CAPÍTULO 1

Vaya, aquello nunca me había pasado.

—¿Deborah? —dije, y llamé a la puerta con suavidad, aunque también con la intensidad suficiente como para transmitir el grado de urgencia adecuado—. Soy Louna. ¿Te puedo ayudar en algo?

Según mi madre, esa era la regla principal en ese tipo de situaciones: no proyectar el problema en el otro. Es decir, no le preguntes si le pasa algo a menos que estés completamente segura de que es así, y de momento, yo no lo estaba. Aunque bien es cierto que una novia encerrada en el despacho parroquial de la iglesia cinco minutos después de la hora prevista para el comienzo de su boda no augura nada bueno.

Al otro lado de la puerta, escuché un movimiento. Luego, un sollozo. De nuevo deseé que William, el socio de mi madre y nuestro hombre que susurraba a las novias oficial, estuviera aquí en mi lugar. Pero él andaba resolviendo otra crisis que implicaba a la madre del novio, que estaba enfadada porque tenía que desfilar delante de la madre de la novia hacia el altar, aunque todo el mundo sabe que así lo dicta el protocolo. Ahora bien, si llevas el tiempo suficiente trabajando en el negocio de las bodas, eres muy consciente de que cualquier cosa constituye un problema en potencia, desde la feliz pareja hasta las servilletas. Nunca se sabe.

Carraspeé.

—¿Deborah? ¿Quieres un poco de agua?

El agua no arreglaría nada, pero nunca viene mal; era otra de las máximas de mi madre. En lugar de una respuesta, oí el chasquido del cerrojo y el chirrido de la puerta. Volví la vista hacia la escalera que tenía detrás y le rogué al cielo que William apareciese al fondo, pero no, todavía estaba sola. Inspiré hondo y, armada con el botellín de agua del que había echado mano antes, entré. Hidratación al poder.

Nuestra clienta, Deborah Bell (que pronto se convertiría en Deborah Washington, cabía esperar), una hermosa chica negra peinada con un recogido alto, estaba sentada en el suelo de la pequeña habitación rodeada por el abultado vestido. Había pagado cinco mil dólares por él; lo sabía porque nos lo había repetido hasta la saciedad a lo largo de los diez meses que llevábamos preparando ese día. Intenté no pensar en ello mientras me apresuraba, sin correr demasiado, hacia ella. («¡Jamás corras en una boda a menos que alguien esté en peligro de muerte!», escuché la voz de mi madre en mi cabeza.) Acababa de abrir la botella de agua cuando caí en la cuenta de que la novia estaba llorando.

—Ay, no hagas eso. —Me agaché en una postura que pretendía ser profesional, con las rodillas a un lado, y le ofrecí el paquete de pañuelos que llevaba en el bolsillo—. Tu maquillaje está genial. Vamos a intentar no estropearlo, ¿vale?

Deborah, con una pestaña postiza ya despegada —a veces es necesario mentir—, me miró parpadeando y otra avalancha de lágrimas se derramó por su rostro ya sembrado de churretones.

—¿Te puedo preguntar una cosa?

«No», pensé. Llevábamos nueve minutos de retraso. En voz alta respondí:

—Claro.

Tomó aire a trompicones, como sucede a veces cuando llevas un buen rato llorando a mares.

—¿Tú…? —se interrumpió cuando otra tanda de lágrimas le desbordó los ojos y resbaló hacia sus mejillas, esta vez llevándose por delante la pestaña suelta—. ¿Tú crees que el amor verdadero dura para siempre?

Alguien subía por las escaleras. A juzgar por los ruidos —andares lentos y pesados acompañados de abundantes bufidos y resuellos audibles—, no era William.

—¿El amor verdadero?

—Sí. —Levantó una mano («¡No, por Dios!», pensé demasiado tarde para detenerla), se frotó los ojos y se emborronó el delineador hasta la sien. Los pisotones sonaban más cerca; quienquiera que fuese no tardaría en entrar. Mientras tanto, Deborah me estaba mirando con los ojos muy abiertos y una expresión suplicante, como si los próximos acontecimientos dependieran por entero de mi respuesta—. ¿Lo crees?

Yo sabía que esperaba un sí o un no, algo concreto y específico, y de haberme preguntado cualquier otra cosa, seguramente la habría complacido. No obstante, me quedé acuclillada en silencio en lugar de contestar, mientras intentaba traducir en palabras la imagen que había acudido a mi mente: un chico enfundado en una elegante camisa blanca en una playa oscura, riendo, con la mano tendida hacia mí.

—¡Deborah Rachelle Bell! —atronó una voz a nuestra espalda. Al momento apareció el padre de la novia, el reverendo Elijah Bell, cuya figura llenó el vano de la puerta abierta. El traje le quedaba demasiado ajustado, llevaba el cuello de la camisa desabrochado y su mano aferraba un pañuelo que ahora se llevaba a la sudorosa frente—. ¿Se puede saber qué estás haciendo? ¡La gente está esperando ahí abajo!

—Lo siento, papá —gimió Deborah, y entonces vi que por fin William subía las escaleras. Sin embargo, desapareció de mi vista con idéntica rapidez tras los contornos del reverendo—. Me ha entrado miedo.

—Bueno, pues espabila —le espetó él según entraba en el despacho. Llegaba sin aliento y se paró un momento para respirar un par de veces antes de seguir avanzando—. Me he gastado en esta boda treinta mil dólares no reembolsables, ganados con el sudor de mi frente. Si no desfilas por ese pasillo de inmediato, yo mismo me casaré con Lucas.

Al oír eso, Deborah estalló en lágrimas nuevamente. Mientras yo le daba palmaditas en el hombro por hacer algo, William se las arregló para abrirse paso junto al reverendo y acercarse a nosotras. Sin volver la vista hacia mí y con la tranquilidad que lo caracterizaba, clavó los ojos en la novia al tiempo que se inclinaba para hablarle al oído. Cuando ella respondió en susurros, William le masajeó la espalda con lentos movimientos circulares, igual que harías para tranquilizar a un bebé.

Yo no alcanzaba a oír nada de lo que decían, tan solo oía la respiración del reverendo. En la escalera se escucharon nuevos pasos, seguramente de las damas de honor, los padrinos y otras personas que venían a curiosear. Todo el mundo quería formar parte de la historia, por lo visto. Antes yo también pensaba así, pero ya no.

Lo que fuera que le dijo William le arrancó una sonrisa a Deborah, aunque temblorosa. No obstante, surtieron efecto: la novia permitió que la tomara por el codo y la ayudara a levantarse. Mientras la chica inspeccionaba su vestido arrugado e intentaba alisar los pliegues a manotazos, él se asomó al pasillo y llamó con gestos a alguien que esperaba en la escalera. Al cabo de un momento apareció la maquilladora con su estuche en ristre.

—Muy bien, vamos a darle un respiro a Deborah para que se recomponga —anunció William a los presentes. En ese preciso instante, como cabía esperar, una dama de honor y luego otra asomaron la cabeza—. Reverendo, ¿puede decirles a todos que vuelvan a sus puestos? Bajaremos en dos minutos.

—Eso espero —gruñó el reverendo, que obligó a William a apartarse para acceder a la puerta, donde las damas de honor se escamparon entre ráfagas de color lavanda—. Porque no pienso volver a subir esta escalera.

—Te esperamos fuera —le dijo William a Deborah antes de pedirme con gestos que lo siguiera. Lo hice y cerré la puerta al salir.

—Lo siento —me disculpé al instante—. La situación superaba mis capacidades.

—Lo has hecho muy bien —me aseguró al tiempo que echaba mano de su teléfono. Sin tener que fijarme siquiera, supe que le estaba enviando un mensaje a mi madre con la clave que usaban para comunicarse de manera rápida y privada. Pasado un segundo, oí el zumbido de la respuesta. William miró la pantalla un momento y a continuación me informó:

—La gente siente curiosidad, pero no están sacando conclusiones, todavía. Todo irá bien. Tenemos la excusa de la pestaña postiza.

Miré mi reloj.

—¿Hacen falta quince minutos para devolver una pestaña a su sitio?

—Hace falta una hora, por lo que sabe la gente de ahí abajo. —Alisó una arruga invisible de sus pantalones y se ajustó la corbata roja—. Nunca habría tomado a Deb por una de las que se echan atrás. Pero qué sé yo.

—¿Qué le has dicho aquí dentro? —le pregunté.

Él se quedó escuchando los ruidos procedentes del otro lado, atento, adiviné, a las diferencias sonoras entre el llanto y el proceso del maquillaje. Pasado un instante, me respondió:

—Ah, me ha preguntado por el amor verdadero. Si creo en él, si es duradero. Las típicas dudas previas a la ceremonia.

—¿Y qué le has contestado?

Me miró con ese talante tranquilo y seguro de sí que hacían de él y de su socia, mi madre, los mejores planificadores de bodas de Lakeview.

—Le he dicho que por supuesto. No podría dedicarme a esto si no lo creyera. Todo gira en torno al amor.

«Hala», pensé.

—¿Lo piensas de veras?

Se estremeció.

—Por Dios, no.

En ese momento se abrió la puerta. Al otro lado estaba Deborah con el maquillaje restituido, la pestaña en su sitio, el vestido perfecto en apariencia. Nos dedicó una sonrisa nerviosa y, aun mientras respondía a su gesto, yo era más consciente del rostro sonriente de William que de mi propia expresión.

—Estás preciosa —le dijo—. Vamos allá.

Le tendió la mano. Deborah la aceptó y se dejó acompañar escaleras abajo. La maquilladora los siguió con un suspiro tan quedo que únicamente yo pude oírlo y por fin me quedé sola.

Abajo, en la entrada de la iglesia, mi madre debía de estar dando instrucciones a la comitiva nupcial, ajustando tiras y solapas, ahuecando ramos y enderezando flores en los ojales. Volví a mirar el interior del despacho, donde solo quedaba un montón de pañuelos desechables arrugados. Mientras los recogía deprisa y corriendo, me pregunté cuántas novias se sentían abrumadas por idénticos sentimientos mientras hacían malabarismos en la cuerda floja que separaba su presente de su futuro, sin atreverse a saltar. Las comprendía, pero solo hasta cierto punto. Al menos habían tomado la decisión ellas mismas. Cuando otro la tomaba por ti…, bueno, eso sí que era para echarse a llorar. En cualquier caso, la música del órgano ya sonaba en la iglesia. La ceremonia acababa de empezar. Cerré la puerta y bajé las escaleras.

Mi madre levantó su copa de vino.

—Yo les doy siete años. Lo suficiente para un par de hijos y una aventura.

—Interesante —respondió William, que sostuvo en alto su propia copa para observarla un instante. A continuación, declaró—: Yo les doy tres. Sin hijos. Pero una separación amistosa.

—¿Tú crees?

—Es la sensación que he tenido. La chica tenía serias dudas y ¿esas preguntas sobre el amor verdadero?

Mi madre lo meditó.

—Cierto. Me parece que esta vez ganarás tú. Salud.

Entrechocaron las copas, se repantingaron en las sillas y tomaron un sorbo de vino con un ademán solemne. Al final de todas las bodas, cuando los novios se habían marchado y los invitados se dispersaban por sus hogares y hoteles, mi madre y William compartían un último ritual. Se tomaban una copa, valoraban el evento y apostaban sobre el nuevo matrimonio. Su exactitud para predecir tanto el desenlace como la duración era asombrosa. Y, a decir verdad, un tanto inquietante.

Para mí, sin embargo, la prueba de fuego era la partida. Ese instante en que todos se reunían para despedirse de los novios emanaba algo revelador. Nada que ver con la ceremonia, cuando la gente estaba nerviosa y los sentimientos pasaban desapercibidos, ni tampoco con el banquete, que solía ser tan caótico como para desdibujar los detalles. Con la partida, meses de planificación quedaban atrás y años de vida en común asomaban por delante. Por eso yo siempre me aseguraba de mirar las caras de los novios con suma atención para fijarme en los signos de fatiga, las lágrimas o los atisbos de irritación. En lugar de apostar, yo les enviaba buenos deseos. Ansiaba que el resto del mundo tuviera un final feliz.

Tampoco es que los clientes llegaran a enterarse nunca. Era mi toque secreto a lo que se conocía en nuestra ciudad de Lakeview como «una boda Natalie Barrett», una experiencia tan valorada entre los prometidos recientes que, para aspirar a ella siquiera, hacía falta apuntarse a una lista de espera y pagar una tarifa inmensa. Puede que el precio de mi madre y William fuera alto, pero cumplían lo prometido y los resultados de su trabajo podían apreciarse en cuatro gruesos álbumes, encuadernados en piel, que descansaban en la sala de espera de su oficina. Los cuatro rebosaban flamantes estampas de parejas de novios contrayendo matrimonio en todas las situaciones posibles: descalzos a orillas del mar. De etiqueta junto a un lago. En una bodega. En la cima de una montaña. En su propio jardín (precioso, decorado para la ocasión). Había bodas con cientos de invitados y bodas pequeñas e íntimas. Numerosos vestidos blancos con largas colas y algunos de otros colores y estilos (indicativos, descubrí, de segundas y terceras nupcias). La diferencia entre una celebración normal y una Natalie Barrett sería comparable al contraste entre una tienda de animales y un circo. Una boda solo consiste en dos personas que se casan. Una boda Natalie Barrett era toda una experiencia.

La boda de Deborah Bell —la política de la empresa era referirse a los eventos que planificaba con el nombre de la novia, ya que los considerábamos «el día de ella»— fue tal como cabía esperar. La ceremonia se celebró en una iglesia; el banquete, en el salón de un hotel cercano. Había cinco damas de honor y cinco padrinos, un paje portando las alianzas y una niña lanzando flores. Su decisión de optar por un grupo que tocara música en directo iba siendo cada vez menos frecuente (mi madre prefería los DJ; cuanta menos gente en disputa, mejor), así como la opción de que la cena la sirvieran camareros (hacía años que los cocineros preparando la comida al momento, los bufés y las mesas de postres se habían vuelto más populares). La noche concluyó con fuegos artificiales, una petición cada vez más demandada que suponía un engorro en cuestión de permisos, pero que literalmente hacía estallar el presupuesto. A pesar del melodrama previo, Deborah corrió hacia la limusina aferrada a la mano de su nuevo marido, arrebolada, feliz y sonriente. Se besaron en cuanto se cerró la puerta del vehículo, ante el evidente disgusto del reverendo, que se enjugaba los ojos con un pañuelo y recibía consoladoras palmaditas de su esposa mientras el coche se alejaba.

«Buena suerte», pensé yo cuando las luces traseras se perdieron tras la curva. «Que siempre sepáis responder a las preguntas más importantes del otro.»

Y entonces la boda concluyó, para ellos al menos. Para nosotros no. A nosotros nos quedaba la valoración y la apuesta, así como una inspección final del local en busca de artículos perdidos, regalos de boda extraviados e invitados durmiendo la mona o, hum, enzarzados en alguna otra actividad (os sorprendería; a mí siempre me costaba creerlo). A continuación, cargábamos en el coche portapapeles y archivadores, equipos de reparación, cinta adhesiva de doble cara, cajas de pañuelos, regletas de enchufes, cargadores de teléfono y Trankimazin, y nos íbamos a casa. Por lo general teníamos un día exacto para recuperarnos, tras el cual regresábamos de inmediato al despacho de mi madre y nos sentábamos delante de su enorme pizarra, en la que ella rodeaba la siguiente boda y vuelta a empezar.

Por más que bromeasen mi madre y William —a menudo—, les encantaba su trabajo. Era su pasión y se les daba bien. Fue así desde mucho antes de que yo tuviera edad suficiente para trabajar con ellos los veranos. Cuando era niña, me pasaba las horas pintando en el enorme escritorio de mi madre mientras ella se reunía con novias nerviosas para hablar de las listas de invitados y de la distribución de las mesas. Ahora participaba en las reuniones con mi propia libreta (de cuero, decorada con el logo de Bodas Natalie Barrett, cómo no) en el regazo, tomando notas. La transición, que siempre se había dado por supuesta, fue inevitable. Las bodas eran el negocio familiar y yo era la única familia de mi madre. A menos que contaras a William, cosa que en realidad sí hacíamos.

Se habían conocido dieciséis años antes, cuando yo tenía dos años y mi padre acababa de abandonarnos. En aquella época, mis padres vivían en una cabaña en un bosque a unos dieciséis kilómetros de Lakeview. Allí criaban pollos, tenían un jardín ecológico y fabricaban sus propias velas con cera de abeja, las cuales vendían en el mercado de los granjeros los fines de semana. Mi padre, que por aquel entonces solo tenía veintidós años, lucía una barba poblada, casi nunca llevaba zapatos y escribía un poemario de temática medioambiental en el que llevaba trabajando desde antes de que yo fuera concebida. Mi madre, un año más joven, era vegana estricta, por las noches trabajaba de camarera en la cafetería de una cooperativa biológica cercana y, además, hacía pulseras de cuerda impregnadas con la «energía de la tierra». Se conocieron en la universidad, en una manifestación contra el sistema de educación pública, que al parecer era «opresor, misógino, cruel con los animales y malvado». Cito textualmente el panfleto que encontré en una caja escondida en las profundidades del armario de mi madre, que contenía las pocas cosas que conservaba de esa época de su vida, sin contarme a mí. En el interior, además del panfleto, había una vela de cera de abeja más bien fea, una pulsera de cuerda que hizo las veces de «anillo» en su propia «boda» (celebrada en el barro de un festival de música al aire libre y oficiada por un amigo que firmó el certificado de matrimonio, que también encontré allí, como «¡Rey Yupiii!» a secas) y una única foto de mis padres, ambos descalzos y bronceados, sosteniendo sendos rastrillos en un jardín. Yo estaba sentada en el suelo a los pies de mi madre, examinando una hoja de col, desnuda de la cabeza a los pies. Mi nombre, exclusivo para mí, era una combinación de los suyos, Natalie y Louis. Me llamo Louna.

La caja del armario que guardaba aquellos objetos se me antojaba poca cosa para alguien que en sus tiempos había defendido tan excelsos ideales y eso siempre me entristecía. Mi madre, no obstante, solamente se refería a esa época cuando los clientes se cuestionaban en voz alta si valía la pena gastar una cantidad de dinero indecente por conseguir la boda de sus sueños.

—Bueno, a mí me casó un tipo que iba puesto de setas mágicas en un lodazal —decía entonces— y creo que eso condenó el matrimonio desde el principio. Pero cada caso es distinto.

A continuación, guardaba silencio durante un par de segundos para darles tiempo a los clientes a imaginar a Natalie Barrett —con su carísimo traje a medida, su peinado perfecto y sus característicos pendientes, anillo y collar de diamantes— vestida como una hippy mugrienta en una boda sin futuro. No podían imaginárselo, pero eso no les impedía firmar en la línea de puntos para asegurarse de no seguir sus pasos. Más vale prevenir que curar.

En realidad, la culpa de que el matrimonio de mis padres llegase a su fin no la tuvo el lodazal ni el oficiante, sino mi padre. Después de tres años en los bosques fabricando velas y «escribiendo poemas» (mi madre decía que nunca lo vio redactar ni una línea), se cansó de pasar penurias. No le sorprendió a nadie. Lo había criado en San Francisco un padre que poseía más de diez concesionarios de automóviles de lujo, así que no había nacido precisamente para vivir de la tierra a largo plazo. Desde que mi madre y él se dieron el «sí, quiero», su propio padre no dejó de repetirle que si renunciaba al matrimonio —y, en consecuencia, al bebé—, le cedería un concesionario de Porsche para él solo. Mi madre entonces ya culpaba al capitalismo de todos los males del mundo. Cuando su verdadero amor aceptó la oferta, se lo tomó como algo personal. Tres años después, tras una larga temporada sin dar señales de vida, mi padre falleció en un accidente de tráfico. No recuerdo que mi madre llorase ni reaccionase a la noticia, aunque debió de hacerlo, de algún modo. Yo no. Una no puede echar de menos lo que no ha conocido.

Y yo conocía a mi madre y nada más que a mi madre. No solo me parecía a ella —los mismos rasgos, cabello oscuro, piel cetrina—, sino que en ocasiones tenía la sensación de que éramos la misma persona. Sobre todo, porque sus propios padres, una pareja de cierta edad y adinerada, la habían repudiado en la época de la boda en el lodazal, así que siempre habíamos estado solas. Cuando mi padre se las piró, ella vendió la cabaña y nos mudamos a Lakeview, donde, después de rebotar de un empleo de camarera a otro, consiguió un puesto en el departamento de listas de bodas de Textiles, Etc., la cadena de artículos para el hogar. A primera vista, el empleo no le iba demasiado, ya que es difícil encontrar una tradición más comercial que las bodas. Pero mi madre tenía una hija que alimentar y en su vida anterior había sido presentada en sociedad y asistido a clases de etiqueta en el club de campo. Puede que ese mundo le provocase náuseas, pero lo conocía bien. Poco después, las novias preguntaban por ella cuando acudían a escoger vajillas o cuberterías de plata.

Cuando contrataron a William, un año más tarde, mi madre contaba ya con un nutrido grupo de seguidoras. Mientras formaba al recién llegado y le enseñaba todo lo que sabía, trabaron una estrecha amistad. Trabajaban en la trastienda, pasaban largas horas con las novias y las oían hablar —y a menudo quejarse— de la planificación de sus bodas. Aprendieron qué organizadores eran buenos y cuáles no, redactaron listas de viveros de la zona, proveedores de cáterin y DJ para recomendárselos a las clientas. Sus consejos empezaron a concretarse en eventos específicos y acabaron planificando unas cuantas bodas de principio a fin. Mientras tanto, a la hora del almuerzo y entre las copas o las cenas que compartían al salir de trabajar, empezaron a hablar de crear su propia empresa. Poco después, con la sociedad firmada y un préstamo de la madre de William aceptado, pusieron el negocio en marcha.

Mi madre poseía el cincuenta y uno por ciento del negocio, William se quedó con el cuarenta y nueve, y pusieron el nombre de ella en la puerta. Sin embargo, los detalles legales terminaban ahí. Fuera cual fuese la batalla que implicase una boda en concreto, estaban juntos en las trincheras. Hacían sueños realidad, les gustaba decirse el uno al otro y a cualquiera que quisiera escucharlos, y no mentían. Pese a todo, aquel talento jamás se aplicaba a su propia vida amorosa. Mi madre apenas había salido con nadie desde que rompió con mi padre y, cuando lo hacía, escogía personas que no aspirasen a una relación duradera, «para que nadie se llame a engaño», decía. Por su parte, William, que llevaba fuera del armario desde los ocho años más o menos, todavía no había conocido a ningún hombre que cumpliera ni por asomo sus altas expectativas. Lo sobrellevaba inclinándose también hacia relaciones para nada ideales que carecían del más mínimo potencial para convertirse en relaciones a largo plazo. Se empeñaban en que el amor verdadero no existía, por más que se ganasen la vida explotando la misma ilusión que tanto denostaban. Así pues, ¿por qué molestarse en buscarlo? Además, se tenían el uno al otro.

Aun siendo una niña, yo ya sabía que esa postura era disfuncional. Pero, por desgracia, me habían inculcado desde la más tierna infancia, a fuerza de repetirlas, las sarcásticas opiniones de mi madre y de William sobre conceptos como «romanticismo», «por siempre jamás», «amor» y otras ideas clave. Yo estaba hecha un lío, por decir algo. Por otro lado, vivía y respiraba el sueño del gran día, me llevaban a ceremonias y banquetes, presenciaba reuniones sobre todos y cada uno de los soporíferos detalles, desde las tarjetas «reserva la fecha» hasta las figuras del pastel. Pero lejos de los clientes y del trabajo, estaba sometida al runrún constante de que todo era una farsa, de que en realidad no había ni un solo hombre bueno y de que todos estábamos mejor solos. No es de extrañar que, pocos años antes, cuando mi mejor amiga Jilly se volvió loca por los chicos, yo fuera tan reacia a unirme a ella. Era una chica de catorce años tan desengañada como una divorciada de mediana edad y repetía como un mantra eso que había oído una y otra vez. «Bueno, al final te llevarás un chasco, así que mejor no te hagas ilusiones», decía sacudiendo la cabeza mientras ella intercambiaba mensajes con algún cachas del equipo de fútbol. O le advertía: «No le des lo que no estés dispuesta a perder» cuando se planteaba en plan dramático si confesarle sus sentimientos al chico que «le gustaba». Puede que la gente de mi edad se dedicara a ligar, en parejas o en grupos más grandes, pero yo me quedaba al margen, figurada y literalmente, como la clásica amargada que acaba sola en las comedias románticas o en el último estribillo de cualquier canción de amor. Al fin y al cabo, había aprendido de los mejores. No se me podía culpar, aunque no por ello resultara menos cargante.

Pero un buen día, el verano anterior, en una tórrida noche de agosto, todo eso cambió. De repente fui capaz de creer, al menos durante un tiempo. Acabé con el corazón roto en mil pedazos, situación que empeoraba al saber que no podía culpar a nadie salvo a mí misma. Si me hubiera alejado a tiempo, si hubiera dicho «no» por segunda vez y no solo la primera, si me hubiera marchado a casa a dormir y hubiera dejado atrás ese despliegue de estrellas cuando tuve ocasión… En fin.

En aquel momento, mi madre apuraba su copa y la dejaba sobre la mesa.

—Ya son más de las doce —observó, echando un vistazo a su reloj—. ¿Nos ponemos en marcha?

—Un último repaso y nos vamos —respondió William, que al momento se incorporó y se sacudió los pantalones. Por norma general, nos vestíamos para las bodas como si fuéramos invitados, pero discretos. La idea era integrarse, aunque no demasiado. Como todo en este negocio, la clave estaba en un delicado equilibrio.

—Louna, encárgate del vestíbulo y de la zona exterior. Yo miraré por aquí y en los baños.

Asentí y enfilé por el salón de banquetes, vacío excepto por unos cuantos camareros que apilaban sillas y retiraban copas. Las luces seguían encendidas y, mientras caminaba, vi pétalos de flor y servilletas arrugadas por el suelo, junto con algunos vasos de tubo y latas de cerveza. Fuera, en el vestíbulo, no había nadie salvo un tipo que se asomaba a una puerta entreabierta para llevarse un puro a la boca bajo un cartel de PROHIBIDO FUMAR.

Seguí avanzando hacia las puertas que daban al exterior, por las que se colaba el frescor de la noche. El aparcamiento también estaba desierto, no había nadie por allí. O eso pensé hasta que me di media vuelta y vi que una de las damas de honor de Deborah, una chica alta de color que llevaba un peinado de trencitas y un aro en la nariz —¿Malika? ¿Malina?— estaba de pie junto a una jardinera. Tenía un pañuelo en la mano y se enjugaba los ojos con delicadeza. Yo me pregunte, no por primera vez, qué tenían las bodas para que a todo el mundo le diera por llorar. Cualquiera diría que las lágrimas son contagiosas.

Levantó la vista de repente y me vio. Yo enarqué las cejas y la chica me devolvió una sonrisa triste al tiempo que negaba con la cabeza: no necesitaba mi ayuda. Hay momentos en los que intervenir y momentos en los que no, y yo había aprendido hacía tiempo la diferencia. A algunas personas les gusta exteriorizar su tristeza, pero la gran mayoría prefiere llorar a solas. A menos que mi trabajo me exigiera otra cosa, las dejaba tranquilas.

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CAPÍTULO 2

—¿Sabes qué? —dijo Jilly desde el interior de mi vestidor—. Este trabajo tuyo está arruinando mi vida amorosa.

—Siempre dices lo mismo —repliqué.

—Y siempre lo digo en serio. —Se oyó un golpe seguido de la caída de algún objeto—. Hala. ¿De verdad el rosa no tiene tirantes? Qué impropio de ti. Me lo estoy probando. Crawford, date la vuelta.

Miré a su hermano de diez años, que estaba de pie junto al escritorio hojeando mi libro de mates. Se subió las gafas, suspiró y se giró. Mientras tanto, yo me cambié de cadera a su hermanita, Bean, al mismo tiempo que intentaba abrirle el puño para que me soltase el pelo. Ella me mordió el hombro con las encías y me dejó un hilillo de baba en la manga de la camisa. Como sus padres tenían que hacer malabarismos para atender su imperio de food trucks, las visitas de Jilly siempre incluían a parte de su familia.

—Vale —anunció pasado un ratito y salió enfundada en un vestido veraniego color sandía de una talla inferior a la suya. Además, la prenda tenía tirantes la última vez que la vi. Pero a Jilly le gustaban los vestidos cortos y ajustados que acentuasen al máximo sus generosas curvas. Por más que ese no fuera mi estilo, ni por asomo, no podía sino admirar hasta qué punto se sentía cómoda con su cuerpo. La mayoría de las chicas del cole hablaban constantemente de dietas y espacio hueco entre los muslos, pero mi mejor amiga navegaba a contracorriente. Era una más de mil cosas que me encantaban de ella—. ¿Qué te parece?

—Que sí tiene tirantes —señalé según me acercaba para extraer uno—. ¿Lo ves?

Ella echó un vistazo por encima de su hombro pecoso.

—Ah. Bueno, al menos son finitos. ¿Me sacas el otro?

Hice lo que me pedía y Bean aprovechó para intentar agarrarla con sus dedos gordezuelos. Jilly siempre llegaba a mi casa vistiendo un modelito y se marchaba enfundada en otro. Tenía todo un estante en mi vestidor repleto de prendas suyas, tan ordenadas como las mías, que ella pasaba por alto cada vez que se metía ahí dentro.

—Bueno, sobre lo de esta noche —prosiguió mientras retorcía el brazo por debajo del tirante y acomodaba su amplio pecho en el cuerpo del vestido. Yo usaba una copa C en el mejor de los casos mientras que ella llenaba una D, de modo que aportaba a mi ropa un factor supersexy al que yo no podía ni aspirar—. Hemos quedado con los chicos en Bendo cuando termine la última banda. Los Catástrofe.

—Genial o Catastrófico —la corregí.

—Eso. —Se dio media vuelta y me ofreció la espalda para que le bajara la cremallera—. Puedes venir después de la boda. Has dicho que acabarías pronto, ¿no?

—No. He dicho que la boda empieza a las seis. Terminaremos a las diez o más tarde.

—Ese vestido te queda demasiado ajustado —observó Crawford en el tono inexpresivo que lo caracterizaba. Era su manera de hablar desde que llevaba pañales y su familia se mudó detrás de nuestra casa, al otro lado del pequeño arroyo que separaba las dos viviendas. En aquella época, Jilly y yo teníamos diez años, su hermano tenía dos y las gemelas y Bean ni siquiera habían nacido. Los padres de Jilly se empleaban a fondo en todo, incluida la procreación.

—No te preocupes por mí. Sigue leyendo tu libro —le respondió al tiempo que se recolocaba la delantera.

—Es el libro de Louna —observó él a la vez que pasaba una página—. Y hay que cambiarle el pañal a Bean.

Así que eso era lo que olía mal. Crawford, listo a rabiar y con escasas capacidades sociales, iba siempre un paso por delante de los demás. Sin más comentarios, Jilly me arrebató a Bean, la tumbó en el suelo, me tendió un mordedor y continuó.

—Déjate de excusas, ¿vale? —me dijo—. Ha pasado casi un año. Es hora de que vuelvas ahí fuera. No puedes esconderte siempre detrás del trabajo.

—Y ¿«ahí fuera» es un club sucio y pegajoso?

—En este caso concreto, sí.

—La suciedad atrae virus —intervino Crawford—. Y los virus provocan enfermedades.

—Vienes, escuchas un poco de música y nos pasamos por un par de fiestas, nada más —me dijo Jilly. En ese momento Bean gateaba por debajo de mi cama—. Será divertido. Te lo prometo.

—Espera un momento. No me habías dicho nada de una fiesta. Ni de fiestas, en plural.

Resopló ruidosamente, esta vez sin necesidad de respirar antes.

—Louna —empezó. Alargó las manos para aferrarme los brazos—. Soy tu mejor amiga. Sé lo mal que lo has pasado y soy consciente de que estás asustada. Pero todavía somos jóvenes. Tenemos toda la vida por delante. Qué privilegio, ¿verdad? No lo desperdicies.

Esa era la gran cualidad de Jilly. Podía parecer abrumadora en muchos aspectos, porque era una chica grande, ruidosa y vital a la que le importaba un comino lo que pensaran de ella. Siempre llevaba a cuestas a dos de sus hermanos como mínimo, se apropiaba de mi ropa y estaba empeñada en buscarme otro novio, aunque —y especialmente porque— yo no lo deseaba. Y a pesar de ser tan irritante y de que su personalidad estuviera en las antípodas de la mía, de vez en cuando decía algo como eso, conmovedor, directo y, maldita sea, cierto. Su corazón, por despistada que ella anduviera en otros aspectos, se las ingeniaba para dar en el clavo. Qué privilegio, ya lo creo que sí.

—Intentaré pasarme —le dije.

—No te pido más. —Se inclinó para plantarme un besazo en la mejilla justo cuando su teléfono emitía un aviso. Lo extrajo de la parte superior del vestido (su espacio de almacenaje favorito) y echó un vistazo a la pantalla—. Las gemelas tienen clase de gimnasia. Lo había olvidado.

—Odio los gimnasios —intervino Crawford—. Huelen a esterillas y a pies.

—No le falta razón —me dijo Jilly, que de nuevo se estaba mirando en el espejo. Volvió la vista hacia mi vestidor y enarcó las cejas—. Espera, ¿son nuevas esas sandalias negras de ahí? ¡Sujétame el teléfono! Acabo de hacerme la pedicura.

Se agachó por delante de mí y alargó el brazo más allá de las filas de zapatos que me ponía a diario para alcanzar un par de sandalias negras con la hebilla dorada que había llevado una única vez. Solo con ver las tiras colgando de su mano, enganchadas a su pulgar, se me cayó el alma a los pies.

—No —dije en un tono cortante, más brusco de lo que pretendía—. Esas no.

Ella miró los zapatos y luego a la zona de donde los había cogido, apartados de los demás. Lo captó en un periquete. En silencio, volvió a dejarlos en el suelo.

—Ah, vale —asintió—. Perdona.

Yo no respondí. Únicamente intenté recuperar la compostura —¿por qué aquello todavía me afectaba tanto?— mientras ella se inclinaba para recoger a Bean. Cuando se levantó, me percaté de que Crawford me estaba observando con una expresión tan seria como de costumbre y, aunque sabía que solo era un niño y no estaba al tanto de nada, tuve que apartar la vista.

Se marcharon pasados unos minutos con el ruido que los acompañaba en cada cambio de escenario: los gritos de Bean y las pullas de Jilly y Crawford escaleras abajo. Al llegar al jardín trasero, mi amiga miró a la ventana agitando los dedos. Le devolví el saludo y me quedé mirando como se alejaban por el jardín. Jilly saltó el arroyo, ligera aun llevando un bebé a cuestas, pero Crawford paró y se inclinó para examinar algo que había al borde del agua. Pasado un momento su hermana le gritó que se diera prisa y él reanudó la marcha.

En mi habitación se hizo ese silencio especial que únicamente reinaba cuando los Baker abandonaban la casa. Como familia se las traían, estaba claro, pero no quería imaginar cómo habría sido mi existencia si ellos no se hubieran mudado al barrio. Mi casa era el colmo de la limpieza y el silencio, pues estábamos solo mi madre y yo, con todo tan ordenado. Saber que ese agradable desorden andaba cerca me aportó tranquilidad desde el día uno. Todos necesitamos fundirnos en una multitud de vez en cuando.

Sin embargo, estaba sola ahora mientras me encaminaba al vestidor. Allí, en ese espacio pequeño y oscuro, recogí una sandalia negra, luego otra, y las dejé donde estaban, en el rincón, debajo del vestido negro que tampoco volví a ponerme después de la primera vez. Ya no tenía la sensación de que fueran míos, sino más bien de otra chica procedente de una época distinta. Y, a pesar de todo, no podía deshacerme de ellos. Todavía no.

—Me encantan las terceras nupcias —exclamó William con aire alegre mientras esperábamos junto a la piscina del club de campo a que los invitados ocuparan sus asientos—. Todo el mundo emana tranquilidad. Deberíamos especializarnos en estas bodas, apropiarnos de ese nicho de mercado.

—No tendríamos suficiente trabajo —opinó mi madre, siempre tan realista—. Además, echarías de menos la neurosis de las novias jóvenes. Estaríamos desperdiciando tu talento.

—Eso es verdad —asintió él mientras seguía con los ojos a un hombre de edad avanzada enfundado en un traje ajustado que estaba a punto de sentarse en una de las primeras filas, reservadas para la familia. William era la persona más consciente de su entorno que yo conocía, igual que un gato listo para saltar a la primera de cambio. Advertí que yo misma contenía el aliento hasta que la esposa del hombre lo cogió por el codo y lo arrastró hacia una fila posterior.

—Hablando de novias jóvenes, he llamado a Bee y me ha confirmado que el lunes a primera hora acudirá para empezar con los preparativos.

Mi madre suspiró.

—Ya sabes que odio trabajar con prisas, William.

—La boda se celebra en agosto. Estamos en abril.

—Finales de abril —lo corrigió mi madre—. Y me parecería bien si fueran terceras nupcias. Pero no es así. Es una boda de alta sociedad con altas exigencias, lo cual significa que debería haberse empezado a planificar hace un año.

—Te olvidas del alto presupuesto —señaló William.

—El dinero no lo es todo. —Aguardé un instante, sabiendo lo que venía a continuación. Por supuesto—: La cordura no tiene precio.

—Pero si lo tuviera, lo pagarían.

Ambos guardaron silencio cuando otro invitado se encaminó hacia la primera fila. En cuestión de minutos, William echaría mano de las tarjetas con la palabra RESERVADO (escrita con su letra casi caligráfica, también conocida como la fuente oficial de Bodas Natalie Barrett) y las colocaría en los asientos. Por lo general procuraba evitarlo y rehuía cualquier detalle innecesario en un evento, incluidas las elegantes tarjetas impresas. Pero nunca se podía subestimar el «factor idiota». Era otro de los mantras de mi madre.

—Veinte minutos —dijo mi madre tras echar un vistazo a su reloj de muñeca—. Coloca unas cuantas tarjetas, para que no tengamos que hacer de policías. Louna, ¿te puedes ocupar de la UFD?

Asentí y eché un vistazo al teléfono para comprobar una vez más que estuviera silenciado. La Última Fila a la Derecha solía ser mi ubicación en celebraciones como esta, cuando había cortejo nupcial. Era una versión de nuestra estrategia de los tres frentes: ella daba la salida a la comitiva, yo los vigilaba durante el recorrido y William se situaba cerca del altar. Desde allí podía intervenir si alguien se desmayaba, las alianzas caían al suelo o no aparecían, o si las niñas de las flores y los pajes se desmadraban en plena ceremonia. (Cosas que sucedían a menudo, si bien una sola vez ocurrió todo a la vez, un evento al que nos referíamos sencillamente como el Desastre.)

Nos separamos para ocupar nuestros puestos. Llevábamos nueve meses organizando esta celebración, la boda de Eve Little, y William tenía razón: había sido coser y cantar. La novia tenía más de cincuenta y el novio superaba los setenta. Tenían muchísimo dinero y muy pocas exigencias específicas, aparte de pedir que la boda se celebrase en el Club de Campo de Lakeview, en una de cuyas pistas de tenis se conocieron. El club se encargaba del banquete, habían contratado a nuestro DJ favorito y en principio la fiesta no debía alargarse más allá de las diez en punto.

El único contratiempo lo protagonizó la hija de la novia, Beatrice. Cuando se prometió, un par de semanas atrás, decidió que ella también quería disfrutar de una Boda Natalie Barrett. La complicación se debía a que Beatrice y su novio tenían previsto casarse a mediados de agosto, antes de trasladarse a la otra punta del país a finales de verano con motivo de una residencia médica, de modo que había que organizarlo todo lo antes posible. Por lo general, entre la lista de espera y la obsesión de mi madre por organizar los eventos al milímetro, no aceptábamos nada que nos obligara a correr. Pero Eve Little había planteado tan pocos problemas y estaban gastando tanto dinero que William, al final, se rindió. Y eso suponía, bueno, el cuarenta por ciento de la batalla.

Me encaminé a la última fila de las sillas que había ayudado a colocar un par de horas atrás y ocupé mi lugar junto al pasillo. Como de costumbre, había unas cuantas personas agrupadas al final, algo que a William le daba mucha rabia, porque prefería uniformidad en la zona del público. «¿Por qué hacen eso? ¿Acaso piensan que los van a invitar a participar?», resoplaba. En casos extremos, incluso lo había visto ejercer su autoridad y reasignar asientos a la gente, aunque eso solo lo hacía si estaba de un humor de perros.

Yo no me tomaba las cosas tan a pecho, así que saludé con una inclinación de la cabeza a una pareja sentada a pocos asientos del mío y consulté la hora en el teléfono. Faltaban quince minutos para el comienzo de la ceremonia cuando recibí el primer mensaje de mi madre al grupo.

«Bañistas de camino a la piscina.»

En un abrir y cerrar de ojos apareció William, como por arte de magia, detrás de un seto envuelto en luces. Con suavidad, cortó el paso a una mujer y a su hijo, los dos en bañador, y los redirigió fuera de la «zona cerrada por celebración».

La música del órgano irrumpió tan súbitamente que pegué un bote al oírla y no fui la única. Antes de que mi madre pudiera enviarme el inevitable «¿Qué narices pasa?», me levanté de la silla y me encaminé con brío al fondo del recinto de la piscina, donde el DJ, Monty, ya estaba uniendo las manos en un gesto de disculpa. Todo controlado.

Doce minutos. Me volví para mirar la entrada del patio, donde mi madre estaba inclinada hacia el paje rubito que llevaría los anillos. De todo lo que puede salir mal en una ceremonia, le molestaba por encima de todo el caos asociado con perros y niños, y en ambos casos adoptaba lo que ella consideraba una ofensiva discreta. Para los perros, la estrategia consistía en un buen surtido de salchichas cortadas a trocitos, que se guardaba en la manga dentro de una bolsita con cierre hermético. En cuanto a los niños, por lo general bastaba con un soborno a base de golosinas y una voz severa, si bien en este caso la clave estaba en el equilibrio. Ya había suficientes emociones a flor de piel como para que el llanto de un niño lo pusiera todo patas arriba.

A siete minutos del comienzo, yo ya estaba de vuelta en mi asiento mirando a William, que inspeccionaba a la concurrencia mientras los últimos invitados se acomodaban. Cada vez que se fijaba en la falta de cuerpos entre la cuarta y la última fila fruncía el rostro compungido, aunque solamente yo notaba la ausencia, estoy segura.

A las seis en punto, la música debía de empezar a sonar. En vez de eso, mi teléfono volvió a vibrar. Leí el mensaje dos veces y seguía sin entenderlo.

«HDP ausente xa cortejo.»

Allí delante, William acababa de recibir el mismo mensaje. Me miró con las cejas enarcadas.

«¿Qué?», escribí. Un hombre sentado a dos asientos del mío miraba el reloj.

«Ven ahora mismo», fue la respuesta, y antes de terminar de leerlo ya estaba de pie y en movimiento.

No corras, no corras, me recordé a mí misma intentando darme prisa con un ademán eficiente, pero sin que pareciera que había entrado en pánico mientras recorría el patio. Cuando llegué al vestíbulo del club, encontré al cortejo nupcial en posición, con el portador del anillo a la cabeza y bañado en lágrimas. Detrás de él, y de las parejas de damas de honor y padrinos, había un corrillo formado por Eve Little —radiante con su vestido amarillo pálido de mangas tipo tulipán; ¡cómo me gustaban las terceras nupcias!—, la hija, Bee, y mi madre. Todas hablaban al mismo tiempo.

—… no podemos hacer bien nuestro trabajo si no conocemos el orden exacto —estaba diciendo mi madre cuando llegué—. Las incorporaciones de última hora lo complican, cuando no lo imposibilitan.

—Lo entiendo —decía Eve, mientras Bee, con el teléfono pegado al oído, escudriñaba la sala—. Pero ¡estaba aquí mismo!

—Es así de escurridizo —me dijo Bee, como si yo supiera de qué iba todo aquello—. ¿Y si lo buscamos fuera?

Volví la vista hacia mi madre, que me espetó:

—Ya la has oído. ¡Búscalo fuera!

—¿A quién? —pregunté—. Todo el mundo está aquí.

Lo sabía porque «la chuleta» era una de mis tareas. La víspera de cualquier evento, yo preparaba una hoja de papel con la lista de la comitiva nupcial y la familia pertinente, los contactos de los proveedores que habíamos contratado (empresa de cáterin, DJ, florista), así como el horario final acordado para la celebración, desde la llegada de los invitados hasta nuestra partida. En el último momento, nuestro programa se había ido al traste.

—Ambrose —dijo Eve. Al oír eso mi madre intentó (o en realidad no lo hizo) disimular su rabia.

—¿Quién?

—Mi hermano —me aclaró Bee. Se cambió de mano el ramo de rosas y lirios blancos. Era una chica preciosa, rubia, de piel aterciopelada y ojos azules, el tipo de hermosura que resultaría irritante si no fuera tan simpática—. No pensaba venir, pero al final ha cambiado de idea. Alto, rubio como yo. Seguramente estará hablando con alguna chica. Atízale un sopapo si hace falta.

Así pues, HDP significaba «el hijo de la prometida». Y se podía interpretar en el sentido más coloquial también, si de verdad todo se había retrasado por su culpa.

—Voy —le dije a mi madre, ya enfilando hacia la salida del vestíbulo. Antes de abrir la puerta, eché un último vistazo a mi espalda, a tiempo de ver que William avanzaba a toda prisa por el pasillo con el móvil pegado a la oreja. Si mi madre y él habían decidido hablar por teléfono en lugar de intercambiar mensajes, aquello era todavía peor de lo que pensaba.

Fuera, pasé la vista a toda prisa por el aparcamiento. Dos golfistas charlaban al lado de un Audi, con los palos de golf asomando del maletero, mientras que un chico vestido con uniforme de cocinero amontonaba cajones de hortalizas junto a la entrada de la cocina. Por lo demás, nada que ver. O eso pensaba hasta que escuché el tintineo de lo que solo podía ser, en cualquier mundo posible, la risa de una chica guapa.

Venía de detrás de una furgoneta con el logo de la floristería, a unas pocas plazas de donde estaba yo, y la siguió otra risa entre dientes, que claramente era masculina. Me encaminé hacia allí al mismo tiempo que me preguntaba, por enésima vez, por qué no habría escogido trabajar en una cafetería, una librería o cualquier otro lugar que no involucrase acorralar a desconocidos contra su voluntad. Rodeé el vehículo y carraspeé.

Cuando vi a Ambrose Little por primera vez, me asaltaron dos pensamientos distintos, y ambos marcarían los sentimientos que iba a inspirarme ese chico a partir de entonces, aunque todavía no lo sabía. En ese instante fui consciente de lo siguiente: en primer lugar, era increíblemente guapo. En segundo, la mera visión del chico —un breve vistazo de perfil, desde la distancia— me irritó de un modo que no me supe explicar.

Para empezar, su aspecto. Bee tenía razón: compartían el mismo color de pelo y los mismos rasgos. Pero Ambrose, que vestía un elegante traje con camisa blanca, era alto, casi larguirucho, de brazos y piernas largos, pómulos marcados y un flequillo lacio y rubio apenas lo bastante enmarañado como para que intuyeses el rato que le había dedicado. Podría compararse al signo de exclamación al principio de una frase, cuya presencia te advierte de que se avecina algo complicado.

En cuanto al factor irritación, el análisis era más peliagudo. Puede que me molestase el hecho de que fuera guapísimo, como si el muñeco Ken surfista de mi infancia, con su cuerpo escultural y su pecho plano, hubiera cobrado vida. En cualquier caso, nunca antes me había producido nadie una aversión tan visceral con solo verlo. Me hacía sentir superficial de un modo que no me gustaba.

Sin embargo, en aquel momento él ni siquiera había reparado en mi presencia, ocupado como estaba en inclinarse hacia una chica exuberante de rasgos indios, vestida con un pantalón corto color caqui y una camiseta de golf con el escudo del club de campo. Ella, por su parte, estaba recostada contra un Toyota con un llavero colgando de una mano. Estaban tan entrelazados como se puede estar sin llegar a tocarse y, a pesar de mi aviso sonoro, ninguno de los dos se percató de mi llegada.

—Ambrose —dije con mi voz más grave. Esta vez se volvió a mirarme y su flequillo ondulado se desplazó al otro lado de su frente. Ahora que lo veía bien, advertí que se trataba de una onda perfecta, tan impecable que daban ganas de estirarla. Ese pensamiento volvió a irritarme.

—La boda va a empezar. Te necesitamos en tu puesto.

Me dedicó la clásica sonrisa lánguida de niño rico, un despliegue de dientes blancos y seguridad en sí mismo.

—Vaya, hola. Y tú, ¿quién eres?

La chica hizo una mueca. Obviamente le disgustaba ese giro de los acontecimientos. Respondí:

—Trabajo para Natalie Barrett, la organizadora de bodas. Necesito que me acompañes. Ahora.

Entre risas, me saludó al estilo militar con la mano casi pegada al flequillo.

—¡Sí, señora! En un periquete estoy contigo.

Tras eso, se volvió de nuevo hacia su amiga, que levantó la cabeza tan pronto como recuperó su atención.

Algunas personas se preguntan qué haría Jesús ante situaciones complejas. Yo, al menos cuando se trataba de trabajo, solo tenía un buen ejemplo para seguir y sabía que, si ella estuviera en mi lugar, tomaría las medidas necesarias para asegurarse de que las cosas salieran según lo previsto. El próximo verano, una librería o una cafetería, me prometí. A continuación, avancé decidida, aferré la muñeca de Ambrose Little y procedí a arrastrarlo hacia la entrada del club.

—¿De qué vas? —exclamó la chica entornando los ojos—. No puedes…

Pero sí podía y lo estaba haciendo. Esperaba resistencia, de ahí que tirara de él con todas mis fuerzas. En vez de eso, perdió el equilibrio y se tambaleó hacia mí buscando un punto de agarre, que resultó ser mi pecho izquierdo. Ahora estaba arrastrando a un chico que me metía mano bajo la atenta mirada de los golfistas. Qué bien.

—Normalmente me gustan las chicas asertivas —comentó Ambrose, que recuperó el equilibrio mientras yo le apartaba la mano de un manotazo—. Pero tú te pasas un poco de la raya.

Hice caso omiso del comentario, por miedo a lo que pudiera decirle si respondía. Casi habíamos llegado a la entrada del club; en cuanto cruzáramos el umbral, sería el problema de mi madre y yo podría regresar al sitio que me correspondía, en la UFD.

—Me parece que no nos han presentado como es debido —prosiguió él. Entretanto yo empujaba la puerta acristalada con la mano libre—. Soy Ambrose. ¿Y tú eres…?

—Por fin —gruñó mi madre, que acudió a nuestro encuentro nada más vernos entrar. Dirigí una ojeada al reloj de la pared: eran las seis y cuarto. Teniendo en cuenta que la jefa acostumbraba a presumir de la puntualidad de sus bodas, cada minuto de retraso suponía un grado más en su nivel de irritación. Ambrose tal vez no lo supiese, pero de haberse entretenido más rato, su muñeca no habría sido lo único que habría acabado estrujado. Debido a la situación, el chico le dedicó la misma sonrisa encantadora y ella le respondió con una mirada tan gélida que casi lo compadecí. Casi.

—Por aquí —ordenó mi madre de malos modos. Le solté la mano a Ambrose, aliviada de largarme de allí y abandonar la refriega. El chico la siguió sin interponer el menor comentario, protesta o reticencia. Incluso él comprendió al instante quién mandaba allí.

Mi teléfono vibró. William. «¿Novedades?»

«Todo en orden», respondí. «De camino a la UFD.»

Rebasé a Ambrose y a su madre, y luego al resto de la comitiva nupcial. Llevaban tanto rato esperando en formación que su desasosiego era más que evidente. Mientras pasaba junto a las damas de honor, noté una mano en el brazo. Cuando me volví a mirar, Bee me dedicó una sonrisa de gratitud.

—Gracias por traer al idiota de mi hermano.

Asentí. Como es obvio, no le dije que Ambrose no era nada de eso.

—No hay de qué.

De regreso a la última fila de asientos, noté el murmullo especulativo que había despertado el retraso. Todas las esperas suenan igual para un oído menos avezado, pero yo conocía la diferencia y también William, quien afirmaba que la energía de un mal comienzo es capaz de gafar todo el evento. Cuando lo avisté detrás de una columna, no me sorprendió notar que apretaba los labios, lo más parecido a una mala cara que se permitía cuando estaba trabajando.

Por fin, a las 18.23, empezó a sonar la marcha nupcial. Me di la vuelta en el asiento y miré por encima del hombro cómo el paje y la niña de las flores desfilaban despacio lanzando pétalos a su paso. Mientras William los acompañaba a sus puestos, arrancó el resto de la comitiva, de dos en dos, igual que animales de camino al Arca de Noé. Bee me dedicó otra sonrisa al pasar y yo tuve la clara sensación de que estaba acostumbrada a disculparse por la conducta de su hermano. En cambio, cuando Eve y él pasaron por mi lado entre las exclamaciones de admiración que despertaron el vestido amarillo de ella y Ambrose tan guapo con su traje de gala, él ni siquiera me vio.

Las bodas consisten en una serie de momentos especiales ensartados como las cuentas de un collar. Sin duda cada uno posee su propio encanto por sí mismo, pero al unirlos obtienes una obra de arte. Si hacíamos bien nuestro trabajo, el hecho de que los primeros instantes se hubieran torcido pasaría al olvido después del primer baile, los brindis y el momento de cortar la tarta. Pero, en realidad, en una boda (o mundo) ideal, uno aspira al mejor comienzo posible. Si empiezas dando el do de pecho, sea cual sea la canción, hay más probabilidades de que te suene a música celestial.

A las 21.47, aunque nos habíamos fijado las diez de la noche como límite máximo, la pista de baile seguía abarrotada. Aun así, no me tranquilizaba no haberme equivocado cuando había hablado con Jilly antes. El día había sido inesperadamente caluroso para finales de abril y la combinación de estrés, sol y largas horas de pie me habían pasado factura. No me apetecía acercarme a Bendo y menos aún hacer el esfuerzo necesario para «salir ahí fuera» con dos chicos a los que ni siquiera conocía. Y desde luego no tenía ganas de bailar. De ahí que, cuando Ambrose Little se asomó al fondo de un baile en línea un tanto chapucero, me vio y me sugirió por gestos que me uniera a ellos, me limité a negar con la cabeza.

No tuve ni que pensarlo, pero no por nada relacionado con él. He aquí la regla de oro cuando trabajabas para Natalie Barrett: recuerda cuál es tu sitio. No era raro que los clientes, a lo largo de los muchos meses de planificación, acabaran por desarrollar cierta dependencia hacia nosotros. Los grandes acontecimientos vitales cargados de emotividad tienden a propiciar sentimientos ambiguos. Sin embargo, «nadie quiere mirar las fotos de su boda más tarde y ver al organizador comportándose como un invitado», recordaba siempre mi madre a los empleados eventuales que contratábamos en ocasiones para las fiestas más grandes. «Si no nos quedamos al margen, no hemos hecho bien nuestro trabajo.»

Por eso no me sorprendió que me invitara a bailar. Sucedía de tanto en tanto, en particular si había barra libre. No esperaba, en cambio, que reaccionara a mi negativa sacudiendo la cabeza a su vez, acercándose a mí y alargando la mano para tomar la mía.

—Bailar facilita la reconciliación —dijo. Me ofreció la palma de la mano mientras la música se apagaba y empezaba otra canción—. ¿Nos reconciliamos?

—No, gracias —respondí.

Él agitó los dedos con brío, como si imitar a una anémona marina pudiera hacerme cambiar de opinión.

—Gracias, pero no —le dije, optando por la fórmula que reservaba para estas situaciones.

—¡Ambrose! —gritó desde la pista una chica con un vestido corto de color rosa y marcas de sandalias en los pies descalzos—. ¡Ven aquí! ¡Te necesitamos para bailar la conga!

—¿Lo has oído? —insistió él—. ¡La conga! Tienes que venir.

Cuando volví a negar con la cabeza, suspiró sonoramente y luego dobló el cuerpo con las manos sobre las rodillas, como si mi respuesta fuera tan trágica que lo hubiera dejado sin respiración. Pasado un instante, levantó la cabeza y alargó una mano hacia mí, que agitó de nuevo como una anémona marina—. Conga. Reconciliación. Vamos.

—No, gracias —repetí.

Los invitados que empezaban a formar la cola se tropezaban al agarrarse los unos a los otros, risueños y colorados. Si hubiera un indicador del principio del fin de una boda, sería ese. Ambrose miró la conga por encima del hombro, sonrió y se volvió de nuevo hacia mí.

—No te preocupes —me dijo—. No hace falta que te estruje.

—No tendrás que estrujarme —repliqué—. Porque la respuesta sigue siendo no.

—¿No se supone que trabajas en la organización de la boda?

—Correcto.

—Entonces deberías bailar.

—Esto no funciona así.

—¿Por qué?

Lo último que me apetecía era ponerme a discutir con él los parámetros de mi trabajo mientras una conga torpe y ondulante se aproximaba despacio.

—No soy una invitada, sino una empleada. No bailamos. Trabajamos.

Él lo meditó un instante.

—Vale, entonces te pido que seas mi pareja. Ya no estás de servicio.

—Tampoco funciona así —le dije.

—¡Chaval! ¡Eres difícil! —Negó con la cabeza y ese flequillo ondulado en el que por lo visto no podía dejar de fijarme se bamboleó. La conga rodeaba en ese momento una silla cercana, encabezada por un hombre con la cara roja y un puro enganchado en la boca—. Así que me estás diciendo que no vas a bailar conmigo ahora mismo, por más que te implore o ruegue, ni siquiera habiendo una conga de por medio.

—Exacto —asentí.

—¿En serio? —Hizo una mueca—. Porras. Me revienta no tener lo que quiero.

Su confesión me pareció tan rara —arrogante, sincera— que, por primera vez, no encontré una respuesta estereotipada. Pero según la conga pasaba por su espalda y la chica de rosa lo agarraba del cinturón, casi deseé que la música cesara para poder meditar esa idea, una que yo misma tenía aún más a menudo de lo que me gustaba admitir.

«Me revienta no tener lo que quiero.»

—Igual que a todos —respondí con voz queda mientras la fila de gente circulaba por delante de mí, serpenteando entre las mesas. Y así, por las buenas, alcancé ese punto en que el color, la vida y las risas se me antojaban excesivos y no pude hacer nada más que dar media vuelta para marcharme.