Agradecimientos

Agradecimientos

Una vez más, he de dar las gracias a mi maravilloso agente, Joshua Bilmes, y a Moshe Feder, editor no menos sorprendente. Realizaron un trabajo maravilloso con este libro y estoy orgulloso de tener la oportunidad de trabajar con ellos.

Como siempre, mis incansables grupos de escritura han sido constantes en su interacción y apoyo. Gracias a Alan Layton, Janette Layton, Kaylynne ZoBell, Nate Hatfield, Bryce Cundick, Kimball Larsen y Emily Scorup. También gracias a los lectores que vieron una versión de este libro mucho más primitiva y me ayudaron a darle la forma que tiene ahora: Krista Olson, Benjamin R. Olson, Micah Demoux, Eric Ehlers, Izzy Whiting, Stacy Whitman, Kristina Kluger, Megan Kauffman, Sarah Bylund, C. Lee Player, Ethan Skarsdtedt, Jilena O’Brien, Ryan Jurado y el gran Peter Ahlstrom.

También hay unas cuantas personas concretas a las que me gustaría dar las gracias. A Isaac Stewart, que hizo el mapa para esta novela; fue una valiosísima fuente de ideas y pistas visuales. A Heather Kirby, que me dio excelentes consejos para ayudarme con el misterioso funcionamiento interno de la mente de una joven.

Además, me gustaría reconocer la labor de algunas personas muy importantes que trabajan detrás del telón en los libros que ustedes compran. Irene Gallo, directora artística de Tor, hace un trabajo brillante: gracias a ella, este libro y Elantris tienen las maravillosas portadas que tienen. También David Moench, del departamento de publicaciones de Tor, fue mucho más allá de la llamada del deber para ayudarme a convertir Elantris en un éxito. Ambos cuentan con mi agradecimiento.

Por último, como siempre, doy las gracias a mi familia por su continuado respaldo y entusiasmo.

En particular, me gustaría darle las gracias a mi hermano Jordan, por su pasión, apoyo y lealtad. Comprueben la calidad de su trabajo en mi página web: <www.brandonsanderson.com>.

A veces me preocupa no ser el héroe por el que todo el mundo me toma.

Los filósofos me aseguran que este es el momento, que las señales se han hecho realidad. Pero yo me sigo preguntando si no se habrán equivocado de hombre. Son tantas las personas que dependen de mí... Dicen que tengo en mis manos el futuro del mundo entero.

¿Qué pensarían si supieran que su paladín, el Héroe de las Eras, su salvador, dudó de sí mismo? Tal vez no se sorprenderían en absoluto. En cierto modo, eso es lo que más me preocupa. Quizá también ellos duden, en el fondo de sus corazones, al igual que yo.

Cuando me miran, ¿será un mentiroso lo que ven?

Imagen decorativa

Caía ceniza del cielo.

Con el ceño fruncido, lord Tresting contempló el rojizo cielo de mediodía mientras sus criados corrían a ofrecerles un parasol a él y a su distinguido invitado. Las lluvias de ceniza no eran extrañas en el Imperio Final, pero Tresting confiaba en ser capaz de evitar que se le mancharan la túnica nueva y el chaleco rojo, los cuales acababan de llegar en barco por el canal desde la mismísima Luthadel. No hacía mucho viento, por suerte: con el parasol debería bastar.

Tresting se encontraba junto a su invitado en un pequeño patio elevado que dominaba los campos. Cientos de personas con saya marrón trabajaban bajo la lluvia de ceniza, cuidando las cosechas. Había torpeza en sus movimientos... claro que, por otra parte, así eran todos los skaa. Los campesinos pertenecían a una especie tan indolente como improductiva. No se quejaban, por supuesto: sabían cuál era el lugar que les correspondía. Se limitaban a faenar con la cabeza gacha, realizando su labor con tranquila apatía. El látigo de algún capataz que pasaba los obligaba a acelerar durante unos momentos, pero en cuanto se marchaba el encargado, ellos regresaban a su sopor.

Tresting se volvió hacia el hombre que lo acompañaba.

—Cabría pensar —apuntó— que mil años de trabajo en los campos los habrían vuelto un poco más aplicados.

El obligador se volvió, alzando una ceja en un movimiento que se diría ensayado para realzar su rasgo más característico: los intrincados tatuajes que marcaban la piel que le rodeaba los ojos. Los tatuajes, enormes, le llegaban hasta la frente y el puente de la nariz. Era un prelado absoluto, un obligador muy importante. Tresting tenía sus propios obligadores personales en la mansión, pero no eran más que funcionarios menores, con apenas unas pocas marcas alrededor de los ojos. Aquel hombre había llegado de Luthadel en el mismo barco que había traído el nuevo traje de Tresting.

—Debería ver a los skaa de la ciudad, Tresting —replicó el obligador, volviéndose para contemplar de nuevo a los trabajadores—. Comparados con los de Luthadel, estos son bastante diligentes. Aquí tiene... más control sobre sus skaa. ¿Cuántos dice que pierde al mes?

—Bueno, media docena o así —respondió Tresting—. Algunos por azotes, otros por agotamiento.

—¿Fugitivos?

—¡Nunca! Cuando heredé esta tierra de mi padre, hubo unos cuantos fugitivos... pero ejecuté a sus familias. Los demás perdieron rápidamente el valor. Nunca he comprendido a la gente que tiene problemas con sus skaa: a mí me resulta fácil controlar a las criaturas con una mano adecuadamente firme.

El obligador asintió en silencio. Parecía complacido, lo cual era buena cosa. Los skaa no eran en realidad propiedad de Tresting. Como todos los skaa, pertenecían al lord Legislador; Tresting solo alquilaba los trabajadores a su Dios, igual que pagaba por los servicios de sus obligadores.

El obligador bajó la mirada, comprobó su reloj de bolsillo, luego miró al sol. A pesar de la lluvia de ceniza, brillaba un fulgurante rojo carmesí tras la negrura ahumada de las alturas. Tresting sacó un pañuelo y se secó la frente, agradecido por la sombra del parasol que filtraba el calor de mediodía.

—Muy bien, Tresting —dijo el obligador—. Presentaré su propuesta a lord Venture, como ha solicitado. Tendrá un informe favorable por mi parte sobre sus operaciones aquí.

Tresting contuvo un suspiro de alivio. Se requería un obligador como testigo para cualquier contrato o acuerdo comercial entre nobles.

Cierto, incluso un obligador menor como los que Tresting empleaba podía servir como testigo... pero era mejor impresionar al mismísimo obligador de Straff Venture.

El obligador se volvió hacia él.

—Volveré por el canal esta misma tarde.

—¿Tan pronto? —preguntó Tresting—. ¿Por qué no se queda a cenar?

—No —respondió el obligador—. Aunque hay otro asunto que deseo discutir con usted. No he venido solo de parte de lord Venture, sino para... investigar algunos asuntos para el Cantón de la Inquisición. Según los rumores le gusta a usted relacionarse con sus mujeres skaa.

Tresting sintió un escalofrío.

El obligador sonrió; quizá solo pretendiera expresar seguridad, pero Tresting lo encontró extraño.

—No se preocupe, Tresting —dijo el obligador—. Si hubiera verdadera preocupación por sus acciones, habrían enviado en mi lugar a un inquisidor de acero.

Tresting asintió con la cabeza, despacio. Inquisidor. Nunca había visto a ninguna de esas criaturas inhumanas, pero había oído... historias.

—Quedo satisfecho en lo relativo a sus acciones con las mujeres skaa —dijo el obligador, contemplando los campos—. Lo que he visto y oído aquí indica que siempre sanea sus problemas. Un hombre como usted, eficiente, productivo, podría llegar lejos en Luthadel. Unos cuantos años más de trabajo, algunos contratos mercantiles inspirados... ¿y quién sabe?

El obligador se volvió y Tresting sonrió. No era una promesa, ni siquiera una recomendación (los obligadores eran más burócratas y testigos que sacerdotes), pero oír tales alabanzas por parte de uno de los servidores del lord Legislador... Tresting sabía que algunos nobles consideraban a los obligadores inquietantes, algunos incluso los encontraban una molestia; pero en aquel momento hubiese besado a su distinguido invitado.

Tresting se volvió hacia los skaa, que trabajaban en silencio bajo el sol ensangrentado y los perezosos copos de ceniza. Siempre había sido un noble de campo que vivía de su plantación y soñaba con mudarse a la propia Luthadel. Había oído hablar de los bailes y las fiestas, el glamour y la intriga, y eso lo entusiasmaba.

Tendré que celebrarlo esta noche, pensó. Estaba aquella muchachita de la decimocuarta choza a la que llevaba observando desde hacía algún tiempo...

Volvió a sonreír. Unos cuantos años más de trabajo, había dicho el obligador. Pero ¿podría acelerar Tresting el curso de los acontecimientos si trabajaba más? Su población de skaa había aumentado en los últimos tiempos. Tal vez si los apretaba un poco más pudiera producir una cosecha extra ese verano, y cumplir así con creces su contrato con lord Venture.

Tresting asintió mientras observaba al grupo de perezosos skaa, algunos trabajando con sus azadas, otros de rodillas apartando la ceniza de la cosecha. No se quejaban. No tenían esperanzas. Apenas se atrevían a pensar. Así era como debía ser, pues eran skaa. Eran...

Tresting se quedó inmóvil cuando uno de los skaa alzó la mirada. El hombre lo miró a los ojos, con una chispa (no, un fuego) de desafío en su expresión. Tresting nunca había visto nada parecido, no en el rostro de un skaa. Dio un paso atrás por instinto y le recorrió un escalofrío mientras el extraño y erguido skaa le sostenía la mirada.

Y sonreía.

Tresting apartó los ojos.

—¡Kurdon! —exclamó.

El fornido capataz subió corriendo la cuesta.

—¿Sí, mi señor?

Tresting se volvió para señalar...

Frunció el ceño. ¿Dónde estaba aquel skaa? Trabajando con la cabeza gacha, el cuerpo manchado de hollín y sudor, era muy difícil distinguirlos. Tresting se detuvo, buscando. Creía saber el sitio... un punto vacío donde ya no había nadie.

Pero no. No podía ser. Era imposible que el hombre se hubiese alejado tan deprisa del grupo. ¿Adónde habría ido? Tenía que estar allí, en alguna parte, trabajando con la cabeza gacha. Sin embargo, aquel instante de aparente desafío era inexcusable.

—¿Mi señor? —volvió a preguntar Kurdon.

El obligador observaba a su lado, con curiosidad. No era aconsejable que supiera que uno de los skaa había actuado con tanta desfachatez.

—Dales un poco más fuerte a los skaa de la sección sur —ordenó Tresting, señalando—. Los veo lentos, incluso para ser skaa. Golpea a unos cuantos.

Kurdon se encogió de hombros, pero asintió. No era un motivo de peso para golpear a nadie, pero tampoco necesitaba razones especiales para dar una paliza a los trabajadores.

Después de todo, no eran más que skaa.

Kelsier había oído historias.

Había oído susurros de la época lejana en que el sol no era rojo. Tiempos en los que el cielo no estaba cubierto de humo y ceniza, cuando las plantas no luchaban por sobrevivir y los skaa no eran esclavos. Tiempos anteriores al lord Legislador. Esos días, sin embargo, estaban casi olvidados. Incluso las leyendas se volvían difusas.

Kelsier contempló el sol, siguiendo con los ojos el gigantesco disco rojo mientras se arrastraba hacia el horizonte occidental. Permaneció de pie en silencio un buen rato, solo en los campos vacíos. El trabajo del día había terminado; los skaa habían sido conducidos de vuelta a sus chozas. Pronto llegarían las brumas.

Al cabo de un rato, Kelsier suspiró y se volvió para regresar por socavones y trochas, abriéndose paso entre grandes montículos de ceniza. Evitaba pisar las plantas, aunque no estaba seguro de por qué se molestaba. Las cosechas apenas parecía que merecieran el esfuerzo. Débiles, con hojas marrones resecas, las plantas parecían casi tan deprimidas como la gente que las atendía.

Las chozas de los skaa se alzaban a la escasa luz. Kelsier vio que las brumas empezaban ya a formarse en el aire, dando a los edificios en forma de montículo un aspecto surrealista e intangible. No había guardia ninguna en las chozas: no había necesidad de vigilantes, pues ningún skaa se aventuraba fuera cuando caía la noche. Su miedo a las brumas era demasiado fuerte.

Tendré que curarlos de eso algún día, pensó Kelsier mientras se acercaba a uno de los edificios más grandes. Abrió la puerta y entró.

La conversación cesó de inmediato. Kelsier cerró la puerta, luego se volvió con una sonrisa hacia la treintena de skaa que había allí reunidos. Una hoguera ardía débilmente en el centro y el gran caldero que había a su lado estaba lleno de agua salpicada de verduras: el comienzo de una cena. La sopa estaría insípida, por supuesto. Con todo, el olor era agradable.

—Buenas noches a todos —dijo Kelsier con una sonrisa, depositando la bolsa a sus pies y apoyándose contra la puerta—. ¿Cómo os ha ido el día?

Sus palabras rompieron el silencio y las mujeres volvieron a sus preparativos de la cena. Sin embargo, el grupo de hombres sentados a una burda mesa continuó observando a Kelsier con expresión incómoda.

—Nuestro día ha estado cargado de trabajo, viajero —dijo Tepper, uno de los miembros del consejo skaa—. Algo que tú has conseguido evitar.

—El trabajo del campo nunca me ha llenado —dijo Kelsier—. Es demasiado duro para mi delicada piel. —Sonrió, alzando manos y brazos llenos de capas y capas de finas cicatrices. Cubrían su piel a lo largo, como si alguna bestia le hubiera pasado las garras por los brazos una y otra vez.

Tepper hizo una mueca. Era joven para ser miembro del consejo, debía de contar poco más de cuarenta años: como mucho podía llevarle cinco años a Kelsier. Sin embargo, el hombrecillo se comportaba con el aire de alguien a quien le gusta estar al mando.

—Este no es momento para chanzas —dijo Tepper, severo—. Cuando acogemos a un viajero, esperamos que se comporte y evite levantar sospechas. El hecho de que te apartaras de los campos esta mañana podría haberles valido un azote a los hombres que te rodeaban.

—Cierto —respondió Kelsier—. Pero a esos hombres también podrían haberlos azotado por encontrarse en el sitio equivocado, por detenerse demasiado o por toser cuando pasaba un capataz. Una vez vi darle una paliza a un hombre porque su amo dijo que había «parpadeado de forma inadecuada».

Tepper permaneció sentado, con los ojos entornados y envarado, el brazo apoyado en la mesa. Su expresión era firme.

Kelsier suspiró y puso los ojos en blanco.

—Bien. Si queréis que me marche, lo haré.

Se echó la bolsa al hombro y abrió la puerta con toda tranquilidad.

Una densa bruma empezó a entrar de inmediato por la puerta, se arremolinó con languidez alrededor del cuerpo de Kelsier, se remansó en el suelo y se arrastró como un animal vacilante. Varias personas gimieron horrorizadas, aunque la mayoría estaban demasiado desconcertadas para emitir ningún sonido. Kelsier se detuvo un instante, contempló las oscuras brumas, las veloces corrientes iluminadas débilmente por los carbones de la hoguera.

—Cierra la puerta. —Las palabras de Tepper eran una súplica, no una orden.

Kelsier hizo lo que le pedían, cerró la puerta y cortó el flujo de bruma blanca.

—La bruma no es lo que pensáis. La teméis demasiado.

—Los hombres que se aventuran en la bruma pierden el alma —susurró una mujer. Sus palabras conllevaban una pregunta. ¿Había caminado Kelsier entre las brumas? ¿Qué le había sucedido entonces a su alma?

Si supierais, pensó Kelsier.

—Bueno, supongo que esto significa que me quedo. —Hizo un gesto a un niño para que le acercara un taburete—. Menos mal... Hubiese sido una lástima haber tenido que marcharme antes de compartir mis noticias.

Más de una persona alzó la cabeza al oír el comentario. Este era el verdadero motivo por el que lo toleraban, la razón por la que los tímidos campesinos daban cobijo a un hombre como Kelsier, un skaa que desafiaba la voluntad del lord Legislador viajando de plantación en plantación. Podía ser un renegado, un peligro para la comunidad entera, pero traía noticias del mundo exterior.

—Vengo del norte —dijo Kelsier—. De tierras donde la mano del lord Legislador se nota menos.

Habló con voz clara y la gente se inclinó de forma inconsciente hacia él mientras hablaba. Al día siguiente, las palabras de Kelsier serían repetidas a los varios cientos de personas que vivían en otras chozas. Los skaa podían estar sometidos, pero eran unos chismosos incurables.

—Los lores locales gobiernan al oeste —dijo Kelsier— y distan mucho de tener la mano de hierro del lord Legislador y sus obligadores. Algunos de estos nobles lejanos están descubriendo que los skaa felices son mejores trabajadores que los skaa maltratados. Un hombre, lord Renoux, incluso ha ordenado a sus capataces que detengan los azotes no autorizados. Se comenta entre susurros que está pensando en pagar un salario a los skaa de sus plantaciones, como el que podrían ganar los artesanos de las ciudades.

—Tonterías —dijo Tepper.

—Mis disculpas —respondió Kelsier—. No sabía que el buen Tepper hubiese estado en los dominios de lord Renoux últimamente. ¿Cuando cenaste con él por última vez, te dijo algo que no me dijera a mí?

Tepper se ruborizó: los skaa no viajaban y, desde luego, no cenaban con lores.

—Me tomas por tonto, viajero —dijo Tepper—, pero sé lo que estás haciendo. Tú eres el que llaman el Superviviente; esas cicatrices de tus brazos te delatan. Eres un provocador: viajas por las plantaciones sembrando el descontento. Te comes nuestra comida, cuentas tus grandes historias y tus mentiras y luego desapareces y dejas que la gente se las arregle con las grandes esperanzas que contagias a nuestros hijos.

Kelsier alzó una ceja.

—Vamos, vamos, buen Tepper —dijo—. Tus temores son de todo punto infundados. Mira, no tengo ninguna intención de comerme vuestra comida. Traigo la mía propia.

Con esas palabras, Kelsier arrojó su mochila al suelo ante la mesa de Tepper. La mochila se volcó y su contenido se desparramó. Buen pan, fruta e incluso unos cuantos embutidos curados quedaron a la vista.

Una pieza de fruta rodó por el suelo y chocó con suavidad contra el pie de Tepper. El maduro skaa observó la fruta, incrédulo.

—¡Eso es comida de nobles!

Kelsier hizo una mueca.

—Ni por asomo. ¿Sabes? Para ser un hombre de renombrado prestigio y rango, vuestro lord Tresting tiene un notable mal gusto. Su despensa es una vergüenza para su posición.

Tepper palideció aún más.

—Ahí es donde fuiste esta tarde —susurró—. Fuiste a la mansión... ¡Le robaste al amo!

—En efecto. Y he de añadir que, aunque vuestro señor adolezca de un gusto deplorable a la hora de comer, su ojo para los soldados es bastante más impresionante. Colarme en su mansión durante el día fue todo un desafío.

Tepper todavía contemplaba la bolsa de comida.

—Si los capataces descubren esto aquí...

—Bueno, entonces os sugiero que lo hagáis desaparecer —dijo Kelsier—. Estoy dispuesto a apostar a que sabe un poquitín mejor que esa sopa aguada.

Dos docenas de ojos hambrientos estudiaron la comida. Si Tepper pretendía seguir discutiendo, no actuó lo bastante rápido, pues su silencio fue interpretado como aceptación. En pocos minutos el contenido de la bolsa fue inspeccionado y distribuido; la olla de sopa se quedó allí burbujeando, ignorada, mientras los skaa se daban un festín con una comida bastante más exótica.

Kelsier se quedó aparte, se apoyó en la pared de madera de la choza y contempló a la gente devorar la comida. Había dicho lo cierto: los contenidos de la despensa eran deprimentemente vulgares. Sin embargo, esa gente no se había alimentado más que de sopa y gachas desde la infancia. Para ellos, el pan y la fruta eran raros manjares de los que solo comían sobras cuando las traían los sirvientes de la mansión.

—Tu historia ha quedado interrumpida, joven —comentó un skaa mayor, que se acercó cojeando para sentarse en un taburete junto a Kelsier.

—En fin, sospecho que ya habrá tiempo de contarla más tarde —dijo Kelsier—. Cuando todas las pruebas de mi hurto hayan sido devoradas como es debido. ¿No quieres nada?

—No hace falta —dijo el anciano—. La última vez que probé comida de lores me dolió el estómago tres días. Los nuevos sabores son como las nuevas ideas, joven: cuanto más viejo te haces, más difíciles son de digerir.

Kelsier hizo una pausa. El anciano no era en absoluto impresionante. Su piel correosa y su cabeza calva le hacían parecer más frágil que sabio. Sin embargo, tenía que ser más fuerte de lo que aparentaba; pocos skaa de las plantaciones vivían hasta esa edad. Muchos lores no permitían que los viejos se quedaran en casa durante la jornada de trabajo, y los frecuentes azotes que componían la vida de los skaa se cobraban un precio terrible en los ancianos.

—¿Cómo has dicho que te llamas? —preguntó Kelsier.

—Mennis.

Kelsier miró a Tepper.

—Así pues, buen Mennis, dime una cosa. ¿Por qué le dejas ser el jefe?

Mennis se encogió de hombros.

—Cuando llegas a mi edad, hay que tener mucho cuidado y no malgastar energías. No merece la pena librar algunas batallas.

Había un brillo especial en los ojos de Mennis: se estaba refiriendo a cosas de más calado que su pugna con Tepper.

—Entonces, ¿estás satisfecho con esto? —preguntó Kelsier, indicando con un gesto la choza y sus habitantes, medio famélicos y sobrecargados de trabajo—. ¿Te contentas con una vida llena de azotes y fatigas insoportables?

—Al menos es una vida —dijo Mennis—. Sé lo que traen el descontento y la rebelión. La atención del lord Legislador y la ira del Ministerio de Acero pueden ser mucho más terribles que unos cuantos azotes. Los hombres como tú predican el cambio, pero me pregunto si es una batalla que realmente podamos librar.

—Ya la estáis librando, buen Mennis. Mas la estáis perdiendo. —Kelsier se encogió de hombros—. Pero ¿qué sé yo? Solo soy un trotamundos depravado que viene a comerse vuestra comida e impresionar a vuestros jóvenes.

Mennis sacudió la cabeza.

—Bromeas, pero es posible que Tepper tuviera razón. Temo que tu visita nos cause problemas.

Kelsier sonrió.

—Por eso no lo he contradicho... al menos en lo de llamarme provocador. —Hizo una pausa y sonrió de oreja a oreja—. De hecho, diría que llamarme provocador quizá sea lo único acertado que ha hecho Tepper desde que llegué.

—¿Cómo lo haces? —preguntó Mennis, frunciendo el ceño.

—¿Qué?

—Sonreír tanto.

—Ah, es que soy una persona feliz.

Mennis observó las manos de Kelsier.

—¿Sabes? Solo he visto cicatrices así en otra persona... y estaba muerta. Llevaron su cadáver a lord Tresting como prueba de que su castigo había sido ejecutado. —Mennis miró a Kelsier—. Lo pillaron hablando de rebelión. Tresting lo envió a los Pozos de Hathsin, donde trabajó hasta que murió. El muchacho duró menos de un mes.

Kelsier se miró las manos y los antebrazos. Todavía le quemaban algunas veces, aunque estaba seguro de que el dolor solo existía en su imaginación. Miró a Mennis y sonrió.

—¿Preguntas por qué sonrío, buen Mennis? Bien, el lord Legislador cree que la risa y la alegría son solo suyas. No quiero que sea así. Y es una batalla que no cuesta mucho trabajo librar.

Mennis miró a Kelsier y por un instante este pensó que el anciano iba a responderle con una sonrisa. Sin embargo, al final Mennis tan solo sacudió la cabeza.

—No sé. No sé...

El grito lo interrumpió. Vino del exterior, tal vez del norte, aunque las brumas distorsionaban los sonidos. La gente de la choza guardó silencio y trató de escuchar los débiles y agudos alaridos. A pesar de la distancia y la bruma, Kelsier oyó el dolor contenido en aquellos gritos.

Kelsier quemó estaño.

Le resultaba sencillo hacerlo después de años de práctica. El estaño esperaba con otros metales alománticos que se había tragado con anterioridad, dentro de su estómago, a que lo llamara. Buscó con su mente y tocó el estaño, recurriendo a poderes que apenas entendía. El metal cobró vida en su interior, quemando su estómago como una bebida caliente que se traga demasiado deprisa.

El poder alomántico recorrió su cuerpo, amplificando sus sentidos. La habitación que lo rodeaba se volvió nítida, la pobre hoguera que ardía a duras penas adquirió un brillo casi cegador. Notó el grano de la madera del taburete en el que estaba sentado. Pudo saborear los restos de la hogaza de pan que había comido antes. Más importante aún, oyó los gritos con oídos sobrenaturales. Dos personas distintas. Una era una mujer mayor, la otra, una mujer más joven..., tal vez una niña. Los gritos de la joven eran cada vez más lejanos.

—Pobre Jess —dijo una mujer que estaba cerca, y su voz resonó en los oídos ampliados de Kelsier—. Esa hija suya era una maldición. Es mejor para los skaa no tener hijas bonitas.

Tepper asintió.

—Estaba claro que lord Tresting iba a mandarla llamar tarde o temprano. Todos lo sabíamos. Jess lo sabía.

—Pero no deja de ser una lástima —dijo otro hombre.

Los gritos continuaron en la distancia. Quemando estaño, Kelsier pudo calcular adecuadamente la dirección. La voz se acercaba a la mansión. Los sonidos provocaron algo en su interior y sintió que su cara enrojecía de furia.

Kelsier se volvió.

—¿Devuelve alguna vez a las muchachas lord Tresting después de haber acabado con ellas?

El viejo Mennis sacudió la cabeza.

—Lord Tresting es un hombre que cumple la ley: hace matar a las muchachas al cabo de unas cuantas semanas. No quiere llamar la atención de los inquisidores.

Esa era la orden del lord Legislador. No podía permitirse tener niños mestizos por ahí sueltos, niños que podrían poseer poderes que los skaa no imaginaban que existían...

Los gritos se apagaron, pero la furia de Kelsier aumentó. Los gritos le recordaron otros gritos. Los gritos de una mujer del pasado. Se levantó de improviso, y el taburete cayó al suelo tras él.

—Cuidado, muchacho —dijo Mennis, lleno de temor—. Recuerda lo que he dicho de malgastar energías. Nunca alzarás esa rebelión tuya si te matan esta noche.

Kelsier miró al viejo. Entonces, a través de los gritos y el dolor, se obligó a sonreír.

—No he venido aquí a liderar ninguna rebelión, buen Mennis. Solo quiero crear algunos problemas.

—¿Y de qué va a servir eso?

La sonrisa de Kelsier se ensanchó.

—Se acercan nuevos tiempos. Sobrevive un poco más y puede que veas grandes acontecimientos en el Imperio Final. Os doy las gracias a todos por vuestra hospitalidad.

Dicho esto, abrió la puerta y se internó en la bruma.

Mennis estaba ya despierto antes del amanecer. Parecía que cuanto mayor se hacía más le costaba dormir. Eso se cumplía además cuando estaba preocupado por algo, como el fracaso del viajero en regresar a la choza.

Mennis esperaba que Kelsier hubiera recuperado el sentido y decidido continuar su camino. Sin embargo, eso parecía improbable: había visto el fuego en los ojos de Kelsier. Era una lástima que un hombre que había sobrevivido a los Pozos encontrara allí la muerte, en una plantación cualquiera, tratando de proteger a una muchacha a la que todos los demás daban ya por muerta.

¿Cómo reaccionaría lord Tresting? Se decía que era particularmente duro con todo aquel que interrumpía sus goces nocturnos. Si Kelsier había conseguido perturbar los placeres del amo, Tresting bien podía decidir castigar al resto de los skaa, de rebote.

Al cabo de un rato, los otros skaa empezaron a despertarse. Mennis permaneció tendido en el duro suelo (los huesos doloridos, la espalda entumecida, los músculos exhaustos), tratando de decidir si merecía la pena levantarse. Cada día estaba a punto de rendirse. Cada día era un poco más difícil. Un día se quedaría en la choza, esperando a que los capataces vinieran a matar a aquellos que eran demasiado viejos o estaban demasiado enfermos para trabajar.

Pero no aquel día. Veía demasiado miedo en los ojos de los skaa: sabían que las actividades nocturnas de Kelsier traerían problemas. Necesitaban a Mennis; lo miraron. Tenía que levantarse.

Y por eso lo hizo. Una vez que empezó a moverse, los dolores de la edad menguaron levemente y pudo salir de la choza y dirigirse a los campos apoyándose en un hombre más joven.

Fue entonces cuando notó el olor en el aire.

—¿Qué es eso? —preguntó—. ¿Hueles a humo?

Shum, el joven en el que se apoyaba, se detuvo. Los últimos restos de la bruma de la noche se habían desvanecido y el sol rojo se alzaba tras la habitual cortina de nubes negruzcas.

—De un tiempo a esta parte siempre huele a humo —dijo Shum—. Los Montes de Ceniza son violentos este año.

—No —respondió Mennis, cada vez más aprensivo—. Esto es distinto.

Se volvió hacia el norte, donde se reunía un grupo de skaa. Se soltó de Shum y se acercó al grupo, levantando a su paso polvo y ceniza.

En el centro del corrillo encontró a Jess. Su hija, la que todos habían supuesto que había sido tomada por lord Tresting, estaba junto a ella. Los ojos de la joven estaban enrojecidos por la falta de sueño, pero parecía ilesa.

—Volvió poco después de que se la llevaran —estaba explicando la mujer—. Vino y llamó a la puerta, llorando en medio de la niebla. Flen estaba seguro de que era un espectro de la bruma que la imitaba, ¡pero tuve que dejarla entrar! No me importa lo que diga, no voy a abandonarla. La he traído a la luz y no ha desaparecido. ¡Eso prueba que no es un espectro!

Mennis se apartó un poco de la muchedumbre. ¿Es que nadie se daba cuenta? Ningún capataz acudía para disolver el grupo a golpes. Ningún soldado acudía a contarlos como cada mañana. Pasaba algo muy malo. Mennis continuó hacia el norte, frenéticamente, hacia la mansión.

Cuando llegó los otros habían advertido la retorcida columna de humo que apenas era ya visible con la luz de la mañana. Mennis no fue el primero en llegar a la linde de la pequeña altiplanicie, pero el grupo le abrió el paso. La mansión había desaparecido. Solo quedaba de ella una huella negra y humeante.

—¡Por el lord Legislador! —susurró Mennis—. ¿Qué ha pasado aquí?

—Los mató a todos.

Mennis se volvió. Quien había hablado era la hija de Jess. Contemplaba la casa destruida con una expresión satisfecha en su juvenil rostro.

—Estaban muertos cuando me sacó —dijo—. Todos ellos: los soldados, los capataces, los lores... muertos. Incluso lord Tresting y sus obligadores. El amo me había dejado y había acudido a investigar cuando empezaron los ruidos. Al salir, lo vi tendido en su propia sangre, con heridas de puñal en el pecho. El hombre que me salvó aplicó una antorcha al edificio cuando nos marchábamos.

—Ese hombre —dijo Mennis—, ¿tenía cicatrices en las manos y los brazos, hasta más arriba de los codos?

La muchacha asintió en silencio.

—¿Qué clase de demonio era ese hombre? —murmuró incómodo uno de los skaa.

—Un espectro de la bruma —susurró otro, al parecer olvidando que Kelsier se había marchado de día.

Pero se internó en la bruma, pensó Mennis. ¿Y cómo consiguió una hazaña como esta? ¡Lord Tresting tenía más de dos docenas de soldados! ¿Tenía quizá Kelsier una banda de rebeldes ocultos?

Las palabras que Kelsier había pronunciado la noche anterior resonaron en sus oídos. Se acercan nuevos tiempos...

—¿Qué pasará con nosotros? —preguntó Tepper, aterrado—. ¿Qué ocurrirá cuando el lord Legislador se entere de esto? ¡Pensará que lo hicimos nosotros! ¡Nos enviará a los Pozos, o tal vez enviará a sus koloss a matarnos de inmediato! ¿Por qué haría una cosa así ese alborotador? ¿No comprende el daño que ha hecho?

—Lo comprende —dijo Mennis—. Nos lo advirtió, Tepper. Vino a crear problemas.

—Pero ¿por qué?

—Porque sabía que nunca nos rebelaríamos por nuestra cuenta, así que no nos ha dejado otra salida.

Tepper se puso lívido.

Lord Legislador, pensó Mennis. No puedo hacer esto. Apenas puedo levantarme por las mañanas... No puedo salvar a esta gente.

Pero ¿qué otra opción tenía?

Mennis se volvió.

—Reúne a la gente, Tepper. Tenemos que huir antes de que la noticia de este desastre llegue a oídos del lord Legislador.

—¿Adónde iremos?

—A las cavernas del este —dijo Mennis—. Los viajeros dicen que los skaa rebeldes se ocultan en ellas. Tal vez nos acepten.

Tepper se puso aún más lívido.

—Pero... tendremos que viajar durante días. Pasar las noches en la bruma.

—Podemos hacer eso, o podemos quedarnos aquí y morir —respondió Mennis.

Tepper permaneció inmóvil un instante y Mennis pensó que la conmoción lo había abrumado. Sin embargo, al final, el hombre más joven fue a reunir a los demás como le había ordenado.

Mennis suspiró, contempló la columna de humo y maldijo para sus adentros al tal Kelsier.

Nuevos tiempos, en efecto.

PRIMERA PARTE

EL SUPERVIVIENTE DE HATHSIN

Me considero un hombre de principios. Pero ¿qué hombre no se considera tal? Incluso el asesino, según he advertido, interpreta sus acciones como «morales».

Tal vez otra persona, al leer mi vida, me considere un tirano religioso. Puede llamarme arrogante. ¿Qué hace que la opinión de ese hombre sea menos válida que la mía propia?

Supongo que todo se reduce a una sola cosa: al final, soy yo quien tiene los ejércitos de su parte.

1

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Llovía ceniza.

Vin contempló los copos revolotear en el aire mientras caían. Con languidez. Descuidadamente. Libres. Los trozos de hollín caían como copos de nieve negra, descendiendo sobre la oscura ciudad de Luthadel. Se acumulaban en las esquinas, impulsados por la brisa, y se enroscaban en diminutos remolinos sobre el empedrado. Parecía que no les importaba nada. ¿Cómo sería eso?

Vin estaba sentada en silencio en uno de los miradores, un hueco oculto en los ladrillos de un lado de la guarida. Desde dentro, se podía vigilar la calle en busca de signos de peligro. Vin no estaba de guardia: el mirador era uno de los pocos lugares donde podía estar a solas.

Y a Vin le gustaba estar sola. Cuando estás sola, nadie puede traicionarte. Palabras de Reen. Su hermano le había enseñado muchas cosas, luego había reforzado sus enseñanzas haciendo lo que siempre había prometido que haría: traicionarla. Es la única manera de aprender. Cualquiera puede traicionarte, Vin. Cualquiera.

La ceniza continuó cayendo. A veces, Vin imaginaba que era como la ceniza, o el viento, o la misma bruma. Una cosa sin pensamiento, capaz simplemente de «ser», sin pensar, ni preocuparse, ni sentir dolor. Entonces podría ser... libre.

Oyó un sonido cercano y luego la trampilla al fondo de la pequeña recámara se abrió de golpe.

—¡Vin! —dijo Ulef, asomando la cabeza—. ¡Estás ahí! Camon lleva media hora buscándote.

Precisamente por eso me he escondido.

—Deberías prepararte —dijo Ulef—. Estamos a punto de empezar.

Ulef era un chico larguirucho. Amable, a su manera; ingenuo, si alguien que había crecido en el mundo de los bajos fondos en verdad podía considerarse tal cosa. Eso, desde luego, no significaba que no pudiera traicionarla. La traición no tenía nada que ver con la amistad; era un simple acto de supervivencia. La vida era dura en las calles y, si un skaa ladrón quería evitar ser capturado y ejecutado, tenía que ser práctico.

Y la frialdad era la más práctica de las emociones. Otro de los dichos de Reen.

—¿Bien? —preguntó Ulef—. Deberías ir. Camon está enfadado.

¿Cuándo no lo está? Sin embargo, Vin asintió y se apartó del estrecho, aunque cómodo, espacio del mirador. Pasó rozando a Ulef y salió por la trampilla para dirigirse a un pasillo y luego a una despensa ruinosa. La habitación era una de las muchas del fondo del taller que servía como tapadera. El cubil de la banda en sí estaba oculto en los túneles de una caverna de piedra situada bajo el edificio.

Salió por una puerta trasera, seguida de Ulef. El trabajo sería a unas manzanas de distancia, en una zona más rica de la ciudad. Era un trabajo complicado, uno de los más complejos que había visto Vin. Suponiendo que Camon no fuera capturado, los beneficios serían grandes. Si lo capturaban... Bueno, timar a nobles y obligadores era una profesión muy difícil, pero desde luego era mejor que trabajar en las fraguas o las fábricas textiles.

Vin salió del callejón y se internó en una calleja oscura de uno de los muchos suburbios de skaa de la ciudad. Los skaa demasiado enfermos para trabajar yacían acurrucados en esquinas y aceras, con la ceniza revoloteando a su alrededor. Vin mantuvo la cabeza gacha y se subió la capucha para protegerse de los copos que todavía caían.

Libre. No, nunca seré libre. Reen se aseguró de eso cuando se marchó.

—¡Aquí estás! —Camon alzó un dedo cuadrado y grueso y le apuntó a la cara—. ¿Dónde te habías metido?

Vin no dejó que el odio ni la rebeldía se notaran en sus ojos. Se limitó a agachar la cabeza, dándole a Camon lo que esperaba ver. Había otras formas de ser fuerte. Esa lección la había aprendido ella sola.

Camon soltó un leve gruñido, luego alzó la mano y le dio un revés en la cara. La fuerza del golpe envió a Vin contra la pared, y su mejilla ardió de dolor. Se desplomó contra la madera, pero soportó el castigo en silencio. Solo otro cardenal más. Era lo bastante fuerte para soportarlo. Lo había hecho antes.

—Escucha —susurró Camon—. Este es un trabajo importante. Vale miles de cuartos: más que tú cien veces. No permitiré que metas la pata. ¿Entendido?

Vin asintió.

Camon la estudió un momento, el rostro gordezuelo rojo de furia. Se apartó, al cabo, murmurando para sí.

Estaba molesto por algo... no era solo por Vin. Tal vez se había enterado de la rebelión skaa que había tenido lugar en el norte hacía varios días. Uno de los lores de provincias, Themos Tresting, al parecer había sido asesinado y su mansión, calcinada. Esas preocupaciones eran malas para los negocios: hacían que la aristocracia estuviera más atenta y fuese menos fácil de engañar. Eso, a su vez, podía traducirse en una drástica reducción de los beneficios de Camon.

Está buscando alguien a quien castigar, pensó Vin. Siempre se pone nervioso antes de un golpe. Miró a Camon, saboreando la sangre de su labio. Debió de dejar traslucir algo de confianza, puesto que él la miró con el rabillo del ojo y su expresión se ensombreció. Alzó la mano, como para volver a golpearla.

Vin utilizó un poco de su Suerte.

Gastó solo una pizquita: necesitaría el resto para el trabajo. Dirigió la Suerte hacia Camon, calmando su nerviosismo. El jefe de la banda se detuvo, ajeno al contacto de Vin, pero sintiendo sus efectos de todas formas. Permaneció inmóvil un instante; luego suspiró, apartándose y bajando la mano.

Vin se limpió el labio mientras Camon se marchaba. El ladrón tenía un aspecto muy convincente vestido de noble. Llevaba el traje más lujoso que Vin hubiese visto jamás: una camisa blanca y un chaleco verde oscuro con botones de oro grabados, casaca negra larga, a la moda, y sombrero negro a juego. Sus dedos chispeaban de anillos e incluso llevaba un hermoso bastón de duelo. Camon imitaba bastante bien a los nobles: cuando se trataba de interpretar un papel, había pocos ladrones más competentes que Camon. Siempre que pudiera controlar su temperamento.

La habitación en sí era menos impresionante. Vin se puso en pie mientras Camon empezaba a gritar a algunos otros miembros de la banda. Habían alquilado una de las suites del hotel de la localidad. No demasiado lujosa, pero esa era la idea. Camon iba a interpretar el papel de lord Jedue, un noble de campo que tenía problemas financieros y había ido a Luthadel a establecer algunos contactos finales y desesperados.

La habitación principal había sido transformada en una especie de sala de audiencias, con una gran mesa para que Camon se sentara a ella y las paredes decoradas con obras de arte baratas. Había dos hombres de pie junto a la mesa, con uniforme de criado; interpretarían el papel de los lacayos de Camon.

—¿Qué es todo este alboroto? —preguntó un hombre mientras entraba en la habitación. Era alto e iba vestido con una sencilla camisa gris y unos pantalones, con una fina espada atada a la cintura. Theron era el otro jefe de la banda: aquel golpe era en realidad idea suya. Se había asociado con Camon porque necesitaba a alguien que hiciera de lord Jedue, y todos sabían que Camon era uno de los mejores.

Camon alzó la cabeza.

—¿Eh? ¿Alboroto? Pero si no ha sido más que un pequeño problema disciplinario. No te preocupes, Theron. —Camon recalcó sus palabras haciendo un gesto con la mano; había motivos para que interpretara tan bien a la aristocracia. Era tan arrogante que podría haber pertenecido a una de las Grandes Casas.

Theron entornó los ojos. Vin sabía lo que debía de estar pensando el hombre: decidía si sería muy arriesgado clavarle al gordo Camon un cuchillo en la espalda cuando el golpe hubiera terminado. Al cabo de un rato, el alto jefe de la banda se apartó de Camon y miró a Vin.

—¿Y esta quién es? —preguntó.

—Una de mi banda —respondió Camon.

—Creía que no necesitábamos a nadie más.

—Bueno, la necesitamos a ella —dijo Camon—. Ignórala. Mi parte de la operación no es asunto tuyo.

Theron miró a Vin y su labio ensangrentado. Ella apartó la mirada. Sin embargo, los ojos de Theron se posaron en ella, recorriendo todo su cuerpo. Llevaba una sencilla camisa abotonada y un mono. En realidad, resultaba poco atractiva: flaca y de rostro juvenil, no parecía tener ni dieciséis años. No obstante, algunos hombres preferían ese tipo de mujeres.

Pensó en usar con él un poco de Suerte, pero al poco dejó de mirarla.

—El obligador está a punto de llegar —dijo Theron—. ¿Estás preparado?

Camon puso los ojos en blanco, acomodando su masa en el asiento, tras la mesa.

—Todo perfecto. ¡Déjame a mí, Theron! Vuelve a tu habitación y espera.

Theron frunció el ceño, pero se dio media vuelta y salió de la habitación murmurando para sí.

Vin escrutó la habitación, estudiando la decoración, los criados, la atmósfera. Por último, se acercó a la mesa de Camon. El jefe de la banda estaba sentado ojeando un fajo de papeles, intentando al parecer decidir cuáles colocar sobre la mesa.

—Camon —dijo Vin en voz baja—, los criados están demasiado bien.

Camon frunció el ceño y alzó la cabeza.

—¿Qué tonterías dices?

—Los criados —repitió Vin, hablando todavía en un susurro—. Se supone que lord Jedue está desesperado. Puede tener trajes elegantes de antes, pero no podría permitirse esos criados tan opulentos. Usaría skaa.

Camon la miró con mala cara, pero se lo pensó. Por lo que al físico respectaba, había poca diferencia entre los hombres nobles y los skaa. Los criados que había dispuesto Camon, sin embargo, iban vestidos como nobles menores: se les permitía llevar un chaleco pintoresco y su pose era confiada.

—El obligador tiene que pensar que estás casi en la miseria —dijo Vin—. Llena la habitación con un puñado de skaa.

—¿Qué sabrás tú? —dijo Camon, mirándola con desdén.

—Suficiente. —Vin lamentó de inmediato haberlo dicho: sonaba demasiado rebelde. Camon alzó una mano enjoyada y Vin se preparó para recibir otro sopapo. No podía permitirse usar más Suerte. Le quedaba muy poca.

En lugar de golpearla, sin embargo, Camon exhaló un suspiro y posó una mano gordezuela en su hombro.

—¿Por qué insistes en provocarme, Vin? Sabes las deudas que me dejó tu hermano antes de escapar. ¿Te das cuenta de que un hombre menos misericordioso que yo te habría vendido a los proxenetas hace mucho tiempo? ¿Qué te parecería servir en la cama de un noble hasta que se canse de ti y te mande ejecutar?

Vin se miró los pies.

Camon la agarraba con fuerza, lastimándole la piel allí donde su cuello y su hombro se encontraban, y ella jadeó de dolor a su pesar. Él sonrió.

—La verdad, Vin, no sé por qué te conservo —dijo, aumentando su tenaza—. Tendría que haberme deshecho de ti hace meses, cuando tu hermano me traicionó. Supongo que tengo un corazón demasiado blando.

La soltó por fin, luego le indicó que se colocara a un lado de la habitación, junto a una planta de interior. Ella hizo lo que le ordenaba, orientándose para tener una buena panorámica de la habitación. En cuanto Camon apartó la mirada, se frotó el hombro. Un dolor más. Puedo enfrentarme al dolor.

Camon permaneció sentado unos instantes. Luego, como era de esperar, llamó a los dos «criados».

—¡Vosotros dos! —dijo—. Vais demasiado bien vestidos. Id a poneros algo que os haga parecer siervos skaa... Y traed a seis hombres más cuando vengáis.

Pronto, la habitación estuvo llena tal como había sugerido Vin. El obligador llegó poco después.

Vin observó al prelado Laird cuando entró arrogantemente en la estancia. Rapado como todos los obligadores, llevaba una túnica gris oscuro. Los tatuajes de su ministerio alrededor de sus ojos lo identificaban como prelado, un burócrata veterano en el Cantón de las Finanzas del Ministerio. Un grupo de obligadores menores, de tatuajes más sencillos, lo seguía.

Camon se levantó cuando el prelado entró, en señal de respeto, un respeto que incluso los nobles de la más alta de las Grandes Casas debían mostrar a un obligador del rango de Laird. Este no inclinó la cabeza ni expresó ningún saludo, sino que avanzó y tomó asiento delante de la mesa de Camon. Uno de los miembros de la banda que hacía de criado se apresuró a traer vino helado y fruta para el obligador.

Laird aceptó la fruta, dejando que el criado esperara allí de pie, obediente, con el plato de comida, como si fuera un mueble.

—Lord Jedue —dijo por fin Laird—, me alegro de que por fin tengamos ocasión de conocernos.

—Igual que yo, Vuestra Gracia —respondió Camon.

—¿Por qué, de nuevo, no pudo acudir al edificio del Cantón y requirió en cambio que yo lo visitara aquí?

—Mis rodillas, Vuestra Gracia —dijo Camon—. Mis médicos me recomendaron que viajara lo menos posible.

Y te daba bastante aprensión entrar en una fortaleza del Ministerio, pensó Vin.

—Ya veo —dijo Laird—. Rodillas delicadas. Un desafortunado defecto para un hombre cuyo negocio es el transporte.

—No tengo que ir en los viajes, Vuestra Gracia —dijo Camon, inclinando la cabeza—. Solo organizarlos.

Bien, pensó Vin. Asegúrate de que sigues mostrándote servil, Camon. Tienes que parecer desesperado.

Vin necesitaba que aquel timo tuviera éxito. Camon la amenazaba y la golpeaba, pero la consideraba su amuleto de la buena suerte. No estaba segura de que supiera por qué los planes salían mejor cuando ella estaba presente en la habitación, pero al parecer había atado cabos. Eso la convertía en valiosa... y Reen siempre había dicho que la forma más segura de mantenerse con vida en los bajos fondos era ser indispensable.

—Ya veo —repitió Laird—. Bien, me temo que nuestro encuentro se ha producido demasiado tarde para nuestros propósitos. El Cantón de las Finanzas ya ha votado su propuesta.

—¿Tan pronto? —preguntó Camon con sorpresa genuina.

—Sí —repuso Laird, tomando un sorbo de vino, sin despedir todavía al criado—. Hemos decidido no aceptar su contrato.

Camon permaneció sentado un momento, aturdido.

—Lamento oír eso, Vuestra Gracia.

Laird ha venido a verte, pensó Vin. Eso significa que aún está en posición de negociar.

—Bien —continuó diciendo Camon, viendo lo que había visto Vin—. Eso es muy desafortunado, ya que estaba dispuesto a hacer al Ministerio una oferta aún mejor.

Laird alzó una ceja tatuada.

—Dudo que importe. Hay un elemento del consejo que considera que el Cantón recibiría un servicio mejor si encontráramos una casa más estable para transportar a nuestra gente.

—Eso sería un grave error —dijo con delicadeza Camon—. Seamos sinceros, Vuestra Gracia. Los dos sabemos que este contrato es la última oportunidad de la Casa de Jedue. Ahora que hemos perdido el contrato con Farwan, no podemos permitirnos seguir atendiendo con nuestros barcos a Luthadel. Sin el patrocinio del Ministerio, mi casa está condenada económicamente.

—Esto es hacer muy poco para persuadirme, Alteza —dijo el obligador.

—¿De verdad? —preguntó Camon—. Hágase esta pregunta: ¿quién los servirá mejor? ¿Será la casa que tiene docenas de contratos que atender o la casa que ve su contrato como su última esperanza? El Cantón de las Finanzas no encontrará un socio más acomodaticio que uno desesperado. Dejen que mis barcos sean los que transporten a sus acólitos desde el norte... dejen que mis soldados los escolten, y no se sentirán decepcionados.

Bien, pensó Vin.

—Yo... Comprendo —dijo el obligador, preocupado ahora.

—Estaría dispuesto a ofrecerles una ampliación de contrato, con un precio fijo de cincuenta cuartos por cabeza el viaje. Sus acólitos podrían viajar en nuestros barcos a su antojo y siempre tendrían los escoltas necesarios.

El obligador alzó una ceja.

—Eso es la mitad de la tarifa anterior.

—Ya se lo he dicho. Estamos desesperados. Mi casa necesita mantener sus barcos en marcha. Cincuenta cuartos no nos dejarán beneficio, pero no importa. Cuando tengamos el contrato ministerial que nos garantice estabilidad, podremos encontrar otros contratos para llenar nuestros cofres.

Laird pareció pensativo. Era un trato fabuloso... un trato que en circunstancias normales habría levantado sospechas. Sin embargo, la presentación de Camon creaba la imagen de una casa al borde del colapso financiero. El otro jefe de la banda, Theron, había pasado cinco años construyendo, timando y engañando para crear aquel momento. El Ministerio se mostraría remiso a no considerar la oportunidad.

Laird se estaba dando cuenta de lo mismo. El Ministerio de Acero no era solo la fuerza de la burocracia y la autoridad legal del Imperio Final: era como una casa nobiliaria en sí misma. Cuantas más riquezas tuviera, cuanto mejores fueran sus propios contratos mercantiles, más peso tendrían los Cantones del Ministerio entre sí y con las casas nobles.

Sin embargo, Laird parecía vacilar. Vin vio la expresión en sus ojos, el recelo que tan bien conocía. No iba a aceptar el contrato.

Ahora, pensó Vin. Es mi turno.

Vin usó su Suerte con Laird. Lo hizo de modo tentativo, sin estar siquiera segura de lo que hacía o de por qué lo hacía. Su contacto fue instintivo, no obstante, entrenado durante años de práctica sutil. Tenía diez años de edad cuando se dio cuenta de que la gente no podía hacer lo que podía hacer ella.

Volvió a presionar contra las emociones de Laird, cubriéndolas. Él se volvió menos receloso, menos temeroso. Dócil. Sus preocupaciones se fundieron y Vin vio un calmado control asentarse en sus ojos.

Sin embargo, Laird todavía parecía indeciso. Vin presionó con más fuerza. Él ladeó la cabeza, como pensativo. Abrió la boca para hablar, pero ella presionó de nuevo, agotando con desesperación sus últimas reservas de Suerte.

Él volvió a hacer una pausa.

—Muy bien —dijo por fin—. Llevaré esta nueva propuesta al Consejo. Tal vez todavía se pueda alcanzar un acuerdo.

Si los hombres leen estas palabras, que sepan que el poder es una pesada carga. No busquéis caer en sus redes. Las profecías de Terris dicen que yo tendré el poder para salvar el mundo.

Sin embargo, dan a entender que también tendré poder para destruirlo.

2

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En opinión de Kelsier, la ciudad de Luthadel, sede del lord Legislador, era un espectáculo deprimente. La mayoría de los edificios habían sido construidos con bloques de piedra y rematados con tejados de arcilla para los ricos y sencillos tejados de madera terminados en pico para el resto. Las estructuras estaban demasiado juntas, por lo que parecían pequeñas a pesar de que por lo general tenían dos pisos de altura.

Las casas de vecinos y los talleres eran de aspecto uniforme: no era un sitio donde nadie quisiera llamar la atención. A menos, por supuesto, que fueras miembro de la alta nobleza.

Repartidos por toda la ciudad había una docena de torreones monolíticos. Intrincados, con hileras de agujas como lanzas o profundas arcadas, constituían el hogar de la alta nobleza. De hecho, eran el sello de una familia de la alta nobleza: cualquier familia que pudiera permitirse construir un torreón y mantener una presencia llamativa en Luthadel era considerada una Gran Casa.

La mayoría de las zonas despejadas de la ciudad rodeaba estas fortalezas, como claros en un bosque entre las casas de vecinos y los torreones en sí se alzaban como montes solitarios sobre el resto del paisaje. Montañas negras. Como toda la ciudad, las torres estaban sucias por incontables años de nevadas de ceniza.

Todas las estructuras de Luthadel (todas las estructuras que Kelsier había visto) estaban ennegrecidas hasta cierto punto. Incluso la muralla de la ciudad, en la que ahora se encontraba Kelsier, estaba cubierta por una pátina de hollín. Las estructuras solían ser más oscuras en la parte superior, donde se acumulaba la ceniza, pero las lluvias y la condensación de cada tarde habían llevado las manchas hasta los salientes y las habían hecho chorrear por las paredes. Como pintura corriendo por un lienzo, la oscuridad parecía resbalar por los lados de los edificios en pendiente irregular.

Las calles, por supuesto, eran completamente negras. Kelsier seguía esperando, escrutando la ciudad mientras un grupo de obreros skaa trabajaba en la calle de abajo, despejándola de los últimos montones de ceniza. La llevarían al río Channerel, que pasaba por el centro, para que la arrastrara la corriente, no fuera a ser que siguiera acumulándose y acabara por enterrar la ciudad. A veces, Kelsier se preguntaba por qué el imperio no era solo un enorme montón de ceniza. Suponía que la ceniza acabaría por convertirse en tierra tarde o temprano. Sin embargo, se dedicaba una cantidad enorme de esfuerzo a mantener las ciudades y los campos lo bastante despejados para poder utilizarlos.

Por fortuna, siempre había skaa suficientes para hacer el trabajo. Los obreros que veía allá abajo llevaban ropa sencilla, manchada de ceniza y gastada. Como los obreros de la plantación que había dejado atrás hacía unos días, trabajaban sumisos, con movimientos controlados. Otro grupo de skaa pasó, respondiendo a las campanas que sonaban a lo lejos marcando la hora y llamándolos para que acudieran a trabajar a las fraguas o los molinos. La principal exportación de Luthadel era el metal: la ciudad albergaba cientos de fraguas y refinerías. Sin embargo, las aguas del río proporcionaban un caudal excelente para los molinos, bien fuera para moler grano o para fabricar telas.

Los skaa continuaron trabajando. Kelsier se apartó y miró a lo lejos, hacia el centro de la ciudad, donde el palacio del lord Legislador se alzaba como una especie de enorme insecto de muchas patas. Kredik Shaw, la Colina de las Mil Torres. El palacio superaba varias veces en tamaño al torreón de cualquier otro noble y era con diferencia el edificio más grande de la ciudad.

Otra nevada de ceniza empezó a caer mientras Kelsier contemplaba la ciudad. Los copos se asentaban con languidez sobre las calles y los edificios. Hay un montón de nevadas de ceniza, últimamente, pensó, alegre de tener una excusa para ponerse la capucha. Los Montes de Ceniza deben de estar activos.

Era improbable que lo reconociera nadie en la ciudad: habían pasado tres años desde su captura. A pesar de todo, la capucha le daba seguridad. Si todo salía bien llegaría un momento en que Kelsier querría ser visto y reconocido. Por ahora, lo mejor sería permanecer en el anonimato.

Al cabo de un rato se le acercó un hombre en la muralla. El hombre, Dockson, era más bajo que Kelsier y tenía un rostro cuadrado, adecuado a su constitución moderadamente fornida. Una vulgar capucha marrón le cubría el pelo negro y llevaba la misma barba corta que usaba desde que le habían crecido cuatro pelos hacía veinte años.

Como Kelsier, llevaba ropa de noble: chaleco de colores, chaquetón oscuro y pantalones y una fina capa para librarse de la ceniza. El traje no era lujoso, pero sí aristocrático, propio de la clase media de Luthadel. La mayoría de los hombres de noble cuna no eran lo bastante ricos para ser considerados como pertenecientes a una Gran Casa; sin embargo, en el Imperio Final, la nobleza no se basaba solo en el dinero. Era cuestión de linaje y de historia; el lord Legislador era inmortal y, al parecer, aún recordaba a los hombres que lo habían apoyado durante los primeros años de su reinado. Los descendientes de aquellos hombres, no importaba lo pobres que se volvieran, siempre serían favorecidos.

Aquella ropa impedía que los guardias hicieran demasiadas preguntas. Kelsier y Dockson, por supuesto, la llevaban de manera fraudulenta: ninguno de los dos era noble de verdad, aunque, en puridad, Kelsier fuese un mestizo. Sin embargo, en muchos aspectos eso era peor que ser un simple skaa.

Dockson se detuvo junto a Kelsier, se apoyó en las almenas, descansando un par de fuertes brazos sobre la piedra.

—Llegas unos cuantos días tarde, Kell.

—Decidí hacer unas cuantas paradas en las plantaciones del norte.

—Ah —dijo Dockson—. Así que tuviste algo que ver con la muerte de lord Tresting.

Kelsier sonrió.

—Podríamos decir que sí.

—Su asesinato ha causado gran conmoción entre la nobleza local.

—Esa era la intención —dijo Kelsier—. Aunque, para serte sincero, no planeaba nada tan dramático. Fue más un accidente que otra cosa.

Dockson alzó una ceja.

—¿Cómo se mata «por accidente» a un noble en su propia mansión?

—Clavándole un cuchillo en el pecho —respondió con animosidad Kelsier—. O, más bien, un par de cuchillos en el pecho: siempre es mejor ser precavido.

Dockson puso los ojos en blanco.

—Su muerte no es precisamente una pérdida, Dox —dijo Kelsier—. Incluso entre los nobles, Tresting tenía fama de cruel.

—No me importa Tresting —contestó Dockson—. Solo estoy pensando en el grado de locura que me impulsa a planear otro trabajo contigo. Atacar a un lord provinciano en su mansión, rodeado de guardias... La verdad, Kell, casi me había olvidado de lo alocado que puedes ser.

—¿Alocado? —preguntó Kelsier con una carcajada—. Eso no fue una locura: fue solo una pequeña diversión. ¡No imaginas algunas de las cosas que planeo hacer!

Dockson se quedó quieto un momento, luego se echó a reír también.

—¡Por el lord Legislador, me alegro de tenerte de vuelta, Kell! Me temo que me he vuelto muy aburrido estos últimos años.

—Lo arreglaremos —prometió Kelsier.

Inspiró hondo mientras la ceniza caía liviana a su alrededor. Las cuadrillas de limpieza skaa ya habían vuelto a trabajar en las calles de abajo, barriendo la negra ceniza. Por detrás de Kelsier y Dockson pasó una patrulla de guardias y saludó. Ambos esperaron en silencio a que los hombres se alejaran.

—Me alegro de estar de vuelta —dijo Kelsier por fin—. Hay algo acogedor en Luthadel... aunque sea una ciudad deprimente y agobiante. ¿Has organizado la reunión?

Dockson asintió.

—Pero no podemos empezar hasta esta noche. ¿Cómo has logrado entrar, por cierto? Tengo hombres vigilando las puertas.

—¿Hummm? Ah, es que me colé anoche.

—Pero ¿cómo...? —Dockson hizo una pausa—. Bueno, está bien. Me va a costar acostumbrarme.

Kelsier se encogió de hombros.

—No veo por qué. Siempre trabajas con brumosos.

—Sí, pero esto es diferente —dijo Dockson. Alzó una mano para contrarrestar cualquier oposición—. No es necesario, Kell. No estoy poniendo trabas... Solo digo que me costará acostumbrarme.

—Bien. ¿Quién va a venir esta noche?

—Bueno, Brisa y Ham estarán allí, ni que decir tiene. Sienten mucha curiosidad por ese misterioso trabajo tuyo... Por no mencionar lo molestos que andan porque no les he contado qué has estado haciendo estos últimos años.

—Bien —dijo Kelsier con una sonrisa—. Que sigan en la duda. ¿Qué tal Trampa?

Dockson negó con la cabeza.

—Trampa ha muerto. El Ministerio lo capturó por fin hace un par de meses. Ni siquiera se molestaron en enviarlo a los Pozos: lo decapitaron en el acto.

Kelsier cerró los ojos y resopló con delicadeza. Parecía que el Ministerio de Acero acababa por capturar siempre a todo el mundo. A veces, Kelsier sentía que la vida de un skaa brumoso no consistía tanto en sobrevivir como en escoger el momento adecuado para morir.

—Esto nos deja sin ahumador —dijo Kelsier por fin, abriendo los ojos—. ¿Tienes alguna sugerencia?

—Ruddy —respondió Dockson.

Kelsier negó con la cabeza.

—No. Es un buen ahumador, pero no es buena persona.

Dockson sonrió.

—No es lo bastante buena persona como para estar en una banda de ladrones... Kell, he echado de menos trabajar contigo, de veras. Muy bien, ¿quién entonces?

Kelsier lo pensó un momento.

—¿Sigue Clubs con ese taller suyo?

—Que yo sepa... —dijo Dockson, despacio.

—Se supone que es uno de los mejores ahumadores de la ciudad.

—Eso parece —respondió Dockson—. Pero... ¿no resulta difícil trabajar con él?

—No es para tanto —dijo Kelsier—. Cuando te acostumbras a él. Además, creo que podría ser... adecuado para este trabajo en concreto.

—Muy bien. —Dockson se encogió de hombros—. Lo invitaré. Creo que uno de sus parientes es un ojo de estaño. ¿Quieres que lo invite también?

—Me parece bien.

—De acuerdo —dijo Dockson—. Bueno, además, tenemos a Yeden. Suponiendo que le siga interesando...

—Estará allí —dijo Kelsier.

—Será mejor que esté. Él nos paga, después de todo.

Kelsier asintió, luego frunció el ceño.

—No has mencionado a Marsh.

Dockson se encogió de hombros.

—Ya te lo advertí. Tu hermano nunca aprobó nuestros métodos y ahora... Bueno, ya conoces a Marsh. No querrá tener nada que ver con Yeden ni con la rebelión, mucho menos con un puñado de criminales como nosotros. Creo que tendremos que buscar a otra persona que se infiltre entre los obligadores.

—No —dijo Kelsier—. Lo hará. Tendré que pasarme a persuadirlo.

—Si tú lo dices...

Dockson guardó silencio y los dos permanecieron inmóviles un momento, apoyados contra la muralla y contemplando la ciudad cubierta de ceniza.

Transcurridos unos instantes, Dockson sacudió la cabeza.

—Es una locura, ¿no?

Kelsier sonrió.

—¿A que sienta bien?

Dockson asintió.

—Estupendamente.

—Será un trabajo único —dijo Kelsier, mirando hacia el norte, al retorcido edificio que se alzaba en el centro de la ciudad.

Dockson se apartó de la muralla.

—Faltan unas cuantas horas para la reunión. Hay algo que quiero mostrarte. Creo que todavía tenemos tiempo... si nos damos prisa.

Kelsier se volvió, curioso.

—Bueno, iba a ir a echarle una buena reprimenda a mi prudente hermano. Pero...

—Esto merecerá la pena —prometió Dockson.

Vin estaba sentada en el rincón del cubículo principal de la guarida. Se mantenía en la oscuridad, como de costumbre; cuanto más permaneciera apartada de la vista, más la ignorarían los demás. No podía permitirse malgastar Suerte haciendo que los hombres mantuvieran las manos apartadas de ella. Apenas había tenido tiempo para regenerar la que había gastado unos cuantos días antes, durante el encuentro con el obligador.

La multitud de costumbre ocupaba las mesas de la habitación, jugando a los dados o discutiendo trabajitos. El humo de una docena de pipas se acumulaba en el techo y las paredes estaban oscuras por años del mismo tratamiento. El suelo estaba manchado de ceniza. Como la mayoría de las bandas de ladrones, el grupo de Camon no era famoso por su limpieza.

Había una puerta al fondo de la habitación y, más allá, una escalera de piedra que se enroscaba sobre sí misma hasta llegar a una falsa alcantarilla en un callejón. Aquella habitación, como tantas otras ocultas en la capital imperial de Luthadel, se suponía que no existía.

Llegaban risotadas de la parte delantera de la cámara, donde Camon estaba sentado con media docena de amigotes disfrutando de una tarde típica de cerveza y chistes groseros. La mesa de Camon estaba situada junto a la barra, cuyas bebidas, demasiado caras, no eran más que uno más de los numerosos métodos de los que se servía Camon para explotar a quienes trabajaban para él. Los elementos criminales de Luthadel habían aprendido bastante bien las lecciones de la nobleza.

Vin trataba de ser invisible. Seis meses antes no hubiese creído que la vida pudiera ser peor sin Reen. No obstante, a pesar de la abusiva ira de su hermano, había impedido que los otros miembros de la banda se propasaran con ella. Había relativamente pocas mujeres en las bandas de ladrones: por lo general, las que se relacionaban con los bajos fondos acababan trabajando de putas. Reen siempre le había dicho que una chica tenía que ser dura: más dura aún que un hombre, si quería sobrevivir.

¿Crees que los jefes de las bandas querrán a una molestia como tú en el grupo?, le había dicho. Ni siquiera yo quiero trabajar contigo, y soy tu hermano.

Todavía le dolía la espalda: Camon la había azotado el día anterior. La sangre le estropearía la camisa y no podía permitirse otra. Camon se estaba quedando con su salario para cobrarse las deudas que había dejado Reen.

Pero soy fuerte, pensó.

Esa era la ironía. Las palizas ya casi no le dolían porque los frecuentes abusos de Camon la habían vuelto resistente y le habían enseñado al mismo tiempo a parecer patética y rota. En cierto modo, las palizas eran contraproducentes en sí mismas. Los cardenales y las magulladuras se curaban, pero cada nuevo golpe volvía a Vin más dura. Más fuerte.

Camon se levantó. Rebuscó en el bolsillo de su casaca y sacó su reloj de oro. Hizo un gesto a uno de sus acompañantes y luego escrutó la habitación... buscándola.

Sus ojos se clavaron en Vin.

—Es la hora.

Vin frunció el ceño. ¿La hora de qué?

El Cantón de las Finanzas del Ministerio era una estructura impresionante, pero, claro, todo cuanto tenía que ver con el Ministerio de Acero tendía a serlo.

Alto y cuadrado, el edificio disponía de un enorme rosetón en la fachada, cuyos cristales se veían oscuros desde el exterior. Dos grandes estandartes colgaban junto a la ventana. La tela roja manchada de hollín proclamaba alabanzas al lord Legislador.

Camon estudió el edificio con ojo crítico. Vin notó su aprensión. El Cantón de las Finanzas no era la más amenazadora de las sedes del Ministerio: el Cantón de la Inquisición o incluso el Cantón de la Ortodoxia tenían una reputación mucho más ominosa. Sin embargo, entrar por voluntad propia en cualquier edificio ministerial..., ponerte a ti mismo en manos de los obligadores..., bueno, era algo que se hacía solo después de serias consideraciones.

Camon se llenó los pulmones de aire antes de dar un paso adelante, golpeando con su bastón de duelos las piedras mientras caminaba. Llevaba su caro traje de noble y le acompañaban media docena de miembros de la banda, incluida Vin, para hacerse pasar por sus «criados».

Vin siguió a Camon escalinata arriba y esperó mientras uno de los miembros de la banda se adelantaba de un salto para abrir la puerta a su «amo». De los seis partícipes, parecía que solo a Vin no le habían dicho nada del plan. Sospechosamente, a Theron (el supuesto socio de Camon en el timo al Ministerio) no se le veía por ninguna parte.

Vin entró en el edificio del Cantón. Una vibrante luz roja con destellos azules entraba por el rosetón. Un único obligador, con tatuajes de nivel medio alrededor de los ojos, estaba sentado tras una mesa al fondo de la alargada recepción.

Camon se acercó dando golpes de bastón contra la alfombra.

—Soy lord Jedue —dijo.

¿Qué estás haciendo, Camon?, pensó Vin. Le insististe a Theron en que no te reunirías con el prelado Laird en su despacho del Cantón. Sin embargo, estás aquí.

El obligador asintió, tomando nota en su libro de registro. Señaló a un lado.

—Puede acompañarle un sirviente en la sala de espera. El resto debe permanecer aquí.

El bufido de desdén de Camon indicó lo que pensaba de esa prohibición. El obligador, sin embargo, no levantó la cabeza de su libro. Camon permaneció inmóvil un instante y Vin no supo si estaba verdaderamente enfadado o si tan solo interpretaba el papel de un noble arrogante. Al final, la señaló con un dedo.

—Ven —dijo, dándose la vuelta y yendo hacia la puerta indicada.

La habitación que había al otro lado era lujosa y cómoda. Varios nobles esperaban en ella, reclinados en diversas posturas. Camon escogió un sillón y se sentó, y luego señaló una mesa con vino y pasteles de escarcha roja. Vin, obediente, le sirvió un vaso de vino y un plato de comida, ignorando su propia hambre.

Camon empezó a picotear ansioso los pasteles, saboreándolos en silencio.

Está nervioso. Más nervioso incluso que antes.

—Cuando entremos, no digas nada —murmuró Camon entre bocados.

—Vas a traicionar a Theron —susurró Vin.

Camon asintió.

—Pero ¿cómo? ¿Por qué?

El plan de Theron era de ejecución compleja, pero conceptualmente simple. Cada año, el Ministerio trasladaba sus nuevos acólitos obligadores de las instalaciones norteñas de adiestramiento al sur, a Luthadel, para terminar su instrucción. Sin embargo, Theron había descubierto que esos acólitos y sus supervisores traían consigo grandes cantidades de fondos del Ministerio, disfrazadas de equipaje, para su almacenamiento en Luthadel.

Dedicarse al bandidaje era muy difícil en el Imperio Final debido a que las patrullas no se alejaban nunca de las rutas del canal. Sin embargo, si tu objetivo eran los barcos en los que navegaban los acólitos, podía lograrse. En el momento preciso los guardias se volvían contra sus pasajeros... Un hombre podía sacar unos buenos beneficios y luego achacar las pérdidas a los bandidos.

—La banda de Theron es débil —dijo Camon en voz baja—. Ha invertido demasiados recursos en este golpe.

—Pero cuando se desquite...

—Algo que no sucederá si cojo ahora lo que pueda y huyo —dijo Camon, sonriendo—. Convenceré a los obligadores para que me den una cantidad para mantener a flote mis convoyes, y luego desapareceré y dejaré que Theron se encargue del desastre cuando el Ministerio se dé cuenta de que lo han timado.

Vin dio un paso atrás, levemente sorprendida. Preparar un golpe como ese le habría costado a Theron miles y miles de cuartos: si el trato salía mal, estaría arruinado. Y, con el Ministerio persiguiéndolo, ni siquiera tendría tiempo de buscar venganza. Camon obtendría beneficios rápidos además de deshacerse de uno de sus más poderosos rivales.

Theron fue un necio al meter a Camon en esto, pensó Vin. Pero, claro, la suma que le había prometido a Camon era enorme: debía de haber supuesto que, empujado por la avaricia, Camon se mostraría honesto hasta que el propio Theron pudiera idear una jugarreta. Camon solo había actuado más rápido de lo que nadie, ni siquiera Vin, esperaba. ¿Cómo podía saber Theron que Camon socavaría el trabajo en vez de esperar para intentar robar todo el dinero de los convoyes?

El estómago le dio un vuelco. Es solo otra traición, pensó, asqueada. ¿Por qué sigue molestándome tanto? Todo el mundo traiciona a todo el mundo. Así es la vida...

Quiso buscar un rincón, un sitio apartado y diminuto, y esconderse. Sola.

Todos te traicionarán. Todos.

Pero no había ningún sitio adónde ir. Al cabo de un rato, un obligador menor entró y llamó a lord Jedue. Vin siguió a Camon mientras los conducían a una sala de audiencias.

El hombre que esperaba dentro, sentado tras la mesa, no era el prelado Laird.

Camon se detuvo en la puerta. La sala, austera, disponía por todo mobiliario de aquella mesa y una sencilla alfombra gris. Las paredes de piedra estaban desnudas y la única ventana apenas tenía un palmo de anchura. El obligador que los esperaba tenía alrededor de los ojos los tatuajes más intrincados que Vin había visto jamás. Ni siquiera estaba segura del rango que implicaban, pero se extendían hasta las orejas y la frente del obligador.

—Lord Jedue —dijo el extraño obligador. Como Laird, llevaba una túnica gris, pero era muy distinto de los severos burócratas con los que Camon había tratado antes. El hombre era esbelto y musculoso, y su cabeza calva y triangular le daba un aspecto casi de predador.

—Tenía la impresión de que iba a reunirme con el prelado Laird —dijo Camon, sin entrar en la sala todavía.

—El prelado Laird ha tenido que atender otros asuntos. Soy el sumo prelado Arriev, jefe del consejo que recibió su propuesta. Tiene usted la rara oportunidad de dirigirse a mí directamente. Por norma general no atiendo ningún caso en persona, pero la ausencia de Laird ha hecho necesario que me ocupe de algunos de sus trabajos.

El instinto de Vin la puso en guardia. Deberíamos irnos. Ahora.

Camon se detuvo un largo instante y Vin notó que se lo estaba pensando. ¿Huir ahora? ¿O correr el riesgo por el premio mayor? A Vin no le importaban los premios: solo quería vivir. Camon, sin embargo, no había llegado a ser jefe de banda sin correr algún riesgo ocasional. Entró despacio en la sala, cauta la mirada, y se sentó frente al obligador.

—Bien, sumo prelado Arriev —dijo Camon, cauteloso—. ¿Debo suponer que, puesto que se me ha convocado a otra cita, el consejo está considerando mi oferta?

—En efecto —dijo el obligador—. Aunque debo admitir que hay algunos miembros del consejo que se muestran reacios a tratar con una familia que se halla tan cerca del desastre económico. El Ministerio suele preferir ser conservador en sus operaciones financieras.

—Ya veo.

—Pero hay otros en el consejo que están bastante dispuestos a aprovecharse de las ventajas que nos ofrece.

—¿Y con qué grupo se identifica Vuestra Gracia?

—Aún no he tomado una decisión. —El obligador se inclinó hacia delante—. Y por eso he recalcado que tiene usted una rara oportunidad. Convénzame, lord Jedue, y tendrá su contrato.

—Sin duda, el prelado Laird le habrá dado los detalles de nuestra oferta —dijo Camon.

—Sí, pero me gustaría oír sus argumentos de viva voz. Complázcame.

Vin frunció el ceño. Se encontraba casi al fondo de la sala, cerca de la puerta, aún medio convencida de que debía echar a correr.

—¿Bien? —preguntó Arriev.

—Necesitamos este contrato, Vuestra Gracia —dijo Camon—. Sin él no podremos continuar con nuestras operaciones en el canal. Vuestro contrato nos dará un necesario periodo de estabilidad... Será una oportunidad para mantener nuestros convoyes durante una temporada mientras buscamos otros contratos.

Arriev estudió a Camon durante un momento.

—Sin duda que sabe hacerlo mejor, lord Jedue. Laird dijo que fue usted muy persuasivo... Déjeme oírle demostrar que se merece nuestro patrocinio.

Vin preparó su Suerte. Podía hacer que Arriev se sintiera más inclinado a creer... Pero algo la contuvo. La situación le parecía extraña.

—Somos su mejor oportunidad, Vuestra Gracia —dijo Camon—. ¿Temen que mi casa sufra un colapso económico? Bueno, si es así, ¿qué habrán perdido ustedes? En el peor de los casos, mis barcos dejarán de navegar y ustedes tendrán que encontrar otros mercaderes con los que tratar. Sin embargo, si su patrocinio es suficiente para mantener mi casa, entonces habrán encontrado un envidiable contrato a largo plazo.

—Ya veo —dijo animadamente Arriev—. ¿Y por qué con el Ministerio? ¿Por qué no hace su trato con otra persona? Sin duda hay otras opciones para sus barcos..., otros grupos que aprovecharían sin dudar esas tarifas.

Camon frunció el ceño.

—No es cuestión de dinero, Vuestra Gracia, sino de la victoria, la muestra de confianza que representaría tener un contrato con el Ministerio. Si ustedes confían en nosotros, otros lo harán también. Necesito su apoyo. —Camon estaba sudando. Debía de empezar a arrepentirse de su temeridad. ¿Lo habían traicionado? ¿Estaba Theron detrás de la extraña reunión?

El obligador esperó en silencio. Vin sabía que podía destruirlos. Si llegaba a sospechar que lo estaban timando, podría entregarlos al Cantón de la Inquisición. Más de un noble había entrado en un edificio del Cantón y no había salido nunca.

Apretando los dientes, Vin se esforzó y usó su Suerte con el obligador, volviéndolo menos suspicaz.

Arriev sonrió.

—Bien, me ha convencido —declaró de pronto.

Camon suspiró aliviado.

—En su carta más reciente sugería que necesitaban tres mil cuartos como anticipo para rehacer su equipo y reemprender las operaciones fluviales —continuó Arriev—. Vea al escriba del salón principal. Que se encargue de terminar el papeleo para que pueda solicitar los fondos necesarios. —El obligador sacó una hoja de grueso papel burocrático de un fajo y estampó un sello al pie. Se la tendió a Camon—. Su contrato.

Camon sonrió con toda el alma.

—Sabía que recurrir al Ministerio era la opción adecuada —dijo, aceptando el contrato.

Se levantó, dedicó un respetuoso saludo al obligador y, a continuación, indicó a Vin que le abriera la puerta. Ella así lo hizo. Algo va mal. Algo va muy mal.

Se detuvo en la puerta cuando Camon salió y miró al obligador. Todavía estaba sonriendo.

Un obligador feliz era siempre un mal signo.

Pero nadie los detuvo mientras atravesaban la sala de espera con sus nobles ocupantes. Camon selló y entregó el contrato al escriba adecuado y ningún soldado apareció para arrestarlos. El escriba sacó un cofrecito lleno de monedas y se lo entregó a Camon con gesto indiferente.

Luego, sin más, salieron del edificio del Cantón. Camon se reunió con el resto de sus ayudantes con obvio alivio. No hubo gritos de alarma. Ni pasos de soldados. Eran libres. Camon había conseguido timar con éxito tanto al Ministerio como al otro jefe de la banda.

En apariencia, al menos.

Kelsier se metió en la boca otro de los pastelitos de cobertura roja y lo masticó con satisfacción. El grueso ladrón y su flaca ayudante atravesaron la sala de espera camino de la salida. El obligador que había entrevistado a los dos ladrones permaneció en su despacho, al parecer preparando su siguiente cita.

—¿Y bien? —preguntó Dockson—. ¿Qué te parece?

Kelsier miró los pastelitos.

—Están bastante buenos —dijo, tomando otro—. En el Ministerio siempre han tenido un gusto excelente: es lógico que ofrezcan manjares de primera.

Dockson puso los ojos en blanco.

—Me refiero a la chica, Kell.

Kelsier sonrió mientras se aprovisionaba de cuatro pasteles, y luego indicó la puerta. La sala de espera del Cantón empezaba a estar demasiado abarrotada para discutir asuntos delicados. Al salir, se detuvo para decirle al obligador secretario del rincón que tendrían que fijar una cita para otro día.

Luego los dos atravesaron la cámara de entrada, pasando junto al voluminoso jefe de banda, que estaba hablando con un escriba. Kelsier salió a la calle, se puso la capucha para protegerse de la caída de ceniza y abrió la marcha. Se detuvo en la boca de un callejón, desde donde Dockson y él podían observar las puertas del edificio del Cantón.

Kelsier masticó feliz sus pastelitos.

—¿Cómo la descubriste? —preguntó entre bocados.

—Tu hermano —respondió Dockson—. Camon trató de engatusar a Marsh hace unos cuantos meses, y también llevó a la chica. Lo cierto es que el pequeño amuleto de la suerte de Camon está adquiriendo una fama moderada en los círculos adecuados. Todavía no estoy seguro de si Camon sabe lo que ella es o si no lo sabe. Ya sabes lo supersticiosos que pueden ser los ladrones.

Kelsier asintió y se sacudió las manos.

—¿Cómo sabías que ella estaría aquí hoy?

Dockson se encogió de hombros.

—Unos cuantos sobornos en el lugar adecuado. Llevo vigilando a la chica desde que Marsh me la señaló. Quería darte la oportunidad de verla con tus propios ojos.

Al otro lado de la calle, la puerta del edificio del Cantón se abrió al fin y Camon bajó a toda prisa la escalinata, rodeado de un grupo de «sirvientes». La muchachita de pelo corto lo acompañaba. Kelsier frunció el ceño al verla. Caminaba ansiosa y dio un leve respingo cuando alguien hizo un movimiento rápido. Tenía la mejilla derecha todavía ligeramente lívida por un cardenal a medio curar.

Kelsier miró al engreído Camon. Tendré que idear algo adecuado para este hombre.

—Pobrecilla —murmuró Dockson.

Kelsier asintió.

—Pronto se librará de él. Es asombroso que nadie la haya descubierto antes.

—¿Tu hermano tenía razón, entonces?

Kelsier asintió.

—Al menos es una brumosa y, si Marsh dice que es algo más, me inclino a creerlo. Me sorprende un poco verla usar la alomancia con un miembro del Ministerio, sobre todo dentro de un edificio del Cantón. Supongo que ni siquiera sabe que está utilizando sus habilidades.

—¿Es eso posible? —preguntó Dockson.

Kelsier asintió.

—Los minerales sedimentarios del agua pueden ser quemados, aunque solo sea para obtener una brizna de poder. Ese es uno de los motivos por los que el lord Legislador construyó su ciudad aquí: hay mucho metal en el suelo. Yo diría que...

Kelsier se calló y frunció levemente el ceño. Algo iba mal. Miró hacia Camon y su grupo. Todavía eran visibles no muy lejos, cruzando la calle y dirigiéndose hacia el sur.

Una figura apareció en la puerta del edificio del Cantón. Esbelto y con aire confiado, llevaba alrededor de los ojos los tatuajes de un sumo prelado del Cantón de las Finanzas. Quizá se tratara del mismo hombre con el que Camon se había reunido un rato antes. El obligador salió del edificio y un segundo hombre salió tras él.

Junto a Kelsier, Dockson se envaró de pronto.

El segundo hombre era alto y de constitución robusta. Cuando se dio la vuelta, Kelsier vio que un grueso clavo de metal atravesaba cada uno de los ojos del hombre. Tan anchos como la cuenca ocular, los clavos eran lo bastante largos como para que sus afiladas puntas sobresalieran dos centímetros por la parte posterior del cráneo afeitado del hombre. Las cabezas planas de los clavos brillaban como dos discos de plata en las cuencas donde deberían haber estado los ojos.

Un inquisidor de acero.

—¿Qué está haciendo eso aquí? —preguntó Dockson.

—Cálmate —dijo Kelsier, tratando de hacer lo mismo.

El inquisidor miró hacia ellos. Los ojos claveteados observaron a Kelsier antes de volverse hacia el lugar por donde se habían ido Camon y la muchacha. Como todos los inquisidores, llevaba intrincados tatuajes en los ojos (sobre todo negros, con una dura línea roja), que lo identificaban como un miembro de alto rango del Cantón de la Inquisición.

—No está aquí por nosotros —dijo Kelsier—. No voy a quemar nada: pensará que solo somos nobles ordinarios.

—La muchacha —dijo Dockson.

Kelsier asintió.

—Dices que Camon lleva trabajando en este timo al Ministerio algún tiempo. Bien, la chica debe de haber sido detectada por uno de los obligadores. Están entrenados para reconocer cuándo un alomántico juega con sus emociones.

Dockson frunció el ceño, pensativo. Al otro lado de la calle, el inquisidor dijo algo al otro obligador y luego los dos se volvieron para echar a andar hacia donde había ido Camon. Caminaban sin ninguna prisa.

—Deben de haber enviado a alguien a seguirlos —dijo Dockson.

—Se trata del Ministerio —respondió Kelsier—. Habrán enviado al menos a dos.

Dockson asintió.

—Camon los llevará directamente a su guarida. Morirán docenas de ladrones. No son las personas más admirables del mundo, pero...

—A su modo, combaten al Imperio Final —dijo Kelsier—. Además, no estoy dispuesto a dejar que una posible nacida de la bruma se nos escape. Quiero hablar con la chica. ¿Puedes encargarte de esos perseguidores?

—Te decía que me estaba aburriendo, Kell, no que me hubiera vuelto torpe. Puedo encargarme de un par de sicarios del Ministerio.

—Bien —dijo Kelsier metiéndose la mano en el bolsillo y sacando un frasquito. Varios copos de metal flotaban en una solución salina. Hierro, acero, estaño, peltre, cobre, bronce, cinc y latón: los ocho metales alománticos básicos. Kelsier le quitó el tapón y engulló el contenido de un solo trago.

Se guardó el frasco vacío y se limpió la boca.

—Me encargaré de ese inquisidor.

Dockson pareció preocuparse.

—¿Vas a intentar enfrentarte a él?

Kelsier negó con la cabeza.

—Demasiado peligroso. Lo distraeré nada más. Ahora, en marcha... No queremos que esos perseguidores encuentren la guarida.

Dockson asintió.

—Nos reuniremos en la encrucijada Quince —dijo antes de desaparecer callejón abajo doblando una esquina.

Kelsier contó hasta diez antes de buscar en su interior y quemar sus metales. Su cuerpo se llenó de fuerza, claridad y poder. Sonrió. Luego, quemando cinc, extendió su poder y se apoderó con firmeza de las emociones del inquisidor. La criatura se detuvo en el acto, luego se dio la vuelta y miró hacia el edificio del Cantón.

Ahora vamos a jugar a perseguirnos, tú y yo, pensó Kelsier.

Llegamos a Terris a principios de semana y tengo que decir que el paisaje me pareció maravilloso. Las grandes montañas al norte, con sus cimas nevadas y sus faldas boscosas, se alzan como dioses guardianes sobre esta tierra de verde fertilidad. Mis propias tierras del sur son llanas: creo que serían menos temibles si hubiera unas cuantas montañas para dar variedad al terreno.

Aquí la gente se dedica sobre todo al pastoreo, aunque no son extraños los leñadores y los granjeros. Es una tierra de pastos, desde luego. Parece raro que un sitio tan agrícola sea la cuna de las profecías y las ideas teológicas en las que se basa el mundo entero en la actualidad.

3

Imagen decorativa

Camon contó sus monedas, dejando caer los cuartos de oro uno a uno en un cofrecito que había en la mesa. Todavía parecía un poco aturdido, y bien podía estarlo. Tres mil cuartos era una fabulosa cantidad de dinero, mucho más de lo que Camon ganaba incluso en un año muy bueno. Sus amigotes más íntimos estaban sentados a la mesa con él, mientras la cerveza y las risas fluían libremente.

Vin permanecía en su rincón tratando de comprender sus temores. Tres mil cuartos. El Ministerio nunca debería haber soltado semejante suma con tanta ligereza. El prelado Arriev parecía demasiado astuto para dejarse engañar con tanta facilidad.

Camon dejó caer otra moneda en el cofre. Vin no estaba segura de si se estaba haciendo el tonto o de si era astuto al hacer aquella exhibición de riqueza. Las bandas de los bajos fondos trabajaban siguiendo un acuerdo estricto: todos recibían una parte de las ganancias en proporción a su estatus en el grupo. Aunque a veces resultaba tentador matar al jefe y quedarse el dinero, un líder exitoso creaba más riqueza para todos. Su asesinato prematuro equivaldría a quedarse sin ganancias futuras, además de ganarse la ira de los otros miembros de la banda.

De todas formas, tres mil cuartos... Eso era más que suficiente para tentar al ladrón más sensato. Todo era un error.

Tengo que salir de aquí, decidió Vin. Alejarme de Camon y de la guarida, por si sucede algo.

Sin embargo... ¿marcharse? ¿Ella sola? Nunca había estado sola; siempre había tenido a Reen. Era él quien la guiaba de ciudad en ciudad, uniéndose a bandas de ladrones distintas. A ella le encantaba la soledad. Pero la idea de estar sola, ahí fuera en la ciudad, la horrorizaba. Por eso nunca se había escapado de Reen; por eso se había quedado con Camon.

No podía irse, pero tenía que hacerlo. Alzó la cabeza en su rincón, estudiando la habitación. No había mucha gente en la banda por quien sintiera afinidad. Sin embargo, había un par a los que lamentaría ver heridos si los obligadores actuaban contra la banda. Unos cuantos hombres que no habían intentado abusar de ella o, en casos muy raros, la habían tratado con cierta amabilidad.

Ulef encabezaba esa lista. No era un amigo, pero sí lo más parecido que ella tenía ahora que Reen se había marchado. Si la acompañaba, al menos no estaría sola. Con cautela, Vin fue avanzando contra un muro de la habitación hasta el lugar donde Ulef bebía con alguno de los otros miembros jóvenes de la banda.

Le tiró de la manga. Ulef se volvió hacia ella, tan solo algo achispado.

—¿Vin?

—Ulef —susurró ella—. Tenemos que irnos.

Él frunció el ceño.

—¿Irnos? ¿Irnos adónde?

—Fuera —susurró Vin—. Fuera de aquí.

—¿Ahora?

Vin asintió impaciente.

Ulef miró a sus amigos, que reían entre sí, dirigiendo miradas cargadas de picardía hacia Vin y él. Se ruborizó.

—¿Quieres que vayamos a algún sitio, solos tú y yo?

—No para eso —dijo Vin—. Es que... tengo que salir de la guarida. Y no quiero estar sola.

Ulef frunció el ceño. Se acercó más, con un leve hedor a cerveza en su aliento.

—¿Qué es lo que pasa, Vin? —preguntó en voz baja.

Vin hizo una pausa.

—Creo... Creo que puede pasar algo, Ulef —susurró—. Algo con los obligadores. No quiero estar en la guarida en este momento.

Ulef guardó silencio.

—Muy bien —dijo por fin—. ¿Por cuánto tiempo será?

—No lo sé —respondió Vin—. Hasta la noche, al menos. Pero tenemos que irnos. Ahora.

Él asintió lentamente.

—Espera aquí un momento —susurró Vin, volviéndose. Dirigió una mirada a Camon, que se reía con uno de sus propios chistes. Luego se dirigió en silencio hacia el fondo de la sala, lleno de humo y cenizas.

La habitación donde dormía la banda era un sencillo pasillo alargado cubierto de petates. Era un sitio estrecho e incómodo, pero mucho mejor que los fríos callejones en los que ella había dormido durante sus años de viaje con Reen.

Callejones que tal vez tenga que volver a utilizar, pensó. Había sobrevivido antes a ellos. Podría hacerlo de nuevo.

Se acercó a su camastro oyendo las risas y los ruidos apagados de los hombres que bebían en la habitación de al lado. Se arrodilló y recogió lo poco que le pertenecía. Si algo le pasaba a la banda, no podría volver a la guarida. Jamás. Pero no podía llevarse el petate porque hubiese sido demasiado obvio, solo la cajita que contenía sus efectos personales: un guijarro de cada ciudad que había visitado, el pendiente que según Reen le había dado su madre y un pedazo de obsidiana del tamaño de una moneda grande. Tenía forma irregular y Reen lo llevaba como si fuera una especie de amuleto de la buena suerte. Era lo único que había dejado al abandonar la banda medio año antes. Cuando la había abandonado a ella.

Como siempre dijo que haría, se reprendió con severidad Vin. Nunca creí que fuera a hacerlo... y por eso mismo tuvo que marcharse.

Se guardó el pedazo de obsidiana y los guijarros en el bolsillo. Se puso el pendiente: era un adorno sencillo de acero. Parecía más bien un botón que no merecía la pena robar, y por eso no temía dejarlo en la habitación del fondo. Vin apenas se lo ponía por temor a que el adorno la hiciera parecer más femenina.

No tenía dinero, pero Reen le había enseñado a mendigar y rapiñar. Ambas cosas eran difíciles en el Imperio Final, sobre todo en Luthadel, pero encontraría un modo, si tenía que hacerlo.

Vin dejó su caja y su petate y volvió a la habitación grande. Tal vez estaba exagerando; a lo mejor no le pasaría nada a la banda. Pero si pasaba... Bueno, si una cosa le había enseñado Reen era cómo salvar el cuello. Llevarse a Ulef era buena idea. Tenía contactos en Luthadel. Si le pasaba algo a la banda de Camon, seguro que Ulef encontraría trabajo para ambos en...

Vin se detuvo. Ulef no estaba en la mesa donde ella lo había dejado, sino de pie en la parte delantera de la sala. Cerca de la barra. Cerca... de Camon.

—¡Qué es esto! —Camon se levantó, con la cara roja como la luz del sol. Apartó su taburete del camino y se abalanzó hacia ella, medio borracho—. ¿Te escapas? Vas a traicionarme al Ministerio, ¿eh?

Vin corrió hacia la puerta de la escalera, abriéndose paso a la desesperada entre mesas y miembros de la banda.

El taburete de madera de Camon la alcanzó en la espalda y la arrojó al suelo. El dolor ardió entre sus hombros; varios miembros de la banda soltaron una exclamación cuando el taburete rebotó en ella y golpeó las tablas del suelo.

Vin se sintió aturdida. Y algo en su interior, algo que conocía pero no comprendía, le dio fuerzas. La cabeza dejó de darle vueltas, el dolor se convirtió en su centro de atención. Se puso en pie con torpeza.

Camon estaba allí. Le dio un revés mientras se incorporaba. La cabeza de Vin se movió siguiendo el impulso de la bofetada, torciendo el cuello de manera tan dolorosa que apenas sintió que volvía a golpear el suelo.

Camon se inclinó, la agarró por la camisa y la puso en pie mientras alzaba el puño. Vin no se paró a pensar ni se molestó en hablar; solo podía hacer una cosa. Usó toda su Suerte en un único y tremendo esfuerzo, y la lanzó contra Camon calmando su furia.

Camon se tambaleó. Su mirada se suavizó por un momento. La bajó un poco.

Entonces la furia regresó a sus ojos. Dura. Aterradora.

—Maldita zorra —murmuró Camon, agarrándola por los hombros y sacudiéndola—. Ese traidor hermano tuyo no me respetó nunca y tú eres igual. He sido demasiado amable con los dos. Debería...

Vin trató de zafarse, pero la tenaza de Camon era firme. Desesperada, buscó ayuda de otros miembros de la banda, aunque sabía lo que iba a encontrar. Indiferencia. Ellos se volvieron, avergonzados pero no preocupados. Ulef todavía estaba junto a la mesa de Camon, con la cabeza gacha y expresión culpable.

En su mente, a Vin le pareció oír una voz que le susurraba. La voz de Reen. ¡Necia! La frialdad es la más lógica de las emociones. No tienes ningún amigo en los bajos fondos. ¡Nunca tendrás ningún amigo en los bajos fondos!

Renovó sus esfuerzos, pero Camon volvió a golpearla, derribándola al suelo. El golpe la aturdió y jadeó, sin aliento.

Sopórtalo, pensó, la mente confusa. No me matará. Me necesita.

Sin embargo, mientras se volvía con torpeza vio a Camon alzándose sobre ella, el rostro dominado por una furia ebria. Supo que aquella vez iba a ser diferente: no sería una simple paliza. Él creía que pretendía traicionarlo al Ministerio. Estaba fuera de sí.

Había una expresión asesina en sus ojos.

¡Por favor!, pensó Vin con desesperación, buscando su Suerte, tratando de hacerla funcionar. No hubo ninguna respuesta. La Suerte le había fallado.

Camon se agachó, murmurando para sí mientras la agarraba por el hombro. Alzó un brazo, su mano carnosa formó otro puño, sus músculos se tensaron, una furiosa perla de sudor resbaló por su barbilla y la golpeó en la mejilla.

A unos pocos metros de distancia, la puerta de la escalera se sacudió y luego se abrió de golpe. Camon se detuvo con un brazo en alto mirando hacia la puerta y al desafortunado miembro de la banda que había elegido tan inoportuno momento para volver a la guarida.

Vin aprovechó la distracción. Ignorando al recién llegado, trató de librarse de la tenaza de Camon, pero estaba demasiado débil. La cara le ardía de los puñetazos y el costado, de las caídas. Arañó la mano de Camon, pero de improviso se sintió débil, su fuerza interna le fallaba igual que le había fallado la Suerte. El dolor iba en aumento, cada vez más insoportable, más... exigente.

Se volvió desesperada hacia la puerta. Estaba cerca, dolorosamente cerca. Casi había escapado. Solo un poco más...

Entonces vio a un hombre de pie en la escalera, un desconocido. Alto y de rostro aguileño, tenía el pelo rubio y vestía un holgado traje de noble, con la capa suelta. Tenía unos treinta y cinco años. No llevaba sombrero, ni bastón de duelo.

Y parecía muy, muy furioso.

—¿Qué es esto? —exigió saber Camon—. ¿Quién eres?

¿Cómo ha pasado ante los vigías...?, pensó Vin, esforzándose por concentrarse. El dolor. Podía tratar con el dolor. Los obligadores... ¿Lo han enviado ellos?

El recién llegado miró a Vin y su expresión se suavizó ligeramente. Entonces miró a Camon y sus ojos se ensombrecieron.

Las furiosas exigencias de Camon quedaron cortadas en seco cuando saltó hacia atrás como si hubiera sido golpeado por una fuerza poderosa. Su brazo se soltó del hombro de Vin y se desplomó en el suelo haciendo que las tablas se estremecieran.

La sala quedó en silencio.

Tengo que escapar, pensó Vin, obligándose a ponerse de rodillas. Camon gemía de dolor a unos pocos palmos de distancia y Vin se apartó de él, escabulléndose bajo una mesa desocupada. La guarida tenía una salida oculta, una trampilla junto a la pared del fondo. Si lograba arrastrarse hasta allí...

De repente, Vin sintió una paz abrumadora. Se le vino encima como un peso repentino y sus emociones guardaron silencio, como aplastadas por una mano poderosa. Su miedo se apagó como una vela, e incluso su dolor dejó de parecer importante.

Se detuvo, preguntándose por qué había estado tan preocupada. Se incorporó y se detuvo ante la trampilla. Tenía la respiración entrecortada, mareada un poco todavía.

¡Camon acaba de intentar matarme!, advirtió la parte lógica de su mente. Y alguien está atacando la guarida. ¡Tengo que escapar! Sin embargo, sus emociones contradecían la lógica. Se sentía... serena. Sin preocupaciones. Y más que un poco curiosa.

Alguien acababa de emplear la Suerte con ella.

Lo reconoció de algún modo, aunque nunca lo había sentido. Se detuvo junto a la mesa, con una mano en la madera, y se dio la vuelta despacio. El recién llegado seguía en la puerta. La estudió con ojo crítico y luego sonrió de un modo que la desarmó.

¿Qué está pasando?

El recién llegado entró por fin en la sala. Los de la banda de Camon permanecieron sentados a sus mesas. Parecían sorprendidos, pero extrañamente despreocupados.

Está usando la Suerte con todos ellos. Pero... ¿cómo puede hacerlo con tantos a la vez? Vin nunca había podido acumular suficiente Suerte para conseguir otra cosa que un ocasional y breve empujoncito.

Cuando el recién llegado entró en la sala, Vin vio por fin que había una segunda persona en las escaleras. El segundo hombre era menos llamativo, más bajo, con una media barba oscura y el pelo liso y corto. También llevaba un traje de noble, aunque de corte menos elegante.

Al otro lado de la habitación, Camon gimió y se sentó en el suelo sujetándose la cabeza. Miró a los recién llegados.

—¡Maese Dockson! ¡Vaya, vaya, caray, qué sorpresa!

—En efecto —dijo el hombre más bajo, Dockson.

Vin frunció el ceño al darse cuenta de que las voces de estos hombres le resultaban levemente familiares. Las había oído en alguna parte.

El Cantón de las Finanzas. Estaban sentados en la sala de espera cuando Camon y yo nos marchamos.

Camon se puso en pie, estudiando al recién llegado rubio. Miró las manos del hombre, cubiertas de extrañas cicatrices solapadas.

—Por el lord Legislador... —susurró Camon—. ¡El Superviviente de Hathsin!

Vin frunció el ceño. El título le resultaba desconocido. ¿Tendría que haber conocido a ese hombre? Las heridas aún le dolían a pesar de la paz que sentía, y se notaba mareada. Se apoyó en la mesa, pero no se sentó.

Fuera quien fuese el recién llegado, saltaba a la vista que Camon lo consideraba importante.

—¡Vaya, maese Kelsier! —farfulló—. ¡Qué raro honor!

El recién llegado (Kelsier) sacudió la cabeza.

—¿Sabes? En realidad no me interesa escucharte.

Camon dejó escapar un urk de dolor cuando fue impulsado de nuevo hacia atrás. Kelsier no hizo ningún gesto para empujarlo. Sin embargo, Camon se desplomó en el suelo, como empujado por una fuerza invisible. Guardó silencio y Kelsier escrutó la habitación.

—¿Los demás sabéis quién soy?

Muchos de los miembros de la banda asintieron.

—Bien. He venido a vuestra guarida porque vosotros, amigos míos, estáis en deuda conmigo.

La habitación permaneció en silencio. Solo se oían los gemidos de Camon. Al cabo, uno de los hombres habló.

—Nosotros... ¿Sí, maese Kelsier?

—En efecto. Veréis, maese Dockson y yo acabamos de salvaros la vida. Vuestro incompetente jefe salió del Cantón de las Finanzas del Ministerio hace una hora y regresó directamente aquí. Lo siguieron dos oteadores del Ministerio, un prelado de alto rango... y un único inquisidor de acero.

Nadie habló.

Ay, Señor... pensó Vin. Estaba en lo cierto: no había sido lo bastante rápida. Si había un inquisidor...

—Me he encargado del inquisidor —dijo Kelsier.

Hizo una pausa, dejando que lo que eso implicaba flotara en el aire. ¿Qué tipo de persona podía decir tan campante que se había «encargado» de un inquisidor? Según los rumores esas criaturas eran inmortales, podían ver el alma de un hombre y eran guerreros sin rival.

—Exijo mi pago por los servicios prestados —dijo Kelsier.

Camon no se levantó esta vez: había caído con fuerza y estaba obviamente desorientado. La habitación permaneció en silencio. Transcurridos unos instantes, Milev (el hombre de piel oscura que era el segundo de Camon) vio el cofre de cuartos del Ministerio y se abalanzó sobre él. Se lo ofreció a Kelsier.

—El dinero que Camon ha conseguido en el Ministerio —explicó Milev—. Tres mil cuartos.

Milev está ansioso por complacerlo, pensó Vin. Esto es más que simple Suerte... O eso, o es un tipo de Suerte que yo nunca he podido utilizar.

Kelsier hizo una pausa y luego aceptó el cofre de monedas.

—¿Y tú eres...?

—Milev, maese Kelsier.

—Bien, jefe Milev, consideraré esta paga satisfactoria... suponiendo que hagas otra cosa por mí.

Milev hizo una pausa.

—¿Qué tengo que hacer?

Kelsier señaló con la cabeza al semiaturdido Camon.

—Encárgate de él.

—Por supuesto —dijo Milev.

—Quiero que viva, Milev —dijo Kelsier, alzando un dedo—. Pero no quiero que lo disfrute.

Milev asintió.

—Lo convertiremos en mendigo. El lord Legislador desaprueba la profesión... Camon no lo tendrá fácil aquí en Luthadel.

Y Milev lo eliminará en cuanto piense que este Kelsier no está prestando atención.

—Bien —dijo Kelsier. Entonces abrió el cofre y empezó a sacar monedas de oro—. Eres un hombre de recursos, Milev. Rápido de reflejos, y no te dejas intimidar con tanta facilidad como los demás.

—He tratado con brumosos antes, maese Kelsier.

Kelsier asintió.

—Dox —dijo, dirigiéndose a su acompañante—, ¿dónde vamos a celebrar nuestra reunión esta noche?

—Estaba pensando que deberíamos usar el taller de Clubs —respondió el otro hombre.

—Un sitio poco neutral —dijo Kelsier—. Sobre todo si decide no unirse a nosotros.

—Cierto.

Kelsier miró a Milev.

—Estoy planeando un trabajo en esta zona. Me sería útil tener el apoyo de algunos lugareños. —Alzó un puñado de monedas, un centenar de cuartos—. Necesitamos usar vuestro cubil esta noche. ¿Puede ser?

—Por supuesto —dijo Milev, aceptando con ansiedad las monedas.

—Bien —respondió Kelsier—. Ahora, fuera.

—¿Fuera? —preguntó Milev, vacilante.

—Sí. Toma a tus hombres, incluido vuestro antiguo jefe, y marchaos. Quiero tener una conversación en privado con la señora Vin.

En la habitación volvió a reinar el silencio y Vin supo que no era la única en preguntarse cómo sabía Kelsier su nombre.

—¡Bien, ya lo habéis oído! —exclamó Milev. Llamó a un grupo de hampones para que recogieran a Camon y envió al resto de la banda escaleras arriba.

Vin los vio marchar cada vez más aprensiva. Ese Kelsier era un hombre poderoso y el instinto le decía que los hombres poderosos eran peligrosos. ¿Conocía su Suerte? Por supuesto que sí: ¿qué otro motivo podía tener para querer quedarse con ella a solas?

¿Cómo va a intentar utilizarme este Kelsier?, pensó, frotándose el brazo con el que había golpeado el suelo.

—Por cierto, Milev —dijo tranquilamente Kelsier —. Cuando digo «en privado», quiero decir que no quiero que nos espíen los cuatro hombres que están asomados a los miradores tras la pared del fondo. Llévatelos al callejón también.

Milev se puso pálido.

—Por supuesto, maese Kelsier.

—Bien. En el callejón encontraréis a los dos espías muertos del Ministerio. Por favor, encargaos de los cadáveres.

Milev asintió, dándose la vuelta.

—Y, Milev... —añadió Kelsier.

Milev volvió a girarse.

—Que ninguno de tus hombres nos traicione —replicó Kelsier, sin alterarse. Y Vin lo sintió de nuevo: una renovada presión en sus emociones—. Este grupo ya ha llamado la atención del Ministerio de Acero... No me convirtáis también en vuestro enemigo.

Milev asintió con brusquedad y desapareció escaleras arriba tras cerrar la puerta. Unos momentos más tarde, Vin oyó pasos en la habitación mirador; luego todo quedó en silencio. Estaba a solas con un hombre que era, por algún motivo, tan singularmente impresionante que podía intimidar a una habitación llena de ladrones y asesinos.

Miró la puerta cerrada. Kelsier la estaba observando. ¿Qué haría si echaba a correr?

Dice que ha matado a un inquisidor, pensó Vin. Y... ha usado la Suerte. Tengo que quedarme, aunque sea el tiempo necesario para averiguar lo que sabe.

La sonrisa de Kelsier se ensanchó hasta que, al final, se echó a reír.

—Ha sido tremendamente divertido, Dox.

El otro hombre, al que Camon había llamado Dockson, hizo una mueca y se acercó a la parte delantera de la habitación. Vin se envaró, pero él no se acercó a ella sino a la barra.

—Ya eras bastante insufrible antes, Kell —dijo Dockson—. No sé cómo voy a soportar esta nueva reputación tuya. Al menos, no estoy seguro de cómo voy a soportarla y mantener la cara seria.

—Estás celoso.

—Sí, eso es —dijo Dockson—. Tu habilidad para intimidar a criminales de tres al cuarto me provoca unos celos terribles. Si te sirve de algo, creo que has sido demasiado duro con Camon.

Kelsier se acercó a una de las mesas de la sala y tomó asiento. Su alegría se ensombreció un poco mientras hablaba.

—Ya has visto lo que le estaba haciendo a la muchacha.

—La verdad es que no —dijo Dockson, desabrido, mientras rebuscaba entre las mercancías de la barra—. Alguien me bloqueaba la visión desde la puerta.

Kelsier se encogió de hombros.

—Mírala, Dox. La pobrecilla ha estado a punto de quedarse inconsciente por los golpes. No siento ninguna compasión por ese tipo.

Vin permaneció donde estaba, observando a los dos hombres. Cuando la tensión del momento decreció, las heridas empezaron a dolerle de nuevo. El golpe entre los omóplatos se convertiría en un buen moratón, y el bofetón de la cara le ardía también. Todavía se sentía un poco mareada.

Kelsier la estaba observando. Vin apretó los dientes. Dolor. Podía soportar el dolor.

—¿Necesitas algo, niña? —preguntó Dockson—. ¿Un pañuelo húmedo para esa cara, tal vez?

Ella no respondió. Continuó concentrada en Kelsier. Vamos. Dime qué quieres de mí. Haz tu jugada.

Dockson se encogió de hombros, al cabo, y terminó por agacharse un momento tras la barra. Instantes después apareció con un par de botellas.

—¿Algo bueno? —preguntó Kelsier, dándose le vuelta.

—¿Tú qué crees? Incluso entre ladrones, Camon no destaca precisamente por su refinamiento. Tengo calcetines que valen más que este vino.

Kelsier suspiró.

—Dame una copa de todas formas. —Entonces se dirigió a Vin—. ¿Quieres algo?

Vin no respondió.

Kelsier sonrió.

—No te preocupes. Somos bastante menos peligrosos de lo que creen tus amigos.

—No creo que fueran sus amigos, Kell —dijo Dockson desde detrás de la barra.

—Buena observación —respondió Kelsier—. De cualquier forma, niña, no tienes nada que temer de nosotros. Aparte del aliento de Dox.

Dockson puso los ojos en blanco.

—O los chistes de Kell.

Vin no dijo nada. Podía hacerse la débil como había hecho con Camon, pero el instinto le decía que con aquellos hombres no le serviría esa táctica. Así que permaneció donde estaba, calibrando la situación.

La calma volvió a apoderarse de ella. La animaba a estar tranquila, a confiar, a hacer sin rechistar lo que sugerían los hombres...

¡No! Se quedó donde estaba.

Kelsier alzó una ceja.

—Eso no lo esperaba.

—¿Qué? —preguntó Dockson mientras servía una copa de vino.

—Nada —respondió Kelsier, estudiando a Vin.

—¿Quieres un trago o no, chica? —preguntó Dockson.

Vin no dijo nada. Toda su vida, desde que podía recordar, había tenido su Suerte. La hacía fuerte y le daba ventaja sobre otros ladrones. Quizá por eso aún seguía con vida. Sin embargo, en todo ese tiempo nunca había sabido realmente qué era o por qué la usaba. La lógica y el instinto le decían ahora lo mismo: que necesitaba averiguar lo que sabía aquel hombre.

Fueran cuales fuesen sus planes, y cómo intentara utilizarla, necesitaba soportarlo. Tenía que descubrir cómo era tan poderoso.

—Cerveza —dijo por fin.

—¿Cerveza? —preguntó Kelsier—. ¿Nada más?

Vin asintió, observándolo con atención.

—Me gusta.

Kelsier se frotó la barbilla.

—Tendremos que trabajar en eso —dijo—. Ven, siéntate.

Vacilante, Vin se acercó y se sentó frente a Kelsier a la pequeña mesita. Le dolían las heridas, pero no podía permitirse mostrar debilidad. La debilidad mataba. Tenía que fingir que ignoraba el dolor. Al menos, sentada, la cabeza se le despejó.

Dockson se reunió con ellos un momento después, le dio a Kelsier un vaso de vino y a Vin, su jarra de cerveza. Ella no bebió.

—¿Quién eres? —preguntó en voz baja.

Kelsier alzó una ceja.

—Eres directa, ¿eh?

Vin no respondió.

Kelsier suspiró.

—Se acabó mi intrigante aire de misterio.

Dockson soltó una risita.

Kelsier sonrió.

—Me llamo Kelsier. Soy lo que podrías llamar el jefe de una banda, pero dirijo una banda que no se parece a ninguna que hayas conocido. A los hombres como Camon y los suyos les gusta considerarse depredadores y se alimentan de la nobleza y las diversas organizaciones del Ministerio.

Vin sacudió la cabeza.

—Depredadores, no. Carroñeros.

Hubiese cabido suponer que, tan cerca del lord Legislador, las bandas de ladrones no podían existir. Sin embargo, Reen le había enseñado que era todo lo contrario: la nobleza rica y poderosa se congregaba en torno al lord Legislador. Y, donde había poder y riqueza, también había corrupción, sobre todo desde que el lord Legislador tendía a controlar a sus nobles mucho menos que a los skaa. Tenía que ver, al parecer, con su aprecio por sus antepasados.

En cualquier caso, las bandas de ladrones como la de Camon eran las ratas que se alimentaban de la corrupción de la ciudad. Y, como a las ratas, era imposible exterminarlas por completo, sobre todo en una ciudad con la población de Luthadel.

—Carroñeros —dijo Kelsier, sonriendo; al parecer, le gustaba la corrección—. Es una descripción adecuada, Vin. Bien, Dox y yo somos carroñeros también... solo que somos carroñeros de más calidad. Estamos mejor criados, como si dijéramos... O tal vez solo somos más ambiciosos.

Ella frunció el ceño.

—¿Sois nobles?

—Cielos, no —dijo Dockson.

—Al menos, no de sangre pura —dijo Kelsier.

—Se supone que los mestizos no existen —dijo Vin con cuidado—. El Ministerio los caza.

Kelsier alzó una ceja.

—¿Mestizos como tú?

Vin sintió un arrebato de sorpresa. ¿Cómo...?

—Ni siquiera el Ministerio de Acero es infalible, Vin —dijo Kelsier—. Si pueden pasarte a ti por alto, pueden pasar por alto a otros.

Vin reflexionó.

—Milev. Os llamó brumosos. Eso es un tipo de alomántico, ¿no?

Dockson miró a Kelsier.

—Es observadora —dijo con un gesto apreciativo.

—Sí que lo es —reconoció Kelsier—. El hombre nos llamó brumosos, Vin..., aunque tal vez se precipitara, puesto que en teoría ni Dox ni yo somos brumosos. Sin embargo, nos parecemos bastante a ellos.

Vin guardó silencio un momento, sintiendo el escrutinio de los dos hombres. Alomancia. El poder místico concedido a la nobleza por el lord Legislador un millar de años antes como recompensa por su lealtad. Era una doctrina básica del Ministerio: incluso una skaa como Vin lo sabía. La nobleza gozaba de la alomancia y de privilegios gracias a sus antepasados; los skaa eran castigados por el mismo motivo.

La verdad, sin embargo, era que no sabía en realidad lo que era la alomancia. Tenía algo que ver con combatir, había supuesto siempre. Se decía que los «brumosos», como los llamaban, eran lo bastante peligrosos para matar a una banda entera de ladrones. No obstante, los skaa que conocía hablaban del poder en susurros inciertos. Hasta aquel momento nunca se había parado a considerar la posibilidad de que pudiera ser simplemente lo mismo que su Suerte.

—Dime, Vin —preguntó Kelsier, inclinándose interesado hacia delante—. ¿Te das cuenta de lo que le hiciste a ese obligador en el Cantón de las Finanzas?

—Utilicé mi Suerte —respondió Vin en voz baja—. La uso para que la gente se sienta menos enfadada.

—O menos recelosa —dijo Kelsier—. Más fácil de timar.

Vin asintió.

Kelsier alzó un dedo.

—Hay un montón de cosas que vas a tener que aprender. Técnicas, reglas y ejercicios. Una lección, sin embargo, no puede esperar. Nunca uses la alomancia emocional con un obligador. Todos están entrenados para reconocer cuándo están manipulando sus pasiones. Incluso los altos nobles tienen prohibido empujar o tirar de las emociones de un obligador. Tú eres la causa de que ese obligador mandara llamar a un inquisidor.

—Reza para que la criatura nunca vuelva a encontrar tu rastro, muchacha —dijo Dockson, con toda tranquilidad, mientras bebía su vino.

Vin palideció.

—¿No has matado al inquisidor?

Kelsier negó con la cabeza.

—Solo lo he distraído un poco... Cosa bastante peligrosa, debo añadir. No te preocupes, muchos de los rumores que hay sobre ellos no son ciertos. Ahora que te ha perdido la pista, no podrá volver a encontrarte.

—Lo más probable —dijo Dockson.

Vin miró con aprensión al hombre más bajo de los dos.

—Lo más probable —reconoció Kelsier—. Hay un montón de cosas que no sabemos de los inquisidores. No parecen seguir las reglas normales. Esos clavos que les atraviesan los ojos, por ejemplo, deberían matarlos. Nada de lo que yo he aprendido de alomancia me ha proporcionado jamás una explicación a cómo siguen viviendo esas criaturas. Si fuera solo un buscador brumoso que te siguiera la pista, no tendríamos que preocuparnos. Un inquisidor... Bueno, querrás mantener los ojos abiertos. Naturalmente, ya pareces bastante buena en eso.

Vin se sintió incómoda. Al cabo de un rato, Kelsier indicó su jarra de cerveza.

—No estás bebiendo.

—Podríais haberle echado algo —dijo Vin.

—Bah, no hay ninguna necesidad de que te eche nada en la bebida —dijo Kelsier con una sonrisa, sacando un objeto del bolsillo de su casaca—. Después de todo, vas a beber de este vial de líquido misterioso por voluntad propia.

Colocó el frasquito encima de la mesa. Vin frunció el ceño, observando el líquido que contenía. Había un oscuro poso en el fondo.

—¿Qué es?

—Si te lo dijera, no sería misterioso —contestó Kelsier con una sonrisa.

Dockson puso los ojos en blanco.

—El frasquito está lleno de una solución de alcohol y algunos copos de metal, Vin.

—¿De metal? —preguntó ella, frunciendo el ceño.

—Dos de los ocho metales alománticos básicos —dijo Kelsier—. Tenemos que hacer algunas pruebas.

Vin miró el frasquito.

Kelsier se encogió de hombros.

—Tendrás que beberlo si quieres saber algo más sobre esa Suerte tuya.

—Bebe tú la mitad primero —dijo Vin.

Kelsier alzó una ceja.

—Un poquito paranoica, por lo que veo.

Vin no respondió.

Transcurridos unos instantes, él destapó el frasco con un suspiro.

—Agítalo antes —dijo Vin—. Para que tomes algo del sedimento.

Kelsier miró al techo, pero hizo lo que le pedía, sacudió el frasquito y se bebió la mitad de su contenido. Lo depositó sobre la mesa con un golpecito.

Vin frunció el ceño. Entonces miró a Kelsier, que sonreía. Sabía que la tenía. Le había mostrado su poder, la había tentado con él. El único motivo de someterse a quien tiene el poder es aprender para tomar algún día lo que tiene. Palabras de Reen.

Vin tendió la mano, tomó el frasquito y apuró su contenido. Se sentó, esperando alguna transformación mágica o un arrebato de poder... o incluso signos de envenenamiento. No sintió nada. Qué... decepcionante. Frunció el ceño y se repantigó en el asiento.

Por curiosidad, probó su Suerte.

Y abrió unos ojos como platos, sorprendida.

Estaba allí, como un enorme almacén dorado. Una acumulación de poder tan increíble que ponía a prueba su capacidad de comprensión. Siempre había sentido la necesidad de ser ahorrativa con su Suerte, de mantenerla en reserva, de consumir las migajas con cuidado. Ahora se sentía como una mujer hambrienta invitada al festín de un alto noble. Permaneció allí sentada, aturdida, observando la enorme riqueza de su interior.

—Bien —la instó Kelsier—. Pruébalo. Tranquilízame.

Vin lo intentó, tocando su recién hallada masa de Suerte. Tomó un poquito y lo dirigió a Kelsier.

—Bien. —Kelsier se inclinó hacia delante, ansioso—. Pero ya sabíamos que podías hacer eso. Ahora la auténtica prueba, Vin. ¿Puedes hacer lo contrario? Puedes aplacar mis emociones, pero ¿puedes inflamarlas también?

Vin frunció el ceño. Nunca había usado su Suerte de esa forma; ni siquiera se había dado cuenta de que pudiera hacerlo. ¿Por qué estaba él tan ansioso?

Con recelo, Vin recurrió a su fuente de Suerte. Al hacerlo, advirtió algo interesante. Lo que al principio había interpretado como una enorme fuente de poder eran en realidad dos fuentes diferentes. Había tipos distintos de Suerte.

Ocho. Él ha dicho que son ocho. Pero... ¿qué hacen las otras?

Kelsier seguía esperando. Vin recurrió a la segunda fuente desconocida de Suerte, hizo lo que había hecho anteriormente y la dirigió hacia él.

La sonrisa de Kelsier creció y se echó hacia atrás en su asiento y miró a Dockson.

—Eso es. Lo ha hecho.

Dockson sacudió la cabeza.

—Para ser sinceros, Kell, no estoy seguro de qué pensar. Tener a uno de vosotros cerca ya es bastante inquietante. Pero dos...

Vin los miró con ojos entornados y dubitativos.

—¿Dos qué?

—Incluso entre los nobles, Vin, la alomancia es moderadamente rara —dijo Kelsier—. Cierto, es una habilidad hereditaria, con la mayoría de sus linajes de poder reducidos a la alta nobleza. Sin embargo, la casta por sí sola no garantiza fuerza alomántica.

»Muchos altos nobles solo tienen acceso a una única habilidad alomántica. La gente así, la que solo puede emplear la alomancia en uno de sus ocho aspectos básicos, se llama brumosa. A veces estas habilidades las tiene un skaa... pero solo si ese skaa tiene sangre noble de sus antepasados cercanos. Por lo general se puede encontrar a un brumoso entre... No sé, uno de cada diez mil skaa mestizos. Cuanto mejores y más cercanos y más nobles sean los antepasados, más probable es que el skaa sea un brumoso.

—¿Quiénes fueron tus padres, Vin? —preguntó Dockson—. ¿Los recuerdas?

—Me crio mi hermanastro, Reen —dijo Vin en voz baja, incómoda. Había cosas de las que no hablaba con nadie.

—¿Te habló de tus padres?

—De vez en cuando —admitió Vin—. Reen decía que nuestra madre era una puta. No por decisión propia, pero en los bajos fondos... —Guardó silencio. Su madre había intentado matarla, una vez, cuando era muy joven. Guardaba un vago recuerdo del hecho. Reen la había salvado.

—¿Y tu padre, Vin? —preguntó Dockson.

Vin alzó la cabeza.

—Es un alto prelado del Ministerio de Acero.

Kelsier dejó escapar un silbidito.

—Vaya, esa sí que es una falta levemente irónica al cumplimiento del deber.

Vin se quedó mirando la mesa. Al final, tendió la mano y dio un buen trago a su jarra de cerveza.

Kelsier sonrió.

—La mayoría de los obligadores de rango del Ministerio son altos nobles. Tu padre te dio un raro don en esa sangre tuya.

—Entonces... ¿soy una de esas brumosas que has mencionado?

Kelsier negó con la cabeza.

—La verdad es que no. Verás, esto es lo que te hace tan interesante para nosotros, Vin. Los brumosos solo tienen una habilidad alomántica. Tú acabas de demostrar que tienes dos. Y, si tienes al menos dos de las ocho, entonces también tienes acceso al resto. Así es como funciona: si eres alomántico, o tienes una habilidad o las tienes todas.

Kelsier se inclinó hacia delante.

—Tú, Vin, eres lo que en términos generales se llama una nacida de la bruma. Incluso entre la nobleza, eres increíblemente rara. Entre los skaa... Bueno, digamos que solo he conocido a otro skaa nacido de la bruma en toda mi vida.

De algún modo, la habitación pareció más silenciosa. Más tranquila. Vin miró la jarra con ojos distraídos e incómodos. Nacida de la bruma. Había oído las historias, por supuesto. Las leyendas.

Kelsier y Dockson permanecieron sentados en silencio, dejándola pensar. Al cabo de un rato, ella habló.

—Entonces... ¿qué significa esto?

Kelsier sonrió.

—Significa que tú, Vin, eres una persona muy especial. Tienes un poder que la mayoría de los altos nobles envidian. Es un poder que, si hubieras nacido siendo aristócrata, te habría convertido en una de las personas más letales e influyentes del Imperio Final. —Kelsier volvió a inclinarse hacia delante—. Pero no naciste siendo aristócrata. No eres noble, Vin. No tienes que jugar según sus reglas... y eso te hace aún más poderosa.

Al parecer, la siguiente etapa de mi viaje nos llevará a las tierras altas de Terris. Se dice que es un lugar frío e implacable, una tierra donde las montañas mismas están hechas de hielo.

Nuestros sirvientes no sirven para ese viaje. Es probable que tengamos que contratar a algunos porteadores de Terris para que lleven nuestras pertenencias.

4

Imagen decorativa

—¡Ya habéis oído lo que ha dicho! ¡Está planeando un trabajo! —Los ojos de Ulef brillaban de entusiasmo—. Me pregunto a cuál de las Grandes Casas va a robar.

—Será a una de las más poderosas —dijo Disten, uno de los principales rastreadores de Camon. Era manco, pero tenía los ojos y los oídos más agudos de la banda—. Kelsier nunca se dedica a trabajos de poca monta.

Vin estaba sentada en silencio, con su jarra de cerveza (la misma que le había dado Kelsier) todavía casi llena sobre la mesa, repleta de gente. Kelsier había dejado a los ladrones volver a su escondite poco antes de que terminara su encuentro. Vin, sin embargo, hubiese preferido quedarse sola. La vida con Reen la había acostumbrado a la soledad: si dejabas que alguien se acercara demasiado, le dabas más oportunidades para traicionarte.

Incluso después de la desaparición de Reen, Vin se había mantenido apartada. No quiso marcharse; sin embargo, tampoco sintió la necesidad de intimar con los otros miembros de la banda. Ellos, a su vez, se mostraron perfectamente dispuestos a dejarla en paz. El lugar de Vin era precario y asociarse con ella los hubiera salpicado. Solo Ulef había hecho algún intento por ganarse su amistad.

Si dejas que alguien se te acerque, solo te lastimará más cuando te traicione, pareció susurrarle Reen al oído.

¿Había sido Ulef de verdad su amigo? Desde luego, la había vendido con bastante rapidez. Además, los miembros de la banda habían aceptado la paliza de Vin y su súbito rescate como cosa hecha, sin mencionar su traición ni su negativa a ayudarla. Solo habían hecho lo que cabía esperar.

—El Superviviente no se ha dedicado a ningún trabajo en los últimos tiempos —dijo Harmon, un ladrón viejo y de barba descuidada—. Apenas se le ha visto en Luthadel un puñado de veces durante los últimos años. De hecho, no ha dado ningún golpe desde...

—¿Este es el primero? —preguntó Ulef, ansioso—. ¿El primero desde que escapó de los Pozos? ¡Entonces tendrá que ser algo espectacular!

—¿Te ha dicho algo al respecto, Vin? —inquirió a su vez Disten—. ¿Vin? —Agitó un grueso brazo para llamar su atención.

—¿Qué? —preguntó ella, alzando la cabeza. Se había limpiado un poco desde que Camon le propinara aquella paliza. Al final, acabó por aceptar un pañuelo de Dockson para quitarse la sangre de la cara. Sin embargo, no podía hacer gran cosa con los cardenales. Aún le dolían. Era de esperar que no tuviera nada roto.

—Kelsier —repitió Disten—. ¿Ha dicho algo sobre el trabajo que está planeando?

Vin negó con la cabeza. Miró el pañuelo manchado de sangre. Kelsier y Dockson se habían marchado hacía poco, prometiendo regresar cuando hubiera tenido tiempo de pensar en las cosas que le habían contado. Sin embargo, sus palabras encerraban... una oferta. Fuera cual fuese el trabajo que planeaban, ella estaba invitada a participar.

—¿Por qué te ha escogido para ser su intra, Vin? —preguntó Ulef—. ¿Ha dicho algo al respecto?

Eso era lo que todos suponían: que Kelsier la había elegido para que fuera su contacto con la banda de Camon... de Milev.

Había dos bandos en los bajos fondos de Luthadel. Estaban las bandas normales, como la de Camon. Y luego estaban... las especiales. Grupos formados por gente extremadamente habilidosa, extremadamente temeraria, o por alománticos de talento extremo.

Los dos sectores de los bajos fondos nunca se mezclaban: los ladrones normales dejaban tranquilos a sus superiores. En ocasiones, no obstante, alguna de aquellas bandas contrataba a un ladrón corriente para que hiciera parte de su trabajo mundano y se elegía a un intra (un intermediario) para que trabajara con ambos grupos. De ahí la deducción de Ulef sobre Vin.

Los miembros de la banda de Milev advirtieron su silencio y pasaron a otro tema: los brumosos. Hablaban de la alomancia en voz baja y dubitativa, y ella los escuchó, incómoda. ¿Cómo podía estar relacionada con algo que los asombraba tanto? Su Suerte... su alomancia era algo pequeño, algo que usaba para sobrevivir, pero a la vez sin importancia.

Pero, ese poder... pensó, mirando su reserva de Suerte.

—Me pregunto qué habrá estado haciendo Kelsier estos últimos años —comentó Ulef. Parecía un poco incómodo con ella al principio de la conversación, pero se le había pasado enseguida. La había traicionado, pero así eran los bajos fondos. No había amigos.

No parece ser igual entre Kelsier y Dockson. Parece que confían el uno en el otro. ¿Una tapadera? ¿O no sería más que uno de esos raros equipos que no se preocupan de que el otro los traicione?

Lo más inquietante de Kelsier y Dockson había sido su franqueza con ella. Parecían dispuestos a confiar en Vin, incluso a aceptarla, incluso después de relativamente poco tiempo. No podía ser cierto: nadie sobrevivía en los bajos fondos siguiendo esa táctica. A pesar de todo, su actitud amistosa era desconcertante.

—Dos años... —dijo Hrud, un ladrón callado y de cara chata—. Debe de haberse pasado todo el tiempo planeando este golpe.

—Debe de ser todo un golpe... —dijo Ulef.

—Habladme de él —pidió Vin en voz baja.

—¿De Kelsier? —preguntó Disten.

Vin asintió.

—¿No hablaban de Kelsier allá en el sur?

Vin negó con la cabeza.

—Era el mejor jefe de bandas de toda Luthadel —explicó Ulef—. Una leyenda, incluso entre los brumosos. Robó a algunas de las Grandes Casas más ricas de la ciudad.

—¿Y?

—Alguien lo traicionó —dijo Harmon en voz baja.

Cómo no, pensó Vin.

—El mismísimo lord Legislador capturó a Kelsier —dijo Ulef—. Lo envió junto con su esposa a los Pozos de Hathsin. Pero él escapó. ¡Escapó de los Pozos, Vin! Es el único que lo ha conseguido.

—¿Y la esposa? —preguntó Vin.

Ulef miró a Harmon, quien sacudió la cabeza.

—No lo consiguió.

Así que él también ha perdido a alguien. ¿Cómo puede reír tanto, tan sinceramente?

—De ahí esas cicatrices —dijo Disten—. Ya sabes, las que tiene en los brazos. Se las hizo en los Pozos, con las rocas de una pared cortada a pico que tuvo que escalar para escapar.

Harmon hizo una mueca.

—No se las hizo así. Mató a un inquisidor mientras escapaba... Así se hizo las cicatrices.

—He oído que fue luchando contra uno de los monstruos que guardan los Pozos —dijo Ulef—. Se metió en su boca y lo estranguló desde dentro. Los dientes le arañaron los brazos.

Disten frunció el ceño.

—¿Cómo se estrangula a alguien desde dentro?

Ulef se encogió de hombros.

—Eso es lo que he oído.

—El hombre no es normal —murmuró Hrud—. Le sucedió algo en los Pozos, algo malo. No era alomántico antes, ¿sabes? Entró en los Pozos siendo un skaa corriente y ahora... Bueno, es un brumoso con toda seguridad... si es que sigue siendo humano. Ha estado mucho tiempo ahí fuera en la bruma. Algunos dicen que el verdadero Kelsier está muerto, que la criatura que lleva su rostro es... otra cosa.

Harmon negó con la cabeza.

—Eso son tonterías de los skaa de las plantaciones. Todos hemos estado ahí fuera, en las brumas.

—No en las brumas de fuera de la ciudad —insistió Hrud—. Allí hay espectros de la bruma. Atrapan a un hombre y le roban la cara, tan seguro como que el lord Legislador existe.

Harmon puso los ojos en blanco.

—Hrud tiene razón en una cosa —dijo Disten—. Ese hombre no es humano. Puede que no sea un espectro de la bruma, pero tampoco es un skaa. He oído decir que hace cosas, cosas que solo ellos pueden hacer. Los que salen por la noche. Ya habéis visto lo que le ha hecho a Camon.

—Nacido de la bruma —murmuró Harmon.

Nacido de la bruma. Vin había oído el término antes de que Kelsier se lo mencionara, por supuesto. ¿Quién no? Sin embargo, los rumores sobre los nacidos de la bruma hacían que las historias sobre inquisidores y brumosos parecieran racionales. Se decía que los nacidos de la bruma eran heraldos de la misma bruma a los que el lord Legislador había conferido grandes poderes. Solo los altos nobles podían ser nacidos de la bruma: se decía que eran una secta secreta de asesinos que le servían y que solo salían de noche. Reen siempre le había dicho que eran un mito y Vin había dado por supuesto que tenía razón.

Y Kelsier dice que yo, igual que él, soy uno de ellos. ¿Cómo podía ser? Hija de una prostituta, no era nadie. No era nada.

Nunca confíes en un hombre que te da buenas noticias, había dicho siempre Reen. Es la forma más antigua, pero más fácil, de timar a alguien.

Sin embargo, ella tenía su Suerte. Su alomancia. Todavía podía sentir las reservas que el frasquito de Kelsier le habían proporcionado y había puesto a prueba sus poderes con los miembros de la banda. Como ya no estaba limitada a solo un poco de Suerte al día, descubrió que podía producir efectos mucho más sorprendentes.

Vin estaba empezando a comprender que su antiguo objetivo en la vida (sobrevivir, sin más) carecía de valor. Había muchas cosas que podía hacer. Había sido esclava de Reen; había sido esclava de Camon. Sería también esclava de este Kelsier, si tarde o temprano eso la conducía a la libertad.

En la mesa, Milev miró su reloj de bolsillo y luego se levantó.

—Muy bien, todo el mundo fuera.

La sala empezó a despejarse para la reunión de Kelsier. Vin se quedó donde estaba: Kelsier había dejado claro a los demás que estaba invitada. Permaneció sentada un rato, sintiendo la habitación más cómoda conforme se iba vaciando. Los amigos de Kelsier empezaron a llegar poco después.

El primer hombre que bajó las escaleras tenía aspecto de soldado. Llevaba una camisa sin mangas que dejaba al descubierto un par de brazos bien esculpidos. Su musculatura era impresionante, pero no grotesca, y llevaba el pelo cortado a cepillo.

El compañero del soldado era un hombre vestido con elegancia de noble (chaleco púrpura, botones dorados, casaca negra), tocado con un sombrero negro de ala corta y que llevaba bastón de duelo. Era mayor que el soldado y un poco grueso. Se quitó el sombrero al entrar en la habitación, revelando un pelo negro bien peinado. Los dos hombres charlaban amistosamente mientras entraban, pero se detuvieron cuando vieron la habitación vacía.

—Ah, esta debe de ser nuestra intra —dijo el hombre trajeado—. ¿Ha llegado ya Kelsier, querida?

Hablaba con familiaridad, como si fueran amigos desde hacía mucho tiempo. De repente, a su pesar, Vin descubrió que le caía simpático aquel hombre bien vestido y acicalado.

—No —respondió. Aunque el mono y la camisa de trabajo siempre le habían parecido bien, de pronto deseó poseer algo más bonito. El porte de aquel hombre requería una atmósfera más formal.

—Deberíamos haber previsto que Kell llegaría tarde a su propia cita —dijo el soldado, sentándose en una de las mesas del centro de la habitación.

—Desde luego —respondió el hombre trajeado—. Supongo que su tardanza nos permite tomar un refresco. Me vendría bien algo de beber...

—Déjenme que les traiga algo —se apresuró a sugerir Vin, poniéndose en pie de un salto.

—Muy amable por tu parte —dijo el hombre trajeado, escogiendo una silla junto al soldado. Se sentó con las piernas cruzadas, el bastón a un lado, la punta contra el suelo, y una mano en la empuñadura.

Vin se acercó a la barra y empezó a buscar bebidas.

—Brisa... —dijo el soldado en tono de advertencia cuando Vin escogió una botella del vino más caro de Camon y empezó a servir una copa.

—¿Ham...? —preguntó el hombre trajeado, alzando una ceja.

El soldado indicó a Vin con un gesto de cabeza.

—Ah, estupendo —dijo el otro hombre con un suspiro.

Vin se detuvo, con el vino a medio servir, y su ceño se pobló de sutiles arrugas. ¿Qué estoy haciendo?

—Te juro, Ham, que a veces eres terriblemente estirado —dijo el hombre trajeado.

—Solo porque puedas empujar a alguien no significa que debas hacerlo, Brisa.

Vin se quedó allí de pie, desconcertada. Él... ha usado la Suerte conmigo. Cuando Kelsier había intentado manipularla, había sentido su contacto y podido resistirse. Esta vez, sin embargo, ni siquiera se había dado cuenta de lo que hacía. Miró al hombre, entornando los ojos.

—Nacido de la bruma.

El hombre del traje, Brisa, se echó a reír.

—Lo dudo. Kelsier es el único skaa nacido de la bruma que conocerás jamás, querida... y reza por no encontrarte nunca con uno noble. No, solo soy un humilde brumoso corriente.

—¿Humilde? —preguntó Ham.

Brisa se encogió de hombros.

Vin miró la copa medio llena de vino.

—Has tirado de mis emociones. Con... alomancia, quiero decir.

—Las he empujado, más bien —dijo Brisa—. Tirar hace a la persona menos confiada y más decidida. Empujar las emociones, aplacarlas, vuelve a la persona más confiada.

—Sea como sea, me has manipulado. Me has obligado a traerte una bebida.

—Bueno, yo no diría que te haya «obligado» a nada —replicó Brisa—. Me he limitado a imprimir una leve alteración a tus emociones, colocándote así en un estado mental más predispuesto a satisfacer mis deseos.

Ham se frotó la barbilla.

—No sé, Brisa. Es una cuestión interesante. Al influir en sus emociones, ¿le quitas su capacidad de elección? Si, por ejemplo, ella tuviera que matar o robar bajo tu control, ¿el crimen sería suyo o tuyo?

Brisa puso los ojos en blanco.

—En realidad no hay ninguna pregunta que contestar. No deberías pensar en esas cosas, Hammond... Te lastimarás el cerebro. Le he dado ánimos, solo que por medios irregulares, eso es todo.

—Pero...

—No voy a discutir contigo, Ham.

El hombretón suspiró, un poco contrariado.

—¿Vas a traerme la bebida...? —preguntó Brisa, esperanzado, mirando a Vin—. Ya estás de pie e ibas a volver de todas formas...

Vin examinó sus emociones. ¿Se sentía anormalmente impulsada a hacer lo que le pedía? ¿La estaba manipulando de nuevo? Se apartó de la barra, al cabo, dejando la bebida donde estaba.

Brisa suspiró. Sin embargo, no se levantó para recoger el vino.

Vin se acercó con cautela a la mesa de los dos hombres. Estaba acostumbrada a las sombras y las esquinas, lo bastante cerca para escuchar, pero lo bastante lejos para escapar. Sin embargo, no podía esconderse de esos hombres: no mientras la habitación estuviera tan vacía. Así que eligió una silla en la mesa de al lado y se sentó. Necesitaba información: mientras fuera ignorante, iba a estar en seria desventaja en este nuevo mundo de bandas de brumosos.

Brisa se echó a reír.

—Nerviosilla, ¿eh?

Vin ignoró el comentario.

—Tú —dijo, señalando a Ham—. ¿Tú también eres un brumoso?

Ham asintió.

—Soy un violento.

Vin frunció el ceño, confundida.

—Quemo peltre —dijo Ham.

De nuevo, Vin lo miró, intrigada.

—Puede hacerse más fuerte, querida —dijo Brisa—. Golpea cosas, sobre todo a otras personas que intentan inmiscuirse en lo que el resto de nosotros esté haciendo.

—Hay más que eso —dijo Ham—. Me encargo de la seguridad general de los trabajos, proporcionando a mi jefe hombres fuertes y guerreros en caso necesario.

—E intentará aburrirte con filosofía de andar por casa cuando no esté ocupado en eso —añadió Brisa.

Ham suspiró.

—Brisa, de verdad, a veces no sé por qué te... —Guardó silencio cuando la puerta volvió a abrirse y entró otro hombre.

El recién llegado llevaba un tabardo marrón oscuro, pantalones marrones y una sencilla camisa blanca. Sin embargo, su rostro era más llamativo que su ropa. Lo tenía retorcido y distorsionado, como un pedazo de madera, y sus ojos brillaban con el grado de recriminación propio de los viejos. Vin no supo calcular su edad: era lo bastante joven para no caminar encorvado y, sin embargo, lo bastante mayor para que incluso Brisa, de edad mediana, pareciera juvenil a su lado.

El recién llegado miró a Vin y los demás, rezongó con desdén, y luego se acercó a una mesa del otro lado de la habitación y se sentó. Una clara cojera marcaba sus pasos.

Brisa suspiró.

—Voy a echar de menos a Trampa.

—Todos lo haremos —añadió Ham en voz baja—. Pero Clubs es muy bueno. Ya he trabajado con él.

Brisa estudió al recién llegado.

—Me pregunto si lograré que él me traiga mi bebida.

Ham se echó a reír.

—Pagaría por verte intentarlo.

—Estoy seguro de que sí.

Vin miró al recién llegado, que parecía perfectamente capaz de ignorarlos a ella y a los otros dos.

—¿Qué es?

—¿Clubs? —preguntó Brisa—. Es un ahumador, querida. Es el que impedirá que los demás seamos descubiertos por un inquisidor.

Vin se mordió el labio, digiriendo la nueva información mientras estudiaba a Clubs. El hombre la miró con mala cara y ella desvió la mirada. Al darse la vuelta, se dio cuenta de que Ham la estaba mirando.

—Me gustas, chica —dijo—. Los demás intras que he conocido o bien estaban demasiado intimidados para hablar con nosotros o sentían resquemor porque nos metíamos en su territorio.

—En efecto —replicó Brisa—. No eres como la mayoría de esos migajas. Te apreciaría mucho más, ni que decir tiene, si me trajeras ese vaso de vino...

Vin lo ignoró y miró a Ham.

—¿Migajas?

—Así es como algunos de los miembros más pagados de sí mismos de nuestra sociedad llaman a los ladrones de poca monta —dijo Ham—. Os llaman migajas, puesto que soléis implicaros en... proyectos menos inspirados.

—Sin ningún ánimo de ofender, por supuesto —añadió Brisa.

—Qué va, yo nunca me ofendería por un... —Vin hizo una pausa al sentir un irregular deseo de complacer al hombre bien vestido. Miró fijamente a Brisa—. ¡Deja de hacer eso!

—¿Ves? —dijo Brisa, mirando a Ham—. Sigue conservando la capacidad de elegir.

—No tienes remedio.

Creen que soy una intra, pensó Vin. Así que Kelsier no les ha dicho lo que soy. ¿Por qué? ¿Por falta de tiempo o el secreto era demasiado valioso para compartirlo? ¿Hasta qué punto se podía confiar en esos hombres? Y, si la consideraban una simple «migaja», ¿por qué eran tan amables con ella?

—¿A quién más esperamos? —preguntó Brisa, mirando hacia la puerta—. Además de a Kell y Dox, quiero decir.

—A Yeden —respondió Ham.

Brisa torció el gesto.

—Ah, sí.

—Estoy de acuerdo —dijo Ham—. Pero estaría dispuesto a apostar que él piensa lo mismo de nosotros.

—Ni siquiera sé por qué lo han invitado.

Ham se encogió de hombros.

—Obviamente, tendrá algo que ver con el plan de Kell.

—Ah, el famoso «Plan» —dijo Brisa, divertido—. ¿Qué trabajo puede ser...?

Ham sacudió la cabeza.

—Kell y su maldita teatralidad.

—Desde luego.

La puerta se abrió un instante después y entró el hombre del que estaban hablando, Yeden. Resultó ser un tipo bastante corriente y a Vin le extrañó que los otros dos estuvieran tan descontentos con su asistencia. Bajo, con el pelo rizado y corto, Yeden iba vestido con sencillas prendas grises de skaa y un abrigo marrón, remendado y cubierto de hollín. Aunque lo miró todo con desaprobación, no se mostró tan hostil como Clubs, que permanecía todavía sentado al otro lado de la habitación, mirando con mala cara a todos los que se volvían hacia él.

No es una banda muy grande, pensó Vin. Con Kelsier y Dockson, son seis. Ham, por su parte, había dicho que lideraba un grupo de «violentos». ¿Tal vez los hombres presentes en la reunión no fueran más que simples representantes? ¿Los jefes de bandas más pequeñas, más especializadas? Algunas bandas actuaban así.

Brisa comprobó su reloj de bolsillo tres veces más antes de que Kelsier llegara por fin. El jefe nacido de la bruma cruzó la puerta con alegre entusiasmo, seguido por Dockson. Ham se puso en pie de inmediato, sonriendo de oreja a oreja, y le estrechó la mano. Brisa se levantó también y, aunque su saludo fue menos efusivo, Vin tuvo que admitir que nunca había visto a unos hombres tan contentos de saludar a ningún jefe de banda.

—Ah —dijo Kelsier, mirando hacia el fondo de la sala—. Clubs y Yeden están aquí también. Bien, ya estamos todos. Me alegro: odio que me hagan esperar.

Brisa alzó una ceja mientras Ham y él volvían a sentarse. Dockson ocupó una silla de la misma mesa.

—¿Vamos a recibir alguna disculpa por tu tardanza?

—Dockson y yo hemos visitado a mi hermano —explicó Kelsier, dirigiéndose hacia la parte delantera de la guarida. Se volvió y se apoyó contra la barra, escrutando la sala. Cuando sus ojos se posaron en Vin, hizo un guiño.

—¿Tu hermano? —dijo Ham—. ¿Va a venir Marsh a la reunión?

Kelsier y Dockson intercambiaron una mirada.

—Esta noche no —respondió Kelsier—. Pero se unirá al grupo más adelante.

Vin estudió a los demás. Parecían escépticos. ¿Tensión entre Kelsier y su hermano, tal vez?

Brisa alzó su bastón de duelo, apuntando a Kelsier.

—Muy bien, Kelsier, has mantenido este «trabajo» en secreto durante ocho meses. Sabemos que es algo grande, sabemos que estás entusiasmado y todos estamos tan molestos como corresponde contigo por tu secretismo. Así que ¿por qué no vas y nos cuentas de qué se trata?

Kelsier sonrió. Luego se irguió y señaló con la mano al sucio y simple Yeden.

—Caballeros, os presento a vuestro nuevo patrón. Esto, al parecer, fue una declaración sorprendente.

—¿Él? —preguntó Ham.

—Él —asintió Kelsier.

—¿Qué? —preguntó Yeden, hablando por primera vez—. ¿Tenéis problemas para trabajar con alguien que tenga moral?

—No es eso, querido mío —dijo Brisa, cruzando el bastón sobre su regazo—. Es que, bueno, tenía la extraña impresión de que no te gustaban mucho los de nuestro tipo.

—No me gustan —fue la sucinta respuesta de Yeden—. Sois egoístas, indisciplinados y habéis dado la espalda al resto de los skaa. Vestís bien, pero por dentro sois tan sucios como la ceniza.

Ham bufó.

—Veo que este trabajo va a ser magnífico para nuestra moral.

Vin observó en silencio, mordiéndose los labios. Saltaba a la vista que Yeden era un obrero skaa, quizá trabajador de una fragua o una fábrica textil. ¿Qué relación tenía con los bajos fondos? Y... ¿cómo podía permitirse los servicios de una banda de ladrones, sobre todo de una al parecer tan especializada como el equipo de Kelsier?

Tal vez Kelsier advirtió su confusión, pues lo descubrió mirándola mientras los demás seguían hablando.

—Sigo un poco confundido —dijo Ham—. Yeden, todos somos conscientes de lo que piensas de los ladrones. Así que... ¿por qué quieres contratarnos?

Yeden se rebulló.

—Porque todo el mundo sabe lo efectivos que sois —dijo por fin.

Brisa se echó a reír.

—Desaprobar nuestra moral no te impide hacer uso de nuestras habilidades, ya veo. Bien, ¿cuál es el trabajo? ¿Qué quiere de nosotros la rebelión skaa?

¿Rebelión skaa?, pensó Vin, mientras un fragmento de la conversación encajaba en su sitio. Había dos sectores en los bajos fondos. El más grande estaba compuesto por ladrones, bandas, putas y mendigos que trataban de sobrevivir apartados de la cultura skaa principal.

Y luego estaban los rebeldes. La gente que trabajaba contra el Imperio Final. Reen siempre los había considerado idiotas, un sentimiento que compartía la mayoría de la gente que Vin había conocido, ya fueran skaa corrientes o miembros de los bajos fondos.

Todos los ojos se volvieron muy despacio hacia Kelsier, quien se apoyó de nuevo en la barra.

—La rebelión skaa, cortesía de su líder Yeden, nos ha contratado para algo muy específico.

—¿Qué? —preguntó Ham—. ¿Robo? ¿Asesinato?

—Un poco de ambas cosas —dijo Kelsier—, y, al mismo tiempo, ninguna. Caballeros, esto no va a ser un trabajo corriente. Va a ser distinto de todo lo que ninguna banda haya intentado jamás. Vamos a ayudar a Yeden a derrocar al Imperio Final.

Silencio.

—¿Cómo dices? —preguntó Ham.

—Me has oído bien, Ham. Ese es el trabajo que he estado planeando: la destrucción del Imperio Final. O, al menos, de su centro de gobierno. Yeden nos ha contratado para que le proporcionemos un ejército y luego le demos una oportunidad para hacerse con el control de esta ciudad.

Ham se echó hacia atrás en su asiento y luego compartió una mirada con Brisa. Ambos hombres se volvieron hacia Dockson, quien asintió solemne. La habitación permaneció en silencio un momento más; luego el silencio se rompió cuando Yeden empezó a reír sin ganas para sí.

—Nunca tendría que haber accedido a esto —dijo Yeden, sacudiendo la cabeza—. Ahora que lo dices, me doy cuenta de lo ridículo que parece.

—Confía en mí, Yeden —dijo Kelsier—. Estos hombres tienen por costumbre llevar a cabo planes que parecen ridículos a primera vista.

—Puede que eso sea cierto, Kell —dijo Brisa—. Pero, en este caso, estoy de acuerdo con nuestro reticente amigo. Derrocar al Imperio Final... ¡Eso es algo en lo que los rebeldes skaa llevan trabajando mil años! ¿Qué te hace pensar que tendremos éxito donde esos hombres han fracasado?

Kelsier sonrió.

—Tendremos éxito porque tenemos visión, Brisa. Eso es algo de lo que siempre ha carecido la rebelión.

—¿Disculpa? —dijo Yeden, indignado.

—Es cierto, por desgracia —contestó Kelsier—. La rebelión condena a gente como nosotros por nuestra avaricia, pero pese a su elevada moral (que desde luego yo respeto) nunca consiguen que se haga nada. Yeden, tus hombres se ocultan en los bosques y las montañas planeando cómo algún día se alzarán y dirigirán una guerra gloriosa contra el Imperio Final. Pero no tenéis ni idea de cómo desarrollar y ejecutar un plan adecuado.

La expresión de Yeden se ensombreció.

—Tú sí que no tienes ni idea de lo que estás diciendo.

—¿No? —dijo animadamente Kelsier —. Dime, ¿qué ha conseguido vuestra rebelión en sus mil años de lucha? ¿Dónde están vuestros éxitos y vuestras victorias? ¿La Masacre de Tougier, hace tres siglos, en la que siete mil rebeldes skaa murieron? ¿El ataque ocasional a un barco en el canal o el secuestro de un funcionario menor?

Yeden se ruborizó.

—¡Es lo mejor que podemos conseguir con la gente que tenemos! No responsabilices a mis hombres de sus fracasos... Échale la culpa al resto de los skaa. Ni siquiera podemos conseguir que nos ayuden. Llevan mil años siendo explotados, no les queda ningún espíritu. ¡Es difícil conseguir que nos escuche uno entre un millar, y todavía más que se rebele!

—Paz, Yeden —dijo Kelsier, alzando una mano—. No intento insultar tu valor. Estamos en el mismo bando, ¿recuerdas? Acudiste a mí en concreto porque tenías problemas para reclutar a gente para tu ejército.

—Cada vez lamento más la decisión, ladrón.

—Bueno, ya nos has pagado —dijo Kelsier—. Así que es un poco tarde para que te eches atrás. Pero conseguiremos ese ejército, Yeden. Los hombres de esta sala son los alománticos más capaces, más astutos y más hábiles de la ciudad. Ya lo verás.

La habitación volvió a quedar en silencio. Vin permaneció sentada en su mesa, asistiendo a la conversación con el ceño fruncido. ¿Cuál es tu juego, Kelsier? Sus palabras sobre derrocar al Imperio Final eran una fachada, eso saltaba a la vista. Le parecía más probable que pretendiera engañar a la rebelión skaa. Pero... si ya le habían pagado, ¿por qué continuar con la charada?

Kelsier se volvió hacia Brisa y Ham.

—Muy bien, caballeros. ¿Qué os parece?

Los dos hombres intercambiaron una mirada.

—Por el lord Legislador —habló Brisa, al cabo—, no soy de los que renuncian a un reto así como así. Pero, Kelsier, pongo en duda tu razonamiento. ¿Estás seguro de que podremos conseguirlo?

—Estoy seguro —contestó Kelsier—. Los anteriores intentos de derrocar al lord Legislador han fracasado por falta de organización y planificación adecuadas. Nosotros somos ladrones, caballeros... y extraordinariamente buenos. Podemos robar lo imposible y engañar al impasible. Sabemos cómo emprender una tarea colosal y reducirla a porciones manejables, y luego ocuparnos de cada una de esas porciones. Sabemos cómo conseguir lo que queremos. Estas cosas nos hacen perfectos para esta tarea concreta.

Brisa frunció el ceño.

—Y... ¿cuánto nos van a pagar por conseguir lo imposible?

—Treinta mil cuartos —dijo Yeden—. La mitad ahora, la otra mitad cuando entreguéis el ejército.

—¿Treinta mil? —dijo Ham—. ¿Por una operación de tanta envergadura? Eso apenas cubrirá nuestros gastos. Necesitaremos un espía entre los nobles para recoger los posibles rumores, necesitaremos un par de escondites seguros, por no mencionar un lugar lo bastante grande para ocultar y entrenar a todo un ejército...

—No tiene sentido regatear ahora, ladrón —replicó Yeden—. Treinta mil puede que no parezca mucho a los de tu clase, pero es el resultado de décadas de ahorro por nuestra parte. No podemos pagar más porque no tenemos más.

—Es un buen trabajo, caballeros —comentó Dockson, uniéndose a la conversación por primera vez.

—Sí, bueno, todo es magnífico —dijo Brisa—. Me considero un tipo bastante amable. Pero... esto me parece demasiado altruista. Por no decir estúpido.

—Bueno... —intervino Kelsier—, podría haber un poco más para nosotros...

Vin alzó la cabeza y Brisa sonrió.

—El tesoro del lord Legislador —dijo Kelsier—. El plan, hoy por hoy, es proporcionar a Yeden un ejército y la oportunidad de apoderarse de la ciudad. Una vez que tome el palacio, se hará con el tesoro y usará sus fondos para asegurarse el poder. Y, junto a ese tesoro...

—Está el atium del lord Legislador —dijo Brisa.

Kelsier asintió.

—Nuestro acuerdo con Yeden nos garantiza la mitad de las reservas de atium que encontremos en el palacio, no importa lo vastas que sean.

Atium. Vin había oído hablar del metal, pero nunca había llegado a verlo. Era increíblemente raro, y se suponía que solo podían usarlo los nobles.

Ham sonreía.

—Muy bien, ese premio es casi lo bastante grande para intentarlo —dijo con parsimonia.

—Se supone que la cantidad de atium acumulada es enorme —replicó Kelsier—. El lord Legislador vende el metal solo poco a poco, cobrando sumas escandalosas a la nobleza. Tiene que mantener una reserva enorme para asegurarse de que controla el mercado, y de que tiene suficiente riqueza para casos de emergencia.

—Cierto... —dijo Brisa—. Pero ¿estás seguro de que quieres intentar algo así tan pronto después de... de lo que pasó la última vez que intentamos entrar en el palacio?

—Esta vez vamos a hacer las cosas de un modo distinto —dijo Kelsier—. Caballeros, seré sincero. No va a ser un trabajo fácil, pero puede funcionar. El plan es sencillo. Vamos a encontrar un modo de neutralizar la Guarnición de Luthadel, dejando la zona sin fuerza policial. Luego, sumiremos la ciudad en el caos.

—Tenemos un par de opciones para hacerlo —dijo Dockson—. Pero de eso podremos hablar más tarde.

Kelsier asintió.

—Entonces, en medio de ese caos, Yeden entrará con su ejército en Luthadel y tomará el palacio y hará prisionero al lord Legislador. Mientras Yeden se asegura la ciudad, nosotros robaremos el atium. Le daremos la mitad y desapareceremos con la otra mitad. Después de todo, su trabajo es conservar aquello de lo que se haya apoderado.

—Parece un poco peligroso para ti, Yeden —advirtió Ham, mirando al líder rebelde.

Yeden se encogió de hombros.

—Tal vez. Pero si por algún milagro conseguimos controlar el palacio, entonces al menos habremos hecho algo que ninguna rebelión skaa ha conseguido antes. Para mis hombres, no se trata de un asunto de riqueza... ni siquiera de supervivencia. Se trata de hacer algo grandioso, algo maravilloso para dar esperanza a los skaa. Pero no espero que vosotros comprendáis este tipo de cosas.

Kelsier dirigió una mirada tranquilizadora a Yeden y el hombre hizo una mueca y se calló. ¿Ha usado alomancia?, se preguntó Vin. Había visto relaciones entre patrones y bandas antes, y le parecía que Yeden estaba más en el bolsillo de Kelsier que lo contrario.

Kelsier se volvió hacia Ham y Brisa.

—Este asunto es más que una simple demostración de arrojo. Si conseguimos robar el atium, será un fuerte golpe contra los cimientos financieros del lord Legislador. Depende del dinero que le proporciona el atium... Sin él, podría quedarse sin medios para pagar a sus ejércitos.

»Aunque escape a nuestra trampa, se quedará en la ruina. No podrá enviar soldados para que arrebaten la ciudad a Yeden. Si esto sale bien, la ciudad quedará sumida en el caos y la nobleza estará demasiado debilitada para reaccionar contra las fuerzas rebeldes. El lord Legislador se sentirá confuso e incapaz de agrupar un ejército importante.

—¿Y los koloss? —preguntó Ham en voz baja.

Kelsier hizo una pausa.

—Si lanza a esas criaturas contra su propia capital, la destrucción que causará será aún más peligrosa que la inestabilidad financiera. En medio del caos, los nobles de las provincias se rebelarán y se erigirán en reyes, y el lord Legislador no tendrá soldados para volver a meterlos en cintura. Los rebeldes de Yeden podrán mantener Luthadel, y nosotros, amigos míos, seremos muy, muy ricos. Todos tendremos lo que queremos.

—Te olvidas del Ministerio de Acero —exclamó Clubs, casi olvidado en un rincón de la habitación—. Esos inquisidores no permitirán que hundamos en el caos su pequeña teocracia.

Kelsier hizo una pausa y se volvió hacia el hombre retorcido.

—Tendremos que encontrar un modo de ocuparnos del Ministerio... Tengo unos cuantos planes al respecto. Sea como sea, ese tipo de problemas son los que tenemos que solventar... en equipo. Tenemos que librarnos de la Guarnición de Luthadel: es imposible conseguir nada con la policía patrullando las calles. Tendremos que encontrar un modo adecuado de sumir la ciudad en el caos y un modo de mantener a los obligadores apartados de nuestros pasos.

»Pero si jugamos bien, podremos obligar al lord Legislador a enviar a la guardia de palacio, tal vez incluso a los inquisidores, a la ciudad para restaurar el orden. Eso dejará el palacio sin protección, lo que dará a Yeden una oportunidad perfecta para actuar. Después ya no importará lo que suceda con el Ministerio o la Guarnición: el lord Legislador no tendrá dinero para mantener el control de su imperio.

—No sé, Kell —dijo Brisa, sacudiendo la cabeza. Parecía estar sopesando sinceramente el plan—. El lord Legislador tiene ese atium en alguna parte. ¿Y si va y extrae más?

Ham asintió.

—Nadie sabe dónde está la mina de atium.

—Yo no diría que nadie —repuso Kelsier con una sonrisa.

Brisa y Ham intercambiaron una mirada.

—¿Tú lo sabes? —preguntó Ham.

—Por supuesto —contestó Kelsier—. Me he pasado un año de mi vida trabajando allí.

—¿Los Pozos? —preguntó Ham, sorprendido.

Kelsier asintió.

—Por eso el lord Legislador se asegura de que nadie sobreviva a los trabajos allí: no puede permitir que se filtre su secreto. No es solo una colonia penitenciaria, no es solo un agujero infernal donde envían a los skaa a morir. Es una mina.

—Desde luego... —dijo Brisa.

Kelsier se enderezó, se apartó de la barra y se acercó a la mesa de Ham y Brisa.

—Tenemos una oportunidad, caballeros. Una oportunidad de hacer algo grande... algo que ninguna otra banda de ladrones ha conseguido jamás. ¡Le robaremos al mismísimo lord Legislador!

»Pero hay más. Los Pozos estuvieron a punto de acabar conmigo y veo las cosas... de un modo diferente desde que escapé. Veo a los skaa trabajando sin esperanza. Veo a las bandas de ladrones tratando de sobrevivir con las sobras de los aristócratas, a menudo haciéndose matar junto con otros skaa en el proceso. Veo la rebelión skaa esforzándose por resistir al lord Legislador y sin lograr ningún progreso.

»La rebelión fracasa porque está demasiado dispersa y extendida. En el momento en que una de sus muchas piezas gana impulso, el Ministerio de Acero la aplasta. Esa no es forma de derrotar al Imperio Final, caballeros. Pero un equipo pequeño, especializado y altamente dotado, tiene esperanza. Podemos trabajar sin gran riesgo a exponernos. Sabemos cómo evitar los tentáculos del Ministerio de Acero. Sabemos cómo piensan los altos nobles y cómo explotar a sus miembros. ¡Podemos hacerlo!

Hizo una pausa junto a la mesa.

—No sé, Kell —dijo Ham—. No es que esté en desacuerdo con tus motivos. Es que... Bueno, parece un poco alocado.

Kelsier sonrió.

—Ya lo sé. Pero vas a hacerlo de todas formas, ¿verdad?

Ham hizo una pausa y luego asintió.

—Sabes que me uniré a tu grupo no importa cuál sea el trabajo. Parece una locura, pero lo mismo parecen la mayoría de tus planes. Pero... dime, ¿hablas en serio de derrocar al lord Legislador?

Kelsier asintió. Por algún motivo, Vin casi se sintió tentada a creerlo.

Ham asintió con vehemencia.

—Muy bien, pues. Cuenta conmigo.

—¿Brisa? —preguntó Kelsier.

El hombre bien vestido sacudió la cabeza.

—No estoy seguro, Kell. Esto es un poco extremo, incluso para ti.

—Te necesitamos, Brisa —dijo Kell—. Nadie puede aplacar a una multitud como tú. Si vamos a formar un ejército, necesitaremos a tus alománticos... y vuestros poderes.

—Bueno, eso es cierto. Pero, con todo...

Kelsier sonrió y puso algo en la mesa: la copa de vino que Vin había servido para Brisa. Ella ni siquiera había advertido que Kelsier la hubiese recogido de la barra.

—Piensa en el desafío, Brisa —dijo Kelsier.

Brisa miró la copa y luego a Kelsier. Transcurridos unos instantes, se echó a reír y tomó el vino.

—Bien. Cuenta conmigo.

—Es imposible —rezongó una voz desde el fondo de la habitación. Clubs estaba sentado con los brazos cruzados y miraba a Kelsier con mala cara—. ¿Qué planeas hacer en realidad, Kelsier?

—Estoy siendo sincero —repuso Kelsier—. Planeo apoderarme del atium del lord Legislador y derrocar su imperio.

—No puedes —dijo el hombre—. Es una estupidez. Los inquisidores nos colgarán con ganchos de la garganta.

—Tal vez —respondió Kelsier—. Pero piensa en la recompensa si tenemos éxito. Riqueza, poder y una tierra donde los skaa puedan vivir como hombres, no como esclavos.

Clubs emitió un sonoro bufido. Entonces se puso en pie, derribando la silla al suelo.

—Ninguna recompensa sería suficiente. El lord Legislador intentó matarte una vez... Veo que no quedarás satisfecho hasta que lo consiga.

Dicho esto, el hombre se dio la vuelta y salió cojeando de la habitación dando un portazo.

La guarida quedó en silencio.

—Bueno, supongo que necesitaremos a otro ahumador —dijo Dockson.

—¿Vais a dejarlo marchar? —preguntó Yeden—. ¡Lo sabe todo!

Brisa se echó a reír.

—¿No se supone que tú eres la moral de este grupo?

—La moral no tiene nada que ver —dijo Yeden—. ¡Permitir que nadie se vaya así es una locura! Podríamos tener encima a los obligadores en cuestión de minutos.

Vin asintió, pero Kelsier negó con la cabeza.

—Yo no actúo así, Yeden. Invité a Clubs a una reunión en la que he esbozado un plan peligroso... un plan que algunos pueden considerar estúpido. No voy a mandarlo asesinar porque haya decidido que es demasiado peligroso. Si haces así las cosas, muy pronto nadie viene a escuchar tus planes.

—Además —dijo Dockson—, no invitaríamos a nadie a una de estas reuniones si no confiáramos en que no nos va a traicionar.

Imposible, pensó Vin, frunciendo el ceño. Tenía que tratarse de un farol para mantener alta la moral de su banda: nadie era tan confiado. Después de todo, ¿no habían dicho los otros que el fracaso de Kelsier unos años antes (que lo había enviado a los Pozos de Hathsin) se había producido a causa de una traición? Debería haber ordenado que unos asesinos siguieran a Clubs en aquel mismo momento, para asegurarse de que no acudiera a las autoridades.

—Muy bien, Yeden —dijo Kelsier, volviendo al tema—. Han aceptado. El plan sigue en marcha. ¿Sigues de acuerdo?

—¿Devolverás el dinero de la rebelión si digo que no? —preguntó Yeden.

La única respuesta a eso fue una risita de Ham. La expresión de Yeden se ensombreció, pero solo negó con la cabeza.

—Si tuviera otra opción...

—Bah, deja de quejarte —dijo Kelsier—. Formas parte oficialmente de una banda de ladrones, así que bien podrías acercarte y sentarte con nosotros.

Yeden se detuvo un instante, luego suspiró y se acercó a sentarse a la mesa de Brisa, Ham y Dockson. Kelsier seguía de pie junto a ellos. Vin estaba sentada en la mesa de al lado.

Kelsier se volvió a mirarla.

—¿Y tú, Vin?

Ella vaciló. ¿Por qué me lo pregunta? Ya sabe que me tiene en su poder. El trabajo no importa, mientras aprenda lo que sabe.

Kelsier esperó.

—Cuenta conmigo —dijo Vin, suponiendo que eso era lo que él quería oír.

Suponía bien, pues Kelsier sonrió y le indicó la última silla de la mesa.

Vin suspiró, pero hizo lo que le pedían. Se puso en pie y se acercó a la mesa para ocupar el último asiento.

—¿Quién es la chica? —preguntó Yeden.

—Intra —dijo Brisa.

Kelsier alzó una ceja.

—En realidad, Vin es una nueva recluta. Mi hermano la pilló aplacando sus emociones hace unos meses.

—Una aplacadora, ¿eh? —preguntó Ham—. Supongo que siempre nos vendrá bien utilizar otra.

—Lo cierto es que también parece capaz de encender las emociones de la gente —advirtió Kelsier.

Brisa se lo quedó mirando.

—¿De veras? —preguntó Ham.

Kelsier asintió.

—Dox y yo la hemos probado hace unas cuantas horas.

Brisa se echó a reír.

—Y yo que estaba diciéndole que lo más probable era que nunca conocería a otro nacido de la bruma aparte de ti.

—Un segundo nacido de la bruma en el equipo —apreció Ham—. Bueno, eso aumenta de algún modo nuestras posibilidades.

—¿Qué estáis diciendo? —farfulló Yeden—. Los skaa no pueden ser nacidos de la bruma. ¡Ni siquiera estoy seguro de que los nacidos de la bruma existan! Desde luego, yo nunca he conocido a ninguno.

Brisa alzó una ceja y luego colocó una mano sobre el hombro de Yeden.

—Deberías intentar no hablar tanto, amigo mío —sugirió—. De esa forma parecerás mucho menos estúpido.

Yeden se zafó de la mano de Brisa y Ham se echó a reír. Vin, sin embargo, permaneció callada, considerando las implicaciones de lo que había dicho Kelsier. La parte referida al robo de las reservas de atium era tentadora, pero ¿tomar la ciudad para hacerlo? ¿Tan intrépidos eran estos hombres?

Kelsier acercó una silla a la mesa y se sentó a horcajadas, apoyando los brazos en el respaldo.

—Muy bien —dijo—. Tenemos una banda. Planearemos los detalles en la próxima reunión, pero quiero que todos penséis en el trabajo. Tengo algunos planes, pero quiero mentes frescas que consideren nuestra tarea. Tendremos que discutir formas de sacar a la Guarnición de la ciudad, y formas de crear tanto caos en este sitio que las Grandes Casas no puedan movilizar sus fuerzas para detener al ejército de Yeden cuando ataque.

Los miembros del grupo, excepto Yeden, asintieron.

—Antes de terminar por hoy, sin embargo —continuó Kelsier—, hay una parte más del plan que quiero comentaros.

—¿Más? —preguntó Brisa, riendo—. ¿Robar la fortuna del lord Legislador y derrocar su imperio no es suficiente?

—No —respondió Kelsier—. Si puedo, también voy a matarlo.

Silencio.

—Kelsier —empezó Ham—, el lord Legislador es la Lasca del Infinito. Es un pedazo del mismo Dios. No se le puede matar. Incluso capturarlo es probable que resulte imposible.

Kelsier no respondió. En sus ojos, sin embargo, había determinación.

Eso es, pensó Vin. Tiene que estar loco.

—El lord Legislador y yo tenemos una deuda pendiente —dijo Kelsier, despacio—. Me quitó a Mare y casi me robó la cordura también. Admito que mis motivos para llevar a cabo este plan son en parte vengarme de él. Vamos a quitarle su gobierno, su hogar y su fortuna.

»Sin embargo, para que eso funcione, tendremos que deshacernos de él. Tal vez encarcelarlo en sus propias mazmorras... Como mínimo, expulsarlo de la ciudad. No obstante, se me ocurre algo mejor. En esos pozos a los que me envió, mis poderes alománticos despertaron. Ahora pretendo usarlos para matarlo.

Kelsier rebuscó en su bolsillo y sacó algo. Lo colocó sobre la mesa.

—En el norte tienen una leyenda —dijo—. Según ella el lord Legislador no es inmortal... no del todo. Dicen que se le puede matar con el metal adecuado. El Undécimo metal. Este metal.

Todos los ojos se volvieron hacia el objeto que había sobre la mesa. Era una fina barra metálica, quizá del diámetro del meñique de Vin, recta, de color blanco plateado.

—¿El Undécimo metal? —preguntó Brisa, inseguro—. No he oído semejante leyenda.

—El lord Legislador la ha eliminado —dijo Kelsier—. Pero todavía puede encontrarse, si sabes dónde buscar. La teoría alomántica habla de diez metales: los ocho básicos y los dos altos. Existe otro, no obstante, desconocido para la mayoría. Mucho más poderoso que los otros diez.

Brisa frunció el ceño, escéptico.

Yeden, sin embargo, parecía intrigado.

—¿Y este metal puede de algún modo matar al lord Legislador?

Kelsier asintió.

—Es su punto flaco. El Ministerio de Acero quiere que creáis que es inmortal, pero incluso él puede morir... si un alomántico quema esto.

Ham sostuvo en la mano la fina barra metálica.

—¿De dónde lo has sacado?

—Del norte —respondió Kelsier—. De una tierra cercana a la Península Lejana, una tierra donde la gente aún recuerda cómo se llamaba su antiguo reino en los días anteriores a la Ascensión.

—¿Cómo funciona? —preguntó Brisa.

—No estoy seguro —respondió con toda sinceridad Kelsier—. Pero me propongo averiguarlo.

Ham miró el metal de color de porcelana y lo giró entre sus dedos.

¿Matar al lord Legislador?, pensó Vin. El lord Legislador era una fuerza, como los vientos o las brumas. Esas cosas no se mataban. No vivían, en realidad. Sencillamente «eran».

—De cualquier forma —dijo Kelsier, recuperando el metal de las manos de Ham—, no tenéis que preocuparos por esto. Matar al lord Legislador es tarea mía. Si resulta imposible, nos contentaremos con engañarlo para que salga de la ciudad y luego robarle en sus narices. Solo me ha parecido que debíais saber lo que planeo.

Me he unido a un loco, pensó Vin con resignación. Pero eso no importaba, en realidad... No mientras le enseñara alomancia.

Ni siquiera comprendo lo que se supone que tengo que hacer. Los filósofos de Terris dicen que lo sabré cuando llegue el momento, pero es un flaco consuelo.

La Profundidad debe ser destruida y, al parecer, soy la única persona que puede hacerlo. Si no lo hago pronto, de esta tierra no quedarán más que huesos y polvo.

5

Imagen decorativa

—¡Ajá! —La figura triunfal de Kelsier salió de detrás de la barra de Camon, con una expresión de satisfacción en el rostro. Alzó el brazo y dejó de un golpe en el mostrador una polvorienta botella de vino.

Dockson lo miró, divertido.

—¿Dónde la has encontrado?

—En uno de los cajones secretos —dijo Kelsier, limpiándole el polvo a la botella.

—Creía que los había descubierto todos.

—Y lo has hecho. Pero uno tenía un doble fondo.

Dockson se echó a reír.

—Qué astuto.

Kelsier asintió, descorchó la botella y sirvió tres copas.

—El truco es no dejar nunca de buscar. Siempre hay otro secreto.

Recogió las tres copas y se reunió con Vin y Dockson en la mesa.

Vin aceptó la copa sin convicción. La reunión había terminado un rato antes, y Brisa, Ham y Yeden se habían marchado a reflexionar sobre los asuntos que les había indicado Kelsier. Vin pensaba que también debía marcharse, pero no tenía ningún sitio al que ir. Dockson y Kelsier parecieron dar por sentado que se quedaría con ellos.

Kelsier tomó un largo trago de vino tinto y sonrió.

—Ah, esto está mucho mejor.

Dockson asintió mostrando su acuerdo, pero Vin no probó la bebida.

—Vamos a necesitar a otro ahumador —advirtió Dockson.

Kelsier asintió.

—Los otros parecen habérselo tomado bien.

—Brisa sigue indeciso —dijo Dockson.

—No se echará atrás. Le gustan los desafíos y nunca encontrará un desafío más grande que este. —Kelsier sonrió—. Además, le volvería loco saber que estamos perpetrando un trabajo en el que no toma parte.

—Aun así, tiene derecho a mostrarse aprensivo —dijo Dockson—. Yo también estoy un poco preocupado.

Kelsier asintió y Vin frunció el ceño. ¿Así que este plan va en serio? ¿O siguen fingiendo porque yo estoy delante? Los dos hombres parecían tan competentes... No obstante, ¿derrocar al Imperio Final? Antes detendrían el fluir de las brumas o impedirían que saliera el sol.

—¿Cuándo llegarán tus otros amigos? —preguntó Dockson.

—Dentro de un par de días —respondió Kelsier—. Para entonces tendremos que contar ya con un nuevo ahumador. También voy a necesitar algo más de atium.

Dockson frunció el ceño.

—¿Ya?

Kelsier asintió.

—Lo gasté casi todo comprando el Contrato de OreSeur y usé lo poco que me quedaba en la plantación de Tresting.

Tresting. El noble que había sido asesinado en su mansión la semana anterior. ¿Estaba implicado Kelsier? ¿Y qué era lo que había dicho antes sobre el atium? Había asegurado que el lord Legislador controlaba a la alta nobleza manteniendo el monopolio del metal.

Dockson se frotó la barbilla.

—El atium no es fácil de encontrar, Kell. Casi tardamos ocho meses en planificar el robo de esa porción.

—Eso es porque tuviste que ser delicado —dijo Kelsier con una sonrisa maliciosa.

Dockson miró a Kelsier con aprensión. Kelsier sonrió aún más y, al cabo, Dockson puso los ojos en blanco y exhaló un suspiro. Después miró a Vin.

—No has tocado la bebida.

Vin negó con la cabeza.

Dockson se quedó esperando una explicación y al final Vin se vio obligada a responder.

—No me gusta beber nada que no haya preparado yo misma.

Kelsier se echó a reír.

—Me recuerda a Vent.

—¿A Vent? —dijo Dockson con una mueca—. La chica es un poco paranoica, pero no es tan mala. Ese tipo era tan desconfiado que incluso los latidos de su propio corazón podían sobresaltarlo.

Los dos hombres compartieron una carcajada. Vin, sin embargo, se sintió más incómoda por su trato amistoso. ¿Qué esperan de mí? ¿Voy a ser algún tipo de aprendiz?

—Bueno, ¿vas a decirme cómo planeas conseguir algo de atium? —preguntó Dockson.

Kelsier abrió la boca para responder, pero en las escaleras se oyó el sonido de alguien que bajaba. Kelsier y Dockson se volvieron; Vin, como cabía esperar, se había sentado de manera que pudiera controlar ambas entradas sin tener que moverse.

Vin esperaba que el recién llegado fuera uno de los miembros de la banda de Camon, enviado para ver si Kelsier ya había acabado su reunión en la guarida. Así que se sorprendió mucho cuando la puerta se abrió para revelar el rostro hosco y torcido del hombre llamado Clubs.

Kelsier sonrió, los ojos chispeando.

No se sorprende. Le complace, tal vez, pero no le sorprende.

—Clubs —dijo Kelsier.

Clubs se detuvo en la puerta, dirigiendo a los tres una impresionante mirada de desaprobación. Por fin entró cojeando en la sala. Un adolescente, delgado y torpe, le seguía.

El chico colocó una silla para Clubs junto a la mesa de Kelsier. Clubs se sentó refunfuñando. Por fin miró a Kelsier con ojos bizcos y la nariz arrugada.

—¿El aplacador se ha ido?

—¿Brisa? —preguntó Kelsier—. Sí, se ha ido.

Clubs gruñó. Entonces vio la botella de vino.

—Sírvete —dijo Kelsier.

Clubs indicó al chico que le trajera una copa de la barra y luego se volvió hacia Kelsier.

—Tenía que asegurarme —dijo—. Nunca puedes confiar en ti mismo cuando hay un aplacador cerca... sobre todo uno como él.

—Tú eres ahumador, Clubs —dijo Kelsier—. No podría hacerte gran cosa, si no quieres.

Clubs se encogió de hombros.

—No me gustan los aplacadores. No es solo alomancia... Los hombres como él... Bueno, no puedes confiar en que no te estén manipulando cuando están cerca. Con cobre o sin cobre.

—Yo no recurriría a algo así para conseguir tu lealtad —dijo Kelsier.

—Eso he oído —dijo Clubs mientras el chico le servía una copa de vino—. Pero tenía que asegurarme. Tenía que pensarme las cosas sin tener a ese Brisa cerca. —Hizo una mueca, aunque Vin no entendió por qué, y luego apuró la mitad de la copa de un solo trago—. Buen vino —dijo con un gruñido. Luego miró a Kelsier—. Bien, así que los Pozos te volvieron loco de verdad, ¿eh?

—De remate —respondió Kelsier, serio.

Clubs sonrió, aunque en su rostro la expresión tenía un aspecto decididamente retorcido.

—Así pues, ¿pretendes seguir adelante con esto? ¿Con este trabajito tuyo?

Kelsier asintió con solemnidad.

Clubs apuró el resto de su vino.

—Entonces ya tienes un ahumador. No es por el dinero, que conste. Si hablas en serio de derribar a este gobierno, entonces cuenta conmigo.

Kelsier sonrió.

—Y no me sonrías —replicó Clubs—. Lo odio.

—No me atrevería.

—Bien —dijo Dockson, sirviéndose otra copa—, eso resuelve el problema del ahumador.

—No importará mucho —dijo Clubs—. Vais a fracasar. Me he pasado toda la vida tratando de esconder brumosos del lord Legislador y sus obligadores. Al final, siempre los encuentran.

—Entonces, ¿por qué te molestas intentando ayudarnos? —preguntó Dockson.

—Porque me encontrará también a mí tarde o temprano —dijo Clubs, poniéndose en pie—. Al menos de esta forma podré escupirle a la cara. Derrocar al Imperio Final... —Sonrió—. Tiene estilo. Vámonos, chico. Tenemos que preparar el taller para los visitantes.

Vin los vio marchar. Clubs cojeó hasta la puerta y el chico la cerró tras ambos. Luego miró a Kelsier.

—Sabías que volvería.

Él se encogió de hombros, se puso en pie y se desperezó.

—Lo esperaba. La gente se siente atraída por las visiones. El trabajo que propongo... Bueno, no es el tipo de cosa de la que te apartas... no si eres un viejo aburrido molesto con la vida. Bueno, Vin, supongo que tu banda es dueña de todo el edificio, ¿no?

Vin asintió.

—El taller de arriba es una tapadera.

—Bien —dijo Kelsier, comprobando su reloj de bolsillo y luego entregándoselo a Dockson—. Di a tus amigos que pueden recuperar su guarida... Las brumas estarán saliendo ya.

—¿Y nosotros? —preguntó Dockson.

Kelsier sonrió.

—Vamos al tejado. Como te decía, tengo que buscar más atium.

Durante el día Luthadel era una ciudad ennegrecida, manchada por el hollín y la luz roja del sol. Era dura, contrastada y opresiva.

Durante la noche, sin embargo, las brumas salían para nublar y oscurecer. Las torres de los altos nobles se volvían siluetas espectrales al acecho. Las calles parecían más estrechas con la niebla, cada una de ellas convertida en un callejón solitario y peligroso. Incluso a los nobles y los ladrones les daba aprensión salir de noche: hacía falta un corazón fuerte para enfrentarse al imponente silencio envuelto en la bruma. La ciudad, de noche, era un lugar para los desesperados y los atrevidos, una tierra de misterio cambiante y criaturas extrañas.

Criaturas extrañas como yo, pensó Kelsier. Se encontraba en la cornisa del tejado de la guarida. Los edificios en sombras se alzaban en la noche a su alrededor y las brumas hacían que todo pareciera cambiar y moverse en la oscuridad. Débiles luces brillaban en alguna que otra ventana, pero las diminutas perlas de iluminación estaban encogidas y asustadas.

Una fría brisa barrió el tejado, removiendo la bruma, frotándola contra la mejilla húmeda de Kelsier como una exhalación. En tiempos pasados, antes de que todo saliera mal, siempre se subía a un tejado por la noche antes de un trabajo, deseando contemplar la ciudad. No se dio cuenta de que estaba siguiendo aquella vieja costumbre esa noche hasta que miró a su lado, esperando que Mare estuviera allí junto a él, como había estado siempre.

Pero encontró solo aire vacío. Solitario. Silencioso. Las brumas la habían sustituido. Pobremente.

Suspiró y se dio la vuelta. Vin y Dockson estaban detrás de él, en el tejado. Ambos parecían temerosos de estar allí en la niebla, pero dominaban su miedo. No llegas muy lejos en los bajos fondos sin aprender a dominar tu miedo a las brumas.

Kelsier había aprendido a hacer más que eso. Se había internado en ellas tantas veces durante los últimos años que empezaba a sentirse más cómodo por la noche, dentro del oscuro abrazo de la bruma, que de día.

—Kell —dijo Dockson—, ¿tienes que asomarte así al borde? Nuestros planes puede que sean un poco alocados, pero prefiero que no terminen contigo desparramado en los adoquines de allá abajo.

Kelsier sonrió. Sigue sin considerarme un nacido de la bruma, pensó. Todos tardarán en acostumbrarse.

Años antes había sido el más famoso jefe de bandas de Luthadel, y lo había conseguido sin ser siquiera un alomántico. Mare era ojo de estaño, pero Dockson y él... solo eran hombres corrientes. Un mestizo sin poderes y un skaa de plantación fugitivo. Juntos habían puesto de rodillas a las Grandes Casas, robando con osadía a los hombres más poderosos del Imperio Final.

Ahora Kelsier era más, mucho más. Antaño soñaba con la alomancia y deseaba tener un poder como el de Mare. Ella murió antes de que él consiguiera sus poderes. Nunca pudo ver lo que hacía con ellos.

Antes, la alta nobleza lo temía. El propio lord Legislador había tenido que preparar la trampa en la que había caído. Ahora... el Imperio Final mismo se estremecería antes de que acabara con él.

Escrutó la ciudad una vez más, inhalando las brumas, y luego se bajó del saliente y se acercó a Dockson y Vin. No llevaban luces: por lo general, la luz ambiental de las estrellas diluida por las brumas era suficiente para ver.

Kelsier se quitó la casaca y el chaleco, se los ofreció a Dockson, y luego se desabrochó la camisa, dejando que la prenda colgara suelta. El tejido era lo bastante oscuro como para que no lo vieran de noche.

—Muy bien —dijo Kelsier—. ¿A quién debería probar?

Dockson frunció el ceño.

—¿Seguro que quieres hacerlo?

Kelsier sonrió.

Dockson suspiró.

—Han robado a las Casas Urbain y Teniert recientemente, aunque no su atium.

—¿Qué casa es la más fuerte ahora mismo? —preguntó Kelsier, agachándose y deshaciendo los nudos de su mochila, que reposaba a los pies de Dockson—. ¿Quién no pensaría que van a robarle?

Dockson hizo una pausa.

—Los Venture —dijo por fin—. Llevan en la cima unos cuantos años. Mantienen una fuerza armada de varios cientos de hombres y en la casa de la nobleza local hay unas dos docenas de brumosos.

Kelsier asintió.

—Bien, ahí es donde iré, entonces. Seguro que tienen atium.

Abrió la bolsa, sacó una capa gris oscuro. Grande y envolvente, la capa no estaba hecha de una sola pieza de tela, sino de cientos de largas tiras como lazos. Estaban cosidas en los hombros y en el pecho, pero colgaban separadas unas de otras, como gallardetes superpuestos.

Kelsier se puso el atuendo y las tiras de tela se retorcieron y enroscaron, casi como las brumas.

Dockson resopló en voz baja.

—Nunca había estado tan cerca de alguien que llevara una de estas.

—¿Qué es? —preguntó Vin. La voz apagada casi daba miedo en la bruma nocturna.

—Una capa de los nacidos de la bruma —dijo Dockson—. Todos la llevan... Es una especie de... como un signo de pertenencia a su club.

—Tiene la forma y el color precisos para ocultarte en la bruma —dijo Kelsier—. Y advierte a los guardias de la ciudad y a los otros nacidos que no te molesten. —Se dio media vuelta, dejando que la capa se agitara dramáticamente—. Creo que me queda de maravilla.

Dockson puso los ojos en blanco.

—Muy bien —dijo Kelsier, agachándose y sacando un cinturón de tela de la bolsa—. A la Casa Venture. ¿Hay algo que necesite saber?

—Se supone que lord Venture tiene una caja fuerte en su estudio —dijo Dockson—. Allí es donde debe de guardar el atium. Encontrarás el estudio en la segunda planta, a tres habitaciones del balcón del ala sur. Ten cuidado, la Casa Venture tiene una docena de mataneblinos además de sus soldados y brumosos.

Kelsier asintió y se ató el cinturón; no tenía hebilla, pero sí dos pequeñas vainas. Sacó un par de dagas de cristal de la bolsa, comprobó que no estuviesen melladas y las envainó. Se quitó los zapatos y los calcetines, quedándose descalzo sobre las heladas piedras. Con los zapatos también desapareció el último trozo de metal que llevaba encima, aparte de la faltriquera y los tres frascos de metal del cinturón. Seleccionó el más grande, se tomó su contenido y le tendió el frasco vacío a Dockson.

—¿Ya está? —preguntó Kelsier.

Dockson asintió.

—Buena suerte.

Junto a él, la muchacha observaba sus preparativos con intensa curiosidad. Era una criatura pequeña y silenciosa, pero ocultaba una intensidad que le resultaba impresionante. Era paranoica, cierto, pero no tímida.

Tendrás tu oportunidad, muchacha, pensó. Pero no esta noche.

—Bien —dijo, sacando una moneda de la bolsa; la arrojó desde lo alto del edificio—. Supongo que allá voy. Me reuniré con vosotros en el taller de Clubs dentro de un rato.

Dockson asintió.

Kelsier se dio la vuelta y se acercó al borde del tejado. Luego saltó del edificio.

La bruma se enroscó en el aire a su alrededor. Quemó acero, el segundo de los metales alománticos básicos. Luces azules transparentes cobraron existencia en torno a él, visibles solo para sus ojos. Cada una brotaba desde el centro de su pecho hasta una fuente de metal cercana. Las líneas eran relativamente débiles, signo de que apuntaban a fuentes de metal pequeñas: bisagras de puertas, clavos y otras menudencias. El tipo de fuente de metal no importaba. Quemar hierro o acero hacía llegar líneas azules a todo tipo de metal, suponiendo que estuviera lo bastante cerca y el objeto fuera lo bastante grande para reparar en él.

Kelsier escogió la línea que apuntaba directa hacia abajo, hacia su moneda. Quemando acero, empujó contra la moneda.

Su descenso se detuvo de inmediato, y fue lanzado por el aire en dirección opuesta siguiendo la línea azul. Se volvió de lado, seleccionó al pasar el pomo de una ventana y empujó, inclinándose. El cuidadoso empujón lo envió hacia arriba y por encima del edificio que se hallaba justo al otro lado de la calle de la guarida de Vin.

Kelsier aterrizó con agilidad, agazapado, y echó a correr por el techo picudo del edificio. Se detuvo al otro lado, en la oscuridad, y escrutó el aire revuelto. Quemó estaño y lo sintió cobrar vida en su pecho, amplificando sus sentidos. De repente las brumas parecieron menos densas. No es que la noche a su alrededor se volviera más clara, sino que, sencillamente, su capacidad de percepción había aumentado. Al norte, en la distancia, distinguió apenas una enorme estructura. El Torreón de Venture.

Kelsier dejó que su estaño siguiera ardiendo de forma gradual; lo más probable era que no necesitara preocuparse de que se agotara. Al incorporarse, las brumas se enroscaron ligeramente alrededor de su cuerpo. Giraron y revolotearon, haciendo pasar una ligera corriente, apenas perceptible, junto a él. Las brumas lo conocían, lo reclamaban. Podían sentir la alomancia.

Saltó, empujando una chimenea de metal que tenía detrás, lo que lo impulsó en un amplio salto horizontal. Lanzó una moneda mientras saltaba y la diminuta pieza de metal fluctuó a través de la oscuridad y la niebla. Se impulsó contra la moneda antes de que esta golpeara el suelo y la fuerza de su peso la envió hacia abajo de golpe. En cuanto tocó el suelo, Kelsier salió catapultado hacia arriba, lo que convirtió la segunda mitad de su salto en un gracioso arco.

Kelsier aterrizó en otro tejado de madera picudo. Empujar acero y tirar de hierro eran las primeras cosas que le había enseñado Gemmel. Cuando empujes algo, es como si arrojaras tu peso contra eso, le había dicho el viejo lunático. Y no puedes cambiar cuánto pesas: eres un alomántico, no un místico del norte. No tires de nada que pese menos que tú, a menos que quieras que venga volando hacia ti, y no empujes nada más pesado a menos que quieras que te lance en dirección contraria.

Kelsier se rascó las cicatrices, luego se arrebujó en la capa de bruma, agazapado en el tejado, notando el roce de la madera contra sus pies descalzos. A menudo deseaba que quemar estaño no amplificara todos sus sentidos... o, al menos, no todos a la vez. Necesitaba la visión mejorada para ver en la oscuridad y hacía también buen uso de la audición mejorada. Sin embargo, quemar estaño hacía que la noche fuera aún más gélida para su piel supersensible y sus pies notaban cada guijarro y cada surco de la madera que tocaban.

El Torreón de Venture se alzaba ante él. Comparada con la ciudad oscura, parecía arder de luz. Los altos nobles no seguían el mismo calendario que la gente normal: la capacidad para mantener, incluso dilapidar, lámparas de aceite y velas, permitía a los ricos no plegarse a los caprichos de las estaciones y del sol.

El torreón era majestuoso, eso se notaba con tan solo ver su arquitectura. Aun rodeada por una muralla defensiva, la torre en sí era una construcción artística más que una fortificación. Recios contrafuertes sobresalían a los lados, permitiendo intrincadas ventanas y delicadas torretas. Vidrieras de colores iluminadas cubrían los muros del edificio rectangular, dando a las brumas que lo rodeaban un brillo irregular.

Kelsier quemó hierro, lo mantuvo potente y escudriñó la noche en busca de fuentes de metal. Estaba demasiado lejos del torreón para usar elementos pequeños como monedas o bisagras. Necesitaba un punto de apoyo más grande para cubrir esa distancia.

La mayoría de las líneas azules eran débiles. Kelsier advirtió que un par de ellas se movía con parsimonia por encima de él: una pareja de guardias en el tejado, lo más probable. Captaba sus petos y sus armas. A pesar de las consideraciones alománticas, la mayoría de los nobles aún armaba a sus soldados con metal. Los brumosos que podían empujar o tirar de metales eran poco corrientes, y los nacidos de la bruma aún menos. Muchos lores consideraban poco práctico dejar a sus guardias y soldados prácticamente indefensos para contrarrestar un segmento tan pequeño de la población.

No, la mayoría de los altos nobles confiaba en otros medios para enfrentarse a los alománticos. Kelsier sonrió. Dockson había dicho que lord Venture tenía un escuadrón de mataneblinos. Si eso era cierto, cabía la probabilidad de que se los encontrase antes de que acabara la noche. Ignoró por el momento a los soldados, concentrándose en una sólida línea azul que apuntaba hacia el tejado de la torre. Debía de estar revestido de cobre o de hierro. Kelsier avivó este último, inspiró y tiró de la línea.

Con un súbito latigazo, salió despedido por los aires.

Kelsier continuó quemando hierro, tirando de sí hacia la torre a enorme velocidad. Algunos rumores decían que los nacidos de la bruma podían volar, pero era una exageración. Tirar y empujar metales solía parecerse menos a volar que a caer... solo que en la dirección equivocada. Un alomántico tenía que tirar con fuerza para conseguir el impulso adecuado, y eso lo lanzaba hacia su asidero a velocidades asombrosas.

Kelsier salió disparado hacia la torre mientras las brumas se arremolinaban a su alrededor. Rebasó claramente la muralla protectora del perímetro, pero su cuerpo cayó hacia el suelo mientras se movía. Era su peso de nuevo: tiraba de él hacia abajo. Incluso las más veloces flechas se torcían ligeramente hacia el suelo en su vuelo.

El tirón de su peso significaba que, en vez de salir disparado hacia el tejado, lo haría trazando un arco. Se acercó a la muralla de la fortaleza situada a unos metros del tejado, todavía viajando a enorme velocidad.

Inspiró profundamente y quemó peltre, usándolo para ampliar su fuerza física del mismo modo que el estaño amplificaba sus sentidos. Giró en el aire, golpeando la pared de piedra con los pies. Incluso sus músculos reforzados protestaron por el trato, pero se detuvo sin romperse ningún hueso. Inmediatamente se soltó del tejado, lanzando una moneda y empujándola en cuanto empezó a caer. Seleccionó una fuente de metal situada por encima de él (uno de los refuerzos de alambre de una de las vidrieras) y tiró de ella.

La moneda golpeó el suelo y pudo de repente soportar su peso. Kelsier se lanzó hacia arriba, empujando la moneda y tirando de la ventana al mismo tiempo. Entonces, apagando ambos metales, dejó que el impulso lo llevara hacia arriba los últimos palmos a través de las oscuras brumas. Con la capa aleteando silenciosamente, llegó al borde de la pasarela de servicio superior del torreón, pasó por encima de la balaustrada de piedra y aterrizó en el alféizar.

Un sorprendido guardia lo descubrió, ni a tres pasos de distancia. Kelsier arremetió contra él como una exhalación tras saltar al aire y tirar levemente del peto de acero del hombre y hacerle perder el equilibrio. Sacó una de las dagas de cristal, permitiendo que la fuerza de su tirón al hierro lo lanzara hacia el guardia. Aterrizó con ambos pies contra el pecho del soldado y luego se giró y cortó con una estocada reforzada por el peltre.

El guardia se desplomó con la garganta segada. Kelsier aterrizó ágilmente a su lado, aguzando el oído al acecho de sonidos de alarma en la noche. No hubo ninguno. Dejó al guardia borbotear su muerte. El hombre debía de ser un noble menor. El enemigo. Si en lugar de eso hubiera sido un soldado skaa obligado a traicionar a su gente a cambio de unas monedas... Bueno, entonces Kelsier se hubiese alegrado aún más de enviarlo a la eternidad.

Empujó el peto del moribundo, saltando por encima de la pasarela de piedra hacia el tejado. El bronce del tejado estaba helado y resbaladizo. Corrió por él, dirigiéndose a la parte sur del edificio, buscando el balcón que había mencionado Dockson. No le preocupaba demasiado ser localizado: uno de sus propósitos de esa noche era robar un poco de atium, el décimo y más poderoso de los metales alománticos generalmente conocidos. Su otro propósito, sin embargo, era causar una conmoción.

Encontró sin problemas el balcón. Largo y ancho, debía de usarse para que pequeños grupos se sentaran con comodidad. Sin embargo, en aquel momento estaba tranquilo, ocupado solo por dos guardias. Kelsier se agazapó en silencio en las brumas de la noche por encima del balcón, oculto por la capa gris, con los dedos de los pies engarfiados en el borde metálico del tejado. Los dos guardias charlaban debajo, distraídos.

Hora de hacer un poco de ruido.

Kelsier saltó al saliente justo entre los dos guardias. Quemando peltre, reforzó su cuerpo, se extendió y empujó acero contra ambos hombres al mismo tiempo. Equilibrado como estaba en el centro, su empujón lanzó a los dos guardias en direcciones opuestas. Los hombres gritaron de sorpresa cuando la súbita fuerza los envió hacia atrás, lanzándolos por encima del balcón a la oscuridad. Cayeron con un alarido. Kelsier abrió las puertas del balcón, dejando que una muralla de bruma entrara, envolviéndolo, sus tentáculos arrastrándose para reclamar la habitación oscura.

Tercera habitación, pensó, corriendo hacia allí. La segunda habitación era un silencioso invernadero lleno de arbustos y otras plantas, una de cuyas paredes estaba cubierta por completo de altos ventanales para proporcionar luz. Aunque estaba oscuro, Kelsier sabía que las plantas serían de colores ligeramente distintos al marrón típico: algunas serían blancas, otras rojizas y quizá alguna incluso amarillo claro. Las plantas que no eran marrones constituían una rareza cultivada y conservada por la nobleza.

Kelsier pasó de largo, se detuvo en la siguiente puerta, advirtiendo su contorno iluminado. Apagó su estaño para no deslumbrarse al entrar por culpa de los ojos amplificados y abrió la puerta.

Entró agachado, parpadeando, con una daga de cristal en cada mano. Sin embargo, la habitación estaba vacía. Obviamente, era un estudio; una linterna ardía en cada pared junto a unas estanterías, y en un rincón había un escritorio.

Kelsier guardó sus cuchillos, quemó acero y buscó fuentes de metal. Había una gran caja fuerte en un rincón, pero era un escondite demasiado obvio. En efecto, otra potente fuente de metal brillaba dentro de la pared este. Kelsier se acercó, pasando los dedos por la escayola. Como muchas paredes de las fortalezas de los nobles, esta estaba decorada con un mural: criaturas extrañas retozaban bajo un sol rojo. La falsa sección de pared medía menos de dos palmos y había sido colocada de manera tal que el mural cubría sus rendijas.

Siempre hay otro secreto, pensó Kelsier. No se molestó en intentar descubrir cómo abrirla, sino que quemó acero, se extendió y tiró de la débil fuente de metal que supuso que era el mecanismo de cierre de la trampilla. Se resistió al principio, tirando de él hacia la pared, pero quemó peltre y tiró con más fuerza. La cerradura chasqueó y el panel se abrió, revelando una pequeña caja fuerte empotrada.

Kelsier sonrió. Parecía lo suficientemente pequeña para que un hombre reforzado por el peltre se la llevara, suponiendo que lograra sacarla de la pared.

Saltó hacia arriba, tirando de hierro contra la caja, y aterrizó con los pies contra la pared, uno a cada lado del panel abierto. Continuó tirando, manteniéndose en su sitio, y avivó su peltre. La fuerza inundó sus piernas. Mantuvo ardiendo el acero, tirando contra la caja.

Se esforzó y dejó escapar un ligero gruñido. Era una prueba de fuerza para ver qué cedía primero, si la caja fuerte o sus piernas.

La caja fuerte vibró en su marco. Kelsier tiró con más fuerza, mientras sus músculos protestaban. Pasó un buen rato sin que sucediera nada. Luego la caja se estremeció y se soltó de la pared. Kelsier cayó hacia atrás, quemando acero y empujando contra la caja para apartarse. Aterrizó mal, con el sudor corriéndole por la frente, mientras la caja se estrellaba contra el suelo de madera y arrancaba astillas.

Un par de sorprendidos guardias entraron corriendo en la habitación.

—Justo a tiempo —comentó Kelsier, alzando una mano y tirando de la espada de uno de los soldados. La liberó de la vaina. El arma giró en el aire y corrió de punta hacia Kelsier, que apagó su acero, se apartó y agarró la espada por la empuñadura cuando pasó por su lado.

—¡Un nacido de la bruma! —gritó el guardia.

Kelsier sonrió y saltó hacia delante.

El guardia desenvainó una daga. Kelsier la empujó, arrancándola de la mano del hombre, y luego la hizo girar, separándole con ella la cabeza del cuerpo. El segundo guardia maldijo y se soltó las correas del peto.

Kelsier empujó su espada mientras completaba su mandoble. El arma salió despedida de sus dedos y corrió silbando hacia el segundo guardia. La armadura del hombre se soltó, impidiendo que Kelsier empujara contra ella, justo cuando el cadáver del primer guardia caía al suelo. Un momento después, la espada de Kelsier se hundía en el pecho ahora descubierto del segundo guardia. El hombre se tambaleó y luego se desplomó en silencio.

Kelsier se apartó de los cadáveres, la capa susurrando. Su ira era sutil, no tan tremenda como la noche que había matado a lord Tresting. Pero la sentía allí, en el picor de sus cicatrices y en el recuerdo de los gritos de la mujer a la que había amado. Por lo que a Kelsier se refería, todo hombre que apoyara al Imperio Final también perdía su derecho a vivir.

Encendió su peltre, reforzando su cuerpo, y luego se agachó y recogió la caja. Vaciló un segundo bajo su peso, luego recuperó el equilibrio y tomó el camino de vuelta al balcón. Tal vez la caja contuviera atium; tal vez no. Sin embargo, no tenía tiempo de buscar otras opciones.

Estaba a medio camino, en el invernadero, cuando oyó pasos a su espalda. Se dio la vuelta y vio el estudio lleno de siluetas. Eran ocho, cada una con una túnica gris suelta, un bastón de duelo y un escudo en vez de espada. Mataneblinos.

Kelsier dejó caer al suelo la caja fuerte. Los mataneblinos no eran alománticos, pero estaban entrenados para combatir a los brumosos y los nacidos de la bruma. No habría ni un solo pedacito de metal en sus cuerpos y estarían preparados para sus trucos.

Kelsier dio un paso atrás, desperezándose y sonriendo. Los ocho hombres se desplegaron por el estudio, moviéndose con silenciosa precisión.

Esto va a ser interesante.

Los mataneblinos atacaron, lanzándose por parejas hacia el invernadero. Kelsier sacó las dagas, esquivó el primer ataque y lanzó una estocada al pecho de uno de los hombres. El mataneblino, sin embargo, saltó hacia atrás y obligó a Kelsier a retroceder blandiendo su bastón.

Kelsier avivó su peltre, dejando que sus piernas reforzadas lo impulsaran hacia atrás de un tremendo salto. Con una mano arrojó un puñado de monedas y las empujó contra sus oponentes. Los discos de metal salieron disparados hacia arriba, dispersándose en el aire, pero sus enemigos estaban preparados para eso: alzaron los escudos y las monedas rebotaron en la madera, astillándola, pero dejando ilesos a los hombres.

Kelsier se volvió hacia los otros mataneblinos que llenaban la habitación y avanzaban hacia él. Seguramente no esperaban mantener con él una lucha prolongada: su táctica sería abalanzarse todos a la vez, esperando poner pronto fin a la pelea, o al menos retenerlo hasta que pudieran despertar a los alománticos y estos vinieran a combatir. Kelsier miró la caja fuerte mientras aterrizaba.

No podía marcharse sin ella. Además, tenía que terminar pronto la pelea. Avivando peltre, saltó hacia delante tratando de descargar un golpe con la daga, pero no pudo penetrar las defensas de sus oponentes. Apenas esquivó a tiempo para no recibir en la cabeza el golpe de un bastón.

Tres de los mataneblinos saltaron tras él, cortándole la retirada hacia la habitación del balcón. Magnífico, pensó Kelsier, tratando de mantener la mirada fija en los ocho hombres a la vez. Avanzaron con cuidadosa precisión, trabajando en equipo.

Con la mandíbula apretada, Kelsier volvió a avivar su peltre; advirtió que se estaba quedando sin reservas. El peltre se quemaba más rápido que los ocho metales básicos.

Ahora no tengo tiempo de preocuparme por eso. Los hombres que tenía detrás atacaron, y Kelsier se apartó, tirando de la caja para lanzarse hacia el centro de la habitación. Empujó en cuanto golpeó el suelo cerca del recipiente blindado, lanzándose al aire en ángulo. Se encogió, pasó por encima de las cabezas de dos atacantes y aterrizó en el suelo junto a un pulcro parterre. Giró, encendiendo su peltre y alzando un brazo para defenderse del golpe que sabía que recibiría.

El bastón de duelo tocó su brazo. Un estallido de dolor le recorrió el antebrazo, pero su cuerpo amplificado por el peltre resistió. Kelsier siguió moviéndose, adelantó la otra mano y clavó una daga en el pecho de su oponente.

El hombre retrocedió, sorprendido, y el movimiento despojó a Kelsier de una de sus dagas. Un segundo mataneblino atacó, pero Kelsier lo esquivó y luego con la mano libre se soltó la bolsa del cinturón. El mataneblino se preparó para bloquear la daga que le quedaba a Kelsier, pero este alzó la otra mano y golpeó con la bolsa de monedas el escudo del hombre.

Luego empujó las monedas que contenía.

El mataneblino gritó. La fuerza del tremendo empujón del acero lo lanzó de espaldas. Kelsier avivó su acero, empujando tan fuerte que salió también despedido hacia atrás... lejos de la pareja de hombres que intentaba atacarlo. Kelsier y su enemigo se alejaron, arrojados en direcciones opuestas. Kelsier chocó contra la pared, pero siguió empujando, aplastando a su oponente (bolsa, escudo y todo) contra uno de los enormes ventanales del invernadero.

El cristal se quebró, las chispas de la luz de las linternas del estudio juguetearon en sus añicos. El rostro desesperado del mataneblino desapareció en la oscuridad exterior y la bruma (silenciosa, pero ominosa) empezó a colarse por la ventana destrozada.

Los otros seis hombres avanzaron implacables y Kelsier se vio obligado a ignorar el dolor de su brazo mientras esquivaba los golpes. Giró apartándose, rozando un arbolito, pero un tercer mataneblino atacó y le golpeó el costado con su bastón.

El ataque lanzó a Kelsier contra el parterre. Resbaló, luego se desplomó cerca de la entrada del estudio iluminado y dejó caer la daga. Jadeó de dolor, rodó de rodillas y se sujetó el costado. El golpe hubiese roto las costillas de cualquier otro hombre. Incluso Kelsier tendría un enorme moratón.

Los seis hombres avanzaron, desplegándose de nuevo para rodearlo. Kelsier se puso en pie a duras penas, la visión nublada por el dolor y el esfuerzo. Apretó los dientes y sacó uno de los frasquitos de metal que le quedaban. Apuró su contenido de un solo trago, reponiendo su peltre, y luego quemó estaño. La luz casi lo cegó y el dolor del brazo de pronto le pareció más agudo, pero el estallido de sentidos amplificados le despejó la cabeza.

Los seis mataneblinos avanzaron en un súbito ataque coordinado.

Kelsier tendió la mano hacia un lado, quemando hierro y buscando metal. La masa metálica más cercana era un grueso pisapapeles de plata que había en el escritorio del estudio. Se hizo con él, se giró, alzó el brazo y adoptó una postura defensiva.

—Muy bien —gruñó. Quemó acero en un arrebato de fuerza. El lingote rectangular salió despedido de su mano. El mataneblino más cercano alzó su escudo, pero se movió demasiado despacio. El lingote le golpeó el hombro y cayó al suelo gritando.

Kelsier se volvió a un lado, esquivando un mandoble del bastón y colocando a un mataneblino entre sí y el hombre caído. Quemó hierro, tirando del lingote hacia él. El pisapapeles voló por los aires, golpeando en la cabeza al segundo mataneblino. El hombre se desplomó mientras el lingote flotaba en el aire.

Uno de los hombres maldijo y se lanzó al ataque. Kelsier empujó el pisapapeles en el aire, apartándolo de sí mismo... y del mataneblino que tenía alzado su escudo. Kelsier oyó el lingote golpear el suelo a su espalda. Alzó la mano, quemando peltre, y detuvo el bastón del mataneblino a mitad del golpe.

El mataneblino gruñó, debatiéndose contra la fuerza amplificada de Kelsier, quien no se molestó en quitarle el arma; tiró bruscamente del lingote que tenía detrás dirigiéndolo hacia su propia espalda a una velocidad letal. Se volvió en el último momento, usando su impulso para hacer girar al mataneblino y colocarlo justo en la trayectoria del proyectil.

El hombre cayó.

Kelsier avivó peltre, reforzándose contra nuevos ataques. En efecto, un bastón se estrelló contra sus hombros. Cayó de rodillas mientras la madera se quebraba, pero quemó estaño para mantenerse consciente. El dolor y la lucidez destellaron en su mente. Arrancó el pisapapeles de la espalda del hombre moribundo y se apartó dejando que el arma improvisada pasara de largo.

Los dos mataneblinos que tenía más cerca se agacharon, en guardia. El lingote se clavó en uno de los escudos, pero Kelsier no continuó empujando para no perder el equilibrio. En vez de eso quemó hierro y tiró del pisapapeles hacia sí. Lo esquivó, apagó el hierro y sintió el lingote pasar volando por encima de él. Sonó un crujido cuando chocó con el hombre que le saltaba encima.

Kelsier giró, quemando hierro y luego acero para enviar el lingote volando hacia los dos últimos hombres. Estos se apartaron, pero Kelsier tiró del pisapapeles y lo hizo caer en el suelo directamente ante ellos. Los hombres lo miraron con aprensión, momento de distracción que Kelsier aprovechó para correr y saltar, impulsándose contra el lingote, y pasar por encima de sus cabezas. Los mataneblinos maldijeron dándose la vuelta. Cuando Kelsier aterrizó, tiró de nuevo del lingote, haciéndolo caer desde detrás contra el cráneo de uno de los hombres.

El mataneblino cayó en silencio. El lingote revoloteó en la oscuridad y Kelsier lo atrapó en el aire. Su fría superficie estaba resbaladiza de sangre. La bruma de la ventana rota se arremolinó a sus pies, enroscándose en sus piernas. Bajó la mano y señaló directamente al mataneblino restante.

En algún lugar de la habitación, un hombre caído gruñó.

El mataneblino que seguía en pie dio un paso atrás, soltó su arma y salió corriendo. Kelsier sonrió y bajó la mano.

De repente, el pisapapeles le fue arrancado de los dedos. Cruzó la habitación y salió rompiendo otra ventana. Kelsier maldijo, se dio la vuelta y vio que un grupo más numeroso de hombres entraba en tromba en el estudio. Vestían como los nobles. Alománticos.

Varios de ellos alzaron las manos y un remolino de monedas voló hacia Kelsier, quien quemó acero y empujó las monedas apartándolas del camino. Las ventanas se rompieron y la madera se quebró cuando la habitación quedó regada de monedas. Kelsier sintió un tirón en el cinturón cuando le arrebataron su último frasco de metal. Varios hombretones corrieron hacia él, detrás de las monedas que caían. Violentos: brumosos que, como Ham, podían quemar peltre.

Hora de irse, pensó Kelsier, repeliendo otra oleada de monedas con los dientes apretados a causa del dolor de su brazo y su costado. Miró tras de sí; tenía unos instantes de ventaja, pero no conseguiría llegar al balcón. Cuando más brumosos avanzaron, Kelsier inspiró profundamente y se abalanzó hacia uno de los ventanales rotos. Saltó a las brumas, girando en el aire mientras caía, y se extendió para tirar firmemente de la caja fuerte caída.

Se sacudió en el aire, cayendo hacia el muro del edificio como si estuviera atado a un alambre. Sintió la caja fuerte deslizarse hacia delante rozando el suelo del invernadero mientras su peso tiraba de ella. Chocó contra la pared del invernadero, pero él continuó tirando tras detenerse en el dintel de una ventana. Tiró de la caja, boca abajo en el hueco de la ventana.

La caja apareció en el borde del balcón superior. Se tambaleó, luego cayó y se precipitó directamente hacia Kelsier. Él sonrió, apagó su hierro y se apartó del edificio lanzándose a las brumas como un buceador loco. Cayó de espaldas a través de la oscuridad, sin apenas ver el rostro airado que se asomaba a la ventana rota.

Kelsier tiró con cuidado de la caja, moviéndose en el aire. Las brumas se enroscaban a su alrededor, impidiéndole ver, haciéndole sentir como si no cayera... aunque flotaba en mitad de la nada.

Se extendió hacia la caja, luego giró en el aire y empujó contra ella, lanzándose hacia arriba.

La caja chocó contra el suelo. Kelsier la empujó levemente, reduciendo su velocidad hasta que logró detenerse en el aire a unos palmos por encima de ella. Flotó en las brumas un instante, mientras los lazos de su capa se enroscaban y aleteaban con el viento, y luego se dejó caer junto a la caja.

La caja fuerte se había roto con el impacto. Kelsier la abrió, los oídos amplificados por el estaño al acecho de las llamadas de alarma en el edificio. Dentro de la caja encontró una bolsita con gemas y un par de cartas de crédito por valor de diez mil cuartos. Se lo guardó todo en el bolsillo. Palpó en su interior, temiendo que el trabajo de aquella noche hubiera sido para nada. Entonces sus dedos encontraron una bolsita, al fondo.

La abrió y descubrió un puñado de oscuras perlitas de metal. Atium. Sus cicatrices ardieron, recuerdo de su época en los Pozos.

Asió con fuerza la bolsa y se puso en pie. Divertido, advirtió una forma retorcida en el suelo, no muy lejos: los restos destrozados del mataneblino que había arrojado por la ventana. Kelsier se acercó y recuperó su faltriquera con un tirón de hierro.

No, esta noche no ha sido una pérdida de tiempo. Aunque no hubiera encontrado el atium, cualquier noche que acabara con un grupo de nobles muertos era una noche de éxito en su opinión.

Sujetó la faltriquera con una mano y la bolsa de atium con la otra. Mantuvo su peltre ardiendo (sin la fuerza que daba a su cuerpo, era probable que se hubiese desplomado por el dolor de sus heridas) y se perdió en la noche, corriendo hacia el taller de Clubs.

Nunca quise esto, cierto. Pero alguien tiene que detener la Profundidad. Y, al parecer, Terris es el único sitio donde puede hacerse.

Sin embargo, sobre este hecho, no tengo que aceptar la palabra de los filósofos. Ahora puedo sentir nuestro objetivo, puedo sentirlo, aunque los otros no puedan. Late, en mi mente, allá lejos en las montañas.

6

Imagen decorativa

Vin despertó en la habitación silenciosa. La luz roja de la mañana se colaba por las rendijas de los postigos. Permaneció en la cama un instante, inquieta. Algo iba mal. No era por el hecho de despertar en un lugar desconocido: viajando con Reen se había acostumbrado a un estilo de vida nómada. Tardó un instante en comprender la fuente de su incomodidad.

La habitación estaba vacía.

No solo estaba vacía, sino que estaba abierta. Sin abarrotamientos. Y era... cómoda. Estaba acostada en un colchón de verdad, alzado sobre postes, con sábanas y una colcha mullida. La alcoba estaba decorada con un recio armario de madera e incluso tenía una alfombra circular. Tal vez otra persona la hubiese encontrado espartana, pero a Vin le parecía lujosa.

Se sentó, frunciendo el ceño. No le parecía bien tener una habitación para ella sola. Siempre había dormido en huecos estrechos llenos de miembros de las bandas. Incluso mientras viajaba dormía en callejones de mendigos o cuevas de rebeldes, y Reen estaba allí con ella. Siempre se había visto obligada a luchar para tener intimidad. Tenerla tan fácilmente parecía devaluar los años que había pasado saboreando sus breves momentos de soledad.

Se levantó de la cama, sin molestarse en abrir los postigos. La luz del sol era débil, lo que significaba que todavía era temprano, pero ya oía gente moverse en el pasillo. Se acercó a la puerta y se asomó.

Después de dejar a Kelsier, la noche anterior, Dockson había acompañado a Vin al taller de Clubs. Como era muy tarde, Clubs los había llevado directamente a habitaciones separadas. Vin, sin embargo, no se había acostado de inmediato. Cuando ya todos dormían salió a inspeccionar el lugar.

La residencia era casi más una posada que un taller. Aunque tenía una sala de muestras abajo y un gran espacio de trabajo al fondo, la primera planta del edificio estaba dominada por varios pasillos largos flanqueados por habitaciones de invitados. Había una segunda planta con las puertas más espaciadas, lo que implicaba habitaciones más grandes. No había sondeado en busca de trampillas o paredes falsas (el ruido podría haber despertado a alguien), pero la experiencia le decía que no sería una guarida adecuada si no tuviera al menos un sótano secreto y algunos escondites.

En general, se sintió impresionada. Las herramientas de carpintería y los proyectos a medio acabar de abajo indicaban una tapadera de trabajo decente. La guarida era segura, estaba bien abastecida y bien mantenida. Al asomarse a la puerta, distinguió un grupo de unos seis jóvenes adormilados que salían del pasillo situado frente al suyo. Vestían ropa sencilla y bajaban las escaleras hacia el taller.

Aprendices de carpintero, pensó Vin. Esa es la tapadera de Clubs: es un skaa artesano. La mayoría de los skaa vivían hacinados en las plantaciones; incluso aquellos que vivían en la ciudad se veían generalmente obligados a hacer trabajos miserables. Sin embargo, unos cuantos con talento podían dedicarse al comercio. Seguían siendo skaa: se les pagaba mal y casi siempre estaban sometidos a los caprichos de los nobles. Sin embargo, tenían una libertad que la mayoría de los skaa envidiaban.

Clubs debía de ser un maestro carpintero. ¿Qué podía impulsar a un hombre así (alguien que tenía, para ser skaa, una vida sorprendente) a arriesgarse a unirse a los bajos fondos?

Es un brumoso, pensó Vin. Kelsier y Dockson lo llamaron «ahumador». Quizá tuviera que intentar averiguar por su cuenta lo que significaba eso: la experiencia le decía que un hombre poderoso como Kelsier le ocultaría el conocimiento cuanto fuera posible, impulsándola a seguir adelante con algunas migajas ocasionales. Su conocimiento era lo que la ataba a él: no sería sabio revelar demasiado tan rápidamente.

Sonaron unos pasos en el exterior y Vin continuó asomada a su puerta.

—Querrás estar preparada, Vin —dijo Dockson mientras pasaba ante ella. Llevaba camisa y pantalones de noble, y ya parecía despierto y aseado. Se detuvo—. Hay un baño esperándote en la habitación del fondo y le dije a Clubs que te buscara una muda de ropa. Te servirá hasta que te consigamos algo más apropiado. Tómate tu tiempo en el baño: Kell ha planeado una reunión para esta tarde, pero no podremos empezar hasta que lleguen Brisa y Ham.

Dockson sonrió, la miró y continuó pasillo abajo. Vin se ruborizó porque la había pillado. Estos hombres son observadores. Voy a tener que recordarlo.

El pasillo quedó en silencio. Vin abrió de par en par la puerta y se dirigió a la habitación indicada. Se sorprendió de descubrir que en efecto había un baño caliente esperándola. Frunció el ceño y estudió el alicatado y la bañera de metal. El agua olía a perfume, como solían oler las damas nobles.

Estos tipos parecen más nobles que skaa, pensó Vin. No estaba segura de qué conclusión sacar de ello. Sin embargo, estaba claro que esperaban que hiciera lo que le decían, así que cerró la puerta, echó el cerrojo y luego se desnudó y se metió en la bañera.

Olía raro.

Aunque el olor era leve, Vin todavía captaba efluvios de sí misma ocasionalmente. Era el olor de una noble de paso, el olor de un cajón perfumado abierto por los burdos dedos de su hermano. El olor se fue haciendo menos claro a medida que la mañana progresaba, pero seguía preocupándola. La distinguiría de los otros skaa. Si esa banda esperaba que se bañara de manera regular, tendría que pedir que eliminaran los perfumes.

La comida de la mañana estuvo más cerca de sus expectativas. Varias mujeres skaa de diversas edades trabajaban en la cocina del taller, preparando rollos de pan fino rellenos de cebada hervida y verdura. Vin observó a las mujeres trabajar desde la puerta. Ninguna olía como ella, aunque eran más limpias y vestían mejor que la mayoría de los skaa.

De hecho, había una extraña sensación de limpieza en todo el edificio. No lo había advertido la noche anterior a causa de la oscuridad, pero el suelo estaba limpio. Todos los trabajadores (las mujeres de la cocina o los aprendices) tenían la cara y las manos limpias. A Vin le parecía raro. Estaba acostumbrada a que sus propios dedos estuvieran negros de ceniza: estando con Reen, si alguna vez se lavaba la cara volvía a frotársela con ceniza. Una cara limpia destacaba en las calles.

No hay ceniza en los rincones, pensó, mirando el suelo. Barren el suelo. Nunca había vivido en un lugar semejante. Era casi como vivir en la casa de un noble.

Miró de nuevo a las mujeres de la cocina. Llevaban sencillos vestidos blancos y grises, con pañuelo en la cabeza y una larga cola. Vin se acarició el pelo. Lo llevaba corto, como el de un chico: uno de los miembros de la banda se encargaba de cortárselo. Ella no era como esas mujeres: no lo había sido nunca. Por orden de Reen, Vin había vivido de modo que los otros miembros de la banda pensaran primero en ella como ladrona y luego como muchacha.

Pero ¿qué soy ahora? Perfumada por el baño y vestida con los pantalones marrones y la camisa de botones de un aprendiz, se sentía claramente fuera de lugar. Y eso era malo: si se sentía incómoda, entonces indudablemente lo parecería. Otra cosa más que la haría destacar.

Vin se volvió y contempló el taller. Los aprendices estaban ya en sus puestos, trabajando en diversos muebles. Ocupaban el fondo de la sala. Clubs trabajaba en la zona de exhibición de los detalles finales de las piezas.

La puerta trasera de la cocina se abrió de golpe. Vin se apartó instintivamente, apretando la espalda contra la pared mientras se volvía a mirar.

Ham estaba en la puerta, enmarcado por la luz roja. Llevaba una camisa suelta sin mangas y chaleco, y cargaba con varias bolsas grandes. No estaba sucio de hollín: ninguno de la banda lo estaba las pocas veces que Vin los había visto.

Ham cruzó la cocina camino del taller.

—Bien —dijo, soltando las bolsas—, ¿alguien sabe qué habitación es la mía?

—Se lo preguntaré a maese Cladent —contestó uno de los aprendices, marchándose a otra habitación.

Ham sonrió, se desperezó y se volvió hacia Vin.

—Buenos días, Vin. ¿Sabes?, no tienes que ocultarte de mí. Estamos en el mismo equipo.

Aunque Vin se relajó, permaneció donde estaba, junto a una hilera de sillas a medio terminar.

—¿Vas a vivir aquí también?

—Siempre compensa estar cerca del ahumador —dijo Ham, volviéndose y desapareciendo en la cocina. Regresó un momento después con cuatro grandes rollitos—. ¿Alguien sabe dónde está Kell?

—Durmiendo —respondió Vin—. Regresó tarde anoche y no se ha levantado todavía.

Ham gruñó y dio un mordisco a un rollo.

—¿Y Dox?

—En su habitación, en la segunda planta —dijo Vin—. Se ha levantado temprano, ha bajado a comer algo y ha vuelto a subir.

No añadió que sabía, porque había mirado por el ojo de la cerradura, que estaba sentado a su mesa escribiendo unos papeles.

Ham alzó una ceja.

—¿Siempre llevas el control de dónde está todo el mundo?

—Sí.

Ham hizo una pausa, luego se echó a reír.

—Eres una chica extraña, Vin.

Recogió sus bolsas cuando el aprendiz regresó, y los dos subieron las escaleras. Vin se quedó allí, escuchando sus pasos. Se detuvieron a la mitad del primer pasillo, quizás a unas cuantas puertas de distancia de su habitación.

El olor de la cebada hervida le llamó la atención. Vin contempló la cocina. Ham había ido a buscar comida. ¿Le permitirían hacer lo mismo?

Tratando de parecer confiada, entró en la cocina. Había un puñado de rollitos en un plato, quizá para ser repartidos entre los aprendices mientras trabajaban. Tomó dos. Ninguna mujer puso objeciones; de hecho, unas cuantas asintieron con respeto al mirarla.

Ahora soy una persona importante, pensó con cierta incomodidad. ¿Sabían que era una... nacida de la bruma? ¿O solo la trataban con respeto porque era una invitada?

Al cabo de un rato, Vin tomó un tercer rollito y corrió a su habitación. Era más comida de la que podía comer; sin embargo, pretendía quitarle la cebada y quedarse con la oblea de pan, que se conservaría bien si lo necesitaba más tarde.

Llamaron a la puerta. Vin la abrió con precaución. Había un joven fuera: el muchacho que había acompañado a Clubs a la guarida de Camon la noche anterior.

Alto, delgado y de aspecto desgarbado, iba vestido de gris. Tendría unos catorce años, aunque por su altura parecía mayor. Estaba nervioso por algún motivo.

—¿Sí? —preguntó Vin.

—Hmm...

Vin frunció el ceño.

—¿Qué?

—Te en llaman —dijo con fuerte acento del este—. Ahí en arriba con lo que hacen. Con el maestro Jumps en el segundo piso. Uh, en me tengo que irme. —El chico se ruborizó, se dio la vuelta y se marchó escaleras arriba.

Vin se quedó en la puerta de su habitación, desconcertada. ¿Se supone que eso tenía algún sentido?, se preguntó.

Se asomó al pasillo. Parecía que el chico esperaba que la siguiera. Finalmente, decidió hacerlo y subió con cautela los escalones.

Llegaban voces de una puerta abierta al fondo del pasillo. Vin se acercó y se asomó. Se encontró en una habitación bien decorada, con una hermosa alfombra y sillones de aspecto cómodo. Una chimenea ardía al fondo y los sillones estaban dispuestos en torno a un gran tablero de pizarra colocado en un atril.

Kelsier estaba de pie, con un codo apoyado en la chimenea de ladrillo y una copa de vino en la mano. Vin vio que estaba hablando con Brisa. El aplacador había llegado pasado el mediodía y se había apropiado de la mitad de los aprendices de Clubs para que descargaran sus pertenencias. Vin había visto desde su ventana cómo los aprendices transportaban el equipaje (disfrazado de cajas de trozos de madera) hasta la habitación de Brisa, quien no se había molestado en ayudar.

Ham estaba allí, al igual que Dockson, y Clubs, sentado en el sillón más grande y cómodo, alejado de Brisa. El chico que había llamado a Vin estaba sentado en un banco junto a Clubs y obviamente se esforzaba por no mirarla. En el último sillón ocupado se hallaba Yeden, vestido, como antes, con ropa corriente de obrero skaa. Estaba sentado sin apoyar la espalda, como si desaprobara que fuese mullido. Llevaba la cara manchada de hollín, como Vin esperaba de un obrero skaa.

Había dos asientos vacíos. Kelsier advirtió a Vin de pie en la puerta y le dirigió una de sus sonrisas cautivadoras.

—Bien, ahí está. Pasa.

Vin escrutó la habitación. Había una ventana, aunque con los postigos cerrados. Los únicos asientos eran los que formaban un semicírculo en torno a Kelsier. Resignada, avanzó y ocupó el asiento vacío junto a Dockson. Era demasiado grande para ella y se sentó de rodillas.

—Ya estamos todos —dijo Kelsier.

—¿Para quién es el último asiento? —preguntó Ham.

Kelsier sonrió, le hizo un guiño, pero ignoró la pregunta.

—Muy bien, hablemos. Tenemos una gran tarea por delante y, cuanto antes empecemos a esbozar un plan, mejor.

—Creía que ya tenías un plan —dijo Yeden, incómodo.

—Tengo una idea general —respondió Kelsier—. Sé lo que tiene que pasar y tengo unas cuantas ideas para lograrlo. Pero no se reúne a un grupo como este y se les dice a sus miembros lo que tienen que hacer. Tenemos que planear esto juntos, empezando por elaborar una lista de problemas que tenemos que resolver si queremos que el plan funcione.

—Bien —dijo Ham—, déjame que esboce la idea general primero. ¿El plan es conseguirle un ejército a Yeden, causar el caos en Luthadel, asegurar el lugar, robar el atium del lord Legislador y luego dejar que el gobierno se desmorone?

—Básicamente —dijo Kelsier.

—Entonces nuestro principal problema es la Guarnición. Si queremos caos en Luthadel, no podemos tener aquí dentro a veinte mil soldados para mantener la paz. Por no mencionar el hecho de que las tropas de Yeden nunca tomarán la ciudad mientras haya algún tipo de resistencia armada en las murallas.

Kelsier asintió. Con tiza escribió «Guarnición de Luthadel» en la pizarra.

—¿Qué más?

—Necesitamos un modo de causar ese caos en Luthadel —dijo Brisa, haciendo un gesto con la copa de vino en la mano—. Tus instintos son certeros, querido amigo. En esta ciudad el Ministerio tiene su cuartel general y desde ella las Grandes Casas dirigen sus imperios mercantiles. Tenemos que derribar Luthadel si queremos acabar con la capacidad del lord Legislador para gobernar.

—La mención de los nobles nos lleva a otro punto —añadió Dockson—. Todas las Grandes Casas tienen guardias en la ciudad además de alománticos. Si vamos a entregarle la ciudad a Yeden, tendremos que tratar con esos nobles.

Kelsier asintió, añadiendo «caos» y «Grandes Casas» junto a «Guarnición de Luthadel» en la pizarra.

—El Ministerio —dijo Clubs, tan apoltronado en su mullido sillón que Vin apenas veía su rostro gruñón—. No habrá ningún cambio en el gobierno mientras los inquisidores de acero tengan algo que decir al respecto.

Kelsier escribió «Ministerio» en la pizarra.

—¿Qué más?

—El atium —dijo Ham—. Bien puedes anotarlo: tendremos que asegurar el lugar rápidamente, cuando se desate el caos general, y asegurarnos de que nadie más aproveche la oportunidad para apoderarse del tesoro.

Kelsier asintió y escribió «atium: asegurar el tesoro».

—Tendremos que encontrar un modo de reunir a los soldados de Yeden —añadió Brisa—. Tendremos que ser silenciosos pero rápidos, y entrenarlos en algún sitio donde el lord Legislador no los encuentre.

—También tendríamos que asegurarnos de que los rebeldes skaa están dispuestos a tomar el control de Luthadel —añadió Dockson—. Apoderarse del palacio y atrincherarse en él será una hazaña espectacular, pero no estaría de más que la gente de Yeden estuviera preparada para gobernar cuando todo haya acabado.

«Soldados y rebelión Skaa» fueron añadidos a la pizarra.

—Y voy a añadir «lord Legislador» —dijo Kelsier—. Al menos querremos tenerlo fuera de la ciudad, si fallan otras opciones.

Después de añadir «lord Legislador» a la lista, se volvió hacia el grupo.

—¿Se me olvida algo?

—Bueno —dijo Yeden secamente—, si estás haciendo una lista de los problemas que tendremos que superar, deberías escribir que todos estamos locos de remate... aunque dudo que podamos arreglar ese hecho.

El grupo se echó a reír y Kelsier escribió «mala actitud de Yeden» en la pizarra. Entonces dio un paso atrás y examinó la lista.

—Cuando se reduce a algo así, no parece tan terrible, ¿verdad?

Vin frunció el ceño, tratando de decidir si Kelsier intentaba hacer un chiste o no. La lista no era solo preocupante: era terrorífica. ¿Veinte mil soldados imperiales? ¿Las fuerzas y poderes reunidos de la alta nobleza? ¿El Ministerio? Se decía que un inquisidor de acero era más poderoso que mil soldados.

Lo más incómodo, sin embargo, era la manera desenfadada en que todos consideraban el tema. ¿Cómo se les podía ocurrir siquiera resistirse al lord Legislador? Él era... Bueno, era el lord. Gobernaba todo el mundo. Era el creador, protector y castigador de la humanidad. Los había salvado de la Profundidad y luego había traído la ceniza y las brumas como castigo por la falta de fe del pueblo. Vin no era particularmente religiosa (los ladrones inteligentes sabían evitar el Ministerio de Acero), pero incluso ella conocía las leyendas.

Y, sin embargo, el grupo observaba su lista de «problemas» con determinación. Había en ellos una alegría sombría, como si comprendieran que tenían más posibilidades de conseguir que el sol saliera de noche que de derrocar al Imperio Final. Sin embargo, iban a intentarlo de todas formas.

—Por el lord Legislador —susurró Vin—. Habláis en serio. Vais a hacerlo de verdad.

—No uses su nombre en vano, Vin —dijo Kelsier—. Incluso la blasfemia le honra: cuando maldices usando el nombre de esa criatura, lo reconoces como tu dios.

Vin guardó silencio y se quedó sentada en su sillón, algo aturdida.

—Muy bien —dijo Kelsier, sonriendo levemente—. ¿Alguien tiene alguna idea sobre cómo superar estos inconvenientes? Aparte de la actitud de Yeden, por supuesto: todos sabemos que no tiene remedio.

Todos en la habitación permanecieron en silencio, pensativos.

—¿Ideas? —pidió Kelsier—. ¿Puntos de vista? ¿Impresiones?

Brisa negó con la cabeza.

—Ahora que todo está ahí anotado, no puedo dejar de preguntarme si la chica tiene razón. Es una tarea colosal.

—Pero puede hacerse —dijo Kelsier—. Empecemos discutiendo cómo influir en la ciudad. ¿Qué podemos hacer que sea tan amenazador que lance a la nobleza al caos, tal vez incluso que haga salir a la guardia de palacio de la ciudad exponiéndolo a nuestras tropas? Algo que distraiga al Ministerio, y al propio lord Legislador, mientras nosotros preparamos nuestras tropas para el ataque.

—Bueno, se me ocurre una revolución general entre el populacho —dijo Ham.

—No funcionará —dijo Yeden con firmeza.

—¿Por qué no? —preguntó Ham—. Sabes cómo tratan al pueblo. Viven en suburbios, trabajan en fábricas y fraguas todo el día, y la mitad sigue pasando hambre.

Yeden sacudió la cabeza.

—¿No lo entiendes? La rebelión lleva mil años intentando que los skaa de esta ciudad se levanten. Nunca funciona. Están demasiado sometidos: no tienen ni voluntad ni esperanza para resistir. Por eso tuve que recurrir a vosotros para conseguir un ejército.

La habitación quedó en silencio. Vin, sin embargo, asintió lentamente. Lo había visto; lo había sentido. No se combatía al lord Legislador. Incluso viviendo como una ladrona, agazapada al filo de la sociedad, lo sabía. No habría ninguna rebelión.

—Me temo que tiene razón —dijo Kelsier—. Los skaa no se levantarán, no en su estado actual. Si vamos a derrocar a este gobierno, necesitaremos hacerlo sin la ayuda de las masas. Quizá podamos reclutar a nuestros soldados entre ellos, pero no debemos contar con el populacho.

—¿No podríamos causar algún desastre? —preguntó Ham—. ¿Un incendio, tal vez?

Kelsier sacudió la cabeza.

—Interrumpiría el comercio cierto tiempo, pero no tendría el efecto que queremos. Además, el coste en vidas skaa sería demasiado alto. Arderían los suburbios, no las mansiones de piedra de los nobles.

Brisa suspiró.

—Entonces, ¿qué quieres que hagamos?

Kelsier sonrió con chispitas en los ojos.

—¿Y si volvemos a las Grandes Casas unas contra otras?

Brisa hizo una pausa.

—Una guerra entre casas... —dijo, tomando un sorbo de vino, especulativo—. Ha pasado mucho tiempo desde que la ciudad padeció una de esas.

—Lo cual significa que la tensión ha tenido tiempo de sobra para irse acumulando —dijo Kelsier—. La alta nobleza es cada vez más poderosa: el lord Legislador apenas la controla y por eso tenemos una oportunidad de sacudir su tenaza. Las Grandes Casas de Luthadel son la clave: controlan el comercio imperial, por no mencionar que esclavizan a la gran mayoría de los skaa.

Kelsier señaló la pizarra, pasando el dedo entre la línea que decía «caos» y la que decía «Grandes Casas».

—Si conseguimos que las casas de Luthadel luchen entre sí, podremos derribar la ciudad. Los nacidos de la bruma empezarán a asesinar a los jefes de las casas. Las fortunas se desplomarán. No pasará mucho tiempo antes de que haya una guerra abierta en las calles. Parte de nuestro trato con Yeden es que le daremos una oportunidad para apoderarse de la ciudad. ¿Se os ocurre algo mejor?

Brisa asintió con una sonrisa.

—Tiene estilo... y me gusta la idea de que los nobles se maten entre sí.

—Siempre te gusta más que otros hagan el trabajo, Brisa —comentó Ham.

—Mi querido amigo —repuso Brisa—, el sentido de la vida es lograr que otros hagan el trabajo por ti. ¿Sabes algo de economía básica?

Ham alzó una ceja.

—Bueno, yo...

—Era una pregunta retórica, Ham —lo interrumpió Brisa poniendo los ojos en blanco.

—¡Esas son las mejores! —replicó Ham.

—Dejemos la filosofía para más tarde, Ham —dijo Kelsier—. A lo nuestro. ¿Qué os parece mi sugerencia?

—Podría funcionar —dijo Ham, acomodándose—. Pero no veo cómo el lord Legislador va a dejar que las cosas lleguen tan lejos.

—Nuestro trabajo es encargarnos de que no tenga otra opción. Se sabe que alguna vez ha dejado a su nobleza pelear, es probable que para mantener el desequilibrio —dijo Kelsier—. Prenderemos esas tensiones y luego obligaremos de algún modo a la Guarnición a salir. Cuando las casas empiecen a luchar en serio, el lord Legislador no podrá hacer nada para detenerlas... excepto, tal vez, enviar a su guardia de palacio a las calles, que es exactamente lo que queremos que haga.

—También podría llamar a un ejército de koloss —advirtió Ham.

—Cierto. Pero están acantonados a cierta distancia. Es un fallo que tendremos que explotar. Las tropas koloss gruñen estupendamente, pero tienen que mantenerse alejadas de las ciudades civilizadas. El mismo centro del Imperio Final queda expuesto, pero el lord Legislador confía en su fuerza... ¿Y por qué no iba a hacerlo? No se ha enfrentado a ninguna amenaza seria desde hace siglos. La mayoría de las ciudades solo necesitan fuerzas policiales pequeñas.

—No puede decirse que veinte mil hombres sea un número «pequeño» —dijo Brisa.

—Lo es a escala nacional —contestó Kelsier, alzando un dedo—. El lord Legislador mantiene a la mayoría de sus tropas en las fronteras de su imperio, donde la amenaza de rebelión es mayor. Por eso vamos a golpearlo aquí, en la propia Luthadel... y por eso vamos a tener éxito.

—Suponiendo que podamos encargarnos de la Guarnición —aclaró Dockson.

Kelsier asintió y se volvió para escribir «guerra de Casas» bajo «caos» y «Grandes Casas».

—Muy bien. Hablemos de la Guarnición. ¿Qué vamos a hacer al respecto?

—Bueno —especuló Ham—, históricamente, la mejor forma de oponerse a un gran número de soldados es tener un gran número de soldados. Vamos a conseguirle un ejército a Yeden, ¿por qué no dejar que ataque a la Guarnición? ¿No es ese el objetivo de reunir a un ejército?

—No funcionará, Hammond —dijo Brisa. Miró su copa de vino vacía y luego la alzó hacia el chico que estaba sentado junto a Clubs, quien corrió a llenarla de nuevo—. Si quisiéramos derrotar a la Guarnición —continuó diciendo—, necesitaríamos que nuestras fuerzas tuvieran al menos el mismo tamaño que las suyas. Nos vendría bien tener muchos más hombres, tal vez, ya que los nuestros no serán veteranos. Podríamos conseguirle un ejército a Yeden... Quizás incluso pudiéramos conseguirle uno lo bastante grande para conservar la ciudad durante un tiempo. Pero ¿conseguirle uno lo bastante grande para enfrentarse a la Guarnición dentro de sus fortificaciones? Si ese es nuestro plan, bien podríamos dejarlo ya.

El grupo guardó silencio. Vin se agitó en su asiento y miró por turno a cada hombre. Las palabras de Brisa tuvieron un profundo efecto. Ham abrió la boca para hablar, pero la volvió a cerrar y lo reconsideró.

—Muy bien —dijo Kelsier por fin—. Volveremos a la Guarnición más adelante. Hablemos de nuestro propio ejército. ¿Cómo podemos reunir un ejército de tamaño importante y ocultárselo al lord Legislador?

—Eso será difícil, una vez más —respondió Brisa—. Hay una razón muy clara por la que el lord Legislador se siente a salvo en el Dominio Central. Hay patrullas constantes en las carreteras y los canales, y apenas puede uno pasar más de un día de viaje sin toparse con una aldea o una plantación. No es el tipo de lugar donde se pueda formar un ejército sin llamar la atención.

—Los rebeldes tienen cuevas al norte —dijo Dockson—. Tal vez podamos esconder algunos hombres allí.

Yeden se puso pálido.

—¿Sabéis lo de las cavernas Arguois?

Kelsier puso los ojos en blanco.

—Incluso el lord Legislador lo sabe, Yeden. Pero los rebeldes no son lo suficientemente peligrosos para constituir una molestia todavía.

—¿Cuánta gente tienes, Yeden? —preguntó Ham—. En Luthadel y en los alrededores, cuevas incluidas. ¿Qué tenemos para empezar?

Yeden se encogió de hombros.

—Tal vez trescientos... incluyendo mujeres y niños.

—¿Y a cuántos crees que podrían albergar esas cuevas?

Yeden volvió a encogerse de hombros.

—Las cuevas podrían albergar a un grupo más grande, eso es seguro —dijo Kelsier—. Tal vez a diez mil personas. He estado allí. Los rebeldes han estado escondiendo gente allí durante años y el lord Legislador nunca se ha molestado en destruirlas.

—Imagino por qué —comentó Ham—. Luchar en las cuevas es un asunto desagradable, sobre todo para el agresor. Al lord Legislador le gusta mantener las derrotas al mínimo: sobre todo es vanidoso. Pero, diez mil... Es un número decente. Podríamos tomar el palacio con facilidad, tal vez incluso mantener la ciudad si tomáramos las murallas.

Dockson se volvió hacia Yeden.

—Cuando pediste un ejército, ¿en qué cantidad de hombres estabas pensando?

—Supongo que diez mil es un buen número —contestó Yeden—. La verdad es que... es más de lo que pensaba.

Brisa inclinó ligeramente la copa, agitando el vino.

—Odio llevar de nuevo la contraria (ese suele ser el trabajo de Ham), pero tengo que volver a nuestro problema anterior. Diez mil hombres. Eso ni siquiera asustará a la Guarnición. Estamos hablando de veinte mil soldados bien armados y entrenados.

—Tiene razón, Kell —dijo Dockson. Había encontrado un librito en alguna parte y se había puesto a tomar notas sobre la reunión.

Kelsier frunció el ceño.

Ham asintió.

—Lo mires como lo mires, Kell, esa Guarnición va a ser un hueso duro de roer. Tal vez deberíamos concentrarnos en la nobleza. Tal vez podamos causar suficiente caos para que ni siquiera la Guarnición sea capaz de controlarlo.

Kelsier negó.

—Lo dudo. El cometido principal de la Guarnición es mantener el orden en la ciudad. Si no podemos enfrentarnos a esas tropas nunca nos saldremos con la nuestra. —Hizo una pausa, luego miró a Vin—. ¿Qué te parece, Vin? ¿Alguna sugerencia?

Ella se quedó helada. Camon nunca le preguntaba su opinión. ¿Qué quería Kelsier de ella? Se enderezó ligeramente en su asiento cuando se dio cuenta de que los otros miembros del grupo se habían vuelto a mirarla.

—Yo...

—Venga ya, Kelsier, no intimides a la pobrecilla —dijo Brisa, agitando la mano.

Vin asintió, pero Kelsier no cedió.

—No, en serio. Dime lo que estás pensando, Vin. Tienes un enemigo mucho más numeroso amenazándote. ¿Qué haces?

—Bueno —dijo ella lentamente—, no lo combates, eso seguro. Aunque ganaras, saldrías tan maltrecho que no podrías luchar contra nadie más.

—Tiene razón —dijo Dockson—. Pero tal vez no tengamos elección. Tenemos que deshacernos de ese ejército de alguna forma.

—¿Y si saliera de la ciudad? —preguntó ella—. ¿Funcionaría eso? Si tuviera que vérmelas con alguien tan poderoso, intentaría distraerlo primero, obligarlo a dejarme en paz.

Ham se echó a reír.

—¿Conseguir que la Guarnición abandone Luthadel? Buena suerte. El lord Legislador envía escuadrones de patrulla algunas veces, pero la única vez que la Guarnición entera se marchó, que yo sepa, fue cuando la rebelión skaa estalló en Courteline hace medio siglo.

Dockson negó con la cabeza.

—La idea de Vin es demasiado buena para descartarla tan alegremente, creo. Es cierto que no podemos combatir a la Guarnición... al menos, mientras esté atrincherada. Así que necesitamos que de algún modo salga de la ciudad.

—Sí —dijo Brisa—, pero haría falta una crisis concreta que implicara recurrir a la Guarnición. Si el problema no fuera lo suficientemente amenazador, el lord Legislador no enviaría a toda la Guarnición. Si fuese demasiado peligroso, se atrincheraría y mandaría llamar a sus koloss.

—¿Una rebelión en una de las ciudades cercanas? —sugirió Ham.

—Eso nos deja con el mismo problema que antes —dijo Kelsier, sacudiendo la cabeza—. Si no podemos conseguir que los skaa de aquí se rebelen, nunca conseguiremos que lo hagan los que están fuera de la ciudad.

—¿Y algún tipo de treta? —preguntó Ham—. Estamos dando por hecho que podremos congregar un ejército de tamaño apreciable. Si fingiera atacar algún lugar cercano, tal vez el lord Legislador enviara la Guarnición como ayuda.

—Dudo que la enviara para proteger otra ciudad —dijo Brisa—. No si eso dejara Luthadel sin protección.

El grupo guardó silencio, pensando de nuevo. Vin miró alrededor y entonces descubrió que Kelsier la estaba mirando.

—¿Qué? —preguntó él.

Vin se rebulló un poco, la cabeza gacha.

—¿A qué distancia están los Pozos de Hathsin? —preguntó por fin.

Todos se quedaron inmóviles.

Finalmente, Brisa se echó a reír.

—Ay, eso sí que es retorcido. La nobleza no sabe que los Pozos producen atium, así que el lord Legislador no podría armar mucho alboroto... No sin revelar que hay algo muy especial en esos Pozos. Eso significa que nada de koloss.

—No llegarían a tiempo, de todas formas —dijo Ham—. Los Pozos están a solo un par de días de distancia. Si fueran amenazados, el lord Legislador tendría que responder con rapidez. La Guarnición sería la única fuerza capaz de actuar.

Kelsier sonrió, los ojos iluminados.

—Y tampoco haría falta un gran ejército para amenazar los Pozos. Mil hombres podrían hacerlo. Los enviamos para que ataquen y, cuando la Guarnición salga, nuestra segunda y mayor fuerza actúa y toma Luthadel. Para cuando la Guarnición se dé cuenta del engaño, no podrá volver a tiempo de impedirnos que tomemos las murallas de la ciudad.

—Pero ¿podremos conservarlas? —preguntó Yeden, aprensivo.

Ham asintió ansiosamente.

—Con diez mil skaa podría defender esta ciudad contra la Guarnición. El lord Legislador tendría que mandar llamar a sus koloss.

—Para entonces ya tendríamos el atium —dijo Kelsier—. Y las Grandes Casas no estarían en condiciones de detenernos: estarían debilitadas y frágiles debido a sus luchas internas.

Dockson escribía frenéticamente en su libreta.

—Entonces necesitaremos utilizar las cuevas de Yeden. Están cerca de ambos objetivos, y mucho más cerca de Luthadel que los Pozos. Si nuestro ejército partiera de allí, podría llegar aquí antes de que la Guarnición regresara de los Pozos.

Kelsier asintió.

Dockson continuó escribiendo.

—Tendré que empezar a acumular suministros en esas cuevas, tal vez incluso hacer un viaje para comprobar su estado.

—¿Y cómo vamos a llevar a los soldados hasta allí? —preguntó Yeden—. Está a una semana de la ciudad... y los skaa no pueden viajar solos.

—Ya tengo a alguien que puede ayudarnos allí —dijo Kelsier, escribiendo «atacar los Pozos de Hathsin» bajo «Guarnición de Luthadel» en su pizarra—. Tengo un amigo que puede ofrecernos una tapadera para llevar barcos al norte por el canal.

—Suponiendo que seas capaz de cumplir tu primera promesa —dijo Yeden—. Te pagué para que me consiguieras un ejército. Diez mil hombres son muchos, pero todavía no me has explicado cómo vas a lograr reunirlos. Ya te he contado los problemas que hemos tenido tratando de reclutar gente en Luthadel.

—No necesitaremos el apoyo de la población en masa —dijo Kelsier—, solo de un pequeño porcentaje: hay casi un millón de obreros en Luthadel y sus alrededores. Esta debería ser la parte más sencilla del plan, ya que estamos en presencia de uno de los mejores aplacadores del mundo. Brisa, cuento con tu fuerza y la de tus alománticos para que nos proporciones una buena selección de reclutas.

Brisa bebió vino.

—Kelsier, mi buen amigo, desearía que no emplearas palabras como «fuerza» para referirte a mis talentos. Yo me limito a animar a la gente.

—Bueno, ¿puedes animar un ejército para nosotros? —preguntó Dockson.

—¿Cuánto tiempo tengo?

—Un año —respondió Kelsier—. Planeamos llevar esto a cabo el próximo otoño. Suponiendo que el lord Legislador congregue a sus fuerzas para atacar a Yeden cuando tomemos la ciudad, bien podríamos obligarlo a hacerlo en invierno.

—Diez mil hombres —dijo Brisa con una sonrisa—, reunidos a partir de una población reacia en menos de un año. Desde luego, será todo un desafío.

Kelsier se echó a reír.

—De ti, eso es tan bueno como un sí. Empieza por Luthadel, luego dirígete a las ciudades cercanas. Necesitamos gente que esté lo bastante cerca para reunirse en las cuevas.

Brisa asintió.

—También necesitaremos armas y suministros —dijo Ham—. Y habrá que entrenar a los hombres.

—Ya tengo un plan para conseguir las armas —respondió Kelsier—. ¿Puedes buscar a algunos hombres para que se encarguen del entrenamiento?

Ham reflexionó un momento.

—A lo mejor. Conozco a algunos soldados skaa que lucharon en una de las Campañas de Supresión del lord Legislador.

Yeden palideció.

—¡Traidores!

Ham se encogió de hombros.

—La mayoría no están orgullosos de lo que hicieron —dijo—. Pero a la mayoría también le gusta comer. Es un mundo duro, Yeden.

—Mi gente nunca trabajará con esos hombres.

—Tendrán que hacerlo —dijo Kelsier con severidad—. Gran número de rebeliones skaa fracasan porque sus hombres están mal entrenados. Vamos a darte un ejército de hombres bien alimentados y bien entrenados... y que me zurzan si voy a dejarte que los hagas matar porque nunca les enseñaron por qué extremo se empuña una espada. —Hizo una pausa y luego miró a Ham—. Sin embargo, te sugiero que busques hombres que estén furiosos con el Imperio Final por lo que les obligó a hacer. No confío en tipos cuya lealtad solo se cuenta por las monedas de sus bolsillos.

Ham asintió y Yeden guardó silencio. Kelsier se dio la vuelta y escribió «Ham: entrenamiento» y «Brisa: reclutamiento» en la pizarra, debajo de «tropas».

—Me interesa tu plan para conseguir armas —dijo Brisa—. ¿Cómo, exactamente, pretendes armar a diez mil hombres sin que el lord Legislador recele? Controla con mucho cuidado cómo fluyen las armas.

—Podríamos hacerlas nosotros —dijo Clubs—. Tengo madera de sobra para fabricar un par de bastones de combate al día. También podría conseguiros algunas flechas.

—Agradezco el ofrecimiento, Clubs —dijo Kelsier—. Y creo que es una buena idea. Sin embargo, vamos a necesitar algo más que bastones. Necesitaremos espadas, escudos y armaduras... Y las necesitaremos rápidamente para empezar a entrenarnos.

—Entonces, ¿cómo vas a hacerlo? —preguntó Brisa.

—Las Grandes Casas consiguen armas —dijo Kelsier—. No tienen ningún problema para equipar a sus retenes personales.

—¿Quieres que se las robemos?

Kelsier negó con la cabeza.

—No, por una vez vamos a hacer las cosas de manera más o menos legal... Vamos a comprar nuestras armas. O, más bien, vamos a hacer que un noble comprensivo las compre por nosotros.

Clubs soltó una risotada.

—¿Un noble comprensivo con los skaa? Nunca.

—Bueno, entonces «nunca» ha sido hace poco —respondió alegre Kelsier—. Porque ya he encontrado a alguien que va a ayudarnos.

La habitación permaneció en un silencio roto solo por el chisporroteo del fuego. Vin se agitó en su asiento mirando a los demás. Parecían sorprendidos.

—¿Quién? —preguntó Ham.

—Se llama lord Renoux —dijo Kelsier—. Llegó a la zona hace unos cuantos días. Se aloja en Fellise... No tiene todavía suficiente influencia para establecerse en Luthadel. Además, creo que es prudente mantener las actividades de Renoux un poco apartadas del lord Legislador.

Vin ladeó la cabeza. Fellise era una ciudad pequeña y suburbana a una hora de Luthadel; Reen y ella habían trabajado allí antes de trasladarse a la capital. ¿Cómo había reclutado Kelsier a este lord Renoux? ¿Lo había sobornado o lo había timado de alguna manera?

—He oído hablar de Renoux —dijo Brisa lentamente—. Es un lord del oeste; tiene mucho poder en el Dominio Extremo.

Kelsier asintió.

—Lord Renoux decidió hace poco intentar elevar a su familia a un rango nobiliario superior. Su historia oficial es que vino al sur para expandir sus objetivos mercantiles. Enviando buenas armas sureñas al norte espera ganar suficiente dinero (y hacer suficientes contactos) para construirse un torreón en Luthadel a finales de la década.

Todos guardaron silencio.

—Pero esas armas irán a parar a nuestras manos —dijo Ham lentamente.

Kelsier asintió.

—Tendremos que falsificar los registros de los consignatarios, por si acaso.

—Eso es... es bastante ambicioso, Kell —dijo Ham—. La familia de un lord trabajando de nuestra parte.

—Pero, Kelsier, si tú odias a los nobles —comentó Brisa, confuso.

—Este es diferente —contestó Kelsier con una sonrisa taimada.

El grupo estudió a Kelsier. No les gustaba la idea de trabajar con un noble: Vin lo notaba con absoluta claridad. Quizá tampoco ayudara el hecho de que Renoux fuese tan poderoso.

De repente, Brisa se echó a reír. Se acomodó en su asiento y apuró el vino que le quedaba.

—¡Bendito loco! Lo has matado, ¿verdad? A Renoux... Lo has matado y lo has sustituido por un impostor.

La sonrisa de Kelsier se ensanchó.

Yeden maldijo, pero Ham se limitó a sonreír.

—Ah. Ahora sí que tiene sentido. O, al menos, tiene sentido si eres Kelsier el Atrevido.

—Renoux va a establecerse de manera permanente en Fellise —continuó diciendo Kelsier—. Será nuestra tapadera si necesitamos hacer algo oficial. Lo utilizaré para comprar armas y suministros, por ejemplo.

Brisa asintió con la cabeza, contemplativo.

—Eficaz.

—¿Eficaz? —preguntó Yeden—. ¡Has matado a un noble! Y a uno muy importante.

—Estás planeando derrocar el imperio entero, Yeden —le advirtió Kelsier—. Renoux no va a ser la única baja aristocrática en esta pequeña empresa.

—Sí, pero... ¿hacerse pasar por él? —preguntó Yeden—. Eso me parece un poco arriesgado.

—Nos contrataste porque querías resultados extraordinarios, querido amigo —dijo Brisa—. En nuestro trabajo, los resultados extraordinarios suelen requerir riesgos extraordinarios.

—Los minimizamos lo mejor que podemos, Yeden —dijo Kelsier—. Mi actor es muy bueno. Sin embargo, estas son las cosas que vamos a tener que hacer en este trabajo.

—¿Y si os ordeno no hacer unas cuantas? —preguntó Yeden.

—Puedes cancelar el trabajo en cualquier momento —dijo Dockson sin levantar la cabeza de sus papeles—. Pero mientras el asunto esté en marcha, Kelsier tiene la última palabra en lo referente a planes, objetivos y procedimientos. Así es como trabajamos: lo sabías cuando nos contrataste.

Yeden sacudió tristemente la cabeza.

—¿Bien? —preguntó Kelsier—. ¿Continuamos o no? La decisión es tuya, Yeden.

—Siéntete libre de darlo por terminado, amigo —dijo Brisa en tono servicial—. No temas ofenderlo. Yo particularmente agradezco el dinero regalado.

Vin vio a Yeden palidecer levemente. En su opinión, tenía suerte de que Kelsier no le hubiera quitado el dinero y le hubiera clavado un puñal en el pecho. Pero cada vez se convencía más de que esa no era la manera en que funcionaban por allí las cosas.

—Es una locura —dijo Yeden.

—¿Tratar de derrocar al lord Legislador? —preguntó Brisa—. Bueno, sí, la verdad es que sí.

—Muy bien —suspiró Yeden—. Continuamos.

—Bien —dijo Kelsier, y escribió «Kelsier: equipo» debajo de «tropas»—. La fachada de Renoux también nos permitirá frecuentar la alta sociedad de Luthadel. Será una ventaja muy importante: necesitaremos seguir con atención la política de las Grandes Casas si queremos iniciar una guerra.

—Esta guerra de casas tal vez no sea tan fácil de promover como crees, Kelsier —comentó Brisa—. El grupito de altos nobles actual es cuidadoso y discriminador.

Kelsier sonrió.

—Entonces es buena cosa que estés aquí para ayudarnos, Brisa. Eres un experto consiguiendo que la gente haga lo que quieres... Juntos, tú y yo, planearemos cómo hacer que los altos nobles se vuelvan unos contra otros. Hay guerras entre las casas importantes cada dos siglos más o menos. La competencia del grupo actual solo los volverá más peligrosos, así que enfrentarlos no debería ser tan difícil. De hecho, ya he iniciado el proceso...

Brisa alzó una ceja y luego miró a Ham. El violento gruñó, sacó una moneda de oro de diez cuartos y la lanzó al otro lado de la sala para satisfacer a Brisa.

—¿De qué va esto? —preguntó Dockson.

—Hicimos una apuesta acerca de si Kelsier estuvo o no implicado en los disturbios de anoche —explicó Brisa.

—¿Disturbios? —preguntó Yeden—. ¿Qué disturbios?

—Alguien atacó la Casa Venture —dijo Ham—. Se comenta que tres nacidos de la bruma fueron enviados a asesinar al mismísimo Straff Venture.

Kelsier hizo una mueca.

—¿Tres? Desde luego, Straff tiene una opinión muy elevada de sí mismo. Ni siquiera me acerqué a Su Alteza. Fui por el atium... y para asegurarme de que me vieran.

—Venture no sabe a quién echar la culpa —dijo Brisa—. Pero como hubo nacidos de la bruma de por medio, todo el mundo supone que fue de una de las Grandes Casas.

—Esa era la idea —dijo Kelsier con regocijo—. La alta nobleza se toma muy en serio los ataques de los nacidos de la bruma: tienen un acuerdo tácito de que nunca enviarán a un nacido de la bruma a asesinar a otro. Unos cuantos golpes más como este y haré que salten unos contra otros como animales.

Se volvió y añadió «Brisa: planificación» y «Kelsier: caos general» bajo «Grandes Casas» en la pizarra.

—Necesitaremos además estudiar la política local para averiguar qué Casas están haciendo alianzas —continuó—. Eso significa enviar un espía a algunos de sus actos.

—¿Es realmente necesario? —preguntó Yeden, incómodo.

Ham asintió.

—Es el procedimiento normal para cualquier trabajo en Luthadel. Si hay alguna información, pasará por los labios de los poderosos de la corte. Siempre compensa tener un par de oídos atentos en sus círculos.

—Bueno, eso debería ser fácil —dijo Brisa—. Traemos a tu impostor y lo enviamos a las fiestas.

Kelsier negó con la cabeza.

—Desgraciadamente, lord Renoux no podrá venir a Luthadel.

Yeden frunció el ceño.

—¿Por qué no? ¿No aguantará tu impostor un escrutinio de cerca?

—Bueno, se parece a lord Renoux —dijo Kelsier—. Es exactamente igual, en realidad. Pero no podemos dejar que se acerque a un inquisidor...

—Ah —dijo Brisa, intercambiando una mirada con Ham—. Uno de esos. Bien, entonces.

—¿Qué? —preguntó Yeden—. ¿Qué quiere decir?

—No quieras saberlo.

—¿No?

Brisa negó con la cabeza.

—Cuando Kelsier ha dicho que había sustituido a lord Renoux por un impostor, eso te ha inquietado, ¿verdad? Bueno, esto es una docena de veces peor. Confía en mí: cuanto menos sepas, más cómodo te sentirás.

Yeden miró a Kelsier, quien sonreía de oreja a oreja. Palideció y volvió a acomodarse en su asiento.

—Es probable que tengas razón.

Vin frunció el ceño y contempló a los otros hombres presentes en la habitación. Parecían saber de qué estaba hablando Kelsier. Tendría que estudiar a ese lord Renoux en alguna ocasión.

—De todas maneras, tenemos que enviar a alguien a las fiestas de sociedad —dijo Kelsier—. Dox, por tanto, hará de sobrino y heredero de Renoux, un miembro de la familia que recientemente se ha ganado el favor de lord Renoux.

—Espera un momento, Kell —dijo Dockson—. No me habías hablado de esto.

Kelsier se encogió de hombros.

—Vamos a necesitar a alguien que sea nuestro topo en la nobleza. Suponía que tú encajabas en el papel.

—No puedo ser yo —dijo Dockson—. Me marcaron durante el trabajo de Eiser hace un par de meses.

Kelsier frunció el ceño.

—¿Qué? —preguntó Yeden—. ¡Quiero saber de qué estáis hablando esta vez!

—Quiere decir que el Ministerio lo anda buscando —dijo Brisa—. Se hizo pasar por noble y lo descubrieron.

Dockson asintió.

—El propio lord Legislador me vio en una ocasión, y tiene una memoria perfecta. Aunque consiguiera evitarlo, alguien me reconocerá tarde o temprano.

—Así que... —dijo Yeden.

—Así que necesitamos a otra persona que haga de heredero de lord Renoux —dijo Kelsier.

—A mí no me mires —repuso Yeden, aprensivo.

—Créeme: nadie pensaba en ti. Clubs también queda descartado: es un artesano skaa demasiado conocido.

—Yo también quedo fuera —dijo Brisa—. Ya tengo varios alias entre los nobles. Supongo que podría usar uno de ellos, pero no podría asistir a ninguno de los bailes ni fiestas importantes... Sería muy embarazoso si me encontrara con alguien que me conociera por un alias diferente.

Kelsier frunció el ceño, pensativo.

—Yo podría hacerlo —dijo Ham—. Pero ya sabéis que no actúo bien.

—¿Y mi sobrino? —dijo Clubs, señalando al jovencito que tenía al lado.

Kelsier estudió al muchacho.

—¿Cómo te llamas, hijo?

—Lestibournes.

Kelsier alzó una ceja.

—Vaya nombrecito. ¿No tienes ningún apodo?

—En todavía no de los jamases.

—Tendremos que trabajar en eso —dijo Kelsier—. ¿Siempre hablas con ese argot callejero del este?

El chico se encogió de hombros, obviamente nervioso por ser el centro de atención.

—Por allá que andaba en cuando era chaval.

Kelsier miró a Dockson, que negó con la cabeza.

—No creo que sea buena idea, Kell.

—Estoy de acuerdo. —Kelsier se volvió hacia Vin y sonrió—. Supongo que solo nos quedas tú. ¿Cómo se te da imitar a una noble?

Vin palideció un poco.

—Mi hermano me dio unas cuantas lecciones. Pero nunca he intentado...

—Lo harás bien —dijo Kelsier, y escribió «Vin: infiltración» bajo «Grandes Casas»—. Muy bien, Yeden, aunque deberías empezar a planear cómo conservar el control del imperio cuando todo esto haya acabado.

Yeden asintió. Vin sintió un poco de lástima por el hombre, viendo cómo el plan, su descarada audacia, parecía estar abrumándolo.

¿Hacerme pasar por una noble?, pensó. Tiene que haber alguien que pueda hacerlo mejor...

Brisa todavía estaba dedicando su atención a Yeden, claramente incómodo.

—No te pongas tan solemne, mi querido amigo —dijo Brisa—. Lo más probable es que nunca tengas que gobernar la ciudad. Es casi seguro que nos capturarán a todos y nos ejecutarán mucho antes de que eso suceda.

Yeden sonrió sin ganas.

—¿Y si no lo hacemos? ¿Qué os impide a todos vosotros apuñalarme y quedaros con el imperio?

Brisa puso cara de hartazgo.

—Somos ladrones, querido mío, no políticos. Una nación es una molestia demasiado grande para merecer nuestro tiempo. Cuando tengamos nuestro atium, seremos felices.

—Por no decir ricos —añadió Ham.

—Las dos palabras son sinónimas, Hammond —dijo Brisa.

—Además —Kelsier se dirigió a Yeden—, no vamos a darte todo el imperio. Es de esperar que se desmorone cuando Luthadel se desestabilice. Tú tendrás tu ciudad, y quizás un buen pedazo del Dominio Central... suponiendo que consigas sobornar a los ejércitos locales para que te apoyen.

—¿Y... el lord Legislador? —preguntó Yeden.

Kelsier sonrió.

—Sigo con la intención de ocuparme de él personalmente... Solo tengo que averiguar cómo hacer funcionar el Undécimo metal.

—¿Y si no lo logras?

—Bueno —dijo Kelsier, escribiendo «Yeden: preparación y gobierno» bajo «rebelión skaa» en la pizarra—, intentaremos buscar un modo para hacerlo salir de la ciudad. Tal vez consigamos que vaya con su ejército a los Pozos y asegurar allí las cosas.

—¿Y luego qué?

—Encuentra tú un modo de tratar con él —respondió Kelsier—. No nos contrataste para matar al lord Legislador, Yeden: eso no es más que una flecha que pretendo arrojar si puedo.

—Yo no me preocuparía demasiado, Yeden —añadió Ham—. No podrá hacer mucho sin fondos ni ejército. Es un alomántico poderoso, pero en modo alguno omnipotente.

Brisa sonrió.

—Sin embargo, si lo piensas bien, cabe la posibilidad de que las seudodeidades hostiles destronadas sean unos vecinos desagradables. Tendrás que meditar qué hacer con él.

Al parecer a Yeden no le gustó mucho la idea, pero no insistió.

Kelsier se dio la vuelta.

—Entonces, eso es todo.

—Hummm... ¿Y el Ministerio? —dijo Ham—. ¿No deberíamos encontrar al menos un modo de echar un ojo a esos inquisidores?

Kelsier sonrió.

—Dejaremos que mi hermano se encargue de ellos.

—Y un rábano —dijo una nueva voz desde el fondo de la habitación.

Vin se levantó de un salto, giró y miró hacia la oscura puerta. Había un hombre de pie en el umbral. Alto y ancho de hombros, tenía una rigidez estatuaria. Vestía de forma modesta, con una sencilla camisa, pantalones y una casaca skaa suelta. Tenía los brazos cruzados en gesto de insatisfacción y un rostro duro y cuadrado que le resultaba familiar.

Vin se volvió a mirar a Kelsier. El parecido era evidente.

—¿Marsh? —dijo Yeden, poniéndose en pie—. ¡Marsh, eres tú! ¡Nos prometió que te unirías a nosotros, pero yo...! ¡Bueno, bienvenido de vuelta al grupo!

El rostro de Marsh permaneció impasible.

—No estoy seguro de haber «vuelto» o no, Yeden. Si no os importa, me gustaría hablar en privado con mi hermano pequeño.

Kelsier no pareció intimidado por el duro tono de Marsh. Hizo un gesto al grupo.

—Hemos terminado por hoy, amigos.

Los demás se levantaron despacio, dando a Marsh un fuerte abrazo al salir. Vin los siguió, cerró la puerta y bajó las escaleras para dar la impresión de que se retiraba también.

Menos de tres minutos más tarde había vuelto a la puerta para escuchar en silencio la conversación que tenía lugar al otro lado.

Rashek es un hombre alto; naturalmente, la mayoría de los terrisanos lo son. Es joven para que los otros porteadores lo respeten tanto. Tiene carisma y no es descabellado que las mujeres de la corte lo describieran como apuesto, a su manera un tanto basta.

Sin embargo, me sorprende que alguien preste atención a un hombre que predica tanto odio. Nunca ha visto Khlennium, pero maldice la ciudad. No me conoce, pero noto el odio y la hostilidad en sus ojos.

7

Imagen decorativa

Tres años no habían cambiado mucho el aspecto de Marsh. Seguía siendo la persona severa e imponente que Kelsier conocía desde la infancia. Todavía ardía aquel brillo de decepción en sus ojos y hablaba con el mismo aire de desaprobación.

Sin embargo, si había que creer a Dockson, la actitud de Marsh había cambiado mucho desde aquel día, tres años atrás. A Kelsier todavía le costaba trabajo creer que su hermano hubiese renunciado al liderazgo de la rebelión skaa. Siempre se había mostrado muy apasionado en su tarea.

Al parecer, esa pasión había menguado. Marsh dio un paso adelante y observó la pizarra con ojo crítico. Tenía la ropa algo manchada de ceniza, pero la cara relativamente limpia para tratarse de un skaa. Se detuvo un instante a examinar las notas de Kelsier. Finalmente, se volvió y arrojó una hoja de papel a la silla situada junto a su hermano.

—¿Qué es esto? —preguntó Kelsier, recogiéndola.

—Los nombres de los once hombres que mataste anoche —dijo Marsh—. Me ha parecido que al menos querrías saberlo.

Kelsier arrojó el papel a las llamas.

—Servían al Imperio Final.

—Eran hombres, Kelsier —replicó Marsh—. Tenían una vida, familia. Varios de ellos eran skaa.

—Traidores.

—Personas —dijo Marsh—. Gente que intentaba conseguir lo mejor posible con lo que les había dado la vida.

—Bueno, yo estoy haciendo lo mismo. Y, por fortuna, la vida me dio la habilidad de arrojar hombres como esos desde lo alto de los edificios. Si quieren enfrentarse a mí como nobles, también pueden morir como nobles.

La expresión de Marsh se ensombreció.

—¿Cómo puedes dar tan poca importancia a algo así?

—Porque, Marsh, el humor es lo único que me queda. El humor y la determinación.

Marsh hizo una mueca.

—Deberías estar contento —dijo Kelsier—. Después de décadas de escuchar tus sermones, finalmente he decidido hacer con mis talentos algo que merezca la pena. Ahora que estás aquí para ayudarme, estoy seguro...

—No he venido a ayudar —lo interrumpió Marsh.

—Entonces, ¿a qué has venido?

—Para hacerte una pregunta. —Marsh dio un paso al frente y se detuvo justo delante de Kelsier. Eran más o menos de la misma estatura, pero la recia personalidad de Marsh siempre le hacía parecer un palmo más alto—. ¿Cómo te atreves a hacer esto? —preguntó en voz baja—. Yo dediqué mi vida a derrocar al Imperio Final. Mientras tú y tus amigos ladrones os dedicabais a ir de farra, yo ocultaba a fugitivos. Mientras planeabas pequeños robos, yo organizaba revueltas. Mientras tú vivías en el lujo, yo veía a gente valiente morir de hambre. —Marsh marcó con un dedo el pecho de Kelsier—. ¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a intentar robar la rebelión para uno de tus «trabajitos»? ¿Cómo te atreves a usar este sueño como medio para enriquecerte?

Kelsier apartó el dedo de su hermano.

—No se trata de eso.

—¿No? —preguntó Marsh, señalando la palabra «atium» de la pizarra—. ¿Por qué los juegos, Kelsier? ¿Por qué embaucar a Yeden, fingiendo aceptarlo como tu «patrón»? ¿Por qué actuar como si te preocuparan los skaa? Los dos sabemos lo que pretendes realmente.

Kelsier apretó los dientes y sintió que parte de su buen humor se esfumaba. Siempre ha podido hacerme esto.

—Ya no me conoces, Marsh —dijo en voz baja—. Esto no es por el dinero... Una vez tuve más riquezas de lo que ningún hombre pueda gastar. Este trabajo es algo diferente.

Marsh se acercó, estudiando los ojos de Kelsier, como buscando la verdad en ellos.

—Siempre fuiste un buen mentiroso —dijo por fin.

Kelsier se encogió de hombros.

—Bien, piensa lo que quieras. Pero no me des sermones. Derrocar al imperio tal vez fuera tu sueño una vez... pero ahora te has convertido en un buen skaa, te quedas en tu taller y te inclinas ante los nobles.

—He aceptado la realidad —dijo Marsh—. Algo en lo que tú nunca has sido bueno. Aunque seas sincero en lo referente a este plan, fracasarás. Todo lo que han hecho los rebeldes (las incursiones, los robos, las muertes) no ha servido para nada. Nuestros mejores esfuerzos nunca llegaron a ser ni siquiera una pequeña molestia para el lord Legislador.

—Ah, pero en ser una molestia soy muy bueno —contestó Kelsier—. De hecho, soy más que una «pequeña» molestia: la gente me dice que puedo ser absolutamente enervante. Bien podría usar ese talento para una buena causa, ¿no?

Marsh suspiró y se volvió.

—Esto no es ninguna «causa», Kelsier. Es una venganza. Tiene que ver contigo, como siempre. Creeré que no vas detrás del dinero, incluso que pretendes entregar a Yeden ese ejército por el que al parecer te está pagando. Pero no creo que te importe.

—En eso te equivocas, Marsh —dijo Kelsier suavemente—. En eso siempre te has equivocado conmigo.

Marsh frunció el ceño.

—Tal vez. Pero ¿cómo empezó todo? ¿Fue a verte Yeden o acudiste tú a él?

—¿Importa? —preguntó Kelsier—. Mira, Marsh. Necesito a alguien para que se infiltre en el Ministerio. Este plan no irá a ninguna parte si no descubrimos un modo de vigilar a esos inquisidores.

Marsh se volvió.

—¿Esperas de verdad que te ayude?

Kelsier asintió.

—Por eso has venido, digas lo que digas. Una vez me dijiste que creías que podría hacer grandes cosas si me aplicaba a un objetivo digno. Bueno, eso es lo que estoy haciendo ahora... Y tú me vas a ayudar.

—Ya no es tan fácil, Kell —dijo Marsh, sacudiendo la cabeza—. Algunas personas son distintas. Otras... ya no están.

Kelsier dejó que el silencio se apoderara de la habitación. Incluso el fuego de la chimenea empezaba a apagarse.

—Yo también la echo de menos.

—Estoy seguro de que sí... Pero tengo que ser sincero contigo, Kell. A pesar de lo que ella hizo... a veces deseo que no hubieras sido tú quien sobreviviera a los Pozos.

—Yo deseo lo mismo cada día.

Marsh se dio la vuelta, estudiando a Kelsier con mirada fría y escrutadora. Los ojos de un buscador. Lo que vio reflejado en los de su hermano debió de merecer finalmente su aprobación.

—Me marcho —dijo Marsh—. Pero por algún motivo pareces sincero esta vez. Volveré y escucharé el plan loco que hayas pergeñado. Entonces... Bueno, entonces ya veremos.

Kelsier sonrió. En el fondo, Marsh era un buen hombre: mucho mejor que él mismo. Cuando su hermano se acercaba a la puerta, Kelsier captó la sombra de un movimiento más allá. Inmediatamente quemó hierro y las líneas azules translúcidas brotaron de su cuerpo conectándolo con las fuentes cercanas de metal. Marsh, naturalmente, no llevaba metal encima, ni siquiera monedas. Recorrer los sectores skaa de la ciudad podía ser muy peligroso para un hombre que pareciera incluso mínimamente próspero.

Sin embargo, había alguien que no había aprendido todavía a no llevar metal sobre su persona. Las líneas azules eran finas y débiles (no atravesaban bien la madera), pero fueron lo suficientemente fuertes para permitir a Kelsier localizar la hebilla del cinturón de la persona que se apartaba rápidamente de la puerta con pasos silenciosos. Sonrió para sí. La chica era extremadamente habilidosa. Su vida callejera, sin embargo, la había marcado profundamente. Con suerte él podría fomentar sus habilidades mientras la ayudaba a sanar esas cicatrices.

—Volveré mañana —dijo Marsh en la puerta.

—No vengas demasiado pronto —respondió Kelsier con un guiño—. Tengo algunas cosas que hacer esta noche.

Vin esperaba en su habitación a oscuras, prestando atención a las pisadas que bajaban las escaleras. Se agazapó junto a su puerta tratando de determinar si el sonido de los pasos había continuado bajando o no. El pasillo quedó en silencio, así que dejó escapar un callado suspiro de alivio.

Llamaron a la puerta apenas a unos centímetros de su cabeza.

El sobresalto casi la hizo caer al suelo. ¡Es bueno!, pensó.

Se despeinó rápidamente y se frotó los ojos, tratando de simular que estaba durmiendo. Se sacó la camisa y esperó a que volvieran a llamar antes de abrir la puerta.

Kelsier estaba apoyado en una jamba, recortado por la luz de la única linterna del pasillo. Alzó una ceja al ver su estado de desaliño.

—¿Sí? —preguntó Vin, tratando de hacerse la dormida.

—Bueno, ¿qué te parece Marsh?

—No sé —dijo Vin—. No lo he visto demasiado antes de que nos hiciera salir.

Kelsier sonrió.

—No vas a admitir que te he pillado, ¿eh?

Vin casi le devolvió la sonrisa. El entrenamiento de Reen acudió al rescate. Es al hombre que quiere que confíes en él al que más debes temer, la voz de su hermano pareció susurrarle al oído. Se había hecho más fuerte desde que conocía a Kelsier, como si sus instintos estuvieran siempre a prueba.

Kelsier la estudió brevemente y se apartó de la puerta.

—Remétete esa camisa y sígueme.

Vin frunció el ceño.

—¿Adónde vamos?

—A iniciar tu entrenamiento.

—¿Ahora? —preguntó Vin, mirando los postigos oscuros de su habitación.

—Naturalmente. Es una noche perfecta para dar un paseo.

Vin se alisó la ropa y se reunió con él en el pasillo. Si de verdad planeaba empezar a enseñarle cosas, no iba a quejarse. Daba igual la hora que fuera. Bajaron las escaleras. El taller estaba oscuro, los proyectos de muebles a medio terminar sumidos en las sombras. La cocina, sin embargo, estaba iluminada.

—Un momentito —dijo Kelsier, y se metió en la cocina.

Vin se detuvo en las sombras del taller, dejando que Kelsier entrara sin ella. Apenas podía ver el interior. Dockson, Brisa y Ham estaban sentados con Clubs y sus aprendices alrededor de una mesa redonda. Había vino y cerveza, aunque en pequeñas cantidades, y los hombres tomaban una cena sencilla de pastelitos de cebada hervida y verduras.

Escuchó risas. No risas estentóreas, como sonaban a menudo en la mesa de Camon. Eran más suaves, una muestra de alegría verdadera, de disfrute sano.

Vin no estaba segura de qué era lo que la mantenía fuera de la habitación. Vaciló, como si la luz y el buen humor fueran una barrera, y se quedó en el silencioso y solemne taller. No obstante, observó desde la oscuridad y no pudo suprimir por completo su ansia.

Kelsier regresó un momento después con su mochila y un pequeño hatillo. Vin miró el hatillo con curiosidad. Él se lo tendió con una sonrisa.

—Un regalo.

Notaba la tela lustrosa y suave entre los dedos y Vin supo inmediatamente de qué se trataba. Dejó que el tejido gris resbalara entre sus manos revelando una capa de nacido de la bruma. Como el atuendo que Kelsier llevaba la noche anterior, estaba hecho de tiras de tela separadas.

—Pareces sorprendida —comentó Kelsier.

—Yo... suponía que tendría que ganármelo de algún modo.

—¿Qué hay que ganar? —dijo Kelsier, poniéndose su propia capa—. Esto es quien eres, Vin.

Ella se detuvo, se echó la capa sobre los hombros y se la abrochó. Parecía... diferente. Gruesa y pesada sobre sus hombros, pero liviana y suelta alrededor de sus brazos y piernas. Las cintas estaban cosidas en la parte superior, lo que le permitía arrebujarse en ella si lo deseaba. Se sentía... envuelta. Protegida.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Kelsier.

—Bien —dijo ella, sucinta.

Kelsier asintió y sacó varios frascos de cristal. Le ofreció dos.

—Bebe uno; guarda el otro por si lo necesitas. Te mostraré cómo mezclar frascos nuevos más tarde.

Vin asintió, apuró el primer frasco y se guardó el segundo en el cinturón.

—He mandado hacerte ropa nueva —informó Kelsier—. Querrás acostumbrarte a vestir cosas que no lleven metal: cinturones sin hebillas, zapatos que puedas calzarte y sacarte fácilmente, pantalones sin botones. Tal vez más adelante, si te atreves, te consigamos ropa de mujer.

Vin se ruborizó un poco. Kelsier se echó a reír.

—Me estoy burlando de ti. Sin embargo, ahora vas a entrar en un mundo nuevo... Puede que descubras que hay situaciones en las que te convendrá parecer una dama joven más que una ladrona.

Vin asintió y siguió a Kelsier hacia la parte delantera del taller. Abrió la puerta, revelando una muralla de oscuras brumas cambiantes. Se internó en ellas. Inspirando profundamente, Vin lo siguió.

Kelsier cerró la puerta tras ellos. La calle pavimentada parecía amordazada, las brumas lo humedecían todo. No veía muy lejos en ninguna dirección y los extremos de la calle parecían difuminarse en la nada, caminos hacia la eternidad. Arriba no había cielo, solo remolinos de gris sobre gris.

—Muy bien, empecemos —dijo Kelsier.

Su voz sonaba con fuerza en la calle vacía y silenciosa. Había confianza en su tono, algo que, enfrentada a las brumas que la rodeaban, Vin desde luego no sentía.

—Tu primera lección —dijo Kelsier, saliendo a la calle seguido de Vin—, no es de alomancia, sino de actitud. —Tendió la mano hacia delante—. Esto, Vin. Esto es nuestro. La noche, las brumas: nos pertenecen. Los skaa evitan las brumas como si fueran la muerte. Los ladrones y los soldados salen de noche, pero también las temen. Los nobles fingen indiferencia, pero las brumas los incomodan. —Se volvió a mirarla—. Las brumas son tus amigas, Vin. Te ocultan, te protegen... y te dan poder. Según la doctrina del Ministerio, algo rara vez compartido con los skaa, los nacidos de la bruma son descendientes de los únicos hombres que permanecieron fieles al lord Legislador durante los días anteriores a su Ascensión. Según otras leyendas somos algo que está incluso más allá del poder del lord Legislador, algo que nació ese día cuando las brumas cayeron por primera vez sobre la tierra.

Vin asintió levemente. Le parecía extraño que Kelsier hablara con tanta franqueza. A cada lado de la calle se alzaban edificios llenos de skaa dormidos. Y, sin embargo, los postigos oscuros y el aire silencioso la hacían sentirse como si Kelsier y ella estuvieran solos. Solos en la ciudad más densamente poblada, más abarrotada de todo el Imperio Final.

Kelsier continuó caminando, la viveza de su paso era incongruente con la oscura penumbra.

—¿No deberían preocuparnos los soldados? —preguntó Vin en voz baja. Sus bandas siempre tenían que estar atentas a las patrullas nocturnas de la Guarnición.

Kelsier negó con la cabeza.

—Aunque fuéramos lo suficientemente descuidados para que nos localizaran, ninguna patrulla imperial se atrevería a molestar a un nacido de la bruma. Verían nuestras capas y fingirían no vernos. Recuerda, casi todos los nacidos de la bruma son miembros de las Grandes Casas... y el resto pertenece a casas menores de Luthadel. Sea como sea, son individuos muy importantes.

Vin frunció el ceño.

—Entonces, ¿los guardias ignoran a los nacidos de la bruma?

Kelsier se encogió de hombros.

—No es conveniente reconocer que la figura agazapada que ves en el tejado es en realidad un señor de alcurnia muy distinguido... o incluso una dama de alcurnia. Los nacidos de la bruma son tan raros que las casas no pueden permitirse tener prejuicios de ningún tipo contra ellos.

»Además, la mayoría de los nacidos de la bruma vive dos vidas: la vida de los aristócratas de la corte y la vida de los sibilinos espías alománticos. La identidad de los nacidos de la bruma es uno de los secretos de las casas: los rumores sobre quiénes son los nacidos de la bruma son siempre el centro de los chismorreos de la alta nobleza.

Kelsier enfiló otra calle y Vin lo siguió, todavía un poco nerviosa. No estaba segura de adónde la llevaba; era fácil perderse en la noche. Tal vez ni siquiera tuviera un destino y solo la estuviera acostumbrando a las brumas.

—Muy bien —dijo Kelsier—, empecemos a acostumbrarte a los metales básicos. ¿Puedes sentir tus reservas de metal?

Vin hizo una pausa. Si se concentraba, distinguía ocho fuentes de poder en su interior; cada una de ellas mucho más grande incluso que las dos que había notado el día en que Kelsier la puso a prueba. Se había sentido reacia a usar mucho su Suerte desde entonces. Estaba empezando a darse cuenta de que había estado empleando un arma que nunca había comprendido realmente, un arma que había llamado accidentalmente la atención de un inquisidor de acero.

—Empieza a quemarlos, uno a uno —dijo Kelsier.

—¿A quemarlos?

—Así es como llamamos cuando se activa una habilidad alomántica —dijo Kelsier—. «Quemas» el metal asociado con ese poder. Comprenderás a qué me refiero. Empieza con los metales que no conoces todavía..., trabajaremos con las emociones para aplacar y causar ira en otro momento.

Vin asintió y se detuvo en medio de la calle. Vacilante, recurrió a una de las nuevas fuentes de poder. Una de ellas le resultaba levemente familiar. ¿La había usado antes sin darse cuenta? ¿Qué haría?

Solo hay una forma de averiguarlo... Insegura de qué se suponía que tenía que hacer exactamente, Vin agarró la fuente de poder y trató de usarla.

De inmediato sintió una llamarada de calor dentro del pecho. No era incómodo, pero sí algo claro y diferente. Junto con el calor vino algo más: una sensación de euforia y de poder. Se sentía... más sólida, de algún modo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Kelsier.

—Me siento diferente —respondió Vin. Alzó la mano y pareció como si el miembro hubiera reaccionado demasiado rápidamente. Los músculos estaban ansiosos—. Mi cuerpo... es extraño. Ya no me siento cansada y sí en guardia.

—Ah —dijo Kelsier—. Eso es el peltre. Aumenta tus habilidades físicas y te hace más fuerte, más capaz de resistir la fatiga y el dolor. Reaccionarás con más rapidez cuando lo quemes y tu cuerpo será más duro.

Vin flexionó los músculos, experimentando. No parecían más grandes pero sentía su fuerza. Sin embargo, no se trataba solo de sus músculos... era todo en ella. Sus huesos, su carne, su piel. Recurrió a su reserva y notó que menguaba.

—Me estoy quedando sin ella —dijo.

Kelsier asintió.

—El peltre se quema de manera relativamente rápida. El frasquito que te di estaba medido para contener diez minutos de quema continua... aunque irá más rápido si avivas a menudo y más lento si tienes cuidado con cómo lo usas.

—¿Avivar?

—Puedes quemar tus metales un poco más vivamente si lo intentas —dijo Kelsier—. Se acaban mucho más rápido y es más difícil, pero puede darte un impulso extra.

Vin frunció el ceño y trató de hacer lo que él decía. Con un empujón de esfuerzo agitó las llamas dentro de su pecho, avivando el peltre.

Fue como el aire que uno toma antes de dar un salto atrevido. Un súbito arrebato de fuerza y poder. Su cuerpo se tensó de expectación y durante un momento se sintió invencible. Entonces pasó y su cuerpo se relajó lentamente.

Interesante, pensó, advirtiendo lo rápidamente que se había quemado el peltre durante ese breve instante.

—Hay algo que tienes que saber sobre los metales alománticos —dijo Kelsier mientras se internaban en las brumas—. Cuanto más puros son, más efectivos resultan. Los frasquitos que preparamos contienen metales absolutamente puros, preparados y vendidos específicamente para alománticos.

»Las aleaciones, como el peltre, son aún más difíciles, ya que hay que mezclar bien el porcentaje de metal si quieres un poder máximo. De hecho, si no tienes cuidado cuando compras los metales puedes acabar con la aleación equivocada.

Vin frunció el ceño.

—¿Quieres decir que pueden timarme?

—No de manera intencionada —respondió Kelsier—. La cosa es que la mayoría de los términos que utiliza la gente (palabras como «latón», «peltre» y «bronce») son bastante vagos. El peltre, por ejemplo, se considera generalmente una aleación de estaño y plomo con un poco de cobre o plata dependiendo del uso y las circunstancias. El peltre alomántico, sin embargo, es una aleación de estaño al noventa y uno por ciento y un nueve por ciento de plomo. Si quieres sacar la máxima fuerza de tu metal, debes usar esos porcentajes.

—Y... ¿si quemas el porcentaje equivocado?

—Si la mezcla solo se desvía un poco, obtienes algo de poder. Sin embargo, si está muy desviada, quemarla te enfermará.

Vin asintió lentamente.

—Creo... creo que he quemado este metal antes. De vez en cuando, en muy pequeñas cantidades.

—Metales residuales —dijo Kelsier—. Por beber agua contaminada por metal o por comer en vajilla de peltre.

Vin asintió. Algunas de las jarras de la guarida de Camon eran de peltre.

—Muy bien. Apaga el peltre y pasemos a otro metal —dijo Kelsier.

Vin hizo lo que le pedía. La retirada de poder la dejó débil, cansada y expuesta.

—Ahora deberías poder notar una especie de emparejamiento entre tus reservas de metal.

—Como los dos metales emocionales —dijo Vin.

—Exactamente. Busca el metal emparejado con el peltre.

—Lo veo.

—Hay dos metales para cada poder —dijo Kelsier—. Uno empuja, otro tira: el segundo suele ser una aleación del primero. Para las emociones (los poderes mentales externos) tiras con cinc y empujas con latón. Acabas de usar peltre para empujar tu cuerpo. Ese es uno de los poderes físicos internos.

—Como Ham —dijo Vin—. Quema peltre.

Kelsier asintió.

—Los brumosos que pueden quemar peltre se llaman violentos. Un término burdo, supongo... pero tienden a ser gente bastante burda. Nuestro querido Hammond es una excepción a esa regla.

—¿Qué hace el otro metal físico interno?

—Prueba y verás.

Vin lo hizo ansiosamente y el mundo de pronto se volvió más brillante a su alrededor. Oh... bueno, eso no era cierto del todo. Podía ver mejor y más lejos, pero las brumas seguían allí. Eran tan solo... más transparentes. La luz ambiental a su alrededor parecía de algún modo más brillante.

Había otros cambios. Notaba la ropa. Se dio cuenta de que siempre había podido notarla, pero normalmente la ignoraba. Ahora, sin embargo, la notaba más cerca. Sentía las texturas y era agudamente consciente de los lugares donde la tela le quedaba tirante.

Tenía hambre. También había estado ignorando eso: sin embargo, ahora su hambre era más acuciante. Notaba la piel más húmeda y podía oler el aire mezclado con olores de tierra, hollín y residuos.

—El estaño agudiza tus sentidos —dijo Kelsier, y su voz de pronto sonó muy fuerte—. Y es uno de los metales que se queman más despacio: el estaño de ese frasquito es suficiente para mantenerte durante horas. La mayoría de los nacidos de la bruma deja conectado su estaño cada vez que salen a las brumas: yo tengo conectado el mío desde que salimos del taller.

Vin asintió. El flujo de sensaciones era casi abrumador. Podía oír crujidos y roces en la oscuridad que le daban ganas de saltar, alarmada, segura de que había alguien a su espalda.

Va a costarme acostumbrarme a esto.

—Déjalo ardiendo —dijo Kelsier, indicándole que caminara a su lado mientras continuaba calle abajo—. Querrás acostumbrarte a los sentidos ampliados. No lo avives continuamente. No solo te quedarías muy pronto sin él, sino que avivar metales de manera constante hace... cosas extrañas a la gente.

—¿Extrañas?

—Los metales, sobre todo el estaño y el peltre, estiran tu cuerpo. Avivarlos solo hace que ese estiramiento se pronuncie. Estíralo demasiado lejos durante demasiado tiempo y las cosas empezarán a romperse.

Vin asintió, incómoda. Kelsier guardó silencio y continuaron caminando para que Vin explorara sus nuevas sensaciones y el detallado mundo que revelaba el estaño. Antes, su visión quedaba reducida a un diminuto bolsillo dentro de la noche. Ahora, sin embargo, veía la ciudad entera envuelta en una manta de bruma cambiante y revuelta. Podía distinguir los torreones como pequeñas montañas oscuras en la distancia y veía motas de luz en las ventanas, como agujeritos en la noche. Y arriba... vio luces en el cielo.

Se detuvo, maravillada. Eran débiles, difusas incluso para sus ojos aumentados por el estaño, pero logró distinguirlas levemente. Cientos de ellas. Miles. Tan pequeñas como las ascuas moribundas de las velas recién apagadas.

—Estrellas —dijo Kelsier, caminando a su lado—. No se pueden ver muy a menudo, excepto con estaño. Debe ser una noche particularmente clara. Antes la gente podía mirar al cielo y verlas cada noche... Eso fue antes de que llegaran las brumas, antes de que los Montes de Ceniza escupieran ceniza y humo al cielo.

Vin lo miró.

—¿Cómo lo sabes?

Kelsier sonrió.

—El lord Legislador ha intentado empecinadamente erradicar la memoria de aquellos días, pero aún quedan vestigios.

Se volvió, sin haber respondido realmente a la pregunta, y continuó caminando. Vin se unió a él. De repente, con estaño, las brumas a su alrededor no parecían tan ominosas. Empezaba a entender cómo podía caminar Kelsier en la noche con tanta confianza.

—Muy bien —dijo Kelsier al cabo de un rato—. Probemos con otro metal.

Vin asintió, dejó su estaño encendido pero escogió otro metal para quemarlo también. Cuando así lo hizo, sucedió algo muy extraño: una multitud de finas líneas azules brotó de su pecho, extendiéndose hacia las brumas. Se detuvo, jadeando levemente, y se miró al pecho. La mayoría de las líneas eran finas, como pedazos transparentes de hilo, aunque un par eran tan gruesas como la lana.

Kelsier se echó a reír.

—Deja ese metal y su pareja por el momento. Son un poco más complicados que los demás.

—¿Qué...? —preguntó Vin, siguiendo las líneas de luz celeste con la mirada. Apuntaban a objetos aleatorios. Puertas, ventanas... Un par incluso apuntaba a Kelsier.

—Ya llegaremos a ello —prometió él—. Apágalo y prueba uno de los otros dos.

Vin apagó el extraño metal e ignoró su pareja, escogiendo uno de los últimos metales. De inmediato sintió una extraña vibración. Se detuvo. No oía los latidos, pero podía sentirlos recorriéndola. Parecían proceder de Kelsier. Lo miró, el ceño fruncido.

—Eso debe de ser de bronce —dijo Kelsier—. El metal mental interno para tirar. Te permite sentir cuándo alguien usa la alomancia cerca de ti. Los buscadores, como mi hermano, lo utilizan. Normalmente no es muy útil... a menos que seas un inquisidor de acero en busca de brumosos skaa.

Vin palideció.

—¿Los inquisidores saben usar la alomancia?

Kelsier asintió.

—Todos son buscadores... No estoy seguro de si es porque eligen a los buscadores para convertirlos en inquisidores o porque el proceso de convertirte en inquisidor te concede ese poder. Sea como sea, como su principal trabajo es encontrar a niños mestizos y nobles que usen la alomancia indebidamente, les resulta una habilidad útil. Por desgracia, «útil» para ellos significa «bastante molesto» para nosotros.

Vin iba a asentir, pero se detuvo. El latido había cesado.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

—He empezado a quemar cobre —respondió Kelsier—, la pareja del bronce. Cuando quemas cobre, ocultas tu uso de los poderes a otros alománticos. Puedes intentar quemarlo ahora, si quieres, aunque no sentirás mucho.

Vin así lo hizo. El único cambio fue una leve vibración en su interior.

—El cobre es un metal cuyo aprendizaje es vital —dijo Kelsier—. Te esconderá de los inquisidores. Quizá no tengamos nada de qué preocuparnos esta noche: los inquisidores nos tomarán por nobles normales nacidos de la bruma que están entrenándose. Sin embargo, si alguna vez vas vestida de skaa y necesitas quemar metales, asegúrate de encender tu cobre primero.

Vin asintió, comprendiendo.

—De hecho, muchos nacidos de la bruma mantienen su cobre encendido todo el tiempo. Arde despacio y te hace invisible a otros alománticos. Te oculta del bronce y también impide que otros manipulen tus emociones.

Vin alzó la cabeza.

—Ya suponía que eso te interesaría —dijo Kelsier—. Todo el que quema cobre es inmune a la alomancia emocional. Además, la influencia del cobre crea una burbuja a tu alrededor. Esta nube, llamada nubecobre, oculta a todo el que está dentro de ella de los sentidos de un buscador, aunque no lo hace inmune a la alomancia emocional, como hará contigo.

—Clubs —dijo Vin—. Eso es lo que hace un ahumador.

Kelsier asintió.

—Si uno de nosotros es localizado por un buscador, puede volver corriendo a la guarida y desaparecer. También pueden practicar sus habilidades sin miedo a ser descubiertos. Los latidos alománticos que brotan de un taller en un sector skaa de la ciudad serían una revelación para un inquisidor que pasara por allí.

—Pero si tú puedes quemar cobre, ¿por qué te preocupaba tanto encontrar a un ahumador para la banda?

—Puedo quemar cobre, sí —dijo Kelsier—. Y tú también. Podemos usar todos los poderes, pero no podemos estar en todas partes. Un jefe necesita saber cómo dividir el trabajo, sobre todo uno tan grande como este. El procedimiento normal es que haya un nubecobre permanentemente en la guarida. Clubs no lo hace todo él solo: algunos de sus aprendices son ahumadores también. Cuando contratas a un hombre como Clubs, se da por entendido que te proporcionará una base de operaciones y un equipo de ahumadores lo suficientemente competente para mantenerte oculto todo el tiempo.

Vin asintió. Sin embargo, estaba más interesada en la habilidad del cobre para proteger sus emociones. Necesitaría localizar suficiente para mantenerlo ardiendo continuamente.

Echaron a andar de nuevo y Kelsier le dio más tiempo para acostumbrarse a quemar estaño. No obstante, la mente de Vin empezó a divagar. Algo... le parecía raro. ¿Por qué le estaba contando Kelsier todas estas cosas? Le estaba revelando sus secretos demasiado fácilmente.

Excepto uno, pensó, recelosa. El metal de las líneas azules. No ha vuelto a él todavía. Tal vez eso lo iba a mantener apartado de ella, sería el poder que guardaría en reserva para controlarla.

Debe de ser fuerte. El más poderoso de los ocho.

Mientras caminaban por las silenciosas calles, Vin buscó en su interior. Miró a Kelsier y luego quemó con cuidado ese metal desconocido. De nuevo, las líneas brotaron a su alrededor, apuntando en direcciones aparentemente aleatorias.

Las líneas se movieron con ella. Un extremo de cada hilo permaneció pegado a su pecho mientras el otro permanecía unido a un sitio dado a lo largo de la calle. Nuevas líneas aparecieron mientras caminaba y las antiguas se difuminaron, desaparecieron detrás. Las líneas venían en anchuras diversas y algunas eran más brillantes que otras.

Curiosa, Vin las probó mentalmente, tratando de descubrir su secreto. Se concentró en una particularmente pequeña y de aspecto inocente, y se dio cuenta de que podía sentirla de manera individual si se concentraba. Casi sintió que podía tocarla. Buscó con su mente y le dio un leve tirón.

La línea se sacudió y algo salió inmediatamente de la oscuridad hacia ella. Vin soltó un gritito y trató de apartarse, pero el objeto (un clavo oxidado) voló directamente hacia ella.

De repente, algo agarró el clavo y lo envió de vuelta a la oscuridad.

Vin se incorporó, la capa aleteando a su alrededor. Escrutó la oscuridad y luego miró a Kelsier, quien reía en voz baja.

—Tendría que haber sabido que lo intentarías —dijo.

Vin se ruborizó, avergonzada.

—Vamos —dijo él—. No pasa nada.

—¡El clavo me atacó!

¿Daba vida a los objetos ese metal? Ese sí que sería un poder increíble.

—La verdad es que te atacaste tú misma.

Vin se levantó con cuidado y se reunió con él cuando empezaba a recorrer de nuevo la calle.

—Te explicaré lo que has hecho dentro de un momento —prometió—. Primero, hay algo que tienes que comprender sobre la alomancia.

—¿Otra regla?

—Más bien una filosofía. Tiene que ver con las consecuencias.

Vin frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Toda acción que emprendemos tiene sus consecuencias, Vin —dijo Kelsier—. He descubierto que tanto en la alomancia como en la vida la persona que mejor pueda juzgar las consecuencias de sus acciones será la que tenga más éxito. Pongamos por caso quemar peltre. ¿Cuáles son sus consecuencias?

Vin se encogió de hombros.

—Te haces más fuerte.

—¿Qué pasa si estás cargando algo pesado cuando se acaba el peltre?

Vin hizo una pausa.

—Supongo que lo dejas caer.

—Y, si es demasiado pesado, podrías lastimarte seriamente. Muchos violentos han sofocado una fea herida mientras peleaban, solo para morir de esa misma herida cuando se les acaba el peltre.

—Comprendo.

—¡Ja!

Vin dio un salto y se llevó las manos a los oídos, ensordecida.

—¡Ay! —se quejó, mirando a Kelsier.

Él sonrió.

—Quemar estaño tiene también sus consecuencias. Si alguien enciende de repente una luz o produce un sonido fuerte, puedes quedarte ciega o sorda.

—Pero ¿qué tiene eso que ver con los dos últimos metales?

—El hierro y el acero te dan habilidad para manipular otros metales que estén a tu alrededor —explicó Kelsier—. Con el hierro, puedes tirar de una fuente de metal hacia ti. Con el acero, puedes empujarla para apartarla. Ah, ya hemos llegado.

Kelsier se detuvo y alzó la mirada.

A través de la bruma, Vin vio la enorme muralla de la ciudad.

—¿Qué estamos haciendo aquí?

—Vamos a practicar tirar del hierro y empujar el acero —respondió Kelsier—. Pero primero, algunas cosas básicas. —Sacó algo de su cinturón: un óbolo, la moneda más pequeña existente. La alzó ante ella y se colocó a un lado—. Quema acero, el opuesto al metal que quemaste hace unos instantes.

Vin asintió. De nuevo, las líneas azules brotaron a su alrededor. Una de ellas apuntó directamente a la moneda que Kelsier tenía en la mano.

—Muy bien. Empújala.

Vin localizó el hilo adecuado y empujó levemente. La moneda salió despedida de la mano de Kelsier, alejándose de Vin. Ella continuó concentrándose, empujándola por el aire hasta que chocó contra la pared de una casa cercana.

Vin fue impelida violentamente hacia atrás con un súbito movimiento. Kelsier la sujetó e impidió que cayera al suelo.

Vin se tambaleó y se incorporó. Al otro lado de la calle, la moneda, ahora liberada de su control, cayó al suelo.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó Kelsier.

Ella sacudió la cabeza.

—No lo sé. He empujado la moneda y ha salido volando. Pero cuando ha golpeado la pared, he salido despedida.

—¿Por qué?

Vin frunció el ceño, pensativa.

—Supongo... supongo que la moneda no podía ir a ninguna parte, así que tuve que ser yo quien se moviera.

Kelsier asintió, aprobando su razonamiento.

—Consecuencias, Vin. Usas tu propio peso cuando empujas acero. Si eres mucho más pesada que tu anclaje, saldrá despedido de ti como hizo esa moneda. Sin embargo, si el objeto es más pesado que tú, o si se topa con algo que lo sea, tú serás impelida. Tirar de hierro es similar: o eres atraída hacia el objeto o el objeto es atraído hacia ti. Si vuestros pesos son similares, entonces ambos os moveréis.

»Ese es el gran arte de la alomancia, Vin. Saber lo mucho o poco que te moverás cuando quemes hierro o acero te dará una gran ventaja sobre tus oponentes. Descubrirás que estas son las más versátiles y útiles de tus habilidades.

Vin asintió.

—Ahora, recuerda —continuó él—. En ambos casos, la fuerza de tu empujón o tu tirón es directa hacia ti o desde ti. No puedes dar la vuelta a las cosas con tu mente, controlándolas para que vayan adonde quieras. No es así como funciona la alomancia, porque no es así como funciona el mundo físico. Cuando empujas algo, ya sea con alomancia o con tus manos, va directamente en la dirección opuesta. Fuerza, reacciones, consecuencias. ¿Comprendes?

Vin volvió a asentir.

—Bien —respondió Kelsier alegremente—. Ahora, vamos a saltar sobre esa muralla.

—¿Qué?

La dejó allí, boquiabierta. Ella lo vio acercarse a la base de la muralla y corrió a su lado.

—¡Estás loco! —dijo entre susurros.

Kelsier sonrió.

—Creo que es la segunda vez que me lo dices hoy. Necesitas prestar más atención: si hubieras estado escuchando a todos los demás, sabrías que mi cordura desapareció hace mucho tiempo.

—Kelsier —dijo ella, mirando la muralla—. No puedo... quiero decir, ¡nunca había usado la alomancia hasta esta noche!

—Sí, pero aprendes rápido —respondió Kelsier, sacando algo de debajo de su capa. Parecía un cinturón—. Toma, ponte esto. Tiene pesos de metal. Si algo sale mal, creo que podré agarrarte.

—¿Seguro? —preguntó, Vin nerviosa, mientras se ataba el cinturón.

Kelsier sonrió y dejó caer a sus pies un gran lingote de metal.

—Pon el lingote directamente debajo de ti, y acuérdate de empujar acero, no de tirar de hierro. No dejes de empujar hasta que llegues a lo alto de la muralla.

Dicho esto, se agachó y saltó. Salió despedido por los aires, su oscura forma desvaneciéndose entre las brumas. Vin esperó un momento, pero él no volvió a caer hacia su perdición.

Todo estaba en silencio, incluso para sus oídos amplificados. Las brumas revoloteaban juguetonas a su alrededor. Tentándola. Desafiándola.

Miró el lingote, quemando acero. La línea azul brillaba con una luz débil y espectral. Se situó junto al lingote, colocando un pie a cada lado. Miró hacia arriba y luego hacia abajo una última vez.

Finalmente, tomó aire y empujó contra el lingote con todas sus fuerzas.

«Él defenderá sus costumbres y, sin embargo, las violará. Será su salvador y, sin embargo, lo llamarán hereje. Su nombre será Discordia y, sin embargo, lo amarán por ello.»

8

Imagen decorativa

Vin salió despedida hacia arriba. Contuvo un grito, recordándose que debía continuar empujando a pesar del miedo. La muralla de piedra fue un borrón de movimiento a unos palmos de distancia. El suelo desapareció bajo ella y la línea azul que apuntaba hacia el lingote se volvió cada vez más débil.

¿Qué ocurrirá si esto desaparece?

Empezó a frenar. Cuanto más débil era la línea, más se reducía su velocidad. Después de unos breves instantes de vuelo, se detuvo... y quedó flotando en el aire sobre una línea azul casi invisible.

—Siempre me ha gustado la vista desde aquí arriba.

Vin miró a un lado. Kelsier estaba allí cerca; se había concentrado tanto que no había advertido que él flotaba a pocos palmos de la cima de la muralla.

—¡Socorro! —dijo, mientras seguía empujando desesperadamente, por miedo a caer. Las brumas a su alrededor giraban sin cesar, como un oscuro océano de almas condenadas.

—No tienes que preocuparte demasiado —dijo Kelsier—. Es más fácil equilibrarte en el aire si tienes un trípode de anclajes, pero puedes hacerlo bien con solo uno. Tu cuerpo está acostumbrado a equilibrarse. Parte de lo que has estado haciendo desde que aprendiste a caminar se transfiere a la alomancia. Mientras permanezcas inmóvil, flotando en el mismo filo de tu habilidad para empujar, conservarás la estabilidad: tu mente y tu cuerpo corregirán cualquier leve desviación de la base central de tu anclaje, impidiendo que caigas hacia los lados.

»Pero si empujas otra cosa, o mueves demasiado peso a un lado... bueno, perderías tu anclaje abajo y no estarías empujando directamente hacia arriba. Entonces tendrías problemas... Caerías como un peso muerto desde lo alto de un poste muy alto.

—Kelsier... —dijo Vin.

—Espero que no te den miedo las alturas, Vin. Es toda una desventaja para un nacido de la bruma.

—No... me dan... miedo... las alturas —dijo Vin, los dientes apretados—. ¡Pero tampoco estoy acostumbrada a flotar en el aire a treinta metros de la calle!

Kelsier se echó a reír, pero Vin sintió un tirón en su cinturón que la hizo volar por el aire hacia él. Kelsier la agarró y la colocó sobre la almena de piedra, y luego se posó a su lado. Extendió un brazo por encima de la muralla. Un segundo más tarde, el lingote brincó al aire, rozando el borde de la pared, hasta que llegó a su mano.

—Buen trabajo —dijo—. Ahora volveremos a bajar.

Lanzó el lingote por encima del hombro, arrojándolo a las oscuras brumas al otro lado de la muralla.

—¿De verdad que vamos a salir ahí fuera? —preguntó Vin—. ¿Al otro lado de las murallas de la ciudad? ¿De noche?

Kelsier sonrió de aquella irritante manera que le era característica. Se subió a una de las almenas.

—Cambiar la fuerza con la que empujas o tiras es difícil, pero posible. Es mejor caer un poco y luego empujar para frenarte. Déjate ir y cae un poco más, y luego vuelve a empujar. Si le pillas el ritmo, llegarás bien al suelo.

—Kelsier —dijo Vin, acercándose a la muralla—. Yo no...

—Ahora estás en lo alto de la muralla de la ciudad, Vin —dijo él, dando un paso al aire. Quedó flotando, en equilibrio, como le había explicado antes—. Solo hay dos formas de bajar. O saltas, o intentas explicarle a esa patrulla de guardias por qué un nacido de la bruma necesita utilizar una escalera.

Vin se volvió preocupada y vio que la luz de una linterna se acercaba en medio de las oscuras brumas.

Se volvió hacia Kelsier, pero él ya no estaba. Maldijo, se asomó a la muralla y contempló las brumas. Podía oír a los guardias tras ella, hablando entre sí en voz baja mientras hacían su ronda.

Kelsier tenía razón: no había muchas opciones. Furiosa, se subió a la almena. No tenía miedo a las alturas, pero ¿quién no sentiría aprensión, de pie en lo alto de una muralla y contemplando su perdición? El corazón de Vin aleteó, el estómago le dio un vuelco.

Espero que Kelsier no esté ahí en medio, pensó, comprobando la línea azul para asegurarse de que estaba encima del lingote. Luego, dio un paso hacia el vacío.

Inmediatamente empezó a caer. Empujó por instinto con su acero, pero su trayectoria era incorrecta: había caído al lado del lingote, no directamente encima. Por tanto, su empujón la escoró aún más hacia un lado y empezó a dar vueltas en el aire.

Alarmada, volvió a empujar, con más fuerza esta vez, avivando el acero. El súbito esfuerzo la lanzó hacia arriba. Trazó un arco en el aire, flotando junto a la muralla. Los guardias que pasaban giraron sorprendidos, pero sus caras pronto se volvieron indistinguibles cuando Vin volvió a caer.

Con la mente aturdida por el terror, rebuscó por instinto y tiró del lingote, tratando de lanzarse hacia él. Y, naturalmente, el lingote obedeció y saltó hacia ella.

Estoy muerta.

Entonces su cuerpo se sacudió, impelida hacia arriba por el cinturón. Su descenso se redujo hasta que quedó flotando en el aire. Kelsier apareció entre la bruma, de pie en el suelo bajo ella. Estaba, naturalmente, sonriendo.

La dejó caer los últimos palmos y la recogió y luego la depositó en tierra suavemente. Ella permaneció temblorosa un momento, respirando de manera ansiosa y entrecortada.

—Bueno, ha sido divertido —comentó Kelsier.

Vin no respondió.

Kelsier se sentó en una roca cercana, dándole tiempo para recuperarse. Al cabo de un rato, ella quemó peltre, usando la sensación de «solidez» que proporcionaba para calmar sus nervios.

—Lo has hecho bien —dijo Kelsier.

—He estado a punto de morir.

—Le pasa a todo el mundo, la primera vez. Tirar de hierro y empujar acero son habilidades peligrosas. Puedes empalarte con un trozo de metal del que tiras, puedes saltar y dejar tu anclaje demasiado atrás, o puedes cometer una docena de otros errores.

»Mi experiencia, limitada como es, me dice que es mejor llegar pronto a estas situaciones extremas, cuando alguien puede vigilarte. De todas formas, supongo que comprendes por qué es importante que un alomántico lleve encima la menor cantidad de metal posible.

Vin asintió, hizo una pausa y se llevó la mano a la oreja.

—Mi pendiente —dijo—. Tendré que dejar de usarlo.

—¿Tiene un engarce en la parte de atrás?

Vin negó con la cabeza.

—Es solo una perlita y el alfiler de atrás se dobla.

—Entonces no pasará nada —dijo Kelsier—. El metal de tu cuerpo, aunque sea mínimo, no puede ser empujado o tirado. De lo contrario, otro alomántico podría arrancarte los metales del estómago mientras los estás quemando.

Es bueno saberlo, pensó Vin.

—Por eso los inquisidores pueden ir por ahí tan confiados con un par de clavos de metal asomándoles de la cabeza. El metal perfora sus cuerpos, así que no puede ser afectado por otro alomántico. Conserva el pendiente: es pequeño, así que no podrás hacer mucho con él, pero podrías usarlo como arma en una emergencia.

—Muy bien.

—¿Lista para continuar?

Ella miró la muralla, preparándose para saltar de nuevo, y asintió.

—No vamos a volver —dijo Kelsier—. Sigamos.

Vin frunció el ceño cuando Kelsier echó a andar entre las brumas. Así que tiene un destino después de todo... ¿o ha decidido continuar vagabundeando? Curiosamente, su amable despreocupación hacía muy difícil leer sus intenciones.

Vin se apresuró a seguirlo, pues no quería quedarse sola en la bruma. El paisaje alrededor de Luthadel era yermo a excepción de unos cuantos matorrales y matojos. Hierbajos y hojas secas, cubiertos de ceniza por la nevada anterior, rozaban sus piernas al pasar. La hierba que cubría el suelo crujía, inmóvil y un poco empapada por el rocío de la bruma.

Ocasionalmente, pasaban ante montoncitos de ceniza que habían sido trasladados desde la ciudad. Sin embargo, la mayoría de las veces la ceniza era arrojada al río Channerel, que atravesaba Luthadel. El agua la disolvía... o al menos eso era lo que suponía Vin. De lo contrario, el continente entero habría quedado enterrado hacía mucho tiempo.

Vin se mantuvo cerca de Kelsier mientras andaban. Aunque se había aventurado fuera de las ciudades antes, siempre lo había hecho como parte de un grupo de marineros: los que tripulaban los barcos y gabarras por las múltiples rutas de los canales del Imperio Final. Había sido un trabajo difícil (la mayoría de los nobles usaba skaa en vez de caballos para tirar de los barcos por los embarcaderos), pero había cierta libertad en saber que viajaba, pues la mayoría de los skaa, incluso los ladrones skaa, nunca salía de su plantación o su ciudad.

El constante movimiento de una ciudad a otra había sido decisión de Reen: le obsesionaba no ser encerrado. Normalmente los llevaba a sitios dirigidos por bandas del submundo y nunca se quedaba en ningún lugar más de un año. Siempre se mantenía en marcha, siempre en movimiento. Como si huyera de algo.

Continuaron caminando. De noche, incluso las colinas peladas y las llanuras cubiertas de matorrales adquirían un aire amenazador. Vin no hablaba, aunque trataba de hacer el menor ruido posible. Había oído historias de lo que pasaba en el exterior de noche, y la cobertura de las brumas (incluso horadada por el estaño como en aquel momento) le daba la sensación de que la estaban observando.

Esa sensación se fue haciendo más enervante. No tardó en oír ruidos en la oscuridad. Eran débiles y apagados: crujidos de hierbajos, roces en la bruma que todo lo repetía.

¡Te estás comportando como una paranoica!, se dijo, mientras daba un respingo ante un sonido medio imaginado. Sin embargo, al cabo de un rato ya no pudo soportarlo más.

—¡Kelsier! —dijo con un susurro urgente, un susurro que sonó traicioneramente alto a sus oídos amplificados—. Creo que hay algo ahí fuera.

—¿Hummm? —preguntó Kelsier. Parecía perdido en sus pensamientos.

—¡Creo que hay algo siguiéndonos!

—Oh —dijo Kelsier—. Sí, tienes razón. Es un espectro de la bruma.

Vin se detuvo en seco. Kelsier, sin embargo, continuó caminando.

—¡Kelsier! —exclamó ella, haciéndolo detenerse—. ¿Quieres decir que son reales?

—Pues claro que lo son. ¿De dónde crees que salen todas esas historias?

Vin se sintió anonadada.

—¿Quieres ir a mirarlo? —preguntó Kelsier.

—¿Mirar al espectro de la bruma? ¿Estás...? —Se detuvo.

Kelsier se echó a reír y volvió a su lado.

—Puede que los espectros sean un poco perturbadores cuando los miras, pero son relativamente inofensivos. Son carroñeros, en su mayoría. Vamos.

Volvió sobre sus pasos, indicándole que lo siguiera. Reacia (pero movida por una curiosidad morbosa), Vin obedeció. Kelsier caminaba a paso vivo hacia la cima de una colina relativamente despejada de matojos. Se agachó, indicando a Vin que hiciera lo mismo.

—No oyen muy bien —dijo mientras ella se arrodillaba en la áspera tierra cubierta de ceniza—. Pero su sentido del olfato (o, más bien, del gusto) es bastante agudo. Debe de estar siguiéndonos la pista, esperando que arrojemos algo comestible.

Vin escrutó la oscuridad.

—No puedo verlo —dijo, buscando entre la bruma una figura en sombras.

—Allí. —Kelsier señaló una colina plana.

Vin aguzó la vista, esperando ver una criatura agazapada en su cima, observándola a su vez.

Entonces la colina se movió.

Vin dio un salto. El oscuro montículo (de unos diez metros de altura y el doble de longitud) avanzaba con un extraño paso rezongón, y Vin se inclinó hacia delante, tratando de ver mejor.

—Aviva tu estaño —sugirió Kelsier.

Vin asintió y convocó un estallido de poder alomántico añadido. Todo se hizo inmediatamente más claro, las brumas fueron una obstrucción menor.

Lo que vio la hizo estremecerse, fascinada, asqueada y más que un poco preocupada. La criatura tenía una piel grisácea y transparente, y Vin distinguió sus huesos. Tenía docenas y docenas de miembros, y parecía como si cada uno procediera de un animal distinto: manos humanas, cascos bovinos, cuartos caninos y otros que no pudo identificar.

Los miembros permitían caminar a la criatura, aunque era más bien una extraña forma de arrastrarse. Reptaba despacio, moviéndose como un ciempiés torpe. Muchos de los miembros, en realidad, ni siquiera parecían funcionales: brotaban de la carne de la criatura de un modo retorcido y antinatural.

El cuerpo era bulboso y alargado. Sin embargo, no era solo una masa: había una extraña lógica en su forma. Tenía una clara estructura esquelética y (entornando los ojos amplificados por el estaño) a Vin le pareció que distinguía músculos y tendones envolviendo los huesos. La criatura flexionaba extraños amasijos de músculos al moverse y parecía tener una docena de diferentes cajas torácicas. A lo largo del cuerpo principal colgaban brazos y piernas en ángulos rarísimos.

Y cabezas. Vin contó seis. Distinguió una cabeza de caballo junto a la de un ciervo. Otra cabeza se volvió hacia ella y vio su cráneo humano. La cabeza reposaba en el extremo de un espinazo unido a una especie de torso animal, que a su vez estaba unido a un puñado de extraños huesos.

Vin estuvo a punto de vomitar.

—¿Qué...? ¿Cómo...?

—Los espectros de la bruma tienen el cuerpo maleable —dijo Kelsier—. Pueden moldear su piel en torno a cualquier estructura esquelética e incluso recrear músculos y órganos si tienen un modelo que imitar.

—¿Quieres decir...?

Kelsier asintió.

—Cuando encuentran un cadáver, lo envuelven y digieren lentamente los músculos y órganos. Luego, usan lo que han comido como pauta para crear un duplicado exacto de la criatura muerta. Reagrupan un poco las partes, excretando los huesos que no quieren y añadiendo los que sí precisan para su cuerpo, formando un amasijo como el que ves ahí delante.

Vin contempló la criatura avanzar por el terreno, siguiendo sus huellas. Un trozo de piel costrosa sobresalía en su bajo vientre y se arrastraba por el suelo. Busca olores, pensó Vin. Está siguiendo el olor de nuestro paso. Dejó que su estaño volviera a la normalidad y el espectro de la bruma una vez más se convirtió en un montículo oscuro. La silueta, sin embargo, todavía parecía más anormal.

—¿Son inteligentes, entonces? —preguntó Vin—. ¿Si pueden desarmar un cuerpo y... volver a poner las piezas donde quieren?

—¿Inteligentes? No, no tan jóvenes como este. Son más instintivos que inteligentes.

Vin volvió a estremecerse.

—¿Sabe la gente que existen estos seres? Quiero decir, ¿aparte de las leyendas?

—¿A qué te refieres con «la gente»? —preguntó Kelsier—. Un montón de alománticos conoce su existencia, y estoy seguro de que el Ministerio también. La gente normal... bueno, apenas sale de noche. La mayoría de los skaa teme y maldice a los espectros de la bruma, pero se pasa la vida entera sin haber visto uno.

—Tienen suerte —murmuró Vin—. ¿Por qué no hace nadie algo con esas criaturas?

Kelsier se encogió de hombros.

—No son tan peligrosas.

—¡Esa tiene una cabeza humana!

—Habrá encontrado un cadáver —dijo Kelsier—. Nunca he oído decir que ningún espectro atacara a un adulto sano. Quizá por eso todo el mundo los deja en paz. Y, naturalmente, la alta nobleza ha ideado su propio uso para estas criaturas.

Vin lo miró, intrigada, pero él no dijo nada más. Se puso en pie y empezó a bajar la colina. Ella miró una vez más a la antinatural criatura, y luego se incorporó y siguió a Kelsier.

—¿Me has traído aquí para ver eso?

Kelsier se echó a reír.

—Los espectros de la bruma pueden parecer extraños, pero no merecen un viaje tan largo. No, vamos hacia allí.

Ella siguió su gesto y distinguió un cambio en el paisaje por delante.

—¿La carretera imperial? Hemos trazado un círculo hasta la entrada de la ciudad.

Kelsier asintió. Después de un breve tramo, durante el cual Vin miró hacia atrás no menos de tres veces para asegurarse de que el espectro no les había comido terreno, dejaron los matorrales y salieron a la tierra lisa de la carretera imperial. Kelsier se detuvo, escrutándola en ambas direcciones. Vin frunció el ceño, preguntándose qué estaba haciendo.

Entonces vio el carruaje. Estaba aparcado a un lado de la carretera y Vin vio que un hombre esperaba a su lado.

—Hola, Sazed —dijo Kelsier, avanzando.

El hombre hizo una reverencia.

—Maese Kelsier —dijo, y su suave voz sonó con fuerza en el aire nocturno. Tenía un tono atiplado y hablaba con acento casi melódico—. Casi pensaba que habías decidido no venir.

—Ya me conoces, Sazed —dijo Kelsier, dándole una jovial palmada en el hombro—. Soy el colmo de la puntualidad. —Se volvió y señaló a Vin—. Esta aprensiva criaturita es Vin.

—Ah, sí —dijo Sazed, hablando despacio y con entonación cuidada. Había algo extraño en su acento. Vin se acercó con cautela, estudiando al hombre. Sazed tenía un rostro largo y plano y un cuerpo larguirucho. Era aún más alto que Kelsier, lo bastante alto para ser un poco anormal, y sus brazos eran inusitadamente largos.

—Eres terrisano —dijo Vin. Los lóbulos de sus orejas habían sido estirados y las orejas mismas tenían pendientes que rodeaban todo su perímetro. Vestía los pintorescos ropajes de un criado de Terris, de piezas en forma de V, bordadas y superpuestas alternando los tres colores de la casa de su amo.

—Sí, niña —dijo Sazed, inclinándose—. ¿Has conocido a muchos de mi pueblo?

—A ninguno. Pero sé que la alta nobleza prefiere a los hombres de Terris como mayordomos y sirvientes.

—Así es, niña —dijo Sazed. Se volvió hacia Kelsier—. Deberíamos irnos, maese Kelsier. Es tarde y todavía nos queda una hora hasta Fellise.

Fellise, pensó Vin. Así que vamos a ver al lord Renoux impostor.

Sazed abrió la puerta del carruaje y la cerró cuando ellos subieron. Vin se sentó en uno de los mullidos asientos y oyó cómo Sazed se subía al pescante del vehículo y ponía a los caballos en movimiento.

Kelsier permaneció en silencio en el carruaje. Las cortinas de las ventanillas estaban cerradas y una pequeña linterna, medio cubierta, colgaba en un rincón. Vin estaba sentada directamente frente a él, con las piernas recogidas bajo su cuerpo, arrebujada en la capa que ocultaba sus brazos y piernas.

Siempre hace eso, pensó Kelsier. Dondequiera que esté, intenta llamar la atención lo menos posible. Tan tensa. Vin no se sentaba, se agazapaba. No caminaba, rondaba como un gato. Incluso sentada al aire libre parecía estar intentando esconderse.

Pero es valiente. Durante su propio entrenamiento, Kelsier no se había mostrado tan dispuesto a arrojarse desde lo alto de la muralla de una ciudad: el viejo Gemmel se había visto obligado a empujarlo.

Vin lo observaba con aquellos ojos oscuros y silenciosos suyos. Cuando advirtió que él la estaba mirando, apartó la mirada y se acurrucó aún más en su capa. Sin embargo, inesperadamente, habló.

—Tu hermano —dijo, con una voz que era casi un susurro—. No os lleváis muy bien los dos.

Kelsier alzó una ceja.

—No. No nos hemos llevado bien nunca, en realidad. Es una lástima. Deberíamos, pero...

—¿Es mayor que tú?

Kelsier asintió.

—¿Te pegaba a menudo?

Kelsier frunció el ceño.

—¿Pegarme? No, no me pegaba.

—¿Le paraste los pies, entonces? —dijo Vin—. Tal vez por eso no le caes bien. ¿Cómo escapaste? ¿Huiste, o eras más fuerte que él?

—Vin, Marsh nunca intentó pegarme. Discutíamos, cierto... pero nunca quisimos hacernos daño el uno al otro.

Vin no le llevó la contraria, pero él pudo ver en sus ojos que no lo creía.

Vaya vida... pensó Kelsier, guardando silencio. Había tantos niños como Vin en los bajos fondos... Naturalmente, la mayoría moría antes de llegar a su edad. Kelsier había sido uno de los afortunados: su madre fue la amante de un alto noble, una mujer astuta y llena de recursos que consiguió ocultar a su señor que era una skaa. Kelsier y Marsh habían crecido siendo privilegiados: considerados ilegítimos, pero nobles, hasta que su padre descubrió por fin la verdad.

—¿Por qué me enseñas estas cosas? —preguntó Vin, interrumpiendo sus pensamientos—. La alomancia, me refiero.

Kelsier frunció el ceño.

—Te prometí que lo haría.

—Ahora que conozco tus secretos, ¿qué me impide huir de ti?

—Nada.

Una vez más, su mirada de desconfianza le dijo que no creía en su respuesta.

—Hay metales de los que no me has hablado. En nuestro encuentro del primer día dijiste que había diez.

Kelsier asintió y se inclinó hacia delante.

—Los hay. Pero no he dejado fuera los dos últimos porque quiera ocultarte nada. Es... difícil acostumbrarse a ellos. Será más fácil si primero practicas con los metales básicos. Sin embargo, si quieres saber sobre los dos últimos, puedo enseñarte cuando lleguemos a Fellise.

Vin entornó los ojos. Kelsier hizo un gesto de indiferencia.

—No estoy intentando engañarte, Vin. La gente sirve en mis bandas porque quiere y yo soy efectivo porque podemos confiar los unos en los otros. No hay desconfianza, ni traiciones.

—Excepto una —susurró Vin—. La traición que te envió a los Pozos.

Kelsier se quedó inmóvil.

—¿Dónde te has enterado de eso?

Vin se encogió de hombros.

Kelsier suspiró y se frotó la frente con una mano. No era eso lo que quería... quería rascarse las cicatrices, las que corrían por sus dedos y sus manos, subiendo por sus brazos hasta sus hombros. Se resistió.

—No es algo de lo que merezca la pena hablar.

—Pero hubo un traidor —dijo Vin.

—No lo sabemos con seguridad. —Las palabras le parecieron vacías de contenido incluso a él—. Además, mis bandas se basan en la confianza. Eso significa ninguna coacción. Si quieres marcharte, podemos volver a Luthadel ahora mismo. Te enseñaré los dos últimos metales y luego podrás seguir tu camino.

—No tengo dinero suficiente para sobrevivir sola.

Kelsier rebuscó en su bolsillo y sacó una bolsa llena de monedas. Se las arrojó.

—Tres mil cuartos. El dinero que conseguí de Camon.

Vin miró la bolsa con desconfianza.

—Cógela —dijo Kelsier—. Tú eres quien se lo ganó... por lo que entiendo, tu alomancia estaba detrás de la mayoría de los éxitos más recientes de Camon, y fuiste tú quien se arriesgó al empujar las emociones del obligador.

Vin no se movió.

Bien, pensó Kelsier. Alzó la mano y llamó al cochero tocando el techo con los nudillos. El carruaje se detuvo y Sazed se asomó a la ventanilla.

—Da la vuelta, por favor, Sazed —dijo Kelsier—. Llévanos de vuelta a Luthadel.

—Sí, maese Kelsier.

Momentos después, el carruaje volvía por donde había venido. Vin continuaba en silencio, pero parecía menos segura de sí misma. Miró la bolsa de monedas.

—Hablo en serio, Vin —dijo Kelsier—. No puedo tener a alguien en mi equipo si no quiere trabajar conmigo. Dejarte fuera no es un castigo: es la forma en que deben ser las cosas.

Vin no respondió. Dejarla ir sería un riesgo, pero obligarla a quedarse sería un riesgo aún mayor. Kelsier permaneció sentado, tratando de leer en ella, intentando comprenderla. ¿Los traicionaría al Imperio Final si se marchaba? Pensaba que no. No era mala persona.

Tan solo pensaba que todos los demás lo eran.

—Creo que tu plan es una locura —dijo ella en voz baja.

—Igual que la mitad de la banda.

—No se puede derrotar al Imperio Final.

—No tenemos que hacerlo —dijo Kelsier—. Solo tenemos que proporcionarle a Yeden un ejército y luego apoderarnos del palacio.

—El lord Legislador os detendrá —dijo Vin—. No se le puede derrotar: es inmortal.

—Tenemos el Undécimo metal. Encontraremos un modo de matarlo.

—El Ministerio es demasiado poderoso. Encontrarán tu ejército y lo destruirán.

Kelsier se inclinó hacia delante y miró a Vin a los ojos.

—Confiaste lo suficiente en mí para saltar desde lo alto de la muralla, y te sostuve. Tendrás que confiar también en mí esta vez.

Obviamente, a ella la palabra «confiar» no le gustaba demasiado. Lo estudió a la débil luz de la linterna, sin decir nada, hasta que el silencio se volvió incómodo.

Finalmente, agarró la bolsa de monedas y la ocultó rápidamente bajo su capa.

—Me quedaré. Pero no porque confíe en ti.

Kelsier alzó una ceja.

—¿Por qué, entonces?

Vin se encogió de hombros y pareció perfectamente sincera cuando respondió:

—Porque quiero ver qué pasa.

Disponer de un torreón en Luthadel confería el estatus de alta nobleza a las casas. Sin embargo, poseerla no implicaba vivir en ella, sobre todo no de manera continuada. Muchas familias también mantenían una residencia en alguna de las ciudades del extrarradio.

Menos poblada, más limpia y menos estricta en su cumplimiento de las leyes imperiales, Fellise era una ciudad rica. En vez de tener impresionantes torreones estaba llena de lujosas mansiones y villas. Los árboles incluso adornaban algunas de las calles; la mayoría eran álamos, cuya corteza color blanco hueso era de algún modo resistente a la decoloración de la ceniza.

Vin contempló por su ventanilla la ciudad envuelta en bruma, la linterna del carruaje apagada a petición propia. Quemando estaño pudo estudiar las calles, perfectamente organizadas y cuidadas. Aquel era un sector de Fellise que rara vez había visto; a pesar de la opulencia de la ciudad, sus suburbios eran notablemente parecidos a los de cualquier otra.

Kelsier contemplaba también la ciudad, el ceño fruncido.

—Desapruebas el despilfarro —aventuró Vin, con un hilo de voz. El sonido llegaría a los oídos amplificados de Kelsier—. Ves la riqueza de esta ciudad y piensas en los skaa que trabajaron para crearla.

—En parte, sí —dijo Kelsier, su propia voz convertida apenas en un susurro—. Pero hay más. Considerando la cantidad de dinero invertida, esta ciudad debería ser preciosa.

Vin ladeó la cabeza.

—Lo es.

Kelsier negó.

—Las casas siguen manchadas de negro. El suelo sigue siendo árido y sin vida. En los árboles siguen saliendo hojas marrones.

—Pues claro que son marrones. ¿De qué color deberían ser?

—Verdes. Todo debería ser verde.

¿Verde?, pensó Vin. Qué extraña idea. Trató de imaginar árboles con hojas verdes, pero la imagen le pareció tonta. Kelsier tenía desde luego cosas raras... pero todo el que hubiera pasado tanto tiempo en los Pozos de Hathsin tenía por fuerza que acabar siendo un poco extraño.

Kelsier se volvió hacia ella.

—Antes de que se me olvide, hay un par de cosas más que deberías saber sobre la alomancia.

Vin asintió.

—Primero, acuérdate de quemar todos los metales sin usar que tengas en tu interior al final de la noche. Algunos de los metales que empleamos pueden ser peligrosos si se digieren; es mejor no dormir con ellos en el estómago.

—Muy bien.

—Además, nunca intentes quemar un metal que no sea uno de los diez. Ya te advertí que los metales y aleaciones impuras pueden hacerte enfermar. Bueno, si intentas quemar un metal que no sea alománticamente sano, podría ser mortífero.

Vin asintió solemnemente. Es bueno saberlo, pensó.

—Ah —dijo Kelsier, volviéndose hacia la ventanilla—. Ya hemos llegado: la recién adquirida Mansión Renoux. Creo que deberías quitarte la capa: la gente de aquí nos es leal, pero siempre es bueno andar con cuidado.

Vin estuvo completamente de acuerdo. Se quitó la capa y dejó que Kelsier la guardara en su mochila. Luego se asomó a la ventanilla del carruaje y vio a través de las brumas la mansión a la que se acercaban. Los terrenos tenían un muro bajo de piedra y una verja de hierro; un par de guardias les permitieron el paso cuando Sazed se identificó.

El camino tras el muro estaba flanqueado por álamos y en la cima de la colina Vin vio una gran mansión. Una luz fantasmal brotaba de sus ventanas.

Sazed detuvo el carruaje ante la mansión y luego le tendió las riendas a un criado y bajó.

—Bienvenida a la Mansión Renoux, señora Vin —dijo, abriendo la puerta y tendiendo la mano para ayudarla.

Vin le miró la mano, pero no la aceptó. Bajó por su cuenta. El terrisano no pareció ofendido por su negativa.

Las escalinatas hasta la mansión estaban iluminadas por una doble fila de postes con linternas. Mientras Kelsier bajaba del carruaje, Vin vio a un grupo de hombres reunidos en lo alto de las blancas escaleras de mármol. Kelsier subió los escalones con paso vivo; Vin lo siguió, advirtiendo lo limpios que estaban. Tendrían que fregarlos con regularidad para impedir que la ceniza los manchara. ¿Sabían los skaa que mantenían el edificio que su amo era un impostor? ¿Cómo iba a ayudar el «benévolo» plan de Kelsier para derrocar al Imperio Final a la gente corriente que limpiaba esas escaleras?

Delgado y anciano, «lord Renoux» vestía un rico traje y llevaba un par de aristocráticas lentes. Un bigotito gris teñía su labio y, a pesar de su edad, no llevaba bastón para apoyarse. Hizo un gesto de respeto hacia Kelsier, pero mantuvo un aire digno. Inmediatamente, Vin advirtió un hecho obvio. El hombre sabe lo que está haciendo.

Camon tenía habilidad para hacerse pasar por noble, pero sus aires de importancia siempre le habían parecido a Vin un poco infantiles. Aunque había nobles como Camon, los más impresionantes eran como aquel lord Renoux: tranquilos y confiados. Hombres cuya nobleza estaba en su porte en vez de en su habilidad para hablar con desdén a aquellos que los rodeaban. Vin tuvo un escalofrío cuando los ojos del impostor se posaron en ella: parecía demasiado un noble y ella había sido entrenada para evitar por instinto su atención.

—La mansión tiene mucho mejor aspecto —dijo Kelsier, estrechando la mano a Renoux.

—Sí, me impresionan sus progresos —dijo Renoux—. Mis equipos de limpieza son bastante eficaces. Con un poco de tiempo, la mansión será tan grandiosa que no vacilaré en invitar al lord Legislador en persona.

Kelsier se echó a reír.

—Sí que sería una fiesta extraña. —Dio un paso atrás e indicó a Vin—. Esta es la joven dama de la que te hablé.

Renoux la estudió y Vin apartó la mirada. No le gustaba cuando la gente la miraba de esa forma; hacía que se preguntara cómo iban a intentar utilizarla.

—Tendremos que seguir hablando de esto, Kelsier —dijo Renoux, señalando la puerta de la mansión—. Es tarde, pero...

Kelsier entró en el edificio.

—¿Tarde? Pero si apenas es medianoche. Que tu gente prepare algo de comer. Lady Vin y yo nos hemos perdido la cena.

Perderse la cena no era nada nuevo para Vin. Sin embargo, Renoux llamó de inmediato a unos criados, que se pusieron en movimiento. Renoux entró en el edificio y Vin lo siguió. Se detuvo en la entrada, con Sazed esperando pacientemente a su lado.

Kelsier se dio media vuelta cuando advirtió que ella no los seguía.

—¿Vin?

—Está tan... limpio —dijo Vin, incapaz de pensar ninguna otra descripción. En sus golpes con la banda, había visto en ocasiones las casas de los nobles. Sin embargo, esos trabajos los hacían de noche, en la oscuridad. No estaba preparada para la escena bien iluminada que tenía delante.

Los suelos de mármol blanco de la Mansión Renoux brillaban con el reflejo de la luz de una docena de linternas. Todo era... prístino. Las paredes eran blancas excepto donde habían sido pintadas con tradicionales murales de animales. Una reluciente lámpara colgaba sobre una escalera doble y los otros objetos de decoración de la sala (esculturas de cristal, jarrones adornados con puñados de ramas de álamo) brillaban, libres de hollín, suciedad o huellas de dedos.

Kelsier se echó a reír.

—Bueno, su reacción habla muy bien de tus esfuerzos —le dijo a lord Renoux.

Vin permitió que la condujeran al interior del edificio. Giraron a la derecha y entraron en una habitación cuya blancura quedaba levemente contrastada por la adición de muebles marrones y cortinas.

Renoux se detuvo.

—Tal vez a la dama le gustaría refrescarse un momento —le dijo a Kelsier—. Hay algunos asuntos de... naturaleza delicada que me gustaría discutir contigo.

Kelsier se encogió de hombros.

—Por mí, bien —dijo, siguiendo a Renoux hasta otra puerta—. Sazed, ¿por qué no le haces compañía a Vin mientras lord Renoux y yo hablamos?

—Naturalmente, maese Kelsier.

Kelsier sonrió, mirando a Vin, y de algún modo ella supo que la dejaba con Sazed para impedirle ir a escucharlos.

Dirigió a los hombres una mirada molesta. ¿Qué decías de la «confianza», Kelsier? Sin embargo, estaba aún más molesta consigo misma por quedar excluida. ¿Por qué debería importarle que Kelsier la mantuviera al margen? Se había pasado toda la vida siendo ignorada y apartada. Cuando otros jefes de banda la enviaban fuera de sus sesiones de planificación, nunca le había molestado.

Vin se sentó en una de las sillas marrones tapizadas, encogiendo los pies debajo, como era su costumbre. Sabía cuál era el problema. Kelsier le había estado mostrando demasiado respeto, haciéndola sentirse demasiado importante. Estaba empezando a pensar que merecía ser parte de sus confidencias secretas. La risa de Reen en el fondo de su mente desacreditaba aquellos pensamientos, y se quedó allí sentada, molesta consigo misma y con Kelsier, sintiéndose avergonzada, pero no exactamente segura de por qué.

Los criados de Renoux le trajeron un plato de fruta y panecillos. Colocaron una mesita junto a la silla e incluso le dieron una copa de cristal llena de un brillante líquido rojo. No sabía si era vino o zumo y no pretendía averiguarlo. Sin embargo, picoteó la comida: su instinto le impedía no aprovechar una comida gratis, aunque hubiera sido preparada por manos desconocidas.

Sazed se acercó y se situó detrás de la silla, a la derecha. Esperó, de pie y rígido, con las manos cruzadas, los ojos mirando al frente. La pose pretendía ser respetuosa, pero su postura acechante no mejoró nada su estado de ánimo.

Vin trató de concentrarse en lo que la rodeaba, pero eso solo le recordó lo rico que era el mobiliario. Se sentía incómoda entre tanta elegancia, como si fuera una mancha negra en una alfombra limpia. No comió los panecillos por miedo a dejar caer migajas al suelo y le preocupó que sus pies y piernas (que se habían manchado de ceniza mientras caminaban) estropearan los muebles.

Toda esta limpieza se produce a expensas de algún skaa, pensó Vin. ¿Por qué debería molestarme echarla a perder? Sin embargo, no conseguía estar molesta porque sabía que todo aquello era solo una fachada. «Lord Renoux» tenía que vivir con cierto lujo. De lo contrario, levantaría sospechas.

Además, algo más le impedía lamentar el despilfarro. Los criados eran felices. Cumplían sus deberes con eficaz profesionalidad, sin que hubiera ninguna sensación de pereza en su trabajo. Vin oyó risas al otro lado del pasillo. No eran skaa maltratados; era irrelevante que hubieran sido incluidos o no en los planes de Kelsier.

Así, Vin permaneció sentada y se obligó a comer fruta, bostezando ocasionalmente. Estaba resultando una noche larga, en efecto. Los criados al final la dejaron sola, aunque Sazed continuó de pie tras ella.

No puedo comer así, pensó finalmente, llena de frustración.

—¿Podrías no estar ahí de pie detrás de mi hombro?

Sazed asintió. Dio dos pasos al frente para situarse junto a la silla en vez de detrás. Adoptó la misma postura rígida, alzándose sobre ella como antes.

Vin frunció el ceño, molesta, luego advirtió la sonrisa en los labios de Sazed, que la miró con chispitas en los ojos y luego se acercó y se sentó en la silla que había junto a la suya.

—Nunca había conocido a ningún terrisano con sentido del humor —dijo Vin secamente.

Sazed alzó una ceja.

—Tenía la impresión de que no habías conocido a ningún terrisano antes, mi señora Vin.

—Bueno, nunca he oído hablar de uno que tenga sentido del humor. Se supone que sois completamente rígidos y formales.

—Solo somos sutiles —dijo Sazed.

Aunque se sentaba envarado, había algo... relajado en él. Era como si se sintiera tan cómodo cuando estaba sentado adecuadamente como las otras personas cuando estaban tumbadas.

Así es como se supone que son. Los servidores perfectos, completamente leales al Imperio Final.

—¿Hay algo que te preocupe, mi señora Vin? —preguntó Sazed mientras ella lo estudiaba.

¿Cuánto sabe? Tal vez ni siquiera es consciente de que Renoux es un impostor.

—Me estaba preguntando... cómo llegaste aquí —dijo por fin.

—¿Quieres decir, cómo acaba un mayordomo terrisano siendo parte de una rebelión que pretende derrocar al Imperio Final? —preguntó Sazed con su suave tono de voz.

Vin se ruborizó. Al parecer estaba en efecto bien informado.

—Es una pregunta intrigante, señora —añadió Sazed—. Ciertamente, mi situación no es común. Yo diría que llegué a ella a causa de la fe.

—¿La fe?

—Sí. Dime, ¿en qué crees?

Vin frunció el ceño.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—La más importante, creo.

Vin no dijo nada durante un momento, pero obviamente él esperaba una respuesta, así que acabó por encogerse de hombros.

—No lo sé.

—La gente suele decir eso, pero descubro que rara vez es cierto. ¿Crees en el Imperio Final?

—Creo que es fuerte —dijo Vin.

—¿Inmortal?

—Hasta ahora lo ha sido.

—¿Y el lord Legislador? ¿Es el Avatar Ascendido de Dios? ¿Crees que, como enseña el Ministerio, es una Lasca del Infinito?

—Yo... nunca lo había pensado.

—Tal vez debieras —dijo Sazed—. Si, tras estudiarlo, descubres que las enseñanzas del Ministerio no te satisfacen, yo estaría encantado de ofrecerte una alternativa.

—¿Qué alternativa?

Sazed sonrió.

—Eso depende. La fe adecuada es como una buena capa, creo. Si te sienta bien, te mantiene cálido y a salvo. Sin embargo, si no te sienta bien, puede asfixiarte.

Vin frunció levemente el ceño, pero Sazed tan solo sonrió. Al cabo de un rato, ella devolvió su atención a la comida. Tras una breve espera, la puerta lateral se abrió y Kelsier y Renoux regresaron.

—Ahora discutamos sobre esta joven —dijo Renoux mientras Kelsier y él se sentaban y un grupo de sirvientes traía otro plato de comida—. ¿El hombre que ibas a hacer que interpretara a mi heredero no lo hará, dices?

—Desgraciadamente —dijo Kelsier, dando buena cuenta de la comida.

—Eso complica enormemente las cosas.

Kelsier se encogió de hombros.

—Haremos que Vin sea tu heredero.

Renoux sacudió la cabeza.

—Una chica de su edad podría heredar, pero sería sospechoso por mi parte elegirla. Hay varios primos legítimos en el linaje Renoux que serían opciones más adecuadas. Ya iba a ser difícil que un hombre de edad mediana pasara el escrutinio de la corte. Una chica joven... no, demasiada gente investigaría su pasado. Los linajes familiares que hemos forjado soportarán un escrutinio superficial, pero si alguien enviara mensajeros a investigar sus posesiones...

Kelsier frunció el ceño.

—Además, hay otro tema —añadió Renoux—. Si yo fuera a nombrar heredera a una joven soltera, instantáneamente se volvería la mano más solicitada de Luthadel. Sería muy difícil que se dedicara a espiar si recibe tanta atención.

Vin se ruborizó de pensarlo. Sorprendentemente, notó que se abatía a medida que el viejo impostor hablaba. Esta era la única parte que Kelsier me ha encargado del plan. Si no puedo hacerlo, ¿para qué le sirvo a la banda?

—Entonces, ¿qué sugieres?

—Bueno, no tiene que ser mi heredera —dijo Renoux—. ¿Y si, en cambio, no fuera más que una joven pupila que he traído conmigo a Luthadel? Tal vez prometí a sus padres (primos lejanos, pero apreciados) que introduciría a su hija en la corte. Todos supondrían que mi principal intención es emparentarla con una familia de la alta nobleza, consiguiendo por tanto otra conexión con los que tienen el poder. Sin embargo, ella no llamaría demasiado la atención... sería de estatus inferior, por no decir algo rural.

—Lo cual explicaría por qué es menos refinada que otros miembros de la corte —dijo Kelsier—. No te ofendas, Vin.

Vin alzó la cabeza mientras intentaba guardarse en el bolsillo un panecillo envuelto en una servilleta.

—¿Por qué debería ofenderme?

Kelsier sonrió.

—No importa.

Renoux asintió para sí.

—Esto funcionará mucho mejor, en efecto. Todo el mundo da por hecho que la Casa Renoux acabará por unirse a la alta nobleza, así que aceptarán por cortesía a Vin entre sus filas. Sin embargo, ella misma será tan poco importante que la mayoría de la gente la ignorará. Es la situación ideal para lo que queremos que haga.

—Me gusta —dijo Kelsier—. Pocas personas esperan que un hombre de tu edad y con negocios mercantiles se dedique a bailes y fiestas, pero tener a una joven que enviar en vez de una nota de disculpa será ventajoso para tu reputación.

—En efecto. No obstante, habrá que refinarla un poco... y no solo en lo que atañe a su aspecto.

Vin se agitó un poco ante su escrutinio. Parecía que su participación en el plan iba a seguir adelante y, de repente, se dio cuenta de lo que eso significaba. Estar ante Renoux la hacía sentirse incómoda... y era un noble falso. ¿Cómo reaccionaría a toda una sala llena de nobles de verdad?

—Me temo que tendré que pedirte a Sazed una temporada —dijo Kelsier.

—Muy bien. En realidad, no es mi sirviente, sino tuyo.

—Lo cierto es que no creo que sea sirviente de nadie, ¿verdad, Sazed?

Sazed ladeó la cabeza.

—Un terrisano sin amo es como un soldado sin armas, maese Kelsier. He disfrutado de mi estancia con lord Renoux, y estoy seguro de que disfrutaré volviendo a tu servicio.

—No, no vas a volver a mi servicio.

Sazed alzó una ceja.

Kelsier indicó a Vin.

—Renoux tiene razón, Sazed. Vin necesita un poco de formación y conozco a un montón de altos nobles que son menos refinados que tú. ¿Crees que podrías ayudar a preparar a esta chica?

—Estoy seguro de que podría ofrecer alguna ayuda a la joven dama.

—Bien —dijo Kelsier, metiéndose en la boca un último pastelito antes de levantarse—. Me alegro de que esto quede zanjado, porque empiezo a estar cansado... y la pobre Vin parece a punto de quedarse dormida encima de su plato de fruta.

—Estoy bien —dijo Vin inmediatamente, quitando un poco de veracidad a su afirmación al sofocar un bostezo.

—Sazed —dijo Renoux—, ¿quieres indicarles las habitaciones de invitados?

—Naturalmente, maese Renoux —dijo Sazed, levantándose de su asiento con un rápido movimiento.

Vin y Kelsier siguieron al terrisano mientras un grupo de criados retiraba los restos de la cena. Me he dejado comida, advirtió Vin, sintiéndose un poco mareada. No estaba segura de qué pensar de la situación.

Mientras subían las escaleras y se internaban en un pasillo lateral, Kelsier se acercó a Vin.

—Siento haberte excluido antes.

Ella se encogió de hombros.

—No hay motivo para que tenga que conocer todos tus planes.

—Tonterías —dijo Kelsier—. Tu decisión de esta noche te convierte en tan parte de este grupo como cualquiera. Sin embargo, las palabras que tuve con Renoux eran de índole privada. Es un actor maravilloso, pero se siente muy incómodo si la gente sabe los detalles de cómo ocupó el lugar de lord Renoux. Te prometo que nada de lo que hemos hablado tiene que ver con tu parte en el plan.

Vin continuó caminando.

—Yo... te creo.

—Bien —dijo Kelsier con una sonrisa, y le dio una palmada en el hombro—. Sazed, conozco el camino a mis habitaciones... Después de todo, fui yo quien compró este lugar. Puedo ir desde aquí.

—Muy bien, maese Kelsier —dijo Sazed, con un ademán respetuoso. Kelsier le dirigió una sonrisa a Vin y se marchó pasillo abajo, con su característico paso vivo.

Vin lo vio marchar y luego siguió a Sazed por un pasillo diferente, pensando en su entrenamiento alomántico, en la conversación con Kelsier en el carruaje y, finalmente, en la promesa de Kelsier de unos momentos antes. Los tres mil cuartos (una fortuna en monedas) eran un extraño peso atado a su cinturón.

Sazed le abrió una puerta y se adelantó para encender las linternas.

—Las sábanas están limpias y enviaré criadas para que te preparen un baño por la mañana. —Se volvió y le entregó la vela—. ¿Necesitas algo más, señora?

Vin negó con la cabeza. Sazed sonrió, le deseó buenas noches y salió al pasillo. Vin se quedó de pie un instante, estudiando la habitación. Luego se dio media vuelta y miró una vez más en la dirección que había seguido Kelsier.

—¿Sazed? —dijo, asomándose al pasillo.

El mayordomo se detuvo y se giró.

—¿Sí, mi señora?

—Kelsier —dijo, en voz baja—. Es un buen hombre, ¿verdad?

Sazed sonrió.

—Muy buen hombre. Uno de los mejores que he conocido.

Vin asintió levemente.

—Un buen hombre... —dijo en voz baja—. Creo que nunca había conocido a ninguno.

Sazed sonrió, luego inclinó respetuosamente la cabeza y se volvió para marcharse.

Vin dejó que se cerrara la puerta.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

REBELDES BAJO UN CIELO DE CENIZA

En el fondo, me preocupa que mi arrogancia nos destruya a todos.

9

Imagen decorativa

Vin empujó contra la moneda y se lanzó a la bruma. Salió volando de la tierra y la piedra, surcando las oscuras corrientes del cielo, la capa aleteando al viento.

Esto es libertad, pensó, mientras inhalaba profundamente el aire fresco y húmedo. Cerró los ojos, sintiendo el viento al pasar. Esto es lo que siempre eché de menos, aunque no lo sabía.

Abrió los ojos cuando empezó a descender. Esperó hasta el último momento y entonces arrojó una moneda. Golpeó el empedrado y ella la empujó levemente, refrenando su caída. Quemó peltre con un destello y golpeó el suelo a la carrera, precipitándose por las tranquilas calles de Fellise. El aire de finales de otoño era fresco, pero los inviernos eran generalmente suaves en el Dominio Central. A veces no caía ni un copo de nieve en años.

Lanzó una moneda hacia atrás y la usó para empujarse levemente hacia arriba y a la derecha. Aterrizó en un muro bajo de piedra, sin detener apenas el ritmo mientras corría a lo largo de la parte superior. Quemar peltre reforzaba algo más que los músculos: ampliaba todas las habilidades físicas del cuerpo. Mantener el peltre a bajo nivel le proporcionaba una sensación de equilibrio que cualquier ladrón nocturno hubiese envidiado.

La muralla giraba y Vin se detuvo en la esquina. Se agazapó, los pies descalzos y los sensibles dedos aferrados a la fría piedra. Con el cobre encendido para ocultar su alomancia, avivó estaño para reforzar sus sentidos.

Quietud. Los álamos formaban hileras sin sustancia en la bruma, como skaa macilentos en sus filas de trabajo. Las mansiones se alzaban en la distancia, cada una de ellas amurallada, atendida y bien guardada. Había muchos menos puntos de luz en la ciudad que en Luthadel. Muchas de las casas eran solo residencias de temporada, pues sus dueños estaban fuera visitando cualquier otro rincón del Imperio Final.

De repente aparecieron líneas azules ante ella, un extremo de cada una apuntándole al pecho, el otro perdido en la bruma. Vin saltó inmediatamente a un lado, esquivando un par de monedas que pasaron de largo en el aire nocturno y dejaron su rastro en la bruma. Avivó peltre, aterrizó en la calle junto a la muralla. Sus oídos amplificados por el estaño detectaron un sonido de roce; entonces una forma oscura salió despedida hacia el cielo, mientras unas cuantas líneas azules apuntaban a su bolsa de las monedas.

Vin dejó caer una moneda y se lanzó al aire tras su oponente. Volaron un momento, surcando el aire por encima de los terrenos de algún noble que nada sospechaba. El oponente de Vin cambió de rumbo en el aire, hacia la mansión. Vin lo siguió soltándose de la moneda que tenía debajo, quemando hierro y tirando del picaporte de una de las ventanas del edificio.

Su oponente llegó primero y ella oyó un golpe mientras corría hacia un lado del palacio. Se perdió un segundo más tarde.

Una luz aumentó su brillo y una confusa cabeza asomó por una ventana cuando Vin giraba en el aire y aterrizaba con los pies contra la fachada. Inmediatamente se impulsó en la superficie vertical, desviándose un poco y empujando contra el mismo picaporte. El cristal crujió y ella salió disparada en la noche antes de que la gravedad pudiera reclamarla.

Vin voló a través de la bruma, forzando los ojos para seguir a su oponente. Él le lanzó un par de monedas, pero ella las apartó, empujándolas con desdén. Una débil línea azul cayó al suelo, una moneda arrojada; su oponente se movió de nuevo a un lado.

Vin dejó caer su propia moneda y empujó. Sin embargo, la moneda salió despedida hacia atrás desde el mismo suelo: el resultado de un empujón de su oponente. El súbito movimiento cambió la trayectoria del salto de Vin, arrojándola a un lado. Maldijo, lanzó otra moneda, la usó para empujarse de vuelta a su rumbo. Pero ya había perdido su presa.

Muy bien... pensó, golpeando el suave terreno tras la muralla. Se puso unas cuantas monedas en la mano y luego arrojó la bolsa casi llena al aire, dándole un fuerte empujón en la dirección por donde había visto desaparecer a su oponente. La bolsa desapareció en la bruma, dejando una débil línea alomántica azul.

Un puñado de monedas salió disparado de los matorrales que tenía delante, corriendo hacia su bolsa. Vin sonrió. Su oponente había supuesto que la bolsa voladora era ella. Estaba demasiado lejos para ver las monedas que tenía en la mano, igual que antes había estado demasiado lejos para que ella viera las monedas que él llevaba.

Una oscura figura salió de los matorrales, saltando sobre la muralla de piedra. Vin esperó tranquilamente mientras la figura corría a lo largo de la muralla y pasaba al otro lado.

Vin se lanzó al aire y luego arrojó su puñado de monedas mientras la figura pasaba por debajo. El oponente empujó inmediatamente, dispersando las monedas... pero eran solo una distracción. Vin aterrizó ante él, desenfundando los cuchillos de cristal. Atacó y descargó un golpe, pero el contrario dio un salto hacia atrás.

Algo va mal. Vin esquivó y se hizo a un lado mientras un puñado de chispeantes monedas (las suyas, las que su oponente había dispersado) caían desde el cielo en la mano del rival, que se volvió y las lanzó contra ella.

Vin soltó las dagas con un gritito ahogado, parapetándose con las manos y empujando las monedas. Inmediatamente, fue impelida hacia atrás cuando su oponente igualó su empujón.

Una de las monedas saltó al aire y quedó flotando directamente entre ambos. El resto de las monedas desaparecieron en la bruma, dispersadas por fuerzas contrarias.

Vin avivó su acero mientras volaba y oyó a su oponente gruñir mientras era empujado también hacia atrás hasta que golpeó la pared. Vin chocó contra un árbol, pero avivó peltre e ignoró el dolor. Usó la madera para sostenerse y continuó empujando.

La moneda titiló en el aire, atrapada entre la fuerza amplificada de dos alománticos. La presión aumentó. Vin apretó los dientes, sintiendo el pequeño álamo doblarse tras ella.

El empuje de su oponente era implacable.

¡No... dejaré... que me venza!, pensó Vin, avivando acero y peltre a la vez, gruñendo ligeramente mientras arrojaba toda su fuerza a la moneda.

Hubo un momento de silencio. Entonces Vin saltó hacia atrás y el árbol chasqueó con fuerza en el aire nocturno.

Vin golpeó el suelo, rodeada de trozos de madera. Ni siquiera el estaño y el peltre fueron suficientes para mantener su mente despejada mientras rodaba por el empedrado y acababa por detenerse, mareada. Una figura oscura se acercó, los lazos de la capa de bruma revoloteando a su alrededor. Vin se puso en pie de un salto y echó mano a los cuchillos, olvidando que los había dejado caer.

Kelsier se quitó la capucha y le ofreció los cuchillos. Uno estaba roto.

—Sé que es algo instintivo, Vin, pero no tienes que extender las manos cuando empujas... ni tienes que soltar lo que llevas en las manos.

Vin hizo una mueca en la oscuridad, se frotó el hombro y asintió mientras recogía las dagas.

—Buen trabajo con la bolsa —dijo Kelsier—. Has estado a punto de engañarme.

—Para lo que ha servido —gruñó Vin.

—Solo llevas unos cuantos meses haciendo esto. Considerándolo, tu progreso es fantástico. Sin embargo, te aconsejaría que evitaras competiciones de empuje con gente que pesa más que tú. —Hizo una pausa, mirando la figura bajita y delgada de Vin—. Lo cual significa que deberías evitar enfrentarte casi con cualquiera.

Vin suspiró y se desperezó. Tendría más magulladuras. Al menos no serán visibles. Ahora que los moratones que le había causado Camon habían desaparecido por fin, Sazed le había advertido que tuviera cuidado. El maquillaje no los cubriría completamente y tendría que parecer una joven noble «decente» si iba a infiltrarse en la corte.

—Toma —dijo Kelsier, entregándole algo—. Un recuerdo.

Vin alzó el objeto: la moneda que habían empujado entre los dos. La presión la había doblado y aplastado.

—Te veré en la mansión —dijo Kelsier.

Vin asintió y Kelsier desapareció en la noche. Tiene razón, pensó. Soy más pequeña, peso menos y tengo un alcance más breve que la gente con quien pueda enfrentarme. Si ataco a alguien de frente, perderé.

La alternativa siempre había sido su método de cualquier manera: debatirse en silencio, permanecer invisible. Había aprendido a usar la alomancia del mismo modo. Kelsier seguía diciéndole que estaba desarrollando de manera sorprendentemente rápida sus habilidades alománticas. Parecía convencido de que era por sus lecciones, pero Vin creía que se debía a otra cosa. Las brumas... los paseos nocturnos... todo eso le parecía adecuado. No le preocupaba dominar la alomancia a tiempo para ayudar a Kelsier contra otros nacidos de la bruma.

Era su otra función en el plan lo que la preocupaba.

Suspirando, Vin saltó sobre la muralla para buscar su bolsa de monedas. En la mansión (no la casa de Renoux, sino la vivienda de algún otro noble) había luces encendidas y gente moviéndose. Nadie se aventuró a salir a la noche. Los skaa temían a los espectros; los nobles seguramente imaginaban que los nacidos de la bruma habían causado el alboroto. Ninguna de las dos posibilidades invitaba a una persona en su sano juicio a un enfrentamiento.

Vin localizó su bolsa siguiendo las líneas de acero en las ramas superiores de un árbol. Tiró suavemente hasta hacerla caer en su mano y luego se marchó a la calle. Kelsier debía de haber dejado allí la bolsa: las dos docenas de óbolos que contenía no merecían su tiempo. Sin embargo, durante casi toda su vida Vin había mendigado y pasado hambre. No podía permitirse derrochar. Incluso lanzar monedas para saltar la hacía sentirse incómoda.

Así que usó sus monedas lo menos que pudo mientras regresaba a la Mansión Renoux, prefiriendo empujar y tirar de edificios y trozos abandonados de metal. El paso, medio carrera medio salto, de los nacidos de la bruma ya le resultaba natural y no tenía que pensar mucho en sus movimientos.

¿Cómo le iría, cuando intentara hacerse pasar por noble? No podía ocultar sus temores, no de sí misma. Camon había sido bueno imitando a los nobles porque tenía mucha confianza en sí mismo, y ese era un atributo del que Vin carecía. Su éxito con la alomancia solo demostraba que su lugar estaba en las esquinas y las sombras, no frecuentando salas de baile con vestidos elegantes.

Kelsier, sin embargo, se negaba a dejarla renunciar. Vin aterrizó ante la Mansión Renoux jadeando levemente por el esfuerzo. Miró las luces con una leve sensación de aprensión.

Tienes que aprender a hacerlo, Vin, le decía Kelsier continuamente. Eres una alomántica de talento, pero necesitarás más que empujones al acero para tener éxito con los nobles. Hasta que puedas moverte en su sociedad con la facilidad con que lo haces en las brumas, estarás en desventaja.

Dejando escapar un silencioso suspiro, Vin se incorporó, se quitó la capa y la dejó caer para recogerla más tarde. Luego subió los escalones y entró en el edificio. Cuando preguntó por Sazed, los criados de la mansión le indicaron las cocinas, así que se encaminó hacia la sección apartada y oculta del edificio formada por las viviendas de los sirvientes.

Incluso esa parte del edificio estaba inmaculadamente limpia. Vin estaba empezando a comprender por qué Renoux era un impostor tan convincente: no permitía imperfecciones. Si mantenía su actuación la mitad de bien que mantenía el orden en su mansión, entonces Vin dudaba que nadie descubriera jamás el engaño.

Pero debe de tener algún defecto, pensó. En la reunión de hace dos meses, Kelsier dijo que Renoux no podría soportar el escrutinio de un inquisidor. ¿Es posible que puedan percibir algo de sus emociones, algo que lo traicione?

Era un asunto secundario, pero Vin no lo había olvidado. A pesar de las palabras sobre la sinceridad y la confianza, Kelsier todavía tenía sus secretos. Todo el mundo los tenía.

Sazed estaba, en efecto, en las cocinas. Hablaba con una criada de mediana edad. Era alta para tratarse de una skaa, aunque de pie junto a Sazed parecía diminuta. Vin la reconoció como un miembro del personal de la casa; se llamaba Cosahn. Vin había hecho el esfuerzo de memorizar los nombres de todo el personal, aunque solo fuera para no perderles la pista.

Sazed se volvió cuando ella entraba.

—Ah, dama Vin. Regresas a tiempo. —Indicó a su acompañante—. Ella es Cosahn.

Cosahn estudió a Vin con aire profesional. Vin ansió regresar a las brumas, donde la gente no podía mirarla así.

—Creo que ya es lo bastante largo —dijo Sazed.

—Es probable —respondió Cosahn—. Pero no puedo hacer milagros, maese Vaht.

Sazed asintió. «Vaht» era, al parecer, el tratamiento que se daba a los mayordomos terrisanos. Sin ser del todo skaa, pero tampoco claramente nobles, los terrisanos ocupaban un lugar muy extraño en la sociedad imperial.

Vin los estudió a los dos con recelo.

—Tu pelo, señora —dijo Sazed tranquilo—. Cosahn va a cortártelo.

—Oh —dijo Vin, tocándoselo. Lo tenía un poco largo para su gusto, aunque dudaba que Sazed fuera a hacérselo cortar como un muchacho.

Cosahn indicó una silla y Vin se sentó, reticente. La enervaba sentarse dócilmente mientras alguien trabajaba con tijeras tan cerca de su cabeza, pero no había más remedio.

Después de pasar las manos por el pelo de Vin, recortando suavemente, Cosahn empezó a cortar.

—Qué pelo tan bonito —dijo, casi para sí—, denso, con un precioso tono negro. Es una lástima que lo lleve tan descuidado, maese Vaht. Muchas mujeres de la corte morirían por un pelo como este... Tiene suficiente cuerpo para ahuecarse, pero es lo bastante liso para trabajar con facilidad con él.

Sazed sonrió.

—Tendremos que encargarnos de que reciba mejores cuidados en el futuro —dijo.

Cosahn continuó su trabajo, asintiendo para sí. Al cabo de un rato, Sazed se acercó y se sentó delante de Vin.

—Supongo que Kelsier no ha regresado todavía, ¿no? —preguntó Vin.

Sazed negó con la cabeza y Vin suspiró. Kelsier no creía que tuviera suficiente práctica para acompañarlo en sus incursiones nocturnas, muchas de las cuales realizaba directamente después de sus sesiones de entrenamiento con ella. Durante los dos últimos meses, Kelsier había visitado las propiedades de una docena de casas nobles diferentes, tanto en Luthadel como en Fellise. Cambiaba de disfraz y de motivo aparente, tratando de crear confusión entre las Grandes Casas.

—¿Qué? —preguntó Vin, mirando a Sazed, que la observaba con expresión curiosa.

El terrisano asintió respetuoso.

—Me estaba preguntando si estarías dispuesta a escuchar otra propuesta.

Vin suspiró, encogiéndose de hombros.

—Bien.

No puede decirse que tenga otra cosa que hacer aquí.

—Creo que tengo la religión perfecta para ti —dijo Sazed, y su rostro normalmente estoico reveló un atisbo de ansiedad—. Se llama trelagismo, por el dios Trell. Lo adoraban los nelazanos, un pueblo que vivía muy lejos, al norte. En su tierra, el ciclo del día y la noche era muy extraño. Durante algunos meses del año estaba oscuro casi todo el día. En verano, sin embargo, solo oscurecía unas cuantas horas.

»Los nelazanos creían que había belleza en la oscuridad y que la luz del día era más profana. Consideraban las estrellas los Mil Ojos de Trell que los miraban. El sol era el único ojo celoso del hermano de Trell, Nalt. Como Nalt solo tenía un ojo, lo hacía brillar con tanta fuerza para superar a su hermano. Los nelazanos, sin embargo, no se dejaban impresionar y preferían adorar al silencioso Trell, que los vigilaba incluso cuando Nalt oscurecía el cielo.

Sazed guardó silencio. Vin no estaba segura de cómo responder, así que no dijo nada.

—Realmente es una buena religión, dama Vin —dijo Sazed—. Muy amable y a la vez muy poderosa. Los nelazanos no eran un pueblo avanzado, pero sí bastante decidido. Trazaron mapas de todo el cielo nocturno, contando y situando cada estrella importante. Sus costumbres te vienen bien... sobre todo su preferencia por la noche. Puedo contarte más cosas, si lo deseas.

Vin negó con la cabeza.

—No importa, Sazed.

—¿No te parece bien, entonces? —dijo Sazed, frunciendo levemente el ceño—. Ah, bueno. Tendré que pensarlo un poco más. Gracias, señora..., creo que eres muy paciente conmigo.

—¿Pensarlo un poco más? —preguntó Vin—. Es la quinta religión a la que tratas de convertirme, Sazed. ¿Cuántas más puede haber?

—Quinientas sesenta y dos —dijo Sazed—. O, al menos, ese es el número de sistemas de creencias que conozco. Hay, probable y desafortunadamente, otras que han desaparecido de este mundo sin dejar huellas para que mi pueblo las recopile.

Vin hizo una pausa.

—¿Y tienes memorizadas todas esas religiones?

—Tantas como es posible. Sus oraciones, sus creencias, su mitología. Muchas son muy similares: derivaciones o sectas unas de otras.

—Incluso así, ¿cómo puedes recordar todo eso?

—Tengo... métodos.

—Pero ¿qué sentido tiene?

Sazed frunció el ceño.

—La respuesta debería ser obvia, creo. Las personas son valiosas, dama Vin, y también, por tanto, lo son sus creencias. Desde la Ascensión de hace mil años, han desaparecido muchas de esas fes. El Ministerio de Acero prohíbe adorar todo lo que no sea el lord Legislador y los inquisidores han destruido muy diligentemente cientos de religiones. Si alguien no las recuerda, desaparecerán sin más.

—¿Quieres decir que estás intentando hacerme creer en religiones que llevan mil años muertas? —preguntó Vin, incrédula.

Sazed asintió.

¿Es que todos los que se relacionan con Kelsier están locos?

—El Imperio Final no puede durar eternamente —dijo Sazed en voz baja—. No sé si maese Kelsier será quien le ponga fin, pero ese fin vendrá. Y cuando lo haga, cuando el Ministerio de Acero ya no domine, los hombres querrán regresar a las creencias de sus padres. Ese día recurrirán a los guardadores y ese día devolveremos a la humanidad sus verdades olvidadas.

—¿Guardadores? —preguntó Vin mientras Cosahn procedía a recortar sus rizos—. ¿Hay más como tú?

—No muchos. Pero algunos. Suficientes para pasar las verdades a la siguiente generación.

Vin permaneció en silencio, pensativa, resistiendo la necesidad de agitarse bajo la labor de Cosahn. La mujer, desde luego, se estaba tomando su tiempo: cuando Reen le cortaba el pelo a Vin le bastaban unos cuantos trasquilones.

—¿Repasamos tus lecciones mientras esperamos, dama Vin? —preguntó Sazed.

Vin miró al terrisano y él le sonrió. Sabía que la tenía cautiva: no podía moverse, ni siquiera sentarse a la ventana para contemplar las brumas. Lo máximo que podía hacer era seguir allí sentada y escuchar.

—Bien.

—¿Puedes nombrar las diez Grandes Casas de Luthadel por orden según su poder?

—Venture, Hasting, Elariel, Tekiel, Lekal, Erikeller, Erikell, Haught, Urbain y Buvidas.

—Bien. ¿Y tú eres...?

—Soy lady Valette Renoux, prima cuarta de lord Teven Renoux, dueño de esta mansión. Mis padres, lord Hadren y lady Fellete Renoux, viven en Chakath, una ciudad del Dominio Occidental. Su principal exportación, la lana. Mi familia se dedica al comercio de tintes, sobre todo rojo cárdeno, de los caracoles que son comunes allí, y amarillo margarita, hecho con corteza de árbol. Como parte de un acuerdo comercial con su primo lejano, mis padres me enviaron a Luthadel para que pueda pasar algún tiempo en la corte.

Sazed asintió.

—¿Y qué te parece esta oportunidad?

—Estoy sorprendida y un poco abrumada. La gente me prestará atención porque desea conseguir favores de lord Renoux. Como no estoy familiarizada con las costumbres de la corte, me halagará su atención. Me integraré en la comunidad cortesana, pero me mantendré tranquila y apartada de las intrigas.

—Tus dotes de memorización son admirables, señora —dijo Sazed—. Este humilde ayudante se asombra de cuánto éxito podrías tener si te dedicaras a aprender en vez de evitar tus lecciones.

Vin se lo quedó mirando.

—¿Todos los «humildes ayudantes» dan tanta conversación a sus amos como tú?

—Solo los que tienen éxito.

Vin lo miró, luego suspiró.

—Lo siento, Sazed. No pretendo evitar tus lecciones. Es que... las brumas... a veces me distraigo.

—Bueno, afortunada y sinceramente, eres muy rápida aprendiendo. Sin embargo, la gente de la corte ha tenido toda la vida para estudiar etiqueta. Incluso como noble rural, hay ciertas cosas que debes saber.

—Lo sé. No quiero destacar.

—Ay, eso no podrás evitarlo, señora. ¿Una recién llegada, de una parte lejana del imperio? Sí, se fijarán en ti. Lo que no queremos es hacerles sospechar. Debes ser estudiada y luego ignorada. Si te haces demasiado la tonta, eso levantará sospechas.

Magnífico.

Sazed hizo una pausa y ladeó ligeramente la cabeza. Unos cuantos segundos más tarde, Vin oyó pasos en el pasillo. Kelsier entró en la sala con una sonrisa de satisfacción. Se quitó la capa de bruma y se detuvo al ver a Vin.

—¿Qué? —preguntó ella, hundiéndose un poco más en el asiento.

—El corte de pelo está muy bien —dijo Kelsier—. Buen trabajo, Cosahn.

—No ha sido nada, maese Kelsier. —Vin captó el rubor en su voz—. Solo trabajo con lo que tengo.

—Un espejo —dijo Vin, tendiendo la mano.

Cosahn le entregó uno. Vin lo alzó y lo que vio la dejó sin habla. Parecía... una chica.

Cosahn había hecho un trabajo notable alisándole el pelo para que no se le encrespara. Vin había descubierto que, si se dejaba el pelo demasiado largo, tenía tendencia a rizársele. Ahora el pelo de Vin no era demasiado largo (apenas le llegaba hasta las orejas), pero por lo menos se mantenía liso.

No quieras que piensen en ti como en una chica, le advirtió la voz de Reen. Sin embargo, por una vez, quiso ignorar aquella voz.

—¡Podríamos convertirte en toda una damisela, Vin! —dijo Kelsier con una risotada, y se ganó una mirada de reproche por su parte.

—Primero tendremos que convencerla de que no frunza tanto el ceño, maese Kelsier —comentó Sazed.

—Eso va a ser difícil. Está acostumbrada a poner mala cara. De todas formas, muy bien, Cosahn.

—Todavía me quedan unos cuantos retoques que hacer, maese Kelsier —dijo la mujer.

—Continúa pues. Pero voy a llevarme a Sazed un momento.

Kelsier le hizo un guiño a Vin y Sazed y él salieron de la habitación... dejando una vez más a la muchacha en situación de no poder escucharlos.

Kelsier se asomó a la cocina y vio a Vin sentada en su silla, malhumorada. El corte de pelo era realmente bueno. Sin embargo, sus cumplidos tenían un motivo ulterior: sospechaba que Vin había escuchado decir demasiadas veces que no valía nada. Tal vez con un poco más de confianza en sí misma no intentaría esconderse tanto.

Dejó que la puerta se cerrara y luego se volvió hacia Sazed. El terrisano esperaba, como siempre, con descansada paciencia.

—¿Cómo va el entrenamiento? —preguntó Kelsier.

—Muy bien, maese Kelsier —respondió Sazed—. Ella ya sabía algunas cosas por la formación recibida de su hermano. Aparte de eso, es una chica enormemente inteligente, receptiva y de memoria rápida. No esperaba tanta habilidad en alguien que creció en sus circunstancias.

—Muchos niños de la calle son listos —dijo Kelsier—. Los que no lo son, mueren.

Sazed asintió solemnemente.

—Es extremadamente reservada y creo que no aprecia mis lecciones en todo su valor. Es muy obediente, pero es rápida a la hora de explotar errores o malentendidos. Si no le digo exactamente dónde y cuándo reunirnos, suelo tener que buscarla por toda la mansión.

Kelsier asintió.

—Creo que es su forma de tener un poco de control sobre su vida. De todas maneras, lo que quería saber es si está preparada o no.

—No estoy seguro, maese Kelsier —respondió Sazed—. El conocimiento puro no equivale a habilidad. No estoy seguro de que tenga la... capacidad para imitar a una noble, aunque sea a una joven e inexperta. Hemos practicado cenas, repasado la etiqueta para conversar y memorizado chismorreos. Parece hábil en todo, en una situación controlada. Le ha ido bien en las meriendas que Renoux ha celebrado para algunos invitados nobles. Sin embargo, no podremos saber con seguridad si es capaz de hacerlo hasta que la dejemos sola en una fiesta de aristócratas.

—Ojalá pudiéramos practicar un poco más —dijo Kelsier, sacudiendo la cabeza—. Pero cada semana que pasamos preparándola aumentan las posibilidades de que el Ministerio descubra nuestro creciente ejército en las cuevas.

—Es una prueba de equilibrio, entonces —dijo Sazed—. Debemos esperar lo suficiente para reunir a los hombres que necesitamos y movernos pronto para evitar ser descubiertos.

Kelsier asintió.

—No podemos detenernos por un miembro del grupo... Tendremos que encontrar a otra persona que nos haga de topo si a Vin le sale mal. Pobre chica..., ojalá la hubiera entrenado mejor en la alomancia. Apenas hemos cubierto los primeros cuatro metales. ¡Pero no tengo suficiente tiempo!

—Si puedo hacer una sugerencia...

—Por supuesto, Sazed.

—Envía a la chica con alguno de los brumosos del grupo. He oído decir que Brisa es un aplacador eficaz y sin duda los demás son igualmente dotados. Que ellos le enseñen a Vin cómo usar sus habilidades.

Kelsier hizo una pausa y reflexionó.

—Es buena idea, Sazed.

—¿Pero?

Kelsier miró hacia la puerta. Al otro lado, Vin seguía sometida a su corte de pelo.

—No estoy seguro. Hoy, cuando nos estábamos entrenando, nos enzarzamos en una pelea empujando acero. La chica debe de pesar menos de la mitad que yo, pero me ofreció de todas formas un enfrentamiento decente.

—Personas distintas tienen fuerzas distintas en la alomancia —dijo Sazed.

—Sí, pero la diferencia no suele ser tan grande —respondió Kelsier—. Además, yo tardé meses en aprender a manipular mis tirones y empujones. No es tan fácil como parece: incluso comprender algo tan sencillo como empujarte a ti mismo hasta lo alto de un tejado requiere asimilar el peso, el equilibrio y la trayectoria.

»Pero Vin... parece saber todas esas cosas por instinto. Cierto, solo puede usar los primeros cuatro metales con habilidad, pero el progreso que ha hecho es sorprendente.

—Es una chica especial.

Kelsier asintió.

—Se merece más tiempo para aprender sus poderes. Me siento un poco culpable por haberla metido en nuestros planes. Seguro que acaba en una ceremonia de ejecución del Ministerio con el resto de nosotros.

—Pero esa culpabilidad no te impedirá usarla como espía de la aristocracia.

Kelsier negó con la cabeza.

—No. No lo hará. Necesitamos toda la ventaja que podamos conseguir. Pero... vigílala, Sazed. De ahora en adelante, actuarás como mayordomo y guardián de Vin en todos los actos a los que asista... No resultará extraño que la acompañe un sirviente terrisano.

—En absoluto —reconoció Sazed—. De hecho, sería extraño enviar a una chica de su edad a la corte sin escolta.

—Protégela, Sazed. Puede que sea una alomántica poderosa, pero carece de experiencia. Me sentiré mucho menos culpable enviándola a esos cubiles aristocráticos si sé que tú estás con ella.

—La protegeré con mi vida, maese Kelsier. Te lo prometo.

Kelsier sonrió y colocó agradecido una mano en el hombro de Sazed.

—Pobre del hombre que se interponga en tu camino.

Sazed inclinó la cabeza con humildad. Parecía inofensivo, pero Kelsier conocía la fuerza que escondía. Pocos hombres, alománticos o no, lo tendrían fácil para enfrentarse a un guardador cuya furia hubieran despertado. Quizás eso explicara que el Ministerio hubiese perseguido a aquella secta hasta su práctica extinción.

—Muy bien —dijo Kelsier—. Vuelve a tus enseñanzas. Lord Venture va a celebrar un baile a finales de semana y, preparada o no, Vin estará allí.

Me sorprende cuántas naciones se han unido en pos de nuestro propósito. Sigue habiendo disidentes, naturalmente, y algunos reinos, por desgracia, se han enzarzado en guerras que no he podido detener.

Sin embargo, contemplar esta unidad general es glorioso, casi abrumador. Ojalá a las naciones de la humanidad no les hubiera hecho falta una amenaza tan terrible para ver el valor de la paz y la cooperación.

10

Imagen decorativa

Vin caminaba por una calle de las Grietas, uno de los muchos suburbios skaa de Luthadel, con la capucha puesta. Por algún motivo, prefería el calor asfixiante de una capucha a la opresiva luz roja del sol.

Caminaba encorvada, la mirada gacha, pegada al borde de la calle. Los skaa con los que se cruzaba tenían el mismo aire de derrota. Nadie alzaba la cabeza; nadie caminaba con la espalda recta o una sonrisa optimista. En los suburbios, esas cosas podían hacerte parecer sospechoso.

Casi había olvidado lo opresiva que podía ser Luthadel. Las semanas que había pasado en Fellise la habían acostumbrado a sus árboles y su piedra limpia. Aquí no había nada blanco: ningún álamo, nada de granito encalado. Todo era negro.

Los edificios estaban manchados por incontables y repetitivas lluvias de ceniza; el aire lleno del humo de las infames fábricas de Luthadel y un millar de cocinas de nobles; el empedrado, los portales y las esquinas cubiertos de hollín: los suburbios rara vez se limpiaban.

Es como... como si las cosas fueran más brillantes de noche que durante el día, pensó Vin, arrebujándose en su capa skaa y doblando una esquina. Pasó junto a mendigos agazapados con las manos tendidas esperando una limosna; sus súplicas caían en vano en los oídos de unas personas que también pasaban hambre. Pasó junto a obreros que caminaban con la cabeza gacha y los hombros hundidos, los gorros o las capuchas caladas para mantener la ceniza apartada de sus ojos. De vez en cuando, pasaba ante escuadrones de guardias de la ciudad, armados de pies a cabeza (peto, casco y capa negra) e intentando parecer lo más intimidatorios que podían.

Este último grupo se movía en los suburbios actuando como la mano del lord Legislador en una zona que la mayoría de los obligadores encontraba demasiado repugnante para visitar. Los hombres de la Guarnición daban patadas a los mendigos para asegurarse de que eran realmente inválidos, detenían a los obreros que pasaban para acosarlos porque estaban en la calle en vez de trabajando y solían molestar a todo el que podían. Vin se encogió cuando pasó un grupo y se bajó aún más la capucha. Era lo bastante mayor para tener que estar engendrando hijos o trabajando en una fábrica, pero por su altura parecía más joven.

O bien la treta funcionó o aquel escuadrón no estaba interesado en buscar gente descarriada, pues la dejaron pasar sin apenas mirarla. Vin dobló una esquina, recorrió un callejón manchado de ceniza y se acercó a la cola para comer que había al fondo.

Como la mayoría de las cocinas, esta era sucia y estaba pobremente mantenida. En una economía en la que los obreros rara vez obtenían una paga directa, las cocinas tenían que ser mantenidas por la nobleza. Algunos lores locales (dueños de las fábricas y fraguas de la zona, lo más probable) pagaban al dueño de la cocina para que proporcionara comida a los skaa. Los obreros recibían vales por su tiempo y se les concedía un breve descanso a mediodía para ir a comer. Los comedores evitaban a los pequeños negocios los costes de proporcionar comidas en el lugar de trabajo.

Naturalmente, como al dueño del comedor se le pagaba, podía embolsarse lo que ahorrara en ingredientes. Según la experiencia de Vin, la comida de las cocinas era tan sabrosa como el agua manchada de ceniza.

Por fortuna, no había ido a comer. Se unió a la cola en la puerta y esperó en silencio mientras los obreros mostraban sus vales de metal. Cuando le llegó el turno, sacó un disquito de madera y se lo pasó al skaa de la puerta. El hombre aceptó el óbolo con un rápido movimiento, asintiendo casi imperceptiblemente hacia la derecha.

Vin se encaminó en la dirección indicada, atravesó un sucio comedor cuyo suelo estaba cubierto de la ceniza que habían arrastrado al entrar. Cuando se acercó a la pared del fondo, vio una ajada puerta de madera en un rincón. Un hombre sentado ante la puerta la miró a los ojos, asintió brevemente y abrió la puerta. Vin pasó veloz a la habitación contigua.

—¡Vin, querida! —dijo Brisa, sentado ante una mesa situada cerca del centro de la habitación—. ¡Bienvenida! ¿Qué tal por Fellise?

Vin se encogió de hombros y se sentó a la mesa.

—Ah —dijo Brisa—. Casi había olvidado lo fascinante de tu conversación. ¿Vino?

Vin negó con la cabeza.

—Bueno, pues a mí sí que me apetece.

Brisa vestía uno de sus extravagantes trajes y tenía un bastón de duelo cruzado sobre el regazo. La habitación, iluminada por una única linterna, estaba mucho más limpia que el comedor. De los otros cuatro hombres presentes, Vin solo reconoció a uno, un aprendiz del taller de Clubs. Los dos que había junto a la puerta eran guardias, sin duda. El último hombre parecía un obrero skaa corriente, casaca ennegrecida y rostro ceniciento incluidos. Su aire de confianza, sin embargo, demostraba que era miembro de los bajos fondos. Uno de los rebeldes de Yeden, tal vez.

Brisa alzó su copa y la golpeó con la uña. El rebelde lo miró con mala cara.

—Ahora mismo te estás preguntando si estoy usando la alomancia contigo —dijo Brisa—. Tal vez sí, tal vez no. ¿Importa? Estoy aquí por invitación de tu jefe y te ordenó que te encargaras de que me sintiera cómodo. Y, te lo aseguro, una copa de vino en la mano es absolutamente necesaria para mi comodidad.

El skaa esperó un momento y luego tomó la copa y se marchó, murmurando entre dientes sobre costes estúpidos y recursos malgastados.

Brisa alzó una ceja y se volvió hacia Vin. Parecía bastante contento consigo mismo.

—¿Así que lo has empujado? —preguntó ella.

Brisa negó con la cabeza.

—Un desperdicio de latón. ¿Te contó Kelsier por qué te pidió que vinieras aquí hoy?

—Me dijo que tuviera cuidado contigo —respondió Vin, un poco molesta por haber sido entregada a Brisa—. Dijo que no tenía tiempo de entrenarme en todos los metales.

—Bien, empecemos entonces —dijo Brisa—. Primero, debes comprender que aplacar es algo más que simple alomancia. Se trata del delicado y noble arte de la manipulación.

—Noble, en efecto —dijo Vin.

—Ah, hablas como uno de ellos.

—¿Ellos?

—Todos los demás —dijo Brisa—. ¿Viste cómo me ha tratado el caballero skaa? La gente no nos aprecia, querida. La idea de que alguien pueda jugar con sus emociones, de que pueda «místicamente» obligarlos a hacer ciertas cosas los hace sentirse incómodos. De lo que no se dan cuenta, y tú debes hacerlo, es que manipular a los demás es algo que todo el mundo hace. De hecho, la manipulación está en el meollo de nuestra interacción social.

Se echó hacia atrás, alzó su bastón de duelo e hizo un leve gesto con él mientras hablaba.

—Piénsalo. ¿Qué hace un hombre cuando busca el afecto de una joven? Bueno, intenta manipularla para que lo mire con buenos ojos. ¿Qué pasa cuando dos viejos amigos se sientan a tomar una copa? Se cuentan historias, tratando de impresionarse mutuamente. La vida del ser humano es todo postura e influencia. Esto no es malo: de hecho, dependemos de ello. Estas interacciones nos enseñan a responder a los demás. —Hizo una pausa y señaló a Vin con el bastón—. La diferencia entre los aplacadores y la gente corriente es que nosotros somos conscientes de lo que hacemos. También tenemos una ligera... ventaja. Pero ¿implica de verdad mucho más «poder» que tener una personalidad carismática o unos buenos dientes? Creo que no.

»Además, como mencionaba, un buen aplacador debe tener más dotes que su habilidad para usar la alomancia. La alomancia no te permite leer la mente ni las emociones... En cierto modo, estás tan ciego como los demás. Lanzas ráfagas emocionales dirigidas a una sola persona o a una zona y tus sujetos alterarán sus emociones... es de esperar que produciendo el efecto que deseabas. Sin embargo, los grandes aplacadores son aquellos que pueden usar con éxito sus ojos e instintos para saber cómo se siente una persona antes de ser manipulada.

—¿Qué importa lo que sientan? —dijo Vin, tratando de disimular su malestar—. Vas a aplacarlos de todas formas, ¿no? Así, cuando acabas, sienten lo que tú quieres que sientan.

Brisa suspiró, agitando la cabeza.

—¿Qué dirías si supieras que te he aplacado en tres ocasiones durante nuestra conversación?

Vin se envaró.

—¿Cuándo? —exigió.

—¿Importa? —preguntó Brisa—. Esta es la lección que debes aprender, querida. Si no puedes leer lo que siente alguien, nunca tendrás sutileza con la alomancia emocional. Empuja a alguien demasiado e incluso el más ciego de los skaa se dará cuenta de que está siendo manipulado de algún modo. Toca con demasiada suavidad y no producirás un efecto remarcable... otras emociones más fuertes seguirán dominando a tu sujeto. —Brisa sacudió la cabeza—. Todo se basa en comprender a la gente. Tienes que leer cómo se siente alguien, cambiar ese sentimiento dándole un empujoncito en la dirección adecuada y luego canalizar ese nuevo estado emocional para tu ventaja. ¡Ese, querida mía, es el desafío! Es difícil, pero para aquellos que lo hacen bien...

La puerta se abrió y el hosco skaa regresó con una botella entera de vino. La depositó con una copa en la mesa, delante de Brisa, y luego se situó en el otro extremo de la habitación, junto a la mirilla que daba al comedor.

—Hay enormes recompensas —dijo Brisa con una tranquila sonrisa. Le hizo un guiño y sirvió un poco de vino.

Vin no estaba segura de qué pensar. La opinión de Brisa parecía cruel. Sin embargo, Reen la había entrenado bien. Si no tenía poder sobre eso, otros lo tendrían sobre ella. Empezó a quemar cobre, como le había enseñado Kelsier, para protegerse de nuevas manipulaciones por parte de Brisa.

La puerta volvió a abrirse y una figura familiar, ataviada con un chaleco, entró.

—Hola, Vin —dijo Ham con un gesto amistoso. Se acercó a la mesa, mirando el vino—. Brisa, sabes que la rebelión no tiene dinero para este tipo de cosas.

—Kelsier las pagará —respondió Brisa con un ademán de indiferencia—. No puedo trabajar con la garganta seca, eso es todo. ¿Cómo está la zona?

—Segura —dijo Ham—. Pero he apostado ojos de estaño en las esquinas por si acaso. Tu salida de emergencia está detrás de esa puerta de la esquina.

Brisa asintió. Ham se volvió a mirar al aprendiz de Clubs.

—¿Estás ahumando por ahí atrás, Cobble?

El muchacho asintió.

—Buen chico —dijo Ham—. Eso es todo, entonces. Ahora solo tenemos que esperar el discurso de Kell.

Brisa comprobó su reloj de bolsillo.

—Todavía faltan unos minutos. ¿Pido que alguien te traiga una copa?

—Paso —dijo Ham.

Brisa se encogió de hombros y bebió vino.

Hubo un momento de silencio. Finalmente, Ham habló.

—Entonces...

—No —interrumpió Brisa.

—Pero...

—Sea lo que sea, no queremos oírlo.

Ham miró al aplacador con mala cara.

—No puedes empujarme para que obedezca, Brisa.

Brisa puso los ojos en blanco y tomó un sorbo de vino.

—¿Qué? —preguntó Vin—. ¿Qué ibas a decir?

—No lo animes, querida —dijo Brisa.

Vin frunció el ceño. Miró a Ham, que sonrió.

Brisa suspiró.

—Dejadme fuera. No estoy de humor para uno de los absurdos debates de Ham.

—Ignóralo —dijo Ham ansiosamente, acercando su silla un poco más a Vin—. Verás, me he estado preguntando... ¿Al derrocar al Imperio Final estamos haciendo algo bueno o algo malo?

Vin se lo quedó mirando.

—¿Importa?

Ham pareció sorprendido, pero Brisa se echó a reír.

—Bien contestado —dijo el aplacador.

Ham miró a Brisa, luego se volvió hacia Vin.

—Pues claro que importa.

—Bueno, supongo que estamos haciendo algo bueno —contestó Vin—. El Imperio Final lleva siglos oprimiendo a los skaa.

—Cierto. Pero hay un problema. El lord Legislador es Dios, ¿no?

Vin se encogió de hombros.

—¿Importa?

Ham se la quedó mirando.

Ella puso los ojos en blanco.

—Muy bien. El Ministerio dice que es Dios.

—La verdad es que el lord Legislador es solo un pedazo de Dios —advirtió Brisa—. Es la Lasca del Infinito... No es omnisciente ni omnipotente, sino una sección independiente de una conciencia que lo es.

Ham suspiró.

—Creía que no querías implicarte.

—Solo me aseguraba de que todo el mundo comprende los hechos —respondió Brisa.

—Pues bien —dijo Ham—, Dios es el creador de todas las cosas, ¿no? Es la fuerza que dicta las leyes del universo y, por tanto, es la fuente última de la ética. Es moralidad absoluta.

Vin parpadeó.

—¿Ves el dilema? —preguntó Ham.

—Veo a un idiota —murmuró Brisa.

—Estoy confusa. ¿Cuál es el problema?

—Nosotros decimos estar haciendo el bien —contestó Ham—. Pero el lord Legislador, como Dios, define lo que es el bien. Así que, al oponernos a él, somos el mal. Pero, como él está haciendo algo malo, ¿cuenta en este caso el mal como bien?

Vin frunció el ceño.

—¿Bien? —preguntó Ham.

—Creo que me das dolor de cabeza.

—Te lo había advertido —le recordó Brisa.

Ham suspiró.

—Pero ¿no crees que merece la pena pensarlo?

—No estoy segura.

—Yo sí —dijo Brisa.

Ham sacudió la cabeza.

—Aquí a nadie le gusta tener conversaciones decentes e inteligentes.

El rebelde skaa del rincón se volvió de repente.

—¡Ha llegado Kelsier!

Ham alzó una ceja, luego se puso en pie.

—Debería ir a asegurar el perímetro. Piensa en lo que te he dicho, Vin.

—Muy bien... —dijo Vin mientras Ham se marchaba.

—Por aquí, Vin —dijo Brisa, incorporándose—. Hay mirillas en la pared para nosotros. Sé amable y acércame la silla, ¿quieres?

Brisa no miró atrás para ver si ella hacía lo que le pedía. Vin se detuvo, insegura. Con el cobre encendido, él no podía aplacarla, pero... Al final, suspiró y llevó ambas sillas hasta un extremo de la habitación. Brisa corrió una larga portezuela en la pared, revelando una vista del salón.

Varios sucios skaa estaban sentados a las mesas. Vestían casacas marrones o capas harapientas. Eran un grupo sombrío, con la piel manchada de ceniza y aspecto vencido. Sin embargo, su presencia en la reunión significaba que estaban dispuestos a escuchar. Yeden, con su habitual ropa de obrero y el pelo rizado más corto, ocupaba una mesa en la parte delantera.

Vin había esperado una especie de entrada triunfal de Kelsier. En cambio, se limitó a salir en silencio de la cocina. Se detuvo junto a la mesa de Yeden, sonrió mientras conversaba brevemente con el hombre un momento y luego se plantó ante los obreros sentados.

Vin nunca lo había visto con ropa tan mundana. Llevaba una casaca skaa marrón y pantalones pardos, como muchos de los presentes. Sin embargo, el atuendo de Kelsier estaba limpio. El tejido no estaba manchado de hollín y, aunque era tan burdo como el que los skaa usaban normalmente, no tenía parches ni remiendos. La diferencia era bastante notable, decidió Vin: si se hubiera presentado con un traje, habría sido pasarse.

Él se puso los brazos a la espalda y poco a poco los obreros se fueron callando. Vin frunció el ceño mientras miraba y se preguntó por la habilidad que tenía Kelsier para imponer el silencio en una habitación de hombres ansiosos con tan solo plantarse ante ellos. ¿Estaba tal vez usando la alomancia? Sin embargo, incluso con su cobre encendido ella sentía una... presencia por su parte.

Cuando la habitación estuvo silenciosa, Kelsier empezó a hablar.

—Es probable que, a estas alturas, todos hayáis oído hablar de mí —dijo—. Y no estaríais aquí si al menos no sintierais cierta simpatía por mi causa.

Al lado de Vin, Brisa bebió de su copa.

—Aplacar y encender no son como las otras formas de alomancia —murmuró—. Con la mayoría de los metales, empujar o tirar tiene efectos opuestos. Sin embargo, con las emociones, a menudo puedes producir los mismos resultados tanto si aplacas como si enciendes.

»Esto no se cumple con los estados emocionales extremos: la completa falta de emoción o la pasión absoluta. No obstante, en la mayoría de los casos, no importa qué poder uses. Las personas no son como bloques sólidos de metal: en todo momento tendrán una docena de emociones diferentes revolviéndose en su interior. Un aplacador experimentado puede apaciguarlo todo menos la emoción que quiere que sea dominante.

Brisa se volvió.

—Rudd, que entre la criada de azul, por favor.

Uno de los guardias asintió, abrió la puerta una rendija y le susurró algo al hombre que había al otro lado. Un momento después, Vin vio que una criada vestida con un ajado vestido azul empezaba a servir bebidas a los congregados.

—Mis aplacadores están mezclados con la gente —dijo Brisa, con voz distraída—. Las criadas son un aviso que indica a mis hombres qué emociones hay que retirar. Trabajarán como lo hago yo...

Se calló y se concentró mientras miraba a la multitud.

—Fatiga... —susurró—. No es una emoción necesaria ahora mismo. Hambre... distrae. Recelo... decididamente no es útil. Sí, y a medida que los aplacadores actúan los encendedores inflaman las emociones que queremos que la multitud sienta. Curiosidad... eso es lo que necesitan ahora. Sí, escuchad a Kelsier. Habéis oído leyendas e historias. Ved al hombre en persona e impresionaos.

—Sé por qué habéis venido hoy —dijo tranquilamente Kelsier. Hablaba con el descaro que Vin asociaba con él, el tono calmado pero directo—. Doce horas al día en una fábrica, una mina o una fragua. Palizas, falta de paga, poca comida. ¿Y para qué? ¿Para que podáis volver a vuestras casuchas al final del día y encontrar otra tragedia? Un amigo muerto a manos de un capataz descuidado. Una hija convertida en el juguete de algún noble. Un hermano muerto por un lord que tenía un mal día.

—Sí —susurró Brisa—. Bien. Rojo, Rudd. Envía a la chica de rojo claro.

Otra criada entró en el salón.

—Pasión y furia —dijo Brisa, casi en un murmullo—. Pero solo un poquito. Solo un empujón... un recordatorio.

Curiosa, Vin apagó su cobre un momento y quemó bronce tratando de sentir el uso que Brisa hacía de la alomancia. No brotaba nada de él.

Por supuesto, pensó. Me olvidaba del aprendiz de Clubs: me impide sentir ningún pulso alomántico. Volvió a encender su cobre.

Kelsier continuó hablando.

—Amigos míos, no estáis solos en vuestra tragedia. Hay millones como vosotros. Y os necesitan. No he venido a suplicar: ya hemos tenido suficiente de eso en nuestras vidas. Lo único que os pido es que reflexionéis. ¿En qué deberíais invertir vuestras energías? ¿Forjando armas para el lord Legislador? ¿O en algo más valioso?

No menciona a nuestros soldados, pensó Vin. Ni siquiera lo que van a hacer aquellos que se unan a él. No quiere que los obreros conozcan los detalles. Quizá sea buena idea: los que reclute podrán ser enviados al ejército y el resto no podrá revelar ninguna información específica.

—Sabéis por qué estoy aquí —dijo Kelsier—. Conocéis a mi amigo Yeden y lo que representa. Todos los skaa de la ciudad están enterados de la rebelión. Quizás hayáis pensado uniros a ella. La mayoría de vosotros no lo hará..., la mayoría de vosotros volverá a vuestras fábricas manchadas de hollín, a vuestras ardientes fraguas, a vuestros moribundos hogares. Lo haréis porque esta vida terrible os resulta familiar. Pero algunos de vosotros..., algunos de vosotros vendrán conmigo. Y esos hombres serán recordados en los años venideros. Recordados por haber hecho algo grandioso.

Muchos de los obreros se miraron, aunque algunos siguieron con los ojos clavados en sus cuencos de sopa medio vacíos. Finalmente, alguien situado casi al fondo de la sala tomó la palabra.

—Eres un necio —dijo el hombre—. El lord Legislador te matará. No te rebelas contra Dios en su propia ciudad.

La habitación permaneció en silencio. Tensa. Vin se irguió mientras Brisa susurraba para sí.

En la sala, Kelsier no contestó inmediatamente. Finalmente estiró los brazos y se remangó la casaca, mostrando las cicatrices.

—El lord Legislador no es nuestro Dios —dijo tranquilamente—. Y no puede matarme. Lo intentó, pero fracasó. Pues soy lo que él nunca podrá matar.

Dicho esto, Kelsier se dio la vuelta y salió de la habitación por donde había venido.

—Hummm —dijo Brisa—, bueno, ha sido un poco dramático. Rudd, trae a la roja y envía a la marrón.

Una criada vestida de marrón se mezcló con los congregados.

—Diversión —dijo Brisa—. Y, sí, orgullo. Aplacar la furia, por ahora...

La multitud permaneció tranquila un momento, el salón extrañamente inmóvil. Finalmente, Yeden se levantó para hablar y animar un poco más, además de para explicar lo que deberían hacer los hombres si deseaban oír más. Mientras hablaba, los skaa volvieron a su comida.

—Verde, Rudd —dijo Brisa—. Hummm, sí. Hagamos que penséis todos y os daremos un empujoncito de lealtad. No queremos que nadie corra a avisar a los obligadores, ¿no? Kell ha cubierto bien sus huellas, pero cuanto menos oigan las autoridades, mejor, ¿eh? Ah, ¿y qué hay de ti, Yeden? Estás un poco demasiado nervioso. Aplaquemos eso, para borrar tus preocupaciones. Dejemos solo esa pasión tuya... Es de esperar que sea suficiente para contrarrestar el estúpido tono de tu voz.

Vin continuó mirando. Ahora que Kelsier se había ido, le resultaba más fácil concentrarse en las reacciones de la multitud y en el trabajo de Brisa. Mientras Yeden hablaba, los obreros parecieron reaccionar con precisión a las instrucciones que murmuraba Brisa. También en Yeden se notaron los efectos del aplacador: se sintió más cómodo, habló con más aplomo.

Curiosa, Vin dejó caer de nuevo su cobre. Se concentró para ver si podía sentir el toque de Brisa en sus emociones: estaría incluida en sus proyecciones alománticas generales. Él no tenía tiempo para elegir individuos, excepto tal vez a Yeden. Era muy, muy difícil sentirlo. Sin embargo, mientras Brisa murmuraba para sí, ella empezó a notar exactamente las emociones que él describía. No pudo dejar de sentirse impresionada. Las pocas veces que Kelsier había usado la alomancia en sus emociones, su contacto había sido como un repentino puñetazo en la cara. Tenía fuerza, pero muy poca sutileza.

El contacto de Brisa era increíblemente delicado. Aplacaba ciertas emociones, reduciéndolas, mientras dejaba otras intactas. A Vin le pareció notar a sus hombres encendiendo también sus emociones, pero esos contactos no eran tan sutiles como el de Brisa. Dejó apagado su cobre, buscando toques emocionales mientras Yeden continuaba su discurso y explicaba que los hombres que se unieran a ellos tendrían que dejar familia y amigos por un tiempo, hasta un año, pero serían bien alimentados durante ese periodo.

Vin sintió que su respeto por Brisa continuaba aumentando. De repente ya no estaba tan molesta con Kelsier por librarse de ella. Brisa solo podía hacer una cosa, pero obviamente tenía mucha práctica. Kelsier, como nacido de la bruma, había tenido que aprender todas las habilidades alománticas; era lógico que no estuviera tan concentrado en ningún poder concreto.

Tengo que asegurarme de que me envíe a aprender de los otros, pensó Vin. Serán maestros de sus propios poderes.

Vin volvió su atención hacia el comedor mientras Yeden concluía su exhortación.

—Habéis oído a Kelsier, el Superviviente de Hathsin —dijo—. Los rumores sobre él son ciertos: ¡ha renunciado a su oficio de ladrón y dedicado su atención a trabajar para la rebelión skaa! Nos estamos preparando para algo grande. Algo que puede, en efecto, poner fin a nuestra lucha con el imperio. Uníos a nosotros. Uníos a vuestros hermanos. ¡Uníos al Superviviente!

El comedor permaneció en silencio.

—Rojo brillante —dijo Brisa—. Quiero que esos hombres se marchen sintiéndose apasionados por lo que han oído.

—Las emociones se consumirán, ¿no? —preguntó Vin mientras una criada vestida de rojo se acercaba al grupo.

—Sí —contestó Brisa, acomodándose en su asiento y cerrando el panel—. Pero quedan los recuerdos. Si la gente asocia una emoción fuerte con un hecho, lo recuerda mejor.

Unos momentos después, Ham entró por la puerta trasera.

—Ha salido bien. Los hombres se marchan fortalecidos y varios de ellos se quedan rezagados. Tendremos un buen puñado de voluntarios que enviar a las cuevas.

Brisa sacudió la cabeza.

—No es suficiente. Dox necesita unos cuantos días para organizar cada una de estas reuniones y solo conseguimos unos veinte hombres cada vez. A este ritmo, nunca conseguiremos diez mil a tiempo.

—¿Crees que necesitamos más reuniones? —preguntó Ham—. Va a ser difícil... Debemos tener mucho cuidado con estas cosas y por eso solo se invita a aquellos en los que se puede confiar razonablemente.

Brisa permaneció sentado un momento. Finalmente, apuró el resto de su vino.

—No sé... Pero tendremos que pensar en algo. Por ahora, volvamos al taller. Creo que Kelsier quiere celebrar una reunión para evaluar este encuentro de hoy.

Kelsier miraba hacia el oeste. El sol de la tarde, de un rojo letal, brillaba implacable desde un cielo de humo. Kelsier podía ver la silueta recortada de una oscura cima. Tyrian, el más cercano de los Montes de Ceniza.

Se encontraba en lo alto del terrado del taller de Clubs, escuchando a los obreros regresar a casa. Un terrado obligaba a limpiar la ceniza de vez en cuando, por eso la mayoría de los edificios skaa tenía tejado a dos aguas. Pero, en opinión de Kelsier, por la vista merecía la pena el esfuerzo.

En la calle, los obreros skaa caminaban en filas cansadas, levantando a su paso una pequeña nube de ceniza. Kelsier se volvió hacia el norte... hacia los Pozos de Hathsin.

¿Adónde va?, pensó. El atium llega a la ciudad, pero luego desaparece. No está en el Ministerio, los hemos vigilado, y ninguna mano skaa toca el metal. Suponemos que va al Tesoro. Esperamos que así sea, al menos.

Mientras quemaba atium, un nacido de la bruma era virtualmente imparable, y en parte por eso era tan valioso. Pero su plan se centraba en algo más que en riquezas. Sabía cuánto atium se sacaba de los pozos y Dockson había investigado las cantidades que el lord Legislador vendía, a precios exorbitantes, a la nobleza. Apenas un diez por ciento de lo que se extraía acababa en manos de los nobles.

El noventa por ciento del atium producido en el mundo había sido acumulado, año tras año, durante mil años. Con tanto metal, el equipo de Kelsier podría intimidar incluso a las más poderosas de las casas nobles. El plan de Yeden para dominar el palacio podía parecer descabellado a muchos..., de hecho, estaba condenado al fracaso. Sin embargo, Kelsier tenía otros planes...

Contempló la barrita blancuzca que tenía en las manos. El Undécimo metal. Conocía los rumores sobre él: los había propiciado. Ya solo tenía que hacerlos valer.

Suspiró y se volvió hacia el este, hacia Kredik Shaw, el palacio del lord Legislador. «La Colina de las Mil Torres», un nombre adecuado, ya que el palacio imperial parecía una masa de enormes lanzas negras clavadas en el suelo. Algunas de las torres se retorcían, otras eran rectas. Algunas torres eran gruesas, otras finas como agujas. Variaban en altura, pero todas eran elevadas, acabadas en punta.

Kredik Shaw. Ahí era donde todo había terminado tres años antes. Y necesitaba regresar.

La trampilla se abrió y una figura salió al tejado. Kelsier se volvió alzando una ceja mientras Sazed se sacudía la túnica y luego se le acercaba con su característico paso respetuoso. Incluso un terrisano rebelde mantenía las formas.

—Maese Kelsier —dijo, inclinando la cabeza.

Kelsier asintió y Sazed se colocó a su lado para contemplar el palacio imperial.

—Ah —dijo para sí, como si comprendiera los pensamientos de Kelsier.

Kelsier sonrió. Sazed había sido un valioso hallazgo, desde luego. Los guardadores eran un grupo necesariamente secreto, pues el lord Legislador los había cazado prácticamente desde el mismísimo Día de la Ascensión. Algunas leyendas decían que el sometimiento absoluto del pueblo de Terris al Legislador (incluidos los programas de reproducción y adoctrinamiento) no era más que la consecuencia del odio que profesaba a los guardadores.

—Me pregunto qué pensaría si supiera que hay un guardador en Luthadel —dijo Kelsier—, a tan corta distancia del palacio.

—Esperemos que no lo descubra nunca, maese Kelsier.

—Aprecio tu disposición para venir a la ciudad, Sazed. Sé que es un riesgo.

—Es un buen trabajo —dijo Sazed—. Y este plan es peligroso para todos los implicados. De hecho, para mí vivir ya es peligroso. No es conveniente para la salud pertenecer a una secta que el propio lord Legislador teme.

—¿Temor por su parte? —preguntó Kelsier volviéndose para mirar a Sazed. A pesar de su altura por encima de la media, el terrisano seguía sacándole una cabeza—. No estoy seguro de que tema a nada, Sazed.

—Teme a los guardadores. De forma definida e inexplicable. Tal vez sea a causa de nuestros poderes. No somos alománticos, sino... otra cosa. Algo desconocido para él.

Kelsier asintió, volviéndose hacia la ciudad. Tenía tantos planes, tanto trabajo que hacer... y en el meollo de todo estaban los skaa. Los pobres, humildes, derrotados skaa.

—Háblame de otra secta, Sazed —dijo Kelsier—, que tenga poder.

—¿Poder? —preguntó Sazed—. Eso es un término relativo cuando se aplica a la religión, creo. Tal vez te guste oír hablar del jaísmo. Sus seguidores eran bastante fieles y devotos.

—Háblame de ellos.

—El jaísmo fue fundado por un solo hombre. Su verdadero nombre se ha perdido, aunque sus seguidores lo llaman el Ja, a secas. Fue asesinado por un rey local por predicar la discordia (algo en lo que al parecer era muy bueno), pero con eso solo aumentó el número de sus seguidores.

»Los jaístas creían que la felicidad era directamente proporcional a su devoción, y eran conocidos por sus frecuentes y fervientes profesiones de fe. Al parecer, hablar con un jaísta podía ser frustrante, ya que tendían a terminar casi todas sus frases con “alabado sea el Ja”.

—Eso está bien, Sazed —dijo Kelsier—. Pero el poder es algo más que palabras.

—Sí, desde luego —reconoció Sazed—. Los jaístas eran fuertes en su fe. Las leyendas dicen que el Ministerio tuvo que eliminarlos por completo, ya que ninguno aceptó al lord Legislador como Dios. No duraron mucho después de la Ascensión, pero solo porque eran tan descarados que fue fácil perseguirlos y matarlos.

Kelsier asintió y luego sonrió, mirando a Sazed.

—No me has preguntado si quería convertirme.

—Mis disculpas, maese Kelsier, pero esa religión no te conviene, creo. Su grado de exhibicionismo podría resultarte atractivo, pero la doctrina te parecería simplista.

—Estás llegando a conocerme demasiado bien —dijo Kelsier, contemplando la ciudad—. Al final, después de que reinos y ejércitos cayeran, las religiones siguieron luchando, ¿no?

—En efecto. Algunas de las religiones más resistentes duraron hasta bien avanzado el siglo quinto.

—¿Qué las hacía tan fuertes? —preguntó Kelsier—. ¿Cómo lo hicieron, Sazed? ¿Qué daba a esas doctrinas tanto poder sobre la gente?

—No una sola cosa, creo. Algunas debían su fuerza a la fe sincera, otras, a la esperanza que prometían. Otras eran coercitivas.

—Pero todas tenían pasión.

—Sí, maese Kelsier —asintió Sazed—. Es cierto.

—Es lo que hemos perdido —dijo Kelsier, contemplando la ciudad de cientos de miles de habitantes de los cuales apenas un puñado se atrevía a luchar—. No tienen fe en el lord Legislador, tan solo lo temen. No tienen nada más en lo que creer.

—¿En qué crees tú, si puedo preguntarlo, maese Kelsier?

Kelsier alzó una ceja.

—Todavía no estoy seguro del todo —admitió—. Pero derrocar al Imperio Final parece un buen principio. ¿Hay alguna religión en tu lista que incluya la matanza de nobles como deber sagrado?

Sazed frunció el ceño, desaprobando sus palabras.

—No lo creo, maese Kelsier.

—Tal vez debería buscar una —dijo Kelsier con una sonrisita—. Bien, ¿han regresado ya Brisa y Vin?

—Acababan de llegar cuando yo subía.

—Bueno —dijo Kelsier, asintiendo—. Diles que bajo dentro de un momento.

Vin estaba sentada en su sillón tapizado, en la sala de reuniones, con las piernas dobladas, tratando de estudiar a Marsh con el rabillo del ojo.

Se parecía mucho a Kelsier. Era solo... severo. No estaba furioso ni era cascarrabias como Clubs. Pero no era feliz. Estaba sentado en su sillón, con una expresión indescifrable.

Todos los otros habían llegado ya, menos Kelsier, y charlaban tranquilamente entre ellos. Vin vio que Lestibournes la estaba mirando y lo saludó. El jovencito se acercó y se sentó junto a su sillón.

—Marsh —susurró Vin entre el murmullo general de la sala—. ¿Eso es un mote?

—Es más bien en el deseo de sus opás.

Vin hizo una pausa, tratando de descifrar el dialecto oriental del chico.

—¿No es un mote, entonces?

Lestibournes negó con la cabeza.

—Pero en tenía uno y tó.

—¿Cuál era?

—Ojos de Hierro. Los demás en dejaron de usarlo. Demasiao paresío a un hierro en los ojos de verdá, ¿no? Inquisidor.

Vin miró de nuevo a Marsh. Su expresión era dura, sus ojos firmes, casi como si estuvieran hechos de hierro. Entendía por qué la gente había dejado de usar su mote: la simple alusión a un inquisidor de acero la hacía temblar.

—Gracias.

Lestibournes sonrió. Era un muchacho servicial. Extraño, intenso y algo nervioso... pero servicial. Se retiró a su banco cuando Kelsier llegó por fin.

—Muy bien, gente —dijo—. ¿Qué tenemos?

—¿Además de la mala noticia? —preguntó Brisa.

—Oigámosla.

—Han pasado doce semanas y hemos reunido menos de dos mil hombres —anunció Ham—. Incluso sumados a los que ya tiene la rebelión, andamos escasos.

—¿Dox? —inquirió Kelsier—. ¿Podemos celebrar más encuentros?

—A lo mejor —dijo Dockson, desde su asiento detrás de una mesa repleta de libros.

—¿Estás seguro de que quieres correr ese riesgo, Kelsier? —preguntó Yeden. Su actitud había mejorado en las últimas semanas... sobre todo desde que los reclutas de Kelsier habían empezado a aumentar. Como Reen decía siempre, los resultados hacen amigos rápidos—. Ya corremos peligro —continuó Yeden—. Corren rumores por los bajos fondos. Si seguimos causando revuelo, el Ministerio se dará cuenta de que se cuece algo importante.

—Quizá no le falte razón, Kell —dijo Dockson—. Además, hay un número limitado de skaa dispuestos a escuchar. Luthadel es grande, sí, pero nuestro movimiento aquí es limitado.

—Muy bien. Entonces empezaremos a trabajar en otras ciudades de la zona. Brisa, ¿puedes dividir tu equipo en dos grupos efectivos?

—Supongo que sí —dijo Brisa, vacilante.

—Podemos hacer que un equipo trabaje en Luthadel y el otro en las ciudades cercanas. Creo que estaré en condiciones de asistir a todas las reuniones, suponiendo que las organicemos de modo que no se celebren al mismo tiempo.

—Tantas reuniones nos expondrán aún más —dijo Yeden.

—Y eso, por cierto, nos causa otro problema —dijo Ham—. ¿No se suponía que íbamos a trabajar para infiltrarnos en las filas del Ministerio?

—¿Bien? —preguntó Kelsier, volviéndose hacia Marsh.

Marsh negó con la cabeza.

—El Ministerio es hermético... necesito más tiempo.

—No va a poder ser —gruñó Clubs—. La rebelión lo ha intentado ya.

Yeden asintió.

—Hemos intentado colocar espías en los Ministerios Internos una docena de veces. Es imposible.

Todos guardaron silencio.

—Tengo una idea —dijo Vin en voz baja.

Kelsier alzó una ceja.

—Camon estaba preparando un golpe antes de que me reclutarais —dijo ella—. La verdad es que fue el golpe que hizo que los obligadores nos localizaran. El núcleo de ese plan lo organizó otro ladrón, un jefe de bandas llamado Theron. Preparaba un falso convoy por el canal para llevar fondos del Ministerio a Luthadel.

—¿Y? —preguntó Brisa.

—En esos mismos barcos llegaban nuevos acólitos del Ministerio a Luthadel para acabar su adoctrinamiento. Theron tiene un contacto en la ruta, un obligador menor que acepta sobornos. Tal vez podamos conseguir que añada un «acólito» al grupo de su capítulo local.

Kelsier asintió, pensativo.

—Merece la pena echarle un vistazo.

Dockson escribió algo en una hoja de papel con su pluma.

—Me pondré en contacto con Theron y veré si su información es viable todavía.

—¿Cómo van nuestros recursos? —preguntó Kelsier.

Dockson se encogió de hombros.

—Ham encontró dos instructores que habían sido soldados. Las armas, sin embargo... Bueno, Renoux y yo estamos entablando contactos y llegando a acuerdos, pero no podemos movernos muy rápidamente. Por fortuna, cuando lleguen las armas lo harán todas de golpe.

Kelsier asintió.

—¿Eso es todo?

Brisa se aclaró la garganta.

—Yo... he oído un montón de rumores en las calles, Kelsier. La gente está hablando de ese Undécimo metal tuyo.

—Bien.

—¿No te preocupa que el lord Legislador se entere? Si está sobre aviso, será mucho más difícil... combatirlo.

No ha dicho «matarlo», pensó Vin. No creen que Kelsier pueda lograrlo.

Kelsier se limitó a sonreír.

—No te preocupes por el lord Legislador... Tengo las cosas bajo control. De hecho, pretendo hacerle una visita personal en los próximos días.

—¿Una visita? —preguntó Yeden, incómodo—. ¿Vas a visitar al lord Legislador? ¿Estás lo...? —Yeden guardó silencio y miró al resto de los presentes—. Cierto. Lo olvidaba.

—Ya se está enterando —comentó Dockson.

Sonaron pasos en el pasillo y uno de los guardias de Ham entró un momento más tarde. Se acercó al asiento de Ham y susurró un breve mensaje.

Ham frunció el ceño.

—¿Qué? —preguntó Kelsier.

—Un incidente.

—¿Incidente? —preguntó Dockson—. ¿Qué clase de incidente?

—¿Sabéis la guarida donde nos reunimos hace unas cuantas semanas? ¿Donde Kell presentó por primera vez su plan?

El cubil de Camon, pensó Vin, aprensiva.

—Bueno —dijo Ham—, al parecer, el Ministerio la ha encontrado.

Parece que Rashek representa a una facción creciente en la cultura de Terris. Gran número de jóvenes piensa que sus inusitados poderes deberían ser usados para algo más que trabajar en el campo, engendrar hijos y tallar piedras. Son rudos, incluso violentos, muy distintos a los tranquilos y razonables filósofos y hombres santos de Terris que he conocido.

Tendrán que ser vigilados con cuidado, estos terrisanos. Podrían ser muy peligrosos, si se les da ocasión y motivo.

11

Imagen decorativa

Kelsier se detuvo en la puerta, tapándole la vista a Vin. Ella intentó ponerse de puntillas para ver la guarida, pero había demasiada gente en medio. Solo vio que la puerta colgaba torcida, astillada, arrancada del gozne superior.

Kelsier permaneció quieto un instante. Por fin se volvió a mirarlos a ella y a Dockson.

—Ham tiene razón, Vin. Tal vez no quieras ver esto.

Vin se quedó donde estaba, mirándolo con decisión. Finalmente, Kelsier suspiró y entró en la sala. Dockson lo siguió y Vin vio entonces qué habían estado tapándole.

El suelo estaba sembrado de cadáveres cuyos miembros torcidos asomaban entre sombras acechantes a la luz de la solitaria linterna de Dockson. Todavía no estaban putrefactos (el ataque había sido esa misma mañana), pero había un leve olor a muerte en la sala. El hedor de la sangre secándose lentamente, el hedor de la miseria y el terror.

Vin se quedó en la puerta. Había visto la muerte: la había visto a menudo, en las calles. Apuñalamientos en los callejones. Palizas en los cubiles. Niños muertos de hambre. Una vez había visto cómo un lord molesto le rompía de un revés el cuello a una anciana. El cuerpo permaneció tirado en la calle durante tres días antes de que una cuadrilla de skaa lo retirara por fin.

Sin embargo, ninguno de aquellos incidentes tenía el mismo aire de carnicería intencionada que veía en la guarida de Camon. Esos hombres no habían sido asesinados sin más: los habían descuartizado. Los miembros estaban separados de los torsos. Sillas rotas y mesas empalaban los pechos. Solo había unas pocas zonas del suelo que no estuvieran cubiertas de sangre oscura y pegajosa.

Kelsier la miró, esperando algún tipo de reacción. Ella siguió contemplando los muertos, sintiéndose... aturdida. ¿Cuál sería su reacción? Aquellos eran los hombres que la habían maltratado, golpeado, que le habían robado. Y, sin embargo, eran también los hombres que la habían acogido, la habían aceptado, le habían dado de comer cuando podrían haberse limitado a entregarla a los proxenetas.

Reen la habría reprendido por la traicionera tristeza que sintió al ver aquello, lo más probable. Naturalmente, él siempre se enfadaba con ella cuando, de niña, lloraba al abandonar una ciudad u otra porque no quería dejar a la gente a quien se había acostumbrado, no importaba lo cruel o indiferente que fuera. Al parecer, no había superado esa debilidad. Entró en la habitación sin derramar ni una sola lágrima por esos hombres y, al mismo tiempo, deseando que no hubieran tenido ese final.

Además, la masacre en sí era perturbadora. Trató de obligarse a mantener una expresión impasible delante de los demás, pero tuvo que apretar los dientes en ocasiones y apartar la mirada de los cadáveres destrozados. Los autores del ataque habían sido... concienzudos.

Resulta exagerado, incluso para el Ministerio, pensó. ¿Qué clase de persona haría algo así?

—Inquisidores —dijo Dockson en voz baja, arrodillándose junto a un cadáver.

Kelsier asintió. Tras Vin, Sazed entró en la sala, cuidando de no mancharse la túnica de sangre. Vin se volvió hacia el terrisano, dejando que su acción la distrajera de un cadáver particularmente horrible. Kelsier era un nacido de la bruma y Dockson se suponía que era un guerrero capaz. Ham y sus hombres estaban asegurando la zona. Sin embargo, otros (Brisa, Yeden y Clubs) se habían quedado atrás. Kelsier incluso se había opuesto al deseo de Vin de ir allí. Sin embargo, había dejado que Sazed los acompañara sin vacilación aparente. La decisión, sutil como era, hizo que Vin mirara al mayordomo con nueva curiosidad. ¿Por qué era demasiado peligroso para los brumosos pero seguro para un mayordomo terrisano? ¿Era Sazed un guerrero? ¿Cómo había aprendido a luchar? Se suponía que los terrisanos eran criados desde el nacimiento por formadores muy cuidadosos.

El suave paso de Sazed y su rostro tranquilo le ofrecieron pocas dudas. Sin embargo, no parecía escandalizado por la masacre.

Interesante, pensó Vin, abriéndose paso entre los muebles rotos, cuidando de no pisar los charcos de sangre, para llegar al lado de Kelsier. Él se agachó junto a un par de cadáveres. Uno, advirtió Vin en un momento de aturdimiento, era Ulef. El rostro del muchacho estaba desencajado y la parte delantera de su pecho era una masa de huesos rotos y carne desgarrada: como si alguien le hubiera arrancado la caja torácica con las manos. Vin se estremeció y apartó la mirada.

—Hay algo que no encaja —dijo Kelsier en voz baja—. Los inquisidores de acero no suelen molestarse con simples bandas de ladrones. Lo normal habría sido que los obligadores hubiesen venido con los soldados y apresado a todo el mundo, y que luego los hubiesen utilizado para dar un buen escarmiento un día de ejecución. Un inquisidor solo se implicaría si tuviera un interés especial en la banda.

—¿Crees...? —dijo Vin—. ¿Crees que podría ser el mismo de antes?

Kelsier asintió.

—Solo hay unos veinte inquisidores de acero en todo el Imperio Final y la mitad están siempre fuera de Luthadel. Me parece demasiada coincidencia que llamaras la atención de uno, escaparas y luego atacaran tu antigua guarida.

Vin se obligó a mirar el cadáver de Ulef y a enfrentarse a su pena. Él la había traicionado al final, pero durante una época casi fue un amigo.

—¿Entonces el inquisidor sigue todavía mi rastro?

Kelsier asintió y se puso en pie.

—Entonces es culpa mía —dijo Vin—. Ulef y los demás...

—Fue culpa de Camon —respondió Kelsier con firmeza—. Él es quien intentó engañar a un inquisidor. —Hizo una pausa y luego la miró—. ¿Estarás bien?

Vin dejó de mirar el cadáver destrozado de Ulef, tratando de parecer fuerte. Se encogió de hombros.

—Ninguno era amigo mío.

—Eso es un poco frío, Vin.

—Lo sé —asintió ella.

Kelsier la observó un instante y luego cruzó la habitación para hablar con Dockson.

Vin volvió a mirar las heridas de Ulef. Parecían obra de un animal enloquecido, no de un hombre.

El inquisidor debe de haber tenido ayuda, se dijo. Es imposible que una sola persona, aunque sea un inquisidor, haya hecho esto. Había un puñado de cadáveres amontonados junto a la salida de emergencia, pero un rápido recuento le indicó que la mayoría de la banda, si no toda entera, había sido eliminada. Un hombre no podía haberse encargado de todos ellos con suficiente rapidez... ¿O sí?

Hay un montón de cosas que no sabemos de los inquisidores, le había dicho Kelsier. No siguen las reglas normales.

Vin volvió a estremecerse.

Sonaron pasos en las escaleras y Vin se envaró, preparándose para echar a correr.

La figura familiar de Ham apareció en la escalera.

—La zona es segura —dijo, alzando una segunda linterna—. No hay rastro de obligadores ni de hombres de la Guarnición.

—Es su estilo —dijo Kelsier—. Quieren que la masacre sea descubierta... Han dejado los muertos como mensaje.

La habitación quedó en silencio a excepción de los murmullos de Sazed, que estaba de pie al fondo. Vin se le acercó y escuchó la rítmica cadencia de su voz. Al cabo de un rato, dejó de hablar, inclinó la cabeza y cerró los ojos.

—¿Qué era eso? —preguntó Vin cuando volvió a alzar la cabeza.

—Una oración. Un canto fúnebre de los cazzi. Pretende despertar a los espíritus de los muertos y liberarlos de su carne para que puedan regresar a la montaña de las almas. —Sazed la miró—. Puedo enseñarte esa religión, si lo deseas, señora. Los cazzi fueron un pueblo interesante..., muy familiarizado con la muerte.

Vin negó con la cabeza.

—Ahora mismo no. Has dicho su oración... ¿Es esta la religión en la que crees, entonces?

—Creo en todas.

Vin frunció el ceño.

—¿Ninguna se contradice con las demás?

Sazed sonrió.

—Sí, claro, a menudo. Pero yo respeto las verdades que esconden todas... y creo en la necesidad de que cada una de ellas sea recordada.

—Entonces, ¿cómo has decidido la oración de qué religión usar?

—Me ha parecido... apropiada —dijo Sazed tranquilamente, contemplando la escena de muerte.

—Kell —llamó Dockson desde el fondo de la habitación—. Ven a ver esto.

Kelsier se reunió con él y lo mismo hizo Vin. Dockson estaba de pie junto al largo pasillo que servía de dormitorio a la banda. Vin asomó la cabeza, esperando encontrar una escena similar a la de la sala. En cambio, había solo un cadáver atado a una silla. A la débil luz apenas pudo distinguir que le habían sacado los ojos.

Kelsier permaneció en silencio un momento.

—Es el hombre que puse al mando.

—Milev —asintió Vin—. ¿Qué pasa con él?

—Lo han matado lentamente —dijo Kelsier—. Mira la cantidad de sangre en el suelo, la forma en que sus extremidades están retorcidas. Tuvo tiempo de gritar y debatirse.

—Tortura —certificó Dockson.

Vin sintió un escalofrío. Miró a Kelsier.

—¿Debemos cambiar de base? —preguntó Ham.

Kelsier negó lentamente con la cabeza.

—Cuando Clubs vino a esta guarida llevaría disfraz al entrar y al salir, ocultando su cojera. Es su trabajo como ahumador asegurarse de que no se le pueda encontrar con tan solo preguntar en la esquina. Ninguno de los miembros de esta banda podría habernos traicionado..., deberíamos estar a salvo todavía.

Nadie dijo lo que era obvio: El inquisidor no debería haber podido encontrar esa guarida tampoco.

Kelsier volvió a la habitación principal, llevó a Dockson aparte y le habló en voz baja. Vin se acercó, tratando de oír lo que decían, pero Sazed le colocó una mano en el hombro.

—Dama Vin —desaprobó—, si maese Kelsier quisiera que oyéramos lo que está diciendo, ¿no hablaría en voz alta?

Vin dirigió al terrisano una mirada de furia. Luego buscó en su interior y quemó estaño.

El súbito hedor de la sangre casi la ahogó. Pudo oír la respiración de Sazed. La habitación ya no estaba oscura; de hecho, la intensa luz de las dos linternas le lastimó los ojos. Fue consciente del aire rancio y estancado.

Y pudo oír, claramente, la voz de Dockson.

—... fui a comprobarlo un par de veces, como pediste. Lo encontrarás tres calles al oeste de la Encrucijada Cuatropozos.

Kelsier asintió.

—Ham —dijo en voz alta.

Vin dio un respingo. Sazed la miró con severidad.

Sabe algo de alomancia, pensó Vin, leyendo la expresión del hombre. Ha deducido lo que estaba haciendo.

—¿Sí, Kell? —preguntó Ham, asomándose desde la habitación del fondo.

—Lleva a los demás de vuelta al taller. Y tened cuidado.

—Por supuesto —prometió Ham.

Vin miró a Kelsier, luego permitió a regañadientes que Sazed y Dockson se la llevaran de la guarida.

Tendría que haber tomado el carruaje, pensó Kelsier, frustrado por su lento ritmo. Los otros podrían haber vuelto caminando de la guarida de Camon.

Ansiaba quemar acero y ponerse a saltar hacia su destino. Por desgracia, era muy difícil no llamar la atención cuando volabas sobre la ciudad a plena luz del día.

Kelsier se ajustó el sombrero y continuó caminando. Un noble a pie no era extraño, sobre todo en el distrito comercial, donde los skaa más afortunados y los nobles con menos fortuna se mezclaban en las calles... aunque cada grupo hacía lo posible por ignorar al otro.

Paciencia. La velocidad no importa. Si saben de su existencia, ya está muerto.

Kelsier entró en una gran plaza. Había cuatro pozos en sus esquinas y una enorme fuente de cobre (su superficie verde resquebrajada y ennegrecida por el hollín) dominaba el centro de la plaza. La estatua representaba al lord Legislador, de pie, dramáticamente ataviado con capa y armadura, y una figura enorme de la Profundidad muerta en el agua a sus pies.

Kelsier dejó atrás la fuente de aguas sucias por la reciente lluvia de ceniza. A los lados de la calle suplicaban mendigos skaa y sus penosas voces marcaban un fino equilibrio entre lo audible y lo molesto. El lord Legislador apenas los toleraba; solo los skaa severamente desfigurados podían dedicarse a mendigar. Su penosa vida, sin embargo, no era algo que envidiaran ni siquiera los skaa de las plantaciones.

Kelsier les arrojó unas pocas monedas, sin preocuparle que eso le hiciera destacar, y continuó caminando. Cuando rebasó esas calles, encontró un cruce mucho más pequeño. También estaba lleno de mendigos, pero no había ninguna bella fuente en el centro de la intersección ni en las esquinas pozos para atraer el tráfico.

Allí los mendigos eran aún más patéticos: lamentables individuos demasiado maltrechos para luchar por un sitio en una plaza importante. Niños desnutridos y adultos envejecidos llamaban con voces llenas de aprensión; hombres sin uno o dos miembros yacían acurrucados en las esquinas, sus cuerpos manchados de hollín casi invisibles en las sombras.

Kelsier echó mano por instinto a su monedero. Sigue adelante, se dijo. No puedes salvarlos a todos, no con monedas. Ya habrá tiempo para ellos cuando el Imperio Final haya desaparecido.

Ignorando los penosos gritos, que se hicieron más fuertes cuando los mendigos se dieron cuenta de que los estaba mirando, Kelsier estudió sus rostros. Solo había visto a Camon brevemente, pero pensaba que sería capaz de reconocerlo. Sin embargo, ninguno de los rostros parecía el suyo y ningún mendigo era grueso como Camon, que, a pesar de las semanas de hambre, aún tendría que estar gordo.

No está aquí, pensó Kelsier con insatisfacción. La orden que le había dado a Miled, el nuevo jefe de la banda, de convertir a Camon en mendigo, había sido ejecutada. Dockson lo había comprobado.

La ausencia de Camon de la plaza quizá solo significara que había conseguido un sitio mejor. También podía significar que el Ministerio lo había encontrado. Kelsier se detuvo un instante, escuchando los tristes gemidos de los mendigos. Unos cuantos copos de ceniza empezaron a caer del cielo.

Algo iba mal. No había mendigos en la esquina norte de la intersección. Kelsier quemó estaño y olió sangre en el aire.

Se quitó los zapatos y se soltó el cinturón. A continuación, soltó el cierre de su capa y la hermosa prenda cayó al suelo. Una vez hecho eso, el único metal que quedó sobre su cuerpo fue su bolsa de monedas. Tomó unas cuantas y avanzó con cuidado, dejando su ropa a los mendigos.

El olor de la muerte se intensificó, pero no oyó más que la carrera de los mendigos tras él. Se dirigió a la calle norte y advirtió de inmediato un estrecho callejón a su izquierda. Tras tomar aire, avivó peltre y se metió en él.

El fino y oscuro callejón estaba cubierto de basura y ceniza. Nadie le esperaba... Al menos, nadie vivo.

Camon, bandido convertido en mendigo, colgaba de una cuerda atada en lo alto. Su cuerpo giraba lentamente con la brisa y la ceniza caía a su alrededor. No lo habían colgado de la manera convencional: la cuerda estaba atada a un gancho y este hundido en su garganta. El extremo ensangrentado del gancho le salía por debajo de la barbilla. Colgaba con la cabeza echada hacia atrás, con la cuerda saliéndole por la boca. Tenía las manos atadas y su cuerpo aún grueso mostraba signos de tortura.

Mala cosa.

Un pie rozó el empedrado tras él y Kelsier se giró, avivando acero y desparramando un puñado de monedas.

Con un gritito, una figura pequeña se echó al suelo desviando las monedas mientras quemaba acero.

—¿Vin? —dijo Kelsier. Maldijo, tendió la mano y la atrajo hacia el callejón. Se asomó y vio que los mendigos alzaban la cabeza al oír las monedas caer el suelo—. ¿Qué estás haciendo aquí? —exigió saber, dándose la vuelta. Vin llevaba el mismo mono marrón y la camisa gris de antes, aunque al menos había tenido el buen sentido de echarse encima una capa corriente con la capucha puesta.

—Quería ver lo que hacías —dijo ella, retrocediendo levemente ante su furia.

—¡Esto podría haber sido peligroso! ¿En qué estabas pensando?

Vin retrocedió un poco más.

Kelsier se calmó. No puedes echarle la culpa por ser curiosa, pensó mientras unos cuantos mendigos más valientes se colaban en el callejón en busca de las monedas. Es solo...

Kelsier se detuvo. Era tan sutil que casi se le pasó. Vin estaba aplacando sus emociones.

La miró. La chica estaba tratando de hacerse invisible contra la esquina. Parecía muy tímida. Sin embargo, captó un oculto brillo de determinación en sus ojos. Había convertido en un arte la capacidad de parecer inofensiva. ¡Qué sutil!, pensó Kelsier. ¿Cómo habrá llegado a ser tan buena así de rápido?

—No tienes que usar la alomancia, Vin —dijo en voz baja—. No voy a hacerte daño. Lo sabes.

Ella se ruborizó.

—No lo pretendía... Ha sido por costumbre.

—No pasa nada —dijo Kelsier, colocando una mano en su hombro—. Pero recuerda: no importa lo que diga Brisa, no está bien controlar las emociones de tus amigos. Además, los nobles consideran un insulto usar la alomancia en ambientes formales. Esos reflejos te meterán en un lío si no aprendes a controlarlos.

Ella asintió y se puso en pie para estudiar a Camon. Kelsier esperaba que se diera la vuelta, asqueada, pero se quedó allí de pie con una expresión de sombría satisfacción en el rostro.

No, no es nada débil, pensó Kelsier. No importa lo que te haya hecho creer.

—¿Lo han torturado aquí? ¿Al aire libre?

Kelsier asintió, imaginando los gritos reverberar hasta los incómodos mendigos. Al Ministerio le gustaba que sus castigos no pasaran en absoluto desapercibidos.

—¿Por qué el gancho?

—Es una muerte ritual reservada para los pecadores más terribles: gente que hace mal uso de la alomancia.

Vin frunció el ceño.

—¿Camon era alomántico?

Kelsier negó con la cabeza.

—Debió de admitir algo horrible durante su tortura. —Kelsier miró a Vin—. Debía de saber que tú lo eras, Vin. Te utilizó intencionadamente.

Ella palideció un poco.

—Entonces... ¿el Ministerio sabe que soy una nacida de la bruma?

—Tal vez. Depende de si Camon lo sabía o no. Puede que haya supuesto que eras una brumosa.

Ella guardó silencio un instante.

—¿Qué implica esto para mi parte en el trabajo, entonces?

—Continuaremos según lo planeado —dijo Kelsier—. Solo un par de obligadores te vieron en el edificio del Cantón y haría falta alguien muy especial para relacionar a la criada skaa con la noble bien vestida.

—¿Y el inquisidor? —preguntó Vin en voz baja.

Para eso, Kelsier no tenía respuesta.

—Vamos —dijo finalmente—. Ya hemos llamado demasiado la atención.