
El día en que Mary Lennox llegó a la mansión de Misselthwaite para vivir con su tío, todos pensaron que era la niña más repelente que jamás hubieran visto. Y era cierto: tenía el rostro afilado, su cuerpo era delgado, los cabellos sin brillo y lacios, la expresión agria. Su pelo era trigueño, y su faz también era del mismo color. Había nacido en la India y siempre había sufrido alguna enfermedad. Su padre había desempeñado allí un cargo oficial del gobierno británico y había sido siempre un hombre muy ocupado y enfermo; su madre había sido una mujer hermosa a la que únicamente le gustaba ir a fiestas y divertirse con gente. Nunca quiso tener una hija, así que cuando nació Mary la entregó a una ama, a la que se le explicó que para complacer a la memsahib, o la señora en idioma hindi, se tenía que evitar a toda costa que viera a la pequeña. Así pues, permaneció oculta mientras fue un bebé enfermizo, colérico y feúcho, y también cuando más tarde se convirtió en una niña, igualmente enfermiza e intransigente. Mary no recordaba haber visto ningún otro que no fuera el rostro oscuro de su aya y del resto de los criados indios, y como siempre la obedecían y consentían en hacer todo —pues la memsahib se enfadaba si oía a la niña llorar—, al cumplir los seis años era la criatura más déspota y egoísta que jamás hubo existido. Una joven institutriz inglesa intentó enseñarle a leer y escribir, pero Mary era tan desagradable que dejó su puesto a los tres meses; las demás institutrices duraron aún menos que ella. En fin, si a Mary no le hubieran gustado realmente los libros, nunca habría aprendido a leer.
Una mañana que hacía un calor sofocante, cuando Mary tenía unos nueve años, se despertó muy enfadada; y se enfadó aún más cuando vio que la sirvienta que estaba a su lado no era su niñera.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó a la desconocida—. Quiero que te vayas. Que venga mi aya.
La mujer estaba asustada y le explicó tartamudeando que el aya no podía venir; Mary se enojó y empezó a dar golpes y patadas a la pobre sirvienta, la cual se espantó aún más y volvió a repetir que el aya no podía ir a ver a la señorita sahib.
Se respiraba algún misterio aquella mañana, ya que no se había hecho nada de lo que normalmente se solía hacer, faltaban varios criados, y los que Mary vio parecían escaparse furtivamente o corrían por todos lados con el rostro serio y atemorizado. Pero nadie le decía nada, y su ama no venía. Avanzaba la mañana y como la niña se sintió sola, se fue al jardín y empezó a jugar bajo un árbol cerca de la galería. Intentaba construir un macizo de flores, poniendo grandes hibiscos de color rojo en pequeños montoncitos de tierra, pero mientras lo hacía su ira iba en aumento y murmuraba para sí todo lo que iba a decirle a Saidie, su aya, incluso hasta los insultos que le iba a proferir cuando regresara.
—¡Cochina! ¡Cerda! ¡Hija de cerdos! —decía, porque no había peor humillación para un indio que le llamaran cerdo.
Apretó la mandíbula; se repetía las mismas palabras una y otra vez, cuando de pronto oyó a su madre salir a la galería. Iba con un hombre joven, de cabellos claros, y ambos hablaban en voz baja y extraña. Mary creía conocer a ese joven con cara de niño; había oído que era un oficial que acababa de llegar de Inglaterra. La niña se le quedó mirando, pero su vista se detuvo fijamente en su madre. Siempre la miraba de esa forma cuando tenía oportunidad de verla, porque la memsahib (Mary también la llamaba con este nombre más que con ningún otro) era una mujer alta, bella y delgada, y siempre iba hermosamente vestida. Los bucles que su cabello formaba parecían de seda, su nariz, pequeña y delicada, parecía desdeñarlo todo, y en sus grandes ojos asomaba una sonrisa. Los vestidos que solía llevar eran de telas finas y livianas, y Mary creía que estaban cubiertos de encaje. Aquella mañana parecía que tuviera todavía más encajes, pero sus ojos no se reían en absoluto, completamente abiertos, parecían asustados y se elevaban de manera suplicante hacia el rostro del apuesto y joven oficial.
—¿Tan grave es? ¿Lo es, lo es? —oyó decir Mary a su madre.
—Lo es —contestó el joven, con voz temblorosa—. Es terriblemente grave, señora Lennox. Deberían haber subido ustedes a las montañas hace ya dos semanas.
La memsahib se frotó las manos.
—Ah, ya lo sé, ya lo sé —se quejó—. Me quedé solo para acudir a esa estúpida fiesta. ¡Qué tonta fui!
Justo en ese momento, de las casas de los sirvientes salieron unos gritos tan desgarradores que ella se cogió fuertemente del brazo del joven, y Mary empezó a temblar de pies a cabeza. Aquellos gemidos fueron haciéndose cada vez más intensos.
—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? —preguntó la señora Lennox, jadeante.
—Alguien ha muerto —contestó el oficial inglés—. No me había comentado usted que se hubiera extendido entre sus criados.
—¡No lo sabía! —respondió la memsahib—. ¡Venga conmigo! ¡Venga conmigo! —Y se giró media vuelta y entró corriendo en la casa.
Empezaron a suceder cosas horribles, y el misterio de aquella mañana le fue revelado a Mary. El cólera más mortífero se había declarado en la región y la gente caía como moscas. Aquella noche el aya se había puesto enferma, y su muerte fue precisamente lo que provocó los espantosos gritos en las chozas. Antes de que anocheciera, ya habían muerto otros tres criados y varios habían huido atemorizados. El pánico había cundido por todos lados, y en todas las viviendas había moribundos.
La confusión y el espanto reinaban el segundo día y Mary se escondió asustada en su habitación, olvidada de todos. Nadie se acordaba de ella, nadie la necesitaba, y comenzaron a suceder cosas extrañas a su alrededor de las que no se enteró. Las horas iban pasando, y Mary o lloraba o dormía. Únicamente sabía que la gente enfermaba y que se oían ruidos extraños y aterradores. Una vez entró en el comedor y lo encontró completamente vacío, aunque en la mesa aún había restos de una comida sin terminar; era como si algún motivo misterioso hubiera impulsado a los comensales a dejar de comer súbitamente y a apartar mesa, sillas y platos a toda prisa. La niña cogió alguna fruta y unas galletas, y como estaba sedienta se bebió un vaso lleno de vino que habían dejado. Tenía un sabor dulce y Mary no se dio cuenta de que era muy fuerte, de modo que pronto empezó a notar un intenso sopor y volvió a su habitación, donde se encerró otra vez asustada por el griterío que venía de las chozas y por el ruido de los pasos apresurados. El vino le produjo tal somnolencia que casi no podía mantener los ojos abiertos, se recostó en su cama y se quedó dormida durante un buen rato.
En aquellas horas de sueño profundo pasaron muchas cosas, pero ni los lamentos ni el ruido que hacían al sacar o meter objetos y bultos en la vivienda consiguieron despertarla.
Cuando abrió los ojos, se quedó acostada en la cama y mirando a la pared. Dentro de la casa reinaba la quietud; es más, no recordaba que hubiera habido nunca tanto silencio. No se oían voces ni pasos, y Mary creyó que a lo mejor todos se habían recuperado del cólera y que las penalidades habían terminado; se preguntó quién se ocuparía de ella ahora que había muerto su niñera. Había una nueva, se dijo, que quizá le contaría otros cuentos, pues ya estaba harta de los de siempre. El fallecimiento de su aya no le dio pena, pues no era una niña cariñosa y nunca se había preocupado por nadie. Lo que sí sintió fue miedo y rabia: el ruido y el ajetreo y los chillidos y las quejas del cólera la habían atemorizado, y se enfadó porque nadie parecía recordar que ella seguía viva; y es que todos estaban demasiado asustados como para acordarse de una niña por la que nadie sentía ninguna simpatía. Parece que cuando uno tiene cólera, pensó, no se acuerda de nadie excepto de sí mismo; pero ahora si todos ya se habían repuesto de la enfermedad, siguió razonando, con seguridad alguien se acordaría de ella e iría a buscarla.
Pero no fue nadie, y la niña permaneció recostada esperando. En la casa el silencio era sepulcral. Oyó de pronto un crujido en la alfombra, y observó una pequeña culebra que se arrastraba por el suelo y la miraba con ojos que parecían gemas. Pero no le dio miedo porque el reptil era una criatura inofensiva y parecía que tenía prisa por salir de aquella estancia. Mary vio cómo desaparecía por debajo de la puerta.
—Qué raro y silencioso está todo —se dijo—, ¡como si la culebra y yo fuéramos las únicas que vivimos en casa!
Un momento después se oyeron pasos, venían de la empalizada y luego llegaron a la galería. Eran pasos viriles; algunos hombres entraron en la casa y empezaron a hablar en voz baja. Nadie salió a recibirlos y se oía cómo abrían puertas y buscaban en las habitaciones.
—¡Qué desolación! —oyó decir a una de las voces—. ¡Una dama tan hermosa, tan hermosa! Supongo que también la pequeña... Me dijeron que había una niña, aunque creo que nadie ha llegado a verla nunca.
Mary estaba de pie en medio de su habitación cuando los hombres abrieron la puerta unos minutos después. Era una criatura poco agraciada, de expresión insípida, y fruncía el ceño porque había empezado a sentir hambre y a ver que, vergonzosamente, se habían olvidado por completo de ella. El primero en entrar era un oficial muy alto, a quien había visto conversar con su padre en una ocasión. Parecía cansado y abatido, pero cuando vio a Mary se sobresaltó de tal forma que casi dio un salto hacia atrás.
—¡Barney! —gritó—. ¡Aquí hay una niña! ¡Una niña sola! ¡En un sitio como este! Dios mío, ¿quién será?
—Soy Mary Lennox —contestó la niña, irguiéndose muy tiesa. Creyó que era de muy mala educación que la casa de su padre hubiera sido calificada de «un sitio como este»—. Mientras todos padecían de cólera —siguió explicando—, yo me quedé dormida, y me he despertado hace un momento. ¿Por qué no viene nadie?
—¡Es la pequeña que nadie ha visto nunca! —exclamó el hombre volviéndose a sus compañeros—. ¡Pero si se han descuidado de ella!
—¿Por qué se han olvidado de mí? —preguntó Mary, dando con furia una patada en el suelo—. Pero, ¿por qué no viene nadie?
El joven, cuyo nombre era Barney, la miró con gran tristeza. Mary incluso creyó ver que pestañeaba para evitar las lágrimas.
—¡Pobre criatura! —exclamó—. No vienen porque no queda nadie.
Y así fue como, extraña y súbitamente, Mary se enteró de que ya no tenía ni padre ni madre, puesto que habían muerto, de que los habían sacado de la casa de noche, de que los pocos criados que quedaban habían huido de la casa apresuradamente, y de que nadie se había acordado de que la señorita sahib se había quedado allí. Por eso había un silencio tal; y era cierto, por tanto, que en la casa no había permanecido nadie más que ella y la pequeña culebra susurrante.


Mary sabía poco de su madre, pero le había gustado observarla desde lejos, pues creía que era muy bella. Sin embargo, apenas cabía esperarse que sintiera afecto por ella o que la añorase ahora que había muerto. En realidad, no la echaba de menos para nada, y como era una niña muy egoísta se puso a pensar solamente en su propia persona, como era costumbre. De haber tenido algunos años más, se habría sentido muy angustiada, sin duda, al verse sola en el mundo; pero como era pequeña y siempre habían cuidado de ella, Mary no dudaba de que siempre sería así. Quería saber si en su nueva casa viviría con personas amables que serían buenos con ella y le dejarían hacer todo lo que deseara, como había sucedido con su ama y los demás criados indios.
Sabía que no iba a quedarse para siempre en la casa del sacerdote inglés donde la llevaron en un principio. Mary no quería quedarse en aquella casa; el sacerdote era un hombre muy humilde y tenía cinco hijos de casi la misma edad, sucios, y que siempre se pegaban y se quitaban los juguetes unos a otros. Mary odiaba el desorden que imperaba en aquel hogar, y se mostró tan desagradable que a los pocos días ya nadie quería jugar con ella; además, le impusieron un mote que la enfureció.
La idea se le ocurrió a Basil, un niño con descarados ojos azules y nariz respingona a quien Mary no podía sino aborrecer. Un día estaba jugando ella sola debajo de un árbol, como cuando se declaró el cólera, haciendo pequeños jardines con montoncitos de tierra entre los cuales trazaba senderos. Basil se acercó hasta ella, se puso a mirarla, poco a poco empezó a interesarse en lo que hacía y de pronto le sugirió algo.
—¿Por qué no pones aquí unas piedras, como si se tratara de un jardín rocoso? —le dijo—. Aquí, en la mitad. —Y se inclinó sobre ella para señalarle el lugar exacto.
—¡Vete! —dijo Mary—. ¡No quiero que ningún chico se acerque a mí! ¡Márchate!
Basil se enfadó durante un momento, y luego empezó a burlarse de ella, tal y como hacía también con sus hermanas. Empezó a bailar alrededor de Mary y a hacer gestos y a cantar y a reírse:
Señorita Mary, la vanidosa, ¿qué tiene tu jardín?
Campanillas, caracolas y caléndulas mil.
Basil entonó aquella canción hasta que los otros niños la oyeron y empezaron a reír también; y cuanto más se enojaba Mary, más cantaban Señorita Mary, la vanidosa...; y desde entonces la llamaban «Mary, la vanidosa» cuando charlaban entre ellos o cuando le dirigían la palabra.
—Te van a mandar a casa —le dijo un día Basil—, a finales de esta semana. Y nos alegramos mucho.
—Yo también estoy muy contenta —le contestó Mary—. Pero ¿adónde voy?
—¡Que no sabes adónde vas! —dijo Basil, con el desdén propio de los siete años—. Pues a Inglaterra, por supuesto. Es allí donde vive la abuela, y allí donde enviaron a nuestra hermana Mabel. Pero tú no irás a casa de mi abuela; si tú no tienes abuela. Te vas a casa de un tío tuyo, el señor Archibald Craven.
—No sé quién es —contestó Mary con brusquedad.
—Ya sé que no sabes quién es —le replicó Basil—. Las niñas nunca saben nada. Escuché a mis padres hablar de él. Vive en una mansión enorme y triste en mitad del campo, y nadie va por allí, pues es un señor tan huraño que no lo permite; y aunque lo permitiera, ninguna persona iría a verle... ¡Es jorobado y tenebroso!
—No creo lo que dices —contestó Mary, y le dio a Basil la espalda y se puso las manos en los oídos porque ya no quería escuchar más.
Sin embargo, luego empezó a pensar mucho en lo que le había contado el chico, y cuando la señora Crawford, la mujer del clérigo, le explicó aquella misma noche que iba a coger un barco rumbo a Inglaterra dentro de pocos días y que iba a vivir con su tío, el señor Archibald Craven que habitaba en la mansión de Misselthwaite, Mary se quedó de piedra y mostró tan poco interés en el tema que no sabían qué pensar de ella. Trataron de ser amables, pero cuando la señora Crawford fue a darle un beso, la niña giró la cara; y cuando el señor Crawford le propinó un cariñoso golpecito en la espalda, permaneció rígida.
—Es una niña tan poco agraciada —expresó con lástima la señora Crawford—. Y su madre, ¡qué bella y qué exquisitos modales tenía! Pero Mary es una chiquilla con tan poco encanto... Hasta los niños le llaman «Mary, la vanidosa» y, aunque me parece que no está bien, no puedo por menos que comprender que le hayan puesto ese mote. Quizá si su madre, con su hermoso rostro y sus delicados modales, hubiera estado más tiempo con ella, Mary podría haber aprendido a portarse mejor. Ahora que la pobre ha muerto, da pena recordar que mucha gente ni siquiera se había enterado de que tenía una hija. Creo que ni siquiera la veía —suspiró la señora Crawford—. Tras morir la aya, nadie pensó en ella para nada. ¡Qué poca consideración los sirvientes! Huyeron todos dejándola abandonada en la casa. El coronel McGrew por poco se cae del susto cuando abrió la puerta y la vio allí en medio, ella sola.
Mary hizo la larga travesía hasta Inglaterra acompañada por la esposa de un militar que llevaba a sus hijos para que se educaran en un internado; como se encontraba muy ocupada con ellos, niño y niña, le alegró mucho poder entregársela por fin, al llegar a Londres, a la ama de llaves que el señor Archibald Craven había dispuesto para que recogiera a Mary, la señora Medlock. Esta era una mujer robusta, de mejillas sonrosadas y profundos ojos negros, y llevaba un vestido de color morado intenso, un manto de seda negra adornado con orlas de azabache y un sombrero también negro con flores de terciopelo de color violeta. A Mary no le gustó la ama de llaves en absoluto, lo que no era de extrañar porque muy rara vez le gustaba alguien; además, también era evidente que la señora Medlock tampoco sentía ninguna simpatía por la pequeña.
—¡Vaya! ¡Menuda carga más fea! —exclamó la señora Medlock—. Y nos habían hablado de lo linda que era su madre. Pues parece no haber heredado nada de ella, ¿verdad, señora?
—Quizá su aspecto mejore cuando sea una muchacha —repuso la mujer del militar con bondad—. Si no tuviera el rostro de ese color cetrino y no fuera tan escuálida, y si tuviera otra expresión... en fin, tiene dulces facciones. Pero claro, los niños cambian tanto al hacerse mayores...
—Tendrá que cambiar una barbaridad —replicó la señora Medlock—. Y en Misselthwaite no existe nada que pueda embellecer a los niños, creo yo.
Pensaban que Mary no las oiría porque estaba algo apartada de ellas, de pie al lado de la ventana del hotel donde se habían hospedado. Miraba los autobuses y taxis que circulaban y observaba a la gente, pero oyó perfectamente lo que dijeron, y le entró gran curiosidad por conocer a su tío y la casa donde vivía. ¿Cómo era aquel lugar, y cómo sería él? ¿Sería un jorobado? Mary no recordaba haber visto en su vida a un jorobado, y hasta cabía la posibilidad de que no hubiera ninguno en la India. Desde que Mary se alojaba en casa de otras personas, sin ama que la acompañara, había comenzado a sentirse sola y a pensar en cosas que le resultaban nuevas y extrañas. Se preguntaba, por ejemplo, por qué nunca había pertenecido a nadie, ni siquiera a sus padres cuando vivían, mientras que el resto de los niños sí parecían pertenecer a sus progenitores; ¡si incluso parecía que nunca hubiera sido la hija de nadie! Había tenido criados que la habían alimentado y vestido, era cierto, pero nadie le había mostrado nunca ningún cariño. Claro que Mary no se daba cuenta de que era debido a que ella era una niña desdeñosa, pero es que en aquel momento ni siquiera sabía que lo era; todo lo contrario, generalmente pensaba que los demás eran los antipáticos, y no entendía que así era precisamente ella.
La señora Medlock le pareció la persona más áspera que jamás hubo visto, de cara ordinaria y sonrosada, con su vistoso y vulgar sombrero. Al día siguiente iniciaron el viaje a Yorkshire. Mary caminó con la cabeza bien erguida por todo el andén de la estación hasta que se paró ante su vagón, mientras guardaba una cierta distancia del ama de llaves: no quería que nadie pensara que le pertenecía, y mucho menos que era hija suya, lo que le habría molestado muchísimo.
Sin embargo a la señora Medlock no le importaban en modo alguno ni Mary ni sus pensamientos; todo lo contrario, era una mujer que no aguantaba «ninguna pamplina con los niños», o por lo menos eso es lo que habría contestado si alguna persona le hubiera preguntado al respecto. En verdad, no había querido ir a Londres a buscar a Mary, porque justo entonces su sobrina, la hija de su hermana María, estaba a punto de casarse. Pero era el ama de llaves de Misselthwaite, y el suyo era un buen trabajo, bien remunerado, y la única manera de no perderlo era cumpliendo enseguida lo que le ordenaba el señor Archibald Craven; no era capaz ni siquiera de hacerle ninguna pregunta.
—El capitán Lennox y su mujer han fallecido a consecuencia del cólera —le había explicado el señor Craven brevemente y con frialdad, como solía comunicarle las cosas—. El capitán Lennox era hermano de mi mujer, y yo me haré cargo de su hija. La niña residirá aquí, de modo que usted tendrá que ir a Londres a buscarla.
Así pues, la señora Medlock se dispuso a preparar un pequeño baúl con algo de ropa y viajó hasta la capital.
Una vez instaladas en el tren, Mary se sentó en el rincón del vagón y ofrecía un aspecto desagradable e intranquilo. No tenía nada que leer ni que mirar, y sobre el regazo tenía entrelazadas las delgadas manos enfundadas en unos guantes negros. Su vestido también era de color negro, por lo que su semblante era más céreo que nunca, y sus cabellos lisos se escapaban desordenadamente por debajo de su sombrero de crespón negruzco.
«Nunca he visto una niña más repelente», pensó la señora Medlock, puesto que era la primera vez que veía a una chiquilla que se quedara sentada sin moverse, totalmente quieta; pero por fin se cansó de observarla y empezó a hablarle con su voz autoritaria y vigorosa.
—Creo que será mejor que te explique algo de la casa donde vas a vivir —dijo—. ¿Conoces algo sobre tu tío?
—No —dijo Mary.
—¿Tus padres nunca te contaron nada de él?
—No —contestó Mary, frunciendo el ceño, y lo hizo porque se dio cuenta de que sus padres nunca le habían hablado de ninguna cosa en particular. En realidad, jamás le habían contado nada.
—Mmmm —musitó la señora Medlock, mirando su extraña e insensible carita. Calló durante unos instantes, y luego siguió—: supongo que será mejor que te explique algo y que te prepare, porque te diriges a una casa muy rara.
Mary no dijo palabra alguna, y a la señora Medlock le desconcertó esa indiferencia, aunque, tras aspirar una bocanada de aire, siguió hablando.
—Verás, es un señorío inmenso, aunque sombrío; y el señor Craven se siente orgulloso a su manera del lugar, lo que por sí mismo es más sombrío aún. La casa tiene seiscientos años de antigüedad, y está en un extremo del páramo. Posee casi cien habitaciones, aunque la mayoría de ellas están cerradas con llave. Y hay pinturas y buenos muebles que llevan allí siglos. La casa está rodeada por un enorme parque, y tiene jardines y árboles, algunos con ramas que hasta tocan el suelo.

La señora Medlock se calló de nuevo, para tomar aire.
—Pero ya no hay nada más —terminó diciendo bruscamente.
A pesar de no desearlo, Mary había empezado a escuchar a la señora Medlock. Lo que le iba contando no se parecía en absoluto a la India, y todo lo extraño le atraía. Pero no tenía intención alguna de mostrarse interesada, y este era uno de sus hábitos más molestos y desagradables; de modo que permaneció muy silenciosa.
—Bueno, ¿qué te parece? —preguntó la señora Medlock.
—Nada —respondió Mary—. No conozco ningún lugar como ese del que me habla usted.
Esta contestación le hizo gracia a la señora Medlock y soltó una carcajada muy breve.
—¡Pero bueno! —dijo—, si pareces una vieja. ¿No te importa?
—¡Es igual si a mí me importa o no! —dijo Mary.
—Es verdad, aquí tienes razón —dijo la señora Medlock—. No importa. No sé por qué te van a dejar en Misselthwaite, a no ser que sea la solución más fácil. Desde luego, él no se va a molestar, eso seguro, porque jamás se molesta por nadie.
Paró de hablar, como si acabara de acordarse de algo justo a tiempo.
—Tiene la espalda jorobada —exclamó—. Eso es lo que le trastocó. De joven, ya era una persona muy atormentada y no aprovechó ni el dinero que poseía ni esa enorme mansión, hasta el día en que contrajo matrimonio.
Mary dirigió los ojos hacia la señora Medlock, a pesar de que se había propuesto fingir que aquello no le interesaba en lo más mínimo. Jamás había pensado que un jorobado pudiera casarse, y se quedó un poco asombrada. La señora Medlock se dio cuenta de esta reacción y, como solía hablar mucho, prosiguió su relato con más ahínco. Era, en realidad, una forma de pasar el rato.
—Ella era encantadora, y muy hermosa. El señor Craven habría sido capaz de recorrer el mundo entero para darle lo que ella deseara. Nadie creyó que se casaría con él, pero así fue; la gente decía que se había casado por dinero. Pero eso no era cierto, no lo era, de verdad. Cuando falleció...
Mary se sobresaltó.
—Ah, ¿se murió? —interrumpió, sin querer. Acababa de acordarse de un cuento de hadas de un escritor francés que había leído y que se titulaba Riquet à la Houppe, en el que se narraba la historia de un pobre jorobado y de un bella princesa, y de pronto sintió una gran pena por el señor Archibald Craven.
—Sí, se murió —respondió la señora Medlock—. Y su muerte atormentó aún más al señor Craven. Ahora, no le importa nadie, a nadie quiere ver, todo el tiempo está ausente de la mansión, y cuando vuelve a Misselthwaite se encierra en el ala oeste de la casa y no permite que le vea nadie más que Pitcher, un sirviente ya mayor que le cuidó cuando era pequeño y que le conoce bien.
Aquella historia parecía copiada de un libro, y no consiguió en modo alguno levantar el ánimo de Mary. Al contrario, a la niña le pareció muy triste aquel caserón de cien habitaciones, casi todas cerradas bajo llave, enclavado en el extremo de un páramo (en cualquier caso, Mary desconocía lo que era un páramo...). ¡Y además, un jorobado que se recluía en su mansión! Mary miró por la ventanilla del tren con los labios apretados, y le parecía lógico que la lluvia hubiera empezado a caer en grisáceas líneas inclinadas, y a salpicar el cristal y a recorrerlo. Si viviera la bella esposa del señor Craven y, pensó Mary, se pareciera a su propia madre, tal vez todo sería más alegre, ya que estaría ocupada en entrar y salir, e ir a fiestas con vestidos «llenos de encaje»; sin embargo la señora Craven ya no vivía...
—No creas que vas a verle; te apuesto diez a uno a que no podrás verlo —dijo la señora Medlock—. Y tampoco vayas a pensar que tendrás con quien conversar. Tendrás que jugar tú sola y cuidarte tú sola. Se te indicará en qué salas puedes entrar y en cuáles no. Y si quieres sitio para jugar, ya tienes los jardines. Pero cuando estés dentro de la casa, no andes por ningún sitio ni te pongas a fisgonear. El señor Craven no lo consentirá de ningún modo.
—No voy a fisgonear nada —dijo Mary con sequedad; y justo en el instante en que había comenzado a sentir pena por el señor Archibald Craven, la dejó de sentir y pensó que su tío se merecía todas las desgracias que le habían pasado por ser una persona tan antipática.
Y volvió la cara hacia la ventanilla por la que caía la lluvia y contempló aquel grisáceo temporal que parecía que no fuese a aflojar nunca. Y lo miró durante tanto tiempo y tan atentamente que aquel gris se fue condensando ante sus ojos y se quedó dormida.


Cuando Mary se despertó al cabo de muchas horas se dio cuenta de que la señora Medlock había bajado en una de las estaciones y había comprado un cesto de comida; comieron pollo, carne fría, pan con mantequilla y té caliente. Ahora la lluvia caía con más fuerza que antes, y en la estación todos llevaban impermeables que brillaban con el agua. El revisor entró en el vagón y encendió las lámparas. La señora Medlock, entusiasmada con las viandas, comió en abundancia y luego se quedó completamente dormida. Mary la contempló mientras dormía y vio cómo su vistoso sombrero iba cayéndose hacia un lado, hasta que ella misma se adormiló de nuevo en un rincón del vagón, con el ruido de la lluvia al dar contra la ventanilla.
Todavía era de noche cuando el tren se paró en una estación y la señora Medlock la movió para despertarla.
—¡Ya has dormido, venga! —exclamó—. ¡Es hora de que abras los ojos! Hemos llegado a la estación de Thwaite y todavía nos queda un largo camino por recorrer.
Mary se levantó, intentando mantener los ojos abiertos, mientras la señora Medlock recogía los bultos. La niña no hizo ningún gesto por ayudar porque en la India los sirvientes siempre recogían y llevaban las cosas, y lo apropiado era que los demás le sirvieran a uno.
Aquella era una pequeña estación, y solo se bajaron Mary y el ama de llaves. El jefe de estación se dirigió a la señora Medlock, tosca pero cortésmente, pronunciando las palabras de una manera abierta muy particular; aquella era la forma de hablar de Yorkshire, según supo Mary después.
—Conque ya está de vuelta usté —exclamó—. Y veo que se ha traído a la pequeñuela...
—Pues sí, esta de aquí es la cría —respondió la señora Medlock con el mismo acento y señalando con la cabeza por encima del hombro hacia donde estaba Mary—. ¿Cómo se encuentra su señá esposa?
—Mu bien, mu bien. Ahí fuera la espera el carruaje, ahí mismo.
La berlina estaba parada delante del apeadero, en la carretera. Mary observó que era un elegante carruaje, y un criado muy arreglado la ayudó a subir. Todo brillaba y estaba chorreando, desde el criado vestido con un largo impermeable y una capucha que le cubría el sombrero, hasta el corpulento jefe de estación.
El criado cerró la puerta del carruaje, se subió al pescante con el cochero y salieron de la estación. La niña estaba acurrucada en un cómodo y mullido rincón del carruaje, e intentaba mantenerse despierta, por lo que miraba por la ventanilla con mucha atención, a fin de atisbar algo de la carretera por la que discurrían y que los conduciría al extraño lugar del que la señora Medlock le había hablado. Mary no era nada tímida y tampoco puede afirmarse que sintiera miedo, pero desconocía lo que podría sucederle en una casa de cien habitaciones, casi todas cerradas bajo llave... una casa que se erigía en el extremo de un páramo.
—¿Usted sabe qué es un páramo? —preguntó súbitamente a la señora Medlock.
—Mira atentamente por la ventanilla y lo verás dentro de unos diez minutos —respondió la mujer—. Hay otra legua y media de recorrido y atravesaremos el páramo del Missel antes de llegar al señorío. No verás mucho porque la noche es cerrada, pero algo sí lograrás vislumbrar.
Mary no preguntó nada más, sino que se dispuso a esperar en su asiento, con los ojos fijos en la ventanilla. Los faroles de la berlina despedían un haz de luz que los alumbraba un poco, y la niña pudo captar fugaces imágenes de los lugares por los que iban pasando. Tras partir de la estación atravesaron una pequeña aldea donde Mary creyó ver casitas enjalbegadas y las luces de una posada. Atrás quedaron una iglesia, una vicaría y una tienda con un pequeño escaparate donde había juguetes, golosinas y otras curiosidades. Después alcanzaron la carretera principal, donde crecían setos y árboles, y el paisaje no cambió durante bastante tiempo, o por lo menos a ella le dio esa impresión. Luego se apercibió de que el trote de los caballos era más lento, como si estuvieran subiendo por una colina; finalmente llegaron a un sitio donde no parecía que hubiera ni árboles ni setos ni zarzales. Realmente, no se veía nada, pues había una profunda oscuridad a ambos lados de la carretera. Mary se levantó y apretó la cara contra la ventanilla, justo en el instante en que la berlina traqueteó con fuerza.
—¡Vaya que sí! ¡Ya hemos llegado al páramo, te lo aseguro! —dijo la señora Medlock.
Los faroles emitían una luz amarillenta en aquella carretera mal cuidada que parecía atravesar de cuajo toda la vegetación; en aquella gran extensión de oscuridad que se extendía ante ellos y a su alrededor ya no había ni arbustos ni matas ni zarzales. El viento empezaba a levantarse y producía un sonido especial: salvaje, grave, iracundo.
—No... no es el mar, ¿verdad? —preguntó Mary, girándose hacia su compañera de viaje.
—No, no lo es —contestó la señora Medlock—. Ni tampoco son praderas ni montes. Es una gran cantidad de leguas y leguas de tierras salvajes en las que no crece más que brezo, hiniesta, aulaga... donde no hay más que ovejas y potros salvajes.
—Parece que sea el mar, es como si sobre la superficie hubiera agua —dijo Mary—. Ahora mismo suena como si rompieran las olas.
—Es el viento, que sopla entre los matorrales —explicó la señora Medlock—. A mí se me antoja un lugar bravo y melancólico. Pero a mucha gente le gusta, sobre todo cuando florece el brezo.
Continuaron avanzando por aquella oscuridad y, aunque había parado de llover, el viento se arremolinaba y silbaba produciendo extraños sonidos. El camino subía y bajaba, y atravesaron varios puentecitos bajo los cuales caía el agua rápida y estrepitosamente. A Mary le pareció que el viaje no iba a terminar nunca, y que aquel páramo, inmenso y desolador, era un gran océano negro que iban cruzando por una estrecha franja de tierra firme.
«Esto no me gusta —se dijo a sí misma—. Esto no me gusta.» Y apretó los finos labios aún más.
Los caballos iban por un trecho accidentado del camino, cuando Mary apreció una luz a lo lejos. Y la señora Medlock también pareció verla, porque dio un gran suspiro de alivio.
—¡Cómo me alegro de ver el resplandor de esa lucecita! —exclamó—. Es la luz de la vivienda del guarda. Por lo menos, dentro de un rato podremos tomar una taza de té bien caliente.
Y tal como dijo, ciertamente fue «dentro de un rato», porque cuando la berlina cruzó las puertas del parque aún faltaba casi media legua que recorrer por aquel paseo, y los árboles de ambos lados, cuyos ramajes casi se tocaban por encima del camino, hacían que la avenida pareciera un largo túnel negro.
Tras atravesar aquel túnel, llegaron a una zona despejada, y se pararon delante de una casa muy larga, aunque de poca altura, que parecía serpentear alrededor de un patio de piedra. Al principio Mary no vio ninguna luz encendida, pero al salir del carruaje percibió un tenue resplandor en uno de los dormitorios de un lado de la planta alta.
La puerta de la entrada era muy grande, de enormes tablones de madera de roble curiosamente tallados, claveteada con enormes puntas de hierro y sujetada por pesadas barras; daba a un inmenso recibidor, con tan poca luz que Mary no quería ni mirar los rostros de los retratos que estaban colgados en las paredes, ni tampoco las armaduras. Allí quieta, de pie, en el suelo de piedra, Mary se reducía a una pequeña y singular figura negra, y también se sentía así, diminuta, extraña, perdida.
Junto al criado que les abrió la puerta se encontraba un anciano, pulcro y delgado.
—Llévela a su cuarto —dijo con voz ronca—. No desea verla. Mañana parte hacia Londres.
—Muy bien, señor Pitcher —contestó la ama de llaves—. En cuanto se me comunique lo que debo hacer, cumpliré mi cometido.
—Lo que ha de hacer usted, señora Medlock —replicó el señor Pitcher—, es cerciorarse de que no se le moleste, y de que no vea lo que no quiere ver.
Seguidamente condujeron a Mary Lennox por una amplia escalinata, un largo pasillo y una corta escalera de pocos peldaños, y luego pasaron por otro pasillo y otro, hasta que llegaron finalmente a una puerta abierta en un muro y la pequeña se encontró en una habitación que tenía la chimenea encendida y la mesa puesta, con algo para cenar.
La señora Medlock, sin ceremonia alguna, le dijo:
—¡Pues aquí estás! Vivirás en esta estancia y en la contigua, y aquí deberás permanecer. ¡Recuérdalo!
Y así fue como la pequeña Mary llegó a la mansión de Misselthwaite, y seguramente nunca se sintió más vanidosa que en aquel instante.
