CAPÍTULO I

1

Noviembre 960 A. D.

La mujer jadeaba en el fango, al borde del bosque, indiferente a la lluvia gélida y al viento cortante. Arañaba el suelo con desesperación, envuelta en una tosca capa de pelo, y de vez en cuando lanzaba gritos rabiosos que se perdían en la tormenta. Las manos le seguían sangrando bajo la lluvia torrencial, que al menos le limpiaba las heridas. Todo estaba oscuro; la única luz que la orientaba era una lumbre encendida a unos treinta pasos, apenas resguardada por un tejado de ramas y cañas entrelazadas, en un claro desolado entre dos o tres chozas de madera mezclada con barro y ladrillos. De una de ellas salía humo; en torno no había sino silencio, salvo por la lluvia y el constante ruido del viento, que por momentos resultaba ensordecedor.

Estaba tan absorta en su frenética actividad que no reparó en los cinco hombres que llegaron por el lado de la calzada aduanera, a un par de leguas de distancia. Solo uno de ellos montaba un caballo de dudosa calidad, los otros arrastraban con dificultad sus armas y armaduras en un cieno uniforme que los cubría casi hasta las pantorrillas.

El hombre a caballo fue el que rompió el silencio en la penumbra de la noche.

—¿Dónde estamos? —dijo y lanzó una tremenda blasfemia—. ¡Ya casi no se ve! ¿Estaremos en el sitio que buscamos?

Los ojos negros relampaguearon bajo un yelmo de hierro forjado. La barba era aún más negra.

La mujer paró de inmediato y se volvió asustada hacia aquella voz. Lo que vio la aterrorizó. Fijó la mirada en la choza de la que salía humo, pero se cuidó de avanzar. Por el contrario, siguiendo el instinto retrocedió un par de pasos con suma lentitud, buscando cobijo en el follaje. Los hombres no estaban lejos, pero con ese tiempo no corría peligro de que la vieran. Se agachó cuanto pudo, el cuerpo listo para salir corriendo ante la mínima señal. Detrás de ella, la espesa capa de bosque prometía ser su mejor aliada. La lluvia le limpió el rostro marcado por padecimientos recientes y sin duda duros y continuados, sacando a relucir unos rasgos jóvenes y muy agradables.

2

—Hemos llegado a algún sitio, valvasor, al menos hay chozas. Un refugio para pasar la noche.

El hombre que había hablado casi no tenía dientes, era flaco y andrajoso y no llevaba más armas que una hacheta oxidada que le colgaba de un costado y una pica con mango de madera.

—¡Veo con mis propios ojos lo que hay! —rugió el que mandaba al grupo.

—Si mis cálculos son correctos, debemos de haber llegado o estar muy cerca —intervino otro de los hombres armados, más alto pero también flaco y desastrado, con arco y aljaba sobre un chaleco de cuero reforzado y un cómico yelmo de piel con cuernos—. Dejamos la vía Consolare después de mediodía, en el trivio de la vía Aurelia, y la dirección me pareció la correcta... Nos habían dicho que eran unas tres leguas...

—¡Seguro! ¡Si con este tiempo no se ve a dos pasos! —La voz que se sumó era la de un soldado rollizo, calvo y lampiño, armado con un espadón casi más alto que él. Una mueca sarcástica le deformaba el rostro.

—De todas formas, pasaremos aquí la noche —sentenció con voz estentórea el jefe, desmontando con poca seguridad y hundiendo en el barro las botas por el peso de la armadura—. ¡Echad una ojeada a las chozas, tiene que haber alguien en este sitio de mierda!

Un perro muy flaco surgió de la oscuridad y se les acercó gañendo sumiso. Bastó la patada cruel que le propinó sonriendo y sin pronunciar palabra el hombre que cerraba el grupo para que comprendiera que ahí no era bien recibido.

Con las armas en la mano y divididos en parejas empezaron el reconocimiento. Como era de prever, no encontraron nada ni a nadie en las chozas sin humo. Fueron entonces hacia la única en la que había señales de vida.

Cuando irrumpieron por la puerta de vigas de madera colocadas y clavadas de cualquier manera, el espectáculo que vieron no los impresionó demasiado. Era semejante a muchos otros que habían contemplado.

En la única habitación, de suelo de tierra apisonada con un hogar en el centro sobre el que pendía un puchero de cobre, cinco figuras se apretujaban en el rincón más apartado: un hombre, un chico y tres niños de distintas edades. En el ambiente había un desagradable olor a cuerpos sucios, especias y tierra húmeda.

El hombre al que habían llamado «valvasor» miró de un lado a otro con gesto severo: en el lado opuesto de la habitación había mugrientas yacijas de paja y, diseminados por todas partes, harapos, herramientas agrícolas, toscos platos. La conclusión a la que llegó se manifestó en una mueca de asco: era excesivo incluso para alguien como él. Con premeditada lentitud envainó la pesada espada y por fin se dignó posar los ojos en el que debía de ser el cabeza de familia.

—Levántate, miserable, y acércate —tronó. Sus hombres habían entrado y se habían colocado detrás de él, evidentemente relajados ante la vista de ese grupo inofensivo.

El hombre obedeció temblando, desprendiéndose de los brazos de los más pequeños y dando unos pasos vacilantes hacia el hogar. A la luz titubeante se perfiló una figura atlética, sin duda forjada en el duro trabajo y aún no totalmente vencida por las privaciones de una vida inclemente. Aparentaba menos de cuarenta años. Una cabellera salpicada de canas y una barba rala enmarcaban un rostro que, pese a las apariencias, rebosaba miedo y humildad por todos los poros.

Ese contraste debió de chocar también al valvasor, porque se quedó evaluándolo en silencio largo rato, dudando sobre su juicio final.

—¿Dónde estamos? ¿Quiénes sois? —preguntó por fin con voz estentórea.

—Estamos en el territorio de Caere, mi señor. A dos leguas y media de la vía Aurelia y a la misma distancia de Caere Vetus —se apresuró a responder el hombre, esbozando una inclinación.

—¡Estamos bien! —sonrió satisfecho el hombre más alto, el del yelmo con cuernos.

El jefe asintió, sin dejar de mirar al otro.

—Sigue.

—Me llamo Rogelio. Esta es mi familia. —Señaló a las sombras que estaban detrás de él—. Vivimos de la agricultura y criamos algunas ovejas en un pedazo de tierra que nos ha concedido Su Excelencia el obispo. No tenemos nada que daros; somos muy pobres, señor.

—Ya se ve —comentó riendo el tipo gordo y calvo.

—¿No tienes mujer? —insistió el valvasor.

—Murió hace unos años. Aquí la vida es dura...

—¿Y ellos quiénes son?

—Mis hijos, señor.

—¿Qué edad tienen?

—El mayor, Martello, tiene catorce años. Los otros, diez, nueve y siete.

—Son muchas cuatro bocas que alimentar. —El comentario se le escapó al valvasor casi sin darse cuenta, era tan obvio. Por la expresión del rostro, de rasgos severos, con una profunda cicatriz en la mejilla derecha, se le notaba contrariado. Como si hubiese esperado otra respuesta—. ¿No vive nadie más en esta cloaca?

—No, señor. Ya no. Algunos han muerto, otros se han marchado. Los últimos, el pasado otoño.

—¿Y no os da miedo la gente mala? —dijo desde atrás el hombre desdentado, antes de que lo dejara paralizado una mirada de su jefe.

El campesino se encogió de hombros.

—No tenemos nada digno de ser robado. —Indicó con un gesto de los brazos el desolador panorama que lo rodeaba—. Y no le hacemos daño a nadie.

El valvasor asintió. Vio un taburete de tres pies, bajo pero de aspecto sólido, y se sentó en él.

—¿Eres un siervo o un aldeano?

—¡Soy un hombre libre, señor! Pago mis décimas con el trabajo en el manso del episcopado.

—¿Tienes comida para nosotros?

El hombre movió la cabeza con gesto triste antes de señalar la olla que estaba en el fuego.

—Esta noche solo tenemos raíces y algún tubérculo. Con este tiempo no hay forma de encontrar nada mejor.

El caballero frunció la nariz. No era tanto el olor indefinible que salía del fuego lo que lo contrariaba, sino más bien la idea de tener que conformarse con un par de galletas secas y un trago de sidra. Eso lo devolvió con nostalgia a la noche previa, cuando en la casa de postas de In Turris había podido tomar algo caliente y comestible.

Se giró hacia sus hombres con el tono de quien está acostumbrado a mandar.

—Quedaos en una choza, la que esté mejor, y encended una lumbre. Recoged leña seca para la noche. —Miró de nuevo al campesino—. ¿Y dónde has escondido las ovejas?

—Están en el redil, a media legua de aquí, en el lugar mandado por el obispo. No nos las podemos comer, y el queso nos lo requisan cada semana.

Asintió otra vez, mientras sus soldados abandonaban la choza, refunfuñando palabras incomprensibles. Se miró despacio las botas cubiertas de lodo ya casi seco, y, cuando posó de nuevo los ojos en el campesino, brillaban como carbones ardientes que anunciaban simple y llanamente crueldad.

—Como me mientas sobre algo, aunque sea una tontería, eres hombre muerto —dijo con premeditada lentitud, para que su interlocutor se enterase bien.

El otro quiso tranquilizarlo, pero se puso todavía más nervioso.

—¡Por supuesto, señor, por supuesto! ¡Eso nunca lo haría! ¡Nunca!

—¿En serio?

—¡Por supuesto!

Fuera el viento parecía haber cobrado más fuerza. Ráfagas cortantes como cuchillas atravesaban por varios lados las paredes junto con gotas de agua.

—Pues veamos. ¿Se te ocurre por qué, en una temporada como esta y con un tiempo así, he venido hasta tu pocilga?

El campesino estaba tenso, paralizado por el terror. El tono de voz del caballero era cada vez más amenazador. Se frotó las manos con fuerza para reprimir la ansiedad que lo devoraba.

—No, señor...

—¿Sabes quién soy?

—No, señor.

—Soy Filoberto Testa, valvasor de Alsium —dijo con expresión gélida, pendiente de la reacción que esa información iba a suscitar en el campesino.

—Os conozco por vuestra fama, señor. Ha llegado hasta un lugar aislado como este.

Fuese o no sincera esa respuesta, el caballero prefirió pasarla por alto. Levantó ligeramente el yelmo y se rascó la nuca.

—Y bien, ¿dónde está la chica?

3

El campesino estaba paralizado por esos ojos cada vez más ardientes y no supo cómo escabullirse. Un destello de desesperación en su mirada hizo que el caballero esbozara un gesto triunfal.

—¿Qué chica? —masculló por fin.

—La chica por la que estoy aquí. Una hermosa joven de dieciséis años, por lo que he oído.

—Debéis de haberos equivocado de lugar, señor...

—No lo creo. He pagado mucho por la información y era precisa.

—¡Lo juro por Dios omnipotente! ¡Aquí no hay ninguna chica! —El hombre se irguió con toda su mole, quizá para que resultase más creíble su defensa.

—Si atravieso con mi espada a tus mocosos, a lo mejor cambias de opinión...

—¡Mi señor! ¡Sois demasiado importante y justo para mancharos con un crimen así! ¿Qué podemos representar para vos mi familia y yo?

—Nada —reconoció el valvasor—. Pero, por desgracia para ti, he de cumplir una misión concreta que no consiente fallos. —Se incorporó y se acercó al campesino: tenían casi la misma estatura. Desde cerca pudo ver bien su notable musculatura, pero también las capas de mugre que tenía por todas partes. Le dio un manotazo enguantado en el hombro—. Vivimos tiempos difíciles, Rogelio. Difíciles y crueles. Lo comprendes, ¿verdad?

El otro asintió mecánicamente, sin haber entendido en absoluto la última alusión, mientras la puerta se abría y se cerraba, dejando pasar una violenta ráfaga que a punto estuvo de apagar la lumbre del brasero. Dos soldados entraron.

—La choza está lista, valvasor —anunció una voz.

Filoberto Testa no hizo caso, movió ligeramente una mano y continuó apremiando al hombre cada vez más confundido y asustado que tenía delante.

—Imagínate que a tu hija, porque de tu hija se trata, la reclaman de muy arriba, incluso para el deleite de alguien que se halla más arriba de todos... ¿Podemos nosotros no acceder a esa petición? ¿Puedes tú burlarte de mí? —Colocó de nuevo las manos robustas en los hombros de su interlocutor con actitud cada vez más hostil.

—¡En serio, señor, debéis creerme! Habéis llegado por sorpresa y sin embargo habéis visto... ¡Aquí no hay ninguna chica...! ¡Por caridad!

A pesar de sus esfuerzos, su defensa no hacía más que perder credibilidad para el otro.

—¡Por desgracia, la caridad es una virtud que nuestro sumo pontífice no parece practicar! —masculló el caballero, aparentemente molesto por el cariz que estaba tomando la conversación—. ¡Tú deberías estar más bien encantado de complacer a nuestro Señor regalándole la inocencia de tu primogénita! ¡Un honor que no tienen todos!

«Pero no pocos», pensó enseguida, al menos conforme a los rumores y a los chismes de dominio público acerca de los hábitos y los quehaceres del joven Príncipe de la Iglesia de Roma que desde hacía cinco años ocupaba el trono de Pedro.

Sus manos apretaron de nuevo con fuerza los hombros del campesino.

—Y, sin embargo, no me parece que sea así. —Se volvió hacia sus esbirros—. ¿No creéis lo mismo?

Los dos asintieron, risueños.

—Lo ves. Esto no está bien. ¡Puede parecernos fácilmente que es soberbia, arrogancia o... peor aún... rebelión! Delitos gravísimos, como se da cuenta hasta un aldeano como tú. —Calló un instante, antes del golpe final—. Por los que se paga con la muerte...

—¡Lo juro, señor...!

El valvasor le puso una mano enguantada en la boca.

—¡Deja de jurar! ¡Vas sumando pecados, querido Rogelio! Yo no tengo la culpa de que hayas traído al mundo una criatura muy hermosa, cuya fama ha sobrepasado esta pocilga y se ha extendido por el condado. Yo cumplo órdenes, como comprenderás..., y para ello me informo y cometo actos violentos...

El campesino quiso replicar, pero un gesto del caballero se lo impidió.

—¡Ya basta! ¡El juego ha durado demasiado! —El tono de su voz era ahora despiadado y glacial—. Te lo pregunto por última vez: ¿dónde está la chica?

—Creedme, señor, no tengo más hijos que estos... —Temblaba el hombre llamado Rogelio mientras respondía con voz desesperada. Pero enseguida se dio cuenta, mirando los ojos de su inquisidor, que jamás iba a creerle.

—Tu obstinación sería digna de mejor causa. Pero, en este caso, no te conduce a nada. ¡Tú te lo has buscado, amigo mío!

Filoberto Testa desplazó la mano derecha por la cadera y se movió con enorme velocidad, la izquierda siempre firme en el hombro del infeliz. La hoja del puñal penetró en el vientre hasta el mango y el caballero enseguida notó que el cuerpo del campesino se desplomaba lentamente entre sus brazos. Un reguero de sangre saliéndole por la boca acompañó el último destello de vida en sus ojos.

Lo dejó caer como un saco vacío, sin hacer caso al llanto de los tres niños. Se limitó a fijarse durante un buen rato en los ojos de odio con que lo estaba mirando el hijo mayor, que a primera vista parecía haber heredado la valentía de su padre.

—Martello, ¿verdad? —lo apostrofó mientras limpiaba distraídamente la hoja con un trapo—. ¡Un nombre curioso, pero sin duda prometedor! —Sonrió maliciosamente, buscando que el chico tuviera una reacción impulsiva, que sin embargo no se produjo.

El primogénito solo pensaba en proteger a sus hermanos, demasiado aterrorizados para proferir la menor queja; se limitó a lanzarle otra mirada de profundo odio a la luz incierta de la choza, que resaltaba los perfectos rasgos de su rostro.

Entonces el valvasor suspiró ruidosamente, resignado a ese fracaso inesperado. Iba a tener que ingeniárselas de otra manera para encontrar a la chica, perdiendo más tiempo y con más esfuerzo. Y eso no le hacía ni pizca de gracia. Se volvió hacia sus hombres, procurando que no se le oyera.

—Matad a los niños. Al mayor, no. Nos lo llevaremos. —Sonrió sin alegría—. Puede valer una suma discreta. ¡Parece que en Roma hay un mercado para todos los gustos...!

Se colocó la pesada capa, se puso la capucha sobre el yelmo y salió de la choza dando largas zancadas.

4

La joven estaba extenuada. Envuelta en su improvisado abrigo, estaba empapada de lluvia y aterida del frío de la noche que acababa de empezar. Durante un rato infinito había permanecido inmóvil, al amparo de la providencial protección de la naturaleza, devorada por la curiosidad de saber quiénes eran aquellos desconocidos y qué estaba ocurriendo en el interior de la choza.

Los había visto entrar juntos, luego salir —a todos menos a uno—, después habían vuelto dos. Entretanto había habido un rápido ir y venir de sombras, acompañado por toda una serie de imprecaciones y obscenidades. Habían encendido una lumbre en la choza que hacía tiempo había pertenecido al pastor Elio con cuanto quedaba de la hoguera que ardía en el claro de la minúscula aldea, ahora sumida en la más absoluta oscuridad. La luna, si es que la había, esa noche estaba escondida en algún lado.

Se hallaba demasiado lejos para poder escuchar o entender algo, pero no podía ni pensar en acercarse más. De hecho, de una cosa estaba segura: los recién llegados no eran amigos y en sus gestos no había nada amistoso. Por lo demás, era fácil valorar a una persona al vuelo y calibrar sus intenciones cuando vives cada minuto de tu vida en medio del terror. Ante la primera señal de alarma no había hecho más que seguir las instrucciones que su padre le había repetido mil veces durante todos esos años, desde que tenía uso de razón: hay que esconderse siempre y en cualquier caso, desconfiar también de posibles reclamos acompañados de amenazas, hay que esperar todo el tiempo que haga falta y, cuando sea preciso, refugiarse primero en el redil y luego en Caere, en la casa de la única pariente que les quedaba, una hermana de la madre que se llama Badina, a quien no conocía.

Ahí terminaban los consejos. Desde ese momento tendría que arreglárselas sola.

Se puso a temblar en el preciso instante en que la lluvia se hizo más intensa y contuvo a duras penas un estornudo. De golpe la puerta de su casa se abrió y durante una fracción de segundo vio, enmarcado en la oscuridad, el tenue resplandor del hogar que esperaba el fruto de su tarea vespertina: un puñado de castañas, bayas y setas que llevaba aún entre los dedos empapados. Una sombra alta cruzó el claro, fue hasta el tejadillo de la fogata y orinó sobre ella largamente. Luego entró en la choza donde habían encendido un fuego. Era más que evidente que iban a pasar la noche allí, lo que la obligó a replegarse hacia el redil. Ahí encontraría por lo menos un refugio, leche fresca y algún pedazo de queso escondido por su padre. Si se ocultaba en el bosque toda la noche, moriría de frío o, como mínimo, enfermaría.

Aunque el azote del viento no cesaba, en una breve pausa entre dos rachas, le pareció oír gritos. Tenía dudas, pero el instinto le dijo que algo malo le estaba pasando a su familia. Se mordió el labio para no llorar y para permanecer quieta.

Luego la puerta se abrió de nuevo y salieron dos esbirros, que se unieron a sus compañeros. Durante un momento la chica confió en que por fin podría acercarse a su choza, pero se le cayó el mundo encima cuando se dio cuenta de que un soldado regresaba llevando una alforja. Lo vio entrar. Un guardia, sin duda. Adiós esperanzas por esa noche.

La chica soltó entre dientes la imprecación más atrevida que conocía, puso los frutos que había recogido en un pequeño cesto de paja y apretó los puños con toda la fuerza de la que fue capaz. Se puso de pie y tardó una eternidad en reactivar algo las articulaciones. Echó una última ojeada a la casa en la que había nacido y en la que se había criado, y una profunda aflicción le recordó la enormidad de la situación que estaba viviendo, peor que la peor pesadilla de sus largas noches de adolescente crecida deprisa.

Espantosamente asustada pero sorprendentemente lúcida, dio la vuelta y se adentró en el bosque.

Había llegado el momento de demostrar cuánto había aprendido.

5

Sobrevivir en las condiciones más duras no podía resultarle difícil: había sido su condición natural desde que tenía memoria; su padre siempre había visto en ella una inteligencia y un espíritu de iniciativa fuera de lo común, sin duda únicos en su familia. De manera que ahora tenía ante todo que pensar con la mente fría, evaluar las prioridades y decidir sus siguientes pasos, siendo perfectamente consciente de que no podía cometer ningún error.

Ante todo debía averiguar quiénes eran aquellos hombres y qué interés podían tener en una familia pobre y completamente inofensiva; luego, en función de la gravedad del hecho, debía encontrar una escapatoria, y a lo mejor alguien que la ayudara. Pero pensar en todo eso le causó un profundo desconsuelo, porque en realidad no podía contar con nadie ni fiarse de nadie, sobre todo si tenía que esconderse. A su tía ni la conocía, no tenía más parientes, sus pocos amigos estaban muertos o lejos...

Mientras se movía por el bosque casi de memoria, se convenció de que no debía alejarse mucho de la casa: si quería tratar de encontrar una respuesta al primer interrogante, tenía que espiar a esos esbirros. Así, buscó un refugio de la lluvia y el frío, y no podía haber nada mejor que el que su padre había construido para que sus niños jugasen y enseñarles los secretos del bosque. Era solo un cobijo de ramas con dos paredes frágiles, pero tenía que valerle.

No tardó en encontrarlo y descubrió con alivio que estaba seco. Había ramas intactas que habían sobrado de una hoguera, con las que prendió una buena lumbre, procurando no hacer demasiado humo. Luego se desnudó y empezó metódicamente a secarse, extendiendo lo mejor que pudo sus pobres trapos empapados. Solo al final, cuando sintió que su cuerpo había entrado en calor y que la sangre le circulaba casi del todo bien, echó una ojeada a lo que había reunido esa tarde. Seguía lloviendo torrencialmente, así que se asomó para recoger, en un trapo doblado a modo de copa, agua para limpiar las bayas y las setas. Luego, con mirada dura e indiferente, se las comió tal y como estaban.

Se durmió sin darse cuenta, extenuada y aturdida por sucesos que la superaban y que podían arruinar irremediablemente su joven vida y sus escasas certidumbres.

6

Se despertó cuando todavía estaba oscuro, como tenía por costumbre. No necesitaba mirar las estrellas para saber que dentro de menos de una hora empezaría a amanecer. Había dejado de llover. Le daba tiempo de sobra para volver sobre sus pasos y acercarse lo más posible a las chozas antes de que aquellos hombres se moviesen. Con un poco de suerte, a lo mejor podía averiguar algo por sus palabras, a lo mejor podía saber qué había sucedido con sus seres queridos.

Media hora después estaba observando el claro desierto y silencioso desde una posición indudablemente mejor comparada con la de la noche. Se encontraba a no más de diez pasos de la choza más cercana, aquella en la que estaban los soldados, y justo enfrente tenía la entrada de la suya, protegida por espesos matorrales de zarza.

La paciencia no era su fuerte, pero cada vez se daba más cuenta de que tenía que aprender a cultivarla. No podía permitirse el más mínimo error. No mientras no hubiese averiguado lo que estaba ocurriendo.

Espero inmóvil, mientras la luz del nuevo día empezaba a alumbrar el claro. Prometía ser un día mejor que el anterior.

Oyó por fin unos ruidos en el interior de la choza, luego voces atenuadas y, por último, unos soldados empezaron a salir. Hicieron sus necesidades fisiológicas aquí y allá; uno incluso fue a mear contra el matorral detrás del cual estaba escondida; tan cerca lo hizo que la acometió la peste nauseabunda que el hombre desprendía. Se tapó la nariz por el asco y tuvo que reprimir el repentino deseo de salir y cortarle de un tajo esa cosa tan vulgar que el otro se estaba meneando delante de sus ojos con satisfacción.

Por suerte para él, no tenía cuchillo.

Cuando el hombre se hubo alejado, se asomó ligeramente por encima de su escondite. Un par de soldados estaban en el claro esperando a los otros; el hombre más alto y mejor vestido, el que le parecía el jefe, estaba en medio de unos matorrales bajos ocupado en una compleja operación.

—¡Cagar en estas condiciones es realmente difícil para quien no está acostumbrado! —dijo riéndose un tipo calvo y gordo, de aspecto como mínimo repugnante.

—¡Como te oiga, te va a mandar a recoger su mierda! —le advirtió su compañero.

El otro se encogió de hombros.

—¡Qué coño! No se puede ni bromear...

—¿Te parece que es buen momento para hacer bromas? —Una tercera voz hizo que la chica volviera la mirada hacia la izquierda. Era de un hombre alto que llevaba en la cabeza una cosa rara con dos cuernos de piel. Se oyó un leve murmullo antes de que el recién llegado añadiese—: ¿Hay algo de comer?

—Ario ha ido a mirar en la choza de esos infelices. Pero yo no me esperaría nada.

Ninguno de los tres se movió hasta que el otro volvió con las manos vacías.

—¡Pan duro agusanado y un montón de chinches! —anunció desconsolado—. Estoy hambriento y muerto de cansancio. Ese chico con sus sollozos no me ha dejado pegar ojo. Y eso que lo he amordazado.

—Tendremos que ir ligeros. —El cuarto soldado, barba y tez oscuras, se acercó lentamente al centro del claro.

Un ruido de armadura e imprecaciones incomprensibles anunciaron la llegada del jefe. Apareció completamente congestionado por los esfuerzos que evidentemente había tenido que hacer y ahora no conseguía cerrar unas hebillas del peto.

—¡Ayudadme, coño! —gritó. Se le acercaron enseguida dos de sus hombres, que resolvieron el problema en un instante.

—¡No tenemos nada que comer, valvasor! —dijo el soldado gordo y calvo.

—¡Mejor así! —rugió él—. ¡Al menos durante un tiempo no tendremos que volver a cagar en estos sitios abandonados de la mano de Dios!

—¿Qué hacemos? —se atrevió a preguntar el que llevaba una pica.

—Cojamos al chico y volvamos a casa. Pero antes echemos una ojeada alrededor. Puede que tengamos suerte y alguien haya visto a esa putilla.

—¿Dar vueltas sin ton ni son, valvasor? No conocemos estos lugares... —El hombre de piel oscura abrió los brazos.

—¡Escuchadme bien! —El caballero había recuperado el control de la situación y quería imponer un poco de disciplina a su tropa—. Hemos recibido una orden del obispo de Porto y de alguna manera hemos de cumplirla. En el territorio que se nos ha asignado han sido señaladas seis chicas y solo hemos encontrado tres; una ha muerto de fiebre, como hemos podido verificar. Quedan dos. De esta no sabemos nada: ¿qué diremos para justificarnos?

—Podríamos decir que también ha muerto... —sugirió el alto y flaco.

—¡Si me encuentras una mano de jovencita para llevarla como prueba, imbécil! —El caballero agitó con fuerza los brazos.

Hubo unos segundos de silencio, durante los cuales se pudo oír el canto de los pájaros buscando su primera comida de la mañana. A la chica, cada vez más ansiosa, el corazón le latía ahora con más fuerza; era un ruido sordo que temía que pudiera ser oído.

—Ahora nos dirigiremos hacia Caere Vetus, donde hemos de encontrar a la última chica de la lista. Pero antes echemos un vistazo alrededor por si encontramos a la de aquí. Si los datos que nos han dado son correctos, vivía con la familia. Tendría que estar cerca, a lo mejor visitando a un vecino...

El valvasor se acercó al caballo que pastaba en el bosque, en el lado opuesto a aquel en el que se hallaba oculta la joven.

—Anoche el hombre habló de un redil... —dijo una voz.

—¡Lástima que no sepamos dónde está! —replicó molesto otro.

—¡Ya basta! —tronó el caballero una vez que hubo montado. No era una gran montura, pero desde ahí arriba la vida debía de parecer seguramente más aceptable, pensó la chica—. ¡Traed al muchacho!

7

El corazón se le paró cuando vio aparecer la cabellera rubia y la robusta estampa de Martello. Aunque estaba atado y amordazado, parecía que se encontraba bien. Daba patadas como un potro salvaje.

El caballero le hizo un gesto al hombre de la barba negra, y este entonces le quitó al chico la mordaza.

—¡Préstame atención, pordiosero! —El caballero lo miraba fijamente, amenazándolo con el índice enguantado—. Solo te lo preguntaré una vez más: ¿dónde está tu hermana? Es a ella a la que queremos. —Hizo una pausa antes de añadir—: Dímelo y te soltaré.

El chico temblaba y tenía las mejillas bañadas en lágrimas. A pesar de ello, un destello de orgullo brilló en su rostro.

—¿En serio? ¿Igual que has hecho con mi familia? —gritó con desesperación.

A ella se le paró de nuevo el corazón. Sus peores presentimientos parecían confirmarse del todo con aquellas palabras.

Ante esa lógica elemental e inobjetable, aquel hombre vulgar y violento se rindió enseguida. Lo ocurrido era demasiado evidente y reciente, en efecto, para pretender por las buenas conseguir cualquier información. Asintió con calculada lentitud y con un gesto de desprecio.

—¡Ya veremos si también en palacio fanfarroneas así! ¡O cuando acabes en las garras de una túnica babosa en Roma...!

Lo había amenazado por quedar bien ante sus hombres y para asustar al muchacho, pero en realidad a él la chica le daba prácticamente lo mismo. Se conformaba con encontrar una justificación válida para salvar su culo y su reputación. En cambio, era mucho más alentadora la idea de lo que podía conseguir de la venta de ese aldeano tan joven y atractivo. Había un montón de mercaderes y esclavistas que lo comprarían a peso de oro, por no mentar a la curia... Pero debía conservarlo entero y sano para poder obtener el mejor precio, lo cual iba a ser bastante engorroso.

—¡Pongámonos en marcha! —ordenó luego—. ¡Y tú —volvió a señalar al prisionero—, más te vale indicarnos el camino más rápido hacia el redil!

El hombre de la pica pinchó en el costado al chico, que se estremeció. Indicó entonces vagamente con la cabeza una dirección hacia el norte. El grupo emprendió la marcha despacio, y entró en el bosque con muy poco entusiasmo.

8

La chica, entre las zarzas, no podía contener los nervios. Aun así, decidió esperar un buen rato antes de comprobar que los soldados efectivamente se habían alejado. Después, con suma precaución, se acercó a su casa y empujó muy despacio la puerta desquiciada. Cerró los ojos y entró.

La escena que vio en cuanto los volvió a abrir casi le hizo perder la razón. Las piernas no pudieron sostenerla y, deslizándose en una especie de niebla densa, cayó de rodillas, entre sollozos desgarradores.

No habría sabido decir durante cuánto tiempo estuvo en aquel estado de semiinconsciencia. Cuando recuperó algo de lucidez, apenas fue capaz de volver a dirigir la mirada a aquella terrible escena. Su padre y sus hermanos pequeños estaban amontonados en un rincón, cual leña para quemar, cual desechos de ningún valor. Se puso de pie y, en medio de convulsiones, se acercó a aquel montón informe. Sangre por todas partes. ¡Su sangre! Vio enseguida el vientre desgarrado de su padre, pero lo que más daño le causó —un dolor punzante que jamás había sentido— fue ver las gargantas abiertas de sus hermanos pequeños: una crueldad inconcebible, una furia asesina bestial cuyo sentido y cuya razón era incapaz de comprender.

Se arrodilló y se puso a acariciar aquellos cuerpos de uno en uno, sin prisa, como hacía cada noche antes de que se durmieran. Ella era la mujer de la casa, y a ella le correspondía el último gesto amoroso del día y la primera palabra cariñosa de la mañana. Lloró hasta que ya no le quedaron lágrimas. Durante un buen rato le rozó la idea de acabar con su vida y unirse a ellos en un mundo que, aunque no fuera el maravilloso que una vez había oído ensalzar a un sacerdote, en cualquier caso sería sin duda infinitamente mejor que aquel en el que le tocaba vivir.

Pero las ganas de reaccionar, de luchar, de comprender, se impusieron. Y aunque de ello solo se dio cuenta pasado un tiempo, también y sobre todo se impusieron las ganas de vengarse.

De ese modo, por fin encontró las fuerzas para ponerse de pie y empezó a hacer lo único que podía: dar sepultura a aquellos pobres restos.

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CAPÍTULO II

1

La noche era sumamente luminosa. La luna llena le había permitido avanzar rápido por el bosque y en poco tiempo llegó al redil siguiendo las huellas bien visibles del grupo de soldados.

Con toda la precaución que pudo bordeó la construcción y comprobó que no había nadie, ni tampoco en el bosque de alrededor. Las ovejas balaban débilmente, tal vez demasiado dormidas para reclamar el ordeño. Se acercó a la entrada, silenciosa como una sombra, y solo después de esperar varios minutos se atrevió a prender una pequeña antorcha de trapos que utilizaban a menudo en los oscuros días de invierno. Vio a los animales dormidos o tumbados en el suelo, y encontró lo que quedaba de una hoguera apagada hacía horas con los restos de una carcasa desollada y cocida, y un montón de sangre seca desparramada por el suelo. Lo malo para ella era que no quedaban sino vísceras y huesos. Habían arrancado la carne y la piel con sumo cuidado, pero no se habían apoderado de más ovejas, con lo que apenas habían perjudicado al obispo. No se dio por vencida y se acercó a la oveja que tenía al lado, cuyas mamas estaban hinchadas y reclamaban alivio. Con consumada habilidad empezó a ordeñarla en un balde y ni siquiera dejó que la perfumada leche se enfriase. Bebió hasta casi reventar, pero enseguida se sintió reconfortada y fortalecida. Dejó a un lado una buena cantidad y por fin se sentó para pensar. Se le cerraban los ojos, pero repasó con obstinación las horas previas.

Cuando terminó con las sepulturas ya había atardecido y estaba destrozada. Demasiadas emociones y demasiado esfuerzo para cavar hoyos apenas dignos de ese nombre en aquella tierra dura y hostil con las modestas herramientas que tenía. Sus manos llagadas sangraban profusamente mientras las aclaraba y volvía a aclarar en el torrente cercano; las había envuelto con un emplasto de hojas de una planta cicatrizante que había aprendido a reconocer a tierna edad, pero estaba tan aturdida por el dolor del alma que ni reparaba en el físico. Luego había recogido un hatillo con cosas sin valor que había encontrado en la choza y había aprovechado la última luz para alejarse: no era probable, pero tampoco imposible, que aquellos canallas volviesen sobre sus pasos. Se había despedido, con el corazón destrozado y los ojos empañados de lágrimas, de cuanto hasta ese momento había constituido todo su mundo, encerrado ahora en dos túmulos recientes en los que se concentraban sus afectos, y por fin había desahogado su desesperación corriendo al bosque, sin volver la vista atrás.

Entonces, después de haber reflexionado con la barriga llena y la mente algo menos oprimida, extrajo dos conclusiones.

Ante todo tenía que alejarse lo más posible de ahí: si realmente la estaban buscando unos hombres armados el motivo era seguramente serio. Sin duda, la querían a ella; no conocían su nombre ni su rostro, pero chicas de su edad en la zona muy probablemente había como mucho dos. Nunca habría pasado inadvertida. Y esos hombres no iban a tener contemplaciones con nadie, mientras que ella tendría que sospechar de todo el mundo. ¿No había dicho el caballero que habían llegado hasta allí cumpliendo la orden de un obispo y gracias a unos datos precisos?

En segundo lugar, necesitaba ayuda. Encontrar refugio y víveres, y a lo mejor alguna indicación. No podía lanzarse de repente a lo desconocido después de haber vivido toda su vida en el claro de un bosque, en pocos acres de tierra yerma e ingrata. Se vendría abajo ante la primera complicación, no aguantaría más de un día o dos.

Descartó enseguida la opción de su tía, una mujer de costumbres simples que no mantenía relaciones especiales con su padre y que no sabría cómo esconderla, por no mentar que vivía en el pueblo, donde cientos de ojos podrían delatarla en cualquier momento.

El único nombre que se le ocurrió fue el del diácono Stefano.

Recordó aquella vez en que su padre la llevó a la abadía de Santa Venera, una pequeña y apartada iglesia cerca del lago Sabatino. Había sido un viaje maravilloso, que había durado toda una jornada de camino para visitar a aquel sacerdote amigo al que su padre no veía desde hacía años. De él recordaba con enorme vaguedad solo una larga barba blanca y dos ojos que le habían dado miedo, tan vivos e inquisidores eran. Su madre acababa de morir y su padre sentía la necesidad de hablar con alguien, de encontrar la fuerza y el valor de seguir adelante con tantas bocas que alimentar. El diácono los había alojado esa noche, y los dos hombres habían estado charlando casi todo el tiempo mientras ella descansaba en una yacija en la casita que había junto a la iglesia. Al día siguiente habían emprendido el regreso a casa y, por primera vez desde que su madre no estaba, había visto sonreír a su padre cuando se despedía del anciano.

El recuerdo de aquel viaje se desvaneció. Hizo una pequeña lumbre, con cuidado de que no hubiera el menor peligro de incendio, y se echó sobre dos montones de paja sucia. No pensaba renunciar a aquel refugio, ni aun a costa del riesgo de que esos energúmenos apareciesen, y, de ser necesario, se quedaría el día siguiente. Pero no más, porque el obispo no tardaría en ser informado de la muerte de Rogelio y enviaría a alguien para que se ocupase del redil.

Antes de ceder al cansancio, la asaltaron otras preguntas inquietantes: ¿cómo iba a encontrar el camino hacia Santa Venera? Y, aun admitiendo que lo hallase, ¿iba a encontrar al diácono? O ¿estaría él dispuesto a ayudarla?

Apenas pudo entonces contener una arcada, pero en cambio no fue capaz de evitar que un grito desgarrador le brotase del fondo del pecho, que se perdió al momento en el murmullo del viento.

Tuvo un sueño agitado y un montón de pesadillas. Vio cientos de veces el rostro cruel del caballero que había acabado con su familia sin el menor reparo y sin ningún motivo aparente, y contra él concentró todo su odio. Un odio infantil e instintivo que, a la mañana siguiente, mientras bebía con avidez leche recién ordeñada, fue cuajándose en el aire cortante de la aurora, hasta afianzarse en una especie de coraza que le envolvió el alma y que la acompañaría y protegería a partir de ese instante.

Jamás podría vivir tranquila mientras aquel hombre no estuviese muerto, mientras no averiguase qué había sido de su hermano. Mientras no averiguase el motivo de aquella matanza.

2

Llovió durante buena parte del día, lo que la convenció de no moverse. Necesitaba todas sus fuerzas para emprender el viaje hacia lo desconocido, y un tiempo clemente que no le complicase más la vida. Así, durmió mucho y bebió repetidas veces leche, después de preparar queso. No iba a tener tiempo de curarlo, pero por lo menos podría llevarse algo que comer. En cambio, en ningún momento pensó en matar a un animal con el fin de hacer una comida de verdad: quería y respetaba demasiado a esas ovejas, primera fuente de sustento de su familia, para hacerles daño.

Le encantó encontrar entonces, en un rincón del refugio, una burda chaqueta de lana. Probablemente su padre la guardaba ahí para cuando hacía mucho frío. Le quedaba enorme, pero abrigaba mucho y podía resultarle muy útil ahora que el invierno estaba a punto de empezar. Dentro de un mes o poco más sería Navidad y el hielo, el de verdad, no tardaría en llegar.

Se puso en marcha cuando aún reinaba la oscuridad. La noche anterior había tratado de reconstruir mentalmente la ruta hacia la abadía, llegando a la conclusión de que tenía que dirigirse hacia el norte. Hacia las colinas. Si por la noche no había encontrado nada, se desplazaría primero hacia la derecha y luego hacia la izquierda una o dos leguas, con la esperanza de no dar con un sendero recorrido por algún ser humano poco recomendable.

Pero tenía que ser muy prudente y evitar llamar la atención. Por eso se había puesto un viejo sombrero de cáñamo, debajo del cual había tratado de esconder su larga cabellera azabache. Con la idea de cortársela en cuanto encontrase la manera de hacerlo.

Su familiaridad con los bosques y con la naturaleza en general la ayudó. Evitó todos los senderos y toda señal de presencia humana, y siguió camino hacia las colinas que se recortaban bajas en el horizonte. Bebió en los riachuelos que fue encontrando y a mediodía comió parte del queso, sin dejar de avanzar. El bosque se fue enraleciendo poco a poco y entonces tuvo que ser más prudente, procurando seguir camino lo más posible a cubierto. No se cruzó con nadie y una hora antes de la puesta de sol dio con un sendero apenas trazado. Recordó que en la última parte del viaje con su padre habían ido por un camino de herradura no especialmente difícil, parecido a ese. Vaciló un poco antes de decidirse, luego se convenció de bordear ese tramo hacia la izquierda, pues aquella era la dirección que más parecía ir hacia las colinas.

Tuvo suerte, como nunca en su vida.

Porque cuando la oscuridad inundaba ya el campo, pasada una larga y pronunciada cuesta pedregosa que sometió a dura prueba sus sandalias, al otro lado de una curva del sendero, olió el inconfundible aroma del humo; inmediatamente después distinguió un campanario y una pequeña construcción de piedra, a los pies de una imponente pared rocosa que parecía surgida de la nada, pero que inmediatamente reconoció.

3

¡La había encontrado!

Ahora recordaba perfectamente otros detalles. Entrecerró los ojos para ver mejor, enfocó un punto a la derecha del edificio principal y sonrió cuando identificó la casita en la que había pasado la noche. El humo salía de su chimenea.

Se acercó con cautela, conteniendo a duras penas la euforia. No tenía ventanas, solo troneras bastante altas. Esperó a que la oscuridad fuese total y luego se dirigió a la pared que daba a la roca. Encontró una piedra grande, la empujó hasta la pared, trepó a aquella y se asomó a una tronera de la que salía un débil resplandor. Estiró tanto el cuello que le dolió y apenas consiguió sobrepasar con la mirada la espesa edificación: lo único que vio fue una larga cabellera y una barba aún más larga color nieve, e inmediatamente después, con una mirada más atenta, el perfil de una persona inclinada sobre la chimenea.

A punto estuvo de caerse por la alegría de haber encontrado a quien buscaba. Dio la vuelta al pequeño edificio y se detuvo ante la puerta. Contuvo la respiración por la emoción y el miedo de encontrar a alguien en el interior, hasta que por fin se decidió a llamar. También para quien estuviera dentro la sorpresa sería mayúscula. Después de un instante que le pareció infinito, un cerrojo se descorrió y una fuerte luz le hirió los ojos: un hombre alto y enjuto apareció en el umbral; estrechaba en la mano un largo cayado nudoso.

—¿Quién vive? —La voz era potente.

—Necesito ayuda... —La chica trató de aparentar calma, pero temblaba como una hoja.

—¿Quién eres? —El tono del hombre se hizo aún más hosco—. ¡A esta hora van por ahí solo los maleantes!

—Soy la hija de Rogelio, el pastor. ¿Os acordáis de mí, diácono Stefano?

—¿Una chica...? ¡Dios mío! ¿Qué haces aquí, a esta hora? —La sorpresa era genuina y el tono de voz se quebró un poco.

—¿Puedo entrar? ¡Os lo ruego...! —A pesar de sus esfuerzos para dominarse, estaba a punto de romper a llorar.

—¿Estás sola? —Ahora mostraba incredulidad.

—Sí.

La puerta se abrió con un fuerte chirrido y la chica entró corriendo, no fuera a arrepentirse el anciano.

Detrás de ella oyó el ruido tranquilizador del cerrojo.

Sintió que la atravesaba esa mirada que recordaba perfectamente. Estaban sentados ahora frente a frente y solo los separaba el brasero; de una olla grande que había sobre la lumbre salía un olor irresistible, y los ojos de la chica pasaban continuamente del hombre a la comida. Estaba hambrienta pero no se atrevía a pedir. Se limitó a extender los brazos hacia el calor.

—¿Cómo has llegado hasta aquí? —interrumpió el hombre el silencio. Vestía un largo sayo de tela atado a la cintura con un cordón, y sandalias de cuero. Parecía muy interesado en esa visita sorprendente.

—Andando. Tratando de recordar ese otro viaje con mi padre.

El diácono asintió, sin duda evocando aquella circunstancia ya lejana.

—Has sido valiente, viniendo sola.

—Él me crio así. —Sus ojos cansados brillaron con orgullo.

—¿Y dónde está ahora tu padre?

—Lo han matado. Unos hombres armados. Hace tres noches. Y también mataron a mis hermanos.

El anciano arrugó el entrecejo, visiblemente consternado.

—Tiene que haber sido terrible. —Suspiró—. Terrible... Dios mío... —Se persignó y dijo algo moviendo imperceptiblemente los labios.

—Sí. —La chica no lo imitó, sino que bajó los ojos al suelo.

—¿Quiénes eran?

—No lo sé. Eran cinco. Uno tenía un caballo y a ese los otros lo llamaban valvasor...

—¿Valvasor? —El anciano arrugó más el entrecejo, si cabe—. Hmm... No hay muchos valvasores en esta zona... —Pero, si sospechaba algo, se lo guardó para sí—. ¿Y qué ha hecho tu familia para merecerse semejante castigo?

—Nada. Absolutamente nada. Pero yo no estaba...

—Por eso te salvaste...

La joven meneó la cabeza.

—A mi hermano mayor no lo han matado. Se lo han llevado con ellos...

—¡Ah! —exclamó—. ¡Qué raro! —Debió de ver en la mirada de la muchacha una duda—. Pero hay algo más, ¿no?

No tenía motivo para no revelárselo todo. Debía ganarse su confianza y no omitir nada si quería una ayuda concreta.

—Por casualidad estaba fuera de casa cuando llegaron... Los vi de lejos, pero oí muy poco. —Vaciló un instante antes de decidirse—. De todas formas, me buscaban a mí...

El diácono se quedó boquiabierto.

—¡Dios mío! ¿Estás segura?

La chica asintió.

—¡Prosigue!

—Dijeron que estaban buscando chicas por orden de un obispo..., que tendrían que seguir buscándome. Interrogaron a mi familia..., mi hermano...

El diácono meneó la cabeza, desconsolado.

—Un obispo... —susurró—. ¡Dios mío! ¡Qué tiempos! —Luego dio un respingo, como si en su mente se estuviese formando el mosaico de aquellas escasas noticias.

—He venido aquí porque no tengo ningún sitio donde ir ni a nadie en quien confiar —dijo ella, que por fin había recuperado el valor—. ¿Puedo fiarme de vos, padre?

—Por supuesto que sí —contestó él en voz alta—. ¿Lo dudas? —Parecía casi conmovido—. Era amigo de tu padre, un hombre honrado merecedor de respeto... Siento mucho su muerte.

—¡Gracias! —Por fin unos lagrimones de gratitud corrieron por sus mejillas demacradas y pálidas. Una leve sonrisa iluminó un instante aquel rostro atormentado y cansado.

El anciano se dio cuenta, y enseguida dejó de lado la actitud que había mantenido todo ese rato.

—Estarás desfallecida... ¿Tienes hambre?

Era la pregunta mágica, que ella esperaba desde el principio. Asintió con convicción.

El diácono se incorporó con sorprendente agilidad y le sirvió un cuenco de barro.

—¡Come, está rico! Tubérculos, puerros, zanahorias y también algún trozo de carne de carnero.

A continuación guardó silencio, serio y complacido, observándola mientras comía el estofado. Le sirvió otro plato, mientras que él se conformó con unos pocos bocados.

—Hacía tiempo que no comías, ¿eh? —dijo cuando la chica terminó—. Menos mal que tenía mucho..., eso es algo que no me suele ocurrir. —Una leve sonrisa suavizó aquel rostro ascético lleno de arrugas profundas como surcos.

Ella se relajó, más satisfecha que nunca en su vida. Fue incluso capaz de ver con simpatía aquel rostro barbudo y de vislumbrar una leve esperanza en su futuro, mientras poco a poco caía vencida por el sueño.

—¿Cómo te llamas?

—Anna.

—Bonito nombre. Cristiano. —Se levantó y se acercó a una yacija que había pegada a la pared, apenas por encima del suelo. Trasteó un poco antes de volverse hacia ella—. Bien. Ahora acuéstate. Mañana hablaremos más rato y mejor.

—¿Vivís solo, padre? —preguntó la chica mientras se ponía de pie, de repente asustada.

Él asintió, con un gesto severo.

—Son tiempos duros, hija mía. La propia fe es hoy un bien raro, como las compañías y las amistades. Incluso para un siervo de Dios.

Le señaló el lecho y Anna no se lo hizo repetir.

4

El día prometía ser magnífico. Un aire limpio y penetrante envolvía el espolón al que estaba pegada la iglesia. Aún no había amanecido del todo, pero Anna ya se había lavado en la cisterna de piedra que le había señalado el diácono, y que se alimentaba fundamentalmente de la lluvia y de un pequeño manantial que quedaba a unos veinte pasos de la casita. ¿Hacía cuánto que no se lavaba como era debido? No lo recordaba. Por eso mismo el placer que experimentó al desprenderse de suciedad y de porquerías mentales fue francamente especial, y se tomó todo el tiempo necesario, sin importarle lo más mínimo que el agua estuviera helada.

Cuando volvió a la casa, el padre Stefano la recibió con lo que había quedado de la cena.

—De momento, es todo lo que tengo —le dijo, ofreciéndole el cuenco.

—Es perfecto. —La chica lo devoró todo, ante la mirada inexpresiva del anciano.

—He pensado en lo que me contaste ayer... —El diácono se aclaró la garganta, quizá para atenuar el tono huraño—. En efecto, parece confirmar algunas noticias que he recabado aquí y allá en los últimos meses... —Advirtió una mirada de sorpresa en los grandes ojos negros de la chica—. Sí, sí, aunque se viva en un sitio remoto como este, siempre pasa alguien que te cuenta algo. Un peregrino, un pastor, un fiel... ¡Y tiempo para escuchar tengo mucho, es lo único que aquí sobra!

La chica dirigió la mirada hacia la puerta abierta.

—¿Viene alguien?

El religioso se encogió de hombros.

—¿Quién sabe? Pasan días enteros sin que vea un alma, luego a lo mejor llegan dos o tres en pocas horas. El domingo, en cambio, digo misa a mediodía y siempre hay alguna mujer devota que sube hasta aquí. —Hizo una breve pausa antes de completar la frase con una leve sonrisa—. ¡No temas, hoy no es domingo!

Ella se serenó y le sonrió al anciano. Parecía otra comparada con el pajarillo perdido que había llamado a la puerta la noche anterior. Ahora, limpia y con la barriga llena, aparecía en toda su belleza natural, que las adversidades y las privaciones apenas habían ultrajado. Unas facciones perfectas, una tez bronceada por la vida en el campo y el trabajo, una cabellera que prácticamente se confundía con los ojos negros, un cuerpo fuerte y a la vez esbelto. Observándola, al diácono no le costó comprender por qué podía ser tan cotizada.

—Se cuenta que en Roma hay una constante y enorme demanda de jóvenes, varones y hembras, preferiblemente sanos y hermosos. —El anciano continuó su razonamiento sentado en un taburete de tres patas, con la flema hierática típica de quien vive en una realidad exclusivamente suya—. No quiero ni imaginármelo...

—¿Eso qué significa? —Anna dejó el cuenco y bostezó, lo que la hizo ruborizarse un poco.

—Ahora..., mejor dicho, desde hace unos años, en Roma hay un nuevo papa... —Calló, llevado por una duda repentina—. ¿Sabes, verdad, que hay un papa en Roma, el jefe de la Iglesia?

Esta vez, fue ella la que se encogió de hombros con indiferencia.

—A nosotros las noticias nos llegaban muy rara vez, y siempre y solo a mi padre. Lo único que yo sé es que hay una ciudad en la que hay un hombre muy poderoso que manda a todos...

—Eso es. Se llama papa. El jefe de la Iglesia. —No era ese el momento de pensar en las causas de una ignorancia tan extendida y común entre la población rural que todavía, después de tanto tiempo, nunca dejaba de espantarlo. La había seguido conociendo de cerca y no le había quedado más remedio que resignarse a ella. Se trataba de la condición a la que aquellos tiempos oscuros habían reducido a una humanidad atormentada y marginada, más semejante por costumbres y educación a los animales que a las criaturas que Cristo había creado—. Su nombre es Juan... —prosiguió, y se persignó con un gesto de desprecio, como espantándolo—. Un chiquillo que apenas te supera en edad..., consentido y caprichoso..., y parece mucho más dado a los placeres de la carne que a los del espíritu.

—Habláis difícil, padre, no os entiendo... —Los ojos muy abiertos mostraban sorpresa ante palabras y noticias tan radicalmente diferentes de aquellas sencillas y triviales a las que ella estaba acostumbrada.

—¡Dichosa ignorancia, hija mía! Créeme, hoy, para ciertas cosas, ¡es una salvación! —Suspiró—. Al menos te evitas mucha amargura e infelicidad.

Ella asintió sin saber por qué. Sonrió y enseñó una dentadura todavía sana a pesar de la evidente desnutrición.

—Has de irte lejos. Lejos de aquí y de Roma —continuó el diácono—. Tienes la suerte de no dejarte nada atrás que pueda hacerte desear volver.

—¡Martello! —saltó ella, abriendo los brazos. Una mueca de estupor le alteró los rasgos perfectos—. ¡Mi hermano!

—Ya, tu hermano... —El diácono asintió sin entusiasmo—. Querría equivocarme, por supuesto, pero creo que sería preferible que te olvidaras de él...

—¡Cómo voy a olvidarme de él! —replicó la chica, con la cara roja—. ¡Si es la única persona que me queda en este mundo!

¿Podía decirle la verdad? ¿Podía explicarle qué destino iba a tener su hermano? En el mejor de los casos sería siervo de alguien, de un laico o de un clérigo, y ya no volvería a tener libertad ni futuro. Prefirió no hacerle daño.

—Comprendo. Pero has de ser fuerte y entender que la posibilidad de encontrarlo y la de reunirte con él son casi nulas. Puede terminar en cualquier parte, incluso muy, muy lejos de aquí, y no podrás dar con él con facilidad... —Abrió los brazos para remarcar la sensación de impotencia.

—¡Da igual! ¡Tengo toda la vida para buscarlo! —La chica se incorporó, como si quisiese desafiar la lógica de esa previsión tan desagradable.

—Como quieras. Siéntate. Es cierto, eres dueña de tu vida. —La miró con sus ojos ardientes, la barba tiesa como un palo.

—Ayer, padre, dijisteis algo de ese valvasor que ha matado a mi familia...

—Sí, pero en realidad no hay mucho que decir... Olvídalo...

—¡Os lo ruego! ¡Necesito saber, necesito comprender! —Anna se inclinó casi hasta rozar la lumbre.

El religioso resopló, más nervioso que molesto por esa insistencia.

—Los valvasores son unos grandes señores que poseen los territorios que les conceden los obispos o el pontífice..., el papa, quiero decir... Oficialmente son representantes de la Iglesia y actúan en nombre de los episcopados, pero en realidad hacen de su capa un sayo y solo piensan en su propio beneficio. Todo cuanto tienen que hacer es cumplir una orden recibida y trasladar puntualmente una parte de los aranceles y los impuestos con los que exprimen al pueblo, para luego quedar libres de vejar, violar y matar. —La observó con comprensión paterna, antes de concluir—: Me temo que una de esas órdenes tiene que ver contigo...

—¿Cómo se llama? ¿Dónde vive? —La chica se acaloró.

—No puedo saberlo con certeza, pero puestos a adivinar diría que se trata del valvasor de Alsium. Filoberto Testa. Uno de los más antiguos con ese título y de los más crueles de toda la provincia, según me han contado. O también podría ser el valvasor de Tuscia, Terenzio.

—¿Y dónde están esos lugares?

Esta vez el diácono sonrió abiertamente, aprovechando que la tensión se había relajado.

—Hija mía, ni siquiera conoces un sitio que quede a media jornada de camino de tu casa, ¿y pretendes enfrentarte al mundo? —No había sarcasmo en su voz, sino sincera inquietud—. De todos modos, Alsium es una aldea en la costa con un puerto pequeño, un castillo fortificado y vigilantes armados. —Volvió a hacer una pausa, esta vez porque lo había asaltado una duda—. ¿Has visto alguna vez el mar?

La chica negó con la cabeza, sin poder ocultar su rubor.

La respuesta no lo sorprendió en lo más mínimo. Casi todas las personas que había conocido en su larga vida no habían visto nunca el mar ni se habían alejado más de una hora de camino de su propia casa. Así eran aquellos tiempos oscuros, en los que la arrogancia y la avidez de unos pocos alimentaban adrede explotación y sumisión, supersticiones y alarmismos, ignorancia y miseria, para así dominar y aprovecharse de las masas de los desheredados a la deriva.

Y encima ahora empezaba a difundirse el pánico por el fin del mundo, ante la llegada del Año Mil...

Stefano se pasó una mano por la frente, como si quisiera espantar esas ideas. Unas ideas tan tristes y deprimentes que inevitablemente lo hacían pensar en la inutilidad de su misión, en la imposibilidad de enfrentarse a una desconfianza y una sordidez espiritual tan extendidas, hijas primogénitas de una barbarie abrumadora y de una violencia sin freno...

Pero esa simple constatación no cambiaba en nada la realidad del momento. Volvió a pisar el suelo y de nuevo miró con severidad a la chica.

—Da igual. A partir de ahora ya no tienes pasado. Has de marcharte lo más lejos posible de aquí, ya que te están buscando. ¡Los tiempos que estamos viviendo son espantosos, hija mía, espantosos! Ahí adonde vayas, encontrarás solo soplones, corrupción, infidelidad, lascivia. Yo mismo, a mi edad y en mi posición, no tengo a nadie en quien confiar. Recuerda, una sola palabra o un solo gesto pueden ser tu ruina. ¡No te fíes de nadie!

—Eso ya lo sé.

—Supongo que tu padre y la vida te lo han enseñado. Pero conviene recordarlo siempre. Eres tan joven e inexperta...

—¡Sé cuidarme! —Anna de nuevo se acaloró.

El anciano asintió sin convicción.

—Nunca estés segura de eso, si quieres sobrevivir.

—¿Debo marcharme, entonces?

—Sí. Y deprisa. Hay gente que está al corriente de mi amistad con tu padre.

—¿Enseguida? —Había miedo en su voz.

—Mañana temprano. Antes de que pase por aquí algún curioso y de que empiece el frío. —Instintivamente se recolocó el hábito—. Estamos a finales de otoño y los días son cada vez más cortos...

—¿Adónde puedo ir? —Anna hablaba ahora casi balbuciendo.

—Lo he estado pensando. El único lugar al que me atrevo a mandarte se encuentra en la antigua vía Cassia, a unas quince leguas de aquí, al norte, cerca de la orilla de un gran lago que se llama Volsinium. Ahí se alza la abadía de San Vivenzio. Uno de los monjes, el padre Giuliano, es amigo mío, una persona fiable y un honrado siervo de Cristo. Si consigues llegar, él sabrá ayudarte de algún modo. Te escribiré un par de líneas de presentación.

—¿Escribir?

El diácono señaló un pergamino abierto en una mesilla y la chica solo entonces asintió.

—Has de viajar manteniéndote apartada de pueblos y aldeas y, en lo posible, también de los caminantes. Te daré una capucha para que te cubras el rostro: un hombre que recorre solo los campos resulta sospechoso; una chica, ¡eso es sencillamente inimaginable! —Tendió un brazo huesudo hacia la puerta—. Yendo al norte encontrarás aldeas. Evítalas. Luego tendrás que subir puertos. Una vez en el valle, llegarás a la vía Clodia y a la vía Cassia. Un camino transitado y fácil, lo recorren sobre todo peregrinos pero también milicias, caravanas y algunos campesinos. Es probable que ahí concluya la parte más peligrosa del viaje. Sigue el sendero y, si no te has equivocado, llegarás a los muros de la abadía.

—¿Cuánto tardaré?

—¿Quién sabe? Las condiciones del clima serán claves. Si tienes suerte, una semana o diez días.

La chica inclinó la cabeza.

—Es mucho, ¿verdad? —Stefano suspiró—. No cabe duda de que te aguarda una prueba durísima. —Que era casi imposible se lo guardó para sí, al igual que «y no es más que el principio». No podía aterrorizarla todavía más.

—Por suerte, no tengo que perder tiempo en preparativos.

El diácono la observó con cierta admiración: ser capaz de decir una frase graciosa en aquella situación era señal de una personalidad segura. Un buen punto de partida.

—Te sugiero que te des prisa en recoger todas las provisiones que puedas para el viaje. Y agua. Puedo darte un odre. Cerca encontrarás árboles frutales, tubérculos, bayas y poco más. Yo, lamentablemente, vivo con lo justo, con lo que el domingo me trae algún creyente. Antes había un pequeño huerto, pero ya desapareció... ¿Sabes cazar?

—Conejos, liebres, ratones..., cosas pequeñas. Con lazos y trampas que mi padre me enseñó a preparar.

—Ya es algo. Como te imaginarás, yo no tengo ningún tipo de arma y el único cuchillo que poseo lo necesito...

—Da igual, padre. De todas formas, me las arreglaré. Mi hermano me dará la fuerza necesaria. Pero ¿me dejaríais el cuchillo un rato?

Cuando le entregó el cuchillo, salió de la casita con paso firme y fue hacia la cisterna en la que se había lavado.

5

Regresó al cabo de una hora y fue a la iglesia, donde estaba el sacerdote. Solo en ese instante se dio cuenta de que nunca había entrado ahí. Era desangelada y fría, muy distinta de la parroquia de Caere, la única iglesia a la que había ido, una vez al año, en Navidad. Ocho simples y pequeñas columnas, cuatro a cada lado, sostenían la única nave hasta el presbiterio y el altar. Tenía cuatro ventanucos a los lados y uno en la fachada, por el que se filtraba una luz apenas suficiente para ver por donde se pisaba. La única concesión al culto eran el pequeño crucifijo de madera que pendía del techo encima del altar de piedra y unos candelabros de hierro con cabos de velas de sebo. El diácono Stefano estaba arrodillado, rezando.

Anna se hizo la señal de la cruz con cierto rubor y avanzó por la corta nave. El anciano se volvió y la vio a contraluz, bajo la claridad de mediodía que entraba por la única puerta desquiciada.

Solo cuando estuvo a su lado reparó en el enorme cambio. Había desaparecido la hermosa cabellera y lo que ahora había en su lugar era una cabeza casi enteramente, y torpemente, rasurada. No hizo nada por ocultar su estupor, a la vez que crecía el respeto que sentía por aquella joven de indudables recursos físicos y morales: no había vacilado en desfigurarse para poder llevar adelante su proyecto con alguna esperanza más de tener éxito.

—Un trabajo bien hecho, Anna, es indudable... —comentó por fin. Era la primera vez que la llamaba por su nombre, pero se lo había ganado—. ¿Quieres rezar un poco? —Señaló con la mano un crucifijo.

Ella negó con la cabeza.

—No tengo tiempo, padre. Además, no sabría qué hacer...

El religioso inclinó la cabeza, acostumbrado a una respuesta así, habitual incluso entre sus fieles más convencidos.

Por otro lado, ¿de qué asombrarse? La fe, se repetía con frecuencia, arraiga si el alma es pura, serena, si está sinceramente dispuesta a recibirla, a alimentarla con constancia. En cambio, si está oprimida por un montón de preocupaciones y temores, si padece continuos tormentos y angustias, no tendrá el tiempo ni las ganas siquiera de un breve rezo. Y la fe vacilará irremediablemente bajo el peso de toda la injusticia y de todo el dolor que hay. Incluso solo ante sencillas pero inexorables preguntas como: «¿Dónde estás, Dios? ¿Por qué permites este tormento?».

El diácono sonrió con pena a la chica.

—Vete. ¡Y, si quieres asombrarme todavía más, encuentra un buen conejo para cenar!

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CAPÍTULO III

1

Abarcaba con la mirada un mundo completamente nuevo. Desconocido y amenazador, pero de todos modos maravilloso. Desde lo alto de la colina podía ver, hacia el norte, enormes extensiones de terreno yermas, salpicadas de contadas parcelas cultivadas, de alguna aldea, de bosques en las laderas de montes lejanos. Hacia el este, a no mucha distancia, vio el cráter negro e inquietante de un lago con los bordes plagados de vegetación; hacia el sur, en cambio, pudo contemplar la ruta que había hecho, y hacia el oeste, por último, en el horizonte, la sorprendió el panorama de una enorme y compacta extensión azulina envuelta en la bruma de la mañana.

¿Sería el mar? Le habían hablado mucho de él pero no podía estar segura de que lo fuera.

Respiró profundamente y observó con gesto triste las sandalias rotas y desgastadas que a punto estaban de abandonarla. Por suerte, el diácono le había regalado un par de botas de hechura tosca con las que, aunque le quedaban muy grandes, podría continuar el camino. Las llevaba en el zurrón que el religioso le había llenado con un pequeño odre de agua, un pedazo de queso, una cruz de madera y una pesada manta. Regalos modestos que, sin embargo, para ella constituían un pequeño tesoro. Puede que también la diferencia entre la vida y la muerte.

Hacía ya cinco días que había dejado a esa especie de ermitaño tan generoso y no había hecho más que avanzar en la dirección que él le había indicado, evitando los senderos apenas trazados y las escasas viviendas. A medida que recorría lo desconocido, aumentaba su asombro ante lo enorme que podía ser el mundo y la poca gente que lo habitaba. Lo que era una suerte, pero también lo contrario, para una chica sola que huía no se sabía de quién ni de qué. Bendijo mil veces la severa preparación a la que la había sometido su padre en todos aquellos años. Ahora le estaba resultando de lo más útil, y el único consuelo que la sostenía en aquella extenuante y solitaria marcha era, precisamente, la constatación de que con el paso de los días eran mayores su habilidad y su capacidad para defenderse y arreglárselas sola.

Le faltaba practicar con un cuchillo para sentirse realmente a la altura, aunque era perfectamente capaz de reconocer enseguida, tal y como sus padres le habían enseñado, hierbas y plantas medicinales; sabía distinguir las beneficiosas de las peligrosas, las venenosas de las comestibles, y de estas se alimentaba, combinándolas con la carne de algún roedor que capturaba con las pequeñas trampas que colocaba de noche alrededor de donde había acampado.

Era primera hora de la tarde y estaba a mitad del descenso hacia el valle, cuando un olor desagradable le inundó la nariz. El inconfundible aroma dulzón de un cuerpo en putrefacción. Estuvo tentada de alejarse rápidamente, bordeando el punto del que salía, pero su curiosidad la venció. Solo cuando llegó muy cerca, se dio cuenta del peligro al que podía enfrentarse: los cadáveres constituían un enorme reclamo para muchos depredadores, de dos y cuatro patas, y ella no tenía nada con que defenderse, ni siquiera de un gato silvestre. Aun así, siguió adelante, con el corazón en un puño por el miedo y, una vez que cruzó matorrales de romero y lavanda siguiendo la peste nauseabunda, encontró lo que buscaba.

El hombre, o al menos lo que quedaba de él, estaba volcado sobre una roca contra la cual debía de haberse apoyado, quizá para descansar, quizá para defenderse mejor. El rostro estaba desfigurado por los picotazos de los pájaros, y un cuervo que aún no se había apartado de las órbitas vacías se marchó, pero no sin antes manifestar con un graznido su enfado a la recién llegada. Se armó de valor y, procurando no mirar aquel rostro destrozado, se concentró en la ropa y en las huellas que todavía podían verse en el suelo. Sin duda llevaba muerto al menos dos o tres días, y sin duda lo habían asesinado: el amplio tajo en el tórax, semejante a una espantosa y famélica boca, no dejaba dudas. A primera vista parecía un pastor o, en cualquier caso, un pobre caminante; llevaba puesta toda su humilde y tosca ropa, y alrededor no había nada que pudiese llamar la atención. Ni una escudilla, ni comida, ni un arma, ni un zurrón. Quizá se habían llevado todo lo que pudiera tener algún interés.

Con una mano espantó unas moscas que no la dejaban en paz y bordeó el peñasco hasta donde el terreno se lo permitió. Enseguida, en efecto, había una especie de precipicio. El sol estaba alto y permitía una excelente vista desde ese observatorio natural; alrededor todo era silencio y no se veía un alma en el valle ni tampoco más lejos.

Se disponía a volver sobre sus pasos cuando lo vio.

Un objeto claro y largo en la escarpada cresta, apenas a dos pasos debajo de donde ella estaba. Con los ojos entornados, lo observó mejor. No era más que un cayado. A alguien se le habría resbalado, quizá al mismo muerto, durante la pelea.

Aunque solo fuese por tener una herramienta de defensa, la muchacha decidió hacerse con él. Se desembarazó del zurrón y se tumbó sujetándose con los pies en algunas raíces del terreno, hasta que la cabeza y el pecho quedaron en el vacío, con cuidado de no asomarse más de la cuenta. Con la ayuda de una rama grande retorcida, al final pudo engancharlo y tirar de él hasta cogerlo. Fue hacia atrás despacio, hasta volver al terraplén, y, jadeante, observó el extraño cayado, haciéndolo girar entre los dedos. De madera clara muy dura y compacta, parecía de factura elemental, salvo por la empuñadura, que estaba labrada con cierto mimo y taraceada con una gran cabeza de carnero parcialmente desgastada por el uso. Un objeto curioso, tan curioso como había demostrado ser ella. Lo sopesó unos minutos, hasta que finalmente decidió que sería perfecto como compañero de viaje y como defensa personal.

Le echó una última ojeada compasiva al cadáver, hasta que un aleteo la devolvió a la realidad. Dos cuervos encaramados en una roca cercana estaban impacientes por reanudar su banquete, y decidió no contrariarlos. Con un suspiro, se persignó y, tras recoger el zurrón, siguió su camino, apretando con fuerza en su mano callosa el pesado cayado.

2

—¿De quién son estos pelos?

Era la única pregunta que le habría costado responder. Y se la habían hecho.

El diácono Stefano rio para sus adentros por aquella fatalidad. Ninguna otra huella había quedado del paso de la muchacha, pero la habían encontrado. Él ni siquiera le había dado importancia, y ahora tendría que dar una explicación convincente. Elevó la mirada austera hacia el hombre gordo y calvo que le había hecho la pregunta a gritos desde al lado de la cisterna de agua y luego hacia el caballero alto y barbudo que estaba enfrente de él.

Meneó la cabeza.

—No tengo ni idea. Seguramente, de algún fiel del domingo. Muchos aprovechan la pila para lavarse.

—Cabellos negros. De una joven —balbuceó el soldado, manoseando un mechón entre los dedos mugrientos.

—Las jóvenes todavía no se han extinguido —replicó el anciano.

—No. Pero son una mercancía muy rara en estos tiempos, padre —intervino con aspereza el caballero.

El religioso asintió.

—Coincido en ello. He oído decir que en Roma hay mucha demanda de jóvenes.

—Y no solo de eso —dijo un larguirucho que sujetaba una pica alta.

—En cualquier caso, están secos. Han pasado varios días —concluyó el soldado cerca de la cisterna, con tono decepcionado y tirando al suelo el mechón.

—Padre. —El caballero se le acercó desafiante con toda su envergadura—. Nunca le mentiríais a un emisario del obispo de Porto, ¿verdad? —El tono era gélido y amenazador—. ¡Que, por otro lado, actúa por mandato del sumo pontífice! Nunca cometeríais un delito tan grave, ¿verdad?

Habían llegado una hora antes, mientras él estaba rezando un Kyrie eleison en la iglesia.

Lo habían tratado enseguida con desconfianza mezclada con respeto: una túnica, aunque desastrada y pobre, suscitaba siempre algún efecto, y era preferible no ultrajarla. Pero para todo había un límite.

Con la excusa de comer algo y de visitar la abadía habían echado una ojeada alrededor y también por la zona, antes de empezar a hacer preguntas acerca de una chica que estaban buscando y que él había identificado fácilmente con Anna. Antes de que a aquel soldado se le ocurriese ir a beber a la fuente. Al cabo había salido airoso sin grandes angustias, pero de todos modos no se sentía tranquilo. No por él, por supuesto, sino por la joven. Aunque les sacaba una buena ventaja, si encontraban sus huellas y continuaban con la persecución, tendrían muchas posibilidades de capturarla.

—¿Os parezco tan rebelde y valiente, valvasor? —El diácono puso su sonrisa más inocente.

—El hecho es que llevamos más de una semana recorriendo la zona sin resultado. Y las únicas huellas que hemos encontrado nos han conducido hasta aquí.

—No sé qué deciros. En cualquier caso, por aquí encontraréis un montón de huellas. Como os he dicho, todavía hay grupos de fieles encariñados con mi iglesia que vienen y van.

—Sería interesante interrogarlos, si tuviésemos tiempo. —Una mueca siniestra alteró el rostro del caballero, deformando la cicatriz de la mejilla.

—No dudo de que seríais sumamente persuasivo —rebatió el anciano sacerdote—. Pero tendréis que esperar al menos hasta el domingo, me temo.

Un par de imprecaciones dichas en voz baja se perdieron en el aire todavía tibio del mediodía.

—Por esta vez se acaba aquí, padre. No puedo perder tiempo —se rindió el caballero, dando un paso atrás.

—¿Puedo saber por qué buscáis a esa mujer? —El anciano, en cambio, se animó.

—No es nada que os interese. —El valvasor lo fulminó con una mirada asesina—. Deberíais saber que las órdenes recibidas nunca se discuten ni se van contando por ahí. —Montó a caballo y con un gesto mandó a sus hombres que se reunieran—. Haríais bien en no olvidarlo, padre. Nunca.

Filoberto Testa le lanzó una última mirada que dejaba traslucir aún un leve resquicio de sospecha antes de hacer girar a su caballo y regresar por donde habían llegado, seguido con desgana por sus hombres.

3

Era un ocaso espectacular. Un rojo púrpura había reemplazado a un amarillo cegador y después, a su vez, había mutado a un granate ligeramente cubierto por una cortina de nubes bajas y claras. No soplaba viento y la temperatura era incluso muy benigna para aquella estación.

Hacía rato que Anna había dejado atrás la empinada colina y ahora avanzaba por el ancho valle, procurando mantenerse lo más posible a cobijo de la escasa vegetación. Al cabo de una legua, la llanura, adentrándose por dos bajas cumbres montañosas, se estrechó mucho, pero ella continuó con tenacidad y a paso firme, siguiendo la estrella brillante que señalaba el norte en cuanto apareció en el cielo todavía azul, hasta que encontró un riachuelo con escasa agua y charcos en los que apenas podía beber y refrescarse.

Luego reanudó la marcha. Sin pensar en el cansancio ni en los músculos que le imploraban descanso.

Vio por fin a lo lejos una columna de humo.

Prácticamente había caído la noche cuando pudo distinguir el sitio de donde salía el humo. Era un campamento de pastores con una hoguera. Sombras lejanas se movían frenéticamente, las ovejas en cambio habían sido reunidas, confundidas y balando, en el espacio que separaba el campamento de un riachuelo. El olor a carne asada la hizo casi desmayarse: durante prácticamente todo el viaje había evitado cazar y prender fuego para no hacerse notar, pero ¿cuánto tiempo iba a poder prescindir de una comida decente y de una yacija cálida? La hicieron volver a la realidad unos ladridos furiosos, que la avisaron del riesgo de ser descubierta. Los perros debían de haberla olido.

Durante unos minutos estuvo a punto de acercarse y jugársela con tal de mendigar un plato. Al final decidió no tentar a la suerte. Siguió su camino y no se detuvo hasta que ya no oyó más ruidos y el campo quedó de nuevo sumido en un silencio mágico. Comió arrodillada el último pedacito de carne seca de una ardilla que había cazado dos días antes, tratando de masticarlo muy despacio para llenarse un poco más. Luego bebió del odre un trago de agua y extendió la manta a los pies de una encina grande.

Permaneció con los ojos abiertos un rato indefinido, reconstruyendo el recuerdo de aquellos días tumultuosos que habían destrozado su vida. Vio el rostro doliente de su padre, el orgulloso de Martello, los de sus hermanos pequeños. Y luego su casa, a aquel diablo de valvasor, al diácono Stefano.

Su corazón empezó a latir con fuerza cuando se dio cuenta de que todo aquello había acabado para siempre.

Por suerte para ella, el sueño, repentino y pesado, la venció.

4

A la mañana siguiente encontró, sin especial entusiasmo, la primera señal tangible de civilización en una semana. Un camino parcialmente empedrado y lo bastante ancho para que pasara un carro, pero que, a juzgar por su estado de abandono, debía de tener muy poco tráfico. Se trataba de una antigua vía de comunicación, tal vez precisamente aquella vía Clodia que estaba buscando o quizá una de esas calzadas consulares de las que su padre muchas veces le había hablado con admiración. Calzadas que salían de Roma y que recorrían muchos cientos de leguas en todas las direcciones. En cualquier caso, para ella solo podía significar una complicación: cruzarse con gente, tener que dar explicaciones. Bordeó el camino hasta que vio a lo lejos unas construcciones bajas en un ensanchamiento. Parecía una casa de postas, como la de In Turris que había visitado con su padre cuando fueron a vender unas partidas de lana. Se apostó en lo alto de un pequeño montículo y, protegida por unos arbustos, se puso a observar con paciencia.

A esa hora de la mañana no había mucho movimiento. Vio a un par de hombres y a una mujer atareados entre la casa más grande, larga y estrecha, de piedra y con troneras en todas las paredes, otra casa más pequeña y un establo al menos tres veces más grande que su antiguo redil. El camino estaba despejado, al menos hasta donde podía abarcar con la mirada.

La atenazó de nuevo la duda: ¿qué hacer? Arriesgarse a encuentros no deseados, dejar la huella de su paso en un lugar aún no lo bastante lejano de su casa? ¿O bien seguir errando en aquel estado penoso? Echó una ojeada al zurrón: ya no tenía provisiones; estaba agotada, tenía los pies llagados y le dolía la espalda. Podía ofrecerse a ayudar en algo para que le dieran de comer, y además podría recabar alguna información, alguna noticia... La abadía ya no podía quedar tan lejos.

Decidió atreverse. Se encaminó despacio hacia la casa de postas. Debía de tener un aspecto espantoso, lo cual al menos podía atenuar —o anular del todo— el impacto estético que en otra circunstancia tendría su físico.

Llegó al claro que rodeaba las casas sin que nadie reparase en ella. Solo un par de perros salieron a su encuentro, más curiosos que hostiles, y caminaron a su lado. El humo que salía de la chimenea era una promesa segura de que algo cocía en un puchero.

Oyó voces en el establo cuando pasó junto a la casa más pequeña. Debía de ser una especie de letrina o algo semejante, a juzgar por el hedor que emanaba. Había dejado de soplar la brisa y ahora el aire estaba quieto, impregnado de humedad, de calor y de olores diseminados, pese a la época del año y a las nubes que cubrían el cielo amenazador. Con un suspiro dejó atrás sus últimas reticencias y recorrió rápidamente la breve distancia que la separaba de la puerta del establo. La empujó despacio y sonó un fuerte chirrido.

—¡Hola! —Fue lo único que consiguió decir, mirando a las dos sombras encorvadas entre montones de paja y semillas. Permaneció quieta en un lado poco iluminado y mantuvo su sombrero calado hasta las cejas.

—¿Y tú quién eres? —Una de las dos sombras se levantó de un salto y se volvió hacia ella; la voz era la de un hombre de edad avanzada.

—Estoy de paso... Voy a dar alcance a mi familia..., unos parientes me han acompañado un trecho... —Anna intentó imprimir ligereza a su tono, pero la inseguridad de su voz desde luego no la ayudaba—. Busco hospitalidad para la noche.

El hombre se le acercó con actitud recelosa, sujetando un horcón. A la débil luz de una antorcha apareció el rostro demacrado de un hombre flaco, de unos cuarenta años.

—Pero ¿quién eres? ¿Cuántos años tienes? ¿Adónde vas?

—Tengo dieciocho años —dijo, mintiendo—. Voy a San Vivenzio.

La luz le inundó la cara y ya no pudo ocultarse.

—¡Una chica!

El estupor del hombre pasó a ser absoluto.

«¿Y cómo no iba a serlo?».

—¿Y viajas sola?

—Solo un breve trecho. Tengo que dar alcance a mi familia.

—Si lo que buscas es la abadía, aún quedan varios días de viaje, dos, o quizá tres. Y mucho camino. —El asombro dio paso al recelo—. ¿No serás una espía de una banda de ladrones?

—¿Os parezco una espía? —dijo Anna y estiró los brazos para enseñarle la pobreza de su atuendo.

—Sí, los he visto mejores. —Se volvió hacia la mujer que se había quedado en la sombra—. Oye, Grunilde, acércate, ¿qué opinas?

—Creo que todo viajero que llega es bien recibido si tiene con qué pagar la comida y la cama.

El hombre miró ahora con ojos brillantes a la chica.

—Eso es, ¿tienes dinero para pagar?

Anna negó con la cabeza.

—No tengo nada. Pero puedo trabajar para pagarme una cena y una yacija en un sitio abrigado. En lo que sea.

—¿En lo que sea? —Su tono se había vuelto de repente insinuante, casi lascivo.

—¡Calla, imbécil! —intervino en su ayuda la mujer, acercándose con la gravedad de un cuerpo exuberante. Debía de ser muy poco más joven que el hombre pero decididamente más resuelta—. Terminemos con los animales... Y tú, ¿cómo te llamas?

—Anna.

—Un nombre cristiano. En estos tiempos ya es algo. —Su rostro era rollizo y bonachón a despecho del tono huraño. Le entregó una pala con la que ella estaba trabajando—. Bien, Anna, veamos qué sabes hacer para ganarte la hospitalidad. Hay quien dice que es sagrada incluso en tiempos como estos, pero de todos modos no es gratuita. Empieza recogiendo mierda y cargando el heno en los comederos.

5

Tardó casi una hora en acabar. Pero, cuando le dijeron que se lavara un poco y que entrara en la casa, se sentía mejor que cuando había llegado: reconfortada y con el cuerpo fortalecido por todo aquel movimiento y con un hambre voraz.

La casa principal era un rectángulo de piedra y barro entremezclado de vigas de castaño ennegrecidas por el humo. Más de la mitad estaba dedicada a taberna, con mesas, bancos y sillas de factura muy modesta pero de aspecto resistente; en la otra mitad había una chimenea enorme y estaba la cocina. Una puerta daba a la parte de atrás, mientras que una escalera de caracol conducía al entresuelo, donde estaban los dormitorios. Había pocos muebles y enseres, pero tenían la ventaja de resultar prácticos y moldeados por el uso.

Cuando Anna entró, los otros comensales ya estaban sentados a una de las mesas. Además de la pareja que ya había conocido, había tres personas más. Un hombre tirando a mayor, con un bigote canoso tan largo que se mezclaba con la barba; un muchacho que podía tener más o menos su edad, esquelético y con la cara cuajada de granos y al que le faltaban dos dientes delanteros, y una mujer madura de la edad de su padre, de aspecto humilde y desastrado, que en ese momento estaba sirviendo las escudillas desde una olla de cobre que debía de pesar un quintal.

Los tres, aunque a todas luces ya estaban informados de su presencia, se paralizaron para examinarla como si jamás hubiesen visto en su vida nada semejante. El silencio y el bochorno que siguieron duraron un tiempo que a Anna le resultó casi insoportable. Hasta que la tensión se relajó, señal de que la inspección colectiva había dado un resultado positivo.

—¡Siéntate! —La matrona que había conocido en el establo le señaló el último puesto libre, al fondo de la mesa.

Anna obedeció, dejó su zurrón en un banco que había al lado y esperó a que le llenasen el plato, evitando desafiar las miradas indigestas de los comensales. No se dio ni cuenta de lo que estaba comiendo y solo paró cuando se lo terminó todo, hasta la última miga de pan.

El hombre de rostro demacrado dijo riendo desde el otro lado de la mesa:

—¿Desde cuándo no comías?

—Desde hace un tiempo —dijo ella y se limpió los labios grasientos con la manga de la chaqueta.

—Diría que desde hace mucho tiempo.

—Pues sí.

—Estás en los huesos. ¡No nos vendría mal que engordaras! ¡Así no te faltarían admiradores...! —Se rio con tanta malignidad que a punto estuvo de asfixiarse. Y buscó con la mirada la complicidad de los otros, pero no la obtuvo.

—¡Cósete esa cloaca! —rugió el viejo, sin siquiera mirarlo.

Siguió un largo y profundo silencio, como si todos ellos necesitaran espantar de la memoria aquella ambigua y repentina alusión.

Lo rompió la mujer gruesa de antes.

—De todos modos, no es verdad que te hayan traído hasta aquí...

—No —reconoció Anna, sin aparente vacilación—. He llegado sola. Pero es verdad que tengo que ir a la abadía —se apresuró a precisar.

—¿De dónde vienes? —. El hombre de más edad habló por segunda vez. Sin duda, debía de ser el jefe de la familia.

—De..., de la costa.

—¿De la costa? —preguntó el hombre del establo con la cara que ponía cuando se asombraba de verdad—. Es un largo viaje para una chica sola...

—No soy manca. ¡Sé cuidar de mí misma! —Por primera vez, Anna los miró directamente a los ojos.

—¡Desde luego, para haber sido capaz de llegar hasta aquí! —dijo la mujer gruesa, sonriendo sin entusiasmo.

—Estoy yendo por una ruta que no conozco. ¿Me he desviado mucho de la dirección?

—Depende. Si uno quiere evitar los caminos principales, no lo has hecho mal. Se alarga la ruta, pero la seguridad es mayor... —El rostro rubicundo y quemado por el sol de la matrona la escrutaba sin aparente interés—. De todos modos, no lejos de aquí está el castrum de Viterbo, por si te interesa...

Debía estar prevenida. Una campanilla le sonó en la cabeza, advirtiéndole de que aquella podía ser una respuesta tramposa.

—No... Es que, como he dicho, no conozco el camino y podría haberme desviado mucho.

—Con que vayas unos días a buen ritmo hacia el norte llegarás a la abadía. —De nuevo esa sonrisita entre maligna y alegre—. ¿Tienes prisa?

—Bastante. —Ese interrogatorio empezaba a ser pesado. Y, sobre todo, molesto.

—Has sido valiente pidiendo ayuda. —El viejo dejó la cuchara de madera—. ¿Nadie te ha dicho que los caminantes se tropiezan a menudo con sorpresas desagradables y no con hospitalidad?

—¡Vos me la habéis ofrecido...! —Anna señaló a la mujer gruesa.

—Eso ya lo veremos. —El jefe de la familia se puso de nuevo a comer.

—Me iré mañana por la mañana...

—¿Eres una criada? —la interrumpió el hombre del establo.

—¡No! —Elevó la mirada, mostrando el poco orgullo que aún era capaz de concentrar—. Pertenezco a una familia libre, de pastores y campesinos. ¡Pobre, pero libre!

Con el rabillo del ojo advirtió que el muchacho con la cara repleta de granos se había colocado detrás de ella. Aunque no le parecía peligroso, de todos modos se volvió hacia él para defenderse de un ataque. Y entonces vio que levantaba el cayado como un trofeo de caza y que lo enseñaba a la mesa con el brazo tenso y mirada acusadora.

El viejo gruñó como un toro y de nuevo dejó la cuchara, pero esta vez más despacio. Tenía una expresión seria, casi amenazadora. Con una mirada que parecía querer atravesarla, pausadamente le dijo:

—¿De dónde has sacado ese cayado?

El tono de la pregunta era de esos que no admite equívocos. Anna comprendió que tenía que ser clara, sincera y, sobre todo, convincente.

—Se lo he quitado a un... cadáver.

Todos se pusieron tensos al instante y Anna se encontró con diez ojos clavados sobre ella listos para fulminarla.

6

—¿Dónde? ¿Cuándo? —reaccionó la mujer que había servido los platos; el rostro lívido delataba una fuerte emoción.

—Hace dos días, en las colinas del sur..., viniendo hacia aquí.

—¿Quién nos dice que no lo has matado tú? —la atacó el hombre del establo, exhibiendo por primera vez una dentadura destrozada y casi inexistente.

—¿Os parezco capaz? —Anna meneó la cabeza—. Llevaba varios días muerto..., el cuerpo estaba medio devorado por pájaros y animales... —No le costó nada resultar convincente, pues mientras hablaba revivía la escena e incluso percibía el olor de la putrefacción inundándole la nariz—. Fue terrible... El cayado estaba en el suelo y lo cogí para tener un arma con que defenderme. Juro que es la verdad.

—¡Los juramentos no valen nada! —estalló la mujer gruesa—. ¿Sabrías señalar el sitio?

—Sí, creo que sí.

—Puede que esté diciendo la verdad —declaró el viejo, apartando la escudilla medio llena.

—Los tiempos coinciden y el sitio podría ser... —dijo la mujer gruesa.

Algunos asintieron en silencio. La mujer más joven empezó a llorar quedamente.

—Lo siento..., no sabía que...

—Era su marido... —El viejo señaló a la mujer que lloraba—. Se fue hace una semana para buscar dos ovejas que nos habían robado.

—Vi huellas de lucha. Seguramente lo sorprendieron y mataron golpeándolo en el pecho. Aquí. —Con una mueca de asco, Anna señaló en su propio cuerpo el horrendo desgarro que tenía el cuerpo cuando lo había encontrado.

—¡Le había dicho que no hiciera nada! —La mujer se enjugó las lágrimas. Había hablado con serenidad, casi como si aquella confirmación estuviese destinada a caer en el vacío.

—¡No podemos permitir que nos quiten lo poco que tenemos! —protestó el hombre desdentado.

—¡Mira quién habla, el que no quiso acompañarlo!

—¡Ya basta! —intervino el viejo—. Era algo que tenía que hacer. Conocíamos los riesgos, pero no podíais ir los dos. ¿Quién se habría encargado aquí de todo? Brunone era el más fuerte. Pero di... —Se volvió con el ceño fruncido hacia Anna—. ¿Encontraste armas?

Ella meneó la cabeza.

—¡Malditos ladrones! —refunfuñó el viejo, por primera vez visiblemente airado—. ¡Cobardes y encima buitres!

Una persiana se estrelló violentamente contra uno de los ventanucos, haciendo regresar a todos a la realidad.

—Se está levantando viento..., viento de levante... —murmuró distraídamente el marido de la mujer gruesa.

—Id a recoger los animales y cerrad bien el establo —ordenó el patriarca—. Por esta noche, la chica se queda aquí. Encontradle un sitio.

—Gracias... —El alivio de Anna era evidente en su tono de voz—. ¡Infinitas gracias! ¿A quién se lo debo agradecer...?

—Mi nombre es Ugazio. Estas son mis hijas y él es mi nieto. —El chico sonrió con un gesto algo idiota, aparentemente indiferente a la noticia de la muerte de su padre. Solo tenía ojos para la recién llegada.

—Mañana seguiré mi viaje —anunció la joven.

—Ya veremos.

La mirada impenetrable del viejo no se apartó de ella hasta que no se levantó de la mesa.

7

Aquellas últimas dos palabras antes de la despedida bastaron para suscitar en Anna cierta inquietud, que no pudo aplacar ni cuando por fin se envolvió en la manta. Ahora el espacio estaba sumido en la oscuridad y el silencio, y ella se había acurrucado en la esquina más próxima a la chimenea, cuyas brasas seguían ardiendo. El suelo de tierra apisonada estaba tibio, y aquella calidez mitigaba la dureza. De dos cuartitos de la parte de atrás llegaban, por suerte atenuados, ronquidos variados y cadenciosos. Con los ojos muy abiertos, recordó relatos que había oído en distintos lugares en los últimos años. Episodios de vida que entonces le habían parecido, al amparo de su padre y de su casa, remotos y quizá poco creíbles, pero que ahora resurgían impulsados por a saber qué angustia oculta e imperiosa, adquiriendo, como por una magia malévola, consistencia y profético valor.

Relatos de niños e incluso de recién nacidos que las propias familias habían matado, desesperadas tras una carestía que había durado un año entero; de caminantes asaltados y asesinados mientras dormían en casas de postas, como en la que ella se encontraba ahora; de aquella chica violada por turnos por cinco hombres en medio de la indiferencia de los testigos; del fin del mundo que se estaba aproximando... Todos ellos relatos blasfemos y casi inverosímiles que en un principio había creído inventados adrede por los viejos para asustarla, pero que la realidad de aquellos tiempos infames se había encargado de confirmarle en toda su dramática crudeza. Historias de violencia bestial, desnutrición, total miseria, superstición, histeria, incluso canibalismo..., ya generalmente aceptadas como inevitables consecuencias de un tiempo corrupto, enfermo, en el que el propio Dios había abandonado a los que creían en él por el advenimiento del Juicio Final, del Apocalipsis.

Se pasó una mano por el rostro y se dio cuenta de que estaba temblando pese al calor de la chimenea. Desde que había salido por fin tenía la posibilidad de relajarse, pero en lugar de disfrutar de ese momento no paraba de pensar en ideas rebuscadas y peligrosas. La verdad, se dijo, era que por primera vez había entrado en contacto con desconocidos, y que por primera vez sentía el tormento del miedo, la conciencia de la soledad y de la absoluta debilidad.

Estuvo largo rato dando vueltas en su yacija, sin conseguir conciliar el sueño. Hasta que por fin se durmió, pero tan profundamente que le costó despertarse cuando algo la molestó. Lo que le llamó la atención fue el mal olor. Un olor nauseabundo, más o menos como el que desprendía en la colina aquel pobre cuerpo putrefacto, y que la estaba envolviendo. No cabía duda de que procedía de muy cerca. Luego, justo cuando iba a incorporarse, una mano esquelética le tapó la boca, mientras otra le palpaba las piernas. Enseguida se defendió, pero la sujetaban con fuerza y solo conseguía lanzar leves gemidos.

8

—¡Calla y no te muevas, putilla! —Un aliento fétido la acometió por la derecha, a la altura de la oreja—. ¡O, como que hay Dios, te rajo! Y nadie diría nada, créeme; ¡ni te imaginas cuánto añoramos una rica carne tierna! —El que había hablado se rio, y ella reconoció entonces al desdentado.

Anna trató de soltarse, pero el otro demostró una fuerza notable a pesar de las apariencias y la mantuvo clavada de espaldas contra el suelo.

—Pórtate bien conmigo y te dejaré en paz... —le susurró—. Pero si me creas problemas... —Para completar la frase se valió de un cuchillo puntiagudo, que sacó de a saber dónde, con el que acarició el rostro y el pecho de ella.

Anna estaba ahora totalmente aterrorizada. Y sin embargo la poca lucidez que le quedaba le pedía a gritos que no dejara que todo acabara peor y le decía que muy difícilmente alguien iba a ir a rescatarla.

El cuchillo seguía ahí, amenazador, y tenía que evitar lo irreparable.

Casi como si no fuese la primera vez, como por ensalmo se calmó y se endureció como un pedazo de madera. También su corazón empezó a latir casi con normalidad. Su sexto sentido de mujer se estaba preparando inconscientemente para afrontar lo inevitable de la manera menos dolorosa posible, y no le fue difícil presagiar lo que le iba a ocurrir. El hombre se dio cuenta, pues soltó un gritito triunfal, al tiempo que un hilo de baba empapaba la frente de su víctima.

Lo que sucedió después fue una pesadilla que Anna se impuso no recordar, borrarlo de su mente para siempre. Aquella mano asquerosa que se abría paso entre sus muslos, aquel cuerpo apestoso tumbado encima de ella, esas gotas de saliva mezcladas con el sudor, y luego una cosa dura y resbaladiza que empezó a empujar desordenadamente contra su ingle y a penetrarla hasta hacerla chillar de dolor a pesar de que le tapaba la boca con la mano. Notó un dolor de carne lacerada y después una humedad en el nacimiento de los muslos mientras el hombre le asestaba golpes cada vez más breves y violentos, luego algo viscoso y un suspiro de placer.

Por suerte para ella todo había acabado rápidamente, pero los ojos que vieron la mano alejarse de su boca ya no eran los mismos de antes. Ahora eran duros, ausentes, fríos, y ella misma percibía la repugnante sensación de no ser ya la misma.

La chica que había cobijado en su cuerpo ya no existía. Sencillamente.

El hombre se incorporó satisfecho y la oscuridad por lo menos se compadeció de ella evitándole que viera aquella cara espantosa alterada por la lujuria.

—¡Qué coño haces, Baldo! —Otra sombra se había acercado—. ¿Te lo pasas bien y no me dices nada? —La nueva voz era una mezcla de rabia y diversión. No podía ser otro que el chico de los granos.

—¡Hay sitio para ti también, Ubio! ¡Ja, ja, ja! —El desdentado se había puesto de pie sin siquiera preocuparse de que su víctima pudiera reaccionar—. ¡Toda tuya!

Se oyó una carcajada, luego el recién llegado se arrojó famélico sobre su presa, con el ardor de su juventud. Con brutalidad, le metió un trapo sucio en la boca, lo que casi la asfixió. Esta vez el dolor que Anna sintió fue menos intenso, pero la tortura duró más. El chico hedía menos pero sudaba e imprecaba como un obseso, mientras le introducía su herramienta hasta el fondo con ímpetu creciente, feroz. Anna tuvo como un desmayo y perdió la conciencia. Recuperó el sentido cuando el chico acababa de terminar y estaba recobrando el aliento ruidosamente, todavía tumbado encima de ella.

Intentaba quitarse de encima ese peso muerto, cuando rozó con la mano algo frío en el suelo. Un cuchillo. El desdentado ya se había ido y debía de habérselo olvidado por la excitación.

No vaciló ni un instante. No la guio ninguna voz de su interior, sino solo un feroz impulso de venganza. Agarró el cuchillo y, sin pestañear ni experimentar ningún tipo de emoción, lo clavó hasta el fondo entre los omóplatos del muchacho.