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Agradecimientos
Créditos
A mamá y Couze, con amor
Y en recuerdo de David Miller
El «niño» es todo aquello que queda abandonado y expuesto, y al mismo tiempo es divinamente poderoso; el principio insignificante y dudoso, y el fin triunfal.
C. G. JUNG
Allí vi actuar a malabaristas, magos, lanzadores y pitonisas, hechiceras, viejas brujas, adivinas.
GEOFFREY CHAUCER
Todo ser mortal hace una cosa y sólo una: manifestar aquello que habita en su interior; así se afirma; «yo mismo», dice con todas las letras, y exclama: «Soy lo que hago, a eso he venido.»
GERARD MANLEY HOPKINS
1
Orwell Bookend no era un hombre muy feliz. En ese momento, acompañado por un murciélago pequeño que lo observaba con su peculiar mirada cabeza abajo, ni siquiera estaba seguro de haber sido feliz en alguna ocasión. Quizá lo había sido hacía mucho tiempo, cuando Aurelia, su primera esposa, aún estaba con ellos. Cuando aún no había perdido el control de su hija Effie. Cuando aún no se le había ocurrido subir al polvoriento desván sin quitarse antes el traje que solía ponerse para ir al trabajo.
¿Dónde se había metido esa condenada niña? Seguro que estaba viviendo una aventura en algún lugar «mágico» con los ilusos de sus amigos: el gordito de las gafas y aquella niña que, por lo visto, llevaba vestidos de noche a todas horas. Bueno, Effie iba a encontrarse en un buen lío en cuanto llegara a casa, desde luego. «Habrá pasado por el desván —concluyó—, y seguro que se ha llevado el libro.» No había ni rastro de Los elegidos, de Laurel Wilde. Y eso era lo que en ese momento lo hacía sentirse extremadamente triste.
La tristeza de Orwell Bookend, como tantas otras, había empezado al desaparecer cruelmente de su vista la posibilidad de ser feliz justo cuando acababa de vislumbrarla. Hacía más o menos unos cuarenta y cinco minutos de eso. Iba escuchando la radio en el coche, de vuelta a casa desde la universidad, cuando anunciaron un concurso.
A Orwell Bookend le encantaban los concursos. No solía reconocerlo ante la mayoría de la gente, pero incluso lo hacían feliz. Bueno, hasta que perdía. Todos los viernes rellenaba con esmero el críptico crucigrama con premio de la Gaceta de Ciudad Antigua y lo mandaba a un apartado de correos de las Fronteras. Con el paso de los años, el coste de los sellos había superado con creces el monto del premio, que era un vale por un libro de quince libras, pero Orwell no estaba dispuesto a cejar en su empeño hasta hacerse con ese vale, que pensaba enmarcar y colgar en su oficina.
La segunda causa de felicidad para Orwell Bookend era ganar dinero, aunque no se le daba demasiado bien (como quedaba demostrado por sus intenciones con respecto al vale). Y si conseguía encontrar ese libro —la primera edición de Los elegidos, en tapa dura, que Aurelia le había comprado a Effie tantos años atrás—, tendría la oportunidad de participar en un concurso y ganar dinero. Eso habían dicho en la radio. Si algún afortunado poseía un ejemplar original de Los elegidos, debía llevarlo el viernes al ayuntamiento, donde obtendría cincuenta libras en metálico y la posibilidad de ganar un suministro gratuito y vitalicio de electricidad. Y si alguien tenía la edición de bolsillo, podía cambiarla por un billete de diez.
En los cinco años transcurridos desde el Gran Temblor, cincuenta libras habían pasado a ser bastante dinero. Después del temblor, la economía, como tantos otros sistemas complejos, había entrado en una fase de cansancio y malhumor y había empezado a portarse mal. Desde luego, había dejado de interesarle cumplir toda una serie de estúpidas leyes matemáticas. Aquel día, sin duda, merecía la pena conseguir cincuenta libras. Al día siguiente ya se vería.
Ahora bien, ¡¿electricidad gratuita sin límites y para toda la vida?! Bueno, ese premio sí que merecía la pena. Al fin y al cabo, por muy rico que uno fuera, nadie tenía acceso a un suministro ilimitado de electricidad, al menos desde el Gran Temblor. En fin, nadie salvo Albion Freake, que daba la casualidad de que era el dueño de toda la electricidad del mundo. Por alguna razón, su empresa, Albion Freake Inc., ofrecía ese premio gigantesco y encima ponía también el dinero en metálico. Lo único que tenía que hacer Orwell Bookend era encontrar el libro. Claro que en realidad el libro no era suyo. Era de Effie. Aunque a Orwell Bookend eso no le preocupaba lo más mínimo.
La cabeza del doctor Green parecía una patata cocida. No una patata cocida agradable y normal, lavada y pelada previamente, sino una patata vieja y seca, con la piel correosa, abandonada demasiado tiempo en el campo y llena, aun después de hervir, de extraños brotes peludos. A juicio de Maximilian Underwood, esos brotes eran como raíces que se hubieran aventurado con gran coraje a buscar la luz para morir de inmediato.
El doctor Green estaba en medio de un cuento didáctico —el peor tipo de cuento, en opinión de Maximilian—, en el que una misteriosa bruja jorobada le entrega un par de viejos y maltrechos zapatos a una niña en la cola de la beneficencia.
—La vieja le susurra a la niña que los zapatos son mágicos —dijo el doctor Green con una voz que sonaba blanda, húmeda y grasienta, como si fuera de margarina.
Maximilian sabía exactamente lo que iba a ocurrir en la historia. Seguro que todos lo sabían. Al día siguiente, la niña se pone los zapatos y gana una carrera, batiendo todos los récords. Luego la descubre un famoso entrenador que le suplica que se ponga un calzado mejor. Por supuesto, ella se niega a calzar cualquier cosa que no sean sus «mágicos» y desgastados zapatos. Al final, ocurre lo inevitable. La rival de la niña le roba los zapatos y se los esconde. La niña se ve obligada a competir con unas zapatillas normales. Por supuesto, vuelve a ganar. Moraleja: los zapatos no tenían nada que ver. Fin.
—Bueno —dijo el doctor Green una vez terminado el cuento—. Algunos aspectos para la reflexión.
Se acercó a una pizarra sobre ruedas, que solía pasar el resto de la semana dentro de un armario y sólo salía los lunes por la noche para esas clases a las que supuestamente acudían los neófitos —recién epifanizados, niños en su mayor parte—, para aprender los principios básicos de la magia. Era la primera clase de Maximilian. Se había presentado con la esperanza de ver, como mínimo, calderos burbujeantes y, con un poco de suerte, objetos que volaran por toda la habitación y estallaran en llamas. Pero de eso nada. Era todo muy aburrido.
En la pizarra había una lista de cosas prohibidas para los neófitos, a las que ya habían dedicado casi toda la clase hasta ese momento.
1. LOS NEÓFITOS JAMÁS HARÁN MAGIA SIN LA SUPERVISIÓN DE UN ADEPTO (O DE ALGUIEN SUPERIOR).
2. SE PROHÍBE A LOS NEÓFITOS POSEER ADMINÍCULOS SIN EL PERMISO EXPLÍCITO DEL GREMIO DE ARTÍFICES (PERMISO QUE PODRÍA SER REVOCADO EN CUALQUIER MOMENTO).
3. CUALQUIER ADMINÍCULO LLEVADO A CLASE POR UN NEÓFITO SERÁ CONFISCADO.
4. SE PROHÍBE A LOS NEÓFITOS HABLAR DE MAGIA FUERA DE CLASE.
5. CUALQUIER NEÓFITO QUE VIAJE, O INTENTE VIAJAR, AL ALTERMUNDO SERÁ OBJETO DE UN CASTIGO MUY SEVERO.
6. SE PROHÍBE A LOS NEÓFITOS INTERCAMBIAR ADMINÍCULOS, MAPAS, HECHIZOS, INFORMACIÓN O CONOCIMIENTOS DE CUALQUIER CLASE QUE GUARDEN RELACIÓN CON LA MAGIA O CON EL ALTERMUNDO.
7. LOS NEÓFITOS JAMÁS MENCIONARÁN EL ALTERMUNDO A NADIE Y NUNCA.
8. LOS NEÓFITOS DEBEN HABLAR SÓLO EN INGLÉS, NUNCA EN NINGUNO DE LOS IDIOMAS DEL ALTERMUNDO. HABLAR IDIOMAS DEL ALTERMUNDO EN EL VEROMUNDO IMPLICARÁ UN CASTIGO MUY SEVERO.
Era peor incluso que el colegio normal. Y también hacía más frío. La clase semanal del doctor Green se celebraba en el vestíbulo más que polvoriento de una vieja iglesia, con el suelo de madera y unos enormes radiadores esmaltados de los que surgían constantes crujidos y gemidos, pese a que nunca irradiaban calor alguno. Debajo de cada radiador había una taza de porcelana para recoger el agua que goteaba, y en el techo, un viejo tubo fluorescente cuya luz oscilaba con un ligero temblor en los breves períodos en que la electricidad funcionaba. Aunque la estancia, por lo general, estaba iluminada con velas.
Maximilian miró de nuevo la lista. Daba la casualidad de que ya había hecho la mayor parte de las cosas que se prohibían en ella, y le daba exactamente igual.
Effie Truelove, su amiga, también las había hecho casi todas. Desde luego, había estado en el Altermundo. Maximilian pensó con cierto orgullo que él había hecho incluso algunas cosas que ni siquiera estaban en la lista, como intentar viajar al Inframundo y leer las mentes ajenas.
De todos modos, por suerte Lexy Bottle les había advertido tanto a él como a Effie que no llevaran sus adminículos a clase. Al parecer, si el doctor Green te quitaba los adminículos ya no volvías a verlos. Los de Maximilian —las Gafas del Conocimiento y el Athame de Sigilo— estaban en ese momento a buen recaudo en su casa, debajo de su cama. Había usado un hechizo menor de invisibilidad para que su madre no los encontrara, por si daba la casualidad de que decidía ordenar su habitación, como hacía de vez en cuando. Por supuesto, su madre sabía que él había epifanizado y que era un erudito, pero Maximilian no le había confesado todavía que ya era mago. No estaba seguro de que a su madre le gustara demasiado.
Fuera de la clase ululó un búho y una suave capa de escarcha empezó a extenderse por los valles y los altos páramos. En las profundidades del cielo oscuro, un meteorito burbujeó y se extinguió. Se estaba haciendo tarde. Todas las velas de la sala parecían temblar y bailar al unísono. En ese momento, lo único que deseaba Maximilian era su recena de siempre: tres bomboncitos de café, un vaso de leche de cabra y luego un largo, gustoso y pacífico...
Lexy dio un codazo a Maximilian.
—Despierta —le susurró.
Al otro lado de Lexy, Effie Truelove también se estaba adormilando. ¿Qué les pasaba a esos dos? Lexy nunca había vivido una experiencia tan emocionante como aquella clase. Lexy iba a aprender a ser una gran sanadora. Iba a encontrar a alguien que la aceptara como aprendiza y luego iba a ser...
—En primer lugar —dijo el doctor Green—, quiero que penséis cuál es la función que cumple la magia en esta historia. Quiero que identifiquéis dónde interviene. Y luego quiero que hagáis una lista con todos los casos en los que se producen intercambios de capital M en todos y cada uno de los momentos relevantes de la historia.
Lexy había pasado ya la página de su cuaderno y había anotado la fecha y la tarea con su nueva pluma. Estaba convencida de saber todas las respuestas. Sin embargo, antes de que los niños pudieran empezar la tarea, sonaron las nueve en la campana de la iglesia, lo cual implicaba que había llegado el momento de irse a casa. ¡Tan pronto! Lexy habría estado encantada de pasar toda la noche empapándose de la sabiduría del doctor Green.
—Podéis llevaros la tarea a casa —dijo el doctor Green— y entregarla al principio de la clase del próximo lunes, a las siete. Gracias a todos. ¡No salgáis en estampida! Ah, Euphemia Truelove... Quiero comentarte una cosita.
2
Euphemia Sixten Bookend Truelove, conocida como Effie, lamentaba haber acudido a esa clase. Al fin y al cabo, no era obligatoria para nadie. Era optativa. Era un poco como ir al cole cuando no tenías por qué. ¿Y qué clase de idiota hacía algo así? Su amigo Wolf Reed, con el que había pasado casi toda la tarde jugando al tenis, había preferido irse a un entrenamiento de rugby, mientras que Raven Wilde, otra buena amiga, se había marchado directamente a casa después del colegio, a dar de comer a su caballo. Entonces ¿por qué había ido Effie a clase?
Por una razón bien sencilla: porque Lexy le había dicho que era la única manera de ascender en el escalafón de la magia, convertirse en maga y vivir en el Altermundo para siempre.
A Effie le encantaba el Altermundo. Si pudiera encontrar el modo de vivir siempre allí, sería feliz. Pero primero tenía que progresar con la magia, así que no le quedaba más remedio que acudir a esa clase. Según Lexy, el doctor Green era el mejor maestro de magia de todo el país. Era un genio, por mucho que a veces pareciera más bien lento y aburrido. Lexy lo sabía todo de él porque el doctor Green había tenido hasta entonces tres citas con su tía Octavia.
El doctor Green estaba de espaldas a Effie. Borraba la pizarra moviéndose con pequeñas sacudidas. La larga lista de prohibiciones se estaba disolviendo en partículas de tiza que caían al suelo, el lugar que, a juicio de Effie, le correspondía. Suspiró. ¿Cuánto rato iba a tener que quedarse allí plantada antes de descubrir qué había hecho mal? Porque sabía que algo había hecho. Lo notaba en los aires que se daba el doctor Green.
—Déjalo en la mesa —dijo por fin, al tiempo que daba media vuelta con el ceño fruncido.
—¿Perdón? —dijo Effie.
—Perdón, señor.
Effie volvió a suspirar.
—Perdón, señor.
—Que dejes el anillo en la mesa, por favor.
Ay, no. Effie tragó saliva en silencio.
—¿Qué anillo, señor?
—El anillo que llevas escondido en el forro de la capa. El Anillo del Auténtico Héroe, según creo. Un adminículo prohibido. Entrégalo.
Effie volvió a tragar saliva. ¿Cómo se había enterado de que lo llevaba? Como Lexy le había advertido que no llevara adminículos a la clase —y encima los suyos no estaban registrados, lo que implicaba un riesgo mayor—, el día anterior Effie los había escondido todos en casa, en su caja especial. Todos menos el Anillo del Auténtico Héroe, que había usado un rato antes, en su entrenamiento de tenis.
Effie nunca se ponía el anillo para los partidos de verdad, sólo para entrenar. La primera vez que se lo había puesto, había estado a punto de morir. Sin embargo, siempre que se preocupara de comer y beber lo suficiente para recuperar energías, con él ganaba en fuerza, en agilidad y en toda una serie de aspectos que ni siquiera podía describir. Y la hacía sentirse más conectada con el Altermundo. Y...
—No tengo toda la noche —insistió el doctor Green.
Llevaba un traje de calle de color marrón, con motas verdes y naranja que en ese momento destacaban a la luz de la luna que entraba por la ventana. La camisa era de un amarillo peculiar. Miró el reloj y luego le clavó una dura mirada a Effie, como suelen hacer los profesores más horribles justo antes de echar a un alumno del claustro y hacerlo llorar por algo que no ha hecho.
—Además, ¿exactamente por qué quiere mi anillo?
—¿Cómo dices?
—¿Por qué quiere mi anillo?
—Es un adminículo y lo has traído a mi clase. Por lo tanto, debo confiscarlo.
—Pero...
—No hay necesidad de discutir. Haz lo que te digo, por favor.
—¿Y qué va a hacer con él?
—Se lo entregaré al Gremio. Si estuviera registrado, podría devolvértelo el próximo lunes. Pero un adminículo sin registrar... —Negó con la cabeza—. Tendrás que escribir al Gremio y presentar una solicitud para registrarlo y, según tengo entendido, rellenar otro formulario para presentar una solicitud que te permita recuperarlo. Y...
Effie se sorprendió al oírse decir:
—No.
El doctor Green entornó los ojos.
—¿Qué has dicho?
—No —repitió—. No se lo voy a dar. Lo siento. Es que no puedo.
—Puedo obligarte de varias maneras —respondió el doctor Green, dando un paso hacia ella—. Aunque no hará falta, por supuesto. Entrégamelo.
Effie sacó el anillo de su escondite, dentro del forro de su capa escolar, de color verde botella. El anillo era de plata, con una piedra rojo oscuro sujeta por unos cuantos dragones minúsculos también de plata. Griffin, su adorado abuelo, se lo había dado justo antes de morir. Era impensable que Effie se lo entregara a nadie. Se lo puso en el pulgar de la mano izquierda, donde mejor le encajaba. La recorrió una sensación de confianza y fortaleza.
—Déjate de tonterías y entrégamelo —dijo el doctor Green, dando otro paso hacia ella con la mano extendida—. Ahora mismo.
Al otro lado de las altas ventanas de la iglesia, el búho volvió a ulular. Llevaba un rato mirando y no le gustaba demasiado lo que estaba sucediendo. Un conejo simpático de un jardín cercano recogió su llamada y pasó el mensaje a un lirón, que se lo transmitió a un murciélago, que se lo dijo a otro búho que en ese mismo momento, por casualidad, volaba hacia los páramos. Pronto, todos los animales de la zona se enteraron de que Euphemia Truelove estaba en un aprieto. Tal vez alguien oyera la llamada de auxilio y respondiera; o tal vez no. Para esas cosas, la red cósmica era un poco caprichosa.
Raven y su caballo Eco hacían crujir la escarcha al avanzar por los páramos. A la luz de la luna, el cabello negro y ondulado de la niña parecía veteado de plata. Raven era una bruja auténtica y en consecuencia podía hablar con los animales. Desde su epifanía había sido capaz de mantener largas conversaciones con Eco. Antes, tan sólo se comunicaban por medio de sus sentimientos. Eco «simplemente sabía» si Raven quería que emprendiera un galope sostenido, igual que ella «simplemente sabía» si Eco se estaba aburriendo. Pero a esas alturas Raven hablaba ya equino con fluidez (así llamaban al antiguo lenguaje de los caballos), y todo era distinto.
Todos los días, después de cenar, Raven y Eco subían hasta los páramos, pese a que últimamente oscurecía ya muy pronto. Casi siempre tenían que confiar en la visión nocturna de Eco para llegar a casa, pero esa noche la luna estaba en fase gibosa menguante (es decir, justo después de la luna llena), y Raven lo distinguía todo con bastante claridad. Bañado por la luz de la luna, todo parecía claro y mágico. Todo lo que tocaba la luz de la luna se veía feliz y tranquilo. Todo el mundo sabe que gracias a la luz del sol se consigue vitamina D, pero no son muchos los que son conscientes de que la luz de la luna aporta un nutriente especial que ayuda a los seres vivos a desarrollar poderes mágicos y los purifica.
El páramo que rodeaba a Raven y Eco era bastante yermo. Nada de árboles ni arroyos; ni siquiera había postes de alguna cerca antigua, como en otras partes del brezal. El único objeto de aspecto moderno que se veía en kilómetros a la redonda era el par de puertas de acero que alguien había instalado recientemente en un montículo, cerca de unos viejos campos de cultivo.
Eco avanzaba con cuidado por la parte más yerma del páramo, porque había zonas encenagadas y madrigueras de conejo que costaba ver a la luz de la luna. De vez en cuando, algún meteorito surcaba el vasto cielo de la noche. Aquellos meteoritos tenían algo extraño, aunque Eco no estaba seguro de qué era. En cualquier caso, pronto llegarían al camino antiguo, donde hallarían las reconfortantes huellas de los caballos y de los jinetes que habían transitado por allí antes que ellos.
Y un poco más allá, cuando dejaran atrás los cultivos destrozados, Raven tenía la esperanza de ver de nuevo aquel misterio reluciente. Se había pasado una hora intentando explicarle a Eco lo que ella creía que era, pero se trataba de una tarea casi imposible: no sólo el misterio reluciente resultaba muy difícil de describir, sino que además en equino no había palabras para decir «reluciente» y «misterio». Lo más cercano que Raven pudo encontrar fue «ciénaga a la luz de la luna», que era algo profundo y misterioso, con un toque de imprevisibilidad y de peligro. Sin embargo, Eco se limitó a resoplar y a preguntar por qué demonios estaban buscando una ciénaga a la luz de la luna. No le gustaban las ciénagas; de hecho, intentaba evitarlas por todos los medios. Las ciénagas eran peligrosas. Uno podía hundirse en ellas y no salir jamás.
—No me refiero exactamente a una ciénaga —dijo Raven, en su mente. El equino era un idioma tácito—. Es algo así como un salto muy pronunciado.
A Eco tampoco le gustaban demasiado los saltos muy pronunciados, y se lo dijo.
—Pero no se trata de un salto pronunciado de verdad —intentó explicarle Raven—. Sólo algo que te hace sentir como si estuvieras a punto de saltar. O supongo que será como me siento yo cuando estoy a punto de saltar. O quizá como te sientes tú justo antes de emprender el galope.
Eco casi nunca se lanzaba al galope cuando Raven lo montaba. Pero sí le ocurría muy de vez en cuando que, al ver una vasta extensión de bellos páramos desiertos, le entraban ganas de cruzarlos a toda velocidad. Y así lo hacía: sin pensar demasiado, con un galope firme y rápido. A Raven la hacía sentirse un poco como se sentía Eco ante un salto muy pronunciado. Y cada uno de los dos le concedía una pequeña satisfacción al otro de vez en cuando. El caballo dejaba saltar a la jinete; ella le permitía algún galope que otro. Nunca la había tirado. Eso era lo más importante. Y ella siempre le daba una deliciosa mezcla de avena y alfalfa al terminar el día. Incluso se acordaba de comprarle caramelos Polo de menta, que eran lo que más le gustaba del mundo. Se entendían bien.
Raven había visto por primera vez el misterio reluciente el sábado anterior, precisamente después de uno de esos galopes. Era como si el páramo que tenían delante fuera distinto en algún sentido. Tal vez más verde, salvaje, vívido y mágico. Pero cuanto más le pedía Raven a Eco que caminara hacia allí, más parecía alejarse. Aquel día habían necesitado casi cuatro horas para regresar a la torre: una especie de falso castillo en el que Raven vivía con su madre.
Laurel Wilde ni siquiera se había dado cuenta de que su hija había desaparecido, por supuesto. Estaba demasiado ocupaba bebiendo caros vinos espumosos y hablando sobre el último plan para ganar dinero ideado por su glamurosa editora, Skylurian Midzhar.
—El primer libro del mundo que dará mil millones de libras —le había dicho Skylurian a Laurel Wilde aquel sábado por la tarde mientras se tomaban un té—. Imagínate.
Raven se había comido sus sándwiches y un trozo de pastel a toda prisa para poder salir con Eco, y había fingido que no oía la conversación. De todos modos, por lo general, Raven y Skylurian no se hacían ni caso. Laurel Wilde escribía sobre brujas (y hechiceros) que iban a escuelas de magia, aunque no creía que existieran de verdad. Y tenía razón a medias, porque los hechiceros no existen. Pero Laurel Wilde se habría llevado una buena sorpresa al enterarse de que tanto su hija como su editora eran brujas poderosas; y no sólo eso, sino que además hacía muy poco habían participado en una misma batalla, aunque en lados opuestos. En todo caso, Skylurian no había llegado a hacerle nada malo a Raven. De hecho, de vez en cuando incluso intentaba llevarse bien con ella. Daba todo bastante miedo.
—Imagínate, querida —seguía diciendo Skylurian—. Y nada menos que el siete por ciento para ti.
—Creía que habíamos acordado un siete y medio —dijo Laurel Wilde.
—Como quieras —susurró Skylurian, quitándole importancia—. Es prácticamente lo mismo. Al fin y al cabo, ¿cuánto es un cero coma cinco por ciento de mil millones?
De hecho, eran cinco millones, pero por lo visto nadie hizo el cálculo.
—Seremos más ricas de lo que jamás habríamos soñado, querida. Y todo porque has sido tan lista y has escrito un libro tan bonito.
Raven nunca había entendido del todo por qué el primer libro de su madre, Los elegidos, había funcionado tan bien. Se habían vendido más de diez millones de ejemplares en todo el mundo, incluso se había convertido en una película y un juego de mesa. Iba sobre la magia, por supuesto, pero no sobre la magia verdadera que practicaba Raven. En el mundo normal, en el que ella vivía, cualquiera podía despertar sus poderes mágicos si se esforzaba lo suficiente (o si, como en el caso de Raven, alguien le regalaba un precioso adminículo del Altermundo). En los libros de Laurel Wilde, en cambio, sólo unas pocas personas tenían poderes mágicos.
Todos los «elegidos», que así se llamaban, nacían con una extraña erupción cutánea detrás de la rodilla izquierda. Si nacías con la erupción, tenías poderes sobrenaturales casi ilimitados. Si no, vaya, pues mala suerte. Eras uno de los «no elegidos»: impopular, feo, a menudo gordo y condenado a pasarte la vida soportando los hechizos de los elegidos, que además de guapos y poderosos, eran también bastante engreídos.
En el mundo real, el de Raven, los poderes mágicos eran limitados. En los libros de Laurel Wilde, cualquier persona nacida con la erupción detrás de la rodilla podía hacer más o menos lo que le diera la gana con un simple movimiento de su fina y blanca muñeca (eran todos blancos). A pesar de todo el poder mágico del que disponían, los elegidos en realidad pasaban buena parte del tiempo celebrando fiestas a medianoche y preocupándose porque habían perdido los deberes. Si alguno de los no elegidos los molestaba, lo convertían en sapo.
La acción de Los elegidos transcurría en un tiempo muy lejano, cuando la gente llevaba papalinas recargadas, viajaba a los internados en trenes de vapor y pasaba las vacaciones de verano encerrada en el camarote de un barco o secuestrada por los gitanos. Raven había abandonado la lectura de ese primer volumen cuando iba por la mitad, pero casi todos los niños se habían leído los seis de la serie.
—¿Y estás segura de que Albion Freake lo comprará? —le había preguntado Laurel a Skylurian mientras conversaban tomando té, el sábado anterior.
—Por supuesto, querida. Me ha dado su palabra. Si somos capaces de crear una edición limitada de un solo volumen de Los elegidos, encuadernada en piel de ternero con pan de oro auténtico en los bordes de las páginas, nos dará mil millones de libras por él.
—Pero antes habrá que destruir los demás ejemplares del libro, ¿no?
Parecía que a Laurel Wilde lo entristecía un poco esa idea.
—Sí, como ya te he comentado antes, efectivamente nos referimos a eso cuando hablamos de «edición limitada de un solo volumen».
—Pero...
—Ya lo han leído todos, querida. ¿Quién necesita conservar un ejemplar de un libro que ya ha leído? Y por el siete por ciento de mil millones de libras...
—O el siete y medio —apuntó Laurel.
—Con el siete por ciento te harás rica, querida. Y eso es lo único que importa de verdad.
Eco resopló, y su aliento se congeló, convertido en diminutos cristales en el aire de mediados de noviembre. Raven despejó de su mente todos los pensamientos acerca de los libros de su madre. Allí, en el páramo, se sentía liberada de esos asuntos mundanos sin importancia. Allí se sentía más cerca de la naturaleza. Más cerca de su verdadero espíritu. Y más cerca de algo que no era capaz de reconocer o entender, pero que sin duda se encontraba allí.
Eco resopló de nuevo.
—¿Es eso tu ciénaga a la luz de la luna? —preguntó, torciendo la cabeza para señalar a la izquierda.
Y, en efecto, un poco más allá, ligeramente a la izquierda, estaba el misterio reluciente.
—Que me des el anillo —volvió a decir el doctor Green.
—No —respondió Effie.
Las sensaciones de valentía, fuerza y atrevimiento la recorrían de arriba abajo, como ondas. Le ocurría siempre que se ponía el anillo, y últimamente a veces también sin ponérselo. Notaba una fuerza en los hombros que le bajaba por la espalda y se extendía por toda la musculatura de las piernas. Effie sólo tenía once años, pero siempre peleaba por aquello que consideraba justo y verdadero.
—Te vas a arrepentir, jovencita —dijo el doctor Green, que empezaba a adquirir una tonalidad amoratada que no combinaba nada bien con su traje marrón y su camisa amarilla.
Effie dio un paso hacia la puerta, pero el doctor Green hizo lo mismo que ella y le bloqueó la salida.
—¡No te atrevas a retarme! Nunca me he...
—Déjeme pasar, por favor —pidió Effie.
—Antes, dame el anillo.
—Me ha parecido oírle decir que podía obligarme a entregárselo —dijo Effie—. Es evidente que no puede. Y ahora, ¿quiere hacer el favor de apartarse de mi camino?
—Nunca había oído nada tan grosero —repuso el doctor Green—. Si no me das ese anillo ahora mismo, quedarás expulsada de la clase. ¿Me has oído? Expulsada.
—Vale —dijo Effie—. Expúlseme. No me importa. Total, no creo que sepa usted nada que valga la pena aprender.
—Menuda cría insolente... Nunca, en todos los años que llevo dando esta clase, algo que hago gratis, fíjate, por pura bondad de mi corazón, nunca había oído a ninguna niña hablar con semejante desfachatez. Jovencita, tendrás noticias de esto por medio del Gremio de Artífices. Amenazar a un profesor. Jamás, en todos estos años...
—Pero si yo no lo he amenazado. Yo...
—Estás expulsada. ¿Acaso no me has oído? Ya puedes irte.
3
Ciudad Antigua estaba fría y silenciosa. La escarcha se iba abriendo paso por los tejados y las chimeneas. En el pequeño jardín amurallado del Museo del Boticario, el reloj de sol estaba envuelto en plata por completo. Los pies de Effie resbalaban en los adoquines a medida que bajaba por la cuesta que llevaba al Monumento a los Escritores, al que parecía que le hubieran puesto un gorro de dormir blanco. El breve temblor de otro pequeño meteorito surcó la negrura del cielo. De nuevo ululó un búho para mandar a la red cósmica noticias de la escarcha, el meteorito y otras muchas cosas.
Effie se preguntaba qué le iba a hacer el Gremio de Artífices. Recordaba que, en una ocasión, a su abuelo le habían prohibido practicar la magia durante cinco años. ¡Cinco años! Si le ocurría algo así a ella, no sabría qué hacer. Hacía muy poco tiempo que había epifanizado y descubierto que era una auténtica heroína. No quería perder los poderes tan pronto. Sería demasiado injusto.
Tampoco es que hubiera hecho mucha magia de verdad todavía, claro. A sus amigos Maximilian y Raven les salía con toda naturalidad. En cambio, los poderes de Effie parecían ser fastidiosamente pragmáticos. Es cierto que había derrotado a un dragón, pero no había aplicado en ese empeño ni una pizca de magia. Y su expulsión de la clase... ¿significaba que había perdido para siempre la oportunidad de aprender magia? Su abuelo había empezado a enseñarle algo llamado «pensamiento mágico». Effie sabía que necesitaba progresar a partir de ese punto. Pero ¿cómo? Tal vez pudiera preguntárselo a sus primos del Altermundo cuando volviera a visitarlo. O a Cosmo, su tío abuelo. En cualquier caso, estaba claro que no podría volver a las clases del doctor Green.
Si quieren visitar el Altermundo, la mayoría de las personas deben pasar por un portal. Luego tienen que viajar desde donde sea que los deje el portal hasta el destino previsto. En cambio, Effie poseía una tarjeta mágica de citación —su adminículo más preciado— que la transportaba directamente hasta las ornamentadas puertas de la Casa Truelove, en el Valle del Dragón, una aldea del Altermundo muy muy lejana y altamente secreta. Allí era donde sus primos, Clothilde y Rollo, vivían con el archimago Cosmo y se dedicaban a cuidar la Gran Biblioteca que albergaba la vivienda.
O al menos eso era para lo que se suponía que servía la tarjeta de citación, porque al principio Effie no había conseguido que funcionara. No bastaba con sacarla para que cumpliera su función. Effie lo había probado una y otra vez. Había ido a todos los portales que conocía —incluidos el del Salón Recreativo Arcadia y el de la Bollería de la señora Bottle— y había intentado usar la tarjeta en todos ellos, pero no había funcionado; sólo le había servido para conocer a un montón de gente extremadamente sospechosa empeñada en ofrecerle cantidades increíbles de dinero por la tarjeta. Había vuelto a intentarlo quedándose sentada en la oscuridad, en su dormitorio, y leyendo en un tono muy solemne la dirección que ponía en la tarjeta. Nada.
Presa del desaliento, había acabado por preguntarle a la tarjeta qué quería de ella.
Y, para su sorpresa, la tarjeta le contestó.
Resulta casi imposible relatar con pelos y señales en cualquier idioma escrito lo que la tarjeta dijo que debe hacerse con un portal portátil (de hecho, son tan escasos que prácticamente no quedan más que cinco en cada uno de los mundos conocidos), pero Effie lo fue pillando poco a poco.
Primero hay que encontrar un lugar mágico natural en el que nadie pueda verte (resultó que un buen sitio era detrás del seto del parque del pueblo, cerca de la taberna El Cerdo Negro). Luego tienes que dejar la mente en blanco, algo que no es nada fácil. Entonces, mirando sólo la tarjeta, tienes que llamar a la puerta que contiene (sí, suena un poco raro, pero es lo más parecido a una descripción de lo que se siente al hacerlo) y aguardar la respuesta. A continuación, manteniendo la mente despejada (lo cual no es fácil de hacer más allá de un par de segundos, aunque Effie lo practicaba a menudo), tienes que esperar mientras la tarjeta, por así decirlo, te somete a un cacheo mágico.
Al fin y al cabo, no todo el mundo puede ir al Valle del Dragón. De hecho, uno de los trabajos de Rollo en la Casa Truelove consistía en descubrir nuevos modos de impedir la entrada de la gente. Una vez aprobado su ingreso, y sin dejar de esforzarse por mantener la mente en blanco, Effie aprendió a fundirse de arriba abajo (algo así como sumergirse) para pasar de una dimensión a la siguiente. Siempre aparecía rodeada de una especie de niebla gris ante las puertas de la Casa Truelove. Los guardianes, que ya la conocían bien, abrían entonces la cancela para dejarla pasar.
Así que Effie había adoptado una costumbre bastante agradable. Cada mañana, de camino al colegio, sacaba la tarjeta y se escondía detrás del seto para pasar un par de días felices en el Altermundo. Allí el tiempo transcurría más deprisa, una particularidad que implicaba que los dos días de Effie equivalían apenas a unos tres cuartos de hora en el Veromundo. Cuando se le acababa el tiempo, acudía a toda prisa al portal que había junto al viejo sauce del Llano de los Guardianes (la tarjeta sólo servía para acceder al Altermundo, así que para regresar al Veromundo tenía que recurrir a un portal corriente, como cualquier otra persona), y aparecía en el patio del colegio cinco minutos antes de pasar lista. Había tenido que practicarlo unas cuantas veces hasta controlar la sincronización, y eso había provocado algunos castigos y una carta bastante seria del colegio a su familia.
Sin embargo, esas primeras visitas de Effie al Altermundo habían supuesto los mejores días de su vida hasta entonces. Clothilde, la bella prima de Effie, le había cosido dos monos de seda —uno plateado y el otro de un azul muy oscuro— porque en el Altermundo todos llevaban ropa holgada y cómoda. Allí siempre estaban en pleno verano, o al menos eso le parecía a Effie. Los días eran soleados y tan calurosos como para bañarse al aire libre, pero las noches eran frescas y justificaban encender una fogata. Las complejas diferencias temporales entre los dos mundos implicaban que Effie nunca supiera con exactitud cuándo iba a llegar a la Casa Truelove, pero solía aparecer a tiempo para la cena, de la que sus primos disfrutaban a menudo junto al fuego en el gran salón de la casa. Luego, el día empezaba con un desayuno en la cama, servido por una mujer animosa llamada Bertie. Effie solía comerse un cruasán casero, grande y blandito, y gachas de avena con nata y miel, que acompañaba con una tetera completa de té cargado. Luego era libre de hacer lo que quisiera, siempre y cuando permaneciera dentro de la casa y sus terrenos.
Algunos niños habrían aprovechado la diferencia temporal y habrían usado el tiempo robado en el Altermundo para ponerse al día con los deberes. Effie, en cambio, prefería tumbarse en el césped a leer libros del Altermundo, comer pasteles del Altermundo y soñar con aventuras del Altermundo. El almuerzo siempre consistía en un pícnic junto al arroyo que había al fondo del jardín, donde libélulas de todos los colores sobrevolaban el agua clara. A veces, por la tarde, Clothilde se tomaba algo de tiempo libre para bañarse en la piscina con Effie, o para pasear con ella por los bosques de los aledaños. Pero a menudo aparecía Rollo, descubría a Clothilde y se la llevaba de vuelta a la Gran Biblioteca, donde por lo visto ocurría algo secreto e importante.
A Effie no se le permitía entrar en la Gran Biblioteca mientras no contara con la marca de la Guardiana. Aunque había aprobado el examen que la habilitaba para tenerla, en la práctica no podía recibirla hasta que Pelham Longfellow volviera de la isla (que era como llamaban al Veromundo los del Altermundo). A su regreso, Pelham Longfellow se llevaría a Effie a Villarrana para darle su marca y hacer algunas compras. También se suponía que Effie pasaría por una consulta especial para determinar su «kharakter, su arte y su matiz», aunque a saber qué significaba todo eso. Bueno, Effie sabía en qué consistía el «kharakter»: se trataba de su habilidad principal como auténtica heroína. Pero lo demás era un misterio.
Por algunos fragmentos sueltos de conversaciones que había oído, parecía que Pelham Longfellow estaba muy ocupado intentando descubrir una gran conspiración que se tramaba en París, o quizá en Londres. Effie tenía la intención de preguntar si podía ayudar de alguna manera, pero llevaba muchísimo tiempo sin ver a Pelham. Anhelaba colaborar en la gran lucha contra los diberi. Sin embargo, aunque había matado al poderoso mago diberi que había atacado a su abuelo, daba la impresión de que nadie quería que hiciese nada más.
A veces Effie subía a lo más alto de una de las torres de la Casa Truelove para ver al mago Cosmo, que le había dado permiso para usar su pequeña biblioteca personal cuando quisiera. Allí era donde Effie encontraba los libros que luego leía en el césped: aventuras de los auténticos héroes de antaño, guías estratégicas para enfrentarse a demonios y monstruos, o relatos sobre la Gran Escisión. Cosmo le había hablado vagamente de algunas cosas que podría enseñarle cuando tuviera tiempo: «Otro idioma —le había dicho hacía poco—. A leer mapas. A meditar. A confiar en tu arte y tu matiz, por supuesto. Pero no antes de que pase el Sterran Guandré.» Effie había oído las palabras «Sterran Guandré» unas cuantas veces en los últimos días, y tenía intención de preguntarle a Clothilde qué significaban.
El caso es que, en su última visita al Altermundo, había oído por casualidad una conversación entre Clothilde y Rollo y se había dado cuenta al instante de que hablaban de ella. Quizá no debería haber seguido escuchando —al fin y al cabo, los fisgones nunca oyen nada bueno de sí mismos—, pero lo había hecho.
—Éste no es el lugar que le corresponde —decía Rollo—. ¿Por qué te empeñas en motivarla? Sobre todo ahora que nos hemos enterado de esa nueva conspiración en la isla, y cuando falta tan poco tiempo para el Sterran Guandré. Ya no tenemos allí a Griffin para vigilar lo que ocurre en los portales del norte. Effie tendría que estar haciendo algo en la isla. No nos servirá de nada si malgasta toda su energía aquí, jugueteando contigo en el césped.
—Es una cría —dijo Clothilde con un suspiro de tristeza—. No debería cargar con tanta responsabilidad. Y ya sabemos que la conspiración se está dando en torno a los portales del sur. No hay nada que ella pueda hacer al respecto.
—Por alguna razón, el universo ha escogido cargarla con esa «responsabilidad» —apuntó Rollo—. Tendríamos que entrenarla para que sea útil. Aunque no tengo demasiado claro en qué se supone que nos puede ayudar una auténtica heroína... ¿Por qué no podía habernos tocado una intérprete, una exploradora u otra ingeniera?
—Pero...
—Y esa chica necesita más fuerza vital, no menos. Estar aquí le absorbe la energía. Creo que quizá deberíamos decírselo...
—No podemos.
Antes de que alguno de los dos añadiera algo, Effie había oído unos pasos, probablemente de Bertie, y había echado a correr. Había subido a toda prisa la escalera hasta su hermosa habitación, con aquel olor a madera caldeada por el sol y a sábanas limpias que ya le resultaba tan familiar, y se había quitado el mono de seda para ponerse el uniforme del colegio. Había decidido no volver hasta que pudiera demostrar su valía de algún modo. Averiguaría qué ocurría con esa «conspiración» en el Veromundo y sólo volvería a la Casa Truelove cuando pudiera aportar algo útil.
Aquel día, mientras bajaba la escalera de la Casa Truelove, iba pensando en todas las horas que había pasado con Clothilde en el césped, riéndose con sus dulces historias sobre la vida en la aldea, oyéndola hablar de cómo se había criado en la Casa Truelove y de cómo Pelham Longfellow aparecía por allí a menudo procedente de la granja de sus padres, al otro lado de la aldea. Siempre que hablaba de Pelham Longfellow, Clothilde se sonrojaba y luego parecía un poquito triste. Pero el caso es que, mientras Effie se divertía, los diberi andaban por ahí tramando algo sin que ella se hubiera enterado siquiera. Se sentía un poco avergonzada y muy sola. Salió por la galería sin despedirse.
A la mañana siguiente, en vez de visitar el Altermundo de camino a la escuela, convocó a sus amigos a una reunión en su escondrijo secreto, en el sótano del colegio. El escondrijo se llamaba «Biblioteca de Griffin» porque albergaba todos los ejemplares raros en tapa dura de últimas ediciones de libros que el abuelo de Effie, Griffin Truelove, le había dejado en herencia y que ella y sus amigos habían rescatado. En otros tiempos, aquel lugar había servido de armario de un viejo bedel, aunque en realidad tenía el tamaño de una habitación pequeña.
Effie explicó a sus amigos que era muy importante que cada uno de ellos utilizara su don especial para descubrir cuanto pudieran acerca de la conspiración. Maximilian dijo que usaría sus dotes de erudito para averiguar qué significaba Sterran Guandré. Raven aseguró que vigilaría de cerca a Skylurian Midzhar, que sin duda tenía alguna relación con los diberi. Lexy dijo que intentaría ponerse en contacto con la señorita Dora Wright, antigua profesora de todos ellos, que había desaparecido a principios de curso y que, a juicio de Effie, debía de saber algo importante. Effie y Wolf redoblaron sus entrenamientos de tenis para asegurarse de que, ocurriera lo que ocurriese, sabrían comportarse como fuertes guerreros.
Pero Effie no quería ser sólo una guerrera fuerte. Quería incrementar su energía mágica para poder pasar más tiempo en el Altermundo. Y había llegado a la conclusión de que una manera de conseguirlo era entrenar con dureza en el Veromundo llevando puesto el Anillo del Auténtico Héroe, que parecía convertir la energía gastada en fuerza vital, o en capital M. Cuando tuviera suficiente fuerza vital y suficiente información, y tal vez incluso algunos conocimientos de magia, volvería a visitar a Rollo y Clothilde y les demostraría lo fuerte y útil que podía ser. Pero no antes.
En aquel momento, transcurrida ya una semana, recién expulsada de su primera clase de magia y mientras esperaba el autobús para volver a casa bajo la gélida luz de la luna, Effie se preguntó si tendría que regresar al Altermundo antes de lo planeado. De pronto tenía ganas de pedirle consejo a Clothilde sobre el doctor Green y el Gremio de Artífices. No conseguía librarse de la sensación de que había cometido un terrible error y debía enmendarlo. Estaba claro que su abuelo había sido capaz de obedecer las normas del Gremio. Ella sólo deseaba poder sentarse a hablar como es debido con alguien capaz de entender...
Eran casi las diez cuando abrió la puerta de la casita con terraza que compartía con su padre, su madrastra y su hermana pequeña. Todo estaba a oscuras. ¿Se habrían acostado ya? Effie estaba segura de que era una de aquellas noches en que Cait daba una clase a última hora en la universidad. Tal vez su padre había ido a recogerla... Pero el coche estaba aparcado en la calle. A lo mejor le había vuelto a dar por «ahorrar electricidad». Effie dejó la capa del colegio en el colgador y fue a la cocina a hacerse una infusión de manzanilla antes de acostarse. Por lo visto, era un tónico natural y ayudaba a dormir mejor.
—Un momentito —oyó decir a una voz desde el rellano del piso superior.
—¿Cómo? —preguntó Effie.
—No finjas que no me has oído —dijo Orwell Bookend mientras bajaba por la escalera con una vela en la mano—. Quiero algunas respuestas, jovencita. Antes que nada, ¿dónde está el libro?
—¿Qué libro?
Orwell resopló.
—¿Qué libro va a ser? Los elegidos, por supuesto. ¿Qué has hecho con él?
—¿El primer libro de Laurel Wilde? No sé. Lo leí por última vez a los seis años. Y luego me lo confiscaste. Además, ¿para qué lo quieres? Es para críos de entre siete y nueve años.
—¿No lo tienes tú?
—No. Acabo de decírtelo: me lo confiscaste.
—¿Por qué?
—Porque no querías que leyera nada sobre la magia. Hace siglos de eso. Cuando mamá aún vivía.
—¿Y dónde lo puse?
Effie se encogió de hombros.
—¿Cómo quieres que lo sepa?
—No me gusta nada tu actitud, señorita. Es exactamente lo mismo que ha dicho tu profesor. Acabo de hablar por teléfono con el doctor Green, Euphemia, y no estoy nada contento contigo.
—Pero es que...
—Ya está bien. Ve a tu cuarto ahora mismo. Ya hablaremos de tu castigo mañana.
—Pero si sólo quería prepararme una taza de...
—¡Que te vayas! —siseó Orwell Bookend.
Le encantaba gritar, pero no solía hacerlo cuando la pequeña Luna estaba durmiendo. Últimamente se había convertido en un experto en el arte de encontrar maneras de gritar en voz baja.
Como sabía que era mejor no discutir, Effie se metió en la habitación de la planta baja que compartía con su hermanita. Decidió que, cuando su padre y su madrastra estuvieran dormidos, cogería la tarjeta de citación, saldría por la ventana, iría al parque del pueblo y desde allí emprendería el muy necesario viaje a la Casa Truelove. Con sólo pensarlo —el cálido jardín, el amable rostro de Clothilde— ya se sentía mejor.
Encendió una vela y se acercó a la estantería para coger la caja en la que, con tanto cuidado, había escondido su tarjeta, junto con otros valiosos adminículos y todos los objetos a los que otorgaba un valor especial, entre los que se contaban otra tarjeta que podía usar para recurrir a Pelham Longfellow en una situación de emergencia, un bote de mermelada de ciruela damascena de la cocina de su abuelo, un candelero, unas cuantas velas, un misterioso cuaderno escrito en rosiano y el collar con su Espada de Luz...
Pero la caja no estaba en su sitio. Había desaparecido.
No estaba en la estantería. Tampoco debajo de la cama ni debajo de la cuna de su hermana Luna... Frenética, Effie se puso a buscar la caja que contenía sus más valiosas posesiones. De no ser por la clase del doctor Green, y por lo que Lexy les había contado sobre su manía de confiscar los adminículos, nunca se habría quitado el collar de oro. ¿Y la Espada de Orphennyus de Wolf? Effie estaba al borde del llanto cuando, por tercera vez consecutiva, volvió a levantarse del suelo polvoriento tras mirar de nuevo debajo de la cama. No se dio cuenta de que la puerta se había abierto sigilosamente hasta que vio a su padre allí plantado con una media sonrisa dibujada en el rostro.
—¿Buscas algo? —preguntó Orwell.
—Sí —respondió ella—. Mi...
Pero no llegó a terminar la frase porque se dio cuenta de que su padre tenía la caja especial en las manos.
—¿Tu cajita de las delicias? —dijo Orwell.
—Gracias —contestó Effie—. ¿Dónde la has encontrado?
Su padre se echó a reír.
—¿Crees que voy a devolvértela? ¡Ja! Te iba a decir que la recuperarías cuando encontraras el ejemplar desaparecido de Los elegidos, pero ahora ya no estoy tan seguro. Lo que hay aquí dentro tiene algún valor, ¿no? ¿Adónde solía ir tu abuelo? Ah, sí, al Salón Recreativo Arcadia... ¿Qué pasa? ¿Creías que no conocía sus rincones favoritos? Sí, creo que puedo ir al salón recreativo y encontrar a alguien que me compre todo esto. Estoy seguro de que me darían más de cincuenta libras.
—Todo eso es mío —replicó Effie.
Recordó el momento en que, hacía apenas unas semanas, Pelham Longfellow le había dicho que, para arrebatarle el collar de oro, antes tendrían que matarla. Entonces ¿por qué demonios se le había ocurrido quitárselo como una idiota y meterlo en una caja?
—El doctor Green me ha sugerido que revisara tu habitación por si encontraba algún objeto sospechoso. Tengo entendido que te has metido en algún lío con ese Gremio que, como sabes, no cuenta con mi aprobación. El doctor Green me ha dicho que le entregara cualquier objeto sospechoso que pudiera encontrar, pero no sé si confiar en él, así que por ese lado estás a salvo. Creo que simplemente me lo voy a quedar hasta que decidas empezar a portarte bien. Y hasta que me encuentres ese ejemplar de Los elegidos, que será el primer paso para que vuelvas a gozar de mis simpatías.
—Si lo encuentro, ¿me devolverás la caja?
Orwell entornó los ojos.
—Entonces ¿sí sabes dónde está?
—¡No! Ya te lo he dicho. Hace años que no lo veo.
—No te creo.
—¡Pues es verdad!
—Ya hablaremos cuando lo encuentres.
Orwell dio un portazo silencioso.
Eco se acercó a la cosa sin nombre. Raven tenía razón, aquello tenía algo profundo y extraño. Él solía mostrarse seguro ante cualquier cosa, siempre sabía con certeza absoluta si iba a ser causa de peligro o de placer. Ante aquello, en cambio, no estaba seguro. Dio un paso más sin mirar al suelo. Una alondra alzó el vuelo desde su nido y sobrevoló el páramo. Su primer graznido sonó a puro enojo, pero luego se convirtió en el flujo habitual de noticias de la red cósmica. Y uno de los asuntos mencionados tenía un interés particular.
—¿Has oído eso? —preguntó Eco a Raven.
—Sí —contestó ella, preocupada.
—La niña-héroe del pelo largo, la del anillo... ¿Es esa amiga tuya?
—Sí —respondió Raven con tristeza.
—Pues tu amiga corre un grave peligro.
—Sí... Ay, Eco, ¿qué vamos a hacer?
—Ya buscaremos esa ciénaga brillante mañana. De momento, iremos a ayudar a tu amiga. ¡A galope tendido!
Raven y Eco galoparon de vuelta a casa mientras un racimo de meteoritos cruzaba desbocado el cielo oscuro. En cuanto pudiera, Raven pensaba sentarse a su escritorio para redactar una carta al éter luminífero. Esperaba que no fuera demasiado tarde.