Son las cuatro. Me ducho. Sí, otra vez. Estoy sudada. Será el calor de agosto o los nervios del encuentro. No puedo cagarla. Otra vez no, por favor.
Intento elaborar el discurso perfecto en mi cabeza. Recuerdo un tanto borrosa nuestra discusión. La huella que deja el tiempo hace que las vivencias no sean ni tan dramáticas ni tan perfectas. Es curioso cómo percibo la misma escena de otro color. De un presente negro en una playa desconocida de Ibiza a un pasado rosado lleno de matices que no logro descifrar. Pienso en el pigmento que traerá ese café. Y lo tiño de rojo pasión, como mis labios.
El bochorno madrileño que ralentiza el tiempo y el cuerpo; las alas llenas de heridas que se sujetan a mi espalda gracias a una venda mal colocada. La intención intacta de crear una nueva realidad junto a ellas. El móvil vibra encima de la mesa. Faltan cinco minutos para las diecisiete y quince. Busco en el bolso los auriculares. Me peleo con los nudos que se crean de la nada. A veces me pregunto qué sucede en el interior de un bolsillo. Escucho el tono de un mensaje. Ring. Otro. Y otro. Quién cojones es. Me levanto de la cama. Dejo a un lado mi batalla —perdida, parece— con los auriculares. Cojo el móvil. «Hola, Alicia. Tengo ganas de verte.» Sonrío.
Cojo la cartera, las llaves, el laberinto de mis auriculares y me lanzo al infierno del asfalto. La sombra no reduce el fuego del sol. Apenas hay personas en la calle. El aire acondicionado de las tiendas me provoca un alivio momentáneo. Entro en el metro. Respiro el frescor. Vuelvo a mirar el móvil. Otro mensaje. «Cuánto hace que no nos escribíamos, ¿dos meses? Esto no puede volver a pasar. Te quiero más en mi vida, cachorrita.» Cada vez que Ricardo me llama «cachorrita» muere un gatito. Aun así, las mejillas se me ruborizan y el pulso nervioso por el inminente encuentro con las chicas es eclipsado por un cosquilleo tímido en mi vientre. Escribo. «Hola, Ricardo. Cuánto tiempo. Te he echado de menos. ¿Cuándo nos vemos?» Su respuesta no tarda ni un minuto. «Tú controlas el tiempo.» «¿El martes, por ejemplo?» «¿Una cerveza?», me contesta. «Perfecto. Me vas a pegar unos buenos azotes cuando te cuente lo gilipollas que he sido en Ibiza.»
Casi me paso la parada. Sol. Salgo corriendo. El silbido de la puerta del metro que está a punto de cerrarse. El sudor de las axilas me mancha la camiseta. Estoy nerviosa. Creo que me meo. Subo por las escaleras mecánicas. Y ahí está, una plaza abarrotada de guiris con abanicos de lunares y hombros chamuscados. Miro el reloj. Llego tarde, cinco minutos. Alzo la vista. Ellas.
No sé si sonreír. ¿Las saludo desde lejos? Están charlando. La última vez que las vi acabamos rompiendo nuestra amistad. ¿Y ahora? Emily hace un gesto. Diana se gira. Me observan. Me hago la loca, como si las acabara de ver. Saludo con la cabeza. Indiferencia. Me muero por ir corriendo y abrazarlas fuerte. Contengo las ganas.
—Hola.
—Hola, Alicia —dice Emily. Sonrío.
—¿A dónde vamos a tomar un café? —interrumpe Diana.
—Hay una cafetería muy bonita a dos calles.
—Perfecto.
Empezamos a caminar. Se hace el silencio. ¿Qué digo? ¿Qué hago? Pasamos unos minutos en tensión hasta llegar al local. Es un rincón precioso, lleno de flores y plantas. Entramos. El frescor del aire acondicionado alivia el sofoco.
—¿Os parece bien esta mesa? —pregunta Emily.
Asentimos. Una vidriera nos muestra la calle Mayor. Pedimos tres infusiones con hielo. Carraspeo. Noto los ojos negros de Diana atravesando mi alma, apuntándome como una navaja en el estómago. Emily está justo a su lado, frente a mí.
—Qué raro es todo, ¿verdad? —comenta Emily.
—Un poco —respondo.
—Bueno, ¿quién empieza? —verbaliza Diana con una voz gélida.
Trago saliva. Dejo correr el tiempo. Unos segundos se cuelan entre nuestros pensamientos. Las ganas de decir «Os quiero, teníais razón, lo siento».
—Pues si nadie habla, empiezo yo —dice Diana.
—¡Lo siento! —grito.
La pareja que está a nuestro lado se gira de forma repentina. Mi perdón ha salido disparado. Sin vaselina. Sin consentimiento. Sin frenos. Igual que mis lágrimas, las que intento contener en mis párpados sin éxito.
—Lo siento —repito más suave.
La mirada de Diana cambia de inmediato. Sus ojos negros están enrojecidos. Arquea las cejas ligeramente, sus fosas nasales se abren. Reprime el llanto. La camarera interrumpe el momento. ¿Gracias?
—Y el té verde con hielo, que supongo que es para ti.
Asiento con la cabeza. Es consciente de la tensión emocional. Se aleja con cierto sigilo. Yo sigo peleándome con mis párpados, que no son capaces de dominar el arrepentimiento. Diana sigue luchando contra su orgullo y sus recuerdos.
—Chicas, yo..., yo no quería. Fui una imbécil, joder —digo.
—Alicia, ya está —sentencia Diana—. Las tres fuimos unas estúpidas. Podríamos haberlo hecho mejor.
—Estaba tan obsesionada con Pablo...
—No, Alicia. Estabas obsesionada con el amor —puntualiza Emily.
—Me conocéis demasiado.
Sonreímos.
—¿Qué pasó con Pablo? —pregunta Diana.
—Que teníais razón. —Bebo un sorbo pequeño de mi infusión fresquita—. Pablo solo quería un amor de verano, alguien a quien manipular. Me hablaba de esos contactos que me iban a ayudar en el mundo editorial y que jamás me presentó. O de la importancia de una libertad que pasó de ser colectiva a ser individual. Cada día era una copia exacta del anterior. Las mismas palabras, el mismo tono de sus «te quiero», el sabor de sus besos. Acabé viviendo su vida porque no me creía capaz de apostar por la mía. «El amor es así», me dije. Luego, él se acostó con una chica de su trabajo y los celos me pudieron. Un día su hija vino a casa muy cabreada porque su padre no le pagaba la universidad.
—¿Y él qué decía?
—Lo negaba todo. «Eres mi diosa», repetía.
—Y en el sexo, ¿qué tal? —cuestiona curiosa Emily.
—Al principio brutal, una explosión de placer tras otra. Pero con el paso de los días mis orgasmos dejaron de tener importancia y todo se centraba en su polla y en su corrida. Nada más.
—Joder, debiste de matarte a pajas —concluye Emily.
—No te creas. Las últimas semanas en Ibiza no me podía correr. Imposible llegar al orgasmo.
—¡¿En serio?!
—Te lo juro.
—¿Y por qué? —interrumpe Diana.
—Pues no lo sé. Supongo que me sentía tan reprimida y tan sometida que mi cuerpo se rebeló contra mí. Al final, esta experiencia me ha servido para conocerme más y para valorar a las personas que merecen mi lucha por encima de todo, como vosotras.
Las miro. Sonríen. Suspiro.
—Tía, perdona, pero yo sigo intrigada. ¿Te has podido volver a correr? —dice Emily.
—Eso, eso. ¡Fuera dramas! Hablemos de lo importante. Sí, me he corrido hace... —miro el reloj— cuatro horas. Después del subidón orgásmico, os he escrito. Ha sido volver a Madrid, a mi vida, y pum. Supongo que necesito sentirme libre para llegar al clímax, no sé.
—La libertad..., qué concepto —reflexiona Diana.
—¿Por qué lo dices?
—¿Dónde está el límite de la libertad?
—Esa pregunta me la he hecho tantas veces...; sobre todo cuando estaba con Pablo. ¿En qué momento pasas de ser libre a ser imbécil?
—Yo también he reflexionado mucho sobre eso. ¿Hasta qué punto fuimos libres de contarte lo de Gloria en la playa? ¿De acorralarte, de entrometernos, de no apoyarte?
—Bueno, Diana, yo...
—No, Alicia. No lo hicimos bien.
—Joder, yo tampoco. Saqué cosas personales muy feas. Mi ego me destruía por dentro y no fui capaz de articular ni un ápice de arrepentimiento. Con el paso del tiempo me he dado cuenta de que en realidad queríais ayudarme. Y de que fui muy muy capulla con vosotras.
—Y nosotras contigo, Alicia. Esta situación es responsabilidad de las tres —añade Emily.
—¿A dónde nos ha llevado todo esto? —plantea Diana.
—A valorarnos.
—Y a querernos más —responde Emily.
Sonreímos. Emily descansa los brazos sobre la mesa en un gesto de «alto al fuego». Entrelazamos las manos. Creamos un círculo fuerte que devuelve la reminiscencia de un vínculo único, el mismo que nos hizo emprender un viaje en busca de nuestra verdadera esencia, de nuestro yo. Renacemos de las cenizas.
—Os he echado de menos. —Diana llora desconsolada.
El orgullo y la fortaleza que aparenta Diana se resquebrajan en menos de un segundo y deja ver qué hay en su interior. Dolor. Nostalgia. Rabia. Saudade. Me levanto, la abrazo. Emily se une. Y durante no sé cuánto tiempo permanecemos fusionadas. Lo que parecía imposible resulta que es tangible. Que sí, que se puede, que volvemos a estar, que volvemos a ser. No unas zorras. Ni tampoco malas.
Volvemos a ser libres.
El color del momento se tiñe de rojo como la pasión, el amor, el sexo, la sangre. El vínculo, la hermandad. El fuego del verano, la calidez de sus brazos. El olor a sudor de sus axilas que se enmascara con un toque de perfume fresco y floral. Las lágrimas de Diana que mojan los bíceps. La sonrisa de Emily emite un sonido cercano, íntimo. Y yo que no sé cuántas veces he creado y destruido este momento en mi imaginación. Resulta que es incluso mejor de lo esperado.
Pasan unos minutos, no sé cuántos. La pareja de al lado sigue mirándonos con cara de juicio y molestia. Será porque sin querer les he puesto el culo en la cara. Vuelvo a mi silla. Emily se acomoda en la suya. Diana coge un puñado de servilletas y se seca las mejillas. El papel se humedece fácil, son muchas lágrimas. Yo imito su gesto y sin querer se me escapa una risa volátil e incierta. Las miro. Diana sonríe y sigue llorando. Emily se apoya en su hombro. Nos observamos en silencio. Sin cuestionar, sin juzgar. Solo con las ganas de estar, de ser, de celebrar, de amar, de olvidar, de crear y de liberar.
Un mal gesto hace que la gravedad se rebele contra mí. Tiro la taza de té verde con hielo y acabo mojando toda la mesa en menos de un segundo. Diana y Emily cogen los móviles rápidamente. Yo aparto mi silla de un empujón y una pequeña cascada acaba encharcando el suelo. Giro la cabeza en busca de la camarera. Se adelanta al gesto, viene con una bayeta dispuesta a limpiar mi torpeza.
—Tía, qué desastre eres. No has cambiado nada —dice Emily.
Soy patosa de nacimiento. Luchar contra eso es difícil, lo sé.
—Nos tenemos que poner al día, chicas —retoma la conversación Diana.
—¡Cierto! Contadme cosas, venga. ¿Sigues con Rita?
—Sí —se ruboriza Diana—. Estamos muy bien.
—Tía, madre mía. Quién te ha visto y quién te ve —añade Emily.
—¿Verdad? Cuando te conocimos no te habías masturbado jamás y ahora estás saliendo con una mujer maravillosa...
—... a la que le has comido el coño varias veces, ¿no? —interrumpe Emily.
Diana se ríe muy alto. La pareja se levanta, nos mira de reojo y se marcha.
—Parece que tu repentina bisexualidad los ha incomodado —observa Emily.
—O nuestro vocerío —señalo.
—También, también. Bueno, Diana, sigue contando. ¿Dónde está Rita?
—En Ibiza, claro. Vendrá a Madrid en unas semanas. Tengo muchas ganas de verla.
—¿Cuánto hace que no os veis?
—Pues hace unos días estuve en Ibiza y fue... mágico. Ay, qué tonta me pongo cuando hablo de ella.
Lo cierto es que sí. Su sonrisa tímida se escapa para instalarse en sus labios. No lo puede evitar. Desvía la mirada hacia la mesa y juega con un sobre de azúcar entre los dedos. Un ligero rubor tiñe sus mejillas tensas color café. Algunas trenzas largas caen por su cara y la bisutería plateada y tribal que las adorna golpea contra la madera. Ella se sumerge en el recuerdo de un encuentro pasado y en la nostalgia de la presencia de Rita.
—Te veo más enamorada, Diana.
—Lo estoy, no sabéis cuánto. Rita me hace sentir algo profundo, intenso y bonito.
—¿Os habéis dicho «te quiero»?
—¡Pues claro! Si somos novias, Emily.
—¿Y las tijeritas? —Guiña el ojo y le da unos golpecitos con su codo izquierdo. Nos reímos.
—También, pero invitamos a Manuela a unirse.
—¿Quién coño es Manuela? —pregunto.
—Un vibrador que tiene Rita. Parece un micrófono y es, buah, impresionante. He mojado varias sábanas con esa mierda.
Volvemos a soltar una carcajada que retumba por la cafetería. La camarera nos lanza una mirada un poco asesina mientras les cobra unos smoothies de fresa a unos turistas.
—¿Y qué tal eso de las relaciones abiertas? —pregunto.
—Lo cierto es que muy bien. Nos comunicamos mucho todo lo que hacemos.
—¿Has hecho algo con otra persona?
—No, de momento no.
—¿Y ella?
—Sí, claro, en Ibiza tiene varias amistades.
—¿Y no te molesta? —vuelvo a interrogar.
—Esas personas estaban en su vida antes que yo. Vivimos separadas y nos vemos una o dos veces al mes. Además, está consensuado.
Recuerdo los celos que sentí cuando Pablo se acostó con aquella chica. Admiro la madurez de Diana y siento cierta envidia. ¿Yo sería capaz?
—Oye, ¿sigues vendiendo bragas, zorra? —corta la conversación Emily.
—Sí, sigo con el negocio, pero cada vez menos. Ahora estoy invirtiendo mi dinero.
—Vaya, señora empresaria —bromea.
—¿Qué estás tramando? —pregunto.
—Rita me ha ayudado a materializar mi arte, a entender lo que llevo dentro y plasmarlo en un lienzo en blanco. Poco a poco voy perdiendo el miedo y ya no siento vértigo. Estoy pensando en crear una página web para vender algunos cuadros y apostar por las redes sociales para que me conozcan. Aunque esto último me da un poco de yuyu, ya sabéis. Esa exposición... No sé si estoy preparada.
—¡Claro que sí! Me parece muy buena idea, Diana. ¿Puedo ver algún cuadro?
—Claro.
Coge su móvil, que está apoyado encima de la mesa, y nos enseña algunas creaciones que conceptualizan el alma, la vida, la muerte o el sexo a través de unos colores vívidos.
—Y este es sobre mi primer orgasmo. La explosión de energía que sentí, el squirt en tu cama, Alicia, y la búsqueda de mi propia voz, que había sido callada en tantas ocasiones.
—Vaya, Diana, no tengo ni puta idea de arte, pero esto es alucinante. Me encanta —comparto.
—Muchas gracias, chicas. Me alegro de que os gusten. Estoy entusiasmada con la idea, pero, de momento, tengo que seguir mojando bragas y enviándolas por correo.
—¿Y tú, Alicia? —pregunta Emily.
—¿Yo qué?
—¿Qué has hecho?
—Si ya os lo he contado, ¿no?
—Pero con detalles.
—Bueno, pues estuve muerta de asco en Ibiza. Cada día era igual que el anterior, a medida que avanzaban las semanas, se me fue cayendo la venda que me cegaba y no me dejaba ver la persona tóxica y asquerosa que es Pablo.
—Menudo pieza, ¿eh? —dice Emily.
—Lo cierto es que sí.
—¿Y la novela?
—La novela... ahí está. No he escrito nada desde nuestra pelea. No podía recordar las vivencias. Dolía demasiado.
—Te ayudaremos en lo que haga falta, Alicia, pero esa novela saldrá al mercado —dice Diana mientras me coge de la mano.
—Es difícil. Aunque tengo contactos dentro del mundo editorial, no es lo mismo ser escritora fantasma que escribir tu propia novela. Y más tal y como están las cosas: solo venden libros los grandes escritores y los influencers que no saben ni utilizar el imperativo correctamente.
—Pero ¿Pablo no te habló de una editora, bla, bla, bla...?
—Sí.
—Podrías escribirle.
—Tal vez.
—Aunque antes tendrás que acabar la novela, ahora que los recuerdos no duelen, ¿verdad? —comenta Diana.
Sonrío.
—Sí, sí, pero tendremos que inspirarte un poco —suelta Emily.
—¿Inspirarme? ¿Cómo?
—Con un viaje.
—¿Cómo, cómo? —insisto.
—Tías, que a mí me falta una fantasía por cumplir.
Hago memoria. Emily nos mira con una ceja levantada y con las expectativas muy altas para lo corta que es mi memoria.
—No me lo puedo creer —se ofende.
—No te enfades, Emily —digo.
Cojo el móvil. Busco entre las fotografías. Veo una de nuestro contrato. Y ahí está la fantasía.
—Coño —suelto.
—Qué.
—Es cierto.
—El qué —interroga Diana un poco perdida.
—Lo del viaje.
—Claro, joder, no os iba a mentir —responde Emily.
—Pero ¿qué viaje? —vuelve a preguntar Diana.
—Diana, mi viaje, ¡mi fantasía! Solo me queda una.
Le muestro la fotografía del contrato ampliando la tercera propuesta de Emily. Diana abre los ojos y la boca. Toma una bocanada de aire.
—Qué —repite Emily.
Se instala el silencio por un momento. Sonreímos para nuestros adentros. El pecho me vibra tan fuerte que no puedo controlarlo. Diana ha destrozado el sobre del azúcar y la mesa se ha llenado de granos blancos. Los esconde debajo del pequeño plato que sostiene su taza vacía, como quien no quiere la cosa.
—Que tenemos un viaje que planear, ¿no? —responde Diana.
—¡Sí, joder! —grita Emily, golpeando la mesa.
A través de la ventana veo más gente paseando por la calle Mayor. El calor amaina, pero el fuego interno acaba de prender. La camarera nos mira con bastante odio. Emily se levanta, va a la barra. «Tres tercios, por favor.» Diana grita de alegría. Brindamos.
—Por Cap d’Agde.
—Por el zorrerismo que vamos a vivir en el pueblo swinger más grande del mundo —suelta Emily.
—Madre mía, va a ser una auténtica locura —preveo.
Las burbujas acarician la lengua. Qué bien sienta una cerveza fresquita en pleno agosto.
—Bien, ¿y cuándo nos vamos? —pregunta Diana.
—¿Qué os parece en septiembre? Así me da tiempo a terminar la novela.
—¡Buena idea! A finales del mes que viene yo podría tener mi web terminada.
—Pues ya está. La última semana de septiembre nos vamos a Cap d’Agde.
—¡Hecho! —dice Diana.
Emily no dice ni una palabra. Hay algo extraño en ella. Agacha la cabeza y se muerde el labio.
—Veréis, chicas... —comenta tan bajito que casi ni la escucho.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—Os tengo que contar algo.
A Diana y a mí nos cambia la cara. Dejo el tercio en la mesa. Emily lanza una mirada nostálgica, triste e ilusionada a la vez. Puedo ver todos los matices de sus emociones en los destellos azulados y amarillentos de sus ojos.
—No sé cómo deciros esto...
—¿El qué, Emily?
—Quería explicaros lo que ha sucedido durante este tiempo de separación. La verdad es que pensé que no volveríamos a ser amigas...
—Pero qué cojones pasa. ¿Estás bien? —se preocupa Diana.
—Sí, sí. Estoy bien, tías, tranquilas. Pero tengo una noticia que, por un lado, me ilusiona y me empodera y, por otro, me entristece mucho.
Una lágrima asoma por la comisura de sus ojos. Nos mira y fuerza una sonrisa. Inspira fuerte por la nariz para retener esos mocos que se le escapan por las fosas nasales.
—A ver cómo os lo cuento...
—¡Suéltalo ya, por Dios, que me va a dar un infarto, Emily! —grita Diana.
—Me voy.
—¿Qué?
—¿Cómo?
—Me vuelvo a Estados Unidos.
El silencio protagoniza el momento. Emily sigue esbozando un gesto amargo mientras Diana y yo nos miramos sin saber muy bien qué decir, sin entender el significado de esa frase, esa intención, ese plan, esa ¿despedida?
—¿Te vas? —pregunta Diana.
—Sí. Qué mal se me dan estas cosas... A ver, os cuento.
Le doy un buen trago a la cerveza. Sea lo que sea lo que viene ahora, creo que va a ser necesario ahogarlo en alcohol. Solución inmadura, sí, pero es lo que hay.
—Cuando volví de Ibiza, sentí que los fantasmas del pasado me acompañaban en el presente. El retiro tántrico abrió la tumba de mis desgracias, de mis recuerdos, de aquello que enterré para que no doliera más. Lo cierto es que durante un tiempo conseguí olvidar las vivencias, ¿sabéis? Luego me di cuenta de que no podía seguir engañándome; no con vosotras, no a vosotras. Y, bueno, ya conocéis la historia de mi vida. El cáncer de mi madre, la relación tóxica con James, mi indiferencia ante los estudios y la enorme preocupación de mi padre.
Emily pausa su discurso. Bebe un sorbo del tercio. Traga lentamente. Cierra los ojos. Otra lágrima se escapa. Diana acaricia su espalda con cariño y compasión.
—Una noche de insomnio me planteé qué pasaría si me enfrentara al pasado: acabar con James de una vez por todas, hablar con mi padre y pedirle perdón, llevarle girasoles a mi madre y contarle lo que he vivido, aunque ella ya no esté. Y también retomar mis estudios. Así que contacté con un antiguo profesor, íntimo amigo de la familia, que durante años estuvo enseñándome química, matemáticas y física avanzada. Da clases en la Universidad de Stanford, es director adjunto de Ingeniería Química. Le escribí un e-mail explicándole mi situación. Se acordaba de mí. «Como para olvidar ese brillante cerebro», me dijo. Me hizo especial ilusión. Después de varios correos, le pregunté qué posibilidades tenía de matricularme en la carrera.
—¿Y qué te dijo?
—Que podría mover algunos hilos. Por suerte, mi nota media es muy buena a pesar del bajón del último año. Me falta realizar el SAT (la prueba de acceso a la universidad) y escribir una carta de solicitud para poder entrar.
—¿Cuándo tienes el examen? —pregunto sin estar preparada para la inminente respuesta.
—El 6 de octubre.
Es agosto y sueño con poder parar el tiempo. En este momento. Pausa. Y ya está.
—Sé que es una mierda, tías. Yo no sabía que íbamos a solucionar lo nuestro, yo...
—Oye, Emily, no digas tonterías —interrumpe Diana.
—¿Cómo?
—Me has escuchado. Tienes que hacerlo, ¡claro que sí! Es el momento de retomar tu vida y apostar por tu carrera, de enviar a la mierda a James y de convertirte en una puta ingeniera química.
—Sí, pero vosotras...
—A nosotras no nos echas de tu vida ni con aguarrás. Estamos y seguiremos estando aquí, Emily, contigo. Pero ¿sacrificar tu vida por nuestra amistad? Ni de puta coña, amiga. ¿O ya no te acuerdas del propósito del Club de las Zorras?
—Pues...
—Todavía recuerdo tus palabras: «Probar a ser mil yoes y escoger finalmente a uno; al de verdad». —Me tomo una pequeña pausa—. Emily, has encontrado a tu yo, al de verdad.
Los ojos se vuelven borrosos y unas gotas saladas nacen en mi lagrimal. Diana y Emily también lloran. Es la crónica de una despedida anunciada.
—Además, así tenemos excusa para ir a Estados Unidos. —Intento quitar dramatismo a la situación.
—¿En serio? ¿Vendréis a verme? —Emily sonríe.
—Por supuesto. No te voy a mentir, me duele este instante. Pero estamos aquí, seguimos juntas. Y ahora más que nunca quiero exprimir cada momento que pasemos zorreando.
—Fuck, os quiero mucho.
Nos abrazamos. Casi tiro el tercio con mis tetas. Por esta vez, mi torpeza no ha ganado. Menos mal.
—¿Cuándo te vas?
—Compré el billete para el 7 de septiembre.
—Estamos a 9 de agosto —dice Diana.
—Nos queda menos de un mes —añado.
—Pues nada, la semana que viene nos vamos a Cap d’Agde, ¿os parece? —propone Diana.
Miro el calendario del móvil. No tengo nada a la vista, lo cual me angustia un poco. El dinero me agobia. ¿Algún día viviré sin esta preocupación? Es insano, joder.
—Podemos irnos el jueves, ¿no? —sugiero.
—¿Cuántos días estaremos allí? —pregunta Emily.
—No sé, ¿cuántos quieres estar?
—¿Toda la vida?
—Chicas, necesito que este viaje sea low cost total, por favor —insisto.
—Sí, yo también voy jodida de pasta.
—Y yo.
—Estamos apañadas. La dura vida de los millennials.
—¿Otro tercio? —propone Emily.
—¡Venga!
Bebemos unas cuantas cervezas. No sé qué hora es, pero la calle está más oscura y abarrotada de gente. Yo las miro desde mi silencio y mi inocencia, desde mi desdicha y mi dolor, e intento guardar cada detalle en la retina, capturar fotos con el cerebro para no olvidar ni el brillo de sus sonrisas, ni el pulso de sus almas, ni el vaivén de sus melenas.
—Entonces, hemos dicho que nos vamos a Cap d’Agde con tu coche, Alicia. Menudo viaje te vas a pegar.
—No os preocupéis. Estoy ready para lo que sea.
—Qué bien volver a estar las tres juntas otra vez. Os echaba tanto de menos... —insiste Emily.
Sonreímos. Miro el reloj, son las ocho y media. De repente, se enciende una bombilla en mi cabeza.
—Oye, Diana, ¿sabes algo de tus padres? No te he preguntado.
—Ah, tranquila. No, no sé nada de ellos. Desde que me largué de casa, no he vuelto a tener contacto.
—Cuánto lo siento...
—¿Por? Sé que estas cosas llevan su tiempo. Volveré a ellos cuando esté preparada. De momento, prefiero vivir a mi manera y saber quién soy. Es difícil, ¿sabéis? Tengo tantas cosas arraigadas en mi cabeza que a cada cosa que hago me pregunto si es decisión mía o forma parte del aleccionamiento. Joder, me he planteado cosas tan rutinarias como los desayunos o mi forma de lavarme los dientes. Pero con cada respuesta me acerco un poco más a mi verdadero yo.
—¿Y te está gustando?
—¿El qué?
—Lo que estás descubriendo de ti.
—Mucho. Demasiado. Me sorprende, ¿sabes? Nunca pensé que fuese capaz de hacer las cosas que he hecho. Y lo que me queda por vivir...
—¿Dónde estás alojada?
—Encontré una habitación barata en el centro de Madrid. Es muy pequeña, pero le he puesto unas telas con mandalas en las paredes y unas lucecitas preciosas. Y he adoptado a un gato.
—¿Qué dices, tía? —grita Emily.
—Sí. Entré en Instagram y vi una publicación de una compañera de clase. No me lo pensé demasiado y lo adopté.
—¿Cómo se llama? —pregunto.
—Bartolo.
—Joder, ¿en serio?
—Sí.
—¿Le has puesto Bartolo a un gato? Pobre desgraciado —se cachondea Emily.
—¿Por?
—Es nombre de pringao.
—¡Anda ya!
—¿Cómo se te ocurrió ese nombre? —curioseo.
—Bueno, en realidad ya se llamaba así. O eso me dijo mi compañera.
—¿Y cómo es? ¿Tienes alguna foto?
—Sí, mirad.
Diana coge su móvil y nos enseña una foto de Bartolo. Es un gato común, grande y delgado, completamente negro y con los ojos verdes.
—Un gato negro, siempre me han gustado —digo.
—¿Sí? Pues son los últimos que se adoptan y los primeros que se sacrifican. Dicen que los gatos negros son más cariñosos que los demás.
—¿Y es verdad?
—De momento es lo más mimoso que existe en este planeta.
—Es demasiado guapo para un nombre tan feo —vuelve Emily.
—Y dale con el nombre.
—Por Bartolo. —Alzo mi tercio. Brindamos.
Seguimos charlando sobre las trastadas de Bartolo, lo bien que se lleva con sus dos compañeros de piso y lo pesado que se pone cuando le toca comer.
—¿Qué plan tenéis? —pregunta Emily.
—¿Qué plan propones?
—¿Yo? No sé, pero no quiero irme a casa. Me apetece estar con vosotras.
—A mí también —interrumpe Diana.
Vuelvo a mirar la hora. Son las diez menos cuarto.
—Tengo una idea...
—Suéltala.
—Rita me habló de un sitio por Madrid, pero no recuerdo su nombre. ¿Se lo puedes preguntar, Diana? Era un sitio de blues.
—¿Blues? ¿Y el perreo? —Emily se entristece.
—El blues se puede perrear también, Emily —se mofa Diana.
—Entonces, me vale.
Diana sonríe tímida cuando coge el móvil y ve un mensaje. Es de Rita. Insiste en lo pesada que es hablando de ella y en lo enamorada que está.
—Es algo extraño. Nunca pensé que me gustaran las chicas y resulta que soy bisexual. Ni tan siquiera sé en qué momento lo supe.
—Es curioso eso. ¿En qué momento sabemos que somos heterosexuales? Eso ni tan siquiera se cuestiona, se asume. Es lo que te dice el sistema y no puedes salir de la norma. Desde que naces, ya estás encasillada y clasificada. Qué pereza —digo.
—Pues sí. Aunque todavía me sigue resultando extraño estar con una chica, eh. O sea, no por nada, pero pienso en mi yo del pasado y en lo ciega que estaba...
—No es ceguera, es aleccionamiento —corrijo.
—¿Y qué diferencia hay?
—Cierto, ninguna.
—Al final somos personas más allá de lo que tengamos entre las piernas. Somos seres humanos, coño. Y la conexión puede surgir con cualquiera —añade Emily.
—O entre varios —concluyo.
—Rita dice que el bar de blues se llama La Coquette —informa Diana.
—¡Eso! ¡La Coquette!
—¿Está muy lejos de aquí? —pregunta Emily.
—Pues san Google nos lo dirá.
Busco La Coquette en Google. Calle de las Hileras, 14. Abre a las nueve.
—No está muy lejos, cerca de Ópera.
—¡Coño! Pero si está al lado del mexicano. ¿Nos tomamos unas micheladas como en los viejos tiempos?
—Dices «viejos tiempos» como si hubiesen pasado años. Emily, que solo han pasado dos meses.
—Es que hemos vivido tantas cosas en dos meses que parece una vida entera.
—¡Y lo que nos queda!
Nos levantamos y nos despedimos de la camarera. Sonríe un tanto forzada. Creo que se alegra de que nos larguemos. Cruzamos Sol con cierta dificultad y mucha paciencia y llegamos a la calle Hileras. Nos desviamos a la izquierda. Entramos en el restaurante. Hay una mesa libre. Milagro. Pedimos unos tacos y tres micheladas con clamato y cerveza Modelo Especial. Añoraba el sabor de nuestra amistad.
—Amiga, que te vas a Estados Unidos —le suelto a Emily.
—Calla, calla, que se me había olvidado.
—¿Estás nerviosa?
—Un poco. No sé cómo va a reaccionar mi padre y, sobre todo, no sé cómo lo voy a gestionar yo. Será duro.
—Eso sin duda. Pero muy liberador.
—Eso espero.
El pelo rosa de Emily se entromete entre su boca y el taco. Pone una cara extraña mientras saca el mechón de entre sus labios. Nos reímos. Sin querer expulso un perdigón que acaba en la michelada de Diana. Ataque de risa. De vuelta a nuestra normalidad.
—¿Nos vamos?
Caminamos calle abajo cogidas de la mano hasta encontrar el garito. Es un antro bastante curioso. Un cartel que parece pintado por un niño de cinco años nos confirma que es el lugar correcto, o al menos el que estamos buscando. Hay varias personas en la calle fumándose un pitillo. Huelo a marihuana. Me acuerdo de Ibiza y no sé si quiero o si estoy preparada. No por Pablo, ese se puede ir a tomar por culo, sino por lo gilipollas que fui al mantener una relación como esa, tan tóxica que borró hasta mi esencia. Me prometo que nunca más. Y no, no habrá próxima vez para el amor romántico de mierda.