público y la vida civil». Solo el 7 por ciento consideraba que era un «criminal y verdugo». La encuesta sacó a la luz algo aún más preocupante: pese a que casi todos los ciudadanos estaban bien informados acerca de las represiones en masa ocurridas durante la época de Stalin (la mayoría reconocía la existencia de «entre diez y treinta millones de víctimas»), dos tercios de quienes respondieron todavía creían que Stalin había sido positivo para el país. Muchos consideraban que, bajo su mandato, la gente era «más amable y más compasiva». Incluso teniendo constancia de los millones de personas asesinadas, daba la sensación de que los rusos continuaban aceptando la idea bolchevique de que la violencia de Estado masiva puede justificarse si permite alcanzar los objetivos de la revolución.
En otoño de 2011, millones de rusos vieron el programa de televisión Sud vremeni (El tribunal del tiempo), en el que se juzgaba a diversas figuras y episodios de la historia rusa en un juicio ficticio con abogados, testigos y un jurado de telespectadores que daban su veredicto por teléfono. Las sentencias a las que se llegó en este juicio emitido por la televisión estatal no permiten albergar muchas esperanzas de que la actitud de los rusos haya cambiado. Una vez presentadas las pruebas de la guerra de Stalin contra el campesinado y los catastróficos efectos de la colectivización forzosa, a causa de la cual murieron de hambre millones de personas y muchas más fueron enviadas a los campos de concentración de los gulags o a otros centros penales remotos, el 78 por ciento de los telespectadores seguía creyendo que, pese a todo, dichas medidas estuvieron justificadas, que fueron una «terrible necesidad» para la industrialización soviética. Solo el 22 por ciento las consideró un «crimen».
Puede que la Revolución rusa haya muerto políticamente, pero continúa viva en esas mentalidades que, a su vez, seguirán dominando la política rusa durante muchos años.
Así pues, ¿cómo deberíamos conmemorar el centenario de la Revolución rusa? En 1889, para celebrar el centenario de la Revolución francesa, se inauguró la torre Eiffel a la entrada de la Feria Internacional de París de aquel año. La torre simbolizaba los valores de la Tercera República derivados de 1789. No podría construirse un monumento similar en Rusia, donde la conmemoración de la Revolución de Octubre ha dividido al país desde la caída del régimen soviético. En 1996, Borís Yeltsin sustituyó el Día de la Revolución del 7 de Noviembre por el Día del Acuerdo y la Reconciliación «con el fin de disminuir las confrontaciones y favorecer la conciliación entre los distintos segmentos de la sociedad». A pesar de ello, los comunistas siguieron conmemorando el aniversario de la revolución a la manera tradicional rusa, con un desfile de estilo militar inmenso y ondeando banderas rojas. Putin trató de resolver el conflicto instaurando el Día de la Unidad Nacional el 4 de noviembre (la fecha del fin de la ocupación polaca de Rusia en 1612). Sustituyó la fiesta nacional del 7 de noviembre en el calendario oficial de 2005. Pero el Día de la Unidad Nacional tampoco caló. Según una encuesta de 2007, solo el 4 por ciento de la población sabía cuál era su origen. Seis de cada diez personas se oponían a la desaparición del Día de la Revolución. Pese a los esfuerzos de Putin por reclamar los logros positivos del pasado soviético del país, no hay una narración histórica de la Revolución de Octubre alrededor de la cual pueda unirse la nación: algunos la ven como una catástrofe nacional, otros como el principio de una gran civilización, pero el país en conjunto sigue siendo incapaz de reconciliarse con su violento y contradictorio legado.
De un modo análogo, tampoco pudo lograrse un consenso acerca de qué hacer con el fundador del Estado soviético. Yeltsin y la Iglesia ortodoxa rusa recibieron peticiones para que se cerrara el mausoleo de Lenin de la Plaza Roja de Moscú, donde estaba expuesto el cuerpo embalsamado desde 1924, y para que el difunto fuese enterrado junto a su madre en el cementerio Volkov de San Petersburgo, tal como él deseaba. Pero los comunistas se organizaron y se manifestaron para oponerse, así que el tema quedó sin resolver. Putin se negaba a sacar a Lenin del mausoleo argumentando que ofendería a la generación de rusos de más edad, quienes tanto habían sacrificado por el sistema soviético (lo que daba a entender que habían abrazado ideales falsos).
Con semejante confusión y disparidad de opiniones, probablemente la conmemoración de la revolución sea discreta en la Rusia de 2017. También es muy probable que lo sea en Occidente, donde la Revolución rusa ha perdido peso en nuestra conciencia histórica, en parte como resultado del decreciente interés de los medios de comunicación en el tema desde el fin de la Guerra Fría, conforme nuestra atención se redirigía hacia Oriente Próximo y el problema del extremismo islámico. Y, quizá en parte, porque nuestra preocupación cada vez mayor por los derechos humanos, que domina nuestro discurso moral acerca del cambio político, nos ha llevado a comprender peor la fuerza emotiva de otros valores, como la justicia social y la redistribución de la riqueza, que alimentan la violencia revolucionaria.
No obstante, tal como han demostrado los acontecimientos de los últimos años, la era de las revoluciones no ha terminado.
Las «revoluciones de colores» de los Balcanes, Ucrania, Georgia y el Líbano, la Primavera Árabe y el Euromaidán ucraniano nos recuerdan la fuerza que tiene la protesta en masa a la hora de derrocar Gobiernos, a menudo mediante la violencia. De todos estos movimientos pueden extraerse lecciones cuando se los compara con 1917. El uso de las redes sociales para organizar a las multitudes, por ejemplo, bien lo habría aplaudido Lenin. Igual que lo fueron los jacobinos para los revolucionarios del siglo XIX, los bolcheviques se convirtieron en un modelo para todos los movimientos revolucionarios del siglo XX, desde China hasta Irán, así como para los terroristas de nuestros días. Todos los métodos empleados por ISIS (el uso de la guerra y el terrorismo para construir un Estado revolucionario, la devoción fanática y la disciplina militar de sus seguidores y la excelente utilización de la propaganda) los dominaron antes que nadie los bolcheviques durante la guerra civil rusa.
No conviene que caigamos en la autocomplaciente idea de que la revolución no podría suponer una amenaza para las democracias liberales occidentales. El reciente auge de los movimientos de masas populistas por toda Europa debería recordarnos que las revoluciones pueden surgir de forma inesperada: siempre acechan. La historia europea del siglo XX demuestra lo frágil que ha sido la democracia. Si ganó sus grandes batallas ideológicas contra el fascismo y el comunismo, solo lo hizo por un margen estrecho y su victoria no estaba en absoluto predestinada: el resultado bien podría haber sido distinto. Tal como escribí en 1996 en los párrafos finales de La Revolución rusa. La tragedia de un pueblo (1891-1924), «tenemos que intentar fortalecer nuestra democracia, tanto como una fuente de libertad como de justicia social, para evitar que los desfavorecidos y los desilusionados vuelvan a rechazarla».
Londres, enero de 2017
En la actualidad denominamos a tantísimas cosas «revolución» (un cambio en la política gubernamental sobre el deporte, una innovación tecnológica o incluso una nueva tendencia del mercado) que al principio puede resultar difícil para el lector de este libro el percatarse de la enorme importancia del tema tratado. La Revolución rusa fue, al menos en cuanto a sus efectos se refiere, uno de los mayores acontecimientos de la historia del mundo. Al cabo de una generación del establecimiento del poder soviético, una tercera parte de la humanidad estaba viviendo bajo regímenes modelados sobre este. La Revolución de 1917 ha definido la configuración del mundo contemporáneo y hasta ahora no hemos empezado a emerger de su sombra. No se trató tanto de una sola revolución (la erupción compacta de 1917 tan a menudo referida en los libros de historia) como de un complejo entero de revoluciones distintas que hicieron explosión a mediados de la Primera Guerra Mundial e iniciaron una reacción en cadena de más revoluciones y de guerras civiles, étnicas y nacionales. Cuando todo terminó, había saltado por los aires (y se había vuelto a reconstruir) un imperio que cubría la sexta parte del planeta. Aun a riesgo de parecer duro, lo cierto es que la manera más fácil de abarcar el espectro de la revolución es señalar las formas en que desperdició vidas humanas: decenas de miles fueron asesinados por las bombas y las balas de los revolucionarios, y al menos un número igual por las represiones del régimen zarista, antes de 1917; millares murieron en las calles combatiendo ese año; centenares de miles a causa del terror de los rojos (y un número equivalente del terror de los blancos, si se cuentan las víctimas de sus pogromos contra los judíos) durante los años que siguieron; más de un millón perecieron en el curso de los combates de la guerra civil, incluidos civiles en la retaguardia, y a esos se sumaron las personas que murieron de hambre, de frío y de enfermedad, más numerosas que las fallecidas por todas las otras causas juntas.
Imagino que todo esto es una excusa para la considerable extensión del libro (el primer intento de una historia global de todo el periodo revolucionario en un solo volumen). Su narración comienza en la última década del siglo XIX, cuando empezó realmente la crisis revolucionaria, y más específicamente en 1891, cuando la reacción de la gente ante la hambruna provocó por primera vez un enfrentamiento con la autocracia zarista. Y concluye en el año 1924, con la muerte de Lenin, en la época en que la revolución había trazado un círculo completo y las instituciones básicas, si es que no todas las prácticas, del régimen estalinista ya existían. La razón de esta disposición es el deseo de proporcionar a la revolución un arco temporal mucho más amplio del habitual. Pero tengo la impresión de que, con una o dos excepciones, las historias anteriores de la revolución se han centrado demasiado estrechamente en los acontecimientos de 1917, y esto ha tenido como consecuencia que el conjunto de sus posibles resultados parezca mucho más limitado de lo que realmente fue. No resultó en absoluto inevitable que la revolución concluyera con la dictadura bolchevique, aunque centrar la vista en aquel fatídico año conduciría a esa conclusión. Hubo un conjunto de momentos decisivos, tanto antes como durante 1917, en que Rusia pudo haber seguido un camino más democrático. La finalidad de La Revolución rusa. La tragedia de un pueblo (1891-1924) al enfocar la revolución a largo plazo es explicar por qué no fue así en ninguno de los casos. Como el subtítulo pretende sugerir, el libro se apoya en la tesis de que el fracaso democrático de Rusia estaba profundamente enraizado en su cultura política y en su historia social. Muchos de los temas de los cuatro capítulos introductorios de la primera parte (la ausencia de un contrapeso estatal al despotismo del zar, el aislamiento y la fragilidad de la sociedad civil liberal, el atraso y la violencia del campo ruso, que impulsó a tantísimos campesinos a marcharse y buscar una vida mejor en las ciudades industriales, y el extraño fanatismo de la intelligentsia radical rusa) reaparecerán como temas constantes de la narración de la segunda, tercera y cuarta partes.
Aunque la política nunca anda lejos, esta, en mi opinión, es una historia social en el sentido de que se centra sobre todo en la gente corriente. He intentado presentar a las fuerzas sociales más importantes (el campesinado, la clase obrera, los soldados y las minorías nacionales) como los participantes de su propio drama revolucionario en lugar de como las «víctimas» de la revolución. Esto no significa negar que hubo muchas víctimas. Tampoco significa adoptar el enfoque «finalista» tan de moda últimamente entre los historiadores «revisionistas» de la Rusia soviética. Sería absurdo (y en el caso de Rusia, obsceno) llegar a la conclusión de que cada pueblo tiene el Gobierno que se merece. Pero, al mismo tiempo, ya no resulta adecuado el tipo de historias politizadas y «elitistas» de la Revolución rusa que se solían escribir en la época de la Guerra Fría, en las que el pueblo llano aparecía como el objeto pasivo de las perversas maquinaciones de los bolcheviques. Ahora tenemos una bibliografía rica y creciente, basada en la investigación de archivos a los que por fin puede accederse, sobre la vida social del campesinado ruso, de los obreros, de los soldados y de los marineros, de las capitales de provincia, de los cosacos y de las regiones no rusas del imperio durante el periodo revolucionario. Estas monografías nos han proporcionado un retrato mucho más complejo y convincente de la relación entre el partido y el pueblo que la que se presentaba en la antigua versión «elitista». Han puesto de manifiesto que en lugar de una sola revolución abstracta impuesta por los bolcheviques sobre toda Rusia, a menudo esta quedó configurada por las pasiones y los intereses locales. La obra que los lectores tienen en las manos es un intento de sintetizar esa reevaluación y de avanzar otro paso más en el debate. Tal como indica su título, intenta poner de manifiesto que lo que comenzó como una revolución del pueblo contenía las semillas de su propia degeneración en la violencia y la dictadura. Las mismas fuerzas sociales que provocaron el triunfo del régimen bolchevique se convirtieron en sus víctimas principales.
Finalmente, la narración de La Revolución rusa. La tragedia de un pueblo (1891-1924) entrelaza las esferas privada y pública. Siempre que ha sido posible, he intentado subrayar el aspecto humano de sus grandes acontecimientos escuchando las voces de los individuos cuyas vidas se vieron atrapadas por la tempestad. Sus diarios, cartas y otros escritos privados aparecen con frecuencia en este libro. Además, se siguen las historias personales de varios personajes en el curso de la narración principal. Algunos de estos personajes son muy conocidos (Maksim Gorki, el general Brusílov y el príncipe Lvov), mientras que otros son desconocidos incluso para los historiadores (el reformador campesino Serguéi Semiónov y el sargento y comisario Dmitri Os'kin). Pero todos ellos tuvieron esperanzas y aspiraciones, temores y decepciones, que fueron típicas de la experiencia revolucionaria en su conjunto. Al seguir los destinos de estos personajes, mi objetivo ha sido trazar el caos de esos años, tal como lo sintieron los hombres y las mujeres de a pie. He intentado presentar la revolución no como un desfile de fuerzas sociales e ideologías abstractas, sino como un acontecimiento humano de complicadas tragedias individuales. Fue una historia, desde todos los puntos de vista, de gente que, como los personajes de este libro, partió de altos ideales encaminados a la consecución de un fin solo para descubrir posteriormente que el resultado era bastante diferente. Esta es, de nuevo, la razón por la que elegí subtitular el libro La tragedia de un pueblo, porque no solo trata del trágico cambio que aconteció en la historia de un pueblo, sino también de cómo la tragedia de la revolución anegó los destinos de quienes la vivieron.
Este libro ha exigido seis años de trabajo e implica una gran deuda con muchas personas.
En especial, tengo que dar las gracias a Stephanie Palmer, que ha tenido que soportar muchas egoístas horas de oficina, fines de semana y vacaciones frustradas por el trabajo realizado en casa y por el comportamiento generalmente imposible de su esposo, algo que habría desesperado a cualquiera. A cambio, he recibido su amor y su apoyo en una proporción mucho mayor de la que merecía. Stephanie cuidó de mí durante los tenebrosos años de debilitante enfermedad con los que coincidieron las primeras fases de este libro y, además de sus propias pesadas tareas laborales, dedicó más tiempo del que le correspondía a cuidar de nuestras hijas, Lydia y Alice, que nacieron en 1993. Le dedico este libro con gratitud.
Neil Belton, de Jonathan Cape, ha representado un inmenso papel en la redacción de este libro. Neil es el editor con el que todo escritor sueña. Leyó cada capítulo de los distintos borradores y me hizo comentarios al respecto en cartas largas y detalladas en la prosa más exquisita. Sus críticas eran siempre exactas, su conocimiento del tema resultaba constantemente sorprendente y su entusiasmo era inspirador. Si existe algún lector al que este libro esté dirigido es a él.
El segundo de esos borradores fue leído también por Borís Kolonitskii en el curso de varias reuniones en Cambridge y San Petersburgo. Le estoy muy agradecido por sus muchos comentarios, que en todos los casos tuvieron como resultado la mejora del texto, y tengo la esperanza de que, aunque de momento se haya decantado tanto hacia un lado, este pueda ser el inicio de una colaboración intelectual duradera.
Tengo una gran deuda con dos mujeres sublimes. Una es mi madre, Eva Figes, una antigua maestra del arte de narrar que siempre me dio buenos consejos sobre la manera de practicarlo. La otra es mi agente, Deborah Rogers, que me ayudó sobremanera a la hora de apalabrar el el matrimonio con Cape.
En Cape hay otras dos personas que merecen un agradecimiento especial. Dan Franklin revisó el libro durante su fase final con sensibilidad e inteligencia, y Liz Cowen recorrió todo el texto línea a línea sugiriendo mejoras con un meticuloso cuidado. Estoy profundamente agradecido a ambos.
Por su colaboración en la preparación del texto final también debería dar las gracias a Claire Farrimond, que me ayudó a comprobar las notas, y a Laura Pieters Cordy, que trabajó con ahínco para introducir las correcciones en el texto. También debo dar las gracias a Ian Agnew, que dibujó unos espléndidos mapas.
Los últimos seis años han sido una época emocionante para la investigación histórica en Rusia. Me gustaría dar las gracias al equipo de los numerosos archivos y bibliotecas rusos en los que se concluyó la investigación de este libro. Tengo una gran deuda con el conocimiento y el consejo de demasiados archiveros para nombrarlos de manera individual, pero debo hacer una excepción única con Vladímir Barajov, director del Archivo Gorki, que fue más que generoso con su tiempo.
Muchas instituciones me han ayudado en la investigación relacionada con este libro. Debo dar las gracias a la British Academy, al Leverhulme Trust y (aunque su beca de investigación no pudo ser aceptada) al Woodrow Wilson Center en Washington por su generoso apoyo. Mi propio college de Cambridge, el Trinity, que es tan generoso como rico, me ha sido de enorme ayuda al proporcionarme tanto becas como tiempo para el estudio. Entre los santos e indivisos profesores del college debo un agradecimiento especial a mis colegas docentes, Boyd Hilton y John Lonsdale, por sustituirme durante mis frecuentes ausencias; al inimitable Anil Seal por su apoyo y, sobre todo, a Raj Chandavarkar, por ser un crítico tan agudo y un amigo leal. Finalmente, de la Facultad de Historia, debo dar las gracias, como siempre, a Quentin Skinner por sus esfuerzos en mi favor.
Lo mejor de la Universidad de Cambridge es la calidad de sus estudiantes, y en el curso de los últimos seis años he tenido el privilegio de enseñar a algunos de los más brillantes en mi especialidad, la Revolución rusa. Este libro es en no poca medida el resultado de esa experiencia. Hubo muchas ocasiones en que salí corriendo del aula para escribir las ideas que habían surgido durante el debate con los estudiantes. Si no se les puede otorgar un reconocimiento en las notas, espero al menos que aquellos que lean el libro lo consideren como un tributo de mi gratitud hacia ellos.
ORLANDO FIGES
Cambridge, noviembre de 1995
atamán: Jefe cosaco.
Bund: Organización socialdemócrata judía.
burzhui: Término popular para designar a un burgués o a otro enemigo social.
Checa: Policía secreta soviética en 1917-1922 (más tarde convertida en la OGPU, el NKVD y el KGB); el nombre completo de la Checa era Comisión Extraordinaria Panrusa para la Lucha contra la Contrarrevolución y el Sabotaje.
Cien Negros: Grupos paramilitares de extrema derecha.
defensistas: Partidarios socialistas de la guerra (1914-1918) para la defensa nacional; los partidos menchevique y eserista se dividieron entre defensistas e internacionalistas.
desyatina: Medida de superficie agraria, equivalente a 1,09 hectáreas.
Duma: La Duma estatal era la cámara baja elegida del Parlamento ruso entre 1906 y 1917; las dumas municipales eran ayuntamientos electivos.
Eseristas Socialistas
Revolucionarios: Partido revolucionario no marxista, dividido en eseristas de derechas y de izquierdas durante 1917.
guberniia: Provincia (subdividida en uezd y volost).
internacionalistas: Socialistas opuestos a la guerra (1914-1918) que realizaron una campaña a favor de la paz inmediata en virtud de la colaboración socialista internacional; los partidos mencheviques y eseristas se dividieron en defensistas e internacionalistas.
koljós: Granja colectiva.
Komuch: Gobierno antibolchevique establecido en Samara durante el verano de 1918; su nombre completo era el Comité de Miembros de la Asamblea Constituyente.
Krug: Asamblea cosaca.
kulak: Campesino capitalista.
mir: Comuna de la aldea.
NPE: Nueva Política Económica (1921-1929).
obshchina: Comuna agraria campesina.
octubristas: Miembros del Partido Octubrista (liberal-conservador).
Partido Kadete: Partido constitucional democrático.
pud: Medida de peso, equivalente a 16,38 kilos.
socialdemócratas: Miembros del Partido Ruso Socialdemócrata de los Trabajadores (marxista), dividido en las facciones menchevique y bolchevique después de 1903.
sjod: Asamblea comunal o de aldea.
sovjós: Explotación agraria soviética.
Stavka: Cuartel general del ejército.
uezd: Área del distrito (subdivisión de la guberniia).
versta: Medida de longitud equivalente a 1 kilómetro.
voisko: Comunidad cosaca autogobernada.
volia: Libertad; autonomía.
volost: Municipio rural y unidad administrativa básica que generalmente comprendía varias aldeas.
zemstvo: Asamblea electiva de gobierno local dominada por la nobleza rural en las áreas de provincia y de distrito (1864-1917); un zemstvo de volost fue establecido finalmente en 1917, pero pronto fue suplantado por los sóviets.
Hasta febrero de 1918 Rusia utilizaba el calendario juliano; este iba retrasado trece días en relación con el gregoriano, que se utilizaba en Europa occidental. El Gobierno soviético adoptó este último la medianoche del 31 de enero de 1918; el día siguiente fue declarado 14 de febrero. Las fechas relativas a acontecimientos internos se corresponden con el calendario juliano hasta el 31 de enero de 1918, y según el gregoriano después. Las fechas relacionadas con acontecimientos internacionales (por ejemplo, negociaciones diplomáticas y batallas militares de la Primera Guerra Mundial) se ofrecen en el libro según el calendario gregoriano.

En una mañana húmeda y ventosa de 1913 San Petersburgo celebró los trescientos años de gobierno de los Románov sobre Rusia. La gente había estado hablando del gran acontecimiento durante semanas y todos estaban de acuerdo en que no volverían a ver nada parecido en su vida. El poder majestuoso de la dinastía se vería desplegado, como nunca antes, en una extravagante manifestación de pompa. Mientras se aproximaba la celebración, dignatarios procedentes de las partes más lejanas del Imperio ruso llenaban los grandes hoteles de la capital: príncipes de Polonia y de las tierras del Báltico; prelados de Georgia y Armenia; mulás y jefes tribales de Asia Central; el emir de Bujara y el jan de Jiva. La ciudad era un hervidero de curiosos procedentes de las provincias y los transeúntes, normalmente bien vestidos, que paseaban en torno al Palacio de Invierno se veían ahora superados en número por las masas desaseadas (campesinos y trabajadores ataviados con sus blusas y gorras, y mujeres vestidas de harapos y con la cabeza cubierta). La avenida Nevski experimentó los peores embotellamientos de su historia cuando los tranvías y los carros de caballos, los coches y los trineos convergieron en ella. Las principales calles se cubrieron con los colores imperiales: blanco, azul y rojo; las estatuas se vistieron con guirnaldas y cintas, y los retratos de los zares, hasta Miguel Románov, el fundador de la dinastía, colgaban de las fachadas de los bancos y de las tiendas. Sobre las líneas de tranvías había extendidas guirnaldas que se encendían por la noche con las palabras DIOS SALVE AL ZAR o con el águila bicéfala de los Románov y las fechas 1613-1913. Los forasteros, muchos de los cuales nunca habían visto la luz eléctrica, miraban con gesto sorprendido. Había columnas, arcos y obeliscos iluminados. Frente a la catedral de Kazán se alzaba un pabellón blanco lleno de incienso, piñas y palmeras, que temblaban por el gélido aire ruso.
Los rituales empezaron en la catedral de Kazán con un acto solemne de agradecimiento a Dios presidido por el patriarca de Antioquía, que había llegado de Grecia especialmente para la ocasión, los tres patriarcas metropolitanos rusos y cincuenta sacerdotes de San Petersburgo. La familia imperial salió del Palacio de Invierno en carruajes descubiertos escoltados por dos escuadrones de la Guardia de Caballería y jinetes cosacos de su majestad vestidos con los caftanes negros y los gorros rojos del Cáucaso. Era la primera vez que el zar cabalgaba en público desde la Revolución de 1905 y la policía no deseaba correr riesgos. Los guardias imperiales, ataviados con sus alegres shakos de plumas y sus uniformes de color escarlata, cubrían la ruta. Las bandas militares interpretaban el himno nacional y los soldados gritaban estrepitosamente «¡Hurra!» a medida que el desfile pasaba por delante de ellos. En el exterior de la catedral las procesiones religiosas procedentes de diversas partes de la ciudad habían estado convergiendo desde primera hora de la mañana. La numerosa muchedumbre, un mar de cruces, iconos y estandartes, se arrodilló cuando se aproximó uno de los carruajes. En el interior de la catedral se encontraba la clase dominante de Rusia: grandes duques y príncipes, miembros de la corte, senadores, ministros, consejeros de Estado, parlamentarios de la Duma, importantes funcionarios, generales y almirantes, gobernadores de provincias, alcaldes, dirigentes de los zemstvos y mariscales de la nobleza. Apenas se veía un pecho sin condecoraciones; apenas un cinto sin espada. Todo brillaba a la luz de las velas (el iconostasio de plata, las mitras enjoyadas de los sacerdotes y la cruz de cristal). En medio de la ceremonia dos palomas descendieron volando desde la oscuridad de la cúpula y aletearon durante algunos momentos sobre el zar y su hijo. Transportado por la exaltación religiosa, Nicolás lo interpretó como un símbolo de la bendición de Dios sobre la casa de los Románov.
Mientras tanto, en los distritos obreros se cerraron las fábricas por la celebración. Los pobres hicieron cola en el exterior de las cantinas municipales, donde se sirvieron comidas para festejar el aniversario. Las casas de empeños se vieron asediadas por las multitudes después de que se corriera la voz acerca de una supuesta dispensa especial que iba a permitir a la gente recuperar sus bienes empeñados sin pagar los intereses; cuando se descubrió que esos rumores eran falsos, las multitudes fueron presa de la cólera y las ventanas de varias casas de empeños fueron destrozadas. Las mujeres se congregaron en el exterior de las cárceles de la ciudad con la esperanza de que sus seres queridos se encontraran entre los dos mil presos liberados en virtud de la amnistía que celebraba el tricentenario.
Por la tarde, una inmensa muchedumbre se desplazó al centro de la ciudad para disfrutar del tan esperado espectáculo de luces. En diferentes puestos callejeros se vendían jarras de cerveza y pasteles, banderas de los Románov y otros recuerdos. Había conciertos y ambiente de celebración en los parques. Cuando se hizo de noche, la avenida Nevski se convirtió en un hormiguero de gente. Todos los rostros se elevaron mientras el cielo se encendía en una estela de color producida por los fuegos artificiales y las luces cruzaban la ciudad, pasaban por encima de los edificios y aterrizaban en monumentos significativos. La aguja dorada de la sede del almirantazgo parecía arder como una antorcha sobre el trasfondo del negro cielo, y el Palacio de Invierno brilló iluminado con tres gigantescos retratos de Nicolás II, Pedro el Grande y Miguel Románov.
La familia imperial permaneció en la capital durante otra semana de agasajos y rituales en honor de su estirpe. Tuvieron lugar pomposas recepciones en el Palacio de Invierno, donde largas filas de dignatarios que ocupaban sus salas se presentaban ante Nicolás y Alejandra en el salón del concierto. Se celebró un suntuoso baile en la Asamblea de la Nobleza al que asistieron la pareja imperial y su hija mayor, Olga, en uno de sus primeros compromisos sociales. La princesa bailó la polonesa con el príncipe Saltykov, que sorprendió al olvidar quitarse el sombrero. En el teatro Marinski se celebró una representación de gala de la ópera patriótica de Glinka, La vida por el zar, que relataba la leyenda del campesino Susanin, quien había salvado la vida del primero de los Románov. Las gradas «resplandecían de joyas y tiaras», según Meriel Buchanan, la hija del embajador británico, y los guardarropas estaban llenos de los uniformes de color escarlata de los oficiales de la corte, que se movieron al unísono, «como un campo de amapolas», cuando se pusieron en pie para saludar la llegada del zar. Mathilde Kshesinskaya, antigua amante del zar, salió de su retiro para bailar las mazurcas en el segundo acto. Pero la sensación de la tarde fue la aparición silenciosa del tenor, Leonid Sóbinov, junto a Shaliapin, que atravesó el escenario a la cabeza de una procesión religiosa ataviado como Miguel Románov. Fue la primera (y la última) ocasión en la historia de la Ópera Imperial en que la figura de un zar Románov apareció representada en el escenario.[1]
Tres meses más tarde, en mayo, un mes usualmente cálido, la familia imperial realizó la peregrinación típica de los Románov a las ciudades de la antigua Moscovia asociadas con los inicios de la dinastía. Hicieron la ruta que tiempo atrás había seguido Miguel Románov, el primer zar Románov, desde su hogar en Kostroma, a orillas del Volga, hasta Moscú después de su elección para el trono ruso en 1613. La comitiva imperial llegó a Kostroma en una pequeña flota de barcos de vapor. La orilla del río estaba abarrotada de gente de la ciudad y de campesinos, hombres ataviados con blusas y gorras, y mujeres con los tocados tradicionales de Kostroma, de color azul claro y blanco. Centenares de curiosos se adentraron en el río para estar más cerca de los visitantes regios. Nicolás visitó el monasterio Ipátiev, donde Miguel se había refugiado de los invasores polacos y de las guerras civiles que habían asolado Moscovia en vísperas de su llegada al trono. Allí recibió a una delegación campesina procedente de las tierras que habían pertenecido al monasterio y posó para una fotografía con los descendientes de los boyardos que en 1613 habían viajado desde Moscú para ofrecer la corona a los Románov.
Desde Kostroma la comitiva se dirigió a Vladímir, Nizhni Nóvgorod y Yaroslavl. Viajaron en el tren imperial, hermosamente decorado, provisto de habitaciones recubiertas de caoba, sillones de suave terciopelo, escritorio y piano de cola. Había incluso un dispositivo especial en el aseo destinado a impedir que el agua del baño de su majestad se derramara cuando el tren estaba en movimiento. No había vía férrea entre Vladímir y la pequeña ciudad donde se encontraba el monasterio de Suzdal, de manera que la comitiva tuvo que realizar el viaje por polvorientos caminos agrarios en una flota de treinta vehículos Renault descapotables. En las aldeas los ancianos campesinos se arrodillaban a medida que pasaban los automóviles a gran velocidad. Frente a sus modestas cabañas de madera, que los viajeros apenas podían advertir, habían colocado mesitas con flores, pan y sal, las ofrendas tradicionales rusas para los foráneos.
La peregrinación regia culminó con una entrada triunfal en Moscú, la antigua capital de Rusia, donde el primer zar Románov había sido coronado, seguida por otra manifestación de pompa y gastronomía. El baile en la Asamblea de la Nobleza de Moscú fue particularmente lujoso, superando incluso los sueños más exagerados de Hollywood. Se instaló un ascensor ex profeso para que los miembros de la familia regia que bailaran el vals no se cansaran subiendo al salón de baile del segundo piso. La comitiva imperial llegó a Moscú en tren y fue recibida en la estación Alexandrovski por una vasta delegación de dignatarios. El zar cabalgó solo en un caballo blanco, veinte metros por delante de su escolta cosaca y del resto de la comitiva imperial, en medio de una numerosa multitud que lo aclamaba en su camino hacia el Kremlin. La decoración a lo largo de la calle Tverskaya, bañada por la brillante luz del sol, resultó incluso más magnífica que la de San Petersburgo. El bulevar estaba lleno de estandartes de terciopelo de color castaño con los emblemas de los Románov. Los edificios estaban envueltos en banderas y penachos de colores, y cubiertos con luces que se encendían por la noche para iluminar aún más emblemas de los que ya había en la avenida Nevski. En los escaparates de las tiendas y en los balcones de las viviendas había estatuas del zar cubiertas de guirnaldas. La gente cubrió el trayecto de confetis. El zar se apeó en la Plaza Roja, donde las procesiones religiosas de todas las partes de la ciudad habían convergido para salir a su encuentro, y caminó en medio de filas de sacerdotes que cantaban hasta entrar en la catedral Uspenski para llevar a cabo las oraciones. La emperatriz y el zarévich Alexis iban también a recorrer caminando los escasos últimos metros. Pero Alexis se vio afectado de nuevo por su hemofilia y un guardaespaldas cosaco tuvo que acompañarlo. Cuando la procesión realizó una pausa, el conde Kokóvtsov, el primer ministro, oyó, procedentes de la multitud, las «exclamaciones de pesar al contemplar a ese pobre niño desvalido, heredero del trono de los Románov».[2]
La dinastía Románov se presentaba ante el mundo con ocasión de su tricentenario como una brillante imagen de poder y opulencia monárquicos. No era un simple ejercicio de propaganda. Los rituales de homenaje de la dinastía y la glorificación de su historia iban, por supuesto, encaminados a inspirar reverencia y apoyo popular hacia el principio de la autocracia. Pero su finalidad era también reinventar el pasado, volver a contar las gestas del «zar popular» para investir a la monarquía de una mítica legitimidad histórica y proporcionarle una imagen de perdurable permanencia en un tiempo difícil, cuando su derecho a gobernar se veía desafiado por la democracia emergente en Rusia. Los Románov se estaban transportando al pasado con la esperanza de que los salvaría del futuro.
El culto a la Moscovia del siglo XVII era la clave para esta reinvención y el leitmotiv de la celebración. Tres principios concretos de los zares de Moscovia atraían a los Románov en sus años finales. El primero era la noción de patrimonialismo en virtud de la cual se consideraba literalmente que el zar poseía toda Rusia como su feudo privado (votchina), a la manera de un señor medieval. En el primer censo nacional, de 1897, Nicolás se describió como «terrateniente». Hasta la segunda mitad del siglo XVIII esta noción había mantenido a Rusia separada de Occidente, donde, como contrapeso de la monarquía, había emergido una clase terrateniente independiente. El segundo principio de Moscovia era la idea del gobierno personal: como encarnación de Dios en la tierra, la voluntad del zar no podía estar limitada por las leyes ni por la burocracia, y se le debía consentir que gobernara el país según su conciencia del deber y la rectitud. Esto también había distinguido la tradición bizantina del despotismo del Estado absolutista occidental. Los conservadores, tales como Konstantín Pobedonóstsev, tutor e ideólogo principal tanto de Nicolás como de Alejandro III, los dos últimos zares, sostenían que esta autocracia religiosa era lo único que encajaba en el espíritu nacional ruso, esto es, que un autócrata de carácter divino era necesario para reprimir los instintos anárquicos del pueblo ruso.(1)
Finalmente estaba la idea de que existía una unión mística entre el zar y el pueblo ortodoxo, que lo amaba y lo obedecía como a un padre y a un dios. Era la fantasía de un gobierno paternal, de una edad dorada de la autocracia popular, libre de las complicaciones de un Estado moderno.
Los dos últimos zares tenían razones obvias para aferrarse con tanta firmeza a esta visión arcaica. Ciertamente, en la medida en la que creían que su poder y prestigio se veían debilitados por la «modernidad» en todas sus formas (las creencias seculares, las ideologías constitucionales occidentales y las nuevas clases sociales urbanas), resultaba completamente lógico que buscaran retroceder a una lejana edad de oro. A su juicio, durante el siglo XVIII y el reinado de Pedro el Grande («vuestro Pedro», como Nicolás lo llamaba cuando hablaba con los funcionarios) había empezado a establecerse la corrupción. Había dos modelos opuestos de autocracia en Rusia: el petersburgués y el moscovita. Emulando el absolutismo occidental, el modelo primero buscaba sistematizar el poder de la Corona en virtud de las normas legales y de las instituciones burocráticas. Esto se consideraba una limitación de los poderes del zar, que así se vería obligado a obedecer sus propias leyes. El zar que no lo hiciera era, por lo tanto, un déspota. La tradición petersburguesa implicaba también un cambio en el enfoque del poder, desde la persona divina del zar al concepto abstracto del Estado autocrático. Nicolás veía esto con especial desagrado. Como a su padre, Alejandro III, se le había enseñado a defender los principios del gobierno personal manteniendo el poder en la corte y desconfiando de la burocracia como una especie de «muralla» que quebraba el vínculo natural existente entre el zar y su pueblo. Esta desconfianza se puede explicar a través del hecho de que durante el siglo XIX la burocracia imperial había empezado a emerger como una fuerza de modernización y de reforma. Progresivamente se convirtió en una entidad independiente de la corte y más cercana a la opinión pública, lo que, desde el punto de vista de los conservadores, estaba destinado a conducir hacia peticiones revolucionarias en favor de una constitución. El asesinato de Alejandro II en 1881 (después de dos décadas de prudentes reformas) pareció confirmar su punto de vista de que había llegado la hora de detener aquella deriva. Alejandro III (que una vez proclamó que «despreciaba la burocracia y bebía champán para su destrucción»)[3] instituyó un regreso a las formas personales de gobierno autocrático tanto en el gobierno central como en el local. Y su hijo continuó el camino abierto por el padre.
El modelo de autocracia de Nicolás era casi enteramente moscovita. Su zar favorito era Alexis Mijáilovich (1645-1676), cuyo nombre puso al zarévich. Emulaba su tranquila piedad, que, según se decía, le había proporcionado la convicción para gobernar Rusia de acuerdo con su conciencia religiosa. A menudo Nicolás gustaba de justificar su política sobre la base de que le había «venido» de Dios. Según el conde Witte, uno de sus ministros más ilustrados, Nicolás creía que «la gente no influye en los acontecimientos, que Dios dirige todo y que el zar, como ungido de Dios, no debería aceptar consejos de nadie, sino seguir solo su inspiración divina». Tan grande era la admiración que sentía Nicolás por las costumbres semiasiáticas de la Edad Media que intentó introducirlas en la corte. Ordenó el mantenimiento de las antiguas formas alfabéticas eslavas en los documentos y las publicaciones oficiales mucho tiempo después de que hubieran quedado desfasadas en el ruso literario. Hablaba de Rus, el antiguo término moscovita para denominar las tierras centrales de Rusia, en lugar de usar Rosiia, el término para designar el imperio adoptado desde la época de Pedro el Grande. Le desagradaba el título de gosudar imperator (emperador soberano), también introducido por Pedro, porque implicaba que el autócrata no era más que el primer siervo del Estado abstracto (el gosudarstvo), y prefería con mucho el antiguo título de zar (derivado del término griego kaisar), que se retrotraía a la época bizantina y que llevaba consigo connotaciones religiosas de gobierno paternal. Incluso jugaba con la idea de hacer que todos sus cortesanos llevaran largos caftanes, como los de los antiguos boyardos moscovitas (lo único que le desanimaba era el coste). El ministro del Interior, D. S. Sipiaguin, que le había dado la idea, había decorado sus propias oficinas de acuerdo con el estilo moscovita. En una ocasión recibió al zar, que acudió vestido como Alexis, con todos los rituales de la corte del siglo XVII, incluida una fiesta rusa tradicional y una orquesta gitana. Nicolás estimulaba la moda cortesana rusa de usar los vestidos de baile del siglo XVII, costumbre iniciada en el reinado de su padre. En 1903 el propio Nicolás organizó uno de los bailes más lujosos de todos los tiempos. Los invitados aparecieron ataviados con réplicas del atuendo cortesano del reinado de Alexis y bailaron danzas rusas medievales. Las fotografías de todos los invitados se publicaron en dos álbumes muy cuidados, cada uno de ellos fue identificado de acuerdo con su correspondiente rango en la corte de los siglos XVII y XX. Nicolás aparecía ataviado con una réplica de la ropa procesional utilizada por Alexis, y Alejandra, con el traje largo y el tocado utilizados por la zarina Natalia.[4]
Nicolás no ocultó el hecho de que prefería con mucho Moscú a San Petersburgo. La antigua «ciudad santa», con sus mil cúpulas bulbosas, defendía las tradiciones orientales y bizantinas que yacían en el corazón de su cosmovisión moscovita. Desprovista de la influencia occidental, Moscú condensaba el «estilo nacional» tan favorecido por los dos últimos zares. Ambos consideraban San Petersburgo, con su estilo arquitectónico clásico, sus tiendas y su burguesía occidentales, ajena a Rusia. Intentaron que se pareciera más a Moscú edificando iglesias de estilo bizantino (una moda iniciada bajo Nicolás I) y añadiendo rasgos arquitectónicos arcaicos a su configuración urbana. Por ejemplo, Alejandro III ordenó la construcción del Templo de la Resurrección de Cristo, erigido siguiendo el antiguo estilo moscovita, para consagrar el lugar en el canal de Catalina, donde su padre había sido asesinado en 1881. Con sus cúpulas bulbosas, sus mosaicos coloristas y su ornamentación, presentaba un curioso contraste con las otras grandes catedrales de la ciudad, la catedral de Kazán y la de San Isaac, construidas según el estilo clásico. Nicolás reestructuró algunos edificios siguiendo la moda neobizantina. Se reformó el Consejo del Santo Sínodo, que se convirtió en el monumento-templo de Alejandro Nevski, embelleciendo su fachada clásica con motivos moscovitas y añadiendo a su tejado plano cinco cúpulas bulbosas y un campanario triangular. Se construyeron más edificios de acuerdo con el antiguo estilo ruso para apoyar la celebración de los Románov. Entre ellos, la catedral del Tricentenario, cerca de la estación de Moscú, que se levantó imitando explícitamente el estilo eclesial de la ciudad de Rostov, del siglo XVII. El pueblo de Fedorov, edificado por Nicolás en Tsarskoie Seló, justo a las afueras de la capital, recreó de manera elaborada un kremlin y una catedral del siglo XVII.[5] Era una especie de parque de atracciones moscovita.
Nicolás y su padre, Alejandro, visitaron a menudo Moscú y lo utilizaron cada vez más para despliegues rituales en homenaje a la dinastía. La coronación del zar, que tradicionalmente tenía lugar allí, se convirtió en un importante evento cargado de simbolismo (mucho más de lo que había sido en el pasado). Nicolás adquirió el hábito de visitar Moscú en Pascua, algo que ningún zar había hecho desde hacía más de cincuenta años. Se convenció a sí mismo de que solo en aquella ciudad y en las provincias encontraría su comunión espiritual con el pueblo ruso de a pie. «Unido en oración con mi pueblo —escribió al gobernador general de Moscú en 1900, después de su primera visita de Pascua a la antigua capital—, obtengo nueva fuerza para servir a Rusia, para su bienestar y su gloria».[6] Después de 1906, cuando San Petersburgo se convirtió en la sede de la Duma, Nicolás volvió todavía más su vista hacia Moscú y hacia las provincias como una base sobre la que edificar su «autocracia popular» en calidad de contrapeso al Parlamento. Con el apoyo de la gente rusa de a pie (representada cada vez más por Grigori Rasputin)(2) aseguraría el poder del trono, que durante demasiado tiempo se había visto obligado a retirarse ante la burocracia y la sociedad.
La celebración del tricentenario marcó la culminación de este uso de la herencia moscovita. Fue una conmemoración dinástica, centrada en los símbolos del zar, que desplazó firmemente hacia un segundo plano los relacionados con el Estado. La controversia entre Rasputin, el escandaloso «hombre santo» campesino cuya influencia había llegado a dominar la corte, y Mijaíl Rodzianko, presidente de la Duma, durante el servicio en la catedral de Kazán resultaba todo un símbolo de esta situación. Rodzianko se había ofendido porque los miembros de la Duma recibieron los asientos muy por detrás de los reservados a los consejeros de la corte y a los senadores. Esto, se quejó el político al maestro de ceremonias, no iba «acorde con la dignidad» del Parlamento. «Si la celebración tenía la intención de ser un motivo de regocijo verdaderamente nacional, no debería pasarse por alto que en 1613 fue una asamblea del pueblo y no un grupo de funcionarios la que eligió a Miguel Románov zar de Rusia». El comentario de Rodzianko convenció y los asientos de la Duma se intercambiaron por los de los senadores. Pero cuando el político se acercó a sentarse en su lugar asignado lo encontró ocupado por un hombre de barba oscura y vestiduras campesinas al que inmediatamente reconoció como Rasputin. Los dos hombres se enfrentaron en una acalorada discusión, insistiendo uno en su elevada posición como presidente del Parlamento elegido por la nación, mientras que el otro reclamaba el apoyo del mismo zar, hasta que se llamó a un sargento para que restaurara la paz. Con un fuerte gruñido, Rasputin se dirigió hacia la salida, donde le ayudaron a ponerse el abrigo de marta y se le mostró un carruaje que lo esperaba.[7]
El primer ministro se sintió igualmente ultrajado por la actitud despectiva de la corte hacia el Gobierno durante los rituales del aniversario. Se esperaba que los ministros organizaran su propio transporte y acomodo mientras acompañaban a la comitiva real en su viaje por las provincias. Según recordaba el conde Kokóvtsov:
La actitud del momento parecía sugerir que el Gobierno era una barrera entre el pueblo y su zar, al que aquel miraba con ciega devoción porque estaba ungido por Dios… Los amigos más cercanos al zar en la corte quedaron persuadidos de que el soberano podía hacer cualquier cosa simplemente apoyándose en el amor ilimitado y en la profunda lealtad del pueblo. Los ministros del Gobierno, por otra parte, no se sentían atraídos hacia esta clase de autocracia; y tampoco la Duma, que insistentemente buscaba controlar el poder ejecutivo. Todos ellos eran de la opinión de que el soberano tenía que reconocer que habían cambiado las condiciones desde el día en que los Románov se habían convertido en zares de Moscú y señores de Rusia.
El primer ministro intentó en vano decir al zar que no podía salvar su trono intentando adoptar «el halo del zar moscovita que gobernaba Rusia como si se tratara de su propio patrimonio».[8]
La comunión entre el zar y su pueblo era el tema central de la celebración. Se suponía que el mito del campesino Iván Susanin reforzaría el mensaje de que la gente sencilla amaba al zar. Susanin había vivido en las posesiones de los Románov en Kostroma. La leyenda decía que, a costa de su propia vida, salvó a Miguel Románov engañando a los polacos que habían acudido a matarlo la víspera de su ascenso al trono. Desde el siglo XIX fue considerado oficialmente como un héroe nacional y celebrado en poemas y óperas patrióticas como La vida por el zar, de Glinka. Durante las celebraciones del tricentenario La vida fue representada en todo el país por compañías de aficionados, escuelas y regimientos. La prensa y los panfletos populares relataron el mito de Susanin ad nauseam. Se decía que simbolizaba la devoción del pueblo y su deber para con el zar. Un periódico del ejército informó a sus lectores de que Susanin había mostrado a todos los soldados cómo cumplir con su juramento para con el zar. La imagen del campesino héroe del siglo XVII se reprodujo por todas partes durante la celebración del aniversario, de manera notable en la base del monumento de los Románov en Kostroma, donde una figura femenina que representaba a Rusia bendecía a un Susanin arrodillado. Durante su viaje a Kostroma, Nicolás recibió incluso a una delegación de campesinos de Potemkin(3) que pretendían ser descendientes de Susanin.[9]
Según la propaganda del aniversario, la elección de los Románov en 1613 fue un momento crucial del despertar nacional, el primer acto real del Estado nación ruso. El «territorio al completo» había participado en la elección, según se decía, lo que proporcionaba un mandato popular a la dinastía, aunque los historiadores del siglo XIX ya aceptaban ampliamente que la elección se debió más a las maquinaciones de unos pocos boyardos poderosos que al pueblo. Mediante su elección, se pretendía hacer creer, los Románov habían llegado a personificar la voluntad de la nación. «El espíritu de Rusia está encarnado en su zar —escribió un propagandista—. El zar sigue significando para su pueblo el concepto más alto del destino y los ideales de la nación». Rusia, en resumen, eran los Románov. «En cada alma hay algo Románov —proclamaba el periódico Novoe Vremia (“Nuevos Tiempos”)—. Algo del alma y el espíritu de la dinastía que ha reinado durante trescientos años».[10]
Nicolás Románov, Rusia encarnada: ese era el culto promovido por el aniversario, que buscaba construirse sobre el estatus religioso del zar que había en la conciencia popular. Rusia tenía una larga tradición de príncipes santos (gobernantes que fueron canonizados por dar sus vidas por la patria y la fe) que se remontaba hasta el siglo X. En la mente del campesino corriente el zar no era solo un gobernante regio, sino un dios en la Tierra. Pensaba en él como en una figura paternal (el batiuska-tsar o padre-zar de los cuentos populares), que conocía el nombre de todos los campesinos personalmente, comprendía sus problemas en todos sus mínimos detalles y, si no fuera por los malos boyardos, los funcionarios nobles que lo rodeaban, satisfaría sus demandas en virtud de un «manifiesto dorado» que les proporcionaría la tierra. De ahí la tradición campesina de enviar peticiones directas al zar, una tradición que (como la psique monárquica reflejaba en el pueblo) continuó durante bastante tiempo en la era soviética, cuando Lenin y Stalin recibían peticiones similares. Este «ingenuo» mito campesino del buen zar podía ser utilizado a veces para legitimar las rebeliones campesinas, especialmente cuando una reforma gubernamental largo tiempo esperada fracasaba a la hora de satisfacer las expectativas del pueblo: Pugachov, el dirigente rebelde cosaco de la década de 1770, se hizo pasar por el zar Pedro III; campesinos rebeldes también se alzaron en el nombre del verdadero zar cuando tuvo lugar en 1861 una emancipación de los siervos que no llegó a satisfacer las quejas del campesinado. Pero en general el mito del buen zar funcionaba en beneficio de la Corona y, a medida que la crisis revolucionaria se fue agudizando, los propagandistas de Nicolás se fueron apoyando cada vez más en él.
La propaganda del tricentenario fue la floración final de esta leyenda. Presentaba a Nicolás como un padrino de sus súbditos, que conocía íntimamente a todos ellos y que se preocupaba por todas sus necesidades. Fue alabado por su modesto estilo de vida y sus gustos sencillos, por su accesibilidad a la gente corriente, su gentileza y su sabiduría. Se ordenó la redacción de una biografía popular de Nicolás especialmente para la ocasión, la primera que se publicaba de un zar vivo. Lo retrataba como el «padre de su pueblo, sobre cuyas necesidades mantiene una vigilancia atenta y compasiva». Se decía que dedicaba «un cuidado y una atención especiales a la salud y al desarrollo moral» de los campesinos, en cuyas cabañas frecuentemente entraba «para ver cómo viven y compartir su leche y su pan negro». En sus funciones oficiales «hablaba cordialmente» con los campesinos que entonces «se ruborizaban y se sentían más felices para el resto de sus vidas». Compartía los hábitos y las metas sencillas del pueblo, vestía una blusa campesina y comía humildes platos campesinos como el borsch y los blinis. Durante el aniversario, el zar fue fotografiado en simbólicos actos de homenaje al pueblo, como en la supervisión de un nuevo tipo de arado o probando las raciones de sus soldados. Tales imágenes estaban calculadas para reforzar el mito popular de que nada de las vidas diarias del pueblo, por trivial que fuera, escapaba a la atención del zar y que su influencia estaba en todas partes. «Millares de hilos invisibles tienen su centro en el corazón del zar —escribió el biógrafo real— y estos hilos se extienden hasta las chozas de los pobres y los palacios de los ricos. Y esa es la razón por la que el pueblo ruso siempre aclama a su zar con un entusiasmo tan ferviente, ya sea en San Petersburgo, en el teatro Marinski […] o cuando atraviesa ciudades y aldeas».[11]
«Ahora puedo ver por mí misma lo cobardes que son esos ministros de Estado —dijo la emperatriz Alejandra a una dama poco después de la celebración del tricentenario—. Están asustando constantemente al emperador con amenazas de revolución y aquí (lo puedes ver por ti misma) solo necesitamos mostrarnos e inmediatamente sus corazones son nuestros». Si los rituales del aniversario tenían la intención de crear la ilusión de una dinastía poderosa y estable, lo cierto es que habían convencido a pocas personas, con excepción de la propia corte. Los Románov se convirtieron en víctimas de su propia propaganda. En particular Nicolás, que regresó de su viaje por las provincias convencido de su autoengaño, de que «mi pueblo me ama». Esto le despertó un deseo inmediato de viajar por el interior ruso. Hablaba de un viaje en barco descendiendo por el Volga, una visita al Cáucaso y a Siberia. Estimulado por la creencia en su propia popularidad, empezó a buscar maneras de avanzar un paso más hacia el sistema de gobierno personal que tanto admiraba en la antigua Moscovia. Y animado por sus ministros más reaccionarios, incluso consideró la idea de disolver la Duma o de convertirla en un cuerpo puramente consultivo como la Asamblea de la Tierra (Zemski Sobor), de los siglos XVI y XVII.
Los observadores extranjeros favorables a la monarquía se vieron fácilmente arrastrados por la retórica entusiasta. «Ninguna esperanza parece demasiado exagerada o demasiado brillante», señalaba el Times de Londres refiriéndose al futuro de los Románov en una edición especial sobre el aniversario. Convencido de la devoción popular hacia el zar, informaba de que se había emitido una serie de sellos de correos con retratos de los gobernantes Románov para celebrar el tricentenario, pero que se había retirado cuando algunos empleados de correos monárquicos se negaron a imprimir el matasellos sobre aquellos rostros sagrados. «Estos escrúpulos leales y eminentemente respetables —concluía el Times— son típicos de la mentalidad de las masas del pueblo ruso». El Ministerio de Asuntos Exteriores británico se hizo eco de tales sentimientos. «Nada podría exceder el afecto y la devoción hacia la persona del emperador desplegados por la población en cualquier lugar donde apareciera su majestad. No hay duda de que en esta estrecha relación de las masas […] con la persona del emperador se encuentra la gran fuerza de la autocracia rusa».[12]
De hecho, las festividades con motivo del aniversario tuvieron lugar en medio de una crisis política y social profunda (algunos incluso dirían que revolucionaria). Las celebraciones tenían como telón de fondo varias décadas de violencia, sufrimiento humano y represión crecientes, que habían situado al pueblo del zar contra su régimen. Ninguna de las heridas de la Revolución de 1905 se había curado aún; algunas de ellas incluso se habían infectado. El gran problema campesino permanecía sin resolver, a pesar de los esfuerzos tardíos de la reforma agraria; de hecho, si algo había sucedido, era que desde la Revolución de 1905, cuando las multitudes habían asaltado sus posesiones, la nobleza terrateniente se había opuesto todavía más a la idea de otorgar concesiones a los campesinos. También se había producido un resurgimiento de las huelgas industriales, mucho más militantes que sus predecesoras a inicios del siglo XX, con los bolcheviques ganando terreno imparablemente a costa de sus rivales más moderados, los mencheviques, en las organizaciones laborales. Las aspiraciones de los liberales, cuya consecución había parecido tan cercana en 1905, se estaban alejando a medida que la corte y sus partidarios bloqueaban todas las reformas liberales de la Duma y pisoteaban el ideal frágil de los derechos humanos, como demostró el proceso de Beilis en 1913, que, después del caso Dreyfus, conmovió a la totalidad de Europa con la persecución medieval de un judío inocente acusado falsamente de haber cometido el asesinato ritual de un joven cristiano. Había, en resumen, un abismo de desconfianza que se agrandaba no solo en la corte y la sociedad (resumido en el escándalo de Rasputin), sino también entre la corte y muchos de sus partidarios tradicionales en el funcionariado civil, la Iglesia y el ejército, cuyas demandas el zar no atendía. Mientras los Románov se honraban y se adulaban a sí mismos con la fantástica creencia de que podrían gobernar otros tres siglos, fuera de su círculo cortesano más estrecho existía un sentimiento creciente de crisis y catástrofe inminentes. Este sentimiento de desesperación tuvo como mejor voz la de los poetas de la denominada «Edad de Plata» de la literatura rusa (Blok y Bieli especialmente), que presentaban a Rusia expuesta a los estragos de un volcán. En palabras de Blok: «Y sobre Rusia contemplo un tranquilo / extendido fuego que consume todo».
¿Cómo vamos a explicar el derrumbe de la dinastía? La palabra justa que hay que utilizar es precisamente «derrumbe». Porque el régimen de los Románov cayó bajo el peso de sus propias contradicciones internas. No fue derribado. Como en todas las revoluciones modernas, los primeros resquebrajamientos se produjeron en la cima. La revolución no empezó con el movimiento de los trabajadores, de ahí la preocupación de los historiadores izquierdistas en Occidente. Ni empezó con la ruptura provocada por los movimientos nacionalistas en la periferia: como sucedió con el colapso del Imperio soviético, edificado sobre las ruinas del de los Románov, la revuelta nacionalista fue una consecuencia de la crisis en el centro más que su causa. Una afirmación más convincente sería decir que todo empezó con la revolución campesina por la tierra, que en algunos lugares dio inicio en una fecha tan temprana como 1902, tres años antes de la Revolución de 1905, y que ciertamente estaba condenada a producirse en la medida en que Rusia era una sociedad abrumadoramente campesina. Pero mientras que el problema campesino, como el de los trabajadores y las nacionalidades, introdujo debilidades estructurales fundamentales en el sistema social del antiguo régimen, no determinó su política; y el problema era sobre todo político. No hay razón para suponer que el régimen zarista estaba condenado a colapsarse de la manera que los deterministas marxistas pretendieron alguna vez partiendo de su estrecho punto de vista sobre las «contradicciones» sociales. Podría haberse salvado mediante una reforma. Precisamente ahí está el quid del asunto. Los dos últimos zares de Rusia carecieron de voluntad para llevar a cabo una reforma real. De hecho, en 1905, cuando el zar estuvo a punto de perder el trono, se vio forzado a conceder reformas a regañadientes; pero una vez que hubo pasado la amenaza, volvió a situarse al lado de los reaccionarios. Esta es la debilidad fatal en el argumento de aquellos historiadores de derechas que pintan una imagen idílica del Imperio zarista en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Pretenden que el régimen zarista estaba siendo reformado o «modernizado» según los patrones liberales occidentales. Pero los dos últimos zares y sus partidarios más reaccionarios (en la nobleza, la Iglesia y los círculos políticos derechistas) eran, como mucho, ambiguos en relación con la idea de «modernización». Sabían, por ejemplo, que necesitaban una economía industrial moderna para competir con las potencias occidentales; pero al mismo tiempo eran profundamente hostiles a las demandas políticas y a las transformaciones sociales del orden industrial urbano. En lugar de abrazar la reforma, se adhirieron obstinadamente a su propia visión arcaica de la autocracia. Resultó trágico que en el momento en que Rusia estaba entrando en el siglo XX intentaran hacerla regresar al siglo XVII.
Ahí, por lo tanto, se encontraban las raíces de la revolución: en el conflicto creciente entre una sociedad que con rapidez se estaba haciendo más culta, más urbana y más compleja, y una autocracia fosilizada que no tenía intención de ceder a sus demandas políticas. Ese conflicto se agudizó en primer lugar (ciertamente de manera revolucionaria) después del suceso conocido como la hambruna de 1891, cuando el Gobierno se enfrentó a una crisis y la sociedad liberal se politizó al poner en funcionamiento su propia campaña de ayuda; en este punto es donde comienza precisamente la narración de la segunda parte. Pero antes tenemos que estudiar más de cerca a los principales protagonistas del conflicto, empezando por el zar.
Cuatro años antes del tricentenario, el príncipe P. N. Trubetskói, el brillante escultor, había completado una estatua ecuestre del antiguo zar Alejandro III que se colocó en la plaza Známenskaya, frente a la estación Nikolaevski, en San Petersburgo. Era una encarnación de la autocracia tan ingeniosa y formidable que después de la revolución los bolcheviques decidieron dejarla en su lugar como un recordatorio temible del antiguo régimen; y allí permaneció hasta la década de 1930.(4) La gigantesca estatua de bronce representaba a Alejandro en posición rígida y sobre un pesado caballo de proporciones arquitectónicas, con sus cuatro gruesas patas fijadas como pilares al suelo. Jinete y caballo parecían tan pesados y sólidos que daba la impresión de que era imposible que se movieran. Muchos la consideraron un símbolo de la propia inercia de la autocracia y quizá existió un elemento de ironía no del todo inocente en ello. Los trabajadores no tardaron en verle el lado divertido a la estatua. La bautizaron «el Hipopótamo» y compusieron estas ingeniosas líneas: «Aquí se erige una cómoda, / sobre la cómoda hay un hipopótamo / y sobre el hipopótamo está sentado un idiota». Incluso el gran duque Vladímir Alexándrovich, presidente de la Academia de las Artes y hermano del fallecido zar, calificó la estatua de caricatura. Resultaba una cruel ironía del destino que Trubetskói hubiera decidido erigir una estatua ecuestre, puesto que Alejandro III siempre tuvo miedo de los caballos. Sus dificultades a la hora de montarlos habían aumentado en sus últimos años, a medida que iba ganando peso. Resultaba casi imposible encontrar un caballo que el zar estuviera dispuesto a montar.[13]
Nicolás pasaba por alto tales ironías. Para él, la estatua de Trubetskói simbolizaba el poder y la solidez de la autocracia durante el reinado de su padre. Ordenó levantar una estatua de Alejandro todavía mayor en Moscú, su capital favorita, para el tricentenario. Se necesitaron dos años para construir el sobrecogedor monumento, que el mismo Nicolás inauguró en el curso de una gran ceremonia que tuvo lugar durante las celebraciones del aniversario. A diferencia de su hermana de San Petersburgo, que había combinado una buena semejanza representativa del zar con un fuerte aspecto simbólico, la nueva estatua no tenía pretensiones de mérito artístico. La figura gigante del zar era un maniquí sin expresión humana, una encarnación monolítica del poder autocrático. Aparecía sentado con la espalda recta en su trono y las manos en las rodillas, encumbrado con todos los símbolos de la autoridad zarista (la corona, el cetro y el globo terrestre, el manto imperial y el atavío militar completo) y mirando hacia el Kremlin, dando la espalda a la catedral, a la manera de un faraón que no tiene nada que pensar, excepto en la fuente de su propio poder ilimitado.[14]
Desde la muerte de Alejandro, en 1894, Nicolás había desarrollado una reverencia casi mística hacia la memoria de su padre. Pensaba en él como en el autócrata verdadero. Alejandro había gobernado Rusia como un señor medieval lo haría con su patrimonio privado. Había centralizado el poder en sus manos y dado órdenes a sus ministros como un general en tiempo de guerra. Incluso tenía el aspecto que un autócrata debería tener: un hombre gigante, con una estatura de un metro noventa y un rostro firme, con una imponente barba negra. Era un hombre que gustaba de divertir a sus compañeros de juerga atravesando puertas cerradas y doblando rublos de plata con su pulgar imperial. Lejos de los oídos de otros, en un rincón privado de su palacio, tocaba la trompeta con similar vigor. Existía la leyenda de que en 1888 incluso había salvado a su familia de una muerte segura al sostener sobre sus hombros hercúleos el derrumbado techo de acero del vagón comedor del tren imperial, que había descarrilado por culpa de los revolucionarios cuando los Románov se dirigían a Crimea. Su única debilidad, al parecer, era su adicción fatal al alcohol. Cuando cayó enfermo por una dolencia de los riñones, la emperatriz le prohibió beber. Pero logró eludir la prohibición valiéndose de un par especial de botas fabricadas con compartimentos ocultos de la suficiente envergadura para llevar en ellos una botella de coñac. El general P. A. Cherevin, uno de sus mejores amigos, recordaba: «Cuando la zarina estaba a nuestro lado, nos sentábamos tranquilos y jugábamos como buenos chicos. Pero en cuanto se retiraba un poco, intercambiábamos miradas. Y entonces (¡uno, dos, tres!) sacábamos nuestras botellas, echábamos un trago y seguíamos actuando como si no hubiera sucedido nada. A él [Alejandro] le complacía enormemente esta forma de diversión. Era como un juego. Lo denominábamos “La necesidad aguza el ingenio”. “Uno, dos, tres. ¿La necesidad, Cherevin?”. “El ingenio, su majestad”. “Uno, dos y tres”, y echábamos un trago».[15]
Nicolás creció a la sombra de ese enorme coloso, profundamente consciente de su propia inferioridad. De natural tímido y de apariencia juvenil, sus padres continuaron tratándolo como a un niño pequeño (Nicky lo llamaban en familia) mucho después de que hubiera superado la adolescencia. Nicolás retuvo muchos de sus gustos y metas infantiles. Los diarios que escribió cuando apenas tenía veinte años están repletos de ingenuas anotaciones acerca de juegos y travesuras. Por ejemplo, en 1894, a los veintiséis años, menos de un mes antes de su acceso al trono, dejó constancia de una épica batalla de castañas con el príncipe Jorge de Grecia que tuvo como escenario el parque real: «Empezamos enfrente de la casa y terminamos en el tejado». Unos cuantos días más tarde describió otra batalla, esta vez con piñas. Alejandro, que no sabía nada de complejos físicos o emocionales, lo consideraba débil y un tanto imbécil. Lo llamaba «niñita» y pensaba que no tenía mucho sentido prepararlo para las tareas de gobierno. Cuando el conde Witte, su ministro de Finanzas, sugirió que había llegado la hora de instruir al heredero del trono en los asuntos de Estado, Alejandro pareció sorprendido. «Dígame —preguntó al ministro—, ¿ha hablado usted alguna vez con su alteza imperial, el gran duque zarévich?». Witte admitió que lo había hecho. «¡Entonces no me diga que no se ha dado nunca cuenta de que el gran duque es un estúpido!».[16]
La educación había reportado a Nicolás todos los talentos y encantos de un alumno de escuela pública inglesa. Bailaba con gracia, cabalgaba con elegancia, era un muy buen tirador y destacaba asimismo en otros deportes. Hablaba inglés como un profesor de Oxford y también francés y alemán. Sus maneras eran, sobra decirlo, impecables. Su primo y amigo de juventud, el gran duque Alejandro, consideraba que era «el hombre más educado de Europa». Pero del conocimiento práctico necesario para gobernar un país de las dimensiones de Rusia (y un país, además, en una situación prerrevolucionaria) Nicolás no poseía casi nada. Su tutor principal, un caballero inglés llamado míster Heath, pintaba bien acuarelas y era extremadamente aficionado a la vida al aire libre. Pero carecía de formación universitaria y no sabía nada sobre Rusia, excepto unas pocas palabras básicas de su lengua. De V. O. Kliuchevski, el distinguido historiador, Nicolás aprendió algo de la historia de su país, pero nada de sus problemas contemporáneos. Cuando Pobedonóstsev intentó instruirlo en las tareas del Estado, se mostró «totalmente distraído, rascándose la nariz». La política aburría a Nicolás. Siempre se encontraba más a gusto en compañía de oficiales y de mujeres de sociedad que de ministros y de políticos.[17]
Poco entusiasmado por la capacidad de su hijo para aprender el arte de gobernar a partir de los libros, Alejandro lo enroló en el cuerpo de oficiales de la Guardia con la esperanza de que el ejército le fortaleciera el carácter y le enseñara algo del mundo. Nicolás amaba la vida militar. El espíritu de camaradería propio de los oficiales, más semejante a un club de caballeros que al cuartel militar, seguiría siendo parte de su carácter durante el resto de su vida, al igual que los buenos recuerdos de los días anteriores a verse sujeto a las responsabilidades de su cargo. En aquel entonces fue cuando se enamoró de la bailarina Mathilde Kshesinskaya. Su grado de coronel en el Regimiento de Preobrazhenski, concedido por su padre, seguía siendo una fuente de inmenso orgullo. Se negó a aceptar un grado mayor, incluso durante la Primera Guerra Mundial, cuando asumió las funciones de comandante en jefe. Esto perjudicó su prestigio en el ejército, donde llegó a ser conocido como el «coronel Románov».
En 1890 Alejandro envió a su hijo a realizar un gran viaje por Siberia, Japón, Indochina, Egipto y Grecia. La finalidad del viaje era ampliar la educación política del heredero. Pero la naturaleza de su séquito durante el viaje (los típicos oficiales de la Guardia necios y hedonistas) contribuyó enormemente a impedirlo. A lo largo del viaje Nicolás llenó su diario con las mismas entradas banales y triviales con las que lo había hecho hasta entonces en su patria: notas sin importancia sobre la temperatura, las distancias cubiertas a diario, la hora de salida de un puerto y de llegada al siguiente, la compañía en las comidas y otras cosas similares. Daba la sensación de que nada durante sus periplos lo había impulsado a ampliar su visión y sus observaciones sobre la vida. Lo único imborrable de esa experiencia fue desafortunado. En Otsu, en Japón, a duras penas escapó de un atentado llevado a cabo por un terrorista perturbado. La experiencia le dejó un profundo odio hacia los japoneses (los llamaba «monos», makaki) y a menudo se ha debatido si esto no lo hizo vulnerable a la influencia de aquellos miembros de su corte que impulsaron la desastrosa guerra contra Japón en 1904-1905.
Si Alejandro hubiera vivido setenta años, el destino del Imperio ruso podría haber sido muy diferente. Pero tal como lo dispuso el destino, murió de una enfermedad renal en 1894, con solo cuarenta y nueve. Cuando una muchedumbre de parientes, médicos y miembros de la corte se reunió alrededor del lecho mortuorio del gran autócrata, Nicolás estalló en sollozos y exclamó patéticamente ante su primo Alejandro: «¿Qué va a ser de mí y de toda Rusia? No estoy preparado para ser zar. Nunca quise serlo. No sé nada de cuestiones de gobierno. Ni siquiera sé cómo hablar a los ministros».[18] Luis XVI, con el que Nicolás tenía mucho en común, había realizado una afirmación sorprendentemente similar cuando supo por primera vez, en 1775, que iba a ser el rey de Francia.
El reinado del último zar de Rusia comenzó de manera desastrosa. Unos pocos días después de la coronación, en mayo de 1896, se organizó una fiesta de celebración en el Campo de Jodynka, un terreno de entrenamiento militar situado a las afueras de Moscú. A primera hora de la mañana, cerca de medio millón de personas se había reunido esperando recibir de su nuevo zar regalos conmemorativos: jarras de cerveza y galletas con la fecha y el motivo de la celebración inscritos. Iban a distribuirse gratuitamente enormes cantidades de cerveza y de salchichas. A medida que iba llegando más gente, fue corriendo el rumor de que no habría suficientes regalos para todos. La multitud avanzó. La gente tropezó y cayó en los fosos militares, donde muchos se ahogaron o resultaron aplastados. En pocos minutos murieron mil cuatrocientas personas y seiscientas resultaron heridas. Sin embargo, se convenció al zar para que continuara con la celebración. Por la tarde, mientras retiraban los cadáveres, incluso asistió a un baile ofrecido por el embajador francés, el marqués de Montebello. Durante los días siguientes, el resto de las actividades programadas (banquetes, bailes y conciertos) se siguieron celebrando como si no hubiera sucedido nada. La opinión pública se sintió ultrajada. Nicolás intentó expiar lo ocurrido encargándole a un antiguo ministro de Justicia que averiguara las causas de la catástrofe, pero cuando el ministro descubrió que el gran duque Sergio, gobernador general de Moscú y esposo de la hermana de la emperatriz, era el culpable de lo ocurrido, los otros grandes duques protestaron enfurecidos. Sostenían que admitir la falta de un miembro de la familia imperial menoscabaría los principios de la autocracia. El asunto quedó cerrado, pero se consideró un mal augurio para el nuevo reinado y ahondó el abismo creciente que existía entre la corte y la sociedad. Nicolás, que cada vez creía con más convicción que estaba sujeto a un destino desdichado, contemplaría retrospectivamente este incidente como el inicio de todos sus problemas.[19]
A lo largo de su reinado, Nicolás dio la impresión de ser incapaz de ocuparse de la tarea de regir un vasto imperio que se enfrentaba con una crisis revolucionaria creciente. Es cierto que solo un genio podría haberse enfrentado con esa situación. Y Nicolás no era precisamente un genio.(5) Si las circunstancias y sus propias inclinaciones hubieran sido diferentes, podría haber salvado su dinastía apartándose del gobierno autocrático y acercándose a un régimen constitucional durante la primera década de su reinado, mientras todavía existía la esperanza de apaciguar a los liberales y de aislar el movimiento revolucionario. Nicolás tenía muchas de las cualidades personales que se requieren para ser un buen monarca constitucional. En Inglaterra, donde solo era necesario ser un «buen hombre» para ser un buen rey, habría sido un soberano admirable. Ciertamente, no era más obtuso que su primo Jorge V, un modelo de rey constitucional y con quien guardaba un asombroso parecido. Nicolás tenía buenas maneras, una excelente memoria y un sentido perfecto del decoro, cualidades que lo convertían en potencialmente ideal para las tareas tan ceremoniales y propias de un monarca constitucional. Pero Nicolás no había nacido para ese papel: era el emperador y el autócrata de todas las Rusias.(6) La tradición familiar y la presión de los aliados tradicionales de la Corona lo impulsaron no solo a reinar, sino también a gobernar. No era apropiado para un Románov desempeñar el papel de un monarca ceremonial, dejando los asuntos reales del Gobierno al aparato burocrático. Y tampoco lo habría sido retroceder ante las demandas de los liberales. La manera de actuar de los Románov, frente a la oposición política, era asegurar la «autoridad divina» del monarca absoluto, confiar en el «vínculo histórico entre el zar y el pueblo», y gobernar con fuerza y resolución. A pesar de su origen anglogermánico, la emperatriz adoptó con prontitud todas las tradiciones medievales del despotismo bizantino e impulsó constantemente a su esposo, caracterizado por las buenas maneras, para que se convirtiera en alguien similar a Iván el Terrible y a Pedro el Grande. La veneración que Nicolás sentía por su padre y su propia ambición creciente de gobernar a la manera de sus antepasados moscovitas hicieron inevitable que se entregara a representar el papel de un verdadero autócrata. Como advirtió a los nobles liberales de Tver poco después de su coronación, veía como su deber ante Dios «mantener el principio de la autocracia tan firme y tan inquebrantablemente como fue preservado por mi inolvidable padre muerto».[20]
Pero Nicolás no había sido bendecido ni con la fuerza de carácter de su padre ni con su inteligencia. Esa fue la tragedia de Nicolás. Con sus limitaciones solamente podía representar el papel de un autócrata, entrometerse en las labores de gobierno (y trastornarlas) sin capacidad de dirección. Era una persona de maneras demasiado suaves y tímidas para ejercer ninguna autoridad real sobre sus subordinados. Al tener una estatura de solo un metro setenta, lo que le daba cierto aspecto femenino, ni siquiera parecía un autócrata. Las figuras dominantes, como su madre, la emperatriz María Fedorovna, sus tíos, los cuatro grandes duques, y su antiguo tutor, Konstantín Pobedonóstsev, lo observaron con cierto desdén durante los primeros años de su reinado. Más tarde su esposa «llevaría los pantalones», como ella se lo hizo saber en una carta.
Sin embargo, resultaría erróneo asumir, como han hecho tantos historiadores, que el fracaso de Nicolás partió de una «debilidad de voluntad» fundamental. La concepción generalmente aceptada ha sido la de que Nicolás era una víctima pasiva de la historia, que poco a poco se fue volviendo místico e indiferente hacia su propio destino cuando se dio cuenta de su impotencia creciente frente a la revolución. Esta interpretación debe mucho a las observaciones de sus enemigos revolucionarios, que dominaron los primeros escritos acerca de él. Víktor Chernov, el dirigente eserista, por ejemplo, arguyó que Nicolás se había enfrentado con la adversidad con «una especie de pasividad testaruda, como si deseara escapar de la vida… No parecía un hombre, sino una pobre copia de hombre». Trotski, de manera similar, retrató al último zar como alguien que mostró «solo una estúpida indiferencia» a la «corriente histórica» que fluía cada vez más cerca de las puertas de palacio. Por supuesto, existe una parte de verdad en todo esto. Frustrado en sus ambiciones para gobernar como pensaba que debería hacerlo un verdadero autócrata, Nicolás se retiró paulatinamente al ámbito privado e igualmente dañado de su familia. Sin embargo, esta admisión encubierta del fracaso político no se produjo por no haberlo intentado. Por debajo de su exterior dócil, Nicolás tenía un fuerte sentido de su deber, el de mantener los principios de la autocracia. A medida que fue creciendo en confianza durante su reinado, desarrolló un intenso deseo de gobernar, como sus antepasados moscovitas, sobre la base de su propia conciencia religiosa. Defendió testarudamente sus prerrogativas autocráticas contra las intrusiones de sus ambiciosos ministros e incluso de su propia esposa, cuyas persistentes demandas (a menudo en nombre de Rasputin) procuró ignorar y resistir. No fue una «debilidad de la voluntad» lo que destruyó al último zar, sino, por el contrario, una voluntaria determinación de gobernar desde el trono, a pesar del hecho de que claramente carecía de las necesarias cualidades para hacerlo.[21]
La completa incapacidad para manejar y dar órdenes a sus subordinados era una deficiencia obvia. A lo largo de su vida Nicolás sintió el peso de un sentido bastante poco natural del decoro. Escondió sus emociones y sentimientos detrás de una máscara de reserva pasiva que daba la impresión de indiferencia a aquellos que, como Chernov y Trotski, lo observaron a distancia. Haciendo uso del tacto, se declaraba de acuerdo con cualquiera que le hablara antes que sufrir el embarazo de tener que contradecirlo. Esto provocó el dicho, que circulaba por los salones de San Petersburgo, de que el hombre más poderoso de Rusia era el último hombre que hubiera hablado con el zar. Nicolás era demasiado cortés para enfrentarse con sus ministros y quejarse de su labor, así que dejaba a otros que los informaran de su cesantía. El conde Witte recordó su propia dimisión como presidente del Consejo de Ministros: «Hablamos [Nicolás y yo] durante dos horas enteras. Me estrechó la mano. Me abrazó. Me deseó toda la suerte del mundo. Regresé a casa lleno de felicidad y encontré encima de mi escritorio una orden escrita que me cesaba del cargo». Witte creía que el zar obtenía alguna curiosa satisfacción al atormentar a sus ministros de esa manera. «Nuestro zar —escribió en sus memorias— es un oriental, un bizantino al cien por cien». Tal comportamiento impredecible provocó sentimientos de inseguridad dentro de los círculos dominantes. Empezaron a circular rumores dañinos acerca de que el zar estaba envuelto en varias conspiraciones cortesanas o, incluso peor, de que no era dueño de sus propios actos y se había convertido en el instrumento estúpido de fuerzas oscuras y ocultas que se movían entre las bambalinas. El hecho de que Nicolás se apoyara en un gabinete reducido de consejeros reaccionarios (que incluía a Pobedonóstsev, procurador general del Santo Sínodo, y al notorio editor de diarios, el príncipe Meshcherski, cuyos amantes, del mismo sexo, ascendían a importantes posiciones en la corte) simplemente añadió leña al fuego de esta teoría conspiratoria; como, por supuesto, sucedió en años posteriores con Rasputin.
Lo que Nicolás no tenía de capacidad de dirección lo suplió con trabajo duro. Era un monarca industrioso y consciente, especialmente durante la primera mitad de su reinado, y se sentaba con diligencia a su escritorio hasta que terminaba sus obligaciones administrativas del día. Todo esto lo hacía a la manera de un conserje (el «conserje jefe del imperio»), dedicando todas sus energías a las minucias rutinarias de su oficina, sin siquiera detenerse a considerar las cuestiones políticas de mayor envergadura. Mientras que su padre se había centrado solamente en las cuestiones más importantes de la política y había delegado la mayoría de sus funciones ejecutivas menores en sus subordinados, Nicolás demostró ser bastante incapaz de ocuparse de otra cosa que no fueran los asuntos más triviales. Personalmente se ocupó de cosas tales como el presupuesto de reparaciones de una escuela de educación agrícola o el nombramiento de las comadronas provinciales. Era evidente que encontraba una satisfacción auténtica en estas rutinas burocráticas menores: creaban la ilusión de un Gobierno que marchaba sobre ruedas y le hacían creer que tenía un propósito. Todos los días registraba cuidadosamente en su diario el momento y la duración de las reuniones con sus ministros y sus otras actividades oficiales, junto con notas breves sobre meteorología, la hora en que había tomado el café de la mañana, la compañía en el té y cosas similares. Estas rutinas se convirtieron en una especie de ritual: a la misma hora cada día realizaba las mismas funciones, de tal manera que sus funcionarios a menudo decían en tono de broma que se podía poner en hora el reloj tomándolo como referencia. A Nicolás, cuya mente se centraba en las cosas pequeñas, le parecía que el papel del verdadero autócrata, de quien rige en persona desde el trono, era precisamente el de encargarse de todos los detalles menores de la administración de sus vastos territorios. Por ejemplo, pasaba horas ocupándose de las peticiones dirigidas a la cancillería: cada mes llegaban centenares de ellas, muchas procedentes de campesinos con nombres poco halagüeños (por ejemplo, motes serviles como Maloliente o Feo, que habían terminado convirtiéndose en apellidos) y que no podían cambiar sin el consentimiento del zar. Nicolás demostró que era incapaz de elevarse por encima de estas ínfimas tareas. Progresivamente fue sintiendo celos de las funciones burocráticas de sus ministros, que él confundía con el ejercicio del poder, y lamentó tener que delegarles autoridad, puesto que veía esta situación como una usurpación de sus propios poderes autocráticos. Tanto protegía sus ínfimas prerrogativas ejecutivas que incluso se negó a nombrar un secretario privado y prefirió, por el contrario, ocuparse de su propia correspondencia. Aun instrucciones tan sencillas como amonestar a un funcionario o reparar el motor de un automóvil las debía escribir en una nota y cerrar en un sobre el propio zar. Nunca se le ocurrió que un autócrata podía ser más útil resolviendo cuestiones de Estado mayores. Su mente era la de un miniaturista, muy bien amoldado a los detalles más pequeños de la administración, pero completamente incapaz de sintetizarlos en principios generales de gobierno. Como Pobedonóstsev dijo una vez de él: «Solo comprende el significado de algún hecho aislado, sin conexión con el resto, sin apreciar la interrelación con otros eventos, tendencias y sucesos pertinentes. Se apega a su insignificante e ínfimo punto de vista».[22]
Para defender sus prerrogativas autocráticas, Nicolás creía que necesitaba mantener a sus funcionarios en un estado de debilidad y división. Cuanto más poderoso se hacía un ministro, más celoso se sentía de sus poderes. Primeros ministros capaces, tales como el conde Witte y Piotr Stolypin, que por sí solos podían haber salvado el régimen zarista, se vieron empujados a esta niebla de desconfianza. Solo los mediocres, tales como el «viejo» Iván Goremykin, sobrevivieron durante bastante tiempo en cargos elevados. El analista británico Bernard Pares expresó el éxito de Goremykin al señalar el hecho de que era «aceptable» tanto para el zar como para la zarina «por su actitud de mayordomo que comunica las instrucciones a los otros sirvientes». Ciertamente, como corresponde a un zar que gobernaba sobre Rusia igual que un señor medieval, Nicolás veía a sus ministros como a siervos de su propia vivienda privada más que como a funcionarios del Estado. Es cierto que ya no se dirigía a ellos con el familiar tyi (el «tú» reservado a los animales, los siervos y los niños), pero esperaba que le rindiesen una profunda devoción y situaba la lealtad, aspectos que más valoraba en sus ministros, muy por encima de la competencia. Incluso el conde Witte, que era todo salvo humilde en su comportamiento habitual, se vio obligado en presencia del zar a colocar los pulgares en línea recta con las costuras de los pantalones, como si fuera un sirviente privado.
Nicolás explotó las rivalidades y las divisiones entre sus diferentes ministros. Enfrentaba los puntos de vista de unos contra otros para salirse con la suya. Esto provocaba una escasa coherencia en el Gobierno, pero en la medida en que fortalecía su posición, no parecía molestarle. Excepto durante una breve época en 1901, Nicolás rehusó de manera constante coordinar la labor de los diferentes ministerios mediante las reuniones del Consejo de Ministros: daba la sensación de que temía que se pudieran formar facciones poderosas que lo forzarían a adoptar políticas que desaprobaba. Prefería ver a sus ministros de uno en uno, lo que tenía el efecto de mantenerlos divididos, pero que a su vez provocaba caos y confusión. Estas audiencias podían resultar en extremo frustrantes para los ministros porque mientras que Nicolás invariablemente daba la impresión de que estaba de acuerdo con las propuestas de un ministro, nunca se podía confiar en que las apoyaría en contra de las de otro. Muy rara vez participaba en debates continuados y generales sobre política. Si un ministro hablaba demasiado de política, el zar le dejaba claro que se aburría y cambiaba de conversación adoptando un tema que le resultaba más agradable, como el tiempo. Conscientes de que el zar encontraba sus informes aburridos, los ministros los acortaban a propósito. Algunos incluso se los saltaban y lo divertían con anécdotas y rumores.[23]
El resultado de todo esto fue que el Gobierno se vio privado de una dirección o una coordinación efectivas durante los últimos años del régimen zarista. Nicolás fue el origen de todos los problemas. Si hubo un vacío de poder en el centro del sistema gobernante, él fue ese espacio vacío. En cierto sentido, Rusia sufrió lo peor de ambos extremos: un zar determinado a gobernar desde el trono, pero bastante incapaz de ejercer el poder. Su reinado fue una «autocracia sin autócrata». Quizá nadie podía cumplir el papel que Nicolás había labrado para sí mismo: la labor de gobierno se había hecho demasiado vasta y compleja para un solo hombre; la misma autocracia era un anacronismo. Pero Nicolás estaba equivocado al intentar ponerla en práctica. En lugar de delegar responsabilidades, se entregó a una fantasía de poder absoluto. Tan celoso era de sus propias prerrogativas que intentó pasar por encima de las instituciones estatales y centrar el poder en la corte. Mas ninguno de sus cortesanos, de trato afable pero necios, era remotamente capaz de proporcionarle el sólido consejo que necesitaba para regir el país, ya que procedían de un estrecho círculo de oficiales aristocráticos de la Guardia que no sabían nada de la Rusia que se extendía más allá de las calles de moda de San Petersburgo. La mayoría de ellos sentían resquemor hacia Rusia, hablaban francés, no ruso, y pasaban más tiempo en Niza y en Biarritz que en sus haciendas de las provincias del imperio. Bajo el creciente dominio de la corte, el gobierno de Nicolás fue incapaz de crear una política coherente que se ocupara de los crecientes problemas de la sociedad que estaban conduciendo de manera inexorable hacia la revolución. Durante sus últimos años, especialmente después de la caída de Stolypin, en 1911, el Gobierno fue peligrosamente a la deriva, a medida que el zar nombraba, uno tras otro, a mediocres aduladores como primer ministro. El mismo Nicolás pasaba cada vez más tiempo fuera de su oficina. En ocasiones los asuntos de gobierno tenían que ser retrasados durante semanas, mientras él dedicaba su tiempo a partidas de caza, a fiestas en yate y a vacaciones familiares en Crimea. Pero en el refugio de su familia, aparentemente seguro, se estaba desarrollando otra tragedia.
La emperatriz Alejandra consideró las celebraciones del aniversario imperial un engorro. Se obligó a asistir a duras penas a todos los actos públicos, pero a menudo se marchaba enseguida con visibles señales de disgusto. En el magnífico baile ofrecido por la nobleza de Moscú se sintió tan enferma que apenas podía mantenerse en pie. Cuando el emperador acudió en su rescate, lo hizo justo a tiempo para llevársela y evitar que se desmayara en público. Durante la gala celebrada en el teatro Marinski apareció pálida y sombría. Sentada en el palco adyacente, Meriel Buchanan, la hija del embajador británico, observó cómo el abanico que sostenía en sus manos temblaba y cómo su respiración trabajosa
hacía que los diamantes que cubrían el corpiño de su vestido subieran y bajaran, temblando y lanzando destellos, un millar de incómodos brillos. De hecho, parecía que aquella emoción o pesar se apoderaba de ella completamente y, tras susurrar unas pocas palabras al emperador, se levantó y se retiró a la parte de atrás del palco para que no se la viera más aquella tarde. Por el teatro circuló entonces una ola de cierto resentimiento.[24]
Lo cierto es que la emperatriz no había aparecido en público más de una docena de ocasiones en el curso de la década anterior. Desde el nacimiento de su hijo hemofílico, el zarévich Alexis, en 1904, se había encerrado en el palacio Alejandro, en Tsarkoie Seló, y en otras residencias imperiales apartadas de la capital. Se esperaba que utilizara la oportunidad del tricentenario para mejorar su imagen pública. Al haber dado la espalda a la sociedad, había llegado a ser contemplada como un ser frío y arrogante, mientras que su dependencia del «hombre santo», Rasputin, había sido durante mucho tiempo un asunto de preocupación política a causa del creciente dominio que este ejercía sobre la corte. Pero poco antes del aniversario, la enfermedad de su hijo había empeorado y eso rondó a menudo por su mente durante las celebraciones. Para empeorar las cosas, Tatiana, su segunda hija, había caído enferma de tifus después de beber el agua infectada de la capital. Alejandra hizo todo lo posible para ocultar al público su angustia interior, pero carecía de fuerza para salir a ganarse su simpatía.
Alejandra era una extraña para Rusia cuando se convirtió en su emperatriz. Desde el siglo XVIII, había sido costumbre que los gobernantes Románov se casaran con princesas extranjeras. A finales del XIX, ese tipo de matrimonio había convertido a los Románov en una parte integral de las monarquías europeas. Sus oponentes gustaban de llamarlos «la dinastía Gottorp-Holstein», lo que en términos genealógicos no distaba mucho de la realidad. La mayoría de los hombres de Estado compartían el punto de vista de que el equilibrio del poder en Europa se vería asegurado por estos vínculos dinásticos. De manera que había razones para dar la bienvenida al compromiso contraído en abril de 1894 por el zarévich Nicolás y la princesa Alejandra, o Alix, para abreviar, hija del gran duque de Hesse-Darmstadt y de la princesa Alicia de Inglaterra. Se esperaba que la princesa tuviera mucho tiempo para prepararse para el papel de emperatriz. Pero Alejandro III murió solo seis meses más tarde y aquella mujer de veintidós años se encontró repentinamente sentada en el trono ruso.
Aunque en años posteriores sus súbditos la llamarían «la Alemana», Alejandra era en muchos aspectos la quintaesencia de la mujer inglesa. Después de la muerte de su madre, en 1878, la había criado en Inglaterra su abuela, la reina Victoria, cuya moral, actitudes y gustos estrictos, por no hablar de su tenacidad de carácter, había asimilado. Alejandra hablaba y se escribía con Nicolás en inglés. Hablaba el ruso muy pobremente, con un fuerte acento inglés, y solo con los siervos, los funcionarios y el clero. Su manera de dirigir la casa en el palacio Alejandro era austeramente victoriana. Prefería los muebles elaborados por Maples, una tienda inglesa de clase media, a los finos muebles imperiales, que encajaban mucho mejor con el estilo imperial clásico del palacio Alejandro. Sus cuatro hijas compartían habitación, donde dormían en estrechas literas; se sabía que la misma emperatriz les cambiaba las sábanas. Todos los días tomaban baños fríos. Desde muchos puntos de vista, la ambición modesta de Nicolás y Alejandra era llevar el estilo de vida propio de la clase media inglesa. Hablaban el curioso lenguaje doméstico de la burguesía victoriana: se llamaban entre sí con los apelativos hubby («esposo mío») y wifey («esposa mía»).[25] Pero la emperatriz se equivocaba al asumir, como lo hacía partiendo de su conocimiento de la corte inglesa, que un estilo de vida semejante, que en Inglaterra era el resultado del alejamiento del monarca del ámbito del poder ejecutivo, podría ser objeto de disfrute para un autócrata ruso.
Desde el principio Alejandra dio la impresión de lamentar el papel público que su posición la obligaba a desempeñar. Aparecía solo raramente ante la corte y en las funciones sociales y, siendo por naturaleza tímida, adoptó un aire de reserva en sus primeras apariciones que la hacía parecer extraña y antipática. Se ganó una reputación de frialdad y altivez, dos vicios muy poco rusos. «La zarina no gustaba a nadie —escribió la anfitriona de tertulias literarias Zinaida Gippius—. Su cara afilada, hermosa pero de mal temperamento y deprimida, con labios finos y fuertemente apretados, no gustaba; su altura alemana y complexión angular no complacían». Al saber de la impopularidad de su nieta, la reina Victoria le escribió aconsejándola:
No existe oficio más duro que nuestro oficio, el de gobernar. Lo he hecho durante más de cincuenta años en mi propio país, que he conocido desde mi infancia, y no obstante todos los días pienso que necesito retener y fortalecer el amor de mis súbditos. Cuánto más difícil es tu situación. Te encuentras en un país extranjero, un país que no conoces en absoluto, donde las costumbres, la manera de pensar y la gente misma te resultan completamente ajenas, y no obstante es tu primer deber el ganar su amor y respeto.
Alejandra contestó con una arrogancia que sugería que su reputación era merecida:
Estás equivocada, mi querida abuela; Rusia no es Inglaterra. Aquí no tenemos que ganarnos el amor de la gente. El pueblo ruso reverencia a sus zares como a seres divinos, de los que derivan todo bienestar y fortuna. Por lo que se refiere a la sociedad de San Petersburgo, se la puede obviar completamente. Las opiniones y burlas de los que la componen no tienen ningún significado.
El contenido de esta correspondencia pronto llegó a ser conocido en los principales círculos de San Petersburgo, lo que condujo al completo enfriamiento de las relaciones entre los dirigentes de la alta sociedad y la emperatriz. Esta se limitó a reducir sus apariciones públicas y estrechó sus amistades a aquellas de las que esperaba una devoción servil. Aquí se encuentran las raíces de su insistencia paranoica en dividir la corte y la sociedad en «amigos» y «enemigos», lo que significaba llevar a la monarquía al borde de la catástrofe.[26]
La impopularidad de la emperatriz no habría importado tanto si no se hubiera aferrado a la voluntad de desempeñar un papel político activo. Por su carta a la reina Victoria resulta obvio que los alicientes místicos propios del despotismo bizantino ya se habían apoderado de ella. Incluso más que su tibio esposo, Alejandra creía que Rusia todavía podía ser gobernada (y tenía que serlo) como lo habían hecho los zares medievales. Contempló el país como el feudo privado de la Corona: Rusia existía para beneficio de la dinastía y no a la inversa. Los ministros del Gobierno eran los siervos privados del zar, no los siervos públicos del Estado. A su manera despótica, intentó organizar el Estado como si fuera parte de su casa. Impulsó constantemente a su marido a ser más fuerte y a afirmar su voluntad autocrática. «Sé más autócrata que Pedro el Grande —le decía a su esposo— y más duro que Iván el Terrible». Deseaba que gobernara, como los zares medievales, sobre la base de sus propias convicciones religiosas y sin contemplaciones hacia los límites de la ley. «Tú y Rusia sois uno y lo mismo», le decía mientras lo empujaba en esa dirección; actuaba así, siguiendo sus propias ambiciones, vanidades, temores y celos. Fueron la zarina y Rasputin quienes (al menos tal y como pensaba la gente) se convirtieron en los gobernantes reales de la Rusia zarista durante los últimos años catastróficos. Alejandra gustaba de compararse con Catalina la Grande, pero, de hecho, su papel recordaba mucho más a María Antonieta, la última reina de la Francia del antiguo régimen, cuyo retrato colgaba sobre su escritorio del palacio Alejandro.[27]
Alejandra se propuso como misión proporcionar a la dinastía Románov un hijo y heredero sano. Pero dio a luz a cuatro hijas sucesivas. Desesperada, recurrió al doctor Philippe, un adepto a la «medicina astral» que había sido presentado a la familia imperial en 1901, durante la visita regia a Francia. La convenció de que estaba encinta de un hijo y ella se comportó como se esperaba hasta que un examen médico reveló que no se trataba más que de un embarazo psicológico. Philippe era un charlatán (lo habían multado tres veces en Francia por fingir ser un verdadero médico) y abandonó Rusia tras caer en desgracia. Pero el episodio había puesto de manifiesto la susceptibilidad de la emperatriz hacia los charlatanes de ínfulas místicas, lo que se podía haber predicho partiendo de la naturaleza emocional de su conversión a la ortodoxia. Después del frío y espartano mundo espiritual del protestantismo del norte de Alemania, se vio seducida por los rituales solemnes, las oraciones cantadas y los himnos llenos de fuerza espiritual de la Iglesia rusa. Con todo el fervor del neófito, llegó a creer en el poder de la oración y de los milagros divinos. Y cuando, en 1904, finalmente dio a luz a un hijo, quedó convencida de que se debía a la intercesión de san Serafín, un piadoso anciano procedente del campesinado ruso que en 1903 había sido canonizado, hasta cierto punto de manera irregular, por insistencia del zar.
El zarévich Alexis creció hasta convertirse en un agradable niño. Pero pronto se descubrió que sufría hemofilia, una dolencia en aquel tiempo incurable y en la mayoría de los casos fatal. La enfermedad era hereditaria en la casa de Hesse (uno de los tíos de Alejandra, uno de sus hermanos y tres de sus sobrinos murieron a causa de ella) y no había duda de que la emperatriz la había transmitido. Si los Románov hubieran sido más prudentes, podrían haber impedido que Nicolás se casara con ella; pero entonces la hemofilia era tan común en las casas reales de Europa que se había convertido en una especie de peaje inevitable. Alejandra contemplaba la enfermedad como un castigo de Dios y, para expiar su pecado, se entregó a la religión y a los deberes de la maternidad. Si la naturaleza de la enfermedad de su hijo no se hubiera mantenido en secreto, podría haber obtenido como madre la simpatía popular que había perdido por completo al intentar conseguirla como emperatriz. Alejandra vigilaba constantemente al niño para que no se cayera y se produjera una hemorragia interna, mortal para quienes sufrían de hemofilia. No había forma de que su hijo pudiera llevar la vida de un niño normal, puesto que el más ligero accidente podía desencadenar la hemorragia. Un marino llamado Derevenko se encargó expresamente de acompañarlo a todas partes y llevarlo cuando, como sucedía a menudo, no podía caminar. Alejandra consultó con varios médicos, pero la ciencia no conocía ninguna cura. Llegó a la convicción de que solo un milagro podía salvar a su hijo y luchó para hacerse digna del favor de Dios donando dinero a las iglesias, realizando buenas obras y orando durante interminables horas. «Cada vez que la zarina lo veía con las mejillas enrojecidas o escuchaba su alegre risa o miraba sus jugueteos —recordaba Pierre Gilliard, el tutor del zarévich—, su corazón se llenaba de una inmensa esperanza y decía: “Dios me ha escuchado. Se ha compadecido de mi pesar al final”. Entonces la enfermedad volvía repentinamente a apoderarse del niño, lo postraba en un lecho de dolor y lo conducía hasta las puertas de la muerte».[28]
Fue su desesperada necesidad de encontrar una cura milagrosa lo que introdujo a Rasputin en su vida y en la vida de Rusia. Grigori Rasputin había nacido en una familia campesina relativamente acomodada en la aldea de Pokrovskoe, en Siberia occidental. Hasta hace poco se pensaba que había nacido a inicios de la década de 1860, pero ahora se sabe que era más joven de lo que creía la gente (de hecho, nació en 1869). Poco más se conoce acerca de los primeros años de Rasputin. Una comisión nombrada por el Gobierno provisional en 1917 entrevistó a cierto número de sus paisanos, quienes recordaban a un muchacho sucio e ingobernable. Más tarde adquirió fama como borracho, libertino y ladrón de caballos, de donde precisamente adquirió su sobrenombre, derivado de la palabra rasputnyi, que significa «disoluto».(7) En algún momento de su vida se arrepintió y se unió a un grupo de peregrinos que se dirigían al monasterio cercano de Verjoturye, donde permaneció durante tres meses, antes de regresar a Prokrovskoe como un hombre muy cambiado. Había renunciado al alcohol y al consumo de carne, aprendió a leer y a escribir un poco y se convirtió en una persona religiosa y reservada. La principal causa de su conversión parece haber sido el «santo hombre» o starets Makari, un monje del monasterio de Verjoturye cuyos poderes espirituales, como los del starets Zosima en Los hermanos Karamazov, de Dostoievski, habían atraído a discípulos de toda la región. Makari había sido recibido por el zar y la zarina, que andaban siempre a la búsqueda de hombres de Dios entre la gente sencilla, y fue el ejemplo de Makari al que posteriormente se referiría Rasputin como fuente de inspiración. No hay ninguna prueba de que Rasputin fuera jamás discípulo de Makari: nunca había recibido la educación formal necesaria para convertirse en monje y, de hecho, parecía bastante incapaz de ello. Cuando el puesto de confesor del zar quedó vacante en 1910, Alejandra insistió en que Rasputin recibiera la educación necesaria para ser ordenado, de manera que pudiera desempeñar esta función. Pero pronto quedó de manifiesto que era incapaz de leer, salvo los fragmentos más básicos de las Escrituras. La capacidad de memorizar, esencial para el sacerdocio, demostró estar muy por encima de sus posibilidades (la memoria de Rasputin era de hecho tan pobre que a menudo llegaba a olvidar los nombres de sus amigos, de manera que los apodaba con motes tales como Belleza o Gobernador, más fáciles de recordar). En cualquier caso, no fue exactamente la fe ortodoxa lo que Rasputin llevó consigo a San Petersburgo desde los bosques de Siberia. Su extraña mezcla de misticismo y erotismo tenía más similitud con las prácticas de los jlysty, una secta ilegal con la que realmente se había encontrado en Verjoturye, aunque las frecuentes alusiones que apuntaban a que él mismo era un miembro de la secta nunca se probaron de manera concluyente. Los jlysty creían que el pecado era el primer paso hacia la redención. En sus reuniones nocturnas danzaban desnudos para conseguir un estado de frenesí y se entregaban a la flagelación y al sexo en grupo. Lo cierto es que había mucho en común entre los puntos de vista de los jlysty y las creencias semipaganas del campesinado ruso que reflejaba el misticismo de Rasputin. El campesino ruso creía que el pecador podía tener tanta intimidad con Dios como el hombre piadoso, e incluso alcanzar un vínculo mayor.[29]
Como contaría posteriormente, con veintiocho años Rasputin contempló una aparición de la Virgen y fue en peregrinación a Jerusalén. No existe prueba alguna de esta peregrinación y lo más probable es que se limitara a unirse al conjunto de vagabundos campesinos, sabios y profetas que durante siglos ha recorrido Rusia a lo largo y ancho viviendo de las limosnas de los aldeanos. Desarrolló un aura de autoridad espiritual y un don para la predicación que pronto atrajeron la atención de algunos de los clérigos más importantes de Rusia. En 1903 apareció por primera vez en San Petersburgo con el respaldo del archimandrita Teófanes, el confesor de Alejandra, el obispo Hermógenes de Sarátov y el celebrado padre Juan de Kronstadt, que era también un amigo íntimo de la familia real. La Iglesia ortodoxa buscaba hombres santos que, como Rasputin, procedieran del pueblo común para revitalizar su mermada influencia entre las masas urbanas y aumentar su prestigio en la corte de Nicolás.
Era también una época en que la corte y los círculos sociales de San Petersburgo estaban interesados en las formas alternativas de religión. En los salones de la aristocracia y en los cenáculos de las clases medias existía una curiosidad creciente relacionada con todas las formas del espiritismo y de la teosofía, de lo oculto y de lo sobrenatural. Las sesiones de espiritismo y las tablas de ouija estaban de moda. En parte, esto reflejaba una búsqueda hedonista de nuevas formas de creencia y experiencia; pero también formaba parte de un sentido más general y profundo de desequilibrio moral, cuyos ecos subyacen en las obras de escritores como Blok y Bieli, y era sintomático de la cultura europea durante los primeros años del siglo XX. Varios hombres santos y espiritistas se habían establecido en los palacios de Rusia muchísimo antes de que Rasputin entrara en escena. El éxito de aquellos le abrió el camino. Lo presentaron en las fiestas y soirées como un hombre de Dios, un pecador y un penitente que había sido agraciado con extraordinarios poderes de clarividencia y curación. Su desagradable apariencia física solo añadía morbosidad a sus encantos morales. Vestido con una blusa campesina y unos anchos pantalones, su grasiento cabello negro le llegaba a los hombros, llevaba la barba sucia con restos de comida y nunca se lavaba las manos ni el cuerpo. Desprendía un fuerte olor corporal que muchos comparaban con el de un carnero. Pero eran sus ojos lo que captaba la atención de su audiencia. Su brillo penetrante y su poder hipnótico causaban una impresión perdurable. Algunas personas incluso sugerían que Rasputin podía hacer que sus pupilas se dilataran y contrajeran a voluntad.[30]
Presentaron por primera vez a Rasputin al zar y la zarina en noviembre de 1905 en calidad de curandero que podría salvar a su hijo. Desde el principio, pareció poseer algún poder misterioso en virtud del cual podía frenar las hemorragias internas. Profetizó que Alexis no moriría y que la enfermedad desaparecería cuando alcanzara la edad de trece años. Alejandra se persuadió de que Dios había enviado a Rasputin en respuesta a sus oraciones y sus visitas al palacio se hicieron más frecuentes a medida que ella se apoyaba cada vez más en él, lo que confirmó la predisposición tanto de Alejandra como de Nicolás a creer que un sencillo campesino ruso que estaba cerca de Dios era capaz de hacer aquello que estaba fuera del alcance de todos los médicos. En los muchos libros sobre este tema no existe un consenso acerca del secreto don de curación de Rasputin. Hay numerosos testimonios que afirman que su presencia tenía un efecto notablemente tranquilizador tanto sobre los niños como sobre los animales, y que esto muy bien podía haber ayudado a detener la hemorragia de Alexis. También se sabe que se había formado en el arte del hipnotismo, lo que podría explicar determinados cambios físicos, como la contracción de los vasos sanguíneos. El propio Rasputin confesó una vez a su secretario, Aron Simanovich, que a veces utilizaba drogas tibetanas o cualquier cosa que le cayera en las manos, y que solo fingía utilizar remedios o musitaba palabras sin sentido mientras oraba. Esto hace pensar en la curación por la fe y puede ser que el éxito más notable de Rasputin tenga que atribuirse a métodos de este tipo. En octubre de 1912 el zarévich sufrió un episodio de hemorragia particularmente intenso después de acompañar a su madre en un paseo en carruaje cerca de Spala, una hacienda imperial de caza en Polonia oriental. Los doctores fueron incapaces de hacer nada para prevenir la formación de un tumor grande y doloroso en su ingle y aconsejaron a la familia imperial que se preparara para su muerte inminente. Todos pensaban que solo un milagro, tal como la espontánea reabsorción del tumor, podía salvar al muchacho. La situación se consideró tan grave que por primera vez se publicó información médica sobre la condición del paciente en la prensa nacional, aunque no se hizo ninguna mención sobre la naturaleza de su enfermedad. Se celebraron cultos de oración en las iglesias del país y se le administraron a Alexis los últimos sacramentos, mientras estaba postrado atormentado por el dolor. Desesperada, Alejandra envió un telegrama a Rasputin, que estaba en su casa en Pokrovskoe. Según el testimonio de su hija, pronunció algunas oraciones y después fue a la oficina local de Telégrafos, desde donde escribió un telegrama a la emperatriz: «Dios ha visto tus lágrimas y escuchado tus oraciones. No te apenes. El pequeño no morirá». Al cabo de unas horas, el paciente había experimentado una repentina recuperación: la hemorragia se había detenido, le había bajado la fiebre y los doctores, sorprendidos, confirmaron que el peligro había pasado. Aquellos escépticos acerca del poder de la oración para curar mediante un telegrama explicarían esto como una notable coincidencia. Pero la convicción de Alejandra era muy distinta y después del «milagro de Spala» el estatus de Rasputin en la corte se elevó al máximo.[31]
La posición de Rasputin en la corte le proporcionó un inmenso poder y prestigio. Se convirtió en un maître de requêtes y aceptaba sobornos, regalos y favores sexuales de aquellos que acudían a él con la esperanza de que utilizara su influencia en su favor. Durante la Primera Guerra Mundial, cuando su crédito político alcanzó su cenit, desarrolló un lucrativo sistema de colocaciones en el Gobierno, la Iglesia y el funcionariado, que, según presumía, estaban bajo su control. Para los centenares de mortales que hacían cola fuera de su vivienda a diario (mujeres que solicitaban la exención militar para sus hijos y esposos, gente que buscaba algo de lo que vivir) simplemente tomaba un pedazo de papel, ponía una cruz en la parte superior y a duras penas, por su semianalfabetismo, escribía a algún funcionario: «Mi querido y valioso amigo. Haz esto por mí, Grigori». Una hermosa joven del gusto de Rasputin llevó la nota a la dirección del secretariado de la corte. «Hazlo por ella. Está bien. Grigori». Cuando el funcionario le preguntó lo que deseaba, la muchacha respondió que deseaba convertirse en una prima donna en la Ópera Imperial.[32]
A menudo se ha asumido que, puesto que aceptaba sobornos, Rasputin estaba motivado por la ganancia financiera. Esto no es del todo cierto. No se complacía en la acumulación de dinero, que gastaba o daba tan rápidamente como lo ganaba. Lo que le emocionaba era el poder. Rasputin era un supremo egotista. Siempre tenía que ser el centro de atención. Le gustaba jactarse de sus conexiones en la corte. «Puedo hacer cualquier cosa», decía a menudo, y de ahí derivaban los exagerados rumores sobre su omnipotencia política. Los regalos que recibía de sus acaudalados patrones le importaban no porque fueran valiosos, sino porque confirmaban su influencia personal. «Mira, esta alfombra vale cuatrocientos rublos —se jactó en cierta ocasión ante un amigo—; me la envió una gran duquesa por bendecir su matrimonio. Y ¿sabes que tengo una cruz de oro? Me la dio el zar». Sobre todo, Rasputin disfrutaba del prestigio que le proporcionaba su posición y también del poder que le otorgaba, a él, que no era más que un campesino, sobre hombres y mujeres de una clase social más elevada. Le encantaba mostrarse grosero con las damas de buena familia que se sentaban a sus pies. Metía su dedo sucio en un plato de mermelada y lo dirigía hacia una de ellas diciendo: «Humíllate. ¡Lámelo hasta que quede limpio!». La primera vez que lo recibió Varvara Uexküll, una mujer acaudalada de la alta sociedad, él la atacó por su costoso gusto en arte: «¿Qué es esto, buena mujer? ¿Retratos en la pared como si se tratara de un museo real? Tengo la sensación de que se podrían alimentar cinco aldeas de gente hambrienta con lo que cuelga de una sola pared». Cuando Uexküll le presentó a sus invitados, miró intencionadamente a cada mujer, las tomó de las manos y les formuló preguntas de este tipo: «¿Estás casada?»; «¿dónde está tu esposo?»; «¿por qué has venido sola?»; «si hubierais estado aquí juntas, podría haberos observado, visto cómo coméis y vivís». Calculaba que tales insolencias lo convertían en un ser todavía más atractivo para los acaudalados aristócratas que lo protegían. Las damas ricas de una sociedad insatisfecha se sentían particularmente atraídas hacia ese campesino carismático. Muchas de ellas experimentaban una curiosa excitación sexual al ser humilladas por él. El placer que él obtenía de tales conquistas sexuales probablemente tenía que ver tanto con el dominio psicológico de sus víctimas como con la gratificación de sus deseos físicos. Decía a las mujeres que podían obtener la salvación mediante la aniquilación de su orgullo, lo que implicaba entregarse a él. Una mujer confesó que la primera vez que hizo el amor con él su orgasmo fue tan violento que se desmayó. Quizá su virtud como amante tenía también una explicación física. El asesino y supuesto amante de Rasputin, Félix Yusúpov, sugirió que su proeza se explicaba por una gran verruga situada estratégicamente en su pene, que era de tamaño excepcional. Por otro lado, existen pruebas que indican que Rasputin era impotente y que, aunque yacía desnudo con muchas mujeres, tenía relaciones sexuales con muy pocas. En resumen, era un gran lascivo, pero no un gran amante. Cuando un médico examinó a Rasputin después de ser apuñalado en el fallido intento de asesinato de 1914, descubrió que sus genitales eran tan pequeños y estaban tan encogidos que el facultativo se preguntó si era capaz de consumar el acto sexual. El mismo Rasputin se había jactado en cierta ocasión ante el monje Iliodor de que podía yacer con mujeres sin sentir pasión porque su «pene no funcionaba».[33]
A medida que el poder de Rasputin creció, lo hicieron también las leyendas sobre sus crímenes y vesanias. Existían terribles historias acerca de sus comportamientos sexuales, incluidos episodios de violación. Se llegó a rumorear que la hermana del zar, Olga Alexandrovna, había sido víctima de sus tocamientos. Además, había historias de borracheras, días pasados en casas de baños con prostitutas y noches de juerga en restaurantes y burdeles. El escándalo más famoso tuvo lugar en el Yar, un famoso restaurante gitano en marzo de 1915. Rasputin había acudido allí con dos periodistas y tres prostitutas. Se emborrachó, intentó echar mano de las gitanas y empezó a jactarse en voz alta de sus éxitos sexuales con la emperatriz. «¿Veis este cinturón? —dijo—. Es obra de su majestad; puedo lograr que haga cualquier cosa. Sí, yo, Grishka Rasputin, podría hacer que la vieja bailara así si lo deseara», y realizó un gesto emulando el acto sexual. En ese momento, todos miraban a Rasputin y muchos se preguntaban si aquel famoso hombre realmente era santo. Rasputin se bajó los pantalones y agitó el pene ante los espectadores. El agente británico Bruce Lockhart, que estaba en el restaurante, oyó «los salvajes gritos de las mujeres, el vidrio roto y los portazos». Los camareros acudieron apresuradamente, llamaron a la policía, pero nadie se atrevió a presentar acusaciones contra el hombre santo. Las llamadas telefónicas a funcionarios de rango cada vez más elevado llegaron finalmente al jefe del Cuerpo de Gendarmes, que ordenó el arresto de Rasputin. Fue detenido y encarcelado por una noche; pero a la mañana siguiente llegaron órdenes del zar para que lo liberaran.[34]
Lo que convirtió estos rumores en algo tan dañino políticamente fue la creencia extendida, que el mismo Rasputin había alimentado, de que era el amante de la zarina. Se llegó a insinuar que la emperatriz y Rasputin se entregaban a salvajes orgías con el zar y Anna Vyrubova, su camarera, de la que se decía que era lesbiana. Historias similares, de tintes pornográficos, acerca de María Antonieta y del «impotente Luis» circularon en vísperas de la Revolución francesa. No existía ninguna evidencia de tales rumores. Es verdad que se había filtrado a la prensa una infame carta, de 1912, de la emperatriz a Rasputin, en la que aquella había escrito: «Beso sus manos y deposito mi cabeza sobre sus benditos hombros. Entonces me siento feliz. Entonces todo lo que deseo es dormir, dormir para siempre sobre su hombro, abrazada a usted».[35] Pero, dado que no sabemos mucho más de la emperatriz, resultaría una exageración interpretarla como una carta de amor. Era una esposa y madre leal y devota que había depositado su confianza en Rasputin en un periodo de desesperación espiritual. En cualquier caso, probablemente era una mujer de mente demasiado estrecha para tener un amante.
No obstante, que existieran los rumores, más que el hecho de que fueran reales, fue lo que produjo semejante alarma entre los partidarios del zar. Intentaron convencerlo de la pésima influencia de Rasputin y conseguir que fuera expulsado de la corte. Pero, aunque Nicolás conocía su mal comportamiento, no estaba dispuesto a desprenderse de Rasputin mientras la emperatriz continuara creyendo que él, y solo él, podía ayudar a su hijo moribundo. El efecto tranquilizador de Rasputin sobre la emperatriz era demasiado valioso para su atemorizado esposo, que una vez se atrevió a decir en un momento de imprudencia: «Mejor un Rasputin que diez ataques de histeria al día». Sin embargo, el archimandrita Teófanes, que había ayudado a llevar a Rasputin a San Petersburgo, acabó siendo expulsado de la capital en 1910 después de intentar que la emperatriz conociera la escandalosa naturaleza del comportamiento de su hombre santo. El monje Iliodor y el obispo Hermógenes fueron encarcelados en remotos monasterios en 1911 después de enfrentar a Rasputin con una larga crónica de sus fechorías y llamarlo al arrepentimiento. Fue Iliodor, en venganza, quien filtró entonces a la prensa las cartas de la emperatriz a Rasputin. El zar impidió que la prensa publicara más historias sobre Rasputin, a pesar de las garantías que había dado en vísperas de la Revolución de 1905 de abolir la censura. Efectivamente, esto silenció a la Iglesia, sobre todo tras el nombramiento de Vladímir Sabler, un estrecho aliado de Rasputin, como procurador general del Santo Sínodo.[36]
Los políticos no tuvieron más éxito en sus esfuerzos para derribar a Rasputin. Presentaron pruebas de sus pecados al zar, pero de nuevo Nicolás se negó a actuar. ¿Por qué era tan tolerante con Rasputin? La respuesta seguramente subyace en el hecho de que creía que Rasputin era un hombre sencillo, un campesino, del «pueblo», y que Dios lo había enviado para salvar a la dinastía Románov. Rasputin confirmaba sus prejuicios y adulaba sus fantasías de autocracia popular. Era un símbolo de la creencia del zar en la trinidad bizantina (Dios, zar y pueblo) y pensaba que lo ayudaría a reestructurar el régimen de acuerdo con la Moscovia del siglo XVII. «Es solo un ruso bueno, religioso y de mente sencilla —dijo una vez Nicolás a uno de sus cortesanos—. Cuando tengo problemas o me encuentro abrumado por las dudas, me gusta charlar con él e, invariablemente, después me siento en paz conmigo mismo». Rasputin se aprovechaba conscientemente de esta fantasía dirigiéndose a sus patrones regios con los términos populares de batiuska-tsar y matiuska-tsarina (padrecito-zar y madrecita-zarina) en lugar de «su majestad imperial». Nicolás creía que solo la gente sencilla (gente que no había sufrido la contaminación propia de sus conexiones con las facciones políticas de San Petersburgo) era capaz de decirle la verdad y de prestarle un consejo desinteresado. En este sentido, durante cerca de veinte años recibió informes directos de Anatoli Klopov, un funcionario del Ministerio de Finanzas. Rasputin encajaba en la misma categoría. Como encarnación del ideal de Nicolás sobre el leal pueblo ruso, no podía hacer daño. Nicolás descartaba los rumores sobre él partiendo de la base de que cualquier persona a la que se le mostrara tal favor en la corte, en especial si se trataba de un campesino sencillo como Rasputin, estaba condenado a despertar críticas envidiosas. Además, consideraba claramente a Rasputin como un asunto familiar y contemplaba tales críticas como una violación de su patrimonio privado. Cuando el primer ministro Stolypin le entregó un dosier con informes policiales secretos sobre las indiscreciones de Rasputin, el zar dejó claro que contemplaba esta advertencia no requerida como un grave quebrantamiento de la etiqueta: «Sé, Piotr Arkádievich, que siente usted por mí una devoción sincera. Quizá todo lo que usted diga es verdad. Pero le pido que nunca más me hable sobre Rasputin. No existe de todas formas nada que yo pueda hacer». En vano, el presidente de la Duma presentó un dosier todavía más dañino basado en los materiales proporcionados por Iliodor y el Santo Sínodo. Nicolás, aunque estaba claramente alterado por las pruebas, dijo a Rodzianko: «Rasputin es un campesino sencillo que puede aliviar los sufrimientos de mi hijo mediante un extraño poder. La confianza de la zarina en él es un asunto familiar y no permitiré que nadie se mezcle en mis menesteres».[37] Da la impresión de que el zar, en su adhesión obstinada a los principios de la autocracia, consideraba cualquier cuestionamiento de su juicio como un acto de deslealtad.
Y el asunto de Rasputin continuó así, sin resolverse. Envenenó cada vez más las relaciones de la monarquía con la sociedad y con sus tradicionales pilares en la corte, la burocracia, la Iglesia y el ejército. El episodio se ha comparado a menudo con el del collar de la reina María Antonieta, un escándalo muy parecido que dañó de manera irreparable la reputación de la monarca en vísperas de la Revolución francesa. Cuando se produjo el asesinato de Rasputin, en diciembre de 1916, la dinastía de los Románov estaba a punto de llegar a su fin.
Cuando, la mañana del primer día de 1883, los lectores de Pravitel'stvennyi Vestnik («Noticias Gubernamentales») abrieron sus periódicos se enteraron de que el príncipe A. A. Pólovtsov había sido nombrado secretario imperial. No era una noticia que fuera a sorprender a nadie. A los cincuenta y un años, Pólovtsov poseía todas las credenciales adecuadas para ese importante empleo del funcionariado civil. Hijo de un noble terrateniente, se había casado con la heredera de una fortuna bancaria, se había graduado en la elitista Facultad de Derecho y de manera continuada había ido ascendiendo por el escalafón de la burocracia imperial. Era, según todos los relatos, refinado, culto y de buenas maneras; Witte incluso lo consideraba un poco vanidoso. Pólovtsov se sentía confiado y totalmente a gusto en los círculos aristocráticos de San Petersburgo y contaba con varios grandes duques entre sus amigos más íntimos. Incluso pertenecía al Club Náutico Imperial, el cuartel general del ocio de la élite gobernante de Rusia, donde el día anterior se le había comunicado su ascenso.[1] En resumen, Aleksandr Alexándrovich era un representante modelo de esa tribu pequeña y privilegiada que administraba los asuntos del Estado imperial.
La burocracia imperial rusa era una casta elitista situada por encima del resto de la sociedad. En ese sentido no se diferenciaba de la burocracia comunista que iba a sucederla. El sistema zarista estaba basado en una jerarquía social estricta. En su cima se encontraba la corte; debajo de esta se hallaban sus columnas de apoyo en el funcionariado civil y militar, y la Iglesia, formada por miembros de los dos primeros estamentos; y en la base del orden social, el campesinado. Existía una estrecha relación entre la autocracia y esta rígida pirámide de estamentos sociales (nobles, clero, comerciantes y campesinos), que se ubicaban de acuerdo con el servicio que prestaban al Estado. Se trataba de una jerarquía social fija con cada estamento demarcado por derechos y deberes legales específicos. Nicolás lo comparaba con el sistema patrimonial. «Concibo a Rusia como una posesión agraria —declaró en 1902— cuyo propietario es el zar, cuyo administrador es la nobleza y cuyos trabajadores son el campesinado». No podía haber escogido una metáfora más arcaica para describir la sociedad rusa en el cambio de siglo.
A pesar del rápido progreso del comercio y de la industria durante las últimas décadas del siglo XIX, la élite gobernante de Rusia todavía procedía de manera predominante de la antigua aristocracia terrateniente. Los nobles constituían el 71 por ciento de los cuatro cargos principales del funcionariado (es decir, los situados por encima del rango de consejero civil) en el censo de 1897. Es cierto que las puertas del funcionariado civil se estaban abriendo a los hijos del pueblo llano si contaban con un título universitario o con un título de bachillerato con honores. Es verdad también que estaba creciendo la brecha, tanto en términos de trasfondo social como en términos de valores, entre los nobles dedicados al funcionariado y los dedicados a la explotación agrícola. Muchos de los nobles del funcionariado habían vendido sus tierras y se habían instalado de manera permanente en la capital, o incluso había quienes nunca habían poseído tierras, pero que habían ascendido por el servicio brindado al Estado. En otras palabras, el funcionariado se estaba convirtiendo en un camino hacia la nobleza, tanto como la nobleza lo había sido para el funcionariado civil. Este último tenía sus propios valores de élite, que solo los marxistas más ortodoxos intentarían presentar como sinónimos de los «intereses de clase» de los nobles terratenientes. No obstante, el aforismo del escritor Yuri Samarin de que «el burócrata es solo un noble de uniforme y el noble es solo un burócrata con bata» se correspondía a grandes rasgos con la realidad en 1900. Rusia seguía siendo un antiguo reino agrario y su élite gobernante todavía estaba dominada por las familias terratenientes más ricas. Eran los Stróganov, los Dolgorukov, los Sheremétev, los Obolenski, los Volkonski, entre otros, poderosas dinastías que habían estado cerca de la cima del Estado moscovita durante su gran expansión territorial entre los siglos XV y XVIII, y que habían sido recompensados con generosas dotaciones de tierra fértil, principalmente en el sur de Rusia y en Ucrania.[2] La dependencia que tenían del Estado para su riqueza, y la mayoría de ellos también para su empleo, habían evitado que la aristocracia rusa se convirtiera en una clase terrateniente independiente que hiciera de contrapeso a la monarquía de la misma manera que había ocurrido en la mayor parte de Europa desde el siglo XVI.
Como sabrán los lectores de Nikolái Gógol, el funcionariado civil imperial estaba obsesionado por el rango y la jerarquía. Un elaborado conjunto de reglas, expresado en 869 artículos del volumen primero del Código Legal, distinguía catorce rangos diferentes del funcionariado civil, cada uno de ellos con su uniforme y título correspondientes (traducidos del alemán). Pólovtsov, por ejemplo, al ser nombrado secretario imperial, recibió la cinta azul marino y la estrella de plata de la Orden del Águila Blanca. Como a todos los funcionarios de los dos rangos superiores, se le daba el tratamiento de «excelentísimo»; los pertenecientes a los rangos tercero y cuarto recibían el tratamiento de «su excelencia», y así continuaba descendiendo el escalafón hasta llegar a los rangos inferiores (del nueve al catorce), cuyos miembros simplemente recibían el tratamiento de «señoría». El chinovnik o funcionario civil era plenamente consciente de estos símbolos de estatus. Pasar del pantalón blanco al negro, el cambio de una cinta roja a otra azul o el simple añadido de un galón eran acontecimientos rituales de un inmenso significado en su bien ordenada vida. El ascenso quedaba determinado por el escalafón de rangos establecido en 1772 por Pedro el Grande. Un funcionario solo podía ocupar aquellos cargos que se correspondían con su estatus personal o estaban por debajo de él. En 1856 se establecieron los parámetros habituales para obtener un ascenso: un grado cada tres años entre los grados catorce y ocho, y uno cada cuatro años, del ocho al cinco. Los cuatro superiores, que incluían un título hereditario, los designaba directamente el zar. Esto significaba que, a menos que lo impidiera algún contratiempo embarazoso, incluso el burócrata de menor rango podía esperar con la edad ascender de manera automática para convertirse, por ejemplo, en consejero civil a los sesenta y cinco años. El sistema estimulaba esa especie de mediocridad contemporizadora que los escritores como Gógol retrataron como la esencia del funcionariado en la Rusia del siglo XIX. A finales de siglo, sin embargo, este sistema de ascenso automático estaba cayendo en desuso, a medida que el mérito se fue haciendo más importante que la edad.[3]
Con todo, los rangos superiores en San Petersburgo los ocupaba una reducida élite de familias nobles. Se trataba de un diminuto mundo político en el que todos se conocían. Vivían en las calles residenciales de moda alrededor de las avenidas Nevski y Liteini. Y estaban estrechamente conectados por vínculos matrimoniales y de amistad. La mayoría de ellos frecuentaban las mismas escuelas de élite (el Corps des Pages, la Escuela de Guardias Portaestandartes y los junkers de Caballería, el Liceo Alejandro y la Facultad de Derecho) y sus hijos se alistaban en los mismos regimientos de élite (los Chevaliers Gardes, la Guardia de Caballería, el Regimiento de Húsares de la Guardia del propio emperador y el Preobrazhenski), donde podían estar seguros de que contarían con un camino de rápido ascenso hacia la cima del funcionariado civil o militar. Los contactos sociales eran esenciales en ese mundo, como revela el diario de Pólovtsov, porque buena parte de la actividad política real se llevaba a cabo en bailes y banquetes, en salones privados y recepciones, en el restaurante del hotel Evropeiskaya y en el bar del Club del Yate Imperial. Se trataba de un mundo exclusivo, pero no estirado. La aristocracia de San Petersburgo era demasiado cosmopolita para caer realmente en el esnobismo. «San Petersburgo no era Viena», nos recuerda Dominic Lieven en su magistral estudio sobre la élite gobernante rusa, y siempre existía un lugar en sus círculos aristocráticos tanto para gente agradable como para excéntricos. Tomemos, por ejemplo, al príncipe Alexéi Lobánov-Rostovski, uno de los mejores ministros de Asuntos Exteriores de Nicolás II, un gran señor octogenario, coleccionista de libros hebreos y de amantes francesas, que «brillaba con luz propia en los salones» y «asistía a la iglesia en bata», o el príncipe M. I. Jilkov, un «vástago de una de las familias aristocráticas más antiguas de Rusia», que trabajó durante algunos años como maquinista en América del Sur y como empleado de unos astilleros en Liverpool antes de convertirse en el ministro de Comunicaciones de Rusia.[4]
A pesar de su talento, la burocracia nunca se transformó realmente en un instrumento efectivo en manos de la autocracia. Existieron tres razones principales para ello. En primer lugar, su dependencia de la nobleza se convirtió en una fuente de debilidad a medida que el estamento nobiliario entró en decadencia durante la última parte del siglo XIX. Se produjo una creciente escasez de expertos (especialmente en el terreno industrial) a la hora de enfrentarse con las demandas del Estado moderno. La brecha podía haberse cubierto reclutando a los funcionarios de entre las nuevas clases medias industriales, pero la élite gobernante estaba demasiado entregada a su propia visión arcaica del orden zarista, en el cual la nobleza tenía un lugar de honor, y temía la amenaza democrática planteada por estas nuevas clases. En segundo lugar, el aparato adolecía de una fuerte escasez financiera (era difícil recaudar suficientes impuestos en un país campesino tan vasto y pobre), de manera que los ministerios, y todavía más el gobierno local, nunca tenían los recursos que necesitaban para controlar o reformar la sociedad. Finalmente, había demasiadas jurisdicciones que se solapaban y divisiones entre los diferentes ministerios. Esto era el resultado de la manera en que se había desarrollado el Estado, en cuyo seno cada ministerio había crecido como una extensión separada, casi ad hoc, con el fin de satisfacer los propios intereses del autócrata. Nunca se sistematizaron de manera adecuada los organismos gubernamentales ni su trabajo coordinado, posiblemente porque convenía a los intereses del zar mantenerlos débiles y dependientes de él. Cada zar favorecía a un grupo diferente de organismos en un campo político determinado, a menudo simplemente pasando por encima de aquellos establecidos por sus predecesores. El resultado fue el caos y la confusión burocráticos. Se dejó que todos los ministerios trabajaran a su modo, sin una institución semejante a un Gobierno que coordinara el trabajo entre ellos. Los dos ministerios más importantes (Finanzas e Interior) reclutaban a la gente a través de sus propias clientelas en las familias y las escuelas de élite. Competían entre sí por los recursos, por el control de la política y por la influencia sobre los ministerios menos importantes y el gobierno local. No existía una clara distinción entre las funciones de los diferentes organismos ni entre el rango de las diferentes normas (nakaz, ukaz, ustav, zakon, polozhenie, ulozhenie, gramota o manifest, por mencionar solo algunas de ellas), de tal manera que la intervención personal del zar se requería constantemente para deshacer estos conflictos de jurisdicción y legislación. El efecto de esta confusión era hacer que desde fuera el régimen pareciera arbitrario: nunca quedaba claro dónde se encontraba el poder real, si una ley estaba o no por encima de las regulaciones especiales del zar o si la policía respetaría la ley. Algunos filósofos complacientes argüían sobre esta base que, de hecho, no existía una autocracia real. «Hay una autocracia del policía y de los capitanes agrarios, de los gobernadores, de los jefes de los departamentos y de los ministros —escribió el príncipe Serguéi Trubetskói en 1900—. Pero una autocracia unitaria zarista, en el sentido adecuado de la palabra, ni existe ni puede existir». Para los menos privilegiados era esta arbitrariedad (lo que los rusos maldecían como proizvol) la que hacía que el poder del régimen se dejara sentir como algo tan opresor. No había principios ni regulaciones claras que permitieran al individuo desafiar la autoridad o al Estado.[5]
Era, de hecho, una burocracia que fracasó a la hora de desarrollarse y convertirse en una fuerza política coherente que, como la burocracia prusiana analizada por Max Weber, fuera capaz de servir como instrumento de reforma y de modernización. En lugar de un sistema burocrático «racional» como el descrito en el tipo ideal de Weber (basado en relaciones institucionales fijas, divisiones funcionales claras, procedimientos regulares y principios legales), Rusia tenía un Estado híbrido que combinaba elementos del sistema prusiano con un patrimonialismo más antiguo, lo que dejaba al funcionariado sometido al patrocinio y a la intervención de la corte, y así evitaba que pudieran establecerse unos valores burocráticos verdaderamente profesionales.
No tenía por qué haber sido de esa manera. Hubo una época, a mediados del siglo XIX, en que la burocracia imperial podía haber resurgido como una fuerza creativa y modernizadora. Después de todo, los ideales de los «burócratas ilustrados», denominados correctamente así por W. Bruce Lincoln, trazaron las grandes reformas de la década de 1860. Entonces existía una nueva clase de funcionarios de carrera, en su mayor parte hijos de nobles sin tierras y de matrimonios mixtos (raznochintsy), que habían entrado en la profesión a través de los canales cada vez más amplios de la educación superior durante las décadas de 1830 y 1840. Eran hombres rectos y de mente seria, como Karenin en Anna Karénina, de Tolstói. Hablaban correctamente, aunque de manera un tanto pedante, acerca del «progreso» y las estadísticas, se burlaban de los aristócratas aficionados que ejercían elevadas funciones, tales como el conde Vronski, el amante de Anna, que entraba como un usurpador en el terreno en el que era experto, y creían en la misión de la burocracia de civilizar y reformar Rusia siguiendo los patrones occidentales. La mayoría de ellos no cumplieron con la petición liberal de un Estado basado en el dominio de la ley, con libertades civiles y un Parlamento: entendían el Rechtsstaat como un Estado burocrático que funcionara sobre la base de procedimientos racionales y leyes generales. Pero pedían unas mayores competencias gubernamentales, lo que denominaban glásnost, como un freno público contra el abuso de poder y como medio de implicar a los expertos de la sociedad en los debates relacionados con la reforma. Los funcionarios progresistas entraron en los círculos intelectuales liberales de la capital y acabaron siendo conocidos como el «Partido del Progreso de San Petersburgo». Se les veía regularmente en el salón de la gran duquesa Elena Pavlovna y disfrutaban del patrocinio del gran duque Constantino, quien, como presidente del Consejo de Estado, hizo mucho para promocionar a los funcionarios reformistas en los círculos gubernamentales de Alejandro II. También tenían estrechas relaciones con las instituciones públicas, como la Sociedad Geográfica Imperial, a la que encargaron análisis estadísticos en preparación de la gran legislación reformadora de la década de 1860.[6]
Las grandes reformas fueron el cenit de esta ilustración burocrática. Se concibieron como un proceso modernizador (lo que en Rusia significaba occidentalizador) con la finalidad de fortalecer el Estado después de su derrota en la guerra de Crimea. Las libertades y las reformas limitadas se concedieron con la esperanza de activar la sociedad y crear una economía dinámica sin alterar el entramado político básico de la autocracia. En este sentido fueron similares en su concepción a la perestroika de Mijaíl Gorbachov un siglo más tarde. En 1861 los siervos fueron emancipados de iure (aunque no de facto) de la tiranía de sus terratenientes y se les otorgaron algunos de los derechos de los ciudadanos. Todavía estaban vinculados a la comuna de la aldea, lo que reforzaba el antiguo orden patriarcal, privados del derecho de poseer la tierra individualmente y considerados legalmente inferiores a los nobles y a otros estamentos. Pero por lo menos se habían colocado los cimientos para el desarrollo de otro tipo de agricultura campesina. Una segunda reforma relevante en 1864 determinó el establecimiento de asambleas locales de autogobierno, denominadas zemstvos, en la mayoría de las provincias rusas. Para preservar el dominio de los nobles terratenientes, se establecieron solo en las áreas provinciales y de distrito; por debajo de estas, en el área del volost y de la aldea se permitió que las comunas campesinas se gobernaran a sí mismas con solo una mínima supervisión de la nobleza. Las reformas judiciales del mismo año establecieron un sistema legal independiente con juicios públicos y jurado para todos los estamentos, excepto los campesinos, que permanecieron bajo la jurisdicción de la ley consuetudinaria local. Hubo también nuevas leyes que relajaron la censura (1865), que concedieron mayor autonomía a las universidades (1863), que reformaron la enseñanza primaria (1864) y que modernizaron el ejército (1863-1875). Borís Chicherin (en retrospectiva) resumió sus ideales progresistas:
Reestructurar completamente el enorme Estado, que había sido confiado a su cuidado [de Alejandro], abolir un orden antiguo fundado en la esclavitud, reemplazarlo con la decencia y la libertad cívicas, establecer la justicia en un país que nunca había conocido el significado de la legalidad, volver a diseñar toda la Administración, introducir la libertad de prensa en el contexto de una autoridad ilimitada, crear nuevas fuerzas y establecerlas sobre firmes fundamentos legales, poner en pie a una sociedad reprimida y humillada y proporcionarle la oportunidad de utilizar sus músculos.[7]
Si el espíritu liberal de la década de 1860 hubiera continuado impregnando la labor del Gobierno, Rusia se podría haber convertido en una sociedad de estilo occidental basada en la propiedad privada y en la libertad defendida por el imperio de la ley. La revolución no tendría por qué haberse producido. Por supuesto, habría sido un proceso lento y doloroso. El campesinado, en particular, habría seguido siendo una amenaza revolucionaria mientras se hubiera visto excluido de la propiedad y de los derechos civiles. El antiguo sistema patriarcal del campo, que incluso después de la emancipación preservó la hegemonía de los nobles, exigía su sustitución por un sistema moderno en el que los campesinos tuvieran mayores oportunidades. Pero, por lo menos, había dentro de la élite gobernante una conciencia creciente de lo que resultaba necesario (y ciertamente de lo que costaría) para que esta transformación social tuviera éxito. El problema era, sin embargo, que la élite estaba cada vez más dividida acerca de si resultaba deseable esta transformación. Y como resultado de estas discrepancias fracasó a la hora de desarrollar una estrategia coherente que se enfrentara con los desafíos de la modernización.
Por un lado, estaban los reformistas, los «hombres de 1864», como Pólovtsov, que aceptaron claramente la necesidad de un orden social burgués (incluso a costa de la nobleza), la necesidad de concesión de libertades políticas (en especial en el gobierno local) y la necesidad de un Rechtsstaat (progresivamente comprendieron que significaba no solo un Estado sometido a leyes universales, sino que se basara en el dominio de la ley). A finales de la década de 1870, esta visión reformista había evolucionado hasta exigir una constitución. Los estadistas ilustrados señalaban abiertamente que las tareas de gobierno se habían complicado en época reciente para que el zar y sus burócratas pudieran ocuparse de ellas por sí solos y que el Estado debía atraer a sus filas a los más leales y mejor formados. En enero de 1881 Alejandro II instruyó a su ministro del Interior, el conde Lorís-Melíkov, con objeto de que trazara los planes para una constitución limitada que proporcionaría a figuras de la sociedad un papel asesor en la legislación. «El trono —argüía el ministro de Finanzas A. A. Abaza durante los debates en torno a estas propuestas— no puede descansar exclusivamente sobre un millón de bayonetas y un ejército de funcionarios». Semejantes sentimientos reformistas eran comunes entre los funcionarios del Ministerio de Finanzas. Al ser responsables de la industrialización, fueron los primeros en ver la necesidad de apartar los obstáculos que existieran frente a la capacidad de empresa e iniciativa burguesas. Además, muchos de ellos, como Pólovtsov, eran miembros de familias de banqueros y procedían de la «nueva Rusia» del comercio y de la industria. Witte, el gran ministro de Finanzas reformador de la última década del siglo XIX, que había trabajado durante veinte años en la administración de ferrocarriles (había empezado como un simple vendedor de billetes en una taquilla) antes de entrar en el funcionariado gubernamental, sostenía que el sistema zarista podía evitar una revolución solo si transformaba Rusia para que se convirtiera en una sociedad industrial moderna donde «las iniciativas personales y públicas» recibieran el impulso de un Estado sustentado en el dominio de la ley con las garantías de las libertades civiles.[8]
Por el otro lado, estaban los partidarios del orden zarista tradicional. No era casualidad que su base más fuerte se encontrara en el Ministerio del Interior, puesto que sus funcionarios provenían casi de manera exclusiva de la «vieja Rusia», oficiales y terratenientes procedentes de la nobleza y que creían de la manera más rígida en el Polizeistaat. La única manera de evitar una revolución era gobernar Rusia, pretendían ellos, con puño de hierro. Esto significaba defender el principio autocrático (tanto en el Gobierno central como en el local), los poderes ilimitados de la policía, la hegemonía de la nobleza y el dominio moral de la Iglesia, contra los desafíos liberales y seculares del orden urbano-industrial. Otorgar constituciones y derechos políticos solo serviría para debilitar el Estado, argüían P. N. Durnovo y Viacheslav von Plehve, los dos grandes ministros de Interior durante la época de Witte en el Ministerio de Finanzas, porque las clases medias liberales que llegarían al poder como resultado no tendrían autoridad entre las masas e incluso las despreciarían. Solo cuando el avance económico hubiera eliminado la amenaza de una revolución social sería el momento para las reformas políticas. El atraso de Rusia necesitaba una estrategia similar (liberalismo económico más autocracia). Porque como argüía Durnovo (no sin razón): «No se puede en el curso de dos semanas introducir un sistema como el estadounidense o el inglés en Rusia».[9] Esa iba a ser una de las lecciones de 1917.
Los argumentos de los reaccionarios se vieron enormemente fortalecidos por el trágico asesinato de Alejandro II en marzo de 1881. El nuevo zar fue convencido por su tutor y consejero, el procurador del Santo Sínodo, Konstantín Pobedonóstsev, de que continuar con las reformas liberales solo ayudaría a crear más revolucionarios como los que habían asesinado a su padre. Alejandro III pronto abandonó el proyecto de una constitución, sosteniendo que no deseaba un Gobierno de «alborotadores y abogados problemáticos»; forzó la dimisión de sus ministros reformistas (Abaza, de Finanzas; Lorís-Melíkov, de Interior, y Dmitri Miliutin, de Guerra), y promulgó un manifiesto que reafirmaba los principios de la autocracia.[10] Esta fue la señal para el inicio de una serie de contrarreformas durante el reinado de Alejandro III. Su finalidad era centralizar el control y reducir los derechos del gobierno local, reafirmar el gobierno personal del zar a través de la policía y sus agentes directos, y reforzar el orden patriarcal (encabezado por la nobleza) en el campo. No existía ambiente más susceptible de desencadenar una revolución. Porque en esa misma época las clases liberales de la sociedad provincial estaban llegando a la conclusión de que sus intereses e identidad comunes implicaban la defensa de los derechos del gobierno local contra la burocracia centralizadora de la que tanto dependía el nuevo zar.
Cuando el príncipe Serguéi Urusov fue nombrado gobernador de Besarabia en mayo de 1903, lo primero que hizo fue adquirir una guía de la zona. Esta provincia suroccidental del imperio, situada entre el mar Negro y Rumanía, le resultaba totalmente desconocida al antiguo graduado de la Universidad de Moscú elegido tres veces mariscal de la nobleza de Kaluga. «Sabía tan poco de Besarabia —admitiría más tarde— como de Nueva Zelanda, o incluso menos».
Tres semanas después, tras detenerse en la capital para mantener una entrevista con el zar, salió en tren de Moscú con destino a Kishinev, la capital de Besarabia, situada a unos mil cuatrocientos kilómetros de distancia. El viaje le llevó dos noches y tres largos días en un tren que avanzaba cada vez más lentamente, a medida que se adentraba en el campo ucraniano. Solo en su compartimento privado, Urusov dedicó tiempo a estudiar su guía, preparándose para sus primeros encuentros con los dignatarios civiles que esperaba encontrarse a su llegada. Había escrito al vicegobernador pidiéndole que la fiesta de recepción fuera modesta; pero cuando su tren entró en la estación de Bendery, la primera ciudad de importancia de la provincia, vio a través de la ventana de su vagón un andén abarrotado de gente y lo que parecía ser una banda de música. En el centro, acordonados por la policía, se encontraban el vicegobernador con uniforme de gala y el alcalde de la ciudad con el collar de mando y una bandeja con pan y sal. Así era como se había dado siempre la bienvenida al nuevo gobernador de Besarabia y no se iba a hacer una excepción con Urusov. En Kishinev, una hora y media más tarde, su excelencia el gobernador recorrió la ciudad en un coche descubierto tirado por seis caballos blancos. «Los hombres, las mujeres y los niños abarrotaban las aceras —recordó Urusov—. Se inclinaban, saludaban con los pañuelos y algunos de ellos incluso se ponían de rodillas. Me sentí bastante impresionado por esto último porque no estaba acostumbrado a escenas similares». Después de una breve parada en la catedral, donde se invocó la bendición de Dios para la labor que tenía por delante, Urusov fue trasladado a la casa del gobernador, un imponente palacio neoclásico situado en el centro de la ciudad desde el cual gobernaría como virrey del zar en aquel distante rincón del Imperio ruso.[11]Con una población de ciento veinte mil personas, Kishinev era una típica ciudad provincial. El centro administrativo, situado en la «ciudad superior», en lo alto de una colina, era una red de calles anchas y rectas bordeadas por álamos y acacias blancas. El bulevar principal, el Alexandrov, era particularmente elegante y lo bastante ancho para que los tranvías de caballos pudieran circular. Además de la casa del gobernador, la ciudad presumía de cierto número de grandes edificios de piedra, oficinas e iglesias que a juicio de Urusov «no habrían causado una impresión desfavorable ni siquiera en las calles de San Petersburgo». Pero muy cerca de estas elegantes fachadas neoclásicas, en la «ciudad inferior» que descendía por la colina, había un mundo totalmente diferente; un mundo de calles expuestas al viento, estrechas y sin pavimentar, llenas de fango en primavera y de polvo en verano; de covachas de madera y tugurios abarrotados que servían de hogares y tiendas a los obreros rusos, judíos y moldavos; un mundo de cerdos y de vacas que deambulaban por los callejones, de alcantarillas abiertas y montones de basura en las plazas públicas; un mundo donde las epidemias de cólera se producían de media un año de cada tres. Estas eran las dos caras de todas las ciudades rusas: una de poder imperial y de civilización europea, la otra de pobreza y mugre extremas.[12]
Apenas se podía culpar a Urusov por considerar su nombramiento como una especie de exilio. Muchos gobernadores sentían lo mismo. Acostumbrados al mundo cosmopolita de las ciudades capitalinas, estaban condenados a encontrar la sociedad provincial aburrida y estrecha. La cultura cívica de la Rusia provincial estaba, incluso a finales del siglo XIX, todavía en los primeros estadios de desarrollo cuando se la comparaba con las sociedades occidentales. La mayoría de las ciudades de Rusia habían evolucionado históricamente como puestos administrativos o militares del Estado zarista en lugar de como centros comerciales o culturales por derecho propio. Generalmente comprendían una pequeña nobleza, en su mayor parte empleada en el funcionariado civil local, y una gran masa de pequeños comerciantes, artesanos y trabajadores. Pero no existía una «burguesía» o «clase media» real en sentido estricto. Los burgueses, que en la Europa occidental habían contribuido al avance de la civilización desde el Renacimiento, brillaban notablemente por su ausencia en la Rusia campesina. Los gremios profesionales eran demasiado débiles y dependientes del Estado para asegurar su autonomía hasta las últimas décadas del siglo XIX. Los artesanos y los comerciantes estaban también demasiado divididos entre sí (eran histórica y legalmente dos estamentos separados) y divorciados de las clases más formadas para proporcionar a las ciudades rusas su perdido Bürgertum. En resumen, Rusia parecía confirmar la frase de Piotr Struve: «Cuanto más al este se va en Europa, más débil en la política, más cobarde y más baja se hace la burguesía».[13]
Como sabrá cualquiera que esté familiarizado con las obras de Chéjov, la vida cultural de una ciudad de provincias normal era extremadamente aburrida y pueblerina. Al menos, así es como los intelectuales (impregnados de la cultura de Europa occidental) veían, con cierto disgusto, la vida atrasada de las provincias rusas. Escuchemos al hermano de Las tres hermanas describiendo el lugar en que vivían:
Nuestra ciudad existe desde hace doscientos años, tiene cien mil habitantes, pero no hay ni uno solo que no se parezca a los demás. Ni un solo héroe ni en el pasado ni en el presente, ni un solo científico, ni un solo artista, ninguna persona de cierta notoriedad que inspire invidia o el ardiente deseo de imitarla. Se limitan a comer, beber, dormir… Luego mueren, y nacen otros que también comen, beben y duermen y, para no reventar de aburrimiento, adoban su existencia con el chismorreo, el vodka, los naipes, los pleitos.
Kishinev era a este respecto una ciudad muy similar al promedio. Tenía doce escuelas, dos teatros y un espacio de música al aire libre, pero ninguna biblioteca ni galería de arte. El centro social de la ciudad era el Club del Noble. Allí era donde, según Urusov, «el carácter general de la sociedad de Kishinev encontraba su reflejo más conspicuo. Las salas del club siempre estaban llenas. Los miembros del club se reunían en torno a las mesas de juego desde una hora tan temprana como las dos de la tarde y no se marchaban antes de las tres o las cuatro de la madrugada en invierno; y en verano no lo hacían antes de las seis o las siete». En Kishinev, como en la mayoría de las ciudades provinciales, los hábitos sociales de la nobleza tenían mucho más en común con los de los comerciantes locales que con los de los aristócratas de San Petersburgo. La hija de Stolypin, por ejemplo, recordaba que en Sarátov, donde su padre fue una vez gobernador, las esposas de los nobles «se vestían de una manera tan informal que en las invitaciones resultaba necesario especificar que se exigía traje de noche. Incluso entonces aparecían a veces en los bailes vestidas con batas».[14]
En una sociedad como esa el gobernador provincial desempeñaba inevitablemente el papel de una celebridad relevante. El punto álgido de cualquier evento social era el momento en que su excelencia llegaba a complacer al conjunto de invitados con su presencia. Recibir una invitación para el baile anual en casa del gobernador significaba haber llegado a la cima de la sociedad provincial. El príncipe Urusov, que era un hombre modesto, se quedó asombrado de la consideración casi divina que le otorgaban los residentes locales: «Según la costumbre de Kishinev, tenía que salir exclusivamente en carruaje, escoltado por un guardia montado, con el jefe de policía en la parte delantera. Dar un paseo a pie o salir de compras significaba por mi parte un grave quebrantamiento de la etiqueta». Pero otros gobernadores, menos modestos que él, se aprovecharon de su posición para comportarse como pequeños autócratas. Por ejemplo, un gobernador provincial ordenaba que la policía detuviera todo el tráfico siempre que él atravesaba la ciudad. Otro no permitía que la obra comenzara antes de que él llegara al teatro local. Para los amantes de la libertad, el gobernador provincial era la misma personificación de la opresión y el despotismo del zar. Gorki no pudo encontrar una manera mejor de condenar el autoritarismo de Tolstói que compararlo con un gobernador.[15]
El cargo que asumió Urusov se remontaba a la Edad Media, aunque su forma exacta se vio alterada en muchas ocasiones. En un país tan vasto y difícil de gobernar como Rusia, las tareas de recaudar impuestos y mantener la ley y el orden superaban obviamente las capacidades de un diminuto Estado medieval. De modo que esas obligaciones se entregaron a los gobernadores, plenipotenciarios del zar, a los que a cambio de su servicio al Estado se les permitía «alimentarse» a expensas de los distritos que gobernaban, por lo general con un grado considerable de violencia y corrupción. La incapacidad del Estado para construir un sistema efectivo de administración provincial aseguraba el poder de estos gobernadores. Incluso en el siglo XIX, cuando la burocracia extendía sus organismos a las provincias, los gobernadores nunca se integraron de manera total en el aparato centralizado del Estado.
Los gobernadores provinciales estaban a cargo de la policía local, de la que técnicamente eran responsables ante el Ministerio del Interior. También servían como presidentes de las juntas provinciales, cuya labor formaba parte de la competencia de otros ministerios, tales como el de Justicia, el de Finanzas y el de Transportes. Esta fragmentación del poder ejecutivo obligó progresivamente a los gobernadores a negociar, persuadir y llegar a compromisos (a representar el papel de un político moderno) durante los últimos años del siglo XIX. No obstante, a causa de sus estrechas relaciones con la corte, podían seguir ignorando las demandas de los ministerios en San Petersburgo y a menudo lo hacían así cuando consideraban que estas chocaban con los intereses del estamento nobiliario, del cual procedían todos los gobernadores provinciales. Por ejemplo, las reformas locales del Gobierno de Stolypin, que intentó introducir a partir de 1906, se vieron detenidas de manera efectiva por los gobernadores, que las contemplaron como un desafío al dominio de la nobleza. A. A. Jvostov, uno de los sucesores de Stolypin en el Ministerio del Interior, se quejaba de que era «prácticamente imposible» evitar que los gobernadores sabotearan la labor de su ministerio a causa de sus «altos protectores» en la corte: «Uno tiene una tía que disfruta de la amistad de la emperatriz, otro es un gentilhombre de cámara de un pariente y un tercero tiene un primo que es oficial de la caballería imperial». El extraordinario poder de los gobernadores se originaba en el hecho de que eran los virreyes personales del zar: encarnaban el principio autocrático en las provincias. Los dos últimos zares de Rusia rehusaron de una manera particular aceptar la idea de subordinar los gobernadores a la burocracia porque los veían como sus partidarios más leales y porque, en palabras de Richard Robbins, «como representantes personales del soberano, los gobernadores evitaban que los emperadores dependieran de sus ministros y [les] proporcionaban una conexión directa con las provincias y con el pueblo». Dos de las contrarreformas de Alejandro III, en 1890 y en 1892, aumentaron considerablemente los poderes de los gobernadores sobre los zemstvos y las instituciones municipales. Al igual que su hijo, Alejandro vio esto como una manera de acercarse a la fantasía de gobernar Rusia directamente desde el trono. Pero el resultado generó la confusión en la administración provincial: los gobernadores, las agencias de los ministerios centrales y los organismos electivos locales acabaron confrontados los unos contra los otros.[16]
El poder del gobierno imperial llegaba efectivamente hasta las ochenta y nueve capitales de provincia donde los gobernadores desempeñaban sus funciones. Por debajo de esto no existía tampoco una administración del Estado como tal. Ni el uezd o capital de distrito ni el volost o comunidad rural tenían ningún funcionario estable del Gobierno. Solo había una serie de magistrados que aparecían de vez en cuando con alguna misión específica, generalmente recaudar impuestos o solventar algún conflicto local, y después volvían a desaparecer. Los burócratas de las ciudades desconocían por completo los asuntos de la Rusia campesina, donde vivía el 85 por ciento de la población del país. «Sabíamos tanto del territorio de Tula —confesó el príncipe Lvov, dirigente del zemstvo de Tula en la última década del siglo XIX— como sabíamos de Asia Central».[17]
La debilidad crucial del sistema zarista era el subgobierno de las localidades. Este hecho decisivo se ha ocultado demasiado a menudo con la imagen mítica de los revolucionarios enfrentados a un antiguo régimen omnipotente. Nada más lejos de la verdad. Por cada mil habitantes del Imperio ruso había solo cuatro funcionarios a finales de siglo, comparados con los 7,3 en Inglaterra y Gales, los 12,6 en Alemania y los 17,6 en Francia. La policía regular, diferenciada de la política, era extremadamente pequeña de acuerdo con los patrones europeos. El gasto ruso per cápita en policía era menos de la mitad del que se hacía en Italia o en Francia, y menos de la cuarta parte del de Prusia. Para una población rural de cien millones de personas, Rusia en 1900 no tenía más que 1.852 sargentos de policía y 6.864 agentes. Un agente era responsable por término medio de vigilar a cincuenta mil personas distribuidas en decenas de localidades que se extendían por unos 5.180 kilómetros cuadrados. Muchos de ellos no tenían ni siquiera un caballo o un carro. Es cierto que desde 1903 los agentes contaron con la ayuda de agentes campesinos, de los que se nombraron unos cuarenta mil. Pero estos no eran en absoluto dignos de confianza y, en cualquier caso, contribuían muy poco a reducir las cargas crecientes de la policía. Sin sus propios órganos efectivos en el campo, la burocracia central estaba asignando cada vez más tareas a la policía local: no solo el mantenimiento de la ley y el orden, sino también la recaudación de impuestos, el cumplimiento de las leyes gubernamentales y de los decretos militares, la aplicación de los reglamentos de sanidad y seguridad, la inspección de los caminos y los edificios públicos, la elaboración de estadísticas y la supervisión general de la «moral pública» (por ejemplo, asegurarse de que los campesinos se lavaban la barba). La policía, en resumen, estaba acostumbrada a ser una especie de órgano ejecutivo que servía para todo. A menudo eran los únicos agentes del Estado con los que los campesinos llegaban a tener contacto.[18]
El atraso general de Rusia (su pequeña base impositiva y sus pobres comunicaciones) deriva en buena medida de este subgobierno. El legado de la servidumbre también tenía su parte de responsabilidad. Hasta 1861 los siervos habían estado sometidos a la jurisdicción de sus propietarios nobles y, puesto que pagaban sus impuestos, el Estado no intervenía en las relaciones entre ellos. Solo después de la emancipación (y entonces muy lentamente) el Gobierno zarista se ocupó del problema de cómo extender su influencia a los nuevos «ciudadanos» en las aldeas y de cómo establecer una política que contribuyera al desarrollo de la agricultura campesina. Inicialmente, durante la década de 1860, el régimen dejó los asuntos de los distritos campesinos en manos de los nobles locales. Estos dominaban las asambleas de los zemstvos y cubrían casi las tres cuartas partes de los puestos en las juntas de los zemstvos provinciales. Las asambleas nobiliarias y sus jefes electos siguieron disfrutando de amplios poderes administrativos, especialmente en las áreas de distrito (uezd), donde eran casi los únicos agentes en los que podía confiar el régimen zarista. Además, los nuevos magistrados (mirovye posredniki) recibieron amplios poderes judiciales que no eran distintos de los de sus predecesores bajo el régimen de servidumbre, incluido el derecho de flagelar a los campesinos por delitos y faltas menores.
Resultaba lógico que el régimen zarista buscara basar su poder en las provincias mediante la nobleza terrateniente, su aliado más cercano. Pero fue una estrategia peligrosa y el peligro fue creciendo a medida que pasaba el tiempo. La nobleza terrateniente se encontraba sometida a una fuerte decadencia económica durante los años de la depresión agrícola a finales del siglo XIX y se estaba volviendo hacia los zemstvos para defender sus intereses locales agrarios contra la burocracia centralizadora e industrializadora de San Petersburgo. Hasta 1905 esta resistencia se expresó fundamentalmente en términos liberales: se veía como la defensa de la «sociedad provincial», un término que se utilizaba por primera vez y que se ampliaba conscientemente para incluir los intereses del campesinado. Este movimiento liberal de los zemstvos culminó en la petición política de mayor autonomía para el gobierno local, de un Parlamento nacional y de una constitución. Aquí se encontraba el germen de la revolución: no en los movimientos socialistas o de los trabajadores, sino (como en la Francia de la década de 1780) en las aspiraciones del más antiguo aliado del régimen, la nobleza provincial.
La emancipación supuso un duro golpe no solo para la economía, sino también para el conjunto de la nobleza provincial. Privados de sus siervos, la mayoría de los nobles terratenientes se sumergieron en una decadencia terminal. Muy pocos pudieron responder a los nuevos desafíos del mundo comercial en el cual, como agricultores (y menos a menudo como hombres de industria y comerciantes), se vieron obligados a continuar sobreviviendo. Todo el periodo comprendido entre 1861 y 1917 podría concebirse como la muerte lenta de la antigua élite agraria sobre la que siempre había descansado el sistema zarista.
Desde Gógol a Chéjov, la figura del noble terrateniente empobrecido resultó muy recurrente en la literatura rusa del siglo XIX. Era una obsesión cultural. El drama de Chéjov El huerto de los cerezos, también conocido como El jardín de los cerezos (1903), se hizo eco de manera particular y sutil de los temas familiares que concernían a la nobleza en decadencia: una finca elegante, pero nada rentable, se vende a un hombre de negocios hecho a sí mismo, el hijo de un siervo de aquella misma finca, que tala el huerto para edificar casas. La mayoría de los hacendados, como los Ranevski en el drama de Chéjov, demostraron que eran incapaces de transformar sus posesiones agrarias en granjas comercialmente viables una vez que la emancipación los privó del trabajo gratuito de los siervos y los forzó a entrar en el mundo capitalista. No podían seguir los pasos de los junkers prusianos. La antigua economía servil rusa nunca había tenido como finalidad, en términos generales, conseguir beneficios. Los nobles obtenían prestigio (y en ocasiones, un puesto elevado) por el número de siervos que poseían (en este contexto se encuadra el relato Almas muertas [1842], de Gógol, cuyo protagonista, Chíchikov, viaja por las posesiones agrarias de Rusia comprando las listas de siervos fallecidos [o «almas», como entonces se les conocía] cuya muerte todavía no había registrado el Estado) y por la ostentación de sus mansiones señoriales más que por el éxito de sus explotaciones. La mayoría de las posesiones señoriales las labraban siervos que disponían de los mismos instrumentos y métodos primitivos que utilizaban en sus propios huertos domésticos. Muchos de los nobles gastaban los reducidos ingresos de sus posesiones en costosos lujos importados de Europa en lugar de invertirlos en sus tierras agrarias. Pocos parece que llegaran a comprender que los ingresos no eran lo mismo que los beneficios.
A mediados del siglo XIX muchos de aquellos hacendados se habían endeudado desesperadamente. Hacia 1859, una tercera parte de las posesiones y dos terceras partes de los siervos que poseían los nobles terratenientes habían sido hipotecados en favor del Estado y de los bancos de la aristocracia. Esto, más que otra cosa, ayudó al Gobierno a forzar la emancipación en contra de la considerable oposición de la nobleza. No es que las condiciones de la liberación fueran desfavorables para los terratenientes: recibieron un buen dinero por la tierra (a menudo de baja calidad), que decidieron transferir a los campesinos.(8) Pero ahora los nobles dependían de sus propios recursos, privados del trabajo gratuito de los siervos y de sus herramientas y animales. Ya no podían seguir disfrutando de una existencia cómoda: su supervivencia dependía de su lugar en el mercado. Tenían que pagar las herramientas y el trabajo, y aprender la diferencia existente entre los beneficios y las pérdidas. Además, casi ninguno estaba suficientemente preparado para enfrentarse con el desafío del capitalismo. La mayoría de ellos no sabían casi nada de agricultura o contabilidad y siguieron haciendo gastos de la misma manera, amueblando sus mansiones al estilo imperio francés y enviando a sus hijos a las escuelas más costosas. Una vez más, sus deudas aumentaron y se vieron obligados a arrendar o vender cada vez más parcelas de tierra. Entre 1861 y 1900 más del 40 por ciento de la tierra de la nobleza la compraron los campesinos, cuya creciente hambre de tierra, debida a la explosión demográfica, condujo a multiplicar por siete su valor. Se produjo un incremento similar de los costos de arrendamiento y, hacia 1900, dos terceras partes de la extensión de tierra cultivable de la nobleza ya la habían arrendado los campesinos. Resulta irónico que la caída de los precios agrícolas que se produjo en las dos últimas décadas del siglo XIX forzara a los campesinos a aumentar la tierra que cultivaban y también que les resultara más beneficioso a los terratenientes arrendar o vender su tierra que cultivarla. Sin embargo, a pesar de estas ganancias obtenidas gracias a la especulación, al finalizar el siglo la mayoría de los nobles descubrieron que ya no podían seguir viviendo de la manera a la que se habían acostumbrado. Sus mansiones neoclásicas, con sus pinturas italianas y sus bibliotecas, sus salones de baile y sus jardines, fueron entrando lentamente en decadencia.[19]
No todos los hacendados aceptaron de buen grado esta situación. Muchos de ellos hicieron un intento por administrar sus posesiones como empresas comerciales, y de estos círculos emergieron los hombres liberales del zemstvo que desafiaron a la autocracia durante las últimas décadas del siglo.
El príncipe G. E. Lvov (1861-1925), que se convertiría en el primer presidente del Gobierno de la Rusia democrática en 1917, fue un paradigma de este tipo de hombres. Los Lvov eran una de las familias más antiguas de la nobleza rusa. Podían remontar sus raíces a lo largo de treinta y una generaciones, hasta el mismo Rurik, que había fundado en el siglo IX el «Estado» ruso. Popovka, el hogar ancestral de los Lvov, estaba en la provincia de Tula, a menos de doscientos kilómetros de Moscú (pero, por culpa de los primitivos caminos de Rusia, al menos a dos días de viaje en diligencia). La hacienda de Tolstói en Yásnaia Poliana se encontraba tan solo a unos pocos kilómetros de distancia, y los Lvov consideraban al gran escritor como uno de sus amigos más íntimos. La mansión de Popovka era bastante grande para lo que, con solo cuatrocientas hectáreas, constituía una pequeña hacienda según los patrones rusos. Se trataba de una vivienda de dos plantas, construida al estilo imperio durante la tercera década del siglo XIX, con más de veinte habitaciones, cada una con un techo doble, postigos y ventanas que daban a un jardín lleno de rosas y estatuas clásicas al frente. Había un parque detrás de la casa con una capilla grande de piedra blanca, un lago artificial, una plantación de naranjos, una avenida de abedules y un huerto. El servicio doméstico era el habitual en la nobleza provincial del siglo XIX. Había una gobernanta inglesa llamada miss Jenny (el inglés fue la primera lengua en que Lvov aprendió a leer). El padre de Lvov era un liberal reformista, un hombre de 1864, y gastó todo su dinero en la educación de sus hijos. Envió a los cinco hijos, aunque no a la única hija, a las mejores escuelas de Moscú. Los lujos eran mínimos si se comparan con los pródigos patrones de la clase nobiliaria rusa: el clásico mobiliario de caoba estilo Primer Imperio, uno o dos paisajes flamencos del siglo XVIII; unos pocos perros para cazar en otoño y un carruaje inglés con caballos de pedigrí, pero muy poco que pudiera impresionar a los Tolstói, miembros de una familia mucho más importante.
Con todo, a finales de la década de 1870, los Lvov se las habían arreglado para acumular unas enormes deudas que superaban considerablemente los ciento cincuenta mil rublos. «Con la abolición de la servidumbre —recordaba Lvov—, pronto entramos en la categoría de los terratenientes que carecían de medios para vivir de la manera a la que su círculo estaba acostumbrado». La familia tuvo que vender sus otras dos posesiones agrarias, una en Chernígov por treinta mil rublos y la otra en Kostroma por algo menos, así como una fábrica de cerveza en Briansk y el piso familiar en Moscú. Pero aun así continuaron muy endeudados. Entonces tuvieron que elegir entre vender Popovka o convertirla en una hacienda que rindiera beneficios. A pesar de su inexperiencia, y en el inicio de la peor depresión agrícola del siglo, los Lvov no tuvieron dudas a la hora de optar por lo último. «La idea de renunciar al hogar de nuestros antepasados era impensable», escribió más tarde Lvov. La explotación agrícola de Popovka había sido gobernada tan pésimamente durante décadas de negligencia que cuando los Lvov regresaron allí por primera vez para administrarla, incluso los campesinos de las aldeas vecinas negaron con la cabeza y manifestaron su compasión por ellos. Se ofrecieron para ayudarlos a restaurar los edificios de la hacienda y para limpiar el bosque. Los cuatro hermanos mayores se encargaron de la hacienda (su padre ya era un anciano y estaba demasiado enfermo para trabajar) mientras Gueorgui estudiaba derecho en la Universidad de Moscú, aunque volvía a Popovka durante las vacaciones. La familia se desprendió de los sirvientes y todo el trabajo de la casa recayó en la hermana de Gueorgui, y vivieron de pan de centeno y sopa de col, como campesinos. Más tarde Lvov volvería la mirada hacia aquella época y la recordaría como el origen de su propia emancipación (su propia revolución personal) de la cultura de los terratenientes del orden zarista. «Nos hizo poner los pies en la tierra y nos convirtió en demócratas. Comencé a sentirme incómodo en compañía de aristócratas y siempre me identifiqué mucho más con los campesinos». Gradualmente, gracias a su propio arduo trabajo en el campo, los Lvov restauraron la hacienda. Aprendieron métodos de labranza de sus vecinos campesinos y de libros de agricultura que Gueorgui compraba en Moscú. Resultó que el suelo era ideal para cultivar tréboles y, alternándolo con el centeno, empezaron a lograr beneficios sustanciosos. A finales de década de 1880 Popovka se había salvado, todas sus deudas habían quedado saldadas y el recién graduado Gueorgui regresó para transformarla en una hacienda mercantil. Incluso plantó un huerto y construyó una fábrica de enlatado cerca de la hacienda para producir puré de manzana con destino al mercado moscovita.[20] ¿Podría existir un contrapunto más adecuado a la visión de Chéjov de una nobleza en decadencia?
El príncipe Lvov se convirtió en un miembro dirigente del zemstvo de Tula durante los primeros años de la última década del siglo XIX. Los ideales y las limitaciones que compartía con los hombres liberales del zemstvo iban a dejar su impronta en el Gobierno que dirigió entre marzo y julio de 1917. El príncipe Lvov no era la clase de hombre que uno esperaría encontrar a la cabeza de un Gobierno revolucionario. Cuando era niño había soñado con convertirse «en un leñador y vivir por sus propios medios en los bosques». Este aspecto místico de su carácter, una especie de naturalismo tolstoiano, siempre lo acompañó. Yekaterina Kuskova dijo que «en una conversación podía hablar con sentimiento sobre el misticismo e inmediatamente después del precio de las patatas». Por temperamento, encajaba mucho mejor en los círculos íntimos (krutzhki) de los activistas del zemstvo que en el mundo agresivo de la política moderna de partidos. El príncipe era tímido y modesto, gentil y retraído, y bastante incapaz de dar órdenes a la gente basándose en otra cosa que en una autoridad puramente moral. Ninguna de estas virtudes lo eran a los ojos de los políticos más ambiciosos, que lo encontraban «pasivo», «gris» y «frío». El rostro triste y noble de Lvov, que raramente evidenciaba señales de emoción o de excitación, le hacía parecer todavía más distante. La élite arrogante de la metrópoli lo consideraba provinciano y estúpido —el dirigente liberal Pável Miliukov, por ejemplo, lo llamaba «simplón» (shliapa)—, y de esto deriva en buena medida su pobre reputación, incluso su descuido, en los libros de historia. Pero ambas actitudes resultaban de malinterpretar y subestimar a Lvov. Tenía una mente política práctica, formada por años de trabajo en el zemstvo dedicados a mejorar las condiciones rurales, y no teórica, como la de Miliukov. El liberal V. A. Obolenski, que conocía bien a Lvov, aseguraba que «ni una sola vez le había oído hacer una afirmación de naturaleza teórica. Las “ideologías” de la intelligentsia le resultaban completamente ajenas». Pero este carácter práctico (lo que Obolenski llamaba su «sabiduría natural») no convertía necesariamente a Lvov en un político inferior. Tenía una inteligencia sólida para los asuntos técnicos, ingentes cantidades de sentido común y una rara capacidad para juzgar con acierto a la gente; todas ellas buenas cualidades políticas.[21]
Lvov no era solo un extraño revolucionario: era un revolucionario a regañadientes. Sus ideales derivaban de las grandes reformas (había nacido simbólicamente en 1861) y, en lo profundo de su corazón, siempre iba a seguir siendo un monárquico liberal. Creía que la misión de la clase nobiliaria era dedicarse al servicio del pueblo. Este populismo paternal era común entre los hombres de los zemstvos. Eran funcionarios públicos de buenas intenciones y dedicación, del tipo que llenan las páginas de Tolstói y Chéjov, que soñaban con llevar la civilización al campo oscuro y atrasado. Como los hijos liberales de los antiguos propietarios de siervos, con el mismo sentimiento de culpa, muchos de ellos sentían sin duda que de esta manera estaban ayudando a pagar sus deudas con los campesinos. Algunos estaban dispuestos a realizar considerables sacrificios personales. Lvov, por ejemplo, pasaba tres meses al año viajando por las aldeas para inspeccionar escuelas y tribunales. Utilizó algunos de los beneficios de la hacienda de Popovka para construir una escuela e instalar un mejor sistema de agua en las aldeas cercanas. Bajo su dirección en la última década del siglo XIX, el zemstvo de Tula se convirtió en uno de los más progresistas de todo el país. Estableció escuelas y bibliotecas, levantó hospitales y asilos para enfermos mentales, construyó nuevos caminos y puentes, proporcionó servicios veterinarios y agrícolas al campesinado, invirtió en negocios e industrias locales, financió sistemas de seguridad y crédito rural y, siguiendo la mejor tradición liberal, llevó a cabo ambiciosos proyectos estadísticos en preparación de reformas ulteriores. Fue un modelo de la misión del zemstvo liberal: vencer el atraso y la apatía de la vida provincial e integrar al campesinado, como «ciudadanos», en la vida de la nación.
Sobra decir que las expectativas optimistas de los liberales del zemstvo nunca se cumplieron. La suya era una vasta tarea que superaba con mucho las limitadas capacidades del organismo. Se produjeron algunos logros, especialmente en lo que se refiere a la educación primaria, que se reflejaron en el incremento general de los gastos de los zemstvos, de quince millones de rublos en 1868 a noventa y seis millones al concluir el siglo. Sin embargo, el nivel general de gastos no era muy alto para el amplio espectro de responsabilidades; y la proporción de impuestos locales frente a estatales (en torno a un 15 por ciento) permaneció muy baja en comparación con la de la mayoría de Europa, donde superaba el 50 por ciento.[22] Había, además, un problema fundamental que socavaba todo el proyecto liberal: el de cómo implicar a los campesinos en la labor del zemstvo. Estos, después de la emancipación, continuaban estando aislados en sus comunas aldeanas, sin derechos legales similares a los de la nobleza o incluso privados del derecho a elegir directamente a los delegados para el zemstvo de su distrito. En definitiva, veían los zemstvos como una institución de la nobleza y pagaban sus impuestos a regañadientes.
Pero un problema todavía más arduo para los zemstvos lo constituía la creciente oposición del Gobierno central a su labor en tiempos de los dos últimos zares. Alejandro III consideraba estas asambleas un peligroso caldo de cultivo del liberalismo. La mayoría de sus burócratas estaban de acuerdo con él. Pólovtsov, por ejemplo, pensaba que los zemstvos habían «llevado al campo una estirpe totalmente nueva de tipos urbanos (escritores, prestamistas, funcionarios y gente semejante) que eran bastante ajenos al campesinado». El Gobierno estaba muy preocupado con los setenta mil empleados de los zemstvos (maestros, doctores, estadísticos y agrónomos), conocidos colectivamente como el «tercer elemento». En contraste con los dos primeros grupos del zemstvo (los administradores y diputados electivos), provenientes principalmente de la nobleza terrateniente, estos otros profesionales procedían a menudo de entornos campesinos o de la clase baja, y eso proporcionaba a su política un enfoque democrático y radical. Cuando su número aumentó en las dos últimas décadas del siglo XIX, intentaron ampliar la misión social de los zemstvos. En efecto, los transformaron de órganos de la nobleza en órganos sobre todo del campesinado. Se concibieron ambiciosos proyectos para la reforma agrícola y con objeto de mejorar la salud e higiene en vísperas de la gran hambruna que golpeó la Rusia rural en los primeros años de la década de 1890. Los terratenientes liberales como Lvov los apoyaron. Pero la mayoría de los terratenientes, que eran más conservadores, fueron muy hostiles al incremento de impuestos que semejantes proyectos exigían (después de más de una década de crisis agrícola muchos de ellos se encontraban en la miseria financiera) e idearon una campaña contra el tercer elemento. Encontraron un aliado natural y poderoso en el Ministerio del Interior, que desde el inicio del reinado de Alejandro había desarrollado una campaña para evitar las tendencias democráticas del gobierno local. Sucesivos ministros del Interior, al igual que sus jefes de policía, consideraron a los miembros del tercer elemento como revolucionarios («cohortes de sans-culottes», en palabras de Plehve, director del Departamento de Policía y posteriormente ministro del Interior) que estaban utilizando sus posiciones en los zemstvos para agitar al campesinado.
Como respuesta a la presión de las asambleas locales, en 1890 se promulgó un estatuto que incrementaba el dominio de los nobles terratenientes sobre ellas al excluir a los judíos y a los propietarios campesinos de las elecciones a estas asambleas. La norma también situó la labor de los zemstvos bajo el estrecho control de una nueva oficina provincial, presidida por el gobernador provincial y subordinada al Ministerio del Interior, al que se concedió un amplio veto respecto de los nombramientos de su personal, publicaciones, presupuestos y resoluciones cotidianas. Provisto de estos considerable poderes, el ministerio y sus agentes provinciales obstruyeron de manera constante la labor de los zemstvos. Impusieron notables límites en sus presupuestos sobre la base de que algunos de sus gastos eran innecesarios, pese a que algunos de estos eran insignificantes. Por ejemplo, el zemstvo de Perm tenía su presupuesto bloqueado por encargar un retrato del doctor Litvinov, el veterano director del asilo provincial de enfermos mentales. El zemstvo de Suzdal fue castigado de manera similar por utilizar cincuenta rublos de un fondo de reserva para ayudar a pagar la construcción de una biblioteca. La policía también bloqueó la labor de estas asambleas. Arrestaron a estadísticos y agrónomos al considerarlos «revolucionarios» y les impidieron viajar por las zonas rurales. Realizaron incursiones en las instituciones de los zemstvos, hospitales y asilos mentales incluidos, en busca de «sospechosos políticos». Incluso arrestaron a mujeres que pertenecían a la nobleza local por enseñar a los niños campesinos a leer y escribir en su tiempo libre.[23]
Las contrarreformas del reinado de Alejandro, con el Estatuto de 1890 como una de sus piedras angulares, fueron esencialmente un intento de restaurar el principio autocrático en el ámbito local. Los gobernadores provinciales, cuyos poderes sobre los zemstvos y las instituciones municipales se habían incrementado enormemente por las contrarreformas, iban a desempeñar el papel de un zar en miniatura. La misma idea subyace en la institución de los capitanes de la tierra o capitanes agrarios (zemskie nachal'niki) como resultado de otra contrarreforma llevada a cabo en 1889. Estos siguieron siendo los agentes centrales del régimen zarista en el campo hasta 1917, aunque después de la Revolución de 1905 sus poderes se vieron considerablemente debilitados. Nombrados por los gobernadores provinciales y subordinados al Ministerio del Interior, los dos mil capitanes de la tierra, procedentes principalmente de la nobleza, recibieron un amplio abanico de poderes ejecutivos y judiciales sobre los campesinos, entre los que eran conocidos como los «pequeños zares». Su potestad incluía el derecho de revocar las decisiones de las asambleas de las aldeas, deponer a los funcionarios campesinos electos y tomar resoluciones en las disputas judiciales. Hasta 1904 incluso podían ordenar la flagelación pública de los campesinos por faltas menores, tales como entrar en la tierra de un noble (lo más habitual) o dejar de pagar los impuestos. Resulta difícil imaginar el impacto psicológico de este castigo público, décadas después de la emancipación, en la mente campesina. El escritor y campesino Serguéi Semiónov (1868-1922), con el que volveremos a encontrarnos a lo largo de este libro, escribió que sus compañeros campesinos veían a los capitanes de la tierra como «un regreso a los días de la servidumbre, cuando el amo gobernaba la aldea como un señor». Semión Kanatchikov, otro hijo de campesinos con el que también volveremos a encontrarnos, puso igualmente voz al resentimiento causado por el trato feudal que los capitanes infligían al campesinado. Un campesino, que había sido arrestado por no quitarse el sombrero ni inclinarse ante el capitán agrario mientras este daba un discurso ante la aldea, preguntó a Kanatchikov: «¿Qué significa un pobre campesino para un noble? Porque es peor que un perro. Al menos un perro puede morder, pero el campesino es manso y humilde y tolera todo».
Preocupado por el daño que estos capitanes estaban causando a la imagen del régimen en el campo, muchos de los burócratas más liberales (e incluso algunos de los conservadores) presionaron para lograr la abolición de la institución durante los primeros años del reinado de Nicolás. Señalaron la escasa competencia de los capitanes agrarios, que a menudo eran oficiales del ejército retirados o segundones de la nobleza local demasiado obtusos para ascender dentro de la burocracia regular, y advirtieron de que su disposición a echar mano del látigo podía provocar una rebelión campesina. Pero Nicolás hizo caso omiso, pues los veía como a «sirvientes caballeros» de su poder personal en el campo. Le proporcionaban un vínculo directo con el campesinado, un vínculo que la «muralla» de la burocracia había bloqueado, y le ayudaban a convertir en realidad su sueño de una autocracia popular al estilo moscovita. A través de su poder buscaba restaurar el orden tradicional de la sociedad, con su nobleza terrateniente a la cabeza, y contrarrestar las tendencias democráticas del mundo moderno.[24]
Las contrarreformas del reinado de Alejandro fueron un punto de inflexión vital en el contexto previo a la revolución. Colocaron al régimen zarista y a la sociedad rusa en el sendero del conflicto y, hasta cierto punto, determinaron el resultado de los acontecimientos que se produjeron entre 1905 y 1917. La reacción autocrática contra los zemstvos, como la actitud de la nobleza contra la democracia, con la que se asoció, tuvo tanto la intención como el efecto de excluir a las masas del ámbito de la política. El sueño liberal de los «hombres de 1864» (convertir a los campesinos en ciudadanos y ampliar la base del gobierno local) se vio erosionado cuando la corte y sus aliados intentaron reasegurar el viejo sistema paternal, presidido por el zar, su clero y sus caballeros, en el cual los campesinos, como niños o salvajes, se consideraban demasiado primitivos para desempeñar un papel activo. El abandono de la agenda liberal no quedó plenamente claro hasta que las reformas del primer ministro Stolypin se frustraron (sobre todo su proyecto para establecer un zemstvo del volost dominado por el campesinado) entre 1906 y 1911. Pero sus consecuencias previsibles resultaron claras mucho antes. Como habían señalado sus precursores, los zemstvos eran la única institución capaz de proporcionar una base política para el régimen en el campo. Si se les hubiera permitido integrar a los campesinos en el sistema de política local, entonces quizá la antigua división entre las «dos Rusias» (según la famosa expresión de Herzen), entre la Rusia oficial y la Rusia campesina, se podría haber difuminado, si no eliminado por completo. Esa división definió el curso de la revolución. Sin ninguna oportunidad en el antiguo sistema de gobierno, los campesinos no dudaron en 1917 en derribar todo el Estado, creando de esa manera un vacío político para que los bolcheviques se hicieran con el poder. El zarismo, de esta forma, se socavó a sí mismo; pero también creó las condiciones básicas para el triunfo del bolchevismo.
«Prometo y juro ante Dios todopoderoso, ante sus santos Evangelios, servir a su majestad imperial, el autócrata supremo, verdadera y fielmente, obedecerle en todas las cosas y defender su dinastía, sin escatimar mi cuerpo, hasta la última gota de mi sangre». Todos los soldados pronunciaban este juramento de fidelidad al entrar en el ejército imperial. De manera significativa, el soldado juraba su lealtad al zar y a la preservación de la dinastía en lugar de al Estado o incluso a la nación. Todos los soldados tenían que renovar este juramento ante cada nueva coronación. El ejército ruso pertenecía al zar en persona; sus oficiales y soldados eran de manera efectiva sus vasallos.[25]
El principio patrimonial sobrevivió más tiempo en el ejército que en ninguna otra institución del Estado ruso. Nada era más cercano a la corte de los Románov o más importante que el ejército. El poder del imperio se fundaba sobre él y las necesidades del ejército y de la marina siempre primaron en la conformación de la política imperial. Todas las reformas más importantes de la historia rusa se habían producido por las necesidades bélicas a tenor de las rivalidades del imperio en occidente y en el sur: las reformas de Pedro el Grande las habían motivado las guerras con Suecia y los otomanos; las de Alejandro II, la derrota militar en Crimea.
La corte se encontraba impregnada de los valores militares. Desde finales del siglo XVIII se había convertido en costumbre de los zares jugar a los soldados con los miembros de su familia. La casa real funcionaba como un enorme Estado Mayor, con el zar en calidad de jefe supremo, con todos sus cortesanos divididos en rangos, y sus hijos, que se enrolaban en la Guardia, sometidos desde una temprana edad a esa especie de cruel humillación que debían encontrar en el círculo de los oficiales para inculcarles los principios de disciplina y subordinación necesarios, según se pensaba, para poder gobernar. El mismo Nicolás sentía pasión por la Guardia. Sus recuerdos más queridos eran los de sus días tranquilos de juventud como coronel en el Regimiento Preobrazhenski. Sentía debilidad por los desfiles militares y no reparaba en gastos en otorgar galones dorados a sus soldados. Incluso mandó restaurar algunos de los adornos más arcaicos y exagerados de los uniformes de los regimientos de la Guardia, cuerpo que Alejandro III había pensado abolir en interés de la economía. Nicolás ordenaba hacer constantemente alteraciones en los uniformes de sus unidades favoritas (un botón extra aquí, otro entorchado allí) como si todavía estuviera jugando con los soldados de juguete de su juventud. Todas sus hijas, al igual que su hijo, acabaron enroladas en regimientos de la Guardia. Con ocasión de las onomásticas y cumpleaños llevaban sus uniformes y recibían delegaciones de sus oficiales. Hacían acto de presencia en los desfiles y las revistas militares, en la entrega de despachos, en la presentación de banderas, en las comidas de regimientos, en los aniversarios de batallas y en otras ceremonias. Los oficiales de la Guardia de la Suite Imperial, que los acompañaban a todas partes, recibían un tratamiento casi como si fueran miembros lejanos de la familia Románov. Ningún otro grupo era tan cercano ni tan leal a la persona del zar.[26]
Muchos historiadores han considerado el ejército como un baluarte fanático del régimen zarista. Ese fue también el punto de vista de la mayoría de los testimonios anteriores a la revolución. El comandante Von Tettau, del Estado Mayor alemán, escribió en 1903 que el soldado ruso «está lleno de abnegación y lealtad hacia su deber» de una manera «que apenas se puede encontrar en ningún otro ejército del mundo». Trabajaba con ahínco y siempre estaba «contento, satisfecho y feliz, incluso después de trabajar y sufrir privaciones».[27] Pero en realidad existían tensiones cada vez mayores entre el ejército (en todos los rangos) y el régimen de los Románov.
Para los jefes militares del país, la raíz del problema se encontraba en el terrible historial del ejército a lo largo del siglo XIX, del que muchos de ellos llegaron a acusar a la política del Gobierno. La derrota en la guerra de Crimea (1853-1856), seguida por una costosa contienda contra Turquía (1877-1878) y la humillación de la derrota ante los japoneses (la primera vez que una potencia europea de relevancia sucumbía ante un país asiático) en 1904-1905 dejaron al ejército y a la marina desmoralizados. Las causas de la debilidad militar de Rusia eran en parte económicas: sus recursos industriales no lograron sostener sus compromisos militares en una época de creciente competencia entre los imperios. Pero esta debilidad también tenía un origen político: a finales del siglo XIX el ejército había perdido gradualmente su lugar en la cima de las prioridades de gasto del Gobierno. La derrota de Crimea había desacreditado a las fuerzas armadas y había hecho patente la necesidad de redirigir recursos del ejército para la modernización de la economía. El Ministerio de la Guerra perdió la posición de favor de que había disfrutado en el sistema de gobierno de Nicolás I (1825-1855) y se vio perjudicado por los ministerios de Finanzas y del Interior, que desde entonces recibieron mayores dotaciones. Entre 1881 y 1902 la porción del presupuesto recibida por las fuerzas armadas descendió del 30 al 18 por ciento. Diez años antes de la Primera Guerra Mundial el ejército ruso solamente estaba gastando el 57 por ciento de la cantidad que Alemania empleaba en cada uno de sus soldados y el 63 por ciento de la que empleaba el ejército austriaco. En resumen, el soldado ruso fue a la guerra peor entrenado, peor equipado y peor atendido que su enemigo. El ejército estaba tan escaso de dinero que debía apoyarse en buena medida en recursos internos para vestirse y alimentarse. Los soldados cultivaban sus propios alimentos y tabaco, y reparaban sus uniformes y botas. Incluso ganaban dinero para el regimiento yendo a trabajar como temporeros en haciendas campesinas, en fábricas y minas cercanas a sus guarniciones. Muchos soldados pasaban más tiempo cultivando verduras o arreglando botas que aprendiendo a manejar sus fusiles. Al reducir el presupuesto militar, el régimen zarista creó un ejército de granjeros y zapateros remendones.
La desmoralización del ejército estaba también ligada a su mayor protagonismo en la supresión de las protestas civiles. El Imperio ruso se cubrió con una red de guarniciones. Su tarea era proporcionar una asistencia militar más o menos rápida a los gobernadores provinciales o a la policía que tuviera que ocuparse de los disturbios. Entre 1883 y 1903 se recurrió a las tropas unas mil quinientas veces. Los oficiales se quejaban con amargura de que este deber policial socavaba la dignidad de un soldado profesional y de que apartaba al ejército de su función más adecuada, la militar. También advirtieron del efecto dañino que iba a tener sobre la disciplina. La historia demostró que tenían razón. La inmensa mayoría de los soldados rasos eran campesinos y las noticias que recibían de sus aldeas influían en su moral. Cuando el ejército tuvo que acudir a sofocar los levantamientos campesinos de 1905 y 1906, muchas de las unidades, especialmente las de infantería, dominadas por los campesinos, se negaron a obedecer y se amotinaron en apoyo de la revolución. Hubo más de cuatrocientos motines entre el otoño de 1905 y el verano de 1906. El ejército se vio arrastrado al borde del colapso y necesitó años para restaurar cierto orden.[28]
Muchos de estos motines formaron parte de una protesta general contra las condiciones feudales que prevalecían en el ejército. Tolstói, que había servido como oficial en la guerra de Crimea, las describió en su última novela, Hadjí Murat. Los soldados campesinos, en particular, censuraban la manera en que sus oficiales se dirigían a ellos con el familiar «tú» (tyi), normalmente utilizado para los animales y los niños, en vez del más correcto «usted» (vyi). Era como si, una vez más, los amos se dirigieran a sus siervos; y puesto que la mayoría de los oficiales eran nobles, y la mayoría de los soldados eran hijos de antiguos siervos, esta forma de tratamiento simbolizaba la continuación del antiguo mundo feudal, pero en el seno del ejército. Lo primero que hacía un recluta al unirse al ejército era aprender los diferentes títulos de sus oficiales: «señoría» hasta el grado de coronel, «excelencia» para los generales e «ilustrísima» o «muy ilustrísima» para los oficiales con título. Los soldados debían saludar a los coroneles y generales no solo con el gesto correspondiente realizado con la mano, sino que además debían detenerse y hacerse a un lado para la revista, mientras aquellos pasaban a un número de pasos estrictamente prescrito. El soldado recibía un entrenamiento para responder a sus superiores según los títulos que estos tenían: «En absoluto, señoría»; «encantado de servirle, excelencia»… Cualquier fallo era susceptible de castigo. Los soldados podían esperar un golpe en la cara, un golpe de culata en la boca y a veces incluso latigazos por faltas relativamente poco importantes. A los oficiales se les permitía utilizar una amplia gama de términos insultantes, tales como «escoria» y «sabandija», para humillar a sus soldados y mantenerlos en su lugar. Incluso cuando se encontraba fuera de servicio, el soldado raso carecía de los derechos de un ciudadano normal. No podía fumar en lugares públicos, acudir a restaurantes o teatros, subir a los tranvías u ocupar un asiento de primera o de segunda clase en un tren. En los parques públicos había letreros que decían: PROHIBIDA LA ENTRADA DE PERROS Y SOLDADOS. La determinación de los soldados por derribar esta «servidumbre del ejército» y obtener la dignidad de la ciudadanía iba a convertirse en uno de los episodios más relevantes de la revolución.[29]
No fue solamente la infantería campesina la que se unió a los motines a partir de 1905. Incluso una parte de la caballería cosaca, que desde principios del siglo XIX había sido un modelo de lealtad al zar, se acabó uniendo a las rebeliones. Los cosacos tenían quejas específicas. Desde el siglo XVI habían evolucionado como una casta militar elitista, que en el siglo XIX acabó sometida al control del Ministerio de la Guerra. A cambio de sus servicios militares, se les concedían generosas porciones de tierra fértil, principalmente en las fronteras del sur, territorio que tenían que defender (el Don y el Kubán), y en las estepas orientales, así como gozaban de una considerable libertad política para sus comunidades autogobernadas (voiskos, término derivado de la palabra usada para «guerra»). Sin embargo, durante las últimas décadas del siglo XIX, los costes para sus equipos de caballería, como las sillas de montar, los arneses y los caballos de guerra, que debían sufragar según los fueros de su estamento, se encarecieron progresivamente. Muchos campesinos cosacos, que ya combatían contra la crisis agraria, tuvieron que vender una parte de su ganado para enfrentarse a sus obligaciones y poder equipar a sus hijos. Los voiskos exigían cada vez más concesiones, tanto económicas como políticas, como pago por sus servicios. Comenzaron a ondear la bandera del «nacionalismo cosaco», una forma provinciana y dudosa de patriotismo local basada en la idea de la superioridad étnica de los cosacos frente al campesinado ruso y en la memoria de un pasado distante y de tintes míticos, cuando los cosacos se habían gobernado a sí mismos a través de sus «antiguas» asambleas de ancianos y de sus atamanes electos.[30]
El trato que dispensaba el Gobierno al ejército provocó un creciente resentimiento entre la élite militar de Rusia. La oposición más acusada procedía de las nuevas generaciones de los denominados militares profesionales que surgieron dentro del cuerpo de oficiales y del mismo Ministerio de la Guerra durante las últimas décadas del antiguo régimen. Muchos de ellos eran graduados de las escuelas militares de junkers que se habían modernizado en vísperas de la derrota de Crimea con el objetivo de proporcionar un medio para que los hijos de los que no eran nobles llegaran a los rangos superiores. Los oficiales de carrera dedicados a la modernización de los servicios armados eran muy críticos con las doctrinas militares arcaicas de las academias de élite y del Estado Mayor. Para ellos, las principales prioridades de la corte parecían ser el nombramiento de aristócratas leales al zar en los puestos superiores de mando y el gasto de recursos en lo que en aquel momento ya se había convertido en una caballería en buena medida ornamental. Sostenían, por el contrario, que era más necesaria la atención que debía prestarse a las nuevas tecnologías (artillería pesada, ametralladoras, transportes motorizados, construcción de trincheras y aviones), destinadas a ser decisivas en las futuras guerras. Sin embargo, las tendencias hacia la modernización en la política de la autocracia resultaron tan aparentes en el ejército como lo fueron en todas las demás instituciones del antiguo régimen.
Alexéi Brusílov (1853-1926) personificaba el nuevo panorama profesional. Quizá fue el comandante de más talento surgido en el antiguo régimen en sus últimas décadas; sin embargo, después de 1917, hizo más que nadie para asegurar la victoria de los bolcheviques. Por eso llegaría a ser vilipendiado más tarde como «traidor a Rusia» por los rusos blancos emigrados. Pero en el conjunto de su extraordinaria carrera, desde su prolongado servicio como general en el ejército imperial hasta su época como comandante del ejército de Kérenski en 1917 y finalmente durante sus años como asesor de alto rango en el Ejército Rojo, se dedicó a la defensa militar de su país. En muchos aspectos, la amarga vida de Brusílov, que iremos detallando a lo largo de este libro, simbolizó la tragedia de su clase.
No había nada en el origen de Brusílov o en sus primeros años que sugiriera la senda revolucionaria que emprendería más tarde. Incluso físicamente, con sus agradables rasgos de zorro y su fino bigote, tenía el aspecto de un típico general zarista del siglo XIX. Un amigo lo describió como un «hombre de estatura media, con rasgos agradables y una forma de ser simpática por naturaleza, pero con tal aire de dignidad de mando que, cuando se le mira, uno se siente obligado a amarlo y temerlo al mismo tiempo». Brusílov procedía de una antigua familia de la nobleza rusa de gran tradición militar. Durante el siglo XIX uno de sus antepasados se había distinguido en la batalla de Ucrania contra los polacos (una hazaña que él emularía en 1920) y por eso la familia había recibido una gran porción de tierra fértil en Ucrania. A los diecinueve años Brusílov se graduó en el Corps de Pages, la más elitista de todas las academias militares, donde los oficiales recibían la formación necesaria para formar parte de la Guardia Imperial. Se unió a los Dragones del Regimiento de Tver en el Cáucaso y allí combatió con distinción, actuación por la que obtuvo varias medallas, así como en la guerra contra Turquía en 1877-1878, antes de regresar a San Petersburgo y entrar en la escuela de Guardias Portaestandartes y de los junkers de Caballería, donde llegó a convertirse en uno de los mayores expertos en caballería de Rusia. No resulta sorprendente, con esta formación, que de manera instintiva compartiera las actitudes y los prejuicios básicos de sus iguales. Era monárquico, nacionalista granruso, partidario de una férrea disciplina con sus soldados y un patriarca en el ámbito familiar. Sobre todo, era un creyente devoto, incluso místico, en la fe ortodoxa. Era esto, según su esposa, lo que le proporcionaba su legendaria tranquilidad y la confianza en sí mismo, incluso en momentos en que se avecinaba el desastre para sus tropas.[31]
Pero la visión de Brusílov era más amplia y más inteligente que la de la mayoría de los demás oficiales de la Guardia. Aunque por formación era un soldado de caballería, fue de los primeros que reconoció la decreciente importancia militar del caballo, en una época de guerra moderna dominada por la artillería, los ferrocarriles, los teléfonos y el transporte motorizado. «Teníamos demasiada caballería —recordaría más tarde en sus memorias—, especialmente cuando la guerra de trincheras sustituyó al combate a campo abierto».[32] Creía que todo tenía que subordinarse a la meta de preparar el ejército imperial para una guerra moderna. Esto significaba de manera inevitable sacrificar el dominio arcaico de la caballería y, si era necesario, incluso los intereses dinásticos de la corte, por el bien de defender a la patria rusa. Pese a que instintivamente era monárquico, anteponía el ejército a la política y su lealtad al zar se debilitó cuando la vio socavada y destruida por los dirigentes de la corte.
El descontento de Brusílov con la monarquía llegó a su punto álgido en 1917, cuando se sumó a la revolución. Pero las raíces de esta conversión se podían remontar a la primera década del siglo XX, cuando, a semejanza de muchos profesionales nuevos, llegó a ver el dominio que la corte ejercía sobre el ejército como un obstáculo relevante para la reforma y la modernización de este último mientras se preparaba para una guerra europea que, a medida que pasaban los años, cada vez le parecía más posible que estallara en las fronteras occidentales de Rusia. El punto de inflexión crítico fue el fracaso del Estado Mayor a la hora de aprender las lecciones de la derrota desastrosa en la guerra contra Japón de 1904-1905. Como muchos oficiales, lamentó amargamente la manera en que un pequeño grupo de la corte había forzado al ejército a participar en esta campaña, a casi diez mil kilómetros de distancia y casi sin preparación. La guerra en Extremo Oriente había llevado al deterioro de las defensas del país en su parte occidental. Cuando, en 1909, asumió el mando del XIV Ejército en la región fronteriza crucial de Varsovia, Brusílov se encontró con un estado de «profundo caos y desorganización en todas nuestras fuerzas»:
En caso de movilización, no habría habido ropa ni botas suficientes para los hombres convocados y los camiones se habrían averiado en el momento en que los hubieran puesto en marcha. Teníamos ametralladoras, pero solo ocho por regimiento, y no había cureñas, de tal manera que en caso de guerra hubieran tenido que ser transportadas en carros de campesinos. No contábamos con baterías de obuses y sabíamos que andábamos muy cortos de munición tanto para la artillería de campo como para los fusiles. Supe (más tarde) que en todas partes la situación era similar a la del XIV Ejército. En ese momento habría resultado completamente imposible participar en una guerra, aunque Alemania hubiera tenido la intención de apoderarse de Polonia o de las provincias del Báltico.[33]
Muy pocos soldados rusos recibieron entrenamiento para la guerra de trincheras. Los oficiales veteranos continuaban creyendo que la caballería estaba destinada a representar el papel clave en cualquier guerra futura, igual que había sucedido en el siglo XVIII. Despreciaron los intentos de Brusílov de emplear a los soldados en batallas de artillería simuladas por considerarlas un derroche de munición. Para los veteranos, la noción de entrenamiento era hacer que los hombres marcharan de un lado a otro en desfiles y revistas: tal vez componían una escena agradable de ver y daban la impresión de disciplina y precisión militares, pero como preparación para una guerra moderna no tenían ningún valor. Brusílov creía que semejantes prácticas arcaicas se debían al dominio del Estado Mayor por parte de la corte y de la aristocracia, cuyos miembros parecían pensar que todas las divisiones de la infantería podían responder a órdenes de necios y estúpidos que simplemente hubieran pasado por una de las escuelas militares de élite reservadas para los nobles. Actitudes semejantes a estas apartaron a los nuevos oficiales de carrera procedentes de las escuelas de junkers, que, a diferencia de los hijos pródigos del Estado Mayor, a menudo habían ido ascendiendo en los distintos grados solo por méritos. No es ninguna coincidencia que, como Brusílov, unos cuantos de entre ellos se unieran posteriormente a los rojos.
Las quejas de los militares de carrera los obligaron a entrar gradualmente en política. La creación de la Duma en 1905 les proporcionó un órgano en el que expresar su oposición a la dirección del ejército por parte de la corte. Muchos de los más progresistas entre ellos, como A. A. Polivánov, el viceministro de la Guerra, unieron fuerzas con los políticos liberales de la cámara, tales como Aleksandr Guchkov, quien, mientras apoyaba un gasto mayor en el ejército, y especialmente en la marina, deseaba al mismo tiempo que la institución militar se sometiera a reformas que incluyeran cierta transferencia de poder de la corte a la Duma y al Gobierno. De manera lenta pero segura, el zar estaba perdiendo su autoridad sobre algunos de los miembros con mayor talento de la élite militar. Nicolás intentó asegurar su influencia nombrando al elegante y muy leal cortesano V. A. Sujomlínov para el puesto de ministro de la Guerra en 1908. En la crisis del Estado Mayor de la Armada del año siguiente el nuevo ministro forzó a la Duma y al Gobierno a reconocer su control exclusivo del mando militar (véanse pp. 301-302). Pero ya era demasiado tarde para que el zar recuperara la confianza de los militares de carrera como Brusílov. Estos ya tenían en cuenta a la Duma y su visión más amplia de reforma para restaurar la fortaleza de su amado ejército. En aquel momento se formó la coalición de la época de la guerra que ayudó a provocar la caída del zar.
Dios salve al zar ortodoxo,
gran príncipe Miguel Fédorovich;
que asuma el zarato moscovita
y gobierne toda la santa tierra rusa.
Según una canción popular, en 1619 Miguel Románov había sido bendecido por su padre, el moscovita Filareto, con esta oración seis años después de ascender al trono ruso. El mito de la «santa tierra rusa» era la idea fundadora del zarato moscovita desde que los Románov lo desarrollaron a principios del siglo XVII. El fundamento de su dinastía, tal como se presentaba en la propaganda del tricentenario, celebrado en 1913, simbolizaba el despertar de una nueva conciencia nacional rusa basada en la defensa de la ortodoxia. Según la leyenda, Miguel Románov había sido elegido por todo el pueblo ruso después de la guerra civil y de la intervención polaca durante el Periodo de los Disturbios (1598-1613). La «santa tierra rusa» quedó así unificada tras la dinastía Románov y Miguel salvó a la Rusia ortodoxa de los católicos. Desde este punto de vista, la idea de la «santa Rusia» como una fortaleza para la defensa de la ortodoxia se convirtió en el mito legitimador fundamental de la dinastía.
No es que la idea de la santa Rusia careciera de una base popular. Las canciones del pueblo y las epopeyas cosacas habían hablado de la santa tierra rusa al menos desde el siglo XVII. Resultaba completamente natural que el cristianismo se convirtiera en un símbolo de la identidad popular de los eslavos en esa llana masa de tierra euroasiática amenazada de manera tan frecuente por la invasión de los mongoles y de los tártaros. Ser ruso era ser cristiano y miembro de la fe ortodoxa. Lo cierto es que la expresión «santa Rusia» (sviataia Rus') solo podía incluir el antiguo término para denominar la región histórica, del cual derivaba la misma palabra para «ruso» (ruski); no se decía sviataia Rosiia, puesto que Rosiia, el término más nuevo para Rusia, solo se vinculaba con el Estado imperial.(9) Incluso más sugestivo resulta el hecho de que la palabra en ruso para «campesino» (krest'ianin), que en todas las demás lenguas europeas procedía de la idea de campo o de tierra, estaba relacionada con la palabra para denominar al «cristiano» (j'rist'ianin).
Pero si el mito popular de la santa Rusia había santificado al pueblo y a sus costumbres, el mito oficial santificaba al Estado en la persona del zar. Moscú se convirtió en la «tercera Roma», heredera del legado de Bizancio, la última capital de la ortodoxia; y Rusia se convirtió en una «tierra santa» elegida por Dios para la salvación de la humanidad. Esta misión mesiánica proporcionó a los zares un papel religioso único: predicar la verdadera palabra y combatir las herejías en todo el mundo. La imagen del zar no era solo la de un rey mortal como hombre, pero que gobernaba de acuerdo a un derecho divino (como en las tradiciones medievales de Occidente), sino que se le consideraba un Dios en la Tierra debidamente ordenado como gobernante y santo. Existía una larga tradición en Rusia de canonizar a los príncipes que habían entregado sus vidas por la patria y por la fe, como Michael Cherniavski ha mostrado en su soberbio estudio de los mitos rusos. Los zares utilizaron las leyes canónicas, a diferencia de los gobernantes occidentales, para perseguir a sus adversarios políticos. La totalidad de Rusia se vio transformada en una especie de vasto monasterio, bajo el dominio de un zar-archimandrita, en el que todas las herejías se erradicaban.[34]
Solo gradualmente, a partir del siglo XVIII, esta base religiosa del poder zarista se reemplazó por otra secular. Pedro el Grande pretendió reformar las relaciones entre la Iglesia y el Estado sobre la base de unas líneas absolutistas occidentales. En un esfuerzo por subordinarla al Estado, la administración eclesial se transfirió del patriarcado al Santo Sínodo, un organismo de laicos y clérigos nombrado por el zar. Durante el siglo XIX, su representante secular, el procurador general, había alcanzado el estatus de ministro de Asuntos Eclesiásticos y se encargaba del control de los nombramientos episcopales, la educación religiosa y la mayoría de las finanzas de la Iglesia, aunque no de las cuestiones relativas al dogma teológico. El Santo Sínodo siguió siendo, por regla general, un fiel instrumento en manos del zar. A la Iglesia no le interesaba que la situación cambiase: durante la primera mitad del siglo XVIII había perdido buena parte de su tierra en favor del Estado y posteriormente pasó a depender de él para conseguir los fondos que le permitieran mantener a los cien mil párrocos y a sus familias.(10) No obstante, resultaría erróneo presentar a la Iglesia como un órgano sometido al Estado. El sistema zarista se apoyaba en la Iglesia de la misma manera que esta se apoyaba en él: su dependencia era mutua. En un vasto país campesino como Rusia, donde la mayor parte de la población era analfabeta, la Iglesia era un arma de propaganda esencial y un medio de control social.[35]
Se instó a que los sacerdotes denunciaran desde el púlpito todas las formas de disidencia y oposición al zar, y a informar a la policía acerca de los elementos subversivos que pudieran existir en el seno de su parroquia, incluso si habían obtenido la información a través de la confesión. Se veían sometidos a la carga de deberes administrativos de poco calado: ayudar a la policía a controlar a los vagabundos, leer los manifiestos y decretos imperiales, proporcionar a las autoridades estadísticas de los nacimientos, muertes y matrimonios registrados en los libros parroquiales y cosas similares. Gracias a sus cuarenta y una mil escuelas parroquiales se esperaba también que el clero ortodoxo enseñara a los niños campesinos a mostrar lealtad, deferencia y obediencia no solo al zar y a sus funcionarios, sino también a sus ancianos y superiores. Este es un fragmento del catecismo básico escolar elaborado por el Santo Sínodo:
Pregunta. ¿Cómo debemos mostrar nuestro respeto al zar?
Respuesta. 1) Debemos sentir una lealtad completa hacia el zar y estar preparados para sacrificar nuestras vidas por él. 2) Debemos, sin objeción, cumplir sus órdenes y obedecer a las autoridades nombradas por él. 3) Debemos rezar por su salud y salvación, y también por la de toda la dinastía reinante.
P. ¿Qué debemos pensar de aquellos que no cumplen su deber con su soberano?
R. Son culpables no solo ante el soberano, sino también ante Dios. La palabra de Dios dice: «Cualquiera, por lo tanto, que se resiste al poder, se resiste al mandato de Dios» (Ro 13, 2).[36]
Por su parte, la Iglesia ocupaba una posición preeminente en el orden moral del antiguo régimen. Solo a ella se le permitía realizar proselitismo y trabajo misionero en el seno del imperio. La política de rusificación del régimen ayudó a promover la causa ortodoxa: en Polonia y en el Báltico, por ejemplo, cuarenta mil católicos y luteranos se convirtieron a la Iglesia ortodoxa, aunque solo fuera nominalmente, durante el reinado de Alejandro III. La Iglesia aplicaba un amplio abanico de presiones legales contra las sectas religiosas disidentes, especialmente contra los «antiguos creyentes».(11) Hasta 1905, seguía siendo una ofensa para cualquiera que estuviera en el seno de la Iglesia ortodoxa convertirse a otra fe o publicar ataques contra ella. Todos los libros sobre religión y filosofía tenían que someterse a los censores eclesiásticos. Además, había todo un espectro de cuestiones morales y sociales donde la influencia de la Iglesia seguía siendo dominante e, incluso, a veces sobre la de las autoridades seculares. Los casos de adulterio, incesto, zoofilia y blasfemia se juzgaban en tribunales eclesiales. Las condenas consistían en la aplicación de castigos exclusivamente religiosos, por no decir medievales, tales como la penitencia y la reclusión en un monasterio, puesto que el Estado dejaba tales cuestiones en manos de la Iglesia y se abstenía de aplicar sus propios castigos. En relación con el divorcio también la influencia de la Iglesia siguió siendo dominante. La única manera de conseguir el divorcio era alegando adulterio y pasando por los tribunales eclesiásticos, lo que resultaba un proceso difícil y a menudo doloroso. Los intentos de ampliar las leyes del divorcio y de trasladar toda la cuestión a los tribunales penales los frustró con éxito a finales del siglo XIX una Iglesia que se iba haciendo cada vez más dogmática en cuestiones de sexualidad y que, al defender el antiguo orden patriarcal, forjó una alianza natural con los dos últimos zares en su lucha contra el moderno mundo liberal. En resumen, la Rusia imperial de los últimos tiempos era, en muy buena medida, un Estado ortodoxo.[37]
Pero ¿también era santa? Esa era la pregunta que preocupaba a los dirigentes de la Iglesia. Y por esta preocupación, muchos de los miembros más liberales del clero ortodoxo pidieron una reforma de las relaciones entre la Iglesia y el Estado durante las últimas décadas del antiguo régimen. Después de 1917 había muchos cristianos conmocionados (Brusílov era un ejemplo típico) que afirmaban que la revolución se había producido por la decadencia del influjo de la Iglesia. Esto, por supuesto, era un punto de vista simplista. Pero no hay duda de que la revolución social estuvo estrechamente relacionada con la secularización de la sociedad y que en buena medida dependió de ella.
La urbanización fue la causa principal. El crecimiento de las ciudades superó el ritmo de construcción de las iglesias en sus nuevos barrios, con el resultado de que millones de trabajadores que habían abandonado una aldea con iglesia se vieron obligados a vivir sin Dios. El barrio industrial de Orejovo-Zuevo, en las afueras de Moscú, por ejemplo, solo tenía una iglesia para cuarenta mil residentes a finales de siglo. Iuzovka, la capital minera del Donbás, hoy llamada Donetsk, tenía solo dos para veinte mil. Pero no era solo una cuestión de edificios. La Iglesia tampoco consiguió llevar a cabo una misión urbana ni enfrentarse con los nuevos problemas de la vida ciudadana como, por ejemplo, había hecho el metodismo durante la revolución industrial en Gran Bretaña. El clero ortodoxo demostró ser incapaz de crear una religión popular para el mundo de las fábricas y de las casas de vecindad. Aquellos que lo intentaron, como el padre Gapón, el predicador radical de San Petersburgo que condujo la marcha de los trabajadores hasta el Palacio de Invierno en enero de 1905, fueron pronto objeto de desaprobación por parte de los dirigentes conservadores de la Iglesia, que no tenían nada que ver con los llamamientos a la reforma social inspirados por causas religiosas.[38]
La experiencia del crecimiento de los entornos urbanos fue una presión añadida a la secularización. Los campesinos jóvenes que emigraron a las ciudades dejaron atrás la antigua cultura oral de la aldea, en la que los sacerdotes y los ancianos campesinos eran dominantes, y se integraron en una cultura urbana donde prevalecía la palabra escrita y donde la Iglesia se veía obligada a competir con la nueva ideología socialista. Un campesino que experimentó este salto fue Semión Kanatchikov durante su paso por la escuela industrial hasta llegar a las filas de los bolcheviques. En sus memorias recuerda cómo su apostasía se fue alimentando lentamente en la última década del siglo XIX, cuando cambió su aldea natal por Moscú y fue a trabajar a una fábrica de máquinas de la construcción donde los socialistas agitaban a menudo a sus trabajadores. En un primer momento se sentía de alguna manera temeroso de aquellos «estudiantes» porque «no creían en Dios y podían alterar su fe también, lo que le podía haber llevado a eternos tormentos infernales en el otro mundo». Pero también los admiraba «porque eran tan libres, tan independientes, tan bien informados sobre todo y porque no había nadie ni nada en la Tierra a lo que temieran». Cuando aquel muchacho campesino adquirió confianza e intentó emular su individualismo, se vio todavía más influido por ellos. Las historias de sacerdotes corruptos y de milagros fraudulentos empezaron a sacudir «los cimientos morales con los que había vivido y crecido». Un joven obrero le «demostró» que Dios no había creado al hombre al mostrarle que, si uno llenaba una caja con tierra y la dejaba al calor, en ella aparecían gusanos e insectos.
Esta especie de ciencia vulgar predarwinista, que se encontraba fácilmente en los panfletos izquierdistas de la época, tuvo un tremendo impacto en jóvenes trabajadores como Kanatchikov. «A partir de entonces empecé a desprenderme de antiguos prejuicios a un paso acelerado —escribió más adelante—. Dejé de ir a confesarme con el sacerdote, no asistí más a la iglesia y empecé a comer “comida prohibida” durante los días de ayuno de la Cuaresma. Sin embargo, durante un buen tiempo no abandoné el hábito de santiguarme, especialmente cuando regresaba a la aldea de vacaciones».[39]
¿Y qué sucedía en el campo? Era la cuna de la «santa Rusia», el supuesto bastión de la Iglesia. La religiosidad del campesino ha sido uno de los mitos más perdurables, junto con el de la profundidad de su alma rusa, de la historia del país. Pero en realidad, el campesino ruso ha estado apegado tan solo a medias a la religión ortodoxa. Únicamente sobre su antigua cultura popular pagana se había cubierto de una fina capa de barniz de cristianismo. Por supuesto, el campesino ruso desplegaba un gran aparato de devoción externa. Se santiguaba de continuo, pronunciaba el nombre del Señor en cada frase, iba con regularidad a la iglesia, observaba siempre el ayuno de Cuaresma, nunca trabajaba en las festividades religiosas e incluso se sabe que de vez en cuando iba en peregrinación a santuarios sagrados. Los intelectuales eslavófilos, como Dostoievski o Solzhenitsyn, habrían deseado interpretar esto como una señal del profundo apego del campesino a la fe ortodoxa. Y, ciertamente, es verdad que la mayoría de los campesinos se consideraban ortodoxos. Si uno iba a una aldea rusa a finales de siglo y les preguntaba a sus habitantes qué eran, probablemente recibía esta respuesta: «Somos ortodoxos y de aquí». Pero la religión de los campesinos distaba del cristianismo libresco del clero. Mezclaban cultos y supersticiones paganas, magia y brujería con su adhesión a las creencias ortodoxas. Esta era la religión tradicional de los campesinos, amoldada para encajar en las necesidades de sus precarias vidas agrícolas.
Al ser analfabeto, el campesino de a pie conocía muy poco de los Evangelios. El padrenuestro y los diez mandamientos le resultaban desconocidos. Pero comprendía vagamente los conceptos de cielo e infierno, y sin duda esperaba que de alguna manera la observancia a lo largo de su vida de los rituales de la Iglesia salvaría su alma. Concebía a Dios como un ser humano real, no como un espíritu abstracto. Gorki decía lo siguiente sobre un campesino que se encontró en una aldea cerca de Kazán:
Creía en Dios, sin temor, aunque al modo de la iglesia; se lo imaginaba como un venerable anciano grande, como un buen e inteligente dueño del mundo que, si no puede vencer el mal, es únicamente porque «no tiene tiempo para acudir a todas partes, pues los hombres se han multiplicado mucho. Pero no importa, lo tendrá, ¡ya lo verás! En cambio, a Cristo no puedo comprenderlo, ¡de ninguna de las maneras! Yo no lo necesito para nada. Ya hay un Dios, y basta. ¿A qué viene uno más? Dicen que es el Hijo. ¿Qué importa que lo sea? Pues Dios no ha muerto…».
El icono era el centro de la fe del campesino. Seguía las historias de la Biblia a partir de los iconos que había en su iglesia y creía que estos tenían poderes mágicos. El rincón en la cabaña del campesino donde colocaba el icono de la familia era, como la estufa, un lugar santo. Proporcionaba albergue a las almas de sus antepasados fallecidos y protegía la casa de los malos espíritus. Siempre que el campesino entraba o salía de su casa debía quitarse el sombrero, inclinarse y santiguarse frente a él. Sin embargo, como Belinski señaló a Gógol, el campesino también encontró otro uso para este objeto sagrado. Dice del icono: «Sirve para rezar y también se pueden tapar con él las cazuelas».[40]
El campesino participaba en el culto a los santos de la Iglesia sin olvidarse de la tierra al añadir sus propios dioses y espíritus paganos vinculados al mundo agrícola. Entre ellos se encontraba Vlas (el santo patrón del ganado), Frol y Lavr (los santos de los caballos), Elías (el santo del trueno y del rayo), Muchenitsa Paraskeva (la santa del lino y del hilo), así como incontables espíritus y deidades (de la casa, el río, el bosque, la montaña, los lagos y los mares) invocados por comadronas, curanderos, sangradores, ensalmadores, encantadores y brujas en sus encantamientos y oraciones.
Los campesinos eran proverbialmente supersticiosos. Creían que sus vidas estaban acechadas por demonios y malos espíritus que lanzaban sus conjuros sobre las cosechas y el ganado, provocaban que las mujeres quedaran estériles, causaban la desgracia y la enfermedad, y traían de regreso a las almas de los muertos para su tormento. Solo un sacerdote o alguna persona dotada con la ayuda de iconos, velas, hierbas y una primitiva alquimia podía lanzar conjuros. Era un extraño mundo religioso que, a pesar de la intensa y buena labor investigadora que se ha realizado en los últimos años, nunca comprenderemos por completo.[41]
La posición del párroco, que vivía en una frontera muy inestable entre la religión oficial de la Iglesia y el paganismo de los campesinos, era precaria. Según todos los relatos, los aldeanos no tenían a sus sacerdotes en alta estima.(12) Los campesinos rusos consideraban a sus sacerdotes locales, en palabras de un contemporáneo, no como «guías o consejeros espirituales, sino como una clase de comerciantes que vendían al por mayor y al por menor los sacramentos». Incapaces de mantenerse con los reducidos subsidios que recibían del Estado, o con el laboreo de sus escasas tierras en torno a la capilla, los clérigos dependían considerablemente de las ofrendas que recibían a cambio de sus servicios: dos rublos por una boda, una gallina por una bendición de las cosechas, unas pocas botellas de vodka por un funeral y cosas por el estilo. La terrible pobreza de los campesinos y la proverbial codicia de los sacerdotes a menudo convertían estas negociaciones en regateos algo prolongados y acalorados. Con ocasión de los funerales, las esposas de los campesinos permanecían en pie en la iglesia durante horas, o el muerto llegaba a quedarse sin enterrar durante días, mientras los campesinos y el sacerdote discutían la tarifa. Esta negociación desvergonzada (aunque a menudo necesaria) en la que intervenía el clero estaba condenada a dañar el prestigio de la Iglesia. El bajo nivel educativo de muchos sacerdotes, su tendencia a la corrupción y al alcoholismo, sus bien conocidas conexiones con la policía y su servilismo general hacia la nobleza local se sumaron a la baja estima en la que se les tenía. «En todas partes —escribió un párroco del siglo XIX—, desde los más brillantes salones a las humeantes cabañas campesinas, la gente desprecia al clero con las burlas más terribles, con palabras de la más profunda mofa y de disgusto infinito».[42]
Desde una dudosa posición de fuerza la Iglesia apenas podía esperar defender a su rebaño campesino de la insidiosa cultura secular de la ciudad moderna. Hacia finales del siglo XIX un número creciente de clérigos ortodoxos llegaron a darse cuenta de ello. Estaban preocupados por el nivel decreciente de asistencia al culto, que atribuyeron al aumento del «gamberrismo», a los ataques violentos de la propiedad rural y a otros males sociales del campo. Dada esta preocupación por cómo guiar a los habitantes del ámbito rural por la senda cristiana, los llamamientos en favor de una reforma radical de la Iglesia fueron en aumento. Primero los formuló la generación de clérigos liberales que había surgido de los seminarios durante las décadas de mediados de siglo. Mejor formados y más conscientes que sus predecesores, estos «clérigos liberales» se inspiraban en las grandes reformas de la década de 1860. Hablaban de revitalizar la vida de la parroquia y de inspirar un cristianismo «consciente» en las mentes de los campesinos. Pensaban que eso lo podrían conseguir acercando la parroquia a las vidas de los aldeanos. Los fieles habrían de tener un mayor control de su iglesia local, debería haber más escuelas parroquiales y los párrocos tendrían que disponer de autorización para concentrarse en los asuntos religiosos y pastorales, en lugar de verse agobiados por pequeñas tareas burocráticas. A finales de siglo, cuando resultó evidente que la Iglesia no podía verse revitalizada a menos que fuera liberada de sus obligaciones para con el Estado, las demandas del clero liberal se habían transformado en un movimiento más amplio de reforma general de las relaciones de la Iglesia con el Estado zarista. Este movimiento llegó a su clímax en 1905, cuando un amplio sector del clero pidió la creación de un Consejo Eclesial (Sobor) que reemplazara al Santo Sínodo. Muchos también abogaron por la descentralización del poder eclesiástico, concentrado en San Petersburgo y en la jerarquía monástica, en favor de las diócesis y, a su vez, de estas en favor de las parroquias. Aunque sería erróneo pretender que este movimiento fue parte de la revolución democrática de 1905, ciertamente existieron paralelismos entre las peticiones del clero en pro de una reforma eclesiástica y las peticiones de los liberales para que se llevase a cabo una reforma política. Al igual que los hombres del zemstvo, los clérigos liberales deseaban más autogobierno para poder servir mejor a la sociedad en sus comunidades locales.[43]
Esto era mucho más de lo que los conservadores de la jerarquía eclesiástica estaban dispuestos a consentir. Aunque apoyaban la noción general de autogobierno de la Iglesia, no estaban preparados para ver debilitada de alguna manera la autoridad de los obispos designados o del clero monástico. Incluso eran todavía menos proclives a aceptar el argumento planteado por el primer ministro, el conde Witte, al proponer la Ley de Tolerancia Religiosa de 1905, en el sentido de que terminar con la discriminación contra los rivales de la ortodoxia no dañaría a la Iglesia siempre que esta aceptara las reformas que revitalizarían su propia vida religiosa. Los jerarcas principales de la Iglesia pudieron incluso haber coqueteado durante un tiempo con las ideas de autogobierno defendidas por sus hermanos liberales; pero la insistencia de Witte por convertir la tolerancia religiosa en la contrapartida de tal autonomía (una política motivada por la perspectiva de atraer a los importantes grupos comerciales existentes en las comunidades de antiguos creyentes y de judíos) garantizó que se arrojaran nuevamente en brazos de la reacción. Después de 1905 se aliaron con la corte y las organizaciones de extrema derecha, tales como la Unión del Pueblo Ruso (UPR), oponiéndose a todos los intentos posteriores llevados a cabo por los liberales de reformar la Iglesia y extender la tolerancia religiosa. La antigua alianza de «autocracia, ortodoxia y nacionalidad» resultó así revitalizada contra la amenaza de un orden moral liberal. Este choque de ideologías fue uno de los más decisivos a la hora de configurar la historia rusa del periodo comprendido entre los años 1905 y 1917.
Con la derrota del clero liberal, la Iglesia quedó en un estado de división terminal y de debilidad. El pilar ideológico central del régimen zarista estaba empezando a erosionarse. La llegada de Rasputin al poder en el seno de la Iglesia hizo que esta cayera definitivamente en desgracia. «¡El Santísimo Sínodo nunca había caído tan bajo! —dijo un antiguo ministro al embajador francés en febrero de 1916—. Si deseaban acabar con todo respeto hacia la religión, hacia toda fe religiosa, no podían haberlo hecho de mejor manera. ¿Qué quedará de la Iglesia ortodoxa dentro de poco? Cuando el zarismo, en peligro, busque su apoyo, descubrirá que no le queda nada».[44]
El derrumbe del sistema zarista, como le ocurriría a su sucesor, estuvo íntimamente ligado al aumento de los movimientos nacionalistas en las partes del imperio que no eran rusas. Ni en el caso zarista ni en el soviético fueron estos movimientos la causa directa del colapso. Más bien se desarrollaron al principio como una reacción mediante propuestas moderadas de autonomía y después, solo cuando la impotencia de Rusia resultó evidente, avanzaron hasta exigir una independencia total. Pero en ambos casos el antiguo régimen se vio debilitado por el crecimiento de las aspiraciones nacionalistas durante las décadas de gradual decadencia que condujeron a su derrocamiento final.
Desde la perspectiva actual, todo esto puede parecer obvio. El nacionalismo es hoy en día una fuerza tan potente que nos sentimos inclinados a creer que es, como siempre ha sido, una parte de la naturaleza humana. Pero, como Ernest Gellner, ya fallecido, advirtió: «Tener una nación no es un atributo inherente de la humanidad». El desarrollo de una conciencia nacional de masas no se produjo en la mayor parte de Europa oriental hasta las últimas décadas del siglo XIX. Dependió de muchos factores asociados con el surgimiento de una moderna sociedad civil: la transición de una sociedad y una política agrarias a una urbana industrial, el paso de una cultura popular a otra nacional mediante el desarrollo de la educación, de la alfabetización de masas y de la comunicación, y un aumento en la movilidad de la población, que no solamente la convirtió en más consciente de sus propias diferencias y desventajas étnicas, comparada con otros grupos en el resto del mundo, sino que también tuvo como resultado en sus hijos y nietos alfabetizados el que se unieran a la dirección de la embrionaria nación. En resumen, el fracaso del sistema zarista cuando se enfrentó con el aumento del nacionalismo no fue sino otro reflejo de su fracaso para lidiar con los desafíos del mundo moderno.[45]
Estos movimientos nacionales eran tan novedosos que, incluso después de los levantamientos polacos del siglo XIX, cuando aparecieron como una fuerza política durante la Revolución de 1905 tomaron al régimen zarista considerablemente por sorpresa. Ninguna de las dos escuelas de pensamiento mayoritarias en Rusia podía manejar los problemas conceptuales provocados por el surgimiento del nacionalismo. Tanto los conservadores como los liberales se vieron confundidos por el hecho de que Rusia se había convertido en un imperio antes de convertirse en nación, porque los obligaba como patriotas a identificarse con las pretensiones imperiales de Rusia. Para los defensores derechistas de la autocracia, los territorios que no eran rusos constituían simplemente las posesiones del zar. El Imperio ruso era indivisible, al igual que el poder del zar era divino. Incluso Brusílov, que en 1917 unió su suerte a la de la república, no podía rechazar la idea del Imperio ruso y fue eso lo que lo llevó a unirse a los rojos, cuyo régimen estaba destinado a preservarlo. Además, según el punto de vista de los derechistas, la ortodoxia era la base de la nación rusa, los ucranianos y los bielorrusos no eran pueblos separados, sino rusos «pequeños» y «blancos»; pero, siguiendo el mismo razonamiento, los polacos, los musulmanes y los judíos no podían nunca ser asimilados en el seno de la nación rusa o recibir derechos iguales a los del pueblo ruso, sino que tenían que permanecer en el seno del imperio en una especie de apartheid permanente. De ahí que los partidarios de la autocracia no tuvieran forma conceptual de ocuparse del problema del nacionalismo, porque incluso reconocer la validez de las pretensiones de los no rusos significaría socavar la base racial de su propia ideología dominante. Sin embargo, los liberales eran igualmente incapaces de enfrentarse con los desafíos del nacionalismo. Subordinaban la cuestión de los derechos nacionales a la lucha en favor de la libertad civil y religiosa, creyendo que una vez esta se hubiera conseguido, el problema del nacionalismo desaparecería de alguna manera. Algunos liberales estaban preparados para hablar de una federación rusa en la cual los no rusos recibirían algunos derechos de autogobierno y libertades en el terreno cultural. Pero ninguno de ellos estaba dispuesto a reconocer que las aspiraciones de los pueblos que no eran rusos pudieran llevarlos de manera legítima a pedir un Estado independiente. Tampoco el príncipe Lvov podía comprender las pretensiones ucranianas de convertirse en una nación: desde su punto de vista, los ucranianos eran campesinos pequeñorrusos que tenían costumbres y un dialecto diferentes de los granrusos del norte.
Solo los partidos socialistas de Rusia apoyaron las ideas de una autonomía e independencia nacionales, aunque incluso ellos tendieron a subordinar la cuestión nacional a la lucha democrática más amplia en el seno de Rusia. Por lo tanto, apenas resulta sorprendente que los movimientos nacionales de liberación se hayan formado como una parte central del movimiento revolucionario en su conjunto. Precisamente este fue el pretexto de la derecha para perseguirlos: el mero hecho de ser polaco o, incluso peor, de ser judío ya era, desde su punto de vista, ser un revolucionario. Este componente socialista de los movimientos nacionalistas es digno de mención. En la actualidad el lector podría verse tentado a asumir, sobre la base del fin del comunismo y la aparición del nacionalismo en Europa oriental, que las tendencias nacionalistas y socialistas tendrían que haberse opuesto. Lo que resulta sorprendente en los movimientos nacionalistas del Imperio ruso es que sus variantes políticas de mayor éxito eran casi siempre socialistas en la forma: el Partido Socialista Polaco de Joseph Pilsudski dirigió el movimiento nacional en Polonia; el Partido Socialista se convirtió en el partido nacional de los finlandeses; los socialistas dirigían los movimientos bálticos; los eseristas ucranianos fueron el partido nacional más importante de la región; los mencheviques dirigieron el movimiento nacional georgiano, y los socialistas del Dashnak, el armenio. Esto se debió en parte al hecho de que el conflicto étnico principal también discurrió junto a cuestiones sociales: los campesinos estonios y letones contra los terratenientes y comerciantes alemanes; los campesinos ucranianos contra los terratenientes y los funcionarios polacos o rusos; los obreros azeríes o los campesinos georgianos contra la burguesía armenia; los pastores kazajos y kirguises contra los hacendados rusos, y otros casos similares. Los partidos que apelaban exclusivamente al nacionalismo carecieron de manera efectiva del apoyo de las masas, mientras que aquellos que combinaron con éxito la lucha nacional y la social tenían una fuerza democrática casi imposible de detener. En ese sentido merece la pena repetir, dada la comprensible mala prensa que el nacionalismo ha tenido en el siglo XX, que para los pueblos sometidos del Imperio zarista, como para los del Imperio soviético, el nacionalismo era un medio de liberación de la opresión y del dominio extranjero. El propio Lenin reconoció esto cuando, parafraseando al marqués de Custine, denominó a la Rusia imperial una «prisión de pueblos».[46]
La mayoría de los movimientos nacionales en el seno del Imperio zarista dieron sus primeros pasos a través de un nacionalismo literario y cultural a mediados del siglo XIX. Los escritores románticos, los estudiantes y los artistas, alejados de la vida de las ciudades, viajaron al campo en busca de estímulo e inspiración. Idealizaron la forma de vida rústica y sencilla de sus paisanos campesinos y añadieron temas populares a sus obras en un esfuerzo por crear un «estilo nacional». Esta apropiación de la cultura nativa (de las canciones populares y del folklore, de las costumbres sociales y los dialectos, de los oficios y los atavíos campesinos) fue más que una moda pasajera de lo pastoril. Formó parte de un proyecto mayor llevado a cabo por una clase media urbana más consciente: la creación de un conjunto de símbolos étnicos como base de su propia identidad y valor nacionales. Esa era su «comunidad imaginada». Los intelectuales de las ciudades no se dedicaron tanto a observar la vida campesina como a reinventarla y mitificarla según la visión que se habían construido. La cultura popular del campo, que aquellos intelectuales pensaban que era el antiguo origen de su nación, fue a menudo poco más que el producto de su propia imaginación fértil. Fueron las clases medias urbanas, antes que los campesinos, las que se vestían cada vez más con los atavíos populares cuando iban a la iglesia y las que llenaban sus hogares de muebles y vajillas al «estilo campesino». Fueron ellas las que acudieron en masa a los museos etnográficos y populares que se abrieron en distintas ciudades de Europa occidental a finales del siglo XIX.(13) Pero si en lugar de a estos museos se hubieran dirigido a las propias aldeas para observar esta cultura popular, en su hábitat nativo, por decirlo así, habrían descubierto que estaba desapareciendo con rapidez. Los antiguos oficios manuales estaban muriendo a causa de la competencia de la industria, más barata. Los campesinos estaban adoptando las mismas ropas manufacturadas que los obreros urbanos, comprando la misma comida enlatada y en conserva, los mismos muebles, utensilios domésticos y ropa procedentes de las fábricas. Solamente las clases medias urbanas podían permitirse comprar los antiguos objetos artesanales.[47]
El carácter esencialmente burgués de este tipo de nacionalismo resultaba muy patente en Finlandia. El Gran Ducado de Finlandia disfrutaba de mayor autogobierno y autonomía que ninguna otra parte del Imperio zarista a causa de que, al haber sido arrebatado a Suecia en 1808-1809, los rusos confirmaron los mismos derechos y privilegios que los suecos, que eran más liberales, les habían concedido a los finlandeses. Estas libertades culturales permitieron el desarrollo de una intelectualidad nativa, pequeña pero nacionalmente consciente, que se inspiró en epopeyas populares finlandesas, como el Kalevala; además, desde la década 1860 sus miembros se unieron poco a poco gracias a la campaña nacional en favor de la lengua finlandesa, cuyo estatus querían igualar con el sueco, históricamente dominante.[48]
En las provincias bálticas se produjo un movimiento cultural similar basado en la campaña en pro del uso de la lengua vernácula en escuelas y universidades, en las publicaciones literarias y en la vida oficial. Se dirigió menos contra los rusos que contra los alemanes (en Estonia y Letonia) o contra los polacos (en Lituania), que habían dominado esas regiones antes de su conquista por los rusos en el siglo XVIII. Aquí las lenguas nativas habían sobrevivido solamente en remotas áreas rurales (las élites del lugar se habían asimilado a la cultura lingüística dominante). En realidad, no eran más que dialectos campesinos, estrechamente relacionados pero variados localmente; su situación era similar a la del gaélico de los irlandeses y de los escoceses. Durante el siglo XIX los lingüistas y los etnógrafos recopilaron y sistematizaron estos dialectos otorgándoles una gramática y una ortografía escritas. Irónicamente, incluso en el caso de que los campesinos hubieran podido leer esta «lengua nacional», la mayoría la hubiera encontrado difícil de entender porque por lo general, o se basaba solo en uno de los dialectos dominantes, o era una construcción artificial, una especie de esperanto campesino formado a partir de los distintos dialectos. No obstante, la creación de una lengua nativa literaria y la publicación de una literatura y una historia nacionales escritas en su idioma contribuyeron a iniciar el proceso de construcción nacional y posibilitaron, en las siguientes décadas, educar al campesinado en esta emergente cultura nacional. En Estonia los hitos culturales de este renacimiento nacional fueron la publicación del poema épico Kalevipoeg, de Kreutzwald, en 1857, y la fundación, el mismo año, de un periódico en lengua estonia, Postimees («El Correo»), dirigido a los lectores campesinos. En Letonia también existió, desde 1878, un periódico en su lengua, Bals («La Voz»), que, como la Asociación Letona, tenía como finalidad unir al pueblo de las provincias de Livonia y Curlandia (por entonces en territorio letonio) para formar una sola nación. Por su parte, en Lituania, dominada durante tanto tiempo por los polacos, también se desarrolló una lengua nacional escrita durante la última mitad del siglo XIX (solo para diferenciarse de los polacos, se basó en el alfabeto checo) y comenzó a emerger una literatura nativa.[49]
Algo similar al Báltico sucedió en la Polonia posterior a la partición: la nación era tan solo una idea, no un lugar. Polonia existía solamente en la imaginación y en la memoria, en los ecos del reino polaco histórico, que había existido hasta su derrota y subyugación bajo las grandes potencias de Europa oriental a finales del siglo XVIII. Su espíritu se expresaba en la poesía de Adam Mickiewicz, en los himnos patrióticos de la Iglesia católica y en la música de Chopin, o al menos así lo pretendían los patriotas, porque era medio francés. Este nacionalismo cultural era un consuelo para los polacos y un sucedáneo de la política. Muy pocas personas estaban involucradas en la vida pública, y mucho menos en una abierta oposición a Rusia. La censura y el peligro constante de arresto forzaron a la población ilustrada a retirarse al mundo de la poesía (igual que en Rusia, la literatura en Polonia sirvió como una metáfora de la política). La sublevación polaca de 1830, incluso la gran sublevación de 1863, fueron obra de una minoría nacionalista relativamente pequeña compuesta en su mayor parte por estudiantes, funcionarios, sacerdotes y los terratenientes nobles más liberales. Ninguno de los dos levantamientos obtuvo mucho apoyo del campesinado, que tenía una pobre opinión de ellos como polacos y que, en cualquier caso, estaba mucho más interesado en conseguir su propia tierra y libertad del yugo de los nobles que en combatir por una causa dirigida por nobles e intelectuales.[50]
Esta expresión, fundamentalmente cultural, de las aspiraciones a convertirse en nación no resultó en ningún sitio más evidente que en Ucrania, en parte debido al hecho de que, de todas las nacionalidades sometidas al imperio, los ucranianos eran los que estaban culturalmente más cerca de los rusos. Los rusos llamaban a Ucrania la «Pequeña Rusia» y declararon ilegal imprimir la palabra «Ucrania». Kiev, la capital ucraniana, era el lugar donde se había fundado el cristianismo ruso en el siglo X. Las diferencias culturales entre Rusia y Ucrania (principalmente en aspectos como la lengua, los derechos reales y la vestimenta) se habían desarrollado en verdad entre los siglos XIII y XVII, cuando Ucrania occidental cayó bajo el dominio polaco-lituano. De manera que los nacionalistas ucranianos se ocuparon de defender estas distinciones como la base de una cultura nacional separada.
Tomaron su inspiración del movimiento nacional ucraniano en la cercana Galitzia. Como parte del Imperio austrohúngaro, Galitzia había recibido unos derechos de autogobierno relativamente liberales. Esto había permitido que los ucranianos, o «rutenos» (la palabra latina para «rusos»), como los austriacos los llamaban, impulsaran su propia lengua en las escuelas primarias y en la vida pública, editaran periódicos y libros en ucraniano y avanzaran en el estudio de su historia y de su cultura popular. Galitzia se convirtió en una especie de «Piamonte ucraniano» para el resto del movimiento nacional en la Ucrania zarista: un refugio de la conciencia nacional y un oasis de libertad para los intelectuales nacionalistas. Lviv, su capital, también conocida como Lemberg por los alemanes y como Lvov por los rusos, era un pujante centro de cultura ucraniana. Aunque sometidos al zar, tanto el compositor Lysenko como el historiador Hrushevski habían encontrado su nación en Galitzia. Los intelectuales nacionalistas, los precursores del lenguaje literario ucraniano a mediados del siglo XIX, tomaron todos términos del dialecto de Galitzia, que consideraban más avanzado; aunque más tarde, cuando intentaron llegar al campesinado con periódicos y libros, se vieron obligados a basarse en la lengua popular de Poltava, que, como el dialecto de Ucrania central, esta mucho más extendida. Los textos fundacionales de este renacimiento literario nacional los publicó la Hermandad de los Santos Cirilio y Metodio antes de su disolución por las autoridades zaristas, en 1847. La poesía romántica de Tarás Shevchenko, que desempeñó el mismo papel que la poesía de Mickiewicz en Polonia al dar forma a la conciencia nacional de la intelligentsia, fue la más importante en el ámbito literario. Las publicaciones en lengua ucraniana continuaron apareciendo, a pesar de las restricciones legales que pesaban sobre ellas. Muchas las publicó la sección de Kiev de la Sociedad Geográfica Rusa, cuyos miembros, de conciencia cada vez más nacionalista, se entregaron al estudio de la cultura popular, la lengua y la historia de Ucrania.[51]
En los sectores no europeos del imperio, este estadio cultural de los movimientos nacionales tardó más tiempo en alcanzarse. La intelectualidad armenia había dado la bienvenida a la ocupación por parte del Gobierno zarista de la mitad oriental de su país tras la derrota de Persia contra los rusos, en 1827. Desde entonces tenían un gobernante cristiano que los protegía de los turcos y, así lo esperaban, liberaría a la gran parte del pueblo armenio que seguía estando sujeta al Imperio otomano. La defensa de la cultura armenia continuó centrada en la Iglesia gregoriana y en sus escuelas, que, al menos hasta la campaña de rusificación de la década de 1880, unieron a los armenios con los rusos como correligionarios cristianos contra los turcos. En la cercana Georgia, por el contrario, la lengua, más que la religión, fue la clave para la evolución de la identidad nacional. La Iglesia georgiana, a diferencia de la armenia, se había unido a la ortodoxa rusa; mientras que el sistema social georgiano, producto histórico de una forma específica de feudalismo, se había asimilado, aunque de manera imperfecta, al sistema ruso de haciendas durante el medio siglo que siguió a la anexión de Georgia, en el año 1801. Los nobles georgianos, arruinados por la emancipación de sus siervos en la década de 1860, dominaban las esferas intelectuales. El suyo era un nacionalismo nostálgico: la poesía romántica de Chavchavadze y de Baratashvili lamentaba la grandeza perdida de los reinos georgianos de la Edad Media. Finalmente, en Azerbaiyán, región conquistada por Rusia a principios del siglo XIX, surgió una conciencia nacional que se vio enturbiada por la dominación islámica, que tendía hacia formas supranacionales e impedía el desarrollo de una cultura secular y de una lengua escrita para su población. Inicialmente, y resulta irónico, fueron los rusos los que estimularon el desarrollo de la cultura secular de los azeríes, promoviendo las obras de Ajundzada, el «Molière tártaro», y ordenando que se redactaran historias de la cultura popular y de la lengua azerí como una estrategia para debilitar la influencia de los poderes de los musulmanes en el sur.[52]
En esta última región, más que en ningún otro sitio, la incipiente intelectualidad nacionalista demostró su capacidad para influir en las masas campesinas que sufrían el atraso general de la sociedad, problema común a todas las regiones del Imperio zarista. Aislados en sus localidades remotas, sin escuelas o comunicaciones con el mundo exterior, la inmensa mayoría de los campesinos no tenían ninguna conciencia de su nacionalidad. La suya era una cultura local dominada por la tradición y la oralidad. Se reducía a un mundo pequeño y estrecho: la aldea y sus campos, la parroquia, la mansión del terrateniente y el mercado local. Más allá de eso todo era tierra extranjera. En Estonia, por ejemplo, los campesinos simplemente se denominaban maarahvas, «gente del campo», mientras que entendían el término saks (de «sajón», es decir, alemán) en el sentido de terrateniente o amo; solo a finales del siglo XIX, cuando los intelectuales de Tallin extendieron su influencia a las aldeas, estos términos adoptaron un nuevo significado étnico. Algo muy similar sucedía en Polonia. «Yo no sabía que era polaco hasta que empecé a leer libros y periódicos», recordaba un campesino en la década de 1920. La gente de su región, no lejos de Varsovia, en el Vístula, se denominaban a sí mismos masurianos en lugar de polacos.[53]
En Bielorrusia y el norte de Ucrania había tanta mezcla étnica y religiosa (en un área del tamaño de Cambridgeshire, esto es, de unos 3.400 km, podía haber localidades bielorrusas, ucranianas, rusas, polacas, judías y lituanas) que resultaba difícil que en sus conciencias arraigara una identidad étnica única. Un diplomático británico (aunque, sin duda, un gran imperialista y, por lo tanto, de alguna manera opuesto a las pretensiones de las pequeñas naciones campesinas) apuntó en una fecha tan tardía como 1918 que este seguía siendo el caso en Ucrania:
Si uno le preguntara a cualquier campesino de Ucrania su nacionalidad, respondería que es greco-ortodoxo. Si se le siguiera presionando para que dijera si es granruso, polaco o ucraniano, probablemente contestaría que es campesino. Si uno insistiera en conocer la lengua que hablaba, diría que habla «la lengua local». Quizá llegaría a denominarse a sí mismo con un nombre nacional apropiado y dijera que es ruski, pero esta declaración apenas socavaría la cuestión de una relación ucraniana; simplemente, no piensa en la nacionalidad en términos familiares para los intelectuales. De nuevo, si se intentara descubrir a qué Estado desea pertenecer (si desea ser gobernado por los rusos o por un Gobierno ucraniano autónomo), se descubriría que, en su opinión, todos los Gobiernos por igual son una molestia y que sería mejor si se dejara a su libre arbitrio «al pueblo cristiano campesino».
Estas formas de identidad localizadas se acentuaban más en las regiones musulmanas del Cáucaso (entre los chechenos, daguestaníes y azeríes), así como en buena parte de Asia Central, donde los feudos tribales seguían siendo dominantes, a pesar de la superposición de las estructuras administrativas zaristas.[54]
Por lo tanto, el proceso de exponer al campesinado a esta emergente cultura nacional centrada en las ciudades y de llevarlo a pensar en términos nacionales dependía de la apertura de su estrecha cultura aldeana al mundo exterior. De hecho, este fue un fenómeno paneuropeo durante la última mitad del siglo XIX, como Eugen Weber ha mostrado en su espléndido libro Peasants into Frenchmen. Dependía asimismo de la extensión de la educación estatal en el campo, del crecimiento de las instituciones rurales, tales como los clubes y las sociedades, los mercados y las cooperativas, las uniones campesinas y los partidos, que estaban integrados en el área nacional, y de la penetración de los caminos y las vías férreas, los servicios postales y los telégrafos, los diarios y las revistas, en las remotas áreas rurales.
En Polonia, por ejemplo, el desarrollo de una conciencia nacional entre las masas del campesinado siguió a la extensión de la escolarización y las instituciones rurales, como las cooperativas, y al creciente movimiento de los campesinos hacia las ciudades. En Georgia el surgimiento del nacionalismo popular estuvo ligado a procesos similares. Los campesinos de Georgia se estaban integrando progresivamente en la economía de mercado, vendiendo cereales, fruta, vino y tabaco a los comerciantes armenios, mientras que la misma Tiflis, que tiempo atrás había sido una ciudad predominantemente armenia, se convirtió en una urbe georgiana cuya clase trabajadora procedía de los campesinos más pobres y los inmigrantes. Lo mismo que en Tiflis sucedió en Bakú, donde la dominación de los comerciantes e industriales armenios sirvió como un foco para la creciente conciencia nacional y de clase de los inmigrantes campesinos azeríes que afluían a los barrios industriales de Bakú durante las últimas décadas del siglo. En las regiones tártaras del Volga los orígenes del nacionalismo panturco surgieron en el movimiento jadidista, que abogaba por la educación secular de la población, en oposición a las escuelas de la antigua élite dirigida por líderes religiosos musulmanes. Hacia 1900 los jadidistas del Volga controlaban más de un millar de escuelas primarias. Mientras tanto, en la Escuela de Maestros de Kazán y en la Universidad de Kazán se gestaba un sector de intelectuales tártaros cada vez más rebeldes, pese a que la misma Kazán era principalmente rusa.[55]
En Ucrania occidental (Galitzia), el desarrollo de la conciencia nacional campesina fue de la mano de la formación de una red de instituciones rurales, como clubes de lectura, cooperativas crediticias, coros, agencias de seguros, servicios de bomberos voluntarios y sociedades deportivas, que estaban vinculadas al movimiento nacional. El periódico en lengua ucraniana Baktivshchyna («Patria») era el camino principal de los nacionalistas hacia la aldea. Atraía a una masa de lectores campesinos al atender con detalle los asuntos locales, que mezclaban con una sutil propaganda de la causa nacional. Los lectores de Baktivshchyna, como los miembros de los clubes de lectura y otras instituciones primarias del movimiento nacional, eran principalmente campesinos que pertenecían al grupo nuevo y consciente (jóvenes y educados, sensatos y serios, y, sobre todo, autodidactas) que surgió de las escuelas parroquiales en torno al cambio de siglo. Constituían la cohorte aldeana del movimiento nacional, junto con los sacerdotes locales, miembros de los coros de las iglesias y maestros, que poco a poco arrancaron el gobierno local a los alcaldes de edad avanzada y a sus esbirros (principalmente judíos) de las aldeas, la mayoría de los cuales habían sido nombrados por los terratenientes polacos. En este sentido, el movimiento nacional era profundamente democrático: llevaba la política al campo.[56]
El aspecto más notable del movimiento nacionalista ucraniano, tanto bajo el Gobierno austriaco como bajo el zarista, era que permanecía basado en los campesinos. La mayoría de los movimientos nacionalistas se centraban en las ciudades. En las elecciones para la Asamblea Constituyente de noviembre de 1917 (las primeras elecciones democráticas en la historia del país) el 71 por ciento de los campesinos ucranianos votaron por los nacionalistas. Al final, por supuesto, cuando se produjeron las crudas luchas por el poder de 1917-1921, esta sería la debilidad fundamental del movimiento: la historia de casi todos los países muestra que los campesinos son demasiado débiles políticamente para sustentar un régimen revolucionario sin el apoyo de las ciudades. Pero en el periodo inicial, cuando la principal preocupación del nacionalismo era construir una base popular, este carácter campesino distintivo era una fuente de fuerza. El 90 por ciento del pueblo ucraniano vivía en zonas rurales. Los rusos, los judíos y los polacos dominaban las ciudades de Ucrania ; e incluso aquellos pocos ucranianos que vivían en ellas, en su mayor parte profesionales y administradores, adoptaron rápidamente la cultura rusa. De manera que ser un ucraniano significaba en la práctica ser un campesino (es decir, padecía dos desventajas). Además, este hecho quedaba simbolizado en la propia palabra ucraniana para «ciudadano» (hromadjanyn), que en todas las demás lenguas europeas deriva de la palabra «ciudad», mientras que en ucraniano, del término para «asamblea de aldea» (hromada). El movimiento nacional ucraniano se desarrolló como un movimiento campesino contra la influencia de las ciudades «extranjeras». Los agitadores nacionalistas culparon de todos los males que los campesinos asociaban con las ciudades (la opresión del Estado, la riqueza y privilegio de la nobleza, la codicia y las estafas de usureros y comerciantes) a los rusos, a los polacos y a los judíos que vivían allí. Contraponían la forma de vida pura y simple de la aldea ucraniana con la corrupción de ese extraño mundo urbano; y cuando la influencia de este último creció, con la penetración en el campo ucraniano del capitalismo, de los bienes elaborados en las fábricas y de las modas ciudadanas, pudieron presentarlo como una amenaza contra la «forma nacional de vida». Cada vez son más los oficios tradicionales que se ven desterrados, decían, por los bienes manufacturados. El «honrado» tendero ucraniano sería desplazado por el «embustero» judío. El movimiento cooperativista, que se convirtió en la espina dorsal de la organización nacionalista ucraniana en el campo, se desarrolló con la finalidad (y la retórica) de proteger a los sencillos campesinos de la explotación ejercida por los comerciantes y prestamistas judíos.[57]
Pero no sería justo sugerir que el poder de convocatoria que los nacionalistas tenían sobre el campesinado se basaba únicamente en la xenofobia y el odio hacia las ciudades. La lucha campesina por la tierra, por ejemplo, también formaba parte del movimiento nacionalista en Ucrania, donde las tres cuartas partes de los terratenientes eran rusos o polacos. No es ninguna coincidencia que la revolución campesina por la tierra estallara primero, en 1902, en aquellas regiones en torno a la provincia de Poltava, donde el movimiento nacionalista ucraniano estaba también muy integrado. El movimiento nacional fortaleció y politizó el conflicto entre los campesinos y los terratenientes. Unió la lucha de la aldea con el movimiento de liberación nacional del conjunto del pueblo ucraniano contra una clase extranjera de terratenientes y funcionarios. ¿Cómo realizaron esta unión los nacionalistas? Consideremos dos ejemplos de su discurso. Uno alude al conflicto de los campesinos con los terratenientes por los bosques y los pastos. Durante la emancipación en Ucrania, los terratenientes habían cercado los bosques y los pastos como si se tratara de su propiedad particular, lo que privaba a los campesinos de sus derechos tradicionales de acceso a estas tierras, concedidos bajo la servidumbre, para conseguir madera y forraje. Al ayudar a los campesinos en su lucha larga y amarga en favor de la restauración de estos derechos, los nacionalistas pudieron implicarlos en su movimiento político, que era más amplio. Es significativo que buena parte de la cultura popular romántica y nacionalista de este periodo se centrara en el tema de los bosques y de los pastos como un símbolo primario del territorio: nada habría estimulado más las pasiones y las emociones del campesinado. Un segundo ejemplo está relacionado con las causas de la pobreza rural. Los agitadores nacionalistas explicaban su pobreza a los campesinos en el contexto más amplio de la explotación semicolonial de Ucrania. Les dijeron que más de la mitad de sus excedentes agrícolas se exportaban a Rusia o al extranjero, y que el campesino ucraniano era pobre a causa de los elevados impuestos que pesaban sobre los productos rusos, como el queroseno, el vodka y las cerillas, lo que les obligaba a vender la mayoría de su producción para poder hacer frente a las necesidades básicas en el territorio. El campesino estaría mejor en una Ucrania independiente. Al quedar expuestos a tales argumentos, los campesinos ucranianos fueron interpretando sus propias luchas económicas dentro de un contexto nacional más amplio y, como resultado, obtuvieron tanto fuerza como unidad. En este sentido, un estudioso descubrió recientemente que los campesinos coordinaban sus patrones de votación en todo un distrito para asegurar la derrota de los candidatos polaco judíos o rusos más poderosos en las elecciones al gobierno local.[58]La lucha nacionalista por los derechos lingüísticos fue también un movimiento de liberación para los campesinos. A menos que los campesinos pudieran entender la lengua del Gobierno y de los tribunales, no tenían acceso directo a sus derechos políticos o civiles. A menos que pudieran aprender a leer en su propia lengua, no tenían ninguna esperanza de mejora social. Y a menos que pudieran entender a sus sacerdotes, tenían razones para temer por sus almas. Sin embargo, la utilización pública de su lengua vernácula no era solo una cuestión de necesidad. Se convirtió en un asunto de orgullo y dignidad personal para el campesinado ucraniano y esto proporcionó a los nacionalistas una base profunda de apoyo emocional. Como el mismo Trotski reconoció, al contemplar retrospectivamente los acontecimientos de 1917: «Este despertar político del campesinado no podía haber tenido lugar de otra manera […] que a través de su propia lengua, con todas las consecuencias en las escuelas, los tribunales y la propia Administración. Oponerse a esto hubiera sido devolver a los campesinos a su estado de inexistencia anterior».[59]
La aparición de estos movimientos nacionalistas no tendría que haber conllevado el final del Imperio ruso. Ni siquiera los que llegaron a lograr más éxito se habían desarrollado como un movimiento político de masas antes del reinado del último zar. La mayoría de ellos se circunscribían a las metas culturales, que no eran necesariamente incompatibles con el Gobierno imperial. No existía ninguna ley histórica que estableciera que este nacionalismo cultural tenía que evolucionar en movimientos que persiguieran la independencia nacional y completa de Rusia. Ciertamente, resultaba obvio que muchos de los dirigentes nacionalistas veían que los intereses de su país estarían mejor atendidos si continuaban en Rusia, aunque, eso sí, con vínculos más flexibles y mayor autonomía. Pero la ideología zarista no toleraba tal cosa; su lema de Gobierno, «autocracia, ortodoxia y nacionalidad» significaba subordinar a los pueblos no rusos a la dominación cultural de Rusia. Más que cualquier otra cosa, fue esta política de rusificación, impulsada de manera creciente por los dos últimos zares, la que politizó los movimientos nacionalistas y los convirtió en enemigos de Rusia. Hacia 1905 los partidos nacionalistas habían aparecido como una fuerza revolucionaria importante en la mayoría de las tierras fronterizas no rusas. Al fracasar a la hora de llegar a un acuerdo con el nacionalismo, el régimen zarista había creado otro instrumento destinado a contribuir a su propia destrucción. Lo mismo sucedió con su torpe manejo del movimiento liberal antes de 1905: al reprimir esta oposición moderada, contribuyó a crear otra de tipo revolucionario. Sir John Maynard, un inglés que escribía desde la perspectiva del Imperio británico, estaba en buena posición para apreciar los peligros del nacionalismo colonial y fue tan lejos que llegó a decir que la mitad de las causas de la Revolución rusa residían en las políticas de los dos últimos zares hacia sus súbditos no rusos.[60]
No había nada nuevo en la política de rusificación. Siempre había sido un objetivo central de la filosofía imperial zarista asimilar a los pueblos no rusos en su sistema cultural y político, convertirlos en «verdaderos cristianos, súbditos leales y buenos rusos», aunque los diferentes zares enfatizaran de manera distinta los tres principios de esta política. Dentro del sistema de Gobierno zarista había una jerarquía étnica (paralela a la social) que distribuía las diferentes nacionalidades de acuerdo con su lealtad hacia el zar y proporcionaba a cada una de ellas un conjunto distinto de derechos y privilegios legales. En la cima estaban los rusos y los germano-bálticos, que ocupaban las posiciones dominantes en los tribunales y en los funcionariados civil y militar. Debajo de ellos estaban, entre otros, los polacos, los ucranianos, los georgianos y los armenios. Y finalmente, los cinco millones de judíos del imperio, en la base de la jerarquía étnica, estaban sometidos a una considerable gama de incapacitaciones y discriminaciones legales que a finales del siglo XIX abarcaba unos mil cuatrocientos estatutos y reglamentos diferentes, así como muchas más reglas, provisiones e interpretaciones judiciales de menor rango. Era el único de todos los grupos étnicos sobre el que pesaba la prohibición de poseer tierras, de entrar en el funcionariado o de servir como oficiales en el ejército. Existían cuotas estrictas para la admisión de judíos en los institutos y las universidades, y, aparte de unas pocas excepciones, se veían forzados por ley a vivir exclusivamente dentro de las quince provincias de Ucrania occidental, Bielorrusia, Lituania y Polonia que componían el Territorio de Confinamiento. Esta era la versión zarista del sistema de castas, con los judíos en el papel de intocables.[61]
Sin embargo, a medida que el miedo del régimen al nacionalismo aumentó, a finales del siglo XIX, sus políticas de rusificación se intensificaron gradualmente. A ello contribuyó que los rusos estaban perdiendo su dominio demográfico, especialmente como resultado de la expansión territorial del imperio en Asia, con sus elevadas tasas de nacimiento y su superpoblación. El censo de 1897 mostraba que los rusos eran solo el 44 por ciento de la población del imperio y que, incluso de manera más alarmante, eran uno de los grupos étnicos que crecía con más lentitud.[62] Los nacionalistas eslavófilos, responsables de diseñar las campañas de rusificación de los dos últimos zares, argumentaban que en esa época de creciente nacionalismo y de competencia imperial, el Imperio ruso acabaría quebrándose a menos que se hiciera algo para preservar el dominio cultural de los rusos. En resumen, sostenían que el nacionalismo ruso debía tomar forma de fuerza política y consolidarse en el corazón del sistema de Gobierno zarista como un contrapeso frente a las fuerzas centrífugas de las nacionalidades no rusas.
Junto con la persecución religiosa, la prohibición de las lenguas diferentes a la rusa en las escuelas, literatura, señales de las calles, tribunales y oficinas públicas era la medida más notoria y opresiva de rusificación puesta en marcha desde 1881. Sin embargo, esta prohibición resultó particularmente torpe. Uno de sus efectos fue bloquear el camino de la creciente clase intelectual de lengua vernácula no rusa a través del sistema educativo y de la burocracia, de manera que se viera progresivamente arrastrada hacia la oposición nacionalista y revolucionaria. Intentar desarraigar la lengua nativa no solo constituía una política insultante y desmoralizante para los no rusos, sino que también era ridícula. Los estudiantes polacos de la Universidad de Varsovia, por ejemplo, tenían que soportar la absurda indignidad de estudiar su propia literatura en ruso. Los estudiantes de instituto internos podían ser expulsados por hablar en polaco en sus dormitorios, como descubrió el dirigente bolchevique y fundador de la Checa, Félix Dzerzhinski. Incluso Antón Denikin, el que sería dirigente de los blancos (que, como ruso, hacia la mitad de la década de 1880 estaba obligado a vigilar las conversaciones de sus compañeros de clase polacos en el instituto del distrito de Varsovia), pensaba que las medidas eran «tan duras que rozaban la insensatez», por lo que siempre escribía «sin novedad» en sus informes. Pero si prohibir que los estudiantes de instituto hablaran en polaco era duro (al menos ellos habían aprendido ruso), hacer lo mismo con los mozos de ferrocarril, la mayoría de los cuales no habían aprendido el ruso que como «funcionarios públicos» se les ordenaba hablar, era entrar en un surrealismo cruel. No era el único acto de locura burocrática. En 1907 el comité médico de la provincia de Kiev se negó a permitir que las noticias de la epidemia de cólera se publicaran en ucraniano, con el resultado de que muchos de los campesinos, que no sabían leer en ruso, murieron al beber agua contaminada.[63]
De todas las identidades no rusas, los judíos fueron los que más sufrieron por causa de este gran retroceso nacionalista de los granrusos durante los últimos años del zarismo. Por regla general, aunque de forma equivocada, se culpaba a los judíos del asesinato de Alejandro II, en 1881. Por ello fueron en ese año las víctimas de centenares de pogromos en Ucrania. En contra de lo que se ha afirmado largo tiempo, ninguno de aquellos pogromos (iba a haber muchos más, como el de Kishinev en 1903 y por todo el imperio en 1906) lo instigó el Gobierno. Es cierto que las autoridades fueron lentas a la hora de restaurar el orden y que pocos participantes de los pogromos acabaron ante un tribunal. Pero estas consecuencias no eran parte de una conspiración, sino el reflejo de la falta de efectividad de las autoridades y de su hostilidad general hacia los judíos. Durante la década de 1880, en una época en que tanto el Imperio alemán como el austriaco estaban comenzando a derogar sus restricciones legales hacia los judíos, el régimen zarista continuaba ampliando su propia e indigna estructura de antisemitismo institucionalizado. Los dos últimos zares fueron antisemitas confesos (ambos asociaron a los judíos con las amenazas de la modernidad urbana, del capitalismo y del socialismo) y en los círculos oficiales se puso de moda repetir sus prejuicios raciales. Nicolás II, en particular, consideraba cada vez con mayor determinación que los pogromos antijudíos de su reinado no eran sino un acto de patriotismo y lealtad llevado a cabo por el «bueno y sencillo pueblo ruso». De hecho, en la época del caso Beilis (1911-1913), cuando un judío fue acusado falsamente ante los tribunales de Kiev por asesinato ritual, Nicolás estaba contemplando seriamente la posibilidad de utilizar el extendido antisemitismo de la población, alimentado por grupos nacionalistas extremistas tales como su querida Unión del Pueblo Ruso, como bandera bajo la que unir a las masas contra los oponentes de su desfalleciente régimen (véase el apartado «Por Dios, el zar y la patria», en especial pp. 320-326).[64]
Resulta poco sorprendente, por lo tanto, que los judíos desempeñaran un papel tan amplio y prominente en el movimiento revolucionario.(14) Incluso Witte, en vísperas del pogromo de Kishinev en 1903, se vio obligado a admitir que si los judíos «son aproximadamente el 50 por ciento de los miembros de los partidos revolucionarios», eso era «culpa de nuestro Gobierno. Los judíos están demasiado oprimidos». El Bund judío fue el primer partido marxista de masas de Rusia. Fundado en 1897, tenía treinta y cinco mil miembros en 1905. Declaraba que los judíos eran una «nación» y exigía una autonomía nacional plena para ellos, con el yidis como lengua oficial, dentro de una federación rusa. Tales exigencias las rechazaron los marxistas rusos (incluidos Yuli Mártov y Lev Trotski, que eran judíos), que colocaron los intereses de clase por encima de los nacionalistas y que, en cualquier caso, eran profundamente hostiles al nacionalismo judío de los bundistas (Gueorguii Plejánov los acusaba de ser sionistas con miedo a marearse en los barcos). El resultado fue que los dos movimientos marxistas siguieron caminos separados. También existió un importante movimiento sionista, que el régimen zarista había permitido crecer después de 1880, que promovía la emigración judía como respuesta a los pogromos; aunque también fue prohibido en 1903 sobre la base de que en el interior de Rusia servía como un vehículo del nacionalismo judío.[65]
No fueron solo los judíos los que se volvieron hacia el nacionalismo en respuesta a la creciente discriminación que existía contra ellos a finales de siglo. Por todo el imperio el efecto de la campaña de rusificación acabó impulsando a los no rusos hacia los nuevos partidos antizaristas. Casi toda la población finlandesa se unió a los Jóvenes Finlandeses, a los socialdemócratas y al Partido de la Resistencia Activa contra la imposición del Gobierno ruso y el reclutamiento militar, lo que contravenía los derechos de autogobierno de Finlandia, ratificados en 1899. En las provincias bálticas la población del lugar se unió a los socialdemócratas para defender sus derechos nacionales contra el Estado zarista. En Polonia recurrieron al Partido Socialista Polaco, que insistía en que el problema del país solamente podía ser resuelto por la combinación de una revolución social y nacional. En Ucrania fue el Partido Revolucionario Ucraniano, fundado en 1902, el que llevó a cabo los primeros intentos de una revolución nacional y social, desempeñando un papel clave en los levantamientos campesinos de 1902, aunque rápidamente lo superaron tanto el Partido Nacional Ucraniano como los socialdemócratas ucranianos. En Georgia los socialdemócratas dirigieron la revolución nacional, que fue a la vez antirrusa y socialista, entre 1904 y 1906. Incluso los armenios, que habían sido siempre los más leales a sus amos rusos, se unieron a los dashnakos a partir de 1903 oponiéndose a la rusificación de sus escuelas locales. En resumen, el conjunto del Imperio zarista estaba en condiciones para derrumbarse, en vísperas de la Revolución de 1905. Sus pueblos deseaban escapar.