Introducción

Un viaje a un territorio inexplorado

Hace cincuenta años, una mujer que acababa de intentar suicidarse me contó algo que me hizo cuestionarme todo aquello que creía saber sobre la mente y el cerebro y sobre quiénes somos realmente.

Yo estaba a punto de meterme en la boca un tenedor lleno de espaguetis cuando me sonó el busca que llevaba enganchado al cinturón y el cubierto se me cayó de la mano. Estaba concentrado leyendo un manual de urgencias psiquiátricas que había sujetado entre la bandeja y el servilletero, y el inesperado pitido me sobresaltó. El tenedor cayó al plato y provocó un salpicón de salsa de tomate que manchó la página que tenía abierta. Cuando bajé la cabeza para apagar el busca vi que también me había manchado la corbata. Renegando entre dientes, la limpié frotándola con una servilleta húmeda: la mancha adquirió un tono más desvaído, pero a cambio se hizo más grande. Había terminado mis estudios de Medicina pocos meses antes e intentaba desesperadamente parecer más profesional de lo que en verdad me sentía.

Me acerqué hasta el teléfono que había en la pared de la cafetería y marqué el número que aparecía en la pantalla del busca. Había llegado a urgencias una paciente con una sobredosis y su compañera de habitación estaba esperando para hablar conmigo. No quería perder tiempo cruzando todo el aparcamiento para ir a cambiarme de ropa a la sala de guardias, así que cogí la bata blanca de laboratorio que tenía colgada en el respaldo de la silla, me la abroché hasta arriba para esconder la mancha de la corbata y bajé a urgencias.

Lo primero que hice fue leer las notas de ingreso de la enfermera. Holly era una estudiante universitaria de primer año, su compañera la había llevado al hospital y me estaba esperando en la sala al final del pasillo. Las notas de la enfermera y del médico residente indicaban que Holly estaba estable, pero no consciente, y la habían llevado a la Sala de Examen 4, donde descansaba bajo la atenta mirada de un «cuidador», como marcaba el protocolo establecido para todos los pacientes de urgencias psiquiátricas. La encontré tumbada en una camilla, con un camisón de hospital, una vía en el brazo y los cables del monitor cardíaco tendidos desde su pecho hasta una máquina portátil colocada junto a la camilla. Su cabello pelirrojo se desparramaba despeinado sobre la almohada, enmarcando un rostro pálido y anguloso con una nariz fina y unos labios delgados. Tenía los ojos cerrados y no se movió cuando entré en la habitación. Bajo la camilla, en un estante, había una bolsa de plástico con su ropa.

Posé suavemente la mano sobre su antebrazo y la llamé: «Holly». No reaccionó. Me volví hacia el cuidador, un hombre mayor afroamericano que leía una revista en un rincón de la sala, y le pregunté si Holly había abierto los ojos o había hablado en algún momento. Hizo un gesto de negación con la cabeza. «Ha estado inconsciente todo el rato», dijo.

Me incliné hacia Holly, acercándome más a ella para examinarla. Su respiración era lenta pero regular; olía a alcohol. Di por hecho que se trataba de una sobredosis causada por algún medicamento. En su muñeca, su pulso latía a un ritmo normal, pero cada pocos segundos faltaba un latido. Le moví los brazos para comprobar si estaban rígidos, con el fin de obtener alguna pista sobre el tipo de drogas que había tomado. Tenía los brazos sueltos y relajados, y no se despertó cuando se los moví.

Le di las gracias al cuidador y me dirigí a la sala de espera, al final del pasillo. A diferencia de las salas de examen, la sala de espera tenía sillas cómodas y un sofá. Había también una urna de café y vasos de papel, azúcar y leche en una mesita auxiliar. Cuando entré, la compañera de habitación de Holly, llamada Susan, caminaba de un lado a otro. Era una chica alta de constitución atlética y tenía el cabello castaño recogido en una tirante cola de caballo. Me presenté y la invité a sentarse. Recorrió la habitación con la mirada y se sentó en un extremo del sofá, jugueteando con un anillo que llevaba en el dedo índice. Aproximé una silla. La habitación no tenía ventanas ni aire acondicionado y, con el calor del final del verano de Virginia, yo había empezado a sudar. Acerqué el ventilador de pie un poco hacia nosotros y me desabotoné la bata blanca.

—Has hecho bien trayendo a Holly a urgencias, Susan —empecé—. ¿Puedes contarme lo que ha pasado esta noche?

—Llegué a casa después de una clase que tenía a última hora de la tarde —dijo—, y encontré a Holly inconsciente en su cama. Traté de despertarla, pero no lo conseguí. Así que avisé a la supervisora de la residencia y ella llamó a la ambulancia para que la trajeran aquí. Yo los seguí en mi coche.

Dando aún por hecho que Holly había tomado una sobredosis de algún medicamento, le pregunté:

—¿Sabes qué ha tomado?

Susan negó con la cabeza.

—No vi ningún frasco de pastillas —dijo—, pero tampoco lo busqué.

—¿Sabes si toma alguna medicación habitualmente?

—Sí, toma un antidepresivo que le han recetado en el servicio de salud para estudiantes.

—¿Hay algún otro medicamento en la residencia que pueda haber tomado?

—Yo tengo unas pastillas para la epilepsia guardadas en el armarito del baño, pero creo que no se ha tomado ninguna.

—¿Bebe con regularidad o toma otras drogas?

Susan volvió a negar con la cabeza.

—No que yo sepa.

—¿Tiene algún otro problema médico?

—No lo creo, pero la verdad es que no la conozco demasiado bien. No nos conocíamos antes de llegar a la residencia, hace un mes.

—¿Pero la estaban viendo en el servicio de salud por una depresión? ¿Te parece que últimamente estaba más deprimida o tenía más ansiedad? ¿Actuaba de forma extraña?

Susan se encogió de hombros.

—No somos tan íntimas. No he notado nada raro.

—Entiendo. ¿Por casualidad sabes de algo concreto que la haya estresado últimamente?

—Por lo que yo sé, le ha ido bien en clase. Es decir, a todos nos cuesta un poco adaptarnos a la universidad, estar lejos de casa por primera vez. —Susan vaciló y luego añadió—: Pero tenía problemas con un chico con el que estaba saliendo. —Hizo otra pausa—. Creo que puede que estuviera presionándola para que hiciera cosas.

—¿Presionándola para hacer cosas?

Susan se encogió de hombros.

—No sé. Esa es la sensación que tengo.

Esperé a que siguiera, pero no lo hizo.

—Susan, has sido de mucha ayuda —le dije—. ¿Hay alguna cosa más que creas que tenemos que saber?

Susan se encogió de hombros otra vez. Volví a esperar que dijera algo, pero no lo hizo. Me pareció detectar un ligero estremecimiento.

—¿Tú cómo llevas todo esto? —Le pregunté, tocándola levemente en el brazo.

—Estoy bien —dijo, demasiado rápido—. Pero debo volver a la residencia. Tengo que escribir un trabajo.

Asentí.

—Bueno, gracias por traer a Holly y por esperar para hablar conmigo. Vete y ponte con ese trabajo. Si quieres, mañana puedes venir a ver cómo está. Y si se nos ocurre algo más, te llamaremos.

Susan asintió, se levantó, la acompañé a la puerta. Al alargar la mano para estrechar la suya, vi de refilón mi corbata manchada y me abotoné otra vez la bata hasta arriba para que el personal de urgencias no se diera cuenta.

Volví a la habitación de Holly para ver si ya se había despertado. Seguía inconsciente y el cuidador me confirmó que no se había movido desde que yo me había ido. No había mucho más que pudiera hacer aquella noche. Hablé con el médico residente que estaba a cargo de Holly y me dijo que la iba a ingresar en la unidad de cuidados intensivos para controlar su ritmo cardíaco, que era irregular. Después llamé al psiquiatra del hospital, que era mi supervisor aquella noche. Estuvo de acuerdo conmigo en que no podía hacer mucho más, pero me dijo que me asegurara de dejarlo todo bien documentado y que, a primera hora de la mañana, volviera a ver cómo estaba Holly y a hablar con ella. Tendría que explicar su caso a los psiquiatras del equipo de consultas en la sesión clínica de las ocho. Mientras cruzaba el aparcamiento camino de la sala de guardias, me alegré de no haber hecho el ridículo y de haber tenido la suerte de que la paciente hubiera ingresado en la UCI, así el responsable de las notas de ingreso y de las prescripciones sería el médico residente que estaba de guardia aquella noche y no yo.

A la mañana siguiente, llegué a la unidad de cuidados intensivos temprano, descansado tras una noche de sueño reparador y con ropa limpia, y busqué la ficha médica de Holly en el estante del puesto de enfermeras. Una de ellas estaba escribiendo en ella y me miró.

—¿Eres de psiquiatría? —preguntó.

Asentí y dije:

—Soy el doctor Greyson. —No era muy difícil identificarme como psiquiatra, era el único de toda la UCI que debajo de la bata llevaba ropa de calle, no pijama de enfermería.

—Holly está despierta, puedes hablar con ella, pero sigue bastante somnolienta —me dijo—. Ha estado estable toda la noche excepto por algunas CVP (contracciones ventriculares prematuras).

Yo sabía que aquellos latidos irregulares podían no significar nada, pero también podían estar relacionados con las pastillas que hubiera tomado la noche anterior.

—Gracias —dije—. Hablaré un poco con ella ahora, pero el equipo de consultas llegará como en una hora, aproximadamente, para entrevistarla. ¿Crees que estará lo bastante estable como para transferirla hoy a la unidad de psiquiatría?

—Uy, sí —dijo la enfermera haciendo un gesto de exasperación—. La sala de espera de urgencias está llena de pacientes esperando una cama libre.

Fui a la habitación de Holly y golpeé con los nudillos en el umbral de la puerta abierta. Tenía un tubo en la nariz y una vía en el brazo, y los cables del monitor cardíaco estaban conectados a una pantalla encima de la cama. Cerré detrás de mí la cortina que rodeaba su cama y la llamé con voz suave. Abrió un ojo y asintió.

—Holly, soy el doctor Greyson —dije—. Del equipo de psiquiatría.

Cerró el ojo y volvió a asentir. Unos segundos después, murmuró en voz baja, arrastrando un poco las palabras:

—Sé quién eres. Te recuerdo de anoche.

Me quedé un momento en silencio, recordando nuestro encuentro de la noche anterior.

—Anoche, en urgencias, parecías dormida —le dije—. No creí que pudieras verme.

Con los ojos aún cerrados, murmuró en voz baja:

—En la habitación, no. Te vi hablando con Susan, sentados en el sofá.

Aquello me desconcertó. No podía habernos visto u oído hablando al otro lado del pasillo. Me pregunté si era posible que aquella no fuera su primera visita a urgencias, y si quizá había intuido que Susan y yo habríamos estado allí hablando.

—¿Te han dicho que hablé con Susan anoche? —insinué.

—No —me contestó, con más claridad—. Te vi.

Titubeé, sin saber muy bien qué hacer. Supuestamente debía ser yo quien llevara la conversación, tenía que reunir toda la información relativa a sus ideas de autolesionarse y sobre lo que estuviera pasando en su vida. Pero estaba confundido y no sabía cómo proceder. Me pregunté si estaría jugando conmigo, el residente nuevo, intentando ponerme nervioso. Si era así, lo estaba haciendo bien. Holly percibió mi vacilación y abrió ambos ojos, estableciendo por primera vez contacto visual.

—Llevabas una corbata a rayas que tenía una mancha roja —dijo con convicción.

Me incliné hacia delante, muy despacio, preguntándome si la había escuchado bien.

—¿Qué? —dije, casi incapaz de articular palabra.

—Llevabas una corbata a rayas con una mancha roja —repitió, mirándome a los ojos. Y continuó, replicando la conversación que habíamos tenido Susan y yo, todas mis preguntas, sus respuestas, los paseos de Susan por la sala, cuando cambié el ventilador de sitio, sin cometer ningún error.

Se me erizó el vello de la nuca y se me puso la piel de gallina. Era imposible que Holly supiera todo aquello. Se podía haber imaginado el tipo de cosas que yo iba a preguntarle a Susan, pero ¿cómo podía saber todos aquellos detalles? ¿Acaso esa mañana ya había hablado alguien con ella y le había explicado todo lo que yo había apuntado? Pero en aquella salita solo estábamos Susan y yo. ¿Cómo iba a saber nadie los detalles de lo que habíamos dicho y hecho? Y solo alguien que hubiera estado en la sala de espera podía haber visto la mancha en mi corbata. Era imposible que Holly supiera que yo había hablado con Susan, y mucho menos que conociera el contenido de nuestra conversación o supiera lo de la mancha de mi corbata. Pero lo sabía. Cada vez que intentaba centrarme en lo que me acababa de decir Holly, se me emborronaban los pensamientos. No podía negarme a aceptar que ella conocía los detalles de mi conversación con su compañera de habitación. Lo había escuchado con mis propios oídos; era real. Pero era incapaz de comprender cómo lo sabía. Me dije que debía tratarse de algún tipo de truco o que habría acertado por casualidad.

Pero no conseguía averiguar cuál era el truco. Holly acababa de volver en sí tras la sobredosis. No había hablado con su compañera desde el día anterior. ¿Cómo podía saber los detalles de la conversación que habíamos mantenido Susan y yo? ¿Se habrían puesto de acuerdo ambas antes de la sobredosis y habrían planeado lo que iba a contarme Susan? Pero lo de que me cayera salsa de tomate en la corbata no podían haberlo planeado. Además, Susan estaba preocupada cuando hablamos en urgencias, y Holly aún estaba amodorrada y deprimida. Aquello no tenía pinta de ser un engaño.

No tenía respuesta para aquellas preguntas, pero tampoco tenía tiempo para pensar en ellas, ni categoría adecuada en la que archivarlas. Todo aquello ocurrió años antes de que nadie en el mundo de habla inglesa hubiera oído hablar del concepto «experiencia cercana a la muerte». Aquel incidente me dejó bloqueado porque no podía explicarlo. Lo único que pude hacer fue archivar aquellas preguntas en el fondo de mi mente.

La respiración errática de Holly, que indicaba que se había vuelto a dormir, me devolvió al presente. Mi desconcierto no podía ser el tema central del día. Mi trabajo era ayudar a Holly, ayudarla a resolver sus problemas y a encontrar razones para vivir. En aquel momento debía centrarme en averiguar todo lo que pudiera sobre los factores estresantes de su vida y evaluar sus pensamientos suicidas antes de que la visitara el equipo médico.

Le rocé el brazo con suavidad y la llamé de nuevo. Holly abrió un ojo e intenté seguir con las preguntas. «Holly, ¿puedes hablarme de la sobredosis de anoche, qué la provocó?» Conseguí recuperar la compostura suficiente como para averiguar que había tomado una sobredosis de Amitriptilina, que puede causar alteraciones peligrosas del ritmo cardíaco, y que ya había sufrido «algunas» sobredosis anteriormente en el instituto. Corroboró todo lo que me había dicho Susan y añadió algunos detalles más. Me contó que la presión social de la universidad la abrumaba y que sentía que no encajaba entre sus compañeros. Me dijo que quería dejar la facultad, volver a casa e ir a alguna universidad de su ciudad, pero que sus padres insistían en que esperara un poco más. Cuando pareció que se estaba quedando dormida otra vez, le di las gracias por hablar conmigo y le dije que el equipo de psiquiatría pasaría a verla como en una hora. Holly asintió y cerró los ojos.

Llamé a la clínica universitaria para avisar de que Holly estaba ingresada y solicitar su historial psiquiátrico. Después escribí una breve nota de ingreso, basada fundamentalmente en lo que me había contado Susan la noche anterior y en lo poco que había podido observar esa mañana sobre el estado de ánimo y el proceso mental de Holly. Pero la presentación que hice al equipo de psiquiatría en la sesión clínica no fue ni de lejos completa. Evité deliberadamente hablar de que ella aseguraba haberme visto y oído mientras estaba dormida en otra habitación, y decidí, en aquel mismo momento, ocultárselo a todos mis colegas, al menos hasta que pudiera dar con una explicación razonable. En el mejor de los casos, lo que pensarían es que se me iba un poco la cabeza y que mi comportamiento era poco profesional. En el peor, que había perdido completamente la cabeza y que me lo estaba imaginando todo.

Estaba claro, me dije, que era imposible que Holly hubiera visto u oído lo que ocurría en la sala de espera si estaba dormida en la otra punta de urgencias. Tenía que haber averiguado todo aquello de alguna otra forma. Lo que ocurría, simplemente, es que yo no era capaz de dilucidar cuál era. Ninguna de las enfermeras de la UCI sabía que había mantenido una conversación con Susan en la sala de espera, y el personal de urgencias que estaba de guardia la noche anterior tampoco conocía los detalles que me había contado Holly. Por desconcertante que me resultara aquel incidente, siendo un residente novato que intentaba aparentar que sabía lo que estaba haciendo, mi única opción era guardármelo para mí, y quizá volver a pensar sobre ello en algún otro momento en el futuro. Ni siquiera se lo conté a mi mujer, Jenny. Era demasiado extraño. Me hubiera dado vergüenza contárselo a cualquiera y decirle que me lo estaba tomando en serio. Y también sabía que contarlo haría que me resultara más difícil olvidarlo, y me vería obligado a lidiar con ello de alguna forma.

Creía que tenía que haber alguna causa física razonable que explicase por qué Holly sabía aquellas cosas y que tendría que encontrarla yo mismo. Y en caso de que no la hubiera..., bueno, pues solo había una alternativa: que la parte de Holly que pensaba, veía, oía y recordaba había salido de su cuerpo de algún modo y me había seguido por el pasillo hasta la sala de espera y, sin tener ojos ni oídos, había percibido mi conversación con Susan. Para mí aquello no tenía ningún sentido. No podía ni imaginarme lo que significaría salir de mi cuerpo. Para mí yo era mi cuerpo. Pero, en aquel momento de mi vida, no podía permitirme pensar en aquellas cosas. No estaba en condiciones de investigar aquel incidente: buscar a Susan para preguntarle si se había fijado en que tenía una mancha en la corbata y, de ser así, si se lo había comentado a alguien; localizar a las enfermeras del turno de urgencias de la noche anterior; buscar a quienes pudieran haber visto cómo se me caía el tenedor en la cafetería y que después hubieran podido hablar con Holly, por improbable que pareciera. Era imposible hacer todo eso. Y tampoco estaba en condiciones mentales de investigar el incidente. Solo quería que su recuerdo se desvaneciera.

He dedicado el último medio siglo a intentar comprender cómo es posible que Holly supiera lo de aquella mancha de espaguetis. Hasta aquel momento, ni mi experiencia ni mi formación científica me habían preparado para semejante asalto frontal a mi cosmovisión. Me había educado un padre pragmático y escéptico, para el que la vida era pura química, y yo había seguido su ejemplo labrándome una carrera como científico convencional. En calidad de psiquiatra e investigador académico, he publicado más de cien artículos en revistas médicas sometidas al proceso de revisión por pares. He tenido la suerte de formar parte del equipo docente de la facultad de Medicina de la Universidad de Michigan, donde dirigí el servicio de urgencias de psiquiatría; de la Universidad de Connecticut, donde fui director clínico de psiquiatría, y de la Universidad de Virginia, donde ocupé la Cátedra Chester F. Carlson de Psiquiatría y Ciencias neuroconductuales. Encontrarme en el lugar y en el momento adecuados me ha permitido obtener becas de investigación de instituciones públicas, de empresas farmacéuticas y de organizaciones privadas de investigación sin ánimo de lucro. He tenido el privilegio de formar parte de los tribunales de becas de los Institutos Nacionales de Salud, así como de los de planificación de los programas de sus talleres, y he intervenido en un simposio sobre la consciencia en las Naciones Unidas. He recibido varios premios por mis investigaciones médicas y he sido nombrado miembro distinguido y vitalicio de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría.

En términos generales, he disfrutado de una carrera muy satisfactoria como psiquiatra académico, gracias, en gran medida, a unos mentores y colegas que merecen buena parte del crédito de mi éxito. Pero durante todos estos años, en mi cabeza han seguido resonando de forma persistente las preguntas sobre el cerebro y la mente que Holly despertó aquel día cuando me dijo que sabía que tenía una mancha en la corbata. Como toda persona escéptica, mi necesidad de investigar las pruebas al enfrentarme a sucesos como ese —sucesos aparentemente imposibles— me ha impedido cerrar los ojos y me ha embarcado en un viaje para estudiarlos científicamente.

Me nombraron director de urgencias psiquiátricas en la Universidad de Virginia en la misma época en la que Raymond Moody empezó su formación allí, en 1976. Cuando su libro, Vida después de la vida, el primero en lengua inglesa que utilizaba tanto el concepto de «experiencia cercana a la muerte» como el acrónimo ECM, se convirtió por sorpresa en un éxito de ventas,[1] Raymond se vio sepultado de inmediato por un aluvión de cartas de lectores que habían vivido experiencias como aquellas. Como Raymond era becario y no tenía tiempo para contestar todas aquellas cartas, me pidió ayuda a mí, su supervisor académico en el servicio de urgencias, y fue entonces cuando descubrí con estupefacción que la experiencia de Holly, que en su momento me había dejado atónito, no era ni mucho menos única. Raymond había entrevistado a otros pacientes que aseguraban haber salido de su cuerpo y podido contemplar lo que estaba sucediendo en otro lugar mientras se encontraban en un estado próximo a la muerte.

Aquella revelación captó mi atención y me embarcó en un viaje que tenía por objeto analizar las ECM con un enfoque basado en el método científico. Si no hubiera conocido a Raymond o no hubiera leído su revolucionario libro, es probable que jamás me hubiera puesto a seguir el rastro de aquella mancha de espaguetis. Pero pronto descubrí que las ECM no eran un fenómeno nuevo. Encontré una plétora de relatos sobre experiencias cercanas a la muerte en fuentes griegas y romanas antiguas,[2] en las principales tradiciones religiosas,[3] en historias recogidas en el seno de poblaciones indígenas de todo el mundo[4] y en documentos médicos del siglo XIX y principios del XX.[5]

Junto con colegas de otras universidades que también se habían encontrado con casos de ECM, cofundé la Asociación Internacional de Estudios Cercanos a la Muerte (IANDS, por sus siglas en inglés), organización destinada a promover y financiar la investigación de dichas experiencias. Durante más de veinticinco años, fui director de investigación en la IANDS y edité el Journal of Near-Death Studies, la única revista académica dedicada a la investigación de las ECM. Durante décadas he ido reuniendo una colección de más de mil testimonios de personas que han pasado por este tipo de experiencias y que han tenido la amabilidad de rellenar todos los cuestionarios que les he ido enviando, uno tras otro, algunos de ellos durante más de cuarenta años. He podido comparar los hallazgos procedentes de los relatos de estos «voluntarios» con las ECM de pacientes que habían sido hospitalizados por paradas cardíacas, ictus o intentos de suicidio, entre otras dolencias. En ese viaje, he descubierto que este tipo de experiencias presentan algunos elementos comunes y universales, que trascienden la interpretación cultural,[6] y también algunos patrones en lo relativo a sus secuelas, que se manifiestan en las actitudes, creencias, valores y personalidad que muestran los individuos después de haber vivido una ECM. Y he conseguido demostrar que estas experiencias no pueden ser descartadas como simples estados de ensoñación o alucinaciones.

Lo que he descubierto durante este viaje de cuarenta y cinco años es un compendio de experiencias cercanas a la muerte registradas a lo largo y ancho del mundo y que se remonta siglos atrás. He descubierto que las ECM son algo habitual y que no hacen distinciones, les ocurren hasta a los neurocientíficos. Eben Alexander, neurocirujano de profesión, sufrió una extraña infección cerebral que lo dejó en coma durante una semana y, cuando despertó, lo hizo con el recuerdo vívido de una detallada experiencia cercana a la muerte, lo que le llevó a acudir a mi despacho para que le ayudara a dar sentido a aquel aparente imposible.

Después de casi medio siglo dedicado a desentrañar el significado de las experiencias cercanas a la muerte, he descubierto que su impacto no solo afecta a la vida de la persona que la sufre. Cuanto más investigaba sobre ellas, más claro tenía que exigían una explicación que trascendiera nuestras ideas habituales sobre la mente y el cerebro, cuya capacidad de comprensión es limitada. Y esas formas nuevas de pensar acerca de nuestra mente y nuestro cerebro abren la posibilidad de explorar la cuestión de si es posible que nuestra consciencia siga existiendo después de que nuestro cuerpo muera. Lo que, a su vez, desafía nuestras ideas sobre quiénes somos, cómo encajamos en el universo y qué es lo que queremos hacer con nuestras vidas.

Algunos de mis colegas científicos me han advertido de que el estudio de experiencias «imposibles» como las ECM bajo un enfoque abierto de estas características puede dar pie a todo tipo de supersticiones. Como escéptico, digo ¡bienvenidas sean! Que nuestras creencias no nos hagan prejuzgarlas; sometamos estas ideas —que suponen todo un desafío— a un proceso de comprobación para ver si realmente son supersticiones o si abren una ventana a una imagen más completa del mundo. La investigación sobre las ECM no nos aleja en absoluto de la ciencia ni nos empuja hacia la superstición, por el contrario, nos demuestra que al aplicar el método científico a aquellos aspectos de nuestro mundo que no son físicos podemos describir la realidad de forma mucho más precisa que si limitáramos el ámbito de competencia de la ciencia exclusivamente al estudio de la materia física y la energía.

Al decantarme por seguir el rastro de estas pruebas científicas acumuladas a lo largo de las últimas décadas, en lugar de posicionarme y defender una teoría o un sistema de creencias determinado, soy consciente de que voy a decepcionar a muchos de mis amigos, partidarios de una perspectiva concreta u otra. Sé que algunos de mis amigos más espirituales estarán en contra de que considere que las ECM tienen su origen en alteraciones físicas del cerebro. Y sé que a algunos de mis amigos más materialistas les exasperará que me tome en serio la posibilidad de que la mente pueda funcionar con independencia del cerebro. Y sé que en ambos grupos, muchos podrán aducir que al negarme a tomar partido elijo el camino más fácil.

Pero, en realidad, el rigor intelectual exige que evite tomar partido en este debate. Creo que hay pruebas suficientes como para valorar seriamente tanto la idea de que las ECM tienen que ver con mecanismos fisiológicos como la de que la mente pueda seguir funcionando de forma independiente del cerebro. Creer que las ECM se deben a un proceso fisiológico que aún no hemos identificado es plausible y también coherente con la idea filosófica de que el mundo real es una entidad puramente física. Por otro lado, también es plausible creer que las ECM son un don espiritual, coherente con la idea filosófica de que aquello que somos entraña aspectos no físicos. Pero ninguna de estas ideas, por plausibles que sean, son una premisa científica, porque no existen pruebas que puedan refutar ninguna de las dos. Son, por el contrario, una cuestión de fe.

Como espero poder demostrar en este libro, nada impide que las ECM puedan ser al mismo tiempo un don espiritual y estar posibilitadas por una causa fisiológica específica. Las pruebas científicas sugieren que ambas ideas pueden ser ciertas sin entrar en conflicto, y esto nos permite avanzar más allá de la división artificial entre ciencia y espiritualidad. Pero el hecho de estar abierto a ambas perspectivas no significa que yo no tenga mi propia opinión sobre lo que significan las experiencias cercanas a la muerte.

Décadas de investigación me han convencido de que las ECM son enteramente reales, que tienen un profundo impacto y que, de hecho, constituyen una importante fuente de crecimiento espiritual y de conocimiento, sea cual sea su origen. Sé que para las personas que las experimentan adquieren una enorme importancia por el modo en que transforman su vida. Creo que para los científicos también son importantes, pues contienen claves vitales para entender la mente y el cerebro. Y creo que también son importantes para todos los demás por todo lo que nos revelan sobre la muerte y, lo que es más importante, sobre la vida.

En este libro he decidido pasar por encima de los detalles metodológicos y estadísticos de mi investigación, pero quienes deseen conocer los datos técnicos de los estudios que menciono pueden consultar las notas del libro. Todos mis artículos académicos han sido sometidos al proceso de revisión por pares y se pueden descargar desde la página web de la División de Estudios sobre la Percepción de la Universidad de Virginia: www.uvadops.org.

Aunque este libro se basa en mis cuarenta y cinco años de investigación científica sobre las ECM, no está escrito específicamente para otros científicos. Y aunque espero que las personas que han tenido una ECM consideren que he hecho justicia a su experiencia, el libro tampoco está escrito específicamente para ellos. En realidad, he escrito este libro pensando en todos los demás, en todos aquellos que sienten curiosidad por el increíble alcance de la mente humana y por las cuestiones profundas acerca de la vida y la muerte.

Se ha escrito y dicho mucho sobre la muerte y sobre lo que es posible que ocurra después de ella; generalmente confrontando puntos de vista científicos y religiosos. En este libro trato de ir un paso más allá y de imprimir un cambio a ese diálogo. Mi intención es demostrar que ciencia y espiritualidad son compatibles, que ser una persona espiritual no exige abandonar la ciencia. Este viaje me ha enseñado que entender el mundo científicamente, basando nuestras ideas y creencias en los hechos, no tiene por qué impedir que seamos capaces de apreciar los aspectos espirituales y no físicos de nuestra vida. Y, por otro lado, apreciar lo espiritual y aquello que no es físico no tiene por qué impedirnos una evaluación científica de nuestra experiencia y tampoco que nuestras ideas y creencias se basen en pruebas científicas. Aunque he aprendido mucho sobre la muerte y lo que puede ocurrir después, este libro no trata únicamente de la muerte. También es un libro sobre la vida y el arte de vivir, sobre el valor de la empatía, sobre nuestra interconexión como seres humanos y sobre qué es lo que dota a la vida de sentido y plenitud.

Mi objetivo al escribir este libro no es convencer a nadie de un punto de vista concreto, sino hacer pensar. Espero demostrar que un enfoque científico puede ayudarnos a entender lo que las ECM nos dicen sobre la vida y la muerte, y sobre lo que puede venir después. Siguiendo un método científico, he aprendido mucho sobre el significado de las experiencias cercanas a la muerte. He escrito este libro para compartir mi pasión por ese viaje. Mi objetivo es motivar una reflexión sobre las preguntas y las respuestas, no convencer a nadie de un punto de vista concreto, e invitar a reevaluar nuestra forma de pensar la vida y la muerte. No soy una especie de Moisés bajando con las tablas de los Diez Mandamientos. Soy un científico que expone lo que creo que indican los datos.

Por muchas ganas que tuviera de borrar de mi memoria aquel encuentro con Holly, en ese momento ya tenía los suficientes mimbres de científico como para saber que no iba a poder ignorar el episodio sin más. Hacer como que algo no ha sucedido solo porque somos incapaces de explicarlo es justo lo contrario de lo que propugna la ciencia. Mi intento de explicar de forma lógica el jeroglífico de la mancha de salsa me llevó a embarcarme en una investigación que dura ya medio siglo. No ha proporcionado la respuesta a todas mis preguntas, pero sí me ha llevado a cuestionar algunas de mis respuestas. Y enseguida me hizo adentrarme en un territorio que jamás habría imaginado.

1. Una ciencia de lo inexplicable

1

Una ciencia de lo inexplicable

Nunca había visto a nadie que tuviera solo la mitad de la cara. Cuando Henry ingresó en el hospital, yo llevaba seis meses de residencia en psiquiatría. La primera vez que lo vi, tumbado en la cama, me resultó difícil apartar la mirada del lado derecho de su cara, donde tenían que haber estado la mandíbula y la mejilla. El trabajo que habían hecho los cirujanos plásticos para cerrarle las heridas del rostro con injertos de piel extraída del vientre era magnífico, pero aun así, al verlo me costó muchísimo guardar la compostura. Hablaba despacio, utilizando solo el lado izquierdo de la boca y arrastrando ligeramente las palabras. Sin embargo, a pesar de lo incómodo que me sentía yo, él no parecía estar en absoluto avergonzado ni se mostraba reacio a hablar conmigo. De hecho, cuando me contó todo lo que le había pasado después de pegarse un tiro parecía estar muy tranquilo y sereno.

Henry ya había cumplido los cuarenta. Era el hijo pequeño de una humilde familia de granjeros. Todos sus hermanos y hermanas se habían mudado lejos de la granja familiar después de casarse, pero Henry, aunque también se había casado, nunca se había ido de casa. Un día, a los veintitrés años, mientras estaban cazando juntos, a su padre le dio un infarto. Henry consiguió llevarlo hasta la granja, pero una vez allí su padre murió en sus brazos. A partir de entonces, fue su madre quien asumió la responsabilidad de administrar la granja. Unos años más tarde, la mujer de Henry se separó de él y se fue a vivir con sus padres a la ciudad, llevándose a sus hijos.

Diez meses antes de que Henry se pegara un tiro, su madre había enfermado de neumonía y él la llevó al hospital, donde quedó ingresada. Su madre le pidió que no la dejara sola, pero esa noche Henry tuvo que volver a casa para atender a las gallinas. Cuando regresó al hospital a la mañana siguiente, ella estaba inconsciente. Murió pocas horas después.

Henry se quedó devastado y empezó a beber a menudo. Lo atormentaba la culpa por haber abandonado a su madre en el hospital, y por las noches soñaba que estaba viva. No se atrevía a tocar ninguno de sus efectos personales y mantuvo todo lo que había en la casa tal como ella lo había dejado. Cuando bebía, lo embargaba la desesperanza, y entonces murmuraba sin parar: «esta casa ya no es casa». Un día, después de varios meses deprimido, cogió su rifle de caza y se fue al cementerio donde estaban enterrados sus padres. Llevaba toda la mañana bebiendo.

Estuvo un par de horas sentado en la tumba, reviviendo e imaginando las conversaciones con sus padres, y después decidió que había llegado el momento de reunirse con ellos. Se acostó sobre la lápida y reposó la cabeza donde imaginó que estaría el pecho de su madre. Colocó el rifle de calibre 22 entre sus piernas,[7] lo apuntó hacia su barbilla y apretó suavemente el gatillo con el pulgar. La bala le atravesó el lado derecho de la cara y le dejó un rastro de fragmentos de proyectil en la mejilla y en la sien, pero, gracias a un golpe de suerte, no le tocó el cerebro.

Mientras hablaba con él traté de mantener un tono de voz firme y de no mirarle la mejilla zurcida.

—Suena bastante doloroso todo —sugerí—. No puedo ni imaginarme lo que pudo pasarle por la mente. ¿Qué sintió?

El lado izquierdo del rostro de Henry se contrajo en una media sonrisa.

—En cuanto apreté el gatillo —dijo—, todo lo que había a mi alrededor desapareció: las colinas, las montañas tras ellas, todo se desvaneció.

Me miró; yo asentí y le pregunté:

—Y después ¿qué?

—Me encontré en un prado exuberante lleno de flores silvestres. Allí, recibiéndome con los brazos abiertos, estaban mi madre y mi padre. Oí que mamá le decía a papá: «Ahí viene Henry». Parecía muy contenta de verme. Pero después me miró fijamente y le cambió la expresión. Movió la cabeza en signo de reprobación y exclamó: «¡Oh, Henry, pero qué has hecho!».

Henry hizo una pausa, se miró las manos y tragó saliva. Esperé un momento y luego le dije:

—Tuvo que ser difícil. ¿Cómo se sintió?

Se encogió de hombros, negó con la cabeza y respiró profundamente.

—Eso fue todo. De pronto estaba de nuevo en el cementerio y mis padres se habían ido. Sentí la calidez del charco de sangre debajo de mi cabeza y pensé que más me valía buscar ayuda. Empecé a arrastrarme hacia mi camioneta, pero antes de alcanzarla, un sepulturero me vio y vino corriendo. Me vendó la cabeza con un trozo de tela y me llevó al hospital. —Henry volvió a encogerse de hombros—. Y aquí estoy.

—Menuda experiencia —dije—. Después del fallecimiento de sus padres, ¿los había visto así alguna vez?

—No —negó—. Pero me sentí bien cuando los vi allí juntos.

—Por lo que parece, después de dispararse se desmayó, al menos un rato breve. ¿Cree que la visión de sus padres pudo ser un sueño?

Henry frunció los labios y volvió a negar con la cabeza.

—No fue un sueño —dijo—. Vi a mamá y papá igual que te estoy viendo a ti ahora mismo.

Tuve que tomarme un momento para tratar de dar sentido a lo que me estaba diciendo. Para Henry todo cuadraba perfectamente: había visto a sus padres porque lo estaban recibiendo en el cielo. Pero según mi cosmovisión científica ese tipo de cosas no podían ser reales. Repasé mentalmente todas las posibilidades. ¿Habría sufrido un brote psicótico? ¿O estaría tan borracho como para sufrir alucinaciones? ¿Acaso había pasado tanto tiempo sentado en la tumba de sus padres que tenía síndrome de abstinencia, delirium tremens? ¿O simplemente aquella visión podía ser una manifestación de su dolor por la muerte de sus padres?

No contemplaba la opción de que Henry estuviera loco. En aquel momento, tras varios días ingresado en el hospital, hablaba con serenidad y su forma de actuar no denotaba nada extraño. Desde que estaba allí no había manifestado ningún síntoma del síndrome de abstinencia propio del alcoholismo. Y, para mi sorpresa, no parecía que estuviera triste en absoluto.

—Cuando apretó el gatillo, ¿qué esperaba que sucediera? —le pregunté.

—Era solo que no quería vivir más —contestó con rapidez—. No me importaba lo que fuera a pasar. No podía más y no podía seguir viviendo sin mamá.

—¿Y ahora? ¿Qué piensa de la idea de acabar con todo?

—Ahora no pienso en ello en absoluto —dijo—. Sigo echando de menos a mamá, pero estoy contento porque sé dónde está.

En el poco tiempo que llevaba como psiquiatra residente, no había visto a nadie que se mostrara tan seguro y confiado tras un intento de suicidio. Decía que se sentía avergonzado por haber intentado suicidarse, pero también agradecido por haber tenido aquella visión. Y estaba deseando hablar con otros pacientes para convencerlos del valor y la santidad de la vida. Fuera lo que fuese lo que le había llevado a ver a sus padres, no había duda de que aquella visión le estaba ayudando a sobrellevar su dolor.

Aún tendrían que pasar años hasta que el término «experiencia cercana a la muerte» se incorporara a la lengua inglesa, y el único marco con el que yo contaba entonces para comprender la experiencia de Henry era el de la alucinación, un encuentro imaginario con sus padres fallecidos. Entendía su experiencia como un mecanismo de defensa psicológico, nada más.

Aquello ocurrió tan solo unos meses después de que Holly asegurara haber visto la mancha de mi corbata, y yo aún seguía intentando entender aquel incidente. Pero la experiencia de Henry me pareció muy distinta a la de Holly. Ella aseguraba haber visto y oído cosas que sucedían a cierta distancia de donde se encontraba su cuerpo inconsciente, pero que estaban ocurriendo en el mundo físico normal. No hablaba de haber visto u oído a un espíritu. Henry, por su parte, afirmaba haber visto y oído a los espíritus de sus padres fallecidos. Sin embargo, la mayor diferencia entre ambos era que la visión de Henry sí podía analizarla desde un punto de vista científico y objetivo. Holly, en cambio, me había arrastrado en persona a su campo de visión, y cada vez que intentaba analizar su experiencia perdía el equilibrio y trataba de aferrarme en vano a cualquier explicación.

La visión de Henry podía etiquetarla dentro de la categoría «mecanismo de defensa psicológico». Pero ¿cómo convencerlo a él de que no había sido algo real? Sabía que si le decía que eran todo imaginaciones suyas perdería la relación de confianza que habíamos establecido. También era consciente de lo útil que le resultaba a Henry aquella visión y de la importancia que comportaba a la hora de superar sus pensamientos suicidas. Yo entendía su visión como una alucinación generada por su mente inconsciente para ayudarlo a sobrellevar la muerte de su madre. Decidí que, como médico, la forma de serle más útil a Henry era reforzando el valor de su visión, no cuestionando lo único que le estaba dando una razón para vivir. El mensaje que tenía para él era sencillo: «Por lo visto, has tenido una experiencia muy fuerte que ha dado un nuevo sentido a tu vida. Vamos a ver qué significa para ti y adónde puede llevarte».

Mi intención era explorar el significado simbólico de la visión de Henry, entendida como una forma de reunirse psicológicamente con su madre fallecida, pero él interpretaba aquel encuentro con sus padres de forma concreta, no como un símbolo. En ese momento no se me ocurrió pensar, ni por asomo, que si Henry había experimentado el encuentro como algo real era simplemente porque en verdad lo era. La formación que yo había recibido hasta entonces no dejaba ni un resquicio: ni siquiera podía llegar a plantearme que Henry hubiera visto a sus padres de verdad. Me había educado un químico que basaba su percepción de la realidad en la tabla periódica de los elementos.

De día, mi padre era químico. De noche... En fin, de noche también era químico. Cuando yo era pequeño, mi padre construyó laboratorios en el sótano de todas las casas en las que vivimos. Lo único que estaba a la altura de su pasión por la ciencia era la alegría que le proporcionaba compartirla con los demás. Cuando yo aún estudiaba en la escuela primaria de Huntington, en Nueva York, me enseñó cómo funcionaba un mechero Bunsen, una balanza, una centrifugadora, un agitador magnético, una probeta, un matraz de Erlenmeyer y un balón de destilación.

En muchos de sus experimentos mi padre empleaba teflón, un material que por aquella época acababa de descubrir de forma casual un científico de DuPont. Mi padre trabajaba en una pequeña empresa química que fabricaba distintos objetos con teflón, como aislamiento para cableado y pilas de combustible. La principal ventaja de este polímero sobre otros recubrimientos es que su superficie es tan resbaladiza que casi nada se adhiere a ella. Algunas de las creaciones de mi padre terminaron concretándose en avances útiles. Roció las cazuelas, sartenes y espátulas de mi madre con diversos tipos de teflón años antes de que empezaran a comercializarse los utensilios de cocina recubiertos de este material, aunque de vez en cuando nos encontrábamos trozos de teflón en la comida. Otros inventos suyos tuvieron menos éxito. Nos puso plantillas de teflón en los zapatos para evitar que nos salieran ampollas, pero eran tan resbaladizas que, a cada paso, los pies se deslizaban dentro de los zapatos. Caminar se volvió una complicación y correr era francamente peligroso. Pero para mi padre lo más importante de todo no era que los experimentos salieran bien, sino la emoción que le suscitaba todo el proceso, la incertidumbre de si llegarían a buen puerto o no.

Un escalofrío de anticipación me recorrió la columna vertebral mientras yacía boca arriba sobre la piedra sacrificial. Los rayos de sol se filtraban entre los pinos gigantescos y bañaban de luz los arbustos silvestres de laurel y rododendro. Los pájaros trinaban en el aire de la mañana. Una hendidura de un centímetro y medio de profundidad bordeaba la gran losa de granito y rodeaba mi cuerpo, y justo a mis pies quedaba un pequeño canalón, entre la hendidura y el borde de la losa. La piedra, que debía de pesar más de una tonelada, descansaba a casi un metro del suelo, apoyada sobre otras cuatro piedras.

Mi padre, un hombre no muy alto, ancho de hombros y de mirada brillante, daba vueltas en torno a la losa con una cinta métrica en la mano y una pipa en la boca, tomando notas y dibujando diagramas en su cuaderno. La docena de cámaras de piedra, muros y canalones que rodeaban la losa de granito, así como las piedras en posición vertical que parecían alinearse según una perspectiva específica con respecto a la posición del sol en determinadas épocas del año, resultaban un misterio. De hecho, el agricultor al que habían pertenecido aquellas tierras de Salem, en New Hampshire, a mediados del siglo XX, había llamado al lugar «Mystery Hill». Algunos investigadores han especulado con la posibilidad de que el conjunto lo construyeran los colonos vikingos en torno al año 1000 d. C., cientos de años antes de que Colón llegara a América; o los celtas de las Islas Británicas en torno al 700 a. C., o las diversas tribus indias abenaki y pennacook a lo largo de miles de años.

Fuera cual fuese su origen, cuando me tumbé sobre aquella fría losa un escalofrío me recorrió la espalda. Podía imaginar mi sangre derramada acumulándose en el surco que rodeaba mi cuerpo y discurriendo por el canalón que quedaba a mis pies hasta caer en la cubeta puesta allí para recogerla. Era al mismo tiempo aterrador y excitante. Ahí estaba yo, un niño de diez años, ayudando a mi padre a resolver un misterio científico. No sabía si el estremecimiento que sentía se debía más bien a una reacción producida por el frío de la piedra en el fresco otoño de Nueva Inglaterra, o a la emoción propia del descubrimiento. Para mi padre, obviamente, se trataba de lo segundo, y yo percibía su entusiasmo por poder participar en la Marcha de la Ciencia haciendo retroceder las fronteras de lo Desconocido. A los diez años, yo ya estaba enganchado a la ciencia, a dar respuesta a diversas cuestiones por medio de la compilación y el análisis de datos en lugar de recurrir a especulaciones de salón o aceptar como fuentes la rumorología y las historias populares.

En la actualidad, el verdadero origen de Mystery Hill sigue sin estar claro, probablemente porque a lo largo de los siglos numerosos grupos humanos han alterado el estado de las ruinas y han destruido o modificado las pruebas de sus orígenes. Puede que la «piedra sacrificial» sea solo la mitad inferior de una prensa de sidra del siglo XIX y que el canal que la bordea sirviera para recoger el jugo de las manzanas machacadas, o puede que se trate de una prensa de piedra destinada a extraer la sosa de las cenizas de la madera para fabricar jabón. Mi padre y yo no encontramos prueba alguna que respaldara alguna de las diversas teorías sobre Mystery Hill, pero la emoción que me produjo el proceso sistemático de busca de la verdad es algo que no he olvidado nunca.

Siempre escéptico, mi padre albergaba sempiternas dudas sobre su propia interpretación de las cosas. Cuando más feliz estaba era cuando investigaba algo que no entendía o que contradecía sus presupuestos. Y a mí me transmitió no solo su pasión por la ciencia, sino también la certeza de que esta siempre es, en esencia, provisional. La ciencia es siempre, por naturaleza, un proceso en desarrollo. No importa lo sólidamente fundamentada que creamos que está nuestra visión del mundo, debemos estar dispuestos a repensarla si aparecen nuevas pruebas que la cuestionen. Una de las recompensas de mantener esta actitud abierta es que uno es capaz de apreciar cosas que no puede explicar. Estudiar las cosas que se ajustan a nuestras ideas preconcebidas nos ayuda a comprender mejor sus detalles; estudiar las cosas que no encajan con nuestras ideas preconcebidas es lo que a menudo impulsa los avances científicos.

Si bien mi padre siempre me estimuló para que investigara todo aquello que no podía explicar, nunca me habló de la mente ni de otros conceptos abstractos como los pensamientos o los sentimientos, y mucho menos de entidades aún más abstractas como Dios, el espíritu o el alma. Yo, que estaba bastante satisfecho con mi formación científica y con mis planes de emprender una carrera en ese ámbito, acepté, siguiendo el ejemplo de mi padre, que la búsqueda de la verdad se sustentaba por norma en la comprobación empírica.

Estudié en la Universidad de Cornell y allí me especialicé en psicología experimental. Aplicando una metodología científica estudié el proceso de aprendizaje que permitía a los carpines dorados recorrer un laberinto, a las ratas obtener comida presionando una barra en unas ocasiones determinadas y en otras no, y a los ejemplares jóvenes de macacos Rhesus buscar comida debajo de un tipo concreto de objetos. Pero por mucho que me fascinara la inteligencia de los animales, mi deseo de trabajar con personas me llevó de la facultad de Psicología a la de Medicina. Allí descubrí muchas cosas que me gustaba hacer, desde asistir en los partos a prestar atención domiciliaria a los pacientes mayores. Pero cuanto más aprendía sobre enfermedades mentales más cuenta me daba de lo poco que sabíamos del cerebro, y el atractivo de las preguntas sin respuesta terminó por llevarme a la psiquiatría.

En una de las visitas que hice a casa de mis padres durante mi tercer año en la facultad de Medicina, sorprendí a mi padre con la noticia de que estaba pensando en hacerme psiquiatra. Le conté que me fascinaba el efecto que tenían los pensamientos y emociones inconscientes sobre nuestro comportamiento. Mi padre, que estaba sentado en su sillón con una pierna cruzada, sacó del bolsillo de su chaqueta una pipa de maíz y una bolsa de tabaco y, con gesto pausado, llenó meticulosamente el hornillo de la pipa, apisonó el tabaco, añadió un poco más, lo apretó otra vez, encendió una cerilla de madera, la aproximó cuidadosamente al hornillo mientras daba suaves caladas al caño y, por fin, levantó la vista y, para mi sorpresa, me preguntó: «¿Qué te hace pensar que tenemos pensamientos y emociones inconscientes?».

Este cuestionamiento tan directo me desconcertó. No era que mi padre estuviera negando la existencia del inconsciente, sino que, como buen científico escéptico, me pedía pruebas de ello. Pero a mí su pregunta me cogió desprevenido. La influencia del inconsciente —lo que pensamos y sentimos sin ser conscientes de ello— ha sido el tema con el que la psiquiatría lleva ganándose el pan desde hace al menos cien años.

Sigmund Freud comparó la mente con un iceberg.[8] Los pensamientos y sentimientos de los que somos conscientes son solo la punta visible sobre el mar. Por ejemplo: uno se da cuenta de que tiene sed y decide conscientemente beber. Pero nueve décimas partes del iceberg se mantienen invisibles bajo la superficie marina, y son las que conforman el inconsciente, los pensamientos y las emociones. No somos conscientes de ellos, pero influyen igualmente en nuestro comportamiento. Por ejemplo: de forma consciente, los profesores, en su mayoría, no pondrían mejores notas a los estudiantes más guapos.[9] Pero existe una gran cantidad de pruebas que demuestran que, de hecho, los profesores sí ponen mejores notas a los estudiantes más atractivos, sin ser siquiera conscientes de ello. La idea de que nuestros pensamientos y sentimientos inconscientes afectan a nuestro comportamiento es una de las muchas cosas que yo había aceptado como un acto de fe —fe en mis profesores y en los libros de texto—, sin cuestionármela.

Por mucho que me desconcertara que mi padre pusiera en duda el papel de los pensamientos y sentimientos inconscientes, me di cuenta de que tenía razón. Antes de aceptar la existencia del inconsciente debería haber buscado pruebas que la confirmaran. Pero eso planteaba otra cuestión: ¿qué consideramos «pruebas» en lo que respecta a cosas que no es posible ver ni mesurar, como los pensamientos y los sentimientos? Aunque los científicos han realizado grandes avances en la comprensión de la parte física de nuestro mundo, también experimentamos cosas no físicas, como pensamientos y emociones. Estos elementos no físicos son tan parte de nuestro mundo como los objetos físicos, como las sillas y las piedras. Los científicos pueden hacer observaciones y recopilar datos sobre ellos igual que lo hacen con los objetos físicos.

De hecho, existe una larga tradición de científicos que se han dedicado al estudio de fenómenos que no son directamente observables, y que abarcan desde las emociones a las partículas subatómicas. No podemos observar directamente sentimientos como el amor, la ira o el miedo, pero sí podemos estudiarlos de forma indirecta, analizando el efecto que tienen en nuestra forma de expresarnos, en nuestro comportamiento y en nuestras reacciones físicas. Por ejemplo, cuando nos enfadamos —una emoción no física—, nuestro tono de voz se eleva y nuestras palabras se vuelven más secas, es posible que frunzamos el ceño, que nos suba la presión sanguínea o que estampemos cosas sobre la mesa o el mostrador. A partir de esos efectos, que sí son observables, los demás pueden deducir que estamos enfadados.

Ocurre lo mismo con algunas partículas subatómicas que resultan demasiado pequeñas y tienen una vida demasiado corta como para aprehenderla: los físicos no pueden observarlas directamente. Pero en 1960 el físico Donald Glaser ganó el Premio Nobel de Física por estudiarlas de forma indirecta: demostró que al disparar una cantidad de partículas diminutas y de corta duración en una cámara de burbujas —un recipiente lleno de fluido, generalmente hidrógeno líquido—, es posible estudiar el rastro de burbujas que las partículas dejan en el líquido. Y este rastro nos enseña muchas cosas sobre las propias partículas.

Fue precisamente esta tradición científica basada en el estudio de las pruebas la que me mostró las limitaciones del marco conceptual en el que había sido educado. Había un montón de cosas que no podían explicarse enteramente en términos de partículas y fuerzas físicas, pero que aun así manifestaban su existencia. Rehuir algunas cuestiones solo porque eran difíciles de explicar no parecía una actitud muy científica. Todas aquellas cosas que no encajaban en mi cosmovisión me pedían a gritos que tratara de comprenderlas en lugar de descartarlas. Respetar aquellas cosas que resulta difícil mesurar en vez de rechazarlas considerándolas irreales no implica renunciar a la ciencia. Es consagrarse a ella.

Durante mi época de formación como psiquiatra, traté a algunos pacientes que creían que podían leer la mente de otras personas. Como la mayoría de los psiquiatras, di por hecho que aquellas ideas respondían a puras ilusiones, a una confusión entre fantasía y realidad. Pero ¿acaso contábamos con pruebas que sustentaran esta hipótesis? ¿Cómo sabíamos que lo que creían dichos pacientes —que eran capaces de leer la mente— era el síntoma de una enfermedad mental y no una realidad? Por supuesto, como científico no podía conformarme con aceptar sin más la realidad de sus afirmaciones, sin comprobarla, pero tampoco podía limitarme a descartarla, catalogándola de delirio sin haberla investigado. Consideraba que tanto aceptar una afirmación así como rechazarla sin pruebas era hacer un flaco favor a aquellos pacientes, además de una violación de los principios científicos. Por eso decidí diseñar un experimento controlado para comprobar si de verdad podían leer la mente o no, y lo llevé a cabo junto con otros residentes de psiquiatría.

Los riesgos que comportaba un estudio de este tipo me inquietaban un poco. Como científico, quería saber si estos pacientes podían aportar pruebas que corroboraran sus afirmaciones, pero como psiquiatra, parte de mi trabajo consistía en persuadirlos de sus delirios y falsas creencias y en enseñarlos a pensar de forma más realista. Y si la capacidad de estos pacientes para leer la mente se demostraba falsa, ¿tomármelos en serio no tendría más bien el efecto de reforzar sus ideas ilusorias?

Me preguntaba si los beneficios que podía aportar la investigación compensarían los riesgos potenciales para los propios pacientes. Por tanto, planteé mi propuesta de investigación al personal médico y de enfermería del servicio de psiquiatría. Les expuse mis dudas sobre la realización del estudio y mi temor de que si trataba como algo serio las inusuales creencias de estos pacientes pudiera terminar por consolidar sus delirios. Pero para mi sorpresa, tanto al personal como al jefe del servicio el estudio les pareció interesante y consideraron que, en el entorno seguro del hospital, sería posible lidiar con cualquier empeoramiento de los síntomas de los pacientes, en caso de que se produjera. Así que, con el beneplácito del personal, seguí adelante, y otros dos residentes se ofrecieron voluntarios para actuar como «emisores» en el experimento, es decir, para ser las personas cuyas mentes tendrían que intentar leer los pacientes.

Los pacientes se sentaban en un sillón reclinable de mi despacho, solos, de uno en uno; se relajaban unos minutos y, cuando estaban listos, describían en voz alta, ante una grabadora, cualquier imagen o impresión que les llegara. Mientras tanto, el «emisor», sentado en otro despacho al final del pasillo, se concentraba en una fotografía de una revista seleccionada al azar, una imagen que podía ser tranquila, aterradora, violenta, divertida o erótica. Cinco minutos después, yo entraba en mi despacho y entregaba a los pacientes un sobre con cinco fotografías. Los pacientes ordenaban las cinco imágenes según el grado de vinculación que tuvieran con sus impresiones. Al terminar, yo les decía cuál era la imagen en la que se había concentrado el «emisor» y dedicábamos unos minutos a comentar la sesión.

El resultado del estudio fue el que tanto mis colegas como yo esperábamos. Ninguno de los pacientes mostró indicio alguno de haber sido capaz de leer la mente del «emisor». No existía ninguna evidencia de que su supuesta capacidad para leer las mentes tuviera un fundamento real. Pero el estudio reveló también otro hallazgo que yo no había anticipado. Una vez terminado el experimento, pregunté a cada uno de los pacientes qué les había parecido la experiencia. Para mi sorpresa, todos estaban contentos de haber participado y, lo que era aún más importante, sentían más confianza en el personal del hospital porque nos habíamos tomado sus pensamientos y sentimientos lo bastante en serio como para ponerlos a prueba. Además, uno de los pacientes añadió que el hecho de no haber sido capaz de leer la mente del «emisor» lo había hecho dudar del resto de sus ideas irracionales y lo había ayudado a separar fantasía y realidad. Su terapeuta, por su parte, me dijo que en el curso del experimento el paciente había manifestado una mejoría notable. Ninguno de los pacientes sufrió un empeoramiento de los síntomas de su enfermedad como resultado del estudio.

La realización de este experimento me produjo la misma excitación que había sentido al tumbarme sobre aquella piedra «sacrificial» de Mystery Hill. Estaba recopilando datos para contrastar una idea que la mayoría de mis colegas ni se habría molestado en considerar, idea que mi investigación podía probar como errónea, pero que también tenía el potencial de cambiar completamente nuestra forma de pensar sobre la enfermedad mental. El resultado —los pacientes no tenían el poder de leer la mente— confirmaba lo que esperábamos, pero lo emocionante no era eso. Lo que me generaba excitación era recurrir a la ciencia para someter a estudio una idea provocativa. Era más importante el proceso que el resultado. Posteriormente, una conocida revista médica[10] publicó la memoria de aquel experimento, y ese mismo año el estudio obtuvo el premio William C. Menninger a la mejor memoria de investigación realizada por un médico residente en el ámbito de la neurología, la psiquiatría o la neurocirugía.

No conocí a Raymond Moody ni oí hablar de las experiencias cercanas a la muerte hasta varios años después. Raymond comenzó sus estudios de psiquiatría en la Universidad de Virginia el mismo año que yo empecé a dar clases allí, como última incorporación del equipo docente de psiquiatría. Hizo su primera rotación clínica en urgencias, donde yo era el supervisor de todos los residentes. Sabía que Raymond había sido profesor de filosofía antes de matricularse en la facultad de Medicina y que había escrito un libro siendo aún estudiante,[11] pero no sabía sobre qué trataba. Un día, durante un rato de calma en el servicio de urgencias, nos pusimos a hablar de su trayectoria y me habló de su libro, titulado Vida después de la vida, en el que empleaba el término «experiencia cercana a la muerte» para denominar las insólitas vivencias que experimentaban algunas personas cuando se encontraban, aparentemente, en el umbral de la muerte. Poco a poco, a medida que me lo explicaba, fui tomando consciencia de que lo que describía en su libro tenía que ver con los dos casos que yo había atendido cuatro años antes: el de Henry y la visión de sus padres fallecidos, y el de Holly, que sostenía que me había visto hablando con su compañera mientras su cuerpo yacía inconsciente en otra habitación. Tanto Holly como Henry habían descrito algunos de los elementos que Raymond señalaba como propios de las ECM. Nunca sabré si experimentaron alguno más, porque en ese momento no conocía estos rasgos característicos y no pude preguntarles al respecto. Pero saber que otros médicos habían oído hablar de dichas experiencias —¡y que incluso les habían dado nombre!— fue toda una revelación. Me sentí como si una puerta empezara a entreabrirse.

Cuando llegué a la Universidad de Virginia conocía la existencia de su Unidad de Estudios de la Percepción, fundada por el catedrático de psiquiatría Ian Stevenson, ya tristemente fallecido, y dedicada a la investigación. Ian había recopilado y estudiado durante décadas la misma clase de experiencias inexplicables que Raymond describía en su libro. Por supuesto, Ian no las denominó experiencias cercanas a la muerte hasta que Raymond introdujo el término. Las había archivado en categorías diversas como «experiencias extracorpóreas», «visiones en el lecho de muerte» o «apariciones».

Me encargué de presentar a Raymond e Ian y los tres debatimos sobre cómo podíamos estudiar científicamente aquellas experiencias. Por entonces, Raymond recibía un enorme volumen de correspondencia cada semana, y cuando empecé a leer las cartas descubrí que todas versaban sobre el mismo tema. Casi todos los remitentes se habían sorprendido al descubrir que no estaban solos, y escribían a Raymond para expresarle su gratitud por haber demostrado que no estaban locos.

El libro lo reeditó después una importante editorial de Nueva York e inmediatamente atrajo una enorme atención. A lo largo de los años siguientes numerosos médicos, enfermeras, trabajadores sociales e investigadores escribieron a Raymond interesados en el estudio de este fenómeno. Raymond los invitó a un encuentro celebrado en la Universidad de Virginia, y a partir de aquella reunión, cuatro de nosotros (el psicólogo Ken Ring, el cardiólogo Mike Sabom, el sociólogo John Audette y yo) fundamos la Asociación Internacional de Estudios Cercanos a la Muerte (IANDS, por sus siglas en ingles) para fomentar la investigación de las ECM. Hablar con personas que habían tenido dichas experiencias, observar las secuelas que habían dejado en sus vidas y trabajar con otros investigadores para los que las ECM resultaban igualmente cautivadoras me enganchó. Las experiencias cercanas a la muerte parecían ser la intersección natural de, por un lado, fenómenos inexplicables que reclamaban a gritos una explicación; y, por otro, el encuentro con la muerte, que era el objeto central de mi trabajo en urgencias. Las ECM aglutinaban tres elementos que me habían acompañado desde la infancia: la medicina, la mente y la pasión por la investigación científica, una convergencia de factores que marcaría el rumbo del resto de mi carrera.

Aquel viaje hasta el fondo de las ECM iba a llevarme de hospital en hospital, de universidad en universidad y de estado en estado en busca de respuestas. Durante años, realicé investigaciones con pacientes hospitalizados que por una razón u otra habían estado al borde de la muerte: paros cardíacos, patologías, accidentes, intentos de suicidio, conflictos bélicos o complicaciones durante una operación o un parto. Casi la mitad de ellos manifestaron una pérdida de la frecuencia cardíaca, la presión arterial o la respiración, o llegaron a ser declarados oficialmente fallecidos. En colaboración con diversos colegas, durante estos años he publicado más de cien artículos en revistas médicas sometidas al sistema de revisión por pares donde se exponen los hallazgos de nuestras investigaciones.

Además de las investigaciones con pacientes hospitalizados, también comencé a compilar los relatos de más de mil personas que se pusieron en contacto conmigo para explicarme sus ECM. Las experiencias que me describían eran iguales que las de los pacientes hospitalizados. Por eso registré sus historias, con la esperanza, una vez reunidas las suficientes, de encontrar algunos patrones comunes. Y finalmente dichos patrones me llevaron a comprender mejor lo que se escondía detrás de estas experiencias.