Capítulo primero

Al tomar la pluma para, enteramente ocioso y retirado del mundo –sano, eso sí, aunque cansado, muy cansado (tanto que quizá sólo pueda avanzar en pequeñas etapas y con frecuentes recesos)–, al disponerme, como decía, a confiar mis confesiones al paciente papel con la pulcra y agradable caligrafía que me es propia, me asalta fugazmente la duda de si también por lo que respecta a mi educación y formación previa estaré a la altura de esta empresa intelectual. Ahora bien, puesto que cuanto he de contar se compone de mis experiencias, errores y pasiones más íntimos e inmediatos y, por consiguiente, domino a la perfección el contenido de mi relato, dicha duda afectaría a lo sumo al tacto y al decoro con que puedo contar a la hora de expresarme, y en estos casos no marcan tanto la diferencia, en mi opinión, unos estudios regulares y bien finalizados como el talento natural y el ser de buena cuna. Esto último se cumple, pues procedo de una familia burguesa refinada, aunque también un tanto disoluta; mi hermana Olimpia y yo estuvimos varios meses bajo la tutela de una señorita de Vevey, quien más adelante, como surgiera cierta rivalidad femenina entre ella y mi madre –en relación con mi padre, para más señas–, tuvo que abandonar su puesto; mi padrino, Schimmelpreester, a quien me unían unos estrechos lazos, fue un artista muy apreciado al que toda nuestra pequeña ciudad llamaba «señor catedrático», si bien es posible que tan bello y deseable título ni siquiera correspondiera a su condición; y mi padre, a pesar de ser redondo y orondo, poseía mucha gracia personal y siempre se esmeraba en expresarse con transparencia y escogiendo las palabras. Por sus venas corría sangre francesa, heredada de su abuela, e incluso había pasado sus años de formación en Francia y, según aseguraba, conocía París como la palma de su mano. Cuánto le gustaba intercalar en su discurso –y, además, con una pronunciación exquisita– giros como «c’est ça», «épatant» o «parfaitement»; también solía decir: «Eso lo voy a goûter», y hasta el fin de sus días contó con el favor de las mujeres. Dicho sea esto de antemano y sin entrar en más detalles. En cuanto a mi talento natural para las buenas formas, no puedo sino estar más que seguro de poseerlo, como toda mi engañosa vida habrá de demostrar, y creo poder confiar en él incondicionalmente también para este testimonio escrito. Por cierto, estoy decidido a proceder con sinceridad absoluta en mis anotaciones y a no rehuir los reproches de vanidad o desvergüenza. ¡Qué sentido y valor moral podría atribuirse, si no, a unas confesiones elaboradas desde un punto de vista que no sea el de la veracidad!

* * *

Nací en el Rheingau, esa zona privilegiada que, apacible y libre de cualquier aspereza ya sea en sus condiciones meteorológicas o en la naturaleza de su suelo, densamente sembrada de ciudades y pueblos de alegres moradores, sin duda se cuenta entre las más encantadoras de la tierra habitada. Aquí, a resguardo de los vientos inclementes gracias a los montes del Rheingau y felizmente expuestos al sol de mediodía, florecen esos célebres asentamientos cuyos nombres alegran el corazón del buen bebedor; aquí se encuentran Rauenthal, Johannisberg, Rüdesheim, y también la venerable ciudad de provincias en la que vine al mundo, tan sólo unos años después de la gloriosa fundación del Segundo Imperio Alemán. Un poco al oeste del recodo que describe el Rin al pasar por Maguncia y famosa por la fabricación de su vino espumoso, es el principal puerto de amarre de los barcos de vapor que navegan presurosos río arriba y río abajo, y debe de tener unos cuatro mil habitantes. La alegre Maguncia se hallaba, pues, muy cerca, al igual que los distinguidos baños del Taunus, por ejemplo: Wiesbaden, Homburg, Langenschwalbach y Schlangenbad, lugar este último que se alcanzaba en media hora de viaje en un trenecillo de vía estrecha. Cuán a menudo, en la estación templada, hacíamos excursiones mis padres, mi hermana Olimpia y yo, en barco, en coche o en tren, y hacia los cuatro puntos cardinales, pues en todas partes había algo interesante y digno de visitarse, fuera obra de la naturaleza o del ingenio humano. Aún me parece estar viendo a mi padre, con su cómodo traje de verano a cuadros menudos, sentado con nosotros en algún merendero –un poco apartado de la mesa porque la barriga le impedía arrimarse–, disfrutando con infinito placer de un plato de cangrejos acompañado del dorado néctar de la vid. A menudo venía también mi padrino, Schimmelpreester, y, con mirada penetrante, observaba el paisaje y a las personas a través de sus redondos lentes de pintor, absorbiendo en su alma de artista lo grandioso y lo insignificante.

Mi pobre padre era dueño de la empresa Engelbert Krull, que fabricaba la ahora desaparecida marca de espumoso Lorley Extra Cuvée. En la parte baja de la ciudad, a orillas del Rin, no lejos del embarcadero, estaban las bodegas, y de niño yo solía pasear bajo aquellas frescas bóvedas, recorría inmerso en mis pensamientos los corredores empedrados que atravesaban la gran cuadrícula de estanterías, y contemplaba los ejércitos de botellas que reposaban allí semiinclinadas unas sobre otras en sus nichos, en hileras infinitas. ¡Aquí reposáis, pensaba para mis adentros (aunque, evidentemente, todavía no alcanzaba a articular mis pensamientos en palabras tan certeras), aquí reposáis en la penumbra subterránea, y en vuestro interior se clarifica y se prepara ya ese burbujeante néctar dorado que habrá de acelerar algún que otro corazón, que habrá de hacer resplandecer algún par de ojos! Aún os antojáis frías e insignificantes pero, magníficamente adornadas, algún día ascenderéis al mundo de los vivos y, en festejos, en bodas, en saloncitos reservados, dispararéis vuestro corcho hasta el techo con un soberbio estallido para sembrar entre los hombres la embriaguez, la frivolidad y el placer. De un modo similar hablaba el niño; y al menos hasta ahí acertaba, pues la empresa Engelbert Krull concedía una importancia inmensa a la apariencia de sus botellas, a esa última fase de su preparación que en el lenguaje técnico se denomina coiffure. Los corchos metidos a presión se sujetaban con alambre de plata e hilo dorado y se sellaban con lacre de color púrpura; sí, un solemne sello de lacre redondo como el de las bulas y los documentos oficiales antiguos colgaba de un cordel dorado bastante largo; los cuellos iban muy bien envueltos en papel de estaño brillante, y los vientres lucían una etiqueta de barrocos bordes dorados, diseñada para la empresa por mi padrino Schimmelpreester y en la que, además de varios emblemas y estrellas, de la rúbrica de mi padre y de la marca Lorley Extra Cuvée, aparecía impresa en oro una figura femenina con brazaletes y collares como único atavío, sentada en lo alto de una roca con las piernas cruzadas y con un brazo levantado para pasarse un peine por la melena que ondeaba al viento. Ahora bien, por lo visto, la calidad del espumoso no acababa de corresponderse con tan deslumbrante presentación.

–Krull –parece ser que dijo mi padrino Schimmelpreester a mi padre–, con todos mis respetos hacia su persona, este champán suyo debería prohibirlo la policía. Hace ocho días me dejé convencer para beberme media botella y mi naturaleza todavía no se ha recuperado de la agresión. ¿Pero con qué vino peleón hacen este brebaje? ¿Es que le añaden petróleo o aguardiente de matar ratas en su composición? En resumen, es puro veneno. ¡Debería usted temer el peso de la ley!

Entonces mi pobre padre se quedó turbado, pues era un hombre débil que no soportaba que le hablasen con dureza.

–Sí, sí, usted búrlese, Schimmelpreester –parece ser que replicó mi padre mientras, siguiendo su costumbre, se acariciaba suavemente la barriga con la puntita de los dedos–, pero me veo obligado a fabricar espumoso barato porque el prejuicio contra los productos locales así lo manda, en fin, que le doy al público lo que espera. Además, la competencia me pisa los talones, mi querido amigo, hasta tal punto que no hay quien lo soporte.

Hasta aquí las palabras de mi padre.

Nuestra villa era una de esas casas solariegas con encanto que, entre suaves laderas, dominan las vistas sobre el paisaje del Rin. El jardín, en pendiente, estaba profusamente adornado con enanitos, setas y toda suerte de fauna de piedra; sobre un pedestal había una bola de cristal muy pulido que deformaba la cara de un modo muy cómico, y también había un arpa eólica, varias grutas y una fuente de la que brotaba una artística composición de chorros y en cuya pila nadaban peces plateados. Pasando ahora a la decoración interior de la casa, todo obedecía al gusto de mi padre, agradable a la par que alegre. Los confortables miradores invitaban a sentarse, y en uno de ellos incluso había una rueca de verdad. Había incontables adornos: figuritas, conchas, cajitas con espejo y botellitas de esencias dispuestas en estanterías o mesitas con tapetito de felpa; había innumerables almohadones de plumas, con fundas de seda o de algún tipo de labor de muchos colores, distribuidos por doquier en sofás y camas turcas, pues a mi padre le encantaba tumbarse en sitios blanditos; las barras de las cortinas eran alabardas, y de los huecos de las puertas colgaban esas cortinas ligerísimas de caña e hileras de abalorios que semejan una pared firme, pero que luego pueden atravesarse sin siquiera levantar una mano, abriéndose y volviéndose a cerrar con un suave murmullo o tintineo. Sobre la cancela habíamos instalado un pequeño artilugio muy ingenioso mediante el cual, cuando la puerta volvía a cerrarse venciendo la presión del aire, unas delicadas campanillas tocaban el inicio de la canción «Freut euch des Lebens».[1]

Capítulo segundo

Capítulo segundo

Tal era la casa en la que nací, un tibio día lluvioso del mes de mayo –domingo, por cierto–,[2] y a partir de aquí no pienso volver a adelantar nada más, sino que me atendré con sumo cuidado al orden cronológico. Mi nacimiento, si estoy bien informado, fue muy lento y requirió cierta ayuda de índole artificial por parte de nuestro médico de familia, el doctor Mecum, sobre todo porque yo –si es que puedo denominar «yo» a aquel incipiente y extraño ser– colaboraba muy poco o más bien nada, apenas secundaba los esfuerzos de mi madre y no mostraba el más mínimo afán por llegar a ese mundo que tan ardientemente habría de amar después. Con todo, resulté ser un niño sano y bien formado que se criaba de forma bastante prometedora a los pechos de un ama estupenda. Sin embargo, tras repetidas y profundas reflexiones, no puedo evitar relacionar la inclinación y la facultad para dormir tan extraordinarias que me han sido propias desde pequeño con aquel comportamiento mío tan pasivo y reticente a la hora de nacer, con aquella evidente ausencia de ganas de cambiar la oscuridad del seno materno por la luz del día. Me han dicho que fui un niño muy tranquilo, nada gritón ni llorón, que se entregaba al sueño o al entresueño en un grado muy cómodo para las ayas; y aunque después me atrajeran tanto el mundo y las personas que me mezclé entre ellas con distintos nombres e hice muchas cosas con tal de ganarme su favor, durante la noche y en los brazos de Morfeo siempre permanecía al calor de mi casa, me quedaba dormido con facilidad y placer sin siquiera estar cansado físicamente, me perdía en el último rincón de un olvido sin sueños y, tras una ausencia de diez, doce y hasta catorce horas, me despertaba más reconfortado y contento que tras los éxitos y satisfacciones del día. Podría considerarse este inusual afán de dormir como una contradicción respecto a la inmensa sed de vivir y de amar que inspiraba mis días, y de la que ya se hablará en el lugar adecuado. Como ya mencioné, he dedicado a este punto una intensa reflexión, y en numerosas ocasiones he creído entender con claridad que no se trata de una contradicción, sino más bien de un caso de complementariedad y correspondencia oculta. Pues ahora, aunque estoy cansado y envejecido, y eso que apenas he sobrepasado la cuarentena, ahora que ya no me empuja entre los hombres ningún nuevo sentimiento de anhelo y que vivo completamente retirado de todo, es justo ahora cuando también mi capacidad de dormir se ve mermada, es ahora cuando me siento como desligado de aquel feliz estado; mi sueño es breve, poco profundo y fugaz, en tanto que antes, en la cárcel, donde tenía muchas ocasiones de dormir, lo hacía aún mejor que en las mullidas camas de los palacios. Pero estoy cayendo de nuevo en el error de adelantar acontecimientos.

A menudo oí decir a los míos que tenía la suerte de los nacidos en domingo, y aunque fui educado lejos de toda superstición, siempre quise conceder a este hecho, unido a mi nombre de pila Félix (así me bautizaron, por mi padrino Schimmelpreester) y a lo refinado y agradable de mi físico, una misteriosa importancia. Es más, la fe en mi suerte y en ser un niño favorecido por los cielos siempre ha estado viva en mi interior, y puedo afirmar que en general no se ha visto defraudada. Si algo hay característico en mi vida es, en efecto, que todo cuanto en ella ha habido de sufrimientos y penas se antoja como algo extraño y en principio no deseado por la providencia, a través de lo cual siempre trasluce mi propio y verdadero destino como un sol de fondo. Tras esta digresión de carácter abstracto, prosigo esbozando a grandes pinceladas el cuadro de mi juventud.

Al ser un niño fantasioso, mis ideas y ocurrencias proporcionaban muchos motivos de diversión a los habitantes de la casa. Creo recordar bien, y me lo han contado a menudo, que cuando aún llevaba faldones me gustaba jugar a que era el emperador, y al parecer perseveraba en ello horas y horas. Sentado en la sillita en la que mi niñera me paseaba por los senderos del jardín o los pasillos de la casa, por el motivo que fuera bajaba la boca todo lo que podía, de manera que mi labio superior se alargaba hasta lo desmesurado, y al mismo tiempo iba guiñando poco a poco los ojos, que no sólo por la mueca sino también por lo conmovido que me sentía se enrojecían y se llenaban de lágrimas. Y así iba yo sentado en mi cochecito, emocionado ante mi senectud y dignidad suprema y sin decir nada; pero mi niñera se veía obligada a informar de que ignorar mi capricho me causaría el mayor de los disgustos. «Pues aquí llevo de paseo al emperador», anunciaba y, como en el fondo era una ignorante, saludaba llevándose la mano recta a la sien, y luego todo el mundo me mostraba reverencia. Quien más me seguía la corriente en tales casos era mi padrino Schimmelpreester, siempre dado a la farsa, lo cual no hacía sino reforzar mi soberbia. «Miradlo, ahí va... ¡el anciano héroe!», decía, inclinándose hasta lo artificial. Y luego se quedaba junto al camino haciendo de pueblo llano, gritando «¡Viva!» y lanzando al aire su sombrero, su bastón y hasta sus lentes para casi ponerse enfermo de risa cuando a mí, de emoción, me corrían las lágrimas por el labio superior todo estirado.

Este tipo de juego seguí cultivándolo incluso hasta los últimos años de mi infancia, es decir, hasta una época en que, obviamente, ya no podía exigir que los adultos me siguieran la corriente. Pero no echaba en falta que lo hicieran sino que, por el contrario, me complacía en la independencia y autosuficiencia del poder de mi imaginación. Por ejemplo, una mañana me despertaba decidido a ser un príncipe de dieciocho años llamado Karl, y la fantasía me duraba todo el día, es más: varios días; pues la inestimable ventaja de semejante juego era que no hacía falta interrumpirlo en ningún momento, ni siquiera durante las tan tediosas horas de escuela. Así pues, en mi papel de encantador príncipe de algún lugar imaginado, dialogaba en tono ya sereno ya acalorado con algún gobernador o algún ayudante de campo, y nadie alcanzaría a describir el orgullo y la dicha con que me colmaba el secreto de mi refinada y egregia existencia. ¡Qué magnífico don no será la fantasía, y qué placer logra regalarnos! ¡Qué tontos y desafortunados me parecían los otros niños de nuestra pequeña ciudad, a quienes evidentemente no les había sido concedida esta capacidad y, por lo tanto, no podían participar de las calladas alegrías que me proporcionaba a mí sin esfuerzo alguno, con algo tan fácil como desearlo y decidirlo! Claro, a aquellos muchachos corrientes de pelo duro y manos rojas les hubiera resultado muy difícil, además de ridículo, intentar imaginarse como príncipes. Yo, en cambio, poseía un cabello suave como la seda, muy raro de encontrar en el género masculino; y como además era rubio, eso, sumado a mis ojos azul grisáceo, contrastaba de forma cautivadora con el tono dorado de mi piel: en realidad, cabía dudar si yo era rubio o castaño, pudiendo calificárseme de ambos modos con igual derecho. Mis manos, que desde muy pronto empecé a cuidarme mucho, sin ser demasiado delgadas tenían una forma agradable, nunca sudorosas sino siempre calientes en su justa medida, secas, con unas uñas bonitas...; en fin, un gozo en sí mismas; mi voz, ya antes de que cambiase, tenía algo que embelesaba el oído, de modo que cuando estaba a solas me recreaba escuchándola en felices parlamentos con mi gobernador imaginario, que acompañaba de ampulosos gestos y que, por cierto, formulaba en una verborrea inventada carente de todo sentido. Este tipo de dones individuales suelen ser cosas imponderables que tan sólo pueden determinarse por sus efectos, muy difíciles de describir con palabras incluso poseyendo un talento extraordinario para ello. En cualquier caso, yo no podía ignorar que estaba hecho de una materia más noble o, como suele decirse, tallado de una madera más fina que los demás, y aquí no temo en absoluto el reproche de ser arrogante. Me es del todo indiferente que esta o aquella persona me acuse de vanidoso, pues habría de ser un estúpido o un hipócrita si pretendiera pasar por un tipo del montón; así pues, para hacer valer la verdad, repito que estoy tallado de la madera más fina.

Como crecí en soledad (pues mi hermana Olimpia es varios años mayor), tendía a entretenerme con rarezas y fantasías, de las que acto seguido ofrezco dos ejemplos. En primer lugar, había caído en un afán casi maniático de poner a prueba y analizar en mi propia persona la fuerza de voluntad humana, esa fuerza misteriosa y a menudo capaz de lograr efectos casi sobrenaturales. Como es sabido, las pupilas de nuestros ojos, en sus movimientos, que consisten en su contracción o dilatación, dependen de la intensidad de la luz que reciben. Bien, pues a mí se me metió entre ceja y ceja someter ese movimiento automático de unos músculos independientes a mi voluntad. De pie ante el espejo y procurando vaciar mi cabeza de todos los demás pensamientos, concentraba toda mi fuerza interior en las pupilas para cerrarlas o abrirlas cuando quisiera, y mis tenaces ejercicios, doy fe de ello, finalmente se vieron coronados por el éxito. Al principio, este control interior de las pupilas que me hacía romper a sudar e incluso mudar el color se limitaba a un temblor irregular; más adelante, sin embargo, realmente llegó a estar en mi poder contraerlas hasta convertirlas en puntitos diminutos o dilatarlas para que formasen dos grandes círculos negros como dos espejos, y la satisfacción que me procuró este logro fue de naturaleza casi aterradora y vino acompañada de un escalofrío ante los misterios de la naturaleza humana.

Otra sutileza que por entonces también entretenía mi espíritu y que incluso aún hoy conserva todo su sentido y su encanto consistía en lo siguiente. «¿Qué es más provechoso –me preguntaba–, ver el mundo pequeño o verlo grande?» Y con esto quería decir lo siguiente: los grandes hombres, pensaba, los generales, los principales hombres de Estado, los conquistadores o gobernantes de todo tipo, todos aquellos que se elevan notablemente por encima de los demás hombres, deben de estar hechos de tal forma que el mundo les parece pequeño como un tablero de ajedrez, pues si no tampoco tendrían la frialdad y la falta de miramientos necesarias para llevar a cabo sus planes globales con tanta audacia y sin preocuparse por el bien o el mal de los individuos. Por otra parte, esta forma de ver las cosas como si fueran pequeñas sin duda también puede conducir a que uno no llegue a nada en la vida; pues quien tiene en poco o en nada el mundo y a los hombres y pronto se convence de su insignificancia tenderá a caer en la indiferencia y la pereza para preferir, en actitud de desprecio, la inactividad absoluta a cualquier efecto sobre las almas, eso al margen de que su insensibilidad y su falta de implicación y de esfuerzo ofenderán en lo más hondo a ese otro mundo que sí actúa con seguridad en sí mismo, y así también cortarán las alas a posibles éxitos no intencionados. «Entonces –me preguntaba yo–, ¿es más conveniente ver en el mundo y en el ser humano algo grande, magnífico e importante, que merece cualquier afán, cualquier esfuerzo que contribuya a alcanzar cierto respeto y cierta estima en él?» Como argumento en contra pesaba que, con esta manera de ver las cosas grandes y con respeto, es fácil acabar subestimándose y acoquinándose, de suerte que, ante el muchachito apocado por el temor, el mundo pasa de largo con una sonrisa para buscarse amantes más viriles. Ahora bien, por otro lado, esta credulidad y esta actitud devota ante el mundo también ofrecen grandes ventajas. Pues quien considera todas las cosas y a los seres humanos como algo pleno e importante, no sólo halagará con ello a más de uno y así se garantizará su apoyo, sino que también llevará a cabo todos sus pensamientos y acciones con una seriedad, una pasión y una responsabilidad que, además de convertirle en alguien importante y digno de ser amado, pueden conducirle a los mayores éxitos y las más felices acciones. Así especulaba yo, sopesando los pros y los contras. Por cierto, de manera involuntaria y acorde con mi naturaleza, siempre he optado por la segunda posibilidad, y he considerado el mundo como un fenómeno grande e infinitamente atractivo que nos ofrece las dichas más dulces y que se me ha antojado siempre, en grado sumo, digno y merecedor de todo esfuerzo y afán.

Capítulo tercero

Capítulo tercero

Si este tipo de experimentos intelectuales y especulaciones eran idóneos para aislarme interiormente de los chicos de mi edad y los compañeros de escuela de mi ciudad, que recurrían a otros entretenimientos más corrientes, a ello se añadía que aquellos muchachos, hijos de funcionarios o de propietarios de viñedos, recibían la advertencia expresa de sus padres –como pronto hube de constatar– de que tuvieran cuidado conmigo y se alejaran de mí; es más, uno de ellos, a quien hice un intento de invitar, me dijo a la cara y sin tapujos que le habían prohibido tratarse conmigo y visitar mi casa porque no éramos gente respetable. Eso me dolió y tuvo como consecuencia que comencé a ver como deseable un trato que, de otro modo, no me hubiera importado nada. Eso sí, no se podía negar que la opinión que tenían en la ciudad de nuestra casa tampoco carecía de cierto fundamento.

Más arriba hice una breve alusión a las complicaciones que trajo consigo la presencia de aquella señorita de Vevey en nuestra vida familiar. De hecho, mi pobre padre buscó los amores de aquella joven y al parecer consiguió su objetivo secreto, y así surgieron ciertas diferencias de opinión entre él y mi madre, a consecuencia de las cuales mi padre se marchó varias semanas a Maguncia para llevar allí una vida de soltero, como solía hacer de vez en cuando para reconfortarse. Cierto es que mi madre, una mujer insignificante de dotes intelectuales nada sobresalientes, no tenía ninguna razón para tratar a mi pobre padre con tanto rigor, pues ni ella ni mi hermana Olimpia (una criatura gorda y carnal –en todos los posibles sentidos– que más adelante se dedicaría, con no poco éxito, a la opereta) le iban a la zaga, ni mucho menos, en lo que a debilidad humana respecta; sólo que la frivolidad de mi padre siempre encerraba también una cierta gracia, de la que carecía por completo el burdo afán de divertirse de ellas. Madre e hija vivían juntas en una intimidad muy peculiar, y me acuerdo, por ejemplo, de haber observado cómo la mayor le medía a la más joven el perímetro del muslo con una cinta métrica, acto que me costó varias horas de reflexión. En otra ocasión, en una época en la que yo ya tenía cierto conocimiento intuitivo de esas cosas aunque todavía me faltaran las palabras, fui testigo, sin que me vieran, de cómo abrumaban con pícaros intentos de acercamiento a un joven aprendiz de pintor de brocha gorda que teníamos empleado en la casa, un chico de ojos oscuros y delantal blanco, y hasta tal punto le calentaron la cabeza que al final el pobre muchacho sufrió una especie de ataque de rabia y, con un bigote verde que le habían pintado con óleo, persiguió hasta el secadero a las dos féminas, que gritaban y chillaban.

Como mis padres se aburrían el uno con el otro hasta la amargura, muy a menudo recibíamos visitas de Maguncia y Wiesbaden, y entonces todo era derroche y desvarío en nuestra casa. Eran grupos heterogéneos, compuestos por unos cuantos jóvenes fabricantes, artistas del teatro de ambos sexos, un teniente de infantería enfermizo que más adelante incluso llegó a pedir la mano de mi hermana, un banquero judío y su esposa, que desbordaba de forma espectacular el vestido cuajado de adornos de azabache que llevaba, un periodista con chaleco de terciopelo y un rizo en la frente que cada vez venía con una pareja distinta, y otros más. Por lo general se reunían a cenar a las siete, y después la juerga, la música de piano, el baile arrastrado, las risas, los chillidos y los correteos y persecuciones con frecuencia se prolongaban toda la noche. Sobre todo en la época de carnaval y de la vendimia, las olas de la diversión llegaban a lo más alto. Entonces, mi padre encendía con sus propias manos unos fuegos artificiales magníficos en el jardín, pues era un gran experto y muy hábil con su técnica; una luz mágica iluminaba los enanitos de piedra, y las caprichosas máscaras que la gente traía a la fiesta relajaban el ambiente todavía más. Por entonces me obligaban a ir a la escuela, estaba en los últimos cursos de la escuela secundaria profesional, y cuando a la mañana siguiente entraba en el comedor para tomarme el desayuno a las siete o siete y media, con la cara recién lavada, aún encontraba allí a los invitados, pálidos, ajados y con unos ojillos que apenas toleraban la luz del día, ante sus cafés y sus licores, y me acogían entre ellos con grandes efusiones.

De adolescente me permitían estar presente en la mesa y en las ulteriores diversiones, igual que a mi hermana Olimpia. En casa se cuidaba la buena mesa a diario, y mi padre siempre bebía champán a la hora de comer, mezclado con soda. Además, en las reuniones de sociedad se servían largas hileras de viandas que preparaba con sumo refinamiento un chef de Wiesbaden con ayuda de nuestra cocinera, y entre las cuales se intercalaban otros platos refrescantes, picantes o fríos, para restituir el apetito. El Lorley Extra Cuvée fluía a raudales, pero también se veían en la mesa numerosos vinos buenos, como por ejemplo el Bernkastler Doktor, cuyo aroma me gustaba especialmente. En mi vida posterior conocería y aprendería a pedir con gesto desenfadado otras marcas más distinguidas, como el Grand Vin Château Margaux y el Grand Cru Château Mouton Rothschild, dos elegantes caldos.

Me gusta evocar la imagen de mi padre, sentado a la mesa con su perilla blanca y su barrigón envuelto en un chaleco de seda blanca. Tenía una voz débil y a menudo bajaba los ojos con gesto avergonzado, pero lo que no podía ocultar era su cara de placer, colorada y brillante. «C’est ça», decía, «épatant», «parfaitement», y con escogidos movimientos de las manos, cuyos dedos tenían las puntas curvadas hacia arriba, cogía las copas, la servilleta, los cubiertos. Mi madre y mi hermana se dejaban llevar por una gula anodina y de cuando en cuando, ocultándose tras sus abanicos, cuchicheaban entre risitas con sus vecinos de mesa.

Después de cenar, cuando el humo de los cigarros flotaba en torno a las arañas de gas, comenzaban el baile y los juegos de prendas. Avanzada la velada me mandaban a la cama, lógicamente, pero como la música y el jaleo no me dejaban dormir yo solía volver a levantarme, me enrollaba mi manta de lana roja por encima y con tan favorecedor disfraz regresaba a la fiesta y me unía al jolgorio de las mujeres. Los incontables refrescos y tentempiés, los ponches, limonadas, ensaladillas de arenques y gelatinas de vino enlazaban con el café de la mañana. El baile era relajado y sensual, los juegos de prendas brindaban una excusa para los besos y otros escarceos del cuerpo. Las mujeres, con vistosos escotes, se inclinaban riendo por encima de los respaldos de las sillas dejando a la vista la panorámica de sus pechos con el fin de ganarse a los caballeros, y con frecuencia el punto culminante de todo aquello era la broma de que de pronto se cortaba el gas, tras lo cual se formaba siempre una algazara inenarrable.

Estos acontecimientos sociales eran la causa principal de que en nuestra pequeña ciudad se tachara nuestra casa de «sospechosa», y, según llegó a mis oídos, en lo que más se fijaban era en el aspecto económico del asunto, y murmuraban (y no les faltaba razón) que los negocios de mi pobre padre marchaban desesperadamente mal y que aquellos fuegos artificiales y cenas tan costosos iban a darle el golpe de gracia como empresario. A esta desconfianza colectiva que mi sensibilidad no tardó en captar se le sumaban, como ya he mencionado, ciertas peculiaridades de mi carácter, y todo ello me llevaba a un aislamiento que a menudo me causaba pesadumbre. Mucho más grata me resultó una experiencia que me permito introducir aquí con especial gusto.

Tenía ocho años cuando los míos y yo fuimos a pasar varias semanas de verano a la célebre localidad vecina de Langenschwalbach. Mi padre tomaba allí baños de barro contra los ataques de gota que padecía de vez en cuando, y mi madre y mi hermana daban que hablar en el paseo por las exageradas formas de sus sombreros. El círculo social en que nos movíamos allí, como en otros lugares, no era el más venerable. Los que residían en los alrededores nos evitaban, como de costumbre; los veraneantes distinguidos se hacían de rogar y se mostraban fríos, pues así lo manda la propia distinción, y, claro, la gente que al final se mostraba dispuesta a confraternizar con nosotros no era precisamente la más fina. A pesar de todo, yo me sentía a gusto en Langenschwalbach, pues siempre me han encantado las estancias en balnearios, y más adelante habría de convertir este tipo de lugares en el escenario de mis acciones. La tranquilidad, el tipo de vida ordenada y a la par despreocupada, la visión de gente de alta cuna, tan cuidada, en los campos de deporte y en los jardines, corresponden a mis deseos más profundos. Pero lo que mayor poder de seducción ejercía sobre mí eran los conciertos que una orquesta muy bien afinada ofrecía a diario a los huéspedes del balneario. La música me entusiasma, es más, aunque nunca he tenido ocasión de aprender a hacer música de ningún tipo, esta arte soñadora tiene en mí a un amante fanático, y ya de niño era incapaz de alejarme del bonito pabellón donde aquella tropa de elegante uniforme tocaba sus popurrís y sus fragmentos de ópera bajo la batuta de un maestro de capilla bajito y con aspecto de gitano. Me pasaba horas sentado en los escalones de aquel encantador templo del arte, dejando que la magia de las guirnaldas de sonidos organizados con suma gracia hechizara mi corazón y, al mismo tiempo, mis ojos ansiosos por no perder ni un solo detalle seguían los movimientos de los músicos al tocar sus respectivos instrumentos. Sobre todo me fascinaba el violín, y luego, en casa y en el hotel, me deleitaba y deleitaba a los míos remedando los gestos del primer violinista en un instrumento hecho con dos palos, uno largo y uno corto. El vibrato de la mano izquierda para obtener un sonido expresivo, la ligereza al deslizarla diapasón arriba y abajo cambiando de posición, la agilidad de los dedos en pasajes y cadencias de virtuosismo, la flexible y delicada curvatura de la muñeca derecha al mover el arco, la expresión de concentración plena en la escucha y afinación del sonido, con la mejilla inclinada...; yo era capaz de imitar todo aquello con una perfección que cosechaba los aplausos más calurosos, sobre todo por parte de mi padre. Éste, de buen humor por la beneficiosa influencia de los baños, un día se lleva aparte al maestro de capilla, aquel tipo melenudo de voz muy ronca, y maquina con él la siguiente broma. Consiguen un violín pequeño muy barato y, con gran esmero, untan todo el arco con vaselina. Mientras que a mi persona no le hacen nada especial, compran ahora en un bazar un lindo trajecito de marinero con cordón y botones dorados, unas medias de seda y unos brillantes zapatos de charol a juego. Así pues, un domingo por la mañana, a la hora del paseo por el balneario, me encuentro junto al maestro de capilla bajito en el escenario del templete de música y participo en la ejecución de una pieza de danza húngara en la que, con mi violincillo y mi arco untado de vaselina, hago exactamente lo mismo que hacía con los dos palos. Doy fe de que mi éxito fue total.

El público, tanto el más distinguido como el más sencillo, se congregaba ante el quiosco, llegaba gente de todos los lados. Estaban viendo a un niño prodigio. Mi entrega, la palidez de mi rostro concentrado, un mechón de pelo deslizándose por delante de un ojo, mis manitas infantiles, con las muñecas elegantemente enmarcadas por aquellas mangas azules muy anchas en los brazos y luego más estrechas..., en suma, todo el conjunto de mi imagen, tan conmovedora y extraordinaria, encandilaba los corazones. Cuando terminé la pieza con un largo y enérgico golpe de arco sobre todas las cuerdas, el estruendo de aplausos mezclado con gritos de «¡Bravo!» en distintas tesituras se adueñó de aquella zona del balneario. Me sacan en brazos –eso sí, después de que el maestro de capilla bajito ponga a buen recaudo el violín y el arco– y me bajan al suelo. Me bombardean con alabanzas, apodos cariñosos, carantoñas. Damas y caballeros de la aristocracia se agolpan alrededor de mí, me acarician el pelo, las mejillas y las manos, me llaman «demonio de chico» y «niño angelical». Una anciana princesa rusa, toda vestida de seda color violeta y con unos imponentes tirabuzones blancos sobre las orejas, me coge la cabeza entre sus manos llenas de anillos y me besa en la frente húmeda. A continuación, muy emocionada, se quita de una cinta del cuello un espectacular broche de diamantes en forma de lira y, sin parar de hablar en francés, me lo pone en la blusa. Se acerca mi familia; mi padre se presenta y disculpa los pequeños errores de mi interpretación apelando a mi corta edad. Me llevan a la pastelería. En tres mesas distintas me agasajan con chocolate y pastelillos de crema. Unos niños muy guapos, ricos y de la nobleza, los pequeños condes de Siebenklingen cuyo trato había buscado a menudo con gran anhelo, me piden muy graciosamente que vaya a jugar una partida de cróquet con ellos, y mientras nuestros padres toman café juntos acepto su invitación, acalorado y embriagado de dicha, con mi broche de diamantes en el pecho. Fue uno de los días más hermosos de mi vida, tal vez el más hermoso de todos. Se oyeron muchas voces pidiendo que repitiera mi concierto, y también la dirección del balneario fue a hablar con mi padre de ello. Pero mi padre explicó que sólo había dado su permiso aquella única vez como una excepción y que las repetidas apariciones en público no eran compatibles con mi posición social. Además, nuestra estancia en Bad Langenschwalbach tocaba ya a su fin...

Capítulo cuarto

Capítulo cuarto

Ahora hablaré de mi padrino Schimmelpreester, un hombre muy poco común. Para describir al personaje, diré que era bajo de estatura y que llevaba el cabello, prematuramente encanecido y ralo, con la raya justo por encima de una oreja y después todo peinado hacia el lado opuesto para tapar bien el cráneo. Su cara afeitada y de nariz ganchuda, labios apretados y unos descomunales lentes redondos de celuloide se caracterizaba, además, por estar deshabitada de ojos para arriba, es decir, no tenía cejas, y en conjunto revelaba la severidad y amargura con que él veía el mundo; sirva como ejemplo de esto que mi padrino interpretaba su apellido desde una perspectiva hipocondríaca muy especial. «La naturaleza –decía– no es más que podredumbre y moho, y a mí se me ha dado ser su sacerdote, por eso me llamo Schimmelpreester.[3] Ahora bien, por qué mi nombre de pila es Félix, eso ya sólo lo sabe Dios.» Era oriundo de Colonia, donde en tiempos había frecuentado las casas más ilustres y ocupado un cargo muy destacado en la organización del Carnaval. Pero por determinadas circunstancias o sucesos jamás esclarecidos, se había visto obligado a salir por pies de allí y se había retirado a nuestra pequeña ciudad, donde muy pronto, varios años antes de mi nacimiento, se había convertido en amigo íntimo de mi familia. Invitado habitual e insustituible de nuestras célebres cenas, disfrutaba de gran estima por parte de todos. Las damas chillaban y levantaban los brazos para intentar esconderse tras ellos cuando él, con los labios apretados, las escrutaba con la mirada a través de sus lentes de lechuza con esa mezcla de extrema atención e indiferencia con que se examina una cosa. «¡Ay, ay, el pintor! –gritaban–. ¡Cómo te mira! Es que lo ve todo, hasta el interior de tu corazón. ¡Piedad, profesor, y aparte esos ojos, por Dios!» Sin embargo, pese a lo mucho que lo admiraban, él mismo no tenía su profesión en gran estima y a menudo formulaba opiniones harto dudosas sobre la naturaleza del artista. «Fidias –decía–, también llamado Pheidias, era un hombre de un talento más que mediocre, como evidencia, para empezar, el hecho de que fuera acusado de robo y encerrado en la cárcel de Atenas; porque era culpable de sustraer parte del oro y el marfil que le habían confiado para su estatua de Atenea. Pericles, que lo descubrió, le ayudó a escapar de la prisión (con lo cual demostró ser un gran experto que no sólo entendía de arte sino, lo que es mucho más importante, también de la propia condición de los artistas) y así fue como el tal Fidias o Pheidias se fue a Olimpia, donde le encargaron el gran Zeus de oro y marfil. ¿Y qué hizo? Volvió a robar. Y en la cárcel de Olimpia se murió. Una mezcla chocante. Pero así es la gente. Sí valoran el talento, que de por sí es algo raro. Pero las demás rarezas que luego van unidas a ello (y tal vez es inevitable que sea así), de ésas no quieren saber nada y les niegan toda comprensión.» Hasta aquí las palabras de mi padrino. Recuerdo literalmente su declaración porque él la repetía a menudo con las mismas palabras.

Como ya dije, nos unía el afecto mutuo; es más, puedo decir que yo gozaba de un trato de favor especial, y cuando crecí hice a menudo de modelo para sus cuadros, lo que me deleitaba tanto más cuanto que para pintarme me ponía los trajes y disfraces más variopintos, de los que poseía una amplia colección. Su taller, una especie de almoneda con un gran ventanal, estaba en la buhardilla de una casita apartada de todo, a orillas del Rin, en la que vivía con una criada ya muy mayor, y allí es donde yo pasaba horas «posando», como él decía, sentado en un podio de factura burda mientras él, con el pincel o la espátula, trabajaba en su lienzo y creaba. Diré además que incluso posé varias veces desnudo para un gran cuadro de tema mitológico griego destinado a adornar el comedor de un vinatero de Maguncia. Con ello coseché muchos elogios por parte del artista, pues yo era de constitución muy armónica, como un joven dios: alto, de rasgos suaves y al mismo tiempo miembros fuertes, piel dorada y sin posible objeción en cuanto a la belleza de las proporciones.

Estas sesiones constituyen, cuando menos, un recuerdo particular. Aunque más entretenido era, en mi opinión, cuando me permitían disfrazarme, lo que no sólo ocurría en el taller de mi padrino. Pues a menudo, si tenía intención de venir a cenar a casa, previamente nos enviaba un fardo con prendas de colorines, pelucas y armas para que después de cenar yo me divirtiera probándomelas y así dibujar luego mi personaje en un posavasos de cartón, que era lo que más le divertía a él. «Si es que el chico está hecho para el disfraz», solía comentar, y con ello quería decir que todo me quedaba bien, cualquier disfraz se veía perfecto y natural en mi persona. Pues como quiera que me ataviase: de flautista romano, con túnica corta y peluca de rizos negros adornados con rosas; de noble inglés, con ajustado traje de satén, cuello de puntillas y sombrerito con pluma; de torero español, con chaquetilla de luces y sombrero cordobés; de joven abad de los tiempos de los pelucones empolvados, con solideo, alzacuello, sotana y sandalias; de oficial austriaco, con guerrera blanca y su correspondiente fajín y sable, o de campesino alemán de las montañas, con polainas de lana, zapatos claveteados y las típicas barbas de gamo adornando el sombrero verde..., siempre parecía, y así me lo confirmaba el espejo, que en verdad había nacido y estaba hecho para aquella indumentaria; siempre, a juicio de todos, ofrecía un ejemplo inmejorable del tipo de personaje que estaba representando; es más, mi padrino señalaba que mi cara, con ayuda del traje y la peluca, no sólo parecía asimilarse a los distintos estratos sociales y regiones sino también a las distintas épocas, pues cada una de ellas –como bien nos explicó– confería a sus hijos una serie de rasgos fisonómicos comunes; yo, en cambio, de ser ciertas las palabras de nuestro amigo, podía pasar por un cuadro contemporáneo, tanto en el papel de petimetre florentino de finales de la Edad Media como adornado con la pomposa masa de rizos que un siglo después distinguiría a los caballeros distinguidos. ¡Ay, qué maravillosas eran aquellas horas! Eso sí, cuando después volvía a ponerme mi ropa de diario, sencilla y anodina, me invadían una tristeza y una nostalgia incontenibles, un aburrimiento infinito e indescriptible que me hacía vivir el resto de la velada de pésimo humor y en un profundísimo abatimiento mudo.

Hasta aquí, por ahora, llega mi relato sobre Schimmelpreester. Más adelante, al final de mi agotador currículo, este hombre extraordinario habrá de intervenir decisivamente en mi destino y salvarme...

Capítulo quinto

Capítulo quinto

Explorando mi alma en busca de otras impresiones de juventud, debo rememorar el día en que por primera vez me permitieron acompañar a los míos al teatro a Wiesbaden. Por cierto, aquí he de mencionar que en el relato de mi juventud no me atengo, temeroso, al orden cronológico estricto, sino que trato este período de mi vida como un todo en el que me muevo a voluntad. Cuando posaba de dios griego para mi padrino Schimmelpreester tenía entre dieciséis y dieciocho años y, por tanto, ya era casi un joven, aunque iba muy retrasado en la escuela. Mi primera visita al teatro, en cambio, data de años anteriores, de cuando tenía catorce; con todo, era una época en la que mi madurez física e intelectual (como desarrollaré en breve) ya estaba bastante avanzada y mi receptividad a todo tipo de impresiones incluso podía considerarse especialmente despierta. De hecho, las observaciones de aquella noche quedaron grabadas en lo más hondo de mi ser, y han sido motivo de infinitas reflexiones.

Antes habíamos ido a un café vienés donde tomamos ponche dulce mientras mi padre sorbía absenta por una pajita, y todo eso ya se prestaba a causarme una gran excitación. Pero ¡quién podría describir la fiebre que se apoderó de mi persona cuando un coche de punto nos llevó hasta el destino de mi curiosidad y entramos en la sala iluminada! Las mujeres en los palcos abanicándose el pecho; los caballeros aprovechando la coyuntura de la charla para inclinarse hacia ellas; el rumor de la multitud en la platea, de la que formábamos parte; los perfumes que emanaban de los cabellos y los trajes y que se mezclaban con el olor a gas de las lámparas; la suave confusión de sonidos de la orquesta al afinar sus instrumentos; las suntuosas pinturas del techo de la sala y del telón, que representaban a un tropel de geniecillos desnudos, cascadas enteras de rosados escorzos..., ¡qué idóneo era todo aquello para despertar los sentidos de un adolescente y preparar el espíritu para experiencias extraordinarias! Yo no había visto una concentración similar de gente en un recinto noble y fastuoso más que en la iglesia, y de hecho el teatro, ese espacio tan solemnemente estructurado donde, en una parte elevada y transfigurada, una serie de personas selectas, con trajes de colores y envueltas en música, ejecutan los pasos y bailes, diálogos, cantos y acciones que les corresponden...; de hecho, decía, el teatro me pareció una iglesia de la diversión, un lugar en el que las personas necesitadas de edificación, congregadas en la sombra frente a una esfera de claridad y de perfección, alzan la mirada con la boca abierta hacia los ideales de su corazón.

Representaban una obra de género menor, una obra inspirada por una musa ligera de ropa, por así decirlo, una opereta cuyo nombre, para mi gran disgusto, he olvidado. La acción se desarrollaba en París (detalle que levantó muchísimo el ánimo de mi pobre padre), y el personaje central era un joven holgazán o quizás un agregado de embajada, un fascinante donjuán rompecorazones, papel que representaba la gran estrella del teatro, un cantante muy, muy apreciado llamado Müller-Rosé. Me enteré de su nombre por mi padre, quien tenía el placer de conocerlo, y su imagen vivirá para siempre en mi memoria. Es de suponer que ahora estará viejo y cascado, como yo mismo; y sin embargo, la manera en que consiguió cegar, extasiar a la masa y a mí mismo, figura entre las impresiones decisivas de mi vida. Digo «cegar», y un poco más adelante explicaré la fuerte carga de sentido que encierra aquí esta palabra. Por lo pronto, intentaré retratar la imagen de MüllerRosé en el escenario a partir de mis vivos recuerdos.

En su primera aparición iba de negro y, sin embargo, era puro esplendor. Según la trama, venía de algún lugar de reunión propio de su vida disoluta y estaba un poco borracho, y Müller-Rosé imitaba ese estado dentro de unos límites agradables, de suerte que hacía que pareciera más bello y noble. Llevaba una capa negra con forro de satén, zapatos de charol y pantalones de frac negros, guantes blancos de cabritilla y, sobre el cabello brillante, con la raya marcada hasta la nuca como mandaba la moda militar de entonces, un sombrero de copa. Todo ello era perfecto, todo le sentaba a las mil maravillas, y se veía tan planchado e impoluto que en la vida real no hubiera durado ni un cuarto de hora, como si no fuera de este mundo, por así decirlo. Sobre todo el sombrero de copa, que llevaba ladeado sobre la frente de forma desenfadada, era verdaderamente la imagen soñada y el paradigma de los sombreros, sin la menor mota de polvo ni la menor arruga, adornado con purpurina, parecía pintado..., y con él hacía juego la cara de aquel ser superior, una cara que parecía hecha de la cera más fina. Era de un suave color rosado, con unos ojos almendrados perfilados en negro, una naricilla corta y recta y una boca roja como el coral sobre cuyo labio superior, de contornos coquetamente curvados y también muy bien perfilados, destacaba un bigotito tan perfecto que se diría medido a compás y trazado con un pincel. Haciendo unas eses mucho más ágiles que las de cualquier borracho de la cruda realidad, entregaba sombrero y bastón a un criado, se desprendía de la capa y se quedaba con el frac, de pechera blanca muy plisada y en la que brillaban unos botones de diamante. Hablando y riendo con voz cristalina, se quitaba también los guantes; entonces vimos que el dorso de sus manos era blanco como la harina y que también llevaba adornos de diamantes, mientras que las palmas eran tan rosadas como el rostro. Desde uno de los lados del proscenio, tarareaba el primer verso de una canción que describía la frivolidad y alegría de su vida de diplomático y donjuán; luego, con los brazos abiertos en gesto de felicidad y chasqueando los dedos, bailaba hasta el otro extremo para cantar desde allí el segundo verso, y luego hacía mutis con el fin de que los aplausos le hicieran volver a salir y cantar el tercer verso desde la concha del apuntador. Luego se sumergía en la acción con graciosa desenvoltura.

Por lo que se deducía de la obra, era muy rico, lo cual ya otorgaba un gran encanto a su personaje. A medida que avanzaba la trama, se le veía con distintos atuendos: con un traje de deporte blanco como la nieve y con cinturón rojo, con un vistoso uniforme de fantasía...; incluso, en un determinado momento de la trama tan peliagudo que cortaba la respiración, llegaba a quedarse en calzoncillos, de seda azul cielo. Se le veía en situaciones que requerían audacia, soberbia, espíritu aventurero sin miedo a la adversidad: a los pies de una duquesa, cenando con champán entre dos imponentes muchachas de vida alegre, con una pistola en la mano dispuesto a batirse en duelo con un rival tonto de remate. Y ninguno de aquellos elegantes entuertos hacía la más mínima mella en su apariencia perfecta, nada le arrugaba el traje, nada le hacía perder una sola motita de purpurina, nada causaba un desagradable rubor en su tez rosada. Su actuación, constreñida y a la vez estimulada por las imposiciones de la música, por las formalidades teatrales, y al mismo tiempo libre, audaz y llena de frescura dentro de los límites permitidos, tenía una gracia en la que no había lugar para lo descuidado o lo ordinario. Su cuerpo, hasta la última falange de los dedos, parecía imbuido de una magia que sólo puede definirse con el vago término de «talento» y que, como saltaba a la vista, a él le causaba tanto placer como a todos nosotros. Verlo agarrar el puño de plata de su bastón o meterse las manos en los bolsillos ya era un gozo; su manera de levantarse de un sillón, de inclinarse, de entrar y salir de escena revelaba una autocomplacencia que llenaba el corazón de alegría de vivir. Sí, eso era: Müller-Rosé derrochaba alegría de vivir..., usando aquí esta palabra para designar ese sentimiento, tan doloroso como placentero, mezcla de envidia, anhelo, esperanza y sed de amor, que despierta en el alma humana la visión de lo bello y lo feliz y perfecto.

El público de platea que nos rodeaba se componía de burgueses y burguesas, empleados de comercio, dependientas y caballeretes que prestaban su servicio militar anual, y aunque yo estaba fascinado hasta lo indecible por el espectáculo, también tenía curiosidad y sentido de la realidad suficiente como para mirar a mi alrededor, fijarme en los efectos de cuanto ocurría en el escenario sobre mis compañeros de diversión e interpretar las caras de quienes me rodeaban comparándolas con mis propios sentimientos. Aquellas caras mostraban una expresión de necedad y de embeleso. En los labios de todos se dibujaba la misma sonrisa de abandono embobado, y si en las jovencitas era más dulce y excitada, en las mujeres tenía como peculiaridad cierto aire de entrega lánguida y somnolienta, y en los hombres denotaba esa conmovida y devota complacencia con la que un padre sencillo mira a un hijo brillante cuya existencia se ha elevado notablemente sobre la suya propia y gracias al cual ven hechos realidad los sueños de su propia juventud. En cuanto a los empleados de comercio y los que prestaban el servicio militar, en sus caras alzadas todo estaba abierto al máximo: los ojos, los orificios nasales y las bocas. Y al mismo tiempo sonreían. «Si fuéramos nosotros quienes estuviéramos allá arriba en calzones –pensaban tal vez–, ¿cómo saldríamos airosos del paso? ¡Y con qué descaro y soltura maneja a tan exigentes muchachas de la vida alegre!» Cuando Müller-Rosé desaparecía de escena, todos dejaban caer los hombros y era como si se desvaneciera la fuerza que tensaba a la masa. Cuando, con un brazo alzado y manteniendo una nota aguda, el cantante avanzaba con victoriosas zancadas desde el fondo de la escena hasta el proscenio, los pechos se henchían hacia él hasta tal punto que crujían las costuras de las cinturillas de satén de las mujeres. Es más, toda aquella multitud sentada en la oscuridad parecía un gigantesco enjambre de insectos nocturnos que se abalanza mudo, ciego y dichoso sobre una llama resplandeciente.

Mi padre disfrutaba como un rey. Siguiendo la costumbre francesa, había entrado en la sala con el sombrero y el bastón. Nada más caer el telón, se puso el primero y se sumó al frenético aplauso mientras daba continuos y fuertes golpes en el suelo con el segundo. «C’est épatant!», dijo varias veces con voz queda y conmovida. Pero luego, al terminar la función, cuando salimos al pasillo y todo quedó atrás, mientras los empleados, exaltados y conmovidos, se marchaban a nuestro alrededor tratando de imitar al héroe de la velada en su manera de andar, de hablar, de contemplar sus manos rojas y de mover el bastón, mi padre me dijo: «Ven conmigo, vamos a darle un buen apretón de manos. ¡Por Dios, como si no nos conociéramos de sobra, Müller y yo! Estará encantado de volver a verme», y tras pedir a nuestras damas que nos esperasen en el vestíbulo, nos pusimos en marcha para saludar a Müller-Rosé.

En nuestro camino atravesamos, para empezar, el escenario vacío y el palco del director teatral, ya con la luz apagada, desde donde llegamos a una estrecha puerta de hierro entre bastidores. Aquella penumbra, con los tramoyistas trajinando aquí y allá, resultaba un tanto fantasmal. A un tipo bajito con librea roja que en la obra hacía el papel de botones y estaba por allí, sumido en sus pensamientos con un hombro apoyado en la pared, mi pobre padre, bromeando, le dio un pellizco en la parte más ancha de la hombrera y le preguntó por el camerino que buscábamos, tras lo cual él nos señaló el camino de pésimo humor. Atravesamos un pasillo encalado en cuya atmósfera viciada ardían las lámparas de gas. Al otro lado de varias puertas que daban al pasillo se oía regañar, reír y parlotear, y mi padre, con una sonrisa de felicidad, me indicó con el pulgar que tomara nota de aquellas realidades de la vida. Pero seguimos avanzando hasta la última puerta, en el recodo final y más estrecho del pasillo, y a ésta fue a llamar mi padre, acercando el oído hasta los nudillos. Dentro respondieron: «¿Quién es?» o «¿Quién diablos es?». No recuerdo bien la expresión, en tono vivo pero hosco. «¿Se puede?», preguntó mi padre, a lo cual respondieron que lo que se podía era más bien otra cosa que no es de recibo recoger en estas páginas. Mi padre sonrió inmóvil y avergonzado, y añadió: «Müller, soy yo, Krull..., Engelbert Krull. Nos permitirá pasar a estrecharle la mano, ¿no?». Entonces se oyó una risa en el interior y a continuación: «¡Hombre, pero si eres tú, el viejo juerguista de Krull! ¡Siempre dispuesto a divertirte! Espero –prosiguió cuando estábamos ya en el umbral de la puerta– que mi desnudez no ponga en peligro la salvación de sus almas». Entramos, pues, y una estampa de una repugnancia inolvidable se ofreció ante mis ojos de muchacho.

Sentado a una mesa sucia frente a un espejo polvoriento con pegotes de porquería estaba Müller-Rosé, con un calzoncillo de punto gris por toda vestimenta. Un hombre en mangas de camisa restregaba con una toalla la espalda del cantante, que parecía bañada en sudor, mientras él, con un trapo que ya rezumaba pomada de color, se frotaba la cara y el cuello para quitarse la gruesa y brillante capa de grasa que llevaba. La mitad de la cara seguía cubierta por aquel maquillaje que tan ideal apariencia de cera rosada le confería sobre el escenario, pero que ahora, de un rojo amarillento en realidad, choca ba hasta lo ridículo con la palidez lechosa de la otra mitad, ya desmaquillada. Como ya se había quitado la peluca castaña con la que representaba a su personaje del diplomático, pude comprobar que era pelirrojo. Uno de sus ojos aún estaba perfilado de negro y tenía un polvillo negro metálico y brillante pegado en las pestañas, mientras que el otro miraba a los visitantes ya desnudo, acuoso, desvergonzado y enrojecido por habérselo frotado. Todo aquello aún hubiera podido pasar, de no ser porque el pecho, los hombros, la espalda y los brazos de Müller-Rosé estaban plagados de granos. Eran unos granos repugnantes, de bordes rojos, a punto de reventar de pus, algunos sanguinolentos, y hasta el día de hoy un escalofrío me recorre todo el cuerpo al pensar en ellos. Y aquí quiero seña lar que nuestra capacidad de sentir asco es tanto mayor cuanto más vivo es nuestro anhelo, es decir, cuanto más vivo y más profundo sea nuestro apego al mundo y a cuanto éste nos ofrece. Una naturaleza fría que no ama, jamás podrá verse estremecida por el asco tal como yo lo sentí entonces. Pues, para colmo, en aquel cuarto excesivamente caldeado por una estufa de hierro se respiraba tal atmósfera –mezcla del tufo a sudor y a los vapores de los tarros, cajitas de lata y grasientas barras de maquillaje que invadían la mesa– que al principio no creí que pudiera resistir allí más de un minuto sin sentirme indispuesto.

Sin embargo, allí me quedé de pie, mirando, y no tengo ningún dato más que aportar sobre nuestra visita al camerino de Müller-Rosé. De hecho, debería reprocharme a mí mismo el haber tratado mi primera visita al teatro con tanto detalle por nada y dos veces nada, cuando estoy escribiendo mis memorias en primera instancia para mi propia diversión, y tan sólo en segunda para diversión del público. A la tensión narrativa y la proporción no les presto atención alguna, y dejo tales miramientos para esos autores que nada más se inspiran en su fantasía y se esmeran en crear bellas y equilibradas obras de arte a partir de un material inventado, mientras que yo me limito a plasmar mi propia vida particular y manejo estos datos según me parece. Así pues, cuando se trata de experiencias y acontecimientos a los que debo alguna lección o ilustración especial sobre mí mismo o sobre el mundo, me demoro largo rato y perfilo cada detalle con pincel muy fino, mientras que paso con mayor ligereza por lo que me es menos valioso.

Lo que hablaron aquella vez Müller-Rosé y mi pobre padre se ha borrado casi por completo de mi memoria, y probablemente se deba a que no me dio tiempo de prestarle atención. Pues la actividad que despierta en nuestra mente lo que captamos a través de los sentidos es, sin duda, mucho más fuerte que aquella suscitada por la palabra. Recuerdo que el cantante, por más que los aplausos de entusiasmo del público deberían haberle servido como prueba de su éxito, no paraba de preguntar si había gustado, en qué medida había gustado..., ¡y qué bien comprendía yo su desasosiego! Me acuerdo vagamente de algunos chistes de gusto vulgar que intercalaba en la conversación, como, por ejemplo, responder a no sé qué broma de mi padre con: «¡No se me ponga de morros, hombre!», para añadir a continuación: «Y hablando de morros, ¿qué le parece más sabroso, el morro o las manitas?». Pero, como ya he dicho, a esta y otras manifestaciones de su intelecto no les presté más que medio oído, pues todo mi esfuerzo y concentración se centraban en asimilar en mi interior la experiencia de mis sentidos.

De modo que este... –más o menos así barruntaba mi cabeza– este individuo sarnoso y pringoso es el ladrón de corazones por el que hace un rato bebía los vientos la masa gris... ¡Este gusano repugnante es la verdadera forma de la mariposa divina en la que, hace un instante, miles de ojos engañados han creído ver la realización de su sueño secreto de belleza, levedad y perfección! ¿No es exactamente como uno de esos bichos repulsivos que al caer el sol tienen la propiedad de brillar como por arte de magia? Pero la gente adulta y en general con experiencia de la vida, todos esos que de tan buen grado se han dejado encandilar, por no decir que se morían por él, ¿acaso no sabían que les estaban engañando? ¿O es que algún acuerdo tácito hacía que no tomaran el engaño por engaño? Esto último podría ser, pues bien pensado: ¿cuándo revela la luciérnaga su verdadera naturaleza, cuando revolotea en la noche de verano como chispa poética o cuando se retuerce en la palma de nuestra mano como ser vivo inferior e insignificante? ¡Guárdate de decidir una cosa u otra! Más vale que recrees en tu mente la imagen que has creído ver hace unos instantes: todo ese gigantesco enjambre de pobres polillas y mosquitos que se abalanzaba en silencio, presa de la locura, sobre la seductora llama. ¡Qué muestra de unanimidad, esa buena voluntad de dejarse seducir! Aquí reina, al parecer, una necesidad general que el propio Dios ha insuflado a la naturaleza humana y que las dotes de Müller-Rosé parecen colmar por completo. Aquí, sin duda, hallamos una institución imprescindible para que siga en marcha esa especie de gran casa, de gran máquina que es la vida, por cuyo mantenimiento trabaja y cobra el ser humano. ¡Cuánta admiración no merece por lo que hoy ha logrado y, al parecer, logra a diario! Domina tu asco y admite que él, aun notando y siendo consciente de sus granos repugnantes, ha sido capaz de presentarse ante la multitud con esa autocomplacencia tan embriagadora; es más, con la evidente ayuda de la luz y el maquillaje, la música y la distancia, ha logra do que esa masa viera en su persona el ideal de sus corazones, y gracias a ello los ha edificado y les ha dado vida.

¡Y admite aún más! Pregúntate qué es lo que ha llevado a ese payaso mequetrefe a aprender esa transfiguración nocturna de su propia persona. Pregúntate por los orígenes secretos de esa magia de la autocomplacencia que hace un rato penetraba y dominaba su cuerpo hasta las puntas de los dedos. Para responderte tan sólo necesitas recordar (¡porque ya lo sabes muy bien!) cuál es esa fuerza cuya dulzura no hay palabras capaces de describir y que hace brillar a la luciérnaga. Ten en cuenta que el hombre nunca se cansa de oír que ha gustado, nunca se cansa de que le aseguren que en verdad ha gustado muchísimo. El mero anhelo de su corazón por llegar a esa masa menesterosa le ha conferido el talento para sus artes; y si él les proporciona alegría de vivir y ellos a cambio lo alimentan con sus aplausos, ¿no es ésta una forma perfecta de simbiosis, un encuentro feliz, casi una boda, entre los deseos del uno y de los otros?