1
Hay lugares que recordaré toda la vida: la Plaza Roja barrida por un viento cálido, el dormitorio de mi madre, ubicado en el lado malo de la carretera 8-Mile, los interminables jardines de un elegante hogar de adopción, un hombre aguardando para matarme en un grupo de ruinas conocido como el Teatro de la Muerte...
Sin embargo, nada está tan grabado a fuego en mi memoria como aquel hotelucho de Nueva York sin ascensor: cortinas raídas, muebles baratos, una mesa repleta de metanfetaminas y otras drogas... Junto a la cama, reposan un bolso de mujer, un tanga negro tan estrecho que parece hilo dental y un par de zapatos Jimmy Choo con tacones de quince centímetros. Al igual que su propietaria, allí parecen fuera de lugar. Ella está en el cuarto de baño, desnuda, con el cuello rajado, flotando boca abajo dentro de una bañera llena de ácido sulfúrico, el ingrediente activo de un producto para desatascar desagües que puede adquirirse en cualquier supermercado.
Hay docenas de botellas del producto —DrainBomb, se llama— desperdigadas por el suelo, ya vacías. Sin que nadie se fije en mí, empiezo a abrirme paso entre ellas con sumo cuidado. Todas llevan aún la etiqueta del precio, y observo que quien ha matado a esa mujer las compró en veinte tiendas diferentes con el fin de no despertar sospechas. Siempre he dicho que resulta difícil no admirar una buena planificación.
En la habitación reina el caos, el ruido es ensordecedor: las radios de la policía a todo volumen, los ayudantes del forense que piden refuerzos a gritos, una hispana que llora. Incluso cuando la víctima no tiene ni un solo conocido en el mundo, por lo visto siempre hay alguien que llora en este tipo de escenas.
La joven de la bañera está irreconocible, los tres días que ha pasado sumergida en el ácido han destrozado sus facciones. Imagino que ése era el plan, porque quien la ha matado también se aseguró de hundirle las manos bajo el peso de sendos listines telefónicos. El ácido no sólo ha disuelto las huellas dactilares, sino también casi toda la estructura del metacarpo. A menos que los del equipo forense de la policía de Nueva York tengan suerte con la dentadura, van a pasarlas canutas intentando identificar a la fallecida.
En sitios como éste, donde uno tiene la sensación de que el mal continúa adherido a las paredes, la mente puede aventurarse por territorios extraños. La idea de una mujer joven sin rostro me recordó una antigua canción de Lennon/McCartney, una que hablaba de Eleanor Rigby, una mujer que guardaba su cara junto a la puerta de casa, dentro de un tarro. En mi cabeza, comencé a llamar Eleanor a la víctima. El equipo de especialistas en investigación del escenario del crimen aún tiene trabajo que hacer, pero aquí no hay nadie que no crea que a Eleanor la han asesinado en pleno acto sexual: el colchón medio retirado del canapé, las sábanas revueltas, un chorro color parduzco de sangre arterial ya semidescompuesta sobre la mesilla de noche... Los más pervertidos suponen que el asesino la degolló mientras todavía estaba dentro de ella. Y lo malo es que tal vez estén en lo cierto. Muriera como muriese, quienes siempre buscan el lado bueno de las cosas podrán encontrarlo también aquí: seguramente ni siquiera se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo... por lo menos hasta el último instante.
De eso debió de encargarse la meta, el cristal. Cuando llega al cerebro te pone tan cachondo, tan eufórico, que resulta imposible tener ningún presentimiento. Bajo su influencia, la única idea coherente que logran concebir la mayoría de las personas es la de buscar a alguien y follárselo a lo salvaje.
Junto a las dos papelinas vacías de cristal hay algo parecido a esos botecitos de champú que dan en los hoteles. No lleva ninguna marca y contiene un líquido transparente: GHB, supongo. Una sustancia que está causando furor en los rincones más oscuros de internet, porque, utilizada en grandes dosis, ha ido sustituyendo al Rohypnol como droga favorita para las violaciones perpetradas con la ayuda de drogas. La mayoría de los locales donde ponen música están inundados de GHB; la gente se toma una cantidad mínima para contrarrestar los efectos del cristal, y de ese modo consigue mitigar un poco la paranoia que provoca la meta. Pero el GHB también tiene sus propios efectos secundarios: se pierden las inhibiciones y se disfruta de una experiencia sexual más intensa. En la calle, uno de los nombres por los que se lo conoce es «polvo fácil». Seguro que Eleanor, después de quitarse sus Jimmy Choo y su minifalda negra, fue un auténtico cohete del Cuatro de Julio.
Me abro paso entre los presentes —ninguno de ellos sabe quién soy, un desconocido que lleva una carísima chaqueta echada sobre el hombro y un montón de lastre en su pasado— y me detengo frente a la cama. Me aíslo mentalmente del ruido y la imagino a ella encima, desnuda, montándolo a él. Tiene veintipocos años y un buen cuerpo, y supongo que estará en plena ebullición: el cóctel de drogas está empujándola hacia un orgasmo devorador, su temperatura corporal se eleva por el efecto de la meta, sus pechos hinchados rebotan como locos, su ritmo cardiorrespiratorio se dispara impulsado por la embestida de la pasión y de las drogas, y su respiración se vuelve entrecortada y jadeante; su lengua húmeda busca un alma gemela y se hunde ansiosa en la boca del otro... Está claro que hoy en día el sexo no es para los gallinas.
Los rótulos de neón de la ristra de bares que se ven por la ventana debieron de iluminar las mechas rubias del peinado que está de moda esta temporada, y arrancar destellos al reloj Panerai sumergible. Vale, es una falsificación, pero buena. Conozco a esta mujer. La conocemos todos, o por lo menos a esta clase de mujeres. Se las ve en la enorme tienda de Prada que acaba de abrirse en Milán, haciendo cola a la puerta de los locales del Soho, tomando café con leche desnatada en las cafeterías de moda de la avenida Montaigne... Son mujeres jóvenes que confunden la revista People con un periódico y creen que el símbolo japonés que llevan en la espalda es una señal de rebeldía.
Imagino la mano del asesino en su pecho, tocándole el anillo con adornos de pedrería que lleva en el pezón. Lo toma con los dedos y tira de él para atraer a la joven. Ella deja escapar un grito, estimulada, porque ahora su cuerpo está hipersensible, sobre todo los pezones. Pero no le importa; si alguien quiere sexo duro, significa que le gustas de verdad. Encajada encima de él, con el cabecero de la cama golpeando sin piedad la pared, seguramente estaba mirando hacia la puerta principal... que por supuesto estaría cerrada con llave y con la cadena de seguridad echada. En este vecindario eso es lo mínimo que uno puede hacer.
Al fondo hay un diagrama que indica la ruta que debe seguirse en caso de evacuación. Está en un hotel, pero ahí termina cualquier posible parecido con el Ritz-Carlton. Se llama Eastside Inn, y es hogar de nómadas, mochileros, desequilibrados y todo aquel que tenga veinte pavos para pasar la noche. Uno puede quedarse todo el tiempo que quiera: un día, un mes, el resto de su vida; sólo piden dos documentos de identidad, uno de ellos con foto.
El individuo que se había instalado en la habitación 89 llevaba ya un tiempo allí, porque encima del mueble escritorio hay un paquete de seis cervezas, junto con cuatro botellas medio vacías de licores fuertes y un par de cajas de cereales para el desayuno. Sobre una mesilla de noche descansan un estéreo y unos cuantos CD. Les echo un vistazo y veo que el tipo tenía buen gusto para la música, eso por lo menos hay que reconocérselo. Sin embargo, el armario está vacío. Por lo visto, la ropa fue casi lo único que se llevó consigo cuando se fue y dejó el cadáver licuándose en la bañera. En el fondo del armario hay un montón de basura: periódicos viejos, una lata vacía de insecticida para cucarachas, un calendario de pared con manchas de café... Lo cojo y observo que cada página contiene una fotografía en blanco y negro de una ruina de la Antigüedad: el Coliseo, un templo griego, la Biblioteca de Celso vista de noche... Así que se trata de un amante del arte. Sin embargo, las páginas están vacías, no hay ninguna cita anotada en ninguna de ellas. Da la impresión de que nunca se ha usado, salvo quizá como mantelito para el café, así que lo echo de nuevo al montón.
Me vuelvo y, sin pensarlo, en realidad llevado por la fuerza de la costumbre, paso la mano por encima de la mesilla de noche. Qué raro, no hay polvo. Hago lo mismo en el escritorio, el cabecero de la cama y el equipo de música, y obtengo el mismo resultado. El asesino lo ha limpiado todo para eliminar sus huellas. No es que eso sea excepcional, pero de pronto percibo un olor característico, me llevo los dedos a la nariz y entonces todo cambia: el residuo que acabo de oler corresponde a un aerosol antiséptico que se utiliza en los hospitales, en cuidados intensivos, para combatir las infecciones. No sólo mata las bacterias sino que, además, como efecto secundario, destruye el ADN que pueda haber en el sudor, en la piel o en el cabello. Al rociar con él todo lo que hay en la habitación, y también la moqueta y las paredes, el asesino se ha asegurado de que la policía no tenga necesidad de molestarse en ordenar a los forenses que pasen la aspiradora.
Con una súbita nitidez, me doy cuenta de que esto es cualquier cosa menos un homicidio convencional motivado por el dinero, las drogas o la gratificación sexual. No es un simple asesinato, sino un crimen ciertamente extraordinario.
2
No todo el mundo lo sabe, y tal vez a nadie le importe, pero la primera ley de la ciencia forense es el Principio de Intercambio de Locard, y dice así: «Todo contacto entre un perpetrador y el escenario de un crimen deja un rastro.» De pie en esta habitación, rodeado de decenas de voces, me gustaría saber si el profesor Locard se topó alguna vez con algo parecido a la habitación 89, en la que todo lo que tocó el asesino se encuentra ahora sumergido en un baño de ácido, más limpio que una patena o empapado en un antiséptico industrial. Estoy seguro de que no queda de él ni una célula, ni un folículo.
Hace un año escribí un libro más bien desconocido para el público acerca de las técnicas de investigación modernas. En el capítulo titulado «Nuevas fronteras», decía que sólo una vez en mi vida había visto un caso en el que se hubiera utilizado un aerosol antibacteriano: en un golpe de alto nivel contra un agente de inteligencia de la República Checa. No era un caso que augurara nada bueno, y aún hoy continúa sin resolverse. Está claro que el individuo que se alojaba en la habitación 89 sabía lo que hacía, de modo que decido examinar la estancia con el respeto que merece.
No era una persona ordenada, y, entre el resto de la basura, descubro una caja de pizza vacía en el suelo, junto a la cama. Estoy a punto de pasar por encima de ella cuando, de pronto, reparo en que seguramente ahí es donde el asesino tenía el cuchillo: posado sobre la caja, fácil de alcanzar, tan lógico y natural que tal vez Eleanor ni siquiera se percató de que estaba allí.
La imagino sobre la cama, pasando la mano por debajo de las sábanas revueltas en busca de la entrepierna de su compañero. Lo besa en el cuello, en el pecho, y sigue bajando. Puede que él sepa lo que lo aguarda, puede que no: uno de los efectos secundarios del GHB es que anula el reflejo de las arcadas. No hay motivo para que una persona no pueda tragarse un cañón de dieciocho, veinte o veinticinco centímetros. Por eso uno de los lugares donde resulta más fácil comprarlo son las saunas gais. O los rodajes de películas porno.
Puedo imaginar al asesino agarrando a la chica. La tiende de espaldas y, acto seguido, le apoya las rodillas a ambos lados del pecho. Ella cree que se está colocando para acceder a su boca, pero seguramente, con total naturalidad, su mano derecha desciende por un costado de la cama. Sin ser visto, va palpando con los dedos la caja de pizza hasta que encuentra lo que está buscando. Frío al tacto, barato, pero, como es nuevo, está más que suficientemente afilado para cumplir con su cometido.
Cualquiera que estuviera observando la escena desde atrás vería que la chica arquea la espalda y deja escapar una especie de gemido: sin duda, él ha penetrado en su boca... Pero no ha sucedido eso. Los ojos de Eleanor, brillantes por el efecto de las drogas, se inundan de miedo. La mano izquierda del asesino le ha tapado la boca y le ha empujado la cabeza hacia atrás para dejar la garganta al descubierto. Ella se debate y forcejea, intenta defenderse empleando los brazos, pero el asesino ya ha previsto esa reacción y, a caballo sobre sus senos, hace fuerza con las rodillas para inmovilizárselos. ¿Que cómo sé yo todo esto? Por los dos ligeros hematomas que presenta el cuerpo sumergido en la bañera. Eleanor no puede hacer nada. De pronto, aparece en su campo visual la mano derecha de su asesino. La ve e intenta gritar, convulsiona violentamente, lucha por liberarse. Los dientes de acero del cuchillo de pizza relampaguean al pasar por encima de su pecho en dirección a la blanca piel del cuello y trazan un tajo profundo...
El chorro de sangre salpica la mesilla de noche. Al seccionar una de las arterias que suministran sangre al cerebro, todo termina en pocos instantes. Eleanor se derrumba, emite un gorgoteo, se desangra. Los últimos vestigios de conciencia le permiten comprender que acaba de presenciar su propio asesinato; todo cuanto ha sido hasta ahora y cuanto esperaba ser en el futuro se ha esfumado. Así es como ha actuado el asesino. Por tanto, no estaba dentro de ella cuando la mató... Una vez más, supongo que hay que dar gracias a Dios por los pequeños detalles como ése.
El asesino se va a preparar el baño de ácido, y por el camino se quita la camisa blanca y manchada de sangre que debía de llevar puesta; han hallado fragmentos de ella en la bañera, bajo el cuerpo de Eleanor, junto con el cuchillo. La hoja mide diez centímetros de largo y tiene el mango de plástico negro, es de los que se fabrican por millones en algún taller clandestino de China.
Como todavía le estoy dando vueltas a esa vívida reconstrucción mental de lo sucedido, apenas reparo en que alguien me ha tocado en el hombro. De inmediato le aparto la mano, dispuesto a romperle el brazo al momento; un eco de una vida anterior, supongo. Tengo miedo. Se trata de un tipo que, tras pedirme disculpas brevemente y mirarme con un gesto de extrañeza, intenta que me haga a un lado. Es el jefe de uno de los equipos forenses, formado por tres hombres y una mujer, que está colocando las lámparas de luz ultravioleta y los platos de tinte Fast Blue B que van a utilizar para buscar manchas de semen en el colchón. Aún no han descubierto lo del antiséptico, y no pienso decírselo; que yo sepa, el asesino se dejó una parte de la cama. Si así fue, dada la categoría del Eastside Inn, calculo que obtendrán varios miles de positivos que se remontarán a la época de cuando las putas usaban medias.
Me aparto, pero estoy profundamente abstraído; intento aislarme de todo porque en la habitación, en toda esta situación, hay algo que me intriga. Aún no sé qué es exactamente, pero hay una parte de la escena que no encaja, y tampoco sabría decir por qué. Miro a mi alrededor para hacer inventario de nuevo de lo que voy viendo, pero no logro dar con ello. Sin embargo, tengo la sensación de que se refiere a algo que ha sucedido esta misma noche. Retrocedo mentalmente, rebobino hasta el momento en que entré en esta habitación.
¿Qué era? Rebusco en mi subconsciente intentando recuperar la primera impresión que tuve al entrar aquí... Se trataba de algo que no tenía nada que ver con la violencia, un detalle menor pero que resultaba enormemente significativo. Si por lo menos pudiera tocarlo... Fue como una sensación... como... como cuando se tiene una palabra en la punta de la lengua. Recuerdo que en mi libro escribí que son las suposiciones, las suposiciones que no se cuestionan, las que nos hacen tropezar siempre... y de pronto lo recuerdo.
Cuando entré, vi el paquete de seis cervezas sobre el mueble escritorio, encontré un cartón de leche en la nevera, leí los títulos de varios DVD que había junto al televisor y me fijé en la bolsa que protegía el cubo de la basura. Y la impresión —la palabra— que me vino a la mente en aquel momento, pero no llegó a mi nivel consciente, fue «femenino». Había acertado con todo lo que había ocurrido en la habitación 89, salvo en lo más importante. Quien se alojaba aquí no era un hombre joven; quien había estado practicando sexo con Eleanor y acabó rajándole el cuello no era un listo hijo de puta que le borró las facciones de la cara con ácido y empapó la habitación con un aerosol antiséptico.
Era una mujer.
3
A lo largo de mi carrera he conocido a muchas personas poderosas, pero sólo me he tropezado con una que poseyera verdadera autoridad innata, uno de esos individuos que son capaces de hacerte callar con tan sólo emitir un susurro. En este momento cruza el pasillo, viene hacia mí, advirtiéndoles a los del equipo forense que deberán esperar, porque los bomberos quieren cerciorarse de que el ácido ya ha dejado de hacer efecto, para que nadie sufra una quemadura.
—Pero no os quitéis los guantes —les aconseja—. Luego, a la salida, podréis hacerle un examen de próstata gratis al compañero.
Todos le ríen la broma, excepto los forenses.
El de la voz es Ben Bradley, el teniente de homicidios responsable del escenario del crimen. Ha estado hasta ahora en el despacho del encargado, tratando de localizar al cabrón que dirige este garito. Es un hombre alto —Bradley, no el cabrón—, de cincuenta y pocos años, manos grandes y vaqueros Industry con el dobladillo vuelto hacia arriba. Su mujer lo convenció no hace mucho para que se los comprara, en un vano intento de que actualizara un poco su imagen, pero —según él— en lugar de eso le dan el aire de un personaje sacado de las novelas de Steinbeck, un refugiado moderno llegado del desierto.
Al igual que a todos los habituales de estos circos del crimen, le hacen poca gracia los especialistas forenses. En primer lugar, porque cuando se subcontrató este servicio, hace ya varios años, empezaron a aparecer tíos demasiado bien pagados, como éstos, vestidos con monos de un blanco inmaculado y con un rótulo en la espalda que decía «Servicios Forenses Biológicos». En segundo lugar, y eso fue lo que en realidad terminó sacándolo de quicio, por las dos series televisivas, de gran éxito, en las que se mostraba el trabajo que realizaban los forenses: eso provocó un insufrible brote del síndrome del famoso en todos los que se dedicaban a ello.
—Dios —se había quejado recientemente—, ¿es que no hay nadie en este país que no sueñe con salir en un reality?
Mientras observa cómo las futuras estrellas de la televisión guardan sus trastos en los maletines, repara en mi presencia. Estoy de pie, en silencio, apoyado en la pared, simplemente observando, lo mismo que llevo haciendo media vida. Hace caso omiso de la gente que intenta acaparar su atención y se dirige hacia mí. No nos estrechamos la mano, no sé por qué, simplemente no es nuestro estilo. Ni siquiera estoy seguro de que seamos amigos, y además nunca me han ido esos convencionalismos, de modo que no soy el más indicado para criticar. En cambio, nos respetamos, aunque tampoco tengo claro que eso sirva de algo.
—Gracias por venir —me dice.
Hago un gesto de asentimiento y observo sus vaqueros de dobladillo vuelto y sus botas de trabajo negras, ideales para abrirse paso entre la sangre y la mierda del escenario de un crimen.
—¿En qué has venido, en tractor? —le pregunto.
No se ríe, Ben se ríe en muy raras ocasiones; es el tío más impasible con el que me he topado. Lo cual no quiere decir que no sea gracioso.
—¿Has podido echar un vistazo a la escena, Ramón? —me pregunta en voz baja.
Yo no me llamo Ramón, y él lo sabe de sobra. Pero también sabe que hasta hace poco era miembro de una de las agencias de inteligencia más secretas de nuestro país, así que imagino que está refiriéndose a Ramón García, el agente del FBI que se tomó infinitas molestias para ocultar su identidad mientras vendía los secretos de nuestra nación a los rusos... y luego dejó sus huellas en todas las bolsas de basura de Hefty que utilizaba para entregar los documentos robados. Ramón era, casi con toda seguridad, el operativo encubierto más incompetente de la historia. Como digo, Ben es muy gracioso.
—Sí, algo he visto —le respondo—. ¿Qué tenéis de la mujer que vivía en este antro? Porque es la principal sospechosa, ¿no?
Ben sabe disimular muchas cosas, pero sus ojos no son capaces de enmascarar una expresión de sorpresa. ¡¿Una mujer?!
«Excelente», pienso. Ramón ataca de nuevo. Aun así, Bradley encaja el golpe con indiferencia.
—Eso es interesante, Ramón —dice, intentando averiguar si de verdad estoy sobre la pista de algo o simplemente estoy rizando el rizo para hacerme notar—. ¿Cómo has llegado a esa conclusión?
Le señalo el paquete de cervezas que hay sobre el mueble escritorio y la leche de la nevera.
—¿Qué tío haría algo así? Cualquier hombre mantendría fría la cerveza y dejaría que la leche se estropease. Y fíjate en los DVD, son todos de comedias románticas, ni una sola película de acción. ¿Te apetece pasear un poco? —le pregunto sin esperar respuesta—. Averigua cuántos tíos hay en este antro que protejan el cubo de basura con una bolsa de plástico. Esas cosas las hacen las mujeres, Bradley, en este caso una que no pega nada en este sitio, más allá del papel que estuviera representando.
Ben sopesa lo que acabo de decirle sosteniéndome la mirada, pero me es imposible distinguir si considera mi lógica acertada. Antes de que pueda preguntárselo, por detrás de los equipos de descontaminación de sustancias peligrosas que utilizan los bomberos aparecen dos detectives jóvenes —una mujer y su compañero— y se detienen bruscamente delante de Bradley.
—¡Tenemos algo, Ben! —dice la mujer—. Tiene que ver con la persona que ocupaba...
Bradley asiente con gesto tranquilo.
—Sí, es una mujer. Decidme algo que no sepa. ¿Qué pasa con ella?
Imagino que, en efecto, ha dado por ciertas mis suposiciones. Los dos policías se quedan mirándolo sin saber cómo demonios lo ha averiguado. Mañana, la leyenda de su jefe se habrá extendido todavía más. ¿Y yo? Yo creo que este tipo no tiene vergüenza; ¿va a atribuirse todo el mérito sin pestañear? Me echo a reír.
Bradley me mira y, por un instante, tengo la sensación de que va a echarse a reír también, pero es una esperanza vana. Sin embargo, sus soñolientos ojos parecen lanzarme un guiño cuando vuelve a centrar la atención en los dos detectives.
—¿Cómo habéis descubierto que se trata de una mujer? —les pregunta.
—Nos hemos hecho con el registro del hotel y con las fichas de todas las habitaciones —contesta el detective, de nombre Connor Norris.
De pronto, Bradley parece sorprendido.
—¿Os lo ha dado el encargado? ¿Habéis encontrado a ese cabrón? ¿Habéis conseguido que os abriera el despacho?
Norris niega con la cabeza.
—Hay contra él cuatro órdenes de búsqueda y captura por drogas, probablemente estará ya a mitad de camino de México. No, ha sido Álvarez. —Señala a su compañera—. En el piso de arriba vive un tipo al que buscan por allanamiento, y Álvarez lo ha reconocido. —Se vuelve hacia la detective, sin saber muy bien si debe contar más.
Álvarez se encoge de hombros, confía en que la cosa salga bien y se sincera:
—Le he ofrecido la posibilidad de librarse del calabozo si forzaba la cerradura del despacho del encargado y de la caja fuerte.
Mira a Bradley, nerviosa, preguntándose cuántos problemas va a traerle eso. Pero el semblante de su jefe no deja traslucir nada, y su tono de voz baja todavía un poco más y se suaviza:
—¿Y bien?
—En total han sido ocho cerraduras, y las ha forzado en menos de un minuto —responde Álvarez—. No me extraña que en esta ciudad no haya ningún lugar seguro.
—¿Qué había en la ficha de la mujer? —pregunta Bradley.
—Recibos. Llevaba viviendo aquí poco más de un año —dice su compañero—. Pagaba en efectivo y no tenía conexión de teléfono, ni televisión, ni cable, nada. Está claro que no quería que la localizasen.
Bradley asiente. Eso es exactamente lo que estaba pensando él.
—¿Cuándo fue la última vez que la vio algún vecino?
—Hace tres o cuatro días, nadie está seguro —contesta Norris.
—Supongo que desaparecería justo después de asesinar a la chica —murmura Bradley—. ¿Y qué se sabe de su identidad? En su ficha debía de haber algo.
Álvarez repasa sus apuntes.
—Había fotocopias de un permiso de conducir de Florida y un carnet de estudiante o algo así, pero sin foto. Estoy segura de que eran auténticos.
—Comprobadlo de todos modos —les dice Bradley.
—Se los hemos dado a Petersen —contesta Norris, refiriéndose a otro joven detective—. Ya está en ello.
Bradley acepta con un gesto.
—¿Ese ladrón, o algún otro vecino, conoce a la sospechosa, sabe algo de ella?
Ambos niegan con la cabeza.
—Nadie. Sólo la veían entrar y salir —comenta Norris—. Según el ladrón, tenía veintipocos años, medía como un metro setenta y tenía un cuerpo espectacular...
Bradley pone los ojos en blanco.
—Para el nivel de exigencia de ese tío, seguramente eso quiere decir que tenía dos piernas.
Norris sonríe, pero Álvarez no; ojalá Bradley le dijera algo acerca del pacto que ha hecho con el ladrón. Si va a reprenderla o dar el asunto por terminado. Pero tiene que seguir participando, seguir siendo profesional:
—Según una supuesta actriz que vive en la ciento catorce, cambiaba continuamente de aspecto físico. Un día era Marilyn Monroe, y al siguiente era Marilyn Manson, y a veces era las dos Marilyn en un mismo día. También imitaba a Drew y a Britney, a Dame Edna, a k. d. lang...
—¿Hablas en serio? —la interrumpe Bradley. Los dos detectives asienten con la cabeza y sueltan varios nombres más, a modo de demostración—. Estoy deseando ver ese retrato robot —dice, comprendiendo que están cerrándose todas las vías de investigación habituales en un asesinato—. ¿Algo más?
Ellos niegan con un gesto, ya han terminado.
—Será mejor que toméis declaración a esos pirados, o por lo menos a los que no tengan encima una orden de detención, que seguramente no serán más de tres.
Bradley los despide. A continuación se vuelve hacia mí y empieza a hablar de un tema que lo inquieta mucho desde hace rato.
—¿Habías visto alguna vez algo así? —me pregunta al tiempo que se pone unos guantes de plástico y saca una caja metálica que hay en un estante del armario.
Es de color caqui, por eso yo no la había visto siquiera. Antes de abrirla, sin embargo, Bradley se vuelve un momento hacia Norris y Álvarez. Los dos se dirigen hacia la salida, abriéndose paso entre los bomberos, que ya están recogiendo el equipo.
—Eh, muchachos —los llama. Ellos se vuelven y lo miran—. Eso del allanador, lo del ladrón, ha estado muy bien.
Vemos la expresión de alivio en el rostro de Álvarez, luego ambos levantan la mano en señal de que han recibido el mensaje y sonríen. No me extraña que los de su equipo lo adoren.
Miro de nuevo la caja metálica. Al observarla más de cerca, me doy cuenta de que se trata más bien de un maletín que lleva un número de serie grabado en el costado, en letras blancas. Obviamente es militar, pero sólo tengo un vago recuerdo de haber visto alguna vez uno parecido.
—¿Es un equipo quirúrgico de campaña? —aventuro sin mucha convicción.
—Caliente —me contesta Bradley—. Es un equipo de dentista.
Cuando abre la caja aparece, sujeto entre gomaespuma, un juego completo de instrumentos dentales del Ejército; separadores, sondas, fórceps de extracción...
Me quedo mirándolo y le pregunto:
—¿Le arrancó algún diente a la víctima?
—Todos. No hemos encontrado ninguno, así que imagino que debió de tirarlos en algún sitio, a lo mejor a la taza del váter, y en ese caso tendríamos suerte, por eso estamos desmontando las tuberías.
—¿Los dientes se los arrancó antes o después de matarla?
Ben se da cuenta de adónde quiero ir a parar.
—No, no la torturó. El forense asegura que se los sacaron después de matarla, para impedir que la identificasen. Por eso te he pedido que te pasaras por aquí; me acordé de que en tu libro decías no sé qué de un equipo dental casero y un asesinato. Si sucedió en Estados Unidos, abrigué la esperanza de que pudiera haber una...
—No existe relación alguna, aquello pasó en Suecia —digo—. Un individuo utilizó un martillo quirúrgico para romperle a la víctima la dentadura postiza y la mandíbula, con el mismo objetivo, supongo. Pero ¿el fórceps? Nunca había visto nada igual.
—Pues ahora ya lo hemos visto los dos —contesta Ben.
—Muy estimulante —comento—. Me refiero al avance imparable de la civilización.
Dejando a un lado mi pérdida de fe en la humanidad, he de decir que me siento cada vez más impresionado por la asesina. No tuvo que ser nada fácil arrancar treinta y dos dientes a un cadáver. Estaba claro que la asesina había captado un concepto importante, un detalle que pasan por alto la mayoría de las personas que deciden dedicarse a esta profesión: a nadie lo han detenido jamás por haber cometido un asesinato, sino por no haber sabido planificarlo como Dios manda.
Señalo la caja metálica y pregunto:
—¿Dónde pueden conseguir uno de esos equipos los ciudadanos de a pie?
Ben se encoge de hombros.
—En cualquier sitio. Llamé a un tipo del Pentágono para que mirase en los archivos. Había un excedente de cuarenta mil unidades. En estos últimos años, el Ejército ha ido deshaciéndose de ellos a través de tiendas que venden material de acampada. Les seguiremos el rastro, pero dudo que por ese camino vayamos a encontrar nada. No estoy seguro de que cualquier persona pueda...
Deja la frase sin terminar. Está perdido en un laberinto, recorre la habitación con la mirada, intentando encontrar una salida.
—No tengo un rostro —dice en un susurro—, ni dentadura, ni testigos. Y lo peor de todo, tampoco tengo un móvil. Tú conoces este negocio mejor que nadie: si te preguntase cómo lo resolverías, ¿qué probabilidades le calcularías?
—¿En este momento? Las mismas que las de ganar la lotería —respondo—. Nada más entrar aquí, lo primero que piensa cualquiera es que esto ha sido obra de un aficionado, otro caso de drogas o de sexo. Pero cuando te fijas un poco más... Sólo he visto un par de asesinatos casi tan bien perpetrados como éste.
A continuación, le cuento a Ben lo del aerosol antiséptico y, como es lógico, no le gusta nada enterarse de ese detalle.
—Gracias por darme ánimos —me dice.
Sin pensar, se frota el dedo pulgar con el índice, y deduzco, después de lo mucho que llevo observándolo, que tiene ganas de fumarse un cigarrillo. En una ocasión, me dijo que había dejado de fumar en los años noventa y que desde entonces debía de haber pensado por lo menos un millón de veces que fumarse un pitillo lo ayudaría. Obviamente, ésta era una de aquellas ocasiones. Para combatir el deseo de fumar, se pone a hablar:
—¿Sabes cuál es mi problema? Una vez me dijo Marcie —Marcie es su mujer— que me acerco demasiado a las víctimas, y termino imaginando que soy el único amigo que les queda.
—¿Su héroe? —sugiero yo.
—Ésa es exactamente la palabra que utilizó ella. Y hay una cosa que nunca he sido capaz de hacer, Marcie dice que tal vez sea lo único que le gusta de mí de verdad: jamás he podido dejar tirado a un amigo.
«El héroe de los muertos», pienso. Podría haber cosas peores. Ojalá pudiera hacer algo para ayudarlo, pero esta investigación no me corresponde a mí, y, además, aunque sólo tengo treinta y tantos años, ya estoy jubilado.
En ese momento entra un técnico a toda prisa, gritando con acento asiático:
—¿Ben? —Bradley se vuelve hacia él—. ¡En el sótano!
4
Tres técnicos vestidos con el mono del equipo forense han abierto un boquete en una vieja pared de ladrillos. A pesar de ir protegidos con máscaras, están sufriendo arcadas a causa del hedor que sale de la cavidad. No es un cadáver lo que han encontrado —la carne podrida tiene un olor particular—, sino agua de alcantarilla, moho y un centenar de generaciones de mierda de rata.
Bradley se abre paso a través de las nauseabundas estancias del sótano y se detiene bajo la áspera luz de varias linternas que alumbran la pared destrozada. Yo voy detrás de él, junto con los demás investigadores, y llego justo a tiempo para ver cómo el asiático —un chino-americano al que todo el mundo llama Bruce por razones obvias— ilumina con su linterna el interior profundo de la cavidad recién abierta.
En ella puede verse una maraña de tuberías que se mezclan en un desorden chapucero. Bruce explica que, como levantaron todo el baño de la habitación 89 y no encontraron nada atascado en los codos de las tuberías, decidieron dar un paso más. Cogieron una cápsula de tinte Fast Blue B de los forenses, la mezclaron en dos vasos de agua y la echaron por el desagüe. Todo aquello tardó cinco minutos en llegar, lo cual les ha hecho pensar que, si ha circulado tan despacio, ha sido porque tenía que haber algo que obstruyera el paso del agua en algún punto del recorrido que va desde el sótano hasta la habitación 89. Y ahora lo han encontrado: en el batiburrillo de tuberías y conexiones ilegales que hay detrás de la pared.
—Por favor, decidme que son los dientes —pide Bradley—. Decidme que los tiró por el váter.
Bruce niega con la cabeza y concentra el haz de luz de su linterna en una masa de papel chamuscado que ha quedado atascada en un codo en forma de ángulo recto.
—La tubería baja directamente de la habitación ochenta y nueve, lo hemos comprobado —afirma señalando la masa de papel—. Sea lo que sea, probablemente la asesina lo quemó y después lo tiró por el desagüe. Y habría sido una buena idea, pero no tuvo en cuenta que, en sitios como éste, acostumbran a saltarse las normas de sanidad.
Con la ayuda de unas pinzas, Bradley empieza a desdoblar la masa de papel.
—Trozos de recibos, la punta de una tarjeta del metro, una entrada de cine... —va contando mientras todo el mundo observa la operación—. Por lo que parece, le dio un último repaso a la habitación y se deshizo de todo lo que se le había pasado por alto. —Separa con cuidado más fragmentos quemados—. Una lista de la compra, podría ser de utilidad para comparar la letra, si encontráramos...
De pronto, se interrumpe y se queda mirando un trozo de papel ligeramente menos chamuscado que los otros.
—Siete números. Escritos a mano: «nueve, cero, dos, cinco, dos, tres y cuatro». No está entero, el resto se ha quemado.
Levanta en alto el trozo de papel para que lo vea el grupo, pero yo sé que en realidad me lo está mostrando a mí, como si el hecho de que yo haya trabajado para una agencia de inteligencia me cualifique como criptógrafo. Siete cifras escritas a mano, entre las que faltan algunas. Podrían significar cualquier cosa. Pero yo cuento con ventaja: la gente de mi antiguo trabajo siempre anda manejando fragmentos, y sé que no debe descartarse nada.
Por supuesto, todos los demás integrantes del grupo comienzan a especular de inmediato: será una cuenta bancaria, una tarjeta de crédito, un código postal, una dirección IP, un número de teléfono... Álvarez dice que no existen códigos postales que empiecen por 902, y tiene razón. Más o menos.
—Sí, pero nosotros estamos conectados con el sistema canadiense —le dice Petersen, un joven detective que tiene la constitución de un jugador de fútbol americano—. Nueve, cero, dos es el de Nueva Escocia. Mi abuelo tenía allí una granja.
Bradley no reacciona, continúa mirándome a mí, esperando mi opinión. Yo he aprendido, por amarga experiencia, que no debo decir nada a menos que esté seguro, así que me limito a encogerme de hombros, lo cual da lugar a que Bradley y todos los demás pasen a otra cosa.
En lo que estoy pensando en realidad es en el calendario de pared. Me intriga desde la primera vez que lo vi. Según la etiqueta del precio que tiene en la parte de atrás, costó cuarenta pavos en Rizzoli, una elegante librería, y eso es gastarse mucho dinero sólo para saber la fecha, y ni siquiera estrenarlo. Es evidente que la asesina era una mujer inteligente, por eso pensé que no lo utilizaba de calendario y que tal vez sí le gustaran las ruinas antiguas...
Yo he pasado la mayor parte de mi carrera trabajando en Europa, y, aunque hace ya mucho tiempo que viajé tan al este, estoy bastante seguro de que 90 es el prefijo internacional de Turquía. Sólo hay que pasar un día entero viajando por ese país para darse cuenta de que tiene más ruinas grecorromanas que ningún otro lugar del planeta. Si 90 es el prefijo de Turquía, es posible que las cifras siguientes sean el código de área, y que por tanto formen parte de un número de teléfono. Sin que nadie se percate, salgo de la estancia y me dirijo a la parte más tranquila del sótano para hacer una llamada a Verizon desde mi móvil. Quiero averiguar cuáles son los códigos de área de Turquía.
Mientras espero a que la compañía telefónica conteste, consulto el reloj y me sorprende ver que seguramente ya está amaneciendo. Han transcurrido diez horas desde que un conserje que pretendía investigar por qué se había ido la luz en la habitación contigua abrió la puerta de la 89 para poder acceder al cableado. No es de extrañar que todos tengan cara de cansados.
Por fin me responde alguien del servicio de atención de Verizon. Es una mujer, y, por su fuerte acento, calculo que se encuentra en una oficina de Bombay. Descubro que mi memoria sigue estando en plena forma. En efecto, 90 es el prefijo internacional de Turquía.
—¿Qué puede decirme de las cifras dos, cinco, dos? ¿Es un código de área?
—Sí, una provincia... Se llama Mugla... o algo así —contesta la operadora poniendo todo su empeño en pronunciar bien.
Turquía es un país grande, mayor que Texas, y tiene más de setenta millones de habitantes, de modo que ese nombre no me dice nada. Me dispongo ya a darle las gracias y colgar, cuando de pronto añade:
—No sé si le servirá de ayuda, pero aquí dice que una de las ciudades más importantes de esa zona está situada en la costa del Egeo. Se llama Bodrum.
La sola pronunciación de ese nombre hace que todo mi cuerpo se estremezca: un temblor de pánico que apenas se ha disipado con el paso de tantos años. «Bodrum», dice la operadora, y ese nombre aflora a la superficie como si formara parte de los restos de algún naufragio lejano.
—No me diga... —respondo con calma, luchando contra un tumulto de pensamientos.
De pronto, la parte de mi cerebro que se ocupa del presente me recuerda que, en esta investigación, soy tan sólo un invitado, y entonces me inunda una sensación de alivio. No quiero volver a tener nada que ver con esa parte del mundo.
Regreso a la habitación 89. Bradley me ve, y le digo que, según he deducido, el fragmento de papel es el comienzo de un número de teléfono, sí, pero que yo me olvidaría de Canadá. Le explico lo del calendario, y él me contesta que ya lo había visto antes, y que también le había llamado la atención.
—¿Bodrum? ¿Dónde está Bodrum?
—Tienes que salir más, Bradley. Está en Turquía. Es uno de los lugares de veraneo más de moda del mundo.
—¿Y qué pasa con Coney Island? —replica Ben con gesto impertérrito.
—Se le acerca bastante... —contesto al tiempo que rememoro su puerto repleto de yates carísimos, sus elegantes residencias, su diminuta mezquita encaramada en las colinas, sus cafeterías de nombres pintorescos, como Mezzaluna y Oxygen, abarrotadas de hormonas y de capuchinos a diez dólares.
—¿Tú has estado allí? —me pregunta Bradley.
Niego con la cabeza; hay algunas cosas de las que el gobierno no me permite hablar.
—No —miento—. Pero ¿para qué iba a hacer la asesina una llamada a Bodrum? —pregunto pensando en voz alta, para cambiar de tema.
Bradley se encoge de hombros, como distraído, no está por la labor de especular.
—El grandullón también ha hecho un buen trabajo —me informa señalando a Petersen, que está al otro lado de la habitación—. Lo que encontró Álvarez en la carpeta del encargado no era un carnet de estudiante, con nombre falso, por supuesto, sino una tarjeta de la Biblioteca de Nueva York.
—Oh, vaya —respondo sin mucho interés—, entonces era una intelectual...
—Lo cierto es que no —replica Bradley—. Según la base de datos, sólo sacó un libro en todo un año. —Hace una pausa y me mira fijamente—. El tuyo.
Le devuelvo la mirada, me he quedado sin habla. No es de extrañar que estuviera abstraído.
—¿La asesina ha leído mi libro? —consigo decir por fin.
—No sólo lo ha leído, yo diría que lo ha estudiado al detalle —responde Bradley—. Tú mismo dijiste que no habías visto muchos casos tan bien perpetrados como éste. Ahora ya sabemos por qué. Los dientes arrancados, el aerosol antiséptico... Todo eso aparece en tu libro, ¿verdad?
Esto me causa un impacto tan fuerte que casi doy un paso atrás.
—Ha tomado material de varios casos distintos y ha utilizado el libro como un manual: cómo matar a una persona, cómo encubrirlo todo...
—Exacto —contesta Ben, y a continuación sonríe, lo que convierte este momento en una de las escasísimas ocasiones en que su rostro muestra esa expresión—. Muchas gracias: ahora tengo que darte caza de manera indirecta a ti, que eres el mejor del mundo.
5
Si quieren saber la verdad, les diré que el libro que escribí sobre técnicas de investigación era bastante poco conocido, de los típicos, que yo recuerde, que desafiaban todas las teorías editoriales: una vez que la mayoría de la gente lo dejaba, era incapaz de retomarlo.
Sin embargo, entre el limitado grupo de profesionales al que iba dirigido causó una sacudida sísmica. El material rayaba en el límite de lo tecnológico, de lo científico, hasta de lo creíble. Pero, cuando se examinaba más de cerca, ni siquiera los escépticos más inflexibles lograban seguir dudando, porque cada uno de los casos que cité incluía esos detalles minúsculos, esa extraña pátina de circunstancias y motivaciones que permite a un buen investigador separar lo verdadero de lo falso.
Un día después de que se publicara el libro, estalló un revuelo de preguntas que empezaron a rebotar por el cerrado mundo de los investigadores de altos vuelos. ¿Cómo diablos era posible que alguien tuviera noticia de cualquiera de aquellos casos? Eran como comunicados llegados de otro planeta, tan sólo se habían cambiado los nombres para proteger a los culpables. Y, lo que era más importante, ¿quién diablos había escrito ese libro?
Yo no tenía intención de permitir que se descubriera quién era el autor. Debido a mi anterior trabajo, tenía tantos enemigos que ya no me apetecía contarlos, y no deseaba arrancar el coche una mañana y terminar convertido en un puñado de polvo cósmico que diera vueltas alrededor de la luna. Si a algún lector le daba por indagar acerca de los antecedentes del supuesto autor, lo único que encontraría sería un hombre que había fallecido recientemente en Chicago.
Una cosa era segura: yo no lo había escrito ni para hacerme famoso ni para ganar dinero. Me dije a mí mismo que la única razón era que había resuelto crímenes cometidos por personas que actuaban en el límite superior de la inventiva humana, y pensé que a otros investigadores podría serles de utilidad alguna de las técnicas de las que yo era pionero. Y aquello era verdad... hasta cierto punto. En un nivel más profundo, había otra razón: todavía soy joven, y abrigo la esperanza de tener aún por delante otra vida, la auténtica, y mi libro fue como un sumario, una forma de dar un adiós definitivo a mi anterior existencia.
Durante casi una década formé parte de la agencia de inteligencia más secreta de nuestro país; trabajábamos tan sumidos en las sombras que únicamente un puñado de personas sabía que existíamos. El cometido de nuestra organización era vigilar a las agencias de inteligencia de nuestro país, actuar como un departamento de asuntos internos encubierto. En ese sentido, podría decirse que representábamos un retroceso a la Edad Media. Éramos los cazadores de ratas.
Aunque el número de empleados de los veintiséis organismos de inteligencia reconocidos públicamente en Estados Unidos —ocho de ellos ni siquiera están en esa lista— constituye información clasificada, es razonable decir que dentro de nuestra órbita teníamos a más de cien mil personas. Una población de semejante tamaño implicaba que los delitos que investigábamos abarcaran la gama entera: desde los casos de traición hasta los de corrupción, desde asesinatos hasta violaciones, desde el narcotráfico hasta el robo. La única diferencia era que algunos de los perpetradores de esos crímenes eran los mejores y más brillantes de todo el mundo.
El grupo al que se confió la misión de articular esa organización, tan de élite y tan secreta, fue creado por Jack Kennedy en los primeros meses de su mandato. Tras un escándalo especialmente sensacionalista que estalló en la CIA —cuyos detalles continúan siendo secretos—, por lo visto Kennedy llegó a la conclusión de que los miembros de la inteligencia eran susceptibles de tener las mismas debilidades humanas que la población general. Y probablemente más.
En circunstancias normales, el FBI habría actuado como investigador independiente de aquel mundo sumido en la sombra; sin embargo, bajo el puño perfumado de J. Edgar Hoover aquella agencia era de todo menos normal. Darle el poder de investigar a los espías habría sido... en fin, como permitir que Sadam anduviera suelto por una fábrica de armamento. Por esa razón, Kennedy y su hermano crearon un organismo al que se le concedió, en virtud de sus responsabilidades, un poder sin precedentes. Al haber sido creado por orden ejecutiva, también se convirtió en uno de los tres únicos organismos que dependían directamente del presidente, y por tanto no necesitaba contar con la supervisión del Congreso. No se molesten en preguntar por los otros dos: en ambos casos, la ley también tiene prohibido que se divulguen sus nombres.
Al principio, en el entorno enrarecido en el que viven quienes poseen la máxima autorización de seguridad, aquel nuevo organismo con tan importante cometido fue objeto de cierto desprecio. Encantados con lo agudo del chiste, lo denominaron la División Aerotransportada n.º 11, o dicho de otro modo: «la caballería». Pocos de los que conocían su existencia esperaban que tuviera éxito, pero a medida que fue aumentando su impresionante reputación dejó de parecerles tan gracioso.
Como si se hubieran puesto todos de acuerdo, una parte del nombre fue desapareciendo gradualmente, hasta que toda la comunidad de inteligencia terminó refiriéndose a la agencia —ahora ya en tono reverencial— simplemente como la División. No es vanidad cuando digo que muchos de los que pertenecieron a ella eran brillantes. Tenían que serlo, pues algunos de sus objetivos eran los operativos encubiertos más capaces de aquel mundo en la sombra. Los años de entrenamiento habían enseñado a aquellos hombres y mujeres a mentir y a despistar, a desaparecer sin dejar rastro, a meter la mano en todo y no dejar sus huellas dactilares en nada. La lógica decía que quienes pretendieran darles caza tenían que ser aún más hábiles que ellos. La presión que sufrían los cazadores para ir siempre un paso por delante de su presa era enorme, en ocasiones casi insoportable, y no era de extrañar que la División registrase la mayor tasa de suicidios de todos los organismos gubernamentales, aparte de Correos.
Fue durante mi último curso en Harvard cuando me reclutaron para que formara parte de aquella agencia de élite casi sin que me diera cuenta. Uno de los batidores de la División, una mujer agradable, de bonitas piernas y falda sorprendentemente corta que dijo ser una vicepresidenta de la Rand Corporation, vino a Cambridge a hablar con los jóvenes graduados más prometedores.
Yo llevaba tres años estudiando Medicina, en la especialidad de farmacología y drogas, y cuando digo que era una especialidad me refiero a ello en sentido literal. Durante el día aprendía la teoría, y los fines de semana adoptaba un enfoque mucho más práctico y directo. Durante una visita que hice a un médico de Boston, después de haberme informado a fondo sobre los síntomas de la fibromialgia y convencerlo de que me extendiera una receta de Vicodin, tuve una revelación.
¿Debería decir ahora que no fue una auténtica revelación? Simplemente imaginé que era yo quien estaba detrás de aquel mostrador tratando las dolencias, tanto reales como imaginarias, de los pacientes que había estado observando en silencio en la sala de espera, y me di cuenta de que, de hecho, lo que me interesaba no eran las enfermedades que padecían aquellas personas afligidas, sino lo que motivaba aquella aflicción.
De modo que abandoné la medicina, me apunté a Psicología, me gradué magna cum laude y me dispuse a concluir mi doctorado. En cuanto lo terminé, la mujer de la minifalda estaba ofreciéndome ya el doble de sueldo inicial del que ofrecía cualquier otra empresa, junto con lo que parecía ser una cantidad casi ilimitada de oportunidades para investigar y avanzar en mi carrera.
Así que me pasé el año siguiente escribiendo informes que nunca leería nadie, diseñando cuestionarios que nunca se rellenarían, hasta que descubrí que en realidad no estaba trabajando para la Rand Corporation. Estaba siendo observado, examinado, evaluado y controlado. Y de repente, la de la minifalda había desaparecido del mapa.
En lugar de ella aparecieron dos hombres —dos tipos duros— que yo no había visto en mi vida y que me trasladaron a una «habitación segura» en el interior de un edificio anodino situado en un polígono industrial que había al norte de la sede de la CIA, en Langley, Virginia. Me hicieron firmar una serie de impresos en los que me comprometía a no divulgar nada, y después me dijeron que estaban evaluándome como candidato a ocupar un puesto en un servicio clandestino de inteligencia cuyo nombre no quisieron desvelar.
Yo me quedé mirándolos, intentando imaginar por qué se habían fijado en mí. Aunque, para ser sincero, ya conocía la respuesta. Yo era un candidato perfecto para el servicio secreto. Era inteligente, siempre había sido un lobo solitario y llevaba una herida profunda en el alma.
Mi padre se marchó de casa antes de que yo naciera, y nunca volvió a aparecer. Pocos años después, mi madre fue asesinada en su dormitorio, en el piso que teníamos en Detroit, justo al lado de la carretera 8-Mile. Como dije antes, hay lugares que recordaré toda la vida.
Al ser hijo único, acabé siendo adoptado por una pareja de Greenwich, Connecticut. Ochenta mil metros cuadrados de césped bien cuidado, los mejores colegios que se podían pagar con dinero y la mansión más tranquila que existía. Supongo que Bill y Grace Murdoch hicieron todo lo que estaba en su mano, ahora que su familia parecía estar completa, pero yo nunca pude ser el hijo que ellos deseaban.
Un niño que no tiene padres aprende a sobrevivir; desde muy pronto se esfuerza en disimular sus sentimientos, y, si el dolor rebasa el límite de lo soportable, fabrica una cueva en el interior de su mente y se esconde en ella. Ante el mundo en general, procuré ser lo que pensaba que deseaban Bill y Grace, y terminé siendo un desconocido para los dos.
Sentado en aquella «habitación segura» de las afueras de Langley, me di cuenta de que adoptar otra identidad y enmascarar una gran parte de lo que uno es y lo que uno siente constituía un entrenamiento ideal para el mundo de los servicios secretos.
En los años que siguieron viajé en secreto por el mundo bajo una veintena de nombres diferentes, y he de decir que los mejores espías que conocí en esa época habían aprendido a llevar una doble vida mucho antes de entrar a trabajar para una agencia. Había hombres encerrados en el mundo homófobo que los rodeaba, adúlteros secretos que tenían una esposa en los barrios residenciales, jugadores, alcohólicos, pervertidos, adictos de todo tipo. Fuera cual fuese el lastre que arrastraban, todos ellos eran expertos, desde mucho antes, en el arte de hacer creer al mundo un espejismo de lo que eran en realidad. Para ellos, ponerse otro disfraz y servir a su gobierno sólo era dar un paso más.
Supongo que aquellos dos tipos duros percibieron algo parecido en mí. Por fin, pasaron a la fase del interrogatorio relacionada con la ilegalidad.
—Háblenos de las drogas —me dijeron.
Me acordé de un comentario que me hicieron en una ocasión acerca de Bill Clinton: que nunca había conocido a una mujer que no le hubiera gustado. Supuse que no serviría de nada que a aquellos tipos les dijera que a mí me ocurría lo mismo con las drogas, así que negué poseer siquiera un conocimiento superficial, y afirmé que daba gracias por no haber adoptado nunca el temerario estilo de vida que normalmente acompaña a su consumo. Había transformado mi afición por las drogas en parte de mi vida secreta, y la mantenía oculta siguiendo mis propias normas: si alguna vez me colocaba, lo hacía estando solo, no intentaba enrollarme en bares ni en clubes, opinaba que las drogas recreativas eran para los aficionados, y la idea de acercarme en coche hasta un lugar donde se vendieran drogas al aire libre me parecía la situación idónea para que a uno acabasen pegándole un tiro.
Y mis normas habían funcionado a la perfección: nunca había sido detenido ni interrogado al respecto, de modo que, como ya llevaba una vida secreta, ello me proporcionaba ahora la seguridad en mí mismo que necesitaba para iniciar otra. Cuando los dos tipos se pusieron de pie y quisieron saber cuánto tiempo necesitaba para pensarme la oferta, simplemente les pedí un bolígrafo.
Y así fue como sucedió todo. Firmé el Memorándum de Compromiso en una habitación sin ventanas situada en un sombrío polígono industrial y me incorporé al mundo secreto de la agencia. Si dediqué un momento a reflexionar sobre el precio que iba a tener que pagar por aquel paso —las cosas normales que jamás iba a experimentar ni compartir—, la verdad es que no lo recuerdo.
6
Tras cuatro años de entrenamiento —de formación para aprender a captar señales insignificantes que otros podrían pasar por alto, a sobrevivir en situaciones en las que otros morirían— ascendí rápidamente por el escalafón. Mi primer destino en el extranjero fue Berlín, y a los seis meses de mi llegada ya había matado a un hombre por primera vez.
Desde que se creó la División, sus operaciones en Europa estaban dirigidas por uno de sus agentes más veteranos, que tenía su base en Londres. La primera persona que ocupó dicho puesto había sido un oficial de alto rango de la Marina, un hombre que había formado parte de la historia de las guerras navales. Por ese motivo empezó a denominarse a sí mismo Almirante de los Mares. Aquel hombre había sido el tercero al mando de la flota, y ésa era precisamente la posición que ocupaba ahora dentro de la División. El apodo perduró en el tiempo, pero con el paso de las décadas se modificó y se corrompió, hasta que finalmente terminó siendo el Tiburón de los Mares.
Cuando yo llegué a Europa, el que ocupaba el puesto por aquel entonces estaba llevando a cabo una labor que gozaba de muy alta consideración, y existían pocas dudas de que algún día regresaría a Washington para sentarse en lo más alto de la jerarquía de la División. Estaba claro que quien le cayera en gracia inevitablemente acabaría siendo ascendido gracias a él, y existía una intensa competencia para ganarse su aprobación.
Éstas eran las circunstancias cuando la oficina de Berlín me envió a Moscú a principios de un mes de agosto —el peor mes para estar en esa ciudad tan calurosa y desesperada—, con la misión de investigar un supuesto fraude económico denunciado en un servicio clandestino norteamericano que operaba allí. Sí, había desaparecido dinero, pero al indagar un poco más descubrí que era mucho peor: un alto oficial de inteligencia estadounidense había viajado a Moscú con la única intención de vender al FSB —el sucesor del KGB, tanto en su función como en su brutalidad— los nombres de nuestros informadores rusos más valiosos.
Como yo había llegado muy tarde a aquella fiesta, tuve que tomar una decisión sobre la marcha. No tenía tiempo de buscar asesoramiento ni de pararme a hacer conjeturas. Salí al encuentro de nuestro oficial de inteligencia cuando él se dirigía a entrevistarse con su contacto ruso. Y sí, él fue el primer hombre que maté.
Le disparé. Maté de un tiro al Tiburón de los Mares en mitad de la Plaza Roja, mientras soplaba un viento despiadado procedente de las estepas, un viento cálido que traía consigo el olor de Asia y el hedor de la traición. No sé si es algo de lo que deba sentirme orgulloso, pero, aunque era joven e inexperto, maté a mi jefe igual que un profesional.
Lo seguí de cerca hasta el lado sur de la plaza, donde había un tiovivo funcionando. Calculé que el estruendo de la música contribuiría a disimular el estampido de una pistola al dispararse. Me acerqué a él en una trayectoria oblicua —conocía bien a aquel hombre—, y él sólo me vio en el último instante.
Por su semblante cruzó una expresión de desconcierto que casi de inmediato se transformó en miedo.
—Eddy... —acertó a decir.
Mi verdadero nombre no era Eddy, pero, al igual que todos los que trabajaban en la agencia, había cambiado mi identidad la primera vez que salí a trabajar sobre el terreno. En mi opinión, de ese modo todo resultaba más fácil: era como si no fuera yo quien lo hacía.
—¿Ocurre algo...? ¿Qué estás haciendo aquí? —Era del sur, y siempre me había gustado su acento.
Me limité a mover la cabeza en un gesto negativo.
—Vysshaya mera —respondí.
Era una antigua expresión del KGB que los dos conocíamos, y que significaba «máximo castigo», un eufemismo para meterle a uno en la nuca una bala de gran calibre.
Ya tenía la mano en el arma que llevaba en el bolsillo lateral, una estilizada PSM 5.45, que irónicamente era de diseño soviético, fabricada para que fuera poco más gruesa que un encendedor. Lo cual quería decir que uno podía llevarla encima sin que causara apenas una arruga en la chaqueta de un traje bien cortado. Vi que sus ojos, llenos de pánico, se desviaban hacia los niños montados en el tiovivo; probablemente estaba acordándose de sus dos hijas pequeñas y se preguntaba cómo se habían torcido tanto las cosas.
Sin sacar el arma, apreté el gatillo y le disparé un proyectil de núcleo de acero, capaz de penetrar las treinta capas de Kevlar y los dos milímetros de titanio del chaleco antibalas que supuse que llevaría puesto.
Nadie oyó el más mínimo ruido por encima del estruendo del tiovivo.
La bala se hundió en su pecho a tal velocidad que le paró el corazón instantáneamente y lo mató en el acto. Para eso estaba diseñada la 5.45. Extendí un brazo para sostenerlo cuando se desmoronó y con la mano le limpié el sudor de la frente, fingiendo que mi compañero acababa de desmayarse por efecto del calor.
Lo trasladé medio a rastras hasta una silla de plástico situada debajo de una sombrilla que ondeaba al viento, mientras me excusaba en un ruso vacilante con el grupo de madres que aguardaban a sus hijos diez metros más allá, y señalaba al cielo quejándome del tiempo. Ellas sonrieron, secretamente complacidas de confirmar una vez más que los eslavos eran fuertes y los norteamericanos, débiles.
—Ah, el calor... terrible, sí —dijeron, comprensivas.
Le quité la chaqueta al Tiburón y se la puse sobre el pecho para ocultar el orificio, que se iba enrojeciendo poco a poco. Me dirigí de nuevo hacia las madres para decirles que me ausentaba un momento para ir a llamar a un taxi. Ellas asintieron con la cabeza, más interesadas por sus hijos, que estaban en el tiovivo, que por lo que yo estaba haciendo. Dudo que alguna de ellas se diera cuenta siquiera de que llevaba en la mano el maletín de mi compañero, y mucho menos su billetera, cuando me fui a toda prisa hacia los taxis de Kremlevskiy Prospekt.
Antes de que alguien pudiera reparar en el reguero de sangre que salía de la boca del muerto y llamase a la policía, yo ya estaba entrando en la habitación de mi hotel. No había tenido la oportunidad de vaciarle los bolsillos, así que sabía que no iban a tardar mucho en identificarlo.
En algunas de las visitas que había hecho a Londres, me había invitado a cenar a su casa y había jugado con sus hijas —dos niñas que habían comenzado a ir al colegio—, y conté los minutos que, según mis cálculos, tardaría en sonar el teléfono en su domicilio de Hampstead para darles la noticia de que su padre había muerto. Debido a las circunstancias de mi propia infancia, sabía mejor que la mayoría de la gente lo que aquello iba a suponer para unas niñas de su edad: la oleada de incredulidad, la lucha interna por comprender la irreversibilidad de la muerte, el abrumador sentimiento de pánico, el tremendo vacío del abandono... Por más que me esforzaba, no lograba impedir que la escena siguiera reproduciéndose en mi mente: los elementos visuales eran de ellos, pero me temo que los emocionales eran míos.
Por fin me senté en la cama y forcé la cerradura del maletín. El único objeto interesante que encontré fue un DVD con una foto de Shania Twain en la carátula. Lo introduje en la disquetera de mi portátil y lo pasé por un programa de algoritmos. Ocultos en la música digitalizada, encontré los nombres y los expedientes clasificados de diecinueve rusos que nos estaban pasando información secreta a nosotros. Si el Tiburón hubiera conseguido hacer la entrega, Vysshaya mera para ellos.
Mientras trabajaba en los expedientes mirando los datos personales que contenían los diecinueve archivos, empecé a llevar un recuento de los nombres de todos los hijos que tenían esos hombres. No era mi intención, pero advertí que estaba creando una especie de cuenta de pérdidas y ganancias. Cuando acabé, había catorce niños rusos en una columna y las dos hijas del Tiburón en la otra. Podría decirse que el balance final había sido bastante favorable. Pero aquello no era suficiente para mí: los nombres de los rusos resultaban demasiado abstractos, y las hijas del Tiburón eran muy reales.
Recogí mi chaqueta, me eché al hombro la bolsa de viaje, me guardé la PSM 5.45 en el bolsillo y me fui a un parque infantil que había cerca de Gorky Park. Por los expedientes, sabía que algunas de las esposas de nuestros agentes rusos llevaban por la tarde a sus hijos a aquel lugar. Me senté en un banco y, siguiendo las descripciones que había leído, identifiqué a nueve de ellas con plena certeza; sus hijos estaban construyendo castillos de arena en una playa de mentirijillas.
Me aproximé a ellos y me puse a observarlos. Dudo que se fijaran siquiera en el desconocido que llevaba un agujero en el bolsillo de la chaqueta y que los contemplaba desde el otro lado de la barandilla. Eran niños que sonreían, y yo deseaba que su verano durase más de lo que había durado el mío. Y aunque conseguí transformarlos en personas reales, no pude evitar pensar que todo lo que yo les había dado a ellos equivalía en igual medida a la parte de mí mismo que había perdido. Hasta ese extremo puede llegar mi ingenuidad.
Sintiéndome más viejo, pero, sin saber por qué, también más tranquilo, me dirigí hacia una fila de taxis. Varias horas antes, cuando corrí a mi hotel tras haber matado al Tiburón, hice una llamada encriptada a Washington, por eso sabía que estaba en camino un avión de la CIA que volaba de encubierto como el reactor privado de un ejecutivo de la General Motors. Se dirigía al aeropuerto de Sheremetyevo para recogerme.
Me preocupaba que la policía rusa me hubiera identificado ya como el asesino, y el trayecto hasta el aeropuerto se me hizo uno de los más largos de toda mi vida, de modo que cuando subí al avión me sentí muy aliviado. Sin embargo, mi alegría duró unos doce segundos. Dentro del avión había cuatro hombres armados que se negaron a desvelar su identidad, aunque tenían toda la pinta de pertenecer a alguna unidad de las Fuerzas Especiales.
Me entregaron un documento jurídico, y me enteré de que, debido a aquel asesinato, había pasado a ser objeto de la investigación al más alto nivel que se lleva a cabo en las agencias de inteligencia: el Análisis de Incidentes Críticos. El jefe del grupo me informó de que nos dirigíamos a Estados Unidos.
A continuación, me leyó mis derechos y me arrestó.
7
Mi primera impresión fue que nos dirigíamos a Montana. Cuando miré por la ventanilla del avión y vi la forma de las montañas, casi tuve la certeza de que nos encontrábamos en el noroeste. No había nada más que me permitiera deducir dónde estaba: la pista de aterrizaje quedaba oculta en una zona de difícil acceso, los depósitos de combustible no tenían ningún rótulo, había una docena de hangares subterráneos y varios kilómetros de valla electrificada.
Volamos durante la noche, y para cuando tomamos tierra, justo después del alba, mi estado de ánimo ya era de abatimiento total. Había tenido mucho tiempo para darle vueltas al asunto, y las dudas habían ido aumentando con cada milla que recorríamos. ¿Y si el DVD de Shania Twain era falso? ¿Y si se lo habían metido en el maletín inadvertidamente? Era posible incluso que el Tiburón estuviese llevando a cabo una operación encubierta de la que yo no tenía noticia, o a lo mejor otra agencia se estaba sirviendo de él para proporcionar al enemigo una gran cantidad de información falsa. ¿Y qué tal esta otra posibilidad? Podía suceder que los investigadores sostuvieran que el DVD era mío y que el Tiburón había ido a por mí porque había descubierto que el traidor era yo. Eso explicaría que yo le hubiese matado sin consultar a nadie.
Estaba hundiéndome cada vez más en aquel laberinto de dudas, cuando de pronto los de Operaciones Especiales me hicieron salir del avión y subir a un todoterreno que tenía las lunas tintadas. Las puertas se cerraron automáticamente, y vi que habían quitado los tiradores. Habían transcurrido cinco años desde que entré en el servicio secreto, y ahora, después de pasar tres frenéticos días en Moscú, todo estaba en la cuerda floja.
Viajamos durante dos horas sin salir de los límites de la valla electrificada, hasta que por fin nos detuvimos frente a una solitaria casa de campo rodeada de un césped reseco.
Con mis movimientos limitados a dos habitaciones pequeñas, y habiéndoseme prohibido todo contacto con cualquier ser humano excepto mis interrogadores, sabía que en alguna otra ala de aquella casa habría una docena de equipos forenses peinando detalladamente toda mi vida —y también la del Tiburón—, intentando encontrar las huellas de la verdad. Sabía asimismo cómo iban a interrogarme, y que no hay suficientes sesiones de entrenamiento práctico que puedan prepararlo a uno para la realidad de verse sometido a unos interrogadores hostiles.
Fueron cuatro equipos trabajando por turnos, y lo siguiente lo digo sin connotaciones de ningún tipo, sólo como constatación de los hechos: los peores fueron las mujeres, o las mejores, dependiendo del punto de vista. La más curvilínea parecía pensar que el hecho de dejarse la parte superior de la camisa sin abrochar y de inclinarse hacia delante iba a acercarla más a la verdad. La denominé Wonderbra. Utilizaba el mismo método que se emplearía años más tarde, y con grandes resultados, con los musulmanes detenidos en Guantánamo. Entendía la razón de ese «método»: era un recordatorio del mundo que uno ansiaba, el mundo del placer, muy apartado del de la angustia constante. Lo único que debía hacer uno era colaborar. Y permítanme señalar que funciona. Cuando a uno lo martillean día y noche para que revele detalles, en busca de algo que no concuerde, acaba agotado, con el cansancio metido hasta los huesos. Al cabo de dos semanas soportando lo mismo, ansía ya otro mundo, el que sea.
Una noche, ya tarde, después de doce horas sin pausa, pregunté a Wonderbra:
—¿Acaso pensáis que lo tenía todo planeado y que disparé a mi jefe en plena Plaza Roja? ¡¿En la Plaza Roja?! ¿Por qué iba a hacer algo así?
—Supongo que por estupidez —respondió ella sin alterarse.
—¿Dónde la han reclutado a usted? ¿En Hooters? —repliqué casi gritando.
Había levantado la voz por primera vez, y también intentado ofenderla comparándola con una de esas camareras de curvas generosas típicas de Hooters, pero era consciente de que acababa de cometer un error. Ahora el equipo de analistas y psicólogos que lo observaban todo a través de las cámaras ocultas sabrían que estaban derrotándome.
Al instante, abrigué la esperanza de que ella me devolviera la pelota, pero era una profesional, de modo que, manteniendo su tono calmado, se inclinó hacia delante todavía más, hasta que los botones de su camisa parecieron a punto de estallar, y me dijo:
—Son naturales, y el mérito no es del sujetador, si es eso lo que está pensando. ¿Qué canción estaba sonando en el tiovivo?
Hice un esfuerzo para bloquear la furia.
—Ya os lo he dicho...
—Pues díganoslo otra vez.
—Smells Like Teen Spirit. Lo digo en serio, esto es la Rusia moderna, y nada tiene lógica.
—¿La había oído antes? —me preguntó.
—Naturalmente que sí, es de Nirvana.
—Me refiero a si la había oído en la plaza, mientras buscaba localizaciones.
—No busqué localizaciones porque no había ningún plan —le dije en voz baja, sintiendo que empezaba a dolerme la cabeza en la sien izquierda.
Cuando por fin permitieron que me fuera a la cama, tuve la sensación de que ella estaba ganando. Por muy inocente que sea uno, no es bueno pensar algo así cuando se encuentra en una casa aislada, aferrándose a su libertad y sintiéndose perdido y alejado del mundo.
A la mañana siguiente, temprano —según mis cálculos era miércoles, pero de hecho era sábado, tal era mi estado de desorientación—, se abrió la puerta de mi cuarto, entró el encargado y colgó detrás de la hoja una percha con ropa limpia. Habló por primera vez, y me ofreció una ducha en vez del lavabo que tenía en un rincón para lavarme por partes. Aquella técnica también la reconocí: consistía en hacerme pensar que empezaban a creerme, para animarme a que me fiara de ellos, pero después de tantos días de interrogatorio a mí ya me daba lo mismo la psicología de todo aquello. Como podría haber dicho Freud: a veces, una ducha no es más que una ducha.
El encargado abrió con llave una puerta que daba a un cuarto de baño contiguo y se fue. Todo lo que había en aquel baño era de color blanco, aséptico, a excepción de unos pernos con argollas que colgaban del techo y las paredes que apuntaban a un propósito mucho más siniestro. Pero me dio igual. Me afeité, me desnudé y dejé que el agua recorriera mi cuerpo. Mientras me secaba, reparé en mi propia imagen, desnudo, reflejado en un espejo de cuerpo entero. Dejé de hacerlo. Me sentía extraño. Lo cierto es que llevaba mucho tiempo sin mirarme en un espejo.
Había adelgazado unos diez kilos en aquellas tres semanas o las que fueran que llevaba en aquel rancho, y no recordaba haberme visto nunca el rostro tan demacrado. Me hacía parecer mucho más viejo. Me quedé un rato mirándolo, como si fuera una ventana que daba al futuro. No era un hombre feo: era alto y tenía el cabello salpicado de hebras rubias, gracias al verano de Europa. Con los kilos que me había quitado de la cintura y del trasero gracias a aquel interrogatorio, me encontraba en buena forma; no lucía los abdominales de una estrella de cine, pero sí tenía la tonicidad que había conseguido practicando Krav Maga durante cuarenta minutos todos los días. Se trata de un método israelí de defensa personal que, según las personas que lo conocen, es el modo de combate sin armas más respetado entre los narcotraficantes de Nueva York que están al norte de la calle Ciento cuarenta. Siempre pensé que, si aquello era lo bastante bueno para los profesionales, también lo era para mí. Algún día, varios años más tarde, solo y desesperado, ese entrenamiento me salvaría la vida.
Mientras estaba de pie ante el espejo, haciendo inventario del hombre que estaba viendo y preguntándome si realmente me gustaba tanto, se me ocurrió que a lo mejor yo no era el único que estaba mirándolo. Lo más probable era que Wonderbra y sus amigos estuvieran al otro lado del cristal, realizando su propia evaluación. Puede que yo no figurase en el primer puesto de la lista de los candidatos a protagonizar Garganta Profunda II, pero no tenía nada de que avergonzarme. No, no era aquello lo que me ponía furioso, sino la intrusión en todas las parcelas de mi vida, la interminable búsqueda de unas pruebas que no existían, la demoledora convicción de que nadie podía hacer algo simplemente porque le parecía lo correcto.
Los instructores de Krav Maga dicen que el error más común al pelear es el de pegar un puñetazo con todas las fuerzas en la cabeza del adversario. Lo primero que rompe uno son sus propios nudillos. Por ese motivo, un verdadero profesional aprieta el puño y utiliza el canto de la mano a modo de martillo que golpea un yunque.
Un golpe así, asestado por una persona que se encuentre razonablemente en forma, según los instructores descarga más de cuatro newtons de fuerza en el punto de impacto. Cualquiera puede imaginar el efecto que tiene eso en la cara de una persona... O en un espejo. Se rompió en pedazos y se hizo añicos en el suelo. Lo más sorprendente fue que detrás no había nada, ni un cristal bidireccional, nada. Me quedé mirando la pared desnuda y me pregunté si no sería yo el que estaba quebrándose.
Ya duchado y afeitado, regresé al dormitorio y, tras vestirme con la ropa limpia, me senté en la cama y me dispuse a esperar. No vino nadie. Me acerqué a dar unos golpes en la puerta y descubrí que no estaba cerrada con llave. «Ah, qué ingenioso», pensé, el cociente de confianza se situaba ahora por debajo de la órbita. O eso, o en aquel episodio particular de La dimensión desconocida descubriría que la casa se hallaba vacía y que llevaba años deshabitada.
Me dirigí al salón. Aún no había estado allí, pero fue donde encontré al equipo completo, unas cuarenta personas, todas mirándome, sonrientes. Por un instante de horror, pensé que iban a aplaudir. El jefe del equipo, un tipo que parecía tener una cara formada con piezas de repuesto, dijo algo que apenas entendí. Acto seguido, Wonderbra me tendió la mano y me dijo que era sólo trabajo y que esperaba que no le guardara rencor.
Estuve a punto de sugerirle que me acompañase al piso de arriba para que yo practicara con ella varios actos de violencia, algunos de ellos de índole cada vez más sexual, pero lo que acababa de decir el jefe me hizo cerrar la boca: semejantes pensamientos eran indignos de una persona que acababa de recibir una carta manuscrita del presidente de Estados Unidos.
Descansaba sobre una mesa, y me senté para leerla. Debajo del impresionante sello dorado y azul, el escrito decía que, tras la exhaustiva y concienzuda investigación llevada a cabo, yo había quedado libre de toda sospecha de haber actuado mal. El presidente me daba las gracias por haber mostrado lo que él denominaba «una gran valentía, por encima y más allá de lo que exige el deber».
«En territorio hostil, sin ayuda ni apoyo, y enfrentado a la necesidad de obrar de manera inmediata, usted no titubeó ni dedicó un solo instante a pensar en su bienestar personal», rezaba la carta. El presidente añadía que, si bien era imposible que el público llegara a tener conocimiento de mis acciones, tanto él como el país en general se sentían profundamente agradecidos por el servicio que yo les había prestado. En alguna parte del texto empleó también la palabra «héroe».
Me levanté y fui hasta la puerta. Sentía las miradas de todos los presentes clavadas en mí, pero apenas les presté atención. Salí y me quedé de pie sobre el césped, contemplando aquel inhóspito paisaje. «Libre de toda sospecha de haber obrado mal», decía la carta, y al pensar en aquella frase y en la otra palabra que había utilizado el presidente me sentí embargado por un cúmulo de emociones. Me habría gustado saber qué habrían pensado Bill y Grace. ¿Habrían encontrado por fin la razón para estar orgullosos de mí, esa razón que yo les había negado durante tanto tiempo?
Oí el crujido de los neumáticos de un coche sobre la grava del largo camino de entrada y percibí que se detenía delante de la casa, pero mi mente estaba en otro lugar. ¿Qué habría pensado aquella mujer que murió en Detroit, la que tenía los mismos ojos que yo, de aquel tono azul tan sorprendente? Me había amado, no me cabía la menor duda, pero siempre me había resultado extraño, dado que apenas llegué a conocerla. ¿Qué pensaría mi madre, si yo hubiera podido contárselo?
Continué allí de pie, con los hombros encorvados para protegerme del viento y envuelto en un torbellino de escombros emocionales... hasta que oí que se abría la puerta detrás de mí. Me volví y descubrí al jefe del equipo y a Wonderbra en el porche. Los acompañaba el hombre mayor que acababa de llegar en el coche. Un hombre al que yo conocía desde hacía mucho tiempo. Su nombre no tiene importancia aquí, pues de hecho nadie sabe que existe siquiera: era el director de la División.
Lentamente, descendió los escalones y se situó a mi lado.
—¿Has leído la carta? —me preguntó.
Yo asentí. Entonces apoyó una mano en mi brazo y ejerció una ligerísima presión. Aquél era su único modo de darme las gracias: dijera lo que dijese, nada podría competir con aquel sello dorado y azul.
Siguió mi mirada perdida en el triste paisaje y me habló del hombre al que yo había matado:
—Si dejamos a un lado lo de la traición, era un buen agente, uno de los mejores.
Lo miré a los ojos.
—Ésa es una manera de verlo —repuse—. Si dejamos a un lado lo de la bomba, seguramente el seis de agosto fue un buen día para Hiroshima.
—¡Por Dios, Eddy! Estoy haciendo todo lo que puedo. Intento buscar algo positivo... era amigo mío.
—Y mío también, director —repliqué en un tono desprovisto de emoción.
—Ya lo sé, ya lo sé, Eddy —dijo él, conteniéndose. Resulta increíble lo que es capaz de hacer una carta del presidente—. Ya he dicho una docena de veces que me alegro de que fueras tú y no yo. No sé si habría sido capaz de hacer algo así, ni siquiera cuando era más joven.
Guardé silencio. Por lo que me habían contado, si hubiera pensado que ello lo ayudaría a avanzar en su carrera, el director habría sido capaz de entrar en Disneyland empuñando una ametralladora.
Se subió el cuello del abrigo para resguardarse del viento y me pidió que fuera yo quien se encargara de Londres.
—He consultado a todos los que deben firmar la orden, y la decisión ha sido unánime: voy a nombrarte nuevo Tiburón de los Mares.
No dije nada, me limité a seguir mirando durante un buen rato aquellos campos yermos, entristecido en lo más hondo de mi alma por las circunstancias y por aquellas dos niñas pequeñas. Tenía veintinueve años, y era el Tiburón de los Mares más joven que había existido.
8
Londres nunca me había parecido tan hermosa como la noche en que aterricé: la catedral de San Pablo, las Cámaras del Parlamento y todas las demás ciudadelas antiguas del poder y de la grandeza, erguidas como esculturas contra un cielo de color rojo y cada vez más oscuro.
Habían transcurrido menos de veinte horas desde mi nombramiento, y llevaba todo aquel tiempo viajando sin pausa. Ahora ya sabía que me había equivocado con la ubicación de la casa de campo: se encontraba en las Colinas Negras de Dakota del Sur, un lugar todavía más remoto de lo que había imaginado. Desde allí, tuve dos horas de coche hasta el aeropuerto público más cercano, donde un reactor privado me trasladó a Nueva York para que conectase con un vuelo transatlántico de British Airways.
Un todoterreno Ford, de tres años de antigüedad y lleno de salpicaduras de barro para que no llamase la atención, me recogió en Heathrow y me llevó a Mayfair. Era domingo por la noche y había poco tráfico, pero aun así avanzábamos despacio; el vehículo estaba blindado, y el peso adicional dificultaba mucho la conducción.
El tipo que manejaba el volante se metió por fin en una calle sin salida que había cerca de South Audley Street, y vi que se abría la puerta del garaje de una elegante mansión. Entramos en el garaje subterráneo de un edificio que, según la placa de bronce que había en la puerta principal, era la sede europea del Balearic Islands Investment Trust. Un letrero que había debajo advertía al público de que las citas se acordaban únicamente por teléfono. Aun así, no se indicaba en ella ningún número, y, si alguien intentaba buscarlo, la sede no figuraba en la guía telefónica de Londres. No hace falta decir que nunca llamaba nadie.
Tomé el ascensor desde el sótano hasta la última planta, y entré en lo que siempre había sido el despacho del Tiburón de los Mares: una amplia extensión de suelos de madera barnizada y sofás de color blanco, pero carente de ventanas y de luz natural. El edificio tenía un núcleo central de hormigón, y fue en aquella celda dentro de otra celda donde comencé a desenredar la red de engaños de mi predecesor. Aquella primera noche, ya tarde, llamé a varios números secretos que las compañías telefónicas ni siquiera sabían que existían y reuní a un equipo especial de criptógrafos, analistas, archiveros y agentes de campo.
A pesar de lo que puedan asegurar los gobiernos, no todas las guerras se libran con periodistas presentes en mitad de la acción ni bajo la luz de los focos de las cámaras de televisión durante las veinticuatro horas. Al día siguiente, el nuevo Tiburón y su pequeño grupo de «partisanos» lanzaron su propia campaña por toda Europa y presentaron batalla con lo que resultó ser la mayor penetración de la inteligencia de Estados Unidos desde la Guerra Fría.
Obtuvimos varios éxitos importantes, y aun así, a pesar de que, conforme fue pasando el tiempo, los cadáveres de los enemigos empezaron a amontonarse como si fueran hojarasca, yo seguía sin poder dormir. Una noche, en Praga, mientras seguía una vieja pista, pasé varias horas caminando por el casco antiguo y me obligué a mí mismo a hacer inventario de la situación en que nos encontrábamos. Según mi propio nivel de exigencia, y una vez descontadas todas las complicaciones, había fracasado por completo. Al cabo de veinte meses de trabajar sin descanso, aún no había descubierto el método que utilizaban los rusos para pagar a nuestros agentes, o, dicho de otro modo, a los traidores, a los hombres que habían corrompido.
El rastro del dinero seguía siendo tan misterioso como antes, y, a no ser que lográramos descubrirlo, nunca sabríamos cómo se había extendido la infección. Ya había decidido abordar el problema haciendo uso de todo lo que teníamos a nuestra disposición, pero al final todo aquello no sirvió de nada, porque lo que acudió a rescatarnos fue un tímido auditor forense y una buena dosis de casualidad.
Antes de desaparecer en los archivos de la División, el auditor se zambulló por última vez en la montaña de material confiscado en el domicilio londinense de mi predecesor, y encontró un papel con una lista de la compra escrita a mano en la parte de atrás de un talonario de cheques. Cuando ya se disponía a tirarla, le dio la vuelta y vio que la habían escrito en el dorso de un albarán de FedEx en blanco. Le pareció extraño, porque en ninguna de nuestras investigaciones se había visto que existiera una cuenta con FedEx. Intrigado, llamó a la empresa y descubrió una lista de recogidas efectuadas en aquella dirección, todas ellas abonadas en metálico.
Sin embargo, sólo una resultó ser de interés: una caja de carísimos puros cubanos que se envió al lujoso hotel Burj Al Arab de Dubái. Rápidamente, supimos que el nombre del destinatario que figuraba en el albarán de FedEx era falso, y aquello debería haber puesto fin al asunto, pero aún faltaba la buena dosis de casualidad. Una mujer que trabajaba codo con codo con el auditor había sido agente de viajes, y sabía que todos los hoteles de los Emiratos Árabes Unidos estaban obligados a hacer una copia del pasaporte de todos sus clientes.
Llamé al hotel fingiendo ser un agente especial del FBI asociado a la Interpol, y convencí al encargado de que examinara sus archivos y me proporcionara los detalles del pasaporte del cliente que había ocupado la suite 1608 en la fecha indicada.
Resultó ser alguien llamado Christos Nikolaides. Tenía un nombre elegante, lo sentí por él.
9
Todo el mundo coincidió en una cosa: Christos habría sido un tipo atractivo si no fuera por su estatura. Su piel olivácea, el cabello moreno, ondulado y rebelde, y la buena dentadura no lograban compensar unas piernas que eran demasiado cortas para su cuerpo. Pero seguramente el dinero lo ayudaba a salir adelante, sobre todo con las mujeres con las que le gustaba pasearse, y estaba claro que a Christos Nikolaides el dinero le sobraba.
Un frenesí de búsquedas en bases de datos de la policía reveló que Nikolaides era un hombre real, un verdadero indeseable que nunca había sido condenado, pero que había participado de manera significativa en tres asesinatos y en una miríada de delitos con violencia. De origen griego, tenía treinta y tres años y era el mayor de sus hermanos; sus padres, gente sin estudios, vivían en Tesalónica, una localidad situada en el norte del país. En este caso es importante hacer énfasis en lo de la falta de estudios, que no es lo mismo que ser idiota, cosa que desde luego ellos no eran.
A lo largo de las semanas siguientes, a medida que íbamos indagando más en su vida, su familia fue resultando cada vez más interesante. Formaban un cerrado clan de hermanos, tíos y primos, y a la cabeza de todos se situaba Patros, el padre de Christos, un hombre de sesenta años y el despiadado brazo ejecutor de la familia. Como dicen en Atenas, «tenía una chaqueta gruesa», es decir, una larga lista de antecedentes penales, pero todo esto venía acompañado de un gran éxito en lo material. Un ajuste de la órbita de un satélite norteamericano que vigilaba los Balcanes proporcionó algunas imágenes en las que se apreciaba con todo detalle la residencia donde vivía la familia.
Ubicado en el centro de muchas hectáreas de campos de espliego, el complejo, formado por siete lujosos edificios, varias piscinas y enormes establos, estaba rodeado por una tapia de cuatro metros de altura en la que patrullaban unos guardias que parecían ser albaneses y que iban armados con subfusiles Skorpion. Aquello resultaba extraño, sobre todo teniendo en cuenta que la familia se dedicaba al negocio de la floristería al por mayor. A lo mejor en el norte de Grecia el robo de flores constituía un problema más importante de lo que pensaba la gente.
Establecimos la teoría de que, al igual que había hecho el cartel de Medellín, esta familia había adaptado la compleja red de transporte por aire y por carretera que se necesitaba para trasladar un artículo perecedero como las flores para incluir un «producto» mucho más rentable.
Aun así, ¿qué tenía que ver una familia de narcotraficantes griegos con mi predecesor? ¿Y por qué éste había enviado una caja de puros a su hijo mayor, alojado en un hotel de siete estrellas de Oriente Próximo? Era posible que el anterior Tiburón de los Mares consumiera algún tipo de droga y que Christos fuera su camello, pero eso no tenía mucho sentido: estaba claro que los griegos se dedicaban a la venta al por mayor.
A punto de descartar toda aquella investigación por considerarla un callejón sin salida —tal vez Christos y mi predecesor no fueran más que dos cabrones simpáticos—, la suerte quiso que en aquella lúgubre noche londinense no consiguiera conciliar el sueño. Y ahí estaba yo, contemplando los tejados desde mi apartamento de Belgravia y pensando que seguramente aquellos dos tipos habían almorzado juntos en uno de los restaurantes con estrellas Michelin que había en la zona, cuando de pronto caí en la cuenta de que la solución del problema más difícil al que nos enfrentábamos podía tenerla justo delante de las narices.
¿Y si los rusos no eran los encargados de pagar directamente a nuestros agentes corruptos? Supongamos que quienes hacían los pagos fueran Christos Nikolaides y su familia. ¿Por qué? Porque introducían droga en Moscú, y aquélla era la aportación que debían hacer a los rusos forrados de dinero, a cambio del permiso para traficar. Como si fuera, de algún modo, un impuesto de actividades económicas.
Eso significaría que los griegos estaban sirviéndose de su dinero negro y de su habilidad para el blanqueo para transferir fondos desde sus propias cuentas a otras que estaban a nombre de nuestros traidores, de forma que las agencias de inteligencia rusas no intervenían de ningún modo en todo aquel proceso. Según aquella hipótesis, sería lógico que alguien que hubiera recibido una gran suma de dinero, como el Tiburón de los Mares, enviara una exclusiva caja de puros al hombre que acababa de pagarle: Christos Nikolaides, que se encontraba de vacaciones en Dubái.
Dejé por imposible toda idea de dormir, regresé al despacho y puse en marcha una intensa investigación —con la ayuda del gobierno griego— sobre los trapicheos económicos de la familia de Nikolaides.
Fue la información que afloró durante esta investigación la que me condujo a Suiza y a las tranquilas calles de Ginebra. Pese a la fama de limpia que tiene esa ciudad, es la más sucia que he visto en mi vida.
10
Las oficinas del banco privado más secreto del mundo se encuentran detrás de una anónima fachada de piedra caliza del centro de un barrio de Ginebra denominado Quartier des Banques. No hay placa alguna, pero quien lleva doscientos años ocupando ese edificio es la empresa Clément Richeloud & Cie, entre cuyos clientes figuran incontables déspotas africanos, numerosas sociedades delictivas y los ricos descendientes de unos pocos miembros prominentes del Tercer Reich.
Los Richeloud eran también los banqueros de la familia Nikolaides, y, con la información que tenía, representaban la única vía que nos permitiría avanzar. Iba a ser necesario persuadirlos para que nos proporcionaran una lista de las transacciones realizadas por el clan Nikolaides en los cinco últimos años, una documentación que demostraría si Christos estaba actuando de pagador de los rusos, y, en ese caso, qué estadounidenses figuraban en la nómina.
Por supuesto, podíamos presentar una solicitud en el juzgado, pero Richeloud alegaría, correctamente, que era ilegal divulgar información, así lo establecían las leyes del secreto bancario del gobierno suizo, una legislación que ha logrado que esa nación sea la favorita de delincuentes y tiranos.
Por ese motivo, cuando me puse en contacto con el banco, me presenté como un abogado, con base en Mónaco, encargado de velar por ciertos activos relacionados con el ejército de Paraguay, y llegué a su elegante portal de mármol preparado para hablar de una serie de asuntos económicos sumamente confidenciales. Portando un maletín lleno de documentos falsificados y valiéndome de la perspectiva de lo que parecían ser depósitos por valor de varios cientos de millones de dólares, tomé asiento en una sala de juntas repleta de antigüedades falsas y aguardé a que apareciera el socio administrador.
Aquella reunión acabó siendo uno de los acontecimientos más memorables de mi vida profesional, y no gracias a Christos Nikolaides, sino a la lección que aprendí. Comencé a ilustrarme en cuanto se abrió aquella puerta de roble.
Es justo decir que una gran parte de mi trabajo había consistido hasta entonces en remar por una cloaca a bordo de un bote cuyo fondo era de cristal, pero, incluso teniendo el listón tan bajo, Markus Bucher superó todas las expectativas. Pese a ser un predicador laico de la austera catedral calvinista de Ginebra, estaba, como todos los de su profesión, de mierda y de sangre hasta el cuello. Rondaba los cincuenta, y podía decirse que había triunfado en su vida profesional —una enorme residencia en Cologny, frente al lago, un Bentley en el garaje—, pero, si se tenía en cuenta que había partido de un escalón más alto, sus éxitos no lo eran tanto: su familia era el accionista más importante del banco.
Presumió ampliamente de que aquella sala se hallaba insonorizada, «a la altura de lo que marcan los estándares de calidad de las agencias de inteligencia norteamericanas», pero no mencionó la cámara oculta que yo había detectado en el marco de un retrato que colgaba en la pared. Estaba situada de forma que enfocaba por encima del hombro del cliente y grababa cualquier documento que éste pudiera tener en la mano. Sólo por fastidiar, antes de que él entrara recoloqué las sillas con total naturalidad, de modo que lo único que pudiera captar el objetivo fuera la parte posterior de mi maletín. «Aficionados», pensé.
Mientras Bucher examinaba mi documentación falsificada, sin duda calculando mentalmente los honorarios que podrían ganar por la gestión de semejantes sumas, yo consulté mi reloj. Faltaban tres minutos para la una, era casi la hora de comer.
Por desgracia para ella, la familia Nikolaides, que no dejaba de ingresar más y más dinero en su cuenta bancaria, había pasado por alto un punto débil del banco de Richeloud: que el único retoño de Bucher también había entrado en el negocio de la banca. Era una joven de veintitrés años que, sin tener mucha experiencia con los hombres ni demasiado mundo, estaba trabajando en el extremo más respetable de aquel oficio: para Credit Suisse, en Hong Kong.
Volví a mirar el reloj. La una menos dos minutos. Me incliné hacia delante y le dije en voz baja:
—En mi vida he visto a un puto miembro del ejército paraguayo.
Bucher me miró, confuso, y luego se echó a reír, pensando que aquélla era la versión norteamericana del humor. Pero yo insistí, y le aseguré que no se trataba de eso.
Le di el nombre completo de Christos y su supuesto número de cuenta, y le dije que quería una copia de las transacciones bancarias llevadas a cabo en los cinco últimos años por él, por su familia y por sus empresas asociadas. En un oscuro rincón de mi mente esperaba haber acertado, porque de lo contrario iba a pagarlo muy caro, pero ya no había vuelta atrás.
Bucher se puso de pie con el pecho hinchado de indignación, despotricando acerca de las personas que lograban entrar allí fingiendo ser otra cosa, y asegurando que se había dado cuenta al instante de que aquella documentación era falsa. Luego añadió que sólo un norteamericano pensaría que un banquero suizo sería capaz de divulgar aquella información, aunque se viera obligado. Vino hacia mí, y comprendí que se me iba a conceder el singular honor que se les había negado a tantos dictadores y asesinos de masas: iba a ser expulsado de un banco suizo.
Era la una en punto. Bucher se detuvo de pronto, y advertí que sus ojos se desviaban un instante hacia su mesa. Su móvil particular, que reposaba entre sus papeles —el número que él creía que conocían tan sólo sus parientes más íntimos—, estaba vibrando. Observé en silencio cómo lanzaba una mirada furtiva al aparato para ver de quién era la llamada entrante. Sin embargo, decidió ocuparse de aquello más tarde, se volvió de nuevo hacia mí y me taladró con la mirada sirviéndose de su indignación a modo de blindaje.
—En Hong Kong ahora son las ocho de la noche —dije en voz queda, sin moverme en la silla, listo para romperle el brazo si intentaba tocarme.
—¡¿Qué?! —replicó, sin asimilar aún lo que acababa de decirle.
—Digo que en Hong Kong —repetí más despacio— ya es tarde.
Capté una chispa de miedo en sus ojos. Por fin había comprendido el alcance de lo que yo acababa de decir. Me miró, invadido por una oleada de preguntas que era incapaz de responderse... ¿Cómo diablos sabía yo que aquella llamada procedía de Hong Kong?
Se volvió y agarró el teléfono. Yo continué mirándolo fijamente, mientras él comprobaba que no sólo estaba en lo cierto al insinuar que la llamada era de Hong Kong, sino que además su hija, haciendo un esfuerzo para que no se le notara el pánico en la voz, le decía que tenía un problema importante. Todavía era la hora del almuerzo en Ginebra, pero para Markus Bucher la jornada iba tornándose más negra a cada segundo que pasaba.
Por lo visto, dos horas antes, en el lujoso rascacielos en que vivía su hija la red de comunicaciones había sufrido un fallo general: el teléfono, la televisión por cable, la wifi, la conexión de fibra óptica... todo se había caído. Había acudido una docena de equipos técnicos de Hong Kong Telecom para intentar averiguar la causa. Y uno de aquellos equipos —tres hombres, todos vestidos con un mono blanco oficial y tarjetas identificativas colgando del cuello— había logrado entrar en el apartamento de Clare Bucher.
Cuando llamó a su padre, la joven ya había llegado a la conclusión de que aquellos tipos quizá no fueran quienes afirmaban ser. La primera prueba que tenía era que dos de ellos, al parecer, ni siquiera hablaban chino; de hecho, parecían norteamericanos. La segunda pista estaba relacionada con el equipo de comunicaciones. Aunque ella no sabía mucho de aquellas cosas, estaba bastante segura de que, para arreglar un fallo en la línea, no se necesitaba una Beretta de 9 mm, como las que utilizaba la OTAN, con silenciador incluido.
Mientras ella le explicaba la situación, vi cómo el rostro de su padre adquiría un tono grisáceo nada saludable. Miró hacia mí con una mezcla de odio y desesperación.
—¿Quién es usted? —me preguntó en un tono de voz tan bajo que casi resultó inaudible.
—A juzgar por lo que he escuchado sin querer —respondí—, soy la única persona en el mundo que puede ayudarlo. Por suerte, el jefe de Hong Kong Telecom me debe un favor, digamos que lo ayudé a conseguir un jugoso contrato telefónico en Paraguay.
Pensé que en aquel momento Bucher iba a lanzarse contra mí, así que me preparé para hacerle daño de verdad si era necesario y continué hablando:
—Estoy seguro de que, con los incentivos adecuados, podría llamarlo para pedirle que ordene a sus técnicos que busquen en otra parte.
No sé cómo, pero Bucher consiguió dominarse. Me sostuvo la mirada, consciente de que se hallaba en una encrucijada, perdido en lo más profundo del bosque: la decisión que tomara en aquel momento iba a determinar el resto de su vida.
En su semblante percibí con claridad la batalla interna que estaba librando: no podía abandonar a su hija, pero tampoco podía quebrantar todo aquello que creía representar. Estaba paralizado, y yo tenía que ayudarlo a tomar la decisión acertada. Como he dicho, aquel hombre estaba viviendo una mañana terrible.
—Permítame que le aclare una cosa: si decide no colaborar y los técnicos se ven obligados a eliminar a su hija, yo no puedo influir en lo que tal vez le hagan antes, no sé si me entiende... No está en mi mano.
No me gustaba utilizar el término «violar» cuando me dirigía a un hombre que era padre. Bucher no dijo nada y, acto seguido, se volvió hacia un lado y vomitó en el suelo. Se limpió la boca con la manga y se incorporó, tembloroso.
—Le proporcionaré esos datos —afirmó al tiempo que echaba a andar con paso inseguro.
He oído a algunas personas decir que el amor es débil, pero están equivocadas: el amor es poderoso. En casi todos los casos se impone a todo lo demás, ya sea el patriotismo o la ambición, la religión o la educación recibida. Y de todas las clases de amor, el de proporciones épicas y el pequeño, el noble y el básico, el más fuerte de todos es el que siente un padre hacia su hijo. Ésa fue la lección que aprendí aquel día, y es algo por lo que siempre estaré agradecido, porque unos años más tarde, en lo más profundo de las ruinas que llaman el Teatro de la Muerte, esa lección lo salvó todo.
Cuando lo agarré del brazo, él ya estaba camino de la puerta, dispuesto a entregarlo todo, desesperado por salvar a su hija.
—¡Quieto! —le ordené.
Se volvió hacia mí con lágrimas en los ojos.
—¿Cree que voy a llamar a la policía? —me gritó—. ¿Estando todavía esos «técnicos» suyos en el apartamento de mi hija?
—Claro que no —contesté—. No creo que sea tan necio.
—¡Pues entonces deje que vaya a buscar esos datos, por Dios!
—¿Y qué le impide entregarme los de otro cliente? No, iremos juntos a ver ese ordenador.
Bucher, presa del pánico, negó con la cabeza.
—¡Eso es imposible! Nadie puede entrar en la oficina de atrás, el personal se dará cuenta...
Aquello era cierto, salvo por un detalle:
—¿Por qué cree que he escogido la una de la tarde de un viernes víspera de festivo? —le dije—. Porque todo el mundo está almorzando.
Recogí mi bolsa, salí con él de la sala de juntas y lo observé mientras utilizaba una tarjeta identificativa encriptada para abrir una puerta que daba a las oficinas interiores.
Nos sentamos frente a un monitor. Bucher abrió el sistema mediante un escáner de huellas dactilares y tecleó los dígitos de un número de cuenta. Allí estaban: varias páginas llenas de los movimientos bancarios de Christos Nikolaides, supuestamente secretos, enlazados con una matriz de otras cuentas de la familia. En cuestión de minutos, ya lo teníamos todo impreso.
Pasé un buen rato hojeando aquellas páginas, aquel registro de tanta muerte y corrupción. Eran una familia de multimillonarios —o estaban lo bastante cerca de serlo como para que el término ya no importase—, pero aquellos datos también demostraban sin lugar a dudas que Christos era el pagador de los rusos. Más aún, como yo esperaba, aquellos documentos también desvelaron el resto del negocio: una serie de transferencias regulares efectuadas a otras cuentas del banco revelaron los nombres de seis de los nuestros, que yo jamás habría imaginado que eran traidores.
Dos de ellos eran agentes del FBI involucrados en tareas de contraespionaje, y los otros cuatro eran diplomáticos de carrera que trabajaban en embajadas estadounidenses de diversos países europeos, incluida una mujer con la que me había acostado en una ocasión: todos recibían la misma cantidad por cada una de sus «colaboraciones». En una parte de mi corazón, abrigué la esperanza de que se buscaran buenos abogados que les consiguieran un arreglo para que todo quedase en una condena de cadena perpetua. No se crean ustedes lo que les digan, es terrible tener la vida de otra persona en la palma de la mano.
Así que, con una satisfacción menor de la que había esperado, guardé el material en mi maletín y me volví hacia Bucher. Le aseguré que, en el plazo de dos horas, llamaría al jefe de Hong Kong Telecom y le diría que se llevara a los técnicos a otra parte. Me levanté y, dadas las circunstancias, decidí no ofrecerle la mano. Salí del despacho sin decir nada más, y allí lo dejé, solo, con el traje manchado de vómito y un temblor en la mano, intentando dilucidar si las palpitaciones que sentía en el pecho se debían a los nervios o a algo mucho más grave.
No sabía si Bucher llegaría a recuperarse, y tal vez hubiera sentido cierta empatía hacia él si no hubiese sido por un extraño incidente que tuvo lugar en mi niñez.
Acompañado por Bill Murdoch, hice una excursión a un pueblecito francés llamado Rothau, ubicado en la frontera con Alemania. Han transcurrido veinte años y mil aventuras, pero en cierto modo una parte de mí todavía no se ha ido de aquel lugar... o quizá debiera decir que una parte de ese lugar nunca se ha ido de mí.
11
Si alguna vez se encuentran ustedes en la parte del mundo en que se juntan Francia y Alemania y quieren que se les rompa el corazón, cojan la sinuosa carretera que sale del pueblo de Rothau, atraviesa los pinares y penetra en las estribaciones de los Vosgos.
Tarde o temprano llegarán a un lugar aislado que se llama Natzweiler-Struthof. Fue un campo de concentración nazi, ahora casi olvidado porque no llegó a figurar en las guías turísticas que ofrecen visitar lugares de sufrimiento, como Auschwitz o Dachau. Uno sale de los pinares y llega a una bifurcación en la que hay un sencillo indicador de carretera: un ramal lleva a un bar, el otro, a la cámara de gas. No, no estoy bromeando.
Decenas de miles de prisioneros cruzaron las puertas de este campo, pero eso no es lo peor. Lo peor es que casi nadie está enterado de ello, ese inmenso sufrimiento no es lo bastante inmenso para figurar en la escala de Richter del siglo XX. Otra manera de medir el progreso, supongo.
Yo tenía doce años cuando entré allí. Era verano, y estaba de vacaciones. Como acostumbraban a hacer, Bill y Grace habían reservado una suite en el hotel George V de París para casi todo el mes de agosto. A los dos les interesaba el arte: a ella le gustaban los Antiguos Maestros, lo cual indicaba a la gente que entraba en casa que era una mujer rica y de buen gusto. Bill, gracias a Dios, estaba en el filo de la vanguardia... Claro que la mitad del tiempo lo que hacía era más bien husmear en el filo de la vanguardia. Nunca era más feliz que cuando encontraba una galería nueva o merodeaba por el estudio de un artista joven.
Grace, a quien no le interesaba nada ese tipo de obras, hacía mucho que le había prohibido que colgase sus adquisiciones en la pared, y entonces Bill me guiñaba un ojo y me decía: «Grace tiene razón, sea lo que sea, no se puede decir que sea arte. Yo lo llamo “caridad”. Hay gente que da dinero a una ONG, yo se lo doy a los artistas que se mueren de hambre.»
Pero más allá de todas aquellas bromas, Bill sabía lo que hacía; años más tarde, me di cuenta de que tenía muy buen ojo, lo cual era extraño dado que carecía de toda formación y su familia sólo se había interesado por los productos químicos. El apellido de soltera de su madre era DuPont.
En nuestra segunda semana de estancia en París, Bill recibió una llamada de un individuo de Estrasburgo que dijo que tenía en su poder una resma de dibujos de Robert Rauschenberg, que databan de cuando dicho artista pop era un marine anónimo. Al día siguiente, los dos nos subimos a un avión con una pequeña bolsa de fin de semana y dejamos a Grace disfrutando a solas de su segunda gran pasión: ir de compras a Hermès.
Y así fue como, después de que Bill hubiera adquirido los dibujos, nos encontramos en Estrasburgo en domingo y sin nada que hacer.
—He pensado que podríamos ir de excursión a los montes Vosgos —comentó—. Seguro que Grace diría que eres demasiado pequeño, pero hay un sitio que deberías ver. Hay ocasiones en que la vida puede parecernos difícil, y es importante no perder la perspectiva de las cosas.
Bill conocía la existencia del campo de Natzweiler-Struthof por su padre, que había sido teniente coronel del 6.º Ejército de Estados Unidos y había estado de campaña en Europa. El coronel había llegado a aquel campo de concentración justo después de que lo abandonasen las SS, y le asignaron la tarea de redactar un informe que acabó llegando hasta el tribunal de crímenes de guerra de Núremberg.
Desconozco si Bill leyó alguna vez aquel documento de su padre, pero encontró aquella sinuosa carretera sin problemas, y llegamos al aparcamiento justo antes de las doce de aquel luminoso día de verano.
Cruzamos la entrada de aquella casa de la muerte lentamente. El campo se había conservado como lugar histórico porque allí habían muerto muchos miembros de la Resistencia francesa, y Bill me señaló el antiguo hotel que los alemanes habían convertido en cámara de gas y crematorio, repleto de ascensores y hornos.
Aquélla fue una de las pocas veces en toda mi vida que me agarré de su mano.
Pasamos junto a la horca que se empleaba para las ejecuciones públicas, luego rodeamos el edificio en el que se realizaban experimentos médicos y llegamos al barracón de prisioneros número uno, donde había un museo. En el interior, entre viejos uniformes de prisioneros y diagramas del sistema del campo de concentración, nos separamos.
En un silencioso rincón, al fondo de la sala, cerca de una hilera de camastros en los que los fantasmas que nos rodeaban parecían todavía más tangibles, encontré una foto expuesta en una pared. De hecho, había numerosas fotos del Holocausto, pero aquélla era la que iba a grabarse para siempre en mi memoria. Era en blanco y negro, y mostraba a una mujer gruesa y de baja estatura andando por un ancho camino que discurría entre altas vallas electrificadas. A juzgar por la luz, era por la tarde, y, por utilizar el lenguaje de aquella época, la mujer iba vestida como una campesina.
Casualmente, en la foto no había ni un solo guardia, ni perros ni torres de vigilancia, aunque estoy seguro de que estaban allí, cerca; únicamente se veía a una mujer solitaria con un niño pequeño en brazos y otros dos fuertemente asidos de su falda. Estoica, inquebrantable, sirviendo de apoyo a las diminutas vidas de sus hijos, ayudándolos lo mejor posible, como toda madre... y caminando con ellos en dirección a la cámara de gas. Casi era posible oír el silencio y oler el terror.
Me quedé mirándola, animado y deprimido al mismo tiempo por aquella dura imagen de una familia y del amor eterno de una madre. Una vocecilla interior, una voz infantil, me repetía constantemente algo que no se me ha olvidado: que me habría gustado conocerla.
En aquel momento sentí una mano en el hombro. Era Bill, que había venido a buscarme. Me di cuenta de que había estado llorando. Abrumado, me indicó los montones de zapatos y algunos artículos menores, como cepillos del pelo, que habían pertenecido a los prisioneros.
—No me había dado cuenta de la fuerza que pueden tener los objetos corrientes.
Luego volvimos hacia las torretas de la verja de salida por un sendero que seguía el límite de la antigua valla electrificada. Mientras caminábamos, me preguntó:
—¿Has visto la parte dedicada a los gitanos?
Contesté con un gesto de la cabeza: no.
—En términos de porcentaje, ellos perdieron aún más que los judíos.
—No lo sabía —repuse, intentando ser adulto.
—Yo tampoco —admitió Bill—. Los gitanos no lo denominan Holocausto, en su idioma le dan otro nombre: lo llaman «Devoramiento».
El resto del camino hasta el coche lo recorrimos en silencio, y aquella misma noche regresamos en avión a París. Acordamos tácitamente no decirle a Grace dónde habíamos estado, creo que ambos sabíamos que ella no lo habría entendido.
Meses después, un par de días antes de Navidad, cuando bajaba por la escalera de la tranquila casa de Greenwich, me detuve al oír unas voces airadas.
—¿Cinco millones de dólares? —estaba diciendo Grace en tono de incredulidad—. En fin, terminarás haciendo lo que te apetezca, es tu dinero.
—Lo es, ya lo creo que sí —respondió Bill.
—El gestor dice que irá a parar a un orfanato húngaro —añadió ella—. Ésa es otra cosa que no entiendo. ¿Qué sabes tú de Hungría?
—No mucho. Al parecer, es de allí de donde proceden muchos gitanos; es un orfanato de gitanos —respondió Bill en tono más o menos neutro.
Grace lo miró como si se hubiera vuelto loco.
—¿Gitanos? ¡¿Gitanos?!
En aquel momento, los dos parecieron intuir mi presencia y se volvieron hacia la puerta. Bill cruzó su mirada con la mía y se dio cuenta de que yo había comprendido: Porrajmos, como dicen los gitanos en romaní, el Devoramiento.
Después de aquella Navidad, me inscribieron en la Caulfield Academy, un instituto realmente hipócrita que se enorgullecía de «proporcionar a todos los alumnos los medios necesarios para que lleven una vida satisfactoria». Aunque, teniendo en cuenta las exorbitantes cuotas que cobraban, lo más probable era que aquel objetivo ya estuviera cubierto de antemano, porque uno tenía que llevar a sus espaldas como unas seis generaciones de éxito empresarial para poder siquiera cruzar aquella puerta.
En mi segunda semana de estancia, hicimos un curso para mejorar nuestra capacidad de hablar en público. Sólo la Caulfield Academy podía soñar con impartir semejantes cursos. El tema que se escogió, sacándolo de un sombrero, fue el de «la maternidad», y estuvimos treinta minutos escuchando a compañeros que contaban lo que habían hecho sus madres por ellos, que probablemente no era nada, y algunas anécdotas divertidas que habían sucedido en sus villas del sur de Francia.
Cuando llegó mi turno, me levanté, bastante nervioso, y empecé a hablar de los pinos en verano y de la sinuosa carretera que subía a las montañas. Intenté describir la foto que había visto y aseguré que sabía que aquella madre amaba a sus hijos más que a nada en el mundo. También estaba aquel libro que había leído, cuyo autor se me había olvidado, que contenía la expresión «la tristeza flota»; aquello era lo que yo sentía al recordar la foto... Estaba intentando enlazar todos esos elementos cuando la gente empezó a reírse y a preguntarme qué había fumado. Incluso la profesora, una chica joven que creía ser sensible pero no lo era, me dijo que me sentase y dejase de decir tonterías, y añadió que tal vez debería pensármelo dos veces antes de presentarme como candidato a algún cargo importante, lo que acabó provocando carcajadas aún más fuertes.
Después de aquello, no volví a hablar en clase en los cinco años que pasé en Caulfield, por más problemas que ello me ocasionara. Mis compañeros terminaron pensando que yo era un tipo solitario, que había algo siniestro en mí, y supongo que de algún modo tenían razón. ¿Cuántos de ellos acabaron por llevar una vida secreta y matando a la mitad de gente que he matado yo?
Sea como sea, en todo esto hay un detalle extraño: después de todas esas dificultades, después de veinte años, el tiempo no ha borrado el recuerdo que me quedó de aquella foto. No ha hecho sino avivarlo, está siempre ahí, aguardándome para volver justo en el momento de irme a la cama, y, por más que lo intento, nunca he sido capaz de sacármelo de la cabeza.
12
Aquella imagen acudió de nuevo a mi memoria cuando crucé la puerta principal de Clément Richeloud & Cie y salí al sol de Ginebra. Sí, era posible que hubiera sentido cierta empatía hacia Markus Bucher y su hija, pero no podía evitar acordarme de que eran los banqueros suizos como Bucher y su familia los que habían ayudado a financiar y apoyar el Tercer Reich.
No me cabe duda de que tanto la mujer de aquella foto como los otros millones de familias que viajaron en vagones de ganado habrían cambiado con mucho gusto aquel par de horas de incomodidad de los Bucher por lo que les tocó vivir a ellos. Era justo como había dicho Bill tantos años atrás: es importante no perder la perspectiva de las cosas.
Pensando aún en la siniestra historia que pesa sobre una gran parte de la riqueza oculta de Ginebra, me encaminé hacia la rue du Rhône, giré a la derecha y me detuve cerca de la entrada del casco antiguo para efectuar con mi teléfono móvil una llamada encriptada a cierta isla griega.
Los datos bancarios que guardaba en el maletín, que ahora llevaba sujeto a la muñeca con unas esposas, representaban la sentencia de muerte de Christos Nikolaides, y en el mundo en que habitaba yo no existían apelaciones ni suspensiones de la ejecución en el último momento. Resultó finalmente que matarlo no fue un error, aunque sí lo fue el modo en que lo hice.
En Santorini había cinco ejecutores esperando mi llamada: tres hombres y dos mujeres. Con su puerto de aguas de un azul intenso, con esas casas blanquísimas que trepan por los acantilados y con esos burros que llevan a los turistas hasta unas boutiques que parecen joyeros, Santorini es la más bella de todas las islas griegas.
Vestidos con pantalón pirata y ropa informal de algodón, los miembros de mi equipo resultaban invisibles entre los miles de turistas que visitan la isla cada día. Las armas iban ocultas en los estuches de las cámaras fotográficas.
Unos meses antes, cuando la familia Nikolaides ya se había situado claramente en nuestro objetivo, despertó nuestro interés un rompehielos llamado Ártico N. Era un buque de noventa metros, con bandera de Liberia, capaz de resistir casi cualquier ataque, y había sido transformado, con enorme coste, en un crucero de lujo provisto de helipuerto y garaje para un Ferrari. Supuestamente equipado para el superelitista negocio de los cruceros chárter por el Mediterráneo, lo raro era que siempre tenía un único cliente: Christos Nikolaides y su séquito de tías buenas, parásitos, socios comerciales y guardaespaldas.
Durante todo el verano estuvimos siguiéndole la pista por satélite, y mientras nos encontrábamos en Grozny y en Bucarest dando caza a traidores y a narcotraficantes, observábamos cómo el Ártico N se desplazaba constantemente entre Saint-Tropez y Capri, hasta que por fin recaló en la caldera volcánica que forma la bahía de Santorini.
Allí estaba ahora el barco. Todos los días, Nikolaides y sus invitados se trasladaban desde el enorme solárium del Ártico N hasta los restaurantes y las discotecas de la ciudad y regresaban de nuevo.
Mientras tanto, a medio continente de distancia, yo aguardaba en una esquina de Ginebra a que me contestaran al teléfono. Cuando cogieron la llamada, dije tres palabras a un hombre sentado en un café ubicado en lo alto de un acantilado:
—¿Eres tú, Reno?
—Se ha equivocado de número —contestó el otro, y después colgó.
Reno era el apellido del actor que desempeñaba el papel de asesino en la película El profesional, y el jefe de mi equipo, que era el hombre sentado en el café, sabía que aquellas palabras significaban muerte.
Hizo una seña a su colega, quien inmediatamente llamó a los otros tres agentes, que se hallaban sentados en otras terrazas, entre los turistas que pululaban por allí. Los cinco se encontraron junto al hermoso bar-restaurante Rastoni, y a los ojos de todo el mundo eran un grupo de europeos ricos que estaban de vacaciones y se habían reunido para comer. Las dos mujeres de la brigada eran los principales tiradores, y me temo que ahí radicó mi error.
Eran justo antes de las dos, y el restaurante todavía estaba abarrotado, cuando mis presuntos turistas entraron en él. Los tres hombres se dirigieron al estresado encargado para pedirle una mesa, mientras las dos mujeres iban al bar, con la aparente intención de retocarse el maquillaje. Pero en realidad lo que pretendían era servirse del enorme espejo que había tras la barra para tomar nota de la posición que ocupaba cada uno de los presentes.
Christos y su cortejo, compuesto por tres guardaespaldas albaneses y un puñado de chicas contra las que probablemente le habría advertido su madre, estaban sentados a una mesa que daba directamente al puerto.
—¿Todo preparado? —preguntó una de nuestras mujeres a sus colegas varones en un italiano aceptable.
Lo formuló como si fuera una pregunta, pero pretendía ser una afirmación. Los hombres asintieron.
Las mujeres abrieron los bolsos, guardaron los pintalabios y cogieron los estuches de sus cámaras de fotos. Ambas sacaron sendas SIG P232 de acero inoxidable y se volvieron describiendo un arco cerrado.
Los guardaespaldas de Christos, con sus vaqueros True Religion, sus camisetas ajustadas y sus subfusiles checos, no tuvieron ninguna posibilidad frente a profesionales de verdad como aquéllas. Dos de ellos ni siquiera lo vieron venir, lo único que oyeron fue el crujido de huesos que se partían cuando las balas se les incrustaron en la cabeza y el pecho.
El tercer guardaespaldas consiguió ponerse en pie, una estrategia que tan sólo le sirvió para ofrecer un blanco de mayor tamaño al jefe de mi equipo. Eso demostraba lo mucho que sabía de su oficio aquel matón. Mi agente le metió tres balas, algo innecesario porque la primera ya le había destrozado el corazón cuando le salió por la espalda.
Como suele ser habitual en este tipo de situaciones, muchas personas se pusieron a chillar inútilmente. Una de ellas fue Christos, que intentó asumir el mando, supongo, y se levantó a toda prisa al tiempo que introducía una mano por debajo de su camisa de lino para sacar la Beretta que llevaba en el cinturón.
Al igual que muchos tipos duros que en realidad no se entrenan, creía que estaba bien preparado para llevar una pistola sin el seguro puesto y, dominado por el pánico de un tiroteo de verdad, extrajo el arma, puso el dedo en el gatillo y se disparó a sí mismo en la pierna. Luchando contra el dolor y la humillación, aún fue capaz de revolverse para enfrentarse a sus agresores, pero lo que vio fue a dos mujeres de mediana edad con las piernas separadas que, de haber habido una orquesta, se diría que estaban a punto de ejecutar un extraño baile.
En vez de eso, las dos dispararon desde una distancia de siete metros, dos ráfagas cada una. La mayoría de los órganos vitales de Christos, incluido el cerebro, quedaron inactivos antes de que se desplomara en el suelo.
De inmediato, los cinco agentes empezaron a disparar contra los espejos para generar un gran estruendo y que la gente entrara en pánico. Los comensales, aterrorizados, echaron a correr hacia las puertas, un turista japonés intentaba filmarlo todo con su teléfono, y una bala rebotada alcanzó a una de las féminas del séquito de Christos en el trasero. Por lo que me contó después una de nuestras agentes, dada la vestimenta de la chica probablemente la última vez que había soportado un dolor semejante en el culo le habían pagado por ello.
Aquella herida fue el único daño colateral, un logro nada despreciable si se tiene en cuenta el número de personas que había en el restaurante y lo impredecible que es siempre cualquier asesinato.
Los agentes guardaron las armas, salieron rápidamente por la puerta entre el tropel de gente que huía y pidieron a gritos que alguien llamara a la policía. Se reagruparon en un punto acordado con anterioridad —una minúscula plaza adoquinada— y se subieron a cuatro motocicletas Vespa, que sólo podían usar los residentes, pero que ellos se habían agenciado aquel mismo día dejando una importante suma de dinero en un taller mecánico. El equipo se perdió a toda velocidad por las estrechas callejuelas de Santorini, y el jefe llamó con su móvil para que las dos lanchas rápidas que estaban esperando en una bahía cercana fueran a recogerlos.
Tres minutos después, los agentes llegaron a un teleférico panorámico que ofrece la posibilidad de descender mucho más rápidamente que a lomos de los burros, pues tarda menos de dos minutos en salvar un desnivel de trescientos cincuenta metros. Las lanchas ya estaban aproximándose al muelle. Para cuando llegaron los primeros policías al Rastoni, el equipo ya se encontraba a mitad de camino de la isla vecina, surcando a toda velocidad las aguas azules y cristalinas en medio de una nube de espuma blanca.
La policía griega se carcajeó de lo lindo cuando se enteró de que Christos, el primogénito y el hijo más querido de Patros Nikolaides, había sido acribillado por dos mujeres ataviadas con pantalón pirata y gafas de sol de Chanel. Y ése fue mi error, no el hecho de haberlo matado, sino las dos mujeres. Sinceramente, ni lo pensé; me limité a enviar a los mejores a hacer aquel trabajo, pero nunca termino de aprender la lección de que las suposiciones que no nos cuestionamos son las que siempre nos hacen caer.
En los pueblos del norte de Grecia, en los que las decisiones se toman en consejos formados exclusivamente por varones, que alguien hubiera encargado un asesinato como aquél a dos mujeres era en cierto modo peor que el asesinato en sí. Era un agravio. Para el padre de Christos, era como si los asesinos le estuvieran diciendo que su hijo era un cabestro tan insignificante que ni siquiera se merecía un matador.
Quizá Patros, el despiadado padre y brazo ejecutor de la familia, habría salido de todas formas de su residencia para vengarse, pero, cuando se enteró de cuáles habían sido las circunstancias, supo de inmediato que, por su dignidad como hombre y por su honor —olvidemos que, dado su pasado, carecía de esas dos cosas—, no tenía más remedio que actuar en consecuencia.
La agente también se equivocó con respecto a la joven que había sido herida: a pesar de la licra, no era una putilla que alquilaba su culo, sino la hermana pequeña de Christos. Como sabría yo más tarde, aquel día en Rastoni, y en contra de lo que era habitual en ella, la menor de los Nikolaides estaba relativamente sobria, y mientras los demás clientes corrían hacia la salida pisando cristales rotos, ella se inclinó sobre su hermano para suplicarle que no se muriese.
Cuando se dio cuenta de que no lo conseguía, cogió su teléfono móvil e hizo una llamada. Y a pesar de todos los años de sexo desenfrenado, a quien llamó fue al único hombre verdadero que había en su vida: su padre. De modo que Patros y su falange de albaneses supieron con toda exactitud, y antes que yo, lo que había hecho mi equipo aquella tarde.
Yo no me había movido de la esquina cercana al casco antiguo de Ginebra, y recibí una llamada diez minutos después de que Nikolaides se enterara de lo sucedido. Era un mensaje en el que me daban el precio del DVD de la película El profesional en Amazon. Aquello quería decir que Christos había muerto, que el equipo se encontraba a salvo en las lanchas y que no había indicios de que nadie estuviera persiguiéndolos. Guardé el móvil y consulté el reloj. Habían pasado dieciocho minutos desde que hice la llamada que puso en marcha toda la operación.
Mientras se llevaba a cabo, había telefoneado a otros números para ordenar el despliegue de equipos más pequeños que detuvieran a los seis agentes que colaboraban con los rusos. Aquella operación, que había comenzado tantos años atrás en la Plaza Roja, estaba tocando a su fin. Supongo que podría haberme tomado unos instantes para felicitarme en silencio, que podría haberme permitido un leve sentimiento de triunfo, pero por desgracia soy un hombre proclive a dudar de mí mismo. Siempre estoy dudando.
De modo que, mientras ajustaba el maletín a mi muñeca —un joven y anónimo hombre de negocios que salía de las sombras para mezclarse con una muchedumbre de extranjeros sin rostro—, en lo que pensaba realmente era en un orador y escritor británico, ya fallecido. Edmund Burke decía que el problema de la guerra es que, por lo general, consume las cosas mismas por las que uno está luchando: la justicia, la decencia, la humanidad. Y no pude evitar acordarme de las muchas veces que había quebrantado yo los valores más profundos de nuestra nación con el fin de protegerlos.
Sumido en mis pensamientos, me dirigí hacia el pequeño puente que cruzaba el río. Desde el casco antiguo hasta el hotel en el que me alojaba hay ochocientos pasos. Ochocientos pasos y unos cuatro minutos que, en términos históricos, no es ni el tiempo que dura un parpadeo, y sin embargo en aquel momento todas nuestras almas estaban en las manos de unos pocos locos.
13
El vestíbulo del Hôtel du Rhône estaba desierto cuando entré. El portero había desaparecido, el conserje no estaba en su puesto y no había nadie atendiendo el mostrador de recepción. Sin embargo, lo que me pareció más inquietante aún fue el silencio. Llamé en voz alta, y al ver que no me contestaba nadie me dirigí hacia el bar que había al lado del vestíbulo.
Allí los encontré a todos, de pie con los clientes, mirando una pantalla de televisión. En Ginebra eran pocos minutos antes de las tres de la tarde, en Nueva York eran casi las nueve de la mañana. La fecha era el 11 de septiembre.
El primer avión acababa de estrellarse contra la torre norte del World Trade Center, y ya se estaban reproduciendo las imágenes una y otra vez. Un par de reporteros de noticias empezaron a especular con que pudiera tratarse de un ataque terrorista contra Estados Unidos, una teoría que varios suizos idiotas que había en el bar acogieron con risotadas. Hablaban en francés, pero gracias a los veranos pasados en París yo conocía ese idioma lo bastante bien para entender que estaban alabando el coraje y la inventiva de quienquiera que fuese el responsable.
Pensé en las personas que estaban en Nueva York, en su casa, viendo las mismas imágenes que nosotros, conscientes de que sus seres queridos tal vez se encontraban en alguna parte de aquel edificio en llamas y rezando con desesperación para que consiguieran salir. Quizá haya cosas peores que ver a tus familiares morir en directo por televisión, pero, si las hay, en aquel momento no se me ocurrió ninguna.
Llevaba un arma en el bolsillo —una pistola de plástico y cerámica, diseñada para burlar los detectores de metales, como los que había en el despacho de Bucher—, y me sentí lo bastante furioso como para pensar en utilizarla.
Mientras luchaba por reprimir mis sentimientos, el vuelo 175 de United Airlines, procedente de Boston, impactó contra la torre sur. Todos los presentes, hasta los idiotas, se quedaron estupefactos. El recuerdo que tengo es que, tras un alarido inicial, todo el bar quedó sumido en el silencio, pero puede que no sucediera así exactamente. Lo único que sé es que me invadió la terrible sensación de que tenía lugar una colisión entre mundos y que la Gran República se tambaleaba sobre su eje.
Solo y lejos de casa, temí que ya nada volviera a ser lo mismo. Por primera vez en la historia, un enemigo sin identificar había segado vidas en la porción continental de Estados Unidos. Y no sólo eso, además había destruido un símbolo que en cierto modo representaba a la nación misma: ambiciosa, moderna, siempre apuntando cada vez más alto.
Nadie podía decir cuán profundo iba a ser el daño causado, pero en aquel bar la vida se fracturó en instantes inconexos: un teléfono que sonaba sin que nadie lo atendiera, un cigarrillo que se consumía hasta convertirse en ceniza, la televisión saltando entre el pasado inmediato y el presente aterrador...
Y la gente seguía sin hablar. A lo mejor los idiotas estaban preguntándose, como yo, si sucedería algo más. ¿Dónde terminaría aquello, en la Casa Blanca, en la tristemente famosa central nuclear de Three Mile Island?
Dejé mi pistola donde estaba, dentro del bolsillo, y me abrí paso entre la multitud que, sin que me hubiera percatado, se había congregado detrás de mí. Me dirigí al ascensor para subir a mi habitación, y allí intenté hacer una llamada a Washington. Primero usé una línea convencional fija, conectada a través de Londres y del satélite Pine Gap, pero todas las comunicaciones de la Costa Este de Estados Unidos estaban colapsándose debido a la saturación. Decidí entonces que lo mejor era llamar a una estación repetidora que la Agencia de Seguridad Nacional tenía en Perú; les proporcioné la clave de prioridad del Tiburón de los Mares y contacté con la División por medio de una red de satélites de emergencia. Hablé con el director a través de una conexión tan débil que sonaba como si estuviéramos teniendo una conversación dentro de un lavabo, y le pedí que me enviase un avión para que pudiera volver, pues deseaba saber cómo podía ayudar.
Me contestó que no había nada que yo pudiera hacer, y que en cualquier caso acababa de enterarse por el Consejo de Seguridad Nacional de que iban a suspenderse todos los vuelos que entraran o salieran del país. Me dijo que debía quedarme donde estaba, que nadie sabía cómo iba a acabar todo aquello. Lo que me asustó no fue lo que estaba diciéndome, sino el pánico que noté en su voz. Luego añadió que debía irse: al parecer, iban a evacuar el edificio y también la Casa Blanca.
Dejé el teléfono y encendí el televisor. Todo el que estaba vivo aquel terrible día sabe lo que ocurrió: personas que saltaban agarradas de la mano desde Dios sabe qué altura, el derrumbe de las dos torres, el polvo y las escenas apocalípticas que tuvieron lugar en el Bajo Manhattan. En las casas, oficinas y centros de operaciones de todos los países del mundo la gente estaba viendo cosas que jamás olvidaría. La tristeza flota.
Y aunque yo aún tardaría mucho tiempo en descubrirlo, en aquel momento había una persona que, mientras contemplaba a los policías y a los bomberos que corrían hacia lo que iba a ser su tumba de hormigón, vio la oportunidad de su vida en aquel caótico torbellino. Era una de las personas más inteligentes con las que me he topado, y, teniendo en cuenta que, a pesar de la afición que he tenido por otras sustancias, mi verdadera droga ha sido siempre la inteligencia, sólo por esa razón la recordaré para siempre. Piense lo que piense la gente de la moralidad, no cabía duda de que hacía falta ser un genio para comenzar a planificar el asesinato perfecto en el torbellino del 11-S y luego llevarlo a la práctica mucho tiempo después, en un mugriento hotelucho llamado Eastside Inn.
Mientras ella urdía su siniestro plan, yo pasaba las horas viendo cómo se arrojaba la gente al vacío hasta que, hacia las diez de la noche, hora de Ginebra, la crisis comenzó a remitir. El presidente estaba regresando a Washington desde el refugio de la base de Offutt de las Fuerzas Aéreas, en Nebraska. El incendio del Pentágono estaba ya controlado, y comenzaban a reabrirse los primeros puentes de Manhattan. Más o menos a aquella misma hora, recibí una llamada de un auxiliar del Consejo de Seguridad Nacional, el cual me aseguraba que el gobierno disponía de información de los servicios secretos que apuntaba a un ciudadano saudí, Osama bin Laden, y que ya se estaba preparando todo para atacar las bases que este individuo poseía en Afganistán. Dicho ataque se llevaría a cabo como una misión encubierta, a través de una supuesta organización rebelde denominada Alianza del Norte. Veinte minutos después, vi en las noticias que había habido explosiones en Kabul, la capital afgana, y supe que había comenzado la llamada «guerra contra el terror».
Abrumado por un sentimiento de claustrofobia y deprimido, salí a dar un paseo. Eso de la guerra contra el terror sonaba casi tan genérico como la guerra contra las drogas, y yo sabía por experiencia personal el éxito que había tenido esta última. Las calles de Ginebra estaban desiertas, los bares en silencio, los tranvías vacíos. Más tarde me dijeron que estaba ocurriendo lo mismo en muchas ciudades, desde Sídney hasta Londres, como si por una vez se hubieran atenuado las luces del mundo occidental en solidaridad con Estados Unidos.
Atravesé la zona del Jardin Anglais, y al pasar junto al corrillo de narcotraficantes marroquíes que se lamentaban entre ellos de la falta de clientes, por un momento me entraron ganas de meterles una bala en el cuerpo sólo porque sí. Después continué por el paseo que bordea el lago. Al fondo podía distinguir la exclusiva zona de Cologny, en la que tenían una casa el rey Fahd de Arabia Saudí, el Aga Kan y la mitad de los criminales del mundo. Me senté en un banco al borde del lago y contemplé el edificio de la ONU, que se erguía en la orilla de enfrente: brillantemente iluminado y totalmente inútil.
Debajo de él, casi al borde mismo del agua, se alzaba la mole gris del hotel Président Wilson, que disfrutaba de un panorama perfecto de la playa más popular del lago Ginebra. Todos los veranos se alojaban en él saudíes y otros árabes ricos, que pagaban una prima exorbitante por tener una habitación orientada hacia el agua y poder ver a las mujeres que tomaban el sol en topless en el césped. Con su bien provisto minibar, era como una versión árabe de los locales de striptease, pero sin la incomodidad de tener que dar propinas.
Aunque ya era tarde, la mayoría de las habitaciones tenían la luz encendida. Supuse que los clientes se habían dado cuenta de la mierda que iba a caerles encima, y estaban metiendo los prismáticos en la maleta y preparándose para tomar el primer avión de vuelta a casa.
Aun así, fuera cual fuese el modo que eligiera Occidente para vengarse de Osama bin Laden y de los árabes en general, una cosa era segura: que los sucesos de aquellas doce últimas horas constituían un fallo de inteligencia de proporciones históricas. La misión primordial de la costosa comunidad de inteligencia de Estados Unidos consistía en proteger a la nación, y desde Pearl Harbor aquellos organismos todopoderosos no la habían cagado de una forma tan espectacular y tan pública.
Sentado en aquella fresca noche de Ginebra, mi intención no era señalar con el dedo a otros responsables de la inteligencia estadounidense. De hecho, ninguno de nosotros estaba libre de culpa. Todos llevábamos la insignia azul, de modo que todos cargábamos con dicha responsabilidad. Pero también el presidente y los miembros del Congreso, a los que servíamos, que eran quienes establecían nuestro presupuesto y nuestras prioridades. A diferencia de nosotros, ellos por lo menos podían hablar públicamente, pero calculé que íbamos a tener que esperar mucho hasta que el pueblo norteamericano recibiera una disculpa por parte de sus gobernantes... Quizá hasta el próximo milenio.
Empezaba a levantarse un viento que provenía de los Alpes y traía olor a lluvia. Había una caminata muy larga hasta el hotel, y debería haberme ido en aquel momento, pero no me moví.
Estaba seguro, aunque nadie más lo pensara todavía, de que muy pronto el Bajo Manhattan no iba a ser lo único que quedaría en ruinas: toda la estructura de inteligencia del país acabaría hecha trizas. Y así tenía que ser si se deseaba reconstruirla. En el mundo del espionaje ya nada volvería a ser lo mismo, y mucho menos para la División: nuestros gobernantes ya no tendrían ningún interés en vigilar secretamente el mundo de los espías, y todos los recursos de inteligencia se destinarían a escudriñar el mundo islámico.
Me había levantado aquella mañana, y ahora que estaba a punto de irme a la cama, el planeta entero había cambiado. El mundo no cambia ante tus ojos, cambia a tus espaldas.
Sabía que yo no poseía ni el recurso del idioma ni las capacidades operativas necesarias para el nuevo mundo de la inteligencia que estaba a punto de nacer, así que de improviso me encontré, al igual que Markus Bucher, en una encrucijada. Sin saber con seguridad lo que iba a depararme el futuro, y sin buscar necesariamente la felicidad, aunque no estaría mal alcanzar cierto grado de realización personal, me sentí perdido. Tenía que preguntarme a mí mismo qué clase de vida deseaba de verdad.
Sentado a solas y con la tormenta cada vez más cerca, volví la mirada hacia los años vividos y encontré, si no una respuesta, por lo menos sí un camino que tomar. Del pasado surgió y acudió a mi encuentro una remota aldea llamada Jun Yuam, situada en Tailandia, justo en la frontera con Birmania. Al verlo ahora en retrospectiva, creo que aquel recuerdo llevaba años esperando en la oscuridad, sabedor de que le llegaría su momento.
Aquél es un país salvaje y sin ley, por algo no se halla muy lejos del Triángulo de Oro, y, cuando yo estaba empezando en este oficio —tan sólo llevaba un mes en Berlín—, me vi arrojado por la marea a aquellas costas. Nada distinguía a Jun Yuam de las otras aldeas tribales de las montañas, si no fuera porque, a los cinco pasos de internarse en la jungla, uno se topaba con una serie de adustas construcciones de hormigón rodeadas por torres de vigilancia y una valla electrificada.
Oficialmente era una estación repetidora del Sistema de Posicionamiento Global o GPS, aunque en realidad se trataba de una cárcel secreta de la CIA, parte de un gulag norteamericano cuya existencia las autoridades habían negado con vehemencia, pero muy real: unas instalaciones remotas utilizadas para alojar a reclusos a los que no se podía torturar de forma legal en suelo estadounidense.
Uno de los guardias había muerto allí dentro, y aunque normalmente habría sido la oficina de Tokio quien se habría encargado de la situación, aquellos días se encontraba tan abrumada por otro de los muchos escándalos de espionaje chino que tuve que salir de Europa y volar hasta un lugar que se llamaba Mae Hong Son —la Ciudad de las Tres Brumas— a bordo de un avión de hélices.
Durante casi todo el año, a la estación de GPS se podía llegar desde Mae Hong Son tras un trayecto corto en helicóptero, pero estaban en la época de los monzones y aquel sitio por algo se llamaba la Ciudad de las Tres Brumas. Alquilé un Toyota con tracción a las cuatro ruedas a un tipo que supuso que yo era algún barón del opio de aquella zona, y puse rumbo a Jun Yuam y su prisión de la CIA.
Atravesé montañas espectaculares y llegué a un viejo transbordador por cable. Aquélla era la única manera de cruzar un caudaloso río que aún había crecido más debido al monzón, un afluente del poderoso Mekong, escena de tantas operaciones secretas y de tantas desgracias para Estados Unidos durante la guerra de Vietnam.
Bajé del coche demacrado y con ojeras. Llevaba treinta y dos horas viajando sin pausa, sin más combustible que la ambición y la ansiedad que me causaba aquella misión. Mientras aguardaba entre un grupo de vendedores de comida y campesinos, y observaba el cable oxidado que arrastraba hacia nosotros el transbordador de fondo plano levantando rociones de agua, un monje budista vestido con una túnica anaranjada me preguntó si quería una taza de masala-chai, el té típico de aquella zona. Hablaba bien el inglés, y como no había otra cosa que tomar, excepto la mortífera cerveza tailandesa cuya etiqueta muestra a dos elefantes enfrentados, acepté agradecido el ofrecimiento.
El monje también se dirigía al interior del país, y dado que supuestamente yo era un experto de la OMS que estaba evaluando las enfermedades endémicas, me resultó bastante difícil negarme a su petición de que lo llevara en mi coche. Cruzamos el río en el Toyota, cuyo peso hizo que la barcaza se hundiera considerablemente y apenas consiguiera mantenerse a flote. El agua rebasaba las bordas, y un cable oxidado de cinco centímetros de grosor era lo único que nos separaba de una de las mayores cataratas de aquel país, que se encontraba a medio kilómetro corriente abajo. Fue el trayecto más espantoso que he recorrido en toda mi vida.
Cuando salimos de la garganta y la jungla se cerró de nuevo por encima de nosotros, el monje me miró fijamente y me preguntó por mi trabajo. Gracias a mis estudios de medicina, pude darle una excelente explicación sobre el dengue, pero enseguida se notó a las claras que no se creía una palabra de lo que le estaba diciendo. A lo mejor conocía el recinto construido en Jun Yuam.
Había vivido en un ashram situado no muy lejos de Nueva York, por eso tenía más conocimientos del estilo de vida estadounidense de los que cabría esperar, y hablaba de manera inteligente de las drogas recreativas y las presiones de la vida moderna. Empecé a tener la sensación de que aquello no era una conversación casual.
—Se lo ve perseguido —me dijo finalmente en aquel típico tono budista, más de tristeza que de crítica.
¿Perseguido? Me eché a reír y le aseguré que era la primera vez que me lo decían, por lo general la gente me ubicaba en el otro lado de la cadena alimentaria.
—No existe ningún otro lado de la cadena alimentaria —repuso él en voz queda—. Esas cosas se piensan sólo en Occidente. Sin la gracia, todo el mundo huye de algo.
Nos miramos a los ojos. Yo, sonriendo, le pregunté si alguna vez había pensado en hacerse religioso. Al momento, lanzó una carcajada y quiso saber si yo sabía cómo capturaban monos los aldeanos.
Le respondí que sabía unas cuantas cosas de la vida, pero que precisamente aquélla no.
—En Harvard no comíamos mucha carne de mono, por lo general la reservábamos para Acción de Gracias y Navidad —añadí.
De modo que me explicó que los aldeanos ataban un aguamanil, que no era más que una jarra de cuello estrecho y fondo bulboso, a la base de un árbol.
—Llenan el fondo con frutos secos y todo lo que les gusta comer a los monos. Por la noche, un mono baja del árbol e introduce la mano por el cuello del aguamanil, agarra los frutos y cierra la mano en un puño, que es demasiado grueso para pasar por el cuello de la jarra, con lo cual queda atrapado. A la mañana siguiente, cuando aparecen los aldeanos, sólo tienen que darle un golpe en la cabeza.
Se quedó mirándome unos instantes.
—Es un cuento zen, por supuesto —dijo sonriendo otra vez—. Y quiere decir que, si uno desea ser libre, lo único que tiene que hacer es soltarse.
Sí, aquello lo entendí, y así se lo dije. Era un cuento interesante, pero a mí no me decía nada, por lo menos no en aquel momento.
—Tal vez sea así —repuso el monje—, pero es posible que yo haya aparecido en su camino para contárselo. Es usted joven, doctor, puede que llegue un día en que esta breve historia le diga algo.
Y tenía razón, desde luego, porque el día llegó, y de una manera muy distinta de lo que yo podía haber imaginado: sentado en la noche de Ginebra, esperando a que llegara una tormenta, pensando en los asesinatos en masa perpetrados en Nueva York y en mujeres con minifalda que reclutarían a jóvenes recién licenciados, todavía más inteligentes que los anteriores, para una nueva era.
Yo tenía treinta y dos años y me daba cuenta de que, aunque hasta entonces había hecho bien mi trabajo, me habían entrenado para la guerra de tanques en Europa, y ahora descubría que la batalla era de guerrillas y en Afganistán. Me gustase o no, mi tiempo había pasado.
Por otro lado, y en un sentido mucho más profundo, yo sabía que tarde o temprano querría encontrar algo más, algo que me cuesta nombrar... es lo que la mayoría de la gente llama «amor», supongo. Quería pasear por una playa con alguien sin pensar a qué distancia es capaz de disparar el rifle de un francotirador. Quería olvidar que uno siente la bala mucho antes de oír el disparo. Quería encontrar a una persona que pudiera decirme lo que significaba de verdad un puerto seguro.
Supe con toda mi alma que, si no dejaba el mundo del espionaje en aquel momento, nunca lo dejaría. Es muy difícil dar la espalda a todo lo que uno conoce, sin duda es una de las cosas más difíciles a las que un hombre puede enfrentarse en la vida, pero no dejo de repetirme a mí mismo una cosa: si uno desea ser libre, lo único que tiene que hacer es... soltarse.