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Agradecimientos

Créditos

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Este libro es para Rod, que me llevó al Valle del Dragón cuando más lo necesitaba, y para Roger, que me enseñó la manera de salir del castillo encantado.

Y también es para Molly, una primera lectora maravillosa que me recordó por qué siempre quise ser escritora.

9788417384128-3

Nosotros mismos somos un término de la ecuación, una nota del acorde, y provocamos conflicto o armonía casi a voluntad.

ROBERT LOUIS STEVENSON

Aplica tu energía, junto con el poder de tu mente.

T. H. WHITE

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1

La señora Beathag Hide era justo el tipo de profesora que provoca pesadillas a los alumnos. Alta y delgada, y con unos dedos extraordinariamente largos, como las ramas afiladas de un árbol venenoso. Llevaba unos jerséis negros de cuello alto que hacían que su cabeza pareciera un planeta que estuviera siendo expulsado poco a poco de un universo hostil, y unos trajes gruesos de tweed de unos tonos rosados y rojos extraños, como de otro mundo, que daban a su rostro un aire tan pálido que parecía una fría luna llena de enero. Resultaba imposible saber si tenía el pelo largo o no, porque lo llevaba recogido en un moño apretado, pero era del color de tres agujeros negros juntos, o tal vez incluso cuatro. Olía a esas flores que jamás se ven en la vida real: flores de un azul muy muy oscuro que sólo crecen en las cumbres de las montañas remotas, quizá en las mismas tierras salvajes e inhóspitas en las que crece el árbol a cuyas ramas tanto se parecían sus dedos.

O por lo menos así era como la veía Maximilian Underwood aquel lunes otoñal de finales de octubre, de tonos rosáceos y cargado de hojas marchitas.

El mero sonido de su voz bastaba para hacer llorar a los niños más sensibles, incluso a veces era suficiente con que la recordaran por la noche, o durante un trayecto solitario en un destartalado autobús escolar un día de lluvia. La profesora Beathag Hide infundía tanto miedo que, por lo general, sólo se le permitía dar clases a alumnos del ciclo superior. Sus temas favoritos parecían implicar muertes prematuras y violentas, y era una apasionada del mito griego de Cronos, el dios que se comió a sus propios hijos. En la clase de Maximilian lo habían estudiado hacía dos semanas y habían confeccionado a los desgraciados niños con papel maché.

La profesora Beathag Hide en realidad estaba sustituyendo a la señorita Dora Wright, que era la auténtica profesora de la asignatura y que había desaparecido después de ganar un concurso de relatos. Algunos decían que la señorita Wright se había marchado al sur para hacer carrera como escritora. Otros aseguraban que la habían secuestrado por algo relacionado con el relato que había escrito. Aunque eso era poco probable, puesto que la historia pasaba en un castillo y en un mundo totalmente distinto del nuestro.

En cualquier caso, la cuestión era que había desaparecido y que ahora su alta y aterradora sustituta estaba pasando lista. Y Euphemia Truelove, a la que todos llamaban Effie, no estaba en clase.

—Euphemia Truelove —dijo la profesora Beathag Hide por tercera vez—. ¿Tampoco ha venido hoy?

La mayoría de los alumnos de aquella clase, que era el grupo avanzado de literatura del primer curso del Colegio Tusitala para Dotados, Problemáticos y Raros (en realidad, ése no era el verdadero nombre de aquel colegio de pináculos grises y retorcidos, tejados con goteras y una larga y noble historia, pero, por diversas razones, así era como lo llamaban ahora), ya se había dado cuenta de que lo mejor era no contestar a lo que preguntara la profesora Beathag Hide, porque cualquier cosa que dijeran probablemente estaría mal. La manera de sobrevivir a sus clases era quedándote muy quieto y callado, y rezar para que no se fijara en ti. Un poco como actuaría un ratón si se viera encerrado en una habitación con un gato.

Incluso los alumnos más «problemáticos» de primero, que habían acabado en el grupo avanzado a base de copiar, por algún talento oculto o por pura casualidad, sabían mantener el pico cerrado en la clase de aquella maestra. Luego lo compensaban zurrándose con más ganas en el recreo y ya está. Por su parte, los niños más «raros» tenían su propia manera de sobrellevarlo. Raven Wilde, una niña cuya madre era una escritora famosa, estaba en esos instantes intentando lanzar el hechizo de invisibilidad que había leído en un libro que había encontrado en su desván, aunque, por el momento, sólo le había dado resultado con un lápiz. Otra niña, Alexa Bottle, a la que llamaban Lexy y cuyo padre era profesor de yoga, sencillamente se había sumido en un estado de meditación profunda. Todos estaban muy quietos y todos estaban muy callados.

Sin embargo, Maximilian Underwood aún no le había pillado el tranquillo al asunto, como suele decirse.

—Es por su abuelo, profesora —contestó—. Sigue en el hospital.

—¿Y? —dijo la profesora Beathag Hide.

Sus ojos se clavaron en Maximilian como si fueran un par de rayos diseñados para matar a criaturas pequeñas e indefensas, criaturas muy parecidas al pobre chico, cuya vida en el colegio era un infierno constante por culpa de su nombre, sus gafas, su uniforme —nuevo y perfectamente planchado— y su profundo y obcecado interés por las teorías sobre el Gran Temblor que había sacudido el mundo entero cinco años atrás.

—En esta clase no tenemos abuelos enfermos —declaró con menosprecio la profesora Beathag Hide—. Ni parientes moribundos, ni padres violentos o perros que se comen los deberes, los uniformes escolares no encogen en la lavadora, ni se pierden los almuerzos, nadie sufre alergias, trastornos de déficit de atención, depresiones ni acoso, no se consumen drogas o alcohol y los ordenadores no se cuelgan... Me da lo mismo, de hecho, es que me da exactamente igual lo desoladas y patéticas que sean vuestras insignificantes vidas.

Su voz, que había ido convirtiéndose en un susurro oscuro, se alzó hasta transformarse en un rugido:

—¡Sean cuales sean nuestros problemas, aquí trabajamos en silencio y no valen las excusas!

Toda la clase se estremeció, incluso Wolf Reed, que era defensa en el equipo de rugby y no le tenía miedo a nada.

—¿Qué hacemos aquí? —preguntó la profesora.

—¡Trabajamos en silencio y sin excusas! —corearon todos al unísono.

—¿Y cómo es nuestro trabajo?

—¡Nuestro trabajo es excelente!

—¿Y cuándo llegamos a clase de literatura?

—¡Llegamos a la hora! —siguió coreando la clase, que casi había empezado a relajarse.

—¡No! ¡¿Cuándo llegamos a clase de literatura?!

—¿Cinco minutos antes? —entonaron esta vez.

Si pensáis que es imposible entonar una pregunta, lo único que os puedo decir es que el intento no les salió nada mal.

—Bien. ¿Y qué pasa si flaqueamos?

—¡Que debemos ser más fuertes!

—¿Y qué les pasa a los débiles?

—¡Que se los castiga!

—¿Cómo?

—¡Bajándolos al segundo grupo!

—¿Y qué significa «bajar al segundo grupo»?

—¡Fracasar!

—¿Y qué hay peor que el fracaso?

Entonces la clase vaciló. Durante la última semana habían aprendido todo lo que debían saber sobre el fracaso y lo que significaba bajar de grupo. Los habían machacado con eso de que nunca había que quejarse ni poner excusas, que debían recurrir a sus reservas de fuerza interior más profundas y ocultas —lo cual daba un poco de miedo, pero en realidad resultaba bastante útil para algunos de los niños más problemáticos—, y que no debían llegar sólo a tiempo, sino siempre cinco minutos antes. Algo que, por cierto, es imposible si sales de matemáticas cinco minutos tarde, o si acabas de tener educación física y Wolf y sus amigos del equipo alevín de rugby te han escondido los pantalones en una tubería vieja.

—¿La muerte? —se arriesgó a decir uno de ellos.

—¡Respuesta equivocada!

Todos guardaron silencio. Una mosca zumbó por la sala, aterrizó en el pupitre de Lexy y subió hasta su mano. En la clase de la profesora Beathag Hide rezabas para que ninguna mosca te aterrizara encima, para que ningún rayo de sol iluminara por un momento tu pupitre, para que —¡horror de los horrores!— tu nuevo mensáfono no se pusiera a pitar con un mensaje de tu madre sobre el almuerzo o sobre quién te llevaría a casa. Rezabas para que fuera el pupitre de otro, el mensáfono de otro. Cualquier otro que no fueras tú.

—Eh, niña —señaló la profesora Beathag Hide—. Contesta.

Lexy, como casi todo el que sale de un estado de meditación profundo, sólo fue capaz de mirarla y parpadear. Sabía que aquella mujer increíblemente alta le había preguntado algo, pero... No tenía ni idea de la respuesta, y en realidad tampoco de la pregunta. ¿Le habría preguntado tal vez qué estaba haciendo? Parpadeó de nuevo y dijo lo primero, o más bien lo único, que le vino a la cabeza.

—Nada, profesora.

—¡Excelente! Eso es. No hay nada peor que el fracaso. Pasas a ser la primera de la clase.

Así pues, durante el resto de la hora, Lexy, que sólo aspiraba a que la dejaran en paz, se vio obligada a llevar una estrella dorada prendida del jersey verde del colegio para evidenciar que era la primera de la clase. Y el pobre Maximilian, que ni siquiera recordaba qué era lo que había hecho mal, tuvo que sentarse en un rincón con un capirote que olía a moho y a ratones muertos, porque era un capirote antiguo, auténtico, de cuando los profesores tenían permitido mandarte a un rincón con un capirote.

¿Podían hacerlo hoy en día? Era probable que ahora no, pero estaba claro que los alumnos de la profesora Beathag Hide no iban a hacer cola para denunciarla. Maximilian, a pesar de ser uno de los niños más «dotados», era a menudo el último de la clase, y estaba a punto de bajar al segundo grupo. La única persona a la que le iba todavía peor que a él era Effie, pero ella ni siquiera estaba allí.

9788417384128-5

2

Euphemia Truelove, cuyo nombre completo era Euphemia Sixten Bookend Truelove, aunque todos la llamaban Effie, apenas recordaba a su madre. Aurelia Truelove había desaparecido cinco años atrás, cuando su hija sólo tenía seis, la noche que el resto del mundo recordaba perfectamente por culpa del Gran Temblor.

En el país en el que vivía Effie, casi todos los habitantes estaban durmiendo cuando estalló el Gran Temblor, a las tres de la madrugada, pero en otros países lejanos se evacuaron colegios y se cancelaron vuelos. La sacudida duró siete minutos y medio, que es mucho tiempo teniendo en cuenta que los terremotos normales sólo duran unos segundos. Los peces salieron disparados del mar, los árboles se desgajaron del suelo con la misma facilidad con que se arranca una planta de una maceta, y en algunos sitios llovieron ranas. No se sabe cómo, pero no murió ni una sola persona en todo el planeta.

Excepto la madre de Effie.

Bueno, tal vez.

Porque... ¿Había muerto? ¿O sencillamente había huido por alguna razón? Nadie lo sabía. Después del Gran Temblor, casi todos los teléfonos móviles dejaron de funcionar e internet cayó. Durante unas semanas imperó el caos absoluto. Si Aurelia Truelove hubiera querido enviar un mensaje a su marido o a su hija, no habría podido hacerlo. O quizá lo había intentado, y el mensaje se había perdido. Tecnológicamente hablando, era como si el mundo hubiera retrocedido hasta 1992. El universo cibernético desapareció y, mientras se buscaba una solución, no tardó en ser reemplazado por los Sistemas de Tableros Electrónicos, o STE, unos sistemas de luces parpadeantes para conectarse a la red y a los que se accedía mediante los módems de marcación telefónica de los viejos tiempos. La gente pensaba que las cosas acabarían volviendo a la normalidad.

Pero no fue así.

Después del Gran Temblor que sacudió el mundo entero, todo cambió para Effie, aunque en otro sentido y en otros aspectos. Porque se quedó sin madre, y porque después del último ascenso de su padre en la universidad —que lo obligaba a trabajar todavía más por aún menos dinero— no quedaba nadie en casa para cuidar de ella, de manera que empezó a pasar mucho tiempo con su abuelo Griffin Truelove.

Griffin era un hombre muy viejo con una barba blanca muy larga que vivía en un laberinto de habitaciones en el último piso de la Antigua Rectoría, en la parte más vieja, oscura y gris de Ciudad Antigua. En otros tiempos había sido una persona alegre que le prendía fuego a su barba tan a menudo que siempre tenía cerca un vaso de agua para ponerla en remojo. Sin embargo, durante los primeros meses que Effie estuvo con él apenas le dirigió la palabra. Bueno, excepto para decirle «Por favor, no toques nada» y «Sé buena y no hagas ruido».

Después de clase, Effie se pasaba horas y horas en las habitaciones de su abuelo examinando, sin tocarlo, el contenido de sus extraños armarios viejos, mientras él fumaba en pipa y escribía en un cuaderno negro y enorme de tapa dura sin hacerle caso. No es que se portara mal con ella, pero parecía muy distante y ocupado con su cuaderno negro y con el viejo manuscrito que por lo visto tenía que consultar cada cinco minutos, y que estaba escrito en una lengua que Effie no reconocía. Antes del Gran Temblor, ella y su madre habían ido alguna que otra vez a aquella casa, y los ojos del abuelo Griffin siempre brillaban cuando hablaba de sus viajes o le enseñaba a Aurelia algún objeto o algún libro nuevo que había encontrado. Ahora, sin embargo, rara vez salía de allí. Effie creía que probablemente su abuelo estaba muy triste por la desaparición de su hija. Ella también lo estaba.

Los armarios de Griffin Truelove albergaban toda clase de objetos extraños hechos con seda, cristal y metales preciosos. Había dos candelabros de plata con gemas incrustadas junto a una pila de paños con unos bordados exquisitos de flores, frutas y personajes con unas túnicas vaporosas. Había lámparas de aceite ornamentadas y cajas talladas en madera negra con unas cerraduras pequeñas de bronce, pero sin llaves a la vista. Había esferas, grandes y pequeñas, que representaban mundos conocidos y desconocidos. Había cráneos de animales, cuchillos afilados y varios cuencos deformes de madera con unas cucharitas a juego. En uno de los armarios guardaba mapas doblados, velas blancas y finas, papel grueso de color crema y frascos llenos de tinta azul. Y en otro, bolsas de rosas y demás flores secas. En una rinconera había un montón de tarros alineados: unos con semillas, otros con carbón, tierra roja, hojas prensadas, lacre, cristales marinos, pan de oro, ramitas negras secas, vainas de canela, fragmentos de ámbar, plumas de búho y aceites caseros de todo tipo de plantas.

—¿Tú sabes hacer magia, abuelo? —le preguntó Effie un día, más o menos un año después del Gran Temblor.

Parecía la única explicación posible a aquella cantidad de cosas raras que acumulaba en los armarios. Effie sabía mucho de magia por los libros de Laurel Wilde, que trataban de un grupo de amigos que iban a una escuela de magia. Todos los niños, e incluso algunos adultos, deseaban en secreto ir a ese colegio y aprender a lanzar hechizos y hacerse invisibles.

—Todo el mundo sabe hacer magia —fue la vaga respuesta del abuelo.

Effie sabía perfectamente, por los libros de Laurel Wilde, que sólo unas pocas personas especiales nacían con la capacidad de hacer magia, de manera que sospechaba que su abuelo se estaba burlando de ella. Pero, por otra parte...

—¿Me haces algún truco? —le pidió.

—No.

—¿Me enseñas a hacer alguno?

—No.

—¿Tú crees de verdad en la magia?

—No importa si creo o no.

—¿Qué quieres decir, abuelo?

—Calla ya, chiquilla. Tengo que seguir con el manuscrito.

—¿Puedo ir a dar una vuelta por tu biblioteca?

—No.

Effie volvió a fijarse en la vitrina que contenía numerosos frasquitos de piedra, tapados con corchos negros, y varias plumas de escribir que eran realmente de ave. A veces subía por la escalera estrecha que llevaba a la biblioteca del ático y probaba a girar la manija, pero la puerta siempre estaba cerrada. A través del cristal azul, veía las altas estanterías llenas de libros de aspecto muy viejo. ¿Por qué no dejaba su abuelo que entrara a verlos? Al fin y al cabo, los adultos siempre estaban dando la tabarra con que los niños debían leer.

Sin embargo, los adultos sólo querían que los niños leyeran los libros que a ellos les parecían bien. El padre de Effie, Orwell Bookend —que no tenía el mismo apellido de Effie porque Aurelia había insistido en mantener su apellido de soltera para pasárselo a su hija—, le había prohibido leer los libros de Laurel Wilde justo antes de que saliera el sexto volumen de la serie. No quería que tuviera nada que ver con la magia, lo cual le pareció muy extraño, dado que su padre no creía en ese tipo de cosas. Pero, de repente, un día que había bebido demasiado vino, le había dicho que debía mantenerse alejada de la magia porque era «peligrosa». ¿Cómo podía ser peligroso algo que no existía? Effie no tenía ni idea. Y ahora, por mucho que preguntara a su abuelo, éste nunca le explicaba nada, de manera que la niña decidió cambiar de estrategia.

—Abuelo... —comenzó un miércoles por la tarde, poco antes de cumplir once años—. ¿En qué idioma estás leyendo? Ya sé que estás haciendo una traducción o algo así, pero ¿de dónde ha salido ese manuscrito?

—Así que sabes que estoy haciendo una traducción, ¿eh? —Griffin asintió, y en sus labios casi se dibujó una sonrisa—. Muy bien.

—Pero ¿qué idioma es?

—Rosiano.

—¿Y quién habla rosiano?

—Una gente que vive muy muy muy lejos.

—¿En un sitio donde hacen magia?

—Ay, chiquilla. Mira que te lo tengo dicho: todo el mundo hace magia.

—Pero ¿cómo?

El abuelo suspiró.

—¿Alguna vez te has despertado por la mañana y has rezado para que no lloviera, o lo has deseado con mucha fuerza?

—Sí.

—¿Y funcionó?

Effie se quedó pensando.

—No lo sé.

—Bueno, a ver, ¿llovió o no llovió?

—No. Vaya, creo que no.

—Bien, entonces hiciste magia. ¡Bravo!

Desde luego, la magia no funcionaba así en los libros de Laurel Wilde. Había que pronunciar un hechizo concreto si querías que dejara de llover. Y había que comprar ese hechizo en una tienda y luego conseguir que alguien te lo enseñara, y...

—¿Y si de todas formas no iba a llover?

Su abuelo volvió a suspirar.

—Euphemia, le prometí a tu padre que...

—¿Qué le prometiste?

Griffin se quitó las gafas. La fina montura de plata antigua centelleó al reflejar la luz. El anciano se frotó los ojos y luego miró a Effie como si acabara de descorrer una cortina y descubrir un jardín soleado.

—Le prometí a tu padre que no te enseñaría nada de magia. Sobre todo después de lo que ocurrió con tu madre. Y también prometí a otras personas que no haría nada de magia durante cinco años, y así ha sido, aunque... —Consultó el reloj—. Los cinco años expirarán el martes que viene. Las cosas se pondrán más interesantes entonces. —Soltó una risita y encendió la pipa.

—¿Estás de broma, abuelo?

—Por Dios bendito, chiquilla. No, ¿por qué iba a estar de broma?

—¿Así que entonces me enseñarás magia? ¿Magia de verdad? ¿El martes que viene?

—No.

—¿Por qué no?

—Porque se lo prometí a tu padre y soy un hombre de palabra. Además, hay personas muy influyentes que no ven con buenos ojos que se enseñe magia a los niños... Bueno, a menos que sean ellos los que lo hagan, claro. Pero puedo enseñarte un idioma o dos, si quieres... Algo de traducción. Es probable que ya tengas edad suficiente para eso. Y tal vez sea hora de que veas también la biblioteca.

La biblioteca de Griffin Truelove era una habitación cuadrada de techo alto con un montón de madera pulida de color oscuro. Había una mesita con una lámpara de cristal verde, que tenía una vela en lugar de una bombilla. (Mucha gente utilizaba velas para leer ahora que las bombillas iluminaban tan poco y eran tan caras.) La habitación olía un poco a cuero, a incienso y a cera de vela. Los libros eran volúmenes pesados y gruesos, de tapa dura, encuadernados en cuero, terciopelo o una delicada tela de distintos tonos de rojo, púrpura y azul. Las páginas eran como de color crema, y las letras impresas, muy negras y de aspecto antiguo. Sin duda contaban grandes aventuras que tenían lugar en tierras desconocidas.

—Sólo hay una regla, Euphemia, y quiero que me prometas que la respetarás siempre.

Effie asintió.

—Sólo puedes leer los libros de uno en uno, y siempre tienes que dejar el que estés leyendo encima de la mesa. Es muy importante que yo sepa qué lees. ¿Lo entiendes? Y no puedes sacar ningún libro de la biblioteca.

—Lo prometo. Acaso estos libros... ¿son mágicos?

Su abuelo frunció el ceño.

—Todos los libros lo son, chiquilla. Sólo tienes que pensar en el efecto que provocan en la gente. Los hombres van a la guerra en función de lo que leen en los libros. Creen en «hechos» sólo porque están escritos. Deciden adoptar sistemas políticos, viajar a un lugar y no a otro, dejar el trabajo y embarcarse en una gran aventura, amar u odiar por los libros. Todos tienen un poder tremendo. Y el poder es magia.

—Pero estos libros... ¿son mágicos de verdad?

—Son últimas ediciones —respondió Griffin—. Mucha gente colecciona primeras ediciones, porque son muy raras. Pero las últimas ediciones son todavía más especiales. Cuando seas mayor entenderás por qué.

Y se negó a decir nada más.

Los siguientes meses pasaron mucho más deprisa que los cinco años previos. Su abuelo empezó a salir de nuevo a vivir lo que él llamaba sus «aventuras» y, a veces, cuando Effie iba a verlo después de clase, se lo encontraba quitándose las gruesas botas marrones y guardando la bolsa gastada de cuero y la bolsita de tela con el dinero. En una ocasión lo vio meter un palo muy raro en un cajón secreto de su gran escritorio de madera, pero cuando le preguntó al respecto, Griffin le dijo que se ocupara de sus cosas y siguiera con la traducción.

Effie aprendió rosiano muy rápido, y ahora estaba estudiando otro idioma, el llamado «antiguo inglés bastardo». Soñaba con vivir aventuras como las que leía en los libros de la biblioteca de su abuelo, en las que a lo mejor tenía que preguntarle a alguien en rosiano cuánto costaba dejar a su caballo en la cuadra el fin de semana, o en antiguo inglés bastardo qué criaturas peligrosas podía encontrarse esa noche en los bosques («¿Qué fyeras bestias podré encontrar en desta selva cuando fuera noche?»).

Seguía soñando también con la magia, pero aún no había sido testigo de nada mágico, de modo que cuando volvió a ver a su abuelo metiendo otro objeto en su cajón secreto —esta vez se trataba de un cristal transparente—, le preguntó de nuevo:

—¿Las cosas de ese cajón son mágicas, abuelo?

—Mágicas —repitió él, pensativo—. Mmm... Sí, ya veo que no dejarás de preguntarme sobre eso, ¿verdad? Pues bien, en mi opinión, la magia está sobrevalorada. Tienes que entender que no siempre puede recurrirse a ella; de hecho, casi nunca se puede, y menos en este mundo. La magia cuesta y es difícil. Recuerda esto, Effie, porque es importante: si quieres que una planta crezca en este mundo, debes enterrar una semilla, regarla, darle calor y dejar que los brotes vean el sol. No se usa magia para eso, porque utilizarla para llevar a cabo una tarea tan complicada, ¡la creación de vida, nada menos!, no sólo es un despilfarro, sino además innecesario. Más adelante, a medida que vayan pasando los años, supongo que verás cosas extrañas y maravillosas, cosas que probablemente ahora no puedas ni imaginar. Pero nunca olvides que muchas de las cosas que pasan a diario, como cuando una semilla se convierte en una planta, por ejemplo, son incluso más increíbles y complejas que la magia más difícil. Utilizarás la magia en muy raras ocasiones, por eso necesitas dominar primero otras habilidades.

—¿Qué otras habilidades?

—Los idiomas. Y...

El anciano reflexionó un instante y metió la barba en el vaso de agua, a pesar de que no estaba ardiendo. Luego se la escurrió despacio antes de añadir:

—Puede que haya llegado el momento de iniciarte en el pensamiento mágico. Para hacer magia, primero necesitas dominar el pensamiento mágico. ¿Cuántos años tienes ahora?

—Once.

—Bien. Empezaremos mañana.

Effie fue incapaz de resolver la primera tarea de pensamiento mágico que le puso su abuelo. Griffin se la llevó al recibidor y le enseñó tres interruptores.

—Cada uno enciende una luz distinta del piso —le explicó—. Uno la luz principal de la biblioteca, otro la lámpara que hay junto a mi butaca, y el tercero, la de la alacena donde guardo el vino. Son las luces que utilizo más a menudo y las que siempre olvido apagar cuando salgo. La electricidad es ahora muy cara y, cómo no, aplican unas multas considerables por usarla cuando hay un Toque de Sombra, por eso hice que colocaran los interruptores al lado de la puerta. Verás que desde aquí no puede saberse qué luz enciende cada interruptor. Tu tarea es averiguarlo. Sin embargo, ahí radica la dificultad: puedes hacer lo que quieras con los interruptores, pero sólo podrás ir una vez a ver qué luz se ha encendido y, cuando lo hagas, únicamente podrá haber accionado un interruptor. Además, sólo podrás darle e ir a mirar cuando estés segura de la respuesta. No tendrás una segunda oportunidad.

—Así que no puedo probar un interruptor, ir a ver qué luz se ha encendido y luego volver a probar con otro y memorizarlo.

—No, eso sería muy fácil. Cuando tengas la respuesta, deberás explicarme cómo has dado con ella. Por supuesto, lo más interesante es precisamente ese «cómo».

—Así que tampoco es cuestión de suerte.

—No. Tienes que utilizar el pensamiento mágico.

—Pero ¿cómo puedo...?

—Si lo consigues, tendrás un premio —aseguró Griffin.

—¿Qué premio?

—Ah... Eso no voy a decírtelo.

A partir de entonces, cada vez que Effie iba a la Antigua Rectoría se quedaba junto a los interruptores e intentaba resolver el enigma, aunque seguía sin saber cómo hacerlo. Odiaba darse por vencida, pero por mucho que le pidiera pistas a su abuelo, él no soltaba prenda. En lugar de eso, entre una traducción y otra le planteaba nuevos problemas de pensamiento mágico. Algunos, más que acertijos, parecían chistes.

—Por ejemplo —le dijo un par de semanas antes de que empezara las clases en el Colegio Tusitala—, imagínate que un hombre lanza una pelota a una distancia corta, y entonces la pelota invierte la dirección y le vuelve a las manos. La pelota no ha rebotado en ninguna pared ni en ningún otro objeto, y tampoco está atada a ningún cordel ni a nada parecido. Sin magia, ¿cómo podría ocurrir algo así?

Effie se pasó todo un día pensando y al final tuvo que rendirse.

—¿Cuál es la respuesta, abuelo? —le preguntó, justo antes de regresar a casa por la noche.

—Que lanzó la pelota al aire, chiquilla.

Effie se echó a reír. ¡Pues claro! Qué bueno.

Su abuelo, sin embargo, se puso serio.

—Tienes que dominar el pensamiento mágico antes de intentar siquiera los trucos de magia más básicos —le dijo—. Debes aprender a pensar. Y, por lo visto, no nos queda mucho tiempo.

—¿A qué te refieres? ¿Por qué no nos va a quedar mucho tiempo? —le preguntó.

Pero Griffin no contestó.

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3

La razón de que Effie no hubiera llegado al colegio aquel lunes de octubre por la mañana se debía a lo que había ocurrido el miércoles anterior por la noche. Su padre, Orwell Bookend, había ido como siempre a recogerla a casa de su abuelo, pero en lugar de esperar en el coche subió los dos tramos de escalera que llevaban a la vivienda.

A ella le habían dicho que se dirigiera a la biblioteca a «estudiar», pero Effie se había quedado en el pasillo para oír lo que decía su padre. Sabía que algo pasaba. La semana anterior, Griffin había desaparecido de forma inesperada durante tres días, y ella se había visto obligada a ir directamente a casa después del colegio para ayudar a su madrastra, Cait, con su hermanita, Luna, en vez de ir a estudiar con su abuelo.

Hubo un tiempo en que Orwell Bookend llevaba pajaritas doradas y bailaba con la madre de Effie por la pequeña cocina mientras le cantaba canciones en las lenguas muertas que él enseñaba. Pero menos de dos años después de la desaparición de Aurelia, su padre había empezado a salir con Cait. Luego todo había cambiado en la universidad, cuando lo ascendieron y tuvo que empezar a vestir trajes oscuros, a menudo con una tarjeta con su nombre prendida, y a asistir a conferencias tituladas «Entornos de Aprendizaje Offline» o «De vuelta al papel y el lápiz», y cosas así.

—Lo han vuelto a hacer —le dijo a Griffin aquel miércoles por la noche—. Tu maldito grupo de Espadas y Brujería me ha escrito. Dicen que estás enseñándole a la niña «cosas prohibidas». Ni siquiera sé lo que eso significa, pero sea lo que sea, ya puedes dejarlo.

Griffin guardó silencio un largo instante.

—No es cierto —señaló por fin.

—Me da igual —contestó Orwell—. Quiero que lo dejes.

—Tú nunca has creído en el Altermundo. Y piensas que el Gremio se limita a administrar una especie de juego rebuscado. Vale, lo acepto. Pero, entonces, ¿por qué te preocupa lo que le enseñe? ¿Qué te importa a ti lo que digan?

—No tiene por qué ser real para ser peligroso —repuso Orwell.

—Bien, de acuerdo —respondió Griffin, con voz queda—. Aun así, lo único que te pido es que confíes en mí. No he transgredido el decreto del Gremio. Effie está a salvo. O al menos tan a salvo como cualquier otra persona en el mundo hoy por hoy.

Ambos permanecieron en silencio.

—Nunca supe adónde había ido Aurelia en realidad cuando dijo que había estado en el Altermundo —continuó al fin Orwell—, pero estoy seguro de que era algo mucho más terrenal de lo que quiso dar a entender. De hecho, estoy convencido de que se refería a otro hombre, probablemente a algún miembro de ese ridículo «Gremio». Sí, ya sé que tú crees en la magia. Y puede que algunas veces funcione, por el efecto placebo o lo que sea... Mira, no soy del todo escéptico. Es evidente que Aurelia quería que creyera en todo eso, pero la verdad es que nunca he podido. Y menos en algo tan extraordinario como lo que ella contaba.

Effie oyó unos pasos. Seguramente su padre iba paseando de un lado a otro mientras hablaba.

—No sé qué habrá sido de Aurelia. He aceptado que ya no está. Supongo que murió o quizá esté con ese otro hombre. Y, si te soy sincero, ni siquiera sé qué preferiría. Pero no pienso permitir que mi hija ande con la gente que corrompió a mi mujer. Ese mundo está lleno de tipos raros, lunáticos y marginados. No me gusta. ¿Lo entiendes?

Griffin soltó un suspiro tan fuerte que Effie lo oyó desde el pasillo.

—Mira —comenzó—. Los diberi...

Orwell maldijo con un grito. Golpeó algo, tal vez la pared. Luego pronunció unas palabras en voz tan baja que Effie no logró entenderlas. Y después volvió a gritar.

—¡No quiero saber nada de los diberi! ¡No existen! Ya te he dicho que...

—Vale, pues entonces no te enterarás de lo que está pasando —replicó Griffin, manteniendo la calma.

Más tarde, aquella misma noche, encontraron a Griffin Truelove sangrando, inconsciente y medio muerto en un callejón en el extremo occidental de Ciudad Antigua, cerca del Salón Recreativo Arcadia. Nadie sabía qué estaba haciendo en esa parte de la ciudad ni qué le había ocurrido. Cait sugirió que tal vez se había perdido y lo había atropellado un coche.

—Esas cosas suelen pasarles a los ancianos con demencia —comentó.

Pero Griffin no tenía demencia.

Lo llevaron a un pequeño hospital cercano. Y al día siguiente, y al otro, Effie fue a visitarlo en lugar de asistir a clase. Cada vez que iba, él le pedía que le llevara algo de su casa. El primer día fue el palo marrón que le había visto guardar en el cajón secreto de su escritorio y al que él llamaba ahora «varula» (tuvo que deletreárselo, porque Effie nunca había oído esa palabra); luego le pidió el cristal transparente, y también tuvo que llevarle papel y tinta, las gafas y el abrecartas con el mango de hueso.

El sábado, Effie se lo encontró sentado y escribiendo algo, o al menos intentándolo. La enfermera Underwood, que era la madre de Maximilian, uno de sus compañeros de clase, no hacía más que interrumpirlos para tomarle el pulso o la tensión y anotar los resultados en unos papeles sujetos a una tablilla que había al pie de la cama. Griffin estaba tan débil que sólo lograba escribir una palabra cada pocos minutos, y constantemente tosía y resollaba, y daba respingos a causa del dolor cada vez que se movía.

—Esto es un codicilo M —le explicó a la niña, sin apenas energía—. Es para ti. Primero debo terminarlo y luego... tendrás que dárselo a Pelham Longfellow. Es mi abogado. Lo encontrarás... lo encontrarás en... —El pobre Griffin jadeaba, casi sin aliento—. Es muy importante... —En ese instante le dio un ataque de tos—. He perdido mi poder, Euphemia. Lo he perdido todo porque... Rescata la biblioteca, si puedes. Todos mis libros son tuyos. Todas mis cosas. La varula. El cristal. Todo lo que quede después de... Lo pone en mi testamento. No esperaba que pasara esto ahora. Y busca el Va...

En ese momento se abrió la puerta y entró Orwell, que le preguntó a su suegro cómo se encontraba.

—Será mejor que nos vayamos —le dijo a su hija al cabo de unos minutos—. Queda poco para que empiece el Toque de Sombra.

Todas las semanas había varios Toques de Sombra, horas en que estaba prohibido utilizar la electricidad. También había semanas enteras en las que la vieja y crepitante red de teléfono quedaba fuera de servicio, para dejarla descansar un poco. Por eso casi todo el mundo llevaba mensáfonos, porque funcionaban con ondas de radio.

—Vale, sólo... —comenzó Effie—, espera un momento.

Orwell se acercó al abuelo para darle unas palmaditas torpes en el hombro.

—Que vaya bien la operación de mañana. —Luego, dirigiéndose a su hija, añadió—: Te espero fuera. Tienes tres minutos.

Effie miró a Griffin. Sabía que estaba intentando decirle algo importante y esperaba que siguiera con ello.

—Ro... Rollo —masculló en cuanto Orwell salió de la habitación.

Luego se produjo un largo silencio, en el que su abuelo parecía estar haciendo acopio de todas sus fuerzas. Tiró de Effie para que se acercara a él, de modo que sólo ella pudiera oír lo que iba a decir.

—Busca el Valle del Dragón —susurró.

Después lo repitió en rosiano. Bueno, más o menos. Parfen Druic: «Valle Dragón.»

¿Qué significaba eso?

—No vayas sin el anillo... —añadió Griffin. Luego se miró las manos temblorosas: en el meñique llevaba un anillo de plata que Effie nunca había visto—. Lo conseguí para ti, Euphemia, cuando me di cuenta de que eras una auténtica... una auténtica... —Y lo acometió otro ataque de tos tan fuerte que la última palabra se perdió—. Te lo daría ahora, pero voy a necesitarlo, además de todos los otros adminículos. Tengo que intentar... intentar... —Más tos—. Ay, Dios mío... Esto es inútil. El codicilo... Pelham Longfellow te lo explicará. Confía en él. Y consigue todos los adminículos que puedas.

—No lo entiendo. —Effie se echó a llorar—. No me dejes, abuelo.

—No permitas que los diberi venzan, Euphemia, por muy difíciles que se pongan las cosas. Tienes potencial, incluso más del que yo tenía... Debería habértelo explicado todo mientras pude, pero pensaba que eras demasiado pequeña y había hecho una promesa, y los idiotas del Gremio se aseguraron de que... Cuida de mis libros. Te los he dejado todos. El resto de mis cosas no tiene mucho valor. Salva sólo lo que me has traído y los libros. Busca el Va... Ay, cielos... La magia es demasiado fuerte. Sigue sin dejarme...

—¿Qué magia? ¿A qué te refieres?

Pero lo único que pudo hacer su abuelo durante el siguiente minuto fue toser y gemir.

—No voy a volver, querida niña, esta vez no. Pero estoy seguro de que nos encontraremos de nuevo. Lo último que tienes que recordar es que... —dijo Griffin al final, bajando mucho la voz—, la respuesta... —susurró tras hacer una larga pausa—, es el calor.

Cuando Effie se despertó el lunes por la mañana, tuvo la sensación de que había pasado algo terrible. Su padre había llamado al hospital esa noche, ya tarde, y luego había salido hacia allí en coche. Effie le había suplicado que la llevara con él, pero Orwell le dijo que se quedara en casa a esperar noticias. Sin embargo, las noticias no habían llegado. Y para empeorar todavía más las cosas, Cait, la madrastra de Effie, se había levantado a las cinco de la madrugada y, antes de hacer su vídeo de ejercicios, había tirado a la basura cualquier cosa comestible que hubiera en la despensa o la nevera. Y ni siquiera lo había tirado al cubo de casa, sino al contenedor de fuera, «para evitar tentaciones», como le había dicho en tono sombrío a Luna, el bebé, que no tenía edad para replicar.

Todo había desaparecido. El pan, los copos de avena, los cereales... El jamón, las salchichas, los huevos, el queso... Lo que quedaba de la mermelada que les había hecho por Navidad la señorita Wright (la antigua profesora de Effie, que le permitía incluso llamarla Dora fuera del colegio y que, antes de desaparecer, había vivido en el apartamento que había debajo del de Griffin, en la Antigua Rectoría). Ni siquiera quedaban patatas fritas o chocolate, aunque no es que uno fuese a desayunar patatas fritas o chocolate; a menos que estuviera verdaderamente desesperado, claro. No había nada de nada.

Cait Ransom-Bookend —había conservado parte de su apellido al casarse con el padre de Effie— leía muchos libros sobre dietas. Y leía esos libros porque quería estar tan delgada y ser tan guapa como la gente que salía en televisión, aunque su verdadero trabajo era investigar sobre un manuscrito medieval del que nadie había oído hablar. El último libro de dietas que había leído se titulaba ¡El momento es ahora!, y decía que se podía vivir a base de unos batidos especiales que no contenían leche. Esos batidos se llamaban «Bativital» y llegaban por correo en unos botes fosforitos gigantescos. Cada uno llevaba un libro de regalo pegado con cinta adhesiva, por lo general una novela romántica con una imagen en la portada de una mujer atada a un árbol, o a una silla, o a una vía de tren. Últimamente, Cait también leía muchos libros de ésos.

Por lo visto, algo en ¡El momento es ahora! —un capítulo titulado «No permitas que los niños gordos echen por tierra tu nuevo look», para ser exactos— había impulsado a Cait a escoger justo aquel día para tirar toda la comida apetitosa —aquella que te hace sentir mejor cuando estás un poco triste o preocupado—, para, acto seguido, poner delante de Effie —que de todas formas solía prepararse su propio desayuno— un líquido viscoso de color verde parduzco que parecía barro con briznas de hierba o algo peor, como el vómito de alguien con gastroenteritis. Aquello, por lo visto, era el batido «Buenos días». Estaba asqueroso. Pero, de todos modos, Effie no tenía hambre. Estaba demasiado preocupada para tener hambre.

Luna también tenía su propio batido, era de color rosa fucsia. Pero tampoco parecía muy entusiasmada; un manchurrón rosa en la pared frente a la trona sugería que ya lo había lanzado por los aires al menos una vez.

—Tiene una pinta fantástica, ¿verdad? —dijo Cait.

—Eh... —comenzó Effie—. Gracias. ¿Se sabe algo de papá?

La madrastra puso un gesto triste, aunque en realidad no lo estaba.

—Sigue en el hospital.

—¿Puedo ir?

Cait negó con la cabeza.

—Han llamado del colegio. Por lo visto la semana pasada faltaste dos días. Tu padre y yo lo estuvimos hablando ayer. No vas a ayudar a tu abuelo faltando al...

—¿Ha pasado algo?

Cait guardó silencio el tiempo suficiente para que Effie supiera que había ocurrido algo.

—Tu padre... —comenzó—, hablará contigo después del colegio.

—Por favor, Cait, ¿podrías llevarme al hospital?

—Lo siento, Effie, no puedo. Tu padre... ¿Effie? ¿Adónde vas?

Pero la niña ya había salido de la cocina y recorría el estrecho y polvoriento pasillo en dirección al cuarto que compartía con Luna.

—¿Effie? —la llamó Cait, pero Effie no respondió—. ¿Effie? ¡Ven aquí ahora mismo y termínate el batido!

Effie, sin embargo, no volvió para terminarse el batido. Se puso el uniforme verde y gris del colegio lo más deprisa que pudo, se abotonó la capa de fieltro de color verde botella y salió de casa sin despedirse siquiera. Ya iría al colegio después de ver a su abuelo.

Cogió el autobús que cada día la llevaba hasta el Monumento a los Escritores y subió la cuesta hasta Ciudad Antigua, exactamente como si se dirigiera a la escuela. Anduvo por las calles de adoquines y dejó atrás el Salón Recreativo Arcadia, el Museo de los Escritores, la librería anticuaria de Leonard Levar y el Emporio de Mascotas Exóticas de Madame Valentin, hasta que, después de atajar por los jardines de la universidad, giró a la derecha en lugar de a la izquierda y enfiló la larga calle que llevaba al hospital, con la esperanza de que nadie advirtiera su uniforme y le preguntara adónde creía que iba.

La noche anterior, Effie había buscado la palabra «codicilo» en el diccionario. Era una «disposición testamentaria». Sin embargo, tuvo que hacer varias búsquedas más para entender lo que aquello significaba, porque ya no podía recurrir a internet. Había mucha gente que aún tenía diccionarios antiguos en sus viejos móviles, pero Effie tenía uno de verdad que Griffin le había regalado por su último cumpleaños. Todos los diccionarios, excepto los más nuevos, contenían un montón de palabras que ya no se usaban, como «blog» o «wifi». Cosas que sólo existían antes del Gran Temblor.

Al final, Effie averiguó que un codicilo es algo que se puede añadir a un testamento para cambiarlo de alguna manera, y que un testamento es un documento legal que dice quién hereda qué cuando alguien muere. Entonces se acordó de la obra que habían leído con la profesora Beathag Hide unas semanas antes, en la que un viejo rey cambiaba cada dos por tres su testamento en función de quién, según su parecer, lo quería más.

Pero ¿por qué iba Griffin a cambiar su testamento ahora? ¿Acaso se estaba muriendo? Effie no podía dejar de pensar en él, allí, débil y solo en la cama de hospital, con su larga barba, tan frágil y tan fuera de lugar sobre las sábanas blancas y suaves. Lo había visto escribir el codicilo desesperadamente, mojando la pluma estilográfica en el frasco de tinta azul, mientras la enfermera Underwood chasqueaba la lengua. En la mesa de la habitación descansaba el material de escritorio que Effie le había llevado de su apartamento: un papel de carta especial de color crema y unos sobres que parecían caros, pero normales, hasta que los ponías a contraluz; entonces aparecía una delicada marca de agua con la imagen de una casa grande detrás de una verja cerrada. Tenían aquella marca de agua todas las cartas y los sobres de Griffin Truelove.

Hasta la semana anterior, Effie nunca había estado sola en casa de su abuelo. Y no le gustó nada la experiencia. Todo le parecía extraño, todo le olía raro, y daba un respingo cada vez que oía un ruido inesperado. La calefacción estaba apagada y hacía un frío de muerte. Effie no dejaba de imaginarse a su abuelo en aquel callejón ni de preguntarse a qué habría ido allí en plena noche. En el hospital decían que probablemente unos matones le habían dado una paliza, o que unos niños lo habían atacado porque sí. Pero Effie era una niña y no conocía a nadie capaz de atacar a alguien como su abuelo.

¿Y qué pasaba con la magia?

Sin duda, en un momento como aquél era cuando se usaba, ¿no? Por mucho que uno finja que la magia es difícil o aburrida, por muchos sermones que le hayan echado y por mucho que le hayan insistido en que debe utilizarse de manera responsable o que antes de recurrir a ella hay que probar cualquier otro método para lograr el fin deseado, seguro, segurísimo que si alguien te ataca, si están a punto de matarte, entonces es cuando...

¿Qué? ¿Qué haces entonces? ¿Convertir a tu atacante en una rana? ¿Encogerlo? ¿Hacerte invisible?

Desconsolada, Effie se dio cuenta de que, después de todo el tiempo que había pasado estudiando con su abuelo, ni siquiera sabía qué se hacía con la magia. Sólo había aprendido un montón de cosas que no conseguiría hacer con ella. «No esperes que la magia te haga rica ni famosa», por ejemplo. O «Tu verdadero poder no lo obtendrás con la magia, y menos en tu caso». Pero hiciera lo que hiciese la magia, su abuelo no había recurrido a ella cuando lo habían atacado, y Effie no lo entendía.

Claro que la explicación más obvia era que la magia no existía. Al fin y al cabo, eso era lo que, por lo visto, pensaba casi todo el mundo, por muchos libros de Laurel Wilde que se leyeran. Su padre siempre había dicho que la magia no existía. Aun así, el miércoles anterior, en casa de su abuelo, aseguró que era peligrosa y dio a entender que casi creía en ella. ¿Qué significaba eso? Effie volvió a preguntarse cómo algo que no existía podía haberse llevado a su madre. ¿Cómo podía ser peligroso algo imaginario? Y, además, si la magia era tan peligrosa, ¿por qué no la había empleado su abuelo la noche que lo atacaron?