2 de marzo de 2008

Rose: vida 3

Es preciosa.

Me fascina su perfección. El dulce aroma de su piel.

—Addie… —Suspiro—. Adelaide. —Lo intento de nuevo, un susurro débil en un entorno esterilizado—: Adelaide Luz.

Me acerco su cabecita hasta la nariz e inspiro con fuerza durante un buen rato sin prestar atención al dolor agudo de mi vientre. Sonrío mientras admiro la pelusilla suave de su pelo.

¡Cuánto me he resistido a tener a este pequeño ser en mis brazos! Antes del embarazo y del parto me pasé años despotricando sobre la presión que las mujeres sufrimos para tener un hijo. Se lo decía a Luke, a mamá, a Jill, a cualquiera que se prestara a escucharme. A un extraño que viajara a mi lado en el metro, al pobre tipo que caminaba por mi acera. Me enervaba tanto…

¿Y ahora?

La nieve cae con suavidad sobre los cristales de la ventana de mi habitación de hospital, y todo cuanto me rodea queda bañado en sombras grises, casi en penumbra. Me muevo un poco hacia la izquierda en busca de una postura más cómoda. La temperatura desciende y la nieve adopta una textura parecida a la del papel, se torna consistente y reseca como el engrudo. La niña duerme.

Tiene mis ojos.

—¿Cómo pude no haberte querido? —susurro en su orejita curvada, una concha diminuta y perfecta—. ¿Cómo podría darse una vida en la que tú y yo nunca nos conociéramos? Si existe una vida así, no querría vivirla.

Le tiemblan los párpados, pálidos, surcados de venitas, traslúcidos; nariz, boquita y frente se arrugan a la vez.

—¿Has oído lo que acabo de decir, bebé? Solo deberías escuchar la segunda parte, cuando tu madre afirma que no querría vivir una vida sin ti. Es lo único que te hace falta saber.

Primera parte. Rose: vida 1

PRIMERA PARTE

Rose:

vida 1

1. 15 de agosto de 2006. Rose: vida 1

1

15 de agosto de 2006

Rose: vida 1

Luke se ha plantado junto a mi mesilla de noche. Nunca se acerca a ese lado de la cama. En la mano sostiene un frasco de vitaminas prenatales. Lo levanta.

Lo sacude como si fuera un sonajero.

Produce un ruido intenso y sordo, porque el frasco está lleno.

Ahí radica el problema.

—Me lo prometiste —dice Luke en un tono neutro, despacio.

Vaya. Me ha pillado.

—A veces se me olvida tomarlas —admito.

Vuelve a sacudir el frasco, que suena como una maraca en clave menor.

—¿A veces?

La luz que se filtra a través de las cortinas forma un halo sobre la parte superior del cuerpo de Luke, la mano alzada que sujeta el objeto de la afrenta queda perfilada por el sol y resplandece.

Estoy en la puerta de la habitación que compartimos, a punto de sacar la ropa del armario y de los cajones. Lo de siempre. Ropa interior. Calcetines. Una camiseta y unos tejanos. Cualquier otra mañana me habría puesto la ropa sobre un brazo y la habría llevado al cuarto de baño para vestirme después de la ducha. Hoy, en cambio, me paro; me cruzo de brazos y noto que el corazón me late alentado por una mezcla de ira y dolor.

—¿Las has contado, Luke?

La pregunta es como un chasquido en el aire húmedo de agosto.

—¿Y qué pasa si lo he hecho, Rose? ¿Qué pasa si las he contado? ¿Acaso puedes culparme?

Le doy la espalda, abro el cajón donde guardo la lencería, sujetadores, bragas, camisones; revuelvo las prendas y altero el orden, todo se va descontrolando cada vez más. Mi corazón se desboca.

—Me lo prometiste —dice Luke.

Cojo unas bragas grandes, de esas de abuela. Tengo ganas de gritar.

—¿Desde cuándo las promesas significan algo en este matrimonio?

—Eso no es justo.

—Yo diría que sí.

—Rose…

—¡Pues no, no me he tomado las pastillas! No quiero un hijo. Nunca he querido tenerlo, ni lo quiero ahora ni lo querré jamás. ¡Y eso es algo que ya sabías antes de que nos prometiéramos! ¡Te lo dije miles de veces! ¡Y te lo he repetido un millón más desde entonces!

—Dijiste que tomarías las vitaminas.

—Lo hice para que dejaras de agobiarme. —Las lágrimas me arden en los ojos mientras la sangre palpita dentro de mí—. Lo dije para que tuviéramos un poco de paz en esta casa.

—Así que mentiste.

Me vuelvo hacia él. Las bragas se me caen mientras rodeo la cama para enfrentarme a mi marido.

—Tú juraste que no querías tener hijos.

—Cambié de opinión.

—Ah, claro. No pasa nada. —Estoy rodando montaña abajo, ambos lo hacemos, y no sé cómo frenar la caída—. Tú cambiaste de opinión, pero la mentirosa soy yo.

—Dijiste que lo intentarías.

—Dije que me tomaría las vitaminas. Eso fue todo.

—Pero no lo has hecho.

—Tomé algunas.

—¿Cuántas?

—No lo sé. A diferencia de ti, no voy contándolas.

Luke baja el frasco, y mientras lo sujeta con una mano hace presión con la otra para quitarle la tapa; la gira, la hace saltar. Observa el contenido.

—Está lleno, Rose.

Vuelve a mirarme, mueve la cabeza a izquierda y derecha, vertiendo su desaprobación sobre mí.

¿Quién es este hombre que tengo delante, el hombre al que amo, el hombre con quien me casé?

Apenas aprecio el parecido entre esta persona y aquella que solía mirarme como si fuera la única mujer del universo, como si fuera el sentido de su entera existencia. Me encantaba ser eso para Luke. Me encantaba serlo todo para él. Él siempre lo fue para mí: un hombre de mirada suave y reflexiva, de sonrisa encantadora y sincera, un hombre al que sin duda amaría todos los días de mi vida.

Las palabras «Pero te quiero, Luke» son como moscas atrapadas que zumban dentro de mí, incapaces de encontrar una salida.

En lugar de desactivar la bomba que se ha creado entre nosotros, estallo y, con un golpe brusco, le arrebato de la mano el frasco; mi brazo es como un palo de golf, capaz de sacudir con fuerza. Las pastillas, grandes y ovaladas, vuelan por los aires formando una especie de arco de caramelos de un feo color verde, y terminan diseminadas por el suelo de madera y sobre la ropa blanca de la cama.

Mi reacción nos deja helados a los dos.

Luke abre la boca, un gesto de sorpresa que deja entrever el borde afilado de sus dientes frontales. Sus ojos siguen el rastro de esas pastillas que se han convertido en la representación del éxito o el fracaso de este matrimonio; diminutas boyas que yo debía ingerir para mantenerlo a flote. Ahora que las he tirado, nos hundimos. El único sonido que se oye en la habitación es el de nuestros alientos. Los ojos de Luke reflejan sorpresa. Traición.

Cree que soy yo quien lo traiciona, que la prueba radica en ese estúpido frasco de vitaminas.

¿Por qué no se da cuenta de que es él quien me ha traicionado? ¿Por qué no reconoce que su cambio de opinión sobre tener hijos solo demuestra que no valgo lo suficiente para él?

Luke reacciona, se dirige hacia el rincón donde ha acabado el frasco vacío. Se agacha para recogerlo. Coge una pastilla del suelo y luego otra, atrapándolas con los dedos para devolverlas al interior del bote. Las píldoras chocan al caer contra el fondo de plástico.

Observo a Luke mientras se inclina y se estira, se inclina y se estira, hasta que todas la vitaminas prenatales, incluso las que rodaron debajo de la cama, han regresado a su lugar. Para recogerlas, Luke tiene que levantar los faldones de la colcha y tumbarse en el suelo, con el brazo extendido.

Cuando ha terminado, me dirige una mirada cargada de acusaciones.

—¿Por qué tuve que casarme con la única mujer del mundo que no quiere hijos?

Tomo aire con avidez.

Ya estamos.

Ahí está. Por fin ha salido de su boca lo que ha pensado siempre. No me refiero a lo de que no quiero tener hijos, algo que ha sabido desde el principio, sino al evidente matiz de queja que advierto en su voz y que me hace estremecer, la forma de señalarme como alguien único, en el peor de los sentidos.

Nos miramos. Aguardo una disculpa que nunca llega. El corazón me late a toda prisa, mi cerebro se aleja de la pregunta de Luke y le añade las mías propias. ¿Por qué no puedo ser una mujer como las que quieren tener hijos? ¿Por qué no lo soy? ¿Por qué me hicieron así?

¿Será este el resumen de mi vida cuando llegue el final?

Rose Napolitano: Nunca fue madre.

Rose Napolitano: No quería tener hijos.

Luke se mira los pies. Recoge la tapa del frasco y la pone en su sitio con un chasquido.

Me acerco a buscarlo. Me acerco a él.

2. 14 de marzo de 1998. Rose: vidas de la 1 a la 9

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14 de marzo de 1998

Rose: vidas de la 1 a la 9

No me gustan las fotos.

—¿Puedes apartar la mirada del portátil?

Mis ojos, mi cabeza y mi barbilla se niegan a obedecer.

Soy de esa clase de personas que huye en cuanto ve una cámara, que se esconde detrás de cualquiera que esté cerca. Que levanta la mano para protegerse de un objetivo si se lo encuentra delante de la cara. Por todo ello no debería estar aquí ahora, sacándome un retrato con la toga y el birrete. ¿En qué estaba pensando?

—Eh… ¿Rose?

Oigo pasos. Ante mí aparecen unas zapatillas de deporte de color azul marino, con la puntera gastada y los cordones deshilachados. Inspiro, espiro y levanto la vista. El fotógrafo es joven, más o menos de mi edad, quizá uno o dos años mayor. Parpadea, se muerde el labio y frunce el ceño.

—Lo siento —digo mientras muevo las manos en mi regazo, estirando y doblando los dedos—. Debo de ser la peor modelo del mundo.

Desvío la mirada hacia un lado, hacia el espacio oscuro que hay más allá del lugar bien iluminado donde estoy posando para el retrato, hacia el fondo gris que se extiende a mi espalda. Contra la pared se amontona una pila de cajas, de esas que suelen usarse en las mudanzas. Hay una chaqueta azul tirada encima y un palo de hockey en el suelo, alineado con el zócalo.

—Ha sido una ocurrencia estúpida —prosigo—. Pensé que… Bueno, quería hacerlo, pero ahora…

—¿Querías? —pregunta el fotógrafo.

No contesto, supongo que porque no me apetece abrir mi corazón a un extraño. Además, aún estoy procesando la cantidad de trastos que me rodean por todas partes. Debe de ser su casa. Habló de su estudio, pero da la impresión de que vive aquí. O tal vez acabe de mudarse.

—¿Qué es lo que querías? —insiste.

Algo en su voz, amable y paciente, me produce ganas de llorar. Toda esta situación me pone al borde del llanto.

—No debería haber venido, esto no se me da nada bien. —Y rompo a llorar—. Me da tanta vergüenza… No me gusta que me hagan fotos. Lo siento, de verdad, de verdad.

Lloro con más ganas a pesar de que la feminista que llevo dentro me regaña por el exceso de disculpas.

El fotógrafo, cuyo nombre no consigo recordar (¿Larry? ¿O tal vez Lou?), se agacha frente a mi silla y nuestros ojos quedan casi a la misma altura.

—No te preocupes. Hay mucha gente que odia que le hagan fotos. Pero ¿lloras por el retrato, en serio, o es por otra cosa?

Observo a ese hombre. Me fijo en su rodilla derecha, visible a través del roto de sus tejanos, y en que su cuerpo se balancea ligeramente mientras está agachado. ¿Cómo sabe que no estoy llorando por la foto? Quizá ha intuido que esto tiene más que ver con mis padres, a quienes a veces les cuesta entender mis decisiones, entender a la mujer adulta que soy ahora.

Cruzo los brazos y los aprieto contra mi cuerpo. La toga negra con el ribete de terciopelo es gruesa y rígida. Estoy segura de que si me la quitara se aguantaría en pie por sí sola. Me libero del absurdo birrete y sacudo la cabeza. Debo de tener el pelo horrible, chafado por ese chisme. El birrete también es de terciopelo, del mismo azul que el ribete de la toga. Me emocioné cuando llegó por correo, era el símbolo de muchos años de esfuerzo, del doctorado que recibiré de manera oficial en mayo, el día de la graduación. Mi doctorado en Sociología, el que me hará pasar de ser solo Rose a ser la profesora Napolitano. La doctora Napolitano.

—¿Quiénes son los de esa foto de ahí? —pregunto al fotógrafo en lugar de responderle. Extiendo el brazo hacia la derecha para señalarla.

Colgada en la pared sobre la pila de cajas hay una foto grande enmarcada. Dado el aspecto provisional del espacio, parece fuera de lugar, algo fijo y permanente. En ella aparecen dos personas, un hombre y una mujer, sentados en un porche con sendos libros abiertos. Las expresiones de sus rostros transmiten viveza, entusiasmo, como si las palabras que leyeran fueran las más emocionantes que se han escrito jamás.

El fotógrafo se vuelve en la dirección indicada y suelta una carcajada.

—Son mis padres. La hice cuando tenía diez años. Fue el año en que me regalaron la primera cámara de verdad. No paraba de hacer fotos a todo: a las flores, a las briznas de hierba, al polvo del parquet del comedor… Todo muy artístico.

Se vuelve de nuevo para mirarme y se encoge de hombros. Sus ojos se burlan de sí mismo.

Son verdes, con motas marrones.

—También hice una serie fantástica de fotos del perro.

Me río un poco. Parte de mi tensión interna se desvanece.

—¿Y así…?

—Sí, exacto. —Esta vez no se vuelve, mantiene la mirada fija en mí—. Por lo que se refiere a esta foto, la hice un día en casa. Había una mariposa sobrevolando las hierbas altas y había estado persiguiéndola, intentando sacar la foto perfecta.

Se tapa los ojos con las manos.

Me descubro deseando tocarlas, apartárselas de la cara, acariciar su piel suave y olivácea. No quiero que se sienta incómodo.

Apoya las manos en las rodillas. Oscila un poco.

—Era un auténtico friki, en serio. Pero bueno, ahí estaba, cansado y sudoroso, con los tejanos manchados de hierba, cuando de repente levanté la cabeza y vi a mis padres leyendo en el porche. Y distinguí algo en sus caras, algo que tenía que capturar. Me paré, levanté la cámara y saqué una única fotografía.

Sonríe.

—¿Esta foto?

Se incorpora. Es altísimo.

—Exacto. Fue la que me decidió a dedicarme a esto. Lo supe en cuanto la vi. Mi madre la hizo enmarcar para que recordara siempre quién soy y qué quiero hacer, incluso en los malos momentos. Los inicios de este negocio no son fáciles.

Acaricia con afecto la cámara que tiene en el suelo, a su lado, y vuelve a encogerse de hombros.

Echo la cabeza hacia atrás para observarlo mejor.

—Gracias por contarme esa historia.

Asiente.

—Gracias por preguntarme por la foto. —Golpetea el suelo con un pie—. Ahora te toca a ti.

—¿A mí?

—Dime qué te pasa. Yo te he contado una historia, así que ahora es tu turno. Explícame por qué estás aquí.

—Hum…

—Hum, sí, ¿vale?

—Hum, vale. De acuerdo.

Cruza la habitación y coge una silla; la planta al lado de la mía y, ya sentado, se inclina hacia delante.

—Me sobra tiempo. Eres mi única cita.

Respiro hondo.

—Antes de empezar tengo una pregunta más.

—Perfecto, adelante.

Noto que las mejillas me arden. Me levanto para desabrocharme la toga y vuelvo a sentarme. Me cocía con eso puesto.

—Me da un poco de vergüenza.

Enarca las cejas.

—El caso es que no recuerdo cómo te llamas y, ya que nos hemos puesto a contarnos historias de nuestras vidas, supongo que es algo que debería saber. Sé que no es Larry. ¿Lou, tal vez?

Sonríe de nuevo, se ríe de nuevo, y tiene una risa bonita, nada estridente pero contagiosa, como si disfrutara riéndose, como si reír fuera algo natural en él.

—Bien, Rose Napolitano, mi única cita del día, estoy de acuerdo en que es algo que deberíamos saber. Y dado que ya sé el tuyo, me parece bien que sepas el mío.

Extiende la mano y lo imito.

Siento una descarga en mi piel, por todas partes.

—Me llamo Luke.

3. 15 de agosto de 2006. Rose: vida 1

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15 de agosto de 2006

Rose: vida 1

Mi mano se queda suspendida en el aire, ávida, vacía.

En lugar de entregarme el frasco, en lugar de cogerme la mano, Luke devuelve las vitaminas al lugar de la mesilla de noche donde suelo guardarlas, escondidas detrás de la pila de novelas que habitan junto a mi almohada. No dice nada.

Hablo en mi defensa:

—Lo he intentado, Luke. De verdad.

Dejo caer el brazo, dejo que la pregunta de mi marido se quede sin respuesta. Quiero ocultarla de mi vista, borrarla a base de acumular otras palabras sobre ella hasta que ya no podamos verla.

—Pero a veces esas pastillas me dan dolor de estómago, y sabes que no puedo trabajar cuando no me encuentro bien. No puedo dar conferencias, no puedo realizar las entrevistas que requieren mis investigaciones…

Espero que mi marido se suba al bote salvavidas y me ayude a remar lejos de la zona turbulenta a la que esta pelea nos ha conducido.

«Podemos resolverlo», ruega mi mirada.

Luke titubea, apenas un segundo, y deposito todas mis esperanzas en esa pausa.

Pero su mirada se ensombrece.

—No quiero volver a oír hablar de tu trabajo, Rose. Estoy harto de que lo uses como excusa para que no tengamos hijos.

Ya estamos de nuevo en el mismo punto. Hemos vuelto al inicio, al problema que no somos capaces de resolver.

El impulso de intentar arreglarlo se volatiliza. Me enfrento a su mirada.

—Mi trabajo no es la única razón por la que no quiero tener hijos, y lo sabes. No quiero hijos porque nunca los quise. ¡Y estoy en mi derecho! Por Dios, Luke, ¿qué hay de malo en que me encante lo que hago? ¿Qué tiene de malo que sea mi prioridad? ¿Qué hay de malo en ser como soy?

—¡Lo malo es que amas tu carrera académica más de lo que amarías a un niño incluso si lo tuviéramos! Lo que importa es que ese niño siempre ocuparía el segundo lugar en tu vida. No sé cómo se me ocurrió pensar que las cosas podrían ser distintas.

—¡Como si a ti no te encantara ser fotógrafo! Pero en tu caso no hay problema, ¿eh? Puedes obsesionarte cuanto quieras con tu trabajo porque eres un hombre.

Luke se lleva las manos a las sienes, sus codos forman sendos ángulos agudos.

—¡No me sueltes otra vez toda esa basura feminista! Estoy harto de oírla.

—Vale, ¡pues tú deja de repetirme lo que dicen tus padres!

Sus manos caen a los lados y se convierten en puños.

—Perfecto. También estoy cansado de defenderte ante ellos.

Aprieto los dientes.

Los padres de Luke desearían que se hubiera casado con otro tipo de mujer, alguien más tradicional, capaz de renunciar a todo con tal de ser madre. Alguien que antepusiera los hijos a su carrera. Es una pelea sobre mí que no ha cesado entre Luke y sus padres, y que, por lo tanto, tampoco ha cesado entre él y yo.

El año pasado, cuando supe que me habían concedido la titularidad de la plaza, llamé a casa desde el despacho. Luke dijo todo lo que se esperaba de él, que saldríamos a cenar y a tomar una copa para celebrarlo. Pero cuando llegué me lo encontré hablando por teléfono con su padre. No me oyó entrar.

—Sí, papá, lo sé, lo sé —decía Luke—. Pero Rose…

Me quedé inmóvil sin haber cerrado del todo la puerta de la calle. La dejé abierta para que el chasquido no alertara a Luke de mi presencia.

—Lo sé, pero Rose ya está más convencida. Y todo cambiará en cuanto tenga al bebé.

Hubo una pausa muy larga.

Me dolía el pecho, me dolían las costillas, me dolía el corazón que hay detrás. Si hubiera tenido a mano un vaso, un plato, cualquier cosa que pudiera romperse, lo habría arrojado contra el suelo con todas mis fuerzas. Deseaba gritar.

Por fin Luke tomó la palabra de nuevo:

—Sé que piensas que siempre antepone su trabajo, pero creo que un hijo cambiaría eso. —Pausa—. Me consta que tu opinión es otra, papá, pero te agradecería que le dieras una oportunidad. —Pausa—. Papá, está harta de hablar del tema. —Otra pausa, seguida de un profundo suspiro de frustración por parte de Luke y de una protesta airada—. ¡Papá, ya vale, por favor!

Un libro cayó al suelo desde mi bolso, siempre lleno, y el ruido me delató.

—¿Rose? —preguntó en voz bien alta—. ¿Eres tú?

Cerré la puerta con todas mis fuerzas intentando fingir que acababa de llegar.

—¡Sí! Ya estoy en casa. ¡Lista para los cócteles!

—Tengo que dejarte, papá —dijo Luke.

Cuando entré en el salón, ya había colgado y su teléfono estaba en la mesa.

Me observó.

Y yo a él. Me fijé en que tenía las mejillas sonrojadas.

—Hola.

Intenté esbozar una sonrisa de felicidad, recabar la emoción que burbujeaba dentro de mí durante toda la tarde desde que me enteré de la noticia. Quería recuperar esos sentimientos. Me sentía estafada; la charla de Luke con su padre me había arruinado mi gran momento.

—¿Qué parte de la conversación has llegado a oír? —preguntó Luke.

Borré la sonrisa falsa.

—La suficiente. Demasiada.

—¿Qué crees que has oído?

Dejé el bolso en una silla.

—No me hagas esto, Luke. Sé perfectamente de qué hablabais.

—Dímelo.

—Era una nueva versión de la conversación que sigues manteniendo con tus padres. Sobre el hecho de que, como no quiero tener hijos, soy una mujer defectuosa, deficiente, y siempre lo seré.

—Eso no es lo que decíamos.

—Vale. También oí que mi marido es incapaz de plantar cara a sus padres y de decirles que dejen de entrometerse en su matrimonio… ¡Y de paso que dejen de criticar a su esposa!

—Te he defendido.

—Ya, ¿y por qué tienes que hacerlo? ¿Qué pintan tus padres en una conversación que solo nos atañe a nosotros dos? ¡No es asunto suyo!

—¡Hago lo que puedo! Sabes lo mucho que les importa esto, y lo mucho que a mí me importan… Lo mucho que los quiero.

—Bueno, también sabes muy bien lo mucho que me importa a mí, que soy tu esposa. ¡Y también te quiero!

Me deshice del fular y lo arrojé encima de la mesa.

Luke tomó aire, luego lo soltó despacio.

—Yo también te quiero.

Me descalcé, y mis zapatos de tacón chocaron contra el suelo.

—También has dicho a tus padres que había cambiado de opinión sobre el tema de los niños.

Luke cogió el fular y se dispuso a doblarlo, haciendo presión con la mano sobre la delicada tela. Me lo había regalado él hacía un año y era mi favorito. Ahora me lo ofrecía de nuevo.

—Solo intentaba calmarlos —susurró.

No lo cogí. No me moví.

—Rose, por favor —dijo Luke—. No discutamos esta noche. Deberíamos estar celebrando tu fantástico logro. Dejemos el tema y vayámonos.

Se me endureció la mirada, y no solo eso. Músculos, células, miembros y sobre todo las mejillas se me petrificaron mientras miraba a mi marido con algo parecido al odio. Quizá fuera odio. La primera y fea semilla, que con el tiempo crecería como las vides hasta asfixiarnos a ambos.

—Se me han quitado las ganas de celebraciones, Luke.

—No seas así.

—¿Así cómo? ¿Una mujer mala? ¿Una mujer difícil? ¿Una mujer enfadada?

Mi voz, el tono, se elevó hasta alcanzar el nivel del grito. Lo que quería hacer era gritar. Soltar un interminable aullido de ira que me aliviara ese sentimiento cautivo que aprisionaba toda mi vida. Quería expulsarlo de mí, exorcizarlo, pero no lo hice.

En su lugar, me metí en el dormitorio como una cría arrogante y me dediqué a abrir y cerrar con fuerza puertas y cajones mientras me quitaba la ropa del trabajo y la cambiaba por la de estar por casa, incluidos unos calcetines gruesos y horribles que usaba a modo de zapatillas.

«Felicidades, Rose», me deseé de mal humor.

—Esto es imposible —dice Luke ahora, rompiendo el silencio—. Eres imposible.

Lo veo pasar ante mí hacia la puerta del dormitorio, oigo sus pisadas mientras cruza el comedor, los pies descalzos sobre el parquet. Le oigo abrir el armario de los abrigos de la entrada. Cuando regresa, sus pasos vienen acompañados del traqueteo sordo y constante de unas ruedas. Una maleta.

Pasa ante mí por segunda vez, arrastrando la maleta, la más grande que tenemos en casa, esa sobre la que solemos bromear asegurando que en ella cabría un cadáver. Se detiene delante de los cajones donde guarda la ropa —doblada, pulcra, organizada—, tan distintos a los míos, que siempre están hechos un desastre y donde se mezclan los pijamas y los sujetadores sin orden ni concierto, un combinado de seda y satén. Coloca la maleta encima de la cama; al revelador sonido de la cremallera lo sigue el de sus manos al extraer un cajón de madera, esas manos que una vez, hace ya mucho, amé sentir por toda mi piel y que ahora alzan pilas de camisetas, de tejanos y de calzoncillos y las meten en la maleta abierta. Vacía un segundo cajón y luego un tercero, calcetines y más calzoncillos, antes de pasar al armario de las camisas y los jerséis, hasta que ya no queda espacio para más ropa, para más trozos de Luke. Ha empaquetado todo lo que puede llevarse.

No me ha mirado a los ojos en ningún momento.

Observo la fotografía mía que hay en la mesilla de noche de Luke. Tengo la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta, y me estoy riendo. La nieve brilla sobre mi grueso suéter gris y en mi cabello oscuro. Luke acababa de lanzarme una bola de nieve a traición. Sacó esa foto el día en que nos prometimos. Es su favorita.

Ahora no la toca, ni siquiera la mira.

Pienso en las otras fotografías que me ha hecho, a mí sola o a nosotros, y en cómo me ha cambiado. He pasado de ser alguien que odiaba salir en las fotos a alguien capaz de disfrutarlo, siempre que sea él quien esté al otro lado de la cámara. Pienso en la primera vez que me retrató, en cómo una sesión que debía durar media hora se transformó en un día entero, un día que se prolongó a lo largo de toda una vida. Mi ira, mi rabia, empieza a desvanecerse.

Yo quería un regalo especial para mis padres por mi graduación, algo físico, algo que pudieran colgar en la pared de casa, algo que generara conversaciones sobre mi doctorado. Escogí a Luke como fotógrafo porque era barato, porque su estudio estaba cerca de donde yo vivía. Durante la sesión nos pusimos a hablar. Él intentaba relajarme antes de la foto y consiguió convencerme de que le contara la auténtica razón por la que rompí a llorar durante la sesión.

Y se la conté.

Le conté que, después de defender la tesis y publicarla, me planté delante de mis padres con un ejemplar, y que ellos la miraron, leyeron el título de la cubierta y se quedaron ahí. Que mi madre dijo lo que debía («¡Felicidades por este gran logro, Rose! ¡Tenemos una doctora en la familia!»), pero que detrás de aquellas palabras adiviné que no sabía muy bien qué pensar de aquella clase de doctora en que me había convertido. Que a mis padres les había costado entender para qué me había empeñado tanto en el doctorado en Sociología cuando con la licenciatura habría bastado, sobre todo teniendo en cuenta que mi padre, carpintero, ni siquiera había llegado a la universidad. Que aunque mis padres y yo manteníamos una buena relación y a pesar de que nos veíamos y hablábamos a menudo, los estudios no eran un tema que tocáramos mucho. Cada vez que yo sacaba a colación mi carrera, con mi madre sobre todo, ella empezaba escuchándome con atención pero, poco a poco, iba perdiendo el interés y terminaba diciéndome, en tono avergonzado, algo como: «Ni siquiera entiendo la mitad de las palabras que usas, Rose». Le conté a Luke lo mucho que quería a mis padres y lo mucho que deseaba que conectáramos en algo que se había convertido en una parte tan importante de mí, pero que esa conexión se nos resistía. Quería acortar la distancia entre nosotros, y por eso estaba allí, en su estudio, a punto de sacarme unas fotos que de alguna manera hicieran de puente entre ellos y yo.

—Tengo una idea —dijo Luke cuando llegué al final de la historia.

Me quitó la toga y la colgó en un armario, dejó el birrete sobre la silla y me pidió que lo llevara a la universidad donde me había doctorado.

—Vale —acepté, pensando «¿Por qué no?».

Hacía una tarde agradable, nada especial, un poco fría y gris, pero sin lluvia. Luke me dijo que las nubes ofrecían mejor luz para las fotos que el sol. Cuando llegamos al campus, me sentí tonta enseñándoselo.

—Quiero que me lo muestres todo —me aseguró—. Cada una de las aulas, tu rincón favorito de la biblioteca, tu banco preferido del jardín, la sala donde leíste la tesis. Quiero que me hagas el grand tour del doctorado de Rose y que me expliques las razones por las que ella lo ha disfrutado tanto.

A medida que el tiempo pasaba y charlábamos, empecé a olvidarme de que Luke iba sacando fotos. La sesión duró cuatro horas y prosiguió con una cena, invitación mía. Insistí en ello.

De ese día hay fotografías mías caminando por el pasillo de mi departamento, o con los ojos clavados en el estante que contiene los monográficos de la facultad, o abrazando la tesis en el aula donde la defendí o hablando con algunos de mis más apreciados profesores, y una preciosa y alegre con el director de la tesis. Son desenfadadas, divertidas, y me representan absolutamente. Cuando las vi ni siquiera podía creerlo. Luke reunió las mejores en un álbum con una inscripción en la cubierta que rezaba: «A mis padres, con amor, Rose Napolitano, doctora en Sociología».

Mi madre y mi padre se sentaron en el sofá con el álbum. Me hicieron preguntas sobre cada una de las fotos y se las contesté.

—Esta es mi favorita, cariño —dijo mi padre señalando una en que yo estaba con el director de la tesis—. Podríamos sacarla, y le haré un marco para colgarla en el salón.

Invité a Luke a cenar por segunda vez para agradecerle su trabajo, por hacer algo tan especial, por ayudar a mis padres a entender mejor a la hija en que me había convertido. Y porque, bueno…, la verdad es que me apetecía volver a verlo. Cuando le conté lo mucho que a mis padres les había gustado el álbum y todas las preguntas que me habían hecho, Luke asintió.

—Nunca he sido muy fan de los retratos —dijo—. Creo que las mejores fotos son las que reflejan nuestra vida mientras estamos en los lugares donde somos nosotros mismos. Y tú eres tú misma en la universidad más que en ningún otro sitio, Rose.

Lo miré a los ojos. Por entonces ya lo amaba.

Luke pone un último par de tejanos encima de todo y cierra la maleta.

—¿Adónde vas? —balbuceo.

Las palabras me saben a polvo seco. El cuerpo se me hunde, todo parece inclinarse hacia el suelo; tengo los hombros encogidos, el cuello doblado.

Contempla la maleta, el brillo azul marino del material plástico exterior.

—No puedo, Rose. Ya no puedo más.

—¿No puedes qué?

—Quedarme. En este matrimonio.

Me yergo, una reacción súbita: estiro rodillas, hombros, las protuberancias de las vértebras en la columna; tenso codos, muñecas y dedos.

—¿Me abandonas por un frasco de vitaminas?

Se vuelve hacia mí con la mirada encendida. La he visto muchas veces a lo largo del último año. Son los ojos de la sensatez, de la determinación, de la tragedia por casarse con una mujer que se niega a toda costa a tener hijos.

Aunque el precio a pagar, ahora lo veo, sea él.

—No. Te abandono porque quiero tener un hijo y tú no, y ya no sé cómo arreglarlo.

—Antes nos entendíamos —digo con voz ronca. Vencida—. Tú me entendías.

Luke traga saliva. Y luego asiente con un gesto casi imperceptible.

Levanta la maleta de la cama y la apoya en el suelo con fuerza. Saca el asa y tira de ella hacia la puerta, alejándose de mí y de nuestra habitación.

Lo sigo, o quizá floto, no estoy segura, ya que mi cuerpo y mi cerebro parecen haberse separado el uno del otro. Pero me muevo, de eso no me cabe duda. Me muevo tras sus pasos, cruzo el salón, sorteo la isla de la cocina que reformamos hace dos años porque me encanta cocinar, porque necesitaba más espacio para preparar las cosas con comodidad.

Por fin Luke llega al corto pasillo que lleva hasta la puerta. Se calza los zapatos, acerca la mano a la llave y la gira. La cerradura emite un agudo chasquido metálico.

—Adiós, Rose —dice de espaldas a mí.

La manga azul celeste de su camisa se convierte en la bandera de la rendición y señala que este es el final. La batalla se ha acabado.

—¿Adónde vas? —vuelvo a preguntar.

—Eso ya no importa —se limita a responder.

Veo que Luke cruza el umbral de la alta puerta metálica de nuestro piso. Oigo el ruido que hace al cerrarse y el zumbido del ascensor, que sube hasta nuestra planta; oigo los pasos de Luke entrando en él, el zumbido del descenso hacia la planta baja y el silencio tranquilo e interminable que lo sigue. Se acabaron los pasos, los zumbidos, el ruidito de las ruedas sobre el parquet y sobre las baldosas del rellano. El de ahora es el ruido que se oye cuando estás sola, cuando tu marido te abandona, cuando te dejan trabajar en paz. Es el ruido que provoca no ser madre, negarse a la maternidad; el antirruido de la vida que me espera.

Pasa mucho tiempo hasta que me acostumbro a él.

4. 22 de septiembre de 2004. Rose: vidas de la 1 a la 9

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22 de septiembre de 2004

Rose: vidas de la 1 a la 9

—Hay algo de lo que quiero hablarte, Rose.

Luke me lo dice después de meterse un trozo de rollito de atún en la boca, mientras lo mastica y con los palillos a punto ya para coger otro. Los rollitos de atún son sus favoritos. Todos: picantes y crujientes, no crujientes, envueltos en arroz o en algas. A veces Luke solo pide eso, rollitos de atún. «Uno picante, otro normal… y otro normal», indica al camarero. Siempre me burlo de él y nos reímos. Es una de esas tonterías que acabas adorando de la persona que quieres tan solo porque se trata de la persona a la que más quieres de todo el mundo.

Estoy tan absorta en mi propia ración de sushi —mucho salmón, un poco de anguila, un poco de seriola— que el tono serio de Luke me pasa desapercibido.

—Podrías compartir un poco de atún —le digo distraída, con los palillos apuntando hacia su plato—. Tienes como veinte rollitos ahí.

Luke deposita en mi plato un rollito crujiente y picante.

—Rose, ¿al menos has oído lo que te decía?

Sonrío.

—Hum… ¿Quizá? —Estoy relajada, disfrutando de esta cena de celebración.

La semana pasada Luke consiguió publicar una foto en los periódicos de todo el país por primera vez. Desde entonces le han llovido las ofertas de encargos importantes.

—Perdona, ¿qué querías contarme?

—He estado pensando mucho en el tema de los niños.

Me apoyo en el respaldo de la silla.

—¿Niños?

Estoy asombrada, como si la mera mención de esas criaturas fuera como distinguir a un unicornio entre los demás comensales del local. Algo inaudito.

Luke deja los palillos apoyados en el cuenquito de la salsa de soja.

—¿Crees que podrías cambiar de opinión sobre el tema? Ya sabes, para así tener en nuestra vida algo más que amigos y trabajo. Pensé que, tal vez, podríamos volver a hablarlo…

Lo enuncia de una manera torpe, con la clase de sintaxis que yo subrayaría si me la encontrara en el examen de uno de mis alumnos. En un comentario al margen le aconsejaría que revisara la frase para redactarla con mayor claridad.

Lo peor es que odio esa clase de preguntas.

Luke sabe cuánto las odio.

Siempre que comento que no quiero hijos, que Luke y yo no pensamos tenerlos, la gente me dirige una mirada muy especial. Luego hacen algún comentario condescendiente, del estilo de que solo descubriré mi auténtico propósito en la vida después de ser madre. Como si nosotras, las mujeres, fuéramos por definición una especie de madres a la espera. Como si hacerse adulta significara también convertirse en madre; como si la maternidad fuera una condición genética latente que solo se revela cuando la persona alcanza una determinada edad. Un día las mujeres se dan cuenta de que siempre ha estado ahí, aunque no se había manifestado hasta entonces.

Me pone de los nervios.

Nadie le dice a Luke algo parecido.

Enarco las cejas, puedo notarlas invadiendo mi frente.

—¿Cambiar de opinión sobre los niños? —Mi voz se eleva una octava—. ¿Acaso no me conoces? —Me echo a reír. La broma no obtiene eco. De nuevo percibo lo serio que está Luke—. ¿Por qué? ¿Acaso eres tú quien ha cambiado de opinión sobre ello?

Tarda mucho en responder. Lo bastante para que el estómago me dé un vuelco, para que deje los palillos en la mesa, con descuido, y uno de ellos ruede hacia el suelo. No me molesto en agacharme para recogerlo.

—Bueno, he estado pensando que quizá me gustaría tener un bebé —dice Luke.

Separo los labios. El aliento que sale a través de ellos empieza a secarme la boca y los dientes.

—¿Quizá?

Se encoge de hombros.

—Me preocupa que cuando seamos mayores podamos arrepentirnos de no haberlo hecho. —Lo ha dicho muy despacio, pronunciado cada una de las sílabas con cautela.

El camarero aparece con un nuevo juego de palillos. Me sube la temperatura. No sé qué contestarle. O mejor dicho, lo sé, pero hacerlo significará el inicio de una pelea.

Aunque, al ver la tristeza en la cara de mi marido, busco su mano sobre la mesa.

—Ya sabes lo que opino de eso, Luke. No quiero acabar la noche discutiendo. —Lo miro a los ojos—. Te quiero mucho.

—Rose… —Luke deja escapar un suspiro tan sonoro que temo que se desplome sobre la mesa—. Yo tampoco quiero discutir.

Me refería a que no quiero seguir hablando del tema, pero, al parecer, Luke se lo ha tomado en otro sentido.

—¿Puedes al menos pensar en ello? ¿En los hijos? ¿En cambiar de opinión? Porque cuando salíamos y te dije que no quería tenerlos de verdad creía que era cierto. Nunca se me ocurrió que mis sentimientos al respecto pudieran cambiar. Pero luego Chris tuvo a su hijo.

Luke sigue hablando, contándome que ver a su mejor amigo de la universidad convertido en padre le impactó.

—Y luego están todas las fotos del resto de mis amigos, a medida que han ido teniendo hijos. Solo puedo pensar en cómo sería un bebé tuyo y mío, Rose. ¿No te parecería alucinante conocer a nuestro hijo? ¿No crees que tendríamos un bebé increíble?

No, no, no. Porque nunca he querido tenerlos.

—¿A ti no te gustaría?

No. Ni hablar. Nunca.

Hago un gran esfuerzo por oír a mi marido, por atender a sus argumentos, a las razones que justifican su cambio de parecer. Suenan de lo más razonable. Son razonables. Entiendo que puedes estar seguro de algo a los veinte años y darte cuenta de que crees lo contrario a medida que avanza la vida.

El problema, claro, es que Luke necesita que yo atienda a sus razones hasta tal punto que me desdiga de todas las mías para hacer lo contrario. Que para que Luke vea materializado su sueño de ser padre yo debo convertirme en la persona que tenga a su hijo.

Debería haber previsto que esa conversación tendría lugar. Ya había habido indicios antes de esa noche. Indicios muy evidentes. ¿Y qué había hecho yo? Cerrar los ojos ante ellos, tal cual. También es verdad que el cambio en él había sido gradual. Tan sutil que me había permitido negarlo, así que eso es lo que había hecho. Lo que llevaba haciendo en los últimos tiempos. Luke sacaba a colación el tema de los niños de manera indirecta, lo escoraba hasta alejarlo tanto de nuestra realidad potencial que yo podía optar por ignorarlo, y eso había hecho. Pero era como si alguien pensara que ignorando las señales del cáncer que le devoraba el cuerpo podía evitar morir a causa de él.

Recuerdo un día en que Luke y yo paseábamos de la mano por el Trastévere, en Roma. Disfrutábamos de unas muy merecidas vacaciones. Las calles rebosaban de restaurantes con terrazas encantadoras donde la gente bebía vino y degustaba deliciosos platos de pasta. Hacía un calor húmedo, pero no me importaba. Luke y yo no parábamos de tropezarnos el uno con el otro, como hacen tantas parejas cuando pasean juntas, sin prisa, saboreando la tarde.

El piso donde nos alojábamos era diminuto, una buhardilla justo bajo el tejado de un edificio. Era casi todo terraza, y nos encantaba. Llevábamos varios años casados y era una gozada disfrutar de ese descanso del trabajo, no hacer nada aparte de relajarnos en la terraza con libros y revistas, comer y beber durante toda la tarde hasta que nos sentíamos llenos y alegremente achispados. Ese mismo día, un rato antes, estaba sentada a la sombra, leyendo una novela de misterio, cuando Luke vino a mi encuentro. El beso que me dio fue el inicio de unos preliminares que culminaron cuando hicimos el amor. Al principio nos preocupó que alguien nos viera, pero luego nos dejamos llevar sin pensar en nada más.

Me hizo sentir como si estuviéramos de nuevo en nuestra luna de miel.

—Deberíamos hacerlo más —le dije mientras deambulábamos por la calle.

Luke y yo no habíamos estado así desde hacía tiempo. Yo pensaba que esa era la razón por la que habíamos emprendido aquel viaje, para reconectar, para hacer el amor en mitad del día si nos apetecía, para que así nos apeteciera.

—Deberíamos hacerlo todas las tardes mientras estemos aquí.

A Luke le brillaron los ojos.

—A lo mejor a los vecinos les molesta.

—Podemos ser discretos. ¡Lo hemos sido!

—Deberíamos serlo más aún —dijo Luke, pero vi que la sugerencia lo complacía. Que le encantaba.

Miramos la carta colgada en la puerta de uno de los restaurantes, la leímos, seguimos adelante, hicimos lo mismo frente a otro. Mi estómago gruñía pidiendo un plato de pasta, mi garganta añoraba el vino que tomaríamos en la cena.

—Mira eso —dijo Luke.

Señalaba a un grupo de críos, todos chicos, de unos siete u ocho años, que jugaban al fútbol en plena calle.

—En Estados Unidos los niños ya no lo hacen. Ya no juegan así.

—Supongo que no —dije, aunque lo que de verdad quería era comer.

Un flujo de ansiedad se abrió camino por mis venas en el momento en que Luke empezó a hablar de los niños que jugaban al fútbol. Por aquel entonces sus padres habían empezado a insistir en la idea de que tuviéramos hijos, y cuanto más se esforzaba Luke por eludirlos, más en serio se tomaban su empeño. Durante un tiempo compartió sus quejas conmigo, diciéndome lo pesados que se ponían, pero luego dejó de confiarme esas conversaciones. Al principio pensé que había logrado convencerlos, que se habían dado por vencidos y acabaron por respetar nuestra decisión de no tener descendencia. Sabían desde el principio que no los queríamos, ya desde antes de que Luke y yo nos casáramos.

Lo que ninguno de los dos comprendió en ese momento era que los padres de Luke nunca creyeron que habláramos en serio. Estaban seguros de que cambiaríamos de opinión. Creo que la madre de Luke, Nancy, pensaba que yo sería quien primero sentiría la llamada de la maternidad, y por ello intentaba sacar el tema conmigo cada vez que venía a vernos. Pero yo la interrumpía, le explicaba —con energía, con vehemencia incluso— que no, que no era algo a discutir. Cuando vieron que no cedía, ella y su marido, Joe, se concentraron en su hijo.

De entrada me supuso un alivio. Pensé que era mejor que fuera Luke quien tuviera que enfrentarse a su defensa de las alegrías que la paternidad conlleva. Pasado el tiempo, sin embargo, comencé a preguntarme si todos esos argumentos e insistencias no comenzaban a hacer mella en él.

Empezó a señalar a los niños con los que nos cruzábamos por la calle, a sus padres, a fijarse en lo que hacían y cómo se comportaban; comentaba cosas sobre ellos e intentaba que yo entrara en el juego. Intentaba iniciar una conversación sobre niños, sobre la educación de los niños, sobre cómo educan los padres a sus hijos. ¿No los veía yo contentos con ellos? ¿Contentos con la manera de comportarse de sus hijos? ¿Estaba yo de acuerdo con el tono en que les hablaban, en cómo dejaban que los niños actuaran?

Cada vez que Luke hacía esas cosas, yo tenía la sensación de que trataba de pescar en mi interior, como si lanzara el sedal dentro de mi cuerpo y de mi cerebro, a ver qué podía sacar. No me gustaba que invadiera con un afilado anzuelo un lugar que para mí era zona de veda. Conservaba la esperanza de que, a fuerza de no responderle, terminaría dándose cuenta de que era una batalla perdida. Estaba convencida de que Luke no me haría pasar por eso.

Estuvimos un buen rato sentados en un banco, Luke mirando a los niños del fútbol mientras yo observaba a los adultos que disfrutaban de la pasta y del vino en las terrazas de los restaurantes. Yo intentaba frenar la sensación de agobio que crecía en mi interior, pero de repente apareció una madre con un bebé sujeto a su pecho y luego otra, esa con dos niños, uno de cada mano. Me sentí rodeada de madres y de bebés. Cerré los ojos.

—¿Preferirías criar a un hijo aquí en lugar de en Estados Unidos? —preguntaba Luke—. Ya sabes, si fueras a tener uno. Solo en teoría.

Cada vez que hacía algo así, el efecto en mí era inmediato: me cerraba por completo, la tarde de amor y sexo quedaba borrada y reemplazada por la intensa necesidad de protestar, de advertir a Luke que no siguiera por ahí. ¿No se daba cuenta de lo mucho que eso me alejaba de él? ¿De que la razón por la que no disfrutábamos de más tardes de sexo alegre era precisamente esa? ¿Cómo no percibía lo mucho que me distanciaban esas conversaciones? ¿Cómo no percibía lo que me hacía, lo que nos hacía a ambos?

Negué con la cabeza sin llegar a decirle lo que pensaba de verdad.

«No, porque no quiero criar a un hijo en ningún lugar y tú lo sabes, porque te he dicho un millón de veces que no quiero hijos. Punto final».

—Quizá sería distinto si nos fuéramos de la ciudad —proseguía Luke—. Más fácil. Ya sabes, si viviéramos en una población como esas donde tú y yo nos criamos.

«A ver, ¡no!».

—Hummm.

Me negaba a darle una respuesta concreta. Luke estaba al tanto de mi opinión y no hacía falta repetirla. O eso pensaba yo.

Supongo que me equivoqué.

—No estoy seguro de que la fotografía sea suficiente para mí en la vida —dice Luke—. ¿Sabes?

Asiento por fuera. Pero por dentro niego con vehemencia durante todo el tiempo. «No, no, no. No lo sé». Y: «Pensé que yo sí lo era, Luke».

A Luke se le ensanchan las facciones, se le iluminan. Casi parece que vuelve a respirar.

—Me alegro tanto de que lo comprendas, Rose… Que intentes mantener una actitud abierta sobre esto.

Estoy estupefacta.

—Vale. Vale —digo como una tonta—. Me lo pensaré —añado.

«No. No. Jamás».

—Gracias —responde Luke, y engulle el último rollito de atún—. Muchas gracias.

Mientras tanto, mi sushi sigue intacto. Vuelvo a asentir, con menos ganas esta vez. Casi no puedo moverme. Creo que voy a vomitar.

—Así que tienes posibilidades de obtener esa beca, ¿eh? —pregunta él en tono alegre, cambiando de tema—. ¡Es fantástico!

Busco las palabras. Por fin las encuentro.

—Sí. Eso parece. Sería fantástico. —Hablo como un robot.

La conversación prosigue, parca por mi parte y con Luke llevando todo el peso. Después de pagar la cuenta y de irnos a casa, a nuestro apartamento, Luke parlotea sobre temas de trabajo, sobre un viaje a Boston que ha decidido dejar para el final de la semana, sobre lo mucho que le gusta el atún de ese restaurante, sobre lo fresco que sirven siempre el pescado.

—Estoy muy contento de que hayamos hablado, Rose —dice en cuanto nos acostamos.

Lo miro fijamente, veo la esquina de mi retrato en su mesilla de noche, mi expresión alegre cortada en parte por el arco que dibuja su cuerpo tumbado boca abajo a mi lado. Espera que yo diga algo. Que me muestre de acuerdo con él, supongo. Lo único que consigo hacer, una vez más, es un ligero asentimiento con la cabeza antes de apagar la luz. Mantengo los ojos abiertos en la oscuridad. Me siento sola incluso con Luke a mi lado. Como si nuestro futuro ya estuviera decidido, como si él y yo ya nos hubiéramos decepcionado y él ya se hubiera ido.