Albert Camus fue nombrado redactor jefe de Combat, periódico que hablaba en nombre de la Resistencia francesa contra el nazismo, en otoño de 1943; apenas contaba treinta años. El dato es chocante: pensamos en un autor reputado cuando pensamos en Camus, pero entonces no lo era todavía. Es cierto que su vida había empezado a acelerarse y ya solo se vería frenada por el accidente de coche que lo mató en enero de 1960, dejándonos para siempre la imagen emblemática del escritor que se da un aire al Humphrey Bogart de la Warner y fuma Gauloises en blanco y negro. Pero a comienzos de la Segunda Guerra Mundial solo era un escritor vacilante que encadenaba aventuras amorosas moviéndose entre Argel y Orán, lejos de París y por tanto del éxito que tanto anhelaba. Es la publicación casi simultánea de El extranjero y El mito de Sísifo en 1942 la que le abriría las puertas del estamento literario. Poco después de su aparición, tras pasar una temporada recuperándose de su vieja tuberculosis en un sanatorio situado al norte de Occitania, Camus entró a trabajar a tiempo parcial en la editorial Gallimard, mientras su esposa Francine le esperaba en Argelia. Y fue entonces cuando —tras haber sido rechazado en varias ocasiones por el ejército por razones de salud— asumió la responsabilidad editorial en Combat, formalizando así su relación con la Resistencia. El joven Camus se convertiría con ello en una de las voces más prominentes de aquella Francia minoritaria que no se resignaba a ser Vichy.
En este volumen se recogen, a partir de la edición minuciosa de Jacqueline Lévi-Valensi, la totalidad de los textos que Camus escribió para Combat entre marzo de 1944 y junio de 1947, con el añadido de varias piezas aparecidas en 1948 y 1949. Son textos firmados por el escritor francés o que pueden atribuírsele con cierta seguridad: 138 editoriales, 27 artículos. El periódico existía desde diciembre de 1941, cuando tiraba irregularmente apenas mil copias; a finales de 1943 llegaba a las 250.000. Su alcance era notable y la publicación servía como centro de relaciones para los miembros de la Resistencia. Hay que recordar que los nazis seguían en Francia; por algo dice Camus en su primer artículo que es necesario implicarse: la Francia que mira debe sumarse a la Francia que lucha. Combat importa porque la exaltación del buen patriotismo es parte del esfuerzo bélico: los franceses están unidos por una «solidaridad del martirio» que exige la oposición activa contra el enemigo común.
Camus describe Combat como un periódico cercano al socialismo, que es crítico con el marxismo y el cristianismo pero se empeña —con poco éxito— en dialogar con ambos. Dirá también, al final de la aventura, que Combat nunca quiso ser un periódico de partido; se trataba de contribuir al debate pluralista con arreglo al espíritu de la Resistencia: «Al sublevársele el corazón consolidó [la Resistencia] unas cuantas verdades de la inteligencia». Es una manera muy francesa de describir una empresa precaria organizada alrededor de Charles de Gaulle, hombre providencial con rango de general al que Combat —acaso por falta de alternativa— se mantuvo siempre fiel; tanto que, como ha señalado Olivier Todd, no impugnó el mito gaullista según el cual Francia fue liberada por los propios franceses.[1] Se ve que el imperativo moral que nos obliga a decir siempre la verdad, después de todo, también conoce algunas excepciones. En todo caso, Camus fue el primero en admitir en estas páginas que la Resistencia no estaba compuesta de santos, porque no aspiraba a una nación de santos. Quizá pensaba en él mismo: durante todo este periodo, nuestro hombre se mantuvo separado de su esposa y entabló una intensa relación sentimental con la célebre actriz de origen español María Casares, a la que conoció en una reunión con gente del teatro interesada en montar El malentendido. Solo al terminar la guerra, cuando Camus se reunió con Francine y esta quedó embarazada, Casares rompió con él.
¿Qué interés presentan hoy estos textos periodísticos? Han pasado más de setenta y cinco años desde la aparición del primero de ellos; el siglo XX se va alejando de nuestra vista. Sin embargo, nos sigue fascinando: tanto la lucha democrática contra el totalitarismo nazi como el brutal experimento comunista poseen una fuerza emocional y simbólica difícilmente parangonable. Se trata, por añadidura, de conflictos humanos universales llamados a reproducirse bajo formas distintas; de ahí que aún nos miremos en el espejo de aquel siglo. A la pregunta sobre el interés de estos artículos puede responderse así de manera inequívoca: hay que leerlos. Pero no hay una sola razón para hacerlo, sino que esta dependerá del aspecto que más llame nuestra atención. Y es que son una pequeña historia, oblicua si se quiere, de un momento apasionante de la historia europea y francesa, además de una intervención vigorosa en el debate de ideas de su tiempo. Para especialistas como David Carroll, prologuista de la edición estadounidense, su principal interés es así político; son textos pegados al terreno de los grandes acontecimientos y en ellos puede dibujarse una trayectoria personal —que es la de Camus y tantos otros— que va del entusiasmo a la decepción.
Desde luego, la temática es exhaustiva. En estas páginas se habla de justicia, comunismo, revolución, imperialismo; se discute la depuración desarrollada en Francia tras el desmantelamiento de Vichy; se medita sobre el significado de la democracia y su relación con el socialismo. Pero también hay una riqueza de detalles que nos aproximan vivamente a una época que solemos ver representada con trazos gruesos: el editorialista Camus se queja de que el Gobierno impone una tributación opresiva a la industria del cine, habla de la arquitectura internacional cuyo estilo empezaba a insinuarse, visita un sur de Alemania cuya rubia serenidad le sorprende, o reacciona a un discurso que Churchill ha pronunciado la víspera. Es además uno de los pocos intelectuales franceses que expresa su horror ante el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima, concediendo sin embargo que pudo ser necesaria para forzar la rendición del imperio japonés. El razonamiento es típico de Camus: se horroriza ante una realidad atroz sin ofrecer una alternativa plausible. ¿Reside aquí una de las razones de su éxito?
Para el lector español, la compilación se ve enriquecida por sus frecuentes alusiones a nuestro país. Recordemos que Camus estaba vinculado familiarmente a España, ya que sus bisabuelos maternos emigraron a Argelia desde la depauperada Menorca de mediados del siglo XIX; el interés natural de los europeos por la insurrección franquista y la instauración de la dictadura se veía reforzado en su caso. Combat se hacía eco de una esperanza que Camus convirtió aquí en mandato: «Esta guerra europea que empezó en España hace ocho años no podrá terminar sin España». Para nuestro editorialista, la situación española venía provocando desde 1938 una «vergüenza oculta» a los auténticos demócratas, que no podían olvidar cómo el Gobierno progresista encabezado por Daladier internó a medio millón de refugiados españoles que huían de la guerra en campos de concentración; entre ellos, un Antonio Machado a quien Camus aludía con amargura. A finales de 1945, lo que quedaba era el deseo de que España estuviera en la agenda de los Aliados. Y un reproche: la retórica democrática de estos últimos se veía comprometida por la sola existencia del régimen franquista. La realidad se interponía una vez más en el camino de la moral; no cabe duda de que España fue otra de las decepciones de Camus en la posguerra.
Sin embargo, estos artículos no se definen solo por sus temas. Son también un estilo, un modo de decir las cosas cuyo eco resuena particularmente ahora que se ha renovado el interés por las condiciones de la conversación pública y el papel que los medios de comunicación desempeñan en ella. Hoy vuelve a preocuparnos —como preocupaba a Camus y preocupó a Orwell o a Aron, incorporado a Combat después de la derrota nazi— la intrincada relación entre persuasión y verdad. Por lo demás, se trata de textos firmados por un escritor (o atribuidos a él) que sigue siendo reeditado, leído, citado; un escritor que, además, sigue en pie como uno de los mitos literarios de una época que los producía con facilidad. Leer al Camus que ejercía como editorialista durante la larga noche europea permite comprender mejor al Camus que trabajaba por entonces en La peste o formulaba por vez primera ideas que luego fructificarían en El hombre rebelde. Merece la pena leer a este periodista que a menudo se pone el traje del filósofo político. ¿Prestaríamos atención a estos editoriales si no los firmase Camus? Es difícil saberlo; el caso es que los firma él.
En estas páginas, se define al periodista como a un «historiador del momento» que, enfrentado al carácter elusivo de la verdad, debe comprometerse éticamente con la objetividad y la prudencia. Y Camus parece dirigirse a nosotros, que hablamos de posverdad y noticias falsas, cuando advierte que, en el terreno del periodismo, es mejor no reemplazar los hechos por los propios deseos. Curiosamente, Aron reprochará a Camus tener poco interés por los detalles; como otros habían lamentado, durante sus años de formación, su acercamiento poco sistemático a la filosofía. No es sorprendente: el interés de Camus estaba en las ideas y se deslizaba hacia la reflexión moral, donde los detalles cuentan pero la realidad puede estorbar. Pero sus intuiciones sobre la neutralidad de instituciones democráticas y medios de comunicación son acertadas: mientras que el Estado no puede enseñar en las escuelas «verdades no reconocidas por todos», la prensa solo puede cumplir su papel si rehúsa abrazar ideologías particulares y proporciona una arena para el diálogo a lo largo del espectro político. De modo que la primera mitad del siglo había dejado claras sus lecciones; hoy parecieran olvidadas.
Hay que tener en cuenta que, en su mayor parte, lo que Camus escribe son editoriales bajo seudónimo. Se trata de un género con servidumbres propias, que sin embargo encaja como un guante con las inclinaciones moralizantes del escritor francoargelino. No en vano, él mismo advierte que se vive en una «era de la indignación» que no permite el empleo de la ironía; las circunstancias no invitaban a la ligereza. Para más inri, la tendencia de los comentarios editoriales a la separación de buenos y malos, acompañada por lo general de exigentes llamamientos a la acción, se veía naturalmente reforzada en el marco de la guerra buena contra la Alemania nazi; si alguna vez ha existido eso que ahora llamamos «claridad moral» fue entonces, cuando millones de personas se sacrificaron en la lucha contra unos malos inequívocos. Y con todo, esa claridad quedó irremediablemente emborronada allí donde la ocupación nazi dio lugar a regímenes colaboracionistas como el de Vichy. La herida abierta en el corazón de la sociedad francesa exigía sutura inmediata, aunque fuera por medio de la ficción gaullista que distinguía la Francia verdadera de la falsa Francia. En uno de sus primeros editoriales, Camus habla de una Francia partida en dos: «la Francia de siempre y los que quedarán destruidos por haber intentado destruirla». ¡Vigorizante ilusión! La dificultad de trazar una línea de separación entre ambas se verá con claridad en la posguerra, cuando los intentos por «purgar» Francia produzcan dilemas morales que —como veremos luego— transformarán la concepción camusiana de la justicia.
En Camus hallamos, al igual que en Orwell, la preocupación por el mot juste o «palabra correcta» sin el cual no podemos debatir de manera genuinamente democrática. Se trata de una creencia conmovedora, una suerte de esperanza en los significados unívocos que remite al mito de Babel. Lo cierto es que palabras como «justicia», «libertad» o «democracia» no tienen un único sentido; otra cosa es que debamos ponernos de acuerdo sobre aquel que vamos a usar cuando nos sentamos a hablar. En todo caso, Camus sabía emplear las palabras, como atestiguan sus editoriales. En ellos despliega una retórica particular, un discurso que se presta a la declamación y que se define por un conjunto de decisiones estilísticas que se mantienen estables a lo largo de esta serie de artículos. No en vano, el novelista conocía el oficio. Había trabajado como periodista en Argel bajo el manto protector de su amigo Pascal Pia y lo había hecho en unas condiciones materiales precarias, alimentando la publicación de Alger Républicain y de Le Soir Républicain con la reelaboración de teletipos.
¿Cómo dice entonces Camus lo que dice? Ya se ha apuntado que hace un uso generoso de la primera persona del plural: sea para hablar en nombre de la Resistencia o para sugerir el acuerdo unánime de todos los franceses, el «nosotros» constituye el punto de vista habitual en los editoriales. Estos tienen siempre una extensión similar y arrancan con una idea, complementada por uno o dos ejemplos; salvo que lo hagan con un suceso particular cuyo comentario conduce a la exposición de la idea. Destaca en ellos el empleo retórico de la interrogación; como si los artículos fuesen un diálogo con los lectores o consigo mismo. Camus formula las preguntas a partir de las respuestas que desea ofrecer, pero el texto da una mayor impresión de viveza así organizado. De este modo comienza el artículo publicado el día después de la capitulación de Alemania: «¿Quién podría pensar qué expresión atribuirle a este día delirante que no lo traicionara?». En otras ocasiones, el tono es didáctico, como cuando se pregunta qué es la milicia, cómo debe hacerse la guerra o qué es un periodista. El interrogante puede también ser enigmático («¿Cuándo se dice que un hombre ha puesto su vida en orden?») o atribuir al nosotros que habla la cualidad de juez moral («¿Vamos a aprobar o no esa condena?»). Y no falta, en fin, la alusión irónica como respuesta a la aclaración de que la censura militar de la prensa solo es un control que obedece a razones de seguridad: «¿Cómo no inclinarse ante tanto pudor y tan firme cortesía?».
Sobre todo, Camus se solaza en el juego de contrarios: como si la moralidad fuera una dialéctica. Por ejemplo: «a partir del momento en que ya se nos ha reconocido nuestro derecho, empieza nuestro deber». O bien: «No somos hombres que odien. Pero no nos queda más remedio que ser hombres justos». Sus oposiciones pueden ser descriptivas («Alemania lo sacrificó todo para no conseguir nada»), temporales («Este París que lucha esta noche quiere mandar mañana») o sentimentales («Pero el problema que se plantea, en cambio, no es cosa de la Administración. Es cosa del corazón»). En una época caracterizada por las ideologías totalitarias, hay que comprender el recurso a la disyuntiva tajante: quien no está con la Resistencia, dice Camus, está contra la Resistencia. Es habitual también, en consonancia con el género periodístico del editorial, el recurso al epigrama sentencioso. A menudo es brillante y el fraseo nos recuerda al teatro de su autor: «Y es que para muchos hombres el éxito es una ley y la brutalidad, una tentación». En otras ocasiones, la brillantez es superficial: «el patriotismo no es una profesión». Y aun otras, Camus incurre en una grandilocuencia tremendista que habría encajado bien en las redes sociales de nuestro tiempo: «Francia y Europa tienen hoy que crear una nueva civilización o perecer». Pero el escritor termina reapareciendo y es difícil encontrar mejores formas de comenzar una réplica que aquella que dirige a François Mauriac, en el contexto de su larga controversia sobre la depuración, en diciembre de 1948: «Contestarle es asombrarme». No es una pose: Camus sospechaba que Mauriac tenía razón al preferir la indulgencia a la justicia y así terminaría reconociéndolo.
Y es que el estilo no lo es todo; está, debe estar, al servicio de aquello que se quiere decir. En su descripción del periodista, Camus señalaba que este debe tener ideas; no digamos ya el editorialista. Es aquí donde cobra importancia el contenido de estos textos, cuyos temas más recurrentes están presentes de una manera o de otra en la obra ensayística, narrativa y teatral de su autor. Olivier Todd señala que Camus no es una excepción entre los miembros de la Resistencia y sale de la guerra lleno de ilusiones revolucionarias simplistas; quizá la esperanza posbélica no podía adoptar otra forma. En el caso de Camus, es posible identificar cierta ingenuidad cuya expresión más común es el deseo de que lo improbable pueda hacerse posible. Así sucede cuando dice que la única buena política de cualquier gobierno es contar siempre la verdad o cuando vislumbra una economía internacional en que «las materias primas se pongan en común, en que la competencia comercial se convierta en cooperación, en que los mercados coloniales estén abiertos para todos». ¡Un mundo feliz! Se trataba, al fin y al cabo, de maridar política y moral: una cuadratura del círculo en la que no quedaba más remedio que creer, en vista de un continente devastado, ahora que el horizonte de la paz comenzaba a insinuarse.
Para Camus, la primacía de la moralidad en la política implicaba el rechazo tanto de la ideología como de lo que denominaba «realismo político». A la altura de septiembre de 1944, llega a decir que los miembros de la Resistencia están decididos a «reemplazar» la política por la moralidad. Se ve aquí con claridad la función de ese lenguaje sin ambigüedades al que ya se ha hecho referencia: el tiempo de la moralidad es aquel «en que el lenguaje se vuelve límpido y en que es posible usarlo incluso frente a los realistas». Es patente que Camus aspira a otra forma de hacer política: una que evite la repetición de los desastres de la primera mitad del siglo europea, cruenta sucesión de conflictos bélicos que en el caso francés se remonta hasta la guerra franco-prusiana de 1870-1871. Y, como buen enemigo del realismo, su primera tarea es evitar que los medios terminen por ser más importantes que los fines.
En este punto, la sombra del marxismo es alargada: ya sea en su versión revolucionaria o estatalista, la convicción de que la felicidad total de los hombres es científicamente cognoscible y políticamente realizable contamina sin remedio la siempre difícil relación entre medios y fines. Es un tanto desconcertante que Camus afirme al respecto que todos estamos de acuerdo en cuanto a los fines, pero diferimos sobre los medios, porque no está claro que sea el caso.
Por una parte, su posición es firme: el fin no justifica los medios. Y se equivocan quienes, borrachos de finalidad, piensan lo contrario. Camus tiene aquí el acierto indiscutible de igualar las ideologías nihilistas, como el fascismo, con las filosofías que toman la Historia como un absoluto. Lo hacía, además, bajo el fuego cruzado de las exitosas publicaciones periodísticas del poderoso Partido Comunista Francés, que incluían el diario L’Humanité y el semanario Action. Camus había militado en el partido en Argelia, pero terminó saliendo por la puerta de atrás debido a las suspicacias que provocaba su heterodoxia intelectual; ahora decía en las páginas de Combat que ellos, que querían representar a la Resistencia, no eran comunistas. Eso no significa que Camus viera por entonces a la URSS como un régimen totalitario, pese a que había figuras cercanas a él que habían manifestado ya sus dudas: André Gide había escrito su Regreso de la URSS en 1936, mostrando abiertamente sus recelos hacia el régimen soviético y describiendo sus incongruencias con sorprendente lucidez.[2] A finales de 1946, empero, Camus se adelanta a muchos de sus colegas cuando afirma que el marxismo es absolutamente falso porque reclama para sí el monopolio de la verdad.
Así que, a diferencia de los comunistas, Camus no cree que cualquier medio sea bueno para hacer felices a los seres humanos. Sorprende, en cambio, que dé por supuesto que compartimos los mismos fines. Tal vez se deba a que Camus consideraba la idea del socialismo como una gran idea, siempre y cuando se diferenciase entre un socialismo marxista y un socialismo liberal. ¿En qué consiste este último? Camus sugiere que es la conciliación de una economía colectivista y una política liberal, cuyo resultado no es otra cosa que una «democracia popular». De qué manera haya de hacerse esa conciliación, en ningún momento se nos aclara; quizá porque se trata de un desideratum más que de otra cosa. Lo que Camus busca es asegurar por partida doble la justicia y la libertad: un Estado social donde cada individuo goza de las mismas oportunidades que los demás y un clima político donde la persona es respetada por lo que es y lo que expresa. En el fondo, Camus hablaba de la democracia liberal y bienestarista que se iría haciendo realidad durante la posguerra; aquella que defendería con tino su compañero de redacción Raymond Aron. Y resulta comprensible que, entre las ruinas del final de la guerra, defienda con ardor que Francia y Europa tienen que ganar la contienda primero y después hacer «una revolución». Por esta se entiende ya algo diferente a lo que simbolizan 1789 y 1917, que a ojos de Camus «siguen siendo fechas, pero han dejado de ser ejemplos».
¡La revolución! Es difícil exagerar la presencia que mantuvo, durante los dos primeros tercios del siglo XX, el debate sobre ella. El tiempo de las revoluciones inaugurado en Francia en 1789 y culminado en Rusia en 1917, sin olvidarnos de las revoluciones liberales de 1830 y 1848, ya había pasado. Pero la vigencia intelectual del marxismo, combinada con los procesos de descolonización primero y el estallido de la contracultura después mantuvieron viva la esperanza revolucionaria entre los intelectuales y en la izquierda organizada alrededor del comunismo en su florida variedad: leninismo, trotskismo, maoísmo. Las reflexiones de Camus sobre la revolución están todavía marcadas por la influencia del modelo soviético, que salió de la guerra fortalecido por la victoria ante los nazis y todavía no había exhibido ante el mundo —como haría en Budapest y Praga— su vocación totalitaria: ni se había publicado Archipiélago Gulag, ni Mao había puesto en marcha sus devastadores experimentos sociales. En este contexto, la crítica que hace Camus del marxismo tiene especial valor; lo mismo puede decirse de su defensa de la democracia.
Su argumentación sigue una línea coherente. Si en agosto de 1944 demanda una «una auténtica democracia popular y obrera» que reconcilie la libertad con la justicia, advirtiendo de que esa democracia está aún por construirse y que habrá de erigirse cuando llegue la paz, previene asimismo contra las doctrinas —como el socialismo marxista— que se quieren infalibles. Es gradualista: la condición humana solo puede mejorarse paulatinamente. Pretender otra cosa, como hacen las ideologías utopistas, es inmodesto. He aquí una noción de gran interés, mediante la cual Camus se aproxima, acaso sin pretenderlo, al liberalismo político: la democracia no es tanto la forma ideal de gobierno como la mejor entre las disponibles. El escritor franco-argelino hace esta afirmación en el editorial, firmado con su nombre, que aparece el 30 de abril de 1947: «Es posible que no exista un régimen político bueno, pero no cabe duda de que la democracia es el menos malo». Hay así razones para pensar que, cuando Churchill formuló esta misma idea en noviembre de ese mismo año, no fue el primero en hacerlo.
El valor de la democracia estriba, para Camus, en su modestia. No quiere tener toda la razón, como el marxismo; su propia estructura pluralista es ya la admisión de que nadie puede apropiársela. Y los límites que impone al ejercicio del poder político, entre ellos la separación de poderes y el imperio de la ley, protegen al individuo de su comunidad tanto como a la comunidad de sí misma. La modestia como virtud política, pues; lo contrario de lo que se venía estilando desde Hegel. Nótese que, como ha señalado el teórico político Patrick Hayden, esta llamada a la prudencia se deriva de la filosofía del absurdo que Camus había desarrollado en El mito de Sísifo: nos vemos arrojados a un mundo que no hemos elegido y sobre el que no podemos imponer teorías totalizantes, ya que ni siquiera sabemos cómo se relacionan los acontecimientos del presente con los del pasado y los del futuro.[3]
Ahora bien: dado que es necesario proyectarse en el futuro para sentir que la vida merece vivirse, Camus combina ya en los escritos de Combat del inicio de la posguerra la crítica del utopismo malo con la defensa de un utopismo bueno que conduzca al bienestar. Frente a la cerrazón de la ideología, reclama «un pensamiento político modesto, es decir, liberado de todo mesianismo y desembarazado de la nostalgia del paraíso terrenal». En este caso, la apuesta por la moralidad lleva a Camus a la falible democracia, por oposición a un maximalismo cuyas certezas incuestionables privan de sentido a la moral misma y desembocan en una organización política totalitaria. Lo diría con claridad en El hombre rebelde, donde señala que quienes se lanzan a la historia «predicando su racionalidad absoluta [...] desembocan en el universo de los campos de concentración».[4] Prudencia, modestia, mesura: virtudes democráticas para el siglo de los horrores.
Que el lector termina por encontrarse con un escritor desencantado al final de esta peripecia editorialista puede comprobarse si se sigue la evolución de dos temas a lo largo de estas páginas: Argelia y Vichy. No hay dudas acerca del lugar que el primero de ellos ocupaba en la conciencia de Camus, él mismo un pied-noir nacido en una localidad de la Argelia francesa, en la que vivió sin apenas interrupción los primeros treinta años de su vida. Ya durante su desempeño como periodista en Argel había denunciado la situación de los árabes, privados de la ciudadanía francesa y sometidos a distintos grados de explotación colonial; era evidente que el discurso universalista del que hacía gala Francia desde 1789 se veía desmentido por su práctica imperialista en Argelia o Indochina. Para Camus, que publica en Combat una larga serie de piezas sobre la situación argelina después de que el Gobierno colonial reprimiera brutalmente las revueltas de Sétif y Guelma en la primavera de 1945, la democracia francesa no podía declararse cumplida si no se extendía al conjunto de los argelinos. No era un asunto que preocupase mucho en la metrópoli y por eso nuestro autor comienza su informe de manera directa, diciendo que quiere «recordar a los franceses que Argelia existe». Hecho este recordatorio, Camus urge a los franceses a decidirse entre el asimilacionismo democrático o la descolonización pacífica; un dilema entre cuyas alternativas tampoco él acaba de decidirse. Todavía en 1957, tras recibir el Nobel en Estocolmo, un estudiante argelino le pediría una posición más clara sobre el asunto.
Para entender cabalmente el sentido de esta afirmación, merece la pena considerar el modo en que Camus afrontó el espinoso proceso de depuración llevado a cabo en la Francia liberada contra los colaboracionistas del nazismo; las complicaciones asociadas al ejercicio práctico de los ideales morales se pusieron de manifiesto en este proceso con dolorosa claridad. En noviembre de 1944, Camus habla de la justicia como de «algo que arropa el alma»; tres años más tarde, concede que la justicia absoluta es imposible. Acaso resulte sorprendente que nuestro autor empezase apoyando la pena capital, pues entendía que la severidad del castigo había de ser proporcional a la gravedad de los crímenes cometidos. Contra Mauriac, quien abogaba por la caridad, Camus defendía la justicia. A comienzos de 1945, escribía: «Como hombre, quizá admire al señor Mauriac por saber querer a los traidores; pero como ciudadano lo sentiré, porque ese cariño nos conducirá precisamente a una nación de traidores y de mediocres y a una sociedad que ya no queremos». Camus, que por lo demás abogaba por la proporcionalidad de los castigos, pronto comprobó que sucedía lo contrario de lo deseable: se castigaba con severidad a los pequeños infractores, mientras los peces gordos escapaban sin daño. A eso hay que sumar la influencia anímica de los casos particulares, como el del escritor colaboracionista Robert Brasillach, cuya petición de clemencia firmó Camus mientras Sartre o Beauvoir se negaban a hacerlo; no en vano apunta Todd con sarcasmo que los intelectuales franceses demandaban castigos tanto más duros cuanto menos se habían arriesgado personalmente durante la ocupación. Brasillach no recibió el indulto, aunque sí lo hizo el escritor fascista Lucien Rebatet, por quien Camus también intercedió. En la primera mitad de 1945, Camus había cambiado ya su posición y se oponía con fervor a la pena de muerte; en agosto, consideraba la depuración completamente desacreditada.
En este caso, la vida enseñó a Camus a no ser demasiado rígido y contuvo su inclinación natural al moralismo. Esto no siempre es un problema: pocos momentos históricos se prestan tanto al juicio tajante como la larga guerra de las democracias contra el totalitarismo. Pero no puede decirse lo mismo de la posguerra; la atención al detalle exige matices que la severidad puede pasar por alto. También podemos mencionar la decepción que sufrió Camus con una prensa a la que quería ferozmente independiente y que terminaría sucumbiendo en la posguerra a las presiones habituales: la necesidad financiera y la influencia partidista. Se iba extinguiendo así la oportunidad que la guerra, situación excepcional que suspende el antagonismo entre quienes se ven amenazados por un enemigo común, parecía haber creado: la democracia francesa seguiría siendo terrenal y la fraternidad continuaría siendo un ideal antes que una realidad.
Cuando publicó su última pieza en Combat, una breve nota que apareció el 14 de marzo de 1949, Camus ya no era tan joven; tenía treinta y seis años y, aunque no lo sabía, solo le quedaban once por delante. Pronto publicaría La peste, que puede verse como una alegoría sobre la ocupación nazi y como un estudio sobre la valentía, si bien las amargas lecciones de la guerra quedarían condensadas de manera aún más cumplida en La caída, que aparece en 1956. Los editoriales compilados en este volumen ocupan así una posición central en el tenso arco de la obra de Camus: si queremos saber qué hizo el escritor durante la guerra, como se preguntaba aquella película de Blake Edwards, la respuesta se encuentra en estas páginas absorbentes. Lo que hizo Camus fue combatir; a su manera, con sus armas. Podemos agradecérselo de la mejor manera posible: honrándole con nuestra lectura.
MANUEL ARIAS MALDONADO
Los artículos publicados en los números clandestinos de Combat no pueden considerarse sino como redactados probablemente por Camus, y no es imposible que hubiera escrito más. Pero, por supuesto, no queda ni rastro de su edición, y ni el estudio de los temas ni el análisis del estilo son decisivos en la medida en que estos artículos, que son otras tantas acciones de resistencia, responden a objetivos que compartían todos los redactores.
COMBAT CLANDESTINO, N.º 55
MARZO DE 1944
A guerra total, resistencia total
Nunca es inútil mentir. La mentira más descarada, con tal de que se repita lo suficiente y durante el tiempo suficiente, siempre deja huella. Es este un principio que la propaganda alemana ha tomado como propio, y tenemos hoy otro ejemplo de la forma en que lo aplica. Inspirada por los servicios de Goebbels, ferozmente pregonada en la prensa de los lacayos y escenificada por la Milicia,[1] acaba de comenzar una campaña formidable que, so capa de luchar contra los patriotas del maquis y la Resistencia, pretende dividir una vez más a los franceses. Se les dice a los franceses: «Matamos y destruimos a bandidos que os matarían si no estuviéramos nosotros aquí. No tenéis nada en común con ellos».
Pero si la mentira, con una tirada de millones de ejemplares, conserva pese a todo cierto poder, basta al menos con decir la verdad para que la mentira retroceda. Y la verdad es esta: los franceses lo tienen todo en común con esos a quienes ahora se pretende que aprendan a temer y a despreciar. No existen dos Francias, una que lucha y otra que juzga esa lucha. Pues incluso aunque hubiese algunos que quisieran quedarse en la cómoda postura del juez, no es posible. No podéis decir: «Esto no va conmigo». Pues sí que va con vosotros. La verdad es que en la actualidad Alemania no solo ha desencadenado una ofensiva contra nuestros mejores y más orgullosos compatriotas, sino que también prosigue con la guerra total en contra de toda Francia, expuesta por completo a sus golpes.
No digáis: «Esto no va conmigo. Yo vivo en el campo y el final de la guerra me hallará en la misma paz en que me encontraba ya al principio de la tragedia». Porque sí que va con vosotros. Y, si no, atended. El 29 de enero, en Malleval, en Isère, los alemanes incendiaron un pueblo entero por la única sospecha de que quizá unos rebeldes se habían refugiado allí. Doce casas quedaron completamente destruidas, aparecieron once cadáveres, detuvieron a alrededor de quince hombres. El 18 de diciembre, en Corrèze, en Chaveroche, a cinco kilómetros de Ussel, al resultar herido un oficial alemán en circunstancias poco claras, fusilaron in situ a cinco rehenes e incendiaron dos casas de labor. El 4 de febrero, en Grole, en Ain, como los alemanes no habían dado con los rebeldes a quienes buscaban, fusilaron al alcalde y a dos notables de la localidad.
Son estos unos muertos franceses «con los que todo aquello no iba». Pero los alemanes decidieron que sí que iba con ellos y desde ese mismo día demostraron que iba con todos nosotros. No digáis: «No va conmigo; yo estoy en mi casa, con mi familia, oigo todas las noches la radio y leo el periódico». Porque irán a buscaros so pretexto de que otro hombre, en la otra punta de Francia, no ha querido alistarse. Se llevarán a vuestro hijo, con quien tampoco va nada, y movilizarán a vuestra mujer, que creía hasta ahora que se trataba de cosas de hombres. Sí que va, en verdad, con vosotros, y va con todos nosotros. Pues a todos los franceses en la actualidad los une el enemigo con lazos tales que del gesto de uno nace el impulso de todos los demás y que la distracción o la indiferencia de uno trae consigo la muerte de otros diez.
No digáis: «Soy simpatizante, con eso basta y el resto no va conmigo». Porque os matarán, os deportarán u os torturarán lo mismo si sois simpatizantes que si sois militantes. Actuad; no correréis mayores riesgos y al menos tendréis ese corazón tranquilo que los mejores de los nuestros conservan hasta en las cárceles.
Y así Francia no estará dividida. En lo que se esfuerza el enemigo, en realidad, es en hacer titubear a los franceses ante ese deber nacional que es la resistencia al STO[2] y el apoyo a los maquis. Lo conseguiría si la verdad no se irguiera ante él. Y la verdad es que la acción conjunta de los asesinos de la Milicia y de los criminales de la Gestapo solo ha tenido resultados irrisorios. Cientos de miles de rebeldes siguen resistiendo, luchan y esperan. Eso no lo van a cambiar unas cuantas detenciones. Y eso es lo que tienen que entender los 125.000 jóvenes que el enemigo tiene intención de deportar cada mes. Porque todos están en el punto de mira, y los reemplazos del 44 y del 45 a los que el enemigo llama con estupenda sinceridad «una reserva de mano de obra» son el ejemplo de esa Francia a la que Alemania unifica en el mismo odio.
Se ha declarado la guerra total y esta exige la resistencia total. Tenéis que resistir porque esto va con vosotros y no hay dos Francias. Y los sabotajes, las huelgas y las manifestaciones organizadas por toda Francia son las únicas formas de responder a esta guerra. Eso es lo que esperamos de vosotros. Acción en las ciudades para responder a los ataques en el campo. Acción en las fábricas. Acción en las vías de comunicación del enemigo. Acción contra la Milicia: todo miliciano es un asesino en potencia.
Solo hay un combate. Y, si no os unís a él, nuestro enemigo os demostrará a diario que es, pese a todo, el vuestro. Ocupad en ese combate vuestro lugar, porque si la suerte de todo cuanto queréis y respetáis va con vosotros, entonces, una vez más, no lo dudéis, este combate va con vosotros. Basta con que os digáis que a él aportamos todos juntos esa magna fuerza de los oprimidos que es la solidaridad en el sufrimiento. Es esa fuerza la que, a su vez, matará la mentira, y nuestra común esperanza es que conservará entonces suficiente empuje para dar vida a una verdad nueva y a una Francia nueva.
COMBAT
COMBAT CLANDESTINO, N.º 56
ABRIL DE 1944
Los forajidos
¿Qué es la Milicia? Cuando cogemos un periódico parisino leemos en él que es la mayor esperanza, la última oportunidad, y que no se puede frustrar esa oportunidad. Lo cual ayuda a entenderlo. Pues la Milicia defiende algo, y ese algo no tiene nada que ver con el orden que asegura que mantiene. Defiende el pellejo y los intereses, la vergüenza y los cálculos, de una pequeña fracción de franceses alzados contra Francia y a quienes amenaza el exterminio cuando llegue la victoria. Pone el crimen al servicio de la cobardía.
Pero también pone el crimen al servicio de la traición. Desde hace cuatro años, el enemigo no ha dejado ni un solo día de enfrentar a los franceses entre sí. De todo ha echado mano. Pero es de justicia decir que ha necesitado no menos de cuatro años para que una cantidad pequeña de hombres sin honra decidiera alzarse en armas contra la mismísima Francia y sus mejores hombres. Ha habido en efecto entre nosotros, durante estos cuatro años de locura y de vergüenza, jefes de Estado, ministros y una policía que, conscientemente o no, por cobardía o por debilidad, en la traición o en la apatía, le han hecho el juego a Alemania. Ha habido también franceses que han ido a combatir a frentes lejanos y a defender la causa de esos mismos que torturaban a su patria. Pero han sido precisos cuatros años enteros para reclutar una tropa de mercenarios asesinos resueltos a apoyar al enemigo de Francia en contra de la propia Francia. Han sido precisos cuatro años de propaganda alemana para dar con un «héroe de las dos guerras» que acepte emporcar sus medallas en el trabajo policiaco más cobarde y degradante.
Pero encontraron a hombres así, y su propia existencia plantea un problema de justicia. Pues, como siempre sucede, Sganarelle quiere hacerlo mejor que don Juan,[3] el criado va más allá que el señor. Y, en este aspecto, con la convicción de que los criados están muy bien formados. Se asignan a sí mismos el cometido de mantener el orden y raptan, como unos valientes, a una pareja de ancianos a los que desnudan en un campo y ejecutan con refinadas torturas. Son los representantes de la Francia heroica y les piden a los alemanes, como ha sucedido hace poco en Niza, que les entreguen a seis franceses que había detenido la Gestapo (la mayoría por motivos fútiles) para torturarlos, desfigurarlos y matarlos. Se proclaman defensores de la ley y mandan ante un tribunal de bandidos a unos patriotas a quienes fusilan unos momentos después tras una parodia de juicio. El héroe de las dos guerras asegura que es el continuador de una admirable tradición francesa. Consiste esta aparentemente en tomar rehenes, en matar a los intelectuales y a los obreros, en torturar y humillar, para luego, aprovechándose de una prensa de rodillas, cubrir a sus víctimas de embustes o de insultos. Pero, en verdad, se trata de una tradición que conocemos bien. Nació allende el Rin, en el corazón de otro héroe de la guerra. En lo referido al señor Darnand,[4] no se trata de una tradición, sino de una traición.
Pero es precisamente esto lo que le facilita el problema a la justicia. Pues si para otros traidores es deseable que se observen las formas de la justicia, la Milicia, desde este punto de vista, se ha situado fuera de la ley. Es preciso que quede muy claro que, al firmar su alistamiento, todos y cada uno de los milicianos ratifican al mismo tiempo su propia sentencia de muerte. Al levantarse contra Francia, se sitúan fuera de Francia. Las ramas podridas de un árbol no pueden seguir unidas a él. Hay que arrancarlas, triturarlas y arrojarlas al suelo. Tal es la suerte que les espera a todos los asesinos de Darnand. Y no harán falta tribunales militares. La Milicia ya es de por sí su propio tribunal. Se ha juzgado y se ha condenado a muerte. Esas sentencias se ejecutarán.
COMBAT CLANDESTINO, N.º 57
MAYO DE 1944
Estuvieron tres horas fusilando franceses
Hay que decir las cosas como son: estamos vacunados contra el espanto. Todos esos rostros que desfiguraron las balas o los tacones, esos hombres destrozados, esos inocentes asesinados, nos aportaban al principio la rebelión y el asco precisos para entrar conscientemente en la lucha. Ahora la lucha cotidiana se ha superpuesto a todo y, aunque nunca olvidemos sus razones, puede ocurrirnos que las perdamos de vista. Pero el enemigo está ahí y, como si tuviera buen cuidado de no permitir a nadie mirar para otro lado, redobla los esfuerzos, se supera a sí mismo, insiste cada vez un poco más en la cobardía y en la crisis. Hoy, en cualquier caso, ha ido más allá de cuanto podía imaginarse y la tragedia de Ascq les recuerda a todos los franceses que están comprometidos en una lucha general e implacable contra un enemigo sin honor.
¿Cuáles son los hechos?
El 1 de abril de 1944, durante la noche, dos explosiones destruyen un raíl y hacen descarrilar los vagones de un tren de tropas alemanas. Las vías quedaron cortadas. En el tren, ninguna víctima.
A eso de las once, cuando el señor Carré, el jefe de estación de Ascq, estaba tomando por teléfono las disposiciones oportunas, un oficial alemán que formaba parte del transporte entró vociferando en su despacho; lo seguían unos cuantos soldados que derribaron a culatazos a los señores Carré, el jefe de estación, Peloquin, comisario de primera clase, y Derache, factor y registrador, que estaban en ese despacho. Tras retroceder luego hasta la puerta, les dispararon una ráfaga de ametralladora a los tres funcionarios caídos en el suelo. Los señores Carré y Peloquin quedaron gravemente heridos en el vientre y los muslos. Luego, el oficial trae a la localidad a un nutrido contingente de tropas, registra las casas tras derribar las puertas y reúne a alrededor de sesenta hombres a quienes llevan a un prado, enfrente de la estación. Allí los fusilan. También fusilan a otros veintiséis hombres en sus domicilios o en las proximidades de estos. Además de esos ochenta y seis fusilados, hay cierta cantidad de heridos.
El factor y registrador Derache consigue alertar a la unidad de guardia del distrito de Lille, que avisa a la prefectura del Nord; esta hace que intervenga la Oberfeldkommandantur.
No cesan las ejecuciones hasta que llegan oficiales del Estado Mayor; han durado más de tres horas.
No sé si alguien puede imaginar suficientemente lo que hay detrás de este informe brutal. Pero ¿es acaso posible leer estas simples cantidades, ochenta y seis hombres y tres horas, sin que todo nuestro ser se subleve y sienta asco?
Ochenta y seis hombres como vosotros que estáis leyendo este periódico se vieron ante los fusiles alemanes, ochenta y seis hombres que podrían llenar tres o cuatro habitaciones como esa en la que estáis, ochenta y seis rostros desencajados o fieros, trastornados de espanto o de odio.
Y la matanza duró tres horas, algo más de dos minutos para cada uno. Tres horas, el tiempo que algunos pasaron ese día cenando y charlando tranquilamente con unos amigos, lo que dura una función de cine en la que otros reían en ese mismo momento presenciando aventuras imaginarias. Durante tres horas, minuto a minuto, sin un alto, sin una pausa, en un único pueblo de Francia, las detonaciones se fueron sucediendo y los cuerpos se retorcieron en el suelo.
Esa es la imagen que hay que conservar ante la vista para que nada se olvide, esa es la que hay que brindarles a todos los franceses que todavía siguen al margen. Pues de esos ochenta y seis inocentes muchos pensaban que, como nada habían hecho contra las fuerzas alemanas, no les harían nada a ellos. Pero Francia es solidaria, no hay sino una única ira, sino un mártir único. Y cuando el señor De Brinon[5] escribe a las autoridades alemanas, no para quejarse de la matanza de tantos franceses, sino para lamentarse de que le dificulten así su trabajo de policía de buenas costumbres, es responsable de ese martirio y debe responder ante la justicia por esta ira, pues no se trata de saber si habrá perdón para esos crímenes, se trata de saber si se pagarán. Y, si tuviéramos tendencia a dudar de ello, la imagen de ese pueblo cubierto de sangre y en el que ahora solo moran viudas y huérfanos bastaría para darnos la seguridad de que el crimen se pagará, puesto que en adelante depende de todos los franceses y puesto que ante esta nueva matanza hallamos en nosotros la solidaridad del martirio y los bríos de la venganza.
COMBAT CLANDESTINO, N.º 58
JULIO DE 1944
El gran temor de los asesinos
En las paredes, en los urinarios de París, Darnand prodiga su prosa. Se dirige a los suyos, exige obediencia absoluta, promete castigos ejemplares para los flojos. ¡Así que hay flojos en la Milicia! ¿A quién le va a extrañar?
Cuando los alemanes habían incendiado ya unos cuantos pueblos y capturado a unos cuantos patriotas, los milicianos, con calculada demora, llegaban y tomaban posesión de los prisioneros. Miraban a esos cautivos silenciosos y montaban en cólera. Nada hay más irritante que ver a un hombre para quienes han dejado deliberadamente de ser hombres. Y luego comenzaba su tarea. Se trataba de demostrar que la libertad humana es un embuste y que el hombre con conciencia de sí mismo y dueño de su destino no es sino un mito democrático. Agobiaban a insultos a sus víctimas para cogerle el gusto al asunto, para empezar envileciéndolas con palabras y envilecerse ellos algo más. Luego, arrancaban unas cuantas uñas, reventaban unos cuantos pechos; había que arrancarle a la víctima trémula un grito de sufrimiento, una confesión, que renegase de algo. Si lo conseguían respiraban algo mejor, pensaban: «Somos todos iguales..., estos ya no volverán a fanfarronear...», felices por haber convertido a unos jueces mudos en cómplices de su degradación. Malraux dice en alguna parte que es imposible dirigir el chorro de un lanzallamas a la cara de un hombre que nos está mirando. Imaginemos, pues, lo que debe de ser un miliciano que se encarniza en torturar a un hombre que tiene los ojos abiertos. Y es que tienen una misión muy concreta: borrar todo cuanto no sea vileza, todo cuanto no sea cobardía, demostrar con su propio ejemplo y con el de los demás que el hombre está hecho para vivir encadenado y aterrado. Si lo consiguieran ya no quedarían testigos, y su degradación personal se identificaría con los vicios de la naturaleza humana.
Pero ahora quieren sacarlos de su papel. Los alemanes, que tienen cosas que hacer en otro lado, no están ya ahí para defenderlos; un ejército de la resistencia ha brotado del suelo. Les piden que luchen hombre a hombre, fusil con fusil. Y eso es tremendamente injusto. ¿Pretenden que esos verdugos saquen valor de alguna parte? Tendrían que contar precisamente con las virtudes que les pidieron que destruyesen en ellos y en los demás: la confianza en el hombre, la confianza en uno mismo. Darnand lo sabe. Por eso amenaza. Pero es demasiado tarde. No existe una amenaza lo bastante terrible para convertir a un miliciano en un hombre.
COMBAT CLANDESTINO, N.º 58
JULIO DE 1944
Por vuestros actos os juzgarán
Ahora que se inicia la última lucha, Pétain y Laval[6] han tenido empeño en que se oyeran una vez más sus voces desacordes y en dar a su común política la baza de una aparente diferencia de tono. Ambos se han dirigido al país y, ateniéndose a su tradicional división del trabajo, Laval ha hablado de Alemania mientras que Pétain hacía como que hablaba de Francia. Pero en realidad hablaban los dos de traición. Sencillamente hablaban de ella ambos con tono de tristeza, como si esa traición se volviera de pronto clarividente. Esto lleva durando años. Desde los tiempos en que Pétain echaba en Vichy los cimientos de un régimen que nos lo ha racionado todo salvo la humillación y la vergüenza, no ha cesado, con ese juego que cree hábil, de ser el símbolo máximo que tenemos de la espantada y la confusión. Pero cuando la espantada reina basta con hablar claro. Vivimos una época en que no hay más habilidades que el valor y el lenguaje claro. Y, como siempre, es la Resistencia francesa la que dice las palabras en las que Francia se reconoce. Y puesto que estamos en tiempos de llamamientos, la Resistencia lanza también un llamamiento supremo al pueblo de este país. Le dice que ya no hay nada en lo que reflexionar, ni nada que sopesar o evaluar. Las reticencias de Pétain, en el supuesto de que las tenga, y las trapacerías de Laval no tienen mayor importancia: la neutralidad ha dejado de ser posible. Está llegando el tiempo en que a los hombres de este país no se los juzgará ya por sus intenciones, sino por sus hechos y por los hechos a que se hayan comprometido con sus palabras. Solo eso es justo.
Y la Resistencia francesa nos dice claramente que desde hace cinco años las palabras y los hechos de Pétain y de Laval solo han desunido a Francia, solo han humillado a Francia, solo han matado franceses. Pétain y Laval se han ganado ya deshonores de guerra. Y por ellos los juzgarán.
La Resistencia os dice que estamos en un tiempo en que todas las palabras cuentan, en que todas comprometen, y más aún cuando se trata de palabras que ratifican la ejecución de nuestros hermanos, que son un insulto a nuestro valor y que entregan la mismísima carne de Francia al enemigo más implacable. Cuando se llama terroristas y asesinos a unos patriotas, cuando se llama honor a lo que no es sino abdicación, orden a lo que es tortura, lealtad a lo que es asesinato, no son posibles concesiones.
La Resistencia os dice que no tenéis Gobierno en el suelo de Francia y que no lo necesitáis. Somos ya lo bastante mayores para soportar, apretando los dientes, lo que nos rodea y nos aplasta; lo bastante mayores para pensar en nuestros camaradas presos y torturados, de los que no hablamos nunca y sobre los que nosotros al menos posamos el silencio de la fraternidad; lo bastante mayores para el hambre y el asesinato. No necesitamos a Vichy para ajustar cuentas con la vergüenza. No necesitamos una bendición hipócrita, necesitamos hombres y valor; no necesitamos estar al servicio del culto al sufrimiento, solo necesitamos sobreponernos a él. No a solas, sino con todo un pueblo contra una nación de rapiña y unos cuantos traidores deshonrados. No necesitamos una ética de confitero, necesitamos alma, y no son los apóstoles de todas las abdicaciones quienes nos la van a proporcionar.
Franceses, la Resistencia francesa os lanza la única llamada que debéis escuchar. La guerra se ha vuelto total, no hay ya sino una única lucha. No es en el momento en que la mejor parte de la nación se dispone al sacrificio cuando vamos a caer en la tentación de perdonar. Todo cuanto no esté con nosotros está contra nosotros. A partir de ahora ya no hay sino dos partidos en Francia: la Francia de siempre y los que quedarán destruidos por haber intentado destruirla.
COMBAT CLANDESTINO, N.º 58
JULIO DE 1944
La profesión de periodista
«Por primera vez en la historia, el oficio de periodista se ha convertido en una profesión honrosa», ha manifestado el señor Marcel Déat.[7]
El señor Marcel Déat está en lo cierto.
El periodismo clandestino es honroso porque es una demostración de independencia, porque lleva consigo un riesgo. Es bueno, es sano, que todo cuanto tenga que ver con la actualidad política se haya vuelto peligroso. Si hay algo que no deseamos volver a ver es la impunidad tras la que se ampararon tantas cobardías, tantos apaños nefastos.
Al haberse convertido en actividades honrosas, la política y el periodismo tendrán que juzgar mañana a quienes fueron su deshonor... El señor Marcel Déat, por ejemplo.