París, febrero de 1939
Los números flotaban alrededor de mi cabeza como estrellas. 823. Eran la llave que me abriría la puerta de una nueva vida. 822. Constelaciones de esperanza. 841. Por la noche, en mi dormitorio; por la mañana, cuando salía a comprar croissants... Ante mis ojos desfilaba una serie tras otra: 810, 840, 890. Esos números representaban la libertad, el futuro. Además de los números, me había estudiado la historia de las bibliotecas desde el siglo XVI. En Inglaterra, mientras Enrique VIII estaba ocupado cortándoles la cabeza a sus esposas, nuestro rey, Francisco I, se dedicaba a modernizar su biblioteca y la ponía a disposición de los eruditos. Su colección real fue la semilla de la Biblioteca Nacional.
En la mesa de mi dormitorio, me preparaba para la entrevista de trabajo que tenía en la Biblioteca Americana repasando mis notas por última vez: fundada en 1920; la primera de París que permitía al público acceder directamente a las estanterías; abonados de más de treinta países, una cuarta parte de ellos franceses. Me aferraba a esos datos y a esas cifras con la esperanza de que me hiciesen parecer cualificada para el empleo ante la directora.
Salí a grandes zancadas del piso de mi familia en la hollinosa rue de Rome, enfrente de la estación de ferrocarril de Saint-Lazare, donde las locomotoras escupían vapor. El viento me alborotaba el pelo, y me recogí unos mechones bajo la boina. Veía, a lo lejos, la cúpula negra de la iglesia de Saint-Augustin. Religión, 200. Antiguo Testamento, 221. ¿Y el Nuevo Testamento? Esperé, pero el número no me venía a la cabeza. Estaba tan nerviosa que se me olvidaban los datos más simples. Saqué la libreta del bolso. Ah, sí, 225. Claro que lo sabía.
Lo que más me había gustado de la escuela de biblioteconomía había sido el Sistema de Clasificación Decimal Dewey. Concebido en 1873 por el bibliotecario estadounidense Melvil Dewey, utilizaba diez grandes clases para distribuir los libros de las bibliotecas, según su temática, en diferentes estanterías. Todo tenía su número, lo que permitía a cualquier lector encontrar cualquier libro en cualquier biblioteca. Por ejemplo: mi madre estaba orgullosa de sus 648 (labores domésticas). Mi padre no quería admitirlo, pero le encantaba la 785 (música de cámara). A mi hermano gemelo le gustaban los 636.8, mientras que yo prefería los 636.7 (gatos y perros, respectivamente).
Llegué a le grand boulevard, donde, en sólo una manzana, la ciudad se desprendía de su manto de clase trabajadora y se ponía un abrigo de visón. El basto olor a carbón se disipaba, y lo sustituía el meloso aroma a jazmín de Joy, el perfume de las mujeres que disfrutaban contemplando los vestidos del escaparate de Nina Ricci y los guantes verdes de piel de Kislav. Un poco más allá, esquivé a unos músicos que salían de la tienda donde vendían partituras de segunda mano, dejé atrás el edificio barroco de la puerta azul y doblé la esquina para meterme en una calleja estrecha. Me sabía el camino de memoria.
Adoraba París, una ciudad rebosante de secretos. Como las cubiertas de los libros, unas de piel y otras de tela, cada puerta parisina se abría a un mundo inesperado. En sus jardines podía haber un montón de bicicletas o un corpulento portero armado con una escoba. En el caso de la biblioteca, la puerta de madera, enorme, daba a un patio secreto. Bordeado de petunias por uno de los lados y con césped en el otro, el sendero de guijarros blancos conducía hasta la mansión de piedra y ladrillo. Crucé el umbral, donde las banderas francesa y estadounidense ondeaban una al lado de la otra, y colgué mi chaqueta en el desvencijado perchero. Al aspirar el mejor aroma del mundo, una mezcla del olor musgoso de los libros viejos y el de las páginas de periódico recién impresas, tuve la sensación de que me encontraba en casa.
Llegaba con unos minutos de antelación a la entrevista; rodeé el mostrador de préstamo donde el bibliotecario jefe, siempre cortés, atendía a los abonados («¿Dónde se puede encontrar un buen filete en París?», preguntó un recién llegado que llevaba botas de cowboy; «¿Por qué tengo que pagar la multa si ni siquiera he terminado el libro?», protestaba una tal madame Simon, muy cascarrabias), y llegué a la silenciosa y acogedora sala de lectura.
Cerca de las cristaleras, la profesora Cohen, con una vistosa pluma de pavo real clavada en el moño, leía el periódico, y el señor Pryce-Jones repasaba la revista Time mientras fumaba su pipa. En otras circunstancias los habría saludado, pero estaba nerviosa por la entrevista y busqué refugio en mi sección favorita. Me encantaba estar rodeada de historias, algunas viejas como el tiempo mismo; otras, publicadas hacía sólo un mes.
Se me ocurrió buscar una novela para mi hermano Rémy. Últimamente, y cada vez más a menudo, me despertaba por la noche y le oía escribir a máquina sus artículos, en los que explicaba que Francia debería ayudar a los refugiados españoles que huían de la Guerra Civil, o insistía en que Hitler acabaría invadiendo Europa como ya había hecho con un trozo de Checoslovaquia. Lo único que conseguía que Rémy olvidara sus preocupaciones —que eran las preocupaciones de otros— era un buen libro.
Pasé la yema de los dedos por los lomos. Escogí uno y lo abrí por una página al azar. Nunca juzgaba un libro por cómo empezaba, porque esas primeras frases eran como la única cita que yo había tenido: los dos nos habíamos sonreído de forma exagerada, pero poco más. No: lo abrí hacia la mitad, donde el autor ya no intentaba impresionarme. «En la vida hay tinieblas y hay luces —leí—. Tú eres una de esas luces, la luz de todas las luces.» Oui. Merci, señor Stoker. Eso era lo que me habría gustado decirle a Rémy si hubiese podido.
Se me había hecho tarde. Corrí hacia el mostrador de préstamo, firmé la tarjeta y me metí Drácula en el bolso. La directora me estaba esperando. Llevaba el pelo, castaño, recogido en un moño, como siempre, y tenía una pluma de plata en la mano.
Todo el mundo conocía a la señorita Reeder. Escribía artículos en los periódicos y encandilaba a los oyentes en la radio, desde donde invitaba a estudiantes, maestros, soldados, extranjeros y ciudadanos franceses a visitar la biblioteca. Insistía en que allí serían todos bienvenidos.
—Me llamo Odile Souchet. Siento mucho el retraso. En realidad, he llegado antes de hora, pero se me ha ocurrido abrir un libro y...
—Leer es peligroso —dijo la señorita Reeder con una sonrisa de complicidad—. Vamos a mi despacho.
Me precedió por la sala de lectura; los abonados, todos muy bien vestidos, bajaron los periódicos que estaban leyendo para ver mejor a la famosa directora. Subí detrás de ella por la escalera de caracol y recorrimos un pasillo del ala sagrada, «SÓLO PARA EMPLEADOS», hasta su despacho, donde olía a café. En la pared había una enorme fotografía aérea de una ciudad cuyas manzanas parecían un tablero de ajedrez, todo lo contrario del sinuoso entramado de calles de París.
—Eso es Washington, D.C. Antes trabajaba en la Biblioteca del Congreso —dijo al reparar en mi interés.
Hizo un ademán con el que me invitaba a tomar asiento, y ella se sentó también al otro lado de la mesa, que estaba cubierta de papeles: algunos intentaban escurrirse de una bandeja, y otros estaban sujetos bajo una perforadora. En una esquina había un teléfono negro y reluciente, y a su lado, la señorita Reeder tenía una silla ocupada por un montón de libros. Distinguí una novela de Isak Dinesen y otra de Edith Wharton. Un punto de libro —en realidad era una cinta de seda— asomaba de entre las páginas de ambas, invitando a la directora a retomar su lectura.
¿Qué clase de lectora era la señorita Reeder? Seguro que ella jamás dejaba un libro abierto y boca abajo por no tener a mano un marcapáginas, no como yo. Seguro que nunca los dejaba amontonados debajo de la cama. Debía de leer cuatro o cinco a la vez. Un libro que guardaba en el bolso para los trayectos en autobús por la ciudad; otro sobre el que un buen amigo le había pedido su opinión; otro del que nadie sabría nunca nada, un placer secreto para una tarde lluviosa de domingo...
—¿Quién es tu autor favorito? —me preguntó.
«¿Quién es tu autor favorito?» Una pregunta imposible de responder. ¿Cómo podía escoger sólo uno? De hecho, mi tía Caro y yo habíamos creado una serie de categorías (autores muertos, vivos, extranjeros, franceses, etcétera) para no tener que decidir. Pensé en los libros de la sala de lectura que había estado tocando hacía sólo un momento, y en otros que me habían tocado a mí. Admiraba la forma de pensar de Ralph Waldo Emerson («Mientras leo y escribo no estoy solo, aunque no haya nadie conmigo»), así como la de Jane Austen. Aunque la autora escribía en el siglo XIX, para muchas mujeres la situación seguía siendo la misma hoy en día: su futuro dependía de con quién se casaran. Tres meses atrás, cuando informé a mis padres de que no necesitaba a ningún marido, mi padre dio un bufido y empezó a invitar a comer a un subordinado diferente todos los domingos. Mi padre me los presentaba en una bandeja, como el pavo que mi madre ataba y espolvoreaba con perejil: «Marc no ha faltado ni un solo día al trabajo, ¡ni siquiera cuando tuvo la gripe!»
—Porque tú lees, ¿verdad? —añadió la directora.
Mi padre siempre se quejaba de que la lengua me iba más deprisa que el cerebro. Con cierta frustración, contesté la primera pregunta de la señorita Reeder.
—Mi autor muerto favorito es Dostoievski, porque me gusta su personaje de Raskólnikov. Algunas veces a mí también me encantaría arrearle un coscorrón a alguien.
Silencio.
¿Por qué no le había dado una respuesta normal? Por ejemplo: «Zora Neale Hurston», mi autora viva favorita.
—Ha sido un honor conocerla —dije, me levanté y me dirigí hacia la puerta, convencida de que la entrevista había terminado.
Cuando mis dedos fueron a asir el pomo de porcelana, oí que la señorita Reeder decía:
—«Lánzate de cabeza a la vida, sin pensarlo. No tengas miedo, la marea te devolverá a la orilla y volverás a estar a salvo.»
Mi cita favorita de Crimen y castigo. 891.73. Me di la vuelta.
—La mayoría de los candidatos dicen que su autor favorito es Shakespeare —dijo.
—El único autor con su propio número de clasificación en el Sistema de Clasificación Decimal Dewey.
—Algunos mencionan Jane Eyre.
Ésa habría sido una respuesta normal. ¿Por qué no había dicho Charlotte Brontë, o cualquiera de las hermanas Brontë?
—Jane también me gusta mucho. Las hermanas Brontë comparten un único número de catálogo: 823.8.
—Pero me ha gustado tu respuesta.
—¿Ah, sí?
—Has dicho lo que sientes, y no lo que creías que me gustaría oír.
Eso era cierto.
—Que no te dé miedo ser diferente. —La señorita Reeder se inclinó hacia delante y clavó su mirada, inteligente y directa, en mis ojos—. ¿Por qué quieres trabajar aquí?
No podía decirle la verdadera razón. Habría sonado muy mal.
—Memoricé el Sistema de Clasificación Decimal Dewey y aprobé con sobresaliente todas las asignaturas de la Escuela de Biblioteconomía.
Le echó un vistazo a mi solicitud.
—Sí, tienes un expediente académico impresionante. Pero no has respondido mi pregunta.
—Soy abonada de esta biblioteca. Me encanta la litera...
—Ya lo he visto —dijo ella con una pizca de decepción—. Gracias por tu tiempo. Te comunicaremos nuestra decisión dentro de unas semanas. Te acompaño a la salida.
Una vez fuera, en el patio, solté un suspiro de frustración. Quizá debería haber confesado por qué quería aquel empleo.
—¿Qué pasa, Odile? —me preguntó la profesora Cohen.
Me encantaba su ciclo de conferencias «Literatura inglesa en la Biblioteca Americana», en las que nunca quedaban asientos libres. Con su chal morado, del que raramente se desprendía, hacía que libros desalentadores como Beowulf resultaran accesibles, y sus charlas siempre eran distraídas y tenían una pizca de humor. A su paso iba dejando, junto con las notas a lilas de su parfum, una estela de escándalos del pasado. Decían que Madame le Professeur era originaria de Milán: una primera bailarina que había renunciado a su condición de estrella (y al soso de su marido) para seguir a su amante hasta Brazzaville. Cuando regresó a París, sola, estudió en la Sorbona, donde, como Simone de Beauvoir, superó l’agrégation, el examen oficial y casi imposible de aprobar, necesario para impartir clases al más alto nivel.
—¿Odile?
—He hecho el ridículo en la entrevista de trabajo.
—¿Una joven inteligente como tú? ¿Le has dicho a la señorita Reeder que no te pierdes ni una sola de mis charlas? ¡Ya me gustaría que mis alumnos fuesen tan fieles!
—No, no se me ha ocurrido comentarlo.
—Redacta una nota de agradecimiento e incluye todo lo que te habría gustado decirle y no le has dicho.
—No importa, seguro que no me eligen.
—La vida es una batalla, Odile. Debes luchar por lo que realmente deseas.
—No estoy segura...
—Pues yo sí —dijo la profesora Cohen—. ¿Acaso crees que los anticuados académicos de la Sorbona me contrataron así como así? Tuve que esforzarme muchísimo para convencerlos de que una mujer podía enseñar en la universidad.
Alcé la mirada. Hasta ese momento, sólo me había fijado en su chal morado. Entonces vi sus ojos, su mirada de acero.
—Ser insistente no es ningún defecto —continuó—, aunque mi padre se quejaba de que yo siempre quería decir la última palabra.
—El mío también. Dice que soy... infatigable.
—Pues sácale partido a esa cualidad.
Tenía razón. En mis libros favoritos, las heroínas nunca se rendían. Y la sugerencia de la profesora Cohen de exponer mis ideas en una carta era acertada. Escribir era más fácil que hablar cara a cara. Podía tachar y volver a empezar tantas veces como quisiera.
—Tiene usted razón —concedí.
—¡Por supuesto que la tengo! Le diré a la directora que eres la que siempre hace las mejores preguntas en mis charlas, y puedes estar segura de que eso será definitivo.
Se recolocó el chal de un latigazo y entró con andares decididos en la biblioteca.
Por muy baja de moral que estuviese, en la Biblioteca Americana de París siempre había alguien que conseguía animarme y devolverme el optimismo. La biblioteca no sólo era un edificio lleno de libros; la argamasa que unía sus ladrillos eran las personas que la querían. Yo había visitado otras bibliotecas, con sus duras sillas de madera y sus corteses «Bonjour, mademoiselle. Au revoir, mademoiselle». Aquellas bibliothèques no tenían nada malo, pero carecían de la camaradería que se crea en una comunidad auténtica. La Biblioteca Americana, en cambio, era lo más parecido a un hogar.
—¡Odile! ¡Espera!
Era el señor Pryce-Jones, el diplomático inglés retirado, con su pajarita con estampado de cachemir; lo seguía la señora Turnbull, la catalogadora, con su flequillo gris azulado y con trasquilones. La profesora Cohen debía de haberles comentado que yo andaba desanimada.
—No está todo perdido. —El diplomático me dio unas palmaditas torpes en la espalda—. Te ganarás a la directora. Lo único que tienes que hacer es escribir una lista de tus argumentos, como haría cualquier diplomático que se precie.
—¡Deje de mimar a la chica! —lo regañó la señora Turnbull, que se volvió hacia mí y añadió—: En mi Winnipeg natal estamos acostumbrados a la adversidad. Eso es lo que nos caracteriza. En invierno, la temperatura desciende hasta cuarenta grados bajo cero, pero a nosotros nunca nos oirán quejarnos, a diferencia de los estadounidenses... —Al recordar la razón por la que había salido del edificio (una ocasión para darle órdenes a alguien), me apuntó con un dedo huesudo y añadió—: ¡Espabila, y no aceptes un no por respuesta!
Sonreí. Era evidente que el hogar era un sitio donde no había secretos. Pero estaba sonriendo, y eso era positivo.
Ya en mi dormitorio, más relajada, escribí:
Querida directora Reeder:
Muchísimas gracias por entrevistarme para el puesto de trabajo. Esta biblioteca significa para mí mucho más que ningún otro lugar de París. De pequeña, mi tía Caroline me llevaba a la Hora del Cuento. Gracias a ella estudié inglés y me enamoré de la Biblioteca Americana. Aunque mi tía ya no está con nosotros, yo sigo buscándola allí: abro los libros y voy a la funda de la contracubierta con la esperanza de ver su nombre en la tarjeta. Leer las mismas novelas que leía ella me hace sentir que todavía estamos juntas.
La biblioteca es mi refugio. Entre sus estanterías siempre encuentro un rincón donde leer y soñar, un rincón al que puedo llamar «mío». Quiero asegurarme de que todo el mundo tenga esa oportunidad, sobre todo las personas que se sienten diferentes y necesitan un hogar.
Firmé con mi nombre y di por terminada la entrevista.
Froid, Montana, 1983
Se llamaba señora Gustafson y vivía en la casa de al lado. La gente, a sus espaldas, la llamaba «la novia de guerra», pero a mí no me parecía que tuviese pinta de novia. Para empezar, nunca vestía de blanco. Y era mayor. Mucho mayor que mis padres. Como todo el mundo sabe, una novia necesita un novio, pero su marido había fallecido hacía mucho. Pese a que dominaba dos idiomas, no hablaba prácticamente con nadie. Vivía aquí desde el año 1945, pero siempre se la había considerado una forastera.
Era la única novia de guerra de Froid, del mismo modo que el doctor Stanchfield era el único médico. A veces me asomaba a su salón, donde hasta las sillas y las mesas eran extranjeras: delicados mueblecitos de casa de muñecas, con patas de madera de nogal labrada. También husmeaba en su buzón, donde había cartas procedentes de lugares tan lejanos como Chicago y dirigidas a «Madame Odile Gustafson». Comparado con los nombres que yo conocía, como Tricia y Tiffany, «Odile» sonaba exótico. Decían que era francesa. Sentía curiosidad, así que busqué «París» en la enciclopedia. Descubrí las gárgolas grises de Notre-Dame y el Arco del Triunfo de Napoleón. Sin embargo, nada de lo que leí respondió mi pregunta: ¿qué era lo que hacía que la señora Gustafson fuese tan diferente?
No se parecía a las otras mujeres de Froid, que eran rechonchas como currucas, vestían suéteres bastos de color gris claro y calzaban aburridos zapatos a juego. Esas mujeres iban a la tienda de alimentación con los rulos puestos, mientras que la señora Gustafson se ponía sus mejores galas —una falda plisada y zapatos de tacón— hasta para salir a tirar la basura. Un cinturón rojo realzaba su cintura. Siempre llevaba los labios pintados de un rojo intenso, incluso en la iglesia. «Tiene muy buen concepto de sí misma», decían las otras mujeres cuando la veían dirigirse con paso decidido hasta uno de los bancos delanteros, con los ojos ocultos bajo el sombrero de campana. Era la única que llevaba sombrero. Y la mayoría de los feligreses se sentaban al fondo, como si no quisieran llamar la atención de Dios ni la del sacerdote.
Esa mañana, Garrote Maloney nos pidió que rezásemos por los 269 pasajeros de un Boeing 747 que había sido derribado por los misiles soviéticos K-8. El presidente Reagan nos había contado por televisión lo del ataque contra el avión de pasajeros, que volaba de Anchorage a Seúl. Mientras repicaba la campana de la iglesia, las palabras del presidente resonaban en mis oídos: «Dolor, conmoción, rabia... La Unión Soviética ha violado la Declaración de Derechos Humanos... Semejante crueldad no debería sorprendernos...» Parecía que estuviese diciendo que los rusos eran capaces de matar a cualquiera, incluso a los niños.
La Guerra Fría hacía que uno se estremeciera hasta en un lugar como Montana. Tío Walt, que trabajaba en la base de las fuerzas aéreas de Malmstrom, decía que habían plantado un millar de misiles Minuteman por nuestras llanuras, como si fuesen patatas. Bajo los silos de cemento, las cabezas nucleares podían esperar pacientemente hasta el fin de los tiempos. Se jactaba de que los Minuteman eran más potentes que las bombas que habían destruido Hiroshima. Decía que los misiles persiguen misiles, de modo que las armas soviéticas evitarían Washington y nos apuntarían directamente a nosotros. Entonces nuestros misiles Minuteman despegarían y llegarían a Moscú en menos tiempo del que yo tardaba en prepararme para ir a la escuela.
Después de la misa, los feligreses cruzaron la calle sin prisas y fueron al salón parroquial a tomar café y dónuts, y a compartir camaradería y chismorreos. Mamá y yo nos pusimos en la cola de los dulces; en el púlpito de la cafetera, papá y los otros hombres formaron un corro alrededor del señor Ivers, el presidente del banco. Papá trabajaba seis días a la semana con la esperanza de llegar a ser su vicepresidente.
—Los soviéticos no dejan que nadie vaya a rescatar los cadáveres. Son unos ateos y unos desgraciados.
—Cuando Kennedy era presidente, los gastos de Defensa eran un setenta por ciento más altos que hoy en día.
—Somos una presa fácil.
Yo los escuchaba, pero sin prestarles mucha atención; en la atmósfera de cautela constante de la Guerra Fría, aquellas conversaciones pesimistas eran la banda sonora de todos los domingos. Como estaba entretenida apilando dónuts en mi plato, tardé un momento en darme cuenta de que mamá respiraba con dificultad. Normalmente, cuando tenía un ataque era por alguna razón: «Los agricultores están cosechando, y el polvo del aire me provoca asma», o «El padre Maloney esparce ese incienso como si quisiera fumigarnos». Sin embargo, ese día me agarró por el antebrazo y no me ofreció ninguna explicación. La guié hacia la mesa más cercana para que se sentara al lado de la señora Gustafson. Mamá se desplomó en la silla metálica y tiró de mí hacia abajo.
Intenté llamar la atención de papá.
—Estoy bien. No hace falta que le digas nada —dijo mamá con un tono que descartaba la posibilidad de cualquier réplica.
—Lo que les ha pasado a los pasajeros de ese avión es una tragedia —dijo la señora Ivers, sentada al otro lado de la mesa.
—Por eso yo no me muevo de donde estoy —indicó la señora Murdoch—. Andar de aquí para allá es peligroso.
—Han muerto muchos inocentes —dije yo—. El presidente Reagan ha dicho que entre las víctimas había un congresista.
—Un gorrón menos. —La señora Murdoch se metió un último trozo de dónut en la boca. Tenía los dientes de color marrón.
—Decir eso es muy feo. La gente tiene derecho a coger un avión sin que lo derriben —repliqué.
La señora Gustafson me miró. Hizo un gesto afirmativo, dando a entender que valoraba mi opinión. Era la primera vez que se fijaba en mí, a pesar de que yo llevaba tiempo observándola.
—Eres muy valiente pronunciándote —dijo.
—Es que la gente no debería ser tan cruel...
—Estoy completamente de acuerdo contigo —repuso ella.
No tuve oportunidad de contestar, porque el señor Ivers bramó:
—¡Ya llevamos casi cuarenta años de Guerra Fría! Nunca los venceremos.
Todos asintieron para mostrar su aprobación.
—Son unos asesinos despiadados —añadió.
—¿Ha conocido usted a algún ruso? —le preguntó la señora Gustafson—. ¿Ha trabajado con alguno? Pues mire, yo sí, y le aseguro que son iguales que usted y que yo.
Todo el salón parroquial se quedó en silencio. ¿Dónde había conocido al enemigo, y cómo podía ser que hubiese «trabajado» con un ruso?
En Froid lo sabíamos todo de todos. Sabíamos quién bebía demasiado y por qué; sabíamos quién hacía trampas con los impuestos y quién engañaba a su mujer; sabíamos quién vivía en pecado con un hombre en Minot. El único miembro de la comunidad que era un secreto para todos era la señora Gustafson. Nadie sabía cómo se llamaban sus progenitores, ni cómo se ganaba la vida su padre. Nadie sabía cómo había conocido a Buck Gustafson durante la guerra, ni cómo lo había convencido para que dejara plantada a su novia del instituto y se casara con ella. Los rumores revoloteaban a su alrededor, aunque ninguno conseguía imponerse. Se apreciaba tristeza en su mirada, pero ¿era dolor o arrepentimiento? Y, después de haber vivido en París, ¿cómo podía conformarse con aquel poblacho de las praderas?
Yo era la típica alumna de la primera fila que siempre levanta la mano. Mary Louise, que se sentaba a mi lado, se pasaba la clase garabateando en su pupitre. Ese día, desde la pizarra, la señorita Hanson se esforzaba para que sus alumnos de séptimo nos interesáramos por Ivanhoe; «Ivan-no», masculló Mary Louise. Al otro lado del pasillo, los bronceados dedos de Robby rodeaban un lápiz. Llevaba el pelo —castaño, igual que el mío— cortado en capas. Ya se había sacado el carnet de conducir, porque tenía que ayudar a sus padres a transportar el grano. Se acercó el lápiz a la boca y la goma rosa del extremo le acarició el labio inferior. Habría podido pasarme la vida contemplando la comisura de sus labios.
Los besos con lengua. Las crêpes. Las baguettes. Todo lo bueno era francés. Hasta las judías verdes francesas sabían mejor que las norteamericanas, al menos para mí. Las canciones francesas tenían que ser también mejores que la música country que ponían en la única emisora de radio del pueblo. «Mi vida quedó hecha añicos cuando esa vaca rumiante me dejó por un toro más joven.» Seguro que los franceses también sabían más acerca del amor.
Quería recorrer la pista de despegue de un aeropuerto, o asistir a un desfile de moda. Quería actuar en Broadway, asomarme al otro lado del Telón de Acero. Quería saber cómo sonarían las palabras francesas al salir de mis labios.
Y sólo sabía de una persona que conociese el mundo que se extendía más allá de Froid: la señora Gustafson.
Éramos vecinas y, sin embargo, se diría que ella vivía a años luz. Cada vez, por Halloween, mamá nos advertía: «La novia de guerra tiene la luz del porche apagada. Eso significa que no quiere que vayáis a llamar a su puerta.» Cuando Mary Louise y yo salíamos a vender las galletas de nuestro grupo de scouts, su madre nos decía: «La vieja vive con un presupuesto muy justo, así que no os molestéis en ir a su casa.»
Pero aquel breve encuentro con la señora Gustafson en el salón parroquial me animó. Lo único que necesitaba era una tarea escolar adecuada, y entonces podría entrevistarla.
Como era de esperar, la señorita Hanson nos puso un trabajo sobre Ivanhoe. Después de clase, me acerqué a su mesa y le pregunté si podía escoger otro tema y hablar sobre un país, por ejemplo.
—De acuerdo, pero sólo por esta vez —me dijo—. Estoy impaciente por leer tu trabajo sobre Francia.
Estaba tan concentrada en mi plan que, cuando entré en los lavabos, se me olvidó mirar por debajo de las puertas de los cubículos y cerrar la puerta principal por dentro. Y, claro, cuando terminé, Tiffany Ivers y su pandilla estaban junto a los lavamanos; ella se arreglaba del pelo, dorado como el trigo, ante el espejo.
—Vaya, no funciona la cisterna —dijo—. Mirad, acaba de salir un zurullo.
No era una pulla muy sofisticada, la verdad, pero, cuando me miré en el espejo, lo único que vi fue una mata de pelo de color caca. Me quedé delante de los cubículos, consciente de que, si me acercaba para lavarme las manos, Tiffany me empujaría y me quedaría empapada. Aunque si no me las lavaba, se lo contarían a toda la escuela. Eso es lo que habían hecho con Maisie, y durante un mes nadie había querido sentarse al lado de «Manos de pipí». El cuarteto de los lavabos esperaba con los brazos cruzados.
Las bisagras de la puerta chirriaron de pronto, y la señorita Hanson asomó la cabeza.
—¿Otra vez aquí, Tiffany? Debes de tener algún problema de vejiga.
Las niñas salieron con paso decidido, mirándome fijamente para dar a entender que aquello no había terminado. Yo ya lo sabía.
Mamá, la optimista a ultranza, me aconsejaría que buscara la parte positiva. Al menos, el señor Ivers sólo tenía una hija. Y era viernes.
Los viernes, mis padres solían organizar una cena en casa (mamá preparaba costillas de cerdo, Kay traía una ensalada y Sue Bob, una tarta tatin de piña), y yo me quedaba a dormir en casa de Mary Louise. Sin embargo, esa noche preferí quedarme en mi habitación y preparar las preguntas que quería hacerle a la señora Gustafson. Desde allí podía oír las risas de los adultos mientras cenaban en el comedor. Cuando dejé de oírlos supe que, como en las reuniones de aristócratas ingleses, las mujeres se habían retirado para que los hombres pudiesen ponerse cómodos en sus sillas y decir todo lo que no podían decir cuando estaban sus esposas delante.
Mientras ellas lavaban los platos, yo escuchaba la «otra voz» de mamá, la voz que empleaba para hablar con sus amigas. Cuando estaba con ellas, se la veía más feliz. Me parecía curioso que una persona pudiese tener personalidades diferentes. Eso me hacía pensar que había cosas de mamá que yo desconocía, aunque ella no fuese una mujer misteriosa como la señora Gustafson.
Sentada a mi mesa, escribí las preguntas a medida que se me iban ocurriendo: «¿Cuándo fue la última vez que le cortaron la cabeza a alguien en la guillotina?» «¿En Francia también hay Testigos de Jehová?» «¿Por qué dice la gente que robó usted a su marido?» «¿Por qué se quedó a vivir aquí después de morir él?»
Estaba tan concentrada que no me di cuenta de que mamá estaba detrás de mí hasta que noté su tibia mano en el hombro.
—¿No has querido ir a dormir a casa de Mary Louise?
—No. Estoy haciendo los deberes.
—¿Un viernes? —dijo ella, escéptica—. ¿Ha pasado algo en la escuela?
Casi todos los días pasaba algo en la escuela, pero no me apetecía hablar de Tiffany Ivers. Mamá sacó un regalo del tamaño de una caja de zapatos de detrás de la espalda.
—Te he hecho una cosa.
—¡Gracias!
Abrí de cualquier manera el envoltorio; dentro había un chaleco de ganchillo.
Me lo puse encima de la camiseta, y mamá tiró de la cintura, satisfecha al comprobar que era de mi talla.
—Estás preciosa. El verde realza las motitas de tus ojos.
Me miré en el espejo y comprobé que parecía boba. Si me ponía aquel chaleco para ir a la escuela, Tiffany Ivers se me comería viva.
—Es... bonito —dije, pero demasiado tarde.
Mamá sonrió para disimular que le había dolido mi comentario.
—Bueno, ¿y de qué va el trabajo?
Le expliqué que tenía que escribir sobre Francia y que necesitaba entrevistar a la señora Gustafson.
—Ay, cariño, no sé si le gustará que la molestemos.
—Sólo le haré unas cuantas preguntas. ¿No podemos invitarla a casa?
—Supongo que sí. ¿Qué quieres preguntarle?
Le enseñé la hoja.
Mamá le echó un vistazo a la lista y exhaló un suspiro.
—Piensa que... quizá haya alguna razón por la que nunca ha regresado a su país.
El sábado por la tarde pasé corriendo al lado del viejo Chevy de la señora Gustafson, subí los desvencijados escalones de su porche y llamé al timbre. Ding-dang-dong. No me abrió. Volví a llamar. Como seguían sin contestarme, comprobé si la puerta estaba cerrada. Y se abrió con un chirrido.
—¿Hola? —dije, y entré.
Nada.
—¿Hay alguien en casa? —pregunté.
El salón, cuyas paredes estaban cubiertas de libros, se hallaba en silencio. Había una hilera de tiestos con helechos en un estante, bajo la ventana en saliente. En el estéreo, del tamaño de un congelador, habría cabido una persona. Repasé su colección de discos: Chaikovski, Bach, más Chaikovski...
La señora Gustafson llegó arrastrando los pies por el pasillo como si acabase de despertar de una siesta. Pese a estar sola en su casa, llevaba un vestido con el cinturón rojo. Iba con medias y descalza, y transmitía vulnerabilidad. Pensé que nunca había visto el coche de ningún amigo suyo delante de su casa, y que tampoco recibía visitas de ningún pariente. Era la soledad personificada.
Se detuvo a unos pasos de mí y me fulminó con la mirada, como si yo fuese una ladrona que me hubiese colado allí para robarle el disco de El lago de los cisnes.
—¿Qué quieres?
«Usted sabe cosas que yo también quiero saber.»
Se cruzó de brazos.
—¿Y bien?
—Estoy redactando un trabajo sobre usted. Quiero decir, sobre su país. He pensado que a lo mejor querría venir a casa para que la entreviste.
Las comisuras de su boca se torcieron hacia abajo. No contestó.
Aquel silencio me puso nerviosa.
—Esto parece una biblioteca.
Señalé las estanterías, llenas de nombres que yo no conocía: Madame de Staël, Madame Bovary, Simone de Beauvoir.
Empecé a pensar que había sido una mala idea, y me di la vuelta para marcharme.
—¿Cuándo? —me preguntó.
Volví la cabeza.
—¿Qué le parece... ahora?
—Estaba ocupada resolviendo unos asuntos. —Lo dijo deprisa, como si fuese la presidenta y necesitara regresar cuanto antes a los dominios de su dormitorio.
—Se trata de un trabajo escolar —le recordé, ya que la escuela iba justo detrás de Dios, el país y el fútbol americano.
La señora Gustafson se calzó los zapatos de tacón y cogió las llaves. La seguí hasta el porche, salimos y cerró la puerta con llave. Era la única persona de Froid que lo hacía.
—¿Siempre entras sin permiso en las casas de la gente? —me preguntó mientras cruzábamos el jardín delantero.
—Normalmente contestan cuando llamo al timbre —respondí, encogiéndome de hombros.
Ya en el comedor de mi casa, juntó un momento las manos y luego las dejó caer a los costados. Miró la moqueta, la repisa de la ventana, las fotos familiares de la pared. Me dio la impresión de que iba a decir algo, seguramente algo tipo «¡Qué casa tan bonita!», como habrían hecho otras vecinas, pero se limitó a apretar la mandíbula.
—Bienvenida —dijo mamá, y dejó un plato de galletas con trocitos de chocolate en la mesa.
Le hice una seña a nuestra vecina para que se sentara. Mamá puso unas tazas delante de su plato y del mío, y delante del de la señora Gustafson dejó la taza de té que usaba ella. Yo conocía muy bien la historia de aquella taza. Años atrás, cuando la señora Ivers había ido a hacer una «ruta por los castillos de Inglaterra», papá le había dado dinero para que le comprara a mamá un juego de té bonito. Pero la porcelana es cara, y la señora Ivers regresó con una sola taza y su platillo. Aterrada por si se rompía, la llevó en el regazo durante todo el vuelo transatlántico. En mi imaginación, aquella delicada taza decorada con florecillas azules provenía de algún lugar mejor, más elegante. Como la señora Gustafson.
Mamá sirvió el té, y yo rompí el silencio.
—¿Qué es lo mejor de París? ¿Es verdad que es la ciudad más bonita del mundo? ¿Podría contarme cómo fue su infancia allí?
La señora Gustafson no me contestó enseguida.
—Espero que no la estemos molestando —le dijo mamá.
—La última vez que me entrevistaron, como ahora, fue en Francia, cuando solicité un puesto de trabajo.
—¿Se puso nerviosa? —pregunté yo.
—Sí, pero me había preparado memorizando un montón de libros.
—¿Y eso la ayudó?
Sonrió con tristeza.
—Siempre hay preguntas para las que una no está preparada.
—Lily no le hará esa clase de preguntas. —Mamá se dirigió a la señora Gustafson, pero aquella advertencia, en realidad, era para mí.
—¿Lo mejor de París? Que es una ciudad de lectores —dijo nuestra vecina.
Nos contó que, en las casas de sus amigos, los libros eran tan importantes como los muebles. En verano iba a leer a los exuberantes parques de la ciudad y, después, como los palmitos del Jardín de las Tullerías, a los que enviaban al invernadero ante la mínima señal de que podían empezar las heladas, se pasaba los inviernos en la biblioteca, acurrucada cerca de la ventana con un libro en el regazo.
—¿Le gusta leer? A mí, los clásicos que nos mandaban en la clase de literatura me parecían una lata.
—Vivo para leer —me contestó—. Sobre todo, libros de historia y sobre temas de actualidad.
Para mí, eso era tan divertido como ver fundirse la nieve.
—¿Ya le gustaban cuando tenía mi edad?
—Me gustaban novelas como El jardín secreto. A mi hermano gemelo, en cambio, ya le interesaban las noticias.
Un hermano gemelo. Quería preguntarle cómo se llamaba, pero ella había seguido hablando. Dijo que los parisinos disfrutaban con la comida casi tanto como con la literatura. Habían transcurrido más de cuarenta años, pero todavía se acordaba del dulce que su padre le había comprado para celebrar su primer día de trabajo, un financier. Cerró los ojos y dijo que, cuando saboreó la mantecosa almendra molida, sintió que estaba en el cielo. Su madre adoraba las opéras, un pastel hecho a base de capas de chocolate negro entre láminas de bizcocho empapadas de café.
«Fi-nahn-sieg.» «Oh-pe-ga.» Paseé esas palabras por mi boca y me encantó su sabor.
—París es un lugar que te habla —continuó—. Una ciudad que siempre va tarareando su propia canción. En verano, los parisinos dejan las ventanas abiertas y se oye el tintineo del piano de un vecino, el chasquido de unas cartas barajadas, las interferencias de una radio que alguien intenta sintonizar. Siempre hay un niño que ríe, alguien que discute, un clarinetista tocando en la plaza.
—Qué maravilla —dijo mamá, ensimismada.
Por lo general, los domingos, después de misa, veían a la señora Gustafson con los hombros encorvados, y sus ojos parecían el letrero de neón del bar Oasis la mañana de los lunes: estaban apagados. Ese día, en cambio, le brillaba la mirada. Mientras hablaba de París, se le suavizaron las angulosas facciones, y también la voz. Yo no entendía por qué se había marchado de allí.
Mamá me sorprendió haciéndole una pregunta.
—¿Cómo era la vida allí durante la guerra?
—Dura.
La señora Gustafson cogió con más fuerza la taza de té. Cuando sonaban las sirenas antiaéreas, su familia se escondía en el sótano. Los víveres estaban racionados, y cada persona recibía un solo huevo al mes. Todo el mundo adelgazó, y a veces ella pensaba que acabarían menguando hasta desaparecer. En las calles, los nazis obligaban a los parisinos a someterse a controles aleatorios. Formaban manadas, como los lobos. Detenían a la gente sin razón alguna, o por razones de escasa gravedad, como no respetar el toque de queda.
Pero ¿los toques de queda no eran para los adolescentes? Angel, la hermana de Mary Louise, tenía toque de queda.
—¿Qué es lo que más añora de París? —pregunté.
—A mi familia y a mis amigos. —La nostalgia se reflejó en sus ojos castaños—. A las personas que me comprenden. Echo de menos hablar francés. Sentir que estoy en casa.
Yo no supe qué decir, y el silencio se apoderó de la habitación. Ni mi madre ni yo sabíamos qué cara poner, pero en cambio nuestra vecina se terminó el té sin inmutarse.
Al ver que la señora Gustafson tenía la taza vacía, mamá se levantó de un brinco.
—Voy a encender el hervidor.
Iba camino de la cocina cuando de repente se detuvo, se tambaleó un poco y estiró un brazo para apoyarse en el aparador. Antes de que a mí se me ocurriese siquiera moverme, la señora Gustafson se levantó de un salto, le deslizó un brazo alrededor de la cintura y la acompañó otra vez a la silla. Me agaché junto mi madre. Tenía las mejillas coloradas y respiraba despacio y superficialmente, como si el aire se resistiera a entrar en sus pulmones.
—Estoy bien —dijo—. Es que me he levantado demasiado deprisa. Qué tonta soy.
—¿Ya le había pasado alguna vez? —preguntó la señora Gustafson.
Mamá me miró; volví a mi silla y disimulé recogiendo unas migas.
—Alguna, sí —admitió.
La señora Gustafson llamó al doctor Stanchfield. En Froid, todos los adultos decían lo mismo: «En la ciudad, ya puedes llamar al médico, que nunca viene, por muy enfermo que estés. Aquí, la secretaria contesta al segundo timbrazo, y Stanch tarda diez minutos en llegar a tu casa.» Ayudaba a dar a luz en tres condados; era la primera persona que nos había tenido a muchos de nosotros en sus tibias y pecosas manos.
El médico llamó a la puerta y entró con su maletín de piel negra.
—No hacía falta que viniese —dijo mamá, aturullada.
A mí me llevaba a ver a Stanch en cuanto soltaba el primer estornudo, pero nunca le había pedido una cita para hablar con él de su asma.
—Si no le importa, eso lo decidiré yo.
Le apartó el pelo con cuidado y le puso el estetoscopio en la espalda.
—Respire hondo.
Mamá cogió aire.
—Si eso es respirar hondo...
Mientras le tomaba la presión arterial, Stanch frunció el ceño. Dijo que estaba alta y le recetó unas pastillas.
¿Y si mamá se equivocaba cuando decía que tenía asma?
Después de la cena, Mary Louise y yo nos tumbamos en la moqueta de mi cuarto para hacer nuestros trabajos.
—¿Qué te ha contado la señora Gustafson? —me preguntó.
—Que la guerra era muy peligrosa.
—¿«Peligrosa»? ¿En qué sentido?
—El enemigo estaba por todas partes.
Me imaginé a la señora Gustafson yendo al trabajo por unas calles llenas de lobos sarnosos. Unos gruñían, otros le mordisqueaban los zapatos de tacón, pero ella no se detenía. Quizá nunca tomase el mismo camino.
—¿Y tenía que esconderse?
—Supongo que sí.
—¿Verdad que sería emocionante que hubiera sido una agente secreta?
—Muchísimo.
Me la imaginé entregando mensajes metidos entre las páginas de libros viejos.
—Y... hablando de secretos... —Dejó el lápiz—. Me he fumado un cigarrillo de Angel.
—¿Tú sola? No te creo.
Ella no dijo nada.
—No te creo —insistí.
—Con Tiffany.
Sus palabras me dolieron.
—Si fumas, no volveré a dirigirte la palabra —dije, y contuve la respiración.
Las dos teníamos doce años, pero Mary Louise se enteraba de todo antes que yo. Como ella tenía una hermana mayor, sabía lo que eran los condones y las fiestas con cerveza a granel. Mis padres no me dejaban usar maquillaje, así que Mary Louise me prestaba el suyo. Era más fuerte y más rápida que yo, y empezaba a darme cuenta de que me estaba dejando atrás.
—Bueno, tampoco es que me haya gustado mucho —dijo ella.
En las semanas que siguieron, mamá perdió el apetito y la ropa empezó a quedarle holgada. Los medicamentos que tomaba no estaban surtiendo efecto. Papá la llevó a que la viera un especialista, y éste dijo que sólo era estrés. Como mamá estaba demasiado cansada para cocinar, papá preparaba sándwiches. El día de Acción de Gracias, papá y yo nos comimos unos sándwiches de queso en la barra de la cocina. De vez en cuando mirábamos hacia la puerta abierta del dormitorio, con la esperanza de que mamá se encontrara lo suficientemente bien para unirse a nosotros.
Mi padre carraspeó.
—¿Qué tal por la escuela?
Sólo sacaba sobresalientes, no tenía novio y Tiffany Ivers estaba intentando robarme a Mary Louise.
—Bien —contesté.
—¿Seguro?
—A todas las otras niñas las dejan maquillarse, ¿por qué yo no puedo?
—Porque una niña tan guapa como tú no necesita echarse potingues en la cara.
Yo no registré lo más importante de lo que me estaba diciendo. No oí su preocupación, no le oí decirme que era guapa. Lo único que oí fue su «no» tajante.
—Papá...
—Espero que a tu madre no le des la lata como a mí.
Los dos miramos por enésima vez hacia la puerta del dormitorio.
Mary Louise y yo volvíamos a casa de la escuela con la mochila a la espalda. Nos paramos un momento en First Street para acariciar a Smokey, el pastor alemán, y luego pasamos por delante de la casa de los Flesches, que tenían cuarenta y siete gnomos de cerámica repartidos por el jardín, uno por cada año que llevaban casados. En la casa de la esquina, la anciana señora Murdoch apartó sus cortinas de encaje. Si atajábamos por su jardín en lugar de ir por la acera, llamaba a nuestros padres.
En Froid, todos comprábamos en la misma tienda de alimentación y bebíamos del mismo pozo. Compartíamos el mismo pasado, contábamos las mismas historias. La señora Murdoch no era tan mala antes de que a su marido le diera un patatús mientras retiraba nieve con una pala. Buck Gustafson nunca volvió a ser el mismo después de la guerra. Leíamos el mismo periódico, nos visitaba el mismo médico. Cuando íbamos a algún sitio, transitábamos por carreteras sin asfaltar y veíamos cómo las cosechadoras recorrían los campos y segaban el trigo con los molinetes. La atmósfera olía a limpio. A integridad. El tierno sabor del heno nos llenaba la boca y los orificios nasales, y la sangre que corría por nuestras venas llevaba mezclado el polvo de la cosecha.
—Vámonos a vivir a una gran ciudad. —Mary Louise miró con odio a la señora Murdoch—. Donde nadie se meta en nuestros asuntos.
—Donde podamos hacer lo que queramos —añadí yo—. Como chillar en la iglesia.
—O incluso no ir a la iglesia.
Nos quedamos calladas, puesto que aquélla era una idea tan desmesurada que necesitabas tiempo para asimilarla, y recorrimos en silencio la última manzana hasta mi casa. Desde la calle, vi a mamá en la ventana. Reflejada en el cristal, parecía pálida como un fantasma.
Mary Louise se marchó a su casa; yo continué hasta el buzón y me agarré al gastado poste, porque todavía no me apetecía entrar. Antes, mamá solía hacer galletas y charlar con sus amigas en la cocina. A veces iba a recogerme a la escuela y me llevaba al refugio de Medicine Lake, su sitio favorito para observar pájaros. En el coche, las dos mirábamos en la misma dirección: la vista al frente, fija en la carretera que se extendía ante nosotras, llena de promesas. Era fácil confiarle que había discutido con Tiffany Ivers o que había sacado mala nota en un examen. También podía contarle las cosas buenas, como que, en la clase de educación física, Robby, que era el capitán del equipo, me había escogido a mí la primera, antes incluso que a los chicos. Cada vez que yo fallaba un lanzamiento, ellos se quejaban amargamente, pero Robby se quedaba a mi lado y me decía: «La próxima vez te saldrá mejor.»
Mamá lo sabía todo de mí.
En Medicine Lake había doscientas setenta especies de aves. Avanzábamos entre la hierba alta, que nos llegaba por las rodillas. Mamá llevaba unos prismáticos colgados del cuello.
—Puede que los halcones sean más majestuosos —decía—, y que los frailecillos silbadores tengan un nombre más bonito, pero, de todas formas, mis favoritos son los petirrojos.
Yo me reía de ella por llevarme tan lejos para observar unos pájaros que podíamos ver en el jardín de casa.
—Los petirrojos son elegantes —me decía—, un buen augurio, un recordatorio de la cantidad de cosas especiales que tenemos a nuestro alcance. —Y me abrazaba con fuerza.
Pero ahora se quedaba sola en casa y casi nunca tenía energía para hablar, ni siquiera conmigo.
Justo entonces, la señora Gustafson salió a abrir su buzón, y yo atravesé la franja de hierba seca que nos separaba. Había cogido una carta y la sujetaba pegada al pecho.
—¿De quién es?
—De mi amiga Lucienne, que vive en Chicago. Hace décadas que nos escribimos. Vinimos juntas en el mismo barco: tres semanas inolvidables desde Normandía hasta Nueva York. —Me miró—. ¿Va todo bien?
—Sí, sí.
Todos conocíamos las normas: no llames la atención, a nadie le gustan los fanfarrones. No vuelvas la cabeza en la iglesia, aunque explote una bomba detrás de ti. Cuando alguien te pregunte cómo estás, contesta «Muy bien, gracias», aunque estés triste y asustada.
—¿Te apetece venir a mi casa? —me preguntó.
Solté la mochila delante de su librería. Había libros de arriba abajo, pero sólo tres fotografías pequeñas, tipo polaroid. En mi casa había más fotografías que libros (la Biblia, las guías de campo de mamá y una enciclopedia que habíamos comprado en un rastrillo).
La primera fotografía era de un joven marine. Tenía los ojos de la señora Gustafson. Ella vino a mi lado.
—Es mi hijo, Marc. Lo mataron en Vietnam.
Una vez estaba repartiendo hojas parroquiales en la iglesia y vi a un grupo de mujeres que había formado un corro alrededor de la pila de agua bendita. Cuando entró la señora Gustafson, la señora Ivers dijo en voz baja: «Mañana es el aniversario de la muerte de Marc.»
La señora Murdoch negó con la cabeza y replicó: «No hay nada peor que perder a un hijo. Deberíamos enviarle flores, o...»
«No deberían cuchichear —les espetó la señora Gustafson—. Al menos en misa.»
Las mujeres sumergieron sus temblorosos dedos en el agua bendita, se santiguaron a toda prisa y fueron a sentarse en los bancos.
Pasé una mano por la parte superior del marco de la fotografía y dije:
—Lo siento.
—Yo también.
La tristeza de su voz me causó desazón. Nunca iba nadie a visitarla. Ni su familia política, ni su familia francesa. ¿Y si todos sus seres queridos habían muerto? Lo más probable era que no le hiciese ninguna gracia que yo estuviese allí, hurgando en sus pérdidas. Hice ademán de recoger mi mochila.
—¿Te apetece una galleta? —me preguntó.
En la cocina, cogí las dos más grandes del plato y me las zampé antes de que ella hubiese tocado siquiera las suyas. Las galletas de azúcar, finas y crujientes, tenían forma de catalejo.
La señora Gustafson acababa de terminar la primera hornada; me quedé una hora más y la ayudé a estirar el resto de la masa con el rodillo. Agradecí que no hiciera ningún comentario sobre mamá. Ni «Echamos de menos a tu madre en la asociación de padres y maestros, dile que todos tenemos que colaborar», ni «A tu madre no le pasa nada que un buen cochinillo asado no pueda solucionar». Aquel silencio era una bendición.
—¿Cómo se llaman estas galletas? —le pregunté mientras cogía otra.
—«Cigarettes russes.» «Cigarrillos rusos.»
¿Galletas comunistas? Dejé en el plato la que tenía en la mano.
—¿Quién le enseñó a hacerlas?
—Me dio la receta una amiga mía que me las ofrecía cuando yo iba a llevarle libros.
—¿Por qué no podía ir ella misma a recoger sus libros?
—Porque durante la guerra no tenía permiso para entrar en las bibliotecas.
Como justo entonces llamaron a la puerta, no tuve tiempo de preguntar por qué.
—¿Señora Gustafson?
Era papá, lo que significaba que eran las seis en punto, la hora de la cena. Me iban a regañar. Me limpié las migas de los labios y preparé mi defensa. El tiempo había pasado volando, había tenido que quedarme a ayudarla con...
Cuando la señora Gustafson abrió la puerta, me preparé para ver irrumpir al huracán de mi padre.
Tenía los ojos fuera de las órbitas y llevaba la corbata torcida.
—Me llevo a Brenda al hospital —dijo sin preámbulos—. ¿Le importaría quedarse con Lily?
Quise decirle que lo sentía, pero salió corriendo sin esperar una respuesta.
París, febrero de 1939
La sombra de la iglesia de Saint-Augustin se cernía, imponente, sobre mi madre, Rémy y yo, que salíamos de otro aburrido oficio de domingo. Liberada de la agobiante opresión del incienso, yo aspiraba ráfagas de aire gélidas, aliviada de estar lejos del sacerdote y de su lúgubre sermón.
Mi madre nos metía prisa; dejamos atrás la segunda librería favorita de Rémy y la boulangerie del panadero afligido al que siempre se le quemaba el pan, y entramos en el portal de nuestro edificio.
—¿Quién viene hoy, Pierre o Paul? —preguntó con inquietud—. Sea quien sea, llegará en cualquier momento. Odile, ni se te ocurra poner mala cara. Es lógico que tu padre quiera conocer mejor a esos jóvenes... No todos trabajan en su comisaría, pero alguno podría ser el pretendiente perfecto para ti.
Otra comida con un policía incauto. Cuando alguno de aquellos jóvenes mostraba interés por mí, me sentía incómoda, y, cuando no mostraban ningún interés, me moría de vergüenza.
—¡Y ponte la blusa! No puedo creer que hayas ido a misa con esa batita desteñida. ¿Qué pensará la gente? —me regañó mientras se dirigía a toda prisa a la cocina a comprobar cómo estaba el asado.
En el recibidor, ante el espejo con el marco dorado desconchado, volví a recogerme el pelo, que se veía de un castaño rojizo, en una trenza. Rémy, a mi lado, se pasó un poco de gomina por los rizos rebeldes. Para las familias francesas, la comida del domingo era un ritual tan sagrado como la misa, y mi madre insistía en que teníamos que cuidar mucho nuestro atuendo.
—¿Cómo clasificaría Dewey esta comida? —me preguntó Rémy.
—Muy fácil: 841. Una temporada en el infierno.
Se rió.
—¿A cuántos subordinados ha invitado papa hasta ahora?
—A catorce —me contestó—. Supongo que no se atreven a decirle que no.
—¿Y por qué tú no tienes que soportar esta tortura?
—Porque a nadie le importa la edad a la que se casan los hombres.
Con una sonrisa pícara, me arrancó la áspera bufanda de lana, se tapó con ella la cabeza y se la anudó bajo la barbilla, como hacía nuestra madre.
—Ma fille, las mujeres caducáis antes que nosotros.
Me reí. Mi hermano siempre sabía cómo animarme.
—¡Si sigues por ese camino —añadió, imitando el tono estridente de mi madre—, te vas a quedar en el estante!
—Si consigo el empleo, en el estante de una biblioteca, para más señas.
—Querrás decir «cuando» consigas el empleo.
—Yo no estoy tan segura
Rémy se quitó la bufanda.
—Tienes un título de bibliotecaria, hablas inglés con fluidez y sacaste muy buenas notas en las prácticas. Yo tengo fe en ti, y tú también deberías tenerla.
Llamaron a la puerta. Abrimos; era un policía rubio con abrigo de marinero. Me preparé para lo peor: el candidato de la semana anterior me había saludado frotando sus grasientas mejillas contra mi cara.
—Me llamo Paul —dijo el recién llegado, rozando apenas sus mejillas con las mías—. Encantado de conocerlos —añadió, y le estrechó la mano a Rémy—, me han hablado muy bien de ustedes.
Parecía sincero, pero me costaba creer que mi padre hubiese dicho algo ni remotamente positivo sobre ninguno de nosotros dos. En casa, lo único que oíamos eran comentarios sobre las deplorables notas de Rémy (¡que, sin embargo, era el mejor polemista de su clase de Derecho!) y sobre mis mediocres dotes de ama de casa («¿Cómo puedes dormir en una cama cubierta de libros?»).
—Llevaba toda la semana deseando que llegase este día —le dijo el candidato a mi madre.
—Le sentará bien una comida casera —repuso ella—. Nos alegramos mucho de que haya venido.
Mi padre acompañó a su invitado hasta el sillón que había junto a la chimenea y sirvió el aperitivo (vermut para los hombres, jerez para las mujeres). Mientras mi madre iba una y otra vez de su butaca preferida, junto a sus adorados helechos, a la cocina, para asegurarse de que la asistenta seguía a rajatabla sus instrucciones, mi padre presidía la reunión desde su sillón estilo Luis XV. Su bigote con forma de cepillo de escoba iba barriendo una afirmación tras otra de su boca. «¿Para qué necesitamos a esos chômeurs intellectuels? Yo creo que hay que dejar que los “intelectuales en paro” escriban su prosa mientras trabajan en las minas. ¿Qué otro país hace distinciones entre gandules inteligentes y gandules cortos de entendederas? ¡Yo quiero ver trabajar el dinero de mis impuestos!» El pretendiente cambiaba todos los domingos; la prolija conferencia de mi padre, en cambio, era siempre la misma.
Se lo aclaré una vez más:
—Nadie te obliga a apoyar a los escritores ni a los pintores. Puedes escoger los sellos de correos ordinarios o esos que tienen un pequeño impuesto adicional.
Rémy, sentado a mi lado en el diván, se cruzó de brazos. Yo sabía lo que estaba pensando: «¿Por qué te esfuerzas?»
—No había oído hablar de ese programa —dijo el protegido de mi padre—. La próxima vez que escriba a mi familia, pediré esos sellos.
Quizá aquél no fuese tan malo como los anteriores.
Mi padre miró a Paul y dijo:
—Nuestros colegas lo están pasando muy mal con esos centros de detención tan cerca de la frontera. Están entrando refugiados a mansalva. Pronto habrá más españoles en Francia que en España.
—Hay una guerra civil —dijo Rémy—. Necesitan ayuda.
—¡Se están apoderando de nuestro país!
—¿Y qué pretende que hagan unos civiles inocentes? —le preguntó Paul a mi padre—. ¿Quedarse en su casa y esperar a que los maten?
Por una vez, mi padre no supo qué contestar. Observé a nuestro invitado. No me fijé en su pelo, muy corto y de punta, ni en sus ojos azules, a juego con el uniforme, sino en su fuerte personalidad y en la serenidad y la valentía con que defendía sus opiniones.
—Con tanta agitación política —dijo Rémy—, una cosa está clara: habrá una guerra.
—¡Bobadas! —lo contradijo mi padre—. Se han invertido millones en defensa. Con la Línea Maginot, Francia está completamente protegida.
Me imaginé aquella línea como una zanja inmensa a lo largo de las fronteras de Francia con Italia, Suiza y Alemania; una trinchera que se tragaría a cualquier ejército que intentara atacarnos.
—¿Es imprescindible que hablemos de la guerra? —intervino mi madre—. ¡Qué conversación tan triste para un domingo! Rémy, ¿por qué no nos cuentas cómo te van las clases?
—Mi hijo quiere dejar los estudios de Derecho —le dijo mi padre a Paul—. Sé de buena fuente que se salta las clases.
Busqué algo que decir, pero no se me ocurrió nada. Paul se me adelantó. Se volvió hacia Rémy y preguntó:
—¿Y qué le gustaría hacer en lugar de estudiar Derecho?
Era una pregunta que me habría gustado que le hubiese hecho mi padre.
—Me gustaría dedicarme a la política —contestó Rémy—. Intentar cambiar las cosas.
Mi padre puso los ojos en blanco.
—O hacerme guarda forestal y huir de este mundo corrupto —añadió mi hermano.
—Usted y yo nos dedicamos a proteger a las personas y sus negocios —le dijo mi padre a Paul—. Él quiere proteger las piñas y las cacas de oso.
—Nuestros bosques son tan importantes como el Louvre —comentó Paul.
Otra respuesta a la que mi padre no replicó. Miré a Rémy para ver qué le parecía nuestro invitado, pero se había vuelto hacia la ventana y estaba abstraído, como solíamos hacer en aquellas interminables comidas de domingo. Sin embargo, esa vez yo decidí no desconectar. Me interesaba oír lo que Paul pudiera opinar.
—¡Qué bien huele la comida! —dije con ánimo de desviar la atención de mi padre, centrada en Rémy.
—Sí —añadió Paul, muy animoso—. Hacía meses que no comía un plato casero de verdad.
—¿Cómo vas a ayudar a tus refugiados si dejas los estudios de Derecho? —continuó mi padre—. Tienes que centrarte en algo y perseverar.
—La sopa ya debe de estar lista —dijo mi madre mientras, nerviosa, arrancaba unas hojas secas de los helechos.
Rémy, sin decir nada, pasó por su lado y se dirigió al comedor.
—¡No quieres trabajar, pero a la hora de comer siempre eres el primero en sentarse a la mesa! —le reprochó mi padre.
No podía contenerse, ni siquiera delante de un invitado.
Comimos sopa de patata y puerros, como siempre.
Paul felicitó a mi madre por la sopa, que estaba muy cremosa, y ella murmuró algo acerca de que era una buena receta. El roce de la cuchara de mi padre en la porcelana señaló el final del primer plato. Mi madre despegó los labios como si quisiera pedirle que fuese amable, pero ella nunca le reprochaba nada.
La asistenta llevó a la mesa el puré de patata con romero y el cochinillo asado. Entorné los ojos y miré la hora en el reloj de la repisa de la chimenea. Por lo general, la comida del domingo se me hacía eterna, pero en esa ocasión me sorprendió ver que ya eran casi las dos de la tarde.
—¿Usted también estudia? —me preguntó Paul.
—No, ya he terminado los estudios. Y acabo de solicitar un empleo en la Biblioteca Americana.
Sus labios esbozaron una sonrisa.
—A mí no me importaría trabajar en un sitio tan bonito y tranquilo.
Los negros ojos de mi padre brillaron revelando interés.
—Paul, si no está contento en el Distrito Octavo, ¿por qué no pide el traslado a mi comisaría? Tenemos una vacante de sargento.
—Gracias, señor, pero estoy muy contento donde estoy —dijo Paul sin dejar de mirarme—. Sumamente contento.
De pronto parecía que estuviésemos los dos solos. «Al recostarse él en la silla y clavar en ella, a su vez, la mirada, quizá hubiese podido advertir un momento de vacilación en la joven, un breve instante en que sintió el impulso de arrojarse a sus brazos y revelarle los secretos sentimientos de su corazón.»
—Chicas trabajando —se burló mi padre—. Al menos podrías haber pedido trabajo en una biblioteca francesa.
Abandoné de mala gana la tierna escena con Paul, y con Dickens.
—Papa, los estadounidenses no sólo alfabetizan sino que utilizan el Sistema de Clasificación Decimal Dewey, basado en la numeración...
—¿Usan números para clasificar las letras? Seguro que esa idea se le ocurrió a algún capitalista. ¡Les importan más las cifras que las letras! ¿Qué tiene de malo nuestra forma de hacer las cosas?
—La señorita Reeder dice que no pasa nada por ser diferente.
—¡Extranjeros! ¡Sabe Dios con quién más tendrás que tratar!
—Deberías confiar más en las personas, seguro que te sorprenderías.
—La que se va a llevar una sorpresa eres tú. —Me apuntó con el tenedor y añadió—: Trabajar de cara al público es muy duro. Mira, ayer me llamaron porque habían detenido a un senador por allanamiento de morada. Una ancianita lo encontró desmayado en el suelo de su casa. Cuando ese libertino recobró el conocimiento, no paró de gritar obscenidades hasta que empezó a vomitar. Tuvimos que ducharlo con una manguera y entonces conseguimos que nos contara lo ocurrido. Resulta que creyó que estaba en el edificio de su amante y que su llave no abría la puerta, así que trepó por el emparrado y entró por la ventana. Créeme, es mejor no tener que tratar directamente con la gente. Y no me hagas hablar de la escoria que está llevando este país a la ruina.
Ya empezaba otra vez a despotricar contra los extranjeros, los políticos y las mujeres pedantes. Solté un suspiro, y Rémy, que se había descalzado, colocó los pies encima de los míos. Reconfortada por aquella caricia, sentí que la tensión de mis hombros disminuía. Aquel gesto era una muestra de apoyo secreta que nos habíamos inventado de pequeños. Cuando nuestro padre se enfurecía («¡Esta semana has tenido que llevar el capirote dos veces en la escuela, Rémy! ¡Debería graparte ese maldito trasto a la cabeza!»), yo evitaba consolar a mi hermano con una palabra amable. La última vez que lo había hecho, nuestro padre me había dicho: «Ah, ¿lo defiendes? ¡Pues te vas a llevar la misma paliza que él!»
—Contratarán a una estadounidense, y no a ti —concluyó mi padre.
Me habría gustado demostrarle al comisario sabelotodo que se equivocaba. Me habría gustado que respetara mis decisiones, en lugar de decirme lo que tenía que gustarme y a lo que tenía que aspirar.
—Una cuarta parte de los abonados de la biblioteca son parisinos —repliqué—. Necesitan personal que hable francés.
—¿Y qué pensará la gente? —se lamentó mi madre—. Creerán que tu padre no puede mantenerte.
—Hoy en día hay muchas chicas que trabajan —intervino Rémy.
—Odile no necesita trabajar —puntualizó mi padre.
—Pero quiere —dije yo en voz baja.
—No discutamos, por favor —zanjó mi madre mientras servía la mousse au chocolat en unos pequeños cuencos de cristal.
El postre, cremoso y delicioso, exigió toda nuestra atención y nos permitió coincidir en una cosa: mi madre preparaba la mejor mousse del mundo.
A las tres de la tarde, Paul se levantó.
—Gracias por la comida. Siento tener que marcharme, pero mi turno empieza dentro de poco.
Lo acompañamos hasta la puerta. Mi padre le estrechó la mano y dijo:
—Piénsese bien mi oferta.
Me habría gustado darle las gracias a Paul por defendernos a Rémy y a mí, pero, como estaba mi padre delante, no dije nada. Paul se me acercó y se quedó justo delante de mí. Contuve la respiración.
—Espero que consiga el empleo —dijo en voz baja.
Cuando se despidió con un beso, me sorprendió la suavidad de sus labios al acariciar mi mejilla, y sentí curiosidad por saber qué sabor tendría su boca. Imaginé que nos besábamos y se me aceleró el corazón, como la primera vez que leí Una habitación con vistas. Devoraba las escenas, deseando que llegase el momento en que George y Lucy, tan perfectos el uno para el otro, confesaran su amor desenfrenado y se abrazaran en una piazza desierta. Lamenté no poder pasar más deprisa las páginas de mi vida para saber si volvería a ver a Paul.
Fui hasta la ventana y lo vi bajar con brío por la calle. Mientras, detrás de mí, oía a mi padre sirviendo licor en dos copas.
La comida del domingo era el único momento de la semana en que mis padres se daban ese gusto y recordaban tristes momentos de la Gran Guerra. Tras unos pocos sorbos, mi madre recitaba con reverencia los nombres de los vecinos que habían fallecido, como si cada uno fuese una cuenta de su rosario. A mi padre, las batallas que había ganado su regimiento le parecían derrotas, porque habían muerto muchos de sus compañeros.
Rémy se puso a mi lado en la ventana y acarició el helecho de mi madre.
—Ya hemos asustado a otro pretendiente —dijo.
—Querrás decir que lo ha asustado papa.
—Me pone furioso. ¡Tiene una mentalidad tan cerrada...! No tiene ni idea de lo que está pasando.
Yo siempre apoyaba a Rémy, pero, en esa ocasión, confiaba en que fuera mi padre quien estuviese en lo cierto.
—Eso que has dicho de la guerra... ¿iba en serio?
—Me temo que sí. Se avecinan tiempos difíciles.
Tiempos difíciles. 823. Literatura británica.
—En España están muriendo civiles. En Alemania persiguen a los judíos —continuó; luego miró la hoja que tenía entre los dedos y frunció el ceño—. Y yo debo ir a clase.
—Publicas artículos que informan a la gente de la crisis de los refugiados. Organizaste una recogida de ropa para ellos e implicaste a toda la familia. Estoy orgullosa de ti.
—Pero no es suficiente.
—Tienes que concentrarte en los estudios. Eras el mejor de tu curso, y ahora te graduarás de milagro.
—Estoy harto de estudiar casos teóricos. Hay gente que necesita ayuda, y los políticos no actúan. No puedo quedarme en casa de brazos cruzados. Alguien tiene que hacer algo.
—Lo que tienes que hacer es graduarte.
—El título no me servirá de nada.
—Papa tiene parte de razón —dije con suavidad—. Deberías terminar lo que empezaste.
—Lo que intento explicarte es que...
—Por favor, dime que no has cometido ninguna tontería.
Mi hermano había donado sus ahorros a un fondo de beneficencia para los refugiados. Sin decirle nada a mi madre, les había dado hasta la última pizca de harina de nuestra despensa a los pobres. Mi madre y yo habíamos tenido que ir corriendo al mercado a comprar algo para la cena antes de que mi padre llegara a casa para que no regañara a Rémy.
—Antes lo entendías —me soltó, y se fue muy indignado a su habitación y cerró de un portazo.
Su acusación me dolió. Me habría gustado gritarle que antes él no era tan impetuoso, que sabía que por las malas no se conseguiría nada. Volvería a intentar hablar con él cuando se hubiese calmado. De momento, lo único que quería era olvidarme de mi padre, de Paul e incluso de Rémy. Tiempos difíciles. Cogí el libro de mi estantería.