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Prólogo
Indonesia
Indonesia
Indonesia
El océano Índico
El océano Índico
El Congo
Corea del Norte
Estados Unidos, Corea del Norte
El océano Índico
El océano Índico
Tanzania
Corea del Norte
Corea del Norte
Corea del Norte
Corea del Sur
Corea del Norte
Estados Unidos
Suiza, Estados Unidos
Corea del Norte
Corea del Norte
Estados Unidos
Estados Unidos
Estados Unidos
Estados Unidos, Suecia
Suecia
Indonesia
Suecia
Suecia
Suecia
Estados Unidos
Suecia
Rusia
Suecia, Alemania
Alemania
Dinamarca, Suecia
Rusia
Suecia
Suecia
Suecia
Suecia
Suecia
Suecia
Suecia
Suecia
Rusia
Suecia
Suecia
Suecia
Suecia
Suecia
Suecia
Suecia
Suecia
Suecia
Suecia
Suecia
Suecia
Suecia
Suecia, Dinamarca
Rusia
Dinamarca
Suecia
Dinamarca, Suecia, Alemania
Alemania
Rusia
Tanzania
El Congo
Tanzania
Tanzania, Kenia
Tanzania, Kenia
Kenia
Kenia
El Congo
Kenia
Kenia
Indonesia
Kenia, Alemania
Kenia
Kenia, Madagascar
Kenia, Alemania
Alemania
Kenia
Suecia
Madagascar, Corea del Norte, Australia,Estados Unidos, Rusia
Suecia, Estados Unidos, Rusia
Kenia
Un agradecimiento extragrande para:
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Prólogo
Soy Jonas Jonasson y quiero daros una explicación.
Se suponía que nunca iba a escribir una continuación de la historia del abuelo que saltó por la ventana y se largó. Mucha gente lo deseaba, empezando por su protagonista, Allan Karlsson, que no dejaba de deambular por mi cabeza y reclamaba constantemente mi atención.
«Señor Jonasson», decía, sin venir a cuento, mientras yo estaba absorto en mis pensamientos. «¿Ya ha cambiado de opinión, señor Jonasson? ¿No quiere hacer otro intento antes de que me haga viejo de verdad?»
No, no quería. Ya había dicho todo lo que podía decir acerca del que tal vez era el siglo más miserable de la historia. En su momento creí que si recordábamos los fallos del siglo XX entre todos, además de mejorar nuestra memoria se reduciría nuestra tendencia a cometer al menos esos mismos errores. Envolví el mensaje con cariño y humor, y pronto se difundió por todo el mundo.
Es evidente que no ha hecho del mundo un lugar mejor.
Pasó el tiempo y mi Allan interior dejó de ponerse en contacto conmigo. Mientras tanto, la humanidad seguía avanzando, o al menos moviéndose, en cualquier dirección. Con cada suceso aumentaba mi sensación de que el mundo estaba más incompleto que nunca. Mientras tanto, yo sólo era un espectador.
Poco a poco volví a sentir la necesidad de levantar la voz, a mi manera o a la de Allan. Un día me oí preguntándole directamente si aún seguía conmigo.
—Sí, aquí estoy —dijo Allan—. ¿Qué se le ofrece, señor Jonasson, después de tanto tiempo?
—Lo necesito —dije.
—Para qué.
—Para poder contar cómo son las cosas, e indirectamente cómo deberían ser.
—¿Así, en general?
—Sí, más o menos.
—Señor Jonasson, sabe que no servirá de nada, ¿verdad?
—Sí, lo sé.
—Bien. Cuente conmigo.
•
Vale, hay una cosa más. Esta novela trata sobre hechos recientes o que aún están de actualidad. Para la trama, me he servido de figuras públicas, tanto políticos como personas de su entorno inmediato. Muchos de los personajes del libro aparecen con sus nombres reales, otros me los he ahorrado.
Los líderes políticos suelen mirar al común de los mortales por encima del hombro en lugar de a los ojos, por eso me parece justo que nos burlemos un poquito de ellos. Pero eso no los hace menos humanos y, como tales, se merecen una moderada dosis de respeto. Me gustaría decir a cada uno de estos dirigentes: «Lo siento.» Y: «Aguántense. Podría haber sido peor.» Y también: «¿Y qué, si lo fuera?»
JONAS JONASSON
Indonesia
Una vida de lujo en una isla paradisíaca debería ser motivo de satisfacción para cualquiera. Sin embargo, Allan Karlsson nunca había sido cualquiera y no iba a empezar a serlo a los ciento un años.
Durante cierto tiempo, tumbarse bajo una sombrilla y que le fueran sirviendo a su antojo bebidas de colores le había resultado agradable. Sobre todo, cuando podía tener a su lado a su mejor y único amigo, el incorregible ladronzuelo Julius Jonsson.
Pero el viejo Julius y Allan, aún más viejo, se hartaron pronto de no hacer más que despilfarrar los millones del maletín que llevaban casualmente con ellos desde Suecia.
No es que tuvieran algo en contra de despilfarrar, sólo que eso se había vuelto demasiado monótono. Julius había llegado a alquilar un yate de cuarenta y cinco metros de eslora, con todo el personal de a bordo incluido, sólo para sentarse junto a Allan en la proa con sendas cañas de pescar en las manos. Y habría sido una escapada agradable, si al menos les gustara pescar. O, ya puestos, si les gustara el pescado. Pero la verdad era que en sus excursiones en yate los dos acababan haciendo en cubierta lo mismo que habían aprendido a hacer en tierra firme; o sea, nada de nada.
Y hablando de tener mucho dinero y pocas cosas que hacer: Allan se empeñó en que Harry Belafonte viajara desde Estados Unidos hasta Bali para cantar tres canciones el día del cumpleaños de Julius. Al final, Harry también se quedó a cenar, y eso que no había cobrado por ello. Entre una cosa y otra, fue una noche de sorpresas.
A la hora de explicar por qué había escogido a Belafonte en vez de a cualquier otro, Allan remarcó que Julius tenía debilidad por ese estilo musical, más moderno y juvenil. Julius agradeció el gesto sin mencionar que el artista en cuestión había dejado atrás su juventud a finales de la Segunda Guerra Mundial, aunque, claro, comparado con Allan todavía era un crío.
La presencia de la estrella en Bali apenas aportó una pincelada de color a una existencia por lo demás gris y aburrida, pero la visita en sí tuvo un impacto trascendental en las vidas de Allan y Julius. No fue por lo que cantó Belafonte ni por nada parecido, sino por algo que éste llevaba consigo y a lo que dedicó toda su atención durante el desayuno previo a su vuelta a casa. Era una especie de herramienta: un objeto negro y plano con una manzana medio mordisqueada por un lado y una pantalla que se iluminaba al tocarla por el otro. Harry la tocaba una y otra vez y gruñía una y otra vez, luego soltaba una risita nerviosa sólo para volver a gruñir. Allan no era una persona especialmente curiosa, pero todo tenía un límite.
—Tal vez no me corresponda inmiscuirme en sus asuntos privados, joven Belafonte, y espero que no le importe mi atrevimiento, pero puede decirme qué está haciendo... ¿Ocurre algo en ese...? En fin, en eso.
Harry Belafonte se dio cuenta en el acto de que Allan nunca había visto una tableta y se la enseñó encantado. La tableta era capaz de mostrar qué estaba pasando en el mundo en ese mismo momento y también lo que ya había sucedido; poco le faltaba para enseñar lo que iba a ocurrir. Según por dónde la tocaras, aparecían fotos y vídeos de todas las cosas imaginables y de algunas inimaginables. Si tocabas unos botones salía música y, si tocabas otros, la tableta se ponía a hablar. Por lo visto, era mujer y se llamaba Siri.
Después del desayuno y la demostración, Belafonte cogió su maletita, su tableta negra y a sí mismo y se dirigió al aeropuerto para emprender el viaje de vuelta. Allan, Julius y el director del hotel alzaron las manos para despedirse de él. Apenas habían perdido de vista el taxi del artista cuando Allan se volvió hacia el director y le pidió que le consiguiera una tableta como la que usaba Harry Belafonte: sus contenidos le habían parecido muy divertidos y eso era más de lo que podía decirse de la mayoría de las cosas.
El director acababa de regresar de un congreso de hostelería en Yakarta donde había aprendido que la tarea
principal del personal de un hotel no consiste en atender al cliente, sino en colmarlo de satisfacciones. Si se añade el dato de que los señores Karlsson y Jonsson eran dos de los mejores clientes de la historia del turismo balinés, nadie debería extrañarse de que al día siguiente el director tuviera lista una tableta para Karlsson, además de un teléfono móvil, de regalo.
Allan no quería parecer desagradecido y se calló que el teléfono no le servía de nada: todas las personas a las que querría llamar llevaban al menos cincuenta años muertas. Salvo Julius, claro, pero éste no tenía con qué contestarle. Aunque eso en particular era de fácil arreglo.
—Toma —le dijo Allan a su amigo—. En realidad el director me lo ha regalado a mí, pero no tengo a quién llamar excepto a ti, y tú no tenías con qué contestarme hasta ahora.
Julius le agradeció el detalle y prefirió callarse que Allan seguía sin poder llamarlo, aunque ahora por la razón contraria.
—No lo pierdas —dijo Allan—. Parece caro. Era mejor antes, cuando los teléfonos estaban atados con un cable a la pared y siempre sabías qué estaban haciendo.
•
La tableta negra se convirtió en la posesión más preciada de Allan. Y, además, usarla le salía gratis: el director del hotel había dado instrucciones al personal de la tienda de informática de Denpasar para que configurasen la tableta y el teléfono con toda la parafernalia de accesorios y extras; esto incluía, entre otras cosas, cargar las tarjetas SIM al hotel, que vio cómo se duplicaban los gastos en telecomunicaciones sin que nadie entendiera por qué.
En cuanto aprendió el funcionamiento de aquel cacharro extraordinario, el anciano lo encendía nada más despertarse para ver qué había ocurrido por la noche. Lo que más le divertía eran las noticias breves con historias curiosas de todos los rincones del mundo. Como aquélla sobre un centenar de médicos y enfermeras de Nápoles que se habían turnado de tal forma para fichar en el trabajo que ninguno de ellos iba a trabajar, aunque todos seguían cobrando. O aquella otra, de Rumania, que contaba que había tal cantidad de funcionarios encarcelados por corrupción que ya no cabían en las prisiones de ese país; ¿y qué solución habían propuesto los funcionarios con cargos pendientes? Legalizar la corrupción para que no hiciera falta construir más cárceles.
Allan y Julius establecieron una nueva rutina matinal. Antes, Allan se abalanzaba sobre el desayuno mientras se quejaba de que los ronquidos de su amigo le llegaban a través de la pared; ahora se mantenía esa costumbre, pero se añadían los comentarios de Allan sobre lo que había hallado en la tableta desde su último encuentro.
Al principio, a Julius le encantaban aquellos resúmenes de las noticias del día, entre otras cosas porque así sus ronquidos dejaban de ser el centro de atención. Le gustó de inmediato la idea rumana de legalizar lo ilegal: sólo podía pensar en lo fáciles que serían las cosas para un ladrón si existiera una sociedad así.
Sin embargo, Allan se lo desmontó enseguida porque, si el hurto se volviera legal, el concepto de «robo» en sí dejaría de tener sentido. Julius, que había estado a punto de proponerle dejar Bali y mudarse a Bucarest, se desinfló en el acto: la principal fuente de placer para un ladrón de poca monta procedía, claro está, de engañar a alguien para quitarle algo (idealmente, alguien que lo merecía o que, al menos, no saldría demasiado perjudicado con ello), pero si un timo dejaba de ser considerado como tal, ¿dónde estaba la gracia?
A Allan lo tranquilizó saber que los rumanos habían salido como un solo hombre a protestar contra los planes de políticos y funcionarios: el rumano medio no tenía tantas inclinaciones filosóficas como los que estaban en el poder. El rumano medio, hombre o mujer, consideraba que a los ladrones había que encerrarlos fuera cual fuese su título o su posición, hubiera o no hubiese sitio suficiente para ello.
Las charlas del desayuno en el hotel de Bali terminaron por versar cada vez con más frecuencia sobre el lugar del mundo al que deberían trasladarse Julius y Allan ahora que la vida se había vuelto tan monótona en su destino actual. Cuando, una mañana, Allan leyó la noticia de que la temperatura del Polo Norte era veinte grados más alta de lo habitual, se preguntó si debían considerarlo una opción.
Julius se llenó la boca de fideos, terminó de masticar y luego dijo que el Polo Norte no le parecía un lugar adecuado ni para Allan ni para él, sobre todo ahora que el hielo estaba a punto de fundirse: a Julius le bastaba con mojarse los pies para pillar un catarro. Además había osos polares, y lo único que Julius sabía sobre los osos polares era que siempre parecía que se habían levantado de mal humor, desde el mismísimo día de su nacimiento. Al menos las serpientes de Bali eran tímidas.
Allan dijo que no debería extrañar a nadie que los osos polares estuvieran de mal humor, teniendo en cuenta que
se les estaba derritiendo el suelo bajo los pies. Si al final todo se iba a desmoronar, probablemente lo mejor que podían hacer los osos polares era buscar tierra firme mientras aún estuvieran a tiempo, es decir, irse a Canadá, porque en Estados Unidos había presidente nuevo otra vez. ¿Se lo había comentado ya a Julius? Y, vaya, por lo visto el nuevo no estaba dispuesto a permitir que cualquiera pasara por la frontera.
Sí, Julius había oído hablar de Trump (así se llamaba). El oso polar podía ser blanco, pero antes, y sobre todo, era un extranjero: lo mejor sería que no se hiciera demasiadas ilusiones.
En la tableta negra de Allan, las noticias grandes y pequeñas tenían la curiosa costumbre de aparecer todas a la vez. Predominaban las grandes, lo cual resultaba bastante desagradable. Allan buscaba las más breves y divertidas, pero le acababan entrando todas en el paquete: el bosque no le dejaba ver los árboles.
En sus primeros cien años de vida, a Allan nunca le había preocupado tener una visión global de las cosas, pero ahora su juguete nuevo le contaba que el mundo se hallaba en un estado lamentable, y eso no hacía más que recordarle por qué en el pasado había tomado la acertada decisión de darle la espalda y pensar sólo en sí mismo.
Le venían a la memoria sus primeros años como chico de los recados en la fábrica de nitroglicerina de Flen. Allí, la mitad de los trabajadores dedicaba su tiempo libre a anhelar la revolución roja, mientras que la otra mitad vivía aterrorizada ante la amenaza de China y Japón. Su noción del «peligro amarillo» se nutría de novelas y folletos que dibujaban un escenario en el que el mundo blanco sucumbía devorado por el amarillo.
Allan no prestaba atención a esas menudencias, y siguió por el mismo camino después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los camisas pardas hicieron del marrón el color más feo de todos. Era tan poco consciente de lo que pasaba a su alrededor entonces como la siguiente vez que la gente convergió en torno a una expresión ideológica. Esa vez se trataba más de un anhelo de acercarse a algo que de alejarse: se puso de moda la paz en la Tierra y también las furgonetas Volkswagen con flores y, a menudo, el hachís. Todo el mundo amaba a todo el mundo, salvo Allan, que no amaba a nadie ni a nada... excepto a su gato. No es que estuviera amargado: él era así.
La etapa floral de la vida duró hasta que Margaret Thatcher y Ronald Reagan llegaron al poder en sus reinos respectivos. A ellos les parecía más práctico amarse a uno mismo y lograr el éxito individual, pero si insistías en odiar a alguien, tenían que ser los rusos. Básicamente no había más amenazas y, cuando Reagan acabó con el comunismo soviético (sólo con «hablar» de lanzar misiles desde el espacio), la paz y la felicidad fueron absolutas para todos excepto para la mitad de la humanidad que no hacía una comida diaria y para los miles de mineros británicos que se habían quedado sin trabajo. Con esta nueva mentalidad, nadie tenía por qué preocuparse de su vecino, bastaba con ignorarlo; y eso hacía la gente, por lo menos hasta que volvieran a soplar vientos de cambio.
De manera un tanto inesperada, quizá, la ideología de los camisas pardas resurgió. Esta vez no la trajeron los alemanes, o al menos no fueron los primeros ni los principales; ni siquiera los segundos, o los del medio, pero se puso de moda en varios países. Y aunque Estados Unidos tampoco había sido el instigador, pronto se convirtió en el foco más llamativo gracias a su nuevo presidente. Era imposible decir hasta qué punto él se lo creía: parecía cambiar de opinión cada día. Ahora la vieja cantinela del «hazlo tú mismo si quieres que salga bien» ya no bastaba: había llegado el momento de señalar las amenazas externas que hacían peligrar la vida de blancos occidentales que todos nos merecemos.
Allan, por supuesto, quería usar su tableta negra como un instrumento de puro entretenimiento, pero le costaba mucho protegerse de algunos contextos más amplios que empezaba a percibir. Pensó en deshacerse de la tableta, luego en no tocarla durante un día entero, y otro y otro más, sólo para acabar admitiendo, a su pesar, que ya era demasiado tarde: el hombre que había conseguido preocuparse menos que nadie por el estado de las cosas empezaba a preocuparse por el estado de las cosas.
—Maldita sea —dijo en un murmullo.
—¿Cómo dices? —preguntó Julius.
—Nada, sólo lo que he dicho.
—¿Maldita sea?
—Eso.
Indonesia
Allan consiguió reconciliarse con su relativo y novedoso interés por el resto de la humanidad, y su tableta negra lo ayudó a recuperar el terreno perdido. Le dio la bienvenida con la noticia de un noruego que tenía un lago donde cebaba rutilos y mojarras con bolitas llenas de caroteno: cuando los lucios del lago se comían los peces que habían sido alimentados con esas bolitas, su carne adquiría un tono rosado y en ese momento el noruego los pescaba, los fileteaba y los vendía como salmón. Reducía al mínimo los riesgos de su fraude exportándolo sólo a Namibia, donde vivía, cómo no, un inspector de sanidad de Oslo retirado. El inspector hizo saltar la alarma, al noruego lo encerraron y el precio del
salmón en África Suroriental volvió a la normalidad.
Y etcétera. La tableta negra hizo que Allan disfrutara de la vida de nuevo, pero Julius seguía sintiéndose frustrado: llevaba meses sin emprender ni un solo proyecto deshonroso. En sus últimos años como delincuente, en Suecia, se había dedicado a poner en marcha una variante discreta de este negocio de lucios asalmonados. Importaba verduras de países lejanos, las volvía a empaquetar y las vendía como suecas. Con eso ganaba mucho dinero. Gracias al clima frío del norte, junto con la particularidad de que el sol nunca llega a ponerse del todo, tomates y pepinos maduran lentamente y desarrollan un sabor de clase mundial. O, en palabras del poeta decimonónico Carl Jonas Love Almqvist: «Sólo Suecia tiene grosellas suecas.»
A Julius no le interesaban especialmente las grosellas; además, no tenían mucho mercado, pero no se podía decir lo mismo de los espárragos verdes: cuando la primavera cedía el paso al principio del verano, la gente estaba dispuesta a pagar cuatro o cinco veces el precio normal de un manojo de espárragos, siempre que fuera sueco.
Los espárragos suecos de Julius Jonsson llegaban en barco desde Perú. El negocio funcionó bastante tiempo, hasta que a uno de sus intermediarios, cegado por la codicia, no se le ocurrió otra cosa que vender espárragos de Gotland en la plaza de Hötorget, en Estocolmo, unas cinco semanas antes de que siquiera hubieran brotado los primeros espárragos de Gotland. Esto levantó rumores de fraude y las autoridades alimentarias del país empezaron a inquietarse. Se organizaban controles de forma improvisada, donde y cuando nadie se los esperaba. En poco tiempo, Julius perdió tres fletes peruanos, todos requisados y destruidos en nombre de la ley; y a su intermediario, al contrario que a él, lo encerraron: es la suerte del intermediario.
Sin embargo, pese a que el largo brazo de la ley parecía incapaz de llegar al cerebro de la operación, Julius había perdido el interés. Estaba harto de esa obsesión sueca por mantener el orden a toda costa. ¿Acaso alguna vez se había visto morir a alguien por comer espárragos peruanos?
No, lo mejor que podían hacer los ladrones de poca monta, si todavía les quedaba un poco de dignidad, era dejar de molestar, así que Julius había decidido retirarse. Destiló alcohol de forma ilegal, practicó la caza furtiva de alces, tomó prestada sin permiso la electricidad de su vecino y poca cosa más. Hasta que un hombre centenario llamó a su puerta. El anciano, que dijo llamarse Allan, llevaba consigo una maleta robada que abrieron tras una agradable cena con su correspondiente vodka. Resultó que estaba llena de millones.
De modo que una cosa llevó a la otra y la otra a la tercera: Julius y Alan se quitaron de encima a todos los individuos tercamente empeñados en recuperar su dinero y terminaron en Bali, donde se lo estaban gastando todo a buen ritmo.
Allan vio que Julius cabeceaba. Con el ánimo de acabar con el aburrimiento de su amigo, se empeñó en leer de la tableta negra noticias que mostraban diferentes grados de inmoralidad en varios lugares del mundo. Ya habían repasado Rumania, Italia y Noruega. En Sudáfrica, el presidente Zuma se había terminado el desayuno sin inmutarse la mañana en que se hizo público que se había construido una piscina privada y un teatro con el dinero de los contribuyentes. Una sueca, estrella de una banda de baile, había recibido toda la atención que se merecía por haber descrito en su declaración de la renta siete vestidos y dieciocho pares de zapatos como «un viaje de negocios».
Pero las cabezadas seguían: Julius debía encontrar algo que hacer antes de acabar deprimido de verdad.
Allan, que no se había permitido preocuparse absolutamente por nada en cien años, no podía estar en paz si veía a su amigo perdiendo chispa. Tenía que haber algo en lo que Julius pudiera involucrarse.
Hasta ahí habían llegado las cavilaciones de Allan cuando intervino el azar. Ocurrió una noche después de que Allan se hubiera ido a la cama. Julius sintió que necesitaba ahogar sus penas, se sentó en el bar del hotel y pidió una copa del arak local. Tenía un sabor parecido al ron, aunque estaba hecho de arroz y caña de azúcar, y era tan fuerte que te lloraban los ojos al beberlo. Julius había aprendido que la primera copa servía para difuminar los problemas y la segunda para borrarlos. Para estar más seguro, solía tomarse una tercera antes de acostarse.
Con la primera ya vacía y la segunda a medio camino, los sentidos de Julius se agudizaron hasta hacerle notar que no estaba solo en el bar: tres sillas más allá había un asiático de mediana edad, también con su copa de arak en la mano.
—Salud —dijo Julius alzando la copa.
El hombre respondió con una sonrisa, tras lo cual ambos dieron un trago largo y apretaron los labios en una mueca.
—Ya me parece que todo va mejor —dijo el hombre, con los ojos anegados en lágrimas, igual que Julius.
—¿Primera o segunda?
—Segunda.
—Como yo —dijo Julius.
Los dos se acercaron y decidieron pedir una tercera ronda de lo mismo.
Charlaron un rato hasta que el hombre se animó a presentarse:
—Simran Aryabhat Chakrabarty Gopaldas —dijo—, ¡un placer!
Julius miró al hombre que acababa de recitar su nombre. Había bebido la cantidad suficiente de arak para decirle lo que pensaba:
—No se puede tener un nombre como ése.
—Sí que se puede, sobre todo si uno es de origen indio.
Simran Etcétera Etcétera había ido a parar a Indonesia tras un incidente desafortunado con la hija de un hombre carente de toda compasión.
Julius asintió: si se trataba de no tener compasión, los padres de las chicas se llevaban la palma, sin duda. Pero ¿eso justificaba tener un nombre tan largo que te obligaba a disponer de una mañana entera para presentarte?
No obstante, el hombre, que se llamaba como se llamaba, se tomaba el asunto de su nombre de pila con una actitud pragmática, o tal vez sólo fuera sentido del humor.
—¿Cómo le parece que debería llamarme?
A Julius le había caído en gracia el indio exiliado, pero si se iban a hacer amigos aquella retahíla de nombres era inconcebible: tenía que aprovechar la oportunidad.
—Gustav Svensson —contestó—. Es un nombre como debe ser: se pronuncia sin problemas, es fácil de recordar...
El hombre dijo que nunca había tenido problemas para recordar Simran Aryabhat Chakrabarty Gopaldas, pero estuvo de acuerdo en que Gustav Svensson sonaba bien.
—Sueco, ¿verdad? —preguntó.
«Sí», confirmó Julius con una inclinación de cabeza. No se podía ser más sueco que eso.
Y, en ese momento, una nueva idea de negocio echó raíces en su mente.
•
Julius Jonsson y Simran Nosequé empezaron a congeniar de verdad cuando la tercera copa de arak caló en sus cuerpos. Aún no habían acabado la noche y ya decían que volverían a verse, misma hora, mismo lugar, al día siguiente. Aparte de eso, Julius también había decidido que el hombre del nombre imposible se llamaría Gustav Svensson. A Simran Aryabhat Chakrabarty Gopaldas le había parecido bien: tampoco es que el nombre que había usado hasta entonces le hubiera dado tan buena suerte.
Los dos ancianos siguieron viéndose y haciendo el mismo plan varias noches seguidas. El indio se acostumbró a su nuevo alias: le gustaba.
Se había registrado en el hotel con su nombre anterior la noche en que se habían conocido y siguió alojándose allí mientras planificaba con Julius su futura sociedad. Cuando el director del hotel le dijo, con un volumen cada vez mayor, que la estancia del cliente indio había que pagarla, Gustav comunicó a Julius que se disponía a abandonar el lugar de forma permanente... sin pagar... y sin dar explicaciones. Al fin y al cabo, la dirección no parecía dispuesta a entender que él, Gustav, no podía hacerse responsable de la cuenta de Simran.
En cambio, Julius sí lo entendía. ¿Cuándo tenía previsto marcharse Gustav?
—Idealmente, en los próximos quince minutos.
Esto también lo entendió Julius, pero no quería perder a su nuevo amigo, así que se despidió dándole el teléfono que le había regalado Allan.
—Quédese esto para que pueda localizarlo. Lo llamaré desde la habitación. Váyase y cruce por dentro de la cocina: es lo que haría yo.
Gustav siguió el consejo de Julius y se fue de allí. Más tarde, esa misma tarde, el director del hotel apareció después de haber estado deambulando por ahí durante al menos una hora en busca de su cliente indio.
Julius y Allan contemplaban la puesta de sol en la orilla, sentados en butacas cómodas y con sendas bebidas. El director se disculpó por la intromisión, pero tenía una pregunta:
—Señor Jonsson, ¿no habrá visto usted por casualidad a nuestro cliente, el señor Simran Aryabhat Chakrabarty Gopaldas? Últimamente he visto que pasaban tiempo juntos en nuestro establecimiento.
—¿Simran qué? —dijo Julius.
•
A partir de ese día, Gustav Svensson y Julius Jonsson se vieron obligados a citarse fuera del hotel para hablar de negocios. El director, por su parte, aunque no podía culpar a Jonsson de la desaparición de su cliente, no pudo evitar que su nivel de suspicacia hacia los caballeros suecos aumentara levemente: en su caso, la cantidad de dinero en juego era muy superior. Cierto que hasta entonces siempre habían pagado, pero en aquel momento la cuenta pendiente era mayor de lo habitual y parecía aconsejable proceder con cautela.
Los encuentros de Jonsson y Svensson pasaron a celebrarse en un bar mugriento del centro de Denpasar. Resultó que Gustav era casi tan mangante como Julius. En su tierra, la India, había vivido muy bien durante años a base de alquilar coches, cambiarles el motor y devolverlos. La compañía de alquiler tardaba meses en descubrir que el vehículo en cuestión había envejecido siete años y a esas alturas era imposible averiguar cuál de los cientos de clientes que lo habían alquilado era el culpable, salvo que fuera un miembro del personal de la empresa.
En esa época los coches de lujo formaban parte de la vida cotidiana de Gustav, y así fue como se dio cuenta de que las posibilidades de atraer a una chica guapa eran directamente proporcionales a lo bonito que fuera el coche que él llevara en ese momento. Por culpa de esta ecuación se metió en más de un problema. Finalmente, llegó a la conclusión de que lo mejor sería dejar a la chica, la industria automovilística y la India. Ella estaba embarazada y el padre, además de ser miembro del Parlamento, era militar de profesión. Cuando Gustav le pidió la mano de su hija, por razones meramente estratégicas, el hombre lo amenazó con enviarle el séptimo de caballería.
—Menudo cabrón cascarrabias —dijo Julius—, ¿no podía pensar en qué era lo mejor para su hija?
Gustav estaba de acuerdo. De todos modos, que el padre hubiera descubierto que su BMV de seis cilindros había pasado a tener sólo cuatro mientras estaba de viaje de negocios en Singapur había complicado un poco las cosas.
—¿Le echaba la culpa a usted?
—Sí, sin pruebas.
—¿Y era inocente?
—Ése es otro tema.
En resumidas cuentas, Gustav dijo que le parecía bien que Simran Aryabhat Chakrabarty Gopaldas dejara de existir.
—Aunque es una lástima que no haya podido saldar cuentas con el hotel... En fin, brindemos, amigo mío.
•
Algún tiempo después de ese feliz encuentro inicial en el bar, Julius Jonsson y su nuevo socio, Gustav Svensson, con ayuda de una parte importante del dinero que quedaba en el maletín, se convirtieron en propietarios de una plantación de espárragos en la montaña. Julius cogió las riendas del negocio, Gustav hacía de capataz y un enjambre de balineses sin recursos se partía la espalda en los campos.
Con la ayuda de sus antiguos contactos en Suecia, Julius y su nuevo socio se dedicaban a exportar los «espárragos de cultivo local de Gustav Svensson» en unos preciosos manojos atados con cinta azul y amarilla. Ni Julius ni el hombre que hasta hacía poco tenía otro nombre declaraban en ninguna parte que los espárragos fueran suecos: lo único que tenían de sueco era el precio y el nombre de su cultivador indio. A diferencia del de Perú, este negocio no era tan ilegal como le habría gustado a Julius, pero no se puede tener todo. Además, Gustav y él consiguieron establecer una línea de negocio suplementaria y algo más turbia: como los espárragos suecos gozaban de tanta fama, la variedad balinesa de Gustav podía enviarse por barco a Suecia, donde se empaquetaba en cajas, y luego exportarse a hoteles de lujo de todos los rincones del mundo. Bali, por ejemplo. Allí, los hoteles de gama alta tenían una reputación internacional que mantener y no les importaba gastarse aquellas rupias de más si con ello evitaban servir a sus clientes la variedad local, de textura más blanda.
Allan estaba encantado de que su amigo Julius hubiera vuelto a las andadas. Con eso, la vida habría vuelto a ser una fiesta, tanto para Julius como para su amigo centenario y su tableta negra, de no ser porque el maletín con dinero que nunca se acababa por lo visto empezaba a agotarse. De los cultivos de las montañas sacaban una respetable cantidad de dinero, pero la vida en el hotel de lujo donde los dos residían era todo menos gratis: hasta los espárragos suecos de importación del restaurante costaban un ojo de la cara.
Hacía tiempo que Julius quería abordar el asunto de sus finanzas comunes con Allan. Simplemente, no había encontrado el momento de hacerlo. Una mañana, a la hora del desayuno, se dio la ocasión perfecta. Allan se había presentado con su tableta negra, como siempre, y las noticias del día incluían una retorcida historia de amor fraternal: el líder de Corea del Norte, Kim Jong-un, había ordenado envenenar a su hermano en un aeropuerto de Malasia. Allan dijo que no le extrañaba en absoluto: él había tenido tratos con el padre de Kim Jong-un... y con su abuelo.
—De hecho, tanto el padre como el abuelo intentaron matarme —recordó—. Ahora los dos están muertos y yo sigo aquí sentado, así es la vida.
Julius se había acostumbrado a que Allan soltara este tipo de comentarios sobre su pasado y ya no se sorprendía por nada. Lo más probable era que hubiese oído esa historia antes, pero no la recordaba.
—¿Conociste al padre del líder de Corea del Norte?
¿Y a su abuelo? Pero ¿cuántos años tienes?
—Cien. Casi ciento uno, por si no te habías dado cuenta —dijo Allan—. Se llamaban Kim Jong-il y Kim Il-sung. El primero era apenas un niño, pero estaba muy enfadado.
Julius se resistió a la tentación de seguir indagando. En lugar de eso, dirigió la conversación hacia el tema que quería tratar desde el principio.
El problema, tal como había insinuado Julius con anterioridad, era que el maletín del dinero se estaba transformando rápidamente en un maletín sin dinero, y habían pasado ya dos meses y medio desde la última vez que habían saldado cuentas con el hotel: Julius no quería ni pensar a cuánto debía de ascender la factura.
—Pues no lo pienses —sugirió Allan, y le dio un bocado a su nasi goreng ligeramente picante.
Era más urgente el asunto con el tipo de la compañía de alquiler de barcos, que se había puesto en contacto con ellos para comunicarles que les cortaba la línea de crédito y que estaba dispuesto a hacer lo mismo con los señores Karlsson y Jonsson si no liquidaban su deuda en una semana.
—¿Alquiler de barcos? —preguntó Allan—. ¿Hemos alquilado un barco?
—El yate de lujo.
—Ah, vale, cuentas eso como barco.
Entonces Julius le confesó que estaba planeando darle una sorpresa por su centésimo primer aniversario, pero que, habida cuenta de su situación financiera, la celebración no estaría a la altura del listón marcado por Harry Belafonte.
—Bueno, a ése ya lo conocemos —dijo Allan—, y mis fiestas de cumpleaños y yo nunca nos hemos llevado bien del todo, así que no te preocupes.
Pero a Julius sí le preocupaba: quería que Allan supiera que le agradecía el gesto de Belafonte. Había sido increíble; nadie en toda su vida, y Julius no era precisamente un crío, había tenido con él un detalle tan bonito como ése.
—Pero si ni siquiera era yo quien cantaba —dijo Allan.
Julius añadió que, en cualquier caso, celebrarían una fiesta: ya había encargado el pastel en la única pastelería que se había mostrado dispuesta a fiarles y luego los esperaba un paseo en globo aerostático para admirar la belleza de la isla acompañados del piloto y dos botellas de champán.
A Allan lo del paseo en globo le sonó agradable. Quizá podrían prescindir del pastel, si tan apurados estaban de dinero: sólo las ciento una velas ya debían de costar una fortuna.
Pero, según Julius, el estado de cuentas de su capital conjunto no dependía de esas ciento una velas de cumpleaños. La noche anterior había rebuscado en el maletín para hacer una estimación aproximada de cuánto les quedaba; luego había hecho otra, a partir de lo que suponía que el hotel daba por hecho que debían. En cuanto al yate, no se había visto obligado a fiarse de ninguna estimación porque el de la agencia había tenido la amabilidad de decirle la cantidad exacta.
—Me temo que estamos en números rojos. Debemos al menos cien mil dólares —anunció Julius.
—¿Eso es con o sin las velas? —preguntó Allan.
Indonesia
El hombre centenario siempre había tenido un efecto tranquilizador entre quienes lo rodeaban, salvo en algunos momentos aislados de la historia en los que ciertas personas se habían enfadado con él sin razón aparente. Le pasó al conocer a Stalin, en 1948. Esto le costó cinco años en un gulag. Y pocos años después resultó que los norcoreanos tampoco eran grandes admiradores suyos precisamente.
¡Bah! Todo esto pertenecía al pasado: lo importante era que ahora acababa de convencer a Julius de que «primero» celebrarían sus ciento un años tal como estaba planeado (ya que Julius lo deseaba tanto) y «luego» ya se sentarían a resolver sus finanzas. Todo saldría bien. Con un poco de suerte, tal vez apareciera otro maletín lleno de dinero.
Obviamente, Julius no contaba con ello, aunque en compañía de Allan todo era posible. A pesar de su menos que óptima situación económica, había aceptado la sugerencia de Allan de que en el globo aerostático hubiera cuatro botellas de champán en vez de dos: tal vez tuvieran algún momento de calma chicha ahí arriba, y en ese caso habría que entretenerse de algún modo.
—Quizá deberíamos llevar también unos sándwiches —musitó Julius.
—Pero ¿para qué? —preguntó Allan.
En esos días, el director del hotel no les quitaba el ojo de encima ni al viejo ni a su amigo, más viejo todavía. Su cuenta sobrepasaba ya los ciento cincuenta mil dólares. Eso representaba apenas una pequeña parte de lo que el mismo director había ganado el año anterior con aquel par de suecos manirrotos, pero al mismo tiempo era una cantidad demasiado alta para permitir que quedara sin pagar, así que ya había tomado cartas en el asunto: unos días antes (o mejor dicho, unas noches antes) había colocado a un hombre frente al lujoso bungaló de los caballeros para que los vigilara discretamente, sólo por si acaso se les pasaba por la cabeza saltar por uno de los ventanales y desaparecer.
Además, en la relación del director con los señores Jonsson y Karlsson había una buena dosis de gratitud. El primero había sugerido, de un modo bastante convincente, que antes de terminar la semana tendría el dinero. Y después de todo tampoco era la primera vez que el señor Jonsson se aferraba a su dinero un poco más de lo que tocaba: a lo mejor tan sólo era una cuestión de amor al dinero; ¿y a quién no le pasaba?
En resumidas cuentas, al director le pareció prudente y estratégicamente inteligente mantener la calma e ir a la playa para sumarse a la fiesta de cumpleaños del mayor de los dos. Comería pastel y escogería las palabras con esmero.
•
Además del cumpleañero, de Julius y el director del hotel, en la fiesta estaba presente el piloto del globo. A Gustav Svensson le habría encantado asistir, pero tuvo el sentido común de no hacerlo.
El globo estaba hinchado y listo para volar; sólo un ancla clásica sujeta a una palmera le impedía despegar por su cuenta y riesgo. El calor del aire del globo lo regulaba el hijo del piloto, de nueve años, que estaba profundamente contrariado: él quería estar al lado del pastel, a tan sólo unos pocos metros, y no allí.
Allan contemplaba las ciento una velas, tan innecesarias. ¡Qué forma de malgastar el dinero! ¡Y el tiempo! Julius tardó varios minutos en encenderlas todas con la ayuda del mechero de oro del director (que acabó en el bolsillo del propio Julius).
Por lo menos el pastel estaba bueno y el champán era champán, aunque no estaba a la altura del grog. Allan pensó que todo podría estar peor.
Y de pronto lo estuvo.
El director del hotel hizo tintinear su copa con la intención de decir unas palabras.
—Mi estimado señor Karlsson —dijo.
Y Allan lo interrumpió:
—Muy bien dicho, señor director. Es usted muy amable, pero no vamos a quedarnos aquí plantados hasta mi próximo cumpleaños; ¿no va siendo hora de despegar?
El director del hotel se quedó aturullado y Julius hizo un ademán de cabeza al piloto del globo, que soltó de inmediato su pedazo de pastel: al fin y al cabo, estaba allí por trabajo.
—¡Oído! Voy a llamar al servicio meteorológico del aeropuerto. Sólo quiero asegurarme de que no haya cambiado el viento, vuelvo en un minuto.
Tras sortear el peligro de padecer un discurso, había llegado el momento de subir a bordo. Montar en la cesta era
fácil, incluso para alguien de ciento un años: había una escalera portátil de seis peldaños en el exterior de la cesta y por dentro una más pequeña con tres.
—Hola, muchachito —dijo Allan, alborotándole el pelo al ayudante de nueve años.
Éste, que respondió con un tímido «buenos días», sabía cuál era su lugar y se le daba bien su trabajo. Con el peso añadido de aquellos extranjeros, el ancla ya no era necesaria.
Julius pidió al chico que le hiciera una demostración; así aprendió que la temperatura del globo, y en consecuencia la altura del vuelo, se controlaban por medio de la palanca roja que había en lo alto del tubo del gas. Para despegar, sólo había que girarla hacia la derecha, y de nuevo a la izquierda cuando se quisiera bajar para aterrizar.
—Primero a la derecha, luego a la izquierda —dijo Julius.
—Exacto, señor —confirmó el muchacho.
Y entonces ocurrieron tres cosas simultáneamente en apenas unos segundos.
Una: Allan se fijó en las miradas anhelantes que el niño dirigía al pastel y le sugirió que echara una carrera y se sirviera una porción: en la mesa había platos y cubiertos. No hubo que convencer al niño, saltó de la cesta antes de que Allan hubiera terminado la frase.
Dos: Julius profirió una maldición al ver que se le había soltado la palanca roja sin querer. El aire caliente entraba a chorro en el globo, que...
Tres: ... empezó a elevarse.
—¡Paren! ¿Qué hacen? —exclamó el piloto.
—No soy yo, es esta jodida palanca —contestó Julius.
El globo estaba a tres metros de altura, luego a cuatro, luego a cinco.
—¡Allá vamos! —dijo Allan—. ¡Esto sí que es una fiesta!
El océano Índico
Karlsson, Jonsson y el globo, aún sobrevolando el mar abierto, tardaron bastante en alcanzar la distancia suficiente como para dejar de oír los gritos del piloto. La verdad era que tenían el viento en contra.
Cuando dejaron de oírlo, todavía lo vieron un buen rato: no paraba de agitar los brazos. También veían al director a su lado; no tan nervioso, pero igual de disgustado o incluso más: el hombre estaba viendo con sus propios ojos cómo se alejaban volando ciento cincuenta mil dólares. Mientras tanto, el niño de nueve años había vuelto a concentrarse en el pastel aprovechando que todos estaban distraídos.
Al cabo de unos minutos, ya no se veía tierra firme en ninguna dirección. Julius dejó de maldecir la palanca roja y la tiró por la borda, harto de intentar fijarla de nuevo en su posición.
El gas y la llama permanecerían encendidos irremediablemente y, en cierto modo, eso era positivo: de lo contrario habrían caído al mar con la cesta y todo.
Julius miró alrededor. A un lado del depósito de gas encontró un navegador GPS. ¡Por fin una buena noticia! No es que hubiera forma de manejar el aparato, pero al menos así sabrían cuándo había alguna posibilidad de aterrizar.
Mientras Julius se zambullía en la geografía, Allan abrió la primera de las cuatro botellas de champán que habían llevado para la ocasión.
—¡Caramba! —exclamó cuando el corcho salió disparado por el borde de la cesta.
A Julius le parecía que Allan no estaba tomándose en serio la situación. Ninguno tenía la menor idea de adónde se dirigían.
«Claro que la tenemos», pensó Allan.
—He dado la vuelta al mundo tantas veces que ya empiezo a entender la pinta que tiene. Si el viento sigue igual, estaremos en Australia dentro de unas semanas, aunque si sopla un poco hacia ese lado, tendremos que esperar algo más.
—Y en ese caso, ¿dónde acabaremos?
—Bueno, en el Polo Norte no, y de todos modos tampoco querías ir. Es más probable el Polo Sur, creo.
—Qué demonios estás...
—Tranquilo, tranquilo. Aquí tienes tu copa. Ahora, brindemos por nosotros, es mi cumpleaños. Y no te preocupes: el gas del depósito se terminará mucho antes de llegar al Polo Sur. Siéntate.
Julius hizo lo que decía Allan y se sentó junto a su amigo con la mirada fija y perdida en el vacío. Allan se dio cuenta de que Julius estaba preocupado y necesitaba consuelo.
—Sí, es verdad, ahora mismo todo parece muy negro, amigo mío, pero yo las he visto de todos los colores en mi vida y aquí me tienes. Ya verás, el viento cambiará; el viento, o lo que sea.
A Julius lo ayudó un poco la calma inexplicable de Allan. Tal vez el champán se encargaría del resto.
—Pásame la botella, por favor —dijo en voz baja.
La cogió y dio cuatro tragos generosos sin molestarse en usar una copa.
Allan tenía razón: el gas se terminó cuando aún no había tierra a la vista. El depósito empezó a chisporrotear y la llama estuvo un rato dibujando una danza irregular antes de apagarse del todo justo en el momento en que los amigos se disponían a agotar el contenido de la botella número uno.
Descendían con suavidad hacia la superficie del océano Índico, que ese día más bien parecía el Pacífico.
—¿Crees que la cesta flotará? —preguntó Julius, viendo que la superficie del agua se acercaba.
—Pronto lo descubriremos —respondió Allan—. ¡Mira esto!
El hombre de ciento un años había estado rebuscando en una caja de madera con material para accidentes e imprevistos y sostenía en el aire una junta nueva para la palanca roja.
—¡Qué lástima no haberla visto cuando aún estábamos a tiempo! ¡Y mira!
Dos bengalas.
La caída en el mar fue mejor de lo que Julius se había atrevido a esperar: la cesta del globo golpeó el agua y se hundió medio metro bajo la superficie gracias a su velocidad y su peso, luego se inclinó hasta un ángulo de cuarenta y cinco grados, recuperó la verticalidad y se quedó cabeceando como un corcho en un sedal con movimientos cada vez más suaves.
El golpe y la inclinación posterior derribaron a los dos ancianos, que acabaron juntos, apelotonados en una de las paredes del cesto. Julius se levantó rápidamente, cuchillo en mano, con la intención de separar la cesta del globo desinflado, que ya no servía de nada. Se estaba esparciendo en el agua pero pronto se hundiría y, por poco que pudiera, se llevaría consigo la cesta y a sus dos ocupantes.
—Bien hecho —lo felicitó Allan, aún tirado en el rincón.
—Gracias —dijo Julius, y ayudó a su amigo a sentarse en el banco.
Luego desmontó los cilindros de gas y los tiró al mar junto con las cuatro sujeciones que los mantenían en pie. Gracias a eso el receptáculo pasó a pesar como mínimo cincuenta kilos menos. Julius se secó el sudor de la frente y se dejó caer al lado de su amigo.
—¿Y ahora qué? —dijo.
—Creo que tendríamos que tomarnos otra botella de champán para que no nos pille aquí sentados el bajón de la primera. ¿Puedes disparar una de esas bengalas mientras
la descorcho?
El agua se filtraba por los laterales de la cesta, pero Allan pensó que el asunto no parecía tan grave: al menos daba la impresión de que tenían unas cuantas horas por delante antes de hundirse; quizá más, si encontraban algo
decente con lo que achicarla.
—En dos horas pueden pasar muchas cosas —dijo.
—¿Por ejemplo? —quiso saber Julius.
—Bueno, también puede ser que pasen pocas... o ninguna.
Julius desenvolvió la primera bengala e intentó aclararse con las instrucciones en indonesio. Estaba un poco borracho y sin fuerzas para desesperarse, al menos no tanto como correspondía. Por un lado, sabía que iba a morir pronto; por el otro, lo acompañaba un hombre que posiblemente era inmortal, un hombre que no había sido ejecutado por el general Franco, ni encerrado de por vida por el servicio de inmigración de Estados Unidos, ni estrangulado por el camarada Stalin (aunque le había faltado bien poco), ni condenado a muerte por Kim Il-sung o Mao Zedong, ni recibido un solo disparo de las patrullas fronterizas iraníes, un hombre al que no le habían tocado un solo pelo de la calvorota en sus veinticinco años como agente doble dentro de los círculos de poder de la Guerra Fría, ni lo había matado el mal aliento de Breznev, ni arrastrado el presidente Nixon en su caída.
Lo único que sugería que Allan podía morir, tras haber fracasado en el intento a lo largo de tantos años, era que estaba en alta mar, sentado en una cesta de mimbre por la que se filtraba agua, perdido en algún lugar entre Indonesia, Australia y la Antártida; pero si el hombre de ciento un años recién cumplidos sobrevivía también a esto parecía razonable pensar que Julius se salvaría con él.
—Creo que sólo hay que tirar de aquí —dijo, y tiró de la cuerda correcta, pero con la bengala de emergencia al revés, de modo que salió disparada hacia el agua y no paró hasta apagarse, probablemente, a unos cuantos cientos de metros de profundidad.
A Julius se le pasó por la cabeza rendirse, pero Allan descorchó la siguiente botella, se la ofreció a su amigo y le dijo que diera unos tragos, con o sin copa, porque parecía necesitarlos.
—Luego creo que deberías volver a intentarlo con la otra bengala, pero apunta hacia arriba si te parece bien: así será más fácil que alguien la vea.
El océano Índico
La misión oficial del carguero norcoreano Honor y Fuerza era transportar treinta mil toneladas de grano desde La Habana hasta Pyongyang. Menos oficial era el objetivo de reducir la velocidad del barco en la costa sureste de Madagascar y permitir que subieran a bordo, al amparo de la oscuridad, cuatro kilos de uranio enriquecido. Ese cargamento había ido cambiando de manos, de un mensajero al siguiente, desde el Congo hasta Burundi pasando por Tanzania y Mozambique hasta llegar a esa isla al este del continente africano que estaba legítimamente en la ruta del Honor y Fuerza.
Los norcoreanos sabían que el mundo tenía puestos los ojos en ellos. Pocos años antes, un buque gemelo del Honor y Fuerza había sido capturado con la bodega llena de petróleo en un puerto de Libia controlado por los rebeldes y el capitán había tenido que echar mano de sobornos para que lo dejaran continuar el viaje. Volviendo desde Cuba, no podían detenerse en Somalia, Irán ni en ningún otro país con una reputación similar a riesgo de sufrir un abordaje en alta mar de las tropas de la ONU. Había ocurrido ya varias veces, la última cerca de Panamá. En aquella ocasión, debajo del grano había motores de avión y equipamiento electrónico de última generación, una carga que violaba las sanciones vigentes de la ONU contra la orgullosa República Popular Democrática. Enojados, los coreanos habían informado al mundo de que era el mundo, y no los coreanos, quien había puesto allí todos esos motores y dispositivos electrónicos.
Esta vez, la ruta de regreso desde Cuba se había trazado por el otro lado; al fin y al cabo, la Tierra era redonda. El argumento oficial era que la República Popular Democrática se negaba a dejarse maltratar de nuevo en Panamá; desde luego, no se mencionaba que pensaban aprovechar el viaje para hacer un recado.
Hasta entonces todo había salido bien: el capitán Pak Chong-un había llenado la bodega con un grano de altísima calidad que al Líder Supremo no le importaba lo más mínimo (él nunca se quedaba sin comer), pero además llevaban ya los cuatro kilos de uranio enriquecido dentro de un maletín forrado con plomo. Necesitaban aquel uranio para librar la batalla crucial y permanente contra los perros estadounidenses y sus aliados al sur del paralelo 38. La cantidad, apenas cuatro kilos, quizá no era suficiente para construir el futuro de la nación, pero no se trataba de eso: sólo estaban poniendo a prueba los canales de distribución. Si todo salía bien, los rusos habían prometido que sus esfuerzos podrían duplicarse unas cuantas veces.
El capitán Pak podía sentir los satélites imperialistas siguiendo la ruta del barco de regreso a Pyongyang, dispuestos, como siempre, a encontrar cualquier razón para abordarlos, humillarlos y deshonrarlos.
Pak guardaba el maletín en la caja fuerte del camarote del capitán. Estaba claro que, si aquellos imbéciles abordaban el barco, encontrarían sin problemas lo que andaban buscando, pero de momento no había señal de que eso fuera a producirse. No habían cometido ningún error. Pronto ya nada podría evitar el regreso triunfal del capitán.
Pak Chong-un se vio obligado a interrumpir sus pensamientos cuando el primer oficial entró en la sala sin llamar.
—¡Capitán! —exclamó—. Hemos detectado una bengala de emergencia a cuatro millas náuticas al norte. ¿Qué hacemos? ¿Ni caso?
¡Joder! Justo cuando todo parecía ir tan bien. Varias ideas cruzaron a la vez la mente del capitán Pak. ¿Sería una trampa? ¿Alguien que pretendía apoderarse del uranio? Por supuesto, lo mejor sería fingir que no lo habían visto, tal como había sugerido el primer oficial.
Sin embargo, tenía la certeza de que otros sí lo verían: los estadounidenses, desde el espacio. Y seguro que estaban tomando fotos. Un barco norcoreano que no prestaba auxilio a alguien en apuros en alta mar... Eso sería un delito según la ley marítima y un absoluto desastre para las relaciones internacionales del Líder Supremo (mientras que el capitán Pak se enfrentaría a un pelotón de fusilamiento).
No, la opción menos problemática sería averiguar la razón de aquella bengala.
—¡Debería avergonzarse, marinero! —dijo el capitán Pak Chong-un—: los representantes de la República Popular Democrática de Corea no dejan en la estacada a quien se encuentra en apuros. Establezca un nuevo rumbo y prepárese para una intervención de rescate, ¡es una orden!
Asustado, el primer oficial saludó como pudo y desapareció a toda prisa. Se maldijo por no haberse mordido la lengua: si el capitán lo mencionaba en un informe, sería el fin de su carrera... en el mejor de los casos.
•
A esas alturas, a los amigos de la cesta el agua de mar les llegaba por los tobillos. Allan estaba sentado con su tableta negra, maravillado de que funcionara en medio de la nada.
—¡Escucha esto! —dijo.
Y le contó a su amigo que no sólo los presidentes hacían el ridículo por el mundo, como por ejemplo el de Zimbabue, Robert Mugabe, el hombre que tras calificar la homosexualidad de «antiafricana» había decidido que debía castigarse con diez años de cárcel para que los homosexuales aprendieran. Ahora, la esposa del propio Mugabe salía en las noticias por haber atacado con un cable de extensión eléctrico a una chica que había pasado más tiempo de la cuenta en una habitación de hotel con el hijo de la pareja. Por lo visto, esa familia también tenía problemas con la heterosexualidad.
Julius estaba demasiado angustiado para opinar sobre las últimas noticias que le comentaba su amigo; estaba a punto de pedirle que se callara para poder quedarse allí sentado y morir en paz cuando lo interrumpió una sirena. A lo lejos, Allan y él divisaron un barco: iba directo hacia la cesta.
—¿No te parece de lo más alucinante? —dijo Julius—. También vas a sobrevivir a esto, Allan.
—Y tú, por lo que parece —contestó Allan.
•
Los únicos objetos que subieron los dos ancianos al barco fueron la tableta negra de Allan y la última botella de champán. Allan sostenía la tableta en una mano y la botella en la otra cuando él y Julius se encontraron con el capitán Pak en la cubierta de proa.
—Buenos días, capitán —dijo sucesivamente en inglés, ruso, mandarín y español.
—Buenos días —contestó en inglés el soprendido capitán.
Aunque él dominaba tanto el ruso como el mandarín, y sabía algo de español por sus frecuentes excursiones de ida y vuelta a Cuba, era el único miembro de la tripulación que hablaba inglés. Le había salido de manera instintiva: cuantas menos personas pudieran oír y entender lo que decían, mejor sería para todos, al menos hasta que se hubiera aclarado la misteriosa situación de esos dos.
El capitán Pak comunicó a los dos náufragos que sus vidas habían sido salvadas en nombre de la República Popular Democrática de Corea y para mayor gloria de su Líder Supremo.
—Transmita nuestros saludos y agradecimientos al Supremo la próxima vez que lo vea —dijo Allan—. ¿Dónde podemos bajarnos siguiendo su trayecto? En Indonesia sería fantástico, si no es mucho problema. No llevamos documentación para identificarnos, y entrar y salir de un país siempre es un poco complicado, ¿verdad?
Sí, el capitán Pak sabía lo complicado que podía llegar a ser entrar y salir de un país; de hecho, tratándose del suyo era particularmente complicado, pero eso no era razón suficiente para confraternizar con unos caballeros extranjeros rescatados de una cesta en alta mar, y mucho menos delante de la tripulación, fuera en el idioma que fuese.
—Como oficial al mando, estoy obligado por ley a custodiar el cargamento de este barco durante toda la travesía, así como a proteger los intereses de los propietarios del cargamento. Según esa misma ley, tengo la obligación de
conducir el barco a su destino con la mayor brevedad posible.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Julius nervioso.
—Significa lo que acabo de decir —contestó el capitán Pak.
—Significa que no nos va a soltar hasta que lleguemos a Pyongyang —aclaró Allan.
Julius no tenía ningunas ganas de ver Corea del Norte.
—Pero, por favor, querido capitán... —dijo—, por casualidad tenemos por aquí una botella de champán. Nos pareció que podía ser útil si alguien nos recogía, como finalmente ha sucedido. No está tan fría como debería pero, si no le importa, nos encantaría compartirla con usted, así podremos conocernos mejor y ver qué soluciones se esconden a la vuelta de la esquina.
«Bien dicho», pensó Allan, mostrando la botella para subrayar sus palabras.
El capitán se la quitó de la mano y les comunicó que la confiscaba porque a bordo no estaba permitido el alcohol.
—¿Nada de alcohol? —preguntó Julius.
«¿Nada de alcohol?», pensó Allan, a punto de pedir que lo devolvieran a la cesta.
—Caballeros, dentro de dos horas serán interrogados. Por ahora no son sospechosos de haber cometido ningún delito, pero eso siempre puede cambiar. Tengo la intención de interrogarlos yo mismo. Las dos primeras preguntas serán: quiénes son ustedes y por qué han decidido salir a mar abierto flotando en una cesta de mimbre con una botella de champán. Pero ya nos ocuparemos de eso en su momento.
El capitán Pak se volvió hacia su primer oficial y le comunicó que debía recoger todas sus pertenencias y mudarse con el resto de la tripulación: tenía que ceder su camarote de oficial, así podrían instalar a los dos extranjeros. Aparte, el primer oficial debía asegurarse de que siempre hubiera un marinero montando guardia delante del camarote, salvo que prefiriese montarla él mismo para garantizar que nadie haría daño a los dos caballeros o, en todo caso, impedir que ellos pudieran hacérselo a otros.
El primer oficial contestó con un saludo militar. No estaba muy contento con el desarrollo de los acontecimientos. ¡Mira que verse obligado a mezclarse con la tropa por culpa de dos ancianos blancos...! No, el capitán debería haberlos dejado en el mar. Este asunto sólo podía terminar tan mal como había empezado.
El capitán Pak Chong-un percibió que se estaba cociendo un problema. Una vez más, revisó el contenido de la caja fuerte de sus aposentos, pese a su sistema de cierre de alta seguridad... y a que llevaba la llave colgada del cuello en una cadena.
La caja contenía el cuaderno de bitácora, una copia de la legislación marítima y un maletín forrado con plomo con cuatro kilos de uranio enriquecido en su interior.
Sólo le faltaban tres días para dar por cumplida la misión que el Líder Supremo le había encargado en persona. No había nubes en el horizonte de esta misión, al menos en un sentido literal. Lo que significaba que, como siempre, los satélites estadounidenses no le quitaban el ojo de encima: eso sí que era una nube en toda regla, aun siendo metafórica. La otra eran los dos extranjeros metidos en el camarote del primer oficial, justo al otro lado de la pared.
El capitán Pak se permitió resumir la situación antes de recorrer los pocos pasos que lo separaban del camarote contiguo: «Uf.» Se quedó mirando fijamente al guardia hasta que éste se dio cuenta de que debía abrirle la puerta y luego se lo quedó mirando hasta que entendió que debía cerrarla.
—Caballeros, ha llegado ya la hora del interrogatorio —dijo el capitán Pak Chong-un.
—Fantástico —respondió Allan.
El Congo
El Congo es el segundo país más grande de África y siempre ha sido rico en dos cosas: en recursos naturales y en pobreza.
El período más terrible de su historia coincide con el reinado de Leopoldo II de Bélgica, que usó el país como su plantación privada de caucho. Esclavizaba a todo aquel que se cruzaba en su camino y fue responsable de la muerte de más de diez millones de personas. Eso equivale a toda Suecia; o a toda Bélgica, si prefieren.
Cuando el Congo obtuvo la independencia después de muchos años de dificultades, un tal Joseph Mobutu terminó ocupando el sillón presidencial. Se hizo famoso por vender los recursos de su país a quien más dinero le ofreciera por debajo de la mesa (dinero que luego se metía en los bolsillos) y cambió su nombre por el de «el guerrero todopoderoso que, gracias a su resistencia y a su inflexible deseo de vencer, va de conquista en conquista dejando a su paso una estela de fuego».
Estados Unidos pensó que este tipo era el futuro del Congo y de toda África. Así pues, gracias a la amable ayuda de la CIA, el guerrero todopoderoso permaneció unas cuantas décadas en el poder. El caucho, por su parte, se vio sustituido por el uranio como recurso natural más interesante. De hecho, Estados Unidos recibió del Congo el uranio que necesitaba para las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki y, como muestra de agradecimiento, colaboró en la construcción de un centro de investigación nuclear congoleño liderado por el todopoderoso que dejaba a su paso una estela de fuego. Probablemente no fue la decisión política más brillante en la historia de Estados Unidos.
En el país donde todo, sin excepción, estaba contaminado por la corrupción, desaparecieron grandes cantidades de barras de uranio enriquecido. Algunas aparecieron desperdigadas y pudieron recuperarse, pero la mayoría (no se sabía cuántas) seguía en paradero desconocido.
Pasó el tiempo. Los servicios de espionaje más importantes del mundo occidental se habían cansado de buscar en balde, y lo único que les quedaba era intentar que no llegara más uranio al mercado negro. Algunos de los que tenían unidades operativas se consolaban pensando que al menos el uranio desaparecido perdía potencia a medida que pasaban los años.
Sin embargo, la canciller alemana Angela Merkel, gracias a sus conocimientos en la materia, no podía tener una visión tan optimista del asunto. Frau Merkel llevaba más tiempo en el poder que la mayoría de los líderes mundiales y contaba con ser reelegida en el otoño siguiente. Merkel, química de formación, sabía que, para cuando el isótopo desaparecido dejara de representar una amenaza potencial para su país, ella ya no ocuparía la misma posición. Sin duda, tenía mucho que dar todavía, pese a sus sesenta y tres años y tras veintiocho dedicada a la política; aun así, el tiempo de vida que le quedaba era sin duda considerablemente más breve que el del uranio enriquecido: cuatro mil quinientos millones de años.