El anciano director del Colegio Tusitala para Dotados, Problemáticos y Raros suspiró y entró caminando con rigidez en la sala de profesores. Su oscuro despacho, del que apenas salía, desprendía un reconfortante olor a libros, tapices, buen vino y puros. La sala de profesores, sin embargo, era un miasma desagradable de fiambreras olvidadas, café barato, tinta roja, un perfume que evocaba tragedias y todos los aromas inconfundibles de las antiguas mascotas de clase que se habían dado a la fuga.
A esas alturas, ya había un surtido bastante amplio de pequeños mamíferos y aves que, tras perder el control un instante, habían mordido a algún niño (aunque nunca con consecuencias muy graves) o se habían comido a sus propias crías (aunque rara vez en público) y que, por lo tanto, habían abandonado oficialmente la escuela.
— Esconded las cobayas — susurró alguien —. Y tapad a Petrov.
La profesora Beathag Hide (propietaria del perfume trágico) lanzó la capa de un disfraz de vampiro sobre la jaula que contenía el loro del que en teoría se habían deshecho por insultar al inspector de enseñanza. El doctor Cloudburst y el señor Peters empezaron a meter las jaulas de las cobayas en el armario de objetos perdidos. Por suerte, el anciano director avanzaba con lentitud suficiente para que les diera tiempo de sobra.
Neptuno, el gato del colegio, se desenroscó en su cojín lleno de pelo y se marchó airadamente hacia el armario, con la esperanza de que lo encerraran junto a las cobayas. Tenía bastante maña a la hora de abrir sus jaulas. El señor Peters lo zapeó para que saliera al pasillo principal. Al menos Neptuno no tenía que seguir escondiéndose. Su última fechoría ya había caído en el olvido, así que recientemente había vuelto a aparecer en el folleto informativo del colegio y en el boletín de noticias anual. A los padres les gustaban los gatos.
Ese día, no obstante, al director le eran del todo indiferentes las mascotas y sus pasados innobles.
— Ha llegado la hora — anunció despacio, cuando por fin llegó al centro de la sala — de ultimar nuestro programa para la Feria de Invierno.
Todos refunfuñaron. No era que a la gente no le gustara la Feria de Invierno de Ciudad Antigua. Sí que le gustaba, pero las cosas siempre salían mal durante las ferias, los mercadillos benéficos y las jornadas de puertas abiertas. Era mucho mejor, en opinión de los profesores, tenerlo todo bien estructurado y no salirse del guión: meter a los niños en clase, cerrar las puertas e intentar enseñarles algo, por poco que fuera, antes de que acabara la jornada. Ése, pero en latín, era el lema del colegio, más o menos. O lo habría sido si a alguien se le hubiera ocurrido idear un lema alguna vez.
— Supongo que tenemos algo planeado, ¿no? — quiso saber el director.
— Vamos a enviar a cinco niños a la universidad — respondió la profesora Beathag Hide —. Algunos alumnos de primero manifestaron su deseo de aprender escritura creativa y, como sabe, hemos forjado vínculos con el nuevo escritor residente. Tengo entendido que organizarán talleres destinados a los alumnos afortunados. — Por la forma en que pronunció «alumnos afortunados», no dio la impresión de que fueran demasiado afortunados. Más bien lo contrario, en realidad.
La Universidad de Ciudad Antigua celebraba tradicionalmente su semana de puertas abiertas durante la Feria de Invierno. Había talleres para niños y conferencias abiertas al público para quienes no pudieran permitirse ir a la universidad y quisieran aprender cosas de forma gratuita. Los hermosos edificios antiguos de piedra de color mantequilla se adornaban, tan sólo durante esa semana, con globos de colores.
— Ah, sí — recordó el director —. Un tal Terrence Dark-Heart, ¿me equivoco? — Dedicó a la profesora Beathag Hide una mirada inquisitiva, o todo lo inquisitiva de lo que era capaz a su edad.
— Terrence Deer-Hart — lo corrigió la profesora Beathag Hide —. Sí. Un espantoso autor sensiblero de literatura infantil que ahora, al parecer, está trabajando en una epopeya horrenda para adultos.
—¿Y puede hacerme el favor de recordarme por qué le enviamos a nuestros alumnos? — preguntó el director con tono de cansancio.
— Los demás profesores del departamento son bastante interesantes. Ahora mismo cuentan con Dora Wright, cómo no. El nuevo director de escritura creativa es el profesor Gotthard Forestfloor, el novelista escandinavo del que hablamos la semana pasada, no sé si se acuerda. También está lady Tchainsaw, la poeta vanguardista rusa. El profesor visitante, Jupiter Peacock, también es una persona bastante curiosa; tal vez recuerde que afirma llevar siempre consigo, metido en un frasquito de cerámica tapado con un corcho, el espíritu del escritor antediluviano Hieronymus Moon. Seguro que los niños aprenden algo. Y sólo vamos a enviar a cinco. Los demás se quedarán aquí haciendo manualidades para la Feria de Invierno con los alumnos de la escuela de la señora Joyful.
—¿Y qué me dice del Colegio Beato Bartolo? — preguntó el doctor Cloudburst, con la mirada fija en una probeta que contenía algo reseco y negro pegado en el fondo. Se parecía un poco a los restos de un té que se hubieran quedado olvidados hacía días en la sala de profesores, aunque era probable que se tratase de algo más peligroso —. Me imagino que allí no enviaremos a más niños, ¿verdad?
Daba la impresión de que nadie recordaba en qué consistía el convenio con el Colegio Beato Bartolo ni qué había ocurrido a los niños que lo habían visitado el año anterior. ¿Acaso habían vuelto? Tal vez no.
— Será divertido — afirmó el profesor Peters, jefe del Departamento de Educación Física —. A los niños les gusta divertirse un poco.
Todos lo miraron como si fuera un absoluto mentecato.
Pero tenía razón. A casi todos los niños les gustaba divertirse un poco, y si por diversión entendíamos ver a demonios despedazar a los malos, oír profecías sobre la muerte de sus mejores amigos, estar a punto de morir por quedarse sin energía mágica, tener que enfrentarse a sus peores miedos, luchar contra el mal y viajar a otros mundos de los que quizá jamás regresarían, entonces sí, algunos niños de ese colegio eran verdaderos expertos en divertirse.
— A todo el mundo le encanta la Feria de Invierno — puntualizó el doctor Cloudburst.
Era cierto. Durante la Feria de Invierno, de la noche a la mañana surgían por toda Ciudad Antigua numerosos puestos de castañas asadas, rosquillas fermentadas y mermelada de fruta silvestre. Cualquier tienda que se preciara montaba su propio tenderete. El Emporio Esotérico sacaba algunos de sus vinos reserva más polvorientos y de sus tarros de chucrut más antiguos para ponerlos a la venta al calor de los pequeños hornos, en los que cocían a fuego lento el pan de masa madre que luego venderían recién hecho. Madame Valentin mostraba sus exóticas serpientes, que en esta ocasión planeaban escapar de nuevo. El titiritero exponía sus mejores marionetas, muchas de las cuales daban demasiado miedo para que los niños menores de diez años las miraran siquiera. Por suerte, también había nubes asadas y montones de adornos brillantes.
Lo más importante era que la Feria de Invierno hacía que la gente se olvidara del frío y la oscuridad, mientras el hemisferio norte avanzaba inexorable hacia el día más corto del año y las diversas celebraciones del solsticio de invierno que mantendrían a las personas contentas hasta fin de año, cuando sobrevendría de nuevo la depresión colectiva, como siempre ocurría. Era casi como si nuestro mundo, o al menos esta parte, dado que el resto celebraría el solsticio de verano, se hiciera un poco más parecido al Altermundo, aunque sólo fuera de forma temporal. Pero, claro, la mayoría de la gente no creía en el Altermundo.

Alexa Bottle cerró la puerta de la Bollería de la señora Bottle y se dispuso a recorrer a pie los casi cien metros que había hasta la casa en la que vivía con sus padres. Llegaba un poco tarde, algo raro en ella, porque solía llegar muy tarde. No era culpa suya; el trabajo después de las clases, elaborando remedios mágicos, la absorbía por completo y nunca se acordaba de mirar la hora. Además, también se estaba preparando para varios exámenes de sus estudios M e intentando recordar las diferencias entre todos los antiguos sistemas de pesos y medidas de los boticarios. Antes del lunes, Lexy tenía que aprender cuántos granos contenía un escrúpulo y cuántos escrúpulos hacían una dracma. ¿Cuántos minims había en un escrúpulo fluido? Veinte. Al menos se acordaba de eso. Puede que, por una vez, el doctor Green llegara incluso a sentirse satisfecho de ella.
Todavía llevaba puesto el uniforme del colegio, pero en menos de diez minutos debía lucir su mejor vestido para la cena con el importante invitado de los Bottle. ¿Cómo se llamaba? Jupiter no sé qué. Era un escritor y filósofo famoso que había venido a la ciudad para dar una conferencia abierta al público en la universidad, como parte del programa de la Feria de Invierno. La familia de Lexy había ganado un sorteo cuyo premio consistía en hospedar a su propia figura visitante, y a ellos les había tocado un tal Jupiter Comosellame.
Hazel, la madre de Lexy, se estaba tomando muy en serio sus responsabilidades como anfitriona. Durante demasiado tiempo, según dijo, no la habían considerado más que como la esposa hippy y chiflada del profesor de yoga, toda paz y amor. Por mucho que lo intentase, Hazel nunca había acabado de parecerse a las madres normales. Nunca había organizado ninguna cena con buenos resultados (la última había incluido potaje de alubias y cánticos en grupo). Nunca acertaba con la ropa. Llevaba pelos de loca. Iba descalza en verano y en invierno a veces se ponía unos esquíes hechos por ella misma para ir de compras. Olía a pachulí y a infusiones de hierbas. No había planchado una sábana en su vida.
Hasta esa semana. Esa semana Hazel Bottle había declarado que su invitado dormiría en sábanas limpias y planchadas, y que por la mañana encontraría sus tostadas servidas en una de esas pequeñas rejillas metálicas. Todo iba a ser normal, igual que en las casas de los demás. Y Lexy no pensaba estropearlo todo por llegar tarde, dejar que alguno de sus remedios prendiera fuego o hacer que la casa entera oliera a clavo quemado y a ungüento escabioso, sino que iba a ordenar su cuarto y a quitar todas sus plantas medicinales de los alféizares de las ventanas de la casa, y también se aseguraría de que el nuevo gatito, Botones, no hiciera nada que los pusiera en evidencia...
La mente de Lexy regresó a las tres dracmas de nenúfar en polvo que había en el tarro que llevaba dentro de su mochila del colegio. El herbario de Culpepper, un libro que estaba estudiando para otro examen, afirmaba que la planta «refresca e hidrata, igual que la propia luna». Lexy pensaba emplear el nenúfar para crear un nuevo remedio para las lesiones deportivas y las heridas de batalla. Sus amigos Effie Truelove y Wolf Reed siempre necesitaban cosas así. Lexy también había prometido a su amigo Maximilian que le prepararía unas gotas mágicas para el oído que mejorarían la calidad del sonido de la música. Y Raven le había pedido un bálsamo mágico para las pezuñas de sus caballos. Iba a ser un fin de semana movido.
Lexy abrió la puerta de su casa y descubrió que todo olía a la cera de abeja que usaban los Bottle las contadas ocasiones en que alguien decidía sacar un poco de brillo a los muebles. Había algo en los fogones, y no era potaje de alubias. En el aire flotaba otro olor. Era algo así como té Earl Grey mezclado con lavanda, limón y... Botones corrió a saludar a Lexy, y lo hizo agarrándose con las uñas a las medias del uniforme y trepándole por la espalda hasta posarse en su hombro.
—¿Y quién es esta encantadora jovencita? — preguntó una voz grave y desconocida mientras Lexy entraba en el espacio principal de la casa, una cocina abierta con comedor y sala de estar que parecía muchísimo más limpia y ordenada que de costumbre.
— Te presento al profesor Jupiter Peacock — anunció Hazel, al tiempo que le quitaba a Lexy el gato del hombro; luego le cogió el abrigo y la mochila para guardarlos en un armario donde no solían ponerlos. Por lo general, se limitaban a dejarlos colgados del pasamanos de la escalera junto al resto de las cosas que les daba pereza subir a la planta de arriba —. Profesor Peacock, ésta es mi hija Alexa.
El profesor Jupiter Peacock se puso de pie y le tendió la mano. Era un hombre alto y fornido, vestido con unos vaqueros color añil y una camisa negra de terciopelo, con un pañuelo amarillo de lunares alrededor del cuello. Llevaba el pelo repeinado con un extravagante estilo pompadour, como el de los hombres que aparecían en las películas de los tiempos de Maricastaña. Parecía una de esas personas que por lo general no se ponían vaqueros. El olor a Earl Grey era su loción para después del afeitado.
— Enchanté — la saludó él, cogiéndole la mano y guiñándole un ojo —. Llámame JP. Todos mis amigos me llaman JP.
— Y yo soy Lexy — dijo ella.
La mano de Jupiter Peacock estaba caliente y estrechó la de ella con mucha firmeza, mucha más de la que Lexy había experimentado en cualquier otro apretón de manos normal. Hizo una mueca de dolor y retiró la mano todo lo rápido que pudo, antes de que le rompiera un dedo. Después de aquello, tendría que tomarse un comprimido de árnica. O quizá incluso probar consigo misma su nuevo remedio, en cuanto estuviera listo.
— Tiene usted una hija encantadora — comentó Jupiter a Hazel Bottle.
Hazel se ruborizó. Por el momento, la visita iba como la seda. Al final de la Feria de Invierno, solicitaban a todas las figuras visitantes que puntuaran a sus anfitriones, y el que lograba la mayor puntuación se llevaba un ramo de flores, una caja de bombones y una inscripción con su nombre grabado en una placa de plata que colocaban en la pared del ayuntamiento. Y ese año iba a ganar Hazel Bottle, estaba convencida.
— Gracias — respondió ella.
Mientras Lexy subía las escaleras para cambiarse de ropa, se le empezó a formar un pequeño cardenal en la parte externa de la mano. Decidió que evitaría volver a estrechar la mano de Jupiter Peacock. Era obvio que no lo había hecho a propósito. No era más que una de esas personas que no eran conscientes de su propia fuerza.
Cuando Lexy bajó las escaleras cinco minutos más tarde, llevaba puesto su mejor vestido rosa tipo tutú y unas bailarinas a juego. Por alguna razón, daba la impresión de no ser el atuendo más acertado para pasar una velada con JP. Lexy deseó llevar ropa más de adulto, aunque no estaba segura de por qué. Tal vez fuera porque le daba la sensación de que incluso sus propios padres estaban comportándose de un modo mucho más adulto. Su madre estaba empleando su voz más seria, es decir, un par de octavas por debajo de la normal, y el padre de Lexy, Marcel, lucía una camisa planchada. Una camisa de verdad, y no una camiseta arrugada de manga larga con algún mensaje «gracioso» relacionado con el yoga, como «Papá yogui», «El yoga es OMnipresente» o «Mens sana y más asanas».
Cuando Lexy llegó al final de las escaleras, oyó que su padre se reía como sólo lo hacía cuando estaba en compañía de otros adultos y acababa de decir algo que él encontraba muy gracioso.
— Eso será si alguno de nosotros sobrevive al solsticio de invierno, claro — dijo.
Jupiter Peacock se echó a reír también. Su risa era sonora y extraña, como el canto de un avetoro en pleno cortejo.
— No asustes a nuestro invitado — pidió Hazel Bottle a su marido.
— Uy, no me asusto con facilidad — repuso Jupiter Peacock —, pero he de confesar que me pone un tanto nervioso la idea de que el mundo se acabe y me pille en plena conferencia. Sería sin duda algo muy pero que muy desafortunado.
— El mundo nunca se acaba cuando la gente dice que se va a acabar — afirmó Marcel Bottle —. Yo no me inquietaría demasiado.
Así que también ellos estaban hablando de la profecía. Aquella tarde no había habido otro tema de conversación en la Bollería de la señora Bottle. Últimamente solían circular extrañas profecías, pero la mayoría de la gente no les hacía caso. Claro que la mayoría también pensaba que la magia no existía, y tampoco algo como el Altermundo. Las personas relacionadas con el mundo de la magia, por el contrario, creían en todo y se tomaban las profecías bastante en serio.
Excepto ésa. Incluso las personas del mundo de la magia opinaban que esa profecía era un poco una farsa, ya que provenía de madame Valentin. Según había contado, su bola de cristal había explotado mientras la limpiaba. El trasto llevaba años sin funcionar, y madame Valentin había agotado sus últimos créditos M mucho antes del Gran Temblor. Pero de repente la bola de cristal se había activado (para nada era así como funcionaban las bolas de cristal, un motivo más para burlarse de toda la historia) y en ese momento madame Valentin había visto cómo se desarrollaba todo ante sus ojos.
Era el solsticio de invierno, el momento exacto — que ese año quería decir a las 8:12 p. m. del 21 de diciembre, es decir, ese lunes por la tarde —, y el cielo se había puesto rosa, y luego verde, y luego totalmente negro, de un negro que madame Valentin no había visto en toda su vida. Por el cielo volaban cientos de gatos. Y en ese momento... se producía una enorme explosión. Fin.
— Estoy segura de que cuando el mundo se acabe de verdad, será de un modo en el que ni siquiera hayamos pensado — sentenció Hazel Bottle.
— Todos esos gatos... — comentó Jupiter Peacock —. Qué inventiva.
— Madame Valentin trabaja en una tienda de animales — explicó Marcel —. Probablemente es ahí donde encuentra la inspiración.
— Está como una regadera — apuntó Hazel —. Desde hace años.
— En el sentido más amable de la palabra, por supuesto — matizó Marcel, que odiaba decir cosas desagradables de la gente.
— Aunque si de verdad fuera el fin del mundo... — Jupiter Peacock se quedó cavilando — sería fascinante. Imagínense sobrevivir a eso.
— Sí — convino Marcel Bottle, con aire vacilante —. Imagíneselo.
Euphemia Sixten Bookend Truelove, conocida como Effie, llevaba en el Altermundo desde que había salido del colegio. Allí el tiempo funcionaba de una forma distinta; tres días en el Altermundo (ellos los llamaban «lunas») eran sólo 57,3 minutos en el Veromundo, lo que significaba que siempre podían escaparse de fin de semana largo si disponían de una hora libre.
Pero para permanecer en el Altermundo hacía falta capital M, también llamado «fuerza vital». Las personas del Veromundo no podían almacenar demasiado, y daba la impresión de que a Effie se le agotaba especialmente deprisa.
Por lo que siempre tenía que marcharse demasiado pronto.
Hoy (según el horario del Altermundo) Effie se había despertado temprano en la cama grande y cómoda de su precioso cuarto lleno de luz de la Casa Truelove. En esa habitación siempre había sábanas recién lavadas y toallas limpias, nada que ver con su casa del Veromundo, en las afueras de Ciudad Antigua, donde si Effie quería que algo estuviera limpio tenía que hacerlo ella misma, y donde además nunca había suficiente luz en esa época del año. Miró su reloj, que mostraba la hora en ambos mundos, y calculó que debía marcharse del Altermundo antes del atardecer si quería tener alguna posibilidad de regresar al Veromundo a tiempo para la cena.
Pero aún tenía un día entero por delante para disfrutar del Altermundo, y Effie pensaba pasarlo con su prima Clothilde en la cercana localidad de Villarrana. Estaba segura de que tendría suficiente fuerza vital para eso.
Como de costumbre, la mañana era cálida y luminosa. Tras degustar el espléndido desayuno que Bertie, la criada, le había traído — un cuenco enorme de cremosas gachas con sirope de arce y mermelada de cuatroflores, tiernos bollitos tostados con mantequilla de cacahuete, plátano, trocitos de chocolate y nubes, y una tetera llena de té —, Effie se puso el mono de seda turquesa que Clothilde había confeccionado para ella. Se cepilló el pelo y se lo recogió en una coleta algo más cuidada que de costumbre. Luego se colgó el largo collar del que pendía una ampolla con agua de las profundidades, que su amigo Maximilian siempre se encargaba de mantener llena. No tenía que ponerse el collar de oro con la Espada de Luz porque nunca se lo quitaba. Ya no llevaba el Anillo del Auténtico Héroe porque le daba la impresión de que la consumía de formas que no llegaba a comprender. Lo había ensartado en un cordel que podía llevar al cuello, pero normalmente ni siquiera se molestaba en ponérselo.
Al cabo de poco, llamaron a la puerta y oyó la voz de su prima.
—¿Estás lista? — preguntó Clothilde.
— Casi — respondió Effie. Cogió su caduceo de madera, que estaba apoyado en la pared, y empleó su magia para reducirlo al tamaño de una horquilla. Contempló las dos serpientes enroscadas en él y las alas talladas. Se lo había regalado su primo Rollo, del Altermundo. Se lo puso en el pelo, detrás de la cabeza —. Pero pasa, pasa.
Clothilde entró en la habitación. Llevaba un vestido largo y fluido en uno de los colores del Altermundo que se parecían a lo que nosotros llamaríamos amarillo. Era como una mezcla de fiestas de verano, mazapán claro y el interior de los bizcochos tiernos, todo en uno.
— A ver, ¿no estás ilusionadísima por ir a Villarrana?
— Sí que lo estoy — respondió Effie con una amplia sonrisa.
—¿Y por la consulta que llevas esperando tanto tiempo? — Clothilde enarcó una ceja.
— Todavía más — contestó Effie —. Aunque, bueno, no creo que vayan a decirme que no soy una auténtica heroína e intérprete...
— No está de más que te lo confirmen. Y también está el asunto de tu matiz, claro. Supongo que ya lo sabrás todo sobre eso. Conociéndote, ya te habrás leído cincuenta veces El repertorio de kharakter, arte y matiz. — Clothilde sonrió —. ¿Tienes ya una idea de lo que crees que eres?
Effie negó con la cabeza.
— No. He oído que si te enteras de antemano de demasiadas cosas sobre los matices, puedes distorsionar los resultados de la prueba. Así que todo sigue siendo un misterio total para mí. Me he dejado esa parte del libro para leérmela después de lo de hoy.
Effie sonrió. Clothilde le estrechó el brazo con delicadeza. Effie sabía lo emocionada que estaba su prima por ella. Era maravilloso tener a alguien que la comprendiera tan bien.
Pese a todas las veces que había visitado el Altermundo, Effie todavía no había pisado ninguno de sus pueblos. Todos querían llevarla a alguno, pero Pelham Longfellow — el otro viajero que visitaba de forma regular la Casa Truelove — siempre acababa teniendo que marcharse cuando lo requerían con urgencia para investigar «la situación de los diberi en Europa», y Clothilde no podía abandonar la Gran Biblioteca durante mucho tiempo. Hoy, sin embargo, después de la larga espera, iba a suceder.
— Y también te darán tu marca de guardiana — añadió Clothilde.
— Lo sé — dijo Effie —. Me muero de ganas de poder ayudaros en la Gran Biblioteca. De tener permiso de verdad para entrar y...
—¡Ay, no! — Clothilde se llevó la mano de pronto a la boca —. Se supone que debemos hacer una especie de cursillo de iniciación oficial en la Gran Biblioteca antes de que recibas tu marca de guardiana. No me puedo creer que se me haya olvidado. Serán sólo cinco minutos. Lo haremos antes de irnos. ¿De acuerdo?
— Vale — respondió Effie.
En algún lugar cercano, no obstante, dio la impresión de que el sol se escondía detrás de una nube. No era que Effie tuviera miedo de la Gran Biblioteca, pues ella no se asustaba por nada, pero la última vez que había entrado, casi se muere.
— Voy a por mis cosas y te espero abajo — dijo su prima.
Effie se encontró con ella en el vestíbulo. Clothilde iba cargada con una gran cesta de mimbre que parecía llena de papel de seda y coloridas cajas de rayas. La dejó en el suelo y se quitó del cuello la llave de metal que abría la Gran Biblioteca.
—¿Lista? — preguntó.
— Sí — respondió Effie, frunciendo un poco el ceño —. Claro.
—¿Estás segura?
— Sí.
—¿Te pasa algo?
Effie negó con la cabeza. No podía mentir y decir que no en voz alta. No podía contar a Clothilde que le acababa de entrar un ligero dolor de cabeza. ¿Era porque se estaba acordando de lo que sucedió la última vez que entró en la Gran Biblioteca? ¿O significaba que se le estaban agotando los créditos M? Pestañeó e intentó apartar por completo aquella idea de su mente. Lexy le había explicado una vez que entre el noventa y el cien por cien del dolor está en la mente. Lo que significa que puedes controlarlo... si sabes cómo. Por lo visto, el primer paso consistía en creer que no existía.
Los paneles de madera de las puertas de la Gran Biblioteca quedaban justo debajo de la curva de la majestuosa escalinata que subía hasta la galería, donde estaba el cuarto de Effie, y la puerta que conducía hasta las escaleras del estudio privado de Cosmo. Clothilde se acercó con la llave. Effie tragó saliva en silencio. ¿Sería igual que la otra vez?
— Muy bien — dijo Clothilde —. Tú primera.
—¿En serio? — repuso Effie.
— No vamos a adentrarnos mucho — la tranquilizó Clothilde —. Sólo quiero trazar el mapa de tu versión de la Gran Biblioteca sobre la mía, para que en el futuro podamos entrar juntas. Durante tu período de iniciación, acceder a mi versión te ayudará hasta que acumules suficientes fuerzas para ir a la tuya. Con el tiempo, podremos fusionar nuestras versiones para estar dentro juntas. Y entonces también podrás visitar tu versión por tu cuenta. ¿Se entiende algo de todo esto que te he contado?
— Sí — asintió Effie —. Creo que sí.
Ya sabía que la Gran Biblioteca estaba en una dimensión diferente y que para que se materializara había que hacer algo así como plegarla en tres dimensiones. Cada uno hacía esto a su manera, lo que significaba que la biblioteca era distinta para cada persona que entraba. Generar una versión requería muchísima fuerza vital. Ésa era tan sólo una de las razones por las que era peligrosa.
Clothilde abrió la puerta.
— Vale — dijo —. Da un paso adelante. Sólo uno pequeño. Concéntrate... pero no demasiado. Sintoniza tu cerebro en la frecuencia que empleas para hacer magia.
— De acuerdo — respondió Effie.
— Ahora dime: ¿qué ves?
Era lo mismo que la última vez que había estado allí. Effie le describió a Clothilde la pequeña biblioteca de una casa de campo que veía delante de ella, con sus estanterías de aspecto antiguo y el suelo oscuro de madera pulida. Había un archivador, también de madera, que contenía el sistema de clasificación; y, por supuesto, los libros, todos colocados en sus estantes, muy ordenados, con los lomos de los colores oscuros y sobrios del Veromundo: rojo, azul, marrón. Effie describió el papel amarillo de las paredes y su estampado de rayas verde menta apenas visible. A mano derecha, junto a una ventana, había una pequeña mesa de lectura con una silla. La última vez que Effie había entrado no había ninguna lamparita, pero hoy había una.
—¿Es normal que cambie? — preguntó Effie al llegar a esa parte.
— Al principio cambiará un poco, durante un tiempo, mientras te acostumbras — le explicó su prima —. Sí, es normal. No tienes por qué preocuparte a menos que cambie un montón. Vale. Dame la mano.
Effie agarró la mano de Clothilde. Era pequeña y suave, y estaba seca.
— Ahora cierra los ojos y escucha. Mi biblioteca es parecida a la tuya y a la vez distinta. Contiene los mismos libros por una razón: nosotros no decidimos ese detalle. Sin embargo, mi biblioteca se distribuye alrededor de una escalera central de caracol. Hay una galería que se parece bastante a la tuya, pero mis estanterías están todas apoyadas en los muros principales. En medio de la habitación, hay cuatro pupitres de lectura. Todos están hechos de madera antigua, de nuevo otro rasgo similar a tu biblioteca. Cada uno tiene un bote con una pluma estilográfica y un lápiz, y cada uno cuenta también con un tarrito con tinta azul eléctrico. Y encima de cada escritorio hay papel secante...
Effie vio cómo cobraba forma en su mente la biblioteca de Clothilde. Su prima describió el papel de las paredes, turquesa y dorado, y las enormes pinturas de distintas aves del Altermundo, todas grandes y rosas.
— Abre los ojos — le ordenó su prima.
Al abrirlos, vio la biblioteca de Clothilde, no la suya. Dio un paso adelante, pero ella la retuvo.
— Por hoy no nos adentraremos más — explicó —. Sé que Cosmo ya te ha contado que lo que guardamos aquí es el proyecto original de todo lo que existe. Hay libros sobre geometría, física, teoría de la música, armonía, perspectiva y mucho más. Todo lo que es real tiene aquí su tomo correspondiente. Los libros no se pueden sacar, por razones obvias. Bueno, sí se puede, pero es algo muy poco habitual y... Probablemente todavía no te haga falta saber eso. Se pueden introducir libros nuevos en la biblioteca, pero, de todos modos, es muy complicado y...
A Clothilde se le daban bien muchas cosas, pero explicarse no era una de ellas. Mientras hablaba sobre algo llamado Investigación Archimágica y sobre el gran ritual necesario para que se admitiese un libro en la biblioteca, sobre dónde guardaban el libro acerca de la Gran Escisión y sobre los problemas a la hora de visualizar las dos partes de la biblioteca, a Effie le empezó a rugir el estómago. Y eso que no había pasado mucho rato desde el copioso desayuno que había tomado. La charla sobre la Gran Biblioteca era muy interesante, pero de lo que de verdad tenía ganas Effie era de llegar a Villarrana e ir de compras. Y de comer en un restaurante. Se puso a pensar en qué plato pediría. En el Altermundo todo lo que era de chocolate era de chocolate de verdad. Y las nubes eran de colores que no existían en el Veromundo, además de mucho más tiernos y dulces...
— Lo siento — se disculpó Clothilde, ruborizándose —. Llevo un buen rato cotorreando sin parar. Es la primera vez que inicio a alguien. Debo de estar aburriéndote como una ostra. Podemos hacer el resto la próxima vez.
— No, qué va...
Clothilde se echó a reír.
— Eres un encanto — dijo —, pero ahora tenemos que irnos.
—¿Seguro? — preguntó Effie.
— Sí, ya lo hemos hecho casi todo, creo. Y no hay examen. Sólo tienes que aprenderlo con la práctica. Muy bien. ¿Lista para marcharnos?
— Sí — respondió Effie —. Más que lista.
Pero mientras Clothilde echaba la llave de la puerta de la biblioteca, de repente Effie se sintió débil y rara. ¿Le iba a suceder de nuevo lo mismo que la última vez? En aquella ocasión había tenido que ir hasta Londres, donde un médico le había dado unas pastillas de oro y...
—¿Estás bien? — preguntó Clothilde, al ver que Effie vacilaba.
— Sí, sí — contestó.
Effie no estaba dispuesta a perder la ilusión. Bajo ningún concepto iba a estropearse el día pensando en el Anhelo o preocupándose por lo que ocurría cuando las reservas de fuerza vital eran demasiado bajas. Todo iba a salir bien. Cuando regresara al Veromundo, Maximilian le conseguiría más agua de las profundidades. Era sólo que... no podía volver a quedarse sin energía estando aquí. Ya había sufrido el Anhelo una vez, y había sido la experiencia más espantosa de su vida. Bueno, salvo cuando perdió a su madre y a su abuelo, claro.
No comprendía por qué tenía la sensación de que su fuerza vital se agotaba muy deprisa cuando estaba en el Altermundo, incluso sin hacer incursiones extenuantes a la Gran Biblioteca. Sabía que una de las razones era que los veromundi en realidad no estaban hechos para entrar allí, pero ella era una viajera, y alguien le había dicho una vez que su energía era más del Altermundo que del Veromundo. Entonces ¿qué era lo que no funcionaba? Además, se suponía que el Anillo del Auténtico Héroe la ayudaría, pero de un tiempo a esta parte sólo parecía empeorar las cosas. Effie antes pensaba que servía para convertir la energía física que gastaba en energía mágica, y que jugar al tenis durante mucho rato mientras lo llevaba puesto era la clave; sin embargo, aquello había dejado de funcionar. Jugar al tenis sólo parecía agotarla también. Y además últimamente ni siquiera estaba jugando bien. El entrenador Bruce no paraba de decirle que tenía que volver a dejarse llevar, aunque no terminaba de entender qué significaba aquello.
Lo apartó todo de su mente. El dolor de cabeza empezó a remitir. Tal vez fuera producto de su imaginación, como decía Lexy.
— Estoy bien. Vamos — le dijo a Clothilde.

De vuelta en el Veromundo, bajo la tenue luz plateada de la luna creciente, en aquella tarde casi de solsticio, se respiraba una intriga, lenta y delicada, de la que la mayoría de los humanos no sabían nada. Más de la mitad de la red cósmica estaba hibernando, claro, de ahí que en esa época del año quienes no querían ser vistos empezaran a moverse con sigilo de acá para allá, a salvo, pues sabían que las noticias sobre sus actividades no se propagarían muy rápido.
La mayoría de las personas no prestan atención a los sonidos constantes de los animales a su alrededor: el ulular, el cloquear, el maullar, el ladrar, el aullar, el berrear, etcétera. Ellas se lo pierden. Se trata, sin duda, del sonido de la red cósmica en acción: es la forma en que los animales se comunican entre sí, difundiendo todo tipo de noticias y chismorreos, advertencias y profecías.
En esos momentos, la aurora boreal estaba de vacaciones con el triángulo de las Bermudas, descansando antes del gran espectáculo que siempre montaban para las distintas ferias de invierno a lo largo y ancho del hemisferio norte. Hasta el éter luminífero se había concedido unos días libres muy merecidos y se había unido a ellos.
Más tarde, por la noche, nevaría. Todo se volvería blanco y se quedaría muy, muy en silencio. Y justo después de la medianoche, en la sala de reuniones del sótano de la Universidad de Ciudad Antigua, Terrence Deer-Hart asistiría por primera vez al encuentro secreto de la Decimoquinta Orden de los diberi, cuya sede original estaba en Viena, pero que recientemente se había trasladado a Ciudad Antigua.
Así que debía peinarse con su cepillo térmico con especial cuidado. Ya había comenzado, justo cuando salió la luna, algo que en los últimos días del año ocurría muy temprano. Terrence ya había renunciado a escribir por hoy. Maldita sea, llevaba demasiados proyectos a la vez, y le daba vueltas la cabeza.
Terrence Deer-Hart era un famoso escritor de literatura infantil que por desgracia odiaba todo lo que tenía que ver con la escritura. Odiaba el papel, los bolígrafos, los lápices y las palabras. Para Terrence, hasta un solo proyecto ya era un proyecto de más. Y, pese a todo, ahí estaba, con aquellas tres malditas pilas de papeles encima del escritorio, a cual más fina, patética y ridícula.
La pila que tenía más cerca era el principio de su primera novela para adultos. Ahora que tenía vía libre para decir todas las palabrotas que quisiera, y escribir sin cortapisas sobre besos y violencia, de repente no le apetecía. Sólo llevaba tres páginas, aunque le había ido contando a todo el mundo que iba a ser una gran epopeya en varios volúmenes.
La segunda pila parecía un proyecto escolar olvidado en el autobús, estropeado por la lluvia y mordisqueado por un perro. Terrence había invertido en él un montón de horas de trabajo y reflexiones, y le interesaba mucho más que su novela. Esas páginas componían el dosier que había recopilado sobre los niños que habían asesinado a su amada Skylurian Midzhar. ¡Los muy bestias la habían enterrado viva! Terrence tenía la intención de vengarse, aunque, como le daban pavor la sangre, la violencia y, para ser sinceros, los niños, confiaba en que la Decimoquinta Orden de los diberi se vengara en su nombre. Ésa era una de las principales razones por las que pretendía unirse a ellos. Eran malos de verdad, y seguro que se les ocurriría una muerte apropiada para cada uno de esos asquerosos mocosos implicados en la muerte de su querida Skylurian. Por desgracia, cada vez que Terrence intentaba pensar en, por ejemplo, hervir viva a Effie Truelove, sufría una migraña.
Pero, bueno, ahí tenía el nombre y la dirección de todos ellos: Euphemia Truelove, Alexa Bottle, Raven Wilde, Maximilian Underwood y Wolf Reed. Terrence ya había entregado una copia a los diberi, que se habían mostrado satisfechos, dado que andaban buscando niños para utilizarlos en una especie de hechizo maléfico. ¿Habría que sacrificar a alguno de esos niños? ¿Sería tal vez la víspera del solsticio de invierno? Terrence no lo recordaba bien.
Se pasó el peine térmico entre los tupidos rizos e intentó concentrarse en su tercer proyecto, del que lady Tchainsaw había comentado que sería una obra de enorme genialidad. Le gustaba bastante lady Tchainsaw. No siempre era fácil entender qué querían decir los poetas, sobre todo cuando eran rusos, pero ella se le había acercado lo suficiente — tanto como para que él pudiera oler su perfume, cuyas notas esenciales eran cosas muertas y violetas — y le había susurrado al oído algo así como: «Tus abundantes risos son muy hermosos, carriño».
Luego le había pedido que redactara el proyecto original para un universo nuevo por completo.
Ése era el proyecto que más quebraderos de cabeza estaba dando a Terrence. Si ni siquiera era capaz de poner en marcha su aventura épica para adultos, ¿cómo diantres iba a ser el autor de todo un universo? Sin duda hoy no podía enfrentarse a eso.
Así que, en cuanto terminó de peinarse, empezó a vestirse poco a poco con el traje especial que le habían entregado los diberi: un mono amarillo peligrosamente ceñido con una pequeña capa roja. ¿Le quedaba bien un conjunto así? No. Y ni por asomo lo hacía sentirse diabólico ni mágico. Lo hacía sentirse como en uno de aquellos programas televisivos del sábado noche que se emitían antaño.
Cinco horas antes del encuentro, ya estaba listo, como si fuera uno de esos puñeteros adolescentes que asistían a su puñetero primer baile. No importaba, en cuanto formara parte de los diberi, todo sería distinto. ¡Terrence sería oficialmente malvado! A cambio de su iniciación, y de la promesa de que matarían a los niños, entregaría a los diberi toda la información que tenía sobre la ubicación del Valle del Dragón, en la que parecían estar interesadísimos.
Luego, de algún modo, los diberi se harían con el control de todo el universo. Y Terrence, que había sido un mero escritor infantil desdeñado por la crítica y los jurados de los grandes premios, pese a vender millones de ejemplares de sus libros, se convertiría en el autor de ese universo. Sólo tenía que ponerse manos a la obra con el puñetero proyecto.
Pero ¿cómo se escribía todo un universo? Lady Tchainsaw le había dado algunos consejos, y también el profesor Gotthard Forestfloor. Lo fundamental, le habían dicho, era que ese universo describiera sólo el Veromundo, y que debía ser extremadamente mágico y estar controlado por los diberi. No debía existir ningún Altermundo. Ambos habían insistido mucho en ese punto.
— Extermina el Altermundo con tu escriturra, carriño — le había ordenado lady Tchainsaw —, y te ganarrás la fama eterna.
La fama eterna sonaba bastante bien, y lady Tchainsaw era muy guapa, aunque de un modo un tanto peligroso. Terrence era consciente de que acabaría haciendo todo lo que ella le ordenara.
Justo cuando Clothilde estaba a punto de abrir la puerta, se oyó corretear a alguien y, a continuación, el sonido familiar de la suave voz de Bertie.
— Chicas, pensé que quizá querríais utilizar esto.
Clothilde y Effie se dieron la vuelta. Bertie sostenía en los brazos la alfombra más bonita que Effie había visto jamás. Estaba tejida con sumo cuidado en suaves hilos del Altermundo, y sus insólitos colores estaban intercalados de oro, turquesa y rosa. Parecía flamante y a la vez tan antigua que podría tener un millón de años. Por cómo la sostenía Bertie, daba la impresión de que era mucho más importante que otras alfombras.
A Clothilde se le escapó un grito ahogado y dejó la cesta.
—¡No me lo puedo creer! — exclamó —. ¿Cuánto tiempo llevas trabajando en esto?
— Ah, sólo el último año, más o menos — respondió Bertie con timidez —. Se me antojó que os podría venir bien una, sobre todo cuando oí que planeabas sacar de paseo a esta joven más a menudo. ¿Te gusta?
—¡Que si me gusta! — exclamó Clothilde —. Ay, Bertie, ¡me encanta! Pero seguro que has tardado mucho más de un año. Es una maravilla. Fíjate en todas estas pequeñas puntadas perfectas. ¿La has hecho entera tú sola?
— Sí. — Bertie asintió con orgullo —. Claro que lo que más tiempo me llevó fue la parte mágica; pero, bueno, ya debería estar cargada del todo, con unas cien lunas de tiempo de vuelo. Te bastará para una buena temporada. Cuando empiece a perder fuerza, tráemela y te la recargo.
—¿Una alfombra voladora? — preguntó Effie.
Clothilde asintió.
—¡Sí, hecha especialmente para nosotras! Bertie es magnífica, ¿a que sí?
—¡Ya lo creo! — respondió Effie, sonriendo de oreja a oreja —. ¿Y podemos probarla ahora?
— Por supuesto — dijo Clothilde —. Sólo tengo que ir a buscar mi... ¡Sujeta esto!
Clothilde entregó la alfombra a Effie y salió corriendo alegremente escaleras arriba. Cuando regresó, llevaba puesto un collar con una gran gema verde brillante.
—¿Qué es eso? — preguntó Effie.
— Piedra verde — respondió Clothilde —. Puede que tú la llames jade o pounamu. — Al tocarla, casi dio la impresión de que resplandecía.
—¿Es un adminículo? — quiso saber Effie.
— Sí — contestó Clothilde —. Como salgo muy poco, casi nunca tengo oportunidad de utilizar mis adminículos de exploradora. Bueno, sí que los uso en la Gran Biblioteca, pero de un modo muy distinto y... — Se sonrojó —. Siempre he soñado con tener mi propia alfombra mágica. Sólo los exploradores pueden pilotarlas, ¿sabes?
— No sabía que fueras una exploradora — comentó Effie —. ¿Por qué no me lo has contado?
Effie había pasado por una fase en la que se había obsesionado bastante con el kharakter y el arte de todo el mundo. Había interrogado a todos los miembros de la familia Truelove, incluidos Bertie y los jardineros, y sabía que Rollo, el hermano de Clothilde, era un ingeniero erudito, y que Pelham Longfellow era un brujo cazador. Bertie era una herbibruja elísea. Cosmo era sin duda archimago, lo que significaba que poseía todos los kharakteres y artes a la vez, y Effie lo había convencido para que le contara cosas sobre su pasado como joven guía clérigo. Su prima, sin embargo, siempre había encontrado la forma de evitar ese tema de conversación con ella.
Clothilde se encogió de hombros.
— Todos se ríen cuando les digo que soy exploradora, porque lo único que hago es quedarme en casa. Y mi arte es elíseo, algo que nadie acaba de comprender y a algunos les resulta hasta gracioso. Los elíseos complacen a los demás, ya sabes, pero a ellos también les gustan las cosas placenteras, por lo que a la gente le preocupa que se vuelvan unos vagos y unos egocéntricos, lo que obviamente es terrible. Cuando éramos pequeños, Rollo me decía que era una inútil, que jamás valdría para ser guardiana. Una vez llegó a decirme que para lo único que valía era para hacer chocolatinas y ayudar en la cocina, ¡y que un día me pondría tan gorda que no podría salir de casa!
Clothilde se echó a reír cuando acabó de contar aquello, pero Effie se dio cuenta de que no siempre le había hecho gracia. Tal vez ni siquiera ahora.
— Era un niño muy cruel. Ha mejorado mucho — añadió Bertie.
— Pero, bueno, ¡no podemos quedarnos aquí todo el día sin hacer nada! — zanjó Clothilde animada —. Tenemos una alfombra mágica que probar.
— Aquí también hay otra cosita para la niña — anunció Bertie, tendiendo otro paquete. Éste iba envuelto en papel de seda turquesa —. Por si hace frío ahí arriba.
Effie aceptó el paquete de Bertie y lo desenvolvió. Dentro había una preciosa capa de oro ligera y reluciente, mucho más fina y suave que la pesada capa del uniforme escolar, que había salido de una cesta de segunda mano y siempre había olido a whisky y a bolas de naftalina. Esta capa de oro olía a pétalos de flores y a cielos azules y despejados. Tenía una capucha grande y holgada, y dos bolsillos de parche. Se abrochaba al cuello con un gran botón de oro.
— Creo que aquí las llevan todas las chicas — explicó Bertie —, así no te sentirás fuera de lugar.
— Qué buena eres — dijo Clothilde, tocando con delicadeza el brazo de Bertie.
Bertie pareció avergonzarse.
— Bueno, a ver — atajó —, que las tartas no se hacen solas. ¿Estaréis de vuelta para merendar?
— No lo sé — respondió Clothilde —. Lo intentaremos. Lo que es seguro es que comeremos fuera. Pelham ha reservado mesa en Anastasia’s. Hemos quedado con él allí más tarde.
—¡Vaya, vaya! Chicas, creo que después de eso no os hará falta ninguna merienda. Pero, por si las moscas, os guardaré un poco — declaró Bertie —. ¡Buena suerte con la alfombra!
— Gracias — respondió Clothilde.
Effie siguió a su prima hasta la puerta principal de la Casa Truelove y luego por el camino hasta la verja vigilada.
— No se puede entrar ni salir sin pasar por aquí — explicó Clothilde —. De lo contrario, nuestros enemigos vendrían en alfombra mágica todo el rato.
Pero, una vez que cruzaron la verja, Clothilde desenrolló la alfombra y la colocó sobre el pavimento caliente y polvoriento.
— Veamos, la última vez que hice esto fue hace unos cuantos años, así que...
Daba la impresión de que empleaba las manos para elevar la alfombra en el aire, con ayuda de una fuerza invisible. Effie, entretanto, no abrió la boca. Empezaba a entender que la magia exigía una concentración absoluta. Últimamente había estado practicando bastante.
Clothilde no tardó en conseguir que la alfombra se alzara en el aire. Ella y Effie se montaron. De inmediato les pareció mucho más grande que en el suelo.
— Muy bien — dijo Clothilde —. ¡Intenta no caerte!
— Vale — respondió Effie.
— Lo mejor será que te tumbes bocabajo. Así podrás asomarte por el borde y contemplar las vistas, pero me agarraré a ti si nos topamos con baches.
—¿Baches?
— Corrientes de aire — aclaró Clothilde —. Son bastante seguras. Bueno, más o menos. ¿Lista?
—¡Lista! — exclamó Effie.
Con la excepción de un par de sacudidas cuando el aire cambió al sobrevolar un gran lago azul, el trayecto transcurrió sin sobresaltos. A Effie le dio la sensación de que podría quedarse para siempre en la alfombra mágica. Iba bastante rápido, pero aun así podías contemplarlo todo perfectamente dispuesto a tus pies. Había bosques con pequeñas casitas de campo y dos grandes castillos.
Effie sólo había subido en avión una vez, aunque aquello no tenía nada que ver. Se parecía un poco a como imaginaba que sería ser un pájaro. Olas de aire elevaban la alfombra con delicadeza con pequeños soplos regulares. Pronto se vieron abajo más casas de aspecto normal y corriente, y Effie logró atisbar a personas que caminaban por calles amplias y flanqueadas por árboles. Luego, de repente, en la falda de una colina, comenzaba el muro grueso de piedra blanca que parecía rodear el gran número de tiendas, casas, bazares, mercados, personas, carruajes, animales y complejos pasadizos de vivos colores que conformaban el pueblo de Villarrana. En lo alto de la colina, había un castillo cubierto por montones de flores colgantes de color rosa.
— Podemos aterrizar en el patio de Anastasia’s — propuso Clothilde —. Y ya que estamos, tomar algo y dejar la alfombra en su guardarropa para recogerla más tarde. ¡Bueno, pues agárrate!
El aterrizaje era un procedimiento bastante complejo, y lo complicaba aún más la gran cantidad de cosas que sobrevolaban el pueblo. Además de muchísimas personas en alfombras, palos de escoba y bicicletas voladoras, también había un buen número de dragones voladores en miniatura, gatos con alas, periquitos rosas, colibríes y grandes insectos luminosos. Effie intentó guardar silencio mientras Clothilde emprendía el descenso.
Todo era muy bonito. Una tienda tenía expuestas en la calle unas urnas doradas en medio de un agradable revoltijo de cosas usadas, junto a una puerta azul de madera; otra mostraba libros de tapa dura con unas cubiertas preciosas; otra exhibía unas tartas recargadas y decoradísimas. Todo centelleaba. Encima de una de las tiendas, un hombre de pelo largo tocaba el saxofón en un balcón, como si le hubieran pagado por hacerlo para disfrute de todo el que pasaba. Era el sonido más agradable que había oído Effie en su vida.
Por las calles paseaban personas de todo tipo: viejos, jóvenes, gordos, flacos, hombres, mujeres y cualquier cosa intermedia. La mayoría era de una especie de color marrón claro, pero algunos eran de un blanco muy pálido, y otros, totalmente negros. Unos cuantos — Effie tuvo que fijarse dos veces para comprobar que no fueran visiones — lucían un pelaje acicaladísimo. Al examinarlos con más atención, se dio cuenta de que varios también tenían una cola muy elegante. Y otros pocos tenían las orejitas puntiagudas de un gato, orejas de conejo o bigotes. A un hombre parecía que, de uno de los brazos, le creciera un surtido de pequeños arbustos en flor. Era como un intrincado tatuaje, pero real. Todo el mundo, sin excepción, era guapísimo.
Effie vio a un grupo de chicas de su edad junto a una fuente al final de la calle. Todas tenían orejas de algún tipo de animal, casi como si fuera la última moda. Tal vez lo fuera. Llevaban capas que se parecían un poco a la suya, pero las de ellas eran blancas y se ataban con lazos de distintos colores. Effie de pronto tuvo la sensación de que con su capa de oro y sus orejas, a todas luces humanas, llamaría la atención.
Como una experta, Clothilde aterrizó la alfombra en una especie de plataforma acolchada en el patio de la cafetería Anastasia. A nadie pareció sorprenderle ver aterrizar una alfombra mágica. La gente que había sentada a las mesas del patio tomaba tazas de un café denso y oscuro, o de un chocolate espeso, o sorbía bebidas rosas, blancas o verde menta con pajitas de papel. Todas las mesas tenían un ramo de flores en el centro. Por dondequiera que Effie mirara, había flores trepando por los muros. Observó que un insecto grande y regordete penetraba sin pensárselo en una flor con forma de campana y luego se veía obligado a salir, reculando y retorciéndose. Todo olía de maravilla.
— Bueno — dijo Clothilde sonriendo —, ¿te apetece un té de cuatroflores o un frappé de nata de avellana antes de que, como creo que decís en tu mundo, asaltemos las tiendas?
—¿Qué es un frappé de nata de avellana? — preguntó Effie.
— Es una especie de chocolate con leche frío y con flores comestibles. La leche se hace con avellanas y luego le ponen encima nata montada de avellana.
— Me encantaría probarlo.
Se sentó a una mesa con Clothilde, que pidió dos frappés grandes y macarons.
— Los macarons que sirven aquí son probablemente los mejores del mundo — la había informado Clothilde al llegar —. Los hacen con una mezcla muy antigua de acuafaba y magia.
Effie no había probado nada parecido. Eran unos pequeños merengues redondos rellenos y los había de todos los colores imaginables, incluso algunos que llevaban años sin verse en el Veromundo, y todos estaban espolvoreados con oro comestible y pétalos de rosa. Escogió uno amarillo. Al morderlo descubrió que sabía un poco a plátano y a natillas, y el relleno de nata blanca, a chocolate y a vainilla. Las cosas más deliciosas que Effie había probado eran del Altermundo, pero ésta era la más rica con diferencia. Enseguida se comió otro, y luego otro.
— Deja sitio para el almuerzo — le aconsejó Clothilde, con una risilla.
Como era habitual en el Altermundo, no pagaron nada. Effie se fijó en lo contenta que se puso la camarera cuando Clothilde le dio las gracias y la felicitó por el servicio y la comida. Effie se daba cuenta de que hasta las camareras del Altermundo eran muy distintas de las de su mundo. Esa joven llevaba puesto un delantal impoluto de lino blanco encima de un mono corto de suave terciopelo negro y el pelo peinado en perfectos tirabuzones rubios. Effie reparó en que le crecía una flor azul de una ceja. Parecía alguien que tenía el trabajo de sus sueños.
— Siempre me gusta conocer a otros elíseos — declaró Clothilde —. Es muy agradable salir, ¿no crees? Me encanta conocer gente nueva. ¡Ay, es todo tan emocionante! Me alegro mucho de haber venido, ¿tú no?
— Sí — respondió Effie, que se esforzaba por no prestar atención al dolor de cabeza que había empezado a sentir de nuevo. No tardarían en regresar, y podría volver a casa y recargarse. ¿Quizá sólo necesitaba más comida? Se comió otro macaron y se dijo a sí misma que todo iba a salir bien.

Después del entrenamiento de rugby, Wolf se fue derecho a la librería anticuaria de Leonard Levar. Todavía no la consideraba su librería, pese a que poseía el único juego de llaves existente. En algún momento, tendría que convocar una reunión con sus amigos para contarles para qué la había estado utilizando, pero nadie le había preguntado aún, así que tampoco es que les estuviera mintiendo. Simplemente no les había dicho nada.
Había albergado la esperanza de mantenerlo en secreto frente a todo el mundo, pero era difícil, puesto que la librería estaba en una de las calles principales de Ciudad Antigua. Si bien tenía las persianas bajadas casi todo el tiempo y había intentado disimular sus idas y venidas, los vecinos no habían tardado en empezar a preguntarse qué sucedía. O, para ser precisos, un vecino en particular.
Monsieur Valentin era bastante viejo, tendría al menos cincuenta años, y era francés. Siempre vestía unos pantalones de pana verde que no eran lo bastante largos para su altura, y caminaba a enormes zancadas incluso en un lugar tan pequeño como la librería. Llevaba una barba corta y desaliñada, y desprendía un fuerte olor a cebolla y a gatitos. Si eres de los que piensan que los gatitos no huelen a nada, es obvio que nunca has sido dueño de una tienda de animales. No obstante, monsieur Valentin en realidad no era el propietario, sólo vivía allí. El Emporio de Mascotas Exóticas era propiedad de su esposa. Él llevaba las cuentas y trabajaba, cuando podía, como director teatral, una profesión con cada vez menos demanda en Ciudad Antigua.
—¿Y estás absolutamenté seguró de que erés su sobrinó? — estaba preguntado monsieur Valentin a Wolf —. ¿Y disés que estás al cuidadó de su libreriá hastá que regresé de la Antartidá? Mmm. Empiesó a comprender. Peró seguró que te habrá habladó de nuestró acuerdó.
Monsieur Valentin tenía la costumbre de cambiar el sonido zeta por ese y acentuar la última sílaba de las palabras aunque no tocara.
— No, no mencionó nada de un acuerdo — respondió Wolf —. Él... — Nunca se le había dado bien mentir, pero era obvio que no podía contar a monsieur Valentin lo que realmente le había ocurrido a Leonard Levar ni cómo había acabado él en posesión de las llaves de la librería, así como del resto de sus propiedades y su dinero.
— Él me dejá coger prestadós todós los librós que quieró — argumentó monsieur Valentin —. Pará mi programá de autosuperasión. A cambió, él a vesés cogé prestadós animalés de la tiendá de mi mujer. Por supuestó tú puedes haser lo mismó, siempré que los devuelvás sanós y salvós...
— No — repuso Wolf a toda prisa —. No me hará falta ningún animal.
— Buenó, pues yo nesesitó mis librós — replicó monsieur Valentin —. ¿Cuandó has dichó que regresá tu tio?
— No lo sé — respondió Wolf —, pero tardará en volver.
— Y tú duermés en está camá plegablé, ya veó.
Monsieur Valentin se puso a caminar por la tienda, haciendo que los bajos algo acampanados de sus pantalones de pana verde ondearan en torno a sus largas piernas. Con sólo tres pasos, abarcó todo el espacio, luego regresó. Wolf esperaba que se detuviera, pero no lo hizo. Comenzó de nuevo, esta vez fijándose en todo.
En algún momento, Wolf también tendría que contarle a Effie lo que había ocurrido con el antiguo piso de su abuelo. Ojalá no hubiera tenido que marcharse. Hasta hacía dos semanas, Wolf había estado viviendo allí en secreto, teniendo en su haber lo que él creía que era el único juego de llaves (y, de hecho, las escrituras de todo el edificio, que había encontrado en un archivador de la librería de Leonard Levar). Hasta que un día, mientras él estaba en clase, se había presentado una estadounidense alta y se había mudado al piso. Como si nada.
La señorita Dora Wright, que había sido profesora de Wolf, y antes vivía en el piso de abajo del abuelo de Effie, había regresado a casa justo al mismo tiempo. Así que Wolf se había mudado de forma permanente a la librería. Jamás volvería a recurrir a su tío cruel, de modo que no le quedaba otra. Estaba claro que no podía arriesgarse a que algún adulto o algún profesor descubriera que vivía solo, pues lo más probable es que avisaran a los servicios sociales. Y ahora no lograba quitarse de encima a ese molesto vecino francés que, por segunda vez esa semana, lo estaba acribillando a preguntas.
—¿Qué es estó? — le preguntó monsieur Valentin.
Había descubierto el cuaderno de Wolf, abierto encima de la cama, y lo había cogido. El chico se acercó corriendo y se lo arrebató. Lo cerró.
— Nada.
—¿Nadá? Ajá. Veó que a ti también te interesá la autosuperasión. — Le guiñó un ojo, y al hacerlo la barba pareció treparle hasta la mitad de la cara, como una criatura desesperada por escapar.
¿Qué había visto monsieur Valentin en su cuaderno? Los adultos podían ser muy entrometidos. Wolf escribía en él todas sus listas, y tenía muchísimas. Todas eran muy personales.
En ese cuaderno, Wolf había redactado un plan a cinco años vista, una lista de objetivos para ese año, una lista de objetivos para cada semana, una lista de cosas que hacer y un plan de entrenamiento para cada uno de los días desde que se mudó a la librería (que fue cuando encontró el cuaderno, sin usar y lleno de polvo, sobre el escritorio). Todas las mañanas y todas las tardes, Wolf hacía cincuenta flexiones de pecho, cincuenta sentadillas, quince flexiones de barra (había una viga vieja que le venía muy bien para eso) y tres planchas de un minuto. Hacía repeticiones de flexionen de bíceps, fondos de tríceps y remo a una mano con voluminosos libros que hacían de pesas: la Biblia y el Corán eran perfectos. Todas las mañanas corría tres kilómetros por las calles tranquilas de Ciudad Antigua.
La lista de PRINCIPALES OBJETIVOS VITALES de Wolf, escrita con letras muy claras en la primera página del cuaderno, era la siguiente:
1. ENCONTRAR A NATASHA.
2. DERROTAR A LOS DIBERI.
3. SER BUEN AMIGO DE EFFIE, LEXY, RAVEN Y MAX, Y PROTEGERLOS ANTE EL PELIGRO.
4. VIAJAR AL ALTERMUNDO.
5. CONVERTIRME EN JUGADOR DE RUGBY PROFESIONAL O EN SOLDADO MÁGICO DE ALGUNA CLASE.
Natasha era la hermana pequeña de Wolf. No tenía ni idea de dónde estaba ni de cuál era su aspecto siquiera. Lo único que sabía de ella es que tendría unos nueve años, quizá diez ya. Su madre se la había llevado hacía muchos años, cuando dejó al padre de Wolf, y no la había visto desde entonces. Ahora estaba decidido a encontrarla y proporcionarle una buena vida, pero, para conseguirlo, tenía que ser fuerte y estar preparado, además de mantener en secreto lo que estaba haciendo.
— Hasés muchó ejersisió — comentó monsieur Valentin —. Paresés un chicó duró, ¿no? Así que me preguntó qué es lo que hasés en una libreriá. Aunqué veo que ya has sacadó todós los volumenés más importantés que tratán sobré la guerrá.
Era cierto. Wolf había estado rebuscando en la vasta colección de libros sobre Napoleón, además de leer El arte de la guerra de Sun Tzu y cualquier otra obra que contuviera la palabra «guerra» en el título o imágenes de batallas en la cubierta. Había leído la Bhagavad-gītā, Cómo usar a tus enemigos y el Tao Te Ching.
— Y un montón de filosofía. Qué chicó tan extrañó debés de ser. Todavía me huelé raró que estés aquí, peró por ahorá haré la vistá gordá, siempré que no te importé que cojá algunós librós. Puedés desirlé a tu tio que se los devolveré comó siempré.
— De acuerdo — dijo Wolf.
No iba a ponerse a discutir. Necesitaba un hogar seguro para cuando encontrara a Natasha y, dado que había perdido el piso, se tendría que conformar con la librería. Aunque resultaba incómodo tener siempre pululando a monsieur Valentin. Wolf debía encontrar alguna forma sutil de evitar que aquello continuara. Tal vez recurrir a los consejos de Maquiavelo o de cualquier otro gran estratega. La librería anticuaria de Leonard Levar era un recurso la mar de útil, y no iba a renunciar a ella por precipitarse. Tenía un teléfono operativo que a veces funcionaba y un ordenador antediluviano con el que podía consultar el tablón de anuncios del viejo sistema BBS, aunque hoy en día solía caerse cada diez segundos. De todas formas, había encontrado algunos números útiles a los que llamar para investigar acerca del paradero de Natasha.
También había una buena reserva de papel, sobres y sellos para escribir a los Archivos Nacionales de Londres. Además, Wolf había hallado un sistema de microfichas antiquísimo y varias colecciones de transparencias, muchas de las cuales eran escalofriantes y fascinantes a un tiempo, con títulos como «Registros de niños perdidos» y «Huérfanos del norte desaparecidos».
Por lo visto, todos los años desaparecían muchísimos niños, y Leonard Levar había mostrado un interés morboso por muchos de ellos. Había ejemplos de niños perdidos en el mar, niños perdidos en páramos, niños perdidos en el Bosque de Quirin, niños secuestrados por desconocidos o (lo que era más habitual) por familiares trastornados, y un número pequeño — aunque significativo — de niños que jamás habían regresado del examen de admisión del Beato Bartolo.
Lo único que todos los niños desaparecidos tenían en común era que alguien se había tomado la molestia de denunciar su desaparición. Nadie había denunciado la de Natasha. No obstante, estaba claro que se había esfumado. Wolf se había puesto en contacto con todos los colegios del distrito, y en ninguno de ellos había ninguna Natasha Reed. Sólo en uno había una Natasha, pero de una edad que no se correspondía con la de su hermana. La madre de Wolf debía de habérsela llevado muy, muy lejos. Pero ¿por qué? Y ¿adónde?
— Aquí tienés — dijo monsieur Valentin al regresar de la trastienda. Dejó caer sobre el escritorio un gran libro de tapa blanda manoseado —. Estó pondrá en funsionamientó tu pequeñá cabesá durá. Ya me darás las grasiás en otró momentó.
El libro se titulaba La respuesta. Le resultaba familiar. Wolf ya lo había visto en la sección de estrategia militar. Había algo en él que lo asustaba, aunque era imposible decir qué era. Al fin y al cabo, había leído libros de aspecto mucho más aterrador. Incluso había ojeado por encima los enormes ejemplares que usaba como pesas, y ambos eran espeluznantes, cada uno a su manera.
Monsieur Valentin sostenía tres libros de tapa dura llenos de polvo. Wolf no alcanzaba a ver cuáles eran, pero uno parecía titularse Impedir el apocalipsis y el otro algo así como Remedios caseros para arreglar una bola de cristal defectuosa. Aunque quizá había leído mal; después de todo, estaba del revés.
La puerta tintineó y de repente monsieur Valentin ya no estaba. Tan sólo quedaba un ligero olor a cebolla y gatitos.
Wolf apagó de un soplido casi todas las velas y cogió un libro de sudokus de dificultad avanzada para llevárselo a la cama. Los grandes guerreros también debían entrenar la mente. Y los sudokus le resultaban reconfortantes.