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Los copos de nieve danzaban en la penumbra del anochecer.

Tenía las piernas tan entumecidas que le costó bajar del taxi. En la entrada de la comisaría los esperaba un miembro de la policía científica cobijado en el abrigo reglamentario. Éste los condujo al interior. Cruzaron el despacho donde trabajaban los agentes de guardia y por un pasillo apenas iluminado llegaron a una puerta que daba al aparcamiento para el personal.

Al fondo del recinto se alzaba la morgue, un edificio aislado sin ventanas y con tejado de zinc. El ronroneo del extractor le reveló que dentro había un cadáver. El agente de la científica abrió con llave y se apartó indicándoles con la mirada que esperaría fuera como muestra de respeto.

«No me he acordado de rezar...»

Yoshinobu Mikami abrió la puerta. Las bisagras chirriaron, sus ojos y su olfato registraron de inmediato la presencia de cresol. A través del abrigo sintió en su codo la presión de los dedos de Minako. El techo arrojaba una luz de neón; la mesa de autopsias, que le llegaba a la cintura, estaba cubierta de vinilo azul. Sobre ella se reconocía una forma humana bajo una sábana blanca. Su incierto tamaño, menor que el de un adulto, pero a todas luces mayor que el de un niño, estremeció a Mikami.

Ayumi...

Se tragó el nombre temiendo que, por el mero hecho de pronunciarlo, pudiera convertir aquel cuerpo en el de su hija.

Empezó a retirar la tela blanca.

Pelo, frente, ojos cerrados... Nariz, labios... Mentón...

La cara lívida de una chica muerta apareció ante sus ojos. A partir de ese momento, el aire helado de la morgue pareció circular de nuevo. Minako apoyó la frente en su hombro. Sus dedos ya no se le clavaban en el codo con la misma fuerza.

Mikami respiró desde lo más profundo de su ser dejando que la mirada se le perdiera en el techo de zinc. No hacía falta prolongar el examen. Habían tardado cuatro horas en llegar desde la prefectura D (primero en tren bala y luego en taxi), pero la identificación duró apenas unos segundos. Una chica ahogada, posible suicidio. Salieron sin pérdida de tiempo cuando recibieron la llamada. La joven, según les dijeron, fue encontrada en un lago poco después del mediodía.

Su pelo castaño aún estaba húmedo. Tenía unos quince o dieciséis años, quizá algo más. No había estado mucho tiempo en el agua, su cuerpo aún no había empezado a hincharse. El delicado perfil de su frente y sus mejillas se mantenía intacto al igual que sus labios infantiles, como si aún viviera.

¡Qué amarga ironía! Su hija siempre había ansiado tener unos rasgos tan finos como aquéllos. Aunque ya habían pasado tres meses, Mikami aún era incapaz de recordar la escena con serenidad.

Arriba, en el cuarto de Ayumi, se oyó un ruido y luego unos golpes frenéticos, como si alguien intentara hundir el suelo. El espejo estaba hecho pedazos. Sentada en un rincón, con la luz apagada, Ayumi se daba puñetazos en el rostro, se lo dañaba, quería destrozárselo: «Odio esta cara. Me quiero morir.»

Mikami juntó las manos frente a la chica muerta. Aquella joven también tenía padres, padres que se verían obligados a ir hasta allí esa misma noche, tal vez al día siguiente, y que deberían asumir la horrible realidad.

—Vámonos.

Habló con voz ronca, como si tuviera la garganta seca.

Minako parecía ausente, ni siquiera hizo el esfuerzo de asentir. Sus pupilas dilatadas eran como cuentas de cristal, vacías de cualquier pensamiento o emoción. La experiencia no era nueva para ninguno de los dos. En los últimos tres meses ya habían visto dos cadáveres de adolescentes.

La nieve se había convertido en una llovizna helada. Tres siluetas los esperaban en la oscuridad del aparcamiento exhalando un vaho blanquecino.

—Un verdadero alivio, comisario Mikami.

El capitán, un hombre de piel clara y semblante afable, sonrió indeciso al tenderle su tarjeta. Aunque no estaba de servicio, iba de uniforme, al igual que sus acompañantes, el director y el jefe local de Investigaciones Criminales. Mikami comprendió que ese gesto indumentario era una muestra de respeto ante la posibilidad de que hubiese identificado a la muchacha como su hija.

Hizo una profunda reverencia.

—Gracias por avisarme tan deprisa.

—No hay de qué. Al fin y al cabo, todos somos policías, ¿no? —El capitán les cedió el paso y, sin más preámbulos, señaló hacia el edificio—. Pasen, así entrarán un poco en calor. Les sentará bien.

Mikami notó un tirón en la parte trasera del abrigo y, al volverse, advirtió una mirada de súplica en Minako. Quería marcharse lo antes posible. Él también.

—Muy amable por su parte, pero no podemos quedarnos. Tenemos que coger el tren —se excusó Mikami dándole su tarjeta al capitán.

—No, no, es mejor que se queden. Ya hemos reservado una habitación para ustedes en el hotel.

—Le estamos muy agradecidos por sus atenciones, pero tenemos que irnos, de verdad. Mañana trabajo.

Al oírlo, el capitán bajó la vista hacia la tarjeta que tenía en las manos.

COMISARIO YOSHINOBU MIKAMI

Jefe de prensa

Inspector del Departamento de Asuntos Administrativos,

División de Personal

Jefatura de Policía, prefectura D

Levantó la cabeza suspirando.

—Debe de ser duro tratar con la prensa.

—A veces —respondió Mikami evasivo.

Recordó las caras belicosas de los reporteros que había dejado en la sala de prensa. La notificación telefónica sobre la chica ahogada llegó en medio de un acalorado debate sobre el formato de los comunicados. Mikami se levantó y se fue sin dar explicaciones, lo que provocó las iras de los reporteros, que no estaban al corriente de su situación familiar: «¡No hemos acabado! ¿Qué hace, Mikami? ¿Está huyendo?»

—¿Lleva mucho tiempo en Relaciones con los Medios? —preguntó el capitán intentando mostrarse solidario.

En las comisarías centrales de distrito, las relaciones con la prensa las llevaba el capitán adjunto o el subdirector, mientras que en las regionales, más pequeñas, era el propio capitán quien se ponía en la línea de fuego.

—Sólo desde la primavera, aunque ya había estado antes, hace mucho.

—¿Siempre ha trabajado en Asuntos Administrativos?

—No, fui inspector en la Segunda División de Investigaciones Criminales durante varios años.

Aún se sentía orgulloso después de tanto tiempo.

El capitán asintió dubitativo. Probablemente nunca había visto otros casos de investigadores convertidos en jefes de prensa, ni siquiera en las comisarías regionales.

—Me imagino que, con su experiencia como investigador, la prensa le hará caso.

—Bueno, eso querría yo.

—La verdad es que aquí resulta más problemático. Hay algunos... periodistas... que escriben lo que les da la gana, sea verdad o no.

El capitán frunció el ceño y, sin cambiar de expresión, hizo un gesto hacia el aparcamiento. Mikami apenas pudo ocultar su disgusto al ver que se encendían los faros del coche negro del capitán y que el taxi que había dejado esperando ya no estaba. Volvió a notar un leve tirón en su abrigo, pero no podía pedir otro taxi y desairar a aquel hombre, que sólo parecía tener buenas intenciones.

Ya era de noche cuando salieron hacia la estación.

—Mire, ahí está el lago —dijo el capitán, que se había sentado al lado del chófer; parecía un poco estremecido por la mancha negra que se extendía al otro lado de la ventanilla derecha—. Lo de internet es un desastre. Hay una web horrible que se llama Los Diez Mejores Sitios Para Suicidarse y mencionan este lago. Le han puesto un nombre misterioso, algo así como Lago de la Promesa.

—¿Lago de la Promesa?

—Visto desde cierto ángulo parece un corazón. Según la web, te concede el amor verdadero en el más allá. La chica de hoy es la cuarta. Hace poco vino una desde Tokio. La prensa publicó un artículo y ahora se han metido hasta los de la tele.

—¡Qué horror!

—Ni que lo diga. Debería darles vergüenza ganar dinero con artículos sobre un suicidio... Si hubiéramos tenido tiempo, Mikami, me habría gustado pedirle algún consejo sobre cómo lidiar con los periodistas.

El capitán no paraba de hablar, como si los silencios se le hicieran incómodos. Mikami, por el contrario, no estaba para grandes conversaciones, y aunque agradecía el tacto de su interlocutor, sus respuestas se volvieron cada vez más escuetas.

Se habían equivocado. No era Ayumi. Aun así, seguía tan consternado como en el viaje de ida. Rezar por que no fuera su hija... Era consciente de que eso equivalía a desear que fuera la de otros. Minako, sentada a su lado, no decía nada. Mikami sentía la presión de sus hombros, más frágiles de lo normal.

El coche dobló en un cruce. Ya tenían delante la estación inundada de luz. En la amplia plaza de enfrente había varios monumentos conmemorativos. Estaba casi desierta. Mikami había oído decir que aquella estación la habían construido por motivos políticos sin tener en cuenta el movimiento real de viajeros.

—Mejor que no baje, no vaya usted a mojarse —se apresuró a decir ya con la puerta trasera medio abierta.

Pero el capitán ya se le había adelantado y bajó del coche antes que él. Tenía la cara roja.

—Les ruego que acepten mis disculpas por haberles dado información... poco fiable y por la molestia de venir hasta aquí. La verdad es que... dada la estatura y la posición del lunar, habíamos pensado que... Espero no haberles causado mucho sufrimiento.

—No, claro que no.

Mikami hizo un gesto con la mano como diciendo que no tenía importancia, pero el capitán se la estrechó.

—Saldrá todo bien, ya lo verá. Su hija está sana y salva. La encontraremos. Tienen a doscientos sesenta mil amigos buscándola a todas horas.

Inclinado en una reverencia, el comisario vio cómo se alejaban las luces traseras del coche del capitán. El agua gélida empezaba a mojar el cuello de Minako y, estrechando contra él su frágil cuerpo, Mikami la condujo hasta la estación. Reconoció la luz de un koban, un pequeño retén policial. En la calle había un viejo sentado, seguramente un borracho, que se resistía a que un joven agente se lo llevara de allí.

«Doscientos sesenta mil amigos...»

El capitán no exageraba. Comisarías de distrito, retenes de koban, subcomisarías... La foto de Ayumi había llegado a todos los departamentos del país. Agentes para él desconocidos montaban guardia día y noche en espera de noticias sobre su hija como si fueran ellos los padres de la desaparecida. La policía era una gran familia que inspiraba confianza y él se sentía en deuda por ello. Cada día daba gracias por pertenecer a una organización tan poderosa, tan extensa, y sin embargo...

Apretó la mandíbula mordiendo el aire frío. Nunca se había imaginado que necesitar ayuda pudiera convertirse en la peor de las flaquezas...

La sumisión.

Había momentos en que le hervía la sangre, pero eso era algo que no podía contarle a Minako, por supuesto.

Encontrar a una hija desaparecida. Estrecharla viva entre sus brazos... Dudaba que hubiera algo a lo que no estuvieran dispuestos unos padres para conseguirlo.

Se oyó un anuncio en el andén.

El vagón estaba medio vacío. Minako se sentó junto a una ventanilla.

—El capitán tiene razón —le susurró Mikami—. Está a salvo, no le ha pasado nada.

Ella no respondió.

—Pronto la encontrarán, no te preocupes.

—Ya...

—Si no, ¿qué sentido tendrían las llamadas? Quiere volver, pero se lo impide el orgullo. Cualquier día de éstos aparecerá, ya lo verás.

Minako seguía ausente. Sus hermosas facciones brillaban en la oscuridad de la ventanilla. Parecía exhausta. Había renunciado a maquillarse y hacía tiempo que no iba a la peluquería, pero ¿qué pensaría si se diera cuenta de que aquella renuncia resaltaba la gracia natural y espontánea de sus rasgos?

También el rostro de Mikami estaba en la ventana y vio una imagen fantasmal, la de Ayumi.

Ayumi, que se maldecía por haber salido a su padre y había convertido la belleza de su madre en el blanco de sus iras.

Apartó lentamente la mirada de la ventanilla. Era algo pasajero, como la varicela. Ya entraría en razón... Tarde o temprano se daría cuenta de su error y volvería a casa con la lengua fuera, como cuando se equivocaba de pequeña. No podía odiarlos de verdad, no era lógico que quisiera hacerles daño. ¿Ayumi? Imposible.

El tren se balanceaba un poco. Minako apoyaba la cabeza en su hombro. Su respiración era irregular... Quizá sollozaba en silencio; quizá, simplemente, se había quedado dormida.

Mikami cerró los ojos.

La ventanilla persistió bajo sus párpados con el reflejo de la desigual pareja que formaban él y su mujer.

Capítulo 2

2

Un fuerte viento del norte soplaba desde la mañana en el valle de la prefectura D.

El semáforo estaba en verde, pero había tanto tráfico que Mikami avanzaba muy despacio. Apartó las manos del volante para encender un cigarrillo. Ya se estaba construyendo otro grupo de rascacielos, las torres de apartamentos iban devorando el perfil de las montañas enmarcado en la ventanilla.

Había 580.000 viviendas y 1.820.000 habitantes... Eran las cifras de un estudio demográfico que había leído en el periódico mientras desayunaba. Aproximadamente un tercio de esa población vivía o trabajaba en la ciudad D, que tras un largo y arduo proceso se había fusionado con las poblaciones de su entorno dando lugar a una imparable centralización urbana. Pese a ello, los proyectos para la creación de un buen sistema de transporte público, la prioridad número uno, seguían en el aire: con pocos trenes o autobuses cubriendo rutas en su mayoría ineficientes, las carreteras estaban saturadas de vehículos.

—Venga, hombre, muévete —masculló Mikami.

El atasco de aquella mañana, la del 5 de diciembre, era de los peores. La radio estaba a punto de anunciar las ocho y Mikami distinguió los cinco pisos de la Jefatura. Una visión que despertó en él una nostalgia inesperada por sus muros, fríos pero familiares. Y eso que sólo había estado medio día en el norte...

De hecho, podría haberse ahorrado el viaje. Sabía perfectamente que era una pérdida de tiempo. Ahora, un día después, lo veía con una claridad meridiana. Pocas personas tenían tanta aversión al frío como Ayumi. Si la idea de que se hubiera ido al norte ya era absurda, la de que se tirase a un lago helado rayaba en lo grotesco.

Aplastó la colilla y pisó el acelerador. Delante se había abierto un hueco por donde logró colarse.

A pesar del atasco, había conseguido no llegar tarde. Dejó el coche en el aparcamiento y se dirigió corriendo al edificio principal. La fuerza de la costumbre le condujo la vista hacia las plazas reservadas a la prensa...

Se quedó de piedra. A esas horas no solía haber nadie, pero no quedaba ni una sola plaza libre. Seguro que en la sala de prensa ya se había congregado un buen montón de periodistas... Por un instante, se preguntó si habría pasado algo. No, probablemente querían retomar cuanto antes la discusión del día anterior. Estarían dentro esperando su llegada.

«Afilando los cuchillos de buena mañana...»

Entró en el edificio por el acceso principal y, en sólo diez pasos, llegó a su departamento: Relaciones con los Medios. En cuanto abrió la puerta, tres caras nerviosas miraron hacia él: Suwa y Kuramae, jefe y subjefe de sección, ambos sentados ante sus escritorios, junto a la pared, y Mikumo, que ocupaba el más próximo a la puerta.

La estrechez de aquel espacio hacía innecesario levantar la voz para saludar.

Desde la primavera era un poco más amplia porque habían derribado el tabique del archivo. Aun así, cuando los periodistas entraban allí en masa, a duras penas se podía respirar. Era la escena que esperaba encontrar Mikami, pero los reporteros brillaban por su ausencia. Se sentó en su sitio, junto a las ventanas, con la sensación de haberse salvado de milagro. Suwa se acercó sin esperar a que lo llamara y habló con una reticencia poco habitual en él.

—Esto... señor... respecto a lo de ayer...

Sus palabras pillaron desprevenido a Mikami, que llegaba dispuesto a preguntar qué había pasado con la prensa. Por la noche había llamado a su superior directo, el jefe de división Ishii, de la Secretaría, para explicarle con detalle todo lo ocurrido en la identificación y había supuesto que Ishii les transmitiría la noticia a sus colegas.

—No era ella. Gracias por preguntar.

Fue como si la tensión se disipara de golpe. Suwa y Kuramae se miraron con alivio y Mikumo saltó de su silla, como reanimada, y bajó la taza de Mikami de la estantería.

—Bueno, Suwa, a lo nuestro: ¿está ahí la prensa?

Mikami señaló una de las paredes con la barbilla. Al otro lado estaba la sala del Club de la Prensa, una agrupación informal formada por trece medios de comunicación.

Suwa volvió a poner mala cara.

—Sí, no falta nadie. Hablaban de lincharlo. Dentro de nada los tendrá aquí a todos.

¿Lincharlo? Mikami no pudo ocultar su irritación.

—Ah, y otra cosa, para que la tenga en cuenta... Creen que se ausentó porque un familiar estaba muy grave.

Mikami hizo una breve pausa antes de asentir.

Suwa era más listo que el hambre, el portavoz perfecto para desviar los tiros. Había ido ascendiendo en el escalafón de Asuntos Administrativos hasta alcanzar el rango de inspector adjunto. Con tres años de experiencia en Relaciones con los Medios y otros dos como sargento, pateándose las calles, entendía a fondo la ecología de la prensa actual y, aunque aquella presunción juvenil fuera a veces un poco cargante, su talento para ganarse a los periodistas moviéndose sin transición entre la diplomacia y el engaño era prodigioso. Y aún había pulido más sus dotes tras su confirmación en el cargo, de modo que su prestigio en el departamento no hacía más que crecer.

En el caso de Mikami, ocupar el cargo por segunda vez no había sido tan venturoso. Tenía cuarenta y seis años y su traslado se había producido tras un paréntesis de veinte. Hasta la primavera había sido jefe adjunto de la Segunda División de Investigaciones Criminales y antes de eso había dirigido a pie de calle a un equipo que investigaba casos de corrupción y fraude electoral como jefe de la Sección de Delitos No Violentos.

Se levantó y se volvió hacia la pizarra blanca que tenía al lado de su mesa.

«Dirección de la prefectura D. Comunicado de prensa: jueves 5 de diciembre de 2002.»

Como jefe de prensa, su primera obligación por las mañanas era repasar todos los comunicados antes de ponerlos en manos de los periodistas.

La oficina recibía una avalancha interminable de llamadas y faxes sobre los accidentes y delitos que se habían producido dentro de la jurisdicción asignada a las nueve comisarías de la prefectura. Y desde la reciente incorporación de los ordenadores, el correo electrónico no tenía nada que envidiar a semejante alud. El equipo de Mikami resumía los partes ajustándolos a un formulario y luego los copiaba y enganchaba en las pizarras del despacho y la sala de prensa. Al mismo tiempo se ponía en contacto con los noticiarios televisivos que tenían línea directa con la prefectura. Ése era el procedimiento habitual y la manera como el cuerpo de policía cumplía con la cobertura informativa, lo cual no impedía que a menudo los comunicados acabaran siendo un motivo de fricción.

Miró el reloj de la pared: las ocho y media.

¿Qué estaban haciendo ahí dentro?

—¿Tiene un momento, señor? —Kuramae se había acercado a la mesa de Mikami; su esbelta figura contrastaba con la contundencia de su apellido, parte del cual podría traducirse como «almacén»; habló con su habitual circunspección—. Es por lo de... la denuncia de amaño en la licitación.

—Claro, claro. ¿Ha conseguido averiguar algo?

—Pues...

Kuramae titubeó.

—¿Qué pasa? ¿El director se niega a confesar o qué?

—La verdad es que no he podido...

—¿Que no ha podido qué?

La mirada de Mikami se endureció inconscientemente. Hacía cinco días que la Segunda División había detenido a varias personas por un supuesto amaño en las licitaciones de un proyecto para construir un museo de arte en la prefectura. Se habían hecho registros en seis constructoras de nivel medio y tenían a ocho directivos en prisión preventiva, pero la investigación estaba lejos de haber terminado: el objetivo era la constructora Hakkaku, la empresa que, de confirmarse las sospechas, estaba detrás de todo. Mikami había oído rumores de que su presidente había sido convocado con absoluta discreción a una de las comisarías del distrito y llevaba algunos días prestándose a interrogatorios voluntarios. Para la prensa regional sería todo un bombazo que la policía consiguiese pillar al cabecilla.

En la Segunda División era costumbre dejar para última hora de la noche tanto las declaraciones como la emisión formal de órdenes de arresto. Mikami había enviado allí a Kuramae para valorar la situación y evitar así posibles confusiones si los tiempos chocaban con la hora de cierre de las ediciones.

—Por lo menos habrá averiguado si está detenido el presidente, ¿no?

Kuramae parecía abatido.

—Se lo he preguntado al jefe adjunto, pero...

No costaba mucho adivinarlo: habían decidido tratar a Kuramae como a un intruso que había ido allí a espiar.

—No pasa nada, ya iré a verlos más tarde.

Lo vio volver a su mesa cabizbajo. Luego suspiró con amargura. El puesto anterior de Kuramae había sido un trabajo de despacho en una de las comisarías de la Segunda División. Mikami le había encomendado la misión con la esperanza de que pudiera sonsacarles alguna información a sus viejos contactos, pero estaba claro que había incurrido en un exceso de optimismo. Cualquier dato que se diera a Relaciones con los Medios acababa en manos de la prensa, que lo usaba como moneda de cambio: aún había muchos inspectores que lo veían así.

Era un punto de vista que Mikami había compartido en otros tiempos.

Durante su época como inspector novato nunca se había fiado de quienes trabajaban en Relaciones con los Medios. «Títeres en manos de la prensa...» «Perros guardianes de Asuntos Administrativos...» «Un sitio donde prepararse los ascensos...» Seguro que él también había echado mano de tópicos semejantes imitando los reproches de sus superiores. Esa familiaridad con la prensa siempre le había repelido, incluso viéndola a distancia: los agentes salían de copas con los reporteros y nunca se cansaban de bailarles el agua. En los escenarios de crímenes, su actitud era distante, propia de meros observadores que se pasaban el rato charlando con los periodistas.

Nunca los había considerado verdaderos policías.

Por eso había sido un jarro de agua fría que lo trasladasen a Relaciones con los Medios durante su tercer año como inspector. Lo interpretó como una especie de destitución, como si lo hubieran degradado, y se puso a trabajar con ahínco sabiendo muy bien que no podría estar a la altura. Luego, al cabo de un año, sin haber tenido tiempo de aprender ni lo más básico, lo trasladaron de nuevo a Investigaciones Criminales.

Por muy contento que estuviera con la reincorporación, estaba claro que no podía atribuir aquel paréntesis de un año en su carrera de inspector a un simple capricho del Departamento de Personal, y a partir de ese momento comenzó a desarrollar un recelo generalizado hacia el sistema, que se vio acompañado por una sensación de inseguridad aún más intensa. Se dedicó al trabajo en cuerpo y alma con un afán renovado, siempre temeroso de que llegara una nueva campaña de traslados. Incluso después de cinco o diez años, seguía con los nervios de punta.

En honor a la verdad, esa sensación de constante incertidumbre había servido para potenciar más aún, si ello era posible, su entrega al trabajo. No se concedía ni el más mínimo asomo de pereza, rehuía las tentaciones, jamás se relajaba, y esa actitud no dejó de dar sus frutos: durante su paso por la Primera División, acumuló un sinfín de reconocimientos y elogios, tanto en Robos como en Delitos Violentos e Investigaciones Especiales.

La consagración definitiva, sin embargo, no llegó hasta su traslado a la Segunda División, donde se especializó en delitos no violentos y se labró una reputación que no le discutía nadie en Investigaciones Criminales, tanto en la Jefatura de Distrito como en la Prefectura Regional.

A pesar de todo, Mikami seguía sin considerarse un inspector de verdad, y aunque él hubiera pretendido olvidar el pasado, en su entorno nunca se lo habrían permitido: cada vez que se filtraban datos sensibles a la prensa, sus colegas y superiores esquivaban su mirada y se mostraban desconfiados. Y no todo era achacable a sus aprensiones y suspicacias. Se le helaba la sangre cada vez que notaba la proximidad de una nueva caza de brujas, y eso era algo que sólo podían entender quienes lo habían vivido en sus propias carnes. Por muy impresionada que pudiera estar la cúpula por su trabajo y por mucho que lo hubieran ascendido de inspector adjunto a inspector, nunca le pidieron que ayudara a localizar el origen de una filtración. En ese aspecto, su etapa en Relaciones con los Medios equivalía a tener «antecedentes penales».

«Va a ser nuestro nuevo jefe de prensa.»

A principios de primavera, Mikami se quedó pasmado cuando Akama, el director de Asuntos Administrativos, le notificó de forma extraoficial su nuevo traslado. Sólo se le ocurrieron dos palabras: «Antecedentes penales.»

Akama expuso de inmediato el razonamiento que justificaba la designación.

—No pienso quedarme cruzado de brazos viendo cómo esos periodistas nos despellejan por el más pequeño error. Ni son personas íntegras ni tienen la menor idea de lo que es la justicia social. Parece que su único objetivo es minar nuestra autoridad. Hemos sido unos blandos y ahora abusan de nuestra confianza. Por eso necesitamos a alguien como usted, Mikami, un jefe de prensa agresivo, alguien que sepa bregar con ellos y sea capaz de bajarles los humos.

A Mikami le costó aceptar aquellas palabras. En una cultura como la de la policía, donde primaban los tipos duros y donde la fuerza era siempre un valor añadido, no faltaban precisamente hombres enérgicos. ¿Qué sentido tenía elegir a un inspector ya curtido en las lides del oficio (cuya única meta, por otra parte, era la estricta aplicación del código penal) y asignarle el papel de cancerbero, una tarea ajena a la misión original del cuerpo?

Akama se refirió al traslado como una oportunidad. Era cierto que el puesto implicaba el ascenso a la categoría de directivo (algo que rara vez lograban los policías con el rango de Mikami) y que eso le aseguraba la promoción a comisario, pero él ya había previsto que lo ascenderían en dos o tres años y no le gustaba que le pusieran la zanahoria delante si el nombramiento suponía un desplazamiento a otra área dentro del cuerpo.

En ese momento tuvo claro que, en aquella elección, sus «antecedentes penales» habían sido decisivos. Cuando se valoraba a varios candidatos para un mismo puesto, el Departamento de Personal solía decantarse por el que más experiencia tuviese en el ámbito en cuestión. Así se aseguraban el tiro. En ese sentido, sin embargo, el problema para Mikami no era haber sido elegido, sino haber sido propuesto directamente por Investigaciones Criminales.

Esa misma tarde, armándose de valor, fue a casa de Arakida, el director de Investigaciones Criminales.

—La decisión está tomada —se limitó a decirle Arakida.

Exactamente igual que veinte años atrás. Tenía la sensación de que pasaban por alto su talento como inspector; el desánimo y la decepción eran proporcionales a los años que llevaba trabajando allí.

La idea era que volviera a Investigaciones Criminales en un par de años. Mikami asumió el papel de jefe de prensa con un solo compromiso personal: controlar sus emociones y no apoltronarse en la rutina. No pensaba repetir los errores del pasado, ni caer en la negligencia ni perder el tiempo. Aquellos largos años de trabajo duro le habían enseñado a mantener una actitud física y mental que convertía en insoportable cualquier tarea pendiente.

Su primer objetivo fue reformar el funcionamiento de Relaciones con los Medios, y el primer paso para conseguirlo era lanzar una ofensiva en Investigaciones Criminales. Necesitaba información sobre los casos, material que le sirviera para negociar. Ya había entendido que, en el trato con la prensa, la única arma digna de ese nombre que tenía a su alcance era la información pura y dura: debía, pues, enfrentarse a los periodistas bien armado. Construiría una relación madura en la que ambos bandos se controlarían mutuamente. Y, poco a poco, las intromisiones de Asuntos Administrativos irían a menos hasta que se pudiera superar aquel punto muerto a tres bandas.

Con estas grandes líneas trazó Mikami su programa de reformas.

El muro defensivo del que se rodeaba Investigaciones Criminales (presunto ariete y bastión del auténtico trabajo policial) era muy compacto, al igual que el de la Segunda División, donde tantos años había pasado Mikami. Sin embargo, lo más impenetrable (y meritorio, había que reconocerlo) era el mutismo de la Primera División. Mikami adoptó la costumbre de peregrinar diariamente, a la hora de comer, a las distintas divisiones y conversaba con sus responsables para hacerse una idea de las investigaciones en curso. Fuera del horario de trabajo recurría a su red personal de contactos para relacionarse con los inspectores de nivel medio. Esperaba a los días festivos o a los de permiso para presentarse delante de sus casas con pequeños regalos. Se los daba en mano, saltándose cualquier protocolo o atisbo de diplomacia, y en sus rondas les decía que necesitaba información para plantar cara a la prensa.

Lo que no le contaba a nadie era su segundo motivo: asegurarse el futuro. Si en un plazo de dos años volvía a Investigaciones Criminales, lo haría con «dobles antecedentes», por así decirlo. Mientras fuera jefe de prensa debía hacer lo necesario para no ser visto como ajeno al cuerpo por ningún miembro del departamento. Para bien o para mal, tenía que mantenerlos al corriente de su actividad en Relaciones con los Medios. Era un preparativo necesario para su regreso.

Siguió dos o tres meses con sus «peregrinaciones» y, si bien no obtuvo resultados demasiado tangibles, sí empezó a perfilarse otro hecho, una reacción sobre la que él albergaba secretas esperanzas. Su actividad, inusitada para un jefe de prensa, había llamado la atención de los medios con efectos que distaban mucho de ser insignificantes: empezaban a prestarle atención. Se estaban produciendo cambios perceptibles en la imagen que tenían de él. Trabajar en Relaciones con los Medios y tener su alma en la Segunda División lo convertían en una figura insólita. Quizá en pocos años ocupara un puesto de importancia en Investigaciones Criminales. Por eso, la prensa lo trató desde un primer momento con cierta deferencia y se mantuvo expectante. La fuente de información más fecunda siempre había sido, y seguía siendo, Investigaciones Criminales. Ahora, sin embargo, cada vez eran más numerosos los periodistas que abordaban a Mikami. Era la primera vez que la prensa se presentaba voluntariamente sin invitación explícita.

Aprovechando la oportunidad, puso en marcha el plan de ir aumentando las expectativas de los medios mientras intentaba sacar el máximo partido de la poca información disponible. Hablaba con los reporteros por separado usando circunloquios y sutiles cambios de expresión para ponerlos sobre la pista de casos abiertos. Consolidó su papel cultivando la proximidad con los periodistas, construyendo una base sólida para su relación y cambiando la imagen del típico jefe de prensa vulnerable e inseguro a la vez que procuraba evitar que se sintiesen demasiado cómodos en su presencia. Siempre que acudía alguien a matar el tiempo, él se mostraba impasible tocando la tecla de la severidad. Todo firmeza, sofocaba de plano cualquier crítica superficial contra la policía, pero al mismo tiempo dejaba entrever su predisposición a escuchar argumentos bien fundamentados. Si querían negociar, les daba todo el tiempo que necesitaban. Aunque no se esforzara por caerles en gracia, si hacía falta se abría a algunas concesiones. El resultado fue positivo. Aunque Mikami había eliminado el desequilibrio de poder que redundaba siempre en beneficio de los medios de comunicación, la prensa no daba señales de crispación o impaciencia. Los plumillas siempre estaban ávidos de información; la policía, sólo de publicidad positiva. Su relación era de pura conveniencia; se observaban desde esquinas opuestas del cuadrilátero, pero era posible encontrar intereses comunes. Sólo hacía falta generar un cierto grado de confianza mutua cuando se veían cara a cara. Los cimientos para la visión de Relaciones con los Medios que tenía Mikami siguieron consolidándose hasta que tuvo la seguridad de que su plan surtía efecto.

Su bestia negra resultó ser el director de Asuntos Administrativos. Mikami había previsto que la mejora en las relaciones con la prensa conllevaría una reducción de las intromisiones, pero su pronóstico iba muy desencaminado. Molesto con la gestión de Mikami, Akama empezó a expresar sus reservas con cualquier excusa, a criticarlo por sus concesiones «derrotistas» y a señalar que sus vínculos con Investigaciones Criminales eran una obstinada rémora del pasado.

Mikami no entendía nada. ¿No le había dicho Akama que quería un jefe de prensa con plenos poderes? Estaba convencido de que en su nombramiento había influido su antigua relación con Investigaciones Criminales; por eso había intentado sacarle el máximo partido, y la estrategia estaba dando frutos... ¿Qué pega podía verle Akama? Finalmente decidió hablar con él para explicarle que su acceso a la información sobre los casos le facilitaba un trato más diplomático con la prensa. La respuesta de Akama lo dejó estupefacto.

—No siga por ahí, Mikami. Si le dejamos conocer ese tipo de datos, siempre habrá una posibilidad de que se los filtre a la prensa: si no sabe nada, nada podrá contar, ¿verdad?

Mikami no salía de su asombro. Akama quería un espantapájaros impávido. «Ni actúe ni piense. Limítese a mirar como usted sabe hacerlo, intimidando.» Pues ya se lo podría haber dicho antes. Control de los medios, no relaciones con los medios. Odio en estado puro hacia la prensa. Los prejuicios de Akama eran peores de lo que temía.

Pero no estaba dispuesto a claudicar tan fácilmente. Si le prestaba a Akama una obediencia ciega, Relaciones con los Medios retrocedería veinte años justo cuando ya había iniciado sus reformas, que necesitaban sólo un último empujón. No, era demasiado tarde para dar marcha atrás.

La ferocidad de su propia reacción sorprendió a Mikami. Sin duda por haber sentido en su piel la brisa del mundo exterior, por haber aprendido a valorar cosas que en su época como inspector ni siquiera se le habían pasado por la cabeza. Parecía que entre la policía y el resto de los ciudadanos se alzase un muro muy alto y que la única ventana con alguna posibilidad de abrirse hacia el exterior, por remota que fuese, era Relaciones con los Medios. Poco importaba la cerrazón o la arrogancia de la prensa. Si la ventana se cerraba desde el interior, la policía quedaría totalmente desconectada del mundo.

En lo que aún conservaba Mikami de inspector prendió una chispa. Ceder, hacer de espantapájaros para Asuntos Administrativos, equivalía a cortar los pocos lazos que aún lo unían a su verdadero yo. Por otra parte, nadie era tan tonto para enfrentarse a alguien capaz de influir en la asignación de puestos. Si lo destinaban a una remota comisaría de las montañas, no sólo no se reincorporaría nunca a Investigaciones Criminales, sino que además quedaría convertido en un vago recuerdo para el cuerpo de policía.

Claro que, desde otra perspectiva, también era una oportunidad de las que pocas veces se presentan. Si la situación cambiaba en algún momento y volvía a ser factible un posible regreso a su departamento de origen, la historia de su conflicto con el director de Asuntos Administrativos (el segundo cargo de mayor poder en la dirección de la prefectura) bastaría para expiar con creces sus «antecedentes».

Muy cuidadosamente empezó a oponer resistencia a Akama. Puso especial ahínco en dar la imagen de subordinado leal y en contener sus emociones sin dejar nunca de ser fiel a su propia causa. Escuchaba en silencio, pero con objetividad, y sólo si una instrucción u orden concretas se le hacían del todo insoportables mostraba una respetuosa discrepancia. También manifestó su apoyo a determinadas tácticas con la prensa de las que era partidario mientras seguía discretamente con sus planes para reformar Relaciones con los Medios.

Era consciente de que se estaba metiendo en terreno resbaladizo. Casi podía sentir cómo se aceleraba el pulso de Akama cuando se irritaba. Aun así, no dejó de expresarle su opinión. Con la perspectiva del tiempo, podía afirmarse que el riesgo le había insuflado nuevas energías. Durante medio año consiguió no doblegarse a las miradas ásperas y penetrantes de Akama. Sentía la adrenalina del combate. No era una victoria, pero tampoco una derrota.

Hasta que...

La desaparición de Ayumi lo cambió todo.

La ceniza de su cigarrillo cayó sobre el escritorio. Ya se había fumado dos. Miró el reloj de la pared. Al borde de su campo visual se dibujaba el vago perfil de Kuramae. Los de la Segunda División no habían querido soltar prenda. ¿Significaba que su buena predisposición se había agotado? ¿Que habían cerrado el grifo? Kuramae había ido a verlos como miembro del equipo de Mikami. Eso debían de tenerlo muy claro las divisiones de investigación sobre el terreno.

Seguro que era porque había interrumpido sus visitas a las divisiones, a los inspectores. Y porque su estrategia con la prensa ya sólo se ceñía a los dictados de Akama.

De repente se oyó un ruido en el pasillo.

«Ya vienen...»

Suwa y Kuramae tuvieron tiempo de mirarse antes de que se abriera la puerta sin previo aviso.

Capítulo 3

3

La sala se llenó de periodistas en un abrir y cerrar de ojos: el Asahi, el Mainichi, el Yomiuri, el Tokyo Shimbun, el Sankei, el Toyo y los medios locales (el D Daily, el Zenken Times, la D Television y la FM Kenmin). Los rostros se apiñaban, todos muy serios. Algunos, abiertamente hostiles, se alzaban sobre hombros tensos, como si también los periodistas estuviesen menos dispuestos que antes a colaborar. Pocos habían cumplido los treinta. En momentos así, Mikami sentía aversión por esa juventud que los instigaba a mostrar sus sentimientos con tanta impudicia. Los corresponsales del Kyodo News y el Jiji Press tardaron algo más en entrar. Al fondo, a medio camino entre la sala y el pasillo, estaba el del NHK estirando el cuello para no perderse nada.

No faltaba ninguno de los trece medios que formaban el Club de la Prensa.

—Bueno, vamos a empezar.

Se elevó un coro de protestas. Los dos hombres de primera fila, ambos del Toyo, avanzaron un paso. El Toyo representaba ese mes al conjunto del club, así que le correspondía llevar la voz cantante.

—Director Mikami, antes de nada nos gustaría recibir una explicación satisfactoria del motivo por el que se fue ayer tan bruscamente.

La primera andanada corrió a cargo de Tejima, que ese día llevaba chaqueta.

«Toyo. Redactor adjunto. Universidad de H. Veintiséis años. Sin filiación ideológica. Seriedad absoluta. Tiende al exceso de seguridad.» Así lo describía Mikami en su libreta.

—Nos dijo Suwa que tiene a un familiar muy enfermo. No lo discuto, pero... ¿justifica eso que nos dejara plantados sin ninguna aclaración? Teniendo en cuenta que desde entonces no hemos sabido nada más de usted, me cuesta no pensar que su conducta es...

—Lo siento —dijo Mikami interrumpiéndolo.

Lo mortificaba la razón de su espantada y lo abrumaba aquel acoso periodístico.

Tejima miró de reojo a la persona que tenía al lado, Akikawa.

«Toyo. Redactor jefe. Universidad de K. Veintinueve años. Tendencias izquierdistas. Nunca se rinde. Cabeza visible del Club de la Prensa.»

Akikawa estaba cruzado de brazos con aire displicente. Prefería el estrellato y dejar a los otros el trabajo sucio.

—¿Me equivoco o ha sido una disculpa?

—No, no se equivoca.

Tras estudiar la expresión de Akikawa por segunda vez, Tejima se volvió hacia los demás para pedirles su opinión.

—¿Está todo el mundo de...?

Ante los gestos que invitaban en silencio a continuar («no hace falta, tú sigue»), asintió y abrió sobre el escritorio de Mikami la fotocopia que tenía en la mano.

«Datos sobre el grave accidente de tráfico ocurrido en la ciudad de Oito.»

A Mikami no le hizo falta ni mirarlo. Era una copia del comunicado de prensa emitido el día anterior por el departamento. Un ama de casa había atropellado por distracción a un hombre mayor infligiéndole graves heridas en todo el cuerpo. Los accidentes de tráfico eran algo rutinario, pero los pormenores de aquel caso se habían convertido en una fuente de conflictos con la prensa.

—Vuelvo a preguntarle lo mismo: ¿por qué mantienen en secreto la identidad de la conductora? Es de suponer que no ignora la obligación de darnos todos los detalles sobre ella.

Mikami entrelazó los dedos antes de afrontar la gélida mirada de Tejima.

—Ya les expliqué ayer que está embarazada de ocho meses. El accidente la ha dejado angustiadísima y no podemos saber cómo reaccionaría al impacto de que su nombre apareciese en las portadas de todos los periódicos. Es posible que no pudiera soportarlo, por eso no hemos desvelado su nombre.

—No nos parece un motivo válido. Ni siquiera nos han indicado su dirección, aquí sólo dice que es de Oito. Señora A., ama de casa de treinta y dos años. Aparte de eso... nada. Ni siquiera podemos estar seguros de que existe.

—Por supuesto que existe. Justamente por eso hay que tener en cuenta los posibles efectos en el futuro bebé. Dígame qué tiene eso de malo.

El contraargumento de Mikami debió de entenderse como una señal de prepotencia porque Tejima torció aún más el gesto alzándose sobre un murmullo general de irritación.

—¿Desde cuándo la policía tiene en cuenta esos aspectos? Es una deferencia innecesaria.

—La conductora no está detenida. La víctima bajó a la calzada en un lugar donde no hay paso de peatones y además había bebido.

—Lo cual no quita que ella no estuviese atenta a la carretera. Además, describen ustedes el estado de la víctima como «grave» cuando deberían decir «crítico». ¿O acaso el anciano, ese tal... Meikawa, no está en coma?

Mikami miró a Akikawa de reojo. ¿Cuánto tiempo permitiría las invectivas de Tejima?

—Director Mikami, nos debe una explicación. No podemos hacer la vista gorda en un caso así. Las posibles consecuencias son demasiado graves y nuestro deber es sopesar la responsabilidad de la conductora.

Mikami volvió a mirar a Tejima, que seguía insistiendo erre que erre.

—¿Y qué pretenden, que dicte yo sentencia aireando su nombre en los periódicos?

—Bueno, tampoco hay que plantearlo así. No estamos hablando de eso, pero no nos parece adecuado que la policía decida unilateralmente reservarse el nombre y dirección de una persona. Publicarlo o no debería depender de nosotros tras valorar qué es lo más beneficioso para el bien común.

—¿Y por qué no podemos decidirlo nosotros, a ver?

—Porque entonces tenemos un problema de transparencia. Sin detalles sobre los implicados, sin nombres ni direcciones, no podemos verificar si la información que nos facilitan es correcta ni si se ha cerrado debidamente la investigación. Por otra parte, si la Jefatura adopta la costumbre de emitir comunicados donde se mantiene el anonimato de los implicados, ¿quién nos garantiza que las comisarías de distrito no empezarán a hacer lo mismo en los suyos? En el peor de los casos, retener información de esa manera podría ser usado para tergiversar la verdad e incluso para un encubrimiento policial.

—Un encubrimiento policial...

Desde un lateral, se abrió paso el cuerpo larguirucho de Yamashina. «Zenken Times. Director provisional. Universidad de F. Veintiocho años. Tercer hijo del secretario de un diputado en la Asamblea Nacional. Seductor. Fracasado.»

—Mire, sólo decimos que... Pues que cuando alguien parece empeñado en esconder algo... te pica la curiosidad. Podría ser hija de algún personaje importante. Quizá no se ceben en ella porque el viejo sólo era un borracho...

—Pero ¿qué tonterías está diciendo? —respondió Mikami en voz alta sin poder contenerse.

Yamashina se limitó a encogerse de hombros, pero más de uno se calentó.

—¡Tonterías las dirá usted!

—¿Cómo quiere que no sospechemos si insisten en esconderlo todo?

—¿Y hasta ahora se guardaban los nombres de las embarazadas? ¡Me parece que no!

—¡Exigimos una explicación como Dios manda!

Mikami pasó por alto el vocerío. Si abría la boca, también acabaría gritando.

—Vamos a ver, Mikami —intervino Akikawa, que separó los brazos con un parsimonioso gesto teatral, como anunciando la salida a escena del primer actor—. Usted teme que... le lluevan reproches a la policía si le pasa algo a la mujer o a la criatura por haber salido su nombre en la prensa.

—No, no se trata de eso; es que en algunas situaciones las personas implicadas tienen derecho a la intimidad y punto.

—¿Derecho a la intimidad? —Akikawa se aguantó la risa—. A ver si lo entiendo... ¿Considera que deberíamos valorar los derechos de la parte culpable?

—Exacto.

Los ánimos volvieron a encenderse.

—¡Anda ya! ¡Como si la policía tuviera esas cosas en cuenta!

—Pero ¿una de las especialidades de la policía no era saltarse a la torera los derechos civiles? ¿Y ahora usted nos viene con esos sermones?

—No entiendo que se pongan tan nerviosos. Saben muy bien que la tendencia informativa actual es mantener el anonimato de las partes. Televisión y prensa lo hacen constantemente. ¿Por qué son tan contrarios a que, en situaciones así, lo decidamos nosotros?

—Eso es un atropello, un abuso de poder. La policía no puede arrogarse ese derecho.

—¿Qué pasa, que no entiende nada de la libertad de prensa?

—El anonimato en los comunicados policiales viola el derecho público a la información.

—Venga, Mikami, al menos díganos cómo se llama. Si tan afectada está, no lo publicaremos. —La voz de Yamashina volvía a imponerse sobre las demás, aunque esta vez su tono era conciliador—. Total, tampoco cambia nada; aunque nos esconda su nombre o su dirección acabaremos descubriéndolo todo. De hecho, sabiendo que está embarazada, si la abordamos directamente supongo que le sentará aún peor.

—A ver si me aclaro, director Mikami —suplicó Tejima tomando la palabra en cuanto Akikawa volvió a cruzarse de brazos; la frente le brillaba de sudor—. ¿Hay alguna posibilidad de que nos facilite la identidad de la mujer?

La respuesta de Mikami fue inmediata.

—No.

Tejima abrió mucho los ojos.

—¿Por qué?

—Pues mire, porque al policía que acudió en su ayuda le rogó llorando que no le diera su nombre a la prensa.

—¡Eh, ni que fuéramos nosotros los malos!

—Entiéndalo, da miedo que tu nombre aparezca en los periódicos.

—Eso no viene a cuento, sólo intenta endosarle la culpa a otro.

—Diga lo que quiera, pero no vamos a facilitarles el nombre. Está decidido.

Se hizo un silencio general. Mikami había previsto una nueva explosión de ira, pero en vez de eso...

—Ha cambiado, Mikami. —Akikawa apoyó las manos en el escritorio de Mikami y se inclinó con gravedad; estaba adoptando otra táctica—. Y eso que esperábamos mucho de usted. No era como su predecesor, Funaki. Ni intentaba halagarnos ni era servil con sus superiores. Francamente... Cuando lo nombraron nos dio muy buena impresión, pero parece que a partir de un momento dado se ha rendido, como si ya le diera lo mismo. Ahora no se aparta ni un milímetro de la línea oficial. ¿Qué ha pasado?

Mikami calló. Fijó la vista en el vacío para no delatar las dudas que lo asaltaban. Akikawa siguió hablando.

—Era usted el que definía Relaciones con los Medios como «una ventana» y, si le he de ser sincero, me resulta difícil entender que el mismo jefe de prensa que usaba esa expresión opte por ceñirse ciegamente a la política oficial, como toda la cúpula. Sin nadie dispuesto a escucharnos fuera de la Jefatura, en el mundo real, sin nadie con agallas para ser objetivo y plantar cara, la policía nunca pasará de ser una caja negra herméticamente cerrada. ¿Eso le parece bien?

—La ventana sigue abierta, pero sucede que no es tan grande como ustedes creían.

El rostro de Akikawa reflejó su decepción. Mikami advirtió que su requerimiento había sido sincero, no un mero recurso de ataque o de condena. El periodista se volvió hacia él con una mirada neutra, casi inexpresiva.

—De acuerdo, sólo quiero saber una cosa más.

—¿Cuál?

—Su opinión personal sobre el anonimato en los comunicados.

—Personal, oficial... Es una distinción irrelevante. La respuesta es la misma.

—¿Lo dice en serio?

Mikami volvió a guardar silencio. Tampoco Akikawa comentó nada. Se estudiaban con los ojos. Cinco segundos. Diez. Parecía que el tiempo se ralentizaba. Akikawa asintió finalmente con un gesto firme.

—Bien, entonces su posición está muy clara. —Miró a los reporteros que estaban detrás de él y unos segundos después se volvió otra vez hacia Mikami—. En tal caso, como portavoz del Club de la Prensa, solicito formalmente que revelen la identidad de la mujer. No se lo pedimos a usted, sino a la Jefatura.

La respuesta estaba en los ojos de Mikami: «Ya conoce la decisión.»

Akikawa volvió a asentir.

—«Si les decimos cómo se llama, lo publicarán.» En definitiva, que la policía no se fía en absoluto de nosotros. ¿Es así?

Parecía un ultimátum. Akikawa dio la espalda a Mikami. Los reporteros empezaron a abandonar la sala con ruidosas pisadas.

«No espere que lo consintamos.» La amenaza latente quedó flotando en la pequeña oficina.

Capítulo 4

4

¿Pretendían amedrentarlo?

Mikami suspiró profundamente. Luego cogió el comunicado de prensa de su escritorio, lo arrugó y lo tiró a la papelera. Jamás había tenido una disputa de esa clase con los periodistas, los ataques habían sido muy personales. Nunca los había visto tan sedientos de sangre y aquello lo irritaba. ¡Ni que hubiera muerto alguien! Se trataba de un simple accidente de tráfico, una noticia a la que apenas habrían prestado atención de no ser por el absurdo embrollo del anonimato. Era una minucia, el tipo de suceso que ni en la prensa local hubiera tenido un hueco asegurado.

La pequeña oficina se había vaciado y sus ocupantes habituales volvían a tener espacio. Suwa escudriñaba el periódico. Parecía que quisiera decir algo, pero no buscó en ningún momento los ojos de Mikami. Kuramae y Mikumo estaban ocupados en el boletín, cuyo plazo de entrega estaba a punto de agotarse. Parecían esperar a que Mikami se calmara... A menos que, simplemente, sintieran lástima... Los tres habían oído las palabras de Akikawa.

«Ha cambiado, Mikami.»

El comisario encendió un cigarrillo, pero lo apagó tras un par de caladas y se terminó el té frío de un solo trago. Al final se lo habían dicho de manera explícita. Hacía ya tiempo que lo sospechaba: tarde o temprano, la prensa perdería la confianza en él. «De nuevo a la casilla de salida.» A medida que lo asimilaba, sin embargo, fue indignándose más y más. Tal vez había sobreestimado su relación con la prensa desde el principio. Era como si hubiera visto un espejismo, un oasis en medio del desierto. La relación no daba para más. Era exagerado decir que se había roto. La relativa concordia entre la prensa y él había sido demasiado frágil para no deshacerse al menor golpe de viento. Si alguien le hubiera preguntado si su animadversión hacia los periodistas había disminuido mínimamente desde que intentaba reformar Relaciones con los Medios, aún habría tenido dificultades para contestar.

Además, había tenido mala suerte. El anonimato en los comunicados era un tema espinoso, un problema a escala nacional. Que a Mikami le llegara el turno justo cuando empezaba a desgastarse la fe depositada en él por la prensa había sido una casualidad especialmente inoportuna. El nombre de la mujer estaba en un cajón de su escritorio: Hanako Kikunishi. Figuraba en el fax enviado por la comisaría de distrito, pero, media hora después de su recepción, el subcomisario había llamado por teléfono: «Perdone que le moleste, pero es que la mujer está embarazada. ¿Podría mantener su nombre en el anonimato por esta vez?»

Llamó a Suwa.

—¿Qué opina?

Suwa arrugó el entrecejo.

—Se han alborotado un poco.

—¿Por mi actitud?

—En absoluto. Creo que usted ha hecho todo lo que podía. Siempre que se plantea el tema del anonimato, las cosas se salen de madre.

Su visión del cargo se parecía bastante a la de Akama, el director. La única diferencia, supuso Mikami, era que Suwa no usaba sólo el palo, sino también la zanahoria: un caramelo con el envoltorio de la maña, la pericia y el orgullo de un portavoz nato.

Se apoyó en el respaldo para relajarse mientras Suwa se alejaba briosamente para responder una llamada. «Revitalizado», pensó sin querer con algo de crueldad. Tal vez la llegada de Mikami había convertido el despacho en un lugar difícil para Suwa. Su razón de ser se había visto amenazada por un jefe de prensa con una larga trayectoria de inspector a sus espaldas y poca experiencia en Relaciones con los Medios. Se preguntó si ése era el sentir de Suwa.

«Bueno, a ver de qué eres capaz.»

Cambió de táctica. No podía permitirse cavilar sobre la pérdida de confianza y no tomar cartas en el asunto. Dejando aparte las medidas que acabaran tomando, romper las relaciones con la prensa sería como si un inspector se negase a investigar un caso.

—Escúchenme todos.

Suwa, que acababa de colgar el teléfono, se levantó al mismo tiempo que Kuramae. Mikumo estaba sentada al borde de la silla sin tener muy claro que aquello la incumbiese. Mikami le hizo señas para que se quedara en su sitio; a Suwa y a Kuramae les indicó que se acercasen.

—A ver si pueden amansar un poco a las fieras de al lado y de paso averiguar quiénes son los que aprietan de verdad.

—No se preocupe.

Suwa estaba envalentonado. Cogió su chaqueta y salió de la sala con paso firme sin esperar más instrucciones. Kuramae fue tras él, aunque sin tanto aplomo. Mikami movió el cuello hacia ambos lados para desentumecerse. De momento, podía más el optimismo que la preocupación.

El clima de la sala de prensa era muy particular. Rivales como eran, los reporteros intentaban controlarse mutuamente, pero al mismo tiempo estaban unidos por el simple hecho de compartir su espacio de trabajo. En sus enfrentamientos con la policía, esta unión podía adquirir mayores proporciones convirtiéndose en la percepción de una batalla común. A veces (como acababa de ocurrir), eran capaces de oponer un frente monolítico con el que ni la propia policía podía competir. En el fondo, sin embargo, cobraban de distintas empresas; cada una tenía su política y sus tradiciones, así que las apariencias no siempre coincidían con la realidad.

Justo cuando Mikami se hacía estas reflexiones, Yamashina reapareció con una actitud totalmente distinta a la de hacía un cuarto de hora, como si intentara calibrar su estado de ánimo.

—¿Tiene algo que decirme?

Pareció relajarse al oír el tono de Mikami y se le dibujó una sonrisa en los labios mientras se acercaba.

—Pues mire, la verdad es que sí. No le iría mal tratarnos con un poco más de suavidad. Lo de antes ha sido demencial.

—¿Demencial?

—Están todos que echan humo.

—Usted ha atizado el fuego.

—¿Por qué me dice eso? Yo venía en son de paz...

Le daba miedo que la policía se cerrase en banda. Mikami comprendió que, entre los reporteros memos competentes, como Yamashina, su poder seguía allí, agazapado.

—¿Qué tal por ahí dentro? —preguntó para sondearlo.

Yamashina bajó la voz teatralmente.

—Pues ya le digo, demencial. Los del Toyo están furibundos. Utsuki, del Mainichi, tres cuartos de lo mismo. Y del Asahi...

Empezó a sonar el teléfono que Mikami tenía en su escritorio. Lo cogió molesto por la interrupción.

—Dice el director que vaya a su despacho.

Era Ishii, el jefe de la Secretaría. Parecía satisfecho por algo. Mikami ya se imaginaba la expresión de Akama. De repente le dio mala espina. Las noticias positivas para Ishii no solían serlo para él.

—¿Lo reclaman en alguna parte? —preguntó Yamashina.

—Pues sí.

Mientras se levantaba, distinguió un papelito en el suelo escondido tras la pata de la mesa. Era la letra de Mikumo. La cogió sin que Yamashina se diera cuenta.

«Llamada del inspector Futawatari. 07.45 h.»

Shinji Futawatari. De su misma promoción. Notó que se le tensaban las comisuras de los labios. Miró a Mikumo, pero no dijo nada. Arrugó la nota en su mano. ¿Para qué podía llamar Futawatari? Sin duda sabía que Mikami lo había estado evitando. Quizá sólo fuera por trabajo. A menos que se hubiera enterado de su visita al depósito y se sintiera obligado a intercambiar unas palabras como buenos compañeros...

Se acordó de que Yamashina estaba ahí, delante de él.

—Ya seguiremos hablando.

El reportero asintió satisfecho, como si imaginara que había hecho algún avance, y siguió a Mikami hacia la puerta, casi pegado a él.

—¡Ah, Mikami! —dijo en cuanto salieron al pasillo.

—¿Qué pasa?

—¿Era verdad, lo de ayer? ¿Lo de que tiene un pariente muy enfermo?

Mikami se volvió despacio hasta situarse de cara al reportero, que lo observaba atentamente.

—Pues claro. ¿Por qué lo pregunta?

—No, por nada —titubeó Yamashina—. Es que había oído que podía haber otra razón.

«Será desgraciado...»

Mikami se alejó por el pasillo como si no lo hubiera oído. Antes de entrar en la siguiente sala, la de prensa, Yamashina le dio una palmada en el hombro. Estaba tomándose demasiadas confianzas. Por el resquicio de la puerta, Mikami vio a los reporteros muy juntos y muy serios.

Capítulo 5

5

En el corredor de la primera planta no era frecuente cruzarse con nadie, salvo que fuese la hora de comer. CONTABILIDAD, FORMACIÓN, ASUNTOS INTERNOS: las puertas de los departamentos estaban bien cerradas, a salvo de miradas indiscretas. Sólo se oía el eco de los pasos de Mikami en el suelo encerado. ASUNTOS ADMINISTRATIVOS: el gastado rótulo de la placa parecía hecho para sobrecoger un poco. Abrió la puerta. Al fondo ya se estaba levantando Shirota, el jefe de la división. Mikami se inclinó en silencio y se acercó mirando de reojo la mesa de Futawatari, situada junto a la ventana. No vio al inspector. Su lámpara estaba apagada y su mesa sin papeles. Si no tenía el día libre, lo más probable era que estuviese en el Departamento de Personal, en la primera planta del Edificio Norte. Se rumoreaba que ya habían empezado a planificarse los traslados de la siguiente primavera, y a Futawatari le habían encargado una propuesta de modificación de los cargos directivos. Desde que se había enterado del nuevo proceso de traslados a través del jefe Ishii, Mikami estaba intranquilo. ¿Qué consecuencias tendría para él? ¿Seguro que el imprevisto regreso a Relaciones con los Medios había sido decidido en solitario por Akama?

Cruzó la sala y llamó a la puerta del despacho del director.

—Adelante.

Era la voz de Ishii con aquel tono una octava por encima de lo habitual, como antes, por teléfono.

—¿Quería verme?

Mikami dio unos pasos por la mullida moqueta. Akama estaba recostado en un sillón rascándose la barbilla. Gafas de montura dorada. Traje de raya diplomática, a medida. Mirada distante y oblicua. Su aspecto era el de siempre, la encarnación perfecta de los directivos a los que tanto soñaban con emular los nuevos reclutas. Tenía cuarenta y un años, cinco menos que Mikami. El otro hombre, calvo, cincuentón, sentado junto a Akama con la típica postura rígida y servil, era Ishii, que le indicó a Mikami que se acercase. El director empezó a hablar sin esperar a que se hubiera sentado.

—Supongo que fue... desagradable.

Lo dijo tan campante, como si se refiriese a un chaparrón que hubiera pillado a Mikami por sorpresa.

—Bueno... Me disgusta que algunos asuntos personales puedan interferir en mi trabajo.

—No se preocupe. Siéntese, por favor. ¿Y cómo se portaron los locales? Lo tratarían bien, supongo...

—Sí, muy bien, muy atentos, sobre todo el capitán de la comisaría.

—Me alegra oírlo. Se lo agradeceré sin falta en un mensaje personal.

Su tono paternal daba un poco de grima.

Todo se remontaba a tres meses atrás. A falta de otra alternativa, Mikami había pedido ayuda a Akama explicándole que su hija se había fugado de casa el día antes y pidiéndole que se ampliara la búsqueda más allá de la comisaría local, a las del resto de la prefectura. Lo que no se esperaba era la reacción del director: después de garabatear unas palabras en la petición de búsqueda que llevaba Mikami, Akama llamó a Ishii y le ordenó mandar el documento por fax a la central de Tokio, con lo que podía referirse tanto a la dirección de Seguridad Comunitaria como a la de Investigaciones Criminales o incluso a la Secretaría del Comisionado General.

—No se preocupe —le dijo dejando el bolígrafo en la mesa—. Antes de que acabe el día se estarán aplicando medidas especiales desde Hokkaido hasta Okinawa.

Mikami aún tenía grabada en la memoria la expresión victoriosa de Akama. Nada más verla advirtió que no era sólo la mirada de superioridad de quien mostraba su influencia ante la burocracia de Tokio. No, la mirada de Akama se iluminaba frente a la perspectiva de un cambio. Al otro lado de sus gafas con montura de oro, sus ojos se clavaron en Mikami ávidos para no perderse la ansiada capitulación de aquel advenedizo de provincias, de aquel comisario que durante tanto tiempo se le había resistido. Comprendiendo que ahora podría explotar su debilidad, Mikami se estremeció hasta la médula, pero ¿de qué otra forma podía actuar un padre preocupado por la integridad de su hija?

—Gracias, estoy en deuda con usted.

Luego una reverencia, una inclinación de la cabeza por debajo de la mesa e incluso de las rodillas.

—Y encima es el segundo. No puedo ni imaginarme lo difícil que se le harán estos viajes... —No era la primera vez que Akama se explayaba con la cuestión de Ayumi—. Ya sé que se lo he comentado en otras ocasiones, pero ¿no ha considerado facilitar más datos sobre su hija, algo más que una simple foto y una descripción física? Hay tantas posibilidades... Las huellas dactilares, por ejemplo, o el historial dental...

Mikami ya lo había considerado, por supuesto. No necesitaba que se lo aconsejara Akama. Cada vez que lo llamaban, cada vez que se veía obligado a apartar la tela blanca del rostro de un cadáver, vivía algo muy semejante a una tortura. Tenía los nervios a punto de quebrarse. Pero no se decidía. Huellas dactilares, huellas de la mano, impresiones dentales, historial odontológico... Eran los datos que mejor servían para identificar cadáveres. «Quiero que busque el cadáver de mi hija»: el mensaje era exactamente ése, una idea que se le hacía insoportable.

—Necesitaré un poco de tiempo para pensármelo.

—Pues dese prisa, hay que reducir al mínimo cualquier posible pérdida.

¿Pérdida?

Conteniendo la rabia, Mikami apeló a su prudencia. Akama intentaba provocarlo y poner a prueba el alcance de su sumisión.

—¿Para qué quería verme? —dijo recuperando la calma.

Los ojos de Akama perdieron todo su interés.

Fue Ishii quien contestó dejando clara su impaciencia por intervenir:

—Queríamos notificarle que el comisionado general va a venir en visita oficial.

Mikami tardó un poco en reaccionar. Se esperaba cualquier cosa menos eso.

—¿El comisionado general?

—Acaban de informarnos. La visita está programada para dentro de una semana exacta, a esta misma hora. Imagínese cómo nos hemos puesto de nerviosos. No sé ni cuántos años hace que vino el último comisionado...

La presencia de un oficial de carrera tokiota como Akama quizá empeorase el efecto, pero en todo caso daba vergüenza ajena presenciar el entusiasmo de Ishii. ¡El comisionado general! ¡La Agencia Nacional de Policía! El comisionado estaba en el vértice de la pirámide, por encima de los doscientos sesenta mil integrantes del cuerpo. Para la policía era como un emperador. Aun así, ¿había motivos para ponerse tan histérico ante una visita oficial? En momentos como aquél era cuando Ishii mostraba sus limitaciones. La Agencia Nacional de Policía, la ANP, le inspiraba un respeto rayano en la veneración, un anhelo tan candoroso como el de un joven criado en el campo que sueña con la ciudad.

—¿Cuál es el objeto de la visita? —preguntó Mikami, que ya había empezado a pensar en sus obligaciones: lo habían llamado como jefe de prensa, señal de que, probablemente, era una operación de relaciones públicas.

—Seis Cuatro.

Esta vez la respuesta fue de Akama. Mikami se quedó atónito. En la mirada expectante del director brillaba una chispa de burla.

Seis Cuatro era el nombre de un caso de hacía catorce años, el secuestro y asesinato de una niña llamada Shoko.

Había sido el primer secuestro propiamente dicho en la jurisdicción de la prefectura D. Después de que el secuestrador consiguiera fugarse con los veinte millones de yenes del rescate, la policía descubrió el cadáver de la secuestrada, una chiquilla de siete años. Fue una tragedia, y seguía sin conocerse la identidad del culpable. Pese a los años transcurridos, el caso aún no estaba resuelto. Mikami trabajaba entonces en Investigaciones Especiales, dentro de la Primera División, y estaba adscrito a la Unidad de Búsqueda, así que siguió al padre de Shoko hasta el lugar donde se dejó el dinero. Si ya era duro revivir un recuerdo tan penoso, aún fue más chocante que Akama (un burócrata completamente ajeno a esa investigación) usara el término que había acuñado Investigaciones Criminales para referirse internamente al secuestro. Seis Cuatro. La gente describía a Akama como un obseso de los datos, un investigador compulsivo. A sus espaldas, naturalmente. ¿Cuál era la conclusión? ¿Que, tras sólo año y medio en el cargo, su red de informadores ya se había infiltrado hasta los más profundos entresijos de Investigaciones Criminales?

Aun así...

La pregunta dejó paso a otra. Obviamente, Seis Cuatro era el mayor fracaso en la historia de la prefectura D. Hasta en Tokio, al nivel de la Agencia Nacional de Policía, seguía ocupando uno de los primeros puestos en la lista de casos pendientes de solución. Al mismo tiempo, no podía negarse que los catorce años transcurridos desde el secuestro habían empezado a diluir su recuerdo. Por efecto de una serie de recortes, los doscientos hombres con los que contaba en su momento el Centro de Investigación creado especialmente para ocuparse del caso, se habían reducido a veinticinco inspectores. No se había clausurado esa brigada, pero sí la habían rebajado internamente a simple equipo de investigación. Faltaba poco más de un año para que prescribiese el caso. Mikami ya no oía hablar de él por la calle. Por otra parte le habían dicho que apenas llegaban nuevas pistas de la ciudadanía. Lo mismo podía decirse de la prensa, que sólo parecía mencionar el suceso con un artículo anual, un recordatorio simbólico en la fecha del crimen. Aquello empezaba a criar moho. Entonces, ¿por qué se convertía de repente en el motivo de una visita del comisionado? «Estamos decididos a hacer todo lo posible antes de que prescriba el crimen.» ¿Se trataba de eso, de fuegos artificiales dirigidos a la opinión pública?

—¿Para qué es la visita? —insistió Mikami.

La sonrisa de Akama se ensanchó.

—Para hacer un llamamiento dentro y fuera del cuerpo, para dar ánimo a los agentes que aún están investigando el caso y para subrayar nuestra voluntad de no dejar ningún crimen impune.

—El secuestro ocurrió hace catorce años. ¿Acierto si pienso que la visita tiene algo que ver con que pronto prescribirá el delito?

—¿Qué podría tener más impacto sobre este viejo caso que un mensaje del comisionado? Por lo que me han dicho, la idea ha salido de él, aunque yo creo que el público al que se dirige es más interno que externo.

Público interno. Parecía que con esas dos palabras encajaba todo.

Tokio. La política.

—Sea como sea, aquí está el programa detallado de la jornada.

Ishii cogió una hoja. Mikami sacó rápidamente su libreta.

—Le advierto que aún no es oficial. Vamos a ver... Está previsto que el comisionado llegue en coche a mediodía. Después de comer con el capitán de la comisaría, irá directamente a Sada-cho y visitará el lugar donde fue descubierto el cadáver de la niña. Aprovechará para dejar una ofrenda de flores e incienso. A continuación se desplazará al Centro de Investigación de la Jefatura, donde pronunciará un discurso para elogiar al equipo y lo animará a proseguir su tarea. Desde ahí le gustaría ir a la casa de la familia de la pobre criatura para presentarle sus respetos. Otra ofrenda de incienso. Luego, su intención es conceder una rueda de prensa en la calle, entre la casa y el coche. De momento, la idea general es ésa.

Mikami dejó de tomar notas.

—¿Quiere hacer declaraciones en la calle?

En esas ruedas de prensa, los periodistas se arremolinaban en torno al sujeto para formularle preguntas que éste contestaba quieto o caminando.

—Exacto. Es lo que ha pedido la Secretaría. Sin duda consideran que eso dará una imagen más dinámica que algo más formal en una sala de actos, por ejemplo.

Mikami apenas pudo contener su irritación. Ya le parecía ver los rostros implacables de los reporteros.

—¿Y a los fotógrafos, dónde los quiere? ¿Donde apareció el cadáver?

—No, en casa de la familia.

—¿Quiere que entren los reporteros en la casa?

—¿No habría sitio?

—Bueno, sí, pero...

—El comisionado presentando sus respetos en el altar con los afligidos padres al fondo. Es la foto que quiere para la televisión y los periódicos.

El principal mandatario de la policía dando garantías a la familia de que tarde o temprano pillarían al secuestrador. El impacto estaba asegurado.

—No hay mucho tiempo. Asegúrese de conseguir el permiso de la familia en un plazo de uno o dos días —dijo Akama.

Había vuelto a su manera habitual de dar órdenes. Mikami asintió sin mucha convicción.

—¿Qué pasa? ¿Tiene algún comentario?

—No...

Dudaba que la familia se negase a aceptar la visita del comisionado, pero la idea de tener que formalizar la solicitud en persona se le hacía muy incómoda. Durante la época del secuestro apenas había cruzado unas palabras con los padres de la niña. Los únicos que hablaban con ellos regularmente eran los de la Unidad Domiciliaria. Luego fue trasladado. Mikami se incorporó a la Segunda División sólo tres meses después del secuestro y a partir de ese momento no tuvo ningún contacto con los inspectores que se ocupaban del caso.

Mikami eligió sus palabras con sumo cuidado:

—De acuerdo, pues entonces lo primero que haré será hablar con el equipo de Seis Cuatro, necesito que me pongan al día sobre la familia.

Akama frunció el ceño.

—No me parece necesario. Creo que ya conoce a la familia. No, lo mejor es que haga la petición directamente. No hace falta implicar a Investigaciones Criminales.

—Pero, de hecho...

—Esto le corresponde a Asuntos Administrativos. Involucrar a Investigaciones Criminales sólo serviría para complicar las cosas. Cuando tenga usted listos los preparativos, me pondré en contacto personalmente con el director. Hasta entonces, considérelo un asunto confidencial.

¿Confidencial? Mikami no acababa de adivinar las verdaderas intenciones de Akama. ¿Organizar la visita a espaldas de Investigaciones Criminales? Estaba muy claro que eso «sólo serviría para complicar las cosas», por desgracia, y tratándose nada menos que de Seis Cuatro...

—Ah, y respecto a la prensa... —Akama seguía a lo suyo—. Teniendo en cuenta que, si no me equivoco, es la primera vez que se ocupa de algo así, voy a darle un par de indicaciones. La rueda de prensa en la calle debe parecer espontánea, pero no podemos dejar que los periodistas se acerquen al comisionado sin algunas restricciones previas. Seguiremos los mismos procedimientos que se emplean con un miembro de la Asamblea Nacional. Sería inadmisible que el comisionado tuviese que hacer frente a preguntas caprichosas o irresponsables. Lo primero, Mikami, será pedirle al Club de la Prensa que redacte y presente una lista previa de preguntas. Llegado el día, dispondrán de unos diez minutos para hacerlas. Por otra parte, la entrevista sólo podrá realizarla el periódico que represente al club este mes. Y usted tendrá que hacerles entender la importancia de evitar preguntas incómodas. ¿Le ha quedado claro, Mikami?

El comisario miró sus apuntes. Entendía perfectamente que debía llevarse a cabo una consulta previa con la prensa. La cuestión era si, dadas las circunstancias actuales, sería posible que esa reunión se desarrollara de un modo racional.

—Me imagino que, esta mañana, la prensa tampoco se habrá andado con rodeos, ¿verdad?

¿Akama había percibido su preocupación? No, probablemente estuviera al corriente de lo ocurrido a través de un tercero.

—¿Cómo andan las cosas?

—Peor que antes. Me he negado a ceder en el tema del anonimato en los comunicados.

—Bien hecho. No podemos bajar la guardia. Al menor signo de debilidad por nuestra parte se insolentarían y querrían aprovecharse. Oblíguelos a obedecer. La información la damos nosotros y ellos aceptan lo que hay. Que se lo metan de una vez en la cabeza.

Estaba claro que ya no tenía nada más que decir porque había empezado a hurgar en los bolsillos de su chaqueta como si acabara de recordar que antes buscaba algo. El comisario miró de reojo a Ishii, que estaba subrayando unas líneas en rojo con la misma expresión eufórica de antes. Los presentimientos de Mikami habían sido certeros: ahora estaba más agobiado que al entrar en el despacho.

—Bueno, pues si no hay nada más...

Cerró de golpe la libreta y se levantó. Akama pareció distinguir algún indicio de falsa obediencia en su postura porque justo cuando se iba volvió a dirigirse a él:

—Es clavada a usted, debe de quererla mucho.

Mikami se detuvo y miró al director. Akama tenía en la mano la foto de Ayumi que usaba la policía para la búsqueda. «Clavada a usted...» No le había explicado la razón por la que Ayumi se había fugado. Aun así, no pudo evitar que su rostro se ruborizara. Su fachada de calma se vino abajo. Akama lo contemplaba con aire de suficiencia.

—Las huellas dactilares, el historial dental... ¿Por qué no vuelve a planteárselo a su mujer? Se lo digo para ayudar.

El forcejeo interno de Mikami sólo duró unos segundos.

—Gracias.

Hizo una profunda reverencia mientras la sangre le hervía.

Capítulo 6

6

—No creo que pueda ir a comer.

—Tranquilo, no te preocupes.

—¿Tú qué comerás?

—Ya me apañaré. Quedan sobras de esta mañana.

—¿Por qué no te compras algo en Shinozaki?

Minako no contestó.

—Puedes ir en coche. En un cuarto de hora estarás de vuelta.

—Mejor que me acabe las sobras.

—Pues al menos pide un poco de soba a domicilio, de Sogetsuan.

Otro silencio.

—Te gustará.

—Vale.

—Estupendo, pues hoy hacemos eso. Aunque te iría muy bien salir un poco más.

—Cariño...

Minako se moría de ganas de colgar. Su determinación se manifestaba como siempre, con silencios. Le daba un miedo atroz estar comunicando y que llamase Ayumi. Se habían comprado un nuevo teléfono con llamada en espera y también habían contratado el nuevo servicio de identificación de llamadas que funcionaba desde el año anterior. Aun así, Minako seguía obsesionada con sus conjeturas. Ninguna de aquellas medidas le parecía suficiente.

—Bueno, ya cuelgo, pero acuérdate de pedir algo sano con el soba, ¿vale?

—Tranquilo, lo haré.

Mikami colgó y salió del pabellón de madera del parque Joshi. No era el tipo de llamada que podía hacer desde el despacho y, como no le gustaba moverse a hurtadillas cerca de la comisaría, caminó unos minutos hasta el parque. El viento del norte era cada vez más fuerte. A falta de abrigo, se subió el cuello de la chaqueta y apretó el paso en dirección a la comisaría. La voz de Minako seguía resonando en sus oídos, pero no podía permitir que se lastrasen mutuamente. Al principio, justo después de la desaparición de Ayumi, Minako se pasaba casi todo el día en la calle, tan hambrienta de noticias sobre el paradero de su hija que deambulaba por la zona con su foto en la mano, haciendo preguntas y siguiendo las escasas pistas que tenían. Había ido incluso a Tokio y Kanagawa, pero ahora a duras penas salía de casa. El cambio se produjo un mes antes, después de la llamada o, mejor dicho, las llamadas: tres en un día, todas silenciosas. «Ayumi, que aún está dudando...» La idea se había extendido hasta enraizar en su cerebro. Desde entonces vivía recluida esperando otra llamada. Mikami le decía que eso no era bueno, pero ella ignoraba sus consejos. No había servido de nada comprar otro teléfono. La vida de Minako había sufrido un cambio radical. Todo lo que necesitaba lo compraba por correo. Para cenar pedía comida a domicilio y aprovechaba las sobras para el desayuno y el almuerzo del día siguiente. De hecho, Mikami dudaba de que almorzase algo cuando él no estaba en casa para acompañarla.

Mikami había adoptado la costumbre de comprar cada día dos cajas bento para el almuerzo en el supermercado que había al lado de la comisaría. En ese sentido, al menos, se alegraba de haber dejado la investigación. Estando en Relaciones con los Medios podía salir relativamente temprano. Cuando pasaba algo importante, seguía teniendo que acudir al lugar de los hechos antes que la prensa, pero, a diferencia de su etapa en Investigaciones Criminales, ya no le pedían que pasara varias noches seguidas en el dojo de la comisaría con jurisdicción sobre la zona. La mayoría de las veces se podía ir a casa y volver con Minako.

A decir verdad, no estaba muy seguro de que su presencia la calmase. Si volvía temprano o comía en casa, la animaba a salir para ir de compras, por ejemplo, diciendo que él ya vigilaría el teléfono; aun así, aunque Minako asintiese, no hacía el menor ademán de irse. En la obstinación de su mujer, Mikami veía reflejada a su hija, que en los días previos a la fuga se encerró en su cuarto y se negó a salir de allí.

A pesar de todo... entendía perfectamente las ansiedades que la tenían pegada al teléfono. Después de dos meses sin saber nada de su hija, para dos padres al borde de la desesperación una llamada equivalía a la confirmación de que seguía con vida.

Ocurrió durante una noche de lluvias torrenciales que azotaron todo el norte del distrito. A la oficina no dejaban de llegar partes sobre desprendimientos. Mikami volvió tarde y Minako respondió dos de las tres llamadas. La primera fue poco después de las ocho y se cortó justo después de que Minako se identificara. La segunda fue exactamente a las nueve y media. Más tarde, Minako le explicó que supo que era Ayumi en cuanto empezó a sonar. Se quedó con el auricular pegado a la oreja sin decir nada. Ayumi tendía a rehuir la presión. Era mejor no apremiarla. Ya hablaría, tarde o temprano hablaría. Era cuestión de tiempo. Esperó y rezó. Cinco segundos, diez... Pero al otro lado de la línea nadie dijo nada. Al final, cuando Minako ya no pudo más y pronunció en voz alta el nombre de Ayumi, la llamada se cortó de golpe.

Minako lo llamó al móvil fuera de sí. Él volvió corriendo a casa. «Llama una vez más, sólo una vez más...» Se adhirió a una esperanza insensata hasta que, poco después de medianoche, sonó el teléfono y Mikami se lanzó sobre el auricular. Un momento de silencio. El corazón le latía desbocado: «¿Ayumi? Sé que eres tú, Ayumi...» No hubo respuesta. Se dejó llevar. «¡Ayumi! ¿Dónde estás? Ven a casa. ¡Ven ahora mismo, no pasará nada!» Del resto ya no se acordaba. Seguramente pronunció su nombre varias veces más y luego se cortó la llamada. Mikami se quedó aturdido, incapaz de moverse, como clavado al suelo. Sólo al cabo de unos segundos se dio cuenta de que había descuidado su formación de policía, de inspector, convirtiéndose en un simple padre. Había perdido de vista lo más básico y ni siquiera había prestado atención a los ruidos de fondo. Nunca le habían comprado un móvil a Ayumi. La llamada parecía hecha desde un teléfono de pago, tal vez una cabina. Mikami creía recordar un ruido tenue en torno al silencio. ¿Era una respiración? ¿El rumor de la ciudad? ¿Qué demonios era? Puso todo el empeño del mundo en recordarlo, pero no lo consiguió. Sólo le quedaba una vaga sensación que no merecía siquiera el nombre de «recuerdo», un ruido continuo pero de intensidad variable. Su imaginación se había desbordado: un murmullo de tráfico incesante, una ciudad de noche... Una cabina telefónica en la acera... Y dentro, la imagen de Ayumi, su hija, hecha un ovillo en el suelo.

—Sólo podía ser ella —se dijo en voz baja.

Seguía caminando hacia la comisaría, pero sus pasos eran cada vez más irregulares. Apretaba los puños inconscientemente. ¿Qué otra persona podía haber llamado tres veces para no decir nada? Además, su número no constaba en el listín telefónico. No vivían en alojamientos oficiales de la policía. Tras la boda se instalaron en la casa de los padres de Mikami, ya mayores y enfermos, para cuidarlos. En aquella época, el número aún salía en el listín, con el padre de Mikami como titular. Al final la enfermedad se había llevado a su madre y, poco después de Seis Cuatro, fue su padre quien murió de pulmonía. Al convertirse en el nuevo cabeza de familia, Mikami, como era habitual entre los policías, solicitó que su número particular fuera borrado del listín ya que, como le había enseñado su experiencia de inspector, éste se usaba para la mayoría de las bromas telefónicas (y las llamadas obscenas). De modo que las posibilidades de que su número fuera elegido como blanco de alguna de esas bromas eran ínfimas en comparación con los domicilios cuyo número sí figuraba en el listín.

No era imposible que a alguien le hubiese dado por marcar un número al azar y que hubiera salido el de ellos. Oyendo una voz femenina, se habría envalentonado y habría llamado otras dos veces. Sí, era posible, por supuesto... Por otra parte, en el cuerpo había agentes que conocían su número y, tras veintiún años de servicio, resultaba perfectamente imaginable que dos o tres de ellos tuvieran alguna cuenta pendiente con él. Aun así... ¿qué sentido tenía ir desglosando opciones? La llamada era de Ayumi. Mikami estaba convencido. Necesitaba convencerse de ello. Era lo único que les quedaba, la única forma que tenían, como padres, de aferrarse a la esperanza de que su hija estaba viva. Ayumi había llamado. Había sobrevivido dos meses y ahora, unas semanas después, seguía con vida. Más no podían esperar.

Entró en el recinto de la comisaría por la puerta trasera. Hacía un mes que no conseguía sacarse de la cabeza aquellas tres llamadas. ¿Por qué vacilaba su hija? ¿Llamaba para insinuarles algo o sólo quería oír las voces de sus padres? Había llamado dos veces, pero, al ponerse Minako las dos, había probado una tercera. ¿Por qué? Porque también quería oír la voz de su padre.

Era una idea que le rondaba de vez en cuando: que Ayumi no quería hablar con su madre, sino con él. Mikami contestó la tercera llamada. Ayumi intentaba hablar, pero no le salían las palabras. Como deseaba que lo supiera, había pronunciado la frase únicamente dentro de su corazón: «Lo siento, acepto mi cara tal como es.»

Tuvo un repentino ataque de vértigo que empezó justo cuando cruzaba el acceso para el personal, de camino al edificio principal. «¡Mierda, no, otro no!» La exclamación coincidió con un oscurecimiento de la vista y una pérdida del equilibrio. «¡Agáchate!» Su cerebro dio la orden, pero sus manos se obstinaron en buscar algún apoyo. Palpó la superficie fría de una pared. Esperó, sin ningún otro punto de referencia, y poco a poco, muy despacio, empezó a recuperar la visión. Claridad. Una hilera de luces. Paredes grises. Retrocedió al topar con un espejo de cuerpo entero que cubría una de las paredes. Ahora veía su propia imagen, con su pecho subiendo y bajando al compás de la respiración. Sus ojos oblicuos. Su gruesa nariz. Sus angulosos pómulos. Parecía un semblante de roca viva.

Oyó una risa estridente a su espalda. Alguien se burlaba de él. Eso fue lo primero que pensó.

Fijó con rabia la vista en el espejo conteniendo el aliento. Pasaron dos caras sonrientes. El reflejo correspondía a dos mujeres de Transporte que pasaban de largo jugando con un maniquí de entrenamiento.

Capítulo 7

7

Mikami se lavó la cara en el cuarto de baño. El sudor de sus manos era tan aceitoso que repelía el agua. Se secó sin mirarse en el espejo y volvió a la oficina de Relaciones con los Medios. Suwa y Kuramae estaban en el sofá, con las cabezas muy juntas, conversando. Mikami esperaba que estuvieran en la sala de prensa, tanteando el ambiente entre los reporteros. ¿Por qué habían vuelto al despacho?

—¿Ha pasado algo?

No quería sonar tan brusco.

Suwa se levantó. Parecía alicaído, como si su entusiasmo de aquella mañana hubiera sido puramente ficticio. Kuramae volvió a su mesa encorvando los hombros.

Suwa habló en voz baja.

—Lo siento, pero nos han echado.

—¿Que os han echado?

—Sí... No sé qué decir.

Fue como un mazazo. Mikami aceptaba que la sala de prensa diera cierta independencia a sus ocupantes, pero no dejaba de ser un espacio cedido por la policía para ayudar a los periodistas en su trabajo. Resultaba desconcertante que llegaran al extremo de no dejar entrar a quienes, en definitiva, eran sus dueños.

—¿Tan mal está la cosa?

—Bueno, está claro que ahí dentro andan tramando algo.

—¿Cree que es cosa del Toyo?

—Sí, están sembrando cizaña para calentar a los demás.

Mikami recordó la expresión de Akikawa. «En definitiva, que la policía no se fía en absoluto de nosotros. ¿Es así?» Habían sido palabras tajantes.

—¿Cree que puede reconducir la situación?

—Sí, claro... Espero apaciguar los ánimos. Lo que no tengo claro es que pueda lograrlo ahora mismo.

A la respuesta de Suwa le faltaba convicción, y no parecía que fuera por falsa modestia. Quizá el conflicto fuese tan grave que ni alguien tan curtido y belicoso como Suwa se encontraba cómodo en él. Mikami se sentó delante de su escritorio, encendió un cigarrillo y se sacó la libreta del bolsillo.

—El comisionado nos visita.

—¿Cómo?

Suwa puso unos ojos como platos. Kuramae y Mikumo interrumpieron sus ocupaciones para mirar hacia ellos.

—Es una inspección. Visitará el lugar donde apareció el cuerpo de Shoko y también la casa de sus padres.

—¿Cuándo?

—La semana que viene, a esta hora.

—¿La semana que viene? —exclamó Suwa; luego añadió resoplando—: ¡Pues qué inoportuno!

—Creo que lo más adecuado es que se lo comunique usted a la prensa —dijo Mikami hojeando su libreta.

Le dio a Suwa una copia del programa del comisionado.

—Se asignan diez minutos a una rueda de prensa en la calle. ¿Para cuántas preguntas da? ¿Tres? ¿Cuatro?

—Más o menos.

—¿Cómo suelen decidir quién formula las preguntas en una entrevista de este tipo?

—Normalmente, cada periodista prepara una y luego el representante del mes hace la lista final. Casi siempre son bastante parecidas.

Mikami asintió.

—Si se lo anuncia ahora, ¿cuándo calcula que podrá conseguir que las presenten?

—Pues... yo diría que...

Suwa no acabó la frase, pero era comprensible: acababa de ser expulsado de la sala de prensa con cajas destempladas.

—Dígales que las necesitaré la semana que viene sin demora. Los de la Secretaría quieren revisarlas.

—Vale. Voy a probar ahora mismo, a ver qué tal.

Suwa lo dijo como si fuera una molestia, pero luego añadió unos cuantos gestos rápidos de asentimiento dirigidos a Mikami.

«Saldrá bien.» Mikami procuró ser optimista. El comisionado general inspeccionando un secuestro sin resolver: estarían contentos con la noticia, eso seguro. Pasarían por el aro. Sólo había que concertar un alto el fuego sobre el tema del anonimato en los comunicados, lo cual no sería muy difícil. A medio camino de su mesa, Suwa se volvió y ladeó la cabeza.

—Lo que me extraña... es que se interese por Seis Cuatro a estas alturas.

Seis Cuatro. A Mikami lo inquietó volver a oír esas palabras, aunque no tanto como en boca de Akama.

—Es una operación de imagen para Investigaciones Criminales —dijo desdeñosamente mientras se levantaba.

Catorce años desde el secuestro. Por lo visto, aquellas dos palabras ya no eran propiedad exclusiva de los inspectores que habían trabajado en el caso. Aun así, el hecho de que en tan poco tiempo dos personas ajenas a la investigación pronunciaran aquel término en clave le produjo cierto recelo. En el despacho de Akama había pensado lo mismo: alguien le estaba filtrando información de Relaciones con los Medios al director. Y esas filtraciones habían empezado desde el mismo día de su nombramiento.

Habló sin mirar a Suwa.

—Bueno, de la prensa tendrá que ocuparse usted porque yo tengo que salir.

—¿Adónde?

—Tengo que ir a visitar a los padres de Shoko. Hay que ir preparando el encuentro. —Miró a Kuramae—. ¿Puede acompañarme?

No tenía por costumbre pedir a sus subordinados que le hicieran de chófer, pero los ataques de vértigo le preocupaban cada vez más. El de ese día no era el primero. Los tenía desde hacía casi dos semanas.

—Es que tengo que ir a hablar con la División Ferroviaria. La policía ha detenido a un grupo que daba problemas en los trenes.

Mientras se excusaba Kuramae, Mikumo irguió mucho la cabeza, como si quisiera resaltar su presencia. «No, usted no.» Mikami se tragó las palabras que subían por su garganta. En lo que a entusiasmo laboral se refería, Mikumo era muy superior a Kuramae. Por otra parte, al proceder del Departamento de Transporte, su subordinada podía conducir un minibús incluso dormida.

En la calle se levantaban nubes de polvo. Nada más salir del edificio principal en compañía del comisario, Mikumo se llevó una mano al pelo y echó a correr hacia el aparcamiento con el viento en contra. En menos de un minuto apareció el coche del jefe de prensa, que frenó en la entrada con total precisión.

—¿Conoce la dirección? —preguntó Mikami al sentarse en el asiento del copiloto.

—Por supuesto, señor —contestó de inmediato Mikumo, que ya había arrancado.

Mikami supuso que había sido una falta de consideración preguntárselo. Si alguien trabajaba en la Jefatura sin saber la dirección de la pequeña Shoko, podía decirse con toda justicia que era un farsante. Aun así, aquello sorprendió al comisario: Mikumo era muy joven, acababa de cumplir veintitrés años; es decir, en el momento del secuestro tenía nueve, sólo dos más que la niña asesinada. Ahora aquella joven llevaba en coche a Mikami al domicilio de la niña. Era imposible no darse cuenta de que había transcurrido un lapso inimaginable.

Poco después de salir de la comisaría pararon a comprar unas galletas de arroz como regalo. En la carretera había poco tráfico. Al llegar a la confluencia con la prefectural y girar a la derecha, las hileras de edificios desaparecieron por completo e incluso los establecimientos de carretera empezaron a espaciarse. Se estaban acercando a lo que antes de la expansión de la ciudad había sido el antiguo barrio de Morikawa.

—Mmm... por cierto, señor... —dijo Mikumo sin dejar de mirar a la calzada.

—¿Sí, qué pasa?

—Ha sido un gran alivio... que no fuera su hija. —Se refería al día anterior, claro—. Sé que la encontrarán. Estoy segura.

Su voz tenía una sonoridad nasal. Parecía incluso a punto de llorar. Era una de esas situaciones en las que a Mikami le costaba dar con la reacción correcta. «Dejemos el tema»: era el mejor resumen de sus verdaderos sentimientos. La intimidad de los policías y sus familias estaba protegida por reglas muy estrictas, pero aquella norma sólo se aplicaba fuera del cuerpo, en las dependencias policiales las noticias de ese tipo se propagaban como la pólvora. Los compañeros de Mikami se acercaban a él y preguntaban por Ayumi sin ningún reparo. Lo hacían para ser amables porque estaban preocupados, pero, aunque Mikami siempre lo tuviera en cuenta, seguía sin sentir una gratitud sincera. En el caso de Akama, estaba claro que sus motivos eran muy distintos, y su filosofía era compartida por muchos otros. Aunque apenas conocieran a Mikami, ponían cara de desazón y buscaban la forma de abordarlo en cuanto lo veían. Algunos hasta parecían satisfechos, como si el dolor de Mikami les diera la oportunidad de limar asperezas o de buscar algo a cambio. Eran los que mejor sabían simular una piedad que parecía auténtica y sentida; quienes lo miraban con aire de suficiencia mientras él se inclinaba y les daba las gracias. A Mikami le gustaba cada vez menos la gente. Le daba miedo. Estaba harto.

Y a pesar de todo...

—Gracias —dijo.

Obviamente, la joven policía sentada a su lado era de las pocas que sí le inspiraban confianza.

—No, qué va, no hace ninguna falta que...

Mikumo se ruborizó e irguió la espalda. Su bondad natural era casi preocupante. Teniendo en cuenta que había optado por ser policía, lo más probable es que ya fuese más formal y cumplidora que la mayoría de la gente, pero, más allá de eso, Mikami sabía que era una persona especial. Pese a haber crecido en un mundo donde la moral, el sexo y hasta los valores de la más básica amabilidad humana estaban hundidos en el barro, nada en ella parecía mostrar una sola brizna de contaminación. Era guapa e inocente. En cierto modo, le recordaba a Minako de joven. Era normal que la mayoría de los policías solteros estuviesen prendados de ella. Hasta en la sala de prensa había más de un reportero con planes de llevársela a Tokio. Suwa ya había comentado que entre ellos estaba Akikawa. De hecho, ése era el principal motivo por el que Mikami seguía negándose a que su subordinada se relacionase directamente con los plumillas.

Frente a ellos se extendía un paisaje rural con pequeñas casas dispersas: el límite occidental de la ciudad D. Poco después apareció la enorme fábrica de encurtidos (casi tan grande como un centro de ocio) dominando la orilla del río que marcaba la frontera con el siguiente pueblo. A continuación, sin haber dejado atrás los terrenos de la fábrica, apareció la casa, una construcción tradicional japonesa con cubierta de tejas. ENCURTIDOS AMAMIYA. La idea de encurtir berenjenas y pepinos en pequeños tarros y comercializarlos había sido un éxito y la empresa prosperó rápidamente. La fábrica había salido mucho en las noticias. Visto en retrospectiva, incluso parecía probable que eso fuera lo que había llamado la atención del secuestrador.

En aquel momento, el comisario le pidió a Mikumo que se detuviera y la hizo aparcar en un solar vacío, cerca de la casa de la familia.

—Usted espere aquí.

Le pareció una falta de sensibilidad que se sentara junto a los padres de la niña. Si todo hubiera sido distinto, Shoko Amamiya habría sido una joven más o menos de su misma edad.

Bajó del coche y caminó con paso decidido por la estrecha carretera (un camino todavía sin asfaltar en aquel entonces) que llevaba a la casa.

«Lo vamos a pillar, al muy cabrón...»

Recordó su primera visita a aquella casa con un calor que le quemaba el pecho. Hacía catorce años de aquello. Nunca se le había pasado por la cabeza que tantos años después volvería para organizar una operación de relaciones públicas. En todo caso, más allá de los motivos, la visita le producía emociones encontradas. Veía a Ayumi sólo con parpadear. Sería difícil mantenerse imperturbable delante de unos padres que ya habían perdido a su hija. Se alisó la parte delantera de la chaqueta y, durante unos segundos, contempló sin pulsarlo el timbre donde ponía AMAMIYA.

Capítulo 8

8

La estufa recién encendida anunció una vaharada de aire caliente.

—Cuánto tiempo...

Rechazando el cojín, Mikami apoyó ambas manos delante, en el tatami, y sin levantar la cabeza empujó la caja de galletas de arroz. Yoshio Amamiya se limitó a asentir levemente.

Las paredes estaban algo más oscuras, pero por lo demás no se apreciaban grandes cambios en el mobiliario de la sala a la que acababan de hacerlo pasar. Lo que sí era drástico, y muy superior a los efectos que uno cabría esperar con el paso de esos catorce años, era la transformación de Amamiya. Cincuenta y cuatro años, era increíble. Tenía el pelo blanco y se lo había dejado largo. Su tez era pálida, ligeramente grisácea; sus mejillas de una delgadez malsana, y las arrugas que rodeaban sus ojos y su frente parecían un cúmulo de cortes de cuchillo. Era el rostro del padre de una niña asesinada, un rostro arrasado por el dolor y el sufrimiento: Mikami no podía describirlo de otro modo.

La habitación contigua era la del altar budista. Como las puertas correderas no estaban cerradas, era imposible ignorar el imponente objeto situado junto a la pared del fondo. Había dos fotos expuestas: la de la hija de Amamiya, Shoko, y la de su mujer.

Mikami no sabía nada.

Toshiko Amamiya. ¿Cuándo había fallecido?

Tenía que presentarle sus respetos, aunque no le resultaría nada fácil encontrar una oportunidad para sacar el tema. Amamiya, sentado al otro lado de la mesa baja, era la viva imagen de una cáscara vacía. Su mirada vagaba por el torso de Mikami, pero sus ojos hundidos reflejaban la incertidumbre de estar viendo algo totalmente distinto.

Vencido por el peso del silencio, Mikami sacó su tarjeta.

Amamiya lo llamó por su nombre, como si se alegrara de volver a verlo. En algún lugar de su cerebro, Mikami se había construido una imagen de lo que esperaba de la reunión, por eso había titubeado: «Jefe de prensa, no inspector», debido a la vergüenza que le daba reconocerlo, había retrasado el momento de entregar su tarjeta.

—Perdone que no se lo haya dicho antes. Mi nuevo cargo es éste.

Los ojos de Amamiya no reflejaron ninguna reacción. Tenía la mano derecha apoyada en la mesa y la piel de sus dedos se veía arrugada y reseca. La uña del índice estaba resquebrajada y la piel de alrededor formaba una especie de ampolla amoratada por la sangre. De vez en cuando temblaba levemente, pero no se deslizó hacia la tarjeta de Mikami por la superficie de la mesa. «Pérdida de la función social. Comportamiento huraño.» Parecía que Amamiya hubiera ingresado en esa categoría. Quizá porque ya no trabajaba. A Mikami le habían contado que, desde el secuestro, había dejado en manos de su primo la dirección de Encurtidos Amamiya.

—Perdone, pero... —Tenía que preguntárselo—. ¿Su mujer cuándo...?

Amamiya desvió la mirada hacia el altar. Lo contempló durante unos segundos y finalmente volvió a girar la cabeza. A Mikami le pareció ver un brillo oscuro en sus pupilas.

—Tuvo una embolia hace seis años, pero hasta el año pasado no...

—Lo siento.

Las emociones congeladas de Amamiya se estaban empezando a derretir. Mikami se dio cuenta, pero no fue capaz de encauzar la conversación hacia asuntos más prácticos.

—Era demasiado joven para irse.

—Sí, es verdad. Dejarnos así, sin saber quién es el...

La señora Amamiya había muerto sin ver que se hacía justicia. Los ojos desenfocados de Amamiya se cerraron un momento recordando tal vez la amarga decepción de su mujer. A Mikami le dolió en el alma. Cada vez que oía mencionar el caso, sentía en el pecho el ardor de la vergüenza.

Un día aciago.

El 5 de enero del año 64 de la Era Showa. «Voy a buscar mis regalos de Año Nuevo.» Eso fue lo que dijo Shoko Amamiya al salir poco después de mediodía. Y desapareció de camino a la casa de un pariente que vivía cerca. Dos horas después, su secuestrador llamó a los Amamiya para exigirles un rescate. Una voz de hombre de entre treinta y cincuenta años, un poco ronca, sin ningún acento. Sus palabras eran de manual: «Tengo a su hija. Consigan veinte millones de yenes para mañana a mediodía y esperen. Si hablan con la policía, morirá.» El padre de Shoko, que fue quien se puso al teléfono, suplicó oír la voz de su hija, pero el secuestrador se limitó a colgar.

Después de darle muchas vueltas, Amamiya decidió informar a la policía. Hacia las seis de la tarde. Tres cuartos de hora después, los cuatro agentes de una unidad domiciliaria asignada por la Brigada de Investigaciones Criminales de la Primera División de la prefectura entraban secretamente en el domicilio de los Amamiya. Al mismo tiempo, la sucursal de la NTT, la compañía telefónica, notificó a la policía que tenían a varios operarios rastreando las llamadas. Les faltó poco para llegar a tiempo: apenas unos minutos antes, el secuestrador había vuelto a llamar: «Quiero billetes usados. Meta el dinero en la maleta más grande que pueda comprar en Marukoshi y llévelo al lugar que le diré mañana. Venga solo.»

«Si le hubiéramos grabado la voz, al muy cabrón... Si el maldito rastreo hubiera estado listo...» Lo dijeron todos los inspectores asignados en algún momento al caso y siempre con un suspiro de rabia.

Aquel mismo día, a las ocho de la tarde, se constituyó el Centro Especial de Investigación en la primera comisaría de la prefectura D. Media hora más tarde, Mikami puso rumbo al domicilio de los Amamiya, como subjefe de la Unidad de Búsqueda con la orden de revisar los pormenores de la entrega prevista para el siguiente día. Los agentes de la Unidad Domiciliaria ya estaban hablando con los padres: «¿Ha reconocido la voz? ¿Ha notado algo sospechoso últimamente? ¿Sabe de alguien que pueda guardarles rencor? ¿Alguno de sus antiguos empleados tiene problemas de dinero?» Los padres se limitaron a fruncir el ceño y a negar con la cabeza una y otra vez: estaban tan pálidos que parecía que la sangre hubiera dejado de circular por sus rostros.

Fue una noche larga en la que nadie pegó ojo. Todo el mundo miraba el teléfono. Amamiya se quedó sentado formalmente, en la postura seiza y absolutamente quieto, pero no hubo una tercera llamada. Cuando ya despuntaba el alba, Toshiko se puso a preparar bolas de arroz en la cocina, una montaña que, desde luego, no podrían acabarse, pese a lo cual hirvió más arroz y empezó otra vez desde cero casi mecánicamente. Parecía estar rezando.

Sus oraciones, sin embargo, no fueron atendidas.

El año 64 de la Era Showa duró sólo una semana más. Lo aventaron, como una aparición, las fanfarrias de bienvenida a la Era Heisei. Existir había existido, sin la menor duda, porque fue durante ese último año de la Era Showa cuando un hombre secuestró y asesinó a una niña de siete años; un hombre que, a continuación, desapareció en la Era Heisei. El nombre en clave, Seis Cuatro, era una promesa, la de que el caso no correspondía al primer año de la Era Heisei, sino al 64 de la Era Showa, al que arrastrarían de nuevo al asesino...

Mikami dirigió una mirada vacilante hacia el altar. En la foto, Toshiko sonreía. Su juventud lo cogió desprevenido. Con toda probabilidad era una fotografía de cuando aún llevaba una vida tranquila, cuando ni siquiera podía imaginarse que su hija sería secuestrada. La sonrisa de aquella mujer, relajada, no era la de una madre que ha sufrido una pérdida así.

Amamiya volvió a quedarse callado. Aún no le había preguntado a Mikami por el motivo de su visita y la emoción desaparecía de sus ojos.

Estaba como ausente, en algún sitio lejano...

Mikami carraspeó. No le quedaba más remedio que tomar la iniciativa. No podía permitir que Amamiya se metiese otra vez en su caparazón, tenía que aclararle por qué había ido hasta allí.

—Tengo algo que decirle. Quiero explicarle la razón de mi visita.

«Pedirle», no «decirle». Debería haber usado esa palabra. Se apresuró a seguir porque le pareció percibir un cambio de humor en Amamiya.

—La cuestión es que nuestro máximo dirigente ha manifestado el deseo de hacerle una visita la semana que viene. El comisionado general Kozuka, de la Agencia Nacional de Policía de Tokio. Somos conscientes de que ha pasado mucho tiempo desde el secuestro, pero no es necesario recordarle que seguimos tan decididos como siempre a llevar al culpable ante la justicia, cueste lo que cueste. El comisionado quiere dar ánimos a los agentes que trabajan en el caso visitando el lugar de los hechos. También desea venir a visitarlo a usted aquí y presentarle sus respetos a su hija.

Se le hacía difícil respirar. Cuanto más hablaba, más tenía la sensación de que su pecho se llenaba de un gas amargo. Amamiya, mientras tanto, miraba el suelo. Su decepción era palpable y lógica. Mikami se preguntó si habría alguien capaz de tragarse lo que le acababa de decir: que el comisionado general quería insuflar nueva vida a la investigación cuando habían pasado nada menos que catorce años. «Politiqueo policial. Operación de imagen.» ¿Habría adivinado Amamiya los auténticos motivos?

Siguió hablando. No tenía más remedio.

—No le negaré que el caso ha estado en el limbo, pero justamente por eso quiere hablar con usted el comisionado. Si la prensa le da bastante cobertura, es posible que aparezcan nuevas pistas.

Mikami hizo una pausa y, poco después, Amamiya agachó la cabeza.

—Cuenta usted con mi gratitud.

Su tono era sosegado. Mikami tomó aire en silencio, pero la incomodidad de haberse salido con la suya empañó su alivio. Al final, la gente siempre hacía caso a la policía. A falta de otros medios para vengarse, las víctimas dependían de que las fuerzas del orden llevasen al culpable ante la justicia. Ahora Mikami podía entenderlo mejor que nunca. Tenía las manos atadas porque su hija se había fugado de casa, y en ese momento estaba allí, hilvanando palabras huecas para justificar un artificio de imagen.

Sacó su libreta y la abrió por la página de los apuntes que había tomado en el despacho de Akama.

—La visita del comisionado está programada para el jueves doce...

Antes de acabar la frase oyó el murmullo sordo de Amamiya y ladeó la cabeza.

«Pero no hace falta...»

Era lo que había entendido.

—¿Amamiya-san?

—Les agradezco la propuesta, pero no hace falta. No es necesario que venga hasta aquí alguien tan importante.

¿Que no era necesario?

Mikami se echó un poco hacia atrás. Amamiya acababa de rechazarlos. Su mirada seguía tan distante como antes, pero sus palabras habían tenido una contundencia incuestionable.

—Pero... ¿me permite que le pregunte por qué?

—No es por nada en concreto.

Mikami tragó saliva. Algo había pasado. Lo intuyó.

—¿Lo hemos ofendido en algo...?

—No, no se trata de eso.

—Pues entonces, ¿por qué...?

Amamiya no dijo nada. Tampoco hizo el menor esfuerzo por mirar a Mikami a la cara.

—Lo que le acabo de decir... La posibilidad de que con esto salgan nuevas pistas es real.

Silencio.

—Dentro de la jerarquía, el comisionado general es nuestra máxima autoridad. Confío en que esta visita reciba una importante cobertura por parte de los medios. Saldrá por la tele y la noticia llegará a muchas personas.

—Les agradezco mucho la oportunidad...

—Se lo ruego, Amamiya-san, piénselo bien. No podemos dejar escapar una ocasión así, tal vez aparezca nueva información...

Mikami se interrumpió al darse cuenta de que había empezado a levantar la voz. No era una decisión que pudiera forzar. Aquel hombre se estaba negando, era una de las víctimas... ¿No era su obligación dar marcha atrás? Siempre se podía tachar el domicilio de los padres del programa del comisionado sin que eso repercutiera excesivamente en la importancia de su visita. Reduciría el impacto general, sin duda, pero su presencia seguiría suponiendo un buen golpe de efecto, sobre todo si, además de acudir al lugar de los hechos, el comisionado hablaba con el equipo de Seis Cuatro.

Aunque...

Vio fugazmente la silueta de Akama. ¿Cómo reaccionaría al leer en el parte de Mikami que la propuesta del comisionado había sido rechazada? Sintió en las sienes los latidos de su corazón, que punteaban el silencio como el tictac de un reloj.

—Tengo la corazonada de que volveré.

Amamiya no contestó. Sólo apoyó las manos en el tatami para levantarse y, antes de desaparecer en las profundidades de la casa, hizo un gesto muy parco con la cabeza.

¿Qué sentido tenía rechazarlos?

Mikami miró la tarjeta de visita y las galletas de arroz que Amamiya había dejado sin tocar. Antes de levantarse se masajeó las piernas dormidas.