UNO

Se apresuraron escaleras arriba, subiendo los peldaños de dos en dos y tratando de no hacer ruido. Gamache se esforzó por respirar con normalidad, como si estuviera en el sofá de su casa sin la menor preocupación.

—¿Señor? —dijo una voz joven por los auriculares de Gamache.

—Confía en mí, hijo. No va a pasarte nada.

Tenía la esperanza de que el joven agente no detectase tensión en su voz, el tono monótono con que el inspector jefe trataba de transmitir autoridad y seguridad.

—Le creo.

Llegaron al rellano y el inspector Beauvoir se detuvo y miró a su jefe. Gamache consultó el reloj.

Cuarenta y siete segundos.

Aún quedaba tiempo.

Por los auriculares, el agente le hablaba de la luz del sol, de lo bien que le sentaba notar los rayos en la cara.

El resto de la unidad llegó al rellano equipado con los chalecos tácticos, los rifles automáticos a punto y la mirada atenta. Clavada en el jefe. Junto a él, el inspector Beauvoir también aguardaba su decisión: ¿por qué lado? Estaban cerca. A tan sólo unos metros de su objetivo.

Gamache contempló uno de los dos pasillos oscuros y lóbregos de la fábrica abandonada. Después el otro.

Parecían idénticos. La luz se abría paso a duras penas por los cristales rotos de las ventanas mugrientas que rodeaban las diferentes salas; con ella entraba aquella mañana de diciembre.

Cuarenta y tres segundos.

Señaló hacia la izquierda con convicción y todos echaron a correr en silencio en dirección a la puerta del fondo. Mientras avanzaba, Gamache agarró bien el rifle y habló con calma por el micro.

—No hay de qué preocuparse.

—Quedan cuarenta segundos, señor.

Cada palabra, una exhalación, como si al hombre con quien hablaba le faltase el aliento.

—Escúchame —dijo Gamache, al tiempo que señalaba una puerta con vehemencia.

El equipo se abalanzó hacia ella.

Treinta y seis segundos.

—No voy a permitir que te ocurra nada —insistió Gamache. Hablaba convencido, imponente, retando al joven agente a llevarle la contraria—. Esta noche cenas en casa con tu familia.

—Sí, señor.

La unidad táctica formó alrededor de la puerta cerrada y el sucio cristal esmerilado. Dentro no se veía luz.

Gamache hizo una pausa con la mirada fija en la puerta y la mano en alto, listo para dar la señal de derribarla. De rescatar a su agente.

Veintinueve segundos.

A su lado, Beauvoir estaba tenso, esperando la orden.

Demasiado tarde, el inspector jefe Gamache se dio cuenta de que había cometido un error.

—Dale tiempo, Armand.

—Avec le temps?

Gamache le devolvió la sonrisa al anciano y apretó el puño derecho para controlar el temblor. Aunque era tan leve que estaba seguro de que la camarera de aquella cafetería de la ciudad de Quebec no lo había notado. Los dos estudiantes que tecleaban en sus ordenadores portátiles tampoco iban a darse cuenta. Nadie se fijaría.

Salvo alguien muy cercano.

Miró a Émile Comeau, que partía un croissant crujiente con mano firme. El mentor y antiguo superior de Gamache estaba a punto de cumplir los ochenta. Tenía el pelo cano y bien peinado, y sus ojos, a través de las gafas, eran de un intenso color azul. Incluso a su edad estaba delgado y lleno de energía, aunque cada vez que Armand Gamache lo visitaba le notaba el rostro un poco menos terso, los movimientos ligeramente más lentos.

Avec le temps.

Viudo desde hacía cinco años, Émile Comeau conocía bien el poder y el peso del tiempo.

Reine-Marie, la esposa de Gamache, se había marchado al amanecer tras pasar una semana con ellos en la casa de piedra de Émile, en el casco antiguo amurallado de Quebec. Cenas tranquilas en buena compañía, frente al fuego; paseos por las estrechas callejuelas cubiertas de nieve. Conversaciones. Silencios. Habían leído los periódicos y comentado los acontecimientos. Los tres juntos. Cuatro, si contaban a Henri, su pastor alemán.

Y casi todos los días Gamache había ido a leer solo
a la biblioteca del barrio.

Émile y Reine-Marie le concedían esa licencia, conscientes de que en aquel momento necesitaba compañía, pero también estar a solas.

A Reine-Marie le había llegado el momento de partir y, después de despedirse de Émile, se volvió hacia su marido. Alto, robusto, un hombre que prefería un buen libro y un largo paseo a cualquier otra cosa. A los cincuenta y tantos, parecía más un distinguido profesor que el jefe de la división de Homicidios más prestigiosa de Canadá: la de la Sûreté du Québec. La acompañó al coche y retiró la escarcha del parabrisas.

—Sabes que no hace falta que te vayas, ¿verdad? —le dijo con una sonrisa.

El día, recién nacido, aún era frágil. Henri se sentó en un montón de nieve y los observó.

—Sí, pero Émile y tú necesitáis pasar tiempo juntos. He visto cómo os mirabais.

—¿Tanto se nos nota el anhelo? —El inspector jefe rió—. Creía que estábamos siendo discretos.

—A las esposas no se nos escapa nada.

Sonrió y lo miró a los ojos. Los tenía de un intenso color castaño. Gamache llevaba un sombrero que no le ocultaba las canas por completo y que, justo en el borde, donde acababa la tela, le rizaba un poco el pelo. También llevaba barba. Poco a poco iba acostumbrándose a verlo con ella. Durante muchos años había llevado bigote, pero desde que ocurrió aquello, también se había dejado crecer una barba corta.

Esperó un momento. ¿Debería decírselo? La idea le rondaba la cabeza casi siempre; tenía las palabras en la punta de la lengua. Pero las que ella conocía eran inútiles, si puede afirmarse eso de una palabra. En cualquier caso, sabía que no le iban a servir para forzar lo que tenía que ocurrir. De lo contrario, lo arroparía con palabras, lo revestiría con ellas.

—Ven a casa cuando puedas —prefirió decir con voz alegre.

Él le dio un beso.

—Sí, no te preocupes. Dentro de unos días, una semana como mucho. Llámame cuando llegues.

—D’accord.

Y se subió al coche.

—Je t’aime —dijo él, y metió la mano enguantada por la ventanilla para tocarle el hombro.

«¡Ve con cuidado! —gritaba ella en silencio—, mantente a salvo. Ven a casa conmigo. Ten cuidado, ten cuidado, ten cuidado.»

Sin quitarse el guante, Reine-Marie posó la suya sobre la de él.

—Je t’aime.

Y al partir hacia Montreal lo vio por el retrovisor, plantado en mitad de la calle, al amanecer, con Henri a su lado, como de costumbre. Los dos la siguieron con la mirada hasta que desapareció.

El inspector jefe permaneció allí incluso después de que el coche doblase la esquina. Al final cogió una pala y, poco a poco, fue retirando la nieve esponjosa que se había acumulado en los escalones de la entrada durante la noche. Paró a descansar un momento y, con los brazos cruzados sobre el mango de la pala, contempló maravillado la belleza de la nieve fresca acariciada por los primeros rayos de sol. Más que blanca, parecía de color azul pálido y, aquí y allá, donde se acumulaban los copos arremolinados por el viento, refulgía como diminutos prismas que atrapaban la luz, la reinventaban y la devolvían. Como un organismo vivo y eufórico.

La vida en la vieja ciudad amurallada era amable y a la vez dinámica, antigua pero excitante.

El inspector jefe cogió un puñado de nieve y la aplastó para formar una bola. Henri se levantó al instante y empezó a mover la cola con tal entusiasmo que meneaba hasta los cuartos traseros. Sin apartar la vista de la esfera.

Gamache la lanzó al aire, el perro dio un brinco, cerró las fauces a su alrededor y masticó. Mientras aterrizaba, Henri se sorprendió una vez más de que aquella cosa que parecía tan sólida hubiese desaparecido.

Se había desvanecido en un abrir y cerrar de ojos.

Pero la próxima vez sería distinto.

Gamache se echó a reír. Tal vez tuviese razón.

Justo entonces, Émile salió por la puerta envuelto en un inmenso abrigo para protegerse del penetrante frío de febrero.

—¿Listo?

El anciano se encasquetó un gorro de lana y se lo caló hasta las cejas para que le tapase las orejas y la frente; después se puso un par de manoplas gruesas como guantes de boxeo.

—¿Para qué? ¿Para soportar un asedio?

—Para ir a desayunar, mon vieux. Venga, a ver si llegamos antes de que alguien se lleve el último croissant.

Sabía cómo motivar a su antiguo subordinado. Émile enfiló la calle nevada casi sin esperar a que Gamache dejara la pala en su sitio. A su alrededor, los residentes de la ciudad de Quebec iban despertándose. Salían a la joven luz de la mañana para apartar la nieve o rascar el hielo de los coches, para ir a la boulangerie a buscar el pan y a tomar el café de la mañana.

Los dos bajaron por la rue St-Jean con Henri y pasaron por delante de los restaurantes y las tiendas para turistas hasta llegar a una calleja llamada rue Couillard, donde estaba Chez Temporel.

Hacía quince años que iban allí, desde que el superintendente Émile Comeau se había mudado a la vieja Quebec después de jubilarse. Gamache iba a visitarlo, a pasar tiempo con su mentor, y a ayudarlo con las tareas que iban acumulándose: retirar la nieve, apilar leña para la chimenea, sellar las ventanas para que no entrase la corriente. Sin embargo, aquella visita era distinta. No tenía nada que ver con las otras ocasiones en que el inspector jefe Gamache había acudido a Quebec.

Porque esa vez era él quien necesitaba ayuda.

—Bueno... —Émile se reclinó en la silla con el tazón de café au lait entre sus esbeltas manos—. ¿Cómo va tu investigación?

—Aún no he encontrado ninguna mención de que el capitán Cook se encontrase con Bougainville antes de la batalla de Quebec, pero fue hace doscientos cincuenta años. La documentación está repartida por todas partes y mal conservada. Aun así sé que allí hay algo —dijo Gamache—. Es una biblioteca asombrosa. Hay tomos de hace cientos de años.

Comeau miraba a su compañero mientras éste le hablaba de su exploración del fondo arcano de una pequeña biblioteca y de los detalles y chismes que estaba sacando a la luz sobre una batalla que se había librado y perdido hacía mucho tiempo. Perdido, al menos, desde su punto de vista. ¿Estaba viendo por fin un brillo nuevo en aquel par de ojos que tanto quería? Aquellos ojos en los que tan a menudo había buscado complicidad en los escenarios de los crímenes más horrendos, cuando iban a la caza de asesinos. Cuando cruzaban a toda prisa bosques, pueblos y campos siguiendo pistas, pruebas y sospechas. «Hacia la titánica penumbra del abismo de los miedos», Émile recordó la cita al pensar en aquellos tiempos. Sí, aquello lo describía con exactitud: «abismo de los miedos». Tanto suyos como de los asesinos. Gamache y él se habían sentado a la mesa en distintos lugares de toda la provincia, igual que ahora.

Sin embargo, había llegado el momento de descansar de tanto asesinato. No más muertes ni matanzas. Armand había visto demasiadas en los últimos tiempos y ahora le convenía más sumergirse en la historia, en vidas que habían transcurrido hacía mucho. Ejercicio intelectual, ni más ni menos.

Henri, tumbado a su lado, se sobresaltó y Gamache bajó la mano por instinto para acariciarle la cabeza y tranquilizarlo. Y de nuevo Émile notó el ligero temblor. En aquel momento apenas era perceptible, pero otras veces era más fuerte. Y otras desaparecía por completo. Se trataba de una señal reveladora, y Émile ya conocía la terrible historia que escondía.

Le habría gustado cogerle la mano, inmovilizársela y decirle que todo saldría bien, porque de eso estaba seguro.

Con el tiempo.

Al observar a Armand Gamache, volvió a fijarse en la cicatriz recortada que tenía en la sien izquierda y en la barba que se había dejado crecer. Para que no se quedasen mirándolo fijamente. Para que nadie reconociese al agente de policía más reconocible de Quebec.

Pero, por supuesto, eso no importaba, porque Armand Gamache no se escondía de ellos. No se escondía de la gente.

La camarera de Chez Temporel llegó con más café.

—Merci, Danielle —dijeron ambos.

Ella se marchó sonriendo a los dos hombres que, pese a su apariencia diferente, le resultaban muy similares.

Tomaron café y comieron pain au chocolat y croissants aux amandes, y hablaron sobre el carnaval de Quebec, que empezaba aquella misma noche. De vez en cuando se quedaban callados, viendo pasar por la gélida calle a los hombres y las mujeres que se apresuraban de camino al trabajo. Alguien había tallado un trébol en una pequeña hendidura del centro de la mesa y Émile lo frotó con el dedo.

Mientras tanto, se preguntaba cuándo querría hablar Armand sobre lo que había sucedido.

Eran las diez y media y la reunión mensual de la junta de la Sociedad Literaria e Histórica estaba a punto de comenzar. Durante muchos años, ésta se había celebrado por la tarde, con la biblioteca ya cerrada, pero cada vez asistían menos miembros de la junta.

El presidente, Porter Wilson, había cambiado la hora. Al menos creía haberlo hecho. O, como mínimo, eso decía el acta de la reunión: que él lo había sometido a moción, aunque tuviera el vago recuerdo inconfesado de haber abogado en contra.

Y allí estaban, reunidos por la mañana, como hacían en los últimos años. Los demás miembros de la junta se habían amoldado al cambio, igual que Porter. No le había quedado más remedio, puesto que al parecer la idea la había tenido él.

Que hubieran conseguido adaptarse era un milagro. La última vez que les habían pedido que cambiaran algo, había sido el cuero desgastado de los sillones de la sociedad, y de eso hacía ya sesenta y tres años. Los socios aún recordaban a sus padres, madres y abuelos apostados a lado y lado de la línea Mason-Dixon de la tapicería. Los comentarios mordaces a puerta cerrada, hechos a la espalda, pero delante de los niños. Sesenta y tres años después, ¿quién podía olvidar esa muda artera del cuero negro viejo al nuevo cuero negro?

Al retirar su silla para presidir la mesa, Porter vio que parecía envejecida. Se sentó sin perder un instante para que nadie, y mucho menos él, notase el desgaste.

Delante de su asiento y del de todos los demás había una línea marcial hecha de montoncitos de documentos que cruzaba la mesa de madera. Obra de Elizabeth MacWhirter. Porter examinó a su compañera: sencilla, alta y delgada. Al menos había sido así cuando el mundo era joven. Ahora parecía liofilizada, como esos antiguos cadáveres que sacaban de los glaciares. Todavía reconocibles como humanos, aunque ajados y de tez grisácea. Llevaba un vestido azul y funcional, de corte excelente y, sospechaba, muy buen tejido. No en vano se trataba de una MacWhirter. Una familia venerable y acaudalada. No muy dada a exhibir fortuna, y tampoco inteligencia. Uno de sus hermanos había vendido el imperio naviero con diez años de retraso. Pero aún quedaba algo de dinero. Porter pensó que era algo aburrida pero responsable. No era una líder ni una visionaria. Ni la clase de persona que podía mantener unida una comunidad en peligro. A diferencia de él. Y su padre antes que él, y su abuelo.

La reducida comunidad inglesa que vivía dentro de las murallas de la vieja Quebec peligraba desde hacía varias décadas. Era una especie de riesgo perpetuo que a veces empeoraba y otras mejoraba, pero que nunca llegaba a desaparecer del todo. Como los ingleses.

Porter Wilson no había luchado en ninguna guerra, pues primero había sido demasiado joven y después demasiado viejo. Guerras oficiales, claro, porque tanto él como los demás miembros de la junta se sabían inmersos en una batalla constante. Una que, en secreto, sospechaba que estaban perdiendo.

Junto a la puerta, Elizabeth MacWhirter iba saludando a los compañeros de la junta a medida que llegaban y se fijaban en Porter Wilson, que ya presidía la mesa y repasaba sus notas.

Elizabeth sabía que él había alcanzado muchos logros en la vida. El coro que había organizado, el teatro de aficionados, el ala para el hogar de ancianos; todos conseguidos a base de fuerza de voluntad y personalidad. Y todos menos de lo que podrían haber sido si hubiera pedido y aceptado el consejo de los demás.

Su poderío y personalidad tenían el don de crear e inutilizar a partes iguales. ¿Cuántas cosas más habría logrado de ser una persona más considerada? Era cierto que el dinamismo y la amabilidad no solían ir de la mano, pero cuando lo hacían eran imparables.

Y Porter no servía como ejemplo de ello. Culpa suya, sin duda. Y ahora, la única junta que lo soportaba era la de la Sociedad Literaria e Histórica. Elizabeth lo conocía desde hacía setenta años, desde que lo veía comer solo cada día en la escuela y decidió hacerle compañía. Porter supuso que su intención era hacerle la pelota a un miembro del gran clan de los Wilson y la trató con desdén.

No obstante, ella siguió haciéndole compañía. No porque le cayese bien, sino porque ya entonces era consciente de algo que él tardó décadas en descubrir: los ingleses de la ciudad de Quebec ya no eran los titanes, los buques de vapor, los elegantes transatlánticos de la sociedad y la economía.

Eran un bote salvavidas. Iban a la deriva. Y dentro de un bote no se le declara la guerra a nadie.

Elizabeth MacWhirter se había dado cuenta de eso y siempre que Porter Wilson estaba a punto de hacer que la embarcación se fuera a pique, ella los salvaba.

Lo miró y vio un hombre menudo y lleno de energía que llevaba peluquín. Tenía la parte de la cabellera que no era de importación teñida de un negro tal que los sillones lo envidiarían. Los ojos, marrones, miraban de un lado a otro con nerviosismo.

El primero en llegar fue el señor Blake. Era el miembro de la junta de mayor edad y prácticamente vivía en la sociedad. Al quitarse el abrigo, dejó ver su uniforme habitual: traje de franela gris, camisa blanca recién lavada y planchada, y corbata de seda azul. Siempre vestido de forma impecable. Un caballero que hacía que Elizabeth se sintiera joven y hermosa. Había estado enamorada de él cuando era una adolescente torpe y él un gallardo joven de veinte años.

El señor Blake era atractivo entonces y seguía siéndolo sesenta años después, aunque tuviera menos pelo y más blanco, y su cuerpo atlético se hubiese redondeado y reblandecido. No obstante, tenía una mirada astuta y alegre, y el corazón, grande y fuerte.

—Elizabeth.

El señor Blake sonrió, le cogió la mano y se la sostuvo un instante entre las suyas. No demasiado tiempo ni con demasiada confianza. Lo suficiente como para que ella notara el contacto.

El hombre se sentó en una silla. Una, pensó Elizabeth, que debería ser sustituida. Aunque, a decir verdad, el señor Blake también. Todos ellos.

¿Qué pasaría cuando todos desaparecieran y lo único que quedase de la junta de la Sociedad Literaria e Histórica fuese un montón de raídos asientos vacíos?

—Bueno, será mejor que nos demos prisa. Tenemos entreno dentro de una hora.

Acababa de llegar Tom Hancock, seguido de Ken Haslam. Esos días rara vez se los veía separados, pues, por extraño que pareciese, eran compañeros de equipo en la ridícula regata que iba a celebrarse.

Tom era el triunfo de Elizabeth. Su esperanza. Y no sólo porque fuese el pastor de la vecina iglesia presbiteriana de San Andrés.

Era joven y nuevo en la comunidad, pues se había mudado a la ciudad de Quebec tres años antes. Tenía treinta y tres, la mitad que el siguiente miembro más joven de la junta. Todavía no era escéptico ni estaba cansado de la vida. Seguía convencido de que su iglesia iba a conseguir nuevos parroquianos, de que la comunidad inglesa empezaría de pronto a producir bebés con el deseo de quedarse en la ciudad. Cuando el gobierno quebequés prometía igualdad laboral para los angloparlantes, él lo creía. Sanidad en su idioma. Educación. Y hogares para la tercera edad en los que, cuando se hubiera perdido toda esperanza, los mayores pudieran morir escuchando a sus cuidadores hablar su lengua materna.

Había conseguido hacer creer a la junta que tal vez no estuviera todo perdido. Que quizá aquello no fuese en realidad una guerra. Que no era una espantosa continuación de la batalla de las Llanuras de Abraham, en la que los ingleses esta vez perdían. Elizabeth alzó la mirada hacia la talla del general James Wolfe, curiosamente pequeña. El héroe mártir de aquella batalla de hacía doscientos cincuenta años dominaba la biblioteca de la Sociedad Literaria e Histórica como una acusación de madera. Estaba allí para ser testigo de sus nimias trifulcas y para recordarles a perpetuidad la gran batalla que él había librado por ellos. Le costó la vida, pero no antes de triunfar en aquel campo bañado de sangre. Con su victoria terminó la guerra y consiguió Quebec para los ingleses. Sobre el papel.

Y ahora, en su rincón de la agradable y vieja biblioteca, el general Wolfe los miraba desde las alturas. Elizabeth sospechaba que no sólo físicas, sino morales.

—Cuéntame, Ken —dijo Tom al sentarse junto a su anciano compañero—, ¿estás en forma? ¿Listo para la carrera?

Elizabeth no oyó la respuesta de Ken Haslam, pero tampoco contaba con ello. Los labios de Ken se movían, formaban palabras, pero éstas nunca se oían.

Todos callaron, por si aquél era el día en que Ken pronunciaba una palabra más alta que un susurro. Pero se equivocaron. Aun así, Tom Hancock siguió hablándole, como si realmente estuvieran manteniendo una conversación.

También por eso Elizabeth le tenía estima: por no dejarse llevar por la idea de que como a Ken no se lo oía, era idiota. Ella sabía que era cualquier cosa menos eso, y, a sus sesenta y pico años, le iba mejor que al resto, pues había montado su propio negocio. Y con esa meta ya cumplida, Ken Haslam había hecho otra cosa extraordinaria.

Se había apuntado a la traidora regata de canoas en el hielo. En el equipo de Tom Hancock. El miembro más longevo de su cuadrilla y de cualquier otra. Debía de ser el regatista más viejo de la historia.

Contemplando a Ken, tranquilo y callado, y a Tom, joven, vital y apuesto, Elizabeth pensó que tal vez en realidad se entendiesen bastante bien. Quizá ambos se callasen algunas cosas.

No era la primera vez que la mujer se paraba a pensar en Tom Hancock. En por qué había elegido ser pastor de aquella parroquia y quedarse dentro de las murallas de la vieja Quebec. Sabía que escoger vivir dentro de una fortaleza requería una personalidad determinada.

—Bueno, empecemos —dijo Porter, y se sentó con la espalda aún más erguida.

—Todavía no ha llegado Winnie —apuntó Elizabeth.

—No podemos esperar.

—¿Por qué no?

Tom lo había dicho en tono relajado. Aun así, Porter lo interpretó como un desafío.

—Porque son las diez y media pasadas y tú eres el que tenía prisa —repuso Porter, contento de haberse apuntado un tanto.

Una vez más, pensó Elizabeth, Porter miraba a un amigo y veía un enemigo.

—Tienes toda la razón. Pero no me importa esperar.

Tom sonrió, sin ganas de iniciar una discusión.

—A mí sí. ¿Primer punto del orden del día?

Estuvieron un rato debatiendo la compra de libros nuevos, hasta que llegó Winnie. Era una mujer pequeña y vital; y su lealtad, férrea. A la comunidad inglesa, a la sociedad y, sobre todo, a su amiga.

Entró a buen paso, lanzó una mirada fulminante a Porter y se sentó al lado de Elizabeth.

—Veo que habéis empezado sin mí —le dijo a él—. Ya te había avisado de que llegaría tarde.

—Cierto, pero eso no quiere decir que tuviéramos que esperarte. Estamos hablando sobre comprar libros nuevos.

—Y no te ha parecido que fuera buena idea comentarlo con la bibliotecaria, ¿verdad?

—Bueno, ya estás aquí.

Los demás miembros de la junta los miraban como si estuvieran en Wimbledon, aunque con bastante menos interés. Estaba claro quién tenía las pelotas y quién iba a ganar.

Cincuenta minutos más tarde, habían llegado casi al final del orden del día. Sólo quedaba una galleta de avena y, aunque todos la miraban, eran demasiado educados para cogerla. Habían hablado de las facturas de la calefacción, de la campaña para captar nuevos socios, de los tomos hechos trizas que les habían dejado en herencia en lugar de dinero. En general, eran libros de sermones, de espeluznante poesía victoriana, o monótonos diarios de un viaje al Amazonas o al corazón de África para abatir y disecar a alguna que otra pobre criatura salvaje.

Debatieron una posible venta de libros, pero después de la última debacle, la discusión duró muy poco.

Elizabeth tomaba notas para el acta y tenía que esforzarse por no hacer playback con la intervención de cada miembro. Era una liturgia. Conocida y con un extraño efecto balsámico. Las mismas frases repetidas una y otra vez, una reunión tras otra. Por los siglos de los siglos, amén.

De pronto, un sonido interrumpió el reconfortante ritual. Uno tan excepcional y sorprendente que Porter estuvo a punto de salir disparado de su asiento.

—¿Qué ha sido eso? —susurró Ken Haslam.

Para él, aquello era casi un grito.

—El timbre, creo —dijo Winnie.

—¿El timbre? —se extrañó Porter—. No sabía que tuviéramos timbre.

—Lo instalaron en 1897, cuando el vicegobernador vino de visita y no consiguió entrar —explicó el señor Blake como si él mismo hubiera presenciado la escena—. Nunca lo había oído.

Sin embargo, lo volvió a oír: un timbrazo largo y estridente. Elizabeth había cerrado la puerta de la Sociedad Literaria e Histórica una vez llegaron todos. Recibían tan pocas visitas que era más por costumbre que por necesidad. También había colgado un cartel en la gruesa puerta de madera: «REUNIÓN DE LA JUNTA. LA BIBLIOTECA ABRIRÁ A MEDIODÍA. GRACIAS. MERCI.»

El timbre sonó de nuevo. A alguien se le había pegado el dedo al botón.

Se miraron entre sí.

—Ya voy yo —se ofreció Elizabeth.

Porter se quedó estudiando la pila de documentos, «la mejor parte del valor».

—No. —Winnie se levantó—. Voy yo. Quedaos aquí.

Miraron a la bibliotecaria desaparecer por el pasillo y oyeron sus pasos en los peldaños de madera. Después, silencio. Un minuto más tarde, de nuevo los pasos en los escalones.

Escucharon mientras iban acercándose. Winnie volvió, pero se detuvo en la puerta, con el rostro pálido y serio.

—Hay alguien fuera. Quiere hablar con la junta.

—Bueno, ¡dinos quién es! —exigió Porter.

Ahora que la anciana había acudido a la puerta, se acordó de que el líder era él.

—Augustin Renaud —anunció Winnie, y vio la expresión de sus caras.

Si hubiera dicho que era Drácula no se habrían alarmado tanto. Aunque siendo ingleses, lo demostraran sólo enarcando las cejas.

No había una en toda la sala que no estuviera levantada, y si el general Wolfe hubiese podido copiarles el gesto, también lo habría hecho.

—Le he dicho que espere fuera—apuntó la mujer en mitad de aquel silencio.

Y como para enfatizarlo, el irritante timbre sonó de nuevo.

—¿Qué hacemos? —preguntó Winnie, pero en lugar de dirigirse a Porter miró a Elizabeth.

Todos hicieron lo mismo.

—Hay que someterlo a votación —contestó ella al fin—. ¿Lo recibimos?

—No está en el orden del día —señaló el señor Blake.

—Es cierto —dijo Porter intentando arrebatarles el control. Pero incluso él se volvió hacia Elizabeth.

—¿Quién está a favor de permitir que Augustin Renaud hable con la junta? —preguntó ella.

Nadie levantó la mano.

Elizabeth dejó el bolígrafo sin tomar nota del voto. Asintió brevemente y se levantó.

—Voy a decírselo.

—Voy contigo —se ofreció Winnie.

—No, querida, quédate aquí. Enseguida vuelvo.

Se detuvo al llegar a la puerta y miró a los miembros de la junta y al general Wolfe, que estaba en las alturas.

—Pero vamos, ¿qué puede pasar?

Sin embargo, todos se imaginaban la respuesta. Cuando Augustine Renaud llamaba a la puerta, nunca sucedía nada bueno.

9788415631279-4

DOS

Armand Gamache se acomodó en el sofá de cuero gastado, debajo de la estatua del general Wolfe. Saludó al anciano que estaba sentado delante de él y sacó las cartas de la cartera. Después de un paseo por la ciudad con Émile y con Henri, había regresado a casa para coger el correo y sus notas, lo había metido todo en la cartera y había enfilado la cuesta con el pastor alemán.

Hasta la silenciosa biblioteca de la Sociedad Literaria e Histórica.

Miró el abultado sobre marrón que tenía a su lado, en el sofá. La correspondencia diaria de su oficina de Montreal, que le enviaban a casa de Émile. La agente Isabelle Lacoste le había clasificado el correo y se lo había mandado con una nota.

Cher Patron:

El otro día fue agradable hablar con usted. Qué envidia me da eso de pasar unas semanas en Quebec. Siempre le digo a mi marido que deberíamos llevar a los niños al carnaval y él dice que aún son demasiado pequeños. Supongo que no le falta razón, pero a mí me gustaría ir igualmente.

El interrogatorio del sospechoso (me cuesta mucho llamarlo así cuando no hay sospechas, sólo certezas) continúa. No me han contado lo que ha dicho, si es que ha confesado algo. Como ya sabe, se ha organizado una comisión real. ¿Ha declarado usted ya? Yo he recibido la citación hoy mismo. No estoy segura de qué contarles.

Gamache apartó la nota un instante. Ni que decir tiene que la agente Lacoste iba a contar la verdad y ella lo sabía. Su temperamento y su formación no le dejaban alternativa. Antes de partir, él había dado a todo su departamento la orden de cooperar.

Igual que había hecho él.

Siguió leyendo.

Nadie sabe adónde nos llevará este asunto ni cómo acabará. Pero hay recelos. El ambiente está muy tenso.

Le mantendré informado.

ISABELLE LACOSTE

La carta le pesaba demasiado y la dejó caer sobre el regazo. Miró al frente y vio a la agente Isabelle Lacoste en una serie de fogonazos. Las imágenes entraban y salían de su mente sin su permiso. Ella lo miraba de cerca, gritándole palabras que él no distinguía. Sintió sus manos pequeñas y fuertes a ambos lados de la cabeza, la vio inclinarse moviendo los labios, intentando comunicarle algo. Notó que le arrancaba el chaleco táctico del pecho. Vio sangre en las manos de la agente, la expresión de su rostro.

Un instante después volvió a verla.

En el funeral. Los funerales. Uniformada y formando con el resto de los compañeros de la famosa división de Homicidios de la Sûreté du Québec mientras él ocupaba su puesto a la cabeza del terrible cortejo. Un día de frío implacable. El entierro de los que murieron bajo su mando en la fábrica abandonada.

Cerró los ojos, respiró hondo y percibió la fragancia almizclada de la biblioteca. El paso de los años, estabilidad, calma y paz. El barniz de antaño, la madera, palabras encuadernadas en cuero envejecido. Notó su propio olor a agua de rosas y madera de sándalo.

Y entonces pensó en algo bueno, algo agradable, un puerto amigo. Ese anclaje era Reine-Marie, el recuerdo de su voz por el móvil unas horas antes. Alegre. En casa. A salvo. Su hija Anne iba a comer a casa con su marido y Reine-Marie tenía que hacer la compra, regar las plantas, revisar el correo.

La veía al teléfono, en el apartamento del Outremont, de pie junto a la estantería. La estancia llena de rayos de sol, libros, diarios y revistas, y muebles cómodos. Orden y tranquilidad.

La habitación transmitía calma, como Reine-Marie.

Y él sintió que el pulso acelerado se le estabilizaba y que la opresión del pecho desaparecía. Respiró hondo una vez más y abrió los ojos.

—¿Quiere agua para el perro?

—¿Disculpe?

Gamache volvió en sí y se fijó en el anciano de enfrente, que se acercaba a Henri.

—Yo solía traer a Seamus. Se tumbaba a mis pies mientras yo leía. Era igualito que su perro. ¿Cómo se llama?

—Henri.

Al oír su nombre, el joven pastor alemán se irguió, alerta. Las enormes orejas rotaron a lado y lado como antenas parabólicas en busca de una señal.

—Se lo ruego, monsieur, no diga P-E-L-O-T-A o estamos perdidos —dijo Gamache sonriendo.

El hombre se echó a reír.

—Seamus se ponía como loco cuando yo decía L-I-
B-R-O. Sabía que era porque íbamos a venir aquí. Creo que le gustaba incluso más que a mí.

Gamache llevaba casi una semana acudiendo a diario a la biblioteca y, salvo el intercambio susurrado de preguntas y respuestas con la anciana bibliotecaria a propósito de los oscuros tomos que buscaba sobre la batalla de las Llanuras de Abraham, no había hablado con nadie más.

No hablar, no dar explicaciones, sentir que no debía hacerlo mientras no se las pidiesen era un alivio. Muy pronto llegaría el momento. Pero por ahora, en aquella biblioteca poco frecuentada, había conseguido la paz que buscaba.

A pesar de que hacía años que visitaba a su mentor y se había convencido de que conocía a fondo la vieja Quebec, nunca había entrado en aquel edificio. Ni siquiera lo había visto, entre tantas casas bonitas, iglesias, conventos, escuelas, hoteles y restaurantes.

Sin embargo, al final de la rue St-Stanislas, donde Émile tenía su antigua casa de piedra, en aquella biblioteca inglesa, entre los libros, Gamache había hallado refugio. ¿Dónde si no?

—¿Le traigo agua? —insistió el anciano.

Parecía tener ganas de ayudar y, aunque Gamache no creía que Henri necesitase nada, le dijo que sí, por favor. Salieron juntos de la biblioteca y recorrieron un pasillo de madera donde había retratos de los antiguos presidentes de la sociedad. La institución parecía estar empapada de su propia historia.

Transmitía una sensación de tranquilidad y certeza. Aunque en realidad gran parte de la vieja Quebec, dentro de la gruesa muralla, era así. La única ciudad fortificada de América del Norte, protegida de los ataques.

Los muros se había convertido en algo más simbólico que útil, pero Gamache sabía que los símbolos tenían la potencia de una bomba, o tal vez más. Mientras los hombres y las mujeres perecían y las ciudades caían conquistadas, los símbolos permanecían, prosperaban.

Los símbolos eran inmortales.

El desconocido vertió agua en un bol y Gamache lo llevó hasta la biblioteca y lo colocó sobre una toalla para no mojar los amplios y oscuros tablones de madera del suelo. Henri, naturalmente, no le prestó atención.

Los dos hombres se volvieron a sentar en sus respectivos asientos. Gamache se dio cuenta de que el anciano estaba leyendo un grueso libro de referencia sobre horticultura y él se centró de nuevo en la correspondencia. Una selección de cartas que Isabelle Lacoste había pensado que le gustaría leer. La mayoría eran de compañeros de profesión de todo el mundo, que enviaban mensajes de apoyo; otras eran de ciudadanos que también querían hacerle saber cómo se sentían. Las leía todas y respondía, agradecido de que la agente Lacoste le enviase tan sólo una muestra de las que recibía.

La última que leyó era una carta que él ya sabía que estaría en el montón. Una que nunca faltaba. Ni un solo día. Escrita con una letra que ya le resultaba familiar; urgente, casi ilegible. Pero Gamache se había habituado a ella y sabía descifrar los garabatos.

Cher Armand:

Con esta carta te envío mis deseos de que te sientas mejor y también mis plegarias. A menudo hablamos de ti y esperamos que nos visites. Ruth dice que traigas a Reine-Marie, porque tú le caes mal. De todos modos, me ha pedido que te diga hola y que te jodan.

Gamache sonrió. Ése era uno de los comentarios más amables que Ruth Zardo le hacía a la gente. Era casi una expresión de cariño. Casi.

En cambio, yo tengo una pregunta para ti: ¿por qué movería Olivier el cadáver? No tiene sentido. Quiero que sepas que no fue él.

Con afecto,

GABRI

Como siempre, Gabri había metido una pipa de regaliz en el sobre. Gamache la sacó sin saber qué hacer con ella y al final se la ofreció al hombre que tenía delante.

—¿Regaliz?

El anciano levantó la vista y se fijó en lo que el inspector le ofrecía.

—¿Está invitando a dulces a un extraño? No querrá que llame a la policía...

Gamache se puso tenso. ¿Lo había reconocido? ¿Era un mensaje velado? Aun así, la mirada azul celeste del señor era franca, y estaba sonriendo. El viejo tomó la pipa, la partió y le devolvió a su compañero la porción más generosa: la de las ascuas de azúcar. La mejor y más grande.

—Merci, vous êtes très gentil —«Gracias, es usted muy amable», dijo.

—C’est moi qui vous remercie —«Soy yo quien le da las gracias», respondió Gamache.

Era una formalidad muy habitual entre personas corteses, y no por eso menos sincera. El hombre había hablado en un perfecto francés, culto y educado. Con un ligero acento, tal vez, pero Gamache era consciente de que podía deberse a sus propias ideas preconcebidas, pues sabía que el anciano era inglés mientras él era francófono.

Degustaron la golosina al tiempo que leían. Henri se echó a dormir y a las tres y media Winnie, la bibliotecaria, encendió las lámparas. El sol ya se ponía sobre las murallas de la ciudad y en la vieja biblioteca del casco antiguo.

Gamache pensó en las muñecas rusas. La cara más pública era América del Norte, y acurrucada en su interior estaba Canadá, y dentro de Canadá, Quebec. ¿Y qué había dentro de Quebec? Una presencia aún más discreta: la pequeña comunidad inglesa. ¿Y en su interior?

Aquel lugar. La Sociedad Literaria e Histórica. La institución que los representaba a todos y contenía su documentación, sus pensamientos, sus recuerdos e historia. Gamache no necesitaba mirar la estatua que tenía encima para saber quién era. En aquel lugar estaban sus líderes, su idioma, su cultura y sus logros. Todos ellos olvidados o desconocidos por la mayoría francófona que había más allá de sus muros, pero allí dentro se mantenían con vida.

Era un sitio extraordinario, cuya existencia conocían apenas unos cuantos francófonos. Cuando le habló a Émile de la biblioteca, su viejo amigo pensó que bromeaba, que se lo inventaba, a pesar de que el edificio estaba a tan sólo dos manzanas de su casa.

Sí, era como una matrioska. Cada pieza anidaba en la siguiente como una joya. Pero ¿se protegía o se escondía?

Gamache observó a Winnie recorrer la biblioteca entre las estanterías que iban del suelo hasta el techo, las alfombras indias esparcidas por el suelo de madera noble, la mesa larga de madera y, junto a ella, los asientos: dos sillones de cuero y el sofá en el que él estaba sentado. Tenía la correspondencia y los libros en la mesita de delante. Las ventanas arqueadas abrían huecos entre las librerías e inundaban la sala de luz, cuando había luz que atrapar. Sin embargo, lo más sorprendente del lugar era la galería que rodeaba la sala. Una escalera de caracol de hierro forjado conducía a los usuarios al segundo piso de las estanterías, que llegaban hasta el techo de yeso.

La sala rebosaba libros y más libros. Luz. Paz.

Le resultaba difícil creer que no hubiese conocido antes su existencia, pero había topado con ella por casualidad, un día que estaba paseando para sacarse ciertas imágenes de la cabeza. Más que las brevísimas estampas que aparecían sin previo aviso, los sonidos. Los disparos, el estallido de la madera y de las paredes por el impacto de las balas. Los gritos y después los alaridos.

Pero por encima de todo aquello, en su cabeza sonaba una voz joven, queda, confiada.

—Le creo, señor.

Armand y Henri salieron de la biblioteca e hicieron la ronda por diferentes tiendas para comprar una selección de quesos de leche cruda, paté y cordero en J. A. Moisan; fruta y verdura en el comercio de enfrente y una crujiente baguette recién hecha en la panadería Paillard de la rue St-Jean. Llegó a casa antes que Émile y echó un leño al fuego para calentar la casa, que se había enfriado. La habían construido en 1752 y, aunque los muros de piedra de un metro de espesor eran capaces de repeler balas de cañón, no la defendían del viento invernal.

La casa se calentó mientras Armand hacía la cena y cuando Émile llegó, el ambiente era cálido y olía a romero, ajo y cordero.

—Salut —dijo su amigo desde la puerta. Un momento después, apareció en la cocina con una botella de vino tinto y cogió el sacacorchos—. Huele de maravilla.

Gamache llevó al salón una bandeja de aperitivo con el pan, los quesos y el paté, y mientras Émile lo seguía con el vino, la dejó sobre la mesa, delante del fuego.

—Santé.

Se sentaron de cara a la chimenea y brindaron. Comieron algo y hablaron sobre lo que habían hecho durante el día: Émile describió el almuerzo con unos amigos en el bar de Château Frontenac y la información que estaba recopilando para la Société Champlain. Gamache, las horas en silencio en la biblioteca.

—¿Has encontrado lo que estabas buscando?

Émile tomó un bocado de paté de jabalí. Armand dijo que no con la cabeza.

—Está ahí, en alguna parte. Si no, no tiene sentido. Sabemos que en 1759 las tropas francesas estaban a menos de un kilómetro de allí, esperando a los ingleses.

Todos los niños de Quebec aprendían en la escuela los detalles de esa batalla, soñaban con ella, la recreaban con mosquetes de madera y con caballos imaginarios. El atroz enfrentamiento que decidió el destino de la ciudad, del territorio, del país y del continente. La batalla de Quebec, que a efectos prácticos puso fin a la guerra de los Siete Años en 1759. Era paradójico que tras tanto tiempo de lucha entre franceses e ingleses por el control de Nueva Francia, la batalla final fuera tan corta. Breve pero brutal.

Mientras Gamache hablaba, ambos imaginaban la escena: un frío día de septiembre, el ejército del general Montcalm, una mezcla de tropas francesas de élite y de quebequeses, más acostumbrados a la guerrilla que a las tácticas militares. Los franceses estaban desesperados por poner fin al asedio de Quebec, los habitantes condenados a un hambre feroz y cruel. Más de quince mil balas de cañón habían bombardeado la pequeña comunidad y en aquel momento, con el invierno pisándoles los talones, el sitio tenía que acabar o morirían todos. Hombres, mujeres, niños. Enfermeras, monjas, carpinteros, maestros. Todos perecerían.

El general Montcalm y su ejército iban a enfrentarse a las todopoderosas fuerzas inglesas en una espléndida batalla. A todo o nada.

Montcalm era un valiente soldado con mucha experiencia, un comandante de primera línea que lideraba con el ejemplo. Un héroe para sus hombres.

¿Y contra quién luchaba? Contra un soldado tan brillante y valeroso como él: el general Wolfe.

Quebec había sido construida sobre un promontorio donde el río se estrecha. Éste ofrecía una enorme ventaja estratégica y no había enemigo que pudiera atacar directamente. No sin escalar un despeñadero imposible.

Sin embargo, sí se podía llegar desde río arriba, y allí fue donde esperó Montcalm. Aun así, había otra posibilidad: una zona un poco más alejada, adonde el astuto comandante había enviado a uno de sus mejores hombres. A su propio edecán, el coronel Bougainville.

Y a mediados de septiembre de 1759, éste esperó allí.

Aunque lo cierto era que Montcalm había cometido un error. Una terrible equivocación. De hecho había cometido varias, tal como Armand Gamache, un estudioso de la historia quebequesa, estaba decidido a demostrar.

—Es una teoría fascinante, Armand —afirmó Émile—. ¿De verdad crees que ahí está la clave? ¿En una biblioteca inglesa?

—¿Dónde más podría estar?

Émile Comeau dijo que sí con la cabeza. Lo aliviaba ver a su amigo tan interesado en algo. Cuando llegó con Reine-Marie, una semana antes, el viejo mentor había tardado un día entero en acostumbrarse a los cambios que había sufrido Gamache. No sólo por la barba y las cicatrices, sino porque parecía cargar con algo, con el peso y la opresión de los recientes acontecimientos. Todavía pensaba en el pasado, pero al menos era el de otras personas, no el suyo.

—¿Has leído las cartas?

—Sí, y tengo que contestar alguna.

Cogió el paquete de la correspondencia y, tras vacilar un instante, se decidió y sacó un sobre.

—Me gustaría que le echases un vistazo a ésta.

Émile bebió un trago de vino, la leyó y se echó a reír. Luego le devolvió el papel.

—Está claro que esa tal Ruth está colada por ti.

—Si llevase coletas, me tiraría de ellas — dijo Gamache, y sonrió—. A lo mejor la conoces: «¿Quién te hizo / daño tan irreparable / que recibías las insinuaciones / enseñando los dientes?»

—¿Esa Ruth? ¿Ruth Zardo, la poetisa? —preguntó Émile.

Y acabó de recitar el asombroso poema que se enseñaba en todas las escuelas de la región de Quebec:

—«Mientras nosotros, que te conocíamos bien, / tus amigos (blanco de tu desprecio), / reconocíamos tu coraje frente al miedo, / tu ingenio y consideración, / y te recordaremos / casi con amor.»

Ambos se quedaron un momento en silencio, contemplando el fuego y su suave murmullo, perdidos en pensamientos de amor y de pérdida, de daños irreparables.

—Creía que había muerto —dijo Émile al final, y extendió un poco de paté sobre el pan crujiente.

Gamache se rió.

—Gabri se la presentó a Reine-Marie como si se la hubieran encontrado cuando excavaron los cimientos del hostal.

Émile cogió la carta de nuevo.

—¿Quién es Gabri? ¿Un amigo?

Gamache vaciló.

—Sí. Vive en el pueblecito del que te hablé, en Three Pines.

—Ah, vale, ya me acuerdo, has ido varias veces. Fuiste a investigar unos asesinatos. Una vez intenté buscarlo en el mapa. Me dijiste que estaba al sur de Montreal, cerca de la frontera con Vermont, ¿verdad?

—Así es.

—Bueno —continuó Émile—, pues ese día debía de estar ciego, porque no lo vi.

Gamache asintió con la cabeza.

—Parece que los cartógrafos se dejaron Three Pines.

—¿Y cómo lo encuentra la gente?

—No lo sé. A lo mejor se les aparece sin más.

—¿«Era ciego y ahora veo»? —citó Émile—. ¿Sólo lo puede ver un desdichado como tú?

Armand se echó a reír.

—El mejor café au lait y los mejores croissants de Quebec: soy un desdichado contento.

Se levantó y dejó una pila de cartas sobre la mesita.

—También quería enseñarte éstas.

Émile las leyó todas mientras él bebía vino, comía pan con queso y se relajaba en la sala, tan cómoda y conocida como la suya propia.

—Son todas del tal Gabri —dijo Émile al acabar, y dio un par de palmaditas sobre el montón que había dejado a un lado—. ¿Con qué frecuencia te escribe?

—Todos los días.

—¿Todos? ¿Está obsesionado contigo o qué? ¿No será una amenaza?

El anciano se inclinó hacia él con la mirada repentinamente atenta. No quedaba en ella rastro de las bromas anteriores.

—No, no, para nada. Somos amigos.

—«¿Por qué movería Olivier el cadáver?» —leyó Émile de una de las cartas—. «No tiene sentido. Quiero que sepas que no fue él.» Dice lo mismo en todas las cartas. —Cogió unas cuantas y las repasó—. ¿A qué se refiere?

—Es un caso que investigué el otoño pasado. Encontraron un cadáver en el bistrot de Olivier, en Three Pines. La víctima había recibido un golpe mortal en la nuca.

—¿Uno nada más?

Su mentor había entendido de inmediato la importancia de ese hecho. Un único golpe letal. Eso era inusual en extremo. Cuando a alguien le azotaban con algo, acostumbraba a ser repetidas veces, pues el asesino solía estar consumido por la rabia y propinaba un golpe tras otro a la víctima. Casi nunca veían casos de uno solo y lo bastante fuerte para matar. Significaba que la persona sentía tanta furia como para propinar un golpe terrible, pero también el control necesario para reprimirse. Una combinación aterradora.

—La víctima no llevaba identificación, pero al final encontramos una cabaña escondida en el bosque, donde vivía y donde lo habían asesinado. Émile, deberías haber visto todo lo que había allí dentro.

El anciano tenía una imaginación muy fértil, alimentada por décadas de truculentos descubrimientos, pero esperó a que Gamache le describiera la espantosa cabaña.

—Estaba hasta los topes de tesoros.

—¿Tesoros?

—Ya —convino Gamache con una sonrisa al ver la cara de Émile—, nosotros tampoco lo esperábamos. Era increíble: antigüedades y obras de artesanía. De valor incalculable.

Su mentor le prestaba toda su atención. Se sentó en el borde del sillón, con las finas manos entrelazadas, relajado pero alerta. Nunca había dejado de ser un cazador de asesinos y olía el rastro de la sangre. Todo lo que Gamache sabía sobre homicidios lo había aprendido de aquel hombre. Amén de otras cosas.

—Sigue.

—Había primeras ediciones firmadas, cerámica antigua, cristal de plomo de hacía miles de años. Hasta un panel de la Cámara de Ámbar y una vajilla que habían pertenecido a Catalina la Grande.

Y un violín. En un abrir y cerrar de ojos, Gamache estuvo de vuelta en la cabaña, contemplando al agente Paul Morin. El joven larguirucho y desgarbado cogió el valiosísimo instrumento, se lo colocó bajo la barbilla e inclinó la cabeza. De pronto su cuerpo cobró sentido, como si lo hubieran criado para tocar aquel violín. Inundó la rústica cabaña hecha de troncos con un lamento celta hermosísimo y evocador.

—¿Armand?

—Perdona. —Gamache regresó a la casa de piedra de Quebec—. Estaba acordándome de una cosa.

Su mentor lo observó.

—¿Estás bien?

El inspector jefe dijo que sí con la cabeza y sonrió.

—Era una melodía.

—¿Y descubristeis al asesino del Ermitaño?

—Sí, lo hicimos. Las pruebas eran rotundas. Encontramos el arma homicida y una serie de cosas de la cabaña en el bistrot.

—¿El asesino era Olivier?

Émile levantó las cartas y Gamache asintió.

—A todos les costó creerlo, y a mí también me resultó difícil. Pero es la verdad.

Su amigo lo contempló. Lo conocía bien.

—¿Y ese Olivier te caía bien?

—Lo consideraba mi amigo. Aún lo es.

Gamache recordó estar sentado en el alegre restaurante, con las pruebas que inculpaban a su amigo en la mano. El espantoso momento en que se supo que Olivier era el culpable. Se había llevado los tesoros de la cabaña, pero no sólo eso: también le había arrebatado la vida al Ermitaño.

—¿Dices que encontraron el cadáver en el bistrot, pero que lo habían matado en su cabaña? ¿Es a eso a lo que se refiere Gabri? ¿A por qué iba a mover Olivier al muerto desde la casita hasta el bistrot?

El inspector jefe permaneció callado un rato y Émile le concedió el tiempo que necesitaba. Mientras tanto, bebió vino, pensó en sus cosas con la vista clavada en las suaves llamas y esperó.

Al final, Gamache lo miró.

—Es una buena pregunta. La de Gabri.

—¿Son pareja?

Armand asintió.

—En ese caso, no querrá creer que Olivier lo hizo. Eso es todo.

—Es cierto, no quiere admitirlo. Pero la pregunta no deja de ser pertinente. Si Olivier mató al Ermitaño en una cabaña apartada, ¿para qué lo llevó a un lugar donde iban a encontrarlo?

—A su propio bistrot, ni más ni menos.

—Bueno, es que no fue así. Ahí es donde se complica un poco la cosa. En realidad lo llevó a un hotel balneario cercano. Ha confesado que movió el cadáver para arruinarles el negocio. Le parecía una amenaza.

—Ahí tienes la respuesta.

—Ésa es la cuestión —contestó Gamache y se volvió hacia Émile—. Olivier dice que encontró al Ermitaño ya muerto y que decidió usar el cadáver para perjudicar a la competencia. Pero que si en realidad hubiera acabado con él, no lo habría sacado de la cabaña. Lo habría dejado allí, o lo habría abandonado en el bosque para que se lo comiesen los coyotes. ¿Qué sentido tiene asesinar a alguien y después hacer lo posible por que se topen con el muerto?

—Espera un momento —le pidió Émile mientras intentaba encajar todas las piezas—. Dices que el Ermitaño apareció en el bistrot de Olivier. ¿Cómo llegó allí?

—Ése fue el problema para Olivier: el dueño del balneario tuvo la misma idea que él. Cuando halló el cadáver, cargó con él hasta el bistrot para hundir el negocio de Olivier.

—Menudo vecindario. Por no hablar de la asociación de comerciantes.

Gamache le dio la razón con un ligero cabeceo.

—Tardamos un tiempo, pero al final encontramos la cabaña y todo lo que había dentro, así como las pruebas de que al Ermitaño lo habían matado allí. Los informes forenses corroboraron que sólo dos personas habían estado en ella: el Ermitaño y Olivier. Y después encontramos algunos objetos escondidos en el bistrot, además del arma homicida. Olivier admitió que los había robado.

—Qué necio.

—Qué avaricioso.

—¿Lo arrestaste tú?

Gamache asintió y se acordó del terrible día en que supo la verdad y no le quedó más remedio que actuar. Recordó la expresión de Olivier, pero ver el rostro de Gabri fue aún peor.

Y más tarde el juicio, las pruebas, las declaraciones.

La sentencia.

Gamache miró la pila de cartas que había sobre el sofá. Una al día desde la condena de Olivier. Todas cordiales y con la misma pregunta.

«¿Por qué movería Olivier el cadáver?»

—Cuando hablas de este hombre, lo llamas «el Ermitaño», pero ¿quién era?

—Un inmigrante checo que se llamaba Jakob. Eso es todo lo que sabemos.

Émile lo miró fijamente y asintió. No era habitual que la víctima permaneciese sin identificar, pero tampoco era un disparate. Sobre todo tratándose de alguien que se esforzaba tanto en ocultar su identidad.

Se trasladaron al comedor, con sus paredes de piedra desnuda, la cocina americana y el aroma del cordero asado y las hortalizas al horno. Después de la cena se abrigaron, le pusieron la correa a Henri y salieron al frío penetrante de la noche. Haciendo crujir la nieve endurecida con sus pasos, se unieron al gentío que atravesaba las murallas por el enorme portal arqueado de camino a la place d’Youville y a la ceremonia de inauguración del carnaval de Quebec.

En medio de todo aquel jolgorio, mientras los violinistas aserraban con los arcos, los niños patinaban sobre hielo y los fuegos artificiales iluminaban el cielo por encima de la vieja ciudad, Émile se volvió hacia Gamache.

—Armand, ¿por qué movería Olivier el cadáver?

Ante las alegres explosiones, los fogonazos de luz, la muchedumbre que avanzaba entre gritos y empellones, Gamache hizo de tripas corazón.

Al otro lado de la fábrica abandonada vio a Jean-Guy Beauvoir caer herido. Vio a hombres armados dispararles desde arriba, cuando se suponía que el lugar estaba prácticamente desprotegido.

Había cometido un error. Un error abominable.