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Aún es de noche. Entre la bruma del sueño me parece escuchar un bramido sordo. Los cristales de la ventana tiemblan unos segundos. Me revuelvo entre las sábanas, aún sin distinguir si el sonido es real o forma parte de las tinieblas que envuelven mis noches. Pero a un estallido le sigue otro, y otro, y el suelo también comienza a temblar, y las paredes, y los marcos de las ventanas... Entonces despierto y, a través de la estrecha franja de mis párpados, veo los resplandores. El interior de la habitación se ilumina durante breves instantes, mostrando las siluetas de la mesa, la silla donde reposa la falda de mi uniforme y el blanco delantal colgando del gancho de la pared. Y entre el estruendo lejano y la chirriante vibración de los cristales, escucho el gruñido de Dun, mi perra. Se incorpora y me observa desde el lateral de la cama, donde siempre duerme. Me mira a mí, mira a la ventana. Varias veces. Sigue gruñendo. «Levántate», parecen decirme sus ojos. «Algo pasa, esto no es normal, levántate». Y tras una explosión llega otra, aún más cercana; y tras un relámpago llega otro, aún más brillante. Consulto el reloj, son las siete y cuarto de la mañana. Aparto las sábanas y las mantas y recibo el frío de la alborada sobre la piel de mis muslos. Me incorporo en el camastro y de mi pecho nace un suspiro amargo. Unos segundos de duda, el comienzo de una reflexión que no me llevará a nada bueno. La aparto de mi mente.

Mientras el vaho de mi aliento resplandece bajo el intermitente parpadeo, me pongo la falda y las botas, las únicas prendas que me quito cuando me voy a dormir. Me acerco a la ventana y me quedo inmóvil, y un escalofrío recorre mi cuerpo de pies a cabeza. El alba alumbra los cercanos campos cubiertos de nieve, pero a través de los temblorosos cristales oteo en la lejanía el infierno en la tierra: llamaradas de fogonazos, luces multicolores de bengalas, resplandores de explosiones. No es la primera vez que los veo sobre el cielo del amanecer; llevo más de un año en Verdún, llevo en esta cruel contienda desde su inicio.

Pero esto es diferente. Esta tempestad de sonidos y fulgores es distinta. Me quedo unos segundos contemplando el panorama, casi hipnotizada por su intensidad. Hasta que Dun ladra y me empuja la mano con su hocico. «Sí, lo sé, amiga mía, esto no es nada bueno». Entonces una potente explosión lo sacude todo. Estoy segura de que eso ha sido un 420 mm. Ochocientos kilos de acero alemán volando desde sus posiciones de artillería. Nunca pensé que podría distinguir el calibre de un obús por su estallido al tocar tierra. Después de un tiempo aquí aprendes muchas cosas. Quizá demasiadas.

Es hora de empacar mis pertenencias para la evacuación, aunque, a decir verdad, tampoco tengo mucho que guardar en mi saco militar. Doblo el uniforme de repuesto, las tres camisas y los dos juegos de ropa interior que aún cuelgan de una cuerda sobre la pequeña estufa de carbón. Una pastilla de jabón, un espejito, un cepillo y unos cuantos pasadores. Dos libros que nunca tengo tiempo de leer. Una foto de mi hijo Etienne. Varios paquetes de cigarrillos que me entregan como asignación semanal y que guardo para regalar. Y en los grandes bolsillos de la guerrera vuelvo a meter los objetos que cuando me acuesto dejo sobre la caja de madera que hace de mesilla de noche: la linterna, la navaja, la cinta de repuesto para recogerme el pelo, unos sobrecitos de azúcar y media tableta de chocolate. Miro a mi alrededor. En la oscuridad de la habitación no hace falta ni encender el quinqué. Con la intermitente luz de los resplandores puedo ver de sobra que no me olvido de nada. Listo. Dun ya me espera sentada junto a la puerta.

Salgo al pasillo y encuentro a la enfermera Berthenson recogiendo del suelo el material médico que llevaba en una bandeja. Me agacho para ayudarla.

—¡Doctora Mangin! ¡Esa explosión ha sonado muy cerca! —me dice con ojos asustados.

La intento animar forzando una sonrisa que se queda en un atisbo. La joven Helga solo lleva un mes en este nuestro hogar, el hospital nº 13 en Glorieux, el distrito oeste de la ciudad de Verdún.

—Mantenga la calma, Berthenson. Y continúe con sus tareas.

Qué firme suena mi voz, qué tranquila parezco. Qué bien disimulo la inquietud que viene acumulándose desde que hace cinco días, el lunes 21 de febrero, comenzó este bombardeo diario. Cinco días de este martilleo mecánico, de esta tormenta metalúrgica de obuses, granadas y morteros. Cinco días atendiendo a todos los heridos que han ido llegando, hasta que se nos han terminado las gasas, las vendas, los medicamentos, el alcohol, el aceite, el carbón y la leña seca. Ya no podemos ni calentar agua.

Salgo al exterior del barracón. Dun corretea de un lado a otro, nerviosa. Otro obús impacta con el terreno, y a los pocos segundos noto la vibración en el pecho, siento cómo mi caja torácica tiembla igual que los cristales de la habitación.

Me acerco a la entrada de ambulancias. Mi chófer, el soldado Fouquet, está inclinado sobre el motor de nuestro único vehículo médico, una camioneta transformada en ambulancia con seis camillas en la parte trasera.

—¿Algún problema? —le pregunto disimulando de nuevo mi inquietud.

—No, doctora Mangin. Solo una revisión rápida antes del próximo traslado —me responde Fouquet retirándose el foulard de la cara.

Tiene el rostro demacrado y sus ojos muestran un gran cansancio. Estos últimos días ha estado haciendo turnos de veinte horas de servicio, transportando a nuestros enfermos y heridos por la ruta de Bar-le-Duc hasta las tiendas de campaña de la Maison Rouge, donde los árboles del gran bosque camuflan la concentración de tropas.

—Fouquet, ¿ha podido descansar algo?

Otro gran estruendo nos hace encogernos y mirar hacia la ciudadela de Verdún. La silueta de la torre de la iglesia se recorta bajo el fulgor de las llamas.

—Apenas tres horas, doctora —contesta tras unos instantes—. Pero estoy bien —añade tras ver mi inquisitiva mirada.

Fouquet es un gran hombre. Me lo asignaron como chófer hace unos meses, cuando un civil que habíamos atendido en el hospital nos entregó la camioneta como agradecimiento. Me ayudó a convertirla en ambulancia, y desde entonces la mantiene a punto y la conduce a todos los destinos a los que le envío. Nunca se queja. Es callado, tranquilo e inteligente. Nunca le he preguntado por su edad, pero calculo que debe de parecerse a la mía, rozando los cuarenta.

Asiento, le sonrío brevemente y continúo caminando hacia la puerta principal. Me encuentro con la enfermera jefe Lebrou, que se acerca desde su barracón dormitorio y por el camino va atándose los botones del uniforme.

—¡Margueritte! —Con ella es con la única que me permito romper la estricta regla de llamarnos por el apellido.

Voluntaria de servicio en la Cruz Roja, ya estaba aquí cuando me incorporé al hospital, y durante todos estos meses de convivencia hemos forjado una buena amistad.

—Ha llegado el comandante del servicio de sanidad del ejército, el médico principal Martin —me informa.

Pero no me da tiempo a preguntarle nada. Otro gran estruendo suena a nuestras espaldas. Y como si fuera impulsada por la fuerza expansiva, Lebrou empuja la puerta del barracón de hospitalización y entra rápido. Dejo pasar a Dun antes de cerrar, y le hago el habitual gesto para indicarle que debe esperarme en la antesala.

Al atravesar las puertas oscilantes de la sala de enfermos, me sacude el aire viciado. A mi llegada a Verdún fui asignada a la unidad médica de fiebre tifoidea. Llevo todos estos meses tratando a soldados enfermos. Pero el hedor de las habitaciones es algo a lo que nunca terminas de acostumbrarte. Y ahora en invierno, cuando no podemos abrir las ventanas, los continuos vómitos y diarreas de nuestros pacientes convierten el aire en casi irrespirable.

Nos reunimos con el comandante Martin en la habitación del médico jefe del hospital, el doctor Michaud, que sigue sin moverse de la cama con el fémur fracturado. Hace dos semanas resbaló con una placa de hielo y cayó sobre una piedra puntiaguda. Es difícil dirigir el hospital desde la cama, así que ha delegado prácticamente todas sus funciones en mí. Esta decisión le ha debido de resultar más dolorosa que la propia rotura del hueso, porque desde que estoy aquí ha demostrado en numerosas ocasiones su total desconfianza en las mujeres. Durante mi primer día en Verdún tuve que asistir a la misma escena que se repite una y otra vez desde que estoy en la guerra. Llegué al hospital con mi uniforme y mis galones de teniente, me presenté ante él realizando un más que correcto saludo militar y le entregué la documentación de mi traslado. Ni siquiera me saludó; me miró de arriba abajo con desprecio y después bajó la mirada a los papeles, buscando el error que él pensaba que se estaba cometiendo. A medida que sus ojos recorrieron las líneas, su entrecejo se contrajo y sus manos se crisparon, estrujando los bordes del fino papel. Súbitamente, golpeó la mesa con el puño. «¡Pido un oficial médico y me mandan a una mujer!», gritó con brusquedad, mirándome con rabia. Apreté los dientes. ¿Cuántas veces más tendría que escuchar la misma frase? Mantuve la entereza. Las únicas palabras que pronuncié repitieron las primeras frases del documento: «Doctora Nicole Girard-Mangin, médico teniente del servicio de sanidad del ejército francés, asignada al hospital nº 13 del sector de Argonne-Verdún».

Si escribió a sus superiores para quejarse, lo desconozco. Pero tuvo que admitirme, mantenerme en el puesto y poner bajo mis órdenes a un sargento, varios soldados y doce enfermeras.

Nuestros peores temores se confirman: el comandante Martin está recorriendo todos los hospitales y puestos de socorro de la zona para ordenar el inmediato y total repliegue. Los alemanes se aproximan, están muy cerca.

Le informo de la situación actual: gracias a Fouquet hemos conseguido trasladar a casi todos los enfermos y heridos graves; solo quedan unos treinta que esperamos poder llevar a la Maison Rouge a lo largo del día. Un par de ambulancias más nos serían de gran ayuda. El comandante me recuerda que está ahí para un inmediato repliegue. Hay que vaciar el hospital en ese mismo instante. Los pacientes que no puedan moverse tendrán que quedarse aquí.

Me niego a dejarlos solos y desatendidos, y me ofrezco para quedarme voluntaria con ellos. Intentaremos trasladarlos hasta el último momento. Le pido unas horas más de plazo. Por supuesto, el médico jefe Michaud se niega. «¿Cómo vamos a dejar aquí a la doctora Mangin? ¡Por Dios, es una mujer!», grita ante su superior. Aguanto la respiración. Aguanto las ganas de decirle que esta mujer ha conseguido sacar adelante este hospital durante los últimos cinco infernales días, mientras él no se ha movido de la cama. Aguanto el deseo de ordenar a Fouquet que lo meta en la siguiente ambulancia y lo quite inmediatamente de mi vista. Me contengo. Es más, ni siquiera lo miro. Lo ignoro. Actúo como si no estuviese en la misma habitación. Le aseguro al comandante Martin que organizaré la completa evacuación. Nos pondremos en camino en cuanto nos sea posible; no pienso dejar atrás ni a un solo hombre. Michaud resopla y se revuelve en la cama. El comandante se lo piensa durante unos segundos.

«Muy bien, tiene usted hasta el mediodía», acaba diciendo. «E intentaré enviarles alguna ambulancia más», añade.

Hago el saludo militar y me apresuro a salir de la habitación antes de que se arrepienta de su decisión.

El bombardeo se intensifica a media mañana y se acerca aún más a nuestra posición. Durante estos días solo dos obuses han impactado en el hospital, y temo que se nos acabe la suerte. Voy un momento con Dun a la trasera de los barracones para observar el valle y las colinas; por todas partes veo surgir torres de tierra como erupciones volcánicas. Se oyen ocasionales disparos de fusil y ráfagas de ametralladora. Sumida en el ajetreo de la evacuación, no me he dejado atrapar por mi principal angustia: que mi personal y yo misma podamos caer prisioneros. No dejo de mirar, intentando ver sin ver, tratando de adivinar por dónde se aproxima el enemigo. Pero es algo imposible de distinguir entre las nubes de humo y los relámpagos de fuego pesado.

Cuando están sacando en camilla al médico jefe Michaud para meterlo en el coche del comandante, me hace un gesto para que vaya a su lado. Suspiro. Pensaba perderle de vista lo antes posible, pero me temo que aún escucharé alguno de sus misóginos comentarios. Cuando me sitúo junto a él, me repite el gesto para que me acerque. Me inclino sobre la camilla.

—Siento como la he tratado, doctora —me dice en voz baja—. Tengo una hija; usted me recuerda mucho a ella, es igual de testaruda —termina diciendo mientras hace una señal a los camilleros para que le lleven hasta el coche.

Y me quedo parada en mitad de la explanada, mientras miro cómo el coche del comandante se pone en marcha y mascullo entre dientes. Después de meses haciéndome la vida imposible, esa disculpa llega tarde. Muy tarde.

Durante el resto de la mañana Fouquet traslada a la mitad de los enfermos y heridos y, al mediodía, el comandante Martin cumple su promesa: por el camino de entrada aparece una ambulancia tirada por caballos. La cargamos con algunos de los pacientes que quedan y ordeno a las enfermeras Lebrou y Berthenson que se vayan con ellos. Mientras observo cómo atan a los hombres en la parte trasera, siento un extraño pellizco en el estómago. Carraspeo, tomo aire e intento serenarme.

—¡Nos veremos al final del día en el H.O.E. de Baleycourt! —les grito entre el ensordecedor ruido de las explosiones.

Los caballos enfilan el camino de salida. La joven Helga me saluda con la mano mientras desaparecen entre los árboles.

Ya es imposible contar ni siquiera un segundo entre fogonazo y fogonazo, entre explosión y explosión. Es una tempestad metalúrgica que lo envuelve todo, que abruma nuestros sentidos. Es una absoluta y total locura. Tenemos que irnos de aquí ya. Fouquet y el soldado Aubert cargan nuestra ambulancia con los últimos heridos que hay que evacuar. Recorro los pasillos del hospital, reviso las salas vacías, compruebo que no quede nadie. Recojo mi petate y echo un último vistazo a mi habitación.

—No tenemos cinchas ni cuerda suficientes para atarlos bien —me dice Fouquet cuando regreso a la ambulancia.

—Iré con Aubert en la parte de atrás para intentar que no se caigan de las camillas con el traqueteo —le digo, justo en el momento en que otro obús cae muy cerca de nosotros, dejando en mi cabeza un horroroso zumbido.

Ordeno a Dun subir a la cabina junto a Fouquet, pero no me hace caso. Me mira, nerviosa. Ladra. Vuelvo a repetirle la orden, pero me desobedece. Escucho a Fouquet, que está ya sentado al volante, cómo también la llama y la incita a subir. Pero Dun no se mueve, solo se queda mirándome, ladrando una y otra vez. Trepo hasta la parte trasera y desde allí vuelvo a gritarle con fuerza. Mis gritos suenan extraños debajo del zumbido en mis oídos. Cuando ve que estoy subida en la ambulancia, me obedece y de un salto se mete en la cabina. «Maldita sea, Dun», pienso, «eres otra maldita testaruda».

El interior de la parte trasera de la camioneta huele a orines y sangre. Me arrodillo para poder sujetar con mi cuerpo a uno de los heridos que no hemos podido atar bien. Aubert, a mi lado en el estrecho espacio entre las camillas, hace lo mismo con otro soldado. Partimos. Noto cómo Fouquet fuerza el motor intentando coger velocidad, pero la carretera está llena de barro y de charcos que esconden baches enormes. El vehículo se sacude con violencia. Aguanto el dolor en las rodillas que se golpean una y otra vez con el suelo.

La ambulancia se detiene al llegar al desvío de la carretera de Bar-le-Duc. Entre los sonidos de las explosiones, se escucha el rodar de una multitud de camiones. Aprovecho para tranquilizar al soldado, que se debate entre la consciencia y la inconsciencia, y reviso las cinchas y cuerdas de los demás. Aprieto el vendaje en la pierna de otro hombre; su herida está sangrando de nuevo. Después de unos minutos, la cabeza de Fouquet aparece asomándose entre la lona.

—Doctora Mangin, no nos dejan pasar por la vía principal. Ya solo pueden usarla los camiones que llevan tropas al frente. Tenemos que tomar una ruta alternativa, la carretera que va hacia Sivry —me anuncia elevando la voz por encima del estruendo.

—¿Está en buen estado? —le pregunto.

—Me dicen que todavía está transitable, pero... —se detiene, aparta la mirada y frunce el ceño.

Siempre hace lo mismo cuando se queda pensando en si es mejor decirme algo o callárselo.

—¿Pero? —le animo a seguir.

Resopla.

—Son muchos más kilómetros y es una zona muy azotada por los obuses.

—¿Tenemos otra opción?

Fouquet niega con la cabeza.

—Pues entonces no perdamos más tiempo. ¡En marcha! —exclamo.

Fouquet tenía razón. Se puede circular, pero hay cráteres enormes y debemos bordearlos con cuidado. A veces no nos queda más remedio que internarnos en la tierra pegajosa de los bordes de la carretera.

Las ruedas traseras no tardan en quedarse atascadas en el fango. Aubert y yo nos bajamos a empujar, mientras Fouquet acelera el motor en un vano intento de que la camioneta se mueva. Tenemos los pies hundidos en agua y barro hasta la pantorrilla. Empujamos con todas nuestras fuerzas, y en ocasiones las ruedas giran, pero no sirve de nada, porque no agarran en el resbaladizo suelo y lo único que conseguimos es que nos proyecten encima una lluvia de barro.

Noto la pesada y gruesa tela del uniforme empapada de agua, y varios mechones de pelo escapan del recogido y me caen pegados a los ojos. Tras un último e inútil intento en el que malgastamos aún más nuestras maltrechas fuerzas, me enfado. Maldigo y golpeo con el puño el lateral del vehículo. Dun, al oírme, baja de un salto de la cabina y cae en un charco que la llena de barro. Le grito que vuelva a subir, y mi grito debe asustarla, y mucho, ya que salta dentro sumisamente, con el rabo entre las piernas. Me acerco a Fouquet con una nueva idea. Le pido que sea él quien empuje con Aubert, yo aceleraré desde la cabina. Le he observado conducir en muchas ocasiones; aunque nunca lo haya intentado, sé lo que hay que hacer.

Me siento al volante, me aparto el pelo de los ojos de un manotazo, piso el pedal del embrague, meto la marcha y voy desembragando. Escucho los gritos de esfuerzo de Fouquet y Aubert, acelero, el motor se queja, la ambulancia se tambalea una vez hacia adelante, pero vuelve a retroceder. Lo intento de nuevo, acelero otra vez, y de repente noto el tirón, las ruedas agarran y la camioneta por fin avanza un metro, dos, tres... y piso el freno.

—¡Sí! —grito, golpeando el volante—. Lo hemos conseguido.

La euforia que sentimos al salir del atolladero nos dura poco, porque apenas medio kilómetro después volvemos a atascarnos. Pero superamos el obstáculo. Y después otra vez nos hundimos en el fango, y otra. Estamos empapados, exhaustos, doloridos y maltrechos, pero insistimos. Vaya si insistimos.

Fouquet intenta ir rápido como estrategia para evitar más atascos, lo que hace que las sacudidas nos zarandeen de un lado a otro en la parte trasera. Sigo arrodillada, con las piernas ya moradas por los golpes, inclinada sobre uno de los soldados heridos, apoyando mi pecho contra el suyo para sujetarle, mientras estiro uno de los brazos para evitar que se mueva su pierna destrozada. El soldado, medio consciente, emite quejidos en cada sacudida, y yo le repito una y otra vez que esté tranquilo, que todo va a salir bien. No sé a quién intento convencer con mis palabras, si a él o a mí misma.

Es entonces cuando escuchamos una gran detonación. Miro hacia atrás y, por el hueco entre las lonas, veo salir un torrente de barro de la carretera por donde acabamos de pasar. Un instante después otra detonación, y otro géiser de tierra y humo en un prado próximo. Y una cadena de explosiones comienza a sucederse una detrás de otra, persiguiéndonos como un tam-tam de tambores acercándose, y entonces, de pronto, el ruido más sordo y atronador que nunca he escuchado, la sacudida más fuerte.

Todo el peso de mi cuerpo se eleva, flota en el aire y, durante un breve instante, tengo la sensación de que el mundo se detiene. Observo con una minuciosidad extraordinaria todo lo que me rodea. Los nudos en las tablas de madera, los hilos descosidos de la hombrera del uniforme de uno de los soldados, las cabezas de los tornillos en los tubos metálicos de las camillas, la letra «A» mayúscula tallada en la cantimplora de Aubert.

Después, el impacto contra el suelo. Y la oscuridad.

Lo siguiente que escucho son los gritos de Fouquet. Me llama por mi nombre, no por mi apellido. Suena extraño, es la primera vez que lo pronuncia desde que nos conocemos. Lo repite una y otra vez, con angustia en la voz. Abro los ojos y me cuesta unos segundos darme cuenta de dónde estoy. La sacudida me ha lanzado al suelo de la camioneta, por suerte no hemos volcado. Escucho a Dun ladrar en el exterior. Aubert está levantando a uno de los soldados, el resto siguen en sus camillas. Tengo un sabor a sal en la boca. Incorporo el torso y me quedo sentada ante la asustada mirada de Fouquet.

—¿Está usted bien, doctora Mangin? —vuelve a dirigirse a mí con su habitual corrección.

Le contesto asintiendo con la cabeza. Me ayuda a bajar de la camioneta. Dun se pega a mis piernas, lamiéndome la mano. A nuestro alrededor aún hay una nube de humo, y, junto a la ambulancia, un enorme cráter. Lo miro todo aún aturdida, bajo el sordo zumbido que resuena en mi cerebro.

—Dios mío, está usted herida —le escucho decirme.

Veo que se quita el foulard de un tirón, lo enrolla con rapidez alrededor de su mano y después me lo aprieta contra la sien derecha. Es entonces cuando me doy cuenta de que algo caliente se desliza por el lateral de mi cara hacia el cuello. Me toco y miro mis dedos. Entre las yemas experimento la textura de mi propia sangre.

Fouquet separa la tela y con gran delicadeza me aparta mechones de pelo. Sus manos tiemblan.

—Es un corte —me informa mientras analiza la herida—. Sangra mucho, pero no parece profundo. —Observo alivio en sus ojos.

—¿La ambulancia está bien? —pregunto—. ¿Podemos continuar? —insisto a Fouquet.

Le quito el foulard de la mano y me lo aprieto yo misma contra la herida. Fouquet se queda observándome unos segundos antes de contestar. He visto que sus ojos han pasado de la preocupación al alivio, pero ahora mismo juraría que me mira con enfado.

—Sí, podemos continuar —me contesta.

Me giro para subirme a la ambulancia, pero tengo que detenerme un instante y agarrarme a las tablas de madera. Noto un ligero mareo y la boca se me llena de la espesa saliva de la náusea. Lo disimulo haciéndole un gesto con la cabeza a Aubert para indicarle que suba primero. Me ofrece su mano para ayudarme y yo la acepto. Antes de que pueda decirle que no, Dun trepa con un ágil salto. Mi testaruda amiga no quiere separarse de mí. Me arrodillo junto al soldado herido y siento que el mareo se desvanece.

Al volver a mirar hacia atrás, veo a Fouquet que me sigue observando fijamente desde abajo.

—¿A qué está esperando? ¡Pongámonos en marcha! —exclamo.

Hace un leve atisbo de negación con la cabeza y desaparece. Unos instantes después, el motor arranca y volvemos a los baches, a las sacudidas, al inmisericorde traqueteo del camino, y así continuamos durante varios kilómetros, mientras los obuses siguen cayendo en una ordenada trayectoria de este a oeste que barre metódicamente el terreno. Tenemos que alejarnos antes de que su infernal itinerario se acerque de nuevo a nosotros.

De repente, la ambulancia pega un súbito frenazo. Tengo que soltar la mano que aprieta el foulard para agarrarme al soporte de las camillas. Nos quedamos a la escucha, pero, aparte del estruendo de las explosiones, no percibimos nada más. Miro a Aubert, que también se pregunta por qué hemos parado. Se baja de la camioneta y yo hago lo mismo. Nos asomamos por el lateral y vemos a Fouquet unos metros más adelante, de pie en el borde del camino, mirando hacia un campo que desciende desde la carretera. Está totalmente inmóvil, con los brazos pegados al cuerpo, con la cabeza baja. No entendemos nada. ¿Por qué se ha bajado de la ambulancia? ¿Qué está mirando?

Según me acerco a él, empiezo a entender. Vislumbro lo que hay unos metros más abajo. Mi mente comienza a repetir un «no, no, no» en un bucle infinito.

Me deslizo por el lodo de la pendiente. Me resbalo, me caigo, sigo bajando arrastrándome y llego hasta los dos caballos que están tendidos sobre el barro. Uno de ellos aún respira, los costados del animal se mueven, y sus ojos me miran con una triste expresión de sufrimiento y soledad. Luchando contra el fango que atrapa mis pies, corro hacia el amasijo de maderas y lona tras los caballos. El aire huele a excrementos, a sangre, a vísceras y agonía. A pocos metros veo dos cuerpos aún atados a las camillas, bocabajo, semienterrados en el lodo. Una pierna con una media blanca surge de debajo de la lona con la gran cruz roja.

No, no, no.

Levanto la pesada lona.

No, no, no.

Mi mente no quiere entender que ese cuerpo, ese sangriento montón de miembros sueltos, pueda tener relación alguna con la enfermera jefe Lebrou.

No, no, no. Margueritte, llena de energía, de pensamientos, de deseos y sueños, con la que hasta hace una semana me quedaba charlando hasta tarde, con la que durante el tranquilo verano di largos paseos, no puede ser ese amasijo.

Pero la mente acaba por entenderlo, y entonces nace el dolor, ese profundo dolor que aturde y paraliza. Fouquet y Aubert retiran del todo la lona. El resto de hombres yacen inertes, desgarrados y mezclados.

—¿Y Helga? —Mi voz sale ronca y grave, casi ni la reconozco.

Levantamos tablones, cuerpos, miembros, apartamos las enormes ruedas de madera. Busco entre el lodo el indicio de alguna tela blanca, pero solo encuentro uno de sus zapatos bajo un trozo de uniforme azul. Miramos con inquietud a nuestro alrededor. Dun nos observa desde lo alto, desde el borde de la carretera. Trepo por el lodo hasta reunirme con ella y examino el paisaje en todas las direcciones, busco en el camino, en el prado del otro lado, en el inmenso cráter del obús que los arrojó fuera. No hay ni rastro de la joven enfermera Berthenson.

La detonación de un disparo me hace encogerme. Miro hacia abajo. Fouquet acaba de terminar con la agonía del pobre caballo.

No son necesarias las palabras, los tres subimos rápido a nuestra ambulancia. Esta vez me siento en la cabina y retomamos la marcha con la vista clavada en la carretera. Hasta Dun pone las patas delanteras sobre el salpicadero y mira hacia adelante. Cuando giramos un recodo del camino, Dun comienza a ladrar. Entrecierro los ojos intentando agudizar la vista. A unos cien metros delante de nosotros aparece una figura caminando por el borde de la carretera. Miro a Fouquet, que asiente con la cabeza. Acelera y tengo que agarrarme para no rebotar de un lado a otro de la cabina. Casi no se ha detenido cuando bajo de un salto. La figura, que parece un espectro, camina arrastrando un pie y ni siquiera se ha detenido ni se ha girado para mirarnos. A pesar de estar cubierta de lodo, reconozco su uniforme y su delgado cuerpo.

Grito su nombre. No reacciona, no se gira, sigue caminando. Me acerco y me pongo frente a ella. Levanto los brazos y la detengo. Vuelvo a decir su nombre. No deja de mirar al suelo. Su rostro está lleno de rasguños y magulladuras. Tiene el pómulo izquierdo muy hinchado. En el brazo derecho observo un desgarro con mal aspecto. Me agacho y busco el contacto con sus ojos mientras sigo repitiendo su nombre una y otra vez: «Helga, Helga, Helga». Me ve, pero no sé si me reconoce.

Fouquet aparece con una manta y se la echa por los hombros. Entre los dos la llevamos hasta la parte trasera de la ambulancia. El pie que arrastra, sin zapato, muestra un tobillo magullado e inflamado. La sentamos al final del pasillo entre las camillas. Le aparto el pegajoso pelo de la cara, le acaricio la mejilla, le sonrío y repito lo mismo que le dije al soldado que tenemos al lado, ahora inconsciente: «Tranquila, todo va a salir bien. Todo va a salir bien», reitero, intentando creérmelo yo también.

Por suerte, cada kilómetro que recorremos es un kilómetro que nos aleja del fuego artillero. Poco a poco las explosiones suenan más lejanas, y dentro de nuestra complicada situación, sentimos algo de alivio, el alivio de no tener sobre nuestras cabezas un obús con nuestro nombre. Y sentada sobre el suelo de la parte de atrás, mientras sigo abrazando a la joven Berthenson, me viene a la mente una imagen, la imagen de una mujer alemana, joven, de brazos fuertes, que en una fábrica de algún lugar cerca de Múnich, o de Düsseldorf, rellena con carga detonante el cuerpo metálico de un 130 mm.

Todo a su alrededor está perfectamente ordenado. Tanto las miles de piezas que una vez unidas se transformarán en miles de obuses, como los cientos de mujeres que fila tras fila componen esta atroz cadena de montaje. Ellas son el relevo ante la falta de hombres, ellas son la mano de obra que hace que esta bárbara industria siga funcionando. Al igual que sus compañeras, quizá ella esté pensando en su marido, en su hermano; hace tiempo que no tiene noticias suyas desde el frente. Quizá esté pensando en su pequeño hijo, que espera en casa al cuidado de una vecina. Con delicadeza enrosca la pieza de la espoleta y le da un último apretón con una pesada llave de acero. Ese obús lleva el nombre de alguien. Por sus manos quizá pasó el de Margueritte. Quizá ahora mismo esa misma joven esté enroscando la espoleta del que lleva mi propio nombre.

No la culpo, ella solo es un víctima más. Ella también se preguntará, ante la inmensidad de proyectiles del almacén, «¿cómo hemos llegado a esto?». Y cada noche, tras su turno de dieciséis horas, se acostará deseando que esta guerra de sufrimientos oscuros acabe de una vez por todas, acabe de una vez para todos.

Llegamos al hospital de evacuación de Baleycourt. Está repleto; el médico jefe nos dice que no puede atendernos, y nos envía a Clermont-en-Argonne. Recorremos los veinte kilómetros por otra carretera interior, evitando el intenso tráfico de la ruta principal. En Clermont, una nueva negativa. Tampoco allí pueden recibirnos. «Vayan a Froidos», nos dicen. La noticia nos pone al borde de la desesperación. Ocho kilómetros más, esta vez cruzándonos con los largos convoyes del 2º y 8º cuerpo del ejército que viajan hacia las líneas.

En Froidos todo está tranquilo, el bombardeo solo es un leve rumor en la lejanía. Hay un hospital de campaña instalado junto al pueblo. Me presento al médico jefe, empapada de pies a cabeza en lodo, con media cara y la guerrera ensangrentadas, y le hago un breve relato de nuestras últimas horas. En este tranquilo y apartado pueblo, somos las primeras noticias que llegan del frente, los primeros testigos directos de lo que está ocurriendo en Verdún. Acompaño a la joven Berthenson mientras le realizan la limpieza y las curas, y dejo después que cosan mi corte y atiendan mis maltrechas rodillas. El médico jefe, aún impresionado por mi relato, me ofrece su propia habitación para asearme y pasar la noche.

Entro en la cantina con una venda alrededor de la cabeza. Fouquet me hace un gesto para que me acerque. Nos sentamos frente a un humeante plato de guiso, un trozo de pan y un vaso de vino. El guiso es de garbanzos, su aroma espeso invade mi nariz y despierta mi estómago. El soldado Aubert trae a Dun un buen hueso con carne que ha conseguido en la cocina. El pan está aún caliente, y comemos despacio, casi con veneración. Hasta el vino, traído en esas grandes barricas del ejército, nos sabe como el mejor Burdeos. Pero bajo el placer de estos sencillos manjares, la tristeza está presente, sentada con nosotros. No podemos olvidar a nuestra querida enfermera jefe Lebrou. Mañana seguiremos en la guerra, y pasado mañana, y al siguiente, y quién sabe hasta cuándo. Qué ingenuos fuimos en agosto de 1914 cuando pensamos que solo duraría dos semanas...

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2

Tras unos días recuperándonos en Froidos de nuestra accidentada huida de Glorieux, recibimos órdenes de trasladarnos al H.O.E. nº 12 de Vadelaincourt. La enfermera Berthenson se encuentra ya mucho mejor, y esta mañana ha sido trasladada a París, donde podrá descansar y recuperarse de esta horrible experiencia. Nos hemos despedido sin saber si volveremos a vernos. Aún está asustada y no puede pensar en trabajar de nuevo como enfermera. Sería totalmente comprensible que, una vez recuperada, decidiese regresar a Noruega, su país de origen. Ser enfermera de la Cruz Roja Internacional es un acto voluntario y desinteresado; no está obligada a volver al frente. Y, desde luego, lo primero que necesita es pasar un tiempo lejos de todo esto.

El capitán médico Cathala, que también ha sido trasladado como cirujano a Vadelaincourt, se ha apuntado a hacer el viaje con nosotros. Fouquet se ha dedicado estos días a limpiar a conciencia la ambulancia, quitando todas las capas de lodo y sangre. Cargamos cajas de material médico en la parte de atrás, donde también sube el soldado Aubert junto con Dun, y nos ponemos en marcha. Tenemos toda una jornada de viaje por delante. Al menos, la ruta está alejada de los bombardeos. Fouquet, Cathala y yo viajamos en la cabina, desgraciadamente sin el cristal delantero, que se rompió cuando aquel obús nos impactó tan cerca. En Froidos nos ha sido imposible conseguir alguna pieza de cristal para poder hacer un apaño, así que de momento tenemos que continuar sin protección. Estos primeros días de marzo están siendo muy fríos; aunque la gorra nos protege las orejas y la frente y la bufanda nos envuelve la parte inferior del rostro, el frío castiga con dureza nuestros ojos. Tenemos que parar cada cierto tiempo, porque nuestras córneas se hielan y, según avanzamos, van registrando imágenes borrosas, como si estuviéramos con los ojos abiertos bajo el agua. Cada vez que bajamos de la cabina nos sentimos agarrotados, y tenemos que recurrir a enérgicos movimientos para sacudir el frío y reanimar la circulación de la sangre.

Continuamos la ruta sin incidentes hasta que nos acercamos a Ippécourt, donde percibimos un fuerte olor a gasolina. Fouquet nota una falta de potencia en el motor, y nos detenemos en el cruce con la carretera que ya va directa hasta Vadelaincourt. Una rápida mirada a los bajos de la camioneta y vemos un incesante goteo de combustible que cae sobre la carretera. Fouquet maldice entre dientes, abre la tapa del motor y busca la causa de la fuga.

Cathala y yo nos sentamos a esperar en un murete en el cruce, junto a uno de los tantos calvarios que aparecen por estas carreteras. Hay dos cruces de piedra escoltando una cruz de madera de donde cuelga un Cristo. El crucifijo está torcido, como si se hubiese caído y alguien lo hubiese vuelto a clavar en el helado fango. La agónica escultura tiene los ojos hundidos, la mandíbula desencajada, el cuerpo flaco y lastimado y el agua gotea por los quebrados pies, cuya madera se ha podrido.

—¿Es muy grave? —pregunto tras ver a Fouquet poner una manta sobre el suelo para meterse por debajo de la camioneta.

—No sabe si lo que se ha roto es la bomba de carburante o algún manguito —contesta Aubert.

—No sabe si lo que falla es el corazón o se ha roto alguna arteria —me dice en voz baja el médico capitán Cathala.

Sonrío agradeciéndole su traducción. Dun se queda sentada frente a nosotros, mirando fijamente al capitán.

—No me quita el ojo de encima —advierte él con un susurro mientras saca un paquete de cigarrillos del abrigo.

Vuelvo a sonreír.

—Es muy protectora conmigo. Y todavía no lo conoce, mi capitán —contesto también en voz baja.

—¿Qué raza es? —pregunta mientras intenta encender un cigarrillo con una cerilla, haciendo hueco entre las manos para proteger la llama ante el viento.

—Pastor alemán.

—¿Y cómo es que va con usted?

—Hace un año visité a un amigo médico en su hospital de campaña en Vacherauville, un pueblecito al norte de Verdún. Días atrás la zona había sufrido fuertes bombardeos y una granja cercana al hospital había sido totalmente destruida por los obuses. Cuando los soldados entraron a buscar heridos, encontraron a un solitario granjero —que se había negado a abandonar su casa, a pesar de la cercanía con el frente—, y a su ganado aplastados por el desplome del tejado y las vigas de madera. Pero, entre los escombros, escucharon un gemido: era ella, herida en la cabeza y en una pata. A falta de un veterinario en el regimiento, los soldados la llevaron al hospital de campaña, por si mi amigo médico podía hacer algo por el pobre animal. Curó sus heridas y cuidó de ella. Y cuando fui a visitarle, sugirió que me la quedase. Podía ser útil para protegerme, además de buena compañía. Al principio dudé, no sabía si aceptar la responsabilidad que implicaba tenerla conmigo, pero cuando la acaricié, me miró, me lamió la mano, se pegó a mis piernas... y me conquistó. —Sonrío y detengo mi narración, recordando aquel momento en que sentí la primera conexión con ella.

—Sin duda es una excelente protección —dice el capitán Cathala mirándola; la perra sigue plantada frente a nosotros sin quitarle la vista de encima—. ¿Cómo se llama?

—Dun —contesto—. Por Verdún.

—Supongo que para usted no es nada fácil vivir en este mundo rodeada de hombres.

—A veces no lo es, no —contesto con un suspiro.

—Ya sé lo que ocurre —interrumpe Fouquet. Se levanta del suelo y camina hacia nosotros con una manguera negra en la mano—. Se ha roto un manguito, a ver si puedo apañarlo con algo, aunque la raja es muy grande para parchearlo —añade, mientras lo mira con detenimiento a pocos centímetros de los ojos.

—Espere un momento —exclamo. Me acerco a la parte trasera de la ambulancia y rebusco en las cajas del material médico. Agarro un rollo de tubo de drenaje y vuelvo junto a ellos—. ¿Esto serviría? —le pregunto desenrollando un trozo de la goma.

—Es mucho más fino y blando —dice Fouquet—, pero intentaré calentarlo para que se adapte a la salida de la bomba y a la entrada del carburador; puede que funcione hasta que lleguemos al hospital. Gracias, doctora. —Le escucho y asiento con la cabeza, aunque no entiendo ni una palabra de lo que está diciendo.

—Buena idea —dice Cathala a mi espalda—. ¿Y cuál es su historia, doctora Mangin, cómo es que está sirviendo en el ejército? —me pregunta mientras vuelvo a sentarme a su lado.

Lanzo otro suspiro, pensando en cómo hacerle un breve resumen.

—Fui movilizada al inicio de la guerra por un error administrativo, pero me presenté en mi destino, cerca de Los Vosgos, y me empeñé en que me aceptasen, cosa que hicieron, aunque en un principio se negaron. Serví allí durante las primeras semanas, y después me trasladaron a Verdún, que por entonces era un destino muy tranquilo... hasta ahora. ¿En qué hospital ha estado usted sirviendo, mi capitán? —le pregunto para cambiar la dirección de la conversación.

No me apetece seguir hablando de mí misma.

—Estuve en el Marne al comienzo y después en Ypres, durante la primera batalla de otoño del 14 y hasta la segunda en la primavera del 15. En mayo caí herido y desde entonces he estado recuperándome en casa, en París. La semana pasada recibí la orden de reincorporarme al servicio en Vadelaincourt.

—¿Fue muy grave su herida?

—Una bala en el vientre —contesta tras expulsar lentamente el humo del cigarro. Frunzo el ceño, las heridas abdominales son muy graves y dolorosas—. Estaba cerca de las líneas enemigas, vendando a un herido. Llevaba mi brazalete identificativo del cuerpo médico, pero eso no pareció importarle al tirador que me disparó. —Se detiene un instante para dar una larga calada al cigarrillo—. En cuanto me di cuenta de dónde me había alcanzado, me deslicé hasta un cráter próximo. Vinieron a por mí unos camilleros para llevarme a las trincheras, pero no les dejé. Sabía que si me movía, el contenido de mis intestinos saldría por toda la cavidad abdominal y estaría perdido. —Vuelve a dar otra calada—. Mi única oportunidad era quedarme totalmente quieto hasta que la perforación pudiera cicatrizar lo mínimo para poder ser trasladado. Así que estuve cuarenta y ocho horas en aquel cráter, tumbado hecho un ovillo, apretándome con gasas el abdomen, aguantando el dolor. Después dejé que me trasladaran al H.O.E. más cercano, donde me operaron y me extrajeron la bala —concluye dando una última calada y tirando el cigarrillo al suelo.

—Fue una decisión muy inteligente, mi capitán —le digo—. En semejante situación, hay que tener mucha sangre fría para actuar así.

—Lo que tuve fue mucha suerte —dice con una sonrisa.

Al fondo de la carretera que va hacia Vadelaincourt vemos aparecer un batallón de soldados. Caminan lentamente, fatigados, llenos de barro. Pasan junto a nosotros sin apenas vernos, con esa mirada perdida de los que han estado muchos días en primera línea. El camino se llena con el chapoteo de las pisadas, con el ruido de las cantimploras chocando contra los rifles al hombro, y el aire se satura del hedor de la suciedad y el sudor.

En las últimas filas, uno de los hombres se detiene bajo el Cristo. Levanta la vista y mira su rostro. Y al momento se pone a dar, con rabia, fuertes patadas a la base de la cruz. Uno de los compañeros lo agarra y lo vuelve a meter en la formación. Nadie dice nada, todos continúan caminando en un grave silencio.

Nos quedamos mirando cómo se alejan. De repente, un ruido sordo a nuestras espaldas nos hace girarnos. El Cristo acaba de caer hacia adelante, estampando el rostro y el torso contra el fango. Aubert se santigua y se acerca para levantar el crucifijo. Con la ayuda de Fouquet consigue volver a clavarlo en el suelo, aunque queda levemente torcido, con uno de sus clavados brazos apuntando hacia el cielo, con el barro deslizándose por el rostro como lágrimas de cieno.

—¿Se ha fijado usted? Eran muy pocos —me dice el capitán Cathala—. Apenas doscientos, cuando un batallón consta de mil soldados —añade.

—No sé adónde va a llegar la masacre de esta guerra —digo con resignación en la voz—. ¿Adónde han ido a parar los avances que nos permitieron maravillas como la torre Eiffel, los automóviles o los aviones? Ahora todo nuestro ingenio se utiliza para la destrucción de los hombres. Cada vez proyectiles de mayor calibre, balas que desgarran, bombas de gas..., cada vez heridas más horrorosas, más crueles.

—¿De qué le servirá al hombre dominar la naturaleza entera si no sabe dominarse a sí mismo? —pronuncia Cathala como si estuviera enunciando las palabras de algún sabio—. Sócrates —aclara ante mi mirada—. Él ya se lo planteó hace unos cuantos siglos.

Fouquet arranca la camioneta. Corre a mirar por debajo para comprobar si gotea combustible, y vemos después su rostro sonriente. «Parece que aguanta», nos dice, y todos corremos a montarnos en ella.

Llegamos a Vadelaincourt sin más incidentes, y entramos por la parte este del pueblo, donde se encuentra el complejo de barracones del H.O.E. nº 12. Lo primero que vemos es el cementerio, a pocos pasos de la carretera. Es enorme, como enorme es también el número de soldados abriendo nuevas fosas. Este no es un viejo cementerio que ha ido poblándose lentamente durante los siglos. Este cementerio no debe nada a la vejez o a la enfermedad. Es un cementerio de hombres jóvenes y fuertes.

Junto al cementerio pasan las vías del ferrocarril, así que el hospital tiene su propia estación, donde hay una gran actividad de hombres cargando heridos en vagones. El complejo está formado por una docena de barracones de madera, algunos unidos con otros por pasarelas cubiertas. De los barracones cuelgan letreros con sus nombres en pintura blanca: Villemin, Begin, Larrey, Mesmy, Montevideo...

Nos presentamos al médico jefe doctor Morin, el cual nos recibe con entusiasmo. Dice que el comandante Martin le ha escrito para describirle mi valentía y el gran trabajo realizado la semana anterior en el hospital de Glorieux, y expresa también el placer que le produce el tenerme en su equipo junto al capitán Cathala, que él define como uno de los mejores cirujanos del ejército francés.

Tras todas las ásperas bienvenidas que he recibido durante la guerra, resulta un alivio encontrar un mando que aprecie mi incorporación. Nos hace una rápida visita guiada por las instalaciones y nos presenta a parte del personal médico. Me asignan como alojamiento un pequeño dormitorio en el barracón de las mujeres, que he de compartir con una de las enfermeras jefe. La cama es un precario catre con una tela marrón tensada entre travesaños de madera, pero la habitación tiene una pequeña estufa de carbón que, para mí, es lo único imprescindible en este duro, frío y húmedo invierno de Verdún.

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3

Los días y las noches transcurren en medio de un trabajo incesante. En estas primeras semanas en Vadelaincourt, nuestros turnos se alargan bastante más de las doce horas planeadas. Nuestra monotonía está amasada con mil detalles dramáticos, detalles que en una vida normal hubiesen sido un acontecimiento, pero que aquí se suceden uno tras otro, prestándole a todo lo que nos rodea la consistencia de una pesadilla, el aspecto de neblina de un sueño oscuro e interminable.

Hay días en que el furor de la batalla nos escupe miles de heridos; se suceden tan deprisa que no conocemos más de ellos que la herida. Los dormimos, los remendamos y los sacamos del quirófano aún sumidos en el sueño, habiendo tenido que tomar toda clase de decisiones sin haber oído su voz ni mirado su cara. Muchos nos llegan con uno o varios miembros completamente arrancados y, sorprendidos porque aún exhalen un hálito de vida, los examinamos con método para descubrir que no traen una única herida, sino a veces veinte o treinta, de tal manera que no podemos hacer otra cosa más que avanzar de triste descubrimiento en triste descubrimiento. Pero, aunque parecen destinados a hundirse sin remedio, nos aferramos a ellos, a la tenue esperanza de mantenerlos a flote. Solo ha sido necesario un instante para herirlos y lacerarlos. Ahora nosotros necesitaremos meses, años, para repararlos, para mitigar los destrozos.

En el sector de hospitalización, cada uno de esos cuerpos nos va revelando su rostro y su historia. Es allí, entre las torturas de las curas diarias, de las esponjas, de las gasas, de las vendas, del olor a éter, a yodo, a gangrena, donde cada uno de los rostros revela su carácter, su lugar de procedencia, su pasado. Es allí donde conocemos a cada uno de estos hombres.

Jules-Isidore Degrendel es un joven apuesto, educado y muy tímido. Apenas se atreve a hablar conmigo ni con las enfermeras. Servía en el regimiento 70 de infantería, cerca del bosque de Corbeaux. Lo trajeron con múltiples heridas de metralla distribuidas por torso y extremidades. Llegó consciente, y a pesar del estado de confusión inicial, Degrendel pareció turbarse cuando vio que las enfermeras comenzaban a rasgarle la ropa. Se disculpó por no estar limpio y nos pidió, por favor, que le dejásemos las botas puestas.

—Muchacho, hay que quitártelas, tenemos que ver si tienes más heridas —le dije.

—Es que... verá, señora..., es que... me huelen mucho los pies —dijo con timidez.

Todas le sonreímos y le comentamos que eso no tenía ninguna importancia. Tardamos muchísimo en extraer todos los fragmentos, que no solo eran trozos metálicos, sino también pedazos de tejido de la ropa, astillas de madera y pequeños huesos que seguramente debían de pertenecer a otro soldado que estaba a su lado en la explosión. Le vendamos casi todo el cuerpo, y ahora el pobre apenas puede moverse en la cama. Cada pequeño movimiento, cada roce con las sábanas, es un intenso dolor.

Todas las mañanas se le realizan las curas: quitamos los alfileres, desenrollamos las vendas y desprendemos las gasas que se adhieren a la herida. Intentamos separarlas humedeciéndolas con agua, dando pequeños tironcitos, sabiendo el calvario que esto implica. Después lavamos con permanganato y aplicamos tintura de yodo, que en las heridas recientes es como aplicar un hierro candente sobre la piel. Y con el pobre Degrendel, este suplicio se repite una y otra vez, y él aprieta los dientes y aguanta. Cuando no puede más, y entre la respiración entrecortada suelta un gritito, corre a disculparse. «Degrendel, tan tímido y educado, tan joven y apuesto, pronto estarás en casa».

Hace unos días el médico capitán Cathala nos dio una impresionante lección de cirugía abdominal. Estábamos dos equipos trabajando simultáneamente en el mismo quirófano, una mesa de operaciones a escasos metros de la otra, cuando nos trajeron un herido de bala en el vientre. Abrimos y confirmamos su pésimo pronóstico; sufría diversas perforaciones en varias secciones del intestino. Habría que extirpar los segmentos destrozados y recoser las partes servibles, pero sin firmes esperanzas de que pudiera sobrevivir. Antes de ponerse a ello, el capitán Cathala levantó la vista y miró a la mesa de operaciones de al lado.

—¿Qué tienes ahí? —preguntó al cirujano Gadaud.

—Una herida enorme en la cabeza, con pérdida de masa cerebral. No podemos hacer nada, está a punto de morir.

Cathala me miró y confirmé en sus ojos lo que ya sospechaba que estaba sopesando.

Gadaud nos anunció la muerte de su paciente.

—Vamos a intentarlo —escuché decir a Cathala bajo la mascarilla.

Con gran maestría, el capitán extrajo un fragmento de aproximadamente un metro del intestino delgado del paciente recién fallecido y se lo insertó a nuestro herido de bala.

—Es como cuando Fouquet le cambió el manguito al motor de la camioneta —me dijo cuando acabamos la operación.

Y nos reímos como idiotas, nosotros dos, el anestesista, las enfermeras y hasta los camilleros que acababan de entrar y no sabían de qué iba la historia. A veces, en medio de la inmensidad de esta tragedia, necesitamos reír, sentimos la imperiosa necesidad de hacerlo y buscamos un pretexto en la menor excusa.

Una semana después, el paciente evoluciona favorablemente. Se llama Pierre Tessier, treinta y siete años, del regimiento 162, herido en la colina del «Hombre Muerto». Me ha preguntado si el anterior dueño de sus «tripas» era abstemio. Que le vendría muy bien, que él ha bebido siempre mucho y sabe que las suyas estaban «algo estropeadas». Le digo que no lo sé, pero le recomiendo que a partir de ahora consuma menos alcohol.

Sonríe. «Eso es imposible», me dice. «¡Soy viticultor! ¡De Saint-Emilion!». Y yo le cuento que mi bisabuelo y mi abuelo eran también viticultores, que mi padre es comerciante de vinos, y pasamos un agradable rato hablando de cepas, de uvas y de los grandes crus franceses.

He obviado que estuve cuatro años casada con uno de los mayores productores de champán de Francia. No me apetecía ponerme a evocar malos recuerdos.

—Doctora, ¿podría usted hacerme un favor? —me pregunta—. Me gustaría escribir a mi mujer y mis hijos.

—Claro que sí, Tessier —le digo mientras acerco una silla a la cama.

Él me dicta la carta que yo voy trasladando al papel. No les dice nada de su herida, ni les cuenta nada sobre su experiencia en el frente. Es una carta amable, llena de mentiras convenidas, de mentiras que hacen bien: «disfruto de buena salud», «nos tratan bien», «la guerra acabará pronto», «en breve me tendréis en casa». Escribo línea tras línea sin preguntarle ni reprocharle nada, porque, cuando escribo a mis amigas o a mi hijo, yo hago lo mismo. Les envío un relato superficial, simple, huyendo de lo profundamente verdadero. Por no cargarlos de preocupación y porque sé que, en el fondo, ellos no podrán comprenderlo. Lo que aquí padecemos y soportamos, solo podemos entenderlo nosotros.

Hoy ha llegado un hombre que casi ha perdido su humanidad. No sabemos quién es, ni a qué regimiento pertenece ni dónde ha sido recogido. Los camilleros lo han traído y lo han colocado en la mesa del quirófano. Al levantar la manta que lo cubría, una de las enfermeras no ha podido soportarlo y ha tenido que abandonar el quirófano. He visto ya muchas cosas, pocas me asombran, pero me hubiera gustado poder cerrar los ojos y no haberlo visto. Tiene las dos piernas y un brazo amputados, un enorme agujero en un costado y medio rostro reventado. Nos enfrentamos a la más cruel decisión que podemos tomar. Tratar un politraumatismo así implica gran cirugía y largas horas de operación, un tiempo valioso durante el cual podríamos salvar a varios de los heridos que aún esperan a la puerta del quirófano. Así que hacemos lo que tenemos que hacer, le inyectamos grandes dosis de morfina y le dejamos en una esquina de la sala de hospitalización, esperando que la muerte le llegue pronto. Es lo que tenemos que hacer, no lo que quisiéramos hacer, y eso nos lo recordará una y otra vez nuestra conciencia, cuando por las noches, antes de dormir, su imagen asalte nuestra vigilia.

Hay hombres que gozan peleando y descuartizando enemigos; hombres a los que la guerra les sirve como excusa para sacar a flote sus más bajos instintos. Una de estas noches, después de cenar, me siento junto a la cama de Tessier, el viticultor, para charlar un rato con él. A pocas camas de distancia, dos soldados intercambian anécdotas de combate.

—Tenías que haberlos visto. Les empecé a dar patadas en el culo por toda la trinchera y uno de los tres prisioneros se puso a llorar como una mujer. ¡Era el oficial! Los llevé hasta la zona apartada de las letrinas, y les apunté con la pistola. ¡Cómo temblaban los muy cabrones! Les hice darse la vuelta y bajarse los pantalones hasta los tobillos. Solté una granada encima de cada arrugado pantalón y salí corriendo por una trinchera transversal. ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! ¡Salieron volando en mil pedazos los hijos de puta!

Ambos ríen a carcajadas. Hace rato que Tessier y yo hemos dejado de hablar. Me mira y niega con la cabeza.

—Nosotros teníamos a un boche[1] que habíamos encontrado perdido en el bosque —empieza a narrar el otro—. Por la noche, mientras estábamos sentados descansando, nuestro sargento nos dijo que nos apartásemos. Se acercó al prisionero que estaba tumbado, y le prestó su manta para usarla de almohada. ¡El pobre diablo le dijo gracias en francés y todo! Y al instante... ¡Bum! ¡Le había metido una granada entre los pliegues de la manta! ¡Le reventó la cabeza!

Ya es suficiente. Me levanto y me acerco a ellos.

—Se acabó la charla por esta noche —exclamo.

—¿Qué pasa? ¿Es que no podemos ni hablar? —me pregunta con insolencia el más bravucón de ellos.

Agarro la tablilla que cuelga de su cama y echo un vistazo a su expediente médico.

—Soldado Marlay, ¿verdad? —le pregunto sin despegar la vista de los papeles.

—¡Presente! Para servirla como usted quiera... —me contesta.

—Herida inciso-contusa en la rodilla derecha —leo en voz alta.

—Pero aquí tengo otra cosa que me sigue funcionando muy bien, doctora —dice agarrándose los genitales por encima de la sábana.

El otro soldado ríe entre dientes. Con tranquilidad, dejo la tablilla en su sitio. Me sitúo junto a la cabecera de la cama. Me inclino para aproximarme a él.

—Soldado Marlay, piensa que la guerra ha terminado para usted, ¿verdad? —le pregunto sonriéndole, con voz suave—. Que después de esto volverá a su casa, ¿no? Desde luego, esa rodilla no va a recuperarse. Quedará cojo para toda la vida. Pero ¿sabe usted, soldado Marlay? —me detengo y me incorporo mirándolo con dureza—. No tengo más que escribir dos palabras en su expediente, solo dos, de mi puño y letra, y regresará al frente antes de que pueda volver a contar otra fanfarronada más —exclamo en voz alta.

La socarrona sonrisa se le borra inmediatamente de la cara. A él y al otro estúpido que está tumbado a su lado.

—Y diríjase a mí con corrección —añado señalando mis galones de teniente.

—Sí, mi teniente —dice aguantándose la rabia.

Cuando me alejo caminando hacia la puerta, veo a Tessier que me sonríe con orgullo.

Henri-Paul Darrives es un joven del regimiento 105. A sus dieciocho años es tan barbilampiño que no lleva el omnipresente bigote de la tropa, ese bigote considerado por los soldados como una muestra externa de su hombría. Un obús le voló los dos pies en la cota 304. Se los amputamos, pero ha aparecido gangrena. Intentamos luchar contra la podredumbre trozo a trozo, amputándole un pedazo de unos diez centímetros cada vez. Ha pasado cinco veces por el quirófano en los últimos veinte días. Le mantenemos casi todo el tiempo sedado, pero por las tardes, cuando le sube la fiebre, lanza unos gritos horribles. Gritos de hombre abandonado, gritos como los que se oyen en las noches de batalla, según rememora Tessier. He pedido que coloquen su cama entre los soldados que alardeaban de sus atrocidades. Olerán el hedor de la gangrena y sus gritos les forzarán a participar de su dolor.

Han llegado varios casos de metralla en la cabeza, todos desde Chattancourt. Cuando retiramos el barro, algunas heridas resultan ser menudencias y los enviamos a Bar-le-Duc. Otros, sin embargo, resultan ser mucho más graves de lo que en un principio suponíamos.

Bertrand Lavergne fue herido por metralla en el rostro y la cabeza. No nos ha quedado otro remedio que extirparle un ojo. En las curas, cada vez que acerco la mano al ojo vacío, Lavergne hace un pequeño movimiento hacia atrás.

—Tranquilo, Lavergne, no tengas miedo —le digo.

—No tengo miedo, doctora. Aquí ya no tengo miedo —me contesta.

—Entonces ¿por qué haces siempre el ademán de retirar la cabeza?

—Es la cabeza la que lo hace sola. Yo no me doy ni cuenta.

Cuando le vuelvo a colocar las gasas y la venda, la parte que queda visible de su rostro es atractiva. Lavergne tiene veinticinco años, y es un muchacho muy agradable y educado.

—Te vamos a arreglar tan bien que aún vas a poder hacer muchas conquistas —le animo.

Sonríe, se toca la venda y me mira con su otro ojo, de un brillante azul claro.

—Ya no van a venir las chicas como antes —dice con voz triste.

—Claro que sí, ya verás.

Horas después, veo junto a su cama al capellán Gauthier. Todos los días suele recorrer la sala de hospitalización al caer la tarde. Dice palabras dulzonas a los heridos y da la extremaunción a los moribundos. Es un hombre delgado, nervudo y recio, y siempre se muestra muy desagradable conmigo. Supongo que las enfermeras —con las que durante las conversaciones en la cantina he compartido mi firme convicción de que la única religión es la ciencia— le han puesto al corriente. Los Mangin nunca nos hemos llevado bien con la Iglesia. La única creyente era mi abuela paterna, Maman Florence. Y hasta ella rompió con el clero: un domingo de 1901, en pleno periodo de separación de Iglesia y Estado, el cura lanzó un agresivo sermón reprochando a sus parroquianos que permitieran que sus hijos y nietos vivieran en el ateísmo. Y lo hizo mirando directamente a mi abuela, sabiendo que ese era su caso. Maman Florence nunca más puso los pies en la iglesia del pueblo. Sin embargo, permaneció fiel a sus creencias religiosas. A la hora de la misa se ponía sus ropas de domingo, se aislaba en su habitación y leía su misal escuchando los cambios de sonido de las campanas de la pequeña iglesia de Véry, siguiendo así las diferentes fases del oficio religioso. Y nunca jamás dijo, ni a su único hijo ni a sus nietos, lo que debíamos creer o no creer.

La alargada sombra negra de Gauthier se deja caer sobre la silla junto a Lavergne, el cual, con su único ojo, lo mira con aprensión.

—Bien, hijo mío, ¿hay algo que quiera decirme?

—No, señor capellán.

—¿No quiere acercarse a Dios? ¿No tiene ningún pecado del que arrepentirse?

Lavergne se queda en silencio. Aparta la mirada. Aprieta los dientes.

—¿Qué Dios? —suelta de repente—. ¿El que permite que se lleve a cabo esta carnicería de hombres? ¿El que autoriza semejante exterminio de cuerpos y espíritus? —La voz le tiembla por la ira.

—Sus designios son inescrutables, hijo mío. Él observa desde el cielo y...

—¿El cielo? —le interrumpe Lavergne—. En el cielo no hay más que obuses. La guerra ha matado también a Dios.

El capellán no replica. Se levanta, aparta la silla y se va caminando hacia la salida.

«Qué razón tienes, Lavergne. Qué razón tienes».

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4

Me despiertan unos golpes en la puerta. Apenas he abierto los ojos cuando la enfermera jefe Chevrier entra en la habitación que compartimos. Dun, que se había puesto en alerta al oír los golpes, la reconoce y salta de la cama con ganas de jugar con ella. He tenido la suerte de que a Chevrier le encanten los perros y que lleve tan bien el hecho de tener que compartir habitación con uno. Además, siempre que puede suele acompañarme a la explanada trasera para jugar con Dun; hacemos un pequeño bulto con algunos trozos de tela vieja anudados que le lanzamos todo lo lejos que podemos para que lo traiga de vuelta. Dun es una perra muy activa; todos los días necesita algo de ejercicio físico, sobre todo cuando me paso jornadas enteras en el quirófano y ella se queda inmóvil horas y horas esperándome en la entrada del barracón.

—Doctora Mangin, ¡despierte! —me dice Chevrier a la vez que descorre la cortina que tapa el pequeño ventanuco.

Me incorporo cubriéndome los ojos con la mano; no hace mucho que me acosté después de hacer el turno de noche.

—¡Hay un soldado que pregunta por usted! —exclama con agitación—. ¡Dice llamarse Mangin y ser su hermano!

Aparto inmediatamente la manta y comienzo a ponerme la falda. «¿Mi hermano? Tiene que ser Emile», pienso.

—¿Dónde está? ¿Está herido? —le pregunto.

—Está en el área de recepción, acaban de llegar dos ambulancias repletas de heridos. El doctor Gadaud les está haciendo un primer reconocimiento —contesta tranquilizando a Dun con palmadas en el costado.

Intento mantener la calma mientras me pongo las botas, aunque me tiemblan los dedos al atarme los cordones.

Las tres salimos del barracón y prácticamente corremos hasta la zona de recepción de heridos. Dun, como siempre, se queda a la espera junto a la puerta de entrada.

Al internarme en la sala me encuentro con un grupo de unos diez hombres depositados en el suelo. Chevrier me tira de la manga y me guía hasta una de las camillas, donde hay un soldado cubierto de barro. Lo reconozco en cuanto me mira.

—¡Emile! —Corro a arrodillarme junto a él. Se incorpora apoyando el codo y me agacho para abrazarlo—. ¿Cómo estás? ¿Dónde te han herido? —le pregunto mientras ya estoy mirando su cuerpo intentando localizar si tiene alguna amputación o herida grave.

—No sé qué me pasa en los pies —me contesta—. Llevo varios días con hormigueo en los dedos y, tras pasar la noche de guardia en una de las trincheras, esta mañana no los sentía, casi no podía andar, y fui a que me viese el médico del puesto de socorro. En cuanto le he dicho lo que me pasaba, ha pedido que me trasladasen aquí —me habla con preocupación, temblando de frío.

—Vale, tranquilo, enseguida te miramos. —Lo obligo a que se vuelva a tumbar y lo tapo bien con la manta. Le rodeo el rostro con las manos—. Lo primero que vamos a hacer es limpiarte, ¡estás hecho una porquería! —le digo en voz baja, sonriéndole.

Él asiente levemente y me devuelve la sonrisa. Hago un gesto urgente a dos camilleros para que lo levanten y lo lleven a la sala de limpieza. Lo pasamos de la camilla a la mesa y con la ayuda de Chevrier le quito la ropa. Fuera el abrigo, la chaqueta, la camisa. Corto los pantalones para retirárselos antes que las botas. Quiero dejar las botas para lo último, porque intuyo cuál es su lesión y sé que el proceso de retirárselas he de hacerlo con sumo cuidado. La enfermera Chevrier acerca una palangana con agua caliente y sumerge varios trapos para empaparlos. Cojo uno de los trapos y le limpio con cuidado el rostro. Las suaves facciones de mi hermano resurgen del barro. Vuelvo a sonreírle. Tiene toda la piel del cuerpo erizada por el frío y aún tiembla. Está muy delgado. Chevrier le pasa los trapos calientes por el cuerpo y los brazos, retirando con cuidado las capas de suciedad y barro.

—Enseguida entrarás en calor —le digo casi susurrando y señalando con la cabeza la estufa de carbón que tenemos en una esquina de la sala—. Habréis pasado un frío horrible en las trincheras..., ¿no? —le pregunto mientras me sitúo junto a sus pies.

Quiero que hable, que se distraiga, que no preste atención a lo que voy a hacer. No le quiero hacer daño. Es mi hermano, su sufrimiento lo siento como el mío propio.

—Un frío horroroso, Nicolette. —Sonrío al escuchar en la voz de mi hermano el nombre por el que me llama desde que éramos pequeños; es también como me llamaba el bisabuelo Nicolás—. ¿Sabes algo de Maurice? —me pregunta con voz pausada.

Se le nota cansado, débil. Le quito los cordones del todo, y, separando lo máximo posible las piezas de cuero, tiro con cuidado de una de las botas hasta extraerla. Debajo tiene un calcetín gris, ya casi negro de la suciedad y el barro. El pie desprende un hedor agrio que no me gusta nada. No quiero que él lo note.

—Su última carta la recibí hace unos meses, en Navidad. Estaba cerca de Amiens —respondo intentando desviar su atención de la pierna, mientras le retiro con cuidado uno de los calcetines.

El tobillo está rojo y algo hinchado, se aprecia un edema. En el empeine tiene varias vesículas rellenas de un líquido viscoso y oscuro.

—¿Sigue de piloto de salchicha? —me pregunta.

Hace el amago de incorporarse para mirarse el pie, pero Chevrier está atenta y lo mantiene tumbado empujándolo suavemente mientras le frota el pecho con el trapo húmedo.

—Sí —me río—, pero ya sabes que nuestro hermano prefiere que le llamemos Oficial de Globo Aerostático de Observación —digo dándole una entonación pomposa.

Emile también se ríe al escucharme. Le saco el calcetín del todo. Tiene tres dedos ennegrecidos, el pequeño y sus adyacentes, y más feas vesículas en el dedo gordo y en la planta.

—Con lo que le gustaba pertenecer a caballería... y desfilar con su armadura de pecho cromada y brillante y su casco con penacho...

—En esta guerra ya de poco sirve luchar desde lo alto de un caballo —afirmo mientras le extraigo el otro calcetín.

Este pie está algo mejor, pero también tiene vesículas y dos dedos ennegrecidos. La negritud es sin duda necrosis que afecta a la piel, aunque puede que tenga también afectado el tejido muscular y óseo. La enfermera jefe Chevrier lo ve y nos miramos. Un segundo después asiente. Deja los trapos y me acerca la mesita con los paños, las gasas y las vendas. Después sale de la sala, para comprobar si hay una mesa libre en el quirófano. No hace falta que le ordene nada, Chevrier sabe perfectamente lo que hay que hacer en estos casos. Lamentablemente son ya muchos los hombres que nos han llegado con los pies en un estado similar. Tantos, que hemos empezado a llamarlo «pie de trinchera». La lesión se debe a la exposición prolongada al frío húmedo —pies sumergidos durante horas en nieve o agua fría— que produce edemas, vesículas, necrosis, y, en casos muy graves, gangrenas húmedas. Me duele ver que mi hermano es otra más de sus víctimas.

Antes de que Emile vuelva a incorporarse y los vea, le tapo los pies con un paño limpio y seco. Me levanto y me pongo junto a él. No quiero que sufra.

—Ahora que estás limpio, ¿puede tu hermanita darte un beso? —le pregunto. Sonríe. Vuelvo a abrazarlo y le doy un largo y cálido beso en la mejilla—. No te preocupes por nada, Emile —le digo acariciándole la cara—. Durante unas semanas voy a cuidar de ti. Nada de trincheras ni de empaparte bajo la lluvia. Vas a quedarte aquí, sin pasar frío y durmiendo todo el tiempo que quieras.

Le sonrío, le sigo acariciando el rostro, mis ojos se empañan, pero me esfuerzo por mantenerme íntegra, intento que no me desborde el sentimiento de cariño.

—¿Te acuerdas, Nicolette, cómo siempre me costaba mucho dormir? —me pregunta con voz pastosa, triste.

—Oh, sí, desde luego —le respondo con una voz animada y cantarina que se resiste a aparecer—. ¡Y siempre molestándonos a los demás hasta las tantas!

—Pues ahora puedo dormirme hasta de pie.

—¡No me lo puedo creer! Pero si siempre te has despertado al mínimo ruido —bromeo.

—Ha habido veces que, de tan cansado que estaba, he dado alguna cabezada mientras caían obuses cerca.

Ambos reímos.

—Emile —le digo con tono más serio. Él se da cuenta y la sonrisa se le borra del rostro. Yo me esfuerzo de nuevo por no dejarme llevar por la emoción—. El frío y la humedad te han provocado varias vesículas que son unas ampollas que tenemos que vaciar y limpiar, y... tienes varios dedos con severos signos de congelación, Emile. Quizá haya que amputártelos. Te vamos a pasar al quirófano y allí veremos.

Me callo esperando su reacción. Lo miro de frente, firme. No quiero que tenga miedo. Quiero que sepa que estoy aquí para curarlo, para cuidarlo. Que voy a estar a su lado. Pero soy consciente del grave pronóstico. Poso mi mano sobre su hombro. Necesito tocarlo, sentirlo cerca, consolarlo.

—Vaya. No pensaba que los tenía tan mal. ¡Si ni siquiera me duelen! —exclama.

—La insensibilidad es otro de los síntomas, Emile —añado pasándole los dedos por la frente, apartándole su siempre indómito flequillo—. Pero no te preocupes. Podría haber sido mucho peor. ¡Y te voy a tener aquí conmigo por lo menos seis semanas mientras te recuperas! —Quiero parecer optimista para que él no se preocupe.

Pero mi ánimo está hecho añicos. En pocos minutos pasaremos al quirófano y estará en mis manos la responsabilidad de que mi propio hermano quede lisiado de por vida. He de ser fuerte, he de ser firme, que no me tiemble el pulso. No es un soldado más. Es mi hermano Emile.