Nota sobre esta edición

Si le apetece ser feliz, venga a probar aquí

Primera novela conocida de Albert Camus, La muerte feliz se publicó a título póstumo en 1971, once años después de la muerte del autor y más de tres decenios después de su escritura. Según se sabe, Camus nunca intentó darla a la imprenta, aunque conservó dos copias mecanografiadas con ligeras variaciones, así como sus notas preparatorias. Sobre esa base, incluidas las correcciones hechas a mano en uno de los documentos, su familia y la editorial Gallimard decidieron sacar a la luz una edición anotada a cargo de Jean Sarocchi, con la que se inició la colección de los Cahiers Albert Camus, una serie de originales, compilaciones y comentarios de los escritos del autor. La traducción que ofrecemos parte de esta edición.

Además de su carácter de inédito, la obra presenta varios puntos de interés textual. Testimonio de los comienzos literarios de Camus, su génesis puede seguirse en los Carnets (otra publicación póstuma), en los que este apuntaba ideas y proyectos. En mayo de 1936, cuando el escritor tenía solo veintidós años, aparece un primer esquema de la novela, con un esbozo de sus temas principales y el nombre del protagonista, Patrice. Ese mismo año se le asigna la inicial M., y al siguiente figura ya un apellido completo: Mersault. En agosto de 1937, el plan se perfecciona con una división en tres partes (al final simplificadas a dos), y Camus menciona por primera vez la palabra «novela», para luego declarar su asunto: «el hombre que comprendió que, para vivir, había que ser rico, que se da entero a esa conquista del dinero, la logra, vive y muere feliz».

A grandes rasgos, he ahí el tema, aunque los detalles se sigan retocando a lo largo del año. En noviembre aparece el personaje de Zagreus y, con él, la posibilidad del asesinato central de la trama. Asimismo, la novela elabora muchas preocupaciones de otros textos contemporáneos, como El revés y el derecho (publicado en 1937) y Bodas (escrito entre 1936 y 1937 y publicado en 1939), por no hablar de Calígula (escrita en 1938), el emperador para quien los hombres «no son felices». Es posible que Camus terminase la redacción a mediados de 1938; en junio, anota en los Carnets: «reescribir la novela», lo que quizá indica una corrección general. Ignoramos si el texto que nos ha llegado la incluye, pero cabe señalar que, a partir de entonces, las notas empiezan a referirse cada vez menos a este proyecto y más a la obra que sí se publicará: El extranjero.

Sin duda, ambas novelas comparten un aire de familia, y Camus retomará en esta última unas cuantas ideas y hasta un episodio entero de la anterior. Hay que recalcar, sin embargo, que La muerte feliz no es una primera versión de la novela más famosa. De hecho, el pálpito inicial sobre un hombre «ajeno (étranger) a su propia vida» se consigna ya en agosto de 1937; la redacción de las dos obras parece haberse solapado en buena medida. Por lo demás, La muerte feliz define un ámbito propio, sobre todo en la segunda parte. A fin de cuentas, Camus deja en el cajón una novela casi acabada, con una historia original, personajes independientes y hasta un dilema moral concreto: cómo vivir de la mejor manera posible para morir feliz.

Cabe mencionar que la novela se nutre de mucho material autobiográfico, empezando por un conocimiento íntimo del ambiente animado, la luz y la belleza de Argel. Al otro lado del espectro, el melancólico viaje de Mersault por Europa central, con una estancia de gran peso simbólico en Praga, también refleja una experiencia del autor, consignada en el ensayo «Con el alma transida» de El revés y el derecho. Gracias a este texto sabemos cosas como que Camus dio a su personaje una habitación de hotel con el mismo número que le había tocado a él, la 34. Pero no todo se queda en minucias anecdóticas. Mersault registra sensaciones de agobio, insatisfacción y desconcierto muy similares a las que el autor declara propias en el ensayo. Y, al volver al país, recupera la felicidad al instalarse junto a tres mujeres jóvenes en una vivienda llamada la Casa frente al Mundo, como hizo Camus poco después de separarse de su primera esposa, Simone Hié. Hay, sin embargo, una diferencia curiosa: en la realidad, Camus fue artífice de aquel intento de vida comunitaria; en la ficción, son las mujeres quienes invitan a Mersault a mudarse con ellas, lo que sin duda realza el aspecto idílico de la situación. «Si nada lo ata a ningún sitio —le escriben mientras él se encuentra de viaje—, venga a Argel, podemos alojarlo en nuestra Casa. Somos felices. […] Si le apetece ser feliz, venga a probar aquí». El bienestar alcanzado en esa residencia compartida también remite a las vivencias de Camus, pero desde luego el destino del personaje pertenece por entero a la ficción.

¿Por qué no se publicó en su momento? Entramos en suposiciones, pero quizá no se equivocaba un lector como Roger Grenier, amigo del autor y uno de los directores de los Cahiers Albert Camus, al aventurar que Camus descubrió en El extranjero «una obra tan fuerte, tan coherente […] que la construcción suelta, el aspecto cajón de sastre de La muerte feliz, no podía satisfacerlo». En efecto, la novela acusa descuidos propios de los escritores noveles que quieren decirlo todo al primer intento. Pero Roger Quillot, editor de Camus en la Pléiade, añade un matiz importante: «La muerte feliz —dice— está al mismo tiempo deshilvanada y notablemente escrita». Y con este juicio coincide la profesora Agnès Spiquel al señalar sus «destellos estilísticos» y la diversidad de la «paleta» del escritor. Confiamos en que los lectores descubrirán esas y otras virtudes en las páginas que siguen.

LOS EDITORES

La muerte feliz

LA MUERTE FELIZ

Primera parte: Muerte natural

PRIMERA PARTE

MUERTE NATURAL

Capítulo 1

1

Eran las diez de la mañana y Patrice Mersault se encaminaba con paso regular hacia la villa de Zagreus. A esas horas, la enfermera había salido a hacer recados y no había nadie en la villa. Era el mes de abril y hacía una hermosa mañana de primavera, resplandeciente y fría, de un azul límpido y helado, despejada y con un sol deslumbrador, pero que no calentaba. Cerca de la villa, entre los pinos que cubrían los cerros, fluía una luz pura troncos abajo. La carretera estaba desierta. Iba cuesta arriba en pendiente suave. Mersault llevaba una maleta en la mano y, en la gloria de aquella mañana del mundo, avanzaba, acompañado del ruido seco de sus pasos en la carretera fría y del chirrido regular del asa de la maleta.

Poco antes de llegar a la villa, la carretera concluía en una placita con bancos y jardines. Geranios rojos precoces entre aloes grises, el azul del cielo y las tapias encaladas, todo era tan rozagante y tan infantil que Mersault se detuvo un momento antes de reanudar la marcha por el camino que, desde la plaza, iba cuesta abajo hacia la villa de Zagreus. Al llegar al umbral se detuvo y se puso los guantes. Abrió la puerta, que el inválido disponía que estuviera abierta, y la cerró con naturalidad. Fue por el pasillo adelante y, al llegar a la tercera puerta a la izquierda, llamó y entró. Allí estaba Zagreus, efectivamente, en un sillón y con una manta escocesa tapándole los muñones de las piernas, cerca de la chimenea, en el mismísimo lugar en que había estado Mersault dos días antes. Estaba leyendo, y el libro descansaba sobre las mantas mientras clavaba los ojos redondos, donde no se leía sorpresa alguna, en Mersault, parado ahora junto a la puerta, que había vuelto a cerrar. Las cortinas de las ventanas estaban corridas y había en el suelo y en los muebles, en las esquinas de los objetos, charcos de sol. Detrás de los cristales, la mañana reía sobre el mundo dorado y frío. Una magna alegría helada, chillidos agudos de pájaros de voz poco firme, un desbordamiento de luz despiadada prestaban a la mañana un rostro de inocencia y verdad. Mersault se había parado al saltarle a la garganta y a las orejas el calor asfixiante de la habitación. Pese al cambio de tiempo, Zagreus tenía encendido un buen fuego. Y Mersault notaba que se le subía la sangre a las sienes y le palpitaba en los lóbulos de las orejas. El otro hombre, que continuaba sin decir nada, lo seguía con los ojos. Patrice se dirigió hacia el arcón al otro lado de la chimenea, y sin mirar al inválido puso la maleta encima de la mesa. Llegado a este punto, sintió un temblor imperceptible en los tobillos. Se detuvo y se metió entre los labios un cigarrillo, que encendió desmañadamente por causa de los guantes. Un ruidito a su espalda. Con el cigarrillo en la boca, se dio media vuelta. Zagreus lo seguía mirando, pero acababa de cerrar el libro. Mersault, mientras notaba cómo el fuego le calentaba las rodillas hasta conseguir casi que le dolieran, leyó el título al revés: El hombre de la corte, de Baltasar Gracián. Se inclinó sin vacilar hacia el arcón y lo abrió. Negras sobre fondo blanco, todas las curvas del revólver brillaban, como si este fuera un gato lustroso, y seguían sujetando la carta de Zagreus. Mersault la cogió con la mano izquierda, y el revólver, con la derecha. Tras un titubeo, se metió el arma debajo del brazo izquierdo y abrió la carta. Había una única hoja de papel de formato grande con unas pocas líneas escritas con la letra grande y angulosa de Zagreus.

«Solo suprimo medio hombre. Ruego que no se me tenga en cuenta y que se halle en este arconcito mío mucho más de lo necesario para no dejarles nada a deber a quienes han estado a mi servicio hasta ahora. Por lo demás, deseo que se dedique a mejorar la manutención de los condenados a muerte. Pero soy consciente de que es mucho pedir…»

Mersault, con rostro impenetrable, volvió a doblar la carta y, en ese momento, el humo del cigarrillo le escoció en los ojos mientras caía un poco de ceniza encima del sobre. Sacudió el papel, lo dejó muy a la vista encima de la mesa y se volvió hacia Zagreus. Este miraba ahora el sobre, y las manos, chatas y musculosas, se le habían quedado quietas alrededor del libro. Mersault se inclinó, abrió la llave del cofre, cogió los fajos, de los que solo se veía el canto a través del envoltorio de papel de periódico. Con el arma debajo del brazo, los apiló ordenadamente en la maleta con una sola mano. Había menos de veinte paquetes de cien y Mersault cayó en la cuenta de que había cogido una maleta demasiado grande. Dejó en el cofre un fajo de cien billetes. Tras cerrar la maleta, arrojó al fuego el cigarrillo a medio fumar y, agarrando el revólver con la mano derecha, se acercó al inválido.

Zagreus estaba ahora mirando la ventana. Se oyó pasar un auto por delante de la puerta con un leve ruido de masticación. Zagreus, sin moverse, parecía contemplar toda la inhumana belleza de aquella mañana de abril. Cuanto notó el cañón del revólver en la sien derecha no desvió la mirada. Pero Patrice, que lo estaba mirando, vio que se le llenaban los ojos de lágrimas. Fue él quien cerró los párpados. Retrocedió un paso y disparó. Estuvo un momento, apoyado en la pared, sin abrir los ojos, notando cómo le latía aún la sangre en los oídos. Miró. La cabeza había caído sobre el hombro izquierdo y el cuerpo apenas si se había desviado. De forma tal que ya no se veía a Zagreus, sino solo una llaga gigantesca con sus relieves de sesos, de hueso y de sangre. Mersault empezó a temblar. Fue al otro lado del sillón, cogió a tientas la mano del hombre, la forzó a agarrar el revólver, la alzó hasta la sien y la soltó. El revolver cayó encima del brazo del sillón y, de ahí, a las rodillas de Zagreus. Al cambiar de sitio, Mersault le vio la boca y la barbilla al inválido. Tenía la misma expresión seria y triste que cuando estaba mirando por la ventana. En ese momento, una trompeta chillona sonó delante de la puerta. La llamada irreal volvió a oírse otra vez. Mersault siguió inclinado sobre el sillón, sin moverse. Un ruido de ruedas de carro anunció que el carnicero se marchaba. Mersault cogió la maleta, abrió la puerta, cuya falleba relucía al sol, y se fue, con un retumbar en la cabeza y la lengua seca. Salió por la puerta de la calle y se fue a zancadas. No había nadie, solo un grupo de niños en una esquina de la placita. Se alejó. Al llegar a la plaza, tuvo de repente conciencia del frío y se estremeció con aquella chaqueta fina. Estornudó dos veces y el valle se llenó de ecos claros y burlones que el cristal del cielo llevaba hacia arriba más y más. Trastabillando un poco, se detuvo sin embargo y respiró hondo. Del cielo azul bajaban millones de sonrisas menudas y blancas. Jugueteaban en las hojas aún cubiertas de lluvia y en la toba húmeda de los paseos; volaban hacia las casas con tejas de sangre fresca y se remontaban con alas raudas hacia los lagos de aire y de sol de los que se habían desbordado poco antes. Un ronroneo suave bajaba desde un avión diminuto que navegaba en las alturas. Entre aquella dilatación del aire y aquella fertilidad del cielo parecía que la única tarea de los hombres fuera vivir y ser felices. Todo callaba en Mersault. Lo sacudió un tercer estornudo y notó algo así como un escalofrío de fiebre. Entonces salió huyendo sin mirar en torno, entre el chirrido de la maleta y el ruido de sus pasos. Al llegar a su casa, puso la maleta en un rincón, se metió en la cama y estuvo durmiendo hasta mediada la tarde.