Filiaciones
CLAN DEL TRUENO
• Líder
– ESTRELLA DE FUEGO: hermoso gato rojizo.
• Lugarteniente
– LÁTIGO GRIS: gato de pelo largo y gris.
• Curandera
– CARBONILLA: gata gris oscuro.
– Aprendiza: HOJARASCA
• Guerreros (gatos y gatas sin crías)
– MUSARAÑA: pequeña gata marrón oscuro.
– Aprendiza: ZANCÓN
– MANTO POLVOROSO: gato atigrado marrón oscuro.
– Aprendiz: ESQUIROLINA
– TORMENTA DE ARENA: gata color melado claro.
– NIMBO BLANCO: gato blanco de pelo largo.
– FRONDE DORADO: atigrado marrón dorado.
– Aprendiza: ZARPA CANDEAL
– ESPINARDO: atigrado marrón dorado.
– Aprendiz: TOPILLO
– CENTELLA: gata blanca con manchas canela.
– ZARZOSO: gato atigrado marrón oscuro de ojos color ámbar.
– CENIZO: gato gris claro con motas más oscuras, de ojos azul oscuro.
– ORVALLO: gato gris oscuro de ojos azules.
– HOLLÍN: gato gris de ojos ámbar.
– ACEDERA: gata parda y blanca de ojos ámbar.
• Aprendices (de más de seis lunas de edad, se entrenan para convertirse en guerreros)
– ESQUIROLINA: gata de color rojizo oscuro de ojos color ámbar.
– HOJARASCA: atigrada marrón claro de zarpas blancas y ojos ámbar.
– ZANCÓN: gato negro de largas patas, con la barriga marrón y los ojos ámbar.
– TOPILLO: pequeño gato marrón oscuro de ojos color ámbar.
– ZARPA CANDEAL: gata blanca de ojos verdes.
• Reinas (gatas embarazadas o al cuidado de crías pequeñas)
– FLOR DORADA: de pelaje rojizo claro; la reina de mayor edad de la maternidad.
– FRONDA: gata gris claro con motas más oscuras, de ojos verde claro.
• Veteranos (antiguos guerreros y reinas, ya retirados)
– ESCARCHA: hermosa gata blanca de ojos azules.
– COLA MOTEADA: en sus tiempos, una bonita gata leonada con un precioso manto moteado; el miembro más anciano del Clan del Trueno.
– COLA PINTADA: atigrada clara.
– RABO LARGO: gato atigrado, de color claro con rayas muy oscuras, retirado anticipadamente por problemas de vista.
CLAN DE LA SOMBRA
• Líder
– ESTRELLA NEGRA: gran gato blanco con enormes patas negras como el azabache.
• Lugarteniente
– BERMEJA: gata de color rojizo oscuro.
• Curandero
– CIRRO: atigrado muy pequeño.
• Guerreros
– ROBLEDO: pequeño gato marrón.
– Aprendiz: AHUMADO
– TRIGUEÑA: gata parda de ojos verdes.
– CEDRO: gato gris oscuro.
– SERBAL: gata rojiza.
– Aprendiz: GARRUNDO
– AMAPOLA: atigrada marrón claro de patas muy largas.
• Veteranos
– NARIZ INQUIETA: pequeño gato blanco y gris; el antiguo curandero del clan.
CLAN DEL VIENTO
• Líder
– ESTRELLA ALTA: gato blanco y negro de cola muy larga.
• Lugarteniente
– ENLODADO: gato marrón oscuro con manchas.
– Aprendiz: CORVINO: gato gris oscuro, casi negro, de ojos azules.
• Curandero
– CASCARÓN: gato marrón de cola corta.
• Guerreros
– BIGOTES: atigrado marrón.
– MANTO TRENZADO: gato atigrado gris oscuro.
– OREJA PARTIDA: macho atigrado.
– COLA BLANCA: pequeña gata blanca.
• Reinas
– FLOR MATINAL: reina color carey.
CLAN DEL RÍO
• Líder
– ESTRELLA LEOPARDINA: gata atigrada con insólitas manchas doradas.
• Lugarteniente
– VAHARINA: gata gris oscuro de ojos azules.
• Curandero
– ARCILLOSO: gato marrón claro de pelo largo.
– Aprendiz: ALA DE MARIPOSA: preciosa atigrada dorada de ojos ámbar.
• Guerreros
– PRIETO: macho negro grisáceo.
– PASO POTENTE: corpulento gato atigrado.
– BORRASCOSO: gato gris oscuro de ojos ámbar.
– PLUMOSA: gata gris claro de ojos azules.
– ALCOTÁN: gato marrón oscuro de anchos omóplatos.
– MUSGOSA: gata parda.
• Reinas
– FLOR ALBINA: gata gris muy claro.
• Veteranos
– SOMBRA OSCURA: gata gris muy oscuro.
– TRIPÓN: gato marrón oscuro.
GATOS DESVINCULADOS DE LOS CLANES
– CENTENO: gato blanco y negro; vive en una granja cercana al bosque.
– CUERVO: lustroso gato negro que vive en la granja con Centeno.
– PUMA: viejo gato atigrado que vive en el bosque cerca del mar.



Prólogo
Uno a uno, los gatos entraron sigilosamente en la cueva. Tenían el pelo manchado de barro y sus ojos, dilatados de miedo, reflejaban la fría luz de la luna que se filtraba a través de una grieta en el techo. Se agazaparon, rozando casi el suelo con la barriga y mirando a un lado y a otro, como si esperaran ver algún peligro acechando en las sombras.
El resplandor de la luna incidía en los charcos de agua que había en la caverna y perfilaba un bosque de rocas puntiagudas; unas se elevaban desde el suelo, otras colgaban del techo. Algunas se encontraban en el medio y formaban esbeltos árboles de reluciente roca blanca. El viento soplaba entre ellos, alborotando el pelaje de los gatos. El aire olía a húmedo y limpio, y se oía el distante rugido de saltos de agua.
Un gato apareció por detrás de una roca. Tenía un cuerpo largo, de extremidades delgadas y musculosas, y estaba cubierto de barro seco, de modo que parecía tallado en piedra.
—Bienvenidos —maulló con voz ronca—. La luz de la luna se refleja en el agua. Ha llegado la hora de una Revelación, según las leyes de la Tribu de la Caza Interminable.
Un gato dio unos pasos adelante, inclinando la cabeza ante el felino cubierto de barro.
—Narrarrocas, ¿has recibido una señal? —preguntó.
—¿Hay esperanza por fin? —inquirió otro desde detrás del primero.
Narrarrocas bajó la cabeza.
—He visto las palabras de la Tribu de la Caza Interminable en el dibujo de la luz de la luna sobre la piedra, en las sombras proyectadas por las rocas, en el sonido de las gotas de lluvia al caer desde el techo. —Hizo una pausa y paseó la mirada por los gatos que lo rodeaban—. Sí —continuó—, me han dicho que hay esperanza.
Un leve murmullo, como el susurro de las hojas al viento, recorrió el grupo de gatos. Sus ojos parecieron volverse más brillantes y todos irguieron las orejas. El que se había adelantado para hablar en primer lugar maulló vacilante:
—Entonces, ¿sabes quién nos librará de este espantoso peligro?
—Sí, Peñasco —contestó Narrarrocas—. La Tribu de la Caza Interminable me ha prometido que vendrá alguien, un felino plateado que no pertenece a esta tribu. Él nos librará de Colmillo Afilado de una vez por todas.
Tras una pausa, una voz preguntó desde el fondo:
—¿Es que hay gatos que no son de la Tribu de las Aguas Rápidas?
—Debe de haberlos —respondió otra voz.
—Yo he oído hablar de extranjeros —maulló Peñasco—, aunque nunca hemos visto ninguno. ¿Cuándo llegará el felino plateado? —añadió con ansiedad, y otros maullidos se elevaron a su alrededor.
—Sí, ¿cuándo?
—¿Es realmente cierto?
Narrarrocas pidió silencio con un movimiento de la cola.
—Sí, es cierto. La Tribu de la Caza Interminable jamás nos ha mentido. Yo mismo he visto el fulgor de su pelaje plateado en un charco iluminado por la luna.
—Pero ¿cuándo? —insistió Peñasco.
—La Tribu de la Caza Interminable no me ha mostrado eso. No sé cuándo llegará el felino plateado, ni de dónde vendrá, pero lo sabremos cuando aparezca. —Levantó la cabeza hacia el techo de la caverna y sus ojos resplandecieron como lunas diminutas—. Hasta entonces, gatos de mi tribu, sólo podemos esperar.

1
Borrascoso abrió los ojos, parpadeó para acabar de despertarse, e hizo un esfuerzo por recordar dónde estaba. En vez del habitual lecho de juncos en el campamento del Clan del Río, estaba ovillado en una mata de helechos secos y quebradizos. Vio el techo terroso de una cueva, entrecruzado de raíces enmarañadas, y oyó la cadencia de un rugido en la distancia. Al principio lo desconcertó; luego recordó lo cerca que se hallaban del lugar en que se ahogaba el sol, un agua que batía interminablemente el borde de la tierra. Se estremeció, asaltado por una imagen: Zarzoso y él luchando por sus vidas en el agua. Escupió, notando todavía un regusto salado en la garganta. En su casa, en el Clan del Río, estaba acostumbrado al agua —el suyo era el único clan que podía nadar sin problemas en el río que atravesaba el bosque—, pero no estaba acostumbrado a aquella masa líquida tan turbulenta que se movía adelante y atrás; era demasiado potente, tanto que ni siquiera un gato de su clan podía nadar en ella con seguridad.
Lo asaltaron otros recuerdos. El Clan Estelar había mandado a representantes de todos los clanes a un viaje largo y peligroso, para escuchar lo que la medianoche tenía que decirles. Habían avanzado esforzadamente a través de tierras desconocidas, entre viviendas de Dos Patas, enfrentándose al ataque de perros y ratas, para hacer el último e increíble descubrimiento: que en realidad tenían que prestar oídos a la tejona Medianoche.
Le subió un frío helador por las patas al recordar el horrible mensaje de Medianoche: los Dos Patas estaban destrozando el bosque para construir un nuevo Sendero Atronador y todos los clanes tendrían que marcharse. La tarea de los gatos escogidos por el Clan Estelar consistía en advertir a sus camaradas y llevarlos a un nuevo hogar.
Borrascoso se incorporó para mirar alrededor. Una débil luz se colaba por el túnel que conducía a lo alto del acantilado, junto con una suave corriente impregnada de olor a agua salada. A la tejona Medianoche no se la veía por ninguna parte. Cerca de Borrascoso dormía su hermana, Plumosa, con la cola sobre la nariz. Justo a su lado descansaba Trigueña, la feroz guerrera del Clan de la Sombra. Borrascoso se sintió aliviado al ver que Trigueña dormía tranquilamente, como si la mordedura que le había infligido una rata en el poblado de Dos Patas ya no la molestara demasiado. Las hierbas curativas de Medianoche habían conseguido rebajar la infección y ayudarla a dormir. En el otro extremo de la gruta, un poco apartado, estaba Corvino, el aprendiz del Clan del Viento; su pelaje gris oscuro apenas se distinguía entre los helechos. Más cerca de la entrada estaba el hermano de Trigueña, Zarzoso, estirado junto a Esquirolina, la cual dormía en un prieto ovillo. Al ver a los dos miembros del Clan del Trueno tan juntos, Borrascoso sintió una punzada de celos que intentó disipar. No se sentía digno de admirar tanto a Esquirolina por su valentía y su radiante optimismo, cuando ambos pertenecían a clanes diferentes. Zarzoso sería mejor compañero para ella.
Borrascoso debía despertar a sus amigos para iniciar el largo viaje de regreso al bosque. Sin embargo, se sentía extrañamente reacio a hacerlo. «Déjalos dormir un poco más —se dijo—. Necesitaremos todas nuestras fuerzas para lo que nos espera.»
Sacudiéndose briznas de helecho de encima, avanzó por el suelo arenoso de la cueva. Un fuerte viento le alborotó el pelo cuando salió a la mullida hierba. Tras casi ahogarse la tarde anterior, Borrascoso ya estaba seco por fin, y el descanso lo había recargado de energía. Se quedó mirando alrededor: justo delante estaba el borde del acantilado, y más allá se veía una interminable extensión de agua brillante que reflejaba la pálida luz del amanecer.
Abrió la boca para absorber el aire y detectar el olor a presas, pero su olfato fue inundado por un intenso hedor a tejón. Descubrió a Medianoche sentada en el punto más alto del acantilado; sus brillantes ojillos estaban clavados en las menguantes estrellas. A su espalda, en el extremo más alejado del páramo, una franja de luz lechosa indicaba el sitio por donde iba a salir el sol. Borrascoso se acercó a la tejona e inclinó la cabeza respetuosamente antes de sentarse a su lado.
—Buenos días, guerrero gris —lo saludó Medianoche con voz ronca—. ¿Bastante has dormido?
—Sí, gracias, Medianoche. —A Borrascoso todavía le resultaba extraño intercambiar saludos amigables con ella, pues los tejones siempre habían sido enemigos mortales de los clanes guerreros.
Sin embargo, Medianoche no era un tejón normal y corriente. Parecía más cercana al Clan Estelar que cualquier gato guerrero, excepto quizá los curanderos. Había viajado muy lejos y, de algún modo, había desarrollado la sabiduría necesaria para predecir el futuro.
Borrascoso la miró de soslayo y vio que seguía contemplando las pocas estrellas que quedaban en el cielo del alba.
—¿De verdad puedes descifrar las señales del Clan Estelar? —le preguntó, medio esperando que las terribles predicciones de la noche anterior pudieran esfumarse a la luz de la mañana.
—Mucho hay que descifrar en todas partes —contestó la tejona—. En las estrellas, en las corrientes de agua, en el reflejo de la luz en las olas. Todo habla, si los oídos están abiertos para escuchar.
—Entonces yo debo de estar sordo —maulló Borrascoso—. A mí el futuro me parece oscuro.
—No tanto, guerrero gris —replicó Medianoche con voz áspera—. Mira. —Señaló con el hocico a una zona del agua en que se ahogaba el sol, donde un solitario guerrero del Clan Estelar seguía reluciendo esplendorosamente, justo encima del horizonte—. El Clan Estelar ha presenciado nuestro encuentro. Satisfecho está, y ayuda nos dará en los oscuros días que se avecinan.
Borrascoso se quedó contemplando el brillante punto de luz y soltó un suspiro. Él no era curandero y, por tanto, no estaba acostumbrado a compartir lenguas con sus antepasados guerreros. Su tarea consistía en poner su fuerza y sus capacidades al servicio del clan... y ahora, según parecía, al servicio de todos los gatos forestales. Medianoche había dejado bien claro que todos los clanes serían destruidos si eran incapaces de olvidar las antiguas fronteras y colaborar juntos por una vez.
—Medianoche, cuando vayamos a casa...
No pudo terminar la frase. Lo interrumpió un aullido. Al darse la vuelta, vio que Esquirolina salía disparada por el túnel que llevaba a la madriguera de tejón. La gata se detuvo en la entrada, con el pelaje ahuecado y las orejas erguidas.
—¡Estoy muerta de hambre! —anunció—. ¿Dónde están las presas por aquí?
—Muévete y déjanos salir a los demás —espetó la irritada voz de Corvino detrás de ella—. Así podríamos decírtelo.
Esquirolina dio unos pasos y apareció el aprendiz del Clan del Viento, seguido por Plumosa. La guerrera se desperezó con placer bajo el incipiente sol. Borrascoso se levantó y avanzó sobre la áspera hierba del páramo para rozarse la nariz con su hermana. Él no era uno de los gatos elegidos originalmente por el Clan Estelar, pero había insistido en unirse al viaje para proteger a Plumosa. Con su madre muerta y su padre viviendo en otro clan, ellos dos estaban mucho más unidos que la mayoría de los hermanos.
Medianoche lo siguió pesadamente y saludó a los gatos con un movimiento de cabeza.
—Trigueña está mucho mejor esta mañana —informó Plumosa—. Dice que el bíceps apenas le duele ya. —Y añadió, dirigiéndose a Medianoche—: La raíz de lampazo que le diste ha sido de gran ayuda.
—Buena es esa raíz —repuso la tejona con su voz ronca—. Ahora la guerrera herida viajará bien.
Mientras hablaba, Trigueña apareció por el túnel. Borrascoso sintió alivio al ver que parecía más fuerte después de dormir mucho y bien; además, casi no cojeaba.
Detrás de Trigueña llegó su hermano, Zarzoso, que se quedó bizqueando a la creciente luz.
—El sol ya casi ha salido —maulló—. Es hora de ponerse en camino.
—¡Primero tenemos que comer! —protestó Esquirolina—. ¡La barriga me ruge como un monstruo del Sendero Atronador! Podría comerme un zorro, con pelo y todo.
Borrascoso coincidió con ella. Se notaba las zarpas del hambre en el estómago, y sabía que, sin comer, no podrían enfrentarse al largo y agotador viaje de regreso al bosque. Por otro lado, compartía la impaciencia de Zarzoso: ¿cómo se sentirían si se retrasaban demasiado y acababan descubriendo que habían muerto gatos por esa razón?
Una expresión exasperada cruzó el rostro de Zarzoso, que contestó con voz firme:
—Cazaremos algunas presas de camino. Y cuando lleguemos al bosque donde acampamos la otra vez, cazaremos como es debido.
—Bola de pelo mandona —masculló Esquirolina.
—Zarzoso tiene razón —dijo Trigueña—. ¿Quién sabe qué estará ocurriendo en casa? No hay tiempo que perder.
Hubo un murmullo de aprobación general. Ni siquiera Corvino, que solía cuestionar las decisiones de Zarzoso incluso más que Esquirolina, tuvo nada que decir. Algo impresionado, Borrascoso comprendió que su largo viaje y la amenaza que se cernía sobre los clanes habían hecho que pasaran de ser un grupo de rivales recalcitrantes a una fuerza unificada con un solo propósito: salvar a sus compañeros de clan y al código guerrero que los había protegido durante tanto tiempo. Lo embargó una cálida sensación de formar parte de algo. Su lealtad hacia el Clan del Río era complicada —consciente de que su herencia mestiza hacía que otros guerreros recelaran de él y Plumosa—, pero ahora sabía que había encontrado a unos amigos que lo juzgaban sin tener en cuenta las diferencias de clan.
Zarzoso se adelantó hasta quedar delante de Medianoche.
—Quería expresarte nuestro agradecimiento en nombre de todos los clanes —maulló.
La tejona gruñó.
—Hora no es todavía para las despedidas. Os acompañaré hasta el bosque, para asegurarme de que tomáis el correcto camino.
Y, sin esperar a que los gatos aceptaran o le dieran las gracias, echó a andar pesadamente. Delante de ella, el cielo se había tornado demasiado brillante para mirarlo, mientras el sol asomaba cada vez más por el horizonte. Borrascoso parpadeó agradecido ante la luz amarillenta. El sol poniente los había guiado en su viaje al lugar donde se ahogaba el sol; ahora, el sol naciente los guiaría de regreso a casa.
Los cuatro gatos escogidos —junto con Borrascoso y Esquirolina, la cual se había ido con Zarzoso después de reñir con su padre, Estrella de Fuego— habían abandonado su bosque ciegamente, obedeciendo a una imprecisa profecía del Clan Estelar. Ahora que conocían el significado de la profecía, era más fácil decidir qué hacer, pero, al mismo tiempo, resultaba aterrador saber en qué gran peligro se hallaban sus clanes.
—Bueno, ¿a qué esperamos? —dijo Esquirolina, y echó a correr para adelantar a Medianoche.
Zarzoso la siguió más despacio, con aspecto de estar absorto en sus pensamientos, como si estuviera imaginando todas las dificultades que los aguardaban en su camino de regreso al bosque. A su lado, Trigueña parecía renovada por la noche de descanso, y aunque todavía cojeaba un poco, sus ojos no mostraban otra cosa que determinación por realizar el largo viaje a casa. Plumosa avanzaba con la cola bien alta, disfrutando de la radiante mañana, mientras Corvino lo hacía junto a ella con las orejas erguidas y los músculos tensos, como si ya estuviera previendo problemas.
Borrascoso se colocó en la retaguardia y pronunció una rápida súplica mental al Clan Estelar: «Guía nuestros pasos y condúcenos a todos a casa sanos y salvos.»
Conforme iba ascendiendo el sol, el cielo se tornó de un azul profundo y nítido, salpicado de esponjosos retazos de nubes. El tiempo era cálido y suave para estar tan avanzada la estación de la caída de la hoja. La brisa soplaba sobre la hierba, y a Borrascoso se le hizo la boca agua al captar olor a conejo. Con el rabillo del ojo, atisbó una cola blanca mientras el conejo desaparecía por detrás de una loma.
Corvino salió como una flecha tras él.
—¡Espera! ¿Adónde vas? —le gritó Zarzoso, pero el aprendiz del Clan del Viento ya había desaparecido. El guerrero atigrado sacudió la cola irritado—. ¿Es que nunca escucha?
—No tardará —lo tranquilizó Plumosa—. No puedes esperar que pase por alto a un conejo cuando éste prácticamente salta delante de nuestras narices.
La única respuesta de Zarzoso fue volver a sacudir la cola.
—Iré a buscarlo —maulló Borrascoso.
Pero, antes de que pudiera moverse, el aprendiz gris oscuro reapareció en lo alto de la ladera. Llevaba el conejo a rastras; era casi tan grande como él.
—Aquí está —maulló con rudeza tras dejarlo en el suelo—. No he tardado mucho, ¿verdad? Podremos hacer un alto para comérnoslo, ¿no?
—Por supuesto —contestó Zarzoso—. Perdona, Corvino. Había olvidado lo rápidos que podéis ser los gatos del Clan del Viento. En este... este páramo debes de sentirte como en casa.
Corvino aceptó la disculpa con un breve asentimiento mientras los seis se apiñaban alrededor de la presa. Borrascoso se detuvo en seco al advertir un brillo de admiración en los ojos de Plumosa. Su hermana no podía estar interesada en Corvino, ¿verdad? Lo único que éste hacía era discutir y dar la lata como si ya fuera guerrero. Un gato de otro clan —¡y un aprendiz, encima!— no tenía ningún derecho a ir tras Plumosa. ¿Y qué es lo que Plumosa veía en él? ¿Acaso no sabía su hermana los problemas que acarreaban ese tipo de cosas? ¿No había aprendido nada de sus propios padres?
Entonces la mirada de Borrascoso pasó a Esquirolina. ¿Qué derecho tenía a criticar a Plumosa, cuando a él le gustaba tanto Esquirolina? Pero bueno, a cualquier gato le gustaría la valerosa e inteligente aprendiza del Clan del Trueno. Sabía de sobra las consecuencias de entablar una relación con una gata de otro clan, y lo más probable es que no tuvieran futuro juntos.
Borrascoso suspiró y empezó a engullir su parte del conejo. Esperaba que sólo fueran imaginaciones suyas; después de todo, cualquiera podría admirar la rapidez de Corvino en cazar una presa cuando todos estaban hambrientos. Seguro que era eso lo que sentía Plumosa.
Mientras los gatos comían, Medianoche aguardó a unos pasos de distancia. Borrascoso vio cómo arrancaba la hierba con sus fuertes zarpas romas, resoplando a las larvas y los escarabajos a los que molestaba. Tenía los ojos entornados, como si le costara buscar comida bajo la intensa luz solar, pero no decía nada, y en cuanto los gatos se hubieron comido la presa de Corvino, la tejona se puso de nuevo en marcha hacia el sol naciente.
Incluso con Medianoche para guiarlos por la ruta más directa, el sol ya estaba en su cenit cuando llegaron a la cima de una suave loma y vieron el lindero del bosque delante de ellos. Después de viajar bajo el calor del páramo, desprovisto de protección, a Borrascoso la sombra que daban los árboles le pareció tan tentadora como el agua de un arroyo. Por un breve instante, se permitió imaginar una tarde de caza y luego aposentarse con la panza llena bajo las hojas de los helechos, pero sabía que no era posible.
Al acercarse más al bosque, Borrascoso entrevió lo que semejaba un bulto de pelo marrón entre la larga hierba que crecía bajo un arbusto. Agitó la cola, medio compungido, al reconocer al viejo atigrado que los había guiado —y casi había hecho que se perdieran para siempre— por el poblado de Dos Patas.
—¡Eh, Puma! —lo llamó Zarzoso—. ¡Hemos vuelto!
Una gran cabeza redonda emergió del bulto peludo, agitando los bigotes y parpadeando con una confusión que, poco a poco, se transformó en una expresión de bienvenida. El viejo se levantó a duras penas y dio unos pasos hacia ellos, sacudiéndose trocitos de hojas secas de su desaliñado pelaje.
—¡Por el gran Clan Estelar! —exclamó—. Nunca creí que volvería a veros. —Se interrumpió de golpe, con los ojos clavados en algo más allá del omóplato de Borrascoso—. ¡No mováis ni un bigote! —siseó—. Hay un tejón detrás de vosotros. Dejad que yo me encargue. Conozco unos cuantos movimientos de lucha que...
—No pasa nada, Puma —lo tranquilizó Borrascoso, mientras Esquirolina enroscaba la cola de la risa—. Ésta es Medianoche. Es una amiga.
El viejo atigrado se quedó mirando a Borrascoso, boquiabierto de asombro.
—¿Una amiga? No puedes hacerte amigo de un tejón, joven. No puedes fiarte de ellos ni un pelo.
Borrascoso miró a Medianoche con inquietud, preguntándose si la tejona se sentiría ofendida por las palabras de Puma. Para su alivio, parecía tan divertida como Esquirolina; sus ojillos negros relucían.
—Ven a conocer a Puma —le dijo Borrascoso—. Él nos guió a través del poblado de Dos Patas.
Medianoche se acercó pesadamente al viejo atigrado. Poco convencido, Puma se agazapó, erizando el lomo y mostrándole sus torcidos colmillos. Borrascoso admiró su valentía, a pesar de que la tejona podía aplastarlo con un solo mandoble de sus potentes patas delanteras.
—No he venido a pelear —lo tranquilizó Medianoche—. El amigo de mis amigos es también mi amigo. Me han hablado mucho de ti.
Puma agitó las orejas.
—Pues no puedo decir que me alegre de conocerte —masculló—. Pero supongo que debes de ser una criatura decente si ellos lo dicen. —Retrocediendo, se volvió hacia Zarzoso—: ¿Por qué estamos perdiendo el tiempo aquí? Hay Camina Erguidos y perros por todas partes. Despidámonos y pongámonos en marcha.
—¡Espera un momento! —protestó Esquirolina, y le dijo a Zarzoso—: Antes has dicho que podríamos cazar.
—Y así es.
El guerrero se detuvo a olfatear el aire y Borrascoso lo imitó. Se sintió aliviado al descubrir que, aunque percibía varios olores de perro, todos eran rancios. Supuso que Puma mencionaba el peligro de los perros como una excusa para alejarse de Medianoche.
—De acuerdo —continuó Zarzoso—, vamos a separarnos y cazar deprisa. Nos reuniremos en el lugar donde acampamos la otra vez. Trigueña, ¿quieres ir directamente allí?
La guerrera del Clan de la Sombra respondió echando chispas por los ojos:
—¡Qué dices! Yo puedo cazar tan bien como cualquiera de vosotros.
Antes de que ningún gato pudiera contestar, Medianoche se acercó a Trigueña y le dio un empujoncito afectuoso.
—Guerrera insensata —dijo con su áspera voz—. Descansa mientras puedas. Enséñame el lugar de acampada. Me quedaré mientras el sol en el cielo esté; volveré a casa cuando oscurezca.
Trigueña se encogió de hombros.
—De acuerdo, Medianoche.
Y se internó en el bosque, siguiendo el arroyo hasta la hondonada donde habían descansado en el viaje previo.
El aire era más fresco bajo las sombras moteadas de los árboles. Borrascoso empezó a relajarse; se sentía más seguro allí que en campo abierto, aunque el cantarín arroyuelo, demasiado pequeño para pescar, no lograba hacerle olvidar su río preferido. Notó una sensación de pérdida al pensar que, aunque volviera a ver aquel río, no sería por mucho tiempo. Medianoche les había dicho que los clanes tendrían que abandonar el bosque enseguida.
Un rumor en la vegetación le recordó el hambre que tenía. Sería estupendo evadirse un rato y cazar con Plumosa, tal como hacían en casa. Pero, cuando se volvió para hablar con su hermana, vio que Corvino estaba diciéndole algo al oído.
—¿Quieres cazar conmigo? —le preguntó el aprendiz a la guerrera entre dientes, y sonó medio forzado y medio azorado—. Lo haremos mejor juntos.
—¡Sería genial! —exclamó Plumosa con ojos brillantes. Luego reparó en Borrascoso y pareció avergonzarse todavía más que el aprendiz del Clan del Viento—. Eh... ¿por qué no cazamos todos juntos?
Corvino apartó la vista, y Borrascoso notó que se le empezaba a erizar el pelo del cuello. ¿Cómo se atrevía aquel aprendiz a pedirle a Plumosa que fuera su pareja de caza?
—No; yo estoy bien por mi cuenta —replicó, dando media vuelta y adentrándose en el sotobosque, intentando fingir que no había visto en los ojos azules de su hermana que se sentía dolida.
Pero, en cuanto se deslizó por debajo de las ramas bajas de los arbustos, su irritación se desvaneció. Irguió las orejas, y todos sus sentidos se pusieron alerta en busca de presas. No tardó mucho en descubrir un ratón correteando entre la hojarasca; acabó con él de un solo zarpazo. Satisfecho, echó tierra encima del cuerpecillo marrón para recogerlo después y miró alrededor en busca de más presas. Pronto añadió una ardilla y otro ratón a su botín —lo máximo que podría cargar—, y se encaminó al punto de reunión.
De camino se preguntó cómo le estaría yendo a Plumosa, pensando si debería haberse quedado con ella a pesar de todo. Él no era uno de los gatos escogidos por el Clan Estelar; se había unido a la misión para cuidar de su hermana. Se había equivocado al dejarla sola en aquel lugar desconocido, sólo porque Corvino lo había molestado. ¿Qué haría si le hubiera pasado algo?
Cuando llegó al lugar de acampada, vio a Trigueña estirada a la sombra de un espino; su pelaje pardo apenas resultaba visible bajo la moteada luz del sol. Medianoche estaba a su lado, dormitando. Trigueña tenía más raíces de lampazo mascadas sobre el omóplato herido; la tejona debía de haberlas encontrado cerca del arroyo. Zarzoso estaba en lo alto de una raíz que formaba un pronunciado arco, vigilando, mientras Plumosa y Corvino compartían un conejo justo debajo de él. Cuando Borrascoso dejó su carga en el pequeño montón de carne fresca, Esquirolina apareció por la loma arrastrando un conejo, seguida de Puma con un par de ratones.
—Bien, ya estamos todos —maulló Zarzoso—. Vamos a comer y luego nos pondremos en marcha.
Bajó a la hondonada de un salto y escogió un estornino del montón. Borrascoso tomó uno de sus ratones y se acercó a Plumosa, colocándose lo más lejos posible de Corvino.
—¿Buena caza? —le preguntó a su hermana.
—Estupenda, gracias. ¡Aquí hay muchísimas presas! Es una lástima que no podamos quedarnos un poco más.
Borrascoso estuvo tentado de darle la razón, pero sabía que el peligro que amenazaba a su hogar era demasiado grave para que se retrasaran. Empezó a devorar el ratón con mordiscos hambrientos; ya notaba un hormigueo en las patas por la siguiente etapa del viaje.
Había engullido el último bocado y empezaba a atusarse el espeso pelaje gris cuando oyó un gruñido a sus espaldas. Vio que Zarzoso levantaba la cabeza, con un destello de alarma en sus ojos amarillos.
Borrascoso giró en redondo y vio lo que había sobresaltado al guerrero del Clan del Trueno. Sus glándulas olfativas captaron un olor familiar un segundo antes de que dos esbeltas figuras rubias aparecieran entre los helechos que crecían junto al arroyo.
¡Zorros!