1. Santa Cruz, 24 de junio de 1953

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Santa Cruz, 24 de junio de 1953

Jean-Luc

Jean-Luc se lleva la cuchilla de afeitar al pómulo mientras mira su reflejo en el espejo del cuarto de baño. Durante una fracción de segundo no se reconoce. Se detiene con la maquinilla en el aire, estudia sus ojos y se pregunta qué ha cambiado. Ahora tiene un aire americano. Está ahí, en el bronceado saludable, en los dientes blancos y en algo más que no termina de identificar. ¿Será el gesto seguro con que levanta el mentón? ¿La sonrisa? Sea lo que sea, le agrada. Parecer americano es bueno.

Se enrolla una toalla alrededor de la cintura y vuelve al dormitorio. Le llama la atención una forma negra que hay fuera. Por la ventana ve un Chrysler circular despacio por la calle y detenerse detrás del roble de la entrada. Qué raro. ¿Quién puede ser a las siete de la mañana? Se queda distraído mirando el coche y entonces el olor a mantequilla de crepes recién hechas sube por las escaleras y le dice que es hora de desayunar.

Al entrar en la cocina, besa a Charlotte en la mejilla y a continuación alborota el pelo a su hijo a modo de saludo. Cuando mira por la ventana, ve que el coche sigue allí. Observa a un hombre desgarbado bajar del asiento del conductor y estirar el cuello para mirar a su alrededor. Parece un pelícano, se dice. Del lado opuesto del coche sale un hombre bajo y fuerte. Los dos echan a andar hacia la casa.

El timbre corta el silencio de la mañana como un cuchillo. Charlotte levanta la vista.

—Voy yo. —Jean-Luc ya está camino de la puerta. Quita la cadenilla de seguridad y abre.

—¿Señor Bouchamps? —pregunta el hombre pelícano sin sonreír.

Jean-Luc se queda mirándolo, se fija en el traje azul oscuro, la camisa blanca y la sencilla corbata, también en la expresión arrogante de sus ojos. La pronunciación errónea de su nombre es algo que suele pasar por alto, pero esta mañana algo le hiere en su orgullo.

—Beauchamps —le corrige—. Es francés.

—Sabemos que es francés, pero estamos en Estados Unidos. —Los ojos del hombre pelícano se entornan un milímetro mientras coloca un zapato negro reluciente en el umbral. Mira por encima del hombro de Jean-Luc y a continuación le chasquea el cuello cuando lo gira y ladea la cabeza para inspeccionar el garaje abierto bajo el que hay aparcado un Nash 600 nuevecito. Una de las comisuras de su labio superior se curva hacia arriba—. Soy el señor Jackson y este es el señor Bradley. Señor Bouchamps, nos gustaría hacerle unas preguntas.

—¿Sobre qué?

Añade entonación exclamativa para mostrar su sorpresa, pero le suena falsa, una octava demasiado aguda. De la cocina llegan sonidos amortiguados del desayuno: platos amontonados, la risa leve de su hijo. Los ruidos cotidianos reverberan alrededor de Jean-Luc como en un sueño. Cierra los ojos y se aferra a sus contornos fugaces. El chillido de una gaviota lo devuelve al presente. El corazón le late fuerte y deprisa dentro del pecho, igual que un pájaro atrapado.

El hombre de menor estatura, Bradley, se acerca a él y baja la voz.

—¿Estuvo usted ingresado en el hospital del condado hace seis semanas, después de un accidente de coche?

Alarga el cuello como si esperara obtener así información sobre la vida dentro de la casa.

—Sí. —A Jean-Luc se le acelera el pulso—. Me atropelló un coche que dobló la esquina a demasiada velocidad. —Calla un instante para tomar aire—. Perdí el conocimiento.

Le viene a la cabeza el nombre del médico, Wiesmann. Lo torpedeó a preguntas cuando acababa de volver en sí y todavía estaba desorientado. «¿Cuánto tiempo lleva en Estados Unidos? —le preguntó—. ¿Cómo se hizo esa cicatriz de la cara? ¿Nació con solo el pulgar y un dedo en la mano izquierda?».

Bradley tose.

—Señor Bouchamps, nos gustaría que nos acompañara al ayuntamiento.

—Pero ¿por qué? —Su voz es un graznido.

Los dos hombres parecen una barricada, con las manos detrás de la espalda, sacando pecho.

—Creemos que es un asunto para hablar en el ayuntamiento, no aquí en la puerta de su casa, delante de sus vecinos.

La amenaza velada le tensa el nudo que ya tiene en el estómago.

—Pero ¿qué he hecho?

Bradley frunce los labios.

—No es más que una investigación preliminar. Podríamos solicitar la colaboración de la policía, pero de momento preferimos… Preferimos esperar a tener toda la información. Usted me entiende.

«¡No entiendo nada! —quiere gritar Jean-Luc—. No sé de qué me habla». Pero hace un murmullo de asentimiento.

—Denme diez minutos.

Les cierra la puerta en las narices y vuelve a la cocina. Charlotte está sirviendo una crepe en un plato.

—¿Era el cartero? —pregunta sin levantar la vista.

—No.

Se vuelve hacia él; en su frente se ha formado una fina arruga y sus ojos castaños lo taladran.

—Son dos investigadores… Quieren que los acompañe para hacerme unas preguntas.

—¿Sobre el accidente?

Niega con la cabeza.

—No lo sé. No sé qué buscan. No quieren decírmelo.

—¿Cómo que no quieren decírtelo? Tienen la obligación. No pueden pedirte que los acompañes sin explicarte el motivo.

Se ha quedado pálida.

—No te preocupes, Charlotte. Creo que será mejor hacer lo que me piden. No es más que un interrogatorio.

El hijo de ambos ha dejado de masticar y los mira con el minúsculo entrecejo fruncido.

—Seguro que vuelvo enseguida. —La voz de Jean-Luc le suena falsa, como si fuera otra persona quien dice esas palabras de ánimo—. ¿Puedes llamar a la oficina para avisar de que llegaré tarde? —Se gira hacia su hijo—. Que pases un buen día en el colegio.

Todo se ha quedado quieto, como la calma que precede la tempestad. Jean-Luc da media vuelta y sale de la cocina. Normalidad. Tiene que actuar con normalidad. ¿Qué será lo que buscan?

Diez minutos. No quiere que llamen de nuevo al timbre, así que corre al dormitorio, abre el cajón del armario y mira sus corbatas enroscadas como serpientes. Saca una azul con lunares grises muy pequeños. Cuidar el aspecto es importante en una situación como esta. Coge la chaqueta de la percha y baja las escaleras.

Charlotte lo espera en la puerta de la cocina, tapándose la boca con una mano. Jean-Luc se la toma, besa sus labios fríos y la mira a los ojos. Luego se vuelve.

—¡Adiós, hijo! —dice en dirección a la cocina.

—Adiós, papá. Hasta luego, noruego.

—Hasta la vista, artista. —Se le quiebra la voz y vuelve a salirle un gallo.

Siente los ojos de Charlotte en la espalda mientras abre la puerta principal y sigue a los hombres hasta el Chrysler negro. Respira hondo y obliga al aire a llegar hasta el abdomen. Ahora recuerda haber oído la tormenta estallar en plena noche; nota el suelo empapado de agua que empieza a evaporarse. Pronto hará bochorno.

Ninguno habla mientras dejan atrás casas igual que la suya con anchos jardines de césped que llegan hasta la acera, la tienda de periódicos, la panadería, la heladería. Esa vida que ha llegado a amar.

2

Santa Cruz, 24 de junio de 1953

Charlotte

Miro por la ventana de la cocina, aunque hace varios minutos que se fue el coche negro. El tiempo parece haberse detenido. No quiero que avance.

—Mamá, huele a quemado.

Merde! —Retiro la sartén del fuego y tiro la crepe ennegrecida al fregadero. Cuando el humo sube, me lloran los ojos—. Voy a hacerte otra.

—No, gracias, mamá. Estoy lleno.

Sam se baja de la banqueta de un salto y sale corriendo de la cocina.

Cuando miro a mi alrededor, los restos del desayuno interrumpido me llenan de pánico. Pero tengo que sobreponerme. Despacio, subo las escaleras y entro en el cuarto de baño. Me echo agua fría en la cara, me pongo el vestido que llevé ayer y vuelvo al piso de abajo.

De camino a la escuela, Sam no deja de saltar.

—Mamá, ¿qué crees que le preguntarán esos hombres a papá?

—No lo sé, Sam.

—¿Qué puede ser, mamá?

—No lo sé.

—Igual es por un robo en una casa.

—¿Qué?

—¡O por un asesinato!

—Sam, cállate.

De inmediato deja de saltar y empieza a arrastrar los pies. Siento un poco de remordimiento, pero ahora mismo tengo preocupaciones más importantes.

Cuando llegamos a la verja de la escuela, las otras madres ya están de vuelta.

—¡Hola, Charlie! Hoy llegas tarde. ¿Te pasas luego a tomar un café?

La voz de Marge resuena cantarina por encima de las demás.

—Claro —miento.

Después de dejar a Sam, remoloneo junto a la puerta para hacer tiempo mientras las demás se adelantan. Cuando están lo bastante lejos, vuelvo a casa despacio y la soledad amenaza con engullirme. Estoy medio tentada de unirme a ellas para tomar café. Pero sé que no podré contenerme y se me escapará algo. Es posible que nadie haya visto el coche que vino a por Jean-Luc esta mañana, pero, si no es así, necesito tener una explicación preparada. Todas querrán conocer los detalles. Sí, es mejor evitar cualquier contacto.

Una vez en casa voy de una habitación a otra, ahueco los cojines del sofá, friego los platos del desayuno, ordeno las revistas de la mesa de centro. Me digo que no tiene sentido preocuparme, que solo se lo han llevado para interrogarlo. Debería hacer algo práctico para mantener la cabeza ocupada. Podría cortar el césped, ahorrarle la molestia a Jean-Luc.

Me pongo los zapatos de jardinería y saco el cortacésped del garaje. He visto a Jean-Luc tirar del cordel de uno de los laterales para ponerlo en marcha, así que le doy un tirón. No ocurre nada. Tiro de nuevo; esta vez algo dentro chasquea, pero enseguida muere. Vuelvo a tirar, esta vez más fuerte y más deprisa. De pronto se pone en marcha y me arrastra. Apesta a gasolina, aunque es un olor que me gusta.

El ritmo resulta calmante y me decepciona terminar tan pronto. Guardo el cortacésped y entro en la casa.

Igual al cuarto de estar le vendría bien un repaso. Mientras saco la aspiradora de debajo de la escalera, me acuerdo de que la pasé ayer. Derrotada, me dejo caer hasta estar sentada en el suelo con el tubo de la aspiradora en la mano.

El pasado vuelve a raudales. Jean-Luc nunca me deja hablar de él. Siempre pragmático, me dijo que lo dejara atrás, donde le corresponde. Como si fuera tan fácil. Lo he intentado, de verdad que sí, pero cuando estoy dormida no puedo evitar tener sueños en los que veo a mi madre, a mi padre. El hogar donde crecí. La nostalgia de mi familia que me dejan estos sueños proyecta una alargada sombra. He seguido en contacto con ellos; les escribí cuando nos instalamos y encontramos casa. Mi madre contestó: una carta breve y sucinta informándome de que papa no estaba aún preparado para verme. Antes necesitaba perdonar.

Regreso a la cocina y miro por la ventana, deseando ver a Jean-Luc ya de vuelta. Liberado después del interrogatorio. Sospechas infundadas. Pero solo veo la calle desierta.

El ruido lejano del motor de un coche me acelera el pulso. Me inclino hasta casi pegar la nariz al cristal y miro a la calle. «Por favor, que sea él». Se me cae el alma a los pies cuando veo un sombrero azul que conozco muy bien doblar la esquina. Es Marge, mi vecina del otro lado de la calle. La veo pelearse con bolsas de la compra mientras uno de sus gemelos persigue al otro alrededor del coche. Mira hacia donde estoy. Me escondo deprisa detrás de los visillos. Secretos y mentiras. ¿Qué sabe nadie en realidad de las vidas de sus vecinos?

Hoy no me apetece cruzarme con nadie. Si alguien vio el automóvil negro, a estas alturas todas las madres estarán enteradas. Me las imagino haciendo hipótesis, disfrutando por adelantado. No, necesito salir de aquí, poner distancia. Podría ir a hacer la compra a otro pueblo, donde no me encontraré con nadie; algún sitio grande y anónimo, como uno de esos enormes supermercados.

Cojo el bolso, quito las llaves del gancho junto a la puerta principal y me meto en el coche antes de que me vea nadie. Mientras conduzco en dirección norte por la carretera costera con la ventanilla bajada, el viento me alborota el pelo. Me encanta conducir deprisa; me da sensación de libertad y de independencia. Puedo imaginar que soy otra persona, la que yo quiera.

Al cabo de media hora veo un letrero de Lucky Store. Tomo un desvío a la izquierda y sigo las flechas hasta un aparcamiento atestado de rancheras. Veo un local de hamburguesas y un tiovivo. A Sam le encantaría este sitio; quizá deberíamos traerlo un sábado y pasar el día. Por lo general evito estos supermercados tan grandes, prefiero hacer la compra en el vecindario, donde puedo pedir al frutero las manzanas más crujientes, o al carnicero la pieza más magra. Siempre se toman su tiempo para elegirme el mejor género, valorando el hecho de que me importe.

No me siento cómoda en estos supermercados gigantescos con sus pasillos interminables de comida expuesta en colores brillantes. Amas de casa con faldas de vuelo, elegantes tacones y pelo ondulado empujan enormes carros llenos hasta arriba de tarros y latas. Me llena de nostalgia, de anhelo por volver a casa, a París.

Pollo, me digo, eso es lo que voy a cocinar esta noche, pollo al limón. Es el plato favorito de Jean-Luc.

Dos bandejas de pechuga de pollo, una botella pequeña de leche y cuatro limones se ven escasos y desvalidos en el fondo del carro cuando llego a la caja. Me da vergüenza, pero no he sido capaz de concentrarme en lo que necesitamos para el resto de la semana.

La cajera me mira con extrañeza.

—¿Necesita ayuda para meter la compra en la bolsa, señora?

¿Está siendo sarcástica? Niego con la cabeza.

—No, gracias. Puedo sola.

El estómago me ruge mientras meto la única bolsa de papel marrón en el maletero. No he desayunado. Quizá debería tomarme una hamburguesa, pero solo pensar en ello me revuelve el estómago. Así que regreso a casa rezando por que ya esté Jean-Luc.

Aparco a la entrada y corro a la puerta principal. Sigue cerrada con llave. No puede estar en casa. ¿Cómo he pensado que podría ser así? En todo caso, habría ido directo al trabajo. Sé que le preocupaba llegar tarde.

Ya son las tres. Dentro de media hora tengo que recoger a Sam de la escuela. Quizá hoy será mejor llegar más tarde que pronto. Llegar temprano significa charlar con otras madres. Sam podría volver solo a casa andando —algunos niños lo hacen—, pero me encanta recogerlo, es mi momento preferido del día. Cuando era niña, en París, todas las madres venían a buscar a sus hijos con una baguette llena de varias onzas de chocolate negro puestas en fila. Es como una tradición familiar, esperar a Sam a la salida de clase. Pero hoy, por primera vez, llegaré cinco minutos tarde. Eso significa que tengo aún veinticinco minutos que matar.

Guardo el pollo en la nevera y me lavo las manos, me limpio las uñas con el cepillo de dientes viejo del alféizar de la ventana. Oigo la voz de mi padre en mi cabeza. «Unas uñas limpias son señal de que esa persona sabe cuidarse sola —decía cuando me sorprendía con las uñas sucias—. Igual que los zapatos —solía añadir—. Se sabe cómo es una persona por sus uñas y sus zapatos».

«No en Estados Unidos —le contestaría ahora si lo viera—. En Estados Unidos se fijan en el pelo y en los dientes».

Cuando devuelvo el cepillo a su sitio miro por la ventana, tratando de no hacerme ilusiones. La calle está desierta. Me vuelve a rugir el estómago. Estoy un poco mareada. Debería comer algo con azúcar. Cojo la lata que está en la balda superior, envuelvo una galleta de pepitas de chocolate en papel de aluminio para Sam y parto una en dos para mí. La mordisqueo, temiendo que me dé retortijones, pero me sienta bien, así que me como la otra mitad.

Me quedan veinte minutos. Voy al piso de arriba, a nuestro dormitorio, y me siento en el tocador. Saco el cepillo de cerdas auténticas del cajón superior y me cepillo el pelo hasta que me brilla. El espejo me dice que sigo siendo atractiva: ni arrugas ni canas, ni flacidez debajo del mentón. Por fuera, todo en orden. Mi corazón, sin embargo, es como si tuviera cien años.

Me levanto y aliso la colcha, hecha por los amish en Pennsylvania; cientos de hexágonos perfectos cosidos a mano. Nuestras primeras vacaciones juntos. Sam acababa de aprender a andar, pero todavía le costaba, y se cayó unas cuantas veces. Recuerdo correr delante de él, preparada para cogerlo antes de que llegara al suelo.

Ya solo faltan diez minutos. Bajo otra vez y paseo por las habitaciones. Por fin abro la puerta principal. La intensa luz del sol me golpea y entro a coger el sombrero. Mientras bajo por el camino de entrada me pregunto, no por primera vez, por qué dejan abiertos sus jardines los americanos, sin setos ni muros de ladrillo. Cualquiera podría entrar, ir hasta la casa y mirar por las ventanas. Los jardines franceses son completamente distintos, siempre cercados por altas vallas o espesos setos que disuaden a visitantes inoportunos.

A Jean-Luc le encanta esta accesibilidad. Dice que lo ocurrido en Francia no habría sido posible aquí porque las personas son francas las unas con las otras; nadie habría denunciado a un vecino y a continuación ido a esconderse detrás de puertas cerradas mientras se lo llevaban detenido. No me gusta cuando habla así, idealizando su país de adopción. No puedo evitar sentir que es desleal a Francia. Años de hambre, miedo, privaciones… son cosas que pueden convertir a una buena persona en mala.

—¡Charlie! —Marge me llama desde el jardín de enfrente e interrumpe mis pensamientos—. ¿Adónde has ido hoy? Hemos tomado café en casa de Jenny. Pensábamos que ibas a venir.

—Lo siento. —El corazón me da un salto y me tapo la boca con el dorso de la mano para disimular la mentira—. Necesitaba hacer compra grande. He ido a Lucky Store.

—¿En serio? ¿Hasta allí te has ido? Pensaba que odiabas esos centros comerciales gigantescos. Deberías habérmelo dicho. Te habría acompañado.

—Siento haberme perdido el café.

—No te preocupes. El viernes vamos a casa de Jo. Escucha, necesito pedirte un favor. ¿Podrías recoger a Jimmy? Tengo que llevar a Noah al médico. Está con fiebre y no consigo bajársela.

—Claro. —Intento sonreír, pero me siento como una traidora con estos vecinos que conozco desde hace años.

—Gracias, Charlie. —Me sonríe de oreja a oreja.

De camino al colegio, recuerdo lo bien recibidos que nos hicieron sentir los vecinos cuando llegamos a Santa Cruz, hace nueve años. Antes de terminar la semana nos habían invitado no solo a un aperitivo, sino a una barbacoa. Me conmovió cómo se congregaron todos para la ocasión, declarando con sus voces altas y alegres lo felices que se sentían de conocer a la familia nueva. En cuanto pusimos un pie en el jardín, a Jean-Luc le dieron un gran vaso de cerveza y a mí una copa de vino blanco. Hicieron carantoñas a Sam y le encontraron un rincón en sombra debajo de un árbol para sentarlo en su mantita, rodeado de juguetes de vivos colores. No parecía haber formalidades, o al menos yo no las vi. Era todo muy espontáneo, y, en cuanto estaba hecho un trozo de carne, los invitados acudían en tropel a la barbacoa. Me sentí agradecida cuando un hombre me pasó un plato lleno de comida. Cada uno se sentaba donde quería, arrimando sillas de madera a los distintos grupos.

Qué distinto era todo en París. En las pocas ocasiones en que mis padres recibían invitados, se decidía con antelación dónde se sentaría cada uno. Los invitados esperaban pacientemente y en silencio a que el anfitrión asignara los sitios. Y no se servía una sola bebida antes de que llegaran todos. Maman a menudo se quejaba de que fulanito llegaba tarde y hacía esperar a los demás una hora para tomar la primera copa. En cualquier caso, la guerra puso fin a esas cenas.

Aquí no parecía haber reglas. Las mujeres empezaron a hablar directamente conmigo derrochando risas; los hombres bromeaban diciéndome lo sensual que era mi acento. Yo estaba encantada, y Jean-Luc más aún. Se enamoró de Estados Unidos desde el primer momento. Si alguna vez echó de menos su país, nunca lo mencionó. Para él todo era estupendo y maravilloso: la abundancia de comida, la cordialidad de la gente, la facilidad para comprar cualquier cosa. «Esto es el sueño americano —no dejaba de decir—. Tenemos que aprender a hablar inglés perfectamente. A Samuel le resultará fácil, será su primera lengua; nos ayudará».

Samuel pronto se convirtió en Sam, Jean-Luc pasó a ser John y a mí me apodaron Charlie. Habíamos sido americanizados. Jean-Luc dijo que eso significaba que nos habían aceptado, y que, en reconocimiento por la cálida acogida que nos habían brindado, debíamos evitar hablar francés. Dijo que daría la impresión de que no queríamos integrarnos. Así que hablábamos solo inglés, incluso entre nosotros. Yo por supuesto entendía su lógica, aunque me rompía un poco el corazón no poder cantar a Sam las canciones de cuna que había aprendido de mi madre. Aquello me distanció aún más de mi familia, de mi cultura, y transformó nuestra forma de comunicarnos, nuestra manera de estar en el mundo. Yo seguía queriendo a Jean-Luc con toda mi alma, pero algo había cambiado. Ya no me susurraba mon coeur, mon ange, mon trésor. Ahora me llamaba darling, honey o, lo que era aún peor, baby.

Suena la campana en el patio desierto e interrumpe mis pensamientos. Salen los niños en tropel y buscan a sus madres con gran alboroto. A Sam se lo reconoce enseguida con ese pelo negro que brilla entre tanta cabeza rubia. Su piel olivácea y sus bonitos rasgos delatan su origen diferente. Un vecino dijo una vez que esas pestañas tan largas eran un desperdicio en un chico. Como si la belleza pudiera ser alguna vez un desperdicio. Qué pensamiento tan raro.

Sam me mira con su sonrisa ladeada, idéntica a la de Jean-Luc. A sus nueve años, es demasiado mayor para echar a correr como antes, y termina de hablar con sus amigos antes de caminar hacia mí con estudiada despreocupación.

Le doy un beso en cada mejilla, muy consciente de lo mucho que lo avergüenza, pero no me puedo contener. Además, pasar un poco de vergüenza de vez en cuando ayuda a formar la personalidad.

—Ve a decirle a Jimmy que se viene con nosotros —le pido.

—Bárbaro. —Echa a correr, pero de pronto se detiene y retrocede un poco—. ¿Está papá en casa?

—Todavía no.

Sin decir palabra, se va a buscar a Jimmy.

Cuando reaparecen, saco la galleta de pepitas de chocolate y la parto en dos. Jimmy engulle su mitad.

—Hay más en casa —digo.

—¡Sí! —Jimmy echa a correr—. ¡Venga, Sam!

Pero Sam camina a mi lado.

Jimmy corre por la acera y desaparece al doblar la esquina. Le pongo a Sam una mano en el hombro.

—No te preocupes, papá llegará enseguida.

—Pero ¿qué querían esos hombres?

—Luego hablamos, Sam.

—¡Bu! —Jimmy aparece delante de nosotros de un salto.

Se me sube el corazón a la garganta y doy un grito.

Jimmy se muere de risa.

—Perdón —consigue decir entre carcajadas.

Cuando los latidos de mi corazón se normalizan, simulo reír también para romper la tensión del momento.

Jimmy coge a Sam del brazo y echan a correr.

Cuando llegamos a casa, dejo la lata de galletas en la mesa de la cocina delante de los niños.

—Comed todas las que queráis.

Jimmy me mira con los ojos como platos y una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Hala! Gracias.

Me reconforta un poco verlos comer, disfrutar de algo que he hecho yo.

—Te han salido como nunca, mamá.

Sam tiene migas en las comisuras de los labios. Jimmy asiente en silencio con la boca demasiado llena para decir palabra.

—¿Queréis que os haga más para llevaros a clase? —ofrezco.

—No, gracias, solo para nosotros.

Sam me mira con ojos oscuros, celosos.

Quiero estrecharlo contra mí, decirle que no tiene nada de que preocuparse. Que mi amor por él es más profundo que el océano, que durará para siempre. Pero lo que hago es preparar la cena. Rallo la corteza de los limones, los exprimo, añado el zumo a la ralladura. Corto las pechugas de pollo antes de macerarlas en el jugo. No sigo una receta; así es como preparaba maman el pollo al limón para la comida de los domingos, antes de la guerra.

3

Santa Cruz, 24 de junio de 1953

Jean-Luc

Aparcan delante del ayuntamiento. Jackson apaga el motor y durante un minuto sigue sentado, mirando a Jean-Luc por el espejo retrovisor. Luego los dos hombres bajan del coche y esperan a que Jean-Luc haga lo mismo. Pero este no tiene prisa, está incluso tentado de esperar hasta que uno de los dos le abra la puerta. Eso daría otra perspectiva a las cosas. Los detalles cuentan. Bradley da un golpe abrupto en la ventanilla con los nudillos. El sonido es áspero y tensa aún más el nudo de aprensión que tiene Jean-Luc en el estómago. Pero ¿por qué está tan asustado? Es algo completamente irracional; no ha hecho nada malo. Se inclina hacia delante, tira de la manija de la puerta y sale al sol de la mañana.

Suben los escalones en silencio y cruzan las grandes puertas dobles. Es temprano, lo que probablemente explica por qué no hay nadie. Le hacen bajar unas escaleras, enfilar un pasillo apenas iluminado y entrar en una habitación sin ventanas. Bradley acciona un interruptor y un tubo fluorescente zumba y, a continuación, inunda de luz la habitación. Los únicos objetos son una mesa de formica y tres sillas de plástico con patas metálicas.

—Esto puede tardar un rato. —Jackson se saca un paquete de cigarrillos arrugado del bolsillo del pecho y da golpecitos con él en la mesa—. Siéntese. —Le ofrece la cajetilla abierta a Bradley. Encienden un pitillo mientras miran a Jean-Luc.

Este se sienta, cruza los brazos y a continuación los descruza con una sonrisa forzada. Quiere darles a entender que está encantado de obedecer, preparado para contarles lo que quieran saber.

Los dos hombres se quedan de pie con expresión impenetrable. La piel grasienta de Bradley brilla bajo el tubo fluorescente, las rojeces de su cara atrapan la luz. Da una larga calada a su cigarrillo, se llena los pulmones y exhala despacio, creando una espesa niebla que por un momento flota en la habitación.

—Señor Bouchamps, ¿cómo se hizo esa cicatriz en la cara? Es bastante singular.

Jean-Luc se dice a sí mismo que, en situaciones así, es mejor no provocar. La pasividad es lo indicado; no debe dar la impresión de estar a la defensiva. «No discutas. Mantén la calma». Nota un reguero de sudor que le baja por las costillas.

—Me la hice en la guerra —murmura.

Bradley mira a Jackson con una ceja levantada.

—¿Dónde? —pregunta Jackson.

Jean-Luc vacila, se pregunta si puede contar la historia a la que ha recurrido hasta entonces, que resultó herido de metralla cuando cayó una bomba en París. De manera instintiva, sabe que aquí no le será de ayuda.

Bradley se inclina hacia él y lo mira atentamente a los ojos.

—¿Qué hizo usted durante la guerra?

Jean-Luc le sostiene la mirada.

—Trabajé en Bobigny, la estación de ferrocarril.

Bradley enarca una de sus pobladas cejas.

—¿En Drancy?

Jean-Luc asiente con la cabeza.

—¿El campo de concentración de Drancy?

Vuelve a asentir. Tiene la impresión de estar acorralado, obligado a mostrarse conforme con los datos. Pero los datos no cuentan toda la historia.

—¿Desde donde miles de judíos fueron enviados a morir a Auschwitz?

—Yo solo arreglaba las vías. —Sigue sosteniendo la mirada; no quiere ser el primero en apartarla.

—Para que los trenes funcionaran con normalidad.

—Solo hacía mi trabajo.

La cara de Bradley se pone más brillante y colorada.

—Así que solo hacía su trabajo. La excusa de siempre. Pero estuvo allí, ¿verdad? Ayudó y fue cómplice.

—¡No!

—Drancy era un campo de tránsito, ¿no es cierto? Y usted ayudaba a trasladar a los judíos a Auschwitz.

—¡No! ¡Yo quería impedirlo! Incluso intenté sabotear una vía. Terminé en el hospital por ese motivo.

—No me diga.

El tono de Bradley es irónico.

—Es verdad. Lo juro.

4

París, 6 de marzo de 1944

Jean-Luc

Después de cuatro años, la ocupación se había convertido en un modo de vida. Algunos se habían adaptado mejor que otros, pero Jean-Luc seguía despertando cada mañana con el corazón encogido. Aquella mañana salió a rastras de la cama para presentarse en la estación de Saint-Lazare, pero su superior no le dio la bolsa de las herramientas como de costumbre. Lo que hizo fue mirarlo fijamente.

—Hoy trabajas en Bobigny.

—¿Bobigny? —repitió Jean-Luc.

—Sí.

Su jefe lo miró a los ojos. Ambos sabían lo que Bobigny significaba.

—Pensaba que estaba cerrada.

—A los trenes de pasajeros sí, pero está abierta para otros usos.

El jefe hizo una pausa para dejar que Jean-Luc asimilara sus palabras.

—¿Cerca del campo de tránsito de Drancy? —A Jean-Luc se le escapó un gallo y se le aceleró el pulso mientras trataba de buscar una salida a aquella situación.

—Sí. Hay que hacer labores de mantenimiento en las vías. Tenemos órdenes de enviar a seis hombres. —Calló un instante—. Ándate con ojo allí. Los boches están ahora a cargo. Intenta que no te vean la mano.

Jean-Luc llevaba trabajando para la compañía nacional del ferrocarril, la SNCF, desde que había dejado la escuela seis años atrás, a los quince. Pero, como todo lo demás, ahora las vías férreas eran propiedad de los alemanes. Apartó la vista y se metió la mano deforme en el bolsillo. Apenas pensaba en ella; haber nacido con únicamente un pulgar y otro dedo en la mano izquierda no lo había frenado ni le había supuesto nunca impedimento alguno.

—No les gustan esas cosas. —La expresión del jefe se dulcificó—. Trabajas tan bien como el que más, mejor incluso, pero a los boches les gusta todo… Bueno, tú ya me entiendes. Debes evitar que te envíen a uno de sus campos de trabajo.

Jean-Luc se sacó la mano del bolsillo y la entrelazó con la buena, repentinamente inseguro.

Su padre había sido un buen amigo del capataz y ese contacto lo había ayudado a conseguir su primer empleo a pesar de su discapacidad. Había tenido que trabajar más que los demás para demostrar su valía, pero sus colegas y sus superiores no tardaron mucho en darse cuenta de que su desfiguración no afectaba a su destreza, que era capaz de asir cualquier cosa con un firme gesto de pinza del dedo y el pulgar de la mano izquierda y usar la mano buena para trabajar.

—¿Tengo…, tengo que ir?

Volvió a meterse la mano en el bolsillo.

El jefe se había limitado a levantar una ceja antes de dar media vuelta y echar a andar. A Jean-Luc no le quedó más remedio que seguirlo hasta el camión del ejército que esperaba fuera. Se dieron un firme apretón de manos antes de que Jean-Luc subiera a la parte de atrás. Ya había allí cinco hombres más; Jean-Luc los saludó con una inclinación de cabeza, pero ninguno habló.

Conforme circulaban por calles desiertas, los hombres se miraban los unos a los otros con expresión sombría. Jean-Luc supuso que ninguno estaba entusiasmado por tener que trabajar tan cerca del infame campo. Miles de judíos, algunos comunistas y miembros de la Résistance habían sido enviados allí. Nadie sabía lo que había sido de ellos, aunque corrían rumores. Los rumores eran algo habitual aquellos días.

Mientras cruzaban a gran velocidad las calles desiertas de París y después una carretera en dirección nordeste, hacia Drancy, se encontraron algún que otro vehículo militar. Jean-Luc miró al conductor francés saludarlos al pasar. ¡Era un collabo! Lo supo enseguida. Era un juego al que le gustaba jugar consigo mismo: adivinar quién era colaboracionista y quién no. Claro que a menudo la frontera se desdibujaba. Tenía amigos que conseguían cosas en el mercado negro. Pero ¿quién gestionaba el mercado negro? Por lo general solo los boches y los collabos tenían acceso a determinados artículos. Era una zona gris y él prefería aceptar cosas únicamente cuando sabía con certeza de dónde salían: un conejo o un pichón cazados por un amigo, hortalizas de un conocido con granja.

Un bache en la carretera lo devolvió al presente. Cuando miró a los otros hombres, solo encontró rostros impenetrables. Atrás habían quedado los días de camaradería franca, espontánea. Ahora solo reinaba un silencio sombrío.

Silencio. Era un tipo de arma, y la única de la que disponía Jean-Luc. Se negaba a hablar con los boches, ni siquiera cuando su aspecto era amable y le pedían educadamente instrucciones para ir a alguna parte. Hacía oídos sordos. Otra costumbre que tenía era doblar en forma de uve su billete del Métro antes de tirarlo al suelo en alguno de los túneles. La uve de victoria. Pequeños gestos de desafío eran todo lo que le quedaba, pero no cambiaban nada. Estaba desesperado por hacer más.

Cuando los boches tomaron el control de la SNCF había sido muy claro con sus padres.

—No pienso trabajar para esos malnacidos. Me voy a despedir —les comunicó pocas semanas después de la ocupación.

—No puedes hacer eso. —Su padre le había puesto una firme mano en el hombro, señal de que lo que estaba a punto de decir no admitía discusión—. Encontrarán la manera de castigarte. Pueden mandarte a combatir a alguna parte. Al menos ahora estás en París y seguimos juntos. Vamos a esperar a ver cómo van las cosas.

Papa. Cada vez que pensaba en él, Jean-Luc sentía una mezcla de vergüenza y nostalgia. Había hecho lo que le había pedido su padre y trabajado a las órdenes de los boches, pero lo había sobrellevado mal y le había guardado rencor por obligarlo a aceptar algo así. Y, de hecho, todo había sido exactamente como lo había imaginado: la amabilidad cortés y el profesionalismo de los alemanes se había tornado poco a poco en desdén y superioridad. ¿Qué otra cosa cabía esperar? La ignorancia e ingenuidad de algunos al pensar que las cosas podían no resultar tan mal lo dejaban atónito.

Entonces, en el verano de 1942, los alemanes hicieron algo que terminó con las dudas de todos. Empezaron a reclutar a hombres franceses para el Service du Travail Obligatoire: trabajos forzados en Alemania. Papa había sido uno de los primeros. Una semana recibió los papeles y a la siguiente se lo llevaron. Jean-Luc no había tenido ni el tiempo ni las palabras necesarias para decirle que lo quería y respetaba. No lo habían criado con la clase de lenguaje necesario para expresar cosas así.

Miró por la ventana y vio dos altísimas moles, de al menos quince pisos de altura. Detrás de ellas había un gran complejo en forma de U.

Voilà le camp! —El conductor los miró por el espejo retrovisor—. ¿A que es feo? Se construyó para gente pobre, pero no estaba terminado aún cuando llegaron los alemanes, que decidieron convertirlo en esto. —Calló un instante—. Pobre gente.

Jean-Luc no estaba seguro de si hablaba o no con ironía. Su tono era frívolo, burlón incluso.

—Hay miles de judíos esperando a ser trasladados —siguió diciendo el conductor mientras doblaba el recodo y cambiaba de marcha—. Está atestado.

Jean-Luc se volvió para mirar el complejo en forma de U, de cuatro pisos de altura y rodeado por alambradas de espino. En lo alto de las dos torres de vigilancia había guardias con fusil.

—¿Adónde los llevan? —preguntó.

—A Alemania.

—¿A Alemania? —Trató de aparentar naturalidad.

—Sí. Allí hay mucho trabajo. Ya sabes, de reconstrucción.

—¿Reconstrucción? —Empezaba a sentirse como un papagayo. Pero el conductor no pareció darse cuenta.

—Sí, ya me entiendes, por los daños de guerra. Los ingleses no paran de bombardearlos.

—¿Y qué pasa con las mujeres y los niños? ¿También se los van a llevar?

Bien sûr. Necesitarán que cocinen y hagan las tareas domésticas. Y así los hombres estarán más contentos, ¿no te parece?

—Pero ¿y las personas mayores?

El conductor miró a Jean-Luc por el espejo retrovisor.

—Haces demasiadas preguntas.

Jean-Luc miró a los otros trabajadores y se preguntó qué estarían pensando, pero todos tenían la vista fija en sus zapatos. Circularon unos minutos más en un silencio incómodo, hasta que el conductor habló otra vez.

—Los boches no son tan malos. Mientras trabajes duro y no muestres simpatía por los judíos, te tratan bien. Incluso se tomarán un trago contigo. Al otro lado de la carretera hay un café bastante agradable. Solemos ir a tomar una cerveza. ¡Les encanta la cerveza! —Hizo una pausa—. Cuando empecé a trabajar aquí, hace dos años, no había ni un alemán, pero supongo que decidieron que no éramos lo bastante eficientes, así que mandaron a Brunner y a sus hombres. —Calló de nuevo—. Bueno, pues ya estamos. Aquí os vais a alojar.

Se giró en su asiento mientras aparcaba delante de uno de los edificios de mayor altura.

Los hombres en la trasera del camión intercambiaron expresiones de nerviosismo. ¿Cuánto tiempo estarían allí? Jean-Luc sabía que su madre pensaría que lo habían detenido o llevado a un campo de trabajo. Tenía que mandarle recado; estaría loca de preocupación. Solo quedaban ellos dos, después de que su padre fuera enviado a Alemania. Estaban muy unidos y Jean-Luc era el principal apoyo, tanto económico como emocional, de su madre. Había desarrollado un fuerte instinto de protección hacia ella y eso le había hecho madurar.

El guardia que los recibió les fue tirando mochilas pequeñas a medida que bajaban del camión, a continuación los guio hacia uno de los edificios. Un ascensor los llevó hasta los dormitorios en el piso quince, el último. Cuando miraron por las ventanas comprobaron que no daban al campo. Jean-Luc escrutó el cielo gris y a continuación las diminutas carreteras y las vías de tren que salían y entraban de la ciudad. No se veía ningún tren.

Estaba deshaciendo la mochila, que contenía un pijama y un cepillo de dientes, cuando entró un boche.

Willkommen. Bienvenidos a Drancy.

Jean-Luc soltó la bolsa encima de la cama y se volvió para mirarlo. La pálida cara del soldado tenía un brillo enfermizo y en sus labios no había color alguno. Era joven, probablemente de no más de veinte años. Jean-Luc se preguntó por qué enviarían a un niño como aquel a Drancy. Con todo, no sonrió al soldado, ni siquiera le dirigió la palabra. Se limitó a seguirlo hasta el ascensor.

Fuera los esperaba el mismo conductor junto al mismo camión militar.

Salut, les gars!

Les hablaba como si fueran amigos de toda la vida. Jean-Luc lo detestó por ello.

Esta vez, cuando pasaron delante del campo, Jean-Luc alargó el cuello y se preguntó cómo sería por dentro, recordando las historias que había oído sobre interrogatorios, deportaciones. El conductor se detuvo delante de un apeadero de tren, se volvió y les repartió monos azules.

—Tomad. Tenéis que llevarlos siempre puestos. ¡No sea que os confundan con los prisioneros!

Mientras cruzaban la estación, Jean-Luc se preguntó por qué reinaba el silencio y dónde estaban los trenes. Sus ojos recorrieron el andén. Un objeto marrón atrajo su atención. Dio unos pasos hacia él. Era un oso de peluche, aplastado, como si un niño lo hubiera usado de almohada. Algo más lejos, en el andén, vio un libro abierto con las hojas agitadas por la brisa.

Schnell! Schnell!

Una mano le dio un empujón. Jean-Luc se reunió a trompicones con los otros hombres, que entraban en la caseta del jefe de estación. Dentro reinaba el silencio, a excepción del sonido de máquinas de escribir cuyas teclas pulsaban con determinación mujeres sentadas con la espalda muy recta.

—¿Nombre? —ladró el boche sentado detrás del mostrador.

—Jean-Luc Beauchamps.

El alemán lo apuntó en su libro de cuentas y a continuación miró largo rato a Jean-Luc. Este bajó los ojos, avergonzado por estar frente a un boche, presentándose para trabajar.

—A trabajar duro y nada de cháchara —dijo el boche sin dejar de mirarlo.

Jean-Luc asintió con la cabeza para demostrar que había entendido.

—Ahora id a comprobar las vías. Están mal…, mal trabajo. Hay herramientas en caseta de andén.

Jean-Luc se encogió de hombros y dio media vuelta sin decir palabra.

5

París, 24 de marzo de 1944

Jean-Luc

Los días se convirtieron en semanas y se estableció una rutina. Empezaban la jornada a las ocho de la mañana, a las doce había un descanso de media hora para almorzar y terminaban a las seis, cuando anochecía. El trabajo de Jean-Luc consistía en revisar las vías, asegurarse de que los durmientes no estaban demasiado gastados, de que las eclisas que unían los raíles estaban en su sitio y de que los tornillos estaban bien apretados. A continuación otro hombre supervisaba su trabajo. Si había pasado algo por alto, le reducían su mísera paga y debía trabajar una hora más a la luz de una linterna. Pero tenía los domingos libres y cada sábado por la tarde cogía el tren en Bourget, la estación de pasajeros de Drancy, e iba a París a ver a su madre.

Cuando anochecía estaba exhausto, demasiado cansado para ir a beber al café que había frente al campo de haber tenido ganas. Pero no las tenía. ¿Quién podía querer relacionarse con los boches? De manera que pasaba las veladas solo, leyendo en su habitación a la luz de una lamparita. El resto de los hombres tampoco eran demasiado sociables. Pero, en ocasiones, la necesidad de contacto humano los unía, y entonces se juntaban en alguna de las habitaciones. La conversación derivaba inevitablemente al tema de la estación.

—¿Cómo es que no vemos ningún tren? —Marcel dio una calada apurando su cigarrillo.

—Salen antes de que amanezca.

Jean-Luc paseó la vista por la espartana habitación. Las paredes grises desnudas le devolvieron la mirada; los hombres tenían los ojos fijos en el suelo de cemento. Entendía que no quisieran participar en aquella conversación. Cualquiera podía ser acusado de collabo, de haber sido puesto allí para espiar a los demás.

—Sí, pero ¿por qué?

Marcel terminó por renunciar a seguir fumando y dejó que la colilla diminuta se le deslizara entre los dedos hasta el frío suelo.

—Porque no quieren que los veamos. —Jean-Luc sacó un Gitane de una cajetilla arrugada y se lo pasó a Marcel. Casi sentía lástima de él, incapaz de entender lo que ocurría delante de sus narices—. Están deportando prisioneros —continuó—. Centenares, probablemente miles de ellos.

Merci. —Marcel se apresuró a coger el cigarrillo e inclinó la cabeza en gesto de agradecimiento.

Jean-Luc notaba los ojos de los otros hombres taladrándolo. Nadie regalaba preciados cigarrillos así como así, a cambio de nada. Jean-Luc no fumaba, pero siempre le gustaba llevar encima una cajetilla para momentos como aquel. Aliviaba la tensión. Se la ofreció a los demás.

—Pero ¿por qué tanto secreto? —insistió Marcel mirando su cigarrillo como si no terminara de dar crédito a su suerte—. Todos sabemos lo que hacen.

Jean-Luc miró las caras de los hombres. Tan plácidas. Tan crédulas. Tan calladas. Inspiró hondo y decidió olvidar toda precaución.

—¿Por qué crees tú que no quieren que los veamos? ¿Eh?

El silencio en la habitación se hizo más tenso, oprimió a Jean-Luc, lo hizo sentir desvalido, impotente. Dio un paso hacia Marcel, le puso una mano en el hombro y acercó la boca a su oído.

—Porque podríamos empezar a hacer preguntas. Si de verdad «supiéramos» lo que está pasando, nos pondríamos furiosos.

—¿Cómo que furiosos? —gritó Frédéric—. Putain! Si ya lo estamos. ¡Nos han quitado nuestro condenado país! Furiosos es poco.

Sus ojos pasearon nerviosos por la habitación, de un hombre a otro. Pero nadie quiso sostenerle la mirada. Cambiaron el peso de una pierna a otra. Alguno tosió. Otro expulsó humo hacia el centro de la habitación. El silencio se volvió asfixiante.

—¿De verdad lo estamos? —Jean-Luc habló despacio y en voz queda—. ¿De verdad estamos tan furiosos? Si es así, ¿qué hemos hecho para demostrarlo? —Se calló, consciente de que la conversación bordeaba lo peligroso, pero ya no podía echarse atrás—. Por el amor de Dios, ¡si estamos trabajando para ellos! —Calló de nuevo al darse cuenta de que Philippe estaba de pie contra la pared con expresión impenetrable.

—No es culpa nuestra. No teníamos ejército con el que hacerles frente —dijo Jacques con voz queda desde un rincón de la habitación—. Antes no teníamos un ejército como es debido, y ahora ni siquiera tenemos uno.

—Bueno, tenemos a De Gaulle en Londres. —El tono de Frédéric era irónico.

—Para lo que nos sirve… —Jacques dio un paso adelante.

—Pero ¿adónde los llevan? —Marcel paseó la vista por la habitación.

Los hombres volvieron a mirar al suelo.

—A algún sitio muy lejos de aquí… —La voz de Jean-Luc adoptó un tono ensimismado, como si estuviera describiendo algo imaginario—. Algún lugar lejos de la civilización.

—¡Exacto! —De la boca de Frédéric salió una rociada de saliva—. Luego, en la frontera, cambian al conductor francés por un boche. No quieren que sepamos adónde los llevan. Y no quieren que lo sepamos porque… —Vaciló.

—¿Porque qué? —Marcel lo miró.

—No lo sé. —Frédéric apartó la vista.

—¿Tú qué piensas? —Los ojos de Marcel se volvieron a Jean-Luc.

—Lo que pienso es que estoy cansado y me voy a la cama.

Jean-Luc quería poner fin a aquella conversación antes de que alguno expresara con palabras lo que todos pensaban. Podían detenerte por hablar.

—¡Pero si son vagones de transportar ganado, por el amor de Dios! —prosiguió Frédéric—. Y luego están los objetos personales que nos encontramos en el andén cuando se van los trenes. Apuesto a que los boches les hacen creer que pueden llevarse algunas cosas con ellos para que los ayuden a aclimatarse. Y luego…

Un silencio opresivo se instaló mientras imaginaban la suerte de los prisioneros.

Putain! Los están matando. —Frédéric dio una palmada a la pared—. Lo sé.

Jean-Luc miró a Philippe, pero la expresión de este seguía siendo hermética. Se volvió hacia Frédéric, sabiendo que era el momento de poner fin a la conversación. Todos estaban arriesgándose al hablar de aquella manera.

—Eso no lo sabemos. No sabemos nada. No con seguridad.

6

París, 25 de marzo de 1944

Jean-Luc

Los sábados podía salir del campo. En cuanto terminaba la jornada cogía el tren en Bourget hasta París. Le gustaba salir del Métro en Blanche y admirar Le Moulin Rouge antes de subir por la rue Lepic, donde vivía con su madre.

Pero aquella noche no estaba preparado para enfrentarse a la ausencia de su padre en el apartamento. Aún no. De modo que se detuvo a tomar un pastís en el café de la esquina.

Salut, Jean-Luc. —Thierry le sirvió un vaso de la fuerte bebida anisada y dejó al lado una jarrita con agua. Jean-Luc añadió un poco y miró el pastís teñirse de color amarillo turbio. Apoyó los codos en la barra, se entrelazó las manos detrás de la nuca y movió el cuello de un lado a otro como si le doliera—. Quoi de neuf?

—¿Qué hay de nuevo? —Jean-Luc juntó las cejas—. Nada, que yo sepa.

Thierry se acercó más a él.

—¿Alguna noticia de tu padre?

—Tuvimos hace dos meses. —Jean-Luc calló un momento—. Nos mandó una carta pidiendo que le enviáramos calcetines abrigados y comida. Dice que está bien, solo más flaco y más viejo.

—Qué cosa más terrible… Llevarse así a los hombres. Tuve suerte de que me consideraran demasiado mayor, y tú…, tuviste suerte de que necesitaran trabajadores del ferrocarril. Pero ¿cómo se supone que vamos a salir adelante aquí? No queda nadie para trabajar las tierras.

—Lo sé, lo sé.

Había tenido esa misma conversación cien veces.

—Qué Service du Travail Obligatoire ni qué ocho cuartos. Son trabajos forzados para los boches.

—Eso desde luego. Pero al menos sabemos que está en Alemania.

Jean-Luc dio un largo trago de su bebida. Había hecho todo lo posible por llenar el vacío que había dejado su padre, pero en el estrecho apartamento que compartía con su madre parecía faltar algo, como si su padre hubiera sido reemplazado por un gran agujero y se colara por él un viento cruel que soplaba por las habitaciones. Cada domingo iba a misa en Sacré-Coeur con su madre y encendían una vela por papa. A Jean-Luc le gustaba imaginar que esa llamita daba ánimos a su padre, dondequiera que estuviera. Pensaba a menudo en su padre, pero el pensamiento lo dejaba malhumorado y melancólico. Papa era un hombre tan fuerte e independiente que la idea de que estuviera sometido a los boches y a su brutalidad le llenaba el corazón de pesar. No se merecía algo así.

Thierry bajó la voz.

—No te preocupes. Volverá. ¿Has oído lo de los americanos?

—¿El qué?

Thierry se inclinó aún más sobre la barra y habló en susurros, a pesar de que el café estaba vacío.

—Van a desembarcar en Francia. ¡Sí! Están preparando las tropas y después van a desembarcar aquí y a echar a los nazis.

Jean-Luc lo miró fijamente mientras se preguntaba dónde había podido oír algo así.

—Pues esperemos que sea verdad.

Apuró su bebida de un trago.

—¿Otro? —Thierry ya le había quitado el tapón a la botella—. Y entonces todas esas familias a las que han mandado fuera podrán volver… Tu padre también.

—Esperemos que sea así. —Jean-Luc hizo girar el pastís en el fondo del vaso.

—Igual los Cohen vuelven pronto. El chico, Alexandre, era un demonio descarado. Me gustaría verlo de nuevo.

Justo entonces dos boches entraron en el café y Jean-Luc salió sin terminarse la bebida. Ya en la calle, lo invadió un sentimiento de soledad. De pronto echaba mucho de menos a su antigua novia. Habían salido casi durante un año y él se lo había tomado en serio; incluso había considerado pedirle matrimonio. Le gustaba la forma en que se empeñaba en disfrutar de la vida a pesar de la guerra; le encantaba bailar y siempre parecía estar enterada del siguiente bal clandestin. También a Jean-Luc le gustaban esas veladas de baile secretas; eran como pequeñas victorias sobre los boches. Cuando su padre tuvo que irse, ella le dijo que no se preocupara, que se lo llevaban a Alemania porque allí necesitaban mano de obra, así que lo cuidarían bien. Jean-Luc se había bebido sus palabras, se había permitido creerlas, pero a medida que pasaba el tiempo empezó a dudar de ellas. Empezó a dudar de si vería otra vez a su padre. Entonces se volvió pesimista y reservado. ¿Cómo podía andar divirtiéndose cuando lo más probable era que su padre estuviera pasando frío y hambre en un país extranjero? Era imposible.

Cuando empezó a rechazar las peticiones para ir a bailar, ella comenzó a salir con amigos. Jean-Luc debería haber sabido que era solo cuestión de tiempo que encontrara a otra persona, pero se había consolado con el hecho de que apenas quedaban hombres disponibles. Esperaba que no se hubiera emparejado con un collabo apestoso, o, algo peor, con un boche. Ella no quiso decirle de quién se trataba, pero no podía ser tan estúpida. Colaboración horizontal, lo llamaba la gente con desdén, como si fueran moralmente superiores. Todos somos culpables en mayor o menor grado, era lo que opinaba Jean-Luc. De haber tenido que definir su propio colaboracionismo, lo habría llamado de supervivencia. Uno tenía el deber de sobrevivir por todos aquellos que no podían.

El pastís le había abierto el apetito y empezó a pensar con agrado en la cena. Maman siempre guardaba sus raciones durante la semana para poder cocinarle una comida como es debido, con verduras y, si había suerte, un pichón. Los domingos, después de misa, siempre improvisaban una comida en casa de algún vecino o en la suya. Cada uno contribuía con lo que podía: hortalizas de su huerto, encurtidos del año anterior y en ocasiones aparecía alguien envuelto en una nube de emoción con carne dentro de una bolsa de papel: quizá una pieza que había cazado un amigo, o ellos mismos. El momento de descubrir la carne era sagrado y los sumía a todos en un silencio cargado de expectación. Los alimentos compartidos siempre parecían cundir más.

Pero últimamente esas comidas se habían convertido en una tortura para Jean-Luc. Había descubierto que no tenía nada que decir, y el chismorreo de los vecinos, con su mezquindad, le hacía sentirse fuera de lugar. Parecían más preocupados por quién había conseguido mantequilla en el mercado negro o quién había cazado un conejo que por saber a quién habían asesinado. Su cháchara era insustancial, y, cuando abordaban el tema de las redadas, nunca llegaban a ninguna conclusión. Jean-Luc tenía la sensación de estar desapareciendo dentro de sí mismo, como si no pudiera recordar quién era, o quién se suponía que debía ser.

Aquel domingo tocaba comer en casa de los Franklin. El hermano de monsieur Franklin había ido a cazar al campo y vuelto con dos conejos. El estofado de conejo fue bien recibido y, con la barriga llena de carne para variar, la conversación se animó.

Fue la madre de Jean-Luc quien sacó el tema.

—Cuando termine esta maldita guerra, ¿creéis que quedará vino?

Monsieur Franklin se apresuró a contestar:

—Marie-Claire, sabes que tenemos un poco escondido.

—No tenía ni idea.

—¡Ja! Muy aguda. Entonces yo tampoco. Pero, cuando termine esta maldita guerra, tú y yo iremos a buscarlo, ¿eh?

—Brindo por ello. —La madre de Jean-Luc levantó su vaso de agua.

—Bueno, Jean-Luc, ¿y qué tal el nuevo trabajo? —Monsieur Franklin trasladó su atención de la madre de Jean-Luc a Jean-Luc.

A este se le aceleró el pulso, como siempre que oía mencionar su trabajo.

—Para mi gusto, está demasiado cerca de los boches.

Mais oui, estás en el centro de la acción, ¿verdad?

—¿Qué es lo que se hace ahí en realidad? —interrumpió madame Franklin.

Jean-Luc la miró durante unos instantes, se fijó en sus labios finos y sus ojos de halcón. No se le escapaba una y sabía que cualquier cosa que le dijera la repetiría al día siguiente en las colas de alimentos.

—No lo sé. —Miró por la ventana para evitar los ojos inquisitivos de su madre.

—Vamos, hijo. Tienes que saber algo. ¿Qué hacen con todos esos prisioneros? ¿Adónde los llevan?

Monsieur Franklin miró a Jean-Luc con los ojos entrecerrados.

—No he visto nada. Nunca veo los trenes, ni a los prisioneros…

—Tengo entendido que son trenes para transportar ganado, no pasajeros —interrumpió madame Franklin—. Y que los prisioneros viajan tirados en la paja, como animales.

Siempre parecía disponer de más información que el resto.

—Yo he oído lo mismo —añadió madame Cavalier—. Y también que no hay retretes. Que tienen que hacer pis en un cubo.

—¡Eso es asqueroso! ¿Cómo lo sabes? —Era la primera vez que la madre de Jean-Luc abría la boca—. Tiene que ser una exageración.

Madame Cavalier se encogió de hombros.

—Ya habéis visto de lo que son capaces. No me extrañaría nada viniendo de ellos. ¿O no han detenido a miles de personas?

—Por eso precisamente tienen que estar sacándolas del país a miles. —Monsieur Franklin frunció el ceño y miró a Jean-Luc—. Tal vez podrías enterarte de qué hacen con ellas.

Jean-Luc lo miró.

—¿Qué?

—Bueno, estás justo donde tiene lugar la acción. ¿No puedes enterarte de qué está pasando?

—Ya les he dicho que nunca veo los trenes cuando se van. Entro a trabajar más tarde.

—¿Y no puedes llegar un poco antes?

—¡No! —Calló e intentó serenarse, hablar en un tono neutral—. Nos llevan a la estación en un camión del ejército a las siete y media todas las mañanas.

—Pero te alojas cerca de la estación, ¿no? ¿No puedes acercarte andando? ¿Echar un vistazo?

Jean-Luc frunció el ceño.

—No lo sé. —Pensó un instante—. Sería peligroso. Nos vigilan constantemente. —Levantó la vista y leyó la desilusión en las caras de los presentes. Le hizo sentir como un cobarde—. Igual… Igual si me levanto muy temprano y me escapo sin que se den cuenta, conseguiré ver salir uno de los trenes.

Su madre dio un respingo y se llevó una mano a la boca.

—¡Así se habla! —Monsieur Franklin sonrió—. Podrías sacar una fotografía. Tengo una cámara.

¿Una fotografía? ¿De qué serviría una fotografía? Se estaría jugando la vida por una maldita instantánea. Tenía que haber otra forma de hacer las cosas.

Cuando estuvieron en casa, su madre puso a hervir una bebida repugnante a base de achicoria tostada y bellota. Jean-Luc aceptó la taza y simuló beber.

Maman, he estado pensando.

—Oh, cielos —rio esta—. Otra vez no.

—No, en serio. Tengo que hacer algo más que sacar una fotografía.

—¿Qué quieres decir, hijo?

—Pues que necesito hacer algo. —Jean-Luc frunció el entrecejo—. Algo que cambie las cosas.

La madre se inclinó hacia delante y susurró:

—¿Qué me dices de la Résistance?

—Pero es que no conozco a nadie que forme parte.

—No, yo tampoco. —La madre se llevó una mano a la frente—. Debemos estar moviéndonos en los círculos equivocados.

Jean-Luc levantó una ceja.

—Tampoco es algo que pueda preguntarse así como así, ¿no te parece? «¿Está usted en la Résistance? Porque me gustaría unirme». Me parece que son ellos lo que se ponen en contacto contigo.

—¿Y no lo han hecho?

—No, maman. ¿Y contigo?

La madre negó con la cabeza.

—Conmigo tampoco. Pero, si lo hubieran hecho, no lo habría dudado. Claro que ¿de qué les iba a servir una anciana como yo?

Tenía razón. No era a las mujeres mayores a las que correspondía luchar, sino a jóvenes como él. Y Jean-Luc quería luchar; quería detener esos trenes que deportaban prisioneros a Dios sabía dónde. Pero también estaba la promesa que le había hecho a su padre cuando este se fue.

Papa había hecho un aparte con él mientras su madre estaba en la cola del pan.

—Hijo, prométeme una cosa.

—Claro.

—Prométeme que cuidarás de tu madre mientras yo esté fuera.

La mirada de Jean-Luc sostuvo la de su padre sin vacilar.

—Te lo prometo.

—Ahora puedo irme tranquilo, sabiendo que los dos estaréis a salvo aquí. Me ayudará a volver a casa.

Papa había sujetado a Jean-Luc por la nuca y acercado su cara a la suya. Jean-Luc había abrazado a su padre y habían permanecido así un instante. A continuación el padre se había separado y enjugado los ojos con el dorso de la mano.

Papa. Jean-Luc entró en su dormitorio y miró las paredes y las estanterías que su padre había cortado, lijado y montado. Los libros estaban ordenados en primer lugar por tema: historias de aventuras en un lado, fantasía en otro; después por tamaño, de mayor a menor, con todos los lomos verticales. Podía ordenar sus libros de una manera en la que no podía ordenar su vida.

7

París, 30 de marzo de 1944

Jean-Luc

Eh, les gars. ¿Qué tal estamos esta mañana?

El conductor miró a los hombres por el espejo retrovisor. Jacques se encogió de hombros, Frédéric gruñó. Los demás guardaron silencio y se miraron los pies mientras el camión del ejército cruzaba a toda velocidad las calles oscuras y desiertas hacia la estación de Bobigny.

—Recordad lo afortunados que somos —continuó hablando el conductor—. Mejor aquí que en un campo de trabajo en Alemania.

Jean-Luc lo miró por el retrovisor. ¿Por qué no podía dejarlos en paz? Putain de collabo!

—Estamos cansados, eso es todo —murmuró Philippe frotándose los ojos.

—¿Cansados? ¡Pero si el día no ha empezado aún!

El conductor cambió de marcha con un desagradable chirrido de metal contra metal. Jean-Luc se estremeció como solidarizándose con la palanca de cambios. El conductor suspiró.

—Es posible que hoy os canséis más de lo habitual.

Dejó que el comentario flotara en el aire a la espera de que alguien hiciera una pregunta. Pero nadie quiso darle esa satisfacción.

—Esta mañana el tren se ha retrasado. —El conductor miró a Jean-Luc—. Sí, ha habido problemas a la hora de hacer subir a los pasajeros. Algunos decidieron que preferían no viajar.

Apartó la vista del espejo y cambió de marcha antes de doblar un recodo. Esta vez lo hizo con suavidad y un silencio expectante llenó el camión. Querían saber lo ocurrido, pero ninguno estaba dispuesto a participar en la conversación.

—Así que —empezó de nuevo el conductor— el andén está hecho un desastre. —Aparcó en su lugar habitual—. Enfin, les gars. Hora de bajar.

Los seis hombres salieron de la parte trasera del camión arrastrando los pies, encorvados igual que soldados derrotados batiéndose en retirada. Cuando subieron al andén, una ráfaga de viento transportó algo pálido por la estación y a continuación contra la cara de Jean-Luc. Oyó la risa infantil de Marcel. ¿Cómo podía reír en un momento así?

Entonces la risa cesó. Jean-Luc se quitó el objeto de la cara y lo alejó para verlo. Era un camisón. Delicado. Femenino. ¿Cómo había terminado allí, flotando por el andén igual que un fantasma? Su mirada viajó al andén. Vio un zapato rojo al que le faltaba un tacón de aguja. Un elegante sombrero morado. Dos sombreros hongo negros. Un bastón. Unos anteojos rotos. Una muñeca de porcelana con una pierna rota. Un mono de peluche con un desgarrón en el cuello por el que se escapaba un relleno de color rosa.

El estómago se le hizo un nudo apretado y se le llenó la boca de bilis. Miró a los otros cinco hombres en un intento por detectar sus reacciones. Philippe suspiró antes de entrar en la caseta del jefe de estación para fichar. Frédéric palideció y cerró los ojos. Los otros miraron al suelo y cambiaron el peso del cuerpo de una pierna a otra. Jean-Luc quería oírlos decir alguna cosa, algo que lo ayudara a encontrar sentido a la escena ante sus ojos. Pero no había sentido posible. El mundo se había vuelto loco.

Volvió la vista al andén e inspeccionó el suelo. Al fondo había un objeto de mayor tamaño que atrapó su atención. Lo reconoció instintivamente: demasiado grande para ser un peluche o una muñeca, pero tenía la forma de uno. Se dijo a sí mismo que era imposible. Tenía que ser un oso de peluche. Sí, uno muy grande. Perdió la capacidad de pensar y miró la escena como si fuera el plano congelado de una película. Entonces la acción se reanudó y no hubo duda posible.

—¡A la caseta! —gritó el guardia.

Jean-Luc entró tambaleándose en la caseta del jefe de estación. Alguien le puso un trozo de pan en una mano y una taza de sucedáneo de café en la otra. Dejó caer ambas cosas. Cuando la taza se estrelló contra el suelo y el líquido caliente le salpicó, miró a las caras sorprendidas a su alrededor esperando —temiendo— lo que vendría a continuación.

Sintió una porra sobre un hombro, pero no hizo gesto alguno para protegerse.

Achtung! ¡Fuera! —le gritó alguien al oído—. ¡Fuera ahora mismo! ¡A limpiar el andén!

Salió dando traspiés y empezó a recoger objetos: dos pares de anteojos rotos, el zapato de tacón, el sombrero. Se acercaba al final del andén y sentía curiosidad por lo que había visto antes. Levantó la cabeza e inspeccionó la zona. Ya no lo veía. ¿Podían haber sido imaginaciones suyas? Sin duda. Entonces vio a unos hombres que arrastraban algo por el suelo hacia un contenedor cercano. Dio unos pasos, preguntándose si lo que arrastraban no sería una bolsa llena de ropa o de basura. Pero en su fuero interno sabía que no era ninguna de las dos cosas. Los hombres levantaron el bulto y lo tiraron al contenedor.

Aquel sábado volvió a casa en un estado de aturdida desesperación. Apenas saludó a su madre y fue directo a su habitación, la misma que tenía desde que era pequeño. Se sentó en la cama y miró las estanterías. Les Trois Mousquetaires le devolvió una mirada llena de desdén. Cuando era un niño había soñado con crecer hasta ser alto y fuerte como un mosquetero, alguien de quien su padre se sintiera orgulloso. No el hombre pusilánime en que tenía la sensación de haberse convertido.

La puerta se entreabrió y su madre entró en silencio.

—¿Qué pasa, hijo?

Jean-Luc la miró, miró las arrugas que tenía alrededor de la boca, las oscuras ojeras. Y supo que no sería capaz de contárselo.

—No puedo seguir. —Calló un momento—. No puedo formar parte de eso.

—Sé que es duro. Esta condenada guerra está siendo dura para todos.

—Tú no lo sabes todo, maman. No lo sabes.

La madre se sentó en la cama a su lado, le puso una mano en el hombro.

—¿Qué es lo que no sé?

Jean-Luc negó con la cabeza como si así pudiera ahuyentar sus pensamientos.

—Quiero saber qué te tiene tan disgustado, hijo.

Jean-Luc la miró a los ojos, brillantes de preocupación.

—No quieres. En realidad no.

—Déjame que sea yo quien decida eso. Soy una mujer fuerte, lo sabes.

—Nadie es tan fuerte, maman.

—Venga. —La madre le apretó la mano izquierda—. Siempre me lo has contado todo. No dejes de hacerlo ahora. Nos necesitamos el uno al otro más que nunca y veo que estás sufriendo.

—Los están matando. —Las palabras le salieron en tropel—. Los he visto. Los he visto en el andén. Cuerpos. Un niño de pecho. Había un niño muerto en el andén.

Notó cómo su madre se ponía rígida. Le soltó la mano y entrelazó las suyas hasta que se le pusieron blancos los nudillos.

—¿Un niño de pecho? ¿Estás seguro? Sabemos que están fusilando a los adultos. A miembros de la Résistance, a inmigrantes judíos, pero…

—Lo he visto, maman, tirado en el andén, después de irse el tren. Luego se lo llevaron.

—Quizá lo imaginaste. Estás sometido a mucha presión, trabajando para los boches. No es de sorprender. Necesitas descansar. —Levantó una mano para ponérsela en el hombro a Jean-Luc, pero este se encorvó hacia delante y enterró la cara en las manos.

—Sabía que nadie me creería.

—No es eso. Creo que piensas que has visto un niño, pero ¿estás seguro de que estaba allí? Por el amor de Dios, ¿por qué iban a matar a una criatura?

Jean-Luc se quitó las manos de la cara y miró a su madre.

—¿Tú qué crees? ¿Por qué crees que hacen todo esto? ¿Detener hasta el último judío, llevárselos para «reasentarlos»? ¿Qué crees que hacen realmente con ellos?

—Los envían a campos de trabajo.

—Ah, ¿sí? ¿A mujeres mayores? ¿Ancianos? ¿A niños de pecho? —Se quedó pensativo—. Se han llevado a papa a un campo de trabajo, ¿verdad? A ti no. A mí tampoco. Me quieren aquí, trabajando en el ferrocarril, y a ti no te llevaron porque no eres lo bastante fuerte. Entonces ¿por qué llevarse a los judíos? Incluso a los ancianos y a los débiles. No les van a servir de nada.

Su madre negó con la cabeza.

—Piénsalo, maman.

—No, hijo. Estás yendo demasiado lejos. Tienes que dejar de imaginar esas cosas. No sirve de nada.

—¿Cómo que no sirve de nada? —Se levantó de un salto de la cama. La exasperación le oprimía la garganta, lo asfixiaba—. ¿Por qué no quieres ver lo que está pasando?

Sacó los libros de la estantería y los fue tirando al suelo, uno detrás de otro.

Le daba igual lo que le ocurriera. Solo sabía que tenía que hacer algo.