INTRODUCCIÓN
El arte de pensar
—Necito un filósofo. —Hank estaba de pie en el baño, medio desnudo.
—¿Qué? —preguntó Julie.
—Necito un filósofo.
—¿Te has enjuagado la boca?
—Necito un filósofo —repitió Hank, más alterado.
—Lo que necesitas es enjuagarte. Vuelve al lavabo.
—¡Necito un filósofo! —exigió Hank.
—¡Scott! —gritó Julie—. Hank necesita un filósofo.
Yo soy filósofo, y nunca me ha necesitado nadie. Me encaminé a toda prisa hacia el baño.
—¡Hank, Hank! Soy filósofo. ¿Qué necesitas?
Abrió la boca, pero no dijo nada.
—Hank, ¿qué te preocupa?
—TENGO ALGO METÍO ENTRE LOF DIENTEF.
Un flosser. Hank necesitaba un flosser, uno de aquellos arcos de plástico con un trozo de seda dental entre las puntas. Visto en retrospectiva, tiene sentido. Un flosser es algo que puedes llegar a necesitar, sobre todo si tienes dos años y tu objetivo en la vida es llenar los vertederos de chismes de plástico baratos que te sirven como distracción momentánea. Los filósofos no son necesarios para la gente. A la gente le gusta dejárselo claro a los filósofos.
—¿A qué os dedicáis exactamente los filósofos?
—Bueno, a ver... Más que nada, a pensar.
—¿En qué pensáis?
—La verdad es que en toda clase de cosas. En la justicia, la ecuanimidad, la igualdad, la religión, las leyes, el lenguaje...
—Yo también pienso en esas cosas. ¿Soy un filósofo?
—Tal vez. ¿Piensas en ellas con detenimiento?
He mantenido esta conversación en incontables ocasiones. Digo incontables porque en realidad no la he mantenido nunca. No es más que el diálogo que me imagino que tendría lugar si le revelara a un desconocido que soy filósofo. Casi siempre digo que soy abogado, a menos que mi interlocutor lo sea también, en cuyo caso me identifico como profesor de Derecho, para darme aires de superioridad. En cambio, si mi interlocutor también es profesor de Derecho, me presento sin vacilar como filósofo. Por otro lado, si hablo con un filósofo, vuelvo a ser abogado. Se trata de un complicado juego de triles concebido para partir con ventaja en todas las conversaciones.
Pero lo cierto es que soy filósofo. Todavía me cuesta creerlo: nunca me propuse serlo. Cuando era estudiante de primer semestre en la Universidad de Georgia, quería cursar la asignatura de Introducción a la psicología, pero el grupo estaba completo, y con Introducción a la filosofía obtendría los créditos que necesitaba. Si se hubiera liberado una plaza en aquella clase de psicología, tal vez sería psicólogo y este libro estaría repleto de consejos prácticos para padres. El lector sí que encontrará algunos, pero en su mayor parte no le servirán de mucho. De hecho, mi principal consejo es el siguiente: conversa con tus hijos (o los de otras personas). Son la monda... y buenos filósofos.
Falté a la primera clase de ese curso, porque mi gente —los judíos, no los filósofos— celebra el Año Nuevo en un día más o menos arbitrario de otoño. Sin embargo, asistí a la clase siguiente y, para cuando comenzó la segunda hora, estaba entusiasmado. El profesor, Clark Wolf, nos preguntó qué cosas nos parecían importantes y fue anotando en la pizarra las respuestas de cada uno al lado de nuestros nombres y los de filósofos famosos que habían dicho algo parecido.
Felicidad: Robyn, Lila, Aristóteles
Placer: Anne, Aristipo, Epicuro
Hacer lo correcto: Scott, Neeraj, Kant
Nada: Vijay, Adrian, Nietzsche
Cuando vi mi nombre en la pizarra, empecé a creer que mi opinión sobre lo que era importante tal vez interesaba; que podía participar en conversaciones que incluyeran a personas como Aristóteles, Kant o Nietzsche.
Era una idea disparatada, y a mis progenitores no les hizo mucha gracia. Recuerdo que, sentado frente a mi padre en un restaurante de pollo asado, le notifiqué que pensaba especializarme en filosofía.
—¿Qué es la filosofía? —inquirió. Era una buena pregunta. Él no conocía la respuesta porque cuando se matriculó en la universidad, quedaba una plaza libre en psicología, de modo que esta acabó siendo su especialidad. Pero descubrí que tenía un problema: yo tampoco sabía la respuesta, y eso que llevaba semanas asistiendo a clases de filosofía. «¿Qué es la filosofía —me preguntaba—, y por qué quiero estudiar eso?».
Opté por explicárselo con un ejemplo en vez de con una definición.
—Creemos que estamos sentados a una mesa comiendo pollo asado y hablando sobre la universidad —empecé a disertar—, pero ¿y si no es así? ¿Y si alguien nos ha robado los cerebros, los ha metido en un frasco, les ha enchufado unos electrodos y los ha estimulado para que creamos que estamos comiendo pollo y charlando sobre la uni?
—¿Eso se puede hacer? —preguntó.
—No creo, pero esa no es la cuestión. La cuestión es: ¿cómo sabemos que no lo han hecho? ¿Cómo sabemos que no somos unos cerebros metidos en frascos y con alucinaciones sobre un restaurante de pollos?
—¿Eso es lo que quieres estudiar? —Su expresión no era precisamente alentadora.
—Sí, a ver, ¿no entiendes que esté preocupado? Todo lo que creemos saber podría ser mentira.
No lo entendía. Y esto fue antes de que se estrenara Matrix, así que no cabía apelar a la autoridad de Keanu Reeves para dejar claro que se trataba de un asunto de máxima urgencia. Después de balbucear unos minutos más acerca de cerebros y frascos, añadí:
—En el departamento también hay un montón de cursos de lógica.
—Bueno —dijo—, espero que vayas a alguno.
He dicho que no me acabo de creer que sea filósofo. Eso no es del todo cierto. Lo que me cuesta creer es que lo siga siendo, que mi padre no me hubiera metido en cintura durante esa cena, o incluso mucho antes. Porque yo ya era un filósofo casi desde el momento en que aprendí a hablar, y no soy el único. Todos los niños —sin excepción— son filósofos. Dejan de serlo con los años. De hecho, es posible que abandonar la filosofía para centrarse en actividades más prácticas forme parte del proceso de madurez. Si esto es así, yo no he madurado del todo, cosa que no sorprenderá en absoluto a nadie que me conozca.
Y no fue porque mis padres no intentaran impedírmelo. Recuerdo la primera vez que me planteé un problema filosófico. Contaba cinco años, y me vino a la cabeza cuando los otros niños y yo estábamos sentados en círculo en la guardería del Centro de la Comunidad Judía. Me pasé todo el día reflexionando sobre ello hasta que, a la hora de la salida, corrí a comentárselo a mi madre, que era profesora de preescolar en otra aula que daba al mismo pasillo.
—Mami —dije—, no sé cómo es el color rojo para ti.
—Sí que lo sabes. Es rojo —respondió.
—Ya... No, bueno —tartamudeé—. Sé cómo veo el rojo yo, pero no sé cómo lo ves tú.
Parecía un poco confundida y, a decir verdad, es posible que no me hubiera expresado con demasiada claridad. Tenía cinco años. Aun así me esforcé al máximo por hacerle comprender lo que quería decir.
—El rojo se ve así —dijo, señalando algo rojo.
—Ya sé que eso es rojo —dije.
—Entonces ¿cuál es el problema?
—No sé cómo ves el rojo tú.
—Se ve así —recalcó, con exasperación creciente.
—Ya —dije—, pero no sé cómo lo ves tú. Sé cómo lo veo yo.
—Lo vemos igual, cielo.
—Eso no lo sabes —insistí.
—Sí lo sé —dijo, señalando de nuevo—. Eso es rojo, ¿verdad?
No me dejé amilanar por su incomprensión.
—Vemos rojas las mismas cosas —intenté explicar—. Lo sé porque me has señalado cosas rojas y me has dicho que son rojas. Pero ¿y si yo viera el rojo como tú ves el azul?
—No puede ser. Eso es rojo, no azul, ¿verdad?
—Sé que los dos llamamos rojo a ese color —dije—, pero a lo mejor tú ves el rojo como yo veo el azul.
No sé cuánto rato duró este diálogo de besugos, pero mi madre no llegó a captar lo que trataba de explicarle (mamá, si estás leyendo esto, estaré encantado de volver a intentarlo). Recuerdo con claridad que puso punto final a la conversación:
—No le des más vueltas. No es importante. No tienes ningún problema de visión.
Fue la primera vez que alguien me invitó a dejar de filosofar. No sería la última.
El problema que le planteé a mi madre se conoce en filosofía como «desplazamiento del espectro cromático».[1] Es un concepto que suele atribuirse a John Locke, el filósofo inglés del siglo XVII, cuyas ideas influyeron en el pensamiento de los padres de la Constitución de Estados Unidos. Sin embargo, apostaría a que miles de niños en edad preescolar se le adelantaron (de hecho, según Daniel Dennett, una eminencia en la filosofía de la mente, muchos de sus alumnos recuerdan haber cavilado sobre este problema cuando eran pequeños)[2]. Sus padres seguramente no entendían el planteamiento ni su trascendencia. Pero el problema es realmente trascendental, una ventana a uno de los misterios más profundos sobre el mundo y el lugar que ocupamos en él.
He aquí cómo explicaba Locke el problema (el razonamiento resulta más fácil de seguir si se lee en voz alta con acento inglés):
Tampoco cabría tacharlo de Falsedad... si... el mismo Objeto produjese en la Mente de varios Hombres Ideas diferentes al mismo tiempo; v. gr., si la Idea que una Violeta engendra en la Mente de un Hombre a través de sus Ojos fuera la misma que engendra una Caléndula en la Mente de otro, y viceversa.[3]
Me imagino lo que estará pensando el lector: «Yo a los cinco años me expresaba mejor que Locke. O al menos no usaba mayúsculas a troche y moche». Pero no hay por qué preocuparse: no obligaré a nadie a leer un montón de farragosos pasajes filosóficos del año de la polca. La tesis de este libro es que todo el mundo puede filosofar y todos los niños lo hacen. Si un parvulito es capaz de filosofar sin leer a Locke, nosotros también.
Pero, ya que hemos leído a Locke, intentemos entender sus palabras. ¿De qué hablaba? El breve pasaje encierra numerosos enigmas sobre la naturaleza de los colores y la conciencia, así como sobre la dificultad —o tal vez incluso la imposibilidad— de plasmar en palabras algunas de nuestras experiencias. Ya reflexionaremos acerca de algunos de esos enigmas más adelante. Sin embargo, el último apunta a una inquietud aún mayor: la de que las mentes de los demás son en esencia inescrutables para nosotros.
Hay personas con una visión del mundo distinta de la nuestra, y tal vez no solo en el sentido metafórico de que tienen opiniones diferentes sobre cuestiones polémicas. Es posible que realmente perciban el mundo de manera distinta. Si yo pudiera meterme en la cabeza del lector —ver a través de sus ojos y su cerebro—, quizá descubriría que, desde mi punto de vista, todo está patas arriba. Tal vez las señales de stop se me antojarían azules, o el cielo rojo. O posiblemente las diferencias serían más sutiles: un matiz apenas perceptible o un tono un poco más vibrante. Pero, como no puedo meterme en tu cabeza, no tengo manera de saber cómo ves el mundo. Ni siquiera sé cómo lo ven mi esposa e hijos, las personas que mejor conozco.
Es una reflexión que pone de manifiesto nuestra soledad. Si Locke está en lo cierto, podría decirse que, en un sentido importante, vivimos atrapados en nuestra cabeza, desconectados de las experiencias de los demás. Imaginamos cómo son, pero no tenemos forma de comprobarlo.
No creo que sea casualidad que esta idea se les pase por la mente a muchos alumnos de preescolar. Los críos de esa edad se esfuerzan mucho por entender al prójimo, por aprender a leerle el pensamiento. No llegaríamos muy lejos en este mundo sin la facultad de inferir lo que piensan los demás. Tenemos que ser capaces de anticipar las acciones de otras personas, así como sus reacciones a las nuestras. Para ello, los niños conciben y ponen a prueba continuamente teorías sobre las creencias, intenciones y motivaciones de quienes los rodean. Ellos no lo expresarían así, claro. No se trata de un acto razonado. Tampoco lo es tirar el vasito para bebés desde lo alto de la trona, aunque también constituye un experimento tanto de física como de psicología (conclusión: siempre cae al suelo y siempre lo recoge alguien).
No sé por qué me dio por pensar en los colores aquel día en la guardería, pero lo que descubrí —sin más investigación que una reflexión a fondo— fue que mi capacidad de leerles la mente a los demás era limitada. Podía deducir muchas cosas acerca de las creencias, motivaciones e intenciones de mi madre solo con observar su comportamiento. No obstante, por más que me empeñara, no lograría dilucidar si ella veía el rojo como lo veía yo.
Retomaremos este problema más adelante. Como ya he dicho, se trata de una ventana a algunos de los misterios más insondables del mundo. Los niños se asoman a esa ventana una y otra vez. La mayoría de los adultos se ha olvidado de que está ahí.
Hay quien reacciona con escepticismo cuando afirmo que los niños se asoman a esa ventana. «Sí, claro, a ti se te ocurrió lo del desplazamiento del espectro cromático —dicen—. Pero es que tú saliste filósofo. A la mayoría de los niños no les pasa lo mismo». Me lo creería si no tuviera hijos propios. Son dos chicos: Hank, a quien ya conocéis, y Rex, que le saca unos años. Cuando Rex tenía tres, hacía comentarios que abordaban cuestiones filosóficas, aunque él mismo no era consciente de ello.
Conforme crecían, la filosofía fue aflorando a la superficie de lo que decían. Un día, Julie le preguntó a Hank (que tenía ocho en ese entonces) qué le apetecía almorzar y le dio dos opciones: una quesadilla o una hamburguesa que había sobrado de la cena. Verse obligado a elegir supuso una tortura para Hank; cualquiera diría que le habíamos preguntado a cuál de sus progenitores salvaría de una muerte segura.(1) Tardó un rato en decidirse.
—Tomaré la hamburguesa —dijo al cabo de unas décadas.
—Ya está sobre la mesa —respondió Julie. Hank escoge la hamburguesa siempre que puede.
A Hank no le gustó un pelo el cariz que habían tomado los acontecimientos. Se echó a llorar.
—¿Qué ocurre, Hank? —le pregunté—. Es lo que querías.
—Mamá no me ha dejado decidir —dijo.
—Sí que te ha dejado. Has dicho que querías la hamburguesa, y eso es lo que cenarás.
—No —repuso Hank—. Ha adivinado lo que iba a querer.
—Sí, pero ha acertado.
—Me siento insultado de todos modos —insistió Hank, y su hamburguesa se enfrió mientras él berreaba.
La semana siguiente abordé en mi clase de Filosofía del derecho el tema del «castigo preventivo», la idea de que podríamos castigar a alguien antes de que cometiera un delito si supiéramos más allá de toda duda razonable que iba a perpetrarlo. Algunos dudan que sea posible predecirlo con certeza. No me cuento entre ellos, por cierto. Pero hay otra objeción muy similar a la de Hank.
Hay quien opina que es poco respetuoso tratar a una persona como si ya hubiera tomado una determinación cuando aún no es así, incluso cuando sabemos qué decidirá al final. Su decisión es lo que cuenta, y la persona posee la libertad de cambiar de idea hasta el momento en que la tome, aunque estemos seguros de que no lo hará. (¿O tal vez no la posee? ¿El hecho de que seamos capaces de predecir su elección implica que carece de libre albedrío?). Les conté a mis alumnos lo sucedido con Hank, lo que desencadenó una discusión respecto a si estaba justificada su sensación de que se le había faltado al respeto. Muchos opinaban que sí.
Es un recurso del que echo mano con frecuencia en mis clases: compartir anécdotas sobre mis hijos que ilustran los temas que tratamos. Luego debatimos sobre si tienen razón en lo que dicen o no. También lo hago cuando charlo con mis colegas, pues los críos me proporcionan ejemplos estupendos. A estas alturas, Rex y Hank gozan de una fama considerable entre los filósofos del derecho.
Durante años la gente me decía que mis hijos no eran normales, que filosofaban precisamente porque tenían un padre filósofo. Yo no estaba de acuerdo. A menudo sus razonamientos surgían de la nada; no desenterraban ideas de conversaciones anteriores. Una noche, mientras cenábamos, Rex, que entonces tenía cuatro años, se preguntó en voz alta si su vida entera había sido un sueño. Los filósofos llevan años formulándose esta pregunta, pero ninguno de ellos se la había planteado a Rex o había hablado de ella en su presencia (la retomaremos en el capítulo 8, cuando exploremos la naturaleza del conocimiento). A mi juicio, si había alguna diferencia entre mis hijos y otros chiquillos era que, cuando mis hijos hacían filosofía, yo me daba cuenta... y los animaba a seguir.
Mi teoría se vio confirmada cuando descubrí la obra de Gareth Matthews, un filósofo que centró casi toda su trayectoria profesional en los niños. Falleció en 2011, cuando Rex contaba solo un año. Aunque no llegué a conocerlo, me habría gustado tener esa oportunidad, porque Matthews sabía más que nadie acerca de las aptitudes filosóficas de los críos.
Su interés por el asunto nació de forma muy similar al mío, cuando su hija formuló una reflexión filosófica. Su gata Fluffy tenía pulgas, y Sarah (con cuatro años) preguntó cómo las había pillado.[4]
Matthews le respondió que seguramente se las había pegado otro gato.
—¿Y cómo pilló pulgas ese otro gato? —inquirió Sarah.
Matthews le dijo que sin duda procedían de un tercer gato.
—Pero papá —insistió Sarah—, eso no puede seguir así hasta el infinito. ¡Lo único que llega al infinito son los números!
Por aquel entonces Matthews impartía una clase en la que enseñaba el argumento cosmológico, que pretende demostrar la existencia de Dios.[5] Hay varias versiones de este razonamiento, algunas de ellas bastante complicadas, pero se basa en una premisa sencilla: todos los acontecimientos tienen una causa. Sin embargo, esta cadena no puede remontarse hasta el infinito, por lo que tiene que haber una causa primera que no haya sido causada a su vez por otra cosa. Algunos filósofos, entre los que cabe destacar a Tomás de Aquino, han sostenido que esa causa primera es Dios.
Este argumento adolece de algunas lagunas. ¿Por qué tiene que ser finita la cadena de acontecimientos? Tal vez el universo sea eterno, sin principio ni final. Pero, incluso si damos por sentado que esa causa primera existe, ¿por qué hemos de creer que se trata de Dios? No obstante, que el argumento se sostenga o no es lo de menos (ya nos preguntaremos si Dios existe en el capítulo 12). Lo interesante es que Sarah se valió de la misma lógica. «Yo aquí enseñando a mis alumnos universitarios el argumento de la causa primera —escribió Matthews—, ¡y va mi hija de cuatro años y concibe por sí sola el argumento de la pulga primera!».[6]
Esto pilló a Matthews con la guardia baja porque sabía un poco de psicología del desarrollo. Según Jean Piaget, psicólogo suizo conocido por su teoría del desarrollo cognitivo, Sarah debía de estar en el «estadio preoperacional», porque los niños que se encuentran en él aún no hacen uso de la lógica.(2)[7] Sin embargo, la lógica de Sarah era exquisita y mucho más contundente que el argumento cosmológico. Al margen de lo que opinemos sobre una regresión infinita de causas, cuesta imaginar una regresión infinita de gatos.
De acuerdo, ya me imagino lo que estará pensando el lector: Matthews no es más que otro filósofo con una criatura que salió a él. Pero sus observaciones no se limitaban a sus hijos.[9] Hablaba con personas que no eran filósofos y le contaban muchas historias parecidas sobre sus críos. Luego comenzó a visitar colegios para charlar en persona con otros niños. Les leía cuentos que planteaban preguntas filosóficas y escuchaba la discusión que se producía a continuación.
Mi anécdota favorita de las referidas por Matthews se la contó la madre de un muchachito llamado Ian.[10] Cuando ella estaba en casa con su hijo, llegó de visita una familia con tres mocosos que monopolizaron la televisión, impidiéndole a Ian ver su programa favorito. Después de que se marcharan, el chico le preguntó a su madre: «¿Por qué es mejor que tres personas sean egoístas a que lo sea una sola?».
Me encanta esa pregunta, tan sencilla y a la vez tan subversiva... Muchos economistas creen que las políticas públicas deberían atender a las preferencias del mayor número posible de ciudadanos. Algunos filósofos coinciden en ello. Sin embargo, Ian nos invita a preguntarnos por qué deben importarnos las preferencias cuando solo responden a impulsos egoístas. Esto encierra también un cuestionamiento de la democracia. ¿Y si la madre de Ian hubiera sometido a votación el programa de televisión que iban a ver? ¿Hacer un recuento de niños egoístas habría sido una buena manera de zanjar la cuestión?
Yo creo que no. Si Ian hubiera sido hijo mío, le habría explicado que dejamos que los invitados decidan qué ver porque son invitados, no porque sean más. Es una manera de mostrar hospitalidad, así que obraríamos igual aunque las visitas estuvieran en minoría.
¿Y qué pasa con la democracia? Abordaremos ese tema más adelante, pues Rex querría implantarla en nuestra familia. Por el momento, solo comentaré una cosa: la democracia no debería consistir en contabilizar las preferencias egoístas de la gente. Los votantes deberían estar movidos por un espíritu solidario, preocuparse por el bien común —y por valores importantes, como la justicia y la equidad—, no por sus intereses particulares. Que no se me malinterprete: creo en la democracia, incluso cuando no está a la altura de este ideal. Sin embargo, coincido con Ian en que, cuando muchas personas actúan de forma egoísta, el resultado es más egoísmo, amén de un sistema no muy bueno para tomar decisiones.
La pregunta descolocó a su madre. Ella no tenía idea de qué responderle. Y sospecho que la mayoría de los adultos se quedarían igual de desconcertados. A menudo los niños pequeños ponen en tela de juicio cosas que los mayores damos por sentadas. De hecho, es una de las cualidades que los convierten en buenos filósofos. «El adulto debe cultivar la ingenuidad que se requiere para hacer filosofía —decía Matthews—. En cambio, en el niño dicha ingenuidad se da de forma totalmente natural».[11]
Por lo menos en los más pequeños. Matthews descubrió que las «incursiones espontáneas en la filosofía» eran habituales en edades de entre tres y siete años.[12] Cuando llegan a los ocho o nueve, los críos tienden a manifestar menos estas inquietudes, sobre todo en público.[13] No es fácil determinar el porqué. Tal vez se deba a un cambio en sus intereses, o a la presión que ejercen sobre ellos sus coetáneos o sus padres para que dejen de bombardearlos con preguntas pueriles. Aun así, a Matthews no le costaba provocar conversaciones filosóficas entre chiquillos de esa edad o incluso mayores... y le sorprendía la agudeza de sus razonamientos. De hecho, Matthews afirmaba que en algunos aspectos los niños eran mejores filósofos que los adultos.
Sospecho que esto puede chocar un poco. La idea misma del desarrollo infantil parece presuponer que la mente de los niños madura —es decir, se vuelve más sofisticada— conforme crecen. A juicio de Matthews, en realidad ocurre todo lo contrario, al menos en lo que respecta a algunas habilidades.(3) Los críos filosofan con «una frescura y una inventiva difíciles de igualar incluso por parte de los adultos más imaginativos».[14] La frescura deriva del hecho de que a los niños el mundo se les antoja un lugar desconcertante. Hace varios años la psicóloga Michelle Chouinard escuchó varias grabaciones de criaturas que pasaban un rato en compañía de sus padres.[15] En un espacio de poco más de doscientas horas, oyó casi veinticinco mil preguntas. Esto equivale a más de dos preguntas por minuto. Cerca de una cuarta parte de ellas requería una explicación: los niños querían saber «cómo» o «por qué».
A los chavales también les gusta resolver enigmas. Otro estudio reveló que cuando no obtienen respuesta a sus preguntas sobre el cómo y el porqué, se la inventan y, con frecuencia, incluso cuando la obtienen, no quedan satisfechos.[16] Contraatacan con otro «por qué» o bien ponen en duda la explicación ofrecida.
Pero aún no hemos analizado la razón más importante por la que los críos son buenos filósofos: no temen quedar como tontos. Aún no han aprendido que las personas serias no pierden el tiempo con ciertas preguntas. En palabras de Matthews:
El filósofo pregunta «¿qué es el tiempo, a todo esto?», mientras que otros adultos dan por sentado, seguramente de forma maquinal, que su necesidad de plantearse esta pregunta ha quedado más que superada. Quieren saber si disponen de tiempo suficiente para hacer la compra de la semana o para ir a por el periódico. Quieren saber qué hora es, pero no se les ocurre preguntar «¿qué es el tiempo?». San Agustín lo expuso con mucha lucidez: «Así pues, ¿qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé. Pero si intento explicárselo a quien me lo pregunta, me quedo sin palabras».[17]
Me he pasado años tratando de responder a una pregunta que parece igual de tonta: ¿qué es el derecho? Como soy profesor de Derecho, cabría esperar que lo supiera (imparto clases en la Universidad de Míchigan, donde desempeño cargos docentes en la facultad de Derecho y el departamento de filosofía). Pero, si hemos de ser sinceros, a casi todos los abogados nos pasa lo que a san Agustín: sabemos lo que es el derecho, hasta que alguien nos lo pregunta, y entonces nos quedamos sin palabras.
La mayoría de mis colegas ignora alegremente su ignorancia. Están ocupados en asuntos importantes. Y creo que me consideran un memo por atascarme en la pregunta. Pero, a mi juicio, todos deberíamos practicar este tipo de memez de cuando en cuando. Deberíamos dejar de lado nuestras preocupaciones de orden práctico y pensar como críos. Es una manera de revivir parte del asombro con que ellos contemplan el mundo, además de un recordatorio de lo poco que lo entendemos.
El primer día de Rex en segundo curso, la maestra le pidió que escribiera qué quería ser de mayor. Luego nos envió a casa la lista de aspiraciones profesionales de los niños sin especificar quién había elegido qué profesión. Aun así no nos costó mucho identificar la elección de Rex. Había varios futuros bomberos, unos cuantos médicos, algunos profesores y una cantidad sorprendente de ingenieros. Pero no había más que un «filósofo de las mates».
Esa noche, durante la cena, le hice a Rex la pregunta que yo aún no era capaz de responder:
—La señorita Kind dice que quieres dedicarte a la filosofía de las matemáticas. ¿Qué es la filosofía?
Rex meditó medio segundo.
—La filosofía es el arte de pensar —declaró al fin.
Telefoneé a mi padre.
—¿Te acuerdas de cuando cenamos en aquel asador de pollos, la primera vez que volví a casa de la universidad? Te dije que quería estudiar filosofía, y me preguntaste qué era eso. ¡Pues ya sé la respuesta!
No se acordaba, ni le importaba mucho. Pero Rex tenía razón: la filosofía es el arte de pensar. Un problema filosófico es el que nos mueve a pensar en nosotros mismos y en el mundo con el objeto de comprender mejor ambas cosas.
Los adultos y los críos tienen estilos diferentes de hacer filosofía. Los mayores son pensadores más disciplinados; los niños, más creativos. Los mayores saben mucho acerca del mundo, pero los niños pueden ayudarlos a darse cuenta de lo poco que saben en realidad. Los niños son curiosos y valientes, mientras que los adultos tienden a ser cautelosos y cerrados de mente.
David Hills, profesor en Stanford, describe la filosofía como «el torpe intento de abordar las preguntas que se les ocurren de forma natural a los niños por medio de métodos que se les ocurren de forma natural a los abogados».[18] Es una definición acertada de la filosofía como profesión, pero implica una división del trabajo innecesaria. Pequeños y mayores podemos hacer filosofía juntos.
Es más: deberíamos. Las conversaciones entre niños y adultos pueden convertirse en una actividad colaborativa en la que cada uno contribuye con algo distinto.[19] Y también pueden resultar divertidas. La filosofía, en parte, consiste en jugar... con las ideas.[20] Deberíamos pensar como chiquillos, desde luego, pero también pensar con ellos.
Aunque este libro está inspirado por los niños, no va dirigido a ellos. De hecho, los niños son mi caballo de Troya. No intento estimular las mentes jóvenes, sino la tuya.
Los niños hacen filosofía, con nuestra intervención o sin ella. Mi objetivo es que el lector intente seguir su ejemplo, infundirle la seguridad necesaria para hablar de ello con los críos, ayudándole a descubrir las cuestiones filosóficas que subyacen en la vida cotidiana... y ahondando un poco en ellas.
Voy a relatar anécdotas, en su mayor parte protagonizadas por Rex y Hank. En algunas de esas historias ellos hacen filosofía. Se fijan en un problema filosófico e intentan resolverlo. En otras dicen o hacen algo que plantea un problema filosófico en el que ellos no reparan. Y otras anécdotas simplemente ponen de manifiesto decisiones desafortunadas por parte de los padres; la filosofía ofrece una perspectiva sobre cuál fue el error.
En algunas ocasiones seguiremos los razonamientos de los chicos; en otras, razonaremos sobre ellos. Y otras veces divagaremos por nuestra cuenta para hacer reflexiones adultas sobre las cuestiones que suscitan. Pero nunca nos alejaremos demasiado de ellos, pues tienen mucho que decir.
Juntos, Rex y Hank nos llevarán en un viaje a través de la filosofía contemporánea. Sin embargo, como suele ocurrir con los mejores viajes, este será poco convencional. Algunas de las preguntas con que nos toparemos son universales. Surgen a lo largo del proceso de crianza de cualquier chaval. Podemos incluir en esta categoría las preguntas sobre la autoridad, el castigo y Dios. Otras reflejan inquietudes particulares de Rex y Hank, como el tamaño del universo. A cada niño le interesan cosas distintas.
A menudo, cuando les comento este proyecto a los padres, me hablan de las preguntas que les hacen sus hijos. Algunas son alucinantes. Durante varias semanas seguidas, todas las noches, a la hora de irse a la cama, una niñita le preguntaba a su madre: «¿Por qué siempre viene un día después de otro?».[21] La mujer le hablaba de la rotación de la Tierra, pero resultaba evidente que no era la mecánica lo que la tenía intrigada. Yo habría podido explicarle a la muchacha la «creación continua», la idea (habitual entre los pensadores cristianos) de que Dios crea el mundo en todo momento, no solo al principio.[22] Por otro lado, no sé si esta explicación la habría dejado satisfecha. Es posible que su pregunta derivara de un sentimiento sombrío, de su angustia ante el mundo y los escollos que este ponía en su camino.
Mis hijos no son seres sombríos..., al menos de momento. Sin embargo, poseen una curiosidad inagotable, así que cubriremos mucho terreno. El libro se divide en tres partes. La primera se titula El sentido de la moral. En ella nos preguntaremos qué son los derechos... y qué se requiere para pasar por encima de ellos. Nos preguntaremos cómo debemos reaccionar ante la injusticia. Y, en particular, nos preguntaremos si la venganza está justificada en algún caso. Reflexionaremos también sobre el castigo: qué es y por qué lo practicamos. Luego meditaremos sobre la autoridad. Nos preguntaremos si «porque lo digo yo» puede ser una buena razón para que un niño obedezca una orden. Y, por último, trataremos el tema de las palabras que se supone que no debemos decir, el lenguaje malsonante. (Debo advertir al lector que soy un poco malhablado, o tal vez más que un poco. Espero que no se me juzgue con demasiada severidad. Me defenderé en el capítulo 5).
En la segunda parte, El sentido de la identidad, abordaremos cuestiones relacionadas con este tema, como el sexo, el género y la raza. Pero no dejaremos atrás la moral. Cuando reflexionemos sobre el sexo y el género, exploraremos qué papel deben desempeñar estos en los deportes. Y cuando examinemos la cuestión de la raza, nos preguntaremos si se derivan responsabilidades de ella, y si cabe exigir actos de desagravio por la esclavitud y la segregación.
La tercera parte se titula El sentido del mundo. Empieza con una serie de preguntas sobre el conocimiento. De la mano de Rex investigaremos si nuestra vida entera es un sueño. A continuación analizaremos el escepticismo, la preocupante posibilidad de que no podamos saber nada en absoluto. Luego abordaremos cuestiones sobre la verdad, y también sobre el ratoncito Pérez. Acto seguido centraremos la mente en nuestra mente para preguntarnos qué es la conciencia. También meditaremos sobre el infinito. Y al término del viaje nos preguntaremos si Dios existe.
Nuestro avance será rápido, al menos en comparación con el ritmo habitual de los filósofos. Cualquiera de los temas que trataremos da para dedicarle toda una vida. Lo máximo a lo que aspiro aquí es a tocar los puntos esenciales. Pero, si todo sale bien, cuando el lector llegue al final estará lo bastante preparado para hincar el diente —ya sea por su cuenta o con la ayuda de un crío— a los problemas que plantearemos. Es una de las cosas que me encantan de la filosofía: puede practicarse en cualquier momento y en cualquier lugar, en conversaciones con otras personas o en solitario. Basta con pensar las cosas con detenimiento.
Con esta idea en mente quiero que al leer este libro el lector adopte un enfoque un poco distinto. La mayoría de los autores de no ficción pretende que quienes lean su libro crean sin más lo que afirman en ellos. Confían en que acepten su autoridad y abracen su visión del mundo.
Nada más lejos de mi intención. Por supuesto, me gustaría convencerte de que vieras las cosas como yo, pero lo cierto es que me alegra que pienses diferente... siempre y cuando lo hayas meditado a fondo. De hecho, te propongo que enfoques con escepticismo los argumentos que expongo. No des por sentado que tengo razón. Es más: da por sentado que he metido la pata en alguna parte e intenta localizar el error.
Pero te pido un favor: no te limites a discrepar. Si crees que estoy equivocado, razona el porqué. A continuación piensa en profundidad lo que crees que yo te respondería, luego lo que replicarías tú, lo que yo te contestaría a mi vez, y así sucesivamente hasta que tengas la sensación de que ya no estás aprendiendo nada nuevo. Pero no te des por vencido demasiado pronto; cuanto más lejos llegues, más cosas entenderás.
Así trabajamos los filósofos (o por lo menos los filósofos adultos). Siempre aconsejo a mis alumnos que, cuando tengan una objeción que oponer a la labor de otro filósofo, piensen que a esa otra persona ya se le ha ocurrido... y que le ha parecido tan desacertada que ni siquiera valía la pena mencionarla. Luego les pido que intenten deducir por qué. Si a pesar de sus esfuerzos no logran determinar en qué se han equivocado, es momento de que lo comenten con otras personas. El objetivo es cultivar el hábito de que apliquen a sus propias ideas el mismo espíritu crítico con que analizan las de los demás.
Este consejo se refleja en la forma en que hablo con los chicos. En casa nadie «tiene derecho a su opinión», como nos gusta decir a los estadounidenses. Hay que argumentarla. Les planteo muchas preguntas a los niños. Luego cuestiono sus respuestas, para incitarlos a examinar críticamente sus propias ideas. A veces esto les fastidia, pero lo considero una parte importante de su educación.
Todos estamos acostumbrados a promover los intereses de los críos y ayudarlos a descubrir otros nuevos. Los sumergimos en el arte, la literatura y la música. Los animamos a probar varios deportes hasta que encuentren uno que les guste. Cocinamos con ellos. Bailamos con ellos. Los iniciamos en la ciencia y los llevamos a descubrir la naturaleza. Sin embargo, hay un aspecto que muchos padres desatienden porque no lo ven como una actividad independiente: fomentar en sus hijos la faceta de pensadores.
A lo largo de estas páginas explicaré diversas tácticas para ello. La más sencilla consiste en formular preguntas... y cuestionar las respuestas. Pero no es necesario meterse en el papel de profesor. De hecho, más vale evitarlo.
Jana Mohr Lone dirige el Centro de Filosofía para Niños de la Universidad de Washington. Al igual que Matthews, visita colegios para charlar de filosofía con los chavales. Sin embargo, no les enseña filosofía, sino que filosofa con ellos.[23] Es una diferencia sutil, pero importante. Los niños ya saben filosofar y, en algunos aspectos, lo hacen incluso mejor que los adultos. Así que lo mejor es tratarlos como colaboradores, tomarnos en serio sus ideas, no intentar resolver sus problemas, sino ayudarlos a resolverlos. Cuando hablamos de filosofía, esto no debe de resultar muy complicado, pues es probable que tampoco sepamos las respuestas de antemano.
Lo que me lleva a un último consejo: hay que aparcar nuestra sensibilidad de personas maduras. La mayoría de los adultos son como mi padre. Tienen poca paciencia para ocuparse del tipo de problemas sobre los que cavilamos los filósofos; son lo opuesto a lo práctico. Preocuparnos porque el mundo tal vez no sea lo que parece no nos ayudará a hacer la colada. Pero espero que los chicos y yo consigamos darle la vuelta a ese argumento, al menos durante un rato. ¿Para qué hacer la colada, cuando es posible que el mundo no sea lo que parece?
Rex y Hank han estado preguntándose por qué el título original del libro en inglés es Nasty, Brutish and Short [Crueles, rudos y piernicortos]. Tal vez el lector haya oído una frase parecida alguna vez. Es de Thomas Hobbes, que vivió más o menos en la misma época que Locke. Hobbes tenía curiosidad por saber cómo sería nuestra existencia sin ningún tipo de gobierno, lo que los filósofos denominan «estado de naturaleza». Se imaginaba que sería un horror. Es más, creía que desembocaría en «una guerra de todos contra todos».[24]En el estado de naturaleza, la vida sería «solitaria, miserable, cruel, ruda y corta».[25]
No sé si el estado de naturaleza sería así, pero la expresión «una guerra de todos contra todos» describe a las mil maravillas lo que ocurre en una casa donde hay niños pequeños.
Somos afortunados. No llevamos vidas solitarias o miserables. Pero nuestros hijos son crueles, rudos y (pierni)cortos.
Por otro lado, son tiernos y cariñosos. De hecho, también hemos tenido suerte en ese aspecto. Rex y Hank nos han salido más tiernos y cariñosos de lo normal. Pero todos los críos actúan con crueldad y rudeza en algunas ocasiones. Por eso meditaremos sobre la venganza y nos preguntaremos si el castigo puede utilizarse para formar mejores personas.
Los niños están dispuestos a aceptar esta descripción, al menos en parte.
—¿Eres cruel y rudo? —le pregunté a Hank.
—Puedo ser cruel —dijo—, pero no llevo rulos.
Rex me presionó para que cambiara el título. Quería que el libro se llamara Ni crueles ni rudos, solo piernicortos. Como ha perdido esa batalla, me ruega que le deje publicar un blog con ese nombre. Así que quedáis avisados: en el momento menos pensado dará el gran salto a las redes.
Por ahora, sin embargo, es la estrella de esta función, junto con su hermano menor Hank. Son dos de los mejores filósofos que conozco. También dos de los más graciosos. Y divertidos.
PRIMERA PARTE
EL SENTIDO DE LA MORAL