JULIA HALL, 2019
El inspector moribundo vivía en una casa alta de color azul oscuro que tenía las molduras y las contraventanas desportilladas. Se alzaba con imponencia hacia el cielo brillante por detrás del banco de nieve que bordeaba la calle. Como había nevado esa noche, estaba cubierta de nieve reciente, pero habían cepillado el 23 negro que había clavado encima de la entrada. El acceso para el coche era estrecho, pero había sitio; sin embargo, ella aparcó en la calle.
Julia Hall se removió para acceder al bolsillo de su abrigo, que abultaba mucho. Metió la mano hasta el fondo y rozó el borde del papel doblado. Mientras sacaba la nota, pensó que ojalá pusiera cualquier cosa menos esa dirección en la que se ubicaba; cualquier cosa que le diera pie a seguir conduciendo y, quizás, no toparse nunca con esa casa. En el papel arrugado había una dirección, «23 Maple Drive, Cape Elizabeth», y allí estaba.
«No lo pienses más», dijo en alto antes de mirar de reojo la casa. La entrada estaba flanqueada por ventanas, pero las persianas venecianas estaban cerradas y no se veía nada. Eso significaba que él no la había visto hablando sola. Bien.
Al bajarse del SUV, a Julia se le escapó la puerta de la mano por el viento. Estaba siendo un invierno extremadamente frío. Con los años se había dado cuenta de que cada vez le costaba más capear dicha estación. Se tapó bien las orejas con el gorro y se volvió hacia el coche. Sin darse cuenta, dio un portazo. El sonido sacudió la calle y ella se estremeció. Hacía años que no daba un portazo así; por un momento había pensado que era su coche anterior, un Subaru que funcionaba a base de fuerza bruta; el coche que tenía hace tres años, cuando tuvo ocasión de hablar con el hombre que la estaba esperando en esa casa.
A pesar de la nevisca de anoche, el sendero que llevaba a la entrada estaba recién despejado. ¿Lo había hecho por ella? El camino y los escalones del porche estaban cubiertos de sal; se concentró en el ruido que hacía mientras se dirigía hacia la puerta. Se sacudió las manos y tocó el timbre. Él abrió la puerta antes de que dejara de sonar.
—Julia —dijo la figura que asomaba por la puerta—, ¿cómo estás, guapa?
La verdad es que ella estaba mejor que él. Si bien el hombre que tenía delante era el inspector Rice, o al menos su fachada, era como si su cuerpo, otrora imponente, hubiera cedido a su peso como el tallo de una flor marchita. Tenía la cara amarillenta y unas ojeras muy marcadas. Llevaba una gorra de los Red Sox que le aplastaba las orejas y ocultaba lo que parecía una cabeza completamente calva.
—Todo bien, inspector Rice. Todo bien.
Se dieron la mano de aquella manera, ya que él había hecho amago de abrazarla.
—Bueno, ¿quieres pasar?
Lo que hubiera querido era decirle que desde su llamada había vomitado el desayuno todas las mañanas. Pero sonrió y le soltó una mentira.
—Sí, claro.
—Y llámame John, por favor —dijo él, tambaleándose al echarse hacia atrás para dejarla pasar.
Era como si en esos tres años hubiera envejecido diez; quizás fuera por el cáncer. No es que ella estuviera mucho mejor. Durante casi toda su vida, Julia siempre había parecido más joven de lo que era, pero en algún momento del pasado reciente eso había cambiado. Ahora aparentaba treinta y nueve.
Estudió el recibidor del inspector Rice mientras se quitaba las botas, y una vocecita interior le señaló lo raro que era estar precisamente allí. Se sentó en un banco robusto y funcional. Había varios pares de botas de trabajo y zapatos de vestir alineados en la base. A su derecha, al lado del banco, había un cubo de sal y una pala mojada apoyada en la pared. A su izquierda vio la única cosa que le llamó la atención: una estantería pequeñita llena de libros de jardinería. Jamás se habría imaginado cuando lo conoció, hace ya muchos años, que le gustara la jardinería. A pesar de que entonces no se dio cuenta, él también era humano.
—No sé si voy a poder —dijo ella mientras se levantaba—. Creo que para mí siempre serás el inspector Rice.
Él sonrió y se encogió de hombros.
Julia lo siguió por un pasillo estrecho lleno de fotos de familia y objetos religiosos: varios retratos del inspector Rice de joven, su difunta mujer —supuso ella— y tres hijos; un crucifijo y una hoja de palma seca; una foto de un nieto, probablemente, al lado de una imagen de Jesús…
El inspector Rice musitó algo mientras la guiaba por el pasillo.
—¿Cómo? —contestó ella.
Se volvió y la miró por encima del hombro.
—Nada, que tienes coche nuevo.
—Ah, sí. —Señaló hacia atrás con el pulgar—. Supongo que he subido de nivel desde la última vez que nos vimos.
Observó que ya no tenía la misma altura. Mientras lo seguía, pensó que, aunque todavía era alto, la enfermedad le había robado varios centímetros.
—He pensado que podemos ponernos aquí.
Lo dijo señalando la primera estancia con la que se toparon. Y no había duda de que era una salita de estar, algo que Julia solo veía en casas de gente mayor. Como en todas las que había visto, la del inspector no invitaba mucho a socializar, a pesar de que, obviamente, su función era recibir visitas. La sala estaba dispuesta alrededor de dos sillones reclinables grandes con una mesa entre ambos.
El inspector le indicó que se sentara en el sillón de la derecha y él siguió por el pasillo.
Ella esperó un segundo y luego se asomó. Había una puerta a la derecha y al final estaba la cocina. No oyó nada.
Volvió a la sala de estar. «Respira hondo», pensó y, acto seguido, inspiró.
Fue hacia la ventana panorámica que había al otro lado de la estancia. Daba a Maple Drive, a una casa grande que había enfrente. La superficie de cristal irradiaba frío; Julia la tocó con un dedo tembloroso. Pocas cosas había más desapacibles que Maine en el mes de febrero.
Los meses fríos eran duros; siempre había sido así. Todos los años a Julia le tocaba afrontar el otoño y el invierno de Maine, que nada tenían que ver con las versiones nostálgicas que ella recordaba. Empezaba a nevar en diciembre y paraba en abril. Y después de un invierno concreto, cuando vio por última vez al inspector, todos albergaban cierta melancolía existencial que había que quitar a palazos, como la nieve.
—No se acaba nunca, ¿verdad?
Ella se sobresaltó al oírlo. Él estaba de nuevo en la puerta, sonriendo. Había ido a por café y venía con dos tazas. Ella espiró, seguramente haciendo patente su alivio.
Rice volvió a señalar el sillón y esa vez Julia ya sí se sentó. Aceptó una de las tazas y lo observó mientras se acomodaba en el otro. El olor que percibió no era de café; era té, de hecho. Lo probó y le pareció que estaba demasiado dulce. Eso la sorprendió.
—¿Qué tal están tus niños? —le preguntó el inspector mientras le daba un sorbito al té.
—Bien, gracias.
—¿Qué edad tienen ya?
—Eh, diez y ocho.
—Uno nunca se acostumbra a que se hagan mayores.
Tenía algo que daba pie a olvidar con facilidad que él mismo tenía hijos; hijos mayores y nietos, a juzgar por las fotografías del pasillo. No era por su personalidad por lo que se le olvidaba, sino por su profesión. El hecho de que fuera inspector la inducía a pensar que más allá de eso no había nada.
Julia asintió y esperó a que le preguntara por Tony.
—Supongo que te sorprendió que me pusiera en contacto contigo la semana pasada —dijo él.
«Pues va a ser que no», pensó ella. Lo de no preguntarle por su marido le pareció una ofensa personal, sobre todo teniendo en cuenta todo lo que había pasado, y notó que estaba evitando fruncir el ceño.
Sí que se sorprendió el jueves pasado, cuando, tras una jornada larga en el juzgado, cogió el móvil y vio solo un mensaje de voz. Llegar a mediodía y tener solo una llamada perdida era señal de que el día iba a ir rodado. Se despidió a voces del alguacil de la entrada y escuchó el mensaje mientras salía del tribunal. Paró en seco al oír su voz ronca, pausada pero inconfundible; una voz que había llegado a meterle miedo. Años atrás, casi le daba pánico cuando le sonaba el teléfono o cuando tenía un mensaje en el buzón; la aterraba oír su voz al otro lado de la línea.
—Sí me sorprendió saber de ti —dijo Julia—. Y me impresionó enterarme de que no estabas bien. —Se inclinó ligeramente hacia él mientras se percataba de que no había sacado el tema aún desde que hablaran la semana pasada, cuando él le pidió que fuera a su casa—. ¿Cuál es el… pronóstico? —No se le ocurría ninguna palabra que no fuera incómoda.
—Bueno, no hace mucho calor —contestó él; lo dijo como si estuviera hablando de la probabilidad de que neviscara otra vez—. El médico dice que mi «calidad de vida» va a ir a peor de aquí a dos meses, y que después la cosa se va a acelerar.
Julia percibió las comillas imaginarias en «calidad de vida» y visualizó al inspector sentado en la consulta del médico con su bata desechable diciendo: «¿“Calidad de vida”? ¿Qué cojones quiere decir eso? Yo lo que quiero es saber cuándo me voy a morir».
—Me alegro de que al menos sigas en tu casa —dijo ella, sonriendo amablemente.
—Bueno, a ver qué pasa. —Ambos dieron un sorbo a su té—. Pues… —añadió y se rio un poco; luego se encogió de hombros; ¿estaba nervioso?—. Gracias por haber venido. Como te dije, quería hablar contigo antes de, bueno… —Encogió los hombros otra vez.
—Antes de quedarte sin «calidad de vida».
El inspector se echó a reír y soltó una tos sibilante. Entonces fue a coger algo que había detrás de su sillón. Se oyó un chirrido, una rueda desengrasada; estaba acercándose una bombona de oxígeno portátil. Se puso la mascarilla y respiró mientras le indicaba con un dedo que le diera un momento.
«Joder, mejor no lo hago reír más».
Él empezó a quitarse la mascarilla.
—¿Por qué no te la dejas? —preguntó Julia—. A mí de verdad que no…
—No —repuso el inspector Rice con firmeza—. Gracias, pero no. —Una vez devuelta la mascarilla a su sitio, el inspector se recolocó en el sillón. El viento silbaba de fondo—. Con todo lo que ha pasado —prosiguió—, no tenía claro que fueras a venir. Pero tenía que hablar contigo. Verás, quería contarte una cosa. Y supongo que tú también tendrás algo que decir.
Julia tuvo que esforzarse para no apartar la mirada de sus ojos rosa acuoso; los suyos no querían saber nada de ellos.
—De verdad que no tenía nada claro que fueras a venir —repitió él—, pero tu amabilidad siempre te ha impedido decirle que no a la gente. —El dolor de estómago fue a más. ¿Qué se suponía que tenía que contestar? Nada, porque él no esperaba una respuesta, al parecer, ya que siguió hablando—: Bueno…, ¿recapitulamos?
JOHN RICE, 2015
Cuando John Rice conoció a Julia Hall, ella estaba en su cocina descalza fregando una pila de platos.
Rice ya llevaba como veinte horas enfrascado en la investigación. Hasta ese momento, esas veinte horas habían sido todo cosas feas. Esa clase de cosas feas atribuibles solo al ser humano.
Ya había visto a la víctima la noche anterior, en el hospital; era un chaval que se llamaba Nick Hall. No tenía claro del todo que pudiera considerarlo un hombre. Es verdad que tenía veinte años, pero estaba más bien en la última etapa de la infancia. No obstante, percibió en su mirada que jamás volvería a sentirse joven.
Rice no quería abrumarlo interrogándolo esa primera noche, pues ya había hablado con una enfermera y con un agente de policía. Su única intención era presentarse como el inspector a cargo de su caso y pedirle una declaración escrita. Siempre le había parecido que pedirle enseguida a la víctima que reviva el crimen y lo describa denotaba cierta falta de sensibilidad. Pero era lo mejor para todas las partes, porque ayudaba a Rice a consolidar el caso y la víctima aún tenía la memoria fresca. Además de que sentar las bases de un caso normalmente era la parte fácil. La víctima casi nunca era consciente todavía de lo que había pasado; estaba en estado de conmoción, con el cuerpo en modo supervivencia y casi sin reaccionar, si es que lo hacía. Eso fue lo que pasó con Nick; estaba confundido y un poco desubicado, pero sobre todo impasible. Lo mejor para él era revivirlo cuanto antes.
Y así fue. Antes de ir a la casa, Rice se hizo con la declaración de Nick en el hospital, que constaba de dos páginas. Su hermano mayor, Tony, seguía allí desde la noche anterior; tenía las ojeras muy marcadas, algo normal cuando intentas dormir en un sillón de hospital. Salió de la habitación y le entregó la declaración al inspector; le dijo que Nick estaba durmiendo. Él contestó que volvería más tarde.
Rice encontró la casa de Tony Hall sin problemas. Era una casita preciosa en un prado a las afueras de Orange, algo modesto en comparación con otras casas del pueblo que había visto. Su cuñada también vivía en Orange, pero más cerca del centro. Al igual que pasa en muchas ciudades del sur de Maine, y probablemente en todas partes, parecían dos lugares totalmente distintos según donde estuvieras. El centro albergaba a los habitantes más ricos de Orange, ya fuera apiñados en calles sin salida con casas enormes cortadas por el mismo patrón (la cuñada de Rice incluida) o en las minimansiones típicas de Maine repartidas en parcelas de tamaño considerable (la gente más rica, extremadamente rica). Pero gran parte de Orange la conformaban tierras de cultivo, aunque pocas estaban en uso. La casa de los Hall estaba allí, dos parcelas más abajo de un sitio enorme y destartalado invadido de gansos con un granero que parecía que se lo estaba tragando la tierra. En comparación, era pequeña, y estaba vieja pero bien cuidada, y tenía encanto, al menos por lo que había visto desde la carretera. El acceso estaba ocupado, así que aparcó en la calzada.
Rice subió los escalones del porche que llevaban a la entrada. Oyó voces de gente hablando por encima del timbre. Una mujer baja, vivaz y con el pelo largo y salpicado de canas abrió la puerta interior, de madera maciza. Parecía de su misma edad; quizás cincuenta y tantos.
—¿Hola? —dijo tras abrir la puerta exterior.
Rice se presentó. Ella asintió con sobriedad y dijo que su hijo, Tony, seguía en el hospital con su hermano.
—Nick no es hijo mío —declaró—. Tony sí.
—Ya —contestó Rice—. Tony me lo ha contado esta mañana. Acabo de estar en el hospital. De hecho, he venido a ver a Julia. ¿Sería posible?
Le bastaron tres pasos para ver ciertos indicadores de riqueza de los que muchas familias que Rice había conocido por su trabajo no disfrutaban. Los suelos eran de madera reluciente y llegaban hasta las baldosas de la cocina, y el vestíbulo estaba enmarcado con una moldura de color oscuro pero cálido. Nada más verlo, el espacio transmitía seguridad y la sensación de que la familia era sumamente funcional. Mientras tenía esta revelación, Rice sintió calor en las orejas. Se acababa de dar cuenta de que había dado por supuestas ciertas cosas sobre la familia Hall sin tener apenas información: la casa en una zona rural, dos hermanos de madre diferente, la ausencia de los padres de Nick en el hospital en un momento así… En primavera había asistido a un «curso de sensibilización» obligatorio en la comisaría, pero sus prejuicios no habían desaparecido, sino al contrario: se dejaban notar más. Qué gilipollas.
Un pasillo no muy largo daba a la cocina, donde había una mujer más joven delante del fregadero. El sol de octubre entraba por una ventana que tenía justo delante, reflectando la luz en su blusa blanca e iluminándole el pelo, aparentemente castaño, pero salpicado ahora de mechones rubios y pelirrojos. Si no fuera porque tenía el ceño fruncido y estaba enjuagando un plato, parecería un ser casi etéreo.
—Perdón —dijo—. Me pilla… —Cerró el grifo y colocó una fuente de cristal en el escurreplatos, que ya estaba a tope—. Listo. Lo he oído llegar, pero no podía dejar la fuente a medias. —Cogió un paño de cocina del tirador del horno y se secó las manos rápidamente antes de acercarle una al inspector; la tenía húmeda y tibia—. Julia.
—John Rice —contestó él—. Soy inspector del Departamento de Policía de Salisbury.
Se oyeron unos golpes amortiguados en la planta de arriba, como pasos.
—¿Termino yo de fregar o me subo? —preguntó la madre de Tony desde el pasillo.
—Si los distraes mientras hablamos, genial —respondió Julia.
—Hecho.
—Gracias, Cynthia —gritó Julia hacia el pasillo mientras su suegra subía las escaleras—. Los niños están encantados de que esté aquí su abuela —prosiguió mientras señalaba el techo—. No saben muy bien qué es lo que pasa.
Julia parecía joven, así que Rice supuso que sus hijos también lo eran.
—¿Qué edad tienen? —preguntó.
—Chloe siete y Sebastian cinco. Les hemos dicho que su tío está mal y que su padre está cuidando de él, pero… —Se encogió de hombros. En ese momento, hablando de sus hijos, pareció desconcertada—. Son demasiado pequeños para entenderlo.
—Sí —dijo Rice.
—¿En qué puedo ayudarlo? —preguntó Julia mientras le pasaba a Rice una taza de café; era por la mañana y hacía fresco en el porche.
Él le había sugerido hablar afuera, para que los niños no oyeran nada, y a ella le pareció bien. Se sentaron en unas butacas de madera contiguas, acolchadas con motivos náuticos, y él dejó la taza en una mesita que había entre ambos. El olor del café humeante se mezcló con el de la vela de citronela que había encima. Ambos eran ácidos.
—Bueno —contestó—, Nick estaba durmiendo cuando he ido esta mañana, y su marido parecía que no había pegado ojo, así que les he dado un par de horas de respiro antes de hacerles pasar un mal rato. Tony me ha dicho que usted podría hablarme de los antecedentes familiares, para mis notas.
—Ah, sí, claro —dijo ella con alivio.
Rice sacó una libretilla y un bolígrafo de su cortavientos; iba a tener que averiguar qué sabía ella de Nick, pero primero debía allanarle el camino.
—¿Quiere que empiece por algo concreto? —le preguntó.
Él negó con la cabeza. Le gustaba tener una excusa para mirarla fijamente mientras hablaba. Tony era guapo, eso era innegable, así que se había imaginado que su mujer sería igual de despampanante. Y sí, Julia Hall también era guapa, pero en cierto modo no era atractiva a la luz de la mañana; era difícil de explicar. Tenía la cara redonda y no muy definida; cuando hablaba, sus rasgos eran los mismos desde todos los ángulos. Eso transmitía honestidad y franqueza; era una persona transparente. También por eso parecía más joven de lo que probablemente era. Rice habría aventurado que tenía treinta años si no fuera por las arruguitas que ya se le notaban: patas de gallo en los ojos y pliegues en las comisuras de los labios. Era una mujer sonriente y risueña.
—Bueno, los padres de Tony son Cynthia —dijo señalando la casa, para referirse a la mujer que estaba dentro— y Ron. Ya llevaban un tiempo casados cuando lo tuvieron. Ron es… —Hizo una pausa—. Ron tuvo una infancia muy difícil y no ha sido el mejor padre del mundo. Estuvieron juntos hasta que Tony cumplió siete años. —Elegía las palabras como si fuera política, o abogada, quizás. Ninguno de esos trabajos le pegaba—. No era violento ni nada de eso. Bueno, quizás… —Hizo otra pausa.
Rice se llevó el bolígrafo a la altura de los ojos.
—¿Qué le parece si voy anotando esto y dejamos lo de Ron de momento? —Julia se rio y se tapó la cara con la mano—. Me basta con saber un poco cómo era la dinámica familiar.
No siempre insistía en preguntar por la familia de la víctima, pero sí era algo frecuente. Sobre todo en casos como ese, donde la defensa ponía la vida de la víctima patas arriba para buscar cualquier cosa reprochable.
—Lo entiendo —contestó Julia—. Conozco casi todas las dinámicas familiares habidas y por haber, por el trabajo.
—¿A qué se dedica?
—Ahora estoy metida en temas de políticas públicas, pero era abogada defensora; trabajaba con menores y en casos penales.
Rice cruzó la pierna derecha por encima de la izquierda.
—Entonces me entiende perfectamente.
—Sí —contestó ella, asintiendo—, y, siendo sincera, Ron encaja muy bien en ese grupo, no sé si me explico. Es alcohólico y Tony se ha criado con eso. Ron tiró por el camino fácil y prácticamente desapareció del mapa cuando Cynthia y él se separaron. Cynthia es una persona muy afable y cariñosa, así que Tony tuvo mucha suerte. Pero Nick no tuvo tanta con su madre.
—¿Y qué pasó con Nick?
—Sí —dijo ella—. El caso es que Ron es el padre de los dos. Tony tenía diecisiete años cuando nació Nick, así que debía de tener quince o dieciséis cuando Ron y Jeannie empezaron a salir.
—¿Y qué pasa con Jeannie?
—También es adicta, y está un poco… —Julia llevó una mano a la cabeza y la agitó. A Rice se le vino a la mente la palabra «bipolar».
—¿Ellos saben lo que ha pasado?
—Ni siquiera saben que está en el hospital —dijo ella después de negar con la cabeza—. Nick no quiere que se enteren. —Su voz se fue apagando y se encogió de hombros.
Rice notó que fruncía el ceño, igual que cuando la gente contiene las lágrimas. Lo había visto mil veces.
—Julia, se va a poner bien. Tardará, pero va a recuperarse —repuso él mientras sacaba un paquete de pañuelos del bolsillo.
—Nick es el mejor —dijo ella mientras le aceptaba uno—. Su hermano lo quiere con locura. ¿Sabe? La verdad es que Tony es quien es gracias a Nick. No me quiero ni imaginar en quién se habría convertido sin su hermano pequeño.
—¿Qué quiere decir?
Julia movió la cabeza y dijo:
—Cynthia dice que cuando Nick nació a Tony se le suavizó el carácter. De adolescente era el típico machito que iba de duro. Estaba cabreadísimo con Ron, y supongo que con el mundo en general. Y ya lo ha visto, tiene escrito en la frente guapo cabrón.
Rice resopló; estaba de acuerdo. Tony Hall no solo estaba en forma, sino que parecía sacado de una revista; su cara te desagradaba simplemente porque tenía lo que a ti te faltaba. Se preguntó qué pensaría Julia de él si tuviera la edad de su marido. Tenía marcas de acné bastante discretas desde años ha, pero de joven le daban un aire a tipo duro. Al menos eso le decía su mujer.
—Pero cuando llegó Nick se le ablandó el corazón —prosiguió Julia, secándose los ojos con el pañuelo—. Tony se hizo mayor y se convirtió en una persona afable, sensible y muy comunicativa. Sí, ya sé que suena a cliché decir eso de tu marido. —Se rio—. Pero el caso es que me siento afortunada. Y sé que en parte se lo debo a Cynthia, pero en el fondo creo que fue sobre todo por Nick. Seguramente usted no llegue a conocerlo de verdad. Es divertido, aunque un poco retorcido, y encantador y sincero, simple y llanamente. Pero ahora no sé.
Rice oyó a los niños bajar saltando por las escaleras que había visto en la casa. Poco después, oyó a la madre de Tony a la zaga. El ruido se perdió por el pasillo y llegó hasta la cocina.
Se guardó los pañuelos en el bolsillo y sacó una grabadora pequeñita de color plata.
—Sé que esto no es fácil —dijo—, pero tengo que preguntarle sobre ayer.
—Vale —contestó Julia, espirando—. Nick no llamó hasta después de cenar.
TONY HALL, 2015
Aquel sábado por la tarde todo parecía normal. Tony y Julia estaban sentados en el porche delantero contemplando un cielo cada vez más rosado. Los vecinos de enfrente habían cubierto el campo con un manto dorado de heno y desde donde estaban era como ver un óleo. Entonces sonó el teléfono.
Tony estaba sentado en la sala de espera, intentando acordarse de las palabras exactas de su interlocutora. Creía recordar que era la doctora Lamba. Llamaba del Centro de Atención Médica del Condado de York.
En ese momento, lo primero que le vino a la mente fue su padre. «Al final se ha matado por ir borracho al volante —pensó Tony—. Por favor, dime que no ha habido más heridos». Pero no llamaba por Ron, sino por Nick.
—Su hermano está en el hospital —le dijo por teléfono, sin especificar más.
—¿Ha tenido un accidente de tráfico? —preguntó él.
—No —contestó ella—. ¿Puede venir a verlo?
Tony fue para allá lo más rápido posible; salió corriendo de casa, apretó el acelerador, atravesó trotando el aparcamiento y cuando llegó al vestíbulo le dieron el alto. La energía que lo invadió al enterarse de la noticia seguía palpitando en su interior, zumbando sin parar.
Se sacó el teléfono del bolsillo y le mandó un mensaje a Julia: ¿Cuándo vienes?
Estaba en casa con los niños, esperando a la madre de él. Seguro que cuando ella llegara se sentiría mejor. O cuando le dejaran ver a Nick. Pero ¿de verdad iba a sentirse mejor entonces?
«Su hermano está en el hospital». Se había estado repitiendo esas palabras tan inesperadas una y otra vez mientras se dirigía echando leches al hospital. Muy vago todo, pero grave. Aparte de confirmarle que no había sido un accidente de tráfico, la doctora no le había dicho nada más. Entonces ¿qué había pasado? ¿Un coma etílico?, ¿una pelea en un bar? Eso no iba con Nick, pero la gente a veces se desmadra un poco en la universidad. Joder, un tiroteo en el campus no. Lo habría oído en la radio mientras iba para allá. Aun así, estando en la sala de espera, sacó el teléfono y abrió el navegador. «Noticias Universidad de Maine Salisbury». Nada. «Noticias Salisbury Maine». Nada.
La doctora le había dicho otra cosa. ¿Algo sobre la edad de Nick? Sí, le había preguntado cuántos años tenía. Cuando él contestó que veinte, ella le explicó que el carnet que llevaba era falso, así que quería asegurarse. Le dijo que Nick no le había dejado llamar a sus padres y que ella no tenía por qué hacerlo. Solo quería hablar con Tony.
—¿Tony Hall? —le dijo una señora en bata blanca desde la puerta.
Se levantó de un bote, se acercó y le dio un apretón de manos. Ella le dijo que era quien lo había llamado, la doctora Lamba; habló bajito y con seguridad. Se sintió aliviado cuando percibió en sus ojos marrones y su mirada amable que no le iba a dar el pésame. Quizás Nick estaba bien.
Tony siguió a la doctora por un pasillo largo y ella le fue explicando que su hermano ya llevaba un rato allí, desde última hora de la mañana.
—Y, como le he dicho por teléfono, solo quería que lo llamáramos a usted.
Mientras le hablaba, Tony se concentró en el coletero con el que llevaba recogido su pelo canoso. Era de terciopelo negro y descansaba en la nuca. Se estaban acercando a unas puertas dobles, otras. Encima ponía unidad de salud mental.
—Pero… —Tony se quedó mirando el rótulo mientras pasaban por debajo—. ¿Nick está aquí?
Al otro lado de las puertas dobles había una salita con paredes de vidrio armado y una puerta muy pesada para acceder a la unidad. La doctora le señaló un par de sillitas negras situadas a la derecha para que se sentara.
—Anoche agredieron sexualmente a su hermano —le dijo después de posar la mano en su antebrazo. —Tony se quedó mirándola fijamente—. No sabemos quién ha sido, pero le dieron una paliza y quería prevenirlo. Hemos…
—Eh… Pare, pare. —Y eso hizo la doctora. Él negó con la cabeza—. No puede ser. ¿Quién iba a hacerle algo así? Es que… Es que no tiene ni pies ni cabeza. —Al oír sus propias palabras, una voz extraña y neutral en su mente le susurró: «Tú sí que no tienes ni pies ni cabeza».
—Lo siento mucho —repuso la doctora Lamba.
—No, por favor —dijo, tapándose la cara con las manos; entonces ella le tocó el hombro.
—Le han curado las heridas en urgencias y la buena noticia es que, si él quiere, puede irse ya a casa. Y la otra buena noticia es que me ha hecho caso y ha decidido ingresar en la unidad de salud mental para darse un par de noches más.
—¿Podría dejar de repetir «buena noticia»? —contestó Tony a través de las manos.
—Vale. —Le acarició el hombro con un movimiento circular.
«Esto lo ha hecho una persona». Así de simple, tanto que se quedó noqueado. Levantó la cara de las manos.
—¿Dónde coño está el agresor? —preguntó.
—Nick ya ha hablado con un agente de policía. —La doctora Lamba buscó sus ojos y lo miró fijamente—. Por favor, ahora lo que tiene que hacer es centrarse en Nick —le dijo—. Lo necesita. Olvídese del otro, que para eso está la policía. Céntrese en su hermano.
Nick tenía la cara destrozada.
Fue lo primero que pensó Tony cuando lo vio. Estaba tumbado en la cama sin deshacer, como si estuviera en un hotel viendo la tele. Pero tenía la cara fatal, deformada, apenas se distinguían sus rasgos; tenía el labio partido e hinchado, una brecha en una ceja, y moratones en una mejilla, la frente y la barbilla; era como si se hubiera caído por unas escaleras.
—¿Nick? —Este sonrió, luego hizo una mueca de dolor y se lamió la costra del labio—. ¿Qué cojones ha pasado? —preguntó Tony con voz llorosa.
—Estoy bien —repuso Nick, que sonrió para tranquilizarlo.
—¿Puedo? —le preguntó, señalándole el pecho.
Nick levantó los brazos. Cuando Tony se agachó para abrazarlo, las lágrimas le empañaron los ojos. Remetió las manos por detrás de la espalda de su hermano y apoyó la cabeza en la de él. Al apartarse vio que tenía la mejilla llena de lágrimas. Eran suyas; Nick tenía los ojos secos.
—Perdona —dijo Tony.
—¿Por qué?
«Por llorarte encima —pensó—. Por comportarme así a pesar de que acabas de decir que estás bien. Por haber tardado tanto en volver a tu habitación. Por lo que sea que ha pasado».
Pero no dijo nada. Se volvió para acercar una silla a la cama y vio que la doctora había cerrado la puerta al marcharse. Estaban solos.
—Bueno… —dijo Tony, pero estaba perdido; su cabeza era un hervidero de pensamientos: no sabía si preguntar qué había pasado ni qué palabras usar; si quería saberlo; si estaba siendo un egoísta; cómo era posible que hubiera sucedido algo así, ¿o estaría mal preguntar eso?
—¿Y Julia? —Una pregunta fácil que desplazó todas las demás.
—En casa con los niños. Mi madre está yendo para allá, así que vendrá en cuanto pueda.
—¿Dices que Julia va a venir?
—Sí, si quieres. Solo si tú quieres.
—Sí, claro. De hecho, a punto he estado de pedir que la llamaran a ella en vez de a ti.
—Ah, vale… —repuso Tony, poniendo los ojos en blanco.
—Ella no habría llorado —dijo Nick sonriendo, lo que produjo otra mueca de dolor; se llevó un dedo a la raja del labio y maldijo susurrando—: Joder.
Tony observó a su hermano pequeño. Seguro que lo habían confundido con alguien. Eso no era una agresión sexual. Era evidente que le habían dado una paliza. A lo mejor se había insinuado a alguien a quien no debía y el muy homófobo de mierda le había pegado; eso sí era posible. O quizás lo habían atracado. Pero no lo que le había dicho la doctora. Siguieron charlando como si nada. Era como si estuvieran peleándose de broma por un juego, como cuando Nick era pequeño y Tony fingía que estaba perdiendo a las damas. Además, su hermano estaba tranquilo, demasiado. Seguramente le había contado a alguien que lo habían agredido y esa persona lo había entendido mal. Tenía que ser eso. Nick parecía…
Llamaron a la puerta y sus pensamientos se interrumpieron.
—Siento molestar —dijo alguien con voz grave.
En la puerta había apostado un hombre corpulento. Iba de paisano, pero era como si llevara una camiseta con la frase soy policía debajo del cortavientos en vez de esa camisa blanca sin corbata.
—Soy el inspector John Rice —añadió mientras entraba en la habitación—. Vengo del Departamento de Policía de Salisbury. Creo que el agente Merlo os dijo que me pasaría por aquí.
—Sí. Hola —contestó Nick mientras se recolocaba para incorporarse un poco.
Tony notó que la tensión de aquel primer silencio había vuelto a invadir la habitación.
Al inspector Rice le bastaron dos pasos para ponerse al otro lado de la cama. Debía de medir unos dos metros, o quizás más. Tenía la cara arrugada y curtida por el clima; Tony supuso que tenía algo más de sesenta años. El gigantón sacó dos tarjetas de visita del cortavientos y le dio una a cada uno.
Luego le dio la mano a Nick como si este acabara de alistarse en el cuerpo.
—Bueno, encantado de conocerte, Nick. —Se volvió hacia Tony y le preguntó—: ¿Tú eres el hermano?
—Sí. —Se puso de pie para darle la mano—. Tony.
—Encantado de conocerte. —Volvió la cara para dirigirse a Nick—: No voy a entretenerme. Solo he venido a traer este impreso. Es para declarar cualquier daño físico, emocional, material o económico derivado de la agresión.
—¿Cómo? —dijo Tony, que se acercó a su hermano para coger los papeles.
Eran unos formularios donde había que rellenar algunos datos en la parte de arriba, como el nombre, la fecha de nacimiento o la fecha del delito, y debajo había líneas para escribir.
El inspector señaló los impresos.
—Nick ya ha declarado ante el agente Merlo y ya lo ha visto una enfermera ECAS, así que…
—¿Una enfermera seca?
—Perdón —dijo el inspector Rice, tosiendo—. Una enfermera especializada en casos de agresión sexual, en el servicio de urgencias.
Tony miró a Nick de reojo, pero él estaba mirando hacia abajo, retorciendo las sábanas con las manos.
—Ah, vale —contestó Tony con cara de bobo.
—Las enfermeras ECAS normalmente consiguen declaraciones bastante buenas, así que ahora prefiero que descanses. Pero mañana tengo que volver. ¿Te parece, Nick?
—Sí —contestó él.
—¿Para qué tiene que volver? —preguntó Tony mientras ojeaba los formularios; eran todos iguales.
—Para interrogarlo. En casos como este es vital conseguir una declaración completa y coherente lo más cercana posible en el tiempo al suceso. Nick, cuanto antes me lo cuentes, más frescos tendrás los recuerdos. Y eso me ayuda a cumplir con mi deber. Esta noche necesito que escribas una declaración donde cuentes todo lo que recuerdes de los hechos, comenzando por cómo empezó tu día el viernes. Fue el viernes, ¿no?, ayer.
—¿Cuando pasó? —preguntó Nick.
—Sí.
—Sí, fue ayer por la noche, bastante tarde —confirmó—. O sea, que simplemente tengo que escribir todo lo que hice ayer, ¿no?
—Bueno, yo creo que puedes ahorrarte los detalles previos a la hora de la cena. Si necesito más información, ya te preguntaré a lo largo del día. Vendré a por ellos —dijo, señalando los formularios— a lo largo de la mañana y los revisaré antes de hablar contigo. ¿Vas a poder dejarlo por escrito esta noche?
Tony volvió a mirar a su hermano. Por primera vez desde que había llegado, parecía que Nick estaba a punto de echarse a llorar.
—Sí.
—Así me gusta. Tony, ¿puedes salir un momento para confirmarme la información de contacto? —Aquel asintió—. Hasta mañana, Nick.
Ambos salieron al vestíbulo de la unidad y Tony cerró la puerta al salir.
—¿La declaración escrita es realmente necesaria, inspector? —preguntó—, porque no creo que…
—Mira —lo interrumpió Rice—, entiendo que esto no es plato de buen gusto, de verdad, pero te prometo que nunca les pido a las víctimas de violación que hagan nada que no sea estrictamente necesario. —Tony se estremeció al oír «víctimas de violación» en vez del nombre de su hermano; fue como una cuchillada, como si el inspector quisiera hacerle daño aposta para que reculara—. Estamos reuniendo pruebas para el caso —prosiguió el inspector—. Que no se te olvide. En el mejor de los casos, pillaremos al tío que le ha hecho esto, pero eso no valdrá de nada si no tenemos pruebas. Y la versión de Nick es parte de esas pruebas.
—¿Puedo…? —A Tony se le quebró la voz; estaba a punto de echarse a llorar delante de aquel hombre; abrió mucho los ojos para evitar que las lágrimas brotaran de los párpados, espiró bruscamente y lo intentó de nuevo—: ¿Puedo ayudarlo con la declaración?
—Es mejor que lo haga él solo. Muchas veces, este tipo de casos giran en torno a qué versión de los hechos es más creíble. De nada nos sirve que le escribas tú la declaración. Pero puedes quedarte a su lado mientras lo hace.
Tony respondió a las preguntas del inspector relativas a los nombres, los números y las señas de los miembros de la familia Hall, pero en alguna parte interna de los oídos las palabras «víctimas de violación» se repetían una y otra vez, en bucle.
El inspector se fue y él volvió a la habitación. Nick estaba en la cama con el ceño fruncido.
—¿Por qué has cerrado la puerta?
A Tony le dolía la cabeza; era como si le estuvieran pasando un paño húmedo y caliente por las sienes, hasta llegar al cráneo y el cuello.
—Porque sí.
—Por qué. —Nick disparó las palabras tan rápido que fue evidente que ni siquiera había escuchado la respuesta de Tony.
—Nick… —Se calló. No sabía qué decir—. Perdona, no pretendía tratarte como a un bebé, solo quería preguntarle si de verdad es necesario que rellenes los impresos esta noche.
—Pues es lo que has hecho. Solo tengo que escribir en un papel, y he dicho que lo iba a hacer.
—Joder, Nick, ¿tan mal te parece que intente cuidar de ti hoy? —repuso Tony, casi gritando. Ambos se miraron—. Entonces, qué, ¿se supone que tengo que creerme que estás bien?
—Es que estoy bien.
Tony negó con la cabeza. Miró los formularios que tenía entre las manos y observó las palabras declaración de daños.
Nick lo miró fijamente, sin hablar.
—No sé cómo preguntar qué pasó —dijo su hermano.
NICK HALL, 2015
Esto es lo que pasó.
El primer viernes de octubre, Nick Hall recibió un mensaje del chico que le gustaba.
En medio de una clase de Introducción a la Economía, se sacó el móvil del bolsillo para ver si tenía notificaciones. En la pantalla ponía ELLE, MAMÁ y CHRIS. Al reconocer el último nombre, notó una bandada de mariposas revoloteando en el estómago. Lo tuvo claro: merecía la pena correr el riesgo de que lo pillaran con el móvil en clase para leer un mensaje de Chris.
Sacó el teléfono, se lo puso con cuidado en el muslo y leyó los otros mensajes por encima.
Chris G: Hey
Eso era todo. Cero puntuación, cero respuestas a su último mensaje y cero esfuerzo. Pero al menos le había escrito un mensaje. Y dicho con la voz adecuada «Hey» era excitante, pensó Nick. En persona, Chris lo habría dicho con la voz adecuada, seguido de puntos suspensivos… El mensaje era de hacía veinte minutos. No podía contestar todavía si no quería parecer demasiado desesperado. Aunque hacerlo le demostraría a Chris que no se andaba con tonterías ni tenía miedo de ir a por lo que quería. Sí, a lo mejor debía contestar ya, pensó. Levantó la cabeza. El profesor lo estaba mirando mientras daba la clase. Sonrió tímidamente y se guardó el móvil en el bolsillo.
Nick estaba en su tercer año en la Universidad de Maine, en Salisbury, y su historial era ejemplar, así que tenía el privilegio de vivir en un barrio de mala muerte en vez de en una residencia del campus. Una empresa gestora poseía varias casas en Spring Street, apodada la Fraternidad por varias generaciones de estudiantes. Aunque oficialmente en la UMS no había fraternidades, en esa calle se hacían muchas fiestas. Ese curso Nick vivía de alquiler con tres amigos en la casa amarilla de la Fraternidad. Se habían librado de la tiranía de la vida residencial, pero a cambio tenían puertas pegajosas, una moqueta húmeda en el sótano y armarios irrisorios.
Al atardecer de aquel primer viernes de octubre, Nick estaba delante de uno de esos armarios observando su reflejo en un espejo cutre que había en la puerta. Llevaba unos vaqueros ajustados y una camisa de manga corta de lunarcitos. Con sus zapatillas azul marino oscuro y su cazadora gris de corte militar, ese era el conjunto con el que mejor se veía últimamente. Se había puesto eso mismo hacía un par de semanas para ir a cenar a casa de Tony y Julia, que se deshicieron en elogios. Y merecidos… Así que ¿por qué esa noche le parecía una mierda? Cruzó la habitación hasta la cómoda y se agachó para abrir el cajón de las camisetas. Recorrió con los dedos las que estaban a la izquierda, de algodón suave y con motivos de grupos musicales, mientras pensaba en un conjunto más chulo. A Chris le importaba todo una mierda, pero le salía de forma natural; la suma de su afro cortito, el aro en la nariz, los vaqueros perfectamente desgastados, esa actitud que lo envolvía en un halo… Al mirarse él, se había dado cuenta de que parecía que todo le importaba una mierda, demasiado, y eso no era bueno. Sacó su camiseta desgastada de Springsteen; en la parte delantera tenía la portada del álbum Born in the U.S.A., ya descolorida. Le bastaba verla para oír aquel silbidito, el chasquido de la aguja del tocadiscos de su padre antes de que «Dancing in the Dark» sonara a través de los surcos. Se retrotraía a los ocho años. Su padre iba contentillo y a su madre le daba la risa tonta mientras él tiraba de ella por todo el salón. Habían discutido, pero el Boss era lo mejor para poner punto final a sus gilipolleces. No importaban ni las amenazas de su madre (llamar a la policía, divorciarse, llevarse a Nicky a casa de su madre para que no lo viera nunca más…) ni los destrozos de su padre (un plato, una botella de cerveza o incluso el cristal de la puerta de atrás, como pasó una vez), porque cuando Ron Hall soltaba la aguja de su tocadiscos antiguo la reconciliación llegaba acto seguido.
La música y cualquier recuerdo de ella le infundían una mezcla de nostalgia, morriña y algo parecido al arrepentimiento. Era la camiseta perfecta para cambiar su conjunto de ansioso a taciturno.
Nick se estaba abrochando el último botón de los pantalones cuando alguien abrió la puerta de su habitación lentamente. Era Mary Jo, una de sus compañeros de piso.
—¿Estás presentable?
—Como si te importara.
—Te estaba mirando a escondidas —dijo ella, sonriendo de oreja a oreja.
—Qué asquerosa. ¡Vete! —Le dio un latigazo con la camiseta, y ella dio un grito y la interceptó.
—Si aún necesitas que te acerquemos, Eric viene a recogerme en diez, quince minutos.
Nick cogió el móvil de la cómoda. Tres horas después de haber contestado al mensaje de Chris, este le había propuesto «ir a tomar algo».
Chris estaba en el último año, así que tenía veintidós, y aborrecía las fiestas en casas. Él salía de bares. Nick cumplía los veintiuno en marzo del año siguiente, por lo que estaba condenado a usar un carnet falso si quería entrar en la mayoría de los bares, por no hablar de pedirse una copa.
Esto había respondido él: Jimmy’s?
Salisbury estaba tentadoramente cerca de Ogunquit, hogar de algunos de los mejores bares y clubes del sur de Maine. O eso le habían dicho. En todos los sitios en los que había intentado entrar lo habían echado al ver su carnet falso. En cambio, en el pub Jimmy’s había conseguido entrar dos veces. Estaba cerca del campus de Salisbury; era un antro, pero tenía todo lo necesario: iluminación tenue, copas baratas y una pista de baile pequeña y pegajosa. Chris no había respondido todavía; qué novedad.
—Pues me da que al final no hace falta que me acerquéis —le dijo Nick a Mary Jo, enseñándole el móvil.
—Que le den a Chris. Ya está bien de vacilarte. ¿Por qué no te vienes conmigo y con Eric después de cenar? ¡Y vamos al Jimmy’s contigo!
Nick notó que el móvil le vibraba en la mano. Miró hacia abajo para ver la respuesta de Chris: Interesante elección. A las diez?
Nick no pudo evitar sonreír. Mary Jo tenía razón: a Chris le gustaba vacilarlo, pero en ese momento le daba igual.
—Me encantaría ser vuestro sujetavelas —dijo—, pero va a ser que tengo una cita.
—¿Qué te ha dicho? —le preguntó Mary Jo, poniendo los ojos en blanco.
—Me ha llamado interesante y hemos quedado a las diez.
—¿A las diez? ¿En serio? Son prácticamente las siete y llevas todo el día de mensajitos, y resulta que él quiere quedar a las diez. Es un gilipollas, Nick; ni siquiera esconde que solo quiere rollo.
Elle asomó la cabeza por encima de la de Mary Jo.
—No estaba escuchando a escondidas —aclaró la compañera de piso de ambos—, peeero… —prosiguió mientras empujaba a Mary Jo para pasar— si fuera así tengo una idea. —Se dejó caer en la cama deshecha de Nick y se cepilló su pelo negro y brillante con la mano—. Nos vamos tú y yo al Jimmy’s y nos tomamos un par de copas, y quizás un chupito, así nos entonamos un poco, pero solo un poco. —Le indicó con la mano que parase—. Cuando Chris aparezca pasadas las diez, porque sabemos que va a llegar tarde, yo te dejo tranquilo para que lo regañes.
—No voy a regañar a Chris —refunfuñó Nick—. Tú no lo conoces. Bueno, sí pero no. Es muy bueno cuando está conmigo.
—Pero cuando no estáis juntos te hace sentir como una mierda —repuso Mary Jo.
Tenía razón. Las dos la tenían. Incluso Johnny, el otro compañero de piso y un chico de pocas palabras, dijo una vez de Chris que le parecía gilipollas.
Mary Jo y Elle lo miraron con expectación.
—Bueeeno, vale. Un par de copas para echarle valor y le digo que o espabila o puerta. —Elle se puso a chillar y a aplaudir como una niña—. ¡Venga, ahora fuera, que me quiero cambiar!
Eran las 22.38 y no sabía nada de Chris.
Nick había llevado a término con éxito la propuesta de Elle de tomarse un par de copas: habían llegado pasadas las nueve y ya llevaba tres, aunque lo primero había sido un chupito de tequila. La verdad es que él no tenía muchas ganas de atracarse de chupitos, pero Elle había sido muy maja ofreciéndose a ir con él y a ella le encantaban.
La primera hora se les había pasado volando. Elle había pedido que llevaran las bebidas a un reservado que había enfrente de la barra, y le dijo a Nick que se sentara de espaldas a la puerta, porque así no la ignoraría. Era la amiga perfecta para no abstraerse en sus propios pensamientos, y echaron el rato cotilleando superficialmente sobre sus compañeros de piso y otros amigos en común. Cuando Nick tocó la pantalla del móvil y vio que eran las 21.59, se armó de valor para llevar a cabo su plan. Le iba a decir a Chris cómo se sentía. Llevaban con el tira y afloja —Nick siempre era el que tiraba y Chris el que aflojaba— desde finales del año pasado. Estaba loquito por él, ¿por qué no se dejaban ya de tonterías?
A partir de las 22.03, cada vez que la puerta chirriaba detrás de él, una oleada de adrenalina lo sacudía y lo embestía cuando se daba la vuelta y veía que no era Chris. A las 22.16 empezó a cabrearse.
«Soy un buen partido —pensó—, un partidazo, así que, o me trata como tal, o que pase de mí. De hecho, el que va a pasar soy yo».
A las 22.38 ya había mirado el móvil como cuarenta veces. Cero mensajes, cero Chris. Se planteó decirle que no se molestara en ir…, pero mandarle un mensaje, el que fuera, sería como revelar lo mucho que le importaba.
—Bueno —dijo Elle en voz alta mientras golpeaba la mesa pegajosa con las palmas—, se acabó. Voy al baño y cuando vuelva nos tomamos otro chupito y a bailar. Y si aparece, le doy una patada en los huevos y nos vamos.
Nick no fue capaz de reírse, aunque sí sonrió. Dios, qué pena daba. ¿Por qué Chris seguía tratándolo así? ¿Y por qué se dejaba él?
—Vete, no pasa nada.
Elle se deslizó para salir del reservado y se puso de pie a su lado.
—Pide dos tequilas —dijo y se fue.
Mientras Nick se acercaba a la barra, fue consciente de que había dos finales posibles para esa noche. Con suerte, él y Elle cerrarían el Jimmy’s después de beber y bailar hasta que el personal empezara a colocar los taburetes encima de la barra; eso sería un exitazo inesperado. Pero el segundo desenlace era el más probable: tomarse el chupito, bailar sin ganas con Elle una canción o dos y escabullirse al baño para mirarse en el espejo; allí vería sus rasgos pronunciados e irreconocibles por culpa del tequila barato y de la pésima iluminación e intentaría averiguar qué era lo que hacía que la gente lo rechazara con tanta facilidad.
El camarero le puso los dos chupitos delante.
—¿Uno es para mí?
Nick se volvió hacia la voz, a su izquierda. El tío estaba acomodándose en un taburete. A pesar de que había estado vigilando la puerta por si llegaba Chris y de que no habría pasado por alto una cara como esa, no lo había visto entrar. Era tan guapo que incomodaba. Llevaba el pelo más largo por arriba y un rizo oscuro le caía por su frente pálida. Tenía los ojos azul claro, los pómulos pronunciados y un poquito de vello facial. «Jo-der». Quizás fuera por la iluminación o por las tres primeras copas, pero aquel era probablemente el chico más guapo que se había dirigido a él.
—Eh… —Nick cogió aire. El hombre estaba esperando, con una sonrisa pícara. «Seguro que a Elle no le importa que regale su chupito, menos aún a un chico así. De hecho, se pondrá una medalla, ya que ha sido ella la que me ha mandado a la barra»—. Sí —contestó—. Siempre invito a chupitos a chicos que están totalmente fuera de mi alcance, para estar en igualdad de condiciones.
El tío se rio y Nick se llenó de orgullo, aunque escapaba a su comprensión cómo había logrado articular palabra alguna. Deslizó uno de los chupitos hacia el apuesto desconocido.
—¿Seguro que a ella no le va a importar? —dijo el otro, señalando el baño con la cabeza; él supuso que había visto a Elle.
—Seguro —contestó Nick—. Probablemente ni siquiera vuelva al reservado; estará bailando con alguna chica que haya conocido en el baño.
El hombre hizo un círculo en la barra con el vaso de chupito.
—Entonces tenéis un acuerdo.
—Sí, claro —contestó Nick.
No tenía claro a qué se refería, pero su voz sonó segura. Se sentía inteligente, guay, al contrario que con Chris. ¿Cómo era posible, teniendo en cuenta que estaba hablando con un tío que parecía recién salido de un desfile de modelos?
—Soy Josh —dijo el otro y levantó el chupito.
—Nick —respondió él; echó la cabeza hacia atrás y sintió el tequila barato bajar por la garganta; sabía a alcohol desinfectante.
—¡Uf! —exclamó Josh mientras miraba a Nick como si acabara de envenenarlo—. Creo que es el peor tequila que he probado en mi vida. Supongo que si bebes esta mierda es porque estás estudiando y no tienes pasta. —Se inclinó hacia delante y se sacó la cartera del bolsillo trasero—. La siguiente ronda la pago yo.
Nick observó al apuesto desconocido mientras este llamaba al camarero y se dio cuenta de que se había equivocado. La noche tenía un tercer desenlace posible.
La luz del sol le iluminó la cara, que le palpitaba. Empezó a girarse y la cabeza le dio vueltas. Se quedó quieto un momento para intentar aliviar esa sensación, pero lo único que consiguió es que se extendiera, vibrando hacia el cuello, los hombros, el abdomen… «Ay, madre mía». Nick se movió y sintió un dolor ardiente dentro de él. No. «No».
Rememoró lo que le dijo Josh anoche: «¿Te gusta?».
No. «¡Para! —pensó—. No pasa nada, estoy bien». Se sentó; la cabeza le palpitaba muy fuerte y sintió una punzada en el bajo vientre. «¿Te gusta?». «¡Para!».
Estaba solo en una habitación de motel; era pequeña, beis y apestaba a tabaco.
Retiró la colcha. Sangre. Las sábanas estaban manchadas de sangre a la altura de sus muslos.
—Madre mía —susurró.
¿Josh seguía allí? Prestó atención, pero no oyó nada.
—¿Hola?
Nada de nuevo.
—Vale —susurró—, estás bien.
¿Y si Josh volvía?
Le vino un pensamiento, una voz interior distinta a la que le hablaba en susurros: «Levántate y vete».
Nick sacó las piernas de la cama y sintió un dolor agudo y punzante mientras se levantaba; al oír sus propios gemidos se sintió como un crío. Esa sensación se transformó en ardor y el dolor volvió a hacer acto de presencia en la cabeza.
«Venga, muévete —le dijo la voz—; vete de aquí».
Su ropa estaba en el suelo; agarró los vaqueros y se los puso, pero dejó los calzoncillos en la moqueta. Mierda, se le iban a manchar los pantalones de sangre. ¿Cómo iba a limpiarla? Se puso la camiseta del revés y cogió corriendo la cazadora. Notó la cartera en el bolsillo trasero, pero ¿y el móvil? Lo buscó a tientas en la cazadora, pero no había nada en los bolsillos. Se puso a gatas y sintió un golpe en la cabeza; era el cerebro gritándole que no se agachara tanto. Estaba allí, debajo de la cama. «Cógelo y vete». Nick estiró el brazo y cerró la mano alrededor del cuero suave.
Oyó un sonido detrás de él, en la puerta, y chilló; levantó la cabeza de golpe y se rompió la crisma con la estructura de la cama.
—Servicio de limpieza —anunció una voz tenue.
Nick salió de debajo de la cama y se puso de pie. «Tapa la sangre». Tiró de la colcha y se volvió mientras abrían la puerta. La mujer, delgada y vestida de negro, se sobresaltó.
—Uy, lo siento, cielo —dijo—. Me han dicho que ya te habías ido.
—Perdón —contestó Nick, yéndose.
Ella se apartó para dejarlo pasar.
—Cielo, se te olvida algo —le advirtió.
Él se volvió y la vio señalando los calzoncillos. Una mujer desconocida estaba viendo su ropa interior y pidiéndole que la recogiera, dando por sentado, y estaba en lo cierto, que no la llevaba puesta.
—Perdón —volvió a decir mientras los cogía y se los metía entre la cazadora.
Al salir notó un aire matutino helador. Vio enseguida un taxi aparcado debajo del rótulo motel 4 deluxe, en la salida hacia la Ruta 1. Con la cazadora aferrada, corrió escaleras abajo y cruzó el aparcamiento. Seguía pensando en la gobernanta. Pobre mujer… Iba a ver la sangre. Y tenía que cambiar las sábanas. O… ¿qué haría cuando viera las manchas en la cama?
El conductor bajó la ventanilla del copiloto al ver que Nick se estaba acercando. Mierda. Se había gastado la pasta que le quedaba en el Jimmy’s. Se apoyó en la ventanilla y dijo:
—¿Aceptas pago con tarjeta?
—Eeeh, sí, puedes pagar con tarjeta, pero tendré que comprobarla. —A los taxistas casi siempre les fastidiaba que les preguntasen eso, pero aquel señor parecía preocupado—. Sube, chaval. —Nick se sentó despacito en la parte de atrás. La sangre. ¿Y si le calaba los pantalones y manchaba el asiento? Se sentó encima de la mano—. ¿Todo bien? —le preguntó el conductor, volviéndose hacia él; era corpulento, de mediana edad y llevaba una boina con visera.
—¿Qué?
—¿Quién te ha hecho eso? —Nick notó que se ponía muy rojo, pero no contestó—. Lo de la cara…
Se miró en el espejo retrovisor, eludiendo al conductor. No pintaba bien. Tenía el labio partido y sangre reseca en una ceja.
«Dale la dirección».
—Spring Street, 11 —dijo—. Por favor.
El conductor se quedó mirándolo un momento y suspiró.
—Muy bien.
¿Y si la gobernanta llamaba a la policía cuando viera la sangre? ¿Tenían su nombre en el motel? «Mira el móvil». Nick sacó el teléfono; tenía la pantalla a tope de mensajes. Dos eran de Chris: uno, de poco después de medianoche, era una disculpa —«Me enredé»—, y en el otro, de esa mañana, le preguntaba si le dejaba que se lo compensara. A las 22.59, Elle creó un chat con todos los compañeros de piso y anunció: NICK HA LIGADO EN EL JIMMYS.
Justo después había una foto borrosa de Nick sentado en la barra con Josh y varios mensajes de Mary Jo y Elle, y uno de Johnny de esa mañana: Qué me perdí anoche?
Empezó a salivar.
—Para —gruñó.
El conductor obedeció, y Nick abrió la puerta y se asomó. Un aire fresco y seco lo envolvió y se le pasaron las ganas de vomitar. Respiró hondo un par de veces. «Deja ya de darle vueltas».
Se recostó en el asiento y cerró la puerta.
—Perdón —se disculpó.
—No pasa nada —contestó el conductor—. ¿Una noche movidita?
Nick no dijo nada y el señor reemprendió la marcha.
Cuando llegaron a su casa, el taxista cogió la tarjeta, hizo las comprobaciones pertinentes y se la devolvió.
—Deberías ponerte algo frío en la cara —le aconsejó.
No estaba seguro de si él le dio las gracias en voz alta o solo lo pensó. Salió y se quedó plantado en la acera delante de casa, con las piernas bloqueadas. Ojalá no hubiera nadie, no quería que lo interrogaran. Pero entonces estaría solo. «Ninguna de las opciones es buena —dijo en un tono neutro la voz de su cabeza—. No te queda más remedio que entrar».
Nada más pasar, le llegó por el pasillo la voz de Elle, que estaba la cocina.
—Nick, ¿eres tú?
—Eh, sí —respondió.
Casi se muere cuando se dio cuenta de que había empezado a llorar al oírla. Fue como si algo en su interior se hubiera desconectado en el motel y la pregunta («Nick, ¿eres tú?») lo hubiera vuelto a conectar.
—¿Qué pasó anoche? —preguntó Elle alegremente mientras irrumpía en el pasillo, pero se quedó boquiabierta—. ¿Qué te ha pasado en la cara? —Él empezó a sollozar—. Madre mía, Nick. ¿Qué ha pasado? ¿Qué te han hecho? ¿Ha sido él?
Ambos se fueron agachando hasta acabar en el suelo mientras Elle le sujetaba el rostro.
—¡Johnny! ¡Johnny! —gritó, tensa e histérica.
En un momento de caos, Johnny frenó bruscamente a mitad de las escaleras, volvió a subir corriendo y bajó dando tumbos con las llaves del coche. Elle y Johnny no paraban de gritarse tonterías mientras levantaban a Nick por las axilas para ponerlo de pie. Iban a llevarlo al hospital.

Este desastre era tuyo,
pero ahora es mío.
VANCE JOY, «MESS IS MINE»
JULIA HALL, 2019
Me costó mucho darme cuenta del daño que le supuso a tu familia la violación de Nick. —Julia se estremeció al oír la palabra; habían pasado tres años, pero seguía chirriándole en los oídos. El inspector Rice, al parecer, no se percató de que la había turbado—. Nick y la familia de tu marido eran un poco toscos, pero tú y Tony erais gente más hecha. —Ella se revolvió en la butaca—. ¿Tú lo viste venir? Yo te aseguro que no.
—¿El qué?
—Lo feas que se iban a poner las cosas. —Julia negó con la cabeza. No, ella tampoco. El inspector la miró a los ojos un momento y luego bajó la vista hacia su taza—. Ahora bien, yo siempre empatizo con la familia de las víctimas. Es una reacción habitual cuando estás con gente que está pasando por una desgracia, por un lado, y, por otro, hablan más, te cuentan más cosas, ¿sabes? Gracias a eso soy mejor en mi trabajo. —Julia asintió y se le frunció el ceño—. Pero contigo…, en fin, sobrepasé los límites. Con todo lo que estaba pasando se me fue la empatía de las manos, y eso no es profesional. —Entonces Julia lo miró fijamente. Se había imaginado todas las tesituras posibles para estar lista cuando llegara ese día, pero eso no. «¿Adónde quiere llegar?». Notó que ladeaba la cabeza mientras él seguía hablando—. Mira cómo acabó todo… —prosiguió—. Yo, tu familia, lo de Ray Walker… En fin, me quedé con mal sabor de boca.
Se le erizó el vello del cuello cuando oyó ese nombre, Raymond Walker. Lo había oído mil veces y sabía que ese día no iba a ser menos, pero seguía siendo incapaz de reprimir su reacción cuando se verbalizaba. Cruzó la pierna derecha por encima de la izquierda para acomodarse. Notó algo en la boca del estómago, un sentimiento tan tangible que casi tenía vida propia, al margen de ella; un monstruo inquietante e insistente que había conseguido adormecer hacía años. Pero cuando el inspector Rice la llamó la semana pasada el monstruo abrió un ojo. Ahora, con la cabeza erguida, agitaba la cola con expectación.
Se llevó la taza a la boca y dio un sorbo.