Filiaciones

CLAN DEL TRUENO
Líder
ESTRELLA DE FUEGO: gato de un intenso color rojizo.
Lugarteniente
ZARZOSO: gato atigrado marrón oscuro de ojos ámbar.
Curandera
HOJARASCA ACUÁTICA: gata atigrada de color marrón claro y ojos ámbar.
GLAYO: gato atigrado de color gris.
Guerreros
(gatos y gatas sin crías)
esquiruela: gata de color rojizo oscuro y ojos verdes.
Aprendiz: RAPOSINO
MANTO POLVOROSO: gato atigrado marrón oscuro.
TORMENTA DE ARENA: gata de color melado claro y ojos verdes.
NIMBO BLANCO: gato blanco de pelo largo y ojos azules.
FRONDE DORADO: gato atigrado marrón dorado.
ACEDERA: gata parda y blanca de ojos ámbar.
ESPINARDO: gato atigrado marrón dorado.
CENTELLA: gata blanca con manchas canela.
ZANCUDO: gato negro de largas patas, con la barriga marrón y los ojos ámbar.
CANDEAL: gata blanca de ojos verdes.
Aprendiza: ALBINA
BETULÓN: gato atigrado marrón claro.
LÁTIGO GRIS: gato gris de pelo largo.
BAYO: gato de color tostado.
PINTA: pequeña gata gris y blanca.
RATONERO: gato gris y blanco.
LEONARDO: gato atigrado dorado de ojos ámbar.
CARRASCA: gata negra de ojos verdes.
CARBONERA: gata atigrada de color gris.
ROSELLA: gata parda.
MELADA: gata atigrada de color marrón claro.
Aprendices
(de más de seis lunas de edad, se entrenan para convertirse en guerreros)
RAPOSINO: gato atigrado rojizo.
ALBINA: gata blanca.
Reinas
(gatas embarazadas o al cuidado de crías pequeñas)
FRONDA: gata gris claro con motas más oscuras, de ojos verde claro.
DALIA: gata de pelo largo y color tostado, procedente del cercado de los caballos, madre de dos cachorros, hijos de Zancudo: Rosina (gatita de color tostado oscuro) y Tordillo (gatito blanco y negro).
MILI: gata atigrada de color gris y ojos azules, antigua minina doméstica, madre de tres cachorros, hijos de Látigo Gris: Gabardilla (gatita marrón oscuro), Pequeño Abejorro (gatito gris claro con rayas negras) y Floreta (gatita tricolor con manchas blancas en forma de pétalos).
Veteranos
(antiguos guerreros y reinas, ya retirados)
RABO LARGO: gato atigrado, de color claro con rayas muy oscuras, retirado anticipadamente por problemas de vista.
MUSARAÑA: pequeña gata marrón oscuro.

CLAN DE LA SOMBRA
Líder
ESTRELLA NEGRA: gran gato blanco con enormes patas negras como el azabache.
Lugarteniente
BERMEJA: gata de color rojizo oscuro.
Curandero
CIRRO: gato atigrado muy pequeño.
Aprendiz: roso (gato rojizo)
Guerreros
ROBLEDO: pequeño gato marrón.
Aprendiz: ZARPA DE TIGRE (gato atigrado marrón oscuro)
SERBAL: gato rojizo.
CHAMUSCADO: gato negro.
Aprendiz: RAPACERO (gato atigrado marrón claro)
YEDRA: gata blanca, negra y parda.
Aprendiza: CANELITA (gata de color marrón claro)
SAPERO: gato marrón oscuro.
GRAJO: gato negro y blanco.
Aprendiza: OLIVINA (gata parda)
PELOSA: gata atigrada de pelo largo que le apunta en todas direcciones.
LOMO RAJADO: gato marrón con una larga cicatriz en el lomo.
Aprendiza: TOPINA (gata gris de zarpas negras)
CRÓTALO: gato marrón oscuro de cola rayada.
Aprendiz: CARBONCILLO (gato gris oscuro)
ESPUMOSA: gata blanca de pelo largo, ciega de un ojo.
Aprendiz: RUANO (gato moteado de color marrón y rojizo)
Reinas
AGUZANIEVES: gata de un blanco inmaculado.
TRIGUEÑA: gata parda de ojos verdes.
Veteranos
CEDRO: gato gris oscuro.
AMAPOLA: gata atigrada marrón claro de patas muy largas.

CLAN DEL VIENTO
Líder
ESTRELLA DE BIGOTES: gato atigrado de color marrón.
Lugarteniente
PERLADA: gata gris.
Curandero
CASCARÓN: gato marrón de cola corta.
Aprendiz: AZORÍN (gato gris moteado)
Guerreros
OREJA PARTIDA: gato atigrado.
CORVINO PLUMOSO: gato gris oscuro.
CÁRABO: gato atigrado de color marrón claro.
COLA BLANCA: pequeña gata blanca.
NUBE NEGRA: gata negra.
GENISTA: gata de color blanco y gris muy claro, de ojos azules.
TURÓN: gato rojizo de patas blancas.
LEBRÓN: gato marrón y blanco.
HOJOSO: gato atigrado oscuro de ojos ámbar.
Aprendiza: CARDERA (gata blanca de pelo largo)
MANCHADA: gata atigrada gris moteada.
Aprendiza: CAÑERA (gata atigrada de color marrón claro)
SALCE: gata gris.
Aprendiza: FOSQUINA (gata de color gris oscuro)
HORMIGUERO: gato marrón con una oreja negra.
RESCOLDO: gato gris con dos patas oscuras.
Aprendiza: ZARPA SOLEADA (gata parda con una gran mancha blanca en la frente)
COLA BRECINA: gata atigrada de color marrón claro y ojos azules.
VENTOLERO: gato negro de ojos ámbar.
Veteranos
FLOR MATINAL: reina de color carey muy anciana.
MANTO TRENZADO: gato atigrado gris oscuro.

CLAN DEL RÍO
Líder
ESTRELLA LEOPARDINA: gata atigrada con insólitas manchas doradas.
Lugarteniente
VAHARINA: gata gris oscuro de ojos azules.
Curandera
ALA DE MARIPOSA: gata atigrada dorada de ojos ámbar.
Aprendiza: BLIMA (gata atigrada de color gris)
Guerreros
PRIETO: gato negro grisáceo.
MUSGAÑO: pequeño gato atigrado de color marrón.
Aprendiza: PALOMINA (gata de color gris oscuro)
JUNCAL: gato negro.
MUSGOSA: gata parda de ojos azules.
Aprendiz: GUIJOSO (gato gris moteado)
FABUCÓN: gato marrón claro.
TORRENTERO: gato atigrado de color gris oscuro.
Aprendiz: MALVINO (gato atigrado marrón claro)
BOIRA: gata atigrada gris claro.
FLOR ALBINA: gata gris muy claro.
ROANA: gata gris moteada.
SALTÓN: gato blanco y canela.
AJENJO: gato atigrado de color gris claro.
Aprendiz: ORTIGO (gato atigrado marrón oscuro)
NUTRIA: gata marrón oscuro.
Aprendiz: SOPLO (gato blanco y gris)
PINOCHA: gata atigrada de pelo muy corto.
Aprendiz: PARDALIN (gato pardo y blanco)
CHUBASCO: gato moteado de color gris azulado.
VESPERTINA: gata atigrada marrón.
Aprendiza: COBRIZA (gata de color rojizo oscuro)
Reinas
NÍVEA: gata blanca de ojos azules, madre de Bichín, Pinchito, Petalina y Matojillo.
Veteranos
GOLONDRINA: gata atigrada oscura.
PIZARRO: gato gris.
GATOS DESVINCULADOS DE LOS CLANES
SOLO: gato de pelaje largo y multicolor, con ojos de color amarillo claro.
HUMAZO: musculoso gato de color blanco y gris que vive en un granero junto al cercado de los caballos.
PELUSA: pequeña gata blanca y gris que vive en el cercado de los caballos.
PUMA: gato viejo, rechoncho y solitario de hocico gris.
AUDAZ: gata atigrada de color marrón oscuro.
SOLDADO: corpulento gato gris.
MANCHITAS: gata marrón moteada, madre de cuatro cachorros.
FREDO: gato blanco y negro con una oreja desgarrada.
COMINO: gato flacucho de color marrón y hocico gris.
CARBÓN: gato negro de pelo largo.
MONA: gata blanca y canela.
CHINO: gato atigrado de color gris claro.
OTROS ANIMALES
MEDIANOCHE: tejona observadora de las estrellas que vive junto al mar.



Prólogo
La luz de la luna bañaba la hondonada rocosa con tanta intensidad que parecía que fuera de día; sin embargo, debajo de los arbustos y en los rincones del despeñadero, las sombras oscuras daban la impresión de alargarse como garras. Hojarasca Acuática estaba inclinada sobre el cuerpo inerte de Cenizo. La luz pálida de la luna volvía plateado el pelaje gris del guerrero muerto, mientras la curandera se lo limpiaba para el entierro. A su lado, Glayo la ayudaba alisándole el pelo de la cola a Cenizo y ahuecándoselo a medida que se iba secando.
Hojarasca Acuática levantó la cabeza para observar el resplandor gélido que proyectaban en el cielo los espíritus de sus antepasados.
— Que el Clan Estelar alumbre tu camino, Cenizo — dijo, y luego bajó la voz, que se propagó tenuemente por el aire frío, para repetir las palabras que empleaban los curanderos, desde hacía más estaciones de las que ningún gato podía contar, cada vez que moría un compañero de clan— : Que encuentres buena caza, corrientes de agua y cobijo donde dormir.
Esas palabras, que deberían haberla reconfortado con la promesa de una vida larga y feliz para el guerrero caído, se le clavaron como espinas afiladas. Su mente regresó al instante en que había descubierto las claras marcas de unos colmillos en el cuello de Cenizo. Demasiado pequeñas para ser de perro, demasiado limpias para ser de zorro y demasiado afiladas para ser de tejón. Solo podían ser de gato. Pero ¿de cuál? ¿Quién detestaba tanto a Cenizo como para matarlo a sangre fría, sin dejar la más mínima señal de pelea? ¿Habría sido un simple enfrentamiento a causa de las fronteras o de una presa robada? «¿Puede que haya sido un miembro del Clan del Viento, o un gato descarriado que estaba de paso? ¡Por favor, Clan Estelar, que sea esto último!»
La idea de que pudiera haberlo matado un gato del Clan del Trueno la heló hasta los huesos. Cenizo no tenía pelos en la lengua y era obstinado, sí, pero también un guerrero leal y respetado. Seguro que ninguno de sus compañeros de clan tenía razones para querer verlo muerto, ¿o sí?
Hojarasca Acuática se inclinó de nuevo sobre el cadáver y comenzó a limpiarle la tierra y las piedrecitas de las almohadillas. De repente, algo suave y ligero tembló contra su hocico. Cuando se apartó, la curandera vio un mechón de pelo entre las garras de Cenizo.
«¡No! ¡No puede ser! ¡Conozco ese olor!», pensó, tras acercarse de nuevo para olfatear el mechón.
Desesperada, intentó convencerse de que el pelo pertenecía a uno de los gatos que había cargado con Cenizo desde el lugar en el que lo habían encontrado, flotando en el arroyo de la frontera con el Clan del Viento. Sin embargo, ese olor a agua de río era demasiado fuerte para proceder de un gato con el pelaje seco. Además, ahora las zarpas de Cenizo estaban inertes, y las uñas, envainadas; si hubiera rozado a otro gato, no habrían podido arrancarle ni un solo pelo.
El mechón sólo podía pertenecer al asesino del guerrero.
Sin aliento y agitada, Hojarasca Acuática lo retiró con delicadeza y se lo llevó a su guarida. Una vez allí, obligó a sus temblorosas garras a dejarlo en una hoja, que dobló en un paquetito prieto. Luego lo guardó en el fondo del almacén, en la roca, justo en la parte más profunda de la grieta, detrás del último fardo de hierbas. La verdad sobre la muerte de Cenizo no debía salir a la luz, jamás.
Con más dolor del que nunca había imaginado que podría sentir sin morirse, se preguntó: «¿Todo esto ha sido culpa mía?»
Fauces Amarillas saltó sobre Estrella Azul, derribándola e inmovilizándola contra la hierba frondosa del bosque por el que paseaba el Clan Estelar.
— ¡Todo esto es culpa tuya! — bufó— . Nada habría pasado si no hubieses permitido que ese maldito secreto se enquistara en el Clan del Trueno.
Estrella Azul golpeó la barriga de Fauces Amarillas con las patas traseras, pero no pudo librarse de la antigua curandera.
— ¿A ti qué te pasa? — le espetó— . No olvides que fui la líder de tu clan.
Todo el respeto que Fauces Amarillas había sentido una vez por la antigua líder del Clan del Trueno se había esfumado. Todo lo que habían vivido juntas se desintegró frente al espantoso futuro que preveía para el clan al que había pertenecido.
— Tu secreto ha causado lo mismo que un gusano cuando se abre paso en una manzana — gruñó Fauces Amarillas, con los colmillos cerca de la oreja de Estrella Azul— . Ahora el Clan del Trueno tiene el corazón podrido... y se derramará más sangre antes de que la verdad salga a la luz.
— Eso no puedes saberlo — protestó Estrella Azul, debatiéndose por zafarse de su oponente.
— ¡Incluso un conejo ciego podría verlo! La verdad saldrá a la luz. Medianoche se lo contó todo a Solo. Y ambas sabemos que Solo regresará al Clan del Trueno.
Haciendo acopio de todos sus reflejos de guerrera experimentada, Estrella Azul le dio un cabezazo a Fauces Amarillas en el pecho y logró apartarse deslizándose a un lado. De repente, la antigua curandera se rindió, dio un salto y se sacudió el alborotado pelaje gris.
Estrella Azul se puso en pie resollando.
— ¿De qué sirve pelear? — preguntó con voz ronca cuando recuperó el aliento— . El daño ya está hecho... Y da igual lo que digas, esto no es culpa mía.
Fauces Amarillas gruñó.
— Todavía no puedo creer que Medianoche nos haya traicionado — continuó la antigua líder— . Confiaba en que cuidaría de los clanes.
— Medianoche no nos ha traicionado — replicó Fauces Amarillas con el pelo erizado— . La traición empezó con las primeras mentiras, con el secreto que te has estado guardando todas estas lunas. ¡El Clan del Trueno ha vivido en una mentira! Si esos tres gatos son tan poderosos como dice la profecía, habrían sido capaces de hacer frente a la verdad. A menos que creas que nos equivocamos con ellos desde el principio.
— ¡Ni hablar! ¿Quiénes si no iban a ser los tres elegidos? ¡No era mi intención mentir! — añadió Estrella Azul, casi lamentándose— . Pero ¿cuándo querías que se lo contara? Han sido felices. Esquiruela y Zarzoso son buenos padres. ¿De qué habría servido contarles lo que sucedió en realidad?
— Pronto lo averiguaremos — gruñó Fauces Amarillas— . Los secretos no pueden permanecer enterrados eternamente.
Luego sacudió la cola y empezó a alejarse, pero, de repente, se detuvo para mirar por encima del hombro.
— Y cuando esos tres gatos no sean lo bastante fuertes para enfrentarse a la verdad — añadió— , entonces tú, Estrella Azul, habrás destruido al clan al que tanto amas...

1
Los helechos muertos crujían bajo las patas de Leonado a medida que éste recorría el bosque. Por encima de los árboles sin hojas, el cielo estaba oscuro y vacío. De repente, el terror le erizó el pelo del cuello, y el joven guerrero se estremeció desde las orejas hasta la punta de la cola.
«Este lugar jamás ha conocido la luz del Clan Estelar», se dijo.
Siguió adelante, bordeando matas de helechos y olfateando debajo de los arbustos, pero no encontró el menor rastro de otros gatos. «Ya estoy harto», pensó, mientras se tiraba de la cola para liberarla de una zarza rastrera. Sintió pánico al mirar hacia la oscuridad que se extendía entre los árboles, y se preguntó: «¿Y si no encuentro la forma de salir de aquí?»
— ¿Me buscabas?
Leonado se volvió en redondo, sobresaltado.
— ¡Estrella de Tigre!
El enorme guerrero había aparecido por detrás de un zarzal. Su pelaje atigrado resplandecía con una luz extraña que a Leonado le recordó el resplandor repulsivo de los hongos de los árboles muertos.
— Te has saltado muchas sesiones de entrenamiento — maulló Estrella de Tigre, deteniéndose apenas a una cola de distancia del guerrero del Clan del Trueno— . Deberías haber vuelto antes.
— No, no debería haber vuelto antes — le espetó Leonado— . De hecho, no debería haber vuelto, y tú jamás deberías haberme entrenado. ¡Zarzoso no es mi padre! ¡Tú y yo no somos de la misma sangre!
Estrella de Tigre parpadeó una vez, pero no mostró la menor señal de sorpresa, ni siquiera le temblaron las orejas. Entornó los ojos ámbar hasta convertirlos en unas rendijas; parecía que estaba esperando a que Leonado dijera algo más.
— ¡Tú... tú lo sabías! — exclamó el joven.
Tuvo la sensación de que los árboles daban vueltas a su alrededor. «¡Esquiruela no es la única que guarda secretos!»
— Por supuesto que lo sabía. — Estrella de Tigre se encogió de hombros— . Pero eso no importa. Tú estabas más que dispuesto a aprender de mí, ¿no es cierto?
— Pero...
— La sangre no lo es todo — gruñó el atigrado, y frunció la boca, mostrando sus afilados colmillos, que destellaron— . Si no, pregúntaselo a Estrella de Fuego.
Invadido por la furia, Leonado sintió que se le empezaba a erizar el pelo del cuello.
— Estrella de Fuego es mucho mejor guerrero de lo que tú lo fuiste jamás.
— No olvides que él tampoco es de tu misma sangre — bufó Estrella de Tigre bajando la voz— . Es absurdo que lo defiendas ahora.
Leonado se quedó mirando al guerrero iluminado por el crepúsculo. «¿Sabe quién es mi verdadero padre?»
— Desde el primer momento supiste que no estaba emparentado con Estrella de Fuego — gruñó— . ¡Y dejaste que creyera esa mentira!
Estrella de Tigre sacudió una oreja.
— ¿Y qué?
Leonado sintió que la rabia y la frustración lo desbordaban. Dio un salto y se abalanzó sobre Estrella de Tigre para intentar derribarlo. Le golpeó la cabeza y los omoplatos con las uñas desenvainadas, y le arrancó unos mechones de pelo gruesos. Sin embargo, la nebulosa roja de la ira que le llenaba la cabeza lo volvió torpe, lo descentró. Sus golpes atinaban de casualidad, arañando a duras penas la piel de Estrella de Tigre.
El enorme atigrado se quedó quieto, se dejó caer a un lado y con una zarpa rodeó la pata de Leonado para hacerle perder el equilibrio. El joven guerrero aterrizó entre los helechos con una sacudida que le cortó la respiración. Un segundo más tarde notó que una zarpa gigantesca lo inmovilizaba contra el suelo.
— Te he enseñado cosas mejores, pequeño guerrero — se burló Estrella de Tigre— . Has perdido práctica.
Leonado se incorporó respirando hondo. Estrella de Tigre se apartó de un salto y se agazapó a un zorro de distancia, con los ojos ámbar en llamas.
— Te voy a demostrar yo quién ha perdido práctica... — resolló Leonado.
Se obligó a sofocar la rabia que sentía y a llenarse de determinación gélida; todos los movimientos de combate que había aprendido a lo largo de su vida estaban en la punta de sus zarpas, listos para ser ejecutados. Cuando Estrella de Tigre saltó hacia él, el joven se sentía preparado. Se lanzó hacia delante con la cabeza baja y se colocó debajo de la barriga de su rival. En cuanto Estrella de Tigre aterrizó, Leonado se volvió en redondo y le propinó un par de golpes en las ancas antes de ponerse fuera de su alcance.
Estrella de Tigre dio media vuelta para encararse a él.
— Mejor — maulló, todavía con tono burlón— . Eso significa que he sido un buen maestro.
Antes de que el joven guerrero pudiera responder, el atigrado corrió hacia él, se desvió en el último momento y le atizó un zarpazo al pasar por su lado. Leonado notó que sus garras le arañaban el costado y que empezaba a sangrar. Sintió una punzada de miedo. «¿Y si me mata aquí? ¿Moriré de verdad?»
Se concentró de nuevo. Como Estrella de Tigre se dirigía otra vez hacia él, se apartó a toda prisa. Trató de atacarlo, pero sus garras se deslizaron por su piel sin causarle daños.
— Demasiado lento — bufó Estrella de Tigre— . Vas a tener que trabajar más duro ahora que sabes que la profecía no se refiere a ti, sino a unos gatos que comparten sangre con Estrella de Fuego, ¿no?
Leonado sabía que Estrella de Tigre intentaba provocarlo para que se desconcentrara y no pudiera luchar. «¡No pienso escucharlo! ¡Lo único que necesito es ganar este combate!»
Saltó de nuevo contra Estrella de Tigre, retorciéndose en el aire, como le había enseñado durante sus largas visitas nocturnas, y aterrizó directamente sobre los grandes omoplatos del atigrado. Le clavó las garras y se estiró para hundirle los colmillos en el cuello.
Estrella de Tigre probó de nuevo la táctica de dejarse caer para tirar a Leonado al suelo con él, pero esta vez el joven guerrero estaba sobre aviso. Se zafó de su pesado cuerpo pateándole el estómago.
— ¡No vas a engañarme dos veces con el mismo truco! — bufó.
Estrella de Tigre se debatió para levantarse, pero le brotaba sangre de un corte en la barriga, así que volvió a derrumbarse y se quedó boca arriba. Leonado le plantó una zarpa en el pecho y otra en el cuello con las uñas desenvainadas.
El atigrado lo fulminó con la mirada. Durante un segundo, el miedo centelleó en sus llameantes ojos ámbar.
— ¿De verdad crees que puedes matarme? — gruñó— . Jamás lo harías.
— Lo sé. — Leonado envainó las uñas y retrocedió— . Tú ya estás muerto.
Dio media vuelta y se alejó, todavía con el pelo erizado y todos los sentidos alerta, por si Estrella de Tigre lo seguía y saltaba de nuevo sobre él. Pero el guerrero oscuro no emitió ni un sonido, y pronto quedó atrás entre los interminables árboles.
A Leonado le daba vueltas la cabeza. ¡Había vencido a Estrella de Tigre! «Quizá sí que tengo poder, después de todo... Pero ¿cómo puede ser, si no soy uno de los tres elegidos?»
Se detuvo, viendo apenas la maleza enmarañada y los árboles del bosque oscuro que lo rodeaban. «¿Quiero saber quiénes son mis verdaderos padres? — se preguntó— . ¿Importa siquiera?» Tal vez lo mejor fuera dejar que sus compañeros de clan lo aceptaran por quien creían que era, para así poder seguir esforzándose en mejorar sus habilidades de combate. «Ya soy el mejor luchador del Clan del Trueno. Sé que puedo ser un gran guerrero.»
— Cenizo ha muerto — dijo en voz alta— . Y Esquiruela no revelará su secreto a ningún otro gato. A sus compañeros de clan les dolería demasiado descubrir que los ha estado mintiendo durante tantísimo tiempo. ¿Por qué no dejar que todo siga igual?
Leonado se despertó con el sol dándole en la cara. La mayoría de los guerreros ya habían salido de la guarida. El joven sólo vio el pelaje blanco y gris de Ratonero, que había sido el encargado de montar guardia la noche anterior.
Las mandíbulas del guerrero se abrieron en un bostezo.
— Gracias al Clan Estelar que hoy no me tocaba salir con la patrulla del alba — masculló.
Cuando intentó ponerse en pie, todos sus músculos protestaron. Sintió el cuerpo dolorido de la cabeza a las patas. Y en un costado, la sangre le había apelmazado el pelaje dorado.
«¡Espero que nadie lo haya visto!», pensó, y empezó a limpiarse con lametazos veloces y rítmicos.
La pelea con Estrella de Tigre había sido un sueño, ¿no? Leonado no entendía por qué sentía tanto dolor y agotamiento si no había sucedido en realidad. Además, tenía un corte, como si un guerrero vivo le hubiera clavado las zarpas en el costado... Intentó no pensar en ello. «No importa — se dijo— , porque no pienso volver. Se acabó.»
Se sintió mejor después de asearse, porque el pelo ahuecado le ocultaba el corte. Cuando hubo terminado, oyó las voces de varios gatos justo fuera de la guarida, aunque no lo bastante cerca como para distinguir lo que decían. Picado por la curiosidad, se puso en pie, se desperezó gustosamente arqueando el lomo y se abrió paso entre las ramas para salir al claro.
Espinardo estaba a un par de zorros de distancia, con Zancudo sentado cerca y Nimbo Blanco paseándose de un lado a otro delante de ellos. Centella miraba a su pareja, Nimbo Blanco, con cierta inquietud, sentada al lado de Fronda, Fronde Dorado y Acedera. Melada y Bayo estaban tumbados no muy lejos, con los ojos clavados en Espinardo.
— ¡A Cenizo lo mató un gato del Clan del Viento! — gritó el guerrero marrón dorado— . Ésa es la única explicación posible.
Unos cuantos asintieron dándole la razón, aunque Leonado vio que otros intercambiaban miradas dubitativas.
— Estrella de Fuego dijo que creía que lo había hecho uno de nosotros — maulló Melada, que sonó nerviosa por contradecir a un guerrero experimentado.
— Los líderes de clan también se equivocan — contestó Nimbo Blanco— . Estrella de Fuego no siempre tiene razón.
— Yo estoy segura de que ninguno de nosotros sería capaz de matar a Cenizo — intervino Fronda con más calma— . ¿Por qué íbamos a querer hacer algo así? ¡Cenizo no tenía enemigos!
«¡Ojalá eso fuera cierto!», pensó Leonado.
Por mucho que intentara olvidarla, la noche del incendio y la tormenta se había grabado a fuego en la memoria del joven. Aún podía oír el rugido de las llamas en lo alto de la quebrada y verlas lamer ávidamente a su alrededor y al de sus hermanos mientras Cenizo les bloqueaba el paso en un extremo de la rama por la que debían escapar. La confesión que Esquiruela le hizo a Cenizo resonó de nuevo en sus oídos: Carrasca, Glayo y él no eran hijos suyos. Fue la única manera de salvarles la vida, fingir que le traía sin cuidado lo que les ocurriera. Sin embargo, con esa confesión le había entregado a Cenizo un arma más temible que cualquier rama en llamas. Leonado sabía que el guerrero gris contaría la verdad a todos los clanes en la última Asamblea; sólo la muerte podía cerrarle la boca para siempre y mantener a salvo el secreto.
— ¡Leonado! ¡Eh, Leonado! ¿Estás sordo?
Los pensamientos del joven regresaron a la hondonada, donde Zancudo lo señalaba con la cola.
— Tú has sido el último aprendiz de Cenizo — le dijo el guerrero negro cuando se unió al grupo de mala gana— . ¿Sabes si había discutido con algún gato?
— Sobre todo con alguno del Clan del Viento — añadió Espinardo, agitando los bigotes con elocuencia.
Leonado negó con la cabeza.
— Mmm... no — respondió, incómodo.
No podía mentir y decir que Cenizo había discutido con un miembro del Clan del Viento, aunque deseaba que fuese así hasta con el último pelo de su cuerpo. Permitir que sus compañeros creyesen semejante cosa podría provocar una guerra a muerte entre ambos clanes.
— La verdad es que no vi mucho a Cenizo antes de su muerte — añadió.
Para su alivio, nadie cuestionó sus palabras.
— Si Cenizo hubiese discutido con alguien del Clan del Trueno, lo sabríamos — insistió Fronde Dorado— . Aquí es imposible guardar un secreto.
«¡Si tú supieras...!», pensó Leonado.
— Fronde Dorado tiene razón — dijo Acedera, que le tocó la oreja a su pareja con el hocico— . Pero, aun así, tampoco podemos afirmar que un gato del Clan del Viento...
— Cenizo murió en la frontera del Clan del Viento — la interrumpió Zancudo— . ¿Qué más necesitas?
Acedera se volvió hacia él con el pelo del cuello erizado por el tono hiriente con el que acababa de hablarle.
— Alguna otra prueba aparte del lugar donde encontramos su cuerpo, antes de empezar a acusar a nadie.
Melada y Fronde Dorado coincidieron con un murmullo, pero Leonado se dio cuenta de que la mayoría estaban convencidos de que el gato responsable de la muerte de Cenizo pertenecía al Clan del Viento. Y por mucho que lo preocupara en qué iba a desembocar todo aquello, no pudo reprimir una sensación de alivio que lo hizo sentir culpable.
— ¿Es que vamos a dejar que el Clan del Viento se vaya de rositas? — quiso saber Espinardo, pegando las orejas a la cabeza y hundiendo las garras en la tierra.
— ¡No! — Bayo se levantó de un salto— . Tenemos que enseñarles que no pueden meterse con el Clan del Trueno.
A Leonado se le revolvió el estómago al ver que los guerreros se apiñaban alrededor de Espinardo. Se comportaban como si el guerrero marrón dorado fuese su líder y parecían dispuestos a seguirlo a la batalla para vengar el asesinato de su compañero de clan.
— Lo mejor sería que atacáramos por la noche — empezó Espinardo— . La luz de la luna será suficiente para ver por dónde vamos, y ellos no esperarán problemas.
— Pues van a ver cómo los tienen... — Zancudo sacudió la cola.
— Nos dirigiremos al campamento del Clan del Viento — prosiguió Espinardo— ; un grupo de asalto puede atacar desde aquí...
— ¿Qué? — gruñó una voz justo detrás de Leonado.
Sobresaltado, el joven guerrero miró por encima del hombro y vio a Zarzoso. Él, como todos los demás, estaba tan absorto escuchando el plan de Espinardo que no había oído acercarse al lugarteniente del clan.
— Vamos a atacar por sorpresa al Clan del Viento — explicó Espinardo, tensando los músculos, como si pensara salir del campamento en ese mismo instante— . Uno de sus miembros mató a Cenizo, y...
— Nadie va a atacar al Clan del Viento — lo interrumpió Zarzoso con un destello de furia en sus ojos ámbar— . No tenemos pruebas de que un gato del clan vecino haya matado a Cenizo.
Leonado miró al guerrero al que siempre había considerado su padre. «¿Sabe la verdad?», se preguntó, recordando todas las veces que Zarzoso había jugado con él y con sus hermanos a pelear cuando eran cachorros, y todas las veces que los había ayudado o aconsejado ya de mayores. Esquiruela le había dicho a Cenizo que Zarzoso no sabía la verdad, pero Leonado no tenía motivos para fiarse de ella. «Si lo sabe, entonces miente muy bien. Tanto como Esquiruela.»
El lugarteniente no esperó respuesta. Se dirigió hacia las rocas desprendidas por las que se trepaba a la Cornisa Alta, pero se detuvo tras dar unos pasos para volverse hacia Leonado y pedirle que se acercara.
— ¿Te encuentras bien? — la voz del atigrado rebosaba comprensión— . Después de todo, Cenizo era tu mentor.
«Pero no estábamos unidos.» Leonado no quiso pronunciar esas palabras en voz alta, pero siempre había sabido que entre Cenizo y él había algo extraño; no habían conseguido crear el auténtico vínculo que se suele forjar entre mentor y aprendiz. ¿Acaso Cenizo lo detestaba tanto como a Esquiruela? Qué forma de desperdiciar odio: él ni siquiera era hijo de la guerrera de color rojizo.
— Estoy bien — masculló.
Zarzoso le apoyó la cola en el omoplato.
— Pues no me lo parece — maulló— . ¿Hay algo que quieras contarme? Ya sabes que siempre puedes venir a hablar conmigo.
Durante un par de segundos, a Leonado se le paró el corazón. «¿Acaso Zarzoso sospecha que yo maté a Cenizo?»
— Es duro perder a un gato al que estabas unido — continuó el lugarteniente— . Pero, como ya te he prometido, su muerte no quedará impune.
Desenvainó sus largas y curvadas uñas, y las hundió en el suelo de la hondonada. Leonado se estremeció, imaginándolas clavadas en la garganta del culpable...
— Cuando encuentre al gato que lo hizo — gruñó quedamente— , lamentará haberle arrebatado la vida a un guerrero de mi clan.
A continuación, el lugarteniente se volvió para dirigirse a la Cornisa Alta, pero, antes de llegar al pie de la pared rocosa, Estrella de Fuego salió de su guarida. Se detuvo un momento para mirar el claro; el pálido sol de la estación sin hojas convirtió su pelaje en llamas. Luego bajó ágilmente por los peñascos para reunirse con Zarzoso y Leonado, pero primero saludó con la cabeza al grupo de gatos que rodeaban a Espinardo.
— ¿Qué ocurre? — preguntó.
— Algunos quieren atacar al Clan del Viento — le informó Zarzoso— . No sabía que en el Clan del Trueno hubiera tantos cerebros de ratón.
Estrella de Fuego agitó las orejas.
— Es difícil aceptar la muerte de un guerrero — maulló en voz alta— . Pero éste no es momento de atacar. En lugar de eso, encabezaré una patrulla para ir a hablar con Estrella de Bigotes, a ver si él sabe algo.
— ¡Claro que sabe algo!
Zancudo se había vuelto hacia ellos, erizando el pelo del cuello con agresividad.
— Deberíamos atacar ahora, antes de que perdamos más guerreros — dijo Espinardo.
Estrella de Fuego negó con la cabeza.
— No tiene sentido provocar problemas innecesarios — maulló.
— Sí que lo tiene — respondió Espinardo, avanzando hasta quedarse frente al líder— . ¡Ha muerto un guerrero!
Los gatos que lo rodeaban lanzaron aullidos de aprobación.
— ¡Debemos vengar a Cenizo!
— ¡Era un buen guerrero!
— ¡Todo el clan lo respetaba! ¡Ningún miembro del Clan del Trueno era capaz de matarlo!
Leonado no pudo unirse a ellos, ya le resultaba bastante duro ocultar el miedo y la angustia a sus compañeros de clan. Ellos recordaban a Cenizo como un guerrero valiente y leal. No conocían al gato que estaba dispuesto a destruir a su clan para vengarse de Esquiruela por haber elegido a Zarzoso en vez de a él.
Estrella de Fuego levantó una pata para pedir silencio, pero seguía esperando a que los alaridos cesaran cuando un grupo de gatos entró en el campamento por el túnel de espinos. Se trataba de la patrulla de caza liderada por Tormenta de Arena. Manto Polvoroso, Esquiruela y Carrasca aparecieron tras ella, y fueron a dejar las presas al montón de la carne fresca antes de acercarse a los gatos que rodeaban a Estrella de Fuego.
— ¿Qué está pasando? — quiso saber Carrasca cuando llegó junto a Leonado.
El joven guerrero observó a Esquiruela, que escuchaba con expresión de sufrimiento cómo sus compañeros de clan alababan a Cenizo. Leonado sabía que estaba pensando lo mismo que él: que el guerrero gris había sabido esconder muy bien su lado oscuro al resto del clan. «¿Qué sabe Esquiruela de la muerte de Cenizo?», se preguntó el joven guerrero, evitando cruzar la mirada con ella.
— Leonado, ¿qué está pasando? — insistió Carrasca con un tono más cortante y clavándole una zarpa en el costado.
Él la miró. En los ojos verdes de su hermana percibió angustia, como si no hubiese dormido en toda una luna. «Seguro que se siente igual que yo», pensó.
— Espinardo y otros gatos quieren atacar al Clan del Viento por la muerte de Cenizo — le explicó.
A Carrasca casi se le salieron los ojos de las órbitas.
— ¿De verdad creen que fue un gato del Clan del Viento? — preguntó sorprendida.
— Algunos sí. Pero Estrella de Fuego...
Leonado se interrumpió cuando el líder corrió de nuevo hacia las rocas desprendidas y saltó sobre un peñasco.
— ¡Que todos los gatos lo bastante mayores para cazar sus propias presas vengan aquí, bajo la Cornisa Alta, para una reunión de clan! — aulló.
Los que ya estaban en el claro siguieron sus instrucciones y se acomodaron al pie del peñasco. Leonado vio que algunos seguían hablando entre ellos, pero en voz baja.
Raposino y Albina salieron de la guarida de los veteranos, situada debajo de la madreselva que se enredaba en un avellano, empujando una bola enorme de musgo usado. Musaraña y Rabo Largo los siguieron y se acomodaron en una zona soleada. Ratonero apareció procedente de la guarida de los guerreros bostezando y sacudiéndose trocitos de musgo del pelo.
Látigo Gris y Mili salieron de la maternidad, con sus cachorros tropezando entre las patas. Betulón y Candeal los siguieron más despacio; el embarazo de la gata blanca estaba muy avanzado, y Betulón no se separaba de ella. Dalia fue la última en llegar y se sentó en la entrada de la maternidad, lavándose el pecho minuciosamente, mientras Rosina y Tordillo rodaban a su alrededor jugando a pelearse.
Hojarasca Acuática y Glayo se quedaron justo delante de la cortina de zarzas que cubría la entrada de la guarida de la curandera, lejos del resto. Leonado intentó captar la atención de su hermano, pero éste se negó a corresponderle, y en su lugar miraba resueltamente a Estrella de Fuego.
— Sé que todos os estáis preguntando qué hacer respecto a la muerte de Cenizo — empezó el líder— . Os prometo que el gato que lo ha matado recibirá su castigo. Pero no tenemos pruebas de que haya sido el Clan del Viento.
— Para mí hay pruebas suficientes — rezongó Zancudo.
Estrella de Fuego pasó por alto la interrupción.
— Encabezaré una patrulla para ir a hablar con Estrella de Bigotes. No para acusarlo ni para atacar a su clan. Cenizo murió en la frontera del Clan del Viento, y es posible que algún guerrero de Estrella de Bigotes viera algo.
Se oyeron murmullos de disconformidad entre algunos gatos. Espinardo sacaba y escondía las garras sin parar, pero no dijo nada.
— Zarzoso, tú vendrás conmigo — continuó Estrella de Fuego— . Y Fronde Dorado, Acedera y Leonado. Saldremos de inmediato.
Al oír su nombre, Leonado sintió que se le encogía el estómago. Durante un segundo pensó en protestar. Detestaba la idea de verse envuelto en la investigación de la muerte de Cenizo, pero, si decía algo, dirigiría la atención hacia él. No tenía motivos para negarse a ir al Clan del Viento; hasta donde sabían los demás, él estaba tan conmocionado por la muerte de Cenizo, y tan dispuesto a vengarse, como el resto.
— Bien — le susurró Carrasca al oído— . Así, a la vuelta, me contarás qué ha pasado.
— De acuerdo — masculló él— , pero preferiría mantenerme al margen.
Estrella de Fuego bajó de un salto del peñasco y pasó entre el grupo de gatos, seguido de Zarzoso. A continuación se les unieron Fronde Dorado y Acedera.
«Gatos que no quieren atacar al Clan del Viento — advirtió Leonado— . Estrella de Fuego no va a correr riesgos.»
El líder los guió hacia el túnel de espinos, pero antes de salir llamó a Látigo Gris con un movimiento de la cola.
— No les quites el ojo de encima a Espinardo y los demás — le susurró— . Asegúrate de que no intentan atacar por su cuenta.
Látigo Gris asintió muy serio.
— No te preocupes. Me pegaré a ellos como si fuera su propio pellejo.
Leonado y el resto siguieron a Estrella de Fuego a través del bosque, en dirección a la frontera del Clan del Viento. Las hojas caídas crujían bajo sus patas; a la sombra de los árboles, entre los cuales el sol de la estación sin hojas no penetraba, todas estaban ribeteadas de escarcha. Las ramas desnudas trazaban unos diseños delicados contra el cielo.
La patrulla caminaba tras el líder en un silencio solemne. Leonado iba en la retaguardia y percibía que los demás estaban inquietos, pues se detenían cada pocos pasos a olfatear el aire. De repente, Acedera se volvió en redondo, sacudiendo la cola, alterada por el ruido de una bellota que había caído al suelo.
— Ya no sentimos que estamos en nuestro propio territorio — maulló disgustada al reparar en el error que acababa de cometer— . Podría haber cualquier cosa acechando. ¿Y si a Cenizo lo mató un gato descarriado?
— Podría ser.
Fronde Dorado le tocó el hombro con la punta de la cola.
—Tranquila — añadió— , estás a salvo con nosotros. Un solo gato no puede con una patrulla entera.
— El carroñero de Solo podría seguir por aquí, rondando al acecho — continuó Acedera— . Nadie sabe adónde fue después de que lo echaran del Clan de la Sombra.
Estrella de Fuego, que se había detenido a esperar a sus compañeros, plantó las orejas con interés.
— No es mala idea estar alerta por si descubrimos algún indicio de su presencia. Se lo diré al resto del clan cuando regresemos.
— A mí no me parece que Solo sea la clase de gato capaz de matar — comentó Zarzoso pensativo— . Es más propio de él conseguir que otros le hagan el trabajo sucio.
Estrella de Fuego asintió.
— Cierto. Pero quizá Cenizo lo sorprendió haciendo algo para dañar al Clan del Trueno.
— Cenizo podría haberlo atacado sólo por el hecho de encontrárselo en nuestro territorio — maulló Fronde Dorado— . Se habría enfrentado incluso a un tejón para proteger al clan.
— Era un guerrero leal — coincidió Zarzoso.
Abatido, a Leonado le habría gustado poder sentir lo mismo que los demás y lamentar sinceramente la pérdida de su antiguo mentor. Pero la tan admirada lealtad de Cenizo no le habría impedido acabar con la reputación del Clan del Trueno revelando el secreto de Esquiruela en la Asamblea. Incluso había confesado que había conspirado con Alcotán para que Zarzoso asesinara a Estrella de Fuego. Su obsesión por Esquiruela había hecho trizas su compromiso con el Clan del Trueno. Sin embargo, ahora que había muerto, el clan estaba decidido a convertirlo en un héroe. Leonado se moría de ganas de aullar la verdad a todos los gatos del bosque, pero sabía la destrucción que eso provocaría. Cuando la patrulla se puso en marcha de nuevo, sólo pudo echar a andar tras los demás, odiando lo mucho que necesitaba el silencio y odiándose a sí mismo.
— ¿Te encuentras bien? — preguntó Zarzoso, que se había quedado rezagado para caminar junto a él— . Seguro que lo echas mucho de menos.
Leonado sintió que lo invadía la furia al ver que Zarzoso había malinterpretado su estado de ánimo.
— ¡Estoy bien! — le espetó, consciente de que se estaba comportando de un modo absurdo— . Déjame tranquilo de una vez, ¿quieres?
Al lugarteniente se le dilataron los ojos, pero no dijo nada; se limitó a asentir y a apretar el paso para alcanzar a Estrella de Fuego.
— No deberías tratarlo así — le dijo Acedera, acercándose a él para rozarle la oreja con la nariz— . Es lógico que Zarzoso esté preocupado; es lo que hacen los padres. — Sus ojos ámbar brillaron con afecto— . Mis hijas ya son guerreras, pero siempre serán mis cachorritas.
Leonado asintió, incómodo, pero fue incapaz de responder. Su secreto lo tenía atrapado como el aumento de una crecida, separándolo de los demás gatos del clan. «¡Zarzoso no es mi padre! — deseaba gritar— . ¡Todo lo que os han contado es mentira!»