Prólogo

En 1929, Bernard Grasset recibió por correo un manuscrito titulado David Golder. Entusiasmado tras su lectura, de inmediato decidió publicarlo, pero el autor, tal vez temiendo un fracaso, no había incluido ni su nombre ni su dirección, tan sólo un apartado de correos. Así pues, Grasset publicó un breve anuncio en los periódicos invitando al misterioso escritor a que se diera a conocer.

Cuando pocos días después Irène Némirovsky se presentó ante él, al editor le costó creer que aquella joven de aspecto alegre y llano que residía en Francia desde hacía sólo diez años fuese la autora de aquel libro brillante, cruel, audaz y que, sobre todo, traslucía un perfecto dominio narrativo. Era la clase de obra que un escritor logra en su madurez. Admirándola ya, pero aún dudoso, la interrogó largo rato para asegurarse de que no se trataba del testaferro de un escritor que deseaba permanecer en la sombra.

Cuando se publicó, la novela David Golder fue unánimemente aplaudida por la crítica, hasta el punto de que Irène Némirovsky se convirtió en una celebridad, adulada por escritores tan dispares como Joseph Kessel, que era judío, y Robert Brasillach, monárquico de extrema derecha y antisemita. Este último alabó la pureza de la prosa de aquella recién llegada a las letras francesas. Aunque nacida en Kiev, Irène Némirovsky había aprendido francés con su aya desde la más tierna infancia. Hablaba asimismo con fluidez ruso, polaco, inglés, vasco y finlandés, y entendía el yidis, cuyas huellas es posible rastrear en Los perros y los lobos, escrita en 1940. No obstante, no permitió que su triunfal debut literario se le subiera a la cabeza. Incluso le sorprendió que se dispensara tanta atención a David Golder, que calificaba sin falsa modestia de «novelita». El 22 de enero de 1930 escribió a una amiga: «¿Cómo se le ocurre suponer que pueda olvidarme de mis viejas amigas a causa de un libro del que se hablará durante quince días y que será olvidado con la misma rapidez, como se olvida todo en París?»

Irène Némirovsky nació el 11 de febrero de 1903 en Kiev, en lo que en la actualidad se conoce como yiddishland. Su padre, Léon Némirovsky (de nombre hebreo Arieh), originario de una familia procedente de la ciudad ucraniana de Nemirov, uno de los centros del movimiento hasídico en el siglo XVIII, había tenido el infortunio de nacer en 1868 en Elisabethgrado, donde en 1881 iba a desencadenarse la gran oleada de pogroms contra los judíos de Rusia, que se prolongó varios años. Léon Némirovsky, cuya familia había prosperado en el comercio de granos, viajó mucho antes de hacer fortuna en las finanzas y convertirse en uno de los banqueros más ricos de Rusia. En su tarjeta de visita se podía leer: «Léon Némirovsky, presidente del Consejo del Banco de Comercio de Voronej, administrador del Banco de la Unión de Moscú, miembro del Consejo de la Banca Privada de Comercio de Petrogrado.» Había adquirido una vasta mansión en la parte alta de la ciudad, en una apacible calle bordeada de jardines y tilos.

Irène, confiada a los buenos cuidados de su aya, recibió las enseñanzas de excelentes preceptores. Como sus padres sentían escaso interés por su hogar, fue una niña extremadamente desdichada y solitaria. Su padre, a quien adoraba y admiraba, pasaba la mayor parte del tiempo ocupado en sus negocios, de viaje o jugándose fortunas en el casino. Su madre, que se hacía llamar Fanny (de nombre hebreo Faïga), la había traído al mundo con el mero propósito de complacer a su acaudalado esposo. Sin embargo, vivió el nacimiento de su hija como una primera señal del declive de su feminidad, y la abandonó a los cuidados de su nodriza. Fanny Némirovsky (Odessa, 1887-París, 1989) experimentaba una especie de aversión hacia su hija, que jamás recibió de ella el menor gesto de amor. Se pasaba las horas frente al espejo acechando la aparición de arrugas, maquillándose, recibiendo masajes, y el resto del tiempo fuera de casa, en busca de aventuras extraconyugales. Muy envanecida de su belleza, veía con horror cómo sus rasgos se marchitaban y la convertían en una mujer que pronto tendría que recurrir a gigolós. No obstante, para demostrarse que todavía era joven se negó a ver en Irène, ya adolescente, otra cosa que una niña, y durante mucho tiempo la obligó a vestirse y peinarse como una pequeña colegiala.

Irène, abandonada a su suerte durante las vacaciones de su aya, se refugió en la lectura, empezó a escribir y resistió la desesperación desarrollando a su vez un odio feroz contra su madre. Esta violencia, las relaciones contra natura entre madre e hija, ocupa un lugar capital en su obra. Así, en El vino de la soledad se lee: «En su corazón alimentaba un extraño odio hacia su madre que parecía crecer con ella...» «Jamás decía “mamá” articulando claramente las dos sílabas, que pasaban con dificultad entre sus labios apretados; pronunciaba “má”, una especie de gruñido apresurado que arrancaba de su corazón con esfuerzo y con un sordo y melancólico dolorcillo.» Y también: «El rostro de su madre, crispado de furor, se aproximó al suyo; vio centellear los aborrecidos ojos, dilatados por la cólera y el recelo...» «“La venganza es mía”, dijo el Señor. ¡Ah, pues qué se le va a hacer, no soy una santa, no puedo perdonárselo! ¡Aguarda, aguarda un poco y verás! ¡Te haré llorar como tú me hiciste llorar a mí!... ¡Espera y verás, mujer!»

Dicha venganza se vio cumplida con la publicación de El baile, Jezabel y El vino de la soledad.

Sus obras más fuertes se ambientan en el mundo judío y ruso. En Los perros y los lobos retrata a los burgueses del primer gremio de los mercaderes, que tenían derecho a residir en Kiev, ciudad en principio prohibida a los judíos por orden de Nicolás I.

Irène Némirovsky no renegaba de la cultura judía de Europa Oriental, en cuyo seno habían vivido sus abuelos (Yacov Margulis y Bella Chtchedrovitch) y sus padres, aun cuando se hubieran apartado de ella una vez labrada su fortuna. No obstante, a sus ojos, el manejo del dinero y la acumulación de bienes que éste conlleva estaban mancillados de oprobio, aunque su vida de soltera y de adulta fue la de una gran burguesa.

Al describir la ascensión social de los judíos, hace suyos toda clase de prejuicios antisemitas y les atribuye los estereotipos en boga por entonces. De su pluma surgen retratos de judíos perfilados en los términos más crueles y peyorativos, a los que contempla con una especie de horror fascinado, si bien reconoce que comparte con ellos un destino común. A este respecto, los trágicos acontecimientos venideros acabarían dándole la razón.

¡Qué sentimiento de odio hacia sí misma se descubre bajo su pluma! En un balanceo vertiginoso, al principio adopta la idea de que los judíos pertenecerían a la «raza judía», una raza inferior y de signos distintivos fácilmente reconocibles, pese a que resulta imposible hablar de razas humanas en el sentido que se daba al término en los años treinta, luego generalizado en la Alemania nazi. Veamos algunos rasgos específicos otorgados a los judíos en su obra, ciertas elecciones léxicas utilizadas para caracterizarlos, para conformar un grupo humano a partir de peculiaridades comunes: cabello crespo, nariz ganchuda, mano fofa, dedos afilados, tez morena, amarillenta o aceitunada, ojos juntos, negros y húmedos, cuerpo enclenque, vello espeso y negro, mejillas lívidas, dientes irregulares, narinas inquietas, a lo cual cabe añadir el afán de lucro, la pugnacidad, la histeria, la habilidad atávica para «vender y adquirir baratijas, traficar con divisas, dedicarse a viajante de comercio, a corredor de encajes falsos o de munición de contrabando...».

Lacerando con palabras una y otra vez a esa «chusma judía», escribe en Los perros y los lobos: «Como todos los judíos, él se sentía más vivamente, más dolorosamente escandalizado que un cristiano por defectos específicamente judíos. Y esa energía tenaz, esa necesidad casi salvaje de obtener lo que se deseaba, ese desprecio ciego de lo que otro pueda pensar, todo eso se almacenaba en su mente bajo una única etiqueta: “insolencia judía”.» Paradójicamente, concluye esa novela con una especie de ternura y de fidelidad desesperada: «Ésos son los míos; ésa es mi familia.» Y de pronto, en un nuevo vuelco de perspectiva, hablando en nombre de los judíos escribe: «¡Ah, cómo odio vuestros melindres de europeos! Lo que denomináis éxito, victoria, amor, odio, ¡yo lo llamo dinero! ¡Se trata de otra palabra para designar las mismas cosas!»

Por otra parte, Némirovsky lo ignoraba todo sobre la espiritualidad judía, la riqueza, la diversidad de la cultura judía de Europa Oriental. En una entrevista concedida a L’Univers israélite el 5 de julio de 1935, se proclamaba orgullosa de ser judía, y a aquellos que veían en ella a una enemiga de su pueblo les respondía que en David Golder había descrito no «a los israelitas franceses establecidos en su país desde hace generaciones y en quienes, en efecto, la cuestión de la raza no interviene, sino a muchos judíos cosmopolitas para quienes el amor al dinero ha pasado a ocupar el lugar de cualquier otro sentimiento».

David Golder, novela comenzada en Biarritz en 1925 y concluida en 1929, narra la epopeya de Golder, magnate judío de las finanzas internacionales, originario de Rusia: su ascensión, esplendor y caída tras el crac espectacular de su banco. Gloria, su esposa que empieza a envejecer, notoriamente infiel y que lleva un tren de vida fastuoso, exige cada vez más dinero para mantener a su amante. Arruinado y vencido, el viejo Golder, otrora el terror de la Bolsa, vuelve a ser el pequeño judío de sus días de juventud en Odessa. De pronto, llevado del amor por su ingrata y frívola hija, decide reconstruir su fortuna. Tras haber jugado victoriosamente su última baza, muere de agotamiento mientras balbucea unas palabras en yidis a bordo de un buque de carga durante una formidable tempestad. Un inmigrante judío, embarcado como él en Simferopol con destino a Europa, con la esperanza de una vida mejor, recoge su postrer suspiro. Golder muere, por así decirlo, entre los suyos.

Cuando vivían en Rusia, los Némirovsky disfrutaban de un alto nivel de vida. Todos los veranos abandonaban Ucrania ya fuese con destino a Crimea o a Biarritz, San Juan de Luz y Hendaya, o la Costa Azul. La madre de Irène se instalaba en un palacio, mientras que su hija y su aya se alojaban en una casa de huéspedes.

Tras la muerte de su institutriz francesa, Irène Némirovsky, a la sazón de catorce años de edad, empezó a escribir. Se acomodaba en un sofá con un cuaderno apoyado en las rodillas. Había elaborado una técnica novelesca inspirada en el estilo de Iván Turgueniev. Al comenzar una novela escribía no sólo el relato en sí, sino también las reflexiones que éste le inspiraba, sin supresión ni tachadura algunas. Por añadidura, conocía de forma precisa a todos sus personajes, incluso a los más secundarios. Emborronaba cuadernos enteros para describir su fisonomía, su carácter, su educación, su infancia y las etapas cronológicas de su vida. Cuando todos los personajes habían alcanzado semejante grado de precisión, subrayaba con ayuda de dos lápices, uno rojo y otro azul, los rasgos esenciales que debía conservar; a veces bastaban unas líneas. Pasaba rápidamente a la composición de la novela, la mejoraba, y acto seguido redactaba la versión definitiva.

En el momento en que estalló la Revolución de Octubre, los Némirovsky residían en San Petersburgo desde hacía tres años, en una casa grande y hermosa. «Estaba construida de tal manera que, desde el vestíbulo, la mirada podía alcanzar las estancias del fondo; a través de anchas puertas abiertas se veía una hilera de salones blanco y oro», escribe en El vino de la soledad, una novela en gran parte autobiográfica. San Petersburgo era una ciudad mítica para muchos escritores y poetas rusos. Irène sólo veía en ella una sucesión de calles oscuras, cubiertas de nieve, recorridas por un viento glacial que subía de las nauseabundas aguas de los canales y el Neva.

Léon Némirovsky, a quien sus asuntos llamaban con frecuencia a Moscú, subarrendaba en dicha ciudad un piso amueblado a un oficial de la guardia imperial, por entonces destinado en la embajada rusa en Londres. Creyendo poner a su familia a salvo, Némirovsky instaló a los suyos en Moscú, pero fue precisamente allí donde la revolución alcanzó su apogeo de violencia en octubre de 1918. Mientras el fuego de fusilería causaba estragos, Irène exploraba la biblioteca de Des Esseintes, aquel cultivado oficial. Descubrió a Huysmans, Maupassant, Platón y Oscar Wilde. El retrato de Dorian Gray era su libro preferido.

La casa, invisible desde la calle, se hallaba encastrada en otros edificios y rodeada de un patio, bordeado a su vez de una casa más alta que la precedente. Luego había otro patio circular, y otra casa más. Irène bajaba discretamente a recoger casquillos cuando el lugar se hallaba desierto. Por espacio de cinco días, la familia subsistió en el piso con un saco de patatas, cajas de chocolatinas y sardinas como únicas provisiones. Aprovechando un período de calma, los Némirovsky regresaron a San Petersburgo, y cuando los bolcheviques pusieron precio a la cabeza del padre de Irène, éste se vio obligado a pasar a la clandestinidad. En diciembre de 1918, aprovechando el hecho de que la frontera aún no estaba cerrada, organizó la huida a Finlandia de los suyos, disfrazados de campesinos. Irène pasó un año en un caserío compuesto de tres casas de madera rodeadas de campos nevados. Confiaba en poder volver a Rusia. Durante esa larga espera, su padre regresaba con frecuencia de incógnito a su país para tratar de salvar sus bienes.

Por primera vez, Irène conoció un momento de serenidad y paz. Se convirtió en una mujer y empezó a escribir poemas en prosa, inspirados en Oscar Wilde. Como la situación en Rusia no hacía más que empeorar y los bolcheviques se les acercaban peligrosamente, los Némirovsky alcanzaron Suecia al término de un largo viaje. Pasaron tres meses en Estocolmo. Irène conservó el recuerdo de las lilas malva que crecían en los patios y jardines en primavera.

En julio de 1919, la familia embarcó en un pequeño carguero que los llevaría a Ruán. Navegaron durante diez días, sin escalas, en medio de una espantosa tempestad que habría de inspirar la dramática escena final de David Golder. En París, Léon Némirovsky asumió la dirección de una sucursal de su banco, y de ese modo pudo reconstituir su fortuna.

Irène se matriculó en la Sorbona y obtuvo una licenciatura en Letras con mención. David Golder, su primera novela, no era su primer intento. Había debutado en el mundo editorial enviando lo que denominaba «breves cuentos divertidos» a la revista bimensual ilustrada Fantasio, que aparecía el 1 y el 15 de cada mes, que los publicó y le pagó por cada uno sesenta francos. Luego se lanzó y ofreció un cuento a Le Matin, que también lo publicó. Siguieron un cuento y una novela corta en Les Oeuvres Libres, así como Le Malentendu, una primera novela —redactada en 1923, a la edad de dieciocho años—, y un año más tarde L’Enfant génial, una novela corta posteriormente titulada Un enfant prodige, que apareció en la misma editorial en febrero de 1926.

Dicha narración cuenta la trágica historia de Ismaël Baruch, un niño judío nacido en un cuchitril de Odessa. Sus dotes de poeta precoz e ingenuo seducen a un aristócrata, que lo recoge del arroyo y lo lleva a un palacio para distraer la ociosidad de su amante. Mimado, el niño vive extasiado a los pies de la princesa, que ve en él una especie de mono sabio.

Llegado a adolescente al término de una prolongada crisis, pierde las gracias que lo habían adornado en la infancia y tiene en muy poco los cantos y poemas que otrora le valieron su fortuna. Busca la inspiración en la lectura, pero la cultura no hace de él un genio; por el contrario, destruye su originalidad y espontaneidad. Entonces, la princesa lo abandona como un objeto inútil y a Ismaël no le queda otro remedio que regresar a su mundo de origen: el barrio judío de Odessa, con sus zaquizamís y sus tugurios. Sin embargo, nadie reconoce a Ismaël en aquel joven establecido. Rechazado por los suyos, ya no tiene un lugar en ese mundo y corre a arrojarse a las aguas estancadas del puerto.

En Francia, su vida tiene una tonalidad menos amarga. Los Némirovsky se adaptan y llevan en París la vida rutilante de los grandes burgueses acaudalados. Veladas mundanas, cenas con champán, bailes, veraneos lujosos. Irène adora el movimiento, la danza. Va de fiesta en recepción. Según su propia confesión, se va de juerga. En ocasiones juega en el casino. El 2 de enero de 1924 escribe a una amiga: «He pasado una semana completamente loca: baile tras baile; todavía estoy un poco embriagada y me cuesta regresar a la senda del deber.»

En otra ocasión, en Niza: «Me agito como una chiflada y eso debería avergonzarme. Bailo de la noche a la mañana. Todos los días se celebran galas muy elegantes en diferentes hoteles, y como mi buena estrella me ha gratificado con algunos gigolós, me lo paso en grande.»

De vuelta de Niza: «No he sido buena chica... para variar. La víspera de mi partida hubo un gran baile en nuestra residencia, en el hotel Negresco. Bailé como una posesa hasta las dos de la mañana y luego, pese a que soplaba un viento glacial, salí a flirtear y a beber champán frío.» Pocos días después: «Choura vino a verme y me soltó un responso de dos horas: al parecer, flirteo demasiado, y está muy mal enloquecer de ese modo a los chicos... Como sabes, he terminado con Henry, que vino a verme el otro día, pálido y con los ojos desorbitados, con expresión malvada ¡y un revólver en el bolsillo!»

En el torbellino de una de esas veladas conoce a Mijaíl, llamado Michel Epstein, «un morenito de tez muy oscura» que no tarda en hacerle la corte. Ingeniero en física y electricidad por la Universidad de San Petersburgo, trabaja como apoderado en la Banque des Pays du Nord, en la rue Gaillon. Lo encuentra de su agrado, flirtea y en 1926 se casa con él.

La pareja se instala en el número 10 de la avenida Constant-Coquelin, en un hermoso piso cuyas ventanas dan al gran jardín de un convento de la orilla izquierda. Su hija Denise nace en 1929. Fanny regala a Irène un oso de peluche cuando se entera de que la han hecho abuela. Una segunda niña, Élisabeth, vendrá al mundo el 20 de marzo de 1937.

Los Némirovsky reciben a algunos amigos, como Tristan Bernard y la actriz Suzanne Devoyod, y frecuentan a la princesa Obolensky. Irène cuida de su asma en estaciones balnearias. Unos productores cinematográficos adquieren los derechos de adaptación de David Golder, que será interpretada por Harry Baur en una película de Julien Duvivier.

Pese a su notoriedad, Irène Némirovsky, que se ha enamorado de Francia y de su buena sociedad, no conseguirá la nacionalidad francesa. En el contexto de la psicosis de guerra de 1939, y tras una década marcada por un antisemitismo violento que presenta a los judíos como invasores dañinos, mercachifles, belicosos, sedientos de poder, promotores de guerras, a un tiempo burgueses y revolucionarios, toma la decisión de convertirse al cristianismo junto con sus hijas. La madrugada del 2 de febrero de 1939, en la capilla de Santa María de París, la bautiza un amigo de la familia, monseñor Ghika, príncipe-obispo rumano.

La víspera del inicio de la Segunda Guerra Mundial, el 1 de septiembre de 1939, Irène y Michel Epstein conducen a Denise y Élisabeth, sus dos hijas, a Issy-l’Évêque, en Saône-et-Loire, con su niñera Cécile Michaud, natural de ese pueblo. Ésta confía las niñas a los buenos cuidados de su madre, la señora Mitaine. Irène y Michel Epstein regresan a París, desde donde harán frecuentes visitas a sus hijas, hasta que se establece la línea de demarcación en junio de 1940.

El primer estatuto de los judíos, del 3 de octubre de 1940, les asigna una condición social y jurídica inferior que los convierte en parias. Ante todo define, basándose en criterios raciales, quién es judío a los ojos del Estado francés. Los Némirovsky, que entran en el censo en junio de 1941, son a un tiempo judíos y extranjeros. Michel ya no tiene derecho a trabajar en la Banque des Pays du Nord; las editoriales «arianizan» a su personal y a sus autores, Irène ya no puede publicar. Ambos abandonan París y se reúnen con sus hijas en el Hôtel des Voyageurs, en Issy-l’Évêque, donde residen asimismo soldados y oficiales de la Wehrmacht.

En octubre de 1940 se promulga una ley sobre «los ciudadanos extranjeros de raza judía». Estipula que pueden ser internados en campos de concentración o estar bajo arresto domiciliario. La ley del 2 de junio de 1941, que sustituye al primer estatuto de los judíos de octubre de 1940, vuelve su situación aún más precaria. Supone el preludio de su arresto, internamiento y deportación a los campos de exterminio nazis.

La partida de bautismo de los Némirovsky no les resulta de ninguna utilidad. No obstante, la pequeña Denise hace la primera comunión. Cuando llevar la estrella judía se vuelve obligatorio, asiste a la escuela municipal con la estrella amarilla y negra, bien visible, cosida sobre el abrigo.

Tras haber residido un año en el hotel, los Némirovsky por fin encuentran una amplia casa burguesa para alquilar en el pueblo.

Michel escribe una tabla de multiplicar en verso para su hija Denise. Irène, muy lúcida, no tiene ninguna duda de que el desenlace de los acontecimientos será trágico. Pese a ello, escribe y lee mucho. Todos los días, después del desayuno, sale de casa. En ocasiones camina hasta diez kilómetros antes de encontrar un lugar que le convenga. Entonces se pone a la tarea. Vuelve a salir a primera hora de la tarde, después de comer, y no regresa hasta el anochecer. Desde 1940 hasta 1942, Éditions Albin Michel y el director del periódico antisemita Gringoire aceptan publicar sus novelas cortas con dos seudónimos: Pierre Nérey y Charles Blancat.

Durante 1941 y 1942, en Issy-l’Évêque, Irène Némirovsky, que al igual que su marido lleva la estrella amarilla, escribe La vida de Chejov y Nieve en otoño, novela que no se publicará hasta la primavera de 1957, y emprende un trabajo ambicioso, Suite francesa, a la que no tendrá tiempo de poner la palabra «fin». La obra comprende dos libros. El primero, Tempestad en junio, se compone de una serie de cuadros sobre la debacle. El segundo, Dolce, fue escrito en forma de novela.

Como de costumbre, empieza por redactar notas sobre el trabajo en curso y las reflexiones que le inspira la situación en Francia. Elabora la lista de sus personajes, los principales y los secundarios, comprueba que los haya utilizado a todos correctamente. Sueña con un libro de mil páginas compuesto como una sinfonía, pero en cinco partes, en función de los ritmos y las tonalidades. Toma como modelo la Quinta Sinfonía de Beethoven.

El 12 de junio de 1942, pocos días antes de su arresto, duda que logre acabar la gran obra emprendida. Ha tenido el presentimiento de que le queda poco tiempo de vida. No obstante, continúa redactando sus notas, paralelamente a la escritura del libro. Titula esas observaciones lúcidas y cínicas Notas sobre la situación de Francia. Demuestran que Irène Némirovsky no se hace ninguna ilusión sobre la actitud de la masa inerte, «aborrecible», de los franceses con respecto a la derrota y el colaboracionismo, ni sobre su propio destino. ¿Acaso no escribe, encabezando la primera página?:

Para levantar un peso tan enorme,

Sísifo, se necesitaría tu coraje.

No me faltan ánimos para la tarea,

mas el objetivo es largo y el tiempo, corto.

Estigmatiza el miedo, la cobardía, la aceptación de la humillación, de la persecución y las masacres. Está sola. En los medios literarios y editoriales, raros son los que no han optado por el colaboracionismo. Todos los días acude al encuentro del cartero, pero no hay correo para ella. No trata de escapar de su destino huyendo, por ejemplo, a Suiza, que acoge con parsimonia a judíos procedentes de Francia, sobre todo a mujeres y niños. Se siente tan abandonada que el 3 de junio redacta un testamento en favor de la tutora de sus hijas, a fin de que ésta pueda cuidar de ellas cuando su madre y su padre hayan desaparecido. Da indicaciones precisas, enumera todos los bienes que ha logrado salvar y que podrán aportar dinero para pagar el alquiler, calentar la casa, comprar un horno, contratar a un jardinero que se ocupe del huerto, que proporcionará verduras en aquel período de racionamiento; da la dirección de los médicos que atienden a las niñas, fija su régimen alimentario. Ni una palabra de rebeldía. La simple constatación de la situación como se presenta. Es decir, desesperada.

El 3 de julio de 1942 escribe: «Desde luego, y a menos que las cosas duren y se compliquen aún más, ¡que todo acabe, bien o mal!» Ve la situación como una serie de violentas sacudidas que podrían acabar con su vida.

El 11 de julio trabaja en el pinar, sentada sobre su jersey de lana azul, «en medio de un océano de hojas podridas y empapadas por la tormenta de la pasada noche como sobre una balsa, con las piernas dobladas bajo el cuerpo».

Ese mismo día escribe a su director literario en Albin Michel una carta que no deja ninguna duda sobre su certeza de que no sobreviviría a la guerra que los nazis habían declarado a los judíos: «Querido amigo... piense en mí. He escrito mucho. Supongo que serán obras póstumas, pero ayuda a pasar el tiempo.»

El 13 de julio, los gendarmes franceses llaman a la puerta de los Némirovsky. Van a detener a Irène. Es internada el 16 de julio en el campo de concentración de Pithiviers, en el Loiret. Al día siguiente la deportan a Auschwitz en el convoy número 6. Tras ser recluida en el campo de exterminio de Birkenau, debilitada, pasa por el Revier[1] y es asesinada el 17 de agosto de 1942.

Tras la marcha de Irène, Michel Epstein no ha comprendido que el arresto y la deportación significan la muerte. Todos los días aguarda su regreso, y exige que pongan su cubierto en la mesa en cada comida. Desesperado, se queda con sus hijas en Issy-l’Évêque. Escribe al mariscal Pétain para explicar que su mujer tiene una salud delicada, y solicita permiso para ocupar su lugar en un campo de trabajo.

La respuesta del gobierno de Vichy será el arresto de Michel en octubre de 1942. Lo internarán en el Creusot y luego en Drancy, donde su anotación de registro indica que le confiscaron 8.500 francos. Será a su vez deportado a Auschwitz el 6 de noviembre de 1942, y ejecutado al llegar.

Apenas hubieron arrestado a Michel Epstein, los gendarmes se presentaron en la escuela municipal para apoderarse de la pequeña Denise, a la que su maestra logró esconder en el reducido espacio que quedaba entre su cama y la pared.

Lejos de desanimarse, los gendarmes franceses perseguirán obstinadamente a las dos niñas, buscándolas por todas partes para hacerles correr la misma suerte que a sus padres. Su tutora tendrá la presencia de ánimo de descoser la estrella judía de las ropas de Denise y ayudar a las dos chiquillas a cruzar Francia clandestinamente. Pasarán varios meses ocultas primero en un convento y luego en sótanos en la región de Burdeos.

Tras haber perdido la esperanza de ver regresar a sus padres después de la guerra, buscaron la ayuda de su abuela, que había pasado aquellos años en Niza rodeada de las mayores comodidades. Pero ésta se negó a abrirles la puerta y desde el otro lado les gritó que si sus padres habían muerto debían dirigirse a un orfanato. Murió a la edad de 102 años en su gran piso de la avenida Président-Wilson. En su caja fuerte no encontraron otra cosa que dos libros de Irène Némirovsky: Jezabel y David Golder.

La historia de la publicación de Suite francesa en muchos aspectos recuerda un milagro; merece ser contada.

En su huida, la tutora y las dos niñas se llevaron consigo una maleta que contenía fotos, documentos de la familia y este último manuscrito de la escritora, redactado con letra minúscula para economizar la tinta y el pésimo papel de guerra. Irène Némirovsky había trazado en aquella postrera obra un retrato implacable de la Francia abúlica, vencida y ocupada.

La maleta acompañó a Élisabeth y Denise Epstein de un refugio precario y fugaz a otro. El primero fue un internado católico. Sólo dos religiosas sabían que las niñas eran judías. Habían puesto un nombre falso a Denise, pero no conseguía acostumbrarse, y en clase la llamaban al orden porque no respondía cuando la nombraban. Entonces, los gendarmes, que seguían ensañándose y no encontraban nada más importante que hacer que entregar a dos niñas judías a los nazis, recuperaron su pista. Tuvieron que abandonar el internado. En los sótanos donde pasó varias semanas, Denise contrajo una pleuritis; los que la ocultaban, al no atreverse a llevarla a un médico, le administraron por todo tratamiento resina de pino. A punto de ser descubiertas, tuvieron que huir de nuevo, con la preciosa maleta siempre preparada para una emergencia. La tutora ordenaba a Denise antes de subir a un tren: «¡Esconde la nariz!»

Cuando los supervivientes de los campos nazis empezaron a llegar a la Gare de l’Est, Denise y Élisabeth acudían allí todos los días. También iban, con una pancarta en la que se leía su nombre, al hotel Lutétia, habilitado como centro de acogida para los repatriados. En cierta ocasión, Denise echó a correr porque creyó reconocer la silueta de su madre en la calle.

Denise había salvado el precioso cuaderno. No se atrevía a abrirlo, le bastaba con verlo. No obstante, una vez trató de conocer su contenido, pero le resultó demasiado doloroso. Pasaron los años.

Junto con su hermana Élisabeth, convertida en directora literaria con el nombre de Élisabeth Gille, tomó la decisión de confiar la última obra de su madre al Institut Mémoire de l’Édition Contemporaine, con el fin de salvarla.

Sin embargo, antes de separarse de ella decidió mecanografiarla. Con la ayuda de una gruesa lupa emprendió entonces una larga y difícil labor de descifrado. Finalmente, Suite francesa fue introducida en la memoria de un ordenador, y retranscrita una tercera vez en su estado definitivo. No se trataba, como ella había pensado, de simples notas, de un diario íntimo, sino de una obra violenta, un fresco extraordinariamente lúcido, un sobrecogedor retrato de Francia y los franceses en aquella encrucijada: rutas del éxodo; pueblos invadidos por mujeres y niños agotados, hambrientos, luchando por la posibilidad de dormir en una simple silla en el pasillo de una posada rural; coches cargados de muebles y enseres, atascados sin gasolina en medio del camino; grandes burgueses asqueados por el populacho y tratando de salvar sus chucherías; prostitutas de lujo despachadas por sus amantes, que tenían prisa por abandonar París con su familia; un cura conduciendo hacia un refugio a unos huérfanos que, liberados de sus inhibiciones, acabarán por asesinarlo; un soldado alemán alojado en una casa burguesa y seduciendo a una mujer joven ante la mirada de su suegra. En este cuadro desconsolador, sólo una pareja modesta, cuyo hijo ha resultado herido en los primeros combates, conserva su dignidad. Entre los soldados vencidos que se arrastran por las carreteras, en el caos de los convoyes militares que llevan a los heridos a los hospitales, intentarán en vano encontrar su pista.

Cuando Denise Epstein confió el manuscrito de Suite francesa al conservador del IMEC, experimentó un gran dolor. No dudaba del valor de la última obra de su madre, pero no se la dio a leer a un editor, pues Élisabeth Gille, su hermana, ya gravemente enferma, estaba escribiendo El mirador, una magnífica biografía imaginaria de aquella a quien no había tenido tiempo de conocer, pues sólo tenía cinco años cuando los nazis la asesinaron.

MYRIAM ANISSIMOV

 

 

 

[1]. Enfermería de Auschwitz, donde los prisioneros demasiado enfermos para trabajar eran confinados en condiciones atroces. Periódicamente, las SS los amontonaban en camiones y los llevaban a la cámara de gas.

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TEMPESTAD EN JUNIO

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1

La guerra

Caliente, pensaban los parisinos. El aire de primavera. Era la noche en guerra, la alerta. Pero la noche pasaría, la guerra estaba lejos. Los que no dormían, los enfermos encogidos en sus camas, las madres con hijos en el frente, las enamoradas con ojos ajados por las lágrimas, oían el primer jadeo de la sirena. Aún no era más que una honda exhalación, similar al suspiro que sale de un pecho oprimido. En unos instantes, todo el cielo se llenaría de clamores. Llegaban de muy lejos, de los confines del horizonte, sin prisa, se diría. Los que dormían soñaban con el mar que empuja ante sí sus olas y guijarros, con la tormenta que sacude el bosque en marzo, con un rebaño de bueyes que corre pesadamente haciendo temblar la tierra, hasta que al fin el sueño cedía y, abriendo apenas los ojos, murmuraban: «¿Es la alarma?»

Más nerviosas, más vivaces, las mujeres ya estaban en pie. Algunas, tras cerrar ventanas y postigos, volvían a acostarse. El día anterior, lunes 3 de junio, por primera vez desde el comienzo de la guerra habían caído bombas sobre París. Sin embargo, la gente seguía tranquila. Las noticias eran malas, pero no se las creían. Tampoco se habrían creído el anuncio de una victoria. «No entendemos nada», decían. Las madres vestían a los niños a la luz de una linterna, alzando en vilo los pesados y tibios cuerpecillos: «Ven, no tengas miedo, no llores.» Es la alerta. Se apagaban todas las lámparas, pero bajo aquel dorado y transparente cielo de junio se distinguían todas las calles, todas las casas. En cuanto al Sena, parecía concentrar todos los resplandores dispersos y reflejarlos centuplicados, como un espejo de muchas facetas. Las ventanas mal camufladas, los tejados que brillaban en la ligera penumbra, los herrajes de las puertas cuyas aristas relucían débilmente, algunos semáforos que, no se sabía por qué, tardaban más en apagarse… El Sena los captaba y los hacía cabrillear en sus aguas. Desde lo alto debía de parecer un río de leche. Guiaba a los aviones enemigos, opinaban algunos. Otros aseguraban que eso era imposible. En realidad no se sabía nada. «Yo me quedo en la cama —murmuraban voces somnolientas—, no tengo miedo.» «De todas maneras, basta con que nos toque una vez», respondía la gente sensata.

A través de las vidrieras que protegían las escaleras de servicio de los edificios nuevos, se veían bajar una, dos, tres lucecitas: los vecinos del sexto huían de las alturas. Blandían linternas, encendidas pese a las normas. «No tengo ganas de romperme la crisma en las escaleras. ¿Vienes, Émile?» La gente bajaba la voz instintivamente, como si todo se hubiera poblado de ojos y oídos enemigos. Se oían puertas cerrándose una tras otra. En los barrios populares, el metro y los malolientes refugios estaban siempre llenos, mientras que los ricos preferían quedarse en las porterías, con el oído atento a los estallidos y las explosiones que anunciarían la caída de las bombas, con el alma en vilo, con el cuerpo en tensión, como animales inquietos en el bosque cuando se acerca la noche de la cacería. No es que los pobres fueran más miedosos que los ricos, ni que le tuvieran más apego a la vida; pero sí eran más gregarios, se necesitaban unos a otros, necesitaban apoyarse mutuamente, gemir o reír juntos. No tardaría en hacerse de día; una claridad malva y plata se deslizaba por los adoquines, por los pretiles del río, por las torres de Notre-Dame. Hileras de sacos de arena rodeaban los edificios más importantes hasta la mitad de su altura, tapaban a las bailarinas de Carpeaux de la fachada de la Ópera, ahogaban el grito de La Marsellesa en el Arco de Triunfo…

Se oían cañonazos bastante lejanos, pero, a medida que se acercaban, todos los cristales temblaban en respuesta. En habitaciones cálidas con las ventanas cuidadosamente tapadas para que la luz no se filtrara fuera, nacían criaturas, y su llanto hacía olvidar a las mujeres el aullido de las sirenas y la guerra. En los oídos de los moribundos, los cañonazos parecían débiles y carentes de significado, un ruido más en el siniestro rumor que acoge al agonizante como una ola. Acurrucados contra el cálido costado de sus madres, los pequeños dormían apaciblemente, chasqueando la lengua con un ruido parecido al del cordero al mamar. Los carretones de las vendedoras ambulantes, abandonados durante la alerta, esperaban en la calle, cargados de flores frescas.

El sol, muy rojo todavía, ascendía hacia un cielo sin nubes. De pronto, un cañonazo sonó tan cerca de París que los pájaros abandonaron lo alto de todos los monumentos. Grandes pájaros negros, invisibles el resto del tiempo, planeaban en las alturas, extendiendo al sol sus alas escarchadas de rosa; luego llegaban los hermosos palomos, gordos y arrulladores, y las golondrinas, y los gorriones, que brincaban tranquilamente por las calles desiertas. A orillas del Sena, cada álamo tenía su racimo de pajarillos pardos que cantaban con todas sus fuerzas. En el fondo de los subterráneos se oyó al fin una llamada muy lejana, amortiguada por la distancia, una especie de diana de tres tonos. La alerta había acabado.

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2

Esa noche, en casa de los Péricand las noticias de la radio se habían escuchado en consternado silencio, sin hacer comentarios. Los Péricand eran gente de orden; sus tradiciones, su manera de pensar, su raigambre burguesa y católica, sus vínculos con la Iglesia (el hijo mayor, Philippe, era sacerdote), todo, en fin, les hacía mirar con desconfianza al gobierno de la República. Por otro lado, la posición del señor Péricand, conservador de un museo nacional, los ligaba a un régimen que derramaba honores y beneficios sobre sus servidores.

Un gato sostenía con circunspección entre sus puntiagudos dientes un trozo de pescado erizado de espinas: comérselo le daba miedo, pero escupirlo sería una lástima.

Charlotte Péricand opinaba que sólo la mente masculina podía juzgar con serenidad unos acontecimientos tan extraños y graves. Pero ni su marido ni su hijo mayor estaban en casa; el uno cenaba con unos amigos y el otro se encontraba fuera de París. La señora Péricand, que llevaba con mano de hierro todo lo relacionado con la vida diaria —ya fuera el cuidado de la casa, la educación de los hijos o la carrera de su marido—, no aceptaba la opinión de nadie; pero aquello era harina de otro costal. Para empezar, necesitaba que una voz autorizada le dijera lo que convenía pensar. Una vez puesta en la buena dirección, echaba a correr y no había quien la parara. Si le demostraban, con pruebas en la mano, que estaba equivocada, respondía con una sonrisa fría y altiva: «Me lo ha dicho mi padre», o «Mi marido está bien informado». Y su mano enguantada cortaba el aire con un gesto seco.

La posición de su marido la halagaba (en realidad, habría preferido una vida más casera, pero, como Nuestro Señor, en este mundo cada cual tiene que llevar su cruz). Acababa de volver a casa, en un intervalo entre dos de sus visitas, para supervisar los estudios de los chicos, los biberones del benjamín y el trabajo de los criados, pero no le daba tiempo a cambiarse de ropa. En el recuerdo de los jóvenes Péricand, la madre debía permanecer siempre lista para salir, con el sombrero puesto y las manos enguantadas de blanco. (Como era ahorrativa, sus usados guantes despedían un tenue olor a producto químico, recuerdo de su paso por la tintorería.)

Así pues, esa noche acababa de llegar y estaba de pie en el salón, frente al aparato de radio. Iba vestida de negro y tocada con un sombrerito a la moda, una auténtica monería adornada con tres flores y una borla de seda encaramada sobre la frente. Debajo, el rostro estaba pálido y angustiado; acusaba el cansancio y la edad más de lo habitual. La señora Péricand tenía cuarenta y siete años y cinco hijos. Era una mujer visiblemente destinada por Dios a ser pelirroja. Tenía la piel en extremo delicada y ajada por los años, y la nariz, recia y majestuosa, salpicada de pecas. Sus ojos verdes lanzaban miradas tan penetrantes como las de un gato. Pero en el último momento la Providencia debía de haber dudado o considerado que una melena explosiva no armonizaría ni con la irreprochable moralidad de la señora Péricand ni con su posición, y le había dado un cabello castaño mate que perdía a puñados desde el nacimiento de su hijo menor. El señor Péricand era un hombre estricto: sus escrúpulos religiosos le vedaban un sinfín de deseos y el temor por su reputación lo mantenía alejado de lugares inconvenientes. Así que el menor de los Péricand no tenía más que dos años, y entre el sacerdote, Philippe, y el benjamín se escalonaban otros tres chicos, todos vivos, y lo que la señora Péricand llamaba púdicamente tres accidentes, en los que la criatura había llegado casi al término del embarazo pero no había vivido, y que habían llevado a la madre al borde de la tumba en otras tantas ocasiones.

El salón, donde en esos momentos sonaba la radio, era una amplia habitación de equilibradas proporciones cuyas cuatro ventanas daban al bulevar Delessert. Estaba amueblado a la antigua, con grandes sillones y canapés tapizados con tela dorada. Junto al balcón, en su sillón de ruedas, se encontraba el anciano señor Péricand, que estaba impedido y, debido a lo avanzado de su edad, sufría frecuentes regresiones a la infancia. Sólo recobraba totalmente la lucidez cuando se trataba de su considerable fortuna (era un Péricand-Maltête, heredero de los Maltête lioneses). Pero la guerra y sus vicisitudes ya no lo afectaban. Escuchaba con indiferencia, meneando rítmicamente su hermosa barba plateada. Detrás de la señora de la casa, formando un semicírculo, se encontraban sus retoños, incluido el pequeño, que estaba en brazos de la niñera. Ésta, que tenía tres hijos en el frente, había llevado al niño a dar las buenas noches a la familia y aprovechaba su momentánea admisión en el salón para escuchar con ansioso interés las palabras del locutor.

Tras la puerta entreabierta, la señora Péricand adivinaba la presencia de los otros criados; la doncella, Madeleine, llevada por la preocupación, llegó incluso a acercarse al umbral, infracción a las normas que la señora Péricand interpretó como un mal augurio. Del mismo modo, cuando se produce un naufragio todas las clases sociales se juntan en cubierta. Pero el pueblo no sabía mantener la calma. «Cómo se dejan llevar…», pensó la señora Péricand con desaprobación. Era una de esas burguesas que confían en el pueblo. «No son malos, si sabes manejarlos», solía decir en el tono indulgente y un tanto apenado con que se habría referido a un animal enjaulado. Presumía de conservar a sus criados mucho tiempo. Si caían enfermos, ella misma se encargaba de cuidarlos. Cuando Madeleine había tenido anginas, la señora Péricand le había preparado los gargarismos personalmente. Como el resto del día no tenía tiempo, lo hacía por la noche, a la vuelta del teatro. Madeleine se despertaba sobresaltada y no mostraba su agradecimiento hasta pasado un rato, y además de forma bastante fría, pensaba la señora Péricand. Así era el pueblo; nunca estaba satisfecho y, cuanto más se desvivía una por él, más voluble e ingrato se mostraba. Pero la señora Péricand no esperaba más recompensa que la del Cielo.

Se volvió hacia la penumbra del vestíbulo y, con infinita bondad, anunció:

—Si queréis, podéis oír las noticias.

—Gracias, señora —murmuraron unas voces respetuosas, y los criados penetraron de puntillas en el salón: Madeleine, Marie y Auguste, el ayuda de cámara; Maria, la cocinera, avergonzada de que sus manos oliesen a pescado, entró la última.

En realidad, las noticias ya habían acabado. Ahora venía el comentario de la situación, «seria, desde luego, pero no alarmante», aseguraba el locutor. Hablaba con una voz tan clara, tan tranquila, tan campechana, con notas vibrantes cada vez que pronunciaba las palabras «Francia, Patria y Ejército», que sembraba el optimismo en el corazón de sus oyentes. Tenía una forma muy suya de recordar el comunicado según el cual «el enemigo sigue atacando encarnizadamente nuestras posiciones, en las que ha topado con la enérgica resistencia de nuestras tropas». Leía la primera mitad de la frase con un tono ligero, irónico y desdeñoso, como si quisiera decir: «O eso es lo que intentan hacernos creer.» En cambio, enfatizaba cada sílaba de la segunda, subrayando el adjetivo «enérgica» y las palabras «nuestras tropas» con tanta firmeza que la gente no podía dejar de pensar: «Está claro que no hay que preocuparse demasiado.»

La señora Péricand vio las miradas de duda y esperanza que se clavaban en ella y declaró con firmeza:

—¡No me parece malo en absoluto! —No es que estuviera convencida, pero consideraba que su deber era levantar la moral de quienes la rodeaban.

Maria y Madeleine suspiraron.

—¿Usted cree, señora?

Hubert, el segundo hijo del matrimonio Péricand, un muchacho de dieciocho años, mofletudo y sonrosado, parecía el único presa de la desesperación y el estupor. Se enjugaba nerviosamente el cuello con el pañuelo hecho un rebujo y, con voz aguda y por momentos ronca, exclamó:

—¡No es posible! ¡No es posible que hayamos llegado a esto! Pero bueno, ¿a qué esperan para movilizar a todos los hombres? ¡A todos, de los dieciséis a los sesenta, y enseguida! Es lo que deberían hacer, ¿no le parece, madre? —Y salió corriendo hacia la sala de estudio, de donde regresó con un enorme mapa que desplegó sobre la mesa—. ¡Le digo que estamos perdidos! —aseguró midiendo febrilmente las distancias—. Perdidos a menos que… —Al parecer, aún quedaba una esperanza—. Ahora entiendo lo que vamos a hacer —anunció de pronto, con una ancha sonrisa que dejó al descubierto sus blancos dientes—. Lo entiendo perfectamente. Dejaremos que avancen y avancen, y luego los esperaremos aquí y aquí, fíjese, madre… O puede que…

—Sí, sí —respondió ella—. Anda, ve a lavarte las manos y quítate ese mechón de los ojos. ¡Mira qué aspecto tienes!

Enrabietado, Hubert plegó el mapa. Philippe era el único que lo tomaba en serio, el único que le hablaba como a un igual. «¡Familias, os odio!», declamó para sus adentros, y al salir del salón, para vengarse, dispersó de un puntapié los juguetes de su hermano Bernard, que empezó a berrear. «Así aprenderá lo que es la vida», se dijo Hubert. La niñera se apresuró a hacer salir a Bernard y Jacqueline; el pequeño Emmanuel ya se había quedado dormido sobre su hombro. La mujer avanzaba con paso vivo, llevando de la mano a Bernard y llorando a sus tres hijos, a los que veía con los ojos de la imaginación, los tres muertos.

—¡Miseria y desgracias! ¡Miseria y desgracias! —repetía en voz baja y meneando la entrecana cabeza.

Luego abrió los grifos de la bañera y puso a caldear los albornoces de los niños, sin dejar de murmurar la misma frase, en la que veía resumida no sólo la situación política, sino también su propia existencia: las labores del campo en su juventud, la viudez, el mal carácter de sus nueras y la vida en casas ajenas desde los dieciséis años.

Auguste, el ayuda de cámara, regresó a la cocina sin hacer ruido. Su solemne y estúpido rostro mostraba una expresión de desprecio hacia infinidad de cosas. La señora Péricand tomó posesión de la casa. Prodigiosamente activa, aprovechaba el cuarto de hora libre entre el baño de los niños y la cena para hacer recitar las lecciones a Jacqueline y Bernard.

—La Tierra es una esfera que no descansa sobre nada —declamaron sus frescas voces.

En el salón, el viejo Péricand y Albert, el gato, se quedaron solos. El día había sido espléndido. La luz del atardecer iluminaba suavemente los frondosos castaños, y Albert, un minino corriente de color gris que pertenecía a los niños, presa de una alegría frenética, rodaba por la alfombra, saltaba a la chimenea, mordisqueaba la punta de una peonía del jarrón azul oscuro colocado en una consola y delicadamente adornado con una boca de dragón grabada… De pronto, se encaramó de un salto al respaldo del sillón del anciano y le maulló en la oreja. El viejo Péricand levantó hacia él una mano violácea, temblorosa y tan helada como siempre. El felino se asustó y salió huyendo. Iban a servir la cena. Auguste entró en el salón para empujar el sillón de ruedas del inválido hasta el comedor. Cuando estaban sentándose a la mesa, la señora de la casa se quedó bruscamente inmóvil, con la cuchara del jarabe reconstituyente de Jacqueline todavía en la mano.

—Es vuestro padre, niños —dijo al oír una llave que giraba en la cerradura.

En efecto, era el señor Péricand, un individuo rechoncho de andares pausados y un tanto torpes. Su rostro, habitualmente sonrosado y tranquilo, de hombre bien alimentado, estaba muy pálido y traslucía no tanto miedo o preocupación como un asombro extraordinario. Las facciones de quienes hallan una muerte instantánea en un accidente, sin tiempo para sufrir ni asustarse, suelen mostrar una expresión parecida. Leían un libro, miraban por la ventanilla del coche, pensaban en sus asuntos, iban al vagón restaurante, y de pronto están en el infierno.

La señora Péricand hizo amago de levantarse.

—¿Adrien? —dijo con voz angustiada.

—Nada, nada —se apresuró a murmurar su marido, señalando con la mirada a los niños, su padre y los criados.

Ella comprendió e indicó que siguieran sirviendo. Después, se esforzó en acabar su plato, pero cada bocado le parecía duro e insípido como una piedra y se le atascaba en la garganta. No obstante, repetía las frases que constituían el ritual de todas sus comidas desde hacía treinta años.

—No bebas antes de empezar la sopa —le decía a alguno de los niños—. El cuchillo, cariño…

Luego, cortó en finos trozos el filete de lenguado de su suegro. Al anciano se le preparaban platos exquisitos y complicados, y siempre le servía la propia señora Péricand, que además le llenaba el vaso de agua, le untaba mantequilla en el pan y le anudaba la servilleta alrededor del cuello, porque solía babear en cuanto veía aparecer algo que le gustaba. «Creo —les decía la señora Péricand a sus amigos— que estos pobres ancianos impedidos sufren si los tocan los criados.»

—Siempre debemos mostrar nuestro afecto al abuelito, hijos míos —advirtió a los niños, mirando al anciano con profunda ternura.

En su madurez, el señor Péricand había instituido varias obras benéficas, una de las cuales le era especialmente querida: los Pequeños Arrepentidos del decimosexto distrito, admirable institución que tenía por objeto redimir moralmente a menores implicados en atentados a las buenas costumbres. Siempre se había sabido que, a su muerte, el señor Péricand dejaría cierta cantidad a dicha institución, pero el anciano tenía una forma un tanto irritante de no precisar nunca la suma exacta. Cuando no le gustaba un plato o los niños armaban demasiado escándalo, despertaba de golpe de su letargo y, con voz débil pero clara, decretaba: «Legaré cinco millones a la Obra.» A lo que seguía un embarazoso silencio.

Por el contrario, cuando había comido y dormido a gusto en su sillón, tomando el sol que entraba por la ventana, alzaba hacia su nuera sus apagados ojos, vagos y turbios como los de los niños muy pequeños o los perros recién nacidos.

Charlotte tenía mucho tacto. No exclamaba, como habría hecho cualquier otra: «Tiene mucha razón, padre», sino que con voz suave se limitaba a decir: «¡Dios mío, si le queda mucho tiempo para pensarlo!»

La fortuna de los Péricand era considerable, de modo que habría sido injusto acusarlos de codiciar la herencia del anciano. En cierto modo, más que tenerle apego al dinero, era el dinero el que les tenía apego a ellos. Había un cúmulo de cosas que les pertenecían por derecho, entre otras, los «millones de los Maltête-Lyonnais», que nunca gastarían, que guardarían para los hijos de sus hijos. En cuanto a la Obra de los Pequeños Arrepentidos, era tal el interés que les despertaba que dos veces al año la señora Péricand organizaba conciertos de música clásica para aquellos desventurados; ella tocaba el arpa y afirmaba que en determinados pasajes un coro de sollozos le respondía desde las sombras de la sala.

Los ojos de Péricand padre seguían atentamente las manos de su nuera. Estaba tan distraída y turbada que se olvidó de la salsa. La blanca barba del anciano empezó a agitarse de un modo alarmante. La señora Péricand volvió a la realidad y se apresuró a verter la mantequilla fresca, fundida y espolvoreada con perejil, sobre la marfileña carne del pescado; pero el anciano no recobró la serenidad hasta que ella dejó una rodaja de limón en el borde del plato.

Hubert se inclinó hacia su hermano y le susurró:

—¿Va mal?

«Sí», respondió el otro con el gesto y la mirada.

Hubert dejó caer las temblorosas manos sobre las rodillas. Su arrebatada imaginación le pintaba vívidas escenas de batalla y de victoria. Era boy scout. Sus compañeros y él formarían un grupo de voluntarios, de francotiradores que defenderían el país hasta el final. En un segundo, recorrió mentalmente el tiempo y el espacio. Sus camaradas y él, un pequeño ejército unido bajo la bandera del honor y la fidelidad, lucharían incluso de noche; salvarían el París bombardeado, incendiado… ¡Qué experiencia tan emocionante, tan maravillosa! El corazón le brincaba en el pecho. Sin embargo, la guerra era algo espantoso y atroz... Embriagado por aquellas visiones, hizo tanta fuerza con el cuchillo que el trozo de rosbif que estaba cortando voló por los aires y aterrizó en el suelo.

—¡Manazas! —le susurró Bernard, su vecino de mesa, haciéndole la burla por debajo del mantel.

Bernard y Jacqueline, de ocho y nueve años respectivamente, eran dos rubiales delgaduchos y engreídos. En cuanto acabaron el postre, los mandaron a la cama, y el viejo señor Péricand se adormiló en su sitio habitual, junto a la ventana abierta. El suave día de junio se demoraba, se negaba a morir. Cada latido de luz era más débil y más exquisito que el anterior, como si cada uno fuera un adiós lleno de pesar y de amor a la tierra. Sentado en el alféizar de la ventana, el gato contemplaba melancólicamente el horizonte. El señor Péricand iba de aquí para allá por el salón.

—Pasado mañana, mañana quizá, los alemanes estarán a las puertas de París. Se dice que el alto mando está decidido a luchar ante París, en París, detrás de París… Por suerte, la gente todavía no lo sabe, pero de aquí a mañana todo el mundo correrá a las estaciones, se echará a la carretera… Tenéis que salir mañana a primera hora e ir a casa de tu madre, a Borgoña, Charlotte. En cuanto a mí —añadió el señor Péricand, no sin cierto énfasis—, compartiré la suerte de los tesoros que me han confiado.

—Creía que habían evacuado el museo en septiembre… —dijo Hubert.

—Sí, pero el refugio provisional que eligieron en Bretaña no era adecuado, porque, como se ha demostrado, es húmedo como una bodega. No lo entiendo. Se había organizado un comité para la salvaguarda de los tesoros nacionales, dividido en tres grupos y siete subgrupos, cada uno de los cuales designaría una comisión de expertos encargada del repliegue de las obras artísticas durante la guerra, y hete aquí que el mes pasado un vigilante del museo provisional nos advierte que están apareciendo manchas sospechosas en las telas. Sí, un retrato admirable de Mignard tenía las manos roídas por una especie de lepra verde. Nos apresuramos a hacer regresar a París las valiosas cajas, y ahora estoy pendiente de una orden, que no puede tardar, para enviarlas más lejos.

—Pero entonces, nosotros ¿cómo viajaremos? ¿Solos?

—Los niños y tú os marcharéis tranquilamente mañana por la mañana, con los dos coches y, naturalmente, con todos los muebles y el equipaje que podáis llevaros, porque no hay que engañarse: puede que de aquí al fin de semana París haya sido destruido, incendiado y, por si fuera poco, saqueado.

—¡Eres increíble! —exclamó Charlotte—. Lo dices con una calma…

El señor Péricand volvió hacia su mujer un rostro que iba recuperando poco a poco el tono sonrosado, pero aun así carente de brillo, como el de un cerdo recién sacrificado.

—Es que no puedo creerlo —explicó bajando la voz—. Te hablo, te escucho, decidimos abandonar nuestra casa, echarnos a la carretera, y no puedo creer que esto sea real, ¿comprendes? Ve a prepararte, Charlotte. Que esté todo listo por la mañana. Podréis llegar a casa de tu madre a la hora de la cena. Yo me reuniré con vosotros en cuanto pueda.

La señora Péricand había adoptado la misma expresión resignada y agria que utilizaba junto con su bata de enfermera cuando los niños estaban enfermos; solían arreglárselas para enfermar todos a la vez, aunque de dolencias distintas. En esas ocasiones, ella salía de las habitaciones de sus hijos sosteniendo el termómetro como si blandiese la palma del martirio, y todo en su aspecto era un grito: «¡El último día, Tú reconocerás a los tuyos, dulce Jesús mío!»

—¿Y Philippe? —se limitó a preguntar.

—Philippe no puede abandonar París.

Ella asintió y salió con la cabeza bien alta. No se hundiría bajo aquella carga. Se las arreglaría para que al día siguiente la familia estuviera lista para partir: un anciano impedido, cuatro niños, los criados, el gato, la plata, las piezas más valiosas del servicio, las pieles, las cosas de los niños, provisiones, el botiquín… Se estremeció.

En el salón, Hubert le imploraba a su padre:

—Deje que me quede. Estaré con Philippe y… No se ría de mí, pero ¿no cree que, si fuera a buscar a mis camaradas, jóvenes, fuertes, dispuestos a todo, podríamos formar una compañía de voluntarios…? Podríamos…

El señor Péricand lo miró y se limitó a decir:

—Mi pobre pequeño.

—¿Se ha acabado? ¿Hemos perdido la guerra? —balbuceó Hubert—. ¿No es…? ¿No es verdad?

Y de pronto, para su horror, rompió en sollozos. Lloraba como un niño, como habría podido hacerlo Bernard, con la boca muy abierta y las lágrimas resbalándole por las mejillas. La noche llegaba, suave y tranquila. En el aire ya oscuro, una golondrina pasó muy cerca del balcón. El gato soltó un breve maullido de voracidad.

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3

El escritor Gabriel Corte trabajaba en su terraza, entre el oscuro y ondulante bosque y el ocaso de oro verde que se apagaba sobre el Sena. ¡Qué tranquilidad lo rodeaba! A su lado tenía a unos íntimos muy bien educados, sus grandes perros blancos, que permanecían inmóviles con el hocico sobre las frescas losas y los ojos entornados. A sus pies, su amante recogía silenciosamente las hojas que Gabriel iba dejando caer. Sus criados y su secretaria, invisibles tras las vidrieras espejadas, estaban en algún lugar del fondo de la casa, entre los bastidores de una vida que Corte quería que fuera brillante, fastuosa y disciplinada como un ballet. Tenía cincuenta años y sus propios juegos. Era, según el día, el Señor de los Cielos o un pobre autor aplastado por una tarea dura e inútil. Sobre su escritorio había hecho grabar: «Para levantar un peso tan enorme, Sísifo, se necesitaría tu coraje.» Sus colegas lo envidiaban porque era rico. Él mismo contaba con amargura que, en su primera candidatura a la Academia Francesa, uno de los electores a los que solicitaron que votara por él respondió con sequedad: «¡Tiene tres líneas de teléfono!»

Era un hombre apuesto, con maneras lánguidas y crueles de gato, manos suaves y expresivas, y un rostro de César un poco grueso. Florence, su amante oficial, a la que admitía en su cama hasta la mañana siguiente (las demás nunca pasaban toda una noche con él), habría sido la única capaz de decir a cuántas máscaras podía parecerse Gabriel, vieja coqueta con dos bolsas lívidas bajo los párpados y cejas de mujer, delgadas, demasiado finas.

Esa tarde trabajaba, como de costumbre, medio desnudo. Su casa de Saint-Cloud estaba construida de tal modo que hasta la terraza, enorme, admirable, adornada con cinerarias azules, escapaba a las miradas indiscretas. El azul era el color favorito de Gabriel Corte. No podía escribir sin tener al lado una pequeña copa de lapislázuli azul intenso. A veces la contemplaba y la acariciaba como a una amante. Por otro lado, lo que más le gustaba de Florence, como le decía a menudo, eran sus ojos, de un azul franco, que le producían la misma sensación de frescura que su copa. «Tus ojos me quitan la sed», murmuraba. Florence tenía una barbilla suave y un tanto adiposa, voz de contralto todavía hermosa, y algo de bovino en la mirada, les decía Gabriel en confianza a sus amigos. «Eso me encanta. Una mujer debe parecerse a una ternera dulce, confiada y generosa, con un cuerpo blanco como la leche, ya sabéis, con esa piel de las viejas actrices, suavizada por los masajes, impregnada por los cosméticos y los polvos.» Corte alzó los finos dedos en el aire y los hizo chasquear como si fueran castañuelas. Florence le tendió un limón cortado y él mordió la pulpa; luego se comió una naranja y unas fresas heladas. Consumía fruta en cantidades asombrosas. La mujer lo miró, casi arrodillada ante él en un puf de terciopelo, en la postura de adoración que a él le gustaba (no habría podido imaginar una mejor). Estaba cansado, pero con el grato cansancio que sigue a un trabajo satisfactorio, todavía mejor que el del amor, como él mismo solía decir. Gabriel contempló a su amante con benevolencia.

—Bueno, no ha ido del todo mal, creo. ¿Y sabes qué? —añadió dibujando un triángulo en el aire y señalando el vértice superior—, el centro ya ha quedado atrás.

Florence sabía a qué se refería. La inspiración solía flaquearle hacia la mitad de la novela. Llegado a ese punto, Corte sufría como un caballo que no consigue sacar su coche de un atolladero. Florence juntó las manos en un gracioso gesto de admiración y sorpresa.

—¿Ya? Te felicito, cariño mío. Ahora irá sola, estoy segura.

—¡Dios te oiga! —exclamó Gabriel con aprensión—. Pero me preocupa Lucienne.

—¿Lucienne?

Corte la fulminó con una mirada dura y fría. Cuando él recuperaba el buen humor, Florence le decía: «Has vuelto a mirarme como un basilisco.» Él se reía, halagado, pero cuando estaba poseído por el fuego de la creación odiaba las bromas.

Ella no se acordaba en absoluto del personaje de Lucienne.

—¡Ah, sí, claro! —mintió—. ¡No sé en qué estaría pensando!

—Yo también me lo pregunto —replicó él con tono herido. Pero la vio tan contrita y humilde que le dio pena y se ablandó—. Te lo digo siempre: no le prestas suficiente atención a los secundarios. Una novela tiene que parecerse a una calle llena de desconocidos por la que pasan no más de dos o tres personajes a los que se conoce a fondo. Mira a Proust y algunos otros que han sabido sacarle partido a los secundarios. Los utilizan para humillar, para empequeñecer a sus protagonistas. Nada más saludable en una novela que esa lección de humildad dada a los héroes. Recuerda Guerra y paz: las campesinas que cruzan la carretera riendo ante la carroza del príncipe André lo verán hablar primero para ellas, para sus oídos, y de pronto la visión del lector se eleva: ya no hay un solo rostro, una sola alma. Descubre la multiplicidad de los moldes. Espera, voy a leerte ese pasaje, es notable. Enciende la luz —pidió, porque se había hecho de noche.

—Los aviones —respondió Florence señalando el cielo.

—¿Es que nunca van a dejarme en paz? —gruñó Gabriel. Odiaba la guerra, que amenazaba algo mucho más importante que su vida o su bienestar: a cada instante destruía el universo de la ficción, el único en que se sentía feliz, como el sonido de una terrible y discordante trompeta que derrumbaba las frágiles murallas alzadas con tanto esfuerzo entre él y el mundo exterior—. ¡Dios! —suspiró—. ¡Qué fastidio, qué pesadilla! —Pero volvió a la tierra—. ¿Tienes los periódicos?

Florence se los llevó sin decir palabra. Salieron de la terraza. Gabriel pasaba las páginas con rostro sombrío.

—Nada nuevo, en definitiva —murmuró. No quería ver nada. Rechazaba la realidad con el gesto asustado e irritado de alguien a quien despiertan en mitad de un sueño. Incluso se puso la mano delante de los ojos a modo de pantalla, como habría hecho para protegerse de una luz demasiado intensa. Florence se acercó al aparato de radio—. No, no la enciendas.

—Pero, Gabriel…

—Te he dicho que no quiero oír nada —repitió él, pálido de ira—. Mañana, mañana será el momento. Ahora las malas noticias (y no pueden ser más que malas, con esos imbéciles en el gobierno) sólo servirían para cortarme el impulso, arrebatarme la inspiración y tal vez provocarme una crisis de angustia esta noche. Mira, más vale que llames a la señorita Sudre. Creo que voy a dictar unas páginas.

Florence se apresuró a obedecer. Cuando volvía al salón tras avisar a la secretaria, sonó el teléfono.

—Es el señor Jules Blanc, que llama de la presidencia del Consejo y desea hablar con el señor —anunció el ayuda de cámara.

Florence cerró cuidadosamente todas las puertas para que ni un solo ruido penetrara en el salón, donde Gabriel y la secretaria estaban trabajando, y cogió el auricular. Entretanto, el ayuda de cámara preparaba, como de costumbre, la cena fría que esperaba el capricho del señor. Gabriel comía poco a mediodía, pero solía tener hambre por la noche. Había sobras de perdigón frío, melocotones, unos deliciosos pastelillos de queso que Florence en persona encargaba en una tienda de la orilla izquierda, y una botella de Pommery. Tras muchos años de reflexión y búsqueda, Gabriel había llegado a la conclusión de que lo único conveniente para su enfermedad de hígado era el champán. Florence escuchaba al teléfono la voz de Jules Blanc, una voz agotada, casi afónica, y al mismo tiempo oía los ruidos familiares de la casa, el débil tintineo de platos y vasos, y el timbre cansado, ronco y profundo de la voz de Gabriel, y se sentía como si estuviera viviendo un confuso sueño. Tras colgar el auricular llamó al ayuda de cámara. Llevaba mucho tiempo a su servicio y estaba hecho a lo que él llamaba «la mecánica de la casa». A Gabriel le encantaba aquel inconsciente pastiche del Grand Siècle.

—¿Qué hacemos, Marcel? El señor Jules Blanc nos aconseja que nos marchemos.

—¿Marcharse? ¿Para ir adónde, señora?

—A donde sea. A Bretaña. Al sur. Los alemanes han cruzado el Sena. ¿Qué hacemos? —repitió Florence.

—No sabría decirle, señora —respondió Marcel con tono glacial.

Era un poco tarde para pedirle su opinión. «Para hacer bien las cosas —se dijo Marcel—, habría que haberse ido ayer. ¡Qué pena, comprobar que la gente rica y famosa tiene menos conocimiento que los animales! ¡Por lo menos ellos barruntan el peligro!» A él, por su parte, no le daban miedo los alemanes. Los había visto en el catorce. Ahora ya no era movilizable y lo dejarían tranquilo. Pero estaba escandalizado de que no se hubieran tomado medidas respecto a la casa, los muebles y la plata a su debido tiempo. Se permitió un suspiro apenas perceptible. Él lo habría embalado todo, escondido en cajas y puesto a buen recaudo hacía tiempo. Sentía hacia sus señores una especie de desprecio afectuoso, parecido al que sentía por los galgos blancos, hermosos pero sin carácter.

—La señora haría bien en advertir al señor —concluyó.

Florence avanzó hacia el salón, pero, apenas entreabrió la puerta, oyó la voz de Gabriel: era la de los peores días, la de los momentos de trance, una voz lenta, ronca, entrecortada por una tos nerviosa.

Dio instrucciones a Marcel y la doncella y se ocupó de los objetos más valiosos, los que uno se lleva en la huida, en el peligro. Hizo colocar sobre su cama una maleta ligera y resistente. En primer lugar escondió las joyas que había tenido la precaución de sacar del cofre. Puso encima un poco de ropa interior, los artículos de aseo, dos blusas de repuesto, un sencillo vestido de noche, para tener algo que ponerse nada más llegar, porque había que contar con retrasos en la carretera, un albornoz y unas chinelas, su estuche de maquillaje (que ocupaba bastante sitio) y, naturalmente, el manuscrito de Gabriel. Intentó cerrar la maleta, en vano. Movió el cofrecillo de las joyas y volvió a intentarlo. No, estaba claro que había que sacar algo. Pero ¿qué? Todo era indispensable. Apoyó una rodilla en la maleta, presionó y tiró del cierre inútilmente… Estaba empezando a ponerse nerviosa. Acabó por llamar a la doncella.

—¿Podrías cerrar esto, Julie?

—Está demasiado llena, señora. Es imposible.

Por un instante, Florence dudó entre el estuche de maquillaje y el manuscrito. Eligió el maquillaje y cerró la maleta.

«Meteremos el manuscrito en la sombrerera —pensó—. ¡Ah, no! Lo conozco: estallidos de ira, un ataque de angustia, la digitalina para el corazón… Mañana veremos. Lo mejor es prepararlo todo para el viaje esta noche y que no se entere de nada. Después ya veremos…»

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4

Los Maltête-Lyonnais habían legado a los Péricand no sólo su fortuna, sino también la predisposición a la tuberculosis. La enfermedad se había llevado a dos hermanas de Adrien Péricand de corta edad. El padre Philippe la había padecido hacía tiempo, pero dos años en la montaña parecían haberlo sanado en el momento en que al fin acababa de ser ordenado sacerdote. No obstante, aún tenía los pulmones delicados y, tras el estallido de la guerra, fue declarado inútil. Sin embargo, su aspecto era el de un hombre sano. Tenía tez sonrosada, espesas cejas negras y apariencia robusta y saludable. Era párroco en un pueblo de Auvernia. Cuando su vocación se confirmó, la señora Péricand lo abandonó al Señor. A ella le hubiese gustado un poco de gloria mundana, que su primogénito estuviera llamado a altos destinos, en lugar de enseñar el catecismo a los hijos de los campesinos del Puy-de-Dôme. Y a falta de un cargo eclesiástico importante, habría preferido para su hijo el claustro antes que aquella mísera parroquia. «Es un desperdicio —le decía con convicción—. Malgastas los dones que te concedió el Todopoderoso.» Pero se consolaba pensando que la dureza del clima le hacía bien. El aire de las grandes altitudes, que había respirado en Suiza durante dos años, parecía habérsele hecho necesario. En París se reencontraba con las calles y las recorría a largas y ágiles zancadas que hacían sonreír a los viandantes, porque la sotana no casaba con aquellos andares.

Esa mañana, Philippe se detuvo ante un inmueble gris y entró en un patio que olía a col: la Obra de los Pequeños Arrepentidos del decimosexto distrito ocupaba una casa construida detrás de un edificio alto de viviendas de alquiler. Como lo expresaba la señora Péricand en la carta anual dirigida a los amigos de la Obra (miembro fundador, 500 francos al año; benefactor, 100 francos, y afiliados, 20 francos), allí los niños vivían en las mejores condiciones materiales y morales, entregados al aprendizaje de diversos oficios y a una sana actividad física. A un lado de la casa se alzaba un pequeño hangar acristalado que albergaba un taller de ebanistería y un banco de zapatero. A través de los cristales, el padre Péricand vio las redondas cabezas de los pupilos, que se alzaron un instante al oír sus pasos. En un recuadro de jardín, entre la escalinata y el hangar, dos muchachos de unos quince años trabajaban a las órdenes de un celador. No llevaban uniforme. No se había querido perpetuar el recuerdo de los correccionales, que algunos conocían ya. Vestían ropa confeccionada por personas caritativas que aprovechaban restos de lana y telas en su beneficio. Un muchacho llevaba un jersey verde manzana que le dejaba al descubierto las delgadas y velludas muñecas. Removían la tierra, arrancaban malas hierbas y plantaban macetas con irreprochable disciplina. Saludaron al padre Péricand, que les sonrió. El sacerdote se veía sereno, pero su expresión era seria y un tanto triste. Sin embargo, su sonrisa irradiaba una gran dulzura, al tiempo que un poco de timidez y tierno reproche. «Yo os quiero. ¿Por qué no me queréis vosotros a mí?», parecía decir. Los niños lo miraban en silencio.

—Qué buen tiempo… —dijo Philippe.

—Sí, señor cura —respondieron los chicos con mecánica frialdad.

Philippe murmuró otra frase y entró en el vestíbulo. La casa era gris y pulcra, y la habitación en que se encontraba estaba casi desnuda. El mobiliario se reducía a dos sillas de rejilla. Era el locutorio donde los pupilos recibían a las visitas, toleradas pero no alentadas. Por otra parte, casi todos eran huérfanos. Muy de tarde en tarde, alguna vecina que había conocido a sus difuntos padres o una hermana mayor que servía en provincias se acordaba de ellos y obtenía permiso para verlos. Pero el padre Péricand nunca se había encontrado con nadie en aquel locutorio, contiguo al despacho del director.

El director, un hombre menudo y pálido de párpados sonrosados, tenía una nariz puntiaguda y trémula como un hocico que olfatea la comida. Sus pupilos lo llamaban «la rata» y «el tapir». Al ver entrar a Philippe le tendió los brazos; tenía las manos frías y húmedas.

—No sé cómo agradecerle su bondad, señor cura. ¿Realmente se encargará de nuestros pupilos? —Los niños debían ser evacuados al día siguiente, y a él acababan de llamarlo urgentemente al sur, junto a su esposa enferma—. El celador teme verse desbordado, no poder con nuestros treinta muchachos él solo.

—Parecen muy dóciles —observó Philippe.

—Sí, son buenos chicos. Nosotros los suavizamos, domamos a los más rebeldes… Pero, modestia aparte, todo esto lo hago funcionar yo solo. Los celadores son un poco timoratos. Además, la guerra nos ha privado de uno, y el otro… —Hizo una mueca—. Excelente si no lo sacas de la rutina, pero incapaz de la menor iniciativa. Uno de esos hombres que se ahogan en un vaso de agua. En fin, no sabía a qué santo encomendarme para llevar a buen término la evacuación, cuando su señor padre me dijo que estaba usted de paso, que mañana regresaría a sus montañas y que no se negaría a acudir en nuestra ayuda.

—Lo haré con sumo gusto. ¿Cómo viajarán los chicos?

—Hemos conseguido dos camiones. Tenemos suficiente gasolina. Como sabe, el lugar de acogida se encuentra a unos cincuenta kilómetros de su parroquia. Apenas tendrá que alargar el viaje.

—Tengo libre hasta el jueves —dijo Philippe—. Me sustituye un compañero.

—¡No, el viaje no durará tanto! Su padre me ha dicho que conoce usted la casa que una dama benefactora ha puesto a nuestra disposición. Es un amplio edificio en medio del bosque. La propietaria lo heredó el año pasado y el mobiliario, que era muy elegante, se vendió poco antes de la guerra. Los chicos podrán acampar en el parque. Y en esta hermosa estación, ¡qué alegría para ellos! Al comienzo de la guerra ya pasaron tres meses en Corrèze, en otra casa de campo amablemente ofrecida a la Obra por una de esas damas. Allí no teníamos ningún medio de calefacción. Por la mañana había que romper el hielo de las jofainas. Los niños se portaron mejor que nunca. Ha pasado el tiempo de las pequeñas comodidades, de la regalada vida en paz. —El sacerdote miró el reloj—. ¿Querría almorzar conmigo, padre? —añadió el director.

Philippe rehusó la invitación. Había llegado a París esa misma mañana, tras viajar toda la noche. Temía que Hubert cometiera no sabía qué locura y había venido a buscarlo, pero la familia salía ese mismo día hacia Nièvre. Philippe quería estar presente cuando se marcharan; no les vendría mal que les echara una mano, pensó sonriendo.

—Voy a anunciar a nuestros pupilos que va usted a reemplazarme —dijo el director—. Tal vez desee dirigirles unas palabras, a modo de primera aproximación. Pensaba hablarles yo, despertar sus mentes a la conciencia de las guerras padecidas por la Patria; pero salgo a las cuatro y…

—Les hablaré yo —respondió el padre Péricand.

Luego, bajó los ojos y se llevó la yema de los dedos a los labios. Una expresión de severidad y tristeza, dirigidas ambas hacia sí mismo, hacia su propio corazón, le cubrió el rostro. No quería a aquellos pobres chicos. Se acercaba a ellos con dulzura, con toda la buena voluntad de que era capaz, pero en su presencia no sentía más que frialdad y repugnancia, ningún arranque de amor, ni el menor asomo de la divina palpitación que despertaban los pecadores más miserables cuando imploraban perdón. En las fanfarronadas de muchos viejos ateos, de muchos blasfemos impenitentes, había más humildad que en las palabras o las miradas de aquellos niños. Su aparente docilidad era espantosa. Pese al bautismo, pese a los sacramentos de la comunión y la penitencia, ningún rayo salvador llegaba hasta ellos. Hijos de las tinieblas, ni siquiera tenían suficiente fuerza espiritual para elevarse hasta el deseo de la luz; no la presentían, no la anhelaban, no la echaban en falta. El padre Péricand pensó enternecido en sus niños de la catequesis. No, tampoco se hacía ilusiones respecto a ellos. Ya sabía que el mal había echado raíces firmes y duraderas en sus jóvenes almas; pero, a veces, qué estallidos de ternura, qué gracia inocente, qué estremecimientos de piedad y horror cuando les hablaba de los suplicios de Cristo… No veía el momento de regresar junto a ellos. Pensó en la ceremonia de la comunión, fijada para el domingo siguiente.

Entretanto, habían llegado a la sala en que acababan de reunir a los pupilos. Las contraventanas estaban cerradas. En la penumbra, Philippe tropezó en el escalón del umbral y tuvo que agarrarse al brazo del director. Miró a los niños temiendo, esperando un estallido de risas ahogadas. A veces basta un incidente tan nimio como aquél para romper el hielo entre profesores y alumnos. Pero no; ninguno rechistó. Pálidos, con los labios apretados y los ojos bajos, esperaban en pie, formando un semicírculo delante de la pared, con los más pequeños en primera línea. Éstos tenían entre once y quince años. Casi todos eran bajos y enclenques para su edad. Detrás estaban los adolescentes, de entre quince y diecisiete años. Algunos tenían la frente estrecha y pesadas manos de asesino. Una vez más, en cuanto los tuvo delante, el padre Péricand fue presa de un extraño sentimiento de aversión y casi de miedo. Tenía que vencerlo a toda costa. Avanzó hacia ellos, que retrocedieron imperceptiblemente, como buscando refugio en la pared.

—Hijos míos, a partir de mañana y hasta el final de vuestro viaje, sustituiré al señor director —anunció—. Ya sabéis que vais a abandonar París. Sólo Dios conoce la suerte que correrán nuestros soldados y nuestra amada Patria. Sólo Él, en su infinita sabiduría, conoce la suerte que correremos cada uno de nosotros en los días venideros. Lamentablemente, es muy probable que todos suframos en nuestro corazón, porque las desgracias públicas están hechas de una multitud de desgracias privadas. No obstante, son el único caso en que tomamos conciencia, ciegos e ingratos como somos, de la solidaridad que nos une como a miembros de un mismo cuerpo. Lo que me gustaría pediros es un acto de confianza en Dios. Con la boca pequeña solemos repetir: «Hágase tu voluntad», pero en nuestro fuero interno exclamamos: «¡Hágase mi voluntad, Señor!» Sin embargo, ¿por qué buscamos a Dios? Porque anhelamos la felicidad; la aspiración a la felicidad es un rasgo innato del hombre, y esa felicidad puede dárnosla Dios en esta vida, sin necesidad de esperar la muerte y la Resurrección, si aceptamos su voluntad, si hacemos nuestra esa voluntad. Hijos míos, que cada uno de vosotros se confíe a Dios. Que se dirija a Él como a un padre, que ponga su vida en sus amorosas manos, y la paz divina descenderá sobre él de inmediato. —Philippe esperó un instante, observándolos—. Ahora diremos juntos una breve oración.

Treinta voces agudas e indiferentes recitaron el padrenuestro. Treinta chupados rostros rodeaban al sacerdote; las frentes se inclinaron con un movimiento brusco, mecánico, cuando el padre Péricand hizo la señal de la cruz ante ellas. Un niño de boca grande y amarga fue el único que volvió los ojos hacia la ventana, y el rayo de luz que se colaba entre los postigos iluminó una delicada mejilla cubierta de pecas y una nariz fina y contraída.

Ninguno de ellos se movió ni respondió. A un toque de silbato del celador, se pusieron en fila y abandonaron la sala.

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5

Las calles estaban desiertas. Los comerciantes echaban los cierres de las tiendas. En el silencio, sólo se oía su ruido metálico, ese sonido que con tanta fuerza resuena en los oídos las mañanas de sublevación o guerra en las ciudades amenazadas. Más lejos, en su recorrido habitual, los Michaud vieron camiones cargados esperando a las puertas de los ministerios. Menearon la cabeza. Como de costumbre, se cogieron del brazo para cruzar la avenida de la Ópera frente al banco, aunque esa mañana la calzada estaba vacía. Ambos eran empleados de banca y trabajaban para la misma entidad, aunque él ocupaba un puesto de contable desde hacía quince años mientras que ella sólo llevaba unos meses contratada «de forma provisional, hasta que acabe la guerra». Era profesora de canto, pero en septiembre del año anterior había perdido a todos sus alumnos, enviados a provincias por sus familias para protegerlos de los bombardeos. El sueldo del marido nunca había bastado para mantenerlos, y su único hijo estaba en el frente. Gracias a aquel puesto de secretaria habían podido salir adelante; como ella decía: «¡No hay que pedir lo imposible a mi pobre marido!» Su vida nunca había sido fácil desde el día en que escaparon de sus casas para casarse contra la voluntad de sus padres. De eso hacía mucho tiempo. La señora Michaud tenía el pelo gris, pero su delgado rostro todavía conservaba parte de su belleza. Él era de estatura baja y tenía aspecto cansado y descuidado, pero a veces, cuando se volvía hacia ella, la miraba y le sonreía, una llama burlona y tierna iluminaba los ojos de su mujer, la misma, pensaba él, sí, realmente casi la misma de antaño. La ayudó a subir a la acera y recogió el guante que se le había caído. Ella se lo agradeció con un ligero apretón en la mano que él le tendía. Otros empleados convergían hacia la puerta del banco. Al pasar junto a los Michaud, uno de ellos les preguntó:

—¿Nos vamos, por fin?

Ellos no sabían nada. Era 10 de junio, un lunes. Dos días antes, al salir del trabajo todo parecía tranquilo. Evacuaban los valores a provincias, pero todavía no se había decidido nada sobre los empleados. Su destino se decidiría en el primer piso, donde se encontraban los despachos de dirección, dos grandes puertas pintadas de verde y acolchadas, ante las que los Michaud pasaron rápida y silenciosamente. Se separaron al final del pasillo; él subía a contabilidad y ella se quedaba en la zona privilegiada: era la secretaria de uno de los directores, el señor Corbin, el auténtico mandamás. Su segundo, el señor conde de Furières (casado con una Salomon-Worms), se encargaba más particularmente de las relaciones externas del banco, que tenía una clientela reducida pero muy selecta. Sólo se admitía a los grandes terratenientes y a los nombres más importantes de la industria, preferiblemente metalúrgica. El señor Corbin esperaba que su colega el conde de Furières facilitara su admisión en el Jockey. Llevaba años viviendo en esa espera. El conde consideraba que favores tales como invitaciones a cenas y a las cacerías de Furières compensaban ampliamente ciertas facilidades de caja. Por la noche, la señora Michaud remedaba para su marido las conversaciones de ambos directores, sus agrias sonrisas, las muecas de Corbin y las miradas del conde, lo que hacía un poco más llevadera la monotonía del trabajo diario. Pero desde hacía algún tiempo no tenían ni esa distracción: el conde de Furières estaba en el frente de los Alpes y Corbin dirigía solo la sucursal.

La señora Michaud entró con la correspondencia en la pequeña antesala del despacho del director. Un tenue perfume flotaba en el aire. Eso bastó para que supiera que Corbin estaba ocupado. El director protegía a una bailarina: la señorita Arlette Corail. Nunca se le había conocido una amante que no fuera bailarina. Era como si las mujeres que realizaban cualquier otra actividad no le interesaran. Ninguna mecanógrafa, por atractiva o joven que fuera, había conseguido desviarlo de aquella preferencia. Se mostraba igualmente odioso, grosero y tacaño con todas sus empleadas, fueran guapas o feas, jóvenes o viejas. Hablaba con una vocecilla atiplada, que resultaba curiosa en aquel pesado corpachón de buen comedor. Cuando se encolerizaba, su voz se volvía aguda y vibrante como la de una mujer.

Ese día, el estridente sonido que tan bien conocía la señora Michaud atravesaba la puerta cerrada. Uno de los empleados entró en la antesala y, bajando la voz, le anunció:

—Nos vamos.

—¿Ah, sí? ¿Cuándo?

—Mañana.

Por el pasillo se deslizaban sombras cuchicheantes. Los empleados se paraban a hablar en los huecos de las ventanas y en los umbrales de los despachos. Corbin abrió al fin su puerta y la bailarina salió. Llevaba un vestido rosa caramelo y un gran sombrero de paja sobre el cabello teñido. Tenía un cuerpo esbelto y bien proporcionado y una expresión dura y cansada bajo el maquillaje. Unas manchas rojas le salpicaban las mejillas y la frente. Estaba visiblemente furiosa.

—¿Qué quieres, que me vaya andando? —le oyó decir la señora Michaud.

—Vuelve al taller. Nunca me haces caso. No seas tacaña, págales lo que quieran y repararán el coche.

—Ya te he dicho que es imposible, ¡imposible! ¿Entiendes el idioma?

—Entonces, querida, ¿qué quieres que te diga? Los alemanes están a las puertas de París. ¿Y tú pretendes ir en dirección a Versalles? Además, ¿para qué vas allí? Coge el tren.

—¿Sabes cómo están las estaciones?

—Las carreteras no estarán mucho mejor.

—Eres… eres un inconsciente. Te vas, te llevas tus dos coches...

—Transporto los expedientes y parte del personal. ¿Qué demonios quieres que haga con el personal?

—¡Ah, no seas grosero, por favor! ¡Tienes el coche de tu mujer!

—¿Quieres viajar en el coche de mi mujer? ¡Una idea estupenda!

La bailarina le dio la espalda y silbó a su perro, que acudió dando brincos. Ella le puso el collar con manos temblorosas de indignación.

—Toda mi juventud sacrificada a un…

—¡Vamos, déjate de historias! Te telefonearé esta noche. Entretanto, veré qué puedo hacer…

—No, no. Ya veo que tendré que ir a morirme en una cuneta... ¡Oh! ¡Cállate, por Dios, me exasperas!

Por fin se dieron cuenta de que la secretaria los estaba oyendo. Bajaron la voz y Corbin cogió del brazo a su amante y la acompañó hasta la puerta. A la vuelta, fulminó con la mirada a la señora Michaud, que se cruzó con él y recibió la primera descarga de su mal humor.

—Reúna a los jefes de departamento en la sala del consejo. ¡Inmediatamente!

La señora Michaud salió para dar las órdenes oportunas. Unos instantes después, los empleados entraban en una gran sala donde el retrato de cuerpo entero del actual presidente, el señor Auguste-Jean, afectado desde hacía tiempo de un reblandecimiento del cerebro debido a su avanzada edad, hacía frente a un busto de mármol del fundador del banco.

Corbin los recibió de pie tras la mesa oval, en la que nueve cartapacios señalaban los puestos del consejo de administración.

—Señores, mañana a las ocho nos pondremos en camino hacia nuestra sucursal en Tours. Llevaré los expedientes del consejo en mi coche. Señora Michaud, usted y su marido me acompañarán. Los que tienen vehículo propio, que pasen a recoger al personal y se presenten a las seis de la mañana delante de la puerta del banco. Me refiero a aquellos a los que he comunicado que deben marcharse. En cuanto a los demás, intentaré arreglarlo. Si no, cogerán el tren. Muchas gracias, señores.

El director desapareció, y un rumor de voces inquietas llenó la sala. Dos días antes, el propio Corbin había declarado que no preveía ningún traslado, que los rumores alarmistas eran obra de traidores, que el banco seguiría en su puesto y cumpliría con su deber, aunque otros faltaran a él. Si el «repliegue», como púdicamente se le llamaba, se había decidido con tanta precipitación, era sin duda porque todo estaba perdido. Las mujeres se enjugaban los ojos llorosos. Los Michaud se abrieron paso entre los grupos y se quedaron juntos. Ambos pensaban en su hijo Jean-Marie. Su última carta estaba fechada el 2 de junio. Hacía sólo ocho días. ¡Cuántas cosas podían haber ocurrido desde entonces, Dios mío! En su angustia, el único consuelo posible era la presencia del otro.

—¡Qué alegría no tener que separarnos! —le susurró ella.