1

Yao

Estoy bien —dijo la mujer—. No me pasa nada.

A Yao no le parecía que estuviese bien.

Era su primer día como enfermero de emergencias en prácticas. Su tercera visita a domicilio. Yao no estaba nervioso, pero se encontraba en un estado de alerta extrema porque no podía soportar cometer siquiera un error insignificante. De niño, los errores le hacían llorar sin consuelo y aún le provocaban calambres en el estómago.

Una única gota de sudor se deslizaba por el rostro de la mujer, dejando un rastro de baba de caracol por encima de su maquillaje. Yao se preguntó por qué las mujeres se pintaban de naranja la cara, pero eso no era relevante.

—Estoy bien. Quizá no sea más que un virus de veinticuatro horas —añadió ella con un leve acento de Europa del Este.

«Fíjate bien en tu paciente y en su entorno», le había dicho Finn, el supervisor de Yao. «Piensa que eres un agente secreto en busca de pistas para realizar un diagnóstico».

Yao veía una mujer de mediana edad y con sobrepeso, con pronunciadas manchas rosas bajo unos ojos de un peculiar verdemar y un pelo castaño y ralo recogido en un triste y menudo moño en la nuca. Estaba pálida y sudorosa y su respiración era irregular. Fumadora empedernida, a juzgar por su olor a cenicero. Estaba sentada en un sillón de piel y respaldo alto detrás de un gigantesco escritorio. Parecía una de las mandamases, si es que el tamaño de aquel lujoso despacho y sus ventanales con vistas al puerto eran indicativos de su estatus empresarial. Estaban en la planta diecisiete y las velas de la Casa de la Ópera quedaban tan cerca que podían verse los azulejos de color crema y blanco en forma de rombo.

La mujer tenía una mano en el ratón. Lo desplazaba por correos electrónicos en la enorme pantalla de su ordenador, como si los dos enfermeros que la examinaban no fuesen más que una molestia menor, unos técnicos que estuviesen allí para arreglarle un enchufe. Llevaba puesto un traje a medida azul marino que parecía un castigo, con la chaqueta incómodamente ajustada a la altura de los hombros.

Yao cogió la mano libre de la mujer y le puso un pulsioxímetro en el dedo. Vio una brillante y escamosa mancha rojiza en la piel del antebrazo. ¿Prediabetes?

—¿Estás tomando alguna medicación, Masha? —preguntó Finn. Se comportaba de forma familiar y campechana con los pacientes, como si estuviesen charlando de cualquier cosa en una barbacoa, cerveza en mano.

Yao había reparado en que Finn siempre llamaba a los pacientes por su nombre de pila y los trataba de tú, mientras que a él le daba vergüenza hablarles como si fuesen viejos amigos, pero, si eso servía para mejorar el estado de los pacientes, aprendería a superar su timidez.

—No tomo ninguna medicación —respondió Masha, con la mirada fija en el ordenador. Pulsó el ratón con contundencia sobre algo y, después, apartó la mirada de la pantalla y la levantó hacia Finn. Era como si alguna persona hermosa le hubiese prestado los ojos. Yao supuso que eran lentes de contacto de color—. Tengo buena salud. Os pido disculpas por haberos hecho perder el tiempo. Desde luego, yo no he pedido ninguna ambulancia.

—Yo he llamado a la ambulancia —dijo una mujer joven muy guapa de pelo oscuro con tacones altos y una ajustada falda de rombos entrelazados parecidos a los azulejos de la Casa de la Ópera. La falda le quedaba de maravilla, pero era evidente que eso no tenía ninguna relevancia en ese momento, aunque, siendo estrictos, ella formaba parte del entorno que se suponía que Yao tenía que observar. La chica se mordía la uña del dedo meñique—. Soy su asistente personal. Ella…, eh… —Bajó la voz como si estuviese a punto de contar algo vergonzoso—. La cara se le quedó completamente blanca y, después, se cayó de la silla.

—¡No me he caído de la silla! —protestó Masha.

—Se fue deslizando por ella, por así decir —rectificó la chica.

—He tenido un pequeño mareo momentáneo, nada más —le dijo Masha a Finn—. Y, después, he seguido trabajando. ¿Podemos ir abreviando? Estaré encantada de pagar, ya sabes, vuestro precio o vuestros honorarios, o lo que sea que cobréis por vuestros servicios. Pero la verdad es que ahora mismo no tengo tiempo para esto. —Volvió a dirigir de nuevo su atención a su asistente—. ¿No tengo una cita a las once con Ryan?

—La cancelaré.

—¿He oído mi nombre? —preguntó un hombre desde la puerta—. ¿Qué está pasando? —Un tipo con una camisa morada demasiado ajustada entró contoneándose con unas cuantas carpetas en la mano. Hablaba con engolado acento británico, como si perteneciese a la familia real.

—Nada —respondió Masha—. Siéntate.

—¡Es evidente que Masha no está disponible en este momento! —exclamó la pobre asistente personal.

Yao aprobó sus palabras. No le gustaba que se tomaran con ligereza los asuntos de la salud y pensaba que su profesión merecía más respeto. También sentía una fuerte aversión hacia los hombres con el pelo de punta y acento pijo que vestían camisas moradas de una talla más pequeña para presumir de unos pectorales demasiado desarrollados.

—¡No, no! Tú siéntate, Ryan. Esto no va a durar mucho. Estoy bien —dijo Masha haciéndole señas con impaciencia para que se acercara.

—¿Puedo comprobar tu presión arterial, por favor…, eh…, Masha? —preguntó Yao, mascullando valientemente su nombre mientras se disponía a ajustarle el manguito en el brazo.

—Vamos a quitarle antes la chaqueta. —Finn parecía estar divirtiéndose—. Eres una mujer ocupada, Masha.

—Lo cierto es que necesito realmente que firme estos documentos —le dijo el joven a la asistente personal en voz baja.

«Lo cierto es que necesito realmente comprobar las constantes vitales de tu jefa ahora mismo, cabrón», pensó Yao.

Finn ayudó a Masha a quitarse la chaqueta y la colocó sobre el respaldo de la silla con gesto cortés.

—A ver esos documentos, Ryan. —Masha se ajustó los botones de su camisa de seda de color crema.

—Solo necesito la firma en las dos páginas de arriba. —El hombre le extendió la carpeta.

—¿Te estás quedando conmigo? —La asistente personal levantó las manos con gesto de incredulidad.

—Colega, tendrás que volver en otro momento —dijo Finn con un claro tinte de firmeza en su tono de barbacoa.

El hombre dio un paso atrás, pero Masha le chasqueó los dedos para que le entregara la carpeta y él dio al instante un salto adelante para pasársela. Era evidente que sentía más miedo de Masha que de Finn, lo cual resultaba bastante significativo, pues Finn era un hombre grande y fuerte.

—Esto me llevará catorce segundos como mucho —le dijo ella a Finn. La voz se le volvió más pastosa en la palabra «mucho», que sonó como «musho».

Yao, con el manguito del tensiómetro aún en la mano, cruzó la mirada con Finn.

La cabeza de Masha cayó hacia un lado, como si acabara de quedarse dormida. La carpeta se le cayó de los dedos.

—¿Masha? —Finn habló con voz fuerte e imperiosa.

Ella se desplomó hacia delante, con los brazos en jarras, como una marioneta.

—¡Eso! —gritó la asistente personal con satisfacción—. ¡Exactamente eso es lo que le ha pasado antes!

—¡Dios mío! —El hombre de la camisa morada se apartó—. Dios. ¡Lo siento! Yo solo…

—Muy bien, Masha. Vamos a tumbarte en el suelo —dijo Finn.

Finn la levantó por las axilas y Yao la agarró de las piernas, soltando un gruñido por el esfuerzo. Yao se dio cuenta de que era una mujer muy alta; mucho más que él. Al menos de metro ochenta y un peso muerto. Juntos, él y Finn la tumbaron de lado sobre la alfombra gris. Finn dobló la chaqueta para ponérsela de almohada.

El brazo izquierdo de Masha se levantó rígido por encima de su cabeza, como si fuera un zombi. Cerró las manos con movimientos espasmódicos. Seguía respirando de forma entrecortada mientras el cuerpo se le movía.

Estaba sufriendo un ataque epiléptico.

Resultaba desasosegante ver esos ataques pero Yao sabía que había que esperar a que pasaran. No había nada alrededor del cuello de Masha que Yao pudiera desabrochar. Examinó el espacio que la rodeaba y no vio nada con lo que pudiera golpearse la cabeza.

—¿Es esto lo que le ha pasado antes? —Finn levantó la vista hacia la asistente.

—No. No, antes solo ha sido una especie de desmayo. —La asistente, con los ojos muy abiertos, miraba con horrorizada fascinación.

—¿Ha sufrido ataques así con anterioridad? —preguntó Finn.

—Creo que no. No lo sé. —Mientras hablaba, la asistente personal iba arrastrando los pies hacia la puerta del despacho, donde un grupo de otros miembros de la empresa se habían reunido ahora. Alguien levantó un teléfono móvil en el aire, grabando, como si el ataque de su jefa fuese un concierto de rock.

—Vamos a empezar con las compresiones. —La mirada de Finn era plana y tranquila, como si sus ojos fuesen piedras.

Hubo un momento —no más de un segundo, pero suficiente— en el que Yao no hizo nada mientras su cerebro trataba de asimilar qué era lo que acababa de ocurrir. Recordaría siempre ese momento de congelada incomprensión. Sabía que un paro cardiaco podía presentarse con síntomas parecidos a los de las convulsiones epilépticas y, aun así, lo había pasado por alto porque su cerebro había estado completa y equivocadamente convencido de una única realidad: «Esta paciente está sufriendo un ataque epiléptico». Si Finn no hubiese estado allí, Yao podría haberse quedado sentado en cuclillas mirando cómo una mujer sufría un paro cardiaco sin hacer nada, como un piloto de aerolíneas que estrella un avión porque confía ciegamente en sus defectuosos instrumentos. El mejor instrumento de Yao era su cerebro y ese día estaba defectuoso.

Le suministraron dos descargas, pero fueron incapaces de restablecer un ritmo cardiaco uniforme. Masha Dmitrichenko se encontraba en parada cardiaca total cuando la sacaron del despacho al que jamás regresaría.

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2

Diez años después

Frances

Un día caluroso y despejado de enero, Frances Welty, quien fuera escritora de novelas románticas de gran éxito, conducía sola por un paraje de matorrales y maleza a seis horas al noroeste de su casa de Sídney.

La franja negra de la autopista se desplegaba hipnótica por delante de ella mientras los conductos del aire acondicionado rugían soltando un aire polar a toda potencia sobre su cara. El cielo era una cúpula gigante de color azul intenso que rodeaba su diminuto y solitario coche. Había demasiado cielo para su gusto.

Sonrió porque se recordó a uno de esos críticos malhumorados que escriben reseñas en TripAdvisor: «Llamé a recepción y pedí un cielo más bajo, con más nubes y más agradable. ¡Una mujer con marcado acento extranjero me dijo que no tenían más cielos disponibles! NUNCA MÁS. NO MALGASTES TU DINERO».

A Frances se le ocurrió que quizá estaba a punto de perder la cabeza.

No, no era verdad. Estaba bien. Perfectamente cuerda. Sin ninguna duda.

Tensó las manos alrededor del volante, parpadeó tras sus gafas de sol y bostezó con tanta fuerza que sintió un chasquido en la mandíbula.

—Ay —dijo, aunque no le había dolido.

Suspiró mientras miraba por la ventanilla en busca de algo que rompiera la monotonía del paisaje. Ahí fuera debía de hacer un calor implacable y severo. Podía imaginárselo: el zumbido de las moscardas, el triste graznido de los cuervos y toda esa deslumbrante y ardiente luz. Un paisaje realmente grande y marrón.

«Vamos. Dame una vaca, un campo de cultivo, un cobertizo. Veo, veo una cosita que empieza por la…».

N. De nada.

Se removió en el asiento y la parte inferior de la espalda le respondió con una sacudida de dolor tan fuerte y personal que hizo que se le saltaran las lágrimas.

—Por el amor de Dios —dijo con tono lastimoso.

El dolor de espalda le había empezado dos semanas antes, el día en que por fin aceptó que Paul Drabble había desaparecido. Estaba marcando el número de la policía mientras trataba de decidir cómo iba a referirse a Paul —¿su pareja, su novio, su amante, su «amigo especial»?— cuando sintió la primera punzada. Era el caso más obvio de dolor psicosomático de la historia, solo que el hecho de saber que era psicosomático no hizo que le doliera menos.

Resultaba extraño mirarse en el espejo cada noche y ver reflejada su zona lumbar tan blanda, blanca y ligeramente rechoncha como siempre. Esperaba ver algo espantoso, como una masa nudosa de raíces de árbol.

Comprobó la hora en el salpicadero: las 14:57. El desvío debía aparecer en cualquier momento. Había dicho a los de las reservas de Tranquillum House que estaría allí entre las tres y media y las cuatro de la tarde y no había hecho ninguna parada imprevista.

Tranquillum House era un «hotel boutique y spa». Su amiga Ellen se lo había sugerido.

—Tienes que curarte —le había dicho a Frances después de su tercer cóctel (un excelente Bellini de melocotón blanco) en un almuerzo la semana anterior—. Tienes un aspecto de mierda.

Ellen se había hecho una «purificación» en Tranquillum House tres años antes cuando ella, también, había estado «quemada», «agotada», «en baja forma» y…

—Sí, sí, ya te he entendido —la había interrumpido Frances.

—Ese sitio es bastante… atípico —le había explicado Ellen a Frances—. Su planteamiento es muy poco convencional. Te cambia la vida.

—¿Cómo te cambió la vida, exactamente? —le había preguntado Frances, lo cual era lógico, pero nunca recibió una clara respuesta a esa pregunta. Al final, todo parecía reducirse al blanco de los ojos de Ellen, que se había vuelto blanco de verdad. ¡De un blanco que asustaba! Además…, ¡había perdido tres kilos! Aunque Tranquillum House no se ocupaba de la pérdida de peso, cosa que Ellen se empeñaba en dejar clara. Se ocupaba del bienestar pero, ya se sabe, ¿qué mujer se va a quejar de haber perdido tres kilos? Ellen no, eso seguro. Ni tampoco Frances.

Esta había vuelto a casa y había consultado la página web. Nunca había sido muy dada a la abnegación, nunca había estado a dieta y rara vez decía que no si le apetecía decir que sí ni decía que sí cuando le apetecía decir que no. Según su madre, la primera palabra ávida de Frances había sido «más». Ella siempre quería más.

Pero las fotos de Tranquillum House la habían llenado de un deseo extraño e inesperado. Tenían un tono dorado, todas tomadas durante la puesta o la salida del sol o con un filtro que hacía que parecieran así. Gente agradable de mediana edad que hacía la postura del guerrero en un jardín de rosas blancas junto a una preciosa casa de campo. Una pareja estaba sentada en una de las «fuentes termales naturales» que rodeaban la finca. Tenían los ojos cerrados, las cabezas inclinadas hacia atrás y sonreían alborozados mientras el agua burbujeaba a su alrededor. Otra foto mostraba a una mujer disfrutando de un «masaje con piedras calientes» sobre una tumbona junto a una piscina de color aguamarina. Frances se había imaginado aquellas piedras calientes colocadas con una preciosa simetría a lo largo de su columna vertebral, con su mágico calor haciendo desaparecer su dolor.

Mientras soñaba con manantiales de aguas termales y agradable yoga, un mensaje apareció insistente en su pantalla: «¡Solo queda una plaza para el exclusivo Retiro de Diez Días para una Transformación Total de Cuerpo y Mente!». Aquello le había provocado una estúpida sensación de competitividad y pulsó sobre la pestaña de «Reservar ahora», aunque en realidad no creía que quedara solo una plaza. Aun así, introdujo los datos de su tarjeta de crédito con bastante rapidez, por si acaso.

Al parecer, en apenas diez días estaría «transformada» en aspectos que «nunca pensó que fueran posibles». Habría ayuno, meditación, yoga y «ejercicios creativos de liberación emocional». No habría alcohol, azúcar, cafeína, gluten ni lácteos, pero, como acababa de tomar el menú degustación del Four Seasons, se sentía llena de alcohol, azúcar, cafeína, gluten y lácteos y la idea de renunciar a ellos no le parecía mucho esfuerzo. Las comidas serían «personalizadas» atendiendo a sus «necesidades exclusivas».

Antes de que quedara «aceptada» su reserva, tuvo que responder a un cuestionario por internet muy largo y bastante invasivo sobre su situación sentimental, su dieta, su historial médico, su consumo de alcohol durante la semana anterior, etcétera. Ella fue mintiendo alegremente mientras lo rellenaba. Realmente lo que preguntaban no era de su incumbencia. Incluso tuvo que enviar una fotografía tomada durante las últimas dos semanas. Envió una que se había hecho durante su almuerzo con Ellen en el Four Seasons levantando un Bellini.

Había casillas para que eligiera lo que esperaba obtener durante sus diez días: desde «terapia intensiva de parejas» hasta «pérdida importante de peso». Frances marcó solamente las opciones que sonaban agradables, como «sustento espiritual».

Como tantas cosas de la vida, le había parecido una magnífica idea en aquel momento.

Las reseñas de TripAdvisor para Tranquillum House, que había consultado después de haber pagado su tarifa no reembolsable, eran considerablemente diversas. O era la mejor y más increíble experiencia que había tenido jamás la gente, deseaban darle más de cinco estrellas, eran fanáticos con respecto a la comida, los manantiales de agua caliente y el personal, o era la peor experiencia de sus vidas, y había menciones acerca de acciones legales, estrés postraumático, y funestas advertencias sobre «acudir asumiendo el peligro al que te expones».

Frances volvió a mirar el salpicadero con la esperanza de captar el instante en que el reloj marcara las tres.

«Basta ya. Concéntrate. La mirada sobre la carretera, Frances. Eres la que está al volante de este coche».

Notó un aleteo por el rabillo del ojo y se encogió, preparada para el enorme batacazo de un canguro golpeándose contra el parabrisas.

No era nada. Esas colisiones imaginarias de la fauna salvaje estaban solamente en su cabeza. Si tenía que pasar, que pasara. Probablemente no habría tiempo para reaccionar.

Recordó un viaje en coche tiempo atrás con un novio. Se habían cruzado con un emú moribundo al que había atropellado alguien en medio de una autopista. Frances se había quedado en el asiento del pasajero, como una princesa pasiva, mientras su novio salía para matar al pobre emú con una piedra. Un golpe fuerte en la cabeza. Cuando volvió al asiento del conductor, estaba sudoroso y eufórico, un chico de ciudad entusiasmado por su pragmatismo compasivo. Frances nunca le perdonó del todo aquella euforia sudorosa. Le había gustado matar al emú.

Frances no estaba segura de si podría matar a un animal moribundo, ni siquiera ahora, a sus cincuenta y dos años, con una situación económica segura y demasiado vieja para ser una princesa.

—Podrías matar al emú —dijo en voz alta—. Claro que podrías.

Dios mío. Acababa de recordar que aquel novio estaba muerto. Un momento, ¿lo estaba? Sí, definitivamente estaba muerto. Le habían venido con el rumor unos años atrás. Al parecer, una neumonía que se había complicado. Gary siempre sufría unos resfriados espantosos. Frances nunca se había mostrado especialmente compasiva.

En ese mismo momento, la nariz le goteó como un grifo. Qué oportuno. Agarró el volante con una mano y se limpió la nariz con el dorso de la otra mano. Qué desagradable. Probablemente era Gary que se vengaba haciendo que le goteara la nariz desde el otro mundo. Era de justicia. Hubo un tiempo en que habían hecho viajes por carretera y se habían declarado su amor y ahora ni siquiera se molestaba en recordar si estaba muerto.

Pidió disculpas a Gary aunque, en realidad, si él podía acceder a sus pensamientos, sabría que no se la podía culpar. Si hubiese conseguido llegar a su edad, sabría lo increíblemente confuso y olvidadizo que uno se volvía. No siempre. Solo a veces.

«A veces, soy más lista que el hambre, Gary».

Volvió a sorberse la nariz. Parecía que llevaba más tiempo con este espantoso resfriado que con el dolor de espalda. ¿No había estado moqueando el día que entregó su manuscrito? Hacía tres semanas. Su novela número diecinueve. Todavía estaba esperando a saber qué le había parecido a su editora. Hubo una vez, a finales de los noventa, cuando estaba en «pleno apogeo», en que su editora le habría enviado champán y flores a los dos días de la entrega junto con una nota escrita a mano: «¡Otra obra maestra!».

Entendía que ya no estaba en su apogeo, pero todavía era una escritora sólida de nivel medio. Un correo electrónico efusivo habría estado bien.

O simplemente cordial.

Incluso una nota rápida: «Lo siento, aún no me he puesto con él, pero estoy deseándolo». Eso habría sido lo correcto.

Un temor que se negaba a admitir intentaba abrirse camino desde su subconsciente. No. No. Para nada.

Apretó el volante con las manos y trató de calmar su respiración. Había estado tomando pastillas para el resfriado y la gripe para descongestionarse la nariz y la pseudoefedrina le estaba disparando el corazón, como si estuviese a punto de pasar algo maravilloso o terrible. Le recordaba a la sensación de caminar hacia el altar en sus dos bodas.

Probablemente fuera adicta a las pastillas para el resfriado y la gripe. Se volvía adicta con facilidad. A los hombres. A la comida. Al vino. De hecho, le apeteció una copa de vino en ese momento y el sol aún seguía muy alto en el cielo. Últimamente, había estado bebiendo quizá no de forma excesiva, pero desde luego sí con más entusiasmo de lo habitual. ¡Estaba en ese terreno resbaladizo que la hacía deslizarse hacia la adicción a las drogas y el alcohol! Resultaba emocionante saber que todavía podía cambiar en algunos aspectos significativos. En casa tenía una botella medio vacía de pinot noir descansando sin pudor sobre su escritorio ante la vista de cualquiera (solo la mujer de la limpieza). Era una maldita Ernest Hemingway. ¿No había sufrido él también de la espalda? Tenían muchas cosas en común.

Solo que Frances sentía debilidad por los adjetivos y los adverbios. Al parecer, los esparcía por sus novelas como quien lanza cojines sobre la cama. ¿Cuál era esa cita de Mark Twain que Sol solía murmurar con voz suficientemente alta como para que ella le oyera mientras leía sus manuscritos? «Cuando atrapes un adjetivo, mátalo».

Sol era un hombre de verdad al que no le gustaban los adjetivos ni los cojines. Frances recordaba a Sol, en la cama, encima de ella, maldiciendo de forma graciosa al tiempo que sacaba otro cojín de detrás de su cabeza para lanzarlo al lado contrario de la habitación mientras ella se reía. Agitó la cabeza como para quitarse de encima aquella imagen. Los recuerdos sexuales agradables eran como un punto a favor de su primer marido.

Cuando todo iba bien en la vida de Frances no deseaba para sus dos exmaridos otra cosa que felicidad y una excelente función eréctil. Ahora mismo, deseaba que una plaga de langostas les lloviera sobre sus cabezas canosas.

Se chupó el diminuto y despiadado corte que se había hecho con un papel en la punta del pulgar derecho. De vez en cuando le palpitaba para recordarle que ese podría ser el menor de sus males, pero, aun así, arruinarle el día.

Su coche viró hacia el lateral irregular de la carretera y se sacó el pulgar de la boca para agarrar el volante.

—¡Uy, uy, uy!

Tenía unas piernas bastante cortas, así que debía acercar el asiento del conductor al volante. Henry solía decir que parecía como si estuviese conduciendo un coche de choque. Decía que le parecía adorable. Pero unos cinco años después había dejado de parecerle adorable y maldecía cada vez que se subía al coche y tenía que echar el asiento hacia atrás.

A ella también le había parecido encantador durante unos cinco años o así que hablara en sueños.

«¡Concéntrate!».

El campo pasaba volando. Por fin, un cartel: «Bienvenidos a la ciudad de Jarribong. Nos enorgullece ser una CIUDAD LIMPIA».

Redujo la velocidad hasta el límite de cincuenta, lo cual le parecía de una lentitud casi absurda.

Su cabeza se movía de un lado a otro mientras observaba la ciudad. Un restaurante chino con un dragón desdibujado de color rojo y dorado en la puerta. Una estación de servicio que parecía cerrada. Un edificio de correos de ladrillo rojo. Una tienda de licores que parecía abierta. Una comisaría de policía que parecía del todo innecesaria. Ni una sola persona a la vista. Podría ser limpia, pero parecía posapocalíptica.

Pensó en su último manuscrito. Se desarrollaba en una ciudad pequeña. ¡Esta era la cruda y triste realidad de las ciudades pequeñas! No el pueblo encantador que ella había inventado, situado en las montañas, con una cálida y bulliciosa cafetería que olía a canela y, lo más fantástico de todo, una librería que supuestamente hacía dinero. Los críticos tendrían razón al decir que era «cursi», aunque probablemente no tendría ninguna crítica y, de todos modos, ella nunca las leía.

Y ahí terminaba la pobre y vieja ciudad de Jarribong. Adiós, triste y limpio pueblo.

Puso el pie sobre el acelerador y vio cómo la velocidad subía de nuevo hasta cien. En la página web decía que el desvío quedaba a veinte minutos de Jarribong.

Había una señal más adelante. Entrecerró los ojos y se echó sobre el volante para leerla: «Tranquillum House siguiente salida a la izquierda».

Los ánimos se le levantaron. Lo había conseguido. Había conducido seis horas sin apenas volverse loca. Después, se vino abajo, porque ahora iba a tener que pasar por toda esa historia.

—Gire a la izquierda en un kilómetro —le ordenó el GPS.

—No quiero girar a la izquierda en un kilómetro —respondió Frances con tristeza.

Ni siquiera se suponía que debía estar ahí, en esa estación ni en ese hemisferio. Se suponía que debía estar con su «amigo especial» en Santa Bárbara, con el cálido sol del invierno californiano sobre sus caras mientras visitaban viñedos, restaurantes y museos. Se suponía que debía estar pasando largas y lentas tardes conociendo a Ari, el hijo de doce años de Paul, oyendo sus risitas mientras él le enseñaba a jugar a algún juego violento de la PlayStation que le gustara. Los amigos de Frances que tenían hijos se habían reído y burlado de eso, pero ella estaba deseando aprender a jugar. Las tramas le parecían divertidas y complejas.

Se le apareció la imagen del rostro serio y joven de aquel inspector de policía. Tenía pecas que le habían quedado desde niño y escribía todo lo que ella decía con una letra laboriosa sirviéndose de un bolígrafo azul rasposo. Su ortografía era espantosa. Había escrito «ayer» con «ll». No podía mirarla a los ojos.

Una repentina oleada de calor intenso le envolvió el cuerpo al recordarlo.

¿Humillación?

Probablemente.

La cabeza le daba vueltas. Se estremeció y tembló. Las manos se le volvieron al instante resbaladizas sobre el volante.

«Para el coche», se dijo. «Tienes que parar ahora mismo».

Puso el intermitente, aunque no venía nadie detrás de ella, y se detuvo en el arcén de la carretera. Tuvo la sensatez de encender las luces de emergencia. El sudor le caía por la cara. En pocos segundos la camisa se le empapó. Tiró de la tela y se apartó los pelos húmedos de la frente. Un escalofrío le hizo temblar.

Estornudó y el propio estornudo le provocó una contractura en la espalda. El dolor fue de proporciones tan bíblicas que empezó a reírse mientras las lágrimas le recorrían la cara. Sí, estaba perdiendo la cabeza. Desde luego que sí.

La invadió una gran oleada de una enorme rabia contra nada en especial. Golpeó el puño contra el claxon una y otra vez, cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y gritó a la vez que sonaba el claxon, porque tenía ese resfriado y ese dolor de espalda y ese maldito corazón roto y…

—¡Eh!

Abrió los ojos y dio un salto en su asiento.

Un hombre se agachó junto a la ventanilla de su coche mientras daba toques fuertes sobre el cristal. Ella vio lo que debía de ser su coche detenido al otro lado de la carretera, con las luces de emergencia también encendidas.

—¿Está bien? —gritó el hombre—. ¿Necesita ayuda?

Por el amor de Dios. Se suponía que ese debía ser un momento íntimo de desesperación. Qué bochorno. Apretó el botón para bajar la ventanilla.

Un hombre grande, desagradable, de aspecto descuidado y sin afeitar se asomó para mirarla. Llevaba una camiseta con el emblema descolorido de algún antiguo grupo de música por encima de una orgullosa y fuerte barriga cervecera y unos vaqueros azules caídos. Probablemente sería uno de esos asesinos en serie del desierto. Aunque, en teoría, aquello no era el desierto. Probablemente hubiese venido de vacaciones desde el desierto.

—¿Algún problema con el coche? —preguntó.

—No —respondió Frances. Se incorporó en el asiento y trató de sonreír. Se pasó una mano por el pelo mojado—. Gracias. Estoy bien. El coche está bien. Todo está bien.

—¿Está enferma? —preguntó el hombre. Pareció sentir cierto desagrado.

—No —contestó Frances—. La verdad es que no. Solo un mal resfriado.

—Quizá tenga la gripe. Parece estar muy enferma —señaló el hombre. Frunció el ceño y su mirada se dirigió a la parte trasera de su coche—. Y estaba gritando y tocando el claxon como si… tuviese algún problema.

—Sí —dijo Frances—. Bueno. Pensaba que estaba sola en mitad de la nada. Solo… he tenido un mal momento. —Trató de disimular el resquemor al hablar. Era un buen ciudadano que había hecho lo correcto. Había hecho lo que haría cualquiera—. Gracias por parar, pero estoy bien —añadió con tono agradable y con una sonrisa de lo más dulce y apaciguadora. Se debe apaciguar a los hombres grandes y desconocidos que aparecen en mitad de la nada.

—Vale. —El hombre se incorporó con un gruñido por el esfuerzo y las manos sobre los muslos para guardar el equilibrio pero, a continuación, golpeó el techo del coche con los nudillos y volvió a inclinarse con una repentina actitud decidida. «Soy un hombre, sé lo que hay que hacer»—. Oiga, ¿está bien para conducir? Porque si no puede conducir bien, si es un peligro para otros conductores que haya por la carretera, sinceramente no puedo dejar que…

Frances enderezó la espalda. Por Dios santo.

—Solo he tenido una sofocación —le interrumpió con brusquedad.

El hombre se puso pálido.

—Ah. —Se quedó mirándola. Hizo una pausa—. Creía que se decía sofoco.

—Creo que se puede decir de las dos formas —repuso Frances. Este era el tercero. Había leído mucho, había hablado con todas las mujeres que conocía con más de cuarenta y cinco años y había tenido una doble cita con su médico de cabecera donde le había gritado: «¡Pero nadie me había dicho que sería así!». Por ahora lo tenía bajo control. Estaba tomando suplementos, reduciendo el alcohol y las comidas muy especiadas. Ja, ja.

—Entonces, está bien —dijo el hombre. Miró a un lado y otro de la autopista como si buscara ayuda.

—Estoy perfectamente bien, de verdad —contestó Frances. Sintió en la espalda un pequeño espasmo y trató de no encogerse.

—No sabía que los sofocos… o sofocaciones… fueran tan…

—¿Exagerados? Bueno, no son así en todas las mujeres. Solo para algunas afortunadas.

—¿No hay…, cómo se llaman…, terapias hormonales sustitutivas?

Dios mío.

—¿Puede recetarme algo usted? —preguntó Frances con tono divertido.

El hombre se apartó un poco del coche y levantó las manos a modo de rendición.

—Lo siento. Es que creo que era eso lo que mi mujer… En fin, no es asunto mío. Si no hay ningún problema, seguiré mi camino.

—Estupendo —contestó Frances—. Gracias por parar.

—No hay de qué.

El hombre levantó una mano, hizo amago de decir algo más, claramente cambió de opinión y se volvió hacia su coche. Tenía manchas de sudor en la parte posterior de su camiseta. Un hombre enorme. Por suerte, había decidido que no merecía la pena matarla ni violarla. Probablemente prefería que sus víctimas estuvieran menos sudorosas.

Frances miró cómo ponía su coche en marcha y se incorporaba a la carretera. El hombre se dio un toque con un dedo en la frente antes de alejarse.

Ella esperó hasta que su coche fue un diminuto punto en su espejo retrovisor y, a continuación, extendió la mano hacia la ropa que tenía preparada en el asiento del pasajero para poder cambiarse en caso de que se diera exactamente esa situación.

—¿Menopausia? —había preguntado su madre de ochenta años por teléfono desde el otro lado del mundo donde ahora vivía felizmente, en el sur de Francia—. Creo que a mí no me dio muchas molestias, cariño. A mí se me pasó en un fin de semana, según recuerdo. Seguro que a ti te ocurrirá lo mismo. Yo nunca tuve sofocos de esos. Creo que no son más que un mito, si te soy sincera.

«Uf», pensó Frances mientras se pasaba una toalla para limpiarse el mítico sudor.

Pensó en enviar una foto de su cara roja como un tomate a su grupo de compañeras del colegio, a algunas de las cuales las conocía desde el parvulario. Ahora, cuando salían a cenar, hablaban de síntomas de la menopausia con el mismo espanto entusiasta con el que antes habían hablado de sus primeras reglas. Nadie más que Frances estaba sufriendo esos sofocos tan exagerados, así que ella se estaba sacrificando por las demás. Como todo en la vida, sus reacciones a la menopausia eran acordes con sus personalidades. Di decía que estaba en un estado permanente de rabia y, si su ginecólogo no decidía que se hiciera una histerectomía pronto, iba a coger a ese cabrón del cuello de la camisa y le iba a empujar contra la pared; Monica estaba disfrutando de la «hermosa intensidad» de sus emociones y Natalie se preguntaba ansiosa si eso estaba aumentando su ansiedad. Todas estaban de acuerdo en que era muy propio de su amiga Gillian que se hubiese muerto para poder librarse de la menopausia y, después, lloraron mientras bebían su prosecco.

No, no iba a enviar ninguna foto a sus amigas porque, de repente, había recordado que en la última cena había levantado los ojos de su menú y había sorprendido un intercambio de miradas que sin duda quería decir: «Pobre Frances». No soportaba que la compadecieran. Se suponía que ese grupo en particular de amigas con matrimonios sólidos la envidiaban o, al menos, fingían que la habían envidiado durante todos esos años, pero parecía que no ser madre y estar soltera a los treinta años era muy distinto a no ser madre y estar soltera a los cincuenta. Ya no resultaba glamuroso. Ahora era más bien una tragedia.

«Solo es una tragedia temporal», se decía a sí misma mientras se ponía una blusa limpia con mucho escote. Lanzó la camisa sudada al asiento de atrás, puso de nuevo el coche en marcha, miró por encima de su hombro y salió a la autopista. «Tragedia temporal». Podía ser el nombre de un grupo de música.

Había una señal. Entrecerró los ojos. «Tranquillum House», rezaba.

—Gire a la izquierda —dijo el GPS.

—Sí, ya lo sé. Lo he visto.

Se miró a los ojos en el espejo retrovisor y trató de poner un gesto irónico de «¡qué interesante es la vida!».

A Frances le había gustado siempre la idea de que hubiese universos paralelos en los que distintas versiones de sí misma llevaran vidas diferentes —una en la que era una directora ejecutiva en lugar de escritora; otra en la que era madre de dos, cuatro o seis hijos en lugar de no tener ninguno; otra en la que no se había divorciado de Sol y otra en la que no se había divorciado de Henry—, pero, en general, siempre se había sentido satisfecha o, al menos, conforme con el universo en el que se encontraba… excepto ahora mismo, porque ahora mismo sentía como si hubiese ocurrido una especie de catastrófico error administrativo de física cuántica. Había cambiado de universo. Se suponía que debía estar borracha de lujuria y amor en Estados Unidos, no dolorida y desconsolada en Australia. No podía ser. Era inaceptable.

Y, sin embargo, ahí estaba ella. No podía hacer nada más, ni había ningún otro sitio al que poder ir.

—Maldita sea —dijo, y giró a la izquierda.

libro-6

3

Lars

Este es el preferido de mi mujer. —El gerente del viñedo, un tipo fornido y alegre de más de sesenta años con un bigote de estilo retro, sostenía en la mano una botella de vino blanco—. Dice que le hace pensar en sábanas de seda. Tiene un refinamiento cremoso y aterciopelado que creo que le gustará.

Lars dio vueltas a la copa de la cata y aspiró el aroma: manzanas, luz del sol y humo de leña. Un recuerdo inmediato de un día de otoño. El consuelo de una mano grande y cálida que sujetaba la suya. Era como un recuerdo de infancia, pero quizá no lo fuese. Con mayor probabilidad, una imagen que habría tomado prestada de un libro o una película. Dio un sorbo al vino, dejó que girara en su boca y se vio transportado a un bar de la costa amalfitana. Hojas de parra por encima de las luces y el olor a ajo y a mar. Ese sí era un verdadero recuerdo feliz de la vida real con fotos que lo demostraban. Recordó los espaguetis. Solo perejil, aceite de oliva y almendras. Quizá hubiera incluso por algún sitio una foto del plato.

—¿Qué opina? —El gerente del viñedo sonreía. Era como si su bigote estuviese perfectamente conservado desde 1975.

—Es excelente. —Lars dio otro sorbo tratando de hacerse una imagen completa. El vino puede engañarle a uno: todo luz del sol, manzanas y espaguetis y, después, nada más que una amarga decepción y promesas vacías.

—También tengo un pinot gris que podría apetecerle…

Lars levantó la mano y se miró el reloj.

—Mejor será que lo deje aquí.

—¿Tiene que ir muy lejos hoy?

Cualquiera que parara ahí iría de camino a otro lugar. Lars casi había pasado por alto el cartel de «Degustación y cata de vinos». Había pisado el freno porque él era de ese tipo de hombres: espontáneo. Cuando se acordaba de serlo.

—Tengo que llegar a un balneario dentro de una hora. —Lars levantó la copa de vino hacia la luz y admiró el color dorado—. Así que se acabó el alcohol para mí durante los próximos diez días.

—Ah. Tranquillum House, ¿verdad? —dijo el gerente—. ¿Va a hacer el…, cómo lo llaman? ¿La purificación de los diez días o algo así?

—Por mis pecados —confirmó Lars.

—Normalmente recibimos huéspedes que paran aquí cuando van de camino a sus casas. Somos el primer viñedo por el que pasan en el camino de vuelta a Sídney.

—¿Y qué dicen de ese lugar? —preguntó Lars. Sacó la cartera. Iba a pedir vino para llevarlo como regalo de bienvenida.

—Algunos parecen un poco conmocionados, si le soy sincero. La mayoría solo necesitan una copa y unas patatas fritas para que el color vuelva a sus mejillas. —El gerente puso la mano alrededor del cuello de la botella, como si buscara algo de consuelo—. La verdad es que mi hermana acaba de conseguir un puesto para trabajar en el spa de allí. Dice que su nueva jefa es un poco… —Cerró los ojos con fuerza, como si tratara de ver la palabra que buscaba. Por fin, dijo—: Diferente.

—Yo ya vengo prevenido —repuso Lars. No estaba preocupado. Era un adicto a los balnearios. La gente que dirige ese tipo de sitios suele ser «diferente».

—Mi hermana dice que la casa es impresionante. Tiene una historia fascinante.

—La construyeron presidiarios, según creo. —Lars golpeteó su tarjeta dorada de American Express contra la barra.

—Sí. Pobres desgraciados. Ellos no disfrutaron de ningún tratamiento en el spa.

Apareció una mujer por una puerta por detrás de él, murmurando:

—El maldito internet no funciona otra vez. —Se detuvo al ver a Lars y lo miró con sorpresa. Él estaba acostumbrado. Llevaba toda la vida recibiendo miradas de sorpresa. Ella apartó la vista muy rápido, nerviosa.

—Esta es mi mujer —dijo el gerente del viñedo con orgullo—. Justo estábamos hablando de tu semillón preferido, cariño. El semillón de las sábanas de seda.

El rubor le fue subiendo por el cuello a la mujer.

—Ojalá no le contaras esas cosas a la gente.

Su marido la miró confuso.

—Siempre lo cuento.

—Voy a llevarme una caja —dijo Lars.

Vio cómo la mujer daba una palmada en la espalda de su marido cuando pasó por su lado.

—Que sean dos —añadió Lars, porque todos los días tenía que enfrentarse a los restos destrozados de matrimonios rotos y sintió debilidad al ver uno que iba bien.

Sonrió a la mujer. Ella se tocó el pelo con manos agitadas mientras su inocente marido sacaba un viejo y maltrecho libro de pedidos con un bolígrafo unido por una cuerda, se inclinaba pesadamente sobre el mostrador y miraba el formulario de un modo que sugería que aquello iba a requerir un poco de tiempo.

—¿Nombre?

—Lars Lee —contestó Lars, mientras su teléfono sonaba al recibir un mensaje de texto. Dio un toque a la pantalla.

«¿Puedes pensártelo, por lo menos? Bssss».

El corazón se le sacudió como si hubiese visto de repente una araña negra y peluda. Joder. Pensaba que ya habían terminado con eso. Mantuvo el pulgar sobre el mensaje mientras pensaba. La connotación pasivo-agresiva de ese «por lo menos». Lo empalagoso de esa pluralidad de besos. Además, no le gustaba que no hubiera escrito la palabra «Besos» sin más ni le gustaba el hecho de que no le gustara. Era casi como un TOC.

Escribió una respuesta burda y grosera: «NO. No me lo voy a pensar».

Pero, después, la borró y volvió a meterse el teléfono en el bolsillo de los vaqueros.

—Déjeme probar el pinot gris.

libro-7

4

Frances

Frances condujo veinte minutos por un camino de tierra lleno de baches que hacía que el coche se sacudiera tanto que los huesos se le agitaban y la parte inferior de su espalda aullaba.

Por fin, se detuvo delante de lo que parecía una cancela de entrada con muchas cerraduras y un interfono. Era como llegar a una prisión de mínima seguridad. Una fea alambrada se extendía sin fin en ambas direcciones.

Se había imaginado conduciendo por un majestuoso camino bordeado de árboles hasta la casa «histórica» y alguien que salía a recibirla con un batido verde. Esto no parecía muy «sanador», sinceramente.

«Basta», se dijo. Si se dejaba llevar por esa actitud de «soy una cliente insatisfecha» todo empezaría a disgustarle y aún tenía que pasar allí diez días. Debía mostrarse abierta y flexible. Ir a un balneario era como viajar a un país nuevo. Hay que aceptar diferentes culturas y ser paciente con los pequeños inconvenientes.

Bajó la ventanilla del coche. Un aire denso y caliente le entró por la garganta como si fuese humo al inclinarse hacia fuera para pulsar el botón verde del interfono con el dedo pulgar. El botón quemaba por el sol y le hizo daño en el corte que se había hecho con el papel.

Se chupó el dedo y esperó a que una voz incorpórea le diera la bienvenida o a que la cancela de hierro forjado se abriera por arte de magia.

Nada.

Volvió a mirar el interfono y vio una nota escrita a mano pegada junto al botón. La letra era tan pequeña que solo pudo distinguir la importante palabra «instrucciones», pero nada más.

«Por todos los santos», pensó mientras buscaba en el bolso las gafas de leer. Seguramente una buena proporción de visitantes tendrían más de cuarenta años.

Encontró las gafas, se las puso, miró la nota y siguió sin poder leerla. Salió del coche chascando la lengua y murmurando. El calor la envolvió pesadamente y el cuero cabelludo se le impregnó de sudor.

Se agachó junto al interfono y leyó la nota, escrita con letras mayúsculas, ordenadas y diminutas, como si fuesen del Ratoncito Pérez.

NAMASTÉ Y BIENVENIDO A TRANQUILLUM HOUSE, DONDE TU NUEVO YO TE ESTÁ ESPERANDO. POR FAVOR, PULSA EL CÓDIGO DE SEGURIDAD 564-312 Y A CONTINUACIÓN EL BOTÓN VERDE.

Pulsó los números del código de seguridad, después el botón verde y esperó. El sudor le bajaba por la espalda. Iba a tener que cambiarse de ropa otra vez. Oyó el zumbido de un moscardón junto a su boca. La nariz le goteaba.

—¡Vamos! —exclamó al interfono con un repentino brote de rabia y se preguntó si su cara sudorosa y nerviosa se estaría viendo en alguna pantalla del interior mientras un experto analizaba sin emoción sus síntomas, sus chacras desalineados. «Esta va a requerir bastante trabajo. Mira cómo responde a uno de los estreses más sencillos de la vida: la espera».

¿Había introducido mal el maldito código?

De nuevo, pulsó con cuidado el código de seguridad mientras decía en voz alta cada número con un tono sarcástico, para que se enterara Dios sabía quién, y pulsó el botón verde y caliente con un toque lento y deliberado, manteniéndolo pulsado cinco segundos para estar segura.

«Venga. Ahora déjame entrar».

Se quitó las gafas de lectura y se las dejó colgando de la mano.

El calor abrasador parecía estar derritiéndole la cabeza como si fuese chocolate bajo el sol. De nuevo, silencio. Lanzó al interfono una mirada de rabia, como si con eso le fuera a responder avergonzado.

Al menos, tendría una anécdota divertida para Paul. Se preguntó si él habría estado alguna vez en un balneario. Pensó que probablemente se mostraría escéptico. Ella misma…

Sintió una presión en el pecho. No podría contarle ninguna buena anécdota a Paul. Paul ya no estaba. Qué humillante que se hubiese introducido en sus pensamientos de ese modo. Deseó sentir una oleada de rabia candente en lugar de esa tristeza tan absoluta, esa pena fingida por algo que, para empezar, nunca había sido real.

«Basta ya. No pienses en eso. Concéntrate en el problema que tienes delante».

La solución era evidente. ¡Llamaría por teléfono a Tranquillum House! Se avergonzarían al saber que el interfono no funcionaba y Frances se mostraría calmada y comprensiva y no daría importancia a sus disculpas. «Son cosas que pasan», diría. «Namasté».

Volvió a meterse en el coche, puso el aire acondicionado. Buscó la documentación con la información de su reserva y llamó al número que aparecía. Todas sus otras comunicaciones habían sido por correo electrónico, así que era la primera vez que oía el mensaje grabado que empezó a sonar de inmediato:

«Gracias por llamar al histórico Balneario Termal y Spa de Tranquillum House, donde tu nuevo yo te espera. Tu llamada es tan importante y especial para nosotros como tu salud y bienestar, pero estamos sufriendo un inusual volumen de llamadas en este momento. Sabemos que tu tiempo vale mucho así que, por favor, deja un mensaje después de las campanadas y te devolveremos la llamada tan pronto como podamos. Agradecemos enormemente tu paciencia. Namasté».

Frances se aclaró la garganta mientras repiqueteaba el molesto tintineo de unas campanas de viento.

—Sí, mi nombre es…

Las campanas de viento no paraban. Frances se interrumpió, esperó, hizo amago de volver a hablar y calló de nuevo. Se trataba de una auténtica sinfonía de campanas.

Por fin, se hizo el silencio.

—Hola, soy Frances Welty. —Se sorbió la nariz—. Disculpe. Un pequeño resfriado. En fin, como he dicho, soy Frances Welty. Soy una huésped.

¿Huésped? ¿Era esa la palabra correcta? ¿Paciente? ¿Interna?

—Estoy intentando entrar y estoy parada en la puerta sin poder pasar. Son…, eh…, las tres y veinte, las tres y veinticinco, y estoy… ¡aquí! Parece que el interfono no funciona pese a que he seguido todas las instrucciones. Las diminutas instrucciones. Les agradecería que me abrieran la puerta. ¿Me dejan entrar? —Su mensaje terminó con una nota elevada de histeria, cosa que lamentó. Dejó el teléfono en el asiento de al lado y se quedó mirando la cancela.

Nada. Les daría veinte minutos y, después, tiraría la toalla.

Sonó su teléfono y lo cogió sin mirar la pantalla.

—¡Hola! —dijo con voz alegre, para demostrar lo comprensiva y paciente que era en realidad y para compensar el comentario sarcástico de las «diminutas instrucciones».

—¿Frances? —Era Alain, su agente literario—. No parece tu voz.

Frances soltó un suspiro.

—Esperaba que fuera otra persona. He venido a ese balneario del que te hablé, pero ni siquiera puedo entrar. El interfono de la puerta no funciona.

—¡Cuánta incompetencia! ¡Es inaceptable! —Alain se enervaba con facilidad y frecuencia por un mal servicio—. Deberías darte la vuelta y volver a casa. No será un sitio de medicina alternativa, ¿verdad? ¿Te acuerdas de esas pobres personas que murieron en la sauna? Todos creían que estaban siendo iluminados cuando, en realidad, los estaban cociendo.

—Este sitio es bastante convencional. Manantiales de aguas termales, masajes y terapia creativa. Quizá un poco de ayuno.

—Un poco de ayuno —contestó Alain con indignación—. Come cuando tengas hambre. Es un privilegio, ¿sabes? Comer cuando se tiene hambre, cuando hay gente muriendo de hambre en el mundo.

—Bueno, esa es la cuestión. En esta parte del mundo no nos morimos de hambre —dijo Frances. Miró el envoltorio de KitKat de la guantera de su coche—. Comemos demasiada comida procesada. Así que, por eso, los que somos privilegiados necesitamos desintoxicarnos…

—Dios mío, se lo ha tragado. ¡Se lo ha creído todo! La desintoxicación es un mito, querida. ¡Ha sido desacreditada! Tu hígado ya lo hace por ti. O puede que sean los riñones. Vamos, que está todo controlado.

—En fin —dijo Frances. Tenía la sensación de que Alain estaba posponiendo otra cuestión.

—En fin —repitió Alain—. Suenas como si estuvieses resfriada, Frances. —Parecía bastante preocupado por su resfriado.

—Sí que estoy teniendo un catarro fuerte, persistente, posiblemente permanente. —Tosió para demostrarlo—. Estarías orgulloso de mí. He estado tomando un montón de medicamentos muy potentes. El corazón me va a un millón de kilómetros por hora.

—Así debe ser —contestó Alain.

Hubo una pausa.

—¿Alain? —le instó ella, aunque lo sabía, ya sabía exactamente lo que le iba a decir.

—Me temo que no traigo buenas noticias —anunció Alain.

—Entiendo.

Metió hacia dentro el estómago, preparada para afrontarlo como un hombre o, al menos, como una autora de novelas románticas capaz de leer sus propias declaraciones de derechos de autor.

—Bueno, como ya sabes, querida… —empezó a decir Alain.

Pero Frances no podía soportar oírle dando vueltas, tratando de suavizar el golpe con cumplidos.

—No quieren el libro nuevo, ¿no? —atajó.

—No quieren el libro nuevo —confirmó Alain con tristeza—. Lo siento mucho. Creo que es un libro precioso, de verdad. Es solo por la situación actual, las novelas románticas se han llevado la peor parte. No va a durar eternamente, el romanticismo siempre vuelve. Es algo pasajero, pero…

—Entonces, véndeselo a otro —le interrumpió Frances—. Véndeselo a Timmy.

Hubo otra pausa.

—La cuestión es que… —repuso Alain—, no te lo había dicho, pero le pasé el manuscrito a Timmy hace unas semanas, porque tenía la pequeña sospecha de que pudiera pasar esto y, evidentemente, una oferta de Timmy antes de que tuviéramos nada sobre la mesa me habría dado cierta ventaja, así que…

—¿Timmy ha dicho que no? —Frances no podía creerlo. Colgado en su armario estaba el vestido de diseño exclusivo que jamás podría volver a ponerse por la mancha de una piña colada que Timmy le había derramado encima cuando la había acorralado en una sala en el Festival de Escritores de Melbourne, con su voz apresurada y excitada en el oído de ella, mirando hacia atrás como un espía mientras le decía lo mucho que deseaba publicarla, que estaba destinado a publicarla, que nadie más en la industria editorial sabía publicarla como él, que la lealtad de ella hacia Jo era admirable pero equivocada, porque Jo creía saber lo que era la literatura romántica pero no, solo Timmy lo sabía y solo Timmy podría llevar y llevaría a Frances a «un nivel superior» y así sin parar hasta que Jo apareció y la rescató: «Eh, deja en paz a mi autora».

¿Cuánto tiempo había pasado desde aquello? No tanto, desde luego. Quizá hiciera nueve o diez años. Una década. El tiempo pasaba muy rápido últimamente. Algo no iba bien en la velocidad con que la tierra daba vueltas. Las décadas pasaban con la misma rapidez con la que antes se sucedían los años.

—A Timmy le ha encantado el libro —continuó Alain—. Lo adora. Casi se echa a llorar. Pero no ha pasado el filtro del departamento de contrataciones. Allí están todos temblando de miedo. Ha sido un año infernal. La orden de arriba es que se centren en las novelas de suspense psicológico.

—Yo no sé escribir una novela de suspense —repuso Frances. Nunca le gustaba matar a los personajes. A veces, permitía que se rompieran una pierna, pero se sentía bastante mal por ello.

—¡Claro que no! —exclamó Alain con demasiada rapidez y Frances se sintió ligeramente ofendida—. Mira, tengo que admitir que me preocupé cuando Jo se fue y te quedaste sin contrato —prosiguió él—. Pero Ashlee parecía ser una verdadera admiradora tuya.

La concentración de Frances empezó a vagar sin rumbo mientras Alain continuaba hablando. Vio la cancela cerrada y apretó los nudillos de la mano izquierda contra la parte inferior de su espalda.

¿Qué diría Jo cuando se enterara de que habían rechazado a Frances? ¿O es que ella habría tenido que hacer lo mismo? Frances había dado siempre por sentado que Jo sería su editora toda la vida. Le había gustado imaginarse juntas terminando su vida profesional a la vez, quizá con un fastuoso almuerzo conjunto para celebrar su retiro, pero a finales del año anterior Jo había anunciado su decisión de jubilarse. ¡Jubilarse! ¡Como si fuese una especie de anciana abuelita! Jo era en realidad abuela pero, por el amor de Dios, ese no era motivo para parar. Frances sentía como si acabara de acostumbrarse a ese ritmo de vida y, de repente, la gente de su círculo estuviera haciendo cosas de viejos: tener nietos, jubilarse, reducir su estatura, morirse…, no en accidentes de coche o de avión, no, morirse tranquilamente mientras dormían. Nunca se lo perdonaría a Gillian, Gillian siempre se iba de las fiestas sin despedirse.

No debería haber supuesto ninguna sorpresa que la sustituta de Jo fuera una niña, porque los niños estaban tomando el control del mundo. Allá a donde Frances mirara había niños: niños sentados con actitud seria en las mesas de los periódicos, controlando el tráfico, gestionando sus impuestos y ajustándole los sujetadores. Cuando Frances conoció a Ashlee había pensado que estaba allí como trabajadora en prácticas. Había estado a punto de decirle: «¿Puedes traerme un capuchino, querida?», cuando la niña pasó al otro lado de la antigua mesa de Jo.

«Frances», —había exclamado—, «¡este es para mí un gran momento como admiradora! ¡Leía tus libros cuando tenía como once años! Se los quitaba a mi madre del bolso. Le decía cosas como: “Mamá, tienes que dejarme leer El beso de Nathaniel”, y ella me respondía: “¡Ni hablar, Ashlee, tiene mucho sexo!”».

Luego Ashlee había pasado a decirle a Frances que su siguiente libro debía tener más sexo, mucho más sexo, pero… ¡sabía que Frances podría hacerlo! Ashlee estaba segura de que Frances ya estaba al tanto de que el mercado estaba cambiando y «si miras esta gráfica de aquí, Frances…, no, esta; eso es…, verás que tus ventas han ido teniendo una especie de…, en fin, lamento decirlo, pero se puede afirmar que esto es una tendencia a la baja y necesitamos darle la vuelta en plan superrápido. Ah, y otra cosa más…». Ashlee había parecido incómoda, como si fuese a sacar a colación un embarazoso problema médico. «Tu presencia en las redes sociales. Me han dicho que no eres muy aficionada a ellas. ¡Tampoco lo es mi madre! Pero es casi esencial en el mercado actual. Tus seguidoras tienen verdadera necesidad de verte en Twitter, Instagram y Facebook. Ese es el mínimo indispensable. Además, nos encantaría que pusieras en marcha un blog y un boletín y quizá algún videoblog con cierta asiduidad. ¡Eso sería de lo más divertido! ¡Son como pequeñas películas!».

«Tengo una página web», había contestado Frances.

«Sí», había replicado Ashlee con tono amable. «Sí que la tienes, Frances. Pero a nadie le importan las páginas web».

Y, a continuación, había girado la pantalla de su ordenador hacia Frances para poder mostrarle algunos ejemplos de otros autores más disciplinados con presencia «activa» en las redes sociales y Frances había dejado de escuchar y había esperado a que aquello terminara, como si fuese una cita con el dentista. (De todos modos, no habría podido ver la pantalla. No había llevado las gafas). Pero no se había preocupado porque se estaba enamorando de Paul Drabble en esa época y, cuando se enamoraba, siempre escribía sus mejores libros. Además, tenía las lectoras más adorables y leales del mundo. Sus ventas podrían caer, pero siempre la publicarían.

—Buscaré la editorial adecuada para este libro —dijo Alain—. Solo que puede que tarde un poco. ¡La novela romántica no ha muerto!

—¿No? —preguntó Frances.

—Ni mucho menos —contestó Alain.

Frances cogió el envoltorio vacío del KitKat y lo lamió, esperando encontrar algún resto de chocolate. ¿Cómo iba a superar ese revés sin azúcar?

—¿Frances?

—Me duele muchísimo la espalda —dijo Frances. Se sonó la nariz con fuerza—. Además, tuve que parar el coche en medio de la carretera porque tenía un sofoco.

—Eso suena de lo más desagradable —repuso Alain compasivo—. No me lo puedo ni imaginar.

—No, no puedes. Un hombre se paró para ver si estaba bien porque estaba gritando.

—¿Estabas gritando?

—Me apetecía gritar —dijo Frances.

—Claro, claro —se apresuró a responder Alain—. Te entiendo. A mí me apetece gritar a menudo.

Había tocado fondo. Acababa de lamer el envoltorio de un KitKat.

—Ay, Frances, siento mucho todo esto, y más después de lo que pasó con ese hombre horrible. ¿Ha dicho algo la policía?

—No —contestó Frances—. Ninguna noticia.

—Querida, me estoy dejando la piel por ti.

—Eso no es necesario —dijo Frances sorbiéndose la nariz.

—Has pasado una mala racha últimamente, cariño. Por cierto, quiero que sepas que esa reseña no ha tenido ningún impacto en la decisión que han tomado.

—¿Qué reseña?

Hubo un silencio. Sabía que Alain se estaba dando golpes en la frente.

—¿Alain?

—Ay, Dios —dijo él—. Ay, Dios. Ay, Dios. Ay, Dios.

—No he leído ninguna reseña desde 1998 —continuó Frances—. Ni una sola reseña. Lo sabes.

—Desde luego que lo sé —repuso Alain—. Soy idiota. Soy un estúpido.

—¿Por qué iba a aparecer una reseña si no he sacado ningún libro nuevo? —Frances se incorporó en su asiento. La espalda le dolía tanto que creía que se iba a marear.

—Una zorra compró un ejemplar de Lo que el corazón desea en el aeropuerto y escribió un artículo de opinión sobre…, eh…, tus libros en general, una diatriba muy loca. Lo llegó a vincular con el movimiento MeToo, lo cual lo hizo más jugoso para que se propagara más rápido. ¡Como si las novelas románticas fueran las culpables de la existencia de depredadores sexuales!

—¿Qué?

—Nadie leyó siquiera la reseña. No sé por qué lo he mencionado. Debo de estar empezando a sufrir una demencia precoz.

—¡Has dicho que se propagó rápidamente!

Todo el mundo había leído la reseña. Todo el mundo.

—Envíame el enlace —ordenó Frances.

—No es tan mala —dijo Alain—. Es solo ese prejuicio contra tu género…

—¡Envíamelo!

—No —contestó Alain—. No voy a hacerlo. Has pasado todos estos años sin leer reseñas. ¡No caigas ahora!

—En este mismo instante —insistió Frances con su tono peligroso. Rara vez lo usaba. Cuando se estaba divorciando, por ejemplo.

—Te lo enviaré —respondió Alain con voz sumisa—. Lo siento mucho, Frances. Lamento mucho toda esta conversación telefónica.

Colgó y Frances fue a mirar inmediatamente su correo electrónico. No había mucho tiempo. En cuanto llegara a Tranquillum House tendría que «entregar» su «dispositivo». Iba a ser una desintoxicación digital aparte de todo lo demás. Iba a estar «fuera del sistema».

«¡LO SIENTO MUCHO!», decía el correo electrónico de Alain.

Pulsó sobre la reseña.

La había escrito una mujer llamada Helen Ihnat. Frances no conocía ese nombre y no había ninguna fotografía. La leyó rápidamente, con una sonrisa burlona y solemne, como si la autora le estuviese diciendo esas cosas a la cara. Era una reseña terrible: cruel, sarcástica y desdeñosa, pero, curiosamente, no le dolía. Las palabras —«predecible», «basura», «chorrada», «manida»— le resbalaban.

¡No pasaba nada! No se podía contentar a todo el mundo. Eran gajes del oficio.

Y, entonces, lo notó.

Fue como cuando te quemas con un hornillo y al principio piensas: «Eh, eso debería haberme dolido más», y después, de repente, te duele a rabiar.

Un dolor increíble en el pecho se le extendía por todo el cuerpo. ¿Otro divertido síntoma de la menopausia? Quizá fuera un infarto. Las mujeres tenían infartos. Seguro que esto era más que resquemor. Sin duda, y para empezar, ese había sido el motivo por el que había dejado de leer críticas. Su piel era demasiado fina. «Fue la mejor decisión que he tomado nunca», le había dicho al público en el Congreso de Escritores de Novela Romántica de Australia cuando pronunció el discurso de presentación el año anterior. Probablemente, todos habrían pensado: «Sí, pues quizá deberías leer una o dos reseñas, Frances, vieja gloria».

¿Por qué le había parecido una buena idea leer una crítica mala justo después de haber sufrido su primer rechazo en treinta años?

Y ahora estaba pasando algo más. Llegó y, Dios mío, era de lo más fascinante, pero parecía que estaba perdiendo toda conciencia de quién era.

«Venga, Frances, cálmate. Eres demasiado vieja para tener una crisis existencial».

Pero, al parecer, no lo era.

Se concentró con desesperación en buscar su propia identidad, pero era como tratar de atrapar el agua que se va por un desagüe. Si ya no era una escritora a la que publicaban, ¿quién era? ¿Qué era, en realidad? No era una madre, ni una esposa ni una novia. Era una mujer divorciada dos veces, de mediana edad, con sofocos/sofocaciones menopáusicas. El final de un chiste. Un cliché. Invisible para la mayoría…, salvo, claro está, para hombres como Paul Drabble.

Miró la cancela que tenía delante y que seguía sin abrirse, la visión se le nubló por las lágrimas y se dijo a sí misma que no debía asustarse, no estás desapareciendo. Frances, no seas tan melodramática, esto no es más que una mala racha, un bache, y son las pastillas para el resfriado y la gripe las que hacen que el corazón se te dispare, pero sentía como si estuviese asomándose a un precipicio y, al otro lado del precipicio, había un absoluto abismo de desesperación que no se parecía a nada que hubiese experimentado antes, ni siquiera durante aquellas épocas de auténtico dolor —y esto no era dolor de verdad, se recordó—. Era un revés profesional mezclado con la pérdida de una relación, un dolor de espalda, un resfriado y un corte con un papel. Esto no era como cuando murió papá ni cuando murió Gillian. Pero ciertamente no ayudaba mucho recordar las muertes de sus seres queridos. No ayudaba en absoluto.

Miró a su alrededor desesperada en busca de alguna distracción —su teléfono, su libro, comida— y entonces vio un movimiento por el espejo retrovisor.

¿Qué era? ¿Un animal? ¿Un efecto de la luz? No, era algo.

Era demasiado lento como para ser un coche.

Un momento. Sí que era un coche. Pero avanzaba tan despacio que apenas se movía.

Se incorporó en su asiento y se pasó los dedos por debajo de los ojos, por donde se le había corrido el rímel.

Un coche deportivo de color amarillo canario se acercaba por el camino de tierra más despacio de lo que ella habría podido imaginar que fuera posible.

A Frances no le interesaban los coches pero, a medida que se acercaba, estuvo segura de que se trataba de una obra de ingeniería espectacularmente cara. Casi rozando el suelo y reluciente con faros futuristas.

Se detuvo detrás del suyo y las puertas de ambos lados se abrieron a la vez. Un hombre y una mujer jóvenes salieron. Frances ajustó su espejo para verlos con más claridad. El hombre parecía un fontanero de barrio residencial en una barbacoa dominguera: gorra de béisbol puesta hacia atrás, gafas de sol, camiseta, bermudas y zapatos náuticos sin calcetines. La mujer tenía un impresionante pelo largo y caoba, pantalones pirata ajustadísimos, una cintura increíblemente diminuta y unos pechos aún más increíbles. Se bamboleaba sobre unos tacones de aguja.

¿Por qué razón iba a venir una pareja así a un balneario? ¿No era el tipo de lugar para personas con sobrepeso y agotadas, para las que se enfrentaban a dolores de espalda y lamentables crisis de identidad de la mediana edad? Mientras Frances los observaba el hombre se giró la gorra de béisbol para colocársela bien e inclinó la cabeza hacia atrás, arqueando la espalda como si a él también le abrumara aquel cielo. La mujer le dijo algo. Por la forma de mover la boca, Frances estuvo segura de que había dicho algo mordaz.

Estaban discutiendo.

Qué distracción tan maravillosa. Frances bajó la ventanilla. Esas personas la iban a apartar del precipicio para devolverla a la existencia. Iba a recuperar su identidad al existir ante los ojos de ellos. La verían como una mujer vieja y excéntrica, puede que incluso molesta, pero no importaba cómo la vieran, siempre y cuando lo hicieran.

Se asomó torpemente por la ventanilla del coche, movió los dedos y gritó:

—¡Hooola!

La chica se acercó tambaleándose por la hierba.

libro-8

5

Ben

Ben observó a Jessica caminar como una bebé jirafa hacia el Peugeot 308 —una mierda demasiado cara— que estaba aparcado en la puerta con el motor encendido. Una de las luces de freno del Peugeot se había fundido y el tubo del silenciador parecía estar doblado, sin duda por culpa de ese camino de tierra. La señora sentada al volante estaba medio asomada por la ventanilla, prácticamente a punto de caerse, saludando enloquecida con la mano a Jessica como si estuviese encantada de verla. ¿Por qué no abría la puerta del coche y salía?

Parecía que el balneario estaba cerrado. ¿Una cañería reventada? ¿Un motín? Eso esperaba.

Jessica apenas podía andar con aquellos ridículos zapatos. Era como si fuese sobre zancos. Los tacones eran finos como palillos de dientes. Se iba a torcer un tobillo en cualquier momento.

Ben se agachó junto a su coche y le pasó los dedos por la pintura, buscando desconchones de piedras. Volvió a mirar hacia la carretera que acababan de recorrer y se estremeció. ¿Cómo podía un sitio con precios tan sangrantes tener una carretera así? Deberían avisarlo en la página web. Había dado por seguro que se iban a quedar en alguno de esos baches.

No había ningún desconchón a la vista, lo cual era un milagro, pero ¿quién sabía el daño que habrían sufrido los bajos del coche? Tendría que esperar a poder levantarlo en el taller para echarle un vistazo. Quería hacerlo en ese momento, pero iba a tener que esperar diez días.

Quizá debería pedir que una grúa se lo llevara de vuelta a Melbourne. Podría llamar a los chicos de Pete. No era una idea tan loca, solo que si alguno de sus antiguos compañeros de trabajo lo veía no iba a dejar de darle la brasa por haber llevado el coche por esa carretera. Sospechaba que su antiguo jefe se echaría a llorar, literalmente, si veía lo que Ben había hecho.

Los ojos de Pete habían brillado sospechosamente después del incidente del arañazo del mes pasado. «El escándalo del arañazo», lo habían llamado todos.

«Un puto celoso», había dicho Pete cuando Ben le enseñó el largo arañazo que la llave de alguna persona malvada había trazado deliberadamente en la puerta del pasajero. Ben no había podido descubrir dónde o cuándo había sucedido. Nunca dejaba el coche en aparcamientos públicos. Suponía que debía de haber sido algún conocido. A Ben se le ocurrieron muchas personas lo bastante resentidas contra él y Jessica como para hacerlo. Antiguamente le habría costado nombrar un solo enemigo en su vida. Ahora parecía que contaban con una buena colección. Sabía que Jessica pensaba que había sido la hermana de Ben quien lo había hecho, aunque nunca acusó a Lucy en voz alta. Podía leerle la mente por su forma de fruncir los labios. Quizá tuviera razón. Podría haber sido Lucy.

Pete había arreglado el arañazo con el mismo cuidado que si estuviese restaurando un cuadro de valor incalculable y Ben había sido cauteloso hasta ese preciso instante, cuando había sometido al coche a un peligro enorme e imperdonable al conducirlo por ese camino infernal.

Ben no debería haber cedido nunca ante Jessica. Lo había intentado. Había parado el coche y le había explicado, tranquilamente y sin maldecir, que conducir un coche como ese por un camino sin asfaltar era una imprudencia y que las consecuencias podrían ser catastróficas. Podrían, por ejemplo, destrozarle el sistema de escape.

Fue como si a ella realmente no le importara el sistema de escape.

Se habían estado gritando durante diez minutos. Gritándose de verdad. Escupiendo gotas de saliva. Con las caras rojas, feas y desfiguradas. La desesperante frustración que había sentido durante aquella discusión se había parecido a un vago recuerdo de su infancia, cuando uno no sabe expresarse bien y no se tiene control sobre la propia vida porque eres un niño, así que, cuando mamá o papá dicen que no puedes comprarte el nuevo muñeco coleccionable de La guerra de las galaxias que tanto deseas, te vuelves loco de remate.

Hubo un momento en que había apretado los puños; un momento en el que tuvo que decirse a sí mismo: «No le des un puñetazo». Nunca había sabido que era capaz de sentir el deseo de pegar a una mujer. En ese momento se rindió. Dijo: «Muy bien. Destrozaré el coche. Qué más da».

La mayoría de los tíos a los que conocía ni siquiera se habrían detenido para gritarse. Simplemente, habrían dado media vuelta al coche.

La mayoría de los tíos jamás habrían accedido a esta locura, para empezar.

Un «balneario». Yoga y manantiales de aguas termales. No lo entendía. Pero Jessica había dicho que necesitaban hacer algo drástico y que eso lo arreglaría todo. Dijo que tenían que desintoxicar sus mentes y cuerpos para salvar su matrimonio. Iban a comer lechuga orgánica y someterse a «terapia de parejas». Iban a ser diez días de auténtica tortura.

Una pareja de famosos había venido a este lugar y habían salvado su matrimonio. Habían «alcanzado la paz interior» y retomado el contacto con su «verdadero yo». Menuda mierda. Ya puestos, podrían haber destinado el dinero a unos estafadores de internet nigerianos. Ben tenía la espantosa sospecha de que la pareja de famosos pudiera haberse conocido en algún programa de telerrealidad. A Jessica le encantaban los famosos. A él le había parecido entrañable que una chica tan lista mostrara interés por algo tan tonto. Pero ahora estaba tomando demasiadas decisiones importantes basadas en lo que hacían los famosos o lo que se publicaba que hacían. Probablemente fuese todo mentira. Probablemente les estuviesen pagando por mostrar productos en sus cuentas de Instagram. Y ahí estaba Jessica, su pobre, inocente y confiada Jessica, tragándoselo todo.

Ahora era como si ella se creyera una de esas personas. Se imaginaba a sí misma en esos eventos de pacotilla con alfombra roja. Últimamente, cada vez que le hacían una foto se ponía la mano en la cintura, como si estuviese interpretando la canción de la tetera, y después se colocaba de lado y desencajaba la mandíbula con aquella sonrisa de enajenada. Resultaba de lo más sobrecogedor. Y el tiempo que dedicaba a preparar esas fotografías. El otro día había pasado cuarenta y cinco minutos (lo había cronometrado) haciéndose una foto de los pies.

Una de las peores discusiones que habían tenido recientemente había sido por una de sus publicaciones de Instagram. Era una foto de ella en biquini, inclinada hacia delante, con los brazos juntos de manera que sus nuevos pechos parecían aún más grandes y poniendo morritos con sus nuevos labios hinchados mirando a la cámara. Le había preguntado qué le parecía la foto con expresión de verdadera ilusión, y, al ver aquella expresión, él no le había dicho lo que de verdad pensaba, que parecía como si anunciara un servicio de chica de compañía barata. Se había limitado a encogerse de hombros y decir: «Está bien».

El gesto ilusionado de ella había desaparecido. Cualquiera habría pensado que la había insultado. Lo siguiente que él recordaba era que Jessica le estaba gritando (últimamente, pasaba de cero a cien en un segundo) y él había sentido como si le hubiesen dado un golpe a traición, incapaz de entender lo que acababa de ocurrir. Así que se había alejado mientras ella seguía con sus gritos y había subido a jugar a la Xbox. Había creído que alejarse sería lo mejor. Una reacción madura y masculina. Retirarse y dejarla un rato para que se calmara. Se había vuelto a equivocar. Ella había subido las escaleras corriendo detrás de él y le había agarrado la parte de atrás de la camiseta antes de que llegara arriba.

«¡Mírame!», había gritado ella. «¡Ya ni siquiera me miras!».

Y le había dolido oírle decir eso, porque era verdad. Evitaba mirarla. Se estaba esforzando en serio por superar aquello. Había hombres que seguían casados con mujeres que habían quedado desfiguradas por accidentes, quemaduras, cicatrices o lo que fuera. No debía suponer ninguna diferencia que Jessica hubiese quedado desfigurada por su propia mano. No literalmente por su propia mano. Por su propia tarjeta de crédito. Voluntariamente desfigurada.

Y todas sus estúpidas amigas la animaban: «Dios mío, Jessica, estás increíble».

Él deseaba gritarles: «¿Estáis ciegas? ¡Parece una ardilla!».

La idea de separarse de Jessica era como si le arrancaran las entrañas, pero últimamente estar casado con ella era como si le arrancaran las entrañas. Se mirara por donde se mirara, las entrañas terminaban arrancadas.

Si este retiro funcionaba, si volvían a estar como antes, hasta merecería la pena el daño que sufriera el coche. Claro que merecería la pena. Se suponía que Jessica era la madre de sus hijos…, de sus futuros hijos.

Pensó en el día del robo, dos años antes. Recordaba cómo su rostro —por entonces aún era su bonito rostro— se había arrugado como el de un niño pequeño, y la rabia que él había sentido. Había deseado encontrar a esos cabrones para partirles la cara.

De no haber sido por el robo, de no haber sido por esos cabrones, no estarían en ese lugar. Él no tendría el coche pero, al menos, no estaría atrapado ahí durante los siguientes diez días.

En definitiva, aún deseaba partirles la cara.

—¡Ben!

Jessica le hizo una señal para que se acercase. Estaba de lo más simpática y sonriente, como si no acabaran de estar gritándose el uno al otro. Eso se le daba muy bien. Podían estar yendo a una fiesta sin parar de discutir durante todo el camino, sin hablarse ni una palabra mientras subían los escalones de la casa de alguien, y, a continuación, abrirse la puerta del apartamento y —¡chas!— una persona distinta. Risas, bromas, burlas, caricias, selfies, como si esa noche fuesen a tener sexo, cuando claramente no iban a hacerlo.

Luego, de nuevo en el coche de camino a casa, ella retomaría la discusión. Era como encender y apagar un interruptor. Eso le aterraba. «Es cuestión de educación», le decía ella. «No llevas tu pelea a una fiesta. A nadie le incumbe».

Se incorporó, se ajustó la gorra y se acercó a Jessica para hacer de su mono de feria.

—Este es mi marido, Ben —dijo Jessica—. Ben, esta es Frances. Va al mismo retiro que nosotros. Bueno, es probable que no sea el mismo exactamente…

La señora le sonrió desde el asiento del conductor.

—Tienes un coche muy lujoso, Ben —comentó la mujer. Le habló como si ya le conociera. Su voz sonaba congestionada y ronca y tenía la punta de la nariz de un rojo fuerte—. Es como si lo hubieses sacado de una película. —Él podía verle el enorme abismo de su escote. No podía evitarlo. Literalmente, no podía mirar a otro sitio. No estaba mal, pero era mayor, así que tampoco estaba bien. Llevaba pintalabios rojo y tenía un denso cabello rizado y dorado recogido en una coleta. Le recordó a una de las amigas del tenis de su madre. Le gustaban las amigas del tenis de su madre, eran fáciles de tratar y no esperaban que él hablara mucho, pero prefería que no llevaran escote.

—Gracias —respondió tratando de concentrarse en sus ojos simpáticos y muy brillantes—. Encantado de conocerla.

—¿Qué clase de coche es? —preguntó Frances.

—Es un Lamborghini.

—Oh là là! ¡Un Lamborghini! —Le sonrió—. Este de aquí es un Peugeot.

—Sí, lo sé —dijo él, incómodo.

—¿No tienes buena opinión de los Peugeot? —Inclinó la cabeza a un lado.

—Es un trasto de mierda —respondió él.

—¡Ben! —exclamó Jessica, pero Frances se rio encantada.

—A mí me encanta mi pequeño Peugeot —ronroneó Frances a la vez que acariciaba el volante.

—Bueno, a cada uno lo suyo —repuso Ben.

—Frances dice que no contestan al interfono —le explicó Jessica—. Lleva sentada aquí fuera veinte minutos.

Jessica estaba utilizando su nuevo tono pijo, con el que hacía que cada palabra sonase tan gruesa y redonda como una manzana. Ahora lo usaba casi de forma exclusiva, salvo cuando de verdad perdía los estribos y se enfadaba, como anoche, cuando se olvidó del tono pijo y le gritó: «¿Por qué no puedes alegrarte sin más? ¿Por qué estás echando esto a perder?».

—¿Ha llamado por teléfono? —preguntó él ahora a la señora del escote—. Puede que le pase algo al interfono.

—He dejado un mensaje —respondió Frances.

—Quizá esto sea como una prueba —sugirió Jessica—. Puede que forme parte de nuestro tratamiento. —Se levantó el pelo para refrescarse el cuello. A veces, cuando hablaba con normalidad, cuando era ella misma, él podía olvidarse de su frente congelada, de sus labios de pez globo, de sus mejillas hinchadas, de las pestañas de camello («extensiones de pestañas»), del pelo falso («extensiones de pelo») y de las tetas falsas y entonces, solo por un momento, aparecía su dulce Jessica, la Jessica a la que conocía desde el instituto.

—¡Yo también lo he pensado! —exclamó Frances.

Ben se giró para mirar el interfono.

—Apenas podía ver las instrucciones —comentó Frances—. Son diminutas.

Ben podía leerlas perfectamente. Introdujo el código y apretó el botón verde.

—Me voy a poner muy furiosa si funciona ahora —dijo Frances.

Una voz metálica salió del interfono.

—Namasté y bienvenido a Tranquillum House. ¿Qué desea?

—¿Qué narices…? —articuló Frances con los labios haciendo un cómico gesto de incredulidad.

Ben se encogió de hombros.

—Solo necesitaba un toque masculino.

—No te pases —repuso ella. Sacó un brazo del coche y le dio un golpe con la mano.

Jessica se agachó junto al interfono y habló con voz demasiado alta.

—Venimos a alojarnos aquí. —Habló con voz encantadora, como la abuela de Ben cuando llamaba por teléfono—. Somos los Chandler, Jessica y Ben…

Se oyó una interferencia por el interfono y las puertas empezaron a abrirse. Jessica se incorporó y se pasó el pelo por detrás de la oreja, preocupada como siempre por su dignidad. Antes no solía tomarse a sí misma tan en serio.

—Prometo que he introducido bien el código. ¡O eso pensaba! —dijo Frances mientras se abrochaba el cinturón de seguridad y aceleraba su pequeño motor. Les despidió con un ligero movimiento de la mano—. ¡Nos vemos ahí dentro! No intentéis adelantarme con vuestro lujoso Ferrari.

—¡Es un Lamborghini! —protestó Ben.

Frances le guiñó un ojo, como si lo supiera muy bien, y se alejó, más rápida de lo que él se habría esperado o de lo que recomendaría por ese camino.

Mientras volvían al coche, Jessica habló:

—No se lo vamos a decir a nadie, ¿de acuerdo? Ese es el trato. Si alguien pregunta, tú solo di que el coche ni siquiera es tuyo. Di que es de un amigo.

—Sí, pero no se me da tan bien mentir como a ti —respondió él. Tenía la intención de que sonara como una broma o incluso como un cumplido, pero iba a dejar que ella lo interpretara como quisiera.

—Vete a la mierda —contestó, aunque sin mucha vehemencia.

Así que puede que estuviesen bien. Pero, a veces, los rescoldos de una discusión casi acabada volvían a encenderse sin previo aviso. Nunca se sabía. Debía estar alerta.

—Parecía simpática —dijo Ben—. Esa señora. Frances. —Era un comentario sin peligro. Frances era mayor. No había posibilidad de que surgieran celos. Los celos eran una divertida novedad en su relación. Cuanto más cambiaba Jessica su cara y su cuerpo, menos segura se volvía.

—Creo que la he reconocido —dijo Jessica.

—¿En serio?

—Estoy bastante segura de que es Frances Welty, la escritora. Antes me volvían loca sus libros.

—¿Qué tipo de libros escribe? —preguntó Ben. Abrió la puerta del coche.

Ella dijo algo que no oyó.

—Perdona, ¿qué?

—Novelas románticas. —Jessica cerró la puerta del pasajero con un golpe tan fuerte que él hizo una mueca de dolor.