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Quise callar. Sin embargo, el tiempo me obligó a reflexionar y me di cuenta de que era imposible. Más adelante comprendí que el hecho de guardar silencio ya era en sí una respuesta, tanto como hablar o escribir. Y a veces callar ni siquiera es la respuesta más inofensiva. Nada molesta tanto a la autoridad como los silencios que la niegan.
Me gustaría contar lo que sucedió con la cultura burguesa durante los diez años que se iniciaron el día del Anschluss1 —y la elección de esta fecha no es arbitraria—, símbolo del fin de la independencia del Estado austríaco. Creo que hoy todo el mundo sabe que aquel día se derrumbaron los vestigios que quedaban de la Vieja Europa. Me gustaría contar lo que sucedió a lo largo de esos diez años hasta esa madrugada2 en el puente del Enns —donde terminaba la frontera rusa, conocida entonces como el Telón de Acero—, en la que un soldado soviético entró en el compartimento de nuestro coche cama, nos pidió los pasaportes, hizo un saludo militar y nos despejó el camino hacia el exilio voluntario. En esos diez años no sólo hubo países enteros que se desintegraron y desaparecieron del mapa, tronos y poderosos regímenes políticos aniquilados. En esos diez años desapareció también toda una forma de vida y toda una cultura. Yo había nacido en el seno de esa forma de vida y esa cultura, y cuando advertí que en mi patria se había extinguido ese modo de vida burgués me invadió una calma extraña. Por aquel entonces se habían publicado las memorias de Churchill sobre la guerra, y al final del primer volumen leí esta frase: «Los hechos valen más que los sueños.»3 Acabábamos de despertar de un sueño. Trataré, en la medida de lo posible, de relatar los hechos.
1. Anexión de Austria al Tercer Reich el 12 de marzo de 1938.
2. Alude a la emigración de Márai a finales de agosto de 1948.
3. Winston S. Churchill, La segunda guerra mundial, «Historia del Siglo xx», La Esfera de los Libros, Madrid, 2009.
2
Recuerdo el día con exactitud. En esa época yo era un escritor y periodista de renombre en Budapest. Un importante diario liberal publicaba mis artículos. Una de mis obras de teatro se estaba representando con éxito rotundo en Hungría y en el extranjero. Salían innumerables ediciones de mis libros tanto en húngaro como en otras lenguas, y había momentos en los que realmente llegué a creerme un escritor consagrado, sin otra preocupación que encauzar mi talento, hacer planes de futuro y ocuparme de mis lecturas, esperando que al final de mis días el país hiciera de mí un poeta laureatus. [Me habían elegido miembro de la Academia de Ciencias de Hungría. Es cierto que nunca me aclararon el porqué, y yo tampoco me explicaba la razón de semejante honor. Probablemente se debía a que tenía cierta reputación, no era un ladrón, nunca me había visto involucrado en ningún escándalo y, a grandes rasgos, cumplía con el perfil que, según los miembros de la Academia, debía tener un trabajador intelectual para encajar en sus filas. Además, provenía de lo que se conoce como una buena familia.]4 Si me pongo las gafas y miro de reojo al pasado, ése es el personaje que veo.
No escribo todo lo anterior con la intención de esbozar una personalidad insustancial o poco simpática. Tampoco pienso que un escritor sea un ser humano aparte, más interesante o peculiar que cualquier otro. No obstante, me parece que para poder plasmar con la mayor fidelidad posible la esencia de lo transcurrido en estos diez años, debo recordar la persona que era en ese momento. El escritor y el artista son hombres como los demás —si uno no tiene en cuenta sus ideas delirantes, obsesivas y monomaníacas, fruto de la vanidad tanto del escritor como del artista—, y sin embargo, su sistema nervioso es capaz de percibir con más inmediatez y sensibilidad cualquier mínimo cambio en las relaciones existentes entre los seres y el mundo. Creo que el mundo no sólo es materia y que el espíritu no sólo es una consecuencia química o eléctrica de la materia. Creo que «al principio era el Verbo» y que «el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas». También creo que estas palabras del Génesis no las escribieron al azar literatos dotados de una imaginación desbordante. La Humanidad cuenta con libros ancestrales, como los Vedas o la Biblia, que recogen y ponen en palabras toda la información que el hombre podía conocer acerca de sus propios orígenes y los del mundo. Y a veces sucede que con el tiempo la ciencia viene a confirmar lo que contaban los mitos tomando caminos mucho más enrevesados. Insisto, no creo que el escritor, como ser humano, sea más importante o desempeñe un papel más relevante en la sociedad que un ingeniero, un médico o cualquier persona honrada e inteligente que realice un trabajo para el que no se requiera un don específico. No es una cuestión de utilidad ni de importancia. Sin embargo, el escritor y el artista cuentan con una especie de facultad que es básicamente de orden espiritual. El escritor, el artista, tiene intuiciones que —a modo de visión intelectual, es decir, de creación— muestran la realidad; la muestran incluso cuando todavía es una especie de nebulosa en el horizonte humano, algo en desarrollo, en gestación, un principio mítico. Así pues, al tratar de imaginarme lo que pasó aquel día en el mundo, no pretendo otra cosa que registrar las observaciones de una máquina. Y esta máquina, este instrumento, era yo, un escritor, en un país europeo.
Dado que en este país europeo que es mi patria un escritor no podía aspirar a ganarse el pan con la poesía pura y la literatura artística, me vi obligado a ejercer de periodista, al igual que la mayoría de escritores húngaros, para ganar unos pasteles además del pan que nos proporcionaban a mí y a mi familia mis escritos con visos literarios. Los heroicos y devotos cultivadores de literatura pura siempre despreciaron esta ocupación secundaria; la calificaban de traición a la alta literatura y la estigmatizaban como una variante de la «traición de los eruditos». Creo que no tenían razón. El periodismo —obviamente, no los reportajes o artículos políticos, sino los artículos informativos y amenos escritos con los más nobles recursos literarios— es una excelente escuela para los escritores. El papel de periódico, aunque tenga una existencia efímera, es un gran transmisor de mensajes entre escritor y lector. El escritor que publica con regularidad y sin venderse a nadie en un diario que subsiste gracias a la benevolencia y la confianza de los lectores se convierte poco a poco en un miembro íntimo del círculo familiar. Inmerso día tras día en esa atmósfera, es capaz de percibir el eco de sus escritos y de su propia identidad como escritor. Esta familiaridad implica ciertos riesgos, pero también tiene un enorme poder pedagógico. Con esta elevada forma de periodismo se ganaron el pan de cada día muchos de los escritores más importantes de mi país, y no sólo eso: ejercitaron la disciplina y tuvieron la oportunidad de percibir de manera directa los efectos de su trabajo. No hay mejor escuela que esta percepción inmediata. De modo que en ningún momento me pareció que el hecho de dar a conocer diariamente mis ideas en un periódico, de poder conversar con mis lectores, con cientos y cientos de miles de personas invisibles pero tan presentes, fuera un lastre o una traición a mi misión como escritor. En el seno de ese círculo íntimo y familiar, me sentía aceptado, acogido y protegido.
Aquel día entré en el despacho de la redacción sintiendo lo mismo. Recuerdo que por la noche tenía previsto ir al teatro. Estaba de buen humor. Trabajaba con soltura —tenía treinta y ocho años—, vertía sobre el papel las palabras de artículos y reseñas con tanta facilidad que en lugar de un trabajo parecía una distracción, un divertimento. Había aparcado delante del gran edificio del periódico el pequeño y bonito automóvil que yo mismo conducía. En aquella época vivía sin preocupaciones. Me gustaría decir que sentía remordimientos por tener éxito y vivir con holgura, pero en aquel entonces no sentía ningún tipo de remordimiento; ni por un momento me consideraba un erudito traidor. Más adelante, al hacer una y otra vez examen de conciencia, ya no pude justificar mi actitud tan a la ligera; ni la mía, ni la de los demás. Más adelante yo también llegué a la conclusión de que tenemos derecho a exigir a las personas que se ocupan de la educación y del gobierno —es decir, escritores, pedagogos, políticos, artistas y hombres de Estado— que se entreguen con heroísmo a la resistencia y den ejemplo con su vida y su trabajo. Pero es una cuestión muy difícil y esa exigencia resulta compleja. ¿Realmente el talento y el papel que uno desempeña requieren de una especie de ascesis? ¿Habría podido cambiar algo de lo que ocurrió después si no hubiera trabajado con buen humor y desenfado en los años precedentes? ¿Si hubiera rechazado la sospechosa luz del fuego fatuo del éxito y, como un implacable Savonarola, me hubiera lanzado a las brasas de la hoguera? Es una pregunta complicada y soy incapaz de responderla. En cualquier caso, no habría cambiado nada y tampoco es que yo fuera un Savonarola. Era un escritor y periodista de cierto renombre en un pequeño país de Europa del Este. Estaba de buen humor, feliz de gozar en plena salud de la edad adulta, del placer que me proporcionaba mi trabajo y de constatar que éste no era del todo infructuoso. Así pues, como casi todas las tardes, aquel día crucé la puerta de la redacción con esa alegría de vivir. Entregué al ordenanza mi abrigo y mi sombrero, revisé el correo con mano apresurada, encendí un cigarrillo y me puse a pensar en la primera frase del breve artículo que me disponía a escribir a toda prisa para el día siguiente (a toda prisa porque esa noche me esperaban en el teatro).
Aquel tipo, en aquella situación, tal como lo acabo de describir, no era otro sino yo. Poco después, entendí que la esencia de aquel «yo» que conocía, que había educado, creado y cuya existencia daba por cierta, ya no existía.
4. Los fragmentos que figuran entre corchetes están tachados por el autor en el manuscrito original. (Todas las notas al pie son de los editores.)
3
La puerta se abrió y el ocupante del despacho contiguo de la redacción, un colega mayor que yo, se detuvo en el umbral. Era un hombre calvo que no paraba de carraspear por culpa de una laringitis crónica.5 También entonces tosió, y dijo en voz baja:
—El referéndum no se va a celebrar.
Me quedé paralizado detrás del escritorio con un cigarrillo entre los labios y el mechero encendido en la mano. Entonces me fijé en el visitante. La historia no suele pillarnos «históricamente preparados»; la mayoría de las veces, cuando nos enteramos —en los últimos tiempos, por la radio— de que algo ha terminado de forma irreversible en el mundo, estamos en pijama o afeitándonos. Encendí el cigarrillo, exhalé el humo y permanecí en silencio. El pequeño hombre calvo —dirigía la sección económica del diario, era un ferviente húngaro, seguidor de las ideas de Kossuth y de la confederación danubiana— volvió a toser. Estaba muy pálido; sólo entonces me di cuenta de que tenía el rostro blanco como la tiza.
—Schuschnigg ha dimitido —añadió.
Se quedó un rato en el umbral, turbado, como si se avergonzara de algo. Miraba el suelo y la punta de sus zapatos, desconcertado. Como yo no le decía nada, carraspeó, se encogió ligeramente de hombros y se marchó, cerrando con suavidad la puerta de vidrio esmerilado a sus espaldas.
Me quedé solo y —como a menudo recordaría más adelante— también a mí me invadió un turbador y confuso sentimiento de vergüenza.
5. József Csetényi (1875-1956), periodista que desde 1913 estuvo a la cabeza de la sección de economía del diario Pesti Hírlap.
4
Ese día llegué tarde a casa. Era una noche estrellada y cálida de principios de primavera. En esa época todavía estaba en pie el Puente de las Cadenas; debían de ser las dos de la madrugada cuando lo crucé en coche. En las alturas de Buda brillaban con intensidad todas las ventanas del palacio del primer ministro. Normalmente, el bello edificio sólo se iluminaba de ese modo para las celebraciones oficiales. Desde el puente daba la impresión de que en las colinas resplandecían las luces de una fiesta suntuosa y magnífica. Cuando llegué al aparcamiento de Buda, me encontré con tres polvorientos coches con matrícula austríaca aparcados en fila delante de la entrada. De los vehículos salían mujeres y niños exhaustos. Un hombre negociaba con el encargado del aparcamiento:
—No merece la pena lavarlos —dijo el hombre con voz ronca—, mañana seguimos nuestro camino.
Es de creer que desde entonces no hayan dejado de «seguir su camino». Hace ya diez años. Me hice a un lado y esperé a que los fugitivos entraran en el aparcamiento. Fui el último en hacerlo. No me di cuenta en ese momento de que me estaba sumando a la fila encabezada por la familia austríaca fugitiva. He tardado diez años en comprenderlo, con todas las consecuencias que ello conlleva.