Durante la noche, las primeras nubes de un otoño que estaba ya a las puertas habían traído consigo una ligera llovizna, pero al amanecer, en las plazas y por las calles de la vieja Múnich se había infiltrado arrogante el Föhn, el viento cálido que soplaba a intervalos impredecibles desde los Alpes hasta el sur de la ciudad transformando aun los días más severos en anuncios de primavera.
Sentado a una mesita al aire libre en medio de los puestos del Viktualienmarkt, Siegfried Sauer, comisario criminal de la policía cívica, contemplaba los árboles centenarios a su alrededor. El Föhn los estaba desnudando con alegría de las primeras hojas amarillentas, que tras un corto vuelo acababan flotando como barquitos en los charcos del mercado o enriqueciendo los desayunos de los trabajadores y transportistas, enfrascados en sus wurst y sus leberkäse ya a las diez de la mañana. Aquel era un espectáculo que nunca dejaba de fascinarlo, y le dibujaba en la cara una sonrisa melancólica: Sauer había crecido en el Markt, su madre había regentado durante décadas una pequeña pescadería, y él también se había sentado a las mismas mesas de madera cada día de su infancia para observar y escuchar las historias del pueblo, aprendiendo quizá más de esa forma que en los libros de texto. A pesar de todo lo que había ocurrido en los últimos treinta años —la decadencia del Imperio, la Gran Guerra, la República, el crac de Wall Street—, el mercado aún seguía allí, y lo mismo su clientela, con charlas siempre diferentes y siempre iguales, estación tras estación.
—¡Buenos días, teniente! —trinó una voz de mujer mientras se acercaba a su mesita—. ¿Se ha levantado tarde esta mañana?
—Ya no soy teniente, Frau Keller, lo sabe —contestó a la anciana panadera propietaria del Obersalzberg, la cervecería más popular del mercado.
—Claro, claro, por supuesto. Lo recuerdo —rebatió con su acostumbrado tono jovial—. ¡Aún no soy una vieja chocha!
Sauer sonrió. Seguro que no chocheaba, pero en cuanto a su edad, no había forma de averiguarla. Del resto de propietarios no había ninguno que recordase una época anterior a Meni Keller, que era más que una institución: era la encarnación del Viktualienmarkt. Se decía que en cierta ocasión sirvió a Bismarck en persona, circunstancia sobre la que, con el tiempo, habían surgido decenas de versiones más o menos verosímiles.
—¿Qué me dice de una cerveza para empezar bien el sábado? ¿Irá al Wies’n hoy? Parece que la carpa de la Paulaner este año es una maravilla...
—Frau Keller, sabe usted muy bien que, además de no ser teniente, sino comisario, yo no bebo. Soy abstemio.
—¡Abstemio! ¡Ay, Dios mío! ¿Y eso tiene cura?
La anciana se echó a reír, mirando a su alrededor para recabar la solidaridad de los demás clientes, todos ellos con una jarra de cerveza en la mano. La mayor parte llevaba los tradicionales pantalones de cuero y el chaleco, mientras que sus acompañantes femeninas lucían sus dirndl ceñidos en la cadera y escotados en el pecho, que habían hecho famosa Baviera en el mundo. A pesar de la crisis, el Oktoberfest seguía celebrándose.
Mientras Sauer y Frau Keller repetían las habituales ocurrencias por enésima vez, como un ritual para llamar a la buena suerte, una mujer más joven, también ella vestida con su dirndl, posó sobre la mesita del comisario una jarra de cerámica humeante.
—¿Dulce o salado? —preguntó, sin levantar siquiera los ojos.
—Salado, Margit. Gracias.
La mujer asintió y de la cesta de mimbre que llevaba en el brazo extrajo un bretzel tan grande como una bandeja.
—Que aproveche —dijo al dejarlo en el centro de la mesa, al lado de un cuchillo de acero y de una tarjetita donde estaba escrito «Teniente Sauer». Luego añadió una porción de mantequilla envuelta en papel y se fue tal como había llegado.
—Margit siente debilidad por usted, teniente —comentó la anciana Meni.
—Ni siquiera me mira —protestó Sauer, a quien el asunto, de todas formas, le traía sin cuidado.
—Créame, que yo conozco a mi hija —concluyó la mujer y, tras guiñarle un ojo, lo dejó con su desayuno.
Sauer se dedicó al bretzel: lo cortó longitudinalmente y empezó a untar la mantequilla a conciencia, sin prisas. Un jilguero planeó sobre la mesa al cabo de pocos instantes y se puso a observar la operación con impaciencia, entre sacudidas de cabeza. Sauer le ofreció una miga de pan y el jilguero movió de nuevo la cabeza con énfasis antes de emprender el vuelo agitando las alas.
—Caramba —dijo un hombre a la espalda del comisario—. Eres un verdadero solitario. ¡Ni siquiera los pájaros pueden desayunar contigo!
—Mutti —saludó Sauer sin darse la vuelta—. ¿Qué te trae por aquí?
—Un viento cálido —contestó el recién llegado mientras rodeaba la mesita y se colocaba delante de él—. Los antiguos lo llamaban Favonio. A veces, Céfiro. Un viento alegre e inquieto, como yo —sonrió mostrando una dentadura llena de huecos; luego, con un gesto de prestidigitador, hizo aparecer una silla metálica y se sentó—. ¿Te importa? Me muero de hambre.
Sauer negó con la cabeza: claro que no le importaba. Cortó el bretzel por la mitad, como un corazón roto y le dio la parte más grande a su amigo.
Helmut Forster, comisario adjunto en la unidad de Delitos Violentos, era en todo su opuesto, y quizá por eso se entendían tan bien, en el trabajo y fuera. Mientras Sauer semejaba la viva estampa del ideal nórdico —alto, rubio, la mirada de hielo en un rostro esculpido y perfectamente lampiño—, Mutti apenas le llegaba a los hombros con su metro sesenta, y tenía una piel tan oscura que en modo alguno parecía el fruto de la madre Alemania, sino más bien de cualquier país más soleado a orillas del Mediterráneo. El pelo negro y los ojos castaños, una perenne sombra de barba en las mejillas, aunque se afeitara a diario; había salido de la guerra con un apetito insaciable: de comida, de cerveza, de tabaco, de todo. Esto se reflejaba tanto en la anchura de sus camisas como en la levedad de su cartera, desgastada ya por las necesidades de la familia que había formado con una tranquila muchacha del Este hacía quince años. Por eso, Sauer, que nunca tenía hambre y tampoco debía preocuparse por una esposa y tres hijos, compartía de buena gana las comidas con él. Era su mejor amigo: de haber sido necesario le habría entregado su propio sueldo.
—Ojalá sea un sábado tranquilo —dijo Mutti cuando terminó su medio bretzel.
Sauer sopesó darle un poco más, pero luego se dijo que Lina no habría visto con buenos ojos toda esa mantequilla en las venas de su marido.
—Este año me han tocado una docena, y nunca ha pasado gran cosa. Únicamente borrachos y peleas domésticas.
Mutti asintió.
—Sí, la gente prefiere matarse entre semana. El sábado y el domingo son para descansar —alzó el brazo para hacerle una señal a Margit—. Tengo una sed increíble. ¿Alguna vez has visto un septiembre tan caluroso? El clima está cambiando, los viejos tienen razón. ¿Tú también entras a las once?
—Sí —respondió Sauer levantando los ojos hacia el Alte Peter, la torre del reloj que despuntaba igual que un centinela sobre el Viktualienmarkt. A pesar de su venerable edad, el Viejo Pedro nunca fallaba una campanada, dictando su ley a las otras torres más jóvenes que lo rodeaban. Para el comisario, que vivía en una mansarda que daba al mercado, era un amigo desde hacía mucho tiempo—. Turno largo hasta mañana por la mañana.
—Yo también. Así que cuando terminemos, te vienes a almorzar a mi casa. ¿Qué te parece?
—¿Lina está de acuerdo?
—La idea es suya. Dice que hace mucho que no vienes, y que a saber cómo comes, si es que comes.
Sauer asintió. La esposa de Mutti tenía diez años menos que él y casi veinte menos que su marido, pero los trataba a ambos como a chiquillos: les echaba la bronca y los mimaba como una madre. Era algo que a Sauer no le desagradaba en modo alguno.
Estaba a punto de aceptar la oferta cuando un grito desesperado rompió la atmósfera del Markt.
—¡Socorro! —gritó un hombre casi sin resuello—. ¡Ayúdenme!
Llegaba desde la iglesia del Espíritu Santo, corriendo frenéticamente, la cara pálida como la de un muerto o la de alguien que está a punto de serlo. Alto, delgado, con el rostro enjuto y una nariz importante, vestía un traje de terciopelo y zapatos lustrosos, pero debía de haber perdido el sombrero.
—¡Me persiguen!
Sauer se puso en pie de un salto, preparado ya para intervenir; luego, desde la esquina norte del mercado, vio llegar a los perseguidores: tres hombres con aspecto marcial vestidos de color pardo de los pies a la cabeza, uno de ellos con una porra en la mano.
—¡Quieto! —gritó el de más atrás.
—¡No te nos escapas! —añadió el que iba segundo.
—SA —musitó una camarera a pocos metros de Sauer.
En un momento, como si se tratara de un simulacro de emergencia ensayado una y otra vez, la muchedumbre del Markt reaccionó como un solo hombre: se abrió lo bastante para dejar paso al fugitivo, que prosiguió su carrera sin frenar, luego se cerró de nuevo y retomó sus ocupaciones de antes, con fingida indiferencia. Los tres hombres de pardo llegaron inmediatamente después y se dieron de bruces contra una barrera de clientes achispados. Se derramó cerveza, volaron insultos. El perseguidor que llevaba la porra trató de zafarse del conato de reyerta, pero, cuando lo logró, el hombre del traje de terciopelo ya había desaparecido más allá de la Schrannenhalle.
—¡Lo habéis dejado escapar! —gritó el jefe de las SA, no quedaba claro si a los suyos o a los parroquianos con los que se habían topado. Echaba espumarajos de rabia y de orgullo herido—. ¡Era un delincuente! ¡Un ladrón! ¡Buen trabajo, enhorabuena! —agitó la porra en el aire, un poco por la cólera, otro poco como una orden, y se volvió hacia la Sparkassenstrasse seguido por sus secuaces.
—Nazis —refunfuñó un hombre en lederhose cuando todo terminó—. Odio a esa gente.
Sauer torció la boca.
—No era un ladrón. ¿Has visto su indumentaria?
—Ni tampoco era un delincuente —contestó Mutti—. Tenía la cara de alguien que está a punto de recibir una paliza aun sin haber hecho nada. Mejor dicho, precisamente porque no ha hecho nada.
Sauer volvió a mirar al Viejo Pedro, que había seguido como él toda la escena en silencio.
—Las once menos veinte. Tenemos que irnos.
—Venga, pues vámonos. —dijo Mutti poniéndose en pie—. Y ojalá este sea un sábado tranquilo —repitió.
—Ojalá mejore, sí —contestó Sauer, pero sin convicción, como si en su interior supiera ya lo que les esperaba.
Más adelante, cuando su vida ya había descarrilado y no había forma alguna de hacerla regresar a los raíles, pensaría a menudo en ese último desayuno con Mutti en el Viktualienmarkt; en cómo nadie, nunca, se da cuenta del momento exacto en que su destino empieza a cumplirse, lo quiera o no.
La Jefatura central de la policía se había transferido poco tiempo atrás al número 2 de la Ettstrasse, un grandioso edificio de cinco plantas que ocupaba una manzana entera en plena Ciudad Vieja. Ya desde la calle, gracias a la adusta fachada verde pálido en la que se abría un denso entramado de ventanas decoradas con estuco, la sensación que provocaba era de poder y determinación, en modo alguno atenuada por el alegre rojo de los tejados con faldones inclinados, ni por la elegante torre octagonal que descollaba sobre el conjunto, con el reloj bien a la vista.
El despacho de Zavi Tenner, director de la unidad de Delitos Violentos, estaba dispuesto de tal modo que el amplio escritorio de caoba daba la espalda a ese reloj, y el significado les quedaba claro, tanto a Mutti como a Sauer: el tiempo, allí dentro, no era un problema para él, sino para sus visitantes.
—Os esperaba más pronto —dijo mirándolos desde detrás de los enormes bigotes de manillar que le cubrían media cara, roja como una puesta de sol debido a la temperatura de la habitación. Tenner procedía de la montaña y no le importaba en qué estación se encontraran, la chimenea en la esquina de su despacho tenía que permanecer siempre encendida, las ventanas siempre selladas.
—No sabíamos que se nos esperaba —contestó Mutti—. Hemos venido en cuanto recibimos el mensaje en el cuartel.
—Me han dicho que hubo movida en el mercado —dijo el director.
—Sí —contestó Sauer—. Tres milicianos que perseguían a un civil.
Tenner enarcó una ceja.
—¿Y?
—El mercado se ha defendido.
La ceja volvió a bajarse, y el labio superior se arqueó como en una reacción en cadena.
—Múnich tiene sus anticuerpos —dijo el director, clavando los codos en el escritorio y descansando la barbilla sobre las manos entrelazadas. Miró a sus dos hombres durante unos largos segundos antes de reclinarse contra el respaldo del sillón—. No tengo intención de darle muchas vueltas al asunto. Solo sería una pérdida de tiempo. Lamento que el marrón os caiga a vosotros, eso sí, pero no podemos hacer nada. Con suerte, no nos pasará demasiada factura. Al menos, eso es lo que deseo.
—Bien, jefe, menos mal que no quiere darle muchas vueltas —observó Mutti, desenfundando la sonrisa bonachona que le permitía salir siempre airoso.
Tenner no pareció molesto. Soltó un suspiro.
—Tenemos un problema. Mejor dicho, tenéis un problema.
El presagio que había anidado en el pecho de Sauer después de la escena en el Viktualienmarkt se abrió como un huevo, liberando una cantidad de hipótesis tortuosas, a cual más lúgubre.
—Esta mañana se ha hallado un cadáver —volvió a hablar Tenner—. Una mujer, de raza germánica, de unos veinte años.
Raza germánica, pensó Sauer. ¿Desde cuándo la policía hace estas distinciones? El concepto estaba teniendo éxito en la República de Weimar, y la Universidad de Múnich había creado hacía ya unos años una cátedra de Higiene Racial, pero que su uso hubiese llegado a infiltrarse en las palabras de un hombre como Tenner era una señal inquietante.
—La muerte ha ocurrido en el apartamento en el que vivía la muchacha con un familiar —prosiguió el director—. Él no estaba allí, parece que se encuentra de viaje por trabajo, pero sí estuvo presente el personal del servicio, que es bastante numeroso.
Sauer frunció los labios.
—Una familia acomodada —lo que podría explicar lo delicado del asunto.
—Nuevos ricos. El hombre en cuestión está subiendo en la escala social con cierta rapidez.
—¿Un industrial? —aventuró Mutti.
Múnich, con su aspecto de ciudad del arte italiana trasplantada al norte de los Alpes, era en realidad un pujante centro tecnológico, cuna de compañías que empezaban a ser famosas en el mundo, de BMW a Osram, pasando por Siemens, que había crecido desmesuradamente durante la Gran Guerra. Un escenario en el que se movía mucho dinero, con el acostumbrado acarreo de problemas.
—Un tipo que está adquiriendo cierto renombre —contestó Tenner—, y que no querrá verlo comprometido por rumores descontrolados de una tragedia acaecida entre las paredes de su domicilio. A vosotros ahora no debe importaros de quién se trata. Lo que importa es la muchacha, que, como ya os habréis imaginado, ha muerto en circunstancias...
—¿Sospechosas?
—... no naturales. No puedo deciros nada más. Seréis los primeros investigadores en llegar a la escena. Acabamos de recibir el aviso. ¿Qué hora es?
Sauer comprobó el cuadrante de la torre.
—Las once y cuarto.
—Nos llegó el aviso hace media hora, y debemos solucionarlo todo con la máxima rapidez, para evitar escándalos.
—Pero, vamos a ver, ¿quién es ese tipo? —estalló Mutti—. Para marcar los tiempos a la policía, como mínimo debe de ser el hijo secreto de Hindenburg.
Sauer se imaginó al anciano presidente de la República saltando de cama en cama ilegítima para dificultar futuras investigaciones y la idea lo divirtió.
—Este tipo de casos duran por término medio una semana —continuó—. Si tenemos suerte, podríamos cerrar el expediente el próximo jueves. Haciendo algunas horas extras, incluso el miércoles.
—Ocho horas —contestó Tenner, con los ojos sobre el escritorio. Su tono de voz era lo bastante frío como para justificar la chimenea encendida—. Hay que cerrar el caso antes de esta noche.
Un tronco de madera se deslizó entre las cenizas, liberando una nube de chispas.
—¿Está de broma? —comentó Mutti—. Una muerte violenta no se cierra en un día.
—En un día, no. En ocho horas —rebatió Tenner—, a partir de ahora. Y nadie ha hablado de muerte violenta. Evitad ese tipo de expresiones, si no queréis tener problemas. Hay diversos individuos, aquí en Jefatura pero no solo, a los que les interesa mucho el resultado de las investigaciones. Que sean rápidas, discretas, objetivas.
—Y concluyentes —añadió Mutti.
—Si encontráis que existen las bases para ser concluyentes, sí —confirmó Tenner—. De lo contrario, no; y ya podéis ir con pies de plomo. Cualquier posible acusación tendrá que sustentarse en pruebas evidentes; mejor aún, digamos que aplastantes. Si existe la menor duda, archivamos. Que quede claro: no os estoy pidiendo que no investiguéis o que investiguéis con los ojos cerrados. Somos la policía, gracias a Dios, no una rama de los servicios secretos. Sin embargo, tenéis que saber que personas para las que la discreción es lo primero están interesadas en todo lo que encontréis. Tenemos una muerte sensible, en un sitio sensible, en un momento muy sensible. Espero que vayáis con la máxima cautela.
—Recibido —contestó Mutti, probablemente el hombre menos cauteloso de Baviera—. ¿La dirección?
—Bogenhausen. Julian os llevará en mi coche.
Los dos se quedaron sin palabras. Nadie en la comisaría había tenido nunca dicho honor.
Tenner se percató.
—Sí, es tal y como pensáis. De manera que sed discretos, y si os entran dudas o descubrís alguna cosa rara, volved aquí para hablar conmigo —concluyó poniéndose aún más serio—. Conmigo y con nadie más.
Al salir por la puerta principal que daba a Löwengrube encontraron el pequeño Mercedes de Tenner con el motor ya en marcha, listo para abandonar la acera y zambullirse en el tráfico de la ciudad. Al volante, el sargento Karl Julian los esperaba con su cara imberbe y las gafas metálicas clavadas en una novela amarillenta. Cuando los vio llegar, se sobresaltó y la hizo desaparecer, pero no fue lo bastante rápido.
—Juli —lo saludó Mutti al entrar en el coche junto con Sauer—. ¿Todavía pierdes el tiempo con la literatura? ¿No sabes que el nuestro es un tiempo novelesco? Las grandes historias están todas ahí fuera: ¡ve a vivirlas!
El sargento esbozó una sonrisa educada.
—Hay quien está hecho para la realidad, comisario Forster, y quien lo está para la ficción.
—¿Y no podrías fingir interesarte por la realidad?
—La realidad es un lugar terrible donde vivir. Prefiero quedarme ahí lo menos posible —contestó el joven embragando y metiendo primera para enfilar el coche hacia la Schäfflerstrasse.
Mientras las cúpulas gemelas de la catedral se asomaban para mirarlos a hurtadillas por encima de los tejados, Sauer se encontró pensando que quizá la opinión de su conductor no carecía de sabiduría. Y a saber cuántos pensaban del mismo modo en esos tiempos difíciles que prometían tiempos aún más difíciles.
Al llegar a la Weinstrasse, el coche dobló a la izquierda y se internó por entre los edificios decorados de la Theatinerstrasse, hacia la inconfundible silueta de la iglesia de los Teatinos.
—¿Qué has entendido tú? —preguntó Mutti alzando la voz para superar el ruido del descapotable.
Pero Sauer estaba distraído, pensaba en otras cosas, como siempre que recorría las calles que llevaban a la Feldherrnhalle, la Logia de los Mariscales que cerraba la Odeonsplatz por el sur. Solo cuando superó la entrada del Hofgarten volvió en sí, al presente.
—¿Cómo dices?
—Digo que si tienes alguna idea sobre lo que está pasando.
Sauer frunció el ceño. Lanzó una mirada furtiva al conductor, luego dirigió a su compañero un signo de desaprobación. «¡No delante de él! Siempre dices que es un espía...»
Mutti cambió de tema al instante. Se puso a hablar del tráfico, de los coches, de las calles de la Ciudad Vieja y las de los nuevos barrios. El sargento Julian asentía sin añadir gran cosa, concentrado en la calle que llevaba a la Prinzregentenstrasse. Cuando por fin giró a la izquierda en la gran vía imperial, una de las últimas proyectadas por el difunto rey Luis, delante de sus ojos, en la lontananza, apareció el Ángel de la Paz. La estatua dorada que velaba por Múnich desde lo alto de una columna en la orilla del Isar, con sus amplias alas desplegadas, parecía encaminarse hacia el centro, a un paso ya de alcanzarlo. Quién sabe, se preguntaba siempre Sauer, si quien la había ideado, esculpido y luego colocado sobre esa columna había pensado alguna vez en el significado que acabaría asumiendo, una Paz inalcanzable, eternamente inmóvil más allá de las murallas de la ciudad.
La calle, una vez pasado el puente, se empinaba para llegar hasta la estatua, a la que rodeaba en una amplia curva arbolada antes de desembocar en la Europaplatz. Allí empezaba Bogenhausen, un barrio rico, elegante y apasionado por el arte, motivo por el que no sorprendía que a mitad de la larga avenida que estaban recorriendo se levantara el teatro de Arte Dramático, que daba a una plaza circular repleta de tilos y cerrada por una cohorte de edificios variopintos. Sauer no conocía bien esa zona, nunca pasaba por esa parte de la ciudad, pero cuando vio que Julian comenzaba a reducir la velocidad se puso a mirar a su alrededor en busca de una placa que le dijera dónde se encontraban.
Solo después de haber leído el nombre de la plaza se percató de la pequeña escuadrilla de hombres vestidos de pardo que permanecía delante de un edificio de la esquina. Entonces, con un temblor en la espalda, entendió adónde los enviaba Tenner, a quién pertenecía la casa en la que había muerto la muchacha y por qué se esperaba que investigaran deprisa y con discreción.
Todo el mundo, en Múnich, conocía esa dirección.
Prinzregentenplatz, número 16.
El edificio donde vivía el líder del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, Adolf Hitler.
En cuanto Julian estacionó junto a la acera, tres milicianos en uniforme pardo se alejaron de la entrada del edificio, donde hacían guardia con solemnidad marcial, y se movieron hacia el coche.
—Se avecinan problemas —dijo el joven, dejando el motor en marcha.
—Se avecinan gilipollas —lo corrigió Mutti mientras se bajaba del estribo.
Sauer lo imitó.
—Ve a aparcar a un lugar más tranquilo —le dijo a Julian.
La plaza estaba atestada de parejas elegantes que paseaban sin prisas por la mitad adoquinada bajo el sol resplandeciente. Por la calle pasaban a toda velocidad decenas de coches descapotados, y un tranvía —uno de los muchos que se dirigían a la Marienplatz o al Theresienwiese— se aproximaba chirriando, listo para recoger a las familias vestidas con sus trajes tradicionales que se disponían a llegar hasta las carpas del Oktoberfest. Un día de fiesta para todo el mundo, pensó Sauer, excepto nosotros. Excepto para los muertos y los que deben encargarse de ellos.
—Buenos días —los saludó uno de los hombres vestidos de pardo, con una cortesía inesperada. Las SA eran famosas por muchas cosas (obediencia, disciplina, brutalidad), pero no por sus buenas maneras—. ¿Los comisarios Forster y Sauer?
Sauer frunció el ceño. Mutti lo miró a los ojos, mostrando su misma perplejidad.
—Estábamos esperándolos —dijo el hombre de pardo—. Rainer Hartmann, de la guardia personal de Herr Hitler. Seré yo quien les abra paso. Vengan conmigo.
Tras haber estrechado la mano de Hartmann sin mucha convicción, Mutti y Sauer lo siguieron hacia el edificio. Era un inmueble imponente, con cinco plantas de enlucido gris rosado coronadas por un tejado empinado color pizarra, con buhardillas de dos ventanas que recordaban los tímpanos de los templos antiguos. La fachada corría durante casi cien metros entre la Prinzregentenplatz, donde se abría la gran entrada en arco vigilada por las SA, y el principio de la Grillparzerstrasse, a la que regalaba su escorzo más original: dos galerías octogonales que se extendían como torres hacia el exterior del edificio, unidas por tres largos balcones de mampostería. A Sauer no le costaba imaginarse a un político arengando a la plaza desde esos balcones, y no dudó ni un instante que Herr Hitler vivía en esa parte del edificio.
—Vengan —repitió Hartmann cuando los otros miembros de las SA se apartaron y dejaron libre el paso.
—Pero ¿aquí solo vive su jefe? —preguntó Mutti.
—No, no —contestó el otro—. Es un edificio de apartamentos. Aparte del de Herr Hitler, que es el más grande, hay otros seis. Uno en la primera planta, dos en la tercera y dos en la cuarta, más un gran ático. Todas son familias de cierto nivel —añadió con orgullo.
La entrada, después de la imponente fachada, defraudaba las expectativas. Donde cabría haber esperado mármoles, estucos o cuando menos paneles de madera noble, había una escalera vecinal con peldaños de piedra bordeados de banales baldosas esmaltadas en tonalidades de hospital, grises, con motivos recurrentes de un verde enfermizo. Al final del primer tramo de escaleras, una débil lámpara eléctrica iluminaba la garita del portero, cerrada por el día festivo, con un cártel escrito a mano que deseaba a todo el mundo un «buen Wies’n», y la jaula metálica del ascensor, que en ese momento no se hallaba en la planta baja.
—Por aquí —dijo Hartmann, y con paso enérgico enfiló las escaleras que se enroscaban alrededor de la jaula, subiendo hacia los apartamentos en una penumbra reconfortante.
—Después de ti —dijo Mutti arqueándose en una amplia reverencia y agitando su sombrero.
Sauer enarcó una ceja.
—Fumas demasiado, amigo mío. Ya no tienes ni resuello.
—Si no fumara —contestó—, no tendría resuello. Un hombre debe permitirse al menos un vicio.
Negando con la cabeza, Sauer siguió a Hartmann peldaños arriba, que, como descubrió con asombro, pasaron de la piedra clara de la entrada a una madera oscura rica en ecos. Los pasos de los tres hombres, multiplicados por las escaleras, parecían los de un pelotón.
En el primer rellano, iluminado por una ventana de cristal opaco, se abría una única puerta. Delante del umbral había una gruesa alfombra decorada con motivos refinados; la madera era maciza y brillaba de cera; sobre el timbre no aparecía ningún nombre. Decididamente, se trataba de una familia de cierto nivel, o que quería pasar por tal.
Al llegar al segundo rellano, Hartmann llamó a la puerta de doble hoja. Mientras esperaban a que se abriera, Sauer lanzó un vistazo por la ventana. El edificio tenía un patio interior que compartía con los bloques contiguos, que constituían en su conjunto un anillo oblongo y perfectamente sellado. Desde el exterior, el patio ni siquiera se podía adivinar.
—Bonito —dijo Mutti al llegar a su lado, jadeante—. Un jardín secreto.
Sauer asintió. Señaló un punto en el centro de la zona verde.
—Subdividido mediante los setos. Cada uno el suyo, aunque a primera vista parezca indiviso.
—Igual que Alemania —bromeó su compañero, y le dio una palmada en el hombro—. Vamos.
La puerta se había abierto, y Hartmann había entrado ya en el apartamento. Sauer se apresuró: nadie debía acceder a la escena del delito antes que la policía. Pero entonces se acordó de que la llamada había llegado a Jefatura hacía casi una hora. A saber cuánta gente habría estado ya en ese apartamento.
Suspiró y superó la entrada.
—¿Quiere dejarme el abrigo? —preguntó una voz tenue a su derecha.
Sauer se dio la vuelta y vio, medio escondida tras la puerta abierta, a una mujer de unos cuarenta años vestida de negro de la cabeza a los pies, salvo por un delantal y una especie de cofia, ambos blancos. El pelo era más gris que rubio y el rostro, térreo como el de un enfermo. A los lados de la nariz, delgada y elegante, dos ojos de color acero se hundían en profundas cuencas.
—Anni Winter —se presentó la mujer—. Soy la gobernanta de Herr Hitler. ¿Me permite? —añadió mientras tendía las manos hacia el abrigo.
Sauer retrocedió un paso.
—No, no, se lo agradezco. Tengo los bolsillos llenos de cosas útiles, mejor me lo dejo puesto.
—Yo también —dijo Mutti, que no llevaba abrigo.
—Vengan —los exhortó Hartmann, de pie en el centro del amplio vestíbulo que se abría a derecha e izquierda.
—Un momento —dijo Sauer y se detuvo a examinar la entrada.
En la escena del delito, le gustaba repetir a los compañeros con quienes tenía ocasión de trabajar cuando Mutti no estaba disponible, lo primero que hay que estudiar no es el delito, sino la propia escena. Muy a menudo las soluciones de los casos, incluso los difíciles, no se derivan de la lógica, sino de la planimetría.
Era un apartamento grande, instintivamente habría dicho de siete u ocho habitaciones, incluso más si la servidumbre vivía en casa. Por la entrada, amplia y amueblada con un canapé de estilo imperial que la hacía parecer la sala de espera de un doctor acomodado, quedaba claro qué impresión quería causar Herr Hitler: alfombras de buena factura, espesas y bien cuidadas; una pintura en cada metro de pared, con una regularidad geométrica; esculturas clásicas en las esquinas y hasta un busto delante de la puerta.
—Wagner —dijo Mutti, con un tono de voz que parecía un juicio definitivo, y no favorable.
Al lado del busto del compositor se encontraban un teléfono de baquelita negra y un espejo de cuerpo entero decorado con volutas doradas, un toque que Sauer no se habría esperado en casa de un político subversivo y populista. Pero probablemente ese era el efecto que buscaba.
La única puerta que se vislumbraba desde la entrada debía de conducir al salón. Ahora estaba cerrada, pero la anchura de las hojas y la ausencia de bisagras llevaron a Sauer a imaginarse que eran correderas. Si la ventana que daba al jardín quedaba a su espalda, entonces la Prinzregentenplatz tenía que encontrarse detrás de esa puerta. Un salón, sí, y muy luminoso.
Se recobró de su ensimismamiento.
—Perdonen. Podemos continuar.
Hartmann mostró su aprobación con un gesto de la cabeza.
—Por aquí.
Los condujo hacia la izquierda, donde el vestíbulo se transformaba en una especie de antesala, nuevamente amueblada con poltronas, pinturas y estatuas, antes de verse interrumpida por una puerta cerrada. A su derecha, una segunda puerta entreabierta mostraba un escorzo de anaqueles repletos de libros. Probablemente un estudio.
Hartmann llamó a la puerta cerrada, en la que se abrió una rendija al cabo de unos segundos y por donde apareció la cara seria de un hombre entrado en años. Tenía el pelo muy ralo, un elegante bigote canoso y un par de gafas redondas sobre la nariz que le daban el aspecto de un abuelo socarrón. Esa mañana, sin embargo, no debía de estar para bromas.
—Dime —ordenó con tono brusco.
—Sauer y Forster, de la policía —contestó Hartmann mientras señalaba con el pulgar a los hombres a su espalda.
El abuelo bromista levantó la mirada hacia ellos y, después de observarlos un instante con frialdad, asintió. La puerta se abrió completamente.
Del otro lado, el vestíbulo se estrechaba de golpe y se convertía en un pasillo angosto de unos diez metros de largo al que daban no menos de cinco puertas, tres a la izquierda y dos a la derecha. El suelo, que en la entrada y en el vestíbulo era de mármol oscuro, se transformaba aquí en un alegre mosaico de cerámica esmeralda, una insólita elección para un apartamento señorial, aunque no para las estancias destinadas al servicio y los empleados. Incluso sin abrir todas las puertas, se podía intuir qué habrían encontrado en esa ala de la casa: despensa, cocina, un baño sin duda alguna, quizá los cuartos de la servidumbre. La puerta a la que Hartmann había llamado se utilizaba para aislar las dos partes de la vivienda, los dos mundos en las antípodas que la habitaban.
—El cuerpo está de este lado —dijo el hombre de gafas redondas—. Síganme.
—Pero no nos han presentado —protestó Mutti—. Es decir, parece que usted sabe quiénes somos, pero nosotros...
—Franz Xaver Schwarz... —contestó el otro al instante, como si tuviera la bala en la recámara y un gatillo muy sensible. No hizo ademán de tender la mano; por el contrario, se mantuvo a distancia, como si Mutti y Sauer no fueran oficiales de policía, sino individuos apestados.
—¿Y usted es... el mayordomo? —aventuró Mutti.
El hombre que tenía delante iba vestido con elegancia y se movía con la seguridad de quien conoce muy bien un apartamento y su propio papel en él.
Schwarz se lo tomó como una broma, aunque sus ojos permanecieron glaciales.
—Trabajo para Herr Hitler, pero no en esta casa. Soy el tesorero del Partido. Me ocupo de la administración, por mandato de nuestro Führer.
En el silencio que siguió, él también debió de notar que se trataba de una respuesta incongruente: a menos que el cadáver en la habitación perteneciera financieramente al Partido Nacionalsocialista, ¿qué hacía allí el tesorero del NSDAP?
—No hemos dejado entrar a nadie más —prosiguió conforme se daba la vuelta hacia la última puerta a la derecha del pasillo.
Puso una mano sobre la manija y, tras un instante de vacilación, como un actor que se prepara para entrar en escena, la abrió.
El olor de la sangre llenó las fosas nasales de Sauer. Por muy acostumbrado que pudiera estar, con todos esos años en la policía y antes aún en la guerra —la guerra maldita en las trincheras, codo con codo con compañeros muertos que uno ni siquiera podía sepultar—, cada vez que advertía el hedor metálico y dulzón, fruto de la sangre derramada en grandes cantidades, su estómago se encogía como un alfiler, y la frente se le perlaba de sudor frío. Debía de ser un instinto animal, primario: hay sangre en el suelo, huye, el lobo.
Se recobró: Schwarz había desaparecido en el interior de la habitación, Hartmann se había quedado detrás, probablemente sin permiso para entrar, y Mutti nunca se habría adelantado a su compañero, quien, a pesar de ser más joven, tenía una graduación superior. Le tocaba a él dar el siguiente paso. Sacó un pañuelo del bolsillo del abrigo, se secó la frente empapada y entró.
Al principio, no se fijó en nada de la habitación: ni en la disposición del mobiliario, ni en la vista desde la ventana, nada. El cuerpo atrajo toda su atención, anulando el resto.
Era una mujer. Podía verse por su pelo largo y cuidado, de un color castaño que bajo los rayos del sol podía parecer rubio, y por la piel suave y lisa de los tobillos, que despuntaban pálidos por debajo de la falda larga del vestido. Por lo demás, aparte de la ropa, se veía poca cosa: el cadáver estaba boca abajo, los pies hacia la puerta y la cabeza hacia la ventana, en el centro exacto de la estancia. Tenía el brazo izquierdo doblado bajo el cuerpo. El derecho, en cambio, estaba tendido hacia delante, ligeramente flexionado, la palma posada sobre una alfombra verde que el charco de sangre bordeaba sin llegar a tocarla, extendido alrededor de la mujer como el lacre. El sello de la muerte, pensó Sauer.
—No se han acercado. Bien hecho —comentó Mutti a su espalda.
Estaba girado hacia Schwarz, quien se abrió de manos como diciendo: «¿Por quién nos han tomado?».
—Mira —prosiguió Mutti, esta vez hablando con Sauer—. El charco de sangre está intacto. No hay ni una rebaba siquiera. Ni una huella.
El otro asintió. Su mirada empezaba a ensancharse y tras subir de nuevo por el brazo descubierto hasta más allá de la mano acabó deteniéndose en la responsable de ese desastre: sobre la alfombra estaba colocado un pequeño diván, y sobre el diván, vuelta hacia la pared y fuera de eje con respecto al cuerpo tendido en el suelo, había una pistola.
Qué raro, pensó Sauer, pero no dijo nada. Por ahora debía limitarse a observar.
Schwarz carraspeó.
—Cuando abrieron la puerta y la vieron en el suelo de esa forma supieron de inmediato que llevaba muerta unas horas. Winter, el marido de la gobernanta, sirvió en la guerra, y sabe reconocer un caso perdido, y tuvo la sangre fría de cerrar nuevamente la habitación y telefonearles.
—¿Qué hora era? —preguntó Mutti. Sacó un cuaderno de notas y una pluma, como uno de esos reporteros de sus queridas películas norteamericanas.
—Las diez y cuarto —respondió el tesorero, de nuevo un tanto demasiado deprisa, como si las respuestas estuvieran todas ellas colocadas en la pista de lanzamiento y la paciencia de esperar su turno estuviera siempre al límite.
—¿Y quién la encontró?
—Georg Winter forzó la puerta. Con él estaba su esposa, que es la gobernanta, una realquilada de Herr Hitler, Maria Reichert, y otra mujer del servicio cuyo nombre no recuerdo.
—¿Nadie más?
—Nadie más. Les he pedido que permanezcan a su disposición. Están en la cocina, esperando a que los llamen.
—¿Y usted?
—¿Yo?
—¿Cuánto lleva aquí? ¿Quién lo ha llamado?
—Herr Hitler se encuentra fuera por motivos de trabajo. Después de haber telefoneado a la policía, los señores Winter han creído conveniente avisarnos también a nosotros. He venido en cuanto me he enterado, en representación del Partido.
Sauer, mientras tanto, se había agachado en el suelo, prestando atención a no tocar nada, a no mover nada. Con los ojos a la altura del cadáver, empezó a soplar sobre la sangre. La superficie no se encrespó. A esas alturas, ya era sólida. Si la puerta se había forzado a las diez y cuarto, ya no habría habido realmente nada más que hacer por la muchacha, quien debía de haber expirado mucho antes, probablemente durante la noche.
—¿Y han informado al propietario de la casa? —estaba preguntando su compañero.
—No del todo —contestó Schwarz.
Sauer se puso en pie de nuevo, y se giró hacia el tesorero.
—¿No del todo?
—Como es lógico, hemos tenido que informarle de que algo le ha pasado a su sobrina. Le tenía un gran cariño y precisamente por eso, como comprenderán, no podíamos decirle por teléfono lo que ha pasado exactamente. Ahora está de regreso a la ciudad, debería llegar aquí hacia la una.
—Muy bien —concluyó Mutti—. Así lo conoceremos también a él.
Otro escalofrío sacudió a Sauer, algo que por suerte nadie notó. Volvió a mirar la habitación de nuevo, viéndola en su totalidad por vez primera: era un ambiente grande, con una única entrada y una sola ventana, pero muy amplia. El techo estaba por lo menos a tres metros y medio, y la luz de la Prinzregentenplatz no encontraba gran resistencia, con las cristaleras plomadas que cubrían casi en su totalidad la pared corta. Bajo sus rayos, apenas atenuados por una cortina de lino con motivos florales, se perfilaban un pequeño diván de dos plazas, un banco de estilo salzburgués, una cama individual perfectamente hecha, un tocador rústico y un gran armario pintado. La única superficie de apoyo la constituía una mesita bajo la ventana, sin libros, ni revistas, ni otros objetos, con la única excepción de una carta y de un tintero con una pluma.
Sauer se giró hacia Mutti, quien estaba mirando hacia el mismo punto, y pensaba lo mismo. Con dos pasos superó el cadáver y alcanzó la carta. Fue una decepción descubrir que no se trataba de una nota de suicidio, sino solo de una carta interrumpida a algún conocido:
Cuando vaya a Viena (espero que muy pronto), iremos juntos en coche a Semmering y
—¿Qué hacéis aquí dentro? —atronó una voz a su espalda—. ¡Decidme que no habéis movido el cuerpo!
—¡Doctor Müller! —exclamó Mutti—. No te preocupes. Hemos hecho lo mismo que haces tú con tu esposa: no hemos tocado nada.
Sauer levantó los ojos de la carta y miró hacia el recién llegado, un hombretón ancho y alto como la puerta, quien por su forma física y el espesor de su melena se diría que tendría unos cincuenta años y, en cambio, con el inevitable asombro de quien lo descubría, iba ya por los setenta. Igual de sorprendente que su aspecto era su buen humor, que muchas personas encontraban poco apropiado para un doctor de los muertos.
—Mi mujer, querido Forster, sigue esperando conocer a la tuya para darle algunos consejos —dijo Müller mientras avanzaba hacia el cadáver y depositaba en el suelo un maletín de fuelle de cuero negro—. «La pobre Lina», así es como la llama. Si quieres, yo también puedo echarle una mano.
—Ah, no, gracias —contestó Mutti—. La elegí más joven para que me sobreviva. No quisiera quedarme jodido.
Sauer lanzó un vistazo a Schwarz, quien de pie en el umbral de la habitación parecía juzgar el numerito con poca benevolencia.
—Tranquilo, Müller. Acabamos de llegar y ni siquiera hemos rozado el cuerpo.
—¿Que pertenecía a...? —preguntó el médico al arrodillarse al lado del cadáver como había hecho Sauer poco antes.
Hubo un momento de silencio.
—Angela Maria Raubal —contestó Schwarz—. Conocida como Geli. La sobrina favorita de Herr Hitler, el líder del...
Müller levantó una mano sin apartar los ojos del cuerpo.
—Es suficiente, gracias —luego bajó el tono de voz y repitió el nombre de la muchacha con dulzura, como un padre que por la mañana intenta despertar a su hija dormida—. Geli...
—¿Cuánto tiempo lleva muerta, en tu opinión? —preguntó Mutti, que seguía con su cuaderno de notas en la mano.
—Primero averigüemos cómo ha muerto, ¿qué te parece? —rebatió el forense. Se levantó—. Echadme una mano. Vamos a darle la vuelta.
—¿Sin fotografiarla? —preguntó Sauer.
Müller no respondió. Se colocó de pie al borde del charco de sangre, metió las manos enguantadas bajo las axilas del cadáver y esperó a que Mutti lo aferrara por los tobillos. Luego asintió.
—A la de tres. Una..., dos...
Con un crujido siniestro, como un zapato que se despega de un suelo recién encerado, el cuerpo de Geli Raubal se desprendió del piso. Sauer se unió a Mutti y Müller, manteniendo quieta la cabeza de la muchacha, y juntos, torpemente, lograron darle la vuelta y tenderla de espaldas.
Cuando se irguieron para tomar aliento, Mutti fue el primero en centrarse en el cadáver, el primero en contemplar su rostro.
—Dios santo —dijo entonces, apartando la mirada.
Al ver cómo había quedado su cara después de la muerte, nadie habría podido determinar si Geli Raubal había sido o no una hermosa muchacha en vida. Que era alta y rolliza, sí, y también que se dedicaba ciertos cuidados, como revelaban sus uñas perfectas y las largas pestañas rizadas, que rodeaban sus ojos gris claro, pero sus facciones eran inescrutables. Los cabellos incrustados de sangre, la frente rasgada, los labios azulados, la barbilla hendida hasta el punto de mostrar el blanco del hueso, los pómulos lívidos e hinchados hasta confundirse con la nariz, que parecía rota y aplastada en la punta... En cierta ocasión, tres matones golpearon a Sauer en un callejón de Hamburgo, y aunque había permanecido en el suelo con la nariz sangrando como un grifo, los dos ojos amoratados y una conmoción cerebral que le tuvo dos semanas en el hospital, ante el espejo había tenido una cara mejor que la de esa pobre muchacha recostada en el suelo con su hermoso vestido largo, antaño verde esmeralda y ahora negro de sangre.
—Dios santo —repitió Mutti, sentado en la cama intacta.
El comisario adjunto no era un novato, en sus años de servicio había visto de todo, pero ahora parecía incapaz de mantener los ojos en el cadáver más que unos pocos instantes. Sauer lo conocía lo bastante como para imaginar el motivo: su amigo tenía dos hijos varones y una chica, Karoline. Un padre no acepta así como así la muerte de quien podría ser su hijo.
Agachado junto al cuerpo, Müller estaba ocupado en palpar la cara de la difunta con los dedos enguantados. En algunos puntos presionaba con fuerza; en otros, tocaba delicadamente; en otros, por el contrario, pasaba el dorso de la mano sobre la piel en una especie de caricia. Un conjunto de gestos en apariencia casuales, pero gracias a ellos —y desde la atalaya de sus cuarenta años de experiencia— Herr Doktor establecería los dos puntos de partida de la investigación que le competía: la causa de la muerte y la hora del fallecimiento.
En algún lugar al fondo del pasillo, un teléfono empezó a sonar. Pasos precipitados, el auricular que se descuelga, una voz de mujer amortiguada por la distancia y por la ocasión. Luego otros pasos, acercándose, y por fin Anni Winter asomándose por el umbral.
—Herr Schwarz —se dirigió al tesorero del Partido—. Lo reclaman al teléfono.
Schwarz asintió, se disculpó ante los presentes y desapareció pasillo arriba, seguido por Frau Winter, que no había mirado dentro de la habitación ni siquiera un segundo.
—Al fin solos —Mutti se puso en pie y se reactivó en el acto, como si el tesorero Schwarz hubiera proyectado un campo magnético capaz de paralizar sus funciones vitales hasta ese instante—. ¿Qué puedes decirnos, Heinrich?
—En primer lugar —respondió el anciano doctor, que se dedicaba en ese momento a palpar el cuello y los hombros de la muerta—, no me consta haberte dado permiso nunca para llamarme por mi nombre.
Sauer resopló: esos dos siempre estaban chinchándose y abroncándose, como un matrimonio de opereta. Luego se acordó de las circunstancias y volvió a ponerse serio.
—En segundo lugar —prosiguió Müller mientras sacaba de su maletín de fuelle un paquete envuelto en una tela—, sin una autopsia será difícil ofreceros certezas, hasta tú mismo lo sabes —desenrolló la tela y extrajo de ella dos pincitas de metal que acercó al vestido de la muchacha, empapado de sangre coagulada. Con gestos precisos y delicados empezó a desabotonarlo—. En cualquier caso, la causa probable de la muerte es esta —prosiguió abriendo los bordes del vestido hasta mostrar las clavículas y el pecho de la joven. En el centro, justo encima del dobladillo de la camisola, había un orificio circular, cerrado por un grumo de sangre—. Un único disparo a la altura del corazón.
—¿Suicidio? —preguntó Sauer mientras lanzaba un vistazo a la pistola depositada sobre el diván.
Müller asintió.
—Eso también es probable, pero podré decíroslo mejor después de haberla desnudado. A juzgar por el área alrededor del orificio, la pistola no se apoyó contra el pecho antes de disparar. El disparo se realizó a una cierta distancia, por lo menos treinta centímetros, si no habría señales de erosión en la piel o quemaduras en la ropa. Ha caído hacia delante, no hacia atrás, señal de que se disparó de arriba abajo. No murió en el acto, tuvo tiempo de dejar caer la pistola en el diván.
Sauer intentó imaginar la dinámica, pero no era fácil: por lo general, los suicidas se disparaban en la boca, o en la sien, y mantenían el arma apoyada contra el cuerpo, no a distancia.
—¿No podría haberse disparado sentada? —preguntó Mutti.
Müller se dio la vuelta para mirarlo con una expresión indefinida.
—No estaría tendida con la cabeza hacia el sofá, ¿no crees? Habría caído hacia atrás. No, la pistola debió de dispararse de arriba abajo, impulsando el cuerpo hacia el suelo. La muchacha permaneció de pie unos instantes, luego cayó hacia delante. En cuanto encuentre el orificio de salida, seré capaz de calcular con precisión el ángulo y la trayectoria del disparo, pero ya veréis que ha sido como os digo —se dio la vuelta otra vez hacia Geli—. En la espalda del vestido no he visto laceraciones, aunque teniendo en cuenta el estado en que se encuentra, no se puede determinar. Localizar la bala sería útil, pero también podría haberse quedado dentro del cuerpo.
Sauer echó una rápida ojeada en círculo a la habitación y no notó nada particular. Ya la examinaría mejor más tarde.
El doctor extrajo de su maletín una bolsa de celofán transparente.
—Forster, ¿podrías recogerme la pistola? Utiliza un pañuelo y mételo todo aquí dentro —dijo tendiéndosela.
Mutti la aferró y superó el cadáver para recuperar el arma.
—Una Walther 6.35 —constató a media voz, como si los demás presentes no la hubieran reconocido a simple vista—. La preferida por milicianos y pequeños delincuentes, si acaso existe una distinción entre ambas categorías.
Müller mientras tanto había comenzado a palpar el brazo extendido, recorriendo desde el hombro hasta la mano abierta. Por mucho esfuerzo que hizo, no logró doblarlo más que unos pocos grados.
—El rigor mortis empezó hace bastante —dijo.
—Si tuvieras que arriesgarte a señalar un lapso de tiempo, ¿qué dirías?
—¿Diez? ¿Doce horas? —contestó el doctor.
—Entonces entre la medianoche y el amanecer —calculó Mutti.
—De manera que la muerte podría haber ocurrido hace entre doce y dieciocho horas. Pero no lo escribas en tu cuaderno de notas. Hasta que no haya abierto a esta pobre chica...
—... no lo sabremos seguro, ya. Lo hemos entendido.
—En cuanto al aspecto físico del cadáver —volvió a la carga Müller, como si no lo hubieran interrumpido—, no es necesario imaginar vete tú a saber qué para explicar los colores y los traumatismos en la cara. Si después del tiro la muchacha cayó hacia delante como un peso muerto, el impacto se habría concentrado en frente, nariz y barbilla, los puntos más dañados. Añadid un buen número de horas boca abajo, con el rostro aplastado contra el suelo y la formación natural de manchas hipostáticas alrededor de los ojos y en los pómulos, y tendréis el porqué de estos estragos.
—Entonces se trata de un cuadro compatible con el suicidio —dijo Sauer otra vez.
Müller asintió recomponiendo los bordes del vestido sobre el cadáver.
Schwarz volvió en ese instante. Se lo veía contrariado, se le podía leer claramente en la cara.
—Lo lamento, pero Herr Hitler no llegará a la hora prevista.
—¿Y eso por qué? —preguntó Sauer, aliviado.
—La noticia le ha sorprendido en Núremberg y se ha subido inmediatamente al coche para volver a la ciudad, pero el conductor ha corrido demasiado y una patrulla de carretera los ha parado en Ebenhausen. Parece que iban muy por encima del límite de velocidad, de manera que se los han llevado a la central de Ingolstadt a firmar un informe de infracción.
—De acuerdo —contestó Mutti—, pero Ingolstadt está a una hora y media de Múnich, y eso yendo sin prisas. Si no llega a la una, en todo caso estará aquí para las dos. Podemos esperar.
Schwarz negó con la cabeza.
—Herr Hitler tampoco vendrá aquí a las dos. En la central de Ingolstadt le han informado sobre el estado de la sobrina. Ahora se encuentra comprensiblemente trastornado, y ha decidido que en cuanto llegue a la ciudad se detendrá en casa de unos amigos para recuperarse de la conmoción. Por la tarde, quizá, estará dispuesto a hablar con ustedes, si lo consideran necesario.
—¿Tú qué dices? —preguntó Mutti dirigiéndose a su compañero—. ¿Lo consideraremos necesario?
Sauer intentó contestar de forma objetiva, sin permitir que su deseo de evitar ese encuentro lo influyera.
—Si en el momento del incidente estaba fuera de la ciudad, no está obligado a someterse a un interrogatorio, pero la chica ha muerto en su apartamento, y él era un familiar cercano...
—Veremos lo que se puede hacer —concluyó Schwarz.
—Suficiente —Müller se puso en pie con esfuerzo mientras se quitaba los guantes de látex con dos sonoros chasquidos—. Tengo que llevármela de aquí, para saber más cosas necesito mi instrumental. ¿Tenéis que hacer más comprobaciones con el cuerpo?
—Diría que no —contestó Sauer—. ¿Y tú? —le preguntó a Mutti.
—No. Al contrario. Cuanto antes la muevas, mejor. Tenemos que registrar la habitación, pero con ella aquí en el suelo no sería capaz de hacerlo.
—Nenaza —dijo Müller—. Entonces voy a llamar para organizar el transporte. Pero antes, si no os parece mal, saco algunas fotos —y de su maletín de fuelle extrajo un aparato compacto que parecía recién salido del envoltorio.
—¿Eso es una Leica? —preguntó Mutti.
—Qué ojo, comisario Forster.
—¿Y qué ha sido de la Rolleiflex?
—Demasiado vieja —contestó Müller—. Y demasiado lenta. Mi mujer ha pensado que para viejos y lentos ya había bastante conmigo, así que me regaló esta por nuestro aniversario. Ahora, antes de que hagas alguna estúpida broma sobre Margarethe, tendría que trabajar. A solas.
Sauer lanzó una última ojeada a la pobre Geli Raubal, que tenía los ojos fijos en el estucado del techo con una expresión desconcertada y ahora ya definitiva.
—¿Te encargarás tú de cerrarle los ojos?
—Por supuesto.
Mutti suspiró, luego se dio la vuelta hacia Schwarz, erguido de pie en el umbral de la puerta:
—Vamos a interrogar al servicio. ¿Nos hace usted las presentaciones?
Schwarz asintió, y sin perder tiempo se separó de la puerta y desapareció por el pasillo.
—Lástima que no sea el mayordomo —dijo Mutti saliendo antes que Sauer de la habitación—. Yo creo que le va que ni pintado.
—Trabajo para Herr Hitler en calidad de administrador de la casa —dijo el hombre que respondía al nombre de Georg Winter—. Soy empleado suyo desde hace dos años, desde que alquiló el apartamento. Herr Hitler es un buen jefe, exigente, pero no difícil de servir. No sé de qué partido son ustedes, pero en mi opinión...
—No hablemos de política, Herr Winter, ¿le parece bien? —lo interrumpió Sauer—. Aténgase a los hechos en cuestión. Nos interesan la hora en que descubrió el cuerpo de la señorita Raubal y todos los detalles que consiga recordar sobre las circunstancias del hallazgo.
Winter asintió. La luz del patio entraba por la ventana abierta de la cocina y alisaba las arrugas que sus cincuenta y dos años le habían esculpido en el rostro. Era un hombre guapo, alto y de porte orgulloso, con el pelo azabache corto, a lo militar, y una perilla cuidadísima, probablemente teñida. Cuando Schwarz lo convocó para el interrogatorio de la policía se encontraba en la despensa, el primer cuarto a la entrada del pasillo, por tanto, a pocos metros del cadáver. Estaba haciendo el inventario de la comida que quedaba, una manera de ahuyentar la tensión y no pensar en lo que había pasado en la casa. También Sauer habría preferido refugiarse en la despensa para contar latitas, en ese momento.
—¿A qué hora comenzó su turno esta mañana?
—A las ocho y media, como siempre. Mi esposa y yo vivimos en Maxvorstadt, a media hora de tranvía desde aquí. De lunes a sábado salimos de casa hacia las siete y media, nos subimos al tranvía de las siete treinta y ocho y bajamos en la parada antes del teatro. Podríamos llegar hasta la plaza, pero nos gusta andar un poco. A las ocho y veinte, las ocho y veinticinco como máximo, estamos frente al edificio. Anni tiene las llaves, así que no perdemos tiempo esperando a que nos abran. No recuerdo ni una sola vez que hayamos llegado tarde.
—¿Y hasta qué hora permanecen aquí?
—Por lo general, hasta el principio de la cena, sobre las seis y media.
—Turnos de diez horas —comentó Mutti con un silbido—. Y seis días de siete. Un duro trabajo.
Winter se encogió de hombros.
—A nosotros nos gusta trabajar. Y en casa no tenemos a nadie que nos espere—. Si había pesar en la precisión, ni Mutti ni Sauer lo advirtieron.
—Así que esta mañana estaba aquí a las ocho y media. ¿Se encontraba Herr Hitler en la casa?
—Ya sabe usted muy bien que no. ¿Me están haciendo preguntas trampa? El señor se marchó ayer por la tarde. Salió de la ciudad en coche para ir hasta Hamburgo, donde hoy tenía una reunión importante.
—¿Y la sobrina? ¿La vieron ustedes durante el desayuno?
—Llevaba sin verla desde ayer por la tarde. Cuando el jefe se fue, ella se encerró en su habitación y allí permaneció hasta la hora en la que mi mujer y yo nos marchamos. Lo que hiciera más tarde no lo sé. Esa muchacha era imprevisible, que su alma descanse en paz.
Mutti seguía anotándolo todo en su cuaderno. «Imprevisible», leyó Sauer con el rabillo del ojo. «Que su alma descanse en paz.»
—De acuerdo. Háblenos sobre el hallazgo.
—Sí. Por supuesto. Esta mañana a las diez menos diez, al no ver a la señorita Raubal, ni oír ruidos procedentes de su habitación, mi mujer y yo estuvimos de acuerdo en que debía de haberle pasado algo. La puerta estaba bloqueada, y la pistola de Herr Hitler, que se guarda en el dormitorio principal, dentro de un cajón abierto, ya no estaba en su sitio.
—Un momento —lo interrumpió Mutti—. ¿Ha dicho la pistola de Herr Hitler?
Winter lo miró con perplejidad.
—Sí, claro. La que usó la señorita para dispararse. ¿De quién pensaba que era? ¿Suya?
—¿Recuerda el modelo? —preguntó Sauer, con la garganta seca de repente.
—Una Walther 6.35. La vi sobre el diván en la habitación donde..., en fin. Esta mañana estaba allí. Está claro que la sacó del cuarto de su tío con la intención de matarse.
—Entonces la joven tenía libre acceso a la habitación de Herr Hitler.
—Desde luego —respondió Winter.
—¿Y por qué lo primero que pensó fue en ir a comprobar si la pistola estaba en su sitio? —preguntó Sauer mirándolo fijamente a los ojos.
Un claxon, un indicio más de disputa en la calle.
—Un presentimiento —contestó Winter, sosteniéndole la mirada, el rostro inmóvil—. Sentía que había pasado algo terrible.
Mutti tomó notas, con la pluma chirriando al rasgar el cuaderno.
—De acuerdo. Nos habíamos quedado en el momento en que usted y su mujer...
—... llamamos varias veces a la puerta de la habitación de la señorita Raubal, sin obtener respuesta. Estábamos acostumbrados a sus caprichos, algunos días podía dormir hasta las tres de la tarde y pedir el desayuno a las cuatro, pero para entonces ya hacía dieciocho horas que nadie la veía. En resumen, cuando el asunto me hizo recelar demasiado, alrededor de las diez, tomé una decisión y forcé la puerta, que estaba cerrada desde el interior y con la llave metida en la cerradura.
—¿Antes de eso no avisó a nadie?
—No, por supuesto —dijo Winter levantándose al instante—. ¿Por qué me lo pregunta?
—Por nada. Para precisarlo. ¿Cómo forzó la puerta?
—Con un destornillador. Lo metí entre el marco y la hoja e hice palanca.
Sauer se apuntó mentalmente que debía comprobar el estado de la puerta tan pronto como terminara los interrogatorios.
—Y una vez abierta, ¿qué vio?
—Qué vimos. Conmigo estaban también mi esposa, la señora Reichert y Anna Kirmair. Cuando la puerta se abrió, entré en la habitación y encontré a la señorita Raubal en el suelo, ya cadáver. Se había disparado.
—¿Está seguro de ello?
Winter se engalló.
—He visto bastantes muertes violentas en mi vida, ¿sabe? No siempre he sido administrador. Toda esa sangre, la pistola tirada sobre el diván, la posición de la muchacha... Estoy seguro de ello: llevaba muerta desde hacía un buen rato, y por su propia mano.
—De acuerdo —dijo Mutti—. Es una suerte que la primera persona que llegó a la escena fuera usted, que es tan experto.
Su interlocutor lo miró con una expresión indescifrable, a medio camino entre ofendida y desconfiada.
—Una última pregunta: ¿por qué motivo, en su opinión, lo habría hecho? ¿Por qué en un día tan hermoso una muchacha joven, acomodada y bendecida por el afecto de un tío cariñoso tendría que robar una pistola, encerrarse con llave en su habitación y matarse de un disparo al corazón?
Winter miró un instante más allá de los cristales de las ventanas, hacia los árboles inmóviles a la luz de la mañana ya avanzada, luego volvió a la cocina, frente a los comisarios, que lo observaban a la espera. Con una mueca triste, casi afligida, contestó:
—Todo el mundo sabe el motivo, aunque no pueda decirse. La señorita Raubal estaba embarazada, y no podía dar a luz a ese niño.
—Mi marido no se entera de nada —empezó Anni Winter mirando a Mutti y Sauer con ojos claros y fríos como el mar de invierno.
Se sentaba en la misma silla en la que unos minutos antes Georg Winter los había sorprendido con su revelación, pero la luz cálida del mediodía no lograba consumar en ella la misma magia que hacía rejuvenecer a su marido: aunque la gobernanta de casa Hitler tenía diez años menos, en ese momento parecía de su misma edad, y quizá unos años mayor.
—Geli embarazada de un violinista de Linz. Menuda tontería. Espero que no le hagan caso.
—Herr Winter ha declarado que era algo que todo el mundo sabía... —contestó Mutti.
—Sí, claro: lo sabía todo el mundo en las tabernas y en los bares que frecuenta —Frau Winter se enojó. La mueca de hastío en su cara le añadió más años—. Georg es un buen trabajador, y un buen marido, pero su verdadero talento es beber demasiado y hablar sin ton ni son con sus amigos: política, deporte, chismorreos... —suspiró desconsolada—. Hubo una época en que pensaba que con la edad maduraría, pero ¿quieren saber la verdad?
Mutti asintió, a él la verdad siempre le interesaba.
—La verdad es que los hombres, como la fruta, permanecen inmaduros durante gran parte de su vida, y luego se pudren. La madurez, cuando llega, no dura nada.
La gobernanta cínica, pensó Sauer. Lo que nos faltaba.
—Señora Winter —dijo para proseguir con buen pie—. Dejemos aparte por un momento las motivaciones que llevaron a la señorita Raubal a hacer lo que hizo.
—Eso en el caso de que lo hiciera la señorita Raubal —intervino Mutti.
—¿Por qué? ¿No creen que se trate de un suicidio? —preguntó Frau Winter con expresión alarmada.
—En esta fase de la investigación preferimos mantener abiertas todas las vías posibles. Es el protocolo.
—¡Pero si estaba sola en la habitación, y cerrada desde dentro!
—Las deducciones son tarea nuestra. Usted limítese a relatarnos los hechos, si no le molesta.
Anni Winter asintió, reposó las manos sobre el vestido, lo alisó con un gesto enérgico, de las caderas a las rodillas, luego enderezó la espalda ya recta y se aclaró la voz.
—Herr Hitler me contrató en octubre de hace dos años. Al principio, era solo una criada a media jornada, pero luego me ascendieron a gobernanta. Como tal, he de estar aquí la primera cada mañana, y marcharme la última cada tarde.
—Junto con su marido —precisó Mutti.
—Sí.
—Exceptuando el domingo.
—Exacto. Ayer yo estaba trabajando como siempre. Hacia media mañana tuvimos la sorpresa de ver regresar a Herr Hitler, que había estado en un viaje de trabajo toda la semana. No esperábamos verlo de nuevo antes del próximo miércoles, pero había ganado un tiempo con el que no contaba y pensó en venir a casa para almorzar con su sobrina Geli. Ojalá no lo hubiera hecho...
—¿Por qué? —preguntó Sauer.
—Fue una comida muy tensa. La muchacha tenía pretensiones que su tío no podía consentir. Discutieron, hubo hasta gritos. Al final, dejaron de pelearse, pero no creo que hubieran hecho las paces. Cuando Herr Hitler se marchó de nuevo para sus mítines, justo después del almuerzo, Geli estaba agitadísima. Hacia las tres de la tarde la vi entrar en la habitación de su tío y luego volver corriendo a su cuarto.
—¿Y eso no le pareció extraño? —replicó Mutti.
Frau Winter se encogió de hombros.
—Un poco, pero no demasiado. Todos estábamos acostumbrados a comportamientos..., ¿cómo decirlo?..., excéntricos por parte de Geli. Era una muchacha llena de contradicciones.
—Entiendo.
—Ahora puedo suponer que en ese momento fue a la habitación de Herr Hitler para buscar la pistola, pero ¿quién podía imaginárselo ayer por la tarde?
—Se había producido una pelea... —sugirió Sauer.
—Siempre las había. Es normal, cuando se convive, ¿no? Y una muchacha tan vivaz, con un tutor tan atento...
Mutti hizo una anotación.
—Entonces ¿Herr Hitler era el tutor legal de la señorita Raubal?
—Sí, claro. A petición de su hermana, que vive en la montaña, en Obersalzberg. ¿Sabe dónde le digo?
Mutti asintió. También Sauer conocía el lugar: un hermoso pueblecito en los Alpes, al sur de Múnich, pocos kilómetros antes de la frontera con Austria. Había ido a pasear por allí algunas veces, en alguna vida previa.
—Después de haber visto a la señorita Raubal, ¿oyó usted ruidos sospechosos procedentes de su habitación? Un chasquido seco, un golpetazo, algo parecido —intervino Mutti.
—Nada —contestó Frau Winter—. Ayer, sin embargo, salimos antes, a las cinco de la tarde. Georg y yo teníamos una cita con amigos en el Wies’n. Aunque haya tan solo cuatro carpas, sigue siendo una fiesta muy bonita.
—De acuerdo, pero ¿no oyó nada que pudiera parecer un disparo antes de las cinco?
—Nada. Ni ayer por la tarde ni tampoco esta mañana. La pobrecita debió de matarse más tarde, cuando en casa solo estaba la señora Reichert con... —se interrumpió como por un segundo pensamiento.
—¿Con?
—Con sus achaques. Perdóneme —añadió Frau Winter—, pero acabo de acordarme de algo que podría interesarles. Cuando mi marido ha abierto la puerta, esta mañana... En la mesita de la habitación había una carta. ¿Tal vez un mensaje de despedida?
Sauer se quedó desconcertado, pero intentó que no se le notara. ¿Cómo podía pensar que la policía no se había fijado ya?
—Tiene usted razón, Frau Winter. Sin duda alguna, podría constituir un indicio importante.
La mujer sonrió, visiblemente aliviada.
—¿Hemos acabado?
—Sí, salvo por el motivo del suicidio, en caso de que haya sido un suicidio. En su opinión, ¿podría estar relacionado con la tensa comida con su tío?
—No, claro que no. Geli era demasiado enérgica, estaba demasiado llena de vida como para que algo así la afectase mucho tiempo. A decir verdad, no creo que le diera muchas vueltas en la cabeza a lo que decían o hacían los demás. Era una muchacha ligera. Con sinceridad, no sabría decirle realmente por qué pudo quitarse la vida. La gente es un misterio.
El de Anna Kirmair fue un interrogatorio breve: trabajaba allí solo de manera ocasional, y el día anterior la habían llamado para ayudar a Frau Winter a organizar la comida tras la llegada imprevista del señor de la casa. Se había presentado hacia las once de la mañana y había ayudado en la cocina y luego a recoger la mesa hasta las dos, tras lo cual la gobernanta la había despedido sin muchas florituras.
—A mí me va bien así —contestó cuando Mutti pidió detalles de su trabajo—. Luego me fui directamente al Oktoberfest y pasé toda la tarde y la noche con mi novio. Nos divertimos un montón. Si estuviera atada por un contrato de trabajo serio, como los señores Winter, no podría hacer casi nada de lo que me gusta, y soy demasiado joven para encerrarme viva en una casa ajena, ¿no le parece? Cuando Franz se case conmigo será diferente, y en cualquier caso primero quiero disfrutar todavía un poco.
—Pero ¿ayer la vio?... —intervino Sauer para impedir que Mutti empezara una de sus habituales filípicas sobre el valor de la familia y el exceso de importancia dado al trabajo—. ¿A la señorita Raubal?
—Sí, claro. Cuando fui a recoger la mesa me crucé con ella en el pasillo. Me saludó, aunque la encontré algo abatida. Siempre era muy educada, la pobre señorita.
—¿Algo abatida?
Anna Kirmair asintió.
—Por regla general, la veías sonriente y feliz. Tenía buen carácter, y una buena vida —añadió con un ápice de amargura—. Pero algunas veces estaba triste o contrariada ella también, sobre todo si no podía hacer algo que le importaba.
—¿Como ayer? —sugirió Mutti.
—No tengo ni idea. Estaba seria, tal vez enfadada, pero lo cierto es que no nos hablábamos realmente, solo buenos días o buenas tardes, y como ya les he dicho, me crucé con ella un instante en el pasillo.
—Entonces supongo que no está al tanto de un posible embarazo de la chica... —insinuó Sauer.
Anna Kirmair negó con la cabeza.
—¿Sabe que la hipótesis más probable sobre su muerte es que se quitó la vida? —dijo Mutti.
La camarera bajó los ojos, asintió.
—Sí. Me lo han dicho.
Sauer frunció el ceño.
—¿Se lo han dicho?
—Esta mañana, cuando llegué. Tenía que ayudar a Herr Winter con el inventario de la despensa, pero cuando entré en casa ya estaban todos ahí. Oí gritos por el pasillo y luego Frau Reichert, la realquilada de Herr Hitler, salió corriendo a mi encuentro con cara de haber visto un muerto. Y, de hecho, así era —concluyó Anna Kirmair, con la voz repentinamente ronca—. De hecho, así era.
En el patio, al otro lado de la ventana, un carbonero empezó a cantar, inconsciente y feliz.
—Y si al final se confirmara que ha sido un suicidio, ¿se le ocurre alguna idea sobre una posible motivación?
—No. Lo siento, pero realmente no sé por qué se quitó la vida la señorita Raubal —dijo la muchacha, con un tono más rígido que Sauer no logró descifrar.
Maria Reichert era una mujer delgada y ajada que no aparentaba más de cuarenta años. El pelo negro ya con estrías canosas, las mejillas pálidas llenas de pecas y dos ojos verdes bordeados de rojo «por culpa de mi alergia» le daban un aspecto de viuda de guerra. Sauer había conocido a muchas, y demasiado a menudo los muertos a los que lloraban habían sido amigos suyos, por lo que no se sintió con ánimo para profundizar. De acuerdo con lo que había declarado Herr Winter, ella también había asistido al descubrimiento de Geli y ahora, sentada en la cocina de casa de Hitler, que para entonces se había convertido ya en una sede independiente de la policía de Múnich, confirmó la versión del administrador, añadiendo tan solo un pequeño detalle crucial.
—Conozco a Herr Hitler desde hace muchos años. Antes de vivir en este apartamento era un realquilado mío en la Theresienstrasse. Mi madre y yo siempre hemos estado muy a gusto con él, y debe de ser mutuo, porque cuando decidió trasladarse a la Prinzregentenplatz nos preguntó si queríamos ir con él y convertirnos nosotras en sus realquiladas.
—¿Usted y su madre? —preguntó Sauer.
Frau Reichert tuvo un instante de vacilación. Desvió la mirada, apartándola de los dos comisarios como si esa sencilla pregunta la hubiera descolocado.
—Sí.
—¿Está aquí la señora...?
—Dachs. Minerva Dachs. No, ahora no está en casa: ayer se fue a visitar a una hermana en el Tegernsee, y se quedará allí algunos días.
—El lago debe de estar muy hermoso en esta época —dijo Mutti.
—Sí. Muy hermoso —respondió Frau Reichert con escasa convicción.
—Pero, por lo general, vive con usted, ¿no es así? —la presionó Sauer.
Frau Reichert asintió mirándose las manos.
—Vivimos juntas en una habitación que da a la plaza, justamente al lado de la que... —no terminó la frase.
—¿Es un cuarto ruidoso?
—Sí y no. Da a la plaza, y solo estamos en la segunda planta, pero...
—¿Dónde se encontraba ayer por la tarde, desde las tres en adelante?
Frau Reichert enmudeció.
—Estaba en mi cuarto —contestó, y parecía una confesión—. Me pasé todo el día allí, no estoy muy en forma últimamente.
—¿Y no oyó nada extraño? Aparte de los ruidos normales del exterior, quiero decir.
La mujer encajó la mandíbula, asintió.
—Hacia las tres oí unos pasos rápidos por el pasillo —dijo—, luego la puerta del cuarto de al lado se cerró de golpe...
—El cuarto de la señorita Raubal.
—Sí. Poco después, serían las tres y media, percibí otro ruido, seco pero ligero, como si se hubiera caído un objeto. No le di mucha importancia —añadió, con la voz más menguada—. Y ahora me pregunto si no fue en ese momento cuando... —se quedó en silencio, con los ojos húmedos de repente.
Sauer se percató por primera vez de que hasta entonces ninguno de los interrogados había dado muestras de turbación o emoción al pensar en lo que había sucedido. Solo ahora Maria Reichert. Quizá los ojos rojos no se debían a una alergia, después de todo.
—Nadie ha dicho que la muerte ocurriera a esa hora —la socorrió Mutti.
Frau Reichert sorbió por la nariz, asintió enérgicamente.
—Gracias —dijo. Para Geli Raubal aquello cambiaba poco, pero para ella podía ser importante—. Hacia las diez de la noche quise hacerle la cama. Vivo en esta casa como realquilada, pero Herr Hitler no quiere que le pague en modo alguno, así que para saldar mi deuda intento echar una mano. Como entre Geli y Frau Winter nunca ha habido buena sintonía, de su cuarto me ocupaba yo. Pero ayer por la noche la puerta de la habitación estaba cerrada, y cuando llamé no obtuve respuesta. Creí que habría salido. Los viernes solía hacerlo.
—La cama de la señorita Raubal, sin embargo, ya estaba hecha —observó Sauer—. Esta mañana, cuando abrieron el cuarto.
Maria Reichert levantó los ojos hacia el comisario, lo miró con el ceño fruncido.
—Es verdad —dijo al cabo de algunos segundos—. Ya estaba hecha.
—¿Pudo haberse ocupado ella misma?
Frau Reichert sonrió tristemente.
—¿Quién? ¿Geli? Ni mucho menos.
—Y, entonces, ¿cómo se lo explica?
La mujer se encogió de hombros.
—Habría dormido en otra parte.
—¿Tiene alguna idea de dónde? —preguntó Mutti—. ¿Amigas? ¿Conocidos? ¿Amantes?
Sauer conocía a su compañero como la palma de su mano, sabía lo que estaba haciendo: presionar al testigo a veces es el mejor modo de hacerlo salir de su madriguera.
Pero Frau Reichert no pareció sentirse muy presionada, o quizá había salido de su madriguera desde el principio.
—Son legión —contestó cándidamente—. Yo misma podría hacerle una lista con seis o siete. Digo de amigas o amigos. Amantes no lo sé, pero no lo descartaría. Era una joven hermosa, ¿saben? Una mujercita hermosa y apasionada.
—Ya nos lo han dicho. Y también nos han dicho que corría un rumor sobre ella. Que estaba embarazada, y que no podía tener a ese niño. Sería un buen móvil para un gesto desesperado...
—Yo no sé nada sobre esa historia —contestó la mujer, quizá demasiado rápidamente—. No era su doncella personal, y aunque tuviéramos una buena relación, no me habría confiado algo tan íntimo.
—Por tanto, no lo descarta.
—Ni tampoco lo confirmo. Se lo he dicho: no había entre nosotras tanta intimidad, y de verdad que no sé por qué motivo se quitó la vida.
—¿Tiene una fotografía suya? —preguntó Mutti.
—Sí, claro —se recobró Frau Reichert—. ¿Puedo ir un momento a mi habitación?
—Por favor —contestó Sauer—. No está usted bajo arresto.
La mujer asintió sin perder su aire compungido. Se levantó despacio de la silla, como si llevara un cinturón de agujas bajo la piel y tuviera miedo a cada mínimo movimiento, luego salió de la cocina.
—¿Qué te parece? —preguntó Mutti en voz baja—. ¿Dice la verdad?
—Todo el mundo la dice —contestó Sauer pensativo—. Aparte de Winter, sobre la camarera.
Su compañero asintió.
—Que no vio el cadáver, mientras él sostiene que sí. ¿Tú crees que tan solo está confuso?
—Quién sabe. Pero ¿por qué iba a mentir sobre un detalle semejante? No añade nada y es fácilmente verificable... Además, que Frau Winter nos cuente la pelea entre tío y sobrina es algo raro, ¿no te parece?
—A lo mejor le asustaba que cualquier otro pudiera contárnoslo y ha preferido anticiparse. Y, en cualquier caso —concluyó Mutti—, las peleas familiares están a la orden del día, a esa edad. Son moneda corriente.
Frau Reichert volvió a entrar en la cocina con una fotografía en la mano.
—Tengo esta. Es un retrato que le había hecho un pintor por encargo de su tío. A Geli le gustaba muchísimo, así que lo llevó a un fotógrafo y regalaba copias a todo el mundo. De hecho, no es el más fiel que he visto en mi vida, pero capta un poco de su encanto.
Depositó la fotografía sobre la mesa, un rectángulo en blanco y negro de seis centímetros por cuatro con marco alrededor. En el centro del encuadre, una muchacha sonriente a la que Mutti y Sauer nunca antes habían visto, y que a esas alturas ya no iban a conocer. Quien había pintado el retrato de esa fotografía había sabido infundir vida a los ojos francos de la muchacha, que miraban directamente al observador. Los labios entreabiertos sobre los blanquísimos dientes, unidos al mechón rebelde que bajaba hasta rozarle la ceja derecha, le conferían un aire de audaz confianza que afligía el corazón.
—Era hermosa, sí —comentó Mutti—. Qué lástima.
Sauer se preguntó si la muerte era un pecado menor cuando le tocaba en suerte a muchachas feúchas, pero no le concedió voz a la provocación. Su mirada se vio atraída por otro detalle: una cadena que colgaba del cuello de la modelo, introduciéndose en el casto escote del vestido sin mangas. De la cadena pendía un colgante con una curiosa forma, aunque para entonces ya resultaba familiar para cualquier bávaro: una cruz gamada.
—¿De verdad tenía un colgante como este? —preguntó a Frau Reichert.
—¿La esvástica de oro? Por supuesto, era un regalo de su tío. Un regalo preciado y la única joya que se ponía. No se separaba nunca de ella, ni siquiera de noche.
Mutti se dio la vuelta para mirar a Sauer sin decir nada. No hacía falta. Los dos comisarios habían tenido el mismo pensamiento: la esvástica de oro, el preciado regalo del que Geli Raubal no se separaba nunca, esa mañana no estaba en su cuerpo sin vida.