Sentada frente a mí en el vagón, la anciana dama de la estola de zorro recordaba algunos de los asesinatos que había cometido a lo largo de los años.
—Estuvo aquel reverendo en Leeds —comentó con una leve sonrisa y dándose toquecitos con el índice en el labio inferior—. Y la solterona de Hartlepool, aquella con un trágico secreto que acabaría siendo su perdición. Y la actriz de Londres, por supuesto, la que se lió con el marido de su hermana en cuanto él volvió de Crimea. Era una fresca, de modo que por ésa no pueden culparme. Pero sí lamento haber matado a aquella chica para todo en Connaught Square. Era una muchacha muy trabajadora, de buena familia norteña, y quizá no merecía un final tan brutal.
—Ése es uno de mis favoritos —contesté—. Si quiere saber mi opinión, le diré que lo tuvo bien merecido. Leyó unas cartas que no eran de su incumbencia.
—Lo conozco, ¿verdad? —preguntó la dama, inclinándose hacia delante con los ojos entornados para buscar rasgos familiares en mi rostro. Me llegó una fuerte combinación de lavanda y crema hidratante; el pintalabios rojo sangre le volvía viscosos los labios—. Lo he visto antes en algún sitio.
—Trabajo para el señor Pynton, de Whisby Press. Me llamo Tristan Sadler —me presenté—. Nos vimos hace unos meses en un almuerzo literario.
Tendí la mano y ella la miró fijamente, como si no supiera qué se esperaba que hiciese. Luego me la estrechó con cautela, con unos dedos que no acabaron de cerrarse en torno a los míos.
—Usted pronunció una charla sobre venenos indetectables —añadí.
—Sí, ahora me acuerdo —repuso asintiendo con rapidez—. Llevaba usted cinco libros para que se los firmara. Me impresionó su entusiasmo.
Sonreí, halagado porque se acordara de mí.
—Soy un gran admirador suyo —declaré, y la dama inclinó la cabeza con elegancia, un movimiento sin duda pulido después de más de treinta años recibiendo elogios de sus lectores—. Y el señor Pynton también. Está muy interesado en atraerla a nuestra editorial.
—Sí, conozco a Pynton —repuso ella estremeciéndose—. Un hombrecillo repugnante, con una terrible halitosis. No entiendo cómo puede soportar tenerlo cerca. Aunque ya veo por qué trabaja usted para él.
Arqueé una ceja, confuso, y ella esbozó una sonrisita.
—A Pynton le gusta rodearse de cosas hermosas —explicó—. Ya lo habrá notado en su afición por las obras de arte, y esos sofás tan recargados que parecen salidos del taller parisino de algún diseñador de moda. Me recuerda usted a su último ayudante, el del escándalo. Pero no, me temo que no hay ninguna posibilidad. Llevo más de treinta años con mi editor y me siento perfectamente satisfecha donde estoy.
Se acomodó de nuevo en el asiento, ahora con expresión gélida. Supe que había metido la pata, convirtiendo lo que podría haber sido una conversación agradable en una transacción comercial en potencia. Miré por la ventanilla, avergonzado. Al consultar el reloj, advertí que llevábamos una hora de retraso, y el tren había vuelto a detenerse sin explicación.
—Precisamente por eso ya nunca voy a la ciudad —declaró la dama de pronto. El ambiente en el vagón empezaba a estar cargado y comenzó a forcejear con la ventanilla—. Una ya no puede confiar en que el ferrocarril la lleve de vuelta a casa.
—Espere, deje que la ayude, señora —intervino el joven que iba a su lado y que desde que habíamos salido de Liverpool Street había estado hablándole en insinuantes susurros a la chica sentada junto a mí.
Se levantó y se inclinó hacia la ventanilla, levantando una brisa de sudor, para darle un buen tirón. Se abrió con una sacudida, permitiendo la entrada de aire caliente y vapor de la locomotora.
—Mi Bill tiene mucha mano con la maquinaria —declaró la joven con una risita de orgullo.
—Vale ya, Margie —repuso el joven, sonriendo levemente al sentarse de nuevo.
—Durante la guerra se dedicaba a arreglar motores, ¿verdad, Bill?
—He dicho que vale ya, Margie —repitió él con mayor frialdad.
Cuando sus ojos se cruzaron con los míos, nos miramos unos instantes y luego apartamos la vista.
—Sólo es una ventanilla, querida —intervino la dama novelista, impecablemente oportuna.
Me percaté entonces de que a los distintos bandos del compartimento nos había llevado más de una hora reconocer la presencia de los demás. Me recordó a aquella historia de los dos náufragos ingleses que pasaron cinco años en una isla desierta sin dirigirse la palabra porque nunca los habían presentado formalmente.
Veinte minutos después, el tren reanudó la marcha y llegamos por fin a Norwich con más de hora y media de retraso. La joven pareja se apeó primero, en un revuelo de nerviosa impaciencia y risitas, ávidos por llegar a su habitación, y yo ayudé a la escritora con su maleta.
—Muy amable, joven —comentó en tono distraído mientras recorría el andén con la mirada—. Mi chófer debería estar por aquí para ayudarme el resto del camino.
—Ha sido un placer verla —dije, prefiriendo no volver a tenderle la mano y ofreciéndole en cambio una breve inclinación de cabeza, como si ella fuera la reina y yo un súbdito leal—. Espero no haberla incomodado antes. Sólo he querido decir que el señor Pynton desearía tener escritoras de su calibre en nuestras filas.
Sonrió al oír aquello («soy relevante», decía su expresión) y luego se alejó, seguida por su chófer de uniforme. Me quedé donde estaba, rodeado de gente que iba de aquí para allá, perdido entre la muchedumbre, solo en la atestada estación.
Salí de entre los gruesos muros de piedra de la estación de Thorpe a una tarde inesperadamente luminosa, y descubrí que la calle en que se emplazaba mi alojamiento, Recorder Road, quedaba muy cerca y podía ir andando. Sin embargo, me encontré con que mi habitación no estaba disponible todavía.
—¡Vaya por Dios! —exclamó la casera, una mujer delgada de cutis pálido y áspero. Advertí que temblaba, aunque no hacía frío, y que se frotaba las manos con nerviosismo. Era muy alta, de esas mujeres cuya anormal estatura las hace destacar en una multitud—. Me temo que le debemos una disculpa, señor Sadler. Hoy hemos tenido mucho ajetreo, y no sé muy bien cómo explicarle qué ha pasado.
—Escribí para avisar, señora Cantwell —repuse tratando de atenuar la irritación que asomaba a mi voz—. Dije que estaría aquí poco antes de las cinco. Y ya son más de las seis. —Indiqué con la cabeza el reloj de pie del rincón, al otro lado del mostrador—. No pretendo ser inoportuno, pero...
—No está siendo inoportuno, señor, en absoluto —se apresuró a decir—. La habitación debería llevar varias horas lista para usted, pero... —Se interrumpió y en su frente se formaron arrugas cuando apartó la vista mordiéndose el labio, al parecer incapaz de mirarme a los ojos—. A decir verdad, hemos tenido un incidente un poco desagradable esta mañana, señor Sadler. En su habitación. O en la que iba a ser su habitación, quiero decir. Es probable que ahora ya no la quiera. Yo no la querría, sin duda. No sé qué voy a hacer con ella, la verdad. No puedo permitirme dejarla vacía.
Su agitación era obvia, y pese a que mis planes para el día siguiente ocupaban mis pensamientos, me preocupó un poco. Estaba a punto de preguntarle si podía hacer algo para ayudarla cuando se abrió una puerta detrás de ella, y la mujer se volvió en redondo. Apareció un muchacho que rondaría los diecisiete años. Supuse que era su hijo, pues había cierto parecido en los ojos y la boca, aunque el muchacho tenía el cutis peor, con marcas del acné propio de su edad. Se detuvo en seco y me observó un instante antes de volverse hacia su madre.
—Te he dicho que me avisaras cuando llegara el caballero, ¿no? —le recriminó con airada frustración.
—Pero si acaba de llegar, David —protestó ella.
—Es cierto —intervine con el curioso impulso de salir en defensa de la mujer—. Acabo de llegar.
—Pero no me has llamado —insistió él—. En cualquier caso, ¿qué le has dicho?
—Todavía no le he dicho nada —repuso ella, volviéndose de nuevo hacia mí con una expresión que sugería que iba a echarse a llorar si seguían reprendiéndola—. No he sabido qué decirle.
—Le ruego me disculpe, señor Sadler —dijo el chico dirigiéndose a mí con una sonrisa cómplice, como dando a entender que los tipos como él y yo comprendíamos que nada en este mundo saldría a derechas si no apartábamos a las mujeres para ocuparnos nosotros—. Me habría gustado estar aquí para recibirlo. Le he dicho a mi madre que me avisara en cuanto llegara. Lo esperábamos antes.
—Sí —repuse, y le expliqué que uno no podía fiarse del tren—. Pero la verdad es que estoy cansado y confiaba en ir derecho a mi habitación.
—Por supuesto, señor —contestó tragando saliva y clavando la vista en el mostrador como si su futuro estuviese escrito en la madera; ahí, en sus vetas, estaba la chica con la que se casaría, los hijos que tendrían y la vida de amargas peleas que se infligirían unos a otros.
Su madre le tocó un brazo y le susurró algo al oído; él negó con la cabeza y le siseó que se callara.
—Todo esto es un desastre —rezongó, alzando de pronto la voz, y centró de nuevo la atención en mí—. Usted tenía que alojarse en la número cuatro, pero me temo que la número cuatro no está disponible ahora mismo.
—Bueno, ¿no podría alojarme entonces en otra?
—Oh, no, señor —contestó negando con la cabeza—. No, me temo que están todas ocupadas. Usted tenía asignada la número cuatro. Pero no está lista, he ahí el problema. Le agradecería que nos diera un poco más de tiempo para prepararla.
Salió de detrás del mostrador y pude verlo mejor. Aunque sólo tenía unos años menos que yo, por su aspecto se habría dicho que era un chaval interpretando el papel de adulto. Llevaba unos pantalones de hombre con dobladillos en las perneras, y una combinación de camisa, corbata y chaleco que no habría estado fuera de lugar en alguien mucho mayor. Se había peinado el incipiente bigote en una horrible línea sobre el labio superior, y durante un instante no logré distinguir si se trataba de un bigote o de suciedad que la servilleta de la mañana había pasado por alto. Pese a sus intentos de parecer mayor, su juventud e inexperiencia saltaban a la vista. Tuve la certeza de que no habría sabido qué hacer ahí fuera, en el ancho mundo.
—David Cantwell —se presentó al cabo de un momento, tendiéndome la mano.
—Esto no puede ser, David —lo atajó la señora Cantwell ruborizándose—. El caballero va a tener que alojarse en otro sitio esta noche.
—¿Y dónde va a alojarse, entonces? —replicó el muchacho enfrentándose a ella y con un dejo de indignación en la voz—. Ya sabes que está todo lleno. Dime adónde se supone que he de mandarlo, porque yo no lo sé. ¿A la pensión de Wilson? ¡Llena! ¿La de Dempsey? ¡Llena! ¿La de Rutherford? ¡Llena! Tenemos un compromiso, mamá. Nos hemos comprometido con el señor Sadler, y debemos afrontar nuestros compromisos o incurriremos en la deshonra, y ya hemos tenido bastante deshonra por hoy, ¿no te parece?
Su brusquedad me sobresaltó, e imaginé cómo sería la vida en una casa de huéspedes para aquel par de almas disparejas. Un muchacho y su madre, solos desde que él era un niño, pues el marido, supuse, había resultado muerto años atrás en un accidente con una trilladora. El crío era demasiado pequeño para acordarse de su padre, por supuesto, pero lo idolatraba igualmente y nunca había perdonado a su madre por mandar al pobre hombre a trabajar de sol a sol. Y entonces estalló la guerra y el chico había sido demasiado joven para luchar. Fue a alistarse pero se rieron de él. Qué crío tan valiente, comentaron, y le dijeron que volviera cuando fuera un hombre de pelo en pecho, si aquella malhadada contienda no había concluido para entonces. El muchacho volvió junto a su madre y sintió desprecio al ver su expresión de alivio cuando le dijo que no se iba a ningún sitio, al menos de momento.
En aquella época andaba imaginando esa clase de escenas constantemente, hurgando en lo más denso de mis tramas en busca de enredos diversos.
—Señor Sadler, tendrá que perdonar a mi hijo —dijo la señora Cantwell, inclinándose hacia mí con las manos apoyadas en el mostrador—. Se excita con facilidad, como puede comprobar.
—Eso no tiene nada que ver, mamá —insistió David, y repitió—: Tenemos un compromiso que cumplir.
—Y nos gustaría afrontar nuestros compromisos, por supuesto, pero...
Me perdí el final de la frase, porque el joven David me agarró del codo, un gesto que me sorprendió por su familiaridad e hizo que apartara el brazo; el muchacho se mordió el labio y miró alrededor con nerviosismo antes de decirme en susurros:
—Señor Sadler, ¿puedo hablarle en privado? Le aseguro que no es así como me gusta llevar las cosas aquí. Ahora mismo debe de tener muy mala opinión de nosotros. ¿Le parece que pasemos al salón? Está vacío en este momento y...
—Muy bien —dije, y dejé mi bolsa de viaje en el suelo ante el mostrador de la señora Cantwell—. No le importa que deje esto aquí, ¿verdad?
La mujer negó con la cabeza, tragando saliva y retorciéndose otra vez las benditas manos, con todo el aspecto de preferir una muerte dolorosa antes que continuar con aquella conversación. Seguí a su hijo al salón; una parte de mí tenía curiosidad por toda la preocupación que mostraban, y otra se sentía molesta por ella. Estaba cansado por el viaje y abrigaba emociones tan contradictorias por el hecho de hallarme en Norwich que no deseaba otra cosa que ir derecho a mi habitación, cerrar la puerta y quedarme a solas con mis pensamientos.
La verdad es que ni siquiera sabía si podría llevar adelante mis planes para el día siguiente. Sabía que había trenes a partir de las seis y diez y cada dos horas exactas, de manera que disponía de cuatro opciones para llegar a la cita.
—Qué desastre —empezó David Cantwell, y profirió un ligero silbido entre dientes mientras cerraba la puerta a su espalda—. Y mi madre no pone las cosas más fáciles, ¿no le parece, señor Sadler?
—Mire, quizá sería mejor que me explicara qué problema hay —repuse—. Envié un giro postal con la carta en la que pedía la reserva de una habitación.
—Sí, por supuesto que lo hizo, señor. Yo mismo tomé nota de la reserva. Verá usted, decidí que lo alojaríamos en la número cuatro. Esa habitación es la más tranquila y, aunque es posible que el colchón tenga algunos bultos, la cama cuenta con un buen somier y nuestros huéspedes comentan que es muy cómoda. Leí su carta, señor, y di por sentado que es usted militar. ¿Me equivoco, señor?
Titubeé un instante y asentí.
—Sí, lo fui. Ahora ya no, por supuesto. No desde que acabó la guerra.
—¿Participó en muchos combates? —preguntó el chico con un brillo en la mirada, y sentí que mi paciencia flaqueaba.
—Volvamos a lo de mi habitación. ¿Van a dármela o no?
—Bueno, señor —contestó, decepcionado ante mi respuesta—. Eso depende de usted.
—No le entiendo.
—Nuestra criada, Mary, está ahí arriba ahora mismo, desinfectándolo todo. Se ha quejado amargamente por ello, no me importa contárselo, pero le he dicho que es mi nombre el que está escrito sobre la puerta, y que si quiere conservar el empleo hará lo que se le diga.
—Creía que era el nombre de su madre —dije para hacerlo rabiar un poco.
—Bueno, pues también es el mío —espetó indignado y sacando pecho—. En cualquier caso, la habitación quedará como nueva cuando la criada haya acabado, descuide. Mi madre no ha querido contarle nada, pero ya que es usted militar...
—Ex militar —corregí.
—Sí, claro. Bueno, me parece que sería poco respetuoso por mi parte no contarle qué ha pasado allí para que decida usted mismo sobre la cuestión.
Para entonces me sentía intrigado y se me ocurrían varias posibilidades. Un asesinato, quizá. Un suicidio. Un marido descarriado y pescado por un detective en brazos de otra mujer. O algo menos dramático: una colilla sin apagar que hubiese prendido en una papelera. Un huésped fugado en plena noche sin pagar la cuenta. Más enredos. Más tierra baldía.
—Estaré encantado de decidir —dije—, con tal de que me...
—Se había alojado aquí antes, por supuesto —me interrumpió el chico, más animado ahora que se disponía a contármelo sin dejarse nada en el tintero—. Señor Charters, así se llama. Edward Charters. Un tipo muy respetable, o eso pensaba. Trabaja en un banco de Londres, pero su madre vive en algún sitio en dirección a Ipswich y va a verla en ocasiones, y suele pasar un par de noches en Norwich antes de volver a la ciudad. Cuando lo hace, siempre se hospeda aquí. Nunca habíamos tenido ningún problema con él, señor. Un caballero discreto, reservado, bien vestido. Siempre pedía la número cuatro porque sabía que es una buena habitación, y yo estaba encantado de proporcionársela. Soy yo quien adjudica las habitaciones, señor Sadler, no mi madre. Ella se hace un lío con los números y...
—Y ese tal señor Charters —lo interrumpí— ¿se ha negado a dejar libre la habitación?
—No, señor —contestó el muchacho negando con la cabeza.
—¿Ha habido algún tipo de accidente, entonces? ¿Se ha puesto enfermo?
—No, no, nada de eso, señor. Verá, le dimos una llave, por si volvía tarde. Se la damos a nuestros clientes de confianza, ya sabe. Yo lo dispongo así. Por supuesto, será perfectamente apropiado facilitarle una a usted, teniendo en cuenta que ha estado en el ejército. Yo mismo quise alistarme, señor, sólo que no me lo permitieron por...
—Por favor. Si pudiéramos ceñirnos a...
—Sí, lo siento, señor. Es un poco incómodo, pero, en fin, somos dos hombres de mundo, ¿no es así, señor Sadler? ¿Puedo hablarle sin tapujos?
Me encogí de hombros. Suponía que yo era un hombre así. No lo sabía. Para ser franco, ni siquiera sabía qué significaba exactamente esa expresión.
—El caso es que esta madrugada ha habido un poco de revuelo —continuó el muchacho, bajando la voz e inclinándose con gesto conspiratorio—. Ha sacado de la cama a toda la maldita casa. —Negando con la cabeza, añadió—: Disculpe, señor. Resulta que el señor Charters, de quien creíamos que era un caballero tranquilo y decente, no lo es en absoluto. Anoche salió, pero no regresó solo. Y tenemos normas con respecto a esas cosas, por supuesto.
No pude evitar sonreír. ¡Qué sutilezas!
—¿Eso es todo?
Imaginé a un hombre solitario, un hombre amable que visitaba a su madre en Ipswich, que había encontrado de algún modo una acompañante para pasar la velada, quizá inesperadamente, y había permitido que sus instintos básicos tomaran las riendas. Desde luego, no era lo que se dice muy emocionante.
—No es exactamente todo, señor —repuso David—. Pues resulta que... que... la persona que lo acompañaba, digamos, no era mejor que un ladrón. Le robó todo lo que llevaba, y cuando él protestó, lo amenazó con un cuchillo en el cuello, y entonces hubo un jaleo de mil demonios. Despertó a mi madre, me despertó a mí, los demás huéspedes aparecieron en el pasillo en pijama. Llamamos a su puerta y cuando la abrimos... —Pareció no saber si debía continuar, y entonces añadió—: Llamamos a la policía, por supuesto. Se los llevaron a los dos. Pero mi madre se siente muy desdichada por todo este asunto. Cree que este sitio se ha echado a perder, e incluso habla de venderlo, lo crea o no. Habla de volver con su familia en el West Country.
—Estoy seguro de que el señor Charters también se sentirá desdichado —comenté, sintiendo simpatía hacia él—. Pobre tipo. Puedo entender que hayan arrestado a la joven dama, por supuesto, si se puso violenta, pero ¿por qué diantre han tenido que detenerlo a él? Sin duda no se trata de una cuestión de moral, ¿no?
—Pues sí, señor, lo es —repuso David irguiéndose en toda su estatura, como si mis palabras supusieran una clara afrenta—. Se trata desde luego de una cuestión de moral.
—Pero no ha quebrantado la ley, por lo que tengo entendido. No veo por qué han de pedirle cuentas por algo que, después de todo, es sólo una indiscreción personal.
—Señor Sadler —repuso David con tono tranquilo—. Se lo diré con franqueza, porque creo que puede haberme malinterpretado. El acompañante del señor Charters no era una joven dama, me temo. Era un muchacho. —Me hizo un gesto cómplice con la cabeza, y yo me sonrojé un poco y aparté la mirada.
—Ah —respondí, asintiendo despacio con la cabeza—. Ya veo. Se trata de eso.
—Así pues, entenderá usted el porqué del disgusto de mi madre. Si se difunde la noticia... —Alzó la vista con rapidez, como si acabase de caer en la cuenta de algo—. Confío en que será discreto con respecto a este asunto, señor. Debemos tener en cuenta nuestro medio de ganarnos la vida.
—¿Cómo dice? —pregunté mirándolo fijamente, y asentí con rapidez—. Oh, sí, por supuesto. Es... bueno, es asunto de ustedes y de nadie más.
—Pero sigue pendiente la cuestión de la habitación —continuó con delicadeza—. Y si quiere usted alojarse en ella o no. Como le he dicho, la están limpiando a fondo.
Lo consideré unos instantes, pero no vi objeción alguna.
—En realidad no me importa, señor Cantwell. Lamento sus dificultades y el disgusto de su madre, pero si la habitación todavía está disponible para esta noche, sigue haciéndome falta una cama.
—Asunto resuelto, entonces —repuso alegremente, abriendo la puerta para marcharse.
Lo seguí, un poco sorprendido por la rapidez con la que había concluido nuestra reunión, para encontrarme con que la madre del chico seguía en su sitio al otro lado del mostrador, con una mirada que iba fugazmente del uno al otro.
—El señor Sadler lo comprende todo perfectamente —anunció su hijo—. Y de todos modos le gustaría disponer de la habitación. Le he dicho que estará lista dentro de una hora. Todo solucionado, pues. —Le hablaba como si fuera ya el señor de la casa y ella su criada.
—Muy bien, David —respondió ella con un deje de alivio en la voz—. Y es muy amable por su parte, señor, si me permite que se lo diga. ¿Me haría el favor de firmar en el registro?
Asentí y me incliné sobre el libro para escribir mi nombre y mi dirección, salpicando un poco de tinta al intentar controlar los espasmos de la mano que sostenía la pluma, la derecha.
—Puede esperar en el salón si lo desea —dijo David mirando fijamente mi dedo índice, preguntándose sin duda por qué temblaba—. También dispone de un pub muy respetable unas puertas más abajo, si precisa un pequeño refrigerio tras el viaje.
—Sí, me parece que sí —respondí depositando la pluma con cautela en el mostrador—. ¿Puedo dejar aquí mi maleta, entretanto?
—Por supuesto, señor.
Me incliné para sacar un libro de mi bolsa de viaje, volví a cerrarla y me incorporé echándole un vistazo al reloj.
—¿Le parece que vuelva sobre las siete y media?
—La habitación estará a punto entonces, señor —contestó David, y me acompañó hasta la puerta para sostenérmela abierta—. Y, una vez más, le ruego que acepte mis disculpas. El mundo es un lugar muy extraño, ¿no le parece, señor? Nunca se sabe con qué clase de degenerados puede tratar uno.
—Desde luego —repuse saliendo al aire fresco.
Sentí alivio ante aquella brisa que me hizo ceñirme el abrigo y deseé haberme acordado de coger los guantes. Pero estaban dentro, en mi bolsa, junto a la señora Cantwell, y no tenía ningunas ganas de seguir conversando ni con la madre ni con el hijo.
Para mi sorpresa, sólo entonces caí en la cuenta de que era el atardecer del día de mi vigésimo primer cumpleaños. Me había olvidado por completo.
Eché a andar calle abajo, pero, antes de entrar en el pub Carpenter’s Arms, me fijé en la placa de latón que coronaba la puerta y rezaba en negro mate: PROPIETARIO: J. T. CLAYTON, CON LICENCIA PARA LA VENTA DE CERVEZAS Y LICORES. Me detuve en seco y lo releí, conteniendo el aliento y con una súbita sensación de temor. Necesitaba fumarme un cigarrillo y me palpé los bolsillos en busca del paquete de Gold Flakes que había comprado en Liverpool Street esa mañana, aun sabiendo que lo había perdido, que había quedado en el asiento del tren cuando tendí los brazos para ayudar a la novelista a bajar su maleta antes de apearnos, y era probable que siguiera allí o hubiese acabado en el bolsillo de otro.
PROPIETARIO: J. T. CLAYTON.
Tenía que ser una coincidencia. El sargento Clayton era de Newcastle, por lo que yo sabía. Su acento lo delataba, desde luego. Pero ¿no había oído algo sobre que su padre había tenido un puesto al frente de una cervecera? ¿O estaba confundiéndolo con otro? No; era ridículo, decidí, negando con la cabeza. Debía de haber miles de Clayton a lo largo y ancho de Inglaterra. Decenas de miles. No podía tratarse del mismo. Negándome a sucumbir a especulaciones dolorosas, empujé la puerta y entré.
El pub estaba lleno a medias de trabajadores que se volvieron para mirarme un instante antes de proseguir con sus conversaciones. Pese a ser un forastero, me encontré a gusto allí, agradablemente acompañado en mi soledad. Con el transcurso de los años, he llegado a pasar muchas horas en pubs, encorvado ante mesas inestables y manchadas de cerveza, leyendo y escribiendo, rasgando posavasos al tiempo que elevaba a mis personajes de la pobreza a la gloria, o arrastraba a otros de sus mansiones a los bajos fondos. Solo, siempre solo. Sin beber en exceso, pero bebiendo al fin y al cabo. Con un cigarrillo en la mano derecha y un par de quemaduras en la manga izquierda. Esa caricatura mía, la de quien escribe libros en los rincones de los pubs londinenses, esa que tanto me irrita y que me ha llevado, años después, a encabritarme y enfurecerme en las entrevistas, no anda del todo desencaminada. Al fin y al cabo, el bullicio de los pubs abarrotados es infinitamente más acogedor que la quietud del hogar vacío.
—¿Sí, señor? —me preguntó el hombre de aspecto campechano que, al otro lado de la barra, enjugaba con un trapo el mostrador para eliminar los perlados churretes de cerveza—. ¿Qué le pongo?
Paseé la mirada por la hilera de espitas de barril que tenía delante, algunas con nombres desconocidos para mí, quizá cervezas de la zona, y elegí una al azar.
—¿Una jarra, señor?
—Sí, por favor.
Lo observé escoger una jarra del estante de detrás de él, en un gesto instintivo, sostenerla en alto por la base, a la luz, en busca de huellas u otras marcas, antes de inclinarla en un ángulo preciso contra la espita para llenarla. Tenía migas de pastel en el poblado bigote, que observé con una mezcla de asco y fascinación.
—¿Es usted el propietario? —pregunté al cabo de unos instantes.
—En efecto, señor —contestó con una sonrisa—. John Clayton, para servirlo. ¿Nos conocemos?
—No, no —repuse negando con la cabeza mientras hurgaba en el bolsillo en busca de unas monedas. Ya podía quedarme tranquilo.
—Muy bien, señor —dijo dejando la jarra delante de mí, sin concederle más importancia a mi pregunta.
Le di las gracias y me dirigí hacia un rincón medio vacío del bar, donde me quité el abrigo y me senté. Solté un profundo suspiro. Quizá había sido conveniente que mi habitación no estuviese lista, me dije mientras la espesa cerveza se posaba en la jarra, la espumosa superficie estremeciéndose por las minúsculas burbujas, anticipando la gran satisfacción que iba a brindarme el primer sorbo tras el viaje en tren. Podría emborracharme y provocar una escena. La policía me arrestaría, me encerrarían en un calabozo y por la mañana me mandarían de vuelta a Londres en el primer tren. Así no tendría que pasar por todo eso. Me habrían quitado el asunto de las manos.
Suspiré de nuevo, desestimando esa idea, y saqué el libro del bolsillo para echarle un vistazo a la cubierta; las páginas encuadernadas siempre me han proporcionado una sensación de seguridad. Aquel lunes de mediados de septiembre de 1919 estaba leyendo Colmillo blanco, de Jack London. Observé la imagen de la sobrecubierta: la silueta de un lobezno que olisquea entre los árboles; en las sombras que proyectan sus ramas se adivina un sendero hacia las montañas de más allá, la luna llena iluminando el camino. Me dispuse a abrirlo por la página marcada, pero antes de retomar la lectura volví a echar un vistazo a la dedicatoria que aparecía en la portadilla: «A mi viejo amigo Richard —rezaba en tinta negra con caligrafía elegante y bien trazada—, tan viejo perro sarnoso como el mismísimo Colmillo Blanco. Jack.» Había encontrado el libro un par de días antes en un puesto exterior de una librería de Charing Cross Road, y fue al llevármelo a casa y abrirlo cuando descubrí aquella dedicatoria. El librero me había cobrado sólo medio penique por el volumen de segunda mano, por lo que estaba claro que él también había pasado por alto la dedicatoria, pero para mí supuso todo un premio añadido, aunque no podía saber con certeza si ese Jack que la firmaba era el autor de la novela u otro; pero me gustaba pensar que en efecto se trataba de él. Durante unos instantes seguí las letras con el índice de la mano derecha —el mismo cuyos fortuitos temblores tantos problemas me causaban—, imaginando la pluma del gran escritor al dejar su rastro de tinta en la página. Pero en lugar de ofrecerme una cura, como esperaba en mis juveniles fantasías, las palabras hicieron que mi dedo temblara aún más de lo habitual y, asqueado al verlo, lo aparté.
—¿Qué está leyendo? —me preguntó una voz desde unas mesas más allá.
Me volví y vi a un hombre de mediana edad que me miraba. Me sorprendió que se hubiese dirigido a mí y, en respuesta a su pregunta, giré el ejemplar para que viese el título.
—Nunca he oído hablar de ese libro —comentó—. ¿Es bueno?
—Muy bueno. Increíble, de hecho.
—¿Increíble? —repitió con un asomo de sonrisa, y la palabra sonó extraña en su voz—. Bueno, pues si es increíble tendré que procurármelo. Soy un aficionado a la lectura. ¿Le importa si me siento con usted? ¿O está esperando a alguien?
Titubeé. Había creído que quería estar solo, pero no me molestó aquel ofrecimiento de compañía.
—Por favor —dije indicando la silla a mi lado.
El hombre se instaló en ella y dejó su jarra medio vacía en la mesa. Bebía una cerveza más oscura que la mía y desprendía un leve olor acre a sudor que sugería una larga y dura jornada de trabajo. Curiosamente, no resultaba desagradable.
—Me llamo Miller —se presentó—. William Miller.
—Tristan Sadler —contesté estrechándole la mano—. Encantado de conocerlo.
—Lo mismo digo.
Aparentaba unos cuarenta y cinco años, la edad de mi padre, aunque no me lo recordó porque tenía una figura esbelta y cierto aire delicado y reflexivo, y mi padre era el polo opuesto.
—Es usted de Londres, ¿no? —comentó, calándome de inmediato.
—Pues sí. —Sonreí—. ¿Tan evidente es?
—Se me dan bien los acentos —repuso guiñándome un ojo—. Soy capaz de emplazar a la mayoría de la gente con un margen de error de treinta kilómetros. Mi esposa me dice que es mi truco para las fiestas, pero yo no lo veo así. En mi opinión es algo más que un juego de salón.
—¿Y dónde exactamente me crié yo según usted, señor Miller? —inquirí, con ganas de que me entretuviera—. ¿Lo adivina?
Me miró entornando los ojos y permaneció en silencio casi un minuto, durante el que sólo se oyó su profunda respiración nasal, hasta que por fin respondió con cautela:
—Yo diría que en Chiswick. Kew Bridge. En algún lugar de esa zona. ¿Me equivoco?
Reí, sorprendido y encantado.
—En Chiswick, en la calle principal. Mi padre tiene una carnicería. Crecimos allí.
—¿Crecimos?
—Mi hermana pequeña y yo.
—Pero ¿vive aquí? ¿En Norwich?
—No. —Negué con la cabeza—. No, ahora vivo en el centro de Londres, en Highgate.
—Eso queda a buena distancia de su familia —comentó.
—Sí, lo sé.
Detrás de la barra, el ruido de un vaso al estrellarse contra el suelo me hizo dar un respingo. Levanté la vista y mis manos aferraron instintivamente el borde de la mesa; sólo se relajaron cuando vi la espalda encorvada del tabernero recogiendo el estropicio con la pala y la escoba; se oyeron algunas risotadas burlonas de los parroquianos.
—Sólo ha sido un vaso —dijo mi compañero de mesa al advertir mi turbación.
—Ya —contesté tratando de reír, sin conseguirlo—. Me ha dado un buen susto.
—Estuvo allí hasta el final, ¿verdad? —me dijo, y cuando me volví hacia él con la sonrisa desvaneciéndose de mi cara, exhaló un suspiro—. Lo siento, muchacho. No debería haberle dicho eso.
—No se preocupe —repuse en voz baja.
—Tuve allí a dos de mis chicos, ¿sabe? Buenos chicos, los dos. Uno más diablillo de lo que tocaba; el otro, más parecido a usted y a mí. Un aficionado a la lectura. Un poco mayor que usted, diría. ¿Cuántos años tiene, diecinueve?
—Veintiuno —contesté, consciente por primera vez de mi nueva edad.
—Bueno, nuestro Billy tendría ahora veintitrés, y nuestro Sam estaría a punto de cumplir los veintidós.
Sonrió al pronunciar sus nombres, pero tragó saliva y apartó la mirada. El uso del condicional se había convertido en una dolencia extendida cuando se hablaba de la edad de los hijos, y poco más hacía falta decir al respecto. Guardamos silencio unos instantes, y luego se volvió de nuevo hacia mí con cierta inquietud.
—La verdad es que usted me recuerda bastante a nuestro Sam —comentó.
—¿Sí? —contesté, extrañamente complacido ante aquella observación.
Volví a internarme en los bosques de mi imaginación y me abrí paso entre la maraña de aulaga y maleza para ver a Sam, un muchacho que adoraba los libros y al que quizá, algún día, le habría gustado escribirlos. Lo vi la noche que anunció a sus padres que iba a alistarse como voluntario antes de que acudieran por él, que iba a unirse a Billy en el frente. Imaginé a los hermanos compartiendo solidaridad en la instrucción, valor en el campo de batalla, heroísmo en la muerte. Sam era así, decidí. Ése era el Sam de William Miller. Yo lo conocía bien.
—Era un buen chico, nuestro Sam —susurró al cabo de un momento, y de pronto dio tres palmadas sobre la mesa, como queriendo decir que ya estaba bien de hablar del tema—. ¿Tomará otra, muchacho? —preguntó indicando mi jarra de cerveza a medias.
—Todavía no, gracias. ¿No tendrá un pitillo, por casualidad?
—Faltaría más —contestó sacando del bolsillo una cajita de hojalata que parecía llevar encima desde niño.
La abrió y me tendió un cigarrillo perfectamente liado de los diez o doce que contenía. Tenía los dedos sucios, con la huella dactilar del pulgar claramente definida por los restos de algo oscuro que era fruto del trabajo manual, decidí.
—No los encontrará mejores en ningún estanco, ¿eh? —comentó indicando la cilíndrica precisión del cigarrillo.
—No —admití, admirándolo—. Tiene buena mano.
—Yo no. Es mi esposa quien los lía para mí. Cada mañana a primera hora, cuando estoy desayunando, se sienta en un rincón de la cocina con papel de liar y un paquete de tabaco. Sólo tarda unos minutos. Me llena la pitillera y me manda a trabajar. ¿A que es una suerte? Pocas mujeres harían algo así.
Reí, contento con aquella agradable charla sobre asuntos domésticos.
—Sí, es usted un hombre con suerte.
—¡Y que lo diga! —exclamó con fingida indignación—. ¿Y qué me dice de usted, Tristan Sadler? —preguntó, quizá utilizando mi nombre completo porque le parecía demasiado mayor para llamarme sólo «Tristan» pero demasiado joven para tratarme de «señor»—. ¿Es un hombre casado?
—No —repuse, negando con la cabeza.
—Tendrá entonces una novia en Londres, supongo.
—Nadie especial —contesté, negándome a admitir que tampoco tenía a alguien que no lo fuera.
—Entonces anda por ahí de picos pardos —añadió con una sonrisa, pero sin la lasciva vulgaridad con que algunos hombres mayores hacen esa clase de comentarios—. No los culpo, a ninguno de ustedes, por supuesto, después de todo lo que han pasado. Ya tendrá tiempo suficiente para bodas y críos cuando sea un poco mayor. Pero, por Dios, cómo se emocionaron las jovencitas cuando todos volvisteis a casa, ¿verdad?
Aquello me hizo reír.
—Sí, supongo que sí. En realidad, no lo sé.
Empezaba a notarme cansado; la combinación del viaje y la cerveza con el estómago vacío me hacía sentir un poco soñoliento y aturdido. Una más y estaría perdido, lo sabía bien.
—Tiene familia en Norwich, ¿no es eso? —preguntó el señor Miller unos instantes después.
—No.
—¿Es la primera vez que viene?
—Sí.
—De vacaciones, ¿no? ¿Una escapada de la gran ciudad?
Pensé un poco antes de contestar. Decidí mentir.
—Sí. Unos días de descanso, eso es todo.
—Bueno, pues no podría haber elegido un sitio más bonito. Se lo digo yo, que he nacido y me he criado en Norwich. He vivido aquí de niño y de adulto. No desearía vivir en ningún otro sitio, y no entiendo que haya alguien que lo desee.
—Sin embargo, conoce usted bien los acentos —señalé—. Debe de haber viajado lo suyo.
—Sólo cuando era joven. Pero escucho a la gente, ésa es la clave. La mayoría de la gente nunca escucha siquiera —sentenció, e inclinándose hacia mí añadió—: Incluso puedo adivinar qué están pensando.
Lo miré y sentí que mi expresión se enfriaba un poco. Nuestras miradas se encontraron y hubo un instante de tensión en que ninguno de los dos parpadeó o apartó la vista.
—No me diga —contesté por fin—. De manera que sabe qué estoy pensando, señor Miller, ¿no?
—Qué está pensando no, muchacho —repuso sin dejar de mirarme a los ojos—, pero ¿qué está sintiendo? Sí, creo que eso sí podría decirlo. Pero no hace falta saber leer el pensamiento. La verdad es que sólo he tenido que echarle un vistazo cuando ha entrado por esa puerta para imaginármelo.
No parecía dispuesto a extenderse, de modo que no me quedó otra opción que insistir, pese a que el instinto me decía que lo dejara estar.
—¿Y qué es, señor Miller? —Intenté que mi expresión fuera neutral—. ¿Qué estoy sintiendo?
—Yo diría que dos cosas. La primera es culpabilidad.
Me quedé inmóvil pero seguí mirándolo.
—¿Y la segunda?
—Pues odio hacia sí mismo.
Hubiese contestado, abrí la boca para contestar, aunque no sé qué habría dicho. No tuve oportunidad, porque en ese momento volvió a dar una palmada en la mesa, rompiendo la tensión instaurada entre ambos, y echó un vistazo al reloj de la pared.
—¡No! —exclamó—. No puede ser ya esa hora. Será mejor que me vaya, o la parienta me dará un buen tirón de orejas. —Poniéndose en pie, añadió con una sonrisa—: Disfrute de sus vacaciones, Tristan Sadler, o de lo que sea que ha venido a hacer aquí. Y que tenga un buen viaje de regreso a Londres cuando haya acabado.
Asentí con la cabeza, pero no me levanté. Me limité a observarlo mientras se dirigía a la puerta; se volvió un instante y con un ademán intercambió una rápida despedida con J. T. Clayton, propietario con licencia para la venta de cervezas y licores, antes de salir del pub sin añadir una palabra más.
Volví a mirar Colmillo blanco, que esperaba sobre la mesa, pero lo que cogí fue la cerveza. Cuando la hube apurado, supuse que la habitación estaría lista por fin, pero no me sentí preparado aún para volver, de modo que levanté un dedo hacia la barra y unos instantes después tenía ante mí otra jarra llena, la última de la velada, me prometí.
Mi habitación en la casa de huéspedes de la señora Cantwell, la tristemente famosa número 4, constituía un escenario sombrío para los acontecimientos aparentemente dramáticos de la noche anterior. El empapelado, con un deslucido estampado de jacintos y rosas del azafrán, era un vestigio de tiempos mejores y más alegres; el dibujo había palidecido hasta volverse casi blanco en el cuadrado decolorado por el sol en la pared frente a la ventana, mientras que la moqueta del suelo estaba deshilachada aquí y allá. Contra una pared había un escritorio; en un rincón, un lavamanos con una pastilla de jabón nueva en el borde de porcelana. Miré alrededor, satisfecho con la eficiente mesura inglesa de la habitación, con su decoración claramente funcional. Desde luego, era mejor que el dormitorio de mi infancia, una imagen que me apresuré a borrar, pero menos acogedora que el de mi pequeño piso en Highgate, que había amueblado con una mezcla de economía y cuidado.
Me senté en la cama un momento, intentando imaginar el drama que había tenido lugar allí de madrugada: el desafortunado señor Charters esforzándose por lograr el afecto de su muchacho; el apuro de conservar la dignidad al convertirse en víctima de robo, intento de asesinato y arresto en el término de una hora. Lo compadecí, y me pregunté si al menos habría obtenido su desesperado placer antes de que se desatara aquel horror. ¿Le habrían tendido una trampa o era sólo una víctima desafortunada de las circunstancias? Quizá no era tan discreto como creía David Cantwell y había buscado satisfacción donde no se la ofrecían.
Me incorporé despacio, con los pies cansados tras la jornada de viaje. Me quité los zapatos y los calcetines, colgué la camisa en el respaldo de la silla y me quedé en medio de la habitación en pantalones y camiseta. Cuando la señora Cantwell llamó a la puerta pronunciando mi nombre, consideré volver a vestirme por el bien del decoro, pero me sentí sin fuerzas y, de todos modos, no me pareció que estuviera indecente. Abrí y la encontré en el pasillo con una bandeja en las manos.
—Lamento molestarlo, señor Sadler —dijo con aquella nerviosa sonrisa suya, perfilada sin duda por años de servilismo—. He pensado que estaría hambriento y que le debemos un pequeño detalle después de todos los inconvenientes de antes.
Miré la bandeja, que contenía una tetera, un sándwich de rosbif y una pequeña ración de tarta de manzana, y me sentí agradecido. No me había percatado del hambre que tenía, pero ver comida me lo recordó al instante. Había desayunado esa mañana antes de salir de Londres, pero nunca tomo gran cosa al levantarme, sólo té y una tostada. En el tren, el vagón comedor tenía poco que ofrecer y sólo comí pastel de pollo casi frío antes de dejarlo a un lado, asqueado. Así que la escasez de comida y las dos jarras de cerveza en el Carpenter’s Arms me habían despertado un apetito voraz. Abrí la puerta para dejar pasar a la casera.
—Gracias, señor —dijo titubeando, antes de escudriñar rápidamente la habitación como para asegurarse de que no quedaran rastros de la deshonra de la noche anterior—. Lo dejaré aquí sobre el escritorio, si le parece bien.
—Muy amable por su parte, señora Cantwell. No quería molestarla pidiendo algo de comer a estas horas.
—No es ninguna molestia —contestó.
Se volvió para brindarme una leve sonrisa y mirarme detenidamente de arriba abajo hasta concentrar la atención en mis pies, tanto que sentí vergüenza y me pregunté qué encontraría de interés en ellos.
—¿Almorzará mañana con nosotros, señor Sadler? —preguntó alzando la vista de nuevo.
Tuve la sensación de que quería hablarme de algo, pero la inquietud no le permitía encontrar las palabras adecuadas. Por bienvenido que fuera, estaba claro que el refrigerio era alguna clase de treta.
—No —contesté—. He quedado en encontrarme con alguien a la una, de modo que no estaré aquí a mediodía. Quizá salga a visitar un poco la ciudad, si me levanto temprano. ¿Le importa que deje aquí mis cosas y pase a buscarlas antes de coger el tren de la tarde?
—En absoluto —dijo, pero siguió donde estaba, sin hacer ademán alguno de marcharse; yo guardé silencio, esperando a que hablara, cosa que por fin hizo—: Con respecto a David... espero que antes no le haya dado mucho la lata.
—De ningún modo. Ha sido muy discreto con lo que me ha contado. Por favor, no piense ni por un instante que yo...
—No, no —me interrumpió negando con la cabeza—. No me refiero a eso. Ese asunto ya es cosa del pasado, espero, y no volverá a mencionarse. No, el caso es que David hace a veces demasiadas preguntas a los militares. A los que estuvieron allí, quiero decir. Sé que a la mayoría de ustedes no les gusta hablar de lo que ocurrió, pero él insiste. He tratado de hablar con él del asunto, pero es difícil. —Se encogió de hombros y apartó la mirada, como si se rindiera—. Él es difícil —precisó—. Las cosas no son fáciles para una mujer sola con un chico como él.
Entonces fui yo quien apartó la vista, incómodo por la familiaridad con que me hablaba, y miré por la ventana. Un alto plátano ocultaba la vista de la calle y me encontré contemplando las gruesas ramas, sorprendido por la implacable aparición de otro recuerdo de mi infancia. Mi hermana pequeña, Laura, y yo cogíamos castañas de los árboles que flanqueaban las avenidas junto a Kew Gardens, para quitarles los pinchudos erizos y llevárnoslos a casa, donde los ensartábamos en cordel para usarlos como armas, un recuerdo que borré de mi mente en cuanto hubo aparecido.
—No me molesta —dije volviéndome hacia la casera—. Los chicos de su edad suelen sentir curiosidad. ¿Cuántos años tiene... diecisiete?
—Acaba de cumplirlos, sí. Se enfadó mucho el año pasado, cuando la guerra terminó.
—¿Que se enfadó? —repetí frunciendo el ceño.
—Parece ridículo, ya lo sé. Pero llevaba mucho tiempo planeando participar. Leía los periódicos todos los días, para seguirles la pista a los chicos de por aquí que se habían ido a Francia. Hasta trató de alistarse como voluntario un par de veces, fingiéndose mayor de lo que era, pero se reían de él y me lo mandaban directamente aquí otra vez, algo que, en mi opinión, señor, no estaba bien. No estaba nada bien. Después de todo, él sólo quería poner su granito de arena, no hacía falta que se burlaran de él por eso. Y cuando todo acabó... bueno, la verdad es que le dio la sensación de haberse perdido algo.
—Probablemente que le volaran la tapa de los sesos —espeté; mis palabras rebotaron en las paredes y nos salpicaron de metralla a los dos.
La señora Cantwell se encogió visiblemente, pero no apartó la mirada.
—Él no lo veía así, señor Sadler —repuso en voz baja—. Su padre estuvo allí, ¿sabe? Resultó muerto al principio.
—Lo lamento —dije. Así pues, el accidente con la trilladora era pura ficción.
—Sí, bueno, David sólo tenía trece años y nunca ha habido un chico que quisiera tanto a su padre. A decir verdad, no creo que lo haya superado. Le hizo un daño irreparable, en cierto sentido. Ya lo habrá visto usted en su actitud. Está siempre enfadado, y cuesta hablar con él. Me culpa a mí de todo, por supuesto.
—Los chicos de su edad suelen hacerlo —comenté con una sonrisa, y me asombró lo maduras que sonaban mis palabras cuando en realidad sólo le llevaba cuatro años a su hijo.
—Yo sí quería que la guerra terminase, por supuesto —continuó—. Rezaba para que pasara. No quería que él sufriera como los demás. No logro imaginar cómo habrá sido para usted. Su pobre madre debe de haber estado fuera de sí.
Me encogí de hombros; no tenía nada que decir sobre ese punto.
—Pero una parte de mí, una parte muy pequeña —prosiguió—, confiaba en que le permitieran ir. Sólo un par de semanas. No para participar en los combates, por supuesto; no quería que sufriera ningún daño. Pero le hubiera hecho bien pasar una semana con los demás muchachos. Y luego, la paz.
No supe si se refería a la paz en Europa o a la paz en su rincón particular de Inglaterra, así que no dije nada.
—En cualquier caso, sólo quería disculparme en su nombre —concluyó con una sonrisa—. Y ahora me iré para que pueda tomar su té.
—Gracias, señora Cantwell —repuse acompañándola hasta la puerta.
La observé recorrer el pasillo y mirar a derecha e izquierda, como si no supiera qué dirección seguir pese a que probablemente llevaba casi toda su vida viviendo allí.
De vuelta en mi habitación, comí el sándwich despacio, consciente de que la precipitación podía alterar el frágil equilibrio de mi estómago. Luego tomé el té, que estaba caliente, dulce y cargado, y sólo entonces empecé a sentirme yo mismo. Oía movimientos ocasionales fuera, en el pasillo, pues las paredes eran finas como el papel, y decidí dormirme antes de que mis vecinos de las habitaciones 3 y 5 volvieran para pasar la noche. No podía arriesgarme a permanecer despierto: era importante disfrutar de un sueño reparador para el día siguiente.
Aparté la bandeja, me quité la camiseta y me lavé la cara y el cuerpo con agua fría en el lavamanos. No tardé en salpicarme los pantalones, de modo que corrí las cortinas, encendí la luz y me desnudé del todo para acabar de lavarme tan bien como pude. Sobre la cama me habían dejado una toalla limpia, de ese tejido que se empapa con rapidez, así que me froté con movimientos agresivos, como nos habían enseñado a hacerlo aquel primer día en Aldershot, antes de colgarla en el lavabo. Limpieza, higiene, atención a los detalles: esas cosas distinguían a un buen militar, y ahora me salían de forma natural.
En un rincón había un espejo de pie y me planté ante él para examinarme con ojo crítico. El pecho, que tan buen tono muscular tuvo en mis últimos años de adolescencia, había perdido recientemente gran parte de su definición; ahora se veía pálido. En las piernas destacaban cicatrices rojas y amoratadas; en el abdomen, una gran magulladura oscura se negaba a desaparecer. Me sentí terriblemente poco atractivo.
Hubo un tiempo en que no era tan poco agraciado. De niño, la gente decía que era apuesto y daba gusto mirarme. Me lo habían comentado muchas veces.
Eso me hizo acordarme de Peter Wallis, mi mejor amigo de la infancia. Y de su recuerdo sólo tuve que recorrer un breve trecho hasta el de Sylvia Carter, cuya primera aparición en nuestra calle cuando los dos teníamos quince años fue el catalizador para mi partida. Peter y yo habíamos sido inseparables, él con sus rizos negro azabache y yo con un pelo rubio que me caía continuamente sobre los ojos, no importaba cuántas veces me obligara mi padre a sentarme a la mesa del comedor para cortármelo en un pispás con las pesadas tijeras de carnicero, las mismas que utilizaba para cortar los cartílagos de las chuletas en la tienda de abajo.
La madre de Sylvia nos observaba a Peter y a mí correr calle abajo con su hija, los tres en juvenil connivencia, preocupada por los enredos en que pudiera meterse Sylvia, y no lo hacía sin motivo, pues Peter y yo estábamos en una edad en que no hablábamos de otra cosa que no fuera sexo: sobre cuánto lo deseábamos, dónde lo buscaríamos y las cosas que le haríamos a la desafortunada criatura que nos lo ofreciera.
Aquel verano, cuando íbamos a nadar, todos cobramos conciencia de los cambios en los cuerpos de los otros, y Peter y yo, a medida que crecíamos y adquiríamos más confianza en nosotros mismos, empezamos a atraer miradas coquetas y comentarios provocativos por parte de Sylvia. En cierta ocasión, estando a solas con ella, me dijo que era el chico más guapo que había visto en su vida y que cuando me veía salir del lago, con el cuerpo perlado de agua y el bañador negro y chorreante como el pelaje de una nutria, sentía escalofríos. Aquel comentario me había excitado y repelido a un tiempo, y cuando nos besamos, yo con labios secos y lengua vacilante, y ella todo lo contrario, se me ocurrió que si una chica como Sylvia, tan guapa, me encontraba atractivo, quizá no estaba tan mal. La idea me produjo enorme emoción, pero aquella noche, tendido en la cama, procurándome placer con exageradas fantasías que luego me apresuré a olvidar, imaginé las escenas más escabrosas, ninguna con Sylvia, y después, extenuado y sintiéndome despreciable, me hice un ovillo entre las sábanas mojadas, me tragué las lágrimas y me pregunté qué diablos me pasaba.
Resultó que aquél fue el único beso que nos dimos, porque una semana después ella y Peter declararon que estaban enamorados y que dedicarían su vida a amarse mutuamente. Y añadieron que contraerían matrimonio cuando tuviesen edad de hacerlo. Yo me volví loco de envidia y me torturó la humillación, pues, sin advertirlo, me había enamorado perdidamente de ella; me había pasado poco a poco, sin ser consciente de ello, y verlos a los dos juntos, imaginar las cosas que hacían cuando estaban solos, me provocó amargas punzadas de angustia y no abrigué otra cosa que odio hacia ambos.
No obstante, Sylvia Carter me había dicho, cuando era un crío sin experiencia, que mi cuerpo le provocaba escalofríos. Y al verme ahora maltrecho y magullado tras más de dos años de combates, el pelo de un castaño desvaído, sin brillo y cayéndome sobre la frente, las costillas marcadas en la piel, la mano izquierda surcada de venas y pálida aquí y allá, la derecha con su propensión a los temblores más inoportunos, las piernas flacas, el sexo enmudecido por la mortificación, al verme así, digo, imaginé que, de ser capaz aún de provocarle escalofríos a Sylvia, se trataría más bien de espasmos de repulsión. Mi acompañante en el compartimento del tren debía de estar bromeando cuando dijo que me encontraba hermoso; yo era un ser horrible, acabado.
Volví a ponerme los calzoncillos y la camiseta, no quería dormir desnudo. No me apetecía sentir las gastadas sábanas de la señora Cantwell contra mi piel. No soportaba el más leve roce que sugiriese intimidad. Tenía