Me quedo en medio de lo que no quiero nombrar
Si digo el verdadero nombre de las cosas que viven aquí
La verdad la ternura y la imaginación salen volando por la ventana
Aun así, a veces se me olvida
Esto es una cama, esto es una silla, esto es un váter
Fuera suenan las botas y las llaves al girar
Anda, tengo algo en el rabillo del ojo
Es una cucaracha muy negra y totalmente inmóvil
Hay manchas oscuras en la pared a la que está sujeta la cama sé lo que son
Sé cómo nacen y si me quedo aquí lo suficiente acabaré por dejar una marca también yo
Y me pregunto qué forma adoptaría en la pared
Me pregunto si otros aparte de mí intentarían adivinarlo
Como cuando al aire libre te tumbas en la hierba y desenmascaras las nubes
Dirían… veo veo
Un perro un insecto una serpiente
Cuánto me gustaría que fuera otra cosa
Un cielo una estrella un sueño
Detrás de mí se alza una voz chillona
La madre que te parió cabrón de mierda
Cierro los ojos y despacio cada una de las cosas que hay aquí deja que se le caiga el nombre
También el mío se me olvida poco a poco
No soy más que un chico de la sombra
Cada sonido se encoge se marchita y se apaga
Pronto no queda más que el ruido blanco que hace mi corazón
Interno 16587, centro de detención de C.
Érase una vez un país que construyó cárceles para niños porque no supo encontrar nada mejor que el impedimento, el alejamiento, la privación, la restricción, la prisión y un montón de cosas que solo existen entre unas paredes para intentar convertir a esos niños en adultos de pro, es decir, en personas que siguen el camino trazado.
Por suerte, ese país cerró aquellas cárceles, derribó las paredes, juró y perjuró que no volvería a construir esos lugares bárbaros donde los niños no podían ni reír ni sollozar. Porque ese país cree en la reconciliación del pasado y el presente, ha conservado un portalón para que se acuerden aquellos a quienes interesan esos restos, que creen en los fantasmas y en los cuentos que nunca mueren. Para los demás, es la entrada a una bonita glorieta, en plena capital, donde van a pasear, a descansar y a deleitarse con el cielo abierto, azul, tranquilo. Acuden en familia, con sus propios niños, y ese país también es eso, un jardín encima de antiguas lágrimas, flores encima de los muertos, risas encima de antiguos pesares.
Más tarde, porque siempre han existido niños recalcitrantes, niños infelices, niños raros, niños tremendos, niños que hacen cosas tremendas, niños tristes, niños estúpidos, niños que nunca han recibido amor, niños que no saben lo que hacen, niños que tan solo imitan lo que hacen los mayores, ese país encontró otros medios para curarlos, enderezarlos, enmendarlos y observarlos para que se convirtieran en adultos más o menos decentes, es decir, en personas que podrían ir a pasear por jardines, bajo un cielo despejado, azul y tranquilo.
Pero, ahora y siempre, sigue habiendo paredes que rodean, que separan, que alienan, que protegen y que no curan los corazones. Está la gente de fuera, la gente de dentro, historias ya trazadas, historias de determinismo, accidentes, casualidades, cosas de la mala suerte, culpables, inocentes, y aquí está de nuevo ese mundo que se dibuja como un cuadro abstracto en el que es difícil encontrar una cara amiga, un ser querido, aferrarse a un sentimiento conocido o a un color favorito.
Érase una vez, pues, en ese país, un niño al que su madre llamó Lobo. Pensaba que ese nombre le daría fuerza, suerte y una autoridad natural, pero cómo iba ella a saber que ese niño sería el hijo más dulce y extraño que darse pueda, que, al igual que a una fiera, acabarían atrapándolo y que ahora mismo está en el furgón policial, aquí mismo, en cuanto pasemos de página.
De repente, una calma rara y acolchada, como si tuviera encima una tela que lo cubriese por completo. Observa a través de ese tejido imaginario el rostro de los dos hombres de uniforme que tiene enfrente y no ve en ellos ninguna amenaza. Son dos hombres que lo acompañan, nada más, no hay de qué preocuparse, están borrosos, y con esa forma que tiene de rimar las palabras mentalmente, piensa que lo que está borroso es sedoso y algo esponjoso. Como: las nubes, un dibujo difuminado con el dedo, el fondo del agua o la bruma que cubre la ciudad. Detrás de los dos hombres hay una ventanilla a través de la que desfila el cielo azul y tranquilo, a veces la copa de algunos árboles, y cuando el vehículo se detiene, el chico busca algo que pueda retenerle la mirada, un pájaro, una hoja al viento o un tendido eléctrico. Lo que oye parece llegar de lejos: el ronroneo del motor, su aliento reposado y su corazón latiendo despacito. Baja los ojos hacia las esposas que le traban las muñecas (pecas, rebecas) y espera a que pase algo, porque, desde que tiene memoria, nunca ha soportado estar encerrado o sujeto.
Espera a que pase aunque en realidad nunca «pasa», sino que aparece de golpe, arrasa y te estalla en las narices.
Vigila el desbocamiento del corazón, acecha la sensación de calor a la que siguen los sudores fríos, se prepara para la inquietud de las piernas y los espasmos en torno a la boca. Se previene contra su mente, que sin poder remediarlo no tardará en bullir de pensamientos desordenados, escandalosos e insensatos, como si en la cabeza tuviera una muchedumbre presa del pánico.
Entonces, ya sabe lo que va a pasar: empezará a retorcerse, a tratar de ponerse de pie, intentará explicar que no se encuentra bien, pero le saldrá un galimatías y tendrá cada vez más ganas de irse de allí, mirará desesperadamente fuera, girando la nuca en todas direcciones, hará ademán de abalanzarse contra la puerta o la reja que los separa del conductor, pues en esos momentos el miedo a hacerse daño ha dejado de existir y los dos hombres que tiene enfrente sacarán la porra para reducirlo, o puede que solo utilicen los brazos musculosos para mantenerlo sentado, sentirá su peso de adultos encima de él y será mucho peor. Se pondrá a gritar y ellos también se pondrán a darle órdenes, aunque añadan «muchacho» al final de esas órdenes, porque hay que verlo, al muchacho este que aparenta tener doce años, con los labios sangrando de tanto mordisqueárselos y los ojos grandes y tristes como los de un animal exótico. A todos los zarandeará el vehículo a toda velocidad, que para entonces ya habrá encendido la sirena (ballena, falena). En momentos así, la mente se le desconecta por completo de la sensatez, y no dejará de gritar y de revolverse de forma ridícula, incluso reducido, incluso con las piernas sujetas, y todos ellos, los policías, el conductor, los que lo estarán esperando al llegar, el enfermero, el director, los guardias y puede que incluso los demás detenidos, todos ellos dirán entonces «Pues sí que le pega el nombre», porque conviene precisar ya que ese chico se llama Lobo.
Sigue mirándose las manos y esperando, y sin embargo no ocurre nada, continúa el mismo silencio mullido y es tan relajante que al muchacho le entran ganas de llorar. Le gustaría que ese momento, cuando la persona que siempre ha sido deje de existir, dure mucho rato, porque siempre ha estado atormentado e inquieto, siempre ha deseado librarse de su piel como hacen algunos animales al acabar la época invernal (infernal, letal), para volver a nacer más fuerte, más tranquilo y más inteligente. Le gustaría que su madre estuviera allí para ser testigo de ese momento, puede que ella le regalara una de esas sonrisas suyas tan escasas y que, mientras duran, lo dejan literalmente deslumbrado.
El rostro de Lobo es liso, franco e inspira confianza. En verano parece un surfista, el pelo le amarillea, la piel se le vuelve cobriza, y entonces le suelen preguntar «Tú en realidad ¿de dónde eres?», y Lobo no sabe qué contestar. No sabe quién es su padre, pero cuando se cruza por la calle con algún hombre como él, ni blanco ni negro, se pregunta si podría ser hijo suyo. Su hermana, que tampoco sabe quién es su padre, es blanca como su madre, y ya está, ya no hay más. En sus pensamientos es menuda, sin ruido, sin ira, cuchichea, no se ríe, se troncha de risa, suele sonreír y, como él, suele tener miedo. Pero eso es lo que recuerda, y está harto de alimentar esas historias que quizá solo existen en su cabeza y acaba preguntándose si esas cosas son ciertas o no, si esa hermana ha existido, si ese momento, con el cuchillo y la tarta, realmente sucedió, si las palabras que oyó en ese momento se pronunciaron realmente.
Lobo, cuando le dices algo, te mira a los ojos pero a menudo no te oye. Su mente tiene formas extrañas de mezclar el tiempo, las palabras y los actos. Recuerda: su abuelo tocando el acordeón, su primer día de colegio y el caramelo que su hermana le dio ese día, ¡y si supierais cómo vuelve a sentir de tanto en tanto ese dulce sabor a fresa! Recuerda a un perro que nadaba muy deprisa en el canal, haberle cogido el coche a su madre y conducir sin detenerse, el dragón en la espalda de su madre, el árbol de Navidad de plástico en el desván, la cara de su hermana iluminada por la televisión y la forma en que se volvía hacia él abriendo los brazos para que se acurrucase en ellos. Recuerda: el elefante de madera negra encima del escritorio del doctor Michel, el olor a metal y a gasolina en el patio, el socavón del jardín, el deseo incontenible de volver a ver a su hermana. Esos retazos de recuerdos pegados unos a otros forman un mismo trozo de memoria sin cronología, como si todo hubiera sucedido el mismo día.
Si le dices algo a Lobo, a veces te escuchará, pero casi siempre se fijará en cómo tienes alineados los dientes, vigilará el movimiento de tus párpados, estudiará tus ojos y tu nariz, le llamarán la atención la vena que te late en el lado derecho de la frente y la comisura de tus labios que se estremece un poco cuando estás pensando, se quedará con el tono de tu voz. Cuando te des media vuelta, se acordará con precisión de tu cara y de cómo se mueve; casi como si te hubiera visto el cráneo y la compleja conexión de los músculos y los tendones. Podría imitarte perfectamente. ¿Será por eso por lo que su cara resulta vagamente familiar, como si recordara a otra persona, como si no le perteneciera? Si fuera un animal, seguramente sería un camaleón, pero no un lobo, desde luego un lobo no.
Hace mucho tiempo, el doctor Michel le dijo que todas las pruebas estaban bien y que, por tanto, estaba sano. El doctor se volvió entonces hacia la madre de Lobo. ¿Sería consciente de qué dulces se volvían sus ojos cuando él la miraba y de cómo se le encorvaban los hombros? El médico le dijo, bajando la voz un tono, «No se preocupe, Fénix, no está enfermo», y ella, de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, abrió la boca sin que saliera ningún sonido. Luego se volvió hacia Lobo, y la mirada que le echó, cargada de reproches por ser lo que era, raro, extraño, tonto pero no enfermo, esa mirada, ¿cómo curarse de ella?
Fue ayer, puede que antes de ayer, Lobo ya no lo sabe. Contó lo que había hecho, el policía lo tecleó todo en el ordenador, y era tan sencillo que el hombre —frente muy ancha, ojillos temblones, nariz redonda, labios finos, de eso Lobo se acuerda perfectamente— le preguntaba a cada rato «¿Nada más?».
Era sencillo y no había más, no: Lobo había soñado con su hermana, a la que llevaba años sin ver, y al despertar tenía la pena encima, como un animal grande, y a Lobo se le ocurrió coger el coche de su madre y conducir hasta aquí. Lobo sabía que no le estaba permitido conducir, pero añoraba tanto a su hermana, nada más. No tenía carné, había conducido con prudencia hasta la entrada de la ciudad, donde se había equivocado de sentido. Después vinieron los ruidos, los gritos y el coche en la cuneta. Y también el ataque de nervios cuando llegaron los policías.
Esa mañana o quizá hace diez minutos: el juez dictó una orden de prisión preventiva en el área de menores del centro de detención de C., y Lobo se sintió aliviado al oír el nombre de esa ciudad porque su hermana vivía en el término municipal de al lado. Casi lo había conseguido. Había estado a punto de llegar.
A través de la abertura rectangular del furgón, ahora es la ciudad la que traza sus formas en el cielo y uno de los policías dice «Ya estamos». Pone una voz seria y anodina, como si sencillamente estuviera pensando en voz alta. Lobo mira a través de la reja que los separa del conductor y más allá del parabrisas, la cárcel no es como se la había imaginado. El portón es azul, y el marco en forma de U invertida donde pone «Prisión celular» es de un blanco inmaculado. Eso le recuerda la cúpula azul y las superficies blancas del cartel «¡Visite las Cícladas!» que hay en el escaparate de la agencia de viajes. Lobo se siente perdido. ¿Qué pinta ahí esa belleza, ese color que evoca el mar y el cielo? Obviamente, el azul ese es una trampa, como la sonrisa de la gente que va a buscar repuestos al jardín, el «Volveré muy pronto a buscarte» de su hermana y el «No estás enfermo» del doctor Michel. Lobo nota que se le desboca el corazón, pero entonces descubre los edificios que hay detrás de la puerta azul. Son tres moles achaparradas con los tejados puntiagudos en hilera, de menor a mayor. Parece un monstruo de tres cabezas, y como a Lobo no le gustan las mentiras, se siente aliviado. Ya ha llegado a su destino.