2018

La primera vez no salió bien.

Mi hermano pequeño saltó por la ventana de su piso de Manhattan el día de Nochebuena por la mañana. Su cuerpo se precipitó desde un séptimo piso y aterrizó sobre un contenedor en el que había metro y medio de nieve recién caída. Fue la nieve lo que lo salvó, amortiguando el golpe. Había estado acumulándose toda la noche y aún no se había solidificado. La nieve blanda también fue la razón por la que no lo descubrieron hasta tres horas después, cuando la señora de la limpieza entró en el piso y se lo encontró vacío, con la ventana abierta de par en par. Siete pisos, metro y medio de nieve y tres horas mirando al cielo. Eso sí que es una puñetera conjunción de astros.

Cuando recibí la llamada, en Londres era casi hora punta. Llevaba todo el día enlazando una reunión con otra en salas sofocantes sin ventanas. No tenía muchas esperanzas en poder coger un tren de vuelta a casa antes de las ocho y pensé en el caos infame que me recibiría en cuanto entrara por la puerta. Pero entonces oí unos golpecitos en el tabique de cristal y vi que Jackie me hacía señas.

—Nick, ha habido un accidente —me dijo cuando asomé la cabeza por la puerta y esta se cerraba mientras ella me pasaba el teléfono.

Cuando entré en la habitación del hospital doce horas más tarde y lo vi conectado a los monitores, me vino a la cabeza una imagen de cuando éramos niños y jugábamos a los médicos, atándonos hebras de lana roja de la bolsa de calceta de mamá alrededor de las muñecas y enganchándolas a cajas de cartón. También recreábamos los efectos sonoros: los pitidos largos y sordos, el pronóstico grave, una esposa llorando… Casi treinta años después, volvíamos a jugar. Solo que los pitidos eran reales y allí nadie lloraba.

—Tienes una pinta lamentable.

Yo asentí.

—¿Dónde está Tilly?

Él se giró para mirar por la ventana.

—Hemos roto.

Dijeron que la parte baja de su columna vertebral había quedado destrozada. Que estaba paralizado de cintura para abajo y que tenía suerte de estar vivo. Que nunca más volvería a andar. El médico lo soltó todo como si se tratara de la lista de la compra.

Para mí, cada frase fue como una bala.

Cuando por fin le dieron el alta, lo volví a llevar a su casa y puse la cama nueva en el salón. Allí tenía las mejores vistas del apartamento, lo que significaba que las ventanas no daban a una pared de ladrillos ni a otras ventanas que se asomaban a la vida de los demás. Recordé cuánto le gustaba mirar el cielo cuando éramos pequeños. Nos pasábamos el verano tumbados en los campos que había detrás de nuestra casa, ocultos entre la larga hierba, siguiendo con la mirada los aviones como se siguen las gotas de lluvia en las ventanillas de los coches.

Desde ahí, si colocaba la cama en un ángulo determinado, él podría ver un pedazo de cielo azul por un hueco que había entre los rascacielos. Así que eso fue lo que hice.

Me quedé casi cuatro meses. A veces veíamos la tele o jugábamos a las cartas y a veces nos quedábamos sentados en silencio, como esperando a que pasara algo. Yo no salía a menos que estuviera la señora de la limpieza para relevarme. Los primeros días me planteé despedirla, pero Gloria pronto se convirtió en mi salvavidas, en una oportunidad para respirar aire fresco y para ver algo más que a mi hermano, que se deterioraba a marchas forzadas.

Aprendí a pensar en todo. Cerraba todas las ventanas con seguro y solo abría alguna si me encontraba justo al lado. Por supuesto, estaba el tema de la seguridad en caso de incendio, pero una evaluación de riesgos psicológicos concluyó que había menos probabilidades de que nos quemáramos vivos que de que se repitiera el incidente. Me deshice de la cuchilla de afeitar y me dejé barba por primera vez en casi una década. Desterré los cinturones, eliminé los cuchillos y soporté los dolores de cabeza. No quería correr ningún riesgo.

Mantenía el teléfono fuera de su alcance, escondido o en la cocina. Raras veces preguntaba por él, pero yo mantenía la batería cargada, por si cambiaba de idea.

Al menos una vez al día su móvil vibraba con una llamada de Tilly. Él nunca contestaba y, al cabo de unas cuantas semanas, decidí silenciarlo. Ella aparecía en la pantalla mirándome coqueta por encima de un hombro desnudo, como un alma cándida (conociendo a Tilly, habría elegido a conciencia la foto), y yo miraba el teléfono con odio y me entraban ganas de aplastarlo. Pero me limitaba a dejarlo sonar.

Una noche, tras un día especialmente malo en el que él no había dicho ni una palabra, cogí el móvil, que estaba vibrando sobre la mesa de la cocina, y me alejé de la puerta del salón para contestar.

—Qué.

Mon amour. Mi dulce y pobre Salvatore. —Su acento fue como una puñalada en el silencio del último mes.

—Soy su hermano.

—Ah. —Ella se quedó callada—. ¿Está Salvatore?

—No quiere hablar contigo, Mathilde. —Sabía que odiaba su nombre.

—Dile que lo echo de menos.

Estuve a punto de lanzar su voz por la ventana. Para que la nieve colgara por mí.

—¿Algo más?

—Dile que… Dile que me siento perdida sin él… —Oí el crujido que hacían las cuentas de su rosario contra el auricular y me la imaginé sujetando el teléfono sobre el hombro mientras se arreglaba el pelo en el espejo—. Dile que he roto con Chet porque nunca podría amar a nadie como amo a mi Salvatore. ¿Puedes decírselo, cielo?

—Mathilde.

—¿Hmm?

—Por favor, no vuelvas a llamar. —Lancé el teléfono y maldije en voz baja, a la espera de oír mi nombre, pero no escuché más que silencio.

Cuando el frío empezó a remitir, la ciudad se volvió un poco más amable. Los árboles que se alineaban en las avenidas de cemento empezaron a brotar y la gente en la calle se quitaba los abrigos y el resto de las capas. En el exterior, todos parecían relajarse con la llegada de la primavera. Dentro, Gloria y yo seguíamos al pie del cañón.

El tono de la conversación cambió a principios de abril. Fue culpa mía, por mi absurdo deseo de conectar con él.

En la sección de segunda mano de una librería de la esquina de la 12 con Broadway, encontré una pequeña antología poética de Longfellow. No veía el momento de llegar al piso.

—¿Te acuerdas de esto? —Le di el libro a Sal y señalé el título de la parte superior de la página: La hora de los niños—. ¿Cuando papá lo leía, casi representándolo? Luego nunca podíamos dormir.

Sal miró la hoja sin decir nada.

—¿Sí? —Mi emoción era la única luz de la sala.

—¿Por qué te empeñas en recordar cosas?

Hice tostadas con alubias para cenar. Mi habilidad en la cocina había mejorado mucho durante el invierno, ya que había invertido el tiempo que pasaba en casa para experimentar con la comida y aportar algo de emoción a aquellos días interminables. Creé una versión pija de la ratatouille —compré las verduras ya cortadas, por razones obvias— y aprendí a dominar el arte del suflé. Pero esa noche, exactamente igual que él, no hice ningún esfuerzo. Como no podía expresar mi rabia con palabras, se la serví, posando de golpe la bandeja sobre la mesita de ruedas que él tenía sobre la cama.

Sal me miró sorprendido y sentí un odio punzante hacia mí mismo.

Me desperté por la noche y lo oí llorar. Entré a trompicones en el salón y allí estaba él, apoyado sobre los codos, observando sus piernas muertas y gimiendo como un bebé. Noté su piel fría y húmeda entre mis brazos y su camiseta empapada.

—No puedo —dijo él y su voz se quebró como la de un niño—. Ya no puedo verla. Está en mi cabeza, cuando cierro los ojos. Pero nunca me habla; ojalá lo hiciera para poder volver a oír su voz. ¿Dónde está?

Yo sabía que no estaba hablando de Tilly.

—No lo sé, Sal.

—¿Volveremos a verla?

Me encogí de hombros.

—Puede que sí. O puede que no. No lo sé.

Sal siempre quería respuestas. Cuando éramos preadolescentes, nuestra tía Stella nos había dejado hacer prácticas en su oficina. Trabajaba para una compañía de seguros y nuestro primer trabajo había consistido en introducir los datos de los clientes nuevos en el sistema informático.

La voz de la mujer que nos formaba, Mandy, más bien parecía un lamento. Tenía una mata de pelo rizado con permanente, gafas de culo de vaso y, cuando hacía el café con el agua del depósito de la pared, los posos formaban charcos espumosos de burbujas sobre la superficie. A Sal le dieron arcadas cuando la vio prepararse uno el primer día.

—Debería limpiar eso —le había dicho, con cara de asco.

—No, si a mí me encanta —había respondido ella, relamiéndose—. Es como un capuchino.

Mandy se sentaba y nos daba órdenes entre sorbo y sorbo mientras introducíamos los datos en la pantalla. Ahora que lo pienso, no podía tener más de cuarenta años, pero a nosotros nos parecía una vieja. Llevaba décadas en aquel trabajo y, obviamente, estaba encantada con él. Sus carrillos de hámster temblaban de emoción por la pizca de poder que tenía sobre nosotros.

—Escribid el nombre, seleccionad el prefijo en el menú desplegable y después haced clic en «Siguiente». Introducid la dirección, poned el código postal en el apartado que dice «Código postal», marcad la casillita y haced clic en «Siguiente». Luego…

—¿Pero por qué? —preguntaba Sal.

—¿Cómo que por qué?

—Lo de la casillita. ¿Por qué hay que marcarla?

Mandy frunció el ceño. Podíamos sentir los engranajes de su mente girando.

—Porque sí.

—¿Activa algo en segundo plano? —preguntó Sal, tamborileando con los dedos sobre la mesa—. ¿Para qué sirve marcarla? Esa casilla. Es decir, ¿por qué la marcamos? ¿Y qué pasa si no lo hacemos?

Ella se revolvió en la silla, incómoda porque la hiciéramos salirse del guion.

—No creo que la razón importe. Solo sé que eso es lo que hay que hacer. Nunca se deja sin marcar.

Sal estaba evitando deliberadamente mi mirada. Soltó un largo suspiro de aburrimiento y volvió a girar la silla para mirar la pantalla.

—Vale. Como quiera. Pero creo que deberíamos saber la razón.

Esa fue la única vez que Sal trabajó en una oficina. Pero nunca dejó de preguntar por qué.

—Háblame de ella —me pidió, agarrando con fuerza la sábana—. Estoy empezando a olvidar los detalles y no lo soporto. Cuéntame lo que recuerdas.

Yo me eché hacia atrás.

—No sé qué quieres que te cuente.

—La verdad. Quiero la verdad. Por favor.

Tragué saliva.

—Antes intenté hablar de papá…

—No es él quien me interesa. Ni tampoco quien te interesa a ti. ¿Por qué nunca hablas de lo que importa?

Observé los faros amarillos que jugueteaban en la calle, trazando líneas frenéticas. Las luces de neón parpadeaban en la penumbra. Al otro lado de las ventanas cerradas, la vida seguía su curso.

Sal se frotó los ojos con el dorso de las manos.

—Necesito volver a verla. Estoy harto de esperar —dijo antes de señalar el bulto de sus piernas bajo la sábana—. ¿Qué va a ser de mí ahora?

—Sabes que te quería —dije al cabo de un rato; me senté en su cama y contemplé la ciudad oscura, iluminada por mil bombillas—. Y sabes que no fue culpa tuya. Son cosas que pasan.

Sal me miró como si estuviera loco.

—¿Todavía no lo entiendes, después de todos estos años? —me preguntó—. Claro que fue culpa mía. Yo fui el causante de todo.

Si hubiera sabido que aquella sería la última vez, lo habría atraído hacia mí para abrazar sus piernas resquebrajadas y su tibio corazón. Lo habría convencido de que todavía le quedaba mucho por vivir, le habría soltado alguna patraña sobre que todavía quedaba mucho futuro y habría puesto cerraduras en todos los armarios de la cocina.

Pero esto fue lo que pasó.

Me quedé dormido acurrucado a los pies de su cama y cuando Gloria llegó por la mañana, como siempre, me di una ducha y decidí caminar las quince manzanas que nos separaban de la pastelería de Spring Street para comprarle a Sal aquellos pastelitos que tanto le gustaban. Cuando crucé el salón, lo vi dormido en la cama con el sol matutino iluminándole el pelo.

Fuera, Nueva York estaba empezando a recalentarse. Crucé la calle para caminar por la sombra y me crucé con dos chicas de unos diecinueve años; una se reía de lo que la otra había dicho. Llevaban vestidos de verano que dejaban sus hombros al descubierto y, mientras giraba la cabeza para mirarlas, me dio por pensar que la vida era una mezcla de dolor y belleza y que no se podía hacer nada al respecto.

Mi teléfono sonó cuando volvía de la pastelería. Eran las ocho pasadas.

Un mensajero había llamado al timbre del piso para entregar un paquete y se había negado a subir los siete pisos para que firmaran la entrega. Consciente de que eran unos papeles urgentes que estaba esperando que me enviaran del trabajo, Gloria había comprobado apresuradamente las ventanas y había salido un momento. Según ella, no se había ausentado más de seis minutos.

En esos seis minutos, mi hermano pequeño se había tirado de la cama para arrastrar su cuerpo destrozado por el suelo enmoquetado hasta la diminuta cocina, donde había abierto la puerta de la alacena del fregadero, había desenroscado la tapa de una botella de lejía que estaba a medias y se la había bebido entera.

Pienso a menudo en ese último día. En mi emoción ridícula por aquel libro de poemas y por el recuerdo compartido; en su cara cuando le di la bandeja y, cómo no, en que como última cena le había servido una puñetera tostada con alubias.

Sé que a la gente le encanta Nueva York.

Sé que es un lugar que se encuentra en nuestro interior, en las películas navideñas de nuestra infancia, en Bob Dylan y en todos esos poetas muertos de la generación beat; en Sal, que llegó con un visado de turista y ya nunca se marchó, y en otros que desearían volver. Hasta la gente que nunca ha estado allí tiene la impresión de conocerlo. Reconozco que yo fantaseaba con ir, ver el ayuntamiento, dar paseos románticos por las calles y amarlo simplemente porque ella lo hacía. Cuando me imaginaba allí, siempre era con ella, como si al final hubiera salido victorioso.

Pero mi primera visita fue en misión de rescate y cuando me marché lo hice con mi hermano en una caja. Había fracasado y me sentía como si la ciudad también me hubiera fallado a mí.

Sé que a la gente le encanta Nueva York.

Yo la odio.

2003

2003

Anna

La conocí a principios de verano. Se ponía vestidos de tirantes finos que se le incrustaban en los hombros y yo admiraba su cuerpo cuando ella no miraba. Era un juego mental que yo tenía. Repetía el mantra: «No le mires el pecho, no le mires el pecho», así que le miraba los labios. No sé por qué, me hacía sentir menos friki. Pero qué cuerpo tenía… y cómo lo acariciaba aquel vestido.

Sé que debería decir que era por las flores. Que recuerdo qué época era porque aún quedaban algunas flores de la primavera. Pero ¿a quién quiero engañar? Lo recuerdo por el vestido y por su cuerpo envuelto en él.

A la mierda Keats. Todos los hombres somos iguales. Ninguno se acuerda nunca de las flores.

Finales de los años ochenta

Finales de los años ochenta

Dicen que se acaba olvidando.

Cuando ocurre algo, el cerebro recuerda todos los detalles, pero luego, con el paso de los años, la imagen se va desdibujando hasta que solo queda un esbozo. Con mamá sucedió lo contrario. Al principio, cuando se fue, también abandonó mi mente. Supongo que bloqueé sus recuerdos por razones obvias (instinto de supervivencia, tal vez), pero, a medida que iba creciendo, había momentos en que estos volvían a inundar mi memoria. Era como si hubieran estado guardados bajo llave por mi propia seguridad, hasta que fui lo suficientemente mayor para soportar el dolor.

Algunos estaban íntimamente relacionados con mis sentidos. Si escuchaba una canción o paseaba por una calle determinada, se me encendía la bombilla y el recuerdo volvía a mí. Entonces me quedaba muy quieto, desentrañaba el recuerdo y confiaba en que la imaginación se encargara del resto.

Suele ser una sensación o un sonido.

A ver si me explico.

Recuerdo la piel de sus dedos, que era áspera al tacto, como una venda. Tenía las manos secas a causa del agua y el jabón de las coladas infinitas que tenía que hacer por nuestra culpa y también pequeños pellejos de piel mordisqueada alrededor de las uñas. A veces estrechaba mi cara entre sus manos y parecía que el roce de su piel con la mía hacía un sonido rasposo.

Sal me dijo una vez que lo que más recordaba era cuando jugaba con su pelo.

Se sentaba en el sillón verde claro estampado con pájaros y flores (el que ella y papá habían comprado en Harrods con el dinero de la boda) y se soltaba la dorada melena. Sal y yo fingíamos que éramos peluqueros y nos turnábamos para cepillarle los rizos y llenárselos de horquillas. «Arregladme el pelo, chicos», decía ella, sentándose en el sillón. «Ponedme guapa para esta noche.» Su cabello era grueso y cálido y cada vez que le pasábamos el cepillo caían algunos pelos al suelo. Ojalá le hubiera cortado un mechón y lo hubiera guardado en un sobre, como hacen algunos padres la primera vez que le cortan el pelo a sus hijos. Por el futuro acto de recordar.

Y el sonido.

Una vez, se sentó en un banco para vigilarnos mientras jugábamos en unos columpios del centro de la ciudad. Las baldosas de cemento brillaban por la lluvia de la mañana. Yo estaba cruzando el pasamanos y debía de estar mojado, porque se me resbalaron las manos, me caí y me torcí un tobillo. Me quedé en el suelo, agarrándome el pie, y ella vino corriendo hacia mí. Es difícil de describir el sonido particular de sus zapatos de piel sobre el suelo mojado, pero era como un repiqueteo húmedo y limpio. Unos cinco años después, estaba saliendo de la universidad y una chica pasó corriendo a mi lado. Debía de llevar el mismo tipo de zapatos y debía de estar lloviendo, porque sus pies hacían exactamente el mismo ruido al correr.

Recuerdo haberme llevado el puño a la boca y haber sentido el sabor frío de la sangre sobre la lengua.

Y papá.

Papá nos hacía apiñarnos en el coche todas las Navidades para dar una vuelta por el barrio y ver los adornos. Mamá preparaba un termo de chocolate caliente y recorríamos lentamente las calles, taza esmaltada en mano, girándonos para mirar por las ventanillas y murmurar fascinados. Por aquel entonces no nos sobraba el dinero y papá no le veía sentido a dejar de ir a jugar un sábado al golf o perderse un partido para desenredar kilómetros de lucecitas. «Además, se ven mejor desde la calle», había dicho una vez. «¿Para qué vamos a desperdiciar tiempo y dinero en algo que van a disfrutar los vecinos si podemos hacer un recorrido para ver todas las suyas gratis?» Supongo que tenía su lógica.

Las viviendas municipales siempre eran las más horteras. Estaban muy por encima del resto. «No sé de dónde sacan el dinero», bufaba papá y luego gritaba: «¡Mirad, chicos!» al ver un Papá Noel hinchable gigante.

Siempre dejábamos el callejón sin salida para el final. Estaba en la parte de atrás de una calle residencial privada de los años sesenta, un paseo largo y recto con casas adosadas cuadradas a ambos lados. Al fondo había una casa grande de planta baja que se veía nada más entrar en la calle. Todos los años era lo mejor del espectáculo. Contaba la leyenda que allí vivía una pareja de ancianos sin hijos y que cada diciembre decoraban la casa para que los niños fueran a verla. Querían ser recordados, aunque solo fuera en la mente de los hijos de otras personas.

«¿Estás preparado, Sal?», gritaba papá mientras ponía el intermitente para girar. Sal siempre estaba exultante de alegría. No sé si era porque nos acercábamos a la casa o porque papá le concedía por un instante un trato especial.

Un abeto enorme se elevaba hasta lo alto de los postes de telégrafos, envuelto en lucecitas intermitentes. En medio del jardín se encontraba el típico belén y, esparcidos a su alrededor, había una caterva de elfos rojos y verdes, con sus zapatos retorcidos. Encima del garaje había un Papá Noel gigante sobre un trineo con campanillas, regalos y un veloz Rudolph. A los lados del camino se alineaban varios bastones de caramelo, un muñeco de nieve hacía guardia al lado de la puerta y en cada ventana había un montón de luces de formas y colores distintos. Habían grapado bombillitas blancas en el contorno de la casa, alrededor de las puertas y las ventanas, y si la mirabas un buen rato y cerrabas los ojos seguías viendo su silueta. Cada vez que Sal o yo dibujábamos una casa en un papel, esta tomaba la forma de la vivienda de planta baja que había al fondo del callejón sin salida, la que tenía todas esas luces. Me pregunto si él la habría olvidado, no como yo.

Tengo el recuerdo de mamá sentada al lado de papá, que la rodea con un brazo mientras agarra el volante con el otro. Están sentados en un banco de piel, de esos que tenían los coches en los años cincuenta, y ella apoya la cabeza en su hombro. Él lleva el cuello de la camisa levantado y mueve la cabeza al ritmo de los villancicos de la radio. La piel de ambos es joven.

Pero nosotros nunca tuvimos un coche de época y, cuando le pregunté a papá años después, me dijo que tampoco había tenido ninguno con banco. Puede que sacara ese recuerdo de la portada de un disco, de una película antigua o de algún sueño que tuve en su día. Aun así, recuerdo mentalmente esa escena y juraría sobre la Biblia que de verdad sucedió, al igual que todavía puedo recordar el crujido de los neumáticos sobre la nieve y el olor que desprendía la lata de bombones Quality Street cuando la abría el día de Navidad por la mañana.

Nunca perderé la esperanza de que sucediera como yo lo recuerdo.

2003

2003

Anna tenía novio cuando la conocí. Al menos al principio. Por lo visto se había ido a pasar el verano a Australia, pero la cosa no estaba muy clara y la verdad es que nunca pregunté. Una vez oí a algunas de las chicas comentar en la sala de personal que nunca la habían visto con él. Una dijo que dudaba de su existencia. Su amiga Lisa les había cerrado la boca. «Se han dado un tiempo», había dicho, negándose a revelar la causa. «Pero claro que existe.»

Anna no era de las que se preocupaban por lo que pensara la gente. Eso me llamó la atención de inmediato. También me llamó la atención la forma en la que se me presentó en mi primer turno. Incluso con el uniforme del cine, tan poco favorecedor, era imposible no fijarse en ella. Algunas de las chicas decían que tenía la cara torcida y lo cierto era que su rostro resultaba un tanto peculiar, con esa estructura ósea tan marcada y rotunda que se intuía bajo su piel de alabastro. La forma en la que sus facciones se ensamblaban no era en absoluto delicada. Yo nunca había visto una cara como la suya y su atractivo era objeto de acalorado debate en la sala del personal cada vez que ella salía por la puerta. Yo nunca me metía. A mí me parecía guapa.

Acabábamos de abrir las puertas dobles tras una sesión llena hasta la bandera. No recuerdo de qué película se trataba. Los créditos finales empezaron a salir en la pantalla mientras esperábamos cada uno al lado de una puerta a que el público desfilara entre nosotros. «Hola, soy Anna», dijo ella, dándome la mano. «Eres nuevo, ¿no?»

Creo que balbuceé algo mientras le estrechaba la mano. No había muchas personas de diecinueve años que tuvieran la costumbre de dar la mano o de presentarse, pero, como he dicho, ella era distinta. No recuerdo cómo conseguí su número, pero la vida se compone de pequeñas victorias que olvidamos.

Durante el siguiente turno, coincidimos en un descanso en la sala de personal. Entré en aquella sala sin ventanas y me la encontré en la mesa, bebiendo agua y leyendo un libro. Ella esbozó una sonrisa fugaz y volvió a sumergirse en las páginas. Entonces un chaval llamado Dave entró y empezó a describir a una chica a la que acababa de servir y todas las cosas que le gustaría hacerle. Al ver que Anna seguía sin levantar la vista, cambió de estrategia y empezó a decir que los libros eran una pérdida de tiempo en la era de internet. Pero ella siguió ignorándolo. «¿Qué es lo que más te gusta de las tías?», me preguntó Dave antes de empezar a enumerar los atributos que a él le resultaban atractivos: tetas grandes, pelirrojas, golfas pero no guarras… Yo me encogí de hombros y le dije que no me gustaba un tipo de chica en concreto, pero sí que tuviera cerebro. «Ah, ya, en plan bibliotecaria sexy», comentó él, recostándose en la silla. «Empotrarla sobre un montón de libros hasta que se le caigan las gafas», dijo con una risita. «No me refería a eso, sino más bien a la lectura de los libros en sí», comenté. Entonces Anna me miró.

Me dijeron que no se lo montaría conmigo. Que todos lo habían intentado. Que era un territorio completamente virgen.

Anna pertenecía a una de esas religiones que menospreciaban cualquier cosa normal. Navidades, cumpleaños, emborracharse, practicar sexo antes del matrimonio… Todo estaba prohibido. Su novio también era del mismo club. Supongo que podría denominarse «secta», pero tampoco quiero pasarme. Cada uno a lo suyo y todo ese rollo. A veces nos metían folletos por debajo de la puerta. La semana anterior había recogido uno del felpudo, le había echado un vistazo y había hecho una bola con él. Lo había estrujado hasta quitarle todo el aire y lo había reducido a la mínima expresión antes de tirarlo a la basura.

Al principio no hablábamos mucho. Nos pusieron juntos para limpiar el suelo de una de las salas al final de la película y recoger las bolsas de palomitas y los vasos. Los créditos seguían pasando mientras limpiábamos en la oscuridad. En los pases en los que había mucha gente, entrábamos varios para barrer los restos que habían dejado los espectadores antes de que otros ocuparan su lugar. Alguno de los chicos se ponía a cantar la canción de los títulos de crédito o a jugar al béisbol con la escoba y un vaso vacío. Solían hacerlo cuando había alguna chica cerca. Anna no reconocía sus esfuerzos más que con alguna sonrisa ocasional. Era una persona reservada.

Sin embargo, el primer fin de semana de calor de aquel verano todo cambió.

Unos cuantos habían quedado por la tarde en la iglesia en ruinas de Eastwell para pasar el rato y nadar en el lago. Anna iba a ir con Lisa, según Dave. Puede que fueran también un par de chicas más. Él me preguntó si quería ir con ellos y yo le dije que lo intentaría.

Eastwell no estaba lejos, así que el domingo a media tarde cogí las cervezas frías que había comprado después de mi último turno, las metí en una bolsa y crucé andando los campos para ir a la iglesia. Era un recorrido que solía llevarme quince minutos, más o menos, pero ese día hacía un calor que se caían hasta las moscas. Así que me lo tomé con calma. Un coche pasó a mi lado por el camino, con los codos de sus ocupantes apoyados en las ventanillas y una canción de moda atronando por los altavoces. Me di cuenta de que era el coche de Lisa y me pregunté si alguno de los codos sería de Anna.

La iglesia del siglo xv estaba en ruinas, abandonada y rodeada de lápidas con inscripciones tan deterioradas que era imposible leerlas. La gente decía que estaba embrujada. Yo había ido una vez de niño. Sal y yo nos habíamos puesto a saltar de tumba en tumba, averiguando datos sobre los muertos.

Los oí antes de verlos.

Había dos coches aparcados bajo los árboles y estaban todos tumbados en la hierba al lado del lago, medio desnudos, riéndose a carcajadas de algún chiste. El sol brillaba en lo alto del cielo sin nubes y el agua resplandecía como el cristal.

Uno de ellos me vio, me saludó con la mano y todos se giraron para mirar. Yo me froté la cabeza y asentí ligeramente a modo de respuesta. Ella no estaba allí.

Lisa le estaba gritando a Dave. Tenía un bote de protector solar abierto en la mano y unas rayas blancas en los brazos todavía sin extender. Él le había lanzado un puñado de hierba y las briznas se le habían pegado a la piel. Ella le estaba echando la bronca y él se reía mientras bebía un Red Bull. El resto también se estaba riendo. Ella no estaba allí.

Saqué una lata de la bolsa de plástico y la ofrecí. Una de las chicas extendió el brazo para cogerla y sonrió cuando sus dedos rozaron los míos. Ella sacó pecho y cruzó y descruzó las piernas. Yo cogí una lata para mí y bajé hacia el agua.

Intenté no darle vueltas a por qué no había ido.

Era un lago grande, rodeado de árboles y con un puentecito. A lo lejos, el agua era oscura y estaba llena de plantas acuáticas. Más cerca de la orilla tenía un azul más claro, aunque era imposible calcular la profundidad sin meterse. Unas suaves ondulaciones en la superficie del agua acompañaban el perfil trémulo de mi propio reflejo.

—Métete —dijo una voz.

Me volví y vi a Anna en el agua, fuera del campo de visión desde la hierba, al lado de un montón de rocas. La mitad inferior de su cuerpo estaba oculta en el lago.

Sonreí y levanté la lata.

—Lo haría, pero…

—Puedo esperar —dijo ella—. Aunque me muero de sed.

Se lanzó desde las rocas y vino nadando hacia mí; yo me agaché y le pasé la lata. Observé cómo le daba un trago largo y me fijé en lo negro que parecía su pelo cuando estaba mojado.

—Gracias —dijo, devolviéndomela—. Bébetela de golpe, venga.

Señalé el agua con la cabeza.

—¿Hay mucha profundidad?

Ella sonrió y levantó fugazmente las cejas.

—Métete y lo verás —respondió, impulsándose con los pies en la orilla para alejarse.

Me quedé allí de pie, mirando al lago durante un rato. Intenté ignorarla mientras flotaba boca arriba, manteniendo la mirada fija en algún punto del horizonte, pero el sol no dejaba de reflejarse en su piel. Llevaba un bikini de rayas rojo y blanco. Tenía los ojos cerrados.

Cuando acabé la cerveza, la dejé en la orilla y me quité la camiseta y los zapatos. Anna me observó mientras yo metía un pie en el agua y luego el otro.

—Vaya forma de entrar —gritó desde lejos.

Mi sonrisa se torció a medida que el agua fue ascendiendo por mi cuerpo. Ahogué mi instinto de gritar hundiéndome bajo la superficie para sumergirme por completo. No era profundo, metro y medio como mucho, pero entre el agua turbia una selva de hierbajos estrangulaba el fondo.

Nadé hasta que estuve cerca de ella y luego me pareció oportuno asomar la cabeza. Anna estaba pataleando en el agua, con la barbilla meciéndose a ras de la superficie y una enigmática sonrisa en los labios.

—¿Sabes qué le pasó a la iglesia? ¿Por qué está así? —me preguntó, señalando con la cabeza las paredes de piedra derruidas que se alzaban entre los árboles, a lo lejos.

Me giré para mirarla a pesar de que ya sabía qué aspecto tenía. Ojalá dejara de arderme la cara.

—Hubo un incendio —respondí finalmente.

Me limpié el agua de la cara y me pasé la palma de la mano por la cabeza afeitada. Anna estaba un poco más allá de mi alcance.

—No eres muy hablador —comentó, observándome.

Un estridente grito humano recorrió el lago e hizo que un trío de gansos alzara el vuelo en la orilla. Las aves atravesaron volando el agua por encima de nuestras cabezas. Las vimos desaparecer sobre los árboles, al otro lado.

Levanté las cejas.

—¿Para qué hablar si no puedes mejorar el silencio?

—Yo no he dicho que no me gustara —replicó ella antes de girarse para volver a flotar boca arriba.

—¡Aaaaa-nnaaaaa! —El grito prolongado de una voz masculina cruzó el lago. Ella saludó con la mano a los de la orilla.

—Te reclaman —gritó la voz y ella contestó levantando el pulgar.

—Espérame. Ahora vuelvo —me dijo y pasó nadando a mi lado, rozándome la pierna con el pie en el mundo invisible de las profundidades.

Al lunes siguiente fuimos todos a la discoteca del pueblo después del trabajo. Por aquel entonces, todo el mundo salía casi todas las noches. Los viernes, los sábados y los lunes, cuando las bebidas eran baratas y el ambiente apestaba a karaoke. No sé cómo teníamos energía, cómo podíamos trabajar todo el día y salir toda la noche, pero a esa edad no te paras a mirar atrás. Tienes toda la vida por delante.

Nos sentamos en el banco de vinilo blanco, ella recostada sobre el respaldo y yo inclinado hacia delante, mientras el resto bailaba. Recuerdo la música (algún remix insufrible de rock), las luces intermitentes de la pista y que la cogí de la mano en la oscuridad. Nos miramos durante tres minutos y, cuando la canción acabó, ya estábamos subiendo la colina para volver a la ciudad.

Al llegar al aparcamiento desierto que había detrás del Blockbuster, ella se detuvo y dijo que no pensaba ir más allá hasta que yo lo hiciera. Una vez, años después, discutimos sobre quién había dado el primer paso. Ella insistía en que yo la había besado. Lo recuerdo perfectamente.

Recordamos las cosas como queremos recordarlas.

Principios de los noventa

Principios de los noventa

Cuando mamá se fue, todas sus cosas desaparecieron. Un día estaban allí y al siguiente ya no. Como ella.

Cuando éramos pequeños, Sal y yo jugábamos al escondite en casa. Yo me ponía al pie de las escaleras, me tapaba la cara con las manos y contaba hasta veinte. Vivíamos en una casa victoriana grande y vieja, con techos altos y rincones polvorientos. En sus tiempos había sido una rectoría, pero luego la habían abandonado y se había ido deteriorando poco a poco. Papá trabajaba para el dueño haciendo algunas chapuzas en la propiedad, lo que nos permitía vivir allí pagando un alquiler muy bajo. Para nosotros era como una mansión.

Contaba haciendo pausas largas para que Sal tuviera tiempo de esconderse y luego subía las escaleras. Él siempre iba al mismo sitio, pero yo montaba un gran espectáculo, preguntándome dónde estaría; levantaba las pesadas cortinas de terciopelo que colgaban de las ventanas y abría todos los armarios. Buscaba por todo el piso de arriba hasta que por fin llegaba a la puerta del cuarto de mamá y papá. La abría y me tomaba mi tiempo para rondar por la habitación, inspeccionando las superficies y comprobando qué había cambiado de sitio desde el día anterior. Un montoncito de ropa para coser en la mesa de ella, un libro nuevo abierto en la mesita de noche, un vaso de agua olvidado… Me fascinaban los frasquitos de cristal de su tocador, la forma en la que el sol se filtraba entre las cortinas y los iluminaba como si fuera un altar.

Cuando acababa de curiosear, iba hacia el voluminoso armario marrón y abría la puerta de golpe. Allí, entre los pliegues de las faldas y los vestidos, estaba Sal acurrucado, hecho una bolita, intentando desaparecer. Yo entraba para unirme a él, cerraba la puerta y nos quedábamos los dos al fondo del armario, Sal acariciando las telas y yo inhalando su olor.

Unas semanas después de que ella se fuera, le propuse a Sal que jugáramos al escondite. Entonces yo ya era demasiado mayor para eso, pero los días empezaban a ser eternos y algo había que hacer para pasar el rato.

Conté y subí, pero, cuando abrí la puerta, Sal estaba delante del armario con los brazos caídos a los lados del cuerpo. Me acerqué y miré dentro. Los tejidos de seda y poliéster habían sido sustituidos por un espacio oscuro y vacío. Fue entonces cuando me percaté de que ya no había nada. Los frasquitos, los libros, la costura… Todo había desaparecido.

Nos metimos en el armario y cerramos la puerta.

2003

2003

Anna y yo pasamos prácticamente todos los días juntos ese mes de julio. Recuerdo que fue caluroso —muy caluroso— y que dejábamos el motor de su coche en marcha, aunque estuviera aparcado, solo para refrescarnos. Consumimos depósitos y depósitos de gasolina, por no hablar de la capa de piel más superficial de nuestros labios.

«Ya sabes que él vuelve en un mes», me dijo una vez. Él había dicho que volvería en un mes.

Yo asentí y la besé de nuevo.

Después de eso, seguimos como si nada. Nos veíamos antes del trabajo, o cuando uno acababa un turno el otro se tomaba un descanso y salíamos para ir a la pared que había detrás de los cubos de basura. Recuerdo la mezcla del olor de su perfume —el frasco ponía que era de jazmín— con el hedor rancio de las patatas fritas podridas. Ahora que lo pienso, no sé por qué no íbamos a otro sitio, pero estábamos excitados, ansiosos y éramos jóvenes. El sitio de los cubos de basura quedaba cerca (habríamos perdido tiempo yendo más lejos) y era íntimo. Solo queríamos seguir deseándonos.

Laura y yo nunca nos besamos así. Puede que al principio, pero nunca más. Y tampoco lo espero. La juventud vive con avidez todas las experiencias. Besar es una actividad nueva y gratuita. Sería imposible mantener ese ansia con dolores de espalda y articulaciones que crujen. No es lo que espero ahora.

Hubo una ola de calor en Europa ese verano. Dijeron que había sido el más cálido de los últimos quinientos años. El nivel del Danubio bajó tanto que en el lecho del río aparecieron bombas y tanques de la Segunda Guerra Mundial. Habían estado allí todo el tiempo, enterrados en las profundidades, sin explotar, letales, esperando a que los descubrieran. Ya más cerca de casa, hubo tramos de la autopista que se derritieron.

El calor siempre me hace recordar.

Al principio, buscábamos cualquier excusa para tocarnos. Anna extendía el brazo para abrir la guantera del coche y se apoyaba en mi rodilla mientras buscaba un CD. Yo le apartaba un mechón de pelo invisible de la mejilla. O nos tumbábamos en el parque y ella me ponía uno de sus auriculares en el oído y encendía el iPod.

Pasamos dos noches juntos. Yo sabía que ella tenía toque de queda, así que debía planearlo por adelantado y decir que iba a quedarse en casa de una amiga. Supongo que solo éramos eso, amigos. He tardado años en entenderlo.

Estábamos en mi cama. En la televisión en blanco y negro, al fondo de la habitación, había un episodio de Fawlty Towers con la imagen borrosa, porque la antena estaba pegada con cinta adhesiva. Ella se sabía todos los diálogos y yo recosté la cabeza en la almohada y la observé mientras se reía.

Recuerdo ese momento. Ella debió de darse cuenta de que la estaba mirando, porque se alisó el pelo, reptó por la cama y me besó.

—¿Qué quieres hacer con tu vida? —me preguntó.

Yo le aparté el pelo de la cara.

—Nadie me ha preguntado eso nunca.

—Será una broma.

—Seguramente mi madre sí lo hiciera —dije antes de hacer una pausa—. De pequeño escribía cuentos. A ella le gustaba que los leyera en voz alta y cuando acababa siempre aplaudía y decía que tenía un don. Aunque las madres no son muy objetivas.

Anna sonrió.

—Seguro que serías un gran escritor.

Me sorprendió aquel voto de confianza. Nunca le había hablado a nadie de escritura y mucho menos a Daz y a los otros chicos, que se lo guardarían para tomarme el pelo en un futuro.

—¿Y tú? —le pregunté—. ¿Tú qué quieres hacer?

Ella apoyó la cabeza en mi pecho.

—Me encanta pintar —declaró—. Y me encantaría volver algún día a Nueva York. Pasé allí tres meses el año pasado por un intercambio del colegio y es un sitio increíble. Podríamos irnos a vivir a East Village y ser una pareja de creativos holgazanes —propuso Anna, besando mi piel.

Bajé corriendo las escaleras para salir a fumar delante de la casa. «¿En serio me vas a dejar sola en tu habitación?», me había preguntado ella con malicia, abriendo los ojos de par en par. Pues sí. Allí la dejé, tumbada en mi cama, a pesar de saber que el chute de nicotina no me iba a ayudar demasiado a aplacar la emoción. Me gustaba que ella estuviera en un espacio exclusivamente mío. Cuando llevaba medio cigarro, levanté la vista y la vi en la ventana, mirando hacia abajo. Por la forma en que estaba apoyada, con la mano bajo la barbilla y los codos abiertos, debía de tener las rodillas desnudas sobre mi almohada, algo que me causó una excitación extraña. Sonreí; ella me saludó con la mano y volvió a meterse dentro. Yo seguí allí de pie en tanto que acababa mientras me la imaginaba curioseando mis cosas, empapándose de mí. Cuando abrí la puerta, seguía exactamente donde la había dejado.

La primera noche que pasó allí, en mi habitación, en mi cama, no hicimos nada. Nos besamos, hablamos y dormimos. Cuando llegó la noche, la pasamos acurrucados en mi cama individual, ella vestida con mi camiseta favorita.

—¿Cuántas chicas han dormido en esta cama? —me preguntó cuando el sol salió a una hora infame.

Me encogí de hombros.

—¿Eso importa?

Le conté que una vez, en la universidad, el verano anterior, una chica había llamado a la puerta preguntando por mi compañero de habitación. Él había salido, pero iba a volver en un rato, así que la invité a entrar para esperarlo. Diez minutos después, estaba en mi cama. Los chicos se habían reído muchísimo cuando lo había contado en el bar; me habían dado palmadas en la espalda y me habían invitado a la siguiente ronda.

Cuando acabé, ella negó con la cabeza y se giró hacia la pared.

No debería haberle contado esa historia.

La segunda noche está mucho más nítida. La he recordado muchas veces.

—¿Dónde está tu padre? —me preguntó Anna mientras subíamos las escaleras—. Aún no lo conozco.

—Fuera —respondí—. Siempre está fuera.

Nos tumbamos en la cama, sin el edredón. La ventana estaba abierta, pero no se oía nada salvo el denso julio.

—Creo que voy a cortarme el pelo —comentó Anna.

—¿Por qué?

—Y a teñirme de rubio, como una heroína de Hitchcock.

—Estás loca —le dije, acariciándole la pierna, tan pálida junto a mi piel olivácea.

—¿Dejarías de quererme?

—Tienes un pelo precioso. ¿Por qué ibas a hacerle eso a un pelo tan bonito?

Ella posó la palma de la mano sobre la mía.

—Vuelve a crecer. De todos modos, el pelo ya está muerto.

No recuerdo haberle quitado la ropa, pero recuerdo su aspecto y que no se avergonzaba de él. Su actitud al estar desnuda no era como la de la mayoría de las chicas y eso me fascinó. Incluso ahora, si cierro los ojos, puedo verla allí. El recuerdo es un juego peligroso.

Por momentos, solo estábamos ella y yo, sin nada de por medio.

Cuando nos acercábamos al acto final, la miré y le pregunté si estaba segura.

Ella cerró los ojos y asintió, pero yo la conocía y paré.

—¿Sabes que no es negro? —comentó al cabo de un rato, apoyada en mi abdomen—. Me refiero a mi pelo.

Debían de ser las dos de la mañana. Lo que me había parecido media hora de toqueteos habían sido en realidad tres. Pero aun así no éramos capaces de despegarnos el uno del otro. Le acaricié la espalda con las yemas de los dedos, dibujando círculos en la superficie de su piel.

—Pues parece negro —dije; en la oscuridad, su cabello se mezclaba con las sombras.

—Si lo miras de cerca al sol, se ve que es castaño oscuro.

La levanté de la cama para poder rodearla con los brazos.

—Llámalo como quieras; a mí me encanta.

—¿Tú siempre te rapas? —me preguntó, recostada sobre mi pecho; imaginé el latido acelerado de mi corazón en su oído.

Me pasé una mano por la cabeza.

—Me lo corto cuando estoy nervioso. No sé por qué, pero cortarme el pelo hace que me sienta mejor.

Noté sus manos en la parte posterior de mis hombros; sus dedos se aferraron a mi piel y me abrazó con más fuerza.

Besé su boca caliente y húmeda.

Seguí encontrando oscuros cabellos largos en mi cama durante lo que me parecieron meses.

2003

Hay una ciudad como Ashford en todos los condados, estoy seguro. Con rotondas que conducen a otras rotondas. Con un centro urbano que parece una jungla de asfalto y cuya calle principal acaba bajando por una colina hacia una calle llena de coches, con una especie de bazar donde antes estaba Woolworth’s y con una colección de tiendas en el interior de un espacio con el techo acristalado que se promocionaba como la viva imagen del futuro cuando lo inauguraron a finales de los ochenta.

En teoría, es el no va más. Escuelas de secundaria, un John Lewis, dos cines, una fábrica de cerveza, un outlet de diseñadores y varios pueblos en las afueras, como Wye, donde los precios de las casas están por las nubes gracias a las legiones de todoterrenos y las clases de yoga en el campo. Hasta hay una estación internacional que te conecta con Europa. Te subes a un tren y te bajas en París.

En realidad, creo que algunas personas cuando se mudan aquí se sienten confusas. Con sus tres McDonald’s y su spa Champneys, podría considerarse una ciudad que todavía se está definiendo a sí misma. Las zonas nuevas prosperan, mientras que los edificios de los años sesenta se caen a trozos, desesperados por que alguien les preste atención, aunque sea la bola de demolición del urbanista. El outlet de diseñadores atrae a multitudes, pero a expensas de la calle principal, que está a ochocientos metros de distancia, asfixiada por una carretera de circunvalación de cuatro carriles.

En esa carretera de circunvalación hay un cementerio pequeñito, un pedazo de tierra que está encajado entre una extensión cuadrada de hierba y un aparcamiento. Bueno, en realidad no es un cementerio. Hace unos años, leí que las lápidas que se apiñan en él fueron trasladadas desde el cementerio municipal cuando decidieron reconvertirlo en una zona de recreo. El ayuntamiento puso unos cuantos bancos, unos parterres de flores y movió las lápidas unos cuantos metros, hacia una esquina. Así que ahora están todas amontonadas donde no molestan, orientadas hacia la fachada de una bolera de los años noventa que hay al otro lado de varios carriles de coches, y los bancos vacíos se encuentran dos metros por encima de los cadáveres anónimos. Una vez me senté a fumar en un banco mientras oía el rugido de los coches y observaba la niebla tóxica colectiva de los gases de los tubos de escape. Nada parecía encajar.

Hablando de cementerios: una vez Anna me llevó al de Bybrook para buscar la tumba de una filósofa muerta llamada Simone Weil. Perdimos toda la hora de la comida para encontrar una simple lápida de granito en el suelo, un nombre y unas fechas grabadas en la piedra. Nos quedamos delante de ella en silencio; los multicines en los que trabajábamos estaban a unos cuantos metros, al otro lado de la verja. «Ella no sabía si creer en Dios», comentó Anna, mirando la tumba, «porque decía que no había forma de saber si existía». Yo me limité a asentir. No confesé que solo me sonaba su nombre, porque era el mismo que el de la carretera de cuatro carriles que iba al Sainsbury’s.

De niños vivíamos en un pueblo a las afueras de la ciudad. Era tranquilo y rural, con árboles a los lados de las calles y un parque donde jugaban al críquet los fines de semana. Pero nadie que no fuera de allí conocía el nombre del pueblo, así que, cuando la gente me preguntaba de dónde era, siempre decía que de Ashford.

Me mudé al norte para ir a la universidad, donde hacía mal el té y me consideraban un blandengue del sur. «Que sepas que “baño” no lleva “i”.» Supongo que tenían razón. Hago un té de mierda.

Coqueteaba con la idea de no volver. Mánchester era barato y parecía que aceptaban los diferentes tipos de vida que la gente elegía vivir; hasta me planteé buscar un trabajo cutre en un periódico para luego ir ascendiendo. Pero en Ashford estaba Sal, e incluso después de tres años me seguía sintiendo perdido. Al final yo también acabé cayendo.

Es lo que tiene Ashford. La gente dice que no le gusta y algunos incluso se marchan y empiezan de cero, pero a los que se quedan les reconforta conocer el nombre de las calles, los atajos y las caras del bar.

Algunos no estamos hechos para volver a empezar.

2003

La cosa empezó de forma bastante anodina.

Digo «la cosa» como si nuestra familia fuera un objeto. Algo hecho de forma premeditada, que había que manipular con sumo cuidado. Pero las familias no suelen ser así, ¿cierto? Van creciendo poco a poco y no siempre a propósito. Alguien hace las paces, un condón se rompe y la vida se abre paso en forma de esperma. O tal vez esta decide atarte un hilo alrededor del torso para arrastrarte y, por mucho que patalees y te resistas, pocos tienen fuerza para cambiar su destino.

Aunque a las familias habría que tratarlas con cuidado. Porque mi experiencia me dice que tienen tendencia a romperse. A lo mejor, si nos momificáramos con esa cinta de embalar transparente que dice FRÁGIL en llamativas letras rojas con la que envuelven las cajas de cartón, la gente no tendría excusas para decir «Te tomas las cosas demasiado a pecho» o «No sabía cómo te sentías». No tendrían excusas, porque, literalmente, lo llevarías escrito en la cara.

«Déjate de acertijos», dice mi padre en mi cabeza. «Empieza a ser un poco más lógico.»

Finales de los ochenta

Finales de los ochenta

Cada quince días, cuando el Arsenal jugaba en casa, papá nos llevaba a Londres en algún coche oxidado al que le hubiera echado el guante. Sal y yo íbamos en el asiento de atrás con los auriculares de nuestros walkman pegados a las orejas, regulando constantemente el volumen de la música para que no se oyera por encima de los comentaristas deportivos de la radio. «Ya sabéis que a papá los tonos graves de vuestra música le dan dolor de cabeza», decía mamá antes de que este entrara en el coche. «Ponedla bajita y tendremos el viaje en paz.» No soportaba los tonos graves ni que abriéramos las ventanillas del coche. «¡Las vibraciones!»

La yaya y el abuelo vivían en una vivienda municipal de Stoke Newington. Era una caja de los sesenta incrustada entre otras cajas de los sesenta, con patio delantero de cemento y rejas en las ventanas. Al abuelo lo habían asaltado en numerosas ocasiones al volver del casino; él nunca se resistía; como mucho intentaba entablar conversación con sus asaltantes. Pero nunca aprendía a llevar un reloj más modesto o las mínimas joyas posibles. «Esas cosas son para disfrutarlas», decía con una carcajada estridente. «Que les aproveche.»

La rutina de esos sábados siempre era la misma. Llegábamos a última hora de la mañana y nos recibía el olor del asado de la yaya. Mamá cogía un delantal y empezaba a remover una olla mientras papá le daba un beso a su madre y salía pitando hacia el salón con el periódico. Sal y yo nos sentábamos a la mesa de la cocina y ojeábamos el catálogo de Argos, tomando nota mentalmente de lo que nos pediríamos para nuestros próximos cinco cumpleaños. Sal se moría por un Scalextric; se quedaba mirando la foto del niño que jugaba con la edición de lujo, que dibujaba ochos en el suelo. A veces me preguntaba si estaría mirando los coches y la pista o si lo que captaba su atención era la cara del niño. Cómo se sentiría uno al ser el niño que conseguía lo que quería.

En ocasiones, cuando nadie miraba, echábamos un vistazo a las páginas de sujetadores.

A mediodía, el abuelo llegaba a casa envuelto en una nube de humo de puro después de una partida de cartas en el club. Antes de quitarse el abrigo de piel de oveja y el sombrero de fieltro, se agachaba y nos envolvía a Sal y a mí en un abrazo enorme al tiempo que estampaba besos húmedos en nuestras mejillas hambrientas. Su áspero bigote blanco siempre nos dejaba marcas rojas en la piel y yo echaba de menos el escozor cuando desaparecían.

«La semilla de los McCoy», decía con aire triunfante. Yo lo interpretaba como que estaba orgulloso de sus nietos.

Stella y Bill solían pasarse por la tarde. Nuestro tío era un hombre tranquilo con unas gafitas de media luna eternamente pegadas a la punta de la nariz. Hablaba muy poco y tenía la rara costumbre de salir de cualquier habitación andando hacia atrás e inclinándose un poco, como si fuera un mayordomo. No pegaba nada con la glamurosa tía Stel, que llegaba arrasando con su abrigo de leopardo y el pelo teñido de rojo recogido en lo alto de la cabeza. Suena fatal, pero, cuando Bill murió de cáncer al cabo de unos años, apenas notamos que se había ido.

Después de merendar, los hombres se marchaban a Highbury. De pie en la cocina, se iban poniendo una capa tras otra. El abuelo era el protagonista, con su enorme abrigo de piel de oveja, su sombrero de invierno con pluma y un puro preparado en la boca. Papá lo acompañaba con su boina inglesa, su chaqueta de cuero y su bufanda de rayas rojas y blancas, el único guiño al Arsenal. Al tío Bill, sin embargo, nunca le faltaba detalle. Se ponía la camiseta de manga larga de la equipación con la que habían hecho doblete en el setenta y uno, el gorro de lana rojo, una bufanda que parecía un bastón de caramelo y un abrigo acolchado rojo con el escudo del club cosido con orgullo en el bolsillo. Hasta tenía la riñonera. En las raras ocasiones en las que papá me llevaba a un partido, yo me quedaba anonadado cada vez que el equipo rival le hacía una falta al Arsenal y mi apocado tío se transformaba en un demente que le gritaba al árbitro y se pasaba noventa minutos con los puños apretados.

Mientras los hombres estaban en el partido, mamá, la yaya y Stella se sentaban alrededor de la mesa de la cocina para preparar la cena. Bebían Coca-Cola de etiqueta dorada y mamá y Stella se turnaban para sentarse en la encimera y sacar la cabeza por la ventana para fumar un cigarrillo. Cuando evoco a todas esas mujeres juntas, siempre están en una cocina. Después de tantos años, cierro los ojos y las veo ahí, pelando patatas y riéndose de algún chiste verde.

—¿Cómo va eso, Sal? —gritó una vez Stella desde la cocina.

—Bien, gracias, tía Stel —respondió él desde el sofá, donde estábamos tumbados viendo Indiana Jones; lo que más nos gustaba de la yaya y el abuelo era que tenían antena parabólica.

—Estoy harta de deciros que no me llaméis «tía». Soy demasiado joven. Mi nombre es Stella y quiero que me llaméis así, niños.

—A Paul no le gustará, Stel —dijo mamá.

—Pues dile a mi hermano que me importa una…

—Stella —advirtió la yaya bruscamente.

Me levanté del sofá y fui a la cocina a beber algo.

—Vale —dijo Stella, que se encontraba sobre la encimera; se estaba rascando una pierna y me fijé en que tenía una carrera en las medias desde el tobillo hasta la rodilla—. Como siempre, cederé ante mi hermano mayor. Pero en serio, mamá, creo que debería tener derecho a elegir mi puñetero nombre —añadió, aplastando la colilla del cigarro en el cenicero, antes de bajarse de un salto—. ¿Y tú qué, Nicko? ¿Ya has dejado preñada a alguna?

—¡Stella! —exclamó mamá esa vez.

Yo sonreí, con la cara ardiendo.

—No —susurré.

Ella se rio.

—Uy, qué mirada de culpabilidad. Recuerda bien lo que te digo, Lou: este va a ser de los que las mata callando. Volverá a todas las chicas locas.

—Sí —gritó Sal desde el salón—. Pero por deshacerse de él.

—Vale, vale —dijo mamá—. Vamos a dejarlo ahí, antes de que la cosa se ponga fea.

—Todavía no tengo ni diez años, tía Stel —objeté—. Las chicas no saben ni que existo.

—Espera y verás —me dijo ella, guiñándome el ojo con confianza—. Dentro de unos años, te enamorarás y será un infierno en la tierra. Las mejores siempre lo son.

—¿No se supone que el amor es algo bueno? —pregunté.

—A veces. Pero, cuando te cala hondo, ahí es cuando sabes que es de verdad. Cuando hace que te sientas mareado, ansioso y te impide probar bocado.

Mamá resopló.

—Está claro que Bill no tiene ese efecto en ti.

—¿Quién ha dicho que estaba hablando de Bill? —Se rieron a carcajadas y luego Stella se giró—. Como tu madre y tu padre. Yo los presenté, ¿lo sabías? Tu madre y yo fuimos a una discoteca que había cerca de la comisaría. Nos arreglamos en su casa… ¿Te acuerdas, Lou? ¿Recuerdas ese vestido de volantes plateado para el que ahorraste el sueldo de un mes?

La cara de mamá se iluminó.

—Me encantaba ese vestido. Y esa noche me peiné como Farrah Fawcett. —Mamá rodeó a Sal con un brazo, que había aparecido en la puerta, y lo estrechó con fuerza.

—Pero en la discoteca no había tíos. Bueno, al menos ninguno que mereciera la pena. Puede que unos cuantos sarasas, pero no iban a fijarse en nosotras.

—¿«Sarasas»? —pregunté.

—No importa —dijo la yaya.

—Sarasas, ya sabes, gais —aclaró Stella—. Era divertido bailar con ellos, se sabían todos los pasos, pero no iban a ponerse a pescar truchas en río ajeno.

Mamá se tapó la cara con las manos.

—Cíñete a la historia, Stella.

—Sabía que tu madre subiría por la calle de tu padre, así que nos retiramos pronto y paramos en el Red Lion de camino a casa. Yo lo llamé, tu madre lo miró sacudiendo sus pestañas azules y supe de inmediato que estaban hechos el uno para el otro. A él ni siquiera le importó que le pidiera que le invitara a un Cinzano con limonada. Tu padre estaba embobado. Encantado de que el camarero creyera que era idiota.

Adoraba esas historias. Stella tenía el don de hacer que cada vez que las contaba pareciera la primera y, aunque esta ya la habíamos oído antes, Sal y yo escuchábamos en silencio con la esperanza de obtener algún detalle nuevo. Algo a lo que nuestra cabeza pudiera dar vueltas durante el largo camino de regreso a casa.

—Cuéntales lo de esa vez con Paul y la gramola —le pidió mamá, apoyando la barbilla en la mano; se veía que a ella también le gustaba escuchar.

Sal y yo nos inclinamos hacia delante.

—¿Te refieres a lo de Año Nuevo? —preguntó Stella, encendiendo otro cigarrillo—. Dios santo. ¿Recuerdas…?

Entonces se oyó el sonido de una llave en la cerradura. Los hombres entraron, las mujeres se levantaron y allí acabó todo.

Hace poco estuve en Stoke Newington y di un paseo por Arundel Grove. Las viviendas en forma de caja todavía siguen allí amontonadas, con sus antenas de televisión sacudiéndose en los tejados planos, sus cortinas ondulantes de encaje y sus cubos de basura en la parte delantera. Pero han quitado las rejas de las puertas, y, mientras caminaba hacia la parada del bus, pasé por delante de un montón de cafeterías, de esas con mesas modernas delante. Un tipo se sentó en una de ellas con un café pequeñito y un portátil y se puso a teclear sin temor a seducir a algún atracador.

La yaya y el abuelo hace tiempo que se han ido. Pero los recuerdos nunca dejan de presentarse.

Julio de 2003

Julio de 2003

—Madre mía, alucino.

Yo ya iba por la mitad del camino de acceso, llevaba la llave preparada y esperaba que papá estuviera aún en el trabajo o que hubiera hecho una parada en el bar. Cuando sugirió mi casa como destino, di por hecho que Anna bromeaba, pero mi risa nerviosa se topó con una mirada glacial. Ahora ella se había detenido en la puerta del jardín, dándose cuenta de que había cometido un error al venir.

—Puedes irte si quieres —dije, bajando la vista hacia la llave que tenía en la mano.

—¿Eh?

—¿Tienes que ir a algún sitio? Si es así, no pasa nada.

Ella me miró desconcertada y sentí la impaciencia que afloró cuando ella no entendió lo que quería decir.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó—. ¿Adónde voy a tener que ir?

—Creía que…

—Me refería a eso. —Anna señaló los tres girasoles que había al borde del camino. Medían metro y medio de altura y se mecían suavemente con la brisa, conscientes de que los estaban admirando.

Asentí como si lo hubiera sabido desde el principio.

—Ya, forman parte de la decoración.

Ella se quedó callada.

—La tía Stella los plantó el primer verano después de que mamá se fuera. —Se me quebró la voz en la última palabra. Seguí hablando a toda prisa—. Dijo que necesitábamos algo que nos diera la bienvenida al volver del colegio, algo alegre. Eran o las flores o pintar la puerta principal de amarillo chillón, y no creo que nuestro padre hubiera permitido lo segundo.

—Son preciosos —dijo Anna, mirándolos a ellos y a mí alternativamente, una y otra vez—. ¿Funcionan?

—¿Que si funcionan?

—¿Sonríes cuando los ves?

Miré fijamente el envés de las flores. Este año habían brotado con fuerza. Ya estaban en plena floración, sus tallos eran firmes y orgullosos y sus hojas casi se tocaban entre sí. Era la primera vez ese verano que me fijaba en ellas.

—Supongo. Stella los vuelve a plantar todos los años. Es una tradición que sigue manteniendo. —Me acerqué a Anna y acaricié el centro oscuro de uno de ellos—. ¿Ves esto de en medio? Cuando la planta muere al final de la temporada, todas estas cosas se secan y se convierten en semillas. Stella guarda unas cuantas para plantar en primavera.

—Así que los que han nacido ahora son descendientes de los primeros que plantó.

Me quedé pensando.

—Debe de haber buena luz en este lugar.

—La verdad es que nunca me han gustado los girasoles —confesó Anna, extendiendo la mano para acariciar los pétalos—. Solo los había visto en jarrones o en el supermercado, envueltos en plástico. Me daban un poco de repelús. Pero aquí parecen distintos. Encajan.

—No sé por qué, solo crecen tres.

—¿Solo tres?

—Ella siempre planta cuatro, pero uno nunca sale. Solíamos apostar cuál sería.

Noté que Anna me miraba.

—Me cae bien tu tía Stella —dijo antes de empujarme suavemente hacia casa.

—¿Y tú qué? —pregunté—. ¿Cuántos han estado en tu cama?

Fue después de la primera noche. Me desperté a media mañana, cuando el mundo exterior se dirigía a sus oficinas, y salté por encima de Anna, que seguía durmiendo, para bajar y hacer un sándwich de beicon. Cuando volví con una bandeja y una taza de té, abrí la puerta y la vi allí tumbada, con una pierna desnuda enroscada en mi edredón. Después de todos estos años, recuerdo perfectamente cómo me sentía en esa habitación, y la razón es esa imagen suya que tengo en la cabeza.

Anna no respondió de inmediato, pero me devolvió la bandeja vacía y bebió un sorbo de té turbio. Me senté al borde de la cama y observé cómo se apoyaba sobre un codo, todavía envuelta en mis sábanas.

—Sabes que nunca ha habido nadie en mi verdadera cama —respondió antes de lamer una gotita de kétchup que tenía en la muñeca—. Ya conoces mi situación.

Yo asentí, fingiendo que la conocía perfectamente.

—Además, no quiero hablar de corazones rotos. —Anna pellizcó el dobladillo de mi camiseta de Tupac que se había puesto con indiferencia antes de que finalmente nos durmiéramos mientras yo observaba el perfil de su sombra sobre la pared de la habitación—. ¿Podemos centrarnos en el presente?

—Quiero hacerte una pregunta.

Ella levantó una ceja.

—¿Qué pasaría si te pillaran en mi cama?

Ella bajó la vista.

—Mejor que no lo hagan.

—¿Aunque no haya pasado nada?

Anna se sentó.

—Para ti no ha pasado nada. En mi mundo, esto es una puñetera hecatombe —aseguró, señalando las sábanas arrugadas.

Ojalá mi yo de veintidós años hubiera entendido lo que significaban aquellas palabras. Que el riesgo que estaba corriendo era de por sí una declaración de sentimientos. Si pudiera volver atrás y lograr que él me escuchara, tal vez no habría desperdiciado todos esos años. Dicen que los hechos valen más que las palabras, pero ¿no dicen también que los jóvenes no valoran la juventud? Esos mitos absurdos son fruto del arrepentimiento de alguien.

Principios de los noventa

Principios de los noventa

Las tres ocasiones en las que fui a ver al Arsenal de niño están grabadas a fuego en mi mente. Sé que solo me llevaban porque alguien había fallado y era demasiado tarde para vender la entrada, y siempre que jugaban contra algún equipo cutre, como el Norwick o el Sheffield Wednesday, pero, cuando nos acercábamos al estadio y la multitud empezaba a apelotonarse, papá me cogía de la mano y me guiaba.

Luego le compraba el fanzine The Gooner al tipo de la esquina y, cuando él desaparecía en el descanso para ir con los hombres a tomarse una caña en el bar, yo me quedaba en mi sitio y me lo leía de cabo a rabo. Mientras volvíamos andando a casa, compartíamos una ración de patatas fritas y yo hacía comentarios del tipo: «Wright tiene una mala racha» o «Campbell es un manta, otro de esos niñatos de ojos azules de Graham». Cosas así. No sé si eran acertados o no, pero a veces papá se encogía de hombros o medio sonreía.

Cuando doblábamos la esquina de Arundel Grove, veía la cara de Sal pegada al cristal, entre las cortinas de encaje. Cuando llegábamos a casa, ya no estaba allí, y yo entraba riéndome con los hombres. Le alborotaba el pelo, él murmuraba «que te den» y yo me ponía a hacer una crónica minuto a minuto de las últimas tres horas. Era como vivirlo todo de nuevo.

Sal nunca demostró las ganas que tenía de ir. Y papá no le ofreció una entrada ni una sola vez.