Contenido

Portada

Dedicatoria

1. Cuarenta días para que muera

2. Treinta y siete días

3. Treinta y cinco días

4. Treinta y cuatro días

5. Treinta y tres días

6. Treinta y dos días

7. Treinta y un días

8. Treinta días

9. Veintiocho días

10. Veintisiete días

11. Veintiséis días

12. Veinte días

13. Dieciséis días

14. Quince días

15. Seis días

16. Cinco días

17. Dos días

18. Doce horas para que muera

19. Cinco horas

20. Una hora

Un año después

Diecinueve años antes

Agradecimientos

Créditos

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Para Craig

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1
Cuarenta días para que muera

Estoy sentada en un banco, temblando de frío y hecha un ovillo, pero me da igual porque estoy entretenida. Tengo un lápiz y un bloc de dibujo en equilibrio sobre las rodillas, y me encuentro en un parque con vistas al edificio del Parlamento, junto a Jack, que está leyendo un libro. Estoy concentrada en mi dibujo, que no recrea las vistas. Es cierto que tengo unos cuantos Big Bens dibujados en el bloc, pero, por alguna razón, no parece que sea eso lo que acaba saliendo en esta hoja.

—Ya te queda poco, ¿no? —pregunta mi amigo—. A ver, tómate el tiempo que necesites, pero va a llover y... —Se vuelve y observa mi dibujo—. Vaya, vaya... ¿Una interpretación metafórica de las vistas?

—Exacto.

—O sea que Ella Black ha hecho que me congele en un banco durante una hora para poder dibujar a... Ella Black.

—No es Ella Black.

—Siento decírtelo, bonita, pero creo que es justo eso.

Miro el dibujo: se parece a mí, pero no soy yo. Ojalá Jack también fuera capaz de verlo, aunque no tiene mucho sentido esperar eso de él. Si se lo contara probablemente acabaría entendiéndolo, pero nunca se lo he dicho ni pienso decírselo. Se me escapa una risita nerviosa, y mi amigo también se ríe.

—¿Qué tal tu libro? —pregunto.

—Fabuloso, la verdad. El apocalipsis en todo su esplendor... Oye, ahora que lo dices, tienes razón, no se parece a ti del todo: eres tú pero con ojos de psicótica. ¿No crees? Eres tú pensando en algo que odias a muerte.

Miro a mi amigo. Intento controlar la respiración.

—Sí —digo—. Sí, tal cual. Es justo eso.

—No estarás pensando en mí, ¿verdad?

Me lo quedo mirando: rubio, de aspecto poco llamativo y uno de mis dos mejores amigos en este mundo... Bueno, uno de mis dos únicos amigos en este mundo. Me encanta su rostro. Me encanta que no tengamos secretos entre nosotros, aunque en realidad yo sé su mayor secreto y él no sabe el mío... Quizá yo tampoco lo sepa todo sobre él. No, seguramente no.

—Claro que no estoy pensando en ti, capullo —contesto, y en ese momento una gota de lluvia cae en medio de mi dibujo y emborrona la cara.

Cierro el bloc y Jack guarda su thriller apocalíptico, y los dos echamos a correr hasta un árbol grande. Nos refugiamos allí abajo, contemplando la lluvia y a la gente, que se protege con paraguas y capuchas y camina presurosa hacia sitios inimaginables, mientras nosotros nos quedamos esperando a que amaine un poco para poder ir andando hasta Trafalgar Square y, allí, coger el tren de vuelta a Kent.

Estamos a mitad de trimestre y nos hemos escapado a Londres. Hemos pasado la mañana yendo a galerías gratuitas y viendo arte, y luego hemos comprado unos libros y hemos ido a sentarnos al parque, donde yo he intentado dibujar las bonitas vistas, pero he acabado dibujándome a mí misma con ojos de psicótica. Sé por qué lo he hecho y me alegro.

Para cuando llegamos a la estación de Charing Cross, estamos en plena hora punta. Se nos ha hecho más tarde de la cuenta, y eso que he estado literalmente mirando uno de los relojes más famosos del mundo durante gran parte de la tarde.

—Hemos calculado fatal —dice Jack.

—Ya te digo.

Nos quedamos mirando el trasiego del vestíbulo. Hay un gran ajetreo, y no sólo por los trabajadores que cogen a diario el tren de regreso a sus casas (aunque sí son mayoría), sino también por los estudiantes que están a mitad de trimestre, como Jack y yo. Estudiantes que han ido a Londres para hacer turismo, y luego se han olvidado de que habría sido mejor que cogieran un tren de vuelta a casa antes o después de esta hora. Si pillamos el tren bueno, sólo nos llevará cuarenta minutos, aunque el trayecto será de lo más incómodo. Vivimos en una ciudad de la periferia, y a estas horas hay miles de personas que vuelven a casa.

Vamos por la mitad del trayecto cuando empieza a pitarme la cabeza. Voy de pie, separada de Jack por dos hombres de negocios que han subido en London Bridge y hacen como si siguieran trabajando. Uno va apretado contra mí, leyendo algún tostón financiero en su iPad. El otro va agarrado de una barra como si fuera un stripper y le fuese la vida en ello, mientras mantiene una conversación importantísima por el móvil sobre una reunión de accionistas. Me digo que me pita la cabeza porque voy de pie y estoy cansada y harta. Además, no puedo distraerme con el móvil porque ayer lo perdí. Tampoco puedo hablar con Jack, que está demasiado lejos. Tengo que vivir el momento presente, y todo está emborronándose por los bordes debido a que voy de pie y estoy cansada y harta. Me digo entre dientes que he de tratar de no perder la calma. A nadie le importa. Nadie se da cuenta.

Sin embargo, cuando ya vamos andando camino de mi casa, intuyo que la cosa va a empeorar. No debería haber hecho ese dibujo. Me pitan los oídos cada vez más, por mucho que estemos en la calle al aire libre, vayamos de la mano y todo parezca normal. Le he cogido la mano a Jack porque a veces me ayuda a tranquilizarme, y a él nunca le ha importado. Intento parar el pitido. Trato de utilizar la energía de mi amigo para recuperar la estabilidad.

Se vuelve más fuerte.

Se

vuelve

más y más fuerte.

Y aunque voy andando camino de casa y parezco normal, sé que no soy una chica normal y que necesito llegar a mi refugio. Tengo que llegar a mi cuarto y cerrar la puerta. Tengo que quedarme a solas ya.

Aprieto con más fuerza la mano de Jack, que me devuelve el gesto sin tener ni idea. La lluvia reciente ha oscurecido la acera y las nubes vuelven a agruparse, pero la puesta de sol está convirtiendo el cielo en un manto purpúreo y todo parece un cuadro.

Vete, por favor, digo para mis adentros. Vete, por favor. Si quieres, vuelve luego.

La otra hace que se me difumine la visión por los bordes; es su modo de decirme: NADA DE «LUEGO». AHORA.

—Bueno —le digo a Jack—, ahora tengo que terminar un boceto... —Intento respirar tranquilamente, parecer normal. Por la cara de mi amigo, yo diría que no ha notado nada raro. Aunque quizá sí lo nota, sobre todo después de lo de hoy, y no me comenta nada porque sabe que no quiero que lo haga.

—Por supuesto, no debo molestar a la artista ni un minuto más —dice, llevándose la mano a la frente con gesto dramático—. ¡Ella necesita pintar! ¡Vive para su arte!... ¿Estás intentando decirme que me largue?

—¿Te importa? De buen rollo, ya sabes...

La otra me presiona la cabeza por dentro. Debo conseguir que Jack se vaya. Ojalá pudiera contárselo, pero no soy capaz.

Y no soy capaz porque me falta valor. En la parte que ve de mí el mundo soy una blandengue, alguien fácil de acosar, fácil de ignorar. Ésa es mi mejor versión: no me atrevo a ponerme borde, sobre todo en momentos así, porque podría pasar cualquier cosa. Podría salirme de dentro la chica del dibujo y envenenarlo todo. Y eso sería el fin.

—Aunque puedes entrar un rato si quieres —añado, sintiendo que Bella está muy pendiente de todo lo que digo—. Y luego... en fin, luego, si quieres, te largas. Es que tengo que acabar un boceto, y ya sabes que no soy muy sociable cuando me pasa eso. El único que puede acercarse a mí es Humphrey.

Jack se ríe.

—Tienes demasiado consentido a ese gato —dice.

En este momento empieza a llover de nuevo, así que recorremos a la carrera el último tramo de cuesta hasta mi casa sin soltarnos las manos. Pasamos corriendo al lado de una mujer con el pelo enmarañado que intenta abrir un paraguas y de un hombre que va tirando de una bici con un crío detrás. El niño nos saluda y grita:

—¡Yupi, me estoy mojando!

Lo saludo con la mano libre y siento a Bella en la otra, apretando a Jack e intentando utilizar sus poderes para electrocutarlo, deseándole la muerte porque es normal y feliz y a ella eso le parece injusto.

De hecho, mi amigo no es normal ni feliz, pero cualquiera lo es comparado con Bella. Adoro a Jack. Él y Lily son mis mejores amigos. Todo el mundo cree que es mi novio, pero no es cierto: es más que eso. Tenemos una relación muy conveniente para los dos.

No quiero un novio de verdad. No creo que nunca vaya a querer tener pareja. Voy a un instituto de niñas pijas, y la mayoría de las chicas de los últimos cursos viven todo el rato por y para los chicos. Es penoso y me pone enferma, pero nunca he tenido el valor de decirles nada. De hecho, si intentara discutir con ellas, Bella saltaría y atizaría con un extintor a la doncella con cara de boba que tuviese más cerca, así que seguramente es mejor que me muerda la lengua.

A Jack le gusta mi lado bueno, que es el único que ve. A él le ha ido muy bien en muchos sentidos juntarse conmigo y, durante un tiempo, a mí me sirvió para subir de categoría y dejar de ser el blanco de las burlas. Aunque la cosa no duró mucho y las del instituto no tardaron en volver a meterse conmigo.

Nunca le he contado a Jack lo que me ocurre con mis compañeras de clase. Únicamente conseguiría que se preocupara por mí y se cabreara, y eso no sólo no serviría de nada, sino que además haría que él se sintiera un poco más desgraciado. Y yo quiero que mi amigo sea feliz. La única que sabe lo que pasa en el instituto es Lily, que hace lo que puede por impedirlo.

Cuando entramos en casa como una exhalación, nos encontramos a mi madre en medio del pasillo, disimulando y haciendo como si pasara por allí. Tiene algo en las manos y una sonrisa pícara de expectación.

Miro a ver qué es.

—¡Mi móvil!

Mamá sonríe de oreja a oreja y me lo tiende.

—Lo entregó alguien en comisaría —explica—. La policía me ha llamado y he ido a recogerlo. Creía que había perdido el mío también, pero al final ha aparecido. Cosas así te hacen recuperar la fe en la humanidad, ¿no?

Mi madre ha soltado ese comentario porque es lo típico que se dice, pero ella no necesita recuperar nada. Ni está de vuelta de todo ni es ninguna cínica, aunque sí que se pasa la vida intentando asegurarse de que estemos siempre a salvo y ve peligros por todas partes. Cojo el móvil y me apresuro a comprobar que está todo igual que cuando lo perdí ayer por la mañana en el centro.

No creo que mi madre haya curioseado en él. O eso espero.

Tengo a Bella en la cabeza, aclarándose la garganta, reclamando mi atención. La aparto a un lado.

Mi madre no tiene cara de haber descubierto nada preocupante sobre mi vida escolar. Está contenta de verme con Jack. Se desvive por mí y siempre está esperando mi regreso a casa porque soy toda su vida. Es un poco raro. Claro, tiene su lado bonito, aunque me sabe mal por ella, su vida debe de ser un tostón. A veces intento meterme en su piel, pero lo cierto es que soy incapaz. No creo que ella tenga un lado oscuro, la verdad.

Y sé que lo pasaría fatal si se enterase de lo que me ocurre. Por eso no pienso contárselo. Ahora mismo Bella está aporreándome el cráneo y tengo que salir de aquí.

En cuanto entramos por la puerta, mamá se pone a cerrar todos los pestillos y cerrojos. No creo que haya una casa más segura que la nuestra. Desde que tengo uso de razón, mi madre se ha dedicado a mantenerme a salvo casi como si fuera su profesión. Se siente obligada a garantizar mi seguridad en todo momento; permanentemente segura, siempre, en cualquier situación. Casi me hace gracia que se relaje cuando me encierro en mi habitación, teniendo en cuenta que ésa es justo la zona más peligrosa.

Jack le sonríe.

—¿Cómo está, señora Black? —le pregunta, haciéndose el niño educado—. Hoy la veo guapísima.

A ella le encanta, tiene a Jack en un altar. Quiere que nos casemos y le demos un montón de nietos. Por supuesto, tampoco tiene ni idea de que es imposible, y eso la hace más entrañable. Mascullo algo entre dientes porque tengo a Bella en la cabeza y ahora mismo no puedo hablar muy bien.

—¿Unas galletas? —nos ofrece—. Acabo de hacerlas. Calentitas y recién salidas del horno.

No pienso pararme a comer una galleta, pero sí voy a coger un puñado para Bella, por si luego le apetecen. A no ser que sean las de espelta y batata que preparó la semana pasada, que no podrían apetecerle a nadie ni regaladas.

—Oh, sí, me encantaría —dice Jack, que espera que sean las de pepitas de chocolate; lo conozco.

Mientras mi amigo va con mi madre a la cocina, yo sigo recto y me meto en el baño. Echo el pestillo, me apoyo en la puerta e intento respirar. Tengo que librarme de esos dos como sea. Dispongo sólo de unos minutos para conseguir que Jack se vaya. La cabeza me va a estallar. Veo puntos negros danzando a mi alrededor.

Me lo encuentro tonteando con mi madre en la mesa de la cocina. Les gusta ese rollo. Yo diría que a mi amigo le hace gracia, pero no sé a qué juega mamá. Ella le sonríe y coquetea y le cuenta cosas de su juventud, y él ríe justo cuando tiene que reír y le dice justo lo que ella quiere oír. A los dos les importa poco que me moleste o me deje de molestar y, aunque dan un poco de asco, me limito a poner los ojos en blanco y apartar la vista.

Las galletas son de jengibre y pasas. Están más o menos comestibles, así que cojo tres y las envuelvo en papel de cocina.

—Perdona, Jack... —digo y, ante la mirada complacida de mi madre, me acerco a él y le doy un beso en la cabeza—, pero tengo que ponerme a pintar. Te veo mañana.

Mi amigo sonríe.

—Claro. Te veo mañana, Ells. Ya me voy.

—Puedes que... —tercia mamá, aunque se interrumpe al ver mi mirada mientras salgo de la cocina.

Subo los escalones de dos en dos, jadeando. Cierro la puerta de mi habitación e intento recuperar el resuello. La cabeza me pita tan fuerte que no creo que pudiera oír ni siquiera una alarma de incendios o una sirena de alerta nuclear. A lo mejor está sonando alguna y no la percibo. Da igual. Me subo las mangas y me miro las delgadas cicatrices de los brazos. Me dan vergüenza. No pienso permitir que vuelva a pasar algo así.

Pórtate bien, le digo a Bella.

PÓRTATE BIEN, repite burlona. PÓRTATE BIEN. SIEMPRE «PÓRTATE BIEN»

Para ya, por favor.

PARA YA POR FAVOR. PARA YA POR FAVOR. PARA YA POR FAVOR.

Déjame en paz.

DÉJAME EN PAZ.

Déjame

en

paz.

DÉJAME.

No sé lo que es yo y lo que es ella.

Me cojo la cara entre las manos y grito en silencio, como en aquel cuadro. Lo único que quiero es ser normal.

Respiro entrecortadamente y presiono las palmas sobre la alfombra para sentir el suelo y saber que estoy en el momento presente, yo, aquí, en mi cuarto. Si algo he aprendido todos estos años es a fingir, pero cuando cierro mi puerta no tengo que seguir haciéndolo: puede salir todo fuera.

Saco los dibujos de debajo de la cama. Son meticulosos estallidos de horror. Están llenos de muerte, mutilación y pesadillas. Los ha dibujado Bella y le gusta mirarlos. Tal vez así pueda apaciguarla.

La llamo Bella porque es mi lado oscuro. Es Ella pero sin serlo. Es Bad Ella, Ella la Mala: Bella. Se me ocurrió hace unos años y me ayudó un poco, ya que antes de eso la llamaba directamente el Monstruo. Todo puede ser un poquito mejor cuando se le pone nombre. Y «Bella» suena mejor que «el Monstruo». Por entonces no sabía que Bella significaba «bonita»: mi Bella no tiene nada de bello. Es justo lo contrario. Aun así, para mí es Bella.

Está deseando adueñarse de todo mi ser; me paso la vida alerta, en una batalla continua, y a veces tengo que dejarla salir para evitar que todo estalle en pedazos. Me da miedo, pero después me siento tranquila, en paz, y creo que hasta soy feliz. Todo parece más estable, al menos durante un rato. Y es en esos momentos cuando hacemos los dibujos. Los miro ahora. Son a tinta negra: láminas enormes con detalles diminutos, en plan El Bosco, pero con cosas modernas aquí y allá. Aparecen niños decapitados, cuerpos desmembrados por todas partes... Todo es sangre y muerte. Nos lleva siglos pintarlos y, aunque espero que nunca los encuentre nadie, tengo claro que de momento es mi mejor obra.

Ahora no quiere verlos. LUEGO, me dice.

Me cuesta respirar. El pitido se vuelve más fuerte. Aprieto las manos contra la alfombra y hago un último esfuerzo. Humphrey está esperando, lo noto. Siempre aparece cuando viene Bella.

—Toma una galleta —digo a la desesperada, y desenvuelvo el papel de cocina y las dejo caer sobre la alfombra.

Cojo una y me la zampo en la boca, pero Bella la escupe porque ha visto algo mejor que una galleta.

Humphrey ha entrado en mi habitación con un pajarito aterrorizado entre las fauces. No sé cómo se las ha arreglado para que mi madre no lo vea; de lo contrario, habría gritado y lo habría ahuyentado. Es pequeñito, parece una cría. Me pregunto si lo habrá robado del nido, si su madre estará buscándolo.

Bate las alas e intenta volar, a pesar de que el gato le ha perforado el cuerpecillo con los dientes. Humphrey tiene estas cosas. Es más fan del Equipo Bella que del Equipo Ella. Él sabe de qué va todo esto.

Me acerco a gatas hasta el pajarito. El pitido se ha convertido en un sonido de fondo que me aísla del mundo cotidiano que me rodea. Noto cómo se va Ella y me convierto en Bella. Ella ha desaparecido, y eso está bien porque es penosa. Apenas puedo respirar cuando alargo el brazo para coger el martillo que Ella esconde bajo la cama. Es uno de esos martillos pequeños y casi parece un juguete inofensivo. Cuando mamá lo encontró, Ella le dijo que era uno de sus útiles de escultura, para clase de arte, y se lo tragó.

Cojo al animalillo por un ala y lo pongo encima de una redacción de historia que hay tirada en el suelo, encima de un libro de texto. Lo ayudo a mantenerse sobre sus patitas y lo acaricio con un dedo.

—Hola —susurro, y soy Bella de pies a cabeza.

Humphrey me mira de hito en hito. Está emocionado. Es un gato malo y nunca se ha molestado en disimularlo.

Se me acelera la respiración mientras miro fijamente a nuestra presa.

No oigo nada. Lo único que veo es el pájaro.

Y sé lo que voy a hacer. No lo habría colocado aquí ni habría sacado el martillo si no lo supiera. Sé lo que voy a hacer porque vivo para esto.

El mundo se ha oscurecido por los bordes, como en la foto de un fenómeno paranormal. Todo lo demás se ha desvanecido. Pájaro, libro, gato, martillo...

Bella.

Me dan ganas de vomitar, pero no como a todo el mundo. Esto no tiene nada de normal, salvo para mí.

Noto que el pájaro hace un amago de escapar, pero no volverá a volar: soy Bella y puedo hacer cualquier cosa. Tengo el poder de la vida y la muerte.

Levanto el martillo, lo mantengo unos instantes a la altura justa, saboreando cada segundo, y lo estampo contra el bicho.

Noto

cómo

cruje.

Veo

cómo

se

queda

hecho

puré.

Contemplo los restos. Me encanta hacer estas cosas.

—Gracias —le digo en voz baja al gato, que inclina la cabeza hacia mí, en plan «de nada», en plan «somos compinches».

Esto es lo que quiero. Me encanta ejercer el control. Quiero ser ella todo el tiempo; quiero hacer que deje de ser Ella Black para siempre y que yo pueda quedarme aquí en su lugar, en su cuerpo. Podría hacer lo que quisiera.

El ruido de fondo empieza a desvanecerse. Intento aferrarme a él.

No me gusta nada hacer estas cosas, dice la voz lastimera de Ella.

LÁRGATE.

Tengo miedo.

MENTIRA.

—¿Ella?

Esa voz lo desbarata todo y me hago pequeña, muy pequeña, hasta quedarme en nada.

El pitido ha vuelto, pero más suave. Soy Ella y estoy sentada en el suelo junto a la cama, enfrente de la puerta. Me lleva unos segundos volver en mí, saber que soy otra vez Ella y no Bella, y cuando lo consigo escondo el martillo bajo la cama y me pongo en pie. Me tiemblan las piernas y el corazón me late con tanta fuerza que debe de oírse en la planta baja.

Lily está en el umbral.

Miro alrededor, jadeando, inhalando grandes bocanadas de aire para espantar lo que queda de Bella. Estoy en mi habitación. Las paredes son rosa y azul, con pósteres de manga y mis dibujos de Río de Janeiro. Mi ropa está por el suelo. Hay un collage de fotos en las que aparecemos Lily, Jack y yo riendo, poniendo morritos en plan irónico y los tres cogidos por los hombros. Todo parece normal.

Todo

parece

normal.

Aunque sé bien que no tiene nada de normal.

No sé lo que ha visto mi amiga. No sé si ha visto cómo Bella levantaba el martillo y mataba al pájaro. Pero Bella ya no está aquí. Se ha ido. Lily no puede verla. No puede ver esto. No debe verlo. Aparto la oscuridad para que se vaya lejos, muy muy lejos.

Repito para mis adentros las palabras que me ayudan a volver en mí. Sólo funcionan cuando Bella ha hecho alguna de las suyas y casi ha desaparecido.

El universo, el universo, el universo, me digo.

El universo.

El universo.

Todo

el

universo.

Esta perspectiva cósmica es lo único que me sirve para librarme de Bella. Si pienso en el universo y en lo diminuta que soy, todo parece factible porque nada importa. Nada de nada. Ella no importa y Bella tampoco. Por desgracia, esto no impide que aparezca, sólo funciona cuando ya está a punto de irse.

Descubrí lo del universo sin querer. Tenía unos once años, y me encontraba en el baño de abajo luchando contra un demonio que por entonces entendía aún menos que ahora. Estaba apoyada contra la puerta cerrada y me puse a arrancar el empapelado de la pared porque no podía controlarme, necesitaba destruir algo. En cuanto lo hice, Bella empezó a desvanecerse, y entonces leí unos versos de un poema que sigue colgado en nuestro baño de abajo.

Puede que lo tengas claro o puede que no, pero no dudes de que el universo marcha como debería.

No dudes de que el universo marcha como debería.

El universo marcha.

Ese poema consiguió que Bella me dejara en paz. Ya lo he depurado hasta quedarme sólo con dos palabras: «el universo», que digo y repito una y otra vez.

Bella se ha ido.

Mis labios se mueven, pero creo que no está saliendo ningún sonido.

Tengo que ser simpática.

Sé simpática.

Sé normal.

Tengo

que

ser

normal.

Sonríe.

Tienes

que

sonreír.

—¡Vaya! Hola, Lily... —Aunque me tiembla la voz, parece que digo lo que se espera que diga—. Eh... ¡No entres!

Esto último lo grito al ver que cruza el umbral. Se detiene. Doy un paso hacia ella, pero me fallan las piernas y tengo que sentarme en la cama.

—Perdona, Ella. —Lily es un encanto; está descolocada porque le he gritado y yo nunca grito—. ¿Estás bien? Tu madre me ha dicho que podía subir. He venido porque, como estabas sin teléfono, quería que... —Mira hacia la cama y repara en el móvil—. Anda, ¿ya lo has recuperado?

—Sí. Recuperado. Ajá... —Sé normal—. Perdón —añado, articulando la palabra con cuidado e intentando decir lo que diría Ella—. El gato ha aparecido con un pájaro. Da mucha cosa, la verdad. Me he mareado y todo. Perdona, es mejor que no entres. He tenido que ahorrarle el sufrimiento y no... no me ha quedado más remedio que...

Me cuesta muchísimo volver a ser yo misma. Y cada vez es peor. Llegará el día en que no lo consiga. Llegará el día en que me quede atrapada en Bella. Eso es lo que ella quiere, pero yo no lo soportaría. No puede ocurrir por nada del mundo.

El pitido sigue disminuyendo hasta que por fin parece desvanecerse. Los bordes del mundo recuperan la nitidez.

—Ostras, qué movida —dice mi amiga.

Lily nunca lo entendería, y yo no pienso contárselo ya que, si lo hago, tal vez dejaría de ser mi amiga. Y la necesito. La necesito sí o sí. Muchas veces me ayuda a volver en mí, y eso que ni siquiera sabe lo que me ocurre.

—Oh, Ella, pobrecita. Tengo un pañuelo. Espera.

Avanza hacia mí. Humphrey se agazapa y, un instante después, echa a correr, se cuela entre sus piernas, sale del cuarto y se pierde escalera abajo.

Tiro de mi amiga para que se siente a mi lado en la cama y le cojo la cara entre las manos. No puedo permitir que vea lo que he hecho. Tener su pelo ensortijado entre los dedos me calma un poco. Ahora estoy con ella, con Lily.

—De verdad —le digo, mi cara a centímetros de la suya—. No mires. Tengo que limpiarlo... ¿Podrías bajar y pedirle una bolsa de plástico a mi madre?

Me ha entrado hipo. Son demasiadas cosas. Siempre he sabido controlar a Bella. Siempre he conseguido mantenerla apartada de Lily... Pero la cosa ha empeorado en los últimos días.

—Claro. Joder, Ella... Pobrecita.

Me pasa un brazo por los hombros y por un momento me apoyo en ella y oculto la cara en su hombro. Lleva el pelo suelto y me hace cosquillas en la mejilla. Permanezco así unos instantes y luego me obligo a apartarme.

Cuando sale de la habitación, me sujeto la cabeza entre las manos. Esto es un horror, no puedo seguir así. Jack ha debido de preguntarse por qué le he pedido que se fuera, y Lily ha entrado en la habitación y se ha encontrado con Bella aquí. La próxima vez será peor y acabará enterándose todo el mundo. No puedo pensar claro ni dejar de temblar, pero tengo que limpiar esto como sea. No puedo permitir que Lily o Jack acaben enterándose.

Ellos no pueden saberlo.

Ellos

no

pueden

saberlo.

Dejo al pobre pajarito aplastado donde está y lo envuelvo con la redacción de historia. Estoy temblando, y una pluma escapa del bulto. Aparto el libro de texto de una patada y empiezo a recoger las plumas sueltas, aunque está claro que para limpiar la alfombra voy a necesitar la aspiradora. Mamá estará encantada de verme utilizarla por iniciativa propia; así que todos contentos, aunque sólo sea por un rato.

Cuando Lily vuelve con la bolsa, meto dentro el pájaro en su ataúd de redacción, y luego las plumas que he logrado recoger.

—Bien, voy a lavarme las manos.

Lily cierra la bolsa con un nudo y la lleva abajo, y yo me encierro en el baño e intento respirar sosegadamente, sin resollar ni coger bocanadas tan profundas que me den mareos. Me lavo con bastante jabón. Luego me echo agua fría con jabón en la cara y me pongo crema hidratante para dejarla suave y tersa. Me quito el rímel de esta mañana. Inspiro y espiro. Dentro. Fuera. Dentro, bien hondo. Fuera, a fondo. Cierro los ojos. Me viene la imagen del martillo machacando al pájaro. Bella es feliz haciéndolo, y Bella es parte de mí.

No quiero que eso me haga feliz.

No quiero ser medio Bella.

No quiero que se haga fuerte dentro de mí de esta forma.

No quiero ser alguien que despachurra pajaritos con un martillo.

No quiero ser esa chica.

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2
Treinta y siete días

—¡Ella! —me llama Lily desde abajo.

Me he dado cuenta de que, desde lo que pasó el miércoles, ha estado rehuyendo mi habitación. Cojo el bolso y bajo corriendo la escalera, sonriendo y dispuesta a pasarme el día siendo simpática a más no poder.

—¡Hola! —la saludo. Entusiasmo a tope.

Lily sonríe.

—Qué guapa.

No es verdad, pero es un detalle por su parte.

—Tú sí que estás guapa. —Lleva unos vaqueros ceñidos y una camisa blanca y holgada—. Clásica y con estilo.

Al instante tengo la sensación de ir hecha un desastre, comparada con ella, con mis mallas y mi camiseta de manga larga. Me siento como una cría, pero no importa.

Lily es mi mejor amiga desde hace casi diez años, más de la mitad de nuestra vida. Nos hicimos amigas de verdad a los ocho, cuando nos emparejaron en una excursión del colegio y nos soltaron en medio del bosque con una lista de cosas varias que buscar. Nos alejamos cada vez más de la base. Yo quería perderme para ver qué pasaba (Bella también era joven por entonces, y lo suyo era sencillamente improvisar), y a Lily le pareció bien el plan porque le gustan las aventuras.

Aunque no salimos muy bien paradas, acabamos haciéndonos amigas.

Cuando entramos ahora en la cocina para despedirnos de mamá y papá, éstos dejan de hablar y ponen su mejor sonrisa falsa. Ojalá se pelearan sin tanto disimulo: se pasan la vida interrumpiendo sus discusiones susurradas en cuanto aparezco. Papá libra hoy porque estuvo de viaje hace poco, lo que significa que tienen un día más para sus siseos y sus broncas... Perfecto.

—¡Hola, chicas! —nos saluda mamá.

Mi padre levanta la vista del periódico como si hubiera estado absorto en su lectura. Bien podría tenerlo boca abajo, porque leer, no estaba leyendo, eso seguro.

—¿Todo bien? —pregunta.

Mamá está trajinando en los fogones, preparando algo. Ojalá alguna vez fuera ella la que lee el periódico mientras él cocina, pero no: ellos no son así, qué remedio. Me gustaría que mi madre se tomara un respiro a veces. En ocasiones papá se ofrece a ayudar, pero ella insiste en hacerlo todo; sólo nos deja poner la mesa o vaciar la compostera.

Sí, mi madre tiene una compostera de esas con lombrices, no es broma. Es como tener trescientas mascotas que se comen nuestras sobras y cagan compost. Me encantan. A veces aparto la tapa y las observo. En una ocasión, Bella intentó obligarme a echarles agua hirviendo por encima; tuve que subir corriendo a mi cuarto y destrozar uno de mis dibujos con un cúter para salvarlas.

Decía que mi madre está cocinando. Es alta y rubia, igual que yo antes (sigo siendo alta, pero por desgracia no me queda nada de rubia), y se le ilumina la cara al vernos aparecer.

—¿Os apetece un poco de crema, chicas? —nos pregunta.

—Es muy amable, pero tenemos que irnos ya a casa de Mollie —contesta Lily.

—Aunque huele muy bien —añado yo, mintiendo con descaro.

La crema de lentejas de mamá es tan espesa que puede utilizarse perfectamente para pegar papel pintado. Una vez incluso llegué a comprobarlo: la usé para colgar en la pared un dibujo, y ahí sigue todavía. Es de Humphrey acorralando a un ratón, y lo tengo a la izquierda de la ventana. Mi madre había salido, y Jack y yo estábamos haciendo el tonto. Me aposté con él a que el dibujo se quedaría pegado en la pared, y ya lleva varios meses. Acabamos llorando de risa. Jack es el mejor.

Mis padres intentan disimular, como si no estuviera más que claro que hemos interrumpido otra de sus peleas cuchicheadas, así que el ambiente no puede ser más tenso. Papá nos sonríe y vuelve una página del periódico. Por lo general, es más fácil convivir con él que con mi madre, porque va a lo suyo y me deja todo el espacio que necesito, que no es poco. Con mi padre puedo hablar de cosas y es capaz incluso de darme la razón. El otro día, dijo que el arte abstracto era una chorrada, pero yo le expliqué por qué se equivocaba y enseguida lo pilló y cambió de opinión.

—¿Vais a ver una peli? —pregunta ahora.

—Sí.

—Hoy toca Psicosis —apunta Lily.

—El motel Bates —dice mi padre.

Yo no respondo. Lily le da bola por las dos tarareando una versión de la música de la ducha, y mi padre hace el gesto de apuñalar, que dirige hacia mi madre.

Cogemos las bicis y nos vamos. Me encanta montar en bici. Hasta con el casco puesto se te mete el viento por el pelo. Me gusta sentir dolor en las piernas y la sensación de haber hecho algo bueno. A veces incluso consigo darle esquinazo a Bella a fuerza de pedalear.

Mientras sigo a Lily, que va con el casco y la melena sobresaliéndole por debajo, pienso que ha sido bastante extraño que papá y mamá no hayan protestado al verme salir de casa. Probablemente no han dicho nada para poder seguir con su discusión secreta. Siempre me he alegrado de que no se hayan divorciado como los padres de la mayoría de mis compañeros, ya que en ese caso habría preferido vivir con papá y, a juzgar por lo que he visto, lo más seguro es que me hubiese tocado quedarme con mi madre. Ahora, sin embargo, pienso que ojalá se separaran de una vez. Ya he cumplido los diecisiete y puedo elegir dónde vivir. No tengo ni idea de qué pasa ni por qué discuten, aunque lo último que querría es enterarme de que uno de los dos está teniendo una aventura, así que prefiero no meterme en sus asuntos.

Lily no ve a su padre desde que tenía ocho años, aunque él les sigue dando dinero. A mí me parecería un horror, pero ella dice que eso es lo único que conoce y que le va bien así, y no se puede negar que es más feliz que una perdiz.

Al cabo de un par de horas estamos en el salón gigante de Mollie y casi hemos llegado a la parte más emocionante de Psicosis. Siempre que visito esta casa me siento tensa, fuera de lugar; sé que si estoy aquí es porque me ha traído Lily. Mollie, las gemelas y mi amiga son todas de primera división, mientras que yo no soy más que una acoplada, de modo que me limito a estar calladita en el sofá mullido, al lado de Lily, con la pierna bien pegada a la suya, algo que me ayuda a relajarme, por mucho que me cueste admitirlo.

El padre de Mollie nos ha dejado un cuenco de Maltesers en la mesa hace apenas un minuto, y ya sólo queda la mitad porque me los he comido yo casi todos de lo nerviosa que estoy. Las demás están absortas en la peli y no se han dado ni cuenta. En fin, tendré que hacer más ejercicio para compensar. Por otro lado, seguro que Mollie se cabrea un montón cuando se entere de que he sido yo quien ha arramblado con los Maltesers.

Sé que no les gusto porque soy aburrida, asustadiza y torpe. Parezco una de ellas (o lo parecía), pero no lo soy. Cuando no la cago hablando es porque no hablo, y por regla general se limitan a ignorarme. Por lo menos no me odian, y eso ya es algo.

Mollie quiere estudiar cine, y está intentando ver todas las películas importantes de la historia para poder hablar de ellas en las entrevistas de acceso a las mejores universidades. Las demás las vemos con ella (bueno, les preguntó a Lily y las gemelas que si querían verlas también, y Lily me invitó a mí) porque el año que viene iremos todas a la universidad, y a ellas les encanta la idea de dar la imagen de cinéfilas enrolladas y estilosas. A mí también, no lo niego, pero lo que más me gusta es desconectar viendo las pelis. Cuando me distraigo con los dramas de los demás, los míos parecen desvanecerse. Me pasa lo mismo con los libros, y por eso me encanta leer, tanto como dibujar.

La idea de irme de aquí se me hace de lo más extraña. Yo no soy como Mollie, que sabe qué quiere hacer y quién quiere ser. Lo único que me gustaría es entrar en Bellas Artes, aunque por lo visto nadie encuentra trabajo de dibujante (o al menos eso dicen los orientadores del instituto). De todas formas, pase lo que pase, estoy deseando largarme de esta ciudad. Aquí sólo tengo a Lily y a Jack, y a los demás les importo poco. Y quién sabe, a lo mejor lejos de Kent podría llegar a estar bien. Me convertiría en una Bella a jornada completa, o quizá, con mucha suerte, lograría plantarle cara por fin y acabar con ella de una vez por todas. Podría ser Ella todo el tiempo. Podría ser una buena persona.

Respiro hondo. Quizá yo también podría intentar entrar en una escuela de cine. Esta peli me está gustando... Pero ahora todas hablan sin parar. Ojalá se callaran y dejaran que me concentrara, aunque, evidentemente, no puedo decírselo.

Por desgracia, Lily está contándoles lo del pájaro. No se lo contó a nadie cuando sucedió, pero ahora sí.

—Madre mía, Ella —dice Mollie con cara de tenerme un poco de miedo, y quizá debería—. Se te va la olla. Porque, a ver... ¡Huy, un pájaro en apuros! —Se ríe—. Venga, llamemos a Ella Black para que le ahorre el sufrimiento.

Mollie y las gemelas estallan en carcajadas. Miro a Lily y leo un «perdón» en sus labios.

—Qué asco, tía —dice Nisha—. Yo no podría haberlo hecho ni loca.

Me mira como si yo fuera un monstruo, como si ésa fuera una historia que va a correr como la pólvora por el instituto, como si pudiera fastidiarme la vida un poco más. Y es justo lo que va a pasar. Intento sonreír como si me diera igual, aunque seguro que parece todo lo contrario.

—Sólo hice lo que tenía que hacer. Pobrecillo.

Creo que he acertado. Cuando estoy con las chicas alfa de la clase, tengo que medir mis palabras todo el rato. Ante el mínimo desliz se vuelven crueles. Y no son las peores, qué va. Pero eso no quita que no sean malas y le cuenten todo a todo el mundo.

Por un segundo, pienso en lo que podría pasar si les confesara que en realidad no fui yo quien mató al pájaro, sino mi otro yo, Bella. Mi monstruo interior, el que me posee en ocasiones, el que me asusta con su descaro siempre que aparece. Sería el principio del fin. En cuestión de minutos, me haría famosa en todo el instituto y parte del extranjero.

La protagonista acaba de meterse en la ducha y eso significa que está llegando la famosa escena. Todas parecen perder el interés en mí, y nos quedamos mirando la pantalla mientras empieza a sonar la famosa musiquilla de Psicosis y matan a Janet Leigh.

—Ella, perdona, de verdad —me susurra Lily al oído—. No quería que...

—No pasa nada —la interrumpo—. De verdad.

Y es cierto: podría estar molesta con ella por irse de la lengua, pero no lo estoy. Lo ha hecho para que se solidarizaran conmigo, y no es culpa suya que la cosa no haya colado.

Me coge de la mano.

—Eres la mejor.

Paso el resto del día en mi papel de acoplada, dándolo todo por ser simpática. Siempre lo intento. Y ahora, entre que me asusta ese ser malvado que habita en mi interior y que Lily me pilló el otro día cuando Bella me dominaba, me desvivo por mostrarme normal. Concentro mis esfuerzos en ser amable y servicial, aunque, quitando a Lily, tampoco es que a nadie le importe lo que yo haga o deje de hacer. Paso un rato con Mollie explicándole cómo he hecho el trabajo sobre Hijos y amantes, que ella todavía no ha empezado, y acepta mi ayuda y me da las gracias. Parece un buen avance.

—¿Por qué te has hecho esto en el pelo? —me pregunta entonces, cogiéndome un mechón entre los dedos y mirándolo a cierta distancia.

Me encojo de hombros.

—Me apetecía cambiar, nada más.

La gran mentira del año. Antes tenía el pelo largo y rubio como Mollie, pero ahora lo llevo asimétrico (más largo por un lado) y teñido de morado. La asimetría es resultado de un horrible percance en el instituto con Tessa, cuya principal afición consiste en complicarme la vida, a mí y a todo el que no encaje. El morado formó parte del complejo acuerdo al que tuve que llegar con Bella para impedir que tomara represalias contra Tessa, atacándola con su propio cuchillo. De todas formas, la explicación oficial es que me apetecía un cambio, y el morado no me disgusta. Soy distinta a todos, así que, ya puestos, ¿por qué no parecer también distinta?

—Ya... —responde Mollie con gesto burlón.

No veo la hora de largarme.

—Bueno, la clave está en que la señora Morel controla a Paul incluso después de muerta —le explico—. Eso es lo que he puesto. Lo busqué en internet y encontré algo así. Le fastidia todas las relaciones porque quiere asegurarse de que quiera a su mamá más que a nadie.

—¿Has oído, Anusha? Eso me recuerda a tu Dean —dice Mollie.

Todas miran a Anusha y se ríen de su novio, lo que me da un respiro que se agradece.