Contenido
Portada
Dedicatoria
Filiaciones
Mapa 1
Mapa 2
Prólogo
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Créditos
«¡Ya debo de estar cerca del campamento!», pensó Glayito desesperado, resbalando sobre las hojas caídas.
Sintió un gran dolor en la cola cuando el zorro lo alcanzó con sus afilados dientes. Glayito aceleró; corría cada vez más deprisa hasta que, sin previo aviso, el suelo desapareció debajo de sus patas.
Con una sacudida de horror, notó cómo se hundía en el vacío.
«¡He caído a la hondonada!»
Un agradecimiento especial a Kate Cary
Filiaciones
CLAN DEL TRUENO
Líder
ESTRELLA DE FUEGO: gato de un intenso color rojizo.
Lugarteniente
ZARZOSO: gato atigrado marrón oscuro de ojos ámbar.
Aprendiz: BAYINO
Curandera
HOJARASCA ACUÁTICA: gata atigrada de color
marrón claro y ojos ámbar.
Guerreros
(gatos y gatas sin crías)
MANTO POLVOROSO: gato atigrado marrón oscuro.
Aprendiza: ZARPA PINTA
TORMENTA DE ARENA: gata de color melado claro.
Aprendiza: MELOSA
NIMBO BLANCO: gato blanco de pelo largo.
Aprendiza: CARBONCILLA
FRONDE DORADO: gato atigrado marrón dorado.
ESPINARDO: gato atigrado marrón dorado.
Aprendiza: ROSELLERA
CENTELLA: gata blanca con manchas canela.
CENIZO: gato gris claro con motas más oscuras,
de ojos azul oscuro.
ACEDERA: gata parda y blanca de ojos ámbar.
ZANCUDO: gato negro de largas patas,
con la barriga marrón y los ojos ámbar.
Aprendiz: RATOLINO
RIVERA DONDE NADA EL PEQUEÑO PEZ (RIVERA): gata atigrada de color marrón y ojos grises, antiguo miembro
de la Tribu de las Aguas Rápidas.
BORRASCOSO: gato gris oscuro de ojos ámbar, antiguo miembro de la Tribu de las Aguas Rápidas.
CANDEAL: gata blanca de ojos verdes.
BETULÓN: gato atigrado marrón claro.
Aprendices
(de más de seis lunas de edad, se entrenan
para convertirse en guerreros)
BAYINO: gato de color tostado.
ZARPA PINTA: pequeña gata gris y blanca.
RATOLINO: gato gris y blanco.
CARBONCILLA: gata atigrada de color gris.
MELOSA: gata atigrada de color marrón claro.
ROSELLERA: gata parda.
Reinas
(gatas embarazadas o al cuidado de crías pequeñas)
FRONDA: gata gris claro con motas más oscuras, de ojos verde claro. Pareja de Manto Polvoroso;
madre de Albinilla y Raposillo.
DALIA: gata de pelo largo color tostado, procedente
del cercado de los caballos.
esquiruela: gata de color rojizo oscuro y ojos verdes.
Pareja de Zarzoso; madre de Leoncillo, Carrasquina
y Glayito.
Veteranos
(antiguos guerreros y reinas, ya retirados)
RABO LARGO: gato atigrado de color claro con rayas
muy oscuras, retirado anticipadamente por problemas
de vista.
MUSARAÑA: pequeña gata marrón oscuro.
CLAN DE LA SOMBRA
Líder
ESTRELLA NEGRA: gran gato blanco con enormes
patas negras como el azabache.
Lugarteniente
BERMEJA: gata de color rojizo oscuro.
Curandero
CIRRO: gato atigrado muy pequeño.
Guerreros
ROBLEDO: pequeño gato marrón.
SERBAL: gato rojizo.
Aprendiza: YEDRINA
CHAMUSCADO: gato negro.
Aprendiz: RAPACERO
AGUZANIEVES: gata de un blanco inmaculado.
Reina
TRIGUEÑA: gata parda de ojos verdes.
Veteranos
CEDRO: gato gris oscuro.
AMAPOLA: gata atigrada marrón claro
de patas muy largas.
CLAN DEL VIENTO
Líder
ESTRELLA DE BIGOTES: gato atigrado de color marrón.
Lugarteniente
PERLADA: gata gris.
Curandero
CASCARÓN: gato marrón de cola corta.
Aprendiz: AZORÍN
Guerreros
OREJA PARTIDA: gato atigrado.
Aprendiz: LEBRATO
CORVINO PLUMOSO: gato gris oscuro.
Aprendiza: ZARPA BRECINA
CÁRABO: gato atigrado de color marrón claro.
COLA BLANCA: pequeña gata blanca.
Aprendiz: VENTOLINO
NUBE NEGRA: gata negra.
TURÓN: gato rojizo de patas blancas.
Veteranos
FLOR MATINAL: reina de color carey,
muy anciana.
MANTO TRENZADO: gato atigrado
de color gris oscuro.
CLAN DEL RÍO
Líder
ESTRELLA LEOPARDINA: gata atigrada
con insólitas manchas doradas.
Lugarteniente
VAHARINA: gata gris oscuro de ojos azules.
Aprendiza: ZARPA ROANA
Curandera
ALA DE MARIPOSA: gata atigrada de color dorado.
Aprendiza: BLIMOSA
Guerreros
PRIETO: gato negro grisáceo.
MUSGAÑO: pequeño gato atigrado
de color marrón.
Aprendiza: PALOMINA
JUNCAL: gato negro.
Aprendiz: SALTARÍN
MUSGOSA: gata parda de ojos azules.
Aprendiz: GUIJOSO
FABUCÓN: gato marrón claro.
TORRENTERO: gato atigrado de color gris oscuro.
Reina
FLOR ALBINA: gata de color gris muy claro.
Veteranos
GOLONDRINA: gata atigrada oscura.
PIZARRO: gato gris.
GATOS DESVINCULADOS DE LOS CLANES
LÁTIGO GRIS: gato gris de pelo largo.
MILI: pequeña gata doméstica
de color gris y atigrada.



Prólogo
Las raíces embarradas de un árbol formaban una pequeña abertura. En las sombras que había más allá, los zarcillos enroscados rodeaban el suave suelo de una cueva excavada por muchas lunas de viento y agua.
Un gato subía por el sendero empinado que llevaba a la entrada, entornando los ojos conforme se iba acercando. Su pelaje del color del fuego resplandecía bajo la luz de la luna. Inquieto, con las orejas alerta y el pelo erizado, se sentó en la boca de la cueva y enroscó la cola alrededor de las patas.
—Me has pedido que viniera.
Desde la oscuridad, unos ojos lo miraron centelleando... unos ojos tan azules como el cielo estival reflejado en el agua. Un gato gris, marcado con las cicatrices del tiempo y de las peleas, estaba esperando en la entrada.
—Estrella de Fuego. —Rozó la mejilla del líder del Clan del Trueno con su hocico veteado de blanco—. Tengo que darte las gracias —maulló con voz ronca por la edad—. Has reconstruido el clan perdido. Ningún gato podría haberlo hecho mejor.
—No hay de qué —respondió Estrella de Fuego inclinando la cabeza—. Sólo hice lo que debía.
El viejo guerrero asintió, parpadeando pensativo.
—¿Crees que has sido un buen líder para el Clan del Trueno?
Estrella de Fuego se puso tenso y agitó los bigotes.
—No lo sé —maulló—. No ha sido fácil, pero siempre he intentado hacer lo correcto.
—Nadie dudaría de tu lealtad —dijo el viejo gato con voz cascada—. Pero ¿hasta dónde llegaría?
Los ojos de Estrella de Fuego brillaron con incertidumbre mientras buscaba las palabras para responder.
—Se avecinan tiempos difíciles —continuó el guerrero antes de que el líder pudiera contestar—. Y tu lealtad se pondrá a prueba al máximo. En ocasiones, el destino de un gato no es el mismo que el de todo el clan.
De pronto, el viejo guerrero se levantó pesadamente y se quedó mirando más allá de Estrella de Fuego. Parecía como si ya no viera al líder del Clan del Trueno, sino algo lejano que a éste se le escapaba.
Cuando volvió a hablar, su áspera voz sonó más suave, como si otro gato estuviera usando su lengua:
—«Habrá tres, sangre de tu sangre, que tendrán el poder de las estrellas en sus manos.»
—No lo comprendo —dijo Estrella de Fuego con un nudo en la garganta—. ¿Sangre de mi sangre? ¿Por qué me cuentas eso?
El viejo parpadeó y sus ojos volvieron a clavarse en el líder.
—¡Tienes que decirme algo más! —le exigió Estrella de Fuego—. ¿Cómo voy a decidir qué hacer, si no te explicas?
El anciano guerrero respiró hondo, pero al cabo sólo dijo:
—Adiós, Estrella de Fuego. En las estaciones por venir, acuérdate de mí.
Estrella de Fuego se despertó alarmado, con una sensación de miedo en el estómago. Parpadeó aliviado al ver las familiares paredes de piedra de su guarida, en la hondonada que había junto al lago. La luz de la mañana se colaba por la grieta de la roca. La calidez del sol en la piel lo tranquilizó.
Se puso en pie y sacudió la cabeza, tratando de olvidar el sueño, pero no había sido un sueño común y corriente, pues recordaba estar en esa cueva con tanta claridad como si hubiera pasado una luna atrás, en vez de las muchísimas transcurridas desde entonces. Cuando el viejo guerrero pronunció su extraña profecía, las hijas de Estrella de Fuego aún no habían nacido y los cuatro clanes todavía vivían en el bosque. La profecía lo había seguido durante el gran viaje por las montañas y se había quedado con él en su nuevo hogar del lago. Y todas las lunas llenas, ese recuerdo volvía a ocupar sus sueños. Ni siquiera Tormenta de Arena, que dormía a su lado, sabía nada de las palabras que él había intercambiado con el anciano.
Desde lo alto de su guarida, contempló el campamento, que se estaba despertando a sus pies. Su lugarteniente, Zarzoso, se desperezaba en el centro del claro, estirando sus potentes omóplatos con las garras clavadas en el suelo. Esquiruela se le acercó y lo saludó con un ronroneo.
«Ojalá me equivoque —pensó Estrella de Fuego, aunque sentía un vacío en el corazón. Temía que la profecía estuviera a punto de cumplirse—. Los tres ya están aquí...»

1
Las hojas rozaban el pelo de Glayito como si fueran copos de nieve. Bajo sus patas crujían muchas más, rígidas por la escarcha. Había tantas que las patas se le hundían y cada paso le costaba un gran esfuerzo. El viento helado le atravesaba el pelaje —que aún consistía en la suave pelusa de los cachorros— y lo hacía estremecerse.
—¡Espérame! —gimió. Oía la voz de su madre más adelante, pero su cálido cuerpo siempre se encontraba a unos pasos de distancia.
—¡Nunca lo atraparás!
El agudo maullido se coló en sus sueños, y Glayito se despertó sobresaltado. Levantó las orejas y escuchó los sonidos familiares de la maternidad. Sus hermanos estaban jugando, revolviéndolo todo. Fronda lamía a sus cachorros adormilados. Ahora no había nieve; estaba en el campamento, calentito y a salvo. Podía percibir el olor del lecho de su madre, vacío pero todavía impregnado con su esencia.
—¡Uf! —resopló, sorprendido, cuando su hermana Carrasquina aterrizó sobre él—. ¡Ten cuidado!
—¡Por fin te has despertado! —exclamó la gatita.
Rodó sobre él y apoyó las patas traseras en el costado de Glayito. Luego, impulsándose, se alejó de un salto para atrapar algo que estaba fuera de su alcance.
¡Un ratón! Glayito captó su olor. Sus hermanos debían de estar jugando con la carne fresca que acababa de llegar. Se levantó de un brinco y se estiró deprisa, con un temblor que recorrió todo su cuerpecillo.
—¡Atento, Glayito! —exclamó Carrasquina, y el ratón pasó silbando junto a la oreja de su hermano—. ¡Eres tan lento como una babosa! —se burló, al ver que él giraba demasiado tarde para atraparlo.
—¡Lo tengo! —chilló Leoncillo, saltando sobre la pieza, y sus patas resonaron sobre el suelo de tierra compacta de la maternidad.
Glayito no iba a permitir que su hermano le robara el premio tan fácilmente. Puede que fuera el más pequeño de la camada, pero era rápido. Saltó hacia Leoncillo, lo derribó y alargó la pata para coger el ratón.
Aterrizó patinando con torpeza y rodó por el suelo; se asustó al notar que lo que había debajo de él no era musgo, sino los cálidos cuerpecillos de los dos cachorros de Fronda. Ésta le dio un enérgico empujón con las patas traseras para apartarlo.
—¿Les he hecho daño? —preguntó Glayito con la voz entrecortada.
—Por supuesto que no —le espetó la reina—. ¡Eres tan pequeño que no aplastarías ni a una pulga! —exclamó, y sus hijos maullaron mientras ella los atraía más hacia su vientre—. Pero ¡vosotros tres os estáis volviendo demasiado brutos para permanecer en la maternidad!
—Lo lamento, Fronda —se disculpó Carrasquina.
—Lo siento —repitió Glayito, aunque el comentario de Fronda sobre su tamaño le había dolido.
Por lo menos, a la reina se le pasaría pronto el enfado. Perdonaría con facilidad a los cachorros a los que había amamantado: cuando Esquiruela tuvo problemas para darles de mamar, fue Fronda quien alimentó a Glayito, Carrasquina y Leoncillo, lunas antes de que naciera su propia camada.
—Ya es hora de que Estrella de Fuego os busque mentores y os traslade a la guarida de los aprendices —maulló Fronda.
—Ojalá —suspiró Leoncillo.
—No tardará —señaló Carrasquina—. Ya casi tenemos seis lunas.
Glayito sintió la habitual oleada de emoción al imaginarse convertido en aprendiz de guerrero. Estaba deseando comenzar su entrenamiento, pero, incluso sin ver la cara de Fronda, percibió las dudas de la reina y supo que estaba mirándolo con lástima. Se le erizó el pelaje de frustración: ¡él estaba tan preparado como Carrasquina y Leoncillo!
Fronda respondió a Carrasquina, sin saber que Glayito había captado su momento de titubeo:
—Bueno, todavía no tenéis seis lunas. Y hasta que las cumpláis, ¡bien podéis ir a jugar fuera de aquí! —les ordenó.
—Sí, Fronda —contestó Leoncillo dócilmente.
—Venga, Glayito —dijo Carrasquina—. Trae el ratón.
Y las ramas del zarzal susurraron cuando la cachorrita traspasó la entrada de la maternidad.
Glayito recogió el ratón con delicadeza. Como no hacía mucho que había muerto, estaba blando, y no quería que sangrara: aún podrían jugar con él sin mancharse. Seguido de cerca por Leoncillo, salió tras su hermana. Le resultó agradable que las espinas del túnel de entrada le tiraran del pelo; eran lo bastante puntiagudas para eso, pero no tanto como para hacerle daño.
En el exterior, el aire tenía un vigorizante olor a escarcha. Estrella de Fuego estaba compartiendo lenguas con Tormenta de Arena debajo de la Cornisa Alta. Manto Polvoroso se encontraba con ellos.
—Deberíamos pensar en ampliar la guarida de los guerreros —aconsejó el atigrado marrón al líder—. Ya está abarrotada, y los hijos de Acedera y Dalia no serán aprendices eternamente.
«¡Y nosotros tampoco!», pensó Glayito.
Centella y Nimbo Blanco se estaban acicalando mutuamente bajo el sol, al otro lado del claro. Glayito oyó el sonido regular de sus lametazos, como el agua que gotea de una hoja tras la lluvia. Como el de todos los gatos del Clan del Trueno, el pelaje de los guerreros tenía el espesor de la estación sin hojas, pero los músculos de debajo se habían vuelto fibrosos debido a la escasez de presas y las duras partidas de caza.
El hambre no era la única consecuencia de dicha estación. Topero, uno de los hijos de Acedera, había muerto de unas toses que no habían respondido al tratamiento de Hojarasca Acuática, y Orvallo había perdido la vida durante una tormenta, cuando le cayó encima la rama de un árbol.
Centella dejó de lamer a Nimbo Blanco.
—¿Cómo estás hoy, Glayito?
El cachorro dejó el ratón entre sus patas, a salvo de las zarpas de Carrasquina.
—Estoy bien, por supuesto —maulló.
¿Por qué Centella tenía que prestarle tanta atención? Sólo se había echado una siesta en la maternidad, no había llevado a cabo una incursión en el territorio del Clan de la Sombra. Era como si la gata siempre tuviese puesto sobre él su único ojo bueno. Ansioso por demostrar que era tan fuerte como sus hermanos, Glayito lanzó el ratón por los aires.
Mientras Leoncillo pasaba como un rayo junto a su hermano para disputarse con Carrasquina quién sería el primero en agarrar al roedor, la voz de Esquiruela sonó desde un lateral de la maternidad:
—¡Deberíais mostrar más respeto por las presas!
La madre de los pequeños estaba atareada tupiendo con hojas los huecos de las ramas espinosas que rodeaban la guarida de las reinas.
Dalia la ayudaba.
—Los cachorros son así —ronroneó con indulgencia.
A Glayito se le dilataron las aletas de la nariz ante el extraño olor de Dalia. Era diferente al de los gatos nacidos en un clan, y algunos de los guerreros todavía se referían a ella como la minina casera, porque antes vivía en el cercado de los caballos y tomaba la comida de los Dos Patas. Dalia no se había convertido en guerrera porque no daba la menor muestra de querer abandonar la maternidad, pero sus hijos, Ratolino, Zarpa Pinta y Bayino, eran aprendices, y a Glayito le parecían tan buenos como el resto de sus compañeros nacidos en el clan.
—Pronto ya no serán cachorros —le dijo Esquiruela a Dalia, acercándose más hojas con la cola; el sonido que hacían al romperse le recordó a Glayito su sueño.
—Razón de más para dejar que disfruten ahora —contestó Dalia.
Glayito sintió una oleada de afecto por la gata de color tostado. Aunque su madre era Esquiruela, había sido Dalia quien, junto con Fronda, le había dado calor y lo había lavado cuando las obligaciones del clan mantenían a su madre lejos de la maternidad. Esquiruela había retomado sus tareas guerreras poco después de que nacieran sus cachorros. Aunque seguía teniendo un lecho en la maternidad, cada vez lo usaba menos, pues prefería dormir en la guarida de los guerreros, donde no molestaba a los cachorros ni a las reinas cuando se levantaba temprano para patrullar al alba.
—¿Todavía notas la corriente, Fronda? —le preguntó Esquiruela a la reina a través del muro.
—No —contestó Fronda detrás de las ramas enmarañadas—. Aquí dentro estamos tan calentitos como crías de zorro.
—Estupendo —maulló Esquiruela—. Dalia, ¿puedes limpiar tú esto? Le he prometido a Zarzoso que lo ayudaría a comprobar si hay rocas sueltas alrededor de la hondonada.
—¿Rocas sueltas? —repitió Dalia dando un respingo.
—Es genial tener unas defensas tan sólidas —repuso la guerrera, mirando hacia los escarpados muros de piedra que rodeaban el campamento por casi todos lados—. Pero las heladas podrían haber aflojado alguna piedra, y no queremos que caigan sobre el campamento.
Glayito se distrajo al captar el amargo tufo a bilis de ratón que emanaba de la guarida de los veteranos. Hojarasca Acuática debía de estar quitándole una garrapata a Rabo Largo o a Musaraña. Un olor mucho más agradable anunció la llegada de dos de los hijos de Dalia: Ratolino y Zarpa Pinta volvían cargados de una expedición de caza. Entraron en el campamento a toda prisa: él con dos ratones y ella con un enorme tordo entre las fauces. Dejaron todas las piezas en el montón de la carne fresca.
Manto Polvoroso se acercó a recibirlos.
—¡Parece que lo has hecho muy bien, Zarpa Pinta! —alabó a su aprendiza—. Los dos habéis hecho un buen trabajo.
Los aprendices ronronearon, y Glayito notó que sonaban como su madre, aunque en su caso el sonido quedaba amortiguado por sus densos pelajes.
Un repentino golpe de viento y pelo derribó al cachorro.
—¿Vas a jugar con nosotros o no? —quiso saber Carrasquina.
Glayito se levantó de un salto y se sacudió.
—¡Por supuesto que sí!
—Vale. ¡Leoncillo tiene el ratón y no me lo deja! —se quejó la gatita.
—Entonces, ¡vamos a por él!
Glayito cruzó el claro corriendo hacia su hermano. Lo inmovilizó contra el suelo mientras Carrasquina le arrebataba la presa de las garras.
—¡No es justo! —protestó Leoncillo.
—No tenemos que ser justos —chilló Carrasquina triunfalmente—. ¡Todavía no estamos con el Clan Estelar!
—¡Y nunca lo estaréis si seguís jugando con la comida de esa manera! —Borrascoso se había detenido a su lado de camino a la guarida de los guerreros—. Estamos en la estación sin hojas. Deberíamos darle las gracias al Clan Estelar por cada bocado.
Leoncillo se retorció debajo de Glayito.
—¡Sólo estamos practicando nuestras habilidades cazadoras!
—Tenemos que entrenar —añadió Glayito, incorporándose—. Pronto seremos aprendices.
Borrascoso guardó silencio un instante; luego estiró el cuello y le dio un lametazo a Glayito entre las orejas.
—Por supuesto —murmuró—. Lo había olvidado.
A Glayito se le encogió el estómago de frustración. ¿Por qué todos lo trataban como a un recién nacido cuando ya casi tenía seis lunas? Sacudió la cabeza malhumorado. ¡Borrascoso ni siquiera era un auténtico miembro del clan! Su padre, Látigo Gris, había sido lugarteniente del Clan del Trueno, pero Borrascoso había crecido con los compañeros de su madre en el Clan del Río, y su pareja, Rivera, procedía de muy lejos, de las montañas. ¿Quién se creía que era para comportarse con semejante superioridad?
A Carrasquina le rugieron las tripas.
—¿Qué os parece si nos comemos el ratón en vez de jugar con él?
—Compartidlo vosotros dos —propuso Leoncillo—. Yo tomaré algo del montón de carne fresca.
Glayito se volvió hacia la pila de presas cazadas esa mañana por los guerreros. Un leve olor lo inquietó. Inspiró hondo, abriendo la boca para tomar más aire: olió el tordo recién cazado por Zarpa Pinta y los ratones del hermano de ésta, con la sangre todavía caliente. Pero por debajo había un tufo amargo que le hizo fruncir el hocico. Pasó junto a Leoncillo con la cola rígida.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó éste.
Glayito no contestó. Apartó con el hocico los cuerpecillos muertos hasta llegar a un pájaro pequeño, que sacó del montón.
—¡Mirad! —exclamó, haciéndolo girar con una pata. La barriga de la criatura estaba llena de gusanos.
—¡Puaj! —chilló Carrasquina.
Hojarasca Acuática salió de la guarida de los veteranos con una bola de musgo en la boca. Glayito percibió el olor de la bilis de ratón incluso por encima del hedor del ave putrefacta. La curandera se detuvo junto a los tres cachorros.
—Muy bien detectado —los elogió, tras dejar en el suelo la bola de musgo—. Sé que ahora las presas escasean, pero es mejor ayunar que comer algo que os dará dolor de estómago.
—Lo ha encontrado Glayito —maulló Carrasquina.
—Bien, pues me ha ahorrado un paciente —repuso Hojarasca Acuática—. Ya estoy bastante ocupada. Fronde Dorado y Betulón tienen tos blanca.
—¿Quieres que te ayude a recolectar hierbas? —se ofreció Glayito.
Nunca había salido del campamento, y estaba deseando explorar el bosque. Quería olfatear las marcas olorosas que señalaban las fronteras; hasta el momento, sólo había captado débilmente el olor del Clan de la Sombra y del Clan del Viento en el pelo de los guerreros que salían en las patrullas fronterizas. Quería sentir la brisa fresca del lago, sin contaminar por los olores del bosque. Quería aprender dónde estaban las marcas de todas las fronteras para poder defender hasta el último trozo del territorio de su clan.
—¡Podrías recoger muchas más hierbas si nosotros te ayudamos a traerlas al campamento! —añadió Leoncillo.
—Ya sabéis que no se os permite salir hasta que seáis aprendices —les recordó Hojarasca Acuática.
—Pero necesitarás ayuda si hay gatos enfermos... —insistió Glayito.
Hojarasca Acuática lo hizo callar tocándole el hocico con la punta de la cola.
—Lo lamento, Glayito —maulló—. No falta mucho para que Estrella de Fuego os nombre aprendices. Pero, hasta entonces, tendréis que esperar como cualquier otro cachorro.
Glayito comprendió lo que quería decirles. Ellos eran hijos del lugarteniente del clan y de la hija del líder. Hojarasca Acuática estaba recordándoles que eso no les daba derecho a recibir un trato especial. Agitó la cola, enfurruñado. A veces, parecía que el resto del clan ponía todo su empeño para asegurarse de que nunca tuviesen un trato especial. ¡No era justo!
—Lo siento —repitió Hojarasca Acuática—, pero así son las cosas. —Y, tras recoger la apestosa bola de musgo, se encaminó a la guarida de la curandera.
—Buen intento —le susurró Leoncillo a su hermano al oído—. Pero parece que vamos a pasar otra temporada encerrados en el campamento.
—Hojarasca Acuática cree que nos tiene ganados porque nos trae lana de los páramos para el lecho —bufó Glayito—. O trocitos de panal para que los chupemos. ¿Por qué no nos da lo que de verdad queremos: una oportunidad de explorar el exterior?
Carrasquina barrió el suelo congelado con la cola. Glayito sabía que su hermana deseaba salir de los muros del campamento tanto como ellos dos.
—Hojarasca Acuática tiene razón —admitió la cachorrita de mala gana—. Tenemos que cumplir el código guerrero.
Se comieron entre los tres el ratón y un campañol. Después, mientras se pasaba las patas por las orejas para limpiarlas a fondo, Glayito reparó en que Rivera salía de la guarida de los guerreros para reunirse bajo la luz del sol con Centella y Nimbo Blanco. La gata tenía un olor distinto del de los demás guerreros, el aroma de las montañas y de las aguas rápidas, lo que la convertía en la más extraña de todos los gatos que no habían nacido en un clan. Glayito se preguntó si se trataría sólo de su olor o si estaría percibiendo algo más en la gata montañesa, una especie de cautela que nunca la abandonaba. No podía meter las narices en eso, pero estaba seguro de que Rivera se sentía fuera de lugar en el bosque.
Un susurro procedente de la barrera de espinos que protegía la entrada al campamento señaló el regreso de Bayino. El tercer hijo de Dalia corrió al montón de la carne fresca y soltó allí su presa: una rolliza paloma torcaz.
—¿Dónde está Zarzoso? —les preguntó a los cachorros.
Zarzoso era su mentor, y Glayito no pudo contener una punzada de celos porque el aprendiz pasaba muchísimo tiempo con su padre mientras él se moría de ganas por acompañarlo a cazar al bosque.
—Está con Esquiruela —contestó el cachorro—. Están mirando si hay rocas sueltas. —Levantó las orejas, buscando el sonido de la voz de sus padres. No lo captó, pero la brisa que bajaba por el despeñadero arrastraba su olor—. Ahí arriba —le indicó a Bayino, apuntando con el hocico.
—¡Hoy tienes el olfato muy fino, Glayito! —exclamó Bayino—. Quería enseñarle mi captura y preguntarle si tendremos entrenamiento de combate por la tarde.
Los celos arañaron con más fuerza el estómago del cachorro. «¿Por qué no puedo ser aprendiz ya?»
—Debes de ser muy buen cazador —suspiró Leoncillo, que sin duda estaba pensando lo mismo que su hermano.
—Sólo es cuestión de práctica —replicó Bayino—. Mirad —añadió agazapándose—: se empieza así.
El vientre de Leoncillo rozó el suelo cuando trató de imitar al aprendiz.
—¡Baja la cola! —le ordenó Bayino—. ¡Sobresale como una campanilla!
El cachorro golpeó el suelo helado con la cola.
—Ahora inclínate hacia delante, tan sigiloso como una serpiente —indicó el aprendiz.
—¡Parece que tengas gases! —se burló Carrasquina.
Leoncillo bufó divertido, saltó sobre ella y la hizo rodar por el suelo. La gatita se defendió, ronroneando de risa, mientras su hermano le aporreaba la barriga con las patas traseras.
Estaban tan entretenidos jugando que no advirtieron el repentino ruido que se oyó fuera del campamento.
Pero Glayito sí.
Unos gatos corrían a toda velocidad hacia la entrada. Glayito reconoció el olor de Zancudo y Espinardo. La patrulla estaba de vuelta. Pero algo iba mal. Las fuertes pisadas de los guerreros resonaban por el bosque en una carrera cargada de pánico: en su aroma se percibía el amargor del miedo.
A Glayito se le erizó el pelaje cuando Zancudo y Espinardo irrumpieron en el campamento.
Estrella de Fuego y Tormenta de Arena se pusieron en pie de inmediato.
—¿Qué ocurre? —maulló el líder.
Zancudo respiró hondo antes de responder:
—¡Hay un zorro muerto en nuestro territorio!