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El primer recuerdo es la línea de la carretera. Era como una larga serpiente de neón blanco y, joder, si te fijabas, hasta tenía escamas. Los faros del coche la iluminaban y yo la seguía con la mirada, esperando que en algún momento llegaríamos a ver su gran cabeza. Me la imaginaba como una víbora albina de ojos rojos y sonrisa terrorífica. Así que al principio la estuve mirando no sé cuánto. Diez minutos o media hora. No sabría decirlo.

También empecé a darme cuenta de que iba sentado en la parte trasera de un coche. No conducía, como después se dijo. Eso hubiera sido sencillamente imposible porque acababa de despertarme y además iba drogado. Tenía los ojos entreabiertos, pero la cabeza aún ladeada sobre el cuello, y miraba por la ventanilla del pasajero, como si tal cosa, observando la línea de la carretera y alucinando con la serpiente.

Escuchaba cómo el motor subía de revoluciones, una curva detrás de la otra, y la serpiente se deslizaba a nuestra par, con una perfección épica. Ya digo que iba bastante drogado.

Vale, más cosas: había gente ahí dentro, compañeros de viaje. Nadie hablaba. En el puesto de copiloto iba una chica. Su larga melena castaña se derramaba sobre la hombrera de una chaqueta de cuero. ¿Lorea? Desde luego, era la forma de su cabeza. También parecía mareada o dormida, cabeceaba cuando tomábamos cada curva.

«Lorea», intentaba llamarla. «Cariño, ¿qué hacemos aquí?»

Extracto del documental En plena noche

PRIMERA PARTE

1999

Se salvó porque llevaba unas zapatillas blancas.

Así de sencillo. Unas zapatillas blancas. Un detalle tan idiota puede decidir si vives o mueres.

De haber llevado unos botines negros, o un zapato marrón oscuro, por ejemplo, el Volkswagen Passat lo habría estampado a cien kilómetros por hora, y posiblemente reventado como una sandía sobre el asfalto. Pero aquel «aparecido» llevaba unas zapatillas blancas, en concreto unas Nike Court Royale, que además estaban nuevecitas. Y ese perfectísimo blanco con olor a nuevo fue lo que reflectó la luz de los faros, en aquella carretera de pueblo, a las cuatro y pico de la madrugada del domingo 17 de octubre de 1999, salvando de una muerte posiblemente horrible a aquel chico que surgió de la nada.

El coche lo conducía un tipo llamado Jon Beitia, que por lo demás es irrelevante para nuestra historia. Beitia volvía conduciendo tras pasar una noche de fiesta en Bilbao, junto con su hermano y dos amigos, y era el que menos cocido iba. Pero iba cocido. En 1999 la concienciación sobre beber y conducir estaba a medio desarrollar y a Jon, tras el test de alcoholemia que se le realizaría más tarde, le esperaban unos cuantos años de moverse en bicicleta. En cualquier caso, a pesar de las seis o siete cervezas de más, su cerebro funcionó bastante rápido.

«Eran solo un par de cosas blancas detenidas en medio de la oscuridad», dijo en el atestado. «No sé ni cómo me di cuenta.»

A cien kilómetros por hora y con un nervio óptico cansado y alcoholizado, todo ocurrió en milésimas de segundo. Los faros del Volkswagen Passat iluminaron aquellas zapatillas blancas. Tras un mensaje del nervio óptico al sistema límbico, el cerebro declaró la «alarma total» y actuó impulsivamente y con energía. Jon lanzó la pierna derecha para pisar el freno, tan fuerte que le dolería durante un par de días, y el Passat de su padre, que tenía los frenos recién revisados (en el taller Gardeazabal, Illumbe) frenó enseguida, aunque no lo suficiente como para evitar el golpe.

El impacto —según el informe— ocurrió a unos veinte kilómetros por hora. Es más o menos la velocidad que coge una bici si pedaleas con algo de brío, pero, claro, aquello no era una bici, sino un coche de tonelada y media. El chico que había surgido de la nada estaba quieto, de pie sobre sus zapatillas blancas, y tan solo llegó a extender los brazos para protegerse de manera instintiva. Recibió el impacto, cayó hacia atrás y se golpeó la cabeza en el suelo. BAM.

Mientras que Jon había tenido al menos un segundo para prepararse, las tres personas que viajaban con él sufrieron las consecuencias en grado diverso. Iñaki L. —que viajaba de copiloto y nunca se ponía cinturón porque «no creía en las imposiciones»— se estampó contra el salpicadero. Una fractura del tabique nasal le recordaría a partir de entonces que la DGT no dice las cosas por tocar los huevos. Alicia, la novia de Iñaki, que era más lista y viajaba con el cinturón puesto, tan solo se derramó una cerveza que llevaba en la mano sobre los vaqueros. Andoni Beitia, el cuarto pasajero, que también pasaba del cinturón pero iba medio tumbado, se dio de bruces contra el respaldo de su hermano Jon. El cigarrillo que se le consumía entre los labios cayó en el suelo del coche e hizo un bonito agujero en la alfombrilla, aunque por suerte el informe de daños en el interior del vehículo terminó ahí.

Después de un grito y otro, y otro más, todo quedó en silencio. Jon Beitia, con las manos fundidas en el volante, el pie clavado en el freno, sentía una terrible frialdad que le bajaba por la nuca. Cuando matas a alguien de esa forma, tu vida se acaba también. Quizá algún día vuelvas a ponerte en pie y caminar, pero a efectos de la felicidad y la cordura estás tan muerto como tu víctima, y eso es lo que empezó a sentir por la nuca: el tacto de la muerte.

Mientras sus amigos comenzaban a reaccionar y preguntaban qué había pasado, él no se atrevía ni a mirar.

—Lo he matado. He matado a alguien.

Iñaki estaba chorreando sangre por la nariz. Alicia se apresuraba a pasarle unos clínex. Solo Andoni parecía haber escuchado las palabras de su hermano pequeño.

—¿Qué?

—Había alguien parado ahí en medio... Creo que lo he...

Andoni fue el único que tuvo arrestos para actuar. Abrió la puerta y salió a la carretera, no demasiado aprisa. Iba con esa prudencia que da el horror de estar a punto de ver algo terrible. Miró hacia atrás. Eran las cuatro y media de la madrugada y aquella carretera, que unía los pueblos de Amondarain e Illumbe, estaba casi desierta. Miró hacia delante. A varios kilómetros de allí, desde el mar, llegaba un resplandor oscuro.

Pasó junto a Jon, que seguía atado a su volante, incapaz de moverse. Se miraron en silencio, después siguió por el lateral del coche hasta descubrir a esa persona que yacía tumbada en el asfalto. Se quedó quieto, pegado al coche (le temblaban las piernas), escrutando el cuerpo y escuchando los sonidos de la marisma, las espadañas, los pájaros nocturnos, los sapos, como si todo aquello fuera un sueño tenebroso e irreal. Pensaba, pensaba, pensaba... en su hermano principalmente. En la cárcel, a donde iba a ir por matar a alguien mientras conducía borracho... Además de eso, dentro del coche Iñaki aullaba de dolor (se había tocado la nariz) y Jon había activado los intermitentes de emergencia, que sonaban como un reloj. Clic. Clic. Clic.

A unos cien metros, en un caserío solitario, se encendió la luz de un dormitorio. Alguien habría oído el frenazo. Alguien iba a avisar a la policía. Andoni seguía en otro mundo. Sus padres. El disgusto. Su hermano. Por un segundo, pensó en escapar. En volver al coche y decirle a Jon que saliesen de allí volando y dejaran a ese tipo allí. Estaban borrachos. Habían matado a alguien. No había solución para eso. Pero el tío se lo había buscado. ¿Qué coño hacía en medio de esa carretera en mitad de la noche? Jon solo tenía veintiún años. Acababa de empezar en la uni. ¿Se iba a joder la vida por una locura que había ocurrido en tres segundos?, ¿por una maldita bobada que sucedió una noche?

Continuaba allí, de pie, pensando en todo eso, cuando oyó algo más. Un gemido. Una voz que procedía de ese cuerpo inmóvil en el asfalto.

El muerto se movía. Una rodilla, después un brazo. Se movía.

—¡Jon, enciende las luces! —gritó—. ¡Está vivo!

Se encendieron unas luces largas. Andoni se arrodilló junto a ese chico y lo miró. El «aparecido» era un chaval de unos veintitantos. Delgaducho, con el pelo castaño rizado, que le crecía esponjosamente casi como una peluca afro. Parecía un Jackson Five, solo que era blanco como la leche, con una cara fina y unos ojos rasgados que estaban medio abriéndose.

—Socorrrrrrrro —dijo—. Ayyyyyyudddddaaaaaa.

Otro coche se acababa de detener tras el Volkswagen de los Beitia. Se abrieron puertas, más gente. El caserío tenía ya sus dos plantas iluminadas y alguien vestido con un albornoz se asomaba en ese instante por la puerta.

Andoni comprendió que ya era tarde para cualquier otra cosa. Solo esperaba que el chaval viviese, y sin grandes daños, aunque parecía —a decir por sus balbuceos— que tenía el cerebro tocado. Se había dado un golpe en la cabeza. ¿Se quedaría imbécil?

Vestía una chaqueta vaquera llena de chapas de grupos de música: reconoció el logo de AC/DC, la lengua de los Stones y el retrato de Bob Marley. La camiseta blanca que llevaba debajo decía Nirvana, ese grupo cuyo cantante se había pegado un tiro cinco años atrás. ¿Quizá se había intentado suicidar él también? ¿Qué hacía, si no, en esa carretera, solo, a las cuatro y media de la madrugada?

El chaval volvió a moverse. Clavó el codo en el suelo, se arrastró. Era como si quisiera irse de allí reptando. Andoni había leído en alguna parte que era mejor no tocar a los accidentados, así que se limitó a cogerle de la mano y le dijo:

—Te hemos atropellado. Tranquilo. Creo que no te hemos hecho nada. ¿Estás bien?

Oyó a unas personas que se acercaban por detrás. Voces. Alguien dijo que estaba llamando al 112. Jon también se había bajado del coche. Le oyó decir: «No lo he visto. Ha aparecido de repente». Andoni pensó que su hermano estaría mejor callado, pero, dadas las circunstancias, ¿qué importaba? Lo único que podría sacarles de ese entuerto era que ese idiota tuviese a la Virgen de su lado.

Mientras tanto, el «aparecido» balbuceaba...

—... yuddddddddame.

—Oye, ¿estás borracho? —le preguntó Andoni—. ¿Qué te pasa? ¿Qué hacías andando por mitad de la carretera? Entonces aquel chaval, cuyas zapatillas blancas acababan de salvarle la vida, abrió pesadamente los párpados. Miró a Andoni como si fuera el personaje de un sueño y dijo lo siguiente:

—Ayúdddame... Me han se... secuestrado.

Imagen decorativa

DENUNCIAN LA DESAPARICIÓN DE UNA JOVEN EN ILLUMBE

Los padres de Lorea Vallejo, una joven de veintiún años residente en el municipio vizcaíno de Illumbe, han denunciado su desaparición la noche del pasado sábado 16 de octubre, después de haber acudido a un concierto.

La madre de la joven ha manifestado que su hija salió del domicilio familiar el viernes bien temprano para ayudar con los preparativos de un concierto. Muchos testigos la vieron disfrutando de la actuación de la banda Deabruak y del ambiente de copas posterior. Un conocido afirma haberla visto salir del recinto sobre la una y media de la madrugada, sola y conduciendo una motocicleta Vespino negra. A partir de ese momento, se pierde el rastro de Lorea Vallejo.

La madre de la joven niega la posibilidad de una huida. «Sin dinero ni ropa, no tiene sentido.» Sospecha que su hija pudo haber sufrido algún tipo de percance con su motocicleta, o que quizá se dirigió a otro lugar después del concierto. «Algo normal para ella un sábado a la noche, lo hacen todos los jóvenes de la zona», ha declarado a su salida de la comisaría de la Ertzaintza en Amondarain, donde ha acudido a interponer la denuncia. Acompañando a los padres de Lorea se encontraba Joseba Artaza, alcalde de Illumbe, que ha hecho un llamamiento urgente a los vecinos de la comarca para «colaborar en todo lo posible en la localización de Lorea».

El Correo, 19 de octubre de 1999

EL NOVIO DE LA CHICA DESAPARECIDA DECLARA QUE AMBOS FUERON SECUESTRADOS

La declaración de Diego L., de veinticuatro años, residente en Illumbe, y que mantenía una relación sentimental con Lorea Vallejo desde hace meses, ha supuesto un sorprendente giro de los acontecimientos en el caso, al afirmar que ambos fueron secuestrados la noche del 16 de octubre, y que él logró escapar.

Diego L. ha prestado declaración en el Hospital de Cruces, donde se recupera tras sufrir un atropello la madrugada del pasado domingo, según él, «mientras escapaba» de un captor sin identificar, que supuestamente mantiene cautiva a Lorea Vallejo.

La Ertzaintza ha mostrado una «prudencia absoluta» con el testimonio del joven, a quien continúan interrogando especialistas de la Brigada Científica en busca de detalles cruciales para localizar a Lorea y a su supuesto secuestrador.

Mientras tanto, recordemos, sigue sin localizarse la Vespino negra de Lorea, fácilmente identificable por la pegatina que exhibe en el guardabarros trasero (la lengua de los Rolling Stones). La Ertzaintza pide toda la colaboración ciudadana para hallar cualquier rastro de la chica y ha puesto a disposición del público un número de teléfono...

El Correo, martes 25 de octubre de 1999

DETENIDO EL NOVIO DE LOREA VALLEJO

Diego L. ha sido detenido esta misma mañana, tras ser dado de alta en el Hospital de Cruces, por su supuesta vinculación en la desaparición de Lorea Vallejo, con la que mantenía una relación sentimental.

El novio de Lorea, que declaró ante la Ertzaintza un día antes desde su cama del hospital, sostenía que la chica y él habían sido secuestrados y que él había logrado escapar, al parecer, de un coche en marcha.

Medios cercanos a la policía afirman que la detención se ha producido tras detectar «graves incoherencias» en el relato aportado por Diego L. y su incapacidad de «recordar claramente» lo sucedido.

Según palabras de un representante de la familia, la Ertzaintza «comete un error gravísimo» al incriminar a un «testigo» que solo ha intentado aportar una «información crucial» en la desaparición de Lorea.

El Correo, martes 26 de octubre de 1999

EL NOVIO DE LOREA ALEGA «AMNESIA» Y ES PUESTO EN LIBERTAD SIN CARGOS. LA POLICÍA DUDA DE LA VERACIDAD DE SU HISTORIA

El Correo, lunes 1 de noviembre de 1999

SIN RASTRO DE LOREA VALLEJO UN AÑO DESPUÉS DE SU DESAPARICIÓN

El Correo, lunes 16 de octubre de 2000

1

2020

Solo dos personas en el mundo conocían ese número. Una era Gonzalo y la otra mi madre. Y en ninguno de ambos casos era normal que el teléfono sonase a esas horas —el sol ni siquiera había asomado tras las montañas—, así que le dije a aquella chica que teníamos que parar un poco. Y que me dejase salir de la cama.

—Tengo que cogerlo, perdona.

Ella hizo como que no lo oía. Estaba sentada a horcajadas encima de mí, moviéndose con una precisión fantástica gracias a sus poderosas piernas de bailarina.

—De verdad..., en serio —dije—. Creo que es importante.

—Entonces te volverán a llamar.

Acompañó su frase con un gemido profundo, como para dejar claro que no había discusión posible. Después latigó el aire con su melena castaña y pude ver su rostro, sus ojos cerrados, concentrados en desencadenar el máximo placer en cada movimiento. Se lo estaba tomando como si fuera una prueba de gimnasia olímpica. Pero el teléfono sonaba y sonaba, y yo empecé a ponerme nervioso. De pronto, se me metió en la cabeza que alguien se había muerto. ¿Mi padre? Tenía mal el corazón y no sería el primer susto que nos daba. ¿Sería eso? ¿Y qué otra cosa podía ser a esas horas? Gonzalo jamás me llamaría tan temprano. Nunca en veinte años se le había ocurrido pegarme un toque antes del desayuno.

Decidí insistirle a aquella hermosa Plisétskaya:

—Debemos parar el trenecito rumbo a orgasmolandia, cariño, te prometo que volveré en un minuto lleno de energía y me esforzaré al máximo.

Conseguí que se apartara, aunque de mala gana. Me llamó aguafiestas y se encendió un cigarrillo. Zahara, ese era su nombre, era una exbailarina reconvertida a hippie-vendedora de abalorios que había conocido en el mercadillo del pueblo. Habíamos dormido juntos dos noches y ya me había quedado claro que no aguantaría ese ritmo mucho más. Era como jugar un partidillo con Ronaldo. Como intentar bailar una noche entera junto a Mick Jagger. Te jugabas el infarto.

Llegué a la cocina. El viejo Nokia atronaba sobre la encimera (todavía no había aprendido a bajarle el volumen). Miré la pantalla. Era mi madre.

—¿Ama? ¿Qué pasa?

—¿Te he despertado?

—Bueno, casi.

Había un reloj de pared en la cocina pero estaba parado y yo no me había encargado de cambiarle la pila desde que vivía allí. Sin embargo, podía ver un trocito de sol saliendo tras las colinas del este e iluminando la playa. Eso significaba que no eran ni las ocho de la mañana.

—Bueno, tengo una mala noticia —dijo mi madre—. Tu amigo Alberto falleció antes de ayer. Alberto Gandaras.

Tardé algo así como tres segundos en procesar aquello. Lo de la mala noticia, lo de que alguien se había muerto. Pero ¿quién era Alberto Gandaras? Lo comprendí en un segundo: Bert. Creo que jamás en mi vida le había llamado Alberto.

—¿Bert? Pero ¿qué me dices?

—Yo me enteré anoche y de casualidad. Me llamó Leire Guisasola, ¿te acuerdas de ella?

Recordé entre brumas a una chica que trabajaba en la tienda de mis padres hace mil millones de años.

—Pues resulta que me llamó para otra cosa... y entonces me lo contó. Se preguntaba si tú lo sabías. Al parecer fue un incendio, este viernes.

—¿Un incendio? Pero ¿cómo...? ¿Qué...?

Zahara apareció por la cocina, desnuda. Me abrazó por detrás y me besó en el oído. «Vuelve a la cama.» Me aparté con brusquedad, abrí la puerta de la cocina y salí. Necesitaba respirar.

El trozo de sol despuntaba ya sobre las colinas e iluminaba la playa frente a la que estaba mi villa. Caminé sobre el terrazo del jardín, desnudo, hasta el límite de mi terraza. Mi madre seguía hablando.

—Debió de dormirse con un cigarrillo, prendió la cama, prendió el suelo y...

Miré el horizonte azulado sobre el mar de Alborán. Me perdí en un recuerdo.

—¿Diego?

—¿Te puedes creer que soñé con él? —Prometo que era cierto—. Hace un par de noches, soñé con él.

Mi madre no dijo nada.

—Pero ¿dónde ocurrió? —Aún me costaba creerlo—. ¿En su casa? ¿El chalé del Arburu?

—Sí. Fue de madrugada. Para cuando el primer vecino vio el fuego, ya había ardido la primera planta y algo del tejado.

No quise preguntar más. Detalles morbosos como si intentó escapar mientras agonizaba, o si se carbonizó sobre la cama, o si se lanzó por una ventana y se rompió la cabeza. En cambio, me vino otra vez esa imagen sonriente de Bert hace dos noches.

—Soñé con él —repetí, pensativo, tratando de recuperar ese recuerdo—. Hace solo dos noches le vi en un sueño. Estábamos sentados en su estudio, grabando una canción. Me hablaba de algo. De una banda que había visto. Joder, qué casualidad.

Recordaba ese sueño porque se lo había contado a Zahara después de nuestra primera noche juntos. Tras los fuegos artificiales yo dormí profundamente y soñé con Bert. Y al despertarme se lo conté a ella: «He soñado con un viejo amigo, qué curioso. Un viejísimo amigo al que no veo desde hace muchos años».

—Bueno —siguió mi madre—, te llamo tan pronto porque el funeral es mañana. Para que te organices... Si es que quieres ir.

—¿Un lunes? —Fue lo primero que pregunté, como si el incendio, la propia muerte, se hubiera saltado algún código de etiqueta. Era una pregunta absurda y no esperé a que me respondiera—: ¿A qué hora?

—A las doce del mediodía. En Illumbe, en la iglesia de San Miguel.

—Joder —dije—, tengo que ir.

—¿Seguro, Diego?

—No, seguro no estoy —murmuré suspirando, porque en el fondo me aterrorizaba la idea—. Pero es Bert. Si fuese otro, no sé... Pero Bert... Tengo que hacerlo por él.

—Vale. Te puedo mirar un vuelo y prepararte algo de ropa. Me imagino que en ese retiro tuyo no tendrás nada para un funeral, ¿no? Y de paso, si quieres, te quedas a dormir en Bilbao.

—Gracias, ama. Encárgate solo de la ropa. Te avisaré cuando tenga el avión.

Colgué y me quedé allí de pie, desnudo, con ese teléfono Nokia en la mano, mirando la preciosa Cala Amarga y pensando en Bert.

Me saltaron las lágrimas de pronto, sin avisar. ¿Cómo habían podido pasar veinte años? ¿Cómo era posible que nunca nos hubiéramos reconciliado? ¿A qué demonios había estado esperando?

El sol ya se había descubierto por completo. El Mediterráneo fulguraba en azul; la playa, en blanco. Entré en la casa antes de que algún turista tempranero me viese en bolas, llorando frente al mar.

Zahara estaba sentada a la mesa, vestida con un batín, había preparado café, dos tazas. Además de todo lo dicho sobre su energía sexual, resultó ser dulce y muy humana. Había comprendido que esa llamada traía muy malas noticias y dejó a un lado la frivolidad para abrazarme y preguntarme si necesitaba algo.

—Necesito que me busques un vuelo en tu móvil. A Bilbao. Hoy mismo.

Zahara me preguntó si «era alguien de la familia».

—¿Sabes que hace dos noches te hablé de un amigo con el que había soñado? ¿Lo recuerdas?

Ella asintió sorprendida. Dijo que era cosa de brujas. Yo asentí.

—Si no llega a ser por ese tío, quizá nunca me habría lanzado a componer canciones.

Tomé el café y me fumé un cigarrillo mientras Zahara me buscaba un vuelo. Me gustó esa insospechada muestra de dulzura. La había visto muchas veces en su puestito del mercado de Las Negras, sentada, haciendo collares. Era guapa hasta hacer daño y un día me lancé y la invité a cenar. Ella, que era muy lista, ya me había calado también. Me contó que había vivido en Madrid, bailando en un teatro, hasta que una crisis lo mandó todo al cuerno y decidió montar su puestito de joyas. Y así nos había traído la marea a los dos, hasta la orilla del mar.

No había conexiones directas ni desde Almería ni desde Granada, así que compré un Málaga-Bilbao para esa tarde a las cinco. Zahara me podría llevar al aeropuerto en mi coche y de paso se quedaría allí visitando a unos amigos. Se lo agradecí. Después se quitó el batín y me dijo que me esperaba en la ducha.

2

Nos volvimos a dormir y despertamos a las doce. Se tardaban unas dos horas y media hasta Málaga, íbamos pelados de tiempo. ¿Qué haría con la casa, con mis cosas? «¿Piensas volver?», me preguntó Zahara (¿con cierto aire de tristeza, quizá?). Le dije que sí, pero me daba reparo dejar mi equipo allí, por lo que me pillé lo básico: una guitarra Takamine, un MacBook Pro, una tarjeta de sonido y un micro Neumann. Era un buen montón de pasta para confiarlo tras la puerta de aquella casita de playa. Lo demás lo dejé tal y como estaba. Aquel miniestudio en el que había trabajado durante dos meses era un pandemónium de cuadernos repletos de frases, cuerdas rotas, lápices gastados, ceniceros llenos... Imposible tratar de recogerlo todo en unos minutos.

Y hablando de la puerta de la casita, ¿dónde estaban las llaves? Las di por perdidas, no había tiempo para más. Arreé un portazo y le pedí a Zahara que condujese el Audi Q7 mientras yo llamaba a Gonzalo. A fin de cuentas, él había organizado todo esto.

—¿A Illumbe? —Se echó a reír—. Tú debes de estar pirado. Dime que es una broma...

Imaginaos a un tipo de sesenta años que parece conservado en formol. En sus tiempos mozos hacía de galán en una teleserie, después se hizo productor, agente y cazatalentos. Algunos de los nombres más grandes del pop-rock de los últimos veinte años eran cosa suya. Yo incluido. Además, era el único amigo de verdad que me quedaba en la tierra.

—Se trata de Bert —le dije—. ¿Lo recuerdas?

—¿El que tocaba la guitarra?

—No, ese era Javi. Bert era el chico de los teclados. Bueno, da igual. El funeral es mañana. Solo quiero asistir. De paso, les hago una visita a mis padres. Hace mucho que les debo una.

—Todo eso está muy bien, de verdad, pero... ¿podemos rebobinar un minuto? —De repente cayó en algo—: ¿No irás conduciendo con el móvil en la oreja?

—No, me lleva una chica. Y estás en el manos libres, por cierto.

Zahara saludó sonriente desde el volante. Con sus vaqueros recortados, gafas de sol y visera parecía Sarah Connor conduciendo por el desierto en Terminator 2.

—¿Dónde estáis?

Se lo dije: llegando a Málaga.

—Vale, perfecto. Todavía podéis daros la vuelta.

—Gonzalo..., no pienso darme la vuelta.

—No lo has pensado bien, Diego. ¿Confías en mí?

—Sí.

—Te prometo que dentro de unos meses te llevaré yo mismo hasta Illumbe a ponerle una corona de flores a tu amigo, pero ahora no. Ahora es el peor momento por muchas razones. ¿Has leído algo de prensa? ¿Twitter?

—No. Tengo un Nokia de 1995. Me lo diste tú.

—Pero la chica...

—La chica ya sabe cuál es el plan. No me ha dejado ni tocar su iPhone.

Zahara sonrió. Ya le había explicado que me encontraba en un retiro «total» incluyendo el acceso a internet. No debía leer ninguna noticia. No debía mirar ningún tuit. Desintoxicación absoluta por prescripción médica (de mi psiquiatragurú, el doctor Ochoa). Gonzalo resopló al otro lado de la línea:

—Vale. ¿Y qué crees que va a pasar cuando pongas un pie en Illumbe? Todo lo que hemos conseguido en dos meses... Las últimas maquetas están empezando a funcionar. ¿Lo quieres mandar todo al guano? Por no hablar de la prensa en cuanto se entere...

—No se va a enterar nadie.

—Claro. Apareces por tu pueblo, por ese pueblo, veinte años más tarde, y nadie te va a reconocer. Nadie va a decir nada.

—Como bien dices, es mi pueblo y tengo maneras de que nadie me reconozca, descuida. Además, en pleno febrero seguro que está lloviendo. Llevaré un sombrero.

—¡Ja! Un pasamontañas mejor.

—Vamos, Gonzalo... Solo quiero estar allí, decirle adiós a mi amigo. Y después me pasaré una semana en Bilbao, con mis padres. Eso es todo. Yo te llamaba por la casa. No encuentro las llaves, ¿podrías llamar a...?

—Escucha, ¿y ese tipo que amenazó con romperte la cara?

Me quedé en silencio al oír aquello. Era cierto. Y se me había olvidado por completo. Mikel Artola. Aunque la frase no había sido exactamente esa, lo que dijo fue: «Si vuelvo a cruzarme contigo, te romperé los huesos».

«Hace veinte años, a las puertas de una comisaría. Yo salía, él entraba...»

No creo que siga vivo... —Hablaba más bien la esperanza—. En fin, es un riesgo que tendré que correr.

—¿Un riesgo? ¿Quién eres ahora? ¿Indiana Jones? Mira, estoy en Londres y no me puedo mover, pero voy a mandarte un tío. Al menos, deja que te ponga un machaca.

Lo cierto es que el panorama se oscurecía por momentos, pero me negué a llevar un escudero en mi propio pueblo. Gonzalo insistió un poco más, hasta que logré tranquilizarlo. Llevaría sombrero, gafas, incluso un bigote postizo si hacía falta. No intercambiaría una palabra con nadie y me largaría a Bilbao nada más terminar la ceremonia...

Cuando colgué, Zahara no pudo aguantarse la pregunta: ¿era una idea tan terrible regresar a Illumbe?

—Es una historia muy larga.

—Pues nos quedan dos horas...

¿Quieres la versión larga o la corta? ¿Has leído algo sobre lo que pasó allí? Todo aquello de la chica... Lorea, y lo de «ese novio que contó una historia imposible a la policía». A Zahara le sonaba, claro que le sonaba, aunque disimuló su sorpresa. Aun así, ¿quién no estaba al corriente de esa historia? Un documental de la tele se había encargado de rescatarla solo dos años atrás.

Hicimos el resto del viaje con música: le puse el álbum Magnolia, de Rufus T. Firefly, que me volvía loco. Almorzamos en una estación de servicio y llegamos al aeropuerto de Málaga a las tres y media de la tarde.

—¿Qué hago con el coche? —preguntó Zahara.

—Tendrás que volver a Las Negras, ¿no? Puedes quedártelo.

—¿Seguro? Es un coche bastante caro.

—Seguro. Ya volveré a por él.

—Pero... ¿cuándo?

—No creo que me lleve mucho. —Le di un rápido beso—. Será un visto y no visto.

3

En un avión, a doce mil metros de altura, con el ruido de los motores mezclándose con el del carrito de bebidas, las conversaciones y los acentos. Andaluces que viajaban al norte. Vascos que volvían del sur.

Yo iba pensando en muchas cosas. Gonzalo había logrado meterme el miedo en el cuerpo, un miedo que yo había apartado de un manotazo, pero que volvía a asomarse. ¿Estaba en mis cabales? ¿Regresar a Illumbe? El mundo entero me daba menos miedo que ese lugar. Ese pequeño punto en el mapa que llevaba demasiado tiempo evitando.

Miré por la ventana. Volábamos ya muy alto, y el avión daba algunos botecitos. Sentí un ligero ataque de ansiedad apretándome el cuello. Nunca me ha gustado volar. ¿Por qué sigo cogiendo asiento de ventanilla?

Cerré los ojos, traté de fijar un pensamiento positivo, tal y como me habían enseñado a hacer en mis clases de meditación. Flotar en el mar, mirando hacia un cielo azul, flotar y sentir la caricia del agua en cada centímetro de tu cuerpo. Ommmmm.

Me concentré en Bert. ¿Cuándo le había visto por última vez? Hacía veinte años, largándose entre enfadado y triste con un teclado bajo el brazo. Era la noche del 16 de octubre, la «gran noche» después de nuestro concierto. Estábamos en el parking del Blue Berri y yo acababa de contarles a todos lo que Gonzalo me había dicho, en privado, antes de marcharse rumbo a Madrid.

—¿En serio? ¿Así acaba esto? ¿Tú solo? Joder, Diego... Vaya puta mierda. Todo este esfuerzo para nada.

—Bert, ¡espera!

Pero Bert no se daba la vuelta. Levantaba la mano y me enseñaba el dedo corazón. «Que te jodan, estrellita.»

No le había vuelto a ver en dos décadas, aunque en ese tiempo había comprado cada nuevo disco que sacaba y había seguido sus noticias por Twitter (hasta que me prohibieron las redes sociales). Últimamente iba con pelo corto y gafitas de sol redondas, aunque, para mí, siempre sería aquel chaval extraño con una melena abultada y rizada, larguirucho, nervioso, y con un talento desbordante que una vez, cuando yo tenía veintiún años, me dijo: «Tú haces lo más difícil, tío, canciones que te tocan el corazón».

En la vida, como en las novelas, hay giros. Alguien muere, alguien nace, alguien se enamora de alguien. También cambias tu vida cuando tomas una decisión importante. Y yo la tomé el día en que Bert me dijo aquello. Recuerdo que estaba sentado con mi acústica, grabando en su estudio casero, y él, al otro lado de la pecera, aguantaba mis lamentos —«Canto mal», «Esto no funciona»—. Entonces Bert, que además de ser mayor (tenía veintiocho años) era una especie de maestro para todos nosotros, me dijo aquello: «Hay millones de músicos buenos, pero solo unos pocos te tocan el alma. Y tú lo haces. No te olvides. Eres único».

Oí unas cuantas risas y no entendía por qué. ¿Qué había de gracioso en eso?

—¿Qué? ¿Qué?

—El cinturón, por favor —dijo una azafata—. Estamos aterrizando. Siento haberle despertado así.

Me abroché el cinturón mientras hacía un barrido a todas esas miradas divertidas que me rodeaban. A veces hablaba en sueños, ¿se me habría escapado algo? Por suerte, iba solo en mi fila de butacas y el espectáculo había quedado limitado a un público reducido. Oí un murmullo a mis espaldas. «Sí, es él, seguro que es él.» Pues claro que soy yo, querida. Aunque la mona se ponga las gafas de sol más grandes que pudo comprar en el aeropuerto de Málaga, mona se queda.

Miré por la ventana y aprecié el cambio de paisaje. Sobrevolábamos el norte. Nubes, verde, montañas, gotas de agua. El avión comenzaba a tambalearse por efecto del viento. Cerré los ojos mientras el aparato viraba haciendo un ruido de mil demonios. El viento del Cantábrico nos agitaba como una maraca.

«Por favor, Dios de las estrellas de pop fracasadas, haz que este pájaro aterrice bien.»

4

Mi madre estaba como siempre. Dura como el diamante. Sonriente. Mi padre un poco más apagado que de costumbre. Mi madre decía que estaba enganchado a internet y que tenía que obligarle a pasear, pero que por lo demás «iba tirando». El corazón todavía le aguantaba.

El aita bromeó sobre mi pelo y mi ropa. Dijo que parecía un narcotraficante y después me preguntó cómo me iba con el «trabajo». Mi padre y yo teníamos esa forma de comunicarnos. Hablábamos de facturas, hipotecas, seguros, cosas que había que hacer. Nunca se dejó impresionar por todo el rollo de que su hijo fuera un gran compositor de música ni una estrella del pop. Para él, sencillamente, yo había conseguido un buen trabajo. ¿Qué tal el trabajo? ¿Ya vendes discos? En internet dicen que ya no se venden discos.

No les falta razón, aita. Está la cosa jodida.

Mi madre me había preparado el cuarto de invitados. Yo no tenía habitación en ese apartamento, porque nunca había vivido allí. Se lo compré a mis padres con la excusa de invertir algo de dinero, aunque en el fondo era un regalo que deseaba hacerles sin herirles en el orgullo. Así que ahora vivían en el centro de Bilbao, en un piso de ciento cuarenta metros cuadrados donde mi padre se perdía. Con todo, era mucho mejor que aquel sitio infame al que tuvieron que mudarse al «escapar» de Illumbe, entre otras cosas, por mi culpa.

—Creo que iré esta misma noche. —Lo había estado pensando—. Podría darme un paseo y mañana será más fácil todo.

Mi madre parpadeó sorprendida.

—Pero ¿dónde vas a dormir?

—¿Sabes si el camping está abierto?

—No lo sé, pero seguro que tu padre lo puede mirar en «su internet».

El camping de Illumbe estaba ligeramente apartado del pueblo, en una zona de colinas y bosques con buenas vistas al mar. Sabía que, además de sus parcelas para tiendas y caravanas, alquilaban cabañitas, o al menos eso hacían veinte años atrás. Sería un buen escondite para llegar a Illumbe con tiempo y prepararme para mi «intrusión»; con un poco de suerte, ni siquiera me pedirían el DNI. Mi padre se puso a investigar y resultó que ahora era un camping de categoría. Las antiguas cabañitas habían dado paso a modernos bungalós modulares de arquitectura passive house, construidos por una empresa de la zona. Había un área del camping más exclusiva donde se ofrecía «máxima intimidad, ideal parejas».

—Vaya precios —silbó mi padre—, y eso que están fuera de temporada.

—Cógeme una, por favor.

—¿Por qué no te quedas esta noche en casa? —Ahí estaba el frente común con mi madre—. Mañana puedes ir pronto y...

Les dije que esa tarde prefería llegar a Illumbe. Por alguna razón tenía prisa por hacerlo. Había tomado la decisión después de tantos años y ahora no quería esperar más. Quizá había otras razones ocultas, razones que ni siquiera yo acababa de comprender, pero sentía una urgencia absoluta por llegar.

Mi madre hizo lo que lleva haciendo años respecto a mis decisiones: arqueó las cejas y dijo «ya eres mayorcito». Hizo lo mismo cuando le dije que quería irme a Madrid hace veinte años. Lo mismo cuando le dije que me casaría con Eva —lo cual era un error evidente para todo el mundo menos para mí—. Lo mismo cuando se enteró de que por mi nariz pasaba más tráfico que por la M-30 una mañana de lunes. Mi madre siempre ha sabido darme tiempo para equivocarme yo solo, darme cuenta y espabilar.

«Aquí siempre tendrás tu casa, hagas lo que hagas, excepto si eres un violador; en ese caso te mataré yo misma.»

Sobre la cama de la habitación descansaba uno de los trajes del aita. Era un disfraz perfecto: zapatos negros de cordón, camisa blanca y corbata negra. Me lo probé todo y con las gafas puestas parecía Steve Buscemi en Reservoir Dogs, solo que el traje era más clásico, me daba calibre.

Mi madre se apresuró a prepararme una pequeña bolsa de ropa más adecuada para el clima del norte. Vaqueros, chubasquero, unas camisetas, un par de deportivas.

—Son de cuando tenías veinte años. Creo que el pie apenas te ha cambiado.

Había salido con lo puesto de Almería y pensaba comprarme algo de ropa en Illumbe, pero no le dije nada. Una madre es una madre. Punto.

Pedí un taxi. Le di un beso a la ama y mi padre apareció por el marco de la puerta de su despacho, delgadito, en su bata y con su carucha pálida.

—Cuídate mucho, hijo. Espero que sepas que en ese pueblo hay mucha gente que todavía se acuerda de ti. Para bien... y para mal.

—Lo sé, aita.

Sonrió.

—Vuelve pronto. Te hemos echado de menos.

5

De camino, por la autopista, recibí un sms de Gonzalo. No iba a rendirse tan fácilmente, claro que no, aunque actuó con bastante sutileza. En el mensaje me pedía que llamara al doctor Ochoa. Y me pasaba su número:

«Creo que deberías hablar con él sobre lo de Illumbe.»

Había comenzado a llover sobre la A-8. Mucho tráfico en la hora punta de la tarde y un día tristón y gris. Tantos años viviendo en el sur y se me había olvidado esa oscuridad que cae al llegar el crepúsculo. Es dura y opresiva si no estás acostumbrado a ella. Y yo no lo estaba.

—Diego, qué placer escucharte —dijo Ochoa con su tono meloso y cautivador de psiquiatra argentino—. Hace mucho tiempo, ¿cómo estás?

«Como si no lo supieras», pensé. Me imaginaba que Gonzalo ya le habría puesto al día de mi decisión de viajar al pueblo. También me podía imaginar que le había pedido que me convenciera para retractarme. Pero los ciento cincuenta euros la hora salían de mi bolsillo, así que me dejé de historias. Además, tenía una pregunta que hacerle.

—Estoy ya en la autopista, llegando a Illumbe. Supongo que Gonzalo te ha contado.

—Sí, sí... Algo me dijo. Bueno, es una decisión respetable. Desde luego, estás siguiendo un impulso noble que te engrandece, Diego.

Ochoa estaba acostumbrado a lidiar con gente del mundo del espectáculo, a tratar con egos insoportables, retrasados emocionales, psicópatas y tipos con delirios de grandeza. Culebreaba con habilidad entre las frases para llegar a lo que quería decirte. No obstante, yo siempre me impacientaba con tanta decoración.

—Vamos a ir al grano, Ochoa. He venido, no voy a dar la vuelta. Pero tengo una pregunta que hacerte. Es algo de lo que hablamos hace tiempo. Hace mucho tiempo... aquello sobre mi «nudo».

Vale. Rebobinemos un segundo. Ozzy Osbourne dijo una vez que no recordaba los años noventa. Se los pasó viajando en una alfombra voladora llamada alcohol y drogas y ni se enteró. Supongo que Keith Richards podría decir lo mismo de los setenta. En mi caso, hubo tres años (2003, 2004 y 2005) en los que me aticé tan fuerte que creo que me quedé medio idiota. Fue entonces cuando me presentaron al doctor Ochoa, en mitad de una gira interminable de conciertos en la que descansaba una media de cinco horas diarias y en la que terminó pasando lo que debe ocurrir cuando eres un alcornoque. Me pasé de la raya, me caí del escenario y me abrí la cabeza. El problema es que me gustó abrirme la cabeza. Tener que cancelar conciertos. Poder descansar. Y fue entonces y solo entonces cuando me planteé que algo no estaba yendo bien con mi vida.

El doctor Ochoa tenía una casa en Las Rozas con un jardín japonés, carpas en un estanque y pavos reales. Por su templete de estilo oriental habían pasado actores, directores de cine, músicos y políticos que todos conocéis y que jamás admitirían haberlo hecho. Si la casa de Madrid estaba libre, podías quedarte una o dos noches. Era un refugio perfecto, incluso tenía una salida secreta por si la prensa te rondaba. En cambio, para asuntos más serios, el doctor Ochoa disponía de una finca en Segovia, un retiro para los casos que necesitaban tiempo (y se lo podían permitir, porque costaba una millonada), y allí es donde me pasé veinticinco días del año 2005.

—En una de aquellas sesiones hablamos de volver a Illumbe, ¿lo recuerdas? Y de lo que eso podría hacerle a mi memoria.

—¿Sí? Creo... Sí, puede ser. —Ochoa no quería verse profundizando en eso—. Han pasado unos años.

—Yo lo recuerdo perfectamente —respondí—. Hablamos sobre mi episodio de amnesia. El «nudo», como tú lo llamabas.

—Sí... Sí... Pero...

—Solo quiero preguntarte algo —le interrumpí—. ¿Es posible que ocurra? ¿Que ese «nudo» de mi memoria pueda «aflojarse un poco» al regresar?

Ochoa hizo un profundo silencio. Se veía contra la espada y la pared. Gonzalo le habría insistido para que me quitara la idea de la cabeza, para que me mandase de vuelta a mi «atmósfera protectora» en el cabo de Gata, donde debía componer y grabar diez temas para un nuevo álbum. Y por otro lado, un paciente le estaba haciendo una pregunta directa.

—Solo te dije que era una opción remota —cedió al fin—, nunca se puede decir «imposible» en medicina, pero...

—Pero dijiste que podía suceder, si se daban las condiciones.

—Podrías llegar a tocar las teclas correctas, es cierto —comentó—. Ha habido casos de gente que se ha recuperado de amnesias disociativas o postraumáticas regresando a los lugares donde sucedió todo, aunque también podría ser contraproducente.

—¿Por qué?

—Bueno, la memoria es una especie de «teléfono roto». Tiene una forma extraña de almacenar recuerdos, muchas veces de manera simbólica, como los sueños... Lo que crees recordar no tiene por qué ser real, Diego. Quizá solo sea un reflejo distorsionado en un espejo roto.

Nos interrumpió una lluvia de bocinazos a mi alrededor. El taxista había querido hacer una pirula para adelantarse unos cuantos coches y alguno se lo estaba haciendo ver con muy mala leche. Como buen conductor estresado y cabreado, soltó unos cuantos improperios y estuvo a punto de provocar un accidente, pero consiguió encajar el taxi en el carril rápido y salimos del atasco.

Dejé que Ochoa hablase mientras la caravana se iba diluyendo lentamente. Contraatacó con la idea de lo «peligroso» que era abandonar mi «estado de aislamiento y mindfulness» justo ahora. Llevaba tres meses autoprotegiéndome del mundo real, de las redes, de los teléfonos móviles. ¿Y si el shock de realidad era demasiado fuerte? ¿Cómo afectaría eso a mi vertiente creativa?

Gonzalo pensaba que mis canciones eran «cada vez mejores»..., pero la verdad, esa verdad íntima que asoma por el rabillo del alma, me decía que eran igual de malas que todo lo que había hecho en los últimos cinco años.

Ochoa también decía que las canciones estaban «mejorando». En fin, cuando quieres engañarte es muy fácil encontrar compañeros que sustenten tu mentira, sobre todo si les pagas.

6

Llovía con más fuerza al salir de la autopista y el limpiaparabrisas batallaba con furia contra la cortina de agua. En la radio, las noticias de la tarde hablaban de política. Qué raro. Esa era una de las cosas que no había echado de menos del «mundo real».

Salimos por la desviación hacia Gernika y yo empecé a sentir una especie de hormigueo en el estómago. ¿Miedo? ¿Emoción? Todo a la vez.

Llevaba mucho tiempo viajando a bordo de una vida fantástica. De avión en avión, llenando estadios, grabando canciones en un estudio o haciendo el calavera en un hotel... Pero casi todos los días de mi vida, en algún momento, por fugaz que fuese, mi mente regresaba a Illumbe. A esa herida abierta y sangrante. A los viejos valles. Los bosques. La costa... Las caras de la gente que dejé atrás. Mi banda... Javi, Nura, Ibon... ¿Seguirían allí?

Hace veinte años hui de aquel lugar. Vengativo, rabioso, triste. Salí dando un gran portazo. Y hoy me sentía como un intruso que viniese a mirar otra vez por el ojo de la cerradura, a ver cómo andaba todo.

Aunque ya había oscurecido bastante, empecé a reconocer cosas. El nombre de Illumbe en la pared de un viejo caserío, el asador Sangroniz... Llegamos a lo alto y el taxista estuvo a punto de pasarse la entrada del camping. Le indiqué cómo dar la vuelta en un mirador y, desde allí, pude contemplar las luces de Illumbe en la penumbra.

Sentí algo muy profundo al ver mi antiguo pueblo de la infancia. Estuve tentado a pedirle al taxista que bajara hasta allí, pero después pensé que era demasiado pronto. Al día siguiente habría tiempo.

7

Una cabaña de madera mostraba el letrero de recepción, iluminado sobre la puerta. La barrera estaba en alto y se veía una piscina tapada justo al lado.

Pagué cincuenta euros al taxista, cogí mis cosas y le pedí que aguardase un minuto. Quizá mi cabaña estaba demasiado lejos y no era cuestión de ir caminando bajo la lluvia.

La recepción era un espacio amplio dividido en una zona de espera y una oficina diminuta. Había una máquina de vending, otra de café y otra de bebidas frías. Además, un mapa gigante de la marisma de Urdaibai y un panel lleno de folletos de actividades (piragüismo, surf, trekking), mapas gratis y demás información para turistas.

Me asomé a la oficina. Había un ordenador encendido y cierto caos de cajas por el suelo.

—¿Hola? —saludé en voz alta.

Nadie respondió.

Dejé mis trastos en un banco y salí a avisar al taxista, pero el tipo se había largado tras esperar ¿treinta segundos? «Muy amable, gracias.»

Un poco más abajo había otro pequeño edificio, una especie de pérgola de madera por la que asomaba un resplandor de luces. Eché una carrerita hasta allí, calándome con el denso zirimiri que caía en esos momentos, y entré bajo el techado de madera.

Era la lavandería del camping. Había un grupo de lavadoras y secadoras industriales, una máquina de jabón y un revistero con algunos libros viejos. Uno de los tambores daba vueltas con un montón de ropa dentro, pero no se veía a nadie por allí.

Entonces a lo lejos, casi como una aparición, surgió el haz de una linterna entre los árboles.

—¡Eh! —exclamé levantando los brazos como si fuera un náufrago que avista al primer ser humano en años.

La linterna se acercó desde el bosque. No esperé a que llegara:

—¡Hola! ¿Sabe dónde encontrar al encargado?

Noté la luz en mi cara y entrecerré los ojos mientras sucedía un silencio un poco demasiado largo.

—Soy yo —respondió una voz.

Le vi dar un paso al frente y dejarse iluminar por las lámparas fluorescentes del techo. Era una chica de unos treinta años, cubierta con una capa impermeable. Tenía el pelo castaño empapado, al igual que los vaqueros; las botas de monte, embarradas.

—Perdón, he tenido que salir un minuto —dijo—. ¿Es usted la reserva de la cabaña Deluxe?

—El mismo.

Ella sonrió. Tenía una cara bonita y unos grandes ojos azules.

—Vamos allá. —Apuntó con la linterna hacia la recepción.

Cinco minutos más tarde se había quitado el impermeable y había dejado las botas en un felpudo de metal, junto a la puerta. De todo eso surgió una chica menuda, atractiva, envuelta en un jersey de nudos de lana. Me encantan los climas duros donde la gente te enseña sus calcetines antes de decirte su nombre.

—Ángela —se presentó según entraba en la oficina y tomaba asiento delante del ordenador—. Y la reserva es para...

—Diego Letamendia —respondí.

La gran ventaja de tener un «apellido artístico» era que tu DNI pasaba desapercibido al hacer una reserva. Diego LE-ON provenía de la conjugación de mis dos apellidos: LEtamendia ONdarreta.

—Vale. Es una noche en la Cabaña Modular Deluxe. Está pagada. —Ángela apartó la vista de la pantalla y buscó entre los papeles de la mesa—. Solo necesito que rellene este formulario. ¿Viene solo?

—Sí.

—Entonces su DNI, por favor.

Le mostré el DNI, cuya foto también ayudaba. Era yo, pero con el pelo corto y sin perilla. Una foto hecha a propósito para engañar. Aunque ella ni levantó la vista para mirarme y comprobarlo. Era algo más joven que yo, ¿treinta y cinco? Por ahí andaría.

Rellené el formulario mientras la chica le hacía una fotocopia al DNI. Después puso un mapa del camping sobre la mesa y me hizo una X para señalar una cabaña muy apartada.

—¿Se tarda mucho andando? —pregunté.

—¿No tiene coche?

Negué con la cabeza y ella suspiró, como diciendo «ahora que me había secado...».

—Sígame.

Volvió a ponerse su ropa de agua, cogió una linterna y salimos al exterior, donde había parado de llover aunque soplaba una brisa cargada de salitre. La carretera descendía hasta la zona principal de acampada. Una piscina vacía, edificios comunes... Había un par de tiendas de campaña montadas allí, y una autocaravana con matrícula holandesa.

—Su cabaña dispone de baño, pero puede utilizar también la zona común. Tiene microondas, nevera... No hay demasiada gente en estas fechas.

—No hará falta —contesté en aquella oscuridad—. En realidad, solo es para una noche.

—De acuerdo.

El haz de la linterna penetró por un caminillo ascendente, marcado con la señal CABAÑAS. Era una especie de colina densamente arbolada y muy silenciosa. Recordé aquello de MÁXIMA INTIMIDAD, IDEAL PAREJAS.

Pasamos a cierta distancia de un par de cabañas a oscuras y otra que tenía luz. Había un coche con su roulotte aparcados fuera.

—Son unos jubilados franceses —dijo Ángela—, creo que pensaban que venían a Andalucía. No los he visto salir en toda la semana.

—¿Y la roulotte?

—Pff, ni idea. Puede que se hayan cansado del viaje y quieran darse un lujo por unos días. Además, con el tiempo que está haciendo...

La mía era la siguiente, la más alejada de todas. Apartada tras varias líneas de árboles, era una construcción modular con una amplia terraza sujetada por pilotes y unas magníficas vistas del océano.

—He pasado antes a poner un poco la calefacción. —Ángela me dirigió un vistazo, para volver al instante la mirada al camino bacheado—. También tiene una estufa de leña si le hace ilusión. Aunque da muchísimo calor.

Nos estábamos acercando cuando oímos un sonido estremecedor en la oscuridad, similar a un bebé o un gato gimiendo. Era algo siniestro y sonaba terriblemente cerca.

—Es un hontza —dijo ella como si estuviera acostumbrada a tener que explicarlo—. También los llaman cárabo.

—Los conozco. Yo soy... era de por aquí.

—¿Ah, sí? Bueno, pues hay una pareja por la zona, lo cual es una suerte si le gustan los pájaros. No son muy habituales.

«Una suerte, dice», pensé. «A ver quién duerme con ese sonido de película de terror.»

En efecto, la cabaña estaba caldeada cuando entramos. Era una amplia pieza rectangular dividida en un dormitorio (una gran cama de tamaño triple), una cocinita y un salón con un sofá encarado al ventanal. La chica descorrió los cortinones y anunció «las vistas al mar», aunque a esas horas solo se podía ver la negrura del océano. Después me mostró el cuarto de baño (con una ducha excelente) y me explicó cuatro trucos para encender y apagar cosas.

—¿Hay algo de comer en esa máquina de la recepción? —pregunté—. Es que no sé si me apetece ir al asador a estas horas.

—Hay sándwiches, patatas fritas, cosas así... Aunque en el pueblo hay varios restaurantes de comida para llevar. Si quiere, le puedo pedir algo: chino, kebab, pizza...

—¿Pizza? —Eso me interesaba—. ¿No será Pizza Napoli?

Ella parpadeó unos instantes. Sonrió.

—Vaya, sí que conoce el pueblo. Ese lugar es todo un clásico.

—Sí, recuerdo su pizza cinco quesos, era capaz de reventarte el hígado.

Se rio. Tenía una risa bonita la chica del camping. También noté algo en sus ojos, un brillo. ¿Me había reconocido?

8

Le pedí a Ángela que me encargase una cinco quesos y un par de latas de cerveza.

«Mira que eres cobarde», dijo una vocecita en mi cabeza. «Primero esquivas el pueblo, ahora no te atreves ni a cruzar la carretera para cenar en condiciones.»

—Ponlo todo en mi cuenta y te pago mañana al salir.

La vi marchar con su linterna a través de los oscuros árboles. Trabajar en un lugar como este durante el invierno debía de parecerse a la película El resplandor. Al menos había unos cuantos clientes más que en el Hotel Overlook.

Dejé la mochila y la bolsa del traje sobre la cama y me puse a inspeccionar la cabaña. Abrí grifos, armarios y me fui a la terraza. El mar no se veía en la noche, pero se oía y se notaba en el aire, que olía a salitre.

«Bueno, ya estás aquí... No era tan difícil, ¿eh?»

Me lie un cigarrillo y me lo fumé de pie en aquella terraza, mientras me iba acostumbrando a ese sonido tétrico del cárabo, que surgía de vez en cuando de la negrura. Pensé que me gustaría avisar a alguien de que estaba en Illumbe. ¿Javi? Tenía su número grabado en la memoria de un teléfono que ahora yacía recluido en una caja fuerte en la casa de Gonzalo, como parte de mi plan de desintoxicación de redes. Supuse que le vería al día siguiente en el funeral.

Finalicé el cigarrillo y estuve indagando en el salón. Había una estantería con algunos libros y revistas, un televisor con un reproductor de DVD y una selección de películas. Ninguna me hacía demasiada gracia.

Al cabo de media hora apareció una moto por el caminito: la cinco quesos y las dos birras. Me lo liquidé todo viendo una película en la tele..., pero se me caían los ojos después del largo día de viaje. Esa misma mañana estaba con Zahara en mi casita mediterránea, y ahora...

Me dormí. Y, quién sabe si por la sobredosis de queso o por la mezcla de emociones del día, tuve una pesadilla irreal.

Estábamos en el estudio de Bert, veinte años antes. Yo sentado en un taburete, con una guitarra y un micro delante. Bert al otro lado del cristal, en la cabina de control, con un cenicero hasta arriba de colillas humeantes.

—Tío, esto no funciona —me quejaba yo—. De verdad, es que no...

—Deja de decir que no funciona —respondía él desde su cabina—. Solo siéntela. Cierra los ojos y siéntela. Esta canción es la hostia.

—O.K.

Yo cerraba los ojos y volvía a cantar. Era uno de los primeros temas que compuse para nuestra banda, Deabruak. Entonces, al levantar la vista, veía a Bert al otro lado del cristal. Estaba quieto, demasiado quieto. La pequeña cabina se había llenado de humo, parecía una sauna.

A los pies de la mesa de grabación, azotaba un resplandor repentino.

—¡Fuego! —gritaba yo—. Bert, estás ardiendo... ¡Bert!

Dejaba la guitarra en el suelo y me ponía en pie. Bert seguía sin moverse; tras la mesa de mezclas, me miraba en silencio desde esa sala de control que ahora estaba en llamas. El fuego se extendía a una velocidad explosiva por las alfombras sintéticas de colores púrpura, granate, moka, con las que él mismo había decorado su lugar de trabajo. El fuego lamía las paredes, trepaba hasta el techo y convirtió el sofá en una bola incandescente.

—¡Bert!

Yo me lanzaba sobre la puerta, que tenía uno de esos cierres a presión de las puertas acústicas. Lo intentaba girar, pero estaba bloqueado.

Me apartaba de ella y golpeaba el cristal. Bert estaba en llamas. Mi amigo estaba literalmente quemándose vivo. El fuego danzaba sobre su camisa de calaveras negras y la convertía en papel de ceniza. Los rizos de su melena chisporroteaban en la gran antorcha en que se había convertido su cabeza. Su piel estallaba en decenas de ampollas blancas, friéndose delante de mis ojos. Solo los suyos permanecían intactos, fijos en mí.

—Eh, Diego. —Su voz se oía extrañamente bien a través del cristal, lo cual era del todo imposible (pero en los sueños ocurren cosas imposibles)—. ¿Has visto? La canción funcionaba.

Yo intentaba lanzar algo contra el cristal, un teclado Roland, pero no servía de nada. Bert era ya una momia negra. Una antorcha humana con restos de carne frita recociéndose en sus huesos.

—Siento mucho haber tardado tanto en volver. —Yo estaba llorando—. Siento que te hayas muerto.

—No pasa nada, tío —decía su voz—. Me ha gustado verte triunfar, después de todo te lo merecías. Pero hay algo importante. Algo sobre ti. ¿O.K.? Algo sobre Lorea. Te lo he dejado aquí, en el estudio. Ven a buscarlo.

Entonces los ojos de Bert estallaban como dos huevos poco cocidos lanzados contra una pared. La mezcla de sangre y trozos de globo ocular parecía tomate con mozzarella fundido con otros cuatro quesos.

9

Pagué mi exceso con la pizza y las dos cervezas con una noche infernal. Ardores, insomnio, pesadillas, sed. A las ocho y media de la mañana tenía los ojos abiertos. Comenzaba a despuntar el alba (con una luz tenue, digna de esa bombillita de doce vatios que en el norte llamamos «sol»), me di una larga ducha y salí a la terraza a desayunar los dos trozos de pizza que habían quedado de la noche anterior. El bosque estaba mojado y silencioso. El olor de la fresca madrugada se mezclaba con el salitre que venía del océano, que se desperezaba no muy lejos de allí.

Vi a un chico que trabajaba en el camino, limpiando hojas y quitando hierbajos. Nos saludamos con la mano. Me pregunté si, a cambio de una buena propina, me traería un café de la máquina de la recepción, pero antes de que pudiera lanzarme a hacerlo, el chico cogió su carretilla y se alejó sendero abajo.

En la recepción no estaba Ángela, sino un chaval con cara de lunes.

—Ángela trabaja solo de tarde —respondió cuando le pregunté por ella.

—Era para hacer el check-out, y además os debo una pizza —expliqué.

Me miró de arriba abajo. Supongo que tenía muy pocos clientes que aparecían por la recepción embutidos en un traje con corbata negra.

—No hay prisa, si quiere puede dejar sus cosas y pagar a la tarde.

Le dije que así lo haría y salí de allí.

Chispeaba cuando llegué a las primeras casas del pueblo, caminando con esos incómodos zapatos de mi padre. A excepción del asfalto, nuevas aceras y un moderno cartel digital que informaba sobre el parking, la temperatura y la marea, me pareció que el aspecto general de Illumbe no había variado demasiado en dos décadas. Un pequeño pueblo de costa, con su barrio de pescadores y sus casitas arracimadas en la roca como si fueran moluscos en el casco de un barco. La torre de la iglesia surgía como una aguja para señalar el corazón de la vida social: el frontón, el ayuntamiento y la plaza.

Bajé por la calle de Portu-zaharra —Illumbe tenía dos puertos: el «nuevo», que tenía cinco siglos, y el antiguo, zaharra, que se remontaba a la época del cabotaje romano— hasta la esquina donde se hallaba el local que en su día perteneció a mi familia.

Electrónica Letamendia fue, en su día, la única tienda de electrodomésticos del pueblo. Allí se vendió el primer reproductor de CD que llegó a Illumbe (comprado por el bar Portubide), el primer cepillo de dientes eléctrico, las videoconsolas o los primeros teléfonos móviles. Recuerdo ver a los críos con las narices pegadas en nuestro escaparate, como en un ritual de adoración. Hoy en día eso ya no existe —los niños llevan todo el catálogo en el bolsillo—, pero en sus tiempos, la renovación de nuestro escaparate generaba tanta expectación como un keynote de Steve Jobs.

Ahora, tal y como mi madre me había contado en alguna ocasión, había allí una tienda de surf: tablas, neoprenos y ropa veraniega de colorines.

Me quedé quieto bajo la lluvia, mirando el local desde fuera, tratando de atisbar algún detalle original que todavía sobreviviera (el mostrador, la vieja puerta del almacén), pero todo era fundamentalmente nuevo. Recordé a mi madre organizando el inventario; mi padre trayendo las últimas novedades, mostrándonos aquellas alucinantes invenciones que iban llegando al mundo, como los ordenadores, los videojuegos..., y yo sintiéndome el chaval más afortunado del planeta por poder probar todo eso antes que nadie.

Aun así, por encima de estos bonitos recuerdos estaba aquella dolorosa imagen del escaparate roto a pedradas; la fachada pintada con frases amenazantes —familia de asesinos y chivatos— y mis padres llorando, abrazados. Eran las Navidades de 1999 y las recuerdo perfectamente porque las pasamos en el hospital: mi padre había sufrido un infarto del que no volvió a recuperarse del todo. Tampoco volvió a abrir la tienda. La vendió, con el género dentro, por cuatro perras. Y con ellas nos marchamos de Illumbe.

Un perfecto surfero con su melenilla dorada y su barba de tres días apareció desde el puerto con una tabla, seguido por un grupo de «pupilos». Supuse que era algún tipo de cursillo. El tipo me dijo «Egun on» con acento anglosajón y yo le devolví el saludo antes de secarme un poco los ojos y seguir mi camino. Las campanas de las doce acababan de sonar en la iglesia de San Miguel.

Llegaba tarde.

Me adentré por la calle Goiko y según lo hacía caí en la cuenta de algo: la tienda cerrada, el surfero con los chavales, la gente en los bares de la plaza a las doce de la mañana... Era el primer lunes de febrero, fiesta local en Illumbe por Santa Brígida. Día de comer en las sociedades. De pequeño jamás se me habría olvidado.

Un par de cuadrillas se apostaban en el exterior de un bar, con sus vinos, zuritos, txakolis... Pasé frente a ellos con mi pinta de enterrador, caminando solo como el personaje de un wéstern. Todas las miradas se centraron en mí. Apreté los dientes, apreté el paso, apreté el culo y llegué a la plaza escuchando mil vocecitas a mis espaldas. «Es él.» «¿Quién?» «Joder, Diego León, el cantante.» «¿Qué?» «Claro, pues parece que vaya a un funeral.»

Pensé en Gonzalo riéndose de mi idea de pasar desapercibido. Una vez más, como tantas veces, él tenía razón y yo me equivocaba.

Entré en la iglesia y me impregné con el olor de la cera ardiendo, el incienso y las viejas piedras. La misa ya había comenzado y la mitad delantera de la bancada estaba llena de gente. ¿La familia de Bert? Lo dudaba, que yo supiera solo le quedaban una tía y un par de primas.

Algunos bancos estaban libres al fondo y allí me dirigí.

Había un ataúd de madera colocado frente al altar y eso me llevó a pensar, por primera vez, en la religiosidad de Bert. Habría jurado que era un tipo más de la cuerda de «incineradme y esparcid mis cenizas por el mar». ¿Cómo es que había terminado con sus huesos en una iglesia? Pensé que quizá su tía tendría algo que ver con eso (y con que el cura hubiera programado un funeral a mediodía, algo poco habitual).

Después pensé más cosas. Una misa da para mucho. De entrada, en la forma en la que había muerto Bert. En un incendio. ¿Qué habría dentro de ese ataúd? ¿Cenizas? O quizá hubiera muerto asfixiado... Recordé mi sueño de esa noche, ese extraño mensaje: decía que había dejado algo para mí en su estudio.

La misa proseguía con su ritmo de sentarse, ponerse en pie, sentarse otra vez, y a mí se me fue la cabeza con un montón de recuerdos. Yo había sido monaguillo en esa iglesia durante años, pero el cura que oficiaba ahora ni siquiera tenía monaguillos. No le conocía. ¿Qué habría sido de Josu Aguinaga? Aquel cura melómano, amante del rock, que nos había permitido ensayar en su sacristía a cambio de ambientar alguna misa mayor (algo que nunca llegamos a hacer, y menos mal).

Miré aquella portezuela de la sacristía por donde Javi y yo habíamos entrado y salido infinidad de veces, con el gesto serio aunque muriéndonos de risa por dentro. El anexo de la sacristía, donde se daban clases de catequesis o te preparabas el disfraz de pastorcillo en Navidad, había sido nuestro primer local de ensayo. Era algo un poco contradictorio lo de tocar rock duro rodeado de imágenes de vírgenes, biblias y cirios pascuales, pero era el único sitio gratis y lo bastante apartado que pudimos encontrar en todo el pueblo.

Javi y yo nos habíamos enamorado de la idea de tocar rock casi a la vez: viendo un vídeo de Johnny Copeland en La 2, un domingo a la tarde. Solo que Javi fue más rápido a la hora de comprarse la guitarra y empezar con los acordes (la economía de su familia también estaba un poco mejor). Después, yo me uní al club y desde entonces dedicábamos todo nuestro tiempo libre a practicar riffs y solos en la habitación de su casa. Yo tenía una eléctrica muy barata y un ampli Starforce de veinte vatios que sonaba como un gato afónico. Javi en cambio tenía una Ibanez auténtica y un ampli Mesa Boogie. Y aquello, joder, sonaba de verdad. Además, Javi era un guitarrista dotado mientras que yo parecía tener las manos de trapo, aunque lo compensaba con un buen sentido del ritmo. Así que era el guitarra rítmica, una especie de escudero del solista.

Comenzamos a hacer versiones de Hendrix, Doors, Faces, Stones, Dylan y algunas más. Aunque sentíamos que nos faltaba algo: la batería. Entonces Javi puso un cartel en el Portubide —que era el bar rockero por excelencia de Illumbe—, buscando batería para una banda con un proyecto serio.

Pero, claro, para tocar con un batería necesitábamos un local. Javi le preguntó al cura y se puede decir que allí empezó todo.

Una música me sacó de golpe de esos recuerdos: el sonido atronador del tono «Gran Vals» de mi Nokia abriéndose camino por aquella nave de estilo gótico tardío y dotada de una acústica excelente.

El cura interrumpió la homilía. Las cabezas se giraron enfadadas y yo me revolví para encontrar el puto teléfono. El bolsillo de la chaqueta de mi padre tenía una boca estrecha, el teléfono no salía, así que me la quité. «Por favor...», dijo el cura. Pedí disculpas, di un último tirón y saqué aquel bicho del demonio, apagándolo de inmediato. Las cabezas volvieron a mirar al altar entre murmuraciones. Dejé la chaqueta en el banco y el teléfono apagado dentro. Tenía toda la camisa sudada de la tensión.

«Tu plan para pasar desapercibido roza la perfección, tío.»

La misa siguió su curso y llegamos a ese punto de «daros la paz». Yo era de formación católica pero había olvidado casi todo, excepto el rito de darse la paz. Era un momento de «rompan filas» en medio de aquel estricto ceremonial, aunque no había nadie a mi lado al que estrechar la mano.

Entonces vi a un tipo que salía de su banco, cuatro filas por delante, y venía hacia mí. Sonreía y sonreí yo también.

No había cambiado nada...

Javi tenía el pelo más largo, un poco canoso, una perillita pequeña..., pero por lo demás se había conservado como un buen jamón.

—Vaya entradita —susurró según llegaba—. Tienes que ser una estrella para todo, ¿no?

Veinte años después, mi viejo amigo me arrancó una sonrisa a la primera. Nos estrechamos las manos.

—Tienes buena pinta —le dije.

—Tú tampoco estás mal. —Me hizo un gesto hacia el banco y los dos nos sentamos.

Unas filas más adelante, vi que una mujer se giraba para mirarnos. Una pelirroja, guapa, con la que Javi intercambió un saludo. Conté tres criaturas a su lado.

—¿Esa es Alaitz? —murmuré—. Vaya. ¿Y esos tres churumbeles?

—Nuestros. —Se rio—. ¿Por qué no me dijiste que venías?

—Me enteré ayer. He venido en un salto.

—Por esta vez te lo perdono. Joder, y me alegro de verte.

«Y yo también», pensé.

Permanecimos callados asistiendo al resto del ritual. Llevaba dos décadas sin ver a ese tipo y de pronto me pareció algo sin sentido. ¿Cómo había dejado que pasara tanto tiempo? Mi amigo del alma a los diez, once, doce, trece... Lo hicimos todo a la vez. Catear en el colegio. Emborracharnos. Aprender a conducir. Aunque en el fondo siempre fuimos muy diferentes. Él era un triunfador nato. En los deportes (capitán del equipo de remo), con las chicas... Digamos que me ganaba en todo, excepto en una cosa: yo escribía unas canciones fantásticas.

El funeral estaba llegando a su fin y vimos que los miembros de la funeraria se aproximaban al altar. Javi me dio un codazo: «Vamos».

—¿Qué?

—Saquemos a este cabrón a hombros.

Salió de la bancada a toda prisa y yo me quedé atrás. Aquello no entraba en mis planes, pero entonces pensé: «De perdidos al río». Javi se acercó a un funerario y no tardó en explicarle que queríamos llevar el ataúd. No pusieron pegas. En cuanto el cura lo permitió, Javi se puso a un lado, yo al otro y los dos empleados detrás. En ese momento, pude ver la primera bancada. La tía de Bert, sus primas... y una chica bastante estrafalaria, vestida de riguroso negro, que tenía la cara cubierta de lágrimas. ¿Quién era? ¿Su mujer?

Sacamos a Bert con los pies por delante hacia un coche negro y largo que esperaba ya a las puertas de la iglesia. Y esos últimos metros, llevando a nuestro viejo amigo a hombros, fueron importantes y fueron buenos. Como un último honor al guerrero del piano y el rock que fue Bert Gandaras.

Y el ataúd pesaba.

10

El pequeño grupo que había asistido al entierro se fue disolviendo a las puertas de la iglesia. Yo me quedé con Javi y saludé a Alaitz, a quien noté un poco incómoda por mi presencia. Ella era del pueblo de toda la vida, conocía mi historia y supongo que me tenía por un «tipejo lamentable». Por lo demás, seguía siendo una belleza (aunque siempre me pareció un poco tiesa). Hablé con ella del tiempo y otras trivialidades. Hice un par de bromas con sus hijas y después le dijo a Javi que «se hacía tarde».

—Tenemos que irnos, comida con la cuadrilla. —Él me hizo un gesto resignado, a hurtadillas—. ¿Qué haces esta noche?

—En realidad, solo he venido al funeral —respondí—. Pensaba marcharme hoy a Bilbao, con mis aitas.

—Venga, ¿no te vas a tomar ni una cerveza?

—Yo...

En el fondo me apetecía muchísimo charlar con Javi, después de tantos años, saber algo de él... Mi viejo colega debió de captar mis dudas.

—Aquí tienes mi número. —Me pasó una tarjeta—. Si quieres, cenamos algo y, si no has traído coche, después te llevo yo a Bilbao. ¿Te parece?

—Me lo pienso —le prometí—. Oye, por cierto, ¿sabes algo de Nura, Ibon...?

Él se encogió de hombros, mirando a un lado y al otro.

—Viven los dos en Illumbe... La verdad es que pensaba que vendrían hoy al funeral. Me ha sorprendido no verlos.

Me despedí de Javi y su familia y me quedé solo. Era la hora de comer y el poteo agonizaba. Pensé en volver al camping y pedir algo de comida otra vez.

Estaba a punto de encaminarme hacia el puerto cuando noté una mano en el hombro. Por un instante pensé que serían Nura o Ibon, mis otros dos colegas..., pero no. Era esa chica que había visto en la primera bancada, vestida de negro y con la cara cubierta de lágrimas.

—Hola, eres Diego, ¿no? —Tenía acento catalán—. Me llamo Cristina Carreras. Bert era mi... pareja.

Me fijé en un tatuaje que asomaba por su clavícula, y también en unos cuantos agujeros de piercing en su nariz. ¿Se habría quitado los anillos por el funeral? Definitivamente parecía una chica de gran ciudad. ¿Barcelona?

Le dije que la acompañaba en el sentimiento.

—Él hablaba mucho de ti —continuó diciendo, afectada—. Te tenía muchísimo aprecio, Diego. Le habría gustado saber que venías...

—Bert fue la primera persona que creyó en mí. Un amigo muy querido.

—Gracias... Gracias, de verdad...

A Cristina se le trabó la voz por la emoción. Tenía los ojos enrojecidos, la cara descompuesta. No sé cuánto tiempo había estado con Bert, pero realmente parecía hecha polvo. A la tía y a las primas de Bert, que estaban unos metros más atrás, se las veía bastante tranquilas en comparación.

La chica respiró hondo como si tratara de recomponerse. Me miró de una forma extraña. En el fondo de sus ojos había algo retenido, ¿qué era?

Cuando me cogió la mano, me pilló por sorpresa.

—Escúchame, Diego —susurró, con cuidado de que no la oyesen desde atrás—, debemos hablar un día, ¿vale? Tengo que hablarte de Bert.

Miré la mano con la que me había atrapado. Uñas negras. Un anillo con forma de dragón. De repente me inquietó la idea de que Cristina no estuviera bien del coco.

—Me encantaría —traté de no sonar brusco—, pero es que yo... pensaba marcharme esta tarde.

—No —replicó muy tajante—, primero debes escuchar lo que tengo que decirte.

Noté que un escalofrío me recorría el gaznate. «Sí, está claro que esta chica está mal. Será mejor que te la quites de encima educadamente.»

—Bueno, ahora tengo un minuto —le dije—. Si quieres, podemos tomar algo.

—Hoy no puedo. Su familia está aquí y tengo algunos compromisos... Pero mañana te espero en el chalé. Lo conoces, ¿verdad? Hay algo muy importante que tienes que saber.

Entonces se acercó mucho, tanto que pensé que iba a ¿besarme? Bajó la voz hasta convertirla en un hilo y dijo cuatro palabras:

—A Bert lo asesinaron.

11

Cristina me dio la espalda y se alejó sin añadir nada, de vuelta junto al grupo donde estaban la tía, las primas y otros familiares de Bert, y yo me quedé como una estatua de piedra sobre la plaza.

¿Había dicho lo que creía que había dicho?

El grupo se movió en dirección a una de las calles aledañas y yo lo seguí con la mirada, todavía estupefacto por aquel encontronazo. Cristina volvió la vista atrás por encima del hombro para dedicarme un leve asentimiento de cabeza y yo pensé: «Joder, definitivamente, creo que andas mal de la azotea».

Estaba tan aturdido que tardé en darme cuenta de que estaba en el foco de un montón de miradas. Me había quedado plantado en medio de la plaza y, desde el Txo, el Portubide o el Ibarralde, muchos illumbeses me lanzaban discretas miradas. La gente estaba empezando a reconocerme.

Me di la vuelta y crucé el frontón, que hacía pared con la iglesia. Había un par de chavales desfogándose con las raquetas y pasé con cuidado. Después rodeé la espalda del templo. Había otra manera de llegar a la salida del pueblo sin cruzar la plaza, por la «casa de baños» (un antiguo spa de primeros de siglo que hoy era un hotel de lujo). Desde ahí, una estrecha pasarela te conducía hasta el puerto. Yo conocía bien ese atajo: era el camino más rápido para llegar a mis ensayos desde la tienda de mis padres.

Una ráfaga de viento frío vino a recordarme que estaba yendo demasiado rápido. ¡Iba sin mi chaqueta! Con todo el lío me la había dejado en el banco de la iglesia con el teléfono dentro.

Deshice el camino y regresé adentro. La iglesia estaba vacía, en silencio. Fui a la bancada donde me había sentado pero no encontré la chaqueta por ninguna parte. Entonces vi la puerta de la sacristía abierta y allí me dirigí. El cura que oficiaba el funeral se había marchado ya, aunque quedaba la acólita, una mujer emperifollada que estaba metiendo el dinero de la limosna en una cajita. En efecto, la chaqueta estaba allí y, cuando me la tendió, noté el peso del Nokia en el bolsillo interior.

—Gracias —dije.

—Déselas a la mujer que la ha traído. Se ha tomado la molestia de esperar unos minutos y todo...

No entró en detalles; yo tampoco.

—¿Le importa si salgo por ahí? —Señalé la puertecita del anexo de la sacristía.

—Claro.

Pasé por la puerta a la vieja sala multiusos de la parroquia, que tenía una salida a la parte trasera del templo. Estaba llena de trastos, como siempre. Allí se daban cita muchas instituciones voluntarias del pueblo, el coro, la asociación de boy scouts, de pensionistas, el grupo de catequesis...

«Y nosotros. Los Deabruak. ¿Te acuerdas de aquel primer ensayo?»

Recordé aquel domingo por la tarde. Diluviaba, pero Javi y yo estábamos tan emocionados que no nos importó calarnos hasta los huesos para traer todo el equipo a pulso... ¡Íbamos a quedar con un batería! Se llamaba Ibon y era el único que había respondido al anuncio. Esa primera tarde fue algo grandioso. ¡Cómo sonaba todo con la batería! ¡Por fin era real! Pero Ibon —algo más experimentado que nosotros dos— dijo que eso todavía se podía mejorar. «Veréis cuando tengamos bajista.»

Esto me llevó a otra imagen de aquella formación inicial: Nura, sacando su Fender Jazz Bass de la maleta, el primer día que apareció por allí. Ibon la había conocido en otra banda y la trajo al siguiente ensayo. Dijo que «no podíamos estar sin bajista». Y al principio tanto Javi como yo tuvimos nuestras reticencias. La idea de una bajista chica no casaba con ninguna de las leyendas del rock a las que adorábamos. Solo conocíamos dos bandas «respetables» que la tuvieran: Sonic Youth y los Pixies (aunque después descubrimos muchas más, como a nuestra idolatrada Aimee Mann o Gail Ann Dorsey, la bajista de sesión de David Bowie y Lenny Kravitz...), pero cuando vimos entrar a Nura por la puerta, con su collar de perro en el cuello, su metro ochenta de altura, y aquella media melena post-punk... y sobre todo: ¡cuando la oímos tocar!

De camino al camping no pude dejar de pensar en esa extraña invitación de Cristina y sus palabras, que parecían algo irreal: «A Bert lo asesinaron»... ¿De dónde había sacado semejante idea? Desde luego, lo más plausible es que la chica estuviera fuera de sus cabales... Pero en un lugar remoto de mi cabeza, una vocecita me decía: «Recuerda ese extraño sueño de la noche anterior..., el mensaje de Bert decía que te había dejado algo en su estudio». ¿Y si estuviera relacionado?

Eran ya cerca de las dos de la tarde y el hambre comenzaba a apretar. Pasé junto al Sangroniz, que estaba justo al lado del camping. Pensé en lo bueno que estaría un plato de alubias y un chuletón, pero el comedor estaba bastante lleno con las celebraciones del día y no me apetecía entrar con mi traje de sepulturero y seguir atrayendo todas las miradas que me había propuesto evitar (con bastante poco talento).

Bajé caminando hasta la cabaña de recepción. Ángela estaba en la oficina mirando algo en su ordenador. Me vio entrar y arqueó las cejas mientras me repasaba con aquellos bonitos ojos azules.

—Vaya, pero qué elegante...

Sonreí.

—Gracias. Creo que voy a pedirte esos flyers de comida rápida —dije—. ¡Ah! Y te debo la pizza de ayer, no me olvido.

—Tranquilo, sé dónde vives —bromeó ella mientras reunía unos cuantos folletos que tenía en un cajón. Me gustó que el tuteo hubiera reemplazado al «usted» de la noche anterior—. ¿Y qué?, ¿has estado a gusto? ¿Todo bien con la cabaña?

—Sí —apoyé los codos en el mostrador—, perfecto.

Ángela se levantó y no pude evitar fijarme en su cuerpo. Caderas anchas, poco pecho, un cuello esbelto y una sonrisa estupenda. «Mmmm... cuidado.»

—Eres Diego León, ¿verdad? —soltó sin más ambages—. Perdón, me estoy mordiendo la lengua desde ayer, pero ya que te vas...

—Pues sí, soy yo. Y de hecho, estaba pensando en alquilar la cabaña otra noche, si es que está disponible.

Ángela se sonrojó un poco.

—¿Libre? Sí, claro... Estamos fuera de temporada y es la cabaña más cara. —Bajó la mirada, sonriendo—. Eso no debería haberlo dicho... ¿Solo un día más? Tienes un descuento a partir de tres días.

—Solo una noche —dije mientras cogía los flyers de comida—, por ahora.

«Quiero escuchar lo que esa loca tiene que decirme», pensé. «Y después me marcharé.»

Ángela introdujo la reserva en el ordenador y no nos quedó más conversación que gastar (aunque tenía la sensación de que, si tiraba del hilo, la habría). Con los flyers en la mano, salí caminando por el bosque, bajo un suave sirimiri.

Entré en la cabaña, eché el pestillo y me quité los zapatos antes de lanzarme sobre la cama. Mis pies celebraron su libertad.

Fui revisando los folletos de comida rápida. Había bastantes cosas, pero me decanté por un clásico: el Restaurante Chino. Pedí una sopa, unos fideos con ternera y dos rollitos. Después llamé a mis padres para avisarles de mi decisión de quedarme una noche más en Illumbe. «Me ha sentado bien encontrarme con Javi, creo que le debo al menos una cerveza. Además, me he enterado de que Nura e Ibon están en el pueblo. Quizá intente verlos antes de marcharme.»

Por supuesto, evité hablarles de la extraña conversación con la novia de Bert. No era cosa de poner nervioso a nadie.

Tenía una llamada perdida de Gonzalo —la que me había puesto en apuros en la iglesia—, pero no me apeteció responderla todavía y verme obligado a contarle lo mal que iba mi plan de camuflaje.

En vez de eso, saqué la tarjeta de visita de Javi y escribí un mensaje a su número: «Al final me quedo una noche más. ¿Te apetece tomar una cerveza?».

Salí a la terraza descalzo. Hacía frío y comenzaba a chispear otra vez, pero me fumé un cigarrillo mirando al océano, oscuro y rugiente, que se vislumbraba entre los pinos.

«Ok», contestó Javi. «Portubide a las 21:00? Por cierto, no tienes WhatsApp?»

Respondí: «Sí al Portubide. No al WhatsApp», y Javi devolvió un «jajajaja».

Posiblemente pensaría que lo mío era una postura ideológica, y no un tratamiento de «desintoxicación digital» prescrito por un psiquiatra. «Las redes se basan en un esquema de ansiedad y recompensa que puede tornarse adictivo», había explicado Ochoa en una de aquellas reuniones. «Cuando lo primero que haces nada más abrir los ojos es mirar Twitter... quizá sea el momento de plantearte si eres un yonqui digital.»

Volví adentro y me senté en un sofá. El chico del restaurante chino había estimado media hora, así que me puse a ojear la estantería de libros. Eran guías de la zona, mapas, pero también había algo de literatura con una sección dedicada a «Novelas ambientadas en Urdaibai». La mayor parte eran libros desconocidos para mí, pero entonces leí un título que me sonaba mucho, muchísimo.

La novela que había catapultado la fama del pueblo, y con ella también la mía (para mal).

Lo saqué de la estantería, le di la vuelta, miré el rostro de su autor, esa «nueva voz desgarradora, apasionante» —como rezaba la faja promocional—, «experta en diseccionar y mostrar los peores secretos de una pequeña comunidad costera».

Bueno... No me importaría cruzarme con él y romperle la cara. «Me jodiste a base de bien. Espero que al menos te hicieses de oro.»

A mediados de 2014, Gonzalo me llamó para decirme que estaba «resolviendo un problema que tenía que ver conmigo», que no me preocupara, pero que evitase «hablar con la prensa en unos días». ¿Qué era? Un libro, ¿en serio? Sí, un libro que al parecer se estaba vendiendo a la velocidad de unos churros en unas fiestas de pueblo, un libro que hablaba de Illumbe, de cosas que pasaron allí. Y en el libro me mencionaban.

Se titulaba El baile de las manos negras y lo firmaba un tipo llamado Félix Arkarazo, que decía ser de Illumbe. Fui a comprarlo de inmediato a una librería que había debajo de mi casa y me puse a leer esa misma tarde. A las once de la noche llegué a la parte en la que se hablaba de mí... «La desaparición de una chica, su moto y la extraña historia que contó su novio.» Un caso sin resolver en el que el máximo sospechoso siempre fue aquel joven músico que a la postre —como apuntaba el escritor— había terminado triunfando en el mundo del pop.

Tal y como había hecho con otros personajes, Arkarazo me había bautizado con otro nombre en el libro. Diego León se había convertido en Raúl Dalves, pero el resto de la historia era igual:

Una chica desaparece sin dejar rastro (ni siquiera se llega a encontrar su moto) la noche del 16 de octubre de 1999. Esa misma madrugada, su novio aparece caminando como un zombi por una carretera del pueblo. A punto de ser arrollado por un coche, dice no recordar nada excepto que ha sufrido un intento de secuestro del que ha logrado escapar «abriendo la puerta del coche en el que viajaba y lanzándose al vacío».

Y se convierte en el principal sospechoso de una investigación... que nunca se resuelve.

Gonzalo tenía razones para estar preocupado, y yo también. A nadie que se pusiera a buscar un poco le costaría encontrar al personaje real que se escondía tras ese pseudónimo. Por fin había estallado aquella historia. Algo que, de una u otra manera, nos habíamos temido siempre, desde que me marché de Illumbe con veinticuatro años.

El libro era un best seller y la prensa enseguida empezó a hurgar en la noticia. ¿Quién era ese «sospechoso» que terminó convirtiéndose en una estrella de la música? Solo necesitaron pisar Illumbe y preguntarlo al primer paisano con el que se cruzaron. ¿El novio de aquella chica desaparecida? ¡Claro! Aquí en el pueblo lo sabemos todos: es Diego León, el cantante.

Los directivos de cierta cadena de televisión debieron de darse cuenta de lo jugoso que podía ser aquel material si se planteaba en condiciones, de modo que tiempo después se marcaron un documental a todo color, con entrevistas a gente del pueblo, informes policiales, incluso una transcripción dramatizada de una sesión de hipnosis. El reportaje fue bastante popular. Lo vieron unos cuantos millones de personas, incluido yo, en el sofá de mi casa, con una botella de Jack Daniels entre las piernas, sumido en la depresión.

No obstante, el problema, el verdadero problema, fueron las redes. Twitter, en concreto. Esa terrible máquina de resumirlo todo. En ese campo de batalla simplón donde solo puedes elegir un bando, todo el planeta eligió ponerse en mi contra. «Estupefactos por su más que posible relación con aquel crimen», «Llevamos años siendo fans de un monstruo», «¿Cómo he podido enamorarme con sus canciones?».

Publiqué una nota de prensa, un vídeo, un testimonio policial que avalaba mi puesta en libertad, pero dio igual. Había sido juzgado y condenado en el tribunal del pájaro azul y el resultado fue la cancelación de un año completo de trabajo. Mi nuevo disco. Una gira. Un montón de dinero devorado por ese libro, esa historia y el furor popular que no podía perder cinco minutos informándose. Solo querían poner el pulgar boca abajo y lanzarme a los leones. Necesitaban sangre y me tocó a mí. Mala suerte.