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Mientras tanto, en Tel Aviv, a la teniente Oriana Talmor se la llevaban a toda prisa a una reunión especial.

Era la primera vez que le pedían que representase a su unidad en Camp Rabin, el cuartel general del Tzáhal en HaKirya, y el enorme complejo de las Fuerzas de Defensa de Israel la impresionó. El atlético agente de la policía militar que le habían asignado como escolta la guió por un laberinto de toscos barracones de hormigón y torres de cristal de aspecto futurista. Las calles del interior tenían nombres tan inverosímiles como «Paseo de los Lirios» o «Camino de los Prados».

Al cabo de veinte minutos y de varios controles de seguridad, la teniente Talmor llegó a la planta que albergaba la oficina ejecutiva del jefe de Inteligencia del Tzáhal. Había tanta gente que el vestíbulo estaba desbordado, y su guía la condujo a un pasillo lateral. Oriana alcanzó a ver cómo un corpulento capitán cargado con un buen fajo de carpetas se sentaba en el mostrador de recepción ignorando las miradas hostiles de la recepcionista.

La teniente encontró sitio al lado de una ventana con vistas a Tel Aviv. Delante de ella, una masa de edificios bajos, salpicada por algún que otro punto verde, se derramaba hacia la pálida costa mediterránea. Lo que no se veía era el mar, emblanquecido por el sol y eclipsado por las torres residenciales y los bloques hoteleros.

Enfrente del inmenso complejo militar, al otro lado de la calle, había gente haciendo cola en restaurantes de moda, montando en bicicletas eléctricas de diseño, o intercambiando saludos, direcciones confidenciales, noticias de familiares y recetas veganas. Más cerca de la entrada, un pequeño grupo de mujeres vestidas de negro reclamaba el final de la ocupación militar de los territorios palestinos, sin captar la atención de los turistas estadounidenses y los generales israelíes que, educadamente ajenos a su presencia, entraban en el centro comercial de delante. Junto al aparcamiento, entre los cubos de basura, merodeaban decenas de gatos callejeros, a la espera de que el soldado de guardia tirase los restos del rancho del día.

La intensidad que emanaba aquel lugar era perceptible incluso desde las alturas donde se encontraba Oriana. En los últimos años, todo eran elogios para Tel Aviv, ensalzada como la ciudad más cool del mundo. Aun así, era el único sitio de Israel que a ella no acababa de gustarle.

La teniente se alejó de la ventana y se detuvo ante los extraños objetos expuestos en las paredes: un sombrero de vaquero, regalo del entonces director de la CIA; una espada de plata maciza, regalo del jefe de los servicios de seguridad de Zimbabue; un anuncio antiguo de Toblerone, del director de la contrainteligencia suiza... Trató de adivinar con qué regalos habría correspondido el jefe de la Inteligencia israelí.

A las doce en punto, la puerta de madera maciza se abrió y todos pasaron a la sala de reuniones, donde el aire acondicionado funcionaba a tope. Una gran mesa presidía la sala, y Oriana se sentó en la esquina más próxima a la puerta.

Hubo un pequeño rifirrafe cuando los representantes de las unidades de recopilación de datos de inteligencia se disputaron la cabecera de la mesa con los del departamento de investigación, que se quejaban en voz alta de que los asientos estaban preasignados. El asistente del jefe de Inteligencia, un ambicioso veinteañero que respondía al nombre de Oren, reconvino a los dos bandos, aunque era evidente que se sentía desbordado por la situación. La representante de la división de inteligencia naval, la única mujer presente además de Oriana, se sentó tranquilamente al lado del sitio reservado al presidente de la reunión. Con su uniforme blanco, parecía que hubiera venido a casarse. Aun así, el jefe de investigación, que acababa de entrar por una puerta lateral, apenas la miró, y le exigió que se hiciese a un lado. En la batería de retratos colgada en las paredes, los jefes de Inteligencia de generaciones anteriores contemplaban el barullo desde la seguridad de su magnificencia en blanco y negro.

Finalmente, todos consiguieron sentarse y el asistente empezó a pasar lista, un ritual escolar que no hizo sino acentuar lo infantil del ambiente.

—¿Seguridad de la información?

—Aquí.

—¿Grupo de inteligencia aérea?

—Aquí.

—¿Departamento de inteligencia naval?

—Aquí.

A las divisiones de investigación las llamó por sus números. Luego pasó a las unidades de recopilación de inteligencia, dos de las cuales Oriana ni siquiera sabía que existían. El Mosad estaba representado nada menos que por tres personas.

—¿504?

—Aquí.

—¿8200?

El asistente pronunció el número de la unidad como un novato: «ocho mil doscientos», en vez de «ocho doscientos».

—Aquí.

Todos miraron a Oriana de un modo demasiado vehemente para su gusto, y de hecho algunos con una expresión descaradamente lujuriosa. Oren, por su parte, tenía otros problemas.

—Esta reunión ha sido convocada por el jefe de Inteligencia militar, el general Rotelmann, con la petición explícita de que hoy estuviera presente en ella el jefe de la Sección Especial de la 8200.

—Ahora mismo la sección no tiene jefe, capitán. La adjunta, y jefa en funciones, soy yo —dijo Oriana.

El asistente del general era capitán, sólo un grado por encima de ella en el escalafón, pero su rango le otorgaba mucho más poder. Oriana se repitió mentalmente el consejo que se daba siempre en esas situaciones: «No sonrías como si tuvieran que perdonarte algo. No te repitas. Si esperan que entres en detalles, que esperen.»

Fue el asistente quien cedió primero.

—El jefe de la Sección Especial de la Unidad 8200 es el teniente coronel Shlomo Tiriani —dijo buscando por la sala al teniente coronel en cuestión—. ¿Me está diciendo que se encuentra de permiso?

—Lo relevaron ayer —respondió Oriana—. Su sustituto está en un viaje de formación por el extranjero. La previsión es que se ponga al frente a su regreso.

—Habíamos entendido que vendría Tiriani —dijo el joven, de ojos grandes y con unos labios que incluso en reposo formaban una «o», como si aún tuvieran hambre del pecho materno.

Las alas de paracaidista en el pecho completaban la imagen de niño engalanado para el Purim.

—Siento que mi presencia sea una decepción —repuso Oriana.

Se oyeron algunas risas, que Oren, sin embargo, silenció rápidamente antes de acabar de pasar lista y levantarse para abrir una puerta lateral.

—Estamos preparados —anunció en voz alta.

Capítulo 3

3

En la Terminal 2 del aeropuerto Charles de Gaulle la situación se estaba volviendo incontrolable, y el comisario Jules Léger, de la Policía Judicial, no veía el momento de que se acabara el día.

Le dolía la cabeza. No era un dolor sordo de esos que tienen la delicadeza de quedarse en un segundo plano, ni el típico dolor de resaca, paliado por el agradable recuerdo de la noche anterior. Tampoco era el dolor de cuando se tiene hambre, que uno soporta con la esperanza de una comida sustanciosa y reparadora, y mucho menos uno de aquellos que desaparecen por sí solos al cabo de un rato, como sucede a veces después de tomarse un granizado en verano. Era un dolor de cabeza de los de verdad, al borde de la migraña, y se debía a varias causas, que el comisario Léger trató de ordenar mentalmente.

La primera era tan simple como inapelable: había desaparecido un pasajero en uno de los sitios más seguros de Francia, menos de media hora después de que aterrizase su avión.

La segunda era lisa y llanamente una injusticia: el incidente le había tocado por casualidad. En ausencia del jefe de la policía del aeropuerto, que se había tomado una semana de vacaciones, el comisario Léger había recibido la orden de ponerse al frente de las investigaciones, cuando ni conocía a los investigadores que lo acompañaban ni estaba familiarizado con el aeropuerto. Además, sus tentativas de organizar algo semejante a un operativo policial no hacían sino exacerbar su dolor de cabeza: si en el exterior ululaban las sirenas, dentro competía con ellas el ruido de las radios, y unas y otras martilleaban sin piedad sus doloridas sienes.

En tercer lugar, y entre las principales causas del dolor de cabeza, dos funcionarios israelíes aparecidos sin previo aviso en el lugar de los hechos estaban exigiendo poder participar en el interrogatorio de los testigos.

El mayor, que respondía al nombre de Chico y lucía una asilvestrada mata de pelo rojo —no precisamente natural—, le sonaba de algo. Como representante de la policía israelí en Europa había coincidido con el comisario en varias reuniones sobre la seguridad de las delegaciones israelíes en París, aunque a Léger no le constaba que hubiera pedido participar alguna vez en una investigación.

El otro israelí no daba para nada el tipo de policía. Era alto y llevaba unos vaqueros negros ceñidos y una camisa blanca que, según los cálculos de Léger, costaban más de lo que ganaba él en un mes. Tenía los ojos azules, una cabellera negra salpicada de canas y una cicatriz horizontal en la barbilla que borraba de su rostro cualquier atisbo de suavidad poco viril. Miraba fijamente hacia algún punto, como si no viera a Léger. El comisario ya se había topado con más de un individuo así durante su carrera, casi siempre en investigaciones sobre fraude fiscal, y no le sorprendió su ambigua identificación: una tarjeta plastificada con una foto de aspecto demasiado reciente, acompañada en aquel caso por un nombre extranjero y un rango militar. De ser cierto lo escrito en la tarjeta, era el coronel Zeev Abadi. Que el urólogo de Léger también se apellidara Abadi no atenuó lo más mínimo su preocupación. El dorso de la tarjeta exhibía con orgullo el emblema del Estado de Israel, junto con la petición, en inglés y francés, de que las autoridades gubernamentales de todo el mundo «colaboren en cuanto sea necesario con el portador del presente documento», definido simplemente como «investigador».

—Estas tarjetas se las puede hacer cualquiera en casa —dijo Léger levantando la vista para mirar a los ojos al tal Abadi.

«Militar», pensó. «¿De inteligencia?»

—Estoy en París un poco por casualidad —respondió el misterioso israelí mientras volvía a guardarse la tarjeta en el bolsillo, como si con ello hubiera contestado al comentario de Léger.

Tenía un francés lento, pero de una precisión casi poética. «Un peu par hasard», se repitió Léger, y sólo el dolor de cabeza le impidió recordar si era la cita de un poema. Le habría gustado preguntarle al coronel Abadi —suponiendo que se llamara realmente así— cómo un investigador podía toparse «un poco por casualidad» con el escenario de un delito a miles de kilómetros de su lugar de trabajo, pero en vez de eso se volvió hacia el inspector del aeropuerto.

—Vamos a presentarles a sus testigos.

Capítulo 4

4

Era poco más de mediodía en Tel Aviv, pero allí dentro era imposible saberlo. La enorme sala, iluminada día y noche con fluorescentes blancos, carecía de ventanas. En la pared principal giraban las manecillas de una docena de relojes discordes entre sí, cada uno con el nombre de una ciudad lejana. Hacía mucho frío. Ni en pleno verano se quitaban el abrigo los soldados, que se pasaban toda la guardia haciéndose friegas en los hombros unos a otros. Pasaban los años y se acumulaban las quejas al defensor del soldado, pero los aparatos de aire acondicionado seguían con su incesante traqueteo: en el sistema nervioso central de la inteligencia militar israelí, el bienestar de los ordenadores tenía preferencia sobre el de las personas.

El ritmo al que llegaban los informes de todas las unidades de inteligencia militar era vertiginoso, a razón de decenas por minuto. En el noventa y nueve por ciento de los casos, los algoritmos los derivaban hacia las secciones pertinentes sin necesidad de intervención humana. En el resto de casos, el informe aparecía en una de las pantallas y era un soldado quien tenía que decidir en cuestión de segundos si merecía la atención del responsable de la guardia.

El volumen de datos era ingente. Los ordenadores no sólo eran capaces de filtrar los informes sino también de establecer su nivel de importancia en función de la credibilidad de la fuente y la presencia de las palabras clave. También identificaban informes similares y los vinculaban. Por eso a las 12.14 h se encendieron simultáneamente todas las pantallas delante del soldado del puesto 23.

Para: Central

De: HATZAV OSINT Europa

Prioridad: Muy urgente / Sin clasificar

Los pasajeros del aeropuerto Charles de Gaulle están

subiendo comentarios a las redes sociales sobre una

intervención policial en la Terminal 2A («la terminal

de El Al», comenta el oficial de guardia).

Para: Central

De: El Al / Seguridad / Dirección de Seguridad

Prioridad: Inmediata / Difusión limitada

El responsable de seguridad de El Al en París informa

del posible secuestro de un ciudadano israelí en el

aeropuerto Charles de Gaulle. Más detalles en breve.

Para: Central

De: Policía / Jefatura Nacional / Inteligencia Exterior

Prioridad: Inmediata / Reservado

El representante de la policía israelí en Europa informa de que la policía de París ha calificado como «desaparecido» a un ciudadano israelí. Las circunstancias no están claras. El representante de la policía se ha personado en el lugar de los hechos con un miembro de la agregaduría militar. Se irá facilitando información conforme esté disponible.

Para: Central

De: Aman / Unidad Central de Recopilación de Inteligencia / Unidad de Enlace con la Inteligencia de EEUU

Prioridad: Inmediata / Alto secreto

Nivel de autorización: Código negro

La policía francesa está registrando la Terminal 2A del aeropuerto Charles de Gaulle en busca del pasajero israelí Yaniv Meidan, de 20 años aprox., recién llegado a París para asistir a la Feria CeBit. Ha desaparecido al desembarcar del vuelo El Al 319. (Nota del oficial de guardia: «Los primeros indicios apuntan a un crimen.»)

Para no correr riesgos innecesarios, el soldado pulsó el botón de «reenviar». A unos tres metros por detrás de él, encima de una tarima y frente a una pantalla gigante que ocupaba toda una pared, estaba sentado el responsable de la guardia. Daba la casualidad de que ese día era una sargento que se iba de permiso al cabo de unos días y tenía la cabeza más en las playas de Sri Lanka que aquí.

—A mí me parece un crimen —dijo.

—¿Por qué va a estar implicado un informático en una actividad criminal? —preguntó el soldado—. Los de enlace con Estados Unidos etiquetan simplemente como «criminal» todo lo que no esté relacionado con los palestinos. ¿Seguro que su fuente es fiable? ¿Y a este nivel de seguridad?

La mayoría de los informes de la unidad de enlace con la inteligencia de Estados Unidos procedían de puestos de espionaje que solían estar a cargo de la Agencia de Seguridad Nacional, la NSA. ¿Cómo iba a saber su personal de guardia si era un episodio delictivo o de seguridad ciudadana? Estaba claro que la pregunta del soldado era pertinente, aunque en un momento así la sargento habría prescindido con mucho gusto de preguntas pertinentes. Las únicas que tenía ganas de oír eran: «¿Le apetece comer algo en particular durante el vuelo?» o «¿Desea algún otro artículo libre de impuestos del carrito?».

—¿Qué necesidad tengo de aguantar esta mierda cuando faltan cuarenta y ocho horas para irme de permiso? —le dijo al soldado, que se mostró simpático y comprensivo.

La sargento sonrió y pulsó el botón.

—Oficina ejecutiva, aquí Central —dijo por el micrófono—. Hemos recibido un informe en «Código negro» para el jefe. Urgencia inmediata.

Justo al lado, en la última planta del edificio del cuartel general, dos soldados sentados en un banco salieron disparados hacia la escalera.

Capítulo 5

5

—¿Se había fijado en él durante el vuelo? —preguntó Chico a Abadi—. ¿Está aquí por este joven, Meidan?

Caminaban por la zona de llegadas de la Terminal 2, a cierta distancia del equipo de investigación de Charles de Gaulle.

—No estoy aquí —replicó Abadi volviéndose de golpe hacia el representante de la policía israelí, que se detuvo en seco.

Chico se pasó una mano por la mata pelirroja sin saber muy bien cómo reaccionar.

—Claro, claro —se disculpó—. Si prefiere no hablar de su misión, lo entiendo perfectamente. De hecho, para mí mejor.

—Lo prefiero —dijo Abadi.

—Pero es que es tan raro, este secuestro... —Chico bajó la voz—. Francia tiene el mayor índice de delitos no resueltos del mundo occidental. La investigación no pinta muy bien, la verdad. Quizá nos veamos obligados a intervenir...

Abadi no se molestó en responder y se acercó a Léger. ¿Acaso había conocido algún caso de personas desaparecidas que hubiera pintado bien en las primeras horas? Los hechos no estaban claros, tampoco el motivo; los testigos se contradecían, y había desaparecido cualquier posibilidad de encontrar indicios. Probablemente la policía israelí no lo hubiera hecho mejor.

Por eso no le sorprendieron los resultados de las pesquisas que había realizado el inspector del aeropuerto cuando éste se las comunicó. La conclusión no podía ser más clara. Ni más desconcertante.

—Ha desaparecido un pasajero israelí, Yaniv Meidan, de veinticinco años, director comercial. Se ha esfumado de la terminal como por arte de magia. Según los testigos, ha sido secuestrado en la zona de llegadas por una mujer a la que era imposible que conociese; una chica alta y rubia, con un uniforme de hotel de color rojo.

—¿A qué se refiere cuando dice que ella lo ha secuestrado? ¿Por la fuerza? —preguntó Chico.

Léger le hizo al inspector del aeropuerto un gesto con el dedo que probablemente significara: «Vuelva a explicárselo, pero más despacio.» Abadi aún no tenía claro si el comisario se encontraba mal o si su seriedad y su mutismo eran una manifestación de descontento.

—Por lo que a nosotros respecta, de momento es un caso de desaparición —dijo el inspector del aeropuerto—. En las grabaciones de seguridad se ve a la mujer entrando en la terminal con un uniforme de hotel y esperando a que lleguen los pasajeros junto al resto de chóferes y empleados de hotel, con los nombres de los pasajeros escritos en sus carteles. Ha estado esperando como media hora, con su propio letrero. No hemos podido leer el nombre, pero el caso es que, cuando se ha abierto la puerta y han empezado a salir los pasajeros, el desaparecido se ha acercado a ella. En la cámara se ve que la acompaña voluntariamente hasta los ascensores que bajan al aparcamiento subterráneo.

—¿Y por qué están registrando la terminal? —preguntó Abadi—. ¿Por qué creen que puede haber sido secuestrado?

—Para empezar, estamos en alerta por una serie de informes de inteligencia sobre el posible secuestro de un ciudadano israelí en Francia. Por algo están ustedes aquí, ¿no? —preguntó el inspector, que antes de seguir miró a Chico en busca de confirmación—. Y la segunda razón...

—¿La segunda razón? —preguntó Abadi al ver que el inspector no acababa la frase.

—La segunda razón es que ambos han desaparecido —dijo finalmente el inspector—. Así de claro. He pedido las grabaciones de las cámaras de seguridad para saber si Meidan se ha marchado con la rubia por su propia voluntad, y en ellas se ve que entran juntos en el ascensor, pero nunca llegan a salir. Por eso he dicho que es como si se hubieran esfumado por arte de magia. Habida cuenta de las circunstancias, he informado al comisario Léger y hemos decidido abrir una investigación.

Chico carraspeó teatralmente antes de hacer una pregunta.

—Comisario Léger, ¿podría usted aclarárselo al coronel Abadi, que, al ser militar, y no investigador de la policía, podría tener dificultades para comprender todas estas conclusiones?

Abadi no tuvo tiempo de intervenir.

—No sé en calidad de qué está aquí el coronel Abadi —dijo Léger—. Me imagino que los testigos habrán llamado a la embajada israelí. Están en su derecho. Colaboro con ustedes por educación. Si no les gusta lo que oyen, no tengo el menor inconveniente en que vuelvan a la embajada de Israel y esperen nuestro informe a través de los canales habituales.

—No he pretendido ofenderles —intervino Abadi—. Sólo queremos entender en qué pruebas se basa para sospechar que Meidan no ha salido del aeropuerto por su propia voluntad.

Léger le hizo señas otra vez a su subordinado, que se encargó de contestar.

—Al aparcamiento subterráneo se baja por tres ascensores. Dentro de los ascensores no hay cámaras, pero sí una en cada puerta, otra en la planta baja y otra en el nivel del aparcamiento. Hemos cotejado las grabaciones con un margen de diez minutos. Se ve cómo entran juntos en la planta baja, pero no se ve que salgan al aparcamiento. Tanto Yaniv Meidan como la azafata han desaparecido como si se los hubiera tragado el ascensor.

El comisario Léger lanzó a Abadi una mirada inquisitiva, casi de desafío.

—Tengo entendido que ha venido a interrogar a los testigos, y estoy dispuesto a permitirlo. Quizá obtenga información que contradiga las grabaciones.

Le indicó con gesto magnánimo la otra sala, donde se oían voces enojadas en hebreo.

Eran las 11.30 h del lunes 16 de abril.

Capítulo 6

6

Para el asistente del jefe de Inteligencia, el informe no podía llegar en un momento más inoportuno.

Oren le dio vueltas al sobre entre los dedos. Estaba marcado y sellado conforme al protocolo. «Código negro», advertía el sello. El negro era el único color de la escala de seguridad de inteligencia que no indicaba el carácter sensible de la fuente, sino la del informe en sí. Podía contener información obtenida por medios ilegales, o bien relacionada de modo directo con un ciudadano israelí. En todo caso, era un material demasiado sensible para ser distribuido de manera amplia. Desde la época del télex y del fax, los informes de inteligencia se transmitían por vía electrónica. Los de código negro eran los únicos que se entregaban al jefe de Inteligencia dentro de un sobre protegido, a mano y con su lacre, como en la Edad Media.

La reunión especial hacía media hora que había empezado, de modo que Rotelmann debía de estar a punto de entrar en materia. Por un lado, las instrucciones eran «no molestar». Por el otro... Por el otro, el informe del aeropuerto Charles de Gaulle guardaba una extraña relación, casi profética, con el asunto que había motivado la convocatoria de la reunión. Oren se pasaba el sobre de una mano a otra, como una patata caliente.

—¿Seguro que no ha estado en la Unidad 8200? —volvió a preguntar a la secretaria.

—Yaniv Meidan, número de personal 8531272, se alistó en el Cuerpo de Blindados y obtuvo su licencia de sargento hace cuatro años, tras ver reducido su grado de aptitud médica por dolores de espalda. Desde entonces ha trabajado como reservista en el centro de reparto de alimentos. No es que no haya estado en la Unidad 8200, es que no ha pasado ni un minuto en el Cuerpo de Inteligencia.

Lo dijo con su tono de siempre, casi insolente, pronunciando el rango de sargento con desprecio. Sin embargo, Oren sabía que no era un buen día para enfrentamientos. El asistente miró el reloj. A la reunión le quedaba media hora. La tentación de esperar hasta el final para entregar el sobre al general Rotelmann era avasalladora.

—Vuelvo a la reunión. Si hay alguna novedad, me pasas una nota —dijo con toda la autoridad que pudo.

Al salir al pasillo que iba de los despachos a la sala de reuniones, dejó su móvil en la caja de seguridad, se arregló la camisa ante el espejo e incluso se le pasó por la cabeza besar la mezuzá para invocar la protección divina. Entró con paso rápido y volvió a su silla. Por lo visto nadie había reparado en su ausencia. Todas las miradas estaban puestas en la presentación... Todas salvo la de los bonitos ojos de la nueva oficial de la 8200, que se había posado en el sobre que llevaba Oren en la mano. Tras detenerse en el sello negro, su mirada se había fijado con suspicacia en el rostro de su portador.

«A grandes rasgos se está cumpliendo el plan», se dijo él para tranquilizarse. Con una salvedad, naturalmente: la inexplicable desaparición de un ciudadano a plena luz del día, y la sustitución, simultánea y también inexplicable, del jefe de la sección afectada por una oficial demasiado inquisitiva. Tampoco entraba en el plan el sudor de su frente.

Capítulo 7

7

La comisaría de la terminal era más grande de lo que parecía por fuera. Su estrecha puerta daba acceso a todo un conjunto de oficinas. En la primera, varios técnicos estaban imprimiendo fotos de Meidan extraídas de las grabaciones de seguridad. Todavía no las iban a repartir por todas las secciones del aeropuerto, y menos aún entre la policía fronteriza, explicó el inspector. Por ahora se investigaba la desaparición de un pasajero en circunstancias poco claras, y no se descartaba la posibilidad de que esta persona hubiera desaparecido de forma voluntaria.

Les ofrecieron ver fragmentos de las grabaciones de seguridad. Abadi lo hizo por pura cortesía, luego pidió hablar con los compañeros de viaje del desaparecido.

«La respuesta tampoco la tienen los testigos», dijo un ofendido Léger, que aun así volvió a llevarlos a la sala contigua.

En realidad, había dos grupos de testigos: aparte de los compañeros de viaje de Meidan —todos fuera de sí—, la policía francesa había identificado a tres de los chóferes que habían estado apostados en la zona de llegadas. Léger informó a sus invitados de que los tres eran de origen israelí y de que ninguno disponía de la documentación necesaria para trabajar en Francia. Siendo como eran taxistas sin licencia que esperaban atraer a los turistas hacia sus coches anónimos, habían prestado más atención a los pasajeros que llegaban que a lo que sucedía a su alrededor en el amplio vestíbulo de la terminal.

Aun así, los tres se acordaban de la chica. Melena rubia, alta, uniforme rojo: era la descripción más recurrente en las declaraciones. Parecía estar esperando a los pasajeros, igual que ellos, y los tres habían dado por hecho que trabajaba para alguna de las grandes cadenas hoteleras. De Meidan también se acordaban, porque había sido uno de los primeros en salir del control de aduanas. Uno de los chóferes declaró haberle susurrado en hebreo: «¿Quiere ir a París? Le hago un precio barato», pero desistió al ver que Meidan iba directo hacia la rubia, como si intentara leer su cartel. Ninguno de los tres sabía nada de lo que había sucedido a partir de ese momento.

El interrogatorio prosiguió con cierto desorden, sin que nadie tomara notas. Chico hacía las preguntas en hebreo y luego traducía las respuestas al inglés. El subordinado de Léger hacía lo propio, pero al francés. En cualquier caso, poco importaba que aquello pareciera un circo, porque los testimonios de los chóferes carecían de valor.

—¿Alors, coronel Abadi? —preguntó el comisario en un tono que, pudiendo ser condescendiente, se acercaba más bien a lo empático.

Se hizo el silencio.

—A mí las rubias no me gustan —dijo finalmente Abadi.

—Pues creo que aquí está en minoría —replicó Léger, sin acabar de entender el razonamiento de su invitado.

—Y nada menos que con uniforme corto y rojo. Es lo único de lo que se acordarán todos los testigos.

—Es azafata de hotel. La mayoría son rubias, y todas llevan algún tipo de uniforme. Estamos preguntando por ella en los principales hoteles de París. Si quiere les transmito su opinión sobre las rubias.

—No pierda el tiempo con eso, en ningún hotel sabrán nada de ella —dijo Abadi, antes de dirigirse hacia el segundo grupo de testigos.

Eran cinco, y todos pertenecían a la delegación de Meidan. Estaban impacientes por ser interrogados, y también algo furiosos.

—¿Cuánto tiempo piensan tenernos aquí estos desgraciados? —preguntó uno de ellos después de ser presentado a los investigadores israelíes.

Se los veía cansados y nerviosos, como si no dejaran de darle vueltas a la gran pregunta: ¿y ahora qué? Algunos querían quedarse en el aeropuerto hasta que apareciese su compañero; otros, poner rumbo cuanto antes a la feria.

Un tal Assaf, calvo, habló en nombre del grupo, ya que todos tenían la misma perspectiva visual en ese momento y le habían visto salir con su maleta de la zona de recogida de equipajes: Meidan había pasado de largo frente a los chóferes apostados delante, algunos de ellos con carteles, y había ido directo hacia la rubia del uniforme rojo.

—Intentaba ligársela —dijo Assaf.

—Sólo quería hacernos reír un poco. Sabía perfectamente que no tenía ninguna posibilidad —le corrigió Dubi, el de más edad.

Todos coincidían en que Meidan se había acercado a ella con la excusa de intentar leer el nombre del cartel. Assaf dijo que «sólo quería verle las tetas». Había visto que hablaban un poco y que luego Meidan se volvía hacia ellos diciendo: «¡Eh, chicos, no me esperéis, que ya tengo a quien me lleve!» Después, riéndose, había seguido a la rubia hacia los ascensores del aparcamiento subterráneo. Desde entonces no habían vuelto a verlo.

Todos miraron a Abadi, que optó por preguntar en francés, aunque sólo fuera para poner a prueba a la inversa la traducción simultánea.

Est-ce que l’ascenseur montait ou descendait?

Al principio, Chico se quedó desconcertado con el cambio de idioma, pero luego hizo de traductor para los cinco miembros del grupo.

—Quiere saber si el ascensor subía o bajaba.

—¿Por qué iba a subir? —dijo Assaf—. Si iban al aparcamiento...

En ese momento intervino un individuo escuálido y con gafas, que se presentó como Uri, y que resultó ser el director de seguridad de la empresa.

—Por lo que yo he podido ver, el ascensor iba hacia arriba. La chica lo ha llevado hasta el ascensor, han entrado los dos y la puerta se ha cerrado. No se ha encendido ningún número, pero he visto una flecha que apuntaba hacia arriba. Lo tengo clarísimo.

El comisario Léger ponía cara de estar disfrutando de un pasaje especialmente exquisito de un concierto.

—Este giro de los acontecimientos es muy interesante, no cabe duda —dijo—. Lo malo es que no tiene ningún sentido.

—¿Qué hay en las plantas superiores? —preguntó Abadi.

En realidad, habría querido decirle otra cosa: ¿desde cuándo tenían sentido las actividades delictivas, o la vida en general? Pero, como conocía a los franceses, decidió ceñirse a los hechos.

La paciencia de Léger empezaba a agotarse.

—No hay plantas superiores. El ascensor lleva a la Terminal 2B, un nivel que está cerrado por obras y que no se abrirá hasta dentro de cinco años.

—¿Y no podríamos subir? —preguntó con viveza Abadi, como si acabara de tener una idea luminosa.

—Ese nivel ya ha sido registrado por mis hombres, y no hemos encontrado nada.

—Bueno, aun así nos gustaría echar un vistazo —contestó Abadi, como si estuviera acostumbrado a disculparse por sus caprichos—. Como investigador no me gustan las rubias —dijo volviendo la vista hacia Léger—, pero me encantan los sitios en obras abandonados.

Capítulo 8

8

En la sala de reuniones con vistas a todo Tel Aviv, el general Rotelmann terminó el discurso de introducción. Su adjunto y jefe de recopilación de datos de inteligencia, un general de brigada cuyo nombre ignoraba Oriana, aunque todos lo llamaban «Zorro», se levantó para ocuparse de la presentación principal.

—En primer lugar, quiero mostrar mi más sentido agradecimiento a nuestro comandante —dijo el general.

Rotelmann asintió.

—No, lo digo en serio —continuó Zorro—: quiero dar las gracias al general Rotelmann, bajo su excelente liderazgo hemos adquirido la preparación necesaria para hacer frente a cualquier reto de inteligencia y resolverlo con rapidez y eficacia —añadió ceremoniosamente, mirando al público y no al aludido.

Hasta para los criterios más laxos de zalamería organizativa habría sido embarazoso. Rotelmann movió ligeramente la cabeza.

—Gracias, Zorro, lo mismo digo; por algo se te ha ocurrido a ti la solución —dijo sin inmutarse.

La frase, como todas las de Rotelmann hasta el momento, podía interpretarse de dos maneras. A juzgar por el brillo de sus ojos, Zorro se la tomó como un elogio.

De pronto, Oren anunció un breve descanso para comer algo. Oriana aprovechó para repasar sus notas. Aunque Rotelmann sólo había hablado diez minutos, en los que había mencionado a todas las unidades de recopilación de inteligencia, la mayoría de sus observaciones iniciales habían versado sobre la Unidad 8200. Oriana las dividió en tres categorías: «deficiente», «deprimente» y «delirante».

En la de «deficiente» entraba su manida queja sobre la excesiva recopilación de datos que llevaba a cabo inteligencia. Hacía tiempo que no se hablaba de otra cosa. «Si sumamos nuestra Unidad 8200 y nuestro acuerdo con la NSA —había dicho Rotelmann—, tenemos la organización de recopilación de inteligencia más potente del mundo; sin embargo, la única forma de beneficiarnos de verdad de tantos datos es que el análisis y la investigación superen en importancia a la recopilación, y no al revés.»

A primera vista parecía una afirmación insustancial y sin sentido, pero tenía un color, un sonido y una cadencia que la hacía destacar sobre el paisaje, como una serpiente deslizándose sobre las hojas otoñales de afuera del kibutz, donde ella jugaba de pequeña antes de cenar. La referencia explícita a la 8200 en un discurso inaugural cuya intención era, en teoría, unir a todo el mundo, no podía ser casual.

Peor todavía era lo que Rotelmann había dicho después, la afirmación que Oriana había clasificado en la categoría de «deprimente», una frase enigmática y más amenazadora que las otras: «Además de potenciar la colaboración entre todos los departamentos de inteligencia, nos esmeraremos en ser más estrictos a la hora de cribar al personal autorizado en nuestras unidades de recopilación de datos, especialmente en la 8200.»

Y de pronto, la bomba: Rotelmann señaló la pared, donde había un organigrama titulado «La comunidad de inteligencia israelí», y habló de que hacía falta más seguridad. Aparecían todos los actores ordenados por su jerarquía. En lo más alto estaba el jefe del Estado Mayor del Tzáhal, las Fuerzas de Defensa de Israel; a su lado, el jefe adjunto del Estado Mayor, y, junto a este último, el propio Rotelmann, el jefe de Inteligencia.

El organigrama indicaba correctamente que Rotelmann tenía tres adjuntos, uno para la recopilación de datos de inteligencia, otro para las operaciones y otro para la investigación. El jefe de recopilación de inteligencia era un general de brigada, el hombre al que todos llamaban Zorro, con ocho unidades a su cargo, incluida la 8200. Sin embargo, donde Oriana esperaba ver su sección de la 8200, bajo la responsabilidad directa del mismísimo jefe del Estado Mayor, había un espacio en blanco.

De hecho, no había rastro de la Sección Especial en todo el organigrama. Según aquel esquema, la seguridad de la Unidad 8200 (cuyo cometido era buscar espías, proteger fuentes, investigar filtraciones, aplicar la disciplina necesaria y gestionar las operaciones de contrainteligencia) pasaría a ser dirigida desde fuera de la unidad por el departamento de Seguridad sobre el Terreno, la Policía Militar y el mismísimo Shabak, ninguno de los cuales trabajaba al margen de la jerarquía de inteligencia.

«El Shabak, El servicio de seguridad interna de Israel. Hace años que quieren meter mano en la 8200», pensó Oriana.. En rigor, lo que anhelaba aquella organización era el control total de la seguridad interna en cualquier parte. Llamada inicialmente Shin-Beth, un diminutivo que les pareció demasiado suave dadas las dimensiones de su ambición, ahora era conocida por sus verdaderas siglas, Shabak, aunque en los últimos años sus jefes se habían tomado muy en serio el uso del nombre completo, igual de vago que su intrínseca amenaza: «Sherut HaBitahon Ha-Klali» («Agencia de Seguridad General»).

Seguridad. Rabin había sido asesinado delante mismo de los agentes del Shabak que en principio debían protegerlo, con la consiguiente merma de prestigio para la unidad, despojada desde entonces de muchas de sus prerrogativas, como la de mantener limpias de espías las unidades militares más sensibles. Ahora todas las cuestiones de seguridad de la 8200, probablemente la mayor y más importante de las unidades militares, corrían a cargo de la Sección Especial. Oriana volvió a mirar el organigrama.

¿Y quién se ocuparía entonces de esa criba rigurosa de la Unidad 8200, y de ese refuerzo en la seguridad de la inteligencia de la NSA? ¿En quién recaería el papel de hacer de policía de aquella organización que en su campo, el de la recopilación de datos de inteligencia, no tenía rival en todo el mundo? ¿Estaba insinuando el general Rotelmann que quería restringir la autonomía de la Sección Especial, convirtiéndola en una rama interna, inofensiva y en última instancia insignificante de su enorme organización?

Su expresión no permitía adivinarlo. Ahora presidía la mesa y miraba a los participantes, ocupados en devorar rugelach de chocolate, a la espera de que les pasasen el azúcar o intercambiando veredictos sobre la calidad del café. Rotelmann no comía ni bebía. El mensaje que transmitía su lenguaje corporal era «no os necesito para nada».

Lo dejó muy claro en su siguiente anuncio, el que Oriana clasificó bajo la categoría de «delirante».

—Le he pedido a Zorro, aquí presente, que os recuerde la lista de los más buscados. No toleraremos ninguna iniciativa de recopilación de inteligencia donde la mano izquierda no sepa qué hace la derecha.

Oriana lo miró con desconfianza. «Los más buscados» era el apelativo coloquial para «Los requerimientos prioritarios de inteligencia más buscados a fecha de hoy», el orden del día de todos los soldados del cuerpo. Aunque cada comandante tuviera sus propios objetivos de inteligencia, y aunque algunas unidades los tuvieran para cada operación y día de la semana, cuando los de inteligencia anteponían el artículo a la expresión —es decir, los más buscados—, se referían al requerimiento del jefe de Inteligencia en persona, escrito por él mismo y transmitido cada noche, a las doce en punto, a miles y miles de fuentes, agentes, operadores y mandos.

La lista de los más buscados era la prioridad número uno del Ejército, lo más urgente en la programación de inteligencia. Si ya era desconcertante la idea de tener que recordárselo al personal de inteligencia, convocar con ese fin a los jefes de todos los departamentos caía de lleno en la categoría de lo insólito. ¿Acaso el jefe de las Fuerzas Aéreas habría convocado una reunión para explicar cómo se interceptan los aviones? Incluso los que estaban más concentrados en comer levantaron la mirada sorprendidos.

—Bueno, vamos a seguir —dijo el asistente.

Como por arte de magia, aparecieron varios ordenanzas para llevarse las bandejas de la mesa. Zorro se levantó como un resorte y se embarcó en su presentación. En la enorme pantalla apareció el emblema del cuerpo, bajo el que parpadeaba un título: «Alto secreto – Interno.»

Como profesional de la seguridad, e integrante de una de las unidades más sensibles de las Fuerzas Armadas, Oriana conocía muy bien los protocolos para documentos militares. «Alto secreto», por ejemplo, pertenecía sin duda a las clasificaciones de seguridad. En cambio, la palabra «interno» era un concepto administrativo que por sí solo no significaba nada. Teóricamente no tenía sentido añadirlo a un documento que ya estaba clasificado, pero en la práctica indicaba que la presentación más que «secreta», simplemente, «no había existido». Una vez terminada, nadie volvería a hablar de ella. Sólo habría durado unas décimas de segundo, en los confines «internos» de esta sala de reuniones.

—¿Podemos apagar la luz? —pidió Zorro.

Capítulo 9

9

Non, non, non. Écoutez-moi —dijo con firmeza la directora de relaciones públicas mientras daba vueltas por su despacho con el teléfono en la mano, costumbre que de alguna manera la ayudaba a marcar el ritmo de la conversación—. Ahora escúcheme usted a mí. Cada año desaparecen más de cinco mil personas en París. Cinco mil. ¿Qué quiere, dedicarle un artículo a cada una? Todo el mundo tiene derecho a emprender una nueva vida.

Su superior, el director general de relaciones públicas del aeropuerto, tenía una regla tan simple como intimidatoria: en el Charles de Gaulle nunca pasa nada malo. Lo último que querría ver publicado es la noticia del secuestro de un pasajero. De momento, la directora había conseguido esquivar a dos periodistas, e ignorar los mensajes que le habían dejado otros tres.

—La cuestión es si ha desaparecido por su propia voluntad —dijo el periodista.

Estaba en su casa, a una hora y media en coche del aeropuerto, y las escasas líneas que le habían enviado desde la oficina de prensa, informaciones que por el momento sólo habían circulado por las redes sociales, le parecían demasiado vagas.

—Mire, no tiene sentido que se presente usted aquí —dijo la directora de relaciones públicas—. Sería una pérdida de tiempo. El pasajero ha recogido el equipaje, ha conocido a una mujer y ha decidido explorar nuevos horizontes. Estamos en Francia, ¿no? Es algo que ocurre todos los días. Los aeropuertos son románticos. Si viniera a las ruedas de prensa a las que lo invito siempre, en vez de llamarme por esta tontería, lo sabría por experiencia. Imagínese si yo avisara a la policía cada vez que usted me da plantón. C’est fou.

—Quizá sea una locura, pero la policía está ahí. Y hay mucha. Los pasajeros han subido fotos de la terminal: hay perros y barreras de seguridad por todas partes. Mi director me ha pedido que lo investigue.

La directora cambió de táctica.

—Pero si ya lo ha investigado todo el mundo. Hay que ver lo retrasado que va usted... Me han llamado de Europe 1, de France Info, de Le Parisien y hasta de periódicos israelíes. Y una vez informados, todos han preferido no insistir. Que uno cambie de planes no significa que pierda el derecho a su intimidad. Hay leyes. Es verdad que la policía se ha interesado por el tema, pero nos ha comunicado que no piensa abrir ninguna investigación. De hecho, ni siquiera estoy autorizada a comentarlo con usted. Sólo le he devuelto la llamada por educación.

—¿La policía le ha informado de que no habrá investigación?

—Le puedo asegurar que no la habrá. La policía ha decidido no investigar. Escúcheme con atención: no hay nada que contar, no hay historia.

El periodista puso en la balanza los riesgos y los beneficios. Mientras la competencia no le arrebatase la noticia, no tendría problemas. Lo más probable era que su jefe lo dejara en paz.

—Bueno, de acuerdo, intentaré convencerlo —dijo.

No le apetecía en absoluto perder la mañana yendo en automóvil a Roissy, por muy romántico que fuera el aeropuerto.

La directora era consciente de que no podía dormirse en los laureles.

—Pásame al próximo pelmazo —le dijo a su secretario, antes de seguir dando vueltas como un boxeador en espera de que su próximo rival se levante del suelo.

Capítulo 10

10

El famoso ascensor resultó ser muy normal. Tenía tres botones, con el símbolo de aparcamiento subterráneo grabado en el de abajo. En el del medio, el de planta baja, donde habían «desaparecido» Meidan y la secuestradora, se veía la imagen de un avión. En el de arriba no había símbolo; estaba cubierto con cinta aislante roja y la palabra de al lado había sido borrada: «Conexiones.»

El comisario subió a regañadientes. Era más que evidente —tanto para él como para sus invitados— que las medidas de vigilancia no eran las más adecuadas, por decirlo suavemente. Los policías que custodiaban el ascensor no se habían preocupado por las huellas dactilares. Los brigadieres le hicieron un saludo militar, al que tardó un poco en corresponder, como un turista desorientado. No conocía mucho el aeropuerto, al menos no en profundidad, y aquella investigación tan peculiar parecía una conspiración tramada por sus adversarios de la policía de París con el único objetivo de dejarlo en ridículo.

El inspector de policía del aeropuerto, acompañado por dos agentes, encabezaba el grupo. También fue quien explicó la situación. En realidad —dijo en el ascensor, señalando un mapa—, la Terminal 2 del aeropuerto Charles de Gaulle no era una sola terminal sino una serie de terminales que en algunos casos se encontraban a mucha distancia las unas de las otras. Desde que se había venido abajo la Terminal 2E a causa de un espantoso accidente, todos los edificios estaban en reconstrucción.

Ahora le tocaba a la Terminal 2A. Por eso el nivel superior estaba cerrado.

—Ya ven que el botón de arriba está fuera de servicio —añadió con una falta de convicción evidente—.Aún lo usan los obreros, porque a la planta de arriba sólo se llega en ascensor, pero los pasajeros nunca lo pulsan.

El ascensor empezó a moverse, a pesar de que el botón no se había encendido. «Fuera de servicio», pero sólo en apariencia. Creían que si no se encendía el botón, la gente daría por supuesto que no funcionaba.

La puerta se abrió a una zona en obras poco iluminada.

—Antes de la reforma, este nivel servía de paso elevado entre dos edificios —siguió explicando el inspector—. Ahora sirve de almacén provisional para materiales de construcción.

Era un espacio muy grande, lleno de pilas de arena y grava. A la derecha había cuatro contenedores de colores fluorescentes. A la izquierda, Abadi vio un toro aparcado junto a un váter químico y una carretilla. No se veían más herramientas de trabajo.

—¿Hay cámaras en esta zona?

—No, claro que no. ¿Por qué iba a haber cámaras aquí? —replicó Léger—. Este nivel está en obras. No hay pasajeros, sólo trabajadores, y aunque tuviéramos algún motivo para vigilarlos, que no es el caso, la legislación laboral nos lo prohibiría.

—¿Y dónde están los trabajadores?

Esta vez fue el inspector quien contestó. Sin duda se había documentado antes de que llegaran.

—Las obras siguen un plan estratégico general. Los obreros llevan un mes trabajando en el edificio de al lado, y está previsto que vuelvan en diez días.

En resumidas cuentas, era un sitio perfecto para un asesinato. Abadi se acercó al toro y señaló la pared de hormigón más alejada.

—¿Y ese hueco de allí? ¿Qué es? Un montacargas, ¿no?

—Aquí no hay montacargas. La única manera de bajar es con el ascensor normal —contestó el inspector del aeropuerto, cuyo tono se había ido volviendo menos educado—. Eso de allí es el «pozo» del váter químico. Como no se puede bajar el tanque por los ascensores, por el hedor que deja, el contratista lo baja por el pozo cuando está lleno, y el nuevo lo sube con el toro.

Abadi se asomó al hueco. El olor era insoportable, en efecto, y la altura impresionaba. Aunque los franceses lo llamaran pozo, era una cloaca que bajaba al menos tres plantas en vertical. Parecía diseñado por un arquitecto que alguna vez hubiera oído hablar de obras, pero sin ver ninguna de cerca.

Léger decidió intervenir de nuevo; se le notaba la inquietud en la voz.

—Ya hemos mirado en todas partes, coronel. Desde aquí no pueden haber bajado al aparcamiento.

Abadi pidió una linterna a uno de los policías y la enfocó por el conducto, pero era demasiado profundo para que la luz llegara al fondo. Las paredes estaban completamente limpias, en efecto.

—Baja hasta el sistema automático de eliminación de aguas residuales del aeropuerto. Cada hora se eliminan del sistema los residuos de todo el aeropuerto —explicó el inspector, claramente orgulloso—. Abajo no hay seguridad, porque el aire es tóxico. Además, sería imposible que alguien bajara por ese conducto. A menos que fuera una lagartija.

—¿Y si fuera un cadáver? —dijo Abadi.

Léger volvió a intervenir.

—¿A qué viene tanto dramatismo, coronel Abadi? ¿Qué cadáver? Aquí lo que ocurre es que un pasajero nos ha gastado una broma. Lo más seguro es que ahora mismo, mientras estamos hablando, él se lo esté pasando en grande con la azafata. Dudo que la mujer a quien hemos visto en las grabaciones haya sido capaz de levantar a un hombre en buena forma física y arrojarlo por este pozo. Y aunque hubiera sido capaz de hacerlo, le habría sido imposible volver a bajar sin usar los ascensores.

—¿Y qué le habría impedido subir en ascensor y bajar en él?

—La habríamos visto en las grabaciones, ¿no cree? —dijo Léger, desesperado—. Piense lo que quiera de mis hombres, pero le aseguro que saben reconocer a una rubia vestida de rojo. A menos que se haya tirado detrás de él por el conducto, como si fueran los Romeo y Julieta del aeropuerto Charles de Gaulle.

El toro era pequeño, y el motor estaba frío. El váter químico parecía recién estrenado. En la puerta había un letrero en tres idiomas: NO USAR. El segundo de Léger se puso teatralmente en cuclillas para mirar por el respiradero inferior, como si quisiera cerciorarse de que no había nadie dentro.

—Ya lo han mirado mis hombres, y no hay nadie —dijo mientras se limpiaba ostentosamente las manos en los pantalones, como si quisiera dejar claro que por culpa de aquel exasperante coronel tendría que llevarlos a la tintorería.

Abadi se acercó a la puerta del váter y le dio una rápida patada al pomo. La puerta se abrió de golpe, con un ruido seco. Enfocó la linterna antes de que los franceses hubieran tenido tiempo siquiera de reaccionar. Dentro no había nadie, pero lo había habido poco antes. Una mujer. El váter estaba atascado, y en la taza había pelos de peluca rubia.

—Comisario Léger, he oído ladrar a los sabuesos en el aparcamiento subterráneo. No estaría de más que subieran —dijo Abadi—. Mientras tanto, echemos un vistazo a los contenedores.

Capítulo 11

11

—El tema de la presentación es un recordatorio de «los más buscados» —empezó Zorro—, así que usaré la lista de anoche para que todos entiendan a qué me refiero.

Proyectó una diapositiva con el documento conocido por todos: «Los requerimientos prioritarios de inteligencia más buscados a fecha de hoy por el jefe de Inteligencia.»

Aparecieron en pantalla los tres más buscados de la noche anterior:

1. Alertas: cualquier información, por muy parcial que sea, sobre la intención de secuestrar soldados en el norte de Samaria mediante vehículos militares robados, así como cualquier información, por muy parcial que sea, sobre el posible secuestro en Europa de un soldado del Cuerpo de Inteligencia activo o en la reserva. Atención especial a un posible secuestro en París.

2. Siria: cualquier información acerca de cualquier actividad irregular del Frente Al-Nusra en la frontera, incluidos los movimientos de tropas.

3. Jordania: confirmación o refutación de los rumores sobre la salud física del rey Abdalá.

Debajo había un cuarto apartado que no figuraba en el documento de la noche anterior, al menos por lo que sabía Oriana:

4. Irán: información completa o parcial sobre los funcionarios chinos encargados de una posible venta de material nuclear avanzado a Irán, incluyendo sobornos personales o cualquier otra información personal.

—Muy bien —prosiguió con energía Zorro—. Los tres primeros se han enviado a todos los agentes, operadores y departamentos de todas y cada una de nuestras unidades de recopilación de inteligencia, sin excepción. —Deslizó el cursor por encima de los tres apartados—.Y este cuarto que ven aquí, con información más específica, sólo se ha enviado a los miembros más relevantes de la comunidad de inteligencia. Sin embargo, en adelante este tipo de entradas también figurará en el listado general de más buscados. Bueno, vamos a echar un vistazo rápido a los protocolos.

A partir de ese momento, Zorro fue clicando velozmente de diapositiva en diapositiva, como un meteorólogo aburrido en pleno verano. Los demás tomaban apuntes de manera febril, cual alumnos obedientes durante un dictado. Aparecieron en la pantalla diagramas de flujo, organigramas, esquemas de árbol sobre comandos, plantillas de datos y decenas de siglas, como si la cúpula del Aman hubiera vuelto a cursar la asignatura Fundamentos de la Inteligencia 101. Zorro no se detuvo hasta pasadas treinta diapositivas.

—¿Alguna pregunta? —dijo.

A Oriana su padre le había enseñado que había dos maneras de ocultar información. La primera consistía en esconderla. Era el planteamiento más habitual: cajones cerrados con llave, archivos encriptados, cajas fuertes secretas... Todo ineficaz, ya que ponía de manifiesto la existencia misma de información oculta. La otra manera era presentar la información como si no tuviera la menor importancia, sepultándola en un mar de datos adicionales lo más tedioso posible. Hay muy poca gente capaz de detectar la cláusula problemática de una hipoteca, o el dato crucial de un informe cuatrimestral de una empresa al mercado de valores. La presentación de Zorro era sospechosamente aburrida.

«Concéntrate...» La teniente se puso en modo alerta máxima.

Empezó a contar mentalmente todos los números primos hasta la edad que cumpliría en su siguiente cumpleaños: 2, 3, 5, 7, 11, 13, 17, 19, 23... Y luego cambió de ejercicio.

«Hay un tiempo para buscar y un tiempo para perder —oyó decir a su padre, no a sí misma—. Un tiempo para guardar y un tiempo para tirar. Un tiempo para rasgar y un tiempo para coser; un tiempo para callar y un tiempo para hablar...»

«Concéntrate. Concéntrate. Concéntrate...» Volvió a mirar su pantalla, pero esta vez se dedicó a eliminar de sus apuntes cualquier repetición trivial, falacia o pista falsa. Miró con incredulidad lo poco que quedaba mientras su cabeza se llenaba de preguntas a una velocidad alarmante.

¿Cómo era posible que la lista de «los más buscados», la agenda oficial del Cuerpo de Inteligencia, se distribuyera en distintas versiones? ¿Por qué iba a haber alguna relación entre un posible secuestro en territorio palestino y un posible secuestro en París, cuando era evidente que en un caso y otro las fuentes de inteligencia serían distintas? ¿Quién había recibido la cuarta petición? ¿Y quién no? ¿A qué venía tanto bombo sobre la presencia de Tiriani en la reunión, si Oriana no veía ningún motivo para que interviniese la Sección Especial? ¿Cuándo se había empezado a dejar al margen a determinados sectores del Cuerpo de Inteligencia? ¿Por qué habían convocado una reunión especial para poner fin a esa exclusión? ¿Y por qué hoy?

—Si no hay preguntas, pasaremos a la segunda parte de la presentación —propuso Rotelmann.

«Desconecta. Desconecta. Desconecta...» «Hay un tiempo para amar y un tiempo para odiar; un tiempo para la guerra y un tiempo para la paz...»

—Yo tengo una pregunta —dijo alguien en el otro extremo de la sala.

A Oriana le sorprendió tanto que aquellas palabras no hubieran salido de su garganta que tardó un poco en volverse hacia la persona que había hablado. Era el segundo oficial de mayor graduación de la mesa, el jefe de la división de operaciones, un joven general de brigada. Todos conocían la animadversión que se tenían él y el jefe de recopilación de inteligencia.

—Puede hacerla —dijo Zorro sonriendo—, otra cosa es que obtenga respuesta.

—El de «los más buscados» es el único documento de trabajo compartido por todas nuestras unidades. Siempre había tenido una sola versión, redactada personalmente por el jefe de Inteligencia. ¿Desde cuándo no es así? ¿Y por qué?

Zorro le lanzó una mirada al general Rotelmann que Oriana no supo interpretar. De pronto, todos tenían preguntas.

—¿Quiénes han recibido el cuarto apartado y quiénes no? —quiso saber uno de los representantes del Mosad.

Mientras tanto, los jefes de investigación se mostraban extrañados de que pudiera restringirse el acceso a información nuclear iraní y no a un parte de salud del rey jordano.

Zorro levantó una mano para pedir calma.

La reticencia con la que intervino Rotelmann fue palpable.

—Sus preguntas son muy comprensibles. Este apartado se basa en material extremadamente sensible de la Unidad 8200. Por eso se decidió limitar su distribución. Hoy, de hecho, debería haber venido Shlomo Tiriani, el jefe de la Sección Especial de la 8200, para explicarlo y atar los cabos sueltos, pero no lo veo por aquí.

De pronto, todas las miradas convergieron en Oriana. Al darse cuenta, Rotelmann se fijó en ella desde el otro extremo de la mesa.

—¿Quién es esta joven? —dijo sin dejar de mirarla—. Estoy prácticamente seguro de que no es Tiriani.

Su asistente se encogió de miedo.

—Comandante, tengo entendido que a Tiriani lo apartaron ayer del servicio de forma bastante inesperada, sin consultarnos. En su lugar han enviado a esta mujer —dijo señalando a Oriana igual que hacía el acusica que se sentaba a su lado en tercero— como representante de la 8200 en la reunión. ¿Sería posible, teniente —dijo tiñendo de desdén las tres sílabas del rango de Oriana—, que nos explicase cuál es el motivo? Había levantado la voz a media pregunta, como si el compañero de clase repelente se hubiera transformado de pronto en el engreído profesor.

«Aprovecha el día, confía lo menos posible en el mañana», solía decir el padre de Oriana, citando al poeta latino. Gracias a él, Oriana sabía recitar de memoria muchos versos horacianos. Y Horacio tenía razón: nadie le iba a dar de plazo hasta mañana.

—Eso puedo explicarlo, si hace falta —se oyó contestar a sí misma—. Lo que no me explico es por qué desde hace veinte minutos guarda usted un informe cerrado clasificado como «Alto secreto – Código negro», en vez de entregárselo a su destinatario, el general Rotelmann, jefe de Inteligencia, a quien tiene sentado justo delante.

Oriana oyó susurros y ruido de sillas. Zorro miró con nerviosismo a Rotelmann, que a su vez la observó a ella con una expresión inescrutable.

El asistente empezó a balbucear una respuesta, que Oriana cortó en seco.

—Según las instrucciones del jefe de Estado Mayor del Tzáhal, cualquier infracción grave relacionada con información de seguridad requiere la intervención inmediata del personal de seguridad, tenga el rango que tenga el infractor. Lo siento, capitán, pero si no entrega usted inmediatamente el sobre al general Rotelmann no tendré más remedio que detenerlo como sospechoso de negligencia grave por retener un documento clasificado.

Se hizo un silencio sepulcral. Oren miró a su comandante y a continuación se acercó a él con el sobre en la mano y la misma expresión, de niño vapuleado, que ponía el acusica cuando Oriana le daba su merecido.

Capítulo 12

12

Lo más raro de todo, al menos para Abadi, no era que el pasajero hubiera desaparecido poco después de aterrizar en París, sino que durante todo aquel follón —mientras se acordonaba por fin la terminal, mientras los helicópteros la sobrevolaban como mosquitos, mientras tres perros ladraban sin parar rastreando la sangre— por megafonía no dejara de sonar una seductora voz de mujer invitando a no fumar salvo en las zonas reservadas.

Evidentemente, el comisario Léger oía otras voces. Encendió otro cigarrillo frente al váter químico, de donde los policías no sólo habían sacado una peluca rubia, sino un uniforme rojo de hotel y un conjunto de sujetador y bragas a juego. Los productos químicos lo habían teñido todo del mismo azul, pero en la blusa aún se veían unas manchas oscuras que parecían de sangre.

—Hemos mirado mil veces las grabaciones de los ascensores y no aparecen ni Yaniv Meidan ni la secuestradora rubia —dijo desesperado el inspector.

Abadi ya tenía bastante claro que Meidan no había bajado en ascensor. Lo más probable era que su cuerpo hubiera sido arrojado, de una forma u otra, por el pozo. Y a saber en qué estado se encontraba el cadáver, que habría entrado en contacto con los residuos químicos de todas las dependencias del aeropuerto.

La secuestradora, en cambio, sólo podía haber usado el ascensor. Los policías que habían visionado las imágenes lo habían hecho con la orden de estar atentos a una rubia con uniforme rojo, pero la mujer que había bajado en ascensor no debía de parecerse en nada a la azafata de hotel que había subido.

Todo ello pareció entenderlo Léger intuitivamente, para sorpresa de Abadi.

—Tenemos que volver a analizar la grabación —le dijo el comisario al inspector, disimulando una rabia que no le pasó desapercibida a Abadi—. Necesitamos fotos de todas las personas que entre las once menos cuarto y las once y cuarto hayan salido de los ascensores en la planta baja. Centrad toda la atención en las mujeres con tacones. Aquí ha dejado la peluca y el uniforme, pero no los zapatos, así que es muy posible que no se los haya cambiado.

—La cámara no llega hasta los pies —repuso el inspector—. Serán cientos de mujeres, cientos. Además, no tenemos ni idea de su aspecto, y los perros no pueden encontrar el rastro por culpa de las toxinas químicas que se han filtrado en su ropa.

—Probemos a llevarlos de nuevo a la zona de los contenedores —propuso por segunda vez Abadi.

Esta vez los franceses accedieron, por pura desesperación.

Los contenedores de almacenaje estaban sellados como cajas fuertes. No parecía que hubieran intentado forzarlos. Los sabuesos apenas les prestaron atención y empezaron a ladrar en dirección al pozo.

—¿Por qué están tan cerrados? —preguntó Abadi—. ¿No tienen que entrar y salir constantemente los obreros?

—Son propiedad del aeropuerto, no del contratista —dijo el inspector—. Estos contenedores los usan las líneas aéreas; será así mientras duren las obras, porque los despachos que tienen aquí están cerrados.

—¿O sea, que aquí hay un contenedor de El Al? —preguntó Abadi mirándolos en busca de marcas de identificación.

—No lo sé. Si la compañía sale de esta terminal, uno de éstos podría ser de El Al, sí, pero ¿qué más da eso ahora?

—Aquí no se discrimina a El Al —dijo Léger tratando de recuperar la compostura—. Llevamos practicando la igualdad de derechos desde 1789.

«Claro, claro, por supuesto», pensó Abadi, aunque se aguantó las ganas de morder el sarcástico anzuelo del francés. En vez de eso, se volvió hacia Chico y le dijo en hebreo:

—Consulte lo antes que pueda al encargado de seguridad y entérese de si instaló una cámara para vigilar su contenedor. Si es así, haga que entregue enseguida las cintas de esta mañana a la policía.

—Lo conozco —titubeó Chico—. Es duro de pelar. Seguro que si instaló una cámara se negará a colaborar con los franceses.

—Se enterarán igualmente en pocas horas —dijo Abadi—. El problema es que no estoy seguro de que dispongamos siquiera de pocas horas.

Capítulo 13

13

A simple vista, parecía que el tiempo hubiera dejado de cumplir con sus obligaciones y se hubiese detenido. Todo el mundo esperaba sin moverse.

Sin embargo, detrás del espectáculo ficticio de una realidad bien organizada y gestionada —la única visible para el público a través de las ventanas de sus casas, de las pantallas, los anuncios oficiales y los artículos de prensa suavizados—, todo avanzaba a una velocidad vertiginosa.

Desde las ventanas de la casa de los padres de Meidan en Ramat Gan, por ejemplo, no se veía a los fotógrafos de prensa, que habían tenido la delicadeza de sentarse a esperar en el bar de la esquina hasta recibir una señal.

Desde las de la oficina del censor militar, en la calle Kaplan de HaKirya, el cuartel general del Tzáhal aparentaba una tranquilidad rayana en el sopor. El oficial de guardia se mantenía firme en su negativa de levantar el secreto de sumario, y sus soldados escrutaban obsesivamente las webs de noticias para cerciorarse de que nadie se saltase el mandato sin su conocimiento.

En un radio de menos de un kilómetro, los cuatro directores de las principales webs de noticias debatían, cada uno por su lado, si dirigir o no a sus lectores hacia el hervidero de rumores que, originado en las redes sociales, llevaba una hora difundiéndose por las comunidades en la red. Ansiosamente atentos a sus respectivas coberturas, estaban listos para el clic con el que anunciarían el secuestro de Meidan si alguno de los otros daba el primer paso.

En la embajada estadounidense en Israel, el jefe de seguridad de la NSA no daba crédito a lo que veía en la pantalla. Tras releer el informe de auditoría, pidió línea segura con Washington.

Mientras tanto, en la sala contigua a las oficinas del primer ministro, dentro del recinto gubernamental de Jerusalén, el secretario militar había acabado su informe. No iba a presentárselo al primer ministro, que tenía previsto llegar tarde y había pedido que empezaran sin él, sino a cuatro de sus asesores, que, pese a llevar distintos títulos, lo asesoraban todos en comunicación. Hizo la presentación en inglés, porque uno de ellos era un asesor estratégico estadounidense que no sabía hebreo.

Fue precisamente este asesor quien se quejó de que le faltaban datos para tomar una decisión. El secretario militar no los tenía.

—Al parecer, el sujeto ha sido víctima de una confusión sobre su identidad —dijo una vez más, con paciencia—. No está relacionado con ningún alto funcionario de Israel. Es un simple empleado de una pequeña start-up. La unidad de enlace de la Inteligencia militar con la NSA ha llegado a plantear la posibilidad de que sea un asunto meramente criminal, más allá de que el secuestro tenga algo que ver con su nacionalidad israelí.

—Pero ¿está vivo o muerto? —preguntó el más joven del grupo, un ejecutivo publicitario cedido como asesor estratégico.

—No lo sabemos.

—Entonces, ¿qué sabemos?

El secretario militar cambió de postura en su silla, incómodo.

—Por lo visto, en los últimos minutos han aumentado las probabilidades de que haya sido asesinado en el mismo aeropuerto. Es posible que hayan tirado su cadáver por un pozo de aguas residuales.

El asesor estadounidense hizo una mueca.

—Mala cosa. Da una imagen pésima.

—Puede que no lo hayan asesinado. Tardaremos unas horas en estar seguros, y no tiene sentido esperar.

—Estoy de acuerdo —dijo el asesor a cargo de las redes sociales—. Según el último informe, la noticia se está viralizando. Corren cientos de preguntas sobre qué puede haberle pasado a Meidan. Sus amigos de la delegación están subiendo mensajes como locos. La gente comparte su foto y pide ayuda para averiguar qué ha sido de él. Ahora mismo, el Ministerio de Asuntos Exteriores tiene prohibido responder a esas preguntas, pero dentro de una o dos horas este asunto será incontrolable y se les irá de las manos.

—Por un lado, serviría como distracción de los problemas habituales, y además devolvería protagonismo a las cuestiones de seguridad —dijo el asesor estadounidense, aunque, dado que el primer ministro también lo era de Defensa y de Comunicaciones, no siempre estaba claro a cuáles de los múltiples problemas que caían bajo sus múltiples jurisdicciones hacía referencia su asesor—. Por otro lado, nos faltan muchas cosas por saber, y no me gusta poner el foco en algo que no tengo claro, y menos aún enterarme de los datos al mismo tiempo que la opinión pública.

El asesor político del primer ministro, un antiguo publicista que ahora se ocupaba de las relaciones con los donantes, añadió que lo había llamado un alto cargo de El Al para pedirle que apaciguara los ánimos.

—Dado que la compañía no ha tenido nada que ver con el secuestro en sí, no es de recibo que por culpa de una tontería como ésta la imagen de El Al como línea aérea segura se vea dañada —dijo—. Mantener el secreto de sumario sólo servirá para dar más notoriedad a este asunto. Los franceses están de nuestra parte. A ellos no les interesa que su principal aeropuerto coja mala fama. Es muy importante que apaguemos este pequeño incendio antes de que se extienda.

El secretario militar era un veterano cuya memoria abarcaba varias épocas y cargos. En otros tiempos se habría negado a entregar información militar clasificada a los medios de comunicación, pero desde entonces había aprendido —por las malas— que de nada servía resistirse. Le faltaban tres años para la jubilación y prefería dejarse llevar por la corriente.

Tampoco el asesor estadounidense tenía el menor deseo de poner en marcha una revolución. La mayoría de sus clientes políticos lo contrataban cuando se acercaban las elecciones, pero en Israel no tenía sentido esa distinción. Para su cliente siempre se estaba en período electoral.Y un joven israelí arrojado a una fosa séptica de camino a una feria de tecnología no beneficiaba a ninguna campaña, eso seguro.

—Yo propongo que le quitemos toda la importancia posible —dijo—. Levantamos el secreto, pero pedimos a los medios que no lo conviertan en más de lo que es. Es un asunto criminal.Ya lo está investigando la policía. Si nos preguntan, los remitimos al Ministerio de Asuntos Exteriores. Si acuden al Ejército, el portavoz militar los remitirá a la policía. Llamaremos a los principales editores y les explicaremos que sería una irresponsabilidad exagerarlo. No es algo importante.

Cogieron sus móviles y se pusieron manos a la obra.

Eran las 13.45 h del lunes 16 de abril.

Capítulo 14

14

Los pasajeros del Réseau Express Régional que bajaban para hacer trasbordo en la estación de Châtelet, en pleno centro de París, se contaban por decenas. La rubia seguía siendo rubia, pero ahora llevaba el pelo más corto. Los zapatos rojos de tacón conjuntaban perfectamente con su larga gabardina de color beis, pese al corte masculino de la prenda. Vaciló al pisar el andén, plagado de policías, pero a ninguno de ellos se le ocurrió pararla para pedirle que se identificara.

Al salir de la estación, torció a la derecha y caminó lo más deprisa que pudo por la calle de al lado, la rue du Renard. Su siguiente parada quedaba justo antes del río: el edificio art déco que albergaba el polideportivo municipal, donde la esperaba su siguiente muda. Tras subir con cuidado por los escalones de piedra resbaladiza, sacó una tarjeta llave y se dirigió al vestuario de la piscina. Cogió de su taquilla una mochila de nailon, se quitó los condenados zapatos de tacón y encendió su móvil.

Tardó una eternidad en encontrar la conexión de red. Aparecieron tres mensajes nuevos, todos de Wasim. El primero: «¿Ha ido bien, Corinne?» Luego: «¿Todo ok?» Y por último: «Corinne, llámame en cuanto puedas.»

Putain —susurró—. Putain, putain, putain —repitió como un mantra, sin saber muy bien si la palabrota iba dirigida a él o a sí misma.

Volvió a sonar su teléfono.

—Llámame, que te tengo guardado un regalo de primera.

Putain.

Esta vez el insulto dio con claridad en el blanco. Desconectó el móvil y sacó de su taquilla varios artículos de aseo y una toalla. Se quitó la gabardina y se quedó desnuda. Estuvo unos minutos mirándose al espejo mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.

Debajo de la ducha se empezó a sentir otra vez ella misma. El chorro de agua mejoró poco a poco su estado de ánimo, pero al ver la gabardina sobre el banco se acordó otra vez de todo y rompió a llorar de nuevo. Salió del edificio vestida con su propia ropa: unos vaqueros ceñidos de color azul claro, una chaqueta verde de nailon y unas deportivas. Abandonó la gabardina colgada sobre el bolardo de un aparcamiento, de donde seguro que se lo llevaría algún mendigo.

En la bulliciosa plaza contigua al Centro Pompidou se sentó al lado de la fuente, con sus graciosas esculturas de colores, que tanto le gustaban. Se quedó mirando los personajes pintados que se arrojaban agua mutuamente, encendió un porro enorme y dejó que su mente vagara en libertad. Cuando estuvo lista para continuar, ya sabía que le exigiría a Wasim el doble de lo acordado. También sabía que tenía un único deseo: olvidar todo lo que había pasado.