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Epílogo

Normas del club de exploradores del oso polar

Normas del club de exploradores del calamar oceánico

Normas del club de exploradores del chacal del desierto

Normas del club de exploradores del felino de la jungla

Agradecimientos

Sobre la autora

Créditos

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Para mi alma gemela, Neil Dayus

«Se dejaron deslizar hacia una intimidad
de la que nunca habían de liberarse.»
F. Scott Fitzgerald

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1

Stella Copodestrella Pearl limpió con la mano la escarcha de la ventana de la torre y, frunciendo el entrecejo, contempló la nieve. Lo normal sería que estuviera de un humor estupendo: al día siguiente era su cumpleaños y lo único que le gustaba más que los cumpleaños eran los unicornios. Aun así, no estaba contenta porque Felix seguía negándose a llevársela de expedición. Aunque ella había pedido e implorado, aunque había intentado engatusarlo, amenazarlo y asediarlo de todas las maneras posibles, nada de eso había servido. La idea de tener que quedarse de nuevo con tía Agatha le revolvía el estómago. Tía Agatha no sabía mucho de niños y en ocasiones metía la pata hasta el fondo, como aquella vez que le puso un repollo como desayuno para el colegio. Nada de dinosaurios de chocolate, pastel de malvaviscos o alguna chuchería: sólo un simple e inútil repollo. Además, tía Agatha tenía pelos en la nariz... y a veces resultaba imposible no mirarlos fijamente.

Stella había querido ser exploradora desde que tuvo edad para saber qué significaba esa palabra. En concreto, quería ser navegante. No se cansaba de mirar mapas y globos terráqueos y, en lo que a ella se refería, una brújula era el objeto más hermoso del mundo. Después de los unicornios, por supuesto.

Y si no estaba destinada a ser exploradora, ¿por qué las hadas le habían puesto dos nombres? Cualquiera sabe que sólo los exploradores tienen dos nombres. Felix le había dado su apellido, Pearl, pero, como no sabía qué nombre ponerle, les pidió a las hadas que decidieran en su lugar. Probablemente fue una suerte, porque a Felix le gustaban los nombres raros, como Mildred, Wilhelmina o Barbaretta. El caso es que las hadas no sólo le dieron un nombre, sino dos: Stella y Copodestrella, lo que sin duda la destinaba irremediablemente a ser exploradora.

Trepó al poyete de la ventana, encogió las piernas y apoyó el mentón en las rodillas. Fuera estaba oscureciendo. Sabía que Felix estaría buscándola para darle su regalo de la víspera. Era ya una tradición entre ellos: Stella podía abrir uno de sus regalos la noche anterior a su cumpleaños. Pero en ese momento estaba demasiado enfadada y decepcionada para regalos, así que había decidido subir a la torre para esconderse allí. Si se acurrucaba en el poyete de la ventana, nadie podría verla desde el fondo del pasillo.

Por desgracia, a Gruñón también le gustaba la torre y, en cuanto ella se sentó, apareció caminando pesadamente y se puso a hurgarle los bolsillos con el hocico en busca de galletas. La señora Sap, el ama de llaves, no se había alegrado mucho cuando Felix llegó a casa con una cría de oso polar huérfana, pero de otro modo el osezno habría muerto: no sólo había perdido a su madre, también tenía una pata deforme, lo que hacía casi imposible que sobreviviera en la naturaleza. Stella pensaba que tener un oso polar en casa era lo mejor del mundo pese a que, algunas veces, cuando intentaba hacerle arrumacos, por poco no la aplastaba. Los osos polares eran sorprendentemente grandes y pesados.

Stella sacó del bolsillo una galleta de pescado y se la dio a Gruñón, que la tomó con mucha delicadeza y luego la masticó alegremente llenando a la chica de migas y babas osunas. Ella ya se había acostumbrado a las babas, así que no le importó, pero la visita de Gruñón la delató ante Felix, que apareció por el pasillo unos minutos más tarde.

—Ah, estás aquí —dijo acercándose al poyete de la ventana—. He estado buscándote por todas partes.

Stella lo miró a la cara. Era su cara preferida, por encima de cualquier otra, y la primera que recordaba haber visto. Ella, al igual que Gruñón, también era una huérfana de la nieve. Si Felix no la hubiera encontrado cuando era una criatura que apenas sabía andar, probablemente habría muerto allí, sola sobre el hielo. Stella nunca había conocido a nadie con el pelo tan blanco como ella, con una piel tan pálida ni con unos ojos con aquel peculiar tono de azul hielo. La mayoría de los alumnos de su escuela tenían la piel rosada, mientras que ella era blanca como una perla de los pies a la cabeza. Eso siempre la había molestado, sobre todo porque hacía que se pareciera menos todavía a su padre adoptivo.

Felix era el padre de Stella a todos efectos, pero ella se había acostumbrado a llamarlo por su nombre de pila porque eso era lo que hacían los demás. No era un hombre especialmente guapo ni distinguido y no llevaba bigote, barba ni patillas como estaba de moda por entonces. Eso se debía en gran parte a que aquello habría requerido dedicar mucho tiempo a cuidados y mantenimiento, y Felix decía que (hasta el momento) había contabilizado un total de 134 actividades más interesantes en las que ocupar su tiempo, entre ellas hacer listas numeradas de actividades interesantes en las que ocupar el tiempo. Tenía la nariz un poco torcida, pero a Stella le encantaban las arrugas que se le formaban en las comisuras de los ojos, su cabello castaño claro —que solía llevar un poco más largo de lo normal, de modo que se le rizaba a la altura de la nuca— y la boca siempre dispuesta a sonreír. A Felix no le gustaba fruncir el ceño: decía que era hacer un mal uso de ese músculo.

Stella siempre lo había considerado una persona especial, y el hecho de que fuera un experto en hadas y duendes lo acreditaba más allá de toda duda. Estos seres no hablaban con la mayoría de los humanos, pero siempre habían apreciado a Felix. En verano, prácticamente nunca salía de casa sin un hada encaramada en el ala de su sombrero o posada en el hombro para susurrarle al oído, de modo que a Stella le importaba muy poco si a veces se olvidaba de cepillarse el pelo, si se ponía calcetines de distinto color o se abrochaba mal los botones de la camisa. Felix sabía montar en velocípedo y hacer trucos de cartas y pajarillos planeadores de papel... y si todo eso no bastaba para convertir a alguien en tu persona favorita, Stella no sabía qué más podía necesitarse.

—Ha llegado la hora del regalo de la víspera —anunció Felix tendiéndole una caja blanca atada con un lazo rosa un tanto flojo.

Stella tuvo que dominarse para responder:

—No lo quiero. —Y volvió la cara hacia la ventana.

—No puedo creer que estés hablando en serio —replicó Felix. Intentó apartar a Gruñón, que se había tumbado al lado del poyete, pero empujar a un oso polar es casi como empujar una montaña, de modo que pasó por encima del animal para sentarse junto a Stella—. Sabes bien que te llevaría sin dudarlo —le dijo en voz baja—, pero a las chicas no se les permite participar en las expediciones.

—¡No es justo que las chicas no puedan ser exploradoras! —exclamó Stella—. ¡Es estúpido y absurdo!

Aquella injusticia la hacía temblar de pies a cabeza. Stella se había criado escuchando las historias que Felix contaba cuando volvía de una expedición y siempre le habían encantado, pero llega un momento en que uno se cansa de oír las aventuras de otras personas y quiere empezar a vivir las propias.

Muchos exploradores llevaban a sus hijos a las expediciones. De hecho, un amigo de Stella, Habichuela, iba a acompañar en la próxima a su tío, el renombrado entomólogo Benedict Boscombe Smith. Habichuela tenía la misma edad que ella y era mitad elfo. Poseía una larga lista de aversiones: entre otras cosas, no le gustaban la cháchara, el sarcasmo, los apretones de manos, los abrazos y los cortes de pelo. Básicamente, rechazaba con rotundidad cualquier cosa que implicara el menor contacto físico.

—Tienes toda la razón —contestó Felix—. Es estúpido y absurdo. Seguro que algún día será distinto, pero el mundo no siempre cambia tan rápido como nos gustaría.

Stella siguió con la vista clavada en la ventana: prefería ver la nieve antes que mirarlo a los ojos.

—Yo creía que a ti no te importaban las normas —dijo mordiéndose el labio.

Su padre repetía a menudo que ciertas normas podían romperse y que, de hecho, de tanto en tanto había que romper alguna por una simple cuestión de salud. Tía Agatha solía afirmar que hacía falta una mujer en la casa para criar a Stella como es debido, en cambio Felix siempre se ponía del lado de la chica en asuntos como cabalgar en unicornio por el campo, construir un fuerte con libros de la biblioteca o aprender a hacer animales con globos en vez de dedicarse a bordar cosas horrendas.

«Hay ciertas normas que no se pueden romper bajo ningún concepto —solía decir—, como ser amable y tratar a los demás como te gustaría que te trataran a ti, pero el hecho de que la gente se ría o no de alguien, o que lo consideren peculiar o distinto, no es un criterio válido para determinar cómo se debe actuar.»

—Que yo vaya a la expedición no va a perjudicar a nadie, ¿no es cierto? —preguntó Stella intentando usar la lógica de su padre contra él mismo—. Si la gente cree que es raro que una chica sea exploradora es problema suyo, no mío.

Felix suspiró y dejó el regalo en el poyete, entre los dos.

—Ojalá fuera tan sencillo, querida mía, pero yo no he inventado las normas del Club de Exploradores del Oso Polar. —Empujó la caja hacia Stella—. No permitamos que eso eche a perder tu cumpleaños. ¿Por qué no abres tu regalo?

—Llévatelo, no lo quiero —contestó ella con el tono más glacial del que fue capaz, pero en cuanto pronunció esas palabras se sintió fatal y se odió a sí misma por ser tan cruel. Detestaba estar enfadada con Felix: le resultaba antinatural, hacía que se le revolviera el estómago—. Lo siento —se apresuró a disculparse—, no quería decir eso.

Él cogió el regalo y se lo puso en las manos.

—Ábrelo —repitió—: a estas alturas, esas pobres cositas estarán asfixiándose ahí dentro.

Aquello hizo que a Stella le picara la curiosidad, así que tiró del lazo y quitó la tapa de la caja. Dentro, sobre un lecho de papel de seda de color rosa, había un iglú diminuto. Con una exclamación de alegría, lo sacó de la caja y descubrió que estaba hecho de hielo de verdad. Los minúsculos bloques le helaban los dedos y la escarcha centelleaba sobre la curvada superficie como si contuviera decenas de diamantes diminutos.

—Está encantado —le explicó Felix—, por eso no se derrite. Se lo compré a un mago que conocí en uno de mis viajes a Villa Gangosa. Mira en el interior.

Stella lo levantó para mirar a través de la entrada y dio un respingo al atisbar a una familia de pingüinos diminutos que palmeaban alegremente mientras iban de aquí para allá sobre el hielo.

—Son mascotas polares —continuó Felix—: forman parte del hechizo, así que no necesitan comida ni nada parecido, aunque el mago me dijo que les gusta que les canten de vez en cuando. Uno de los iglús que me ofreció tenía osos polares y otro, focas, pero pensé que los pingüinos te gustarían más.

—¡Me encantan! —exclamó Stella.

—Había incluso un iglú con trasgos de la nieve, pero me resultó un poco inquietante; ¿qué pensarías si alguien se presentara ante ti con un iglú lleno de trasgos de la nieve? Al mirar en el interior, me pareció que estaban peleando con unos palos puntiagudos e intentaban sacarse los ojos, un espectáculo bastante violento.

—Es la clase de regalo que haría tía Agatha —dijo Stella volviendo a sentirse taciturna con sólo mencionar a su tía.

Le encantaban aquellos minúsculos pingüinos en su minúsculo iglú, igual que todas las rarezas, chucherías y tesoros que Felix le llevaba de sus viajes, pero lo que ella deseaba de verdad, más que ninguna otra cosa, era descubrir por sí misma un montón de rarezas y curiosidades y llevarlas consigo a casa. Deseaba tener un estudio propio, con las paredes cubiertas de mapas y cartas de navegación, donde pudiera pasar todo el tiempo que quisiese listando e inspeccionando los objetos y planeando su próxima aventura a tierras ignotas situadas en la otra punta del mundo.

—Tu tía hace lo que puede —dijo Felix—. Ella sólo... bueno, nuestras costumbres le resultan un poco raras, eso es todo. Pero se preocupa por ti... —Miró por la ventana y una leve arruga se dibujó en su entrecejo—. Al menos a su manera.

Stella no estaba muy segura de eso. Felix siempre la presentaba a los demás como su hija y ella sabía que él la quería como sólo pueden hacerlo los padres más amorosos, aunque en realidad era una niña huérfana a la que había encontrado en la nieve. Pero tía Agatha solía mirarla con la misma expresión de ligero disgusto con que miraba a Gruñón cuando éste soltaba uno de sus largos y sonoros eructos con olor a galleta de pescado.

En cualquier caso, Stella no quería seguir discutiendo con Felix, así que le dio un beso de buenas noches, saltó por encima de Gruñón y se marchó a su habitación. Dejó el iglú en la mesita de noche, se desvistió, se metió en la cama y se puso a mirar el móvil que giraba lentamente colgado del techo. Sabía que era demasiado mayor para móviles, pero aquél se lo había hecho Felix cuando era muy pequeña para que se sintiera como en casa y a ella le encantaba.

Felix lo había diseñado para recordarle de dónde procedía, por eso lo había decorado con yetis peludos, unicornios blancos y resplandecientes estrellas plateadas. Había incluso mamuts lanudos y yaks de pezuña hendida, todos ellos cuidadosamente elaborados con arcilla, lana y cuentas de colores. Stella sólo tenía dos años cuando Felix la encontró, así que era demasiado pequeña para recordar nada de su vida anterior; aun así, en ocasiones soñaba que era un bebé y se veía sentada en una cama jugando con una diadema de cristales, perlas y gemas blancas como el hielo. Luego la imagen cambiaba y se descubría en medio de la nieve y ésta estaba manchada de sangre...

Stella sabía que jamás averiguaría qué le había sucedido a su familia biológica, pero en otro tiempo la naturaleza salvaje y helada había sido su hogar y anhelaba volver a verla por sí misma: cuando Felix y los miembros de su expedición lograran ser los primeros exploradores en llegar a la zona más fría del País del Hielo, ella quería estar allí con ellos; sólo necesitaba encontrar la forma de que su padre le permitiese ir.

Lanzó un suspiro, se dio la vuelta en la cama, se acurrucó bajo las mantas y se durmió arrullada por los suaves y alegres graznidos de los pingüinos en su iglú.

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2

Cuando Stella se despertó a la mañana siguiente, el sol entraba por las ventanas de su habitación y le calentaba los dedos de los pies, que sobresalían por el extremo de la cama. Se incorporó preguntándose si debería sentirse distinta por haber cumplido doce años. No es que supieran su edad con certeza, pero Felix creía que debía de tener unos dos años cuando la encontró. Decía que todo el mundo debería celebrar su cumpleaños al menos una vez al año (idealmente, dos), de modo que decidió que el cumpleaños oficial de Stella sería la fecha en que la había encontrado en la nieve.

El sonido apagado de un matasuegras atrajo su atención; provenía del iglú que estaba junto a su cama, así que lo levantó para observar a la familia de pingüinos. Parecía que uno de ellos también estaba celebrando su cumpleaños porque todos llevaban sombreritos de cartón, soplaban matasuegras y había una tarta en forma de pez con varias velitas. Uno de los pingüinos, seguramente el cumpleañero o cumpleañera —con los pingüinos resultaba difícil decir si eran chico o chica—, aplaudía con las aletas y soltaba pequeños graznidos de emoción. Stella recordó lo que Felix le había dicho sobre cantarles, así que se puso a entonar el Cumpleaños feliz a través de la puerta del iglú, lo que causó un gran alborozo: los pingüinos empezaron a correr en círculos palmeando ruidosamente el hielo con sus anchas patas. Stella sonrió y volvió a dejar el iglú al lado de la cama.

Hizo un gran esfuerzo para apartar de su mente los pensamientos sobre la inminente partida de Felix y su triste reclusión con tía Agatha. Sería una lástima permitir que eso echara a perder su cumpleaños: al fin y al cabo, sólo se cumplen doce años una vez en la vida.

Se puso su vestido preferido para las ocasiones especiales. Era azul pálido, con diminutos botones en forma de osos polares y una magnífica falda con enaguas que se hinchaba de una forma maravillosa cuando Stella giraba, y la hacía sentir como una de las hadas de azúcar que a veces veía bailar a medianoche en el jardín.

Se recogió el pelo con una cinta azul y luego descendió por la amplia escalera que conducía a la planta baja. Como la mayoría de los exploradores, Felix era sumamente rico. La mansión donde vivían tenía varias cocinas y comedores atendidos por numerosos cocineros, chefs y sirvientes. Si había exploradores alojados en la casa —algo que sucedía a menudo cuando estaban planificando una expedición—, tomaban el desayuno en el salón, pero cuando sólo estaban ellos dos siempre comían en el invernadero de naranjos. Felix seguía llamándolo así aunque hacía años que allí no había ni un solo naranjo. En su lugar, el edificio acristalado del invernadero albergaba algo bien distinto.

Cuando Stella abrió la puerta, notó una oleada de calor junto con el tenue aroma de las naranjas de antaño. Con sus muros y su techo de cristal, el invernadero era el sitio más cálido de la mansión, lo cual lo convertía en el entorno ideal para criar dinosaurios enanos. Algunas personas los llamaban «dinosaurios duende» debido a su reducido tamaño: incluso el Tyrannosaurus Rex, el favorito de Stella, no era más grande que un gatito. Se llamaba Destructor y, en cuanto la vio entrar, se acercó a ella corriendo. Stella lo tomó en brazos y le pasó un dedo por la escamosa cabeza mientras él se retorcía encantado aferrándole el pulgar con sus curvadas garras delanteras.

Felix había descubierto a los dinosaurios enanos en un viaje a las Islas de las Especias del Sur Exótico y llevaba algún tiempo estudiándolos. La noticia de sus investigaciones se había propagado y, a esas alturas, cada vez que en algún sitio aparecía un dinosaurio enano enfermo o herido llamaban a Felix para proponerle que se hiciera cargo de él. Jamás rechazaba a ninguno, de modo que, con el tiempo, el invernadero de naranjos se había convertido en el hogar de decenas de pequeños dinosaurios.

—¡Ah, aquí está la cumpleañera! —exclamó Felix desde la mesa situada en el centro de la estancia—. Siéntate a desayunar.

A Stella le encantó ver que le habían preparado un helado bañado con una dulcísima crema de chocolate y caramelo, espolvoreado con virutas de chocolate y acompañado de barritas de dulce de leche. También la conmovió que Felix hubiera inflado decenas de globos con forma de unicornio y que los hubiera atado a los nidos de pterodáctilo que colgaban del techo. De vez en cuando, un pterodáctilo enano se acercaba volando para examinar uno de aquellos brillantes unicornios rosa, pero enseguida se alejaba batiendo las alas y con pinta de estar de lo más confundido.

Stella se sentó con Destructor en el regazo, le dio una barrita de dulce de leche (que él le arrebató de los dedos con voracidad) y luego hundió la cuchara en el helado antes de que empezara a derretirse.

Todo iba estupendamente hasta que un rápido tamborileo en la pared de cristal le hizo volver la cabeza: tía Agatha estaba fuera, mirándolos con una expresión severa en su ancho rostro.

A Stella se le cayó el alma a los pies.

—Pensaba que no iba a venir a recogerme hasta esta tarde —dijo lanzándole a Felix una mirada acusadora.

—Yo también. Debe de haber tomado el primer tren de la mañana —contestó él. Después suspiró—. Bueno, supongo que es inútil escondernos de ella ahora que ya nos ha visto. —La saludó a través del cristal y dijo alzando la voz—: Pasa, Agatha, la puerta está abierta.

Stella volvió a concentrarse en el helado mientras la tía rodeaba el edificio buscando la puerta. Al cabo de nada irrumpió en el invernadero. Iba vestida con un conjunto de falda y chaqueta moradas y llevaba un enorme sombrero blando del mismo color rematado con una pluma. Era una mujer corpulenta y Stella pensó que con aquella ropa parecía una gigantesca rana violeta... Por supuesto, de la clase de rana que uno no debería ni tocar por si resultaba venenosa.

—Cuánto me alegro de verte, Agatha —saludó Felix educadamente y se levantó para ofrecerle una silla—. ¿Te apetece un poco de helado?

—¿Helado? —repitió ella horrorizada. Cualquiera hubiera pensado que Felix había dicho: «¿Te apetece pico de calamar troceado?»—. ¿Helado para desayunar? ¡Ay, Felix, de verdad...!

—Hoy es el cumpleaños de Stella... —respondió él sentándose de nuevo.

—Ah, sí. Feliz cumpleaños, querida... —dijo Agatha volviéndose hacia la chica como si hasta entonces no hubiera sido consciente de su presencia.

—Gracias, tía Agatha.

Agatha se sentó en la silla apretando su bolso sobre el regazo como si tuviera miedo de que alguien fuese a arrebatárselo. Miró la mesa frunciendo el ceño.

—Felix, ¿qué diantres hace ese dinosaurio en un cuenco de cereales?

—Es Mildred —le explicó Felix con calma—: es una diplodocus.

La diminuta dinosauria estaba junto al codo de Felix. Tenía el cuerpo parcialmente sumergido en leche y a su alrededor flotaban anillos de cereal con sabor a frutas.

—No te he preguntado qué clase de dinosaurio es, sino por qué está en el cuenco de cereales —replicó ella con un suspiro.

—Por una dolencia en la piel: la estoy tratando con leche y cereal de colores. Por ahora le está yendo bien. ¿Seguro que no quieres un poco de helado? Al menos cómete una barrita de dulce de leche.

—No puede ser higiénico comer en el invernadero con todos estos dinosaurios correteando a sus anchas de un lado para otro —contestó tía Agatha—. Además, aquí hace demasiado calor. —Sacó un enorme abanico del bolso y comenzó a abanicarse la cara con un brío exagerado.

Stella rebañó los restos de su helado y le tendió la cuchara a Destructor para que la lamiera. Después lo puso en el suelo. Desgraciadamente, en cuanto se vio libre el pequeño tiranosaurio corrió hacia tía Agatha y se puso a mordisquearle los cordones de los zapatos. Ella soltó un chillido y levantó el abanico para atizarle, pero Felix alargó el brazo para impedírselo.

—Tranquila —dijo cogiendo a Destructor y poniéndoselo en el regazo.

El tiranosaurio miró enfadado a la mujer. Tenía una mirada ceñuda bastante lograda: ésa era una de las cosas que más le gustaban a Stella de ese animalito en particular.

La chica estaba a punto de preguntar si podía levantarse: prefería estar en los establos con su unicornio (o en cualquier otro sitio, para el caso) a quedarse sentada soportando la desaprobación de su tía, pero ésta se volvió hacia ella y le dijo:

—Stella, querida, ¿por qué no vas fuera a jugar un ratito? Tengo que hablar con mi hermano en privado.

Tía Agatha siempre llamaba a Felix «mi hermano», nunca «tu padre». Stella se encogió de hombros y se levantó de la silla como si tuviera cosas más importantes que hacer. Sin embargo, que tía Agatha quisiera hablar «en privado» con Felix sólo podía significar que quería hablar sobre ella y, como cualquier chica con amor propio, Stella no estaba dispuesta a dejar escapar la oportunidad de escuchar a escondidas cualquier conversación que le atañía.

De modo que regresó a la mansión, cogió su capa, volvió a salir y se escondió detrás del arbusto de malvavisco que crecía al lado del invernadero. No era un arbusto muy grande, pero si se recogía la falda, se agazapaba en la nieve y no se movía ni un centímetro bastaba para ocultarla de la vista. A través de las hojas y los esponjosos malvaviscos rosa podría espiar a su tía y a Felix y oír con claridad todo lo que dijeran.

—¡En serio, Felix, esto ya es demasiado! —se lamentaba Agatha—. Murciélagos en el campanil, dinosaurios en el invernadero, duendes en el montón de la leña... ¿Adónde iremos a parar?

—Agatha, por favor. No hay murciélagos en el campanil. Además, ni siquiera estoy seguro de qué es un campanil, aunque estoy razonablemente convencido de que aquí no tenemos ninguno. Los murciélagos están en la sala de fumar. Antes preferían la biblioteca, pero después de aquel rifirrafe con los ratones de biblioteca...

—¡Los murciélagos me tienen sin cuidado! —lo interrumpió su hermana con impaciencia, cosa que a Stella le pareció bastante grosera teniendo en cuenta que era ella quien había mencionado los murciélagos—. Lo que me preocupa es lo que va a ser de la chica.

—La chica —repitió Felix en voz baja—. ¿Acaso te estás refiriendo a mi hija Stella?

—Felix, por favor, seamos serios: ella no es tu hija en realidad...

Felix se levantó abruptamente y guardó silencio; Stella sabía que eso significaba que estaba contando mentalmente hasta diez: su padre decía que uno siempre debía contar hasta diez si estaba a punto de enfadarse con alguien. Stella, sin embargo, casi nunca lo había visto enfadado. De hecho, su hermana parecía la única persona capaz de ponerlo de mal humor.

—Stella es mi hija en el único sentido que importa —declaró él finalmente.

—Escúchame, he venido antes porque quería hablar muy seriamente contigo sobre lo que pretendes hacer con ella. Stella no siempre será una niña, ¿qué va a ser de ella cuando crezca? No puede vivir aquí de forma indefinida, ¿no te parece?

Felix abrió una nevera, sacó una regadera y, con toda la calma del mundo, comenzó a verter leche fría sobre Mildred, que seguía tan feliz en su cuenco de cereales.

—¿Y qué sugieres, Agatha? —preguntó.

—Pues tengo una noticia maravillosa para ti, Felix. De hecho, he solucionado el problema. —Cuando se irguió en la silla, la pluma de su sombrero se bamboleó—. Le he conseguido una plaza en un colegio privado para señoritas.

Felix dejó la regadera.

—Pero Stella ya va a la escuela municipal con los niños de la zona. Y yo mismo estoy colaborando en su educación...

Agatha lo apuntó con un dedo.

—Has estado llenándole la cabeza con tonterías sacadas de esos libros tuyos. Stella necesita aprender a hacer cosas útiles como coser y bordar y llevar un vestido sin estropearlo a los cinco segundos.

Stella miró con culpabilidad su vestido de fiesta: vio que Destructor se lo había deshilachado un poco con las garras mientras lo tenía en el regazo y que la falda estaba bastante empapada tras arrastrarla por la nieve. Además, por lo visto Destructor también le había babeado encima. Suspiró. Los tiranosaurios enanos tenían tendencia a babear cuando había barritas de dulce de leche de por medio.

—En ese colegio privado le enseñarán a cantar y a dibujar —continuó tía Agatha—, le harán ver que no es correcto que una chica galope sobre unicornios o examine viejos mapas polvorientos. Corregirán su postura: las alumnas de ese colegio pasan una hora al día caminando con libros sobre la cabeza.

Felix la miró boquiabierto.

—¿De verdad?

Agatha asintió con énfasis.

—Desde luego que sí. Y en ocasiones dos horas.

—¿Y no sería mejor dedicar ese tiempo a leer los libros?

—Es un centro magnífico —prosiguió ella fingiendo no haberlo oído—. Te lo digo en serio, Felix: te asombraría lo mucho que cambiaría esa chica después de pasar un trimestre allí.

—No me cabe la menor duda.

—Le enseñarán a peinarse a la última moda —siguió tía Agatha con evidente entusiasmo—, y aprenderá a bailar, a empolvarse, a aplicarse colorete y a ser atractiva para un caballero. Luego, cuando sea mayor, se le podrá arreglar un buen matrimonio y a partir de entonces será responsabilidad de otro. Lo he pensado todo muy bien, Felix, y ésta es la única salida. Sé que sientes debilidad por esos... huérfanos de la nieve, pero una chica no es un oso polar. En fin, hasta tú tienes que darte cuenta de eso.

Stella contuvo la respiración con el corazón a punto de salírsele del pecho. ¿Y si Felix acababa cediendo? Se moriría de pena si la mandaban lejos de casa. De repente, se arrepintió de haberse mostrado tan huraña con él la noche anterior: ojalá hubiera sido mejor hija y le hubiera dicho cuánto lo quería cincuenta veces al día.

Felix le dio la espalda a su hermana y Stella dio un respingo al ver que iba directo hacia donde ella estaba escondida. Se agazapó aún más en la nieve y procuró no mover ni un pelo mientras miraba las botas de su padre, que se había detenido frente a ella al otro lado del cristal.

—Es un buen plan, Agatha —dijo él y Stella sintió cómo un escalofrío de pavor le recorría el cuerpo—, aunque no estoy muy seguro de que a mi hija le interese mucho bordar. —Stella se arriesgó a levantar la cabeza tras los malvaviscos rosa del arbusto y se sorprendió al descubrir que su padre estaba mirándola. Él esbozó una media sonrisa y le guiñó un ojo—. Además —continuó Felix, rascándose la mejilla—, caminar con libros en la cabeza me parece una espantosa pérdida de tiempo. Sé que no soy un experto en asuntos femeninos, pero en la vida de una jovencita tiene que haber algo más que cantar y bailar, ¿no crees? Al fin y al cabo, no son monos de feria.

—Felix, en serio, debo insistir. Ya está todo arreglado: Stella empezará en el colegio mañana.

—Mi querida Agatha, sé que tus intenciones son buenas, pero no tienes ningún derecho a insistir. De hecho, nadie te ha pedido tu opinión. Stella no irá a ese colegio ni mañana ni nunca. —Se volvió de nuevo hacia su hermana—. Gracias por venir, pero creo que no voy a necesitar que cuides de Stella en esta ocasión.

—¡No estarás diciendo que vas a dejarla aquí con los criados y estos horribles dinosaurios! ¡Necesita una supervisión apropiada!

—Yo la supervisaré apropiadamente: me acompañará de expedición.

Stella soltó un gritito ahogado. Tía Agatha se quedó con la boca abierta.

—¡No puedes llevarte a una chica de expedición, Felix! ¡Es imposible!

—¿Imposible? Muchas cosas extraordinarias e increíbles se han logrado pese a que se decía que eran imposibles. A veces, puede que incluso se hayan logrado precisamente gracias a eso.

—¡Las chicas no pueden ser exploradoras! ¡Menuda ocurrencia! ¿De verdad te imaginas a una mujer empujando un trineo y luego atrapada por una avalancha y teniendo que recurrir al canibalismo y a saber qué más? No, no... Es demasiado arriesgado, demasiado indecoroso.

—En primer lugar —repuso Felix con calma, enumerando con los dedos—, yo soy explorador desde hace veinte años y jamás me he quedado atrapado en una avalancha. En segundo, nadie tiene que empujar los trineos, pues llevamos animales de tiro. Y por último, los exploradores no se han comido unos a otros en décadas. En décadas, Agatha. El campo de la exploración ha progresado a pasos agigantados. Si los chicos de doce años pueden unirse a una expedición, no veo por qué no puede hacerlo Stella.

—No hablas en serio, Felix. Esto es demasiado, incluso viniendo de ti. Es imposible que lo digas en serio. No puedo creerlo.

—Intento no hablar demasiado en serio en general, Agatha, pero creo que no he hablado más serio en toda mi vida. Lamento que hayas hecho el viaje en vano. Gracias por venir. Por favor, toma unas galletas, un poco de mermelada o lo que quieras antes de marcharte. Espero que me disculpes por no quedarme charlando contigo: Stella y yo tenemos que preparar el equipaje.

Fue el mejor regalo de cumpleaños que Stella podría haber recibido. Felix dejó a su hermana echando chispas en el invernadero y Stella estuvo a punto de tropezar con su propio vestido al salir corriendo para reunirse con él dentro de la casa.

—¡¿De veras piensas llevarme?! —le preguntó abrazándolo por la cintura.

—Por supuesto que sí, tesoro, no suelo bromear con cosas tan serias.

—Pero las normas del Club de Exploradores del Oso Polar son...

—No te preocupes por eso. Ya lo resolveremos cuando lleguemos allí. Ahora, lo importante es tener todo listo para poder tomar el tren por la mañana. ¿Puedes preparar tu equipaje sola o quieres que te ayude?

—Puedo hacerlo sola —aseguró ella.

El resto del día transcurrió en un torbellino de preparativos. Tía Agatha abandonó la casa malhumorada tras intentar una vez más convencer a su hermano de que aceptara su plan, y Felix le dio a Stella una maleta vieja y enorme cubierta de pegatinas descoloridas; estaba llena de polvo y olía a naftalina, pero a ella le pareció la mejor maleta que había visto en su vida. Anduvo de un lado para otro por su habitación, lanzando ropa más o menos al azar mientras intentaba decidir qué llevarse y qué no a una expedición polar.

Volvió a mirar los pingüinos en el interior del diminuto iglú y vio que todos parecían atareados preparando maletas... aunque, por lo visto, su equipaje consistía exclusivamente en pescado ahumado. Stella arrugó la nariz al percibir el olor del pescado y volvió a dejar con cuidado el iglú en la mesita de noche.

Abrió el cajón de la mesita y sacó la brújula de oro que Felix le había regalado en su undécimo cumpleaños. Una auténtica brújula de explorador no se limitaba a indicar norte, sur, este y oeste, sino que podía señalar hasta veinte cosas distintas: cosas como comida, refugio, yetis, agua y gnomos furiosos. Stella no estaba muy segura de qué eran los gnomos furiosos; jamás se había encontrado con uno (ni con ningún otro tipo de gnomo), pero deseaba con todas sus fuerzas ver uno en aquella expedición y que estuviera de lo más furioso: quería verlo absolutamente todo.

El equipaje estuvo listo por la tarde, de modo que Felix llevó a Stella al lago que había detrás de la mansión para que pudiera patinar una hora antes de la cena. Cuando regresaron a casa, el cocinero había preparado los platos preferidos de Stella para su cena de cumpleaños: sobre la larga mesa del comedor había miniperritos calientes, pizzas gigantes, merengues morados y dragones de gelatina. El fuego chisporroteaba en la enorme chimenea de piedra y, delante de ésta, Gruñón roncaba satisfecho tumbado en una alfombra.

Stella se dio un atracón antes de irse a dormir, pero al abrir la puerta de su habitación descubrió que las hadas habían estado allí y le habían dejado, ellas también, un regalo de cumpleaños. Todas las superficies libres estaban cubiertas de flores mágicas de distintos colores que refulgían iluminando la estancia. Cuando Stella acarició los pétalos (olían a deliciosas palomitas de maíz con mantequilla), las flores se abrieron para mostrar minúsculas porciones de pastel de cumpleaños glaseado, rosadas como el algodón de azúcar, todas con forma de pequeños unicornios.

Entonces descubrió que, a pesar de la copiosa cena, aún le quedaba sitio, así que se comió todos los unicornios antes de meterse en la cama. Sentía mariposas en el estómago ante la idea de irse de expedición con Felix y pensaba que le iba a costar pegar ojo, pero las emociones de la jornada la habían dejado exhausta y se quedó dormida sin darse cuenta.

Eso sí, por la mañana se despertó temprano y saltó enseguida de la cama, casi temblando de emoción mientras se cambiaba el pijama por un largo vestido de viaje con botones en forma de estrella y una capucha ribeteada de piel para protegerse de la nieve.

Una hora más tarde, el unicornio de Stella, Magia, estaba enganchado al trineo, a punto para llevarlos a la estación de tren con todo el equipaje. Padre e hija se pusieron las capas de viaje más gruesas que tenían, forradas con la cálida lana de yeti, y se acomodaron en el trineo entre un montón de pieles y mantas. Todo el personal de la casa había recibido instrucciones detalladas sobre el cuidado de Gruñón y los dinosaurios enanos, de modo que ya no quedaba nada más que hacer excepto dirigirse a la estación. El señor Pash, el jefe de la cuadra, se acomodó en el asiento del cochero y dio una sacudida a las riendas para que Magia echara a trotar. El trineo se puso en marcha y las cuchillas surcaron la nieve mientras la casa iba haciéndose más y más pequeña a sus espaldas.