INTRODUCCIÓN

Novelas que escriben la historia

Entonces en la escala de la tierra he subido

entre la atroz maraña de las selvas perdidas

hasta ti, Macchu Picchu.

Alta ciudad de piedras escalares,

por fin morada del que lo terrestre

no escondió en las dormidas vestiduras.

PABLO NERUDA, Alturas de Macchu Picchu

Mi fascinación por América Latina arrancó con Machu Picchu, o para ser exactos con las imágenes de las películas de Hans Domnick Panamericana: Carretera de ensueño. Vi la primera parte a finales de la década de 1950 y me impresionaron profundamente las suntuosas y enigmáticas ruinas de los aztecas y los mayas en México y Guatemala. La segunda parte siguió en 1962, y al ver las grandiosas imágenes de la ciudadela en ruinas de Machu Picchu, redescubierta en 1911, lo tuve claro: ¡tengo que ir allí!

Cinco años después, en el verano de 1967, pude viajar a Perú gracias a una beca de tres meses. Fue un año decisivo en muchos aspectos para la política y la literatura: en mayo había aparecido la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, la saga mágica de la familia Buendía de Macondo narrada a través de seis generaciones. Este pueblo imaginario refleja la historia de Colombia, y de manera concentrada la del continente. Una propaganda boca a boca sin precedentes hizo del libro un bestseller mundial. En octubre era asesinado en Bolivia el Che Guevara, suceso que generó un clamor de indignación en todo el continente y fue comentado en todo el mundo. En diciembre, el guatemalteco Miguel Ángel Asturias fue el primer novelista de América Latina en obtener el Premio Nobel de Literatura. Los latinoamericanos asistían con una mezcla de orgullo y perplejidad a estos acontecimientos dispares, por todas partes se originaban enérgicos debates sobre cómo superar las miserias políticas y económicas del momento y afrontar un futuro mejor.

Cien años de soledad, que en 1967 había leído trabajosamente con ayuda de un diccionario y entendido sólo a medias, seguía estando muy presente en mi vida, como todo aquel continente desconocido. Tras finalizar mis estudios quería doctorarme al respecto. Entretanto vivía en Barcelona, por aquel entonces la «capital del boom». La principal agente literaria de los nuevos autores latinoamericanos, Carmen Balcells, tenía allí su sede, al igual que la editorial de Carlos Barral, creador del Premio Biblioteca Breve, que en la década de 1960 había sido otorgado a tantos latinoamericanos (y a algunos españoles). La ciudad pasaba por ser la meca del mundo literario latinoamericano: Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, José Donoso, Salvador Garmendia, Sergio Pitol y muchos autores más jóvenes, como Cristina Peri Rossi u Óscar Collazos, vivían allí para probar fortuna y poder publicar. Otros, como Julio Cortázar, Carlos Fuentes o Alfredo Bryce Echenique, eran visitantes asiduos. El periodista Xavi Ayén dedicó en 2014 una investigación de ochocientas páginas al papel de Barcelona en la difusión mundial de la nueva literatura: Aquellos años del boom: García Márquez, Vargas Llosa y el grupo de amigos que lo cambiaron todo.

Lo cierto es que en España no salían de su asombro. Había una admiración unánime por los apasionantes libros que llegaban de América Latina y que brindaban nuevos impulsos a la acartonada vida literaria de la España franquista. Al igual que a mí, ya que el viaje a Perú de 1967 cambió mi existencia de raíz. Leí relatos de Jorge Luis Borges, poemas de César Vallejo y Pablo Neruda, ensayos del intelectual peruano y militante marxista José Carlos Mariátegui, y supe de un montón de novelas maravillosas cuyos autores me eran todos desconocidos. ¿Por qué debía seguir estudiando Filología románica e inglesa, y enfrascarme en labores filológicas, cuando podía descubrir una literatura colosal? Eran obras maestras que me procuraban conciencia política, conocimientos históricos y culturales, curiosidad por el continente y un enorme placer estético. Novelas formalmente innovadoras de Alejo Carpentier, Juan Rulfo, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa o Carlos Fuentes contaban historias nunca antes leídas, que además revelaban a sus compatriotas datos nuevos sobre su historia que a menudo desconocían o que les eran tendenciosamente falseados. «La literatura cuenta la historia que la historia que escriben los historiadores no sabe ni puede contar», leemos en el prólogo a La verdad de las mentiras de Mario Vargas Llosa.

El éxito de las nuevas novelas espoleó la autoestima de los latinoamericanos, ya que estas obras, a las que pronto se endosó la dudosa etiqueta de «realismo mágico», despertaron entre los lectores europeos y americanos un enorme interés y una admiración por los autores, países, culturas y problemas políticos del continente. En mi caso desataron una especie de fiebre del oro y el deseo de explorar ese El Dorado literario.

En el otoño de 1970 fui gracias a otra beca a Colombia, donde pude investigar sobre el terreno para mi tesis sobre García Márquez y visitar los escenarios de Cien años de soledad: la localidad natal del autor Aracataca, las plantaciones bananeras y las ciudades caribeñas de Barranquilla y Cartagena en que había vivido. Conocí la flora y fauna, la historia del país y su situación política. Todo era nuevo. En Bogotá asistí a diversos cursos de literatura y leí estanterías y estanterías de literatura antigua y moderna. Mi fascinación no hacía sino crecer. Jóvenes novelistas y poetas colombianos a los que conocí en la librería Buchholz se encargaron de la necesaria ampliación de mi horizonte político, histórico y literario.

Pronto tuve claro que en la América Latina de aquellos años literatura y política resultaban inseparables: el entusiasmo por la Revolución cubana y la ira por los muchos asesinatos políticos —como el del joven poeta peruano Javier Heraud en 1963, el del teólogo de la liberación colombiano Camilo Torres Restrepo en 1966 y el del admirado Che Guevara en 1967— eran inmensos, eran un tema de conversación continuo. La cuestión principal era la devastadora influencia de Estados Unidos en el desarrollo de América Latina, dado que sus numerosas intervenciones perseguían el fin obvio de proteger y garantizar su hegemonía e intereses económicos. Por eso ayudaban a apuntalar a políticos sumisos, que a menudo eran sus marionetas. Se debatía con pasión la necesidad de cambios revolucionarios, ya que unas hipotéticas reformas radicales mediante procesos democráticos para vivir por fin en libertad y con autonomía parecían fuera del alcance. Diversos movimientos guerrilleros luchaban ya por materializar esas ilusiones desde comienzos de los años sesenta en Perú, Bolivia y Colombia, y desde los años setenta también en Argentina y Uruguay. Las monstruosas desigualdades sociales, las dictaduras apoyadas por Estados Unidos, las precarias condiciones de unas democracias sumamente lábiles, a menudo de grotesca ineficacia, y la falta de perspectivas hacían de estudiantes y escritores rebeldes comprometidos de izquierdas. Los segundos habían mostrado que América Latina estaba a la altura de los tiempos y que no era «subdesarrollada»; ahora sus ciudadanos exigían también a la política y la economía el salto a la modernidad, querían condiciones democráticas, un Estado de derecho fiable, el fin de la aguda desigualdad social, una educación digna de tal nombre y un modesto bienestar para todos.

Casi todo lo que veía y experimentaba me parecía una «realidad maravillosa». Debo aún más impresiones imborrables de esos años a los viajes a México y Guatemala, a Bolivia, Chile, Argentina y Brasil. Desde entonces, América Latina, esa región emocionante e inspiradora que para mí es un arca del tesoro llena de secretos, no ha dejado de cautivarme. Cincuenta años después sigo volcada en su literatura, cultura, política e historia; América Latina ha enriquecido y marcado mi vida, y he tratado de explorar esta parte del continente con curiosidad y con pasión. A ello me han ayudado viajes a casi todos sus países y un sinnúmero de libros portentosos.

Tuve además la suerte de contactar casi por azar con Siegfried Unseld, el dueño de la editorial Suhrkamp. Él andaba buscando recomendaciones fiables de novelas destacadas del subcontinente. Nació así una colaboración inolvidable que arrancó en 1974. Yo seguía viviendo en Barcelona y al mismo tiempo acabé mi tesis doctoral sobre García Márquez y la nueva novela latinoamericana, pero pronto descubrí que el trabajo editorial me fascinaba muchísimo más que ninguno otro, como el que había previsto antes en una universidad. Durante cuarenta años pude interceder de manera profesional por un mejor conocimiento de la literatura latinoamericana en Alemania —y lo hice con una gran pasión—. Este empeño me otorgó unas mejores y más hermosas claves para entender muy a fondo la región. Conocí a líderes políticos y literarios del continente, trabajé con un gran número de autores y aprendí de ellos. Esas conversaciones y encuentros, sus sugerencias y explicaciones guiaron mi camino: una ayuda inestimable, ya que a fin de cuentas yo era una autodidacta en lo referido a América Latina.

UNA HERENCIA DE TREINTA SIGLOS

América Latina está íntimamente ligada a Europa, mediante las culturas entrelazadas, la historia y las lenguas de los conquistadores, mediante ilusiones y mitos que los primeros descubridores y viajeros trajeron del Viejo Mundo al Nuevo Mundo: El Dorado, la fuente de la juventud, el paraíso en la tierra. Desde hace ya más de cinco siglos hay un diálogo entre Europa y América Latina: a veces manifestó un apego mayor, a veces predominaron las esperanzas defraudadas y los intereses contradictorios y a veces se guardó silencio.

Cómo se llevó a cabo este diálogo y cómo se lleva, qué conocimientos serían deseables para que discurra al fin de igual a igual, es el tema del presente libro. Ha sido una aventura intelectual apasionante, y para ella me he basado exclusivamente en textos literarios de latinoamericanos, en ensayos, poemas y, sobre todo, en novelas que han escrito la historia y cuyo eco ha hecho historia. Espero ofrecer así un recorrido a lo largo de cinco siglos muy diversos, que mediante las voces de los autores brinde mejores conocimientos y refleje su visión del continente. Es la condición necesaria para entenderlo mejor, pues sólo así cabe reconocer la perspectiva eurocéntrica o estadounidense y quizá también logremos «descolonizar» la propia mirada y empatizar con el otro.

Los intelectuales latinoamericanos disponen de un amplio conocimiento de las culturas europeas, pero por desgracia no sucede así a la inversa, donde en lugar de hechos existen demasiadas informaciones falsas y estereotipos. Es justo lo que nos reprochan los autores. Octavio Paz consignaba lacónico que, como poeta latinoamericano en el París de los años cincuenta, él era más cosmopolita que sus colegas franceses. Carpentier se quejaba de que a los lectores europeos no les suene de nada el ceiba, el árbol sagrado que caracteriza el paisaje del Caribe, mientras que a los latinoamericanos les resulta familiar el abeto cubierto de nieve de los románticos. En «Problemática de la actual novela latinoamericana» requería: «Nuestra ceiba, nuestros árboles, vestidos o no de flores, se tienen que hacer universales». Y en su famoso texto «De lo real maravilloso americano» prólogo a su novela El reino de este mundo, de 1949, apuntaba: «Arrastra el latinoamericano una herencia de treinta siglos».

Treinta siglos de los que nos han quedado grandiosos recintos sagrados de los aztecas, mayas e incas, o la espectacular ciudad fortaleza de Machu Picchu, que en 1911 fue oficialmente redescubierta con un gran eco de prensa por una expedición de la Universidad de Yale bajo la dirección de Hiram Bingham. Pablo Neruda recogió su visita a las ruinas del año 1946, que según nos dice lo conmocionó, en «Alturas de Macchu Picchu», la segunda parte de su Canto general. Ese mismo año se halló Bonampak, la ciudad en ruinas de los mayas con sus grandiosos murales, mientras que la «asombrosa Mitla» (en palabras de Carpentier, que titula así un artículo), con su ornamentación mural abstracta zapoteca, ya era conocida desde antiguo. Los trabajos en Monte Albán, Teotihuacán, Uxmal y muchos otros recintos sagrados prosiguen y brindan una y otra vez nuevas conclusiones sobre las altas culturas precolombinas.

Nuevas excavaciones en el centro de Ciudad de México en los años setenta arrojaron hallazgos tan ricos que pudo completarse con ellas, en 1987, un nuevo museo azteca, el Templo Mayor. Como una de sus mayores joyas se exhibe el monolito de Coyolxauhqui, redescubierto en 1978, que representa la lucha del dios del sol Huitzilopochtli contra los poderes de las tinieblas. Su pareja, el calendario azteca, ya conocido desde hacía tiempo, fue homenajeada por Octavio Paz en su poema de 584 versos «Piedra de Sol». Este disco de basalto de casi veinticinco toneladas de peso ilustra la cosmogonía mexicana y su culto al sol y muestra tanto la exactitud como la complejidad del calendario. Puede contemplarse en el Museo Nacional de Antropología en el bosque de Chapultepec: «escritura de fuego sobre el jade, [...] / escritura del mar sobre el basalto, / escritura del viento en el desierto, / testamento del sol».

En 2018 National Geographic publicó las conclusiones a las que se había llegado, mediante la utilización de las más modernas técnicas, sobre el Tikal guatemalteco: decenas de miles de edificios permanecen aún ocultos bajo la jungla, con lo que la ciudad maya autónoma conocida hasta la fecha habría sido considerablemente más grande. Hasta ahora se calculaba que la población maya oscilaba entre uno y dos millones de personas, pero en la actualidad los investigadores señalan que hubo unos veinte millones, lo que equivale, aproximadamente, a la mitad de la población europea en el siglo del Descubrimiento en un territorio de la extensión de Italia.

Se estima que en 1492 vivían en el continente cincuenta millones de personas, sobre todo en México, América Central y la región andina. Entretanto crece la sospecha de que también la cuenca del Amazonas estaba habitada, de que también allí se habían formado ciudades —algo que ya sugirieron muy pronto algunos cronistas y que nadie quiso creer—. Posiblemente dentro de muy poco haya que corregir las cifras de población barajadas hasta el momento.

Para 1550, las enfermedades importadas, como la viruela, el sarampión y el tifus, las campañas de exterminio y el hambre, así como la brutal represión y la esclavitud, habían diezmado drásticamente a los nativos. Entre 1492 y 1650, esta población se redujo en, aproximadamente, un 90 por ciento, según las estimaciones más recientes. Al parecer, en 1650 sólo quedaban unos cuatro millones. Los caribes habían sido exterminados casi por completo, y el cacique Hatuey, un caudillo de los taínos cubanos condenado a morir en la hoguera por su resistencia frente a los españoles, explicó a sus verdugos que rechazaba a su dios porque simbolizaba la búsqueda obsesiva de oro, de ahí que sus adeptos practicaran el crimen y el asesinato. Por eso se negaba asimismo a ser bautizado, ya que en ningún caso quería compartir un cielo con aquellos blancos atroces. La temprana y manifiesta falta de mano de obra nativa hizo que los nuevos amos importaran durante los dos siglos siguientes unos nueve millones de esclavos de África.

De la mezcla paulatina de indios, blancos y negros, así como de sus respectivas culturas, surgió en los siglos pasados un continente mestizo: ahí reside su singularidad. Hoy se estudia mucho más la herencia nativa y la negra, la segunda se encuentra sobre todo en las religiones y las costumbres importadas y en la música; la primera, por su parte, nos sorprende de continuo con nuevos hallazgos arqueológicos. A ello hay que añadir las investigaciones de filólogos, historiadores, antropólogos y lingüistas que, durante la segunda mitad del siglo XX, han logrado avances pioneros en el estudio de los textos literarios y mitos en las lenguas náhuatl, quiché, aymara y quechua. El Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas, fascinó al París literario de la época, sobre todo su mito de la creación. Paul Valéry redactó un prólogo entusiasta a las Leyendas de Guatemala publicadas en 1930 por Miguel Ángel Asturias, basadas en tradiciones mayas: «En cuanto a las leyendas me han dejado traspuesto. Nada me ha parecido más extraño [...] que estas historias-sueños-poemas [...]. ¡Qué mezcla esta mezcla de naturaleza tórrida, de botánica confusa, de magia indígena [...]. Mi lectura fue [...] el agente de un sueño tropical, vivido no sin singular delicia».

Los poemas en náhuatl, que en la época de la conquista de México gozaban de gran difusión, impresionan por sus imágenes inusuales y por sus originales metáforas florales y sobre la naturaleza. Ya Hernán Cortés y Bernal Díaz del Castillo, simple soldado y el principal cronista de la Conquista, aluden al gusto de Moctezuma por esos poemas y también a la existencia de muchos códices que les parecían «libros plegados como pañales». Se conservaban en los templos. Al historiador y antropólogo mexicano Miguel León-Portilla le debemos extraordinarias compilaciones y hermosas traducciones de los textos mexicanos antiguos, que reunió con gran esfuerzo en una labor de décadas, ya que los españoles habían destruido el grueso de testimonios prehispánicos por considerarlos obra del diablo y alimentaron hogueras enteras con los viejos textos. León-Portilla dividió los textos en poesía o prosa, los primeros abarcan himnos sagrados, cantos sobre las flores, la primavera, el duelo, reflexiones íntimas sobre la vida, la muerte y el más allá; los segundos dan cuenta de la propia historia y conservan conocimientos, tradiciones y los discursos de los ancianos o los sabios. Las investigaciones se intensificaron en la década de 1960, ya que antes faltaron la curiosidad y el saber, y en cambio predominaron la ignorancia y el desprecio por todo lo nativo, que se consideraba inferior. Octavio Paz confesaba que cuando era un joven autor apenas tuvo acceso a la rica poesía mexicana antigua que más tarde le fascinaría y que incorporaría a su obra. Entretanto se ha revalorizado todo lo prehispano, que se enseña y admira en el mundo entero, y la gente está orgullosa de ello, en particular en México y en Perú.

La colaboración entre arqueólogos, antropólogos, historiadores de la América precolombina, filósofos y lingüistas seguramente nos procurará durante las próximas décadas nuevos hallazgos y descubrimientos sorprendentes, que sacarán a la luz antiguos tesoros y joyas literarias. Aún no se han descifrado todos los jeroglíficos y pictogramas de las estelas mayas, ni se han resuelto todos los quipus («nudos») incas. La historia y las culturas de los primeros «treinta siglos» de América Latina siguen siendo un secreto en gran medida fascinante.

«ANTES DE SER, AMÉRICA YA SABÍA CÓMO IBA A SER»

La historia del continente tal y como lo percibimos hoy comenzó el 12 de octubre de 1492, cuando el Viejo Mundo «descubrió» el Nuevo. Colón y los primeros conquistadores aportaron «historias verdaderas», a menudo sumamente fantasiosas, en las que trataban de plasmar la variedad de lo nuevo desconocido que los abrumaba. Una y otra vez lamentaban su incapacidad de reflejar de modo convincente toda aquella maravilla para los que la desconocían en España. Muchos «informes» fueron modificados después, como el Diario de a bordo de Colón, e incluso algunos informes detallados de frailes que habían acompañado a los conquistadores que, en numerosos casos, eran analfabetos (como, por ejemplo, Francisco Pizarro).

Algunas de las más célebres relaciones provienen de autores que jamás habían puesto un pie en América y sólo podían basarse en los relatos de los viajeros y en los pocos textos conocidos, como las cartas de Hernán Cortés al emperador Carlos V. El ejemplo más famoso es la amplia crónica de Francisco López de Gómara, el capellán privado de Cortés, que describe plásticamente la conquista de México. La extraordinaria relación de Bernal Díaz del Castillo, uno de los quinientos diecisiete simples soldados que acompañaron a Cortés en su camino a México-Tenochtitlán, corrigió la imagen autocomplaciente del orgulloso conquistador: a fin de cuentas Cortés no había conquistado México él solo, como pretendía, sino que fue una hazaña conjunta de todos los soldados. La brillante y fascinante Historia verdadera de Díaz del Castillo, eso sí, aparecería sólo con seis décadas de retraso. Otras los impresionantes Comentarios reales del Inca Garcilaso de la Vega, conturbaron a los inquisidores españoles, pues el autor ensalzaba los logros del Imperio inca —conocía ese mundo de primera mano—. Carpentier dice que plasmaba el esplendor pasado del Imperio inca con una conmovedora melancolía. Su paisano Guamán Poma de Ayala, en cambio, nunca recibió respuesta a su larga queja a Felipe III, ya que este texto estuvo desaparecido hasta 1908. Fue hallado en la Biblioteca de Copenhague y publicado al fin en 1936. Fray Bernardino de Sahagún trabajó durante sesenta años con indios mexicanos y redactó con ayuda de sus informaciones una enciclopedia ilustrada del mundo azteca en náhuatl y español: apareció por primera vez en 1827 en México, cuando el país, recién independizado, comenzó a interesarse por su propia historia.

Bartolomé de las Casas, el primer obispo de Chiapas, consignó los devastadores abusos y horrores de la Conquista en su Brevísima relación de la destruición de las Indias. El Consejo de Indias español, encargado de proteger a la población nativa, se dio cuenta de lo explosivo que era este escrito e impuso penas draconianas a su difusión, pero no pudo impedir que se tradujera a varias lenguas europeas: el texto se convirtió en la fuente principal de la «leyenda negra» con la que las potencias rivales acusaban a la «atrasada» España de haber realizado las conquistas de forma brutal. Las Casas se batió incansablemente con la Corona española para mejorar la situación de los nativos, a los que desde luego atribuía un alma, mientras que sus oponentes, en particular el humanista Juan Ginés de Sepúlveda, se la negaban. Su empeño condujo a la promulgación de las Leyes Nuevas, destinadas a proteger mejor a los nativos de la servidumbre obligatoria en encomiendas: las asignaciones gratuitas a colonos españoles de inmensas tierras con trabajadores carentes de derechos. Pero las leyes apenas se acataron en la incontrolable vastedad del Nuevo Mundo. Su principal obra, la Historia de las Indias, en varios tomos, en la que Bartolomé de las Casas trabajó treinta y siete años hasta su muerte, no se publicó hasta 1875.

Son únicamente unos pocos ejemplos de la aleatoria recepción de crónicas e «informes verdaderos» importantes, que, con escasas excepciones, fueron escritos por españoles. Los relatos fragmentarios, fantasiosos, a menudo edulcorados, así como su aparición tardía, no permitieron un conocimiento neutral de las altas culturas prehispánicas, de las que la Iglesia siempre receló porque consideraba heréticas sus prácticas religiosas. Los logros se omitían, como, por ejemplo, el hecho de que el Imperio inca no conocía el hambre entre sus súbditos —un logro que desde entonces no ha vuelto a repetirse—. Crónicas de viajes posteriores y estudios científicos de expedicionarios (en general foráneos) mejoraron el nivel de conocimiento sobre geografía, flora y fauna, mientras que las creencias religiosas de los antepasados y descendientes de nativas en México, Guatemala o Perú siguieron siendo desconocidas o eran negadas. La historia aventurera y aventurada del descubrimiento y la conquista del continente es entretanto vista con ojos más críticos: «El continente americano aún no había sido enteramente descubierto y ya había sido bautizado. El nombre que nos dieron nos condenó a ser un mundo nuevo. Tierra de elección del futuro: antes de ser, América ya sabía cómo iba a ser». (Octavio Paz en «Literatura de fundación».)

Durante los trescientos años del período colonial se «olvidó» de forma deliberada la herencia nativa y sus vestigios en la vida cotidiana eran brutalmente reprimidos. Y, sin embargo, se conservó mucho. Los indios parecían asumir con docilidad la nueva religión, pero sólo cambiaban de traje: así, por ejemplo, en México se venera a la santa Muerte. Oficialmente no es una santa y ningún obispo la consagra, pero sigue estando presente como desde hace miles de años. A los virreyes españoles, al clero, a los funcionarios y a los criollos que empezaban a despuntar no les interesaba más que su desmesurada riqueza, ansiaban el oro y la plata «como puercos». Los nativos debían deslomarse por ellos o, de lo contrario, no eran tenidos en cuenta. Simplemente se negaba su existencia; la palabra que se utilizaba era «ningunear».

Durante los primeros veinte años del siglo XIX se desencadenaron largas luchas por la independencia, que lideraron Simón Bolívar, José de San Martín y otros libertadores inspirados por la Revolución francesa y la Declaración de los Derechos del Hombre. Tras la separación de España, se sucedieron anárquicas guerras civiles e infinitas luchas de «diádocos», de ahí que se hable de un «siglo de los caudillos», la base de innumerables dictaduras. Las jóvenes repúblicas asumieron las estructuras coloniales establecidas, con frecuencia limitándose a tachar la palabra «colonial», pero sin ninguna visión o plan de una sociedad más justa. Continuas turbulencias políticas, una justicia débil, sociedades divididas con unos pocos ricos y un asfixiante número de pobres, la falta de estructuras económicas..., el vacío de poder resultante fue aprovechado por las potencias europeas rivales, Gran Bretaña y Francia, que se aseguraron las materias primas y las tierras clave. Estados Unidos, sobre todo, penetró con toda su fuerza en el continente y proclamó en 1823 la doctrina Monroe («América para los americanos»), con la que se atribuía un derecho preferencial en el conjunto del continente. Aprovechando su fuerza económica, impuso de forma incontestable sus intereses, sobre todo tras el final de su guerra civil. Se inició así un nuevo dominio extranjero, el imperialismo de Estados Unidos, que a lo largo de casi dos siglos determinó la vida política y económica de numerosos países sudamericanos hasta el punto de hacer de América Central su «patio trasero». Estados Unidos intervenía sin consideración por todas partes, y estas prácticas no han sido superadas del todo a día de hoy: el coloso del norte sigue siendo un factor de poder tan tremendo como insoslayable.

La herencia de la época colonial fue devastadora en casi todos los ámbitos, y en lo económico aplastó a las jóvenes democracias, fuertemente endeudadas. Además, los colonizadores habían mantenido deliberadamente a sus súbditos en la ignorancia. Leer y escribir era un privilegio de la clase alta, por lo general española. Los criollos obtuvieron sólo de modo gradual el acceso a la educación. La importación de novelas estaba estrictamente prohibida, la omnipresente Iglesia y la todopoderosa Inquisición perseguían cualquier forma de pensamiento libre: se daban cuenta del potencial explosivo de los libros. Había pocos intelectuales «americanos», y el desarrollo de una literatura propia fue trabajoso: la primera novela genuinamente americana, El periquillo Sarniento, de José Joaquín Fernández de Lizardi, apareció sólo en 1816 en México. Como recuerda Octavio Paz en «Alrededores de la literatura hispanoamericana»: «la literatura latinoamericana es una recién llegada. Es la más joven de las literaturas occidentales. [...] En el siglo XIX surgieron dos grandes literaturas: la rusa y la norteamericana. En el siglo XX brotó la latinoamericana, en sus dos grandes ramas: la brasileña y la hispanoamericana».

La tesis de Paz es que esta literatura nueva, de apenas cien años, forma parte del canon occidental. Los ancestros literarios se llaman Cervantes y Camões, se escribe en español y portugués, aunque ambas lenguas no han dejado de evolucionar y de distinguirse, tanto fonética como léxicamente, a uno y otro lado del Atlántico. En Latinoamérica se han enriquecido también gracias a la inclusión de numerosos indigenismos. En las Antillas se habla español, francés, inglés, neerlandés y criollo. México y Guatemala, Perú o Bolivia han resaltado en los últimos años, y con tendencia creciente, la riqueza de las propias lenguas. Los latinoamericanos están orgullosos de su mestizaje, que el ministro de Educación y escritor mexicano José Vasconcelos ensalzó en 1929 como «raza cósmica». El continente entero es mestizo, y sólo «pocas culturas del mundo poseen una riqueza y continuidad comparables», dice Carlos Fuentes en El espejo enterrado. «Esa tradición que se extiende de las piedras de Chichén Itzá y Machu Picchu a las modernas influencias indígenas en la pintura y la arquitectura. Del barroco de la era colonial a la literatura contemporánea de Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez. Y de la múltiple presencia europea en el hemisferio [...] a la singular y sufriente presencia negra africana.» América Latina es un continente autónomo, no sólo el Nuevo Mundo. Y, sin embargo, la profunda convicción de la mayoría de sus habitantes es que, por su cultura, literatura e historia compartidas, son parte de Europa.

«LA UNIDAD DE LA DESUNIDA HISPANOAMÉRICA ESTÁ EN SU LITERATURA»

La literatura contemporánea de América Latina, tan innovadora, fue conociéndose a nivel mundial en la década de 1960: llegó primero a España, donde fue ampliamente celebrada, luego a París, capital secreta y destino de los anhelos del subcontinente, siguieron Italia, Estados Unidos y Reino Unido, y recaló con considerable retraso en Alemania. Entusiasmó a todo el mundo, como demuestran las cifras de venta de hasta seis y siete dígitos, e hizo de los latinoamericanos unos lectores apasionados. Los éxitos internacionales de las nuevas novelas, bautizadas como el boom, que todos los años daban a conocer sin falta nuevas y sorprendentes obras maestras, a los que hay que sumar el triunfo simultáneo de la Revolución cubana, cuyas impactantes medidas iniciales atrajeron el interés mediático hacia la situación política, situaron el continente en el primer plano de la atención internacional.

De pronto América Latina estaba en el foco, y los autores no tardaron en reaccionar ante esa situación desconocida. Con escasas excepciones, recalcaron su responsabilidad política al tiempo que remitían a sus obligaciones literarias. Las segundas son fáciles de precisar: escribir bien. La primera condujo a fogosos debates, polémicas virulentas y posturas inconciliables. Muchos novelistas produjeron textos teóricos, con frecuencia polémicos, sobre «Literatura y conciencia política en América Latina» (Alejo Carpentier) o «Acerca de la situación del intelectual latinoamericano» (Julio Cortázar). Por todas partes estallaban conflictos, el continente no ofrecía una imagen unitaria, y Octavio Paz, desde su infatigable compromiso político, sentenciaba en «Alrededores de la literatura hispanoamericana»: «La unidad de la desunida Hispanoamérica está en su literatura».

Sobre los escritores recaía así una gran responsabilidad: debían retomar el sueño de un continente unido de Simón Bolívar, el Libertador, y del resistente intelectual cubano José Martí y proseguir la lucha por más justicia y nuevos retos contra el imperialismo, la corrupción, los abusos tradicionales. Es lo que esperaban de ellos los latinoamericanos, y sus preguntas y demandas eran cada vez más contundentes: ¿por qué tenemos tantos políticos corruptos, economistas incapaces, camarillas tradicionales e injusticias sociales que claman al cielo, si nuestros autores ya han saltado con holgura del Tercer Mundo al Primero? ¿Por qué no pueden nuestras sociedades hacer algo parecido?

¿Cómo han afrontado y afrontan los autores su historia y sus (auto)obligaciones literarias y políticas? Es lo que trato de explorar, y para ello recurro exclusivamente a textos literarios de los últimos cien años, desde que hay una literatura latinoamericana tal como la definía Octavio Paz. Recurro muy en particular a las novelas, apasionantes e inspiradoras, que forman parte directa o indirecta del boom o que le siguieron. Sin duda, es imposible plasmar cinco (y no digamos treinta) siglos en este trabajo, mucho hubo de ser fuertemente resumido y otros aspectos tuvieron que quedar fuera. Me he limitado a abrir dieciséis sendas, que van desde el Descubridor Colón hasta la actual problemática de la droga en el continente. Aportan una primera impresión, pero cada capítulo podría extenderse a un libro entero.

Sorprende una y otra vez ver con qué intensidad los escritores se han enfrentado al pasado en la segunda mitad del siglo XX, lo concienzudamente que han investigado para aportar nuevas interpretaciones de hechos o personalidades históricas; en resumen, cómo narran de forma crítica su «historia». Brindan un testimonio necesario que no se encuentra en muchos libros de texto. Sin embargo, siguen quedando espacios en blanco en ese mapa literario, quizá porque los autores no encontraron suficiente material para algún tema o porque algunas figuras les resultaban demasiado desvaídas, y, en ocasiones, quizá también porque reprimieron consciente o inconscientemente un acontecimiento: no he encontrado ninguna novela mexicana canónica sobre Hernán Cortés, tan sólo voluminosas biografías. Ninguna calle o plaza de la capital lleva su nombre, nadie quiso erigirle un monumento.

Naturalmente, los autores han tratado todos los temas imaginables, pero llama la atención la abundancia de obras históricas —y no se trata aquí del género habitual de la «novela histórica», sino de algo nuevo—, de ahí que me haya centrado en esos textos, y es que, en palabras de Sergio Ramírez, «en América Latina, la historia es el sustrato de la literatura». Carlos Fuentes, por su parte, sostenía que el arte saca a la luz la verdad de las mentiras de la historia. Y, para García Márquez, «toda gran literatura tiene que fundarse sobre una realidad concreta», tal como lo formulaba en La novela en América latina. Diálogo.

Muchos novelistas se han ocupado en particular de los omnipresentes dictadores, ese mal endémico e inextirpable. Según García Márquez, constituyen «el gran monstruo mitológico de nuestra historia», la aportación del continente al repertorio de la literatura universal. La apabullante naturaleza, la búsqueda de identidad o las revoluciones en México y Cuba ocupan un gran espacio en la obra de los autores. Desde la década de los ochenta, también las mujeres contribuyen por fin de manera insoslayable al tratamiento de su historia, después de que Isabel Allende alcanzara un éxito mundial con La casa de los espíritus. Antes, con escasas excepciones, eran más bien mirlos blancos en medio de unas sociedades machistas, y básicamente se las condenaba al gueto de los géneros «menores». Entretanto suponen una competencia seria, ya que sobre todo a las lectoras les encantan sus novelas. Hoy la escena literaria se presenta viva, plural y moderna, y las grandes novelas han entrado en el canon de la literatura (mundial) contemporánea: con Macondo, la literatura del continente se ha globalizado.

La singularidad latinoamericana puede hallarse inalterada en muchos textos de escritores y escritoras jóvenes: como sus colegas mayores (los clásicos de hoy), muestran un compromiso político y humanista, un sentimiento de especial responsabilidad hacia su propio país, cuando por ejemplo hablan de la droga, la plaga bíblica actual, cuyos devastadores efectos son una tremenda amenaza para las democracias, ya de por sí débiles, del continente y tienen un enorme impacto desintegrador sobre el conjunto de la sociedad: gobiernos impotentes, funcionarios y particulares corruptos, cárteles más poderosos que cualquier Estado, embrutecimiento y atropellos. En muchos países, como Honduras o El Salvador, generaciones enteras carecen de cualquier perspectiva para alcanzar una vida mejor y solamente tienen una esperanza: la emigración.

LA LITERATURA NOS FAMILIARIZA CON EL PENSAR Y EL SENTIR DE AMÉRICA LATINA

En las últimas décadas, pese a todos sus problemas económicos y políticos, los latinoamericanos han desarrollado una nueva autoestima frente a Europa, y todavía más frente a la arrogancia, actualmente acrecentada, de Estados Unidos. Así que las condiciones para un intercambio de ideas han cambiado. Durante mucho tiempo, Latinoamérica se preocupó por reforzar e intensificar las relaciones intelectuales, económicas y políticas. En vano, pues Europa no mostró ningún interés. En «La soledad de América Latina», su discurso de aceptación del Premio Nobel de 1982, García Márquez apelaba a una utopía contraria a la evolución de la humanidad hacia su fin, entretanto una «simple posibilidad científica», y dijo que aún no es demasiado tarde. «Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad.»

Estoy convencida de que la literatura sudamericana nos familiariza con el pensar y el sentir, con la cultura y la historia del continente, es un instrumento privilegiado para el entendimiento. Con un mejor conocimiento mutuo, los representantes del Viejo y del Nuevo Mundo, a uno y otro lado del Atlántico, pueden emprender más fácilmente un diálogo enriquecedor para ambas partes, «donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra», según García Márquez en «La soledad de América Latina». Latinoamérica y Europa en un intercambio de ideas y con un estrecho contacto en todos los ámbitos: un desiderátum y una necesidad en nuestras sociedades globalizadas.

En los últimos años, desde el año 2000 más o menos, en Europa está disminuyendo el interés por el continente, la curiosidad por leer a jóvenes autores latinoamericanos que han crecido bajo circunstancias tan distintas a las de sus famosos antecesores. Narran historias nuevas y refieren su situación actual en estilos duros y también estéticamente modernos. La violencia es, desde hace tiempo, omnipresente y lo domina todo. Según Carlos Fuentes, es el pasaporte más reconocible y universal del siglo XX (y de momento también del XXI) y «dejó de ser una característica deplorable de pueblos retrasados, y naturalmente, morenos. Los hijos de Beethoven, Jefferson y Montaigne la han practicado con el más alto grado de perfección técnica». Eso escribe el autor en Valiente mundo nuevo. De modo que estamos en el mismo barco.

América Latina se encomienda a la potencia de su cultura y a la riqueza de su literatura. Carlos Fuentes constata en el ensayo El espejo enterrado: «Quinientos años después de Colón, los pueblos que hablamos español tenemos el derecho de celebrar la gran riqueza, variedad y continuidad de nuestra cultura». Octavio Paz está convencido, tal y como concluye en su artículo «Alrededores de la literatura hispanoamericana», de que «la historia de nuestras letras nos consolaría un poco del desaliento que nos produce nuestra historia real».

Celebrar la cultura es lo que intento en este trabajo, en el que, sin embargo, faltan casi por completo tendencias interesantes y diversos autores de peso (como Adolfo Bioy Casares, Clarice Lispector, Sergio Pitol y tantos otros que con razón se echarán de menos) o la asombrosa variedad de «textos fantásticos» del Río de la Plata. No he podido abordar los muchos libros que tratan de modo brillante problemas y cuestiones individuales. Géneros relativamente nuevos para el continente, como la ciencia ficción, las novelas gráficas, los thriller y, sobre todo, las novelas policiacas, que gozan de una popularidad creciente, apenas son tratados aquí. Igualmente hube de renunciar a la poesía, tan poderosa y popular, así como a la infinidad de grandiosos relatos breves, no menos valorados, para respetar el límite de espacio. Todo ello apenas es disculpable. Falta también el teatro, mientras que incorporo importantes ensayos sobre la cultura.

El presente libro aspira a difundir algunos hechos básicos desde el punto de vista de los latinoamericanos, pero no es una historia de la cultura o de la literatura, ni un tratado histórico o académico, sino el resultado de mis lecturas y viajes, el sondeo de una amante de la literatura curiosa y comprometida. Es un pequeño balance que aspira a mostrar cómo entienden y cuentan su historia los latinoamericanos. Cualquier experto advertirá omisiones, puesto que hay una infinidad inabarcable de textos maravillosos. Tuve que elegir, pero me he esforzado en reflejar el amplio espectro de la manera más compacta posible. Supuso un gran reto tener que estar continuamente cortando, resumiendo y suprimiendo. Quizá se reconozcan mis preferencias personales, así como, eso espero, mi fascinación inquebrantable.

A los autores, que me enseñaron a conocer y amar su fascinante continente, les muestro mi gratitud con breves homenajes que reproducen encuentros personales.

REFERENCIAS

CARPENTIER, Alejo, El reino de este mundo, pp. 118-138.

—, «La asombrosa Mitla», en Visión de América, pp. 108-110.

—, «Problemática de la actual novela latinoamericana» y «Literatura y conciencia política en América Latina», en Tientos y diferencias, pp. 7-43 y pp. 66-77.

CORTÁZAR, Julio, «Acerca de la situación del intelectual latinoamericano», en Último round, pp. 199-217.

FUENTES, Carlos, El espejo enterrado, pp. 11 y386.

—, Valiente mundo nuevo, p. 292.

GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel, «La soledad de América Latina», en Yo no vengo a decir un discurso, pp. 28-29.

— y Mario Vargas Llosa, La novela en América latina. Diálogo, p. 36.

NERUDA, Pablo, «Alturas de Macchu Picchu», en Canto general, pp. 19-31.

PAZ, Octavio, «Alrededores de la literatura hispanoamericana», en In/mediaciones, pp. 30, 35 y 37.

—, «Literatura de fundación», en Puertas al campo, p. 17.

—, «Piedra de Sol», en Obra poética I, 1935-1970, pp. 217-233.

RAMÍREZ, Sergio, «Las garras de la razón ilustrada», El País, 30 de junio de 2017.

VALÉRY, Paul, prólogo a Miguel Ángel Asturias, Leyendas de Guatemala, pp. 13-14.

VARGAS LLOSA; Mario, La verdad de las mentiras, p. 14.

Las referencias íntegras se encuentran en la Bibliografía en el Anexo.

Primera parte

Primera parte

1. Colón

1

Colón

Éste es el paraíso. Estas gentes aman al prójimo como a sí mismos [...] estos parajes son los del Paraíso terrenal.

COLÓN, Carta al papa Alejandro VI

Antes de ser encontrada por los navegantes, ha sido inventada por los humanistas y los poetas.

ALFONSO REYES, Capricho de América

Una de las figuras más controvertidas y enigmáticas de la historia universal es Cristóbal Colón —admirado y odiado, ha inspirado la fantasía de numerosos autores y las más diversas interpretaciones a uno y otro lado del Atlántico—. Se ha escrito una infinidad de libros sobre él y, sin embargo, sigue siendo un enigma. Nadie discute que fue un marino genial, un aventurero y a la vez un hombre de una cultura asombrosa para la época, como demuestran sus cartas, diarios o también los comentarios a la Medea de Séneca. La importancia de su viaje de descubrimiento, uno de los acontecimientos históricos más espectaculares, explica que dure tanto esta polémica.

Ensalzado por los cronistas de su tiempo, su gloria fue incuestionable durante siglos. «Porque en la verdad, aunque otra cosa se pudiesse presumir de los contrarios indiçios ó fábulas, para estorbar el loor de don Chripstóbal Colom, no deben ser creydos. Suya es esta gloria, y á solo Colom, despues de Dios, la deben los reyes de España passados é cathólicos, é los presentes y por venir. Y no solamente toda la nasçion delos señorios todos de sus Magestades; mas aun los reynos extraños, por la grande utilidad que en todo el mundo ha redundado destas Indias, con los innumerables tesoros que de ellas se han llevado é cada dia se llevan, é se llevarán en tanto que haya hombres», escribía el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia general y natural de las Indias, islas y Tierra-Firme del Mar Océano (1535). También Bartolomé de las Casas, por lo demás tan crítico, se deshacía en elogios: «Aquel ilustre y grande Colón», a cuya «virtud, ingenio, industria, trabajos, saber y prudencia» quiso Dios «confiar una de las egregias divinas hazañas que por el siglo presente quiso en su mundo hacer». En 1892, con las pomposas celebraciones del cuarto centenario del Descubrimiento, España seguía bajo el hechizo de su hazaña.

El alemán Johannes Fastenrath editó en 1895 en Dresde un amplio volumen donde enumera en detalle las celebraciones españolas. En su introducción dice sobre Colón: «Visionario y calculador, aventurero y místico, fue el primero en llegar a donde aún no había llegado nadie por iniciativa propia, y descubrió una imponente Atlántida, más bella aún de lo que soñara el poeta, para todos los demás, sólo que no para sí mismo». Las consecuencias para la población nativa, la aniquilación de pueblos y culturas enteros, debido a enfermedades importadas y a los trabajos forzados, no eran planteadas todavía en 1892.

La grandiosa celebración llevada a cabo en Madrid en 1892, cuyos preparativos ocuparon varios años, se proponía mostrar de nuevo a España como brillante «Imperio en el que no se ponía el sol», ya que por aquel entonces Cuba y Puerto Rico seguían siendo sus colonias.

Curiosamente, el volumen de Fastenrath no incluye la oda «A Colón» del genio nicaragüense Rubén Darío, que fue el único en perturbar el coro de los admiradores con palabras críticas.

El poema comienza con los versos: «¡Desgraciado Almirante! Tu pobre América, / [...] la perla de tus sueños, es una histérica / de convulsivos nervios». Luego Darío lamenta el Descubrimiento: «¡Pluguiera a Dios las aguas antes intactas / no reflejaran nunca las blancas velas; / ni vieran las estrellas estupefactas / arribar a la orilla tus carabelas!». La estrofa final termina con el ruego: «¡Cristóforo Colombo, pobre Almirante, / ruega a Dios por el mundo que descubriste!».

El siglo XX ofreció una imagen sumamente crítica de Colón, sobre todo en América Latina. Ya en 1958, el filósofo de la historia mexicano Edmundo O’Gorman publicó su ensayo pionero La invención de América, en el que afirmaba que el continente no fue descubierto sino inventado. Esta tesis sigue teniendo repercusión hasta hoy. Interpreta la hazaña de Colón como el inicio de un proceso ideológico, ya que ni entonces ni ahora se tuvo debidamente en cuenta la autonomía de América. Aproximadamente al mismo tiempo, el cubano José Lezama Lima, poeta, erudito y novelista, explicaba en su ensayo La expresión americana (1957) lo distintivamente «propio» del continente. Entonces como ahora, los especialistas siguen debatiendo sobre O’Gorman, y en los años previos a las celebraciones del quinto centenario en 1992 se volvió a discutir su libro con gran vehemencia tanto en España como en América Latina. Se elogia o se rechaza, se polemiza sobre él y se critica, pero su tesis sigue muy viva, y el título se ha convertido en proverbial.

¿En qué radica el ininterrumpido poder de fascinación de Colón? Todo en él parece contradictorio: a todas luces era un hombre profundamente religioso y a la vez un empirista avanzado, quería hallar oro y riquezas como fuera, pero lo abrumaron el paradisiaco paisaje y los «buenos salvajes». Y, sin embargo, fue el iniciador de su esclavitud.

Ya los primeros cronistas de América Latina, que conocieron personalmente a Colón, escucharon a los testigos presenciales de sus viajes o viajaron a América, sostenían opiniones encontradas. Desde un principio se mezcló la hagiografía (como en el relato de su hijo Fernando) con la severa condena. Pedro Mártir de Anglería, Gonzalo Fernández de Oviedo o Francisco López de Gómara, por nombrar sólo a tres de los más importantes testigos y cronistas, pero sobre todo fray Bartolomé de las Casas, al que debemos el aterrador relato sobre la «destrucción» de la Indias y las atrocidades de los españoles, juzgaron de modo muy diverso el «Descubrimiento» de Colón en 1492 y sus consecuencias para Europa, por un lado, y para América, por otro: la polémica en torno al Nuevo Mundo comenzó ya en el siglo XVI.

Se retoma y varía a intervalos regulares, sin dejar nunca de suscitar nuevas percepciones. En vísperas de las celebraciones del quinto centenario en 1992 se menoscabó con vehemencia el mérito de Colón, dado que en realidad el continente fue descubierto quizá otros quinientos años antes por el vikingo Leif Eriksson. Colón, por su parte, habría obtenido su conocimiento de los países ignotos de un «piloto anónimo» o «marino desconocido» que le entregó importantes documentos en su lecho de muerte en Lisboa. Estas leyendas (o quizá verdades), muy difundidas, reaparecen una y otra vez en los diferentes textos, ya sea para afirmarlas o para rechazarlas.

COLÓN NO ES CANONIZADO

El novelista cubano Alejo Carpentier publicó en 1979 El arpa y la sombra, una novela que relata el intento históricamente acreditado del papa Pío IX de otorgarle a Colón un honor insólito a finales del siglo XIX. Pío IX pensó que América necesitaba un santo que pudiese ser aceptado a ambos lados del Atlántico. ¿Por qué no elegir entonces a Cristóbal Colón, que había llevado a Cristo a hombros hasta el Nuevo Mundo? Carpentier se extendía en una entrevista sobre los asombrosos detalles que había investigado con exactitud: «El papa Pío IX presentó a la Sagrada Congregación de Ritos la primera solicitud, años después una segunda, pero no vivió para ver si se trataba el caso o no. Finalmente, en vísperas del 400 aniversario del Descubrimiento de América, el papa León XIII hizo un tercer intento, que fue apoyado por 850 obispos. Esta vez se reunió la Congregación de Ritos, tuvo lugar el proceso, se examinaron todos los argumentos a favor y en contra. Pero los jueces rechazaron la candidatura de Colón, no lo proclamaron santo, y en mi novelita cuento por qué».

¿Qué nos cuenta esta novela? Primero leemos las consideraciones del papa Pío IX (su pontificado de 1846 a 1878 fue el más largo de la historia) sobre cómo habría que llevar a cabo la canonización de Colón. Ha estudiado las actas, recuerda su trayectoria de monje franciscano a Papa, pero sobre todo la misión de atender un ruego del presidente chileno Bernardo O’Higgins y de reestructurar en aquel país a la desacreditada Iglesia. Como canónigo emprende el viaje, los preparativos duran meses. Siguen el largo trayecto en barco a Buenos Aires y el complicado cruce de los Andes. Para cuando el grupo alcanza por fin su destino, O’Higgins ha sido derrocado y los sacerdotes enviados han de regresar de inmediato a Europa, para no indignar a la población por los cuantiosos gastos. En su prisa bordean así el peligroso cabo de Hornos.

Pero las impresiones de la espectacular naturaleza y los amables habitantes no se le borran de la mente, el canónigo queda hondamente impresionado y fascinado por lo que ha vivido y ha visto en Argentina y en Chile. Ya como Papa recuerda sobre todo su asombro ante los imponentes paisajes y las extrañas costumbres, pero no deja de pensar también en la amenaza potencial que podría suponer el continente si sucumbe a ideas peligrosas como la masonería o incluso el comunismo. Y por eso encarga un estudio para investigar la vida de Colón e iniciar «por la vía extraordinaria» el proceso de canonización, porque quiere asentar firmemente a América Latina en la Iglesia católica.

La parte principal de la novela es una autobiografía ficticia de Colón, que pretende contarlo todo «tal como sucedió realmente», lo que por supuesto es mentira. Pero basándose en muchas fuentes antiguas, desde el Diario de a bordo hasta las crónicas de los testigos de la época, Carpentier despliega poco a poco el cuadro: el aventurero está poseído por la idea de encontrar una nueva ruta marina a las Indias; y, como también es un granuja, cree al normando Maese Jakob y el relato del marino anónimo en las tabernas de Lisboa acerca de que ya los vikingos habrían encontrado allá por el año 1000 un país lejano —Tierra Verde o la Tierra del Vino— y habrían contado cosas maravillosas de él. Basándose en su lectura de los clásicos, sobre todo de Séneca, que menciona en varias ocasiones la existencia de otros países más allá de Tule, pero también en la profecía de la Biblia en el libro de Isaías, se hizo una idea precisa de la aventura que le esperaba, y que se convirtió para él en una obsesión. Para Carpentier no cabe duda de que Colón sabía lo que le esperaba al final del viaje: tierra; pero perdió casi dos décadas en conseguir el dinero necesario para la expedición, y entretanto cultivó todos los vicios, «menos la pereza». En Lisboa se casó con una dama rica, enviudó pronto (lo que seguramente no le generó un gran desconsuelo), regresó a España y convivió con una mujer en el monasterio de La Rábida sin estar casado, pese a tener un hijo con ella: un pecado imperdonable en la mentalidad católica. ¿Hubo quizá también alguna relación más íntima con la reina Isabel —Carpentier lo sugiere—, que finalmente le procuró el dinero necesario? Quizá provenía de judíos ricos que de ese modo trataban de librarse del destierro.

El 3 de agosto de 1492 se echaron a la mar las tres pequeñas carabelas, la Santa María, la Pinta y la Niña. Setenta días más tarde, el 12 de octubre, Rodrigo de Triana avistó por fin tierra, la isla de Guanahaní. «Ellos andan todos desnudos y también las mujeres [...] y todos los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vide de edad de más de 30 años, muy bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras, los cabellos gruesos como sedas de cola de caballos y cortos. [...] Ellos no traen armas ni las conocen, porque les mostré espadas y las tomaban por el filo, y se cortaban con ignorancia.» Así reza la entrada en el Diario de a bordo de Colón.

Comenzó entonces la búsqueda desesperada de oro, que había que encontrar, puesto que España lo necesitaba con urgencia. En vano. Colón regresó con algunos «indios», un par de papagayos y fruslerías de oro, que no suscitaron entusiasmo alguno. Carpentier nos muestra el suntuoso recibimiento de los Reyes Católicos en Barcelona: «Y llegome el día. Día de fiesta en toda Barcelona. Como feriante que entra en castillo trayendo grande espectáculo, entré yo en el palacio donde se me aguardaba, seguido de mi gran compañía de Retablo de las Maravillas de Indias —primer espectáculo de tal género presentado en el gran teatro del universo—». Y poco después: «En anchas bandejas de plata —muy anchas para que las muestras pareciesen más numerosas—, el ORO: oro en trozos brutos, casi del tamaño de una mano; oro en diminutas mascarillas; oro en figulinas [...] no tanto oro, en realidad, como yo lo hubiese deseado».

Pese a la decepción de la Corte por la modestia de los obsequios y trofeos, Colón consiguió reunir medios para otros tres viajes. Ninguno de ellos trajo la riqueza exigida, por lo que terminó embarcando a indios para que trabajaran como esclavos hasta que protestaron airadamente algunos monjes. Años más tarde, la reina Isabel y la Iglesia prohibieron esa trata de personas.

Ni con la mejor voluntad cabría calificar la vida de Colón y las consecuencias de su descubrimiento como «santas»: en las islas del Caribe se impuso el atropello. Los españoles violaron, saquearon y mataron; en unas pocas décadas, se aniquiló prácticamente a los nativos, mientras los conquistadores buscaban como posesos oro, perlas y especias. Colón mintió y engañó para poder perseguir su quimera. No vivió para ver el descubrimiento de los enormes yacimientos de oro y plata en México: ¿una ironía de la historia?

La tercera parte de la novela nos lleva de vuelta a Roma, y Carpentier hace que el lector escuche las conversaciones en los pasillos del Vaticano en las que se discute y se critica la canonización prevista. Sigue el proceso propiamente dicho, en el que un Abogado del Diablo desarma de modo concluyente los argumentos a favor. Jules Verne, Victor Hugo, Bartolomé de las Casas o Alphonse de Lamartine declaran como testigos y expresan sus reparos, mientras que Léon Bloy interviene impertérrito en favor de Colón. Éste lo escucha todo como «Invisible», y pronto queda claro que nunca en su vida ha tenido una conducta ejemplar —algo que él sabía muy bien—. Otro Invisible, Andrea Doria, consuela al resignado Colón asegurándole que nunca hubo un santo marino.

En realidad, Colón nunca se arrepintió, sino que estaba orgulloso de su vida como exitoso Descubridor y mujeriego y de la gloria obtenida. Pero lamentaba el desdén de la Corte y la miseria material de sus últimos años de vida en Valladolid: para Carpentier, en definitiva, era un estafador estafado. Parece improbable que tras una vida así pudiera esperar el perdón de sus pecados y fechorías, ya que «Los carniceros desolaron las islas. / Guanahaní fue la primera / en esta historia de martirios», según Pablo Neruda en su Canto general.

Carpentier entendía su trabajo en esta novela como el de un «poeta que ha de ser más bien un inventor de acciones, ya que lo realmente ocurrido a veces puede coincidir con lo que habría sido probable y posible», tal y como formulara Aristóteles en su Poética. Para él Colón era un protagonista maravilloso, alguien que «mentía igual de disimulada y descaradamente que Benvenuto Cellini en su Vita o que Rousseau en sus Confesiones. [...] Por eso me he permitido variar la fórmula de Aristóteles según la que el novelista puede estructurar la historia como podría o debería haber ocurrido, como él puede imaginársela», decía en la entrevista de 1979. El «mito» del gran Descubridor se desmoronaba de manera imparable.

A Carpentier le gustaba calificarse de «nuevo cronista de Indias». Los primeros autores habrían logrado algo gigantesco, que ponía el listón muy alto para cualquier novelista moderno. Al fin y al cabo habían encontrado o inventado palabras adecuadas para cosas, animales, plantas y mucho más que no conocían y no habían visto nunca antes, y lo habían sabido comunicar a los españoles en la patria. Todos los cronistas se quejaban de lo difícil que era hacer creíble y comprensible lo nuevo. Gonzalo Fernández de Oviedo era consciente de lo arduo que resultaba describir correctamente un solo pájaro desconocido de plumaje exótico y hallar las palabras idóneas. En su revelador artículo «Problemática de la actual novela latinoamericana», Carpentier escribía que el continente necesita una prosa barroca para «nombrar las cosas».

García Márquez, en «Fantasía y creación artística», lo formula así: «En América Latina y el Caribe, los artistas han tenido que inventar muy poco, y tal vez su problema ha sido el contrario: hacer creíble su realidad. Siempre fue así desde nuestros orígenes históricos, hasta el punto de que no hay en nuestra literatura escritores menos creíbles y al mismo tiempo más apegados a la realidad que nuestros cronistas de Indias. También ellos — para decirlo con un lugar común irreemplazable — se encontraron con que la realidad iba más lejos que la imaginación». También él leyó con entusiasmo los antiguos textos y crónicas; Colón y otros descubridores lo fascinaban. En su novela El otoño del patriarca incluye frases tomadas casi literalmente del Diario de a bordo. Allí leemos: «[...] que habían llegado unos forasteros que parloteaban en lengua ladina pues no decían el mar sino la mar y llamaban papagayos a las guacamayas, almadías a los cayucos y azagayas a los arpones, y que habiendo visto que salíamos a recibirlos nadando en torno de sus naves se encarapitaron en los palos de la arboladura y se gritaban unos a otros que mirad qué bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas caras, y los cabellos gruesos y casi como sedas de caballos». Un homenaje indirecto, quizá.

DESMITIFICANDO A COLÓN

Ese mismo año de 1979 apareció también la novela El mar de las lentejas, del cubano Antonio Benítez Rojo, que mezcla la tradicional historia «verdadera» del Descubrimiento con muchos sucesos inventados. El nombre de «mar de las lentejas» remite al primer mapa del geógrafo francés Guillaume Le Testu, que entendió «Antilles» como «Lentilles», lentejas. Para el autor, el Caribe es un metaarchipiélago que no conoce fronteras ni centro.

En cuatro narraciones, Benítez Rojo evoca el primer siglo tras el Descubrimiento, desde el segundo viaje de Colón en 1493-1496 hasta la muerte de Felipe II en 1598. Nos habla de un soldado (ficticio), Antón Babtista, que acompañó a Colón en 1493. Se tematiza la explotación de los crédulos nativos, a los que se usa y luego se tira. Lejos de la patria, los españoles valoraban sobre todo las libertades sexuales y no se privaban de violar. Al final, Babtista vive como un invitado honorable entre los nativos y hace que le sirvan, con lo que cada vez engorda más. La comida era muy importante para los españoles, ya que el hambre, tan generalizada en la patria, había empujado a los barcos a muchos habitantes de Extremadura. Él disfruta del lujo desconocido, pero su conducta en ese paraíso se caracteriza por los abusos y los caprichos. Benítez Rojo juega con gran maestría con las entradas del diario de Colón. El objetivo primordial de su obra es desarrollar una mirada crítica y documentada de la historia de la colonización española del Caribe.

Cuatro años más tarde que El arpa y la sombra, en 1983, apareció otra novela sobre Colón. El argentino Abel Posse utilizaba en Los perros del paraíso hechos, tiempos y lugares con plena libertad y brindaba con su interpretación del Descubrimiento una corrección radical del eurocentrismo, contraponiendo las altas culturas de América a la hibris europea. En su novela, Colón cree estar en el Paraíso, experimenta una peripecia en el Nuevo Mundo, ya sólo quiere vivir en la hamaca desnudo como los nativos —hasta que por fin es detenido y transportado encadenado a España—. Efectivamente, en 1500 regresó preso de su tercer viaje, aunque nada más llegar a la patria fue indultado por la reina. Posse desmitifica a Colón basándose en unos hechos durísimos: su Descubrimiento sólo perjudicó al continente y trajo enormes sufrimientos y desgracias a la población nativa. Mientras Colón se creía en el Paraíso, como en la desembocadura del Orinoco, los nativos llevaban tiempo instalados en un infierno cotidiano. También Posse cita las Cartas de Colón y su Diario de a bordo, y contrapone la dulzura de los nativos a la brutalidad de los descubridores. El resultado es demoledor: «Comprendió que América quedaba en manos de milicos y corregidores como el palacio de la infancia tomada por lacayos que hubiesen sabido robarse las escopetas. Murmuró, invencible: Purtroppo c’era il Paradiso...!».

Abel Posse se enfrentó con ese ahínco a la figura de Colón porque veía unos paralelismos nítidos entre el Descubrimiento en el siglo XV y el imperialismo de Estados Unidos en el siglo XX. Traza también sutiles vínculos con la dictadura militar argentina, con Eva y Juan Perón y otros personajes y acontecimientos históricos. Karl Marx y Friedrich Nietzsche se embarcan con Colón; Cervantes y Descartes son fácilmente reconocibles: la «novela carnavalesca» en el sentido de Mijaíl Bajtín rebosa de referencias intertextuales. Posse corrige también al «gran Carpentier»: según él, su sugerencia de que podría haber habido una relación amorosa entre Colón y la reina Isabel sería claramente un error.

Las cuatro partes de la novela incluyen un «prólogo cronológico» y remiten cada una a un elemento, para lo que el autor se basa en una profecía de los textos mayas Chilam-Balam: «Ha comenzado la era del Sol en Movimiento / que sigue a las edades del Aire, el / Fuego, el Agua y la tierra. Éste es / el comienzo de la edad final, nació / el germen de la destrucción y de la / muerte. El Sol en Movimiento, el Sol / en la tierra, eso pasará». Las múltiples referencias de la novela exigen cierto olfato detectivesco, pero no merman el disfrute de esta historia de Colón irónica y jovial a un tiempo. ¿Son los «perros del paraíso» los nativos oprimidos que están tratando de entrar?

DEL MONÓLOGO AL DIÁLOGO

El descubrimiento de América siempre fue un híbrido entre verdad e invención, entre historia y literatura, como muestran los textos de Colón y los cronistas y también el repetido tratamiento del tema por parte de novelistas, historiadores y ensayistas. Todos ellos suelen aprovechar los aniversarios como un pretexto para aportar nuevas interpretaciones. Así ocurrió con la celebración del quinto centenario en 1992, que dio lugar a conmemoraciones de un tinte más reflexivo, tanto en España como en América Latina, y por este motivo se presentó una infinidad de publicaciones. Ahora se hablaba de «encuentro entre dos mundos» y no tanto del «Descubrimiento» como de un «encubrimiento». Colón fue sistemáticamente denostado. El objetivo de la conmemoración debía ser transformar la «invención» en realidad y la ignorancia en familiaridad, a fin de que a la dependencia y a la represión, a las que había que sumar las numerosas violaciones de la soberanía nacional, les sucediera por fin una convivencia colaborativa y solidaria. Un noble propósito.

Previamente tuvo lugar en España un controvertido debate sobre las actividades previstas. La Exposición Universal de Sevilla, con el lema «La Era de los Descubrimientos», debía erigirse en el eje central de las celebraciones. El Archivo General de Indias, con sede allí, conserva más de cuarenta mil documentos, y tres mil mapas y dibujos fueron declarados «patrimonio nacional». Había que examinar todos los documentos y almacenarlos gradualmente como microfilmes, y se esperaban hallazgos espectaculares, también en los importantes archivos privados, ahora accesibles, de la Casa de Alba, el Archivo General de Simancas y la Casa de Contratación en Sevilla, o en el impresionante archivo de la Casa de Medina Sidonia, que durante siglos había registrado todas las travesías marinas y capturas pesqueras. Los trabajos continúan.

En las bibliotecas del extranjero se habían hecho una y otra vez sorprendentes descubrimientos. Así, en 1983, se encontraron en la British and Foreign Bible Society los manuscritos originales de Alva Ixtlilxóchitl. Este autor mexicano había recalcado en su obra (en torno a 1600) la relevancia de las antiguas culturas mexicanas, como la de los toltecas o los chichimecas, y su equiparación con las culturas europeas, por lo que no puede sorprender que semejante postulado tuviera que «desaparecer» y el manuscrito constara como «perdido». Algo similar había ocurrido ya con el texto del peruano Guamán Poma de Ayala, aparecido en 1908 en la Biblioteca Real de Copenhague, o con la crónica de Bernardino de Sahagún, descubierta en 1793 en Florencia por un bibliógrafo que dio a conocer en latín el contenido de su hallazgo, el valiosísimo Codex Florentinus. Algunas de estas historias sobre códices desaparecidos, desconocidos y reencontrados se leen como una novela policiaca.

Isabel Álvarez de Toledo, duquesa de Medina Sidonia e historiadora aficionada, publicó en 1992 el ensayo No fuimos nosotros en Francia, ya que ninguna editorial española se mostró dispuesta a imprimir ese texto «herético». Sostenía que marroquíes y musulmanes habían llegado hasta América ya en el siglo XI, como «demostraban» documentos y mapas del archivo familiar, en el que, en efecto, figuran minuciosamente registradas todas las travesías, pero clasificadas de un modo tan caprichoso que nadie que no esté iniciado puede descifrarlas de manera convincente. La duquesa «roja» afirmaba, sin embargo, haberlo conseguido e interpretaba los hechos con una libertad que con seguridad espantaría a cualquier historiador.

Antes de la efeméride, literatos y artistas recibieron el encargo oficial de tratar y de dar forma nueva a aspectos concretos de esa historia de quinientos años. Durante las «I Jornadas Iberoamérica: Encuentro en la Democracia», celebradas en Madrid en abril de 1983, el presidente Felipe González dijo: «Quinientos millones de personas quieren celebrar su 500 aniversario en libertad y democracia, bajo condiciones dignas», y el ministro de Cultura Javier Solana abogó por redefinir las relaciones entre la «madre patria» y sus «hijos» hispanos, esta vez de forma paritaria, para poder hablar «de igual a igual» y aprender mutuamente: del monólogo se pasó al diálogo.

En América Latina la celebración fue preparada por diversas comisiones nacionales. Pero «Nueve años son muy pocos para acabar de hacer juntos tantas cosas comunes que se nos han quedado sin terminar», comentó García Márquez. Y sin embargo, las expectativas eran enormes a los dos lados del Atlántico. ¿Realmente se avecinaba un nuevo comienzo? ¿Quería en verdad España defender de forma altruista en Bruselas los intereses latinoamericanos y basarse para ello en las raíces culturales y lingüísticas comunes?

La ambivalencia con que discurrió la gran efeméride la ilustra bien el solemne tedeum que celebró el 12 de octubre de 1992 en Santo Domingo el papa Juan Pablo II para agradecer la cristianización del Nuevo Mundo, mientras, al mismo tiempo y en el mismo lugar, los contrarios a la celebración protestaban frente al ostentoso Faro a Colón que había engullido entre cuarenta y setenta millones de dólares estadounidenses. Allí reposan presuntamente los «auténticos restos» de Colón, mientras Sevilla sigue afirmando que sus huesos están enterrados en su catedral.

La «fiesta» terminó el 12 de octubre de 1992 en Sevilla, al igual que la Exposición Universal con la que España se había celebrado más a sí misma que al Descubrimiento.

DOS RAÍCES EQUIVALENTES: LA HISTORIA NO COMIENZA CON COLÓN

En 1992 aparecieron no sólo cientos de publicaciones sobre el tema del Descubrimiento y la Conquista y nuevas ediciones de todas las crónicas relevantes, sino también otra novela que reinterpretaba al controvertido Colón. En Vigilia del Almirante, el paraguayo Augusto Roa Bastos presenta al Descubridor desde distintas perspectivas de forma polémica y heterodoxa, y vuelve a citar para ello los escritos de los primeros cronistas. Su mirada es confrontada con la del Almirante, que defiende su hazaña como narrador en primera persona. Roa Bastos penetra en la mente del Almirante y adopta el lenguaje de sus diarios (que habían transcrito y refundido De las Casas y su hijo Fernando), mientras, por otro lado, como narrador y comentador moderno, le explica al lector la diferencia entre las historias documentadas y las ficticias, que se basan en símbolos. «El historiador científico», afirma, «siempre debe hablar de otro y en tercera persona. El yo le está vedado. Los historiadores son de hecho “restauradores” de hechos. [...] Las historias fingidas, en cambio, abren la imaginación al espectro incalculable del azar tanto en el pasado como en el futuro; abren la realidad al tejido de sus oscuras leyes. [...] Hay un punto extremo, sin embargo, en que las leyes paralelas de la ficción llamada historia y de la historia llamada ficción se tocan.» Roa Bastos sostiene también la tesis de que Colón no partió a ciegas, puesto que conocía el mapa de 1474 de Toscanelli y los escritos que éste envió a su amigo Fernão Martins, canónigo de la catedral de Lisboa. En éste aparecían señaladas un par de islas, Antilia, en algún lugar entre Portugal y Catay/Cipango. Toscanelli hablaba de oro, perlas y piedras preciosas que habría allí, pero se equivocó al calcular las distancias. Colón disponía asimismo de numerosas informaciones secretas de un «piloto» al que había conocido en Madeira y que por lo visto murió en su casa, con lo que el Almirante pudo quedarse con sus documentos. Por eso concluye Roa Bastos que ese «piloto desconocido» —al que ya mencionaba De las Casas— sería el auténtico Descubridor, y que todo lo demás sólo es mentira o un mito simbólico. Para ello aporta incluso una irónica prueba. A sus ojos Colón es «el precursor preclaro de conquistadores, inquisidores y encomenderos que descubrieron y expoliaron para Europa el Orbe Nuevo», y por lo tanto un personaje funesto. Su novela concluye con una escena ficticia en que Colón revoca su testamento en su lecho de muerte: «Mando que todas las tierras y posesiones que se me han atribuido en recompensa de un descubrimiento que no ha sido hecho por mí, y de una conquista que yo he comenzado y que va contra todas las leyes de Dios y de los hombres, sean devueltas a sus propietarios genuinos y originarios».

Para Roa Bastos Colón no es ningún filántropo, lo considera más bien un estafador y un fanfarrón que le atrae y a la vez le repele. Por eso aspira a hacer una interpretación moderna y a arrojarlo sin miramientos de su pedestal. La pluralidad de figuras y de historias en esta novela es una invitación al lector, a fin de que revise su visión del Nuevo Mundo y pueda formarse quizá otra opinión de esa «primera globalización».

Todas las novelas sobre Colón que se enfrentaron al Descubridor y a quinientos años de historia en vísperas de la gran conmemoración de 1992 tienen un rasgo en común: la enfática referencia a las devastadoras consecuencias para Latinoamérica. El «enigma» de la persona de Colón sigue sin resolverse, pero estas interpretaciones nos acercan al Almirante lo suficiente como para hacernos una idea de lo fascinantes que fueron su vida y su descubrimiento. Alejo Carpentier pone en boca de Jules Verne, en el proceso de beatificación frustrado, estas palabras: «Por este viaje, el viejo mundo asumía la responsabilidad de la educación moral y política del mundo nuevo. ¿Pero, acaso estaba a la altura de esa tarea, con tantas ideas estrechas como acarreaba, sus impulsos semi-bárbaros, sus odios religiosos...?».

Hasta qué punto el mito de Colón ha estado presente durante cinco siglos puede verse también en el arte y en el cine (en 1992 se produjeron cinco películas, y el portugués Manoel de Oliveira presentó en 2007 su versión: Cristóbal Colón, el enigma). Gaetano Donizetti, Alessandro Scarlatti, Jacques Offenbach, Manuel de Falla o Darius Milhaud se enfrentaron musicalmente al Descubridor, igual que lo hizo Philip Glass desde una perspectiva actual en su ópera de 1992 The Voyage. También escritores alemanes se han ocupado de Colón para ensalzarlo o desdeñarlo: Johann Gottfried Herder, Friedrich Schiller, Friedrich Rückert, Jakob Wassermann o, por último, Hans Christoph Buch.

El estudio de Colón continúa, aunque haya disminuido la atención mediática. Pero muchas incongruencias siguen siendo un misterio, muchos secretos invitan a seguir ocupándose del Descubridor.

Es reveladora la mirada latinoamericana a Europa. ¿Qué se llevó de España al Nuevo Mundo? Para el mexicano Homero Aridjis, en su novela 1492. Vida y tiempos de Juan Cabezón de Castilla, la fecha del Descubrimiento marca el final de la España tolerante de las tres religiones. Con la caída de Granada en 1492 arrancó la marcha triunfal del fanatismo, de la intolerancia y de la Inquisición pujante desde 1481. Pero en 1492 se publicó también la primera gramática de la lengua española de Antonio de Nebrija —un hito intelectual—. Lo oscuro coexistía (aún) con el país culto. Y, en octubre, por último, Colón descubrió América: 1492 fue por tanto un año sumamente rico en acontecimientos.

El protagonista de la novela, Juan Cabezón de Castilla, desciende de «conversos», una importante mácula en la España de entonces, puesto que la «pureza de sangre» era un requisito para cargos y honores. En busca de un amor pasado, Isabel de la Vega, también ella «conversa», el protagonista recorre las ciudades y paisajes y brinda un cuadro inolvidable de la vida cotidiana en la España del Descubrimiento. Isabel de la Vega es condenada a muerte por la Inquisición y quemada viva. La miseria y la pobreza de la región de Extremadura, de la que provenía la mayoría de los conquistadores, el hambre omnipresente y las rogativas, los autos de fe, la implacable persecución de disidentes, todo es descrito en detalle, como si el autor quisiera explicar a los lectores: esta intolerante España fue la que descubrió el Nuevo Mundo, ésa es nuestra funesta herencia. «Los Reyes Católicos acaban de dirigir desde Valladolid a las autoridades del reino una provisión para reprimir la blasfemia, mandando que nadie “sea osado de dezir descreo de Dios ny despecho de Dios ny malgrado aya Dios [...] ni el digan de nuestra sennora la Virgen María su madre [...] so pena que por la primera vez sea preso un mes, por la segunda sea desterrado del lugar donde viviese por seys meses e pague mil maravedís [...] e por la tercera vez que le enclaven la lengua”.»

¿Tan distintas eran las atrocidades en la madre patria de los sacrificios humanos de los aztecas, que infundieron pavor y espanto a los españoles? Las brutales expulsiones de moros y judíos, que el autor revive plásticamente con sus detalladas descripciones, ¿eran menos atroces? En los territorios recién conquistados de América se recrudecieron la intolerancia y la persecución de todos los disidentes e «infieles», y a ello había que sumar el continuamente proclamado y nunca cuestionado sentido de misión, de tener que difundir con la espada y la cruz la religión católica por el bien de toda la humanidad. La Iglesia no quería Ilustración, rechazaba incluso la Contrarreforma, tal como lamentan Fuentes, Paz y otros autores, hasta el punto de que terminaron sofocándola en sus territorios a uno y otro lado del Atlántico. Percibir América como un paraíso (¿perdido?), entender el continente como espacio utópico y proyecto alternativo al Viejo Mundo, se convirtió en un reto: Tomás Moro, el monje español Vasco de Quiroga, los jesuitas en Paraguay, Michel de Montaigne, que reinterpretó a los «caníbales», Jean-Jacques Rousseau y su elogio del «buen salvaje», son sólo algunos ejemplos de hasta qué punto el Descubrimiento de América impregnó el pensamiento y los destinos en Europa.

La segunda novela de Homero Aridjis prosigue la historia: en Memorias del Nuevo Mundo, Juan Cabezón se embarca hacia América. Con casi cien años recuerda sus experiencias en la conquista de México y constata que la vida en el Nuevo Mundo no se diferencia en lo esencial de la del Viejo. Ambos imperios sufrían el yugo de un soberano implacable que utilizaba la religión para sus propios fines. Aridjis no romantiza el mundo de los aztecas, y se rebela así contra la historiografía en México, que entretanto gusta de idealizar la época precolombina. El propósito del autor parece ser mostrar con este díptico las múltiples similitudes entre el dominio de la religión azteca y el de la cristiana. A partir de ambas culturas se ha desarrollado la identidad del mexicano de hoy, que dispone de dos raíces equivalentes; un tema que los escritores del país llevan tratando infatigablemente desde Alfonso Reyes (Última Tule), Octavio Paz (El laberinto de la soledad) y Carlos Fuentes (Cristóbal Nonato).

Las polémicas, en parte enconadas, de la celebración del quinto centenario cayeron pronto en el olvido, y en seguida cobraron prioridad otros debates: ¿cuáles son las verdaderas causas del subdesarrollo actual, de la inconcebible desigualdad en esas sociedades, cuánto obedece a factores internos y cuánto a ajenos? Preguntas que no han perdido vigencia y a las que los historiadores y economistas no han hallado hasta ahora respuestas concluyentes. América tuvo que recorrer a pasos agigantados cinco siglos de desarrollo europeo: sistema feudal, sistema colonial, Contrarreforma, Ilustración, revolución, etcétera. Fue una tarea inmensa, tal vez irresoluble. Es algo que suele alegarse como posible explicación y hasta como disculpa: el continente se encuentra en una lucha continua entre la preservación de su herencia y la aspiración a la modernidad.

Carlos Fuentes instaba a «Inventar el pasado. Recordar el futuro». Para los iberoamericanos, y en particular para los mexicanos, guatemaltecos o peruanos, la historia no comienza con Colón: remiten a sus culturas prehispánicas. Y, sin embargo, 1492 fue la fecha que supuso una cesura, de ahí que Colón siga siendo una figura tan controvertida: pobre Almirante, su gloria disminuye de forma imparable. Cada vez más ciudades retiran sus monumentos y estatuas, no ha de quedar ningún recuerdo visible. En 2018, tras un debate acalorado, hasta en Los Ángeles derribaron del pedestal la escultura de Colón como «responsable de un genocidio», y el Columbus Day se transformó en Día de los Pueblos Indígenas, de los Native Americans y las First Nations.

REFERENCIAS

ARIDJIS, Homero, 1492. Vida y tiempos de Juan Cabezón de Castilla, p. 282.

CARPENTIER, Alejo, «Der Diplomat als Dichter» (El diplomático como literato), Michi Strausfeld, entrevista con Alejo Carpentier, Die Zeit, 42, 12 de octubre de 1979.

—, «Problemática de la actual novela latinoamericana», en Tientos y diferencias, pp. 36-37.

—, El arpa y la sombra, pp. 119-120.

COLÓN, Cristóbal, Diario de a bordo, entrada del 12 de octubre de 1492.

DARÍO, Rubén: «A Colón», en Poesías completas, pp. 481-483.

FASTENRATH, Johannes, Christoph Kolumbus, introducción.

FERNÁNDEZ DE OVIEDO, Gonzalo, Historia general y natural de las Indias, islas y Tierra-Firme del Mar Océano; libro II, capítulo II, p. 12.

GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel, El otoño del patriarca, p. 44.

—, «Fantasía y creación artística», en Notas de prensa 1980-1984, p. 147.

LAS CASAS, Bartolomé de: Historia de las Indias, libro I, capítulo II (citado por Fastenrath).

NERUDA, Pablo, «Los Conquistadores», en Canto general, p. 33.

POSSE, Abel, Los perros del paraíso, pp. 240, 253.

REYES, Alfonso, «Capricho de América», en Última Tule.

ROA BASTOS, Augusto, Vigilia del Almirante, pp. 68, 78-79, 374.

El maestro Alejo Carpentier o clases particulares de luxe en París

El maestro Alejo Carpentier o clases particulares de luxe en París

Alejo Carpentier era un fabulador que cautivaba de inmediato a cualquier oyente. Con su característica «r» gutural, común en Francia, su voz profunda y sus dilatadas frases, recordaba a un tradicional y venerable contador de historias. Yo habría podido escucharle con gran placer durante horas, pero su voz estaba ya debilitada cuando lo conocí a mediados de la década de los setenta. El disfrute se limitaba a una hora exacta. Luego él debía retirarse, porque su enfermedad de la laringe estaba muy avanzada y no podía hablar más tiempo, pese a que le habría encantado.

En cada encuentro en la embajada cubana en París, a las doce en punto, yo recibía clases particulares de luxe, un privatissimum universitario: «Oye, chica, ¿no conoces a Theodor Koch-Grünberg? Fue uno de los grandes etnólogos alemanes, un talento polifacético que recopiló e investigó la música, la artesanía, los mitos y costumbres de las tribus indias del Orinoco y en parte hasta las fotografió. ¡Y eso en 1900! Escribió libros importantes como la obra en varios volúmenes Del Roraima al Orinoco —y los brasileños lo han leído con atención—. Mário de Andrade sería impensable sin él, su novela Macunaíma está basada en esas investigaciones». No entendí la pronunciación hispana de Koch-Grünberg, por lo que tuve que apuntarme el nombre —pero de todos modos tampoco lo había oído nunca, pues en esa época no estaba disponible ni uno solo de sus textos—. «¿Y por qué en Alemania se lee tan poco a Humboldt, al que todos nosotros conocemos a la perfección?» Lo cierto es que por aquel entonces la mayoría de los textos del «segundo Descubridor» de América, como lo llaman cariñosamente los latinoamericanos, el que llegó para conservar, no para destruir, estaban fuera de circulación y no habían calado en el horizonte cultural de Alemania.

Asombraba a su editor alemán Siegfried Unseld al recitarle las primeras líneas del poema medieval de Walther von der Vogelweide («Ich saz ûf eime steine und dahte bein mit beine») o del Cantar de los Nibelungos («Uns ist in alten maeren wunders vil geseit von helden lobebaeren von grôzer arebeit»). Le entusiasmaban el Parzival de Wolfram von Eschenbach y las sagas alemanas, admiraba a Thomas Mann, apreciaba las novelas de Böll y Grass, amaba a los románticos alemanes; en suma, estaba muy familiarizado con la literatura, la filosofía y la música alemanas. Contaba como si fuera la cosa más normal del mundo cuánto disfrutaba leyendo las partituras de Beethoven, Bach, Stravinski, Mahler y otros compositores.

Carpentier se interesaba por todo, era un autor de una cultura universal que a todas luces disfrutaba desplegando su saber. En la conversación siempre insistía en que amaba la vida: «Por la mañana trabajo un par de horas, luego voy a la embajada, después del almuerzo descanso, leo libros o partituras, y por las tardes quedamos con amigos, vamos a un concierto o al teatro, charlamos sobre el mundo. ¿Cómo va uno a escribir novelas si no ha vivido más que de leer libros? Ser sólo escritor las veinticuatro horas no es posible».

Cada encuentro era un acontecimiento, y al margen de darme pistas de libros imprescindibles, actuales o antiguos, Carpentier disfrutaba contándome con socarronería anécdotas de su vida en París, en Caracas o en La Habana. Y sí, se declaraba absolutamente de acuerdo con la Revolución, a comienzos de la década de los sesenta había dirigido el recién fundado Instituto del Libro en La Habana, que publicaba literatura universal en ediciones para el gran público. No quería dejar la más mínima duda sobre su convicción, pese a que es fácil vislumbrarlas en su epopeya de la Revolución La consagración de la primavera.

En febrero de 1979 recibí esta obra de casi ochocientas páginas y la leí de inmediato. En una primera carta formulé con cautela un par objeciones y preguntas, y así comenzó una correspondencia de varios meses sobre esa novela. Su primer reproche fue: «Te noto reticente», porque había expresado mis dudas sobre la rápida transformación de la protagonista, Vera, en revolucionaria: «La historia de Vera es, en cierto modo, la historia de mi madre». Así figuraba también en la contraportada de la primera edición mexicana: «Y ante mis ojos tuve el caso de mi madre, educada en un liceo imperial de Bakú, amiga de Anna Pávlova —como la Vera de mi novela—, que, anticomunista y “blanca” hasta mi encarcelamiento (1927), cambió de actitud hasta el punto de traducir, en los años treinta, algunas novelas soviéticas».

Mi invariable falta de entusiasmo por Vera en ese fresco, por lo demás soberbio, parecía seguir disgustándole, por lo que el 15 de marzo de 1979 recibí una carta manuscrita de seis páginas: «Te escribo a mano, porque son las cinco y media de la madrugada y no quiero despertar la casa entera con el ruido de la máquina. Pero quiero aquí, desordenadamente, decirte algunas cosas acerca de “La Consagración”; lo que parece no serte grato en ese libro es lo que, para mí, ha nacido al cabo de mucho tiempo, al ser una suerte de “catarsis”. Me he liberado, en ese libro, de muchos fantasmas». «Vera (siento que la entiendas tan difícilmente) tiene la exacta trayectoria ideológica que fue la de mi madre [...] murió totalmente identificada con la Revolución Cubana. Los demás personajes son tan verídicos que en La Habana todo el mundo los ha identificado ya [...].»

«Me hablas de un “happy ending”. I am sorry. Todos mis libros terminan de modo pesimista. Éste, de modo optimista, porque tengo una fe inquebrantable en la Revolución Cubana [...].» Seguían varias páginas sobre personajes de la novela, sobre las tomas de postura de artistas y autores latinoamericanos hacia la Revolución, «que ha conferido una dignidad nueva, ha dado una fe, una razón de existir, a nueve millones de seres humanos. Esto es más importante que todos los “blá-blá-blá” de cafés.

»Y perdóname la “lata”, pero necesitaba desahogarme con una amiga como tú, a quien tengo verdadero afecto. Con un abrazo, Alejo Carpentier

»Contéstame pronto pues me voy a la Universidad de Yale».

La correspondencia continuó. El 14 de mayo escribía Carpentier: «“La consagración” no es mi libro mejor escrito. (Creo, además, que un exceso de trabajo sobre la frase, sobre el vocablo, es innecesario en un libro largo.) Pero es, en fin de cuentas, el que prefiero. Los otros libros están escritos con una máquina de escribir; este, con una mano que ha palpado. [...] Y hoy me encuentro con que en Yale, toda la juventud HABÍA LEÍDO YA EL LIBRO Y LO CONSIDERABA SUPERIOR A TODO LO DEMÁS. [...] Pero entiendo que a un europeo no le agrade sobremanera ese libro. Ahí hay un intento de crítica de cierto tránsito de la historia europea, desde América Latina! Y eso de que nosotros, indios caribes, nos atrevamos a contemplar ciertos panoramas del viejo continente con criterio propio, es cosa inadmisible! [...] Exóticos somos!

»En fin: hablaremos de esto, cuando nos veamos».

De la novela ya no volvimos a hablar, pero desde luego sí del encuentro del Viejo Mundo con el Nuevo, de la ignorancia de los europeos acerca de las altas culturas prehispánicas y su desinterés por ellas: era lo que más le apasionaba. «Resulta difícil de imaginar que en el famoso templo de las columnas de Mitla, a sesenta km de distancia de Oaxaca, se pueden ver formas abstractas de arte surgidas setecientos años antes de Cristo. Europa no sabe que en América había florecido una poesía entera, una cosmogonía, mucho antes de que llegaran los españoles. El libro sagrado de los mayas, el Popol Vuh, anticipa en el tercer capítulo una rebelión de las máquinas contra el ser humano que hoy despierta asociaciones turbadoras con la bomba atómica. Cuando Hernán Cortés conquista México en 1521, París tenía un tamaño de trece kilómetros cuadrados, la ciudad azteca se extendía sobre cien kilómetros cuadrados [...]. La lista sería larga si queremos repasar la aportación de América Latina a la cultura universal. Las ideas de la independencia, de la descolonización surgieron en Latinoamérica mucho antes de que en Europa se pensara en ello. Si abrimos la Enciclopedia francesa del siglo XVIII, comprobamos que la idea de la independencia sólo tenía en esos momentos un sentido filosófico, no político.» (entrevista en Die Zeit, 12 de octubre de 1979).

Carpentier, que con sus novelas, ensayos y debates quería contribuir a una mejor comprensión entre las poblaciones de ambos continentes, que abogaba por conocer mejor la autonomía americana, creía que por fin se estaba produciendo un cambio en las relaciones recíprocas, en su opinión impulsado por la Revolución cubana: «No seamos pesimistas por lo que toca al intercambio cultural entre Europa y Latinoamérica: el comienzo de un mejor entendimiento mutuo ya se ha dado».

La entrevista en Die Zeit se realizó con motivo de su primera visita oficial a Alemania, que fue cuidadosamente planeada. Como siempre, Carpentier se remontó muy atrás en la historia y citó esta vez a Aristóteles (la formulación exacta me la dio más tarde, porque no toleraba las imprecisiones). El 12 de octubre de 1979 Carpentier presentó en Frankfurt su novela sobre Colón El arpa y la sombra. Se trata del aniversario del Descubrimiento, en España un día festivo, que por entonces aún se llamaba con aire de superioridad franquista Día de la Raza, de la raza blanca —un agravio para cualquier latinoamericano—. Hoy se llama con más modestia Día de la Hispanidad.

El Aula 6 de la Universidad de Frankfurt estaba abarrotada. Estudiantes, catedráticos y críticos asistieron asombrados a su animada relación de hechos tan increíbles como ciertos, les entusiasmaron su talento narrativo, sus anécdotas y su increíble caudal de conocimientos. La prensa expresó su máxima admiración por el grand seigneur «con los zapatos hechos a medida» (como apuntó Joachim Fest, responsable de Cultura y uno de los editores del Frankfurter Allgemeine Zeitung). La invitación de la editorial a la «Velada con Alejo Carpentier» decía: «Balzac, Thomas Mann, Alejo Carpentier... Aportaciones a la literatura universal que sólo se dan muy rara vez en cualquier lengua». Fue la primera y única visita de Carpentier a Alemania, y el autor regresó de ella orgulloso. Como precursor del boom, a comienzos de la década de los sesenta recibía considerablemente menos atención mediática y desde luego menos reconocimiento pecuniario que Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa o Gabriel García Márquez. Pero estaba convencido —y con razón— de ser uno de los mayores escritores de América Latina.

En su carta del 1 de noviembre de 1979 volvía a agradecer la hermosa estancia en Frankfurt. Y pronto estábamos discutiendo nuevos proyectos, esta vez una selección de sus ensayos para el volumen Stegreif und Kunstgriffe. Essays zur Literatur, Musik und Architektur in Lateinoamerika, que revisó conmigo minuciosamente hasta poco antes de su muerte (el 24 de abril de 1980) y que enriqueció con sus numerosas sugerencias, entre ellas los formidables reportajes sobre sus viajes a Venezuela (Visión de América).

Con la visita de Carpentier a Frankfurt se inició un capítulo importante en mi comprensión del continente: por iniciativa suya, el Instituto del Libro cubano me invitó en 1981 a un primer viaje a La Habana, y en las siguientes décadas, gracias a muchas más visitas, pude llegar a conocer bien el país, a sus autores y la problemática de la Revolución. Pero ése es un capítulo largo y distinto...

REFERENCIAS

CARPENTIER, Alejo, «Der Diplomat als Dichter» (El diplomático como literato), Michi Strausfeld, entrevista con Alejo Carpentier, Die Zeit, 42, 12 de octubre de 1979.