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Solo veo árboles, árboles por todas partes. Todavía no puedo creerme que en medio de un bosque tan denso pueda esconderse el mejor internado del país, el mismo que será mi casa a partir de ahora y donde estudiaré primero de ESO.

—¿Nerviosa? —me pregunta mi padre mirándome a través del espejo retrovisor del coche mientras conduce.

Yo me encojo de hombros antes de confesar:

—Un poco. —Porque a él no puedo ocultarle nada, me conoce mejor que yo misma.

A su lado, en el asiento del copiloto, mi madre suspira, también nerviosa, sin añadir nada. Estoy segura de que está taquicárdica perdida.

—Todo irá bien, estarás genial —me dice él guiñándome un ojo. Yo le respondo con una sonrisa algo más tranquila.

 

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Tiene razón, todo irá genial. ¿Por qué no? No olvidemos que me he ganado una de las cinco becas que el elitista internado Vistalegre concede cada año, y que gracias a eso podré estudiar en sus fantásticas instalaciones sin tener que pagar todos los meses una burrada de dinero. Fue mi tutora, es decir, extutora, la que me aconsejó probar suerte. Según ella, aquí tendré muchas más oportunidades que en mi colegio de toda la vida. Vistalegre es de esos sitios que nombras y todo el mundo cambia de expresión, así que supongo que eso me ayudará cuando tenga que entrar en la universidad o buscar un trabajo.

¿El inconveniente? Que Vistalegre no es un colegio al uso, es un internado. Sí, un lugar en el que, además de estudiar, pasaré un año entero apartada de todo lo que ha sido mi vida hasta este momento. Y por eso, sobre todo, estoy inquieta. Porque no es lo mismo cambiarse del colegio que está cerca de tu casa al que está unas calles más lejos, que coger todas tus cosas y mudarte, directamente, a un nuevo hogar perdido en el bosque. Pero, bueno, mi padre tiene razón..., seguro que todo irá bien, ¿no?

—¡Genial, lo conseguí! —grita de pronto mi hermano de cinco años levantando el brazo al aire, sentado en su elevador a mi lado.

Nico está entretenido con la consola totalmente ausente a lo que hablamos. Cuando se pone a jugar con sus maquinitas, no existe nada más.

—¿Ya has vencido al jefe? —le pregunto asomándome a la pantalla.

—Sí, y he conseguido un montón de gemas nuevas que me sirven para...

Nico me sigue hablando del juego. Yo no soy de videojuegos, pero me gusta que me cuente sus avances con esos hoyuelos que se le dibujan en la cara de la emoción que siente. Escucharlo me sirve para relajar la cabeza y pensar en otra cosa que no sea mi futuro, cada vez más próximo.

—Ya hemos llegado —anuncia de pronto mi padre, devolviéndome a la realidad.

Me agarro al cinturón de seguridad como si acabara de advertirme de una colisión inminente. ¿Será porque me siento un poco como si fuera a sufrir una...? Trato de relajarme toqueteando el cierre del bolso que llevo en el regazo; es un regalo de mi padre. Lo eligió él en el mercadillo medieval al que fuimos este verano en nuestro pueblo y le tengo un cariño especial. No es nada del otro mundo: pequeño, cuadrado, de cuero marrón oscuro..., pero me parece el mejor bolso del mundo, y por eso lo he incluido en mi equipaje.

Mientras traspasamos la enorme puerta de hierro que indica el acceso al internado y avanzamos por el camino de tierra que serpentea hasta la entrada, tengo la sensación de entrar en un palacio del siglo xv. ¿Acaso hemos viajado al pasado?

—Ahí está el hipódromo —comenta mi padre.

—Los caballos son peligrosísimos. Ten mucho cuidado, Julia.

—Tranquila, mamá, me pondré el casco —bromeo, y mi padre se ríe.

—No me hace gracia. Una caída de un caballo puede ser mortal.

Papá alarga la mano y la posa sobre la de mi madre, que la recibe encantada.

—No se caerá, porque estará rodeada de gente que cuide de ella constantemente y aprenderá cosas nuevas, que eso siempre es bueno.

—Está bien. —Mi madre suspira algo más tranquila.

Desde que tengo memoria, mi padre y mi madre han sido como los polos opuestos de mi vida: él es seguro, vivaz y aventurero; ella, miedosa, precavida y en contra de exponerse y de exponernos a cualquier peligro. Vicente, mi padre, tiene un taller mecánico y mi madre, Isabel, lleva toda la vida como educadora en la misma escuela infantil. Nunca nos ha faltado nada, y en verano solemos ir unos días de vacaciones todos juntos, pero ni en el mejor de los sueños podrían pagar un curso en Vistalegre, lo que hace que mi madre esté más nerviosa de lo habitual: esta beca no es una oportunidad más, es la oportunidad de mi vida.

 

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Una vez aparcado el coche, cojo mi querido bolso y salgo del vehículo con los ojos fijos en ese edificio de piedra que se yergue delante de nosotros. Definitivamente, en algún momento de su historia debió de ser un castillo, y ahora esta construcción con torres en los laterales es mi nuevo hogar. Mi padre coge del maletero la única maleta que he llenado con lo imprescindible para este año y me avisa para que me una a él, a mi madre y a mi hermano por el camino que lleva hacia la puerta del edificio. Llevo más fotos y libros que ropa porque, total, vestiré uniforme a diario, así que tampoco necesito mucha variedad, además de que nunca ha sido algo a lo que haya prestado demasiada atención. Mi amiga Rosa siempre me echa la bronca por lo mismo.

—¿Tienes todas las camisetas iguales o qué?

—Es que son las que me gustan, ¿por qué voy a llevar otras?

Rosa es la mejor amiga que he tenido nunca, aunque seamos muy diferentes. Sin embargo, desde que supo que iba a venir a Vistalegre se distanció y en verano apenas hemos hablado, así que ahora no creo que me eche mucho de menos.

Cuando mi familia y yo llegamos a la puerta del internado, nos recibe un grupo de chicos y chicas sentados tras unas mesas, con unas pegatinas de colores en la solapa que ponen: GOBERNANTE o GOBERNANTA. Nos colocamos al final de la fila de alumnos que esperan su turno para que los atiendan. Sobre las mesas, los gobernantes tienen un montón de papeles con listados en los que van tachando nombres a medida que llegan alumnos. El chico que espera justo delante de mí me sonríe antes de anunciar su nombre a uno de los gobernantes: Adrián, creo escuchar. Por lo menos los alumnos parecen majos, me digo. Cuando llega mi turno y digo mi nombre, una gobernanta con una coleta negra y larga muy tirante se presenta como Lea.

—Soy tu gobernanta, así que puedes preguntarme las dudas que tengas y contar conmigo para lo que sea. ¿De acuerdo? —Lea habla rápido y con un único tono, como si hubiera memorizado toda esa información y tuviera que soltarla lo antes posible porque le pesa demasiado.

—Vale, gracias.

—Esta es tu habitación y las reglas del colegio —dice mientras me tiende un sobre con cosas dentro que cojo enseguida.

—¿Tienes móvil?

—Sí.

—Dámelo.

Obedezco sin saber muy bien el motivo.

—Aquí no hay cobertura, ni datos ni wifi; además, están prohibidos.

Asiento confusa mientras veo cómo pega una etiqueta a mi teléfono y lo guarda con otros tantos en una caja.

—¿Y si tengo que llamar a mi familia o ellos tienen que comunicarse? —pregunto, algo preocupada por la medida.

—Con el teléfono del colegio. Tú podrás llamar una vez cada dos semanas y ellos cuando tengan algo urgente que comunicarte.

Miro a mis padres y ellos me miran menos entusiasmados que hace un momento en el coche. Con tanta restricción, esto empieza a parecerse más a una cárcel que a un colegio.

Lea debe de darse cuenta de nuestra consternación, porque enseguida nos explica con el mismo tono ametrallador de antes:

—Es por un tema de concentración. Hemos comprobado que es bueno para los alumnos crear esta distancia para centrarse en sus estudios y no recibir distracciones externas.

Mi padre asiente más convencido.

—Claro, lo entendemos. Su internado, sus reglas —dice acariciando la espalda de mi madre, que sigue con el ceño fruncido.

—Ahora ya puedes entrar, Julia —me indica Lea, al ver que la cola de alumnos a mi espalda crece por momentos—. Tenéis que despediros aquí, ¿de acuerdo? Tu familia no puede entrar dentro, por un tema de control y seguridad.

—De... acuerdo —respondo, titubeante.

No esperaba tener que despedirme tan pronto de mis padres y de mi hermano, y de repente me entran unas ganas terribles de llorar. No me gusta nada lo que escucho; son normas estrictas y, aunque siempre me he llevado bien con las normas, estas me parecen totalmente fuera de lugar e injustificadas.

Me vuelvo hacia mi padre con los ojos enrojecidos y él deja mi maleta en el suelo para rodearme con sus brazos al tiempo que me dice en el oído:

—Todo esto es por tu bien. Eres fuerte y lista, y aquí aprenderás todo lo que necesitas para conseguir lo que te propongas.

Yo asiento al tiempo que escondo mi cabeza en su pecho un momento más para acabar de convencerme. Sí, debo hacer frente a este enorme cambio y disfrutar de la oportunidad que se me ha brindado, no puedo hacer otra cosa. Rechazarla es algo impensable.

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Cuando me separo de él, mi madre ocupa su lugar. Me llena la cara de besos y me la coge entre las manos para decirme mirándome a los ojos:

—Eres mi niña y te echaré de menos cada día. Cuídate mucho, por favor.

Asiento con las lágrimas recorriéndome ya las mejillas, imposibles de contener, antes de abrazar a mi hermano por última vez hasta dentro de no sé cuanto tiempo...

—La próxima vez que hablemos tendrás que hacerme un resumen de todos tus logros —le digo, señalando la consola que lleva en la mano, apagada ahora.

—Los memorizaré todos para que no me olvide ninguno —me responde antes de ofrecerme su dulce sonrisa.

Mientras mi familia se aleja de mí en dirección al coche, me quedo quieta en la puerta del castillo agarrada a mi maleta, incapaz de moverme. Me está costando muchísimo decir adiós y perderlos de vista durante tanto tiempo. Ellos han sido todo mi mundo hasta hoy, y ya no están, ni estarán a mi lado durante doscientos setenta días. Veo que no soy la única a la que le cuesta despedirse, el chico que antes estaba delante de mí, Adrián, está abrazando a su madre con todas sus fuerzas unos pasos más allá. Justo cuando mi familia se está metiendo en el coche para regresar a casa, a nuestra casa, alguien se planta delante de mí tapándome totalmente la visión, la última de ellos que tendré en demasiado tiempo.

—¿Me dejas? —me pregunta una chica bastante seca que me dobla en altura y que tiene el pelo rojizo, rizado y revuelto. Va cargada con tres maletas, una mochila y un pequeño bolso que incluso yo sé distinguir que es de marca.

—Sí, perdona —me disculpo, retirándome de la puerta para dejarla pasar. Ella ni siquiera me da las gracias, pasa por mi lado con todo su equipaje resoplando y casi me atropella con él. Enseguida me doy cuenta de que allí no todos los alumnos serán como el chico de la fila, Adrián.

Cuando vuelvo a asomarme por la puerta en busca de mi familia, el coche de mis padres apenas se ve en la lejanía.

Recupero mi maleta y me adentro en ese colosal edificio con el ánimo un poco decaído. Un cartel indica hacia dónde están las habitaciones: en el ala izquierda, las de los chicos, y en la derecha, las de las chicas, distribuidas por números. Aunque este lugar es mixto, eso no es del todo cierto: lo único que comparten los chicos y las chicas es el comedor, los jardines y otros espacios comunes como la piscina climatizada o el hipódromo, pero las clases y las habitaciones están separadas, imagino que como una medida más para evitar distracciones.

De lejos distingo a la pelirroja de hace un momento junto con otras chicas que se abrazan y se ríen entre ellas. No será fácil hacerme con grupos que ya se conocen... Subo las escaleras hacia el ala de las chicas. Esto es tan inmenso que me llevará un rato encontrar mi habitación, pero lo más importante es... ¿encontraré mi lugar?

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