Este ha sido jodido.
Ofrezco de nuevo mi gratitud y reconocimiento a esas almas perseverantes, mis supervisores editoriales: Nita Taublib, Joy Chamberlain, Jane Johnson y en especial Anne Lesley Groell, por su apoyo, su sentido del humor y su inmensa tolerancia.
También agradezco a mis amables lectores todos sus mensajes de correo electrónico de apoyo, así como la paciencia.
En particular, inclino mi yelmo ante Lodey de los Tres Puños; Pod el Conejito Diabólico; Trebla y Daj, los Reyes del Trivial; la encantadora Caress del Muro; Lannister el Mataardillas, y el resto de la Hermandad Sin Estandartes, esa ebria y alocada compañía de valientes caballeros y damas adorables que año tras año tras año organizan las mejores fiestas de la Worldcon.
Y suenen fanfarrias en honor de Elio y Linda, quienes parecen conocer los Siete Reinos mejor que yo; la base de datos de concordancia de su web westeros.org es una gozada y una maravilla que me ayuda a mantener la coherencia de la serie.
Y gracias a Walter Jon Williams por su guía en nuevas mares océanas; a Sage Walker por las sanguijuelas, las fiebres y los huesos rotos; a Pati Nagle por el HTML, los escudos giratorios y su rapidez a la hora de subir mis noticias, y a Melinda Snodgrass y Daniel Abraham por servicios que van mucho más allá del deber. Voy saliendo del paso with a little help from my friends.
Para Parris no me bastan las palabras: me ha soportado tanto en los días buenos como en los malos, durante todas y cada una de estas condenadas páginas. Solo me cabe decir que no podría cantar esta Canción sin ella.
—Dragones —dijo Mollander. Cogió del suelo una manzana arrugada y se la pasó de una mano a otra.
—Lánzala —le dijo Alleras el Esfinge, apremiante. Sacó una flecha del carcaj y la centró en la cuerda del arco.
—Cuánto me gustaría ver un dragón. —Roone era el menor de todos, tan solo un chiquillo regordete al que aún le faltaban dos años para llegar a la edad viril—. No sabéis cuánto me gustaría.
«Y a mí me gustaría dormir abrazado a Rosey —pensó Pate. Cambió de postura en el banco, inquieto. Tal vez la chica fuera suya al amanecer—. Me la llevaré lejos de Antigua, al otro lado del mar Angosto, a una de las ciudades libres.» Allí no había maestres; allí nadie lo acusaría.
Alcanzó a oír la risa de Emma, que se colaba a través de los postigos cerrados de una ventana situada más arriba, mezclada con otra voz más grave, la del hombre al que estaba atendiendo. Era la mayor de las mozas de El Cálamo y el Pichel, cuarenta años como poco, pero aún conservaba cierta belleza pulposa. Su hija Rosey tenía quince años y acababa de florecer. Emma había decretado que la virginidad de Rosey costaría un dragón de oro. Pate había ahorrado nueve venados de plata y un cuenco de estrellas de cobre y calderilla, pero de gran cosa le iba a servir. Le resultaría más fácil empollar un dragón de verdad que ahorrar monedas suficientes para obtener uno de oro.
—Si querías dragones, naciste demasiado tarde, chaval —le dijo a Roone Armen el Acólito. Armen llevaba en torno al cuello una tira de cuero engarzada con eslabones de peltre, cinc, plomo y cobre, y por lo visto pensaba, como la mayoría de los acólitos, que lo que tenían los novatos sobre los hombros era un nabo, no una cabeza—. El último murió durante el reinado de Aegon III.
—El último de Poniente —insistió Mollander.
—Tira la manzana —volvió a apremiarlo Alleras.
El Esfinge era un joven atractivo. Las mozas lo mimaban y consentían. Hasta Rosey le rozaba a veces el brazo cuando le servía vino, y Pate tenía que apretar los dientes y fingir que no se daba cuenta.
—El último dragón de Poniente fue el último dragón, y punto —insistió Armen—. Eso lo sabe cualquiera.
—¡Venga, esa manzana! —pidió Alleras—. ¿O te la vas a comer?
—Venga.
Arrastrando el pie zambo, Mollander dio un saltito, giró sobre sí mismo y lanzó la manzana hacia la bruma que pendía sobre el Aguamiel. De no ser por el pie habría sido caballero, igual que su padre. Fuerza le sobraba, como demostraban aquellos brazos gruesos y hombros anchos. La manzana voló lejos, veloz...
... pero no tanto como la flecha que surcó el aire tras ella: cuatro palmos de vara de madera dorada con plumas de color escarlata. Pate no la vio acertar a la manzana, pero sí oyó el impacto, un ligero chunk que despertó ecos al otro lado del río antes de que llegara el ruido de la fruta contra el agua.
Mollander silbó.
—Le has sacado el corazón. Qué belleza.
«No tanta como la que tiene Rosey.» Pate adoraba aquellos ojos color avellana, aquellos pechos incipientes, la manera en que le sonreía al verlo. Adoraba los hoyuelos que tenía en las mejillas. A veces servía las bebidas descalza para notar la sensación de la hierba en los pies. Eso también lo adoraba. Adoraba su olor limpio y fresco, la manera en que se le rizaba el pelo detrás de las orejas. Hasta adoraba los dedos de sus pies. Una noche, la muchacha le había dejado que se los masajeara y jugara con ellos, y Pate había inventado una historia divertida sobre cada dedo, todo con tal de que no dejara de reírse.
Tal vez fuera mejor no cruzar el mar Angosto. Con el dinero que había ahorrado podía comprar un burro; Rosey y él lo montarían por turnos y recorrerían Poniente. Cierto era que Ebrose no lo consideraba digno del eslabón de plata, pero Pate sabía entablillar un hueso y aplicar sanguijuelas para unas fiebres. El pueblo llano le agradecería su ayuda. Si aprendía a cortar el pelo y afeitar, hasta podría trabajar de barbero.
«Con eso me bastaría —se dijo—, si tuviera a Rosey.» Rosey era todo lo que deseaba en el mundo.
No siempre había pensado lo mismo. En otros tiempos soñó con ser el maestre de un castillo, al servicio de algún señor generoso que lo honraría por su sabiduría y le regalaría un hermoso caballo blanco para agradecerle sus servicios. Qué alto, qué orgulloso cabalgaría, sonriendo desde arriba a la gente sencilla cuando se la cruzara en los caminos...
Una noche, en la sala común de El Cálamo y el Pichel, después de la segunda jarra de una sidra monstruosamente fuerte, Pate había alardeado de que no sería novicio toda la vida.
—Cierto —fue la respuesta a gritos de Leo el Vago—. Algún día serás un exnovicio que se dedicará a criar cerdos.
Apuró los posos de la jarra. En aquel amanecer, el porche iluminado con antorchas de El Cálamo y el Pichel era una isla de luz en un mar de neblina. Río abajo, la distante almenara del Faro flotaba en la humedad de la noche como una nebulosa luna anaranjada, pero la luz no bastaba para animarlo.
«Ya tendría que haber venido el alquimista.» ¿Había sido una broma cruel, o le habría sucedido algo? No sería la primera vez que se le desmoronaba la buena suerte nada más rozar a Pate. En cierta ocasión se había considerado afortunado porque el archimaestre Walgrave lo había elegido para que lo ayudara con los cuervos, sin siquiera imaginar que muy poco más adelante también estaría sirviéndole las comidas, barriendo sus habitaciones y vistiéndolo por las mañanas. Según decía todo el mundo, lo que Walgrave había olvidado sobre la cría y cuidado de los cuervos era más de lo que la mayoría de los maestres llegaba a saber en toda su vida, de manera que Pate dio por supuesto que lo mínimo a lo que podía aspirar era un eslabón negro. Pero Walgrave no estaba en condiciones de otorgárselo. Si permitían al anciano seguir ostentando el título de archimaestre, era solo por cortesía. Había sido un gran maestre, pero en aquellos tiempos, su túnica ocultaba a menudo la ropa interior sucia, y medio año atrás, unos acólitos lo habían encontrado en la biblioteca llorando porque no sabía volver a sus habitaciones. El maestre Gormon ocupaba el lugar de Walgrave bajo la máscara de hierro. El mismo Gormon que en cierta ocasión había acusado de robo a Pate.
En el manzano que se alzaba junto al agua, un ruiseñor empezó a cantar. Era un sonido agradable, un grato cambio tras los gritos roncos y los graznidos incesantes de los cuervos que cuidaba todo el día. Los cuervos blancos conocían su nombre y en cuanto lo veían se lo empezaban a decir entre ellos, «Pate, Pate, Pate», hasta que le entraban ganas de gritar. Aquellos enormes pájaros blancos eran el orgullo del archimaestre Walgrave. Quería que devorasen su cadáver cuando muriera, pero Pate tenía la sospecha de que se lo querrían comer a él también.
Tal vez fuera aquella sidra monstruosamente fuerte (aunque no había ido con intención de beber, Alleras había estado pagando rondas para celebrar su eslabón de cobre, y el sentimiento de culpa le daba sed), pero casi sonaba como si los trinos del ruiseñor dijeran «oro por hierro, oro por hierro, oro por hierro». Cosa de lo más extraño, porque era lo mismo que había dicho el desconocido la noche en que Rosey los reunió. «¿Quién eres?», le había preguntado Pate, y la respuesta del hombre fue «Un alquimista. Sé transformar el hierro en oro». Y de repente tenía la moneda en la mano, la hacía bailar por encima de los nudillos, y el amarillo dorado brillaba a la luz de la vela. En un lado se veía un dragón de tres cabezas, y en el otro, la cara de algún rey muerto. «Oro por hierro —recordó Pate—, no hay mejor negocio. ¿La quieres tener? ¿La amas?»
—No soy ningún ladrón —le respondió al hombre que se decía alquimista—. Soy novicio en la Ciudadela.
El alquimista inclinó la cabeza.
—Si lo reconsideras, volveré a estar aquí dentro de tres días, con mi dragón —se limitó a decir.
Habían pasado tres días. Pate había regresado a El Cálamo y el Pichel, aunque aún no estaba seguro de qué iba a hacer, pero en lugar del alquimista se encontró con Mollander, Armen y el Esfinge, con Roone pisándoles los talones. Si no se hubiera unido a ellos, habría resultado sospechoso.
El Cálamo y el Pichel no cerraba nunca. Llevaba seiscientos años en su isla del Aguamiel y ni un solo día había dejado de atender a los clientes. Aunque el alto edificio de madera se inclinaba hacia el sur, igual que los novicios se inclinaban a veces después de una jarra, Pate daba por hecho que la taberna seguiría en pie y en marcha seiscientos años más, despachando vino, cerveza y aquella sidra monstruosamente fuerte a marineros, hombres del río, herreros, bardos, sacerdotes y príncipes, y a los novicios y acólitos de la Ciudadela.
—Antigua no es el mundo —declaró Mollander en voz demasiado alta.
Era hijo de un caballero y no podía estar más borracho. Desde que le llegó la noticia de la muerte de su padre en el Aguasnegras, se emborrachaba casi todas las noches. Incluso allí, en Antigua, lejos de las batallas y a salvo tras los muros, la guerra de los Cinco Reyes los había afectado a todos, aunque el archimaestre Benedict no dejaba de señalar que no había sido nunca una guerra de cinco reyes, ya que Renly Baratheon había sido asesinado antes de la coronación de Balon Greyjoy.
—Mi padre decía siempre que el mundo es más grande que el castillo de ningún señor —siguió Mollander—. Los dragones deben de ser lo mínimo que se podría encontrar en Qarth, Asshai y Yi Ti. Las historias que cuentan esos marineros...
—... son historias que cuentan los marineros —lo interrumpió Armen—. Marineros, mi querido Mollander. Baja a los muelles y te apuesto lo que sea a que te encontrarás marineros que te hablarán de las sirenas que se han tirado, o de como pasaron un año en el vientre de un pez.
—¿Y cómo sabes que no es verdad? —Mollander caminaba a trompicones por la hierba en busca de más manzanas—. Para estar del todo seguro de que mienten tendrías que haber estado tú en el vientre del pez. Cuando un marinero cuenta una historia, vale, te puedes reír, pero cuando los remeros de cuatro barcos diferentes cuentan en cuatro idiomas el mismo cuento...
—El cuento no es el mismo —insistió Armen—. Dragones en Asshai, dragones en Qarth, dragones en Meereen, dragones dothrakis, dragones que liberan esclavos... Los cuentos son todos diferentes.
—Solo en los detalles. —Cuanto más bebía, más testarudo se ponía Mollander, que ya era obstinado incluso sobrio—. Todos hablan de dragones y de una reina joven y hermosa.
El único dragón que le interesaba a Pate era de oro amarillo. ¿Qué le habría pasado al alquimista?
«Tres días. Dijo que estaría aquí.»
—Tienes otra manzana al lado del pie —le indicó Alleras a Mollander—, y aún me quedan dos flechas en el carcaj.
—A tomar por culo el carcaj. —Mollander recogió la fruta—. Esta tiene gusanos —se quejó; de todos modos, la lanzó al aire. La flecha acertó en la manzana justo cuando empezaba a descender y la partió limpiamente en dos. Una de las mitades cayó en el tejado de una torreta, rodó hasta otro tejado inferior, rebotó y no golpeó a Armen por un palmo—. Si partes por la mitad un gusano, te salen dos gusanos —los informó el acólito.
—Si con las manzanas sucediera lo mismo, nadie pasaría hambre —señaló Alleras con una de sus sonrisas esbozadas.
El Esfinge sonreía siempre, como si supiera un chiste secreto. Eso le daba un aspecto pérfido que le pegaba muy bien con la barbilla puntiaguda, el pico del nacimiento del pelo y la densa mata de rizos negros como el azabache.
Alleras sería maestre algún día. Solo llevaba un año en la Ciudadela y ya había forjado tres eslabones de su cadena. Armen tenía más, sí, pero obtener cada uno le había llevado un año. Aun así, también sería maestre algún día. Roone y Mollander seguían siendo novicios de cuello desnudo, pero Roone era muy joven, y Mollander era más aficionado a la bebida que a la lectura.
En cambio, Pate...
Llevaba cinco años en la Ciudadela; apenas tenía trece cuando ingresó, y aun así, su cuello seguía tan desnudo como el día en que llegó de las Tierras del Oeste. Se había considerado preparado en dos ocasiones. La primera se había presentado ante el archimaestre Vaellyn para demostrar su conocimiento de los cielos, pero lo único que logró fue averiguar cómo se había ganado el sobrenombre de Vinagre. Le hicieron falta dos años para reunir valor e intentarlo de nuevo. En la segunda ocasión se sometió al juicio del archimaestre Ebrose, un anciano bondadoso conocido por la suavidad de su voz y la gentileza de sus manos, pero para Pate, los suspiros de Ebrose resultaron tan dolorosos como las pullas mordaces de Vaellyn.
—La última manzana y te cuento lo que sospecho de esos dragones —prometió Alleras.
—¿Qué vas a saber tú que no sepa yo? —gruñó Mollander.
Divisó una manzana en una rama, dio un salto, la arrancó y la lanzó. Alleras se llevó la cuerda del arco hasta la oreja y giró con elegancia para seguir la trayectoria del objetivo. Liberó la flecha justo cuando la manzana empezaba a caer.
—Siempre fallas la última —comentó Roone. La manzana cayó al agua intacta—. ¿Lo ves?
—El día en que se aciertan todas es el día en que se deja de mejorar.
Alleras soltó la cuerda del arco y lo guardó en la funda de cuero. El arco estaba tallado en aurocorazón, una madera rara y fabulosa procedente de las islas del Verano. Pate había intentado tensarlo una vez sin conseguir nada.
«El Esfinge parece esbelto, pero esos brazos delgados tienen fuerza», reflexionó mientras Alleras pasaba una pierna al otro lado del banco para llegar a su copa de vino.
—El dragón tiene tres cabezas —anunció con su suave y pausado acento dorniense.
—¿Es un acertijo? —quiso saber Roone—. En las leyendas, las esfinges siempre hablan con acertijos.
—No es ningún acertijo.
Alleras bebió un trago de vino. Los demás trasegaban picheles de la sidra monstruosamente fuerte a la que debía su fama El Cálamo y el Pichel, pero él prefería los vinos extraños y dulces de la tierra de su madre. Esos vinos no eran baratos ni siquiera en Antigua.
Fue Leo el Vago quien le puso a Alleras el apodo de Esfinge. Una esfinge es un poco de esto y un poco de aquello: cara humana, cuerpo de león, alas de halcón... Igual que Alleras. Su padre era dorniense, y su madre, una estiveña de piel negra. Él también tenía la piel oscura como la teca. Y, al igual que las esfinges de mármol verde que flanqueaban las puertas principales de la ciudadela, los ojos de Alleras eran de ónice.
—Los únicos dragones de tres cabezas son los que se ponen en los escudos y en los estandartes —afirmó con rotundidad Armen el Acólito—. Es una variante heráldica, solo eso. Y además, todos los Targaryen han muerto.
—No todos —replicó Alleras—. El Rey Mendigo tenía una hermana.
—Yo creía que le habían estampado la cabeza contra la pared —dijo Roone.
—No —dijo Alleras—. Los valerosos hombres del León de Lannister le estamparon la cabeza contra la pared a Aegon, el hijo pequeño del príncipe Rhaegar. Nosotros hablamos de la hermana de Rhaegar, nacida en Rocadragón antes de que cayera la fortaleza. Le pusieron por nombre Daenerys.
—Daenerys de la Tormenta. Ya me acuerdo de quién dices. —Mollander alzó el pichel bien alto; se oyó el chapoteo de la sidra que quedaba—. ¡Brindo por ella! —Bebió de un trago, dejó de golpe el pichel vacío, eructó y se limpió la boca con el dorso de la mano—. ¿Dónde está Rosey? Nuestra reina legítima se merece otra ronda de sidra, ¿no os parece?
Armen el Acólito tenía cara de alarma.
—Baja la voz, idiota. Con esas cosas ni se bromea. Nunca se sabe quién puede estar escuchando. La Araña tiene oídos en todas partes.
—Venga, Armen, que te meas en los calzones. He propuesto un brindis, no una rebelión.
Pate oyó una risita. Una voz suave y taimada los sorprendió desde atrás.
—Ya sabía yo que eras un traidor, Patachula.
Leo el Vago avanzaba desgarbado por la entrada del viejo puente de tablones, con ropa de seda de rayas verdes y doradas y una capa corta de seda negra abrochada en el hombro con una rosa de jade. A juzgar por el color de las manchas, el vino que le había goteado por la pechera había sido un tinto robusto. Un mechón de cabello rubio ceniza le cubría un ojo.
Mollander se puso nervioso nada más verlo.
—A la mierda. Lárgate. Aquí no te queremos.
Alleras le puso una mano en el hombro para calmarlo, y Armen frunció el ceño.
—Leo, mi señor, tenía entendido que seguías confinado en la Ciudadela, que aún te quedaban...
—Tres días. —Leo el Vago se encogió de hombros—. Perestan dice que el mundo tiene cuarenta mil años. Según Mollos son quinientos mil. ¿Qué son tres días en comparación? —Aunque en el porche había una docena de mesas vacías, Leo fue a sentarse con ellos—. Venga, Patachula, invítame a una copa de dorado del Rejo y puede que no le cuente a mi padre lo del brindis. Las tabas se han vuelto contra mí en el Suerte Caprichosa, y me he gastado el último venado en la cena. Cochinillo en salsa de ciruelas, relleno con castañas y trufas blancas. Algo hay que comer. ¿Qué habéis cenado vosotros, muchachos?
—Carnero —masculló Mollander. No parecía nada satisfecho—. Hemos compartido una pierna de carnero hervido.
—No me cabe duda que os ha saciado el apetito. —Leo se volvió hacia Alleras—. El hijo de un señor debería ser generoso, Esfinge. Tengo entendido que has conseguido el eslabón de cobre. Brindaré por ello.
Alleras le devolvió la sonrisa.
—Solo invito a mis amigos. Y no soy el hijo de un señor, ya te lo he dicho. Mi madre era comerciante.
Leo tenía los ojos color avellana, con el brillo del vino y la malicia.
—Tu madre era una mona de las islas del Verano. Los dornienses se follan cualquier cosa que tenga un agujero entre las piernas, sin ánimo de ofender. Eres negro como el carbón, pero tú al menos te bañas. No se puede decir lo mismo de nuestro amigo, el porquerizo de las manchas. —Hizo un gesto vago en dirección a Pate.
«Si le pego en la boca con el pichel, le saltaré la mitad de los dientes», pensó Pate. Pate Manchas, el porquerizo, era el protagonista de un millar de anécdotas picarescas; se trataba de un patán torpe y de buen corazón que siempre se las arreglaba para quedar por encima de los señores rollizos, los caballeros arrogantes y los septones pomposos que lo mortificaban. Su estupidez ocultaba una especie de astucia rudimentaria; al final de las historias, Pate Manchas siempre acababa sentado en el trono de un gran señor, o encamado con la hija de algún caballero. Pero no eran más que cuentos. En el mundo real, a los porquerizos jamás les iba tan bien. A veces, Pate pensaba que su madre debía de haberlo odiado mucho para ponerle aquel nombre.
—Te vas a disculpar. —Alleras ya no sonreía.
—¿De verdad? —dijo Leo—. No sé si podré; tengo la boca tan seca...
—Cada palabra que dices arroja más vergüenza sobre tu casa —le replicó Alleras—. La misma vergüenza que cae sobre la Ciudadela por el hecho de que seas uno de los nuestros.
—Ya lo sé. Así que invitadme a vino para que ahogue la vergüenza que siento.
—Te arrancaría la lengua de raíz —le espetó Mollander.
—¿En serio? ¿Y cómo os iba a contar luego lo que sé de los dragones? —Leo se encogió de hombros otra vez—. El mestizo ha acertado: la hija del Rey Loco está viva, y ella misma ha empollado a los tres dragones.
—¿Tres? —se asombró Roone.
Leo le dio unas palmaditas en la mano.
—Más de dos y menos de cuatro. Yo que tú no optaría aún al eslabón de oro.
—Deja en paz al chico —le advirtió Mollander.
—Qué Patachula más caballeroso. Como quieras. Todos los hombres de todos los barcos que se han acercado a menos de cien leguas de Qarth hablan de esos dragones. Unos cuantos hasta dicen que los han visto. Al Mago le parece verosímil.
Armen frunció los labios en gesto de desaprobación.
—Marwyn no está bien. El propio archimaestre Perestan te lo diría.
—El archimaestre Ryam también lo dice —aportó Roone.
Leo bostezó.
—El mar es húmedo, el sol es cálido, y los animales del bestiario aborrecen al mastín.
«Tiene un mote para todo el mundo —pensó Pate. Pero no se podía negar que Marwyn tenía más aspecto de mastín que de maestre—. Siempre parece que va a morder.»
El Mago no era igual que los otros maestres. Se decía por ahí que gustaba de la compañía de putas y de magos errantes, que conversaba con ibbeneses velludos y con negros estiveños en sus propios idiomas y que ofrecía sacrificios a dioses extraños en los pequeños templos de marinos que salpicaban los embarcaderos. Lo habían visto en los bajos fondos de la ciudad, en las peleas de ratas y en burdeles negros, en compañía de cómicos, bardos, mercenarios e incluso mendigos. Algunos hasta rumoreaban que, en cierta ocasión, había matado a un hombre a puñetazos.
Cuando Marwyn retornó a Antigua tras pasar ocho años en el este cartografiando tierras lejanas, buscando libros perdidos y estudiando con brujos y domadores de sombras, Vaellyn Vinagre le había puesto el apodo de Marwyn el Mago, que no tardó en extenderse por Antigua, para enfado de Vaellyn.
—Deja los hechizos y las oraciones para los sacerdotes y los septones, y dedícate a aprender verdades en las que se pueda confiar —le había aconsejado a Pate en cierta ocasión el archimaestre Ryam; pero el anillo, el báculo y la máscara de Ryam eran de oro amarillo, y en su cadena de maestre no había ningún eslabón de acero valyrio.
Armen miró con desprecio a Leo el Vago.
—El archimaestre Marwyn cree en muchas cosas raras —dijo—, pero no tiene más pruebas que Mollander de la existencia de esos dragones. Solo son cuentos de marineros.
—Te equivocas —replicó Leo—. En las habitaciones del Mago arde una vela de cristal.
Se hizo el silencio en el porche iluminado por antorchas. Armen suspiró y sacudió la cabeza. Mollander se echó a reír. El Esfinge escudriñó a Leo con sus grandes ojos oscuros. Roone parecía despistado.
Pate sabía algo sobre las velas de cristal, pero nunca había visto una encendida. Eran el secreto peor guardado de la Ciudadela. Se decía que habían llegado a Antigua, procedentes de Valyria, un millar de años antes de la Maldición. Tenía entendido que había cuatro, una verde y tres negras, y todas eran largas y retorcidas.
—¿Qué es eso de las velas de cristal? —quiso saber Roone.
Armen el Acólito carraspeó.
—La noche anterior al día en que pronuncia los votos, todo acólito tiene que guardar vigilia en la cripta. No se le permite llevar ningún tipo de antorcha, lámpara, candelabro, farol... Solo una vela de obsidiana. Tiene que pasarse la noche a oscuras, a menos que sea capaz de encender esa vela. Los hay que lo intentan. Los tontos, los testarudos, los que han estudiado eso que llaman misterios superiores... Casi siempre se cortan los dedos, porque los bordes de las velas son afilados como navajas, según se dice. Y luego tienen que esperar al amanecer con las manos ensangrentadas y meditando sobre su fracaso. Los más listos se tumban a dormir o se pasan la noche rezando y ya está, pero no hay año en que no lo intente alguno.
—Sí. —Pate también había oído aquellas historias—. Lo que no entiendo es de qué sirve una vela que no da luz.
—Es una lección —explicó Armen—. La última lección que tenemos que aprender antes de ponernos la cadena de maestre. La vela de cristal representa la verdad y el aprendizaje, dos cosas infrecuentes, hermosas y frágiles. Tiene forma de vela, para recordarnos que un maestre debe proyectar luz allá donde preste sus servicios, y es afilada para recordarnos que el conocimiento también puede ser peligroso. Los sabios pueden volverse arrogantes en su sabiduría; un maestre, en cambio, debe ser humilde siempre. La vela de cristal también nos recuerda eso. Así, mucho después de pronunciar los votos, ponerse la cadena y marcharse a servir, el maestre recordará la oscuridad de su vigilia, recordará que no pudo hacer nada para encender la vela... Porque, incluso con conocimientos, hay cosas que no son posibles.
Leo el Vago soltó una carcajada.
—Querrás decir que no son posibles para ti. Yo he visto la vela encendida.
—Has visto alguna vela encendida, eso no lo dudo —replicó Armen—. Puede que fuera una vela de cera negra.
—Sé muy bien qué vi. La luz era rara, brillante, mucho más que la de cualquier vela de cera o de sebo. Proyectaba sombras extrañas, y la llama no parpadeó en ningún momento, ni siquiera cuando entró el viento por la puerta abierta que había a mi espalda.
Armen se cruzó de brazos.
—La obsidiana no arde.
—Vidriagón —intervino Pate—. La gente llama vidriagón a la obsidiana.
No sabía por qué, pero el detalle le parecía importante.
—Es verdad —reflexionó Alleras el Esfinge—, y si de nuevo hay dragones en el mundo...
—Dragones y cosas más sombrías —dijo Leo—. Las ovejas grises han cerrado los ojos, pero el mastín prefiere ver la verdad. Se están despertando poderes antiguos. Las sombras se agitan. Pronto se cernirá sobre nosotros una era de maravillas y horrores, una era de dioses y héroes. —Se estiró y esbozó su sonrisa perezosa—. Yo diría que eso bien vale una ronda.
—Ya hemos bebido bastante —replicó Armen—. Se nos echa encima el amanecer, y el archimaestre Ebrose hablará hoy de las propiedades de la orina. Si alguien quiere forjar un eslabón de plata, más le vale no perderse esta charla.
—No seré yo quien os impida ir a la cata de meados —replicó Leo—. La verdad, yo prefiero el sabor de un dorado del Rejo.
—Si hay que elegir entre los meados y tú, me quedo con los meados. —Mollander se levantó—. Vamos, Roone.
El Esfinge cogió la funda del arco.
—Yo también me voy a la cama. Me imagino que soñaré con dragones y velas de cristal.
—¿Os marcháis todos? —Leo se encogió de hombros—. Bueno, al menos se queda Rosey. A lo mejor voy a despertar a nuestro caramelito y la hago mujer.
Alleras vio la expresión en el rostro de Pate.
—Si no tiene un cobre para pagarse una copa de vino, menos va a tener un dragón para pagar por la chica.
—Eso —dijo Mollander—. Además, para convertir a una niña en mujer tendría que ser un hombre. Ven con nosotros, Pate. El viejo Walgrave se despertará cuando salga el sol. Te necesitará para que lo lleves al retrete.
«Si es que hoy se acuerda de quién soy.» El archimaestre Walgrave no tenía problemas para distinguir un cuervo de otro, pero la gente se le daba peor. En ocasiones confundía a Pate con un tal Cressen.
—Todavía no —respondió a sus amigos—. Me quedo un rato más. Aún no había amanecido del todo. El alquimista podía acudir, y Pate tenía toda la intención de estar allí por si acaso.
—Como quieras —dijo Armen.
Alleras miró a Pate durante largo rato; luego se colgó el arco de un hombro esbelto y siguió a los demás en dirección al puente. Mollander iba tan borracho que tenía que caminar con una mano en el hombro de Roone para no caerse. La Ciudadela no estaba lejos a vuelo de cuervo, pero ellos no eran cuervos, y Antigua era un auténtico laberinto de callejuelas tortuosas, encrucijadas y calles llenas de baches.
—Id con ojo —oyó decir Pate a Armen mientras la bruma del río los engullía a los cuatro—. La noche es húmeda, y los adoquines estarán resbaladizos.
Cuando se hubieron marchado, Leo el Vago miró a Pate con gesto hosco desde el otro lado de la mesa.
—Qué pena. El Esfinge se ha largado con toda su plata y me ha abandonado con Pate Manchas, el porquerizo. —Se desperezó y bostezó—. Y dime, ¿cómo está nuestra pequeña Rosey?
—Duerme —replicó Pate, cortante.
—Desnuda, seguro. —Leo sonrió—. ¿De verdad crees que vale un dragón? Un día de estos lo tengo que comprobar. —Pate no era tan idiota como para responder. Y a Leo no le hacía falta ninguna respuesta—. Supongo que, una vez la haya abierto, el precio bajará tanto que hasta los porquerizos os la podréis permitir. Me tendrías que dar las gracias.
«Te tendría que matar», pensó Pate, pero no estaba suficientemente borracho para tirar por tierra su vida. Leo tenía entrenamiento con las armas; se sabía que era mortífero con el puñal y la espada de jaque. Y, aunque Pate consiguiera matarlo, también le costaría la cabeza. Él tenía un único nombre; Leo, dos, y el segundo era Tyrell. Su padre era ser Moryn Tyrell, comandante de la Guardia de la Ciudad de Antigua. Mace Tyrell, señor de Altojardín y guardián del Sur, era su primo. Y el Anciano de Antigua, lord Leyton, del Faro, entre cuyos muchos títulos se contaba el de protector de la Ciudadela, era vasallo de la casa Tyrell.
«Ni caso —se dijo Pate—. Únicamente dice esas cosas para hacerme daño. —Hacia el este, las neblinas eran cada vez más claras—. El amanecer —comprendió—. El amanecer ha llegado, y el alquimista, no. —No sabía si reír o llorar—. Si lo devuelvo todo y nadie se entera, ¿sigo siendo un ladrón?» Otra pregunta para la que no tenía respuesta, como aquellas que le habían planteado Ebrose y Vaellyn.
Cuando se levantó del banco, la sidra monstruosamente fuerte se le subió a la cabeza de golpe. Tuvo que apoyar una mano en la mesa para recuperar el equilibrio.
—Deja en paz a Rosey —dijo a modo de despedida—. Déjala en paz, o te mato.
Leo Tyrell se apartó el mechón de pelo del ojo.
—No me bato en duelo con porquerizos. Lárgate.
Pate se volvió y atravesó el porche. Sus pisadas resonaron contra las planchas desgastadas del antiguo puente. Cuando llegó al otro lado, el cielo ya se empezaba a teñir de rosa.
«El mundo es grande —se dijo—. Si comprara el burro, podría recorrer los caminos y senderos de los Siete Reinos, me dedicaría a poner sanguijuelas y a quitar liendres a la gente. Podría enrolarme en cualquier barco como remero y atravesar las Puertas de Jade para llegar a Qarth y ver esos dragones. No tengo por qué volver con Walgrave y con los cuervos.»
Pero, sin saber por qué, sus pies se encaminaron hacia la Ciudadela.
Cuando el primer rayo de luz traspasó las nubes del este, las campanas matutinas empezaron a repicar en el septo del Marinero, abajo en el puerto. El septo del Señor se le unió al cabo de un instante; luego, los Siete Santuarios desde sus jardines, al otro lado del Aguamiel, y por último, el septo Estrellado que había sido sede del septón supremo durante mil años antes de que Aegon tocara tierra en Desembarco del Rey. Era una música impresionante.
«Aunque no tan dulce como la de un simple ruiseñor.»
También se oían cánticos por debajo del repicar de las campanas. Todas las mañanas, con la luz del alba, los sacerdotes rojos se reunían para dar la bienvenida al sol en el exterior de su modesto templo, junto a los muelles. Pues la noche es oscura y alberga horrores. Pate los había oído gritar aquellas palabras un millar de veces: le pedían a R’hllor, su dios, que los salvara de la oscuridad. En cuestión de dioses, a él le bastaba con los Siete, pero tenía entendido que Stannis Baratheon rezaba junto a las hogueras nocturnas. Hasta había puesto en su estandarte el corazón llameante de R’hllor en lugar del venado coronado.
«Si consigue sentarse en el Trono de Hierro, todos tendremos que aprendernos la canción de los sacerdotes rojos», pensó Pate, aunque sabía que no era probable. Tywin Lannister había destrozado a Stannis y a R’hllor en el Aguasnegras; no tardaría en acabar con ellos, y pondría en una pica la cabeza del aspirante ilegítimo de los Baratheon, sobre las puertas de Desembarco del Rey.
A medida que se disolvían las nieblas nocturnas, Antigua cobraba forma en torno a él, emergía de la penumbra como un fantasma. Pate no había estado nunca en Desembarco del Rey, pero sabía que era una ciudad de cañas y barro, un entramado de calles enlodadas, tejados de paja y chozas de madera. Antigua era de piedra: todas las calles, hasta el más triste callejón, estaban empedradas. Y al amanecer la ciudad era más hermosa que en ningún otro momento. Al oeste del Aguamiel, las casas de los gremios bordeaban la ribera como una hilera de palacios. Río arriba, las cúpulas y torres de la Ciudadela se alzaban a ambas orillas, conectadas por puentes de piedra llenos de habitaciones y estancias. Río abajo, junto a los muros de mármol negro y las ventanas en forma de arco del septo Estrellado, las mansiones de los píos se arracimaban como niños en torno a los pies de una anciana rica.
Y más allá, donde el Aguamiel se ensanchaba para transformarse en el Canal de los Susurros, se alzaba el Faro, con sus almenaras brillantes pese al amanecer. Desde el lugar donde se encontraba, en la cima de los riscos de la isla Batalla, su sombra cortaba la ciudad como una espada. Los nacidos y criados en Antigua sabían la hora por su sombra. Había quien decía que, desde la cima, se divisaba hasta el Muro. Tal vez por eso, lord Leyton no había bajado desde hacía más de un decenio y prefería gobernar su ciudad desde las nubes.
Por el camino del río adelantó a Pate un carromato de carnicero que llevaba detrás cinco cochinillos que no dejaban de chillar. Al apartarse para dejarle paso, esquivó por poco el contenido del orinal que una mujer vaciaba desde una ventana.
«Cuando sea maestre en un castillo, iré a caballo», pensó. En ese momento tropezó con un adoquín y se preguntó a quién quería engañar. Nunca tendría una cadena; nunca se sentaría a la mesa de un señor; nunca montaría en un gran caballo blanco. Se pasaría los días escuchando los graznidos de los cuervos y quitando manchas de mierda de la ropa interior del archimaestre Walgrave.
Estaba con una rodilla en tierra, sacudiéndose el lodo de la túnica, cuando la voz lo saludó.
—Buenos días, Pate.
El alquimista estaba junto a él. Pate se levantó.
—Tres días... Dijiste que irías a El Cálamo y el Pichel.
—Estabas con tus amigos, y no me pareció oportuno entrometerme en un momento de camaradería. —El alquimista llevaba una capa de viaje con capucha, marrón, indefinible. El sol naciente asomaba a su espalda sobre los tejados, de manera que costaba ver el rostro bajo la capucha—. ¿Has decidido ya qué eres?
«¿Por qué me obliga a decirlo?»
—Creo que soy un ladrón.
—Ya me lo parecía.
Lo más difícil había sido ponerse a cuatro patas para sacar la caja fuerte de debajo de la cama del archimaestre Walgrave. Era muy sólida y tenía refuerzos de hierro, pero la cerradura estaba rota. El maestre Gormon sospechó que la había roto Pate, pero no era verdad. El propio Walgrave había forzado la cerradura porque había perdido la llave.
En el interior, Pate había encontrado una bolsa de venados de plata, un mechón de pelo rubio atado con una cinta, un retrato en miniatura de una mujer que se parecía a Walgrave (hasta en el bigote) y un guantelete de caballero hecho de escamas de acero. Según Walgrave, había pertenecido a un príncipe, aunque no recordaba a cuál. Cuando Pate lo sacudió, la llave cayó al suelo.
«Si la cojo seré un ladrón», recordó haber pensado. La llave era vieja y pesada, de hierro negro; por lo visto abría todas las puertas de la Ciudadela. Los archimaestres eran los únicos que tenían llaves como aquella. Los demás llevaban la suya encima o la escondían en lugar seguro, pero si Walgrave hubiera escondido la suya, no la habrían vuelto a ver jamás. Pate se había apoderado de la llave, y estaba ya casi en la puerta cuando se volvió para coger también la plata. Un ladrón era igual de ladrón tanto si robaba poco como si robaba mucho.
«Pate —había graznado uno de los cuervos blancos—. Pate, Pate, Pate.»
—¿Traes el dragón? —le preguntó al alquimista.
—Si tú traes lo que te pedí...
—Dámelo. Quiero verlo. —Pate no tenía la menor intención de dejarse engañar.
—El camino del río no es el lugar adecuado. Vamos.
No tuvo tiempo de pararse a pensar, de sopesar las posibilidades. El alquimista se alejaba. Pate tenía que elegir entre seguirlo y perder para siempre tanto a Rosey como el dragón. Lo siguió. Mientras caminaban se metió la mano en la manga y palpó la forma de la llave, a salvo en el bolsillo oculto que se había cosido. Las túnicas de los maestres estaban llenas de bolsillos; lo había sabido desde niño.
Tuvo que apresurarse para mantenerse a la altura del alquimista, que caminaba a zancadas largas. Bajaron por una callejuela, doblaron una esquina y cruzaron el viejo Mercado de los Ladrones por el callejón Cogetrapos. Por último, el alquimista se metió en otra callejuela aún más estrecha que la anterior.
—Ya está bien —dijo Pate—. No hay nadie. Que sea aquí.
—Como quieras.
—Lo que quiero es mi dragón.
—Desde luego.
La moneda apareció como surgida de la nada. El alquimista la hizo caminar por sus nudillos, igual que cuando Rosey los había reunido. A la luz de la mañana, el dragón centelleaba al moverse y daba a los dedos un aura dorada.
Pate se la quitó de la mano. Sintió el oro cálido contra la palma. Se la llevó a la boca y la mordió, como había visto que hacía la gente. A decir verdad, no estaba seguro de a qué tenía que saber el oro, pero no quería quedar como un idiota.
—¿La llave? —solicitó el alquimista con tono educado.
Pate titubeó sin saber bien por qué.
—¿Qué buscas? ¿Algún libro?
Se decía que varios de los viejos pergaminos valyrios que había en las criptas eran las únicas copias que quedaban en el mundo.
—Lo que busco no es asunto tuyo.
«Ya está —se dijo Pate—. Lárgate. Vuelve corriendo a El Cálamo y el Pichel, despierta a Rosey con un beso y dile que es tuya.» Pero se quedó donde estaba.
—No. Muéstrame la cara.
—Como quieras. —El alquimista se bajó la capucha.
Era solo un hombre, su rostro era solo un rostro. El rostro de un joven normal, con mejillas regordetas y una sombra de barba. Una cicatriz antigua y tenue le cruzaba la derecha. Tenía la nariz ganchuda y una mata espesa de pelo negro con rizos prietos alrededor de las orejas. Pate no lo había visto nunca.
—No te conozco.
—Ni yo a ti.
—¿Quién eres?
—Un desconocido. Nadie. De verdad.
—Ah. —Pate se había quedado sin palabras. Sacó la llave y se la puso en la mano al desconocido; sentía la cabeza embotada, brumosa. «Rosey», se recordó—. Bueno, ya está.
No había recorrido ni medio callejón cuando los adoquines del empedrado empezaron a moverse bajo sus pies. «La piedra está húmeda y resbala», pensó, pero no se trataba de eso. Sentía que el corazón le martilleaba en el pecho.
—¿Qué está pasando? —dijo. Las piernas se le habían convertido en agua—. No lo entiendo.
—Y nunca lo entenderás —dijo una voz con tristeza.
Los adoquines se alzaron para recibirlo. Pate trató de pedir ayuda a gritos, pero también le falló la voz.
Su último pensamiento fue para Rosey.
Aeron Pelomojado estaba ahogando hombres en Gran Wyk cuando le llevaron la noticia de que el rey había muerto.
La mañana era fría y desapacible; el mar tenía el mismo color plomizo que el cielo. Los tres primeros hombres habían ofrecido sus vidas al Dios Ahogado sin temor alguno, pero la fe del cuarto era débil, y cuando sus pulmones pidieron aire desesperadamente, empezó a forcejear. Aeron, metido hasta la cintura en la espuma de las olas, agarró por los hombros al muchacho desnudo y le metió la cabeza bajo el agua cuando trató de tomar una bocanada de aire.
—Ten valor —le dijo—. Venimos del mar, y al mar hemos de volver. Abre la boca y bebe la bendición del dios. Que tus pulmones se llenen de agua; así morirás y podrás renacer. Es inútil que te resistas.
Tal vez el chico no lo oyera con la cabeza bajo las olas, o tal vez hubiera perdido por completo la fe; el caso fue que empezó a patalear y debatirse de una manera tan desaforada que Aeron tuvo que pedir ayuda. Cuatro de sus hombres ahogados se metieron en el agua para sujetar al muchacho.
—Señor Dios que te ahogaste por nosotros —rezó el sacerdote con una voz tan profunda como el mar—, permite que tu siervo Emmond renazca del mar, como renaciste tú. Bendícelo con sal, bendícelo con piedra, bendícelo con acero.
Por fin terminó todo. Ya no salían burbujas de la boca del muchacho, y sus miembros habían perdido toda la fuerza. Emmond quedó flotando en las aguas bajas, pálido, frío, en paz.
Entonces advirtió Pelomojado que, en la playa de guijarros, junto a sus hombres ahogados, había tres jinetes. Aeron conocía al Sparr, un anciano de rostro afilado y ojos llorosos cuya voz temblorosa era ley en aquella parte de Gran Wyk. Lo acompañaban su hijo Steffarion y otro joven, ataviado con una capa color rojo oscuro ribeteada de piel, que se sujetaba al hombro con un broche ornamentado con la forma del cuerno de guerra negro y dorado de los Goodbrother.
«Uno de los hijos de Gorold», supo el sacerdote nada más verlo. La esposa de Goodbrother le había dado tres hijos varones de buena estatura después de una docena de hijas; se decía que no había manera de distinguirlos. Aeron Pelomojado ni se dignó intentarlo. Ya se tratara de Greydon, de Gormond o de Gran, no tenía tiempo para él.
Gruñó una orden brusca, y sus hombres ahogados cogieron el cadáver del muchacho por los brazos y las piernas para llevarlo a tierra. El sacerdote los siguió; su único atuendo era un taparrabos de piel de foca. Volvió a la orilla chapoteando, empapado y con la piel de gallina, y pisó la arena húmeda y fría y los guijarros pulidos por las mareas. Uno de sus hombres ahogados le tendió una gruesa túnica de tejido basto con estampado de cuadros verdes, azules y grises, los colores del mar, los del Dios Ahogado. Aeron se puso la túnica y se soltó el pelo. Era una melena negra, empapada; no la había tocado navaja alguna desde el día en que el mar lo elevó. Le caía por los hombros como una capa harapienta, nudosa, hasta más allá de la cintura. Aeron tenía por costumbre entretejerse tiras de algas en los mechones, y también se adornaba así la barba enmarañada y sin recortar.
Los hombres ahogados habían formado un círculo en torno al chico muerto y estaban rezando. Norje le subía y bajaba los brazos mientras Rus, arrodillado a horcajadas sobre él, le bombeaba el pecho, pero cuando llegó Aeron, todos le abrieron paso. Separó los labios fríos del muchacho con los dedos y le dio a Emmond el beso de la vida, una vez, y otra, y otra, y otra, hasta que el mar le brotó de la boca como un torrente. El chico empezó a toser y escupir, parpadeó y abrió unos ojos llenos de miedo.
«Otro que vuelve.» Se decía que era una señal del favor del Dios Ahogado. Los demás sacerdotes perdían un hombre de cuando en cuando; le había sucedido incluso a Tarle el Tres Veces Ahogado, al que se consideraba tan santo que hasta fue elegido para coronar a un rey. En cambio, a Aeron Greyjoy, nunca. Él era Pelomojado, el que había visto las estancias acuosas del dios y había vuelto para contarlo.
—Levántate —le dijo al chico, que vomitaba agua, al tiempo que le daba palmadas en la espalda desnuda—. Te has ahogado y has vuelto entre nosotros. Lo que está muerto no puede morir.
—Sino que se alza. —El chico sufrió un violento ataque de tos y vomitó más agua—. Se alza de nuevo. —Cada palabra le costaba un sufrimiento, pero así era el mundo: para vivir, todos los hombres tenían que luchar—. Se alza de nuevo. —Emmond se puso en pie a duras penas—. Más grande. Más fuerte.
—Ahora perteneces al dios —le dijo Aeron.
Los otros hombres ahogados lo rodearon, y cada uno le dio un puñetazo y un beso para recibirlo en la hermandad. Uno lo ayudó a ponerse una túnica basta de cuadros azules, verdes y grises; otro le entregó un garrote de pecios.
—Ahora perteneces al mar, así que el mar te ha armado —le dijo Aeron—. Rezamos para que esgrimas el garrote con valor contra todos los enemigos de nuestro dios. —Después, el sacerdote se volvió hacia los tres jinetes, que los observaban sin descabalgar—. ¿Habéis venido a que os ahoguemos, mis señores?
El Sparr carraspeó.
—Ya me ahogaron de pequeño —dijo—. Y a mi hijo también, el día de su nombre.
Aeron soltó un bufido. No le cabía duda de que Steffarion Sparr había sido entregado al Dios Ahogado poco después de su nacimiento. Y también sabía cómo: una pasada rápida por una pila de agua marina que apenas llegó a mojar la cabeza del bebé. No era de extrañar que otros mandaran sobre los hijos del hierro, sobre los mismos que otrora habían extendido sus dominios hasta dondequiera que se pudiera oír el batir de las olas.
—Eso no es un ahogamiento —les replicó a los jinetes—. Quien no muere de verdad no podrá levantarse de entre los muertos. ¿A qué habéis venido, si no es a demostrar vuestra fe?
—El hijo de lord Gorold os trae noticias. —El Sparr señaló al joven de la capa roja, que no aparentaba más de dieciséis años.
—¿Cuál eres tú? —le preguntó Aeron con tono brusco.
—Gormond. Gormond Goodbrother, para servir a mi señor.
—A quien tenemos que servir es al Dios Ahogado. ¿Has sido ahogado, Gormond Goodbrother?
—Sí, Pelomojado, en el día de mi nombre. Mi padre me ha enviado a buscaros para que vayáis a hablar con él. Tiene que veros.
—Pues aquí estoy. Dile a lord Gorold que venga a regocijar sus ojos.
Aeron cogió el pellejo de cuero que le tendió Rus después de llenarlo de agua marina. El sacerdote quitó el corcho y bebió un trago.
—Tengo que llevaros a la fortaleza —insistió el joven Gormond desde su caballo.
«Tiene miedo de desmontar, no se le vayan a mojar las botas.»
—Y yo tengo que cumplir la misión del dios. —Aeron Greyjoy era un profeta. No estaba dispuesto a tolerar que un señor cualquiera le diera órdenes como si fuera un siervo.
—Gorold ha recibido un pájaro —dijo el Sparr.
—El pájaro de un maestre; viene de Pyke —confirmó Gormond.
«Alas negras, palabras negras.»
—Los cuervos vuelan sobre la sal y la piedra. Si hay noticias que me afecten, comunicádmelas ya.
—La noticia que traemos únicamente la podéis oír vos, Pelomojado —dijo el Sparr—. No es un asunto del que pueda hablar delante de estos otros.
—«Estos otros» son mis hombres ahogados, siervos del dios, igual que yo. No tengo secretos para ellos, ni tampoco para nuestro dios, junto a cuyo mar sagrado nos encontramos.
Los jinetes se miraron.
—Díselo —indicó el Sparr, y el joven de la capa roja reunió todo su valor.
—El rey ha muerto —dijo sin más rodeos.
Cuatro palabras, cuatro palabras breves, pero el propio mar se estremeció cuando vibraron en el aire.
Había cuatro reyes en Poniente, pero Aeron no tuvo que preguntar a cuál se refería. Era Balon Greyjoy y nadie más quien gobernaba en las islas del Hierro.
«El rey ha muerto. ¿Cómo es posible?» Aeron había visto a su hermano mayor hacía apenas una luna, cuando regresó a las islas del Hierro tras el saqueo de la Costa Pedregosa. El pelo entrecano de Balon se había tornado casi blanco durante la ausencia del sacerdote, y tenía los hombros más encorvados que cuando zarparon los barcoluengos. Pero por lo demás, el rey no le había parecido enfermo.
Aeron Greyjoy había edificado su vida sobre dos pilares poderosos. Aquellas cuatro palabras, aquellas cuatro palabras breves, acababan de derribar uno de ellos.
«Solo me queda el Dios Ahogado. Rezo por que me haga tan fuerte e incansable como el mar.»
—Decidme cómo ha muerto mi hermano.
—Su alteza estaba cruzando un puente en Pyke cuando se cayó. Se estrelló contra las rocas.
La fortaleza de los Greyjoy se alzaba en una punta de tierra y un montón de islotes; las torres y torreones se cimentaban en gigantescos montículos de piedra que surgían del mar. Unía todo Pyke un entramado de puentes en forma de arco de piedra tallada, y largos tramos cimbreantes de cuerda de cáñamo y planchas de madera.
—¿Rugía la tormenta cuando cayó? —preguntó Aeron con brusquedad.
—Sí —le respondió el joven.
—Fue el Dios de la Tormenta quien lo derribó —proclamó el sacerdote. El mar y el cielo llevaban mil millares de años guerreando. Del mar habían nacido los hijos del hierro y los peces que los sustentaban hasta en los días más fríos del invierno; en cambio, las tormentas solo acarreaban infortunios y aflicción—. Mi hermano Balon nos volvió a hacer grandes, y eso le granjeó las iras del Dios de la Tormenta. Ahora está ya en las estancias acuosas del Dios Ahogado, y las sirenas atienden sus deseos. Nos corresponde a nosotros, los que quedamos atrás en este valle seco y lúgubre, terminar su inmensa labor. —Volvió a poner el corcho al pellejo de agua—. Hablaré con tu señor padre. ¿A qué distancia estamos de Cuernomartillo?
—A seis leguas. Podéis montar atrás en mi caballo.
—Iré más deprisa si voy solo. Dame tu caballo, y que el Dios Ahogado te bendiga.
—Llevaos mi caballo, Pelomojado —le ofreció Steffarion Sparr.
—No. Su montura es más fuerte. El caballo, chico.
El joven apenas titubeó un instante antes de desmontar y tenderle las riendas a Pelomojado. Aeron puso un pie negro y descalzo en el estribo y subió a la silla. No le gustaban los caballos, eran bestias de las tierras verdes que debilitaban a los hombres, pero las circunstancias lo obligaban a cabalgar.
«Alas negras, palabras negras.» Presentía que estaba fraguándose una tormenta, lo oía en las olas, y las tormentas nunca llevaban nada bueno.
—Reuníos conmigo en Guijarra, al pie de la torre de lord Merlyn —les dijo a sus hombres ahogados al tiempo que obligaba al caballo a girar.
El camino era escarpado, un ascenso por colinas entre bosques y desfiladeros pedregosos, apenas un sendero que en ocasiones desaparecía bajo los cascos del caballo. Gran Wyk era la mayor de las islas del Hierro; su extensión era tal que las fortalezas de algunos señores no se habían edificado junto al sagrado mar. La de Gorold Goodbrother era una de ellas. Sus torreones se alzaban en las colinas de Peñafuerte, tan lejos del reino del Dios Ahogado como se podía estar en aquellas islas. El pueblo de Gorold se afanaba en las minas de este, en la pétrea oscuridad subterránea. Algunos morían sin haber visto jamás el agua salada.
«No es de extrañar que esta gente sea hosca y extraña.»
Mientras cabalgaba, Aeron pensó en sus hermanos.
Nueve hijos había engendrado la entrepierna de Quellon Greyjoy, el señor de las islas del Hierro. Harlon, Quenton y Donel habían nacido del vientre de la primera esposa de lord Quellon, una Stonetree. Balon, Euron, Victarion, Urrigon y Aeron eran hijos de la segunda, una Sunderly de Acantilado de Sal. Quellon contrajo nupcias por tercera vez con una muchacha de las tierras verdes, que le dio un hijo enfermizo y retrasado llamado Robin, el hermano al que más valía olvidar. El sacerdote no guardaba recuerdo alguno de Quenton ni de Donel, que habían muerto cuando eran aún muy niños. De Harlon sí se acordaba; aunque entre nieblas difusas, tenía en la mente una imagen con el rostro gris y rígido que hablaba siempre en susurros en una habitación sin ventanas, cada vez más débiles a medida que la psoriagrís le convertía en piedra la lengua y los labios.
«Algún día celebraremos un banquete de pescado en las estancias acuosas del Dios Ahogado, los cuatro juntos, y también Urri.»
Nueve hijos había engendrado la entrepierna de Quellon Greyjoy, pero solo cuatro habían vivido lo suficiente para llegar a adultos. Así eran las cosas en aquel mundo frío, donde los hombres pescaban en el mar, cavaban en la tierra y morían, mientras las mujeres parían niños de vida breve en lechos de sangre y dolor. Aeron había sido el último de los cuatro krákenes, y también el más patético; Balon, en cambio, era el mayor y el más osado, un muchacho decidido e intrépido que tan solo pensaba en devolverles la gloria de antaño a los hijos del hierro. A los diez años escaló los acantilados de Pedernal hasta la torre encantada del Señor Ciego; a los trece era capaz de manejar los remos de un barcoluengo y bailaba la danza del dedo mejor que cualquier otro hombre de las islas; a los quince había navegado con Dagmer Barbarrota hasta los Peldaños de Piedra y se había pasado el verano saqueando. Allí mató por primera vez, y también tomó a sus dos primeras esposas de sal. A los diecisiete años, Balon capitaneaba ya su propio barco. No se podía pedir más de un hermano mayor, aunque la verdad era que nunca había mostrado nada que no fuera desprecio hacia Aeron.
«Yo era joven y pecador; su desprecio era más de lo que merecía. Más vale el desprecio de Balon el Bravo que el afecto de Euron Ojo de Cuervo. —Y si el tiempo y el dolor habían amargado el temperamento de Balon a lo largo de los años, cierto era también que lo habían hecho más decidido que ningún otro hombre—. Nació como hijo de un señor y murió como rey, abatido por un dios celoso —pensó Aeron—, y ahora se acerca la tormenta, una tormenta mayor que ninguna que hayan visto estas islas.»
Hacía ya horas que había oscurecido cuando el sacerdote divisó las afiladas almenas de hierro de Cuernomartillo, que se alzaba hacia la media luna. La fortaleza de Gorold era pesada y voluminosa, construida con grandes bloques de piedra extraídos del acantilado que descendía en picado tras ella. En la base de las murallas, las entradas de las cuevas y las antiguas minas se abrían como negras bocas desdentadas. Al ser de noche, las puertas de hierro de Cuernomartillo estaban ya cerradas y atrancadas. Aeron las golpeó con una piedra hasta que el estrépito despertó a un guardia.
El joven que le abrió era la viva imagen de Gormond, cuyo caballo había montado.
—¿Cuál eres tú? —preguntó Aeron con tono brusco.
—Gran. Mi padre os está esperando.
La estancia era húmeda, llena de corrientes y de sombras. Una hija de Gorold le ofreció al sacerdote un cuerno de cerveza; otra atizó un fuego mortecino que dejaba escapar más humo que calor. El propio Gorold Goodbrother estaba hablando en voz baja con un hombre delgado, vestido con una túnica gris de buena calidad, que llevaba al cuello la cadena de metales diversos que lo identificaba como maestre de la Ciudadela.
—¿Dónde está Gormond? —preguntó Gorold al ver a Aeron.
—Vuelve a pie. Decidles a las mujeres que se retiren, mi señor. Y lo mismo al maestre. —No le gustaban los maestres: sus cuervos eran criaturas del Dios de la Tormenta, y tampoco confiaba en sus curaciones después de lo de Urri.
«Ningún hombre que tal se considere elegiría una vida de sumisión, ni forjaría una cadena de servidumbre, ni la llevaría en torno al cuello.»
—Gysella, Gwin, marchaos —ordenó Goodbrother—. Tú también, Gran. El maestre Murenmure se quedará.
—Se marchará —insistió Aeron.
—Estáis en mis estancias, Pelomojado. No os corresponde a vos decir quién se queda y quién se va. El maestre se queda.
«Este hombre vive demasiado lejos del mar», se dijo Aeron.
—En ese caso, seré yo quien se vaya —replicó.
Los juncos secos crujieron bajo la piel agrietada de las plantas descalzas de sus pies cuando dio la vuelta y echó a andar hacia la salida. Por lo visto había recorrido un largo camino para nada.
Aeron estaba ya casi junto a la puerta cuando el maestre carraspeó.
—Euron Ojo de Cuervo se ha sentado en el Trono de Piedramar.
Pelomojado se giró. De pronto hacía más frío en la estancia.
«Ojo de Cuervo está a medio mundo de aquí. Balon lo expulsó hace dos años y juró que, si regresaba, le costaría la vida.»
—Contádmelo todo —dijo con voz ronca.
—Echó anclas en Puerto Noble al día siguiente de la muerte del rey, y reclamó el castillo y la corona en su condición del mayor de los hermanos de Balon —dijo Gorold Goodbrother—. Ahora ha enviado cuervos para exigir a los capitanes y los reyes de todas las islas que acudan a Pyke, se arrodillen ante él y le rindan homenaje como rey legítimo.
—No. —Aeron Pelomojado no se paró a medir sus palabras—. Solo un hombre piadoso puede sentarse en el Trono de Piedramar. Ojo de Cuervo no adora a más dios que su orgullo.
—Vos estuvisteis en Pyke hace poco; hablasteis con el rey —insistió Goodbrother—. ¿Os dijo algo Balon sobre su sucesión?
«Sí.» Habían hablado en la Torre del Mar, mientras el viento aullaba contra las ventanas y las olas batían en la base sin cesar. Balon había sacudido la cabeza desesperado cuando Aeron le habló del único hijo que podía sucederlo.
«Como me temía, los lobos lo han hecho débil —fueron las palabras del rey—. Le pedí al dios que le quitase la vida para que no se interpusiera en el camino de Asha.»
Aquello era la perdición de Balon: se veía reflejado en su hija, tan indómita, tan decidida, y creía que lo podría suceder. En aquello se equivocaba, como había tratado de explicarle Aeron.
«Ninguna mujer gobernará jamás a los hijos del hierro, ni siquiera una mujer como Asha», le había insistido, pero cuando Balon no quería escuchar algo era como si estuviera sordo.
Antes de que el sacerdote pudiera responder a Gorold Goodbrother, el maestre volvió a carraspear y se puso a farfullar.
—Por derecho, el Trono de Piedramar le corresponde a Theon, y si el príncipe está muerto, a Asha. Esa es la ley.
—Esa es la ley de las tierras verdes —replicó Aeron con desprecio—. ¿Y a nosotros qué nos importa? Somos los hijos del hierro, los hijos del mar, los elegidos del Dios Ahogado. No nos gobernará una mujer, igual que no nos gobernará un impío.
—¿Qué pasa con Victarion? —preguntó Gorold Goodbrother—. Está al mando de la Flota de Hierro. ¿Creéis que Victarion aspirará al trono, Pelomojado?
—Euron es el hermano mayor... —empezó a decir el maestre.
Aeron lo hizo callar con una mirada. Tanto en las pequeñas aldeas de pescadores como en las imponentes fortalezas de piedra, aquella mirada de Pelomojado bastaba para hacer que a las doncellas les temblaran las rodillas y los niños salieran chillando a la carrera en busca de sus madres, y por supuesto, allí bastó para acallar al siervo de la cadena al cuello.
—Euron es el mayor —dijo el sacerdote—, pero Victarion es el más devoto.
—¿A qué llegaremos? ¿Habrá guerra entre ellos? —preguntó el maestre.
—El hijo del hierro no derramará la sangre del hijo del hierro.
—Muy piadoso por vuestra parte, Pelomojado —apuntó Goodbrother—. Lástima que vuestro hermano no opine lo mismo. Mandó ahogar a Sawane Botley por decir que el Trono de Piedramar le correspondía a Theon por derecho.
—Si lo ahogaron, no se derramó sangre —replicó Aeron.
El maestre y el señor intercambiaron una mirada.
—Tengo que enviar un mensaje a Pyke cuanto antes —dijo Gorold Goodbrother—. Quiero vuestro consejo, Pelomojado. ¿Cómo ha de ser? ¿De pleitesía o de desafío?
Aeron se acarició la barba.
«He visto la tormenta, y su nombre es Euron Ojo de Cuervo.»
—Por ahora no enviéis más que silencio —le dijo al señor—. Tengo que rezar antes de tomar una decisión.
—Rezad cuanto queráis —intervino el maestre—, pero eso no va a cambiar la ley. Theon es el heredero legítimo, y después de él, Asha.
—¡Silencio! —rugió Aeron—. Los hijos del hierro llevan demasiado tiempo escuchándoos a vosotros, a los maestres de la cadena, que no paráis de parlotear sobre las tierras verdes y sus leyes. Ya va siendo hora de que volvamos a escuchar al mar. Ya va siendo hora de que escuchemos la voz del dios. —Su propia voz retumbó en la sala llena de humo, tan poderosa que ni Gorold Goodbrother ni su maestre se atrevieron a replicar.
«El Dios Ahogado está conmigo —pensó Aeron—. Él me ha mostrado el camino.»
Goodbrother le ofreció una habitación cómoda en el castillo para pasar la noche, pero el sacerdote rehusó. Rara vez dormía bajo el tejado de un castillo, y jamás tan lejos del mar.
—Ya tendré comodidades en las estancias acuosas del Dios Ahogado, bajo las olas. Nacimos para sufrir, para que el sufrimiento nos haga fuertes. Lo único que necesito es un caballo descansado que me lleve a Guijarra.
Goodbrother lo complació de buena gana; hasta le ordenó a su hijo Greydon que lo acompañara para mostrarle al sacerdote el camino más corto para llegar al mar a través de las colinas. Aún faltaba una hora para el amanecer cuando se pusieron en marcha, pero las monturas eran robustas y seguras, y pese a la oscuridad, el viaje no fue largo. Aeron cerró los ojos y rezó en silencio antes de empezar a adormilarse en la silla de montar.
El sonido le llegó quedo, suave; era el chirrido de una bisagra oxidada.
—Urri —musitó al tiempo que se despertaba lleno de temores.
«Aquí no hay ninguna bisagra, ninguna puerta. No está Urri.»
Un hacha arrojadiza le había arrancado la mitad de la mano a Urri cuando tenía catorce años, mientras jugaba a la danza del dedo en ausencia de su padre y sus hermanos mayores, que habían partido a la guerra. La tercera esposa de lord Quellon era una Piper del castillo de la Doncella Rosada, una muchacha de pechos grandes y fofos, y ojos pardos de cervatillo. En vez de curarle la mano a Urri según las antiguas costumbres, con fuego y agua marina, se lo encomendó a su maestre de las tierras verdes, que aseguró que podía coserle los dedos amputados. Así lo hizo, y después empleó pócimas, cataplasmas y hierbas, pero la mano se pudrió y las fiebres se apoderaron de Urri. Cuando el maestre se decidió a amputarle el brazo, ya era demasiado tarde.
Lord Quellon no regresó de su último viaje; el Dios Ahogado, en su inmensa bondad, le concedió el don de la muerte en el mar. El que regresó en su lugar fue lord Balon, junto con sus hermanos Euron y Victarion. Cuando Balon se enteró de lo que le había pasado a Urri, le cortó tres dedos al maestre con un cuchillo de cocina y le ordenó a la esposa Piper de su padre que se los volviera a coser. Las cataplasmas y las pócimas le sirvieron de tanto como a Urrigon: murió entre delirios febriles, y la tercera esposa de lord Quellon no tardó en seguirlo cuando la comadrona le sacó del vientre una hija muerta. Aeron se alegró; había sido su hacha la que hirió la mano de Urri mientras bailaban la danza del dedo juntos, tal como hacían siempre los amigos y los hermanos.
Solo con recordar los años que siguieron a la muerte de Urri volvía a sentir vergüenza. A los dieciséis años decía ser un hombre, pero en realidad no era más que un odre con piernas. Se dedicaba a cantar, a bailar (pero nunca la danza del dedo; esa no la volvió a practicar), hacía chistes, gastaba bromas y se burlaba de todos. Tocaba la flauta, hacía juegos malabares, montaba caballos y era capaz de beber más que cualquier Wynch, más que cualquier Botley y también más que la mitad de los Harlaw. El Dios Ahogado le concede un don a todo hombre, incluso a él: no había nadie capaz de mear durante más tiempo ni llegando más lejos que Aeron Greyjoy, como demostraba en todos los banquetes a los que asistía. En cierta ocasión apostó su nuevo barcoluengo contra un rebaño de cabras a que era capaz de apagar el fuego de una chimenea con la única ayuda de su polla. Aeron disfrutó de festines a base de cabra durante todo un año y le puso a su barcoluengo el nombre de Tormenta Dorada, aunque Balon amenazó con colgarlo del mástil cuando averiguó cómo era el mascarón que su hermano pretendía poner en la proa.
Al final, el Tormenta Dorada se hundió ante las costas de Isla Bella durante la primera rebelión de Balon, destrozado por una imponente galera de combate llamada Furia, cuando Stannis Baratheon le tendió una trampa a Victarion y acabó con la Flota de Hierro. Pero el dios, que tenía otros planes para Aeron, lo llevó hasta la orilla. Unos pescadores lo tomaron prisionero, lo encadenaron y lo llevaron a Lannisport, donde se pasó el resto de la guerra enterrado en las entrañas de Roca Casterly, demostrando que los krákenes eran capaces de mear más y más lejos que los leones, los jabalíes y los pollos.
«Aquel hombre ya murió. —Aeron se había ahogado y había renacido del mar como profeta del dios. Ningún mortal podía asustarlo ya; tampoco la oscuridad... ni los recuerdos, los huesos del alma—. El sonido de una puerta que se abre, el chirrido de una bisagra oxidada. Euron ha vuelto.» No importaba. Él era el sacerdote Pelomojado, el amado del dios.
—¿Habrá guerra? —le preguntó Greydon Goodbrother a medida que el sol empezaba a iluminar las colinas—. ¿Una guerra de hermano contra hermano?
—Solo si lo desea el Dios Ahogado. Ningún impío se sentará en el Trono de Piedramar.
«Ojo de Cuervo peleará; de eso no cabe duda. —No había mujer capaz de derrotarlo, ni siquiera Asha. Las mujeres estaban hechas para luchar sus batallas en el lecho del parto. Y Theon tampoco le servía de nada; aunque estuviera vivo, no era más que un muchacho de sedas y sonrisas. Sí, había demostrado su valía en Invernalia, pero Ojo de Cuervo no era un niño tullido. Las cubiertas del barco de Euron estaban pintadas de rojo para disimular mejor la sangre que las empapaba—. Victarion. Victarion tiene que ser rey; si no, la tormenta acabará con todos nosotros.»
Greydon se separó de él cuando el sol brillaba ya alto en el cielo; tenía que ir a llevar la noticia de la muerte de Balon a sus primos de las torres de Fosa, Torreón Picodecuervo y Lago del Cadáver. Aeron continuó solo, subió por las colinas y descendió a los valles, siempre por un camino pedregoso que se hacía más ancho y frecuentado a medida que se acercaba al mar. Se detenía a rezar en cada aldea que cruzaba, así como en los patios de los señores menores.
—¡Nacimos del mar y al mar hemos de volver! —les decía. Su voz era profunda como el océano, y retumbaba como las olas—. El Dios de la Tormenta, en su ira, arrancó a Balon del castillo y lo estrelló contra las rocas. Ahora celebra sus banquetes bajo las olas, en las estancias acuosas del Dios Ahogado. —Alzó las manos—. ¡Balon ha muerto! ¡El rey ha muerto! ¡Pero un rey regresará! ¡Porque lo que está muerto no puede morir, sino que se alza de nuevo, más duro, más fuerte! ¡Un rey se levantará!
Algunos de los que lo escuchaban dejaban los picos y los azadones para seguirlo, de manera que, cuando pudo oír otra vez el sonido de las olas, había una docena de hombres que caminaba tras su caballo, todos tocados por el dios y deseosos de ahogarse.
En Guijarra vivían varios miles de pescadores cuyas casuchas parecían amontonarse en torno a la base de una fortaleza cuadrangular con un torreón en cada esquina. Unos cuarenta hombres ahogados de Aeron lo esperaban acampados en una playa de arena gris, con tiendas de piel de foca y refugios construidos con pecios. Tenían las manos endurecidas por el salitre, llenas de marcas de las redes y los sedales, encallecidas por remos, picos y hachas; pero en ese momento aquellas manos esgrimían garrotes de pecios, duros como el hierro, pues el dios los había armado con su arsenal submarino.
Habían construido un refugio para el sacerdote justo en el límite de la marea alta. Se metió en él de buena gana después de ahogar a sus nuevos seguidores.
«Dios mío —rezó—, háblame en el rumor de las olas, dime qué debo hacer. Capitanes y reyes aguardan tu palabra. ¿Quién debe suceder a Balon? Cántame en la lengua del leviatán para que sepa su nombre. Dime, oh señor que habitas bajo las aguas, ¿quién tendrá la fuerza para combatir la tormenta en Pyke?»
Aunque el viaje a caballo hasta Cuernomartillo lo había dejado agotado, Aeron Pelomojado era incapaz de descansar en el refugio de pecios con techumbre de algas negras. Las nubes ocultaron la luna y las estrellas como una capa; la oscuridad era un manto grueso, tanto sobre el mar como sobre su corazón.
«Balon quería que lo sucediera Asha, carne de su carne, pero una mujer no puede gobernar a los hijos del hierro. Tiene que ser Victarion. —Nueve hijos había engendrado la entrepierna de Quellon Greyjoy, y de ellos, el más fuerte era Victarion, más toro que hombre, tan intrépido como obediente—. Y ese es el gran peligro. —El hermano pequeño le debe obediencia al mayor, y Victarion no es hombre que vaya a izar las velas contra la tradición—. Pero no siente ningún afecto hacia Euron desde la muerte de la mujer.»
En el exterior, por encima de los ronquidos de sus hombres ahogados y el aullido del viento, alcanzaba a oír el batir de las olas, el martilleo de su dios, que lo llamaba al combate. Aeron salió del pequeño refugio a la noche gélida. Se irguió desnudo, alto, pálido, descarnado, y desnudo se adentró en el mar de sal negra. El agua estaba helada, pero no se estremeció con la caricia de su dios. Una ola se estrelló contra su pecho y lo hizo tambalear. La siguiente le rompió por encima de la cabeza. Se saboreó la sal de los labios y sintió al dios a su alrededor mientras le retumbaban los oídos con la gloria de su cántico.
«Nueve hijos engendró la entrepierna de Quellon Greyjoy, y yo fui el más patético de todos ellos, débil y asustadizo como una niña. Pero ya no. Aquel hombre se ahogó, y el dios me ha hecho fuerte. —El frío mar salado lo rodeó, lo abrazó, se le metió bajo la débil carne humana y le tocó los huesos—. Huesos —pensó—. Los huesos del alma. Los huesos de Balon, los huesos de Urri. La verdad está en nuestros huesos, porque la carne se pudre, mientras que los huesos permanecen. Y en la colina de Nagga, los huesos de la sala del Rey Gris...»
Fue un Aeron Pelomojado flaco, pálido y tembloroso el que volvió a la orilla, un Aeron más sabio que el que había entrado en el mar. Porque había encontrado la respuesta en sus huesos y veía claro el camino que se abría ante sí. La noche era tan fría que su cuerpo parecía humear mientras se dirigía hacia el refugio, pero un fuego ardía en su corazón y, por una vez, consiguió conciliar un sueño que no fue perturbado por el chirrido de las bisagras.
Cuando despertó, el día era luminoso y soplaba un viento fuerte. Aeron desayunó un caldo de almejas y algas cocinado en una hoguera de pecios. Nada más terminar, Merlyn bajó de su torreón con una docena de guardias para ir a buscarlo.
—El rey ha muerto —le dijo Pelomojado.
—Ya lo sé. Recibí un pájaro. Y acaba de llegar otro. —Merlyn era un hombre calvo, gordo, flácido, que se hacía llamar lord, al estilo de las tierras verdes, y se vestía con prendas de piel y terciopelo—. Un cuervo me convoca en Pyke y el otro en Diez Torres. Los krákenes tenéis demasiados brazos; ¿qué queréis? ¿Que me divida? ¿Qué me decís vos, sacerdote? ¿Adónde debo enviar mis barcoluengos?
Aeron frunció el ceño. Diez Torres era el asentamiento del señor de Harlaw.
—¿Habéis dicho Diez Torres? ¿Qué kraken os llama allí?
—La princesa Asha. Ha puesto rumbo a casa. El Lector ha enviado cuervos para convocar a todos sus amigos a Harlaw. Dice que Balon tenía intención de que ella ocupara el Trono de Piedramar.
—Será el Dios Ahogado el que decida quién ocupará el Trono de Piedramar —replicó el sacerdote—. Arrodillaos para que os bendiga. —Lord Merlyn se dejó caer de rodillas; Aeron quitó el corcho del pellejo y le derramó un chorro de agua marina por la calva—. Señor Dios, que te ahogaste por nosotros, permite que tu siervo Meldred renazca del mar. Bendícelo con sal, bendícelo con piedra, bendícelo con acero. —El agua corrió por las mejillas rechonchas de Merlyn, y le empapó la barba y el manto de piel de zorro—. Lo que está muerto no puede morir —terminó Aeron—, sino que se alza de nuevo, más duro y más fuerte. —Cuando Merlyn se levantó para retirarse lo detuvo con un gesto—. Quedaos y escuchad, para que podáis repetirle al mundo la palabra del dios.
A un metro de la orilla, las olas rompían contra una roca de granito redondeada. Aeron Pelomojado se subió a ella para que todos sus discípulos pudieran verlo y escuchar lo que les iba a decir.
—Nacimos del mar y al mar hemos de volver —comenzó, como en tantos cientos de ocasiones—. El Dios de la Tormenta, en su ira, arrancó a Balon de su castillo y lo estrelló contra las rocas; ahora celebra sus banquetes bajo las olas. —Alzó las manos—. ¡El Rey del Hierro ha muerto! ¡Pero vendrá otro rey! ¡Porque lo que está muerto no puede morir, sino que se alza de nuevo, más duro y más fuerte!
—¡Un rey se alzará! —gritaron los hombres ahogados.
—Un rey se alzará. Así será. Pero ¿quién? —Pelomojado escuchó un instante, pero únicamente le respondieron las olas—. ¿Quién será nuestro rey?
Los hombres ahogados empezaron a hacer chocar los garrotes de pecios.
—¡Pelomojado! —gritaron—. ¡Pelomojado rey! ¡Aeron rey! ¡Queremos a Pelomojado!
Aeron sacudió la cabeza.
—Si un padre tiene dos hijos, y al uno le da un hacha y al otro una red, ¿cuál quiere que sea el guerrero?
—¡El hacha es para el guerrero! —le gritó Rus—. ¡La red es para el que pesca en los mares!
—Así es —dijo Aeron—. El dios me enterró bajo las olas y ahogó al ser indigno que fui. Cuando me devolvió a la superficie me había dado ojos para ver, oídos para oír y voz para proclamar su palabra, para que fuera su profeta y enseñara su verdad a los que la han olvidado. No seré yo quien ocupe el Trono de Piedramar... ni tampoco Euron Ojo de Cuervo. Porque he escuchado al dios, y el dios dice: ¡ningún impío se sentará en mi Trono de Piedramar!
Merlyn cruzó los brazos ante el pecho.
—¿Quién será entonces? ¿Asha? ¿O Victarion? ¡Decídnoslo, sacerdote!
—El Dios Ahogado os lo dirá, pero no será aquí. —Aeron señaló el rostro blanco y seboso de Merlyn—. No debéis mirarme a mí, ni a las leyes de los hombres, sino al mar. Izad las velas y moved los remos, mi señor; tenéis que ir a Viejo Wyk. Vos, y también todos los capitanes y reyes. No acudáis a Pyke para inclinaros ante el impío, ni a Harlaw para confabular con mujeres intrigantes. Poned rumbo a Viejo Wyk, donde se alzaron las estancias del Rey Gris. Os convoco en nombre del Dios Ahogado, ¡en su nombre os convoco a todos! Dejad los salones y las chozas, los castillos y los torreones, ¡regresad a la colina de Nagga para celebrar una asamblea de sucesión!
Merlyn se lo quedó mirando boquiabierto.
—¿Una asamblea de sucesión? No ha habido una verdadera asamblea desde hace...
—¡... demasiado tiempo! —exclamó Aeron con aflicción—. Pero, en el amanecer de los tiempos, los hijos del hierro elegían a sus reyes, nombraban al mejor de entre todos ellos. Ya va siendo hora de que volvamos a las antiguas costumbres, porque solo eso nos volverá a hacer grandes. Fue en un tribunal de sucesión donde se eligió a Urras Pie de Hierro como alto rey y se le ciñeron las sienes con una corona de pecios. Sylas el Chato, Harrag Hoare, el Viejo Kraken... Todos fueron elegidos por una asamblea. Y de esta asamblea de sucesión surgirá un hombre que acabará el trabajo que ha comenzado el rey Balon, un hombre que nos hará recuperar la libertad. No vayáis a Pyke, ni a Diez Torre, en Harlaw; yo os digo: ¡id a Viejo Wyk! Buscad en la colina de Nagga y en los huesos de la cámara del Rey Gris, porque en ese lugar sagrado, cuando la luna se ahogue y resurja, nombraremos a un rey digno, a un rey piadoso. —Volvió a levantar las manos huesudas—. ¡Escuchad! ¡Escuchad las olas! ¡Escuchad al dios! Nos está hablando, oíd lo que nos dice: ¡solo la asamblea puede elegir al rey!
La multitud respondió con un rugido; los hombres ahogados entrechocaron los garrotes.
—¡Una asamblea! —gritaron—. ¡Una asamblea, una asamblea! ¡Solo la asamblea puede elegir al rey!
El clamor era tal que, sin duda, Ojo de Cuervo alcanzó a oír los gritos en Pyke, y el malévolo Dios de la Tormenta, en sus estancias nubosas. Y Aeron Pelomojado supo que había obrado bien.
—Las naranjas sanguinas están demasiado maduras —señaló el príncipe con voz cansina mientras el capitán empujaba su silla a la terraza.
Después de aquello, no dijo una palabra más durante horas.
Lo de las naranjas era verdad. Unas cuantas se habían reventado contra el suelo de mármol rosado, y el olor, dulzón y penetrante, llenaba las fosas nasales de Hotah cada vez que respiraba. Sin duda, el príncipe, sentado allí entre los árboles, en la silla rodante que le había hecho el maestre Caleotte, con cojines de plumón de ganso y estrepitosas ruedas de hierro y ébano, también percibía el olor.
Durante largo rato se oyó solo el ruido de los chapoteos de los niños en los estanques y en las fuentes, y de cuando en cuando un plop sordo cuando una naranja se reventaba contra el suelo de la terraza. Entonces, desde el otro extremo del palacio, le llegó el sonido lejano de unas botas contra el mármol.
«Obara.» Reconocía sus zancadas, largas, apresuradas, furiosas. En los establos situados junto a las puertas, su caballo tendría espuma en la boca y sangraría por culpa de las espuelas. Siempre cabalgaba a lomos de sementales, y se la había oído alardear de que podía dominar a cualquier caballo de Dorne... y también a cualquier hombre. El capitán oyó también otras pisadas, rápidas y ligeras: el maestre Caleotte tenía que apresurarse para mantenerse a su ritmo.
Obara Arena siempre caminaba demasiado deprisa.
«Persigue algo que nunca podrá alcanzar», le había dicho el príncipe a su hija en cierta ocasión, y el capitán lo había oído.
Cuando la joven apareció bajo el arco triple, Areo Hotah ladeó el hacha larga para cortarle el paso. La cabeza estaba fijada a un mango de fresno de más de dos varas, de manera que no lo podía rodear.
—No sigáis, mi señora. —Tenía la voz profunda, ronca, con marcado acento de Norvos—. El príncipe ha pedido que no lo molesten.
El rostro de la joven ya era de piedra antes de que hablara; tras escucharlo se endureció.
—Me estás estorbando, Hotah.
Obara era la mayor de las Serpientes de Arena: una mujer de casi treinta años, con una estructura ósea fuerte, los ojos juntos y el pelo castaño ratuno de la prostituta de Antigua que la trajo al mundo. Bajo la capa moteada de seda de arena, parda y dorada, llevaba ropa de montar de cuero oscuro, gastado y suave. De hecho, eran lo más suave que había en ella. De la cadera le colgaba un látigo enroscado, y llevaba a la espalda un escudo redondo de acero y cobre. Había dejado la lanza en el exterior. Areo Hotah lo agradeció para sus adentros. Aquella mujer era rápida y fuerte, pero no podía rivalizar con él; Hotah lo sabía... Pero ella no, y no tenía el menor deseo de ver su sangre derramada por el suelo de mármol rosado.
El maestre Caleotte cambió el peso de una pierna a otra, inquieto.
—Lady Obara, he intentado deciros...
—¿Ya sabe que mi padre ha muerto? —le preguntó Obara al capitán, sin prestarle al maestre más atención que la que le prestaría a una mosca, si hubiera una mosca tan idiota como para zumbar cerca de su cabeza.
—Sí —respondió el capitán—. Le llegó un pájaro.
La muerte había llegado a Dorne con alas de cuervo, en letra menuda y sellada con una gota de lacre rojo. Caleotte debió de presentir qué decía la carta, porque se la había dado a Hotah para que la entregase él. El príncipe le dio las gracias, pero durante un rato interminable no hizo ademán de romper el sello. Se pasó la tarde sentado con el pergamino en el regazo, mientras miraba jugar a los niños. Los contempló hasta que se puso el sol y el aire del anochecer se enfrió tanto que los chiquillos se retiraron, y luego se quedó mirando el reflejo de las estrellas en el agua. Ya había salido la luna cuando envió a Hotah a buscar una vela para poder leer la carta bajo los naranjos, en la oscuridad de la noche.
Obara se acarició el látigo.
—Miles de personas cruzan a pie las arenas y suben por el Sendahuesos para ayudar a Ellaria a traer a mi padre a casa. Los septos están llenos a reventar, y los sacerdotes rojos han encendido las hogueras de sus templos. En las casas de las almohadas, las mujeres copulan con todo aquel que las aborda y no aceptan ni una moneda a cambio. En Lanza del Sol, en el Brazo Roto, a lo largo del Sangreverde, en las montañas, en el mar de arena, en todas partes, en todas partes, las mujeres se arrancan el pelo y los hombres gritan de rabia. En todas las lenguas se oye la misma pregunta: ¿qué piensa hacer Doran? ¿Qué hará su hermano para vengar a nuestro príncipe asesinado? —Dio un paso más hacia el capitán—. ¡Y tú me dices que el príncipe ha pedido que no lo molesten!
—El príncipe ha pedido que no lo molesten —repitió Areo Hotah. El capitán de los guardias conocía al príncipe que protegía. Hacía mucho, mucho tiempo, un joven inexperto había llegado de Norvos; era un muchacho corpulento, de hombros anchos, con una mata de pelo negro. El pelo se le había teñido de blanco y en el cuerpo lucía las cicatrices de muchas batallas, pero seguía siendo fuerte y mantenía el hacha siempre afilada, como le habían enseñado los clérigos barbudos. «No dejaré que pase», se dijo—. El príncipe está mirando jugar a los niños. No quiere que lo molesten nunca cuando esté mirando jugar a los niños.
—Hotah —dijo Obara Arena—, o te quitas de mi camino o te meto ese hacha por el...
—Capitán —le llegó la orden desde su espalda—. Dejadla pasar. Hablaré con ella.
El príncipe tenía la voz ronca.
Areo Hotah puso vertical el mango del hacha larga y dio un paso a un lado. Obara le lanzó una última mirada desafiante y entró a zancadas, con el maestre pisándole los talones. Caleotte no mediría mucho más de siete palmos y era calvo como un canto rodado. Tenía el rostro tan liso y rechoncho que costaba adivinar su edad, pero llevaba allí más tiempo que el capitán; hasta había servido a la madre del príncipe. Pese a la edad y la barriga, aún conservaba la agilidad y un cerebro privilegiado, aunque pecaba de sumiso.
«No es rival para ninguna Serpiente de Arena», pensó el capitán.
El príncipe se encontraba sentado en la silla a la sombra de los naranjos, con las piernas gotosas elevadas y unas ojeras muy marcadas. Hotah no habría sabido decir qué le quitaba el sueño, si la pena o la gota. Abajo, en las fuentes y en los estanques, los chiquillos seguían jugando. Los más pequeños no pasaban de cinco años; los mayores tendrían nueve o diez. Había tantos niños como niñas. Hotah oía los chapoteos y los gritos de las voces agudas, estridentes.
—No hace tanto que eras una de las niñas de los estanques, Obara —dijo el príncipe cuando la mujer hincó una rodilla en tierra junto a su silla de ruedas.
Obara soltó un bufido.
—Han pasado casi veinte años. Y además, no estuve aquí mucho tiempo. Soy la hija de la puta, ¿se te ha olvidado? —Al no obtener respuesta se puso de nuevo en pie y se apoyó las manos en las caderas—. Mi padre ha sido asesinado.
—Murió luchando en un juicio por combate —señaló el príncipe Doran—. Según la ley, no ha sido ningún asesinato.
—Era tu hermano.
—Era mi hermano.
—¿Qué piensas hacer?
El príncipe hizo girar la silla trabajosamente para quedar frente a ella. Doran Martell solo tenía cincuenta y dos años, pero parecía mucho mayor. Bajo la ropa de lino, su cuerpo era blando y amorfo, y hasta la visión de sus piernas causaba dolor. La gota le había hinchado y enrojecido las articulaciones: su rodilla izquierda era una manzana; la derecha, un melón, y los dedos de los pies se le habían convertido en uvas tintas tan maduras que daba la sensación de que reventarían si alguien las tocaba. Hasta el peso de una manta ligera lo hacía estremecer, aunque sobrellevaba el dolor sin quejas.
«El silencio es el amigo de los príncipes —le había oído decir el capitán a su hija en cierta ocasión—. Las palabras son como flechas, Arianne. Una vez lanzadas no hay manera de hacerlas volver.»
—He escrito a lord Tywin...
—¿Qué? ¿Le has escrito? Con que fueras la mitad de hombre de lo que era mi padre...
—Yo no soy tu padre.
—Está muy claro. —La voz de Obara estaba cargada de desprecio.
—Quieres que vaya a la guerra.
—No pido imposibles. Ni siquiera tendrías que levantarte de la silla; yo vengaré a mi padre. Tienes un retén en el paso del Príncipe. Lord Yronwood tiene otro en el Sendahuesos. Entrégame a uno y pon al otro en manos de Nym. Que ella cabalgue por el camino Real; yo iré a sacar a los señores marqueños de sus castillos y luego marcharé sobre Antigua.
—¿Cómo piensas defender Antigua después?
—Bastará con saquear la ciudad. Las riquezas del Faro...
—¿Lo que quieres es oro?
—Lo que quiero es sangre.
—Lord Tywin nos entregará la cabeza de la Montaña.
—¿Y quién nos entregará la cabeza de lord Tywin? La Montaña no es más que su perro faldero.
El príncipe hizo un gesto en dirección a los estanques.
—Obara, mira a los niños, si no te importa.
—Me importa mucho. Lo que no me importaría en absoluto sería clavarle la lanza en la barriga a lord Tywin. Le haré cantar «Las lluvias de Castamere» mientras le saco las tripas, a ver si están llenas de oro.
—Míralos —repitió el príncipe—. Te lo ordeno.
Varios niños mayores tomaban el sol tumbados boca abajo en el liso mármol rosado. Otros remaban en el mar. Tres chiquillos construían un castillo de arena con una estructura central muy alta que recordaba la Torre de la Lanza del Palacio Antiguo. Una veintena o más se había juntado en el estanque grande para ver las peleas: los niños más pequeños se montaban en los hombros de los mayores y se empujaban para tratar de tirarse mutuamente al agua. Cada vez que caía una pareja, después del sonido del chapuzón les llegaba el de las carcajadas. Contemplaron como una niña de piel cetrina hacía caer a un rubito de los hombros de su hermano y lo mandaba de cabeza al agua.
—Tu padre jugaba a eso, igual que jugué yo antes que él —dijo el príncipe—. Nos llevábamos diez años, así que cuando tuvo edad de jugar, yo ya no me bañaba en los estanques, pero lo veía siempre que venía a visitar a mi madre. Ya era fiero incluso de niño, y rápido como una serpiente de agua. A menudo lo veía hacer caer a niños mucho más grandes que él. Me lo recordó el día que partió hacia Desembarco del Rey. Me juró que volvería a hacerlo; de lo contrario no le habría permitido emprender el viaje.
—¿Que no se lo habrías permitido? —Obara se echó a reír—. ¡Como si hubieras podido detenerlo! La Víbora Roja de Dorne iba adonde quería.
—Cierto. Me gustaría poder decirte algo que te consolara...
—No he venido a buscar consuelo. —Tenía la voz cargada de desprecio—. El día que mi padre fue a buscarme, mi madre no quería desprenderse de mí. Le dijo: «Es una niña, y no creo que seáis el padre; me he acostado con mil hombres más». Tiró la lanza a mis pies y le dio a mi madre un revés que la hizo llorar. «Niña o niño, nosotros libramos nuestras batallas, pero los dioses nos dejan elegir las armas», le respondió. Señaló la lanza, y luego, las lágrimas de mi madre, y yo cogí la lanza. «Ya te dije que era mía», dijo mi padre, y se me llevó. Mi madre se mató bebiendo en menos de un año. Según me dijeron, seguía llorando cuando murió. —Obara se acercó más a la silla del príncipe—. Lo único que te pido es que me permitas emplear la lanza.
—Es una petición importante, Obara. Lo consultaré con la almohada.
—Ya te has tomado demasiado tiempo para consultarlo.
—Puede que tengas razón. Te enviaré la respuesta a Lanza del Sol.
—Mientras la respuesta sea la guerra...
Obara dio media vuelta y salió a zancadas tan furiosas como las que la habían llevado allí, de vuelta a los establos, en busca de un caballo descansado y otro galope precipitado camino abajo.
El maestre Caleotte se quedó donde estaba.
—¿Le duelen las piernas a mi príncipe? —preguntó el hombrecillo regordete.
El príncipe esbozó una sonrisa tenue.
—¿El sol calienta?
—¿Os traigo una bebida para aliviar el dolor?
—No. Necesito tener la cabeza despejada.
El maestre titubeó.
—Príncipe, ¿os...? ¿Os parece prudente permitir que lady Obara vuelva a Lanza del Sol? Seguro que instigará al pueblo. La gente apreciaba mucho a vuestro hermano.
—Todos lo apreciábamos. —Se presionó las sienes con los dedos—. No. Tenéis razón. Yo también debo volver a Lanza del Sol.
El hombrecillo regordete titubeó.
—¿Os parece buena idea?
—No, pero es necesario. Enviad un jinete a Ricasso, que abra mis estancias en la Torre del Sol. Informad a mi hija Arianne de que llegaré mañana.
«Mi princesita.» El capitán la echaba muchísimo de menos.
—Os verán —le advirtió el maestre.
El capitán lo comprendió. Dos años atrás, cuando abandonaron Lanza del Sol a cambio de la paz y el aislamiento de los Jardines del Agua, el príncipe Doran no estaba ni mucho menos tan mal de la gota. Por aquel entonces todavía podía andar, aunque fuera despacio, con ayuda de un bastón y haciendo una mueca de dolor a cada paso. El príncipe no quería que sus enemigos supieran hasta qué punto se había debilitado, y el Palacio Antiguo y la ciudad invisible estaban llenos de ojos.
«De ojos y de escaleras por las que no puede subir —pensó el capitán—. Para llegar a lo alto de la Torre del Sol tendrá que volar.»
—Es necesario que me vean. Alguien tiene que devolver las aguas a su cauce. Dorne debe recordar que aún cuenta con su príncipe. —Esbozó una sonrisa débil—. Por muy viejo y gotoso que esté.
—Si volvéis a Lanza del Sol, tendréis que recibir en audiencia a la princesa Myrcella —señaló Caleotte—. La acompañará su caballero blanco, y ya sabéis que le escribe cartas a su reina.
—Me lo imagino.
«El caballero blanco.» El capitán frunció el ceño. Ser Arys había llegado a Dorne para cuidar de su princesa, igual que llegó Areo Hotah en otros tiempos. Hasta sus nombres tenían una extraña similitud: Areo y Arys. Pero allí terminaba cualquier semejanza. El capitán había dejado atrás Norvos y a sus clérigos barbudos; ser Arys Oakheart, en cambio, aún servía al Trono de Hierro. Hotah sentía cierta tristeza siempre que lo veía con la larga capa nívea en las ocasiones en que el príncipe lo enviaba a Lanza del Sol. Tenía la sensación de que algún día se enfrentarían, y ese día, Oakheart moriría con el hacha del capitán enterrada en el cráneo. Pasó la mano por la superficie lisa del mango de fresno y se preguntó si no se estaría acercando el momento.
—Va a anochecer pronto —estaba diciendo el príncipe—. Esperaremos al amanecer. Encargaos de que tengan mi litera preparada a primera hora.
—Como ordenéis.
Caleotte hizo una reverencia. El capitán se colocó a un lado para dejarlo pasar y oyó como se alejaban sus pisadas.
—¿Capitán? —El príncipe hablaba en voz baja. Hotah avanzó hacia el frente con una mano en torno al hacha. Sentía la madera tan suave como la piel de una mujer. Al llegar junto a la silla de ruedas dio un golpe al suelo con el mango para anunciar su presencia, pero el príncipe solo tenía ojos para los niños—. ¿Tuvisteis hermanos, capitán? —preguntó—. En Norvos, cuando erais joven.
—Sí —respondió Hotah—. Dos hermanos y tres hermanas. Yo era el menor.
«El menor y el menos deseado. Otra boca que alimentar, un chico grandullón que comía demasiado y al que enseguida se le quedaba pequeña la ropa.» No era de extrañar que se lo hubieran vendido a los clérigos barbudos.
—Yo era el mayor —dijo el príncipe—, y pese a eso soy el único que queda. Después de que Mors y Olyvar murieran en sus cunas, perdí la esperanza de tener hermanos. Tenía nueve años cuando nació Elia, y por aquel entonces era escudero en Costa Salada. Cuando llegó el cuervo con la noticia de que mi madre había dado a luz con un mes de antelación, ya tenía edad suficiente para comprender que eso significaba que el bebé no saldría adelante. Lord Gargalen me dijo que tenía una hermana, y yo le respondí que no tardaría en morir. Pero vivió, gracias a la misericordia de la Madre. Y al cabo de un año nació Oberyn, chillando y pataleando. Yo ya era un hombre cuando ellos jugaban en estos estanques. Pero aquí estoy, y ellos se han ido.
Areo Hotah no supo qué decir. Solo era un capitán de los guardias; pese a los años seguía considerándose forastero en aquellas tierras, y su dios de siete caras le era ajeno. «Servir. Obedecer. Proteger.» Había pronunciado aquellos votos a los dieciséis años, el día en que contrajo matrimonio con su hacha. «Votos sencillos para hombres sencillos», le dijeron los clérigos barbudos. No lo habían entrenado para aconsejar a príncipes dolientes.
Aún no había encontrado palabras cuando cayó otra naranja, con un fuerte golpe, a menos de medio paso del lugar donde estaba sentado el príncipe. Doran hizo una mueca, como si le hubiera hecho daño.
—Bien —suspiró—. Ya es suficiente. Dejadme, Areo. Dejadme mirar a los niños unas horas más.
Cuando se puso el sol, el aire se tornó más fresco, y los niños entraron en el palacio para cenar, pero el príncipe se quedó bajo sus naranjos, contemplando los estanques tranquilos y el mar que se extendía más allá. Un criado le llevó un cuenco de aceitunas con pan, queso y pasta de garbanzos. Comió unos bocados y bebió una copa del vino dulce y fuerte que tanto le gustaba. Una vez vacía, se la volvió a llenar. A veces, en las horas más oscuras previas al amanecer, el sueño lo encontraba aún sentado en la silla. Entonces lo empujaba el capitán por la galería iluminada por la luna, a lo largo de una hilera de columnas acanaladas y bajo un esbelto arco, hasta la gran cama con sábanas frescas de lino situada en una habitación con vistas al mar. Doran gimió cuando el capitán lo movió, pero los dioses fueron bondadosos y no llegó a despertarse.
La celda donde dormía el capitán estaba junto a la habitación de su príncipe. Se sentó en el camastro, sacó la piedra de amolar y el paño del nicho donde los guardaba, y puso manos a la obra. «Mantén el hacha afilada», le habían dicho los clérigos barbudos el día en que lo marcaron. Y siempre lo hacía.
Mientras afilaba el arma, Hotah pensó en Norvos, la ciudad alta en la colina y la baja junto al río. Todavía recordaba el sonido de las tres campanas, la manera en que lo estremecían el tañido profundo de Noom, la voz fuerte y orgullosa de Narrah, la risa dulce y argentina de Nyel. El sabor del pastel de invierno le volvió a llenar la boca con sus notas de jengibre y piñones, sus trocitos de cerezas, todo ello regado con nasha, leche de cabra fermentada servida en una copa de hierro con un chorro de miel. Vio a su madre con el vestido del cuello de piel de ardilla, el que solo se ponía una vez al año, cuando iban a ver el baile de los osos en los Peldaños del Pecador. Y percibió el hedor del vello al quemarse mientras el clérigo barbudo le tocaba el pecho con el hierro de marcar. El dolor había sido tan terrible que creyó que se le iba a parar el corazón, pero Areo Hotah no retrocedió. El vello jamás volvió a crecer sobre la marca del hacha.
Cuando los dos filos quedaron tan cortantes que se podría haber afeitado con ellos, el capitán tendió en la cama a su esposa de hierro y fresno, bostezó, se quitó la ropa manchada, la tiró al suelo y se tumbó en el colchón relleno de paja. Pensar en la marca hacía que le picara; tuvo que rascarse antes de cerrar los ojos.
«Tendría que haber recogido las naranjas del suelo», pensó, y se quedó dormido soñando con el sabor agridulce, con el tacto pegajoso del zumo rojizo en los dedos.
El amanecer llegó demasiado pronto. En el exterior de los establos ya tenían preparada la más pequeña de las literas tiradas por tres caballos, la de madera de cedro con cortinajes de seda roja. El capitán eligió veinte guardias para darle escolta de entre los treinta apostados en los Jardines del Agua; los demás permanecerían allí para proteger el lugar y a los niños, algunos de los cuales eran hijos de grandes señores y mercaderes adinerados.
Aunque el príncipe había hablado de partir a primera hora, Areo Hotah sabía que se retrasaría. Mientras el maestre ayudaba a Doran Martell a bañarse y le cubría las articulaciones hinchadas con vendas de lino empapadas en lociones calmantes, el capitán se puso una cota de escamas de bronce, como correspondía a su cargo, y una capa ondulante parda y amarilla de seda de arena para proteger el metal del sol. El día iba a ser caluroso, y hacía tiempo que el capitán no usaba la gruesa capa de pelo de caballo y la túnica de cuero tachonado que había llevado en Norvos, prendas con las que cualquiera se cocería en Dorne. En cambio, sí conservaba el yelmo de hierro con su cresta de púas afiladas, aunque lo llevaba envuelto en seda naranja; de lo contrario, el sol contra el metal le provocaría dolor de cabeza antes incluso de que divisaran el palacio.
El príncipe aún no se encontraba listo para la partida. Había decidido desayunar antes de ponerse en marcha: estaba tomando una naranja sanguina y un plato de huevos de gaviota con trocitos de jamón y guindillas. Luego, por supuesto, tuvo que despedirse de varios niños, los que se habían convertido en sus favoritos: el muchachito de Dalt, los hijos de lady Blackmont y la huérfana de cara redonda cuyo padre había vendido tejidos y especias a todo lo largo del Sangreverde. Mientras hablaba con ellos, Doran se cubría las rodillas con una espléndida manta myriense para que los pequeños no le vieran las articulaciones hinchadas y vendadas.
Ya era mediodía cuando se pusieron en marcha: el príncipe en la litera, el maestre Caleotte a lomos de un burro y los demás a pie. Cinco lanceros caminaban delante y otros cinco detrás, mientras los diez restantes flanqueaban la litera. Areo Hotah ocupó su lugar habitual a la izquierda del príncipe, con el hacha al hombro. El camino que iba desde Lanza del Sol hasta los Jardines del Agua discurría junto al mar, de manera que una brisa fresca aliviaba la marcha mientras atravesaban una tierra castaña rojiza de piedras, arena, y árboles atrofiados y retorcidos.
La segunda Serpiente de Arena les dio alcance cuando estaban a mitad de camino.
Apareció de repente sobre una duna, a lomos de una yegua de la arena dorada con crines como hilos de seda blanca. Lady Nym parecía grácil incluso montada a caballo; vestía una luminosa túnica lila y una larga capa de seda color crema y cobre que se agitaba con cada golpe de aire, dando la impresión de que la joven podría echar a volar en cualquier momento. Nymeria Arena tenía veinticinco años y era esbelta como un junco. Tenía el pelo negro, liso, peinado en una trenza adornada con hilo de oro rojo, y con un pico en la frente, en el nacimiento del pelo, igual que el de su padre. Los pómulos altos, los labios carnosos y la piel lechosa le daban la belleza de la que carecía su hermana mayor... Porque la madre de Obara había sido una prostituta de Antigua, mientras que por las venas de Nym corría la sangre más noble de la vieja Volantis. La seguía una docena de lanceros a caballo con escudos redondos que centelleaban bajo el sol. Bajaron tras ella por la duna.
El príncipe había apartado las cortinas de su litera para disfrutar al máximo de la brisa que llegaba del mar. Lady Nym se puso a su altura y tiró de las riendas de la hermosa yegua dorada para acompasar su paso al de la litera.
—Bienhallado, tío —canturreó como si hubiera llegado allí por casualidad—. ¿Puedo cabalgar contigo hasta Lanza del Sol?
El capitán estaba al otro lado de la litera, pero aun así oía todo lo que decía lady Nym.
—Será un placer —respondió el príncipe Doran, aunque en un tono que al capitán no le sonó nada complacido—. La gota y la pena no son buenas compañeras de viaje.
Aquello le indicó al capitán que cada guijarro del camino era como un clavo en sus articulaciones hinchadas.
—Por la gota no puedo hacer nada —replicó la joven—, pero a mi padre no le interesaba la pena. Le gustaba mucho más la venganza. ¿Es verdad que Gregor Clegane reconoció que asesinó a Elia y a sus hijos?
—Se proclamó culpable a gritos delante de toda la corte —confirmó el príncipe—. Lord Tywin nos ha prometido su cabeza.
—Y un Lannister siempre paga sus deudas —asintió lady Nym—, pero me parece que ese tal lord Tywin quiere pagarnos con monedas que ya tenemos. Me ha llegado un pájaro de nuestro querido ser Daemon, que jura que mi padre le hizo cosquillas a ese monstruo más de una vez mientras luchaban, así que ser Gregor se puede dar por muerto, y no gracias a Tywin Lannister.
El príncipe torció el gesto. El capitán no habría sabido decir si era por el dolor de la gota o por las palabras de su sobrina.
—Es posible.
—¿Cómo que es posible? Es seguro.
—Obara quiere que vaya a la guerra.
Nym se echó a reír.
—Sí, quiere arrasar Antigua. Su odio hacia esa ciudad solo es comparable al amor que le profesa nuestra hermana pequeña.
—¿Y tú qué opinas?
Nym volvió la cabeza para echar un vistazo hacia donde cabalgaban sus acompañantes, a unos cuarenta pasos de distancia.
—Estaba en la cama con las gemelas Fowler cuando me llegó la noticia —la oyó decir el capitán—. ¿Sabes cuál es el lema de los Fowler? «¡Déjame Ascender!» Es lo único que te pido. Déjame ascender, tío. No me hace falta un poderoso retén; me basta con una hermanita.
—¿Obara?
—Tyene. Obara es demasiado llamativa. Tyene es tan dulce y delicada que nadie sospechará de ella. A Obara le gustaría convertir Antigua en la pira funeraria de nuestro padre; yo no soy tan ambiciosa. A mí me basta con cuatro vidas: los mellizos dorados de lord Tywin en pago de los hijos de Elia. El viejo león por Elia. Y, por último, el pequeño rey, por mi padre.
—El chiquillo no nos ha hecho ningún daño.
—Si damos crédito a lord Stannis, ese crío es un bastardo, hijo de la traición, el incesto y el adulterio. —En su voz no quedaba ni rastro del tono juguetón; el capitán se dio cuenta de que la estaba mirando con los ojos entrecerrados. Su hermana Obara llevaba el látigo a la cadera y una lanza bien a la vista. Lady Nym era igual de mortífera, pero portaba ocultos sus cuchillos—. Solo la sangre real puede limpiar el asesinato de mi padre —insistió.
—Oberyn murió en combate singular, luchando por algo que no era de su incumbencia. Para mí no fue un asesinato.
—Para ti, que sea lo que quieras. Les enviamos al mejor hombre de Dorne y nos devuelven una saca con huesos.
—Tu padre fue mucho más allá de lo que le pedí que hiciera. Se lo dije en la terraza. Estábamos comiendo naranjas: «Tómales las medidas al niño rey y a su Consejo, fíjate en los puntos fuertes y en los débiles. Si es posible, busca aliados y amigos. Averigua lo que puedas de la muerte de Elia, pero sobre todo, no provoques a lord Tywin en demasía». Con esas palabras. Oberyn se me rio en la cara. «¿Cuándo he provocado yo a nadie... en demasía? Más te valdría avisar a los Lannister para que no me provoquen ellos a mí.» Quería que se hiciera justicia por Elia, pero no supo esperar...
—Esperó diecisiete años —interrumpió lady Nym—. Si te hubieran asesinado a ti, mi padre habría partido hacia el Norte con sus estandartes antes de que tu cadáver se hubiera enfriado. Si hubieras sido tú, a estas alturas lloverían lanzas sobre las Marcas.
—No lo dudo.
—Y tampoco dudes esto, mi príncipe: ni mis hermanas ni yo esperaremos diecisiete años para vengarnos.
Picó espuelas a la yegua y se alejó al galope hacia Lanza del Sol seguida por sus acompañantes.
El príncipe se recostó en los almohadones y cerró los ojos, pero Hotah sabía que no dormía.
«Está sufriendo.» Sopesó durante un momento la posibilidad de llamar al maestre Caleotte para que se acercara a la litera, pero si el príncipe Doran deseara sus servicios, él mismo lo habría llamado.
Cuando avistaron en el este las torres de Lanza del Sol, las sombras del atardecer ya eran largas y oscuras, y el sol estaba tan rojo e hinchado como las rodillas del príncipe. La primera torre que divisaron fue la esbelta Torre de la Lanza, con sus cincuenta y cinco varas de altura y coronada de acero chapado en oro que le sumaba diez varas más; luego apareció la imponente Torre del Sol, con la cúpula de oro y las vidrieras de colores; por último vieron el Barco de Arena, que parecía un monstruoso dromón varado en la orilla y petrificado.
Solo tres leguas de costa separaban Lanza del Sol de los Jardines del Agua, pero eran dos mundos diferentes. Allí, los niños jugaban desnudos al sol, la música sonaba en los patios, y el olor de los limones y las naranjas sanguinas impregnaba el aire. Aquí, hasta la brisa olía a polvo, sudor y humo, y el murmullo de las voces poblaba las noches. En lugar de los mármoles rosados de los Jardines del Agua, Lanza del Sol era de barro y paja; sus colores eran el marrón y el ocre. La antigua fortaleza de la casa Martell se alzaba en el punto más oriental de un pequeño saliente de piedra y arena, rodeada de mar por tres lados. Hacia el oeste, a la sombra de las inmensas murallas de Lanza del Sol, los tenderetes de adobe y las chozas sin ventanas colgaban del castillo como percebes del casco de una galera. Los establos, posadas, tabernas y casas de las almohadas se erguían más al oeste, muchos con sus propios muros, de los que también colgaban chozas. «Y así sucesivamente, como dirían los clérigos barbudos.» En comparación con Tyrosh, Myr o Gran Norvos, la ciudad invisible era poco más que un pueblo, pero, aun así, los dornienses no tenían nada que se asemejara más a una urbe de verdad.
Lady Nym había llegado varias horas antes que ellos, y sin duda había avisado a los guardias, porque la puerta Triple estaba abierta. Solo en aquel lugar estaban alineadas las puertas, para permitir que los visitantes pasaran bajo las tres murallas Serpenteantes y accedieran directamente al Palacio Antiguo, sin tener que atravesar leguas de callejuelas estrechas, patios ocultos y bazares bulliciosos.
El príncipe Doran había cerrado los cortinajes de su litera nada más divisar la Torre de la Lanza, pero los habitantes de la ciudad lanzaban gritos a su paso.
«Las Serpientes de Arena han estado agitando a la gente», pensó el capitán, intranquilo. Atravesaron la mugre del tramo exterior y se dirigieron hacia la segunda puerta. Más allá, el viento apestaba a brea, agua salada y algas podridas, y la multitud crecía a cada paso.
—¡Abrid paso al príncipe Doran! —gritó Areo Hotah mientras golpeaba las baldosas con el mango del hacha—. ¡Abrid paso al príncipe de Dorne!
—¡El príncipe ha muerto! —chilló una mujer a su espalda.
—¡A las lanzas! —rugió un hombre desde un balcón.
—¡Doran! —exclamó una voz de acento cultivado—. ¡A las lanzas!
Hotah dejó de intentar identificar a los que hablaban; había demasiada gente, y al menos un tercio de los presentes estaba gritando. «¡A las lanzas! ¡Venganza para la Víbora!» Cuando llegaron a la tercera puerta, los guardias ya tenían que empujar a los ciudadanos para despejar el paso, y la multitud había empezado a lanzarles cosas. Un niño harapiento pasó entre los lanceros con una granada medio podrida en una mano pero, cuando vio a Areo Hotah con el hacha larga dispuesta, dejó caer la fruta y salió corriendo. Otros, situados más atrás, lanzaban limones, limas y naranjas al grito de «¡Guerra! ¡Guerra! ¡A las lanzas!». Un guardia recibió el impacto de un limón en un ojo, y una naranja se estrelló contra el pie del propio capitán.
De la litera no salió respuesta alguna. Doran Martell permaneció encerrado entre sus muros de seda hasta que los muros de piedra del castillo los recibieron y el rastrillo cayó tras ellos con un crujido estrepitoso. Los gritos se fueron apagando poco a poco. La princesa Arianne aguardaba en el palenque para recibir a su padre, en compañía de la mitad de la corte: Ricasso, el anciano senescal ciego; ser Manfrey Martell, el castellano; el joven maestre Myles, con su túnica gris y su barba perfumada, y casi medio centenar de caballeros dornienses con túnicas de lino de todos los colores. La pequeña Myrcella Baratheon estaba con su septa y con ser Arys, de la Guardia Real, que se cocía en su armadura blanca.
La princesa Arianne se dirigió hacia la litera; llevaba unas sandalias de piel de serpiente atadas con cordones hasta los muslos. La cabellera le caía en una mata de bucles, negros como el azabache, que le llegaban hasta la base de la espalda, y se ceñía la frente con un aro de soles de cobre.
«Sigue siendo menuda», pensó el capitán. Las Serpientes de Arena eran altas, pero Arianne había salido a su madre, que medía siete palmos y medio. Pero bajo el cinturón enjoyado y la túnica suelta de seda morada y brocado amarillo tenía un cuerpo de mujer, generoso y con curvas.
—Lanza del Sol se regocija de tu regreso, padre —declamó cuando se abrieron las cortinas.
—Sí, ya he oído los gritos de alegría. —El príncipe esbozó una sonrisa cansada y acarició la mejilla de su hija con la mano hinchada, enrojecida—. Tienes buen aspecto. Capitán, tened la amabilidad de ayudarme a bajar de aquí.
Hotah se colgó el hacha larga de la correa que llevaba a la espalda y cogió al príncipe en brazos con suavidad, para no hacerle daño en las articulaciones hinchadas. Aun así, Doran Martell tuvo que contener un gemido de dolor.
—He ordenado a los cocineros que preparen un banquete para esta noche —le dijo Arianne—. Se servirán todos tus platos favoritos.
—Mucho me temo que no les podré hacer justicia. —El príncipe miró a su alrededor—. No veo a Tyene.
—Ha pedido hablar contigo en privado. La he enviado a esperarte al salón del trono.
El príncipe suspiró.
—Muy bien. Vamos, capitán. Cuanto antes acabe con esto, antes podré descansar.
Hotah lo llevó por las largas escaleras de piedra de la Torre del Sol hasta la gran estancia circular bajo la cúpula; los restos de luz de la tarde entraban por las ventanas de cristal tintado para salpicar el mármol claro con diamantes de cien colores. Allí los aguardaba la tercera Serpiente de Arena.
Estaba sentada en un cojín, con las piernas cruzadas, al pie del estrado donde se encontraban los asientos de honor, pero al verlos entrar se levantó; vestía una túnica ceñida de brocado azul claro con mangas de encaje myriense que la hacía parecer tan inocente como la propia Doncella. Llevaba en una mano el bordado en el que estaba trabajando, y en la otra, un par de agujas doradas. Su cabello también era dorado, tenía los ojos como profundos estanques azules... Y pese a ello, al capitán le recordaron los ojos de su padre, aunque los de Oberyn eran negros como la noche.
«Todas las hijas del príncipe Oberyn tienen sus ojos de víbora —comprendió Hotah de repente—. El color es lo de menos.»
—Te estaba esperando, tío —dijo Tyene Arena.
—Ayudadme a sentarme, capitán.
En el estrado había dos asientos prácticamente iguales; la única diferencia era que uno tenía grabada en oro en el respaldo la lanza de los Martell, mientras que el otro lucía el sol ardiente del Rhoyne que había ondulado en los mástiles de los barcos de Nymeria cuando llegaron a Dorne. El capitán sentó al príncipe bajo la lanza y se apartó un paso.
—¿Te duele mucho? —La voz de lady Tyene era gentil; parecía tan dulce como las fresas en verano. Su madre había sido una septa, y Tyene tenía un aura de inocencia casi sobrenatural—. ¿Hay algo que pueda hacer para aliviarte el dolor?
—Dime lo que quieras decirme, para que pueda irme a descansar. Estoy agotado, Tyene.
—Te he hecho esto, tío. —Tyene desdobló el tejido que había estado bordando. La imagen representaba a su padre, el príncipe Oberyn, a lomos de un corcel de la arena, ataviado con armadura roja, sonriente—. Cuando lo termine te lo regalaré, para que siempre te acuerdes de él.
—No voy a olvidar a tu padre.
—Me alegro de oírlo. Hay quien lo duda.
—Lord Tywin nos ha prometido la cabeza de la Montaña.
—Qué amable por su parte... Pero la espada del verdugo no es el final adecuado para el valiente ser Gregor. Llevamos tanto tiempo rezando por que muera que lo justo sería que él rezara por lo mismo. Sé qué veneno utilizaba mi padre; no hay otro más lento ni más doloroso. Puede que pronto oigamos los gritos de la Montaña incluso aquí, en Lanza del Sol.
El príncipe Doran suspiró.
—Obara quiere que vaya a la guerra. Nym se conforma con unos cuantos asesinatos. ¿Y tú?
—Guerra —respondió Tyene—, pero no la de mi hermana. Los dornienses pelean mejor en casa, así que afilaremos las lanzas y esperaremos. Cuando los Lannister y los Tyrell nos ataquen, los desangraremos en los pasos y los enterraremos bajo las arenas, como hemos hecho ya cien veces.
—Será si nos atacan.
—Claro que nos atacarán, si no quieren volver a ver el reino dividido, como antes de que nos casáramos con los dragones. Me lo dijo mi padre. Dijo que teníamos que darle las gracias al Gnomo por enviarnos a la princesa Myrcella. ¿A que es muy bonita? Cuánto me gustaría tener unos rizos como los suyos. Nació para ser reina, igual que su madre. —Los hoyuelos florecieron en las mejillas de Tyene—. Para mí sería un honor encargarme de los preparativos de la boda, y también de la fabricación de las coronas. Trystane y Myrcella son tan inocentes que les iría muy bien el oro blanco... Con esmeraldas, para que hagan juego con los ojos de ella. Bueno, también valdrían diamantes y perlas; lo importante es que casemos y coronemos a los niños. Luego solo tendríamos que proclamar a Myrcella la primera de su nombre, reina de los ándalos, los rhoynar y los primeros hombres, heredera legítima de los Siete Reinos de Poniente, y sentarnos a esperar a los leones.
El príncipe soltó un bufido.
—¿Heredera legítima?
—Es mayor que su hermano —le explicó Tyene, como si fuera idiota—. Según la ley, el Trono de Hierro le pertenece.
—Según la ley dorniense.
—Cuando el bondadoso rey Daeron se casó con la princesa Myriah y nos trajo a su reino, se acordó de que en Dorne siempre imperaría la ley dorniense. Y da la casualidad de que Myrcella está en Dorne.
—Así es —reconoció a regañadientes—. Lo pensaré.
Tyene se enfurruñó.
—Piensas demasiado, tío.
—¿Tú crees?
—Eso decía mi padre.
—Oberyn pensaba demasiado poco.
—Hay hombres que piensan porque tienen miedo de actuar.
—El miedo es una cosa; la cautela, otra.
—En ese caso rezaré por no verte nunca con miedo, tío. Te podrías olvidar de respirar.
La muchacha alzó una mano...
El capitán dio un golpe con el mango del hacha larga contra el suelo de mármol.
—Os habéis extralimitado, mi señora. Os ruego que bajéis del estrado.
—No era mi intención, capitán. Quiero a mi tío, porque sé que quería a mi padre. —Tyene hincó una rodilla en el suelo, ante el príncipe—. Ya he dicho todo lo que quería decirte, tío. Perdóname si te he ofendido; tengo el corazón destrozado. ¿Cuento todavía con tu cariño?
—Eso, siempre.
—Entonces, dame tu bendición y me marcharé.
Doran titubeó un instante antes de poner la mano en la cabeza de su sobrina.
—Sé valiente, pequeña.
—¿Y cómo no serlo? Soy hija de mi padre.
En cuanto salió de la estancia, el maestre Caleotte subió apresuradamente al estrado.
—Príncipe, no os habrá... Dejadme ver esa mano. —Le examinó primero la palma; luego se la volvió con delicadeza y olisqueó los dedos del príncipe—. No, bien. No pasa nada. No hay rasguños, así que...
El príncipe retiró la mano.
—Maestre, ¿os importaría traerme un poco de la leche de la amapola? Con un dedalito será suficiente.
—La amapola. Desde luego, cómo no.
—Enseguida, por favor —lo apremió Doran Martell con gentileza, y Caleotte se apresuró escaleras abajo.
En el exterior, el sol se había puesto ya. En el interior de la cúpula, la luz era del color azul del ocaso, y los diamantes del suelo agonizaban. El príncipe se quedó en el asiento, bajo la lanza de los Martell, con el rostro blanco de dolor. Tras un largo silencio se volvió hacia Areo Hotah.
—Capitán —dijo—, ¿hasta qué punto son leales mis guardias?
—Son leales. —El capitán no supo qué añadir.
—¿Todos? ¿O solo algunos?
—Son buenos hombres. Buenos dornienses. Obedecerán mis órdenes. —Dio un golpe contra el suelo con el mango del hacha larga—. Os traeré la cabeza de cualquier hombre que piense en traicionaros.
—No quiero cabezas; quiero obediencia.
—Con ella contáis. —«Servir. Obedecer. Proteger. Votos sencillos para un hombre sencillo»—. ¿Cuántos hombres necesitáis?
—Decididlo vos mismo. Puede que unos pocos bien elegidos nos sean más útiles que una veintena. Quiero que esto se haga tan rápida y discretamente como sea posible, sin derramamiento de sangre.
—Rapidez, discreción, sin sangre, sí. ¿Qué ordenáis?
—Id a buscar a las hijas de mi hermano, ponedlas bajo custodia y confinadlas en las celdas de la Torre de la Lanza.
—¿A las Serpientes de Arena? —El capitán tenía la boca seca—. ¿A...? ¿A las ocho, mi señor? ¿A las menores también?
El príncipe meditó un instante.
—Las hijas de Ellaria son demasiado pequeñas para suponer un peligro, pero hay quien podría intentar utilizarlas contra mí. Será mejor tenerlas controladas y a salvo. Sí, a las menores también, pero encargaos primero de Tyene, Nymeria y Obara.
—Como ordene mi príncipe. —Tenía el corazón en un puño. «A mi princesita no le va a gustar»—. ¿Qué hay de Sarella? Ya es una mujer; tiene casi veinte años.
—A menos que vuelva a Dorne, no puedo hacer nada con Sarella, excepto rezar para que tenga más sentido común que sus hermanas. Dejadla con su... juego. Reunid a las otras. No me acostaré hasta que sepa que están a salvo y vigiladas.
—Así se hará. —El capitán titubeó—. Cuando corra la voz, el pueblo aullará.
—Todo Dorne aullará —dijo Doran Martell con voz cansada—. Solo ruego por que lord Tywin oiga los aullidos desde Desembarco del Rey, para que vea qué amigo tan leal tiene en Lanza del Sol.
Soñaba que estaba sentada en el Trono de Hierro, por encima de todos.
Abajo, los cortesanos eran ratones de mil colores. Los grandes señores y las damas orgullosas se arrodillaban ante ella. Valientes caballeros jóvenes ponían las espadas a sus pies y le suplicaban llevar sus prendas, y la reina les sonreía desde arriba. Eso... hasta que el enano apareció de la nada y la señaló entre carcajadas. Las damas y los señores también empezaron a reír a hurtadillas, se tapaban la boca con la mano para ocultar la sonrisa. Entonces, la reina se dio cuenta de que estaba desnuda.
Trató de taparse con las manos, horrorizada. Las púas y las hojas afiladas del Trono de Hierro se le clavaron en la carne cuando se acurrucó para ocultar su vergüenza. La sangre roja le bajó por las piernas; dientes de acero le mordisquearon las nalgas. Cuando trató de levantarse, se le encajó un pie en un boquete del metal retorcido. Cuanto más se debatía, más la engullía el trono; le arrancaba pedazos de carne del pecho y el vientre, le cortaba los brazos y las piernas hasta dejarla pegajosa, enrojecida.
Y mientras, abajo, su hermano no dejaba de reír.
Aquella alegría perversa le seguía resonando en los oídos cuando sintió un roce en el hombro y, de repente, se despertó. Durante un instante, la mano le pareció parte de la pesadilla; Cersei lanzó un grito, pero no era más que Senelle. El rostro de la doncella estaba pálido y asustado.
«No estamos solas —advirtió la reina. Las sombras se cernían sobre su cama; eran figuras altas con cota de malla que brillaba bajo la capa. ¿Qué hacían allí unos hombres armados?—. ¿Dónde están mis guardias? —El dormitorio se encontraba a oscuras; la única luz era la del farol que sostenía en alto uno de los intrusos—. No debo mostrar temor.» Cersei se echó hacia atrás la melena revuelta.
—¿Qué queréis de mí? —dijo. Un hombre se adelantó hasta quedar iluminado por la luz. Cersei vio que llevaba una capa blanca—. ¿Jaime? —«He soñado con un hermano, pero es el otro el que viene a despertarme.»
—Alteza. —La voz no era la de su hermano—. El lord comandante nos ha ordenado que viniéramos a buscaros.
Tenía el pelo ondulado, como Jaime, pero su hermano lo tenía como ella, color oro batido, mientras que el de aquel hombre era negro y grasiento. Se quedó mirándolo desconcertada, mientras él mascullaba algo sobre un escusado y una ballesta, y pronunciaba el nombre de su padre.
«Todavía estoy soñando —pensó Cersei—. No me he despertado; la pesadilla no ha terminado. De un momento a otro, Tyrion saldrá de debajo de la cama y se reirá de mí.»
Pero aquello era una locura. Su hermano enano estaba encerrado en las celdas negras, condenado a morir aquel mismo día. Se contempló las manos y las movió para asegurarse de que conservaba todos los dedos. Cuando se pasó una mano por el brazo notó el vello erizado, pero ninguna herida. No tenía cortes en las piernas ni tajos en las plantas de los pies.
«Ha sido un sueño, nada más, un sueño. Ayer bebí demasiado; estos miedos solo son fruto de los vapores del vino. Cuando llegue la noche seré yo la que ría. Mis hijos estarán a salvo, Tommen tendrá asegurado el trono, y mi retorcido valonqar será una cabeza más bajo y estará pudriéndose.»
Jocelyn Swyft había acudido junto a ella y le acercaba una copa a los labios. Cersei bebió un trago. Era agua mezclada con zumo de limón; estaba tan ácida que la escupió. Le llegó el sonido del viento nocturno que sacudía los postigos y, de pronto, lo vio todo con una extraña claridad. Jocelyn temblaba como un flan, tan asustada como Senelle. La silueta de ser Osmund Kettleblack se cernía sobre ella. Tras él se encontraba ser Boros Blount, con el farol. Junto a la puerta vigilaban los guardias de los Lannister, con leones dorados brillantes en la cimera del yelmo. También ellos parecían atemorizados.
«¿Es posible? —se preguntó la reina—. ¿Será verdad?»
Se levantó y permitió que Senelle le pasara una túnica por los hombros para ocultar su desnudez. La propia Cersei se ató el cinturón con dedos torpes y rígidos.
—Mi señor padre tiene guardias que lo custodian día y noche —dijo.
Notaba la lengua espesa. Bebió otro trago de agua con limón y le dio vueltas en la boca para refrescarse el aliento. Una polilla se había quedado atrapada en el farol que sostenía ser Boros; la oía zumbar y veía la sombra de las alas que se batían contra el cristal.
—Los guardias estaban en sus puestos, alteza —dijo Osmund Kettleblack—. Hemos encontrado una puerta oculta tras la chimenea. Un pasadizo secreto. El lord comandante ha bajado por él para ver adónde lleva.
—¿Jaime? —El terror se apoderó de ella, repentino como una tormenta—. Jaime tendría que estar con el rey...
—El pequeño no ha sufrido daño alguno. Ser Jaime envió de inmediato a una docena de hombres para que lo guardaran. Su alteza duerme tranquilo.
«Ojalá tenga mejores sueños que yo, y un despertar más dulce.»
—¿Quién está con el rey?
—Ese honor le ha correspondido a ser Loras, si os parece bien.
No le parecía bien. Los Tyrell eran meros mayordomos a los que los reyes dragón habían ascendido muy por encima del nivel que les correspondía por derecho. Lo único que sobrepasaba su ambición era su vanidad. Ser Loras era hermoso como el sueño de una doncella, pero bajo la capa blanca corría pura sangre Tyrell. Que ella supiera, el inmundo fruto de aquella noche bien podría haber sido plantado y regado en Altojardín.
Pero era una sospecha que no se atrevía a formular en voz alta.
—Dadme un momento para que me vista. Ser Osmund, vos me acompañaréis a la Torre de la Mano. Ser Boros, espabilad a los carceleros y comprobad que el enano siga en su celda.
Ni siquiera quería pronunciar su nombre.
«Jamás habría tenido valor para alzar la mano contra nuestro padre», se dijo, pero tenía que estar segura.
—Como ordene vuestra alteza. —Blount le entregó el farol a ser Osmund. Cersei se alegró de verlo alejarse.
«Mi padre no debería haberle devuelto la capa blanca.» Ese hombre había demostrado claramente que era un cobarde.
Cuando salieron del Torreón de Maegor, el cielo se había teñido de azul cobalto, aunque las estrellas brillaban todavía.
«Todas menos una —pensó Cersei—. La estrella más brillante del oeste ha caído; a partir de ahora, las noches serán más oscuras. —Se detuvo un momento en el puente levadizo que cruzaba el foso seco y contempló las estacas que había abajo—. No se atreverían a mentirme en un asunto así.»
—¿Quién lo ha encontrado?
—Uno de sus guardias —respondió ser Osmund—. Lum. Sintió una urgencia y encontró a su señoría en el escusado.
«No puede ser, es imposible. No es manera de morir para un león. —La reina sentía una extraña calma. Recordó la primera vez que se le había caído un diente, cuando era pequeña. No le dolió, pero el agujero que le quedó en la boca le causaba una sensación rara y no podía dejar de rozárselo con la lengua—. Ahora hay un agujero en el mundo, en el lugar que ocupaba mi padre, y los agujeros piden a gritos que los llenen.»
Si era verdad que Tywin Lannister había muerto, nadie estaba a salvo... Y el que más peligro corría era su hijo, en el trono. Cuando cae el león, las bestias inferiores entran en juego: los chacales, los buitres, los perros salvajes. Tratarían de echarla a un lado, como siempre. Tendría que actuar deprisa, igual que cuando había muerto Robert. Aquello podía ser obra de Stannis Baratheon a través de un esbirro. Podía ser el preludio de otro ataque contra la ciudad. Ojalá fuera así.
«Que venga si quiere. Lo machacaré, igual que hizo mi padre, y esta vez morirá. —Stannis no la asustaba, como tampoco la asustaba Mace Tyrell. Nadie la asustaba. Era hija de la Roca, era una leona—. No se volverá a hablar de obligarme a contraer segundas nupcias.» Roca Casterly le pertenecía, junto con todo el poder de la casa Lannister. Nadie volvería a dejarla de lado. Incluso cuando llegara el momento en que Tommen ya no la necesitara como regente, la señora de Roca Casterly seguiría siendo un poder que habría que tener en cuenta.
El sol naciente había teñido de rojo vivo las cúspides de las torres, pero bajo los muros, la noche acechaba todavía. El castillo estaba tan silencioso como si todos los habitantes hubieran muerto.
«Así debería ser. Morir solo no es digno de Tywin Lannister. Un hombre como él merece un séquito que atienda sus necesidades en el infierno.»
Ante la puerta de la Torre de la Mano se encontraban apostados cuatro lanceros con capa roja y yelmo con cimera en forma de león.
—Que no entre ni salga nadie sin mi permiso —les dijo.
Le resultó sencillo dar órdenes. «Mi padre también tenía acero en la voz.»
Una vez dentro de la torre, el humo de las antorchas le irritó los ojos, pero Cersei no lloró; no lloró, igual que no habría llorado su padre.
«Soy el único hijo varón de verdad que ha tenido. —Sus tacones arañaban la piedra mientras subía por las escaleras; aún oía a la polilla revolotear como loca dentro del farol de ser Osmund—. Muere —pensó la reina con irritación—. Vuela hacia la llama y muere de una vez.»
Otros dos guardias con capa roja aguardaban en lo alto de las escaleras. Lester el Rojo musitó un pésame al verla pasar. La reina respiraba con bocanadas cortas y rápidas; el corazón le latía como una mariposa en el pecho.
«Los peldaños —se dijo—. Esta condenada torre tiene demasiados peldaños.» Casi le daban ganas de hacerla derribar.
La sala estaba llena de imbéciles que hablaban en susurros, como si lord Tywin estuviera durmiendo y tuvieran miedo de despertarlo. Tanto guardias como sirvientes retrocedieron a su paso mientras movían los labios. Les veía las encías rosadas; veía como agitaban la lengua, pero sus palabras no tenían más sentido que el zumbido de la polilla.
«¿Qué hacen aquí? ¿Cómo se han enterado?» Tendrían que haberla llamado a ella en primer lugar. Era la reina regente, ¿acaso se habían olvidado?
Ser Meryn Trant se encontraba ante el dormitorio de la mano, ataviado con la armadura y la capa blanca. Llevaba levantado el visor del yelmo, y las enormes ojeras hacían que pareciera todavía medio dormido.
—Echad a toda esta gente —le ordenó Cersei—. ¿Mi padre sigue en el escusado?
—Lo han llevado a su cama, mi señora.
Ser Meryn abrió la puerta para dejarle paso. La luz del amanecer se colaba a través de los postigos para pintar barras doradas en los juncos que cubrían el suelo de la estancia. Su tío Kevan estaba de rodillas junto a la cama, tratando de rezar, pero apenas le salían las palabras. Los guardias se arracimaban cerca de la chimenea. La puerta secreta de la que le había hablado ser Osmund era un boquete abierto tras las cenizas, no más grande que un horno. Para pasar por ella, un hombre tendría que arrastrarse.
«Pero Tyrion solo es medio hombre. —La simple idea la hizo enfurecer—. No, el enano está encerrado en una celda negra. —No podía ser obra suya—. Stannis —se dijo—. Stannis está detrás de esto. Todavía tiene partidarios en la ciudad. Ha sido él, o quizá los Tyrell...»
Siempre se habían oído rumores acerca de pasadizos secretos en la Fortaleza Roja. Según se decía, Maegor el Cruel había matado a los hombres que construyeron el castillo para mantener en secreto su posición.
«¿Cuántos dormitorios más tendrán puertas ocultas? —De repente, Cersei se imaginó al enano saliendo de detrás de un tapiz en la habitación de Tommen, con un cuchillo en la mano—. Tommen está bien custodiado», se dijo. Pero lord Tywin también había estado bien custodiado.
Durante un momento no reconoció al hombre muerto. Tenía el pelo como el de su padre, sí, pero sin duda era otro, más menudo y mucho más viejo. Llevaba la ropa de dormir subida hasta el pecho, de modo que estaba desnudo de cintura para abajo. El virote se le había clavado en el vientre, entre el ombligo y el miembro viril, tan profundamente que solo asomaban las plumas. Tenía el vello púbico rígido por la sangre seca, que también se le había coagulado en el ombligo.
Su olor hizo que arrugara la nariz.
—¡Sacadle esa flecha! —ordenó—. ¡Es la mano del rey!
«Y mi padre. Mi señor padre. ¿Tendría que gritar y mesarme el cabello? —Según decían, Catelyn Stark se había desgarrado la cara con las uñas cuando los Frey mataron a su adorado Robb—. ¿Sería eso lo que te gustaría, padre? —habría querido preguntarle—. ¿O preferirías que fuera fuerte? ¿Lloraste tú cuando murió tu padre?» Su abuelo había fallecido cuando ella no tenía más que un año, pero conocía bien la historia. Lord Tytos había engordado mucho, y el corazón le reventó un día cuando subía por las escaleras para visitar a su amante. Cuando sucedió, lord Tywin se encontraba lejos, en Desembarco del Rey, sirviendo como mano al Rey Loco. Pasaba mucho tiempo en Desembarco del Rey cuando Jaime y ella eran pequeños. Si lloró cuando le llevaron la noticia de la muerte de su padre, nadie vio sus lágrimas.
La reina se clavó las uñas en la palma de las manos.
—¿Cómo habéis podido dejarlo así? Mi padre fue mano de tres reyes; no ha habido hombre más grande en los Siete Reinos. Las campanas deben tañer por él igual que tañeron por Robert. Hay que bañarlo y vestirlo como corresponde a su categoría, con ropajes de armiño, hilo de oro y seda escarlata. ¿Dónde está Pycelle? ¡He dicho que dónde está Pycelle! —Se volvió hacia los guardias—. Ceños, ve a buscar al gran maestre Pycelle. Tiene que ver a lord Tywin.
—Ya lo ha visto, alteza —respondió Ceños—. Ha estado aquí, lo ha visto y ha ido a buscar a las hermanas silenciosas.
«Me han avisado a mí la última. —Aquello la enfurecía tanto que no le salían las palabras—. Y Pycelle sale corriendo para enviar un mensaje con tal de no mancharse esas manos blandengues. Es un inútil.»
—Id a buscar al maestre Ballabar —ordenó—. Id a buscar al maestre Frenken. A cualquiera. —Ceños y Orejamocha se precipitaron a obedecer—. ¿Dónde está mi hermano?
—Ha bajado por el túnel. Es un pasadizo vertical con peldaños de hierro incrustados en la piedra. Ser Jaime quiere ver hasta dónde llega.
«Solo tiene una mano —habría querido gritarles—. Tendría que haber bajado uno de vosotros. No está en condiciones de andar trepando. Los hombres que asesinaron a mi padre aún pueden estar ahí abajo, esperándolo.» Su hermano mellizo siempre había sido demasiado impulsivo, y por lo visto, la pérdida de una mano no le había infundido cautela. Estaba a punto de ordenar a los guardias que bajaran a buscarlo cuando regresaron Ceños y Orejamocha escoltando a un hombre de pelo canoso.
—Alteza, este hombre asegura que fue maestre en sus tiempos —dijo Orejamocha.
El hombre hizo una profunda reverencia.
—¿En qué puedo servir a vuestra alteza?
Su rostro le sonaba de algo, aunque no conseguía identificarlo.
«Es viejo, pero no tanto como Pycelle. A este aún le quedan fuerzas. —Era alto, aunque algo encorvado y con patas de gallo alrededor de los ojos azules, atrevidos—. Tiene el cuello desnudo.»
—No lleváis cadena de maestre.
—Me la quitaron. Mi nombre es Qyburn, si a vuestra alteza le parece bien. Yo traté la mano de vuestro hermano.
—Querréis decir el muñón.
Ya había conseguido situarlo. Había llegado de Harrenhal con Jaime.
—Es cierto; no pude salvar la mano de ser Jaime. Pero mis artes le salvaron el brazo, puede que hasta la vida. La Ciudadela me arrebató la cadena, pero no pudo quitarme mis conocimientos.
—Nos seréis útil —decidió ella—. Si me falláis, la pérdida que menos os importará será la de la cadena, os lo aseguro. Sacadle ese virote del vientre a mi padre y preparadlo para las hermanas silenciosas.
—Como ordene mi reina. —Qyburn se acercó a la cama, se detuvo y miró hacia atrás—. ¿Qué queréis que haga con la muchacha, alteza?
—¿Qué muchacha?
A Cersei se le había pasado por alto el segundo cadáver. Se acercó a la cama, echó a un lado un montón de mantas ensangrentadas y entonces la vio, desnuda, fría, rosada... A excepción del rostro, que se le había puesto tan negro como a Joff en el banquete de bodas. Tenía clavada en torno al cuello una cadena de manos doradas, retorcida y tan apretada que le había desgarrado la piel. Cersei siseó como una gata furiosa.
—¿Qué hace aquí?
—La hemos encontrado al llegar, alteza —respondió Orejamocha—. Es la puta del Gnomo. —Como si eso explicara su presencia.
«A mi señor padre no le interesaban las prostitutas —pensó—. Después de que muriera nuestra madre, no volvió a tocar a una mujer.» Lanzó una mirada gélida al guardia.
—Esto no es lo que... Cuando murió su padre, lord Tywin volvió a Roca Casterly y se encontró con..., con que una mujer de esta ralea... se había puesto las joyas de mi madre, y también una de sus túnicas. Se lo quitó todo, todo. Durante quince días la exhibieron desnuda por las calles de Lannisport para que confesara ante todos que era una ladrona y una ramera. Eso era lo que hacía lord Tywin Lannister con las prostitutas. Él jamás... Esta mujer se encontraba aquí con otro propósito, no para...
—Puede que lord Tywin la estuviera interrogando para averiguar algo sobre su ama —sugirió Qyburn—. Tengo entendido que Sansa Stark desapareció la noche en que el rey fue asesinado.
—Eso es. —Cersei se agarró de buena gana a la sugerencia—. La estaba interrogando, claro. No cabe la menor duda.
Le acudió a la mente la imagen de un Tyrion burlón, con la boca retorcida en una sonrisa simiesca bajo los restos de la nariz.
«¿Y qué mejor manera de interrogarla que desnuda y con las piernas bien abiertas? —le susurró el enano—. De esa forma la interrogo yo también.»
La reina dio media vuelta. «No quiero verla.» De pronto, la sola idea de estar en la misma habitación que la muerta le resultaba abrumadora. Apartó a Qyburn a un lado y salió a la recámara.
Osney y Osfryd, los hermanos de ser Osmund, se habían reunido con él.
—Hay una mujer muerta en el dormitorio de la mano —les dijo Cersei a los tres Kettleblack—. No quiero que nadie sepa que la encontraron aquí.
—De acuerdo, mi señora. —Ser Osney tenía arañazos superficiales en la mejilla, allí donde otra de las rameras de Tyrion le había clavado las uñas—. ¿Qué hacemos con ella?
—Échasela de comer a los perros. O llévatela a la cama. ¿A mí qué me importa? Pero nunca ha estado aquí. Exigiré la lengua de todo aquel que diga lo contrario. ¿Me explico?
Osney y Osfryd intercambiaron una mirada.
—Sí, alteza.
Regresó al dormitorio con ellos y los observó mientras envolvían a la chica con las mantas ensangrentadas de su padre.
«Shae, se llamaba Shae.» Habían hablado por última vez la noche anterior al juicio por combate del enano, después de que aquella serpiente dorniense, todo sonrisas, se ofreciera a ser su campeón. Shae había preguntado por unas joyas, regalo de Tyrion, y también por ciertas promesas que tal vez le hubiera hecho Cersei: una casa en la ciudad y un caballero que la desposara. La reina había dejado bien claro que la prostituta no obtendría nada de ella hasta que le dijera adónde había ido Sansa Stark.
—Eras su doncella. ¿Quieres hacerme creer que no sabías nada de sus planes? —le espetó, y Shae se retiró hecha un mar de lágrimas.
Ser Osfryd se echó al hombro el fardo del cadáver.
—Quiero la cadena —dijo Cersei—. Ten cuidado de no arañar el oro. —Osfryd asintió y se dirigió hacia la puerta—. No, por el patio no. —Hizo un gesto en dirección al pasadizo secreto—. Eso lleva a las mazmorras. Por ahí.
Justo cuando ser Osfryd se arrodillaba ante la chimenea, la luz se hizo más intensa en el interior, y la reina oyó sonidos. Jaime salió del pasadizo encorvado como una anciana, levantando con las botas nubes de cenizas del último fuego de lord Tywin.
—Fuera de mi camino —les dijo a los Kettleblack. Cersei corrió hacia él—. ¿Los has encontrado? ¿Has encontrado a los asesinos? ¿Cuántos eran?
Tenía que haber sido más de uno. Un solo hombre no había podido matar a su padre.
El rostro de su mellizo estaba macilento.
—El pasadizo baja hasta una cámara donde se cruza media docena de túneles. Hay unas verjas de hierro que los cierran, con cadenas y candados. Necesito las llaves. —Miró a su alrededor—. Quienquiera que hiciera esto puede seguir al acecho en los muros. Ahí abajo hay todo un laberinto y está muy oscuro.
Cersei se imaginó a Tyrion arrastrándose entre las paredes como una rata monstruosa.
«No. Déjate de tonterías. El enano está en su celda.»
—Derribad las paredes con mazas. Derribad la torre entera si hace falta. Quiero que los encuentren. Quiero encontrar a los culpables. Los quiero muertos.
Jaime la abrazó y le apretó con la mano la base de la espalda. Olía a ceniza, pero el sol de la mañana le acariciaba el pelo y le daba un brillo dorado. Habría querido atraer el rostro hacia el suyo y fundirse con él en un beso.
«Más tarde —se dijo—, más tarde acudirá a mí en busca de consuelo.»
—Somos sus herederos, Jaime —susurró—. A nosotros nos corresponde acabar su obra. Tienes que ocupar su lugar como mano. Seguro que ahora lo comprendes. Tommen te necesita...
Jaime la empujó para zafarse de ella y levantó el brazo para obligarla a ver el muñón.
—¿Una mano sin una mano? Parece un chiste malo, hermana. No me pidas que gobierne.
Su tío oyó el desaire. También Qyburn, y los Kettleblack, que cargaban con su fardo entre las cenizas. Lo oyeron hasta los guardias: Ceños, Hoke Patamulo y Orejamocha.
«Antes de que anochezca lo sabrá todo el castillo.» Cersei sintió un repentino calor en las mejillas.
—¿Que gobiernes? No he dicho nada de gobernar. Gobernaré yo hasta que mi hijo sea mayor de edad.
—No sé quién me da más pena —replicó su hermano—, si Tommen o los Siete Reinos.
Le dio una bofetada. Jaime levantó el brazo para detener el golpe, rápido como un gato... Pero aquel gato tenía un muñón de tullido en lugar de la mano derecha. Los dedos de Cersei le dejaron marcas rojas en la mejilla.
El sonido hizo que su tío se pusiera en pie.
—Vuestro padre yace muerto en esta misma habitación. Tened la decencia de iros a pelear afuera.
Jaime inclinó la cabeza en gesto de disculpa.
—Perdónanos, tío. Mi hermana está fuera de sí de dolor. No se puede controlar.
Habría querido abofetearlo de nuevo.
«Debía de estar loca al pensar que podría ser la mano.» Antes preferiría abolir el cargo. ¿Cuándo le había proporcionado una mano algo que no fueran pesares? Jon Arryn le había metido en la cama a Robert Baratheon, y antes de morir había empezado a husmear en sus cosas y las de Jaime. Eddard Stark lo retomó todo donde lo había dejado Arryn, y por culpa de su intromisión se había visto obligada a librarse de Robert antes de lo que habría querido, antes de poder encargarse de sus molestos hermanos. Tyrion vendió a Myrcella a los dornienses, convirtió en rehén a uno de sus hijos y asesinó al otro. Y cuando lord Tywin regresó a Desembarco del Rey...
«La próxima mano sabrá cuál es su lugar —se prometió. Tendría que nombrar a ser Kevan. Su tío era incansable, prudente, siempre obediente. Podía confiar en él, como había hecho su padre—. La mano no discute con la cabeza.» Tenía que gobernar un reino, pero para ello le haría falta la ayuda de nuevos hombres. Pycelle era un lameculos que chocheaba; Jaime había perdido el valor junto con la mano de la espada, y no se podía confiar en Mace Tyrell ni en sus amiguitos Redwyne y Rowan. Nadie le garantizaba que no fueran los que habían perpetrado aquello. Sin duda, lord Tyrell sabía que jamás gobernaría los Siete Reinos mientras viviera Tywin Lannister.
«Con ese tendré que ir con cuidado.» Sus hombres estaban por toda la ciudad; hasta había colado a uno de sus hijos en la Guardia Real, y pretendía meter a su hija en la cama de Tommen. Aún se enfurecía al pensar que su padre había accedido al compromiso entre Tommen y Margaery Tyrell.
«Esa chica le dobla la edad y ya ha enviudado dos veces.» Según Mace Tyrell, su hija seguía siendo virgen, pero Cersei tenía sus dudas. Joffrey había muerto asesinado antes de poder llevársela a la cama, pero antes había estado casada con Renly...
«Puede que a un hombre le guste el sabor del hipocrás, pero si le ponen delante una jarra de cerveza, también se la beberá. —Tendría que ordenarle a lord Varys que averiguara lo que pudiera. De repente cayó en la cuenta: se había olvidado de la Araña—. Varys tendría que estar presente. Siempre está presente. —Cada vez que pasaba algo de importancia en la Fortaleza Roja, el eunuco aparecía como surgido de la nada—. Jaime está aquí, y también el tío Kevan, y Pycelle ha estado antes, pero Varys no. —Un escalofrío le recorrió la columna—. Ha intervenido en esto. Temía que mi padre tuviera intención de cortarle la cabeza, así que atacó primero. —Lord Tywin nunca había sentido la menor simpatía hacia el sonriente y obsequioso consejero de los rumores. Y si alguien conocía los secretos de la Fortaleza Roja, ese era él sin duda—. Debe de haber hecho causa común con lord Stannis. Al fin y al cabo, se sentaron juntos en el Consejo de Robert...»
Cersei se dirigió hacia la puerta del dormitorio, donde estaba ser Meryn Trant.
—Trant, traed a lord Varys. Que venga chillando y pataleando si hace falta, pero ileso.
—Como ordene vuestra alteza.
Pero nada más irse un miembro de la Guardia Real, volvió otro. Ser Boros Blount estaba congestionado y sofocado; había subido corriendo las escaleras.
—No está —jadeó al ver a la reina. Se dejó caer sobre una rodilla—. El Gnomo... La celda está abierta, alteza... Ni rastro de él por ninguna parte...
«Lo que soñé era verdad.»
—Di órdenes muy concretas —replicó—. Había que mantenerlo vigilado día y noche.
El pecho de Blount subía y bajaba como un fuelle.
—También ha desaparecido un carcelero. Se llamaba Rugen. A los otros dos los hemos encontrado dormidos.
—Espero que no los despertarais, ser Boros. Dejadlos dormir. —Tuvo que contenerse para no gritar.
—¿Que los deje dormir? —Alzó la vista, boquiabierto y confuso—. Sí, alteza. ¿Cuánto tiempo los...?
—Para siempre. Encargaos de que duerman para siempre. No toleraré que los guardias duerman mientras están vigilando.
«Está en los muros. Ha matado a nuestro padre, igual que mató a nuestra madre, igual que mató a Joff. —El enano también iría a por ella. La reina lo sabía: era tal como le había augurado la vieja en la penumbra de aquella carpa—. Me reí de la adivina, pero tenía poderes. Vio mi futuro en una gota de sangre. Vio mi sino.» Las piernas apenas la sostenían. Ser Boros fue a sujetarla del brazo, pero la reina esquivó su mano. ¿Quién le garantizaba que no era una de las criaturas de Tyrion?
—Apartaos de mí —chilló—. ¡Apartaos! —Trató de calmarse.
—¿Alteza? —inquirió Blount—. ¿Os traigo un vaso de agua?
«Lo que necesito es sangre, no agua. La sangre de Tyrion, la sangre del valonqar. —Las antorchas daban vueltas a su alrededor. Cersei cerró los ojos y vio al enano, que sonreía—. No —pensó—, no, casi me había librado de ti.» Pero la tenía cogida por el cuello, y notaba como empezaba a apretar.
—Estoy buscando a una doncella de trece años —le dijo a la mujer de pelo cano que se encontró junto al pozo de la aldea—. Una doncella de alta cuna, muy hermosa, con los ojos azules y el pelo castaño rojizo. Puede que viaje con un caballero corpulento de unos cuarenta años, o tal vez con un bufón. ¿La habéis visto?
—Que yo recuerde no —respondió la mujer llevándose los nudillos a la frente—. Pero os voy a decir lo que haré: prestaré atención, eso.
Tampoco la había visto el herrero, ni el septón del septo de la aldea, ni el porquerizo que cuidaba de sus cerdos, ni la chica que recogía cebollas en su huerto, ni ninguna de las personas que había encontrado la Doncella de Tarth entre las chozas de paja y barro de Rosby. Pese a todo, insistía.
«Este es el camino más corto hacia el Valle Oscuro —se dijo Brienne—. Si Sansa pasó por aquí, alguien tuvo que verla.» Ante las puertas del castillo planteó la misma pregunta a los dos lanceros cuyas insignias mostraban tres tenazas invertidas de gules sobre armiño, la divisa de la casa Rosby.
—Si va por los caminos con los tiempos que corren, pronto dejará de ser doncella —dijo el mayor.
El más joven quiso saber si la chica también tenía el pelo castaño rojizo entre las piernas.
«Aquí no encontraré ayuda.» Brienne volvió a montar, y en aquel momento divisó a un muchachito flaco a lomos de un caballo picazo, al otro extremo de la aldea.
«Con ese no he hablado», pensó, pero el chiquillo desapareció tras el septo antes de que pudiera acercarse a él. No se molestó en seguirlo. Lo más probable era que no supiera nada, igual que los otros. Rosby era poco más que un ensanchamiento en el camino; Sansa no habría tenido motivos para entretenerse allí. Brienne volvió a ponerse en marcha y se dirigió hacia el noreste pasando por plantaciones de manzanos y campos de cebada, y no tardó en dejar atrás el pueblo y su castillo. Se dijo que en el Valle Oscuro encontraría a quien buscaba. «Si es que ha venido por aquí.»
—Encontraré a la niña y la pondré a salvo —le había prometido Brienne a ser Jaime en Desembarco del Rey—. Lo haré por su madre. Y por vos.
Nobles palabras, pero hechos son amores, y no buenas razones. En la ciudad había perdido demasiado tiempo a cambio de demasiado poco.
«Tendría que haberme puesto en marcha antes... Pero ¿hacia dónde?» Sansa Stark había desaparecido la noche de la muerte del rey Joffrey, y si alguien la había visto desde entonces, si alguien tenía la menor idea de adónde había ido, no decía nada. «O nadie me lo dice a mí.»
Brienne creía que la niña había salido de la ciudad. Si estuviera todavía en Desembarco del Rey, los capas doradas ya la habrían encontrado. Tenía que estar en otra parte... Pero otra parte era un concepto muy amplio.
«Si yo fuera una doncella recién florecida, sola y asustada, en peligro mortal, ¿qué haría? —se había preguntado—. ¿Adónde iría?» Si se tratara de ella, la respuesta sería sencilla. Habría regresado a Tarth, con su padre. Pero al padre de Sansa lo habían decapitado ante sus ojos. Su señora madre también había muerto; la habían asesinado en Los Gemelos, y además Invernalia, la gran fortaleza de los Stark, había sido saqueada y quemada hasta los cimientos, y sus gentes, pasadas por la espada.
«No tiene un hogar al que volver; no tiene padre, ni madre, ni hermanos.» Podía estar en el pueblo siguiente o en un barco rumbo a Asshai; ambas cosas eran igual de probables.
Y si Sansa Stark hubiera querido volver a su hogar, ¿cómo lo habría intentado? El camino Real no era seguro; eso lo sabían hasta los niños. Los hijos del hierro se habían apoderado de Foso Cailin y controlaban el paso del Cuello, y en Los Gemelos estaban los Frey, que habían asesinado al hermano de Sansa y a su señora madre. Si tenía monedas, la niña podía haber viajado por mar, pero el puerto de Desembarco del Rey seguía en ruinas, y el río era un caos de atracaderos destrozados y galeras quemadas y hundidas. Brienne había estado indagando en los muelles, pero nadie recordaba haber visto partir un barco la noche de la muerte del rey Joffrey. Según le dijo un hombre, unos cuantos barcos habían echado el ancla en la bahía y descargaban por medio de botes de remos, pero la mayoría seguía viaje hacia arriba, hasta el Valle Oscuro, donde el puerto estaba más ajetreado que nunca.
La yegua de Brienne era briosa y trotaba a buen ritmo. En los caminos había más viajeros de los que había imaginado. Se encontró con hermanos mendicantes, con sus cuencos colgados de los cordeles que llevaban al cuello. Un joven septón pasó al galope a lomos de un palafrén digno de un gran señor, y más adelante se cruzó con un grupo de hermanas silenciosas que negaron con la cabeza cuando les planteó la pregunta. Una caravana de carros de bueyes avanzaba parsimoniosa hacia el sur con un cargamento de lana y cereales, y más adelante se cruzó con un porquerizo que guiaba a sus cerdos, y con una anciana que iba en litera con una escolta de guardias a caballo. A todos les preguntó si habían visto a una niña noble de trece años con los ojos azules y el cabello castaño rojizo. Nadie. También preguntó por el camino que tenía por delante.
—De aquí al Valle Oscuro, todo bien —le respondió un hombre—, pero en pasando el Valle Oscuro hay bandidos y hombres quebrados en los bosques.
Los únicos árboles que aún tenían hojas verdes eran los pinos soldado y los centinelas; los de hoja ancha lucían mantos dorados y rojizos, o estaban desnudos y arañaban el cielo con sus ramas afiladas. Cada ráfaga de viento hacía girar nubes de hojarasca en el camino. Las hojas muertas crujían bajo los cascos de la gran yegua baya que le había entregado Jaime Lannister.
«Es más fácil encontrar una hoja en el viento que a una niña perdida en Poniente.» Ya empezaba a preguntarse si Jaime no le habría gastado una broma cruel al encomendarle aquella misión. Tal vez Sansa Stark estuviera muerta; quizá la hubieran decapitado por su participación en la muerte del rey Joffrey y estuviera enterrada en cualquier tumba anónima. ¿Qué mejor manera de ocultar el asesinato que enviar en su búsqueda a una moza grandullona y estúpida de Tarth?
«Jaime no haría semejante cosa. Era sincero. Me entregó la espada y la llamó Guardajuramentos.» De cualquier manera, aquello no tenía importancia. Le había prometido a lady Catelyn que le devolvería a sus hijas, y no había promesa más solemne que aquella cuyo depositario había fallecido. Según Jaime, la pequeña llevaba tiempo muerta; la Arya que los Lannister habían enviado al Norte para que contrajera matrimonio con el bastardo de Roose Bolton era una impostora. Así que solo quedaba Sansa. Brienne tenía que encontrarla.
Ya se acercaba el ocaso cuando vio una hoguera que ardía junto a un arroyo. Dos hombres estaban asando truchas, y habían dejado las armas y las armaduras al pie de un árbol. Uno era anciano y el otro no tanto, aunque distaba mucho de ser joven. Fue el segundo quien se levantó para darle la bienvenida. Tenía una gran barriga, que le tensaba los cordones del jubón de piel moteada de ciervo. En las mejillas y el mentón lucía una barba descuidada del color del oro viejo.
—Hay trucha suficiente para tres hombres, caballero —le dijo.
No era la primera vez que confundían a Brienne con un hombre. Se quitó el yelmo para soltarse el pelo. Era amarillento, del color de la paja sucia y casi igual de quebradizo. Le caía por los hombros, largo y fino.
—Os lo agradezco.
El caballero errante la miró con los ojos entrecerrados y con tanto esfuerzo que Brienne intuyó que era miope.
—¿Una dama? ¿Con armadura? Por los dioses, Illy, mira qué estatura tiene.
—Yo también la he confundido con un caballero —respondió el más anciano al tiempo que daba la vuelta a la trucha.
Si Brienne hubiera sido un hombre, se podría considerar alto y corpulento; para ser mujer era enorme. Monstruosa era la palabra que había oído toda la vida. Tenía los hombros anchos y las caderas más anchas todavía. Sus piernas eran largas, y sus brazos, gruesos. El pecho era más músculo que senos. Las manos eran muy grandes; los pies, enormes. Y además era fea, con un rostro caballuno lleno de pecas y unos dientes que casi parecían demasiado grandes para su boca. No le hacía ninguna falta que se lo recordaran.
—Señores, ¿habéis visto en el camino a una doncella de trece años? —preguntó—. Tiene los ojos azules y el pelo caoba, y puede que viaje en compañía de un hombre corpulento de rostro colorado, de unos cuarenta años.
El caballero errante miope se rascó la cabeza.
—No me suena nadie así. ¿Cómo es el pelo caoba?
—Castaño rojizo —le explicó el viejo—. No, no la hemos visto.
—No la hemos visto, mi señora —repitió el más joven—. Desmontad; el pescado está casi listo. ¿Tenéis hambre?
Tenía hambre, pero también desconfiaba. Los caballeros errantes tenían mala reputación. Como se solía decir, un caballero errante y un caballero ladrón eran los dos lados de la misma espada. «Pero estos dos no parecen peligrosos.»
—¿Puedo saber con quiénes hablo, señores?
—Tengo el honor de llamarme ser Creighton Longbough, aquel sobre el que cantan los bardos —respondió el de la barriga—. Tal vez hayáis oído hablar de mis hazañas en el Aguasnegras. Mi compañero es ser Illifer el Paupérrimo.
Si había alguna canción sobre Creighton Longbough, Brienne no la había oído nunca. Sus nombres le decían tan poco como sus escudos de armas. En el escudo verde de ser Creighton solo se veía el jefe de gules sucio y descolorido, y una grieta causada por algún hacha de combate. El de ser Illifer lucía un jironado de oro y armiño, aunque por su aspecto no vería en su vida más oro ni armiño que los allí pintados. Tenía sesenta años como mínimo, y un rostro enjuto y afilado bajo la capucha de un manto de lana basta. Llevaba una cota de malla, pero salpicada de motas de óxido como pecas anaranjadas. Brienne le sacaba una cabeza a cualquiera de los dos, y tenía mejor caballo y mejor armadura.
«Si hombres como estos me dan miedo, más me vale cambiar la espada por un par de agujas de hacer punto.»
—Os lo agradezco, señores —dijo—. De buena gana compartiré esa trucha.
Brienne se bajó de la yegua, la desensilló y la llevó a beber al arroyo antes de dejarla pastar. Luego dejó las armas, el escudo y las alforjas al pie de un olmo. Para entonces, las truchas ya estaban crujientes. Ser Creighton le llevó una, y ella se sentó en el suelo con las piernas cruzadas para comérsela.
—Nos dirigimos hacia el Valle Oscuro, mi señora —le comentó Longbough mientras arrancaba trozos de trucha con los dedos—. Sería mejor que cabalgarais con nosotros. Los caminos son peligrosos.
Brienne podría darle más información de la que al caballero le habría gustado sobre los peligros de los caminos.
—Os lo agradezco, ser Creighton, pero no necesito vuestra protección.
—Insisto. Un caballero de verdad tiene la obligación de defender al sexo débil.
Brienne se acarició la empuñadura de la espada.
—Esto me defenderá.
—Una espada solo vale tanto como el hombre que la esgrime.
—No se me da mal esgrimirla.
—Como queráis. No sería cortés discutir con una dama. Os llevaremos sana y salva hasta el Valle Oscuro. Tres jinetes corren menos peligro que uno solo.
«Éramos tres cuando salimos de Aguasdulces, pero Jaime perdió la mano, y Cleos Frey, la vida.»
—Vuestras monturas no pueden seguirle el paso a la mía.
El caballo castrado pardo de ser Creighton era un animal viejo de lomo hundido y ojos legañosos, y el de ser Illifer parecía débil y medio muerto de hambre.
—Mi corcel me sirvió mejor que bien en el Aguasnegras —se empecinó ser Creighton—. Protagonicé una verdadera carnicería; gané una docena de rescates. ¿Conocía mi señora a ser Herbert Bolling? Pues ya no lo conocerá: lo maté en el acto. Cuando chocan las espadas, no veréis nunca retroceder a ser Creighton Longbough.
Su compañero dejó escapar una risita seca.
—Déjalo, Creigh. Las mujeres como ella no necesitan hombres como nosotros.
—¿Las mujeres como yo? —preguntó desconcertada.
Ser Illifer señaló el escudo de Brienne con un dedo flaco. Aunque la pintura estaba agrietada y desconchada, el emblema se veía perfectamente: un murciélago negro sobre campo tronchado de plata y oro.
—No tenéis derecho a llevar ese escudo. El abuelo de mi abuelo contribuyó a matar al último Lothston. Desde entonces, nadie se atrevió a lucir ese murciélago, tan negro como los actos de quienes lo exhibieron.
El escudo era el que había cogido ser Jaime de la armería de Harrenhal. Brienne se lo había encontrado en los establos, igual que la yegua y muchas cosas más: la silla y las riendas, la cota de malla y el yelmo con visor, bolsas de monedas de oro y plata, y un pergamino más valioso que todo lo demás junto.
—He perdido mi escudo —explicó.
—El único escudo que necesita una doncella es un buen caballero —declaró ser Creighton, decidido.
Ser Illifer no le prestó atención.
—El hombre que va descalzo quiere botas; el que tiene frío quiere una capa. Pero ¿quién querría envolverse en una capa de vergüenza? Ese murciélago lo llevaron lord Lucas el Putero y Manfryd Capucha Negra, su hijo. Y digo yo, ¿por qué lucir semejantes blasones, a menos que vuestro pecado sea aún más repugnante... y más reciente? —Desenfundó el puñal, un arma fea de hierro barato—. Una mujer monstruosamente grande y fuerte que oculta sus verdaderos colores. Creigh, te presento a la Doncella de Tarth, la que le cortó el cuello a Renly.
—Eso es mentira.
Para ella, Renly Baratheon había sido más que un rey. Se había enamorado de él desde la primera vez que visitó Tarth, para celebrar su mayoría de edad. Su padre lo recibió con un banquete y ordenó a Brienne que asistiera; de lo contrario se habría escondido en su habitación como una fiera herida. Por aquel entonces tenía la edad de Sansa y le daban más miedo las burlas que las espadas.
—Sabrán lo de la rosa; se van a reír de mí —le había dicho a lord Selwyn. Pero el Lucero de la Tarde no cedió.
Y Renly Baratheon la había tratado con toda cortesía, como si fuera una doncella de verdad, como si fuera hermosa. Hasta había bailado con ella, y entre sus brazos se sintió grácil, y sus pies flotaban sobre el suelo. Más tarde, gracias a su ejemplo, otros le pidieron un baile. Desde aquel día no deseó otra cosa que estar cerca de lord Renly para servirlo y protegerlo. Pero al final le había fallado.
«Renly murió en mis brazos, pero yo no lo maté», pensó. Pero aquellos caballeros errantes jamás lo comprenderían.
—Habría dado mi vida por el rey Renly Baratheon, y habría muerto feliz —dijo—. No le hice ningún daño. Lo juro por mi espada.
—Solo los caballeros juran por su espada —señaló ser Creighton.
—Juradlo por los Siete —exigió ser Illifer el Paupérrimo.
—Bien, lo juro por los Siete. No le hice ningún daño al rey Renly. Lo juro por la Madre; que jamás conozca su misericordia si miento. Lo juro por el Padre y le pido que me juzgue con justicia. Lo juro por la Doncella y por la Vieja, por el Herrero y por el Guerrero. Y lo juro por el Desconocido; que me lleve ahora mismo si no digo la verdad.
—Para ser una doncella, jura bien —tuvo que reconocer ser Creighton.
—Sí. —Ser Illifer el Paupérrimo se encogió de hombros—. Bueno, si ha mentido, los dioses la pondrán en su lugar. —Volvió a guardarse el puñal—. Os toca la primera guardia.
Mientras los caballeros errantes dormían, Brienne se dedicó a pasear inquieta por el pequeño campamento, atenta al crepitar del fuego.
«Debería marcharme ahora que puedo.» No conocía a aquellos hombres, pero no se decidía a dejarlos allí desprotegidos. Pese a lo entrado de la noche, por el camino pasaban jinetes, y entre los árboles se oían ruidos que quizá fueran de búhos y zorros al acecho, o quizá no. De manera que siguió paseando, con la espada envainada, pero siempre a mano.
Montar guardia fue fácil. Lo difícil llegó después, cuando ser Illifer se despertó y le dijo que la relevaba. Brienne extendió una manta en el suelo, se acurrucó y cerró los ojos.
«No voy a dormir», se dijo, aunque estaba muerta de cansancio. Nunca había podido conciliar el sueño con facilidad delante de hombres. Incluso en los campamentos de lord Renly seguía existiendo el riesgo de violación. Era una lección que había aprendido bajo las murallas de Altojardín, y recordado cuando Jaime y ella cayeron en manos de la Compañía Audaz.
El frío de la tierra se le metió hasta los huesos. No pasó mucho tiempo antes de que tuviera todos los músculos doloridos y entumecidos, desde la mandíbula hasta los dedos de los pies. Se preguntó si Sansa Stark también tendría frío, estuviera donde estuviera. Lady Catelyn le había dicho que Sansa era una niña dulce a la que le encantaban los pastelillos de limón, las túnicas de seda y las canciones de caballería, pero aquella niña había visto como decapitaban a su padre, y luego la habían obligado a casarse con uno de los asesinos. Si se podía dar crédito a la mitad de lo que se decía, el enano era el más cruel de los Lannister.
«Si Sansa envenenó al rey Joffrey, lo hizo obligada por el Gnomo, seguro. En aquella corte estaba sola, sin un amigo.» En Desembarco del Rey, Brienne había encontrado a una tal Brella, que fue doncella de Sansa. Según le contó la mujer, no había afecto alguno entre Sansa y el enano. Tal vez estuviera huyendo de él tanto como del asesinato de Joffrey.
Si Brienne tuvo algún sueño, ya se había desvanecido cuando la despertó la aurora. Tenía las piernas rígidas como si fueran de madera por culpa del duro suelo, pero nadie la había importunado, y sus posesiones estaban intactas. Los caballeros errantes ya se habían levantado. Ser Illifer troceaba una ardilla para el desayuno, mientras que ser Creighton se encontraba ante un árbol, echando una larga meada.
«Caballeros errantes —pensó—, viejos, vanidosos, gordos y miopes, y pese a todo, hombres honrados.» Se animó un poco al constatar que aún quedaban hombres así en el mundo.
Desayunaron ardilla asada, pasta de bellotas y encurtidos, todo ello mientras ser Creighton los obsequiaba con el relato de sus hazañas en el Aguasnegras, donde había matado a una docena de temibles caballeros de los que Brienne no había oído hablar jamás.
—Fue una batalla extraña, mi señora —dijo—. Una refriega rara y sangrienta.
Reconoció que ser Illifer también había luchado con nobleza en la batalla. El propio Illifer no decía gran cosa.
Cuando llegó el momento de reanudar el viaje, los caballeros se pusieron uno a cada lado de Brienne, como guardias que protegieran a una dama importante... Aunque aquella dama era mucho más fornida que sus dos protectores, y además tenía mejor armadura y armamento.
—¿Pasó alguien durante vuestros turnos de guardia? —les preguntó.
—¿Como por ejemplo una doncella de trece años con el cabello caoba? —respondió ser Illifer el Paupérrimo—. No, mi señora. Nadie.
—Yo sí vi a unas cuantas personas —intervino ser Creighton—. Un chaval granjero a lomos de un caballo manchado, y una hora más tarde, una docena de hombres a pie, con palos y guadañas. Vieron nuestra hoguera y se quedaron mirando los caballos, pero les mostré el acero y les dije que siguieran su camino. Parecían tipos duros, sí, y desesperados, pero no tanto como para enfrentarse a ser Creighton Longbough.
«No —pensó Brienne—, ¿quién puede estar tan desesperado?» Giró la cabeza para ocultar una sonrisa. Por suerte, ser Creighton estaba demasiado inmerso en el relato de su épico combate con el Caballero del Pollo Rojo para advertir la diversión de la doncella. Era grato tener compañía en el camino, aunque fuera la de aquellos dos hombres.
Ya era mediodía cuando Brienne oyó unas plegarias que les llegaban de entre los árboles deshojados.
—¿Qué es ese sonido? —preguntó ser Creighton.
—Son voces; parece que están rezando.
Brienne reconoció la oración.
«Le están suplicando protección al Guerrero; le piden a la Vieja que ilumine su camino.»
Ser Illifer el Paupérrimo desenvainó la maltrecha espada y tiró de las riendas de su caballo para aguardar a los que se aproximaban.
—Ya están cerca.
La plegaria inundó el bosque como un trueno piadoso, y de repente la fuente del sonido apareció en el camino, delante de ellos. Un grupo de hermanos mendicantes abría la marcha. Eran hombres barbudos y desastrados con túnicas de lana basta; unos iban descalzos y otros con sandalias. Tras ellos caminaba más de un centenar de hombres, mujeres y niños harapientos, una cerda de piel con manchas y varias ovejas. Algunos hombres llevaban hachas; los más, solo garrotes rudimentarios y porras de madera. En medio de ellos rodaba un carromato de dos ruedas, de madera gris astillada, en el que se amontonaban calaveras y trozos de huesos rotos. Al ver a los caballeros errantes, los monjes se detuvieron, y sus rezos cesaron.
—Bondadosos caballeros, la Madre os ama.
—Y a vosotros, hermano —respondió ser Illifer—. ¿Quiénes sois?
—Clérigos Humildes —respondió un hombretón corpulento que llevaba un hacha.
A pesar del frío del bosque otoñal, no llevaba camisa, y tenía una estrella de siete puntas grabada en el pecho. Los guerreros ándalos se habían grabado en la carne estrellas como aquella cuando cruzaron el mar Angosto para doblegar los reinos de los primeros hombres.
—Marchamos hacia la ciudad —explicó una mujer alta que tiraba de una vara del carromato—, para llevar estos huesos sagrados a Baelor el Santo y suplicar el amparo y la protección del rey.
—Uníos a nosotros, amigos —les rogó un hombre menudo y flaco que vestía una harapienta túnica de septón y llevaba al cuello un cristal colgado de un cordón—. Poniente necesita de todas las espadas.
—Nos dirigíamos hacia el Valle Oscuro —declaró ser Creighton—, pero tal vez podamos escoltaros hasta Desembarco del Rey.
—Si tenéis dinero para pagarnos por la protección —añadió ser Illifer, que además de paupérrimo parecía práctico.
—Los gorriones no necesitan oro —respondió el septón.
Ser Creighton se quedó desconcertado.
—¿Los gorriones?
—El gorrión es el más común, el más humilde de los pájaros, igual que nosotros somos los más comunes y humildes de los hombres. —El septón tenía el rostro largo y anguloso, y una barbita corta castaña, ya algo canosa. Llevaba el pelo ralo peinado hacia atrás y recogido en una coleta, y los pies descalzos, ennegrecidos, nudosos y duros como raíces de árbol—. Estos huesos son de hombres santos que dieron la vida por su fe. Sirvieron a los Siete hasta la muerte. Unos murieron de hambre; a otros los torturaron. Hombres sin dios y adoradores del demonio han saqueado los septos, han violado a madres y doncellas, hasta han atacado a hermanas silenciosas. Nuestra Madre Suprema grita de angustia. Ha llegado el momento de que todos los hombres que han sido armados caballeros renuncien a sus señores de este mundo y defiendan la Sagrada Fe. Venid con nosotros a la ciudad, si es que amáis a los Siete.
—Les profeso un gran amor —replicó Illifer—, pero tengo que comer.
—Igual que todos los hijos de la Madre.
—Nos dirigimos hacia el Valle Oscuro —se limitó a señalar ser Illifer.
Un monje escupió; una mujer lanzó un gemido.
—Sois falsos caballeros —dijo el hombretón de la estrella grabada en el pecho.
Otros blandieron los garrotes. El septón descalzo los calmó.
—No juzguéis; el juicio le corresponde solo al Padre. Dejad que sigan en paz. Ellos también son humildes y caminan perdidos por la tierra.
Brienne se adelantó a lomos de la yegua.
—Mi hermana también se ha perdido. Es una niña de trece años con el pelo castaño rojizo, muy hermosa.
—Todos los hijos de la Madre son hermosos. Que la Doncella vele por esa pobre niña... Y también por vos.
El septón se echó al hombro una vara del carromato y lo empezó a arrastrar. Los hermanos mendicantes reanudaron los rezos. Brienne y los caballeros errantes contemplaron el paso lento de la procesión, que seguía el camino que llevaba a Rosby. El sonido de la oración se fue apagando poco a poco hasta morir.
Ser Creighton levantó una nalga de la silla de montar y se rascó el trasero.
—¿Qué clase de persona podría matar a un santo septón?
Brienne sabía muy bien qué clase de personas hacían esas cosas. Recordó que, cerca de Poza de la Doncella, los hombres de la Compañía Audaz habían colgado a un septón de un árbol por los pies y habían utilizado su cadáver para practicar el tiro con arco. Tal vez sus huesos viajaran en aquella carreta junto con todos los demás.
—Hay que ser imbécil para violar a una hermana silenciosa —estaba comentando ser Creighton—. Hasta para ponerle las manos encima. Se dice que son las novias del Desconocido, y que tienen las partes femeninas frías y húmedas como el hielo. —Miró de reojo a Brienne—. Eh... Perdonadme.
Brienne picó espuelas a su yegua en dirección al Valle Oscuro. Ser Illifer la siguió un instante después, y ser Creighton cerró la marcha.
Tres horas más tarde se encontraron con otro grupo que viajaba hacia el Valle Oscuro: un mercader y sus sirvientes, acompañados por otro caballero errante. El mercader cabalgaba a lomos de una yegua gris moteada, y los sirvientes se turnaban para tirar del carro. Cuatro se encargaban de los varales, mientras los otros dos caminaban junto a las ruedas, pero al oír el sonido de los caballos, todos formaron en torno al carro con las picas de fresno preparadas. El comerciante sacó una ballesta, y el caballero desenvainó la espada.
—Disculpadnos tanta desconfianza —les gritó el comerciante—, pero corren malos tiempos, y solo tengo al buen ser Shadrich para defenderme. ¿Quiénes sois?
Ser Creighton puso cara de afrenta.
—Yo soy el famoso ser Creighton Longbough; tomé parte en la batalla del Aguasnegras, y este es mi compañero, ser Illifer el Paupérrimo.
—No queremos haceros ningún daño —añadió Brienne.
El mercader la miró dubitativo.
—Deberíais estar en casa a salvo, mi señora. ¿Por qué lleváis un atuendo tan antinatural?
—Estoy buscando a mi hermana. —Sansa era una fugitiva acusada de regicidio; no se atrevía a mencionar su nombre—. Es una doncella de alta cuna, muy hermosa, con los ojos azules y el pelo castaño rojizo. Puede que la vierais con un caballero corpulento de unos cuarenta años, o tal vez con un bufón borracho.
—Los caminos están llenos de bufones borrachos y doncellas ultrajadas. En cuanto a los caballeros corpulentos, hay pocos hombres honrados que puedan mantener redonda la barriga cuando hay tanta falta de comida... Aunque veo que vuestro ser Creighton no ha pasado hambre.
—Soy ancho de huesos —replicó ser Creighton—. ¿Queréis que cabalguemos juntos un trecho? No dudo del valor de ser Shadrich, pero es menudo, y tres espadas valen más que una.
«Cuatro espadas», pensó Brienne, pero se mordió la lengua.
El mercader miró a su escolta.
—¿Qué opináis vos, ser Shadrich?
—De estos tres no hay nada que temer. —Ser Shadrich era un hombrecillo delgado pero fuerte, con cara de zorro, nariz ganchuda y una mata de pelo anaranjado. Iba a lomos de un alazán inquieto. No mediría ni ocho palmos, y pese a ello rebosaba confianza—. Uno es viejo; otro, gordo, y la grandullona es una mujer. Que vengan si quieren.
—Si os parece bien... —dijo el mercader, y bajó la ballesta.
Cuando reanudaron el viaje, el caballero mercenario se puso a la altura de Brienne y la miró de arriba abajo, como si fuera un trozo de carne en salazón.
—Tenéis un aspecto muy saludable, moza.
Las burlas de ser Jaime se le habían clavado muy hondamente; las palabras del hombrecillo apenas la afectaron.
—Comparada con algunos, soy una gigante.
El otro se echó a reír.
—Lo que importa lo tengo de buen tamaño, moza.
—El mercader os ha llamado Shadrich.
—Ser Shadrich del Valle Umbrío. Hay quien me llama Ratón Loco. —Giró el escudo para mostrarle su blasón, un gran ratón de plata con ojos rojos sobre campo bandado marrón y azul—. El marrón es por las tierras que he recorrido; el azul, por los ríos que he cruzado. El ratón soy yo.
—¿Y estáis loco?
—Bastante. El ratón normal huye de la sangre y de la batalla; el ratón loco las busca.
—Por lo visto, no las encuentra a menudo.
—Encuentro las suficientes. Es cierto que no soy caballero de torneos. Me guardo el valor para el campo de batalla, mujer.
En fin, mujer era un poco mejor que moza.
—Entonces, tenéis mucho en común con ser Creighton.
Ser Shadrich se echó a reír de nuevo.
—Eso lo dudo, pero lo que sí tenemos en común vos y yo es lo que buscamos. Una hermanita perdida, ¿no? ¿Con los ojos azules y el cabello castaño rojizo? —Se echó a reír de nuevo—. No sois la única que caza en el bosque. Yo también busco a Sansa Stark.
Brienne conservó el rostro inexpresivo para ocultar la consternación.
—¿Quién es esa Sansa Stark, y por qué la buscáis?
—Por amor, claro.
—¿Por amor? —preguntó Brienne, frunciendo el ceño.
—Sí, por amor al oro. A diferencia de vuestro bondadoso ser Creighton, yo sí luché en el Aguasnegras, pero en el bando perdedor. Me arruiné para pagar el rescate. Supongo que sabréis quién es Varys, ¿no? Pues el eunuco ha ofrecido una buena bolsa de oro a cambio de esa niña de la que no habéis oído hablar. No soy codicioso; si alguna moza gigantona me ayudara a atrapar a esa chiquilla traviesa, compartiría con ella las monedas de la Araña.
—Creía que estabais al servicio de este mercader.
—Solo hasta que lleguemos al Valle Oscuro. Hibald es tan rácano como cobarde. Y es muy, muy cobarde. ¿Qué decidís, moza?
—No conozco a ninguna Sansa Stark —replicó—. Estoy buscando a mi hermana, una niña noble...
—... con los ojos azules y el cabello castaño rojizo, sí. Decidme, ¿quién es ese caballero que viaja con vuestra hermana? ¿O dijisteis que era un bufón? —Ser Shadrich no aguardó su respuesta; buena cosa, porque no habría sabido qué decir—. Cierto bufón desapareció de Desembarco del Rey la noche de la muerte del rey Joffrey, un tipo fuerte con la nariz llena de venas rotas, un tal ser Dontos el Tinto, procedente del Valle Oscuro. Ojalá no confundan a vuestra hermana y a su bufón borracho con la pequeña Stark y ser Dontos. Sería una verdadera desgracia.
Picó espuelas a su corcel y se adelantó al trote.
Ni Jaime Lannister le había hecho sentirse tan estúpida.
«No sois la única que caza en el bosque.» La tal Brella le había contado cómo Joffrey despojó a ser Dontos de sus espuelas, cómo lady Sansa le había suplicado que le perdonara la vida. «Seguro que la ayudó a escapar —decidió Brienne al enterarse—. Si encuentro a ser Dontos, encontraré a Sansa.» Tendría que haberse imaginado que habría otros que la buscarían. «Y algunos no serán tan inofensivos como ser Shadrich.» Solo le quedaba la esperanza de que ser Dontos hubiera escondido bien a Sansa. «Pero entonces, ¿cómo la voy a encontrar?»
Encorvó los hombros y siguió cabalgando con el ceño fruncido.
Ya estaba anocheciendo cuando el grupo llegó a la posada, un edificio alto de madera que se alzaba junto a la confluencia de dos ríos, a horcajadas sobre un viejo puente de piedra. Así se llamaba la posada, según les dijo ser Creighton: El Viejo Puente de Piedra. El posadero era amigo suyo.
—No es mal cocinero, y en las habitaciones no hay más pulgas que en la mayoría de estos sitios —les aseguró—. ¿Quién quiere una cama caliente esta noche?
—Nosotros no, a menos que vuestro amigo las regale —respondió ser Illifer el Paupérrimo—. No tenemos dinero para habitaciones.
—Yo puedo pagar las nuestras.
Brienne no iba escasa de monedas; Jaime se había encargado de ello. En las alforjas había encontrado una pesada bolsa llena de venados de plata y estrellas de cobre, otra más pequeña con dragones de oro, y un pergamino que ordenaba a todos los súbditos leales al rey que colaborasen con su portadora, Brienne de la casa Tarth, que estaba en una misión de su alteza. El pergamino estaba firmando con letra infantil por Tommen, el primero de su nombre, rey de los ándalos, los rhoynar y los primeros hombres, y señor de los Siete Reinos.
Hibald también era partidario de detenerse, y ordenó a sus hombres que dejaran el carro cerca de los establos. Una cálida luz amarilla brillaba a través de los cristales en forma de rombo de las ventanas de la posada, y Brienne oyó el relincho de un semental al que le había llegado el olor de su yegua. Estaba quitándole la silla de montar cuando un muchachito se acercó a la puerta del establo.
—Yo me encargo de eso, mi señor.
—Nada de señor —le respondió—, pero te puedes ocupar de la yegua. Encárgate de que le den agua y comida, y que la cepillen.
El chico se puso rojo.
—Os pido perdón, mi señora. Creí que...
—Es un error muy habitual.
Brienne le entregó las riendas y siguió a los demás al interior de la posada, con las alforjas al hombro y el petate bajo un brazo.
El suelo de tablones estaba cubierto de serrín, y el aire olía a lúpulo, a humo y a carne. Un asado chisporroteaba sobre el fuego; en aquel momento, nadie se ocupaba de él. Junto a una mesa, había seis lugareños enfrascados en su conversación, pero se callaron de repente cuando entraron los desconocidos. Brienne notaba sus ojos clavados en ella. Pese a la cota de malla, la capa y el jubón, se sintió desnuda. Cuando un hombre dijo «No os perdáis eso», supo que no se refería a ser Shadrich.
El posadero apareció con tres picheles en cada mano, derramando cerveza a cada paso.
—¿Tenéis habitaciones libres, buen hombre? —le preguntó el mercader.
—Es posible —respondió el posadero—, para quien tenga monedas.
Ser Creighton Longbough puso cara de ofendido.
—¿Así recibes a un viejo amigo, Naggle? Soy yo, Longbough.
—Ya veo que eres tú. Me debes siete venados. Enséñame la plata y te enseñaré una cama.
El posadero depositó los picheles uno a uno en la mesa, derramando más cerveza sobre ella.
—Pagaré una habitación para mí y otra para mis dos acompañantes. —Brienne señaló a ser Creighton y ser Illifer.
—Yo también quiero una habitación —dijo el comerciante—, para mí y para el buen ser Shadrich. Mis sirvientes dormirán en los establos, si os parece bien.
El posadero les echó un vistazo.
—No me parece bien, pero sea, lo permitiré. También querréis cenar. Hay una buena cabra en el espetón.
—Yo juzgaré si es buena —replicó Hibald—. Mis hombres se conformarán con pan para mojar en la grasa.
De modo que se dispusieron a cenar. Brienne también probó la cabra, después de seguir al posadero al piso superior, entregarle unas monedas y dejar sus posesiones en la segunda habitación que le mostró. Pidió cabra también para ser Creighton y ser Illifer, ya que habían compartido su trucha con ella. Los caballeros errantes y el mercader acompañaron la carne con cerveza; Brienne, en cambio, bebió una copa de leche de cabra. Prestó atención a la charla de los lugareños, esperando contra toda esperanza oír algo que la ayudara a encontrar a Sansa.
—Venís de Desembarco del Rey —le dijo uno de ellos a Hibald—. ¿Es verdad que el Matarreyes está tullido?
—Cierto —asintió Hibald—. Ha perdido la mano de la espada.
—Sí —corroboró ser Creighton—. Por lo visto se la arrancó de un bocado un lobo huargo, uno de esos monstruos que bajan del norte. Del norte nunca viene nada bueno. Hasta sus dioses son raros.
—No fue un lobo —se oyó decir—. Un mercenario qohoriense le cortó la mano a ser Jaime.
—Pues no es fácil pelear con la otra —observó el Ratón Loco.
—Bah —bufó ser Creighton Longbough—. Da la casualidad de que yo peleo igual de bien con las dos manos.
—Sí, claro, no me cabe duda.
Ser Shadrich alzó el pichel en gesto de saludo.
Brienne recordó su lucha con Jaime Lannister en los bosques. Había necesitado de todos sus recursos para mantenerlo a raya.
«Estaba débil después del encarcelamiento y tenía las muñecas encadenadas. De estar en plena forma y sin cadenas, no había habido caballero en los Siete Reinos capaz de derrotarlo.» Jaime había cometido muchos actos de maldad, pero... ¡cómo luchaba! Mutilarlo había sido una crueldad monstruosa. Una cosa era matar a un león, y otra, cortarle una zarpa y dejarlo tullido y anonadado.
De pronto, la sala común le pareció tan ruidosa que no la pudo soportar ni un momento más. Les dio las buenas noches a los presentes y subió a acostarse. El techo de su habitación era bajo; al entrar con un cirio en la mano, tuvo que agacharse para no golpearse la cabeza. El único mobiliario consistía en una cama suficientemente ancha para seis personas y un cabo de vela de sebo en el alféizar. Lo encendió con el cirio, atrancó la puerta y colgó el cinto de un poste de la cama. La vaina de la espada era sencilla, de madera envuelta en cuero marrón agrietado, y la espada era más sencilla aún. La había comprado en Desembarco del Rey para sustituir la que le habían robado los miembros de la Compañía Audaz. «La espada de Renly.» Aún le dolía al pensar que la había perdido.
Pero tenía otra espada larga escondida en el petate. Se sentó en la cama y la sacó. El oro emitía destellos amarillos a la luz de la vela; los rubíes eran de fuego rojo. Cuando sacó a Guardajuramentos de su vaina ornamentada, volvió a quedarse sin aliento. Las ondulaciones del acero eran profundas, negras y rojas. «Acero valyrio, forjado con hechizos.» Era una espada digna de un héroe. Cuando era pequeña, su nodriza le había llenado la cabeza con historias de valor; le había contado las nobles hazañas de ser Galladon de Morne, de Florián el Bufón, del príncipe Aemon, el Caballero Dragón, y de otros campeones. Cada uno de ellos tenía una espada famosa, y a ese nivel estaba la Guardajuramentos, aunque la propia Brienne no diera la talla.
—Protegerás a la hija de Ned Stark con el acero de Ned Stark —le había dicho Jaime.
Se arrodilló entre la cama y la pared, sostuvo la espada y rezó en silencio a la Vieja, cuya lámpara dorada les mostraba a los hombres el camino que debían seguir en vida.
«Guíame —rezó—, ilumina el camino ante mí, muéstrame la senda que me lleve a Sansa. —Les había fallado a Renly y a lady Catelyn. No podía fallar a Jaime—. Él me confió su espada. Me confió su honor.»
Luego se tumbó en la cama como mejor pudo. Pese a su anchura, no era muy larga, de manera que tuvo que acostarse en diagonal. Desde abajo le llegaba el entrechocar de los picheles; por las escaleras subían voces. Las pulgas a las que se había referido Longbough hicieron su aparición, pero rascarse la ayudaría a seguir despierta.
Oyó como Hibald subía por las escaleras, seguido un rato más tarde por los caballeros.
—... no llegué a saber cómo se llamaba —iba diciendo ser Creighton al pasar junto a su puerta—, pero llevaba pintado en el escudo un pollo ensangrentado, y también tenía la espada llena de sangre...
Su voz se desvaneció, y un poco más allá se oyó el sonido de una puerta al abrirse y cerrarse.
La vela de Brienne se consumió. La oscuridad se cernió sobre El Viejo Puente de Piedra, y la posada quedó sumida en un silencio tan absoluto que se oía el murmullo del río. Entonces, Brienne se levantó para recoger sus cosas. Abrió la puerta con sigilo, escuchó durante un instante y bajó descalza por las escaleras. Una vez en el exterior se puso las botas y caminó a paso vivo hasta los establos para ensillar la yegua baya; mientras montaba, les pidió perdón en silencio a ser Creighton y ser Illifer. Un sirviente de Hibald se despertó cuando pasó a caballo junto a él, pero no intentó detenerla. Los cascos de la yegua resonaron contra el viejo puente de piedra. Luego, los árboles formaron un muro a su alrededor; quedó inmersa en una oscuridad absoluta poblada de fantasmas y recuerdos.
«Voy a buscaros, lady Sansa —pensó mientras cabalgaba hacia la oscuridad—. No temáis. No descansaré hasta que os encuentre.»