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Dedicatoria

Anteriormente en Bocanegra (donde se armó una buena)

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Agradecimientos

Créditos

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Para Oisín

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Anteriormente en Bocanegra
(donde se armó una buena)

En el Consejo de los Doce, los presentes reconocían que las cosas se les habían ido un poquitín de las manos.

Por no decir que habían perdido el control por completo. De hecho, utilizar la expresión «perder el control» era quedarse bastante corto. En realidad, aquello había sido un desastre. Una verdadera calamidad. Una catástrofe en toda regla.

¿Cuál era la peor parte de esa catástrofe? Resultaba difícil decantarse por una sola.

Bocanegra era la única aldea de la Tierra que las leyendas mitológicas seguían invadiendo, y Hugo el Grande, el último cazador de leyendas en activo y el encargado de repelerlas, había desaparecido en el lado infestado.

Por si ese terrible golpe no fuera bastante, desde entonces Bocanegra había quedado en manos de su hijo Finn, un imberbe al que aún le faltaba casi un año para cumplir los trece y convertirse oficialmente en cazador de leyendas.

Y lo que era aún peor: Finn no se caracterizaba por ser el mejor de la clase en lo que a cazar leyendas se refería. Lo que no dejaba de tener cierto mérito, pues era el único alumno de tan peculiar asignatura.

Pero no vayáis a creer que aquí se acaban todas las desgracias.

Los Doce se las habían apañado para introducir a un espía en la aldea. Steve, un semicazador descendiente de una larga estirpe de cazadores de leyendas, nunca había cazado nada con sus propias manos hasta llegar a Bocanegra, y se diría que tampoco era muy ducho en hacer de espía, pues no tardó en ser desenmascarado por Finn, el muchacho al que se suponía que debía controlar de cerca.

La nota positiva debería encarnarla Emmie, la hija de Steve, que no sólo entabló amistad con Finn, sino que también demostró que poseía la voluntad y el coraje de los que éste carecía para enfrentarse a las leyendas. Sin embargo, resultaba cada vez más evidente que su entusiasmo acabaría causándoles problemas; y eso fue precisamente lo que sucedió cuando a la chica se le ocurrió ayudar a una leyenda, Broonie, el trasgo, a huir de vuelta al lado infestado, del que provienen todas las leyendas.

Pero aún falta la guinda del catastrófico pastel: resulta que Bocanegra albergaba a un traidor. A Ernest Glad se le tenía por un conseguidor, un ayudante de Hugo y amigo suyo de toda la vida, pero en realidad estaba compinchado con las leyendas y las ayudaba a atacar la aldea. Lo último que se sabe de él es que abrió un portal en el lado infestado y obligó a Clara, la madre de Finn, a cruzarlo. Hugo logró rescatar a su esposa, pero el señor Glad quedó atrapado en el mundo de las leyendas.

Sí, es verdad que Finn empujó al señor Glad hacia el portal, que lo engulló y lo descompuso en un millón de puntitos luminosos. Y sí, ciertamente el chico se las apañó para derrotar a un minotauro y detener una multitudinaria invasión de leyendas.

Pero varios edificios habían quedado destruidos, diversas personas habían resultado heridas y todos los peces de colores de Bocanegra se habían evaporado como por arte de magia. Por no mencionar que Hugo, el cazador de leyendas, estaba en paradero desconocido.

Y desde luego de nada serviría que el chico intentara traerlo de vuelta.

De hecho, eso sólo podría desembocar en otra monumental catástrofe.

O en algo aún mucho peor.

«La llegada del humano»

Fragmento de la
Crónica del desplome del cielo,
tal como lo relataron los habitantes
del lado infestado

Cuando los humanos se aventuraron en este mundo maldito, el cielo cambió de color. Alguien había abierto un portal desde el mundo prometido. Se oyeron dos voces humanas, la de un muchacho y la de un hombre. Pero cuando el portal se cerró sólo éste permaneció en el lado infestado y, mientras el ejército se disponía a capturarlo, el cielo pasó de su habitual y deprimente color ceniciento a una tonalidad completamente distinta de gris sombrío.

Cierto es que una de las ancianas hermanas Graeae presenció y describió todos estos hechos, pero también lo es que ese día en particular no llevaba puesto el globo ocular que compartían las tres por turnos. No obstante, insistió en que eso no le había impedido percibirlo todo, del mismo modo que había advertido el avance del ejército. Había notado en el único diente que le quedaba el temblor de las huestes al galope. Y justo en ese mismo momento se le había caído.

El ejército persiguió a los humanos, que huían en desbandada por la tierra yerma del lado infestado. Una reluciente armadura protegía el cuerpo del cazador de leyendas, pero cuando la persecución llegó a su fin había sufrido una herida tras otra, hasta que el rojo de la sangre derramada tiñó aquel paisaje desolador en el que hasta la tierra parecía clamar venganza.

En su huida, el cazador de leyendas se internó en el bosque abrasado y, cuando miró atrás para comprobar si lo seguían, de repente el suelo desapareció bajo sus pies, engullido por un gran cráter. El humano logró aferrarse a una rama petrificada, pero ésta se quebró con un crujido que resonó en la distancia.

El humano cayó al vacío.

El ejército rodeó el cráter.

Entre los árboles se abrían paso criaturas de toda clase: bicéfalas y con extremidades de cabra, con cola de serpiente y lengua venenosa, recubiertas de escamas y cuero, peludas y calcinadas por el fuego. Se movían todas a una, acechándolo entre gruñidos, aullidos, ladridos y gañidos, mil voces distintas que expresaban una misma sed de matar.

El humano se incorporó como pudo, respirando con dificultad y evidente dolor, y se volvió despacio para abarcar la escena, tratando de comprobar hasta qué punto su situación era desesperada. Y entonces hizo algo de lo más sorprendente.

Sonrió.

En ese preciso momento. En ese preciso lugar.

Su reacción causó una momentánea perplejidad, una fugaz paralización del ejército enemigo.

¿Qué sabía el humano que ellos ignoraban?

Las criaturas dejaron a un lado sus dudas y volvieron a estrechar el cerco en torno al hombre, arrastrándose, reptando, volando entre las ramas, chillando con bocas repletas de dientes, cabezas repletas de bocas, cuellos repletos de cabezas.

Aquel incauto no tardaría en convertirse en otra pila de huesos de las muchas que había en el bosque de los muertos.

—¡Alto! — ordenó una voz.

Todas las criaturas obedecieron y se hicieron a un lado mientras un gigante se abría paso entre sus filas.

Era un fomoriano de aspecto feroz, enfundado en su armadura. Lanza en ristre, avanzó sin vacilar, trazando un círculo alrededor del humano para intimidarlo. Luego se detuvo ante el intruso y le presionó el pecho con la punta de la lanza.

— Lidero este ejército en nombre del magnífico y poderoso Gantrua — anunció el fomoriano —, y tú has cometido un grave error al adentrarte en nuestro mundo.

El humano escrutó con parsimonia a las leyendas que lo rodeaban por tierra y aire. Luego se inclinó hacia el imponente gigante que se erguía ante él y habló.

— En realidad, estoy justo donde quería estar.

Las criaturas acogieron sus palabras revolviéndose entre aullidos y rugidos. El fomoriano alzó una mano con el fin de tranquilizarlas.

— Elige tus siguientes palabras con mucho cuidado, humano, pues serán las últimas que pronuncies.

El cazador de leyendas levantó la barbilla y dijo:

— Me llaman Niall Lenguanegra. He venido de la aldea maldita de Bocanegra para buscar a alguien que no pertenece a este mundo. Y yo que tú no seguiría hundiendo esa lanza en mi pecho.

—¿Así, quieres decir? — replicó el fomoriano, mientras ejercía una leve presión con el arma, apenas la suficiente para traspasar la armadura y hacer que un fino reguero de sangre se deslizara por la coraza de Niall Lenguanegra.

El humano se estremeció, y un resplandor lo envolvió de arriba abajo, como una cerilla justo antes de estallar en llamas.

— Te lo he advertido — dijo Niall con un suspiro de resignación. Y entonces explotó.

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Treinta y dos años después

El padre de Finn le había dicho que buscara la habitación S3 de la casa.

Luego lo había obligado a que abandonara el lado infestado y regresara a la seguridad de su propio mundo cruzando el portal segundos antes de que éste se cerrara sobre sí mismo. Hugo había ido al lado infestado para rescatar a su mujer, la madre de Finn, y el chico había seguido sus pasos para recuperar a ambos. La última vez que lo había visto, su padre se enfrentaba a un ejército de leyendas, y el humano que encabezaba la carga no era otro que su abuelo, Niall Lenguanegra.

En cuanto el portal se cerró, dejando a su padre atrapado en el mundo de las leyendas, Finn se fue derecho a la habitación S3, que daba a un largo pasillo. Lo único que encontró allí fue una caja normal y corriente. En su interior había una nota manuscrita con una sencilla orden: «Iluminad la casa.»

Y eso hizo Finn. Encendió todas las lámparas y los apliques, de la biblioteca a los dormitorios, de los cuartos de baño a los trasteros. Reemplazó las bombillas fundidas, colocó otras nuevas en los portalámparas vacíos. Alumbró habitaciones en las que había pasado horas entrenando, estancias en las que nunca había estado y otras que apenas recordaba que existieran.

Cuando terminó, la casa debía de poder verse desde la Luna.

—Encuentra el mapa —le había dicho también su padre.

Y vaya si lo había encontrado.

No uno, sino muchos. Tras dos semanas de ardua búsqueda, aún no había dado con su padre, pero seguía hallando mapas.

Los había ido apilando en el suelo, bajo los retratos de sus antepasados, que jalonaban el pasadizo. Una de aquellas pilas la custodiaba el retrato de un Niall Lenguanegra cabizbajo, casi avergonzado, al que Finn apenas era capaz de mirar desde que había perdido a su padre.

En la biblioteca, una estancia de planta circular y techos altos, los legajos se apilaban sin orden ni concierto en torno al artilugio que el padre de Finn había construido para desecar leyendas, pero que el señor Glad había usado para incitarlas a que invadieran nuestro mundo. Y, justo donde Glad se había visto engullido por un portal y se había volatilizado, convertido en luz, se alzaba una pequeña montaña de mapas, clasificados, descartados o apartados para someterlos a un análisis más minucioso. Finn se había sentado en la falda de esa montaña.

Pero no estaba solo.

—Supongo que podemos descartar la Guía de los mejores restaurantes de Noruega, edición de 1956, ¿verdad? —preguntó a Emmie—. El gran azote de 1886: mapa de leyendas desaparecidas —leyó desde donde estaba, junto a una sección medio desvalijada de las inmensas estanterías que bordeaban la estancia—. ¿Cuántas leyendas desparecieron? ¿Y cómo es posible que haya un mapa que lo detalle si nadie sabe dónde están?

Habían pasado dos semanas hojeando libros de mapas, mapas desplegables, mapas plastificados, dos mapas en braille e incluso un rompecabezas del mapa de Irlanda con el que Finn solía jugar de niño. Esa misma tarde, lo habían completado entre los dos y se habían puesto como locos al descubrir que faltaba la pieza correspondiente al condado de Tipperary.

—¡Seguro que significa algo! —había exclamado Emmie, eufórica, pero entonces Finn había recordado que siendo muy pequeño había estado a punto de atragantarse con esa pieza, y que sus padres decidieron entonces tirarla a la basura como medida de precaución.

Emmie y él siguieron rebuscando entre los mapas con la esperanza de que algo les saltara a la vista, si bien, teniendo en cuenta que estaban rodeados de leyendas encogidas y congeladas, pero no muertas, ni mucho menos, también deseaban para sus adentros que nada les saltara a la vista en el sentido más literal de la expresión.

Desde que el padre de Finn había desaparecido, ninguna alarma se había disparado, ningún portal se había abierto, ninguna leyenda se había aventurado a entrar en su mundo. Todo se reducía a los mapas, pero aunque hallaran uno como el que buscaban, no tenían ni la más remota idea de adónde los llevaría.

¿A un arma, una persona, una leyenda con las fauces abiertas y los colmillos afilados? O quizá un atajo al lado infestado, una senda que recorrerían alegremente hasta encontrar a Hugo sentado en una habitación, esperándolos con una sonrisa en los labios.

Pero a juzgar por lo que había pasado hasta entonces, no parecía probable que esto último fuera a ocurrir.

—Cuando lo veamos, lo sabremos, supongo —dijo Emmie, intuyendo la desesperación de Finn—. Seguro que cuando menos lo esperemos, el mapa que buscamos saldrá como por arte de magia de entre las páginas de... —observó el libro que tenía en las manos— ... el Atlas ilustrado de las grandes matanzas de cazadores de leyendas. Vale, de éste mejor no.

Finn ojeaba con gesto mecánico otro libro, Guía del buen remero, ensenadas del sur de Suecia, edición de 1974 (con nuevas calas añadidas).

—Mi padre no me habría dicho nada del mapa si no nos creyera capaces de encontrarlo —repuso Finn, intentando convencer tanto a Emmie como a sí mismo—. Y me comentó que sabía que no me rendiría. Así que no pienso hacerlo. Pero... —Un pequeño cuaderno de tapas rojas y aspecto desgastado cayó en ese preciso instante de entre las páginas del libro que Finn tenía entre las manos— ... pero llevamos ya semanas con esto, buscando algo que ni siquiera sabemos si reconoceremos cuando lo veamos.

—No tardaremos en encontrarlo, Finn —le aseguró Emmie.

—No digo que no —replicó el muchacho, cogiendo el cuaderno.

En la cara interna de la cubierta figuraban las iniciales «N. L.». Finn hojeó rápidamente las páginas repletas de símbolos matemáticos, gráficos y dibujos, todo ello manuscrito con una caligrafía tan pequeña que era como si una araña se hubiese caído en el tintero y luego hubiese correteado por la página. «N. L. —pensó—. ¿Niall Lenguanegra?» ¿Acaso podía tratarse del cuaderno de...?

Un pequeño rebujo de papel rebotó en la cabeza del chico.

—¡Tierra llamando a Finn! —exclamó Emmie con una sonrisa.

El chico parpadeó.

—Ah. No digo que no vayamos a encontrarlo, pero lo que pasa es que temo estar buscando lo que no toca donde no toca.

En ese preciso instante, halló un mapa.

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2

El sol del atardecer bañaba el pequeño callejón de Bocanegra, obligando a Finn a bajarse la visera del casco para protegerse del resplandor. Avanzó agachado por el angosto pasaje, rozando los altos muros que lo flanqueaban, notando en el hombro la presión de la culata del desecador, listo para protegerlo de cualquier cosa que pudiera salirle al paso, aun cuando no supiera qué andaba buscando.

Siguió avanzando con la espalda pegada a un muro. La coraza de la armadura, de por sí ruidosa, chirriaba al restregarse contra la piedra. Procurando que nadie lo viera, giró bruscamente a la derecha para enfilar otro callejón flanqueado por altos muros coronados de esquirlas y clavos, en una aldea construida como una fortaleza. Las muescas y los boquetes en los muros de ladrillo eran un recordatorio de la invasión que había sufrido Bocanegra hacía tan sólo dos semanas, del caos que se había desatado y del pánico que habían sembrado varias mantícoras, un minotauro y quienes trataban de darles caza.

Finn enfiló a la carrera el callejón en el que se hallaba la tienda calcinada del señor Glad, custodiada por una maraña de cinta policial que prohibía el paso. El local se había convertido para él en un negro recordatorio del traidor que había abierto un agujero en Bocanegra por el que sus padres habían desaparecido y sólo uno de ellos había regresado.

Al llegar a la siguiente bocacalle, Finn asomó la cabeza por la esquina. En un callejón paralelo al suyo, apareció el cañón de un arma, seguido de un casco y una mano que hacía señas.

Palma de la mano abierta. Nudillos doblados. Giro de muñeca.

Finn se levantó la visera, entornando los ojos para protegerlos del sol, y trató de expresar su desconcierto.

—¿Qué? —preguntó, mientras articulaba la palabra en silencio.

Steve se levantó la visera y repitió los gestos, pero esta vez concluyó la secuencia moviendo el puño arriba y abajo, como si bombeara.

—¿Que me eche cuerpo a tierra? —preguntó Finn—. ¿Que salte?

Steve apretó los dientes, frustrado. Una cabeza asomó a su espalda.

Era Emmie, que lo saludó con la mano. El casco que llevaba puesto era incapaz de contener su rebelde mata de pelo rojo. Finn le devolvió el saludo.

Steve empujó a la chica con suavidad, pero con firmeza para que se colocara tras él, y luego, con la espalda pegada al muro, avanzó hasta alcanzar a Finn. Emmie siguió sus pasos, pero, a diferencia de su padre, no iba armada. No le estaba permitido usar un desecador. Su única arma era un entusiasmo que a duras penas lograba contener.

Se agacharon los tres al pie del muro. A causa de la postura, el traje de combate de Finn se le había subido y le molestaba en el cuello, mientras que las rodilleras se le clavaban en las espinillas. Se removió, incómodo, provocando un cencerreo que ahogaba las palabras de Steve.

—Debemos seguir cuarenta metros más en dirección norte por este callejón —anunció el padre de Emmie, señalando hacia delante—, y luego veinte metros en dirección este. Allí estará nuestro objetivo.

—Por ahí no es —discrepó Finn, entornando los ojos a causa del sol.

—Sí que es.

—Te digo que no —insistió, señalando el callejón angosto que tenían justo enfrente—. Según el mapa es por ahí.

Un anciano montado en bicicleta avanzaba en dirección hacia ellos silbando una melodía, pero enmudeció al verlos allí agachados, enfundados en sus armaduras y empuñando gruesos desecadores plateados. El ciclista se detuvo, dio media vuelta como pudo en el estrecho callejón, volvió a encaramarse al sillín y se marchó por donde había llegado, mascullando maldiciones.

Cuando se hubo marchado, reanudaron la conversación.

—Tiene que ser por aquí por fuerza, Finn. Es la única posibilidad.

—Conozco estas calles como la palma de mi mano. Mi padre me obligó a memorizarlas.

—Escucha, Finn, aquí mando yo. Ésas son las órdenes y no hay más vuelta de hoja, nos guste o no.

A Steve no es que le gustara, sino que estaba encantado con la situación, de eso no cabía duda. Desde que el Consejo de los Doce le había ordenado que se quedara en Bocanegra y ejerciera de cazador de leyendas interino, se había aficionado a mandar y parecía incluso más frustrado que Finn por el hecho de que no se hubiese abierto ningún otro portal.

—Finn se conoce estas calles al dedillo, papá —apuntó Emmie, levantando la visera y descubriendo el rostro—. Doy fe.

—¿Quieres volver al coche? —le preguntó Steve.

—No —contestó la chica.

—Pues entonces deja que me encargue yo de esto. Casi morimos todos por culpa de las leyendas invasoras. Esto no es ningún juego.

—Pero dijiste que me dejarías hacer más cosas, papá.

—Así es. Puedes observar más.

—Venga ya, papá. Sólo quiero ayudar.

Steve hurgó en el bolsillo de su traje de combate, sacó las llaves del coche y se las tendió.

Emmie soltó un profundo suspiro.

Satisfecho por haber dejado clara su postura, Steve volvió a meterse las llaves en el bolsillo y centró su atención en Finn, que ya se había levantado y se disponía a cruzar la calle en la dirección que consideraba adecuada. Steve lo asió del hombro, tiró de él hacia atrás y le lanzó una mirada fulminante. Un temblor recorrió el traje de Finn. No era fácil que te tomaran en serio cuando, a poco que te movieras, tintineabas como unas campanillas de viento.

—Es por aquí —insistió Steve, incorporándose para enfilar el callejón—, seguidme y veamos qué nos espera.

No era por allí.

Se habían metido en un callejón sin salida.

—Lo habrán añadido después de hacer el mapa —se excusó Steve, carraspeando para disimular su gran bochorno.

Por toda réplica, Finn y Emmie guardaron silencio, y finalmente Steve dio su brazo a torcer.

—Vale, vayamos por donde dice Finn —concedió el padre de Emmie, y los tres retrocedieron—. Esperemos que no se equivoque.

Finn se mordió la lengua para no contestarle.

Se movían entre las sombras irregulares de los muros del callejón, dejando atrás casas con la pintura desconchada y boquetes en lugar de ventanas. Pasaron agachados junto a viejos muros deslucidos y parcheados con ladrillos que recordaban empastes dentales.

El callejón desembocaba en una puerta de madera que daba a un patio trasero. Como era habitual en Bocanegra, el muro del patio estaba rematado con esquirlas de cristal, clavos, tachuelas, piedras de bordes afilados, cualquier cosa que sirviera para impedir el paso a las leyendas. Sin embargo, la puerta astillada y expuesta a los elementos durante décadas cedió sin oponer resistencia, dejando a la vista una explanada medio llena de barriles de plástico azules y bidones grandes.

Finn sintió una punzada de inquietud. Aquello le daba muy mala espina.

Antes de que abriera la boca, Steve alzó la mano y empezó una cuenta atrás con los dedos. Finn se echó el desecador al hombro y lo siguió. Emmie iba tras ellos, tratando de aparentar determinación. Tardó unos instantes en acordarse de bajarse la visera del casco.

Avanzaron despacio, entre bidones, barriles y alguna que otra vaharada pestilente, como de algo en estado de putrefacción, hasta que alcanzaron la puerta trasera
de una casa.

Steve apoyó la mano en el pomo.

—Esto es ridículo —dijo Clara, la madre de Finn, desde el patio que quedaba a sus espaldas, dándoles un susto de muerte—. ¿Qué esperáis encontrar aquí? —les preguntó cuando se dieron la vuelta.

—Estábamos a punto de descubrirlo cuando nos has interrumpido —respondió Steve, visiblemente contrariado.

—Dame el mapa —ordenó Clara, alargando la mano.

—No levantes la voz —susurró Steve.

Finn arrebató el mapa a Steve, que lo había encajado entre el cinturón y el traje de combate, y se lo tendió a su madre sin dudarlo pese a las protestas del hombre.

Clara lo sostuvo en alto.

—¿De veras creéis que el mapa puede estar en un posavasos? ¿No se os ha ocurrido que, de ser así, Hugo se lo habría especificado a Finn?

Clara examinó el posavasos. A un lado se veía el dibujo de una jarra de cerveza con su buena capa de espuma y debajo la leyenda «Hacedor de Viudas, refrescante como la coz de un sleipnir de ocho patas». En el dorso, alguien había arrancado la capa de papel impreso y había usado un bolígrafo para garabatear en la superficie blanda de cartón blanco lo que parecía un laberinto de callejones con una equis en un rincón.

—Es el mejor mapa que hemos encontrado —se excusó Steve, aflojando la mano que sostenía el desecador.

—¿Mejor que el que teníais cuando decidisteis irrumpir en la guardería de la señora Kelly mientras los niños dormían la siesta?

—La señal que había en ese mapa parecía auténtica —se defendió Steve, levantando la visera del casco.

—Era una mancha de café. Y lo único que conseguisteis fue que doce niños volvieran a llevar pañal cuando hacía un mes que lo habían dejado.

—Hacemos lo que podemos, mamá —intervino Finn.

—Lo sé, Finn. No es culpa tuya. Lo que pasa es que no me gusta que vayas por ahí a tontas y a locas con un arma peligrosa en las manos.

—Ese cacharro ni siquiera está cargado —reveló Steve, señalando el desecador de Finn. Al ver la cara de pasmo del chico, añadió—: Venga, Finn, si tuvieras que usarlo seguramente te harías más daño a ti mismo que al enemigo. Pero te dejé creer que estaba cargado para que no me dieras la lata.

La puerta trasera de la casa se abrió con brusquedad.

Finn y Steve se dieron la vuelta con los desecadores en ristre, casi rozando la nariz del hombre que estaba plantado en el umbral, con un delantal blanco y un barril azul entre las manos. El desconocido levantó de inmediato los brazos, dejando caer el bidón al suelo. Todos se apartaron de un salto mientras el agua se derramaba por el hormigón, arrastrando consigo patatas cortadas en rodajas.

El hombre se dio media vuelta y se metió en casa a toda prisa, mientras Clara se agachaba para recoger una rodaja de patata cruda.

—¿No se os ha ocurrido que a lo mejor Hugo garabateó en ese posavasos el camino hasta el pub más cercano?

—Según nuestros informes, Hugo no bebe —adujo Steve.

—No, pero sí que come —replicó la madre de Finn con severidad—. Sobre todo pescado rebozado con patatas fritas. Le pirran.

Steve y Finn se vinieron abajo de forma casi simultánea. El hombre se frotó los ojos con la mano enguantada. El chico, por su parte, apoyó la espalda contra la pared y se dejó caer, cabizbajo. Emmie, mientras tanto, apisonaba el suelo con la punta del pie. Clara se erguía entre los tres, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada puesta en el cielo cobrizo.

—Lo siento, mamá —dijo Finn.

—No eres tú quien debería disculparse —repuso ella—. Se supone que Steve es el adulto. De verdad que... Tenemos que encontrar eso que Hugo ha pedido que busquemos, pero ya basta de dar palos de ciego.

—Por si no lo sabes, daría lo que fuera por no tener que seguir aquí, intentando sacaros del atolladero.

—Eso no te lo crees ni tú. ¿Una aldea maldita para ti solo? Es tu sueño hecho realidad, de eso no me cabe duda.

—Estoy deseando largarme de aquí —insistió Steve—. ¡Si no hablo de otra cosa! Pregúntale a tu hijo.

—Yo... —balbuceó Finn.

—No tienes por qué decirme nada, Finn —apuntó Clara.

—Díselo, Finn.

—Ni caso, Finn.

—Yo... —farfulló el chico.

—Ejem... —carraspeó una voz desconocida.

En la bocacalle había un hombre joven. Era tan alto y larguirucho que parecía que caminara encorvado para no golpearse con el cielo. Lucía un traje chaqueta gris lustroso, camisa de color rosa recién planchada y una corbata verde lima firmemente anudada al cuello. Había un maletín a sus pies.

Todas las miradas convergieron en el joven desconocido, que tras unos instantes de desconcierto pareció recordar qué lo había llevado hasta allí.

—Ah, sí, buenas tardes. Me llamo Estravon Oakbound y soy el perito de la Subcomisión de Cazadores Perdidos nombrada por el Consejo de los Doce. En cumplimiento de lo establecido en el artículo 41, apartado 9, del decreto 1265 sobre Desapariciones, he venido a peritar y, en última instancia, contribuir a esclarecer la desaparición de Hugo el Grande, cazador de leyendas de Bocanegra.

Dicho esto, les tendió una bolsa grasienta de papel marrón.

—Disculpad mis modales, ¿alguien quiere una patata frita?

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3

En el extremo opuesto del pueblo, al final de una calle sin nombre flanqueada por edificios cuyas puertas llevaban décadas cerradas a cal y canto, y cuyas ventanas estaban tapiadas o ennegrecidas por sucesivas capas de suciedad, se alzaba la casa de Finn, una vivienda de aspecto normal y corriente. La sencilla construcción de obra vista se hallaba retirada de la calle, separada de ésta por un murete de piedra y un pequeño patio ajardinado en el que los tallos de narciso se iban convirtiendo lentamente en mantillo dos semanas después de que un minotauro con muy malas pulgas los pisoteara.

En el sofá de la sala de estar, el recién llegado parecía erguirse muy por encima de los demás pese a estar sentado. La chaqueta le colgaba sobre el cuerpo enjuto y las rodillas dobladas parecía que le querían tocar el pecho.

Finn y Clara se sentaron frente a él, separados por una mesita de centro en la que descansaba, aún intacta, la taza de té de la anfitriona. Finn advirtió que su madre fruncía los labios como si tratara de impedir que se le escapara alguna impertinencia.

A su espalda, Steve caminaba despacio de aquí para allá, un poco nervioso. Se había rezagado porque había tenido que convencer a Emmie, empecinada en acompañarlo, de que no podía asistir a la reunión, y al llegar a casa de Clara ésta no le había ofrecido una taza de té.

—Llegar a Bocanegra no es tarea fácil —afirmó Estravon Oakbound, mientras sumergía una galleta en el té y trataba en vano de rescatarla entera. La mitad empapada se separó del resto y cayó en la taza, salpicando hacia fuera. Ni corto ni perezoso, el hombre la pescó con los dedos y la engulló—. Pero no sabéis cuánto me alegro de haberlo conseguido. Es un lugar famoso.

Estravon Oakbound consultó su reloj de pulsera, se chupó los dedos y abrió el maletín que tenía a sus pies, de cuyo interior sacó un sujetapapeles y un bolígrafo.

—Puede que para los archiveros de nuestra sede en Liechtenstein no sea más que el caso número 4526/U, pero para mí es todo un honor estar aquí.

Al levantar la mirada, Estravon comprobó que nadie compartía su entusiasmo, por lo que adoptó un tono más comedido mientras deslizaba la punta del bolígrafo por la hoja que tenía ante sí.

—Veamos... Veamos. Ah, sí, aquí lo tenemos. El mapa.

El hombre parecía aguardar una explicación.

—¿El mapa? —intervino Clara.

—Eso es —repuso Estravon—. Tengo entendido que han estado buscándolo. En calidad de perito, colaboro de forma estrecha con el Consejo de los Doce para supervisar y... en fin, peritar casos relacionados con los cazadores de leyendas y sus aldeas. Eso es lo que me ha traído hasta aquí. —El hombre volvió a consultar el reloj. Finn reparó en las manecillas del aparato, que se curvaban de un modo hermoso, como puñales—. Por poco tiempo, debo añadir.

Estravon se inclinó hacia delante y, tras echar un vistazo a la ventana, como si temiera que alguien estuviera escuchando a escondidas la conversación, prosiguió con un tono casi cómplice:

—Seguramente podríamos haber hecho buena parte de los trámites por teléfono, pero no sería lo mismo, desde luego. Veamos, ¿cómo describirías su olor?

Finn se quedó mudo de perplejidad hasta que comprendió que el perito se dirigía a él.

—¿Cómo dice? —preguntó.

—El minotauro que invadió Bocanegra. ¿Qué tal olía? Fatal, supongo. Tengo entendido que el sargento de policía local tuvo suerte de escapar con vida. —Estravon alzó un dedo y lo movió como si acuchillara a alguien mientras hacía un ruidito con la boca—. Menuda bestia. El minotauro, quiero decir, no el sargento, claro está. Y real. Real como la vida misma...

Por unos instantes, el perito pareció sumirse en sus propias ensoñaciones. Finn, por su parte, seguía sintiéndose responsable de que dos semanas atrás el sargento Doyle hubiera resultado gravemente herido en su intento de defenderlo a él y a Emmie.

—Necesitamos un equipo de rescate —intervino Steve.

—Por eso he venido —repuso Estravon.

—¿Usted es el equipo de rescate? —preguntó Clara.

—¡No! —El hombre soltó una gran risotada y añadió con un tono más serio—: Pero tendré la última palabra en las decisiones que se tomen, y creo que podré hablar muy favorablemente de algunas de las acciones que se han llevado a cabo hasta este momento. —Dicho esto, hizo una pausa—. ¿Sabías lo de los seiscientos escorpiones? —añadió, dirigiéndose a Finn.

—¿Escorpiones? —dijo Finn.

—En tu ceremonia de iniciación. Perdona, me he ido de la lengua. Esperemos que aún pueda celebrarse, eso sí. Justo cuando alguien estaba a punto de ser oficialmente nombrado cazador de leyendas por primera vez en muchos años, un cazador con todas las de la ley y no un simple semicazador como muchos de nosotros, va y sucede esto. Es una lástima. Yo ya me había comprado el traje y todo.

El perito se alisó la chaqueta, sin duda esperando que alguien se la elogiara, y se desmoralizó un poco cuando ninguno de los presentes lo hizo.

—Estaba usted diciendo algo sobre el mapa... —intervino Clara.

—Ah, sí. —Estravon volvió a deslizar el bolígrafo por su lista—. El lado infestado. He aquí algo que no ha quedado claro en el informe.

—Yo anoté todo lo que ocurrió, negro sobre blanco —alegó Steve.

—Y con gran minuciosidad, debo añadir. Gracias, Steve. El caso es que estabais los tres en el lado infestado... —El perito volvió a abstraerse en sus fantasías—. No puedo creer siquiera que haya pronunciado esas palabras. Muy pocos han tenido ocasión de pisar el lado infestado, no digamos ya de regresar con vida. Sólo se me ocurre un par de cazadores, y el nombre de uno de ellos, Conrad el Patituerto, lo dice todo del estado en que quedó. Claro que, según la profecía, tú volverás al lado infestado, Finn. Pero será mejor que no pensemos en eso.

El chico sintió que todo daba vueltas a su alrededor, y no sabía si era cosa de su mente o de su cuerpo.

—¿Usted está al corriente de la profecía?

—Por supuesto. Como todo el mundo. O por lo menos los que nos movemos en el entorno de los Doce. Claro que tú habrás crecido escuchándola.

Estravon advirtió que Finn parecía avergonzado y su madre contrariada, y dedujo el significado de ambas reacciones.

—¿De veras no lo sabías? —preguntó el perito.

—No, hasta hace poco —contestó Finn.

—Las leyendas se alzarán, el chico caerá —recitó Estravon—. De la boca negra saldrá el último hijo del último cazador de leyendas.

—No veo la necesidad de... —intervino de nuevo Clara.

—Él pondrá fin a la guerra y abrirá de par en par las puertas de la tierra prometida —la interrumpió Estravon—. Su muerte en el lado infestado será recordada por toda la eternidad.

—... volver a repetirla —concluyó, y el enfado hizo que se le agolpara la sangre en las mejillas.

—De todos modos, no es más que una sarta de tonterías —dijo Estravon, y volvió a concentrarse en el sujetapapeles—. Paparruchas. A saber qué querrá decir. Yo no me preocuparía. A nosotros no nos preocupa, desde luego.

—¿Ah, no? —preguntó Finn, sorprendido.

—Bueno, más o menos. No demasiado. Sólo a ratos.

Estravon dejó la frase en suspenso, y en los pocos segundos de pesado silencio que siguieron, Finn creyó reconocer el sonido de las motas de polvo al caer.

Finalmente, Estravon anunció:

—Pero volvamos al tema que nos ocupa. ¿Qué pasó para que tu padre acabara atrapado en el lado infestado? El informe dice que tú fuiste el último en verlo, Finn, que estabas con él en ese momento, y que tanto Steve como tu madre regresaron antes que tú por el portal. Sin embargo, sólo Hugo quedó retenido al otro lado. ¿Por qué?

—Porque me hizo cruzar el portal de un empujón.

—¿Te hizo cruzar el portal de un empujón? —repitió Estravon, y apuntó algo en el sujetapapeles.

—Y luego el portal se cerró de golpe a mi espalda.

—Se cerró... de golpe... a tu espalda. —Estravon no apartaba los ojos del sujetapapeles, en el que iba anotándolo todo, palabra por palabra—. Pero antes te dijo lo del mapa, ¿no?

—Sí —contestó Finn con toda la tranquilidad de la que era capaz, tratando de contener un inmenso sentimiento de culpa—. Me lo dijo a gritos.

—Ya hemos repasado todo lo que sucedió aquel día —intervino Clara—. ¿Qué tal si nos envían cuanto antes la ayuda que necesitamos?

—A ver si lo he entendido bien, Finn —recapituló Estravon, dejando el bolígrafo atravesado sobre la pinza del sujetapapeles y concentrando toda su atención en el muchacho—. El portal estaba a punto de cerrarse y un ejército de leyendas venía hacia vosotros, así que tu padre te empujó para que cruzaras el portal mientras te daba instrucciones a voz en grito. Y entonces el portal se cerró de golpe y él quedó atrapado al otro lado. Sólo porque no calculó bien el tiempo del que disponía para cruzar el portal antes de que éste se cerrara, ¿es eso?

Finn notó que le sudaba la frente.

—Sí —dijo, con la lengua áspera como una lija—. No lo calculó bien, supongo.

El perito lo miró con cara de póquer durante lo que a Finn le pareció una eternidad, pero que bien podría haber sido un segundo. Luego, de repente, sonrió de oreja a oreja.

—Bueno, en ese caso, todo en orden.

Estravon guardó el bolígrafo y el sujetapapeles en el maletín. Finn experimentó una gran sensación de alivio. Segundos antes había deseado saltar por la ventana y darse a la fuga, pero ahora sentía el impulso irrefrenable de ponerse a dar brincos de alegría. Quería preguntar si se había acabado el interrogatorio, si de veras daban crédito a sus explicaciones, pero se mordió la lengua justo a tiempo.

Estravon volvió a mirar el reloj.

—No puedo creer que tenga que marcharme tan pronto, con lo que me ha costado llegar hasta aquí. Pero no quisiera ser un estorbo. —Entonces miró a Steve—. Así que me quedaré a pasar la noche en su casa.

Steve lo miró boquiabierto.

—Pero ¿y qué pasa con el mapa? —preguntó Finn.

—Ah, sí, el mapa —recordó Estravon.

—¿Puede ayudarnos a encontrarlo?

—Bueno, ahí está el quid de la cuestión, me temo —dijo el perito—. No existe ningún mapa.

—¿Que no existe ningún mapa? Por supuesto que existe un mapa —insistió Clara—. Hugo nos lo dijo.

—Me temo que estaba equivocado, Clara. ¿Me permite que la llame por su nombre de pila? —Y, sin esperar respuesta, añadió—: Verá, Clara, la supuesta existencia de ese mapa fue objeto de una exhaustiva investigación tras la muerte de Niall Lenguanegra, aunque a nadie le gusta demasiado hablar de eso. No obstante, puedo asegurarles sin el menor temor a equivocarme que ese mapa no existe. Nunca ha existido. Se buscó durante mucho tiempo en vano.

Estas palabras crearon un silencio espeso.

—¿Y ya está, eso es todo? —preguntó Steve al cabo de unos instantes.

—En absoluto —repuso el perito, levantándose de forma brusca. Clara y Finn imitaron su gesto—. Informaré puntualmente a los Doce y les haré unas cuantas sugerencias. Confío en que sirvan para desencallar la situación.

Estravon echó un último vistazo a su reloj, como si tuviera mucha prisa, y al ver que Finn observaba las manecillas una vez más, se lo desabrochó y se lo ofreció al chico.

—Por favor, quédatelo.

—No puedo —contestó Finn educadamente.

El perito insistió.

—Sería un gran honor para mí saber que alguien lo lleva aquí, en Bocanegra.

Finn miró a su madre, que asintió como para animarlo a aceptar el regalo, aunque a juzgar por su cara sólo quería que aquel hombre se marchara de su casa cuanto antes. Así que Finn aceptó el reloj y se lo puso en la muñeca.

—Gracias —dijo.

Estravon se le acercó y añadió en susurros:

—No es nada del otro mundo. En casa tengo un cajón lleno de relojes como éste.

—Me preocupa que se nos agote el tiempo —señaló Clara.

—Créame que lo entiendo. —El perito cogió una galleta—. Pero siempre hay tiempo para una galleta más.

Consciente de que su madre estaba a punto de perder los estribos, Finn se distrajo contemplando su nuevo reloj, viendo cómo las delicadas curvas de las manecillas de acero relucían a la luz de la oronda luna que entraba a raudales por la ventana.

Fuera, había un cielo cristalino y sereno. Se avecinaba otra noche en un mundo marcado por la ausencia de su padre.