Filiaciones

CLAN DEL TRUENO
Líder
ESTRELLA DE FUEGO: gato de un intenso color rojizo.
Lugarteniente
ZARZOSO: gato atigrado marrón oscuro de ojos ámbar.
Curandera
HOJARASCA ACUÁTICA: gata atigrada de color marrón claro y ojos ámbar.
Aprendiz: GLAYINO
Guerreros
(gatos y gatas sin crías)
ESQUIRUELA: gata de color rojizo oscuro y ojos verdes.
Aprendiz: RAPOSINO
MANTO POLVOROSO: gato atigrado marrón oscuro.
TORMENTA DE ARENA: gata de color melado claro y ojos verdes.
NIMBO BLANCO: gato blanco de pelo largo y ojos azules.
FRONDE DORADO: gato atigrado marrón dorado.
ACEDERA: gata parda y blanca de ojos ámbar.
ESPINARDO: gato atigrado marrón dorado.
CENTELLA: gata blanca con manchas canela.
CENIZO: gato gris claro con motas más oscuras, de ojos azul oscuro.
ZANCUDO: gato negro de largas patas, con la barriga marrón y los ojos ámbar.
CANDEAL: gata blanca de ojos verdes.
Aprendiza: ALBINA
BETULÓN: gato atigrado marrón claro.
LÁTIDO GRIS: gato gris de pelo largo.
BAYO: gato de color tostado.
PINTA: pequeña gata gris y blanca.
RATONERO: gato gris y blanco.
LEONADO: gato atigrado dorado de ojos ámbar.
CARRASCA: gata negra de ojos verdes.
CARBONERA: gata atigrada de color gris.
ROSELLA: gata parda.
MELADA: gata atigrada de color marrón claro.
Aprendices
(de más de seis lunas de edad, se entrenan para convertirse en guerreros)
GLAYINO: gato atigrado gris de ojos azules.
RAPOSINO: gato atigrado rojizo.
ALBINA: gata blanca.
Reinas
(gatas embarazadas o al cuidado de crías pequeñas)
FRONDA: gata gris claro con motas más oscuras, de ojos verde claro.
DALIA: gata de pelo largo color tostado, procedente del cercado de los caballos, madre de dos cachorros, hijos de Zancudo: Rosina (gatita de color tostado oscuro) y Tordillo (gatito blanco y negro).
MILI: gata atigrada de color gris y ojos azules, antigua minina doméstica, madre de tres cachorros, hijos de Látigo Gris: Gabardilla (gatita marrón oscuro), Pequeño Abejorro (gatito gris claro con rayas negras) y Floreta (gatita tricolor con manchas blancas).
Veteranos
(antiguos guerreros y reinas, ya retirados)
RABO LARGO: gato atigrado, de color claro con rayas muy oscuras, retirado anticipadamente por problemas de vista.
MUSARAÑA: pequeña gata marrón oscuro.

CLAN DE LA SOMBRA
Líder
ESTRELLA NEGRA: gran gato blanco con enormes patas negras como el azabache.
Lugarteniente
BERMEJA: gata de color rojizo oscuro.
Curandero
CIRRO: gato atigrado muy pequeño.
Guerreros
ROBLEDO: pequeño gato marrón.
SERBAL: gato rojizo.
CHAMUSCADO: gato negro.
Aprendiz: RAPACERO
YEDRA: gata blanca, negra y parda.
SAPERO: gato marrón oscuro.
GRAJO: gato negro y blanco.
Aprendiza: OLIVINA
PELOSA: gata atigrada de pelo largo que le apunta en todas las direcciones.
LOMO RAJADO: gato marrón con una larga cicatriz en el lomo.
Aprendiza: TOPINA
CRÓTALO: gato marrón oscuro de cola rayada.
Aprendiz: CARBONCILLO
ESPUMOSA: gata blanca de pelo largo, ciega de un ojo.
Aprendiz: RUANO
Reinas
TRIGUEÑA: gata parda de ojos verdes, pareja de Serbal y madre de Pequeño Tigre, Canelilla y Rosillo.
AGUZANIEVES: gata de un blanco inmaculado.
Veteranos
CEDRO: gato gris oscuro.
AMAPOLA: gata atigrada marrón claro de patas muy largas.

CLAN DEL VIENTO
Líder
ESTRELLA DE BIGOTES: gato atigrado de color marrón.
Lugarteniente
PERLADA: gata gris.
Curandero
CASCARÓN: gato marrón de cola corta.
Aprendiz: AZORÍN
Guerreros
OREJA PARTIDA: gato atigrado.
CORVINO PLUMOSO: gato gris oscuro.
Aprendiza: ZARPA BRECINA
CÁRABO: gato atigrado de color marrón claro.
COLA BLANCA: pequeña gata blanca.
Aprendiz: VENTOLINO
NUBE NEGRA: gata negra.
GENISTA: gata de color blanco y gris muy claro, de ojos azules.
TURÓN: gato rojizo de patas blancas.
LEBRÓN: gato marrón y blanco.
HOJOSO: gato atigrado oscuro de ojos ámbar.
MANCHADA: gata atigrada gris moteada.
SALCE: gata gris.
Aprendiza: FOSQUINA
HORMIGUERO: gato marrón con una oreja negra.
RESOLDO: gato gris con dos patas oscuras.
Aprendiza: ZARPA SOLEADA
Veteranos
FLOR MATINAL: reina de color carey muy anciana.
MANTO TRENZADO: gato atigrado gris oscuro.

CLAN DEL RÍO
Líder
ESTRELLA LEOPARDINA: gata atigrada con insólitas manchas doradas.
Lugarteniente
VAHARINA: gata gris oscuro de ojos azules.
Curandera
ALA DE MARIPOSA: gata atigrada de color dorado y ojos ámbar.
Aprendiza: BLIMA
Guerreros
PRIETO: gato negro grisáceo.
MUSGAÑO: pequeño gato atigrado de color marrón.
Aprendiza: PALOMINA
JUNCAL: gato negro.
MUSGOSA: gata parda de ojos azules.
Aprendiz: GUIJOSO
FABUCÓN: gato marrón claro.
TORRENTERO: gato atigrado de color gris oscuro.
Aprendiz: MALVINO
BOIRA: gata atigrada gris claro.
FLOR ALBINA: gata gris muy claro.
ROANA: gata gris moteada.
SALTÓN: gato blanco y canela.
AJENJO: gato atigrado de color gris claro.
Aprendiz: ORTIGO
NUTRIA: gata marrón oscuro.
Aprendiz: SOPLO
PINOCHA: gata atigrada de pelo muy corto.
Aprendiz: PARDALÍN
CHUBASCO: gato moteado de color gris azulado.
VESPERTINA: gata atigrada marrón.
Aprendiza: COBRIZA
Reinas
NÍVEA: gata blanca de ojos azules, madre de Bichín, Pinchito, Petalina y Matojillo.
Veteranos
GOLONDRINA: gata atigrada oscura.
PIZARRO: gato gris.
LOS GATOS ANTIGUOS
Líder
HELECHO RIZADO: gato atigrado de color rojizo oscuro y ojos ámbar.
Garras afiladas
SOMBRA ROTA: esbelta gata cobriza de patas blancas y ojos ámbar.
CERVATILLA TÍMIDA: gata marrón oscuro de ojos ámbar.
BRISA SUSURRANTE: gata gris plateado de ojos azules.
RÍO DEL ALBA: gata tricolor de ojos ámbar.
SON DE ROCA: gato atigrado de color gris oscuro y ojos azules.
BIGOTES NEGROS: gran gato negro de pelaje espeso.
NUBARRÓN GRIS: gato blanco y gris de ojos azules.
RAYO TENDIDO: gato blanco y negro de ojos ámbar.
Gatos que entrenan para ser garras afiladas
ALA DE ARRENDAJO: gato atigrado de color gris y ojos azules.
ALA DE TÓRTOLA: gata de color gris claro y ojos azules.
MEDIA LUNA: gata blanca de ojos verdes.
SALTO DE PEZ: gato atigrado de color marrón y ojos ámbar.
Reinas
LUNA NACIENTE: gata blanca y gris de ojos azules.
PLUMA DE LECHUZA: fibrosa gata marrón de ojos amarillos.
Veteranos
SOL NEBULOSO: gata de color canela claro y ojos verdes.
CABALLO VELOZ: gato marrón oscuro de ojos amarillos.
GATOS DESVINCULADOS DE LOS CLANES
SOLO: gato de pelaje largo y multicolor, con ojos de color amarillo claro.
OTROS ANIMALES
MEDIANOCHE: tejona observadora de las estrellas que vive junto al mar.



Prólogo
El viento soplaba sobre el desolado páramo, arrastrando rachas de lluvia. La hierba, áspera, estaba empapada y el arroyo se había desbordado en las orillas, formando una gran extensión de agua cuya superficie burbujeaba con las gotas de lluvia.
Al borde de la charca había una tejona agazapada, aparentemente ajena al viento helado y la lluvia. Permaneció durante un buen rato contemplando el agua, como si pudiera ver algo allí, más allá del reflejo roto de las nubes grises. Luego levantó la cabeza y miró a su alrededor.
—He llegado —anunció.
Una gata negra apareció por detrás de un afloramiento rocoso. Era poco más que una sombra, y la luz de las estrellas titilaba en sus patas. La seguía un gato gris plateado, cuyos ojos verdes se dilataron al acercarse a la tejona. La luz estelar que brillaba a su alrededor hacía que pareciese un gato formado por gotas de lluvia.
—¿Qué hacemos aquí? —La voz del gato gris era ronca, como si llevara mucho tiempo sin hablar—. En un día como éste, deberíamos estar ovillados en una guarida calentita.
—Es cierto, Río —maulló la gata negra—. ¿De quién ha sido la idea de arrastrarnos hasta aquí con un tiempo horroroso hasta para los zorros?
—Mía.
Un tercer gato surgió de detrás de un arbusto de aulaga. Era corpulento y de color rojizo, y tenía las patas blancas. La luz de las estrellas destellaba en sus ojos ámbar y, sin embargo, parecía tan inconsistente como una llama.
—Sabes perfectamente que tenemos que reunirnos, Sombra.
La gata resopló.
—Yo no tengo por qué hacer nada de lo que tú me digas, Trueno.
El gato inclinó la cabeza.
—Por supuesto que no. Pero nos han convocado por el peligro que acecha a nuestros clanes. Están a punto de desaparecer… y eso es culpa tuya, Medianoche —añadió con voz cortante.
Antes de que Medianoche pudiera responder, Río maulló:
—¿Dónde está Viento? No podemos debatir sobre esto sin ella.
—Estoy aquí —contestó una voz arroyo arriba.
Era una gata marrón muy fibrosa, apenas visible en la empapada hierba del páramo; un resplandor plateado revelaba su silueta. De pronto, descendió por la cuesta hacia la charca, casi sin tocar el suelo.
—¿Qué hacéis todos aquí apretujados, como cachorritos perdidos? —preguntó con tono burlón—. Sólo es un poco de lluvia y viento.
Sombra abrió la boca para responder, pero Trueno se le adelantó:
—Nosotros no estamos acostumbrados a vivir a la intemperie, Viento. Pero eso no importa ahora. Tenemos que descubrir por qué Medianoche ha desvelado los secretos de los clanes.
—Pero ¿por qué nosotros? —se quejó Río, temblando—. En el Clan Estelar hay gatos más jóvenes que nosotros. ¿Por qué han tenido que llamar a los primeros gatos?
Viento asintió.
—Es cierto, ¿no hemos hecho ya bastante? Nosotros formamos los clanes y los guiamos a lo largo de sus primeras estaciones. Ellos llevan en deuda con nosotros todas las lunas que han transcurrido desde que paseábamos por el viejo bosque.
—Debemos seguir cuidando de nuestros clanes —murmuró Trueno—. Este peligro no se parece a ninguno de los que han tenido que afrontar hasta ahora. —Se volvió hacia la tejona—. Medianoche, ¿por qué has revelado nuestros secretos?
—Sí, y encima a ese solitario sarnoso y carroñero —bufó Sombra, arrancando la hierba con las garras—. Mi clan abandonó a sus antepasados guerreros en cuanto ese gato se instaló entre ellos.
—En acantilados arenosos conocí a Solo —empezó Medianoche con calma—. Fue la primera vez que nos vimos.
—¿Y qué? ¿Es que vas revelando secretos a todos los desconocidos con los que te cruzas? —gruñó Viento.
—¿No te das cuenta de que le has dado poder sobre los clanes al contarle tantas cosas sobre nosotros? —maulló Trueno.
—No siempre es poder el conocimiento —contestó la tejona—. Secretismo no necesitan los clanes para protegerse. Los proscritos y los solitarios lejos se mantienen; saben que no es para ellos la vida de clan.
—Pues este solitario no se ha mantenido lejos —repuso Río.
—Los clanes esconderse no necesitan —insistió Medianoche—. Si lo hicieran, no lo bastante fuertes serían para enfrentarse a desafíos externos.
—Mis guerreros pueden enfrentarse a cualquier desafío —le espetó Viento.
—No siempre con colmillos y garras afiladas se resuelven los desafíos —señaló la tejona.
Viento soltó un bufido y desenvainó las uñas, erizando el pelo del cuello.
—¡No me hables como si fuera imbécil! No eres capaz de admitir que cometiste un gran error. Los guerreros del Clan Estelar te confiaron sus secretos, ¡y tú se los contaste a un desconocido! De no ser por ti, ahora mismo el Clan de la Sombra no tendría ningún problema.
Medianoche se puso en pie.
—Envaina esas uñas, pequeña guerrera —le dijo con un gruñido gutural—. Insensato es buscar pelea con alguien que tu enemigo no es.
Durante unos segundos, Viento se mantuvo firme, y sólo retrocedió y escondió las garras cuando Trueno le posó la cola en el lomo.
—Pelear no servirá de nada —maulló el primero de los líderes del Clan del Trueno—. Los secretos han dejado de serlo. Tenemos que decidir qué podemos hacer ahora para ayudar a nuestros clanes.
Río negó con la cabeza.
—Pues yo no lo sé.
—Yo tampoco. —Sombra sacudió la cola, frustrada—. Me gustaría degollar a esta tejona desagradecida, pero eso ya no cambiaría nada.
—No lo entendemos —maulló Trueno, mirando a Medianoche—. Compartimos nuestros secretos contigo, y tú has hecho muchas cosas por nuestros clanes. ¿Por qué ibas a querer destruirlos de esta manera?
Antes de que terminara de hablar, el viento arreció y los gatos estelares comenzaron a desvanecerse, barridos como la niebla. Medianoche los observó con sus ojos brillantes como bayas, hasta que sus frágiles formas desaparecieron del todo y el brillo de las estrellas se apagó.
Un gato surgió por detrás de un arbusto azotado por el viento, a unas colas de distancia; era un gato calvo de ojos abultados y ciegos.
—¿Lo has oído, Pedrusco? —le preguntó Medianoche.
Pedrusco asintió.
—Sabía que a los líderes de los clanes les disgustaría que te confiaras a Solo —maulló con voz áspera—. Pero no tenías elección, Medianoche. El poder de los tres se acerca, y los clanes deben estar preparados.

1
La luna estaba enorme, un círculo dorado que descansaba sobre un oscuro risco montañoso. Las estrellas relucían por encima de Carrasca, recordándole que los espíritus de sus antepasados la estaban vigilando. La joven gata sintió un hormigueo al ver que algo se movía en el risco, donde, al instante, apareció un gato recortado contra la luna. Carrasca reconoció la cabeza ancha, las orejas peludas y la cola de punta poblada. Aunque la figura se veía negra a contraluz, la joven guerrera sabía de qué color tenía el pelaje aquel gato: blanco, con manchas marrones, negras y rojizas.
—¡Solo! —siseó.
La figura silueteada arqueó el lomo y luego se plantó sobre las patas traseras, estirando las delanteras como si fuera a arañar el cielo. Saltó hacia arriba y, mientras saltaba, se fue haciendo tan enorme que cubrió la luna y las resplandecientes estrellas. Carrasca se agazapó, temblando, sumida en una oscuridad más densa que los lugares más profundos del bosque.
A su alrededor brotaron alaridos de alarma, todo un clan de gatos ocultos que aullaban de miedo a la sombra que los separaba de la mirada protectora del Clan Estelar. Por encima del ruido, una voz clara exclamó:
—¡Carrasca! ¡Carrasca! ¡Sal!
Carrasca se revolvió, aterrorizada, y descubrió que tenía las patas enredadas en helechos y musgo blando. Una luz pálida gris se filtraba a través de las ramas de la guarida de los guerreros. A un par de zorros de distancia, Pinta estaba incorporándose en su lecho, sacudiéndose trocitos de musgo del pelo.
—¡Carrasca! —llamaron de nuevo.
Esta vez, la joven reconoció la voz de Betulón, que maullaba irritado desde el exterior de la guarida.
—¿Es que piensas pasarte todo el día durmiendo? Se supone que tenemos que salir a cazar.
—Ya voy.
Atontada de sueño, y con el pelo temblándole todavía por la pesadilla, Carrasca se dirigió hacia el hueco más cercano que había entre las ramas. Antes de llegar, tropezó con las patas de un gato que dormía medio oculto debajo de los helechos.
Nimbo Blanco levantó la cabeza.
—¡Por el gran Clan Estelar! —rezongó—. ¿Es que aquí no se puede dormir?
—Lo... lo siento —tartamudeó la joven, recordando que Nimbo Blanco había salido en la última patrulla nocturna.
Ella misma lo había visto volver muy tarde al campamento, durante la vigilia que le había tocado hacer como nueva guerrera.
«Menuda suerte la mía. Mi primer día, ¡y he molestado a uno de los guerreros más experimentados!»
Nimbo Blanco resopló y volvió a ovillarse, cerrando sus ojos azules y enterrando el hocico en el pelo.
—No pasa nada —murmuró Pinta, restregando el hocico contra el lomo de Carrasca—. Nimbo Blanco hace más daño con la lengua que con las garras. Y no dejes que Betulón te agobie. Se pone muy mandón con los guerreros nuevos, pero enseguida te acostumbrarás.
Carrasca asintió agradecida, pero no le contó a Pinta la verdadera razón de su nerviosismo. Betulón no era lo que la inquietaba; lo que resonaba por todo su interior era el recuerdo del sueño que había tenido. Eso era lo que le nublaba el pensamiento y hacía que se moviera con torpeza.
Miró hacia el lecho de su hermano Leonino... ay, no, que ya era Leonado... donde se había acostado tras la vigilia. Le habría encantado hablar con él, pero el lecho estaba vacío. Leonado debía de haber salido con la patrulla del alba.
Vigilando dónde pisaba, Carrasca salió de la guarida de los guerreros detrás de Pinta. Fuera, Betulón estaba arañando el suelo con impaciencia.
—¡Por fin! —le espetó—. ¿Por qué has tardado tanto?
—Relájate, Betulón... —Zarzoso, lugarteniente del Clan del Trueno y padre de Carrasca, estaba sentado a poca distancia, con la cola pulcramente enroscada alrededor de las patas. Sus ojos ámbar transmitían tranquilidad—. Las presas no se marcharán.
—No hasta que nos vean, por lo menos —añadió Tormenta de Arena, acercándose desde el montón de la carne fresca.
—Si es que hay presas. —Betulón sacudió la cola—. Desde la batalla, es mucho más difícil encontrarlas.
A Carrasca le rugió el estómago, como si le diera la razón a Betulón. Hacía varios amaneceres que los cuatro clanes se habían enfrentado en el territorio del Clan del Trueno. Sus gritos y escaramuzas habían ahuyentado a todas las presas o las habían empujado a esconderse bajo tierra.
—Quizá empiecen a regresar ahora —maulló.
—Quizá —coincidió Zarzoso—. Iremos hacia la frontera del Clan de la Sombra. Allí apenas hubo peleas.
Carrasca se puso tensa ante la mera mención del Clan de la Sombra. «¿Volveremos a ver a Solo?», pensó.
—Me pregunto si nos encontraremos con algún miembro del Clan de la Sombra —maulló Betulón, haciéndose eco de los pensamientos de la joven—. Me gustaría saber si todos le van a dar la espalda al Clan Estelar para seguir a ese solitario excéntrico.
Carrasca sintió un peso en su interior, como si tuviera piedras en el estómago. El Clan de la Sombra no se había presentado a la última Asamblea, hacía dos noches. Tan sólo había acudido su líder, Estrella Negra, acompañado de Solo, para explicar que los gatos de su clan ya no creían en el poder de sus antepasados guerreros.
«Pero ¡eso no puede ser! ¿Cómo va a sobrevivir un clan sin el Clan Estelar? ¿Y sin el código guerrero?»
—Ese tal Solo no es un excéntrico —señaló Pinta—. Él predijo que el sol desaparecería, y así fue. Ninguno de los curanderos supo que iba a suceder algo así.
Betulón se encogió de hombros.
—Pero luego el sol regresó, ¿no es cierto? Tampoco fue para tanto.
—Da igual lo que pasara —los interrumpió Zarzoso, poniéndose en pie—, ésta es una patrulla de caza. No vamos a hacerle una visita de cortesía al Clan de la Sombra.
—Pero ellos pelearon a nuestro lado... —protestó Betulón—. El Clan del Viento y el Clan del Río nos habrían hecho picadillo si los guerreros del Clan de la Sombra no hubieran aparecido. No podemos volver a convertirnos en enemigos tan pronto, ¿no?
—No somos enemigos —maulló Tormenta de Arena—. Pero ellos siguen perteneciendo a un clan distinto. Además, no estoy segura de que podamos ser amigos de un clan que rechaza al Clan Estelar.
«Entonces, ¿qué pasa con nuestros propios gatos? Nimbo Blanco nunca ha creído en el Clan Estelar.» Carrasca no se atrevió a decirlo en voz alta. Aun así, no tenía la menor duda de que Nimbo Blanco era un guerrero leal que moriría por cualquiera de sus compañeros de clan.
Zarzoso no dijo nada; se limitó a sacudirse y a hacer un gesto con la cola para reunir a los demás componentes de la patrulla. Cuando iban hacia el túnel de espinos, Fronde Dorado entró en el campamento, seguido de Acedera y Leonado. La patrulla del alba estaba de vuelta. Los tres gatos se dirigieron al montón de la carne fresca, y Carrasca corrió a interceptar a su hermano.
—¿Cómo ha ido? ¿Hay alguna novedad?
Leonado abrió la boca en un enorme bostezo. «Debe de estar agotado. Primero, toda la noche en vela, y luego, la patrulla del alba», pensó Carrasca.
—Ni una —respondió él, negando con la cabeza—. En la frontera del Clan del Viento está todo tranquilo.
—Nosotros vamos hacia el territorio del Clan de la Sombra. —A solas con su hermano, la joven podía confesar sus inquietudes—. Me da miedo que nos encontremos con Solo. ¿Y si les cuenta a los demás lo de la profecía?
Leonado hundió el hocico en el lomo de su hermana.
—¡Venga! ¿De verdad crees que Solo participa en las patrullas fronterizas? Debe de estar tumbado en el campamento del Clan de la Sombra, atiborrándose de carne fresca.
Carrasca negó con la cabeza.
—No lo sé. Es que... Ojalá no le hubiéramos contado nada.
—Sí, ojalá... —Leonado entornó los ojos y añadió con un tono más amargo—: Pero yo diría que a Solo no le importamos lo más mínimo. Él mismo decidió quedarse con Estrella Negra, ¿no? Prometió ayudarnos cuando le hablamos de la profecía, pero no tardó mucho en cambiar de opinión.
—Estamos mejor sin él. —Carrasca le dio un lametón en la oreja.
—¡Carrasca!
La joven se volvió en redondo: Zarzoso estaba esperándola junto a la entrada del túnel de espinos, agitando la punta de la cola con impaciencia.
—Tengo que irme —le maulló a su hermano, y cruzó el claro a la carrera para unirse al lugarteniente—. Lo siento... —se disculpó casi sin aliento, y se adentró en el túnel.
La mañana había sido desapacible y fría, pero mientras Carrasca recorría el bosque con sus compañeros de clan, las nubes comenzaron a disiparse. Largos rayos de sol atravesaban las ramas, ribeteando de fuego las hojas, que ya habían pasado del verde al rojo y el dorado. La estación de la caída estaba a punto de llegar.
Zarzoso condujo a su patrulla lejos del lago, hacia la frontera del Clan de la Sombra, manteniéndose a distancia del viejo sendero de los Dos Patas y la casa abandonada en la que los clanes habían peleado.
Saboreando el aire con la esperanza de localizar una ardilla o un ratón rollizo, Carrasca captó un rastro viejo de ella y sus hermanos, de cuando atravesaron el bosque en busca de Solo. Esperó que ninguno de los gatos de la patrulla lo notara, especialmente Zarzoso o Tormenta de Arena, porque eso implicaría que le hicieran preguntas incómodas que no estaba segura de saber responder.
Para su alivio, los demás gatos parecían demasiado concentrados en rastrear presas como para darse cuenta. Tormenta de Arena levantó la cola para pedir silencio, y Carrasca oyó el ruido de un tordo golpeando un caracol contra una piedra. Al asomarse por encima de una mata de helechos, descubrió al pájaro: dándole la espalda al grupo de gatos había un ejemplar estupendo y carnoso demasiado absorto en su propia presa para percibir a los cazadores que se aproximaban a él.
Tormenta de Arena adoptó la posición de caza y se deslizó por el suelo, deteniéndose para balancear las ancas antes del salto final. Aquel movimiento alertó al tordo, que soltó el caracol con un grito de alarma y echó a volar.
Sin embargo, Tormenta de Arena era demasiado rápida para él y, con un salto descomunal, lo atrapó en el aire entre un remolino de plumas. El ave se quedó inerte cuando la guerrera le mordió el cuello con fuerza.
—¡Un salto magnífico! —exclamó Pinta.
—No está mal —ronroneó Tormenta de Arena, enterrando a la presa para recogerla más tarde.
Carrasca captó el olor de un ratón, y lo siguió a lo largo de un zarzal. Descubrió a la pequeña criatura rebuscando por el suelo debajo de las ramas. Un par de segundos después, la joven tenía su propia presa que enterrar junto a la de Tormenta de Arena.
Zarzoso estaba echando tierra sobre un campañol, y le hizo un gesto de aprobación.
—Bien hecho, Carrasca. Sigue así, y pronto todo el clan estará alimentado.
Luego se metió en un arbusto de avellano, con la boca abierta para captar el rastro más mínimo.
Durante unos segundos, la joven guerrera se quedó mirando a su padre, reconfortada por su elogio. Después retomó la búsqueda de presas y encontró el rastro de una ardilla, pero cuando rodeó el tronco de un roble enorme, vio a Pinta delante de ella siguiendo el mismo olor. No se veía a la ardilla por ninguna parte, y su rastro iba derecho hacia la frontera del Clan de la Sombra. Carrasca ya percibía las marcas olorosas fronterizas, aunque Pinta parecía demasiado absorta en su presa como para reparar en ellas.
—Oye, Pinta —empezó Carrasca—, no...
Pero se interrumpió al ver que tres gatos surgían de una mata de helechos al otro lado de la frontera. Pinta estaba a sólo un par de colas de distancia y se detuvo, sobresaltada, agitando las orejas por la sorpresa.
Carrasca sintió alivio al reconocer a los recién llegados: Yedra, Crótalo y su aprendiz, Carboncillo. Los tres habían luchado al lado del Clan del Trueno; Yedra aún tenía cortes en el costado, y Carboncillo, una oreja desgarrada. Seguro que no se enfadarían con Pinta por haber llegado justo hasta la frontera.
—Hola —los saludó, acercándose a Pinta—. ¿Cómo vais con las presas en el Clan de la Sombra?
—¡Retroceded! —bufó Yedra—. No tenéis ningún derecho a entrar en el territorio del Clan de la Sombra. Que os ayudáramos a luchar no nos convierte en aliados.
—Típico del Clan del Trueno... —añadió Crótalo con un gruñido—. Creen que todos los clanes son amigos suyos.
—¿Y qué tiene eso de malo? —quiso saber Carrasca, dolida por su hostilidad.
Nadie respondió a su pregunta. En vez de eso, Yedra se acercó hasta el borde para colocarse frente a Pinta.
—¿Qué crees que estás haciendo tan cerca de la frontera?
—Estaba siguiendo el rastro de una ardilla... —Pinta sonó desconcertada—. Pero...
—¡Ladrona de presas! —le espetó Crótalo, erizando el pelo de los omoplatos con furia y sacudiendo su cola rayada.
—¡No estamos robando nada! —protestó Carrasca, indignada—. Seguimos dentro del territorio del Clan del Trueno, por si no os habéis dado cuenta. Pinta no ha traspasado la frontera.
—Sólo porque hemos llegado a tiempo de impedírselo —gruñó Crótalo.
Se oyó un susurro entre la vegetación a espaldas de Carrasca. Al volverse, la joven vio que se acercaba Zarzoso con Tormenta de Arena y Betulón.
—¡Gracias al Clan Estelar! —murmuró la joven guerrera negra.
Zarzoso avanzó hasta situarse junto a su hija y Pinta.
—Buenos días —saludó, inclinando la cabeza ante los tres gatos del Clan de la Sombra—. ¿Qué está ocurriendo aquí?
—Hemos tenido que frenar a estas guerreras tuyas —le explicó Crótalo—. Un par de segundos más, y habrían cruzado la frontera.
—¡Eso no es cierto! —exclamó Carrasca acaloradamente.
—Estaba siguiendo el rastro de una ardilla. —Pinta se volvió hacia el lugarteniente del Clan del Trueno con expresión de disculpa—. Durante un momento me he olvidado de dónde estaba, pero Carrasca me ha avisado, y entonces ha aparecido la patrulla del Clan de la Sombra. Te prometo que no he puesto una pata al otro lado de la frontera.
Zarzoso asintió.
—Vosotros estáis tan cerca de la frontera como lo estamos nosotros —les dijo a los gatos del Clan de la Sombra—. Pero nadie os está acusando de intentar traspasarla.
—¡Somos una patrulla fronteriza! —replicó Crótalo—. Y menos mal que hemos llegado justo en este instante.
—Nadie puede fiarse del Clan del Trueno —añadió Carboncillo, colocándose junto a su mentor.
Betulón soltó un bufido de rabia y se abrió paso entre la hierba alta para detenerse al lado de su lugarteniente.
—Zarzoso, ¿vas a dejar que un simple aprendiz insulte al Clan del Trueno cuando nosotros no hemos hecho nada?
Tormenta de Arena le dio un toque con la cola.
—Ya basta, Betulón. Deja que Zarzoso se ocupe de esto.
El joven guerrero soltó un resoplido de indignación y no dijo nada más, pero fulminó con la mirada a la patrulla del clan vecino.
—¡Betulón tiene razón! —protestó Carrasca—. Estos gatos sólo quieren buscar problemas. Nosotros no hemos quebrantado el código guerrero.
—¡Oh, el preciado código guerrero! —se mofó Yedra—. Creéis que es la respuesta a todo, pero os equivocáis. El código guerrero no impidió que el sol desapareciera, ¿o sí?
—Eso —maulló Crótalo apoyando a su compañera—. Quizá sea hora de que los clanes dejen de estar tan obsesionados con esos gatos muertos y empiecen a buscar otras respuestas.
Carrasca se quedó mirándolos, abatida. Sabía que aquellas ideas procedían de Solo. ¿Era eso lo que aquel gato extraño llevaba buscando desde el principio: destruir el código guerrero desde dentro de los clanes?
«¡Y pretendía empezar con nosotros!» Carrasca recordó lo simpático y colaborador que se había mostrado Solo. Aunque probablemente el Clan de la Sombra había resultado ser un objetivo más fácil. Ella no podía imaginarse a Estrella de Fuego abandonando sus creencias con tanta facilidad como Estrella Negra.
«¡Tengo que salvar al Clan de la Sombra! ¡No pueden darle la espalda al Clan Estelar y al código guerrero! ¡Tiene que haber cuatro clanes!» En su desesperación, la joven guerrera se olvidó de los gatos que la rodeaban.
—Carrasca, tranquilízate... —le susurró Zarzoso.
La joven se dio cuenta de que había erizado el pelo y estaba clavando las garras en la tierra húmeda. Los tres gatos del Clan de la Sombra la miraban también con el pelo erizado, como si esperaran que saltase sobre ellos. Tras respirar hondo, Carrasca envainó las uñas e intentó que se le alisara el pelo.
—Estoy bien —le respondió a su padre con un susurro.
—Os limitáis a repetir las palabras de ese tal Solo, ¿verdad? —se burló Betulón, dando un paso adelante para quedarse justo en la frontera—. ¡Estáis todos más locos que un zorro rabioso! Es de descerebrados escuchar a un gato al que ningún clan conocía.
—Escuchamos a Solo porque lo que dice tiene sentido —replicó Crótalo, dando un paso para encararse a Betulón—. Él sabe qué hacer para darle al Clan de la Sombra una vida mejor. Quizá si el Clan del Trueno lo escuchara, podría librar sus propias batallas. Quizá por eso desapareció el sol, para decirnos que el tiempo de los clanes ha terminado y que los gatos tienen que aprender a vivir por su cuenta. Si el Clan del Trueno es demasiado cobarde para afrontar...
Con un alarido de ira, Betulón saltó sobre Crótalo.
Los dos gatos rodaron por el suelo enmarañados en una bola de pelo furiosa. Carboncillo les saltó encima y le arañó el bíceps a Betulón. Entonces, Pinta se abalanzó sobre el aprendiz, intentando separarlo del guerrero atigrado.
—¡Betulón, Pinta, venid aquí ahora mismo! —les ordenó Tormenta de Arena adelantándose, pero Yedra le cortó el paso.
—¿Es que vuestros jóvenes guerreros no pueden librar sus propias batallas? —se mofó la gata del Clan de la Sombra—. Además, esta pelea la han empezado tus gatos.
Desenvainó las uñas y mostró los colmillos con un gruñido.
Zarzoso corrió al lado de Tormenta de Arena.
—No. Esta batalla la ha provocado el Clan de la Sombra.
Otro alarido surcó el aire. Carrasca hizo una mueca al oír unas uñas desgarrando piel, como si lo estuviera sufriendo ella misma en su propia carne.
—¡Deteneos! —chilló—. ¿Qué estáis haciendo?
Para su sorpresa, los combatientes se separaron resollando. De inmediato, Zarzoso empujó a Betulón y a Pinta para devolverlos a su territorio.
—Ya habéis peleado bastante —maulló—. Clan del Trueno, nos vamos ahora mismo. —Cuando ya echaban a andar, se detuvo para mirar por encima del hombro a la patrulla del Clan de la Sombra y añadió—: Podéis creer lo que queráis, siempre y cuando os mantengáis en vuestro lado de la frontera.
—No somos nosotros quienes la hemos traspasado —bufó Yedra.
Zarzoso le dio la espalda y guió a la patrulla hacia el bosque.
—¿Te encuentras bien? —le susurró Carrasca a Pinta, que caminaba a trompicones, tropezando con las ramas y arañándose con las zarzas.
—Estoy un poco mareada —confesó la guerrera—. Me he golpeado la cabeza con una rama cuando intentaba separar a Carboncillo de Betulón.
—Ven, yo te guiaré. —Carrasca posó la cola en su lomo—. Iremos a que te examine Hojarasca Acuática en cuanto lleguemos al campamento. Betulón ha tenido suerte de que lo ayudaras. Podría haber salido peor parado sin ti.
El joven guerrero del Clan del Trueno iba cojeando y sangraba por un corte en el hombro. Cuando la patrulla se detuvo a recoger el tordo de Tormenta de Arena y las demás presas, Betulón se sentó a la lavarse la herida dándose vigorosos lametazos.
—Te lo has buscado tú solo —maulló Zarzoso, que estaba desenterrando su campañol—. El Clan de la Sombra no debería habernos acusado de intentar traspasar la frontera, pero tú nos has dejado en mal lugar al empezar la pelea. Los guerreros deberían saber controlarse.
—Lo lamento —masculló el atigrado.
—Más te vale.
Cuando se pusieron en marcha de nuevo, Zarzoso y Tormenta de Arena permanecieron ceñudos y silenciosos. Betulón iba tras ellos, cabizbajo.
Pinta estaba empezando a recuperarse.
—Gracias, Carrasca —maulló, apartándose un poco—. Ya puedo arreglármelas sola. ¿No crees que Zarzoso ha sido muy duro con Betulón? El Clan de la Sombra estaba buscando pelea.
—Eso no significa que tuviéramos que dársela —respondió la joven, distraída.
Le estaba costando prestar atención. El horror la envolvía como un pelaje extra, tan espeso que la asfixiaba. El Clan de la Sombra creía que Solo tenía las respuestas para un futuro mejor, pero se equivocaba.
«Lo único que hará será destruir a los clanes. Tenemos que encontrar la manera de detenerlo como sea», pensó, y el terror le heló las patas hasta que apenas pudo poner una delante de la otra.